Kitabı oku: «La quimera»

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La quimera


Emilia Pardo Bazán

Colección clásicos Mujeres escritoras


Triunfo, amor y muerte


PARDO BAZÁN, Emilia: La quimera

Edición original CDU: 821.134.2-3

Biblioteca Nacional de España

© obra Emilia Pardo Bazán

© reedición 2021 Ediciones Garoé

© imágenes: Casa Museo Emilia Pardo Bazán, Fundación Cervantes

© positivo del retrato en portada de Emilia Pardo Bazán, por Joaquín Vaamonde, 1894

© adaptación y actualización de la obra: María Ibaya Yuste González

© prólogo: Ela Alvarado

© dibujo patrón floral: Paula Marián Amado

© vectores ilustraciones: Luxuryos

© maquetación y diseño de cubierta: Garoé Designer

© maquetación ebook: CaryCar Servicios Editoriales

© corrección: Víctor J. Sanz

ISBN: 978-84-121248-0-4

Depósito legal: GC 55-2021

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Agradecimiento

A ti, Emilia, que en uno de esos días de «sentires y llamamientos» llegaste a mí, con la fuerza de la palabra «porvenir», y destruiste el muro obsidiano que yo misma había levantado a prosas dulces y certezas. Llegaste a mí, con la valentía de las mujeres resilientes, y construiste bajo mis pies un sendero de piedra de luna blanca y ojos de gato. A ti, Emilia, que en uno de esos días sellaste la luz en mí.

María Yuste


Índice

  Prólogo

  Sentires y llamamientos PERSONAJES

  Acto Primero ESCENA I ESCENA II ESCENA III ESCENA IV ESCENA V

  Acto segundo ESCENA I ESCENA II ESCENA III ESCENA IV ESCENA V ESCENA VI

  I

  II LAS CUATRO MEDITACIONES Primera meditación: en la sombra Segunda meditación: la escala Tercera meditación. Las lágrimas Cuarta meditación. Canción de bodas

  III

  IV Bruselas Amberes La Haya Harlem Ámsterdam Brujas Gante

  V

  VI

Prólogo


Emilia Pardo Bazán es una de las pocas escritoras que forman parte del canon literario del siglo XIX. Uno de los pocos nombres femeninos incluidos en los manuales de literatura.

Sin embargo, las líneas que se le dedican no suelen ir más allá de señalarla como una representante destacada del naturalismo y una escritora que mantuvo contacto con importantes autores franceses de la época (Víctor Hugo, Zola). Tal vez se mencione su relación personal con Pérez Galdós, como si esta justificara la relevancia de su literatura, y sus intentos fallidos de ocupar un sillón en la Real Academia Española de la Lengua, más como una anécdota por las reacciones virulentas y misóginas de quienes velaban por el buen nombre de dicha institución que como una injusticia flagrante para con la escritora gallega.

Emilia Pardo Bazán fue una mujer que huyó de etiquetas y de reduccionismos, que no consintió que la utilizaran para avalar movimientos o causas: una mujer curiosa, inquieta, fiel al consejo de su padre de que no había nada que un hombre pudiese hacer y que a ella le fuese vedado.

Fue una intelectual mucho más política de lo que se la ha considerado, una mujer moderna, cosmopolita, con un profundo sentimiento nacionalista español. Católica, feminista —con un pensamiento más cercano al actual que al de su propio tiempo— y elitista. Una figura cargada de contradicciones, «siempre con el deseo de explorar una cosa y su contraria», como señala su última biógrafa, Isabel Burdiel. Alguien que no quiso ponerle límites a sus inquietudes intelectuales y a su afán observador. Estudiosa de las distintas corrientes culturales y políticas de su época, españolas y europeas, siempre estuvo pendiente de los avances científicos de su tiempo. Emilia Pardo Bazán trabajó a conciencia su perfil público de pensadora, erudita y escritora profesional, una cuestión excepcional en el siglo XIX.

El desarrollo de una personalidad tan arrolladora tuvo lugar desde el privilegio de haber nacido en una familia muy bien situada socialmente —aunque no fue aristócrata hasta 1871, cuando se le otorgó el título de conde a su padre, José Pardo Bazán y Mosquera—, adinerada y liberal. Hija única, se educó en casa, como correspondía a las señoritas de su posición, pues los centros de aprendizaje eran concebidos exclusivamente para los varones. De 1857 a 1860, la familia se traslada a Madrid para que la pequeña Emilia pudiese asistir a un colegio francés, uno de los más elegantes de la capital. Su familia siempre alentó su gusto por la lectura, y la joven tuvo libertad para acceder a la biblioteca paterna y a las de los amigos de los Bazán de la Rúa. Su padre solicitó licencia eclesiástica para que su hija, desde los dieciocho años, pudiera leer libros considerados heterodoxos.

Conferenciante, editora, crítica, periodista, novelista, triunfó en todos los géneros literarios que cultivó, salvo en el teatro. Hablaba francés —impartió conferencias en París—, inglés y alemán, idioma este último que aprendió para leer a los filósofos alemanes en su lengua original. Se separó de su marido, con quien siempre mantuvo una relación cordial, y solo unos meses después pasó a formar parte de la Asociación de Escritores y Artistas Españoles. Viajaba sola y pasaba largas temporadas en París. Las mañanas las dedicaba a la investigación en la Biblioteca Nacional y por las tardes asistía a reuniones de sociedad, donde alternaba con lo más granado de la Europa de la época.

Emilia Pardo Bazán fue una escritora prolífica, una cuentista brillante con más de seiscientos cuentos publicados, pionera en el género negro y policíaco. Y aunque nunca se limitó a un estilo ni a un género, tal vez su obra mejor lograda sea su propio recorrido vital, lleno de luces y sombras, incapaz de ajustarse a unas líneas y a una sucesión de tópicos, una mujer en constante evolución, que supo avanzar a pesar de las enormes dificultades sufridas por las mujeres de su tiempo, deseosas de ser algo más que el ángel de su hogar.

Las obras de madurez de la escritora coruñesa están consideradas, por parte de la crítica actual, como lo mejor de su amplia trayectoria.

A este periodo pertenece La quimera, a la que seguirán Dulce dueño y La sirena negra, trilogía conocida con el título de Triunfo, amor y muerte.

La intención de Pardo Bazán era conformar una serie, «el ciclo de los monstruos», que continuaría con La sirena rubia, La esfinge y El dragón. Desgraciadamente, estos nunca llegaron a materializarse.

La quimera, publicada por fascículos en la revista La Lectura, se presentó como libro en 1905. El protagonista es Silvio Lago, un pintor gallego decidido a triunfar y a dedicar su vida a la búsqueda de un estilo propio que le permitiera aportar algo nuevo a su arte. Procedente de una familia de escasos recursos, la historia comienza con Lago de regreso de Buenos Aires, como tantos migrantes españoles de la época. Con el apoyo de la baronesa de Dumbría y su hija, una compositora consagrada, el joven pintor se dará a conocer en Madrid. Seguirá su camino hacia París y, tras vivir distintos episodios de variada naturaleza, regresará de nuevo a la Alborada, nombre que Pardo Bazán utiliza para referirse a Galicia.

Esta estructura circular muestra el desarrollo del personaje, pues el Lago que salió de Meirás —casa de verano de las de Dumbría— no será el mismo que regrese tiempo después. Las experiencias vividas, las personas que ha ido conociendo en su recorrido y las constantes dudas sobre el sentido de su vida y de su arte lo han transformado por completo.

Esta edición de la obra inaugural de Triunfo, amor y muerte se acompaña de un prólogo de la autora gallega, en el que intenta salir al paso de las acusaciones de haberse inspirado en nombres de la sociedad del momento. Para quien se acerque a su lectura en la actualidad, puede resultar de interés saber que Silvio Lago está claramente inspirado en Joaquín Vaamonde, pintor coruñés que, al igual que el protagonista de La quimera, pidió a Pardo Bazán que le permitiera retratarla y que mostrara el resultado a sus amistades en Madrid, lo que le supuso numerosos encargos. Ese primer retrato es el que ilustra la cubierta de esta edición de La quimera.

Si Lago es un claro trasunto de Vaamonde, se puede adivinar a Emilia tras el personaje de Minia de Dumbría, la afamada compositora, generosa confidente de Silvio; pero también podemos encontrar pequeños detalles fácilmente identificables en la vizcondesa de Ayamonte, Clarita. Incluso en los desvelos artísticos de Lago.

Los personajes femeninos resultan especialmente atractivos por su variedad, sus claroscuros y su autonomía. La novela cuenta con un amplio abanico de mujeres fuertes, cada una a su manera, que no responden a los modelos habituales: una ha entregado su vida al arte, la quimera que terminará por devorar también a Vaamonde, pero ella lo hará desde el sosiego que le proporciona su posición acomodada; otra terminará por entregarse a la religión —a pesar de la negativa de su familia—, dichosa de encontrar, por fin, una razón de ser. No falta la que se verá engullida por el tedio y busque medios menos espirituales de soportar el mal du siècle, desembocando en pura maldad y, finalmente, la que decide desempeñar el papel de madre y protectora del pintor.

La quimera es un ejemplo de la maestría de Emilia Pardo Bazán en el género de la novela: su capacidad de observación, de análisis de una sociedad que sufría el mal del fin de siglo, la creación de personajes —resultan significativos los nombres elegidos y su constante evolución—, la ambientación y las descripciones minuciosas. Todo ello nos permitirá recorrer las calles de Madrid y de París, movernos por los salones de la alta sociedad del XIX, compartir las reflexiones de Lago sobre el arte de los grandes pintores y vivir las angustias de sus personajes.

La quimera fue, y es, una obra valiente y con méritos suficientes para ser rescatada del olvido y ser reivindicada como un clásico de la literatura. Una de esas novelas que, al igual que su singular creadora, se ha ganado el derecho a ser considerada una obra imprescindible.

Ela Alvarado

Los sentimientos no los elegimos, se nos vienen, se crían como la maleza que nadie planta y que inunda la tierra. Y los sentimientos delátense a veces en puerilidades sin valor aparente, en realidad elocuentísimas, reveladoras de la verdad psicológica, como ciertos síntomas leves denuncian enfermedades mortales.

Emilia Pardo Bazán


Sentires y llamamientos


Había prescindido en mis novelas de todo prefacio, advertencia, aclaración o prólogo, entregándolas mondas y lirondas al lector, que allá las interpretase a su antojo, puesto que tanta molestia quisiera tomarse; y esta costumbre seguiría en La quimera si, apenas iniciada su publicación por la excelente revista La Lectura, no apareciese en un diario de circulación máxima un suelto anunciando que «claramente se adivina, al través de los personajes de La quimera, el nombre de gentes muy conocidas en la sociedad de Madrid, por lo cual el libro será objeto de gran curiosidad y de numerosos comentarios».

Pequeñeces, se me figura que al público se le ha abierto el apetito. Fue Pequeñeces (tendrán que reconocerlo los más adversos al padre Coloma), plato tan sabroso que trabajo le mando al cocinero que sazone otro mejor. ¿Qué especias emplear? ¿Qué salsa componer? No vale cargar la mano en la guindilla, que no por eso saldrá el carrick más en punto. Pequeñeces, a la verdad, y es justo decirlo, alborotó sin recurrir a tratar de aberraciones, perversiones y demoniuras con que hoy las letras van familiarizándose. Por ley natural de la escala de sensaciones, se piden nuevos estímulos; vibra irritada la curiosidad, y la musa ceñida de negras espinas, la de la sátira social, que levanta ampollas como puños, aguarda su hora. A todo novelista que por exigencias del asunto tiene que situar la acción en altas esferas o sacar a plaza tipos más o menos semejantes a los que por ahí bullen, se le pregunta con ahínco: «¿Nos trae usted la continuación de Pequeñeces? Eso sí que nos encantaría. Agotaríamos la edición…».

Reconozco que en la sátira social pueden hacerse maravillas. Remontémonos: ¿quién ignora que Dante, en la Divina comedia, saca al sol los trapitos de sus contemporáneos y conciudadanos, sin omitir lo gravísimo (recuérdese su conferencia, en el Infierno, con Brunetto Latini). Los profetas de Israel, que iban clamando contra las iniquidades de su época, sin respetar ni a las testas coronadas, ¿qué fueron, descontada su sacra misión, sino satíricos andantes? La antigüedad, más realista cien veces que nosotros, no concibió el drama con personajes inventados; y los dramaturgos griegos fundaron su teatro en sucedidos históricos y en interioridades regias. En la Odisea, y aun en la Ilíada, hizo algo semejante Homero; Shakespeare (siguiendo las huellas de Sófocles y Eurípides), en sus dramas históricos, dramatizó sucesos casi actuales y retrató a los reyes, reinas y magnates con relieve cruel. Creo que basta de ilustres ejemplos, y que no será desdeñar el género si declaro que no pertenece a él La quimera, ni fustiga, palabreja tan en uso, a nadie, ni verosímilmente provocará, siquiera por ese concepto, comentario alguno.

Si se me permite una breve digresión antes de indicar, por mi gusto y no porque interese, qué idea desenvuelvo en La quimera, observaré que quizás no se ha definido claramente la sátira social y solemos confundirla con la sátira de clase y la personal. Sátira social es aquella que, en los vicios y faltas de las clases o de los individuos, sorprenden los síntomas de decadencia y descomposición de la sociedad entera y se adelanta a la historia: tales fueron algunas de Quevedo (no todas, ciertamente); tales, las famosas de Juvenal, donde resuena el toque de agonía del Imperio romano. Sátira de clase es la que ve solo en el conjunto un factor y a él endereza sus tiros. Así, Álvaro Pelagio lamentaba especialmente los pecados y desmanes de la clerecía. La sátira personal amontona, sobre pocos o sobre uno solo, las culpas de todos; es, de fijo, la más apasionada y sañuda, y como ejemplo citaré el Paralelo de Villergas entre Espartero y Narváez. Para ser víctima de esta última clase de sátira, es preciso descollar.

Pequeñeces, aun cuando dejase entrever fisonomías que, no obstante las protestas del autor parecieron conocidas, tenía alcance de sátira social: censuraba un estado general, lo podrido de Dinamarca. Los demás novelistas españoles se han limitado a la sátira de clase (aunque haya en Galdós no poco de sátira verdaderamente social difusa). Y al escribir la sátira de clase (de la aristocrática, única que como clase ha sido satirizada en la novela), frecuentemente confunden a la aristocracia con «la buena sociedad», que no será todo lo contrario, pero tampoco es lo mismo.

Circunscrita la sátira al Madrid de los salones, deja de ser de clase y es, a lo sumo, de círculo o cotarro, degenerando en personal infaliblemente. Sin embargo, yo no he solido ver, en las novelas satíricas, esas semejanzas parlantes con zutano o mengano y más bien sentí extrañeza al reconocer el corto tributo pagado a una realidad, ni difícil de observar, ni pobre en colores y formas sugestivas. Y discurriendo acerca de este efecto, doy en creer que la intención de la sátira estorba el paso a la verdad, como la caricatura al parecido, y que para pintar lo que fuere, altas, medianas o bajas clases o individuos, es de rigor atenerse a la verdad sencilla (no a la verdad nimia), y entrar en la tarea con ánimo desapasionado. Sobre todas las cosas deberá evitar el novelista el propósito de adular la maligna curiosidad y la concupiscencia de los lectores.

Viniendo a La quimera, en ella quise estudiar un aspecto del alma contemporánea, una forma de nuestro malestar, la alta aspiración, que se diferencia de la ambición antigua (por más que tenga precedentes en psicologías definidas por la historia). La ambición propiamente dicha era más concreta y positiva en su objeto que esta dolorosa inquietud, en la cual domina exaltado idealismo. Es enfermedad noble y una de las que mejor patentizan nuestra superioridad de origen, acreditando las profundas verdades de la teología, el dogma de la caída y la significación del terrible árbol y su fruto. El mal de aspirar lo he representado en un artista que no me atrevo a llamar genial, porque no hubo tiempo de que desenvolviese sus aptitudes, si es que en tanto grado las poseía; pero en cuya organización sensible, afinada quizá por los gérmenes del padecimiento que le malogró la aspiración, revestía caracteres de extraña vehemencia. Ignoro lo que el desgraciado joven hubiese hecho; conozco, en cambio, lo que le agitaba y enloquecía, cómo se dejaba arrastrar palpitante en las garras de la quimera; y la batalla entre su aspiración y las fatalidades de la necesidad me pareció tanto más dramática, cuanto que, para un artista en quien la quimera no tuviese fijos sus glaucos ojos, la situación de halagado retratista de damas hubiese sido gratísima y provechosa. El rapín bohemio, soplándose los dedos en su solitaria buhardilla, no me importa tanto como este otro bohemio rápidamente puesto de moda y celebrado, invitado a las casas de más tono, envuelto en sedas y encajes, asfixiado de perfumes, pero agonizando de nostalgia, despreciándose y acusándose de traición al ideal, y resignándose a la suerte y a la caricia de los poderosos, solo porque esperaba que le proporcionasen manera de encaminarse a la cima ruda, inaccesible, donde ese ideal se oculta. No de otro modo el soldado en vísperas de combate huye de los brazos amantes para incorporarse a su bandera.

Mientras notaba día por día la curva térmica de la fiebre de aspiración en Silvio Lago; mientras obsesionaba mi imaginación La quimera, la veía apoderada de infinitas almas, ya revistiendo forma sentimental (como en Clara Ayamonte), ya imponiéndose a las colectividades en el anhelo de una sociedad nueva, exenta de dolor y pletórica de justicia; y conocí que el deseo está desencadenado, que la conformidad ha desaparecido, que los espíritus queman aprisa la nutrición y contraen la tisis del alma y que ese daño solo tendría un remedio: trasladar la aspiración a regiones y objetos que colmasen su medida.

Por la índole del trabajo a que Silvio Lago se dedicó, su medio social fue, en efecto, prontamente el más smart y no negaré que su vida se prestaría a un picantísimo estudio de costumbres elegantes. A mí me atrajo en primer término el drama interior de su ensueño artístico; y por eso, lejos de sujetarme a la menuda realidad, no la he respetado supersticiosamente, adaptando lo externo a lo interno, procedimiento de todos los que pretenden reflejar la vida moral. No sería fácil aplicar nombres propios a los personajes de La quimera, en el sentido que los curiosos exigen; y si asoman caras conocidas, se las ve tan normales y sonrientes como en visita o en el teatro; así las pintaba Silvio.

De la contemplación del destino de Silvio he sacado involuntariamente consecuencias religiosas, hasta místicas, que sin mezquinos respectos humanos vierto en el papel. No me complacen las novelas con fines de apología o propaganda; pero cuando, sin premeditación, se incorpora a la obra literaria lo que no quiero llamar convicciones ni principios, porque son vocablos intelectuales y militantes, sino sentires y llamamientos; si bajo la ficción novelesca palpita algún problema superior a los efímeros eventos que tejen el relato; si un instante el soplo divino nos cruza la sien, ¿por qué ocultarlo? ¿No es esto tan verdad como las funciones del organismo?

Emilia Pardo Bazán

Triunfo

SINFONÍA

LA MUERTE DE LA QUIMERA


TRAGICOMEDIA EN DOS ACTOS, PARA MARIONETAS

PERSONAJES

BELEROFONTE, hijo de Glauco, rey de Corinto (30 AÑOS)

YOBATES, rey de Licia (60 AÑOS)

UN RAPSODA (40 AÑOS)

UN PASTOR (20 AÑOS)

A LA INFANTA CASANDRA, hija de Yobates (20 AÑOS)

MINERVA, diosa de la Razón (19 AÑOS)

LA QUIMERA, monstruo (No habla)

Acto Primero

El teatro representa una sala baja del palacio de Yobates. A través de la columnata se ven los jardines.


ESCENA I

CASANDRA, EL RAPSODA

CASANDRA.—Bienvenido. A ver si con tus canciones me distraes un momento. Estoy enferma de pasión de ánimo. Dicen que soy feliz… Nada me falta: tengo mis ruecas de marfil cargadas de lino finísimo; mis arcas de cedro, llenas de túnicas bordadas y de velos sutiles; los árboles del huerto me dan frutos en sazón; las vacas, densa y pura leche… y yo, ni hilo, ni me adorno, ni gusto las manzanas, ni voy al establo… Oprímese mi corazón; y cuando la pálida Selene cruza en su esquife de plata, y la brisa de primavera arranca perfumes a los nardos, siento que desearía morir, disolviendo mi alma en lo infinito.

EL RAPSODA.—Tu estado, infanta, es igual al de todas las doncellas y los mozos de este reino, desde que vivimos bajo el terror de la Quimera, cuyo aliento de llama engendra la fiebre y el frenesí. El monstruo, a quien nadie se atreve, se habrá aproximado a los jardines de tu palacio, rondando tus establos o buscando quizás presa más noble, y te ha inficionado con ese veneno de melancolía y de aspiraciones insanas. ¿Cuándo un héroe, un nuevo Teseo, nos libertará de la Quimera maldita?

CASANDRA.—Te aseguro que yo no tengo miedo a la Quimera. Al contrario, me agradaría verla y sentir su inflamada respiración.

EL RAPSODA.—Ahí está el mal. ¡La Quimera no es odiosa como el Minotauro! El ansia del misterio de su forma te consume. ¡Ah, princesa! Olvídala si quieres vivir. ¿Permitirás que, inmóvil ante ti como ante el altar de las divinidades, te recite una epoda?

CASANDRA.—¿Una epoda? No.

EL RAPSODA.—¿Un sacro peán? ¿Un alegre ditirambo?

CASANDRA.—Tampoco. ¿Por qué no me recitas la historia de Cálice?

EL RAPSODA.—Porque acrecentará tu pasión de ánimo.

CASANDRA.—Mejor. No quiero estar triste a medias, ni a medias regocijarme. Deseo ahondar en mí misma y rasgar el velo de mi santuario. Recita, recita esa historia de amor y lágrimas.

EL RAPSODA. (Recitando):

Venus cruel, divina y vencedora,

mira a Cálice, la infeliz doncella.

Fue su delito amar: y el insensible

a quien amó, la despreció riendo.

Ante tus aras, Madre de la vida,

Cálice se postró: tórtolas nuevas

y corderillos tiernos ofreciote.

Nada logró: que tú también, oh blanca,

pisas el corazón con pie de hierro.

Y Cálice, una tarde (cuando Apolo

su disco de oro y luz sobre las aguas

reclina para hundirse lentamente),

sola avanzó hasta el seno misterioso

del azulado piélago dormido.

Abriéronse las ondas, y tragaron

el cuerpo de la virgen. ¡Oh doncellas

de Licia! ¡Traed rosas! ¡Traed rosas!

No lloréis, que Cálice ya no sufre.

CASANDRA.—Gracias, rapsoda. Me has hecho mucho bien: estoy ahora triste del todo, y mi alma es como estancia bañada por la luna. Mas ¿quién llega por el jardín?

EL RAPSODA.—Un extranjero, infanta.

CASANDRA.—Ve y dile que pase, que en este palacio se ejerce la hospitalidad.


ESCENA II

BELEROFONTE, CASANDRA

CASANDRA.—Extranjero semejante a los dioses, ¿qué buscas aquí? Pero antes de explicármelo, descansa y repara tus fuerzas.

BELEROFONTE.—Tu vista es al caminante fatigado mejor que el baño y el alimento sabroso. Vengo, infanta, de la corte del rey Preto, esposo de tu hermana Antea, tan igual a ti en el rostro y en la voz que me parece verla y escucharla.

CASANDRA.—Nos asemejábamos tanto, que cuando su esposo se presentó para llevarla al ara, yo, por chanza, me envolví en el velo nupcial y los propios ojos del enamorado me confundieron con ella. Mas ¿quién eres tú? ¿No serás el divino Apolo, que disfrazado baja a correr aventuras entre los mortales?

BELEROFONTE.—Mortal soy, infanta, y muy desdichado: la cólera de los inmortales me empuja lejos de mi reino y de mi patria. Mi noble padre es Glauco, rey de Corinto, gran jinete y domador; heredero soy de una corona y vago por el mundo sin tener dónde recostar la cabeza.

CASANDRA.—La compasión, como un cuchillo que hiere sin lastimar, me traviesa las entrañas. Tus males ya son míos. Extranjero, aquí encontrarás asilo y defensa hasta que la mala suerte se canse de perseguirte.

BELEROFONTE.—No se cansa. Como loba rabiosa, va tras de mí en las tinieblas. Pero aproxímate y espantaré el dolor de la memoria. Pena olvidada es sombra sin cuerpo. Traigo para tu noble padre un mensaje de Preto y quisiera entregárselo.

CASANDRA.—Ya se acerca.


ESCENA III

DICHOS, YOBATES

YOBATES.—¿Conoces tú a este extranjero, Casandra?

CASANDRA.—Hijo es de Glauco. Viene de la corte de Antea y te trae letras de Preto.

YOBATES.—Salud a ti. ¿Dónde está el mensaje?

BELEROFONTE.—Recíbelo (le entrega las tabletas unidas). Me ha encargado que lo abras a solas. Sin duda encierra altos secretos.

YOBATES.—Cumpliré el encargo. ¿Qué hacías tú en el palacio de mi yerno? ¿Por qué no te quedaste al lado de tu padre, aprendiendo a sujetar corceles sin freno ni brida?

BELEROFONTE.—Rey de Licia, no ignoro las hazañas de mi padre. Probé a imitarlas en mi primera juventud, y me las hube con un corcel que no nació en la tierra. Dos alas blancas y luminosas arrancan de su lomo; sus fosas nasales destellan rayos de claridad y despiden vaho de ambrosía; está loco de ansia de libertad y no hay ave que así cruce el azul espacio. No sufre ancas, ni jinete, ni palafrenero. Con solo agitar sus vibrantes alas, despide al atrevido que intente cabalgarle. Ansioso yo de gloria, un día trepé a la sierra en que pace el divino caballo. Hay en lo más inaccesible de las montañas, donde la nieve cubre los picos, valles diminutos que riegan el deshielo, que el calor reconcentrado fecundiza y en que una hierba virgen, jamás hollada, crece con frescuras de flor. Allí, lejos de la bajeza humana, gusta de retozar Pegaso. Oculto detrás de una peña, esperé a que se hartase del pasto delicioso; y cuando estuvo ahíto, por sorpresa le eché a la cerviz pesada cadena, y, asido a ella, cabalgué. Furioso el corcel, relinchando de ira, coceaba y se encabritaba; apretaba yo los muslos; mis manos se agarraban a las alas, paralizándolas; mis talones le hincaban el doble aguijón en el ijar. Por momentos creí ser lanzado al precipicio; pero ya dos hilos de sangre rayaban el bruñido flanco del corcel y, trémulo, espumante, sudoroso, tuvo que darse por vencido y domado. Entonces ofrecí el Pegaso a mi protectora Minerva. Dos veces ha intentado quitárselo Apolo, envidioso de tan inestimable don.

CASANDRA.—Padre, la clemencia de los inmortales nos ha traído a nuestro hogar un héroe.

YOBATES.—¡Un héroe! ¡Sea cien veces bienvenido! Y dime, extranjero igual a Marte, ¿no has encontrado en tu camino al monstruo que nos tiene atemorizados? ¿No has visto a la Quimera?

BELEROFONTE.—Me han hablado de ella los pastores en las majadas y los enfermos expuestos al borde del camino. Cerca del templo de Haifestos he sentido su resuello ardiente en la espalda. Me volví y nadie había.

YOBATES.—¿Por qué dejaste el palacio de tu padre? Ahora me acuerdo de haber oído referir una historia… ¿No fuiste tú quién sin querer atravesó con un dardo el corazón de tu hermano Belero?

BELEROFONTE.—Pues es preciso decirlo, sí; yo fui ese desventurado. Los dioses, oh rey, nos tejen la tela del existir; suponemos que caminamos, y es que invisibles manos nos impulsan. En la Acrópolis de Corinto hemos elevado un templo a la Fatalidad. La diosa tiene los brazos de plomo, las manos de bronce, y en una lleva el martillo y en otra los clavos de diamante que fijan nuestro destino. Nuestras culpas involuntarias nos pesan como voluntarias: Edipo, sin delito en la voluntad, vagó ciego y perseguido por las furias; yo vago expatriado y sin familia.

YOBATES.—En el umbral de mi puerta la Fatalidad se detiene. Te haremos grata la vida. ¿No es cierto, Casandra?

CASANDRA.—Hilaré para tus ropas y te daré miel de mis colmenas.

YOBATES.—Ahora, refrigérate y descansa. En esa estancia hay una pila de mármol, agua clara, aceite perfumado para ungirte, túnica y sandalias para mudarte, mientras se prepara el festín. Salve, Belerofonte, mi huésped. ((Sale BELEROFONTE por una puerta lateral).


ESCENA IV

DICHOS, menos BELEROFONTE

YOBATES.—Ya que se ha retirado, descifraré el mensaje de Preto.

CASANDRA.—Te dirá que honres a Belerofonte como al propio Apolo.

YOBATES.—Eso será. Veamos. (Abre las tabletas; una pausa, en que descifra) ¡Dioses! ¿Qué acabo de leer? ¡Desgracia, afrenta sobre nosotros! ¡Maldición al hijo de Glauco!

CASANDRA. (Le arranca las tabletas y descifra): «Belerofonte el fratricida ha deshonrado a tu hija y mi esposa Antea. Arbitra medio de darle segura muerte apenas llegue a tu palacio». ¡Ah! (Cae desvanecida. YOBATES la sostiene y la saca afuera por otra puerta lateral, frontera a la que acaba de cruzar BELEROFONTE).


ESCENA V

BELEROFONTE, YOBATES

BELEROFONTE.—He oído un grito… Era la voz de tu hija… ¿Corre algún peligro Casandra?

YOBATES.—Ninguno. Grita de terror porque imagina ver llegar a la Quimera. Es preciso que tú seas el héroe encargado de exterminarla.

BELEROFONTE.—La exterminaré si me concedes llamarme esposo de tu hija.

YOBATES.—Después de que hayas vencido a la Quimera, puedo prometértelo todo.

Acto segundo

Los jardines del palacio de Yobates. Una estatua de Eros.

ESCENA I

CASANDRA, BELEROFONTE. Viste aún el traje de viajero.

CASANDRA.—¿Nadie nos ha seguido? ¿Nadie nos espía?

BELEROFONTE.—Nadie. Rumor de hojas agitadas por el viento de la noche es lo que escuchas, amor mío, y sombras movedizas de ramas es lo que tomas por cuerpos de perseguidores.

CASANDRA.—Tengo miedo, miedo delicioso.

BELEROFONTE.—Acércate a mí. No tiembles. Aquí hablaremos libremente. ¿Qué es lo que tanto ansías decirme?

CASANDRA.—Casi no lo recuerdo. Antes de verte componía mil discursos para recitártelos; y ahora que estoy a tu lado, ni una sola frase se me ocurre. Sin embargo, algo grave… (Dando un grito). ¡Ah! Sí, ¡ya sé, ya sé! ¡Huye, huye cuanto antes de este palacio! Mi padre tiene encargo de darte muerte.

BELEROFONTE.—¿Encargo? ¿A mí?

CASANDRA.—Las tabletas que trajiste contenían un mensaje de Preto… ¿Comprendes? (Pausa, BELEROFONTE guarda silencio). ¡Veo que comprendes! (Con horror). ¿Era cierto?

BELEROFONTE.—Sí, Casandra. No he de mentir; cierto era.

CASANDRA.—¡Mi hermana!

BELEROFONTE.—Te amé en ella antes de amarte en ti misma. Es tan hermosa como tú, pero tú, piadosa virgen, por dentro eres blanca como el vellón de las ovejas de tu aprisco; a ti, no a ella, aspiraba mi espíritu, ansioso de algo muy grande. Le propuse que siguiese mi errante destino y rehusó: no quería dejar el palacio donde es reina, el lecho de marfil, las ricas estancias con artesonados de cedro. No me quería.

CASANDRA.—Yo iré adonde tú vayas, y pisaré tu huella con los pies descalzos. Si esposa, esposa; si amante, amante; si esclava, esclava. La helada Escitia y la Libia ardorosa, infestada de áspides, me son iguales contigo. Descender al reino de las sombras reunidos, ¡qué alegría! Tu vista fue para mí como filtro de maga. Quisiera bajar a lo más secreto de tu espíritu, como bajan al fondo del océano los buzos para traerme las perlas de mis collares.

BELEROFONTE.—Baja y solo encontrarás tu imagen celeste. Casandra, mañana a esta misma hora huiremos de aquí juntos.

CASANDRA.—¿Mañana? No; hoy mismo, ahora. ¿No ves que quieren hacerte morir? Pronto, pronto. Conozco el camino hasta la selva: he ido allí con mis rebaños. Te guiaré.

BELEROFONTE.—Antes de arrebatarte de aquí como el milano a la paloma, tengo que cumplir mi destino heroico: tengo que vencer y exterminar a la Quimera.

CASANDRA.—¡A la Quimera! Pero ¿no ves que ese es el medio que han elegido para enviarte al reino de las sombras? Nadie vencerá al monstruo. Hace pedazos a quien se aproxima. No irás: te sujetaré con mis brazos.

BELEROFONTE.—Iré y la venceré. Presiento que la sombría Diosa que me guía, la más poderosa de todas, la Fatalidad, cuyo templo se eleva frente al palacio de mi padre, ha decretado que yo extermine al endriago. La sola idea del peligro y del horrendo combate, la perspectiva del momento en que hundiré mi espada hasta el puño en el escamoso pecho de la Quimera mientras sus garras de acero pugnarán por clavarse en mi cuerpo y resbalarán sobre la tersura de la coraza, ¡ah!, estremece mi corazón de gozo y de locura, como a la virgen el abrazo del esposo. Casandra, Casandra mía, ¿de qué nos sirve haber sido concebidos en el vientre de nuestras madres y haber visto la luz de Apolo y gustado el tuétano y el añejo vino, si hemos de vivir en cobarde oscuridad? Antes morir joven, espiga segada verde aún, que envejecer en miserable inacción. Déjame ir a la Quimera. La adoro con rabia: ¡de otro modo que a ti! pero ¡también, también la adoro!

CASANDRA.—Yo siento igualmente una especie de atracción extraña por el monstruo. Quisiera conocer su aspecto terrible. ¿No sabes? Desde que apareció por estos contornos, mi padre no me permite salir al aprisco ni visitar los establos. Teme que encuentre al monstruo y sufra la suerte de otras doncellas, que arrastró a su cueva para devorarlas. Y yo, sin pavor, anhelo verla: mis ojos tienen sed de ella, como tienen sed de ti.

BELEROFONTE.—Muerta te la traeré y a tus pies arrojaré sus despojos. Y mañana, a esta hora…

CASANDRA.—¡Juntos!

BELEROFONTE.—Para siempre.

CASANDRA.—¡A pesar de todos!

BELEROFONTE.—De todos y de todo.

CASANDRA.—De aquí a mañana, ¡cuánto tiempo!

BELEROFONTE.—Acortémoslo. No me separo de ti hasta que amanezca.

CASANDRA.—De aquí al amanecer, ¡qué corto plazo!

BELEROFONTE.—Ya declina la luna.

CASANDRA.—Y el aroma del nardo es menos penetrante.

BELEROFONTE.—Todavía embriaga.

CASANDRA.—Desfallece con él mi espíritu.

BELEROFONTE.—¡Qué silencio tan dulce!

CASANDRA.—Oigo los latidos de tu corazón.

BELEROFONTE.—No; es el tuyo.

MUTACIÓN.—Sitio solitario y salvaje, donde se ve la entrada de la cueva de la QUIMERA.


ESCENA II

CASANDRA, MINERVA

CASANDRA.—Aquí debe de ser. Veo la boca del antro. Escondida detrás de aquellos peñascales asistiré al combate; y si mi amado perece, saldré a entregarme al monstruo para que me haga pedazos también.

MINERVA.—¿Cómo en este paraje hórrido, infanta de Licia? ¿Cómo has abandonado tus estancias atestadas de riquezas, tus jardines deleitosos, donde músicos y rapsodas, juglares y acróbatas, porfían en inventar canciones y juegos con que entretenerte? ¿Ignoras cuánto valen la paz y el honor de que disfrutas? ¿No piensas en la aflicción de tu padre si la Quimera te destroza? Vuélvete.

CASANDRA.—¿Quién eres para hablarme así?

MINERVA.—Un numen.

CASANDRA.—No me suena tu voz cual suena la de los númenes y los oráculos. Voz me parece de la tierra, de la pedestre prudencia y de la senil sabiduría. Los númenes deben alentarnos cuando un generoso arranque nos alza del suelo. Quizás entonces nos parecemos a los númenes. ¡Númenes somos quizás!

MINERVA.—¡Insensata! ¡Nadie me ha desdeñado que no se haya arrepentido! Otro consejo y desóyelo si quieres. La Quimera va a salir de su guarida…

CASANDRA.—Sí; percibo el sofocante calor de su resuello.

MINERVA.—Olfatea la presa. Apártate, huye: la atrae tu presencia.

CASANDRA.—¿La tuya no?

MINERVA.—No. Para ella soy invulnerable. (Salen CASANDRA y MINERVA).


ESCENA III

BELEROFONTE armado con coraza, espada y escudo, un PASTOR.

PASTOR.—Estamos en la madriguera del monstruo. Esa es la entrada. Te he guiado bien; ahora déjame volver a mi aprisco. Me tiemblan las rodillas y un sudor helado corre por mi frente. Yo no soy héroe, sino pobre pastor.

BELEROFONTE.—No temas, quédate sin miedo. La Quimera va a perecer. Verás su cuerpo deforme tendido en tierra. ¿No te agrada la lucha? De pastores de ovejas han salido pastores de pueblos.

PASTOR.—Cuando la infanta Casandra venía al aprisco, y con sus propias manos ordeñaba las ovejas, yo deseaba haber conquistado un reino para que no se burlase de mí y no me abofetease si la cogía por la cintura. Por temor al monstruo hace tiempo que no viene. ¿Volverá si la Quimera sucumbe? Entonces dame espada y escudo. Antes que tú, pelearé.

BELEROFONTE.—A tus rebaños, pastor. No son para ti estas empresas. Déjame solo. ¿No oyes un ronquido extraño? ¿no percibes tufaradas de boca de horno?

PASTOR. Quimera se revuelve en su antro! Mi vista se nubla, mis dientes castañetean… (Huye despavorido).


ESCENA IV

BELEROFONTE, MINERVA.

MINERVA.—Alienta, hijo de Glauco, domador del corcel divino. Libra a la tierra de ese endriago que trastorna las cabezas y me impide hacer la dicha de la humanidad, apagando su imaginación, curando su locura y afirmando su razón, siempre vacilante. Muerta la Quimera, empieza mi reinado. Invisible estaré cerca de ti. Cuando el monstruo se te venga encima, no busques su vientre ni su pecho; métele la espada con rapidez por la abierta boca. Serenidad y puños, Belerofonte.


ESCENA V

BELEROFONTE, después la QUIMERA.

BELEROFONTE.— Un traqueteo horrible estremece la cueva. Ya se siente cerca el ruido… ¡Qué bocanada ardiente! Me abrasa… Mi sangre se incendia… ¡Ya asoma… Dioses! El cielo se oscurece… ¡Ah! (La QUIMERA se arroja sobre BELEROFONTE, que vacila, pero se rehace, e introduce la espada por la boca del monstruo. Lucha breve. La QUIMERA exhala un rugido pavoroso de agonía).

BELEROFONTE.—¡La espada se derrite al ardor del hálito de la Quimera! ¡El metal quema sus entrañas!

(Cae la QUIMERA, expirante. Se retuerce y queda inmóvil).


ESCENA VI

BELEROFONTE, MINERVA, CASANDRA.

BELEROFONTE.—¿Por qué he luchado con ella? ¿Por qué la he matado? He corrido un riesgo espantoso, inaudito. ¿Quién me ha metido a mí en tal empresa?

CASANDRA.—¿Por qué estoy aquí? ¿Cómo se me ha ocurrido dejar mi palacio magnífico, mi lecho de marfil cubierto de tapices de plumón de cisne? Ahora tengo frío, y las asperezas de la sierra me han lastimado las plantas. ¡Cómo me duelen!

BELEROFONTE.—Y en el palacio de Yobates quieren asesinarme vilmente, a traición. ¡No seré yo quien vuelva allá! Desde aquí mismo me pongo en salvo. (Vase por la izquierda sin mirar a CASANDRA).

CASANDRA.—Ea, yo regreso a mis jardines. Allí me lavarán los pies y me servirán leche y frutas. Me siento desfallecida de hambre. ¿Estaría loca, para no mandar que me esperase ahí cerca el carro, cuyos caballos enjaezados de púrpura me trasladan de una parte a otra tan velozmente? En fin, no habrá más remedio que andar a pie. ¡Es divertido! (Vase por la derecha).

MINERVA (ya sola).—¡Gloria al héroe! ¡La Quimera ha muerto!

I

Alborada


Los últimos tules desgarrados de la niebla habían sido barridos por el sol: era de cristal la mañana. Algo de brisa: el hálito inquieto de la ría al través del follaje ya escaso de la arboleda. En los linderos, en la hierba tachonada de flores menudas, resaltaba aún la malla refulgente del rocío. El seno arealense, inmenso, color de turquesa a tales horas, ondeaba imperceptiblemente, estremecido al retozo del aire. La playa se extendía lisa, rubia, polvillada de partículas brilladoras, cuadriculada a techos por la telaraña sombría de las redes puestas a secar, y festoneada al borde por maraña ligera de algas. A la parte de tierra la limitaba el parapeto granítico del muelle, conteniendo el apretado caserío, encaperuzado de cinabrio.

Un muchacho de piernas desnudas, andrajoso, recio, llevaba del ronzal a un caballejo del país, peludo y flaco, a fin de bañarlo cuando el agua está bien fría y tiene virtud. Volvió la cabeza sorprendido, al oír que le hablaba alguien y ver que un señorito bajaba corriendo desde el repecho de la carretera de Brigos hasta los peñascales, término del playal.

—¡Rapaz! ¡Ey! La panadería de Sendo, ¿adónde cae?

—Venga conmigo, se la enseñaré —contestó en dialecto el muchacho, tirando del ronzal del jaco y volteando hacia al caserío en dirección a la plaza—. Por callejas enlodadas, donde cloqueaban las gallinas, guio al forastero hasta la panadería, situada frente a la iglesia parroquial. La puerta del humilde establecimiento estaba abierta. El forastero echó mano al bolsillo y dio una peseta a su guía, que se quedó atónito de gozo, apretando la moneda en el puño, temeroso quizá de que le pidiesen la vuelta. Al ver que el forastero entraba en la panadería sin acordarse más de él, besó la peseta arrebatadamente, la escondió en el seno y partió disparado.

La tienda del panadero, estrecha, comunicaba con la cocina y el horno; este, con un salido a la corraliza. En la tienda no encontró el forastero a nadie. Un olor vivo y sano a cocedura, a pan nuevo, le alborotó violentamente el apetito. Una mujer todavía joven, sofocada y arremangada de brazos, se le presentó, saludándole con un «felices días nos dé Dios».

—Muy felices, señora… ¿Está Rosendo?

—¿Que le quería?

—Soy su primo Silvio, el que ha venido de Buenos Aires —contestó el forastero—. Quería… nada; verle.

—¡Ay, Jesús! Siéntese… Haga el favor de aguardar un instantito.

Y, exagerado por la emoción el acento cantarín y mimoso de la tierra, gritó, metiéndose adentro:

—Sendo… ¡ay, Sendo! ¡Ven aquí, hom…!

Apareció el panadero, sudoroso, empolvado de harina —y no dijera nadie, al pronto, sino que era el propio Silvio, o un hermano gemelo. La misma finura de tipo; ambos de ojos azul grisiento, de menudo bigote dorado, de tez blanca, de cara oval, de pelo alborotado, sedoso, rubio ceniza. Mirándolos más despacio, se advertía que, bajo iguales máscaras de carne, la cara verdadera, espiritual, era no solo diferente: opuestísima. Sendo, al reconocer a Silvio, se había parado, receloso de lo desconocido; Silvio avanzaba con los brazos abiertos.

—Y luego… ¿Tú por aquí?… —murmuró el panadero con retraimiento y precaución.

Silvio comprendió. Su sensibilidad sufrió un arañazo leve. ¡Pobre primo! ¡Temía que viniesen a explotarle! Se apresuró a situarse en terreno despejado.

—Sí, hombre… Vengo de Brigos, de casa de Moleque. Voy a Alborada…

—Vamos, ¿a las torres? —asintió Sendo, tranquilizándose, con entonación respetuosa. ¡Buena señal! Cuando Silvio iba a las torres…

—Y como no quiero llegar allí sin haber almorzado, me daréis una taza de caldo, ¿eh? y un poco de bolla fresca. Vengo a pie: estoy cansado. Toma —añadió precipitadamente—, esto lo compré en América para tu chiquilla mayor. ¿Dónde anda?

Era un dije de oro bajo, con rubíes falsos y perlitas. La panadera exhaló un suspiro de admiración y placer.

—Están ella y los hermanos en el arenal a se divertir, los pobriños. Mientras se cuece hay que espantarlos de aquí, que no dejan trabajar a uno. Solo tengo al de pecho; descansa como un santo en la cuna. ¿Lo traigo?

—No —replicó Silvio—. Antes de irme los veré.

—A ver luego el caldo, mujer —ordenó Sendo imperiosamente.

Salió la frescachona a trastear por la cocina, y sentáronse los dos primos en la tienda, en sillas de paja desventradas y sucias. Hablaron. Cada tres minutos les interrumpía un parroquiano, pidiendo un mollete de a libra o una rosca de trenza. Levantábase el panadero a despachar y cobrar, y era lento en retraer el coloquio adonde lo cortaban; no obstante, con habilidad y sorna aldeana, al fin lo retraía. ¿Qué tal le había ido a Silvio allá en esas tierras donde tanto dinero se gana? ¿Traería, de seguro, un capitalito?

—No… —y Silvio reía—. ¡Aquí os figuráis que allá llueven billetes de Banco! Allá también hay ricos y pobres… Yo no emigré por hacer fortuna.

Viendo la sombra de preocupación que nublaba el gesto del primo, añadió prontamente, con algo de nerviosidad:

—Al principio… ¡pch! me fue muy mal. Ahora ya ganaba para vivir. No pido limosna. ¿Dices que al segundo hijo le pusisteis mi nombre? Ahí tienes para comprarle dulces…

Tendió un billete de última fila, de a veinticinco. El panadero, radiante, después de varios «no te molestes» lo recogió. Así como así, él iba a dar de almorzar a Silvio, ¡a obsequiar también! En una vuelta, se acercó a la cocina, y por lo bajo:

—María Pepa, mujer, si hubiese sardinas del pilo… Es loco por ellas. Traerás un neto de vino tinto de lo mejor, ¿eh, mujer?

Serían las once cuando María Pepa dispuso la pitanza en la mesa de la cocina. Al ver sobre el mantel gordo y rugoso la fuente de barro llena de sardinas asadas, plateadas y negruzcas, Silvio sintió que se le henchía de saliva la boca. Su estómago flojo, estropeado por privaciones y miserias en la primera edad, tenía súbitos antojos de golosina, como los niños y los enfermos, y le encaprichaban especialmente los platos ordinarios, los sencillos condumios regionales. Se arrojó a las sardinas; ayudadas por la torta caliente, sabíanle a pura gloria. El vinillo del país, acidulado, hacía un maridaje delicioso con la carne blanca, salada a granel, de los peces. María Pepa, lisonjeada, se reía de ver al primo devorar.

—Coma, coma, que le preste, ya que le gusta… ¡Mire qué afición le llevan, Jesús!

—Dile a tu mujer que me hable de tú, y que se siente a almorzar con nosotros —suplicó Silvio.

—Tiene cortedá —Rio Sendo—. Como es la primera vez que te ve, hombre… Ya almorzará ella luego, ende acabando de servirnos…

—Pero yo no me conformo. Es un favor que te pido. Que se siente. Anda, María Pepa; cuéntame de tus chiquillos. ¿Los crías tú?

—¿Y luego? ¿Quién me los ha criar? —exclamó la frescachona.

—Uno por año, ¿eh? ¿Como la tierra?

—Cuasimente, sí señor; uno cada año… no siendo el año que estuvo mi esposo muy malísimo de calenturas.

—¿Y trabajas siempre, aunque sea embarazada o criando? —preguntó Silvio escanciando un vaso lleno a María Pepa.

—¡Ay! ¡Qué remedio! Señorito… Los pobres…

—¿Señorito? Me llamo Silvio. Me has dado unas sardinas, María Pepa, que no las trocaría yo por ningún guiso de cocinero francés. Sendo, tu mujer vale mucho. Me parece que sois felices y que os lleváis como ángeles; ¿no es cierto?

—¡Ay! Eso sí, alabado Dios —respondió Sendo por su mujer, la cual, avergonzada se sofocó más—. Riñas no hay aquí. ¡Siquiera tiempo a reñir tenemos! Como nunca falta qué hacer… Pero, y entonces tú —porfió suavemente, con la insidiosa blandura del país—, ¿no traes de allá para vivir descuidado? Si yo me fuese allá a amasar pan, algo traería; puesto ya un hombre a pasar el charco, ¡caraina!

—Ya te dije que no iba en busca de cuartos —replicó Silvio, engolfado en una escudilla de caldo de berzas y patatas con espeso de harina de maíz—. ¡Vaya un caldito! ¡Qué antojo tenía de él, así como lo hace María Pepa!

Sendo miraba a su primo, no atreviéndose a preguntarle por qué se embarca un hombre cuando no va en busca de cuartos.

—Algún día —sonrió Silvio, a quien la beatitud del estómago alegraba el pensamiento— puede ser que tenga cuartos de sobra, aunque no los busque. Entonces os pido a mi ahijado, ¿eh?, y me lo dais, y lo educo y hago de él una persona.

—¿Y tus hijos? Te casarás —objetó Sendo prudentemente.

—No me casaré. Solo me casaría con una como María Pepa, lo mismito. Una que sepa hacer estos caldos —añadió.

—¡No se burle! —arrulló cantando María Pepa. Oyose el llanto de una criatura; corrió la madre al dormitorio, y un segundo después se desabrochaba el justillo y acercaba al mamón a un seno gordo, tenso, de venas azuladas. Silvio, ahíto, dilatado de bienestar, contemplaba el cuadro: la mujer, morena, sana y dorada como el pan, lactando a un chicazo que pegaba manotadas a la teta y se volvía curioso, con la boca untada de leche.

—¿Quién sabe si esta es la felicidad? —pensaba—. Al menos, es la ley de naturaleza.

Así que su crío se puso que no le cabía gota más, la madre, engreída por la expresión de simpatía de los ojos de Silvio, le llegó el pequeño a la cara mendigando la alabanza y el beso. El pequeño olía a descuido y a lo que huelen los nidos de paloma. Silvio, perturbado en su digestión y en su refinamiento, se hizo atrás. Instantáneamente se le desvaneció la ilusión idílica, ese sueño que es el reverso de la megalomanía; soñar con ser menos, recordando la aspiración, espejismo de luchadores fatigados.

—¿Sabrá aquí algún chiquillo el camino de Alborada, para que me guíe? —articuló con sequedad impaciente.

—El nuestro, el mayor, puede ir —ofreció Sendo.

—No, no; prefiero otro. No va a volverse solo el niño.

—Deja pasar la fuerza del sol, hombre. A tal hora, en Alborada estarán almorzando.

A una revuelta de la carretera empezó a emerger, de la ramazón tupida del castañal, el alminar de las torres de Alborada. Poco a poco, la mole del edificio entero: parecía ascender, todo blanco, de piedra granítica; al mismo tiempo olores finos, azucarosos, de flores cultivadas, avisaron a los sentidos de Silvio. Llamó a la campana de la verja y esperó, bañándose en un ambiente saturado de esencia de magnolia. Tardaron bastante en abrirle: los perros, a distancia, presos, ladraban tenazmente.

Cuando entregó, para solicitar una entrevista con «la señora», la carta de presentación del doctor Moragas, notó despechado un encogimiento que le enfriaba las manos y le enronquecía la voz. Con lúcida fidelidad recordaba que en Marineda, antes de pensar en emigrar a la Argentina, todavía adolescente, entre colegiales, había dibujado una caricatura insultante de aquella mujer, en quien deseaba ahora encontrar eficaz auxilio. Angustiado, volvió a ver el mugriento pupitre del colegio, los trazos de lápiz sobre el papel; oyó las risas… ¿Dónde pararía la caricatura? ¿Tendría noticia de ella la célebre compositora? ¿Si le recibiría con desdén o con repulsa severísima?

La aprensión de Silvio creció al dejarle solo el criado en una sala baja, amueblada de caoba y cretona, cubiertas las paredes de retratos viejos, bituminosos. En un ángulo aparecía el piano, resguardado de la humedad por una manta de seda rameada y entretelada. Los objetos ejercían sobre Silvio sugestión profunda; la sencilla sala, el instrumento confidente de la inspiración artística, le impresionaron. Prestó oído: creía escuchar pasos, taconeo, roce de faldas, y repitió en sus adentros: «Este es un momento muy solemne… Tal vez decide mi porvenir… Entran». Entraba, sí, un singularísimo perrillo, ladrando aguda y hostilmente; su extrañeza atrajo a Silvio, le distrajo. El chucho parecía uno de esos asiáticos monstruos de bronce que guardan las puertas de los santuarios japoneses. La idea de tomar un apunte se apoderó de Silvio; y ya buscaba su lápiz y su diminuto álbum, cuando, al volverse, vio a una dama que le saludaba y le ofrecía asiento.

La reconoció. Apenas cambiada por los años transcurridos, era la baronesa de Dumbría, madre de la compositora.

—Tal vez sea difícil, al menos en algún tiempo, que pueda usted retratar a mi hija —declaró, leída la carta que servía de presentación a Silvio—. Minia anda siempre escasísima de tiempo, y… además… La verdad: tantos retratos la han hecho, y tan medianos todos… que siente aversión hacia los retratos. En fin, vamos a ver… La diré… Aguarde usted aquí.

Se alejó la baronesa. Silvio, entre tanto, descorazonado, apuntó en dos de sus actitudes extrañas al asiático monstruo. Al cuarto de hora, otra vez pasos, y la baronesa expansiva, triunfante.

—Minia dice que aquí dispone de algunos ratos libres, y que si usted tiene tanto empeño y cree que eso le puede ser útil, por su parte, con mucho gusto. Pero es aquí, fíjese usted bien: en Madrid, Minia no tiene un instante… ¿A ver ese dibujo? ¿Es Taikun?

—¿Es japonés, señora? —preguntó a su vez Silvio, algo animado ya, respirando mejor.

—Japonés… e inglés. Vino preñada su madre a bordo; parió en Gibraltar… ¡Qué gracioso el dibujito! Y ¡qué aprisa!

El efímero elogio dilató más el pecho de Silvio; se colorearon un poco sus mejillas mates, rasuradas de una barba leve.

—En ese caso, señora baronesa, ¿qué día y a qué hora he de volver para la primera sesión? No molestaré mucho; a falta de otro mérito, tengo la mano ligera…

—¿Volver? Se quedará usted aquí… ¿Había usted de estar haciendo viajes a Marineda o a Brigos? ¡No faltaba más! Voy a disponer que le preparen habitación. Las torres son bastante grandes… ¿Ha traído usted papel y lápices? Caballete lo tenemos aquí.

—Proyectaba traerlo todo mañana de Brigos. Es mejor que me vaya y vuelva con los trastos; ¿no le parece a usted?

—Nada de eso. ¿Tiene usted el hormiguillo? Un propio a Brigos al instante. La distancia es una bicoca. ¿No ha venido usted a pie?

—Pondré dos letras entonces, señora, ya que tan buenas son ustedes, a la hija de mi tutor, Lucía Moleque, a fin de que entregue mi caja, mi blusa, los rollos de papel…

—Eso es. Que le envíen lo preciso. Venga usted por aquí a mi escritorio… ¿Ha almorzado usted? ¿Quiere refrescar? ¿Cerveza?

El corto día de otoño expiraba cuando el propio regresó de Brigos. Hasta las primeras horas de la tarde del siguiente, no se empezó el retrato al pastel. Silvio, no obstante, no había perdido la noche anterior. A la luz artificial, sobre la maciza mesa de caoba de la sala había bocetado ligeramente, a la pluma, la cabeza vigorosa, de incorrectas facciones, de Minia Dumbría. Libre ya de aprensiones pueriles, jugó con la figura de la compositora, de la cual se estaba apoderando en una caricatura humorística y respetuosa, de extraordinaria semejanza. Diseñó también otra vez a Taikun, y a las once, cuando se retiró a su cuarto, notó que se encontraba en Alborada como si hubiese pasado allí la vida entera.

Los preparativos, la colocación del modelo, se discutieron a la mesa, a la hora de almorzar. Era preciso graduar la luz por medio de cortinajes; y al plantearse la cuestión del traje, Minia contestó que no tenía en Alborada ningún cuerpo escotado.

—Lo improvisaremos —añadió—. De cualquier manera.

Sencillamente recogido el pelo, rodeados los hombros de una nube de tul blanco sujeta con cintas anchas color de mar, posó resignada la compositora. Suponía que el retrato iba a salir desastroso.

Silvio disponía febrilmente sus lápices de pastelista ante el pliego de papel grisáceo fijo en el tablero con doradas chinches. La prolongada blusa de dril le daba semejanza con un obrero. Guiñó las pupilas, frunció el ceño, contrajo la frente, registrando en el modelo con avidez líneas y colores, y valiéndose de las yemas de los dedos mucho más que de los lápices, principió sin delinear, aplicando ligeras manchas. Dijérase que era la nebulosa de una cabeza y un busto lo que nacía, vago y fino sobre el muerto fondo cenizoso.

Minia no fijaba la vista, ni aun por curiosidad, en el trabajo del pintor. Sus ojos de miope descansaban en el familiar paisaje que encuadraba la ventana. La cañada suave, el bosque de castaños, la espesura de pinos, las tierras de labor segadas, todo tostado y realzado con oros rojos por la mano artística del otoño, y a lo lejos el trozo de ría como fragmento de rota luna de espejo, entraban una vez más por su retina en el alma, y la adormecían con sorbos de beleño calmante. El oleaje de notas musicales que en ella se agitaba, aplacábase ante la naturaleza. Y eran los únicos instantes en que Minia reposaba algo; no percibía la música como tensión y esfuerzo de facultades, sino que la sentía como un río fresco, como baño de dulzura, y repetía mentalmente versos de Fray Luis.

«El aire se serena…

¡Oh desmayo dichoso!

¡Oh muerte que das vida! ¡Oh dulce olvido!»

Llegó a prescindir enteramente de que la retrataran, porque la idea del retrato más bien era desagradable; de un modo mecánico, conservaba, sin embargo, la pose. La voz de Silvio la restituyó a la tierra.

—¡Qué expresión tan bonita, señora! ¿Quiere usted mirar un momento?

Ya la nebulosa iba concretándose. Surgían la cabeza, los hombros blancos. Sonrió la compositora…

—Veo que me hace usted favor. Lo apruebo. Siempre hay que proceder así cuando se retratan mujeres.

Como si le hubiesen pinchado en el punto sensible, saltó Silvio en un impulso de los que no sabía reprimir, desatándose a hablar, emocionado, nervioso.

—¡Pues si ese es mi delito, señora! ¡Mi delito! Usted de seguro comprende… Yo hermoseo a cuantas pinto: a usted, proporcionalmente, no la favorezco casi. Se me figura que así la respeto más. ¡La doy a usted toda su edad, su corpulencia, y su misma expresión, la misma! Suavizo un poco las líneas.

—¡Falta hace! —interrumpió Minia festivamente—. No sé qué alfarero me amasaría la cara; escultor no pudo ser.

—¡Bah! ¡Las líneas! —continuó Silvio—. Corregir líneas, corregir tonos del cutis, hacer de lo ajado lo suavemente pálido y de las remolachas rosas… eso, cualquiera sabe. Más difícil es infundir un alma en caras que no la tienen. El intríngulis es meter esa belleza del ensueño y del pensamiento en fisonomías de modelos que están rabiando porque el vestido sienta mal o porque el corsé aprieta. ¿Verdad que los retratos siempre parece que nos cuentan algo, algo muy melancólico y digno o muy amoroso? En cien casos, es que el retratista presta al modelo el espíritu de que carece.

—Según —respondió Minia, interesada por la teoría—. Hay pintores muy realistas, por ejemplo, don Vicente López, y un flamenco antiguo, Franz Hals, que retratan la naturaleza animal y la expresión vulgar… ¡Y hacen prodigios, vaya!

Silvio, pensativo, se limpiaba los dedos con el pañuelo. Sus labios palpitaron al nombre de los dos pintores.

—¡También lo haría yo! Es decir, ¡qué disparate de vanidad! ¡No se ría usted de mí…; también yo probaría a hacerlo! Eso es lo bueno, lo bueno: la verdad, sin trampas ni artificios. ¡Dichosos los que no necesitan falsificar nada! A veces, señora…

—Mis amigos me llaman Minia —advirtió ella benignamente, apiadada por lo que ya iba adivinando.

—Mil gracias… Decía que a veces leo en los periódicos que echan el guante a un monedero falso, y me asombro de que no prendan a los infelices que sofisticamos lo más sagrado, el arte. ¡Envidiable suerte la de usted! Contra la corriente de los convencionalismos; desdeñando ataques y groserías, escribió usted sus famosas Sinfonías campestres, empapándose en el sentimiento aldeano: en la realidad. Así han llegado a todas partes, por la verdad que contienen. En Buenos Aires las oí tocar, las vi aplaudidas. Como la necesito a usted, no digo más: creería que soy un adulador…

Los ojos de Minia, pequeños, durmientes, se llenaron un momento de infinito.

—¿Allí las oyó usted?

—Todas. Y me conmovían mucho. Usted y yo hemos nacido en el mismo pueblo, en Marineda. Mientras no salí de él… experimentaba hacia usted hostilidad. No sé por qué; sería porque hablaban de usted continuamente y yo era un niño, y a esa edad no sobra la benevolencia. ¡Al contrario! Después, cuando me vi tan lejos… la nombraban a usted, o a cualquier persona o cosa de la tierra… y me entraba alegría.

—¿Quiere descansar un momento? Me va usted a contar eso; su vocación, sus viajes.

—No, señora —negó él en seco—. Perdone… Primero he de poner el retrato a cierta altura.

—Como guste; usted es quien ha de dispensar —respondió Minia en tono de cortés indiferencia.

—¡No adopte expresión enojada! La de antes, la de antes —suplicó Silvio, contrito, apurado como si le acaeciese la mayor desventura.

—De eso sí que no respondo… ¿Quién se acuerda de lo que producía esa expresión? Intentaré pensar en lo mismo que pensaba…

Volvió a descansar la mirada en el paisaje; quiso perderse, confundirse, diluir su personalidad en las lejanías color amatista de los montes que formando anfiteatro lo cercaban. No pudo: el conocido murmurio de notas, la efervescencia musical, era invencible. Hubiese deseado estar sentada ante el piano, traduciendo todo lo que —con la vaguedad del boceto al pastel en que se afaenaba Silvio— hervía dentro de su cerebro fácilmente excitable. Como la ola tras la ola, y aún del modo continuo y presuroso que cae el surtidor en el tazón, los elementos de un poema sinfónico apuntaban y se desvanecían.

—¡La expresión de antes! —pensaba para sí—. Si este es artista, si posee sensibilidad, no ignorará que no nos bañamos dos veces en la misma agua, ni se reproduce el mismo minuto de nuestra vida.

Silvio, entre tanto, voluntariosamente, trabajaba; tenía, en efecto, la mano ligera, la afluencia del toque, la justeza rápida de la entonación; el parecido con el modelo se establecía desde el primer instante, y de sus yemas febriles, ágiles, embadurnadas, salían al papel matices deliciosos, medias tintas de una armonía suave, comparable a la de los celajes cuando amanece, claridad ligeramente velada de niebla perlina. Su colorido encarnaba, pero encarnaba por un estilo inmaterial. Aquel pastel, que reproducía una cabeza de mujer, ni joven ni hermosa, un rostro enérgico, lleno de imperfecciones, era, sin embargo, elegante a la moderna, exquisitamente elegante, por la manera de estar puesto, y tenía lo blando y fino del natural idealizado.

Una serie de exclamaciones admirativas de la baronesa de Dumbría, que acababa de entrar, hizo levantarse a Minia. Se situó ante el caballete. El pastelista interrumpió su tarea: esperaba ansioso. La compositora, echándose atrás, dijo solamente:

—Bien, bien. No tema usted que le diga «¡qué bonito!». Los planos de la cara son esos: la simplicidad del conjunto me agrada.

Y volvió a posar, arreglándose las gasas medio descompuestas.


Ya no estaban en la sala baja de la torre, de anticuado mobiliario, de paredes cubiertas por bituminosas pinturas. Era en la terraza, bajo la bóveda de ramaje de las enormes acacias, de las cuales, no con violencia de remolino, sino con una calma fantástica, nevaban sin cesar miles de hojitas diminutas, amarillo cromo. Bajo la alfombra de la menuda hojarasca que moría envuelta en regio manto áureo, desaparecía el enarenado del suelo completamente. Los sillones de mimbre que ocupaban Minia y Silvio se adosaban a la baranda de hierro enramada de viña virgen, sombríamente purpúrea; Taikun, echado en la postura de las liebres, insólita en los canes, atrás las dos patas saliendo de enormes bombachos de pelambre fosca y fulva, levantaba de tiempo en tiempo su cabeza de alimaña de pesadilla, y mosqueaba el plumero de su cola.

—Tiene usted que perdonarme —decía Silvio— aquella negativa exabrupto. No quería adelantar nada mientras usted no se convenciese de que no soy enteramente un desgraciado sin pizca de disposición. ¿Qué podrían interesar a usted las ambiciones y las ansias de esos míseros que no poseen elementos para llevarlas a la realidad? Y usted me creyó uno de ellos.

—Así es —respondió Minia lealmente, dejando sobre la mesa de piedra el libro.

—Lo comprendí. Yo soy muy listo; nada se me escapa. ¡Ay, lo que pensará de mi presunción! Pero no importa, es cierto. Ejercito una especie de adivinación de los pensamientos y las intenciones. Conozco a los demás acaso mejor que me conozco, y de una palabra o un gesto deduzco… ¡Asusta lo que deduzco! Usted quería darme despachaderas, y si no es por la baronesa…

—No extrañe usted mi recelo. Siempre un retrato.

—Sí; entendido… En fin, gracias a Dios, no está usted quejosa del suyo.

—Al contrario. Contentísima.

—Me atreveré entonces… Echaré mi memorial… Deseo que ese retrato se lo lleve usted a Madrid y lo vean sus relaciones; quizás alguien me encargue alguno, y modestamente pueda sostenerme allí, estudiando. No tengo otra esperanza en el momento presente.

Minia reflexionó antes de contestar:

—Mi madre conoció a su padre de usted, y conoce a su tutor. Por ella supe que temprano fue huérfano. ¿No le quedaron medios de fortuna?

—Pocos… Hoy casi nada. No me importa. Mi problema no es de dinero. Es decir, necesito el preciso para vivir y trabajar; no busco la riqueza por la riqueza. Aunque tengo mil caprichos refinados, me falta la casilla de la codicia. Se reiría usted si supiese cómo administro. ¿Bohemio? No; no es la nota bohemia. Es que no encuentro ningún goce en el dinero guardado. ¡Guardar! ¡Qué estupidez! Para cuatro días que se vive… Lo que me reste de la escasa hacienda de mis padres, que será una miseria y rentará unas perras, lo liquidaré a escape.

—¿Le atrajo a usted el arte desde niño? ¡Porque es usted bien joven…!

—Veintitrés… —pronunció Silvio.

Minia le consideró. Era todavía más juvenil que de veintitrés; la cara oval y algo consumida, entre el marco del pelo sedoso, desordenado con encanto y salpicado en aquel punto de hojitas de acacia. El perfil sorprendía por cierta semejanza con el de Van Dyck… Se lo habían dicho, y él se recreaba alzando las guías del bigote para vandikearse más.

—A los dos años pedía por favor que me permitiesen ver dibujar. A los catorce marché solo y sin amparo a Buenos Aires, porque mi tutor había resuelto que yo siguiese la carrera militar; decía que pintar es oficio de holgazanes. En Buenos Aires… ¡qué lucha! ¿Se lo cuento a usted todo? Sí, sí; con usted, desde el primer momento, he deseado la confesión. Se me agotaron los recursos. Tuve hambre. Trabajé de peón de albañil, sirviendo cal y yeso para ganar una tajada de tasajo. Desde entonces tengo el estómago endeble; el día que digiero bien estoy de excelente humor. Lo malo no es haberse estropeado el estómago… Es que vi la vida tan en crudo, en feo y en duro, que se me despellejó el corazón y crio callo. ¿Se da usted cuenta?… Después embadurné frisos, escocias… decoré… tonterías: pabellones, tocadores, galantes… Últimamente ya me las arreglaba mejor, gracias a los retratos y a alguna tablita. ¡Volver a Europa! ¡Dibujar mucho! ¡Oler lo que se guisa en tres o cuatro talleres de París y de Londres!

—¿Y quién le ha amaestrado en el pastel?

—¡Bah! Nadie. ¡El pastel! ¡Gran cosa! Dedos, dedos y mucha triquiñuela y mucha picardihuela en el pulpejo; eso sí… Mejor que nadie conozco yo que todo cuanto hago no vale un pepino. Agradable, agradable, bonito, bonito… ¡Bonito! ¡Peste! Ansío subyugar, herir, escandalizar, dar horror, marcar zarpazo de león, aunque solo sea una vez.

Minia meditaba, una meditación palpitante.

—¿De modo que vocación, no profesión?

—¡Vocación… o delirio!, una cosa que parece enfermedad. Me posee, me obsesiona.

—¿Y… finalidad? —interrogaba precavidamente, con tactación médica.

—¿Finalidad? Ninguna. ¡Por hacerlo! —afirmó Silvio, cuyos ojos color de humo claro relucieron con reflejos de acero desnudo—. Creo que ni por la gloria, es decir, lo que así se llama. ¡Por la dicha de hacerlo! Hágalo yo, y venga luego lo que venga. Todo lo demás… ¡pch! ¡Ser alguien! ¡Ser fuerte, ser fuerte!

Y las lindas facciones se crispaban y el rubio ceño se fruncía de un modo violento, casi torvo. La compositora guardaba silencio, el silencio de las cuerdas del arpa que aún retiemblan sin sonar.

—Malo, malo —dijo por último—. El caso está bien caracterizado. Todos los síntomas. Espero, en interés de usted, que rebaje la calentura.

—¡La padezco desde que nací, acaso! Si no es para eso, no tengo interés en existir. No crea usted: a ratos… se me quita la fe. Ayer mañana, por ejemplo, al venir de Brigos, me detuve en Areal. Tengo allí un pariente, hijo de una hermana de mi madre, panadero… Yo venía desfallecido: me dio caldo, pifón y sardinas, y vi a su mujer y su patulea de criaturas. Se quejan de la suerte, de escasez, pero están sanos y son dichosos a su manera. Envidié esa manera.

—Tenía usted razón en envidiarla —afirmó lentamente Minia—. Solo que es un sentimiento inútil. La envidia no nos aproxima una pulgada a lo envidiado.

—Ni yo me aproximaría. Son fantasías, mandolinatas pastoriles. Cada cual ha de vivir su destino; el suyo, nunca el ajeno —declaró Silvio—. No soy viejo, pero ya estoy en las horas irrevocables. De aquí salgo a volar; de aquí… a Europa. Cuando subí por esa calle tan larga de magnolias, y pasé debajo de estas acacias que llueven gotas de oro, y me hicieron esperar en la sala, frente al piano, presentí (soy muy supersticioso y fío en los avisos) que me encontraba en ocasión decisiva y que este rincón del mundo guarda para mí la clave de lo venidero…

—¡Pobre criatura! —murmuró Minia sin mirarle.

—¡Le doy a usted lástima! Vamos, entiendo. Es que no cree usted que poseo condiciones de triunfador.

—Ni lo creo ni dejo de creerlo… Ignoro. Con lo que usted es capaz de hacer, sospecho que tiene asegurado el cocido, un cocido sano, suculento, quizás una comida sólida… ¡y eso es mucho, amigo! ¡Triunfar! ¡Dar ese zarpazo que usted sueña! El arte está espigado. La genialidad, la inspiración, si las viese usted en forma de improvisación, se equivocaría… Es el error de nuestros artistas: quieren sorprender a la ninfa dormida, ser faunos nervudos. Y lo que deben ser es caballeros andantes, cumpliendo mil hazañas oscuras, mil pruebas, antes de desencantar a la infanta. ¡Si al menos hubiese infanta! Se dan casos de encontrar en vez de infanta una bruja. ¿Y sabe usted lo más curioso? Al artista caballero andante, después de tantas heroicidades y de pelear con siete endriagos, lo mejor que le puede suceder no es acertar con la infanta, sino acertar consigo mismo, y autodesencantarse.

—¿No podré yo? —Silvio cruzaba las manos con angustia.

—¡A saber!… De antemano córtese usted las alas de cera; disciplínese la voluntad; precava el desengaño. ¡Beba cada día un sorbo de decepción: el vaso entero, de una sentada, es dosis mortal! Un sorbo es muy provechoso; aunque mejor sería no necesitarlo, no haber soñado, y ser como los ciápodos, que tienen la cabeza junto al suelo, lo más bajito posible; rasando la tierra; tanto, que sus pelos se vuelven raíces.

—Habla usted así porque ya ha llegado.

—¡Hablo así porque estoy en un momento de sinceridad, virtud o cualidad antipática por esencia, presencia y potencia…! Y quizás estoy en un momento de sinceridad, porque anochecerá pronto, porque el aspecto del campo es solemne, y la humareda de las cabañas flota con magia sobre el telón de selva. El paisaje, en mí, determina el estado de alma. No me haga usted caso.

Silvio, al contrario, se impresionó. Era un océano amargo y hondo, sin límites, lo que se asomaba a los ojos, a la fisonomía de la compositora, lo que gemía en su voz. Creyérase escuchar el murmurio fúnebre, amplio, del mar de Cantabria.

—¡Aun así! —exclamó el artista—. ¡Aunque me cueste eso y más!

—¡Taikun! —llamó Minia, cambiando de tono, recluyéndose en sí—. ¡Aquí, monigote! Vamos, quieto… Ya tienes la lana llena de hojas, tonto; ven, te las quito para que te luzcas —y con placidez afectuosa, volviéndose al pintor—: Su aspiración de usted, ¿conformes, supongo?, es incompatible con la felicidad, que consiste en desear cosas accesibles, pequeñas, vulgares, corrientes, en cultivar manías inofensivas y oscuras, como reunir variedades de claveles y tulipanes, coleccionar botones o hebillas de cinturón… Y usted renuncia a ser feliz: convenido. ¿Renuncia usted también al triunfo? ¡Ah! Renuncie. ¡Sea modesto, fórmese un corazón humilde y puro, como los de los grandes artistas desconocidos de la Edad Media… y quizás…! Usted, hoy pastelista, sería antaño miniaturista y monje. En su celda, después del rezo, diseñaría y policromaría lirios y mariposas; nacería una primavera en la vitela, un jardín sobrenatural como el del Cordero místico de Van Eyck. Cuando sonase el ángelus, ¡que está sonando ahora!, ¿no lo oye?, allá en la parroquial de Monegro, vería usted entre el azul de las lejanías una figura escueta, virginal, y un ser de alas tornasoladas, divino: ambos descenderían de sus pinceles a la página del horario. Nadie conocería su nombre de usted: muda la infame fama… la imprenta por inventar… ¡Oh delicia! ¿Qué falta hace el nombre? El arte anónimo es el romancero, son las catedrales… Usted, de seguro, está dispuesto a batallar por la victoria de unas letras y unas sílabas: ¡Silvio Lago! Veneno de áspides hay en el culto del nombre. Por el nombre nos despeñamos tras la originalidad, y el arte uniforme, poderoso, se acaba; solo hay el picadillo, falta la redoma que nos integre y amase con el gigote la persona.

—¿Y usted se ha contentado con arte anónimo?

—No… Por eso he recibido en mitad del pecho todas las puñaladas. El arte anónimo era como el sayal: vestidura idéntica, que identificaba aparentemente. Dentro latía el corazón, el cerebro funcionaba, la inspiración nada perdía. Hoy… es un infierno. Y en usted, además, ¡la complicación económica! Cuenta usted veintitrés años, batalla desde los catorce, y aún no ha carretado su grano de trigo, pendiente de que en Madrid le demos a conocer por… por el aspecto industrial… ¿Me excedo?

—No, no; siga… ¡Al fin, alguien que me habla así! Pegue usted fuerte, no duele; al contrario.

—Le damos a conocer, retrata usted… ¿a cuánta gente necesitará retratar?

—Cuatro retratos al mes, a doscientas pesetas; ocho o diez días de trabajo… y me bastará. Los restantes veinte días… para dibujar mucho; academias, desnudos. ¡Dibujar! la ortodoxia, la probidad de la pintura. Así que dibuje… como aspiro, ¡a un estudio de notabilidad!, ¡a postrarme ante Sorolla, por la luz, el aire, la pincelada!

—¿Sorolla? —repitió con extrañeza Minia.

—¿No le admira usted? ¡Pinta tanto o más que Velázquez!

—No se trata de pintura ni de admiración. Sorolla es enteramente adverso, me parece, a los gérmenes que usted lleva en sí. Cada cual debe abundar en su propio sentido, desarrollar sus tendencias. ¿No estima usted la elegancia, la distinción? ¿No era Van Dyck, ante todo, un aristócrata?

—No; yo solo estimo la fuerza. O pintaré como un hombre, virilmente, o soy capaz de pegarme un tiro.

El ángelus seguía sonando; sus lágrimas de plata caían en la atmósfera acolchada de bruma transparente. Los obreros que trabajaban en terminar la torre de Levante, la más alta de las tres de Alborada, se escurrieron de los andamios y cruzaron en fila de hormiguero dando las buenas noches, zuequeando y haciendo crujir la arena. Eran picapedreros, mozos la mayor parte; y el sábado les alborozaban la cobranza, el descanso, el bailoteo en perspectiva. Oscurecían la terraza con sus cuerpos vestidos de telas pobres; olían acremente a sudor; el ambiente se enturbió cuando ellos desfilaron.

—Tal vez estos —observó Silvio—, si consiguen lo que se proponen, si llevan adelante sus colectivismos, traerán, andando el tiempo, otra etapa de arte anónimo. Encasillados los artistas, cubiertas sus apremiantes necesidades, trabajarán sin exasperación de la vanidad, sin el aguijón del nombre. En Buenos Aires he conocido a bastantes socialistas… Los anarquistas, sin embargo, nos salvarán del anonimato, idea a que no me puedo habituar.

—Porque es usted todavía medio chiquillo. Si vive y paladea las ambrosías… ya me contará el sabor de boca que le dejan.

Un imperceptible orvallo, un soplo frío que extinguió la hoguera lejana del Poniente. La noche. Un globo de oro que al elevarse palidecía, se convertía en enorme perla gris y nacarada: la luna. Y la gran escenógrafa traía su telón romántico preparado, la fachada lateral de las torres toda en sombra, el frontispicio luminosamente blanco, los detalles de arquitectura adquiriendo un realce y una significación de misterio, el bosque ensanchado por la oscuridad, las acacias más grandiosas con su desmelenado ramaje, y allá en último término, el valle anegado en una nebulosidad azul que borraba los contornos y le daba apariencias de lago encerrado entre nubes y vapores de una delicadeza etérea.


El domingo siguiente oyeron misa en la capilla de Alborada. Llovía, llovía; plantas y flores se bañaban voluptuosamente, agradecidas; el otoño había sido bochornoso y seco. De las fauces de piedra de las gárgolas, un chorro continuo descendía a estrellarse en la enarenada tierra. El capellán no consintió, sin embargo, quedarse a comer en espera de la escampada. Despachado el caliqueño, trasegado el último sorbo de agua donde se disolvían caramelosos residuos de azucarillo, se encasquetó el sombrero de ala ancha, se colgó el rudo capotón, y encajándose a lomos de su montura, salió hacia la carretera, a trote corto, protegido por un paraguas monumental. Silvio presentó a Minia una hoja de álbum con la donosa caricatura ecuestre del clérigo.

—¡Pobre hombre! —sonrió la compositora—. ¡Bah! Su misa vale exactamente como si la dijese Lacordaire, que era tan elocuente y tan apuesto. Nuestro corazón es soberbio; lo tenemos asediado por los sentidos. No nos basta Cristo en cuerpo y sangre; nos lo ha de consagrar un cura pulido, un cura bien, que no sea ese casi labriego con tierra entre las uñas.

—¡Quién tuviese fe religiosa! —suspiró Silvio—. A mí el corazón, como le dije a usted, se me ha encallecido: otro inconveniente para ser el monje miniaturista, apacible en su celda.

—Sí, la fe era una de las felicidades; y probablemente, la única que no sabe a ceniza. Suponer que hoy no cabe tener fe, es igual a suponer que ya no nacen las azucenas aunque las sembremos. No repita usted esa muletilla cargante de la fe deseada e inaccesible. Humildad, purificación, preparar el nido a la golondrina: ella vendrá.

—¿Y si no se comprenden ciertas cosas?… Vamos a ver: ¿cómo se arregla uno si los dogmas repugnan a la razón?

Minia guardó silencio un instante. Silencio desalentado. La paralizaba aquel argumento pobre y mísero, pero que, para ser rebatido, exige una transfusión de alma del creyente al incrédulo; y pensaba que las almas son solitarias, incomunicables, huertos cerrados, selladas fuentes… Silvio se equivocó: creyó que Minia, vencida, callaba por imposibilidad de contestar; y se excusó, temeroso de incurrir en desagrado.

—No debí discutir de tales materias con usted…

—¡Discutir! —repitió Minia alzando los hombros—. No hay discusión de este género que no sea un esfuerzo estéril; ¿sabe usted por qué? Por la misma causa que impide a los enamorados, en la mayor ansia de íntima comunicación, trocar espíritu por espíritu. Somos nosotros mismos; lo somos desesperadamente, fatídicamente, hasta la última gota, la última fibra. Y lo inefable es lo que más nos guardamos: el pomo de esencia divina, incrustado de gemas que fueron llanto, lo queremos en el seno a toda hora, tibio de nuestro calor. Diga usted, Silvio: ¿discutiría usted acaloradamente de estética con Dalín, el bizco, que tiene en Areal un almacén de paños y zarazas? ¿O con el cura que acaba de decirnos la misa?

Silvio se puso encendido hasta las orejas.

—¿Soy, según eso, como Dalín? —pronunció resentido.

—No; al contrario: es usted una naturaleza afinada, quintaesenciada; está usted en las cimas; su vehemente aspiración artística le sitúa en la región donde habitan los aguiluchos: podrán volar, o cansarse, o caer atravesados por el plomo; aguiluchos eran, con pico y garras… No se sobresalte usted: lo único que quise expresar es que un lado, un aspecto de su sensibilidad permanece tan rudimentario como la sensibilidad estética de Dalín el bizco. Usted no ha perdido la fe; no la siente: no perdemos un brazo cuando se nos queda tullido. No le ha faltado a usted sino negar el milagro y es milagro todo. ¿Por qué me contesta usted razón cuando digo azucenas? La razón, ¿le explica a usted el misterio de una azucena, que es el mismo misterio de la vida universal? ¿Es que no advierte usted hasta qué punto enraízan nuestros pies, aletean nuestros pulmones y descansan nuestros ojos en el misterio? No hay sino él; en él nos movemos, vivimos y somos. Él nos refresca, nos arrulla, desarrolla nuestro embrión en las entrañas que nos abrigan y disuelve nuestro cuerpo en la fosa que nos recoge cuando caemos, no siempre tan sosegadamente como las hojas amarillentas de las acacias. ¡La razón! ¡Vieja chocha, sentenciosa, que no sabe sino cuatro casos de sucedidos y cuatro máximas roídas de orín! Su báculo tiene mugre secular; sus pies los calzan zapatos con suela de plomo. Lo mejor que hace el hombre suele ser contra la razón. He oído que el mundo rueda porque le empuja la locura o, mejor dicho, la superrazón, que es fe. La razón, en arte, es el neoclasicismo académico; en ciencia, los sistemas que cierran el paso a la libre indagatoria. ¿Quién ha reunido en haz, a modo de cordeles de disciplina, los dictados de esa lógica con la cual nos quieren azotar? No lo sé. Nadie. Cada cual con su razón, que decía el gran dramaturgo; y es que a la razón, si la concedo mucho, la concedo que sea (como la fe) esperanza, otro subjetivismo.

—¿Y si los subjetivismos se contradicen? —arguyó Silvio.

—Calma, y a vivir; ya se concertarán cuando usted necesite, de verdad, creer, y más todavía esperar; y esa hora llega para todos los que no son Dalín el bizco, ni se reducen a roncar, comer y digerir con pachorra…

—¡No hable usted mal de la digestión! —imploró festivamente el pintor—. Digerir es la beatitud.

—¡Contento se quedaría usted si una sibila le predijese que su único porvenir era perfeccionar la función digestiva!

—¡Quién sabe lo que eso vale! ¡Sin eso, me río de lo demás! —respondió Silvio con alarde de prosaísmo brusco—. ¿Sabe usted que escampa y clarea? Voy a leer un rato en el cenador de las pasionarias. ¿Me presta usted el librito que leía ayer?

—¿La tentación de san Antonio? Voy a casa y se lo envío.


Provisto del volumen; sorteando los charcos que la tierra embebía poco a poco, el artista se refugió en el largo cenador tupido de trepadoras; allí no se oía más ruido que el cadencioso del caño de agua desahogando en el pilón semicircular para afluir después al estanque. Silvio alzaba la cabeza de vez en cuando; el chorrito ritmaba sus ideas, al menor soplo de aire, gotas frescas se descolgaban de las ramas; algunas se detenían en la cabellera del lector. Por la abertura circular practicada en el follaje, se veía la señorial tristeza del jardín antiguo, de recortados bojes, de árboles ya senadores; y las zuritas, descolgándose de la repisa del hórreo-palomar, bajaban a trancos cortos, inquietas, las escaleras del estanque, para llegar a sumir el pico en el agua revuelta por el aguacero, y donde flotaban, con lentitud graciosa, peces de laca carmínea, de exótica estructura, de nadaderas azul empavonado, compatriotas de Taikun.

—Las palomas —calculó Silvio— de seguro acostumbran beber en este pilón, y las estorbo. Me apartaré para que no tengan recelo.

Se desvió. Era exacto. Apenas las aves vieron franco el camino, se precipitaron, se atropellaron al borde del pillón semicircular, riñendo a picotazos por la vez, como las aguadoras en las fuentes públicas. El pintor, abandonado el libro, sacó su carterita y su lápiz y apuntó el rebullicio de las aves, el pilón sobre el cual se erguían esbeltas y lanceoladas, semejantes a plantas de mayólica, las lustrosas hojas y las flores duras y tersas de los arum o cartuchos. Encontrábase en lo mejor del apunte cuando llegó la baronesa.

—Hoy no se va usted: el tiempo está inseguro; a lo mejor cae otro chaparrón.

—Baronesa, ya abuso de su hospitalidad; mejor sería irme ahora, aprovechando la mañana.

—¿Sin almorzar? ¿Está usted en sí? En Alborada no es costumbre despachar a la gente con el estómago vacío. Pero ¿qué prisa tiene?

—¡Si al menos me utilizara usted para algo! ¿Quiere permitirme que la retrate? Ha quedado un pedazo de papel, y lápices no faltan.

—¡Bah! Descanse; no se ocupe en retratar viejas… y al pastel mucho menos. Ya me retratará usted otra vez, si Dios quiere. Porque se me figura que, vuele adonde vuele, ha de recaer aquí, aunque sea sin ganas.

—Ganas sobrarían; pero aún más de irme lejos, hacia donde encuentre lo que tanta falta me hace. ¡Tengo que trabajar mucho!

—Para esa vida de trabajo, salud, salud y salud es lo que conviene. Quédese usted aquí hasta que nos vayamos a Madrid; duerma, coma y engorde. Hoy le daré pimientos fritos, que le gustan, y empanada de robaliza, ¿se entera? Y muy rica que estará, si la amasan con manteca fresca, como he dispuesto.

—Lo que me gusta —declaró Silvio riendo de complacencia— es la cordial franqueza que encuentro aquí. ¿Son así las señoras en Madrid? ¿Cómo son?

—¡Qué sé yo! ¡Las hay de mil maneras! En fin, no sea usted tonto, y píntelas a todas muy guapas. Así ganará usted dinero; ¡el dinero es tan indispensable!

—¿Usted cree, baronesa, que me saldrán retratos en Madrid?

—Todo será que las señoronas se den unas a otras el santo y seña y que usted las saque preciosas. Esos retratos de la escuela moderna, exagerando la fealdad y con chafarrinones azules y verdes en la cara, vamos, ¡no concibo cómo hay quien se gaste una peseta en ellos! ¡Para verse más horroroso de lo que uno es! Figúrese: la gente se muere; al cabo de algunos años, nadie se acuerda ya de cómo era nadie; y siempre un retrato bonito…

—¡Ay! ¡Si comprendiese usted cómo me carga lo bonito, señora!

—¿Cómo? Pues no es usted especialista en…

—¿En mentiras?… Ya le dije a su hija de usted…

—¡Ah! Mi hija… ¡Le aconseja a usted mal, de seguro! ¡Es tan novelera aquella cabeza! De fijo no le predica para que en primer término se gane el dinerito…

—No por cierto… —repuso riendo otra vez el pintor—. No es eso lo que me predica. A mí tampoco el interés, así, descarnadamente, como interés, me arrastra. No voy para millonario. Quisiera ganar, a ver si junto para estudiar en Francia, en Inglaterra, donde se pinta… en gordo. Tengo necesidades; pero al mismo tiempo sé pasarlo mal, y hasta ayunar…

—¡Ayunar! ¡Eso es locura! Lo primero, la buena comida.

—¡Si viese usted qué poco me dura un duro! —continuó Silvio con indolencia indiferente—. Ahora venderé unas finquillas…

—¡Vender! —clamó la baronesa, horripilada—. ¡Por Dios, conserve usted lo que haya heredado, poco o mucho! Su madre tenía alguna renta. Casitas…

—¡Pch! Casi no recojo un céntimo de ellas. Entre reparos, contribuciones, administración… En fin, para que no ponga usted esa cara tan asustada, conservaré una casa, muy pequeña, en Zais, donde mi padre pasaba los veranos. Tiene su huerto, ¡vaya! y agua, y tres perales… Si algún día me hago célebre y opulento (dos bicocas), ahí me vendré a disfrutar. Su hija de usted dice que si he de acabar retirándome a Zais, que empiece por el final y me ahorraré un mundo de penas. ¡Tal vez!

—¡Sí, sí, tal vez estoy en lo firme! —exclamó Minia, apareciendo precedida de Votán, el corpulento danés—. ¡Votán, al agua, pícaro! —mandó imperiosamente. El perro ladró de entusiasmo, tomó vuelo, y se oyó el chapoteo de su zambullida en el estanque—. ¿Pues quién lo duda? ¿No espera usted en Zais tranquilidad y reposo? Cóbrese usted adelantado. Ninguna cosa buena debemos aplazar: nos la podría escamotear el destino. No, no; por si acaso… ¡Eh! ¡Votán! ¿Qué es eso de querer salir? Quietecito en el agua. Así; ¡guapo perro!

—¡Qué afán de desalentar a la gente! —exclamó la baronesa.

—¿Desalentar? Sí; ¡cualquiera desalienta a cualquiera! No vaticinamos para desalentar; se habla, como se grita cuando se recibe un golpe: es involuntario. ¡Afuera, Votán! Basta de baño, buen mozo… Y a sacudirte lejos, ¿eh? lejitos, que nos rocías. ¡Allá, allá! Oiga usted, haragán de artista, ¿no quería ilustrarme hoy un plato al humo?, ¿hacerme una caricatura?

—Con la cabeza enorme y los pies invisibles —respondió Silvio—. En cambio, me interpretará usted al piano una de sus Sinfonías campestres.


Silvio, recostado en el sillón, entornados los párpados, se encontraba todavía bajo el conjuro de la música, mejor dicho, de las músicas interiores que una combinación de sonidos evoca. La compositora, sin alardes de virtuosismo, sin descoyuntar las notas ni obligarlas al paso al través de aros ni al salto mortal; sencillamente, de corazón, acababa de derramar en las ondas del aire, temblantes aún, el aroma rústico de la tierra germinatriz. Silvio había percibido el olor húmedo de las fragas, después de que la lluvia las viste con una capa de hongos de terciopelo castaño y fulvo; el de los saúcos en floración, equívoco, extraño; el de las agridulces fresillas silvestres: el de la recién guadañada hierba; el de las colmenas, que reúne el deleite de la miel al misticismo del cirio; el de madera apolillada, caduca, que se exhala de los viejos Pazos; el del humo que envuelve a las casuchas sin chimenea en túnica de gasa gris; el del mosto nuevo, que emberrenchina; el del rancio Borde, que conforta; y, dominando a todos, hercúleo, bravío, el del mar de Cantabria, sal, yodo, fósforo, vitalidad disuelta en la respiración, y también nostalgia, la melancolía de las playas y las costas; sentimiento de penumbras, inquietud de las razas antiguas superiores y decadentes… Y Silvio escuchaba la cavernosa risa de Poseidón, agrandada hasta el bramido al retorcerse en las volutas de la caracola, y recordaba estrofas de Heine, la Pregunta del mar del Norte: «Explicadme el arcano…».

A lo lejos, en la paz de la tarde, el chirrido de un carro de bueyes penetró por la ventana abierta; a distancia no es inarmónica la queja interminable del eje sin ensebar. Silvio creyó que oía tan familiar ruido por primera vez, y lo escuchó con alma, con sentimiento, asociándolo a la música. Su imaginación se pobló de imágenes conocidas que, en aquel momento, eran rudimentos de arte; vio labriegos y labriegas de duras piernas desnudas, arrancando del pardo terruño la patata; javanes sudorosos, dejando caer el mallo sobre la extendida mies, viejas rugosas, a frunces, como manzanas tabardillas, rezuqueando o pidiendo limosna; vio en el playal a los pescadores, negruzcos de cuello y cara, blancos de espalda y pecho, jalando del bou, que, como bolsa rellena de monedas de plata, quiere reventar al peso argentado de la sardina… Un transporte, una especie de deliquio de un instante, puso al artista de pie, le obligó a acercarse a la ventana, porque en la habitación no entraba aire suficiente para respirar: ahogábase; pero el dogal era tan suave que la sofocación parecía caricia.

—¿Qué tiene usted? —preguntó Minia levantándose del taburete.

—Que me veo ya cómo he de ser dentro de pocos años; con la obra realizada, ¡con mi obra! Haré en el lienzo —añadió palpitando— lo que usted en la música. Interpretaré la luz, el color, la esencia de este país, que no ha tenido intérpretes, hasta la fecha, en la pintura.

—Verdad es, y quisiera darme cuenta de la causa —asintió Minia—. Aquí no se han producido pintores… Ello es que apenas los produjeron las demás regiones de la zona cantábrica. Casto Plasencia ha sorprendido bien el tono de los verdes húmedos de Asturias. Beruete, que es un realista sincero ha reproducido exactamente algunos paisajes de aquí: vea usted en mi estudio una Ribera de Vigo…

—Muy buena, muy seria —exclamó Silvio con la ardiente espontaneidad que caracterizaba sus elogios a los del oficio—. Solo que yo no me reduciré al paisaje. Lo completaré con el hombre. Revelaré todo lo que hay aquí; la poesía bucólica de este pedazo del mundo, como otros, por ejemplo usted, la revelaron en la música y en el verso. Descubriré la hermosura de esta ninfa dormida, para que se la admire. Me conquistaré un reino. Haré verdad, verdad. ¡Hurra! ¡Solo de pensarlo bailo!

Como lo dijo lo hizo. ¡Hip! Rompió a danzar, a lo marioneta, uno de esos bailes ingleses extravagantes, cómicos —zapateando el piso con las botas gruesas de becerro, y castañeteando sus dedos largos, huesudos, ágiles, habituados a tender el color—. La compositora le miraba danzar, y, en vez de reírse, experimentaba una especie de susto. El repentino arrebato de Silvio descubría la nerviosidad mal dominada, profunda como una lesión orgánica, el desequilibrio de aquel temperamento de artista. Lo desmedido del júbilo, la imposibilidad de moderarlo parecíanle a Minia —idolatra del self control—síntoma de debilidad. «¿Es lo físico? ¿Es lo moral lo que se opondrá a que este muchacho de dotes tan extraordinarias llegue a ser artista completo? ¿O me equivoco, y no sé reconocer en el desequilibrio la marca del genio? ¡Ojalá!». Deseó, con piedad inmensa. «¡Dios le dé también el método, la paciencia, la perseverancia!».

Silvio ya se sentaba, secándose la frente con el pañuelo, acortado el resuello, entrecortada la risa, excusándose.

—No me diga usted nada; conocida es esa fiebre…

—Es que hay momentos… hay ideas… ¡Si se me ocurre que yo podría abrirme mi surco, el mío, el mío solo! Porque el resto… patarata. Seguir a este, al otro, al de más allá… porquería. ¿Verdad que sí?

—¡Sí, criatura! Seguir, nada más que seguir, no vale la pena. Solo que por ahí se principia. ¡Y se ha pintado tanto, y se pinta tanto y tan bien que no será pequeñez eso del surco propio! Calma, calma; aspirar; pero con serenidad resignada de antemano; si no, va usted a padecer como un réprobo.

—No importa sufrir. Se sufre por algo, ¡qué diantre! ¿Quiere usted hacerme el favor de abrir este libro de Flaubert y que leamos un poco en él? Ahí, ahí, en las últimas hojas, el diálogo de la esfinge y la quimera…

Minia hojeó, sujetó al fin con el pulgar la página donde principia el diálogo.

—¿Traduce usted bien a libro abierto? —preguntó la compositora.

—No; me costaría trabajo.

—Entonces, yo…

Y Minia, con su voz llena y clara, recitó. Veíase que el paisaje se lo sabía de memoria; el libro servía únicamente para darle la certeza de no comerse un renglón ni un vocablo… Excepto los que suprimiese de propósito.

Y frontera, a la otra orilla del Nilo, he aquí que aparece la Esfinge. Estira las patas, sacude las vendas de su frente y se tumba vientre a tierra.

Saltando, volando, espurriando fuego por las fosas nasales, azotándose las alas con su cauda de dragón, la Quimera de glaucos ojos gira y ladra.

Los anillos de su cabello, de un lado se entretejen con el vello de sus ancas, de otro barren la arena y oscilan al balancearse el cuerpo.

La Esfinge. (Inmóvil, mira a la Quimera). —Detente: ¡aquí!

La Quimera.—¡Jamás!

La Esfinge.—¡No corras tanto, no vueles tan alto, no ladres tan recio!

La Quimera.—¡No te vuelvas a llamarme, para que al fin te calles muy buenas cosas!

La Esfinge.—¡No me soples fuego a la cara, no me ladres al oído: de piedra soy!

La Quimera.—¡No me atraparás, pavorosa Esfinge!

La Esfinge.—¡No te quiero conmigo, loca de atar!

La Quimera.—¡Ahí te quedes, pesadota!

La Esfinge.—¿A dónde bueno tan aprisa?

La Quimera.—A dispararme por las revueltas del laberinto, a cernerme sobre las cimas, a rasar los mares, a brincar en el hondón de los despeñaderos, a agarrarme a la faldamenta de las nubes. Con mi rabo arrastradizo rayo la arena de las playas; las colinas remedan la forma de mis hombros. Y tú, ahí, eternamente quieta, o dibujando alfabetos en la arena con las uñas de tus garras…

La Esfinge.—Es que guardo mi secreto: calculo y reflexiono. El mar se revuelva en su lecho, los trigos ondean, las caravanas pasan, el polvo vuela, desmorónanse las ciudades y la mirada fija de mis pupilas, más allá de los objetos, escruta inaccesibles horizontes.

La Quimera.—¡Yo soy rauda y regocijada! Descubro al hombre deslumbrantes perspectivas, paraísos en las nubes y dichas remotas. Derramo en las almas las eternas locuras, planes de dicha, fantasías de porvenir, sueños de gloria, juramentos de amor, altas resoluciones… Impulso al largo viaje y la magna empresa… Busco perfumes nuevos, flores más anchas, goces desconocidos…».

Detúvose Minia: su instinto femenil la impedía continuar, y, por otra parte, ya había recitado los párrafos decisivos. Silvio, con los ojos muy abiertos, conteniendo la respiración, bebía el contenido del diálogo maravilloso. El hálito de brasa de la quimera encendía sus sienes y electrizaba los rizos de su pelo rubio ceniza; las glaucas pupilas del monstruo le fascinaban deliciosamente, y su cola de dragón, enroscándosele a la cintura, le levantaba en alto, como a santo extático que no toca al suelo. El artista se echó atrás, alzó los brazos y suspiró desde lo más secreto del espíritu:

—¡Triunfar o morir! Mi quimera es esa, y excepto mi quimera… ¿qué me importa el mundo?

Callada como la Esfinge, que enmudece justamente porque sabe, Minia se levantó; Silvio la siguió, pues la compositora le había hecho una seña con la mano. Tomó hacia la derecha; caminaba despacio, sin volver la cabeza atrás.

Empujó la puerta de la sacristía que comunicaba con la sala, y estaba semioscura, alumbrada por una lamparilla de aceite ante un crucifijo tétrico, de tamaño natural, de cabellera de mujer, también natural, enredada, como empapada de sudor; y de allí cruzó a la capilla, donde negreaba el alto retablo de talla borrominesca, en contraste con la blancura de las paredes caleadas y del granito de los arcos. Dirigiose al de la izquierda, que era un sepulcro. En la imposta del arco aparecían, toscamente cortadas en el granito, las pifias de pino bravo y las veneras, símbolo de toda la naturaleza de Galicia, las selvas y las costas; el hueco que había de ocupar el sarcófago encontrábase vacío. La mirada de Minia, deteniéndose en aquel hueco y volviéndose después hacia el artista, fue tan elocuente que Silvio entendió igual que si leyese un rótulo escrito en clara letra.

—¡La única verdad!… —murmuró.

—¿Es usted de los que encuentran desconsoladora la perspectiva del no ser? —articuló bajito Minia, que se cubrió la cabeza, por respeto al lugar sagrado, con el chal de lana ligera que llevaba al cuello para preservarse de la humedad.

—Francamente, ¡sí! No concibo el fin de mí mismo: estoy por decir que la muerte me parece absurda —y miró al arco de nuevo, como si le fascinase—. Mejor dicho, ¡ni aun consiento pensar en eso! Déjeme usted que cargue conmigo la quimera y me lleve a la luna, al sol, a las islas fantásticas… —repentinamente horripilado, se echó atrás y gritó—: Salgamos de aquí. Ese hueco vacío me hace señas también… ¡Vámonos: al aire, al soto… adonde se vea cielo!

Ya en el soto, paseando por ancha calle abierta entre castaños y alfombrada de hojas y secos erizos entreabiertos, Minia, arrepentida, pidió excusas y bromeó para disipar la impresión que empalidecía más las mejillas delgadas de Silvio.

—Acabo de cometer una tontería. No recordé que es usted supersticioso… Procedí impremeditadamente al enseñarle la isla de reposo, que dijo Espronceda… Me parecía tan estético mirarla sin temor, y hasta recostarse en ella, y deshojar en ella rosas como homenaje a las Parcas, a quienes pintan feas y viejas, pero que deben ser, en realidad, unas ninfas seductoras. A mi edad, bueno… cabría que uno se impresionase… ¿A la de usted? A su edad la marea de la vida sube, sube, y es calor en las venas, intrepidez en el corazón. ¡Bah! ¡Está usted entregado a las carcajadas y a los ladridos de la quimera!

—Le juro a usted —declaró Silvio— que nunca creería que iba a sucederme cosa tal; debe de haber pasado por mí algo que no sé explicarme. En América he velado a compañeros muertos, he presenciado escenas realmente trágicas, y me considero insensible… y lo soy en mil cuestiones: de una insensibilidad de hipnotizado, según la frase de un médico amigo mío. ¡Nunca nos conocemos! Lo que usted me enseñó nada tiene de espantoso: un arco románico de piedra labrada, parecido a los de San Francisco de Brigos… Un hueco vacío… ¿Será por eso, por vacío, por lo que me espantó? Sudo frío aún —añadió, enjugándose con la mano las sienes.

—Mi pañuelo —y la compositora se lo presentó, estremecida también. Siguieron andando, pausadamente, metidos en sí; un espectáculo atrajo sus miradas. Más allá del soto, bastante cerca sin embargo, apoyando uno de los extremos del semicírculo colosal en las honduras de la cañada que cobija la presa del molino, la zona policroma del iris ascendía del suelo a lo más alto de la bóveda gris, y volvía a descender, diseñando un puente para titanes. No llovería más. Los aéreos colores, verdes, anaranjados, violados, de transparente y luminosa magnificencia, fueron apagándose con lentitud dulce; ya casi invisibles a fuerza de delicadeza, se esfumaron al fin completamente, y el paisaje quedó como abandonado y solitario, húmedo, escalofriado con la proximidad de la noche otoñal traidora y pronta en sobrevenir.

II

Madrid

Hojas del libro de memorias de Silvio Lago


Después de pasarme ocho días en la destartalada fonda de la calle de Atocha, al fin encuentro un taller, a precio aceptable, en la de Jardines. Tiene el defecto de que esa calle es del número de las que Balzac llama chauldes, y aún de las que echan lumbre: en mi vida he visto junta tanta paloma torcaz, y de plumaje tan sucio. No me importa lo que me arrullan cuando me retiro de noche; pero ¿y si acuden a retratarse bellas señoras? En esta calle no entran coches: las bellas señoras tendrán que cruzar a pie, rozando con las pájaras y oyendo sus retahílas… No hay qué hacerle: no hallo cosa mejor, dentro de mis posibles. Traía unas dos mil pesetas para empezar a vivir —primer plazo del importe de mis cuatro terrones; el resto no se cobra hasta qué sé yo—; pero he encontrado aquí a Crivelo, el pobre Crivelo, con su mujer, los niños, la suegra, el ama, y sin un céntimo: como que acaba de establecer una litografía… y tuve que arriar setecientas y pico, porque a no ser de bronce… Tiene razón la baronesa de Dumbría, al llamarme «el de la mano horadada». Razón: y, sin embargo, me ataca los nervios al darme consejos de economía; es como si a una adelfa la dijesen: «Maldita, sé garbanzo, que te conviene mucho».

A propósito de garbanzos: mi comida es una desolación y apenas digiero. Ando a salto de mata, hoy en un bodegón, mañana en Fornos; me desayuno con salchichón o queso; no tengo tetera, no tengo té, no tengo una criada que me ponga a hervir agua —¡el té, una de las contadas cosas que me sientan admirablemente!—. Me acuerdo de Alborada como los hebreos de las ollas de Egipto. La portera sube a arreglarme la cama en un diván, a tropezones; estas mujeres son muy astutas: ha visto que mis muebles se reducen a dos caballetes, una caja de lápices y veinte libros; que luzco un gabán raído, que no me ha visitado sino Crivelo… y olfatea propinas de cesante. La daré por adelantado dos duros, para que comprenda que el hábito no hace al monje.

Estoy, pues, en plena bohemia. Lo más bohemio es el frío. Me trajeron ayer un braserito. ¿Qué pinta un braserito en este inmenso taller? Se filtra un aire glacial por los paneles de cristales sin maderas ni cortinas; y la tubería de la chubesqui, sin chubesqui, aumenta la sensación polar. ¡Brrr! Aunque merme el fondo (vaya un fondo), habrá que comprar chubesqui. No: y lo diabólico es que después de la chubesqui necesitaré carbón. Las chubesquis debieran criar su combustible, como el borrego su lana.

He visto el museo. Volví de él aplanado y loco (estados que parecen difíciles de asociar). Entré a las diez, con ánimo de pasar dos horas, y a las tres todavía estaba allí, desfallecido y sin enterarme del desfallecimiento. Al volver a casa me harté de mortadela y queso gruyer: primeros momentos de estupidez: la digestión penosa del boa.

Entre los afanes de la pícara función fisiológica, restos de la fiebre de la mañana, un devaneo sin tregua, que va y viene, y vuelve y se enreda en tres nombres: Goya, Velázquez, Rubens.

Orden, orden, señora cabeza mía. ¿Qué piensa usted de esos tres tiazos?

En primer lugar, no experimento gran entusiasmo por la pintura antigua. Nos han fastidiado bastante con la admiración de lo antiguo, negro y embetunado, y con luz falsa. Los antiguos eran otros embusteros, igual que yo. Hasta nuestro siglo, y bien adelantado, no se supo lo que era verdad. Y no la tragan, no la tragan los condenados burgueses. ¡La luz cruda, dicen! ¿La quieren cocida, guisada? Mejor se pinta hoy que se ha pintado nunca. Y si es así, ¿por qué me he vuelto del museo destrozado de asombro?

Con Velázquez me pasa que reniego del cerebro. Ese tío no pensaba; lo que hacía era copiar, pintando de una manera bestial: la pincelada, la santa pincelada, el santo natural, el santo dibujo, y fuera ideas, que son una peste.

Velázquez no debió de sentir calenturas. Velázquez se reiría de nosotros. Sano, equilibrado, cortesano, creyéndose un funcionario y no un genio, no buscaba originalidad: ¿para qué? La originalidad es una tontería. Pintar más que Dios y dejarse de originalidades. Si pintásemos, ¿eh?, ¡digo pintar!, ya me entiendes, Silvio, ¡qué falta nos hacía discurrir! La naturaleza no presume de original, ni discurre; el sol, la luna, son lo más trivial. Velázquez es naturaleza pura.

Da gusto cómo trata a los dioses. Su Marte, un soldadote velludo; su Vulcano, algún herrero de la Ribera. ¿Y el chucho de las Meninas? Silvio, ¿te contentarías con haber manchado ese chucho?

¡Qué bárbaro soy! ¿Pues no estoy diciendo para mí: no, no me contentaba? Prefería ser Goya. El equilibrio y la indiferencia de Velázquez, bien; el desate de Goya, mejor. ¿Por qué mejor? No lo sé explicar; pero me gustaría tener un modo mío de sentir el natural, y me gustarían esas rarezas de sátiras y de delirios, el infierno y el cielo, el amor, la muerte, la horca, el fanatismo, los asnos dómines, las duquesas histéricas y tísicas, con colorete, las familias reales retratadas hasta el alma, hasta la misma médula de sus huesos, enseñando la sensualidad de la reina y la inepcia bonachona del rey. Me gustaría haber sido el primero a sorprender la luz rubia y acaramelada de las primaveras madrileñas, y los grises tonos, vaporosos, de las épocas de pelo empolvado y sedas tornasol. Me gustaría ser el primero que interpretase el colorido de España. ¡Goya! Sus cuadros patrióticos, sus fusilamientos, telones —telones divinos. ¡Qué arranque! ¡Qué ímpetu! ¡Ese colmillo de jabalí, ese navajazo feroz de baturro airado!—, ¡ah, qué envidia!

¿Y Rubens? Cuando me acuerdo de mis pastelitos, de mis cochinas cromotipias, y pienso en la carne flamenca de Rubens, me daría de cabezadas contra la pared. Materia, materia; esplendor de la carne: y arrodillarse y adorarlo.

El realismo de Rubens es más natural que si nos presentase gente pobre y famélica. Sus hombres sanguíneos, de barba terciopelosa, y sus mujeres de senos de manteca y nalgas rosa té, eran gente rica y bien alimentada; y así quisiera yo desnudar y pintar a la high-life. Afuera tules. La carne, compacta, fresca; albérchigos y pavías. Verano de la vida; y por debajo de esa piel tan bruñida y elástica, y por esas venas (¿no es triste que no tenga venas la gente que yo retrato?), por esas venas, circulando, el hierro y el calor de los siete pecados capitales.

De todo esto saco en limpio… poca cosa: que quisiera ver Velázquez, Goya o Rubens, ¡un nene! ¿Qué soy? Nada. Un farsantuelo; y ni aun mis farsas puedo hacer. Porque ¿quién va a venir a retratarse en esta calle sospechosa, en este taller desmantelado, sin un trapo antiguo, sin un sitial coquetón, sin alfombra… sin estufa?

No: estufa la habrá mañana, ¡viven los cielos!

Hoy tirito. La noche cae, y como no he de comer —no era la digestión del boa, era la indigestión—, no salgo; me quedo en mi rincón, me refugio en la alcoba, envuelto en mi poncho gaucho, que me sirve de manta de viaje y de cama. Me siento mal, muy mal; parece que dentro del estómago tengo una barra de plomo; la cabeza me duele… Trataré de dormir. A cerrar los ojos, a no acordarse de nada. ¡Qué nuca y qué hombros los de La hilandera! Lo asombroso de Goya, el misterio de las pupilas de sus retratos: tienen húmedo radical… Bueno, ahora lo de ene: bascas, escalofríos… ¿Si enfermaré de veras? ¡No me faltaba más que eso!

Quebrantado aún (¡qué indigestión, señores! ¡Yo creo que fue de admiración más que de otra cosa! Es bobo y ocioso admirar a los que ya pasaron: ¡arte nuevo, nuevo!) voy a la Sociedad de Acuarelistas a dibujar. Empiezo a conocer algunos del oficio; muchachos como yo, tal vez con las mismas esperanzas que yo. ¡Puede que no tan quiméricas! Los veo que fuman, ríen, hablan de mujeres, piensan con ahínco en algo más que el arte. Hay uno, sin embargo, rabioso, emberrenchinado como yo: se profesa impresionista (¡qué diablura!) y se llama Solano. Tiene unos ojos que giran, que miran azorados, insensatamente: ojos de raposo cogido en la trampa.

Me han preguntado mis proyectos. No les he contado palabra de verdad. Me daba vergüenza confesarles que espero a que las bellas señoras me hagan con sus deditos una seña: «Retrátanos… y que salgamos arrebatadoras, celestiales». ¿Y si, además, por encima de todo, ¡humillación doble!, ni aun eso encontrase; ni aun le comprasen al charlatán sus mentiras, su agua de rosa y su blanquete?

A bien que saldré de dudas pronto. Las de Dumbría me escriben que antes de principios de diciembre llegan.

Entretanto, como no debo perder tiempo, y como la labor de noche en la Sociedad no me basta y quisiera aprovechar algo las mañanas, que me paso tumbado en el diván leyendo o haciendo castillos en el aire —me determino a llamar una modelo y un modelo. Cuestan, pero no hay cosa mejor para formarse la mano y adelantar en estudios útiles— una mano, una pierna, la cabeza, el torso.

Por suerte, en la tienda de marcos, donde me surto de lienzos, pinturas, pinceles, un caballete mecánico, comprendo que no se darán prisa a pasar la cuenta. Les he insinuado que los meses de navidad y primeros de año no son a propósito para pagos, y enseguida comprendieron: debe de estar acostumbrados, por su clientela de artistas, a morosidades. Y si no, ¿cómo me las arreglo? Porque parece que no son nada estas fornituras —tubitos, frasquitos, pinceles, palitroques—, y solo el caballete representa un desembolso de treinta y cinco duros. El amigo que me he echado en la Sociedad, un chico paisajista, Marín Cenizate, que me ha tomado un apego decidido y se dedica a aconsejarme y protegerme, al saber mis adquisiciones me dice que anduve precipitado; que como la miseria siempre, y ahora más, es tan acuciosa entre nuestros compañeros, en el rastro y en las casas de préstamos encontraría por cuatro cuartos el caballete y las cajas. No le quise responder: «es que la tienda no me cobra ahora, y lo de lance se pagará al contado». La penuria de dinero a veces obliga a gastar doble.

La modelo… ¡pch!, un desnudo regular: de la cintura abajo, algo de morbidez; los brazos magros, los hombros puntiagudos, las manos encanalladas. Para estudiarla sinceramente y a trozos no me importa; pero si alguno quiere meterla en cuadros de ninfas o de damas, ¡con esas manos, a morir!

No sería yo quien me consagrase a damas o a ninfas, y eso que desde mi llegada a Madrid me parece que siento menos la naturaleza, y la verdad áspera y plebeya no me seduce tanto. Aquí no hay campo, y la ciudad, ni moderna ni majestuosamente antigua, no me atrae. Recorro sus calles, sus paseos; nunca salta la nota que me agradaría tomar. Vamos, ya estoy maduro para mi campaña de retratos.

El desnudo del viejo, infinitamente mejor que el de la mujer. Es un setentón que sería muy terne en sus mocedades, y que en vez de criar grasa se ha desecado lo mismo que un gajo de uvas colgado al sol. Se ha convertido en un Ribera. Creía yo que aquellos claroscuros y aquellos tonos de Ribera eran falsos. No: en la piel del viejo encuentro el mismo ocre amarillo, la misma tierra de Siena, la misma sombra calcinada de los ascetas riberescos; y su vello y su barba y su pelambrera —a las cuales los artistas la hemos prohibido tocar: es nazareno— son del mismo gris plomo, con toques blanco plata y los tonos y reflejos de una armadura. Al estudiar al viejo, cargo la paleta de colores a la española; mi pincelada se hace amplia, fuerte, y me voy al estilo franco y a las grandes masas. Hasta me sugiere asuntos castizos y anticuados; ayer le boceté de san Jerónimo, con su pedrusco en la derecha.


Final de noviembre

¡Llegan, llegan las de Dumbría! Preciso era; porque se me iban acabando el resuello y la esperanza y, además, en todo este mes no he comido cosa que digiriese; noto el estómago tan frío que —se lo conté ayer al hermano de mi amigo Cenizate, que es médico— padezco una aprensión rarísima (él la calificó de alucinación, engendrada por la dispepsia): la idea de que me lo cruza, sin interrupción, una glacial corriente de agua.

Como he adquirido una tetera, me inundo de té para digerir las porquerías; estoy muy nervioso, sueño dislates, y de día miro mi taller desmantelado, mi casa sin muebles, mis perchas sin ropa, y los planes de atraer aquí al gran mundo, y al gran mundo femenino, se me representan como delirios de la calentura.

Por cierto, a propósito de este delirio, que la carta de ayer de mi romántico amigo de Marineda, Florencio Goizán, es para desmigajarse de risa. Me ha cogido en un día de los de humor más negro, y me lo mitigó. Hay párrafos deliciosos.

«¡Mortal tres veces feliz!» —me escribe—. «De este aburridero, este rincón donde no se puede ni soñar en ilícitas aventuras —porque detrás de cada vidriera hay una vieja atisbando—, te envidio el jardín que ya empieza a brotar en tu taller. ¡Qué jardín! Desde la altanera flor de lis purpúrea, hasta la original orquídea modernista, no habrá flor de estufa que ahí no pueda lucir en el caprichoso búcaro oriental. ¡Qué mujeres, Cristo! Ya las miro subir tus escaleras con el corazón palpitante; llamar a tu campanilla con trémula mano enguantada de Suecia; entrar con ese delicioso ruge-ruge de sedas que él solo estremece; inundarte el taller de oleadas de ideal y de brisas rusas; reclinarse negligentes en el sofá Luis XV, mientras tú te hincas de rodillas a sus pies sobre un almohadón de terciopelo y empiezas a contar tus ansias. Habrás dispuesto (naturalmente, es de cajón) el refresco en el velador árabe; allí sus emparedados, sus bombones, y allí su vino de Málaga. Y si llegase impensadamente el celoso marido, la dama adoptará pose en el estrado, tú agarrarás tus lápices, el retrato seguirá viento en popa, y aquí no ha pasado nada, caballeros.

«Lo más sabroso ha de ser eso: engañar a un necio orgulloso de los retratos. ¡Porque cuidado que es socorrido! No es pretexto solo; es ardid de guerra. Si yo fuese padre, amante, marido, cualquier día consiento que tú la retrates y estéis solitos bebiéndoos a tragos largos la mirada horas enteras. Vamos, se necesita ser memo. ¡Ya que la memez es epidémica, incurable; triunfa, mortal tres veces feliz! No te pares en barras, no te achiques al tropezarte con las rimbombantes genealogías: la mujer es mujer, ya nazca en áurea cuna, ya en el arroyo; el flecherillo todo lo iguala; los antepasados de coraza o ferreruelo no se alzan de sus tumbas, y tú acuérdate de Goya, que prefirió pintar mejillas ducales y borrar luego con los labios el carmín, a legar a la posteridad un nuevo título de gloria. ¡Ah! ¡Quién pudiese estar en tu lugar unos meses siquiera! Desgarra encajes de Venecia, arruga sedas de Lyon, desabrocha collares de perlas, descalza esquifes de raso, y compadece a los amigos que se pudren leyendo cartas sin timbre y sin ortografía, no llevando sus ambiciones más arriba del taller de costura, los dedos picados y el zapato de cuero gordo. Más suerte tienes que un ahorcado; es de esperar que sepas agotarla, y que en el verano, a la sombra de los castaños de Zais o en la playa de Riazor, nos refieras episodios. ¡Digo, si es que te dignas volver a las natales costas, y no te arrastra el torbellino del gran mundo hacia la isla de Wight o los arenales de Trouville!».

Así, copiado al pie de la letra.

¡Gastan imaginación en Marineda, vaya si la gastan! ¡Y lo cómico es leer esto en el camaranchón que llamo taller amueblado, con una estufa que no tira y el caballete mecánico, y visitado solo —a tanto la hora— por la modelo, la Eladia, que deja caer, al desnudarse, un corsé muy usado, color lagarto mustio, del cual reniego!

—¿Chica, no tienes más corsé que este?

—No, señorito…

El tono es tan triste que arrío dos duros para un corsé nuevo y blanco; al otro día sube con el antiguo. Que su madre está enferma, que tuvo que comprar una medicina «barbaridá de cara…». ¡Bien, adelante! De rabia, la coloco, borrajeo un apunte, y me sale regular; la modelo, destacándose sobre la luz de la vidriera y ajustándose el corsé con un movimiento airoso de los brazos hacia atrás. No la vuelvo a dar propina: la guita se me va que vuela.


Diciembre

Me he reanimado al ponerme al habla con las Dumbrías. Me hicieron cenar allí la noche de la llegada, las provisiones que traían en el tren, que me supieron a gloria, y eran, sobre poco más o menos, lo que hubiese comido en mi taller —fiambres, pastas—. ¿Por qué digerí mejor ya? ¿Es que mis nervios mandan en mí tan absolutamente?

A la mañana siguiente me llamaron por teléfono —el teléfono del despacho de aguas minerales, en el piso bajo de mi casa—, para avisarme que vendrían a visitar mi instalación. Han venido, impresionando a la portera, que al cabo ve aquí unas señoras; se han reído mucho de ver cuántas cosas me faltan.

—Supongo —dijo Minia— que estará usted encantado porque esta escasez es poesía.

—No tal —grité—. ¡Ay, los soñadores! ¡Señora, esa fantasía de usted! Estoy perramente, y es imposible, aunque llegasen a enterarse de mi existencia, que ninguna dama ponga los pies en tal desván.

—Muchísimas gracias, por la parte que nos toca…

—Bueno; ustedes, es otra cosa. Ya me entienden…

Horas después llamaron a la puerta y entraron dos mozos cargados de trastos. Las Dumbrías, que justamente acaban de arreglar un salón-biblioteca y de cambiar parte de su mobiliario, me remitían estantes para libros, cortinas, una cama de madera, un sofá, algunas sillas. «No nos caben en casa», decía el billete. «Vaya usted a comer a las ocho, y no espere buen trato, estamos desorganizadas todavía… No tenemos más convidado que usted». Interpreto: puedo ir con esta ropa. ¡De perlas, la ropa! Es la misma con que vine de Buenos Aires; la hice a principios del verano de allí, que es el invierno de aquí y, por consiguiente, ahora, en otro invierno, después de dos veranos empalmados, porque en mayo me vine a España, cualquiera adivina el aspecto que ofrece y lo que abrigará. «Poesía, poesía…», dirá Minia… «Pulmonía…», digo yo. Y, además, el único gabán se ha vuelto del color indefinible del corsé de la modelo. Habrá que equiparse. ¿Habrá…?

Al salir de casa de Dumbría para ir a dibujar a la Sociedad, una digestión completamente feliz me despeja la cabeza. En fin, el caso es que dentro de unos quince días, el tiempo estrictamente indispensable para «arreglar» algo, darán tres reuniones por la tarde, a las cuales yo no asistiré; expondrán el retrato de Minia, y malo será —opina la baronesa— que no salten encargos.

—Sea usted, al principio sobre todo, muy transigente. Cobre poco: en Madrid no se atan los perros con longanizas; las necesidades de apariencia de la vida son muchas, y los más ricos y empingorotados miran al microscopio lo que gastan. Préstese usted a ir a las casas a trabajar, vale más, ya que tiene usted el taller en malas condiciones…

—Pero la luz…

—La verdadera luz son los cuartos. Déjese de historias.

De modo que ya se revela mi porvenir. Subir escaleras como los maestros de piano, esperar en la antesala a que me mande pasar la señora, retratar con luces de interior y a la hora que me ordenen… Y lo más vil es temblar, no a esas humillaciones, sino a que no llegue el caso de sufrirlas; a que, al exponerse mi retrato, se encojan de hombros y pasen a tratar de asuntos de actualidad, riéndose del mamarrachista y de la indiscreta bondad de las que le protegen. Ahora se me figura que infaliblemente sucederá esto último. En mi crisis de desaliento, me siento sufrir y rabiar, no por lo que temo que va a pasarme, sino (me ocurre muy a menudo) por cuanto de malo me ha pasado en la vida. Lo repaso, lo recuerdo, lo rumio, y las contrariedades difuntas resucitan; ni aún las grandes, no: las pequeñas, las ruines. Quisiera trocar mi suerte, ser carpintero o herrero, no hallarme aquí, emprender un viaje, recluirme en Zais; a pesar del contento del estómago, mi cerebro se ensombrece, y de puro nervioso echo chispas como los gatos. ¡Miseria, nulidad de la vida!

Orden, orden: a escribir sin temblequeo de pulso.

Salí de casa (con el pie derecho, por si acaso) y cuidé de sentar también el pie derecho, ante todo en el portal de Dumbría.

Asistí a los preparativos. Yo mismo acomodé el retrato sobre un caballete dorado, y drapeé la tela antigua, tul bordado de flores empalidecidas, con el cual hicimos un pabellón gracioso, arrugado por mano de artista, al marco dorado y color madera. Me alejé, me acerqué, le corrí, le encontré al fin el punto de vista bueno; y al sonar las cinco, me escondí, con huida de gamo a través de los matorrales, en las habitaciones interiores: Minia se reía, afirmando que en Madrid, cuando se avisa para las cinco, ni un alma antes de las seis y media. Y así fue. A las siete, apostándome impaciente detrás de una cortina, escuché un zumbido de colmena, y destacándose de él, palabras sueltas, exclamaciones. Servían el chocolate, y lo que pude entender se refería a tal operación gastronómica. «Qué bueno es este bizcochón…». A las ocho se fue acallando el mosconeo de la gente; a la media, silencio, y las señoras de las casas que venían a buscarme, con el rostro destellando satisfacción. A mi interrogación muda, Minia alzó un dedo.

—¿Un encargo?

—Uno solo, por ahora…; pero vale por cien. ¡Trae trébol de cuatro hojas! La condesa de la Palma. Lo mismo fue fijarse en el retrato, que exclamar: «Envíeme usted sin tardanza ese prodigio».

—¿Ha dicho prodigio?

—Textualmente.

—¿Y cómo es esa señora?

—Como le podía a usted convenir que fuese la primera gran señora que pide que la retrate. Moralmente, encantadora; culta, de una cortesía y una lealtad en sus amistades que escasean; con prestigio, con relaciones sobradas para imponerle a usted. Físicamente, un tipo para pastelista: rubia, blanca, ojos azules, facciones menudas, sonrisa de inteligencia, malicia mundana en la expresión. Ya aceptado por esa señora, podemos quitarle a usted los andadores. Ella le guiará. No se alarme usted, no alteramos el programa: habrá otros dos chocolates; verán mi retrato cuantos creamos que es conveniente para usted que lo vean; pero el paso inicial está dado con suerte.

—Con el pie derecho —murmuré, acordándome de mis precauciones y sintiéndome tan gozoso que me volvía niño—. De pronto, una inquietud.

—¿Así de ropa, cómo me presento en casa de la condesa?

—¡La condesa, ya le he dicho a usted que es buena e inteligente! —insistió Minia—. No será ella quien se fije en eso; es decir, fijarse sí, no se le escapará; pero se dará cuenta de lo natural del hecho y no se burlará ni por asomos. No por ella; por conveniencia general, encárguese algo. Le hace tanta falta como los pinceles.

¡Minia llama algo a un traje completo de sociedad, con abrigo; otro traje de mañana, corbatas, camisas, botas, guantes, el demonio! No hay remedio, el sastre sea conmigo. Parezco un pobre vergonzante: así no me admitirán. ¡Ah, mi gabán verdoso, mi pantalón color nuez, con rodilleras, mi sombrero blando, de fieltro, mi pelaje de artista! ¡Yo que aborrezco el frac!

Paciencia; si he de llegar a ser, a revelarme, necesito subsistir, y la subsistencia así viene, y entretanto a adelantar, a adquirir impecable dibujo; el colorido, después. Se me figura que he conquistado hoy el pan, y he vuelto a casa con el júbilo innoble de un perro que caza un hueso circundado de piltrafas.


Fin de diciembre

Además del retrato de la Palma —que, en efecto, es como me la ha descrito Minia— han salido de los dos chocolates de casa de Dumbría otros encargos: una señora quiere el retrato, de cuerpo entero, al óleo, de sus niños; otra, un pastel con manos y busto, envuelto en pieles de chinchilla.

¡Al óleo! Mi conciencia protesta. No sé pintar al óleo. En el pastel me desenredo; en el óleo estoy a ciegas. Antes de pintar al óleo un retrato, debo ir a lavarles los pinceles a Sala o a Sorolla, y a barrerles el taller dos años, después, hablaríamos. El óleo es la única pintura positiva. Estuve a pique de negarme en seco. Las quinientas pesetas de cada retrato al óleo me subyugaron. La baronesa de Dumbría no se explicaba mis escrúpulos; Minia, sí; ¡pero quinientas! y con el sastre amenazando…

En La Época, por primera vez, leo mi nombre, flanqueado de epítetos lisonjeros. Es una crónica de las reuniones de Dumbría; elogian el retrato de la compositora, anuncian el de la Palma, recuerdan las tradiciones aristocráticas del pastel, consignan que después de la muerte de Madrazo no ha quedado en Madrid un retratista de damas y pronostican que ese retratista puedo ser yo.

¡Lagarto, lagarto! Otro es mi sueño…

El Imparcial también me dedica un párrafo. Me llama «modesto artista». ¡Modesto! ¡Rayo! Modesto, no; ¡cargue Satanás con la modestia!

A la siguiente noche, en la Sociedad, mientras Cenizate me suelta un fogoso abrazo de felicitación, percibo en los demás, y especialmente en los que creía algo amigos míos, una ironía y una sorpresa malévola, gestos impertinentes. En un grupo se dan al codo y ríen; en otro bajan la nariz y se chapuzan en el dibujo. Solano, el impresionista, me da la espalda. No existo. ¿Envidia yo? ¿Envidia de qué? Ellos lo único que deben envidiar es la gloria; eso sí que lo envidio yo, con rabiosos transportes y con respeto fanático a los gloriosos (si es contradictorio, también es verdad). ¿Pero envidiarme el pan, y un pan tan triste? ¡Miseria, miseria, miseria!

Además de la envidia, percibo otra cosa todavía más mortificante, ¡el desprecio!

La simpatía de mis compañeros me animaba. Hoy parece que me miran por cima del hombro; no desdeñan mis aptitudes: desdeñan al tránsfuga, al intrigante.

—No hagas caso —aconsejó Cenizate cuando salimos juntos—. Tonterías. Uno de esos amaneramientos de taller. El estribillo de que para ser artista hay que ser un puercoespín, hablar en carretero y en chulo, no tratar sino a las modelos. Mejor si te llevan en palmas en los salones y te sonríen las deidades.

—¡Este ya se figura…! ¡Otro como Goizán!

La Palma —noto que aquí nadie dice la duquesa de Alba, sino la Alba, la Osuna, la Laguna—, la Palma me acoge con bondad suma, y está muy contenta de su retrato, del parecido, de todo. Su casa es un palacio, en una calle anticuada y solitaria, donde se ignora el ruido de los tranvías. En otras épocas se celebraron allí grandes bailes; ahora solo tertulias íntimas, tresillos, tal cual comida, según me dice la misma condesa. Ella ha hablado de mí a su círculo, y espera decidir a alguna elegante a que se deje retratar, en cuyo caso me pondré muy rápidamente de moda. Pregunto qué elegantes son esas, y en qué se diferencian de las otras damas; si son más bonitas, más ilustres, o se visten por otro estilo; qué tienen de particular para que si se encaprichan le pongan a uno en candelera. La Palma sonríe; sus ojos azules chispean picaresca e indulgente jovialidad.

—Amigo artista —me dice en su correcto y reposado tono habitual—, no quiero adelantarle impresiones de sociedad, porque usted no es de los que necesitan que les den la sopa con cuchara de bayeta. Me alegraría mucho, por usted, que Lina Moros consintiese; es una hermosura… Con Lina Moros triunfaría en toda la línea. Le conviene retratar a esas bellezas profesionales.

Pedí detalles, rasgos.

—¡Aguarde usted! Si tengo aquí la fotografía.

Quedé deslumbrado. Aunque conozco las triquiñuelas de los fotógrafos de alto copete, y cómo ponen y cómo hacen… lo propio que yo hago, ¡infeliz de mí!, sé también hasta dónde alcanza esa habilidad; sé descontarla. No es mujer, es una hurí. Las huríes me figuro yo que se diferencian mucho de los ángeles: estos tranquilizan y aquellas soliviantan. La Palma ve el efecto y me embroma.

—No vaya usted a prendarse; Lina hace estragos…

¡Prendarme! No tengo confianza bastante para explicarle a la condesa mi interioridad en estas materias; lo único que se me ocurre es exclamar:

—La semana que viene espero adecentarme; y entonces, ya que es usted tan bondadosa para mí…

El miércoles pruebo; el sábado me traen solo el traje de diario y el abrigo, lo que me corría más prisa. Las corbatas, las camisas, ¡maldición!, hay que abonarlas al contado. Mi bolsa, escurrida como tripa de pollo. Suerte que la Palma me envía en un sobrecito billetes, el precio de su retrato. Los óleos de los chicos adelantan: van desastrosos…, pero, ingreso en puerta. ¿Será verdad que el pan se ha conquistado?

Al retirarme de la Academia me acompaña siempre Cenizate; charlamos de mis esperanzas, y se toma por ellas interés vehemente. Frustrado en cuanto artista (se me figura que no irá más allá de lo que hace hoy, paisajitos grises, con troncos rojos, una lamedura de Haes) teniendo lo suficiente para vivir porque es económico, ha concentrado en mí la ilusión que tal vez no siente ya por cuenta propia. Un modo de engañarse a sí mismo como otro cualquiera, el imponer en cabeza ajena los sueños. Ello es que Cenizate se pelea desesperadamente por mí, defiende mis pasteles —que atacan sin haberlos visto— y se pasa en mi taller las horas muertas forjando planes y enunciando hipótesis. «Has de tener que abrir las ventanas para que se vayan los perfumes de tanta clientela…». Todo el mundo me envuelve en perfumes… y aquí no huele sino a carbón de cok y a colillas de cigarro. Ayer, por la tarde, subió con un recado de la portera, y Cenizate saltó: «La señá marquesa de Regis, por el teléfono, que cuándo podrá el señorito pasar por su casa…». ¿Marquesa de Regis? No sé quién es… Buenos oficios de la Palma, ¡de fijo! «¿Lo ves?», repetía Marín. Por la noche, en el café, viéndome en un instante de abatimiento, me interrogó:

—¿No estás contento, ahora que los peces pican?

—¡Contento! Lo estaré así que me vea por el mundo adelante, metido en harina de verdadero trabajo. No cuentes en la Sociedad ni esto: sobra con la batahola de los periódicos. Solano es capaz de escupirme a la cara…

Cenizate se encogió de hombros, repitiendo: «¡Solano, Solano!…» en tono de mofa. Entró un chiquillo, uno de esos golfitos industriales al menudeo, y se nos arrimó insinuante. Creí que iba a ofrecernos fotografías libidinosas. No; eran tablitas procedentes de cajas de puros, donde una mano febril había indicado, a manchas de abigarrados colorines, un árbol, una casa, una pared sevillana con azulejos y tiestos, una cabeza de chula con orejeras de claveles.

—Dos pesetillas, señoritos… Pintás a la mano, firmás… Pá adornar la sala, señoritos…

Mi amigo me agarró del brazo riendo con maligna satisfacción, señalándome a la «firma», una T gótica.

—¡De Solano! —exclamó—. ¡Que sí, hijo, que las conozco a la legua! Se embadurna tres o cuatro en otros tantos minutos todos los días, sin firma, con esa T que significa Trigo… y tiene infestados los cafés, el rastro y la calle de Alcalá. ¡Y el tupé de torcerte la cara a ti porque retratas marquesas! ¡Es un fantoche! Y no llega: te digo yo que no llega. No tiene miaja de talento, y muy mal gusto: ¡un cursi, un cursi!

Me puse encarnado y compré sin regatear la media docena de tablas al chiquillo. Que viva Solano, porque —aunque no lo crea Cenizate— él mendiga más altivamente quizás que yo. Tiende la mano en la calle, yo en los palacios.

Estreno mi ropa. ¡Parezco otro! Voy a casa de Regis. La marquesa, señora a la antigua, madre de familia cariñosa, quiere un retrato de la mayor de las muchachas, guardar el recuerdo de cómo era antes de casarse —la boda está fijada para la primavera—. Pastel género romanza de Tosti: traje rosa, escote virginal, bandós Cleo, rostro inclinado a la derecha, sonrisa cándida. Ventajas: la señorita vendrá a mi taller con la miss, y la despabilaré en dos sesiones, y podría en una, porque esto es coser y cantar; pero desmerecería; lo creerían demasiado fácil. Y adivino la escena: reunión de familia admirando la «preciosidad», apretón de manos del padre, felicitación y palmada en el hombro del novio, marco Luis XVI, pago a tocateja. Por teléfono: la Palma; ¡Lina Moros consiente! Pero esta semana, imposible; dos comidas de embajada y legación, acostarse tarde, cansancio… Y la semana que viene, pruebas en la modista, baile de casa de Camargo… Ya me avisará. Con mi facultad de leer entre líneas, leo de corrido: «hacerse valer un poco; no se le abre a la gente la puerta así de golpe». Y experimento de antemano hacia la beldad una prevención hostil, una antipatía nerviosa, complicada de atracción. Sus líneas me incitan a estudiarla; su carácter… ¿qué sé yo?, ¿ni qué me importa? Otro hombre, sobre tal base, tendría la mitad del camino andado para enamorarse como un pelele.

Minia me llama por teléfono. Bajo al prosaico despacho de aguas minerales que parece una zahúrda y comunico, después de bregar cinco minutos con las telefonistas.

—¿Oye?

—Oigo.

—¿Sabe que La Época ha vuelto a dedicarle un buen retazo de ecos?

—¿Sí? Lo deploro. Yo ahora quiero cuartos; fama no, no.

—Es lo mismo para el caso. Un periódico de allá, de la región, también habla de usted.

—¡Sea por Dios!

—Hay además para usted dos recados, y con apuro. Esto va más aprisa de lo que creíamos: viento en popa. Dice mi madre que esta noche tenemos… Aquí un mosconeo en el teléfono, envolviendo el nombre de platos clásicos en la tierra y la invitación adivinada.

—Iré, iré, y así me enteraré de los recados.

Dos retratos más: el de la vizcondesa viuda de Ayamonte, el del menorcito de los niños de Fadrique Vélez… Nombres de ruido sonoro, que parece que acarrean historia.

—Como no saben sus señas —advirtió Minia— aquí preguntan; en este papelito encontrará la dirección de ambos clientes para que con ellos se entienda. ¡Lleva trazas de hacerse de oro! Hablan de usted en el foyer del Real y en las tertulias. Ayer, en el té de casa de Camargo, en dos o tres grupos era usted el asunto predilecto. Las sensacionistas, que corren tras la mariposa de la novedad, van estando pirradas por conocerle.

—Si ven mi taller, salen pitando.

Esta idea me tuvo desvelado toda la noche. Me revolvía en la cama furioso, al observar cómo mis actos se acompasan servilmente a la marcha de la realidad, mientras mi espíritu sigue abrazado a la quimera. Teniendo mis cuatro o cinco retratos al mes para vivir, debiera bastarme y consagrar todas mis fuerzas a lo íntimo; y he aquí que en mi cerebro, excitado por el insomnio, danzan y contradanzan proyectos inspirados por lo que viene de fuera; mejoras en mi instalación, en armonía con los gustos y las exigencias de esa multitud que va a echárseme encima, y que al proporcionarme recursos me impone desembolsos. Los recursos por ahora son semifantásticos, y lo otro urge.

Recorro con Cenizate algunas tiendas de anticuarios. Llevo una lista de lo más apremiante:

Sofá (Luis XVI o Imperio).

Dos sillones (ídem).

Un tapiz para el suelo.

Un mueble que sirva de escritorio.

Un par de taburetes o sillas bajas.

Después de mil regateos, y a plazo de mes y medio la cuenta (sin garantía alguna, estos anticuarios parecen confiadísimos), me decido por dos fraileros, cuatro sillas de laca y seda brochada, un canapé Imperio, una alfombra pequeña y viejísima, pero de colorido grato, un contador italiano aparatoso —falso quizás—, dos o tres Talaveras recompuestos y un arcón tallado, basto, que me servirá de carbonera. Todo ello, cerca de dos mil pesetas. Probablemente me han trufado; entiendo poco de regateo, y Cenizate menos, a pesar de sus alardes de inteligencia y sus reiterados «con esta gente hay que ser muy escamón… Entre gitanos… No te fíes…». El engaño no me importa; lo malo es que actualmente no tengo un real, y sacar de la yema de los dedos tantas pesetas se me figura imposible.

Llegan las adquisiciones. La secatona portera, a quien tengo solícita a fuerza de chorrear propinas, las acomoda a mi gusto, arregla, barre. El camaranchón se transforma. Con mis estudios y bocetos, sujetos por tachuelas, alegrando la pared; con la guitarra y los palillos en panoplia; con los cuatro trastos antiguos bien agrupados, formando un rincón caprichoso que no me canso de mirar; esto es ya nido de artista. Salgo, me lanzo a la calle del Caballero de Gracia y compro una palmera y una camelia en flor. Es el toque que faltaba. Y aviso a las de Dumbría, que vengan a admirar…

Minia y su madre, que me inspiran una especie de culto, a veces me exasperan: me entran tentaciones de contestar desagradablemente a lo que me dicen. Noto esta propensión desde que estoy en Madrid, y no la pude reprimir cuando se resistieron a aprobar mis gastos.

—Sillas, bueno; pero sillas de a diez pesetas —declaró la baronesa—. Así nunca tendrá usted un fondo para un imprevisto.

—Se ve que no quiere usted ser libre y dominar al destino —advirtió Minia—. No me alarmaría este mueblaje, si no revelase su adquisición que no tiene usted paciencia para esperar a ver reunido el dinero. Derrochando, se ata usted de manos y pies. Lo que nos hace dueños de nosotros mismos es la moderación en los deseos, y mejor si se pudiesen suprimir. Es la filosofía de la pobreza franciscana, que va segura y posee el mundo.

Lo que me irrita es justamente la conformidad de estas ideas con las mías; con las mías íntimas, y que no practico porque no puedo. No hay cosa que nos fastidie, a ratos, como encontrar encarnado en otra persona el dictamen secreto de nuestra conciencia. Ante Minia me avergonzaré de mis pasteles comerciales como de una desnudez deforme. Su mirada, a un tiempo llena de serenidad y de incurable desencanto, es un espejo donde me veo… y me odio.

Esto se formaliza. A mi taller, ya amueblado con cierta coquetería, me atrevo a citar a los parroquianos; ¿vendrán? Por ahora se resisten. El menorcito de Fadrique Vélez es un querubín: me han contado que es fruto de amor, no de la coyunda, y en una familia contrahecha y esmirriada, forman extraño contraste su gallarda figura, sus bucles rubios y su tez de madreperla. Le retrato vestido de terciopelo azul, cuello de encaje de Irlanda, bucles a lo Luis XVII… La madre, que no se aparta de allí mientras trabajo, se extasía y devora con los ojos al retrato y al modelo.

La Ayamonte es la primera alta señora que consiente en acudir a mi casa. La propondré sesiones cortas y más numerosas; si no, cree el buen público que esto se hace como buñuelos… y lo peor es que acierta. Además, he de reservarme horas para mi dibujo y mis estudios de óleo.

Una modelo nueva —he despachado a la del corsé feo; la he estrujado ya hasta el alma… que no tiene. Me queda de ella un estudio mediano: Ajustando el corsé; ¿qué más había de quedarme?

La de ahora no gasta corsé. Gitana —auténtica—, y veinte años. Tipo de raza admirable. Pelo azul, aceitoso, mordido por peinetas de celuloide imitando coral; tez de cuero de Córdoba —negra soy, pero hermosa, hijas de Jerusalén—; dientes de chacal joven; nariz y labios de escultura egipcia; y, como está fresca aún, senos parecidos a dos medias naranjas pequeñas, bruñidas por el sol.

Cualquier combinación con esta zíngara hace asunto. El pañolito de espumilla y el mazo de claveles tras la oreja; la montera y la chaqueta del torero; el cigarro entre los labios; sobre todo, la tela de seda rayada, amarilla y marrón, imitando el tocado de las esfinges. Con él, su perfil adquiere la nobleza de lo secular y primitivo, la precisión del camafeo; sus ojos se ensombrecen —¡Pobre Churumbela!, (la llamo así). Cuando yo fije, en pedazos de lienzo o de cartón, todos los aspectos de su típica figura y los clave en la pared, como el entomólogo sus colecciones, me aburrirá. Es muy pedigüeña, muy lagotera, y siempre la manía de decir la buenaventura, y de pronosticarme fortunones y noticias felices que van a yegá po el correo.


Enero

Más recados. El teléfono de Dumbría y el de Palma empiezan a activarse para mí. De esta semana saldrán diez o doce encargos por lo menos. La Ayamonte viene; ¡al fin pisa mi taller una de las consabidas y esperadas deidades! Se lo agradezco tanto, que me propongo esmerarme en su efigie, y así se lo digo en términos penetrados de agradecimiento entusiasta. Aún no he acabado de hacerlo, cuando me pesa; conozco que acabo de dar base a una situación embarazosa. ¿Embarazosa? ¿Por qué? En fin, tonterías…

La Ayamonte es viuda, acaudalada, libérrima; parece contar de treinta y seis a treinta y siete años. ¿Fea? ¿Guapa? Al pronto, insignificante. Fijándose (como tiene que fijarse el retratista para sorprender lo que late en la fisonomía), produce impresión; atrae. Es descolorida, y cuando se emociona, aún se pone más pálida; los ojos pardos; el pelo, que ha debido de ser rubio, ahora es de un castaño muy suave, apagado, sin ondulaciones, fino y limpio, revelando el esmero de la mujer cuidadosa. Viste bien, pero le falta chic. (El chic lo adivino yo; tengo ese don fatal de inclinarme al chic, y a la vez lo detesto, porque el chic es la mueca de la belleza). Pero lo que me llama la atención de esta mujer, que a primera vista pasa inadvertida, es que encuentro en su cara la misma expresión que en la mía, lo cual crea una especie de semejanza.

Nadie notará este parecido, que no está en el dibujo ni aun en el color; yo, sí. Con la imaginación, le corto el pelo y se lo revuelvo como el mío; la aplico un bigotillo rubio, vandikista, sobre el labio superior; la enjareto una blusa… y se me figura un hermano —mayor o menor, ¿quién sabe?— porque las mujeres vestidas de hombre rejuvenecen, cuando no son del todo viejas. Así la fantaseo… mientras pongo sobre el papel gris las primeras placas de color.

Si en vez de escribir este libro de memorias hablase con alguien, miraría lo que dijese, no me llamaran fatuo. Aquí, ¿qué más da? Me confieso conmigo mismo.

La mujer es un peligro en general; para mí, con mis propósitos, sería el abismo. Por fortuna, no padezco del mal de querer. Hasta padezco del contrario. No hay mujer que no me canse a los ocho días. Cuando estoy nervioso me irritan; las hartaría de puñetazos. ¡Concilien ustedes esto con mi cara soñadora y mis ojos llenos de vaguedad romántica, que tantos timos han dado involuntariamente! Lo malo es que no doy el timo solo con los ojos; lo doy, sin querer tampoco, con la voz, con el gesto y con la frase. Y estoy notando el efecto, y pienso que no es un proceder honrado, y sigo adelante, y recargo la suerte… Fatalidad, ya irremediable. No lucho; ¡a luchar, lucharía para no disolverme en los crueles brazos de la quimera!

Cuanto más tierno e insinuante me pongo al exterior, más crudas se alzan en mi interior las protestas de mi desdén hacia ese instinto natural que, convertido en ideal, tanto disloca a la especie humana. ¡Darle a eso trascendencia, existiendo el arte!

Al caso: la Ayamonte, desde las primeras palabras que hemos cruzado, comprendo que se ha conmovido algo por mí.

¿Hay tonto que no se dé cuenta de estas cosas? ¡Bah! Transparente es el vidrio, el agua, los tules… Más transparente un alma de hembra. Nunca he dudado; equivocarme… raras veces. Por lo mismo que no me importa, que no me ciego, adivino, adivino… Hasta he sabido prever cómo va a desarrollarse todo; qué trámites mediarán, qué incidentes, qué bordados llevará la orla. Lo cual me enfría más aún. Y miro a la Ayamonte, y siento de antemano el tedio de lo ya conocido; y ella nota que la miro —de otra manera que como se mira para retratar—, y absorbe en mi mirada qué sé yo cuántos quintales de ilusión.

El retrato es de tres cuartas partes de cuerpo; más bajo de las rodillas. Discutimos el traje, la posición, mientras yo descanso de haber indicado ligeramente la cabeza. Convenimos —con efusión de temprana complicidad— que retrataré despacio, despacio… La Ayamonte me ruega que no la avise ningún miércoles, es el día que almuerza en casa de su hermana la señora de Mendoza; ni ningún viernes, es el día en que saca a paseo a la sobrinita, una criatura de diecisiete años a quien tendré que retratar. ¿El traje? ¿Terciopelo negro, raso gris, chiné rosa?

—¡Qué colores para usted! —grito desesperado—. ¿No tiene algo crema, algo marfil?

—Marfil, marfil… Sí, un traje de verano, con mucho encaje y moños de cinta nacarada.

—Ese. Y perlas.

A la segunda sesión, envía una cesta; dentro, el traje. Las perlas las trae ella misma en su bolsa de brochado. Pasa a vestirse a un cuarto que he habilitado para tocador… de cualquier modo, ¡buen tocador te dé Dios! Polvos, horquillas, y sobre una mesa de pino, un espejo de siete pesetas. Tarda poco: no es mujer de coquetería, cuando se presenta en el taller, la felicito, y empalidece.

El conjunto me satisface: los tonos marfileños de la piel los suavizan el encaje y la carlanca, de perlas redondas y menudas; el pelo liso es una nota intensa y dulce; las manos, admirables, de un dibujo perfecto; y al considerarla atentamente, así en conjunto, comprendo el interés de su figura, la expresión apasionada y soñadora de los ojos y los labios. ¿Mentirá esta cara, como miente la mía? Dentro del género, este retrato puede ser más que los otros; ¿por qué no intentar que resulte algo delicado y serio? Trabajo, pues, con empeño, guiñando los párpados, alejándome, acercándome, reposando y conversando. La voz de la Ayamonte es simpática, afectuosa, algo velada; la emoción la enronquece enseguida; su conversación revela cultura extraordinaria en mujer, hasta sensibilidad artística; advierto que es la suya una organización fina y nerviosa hasta lo sumo. ¿Se parecerá en esto también a mí?

—¿Señora, no ha notado usted que es ridículo, no se burle… que hay una vaga semejanza entre la expresión de su cara y la mía?

—Quiera Dios, en favor de usted, que solo en eso nos asemejemos —contesta con calma triste.

—¿Tan mala es usted por dentro?

—Mala… no. Malaventurada.

Pausa.

—¿Malaventurada…? —repito mientras empiezo a indicar muy en esbozo las tintas amarillentas del blando y rico encaje, para entonar mejor después el rostro.

—…ísima —afirma sonriendo un poco.

No me resuelvo a insistir y la miro, vertiendo mis pupilas en las suyas. Se demuda, se estremece. Visiblemente se ha estremecido.

¿Qué haré? ¿Seré tonto si cuando se levante para mirar al retrato no le paso el brazo por el talle, o más bien la tontería consiste en meterme en la camisa de once varas del galanteo?


La Ayamonte me avisa que está algo indispuesta y no vendrá en unos días. Acuden otras señoras, sin preocuparse de la calle; no he notado más síntoma de aprensión en ellas, sino que al apearse del coche (lo he visto por la ventana), se remangan mucho el traje y pisan con melindre.

Emprendo la cromotipia de la Sarbonet, una regordeta campechana, teñida de caoba; en realidad, lo que quiere retratar es su abrigo de chinchilla y armiño verdadero. Tantos pellejos dan unas notas bonitas al lado del raso fofo, a ramos, del traje, y saco de esta mujer vulgar un pastel de los mejores, en el cual hay algo de brío. Me siento de buen humor; tomamos confianza. La Sarbonet descubre el retrato empezado de la Ayamonte y me cuenta mil chismes. La conoce desde pequeña.

—Pretenciosa, espiritada, romántica… La ha educado del modo más estrafalario su tutor…

Aquí, tos afectada.

—¿Tutor? —repito para estirar una lengua que no lo ha menester.

—Tutor, padrino, ¡qué sé yo! El famoso doctor Luz, don Mariano; el último figurín de la medicina, el que me quiso curar la jaqueca con masaje… No se ría usted, ¡qué guasón! Si no amasa él; si envía una amasadora muy borrica que le pega a uno cada cachete… En fin, que el doctor era el amigo de la casa; que asistió a la madre de Clarita en el parto, de resultas del cual murió; que apadrinó a la chica; que, según dicen, ayudó a salvar la fortuna, algo comprometida por las tonterías del coronel, el… papá, que, por fortuna, también se las lio pronto; y lo cierto es que Clara tiene una posición excelente. Solo que, ¡la educación! Aquella cabeza es una olla de grillos; tantas cosas raras aprendió… Leyó cuanto quiso, estudió extravagancias, pero…

Mohín púdico, que la cae a la Sarbonet como a un galápago una mitra.

—Pero… corrección y religiosidad… ¡ni pizca! ¡Más shocking!

Cambio de frente, inspirado por la cara que yo debía de poner:

—Y… ¿quién la arregló el traje? Ella no sería: se viste como una portera…


Ya voy teniendo en mi taller, no solo a los que se retratan, sino a algunos curiosos, aficionados, inteligentes, ociosos, flanistas, cronistas, sportmen. Vienen desperdigados; no tertulian. Desde el primer día he establecido rigoristamente que si hay una señora retratándose, no se pasa. Los encargos arrecian, he abierto un libro con fechas, plazos, indicaciones. A no ser así, no me entendería.

Ello es verdad, este caso inverosímil ocurre; me he puesto de moda en un par de meses, y llevo camino de que se me disputen, pues ya comienzan los recaditos avinagrados, las esquelas imperiosas, los gritillos nerviosos por teléfono que indican la exasperación del deseo. «¿Qué dice? ¿Que no puede hasta dentro de dos semanas? ¡Pero si para entonces tengo que irme a Sevilla! Ahora, ahora mismo». Según creen personas expertas, no deja de contribuir a este apuro el rumor de que voy a subir los precios. Noto que en Madrid la gente, al abrir el portamonedas, hace un esguince involuntario. Es que la vida moderna entra aquí con sus exigencias y refinamientos y no encuentra preparados ni los bolsillos ni las voluntades; se ha trabajado poco, se ha vegetado entre orgullo e inercia, esperando quizás estacionarse en el periodo de la alcarraza y el coche de colleras, mientras en Europa se multiplica el goce y los automóviles echan demonios; las fortunas aquí deben, pues, de ser mediocres, y en general desproporcionadas con la posición y las ansias de confortable. La gente vive la pantalla: palcos, coches, trapos quizás, y lo que no tiene que ver con esto (mis pasteles, verbigracia) es un renglón extraordinario… Total, que me asaetean a prisas por si subo. Total, que debo subir.

No por eso espero mejorar mucho mi situación económica. He cobrado dos o tres retratos ya, he dado un ten-paciencia a los anticuarios y estoy con el agua al cuello. Aún no he podido abonar la factura del sastre, que ya me la ha presentado políticamente una vez; las cuentas de carbón y plaza, administradas por la portera hinchan; el de la tienda de marcos también echa sus indirectas; y hay mil imprevistos, y el segundo plazo de la venta de mis cuatro terrones aún falta tiempo para que llegue a mi poder. Y entretanto mi estudio se ve visitado por gente de buen tono; a veces me deslizo a ofrecer una taza de té incorrectamente servida, cachifollada, entre el revoltijo de los lápices, los bocetos, las paletas cargadas y las cajas de colores; me han invitado a algunos saraos; no he ido, tengo pocas ganas —y evitaré prodigarme y ser pintor faldero, al menos en este respecto—. ¡Ah!, el mote de pintor faldero sale de la Sociedad de Acuarelistas, donde cada vez soy más impopular; los bombos de monteamor en La Época me cuestan ver muchas caras de cuerno y muchos gestos burlones. Por Cenizate sé lo que de mí se murmura. Nunca seré nada; no tengo de talento ni tanto así; soy un adulador, un degradado; me ensalzan porque intrigo, porque mi tipo afeminado encapricha a las señoras —a las bribonas, es lo literal—; sigo la brillante carrera de retratista guapo, etcétera.

Nadie se acusa con mayor severidad que me acuso yo; pero, al fin y a la postre, cuando me azotan así, es cuando me sublevo. ¿Qué hicieron ellos? Vamos a ver; ¿qué hacen, qué harán? ¿Se nos prepara una nueva generación de gran altura? ¿Dejan tantas obras maestras las exposiciones? Ellos y yo, por ahora, garrapateamos, manchamos, tanteamos… Acaso ellos, en mi pellejo, descubierto este filón de los retratos fáciles, no continuarían abrasándose, como yo, en el ansia devoradora de lo otro…

Al enterarme de estas chismografías bohemias, no pegué ojo en toda la noche; me levanté temprano, con el estómago revuelto, amarilla la tez; me parecía tener calentura; di orden a la portera de que despachase a todo el que viniese, diciendo que me encuentro algo indispuesto y no puedo recibir —a pesar de ser el día en que me pide otra vez sesión la Ayamonte—. Y, dominando un jaquecón que me parte las sienes, atiborrándome de té con el pulso temblón, vuelvo de cara a la pared los retratos empezados, sin precauciones para no borrarlos, y cogiendo un lienzo, armando mi paleta, empiezo a bocetar un cuadro al óleo: Recolección de la patata en la Mariña.

Este cuadro puedo decir que lo tengo en apuntes, en notas tomadas directamente, aldeanas. Al volver a verlas, después de tanto tiempo y tan lejos de donde las recogí, ¡qué alegría! —me parecen fuertes y sinceras. La vieja que se cubre con el paraguas de algodón azul; la mozallona que se inclina al suelo marcando sus groseras formas; la otra labriega, niña y rubia, figurita mística quemada y curtida ya por el sol y la labor; y sobre todo, el paisaje, un paisaje sin engañifas ni trapacerías; el terruño bermejo, craso, destripado por el azadón y enseñando sus riñones, las patatas; allá en el fondo, el cómaro que limita el predio. Y los colores chillones de las ropas, y el verde insolente de la vegetación, y el cielo brumoso y la augusta verdad. Me embriago componiendo, olvido las mezquindades ajenas y propias; el cuadro adelanta; me parece que lo saco de mis entrañas; lo besaría.

A las doce, la portera me sube un par de huevos estrellados y un chorizo frito.

—Déjelo usted ahí…

Ni lo miro. Incansable, continúo. Una contracción del estómago, una onda de salida en la boca, me avisan de que la bestia pide su ración. Trago los huevos fríos (¡están atroces!), y vuelta al cuadro. ¡Es que sale bien de veras! A las dos, la velada voz de la Ayamonte en la antesala:

—¿Que está enfermo?

—No, señora; un poco indispuesto ná más… Se ha acostao.

Y la voz, enronquecida:

—Si se empeora, avíseme, calle… número… Anochecido, volveré a preguntar.

¡Al diablo! A mi recolección de patatas. Sin moverme, he pintado desde las siete de la mañana hasta las cuatro de la tarde; y ya no veo, siento vértigo, me duele todo; pero el cuadro está ahí, planteado, completo, faltando únicamente pormenores de ejecución. Me enderezo; las piernas me tiemblan; oscurece ya, y tambaleándome me dirijo a mi alcoba, me acuesto, me quedo dormido con sueño profundísimo, de piedra.

¡Las diez de la noche! Duermo ha largo tiempo. Despierto aturdido, en la oscuridad. Doy luz eléctrica y miro el reloj. Alboroto a la portera.

—Pronto, algo de comer… Al café de más cerca… Chuletas, magras, tortilla…

—Esa señora, la del retrato, dos veces ha venido a preguntar…

Una esquela a la Ayamonte para fijar sesión. Que la lleven mañana temprano. Devoro la cena con placer de cerdo; me acuesto, lastrado, y otra vez el sueño brutal, abrumador, como un mazazo. Esto ha sido una orgía nerviosa, y claro, al salir de ella, la sedación se impone.


Febrero

¡Incidente! La Ayamonte acude puntual al otro día, a la dos y media, a pesar de que hace un frío espantoso y cae una ligera nevada.

—¿Cómo ha atravesado usted? Caliéntese esos piececitos… Prolongaremos la sesión porque hoy no vendrá, de seguro, nadie más que usted. Las demás modelos, con este día, y atravesar a pie la calle de Jardines…

Lo que he dicho es casi una inconveniencia. Lo noto, porque la veo fruncir el ceño; sus pupilas se llenan de sombra. Viene envuelta en pieles: jaquette de nutria, abierta sobre un corpiño de raso negro; boa muy largo, manguito enorme.

¡Por Dios! No se vista hoy, señora —murmuro para hacer olvidar mi tontería—. Se agriparía usted otra vez. Estudiaremos las manos. ¿Me permite usted que…?

Avanzo y se las coloco; a mi proximidad la veo conmovida y escucho distintamente, al través del raso, el salto impetuoso del corazón.

—Vamos, ya está… Me quiere… —pienso con marmórea indiferencia.

Y, en alto, la sarta de imbecilidades:

—Descansemos. Hablemos un momento… ¿Verdad que usted me lo permite? Tiene usted una mano divina. En vez de besarla, me bajo y rozo con la boca la frente descolorida, tersa, el lacio pelo.

Primero, el movimiento instintivo, sin cálculo, de echarse atrás; luego, una sonrisa de resignación, aceptando probablemente la fatalidad de que el sentimiento haya de concretarse en el gesto eterno, monótono, sin diferencia ni respeto a la categoría de las almas. Yo, que por lo mismo que no siento hondo soy apremiante, nada trovador, veo la sonrisa, sé comprenderla, y adopto una actitud en que hay respeto y arrullo: medio sentado, medio inclinado, la rodeo el talle con un brazo y mi mano busca el calor y la suavidad de la nutria. Acaso el contacto con la densa piel del animal es lo único que me produce grata sensación. Por lo demás, empiezo a encontrar que todo esto es ridículo, y que lo mejor sería estudiar las manos concienzudamente. Mientras discurro así, conservando mi dura lucidez, la rutina me obliga a murmurar al oído de Clara cosas tiernas, los inevitables: «¿Verdad que tenía que suceder?», los… «¿A que no te lo figurabas cuando entraste aquí?». La chubesqui, mal arreglada hoy, calienta poco; y el frío, que me engarrota bajo la blusa de dril, es lo que me impulsa a acercar la cara a otra cara fría también como el hielo, y por la cual veo con asombro, deslizarse despacio glaciales, perlinas, dos lágrimas.

Con un movimiento de desagrado, compruebo en mi interior la extraña impresión de siempre: el instintivo desprecio hacia la mujer que se me rinde. ¿No hay en esto algo de anormal, no es una inferioridad de mi alma? ¿O es que me ha embrujado, al nacer, la celosa quimera?


La vizcondesa de Ayamonte, al doctor D. Mariano Luz Irazo, en Berlín. Madrid

Padrino mío querido: ¿a quién sino a ti ha de volver los ojos la pobre Clara, cuando se ve otra vez envuelta, arrebatada por lo que tú llamas mi huracán?

Bien sabes que no tengo a nadie más, padrino. Y mira si es triste repetir esta verdad, al punto en que el huracán sopla y me lleva en volandas. Los condenados por pasión, en el remolino del Infierno de Dante, van siquiera dos a dos, eternamente enlazados; a fe que eso solo convertirá el infierno en cielo. ¡Ay del que gira y gira suelto a incalculable distancia de quien debiera ser su compañero hasta más allá de la vida terrestre!

Veo desde aquí la cara preocupada y ceñuda que pones. Ahora te explicas por qué he dejado pasar tres o cuatro semanas conformándote con postales lacónicas como telegramas. Padrino: aunque te quiero más y de otro modo que a un padre —¡ya lo creo!, ¡con qué padre se tiene semejante confianza!—, y a pesar de todas tus doctrinas, experimento siempre confusión, sobre todo en los comienzos, mientras dura la penumbra y la indecisión del amanecer, y me da a un tiempo alegría y pena que te enteres, con encontrarme segura de tu indulgencia admirable de filósofo y de tu cariño infinito, tan probado.

¡Cuidado que te debo favores en este mundo! Déjame que los recuente: si no es por agradecerlos, no: si es por acariciarme el corazón con la memoria de que alguien me ha querido de veras y me seguirá queriendo sin cambio ni tibieza posible. Si la desgracia de quedar huérfana tan temprano pudiese compensarse, me la hubiese compensado tu abnegación. Al principio dedicaste toda tu ciencia —¡mira si es dedicar!— a robustecerme: tuviste que pelear como una fiera, mejor dicho, como un héroe, con mi delicadísima complexión y mi propensión a recoger el contagio o el germen infeccioso que pasase. ¿Te acuerdas de mi ataque de angina diftérica? ¿Querrás creer que constantemente te veo inclinado sobre mi camita, como eras entonces, con la tez morena, las barbazas negras, el pelo revuelto, negrísimo también, la frente pequeña que ya surcaban precoces arrugas? ¡Ahora ha nevado sobre tu frente inteligente y estás más simpático aún, padrino!

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Serideki Birinci kitap "Trilogía: Triunfo, amor y muerte"
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