Kitabı oku: «Contra la vida quieta»
Elvio Romero

Elvio Romero (Yegros, Paraguay, 1926) es uno de los más destacados poetas de América. Miembro de la Academia Paraguaya de la Lengua, obtuvo en 1991 el primer Premio Nacional de Literatura de la historia paraguaya. Su nombre suena insistentemente para los premios Cervantes y Principe de Asturias. Su poesía ha recibido el elogio de los más importantes escritores y críticos literarios.
Candaya Poesía, 1
A CONTRA LA VIDA QUIETA - Antología
© Herederos de Elvio Romero
© Prólogo: José Vicente Peiró Barco
Primera edición: diciembre de 2003
Edición de Olga Martínez, José Vicente Peiró y Francisco Robles
© Editorial Candaya S.L.
Camí de l’Arboçar, 4 - Les Gunyoles
08793 Avinyonet del Penedès (Barcelona)
www.candaya.com
facebook.com/edcandaya
Diseño de la cubierta: Francesc Fernández
BIC: DCF
ISBN:978-84-18504-08-2
Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra, por cualquier procedimiento, sin la previa autorización del editor.
Índice
PRÓLOGO
DÍAS ROTURADOS (1948)
PRESENTO A TACAXÍ
TODOS AQUÍ LLEGAMOS
RESOLES ÁRIDOS (1950)
VÉRTIGO
CANTO EN EL SUR
DESPIERTAN LAS FOGATAS (1953)
CASTIGO
ALEGRES ÉRAMOS...
COSTA FERROVIARIA
CARTA A JULIO CORREA
PARAGUAY BAJO EL CIELO
EL SOL BAJO LAS RAÍCES (1956)
EL CUERPO DE MADERA
LAS RAÍCES
EL SANTERO
AGUAFUERTE
EL CEGADOR DE ALONDRAS
ESCRITO EN OTOÑO
LOS HOMBRES
¡A VER, MUCHACHO!
DE CARA AL CORAZÓN (1961)
TUS PASEOS
POR QUÉ
QUISIÉRAMOS
FUEGO PRIMARIO
ESOS DÍAS EXTRAÑOS...
MÚSICOS SOMOS
ESTA GUITARRA DURA (1961)
ESTA GUITARRA DURA
CALOR
CASI CANCIÓN AGRARIA
SIN RESPIRO
CON LA MANO TENDIDA
LIBRO DE LA MIGRACIÓN (YBY-OMIMBYRÉ) (1966)
LIBRO DE LAS MIGRACIONES
UN RELÁMPAGO HERIDO (1967)
UN RELÁMPAGO HERIDO
AL AMOR UN NOMBRE
CABELLOS
ASÍ ES ELLA, ME DIJE
A LA INTEMPERIE
HIMNO
LABIOS
VERANO
OREJAS
SIESTA
SI UN DÍA
HUÉSPED
NUESTRO PAÍS
LOS INNOMBRABLES (1970)
DE CAMINANTE
LA PATRIA
CAMINOS
TREN CON BANDERAS
TRAPICHE
LA SORTIJA
CON LA TIERRA HASTA LA CINTURA
NATIVO
EL HOMBRE INMÓVIL
PARA TODO TRABAJO
LA FRONTERA
SECUENCIA DE UN CRIMEN
YACY (LA LUNA)
MUERTE DE PERURIMÁ, CUENTERO, ENREDADO EN SU LENGUA...
EL TEJEDOR DE MIMBRES
MORENA TORO
NOSOTROS LOS INNOMBRABLES
CON ESE MISMO CORAZÓN QUE CANTABA
DESTIERRO Y ATARDECER (1975)
SINO
SIEMPRE QUE ME VISITAN
ALLÁ
CONTRASENTIDO
POEMA DEL AEROPUERTO
EL VIEJO FUEGO (1977)
EL AMOR
BAJO UNA LUNA GRANDE
CABALGATA
CON TU NOMBRE
CON UN SILBIDO
DUREZA
SEÑALES
SIEMPRE
SON ELLOS
MANTA
NOSOTROS NO MENTIREMOS
LA HISTORIA DE MI CORAZÓN
LOS VALLES IMAGINARIOS (1984)
RELATO SOBRE CHIRÓ, EL HECHICERO, QUE ACOMPAÑÓ A GARAY A FUNDAR BUENOS AIRES Y REGRESÓ VOLANDO AL PARAGUAY
RÉQUIEM PARA UN TITIRITERO
EL ECLIPSE
Y-PORÁ, EL GENIO OSCURO DE LAS AGUAS...
PUEBLO
MARÍA DE JESÚS RIQUELME
ME VE PASAR LA MISMA GENTE
VUELVO HACIA TI, MI TIERRA
FLECHAS EN UN ARCO TENDIDO (1994)
ESO SOMOS
EN EL PATIO
LOS AYOREOS
PIEL Y HUESO
CUMPLIENDO LOS RITUALES
MUTILACIÓN
ASEDIO AL TIGRE
PRESAGIO
ESCAPE
HABLEMOS DE LA TIERRA
OTROS POEMAS
CIELITO DEL PARAGUAY
IMAGINARIO ENCUENTRO CON ELSA MERELES
MBORIAJHÚ PONCHO
ESE CABALLO
DEDICADO A ELVIO ROMERO
ELVIO ROMERO. POETA PARAGUAYO
UNA CARTA
LA POESÍA DE ELVIO ROMERO
HACIA EL PARAGUAY LEJANO

Elvio Romero y León Felipe. México, 1961.
PRÓLOGO
ELVIO ROMERO. POETA PARAGUAYO
José Vicente Peiró Barco
Elvio Romero. Poeta paraguayo. Así se titula el poema que le dedicó Rafael Alberti en 1948. Quizá el maestro gaditano pretendía decir “Elvio Romero = Poeta paraguayo” porque Elvio es el poeta del Paraguay profundo, el de una sociedad desigual que trata de conservar sus raíces y sentirse orgullosa de ser pueblo. “Poeta paraguayo” porque es el gran cantor del país guaraní y el observador profundo de su situación con la perspectiva que le permite la distancia de su residencia en Buenos Aires.
Nunca, como ocurre actualmente, la poesía paraguaya ha presentado una variedad tan nutrida de vertientes temáticas y tendencias estéticas. La poesía del cambio de siglo muestra un vigor inusual en un país tan pequeño y al que se le atribuye escasa tradición literaria escrita. Pero a esta situación se ha llegado por medio de un proceso evolutivo que se inició aproximadamente en 1940.
La Generación de 1940 vino a ser considerada como la gran renovadora y la verdaderamente vanguardista, o al menos impregnada de sus recursos1. Era la hija paraguaya del 27 español. En ella destacaron Josefina Pla, Augusto Roa Bastos, Hérib Campos Cervera (hijo), Hugo Rodríguez Alcalá y Elvio Romero; la mayor parte autores que emigraron al extranjero por distintas circunstancias -políticas, económicas, profesionales y personales-, sobre todo a Argentina. Sin embargo, la vanguardia afectó a la Generación del 40 cuando ya se imponían nuevas visiones estéticas y era necesario el compromiso social humanizador. De hecho, el considerado como máximo renovador del grupo, Campos Cervera, adquiere mayor interés por sus trabajos de temática social que por la práctica de la innovación, quizá porque fue el mejor ejemplo paraguayo del tránsito acelerado hacia la humanización. Fuere como fuere, la lírica del país guaraní inicia su renovación con el anhelo de universalidad de estos poetas.
El mejor exponente del “trino soterrado”2 de esta generación es Elvio Romero. Nacido en Yegros en 1926, tuvo que exiliarse después de la revuelta de 1947 y el triunfo en la misma del general Morínigo, que inició la larga noche de las dictaduras paraguayas que acabaron en 1989 -¿o no?- con el derrocamiento de Stroessner. Su exilio obedeció a factores políticos. Ya en Buenos Aires, fue apadrinado por Rafael Alberti, cabeza visible de los exiliados españoles, y se hizo amigo de Pablo Neruda, que lo integró en los círculos de la poesía latinoamericana. Allí transcurrió su vida y allí se hizo con un nombre dentro de las letras hispánicas, pero nunca dejó de cantar a su tierra y a sus gentes del Paraguay. Desde febrero de 1995, ocupa el cargo de Agregado Cultural de su país en Argentina.
Elvio Romero es a juicio de Hugo Rodríguez Alcalá “el poeta paraguayo más fecundo y más leído fuera de su país” que “hace de la poesía su quehacer absorbente con tenacidad y éxito ejemplares”3. Pero no es un miembro más de una generación literaria: es uno de los escasos poetas paraguayos con voz y personalidad propia, y una obra extensa. Es evidente su parentesco con el Alberti de “clavel arrebatado y espada de agonía” y el Miguel Hernández de “Vientos del pueblo”, a quien ha tributado siempre devoción, como demuestra en su ensayo Miguel Hernández. Destino y poesía, publicado en 1958. Su obra parte del 27 español de la guerra civil, para encuadrarse dentro de la poesía social de denuncia hispanoamericana junto a la de Nicolás Guillén, Ernesto Cardenal, Pablo Neruda, Nicanor Parra y Manuel del Cabral4.
Elvio sólo puede escribir como el que es: el hijo del dueño de un tiovivo y tallador de imágenes de santos, que se ganaba el pan yendo de pueblo en pueblo. En esas circunstancias era difícil que a nuestro poeta le entusiasmara la escuela y fácil que decidiera ser carretero, dada la libertad que se respira en este oficio. Sin embargo, la lectura casi clandestina de un cuaderno de su madre con poemas recortados y pegados de Rubén Darío, Gutiérrez Nájera y Amado Nervo, le hizo descubrir la poesía y ya no la abandonará jamás. Desde ese instante fue consciente de su necesidad de cultivar la palabra con la sensibilidad y el conocimiento.
La lírica de Elvio Romero ofrece matices alejados de los simplismos y lugares comunes del canto igualitarista, aunque éstos sean perceptibles en sus primeras obras. Ya en su primer poemario Días roturados (1948), subtitulado “Poemas de la guerra civil”, aparecen intensos poemas revolucionarios que, como “Presento a Tacaxí” o “Todos aquí llegamos”, despliegan la exaltación y vindicación de un abanico de esperanzadores valores humanos: el coraje, la honestidad, la lucha por un ideal igualitario, la humildad y el sacrificio por la colectividad y por el semejante. En su siguiente obra, Resoles áridos (1950), la influencia del Miguel Hernández niño yuntero, enlaza con el Alberti de verso más ancho de Capital de la gloria, y habría que examinar con lupa de detective las diferencias entre “A galopar” y “Galope en la selva”.
A Elvio Romero no lo ha cantado Paco Ibáñez5. Bien podría haberlo hecho y ampliar el sonido antiimperialista de “Soldadito de Bolivia” con los versos contra los “feroces puñetazos extranjeros” de “Castigo”, perteneciente a Despiertan las fogatas (1953). En este poemario introduce sus primeras añoranzas de los ancestros y sustituye el canto a la lucha armada por el reconocimiento de la condición de exiliado, que le acompañará desde este momento. Recuerda al gran creador del teatro popular paraguayo en “Carta a Julio Correa”; dirige una mirada oblicua a su país “lejano” en “Alegres éramos”; o canta al secular Sur en “Costa Ferroviaria”, donde se combina el verso largo con el breve, en un alarde matrimonial entre la observación y el impulso. Elvio modifica en ocasiones -pero sólo en ocasiones, no habitualmente como sucederá en el futuro- su forma de expresar el enojo y la rabia ante la opresión, sustituyendo la elegía y el himno por el canto, la sublimidad por la ironía sutil.
El sol bajo las raíces (1956) es una mirada hacia sus compatriotas, ya con escasas esperanzas de que la madera paraguaya deje de convertirse en sangre y que se transforme en puño vesperal difícil de quebrar, como expresa el poema “El cuerpo de madera”. Los cantos igualitaristas no se fundamentan en imágenes tan abstractas como las de anteriores poemarios. Cada composición está dedicada a un personaje concreto de extracción popular: el tallista Lacú, el montaraz Valeriano Méndez, el músico José Asunción Flores... Elvio comienza a sentir la necesidad de rendir homenaje a todos aquellos amigos extraviados, en un exilio cuyo final ni se aprecia ni se intuye siquiera a medio plazo.
De cara al corazón (1961) reúne los trabajos escritos entre 1955 y la fecha de su publicación. Aquí nace el Elvio Romero más intimista y cantor del amor sincero y humano. El poema “Fuego primario” es un prodigio de lírica amorosa. “Por qué” es el reclamo de la vida familiar que no pudo ser. En buena parte de las composiciones, se reflejan los sentimientos de los amantes y se percibe un cambio de tonalidad, bien representada por la sustitución, aunque sea momentánea, de la tercera y de la primera persona por la segunda, dado que en esta ocasión sí que existe un interlocutor concreto: la amada. La sentimentalidad se vuelve en ocasiones erotismo liberalizador y el amor es un recodo en el camino de la vida donde se goza con plenitud. Pero este poemario comparte año de aparición con Esta guitarra dura (1961), en el que nuestro autor intensifica su fervor hacia revolucionarios con nombre y apellidos, como Dionisio Arturo Guerrero y Pilar Paredes.
Elvio Romero alcanza un tono poético consumado en Un relámpago herido (1967). Es allí donde se encuentran esos versos tan destacados en su producción: “Fue un relámpago herido, fue un serrano / relámpago en la piel esa corriente / de rumor imantado y sonriente / fertilizada al roce de la mano” (del poema que da título a la obra), o “Somos hijos de la intemperie, / de la indolencia y de la tierra” (de “A la intemperie”). Publicado también en la Editorial Losada, como casi toda su obra, son versos luminosos, de secretos revelados y de noches largas de más de cien años de lluvias. El ansia de totalidad y de perfección del conocimiento es aún mayor en esta obra. La poesía amorosa que recoge está llena de imágenes irracionales, donde se combina la prosopopeya y la metáfora corporal. El autor opta por transformar el verso en prosa lírica en alguna composición como “Varadero”, o por una mayor condensación del contenido en poemas más breves, como “Huésped”.
Sin embargo, esta alegría ante el conocimiento y el amor se desploma cuando Elvio asume su condición de exiliado y su extrañamiento. El poemario dedicado al exilio -su exilio- por antonomasia es Destierro y atardecer (1975), que reúne composiciones sobre el tema escritas desde 1962 hasta la fecha de publicación. El contraste entre el allá y la nostalgia del acá está muy presente en este poemario. Sombras que corren, contrasentidos, vacíos, recuerdos umbríos... Es tarde para el poeta cuando alguien le habla de su país. Se perciben sentimientos de tristeza recorriendo los versos, la desazón, la ausencia de esperanza y, por tanto, la caída en el escepticismo, hasta entonces imperceptible en el autor. Todo para consumarse en “Epitafios del desterrado” que, como bien señala el título, son juegos poéticos repletos de fuerza y síntesis de sentimiento: “Difícil es que pueda dormir bajo la tierra / quien no ha podido nunca dormir sobre la tierra”.
El poemario más denso de Elvio Romero es Los innombrables (1970). Los innombrables son todos aquellos que hoy en día asustan a nuestra comodidad aburguesada: los justos, los pobres, los perseguidos, los rebeldes, los trabajadores conscientes de su realidad, los hombres del sur que gimen ante la opulencia del norte... los desechados de las glebas, que “apenas tenían nombre” por vivir en pobres tierras. Son los pobres y perseguidos que aparecen en “De caminante”, o en ese “Tren con banderas”, en cuyos vagones cabría el Paraguay entero y en el que se condensaría toda la fuerza de las gentes con el afán soterrado de la libertad. “El hombre inmóvil” nos incita a pensar, y es lícito poder seguir soñando “con un país que fuera una corriente de ríos al andar”, como expresa Elvio en “Con ese mismo corazón que cantaba”.
En El viejo fuego (1977), Elvio Romero declara que "si toda la vida me llené con tu nombre", el viejo fuego, metáfora casi ceremonial del amor, no ha de desaparecer. El amor es aquí viaje hacia la lumbre y galope ("Cabalgata") y por ello está asociado al sendero, a la intemperie y a los vientos cordilleranos ("El amor"). Es también ansia de plenitud que lo abarca todo: la amada y la tierra ("Bajo una luna grande"), la casa de la infancia y los padres lejanos ("Son ellos") y el abrazo solidario con los otros ("La historia de mi corazón").
Pero Elvio sigue cantando a su gente, al mundo que dejó sólo físicamente. Incluso, opta por buscar la raíz ancestral de su pueblo en Libro de las migraciones (1966), formado por una única estrofa de carácter mítico a la que precede un intenso prólogo en prosa poética donde se rememora la tierra sin mal y los movimientos de aquellos indígenas antecesores del pueblo paraguayo, quien no ha hecho sino seguir los pasos de aquellos. Las siguientes obras publicadas, Los valles imaginarios (1984) y Flechas en un arco tendido (1994), siguen la línea marcada por sus anteriores obsesiones temáticas, pero con una tendencia más pronunciada hacia la mirada evocativa de su país.
Antes de concluir, hay dos detalles curiosos en la biografía de Elvio Romero. Su obra fue declarada de “utilidad pública” por la dictadura de Stroessner. Sería un acto absurdo, pero de cara al exterior no empeoraba su imagen, ya que no quedaba mal que un autor comunista pudiera ser leído dentro de las fronteras, incluso en la enseñanza media y superior. Podrá parecer contradictorio que un régimen que tildó al comunismo como el monstruo más dañino para el género humano, declarara relevante a un escritor que militaba en ese partido. Pero eso sí: Elvio Romero leído, no recitado, porque la censura no era aplicable en lo artístico, pero sí en lo político, y hay una diferencia notable entre el autor leído y el escuchado. Stroessner había prohibido solamente algunas obras concretas, en realidad más por motivos políticos personalistas y extraliterarios (como la participación del autor en la política activa de oposición dentro del país) que por la ideología desplegada en el texto. Total, ¿para qué prohibir si el número de lectores en Paraguay se puede contar con los dedos de las manos?
El segundo detalle es que nuestro poeta fue el primer Premio Nacional de Literatura de la historia paraguaya. Lo obtuvo en 1991, fecha tan reciente que rinde cuentas del valor que adquirió la literatura en el primer momento de la transición democrática en el país, y también de su nula importancia social hasta entonces. Fue un premio, además de muy merecido, muy significativo del deseo de romper con la división entre los dos Paraguay: el de los exiliados y el de los insiliados.
Terminemos indicando que Elvio Romero es un poeta de la vida, simbolizada por el fuego en sus composiciones, de la vida posible y plausible, donde reine la justicia, la camaradería y el amor. Elvio reivindica la fantasía, pero no la que se destina a adormilar conciencias, sino aquella tan necesaria, especialmente en su maltratado Paraguay, que las despierta y las vuelve reivindicativas. Por algo es el poeta paraguayo más conocido en el exterior, a pesar del silencio que prevalece sobre la literatura de su país.
Notas
1 La tesis más o menos establecida es la de Hugo Rodríguez Alcalá, en “El vanguardismo en Paraguay”, Pittsburg, Revista Iberoamericana, 118-119 (enero-junio 1982), pp. 241-255.
2 Así se titula la mejor antología paraguaya de poesía social, que preparó el poeta Luis María Martínez, y que se publicó en Asunción, Ediciones Intento, 1986.
3 Hugo Rodríguez Alcalá – Dirma Pardo Carugati: Historia de la literatura paraguaya (2ª edición), Asunción, El Lector, 1999, p. 132.
4 Las preferencias líricas y autores predilectos de Elvio Romero pueden determinarse con la lectura de El poeta y sus encrucijadas (Asunción, El Lector, 2002), texto que reúne los artículos literarios de nuestro autor. Su devoción a Miguel Hernández tuvo reflejo suficiente en su ensayo biográfico subjetivo Miguel Hernández. Destino y poesía, (Buenos Aires, Losada, 1958).
5 Su poesía ha sido musicada por autores y conjuntos paraguayos como Vocal Dos.
DÍAS ROTURADOS (1948)
PRESENTO A TACAXÍ
Yo puedo presentaros:
Tacaxí, manchado en lodo,
cincelado con duras herramientas boreales
en la cruda materia del desierto,
retazo de follaje endurecido,
contextura gomosa que ha tallado la selva
con buril de vegetales.
Tacaxí,
de ásperas proporciones, indio de arcilla,
mojado con aceite primitivo
de frutas y de charcas,
semilla programada por el tiempo,
mensajero de rosas ancestrales,
turbulencia estelar,
sorbo de tierra.
Una violencia antigua
le cruza todo el cuerpo de mandioca,
esa puerta entreabierta de los párpados
donde pesa un letargo con cerrajes
de cobre milenario.
Poblado por el viento
-con ese taciturno sigilo de los tigres,
de las bestias nocturnas-,
varón de los senderos aborígenes,
sale de un laberinto complejo de cortezas,
de pesado desorden, de veranos,
de atávicos rituales
o de secos tunares ya longevos.
Tacaxí:
sensual; enérgico y severo;
Tacaxí:
sorbo de tierra.
II
¿De dónde vino el indio? ¿De dónde su pesado
carbón mordido y negro?
¿De qué maraña amarga su pecho de combate,
su nocturno pedazo de forestal diadema,
su olor a arcilla, a barro,
su reliquia de pobre soledad desgarrada,
su calor cotidiano de quebranto y desvelo?
¿Por qué su mano antigua descubre los secretos
de aquella carretera de sonidos
trazada sobre el mapa del círculo y del cuero?
¿Por qué rueda en sus manos con tan vivida urgencia
la exactitud raída de la flecha?
Tambor nocturno, cuero de tambores nocturnos:
el Paraguay le enseñaba sus sensibles
lastimaduras de paloma herida,
su agredida intemperie y transparencia,
su asediado ramaje de lapachos
con sombras violentadas, sus trituradas ramas.
No sólo por el aire,
no sólo por las plantas y raíces
llegaron muertes, crímenes,
sino por todo el ancho calor de los caminos
que fatigan hurgando en los desiertos
Llegando al aguerrido terraplén de los toldos.
III
Testimonio del tiempo,
vínculo inmemorial, cuero extendido:
moreno Tacaxí,
centinela de edades apagadas,
retazo de oquedad, greda callada.
Juntó flecha y fusil, tambor y dianas,
superando aquel mito de la sangre
fructiferando engaños,
mayorales, látigos,
y negra pulpa de dolor indígena.
Tocó la fibra popular el indio
cuando llegó a la dura gravedad
combatiente.
Y fue un soldado más por estos campos,
un cuerpo con furor secreto y ávido.
Yo hoy puedo presentaros:
Tacaxí, sorbo de nuestro suelo.
TODOS AQUÍ LLEGAMOS
Todos y cada uno,
todos aquí llegamos
con un aire de sol y viento con paisajes,
mordiendo un odio largo, largamente callado,
y poco acostumbrados a este oficio de horror,
de turbio fango.
Pecho al calor abierto.
Con cabellos hirsutos, puños, arterias, manos,
trajinamos senderos de osamentas
y uniformes amargos.
Con un anochecer en las pupilas,
y un tanto fatigados
de estampidos y muertes y tensiones,
caminamos, vibramos y matamos.
Rudo dolor de pueblo, ruda angustia
de pueblo asesinado.
Por eso vamos todos, cada uno,
para poder vengarlo.
Con un aire de sol y viento con paisajes,
soñadores, osados, temerarios;
con un sacudimiento de tierra descuajada
y arada a fogonazos
RESOLES ÁRIDOS (1950)
VÉRTIGO
No toquéis esta tierra si no tenéis la sangre
dispuesta a ser después antorcha viva,
quemazón de parte a parte.
Mapa descolorido (sol, paisaje),
entre golpes arado por terribles
y secas soledades.
De Norte a Sur, resolanas que salen
por la epidermis como un tufo denso
que al viento se deshace.
El Sur, callado, una corona que abre
como una mano antigua su silencio,
su dolor, por el aire.
Un hedor calcinado de yerbales.
Un verano que acecha entre las ramas
y en el sudor se expande.
El Norte, duro, un combatiente sable
de abierto cortezón y de tanino;
furor de quebrachales.
Lúbricos mediodías que se esparcen
por las grietas escuálidas, sedientas,
que encandilan la sangre.
Y el Centro, un corazón quemante,
latido potencial, alforja verde,
crisol de mandiocales.
Encendidos terraplenes, hondos valles
paren niños con ojos dilatados
y estómagos con hambre.
Desde antiguo esta tierra tiene arranques
de furor que le arañan los raigones
como rayos brutales.
A martillazos forja este linaje
de hombres que tienen la corteza dura,
que en las cortezas laten.
Bordado a lento fuego, su ropaje
nos cubre con su seca virulencia
de calor sofocante.
No la toquéis si no queréis que os claven
su espina roja, su ademán terroso,
su vértigo implacable.
Callada es esta tierra. ¡No la toquéis!
Sus polvaredas arden.
CANTO EN EL SUR
Esta noche, en el Sur,
me he mirado en tus ojos.
Soy como tú,
de piel morena, oscura, oscura,
con estrellas heridas por adentro
y por fuera sudor, cáscara ruda.
Tengo la sangre hirviendo
como un sinuoso trueno derramado,
tengo las manos ásperas
como herramientas duras y soleadas;
tengo los ojos lúbricos
como lúbricas raíces.
Esta noche, en el Sur,
me he mirado en tus ojos.
Te vi ayer en el Norte;
vi en el Norte lo mismo, el mismo
y primario dolor sobre los cuerpos,
el aguardiente galopando a sorbos
y lo demás lo mismo: el mismo
brazo sudando a contraluz sangrienta,
el mayoral que brama entre los árboles,
los mismos ojos sin calor, la misma
temblorosa epilepsia del sudor,
los mismos exprimidos,
¡los mismos coronados!
Esta noche, en el Sur,
me he mirado en tus ojos.
Soy como tú,
la misma turbulencia contra el mismo espejismo,
idéntico remanso bajo la misma noche.
Conservo el sortilegio
de estas zonas arbóreas que me cercan.
Tengo la risa ronca
y estas anchas tristezas.
De piel morena, oscura,
pisando en el calor exasperado.
DESPIERTAN LAS FOGATAS (1953)
CASTIGO
A esta pobre comarca
le han cruzado la piel a latigazos,
le inflamaron los pozos
negros del llanto,
la cicatriz de la ira,
le abrieron los muñones a golpazos,
a insoportables ramalazos secos.
Le han rajado la cara
con estampidos de odio.
Y ayer, ¡qué bien sonaba! ¡Qué bien
su mandiocal sonoro,
sus caballos que andaban enloqueciendo el belfo
por el nivel lluvioso del paisaje,
su juvenil coraje de muchacho,
su música de troncos,
su quebracho!
Aquí,
aquí han puesto la mano,
aquí desbarataron las centellas,
aquí las iniciales de los jóvenes muertos
van del bucle del aire a los claveles,
aquí el puñal del odio,
aquí mataron.
Severa era la vida, como el ceño
ilustre del anciano que con barba de maíces
trajinaba sus pies por la comarca;
severa la intemperie, severo el infalible
recuento de los astros. ¡Y qué bien alumbraba
la lumbre sobre el leño!
Pero aquí han puesto fuego,
hambre,
polvo desaliñado,
cenizas y mortajas;
le han sorbido los huesos, le han labrado
la cara con hachazos.
Aquí han puesto la mano.
Y además, golpes,
golpes rabiosos,
golpes en la cara,
¡feroces puñetazos extranjeros!
ALEGRES ÉRAMOS...
Usted sabe, señor,
qué alegría colgaba en la floresta;
qué alegría severa
como raigambre sudorosa;
cómo el alegre polvo veraniego
fulguraba en su lámina esplendente,
cómo, ¡qué alegremente andábamos!
¡Qué alegremente andábamos!
Usted sabe, señor,
usted ha visto cómo
la lluvia torrencial sempiterna caía
sobre un textil aroma de bejucos salvajes
y cómo iba dejando con sus pétalos húmedos
su flora resbalosa,
su acuosa florería.
Usted sabe, señor,
cómo los sementales retozaban
hartos de florecer, jubilosos de hartazgo,
y poderosamente la noche deponía
su amargura en la altura del rocío
tal como deponía la desdicha
su arma en las arboledas.
Usted sabe qué alegre
aflicción de racimos por las ramas
en frutal arco iris vespertino;
cómo alegres luciérnagas subían
a encender las estrellas,
a conducir azahares que estallaban
como emoción nupcial o lumbraradas.
Usted sabe, señor,
que antes de que aquí se enseñoreara
la pobreza, frunciendo hasta las hojas,
desesperando el aire,
bien sabe, bien conoce
que cualquier miserable aquí podía
fortificar un canto en su garganta,
en su pecho opulento.
(¡Cómo podías reír, muchacha mía!
Juvenil, ¡cómo izabas
una sonrisa fértil como un grano,
cómo te coronaban los jazmines
y cómo yo apuraba
mi vaso de fervor! ¡Qué alegres éramos!)
Antes,
antes de la amargura,
antes de que sorbiéramos
un caudaloso cáliz de indigencias boreales,
antes de que amarraran los perfumes,
antes de que supiéramos
que en su reverso el sol guardaba al hambre,
¡qué alegres caminábamos!
Antes,
antes de que al aura ofendieran,
de arrancar la raíz sangrándole los bulbos,
antes del mayoral, del tiro, antes del látigo,
qué alegría, señor,
¡qué alegremente andábamos!
COSTA FERROVIARIA
Es el sur.
Residuos óseos. Blancas osamentas
de reses que cayeron derribadas
por un golpe feroz de polvaredas.
Hierba vieja.
Es el sur.
Sequía. Las cañas orilleras
desafían al sol con sus penachos
de sequedad y soledosa pena.
Cañas secas.
Es el sur.
Rastrojos. Manantial seco, desierta
respiración sedienta de los cielos
sobre la red fogosa de la tierra.
Agua muerta.
Es el sur.
Escuálidas mujeres. Cabelleras
como fibras hostiles que parecen
despojos sin sostén de la tristeza.
Pálidas hebras.
Es el sur.
Fosca desolación. Fondo de hoguera
que estampa su amarilla vestidura
en un pobre ramaje de arboledas.
Polvaredas.
Es el sur.
Rígidas líneas, rojas carreteras
bostezando su tedio en el silencio
de los montes oscuros que bordean.
Sol que tuesta.
Es el sur.
Árboles quietos. Niños que contemplan
con los lívidos ojos y los vientres
al viento, como cruces de pobreza.
Hambre negra.
Sol que tuesta.
Cañas secas.
Agua muerta.
El Sur!
Insufrible vacío que se incendia!
CARTA A JULIO CORREA
Julio: vuelvo a escribirte ahora, madurado
en este oficio amargo de recordar mi tierra,
llena de estragos hondos y un sino desolado,
la que dejó mi vida tendida en su costado
izando hasta su cielo las sombras de la guerra.
Te recuerdo plantado como un árbol frondoso
ante el nivel caliente de un crepúsculo abierto,
árbol antiguo, agreste; ramaje poderoso
de empurpurada tierra, de polvo fragoroso
resumiendo el silencio del paisaje desierto.
Cuando imagino, Julio, que allí la vida tiene
un telón de sombrío derrumbe oscurecido,
que es una rosa ardiente la pasión y sostiene
el corazón su rama de espinos, se me viene
la voz en hondo trueno de pasión encendido.
Has conocido siempre la vida más amarga
y su sabor amargo lo llevaste prendido
como algo que en la ciega soledad nos descarga
una dura tristeza, una tristeza larga
arándonos el pulso y el puño decidido.
Has conocido al hombre cuando enseñó el severo
reverso de su sangre poderosa y bravía,
que luego se hizo llama de fuego y sol señero,
torrentera boreal, remanso verdadero,
abriendo por los montes rayos de valentía.
Todo fue un tiempo clara severidad, tranquilo
beso del esplendor en la luz mañanera,
de roja claridad acostada en el filo
de la tarde, del limpio albor llevando en vilo
el amor, la mies clara, el sol, la primavera.
Después... lo que sabemos! Viejo dolor ceñido
al bulbo terrenal que la vida sustenta;
viejo dolor de pueblo castigado y caído,
de pueblo que levanta su ardor amanecido
en la humillada noche como dura tormenta!
Después... lo que sabemos! La libertad vendida,
vendido el cielo claro, vendidas las amigas
albas que demoraban su ramazón florida,
vendido el aire suave, la brisa atardecida,
vendido el corazón, vendidas las espigas!
La libertad, fogosa, reclama nuestra mano,
dulce como los sueños, roja como la brasa
de un tizón que resalta hacia un confín lejano.
La libertad, tan simple como un trigo lozano,
cual la mesa raída y el vino de tu casa.
¿Escucharás también la nueva melodía?
¿No has aguardado acaso que la vida recobre
la fabulosa gracia de vivir la alegría,
de vivirla en las cosas más tiernas cada día,
en el bucle de un niño o en tu mantel de pobre?
Cuando regrese, Julio, habrá flores dichosas
acogiendo el anuncio de las nuevas semillas.
Todo tendrá el aroma de las cosas sencillas.
La tierra, el alba pura se abrirán generosas.
Nosotros, como siempre... cantando maravillas!
PARAGUAY BAJO EL CIELO
Y aun vosotros,
resquicios ignorados, sitios despavoridos,
fabulosos confines de mi encendida patria:
¿aún seguiréis así, hacinados,
hurtándonos del pecho manantial inflamable,
dejándonos la misma voz profunda
como ráfaga usable para mejores días,
estas gargantas secas, despiadadas,
como un torrente antiguo de todas las llanuras?
¿Qué hay, valles profundos,
qué hay entre vosotros y mi sangre,
soledosos arcones, patios inmemoriales,
que así, sin posible reposo,
busco quemar la voz en vuestra luz temible?
¿Qué habéis hecho de mí que cuando toco el pecho
buscando un pecho de hombre
toco llanuras áridas, parajes solariegos,
un espeso y viviente follaje conmovido?
¿Qué habéis hecho de todos vuestros hijos,
con qué desasosiego desplomasteis la noche
sobre el granito férreo de sus hombros;
con qué cruel arcilla modelasteis sus torsos,
en fragor de qué yunques vegetales sus manos
que ya parecen árboles andantes,
activas vestiduras de raíces fragantes?
¡Bien sé que ahora poco
o nada valdría la voz si no llevara
un puñado siquiera de ese fragor intacto
que bruñe el consumido rumor de vuestra música,
la herencia enloquecida del polvo y del escombro
que horada vuestros límites de sombra,
sin que nos duela el alto ramaje castigado,
sin que nos acometa una sed
de rabiosas centellas!
Estos ácidos frutos
de violentas pasiones, de zumos desabridos
que ahora masticamos al trajinar el polvo,
irremediables frutos de penuria y recuerdos:
¿acaso han madurado bajo el reloj de arena
de estos años difíciles
o es que son el resumen intacto y poderoso
de vuestra savia trágica y oscura
que nos arredra el fondo caliente de la sangre?
¡Pero qué amargo pozo,
pero qué amargo pozo si alguna vez dejara
de nutrirme en vosotros de un aliento terreno;
qué amargo andar gozando claror de albas ajenas,
no padecer la fiebre
de esos hendidos y hoscos territorios lejanos,
de la infalible luna lívida y polvorienta!
¿No es acaso posible
que nos topemos siempre, cara a cara,
con puntual asistencia bajo el ciclo perpetuo
de las constelaciones, que hablemos largamente
mordiendo la presencia de todo lo que es nuestro,
librándome a los rumbos ignorados
que me abran las fronteras -despejadas de sombrade vuestro corazón penoso y desolado?
¿No es acaso posible
que todo salga de los innominados
límites calcinados de las tierras sedientas:
la libertad, la vida, el viento de los montes soleados,
el agua que en la fuente de la mano extendida
pudiera reflejar las estrellas remotas,
lo que hace falta al hombre, el simple pan,
el iris del cenit encendido,
las anchas rutas para sus aventuras?
¿Aún seguiréis así,
desmoronando barro fragoroso en las manos,
aún así, fabulosos,
consternados paisajes taciturnos,
labrando nuestros rostros, asediando a la sangre
y aposentando en ella frisos de sufrimientos
y dando a cada cual un gesto, un verdadero gesto
de gravedad solemne,
de austeridad paciente e inmemorial?
¡Ay! ¡Surtidme de centellas!
Llenadme la garganta de un tallo más profundo,
de una voz con un eco de golpeados tambores
con que pueda calar las más graves honduras,
catar la faena dura del humus que en la noche
verifica las gotas del sudor en la tierra.
Abridme el brocal ciego de vuestro gran silencio.
¡Dejadme en el fervor como me habéis dejado
para siempre en la vida!
EL SOL BAJO LAS RAÍCES (1956)
EL CUERPO DE MADERA
Tienes, patria, las manos de madera,
todo el herido cuerpo de madera,
madera y resplandor;
el sudor como lluvia de madera,
de madera los huesos, de madera
dispuesta a resonar.
De madera la sangre.
(¡Chaparrón de madera!)
De madera los ojos.
(Cristal de la madera)
De madera los gestos.
(Sesgos de la madera)
¡Forestal capitán de la madera!
Te hicieron con guitarras de madera,
cajas de percusiones de madera
se rompen a tu andar,
tu mismo andar es playa de madera,
playa para las olas de madera,
de madera y calor.
De madera las uñas
(Filos de la madera).
De madera los ojos,
de madera.
Y fibra y capitán de la madera,
¡de madera el amor!
Por eso tienes, patria, de madera
el puño vesperal, de una madera
difícil de quebrar,
la más clara esperanza de madera,
de madera encendida, y de madera
¡tu duro corazón!
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