Kitabı oku: «La sirena negra»
La sirena negra

Emilia Pardo Bazán
Colección clásicos Mujeres escritoras
Triunfo, amor y muerte.
PARDO BAZÁN, Emilia: La sirena negra
Edición original CDU: 821.134.2-31"18"
Biblioteca Nacional de España
© obra Emilia Pardo Bazán
© reedición 2021 Ediciones Garoé
Imágenes: John William Waterhouse. Título: Una sirena (1900)
Adaptación y actualización de la obra: María Yuste González
Sinopsis: Paola Ramírez | Colectivo la observadora
Prólogo: Ela Alvarado
Dibujo patrón floral: Paula Marián Amado
Vectores ilustraciones: Luxuryos
Diseño de cubierta: María Ibaya Yuste González
Maquetación ebook: CaryCar Servicios Editoriales
Corrector: Víctor J. Sanz
Impreso en España, Barcelona
ISBN:978-84-124013-5-6
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Ven, muerte, tan escondida
que no te sienta conmigo,
porque el gozo de contigo
no me torne a dar la vida1
Verso de Comendador Escrivá
año 1511
Índice
Prólogo
I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
IX
X
XI
XII
XIII
XIV
XV
XVI
XVII
XVIII
Prólogo

El nombre de Emilia Pardo Bazán está vinculado al desarrollo del naturalismo en España y a la misógina historia de la Real Academia Española, por los constantes rechazos a su petición para ocupar uno de sus sillones. Sin embargo, su importancia como intelectual, destacada escritora y precursora feminista quedaría incompleta si nos limitáramos a estas cuestiones.
Pardo Bazán es, por méritos propios, una de las personalidades destacadas de la literatura de finales del siglo XIX y principios del XX. Fue la primera mujer en dirigir la sección literaria del Ateneo y la cátedra de Literatura de la Universidad de Madrid.
Destacó en todos los géneros literarios que trabajó —con excepción del teatro—: cuento, crónica, novela, ensayo, artículos, crítica y poesía. Impartió conferencias, ejerció de traductora, editora y periodista. Estudió idiomas para leer en su lengua original a los escritores y pensadores europeos; y, tras su divorcio, viajó sola por toda Europa. Pasó largas temporadas en París y en Madrid, ciudad en la que acabaría residiendo a partir de 1891.
Fue una pionera, una mujer moderna y una erudita que se adelantó a su tiempo, una de las personalidades más completas y destacadas del siglo XIX, una mujer provocadora, cargada de contradicciones, con una trayectoria extensa y compleja.
Nacida en La Coruña en 1851, tuvo la fortuna de pertenecer a una familia muy bien posicionada económica y socialmente. Hija única, de padres liberales, disfrutó de la mejor educación posible: cada invierno se trasladaban a Madrid para que la pequeña Emilia asistiese al elitista Colegio Francés. Hasta 1910 no se permitió el acceso de las mujeres a la universidad, por lo que la joven se vio obligada a continuar sus estudios en casa, primero bajo la tutela de profesores y, posteriormente, de forma autodidacta.
Creció en un ambiente poco común para las niñas de su época: tertulias y reuniones sociales en su casa, acceso libre a la biblioteca paterna y viajes por Europa en los que descubrió su gusto por la escritura; todo ello contribuyó a definir su personalidad transgresora y activista.
El convencimiento de su padre de que no había nada que una mujer no pudiese hacer tuvo mucho que ver en su deseo de convertirse en una escritora profesional, a pesar de las dificultades que entrañaba. Como señala Carmen Simón Palmer: «La sociedad española del XIX y principios del XX no acepta a la mujer que escribe».
La mujer era víctima de una división de roles muy estricta. Su única ocupación permitida era la del ángel del hogar: la esposa y madre completamente entregada a su familia, relegada al ámbito doméstico y a su papel como musa, carente de genio creador.
Como cualquier otra actividad artística, la escritura correspondía al ámbito público y al espacio masculino. Como el talento era una cualidad varonil, la única concesión permitida a las escritoras del XIX era lo que se conocía por «escritura virtuosa»: textos con una intención moralizante y de nulo interés literario.
Cualquier transgresión de esta división de funciones era entendida como una actitud de rebeldía, y quien se atrevía a ello se enfrentaba a la descalificación. Los términos poetisa y literata adquirieron entonces una connotación negativa, por lo que el uso de pseudónimos por parte de escritoras se hizo frecuente.
Pardo Bazán nunca creyó en estas segmentaciones naturales, luchó por la independencia de la mujer, por su educación y, como escritora, por su derecho a cultivar cualquier género literario y a ocupar el espacio público.
La sirena negra (1911) cierra la trilogía Triunfo, amor y muerte, que comenzó con La quimera (1905) y Dulce dueño (1908). Concebidos en su madurez literaria, estos tres títulos suponen un claro acercamiento al movimiento modernista, aunque sin abandonar del todo el naturalismo, corriente estética que había estudiado y utilizado en sus obras.
El protagonista es Gaspar Montenegro, un caballero imbuido del espíritu romántico, insatisfecho y alérgico a la vida social y a los convencionalismos del matrimonio. Hastiado del lugar que se le atribuye en la sociedad, lo único que despierta la pasión en él es una inexplicable atracción hacia la muerte. En un intento de trascendencia, de llenar el vacío que le provoca su situación vital, su profundo tedio, Gaspar hace amistad con una joven moribunda y le promete adoptar a su pequeño tras su muerte.
Montenegro contrata a criados, a una niñera y a un instructor para su hijo, y se retira a su casa de verano con la intención de huir de los comentarios y de las indiscretas miradas que tanto le agobian. Su comportamiento despótico y cruel con aquellos que le rodean, le llevan a una situación con final trágico que, irónicamente, le despertará del canto de la sirena negra con el que lleva tanto tiempo coqueteando.
Esta obra, con elementos propios no solo del naturalismo, sino también del simbolismo y del decadentismo finisecular, es una muestra de la capacidad de Pardo Bazán de analizar el momento que le tocó vivir. Con una historia aparentemente sencilla, la autora hace una crítica feroz a esa sociedad pudiente de principios de siglo, vacía de voluntad y carente de sentido.
El acercamiento a los personajes de las clases privilegiadas está cargado de censura y de cinismo, que se multiplica cuando el caballero habla con el maestro o se burla de la institutriz. Los dos mundos se entrecruzan, y la melancolía que padece Garpar se vuelve ridícula cuando se enfrenta al trágico final que él mismo ha provocado.
La crítica especializada coincide en que lo mejor de la larga trayectoria de la autora gallega está en sus obras de madurez, a las que pertenece esta novela. En ellas reflexiona sobre la muerte, la religión y el arte, la locura y el sentido de la vida, las convenciones sociales, las diferencias entre clases y la situación de la mujer.
Emilia Pardo Bazán encontró su voz mirando a su alrededor, observando y estudiando el mundo que la rodeaba. Y no dudó en alzarla, en ocupar el espacio público con una intensa vida social y profesional. Revitalizó un género denostado como era la novela y la utilizó como medio para reflexionar e invitar a la reflexión, para analizar, para pensar el espíritu humano.
El imaginario onírico de Garpar Montenegro queda perfectamente ilustrado por la imagen que ocupa la portada de esta edición. El cuadro, pintado por John William Waterhouse, representa a una sirena de enigmática mirada, joven, con piel blanca y cola oscura de pez, sentada sobre unas rocas y con algunas joyas a su lado.
La modelo, Muriel Foster, conoció al pintor en 1891, cuando ella solo tenía 15 años. A partir de ahí, se convirtió en protagonista de gran parte de la obra del pintor británico. Como si de una leyenda se tratase, se cuenta que sus facciones perfectas la convirtieron en la mujer más retratada de la historia del arte. Sea cierto o no, sin duda es una ilustración muy adecuada para esta obra de deseos insatisfechos, de búsqueda y de pasiones encendidas.
Ela Alvarado
I
Escuchad

En la esquina de la Red de San Luis y el de Gracia, me separé del grupo que venía conmigo desde el teatro de Apolo, donde acabábamos de asistir a un estreno afortunado. Si hablase en alta voz, hubiese dicho «grupo de amigos», pero, para mi sayo, ¿qué necesidad tengo de edulcorar la infusión? Espero no poseer amigo ninguno; no tanto por culpa de los que pudieran serlo, cuanto por la mía. Si alguna vez me he dejado llevar del deseo de comunicación, de expansión, de registrarme el alma y enseñar un poco de su oscuro contenido, a la media hora de hacerlo estaba corrido y pesaroso, según estaría un sacerdote hebreo que hubiese permitido a un profano tocar al arca de alianza.
Por lo mismo, me guardé de terciar en la polémica que armaron sobre «la idea» de la obra. La tal idea es ya para mí una persona de toda confianza: por sexta vez en este invierno la aprovecha un autor. Según los recitados, cantares y diálogos de la zarzuelilla, la vida es buena, la alegría es santa y los que no andan por ahí chorreando satisfacción son unos porros. No sé por qué (acaso por efecto de la discusión trabada entre los del grupo y que me golpeó en el cerebro con redoble de martillazos secos y ligeros sobre una placa sonora), la cuestión, en aquel momento, me preocupaba. Ningún problema, para el que vive, revestirá mayor interés que este de la calidad de la vida.
Y, aunque preocupado, mediante la facultad de desdoblamiento que poseemos los meditativos sensuales, no dejaba yo de notar una serie de insignificantes circunstancias. Bajo mis pisadas, la acera resonaba metálicamente. La noche era límpida; el frío, puñalero; y al abrigo del tapabocas de malla de seda, mi respiración se liquidaba en gotitas glaciales, humedeciendo la barba. Se me ocurrió tomar un coche; después opté por seguir andando. El frío duro me activaba el pensar y en aquel mismo instante decidí plantearme yo el problema, aprovechando todas las ocasiones de caminar hacia su resolución, no en beneficio del género humano, sino para mi gobierno tan solo. El «género humano» es el vocablo más vacío de sentido; no hay humanidad, hay hombres. Si algo se afirma del género humano, los hombres se encargan de desmentir al punto la afirmación. Rumiando estas afirmaciones, saqué el pañuelo y sequé las esférulas que me aljofaraban la barba, impregnada de brillantina olorosa.
Al entrar en la calle de Jacometrezo, interrumpió mis cavilaciones una criatura de mantón gris, de ojeras carbonadas. ¿Qué opinará del vivir esta mujer, a quien rechazo con fastidio como a una mosca? No necesito preguntar: si hay algo previsto, conocido, de psicología rudimentaria, es el poso del ánimo de estas galantes callejeras. Las llaman de la vida, por antonomasia, y, a más, de la vida alegre. Para olvidar un instante lo alegre de su vida, fuman, gritan, riñen, se embeodan, insultan y su ideal, su dorado sueño, es acostarse temprano y dormir a pierna suelta.
Cien pasos más allá, el sereno se inclina sobre un hombre espatarrado en el suelo. A mi ademán auxiliador y a mi pregunta, el vigilante responde solícito para mí y compasivamente desdeñoso para el caído. «Nada, lo diario: un borracho que todas las noches se tumba exactamente en esa rinconada misma… Nunca llega a su casa, que dista dos pasos… Y es lástima de él: un carpintero, perito en su oficio, con cinco chiquillos que caben debajo de una cesta».
Cuando lo enderezamos, algo líquido, viscoso, resbaló por mi mano, que sacudí con repugnancia. Era sangre. «Está herido», advertí al sereno; y le llevamos con mayores precauciones a su morada, edificio angosto y caduco, de esos que abundan en las vías más céntricas del Madrid viejo. Salió la esposa, abotagada de sueño, desgreñada: vio la rotura de la cabeza de su marido y maldijo y se desdichó: «¡Gaste usted ahora en médicos y botica!» Al oír los consuelos negativos del sereno —en vez de un herido, pudiéramos traer un difunto, si el filo de la acera lo coge de otro modo—, renegó la comadre: «A un difunto no le duele na. Él dice siempre que los pobres nunca estamos mejor que difuntos…».
Dejé un duro para botica y pedí un poco de agua para lavarme la mano maculada. Me sacaron de la trastienda una palangana tan negruzca que opté por taponarme sencillamente con mi pañuelo. Me alejé, sintiendo un escozor irritado, un enojo sordo. La noche no me ofrecía sino impresiones «de color sombrío», como las palabras leídas por el Dante sobre el dintel de la puerta del infierno. Sin embargo, de análogas impresiones se sacan obrillas aplaudidas, donde el vicio y la borrachera son temas regocijados. Debe de consistir la sabiduría en mirar todas las cosas desde un punto de vista gayo y saltarín; de seguro yo no sé colocarme en él: peor para mí, ¡qué demonio!
Todavía me dirigí otro reproche. Aunque no creo en la humanidad, concepto hueco, palabra de meeting, un instinto de estética moral me induce a mostrarme piadoso con los desgraciados y los insignificantes cuando me los encuentro al paso. Me pesaba de no haberme quedado velando al carpintero, de no haber buscado para él un médico y remedios y hasta de no haberle dado consejos sobre la mala costumbre del alcohol. ¿Causas de mi abstención? Dos, que voy a declarar. La primera, una especie de pudor vergonzoso de practicar eso que se llama el bien, la beneficencia, y que no comprendo en relativo, sino en absoluto —dedicando a ello la existencia toda—. El hacer algo caritativo acarrea el que se apeguen a uno caninamente o siquiera el que le den a uno gracias y le ensalcen por su bondad, otras tantas mentiras, pues privarse de lo que nos sobra, ¿qué bondad revela? La segunda, un miedo a la acción que no puedo (ni quiero) vencer. La acción es enemiga de los ensueños y reflexiones, en que encuentro atractivo singular. Ni hay acción tan noble como una idea: pensar lo que estoy pensando vale más que correr a casa de Alejandro San Martín y traerle a la cabecera de un beodo que batió contra una piedra saliente. ¡Pss! Allá él. Zurrapa más, zurrapa menos en la barrica…
Encogiéndome de hombros, sigo —sin prisa— hacia mi casa. En la plazuela trabajan, a estas altas horas, obreros del alcantarillado y del Canal. Según parece, su labor no puede interrumpirse. Un arroyo de agua helada corre bajo sus pies. Para no quedarse hechos unos carámbanos, han encendido un brasero, al cual por turno se arriman, resoplando y estirando las manos engarrotadas. Para impedir que los transeúntes sufran percances, han colgado un farolito avisador sobre los adoquines arrancados y apilados. Antes que dedicarse a tal labor, ¿no preferiría yo… otra cosa? ¿Será que ellos también, como las coristas que desafinaban hace una hora en Apolo, entienden que la vida es
muy rica y buena
prenda divina
de encantos llena?…
Un poco más adelante —tropiezo que pudiera ser divertido—, avanzan por la acera, pegadas al caserío, recelosas, dos mujeres no mal vestidas, pulcramente calzadas. Las reconozco: son las modistas del tercero de mi casa, muchachas de San Sebastián que han venido a establecerse en Madrid. Suelo encontrármelas en la escalera. La mayor es agraciada, fresca aún, a pesar del trabajo y del sedentarismo. La menor es coja; su pierna desigual le hace pegar saltos de codorniz, asaz ridículos. Emparejo con ellas y las ofrezco mi compañía: se me antoja saber si resuelven que la vida es buena. Ellas suponen que voy con otro fin, fin condenable y gustoso. La mayor se atribuye la conquista; la coja, en su humildad de lisiada, nunca imagina que tales cosas vayan con ella. Para entrar en materia, las pregunto si están contentas de Madrid y qué tal marchan sus negocios.
—Regular. Por ahora, no sabemos… ¡Las señoras son tan raras! Hasta que nos acostumbremos a sus caprichos…
¿De dónde venían? ¡Casualidad más sorprendente! Del mismo teatro que yo, solo que a la salida unas amigas las habían convidado a chocolate… ¿El estreno? Bonito; música muy animada.
—¿Y qué opinan ustedes de eso de que la vida es buena? Pilita… Manola… ¿Están ustedes contentas de haber nacido?
La pregunta fue contestada con risas y dichetes. Creían que bromeaba y no se quedaban atrás. Probablemente (después se me ha ocurrido), estas dos abejas cuyo dardo es la aguja no se encuentran desgraciadas. Yo sí que me encontré cándido al elegir para mi indagatoria tales sujetos. A fin de desviar la conversación, las dirigí unos cuantos requiebros insulsos, antes de dejarlas a la puerta de mi domicilio. Subir con ellas de bracero era una pacheca insoportable y preferí callejear un poco todavía.
No sé qué tienen, en las horas que preceden al amanecer, sobre todo en invierno, cuando la noche es más noche, las calles de una capital populosa. Detrás de las imponentes puertas de los palacios, detrás de las ventanas, parecidas a ojos que dejaron caer sus párpados al adormirse —¡qué infinito misterio! ¿Por qué esta suspensión de la vida, en toda la ciudad a la vez?—. La multitud recogida en sus dormitorios, míseros o confortables, ¿no está realmente como si hubiese muerto? ¿No es cada alcoba, cerrada y tibia, una antesala del sepulcro? Y este silencio, esta paz letal de la noche, ¿no es el único período delicioso, dulce, apacible de las veinticuatro horas que tejen el giro diurno?
Cuando, por casualidad, el trasnochador se cruza con otro trasnochador, ¿no sienten los dos un movimiento de desconfianza, de medrosa curiosidad? Solo velan y solo ambulan fuera del nicho de sus dormitorios las almas perdidas por la miseria, por la delincuencia o por el amor clandestino. Si veo a un trasnochador derrotado, mendigo o malhechor; si a un burgués bien trajeado, de tapabocas, subido el cuello del gabán, amante oculto. Y el caso es que yo no soy lo uno ni lo otro y también vago, transido y envarado de frío ya, de ese frío matinal, tórpido, que no es como el del anochecer, porque se complica con el agotamiento nervioso, causado por el insomnio. Esta reflexión me hace detenerme al pie de la blanca fachada, correcta, tranquilizadora, del Teatro Real. ¿Qué hago en las calles dando diente con diente? ¿No tengo mi alcoba, tan silenciosa, tan recogida, mi cama tan cómoda, de dorado bronce, con un sommier y un colchón que convidan a tenderse en ellos, con un edredón relleno de plumón de ánade, que halaga sin pensar, que al apoyar en él la palma, brinca y se hunde fofo para volver a erguirse inflado?
«¿Cuántos me lo envidiarían?», pensé; pero al iniciar la retirada hacia mi agujero, me faltó fuerza de voluntad y seguí calle del Arenal adelante. Una transparencia lívida se difundía en el firmamento: el amanecer. La iglesia parroquial abría sus puertas para la primera misa. Subí la escalera, crucé el atrio, me deslicé en la sacristía penumbrosa y por una puertecilla entré en la nave. El contacto de la recia estera fue simpático a mis pies que, a pesar de la caminata, eran dos montones de granizo. En un rincón, un banco se ofreció a mi fatiga; me dejé caer en él y, sin ser poderoso a resistir, rendido, exánime, cedí a un letargo repentino, de esos que saltean al jinete sobre su montura, al timonel con la mano en la caña.
Al despertar, siendo ya día claro, no sabía dónde estaba y fue grande mi asombro cuando vi de soslayo el retablo del altar mayor y a mi lado un púlpito. A decir toda la verdad, desperté porque el sacristán me dio palmadas en un hombro y me silabeó en el hueco del oído un «pssit, ¡eh!, ¡caballero!» bastante encolerizado. Parece que existe y está clasificada la variedad de los trasnochadores que gustan de descabezar un sueño en el apacible recinto de las iglesias, a la madrugada, y que los monagos abrigan contra esta ralea justificada prevención y la corren como a los perros intrusos.
Hice mis genuflexiones y salí del templo enervado, con el malestar del insatisfecho, de la función fisiológica interrumpida. Bebí en cualquier sitio un vaso de café caliente para despabilarme y, al contrario, diríase que aumentó mi afán de reposo, mi nostalgia de la muerte temporal, mi sed de la nada. Salté dentro de un alquilón y di mis señas. Amodorrado y cabeceando contra mi pecho en el ángulo del clarens, donde no me atrevía a recostarme temeroso de la impureza promiscua depositada allí por tantas cabezas, iba pensando que es una niñería humana el temer a ciertos modos de morir, pues muérase como se muera, ello es que descansamos. El sueño que yo buscaba en mi alcoba, donde no faltan refinamientos, no iba a ser más dulce y total que el hurtado sobre duro banco en el rincón de una iglesia. Tomado ya el sueño, logrado el aniquilamiento, ¿qué importan precedentes?
Entré con mi llavín; los criados seguramente no se habrían levantado; mi hermana, menos; la casa estaba muda. Encendí mi serpentina de gas fluido y a los cuatro minutos tuve agua caliente para las abluciones. Enjabonado, pasada la esponja de mil ojos, enjuto, reaccionado, me vestí el camisón y llegó el momento mágico de alzar las ropas y deslizarse, ágil y desmadejado a un tiempo, en la ancha cama, suspirando de placer. La frialdad de las sábanas cede a la corriente de calor que pronto establece el cuerpo; el colchón rebota con suave elasticidad al dar yo vuelta y arroparme; los ruidos de la calle se extinguen para mí… Por última vez, suspiro de bienestar… Duermo.
II

Mi hermana Camila tiene, acerca de mí, proyectos matrimoniales. Creo que es el caso general de todas las hermanas, a menos que sea el contrario «un odio corso a cualquier ser femenino que su hermano distinga».
Propala mi hermana que ha sido muy feliz en su matrimonio; y no lo dudo, entre otras razones, porque la unión duró cinco o seis años y mi cuñado estuvo dos de ellos en Cuba arreglando negocios pendientes. Si Camila fuese franca, confesaría que es ahora cuando lo pasa bien; pero ¿y la pose de viuda inconsolable? ¿Quién se la quita? Una vez, anualmente, inconsolable la proclama la cuarta plana de La Correspondencia, en la esquela más cara y espaciosa de las que allí se publican. Aquel día, la viuda encarga misas en diversas parroquias. Por la tarde, una docena de amigos y parientes vienen a hacer el duelo a Camila; un duelo en que no se alude al finado, en que se murmura sin mostaza y se planean combinaciones de abonos para la temporada de primavera. Ya el año pasado, que acudió más gente, se sirvió té con galletas (auténticas de Londres) y un revistero de sociedad anunció el five. Ese día no falta ella nunca; y, generalmente, la veo cada semana dos o tres veces, en el Real o en mi casa, donde almuerza bastantes domingos.
He subrayado ella únicamente por no singularizarme; por conformarme a los usos establecidos en tales materias. Si miro hacia mi corazón o adonde se cobijen los efectos, allí no la llamo ella, sino buenamente Trini.
¿Su retrato? Ni bonita, ni fea. Hay menos beldades por ahí adelante de lo que las novelas y las planas a todo color de los semanarios harían suponer. Tiene un defecto, la cara redonda; un atractivo peculiar, la boca húmeda de juventud y dentada a maravilla. Es hija de un magistrado que fue íntimo de mi padre, que casó con una heredera opulenta de Aragón y hubo de sus legítimas nupcias una hembra y dos varones. Si al fin me uno a Trini, deberé a la gran Segadora verme libre de suegra y suegro. Los padres de Trini son honrados; les han hecho las honras, por cierto, a todo lujo. Trini manda en sí y en su caudal y es modelo de «señoritas formales». Unas cuantas dueñas cotorronas, tertulianas de Camila, no se sacian de repetirlo y protegen instintivamente la candidatura. A pesar de mi espíritu crítico y minucioso, conozco que Trini será una gran ama, no solo de llaves, sino de sala y gabinete. Es fina, lista, limpia, primorosa.
Yo me acerco, me dejo caer, le hago unos asomos de corte; pero ni me derrito ni acabo de decidirme a meter el pie en el agua. ¿Es que quiero a otra? El lenguaje es una tela teñida de los colores primarios, chillones y sin degradación. ¿Existe, acaso, la escala de los matices verbales, justos, imperceptibles, que correspondan al matizado riquísimo del sentir? ¿Cómo denominar lo que no he definido?
La casualidad me ha puesto en relación con una criatura miserable y desquiciada a quien encontré en la antesala de un médico varias veces. Para dar idea del tipo de esta mujer, sería preciso evocar las histéricas de Goya, de palidez fosforescente, de pelo enfoscado en erizón, de pupilas como lagos de asfalto, donde duerme la tempestad romántica. El modesto manto de granadina, negro marco de la enflaquecida faz, adquiere garbo de mantilla maja al rodear el crespo tejaroz que deja en sombra la frente. De la mano de la mujer se cuelga un niño como de cuatro a cinco años; un niño hechicero, travieso y cariñoso, por medio del cual entré en trato con la madre. El primer día en que los vi, su turno de consulta precedió al mío y antes de dar pormenores de mi gastralgia, me enteré de si era grave el padecimiento de la clienta.
—No me ha consultado para sí —contestó el doctor—. Se trataba del chiquillo.
—Pero ¡si ella parece enfermísima!
—Y lo está. Solo que pertenece al número de las enfermas que no quieren hablar de su mal al suponer que, si no le llaman por su nombre, el mal no acude. No he visto mujer más impresionable. Me gustaría que se consultase porque debe de ser un caso.
La segunda vez, el doctor —mirándome con escama algo guasona, sorprendido de mi interés por aquella esmirriada— amplió las noticias. Se llama Rita Quiñones y vive estrechamente con una criadita en un piso bajo de la calle de San Lorenzo. No es casada. No es tampoco una mujer galante… Parece andaluza. ¿Sus antecedentes? Ignorados.
Al encontrarla de nuevo, conseguí hacer migas adulando al niño, acariciándole y regalándole bombones. Obtuve permiso para visitarla a pretexto de llevar un juguete y lo aproveché en seguida. Sin manto, con pañoleta de linón y encaje raída a fuerza de lavados, y dejando asomar por debajo de la falda de lana negra un pie combado, pequeño, era más marcada aún la semejanza con algunos de los inquietadores modelos del Sordo. Me empeñé en que hablase de sí misma y, en cierto límite, lo conseguí fácilmente: estaba en uno de esos días en que a los neuróticos se les sale parte del alma por la boca. Según creí alcanzar, mi visita, mi solicitud, la alborozaban; parecíanle caso de enamoramiento y ella era mujer: sobre todo, mujer. No cometió, sin embargo, provocación ni grosería alguna de esas que suelen gastar las decaídas: al contrario, me pareció notar que miraba con instintiva repulsión las demasías, las materialidades. Su amor al niño era una mezcla de fiebre y ternura: le nombraba con compasión dolorosa, con palabras como las que se pronuncian a la cabecera del enfermo desahuciado o al apiadarse del reo que va a salir para el suplicio. Cuando le di el caballito de cartón, causa de transportes de júbilo, la madre murmuró:
—Que se distraiga, que goce… Siquiera mientras pueda gozar, alma mía…
Su voz es deliciosa, cristalina, menuda; su fraseo, púdico y decente en medio de la vehemencia de su expresión y del violento afán con que repite que es «mala», «muy mala». He aquí lo curioso y lo atrayente de esta mujer: no miente, es de las histéricas verídicas, que son las menos; calla, sí, algo, sin duda lo más grave de su historia. Es versátil. Lo que ayer sintió de un modo, lo siente mañana del opuesto; y del propio modo se trata a sí misma de maldita y de condenada, con la expresión más tétrica en los abismos de asfalto de sus grandes ojos, que se disculpa, se conmueve de lástima de sí propia. Me ha contado que nació en Cádiz; que su familia era antigua y de las buenas, venida a menos; que después de apuros y miserias, estuvieron en Manila varios años.
—¿Empleado alguien? ¿Su padre?
Al nombre de su padre, los ojos hondos y calenturientos se velan como de una nube de humo… Sin duda, el papá se mostró inhumano para ella; y continúa:
—Sí, empleado fue… ¡Qué tierra aquella! Calor pegajoso... Y está uno tan flojo, tan débil… Falta el ánimo, todo le da a uno igual. A eso llaman aplatanarse. Luego nos volvimos a España. En Madrid nació Rafaelín, pobrecito mío.
No me resuelvo a insistir. La veo tan descolorida, tan desencajada, que aplazo. He percibido que aquí está la clave…
Mes y medio hace que dura nuestra relación (¿se puede llamar relación a esto?) y ninguna tarde encuentro igual a Rita. Tan pronto canta y ríe infantilmente como yace tendida en un sofá forrado de damasco muy raído, languideciendo, casi sin aliento, en la angustia de la disnea. Un día me enseña el pañuelo estrellado de sangre; otro, me pide violetas y dátiles y bruños secos y se atraca como los chiquillos. Ya habla del amor con murmurio estático, ya lo diseca con buen sentido de abuelita septuagenaria o lo condena con crispaciones de repugnancia espiritualista. Y no hay ficción, no hay cálculo: lo que fluctúa en sus ojazos es el oleaje de su alma inquieta, torturada no sé por qué. Solo dos sentimientos invariables encuentro en ella. El primero, la idolatría de su hijo. El segundo, un pavor, un sobresalto casi continuo, el miedo a la nada, a la disolución de su organismo.
—¡Morir! —repite cogiéndome la mano con la suya, húmeda y ardorosa— ¿Verdad que no me moriré? ¿Verdad que no es nada esto que tengo? No, no me repita usted lo que sepa por el médico; si yo no he querido consultarle. Al fin, no le curan a uno. Prefiero no saber… —Y cierra los pozos de sus ojos y un estremecimiento sobrenatural corre por todo su cuerpo y se comunica al mío.
—¡La he visto, la he visto pasar! —grita una tarde saltando del sofá con las pupilas dilatadas—. Es una sombra grande, muy alta, que llega al techo. ¡Ha salido por la puerta de mi alcoba y ahora acaba de desvanecerse en la del pasillo! Pero ¿usted no la ve? ¿No la ve?
—¿A quién, Rita, a quién? —respondió chancero.
—A la Seca, a la… ¡Jesús!
Y se cubre el rostro y su temblor, como un aura del otro mundo, le eriza el fosco pelo goyesco.
No sabiendo cómo distraerla de la aprensión y los terrores, le he propuesto ir al teatro algunas tardes. Ha aceptado palmoteando de alegría. Compro un proscenio segundo, localidad vergonzante, y la llevo en coche; nos bajamos un poco antes de llegar a la puerta del teatro y ella entra sola; yo me reúno momentos después, disimulo que me impongo para que no me importunen con chismes y habladurías. Rita lleva sus acostumbrados trajes de lanilla negra, muy pobres y, como nota de lujo, un boa blanco de pluma que yo le he regalado. La agitación y emoción de su contento trazan en sus pómulos una pincelada de carmín demasiado violenta, sin el suave desvanecido de las rosas clásicas. Sus manos consumidas bailan dentro de los guantes, también ofrecidos por mí, manejando el abanico con garbo típico de maja gaditana. Yo aparezco poco después y me quedo agazapado en el fondo del palco. Empieza la representación. Rita se pone de codos en el antepecho, saca fuera el busto y bebe, absorbe el drama; o mejor dicho, el drama la absorbe a ella, la arrebata momentáneamente a la realidad, la desprende de sí propia; como la de los extáticos, su alma sale de su cuerpo minado por la enfermedad, codiciado y reclamado por la tierra, y se mete en el cuerpo vibrante de la actriz; sus labios, en un balbuceo, repiten los párrafos más conmovedores, las frases más efectivas; y mientras, el agua que duerme en el fondo de sus pupilas tenebrosas salta un momento a la superficie, en chispas de diamantes se vuelve hacia mí y repite:
—¡Qué hermoso! ¿Verdad? ¡Qué hermoso! ¡Me enternezco! ¿Qué, a usted no le gusta?
Sonrío y contesto que sí me gusta mucho. No tengo pujos críticos cuando estoy con Rita. Todo es admirable; el almizcle de París que desempaquetaron la víspera, el bacalao de Noruega de Ibsen, la ferranchinería romántica, las moralejas garbanceras, sensibleras, genuinamente nacionales, el efectismo de chafarrinón… No me importan estilos, géneros, corrientes, ni moldes; en pos de la neurótica, aprendo a viajar por fuera de mi juicio. Alguna vez que se me ha ocurrido censurar al autor, sonreír de una inverosimilitud, Rita me ha atajado murmurando:
—¡En la vida pasan cosas… vaya, más gordas que todo eso!
He sacado en limpio que Rita vive de una pensioncilla que le pasa su abuela materna; que su madre murió hace bastantes años; que de su padre no se sabe a punto fijo el paradero —se le sospecha en Manila otra vez— y que la abuela, señora pudiente de Sanlúcar, aunque manda a su nieta limosna, no ha querido volver a verla; sin duda la maldice. Mi información ha sido fragmentaria: hoy arranco un pedacillo de verdad, mañana otro; y queda, detrás de los hechos escuetos que voy ensartando como pájaros muertos por varilla de cazador, un infinito de historia, un secreto que presiento y que me irrita, como la fragancia de vino encerrado, inaccesible al bebedor de oficio.
Mi tesis con Rita es persuadirla indirectamente de que morir no hace mal; de que el instante decisivo no lleva aparejado ningún tormento. Observando que cuando ha dormido bastantes horas está contenta, la predico la identidad del sueño con la muerte, sin más diferencia que el instante del despertar y algunas sensaciones que preceden al punto de dormirse.
—Sí, sí; pero… ¡ese despertar! —gime aterrada la española—. ¡Cuando las personas son como yo, tan malas, tan malas!
Le ofrezco el trivial consuelo de la frecuencia, de la insignificancia de la culpa. ¿Quién no es culpable? ¿Está el mundo lleno de santos o de pecadores?
—No todos los pecadores son iguales. Hay pecados de pecados… —Y la afirmación de la infeliz se completa con un relámpago de su mirada, velado inmediatamente por una niebla de incurable amargura. En estos momentos, yo la acaricio para calmarla, sin rastro de maliciosa intención; ella se desvía —porque es la española, que no concibe que un contacto de hombre y mujer puede nunca ser inocente—. Un día, sin embargo, me somete el caso de conciencia. Yo la estoy hartando de finezas, de regalos para ella y Rafaelín. ¿La creo obligada a complacerme? ¿Mi objeto es acaso…?
—No es ese mi objeto, Rita. No piense usted disparates. Soy un amigo.
Me toma una mano y me la estrecha con devoción. Sonrío y saco del bolsillo una cajita de cartón rosa llena de tabletas de chocolate, de las caras. Rita adora el chocolate; me arrebata la caja y con transporte de criatura indisciplinada, antojadiza, hinca el diente a la golosina helvética dándome las gracias con un mirar risueño aclarado de alegría.
Mientras ella mordisquea, yo la considero y quisiera abrir su cabeza, destaparla, registrarla, para conocer el arcano que oculta y por el cual me tiene sujeto con fidelidad de amante que espera y teme y respeta y calla; el arcano, único atractivo de este espíritu que, de noche, vaga perdido entre las tinieblas del miedo y del mal.
III

Amoscada anda mi hermana con lo de Rita: no sé quién se lo habrá soploneado. Es verosímil que me haya espiado en el teatro a pesar de las precauciones que tomo. Y se me figura que Trini y ella, en sus intimidades, han conferenciado acerca del asunto con esos campaneos de cabeza y esos enarcamientos de cejas que son la mímica de esta clase de conciliábulos entre mujeres sensatas.
Al fin no pudo vencerse Camila y cierta mañana irrumpió en mi gabinete-despacho, una hora antes de la de almorzar, el momento que dedico a leer cosas serias porque tengo la cabeza despejada y el estómago libre. Hubo preámbulos, diplomacia y, por último, estallido. Yo tenía una querida y, además, un hijo de semejante mujerzuela. Y mi tácito compromiso con Trini y el mal lugar en que las dejaba, y la honra, y, y, y…
Mientras Camila se explaya, la considero atentamente sin enojo y sin reto, como se mira correr en estío una fuente parlera. Camila se parece de un modo sorprendente a mi madre: las mismas facciones clásicas de matrona romana, la misma mirada imperiosa, el mismo cuerpo arrogante donde la seda hace pliegues solemnes, como estudiados, y juegos de luz, al estilo de los ropajes suntuosos que pintaba Madrazo con tanto acierto. Un cariño meramente instintivo o impulsivo era lo que por mi madre sentía yo, y realmente, según el espíritu, solo soy hijo de mi padre, rezagado romántico, soñador y que, conforme a la moda de su tiempo, fue algo poeta (ahora, por moda también, somos algo intelectuales). Hacia Camila experimento el mismo apego natural que hacia mi madre; pero con un toque de desdén, de convicción de mi superioridad. Ella entiende lo contrario; me tiene en menos; se cree más cuerda, más práctica, más razonable cien veces que yo y me protege y vela por mí (que es modo de desdeñar). Ejerce sobre mí un ascendiente material del cual reniego y que se funda en mezquinos servicios y auxilios prestados a veces como cuidados durante enfermedades, advertencias relativas a cuestiones de interés; nada en suma.
De todo cuanto me decía Camila, me hizo eco en el alma únicamente aquel concepto de considerarme padre de Rafaelín. Al estarlo oyendo, sentía ansias de que fuese verdad. Yo no deseaba un hijo en el sentido estricto de la frase; pero se me ocurrió que sería delicioso tener ese hijo; ese, no otro.
Las gracias y perfecciones del niño se me representaron todas en aquel punto, con tal viveza que mi corazón se iba hacia él y le besaba paternalmente.
Veía yo, mientras Camila me acusaba del dulce hurto no cometido, la cara oval, morena, igual a la de Rita, pero con el barniz regio de la salud; los ojos santos, puros, sin mancha; el reír gorjeante, la travesura celeste del chiquillo, la sal de su media lengua y de sus antojos, la monería de los bofetones tiranos que me pegaba y de los brazos que me abría al decirle su madre: «¿Ves? Ya te ha traído don Gaspar otro juguete…». Un calor íntimo se me esparcía por el alma al recordar todo esto y un propósito, una resolución de ser el padre de Rafaelín por mi voluntad, no por azar de la carne, surgía en mí al mismo tiempo que mi hermana me reprendía severamente suponiendo la paternidad. Era la defensa del instinto de perpetuarse, instinto que ya creía punto menos que abolido en mí; era… ¡ah, no me cabía duda!, ¡era la vida, la vida, la vida, la maga, que me llamaba otra vez y al llamarme me ofrecía una copa de amor! La pobre Rita estaba sentenciada; pero ¿el niño? Por él podría yo, ¿quién sabe?, interesarme en algo sencillo, bueno, natural…
Con ímpetu, derramando efusión, cogí las manos de Camila y exclamé:
—¡Pues bien; no lo discuto! Sí que es mío ese chico. Ya verás; un sol, una monada. Vas a chochear con él.
Mi hermana retrocedió. No sabría describir cómo se le inmutó la cara; sus clásicas facciones adquirieron el ceño y la contracción adusta de las antiguas Melpómenes. «¡Indignada es hasta fea Camila!», decidí para mis adentros.
—Supongo que bromeas; pero la broma, hijo, es de pésimo gusto.
—No bromeo.
—Vamos, piensas casarte con la mamá de la criatura.
—No se me ocurre —respondí con sinceridad—, entre otras cosas, porque no creo que le queden dos meses de estar en este mundo. Me coges en un momento de espontaneidad, Camila; desarruga ese entrecejo que te sienta muy mal; ¡si te vieses! El chico es más mío, ¿lo oyes?, que si lo hubiese engendrado materialmente. Lo material es muy despreciable en todo; pero en eso del amor y de la paternidad es en lo que más ruin e insignificante se me figura. ¿No crees tú lo mismo? Si tienes alguna elevación en el sentir…
—Pero… el chico —interrumpió ella vacilando—, ¿es tuyo o no es tuyo? ¿En qué quedamos, Gaspar? Descíframe el enigma.
—¡Pch! El enigma no te importa —respondí, pensando para mi sayo: «¡Alma, ciérrate!»—. Los resultados, querida hermana, van a ser exactamente los mismos que si el chico fuera mío, como entiendes tú que son nuestras las cosas. Y los resultados son lo único que aquí se pleitea.
—¿Pleitear? Te engañas —articuló Camila con aviesa esquivez—. No pleiteo. Allá tú; allá te las compongas. Desde que vivimos reunidos, ¿en qué asunto tuyo me he mezclado?
Yo podría contestarle que en todos absolutamente, porque desde el color de mi colcha hasta la colocación de mis fondos, mi hermana interviene siempre en cuanto me incumbe, indirectamente, pero con la tenacidad de un insecto preso en un vaso y que busca salida. Sospecho que hasta abre mis cartas y las curiosea. Sin embargo, opté por encogerme de hombros y convenir. Porque en mis verdaderos asuntos —los de mi espíritu—, Camila no puede mezclarse, no conociéndolos.
—Corriente: dado que no intervendrás en mis negocios, hija mía, prepárate para la transformación que mi vida va a sufrir. Si Trini quiere que nos casemos, el niño tendrá quien le cuide, quien haga veces de madre… ¿Qué opinas tú? ¿Trini sabrá amar como madre a mi Rafaelín?
Camila parpadeó y constriñó los labios, gesto de las personas demasiado cargadas de razón, que no quieren dar suelta a la palabra para que no muerda. De contener la respiración, se puso arremolachada. Al cabo, ajustado ya el antifaz de calma indiferente, exhaló un susurro:
—Qué sé yo… Allá ella y tú… Entérate.
—¿No tienes opinión? —y mi tono era irónico.
—¿Opinión? ¿No he de tenerla? —saltó, disparando con cerbatana las sílabas que me azotaron airadas—. A la primera palabra de semejante delirio, Trini te dirá, y con razón, que ella no está para cuidar chiquillos espurios y no tiene por qué cargar con el que le encajas. Qué santo y bueno tomarse molestias por los hijos propios, pero por los ajenos, memorias. No conoces a Trini, hijo. Pretendientes le sobran que no la impongan condiciones raras y obligaciones fantásticas. ¡Pues digo!
—Si Trini me amase —articulé sosegadamente—, amaría a la criatura, por cariño a mí. ¿No viene hoy a almorzar? La interrogaré. Tú no la prevengas: déjala seguir su impulso.
Una hora después llegó Trini. Me había vestido prestando suma atención a los pormenores de mi traje. Sentía emoción de cadete ante la esperanza no tanto de que Trini me quisiese lo suficiente para acoger en un arranque tierno, de mujer y madre, a Rafaelín, sino de que, ante su arranque, naciese en mí el verdadero amor. Lo que me hace palpitar viene del interior de mi ser: no puede venir de fuera. Si Trini se revela, si vibra… —calculaba yo—, siento que vibraré también; y no será como con Rita, una atracción perversa, seudorromántica: será el amor completo, con su raigambre poderosa que nos adhiere a la tierra; será el hogar, con humareda azul de ilusión —porque el hogar, con solo el humo del puchero, lo que es yo no me siento capaz de resistirlo—. Y, enajenado, consagré tiempo al lazo de mi corbata, a la clavazón en él de la gruesa perla redonda, a atusar el pelo, a frotar con el pulidor las uñas. Iba tan brillador de ojos y tan amador en mi porte que Trini, al estrechar mi mano, se arreboló, olfateando sutilmente como hembra que algo impensado ocurría. Yo (soy muy desconfiado) había estado en acecho y salido a encontrarla en la antecámara, temeroso de los manejos de Camila. Almorzamos, alegres y decidores los novios, mi hermana fruncida, encapotada y pesimista. Según su perro humor, el asado era un carboncillo, las tostadas del té, unas virutas y las quenefas del volován eran de escayola. Trini se reía enseñando sus encías jugosas y vivaces, su fresca lengüecilla inquieta entre la doble fila de gotas de leche cuajadas de la arqueada dentadura. Me daban tentaciones de caricias atrevidas y sentía por Trini escalofrío humano, ansia celestial. Cien años que viva (¡no me faltaba sino vivirlos!), no olvidaré el encantador almuerzo al canto de la chimenea activa y roja, respirando el aroma de las violetas tardías y los claveles blancos tempraneros, que adornaban el centro de plata, en honor a Trini, a ella; entonces sí que se lo llamaba interiormente… Por debajo de los encajes gruesos del mantel cogí su mano, que no se retiró. Aún estábamos eléctricamente asidos cuando Camila se levantó con un pretexto cualquiera y nos dejó solos. Trini, sofocada, hizo un movimiento para seguirla; yo protesté, apretando más la mano de seda y clavándome con deleite en los pulpejos las sortijas del meñique. Ella comprendió que llegaba la hora decisiva de aquel noviazgo hasta entonces tan soso y borroso, y sus ojos, avergonzados, buscaron el dibujo de la alfombra.
—¿Trini? —suspiré—. ¿Sabe usted que esta mañana le dije a Camila que nuestra boda es inminente?
—¿Camila? —tartamudeó ella agarrándose a lo que podía ayudarla a disimular su confusión—. Dice usted que Camila… ¿Estaría por eso de tan mal talante? —y sonrió a la hipótesis.
—Por eso precisamente, no. Va usted a saber por qué, Trini… —Acerqué mi silla, solté la mano y nos reclinamos, muy próximos en la mesa—. Escuche y pese la respuesta… ¡No venga usted hasta que le llame! —ordené al criado que entraba trayendo leña—. Trini, yo trato a una mujer y esta mujer tiene un niño.
Ella se demudó.
—Ya lo sabía. ¿Para qué me lo dice usted?
—Porque el eje de esta conversación es eso: la mujer, el niño; sobre todo, el niño…, ¿se entera usted, amiga mía?
Trini indicó el gesto de desviarse pálida y turbada.
—¡Por Dios! No así, Trini, no así. Hay que escuchar y, sobre todo, hay que entender. Cuando usted haya entendido, decide. A la mujer la visito diariamente, pero no tengo con ella más relación que visitarla… Como si fuésemos hermanos. ¿No lo cree usted? No tengo para qué mentir. Es una enferma, una tísica. Si eso puede contribuir a su tranquilidad, no la veré más.
—Pero el pequeño… No es… No es… —murmuró la muchacha sin resolverse a concluir, mostrando confusión y acortamiento.
—¿Mío? Según cómo usted comprenda la idea de pertenencia y propiedad. No he besado a su madre nunca. Sin embargo, mío es el niño, porque mío quiero que sea… Fíjese usted. Tampoco usted es mía y por el amor puedo apropiármela. El niño tiene mi sangre espiritual. De manera que es mi hijo.
—Todo eso lo encuentro rarísimo… Perdone usted, Gaspar; me cuesta trabajo entenderlo.
«Malo, malo —discurrí en mi interior—. Corta de entendederas, corta de cara, carirredonda... ¡Malo! ¡Esta no es mi hembra!». Y una melancolía súbita me envolvió en su crespón inglés. No argüí nada; ella porfió:
—No se explica… Trate usted por lo menos de que yo acierte a descifrarlo.
—Creo que no podrá. Esto se descifra mediante un impulso, una corazonada; no haciéndose cargo de pronto, es ya difícil… ¡En fin! —Y resoplé desalentado—: ¿No hay mil cosas inexplicables? Figúrese usted que la pidiesen explicaciones del por qué quiere un hombre a una mujer; del por qué nos es simpática una persona y otra, insufrible. A mí ese niño me ha dado la grata sorpresa de inspirarme un interés que me… me distrae de otros pensamientos… algo… algo peligroso; ¿te enteras, Trini? —Y al brusco tuteo uní la caricia inesperada, un estrujón, un raspón a la mano contra mi bigote. Ella se encendió, su respiración se apresuró y dijo balbuciente:
—No, Gaspar. No me entero. Pero es lo mismo. ¿Qué pretende? ¿Qué desea usted de mí? A ver si hay medio…
—Trini, si nos casamos, el niño se vendrá a casa… Serás su madre. ¿Lo serás?
Un esguince. Los ojos pestañudos, antes terciopelosos como uvas negras, se hincaron en mí fieros, enojados.
—¡Ah! Era eso…
—¿No aceptas?
—No. No sabía… Creí que se trataba de otra cosa; de darle educación, de no abandonarle. Eso, bueno… Pero ¿en casa? ¿Conmigo? ¿Qué se diría? ¿Qué papel haría yo?
Me incorporé. El almuerzo me pesaba como plomo en el estómago y el calor de la chimenea me asfixiaba. Volví las espaldas, sin saludar, sin despedirme, y a paso lento me retiré a mi cuarto. Trini dijo no sé qué; acaso pronunció con ahínco mi nombre. No hice caso alguno. Ya en mi habitación, tomé sombrero, abrigo, guantes y me fui a ver a Rita.
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