Kitabı oku: «La institucionalización de la evaluación de políticas públicas»

Yazı tipi:

La institucionalización

de la evaluación

de políticas públicas

La Comunitat Valenciana

en perspectiva comparada

La institucionalización

de la evaluación

de políticas públicas

La Comunitat Valenciana

en perspectiva comparada

Oscar Barberà, Emilio Doria

Fernando Ntutumu-Sanchis, Pau Sanchis


Colección: Desarrollo Territorial

Papers, 6

Dirección de la colección: Joan Romero

Esta publicación forma parte del proyecto de investigación «Diagnòstic dels principals dèficits del marc institucional de la Comunitat Valenciana per al disseny eficaç i eficient de polítiques públiques», financiado por la AVAP.

Esta publicación no puede ser reproducida, ni total ni parcialmente, ni registrada en, o transmitida por, un sistema de recuperación de información, de ninguna forma ni por ningún medio, sea fotomecánico, fotoquímico, electrónico, por fotocopia o por cualquier otro, sin el permiso de la editorial. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

© Del texto: los autores, 2020

© De esta edición: Universitat de València, 2020

Publicacions de la Universitat de València

puv.uv.es

publicacions@uv.es

Coordinación editorial: Amparo Jesús-María Romero

Corrección: Lola Espinosa

Maquetación: Celso Hernández de la Figuera

Diseño de la cubierta: Celso Hernández de la Figuera

ISBN: 978-84-9134-696-8

Edición digital

ÍNDICE

INTRODUCCIÓN

PRIMERA PARTE

La institucionalización de la evaluación: estudios comparados

1.LA EVALUACIÓN DE LAS POLÍTICAS PÚBLICAS Y SU INSTITUCIONALIZACIÓN, Oscar Barberà, Pau Sanchis

2.LA INSTITUCIONALIZACIÓN DE LA EVALUACIÓN EN ESPAÑA, Fernando Ntutumu-Sanchis

3.LA INSTITUCIONALIZACIÓN DE LA EVALUACIÓN EN CATALUÑA, Emilio Doria

SEGUNDA PARTE

Institucionalización y cultura de evaluación: la Generalitat Valenciana durante el primer gobierno del Botànic (2015-2019)

4.LA EVALUACIÓN DE POLÍTICAS PÚBLICAS EN LAS CONSELLERIAS POLÍTICAS, Fernando Ntutumu-Sanchis

5.LA EVALUACIÓN DE POLÍTICAS PÚBLICAS EN LAS CONSELLERIAS ECONÓMICAS, Emilio Doria

6.LA EVALUACIÓN DE POLÍTICAS PÚBLICAS EN LAS CONSELLERIAS SOCIALES, Pau Sanchis

7.LA INSTITUCIONALIZACIÓN DE LA EVALUACIÓN EN LA COMUNITAT VALENCIANA: BALANCE Y RECOMENDACIONES, Oscar Barberà, Emilio Doria, Fernando Ntutumu-Sanchis, Pau Sanchis

CONCLUSIONES

ANEXOS

BIBLIOGRAFÍA

INTRODUCCIÓN

El objetivo de esta investigación es triple: en primer lugar, se trata de elaborar una visión panorámica de la institucionalización de la evaluación de políticas públicas en la Comunitat Valenciana. El análisis está fundamentalmente centrado en la Generalitat Valenciana, aunque también se han tenido en cuenta otras instituciones y organismos para tratar de dar orientaciones sobre un fenómeno más general: la cultura de evaluación de políticas en la comunidad autónoma. Aunque el trabajo de campo se realizó en un momento de cambio político, el fin de los Gobiernos del Partido Popular y la constitución del Pacte del Botànic, el presente texto también trata de dar algunas pistas sobre cómo ha ido desarrollándose la evaluación a lo largo del tiempo. Por la misma razón, y dada la lenta evolución de estos fenómenos, pensamos que el trabajo sigue reflejando bastante adecuadamente las prácticas que se dan en la actualidad. Dicho esto, es importante indicar que el objeto fundamental de este informe es la Generalitat Valenciana, no hacer un balance de las actuaciones en materia de evaluación de políticas públicas de sus distintos gobiernos. La distinción entre Gobierno y Administración no está exenta de problemas, pues son los distintos gobiernos los que impulsan las políticas y establecen las distintas modalidades de gestión. Por otro lado, también es cierto que la actividad de los distintos departamentos suele estar marcada por la cultura administrativa y las habilidades y conocimientos de los recursos humanos, algo que no es fácil de corregir en el corto plazo. Por esta misma razón, y como se señalará en el apartado dedicado a la metodología (en los anexos), la recogida de información a través de entrevistas se ha centrado fundamentalmente en altos funcionarios y no en los integrantes del nivel gubernamental, como secretarios autonómicos o directores generales.

Para abordar este primer objetivo, entre el otoño-invierno de 2016-2017 se llevó a cabo un intenso trabajo de campo que tuvo en cuenta: 1) la difusión de estudios e informes dedicados a la evaluación de los distintos planes y programas en las distintas páginas web de cada conselleria de la Generalitat Valenciana; 2) el análisis de algunos de los principales informes de evaluación realizados o encargados desde la Generalitat; 3) el valor que los principales responsables administrativos encargados de las tareas de evaluación dan a los respectivos informes para llevar a cabo su actividad; 4) la forma administrativa adoptada en los respectivos departamentos por las unidades que realizan tareas de evaluación y, en la medida de lo posible, información sobre los cambios producidos en los respectivos departamentos; 5) finalmente, también se hace un balance cualitativo de la cultura de evaluación en el conjunto de la región. El análisis más detallado de la metodología y fuentes de información utilizadas puede consultarse en los anexos finales del libro.

El segundo objetivo es mostrar cómo se ha producido la institucionalización de la evaluación fuera de la Comunitat Valenciana. Para ello se sintetizan las principales conclusiones extraídas por la literatura comparada señalando qué factores la han propiciado en otros países. La obra fundamental de referencia en este campo es el Atlas of International Evaluation (Furubo, Rist y Sandhal: 2002), aunque también se tienen en cuenta las principales recomendaciones que se ofrecen desde la literatura más orientada a la gestión. Por otro lado, también se examinan con más detalle los progresos realizados en dos estudios de caso. El caso español pretende servir de referencia más general sobre el uso de la evaluación en sistemas parlamentarios. En este sentido, también se estudiará la relevancia de la fragmentación sectorial (como veremos, característica compartida también por la Comunitat Valenciana) así como la compleja gestión de la evaluación en entornos multi-nivel. Una de las referencias fundamentales en evaluación de políticas fue la Agencia Española de Evaluación y Calidad (AEVAL) cuya contribución y organización será analizada con cierto detalle. El caso de Cataluña servirá para ilustrar los avances en materia de evaluación a través del Institut Català d’Avaluació de Polítiques Públiques (IVÀLUA). El papel de esta agencia como promotor e impulsor del cambio sin duda constituye otro ejemplo de buena práctica en esta materia.

Finalmente, el tercer objetivo de este trabajo es ofrecer algunas recomendaciones y sugerencias para extender los usos de la evaluación dentro de la Generalitat y, de modo más general, en el conjunto de la Comunitat Valenciana. Para ello se partirá del diagnóstico de la situación actual reflejado en el primer objetivo, así como de las sugerencias extraídas de la literatura comparada y de los estudios de caso español y catalán.

El libro se estructura en dos partes. La primera parte tiene un carácter más teórico y comparado mientras que la segunda se dedica en exclusiva a la Comunitat Valenciana. El primer capítulo está dedicado a elaborar un breve marco conceptual para sintetizar algunas ideas clave en torno al concepto de evaluación de políticas públicas. Se tratará de reflexionar sobre los múltiples significados atribuidos al concepto, pero también de caracterizar los principales tipos de evaluación general-mente utilizados tanto por la academia como por los practitioners. Este capítulo también servirá para introducir brevemente las principales metodologías utilizadas en este campo. Esta breve panorámica sobre los principales tipos y metodologías de evaluación debe servir para facilitar a los lectores no especializados un lenguaje común con el que luego interpretar las actuaciones que se han llevado a cabo en la Generalitat Valenciana. Este apartado terminará con dos reflexiones finales sobre los usos y la institucionalización de la evaluación. La primera tiene que ver, sobre todo, con los potenciales peligros de instrumentalización política que pueden tener este tipo de análisis. La segunda pretende presentar las principales dimensiones a las que van asociados los conceptos de institucionalización de la evaluación y de cultura de evaluación en el ya citado Atlas of International Evaluation. Estos indicadores servirán para guiar el análisis empírico de la situación de la evaluación en la Generalitat Valenciana, así como para extraer las principales recomendaciones.

Una vez hechas las debidas precisiones conceptuales, el segundo y tercer capítulos están dedicados a analizar los estudios de caso español y catalán. Cada uno de los dos capítulos están pensados para dar pistas sobre cómo se ha procedido a entender e institucionalizar la evaluación de las políticas públicas en la Administración General del Estado y en el de otra comunidad autónoma. En ambos capítulos se analiza la posición institucional y los distintos papeles adoptados por las distintas agencias de evaluación (IVÀLUA, AEVAL) con el propósito de extraer buenas prácticas y recomendaciones para la parte final del libro.

Los capítulos cuatro a seis de la segunda parte están dedicados al estudio de los usos de la evaluación en distintos conjuntos de consellerias de la Generalitat Valenciana. El capítulo cuatro analiza las consellerias más políticas (presidencia, justicia y transparencia), el capítulo cinco hace lo propio con las del área económica (economía, hacienda, agricultura y vivienda) y el capítulo seis se centra en las de contenido más social (sanidad, educación, igualdad). Estos tres capítulos comparten información procedente de fuentes similares como el vaciado de la web, de algunos de los principales informes de evaluación, así como de distintas entrevistas semiestructuradas (ver el apartado de metodología en los anexos). Cada uno de ellos también tiene una estructura parecida que analiza: la posición organizativa actual (eventualmente, también en el pasado) de las unidades o agencias encargadas de los procesos de evaluación; los tipos y metodologías de evaluación utilizadas en los principales informes y planes del departamento; la difusión de la información dedicada a la evaluación que se hace en la página web; el uso de los informes de evaluación por parte de los máximos responsables administrativos; la visión que dichos responsables tienen sobre cómo debería organizarse la evaluación en el departamento y en el conjunto de la Generalitat. Esta segunda parte concluye con el capítulo siete dedicado a hacer un balance cualitativo de los usos de la evaluación para el conjunto de la Comunitat Valenciana. Para este capítulo se tienen en cuenta las dimensiones de la institucionalización de la evaluación señaladas en el marco conceptual (capítulo uno) añadiendo también información procedente de otras instituciones más allá de la Generalitat Valenciana. La parte final del capítulo está dedicada a presentar algunas recomendaciones sobre cómo fortalecer los procesos de evaluación de las políticas públicas. Para ello se introducen y comentan las cinco sugerencias más importantes: cuatro tienen que ver con medidas para mejorar la institucionalización de la evaluación en la Generalitat Valenciana (así como en el ámbito provincial y local); la última está pensada para extenderla en las Corts Valencianes. El resto de las medidas pretenden introducir mejoras menores para el resto de las dimensiones consideradas en el Atlas of International Evaluation. La parte final del libro contiene unas breves conclusiones generales, los anexos con las metodologías utilizadas para la recogida de información (las entrevistas semiestructuradas, el análisis de la web y los diversos informes de evaluación) así como las referencias bibliográficas.

Antes de finalizar es preceptivo mostrar el agradecimiento a los coautores, Emilio Doria, Fernando Ntutumu y Pau Sanchis. Ellos realizaron buena parte del trabajo de campo y el análisis documental en el que se fundamentó el informe que ahora aparece en forma de libro. También hay que agradecer la confianza mostrada por los responsables de la Agència Valenciana d’Avaluació i Prospectiva, así como del Institut de Desenvolupament Local de la Universitat de València y a Joan Romero, que fue el director del proyecto de investigación Diagnòstic dels principals dèficits del marc institucional de la Comunitat Valenciana per al disseny eficaç i eficient de polítiques públiques. CPI-16-300. Durante los meses del trabajo de campo, el Institut de Desenvolupament Local nos facilitó la colaboración de Carlos Cerdán, Pepe Cano, Eva Gomis, Gema Guiot y Cristian Ramón, cuyo apoyo fue fundamental para el buen desarrollo de la investigación. Carlos Cerdán colaboró en la recolección de información y el análisis del departamento de Vivienda, Pepe Cano hizo lo propio con el de Justicia, Eva Gomis se encargó del departamento de Presidencia, Gema Guiot del de Economía Sostenible y Cristian Ramón del de Hacienda. Además, este agradecimiento debe hacerse extensivo a todas las personas que contribuyeron a darnos pistas sobre el funcionamiento de los procesos de evaluación dentro de la Generalitat Valenciana y, muy especialmente a todos aquellos que accedieron a ser entrevistados. El listado puede verse en la documentación incluida en los anexos. Finalmente, agradecer también a Publicacions de la Universitat de València el interés en nuestro trabajo y el cuidado trabajo de edición. Esperamos que esta publicación sirva para aumentar la curiosidad de futuros investigadores, promover el debate público sobre estos temas y al desarrollo de una futura comunidad de evaluación que ayude a mejorar nuestro conocimiento sobre el impacto que la acción de los distintos gobiernos y administraciones públicas tiene sobre las vidas de los ciudadanos.

OSCAR BARBERÀ

València, septiembre de 2020

PRIMERA PARTE

LA INSTITUCIONALIZACIÓN

DE LA EVALUACIÓN:

ESTUDIOS COMPARADOS

1.LA EVALUACIÓN DE LAS POLÍTICAS PÚBLICAS Y SU INSTITUCIONALIZACIÓN

En este capítulo se presentan los principales conceptos utilizados a lo largo del informe. Su función fundamental es proveer un mínimo marco de referencia al que los lectores puedan recurrir durante la lectura. Es importante tener en cuenta que cada uno de los términos utilizados remite a un debate dentro de la academia que no puede tratarse aquí en profundidad por alejarse en exceso del propósito de este trabajo. Para aquellos lectores que deseen profundizar más en alguno de estos conceptos o debates les remitimos a la literatura especializada citada en las páginas correspondientes, a los principales manuales sobre evaluación publicados en castellano durante los últimos años (Ballart: 1992; Bañon: 2003; García Pérez: 2014; Morra y Rist: 2009; Vedung: 1997) así como a las diversas guías publicadas por los principales centros dedicados a la evaluación de políticas públicas (AEVAL, IVÀLUA...). El capítulo está estructurado en dos apartados. El primero es fundamentalmente conceptual y se dedica a clarificar significados y presentar los principales tipos de evaluaciones. El segundo discute las nociones de institucionalización y cultura de evaluación y presenta las principales preguntas que han guiado el trabajo de campo y su aplicación en la Comunitat Valenciana que se analiza con más detalle en el capítulo 7.

1.LA EVALUACIÓN DE POLÍTICAS PÚBLICAS

La evaluación y su práctica

El uso común de la evaluación alude a significados distintos. En su sentido más genérico evaluar es poner en relación valores (criterios, normas) con hechos. En términos aplicados al análisis de políticas públicas, la evaluación se refiere «al proceso de establecer el valor o el significado de una actividad, política o programa, [...] tan sistemático y objetivo como sea posible, de una intervención planeada, en curso o completa» (OCDE, 2000: 21). En otras palabras, evaluar políticas o programas públicos supone (Ballart: 1992; Weiss: 1972): definir los objetivos de la política, establecer criterios de éxito, proveer evidencias sobre los resultados obtenidos y sobre su relación con los criterios de éxito, señalar la relación de los resultados con la teoría del cambio social que fundamenta la intervención y, finalmente, prescribir consejos para su mejora.

Es preciso tener presente, sin embargo, que toda evaluación es potencialmente controvertida. Hay diversos motivos para ello: puede que no haya acuerdo en la relación entre los resultados y valores normativos establecidos (v. g. se discute que los resultados de un programa se puedan interpretar como «malos»); puede que la falta de acuerdo esté en los mismos criterios o valores (v. g. se cuestiona el baremo de evaluación que debe establecerse en unos u otros niveles); o que se cuestione la imparcialidad o intencionalidad de quien realiza la evaluación, etc. En este sentido, Fisher ha distinguido diversos niveles de la evaluación en función de su impugnación social y política (Fisher: 1995). En el primer nivel, el de verificación (program verification), la evaluación se centra en señalar si el programa funciona o no, es decir, si cumple los objetivos inicialmente establecidos. En este nivel la clave es el impacto social (outcomes) y el discurso predominante es el científico-técnico. En el segundo nivel, el análisis se centra en la pertinencia del programa (situational validation). Lo que se evalúa no es ya si el programa cumple sus objetivos, sino si sirve para resolver el problema social por el que se puso en marcha. En este sentido, lo que se pone en cuestión es si la teoría del cambio que provocó la intervención pública es efectivamente válida o no. En un tercer nivel, más propiamente socio-político, estarían aquellas evaluaciones que lo que pretenden es cuestionar los valores u objetivos del programa (societal vindication). La clave de este tipo de evaluaciones es cuestionar si el problema es relevante, es decir, si merece la pena la intervención pública en comparación con otros posibles problemas sociales. Finalmente, el nivel más abstracto de la evaluación es el que entra a considerar en qué medida la aproximación o la ideología política que está en la base de una intervención es deseable o no como instrumento para la resolución de conflictos sociales.

Es por estas razones que la evaluación va obviamente más allá del control administrativo y no puede considerarse una actividad puramente científica o aislada del contexto en que se produce. De hecho, la naturaleza política de la evaluación ha sido abundantemente subrayada en este campo desde sus orígenes (v. g. Fisher: 1995; Palumbo: 1987; Scriven: 1980; Taylor y Balloch: 2005). Bustelo señala como mínimo tres implicaciones de esta especificidad que se traducen en demandas de credibilidad e imparcialidad para poder sobrevivir al contexto político y social en que se produce la evaluación, de flexibilidad para adaptar esta práctica a las diversas circunstancias que puede producirse durante su desarrollo y de temporalidad para dar cuenta de los resultados en el momento oportuno para alimentar procesos de retroalimentación en la toma de decisiones (Bustelo: 2003).

La necesidad de diferenciar la evaluación de otras prácticas profesionales y académicas cercanas marcó los orígenes de esta disciplina. La vía para hacerlo fue a través de técnicas cuantitativas o experimentales y de una concepción fuertemente positivista sobre la objetividad y la imparcialidad de los analistas (v. g. Langbein: 1980; Rossi y Freeman: 1985). Las limitaciones de estos estudios han sido señaladas por la literatura posterior que aboga por una orientación más pluralista que generalmente tiende a incluir las visiones de más actores además del analista (Ballart: 1992; Guba y Lincoln: 1989; Subirats: 1995). Esto no obsta para que, con el tiempo, se haya generado un cierto acuerdo para diferenciar la evaluación de la investigación y de la monitorización (Blasco: 2009a; Bustelo: 2003). La evaluación se diferencia de la investigación en su carácter aplicado y por su finalidad centrada en la mejora de la intervención pública, no en la construcción de conocimiento. La particular finalidad de la evaluación implica, a su vez, destinatarios diferentes. La diferencia entre evaluación y el seguimiento o monitorización de políticas es un tanto más difusa. En un sentido estricto, la monitorización tiene relación con la gestión de los programas para garantizar su cumplimiento mientras que la evaluación pretende emitir juicios globales sobre sus impactos. Sin duda evaluar no es hacer un mero seguimiento de indicadores, pero también lo es que hay aspectos de la monitorización que comportan actividad evaluativa. En la práctica no es extraño considerar la monitorización como un tipo un tanto particular de evaluación (Lázaro y Obregón: 2009; Rossi, Freeman y Lipsey: 1999; Royse, Thyer et al.: 2009).

Finalmente, conviene también señalar la diferencia entre evaluación y meta-evaluación entendida esta última como juicios de valor sobre la bondad y méritos de una o diversas evaluaciones (Scriven: 1969 citado por García Sanchez: 2011). El propósito central de la metaevaluación es verificar el grado de validez de los resultados y conclusiones de estudios ya previamente existentes. El desarrollo de este subcampo ha seguido debates muy parecidos al de la evaluación, por ejemplo, respecto del uso de técnicas de investigación y ya hay instituciones que empiezan a especializarse en este campo (Newcomer, Hatry y Wholey: 2013, cap. 25). En un texto relativamente reciente, Chalmers y sus colegas han tratado de establecer una clasificación de diferentes investigaciones que tradicionalmente encajarían como metaevaluaciones. En este sentido diferencian (Chalmers, Hedges, y Cooper: 2002): las revisiones sistemáticas (systematic review) que utilizan estrategias destinadas a limitar los posibles sesgos en la recolección y enfoque de los estudios relevantes sobre un tema; los metaanálisis (meta-analysis) que utilizan datos comparables pero procedentes de distintos estudios para realizar nuevas investigaciones sobre un tema; mientras que las síntesis de evaluación (evaluation synthesis) son aquellas investigaciones que integran las conclusiones de distintas evaluaciones disponibles sobre un tema y tratan de obtener nuevas generalizaciones.

Tipos de evaluación

Existen diversas tipologías de evaluación. En términos generales, cabe distinguir entre las que utilizan como criterio básico el momento de realización de la evaluación de las que se centran en los enfoques. En realidad, las conexiones entre ambas tipologías son bastante claras (v. g. Blasco: 2009; Subirats et al.: 2008).

En función del momento se tiende a diferenciar los análisis previos (ex ante), de proceso (in itinere) y final (ex post) (Harguindéguy: 2014; Palumbo: 1987). Los análisis previos se centran en evaluar la necesidad y viabilidad de la intervención pública. El foco de atención de los análisis de proceso es asegurar que la política pública se lleva a cabo tal y como se había previsto. Finalmente, la evaluación ex post tiende a valorar los impactos producidos.

La figura 1 resume los principales tipos de evaluación en función del enfoque utilizado (Ballart: 1992; Blasco: 2009a): La evaluación de necesidades sirve para analizar la viabilidad técnico-política de una política pública. Por eso pone en relación las particularidades del problema con los recursos disponibles para afrontarla. Las evaluaciones de diseño tratan de poner de manifiesto la verosimilitud de la teoría del cambio social en que se fundamenta una o diversas políticas públicas. Tratan de mostrar en qué medida los impactos esperados del programa van a servir para solucionar el problema social en el que se pretende intervenir. Generalmente suelen realizarse antes de la intervención pública. Las evaluaciones de proceso o de implementación tratan de señalar lo que la política pública está realizando para, eventualmente, llevar a cabo las oportunas correcciones antes de que esta se dé por terminada. Trata de asegurar que el uso de los recursos, las actividades realizadas y los productos obtenidos se ajusten a lo que estaba establecido inicialmente. Las evaluaciones de eficiencia ponen en relación los recursos utilizados con los resultados e impactos obtenidos. Son evaluaciones fundamentalmente económicas y suelen ser ex post. Finalmente, las evaluaciones de impacto lo que pretenden es establecer las principales consecuencias sociales de la intervención pública. En este sentido, tratan de señalar en qué medida los impactos sociales de un programa se deben a una política pública u a otros factores externos y son evaluaciones ex post.

Figura 1.1

Tipos de evaluación según su enfoque


Fuente: Guía IVÀLUA n.º 1

Principales técnicas y metodologías de evaluación

Las técnicas y metodologías de evaluación cambian de modo notable en función del enfoque de evaluación utilizado. En general, las técnicas de recogida de información, así como de su análisis suelen combinar el uso de una variada gama de metodologías cualitativas y cuantitativas típico de las ciencias sociales. Por razones de espacio y economía en este apartado no se pueden entrar a considerar los detalles de cada una de las técnicas. Para un análisis más detallado puede consultarse la numerosa bibliografía aplicada que existe (v. g. Laughlin y Broadbent: 1996; Newcomer, Hatry y Wholey: 2013; Royse, Thyer et al.: 2009).

La evaluación de necesidades (needs assessment) suele combinar metodologías tanto cualitativas como cuantitativas (Casado: 2009; Royse, Staton-Tindall et al.: 2009). Su uso depende en gran medida de la disponibilidad de tiempo y recursos económicos. Cuanto menos tiempo y dinero se disponga, más frecuente es el uso de técnicas cualitativas y de fuentes de información secundarias. Entre las principales técnicas cualitativas de recogida de información están el método Delphi (uso de cuestionarios entre expertos) o los focus groups (reuniones de discusión con pequeños grupos). La principal técnica de recogida de datos cuantitativa es la encuesta, muy utilizada por ejemplo en sanidad (encuestas de salud). Aunque puedan parecer menos importantes, el uso de bases de datos ya existentes o de otras fuentes secundarias de información suele ser también muy habitual. Es importante señalar que en este tipo de estudios lo habitual es combinar el máximo de información disponible.

La evaluación de diseño pretende contrastar la validez de la teoría del cambio social asociada con la política pública que se analiza (Blasco: 2009b). Contrastar la teoría sin haber realizado la intervención (es decir, sin tener evidencias) supone un reto considerable. Por esta razón la evaluación de diseño no utiliza metodologías de análisis de tipo cuantitativo o cualitativo, sino que tiende a centrarse en contrastar la coherencia lógica de la teoría y en buscar evidencias comparadas que ayuden a reforzar su plausibilidad. Una de las herramientas más utilizadas en la evaluación de diseño es la llamada Metodología del Marco Lógico (MML, logic models) (Ortegón, Pacheco y Prieto: 2005; Wholey, Hatry y Newcomer: 2010). Este tipo de herramientas tratan de ayudar a explicitar las principales hipótesis y, sobre todo, los mecanismos causales en los que se basa el programa. La búsqueda de otras experiencias de intervención que hayan utilizado teorías de cambio parecidas en contextos sociales similares resulta una estrategia también muy útil para reforzar su plausibilidad.

La evaluación de proceso (formative evaluation o process evaluation) se centra en verificar que, durante la fase de implementación, los resultados se adecuen a lo establecido en el diseño del programa y que estos llegan a los grupos sociales adecuados (Lázaro y Obregón: 2009). En otras palabras, trata de identificar qué servicios se proveen, a quién y (cada) cuánto (Royse, Thyer et al.: 2009). Como en la evaluación de necesidades, el elemento fundamental de las evaluaciones de proceso es el establecimiento de fuentes de recogida de información lo más fiables y exhaustivas posible. Royse y sus colegas distinguen tres grandes herramientas de recogida y análisis de información para la evaluación de procesos (Royse, Thyer et al.: 2009): la monitorización (program monitoring), los sistemas de garantía de calidad (quality assurance) y los sistemas de mejora continua (total quality management o continuous quality improvement).

La monitorización de programas requiere el establecimiento y el adecuado mantenimiento de sistemas de información sobre los avances y resultados del programa. Para ello es bastante habitual establecer herramientas de gestión como los Cuadros de Mando (v. g. Fernández Hatre: 2004). La evaluación aplicada a la monitorización precisa, como mínimo, cierto contraste entre los resultados producidos y los objetivos o estándares fijados en el diseño del programa. También es bastante usual utilizar comparaciones en el tiempo o con datos de otros programas (Newcomer, Hatry y Wholey: 2013). Por otro lado, los sistemas de calidad se caracterizan por tratar de identificar y, eventualmente, corregir, aquellas deficiencias que puedan surgir en la adecuada provisión de los servicios. Desde hace tiempo es bastante habitual que estos sistemas se rijan por estándares de calidad internacionales como los de la International Standards Organization (ISO) u otros (v. g. Ruíz López, Cuellar Martín y Del Pino Matute: 2009). La existencia de estos estándares (y no los criterios internos del programa) es lo que diferencia los sistemas de calidad frente a los de monitoreo. Finalmente, los sistemas de mejora continua pretenden ir un paso más allá al dejar que sean los usuarios los que (re)definan la calidad y que, por tanto, las mejoras se ajusten constantemente a sus preferencias. Los sistemas de mejora continua sí incorporan técnicas cuantitativas y/o cualitativas de recogida de información, especialmente para medir la satisfacción de los usuarios de los servicios y, de modo más general, de todos los grupos implicados en la política (Goetsch y Davis: 2014). La principal crítica a todos los sistemas de evaluación de proceso reside en que implican cargas suplementarias de trabajo o tiempo para el personal (e incluso para los usuarios).

La evaluación de la eficiencia (cost-analysis) implica una valoración del uso de los recursos. Por esta razón también suelen denominarse evaluaciones económicas (Parera: 2009; Raya y Moreno: 2013). Entre las principales metodologías de estos análisis destacan los análisis coste-beneficio (cost-benefit) y los análisis de rendimiento (cost-efectiveness). Dado que el análisis económico es un campo que escapa del enfoque adoptado en este informe, no se profundizará mucho más en sus metodologías de análisis.

La evaluación de impacto trata de contrastar la validez de la teoría del cambio que guía todo programa de intervención. En la mayoría de casos esto supone utilizar herramientas de control de cierta complejidad metodológica que, además, pueden ser notablemente variadas (v. g. Blasco y Casado: 2009; Gertler et al.: 2011; Khandker, Koolwal y Samad: 2010). El diseño con mayor capacidad explicativa es el experimental basado en selección aleatoria de diversos grupos con controles previos y posteriores a la intervención. Si además de la selección aleatoria es posible realizar controles en el tiempo, se habla entonces de la utilización del método de las dobles diferencias o diferencias en diferencias (double difference). Cuando no es posible la selección aleatoria previa se tiende a utilizar otros diseños como el pareamiento (matching) o la regresión discontinua que pretenden solucionar mediante métodos estadísticos los problemas de sesgo en la selección de los grupos. Otros diseños de control menos rigurosos, pero también comunes, son los llamados cuasi-experimentos que tratan de establecer controles temporales (antes-después o series temporales) sobre uno o diversos grupos no seleccionados aleatoriamente. Finalmente, cuando ni la selección aleatoria ni los controles temporales son posibles, todavía pueden realizarse ciertos controles a través de estimaciones estadísticas multivariantes.

Los usos y propósitos de la evaluación

Siguiendo a Stufflebeam y Shinkield (1987), Bustelo ha señalado las tres principales funciones que suele darse a la evaluación (Bustelo: 2003): la función de mejora (improvement) que está fundamentalmente pensada como retroalimentación y aprendizaje institucional de la experiencia de la intervención pública; la función de rendimiento de cuentas (accountability), que señala el valor de la evaluación como instrumento para informar a los distintos agentes implicados en la política pública de las actuaciones que se están llevando a cabo así como de su éxito o fracaso. La última función, y más abstracta, es la de constituirse como guía para futuras acciones (enlightenment).

Más allá de estas funciones generales, Subirats y sus colegas han señalado diversos usos más instrumentales que los actores pueden hacer de la evaluación (Subirats et al.: 2008). En primer lugar, puede utilizarse como una herramienta de ventaja competitiva. La información proporcionada por las evaluaciones, especialmente cuando son realizadas por trabajos de consultoría directa puede servir para detectar puntos muy sensibles para la organización. En segundo lugar, las evaluaciones pueden utilizarse para reforzar la posición estratégica de una agencia o departamento, especialmente si su actuación ha sido cuestionada. Estos autores identifican algunas situaciones típicas en que esto sucede como movilizar apoyos a favor o en contra de un proyecto o medida concreta, para contribuir a delimitar el ámbito de actuación de una política pública frente a otras, o como herramienta para argumentar a favor de mayor o menor regulación pública. En tercer lugar, las evaluaciones pueden proporcionar información «objetiva» sobre la situación de una política pública en distintos contextos políticos y sociales, sobre todo si tienen carácter comparado o supranacional. Los informes de la OCDE o del Banco Mundial pueden ser buenos ejemplos de este tipo de usos. En cuarto lugar, el recurso creciente de las diversas administraciones a utilizar evaluaciones puede generar comunidades de investigadores (públicos o privados) especializados en este tipo de prácticas. Las comunidades de evaluadores pequeñas y muy cerradas pueden terminar teniendo efectos un tanto perversos por la dependencia de estos grupos del dinero público. En cambio, si estas son abiertas y plurales sin duda pueden evitar estos problemas y constituir un recurso muy valioso para las diversas administraciones. Finalmente, más allá de sus contenidos específicos, las evaluaciones pueden utilizarse como actos simbólicos dedicados a ganar tiempo por parte de administraciones o agencias en determinados momentos críticos. La evaluación puede servir para posponer, por ejemplo, la asunción de responsabilidades o frenar determinadas actividades legislativas.

2.LA INSTITUCIONALIZACIÓN DE LA EVALUACIÓN

La institucionalización de los sistemas de evaluación y la cultura de evaluación

Históricamente, el desarrollo de la evaluación de las políticas públicas está vinculado tanto con los intentos por racionalizar el gasto en los programas públicos como con la consolidación del Estado de Bienestar. La introducción de medidas de racionalización como el Programming, Planning and Budgeting System (PPBS) en el Departamento de Defensa de los ee. uu. con evaluaciones ex ante de la eficacia y eficiencia de programas, así como el desarrollo de sistemas presupuestarios multianuales es un hito incontestable en este proceso. Sin embargo, la expansión del PPBS a otros departamentos no tuvo el mismo éxito (Ballart: 1992; Derlien: 1990). Por otro lado, la evaluación también se ha ido desarrollando tanto en EE. UU. como en diversos países occidentales como una herramienta para tratar de establecer el impacto y la eficiencia del gasto en programas sociales, educativos y de salud.

Los estudios sobre el desarrollo de la evaluación tienen dos dimensiones básicas: la primera se centra en la creación de normas y estructuras administrativas que aseguren su realización y difusión. Estos estudios tienden a hacer énfasis en lo que denominan la institucionalización de la evaluación. La segunda dimensión se centra en las actitudes, predisposiciones y usos de la evaluación por los diversos actores implicados en la gestión de la política. Esta segunda dimensión tiende a centrarse en valores y comportamientos y suele denominarse cultura de evaluación. Ambas dimensiones están muy presentes en los principales intentos que la academia ha hecho para medir el desarrollo de la evaluación en distintos países y departamentos. También en las recomendaciones que se hacen para su mejora.

Hasta la fecha, el International Atlas of Evaluation constituye uno de los principales esfuerzos académicos para dar una visión lo más exhaustiva posible del desarrollo de la evaluación en distintos países (Furubo, Rist y Sandahl: 2002; Jacob, Speer y Furubo: 2015). Los autores de este estudio combinaron el análisis de las estructuras administrativas (institucionalización) en el ejecutivo, como de las actitudes y comportamientos (cultura) en otras instituciones y en la sociedad civil. Los principales aspectos que se abordaron en el Atlas fueron:

1.Una visión de conjunto histórica de cómo las instituciones se han relacionado con la evaluación.

2.Una descripción de la profesionalización en el campo de la evaluación.

3.Una descripción de la evaluación en la rama ejecutiva y ministerial.

4.Una descripción de la evaluación en la rama legislativa-parlamentaria del Gobierno.

5.Realización de observaciones concluyentes de dónde el sistema nacional está presente y hacia dónde tiene que ir.

Una de las principales innovaciones de Atlas fue la combinación de todas estas cuestiones en un índice de institucionalización de la evaluación. Este índice permitió elaborar rankings y comparaciones sincrónicas entre países en 2001 y en 2011 (Furubo, Rist y Sandahl: 2002; Jacob, Speer y Furubo: 2015; Varone y Jacob: 2004). Sin embargo, lo más importante es que sirven para dar evidencias de los ámbitos en que esta se extiende (o no) en cada país y, eventualmente, comprobar sus cambios en el tiempo. De hecho, lo más importante de este índice no es la cuestionable capacidad de comparar entre países, sino la posibilidad de realizar estudios diacrónicos para mostrar el desarrollo de la evaluación en un mismo país o entre varios países en el tiempo.

El índice de institucionalización de la evaluación propuesto en el International Atlas of Evaluation consta de nueve indicadores (Furubo, Rist y Sandahl: 2002):

1.La evaluación tiene lugar en diversas políticas sectoriales (policy domains). Este indicador mide la extensión y frecuencia de las actividades de evaluación: si se llevan a cabo de modo aislado y exclusivamente en una política pública o programas concretos; si lo hacen con frecuencia en algunas (pero no todas) las políticas públicas; o si su uso es común y está extendido en todo el sector público.

2.Hay oferta de evaluadores especializados en diferentes disciplinas y con dominio de diversas metodologías.

Este criterio pretende captar el pluralismo de metodologías y de instituciones que realizan tareas de evaluación. Se diferencia entre aquellos países donde solo unas pocas instituciones (públicas o privadas) realizan evaluaciones con un único enfoque metodológico, de aquellos donde existe una gran diversidad de centros y una amplia pluralidad de enfoques.

3.Hay un enfoque propio sobre cómo debe llevarse a cabo la evaluación.

Con este indicador se analiza en qué medida el debate sobre los criterios de evaluación, la organización de las estructuras de evaluación o la formación de los evaluadores se basa en la experiencia adquirida por la comunidad o se trata de una importación (policy transfer). Fundamentalmente opone aquellos países que han tendido a desarrollar su propio enfoque (en diálogo con la experiencia comparada), de los que se dedican a importar directamente la metodología o estructuras de otros contextos políticos.

4.Existe una comunidad de evaluadores.

Este criterio se centra en el desarrollo de sociedades nacionales o, más genéricamente, de entidades dedicadas a compartir experiencias (a través de reuniones y/o publicaciones periódicas) y/o a debatir las normas éticas de la profesión. Se distingue entre aquellos países en los que existen dichas sociedades nacionales, los que organizan reuniones periódicas, pero sin que exista una única institución promotora, y aquellos en los que solo hay encuentros esporádicos de expertos.

5.El Gobierno dispone de mecanismos para realizar evaluaciones y difundir sus resultados entre los decisores políticos.

La realización de evaluaciones puede ser poco efectiva si luego no son utilizadas por los responsables de tomar decisiones. Este criterio trata de dar cuenta en qué medida existen mecanismos o protocolos formalizados para la realización de evaluaciones y, también, para asegurar que al menos formalmente las evaluaciones son tenidas en cuenta por los responsables de los distintos programas dentro del ejecutivo. Esto separa aquellos países que han desarrollado estructuras y procesos tanto para realizar evaluaciones como para diseminar sus resultados de aquellos que no los tienen.

6.El Parlamento dispone de mecanismos para realizar evaluaciones y difundir sus resultados entre los decisores políticos.

Este indicador mide lo mismo que el anterior, pero aplicándolo al ámbito parlamentario. La razón para separarlos es que la perspectiva del parlamento no tiene por qué coincidir con la de los responsables de los programas en el Gobierno. Esto puede llevar a que se planteen evaluaciones con preguntas y perspectivas distintas a las del Gobierno.

7.Hay pluralismo dentro de las distintas políticas sectoriales (policy domains): diferentes agencias o instituciones encargan y realizan evaluaciones.

Este criterio pretende capturar el pluralismo en la realización de evaluaciones dentro de cada ámbito político. Cuando en un campo hay un solo responsable de la evaluación este suele decidir también la metodología, los evaluadores, etc., lo que limita el pluralismo y, por lo tanto, el contraste de pareceres. Lo contrario sucede cuando existen varios actores que encargan y realizan evaluaciones.

8.La institución suprema de auditoría lleva a cabo actividades de evaluación. Este es seguramente uno de los criterios más cuestionables del índice porque las actividades de evaluación no tienen por qué estar vinculadas con las instituciones supremas de auditoría (Tribunal de Cuentas, etc.). Pese a ello, parece existir cierta relación entre el grado de desarrollo de la evaluación y el trabajo llevado a cabo por estas instituciones. Por esto los autores dividen entre aquellos países en los que la evaluación juega un papel muy importante dentro de estas autoridades y aquellos en los que no realizan ningún tipo de evaluación.

9.Las evaluaciones no solo se centran en la producción o en la relación entre insumos y productos.

Este indicador analiza si las evaluaciones tienen como objeto medir la producción y el coste de bienes y servicios (km de carreteras, horas de clase) o, por el contrario, analizan los impactos de estos bienes y servicios en la sociedad. Como ya hemos señalado, este tipo de enfoque va más allá de centrarse en la correcta gestión del gasto o en la eficiencia económica de los programas. El criterio distingue, por lo tanto, aquellos países que realizan evaluación pensando en los impactos de los que se centran en la producción de bienes y servicios, así como en sus criterios de eficiencia económica.

Este índice ha sido contrastado con los resultados de otras investigaciones parecidas que, en vez de medir madurez, se centran en el concepto (similar) de institucionalización de distintos sistemas de evaluación de modo comparado (Jacob, Speer y Furubo: 2015; Jacob y Varone: 2004; Varone y Jacob: 2004). Una de las principales dificultades de estas investigaciones reside en la metodología utilizada para la recolección de datos. Casi todas ellas se basan en unas pocas entrevistas a expertos nacionales y, solo en menor medida, en el uso de documentación indirecta referente a cada país. El trabajo más sistemático de recolección de la información de modo comparado fue el del Atlas aunque también allí la información procedente de las entrevistas a expertos era determinante para el análisis comparado.

En este informe se ha adoptado un enfoque distinto con respecto a la recolección de las evidencias para la Comunitat Valenciana. En vez de una encuesta a expertos se ha optado por utilizar una combinación de información procedente de entrevistas semiestructuradas y datos procedentes de fuentes tanto primarias como secundarias. Todo esto se analiza con más detalle en los anexos metodológicos del libro.

Principales etapas de desarrollo de la evaluación y factores de su institucionalización

En la introducción hemos abordado las principales dimensiones vinculadas con la institucionalización o maduración de los sistemas de evaluación. También de las principales propuestas de medición realizadas por la literatura comparada. En este apartado abordamos las principales lecciones que pueden extraerse de la literatura comparada.

Los estudios comparados sobre los procesos de institucionalización de los sistemas de evaluación son todavía bastante escasos (Derlien: 1990, 2001; Furubo, Rist y Sandahl: 2002; Jacob, Speer y Furubo: 2015; Jacob y Varone: 2004; Varone y Jacob: 2004). Uno de los trabajos pioneros en este campo ha dividido el desarrollo de la evaluación en los países occidentales en tres grandes etapas (Derlien: 1990, 2001): en la primera, durante las décadas de 1960 y 1970, la evaluación tuvo como uso predominante la información para la mejora del funcionamiento de los programas públicos. Los responsables de la evaluación eran los responsables de los distintos proyectos en distintos departamentos del Gobierno que impulsaban nuevas políticas públicas. A partir de los años 1980, los problemas fiscales de muchos estados propiciaron cambios importantes en su uso. Los responsables pasaron a ser ahora los ministerios de Hacienda o el entorno (unidades centrales) de los presidentes y primeros ministros que ahora tenían como propósito la contención o el recorte del gasto público. La función básica de estos estudios de evaluación era favorecer una mejor reasignación del dinero público, lo que también desplazó el interés por los impactos hacia el interés por la eficiencia en la provisión de resultados (outputs) de las políticas. A partir de finales de los años 1990, Derlien observa un cierto desplazamiento de la evaluación hacia el Parlamento y, en los países europeos, una creciente importancia de la evaluación promovida por la Unión Europea. Este desplazamiento también ha sido detectado por otros autores posteriores (v. g. Furubo, Rist y Sandahl: 2002). Es posible que con la crisis económica de finales de la primera década del siglo XXI se haya regresado de nuevo al uso de la evaluación como contención y reasignación del gasto público.

Más allá de esta breve caracterización general sobre el proceso de institucionalización de la evaluación, la academia ha centrado parte de sus esfuerzos en tratar de señalar cuáles son los factores que explican las diferencias en su desarrollo y maduración. Derlien (2001) ha indicado, desde una perspectiva fundamentalmente institucionalista, diversos factores que han tendido a propiciar desarrollos diferenciados de la evaluación en los países que primero la adoptaron:

1.La situación fiscal de los países que impulsaron procesos de evaluación durante años de expansión económica frente a los que los empezaron a desarrollarlos en un contexto de crisis (finales de los años 70). De este modo, unos países fueron más expansivos en la evaluación de sus políticas, mientras que otros fueron más comedidos en el gasto dedicado a evaluación.

2.El color político de los Gobiernos puede haber favorecido que las políticas se lleven hacia una determinada dirección u otra. Gobiernos conservadores han tendido a centrarse más en la rentabilidad económica, mientras que los Gobiernos más progresistas han dado prioridad a analizar los impactos sociales de los distintos programas.

3.Las relaciones entre el ejecutivo y el legislativo. Por un lado, en los sistemas parlamentarios la evaluación se ha llevado a cabo fundamentalmente por el ejecutivo. Por otro lado, en los sistemas presidenciales ha sido llevada a cabo por el poder legislativo.

4.La evaluación ha sufrido cambios significativos en función del nivel de descentralización territorial. En algunos países los principales programas públicos se han desarrollado desde las instituciones centrales del Gobierno (Francia o Reino Unido); en otros, por el contrario, se han llevado a cabo a través de distintos niveles de gobierno (Canadá o Alemania).

Por su parte, Furubo, Rist y Sandahl (2002) también trataron de determinar los principales factores que explican la adopción de la evaluación por parte de distintos países. A diferencia de Derlein, estos autores centraron su explicación en dos conjuntos de presiones: las internas y las externas. Las presiones internas obedecen fundamentalmente a factores culturales:

1.Cierta predisposición social y política a rendir cuentas por el hecho de ser democracias con un cierto arraigo y, sobre todo, por partir de una determinada cultura política orientada hacia actitudes racionalistas.

2.La relevancia de una cultura administrativa abierta a la innovación y a la adopción de procedimientos típicos de las ciencias sociales y, eventualmente, a la influencia de la tradición de evaluación de los Estados Unidos.

3.El tercer elemento que destacan es que la evaluación crece con el desarrollo de amplios programas de intervención social típicos del Estado del Bienestar.

Además de estos factores los autores también tratan de indicar aquellos otros vinculados a las teorías de la difusión que pueden haber contribuido a la institucionalización de la evaluación. Entre este conjunto de presiones externas destacan:

1.La presión exterior bien en forma de ayudas al desarrollo del Banco Mundial u otras organizaciones internacionales similares.

2.En el caso de gran parte de los países europeos, la importancia decisiva de la Unión Europea.

El estudio de Furubo, Rist y Sandahl se realizó en paralelo a otra investigación muy parecida llevada a cabo en 18 países de la OCDE por Varone y Jacobs. Estos han tratado de explicar la relación entre diversos factores contextuales e institucionales y el grado de institucionalización de los sistemas de evaluación (Varone y Jacob: 2004). Sus principales factores explicativos son:

1.Complejidad de la acción política que tiene cada país en función de su contexto político-administrativo. No será la misma situación la que ocurra en un país ultracentralizado como Francia, que en un país con una gran descentralización como Alemania.

2.Las dificultades de su legitimación y puesta en marcha. Este hecho tiene que ver con la cultura política que tiene cada país y con cómo se aceptan por la sociedad civil las nuevas implementaciones en materia de evaluaciones.

3.La profesionalización del análisis de las políticas públicas. En función de cada país, puede que existan —o no—, organismos creados ad hoc que sirvan el análisis efectivo de las políticas públicas.

Las conclusiones de su estudio son un tanto sorprendentes pues señalan que ninguna de las variables analizadas parece tener una relación muy directa con el nivel de institucionalización de la evaluación de los países analizados. Esto lo atribuyen a los casos seleccionados y a la forma de medición de sus variables.

Cambios en la institucionalización de la evaluación

A partir de las presiones internas y externas anteriormente mencionadas, Furubo y sus colegas elaboran una clasificación de cómo se ha producido el proceso de institucionalización de la evaluación en diversos países. La hipótesis central (si bien un tanto implícita) del Atlas of International Evaluation parece ser que aquellos países que tengan presiones internas (o internas y externas) avanzarán más en la institucionalización de sus sistemas de evaluación que aquellos que tengan solo tengan presiones externas. Una hipótesis derivada de esta es que allí donde la institucionalización de la evaluación se produzca por presiones externas este proceso puede chocar con importantes resistencias internas e incluso generar «islas de cultura de evaluación» limitadas a aquellas políticas donde la presión externa ha obligado a cambiar las dinámicas institucionales.

Tabla 1.1

Institucionalización de la evaluación en diversos países en función de presiones internas y externas (2001)


Presiones internas
Presiones externas
DinamarcaFinlandiaFranciaAlemaniaPaíses BajosSueciaReino Unido ChinaItaliaIrlandaEspañaZimbabue
AustraliaCanadáCorea del SurNoruegaEstados Unidos IsraelJapónNueva ZelandaSuiza

Fuente: Furubo, Rist y Sandahl: 2002, 21.

Para tratar de comprobar estas y otras hipótesis los autores elaboraron el índice de institucionalización de la evaluación que ha sido comentado anteriormente y situaron en sus diferentes indicadores a un conjunto de 19 países con datos del año 2001 (Tabla 1.1). Sin duda, uno de los aspectos más cuestionables del estudio era el carácter eminentemente subjetivo de la clasificación. Con todo, la comparación entre los distintos países dio resultados visiblemente diferentes. Los tres países que más puntuación obtuvieron fueron los Estados Unidos (18), Canadá (17) y Australia (16); mientras que los peores valorados son Nueva Zelanda, Irlanda e Italia (7), España (5) y Japón (3). Estos datos parecían subrayar la importancia de la presión interna como factor clave en el desarrollo de la institucionalización. Aquellos países con una presión interna fuerte eran los que obtenían mejores puntuaciones mientras que los de presión débil quedaban más rezagados. La presión exterior parecía jugar un papel secundario. De hecho, algunos de los países con menor puntuación como España o Italia ya en los primeros años del siglo XXI tenían fuertes presiones exteriores para mejorar sus sistemas de evaluación.

Tabla 1.2

La cultura de la evaluación en diferentes países (2001)


Fuente: Furubo, Rist y Sandahl: 2002

Una década después de la primera investigación, un nuevo equipo de investigadores trató de compilar información similar a la del Atlas para ver los cambios producidos en los distintos países. El resultado de su análisis mostró algunos cambios notables con respecto a los hallazgos de 2001 (Tabla 1.2). En esta ocasión en 2011 (Tabla 1.3), los países que consiguieron mejor puntuación fueron Finlandia (16.6), Suiza (16.4) y Canadá (16). Excepto el caso suizo, el resto de países tenían presiones internas fuertes en 2001 (Tabla 1.1). El caso de Suiza sorprende por los espectaculares avances en institucionalización de un país que una década antes partía de presiones internas y externas débiles. Los países con peores puntuaciones de 2011 seguían siendo España (11.3), Italia (10.7) e Irlanda (9). En los tres casos, el incremento paulatino de la presión externa por parte de la Unión Europea y otros organismos internacionales (OCDE) no parecían ser suficientes para dejar las últimas posiciones de la lista. Sin embargo, esto no significa que no hubiera habido progresos. La media general se situaba esta vez en 13,7 y era algo superior a la del proceso anterior (11,2). Lo más destacado era, además, la reducción de la distancia entre los mejores y los peores países de 11 a 6 puntos de diferencia.

Tabla 1.3

La cultura de la evaluación en diferentes países (2011)


Fuente: Jacob, Speer y Furubo: 2015.

El contraste entre los resultados del año 2001 y 2015 permite, además, realizar un análisis longitudinal de los progresos (o retrocesos) experimentados por los diversos países. Por un lado, vemos un salto cualitativo en países que, teniendo puntuaciones muy bajas en la primera etapa, ahora han crecido en gran medida. El caso de Japón es especialmente paradigmático, ya que pasó de tener 3 puntos en 2001 a alcanzar la cifra de 11,3 en el 2011. En esta misma línea encontramos el caso de Suiza, que obtuvo un incremento de 8,4 puntos en el segundo estudio respecto del primero. España también experimentó un crecimiento significativo al pasar de 5 puntos a 11,3. Por otro lado, hubo países que bajaron su puntuación ligeramente, como es el caso de Estados Unidos de 18 a 15,8; Australia de 16 a 13,7; o Canadá de 17 a 16. Otros, como Alemania y los Países Bajos, se quedaron prácticamente con las mismas puntuaciones. Al mismo tiempo, cabe señalar que las distancias entre los países más puntuados y los más rezagados se redujo considerablemente. En el 2001 la media de los que más puntuación obtuvieron fue de 17 puntos, pero en el 2011 bajó a 16,3. Por su parte, la media de los que menos puntos consiguieron en 2001 fue de 6,2 puntos, mientras que en el 2011 aumentó hasta 10,3.

Principales recomendaciones de la literatura dedicada a implantar sistemas de evaluación

Además de la literatura comparada sobre los procesos de institucionalización de la evaluación en diversos países, también es posible extraer algunas recomendaciones de las obras especializadas en la implantación de sistemas de seguimiento y evaluación. Este tipo de obras es de carácter básicamente normativo y suele basarse en la experiencia acumulada por sus autores o en la institución por la que trabajan. Las recomendaciones no están dirigidas a países sino a los responsables de la implementación de estos sistemas en sus respectivos departamentos (altos cargos y altos funcionarios).

Un ejemplo de este este tipo es la obra Manual para gestores del desarrollo. Diez pasos hacia un sistema de seguimiento y evaluación basado en resultados (Kusek y Rist: 2004). Sus autores son asesores habituales del Banco Mundial en temáticas relacionadas con la evaluación y el desarrollo de las misma en políticas públicas. Según comentan Kusek y Rist en su obra, la implantación de sistemas de seguimiento y evaluación constituye una fantástica herramienta pública de gestión que puede mejorar la manera en que los Gobiernos logran sus resultados, ya que posibilita rastrear los avances de un proyecto, programa o políticas determinadas y demostrar su impacto.

La primera recomendación que hacen estos autores para implantar estos sistemas es la existencia de un compromiso riguroso, continuado en el tiempo y una voluntad política firme. Además, nos proponen una metodología basada en 10 pasos que resumimos brevemente.

1.Hacer una estimación de la preparación

Se trata de ofrecer un contexto analítico en el que evaluar la capacidad organizativa de un país o departamento determinado y ver, además, la voluntad política que se tiene para hacer el seguimiento, así como para evaluar las metas que se proponen. Dicho de otra manera, el análisis de los recursos y la voluntad política es fundamental para saber si puede iniciarse el proceso ya que brinda el contexto analítico para calificar la habilidad que tiene cada país o departamento para hacer un seguimiento efectivo y la evaluación de sus planes y programas.

2.Elegir los impactos (outcomes) para monitorearlos y evaluarlos

Los impactos nos van a ayudar a entender cuál será el éxito del plan. A partir de ellos se mostrará qué decisiones se van a tomar para corregirlos. De lo que se trata, pues, es de que haya el mayor acuerdo posible en la identificación de los efectos para así hacer su seguimiento y poder evaluarlos. Los outcomes remiten al impacto (económico, social, ambiental...) de la intervención de las administraciones en la sociedad, no a los bienes y servicios generados.

3.Seleccionar los indicadores clave para monitorear los efectos

El adecuado control de los efectos de una política precisa de la correcta selección y medición de indicadores. Sin indicadores ni evidencias (cuantitativas o cualitativas) es imposible saber los cambios o el impacto social que producen las medidas propuestas. Los indicadores son necesarios para hacer un seguimiento a los avances respecto de los recursos utilizados, las actividades llevadas a cabo, los productos y los servicios ofrecidos. Pero también, y, sobre todo, de los efectos generados en la sociedad. De este modo, los indicadores nos van a servir para entender si se están haciendo progresos tanto en la implementación de la política como en los efectos esperados.

4.Recoger información antes de la intervención

Se trata de recoger datos básicos que ayuden a determinar la situación actual y establecer un plan de seguimiento para cambios futuros. Los datos servirán para informar a los encargados del proceso decisorio sobre las circunstancias actuales (necesidades) y con ello llevar a cabo unos patrones de intervención y de seguimiento. Eso sí, será necesario que la construcción y análisis de los datos básicos sea rigurosa. Para ello es importante identificar fuentes de datos y métodos de recolección de datos fiables.

5.Planificar para mejorar. Seleccionar objetivos de resultados.

La identificación de los objetivos que pretenden conseguirse, así como de las políticas que se demandan para su consecución es fundamental. La confección de los objetivos debe permitir identificar el nivel deseado de resultados y seleccionar los objetivos de desempeño, esto es, el nivel deseado de desempeño que debe alcanzarse dentro de un periodo determinado.

6.Hacer seguimiento (monitorización) para obtener resultados

El seguimiento de cómo se está desarrollando el plan es necesario para su éxito. Los datos deben proporcionar no solo evidencias sobre el desempeño, sino marcar los cambios que se puedan producir en la sociedad. De este modo se analizará no solamente la eficiencia del plan, sino también su efectividad. Para esta consecución serán necesarios, entre otras cosas, hacer un seguimiento de la ejecución y de resultado, así como del nexo entre ellos.

7.Determinar el papel de las evaluaciones

Si bien es cierto que el sistema de seguimiento proporciona una información permanente, estos datos no pueden abordar las fortalezas y debilidades en el diseño del proyecto, ni tampoco la certeza de que los impactos se producen debido a la intervención. Por eso se hace necesario abordar la fortaleza de la teoría del cambio social en el momento de diseño el plan. Y también establecer metodologías para ser capaces de vincular los impactos sociales con las intervenciones producidas. Con la evaluación se consigue una suerte de mediación planificada que determina la pertenencia, eficiencia, eficacia, impacto y sostenibilidad del plan. Desde este punto de vista, el seguimiento y la evaluación son complementarios.

8.Presentar informes sobre hallazgos

La información el seguimiento y la evaluación debe ser continua, crítica y en tiempo real. Por ello, los informes sobre los hallazgos deberán estar previstos en el tiempo y bien articulados. Esto obliga también a la organización a planificar y concentrarse en las dimensiones metodológicas de acumular, estimar y preparar análisis e informes.

9.Utilizar los hallazgos

Los sistemas de seguimiento y evaluación no se limitan a generar una información continuada porque sí, sino a garantizar que esa información llegue a los usuarios apropiados para que sea utilizada para corregir errores y articular una mejor gestión. De este modo, a través de la retroalimentación, se podrán perfeccionar o ampliar proyectos, programas y políticas implementadas.

10)Sustentar el seguimiento y evaluación en la organización.

Los sistemas de seguimiento y evaluación tienen que ser establecidos y vistos como un trabajo a largo plazo. Para ello, es importante que en el interior de los Gobiernos o de las organizaciones se perciba este sistema como útil y productivo. Para que esto se consiga es preciso: una demanda sostenida y consistente a través de requerimientos, informes o institucionalización en los Gobiernos; establecer funciones y responsabilidades claras para analizar y presentar informes sobre información de desempeño; se debe producir una información confiable y creíble, transparente y estar al alcance de todas las personas; la rendición de cuentas debe estar presente; el sistema de evaluación y seguimiento tiene que ser sostenible y estar compuesto de una serie de destrezas técnicas que faciliten el análisis de datos; es indispensable introducir incentivos para alentar la utilización de la información de desempeño.

Tradicionalmente los sistemas de evaluación gubernamentales han carecido del componente de retroinformación en relación a los resultados e impactos. Por ello, las recomendaciones de Kusek y Rist pueden proporcionar herramientas muy útiles para la gestión efectiva y eficiente del sector público. Las siguientes secciones están dedicadas a ilustrar cómo se ha procedido a la institucionalización de la evaluación en el caso español y catalán.

2.LA INSTITUCIONALIZACIÓN DE LA EVALUACIÓN EN ESPAÑA

El propósito del presente capítulo es mostrar las principales características que ha tenido la institucionalización de la evaluación de las políticas públicas en España. Para ello se traza, en primer lugar, un breve repaso de las grandes etapas en las que suele dividirse el desarrollo de este campo de estudio. Posteriormente, el grueso del capítulo está dedicado a analizar la dimensión horizontal o sectorial de los procesos de institucionalización de la evaluación. En este aparatado se introducen, de modo sumario, las funciones de los principales organismos que se han dedicado a la evaluación sectorial y su evolución a lo largo del tiempo. También se presenta la organización y funciones de la Agencia Estatal de Evaluación de las Políticas Públicas y la Calidad de los Servicios (AEVAL). Hasta su reciente desaparición en 2017, la AEVAL fue el organismo que más contribuyó al desarrollo de este tipo de prácticas dentro de la Administración General del Estado y en otros niveles territoriales. La parte final del capítulo está dedicada precisamente a la dimensión vertical de los procesos de institucionalización caracterizados por las relaciones entre los distintos niveles territoriales, y al progresivo proceso de creación de organismos de evaluación regionales.

1.LAS ETAPAS DE EVOLUCIÓN DE LA EVALUACIÓN DE POLÍTICAS PÚBLICAS EN ESPAÑA

En esta sección desarrollamos un breve repaso a la evolución de la praxis de la evaluación de políticas públicas en España. En este sentido, Arriazu Muñoz (2015) distingue tres grandes etapas (Tabla 2.1): una primera etapa (1982 a 1986) de «génesis y primeras prácticas» bajo la influencia anglosajona; una segunda etapa (1986-1999) que denomina de «incentivación básica» fruto de la inclusión de España en las instituciones europeas; y una tercera etapa de «consolidación e institucionalización» (2000-actualidad).

La primera fase empezó a partir de 1982 con la introducción de nuevas medidas de gestión y evaluación, entre las que destacaba el Presupuesto por Programas (Planning, Programming, Budgeting System, en inglés). A través de estas primeras reformas, los gestores públicos empezaron a preocuparse por los resultados de las acciones públicas que emprendían, lo que supuso el primer atisbo de la conciencia evaluadora dentro de la Administración Pública española (Arriazu Muñoz: 2015). Además, esto estrechó el vínculo entre evaluación y política, por lo que la primera pasó a formar parte del sistema con una funcionalidad de control y justificación de los programas impulsados. No obstante, según testimonios recogidos por Arriazu Muñoz, existía poca predisposición para la evaluación. El principal reto de la primera generación de evaluadores en España fue más bien de concienciación y persuasión.

El inicio de la segunda fase de desarrollo destaca por la entrada de España en la Comunidad Económica Europea (desde 1992 denominada Unión Europea). Las progresivas ampliaciones de la entonces cee impulsaron partidas económicas a través de Fondos Estructurales y de Cohesión con el objeto de promocionar el desarrollo común y la integración entre todos los Estados miembros. No obstante, esto también implicó una creciente demanda de medición de la eficacia y la eficiencia de las inversiones de los fondos comunitarios. A partir de estas presiones externas cobró mayor importancia la necesidad de desarrollar instituciones y promover la cultura de la evaluación en las políticas públicas en España. Empezó a importar si el funcionamiento de los programas implementados había sido bueno o malo y la evaluación empezó a ser concebida como una vía de legitimación de la buena gestión. Estos primeros ejercicios de rendición de cuentas fueron evolucionando, con el paso del tiempo, hacia una noción más amplia de la evaluación. Esta se orientó a la necesidad de retroalimentar las políticas y a la aparición de centros específicos en materia de evaluación, especialmente en materia de educación, sanidad y cooperación internacional.

La tercera fase tiene su inicio en los albores del siglo XXI y se extiende, según este autor, hasta la actualidad. Se caracteriza por suponer un momento de consolidación e institucionalización de la evaluación de las políticas públicas en España. Como hemos señalado, los años 1990 vieron la emergencia de las primeras evaluaciones y la creación de instituciones específicas para la evaluación en algunos departamentos. A partir del año 2000 tanto estas prácticas como las instituciones asociadas tienden a extenderse al resto de las administraciones públicas. Algunos de los nuevos actores que destaca Arriazu Muñoz en este campo son la Sociedad Española de Evaluación (SEE), la Agencia Nacional de Evaluación de la Calidad y Acreditación (ANECA), la Agencia de Calidad del Sistema Nacional de Salud, y la Agencia Estatal de Evaluación de Políticas Públicas y Calidad de los Servicios (AEVAL). En los últimos años, además, se habría incrementado la intensidad y extensión de la actividad evaluadora, desarrollándose también en las áreas de política social, asignación y empleo de fondos comunitarios, calidad de los servicios e inspección de servicios de los ministerios (Arriazu Muñoz: 2015).

Tabla 2.1

Principales etapas de evolución de la evaluación de políticas públicas en España


Fuente: Arriazu Muñoz (2015)

2.EL PROCESO DE INSTITUCIONALIZACIÓN DE LA EVALUACIÓN EN ESPAÑA: UNA VISIÓN HORIZONTAL

Siguiendo a García Sánchez (2015), el sistema de evaluación en España se caracterizaba a mediados de la segunda década del siglo XXI por la segmentación sectorial (horizontal) y territorial (vertical). Como expuso en su trabajo, a nivel estatal existía un organismo generalista clave, la AEVAL, que a su vez coexistía y eventualmente competía en la elaboración de evaluaciones con otros organismos y agencias de evaluación creados en etapas previas. Es por esta razón que García Sánchez entendía que no podía hablarse de un único proceso de institucionalización de la evaluación de políticas públicas en España, sino que debía hacerse referencia a procesos diversos reflejados sectorialmente, lo que contribuía a dibujar un panorama de pluralidad y cierta complejidad en el desarrollo de la evaluación de políticas públicas. Conviene no olvidar, además, que la fragmentación de este tipo de prácticas no solo se producía de manera horizontal (es decir, a nivel de la Administración General del Estado), sino que también se extendía verticalmente entre los diferentes niveles administrativos como las comunidades autónomas o las entidades locales (diputaciones y ayuntamientos), así como en la Unión Europea. Parafraseando a Ruiz Martínez (2012), la extensión de la institucionalización y creación de una cierta cultura de evaluación debe considerar, también, una dimensión multinivel. La dimensión vertical del desarrollo de la evaluación de las políticas públicas se aborda parcialmente en la última sección de este capítulo y más claramente en el siguiente, dedicado al caso de estudio de Cataluña.

Con anterioridad a la creación de la AEVAL, el desarrollo de ciertas prácticas más o menos cercanas a la evaluación, especialmente en aspectos presupuestarios-contables o jurídicos, se venía desarrollando en instituciones como el Tribunal de Cuentas (TC), la Inspección General de la Administración del Estado (IGAE) o la Dirección General de Presupuestos (DGP) del Ministerio de Hacienda y Administraciones Públicas (Labeaga J. M. y C. Muñoz: 2013). Estos organismos se encargaban (y todavía hoy lo hacen) de evaluar la programación, seguimiento y ejecución presupuestaria, el control económico-financiero y la adecuación a objetivos. Asimismo, las secretarías generales técnicas de los ministerios tenían y siguen teniendo un papel clave en la evaluación del impacto normativo ex ante. Además de estas instituciones, la Tabla 2.2 presenta los principales organismos sectoriales creados en las últimas décadas con funciones más abiertamente dedicadas a la evaluación de programas y servicios en ámbitos como la educación, la salud, el empleo o la cooperación al desarrollo (Garde Roca: 2004, 2006; Labeaga y Muñoz: 2013; Ruiz Martínez: 2012). En las próximas páginas se procederá a presentar sumariamente las funciones de los principales organismos de evaluación para cada una de estas áreas.

En el ámbito de la educación, durante los años ochenta se configuraron las bases del actual sistema de evaluación. No obstante, resulta relevante señalar que existen continuidades y rupturas en la evaluación de las políticas educativas a lo largo de las últimas décadas. Por un lado, pueden encontrarse continuidades en la creación y desarrollo de indicadores o en la participación en estudios internacionales. Por otro, también hay ciertas rupturas en el objeto de la evaluación, los contenidos curriculares, competencias, propósitos y ubicación de las pruebas dentro del proceso-sistema educativo. Con todo, el ámbito educativo ha sido un área privilegiada y pionera en el desarrollo de una cultura de evaluación. Es más, parece indudable que la evaluación de las políticas educativas ha servido para inspirar buena parte de los enfoques, modelos, incluso estándares, de los que se sirven hoy los evaluadores tanto en España como en otros países occidentales (Guba y Lincoln: 1989; Kushner y Sánchez: 1993; Nevo: 2009).

Tabla 2.2

Principales organismos sectoriales encargados de evaluar políticas públicas


Área Organismo sectorial
Educación ANECA, CNEAI, INEE, ANEP
Salud Agencia de Calidad del Sistema Nacional de Salud, Observatorio del SNS
Empleo SEPE
Cooperación al desarrollo División de Evaluación de la SGCID
Fondos comunitarios Ministerio de Economía y Hacienda en virtud de regulación comunitaria en la materia
Evaluación de la calidad de los servicios Ministerio de Administraciones Públicas, Inspección de Servicios

Fuente: Elaboración propia con base en Argilés Marín (2014), Delgado López-Cózar (2011), Garde Roca (2004, 2006) y Tiana Ferrer (2014).

La agencia más relevante en la evaluación de las políticas educativas es, desde 2012, el Instituto Nacional de Evaluación Educativa (INEE), aunque algunos también incluyan a la ANECA, que aquí se encuadra en el ámbito de la ciencia. Un aspecto que destaca de este organismo es que, pese a cierta continuidad en sus funciones, ha pasado por diferentes nombres a lo largo de su historia: entre 2006 y 2012 recibió el nombre de Instituto de Evaluación, mediante la Ley Orgánica 2/2006, de Educación (LOE); a principios de los años 2000 se le denominó Instituto Nacional de Evaluación y Calidad del Sistema Educativo (INECSE) mediante la Ley Orgánica 10/2002, de Calidad de la Educación (LOCE); y, en sus inicios, en los años 1990, respondía al nombre de Instituto Nacional de Calidad y Evaluación (INCE) por la Ley Orgánica General del Sistema Educativo (LOGSE) (Tiana Ferrer: 2014).

Un ámbito tradicionalmente muy relacionado con el de la educación y que, de hecho, comparte instituciones gestoras y evaluadoras es el de la ciencia, la tecnología y el I+D+i. En este ámbito existe un consenso en señalar la relevancia de tres agencias: la Agencia Nacional de Evaluación y Prospectiva (ANEP), creada en 1986; la Comisión Nacional de Evaluación de la Actividad Investigadora (CNEAI), creada en 1989; y la Agencia Nacional de Evaluación de la Calidad y Acreditación (ANECA), creada en 2002 (Delgado López-Cózar: 2011). Algunos trabajos mencionan también a la Comisión Interministerial de Ciencia y Tecnología (CICYT) en el contexto de la evaluación (Ballart: 1998). También destacan, a nivel de las comunidades autónomas, distintas agencias de evaluación que realizan funciones parecidas a la aneca como la Agència Valenciana d’Avaluació i Prospectiva (AVAP) en la Comunitat Valenciana o Agència de Gestió d’Ajusts Universitaris i de Recerca (agaur) en Cataluña.

A principios de la década 2010, el 50 % de la actividad de la ANEP se centraba en el I+D+i y valoración de recursos humanos, mientras que el 48 % lo hacía en la evaluación de solicitudes relacionadas con instituciones, grupos, cooperación internacional, infraestructuras y otras acciones. Por entonces, el 75 % de las evaluaciones procedían del Ministerio de Ciencia e Innovación y del Plan Nacional de Ciencia, pero se observaba una tendencia alcista en las solicitudes provenientes de otros ministerios, comunidades autónomas, fundaciones, universidades y otras instituciones (Delgado López-Cózar: 2011).

Por su parte, la cneai fue, desde 1989, el organismo que evaluaba la actividad investigadora del profesorado de las universidades españolas y del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). Lo que inicialmente pretendió establecerse como un incentivo a las retribuciones terminó desembocando en un sistema más complejo y completo de evaluación a través de convenios con las universidades (Delgado López-Cózar: 2011).

Diversos documentos fundamentales encuadran la actual ANECA: la Ley Orgánica 6/2001, de 21 de diciembre, de Universidades; el Real Decreto 1112/2015, de 11 de diciembre, por el que se aprueba el Estatuto del Organismo Autónomo Agencia Nacional de Evaluación de la Calidad y Acreditación; y la Ley 15/2014 de racionalización del Sector Público que concentró en una misma agencia a las antiguas ANECA y CNEAI. La nueva agencia sigue recibiendo el nombre de ANECA. En este sentido, la ley de Universidades de 2001 asignaba a la ANECA:

«[…] funciones de acreditación y evaluación del profesorado universitario, de evaluación de titulaciones universitarias, mejora de la calidad, seguimiento de resultados e informe en el ámbito universitario, y cualquier otra que les atribuya la Ley [;] y funciones de evaluación de la actividad investigadora previstas en el Real Decreto 1086/1989, de 28 de agosto, sobre retribuciones del profesorado universitario […] [con] independencia funcional».

La página web de la aneca informaba en 2016 que:

«[…] es un Organismo Autónomo, adscrito al Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, que ha sido creado por el artículo 8 de la Ley 15/2014, de 16 de septiembre, de racionalización del Sector Público y otras medidas de reforma administrativa, procedente de la conversión de la Fundación Agencia Nacional de Evaluación de la Calidad y Acreditación en organismo público. Su Estatuto ha sido aprobado mediante el Real Decreto 1112/2015, de 11 de diciembre» (ANECA: 2016).

No obstante, en el momento de redactar estas líneas dentro del mismo sitio web se hace referencia a la nueva adscripción de la ANECA al Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades (ANECA: 2019) a raíz de la reestructuración ministerial que tuvo lugar en la XII legislatura y un cambio legislativo concreto como es el Real Decreto 865/2018, de 13 de julio de 2018, por el que se desarrolla la estructura orgánica básica del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades, que en su artículo 3, apartado 3, letra b adscribe la aneca a dicho ministerio a través de la Secretaría General de Universidades.

El sector sanitario también ha experimentado un dilatado desarrollo en el campo de la evaluación de las políticas públicas. Como también pasa en el ámbito educativo, el sistema de salud español se basa en un sistema de provisión pública y cobertura universal combinada con un relevante sector privado y agencias regionales en las comunidades autónomas (Ballart: 1998). En este sentido, la Ley 16/2003, de cohesión y calidad del Sistema Nacional de Salud establece que:

«La ley diseña una serie de instrumentos para tomar aquellas decisiones que corresponde asumir conjuntamente al Estado y a las comunidades autónomas. De esta forma, la ley crea o potencia órganos especializados, que se abren a la participación de las comunidades autónomas; así, la Agencia de Evaluación de Tecnologías, la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios, la Comisión de Recursos Humanos, la Comisión Asesora de Investigación en Salud, el Instituto de Salud Carlos iii, el Instituto de Información Sanitaria, la Agencia de Calidad del Sistema Nacional de Salud y el Observatorio del Sistema Nacional de Salud».

Del análisis de esta ley se extrae que el órgano estatal más próximo (aunque no exactamente coincidente) a las tareas de evaluación es el Observatorio del Sistema Nacional de Salud. Es cierto, sin embargo, la Agencia de Calidad del Sistema Nacional de Salud (ACSNS) también ha sido relacionada con la evaluación de este tipo de políticas (Garde Roca: 2006, 23) durante su existencia hasta la reordenación mediante el Real Decreto 1047/2018, de 24 de agosto, momento en el que sus atribuciones fueron asumidas por la Dirección General de Salud Pública, Calidad e Innovación (artículo 7.2). Sin embargo, la misión de la ACSNS estaba más centrada en la calidad del servicio (productos) y no en los resultados (impactos) de las políticas sanitarias, que constituyen el foco del presente trabajo. Además, consultando la mentada legislación referente a la cohesión y la calidad del sistema podemos comparar claramente las funciones atribuidas a una y a otra. En sentido estricto, ninguno de los dos organismos ha tenido funciones específicas en el ámbito de la evaluación de las políticas públicas sanitarias puesto que uno hace referencia a la calidad del servicio y el otro al estado general del Sistema Nacional de Salud. Esto explicaría por qué la AEVAL tuvo un papel destacado en la elaboración de evaluaciones en este ámbito (Merino Cuesta, Natal Ramos y Ruiz Martínez: 2012). Las evaluaciones también estuvieron presentes en diversos sistemas de salud regionales como el Servei Català de Salut a través de diversas externalizaciones con la AEVAL (Ballart: 1998).

La evaluación de impacto en el campo de la salud pública en España ha tendido a concentrarse al ámbito local y en ciertas comunidades autónomas. Se han evaluado, por ejemplo, experiencias interesantes como la de la política local de regeneración urbana de Bilbao (Esnaola Sukia et al.: 2009; Bacigalupe et al.: 2010). Otros ejemplos destacados del uso de la evaluación son los de la reforma integral del barrio de la Barceloneta en Barcelona (Díez et al.: 2009), la implantación del metro en Granada (González, Martín-Olmedo y Gijón: 2007) o el aprovechamiento del espacio liberado por el soterramiento del ferrocarril de Vitoria-Gasteiz (Gómez y Estibalez: 2009). También pueden hallarse investigaciones académicas centradas en el impacto de las políticas públicas en el ámbito rural (Sanz Tolosana: 2015). Sin duda, este es un campo en el que existe un cierto desarrollo en diversos países occidentales (Esnaola et al.: 2010; Sanz et al.: 2012).

El empleo es otro de los ámbitos sectoriales destacados en la Tabla 2.2. Para poder hacer operativo el presente estudio y, puesto que el análisis concreto de los organismos no es el objeto que nos ocupa, nos centraremos en el Servicio Público de Empleo Estatal (SEPE) y en esbozar las dinámicas de descentralización en los servicios públicos de empleo autonómicos. En este ámbito, lo que parece más relevante es la existencia de una dilatada y bien articulada red de carácter académico centrada en realizar estudios de evaluación, pero no una clara función evaluadora del impacto por parte de las administraciones públicas.

A partir de la Cumbre de Empleo de Luxemburgo de 1997, se pusieron en marcha estrategias de coordinación de las políticas nacionales en materia laboral. Las políticas activas de empleo se convirtieron, desde entonces, en uno de los pilares de la Estrategia Europea del Empleo (Arellano: 2006; Dolado, Felgueroso y Jimeno: 2001). Muñoz Cantero y Rebollo Quintela (2016) señalan cómo a partir de 1990 se produjo una cierta fiebre investigadora en el ámbito de la cultura de la evaluación, justificada por la necesidad de determinar la efectividad y la eficacia de las políticas. Ello favoreció la propagación de la cultura evaluativa en este campo en Europa (Rebollo-Quintela: 2014; Wollmann: 2003).

Alonso-Borrego, Arellano y Jimeno (2004) explicaban la importancia de estos estudios en relación al caso español: tras el llamado «proceso de Luxemburgo» de 1997, los esfuerzos absolutos en políticas activas de empleo crecieron de modo importante, pero la eficiencia de estos programas quedaba mermada por una deficiente asignación del gasto por parado, es decir, por su reducido impacto social. Por ello, la Estrategia Europea para el Empleo señalaba la importancia de evaluaciones rigurosas de los impactos de estas políticas (Alonso-Borrego, Arellano y Jimeno: 2004; Comisión Europea: 2002).

Más allá de los citados estudios académicos, las propias administraciones públicas también han promovido y divulgado la autoevaluación de sus políticas de empleo. A continuación, indicamos algunos apuntes sobre el SEPE, que es el organismo que tiene funciones más cercanas a la evaluación en esta materia. El SEPE es el organismo creado en sustitución del antiguo INEM, que en su web se presenta de la siguiente manera:

«El Servicio Público de Empleo Estatal (sepe) es un organismo autónomo adscrito al Ministerio de Trabajo, Migraciones y Seguridad Social. El SEPE, junto con los Servicios Públicos de Empleo de las comunidades autónomas, forman el Sistema Nacional de Empleo. Este sistema asume las funciones del extinto Instituto Nacional de Empleo (INEM) desde 2003. Desde esta estructura estatal se promueven, diseñan y desarrollan medidas y acciones para el empleo, cuya ejecución es descentralizada, ajustadas a las diferentes realidades territoriales» (SEPE: 2016a).

A priori, en la descripción no parece destacar la idea de la evaluación. Da la impresión de que no es esta una de sus prioridades, aunque sí realicen algunas evaluaciones como por ejemplo, la de Estrada, González-Calbet y Kessler (2011) referente a los efectos de la reforma laboral, o unos informes anuales del SEPE (SEPE: 2019b) que, sin embargo, parecen tener un enfoque más centrado en la productividad que en los resultados.

Otro entorno en el que hay un grado reseñable de evaluación es en la cooperación internacional al desarrollo. De hecho, según algunos autores, este ámbito y el de los fondos europeos ha sido uno de los que más relevancia ha tenido y más ha contribuido a impulsar la evaluación de las políticas públicas en España (Argilés Marín: 2014; Alonso: 2012; Zapico-Goñi y Feinstein: 2010). Sin embargo, este tipo de programas suele presentar ciertas peculiaridades como que la ayuda carezca de mecanismos solventes de identificación y corrección, que el conocimiento de la realidad impactada no es directo y que se trata de un ámbito especialmente complejo (Alonso: 2012; Argilés Marín: 2014).

El proceso de institucionalización de la evaluación de la Cooperación Española puede dividirse en cinco etapas que explicamos a continuación (Argilés Marín: 2014). En un primer momento, correspondiente a la legislatura 1986-1989, se creó la Oficina de Planificación y Evaluación (OPE). En una segunda fase, durante las legislaturas 1996-2000 y 2000-2004, se produjo una cierta consolidación tanto del organismo como de los estudios de evaluación a través de la evaluación por pares. Ello permitió seguir avanzando en medidas en pos de la calidad, el rigor, la eficacia y la transparencia en este ámbito. Esto se canalizó mediante la Ley 23/1998, de 7 de julio, de Cooperación Internacional para el Desarrollo (LCID), en la cual se hacían explícitas alusiones a la necesidad de que la OPE trabajara por la construcción de un sistema de evaluación. En la legislatura 2004-2008 empieza una tercera fase de impulso a través del Real Decreto 1416/2004 que permitió la creación de la Dirección General de Planificación y Evaluación de Políticas de Desarrollo, así como la División de Evaluación de Políticas de Desarrollo. En la cuarta fase, correspondiente a la legislatura 2008-2011, se produjo un estancamiento fruto del debilitamiento de las capacidades de la División y la deficiencia de las evaluaciones de la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID). Una quinta fase (2011-2015) se caracterizó por el intento de fortalecimiento y arraigo de la evaluación desde el ámbito académico y parlamentario con base en la Subdirección General de Cooperación Internacional para el Desarrollo (SGCID) y el IV Plan Director (Argilés Marín: 2014). Por último, la sexta fase ha estado marcada por el V Plan Director aprobado por el Consejo de Ministros el 23 de marzo de 2018, el cual vincula comunicación, seguimiento y evaluación como procesos vinculados, y señala como criterios de la evaluación el aprendizaje obtenido, las oportunidades para la adopción de medidas generadas, la flexibilidad de la información generada, la independencia de los procesos de evaluación y la participación de los principales actores de la cooperación al desarrollo.

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