Kitabı oku: «Amor a prueba»

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Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 1999 Elizabeth Duke
© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Amor a prueba, n.º 1510 - noviembre 2020
Título original: The Parent Test
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-1348-881-3
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Índice
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
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Capítulo 1
ROXY estaba muy tensa cuando el avión aterrizó en Sidney después de un largo vuelo desde Los Ángeles. Sus emociones oscilaban entre la alegría por ver a su sobrinita por segunda vez en su vida y el temor ante la perspectiva de encontrarse cara a cara con Cam Raeburn de nuevo, el hombre contra el que estaba dispuesta a luchar por la custodia de su sobrina.
Nadie fue a esperarla al aeropuerto, pero no la sorprendió. Nadie excepto su padre sabía que volvía a Australia aquel día y él estaba viviendo en el oeste, con su madrastra, Blanche. Blanche había querido vivir cerca de su propia hija y de su familia, y lo más lejos posible de la familia de su marido.
Y como la hermana de Roxy, Serena, y su cuñado Hamish habían desparecido trágicamente, Blanche estaba intentando por todos los medios cortar los lazos con la hijastra que le quedaba y con la hijita que Hamish y Serena habían dejado.
–Pues claro que la niña no está con nosotros –había gritado Blanche cuando Roxy la había llamado desde el norte de México después de enterarse de la trágica noticia del accidente de barco–. ¿Cómo podría cuidar a un bebé con mi artritis? Y tu padre está enfermo del corazón. No te preocupes, la niña está en buenas manos. El hermano de Hamish, Cam Raeburn, está cuidando de ella.
De todos modos, Roxy no hubiera querido que Blanche cuidara de la niña, aunque fuera temporalmente. Incluso prefería a Cam Raeburn antes que a Blanche. Como tío y padrino de la niña, Cam al menos tendría en cuenta los intereses de su sobrina.
Roxy se desplomó en el asiento del taxi que la llevaba a su apartamento de Sydney. Aún así tendría que hacer ver a Cam que, a partir de entonces, ella era quien mejor podía cuidar de su sobrina. Era la hermana de Serena, la tía de la niña, mientras que él era un soltero, divorciado y mujeriego, que seguramente no quería cargar con un bebé indefinidamente.
Con un poco de suerte ya se le habría pasado la novedad de cuidar de su sobrina de siete meses.
Lo deseaba fervientemente. Sería más fácil y menos traumático para la niña si se la cedía. Cuando tuviera a Emma con ella en Sydney pediría formalmente la custodia.
No tardó mucho en llegar a su apartamento del área residencial de Coogee, al que pronto llevaría a Emma. Al meter las maletas en su dormitorio vio su imagen en el espejo.
Estaba hecha un espantajo. No podía permitir que Cam la viera así.
La camiseta de algodón parecía un trapo. Los pantalones desteñidos tenían manchas del café que había derramado en el avión. Su cabello corto, normalmente aclarado por el sol, parecía falto de brillo y más revuelto de lo normal.
Siempre llevaba el cabello corto con un estilo natural y despeinado que iba bien con su cara pequeña y su complexión menuda, y que era fácil de arreglar. Pero su nuevo corte de pelo tenía mechones que sobresalían por todas partes. La auxiliar de enfermera que se lo había cortado en el hospital de Los Ángeles lo había llamado estilo garçon desaliñado, supuestamente la última moda en los salones de Los Ángeles.
Cuando se miró la cara ojerosa Roxy suspiró. Habitualmente lucía un tono bronceado y saludable, pero después de tres semanas en el hospital estaba delgada y pálida y aquel vuelo tan largo había dejado sus ojos azules sin brillo.
Se tocó el labio inferior. Al menos se le había curado la cicatriz de la boca… gracias a aquel virus que la había hecho quedarse otras dos semanas más en el hospital. De hecho, aquel tiempo de más había sido una bendición por otras razones también. Le había dado tiempo para llorar la muerte de Serena y de Hamish, para recuperarse del dolor y de la impresión antes de regresar a casa para enfrentarse con Cam Raeburn.
Antes de darse una ducha rápida y ponerse una camiseta y unos vaqueros limpios, llamó a su padre para decirle que había vuelto y que pensaba bajar a la costa, a Raeburn Nest, para reclamar a su sobrina.
–He vuelto a casa para cuidar de Emma –aseguró con firmeza.
–Roxy, cariño, ¿cómo vas a cuidar de un bebé?
Su padre sonaba más débil cada vez que hablaba con él. En parte por la pena de perder a una hija, en parte por culpa de Blanche. Su madrastra agotaría a cualquiera.
–Estará mejor conmigo que con Cam Raeburn –insistió.
–Pero tú siempre estás de viaje en algún país lejano, cielo. Emma estaría sola en tu apartamento durante meses y pagar a una canguro te costaría una fortuna. ¿Cómo vas a permitírtelo? Al menos, con Cam Raeburn Emma tendrá un tío y una señora que cuidará de ella todo el tiempo. Y con su fortuna, Cam puede permitirse una asistenta y todos los lujos posibles. Y ahora que Cam es el dueño de Raeburn’s Nest, puede mantener a Emma en su propio hogar, en un ambiente familiar. Con un tío rico como Cam Raeburn, cielo, el bebé no necesitará nada más.
Roxy torció la cara.
–Nada excepto una madre.
–Roxy, cariño, con tus viajes…
–He dejado las excavaciones. Intentaré conseguir más horas de clase en la universidad. Ahora tienen una guardería –explicó. Pero acababan de empezar las vacaciones de verano en la universidad y las clases no comenzarían hasta marzo, cuatro meses más tarde–. Me las arreglaré –aseguró, pero le tembló la voz. Aunque hubiera dejado las excavaciones para quedarse en casa todo el tiempo, ¿cómo podría competir con lo que Cam Raeburn podía ofrecerle a Emma?
–Será mejor que lo arregles con Cam. No creo que esté dispuesto a ceder a la niña.
–Cuando sepa que he vuelto y que estoy dispuesta a…
–Tiene previsto casarse otra vez, cariño. Me lo dijo cuando lo llamé el otro día para preguntar por Emma. Quiere darle una familia como la que tenía con Hamish y Serena.
La sorpresa la dejó muda durante unos segundos. «¿Casarse otra vez? ¿Cam Raeburn?».
–¿Quiere casarse con una de sus chicas bombón? –soltó finalmente. Sintió un arranque súbito e irracional de ira–. ¡Antes lo llevaré a los tribunales!
Su padre soltó una leve carcajada.
–¿Una mujer soltera sin dinero luchando contra un rico industrial con un negocio próspero y contactos poderosos? ¿Y además casado?
–¡Aún no se ha casado! Y arrancaré a la pobre Emma de sus garras antes de que lo haga. Serena quería que me hiciera cargo de Emma. Me dijo una vez que, si les ocurría algo, quería que yo cuidara de su hija.
–Serena no mencionaba la custodia en su testamento, cariño… desgraciadamente. Escucha… será mejor que te hagas amiga de Cam también.
–Lo haré, no te preocupes –afirmó con voz temblorosa. Pero primero tenía que averiguar más cosas sobre la mujer con la que se iba a casar. Una vez casado, tendría todos los triunfos en la mano. Ella no tendría ninguna posibilidad de ganarle. ¿Habría pedido en matrimonio ya a esa mujer o solo lo estaba pensando?
Un recuerdo amargo la sacudió y se estremeció. La noche de bodas de su hermana… Cam Raeburn llevándola al jardín iluminado por la luna… La magia en el aire… Recordó la forma en que la había besado elevándola a alturas que nunca había rozado, el modo en que la había mirado, el modo en que había susurrado con esa voz áspera: «Las cosas pasan cuando menos te lo esperas».
¡Qué proféticas habían resultado sus palabras! Cuando menos lo esperaba, el hechizo se había hecho pedazos. Cuando Cam había descubierto que ella no era solo profesora de historia, sino una arqueóloga que pasaba la mitad del año fuera de Australia removiendo el polvo de ruinas remotas, había perdido el interés por ella. Aún peor, la había dejado por otra. Una morena de ojos oscuros impresionante.
Herida, humillada y furiosa había intentado evitarlo desde entonces. Solo se habían encontrado cara a cara una vez en el último año y medio, hacía cinco meses, en el bautizo de Emma. Cam le había restregado por las narices otra belleza morena, una clónica de la de la boda de su hermana.
No había regresado a Australia desde entonces.
«¿Quién era aquella chica con la que Cam planeaba casarse?».
¿Había encontrado Cam Raeburn al fin una morena de ojos oscuros y piernas largas dispuesta a cuidar de una casa y de un bebé? ¿Estaba tan empeñado en darle a su sobrina un hogar seguro y estable otra vez que había decidido casarse con la niñera de Emma?
¡No! La hija de Serena no iba a crecer con un tío casanova y una mujer deslumbrante que no la quisiera de verdad. «Emma es responsabilidad mía».
–¿Por casualidad la niñera de Emma no será una morena, joven y despampanante? –preguntó a su padre irónicamente.
–¿Joven? ¿Morena? ¿Mary? –replicó su padre. Se rio confundido–. No, cariño, Mary es una abuela viuda, una antigua matrona. Solía cuidar a la niña para Serena y Hamish cuando ellos querían salir, o los fines de semana, cuando iban a naveg… –se le atascó la palabra navegar.
–Bueno, seguro que Cam no querrá quedarse a la niña mucho tiempo. Tampoco tendrá que hacerlo, ahora que he vuelto.
–Roxy… –la voz de Blanche sonó aguda e impaciente como siempre–. Estás fatigando a tu padre. Es la hora de su descanso.
–De todos modos tengo que irme. Dile a papá que se cuide.
Roxy colgó y marcó el teléfono de Raeburn’s Nest.
Sabía el número porque Hamish y Serena habían vivido allí durante su corto pero idílico matrimonio. Después Cam se había mudado a la antigua casa de la familia, que le pertenecía a él.
Solo había hablado con Cam una vez desde la tragedia, hacía seis semanas, cuando lo había llamado desde el norte de México tras hablar con su padre, y solo después de saber que tenía la custodia temporal de la niña.
La línea estaba saturada, llena de electricidad estática y había tenido que gritar.
–¿Cam? Soy Roxy Warren.
–Roxy… –respondió. Ella sintió la frialdad en su voz, a pesar de la comunicación distorsionada–. Ni siquiera viniste para el funeral de tu hermana. Pensamos que una semana de antelación sería suficiente, incluso para ti.
Una interferencia había tapado su réplica indignada.
–Acabo de enterarme. He estado en el norte de México durante las últimas…
Pero Cam hablaba más alto que ella, disparando las palabras como balas de artillería pesada.
–Tu padre hubiera necesitado tu apoyo en el funeral. Blanche no estaba… Escucha, la línea está imposible. Cuelga y llama a tu padre. Ya habrá vuelto a Perth.
–Ya lo he…
Pero ya había colgado.
Incluso en aquel momento la ira le nacía de dentro al recordarlo. Hubiera necesitado una muestra de condolencia, no una descarga de críticas injustas. Ni siquiera había podido preguntarle por su sobrina y mucho menos avisarle de que iba de camino para cuidar del bebé.
Su desafortunado accidente al llegar a Los Ángeles al día siguiente le había impedido hacer más llamadas. Había conseguido mandarle un aviso a su padre a través de una de las enfermeras y había hablado con él antes de salir del hospital.
Pero no había intentado llamar a Cam Raeburn de nuevo. No había querido avisarle de que estaba a punto de dejar el hospital para volver a casa. No confiaba en él.
Tenía buenas razones para no hacerlo.
Capítulo 2
LE TEMBLABA la mano al acercarse el auricular a la oreja, mientras esperaba respuesta.
–Cam Raeburn al habla.
Se le hizo un nudo en el estómago.
–Hola, Cam, soy Roxy. He vuelto y me gustaría acercarme a Raeburn’s Nest para ver a Emma –explicó de corrido antes de que tuviera la oportunidad de cortarla. No le gustó el silencio que siguió a sus palabras.
–Por supuesto –accedió–. ¿Por qué no te preparas una bolsa de viaje y te quedas todo el fin de semana? Si es que puedes pasar todo el fin de semana con tu sobrina.
Apretó los dientes mientras el corazón le daba saltos de pánico ante la idea de pasar todo un fin de semana bajo el mismo techo que Cam Raeburn.
–Tengo todo el tiempo del mundo –aseguró–. Mi sobrina es lo prioritario en mi vida a partir de ahora.
«Y me quedaré en Raeburn’s Nest hasta que te convenza de ello». Si quería convencerlo de que era la persona más indicada para cuidar de Emma, tendría que tener mucho tacto… y estar preparada para quedarse todo el tiempo necesario.
–¿Te parece bien que vaya ahora? ¿Esta tarde? –preguntó con un tono menos agresivo.
–Aquí estaremos. ¿Recuerdas dónde está?
–Lo encontraré –aseguró. Solo había estado allí una vez, para el bautizo de Emma hacía cinco meses. Serena y Hamish habían invitado a todo el mundo a su casa después de la sencilla ceremonia.
Mientras se duchaba y se cambiaba de ropa, Roxy no hacía más que darle vueltas al encuentro entre los dos. No había podido evitar a Cam en el bautizo, como madrina y padrino de Emma habían tenido que estar juntos en el altar.
Cam no había cambiado nada en los doce meses que habían pasado entre la boda de Serena y el bautizo. Seguía tan atractivo y seductor como siempre. Era alto y atlético, tenía unos hombros increíbles, el mismo cabello oscuro y brillante y los mismos ojos negros chispeantes. Pero la dulzura que antes había visto en él había desaparecido.
Él había sido el primero en romper el hielo. Cada palabra hiriente, cada mirada acusadora estaban grabadas en su memoria.
–¿Te vas a quedar mucho tiempo esta vez, Roxy?
Su tono de voz y el cinismo de su gesto la habían hecho temblar. Había pasado un año desde su anterior encuentro, pero evidentemente nada había cambiado. Había pensado por un segundo, cuando sus miradas se cruzaron, que una chispa se había encendido en el fondo de aquellos ojos oscuros de Cam, pero se había diluido en un instante. Había sido su reacción normal ante cualquier mujer, hasta que había recordado quién era ella: una fanática de la historia con el pelo revuelto a la que le gustaba buscar fósiles bajo el calor y el polvo en los rincones más remotos del mundo y desenterrar civilizaciones antiguas.
–Me marcharé otra vez antes de lo que esperaba –había contestado moviendo la cabeza para mostrar que estaba deseando irse y deseando, al mismo tiempo, haber elegido para el bautizo de su sobrina algo más sofisticado que un vestido de abuela de manga larga, un sombrero de paja y unos zapatos planos–. Han encontrado un nuevo yacimiento muy interesante en el norte de México –le informó tensa–, y me han pedido que me una al equipo. Me voy la próxima semana.
A pesar de la frialdad que había entre ellos, el cuerpo de Roxy estaba reaccionando ante su proximidad, se le estremecían las terminaciones nerviosas y le ardía la piel. Era culpa de Cam que hubiera decidido marcharse tan pronto y que hubiera prolongado sus excavaciones desde la boda de su hermana. Si los besos apasionados de Cam hubieran significado algo, si le hubiera pedido que se quedara, si hubiera deseado que se quedara… Pero no había sido así. Había preferido a la morena de ojos oscuros.
¡Incluso había ido con otra mujer despampanante al bautizo de su sobrina!
–Roxy… Creo que no conoces a Belinda –dijo Cam sin parpadear mientras le presentaba a su última belleza morena–. Belinda pertenece a mi club de tenis en Sydney.
«Apuesto a que habéis hecho algo más que jugar al tenis juntos», pensó mientras se fijaba en los labios rojos y la sonrisa provocativa de la mujer. Una verdadera mujer fatal. El tipo de Cam.
De las que nunca llevarían las uñas sucias ni un pelo fuera de sitio. Suspiró. Las rubias despeinadas de ojos azules, con un gusto raro para la ropa y debilidad por las civilizaciones antiguas, evidentemente no eran su tipo.
Roxy rechazó esos recuerdos mortificantes mientras metía su ropa en la bolsa de viaje, lo suficiente para una semana o más, y después entró en el coche. Se preguntó si seguiría con Belinda. ¿O habría otra morena encantadora, tanto como para hacer que Cam quisiera casarse?
La salida de la ciudad resultó lenta porque había mucho tráfico en la autopista del sur. Después de una hora y media divisó la costa y la ciudad industrial de Wollongong, donde Cam tenía su floreciente industria química y de fibra, su oficina central y una casa de la empresa donde podría vivir si quisiera. Sabía que también tenía otra oficina en Sydney y un ático.
¿Cómo podría competir ella con todo eso?
Después de otra hora y media vio la costa otra vez y la ciudad de Kiama, donde su cuñado Hamish había sido el copropietario de una farmacia.
Se le hizo un nudo en la garganta. Le seguía resultando difícil de creer que Hamish y Serena se hubieran ido. Habían sido una pareja perfecta y muy feliz. Lo habían compartido todo. Incluso, desgraciadamente, su amor por la vela.
Conteniendo el llanto, dirigió su pensamiento a su sobrinita y se preguntó cómo estaría con Cam Raeburn, un hombre tan diferente de su padre. Hamish era muy cariñoso con los niños y amante del hogar. Emma llevaba con Cam seis semanas. ¿Se habrían unido en ese tiempo? ¿Se disgustaría la niña si la apartaba de él?
Raeburn’s Nest estaba cerca de la costa, en una zona de acantilados verdes con vistas al oceáno. Hamish y Cam habían heredado la casa de la familia a la muerte de su padre viudo. Ambos habían compartido la casa hasta que Cam se casó con Kimberley y se construyó una casa nueva cerca en el lujoso Kangaroo Valley. La había vendido tras su divorcio y después se trasladó a su apartamento de Sydney y a la casa de la empresa en Wollongong. Hamish había permanecido en Raeburn’s Nest y había llevado allí a su querida esposa, Serena, para que viviera con él después de un noviazgo relámpago de dos meses.
A Roxy le empezaron a temblar las manos cuando divisó la casa. La gran casa de piedra situada en medio de la naturaleza parecía incluso más imponente que la última vez que la había visto, con la nueva ala para invitados, que Hamish había empezado a construir, ya terminada. Mientras conducía por el camino de gravilla al lado de la casa echó un vistazo a la pista de tenis y a la piscina de la parte de atrás, rodeada de árboles y espesos arbustos.
Una casa ideal para tener una familia. ¿Cómo podía competir su piso de dos habitaciones con una casa como aquella, con semejante lujo?
Sacando del coche la bolsa y el oso de peluche gigante que había comprado para la niña en el aeropuerto de Los Ángeles, siguió un camino de piedra hasta la puerta lateral evitando la entrada principal frente a los acantilados.
Esperaba que fuera la asistenta, o incluso Mary, la niñera, quien abriera la puerta, pero fue Cam.
Durante un segundo permaneció mirándolo incapaz de hablar. Tenía un aspecto diferente al que recordaba. Las otras dos veces que lo había visto antes iba vestido de punta en blanco: con un traje de etiqueta en la boda de Serena y en el bautizo de Emma con un traje gris, camisa blanca y corbata roja de seda.
En ambas ocasiones llevaba el cabello espeso y oscuro engominado hacia atrás, la cara bien afeitada y la espalda amplia resaltada por el impecable corte de la chaqueta.
Aquel día vestía unos pantalones cortos y una camiseta desteñida con manchas de comida. Llevaba barba de un día, estaba sin peinar, como si se acabara de levantar de la cama, e iba descalzo.
Por primera vez le pareció que casi iba demasiado vestida con los vaqueros desgastados, la camisa blanca de manga larga atada a la cintura y las deportivas muy usadas.
Aun así, tenía un aspecto increíblemente seductor.
Como dándose cuenta de que lo estaban sometiendo a un examen, en la boca de Cam se dibujó una sonrisa en parte burlona en parte triste.
–Aún no he tenido tiempo de afeitarme, aunque me he dado una ducha rápida después de que la niña me vomitara encima. La comida fue interesante también… –se disculpó sacudiéndose la camiseta–. Esta camiseta estaba limpia hasta que Emma dejó claro que no le gusta el puré de calabaza. Estoy solo este fin de semana –explicó–. Le di a Mary unos días libres para que visitara a su familia y Philomena no viene los fines de semana.
Philomena era la asistenta. Como no iba los fines de semana, difícilmente podía ser uno de sus ligues.
–¿Te está dando mucha lata nuestra sobrina? –preguntó esperanzada. Si ya se estaba quejando, no resultaría difícil persuadirlo para que se la cediera.
–Incluso a las mejores madres sus hijos les parecen una lata a veces –replicó con sequedad–. Entra, Roxy, te enseñaré tu habitación. Verás a Emma más tarde. Está dormida y no quiero despertarla sin necesidad.
Roxy se mordió la lengua, tentada de protestar. Hacía bien en no despertar a la niña, aunque su motivo resultara un poco sospechoso.
Mientras cerraba la puerta tras ella Cam examinó su rostro durante unos segundos desconcertantes. Contuvo el aliento mientras le agarraba la barbilla con sus dedos fuertes y tibios para levantarle la cara.
–Es cierto que hicieron un buen trabajo –afirmó con sarcasmo, sin un atisbo de compasión–. Aunque no sé por qué demonios preferiste hacerte la cirugía estética en lugar de estar aquí consolando a tu padre y a la hija de tu hermana. Estoy desconcertado y, sinceramente, disgustado.
–¿Crees que…?
–De acuerdo, estuviste en el hospital por un virus, pero no niegues que aprovechaste la oportunidad para hacerte algunos retoques mientras te recuperabas en aquel hospital de Los Ángeles.
–¿Quién te dijo eso? –consiguió preguntar con la respiración agitada por la furia.
–Tu padre… No, fue Blanche. Blanche interrumpiendo al pobre George, como siempre –contestó. Opinaba lo mismo que ella sobre Blanche–. Me explicó con claridad que te estabas haciendo la cirugía en la cara.
–No me hice la cirugía estética en la cara –protestó malhumorada–. Me hicieron microcirugía para cerrar una herida. Era de esperar que Blanche lo tergiversara todo.
–¿Microcirugía? ¿Una herida? ¿Dónde? –preguntó levantando una ceja. Otra vez tuvo que sufrir su examen.
–En la boca, en el labio inferior. Tropecé con el bordillo de la acera al salir corriendo de un coche para entrar deprisa en una tienda en Los Ángeles. Me caí de cabeza sobre un macetero de hormigón.
–¿Estabas de compras en Los Ángeles después de saber que tu hermana había muerto? –preguntó moviendo la cabeza con una mirada gélida–. Tu padre te envió un fax urgente mientras estabas en el norte de México. ¡Seguramente no tenías ninguna prisa por volver a tu casa!
–¡Recibí el fax de mi padre tres semanas después de que lo mandara! Estaba en un campamento en una zona remota del norte de México en aquel momento. El correo no funciona muy bien en esa parte del mundo. Para entonces ya había sido el funeral. Estaba desolada por no haber podido asistir.
Cam la miró con escepticismo.
–Como total ya te lo habías perdido, decidiste que no había prisa –atacó con un tono hiriente que cortaba como un cuchillo.
–Tenía prisa, ¡ese fue el problema! Un estadounidense de nuestro equipo se ofreció a llevarme hasta el aeropuerto de Los Ángeles. Íbamos de camino hacia allí cuando se me ocurrió parar para comprarle un muñeco a Emma –explicó. Cuando Cam miró el oso de peluche ella meneó la cabeza–. Este lo compré ayer en el aeropuerto de Los Ángeles. Después de mi estúpida caída terminé en el hospital operada de un corte en el labio. Y dos días después me atacó un virus que debía de haber agarrado de México.
Mientras se detenía para respirar advirtió que los ojos de Cam habían perdido el brillo gélido, aunque no del todo. El que hubiera estado fuera tanto tiempo obviamente actuaba en su contra.
–¿Fue tan grave que tuviste que quedarte en el hospital otras tres semanas?
–¡Sí! Me dejó completamente fuera de combate. Tuve una fiebre atroz, estuve delirando durante días y me quedé muy débil durante más tiempo. Y además, por culpa de la operación no podía ni hablar.
–Tus cirujanos son dignos de recomendación –afirmó observándole la boca–. No queda ni rastro de un arañazo o un hematoma. Se diría que nunca te ha pasado nada.
Frunció el ceño. ¿Seguía sin creerla?
–Me operaron por dentro de la boca, por eso no queda ninguna señal. Y la hinchazón y el hematoma tuvieron tiempo de desaparecer gracias a aquel horrible virus. La boca ya está bien. Perfecta. Y yo me siento recuperada.
No quería que creyera que seguía estando débil y que era incapaz de cuidar de su sobrina.
–Sigues estando algo pálida… y muy delgada, pero si ya te sientes bien, fenomenal –concluyó. Agarró la bolsa y se dio la vuelta, librándola al fin de su mirada escrutadora–. Vamos Roxy… Ven a acomodarte.
Capítulo 3
CAM NO habló mientras la guiaba hacia el ala de los invitados. Roxy pensó, dándole el beneficio de la duda, que no quería arriesgarse a despertar a la niña.
Al mirarlo por detrás recordó la primera vez que lo había visto, mientras permanecía ante el altar junto a su hermano esperando a que Serena y la madrina se reunieran con ellos. Roxy había sido la madrina y Cam el padrino.
Solo se les veía la espalda. Cam, el hermano mayor, le sacaba media cabeza al novio y tenía los hombros más anchos que su hermano. Su cabello oscuro y brillante contrastaba con el de Hamish, rojizo y tieso. Al ver al hermano de Hamish, que iba a ser su acompañante aquella tarde, había estado a punto de caerse en mitad del pasillo. Había resbalado ligeramente con aquellos tacones de aguja a los que estaba tan poco acostumbrada.
Había intentado no mirarlo después de aquello, pero su imagen se le había quedado grabada. Había respirado profundamente varias veces preguntándose cómo podía alguien prendarse tanto de un hombre con solo verlo por detrás. Normalmente no sentía más que desprecio por los mujeriegos, como se rumoreaba que era Cam.
Ninguna mujer estaba a salvo con Cam, había bromeado Hamish. Ninguna mujer podía resistirse a él.
¿Ninguna? El reto había estimulado a Roxy.
Cam Raeburn necesitaría algo más que una espalda ancha y un cabello bonito para captar su atención más de dos minutos, había pensado ingenuamente aquella vez.
¡Ja! ¡Había caído como una oveja en el matadero!
No había estado cara a cara con él hasta que habían entrado en la sacristía después de la ceremonia para firmar en el registro.
–Debo decir que eres toda una sorpresa, Roxy.
La mirada cálida de color miel de Cam y su media sonrisa habían amenazado con derretirla allí mismo… hasta que cayó en la cuenta y se puso en alerta. ¿Una sorpresa? ¡Más bien una decepción! Sin duda había imaginado una belleza alta de ojos oscuros como Serena. A no ser que Hamish le hubiera advertido de que era la hermana bajita, un poco masculina y nada elegante; y allí estaba ella, elegante por primera vez en su vida con un vestido tan azul como sus ojos.
Ella lo había observado con frialdad sintiendo que se le nublaba la vista ante el impacto de su mirada. Sus ojos, más oscuros que los de su hermana, eran como ópalos brillantes llenos de fuego y luz. Había tenido que humedecerse los labios antes de examinarlo entero: sus espesas cejas negras, la nariz recta, el seductor hoyuelo en la barbilla, aquella mandíbula cuadrada.
Finalmente pudo hablar, levantando la barbilla para preguntarle con dulzura:
–¿Acaso esperabas una chica desaliñada con las uñas sucias y los zapatos desgastados?
La media sonrisa se convirtió en una sonrisa completa de las que quitan el hipo de puro encanto. Se había tambaleado en sus tacones altos.
–Al contrario, Roxy… Es que esperaba a alguien mayor, ¿tú eres la hermana mayor, verdad? Como me han contado hace un rato lo brillante que eres, enseñando historia en la universidad, esperaba que llevaras calcetines azules, gafas y el pelo recogido en un moño.
Había tenido que sonreír. No era el primer hombre que la imaginaba con aspecto de profesora rancia simplemente porque era una arqueóloga reputada y profesora de historia antigua. Solo que Cam no podía saberlo, a Hamish no se le había ocurrido comentárselo, lo que no la sorprendía. Ella no había ido de excavaciones en los últimos dos meses y Cam acababa de llegar a casa aquella mañana tras un viaje de negocios de ocho semanas.
–El ala de invitados es por aquí, Roxy.
Se sobresaltó ante el sonido de la voz de Cam. Cuando él se giró para invitarla a pasar, sus miradas se encontraron. El impacto de sus ojos negros la afectó más que nunca.
Seguía igual de seductor y carismático. Pero ya no podía impresionarla más. Ya no era la ingenua y confiada Roxy de hacía un año.
Pero él ni se había dado cuenta ni le preocupaba. Había dejado bien claro las dos últimas veces que prefería las morenas de ojos oscuros y piernas largas a las rubias de ojos azules con tendencia a tropezarse.
Roxy pasó rápidamente delante de él. El ala de invitados era un apartamento completo, con una cocina, salón comedor, sala de estar, una habitación doble y un espacioso cuarto de baño. Parecía cómodo y acogedor, con un toque en la decoración que le recordaba a su hermana. A Serena le gustaba mucho la decoración.
–La cama ya está hecha –informó Cam mientras entraba tras ella.
Los nervios de Roxy se tensaron aún más ante la mención de la palabra cama. Se preguntó para quién estaba hecha. ¿Estaba siempre preparada para las visitas? ¿Para las visitas femeninas? ¿O la había hecho rápidamente Cam tras su llamada?
–Mary ocupa una habitación junto a la de Emma. Y el dormitorio principal donde duermo yo está al otro lado de la habitación de Emma. No te preocupes Roxy, yo acudiré a la habitación del bebé si se despierta por la noche. De todos modos, siempre lo hago.
Roxy respiró profundamente. No quería iniciar una discusión, pero tenía que preguntarle algo.
–¿Y qué tal si traemos a mi sobrina al ala de invitados solo durante el fin de semana? Será un modo de hacer que nos conozcamos ella y yo. Yo me levantaré si se despierta por la noche. Así podrás recuperar horas de sueño. Parece que lo necesitas.
–Gracias, pero no hace falta. Me las arreglo bien. Emma ya duerme toda la noche. Se toma el último biberón sobre las siete y duerme hasta las cinco o las seis. Rara vez se despierta por la noche.
–¿No te importa despertarte a las cinco para darle de comer?
El ánimo de Roxy empezó a flaquear. Parecía que estaba disfrutando de cuidar de la niña. ¿Pero cuánto le duraría el entusiasmo?
–Nada de nada… Ya casi es como una hija para mí –aseguró con una firmeza que hizo que Roxy olvidara su intención de ser cauta.
–Mi hermana quería que yo tuviera la custodia de Emma si le pasaba algo alguna… alguna vez –afirmó. Se le quebró la voz y se le llenaron los ojos de lágrimas–. Sigo… sigo sin poder creer que…
De repente le pareció demasiado. El dolor, el viaje y la tensión nerviosa la hundieron. Ocultando el rostro en el oso de peluche, estalló en llanto.
–Roxy…
Cam la rodeó con los brazos antes de que se diera cuenta. No tuvo fuerzas para luchar contra él mientras la acunaba y arrojaba el osito sobre la cama. Apoyó la cabeza en su pecho y siguió derramando lágrimas que le mojaban la cara y, a él, la camisa.
–Está bien Roxy…
La voz de Cam vibraba en su pecho, contra la mejilla húmeda de Roxy. Le estaba acariciando el cabello con asombrosa delicadeza mientras, con la otra mano, la acercaba más a él. La caricia le resultó tan reconfortante que no podía creer que aquel fuera Cam Raeburn. Debilitada por esa inesperada compasión empezó a sollozar de nuevo y su rostro lleno de lágrimas le empapó la camiseta desteñida.
Cam la meció con tanta delicadeza como a un bebé, hasta que expulsó todo su dolor y su pena.
Después levantó la cara conteniéndose las lágrimas. No quería que Cam pensara que se estaba desmoronando y que no podía cuidar al bebé de Serena.
–Lo siento, Cam, yo… Todo esto me ha desbordado: Serena, Hamish, el vuelo, la falta de sueño. Ya estoy bien. De verdad.
Él se apartó y la miró para asegurarse.
–No tienes que disculparte –aseguró. La estaba observando con extrañeza, su voz sonó un poco rara también, ni tan fría ni tan suave como antes–. Es bueno llorar… aunque…
Se calló y dio un paso atrás retirando las manos. No podía verle los ojos, pero pudo sentir su arrepentimiento.
–Te prepararé un café –anunció con brusquedad, como siempre–. Ven cuando estés lista. Estaré en la cocina.
La dejó para que deshiciera las maletas y se aseara. Cuando se reunió con él en la cocina unos minutos más tarde, llevando el oso de peluche gigante, él estaba de pie cortando verduras sobre la encimera.
–¿Te parece bien un sofrito chino para cenar? –preguntó señalando una banqueta.
–¿También cocinas?
Estaba troceando verduras con maestría, como si lo hubiera hecho mil veces.
–Un soltero necesita saber cocinar si no quiere alimentarse de comida preparada o cenar fuera cada noche. Ha llegado a gustarme, aunque Philomena cocina para mí si se lo pido. ¿Tú cocinas, Roxy? La miró y ella captó un brillo de duda en sus ojos.
–Dame una hoguera y te enseñaré lo bien que cocino –contestó dejando el peluche sobre una banqueta–. Puede que no tenga tu indudable delicadeza, no soy un chef, pero al menos nunca paso hambre.
–¿Te importa si tomamos el café aquí en la cocina? Así podré continuar con esto. ¿Te dio tu padre los detalles del testamento de tu hermana? –preguntó mientras servía el café.
–¿Qué detalles?
¿Se refería a la custodia de Emma? Según su padre, Serena no había mencionado la custodia en su testamento.
–Serena te dejó algunos objetos personales y joyas. Los tengo guardados. El piso de Sydney que tu padre os compró a tu hermana y a ti cuando vendió la casa familiar y se mudó a la costa oeste es ahora legalmente tuyo. Aunque entiendo que ya era tuyo, desde que Serena se casó con Hamish.
Roxy frunció el ceño. ¿Esperaba que volviera a Sydney para quedarse allí? ¿O creía que no se merecía un piso en la ciudad para ella sola por no estar mucho tiempo en él?
–¿Y la ropa de Serena? –inquirió con dificultad sin mirarlo–. ¿Sigue aquí esperando a que la repartan?
Si Cam estaba usando el dormitorio principal, podía haber dispuesto de ella o apartarla para que Roxy se hiciera cargo.
–Blanche se encargó de las cosas de tu hermana cuando ella y tu padre estuvieron por aquí para el funeral –respondió–. Tú no estabas, Roxy. No sabíamos nada de ti –replicó en un tono casi acusador–. Blanche dijo que ninguna de las cosas de Serena te servirían porque ella era más alta. Las recogió y las donó a la beneficencia.
Roxy se estremeció. Sin duda Blanche se había quedado con algunas cosas para ella o para su propia hija. No le importaba. Sería demasiado doloroso vestirse con la ropa de Serena. Una joya o alguno de sus efectos personales, simplemente como recuerdo, era diferente.
–Raeburn’s Nest me pertenece –informó. Se detuvo para beber un sorbo de café–. Todo lo demás, la parte de Hamish en la farmacia, el dinero y otras cosas de valor son para su hija.
Le echó una mirada como si esperara algún comentario.
–¿Mencionaba el testamento de Hamish algo sobre la custodia de la niña? –preguntó Roxy.
Al mirarlo, percibió un brillo en los ojos de Cam que le hizo presentir algo.
–Mi hermano me nombró tutor de su hija. Fue su deseo expreso que yo tuviera la custodia de Emma –le comunicó con un tono suave.
La mano de Roxy tembló, derramando el café.
–Mi hermana me pidió explícitamente que cuidara de su hija si algo les ocurría.
Cam levantó una ceja.
–Estoy seguro de que Hamish no me hubiera nombrado tutor sin el consentimiento de Serena. Tu hermana debió de cambiar de opinión. Sin duda Hamish le hizo ver lo poco práctico que resultaría esperar que tú, una mujer entregada a su carrera que está fuera de Australia la mayor parte del año, cuidaras de un bebé. Debió de convencerla de que sería mejor que yo tuviera la custodia.
–¡Mi hermana nunca cambiaría de opinión! Hamish debió de querer decir que quería que cuidaras de Emma temporalmente… ¡solo hasta que yo pudiera volver de donde estuviera! O que quería que fueras su tutor financiero. Eso es lo más probable. No su tutor para siempre, para todos los días.
–No lo creo.
–¡Pelearé contigo por la custodia! –lo amenazó.
–No puedes querer la custodia permanente, Roxy. Nunca estás en casa. Siempre estás en alguna excavación remota donde ni siquiera recibes el correo importante. Y cuando lo haces te tropiezas con cosas y atrapas virus extraños que te mantienen fuera de juego durante semanas.
–Dejaré las excavaciones, naturalmente.
–Eso es fácil de decir, Roxy… pero no es fácil de creer. Lo siento, querida, pero mi hermano quería que yo tuviera la custodia de nuestra sobrina. Tu hermana no dejó testimonio escrito de que estuviera en desacuerdo.
–¡No esperaba morir a los veinticuatro años! –protestó Roxy–. Está claro que es mejor para una niña que la críe una mujer, una tía que sea una figura materna para ella, no un don… –se detuvo. Estuvo a punto de decir donjuán, pero se lo pensó mejor–. No un tío soltero. Seguro que ya sabes lo que atan los niños.
–Una hija debería tener un padre y una madre, y yo trataré de darle a Emma las dos cosas tan pronto como pueda hacerlo.
A Roxy se le paralizó el corazón. Así que su padre tenía razón. Cam estaba pensando en casarse otra vez. Sintió una punzada aguda. Por el bien de Emma. Pobre criatura, tener a una de las chicas bombón de Cam cuidando de ella.
–¿Te refieres a Belinda? –preguntó. Cerró la boca. La imagen de la jugadora de tenis casada con Cam y ayudando a criar a su sobrina hizo que le hirviera la sangre. ¡Jamás!
–¿Belinda? –exclamó como divertido–. No, no será Belinda. Ha vuelto con su ex marido. Ahora vive en Melbourne.
Roxy sintió un alivio irracional antes de que su ánimo decayera de nuevo. Si las esposas podían volver con sus ex maridos…
–¿Va a volver contigo tu ex mujer? –inquirió de sopetón.
Cam se rió.
–Difícilmente. Mi mujer está felizmente casada y tiene una nueva vida más de su estilo que la que yo le ofrecí.
Su mirada burlona se tornó fría al observarla. Roxy se humedeció los labios. ¿Escondía aquel cinismo mordaz un dolor profundo? Sintió compasión por él.
Hasta que recordó lo que estaba en juego. Su sobrina. Tomó la taza de café para templar su ánimo mientras bebía.
No se podía permitir ninguna debilidad ante Cam Raeburn. Tenía que ser fuerte para luchar contra él.
En medio del silencio, la niña comenzó a llorar.
Capítulo 4
DEJA QUE vaya yo –se ofreció Roxy levantándose de un salto y agarrando el oso de peluche.
Pero Cam ya estaba de pie.
–Ven conmigo, creo que Emma debería ver primero una cara conocida.
–Por supuesto –accedió Roxy. Aunque le pareció lógico, advirtió que le estaba recordando que era casi una extraña para su sobrina–. ¿Has visto mucho a Emma desde que nació? –le preguntó mientras lo seguía. Se preguntaba cuánto tiempo llevaba Cam siendo un rostro familiar para la pequeña. ¿Solo desde la muerte de su hermano?
–Lo suficiente como para que me recibiera con una sonrisa cuando me mudé aquí –replicó y Roxy apretó los labios. Era culpa de Cam que ella no hubiera visto más a su sobrina en los siete meses anteriores. Había aceptado excavaciones más largas para evitarlo a él.
Ya se estaba arrepintiendo de sus largas ausencias. Hubiera sido preferible arriesgarse a encontrarse con Cam alguna vez que convertirse en una extraña para la niña.
¿Y si Emma no quería saber nada de ella? Roxy se mordió el labio, el nerviosismo la invadió mientras seguía a Cam al cuarto de la niña, una habitación luminosa y bien decorada con una ventana que daba a los acantilados y al mar azul.
Cam levantó al bebé de la cuna, pero la niña continuó gimiendo.
–Ya lo sé, estás mojada y quieres un pañal limpio. Y supongo que también quieres tu comida. Te cambiaremos de pañal primero, ¿de acuerdo? –dijo y se giró hacia Roxy–. Supongo que aún echa de menos a su madre, pobrecita. Mary nos ha salvado la vida. Emma la adora. Mary ha sido como una abuela para ella.
A Roxy se le encogió el corazón. Quería que Emma la adorara a ella, no a la anciana que la cuidaba. Estaba siendo injusta. Si Mary era como su abuela, su sobrina era afortunada de tener una canguro tan atenta.
–¿Puedo sujetarla mientras buscas un pañal limpio? –pidió mientras dejaba el osito dentro de la cuna de la niña y esperaba ilusionada.
–Primero la cambiaremos –respondió Cam dejando a la niña en el cambiador. Ya había tirado el pañal sucio y sacado uno limpio–. ¿Le has cambiado los pañales a un bebé alguna vez? –preguntó con una mirada de burla.
–No –admitió tras respirar profundamente–. Pero estoy segura de que si tú puedes hacerlo, yo también.
–Claro. Mira cómo lo hago y la próxima vez lo intentas tú –sugirió. Le colocó el pañal con más rapidez que delicadeza–. Gracias a que existen los pañales desechables –comentó Cam haciéndole cosquillas en la tripa a la niña. El llanto cesó milagrosamente y el bebé empezó a gorjear sonriendo–. ¡Voilà! –exclamó Cam triunfante–. Ya estás mejor, ¿verdad, princesa?
Roxy dio un paso adelante y se inclinó sobre su sobrina.
–Es tan bonita –exclamó. El bebé había cambiado mucho en los últimos meses–. Es igual que su madre a su edad. Tiene los ojos, la sonrisa y el cabello oscuro de Serena. ¿Puedo tomarla en brazos ahora? –le preguntó con voz ronca.
Él asintió y se apartó.
–Por supuesto.
Observó un brillo extraño en los ojos de Cam cuando ella tuvo que hacer esfuerzos para contener las lágrimas, pero desapareció antes de que se girara hacia la niña. Podía haber sido sorpresa, duda, desconfianza… no lo sabía.
–Hola Emma, cielo –saludó con delicadeza–. Soy tu tía Roxy, ¿te acuerdas?
Se acercó a la niña preparándose para una negativa y más lloros, pero no hubo ni lloros ni negativa. El bebé siguió sonriendo y levantó los brazos para agarrarla. En un arrebato de amor y alivio Roxy tomó a su sobrina en brazos.
Mientras apoyaba a la niña en el hombro y le acariciaba el cabello suave con ternura, sobrecogida por su fragilidad y suave aroma, vio que Cam la observaba. Sin duda dispuesto a arrebatársela de los brazos si empezaba a llorar otra vez. Pero no lo hizo, y los temores de Roxy comenzaron a disiparse.
–Iré a preparar el biberón –anunció Cam y salió del cuarto. Roxy observó que el bebé lo seguía con la mirada, vio que se le torcía el labio y decidió ir tras él hasta la cocina.
Era la segunda vez que tomaba a su sobrina en brazos. Pero esa vez era diferente, nunca se había sentido tan cerca de la hija de su hermana, tan profundamente conmovida, tan llena de amor y tristeza y alegría, todo junto. Aquello la decidió aún más a llenar el vacío que había dejado la muerte de su hermana.
¿Pero, y si Cam no renunciaba a la niña e insistía en pelear por la custodia? ¿Qué esperanza tenía de ganarle en un juicio? Sobre todo si tenía una esposa cuando el caso llegara al tribunal. Una mujer a la que no le importaría cuidar de un bebé que tampoco era hijo de Cam.
–Debería haberse tomado esto hace un rato –murmuró Cam mientras metía el biberón en el microondas–. Pero se durmió antes de que pudiera dárselo. Hoy tenemos el horario un poco alterado.
Cuando el biberón estuvo preparado, dejó que Roxy se lo diera y sugirió que entraran en el salón para sentarse cómodamente. En lugar de dejarla sola con Emma, se quedó para mirar, sentándose en el sillón de enfrente. Roxy se preguntó si le preocupaba dejar a su sobrina a solas con ella.
Era bueno que se preocupara tanto de la niña, pero no que pensara tan mal de ella.
–Si quieres irte para hacer otra cosa, hazlo –sugirió. Su sospecha de que no confiaba en ella la estaba poniendo nerviosa–. Debes de tener muchas cosas que hacer.
Al no estar Mary durante el fin de semana, ni Philomena para cocinar y limpiar…
Estaría sola con él todo el fin de semana. Estaría sola toda la noche con él. Y la noche siguiente. Y quizá estaría allí la semana siguiente también, si Cam no había accedido a cederle a Emma. Suponiendo que le permitiera quedarse. Empezó a temblar. El bebé soltó un quejido y Roxy se concentró en arrullarla hasta que se tranquilizó y siguió succionando del biberón.
–Nunca la apartaré de ti, Roxy –prometió Cam–. Puedes ver a la niña cuando quieras. En cualquier momento. Cuando estés en el país –añadió con sequedad–. Quiero que también esté cerca de ti.
Los ojos azules de Roxy echaban chispas. «Qué generoso». ¿Opinaría lo mismo su nueva esposa? ¿Querría que una tía joven y soltera entrara en su vida constantemente? ¿O querría tener a Cam y a la niña solo para ella?
Roxy pensó en su madrastra, Blanche, que nunca había querido compartir a su marido con nadie, ni siquiera con las hijas de este. ¿Sería la esposa de Cam como ella, guardaría celosamente a su marido solo para ella y, con el tiempo, a su sobrina también?
No podía permitirlo. ¡No lo haría!
–Me quedo en el país para siempre –anunció con firmeza–. No voy a ir a más excavaciones.
Tenía que conseguir que la creyera. Durante los días siguientes, durante su estancia en Raeburn’s Nest, tendría que hacerse imprescindible para la niña, para que Cam se diera cuenta de que ella criaría mejor a su sobrina.
Era vital que apartara a Emma de su lado antes de que se casara otra vez solo por el bien de la niña. Cuando estuviera casado, ella podría encontrarse fuera de la vida de su sobrina, a pesar de las promesas de Cam. Su nueva esposa no tendría ningún lazo afectivo con el bebé de Serena, y eso podría causarle un daño psicológico de por vida a la niña y a cualquiera que se preocupara por su bienestar.
Roxy sintió un fuerte instinto de protección hacia la niña que tenía en brazos. ¿Cómo iba a sentir una madrastra algo tan fuerte por Emma como ella?
Agachó la cabeza hacia el bebé para esconder sus ojos de la mirada de Cam. Incluso aunque su nueva esposa la recibiera con los brazos abiertos, aunque fuera una madre maravillosa para Emma… ¿cómo podría soportar volver allí en el futuro sabiendo que Cam estaría con otra mujer? ¿Cómo podría soportar verlo mirar a su esposa como una vez la miró a ella, abrazarla como una vez la abrazó a ella?
Casi gruñó en alto, pero consiguió convertirlo en un arrullo suave y después en una nana que su propia madre le cantaba a su hermana Serena cuando era un bebé. Sintió que le pesaban los párpados. Se estaba resintiendo del viaje. Se movió para mantenerse despierta empujando involuntariamente a la niña.
Emma protestó, apartó la boca del biberón y empezó a mover los brazos con los ojos abiertos como si estuviera a punto de llorar.
–¿Ya te estás cansando de la niña, Roxy? –murmuró Cam. Estaba de pie quitándole al bebé de los brazos–. Hola princesa, ¿qué pasa? –preguntó a la niña. Tenía un muñeco de goma y lo apretó para que hiciera ruido. Emma sonrió y lo agarró–. Eso está mejor. Supongo que ya has tomado suficiente leche. ¿Quieres jugar ahora? Dejó a la niña sobre una manta de colores en el suelo, entre juguetes esparcidos, y miró a una indignada Roxy–. Cuidar de los niños requiere paciencia y resistencia –informó–. No es tan emocionante como encontrar una tumba antigua o revolver esqueletos –señaló con sequedad–. Es una rutina pesada de comidas, baños, pañales, sucios a veces, y mantener al bebé entretenido y seguro cuando está despierto.
–Acabo de volver de América. Ha sido un vuelo muy largo y estaba tan preocupada por Emma que apenas dormí en el avión –consiguió decir con voz temblorosa.
Estaba temblando. Advirtió que estaba a punto de llorar otra vez.
A Cam le encantaría. Pensaría que las mujeres histéricas no eran unas madres capaces y tranquilas. Y tendría razón.
–Quizá deberías acostarte y dormir –sugirió–. Yo cuidaré de Emma. La meteré en el carrito y me la llevaré a dar un paseo por los acantilados. Le encanta. No te preocupes por la cena. Te la dejaré preparada para que la calientes en el microondas cuando te despiertes.
Roxy se mordió el labio. Le estaba diciendo que no la necesitaban.
–Dicen que es mejor para el reloj biológico continuar con el ritmo normal y acostarse a la hora acostumbrada –aseguró–. Estar sentada tanto tiempo me dio sueño. Ahora estoy bien. ¿Podríamos cenar temprano? –sugirió–. Me acostaré justo después.
Así no tendría que pasar toda la tarde–noche a solas con Cam.
–Como quieras. Tú eres la invitada.
Ella apretó los labios. Obviamente no esperaba que se quedara mucho tiempo en Raeburn’s Nest ni que fuera a dejar las excavaciones para cuidar de su sobrina. Pronto descubriría lo equivocado que estaba.
Se arrodilló junto a su sobrina, que estaba mordiendo un perrito de goma.
–Jugaré con Emma mientras vas a afeitarte o lo que sea.
–De acuerdo. Lo haré. Si Emma se enfada cuando salga de la habitación puedes intentar llevártela a dar un paseo por el jardín. Normalmente funciona. Si no, ya sabes donde encontrarme. Mi habitación está al lado de la de Emma.
Roxy se dio la vuelta antes de que él pudiera verla sonrojarse. ¡No tenía que recordarle dónde estaba su cuarto!
Durmió doce horas y no se despertó hasta las nueve de la mañana del día siguiente. Tuvo que obligarse a abrir los ojos al sol que entraba por la ventana. Cuando escudriñó la hora en su reloj dio un grito. Cam debía de llevar horas levantado, seguramente desde las cinco, arreglándoselas con la niña él solo.
¿Qué pensaría de ella por dormir tanto? ¿Que no le importaba nada Emma?
Saltó de la cama y fue dando tumbos hasta el baño. No perdió el tiempo duchándose, solo se lavó la cara para despejarse y después se puso unos vaqueros y una camiseta. Ni siquiera se cepilló el cabello, aunque no se notaba mucho la diferencia si lo hacía.
Se encontró a Cam en la cocina dando de comer a la niña. Se detuvo en la puerta durante unos segundos cautivada por la visión de aquel hombre alto y masculino inclinado sobre la sillita de la niña dándole cereales pacientemente. Estaba hablando todo el rato animándola unas veces, después suplicando y haciendo bromas como si fuera un verdadero padre.
Sintió un nudo de emoción en la garganta. Su hermano Hamish había sido un padre maravilloso. Percibió que Cam sería también un gran padre.
¿Sería ella una buena madre? No podría ofrecerle a Emma una casa así, ni tanto dinero como Cam.
–Buenos días –saludó Cam girándose–. Entra Roxy, Emma acaba de terminar. Ha dejado el plato limpio –informó limpiando la cara de la niña–. ¡Bien hecho, princesa!
Roxy se acercó aliviada de que él no hiciera ningún comentario mordaz sobre su tardanza.
–Lo siento, me quedé dormida… –empezó a decir.
–Me alegro de que lo hicieras. Tienes mejor aspecto. Estabas fatal anoche.
–Lo sé. Siento no haber sido una buena compañía.
Casi se había quedado dormida en la mesa durante la cena, una cena excelente que él había servido en cuanto acostaron a la niña.
Roxy apenas podía recordar de qué habían hablado mientras comían. De nada conflictivo, o lo recordaría. Habían conversado un poco sobre Hamish y Serena, y sobre Emma y sus costumbres y cómo aprendía a hacer algo nuevo cada día. Después de la cena Cam había rechazado su ayuda en la cocina señalando el lavavajillas, y ella se había disculpado y se había ido dando tumbos a la cama.
–No te preocupes –dijo Cam girándose hacia la niña–. Yo también me quedé dormido –admitió–. Emma no se despertó hasta las siete. Tuve tiempo de ducharme y afeitarme antes.
Ya se había dado cuenta. No solo estaba afeitado y duchado sino que llevaba ropa limpia: un polo granate, pantalones claros y zapatos deportivos. ¿Lo había hecho por ella? ¿O es que había pensado salir dejándola que cuidara de la niña para comprobar su dedicación y si estaba más preparada para devolverle a la niña después de estar unas horas a solas con ella?
Pronto lo averiguó. Mientras el bebé dormía una pequeña siesta y ella estaba lavando ropa, escuchó el timbre de la puerta. Cuando entró de nuevo en la cocina escuchó voces que provenían del salón. Como no quería entrometerse, se metió en el pasillo que llevaba al ala de invitados decidida a darse una ducha y ordenar un poco mientras esperaba a que Emma se despertara.
Una voz de mujer salió del salón.
–Escapémonos a comer a un restaurante, Cam. Esa pariente tuya podría cuidar a la niña unas horas, ¿no es así?
Roxy se tambaleó. La voz de la mujer era juvenil y sensual; y su tono, familiar y posesivo. ¿Era la futura esposa de Cam?
Se giró de prisa. ¿De qué estaba huyendo? ¿Por qué no se enfrentaba a aquella mujer para ver qué clase de madre intentaba imponerle Cam a su sobrina? La voz seductora sonaba más interesada en salir a comer fuera que en pasar tiempo con Emma. A Roxy le hervía la sangre.
Se dirigió al salón otra vez. Allí estaban sentados juntos en el sofá Cam y la mujer. Ella llevaba un vestido ajustado que destacaba sus curvas y estaba inclinándose hacia Cam, con los labios pintados de rojo y el cabello largo y oscuro cayendo sobre sus hombros y sobre el brazo izquierdo de Cam.
«¡Otra morena explosiva!» ¿Es que aquel desfile de morenas impresionantes no iba a tener fin? ¿O aquella era la última?
Cam tenía unos documentos sobre las rodillas. Sintió que se le paraba el corazón. ¿Estaban tramitando una licencia matrimonial? ¿Eran esos los papeles que tenían que firmar?
–Roxy… pasa –invitó Cam apartando los papeles y poniéndose de pie–. Acaba de llegar mi secretaria con unos papeles para firmar. Desde que estoy cuidando a Emma he estado haciendo el trabajo desde casa –explicó–. Quería que mi sobrina se acostumbrara a tenerme cerca todo el tiempo.
«Todo el tiempo». Roxy vio el reto en sus ojos. Le estaba recordando que intentaba quedarse con su sobrina.
Desvió la mirada hacia la morena curvilínea que se estaba levantando del sofá con gesto felino.
–Mirella… –dijo Cam girándose hacia la morena con una sonrisa impresionante. «¿Por qué no me sonríe a mí así, como hizo hace tiempo?», pensó Roxy con amargura–. Esta es la tía de Emma, Roxy Warren. Roxy acaba de volver de América, de una excavación en el norte de México. Es arqueóloga.
–Era arqueóloga –puntualizó Roxy.
–Roxy… –Cam se giró hacia ella captando la hostilidad en su mirada–. Esta es Mirella Brazzi, trabaja para mí en la fábrica de Wollongong. Ella… –se detuvo girándose–. ¡La niña está despierta! Mirella, te importa si…
–Yo iré –se ofreció Roxy rápidamente–. Tú quédate con la señorita Brazzi –sugirió. Normalmente llamaba a la gente por su nombre, pero no quería ser demasiado familiar con la futura esposa de Cam–. Por cierto… No pude evitar escucharos –confesó antes de marcharse corriendo–. Si quieres ir a comer fuera con la señorita Brazzi adelante. Yo me quedaré con Emma. Me gustaría pasar tiempo a solas con mi sobrina. Estoy decidida a recuperar el tiempo perdido ahora que me quedo aquí para siempre.
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