Kitabı oku: «La crisis de las AFP: poder y malestar previsional»
Francisco Durand es PhD en Estudios Latinoamericanos por la Universidad de Berkeley en California y sociólogo por la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP). Estudia el poder de los empresarios y sus relaciones con el Estado, con énfasis en la captura del Estado. Es profesor emérito de la Universidad de Texas de San Antonio y profesor de Política en la PUCP. Entre sus publicaciones más recientes resaltan Los doce apóstoles de la economía peruana. Una mirada social a los grupos de poder limeños y provincianos (2017), Odebrecht. La empresa que capturaba gobiernos (2018) La captura del Estado en América Latina. Reflexiones teóricas (2019) y El dinero de la democracia. Quién financia a los partidos políticos (2020).
Julián Cárdenas es profesor del Departamento de Sociología de la Universitat de València, España. Antes estuvo en diversas universidades de Alemania, Colombia, y España. Su investigación se centra en las élites empresariales y el networking. Sus trabajos muestran cómo las élites están relacionadas a nivel nacional y global, y la influencia de estas redes en diversos asuntos como la desigualdad, influencia política, y el valor de las empresas. Es editor de la Revista Española de Sociología (RES) y coordinador de la Red Élites América Latina (REAL).
Emilio Salcedo es egresado de la especialidad de Sociología de la PUCP. Cuenta con estudios en Periodismo y Derecho. Investiga sobre captura del Estado, decretismo, concentración de mercado y otras relaciones entre poder económico y poder político en el Perú contemporáneo, con Francisco Durand. Trabaja, a su vez, temas sobre desigualdad, memoria y derechos humanos.
Francisco Durand
Julián Cárdenas
Emilio Salcedo
La crisis de las AFP
Poder y malestar previsional

La crisis de las AFP: poder y malestar previsional
© Francisco Durand, Julián Cárdenas y Emilio Salcedo, 2022
© Pontificia Universidad Católica del Perú, Fondo Editorial, 2022
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Diseño, diagramación, corrección de estilo y cuidado de la edición: Fondo Editorial PUCP
Primera edición digital: febrero de 2022
Prohibida la reproducción de este libro por cualquier medio, total o parcialmente, sin permiso expreso de los editores.
Hecho el Depósito Legal en la Biblioteca Nacional del Perú Nº 2021-14162
ISBN: 978-612-317-719-5
Los sistemas formales —como las pensiones respaldadas por los gobiernos— han resultado ser insostenibles…Se recomienda decididamente que el pilar financiado sea administrado por el sector privado.
Banco Mundial
Las reformas reflejan las agendas internacionales, como el Banco Mundial y el BID.
Carmelo Mesa-Lago, experto previsional
Los enfoques de políticas que esperaban producir un resultado terminaron produciendo otro.
Mitchell Orenstein, analista del capital financiero
El fundamento metálico del planteamiento terminó prevaleciendo.
Mario Roggero, diputado, autor de la primera reforma previsional privatista
Índice
Siglas y acrónimos
Introducción
Primera parte. Origen y desarrollo de las AFP y el Sistema Privado de Pensiones
Capítulo 1. La reforma del sistema de pensiones: del estatismo al privatismo
Capítulo 2. El árbol torcido
Capítulo 3. Las AFP: acumulación de poder e influencia
Segunda parte. Poder, redes y juegos políticos de las AFP durante la pandemia
Capítulo 4. El poder estructural de las AFP
Capítulo 5. Las redes de poder de las AFP
Capítulo 6. La coyuntura pandémica y la crisis de las AFP
Capítulo 7. Reflexiones finales
Bibliografía
Siglas y acrónimos
| AFP | Administradora de Fondos de Pensiones |
| AAFP | Asociación de Administradoras de Fondos de Pensiones |
| ASIP | Autoridad del Sistema Integrado de Pensiones |
| BCRP | Banco Central de Reserva del Perú |
| BM | Banco Mundial |
| CIDEF | Comisión Investigadora de Delitos Económicos y Financieros del Congreso |
| CTS | Compensación por Tiempo de Servicios |
| IPSS | Instituto Peruano de Seguridad Social |
| FMI | Fondo Monetario Internacional |
| IPE | Instituto Peruano de Economía |
| MEF | Ministerio de Economía y Finanzas |
| OFI | Organismo Financiero Internacional |
| OIT | Organización Internacional del Trabajo |
| ONP | Oficina de Normalización Previsional |
| PEA | Población Económicamente Activa |
| SBS | Superintendencia de Banca, Seguros y AFP |
| SMV | Superintendencia del Mercado de Valores |
| SNP | Sistema Nacional de Pensiones |
| SPP | Sistema Privado de Pensiones |
| SUNAT | Superintendencia Nacional de Aduanas y de Administración Tributaria |
| UIT | Unidad Impositiva Tributaria |
Introducción
¿Es posible tener una vejez digna después de una larga vida de trabajo?
En los tiempos actuales, no hay respuesta fácil a esta pregunta, sobre todo para aquellos más necesitados. Se ha experimentado con muchas fórmulas contributivas (privadas, estatales, voluntarias, familiares), en diferentes combinaciones, para tratar de cumplir mejor este elusivo objetivo.
El reto contemporáneo de contar con un sistema de pensiones que permita a los jubilados tener ingresos regulares para satisfacer sus necesidades luego de una vida de trabajo sigue presente a más de treinta años de la gran reforma privatista, y en un momento donde crece el malestar pensionario.
Ciertamente, las fórmulas modernas para alcanzar esta meta social a partir de políticas públicas requieren una estrategia previsional que repose en buenos diseños y sólidas organizaciones previsionales. Combinando ahorros sobre la base de descuentos —sea que los maneje el sector público o el privado, o por medio de un sistema mixto, complementadas con entregas solidarias del Estado, o incluso recurriendo a los viejos métodos de la ayuda social—, se intenta que al menos una mayoría pueda contar con recursos cuando ya no puedan trabajar. La vejez con la pobreza es una combinación trágica, dolorosa, silenciosa y penosa para todos, y debe ser materia de debate y de propuestas viables. De no hacerlo, se entrará en una situación que toda sociedad moderna quiere evitar: la cancelación del futuro.
Ahora bien, este es un lado del problema, el que resalta —y el más discutido por los especialistas que quieren mejorar el sistema—, «hacerlo sostenible» con «buenas prácticas», y para ello realizan estudios y cálculos. Debemos considerar otro: la cuestión de quién se encarga de administrar los fondos de pensiones, qué decisiones toma, con qué grado de libertad y discrecionalidad opera, qué sistemas de vigilancia y transparencia lo fiscalizan, y finalmente, si esta administración delegada realmente beneficia al jubilado, quien tiene la última palabra en tanto permite que otros manejen sus ahorros para la jubilación. Así, hay una cuestión de poder y recursos de los manejadores de las pensiones y de derechos, y no solo de cuánto y cómo se ahorra y se recibe con la jubilación. Este otro lado del problema es el objeto de estudio de este libro.
Antes de 1990, la respuesta del Estado peruano reposaba sobre las pensiones públicas —el llamado pilar estatal—, basado en un principio contributivo y solidario. Luego ocurrió una gran crisis fiscal, y en medio de ella, un mal manejo de fondos. La crisis no sirvió para corregir el sistema estatal ni para evaluar si se podía mejorar, sino para superarlo con fórmulas privadas «modernas y eficientes» que se presentaron como la gran promesa de cambio, como el salto al progreso y el buen manejo de las pensiones. La idea fuerza vigente era dejar las pensiones en los agentes del mercado, eficiente y racional por naturaleza, no en el Estado deficiente e irresponsable por naturaleza. A partir de 1990 llegaron las nuevas propuestas, importadas desde el exterior, llenas de mitos y supuestos no probados, como han hecho bien en señalar Orszag y Stiglitz (1999) cuando hicieron un balance crítico de las propuestas del Banco Mundial de hacer reposar el sistema sobre pensiones manejadas por las empresas: el pilar privado. De ese modo, se colocaban los ahorros forzosos en el mercado de capitales, que era fuertemente estimulado, y luego, a la edad de jubilación, se organizaba una seguro que daba ingresos regulares por medio de las compañías de seguros.
Como ha sostenido Orestein elegantemente, «los enfoques de políticas que esperaba producir un resultado terminaron produciendo otro» (2013). En el Perú, por razones que vamos a explorar, terminó generando «otro resultado»: la reforma privatista ha dado lugar ante todo y principalmente a cambios en los mercados y las estructuras de poder económico y sistemas de representación y defensa de intereses privados. Este lado oculto de la luna, que no se evitó mirar en un inicio, ahora sobresale en un contexto de bajas jubilaciones y propuesta de reformas que, en realidad, han deformado un sistema. Ahora es necesaria una reforma integral. La tesis central de este libro es que, así constituidos, los medios (las ganancias de las AFP, el estímulo al mercado de capitales) se convirtieron en fines. De ese modo, el modelo propuesto se hizo insostenible al priorizar los intereses privados de corto plazo —comportamiento que caracteriza al capital financiero—, perdiendo de ese modo un sentido de sostenibilidad. Esta es la principal idea que nos proponemos demostrar a partir de los estudios, los datos y las investigaciones realizadas.
El Perú no está solo en este esfuerzo evaluativo. La ola de «re-reforma» empezó en el siglo XXI, al entrar al poder fuerzas políticas que cuestionaron el modelo neoliberal previsional y el rol de las Asociaciones Privadas de Pensiones: Venezuela en 2000, Ecuador en 2002, Nicaragua en 2005, Argentina en 2008 o Bolivia en 2009 (Ortiz et al. 2009, p. xi). Quedan unos pocos países que no se unieron a esta ola inicialmente; entre ellos, Chile y el Perú, que siguió el modelo del vecino país. Se trata de reformas gemelas en lo que se refiere a las AFP, que además fueron las más tempranas y profundas, presentadas mientras se pudo sostener el argumento como «éxitos de mercado».
Este trabajo tiene como principal objetivo evaluar los impactos del sistema previsional privado (SPP) creado en 1992, cuando se introduce una reforma radical en la cual la mayor parte de los aportes son manejados por las Asociaciones de Fondos de Pensiones (AFP).
A partir de la revisión de la literatura especializada, los datos estadísticos, las propuestas y los debates técnicos y políticos sobre cambios parciales y totales, llegamos a la conclusión de que el sistema privado de pensiones - SPP, por varias razones —unas de diseño y otras «estructurales» (la debilidad del empleo formal) y las crisis económicas y sanitarias—, el objetivo de vejez digna no se ha cumplido ni siquiera mínimamente. Pero —y he aquí la esencia del problema—, sí lograron cumplirse otros que no aparecieron tan claramente al proponerse la reforma. Nos referimos al manejo privado de las pensiones por grandes corporaciones financieras nacionales e internacionales, una nueva forma de acumulación de capital que ha reforzado lo que Michael Useem (1999) ha llamado investor capitalism. La cuestión ya no es tanto si el manejo es eficiente y honesto, sino el costo para el pensionista que significa este manejo privado, y el efecto mayor que tiene en el sistema político al crearse un poderoso grupo de interés con influencias en los mercados (al invertir los fondos) y en el Estado (por la compra de bonos del Tesoro). Y, como consecuencia, la defensa de este modelo de tan poderoso e influyente actor. Este sistema está siendo cuestionado, lo que ha cobrado un gran impulso durante la pandemia iniciada en 2020. Por ello en este periodo se analiza una serie de eventos que hacen retroceder a las AFP, y que es además el momento en que se ha escrito este libro.
La impresión que nos deja este tiempo terrible fue como la de un terremoto seguido por un tsunami. La COVID-19 causó primero una crisis sanitaria, y luego recesó la economía con las cuarentenas que siguieron para contener las olas de contagio y muerte. Conviene tomar en cuenta que el Perú fue un caso extremo global de mortandad per cápita. Además, la pandemia llegó en un momento en que las aguas políticas estaban agitadas. El virus apareció en un momento de división de poderes (Ejecutivo contra Legislativo), una mayor dispersión de fuerzas político-partidarias —con más de quince partidos registrados—, y una polarización (acicateada por la pandemia) entre fuerzas que cuestionaban el modelo económico de mercado inaugurado en 1990 y aquellas que lo defendían.
El libro explica que esta situación de conjunto complicó el juego de poder de las élites económicas, las AFP y sus aliados y soportes, y limitó las capacidades de influencia de las Asociación de Fondos de Pensiones - AAFP, obligándolas a ceder en varios aspectos y enfrentar una propuesta de reforma integral que creaba un sistema estatal de manejo de todas las pensiones, aunque se logró detenerla antes de la elección de 2021. La pandemia también reforzó el rol social del Estado, mostró las limitaciones de lo privado (que recurrió a despidos y suspensiones laborales que agravaron la situación social), y estimuló la crítica social a las grandes empresas, dando lugar a un mayor rechazo al tipo de políticas y de precios que ejercían: el régimen laboral de la agroexportación, los altos intereses de los bancos y tiendas comerciales, los precios de medicamentos y de los balones de oxígeno o el elevado costo de los peajes concesionados a privados y de la gasolina, para mencionar los más importantes. Aunque los oligopolios privados previsionales mantuvieron su poder —fuertemente conectados en amplias redes de accionistas y directores— y conformaron un gran núcleo de intereses corporativos, sus ideas perdieron influencia y se fue mermando su capacidad de manejar el proceso de toma de decisiones.
Lo afirmado no es nuevo, aunque se mantuvo oculto. Desde que fueron creadas —y durante varios años—, el debate sobre los pros y contras del SPP fueron planteados principalmente por las empresas, los especialistas, los ministros de Economía y sus asesores, e incontables expertos internacionales. Es decir, por élites económicas, tecnocráticas y políticas. En este libro vamos a demostrar que esta situación de predominio de iniciativas «de arriba» (top down process), combinada con la supresión del diálogo social en la que nació el sistema, ha cambiado lenta, pero persistentemente, a pesar de los intentos de contener las demandas. De pronto, a partir de varias crisis que generaron malestar pensionario, comenzaron a emanar propuestas «de abajo» (bottom up). Estas propuestas eran difíciles de rechazar por la clase política del periodo neoliberal, que por diversas razones —entre las cuales se encuentra el cálculo costo/beneficio— hicieron a un lado a un poderoso aliado, las AFP, ante el más valioso capital político que daban los votos, pero manteniéndolas como administradoras. En ese nuevo contexto, fueron aprobándose decretos y leyes de devolución de fondos, e incluso un proyecto parlamentario multipartidario de reforma integral que no pudo ser vetado por las AFP y que quedó pendiente para una nueva legislatura.
Para entender la crisis de las AFP así planteada, este trabajo considera importante estudiar la problemática previsional privada desde una lógica de poder y de juegos de influencias entre grandes actores. Es una tarea necesaria. La mayoría de estudios analiza las consecuencias del SPP en la economía (Orszag & Stiglitz, 1999; Rojas, 2003; Laeven, 2014) y discute la calidad de las políticas públicas con propuestas específicas de modificación a partir de un diagnóstico técnico (BM, 1994; Ortiz de Zevallos, 1998; Crabbe, 2014; Mesa-Lago, 2014; IMF, 2019; Ortiz et al., 2019). En nuestro caso, siguiendo varios importantes estudios de las AFP chilenas y algunas de las peruanas (Arce, 2005 y 2006; Orenstein, 2008 y 2019; Undurraga, 2012a y 2012b; Maillet, 2015; Ruiz, 2019), pretendemos analizarlo desde una perspectiva de juegos de poder y correlaciones de fuerza que se sostienen en ideas, temas que los estudios económicos y técnicos no toman en cuenta, a pesar de que son factores fundamentales para entender cómo se crea y se sostiene el SPP y a qué cambios da lugar.
Estudiar la crisis de las AFP es importante por varias razones. Primero, por el fuerte impacto de la coyuntura pandémica, que al decaer los ingresos y aumentar las tragedias genera cambios en la opinión pública (y en los votantes), lo que nos obliga a estimar sus consecuencias y considerar si constituye o no una oportunidad de cambio del controvertido sistema previsional. Segundo, por generar el mayor reto histórico que enfrentan las AFP con el despertar de los pensionistas y sus representaciones políticas, lo que abre la posibilidad —como mínimo— de un contrabalanceo. Tercero, por tratarse de iniciativas que hacen peligrar uno de los pilares de las reformas de mercado introducidas en los años 1990. Cuarto, por constituir una oportunidad para entender mejor este juego de opciones y decisiones de las élites económicas y políticas, al hacerse más visible el rol de los principales actores.
El trabajo está dividido en dos partes. La primera empieza con el desarrollo del marco teórico sobre el poder empresarial de las AFP y la manera como fue generado este nuevo gran núcleo de intereses privados a raíz de las propuestas externamente recomendadas de privatizar las pensiones y los capitalistas financieros, sigue con el análisis del origen del SPP peruano bajo condiciones políticas autoritarias y termina con un estudio de la constitución del poder económico y político-discursivo que convierte a las AFP en un poder fáctico. La segunda parte es más actual, pues estudia en 2020 la naturaleza del poder estructural y político de las AFP actuales a partir de un análisis de redes sociales de las AFP y de un mapa de relaciones e inversiones. Termina con un análisis del rol de las AFP durante el proceso político desatado a partir de las propuestas de reforma en el contexto de la pandemia 2020-2021.
Este libro es una tarea colectiva. En su elaboración han participado Francisco Durand, a cargo del proyecto, profesor de Ciencias Sociales de la Pontificia Universidad Católica del Perú - PUCP; Julián Cárdenas, de la Universidad de Valencia, y Emilio Salcedo, egresado de Sociología de la PUCP. Diversas tareas de recojo y organización de datos cuantitativos y cualitativos fueron realizadas por un grupo de estudiantes de Ciencia Política y Gobierno de la PUCP: Kenji Martínez, Lizette Crispín, Yurfa Torralva, Katherine Pérez y André Pariamachi.
Primera parte.
Origen y desarrollo de las AFP y el Sistema Privado de Pensiones
Capítulo 1.
La reforma del sistema de pensiones: del estatismo al privatismo
A comienzos de los años 1990, durante el gobierno de Alberto Fujimori (1990-2000), se cambió el paradigma previsional estatal por uno mixto, donde el «pilar privado» constituyó la principal innovación. Perú fue el segundo país del mundo —después de Chile e inspirado por él— en privatizar las pensiones y sumarse a una tendencia internacional de reformas neoliberales de mercado. Los promotores prometían una «vejez digna», una «vejez con esperanza», ante «el fracaso» de los sistemas estatales, agobiados en ese momento por la terrible crisis recesivo-inflacionaria de la década de 1980.
Los cambios fueron profundos, pero no totales. A diferencia de Chile, el reformado sistema peruano contaba todavía con un pilar estatal (Organismo Nacional de Pensiones - ONP), lo que genera una situación de competencia con el SPP. Esa fue una decisión política, tal como el hecho de que la reforma previsional fue aprobada como decreto ley, sin diálogo social ni sustento técnico. Fue preparada, en coordinación con los inversionistas futuros, en un Ministerio de Economía y Finanzas - MEF dirigido por tecnócratas y fortalecido por las reformas de mercado externamente recomendadas. Por lo tanto, es necesario introducir las variables políticas y los juegos de poder para entender tanto el origen como el desarrollo del SPP.
Desde ese ángulo de mira, planteamos la hipótesis de que esta gran reforma fue resultado de las influencias de los organismos financieros internacionales (OFI) y el poder financiero internacional privado que, abrazando la ideología neoliberal, presentaban la privatización como una mejor alternativa para el pensionista ante la crisis fiscal del Estado peruano de comienzos de los 1990 que lo deslegitimaba.
El Banco Mundial (1994) —el principal auspiciador— sostenía que la privatización permitía asegurar una pensión digna para contar con un «envejecimiento sin crisis», debido a estar asegurada por la eficiencia del sector privado y la superación de los problemas fiscales e institucionales que plagaban al Estado. Además, afirmaban que tenía un beneficio complementario al incentivar el mercado de capitales nacional.
Luego de un debate —que se inició apenas Fujimori tomó el poder —, la reforma previsional fue prácticamente silenciada con el cierre del Congreso a partir del golpe presidencial de abril de 1992. La reforma, por tanto, nació en un contexto de supresión del «diálogo social», es decir, sin buscar consenso, debido a que los afectados (pensionistas) y los interesados (expertos, instituciones estatales, sindicatos) no pudieron participar en la toma de decisiones.
En esa situación de concentración autoritaria de poderes, el Ejecutivo impuso un nuevo sistema previsional mediante un decreto ley. En este contexto, las élites del poder nacionales e internacionales diseñaron la reforma según su visión y sus intereses.
Cabe hacer un breve análisis comparativo. La reforma peruana fue bastante similar a la reforma del gobierno de Pinochet en Chile de 1982 e imitó muchos de sus aspectos, pero con algunas diferencias importantes, pues el Perú mantuvo una pensión estatal. La comparación permite explicar por qué. A diferencia de Pinochet, su émulo Fujimori estaba en una situación más precaria y no podía ignorar las presiones del Instituto Peruano de Seguridad Social - IPSS ni las expectativas de los pensionistas que preferían el sistema estatal. En ese clima y en ese suelo creció el árbol de la reforma privatizadora de pensiones, acompañada por un pilar estatal contributivo —ONP— que representaba una competencia que debían neutralizar para que el pensionista optara por el SPP. Para ello, se requería ayuda del Estado. Como se puede apreciar, tanto el origen de la reforma como su trayectoria estuvieron marcados por factores y situaciones de poder (influencias, intereses), incluyendo el debate técnico de cómo diseñarla de manera coherente o cómo mejorarla una vez creada1.
En este trabajo optamos por llenar este vacío y superar la visión económica y técnica de la reforma. Usamos un enfoque de poder, lo que nos lleva a remarcar un hecho central que escapa a muchas de las evaluaciones técnicas y económicas para explicar la trayectoria —y limitaciones— del SPP. Nos referimos a una serie de cambios en la estructura del poder económico y modificaciones institucionales que fueron producto de la reforma —o, mejor dicho, de las fuerzas que la impulsaron tanto política como técnicamente, con predominio de lo primero—.
Apenas se supo de la intención de privatizar las pensiones, se generó un gran interés entre los inversionistas financieros internacionales y nacionales, los futuros administradores de las pensiones privatizadas. Una vez aprobada la reforma —y gracias a ella— nació un nuevo grupo de poder económico (las AFP) y se generó una serie de cambios. Este nuevo grupo de presión contaba con un poder estructural creciente a medida que acumulaba más fondos de los pensionistas: tenía poderosos aliados (los grandes medios de comunicación de masas, partidos y líderes «pro libre mercado»), operaba con un nuevo organismo regulatorio (la Supervisora del Fondo de Pensiones Privados) y se organizaba en un nuevo gremio empresarial (la Asociación de AFP - AAFP). La reforma modificó, por tanto, la estructura misma de poder al fortalecer el capital financiero privado y modificar el sistema de representación de intereses.
Sobre estos cambios, y tomando en cuenta la trayectoria de las AFP y del sistema previsional (cómo creció este árbol), cabe preguntarse:
1 ¿Cómo se originó este cambio?
2 ¿Qué tipo de sistema pensionario se originó y cómo ello determinó un camino (path dependency)?
3 ¿Por qué se mantuvo el pilar estatal junto a uno privado para los trabajadores formales, pero sin un pilar social universal fuerte?
4 ¿Cuán grande y creciente fue el poder estructural de las AFP?
5 ¿Cuán importantes fueron sus inversiones en el mercado para las grandes empresas, las empresas más rentables y el Estado?
6 ¿Qué dinámica política se desató a partir de la constitución de este nuevo grupo de poder cuando se organizó gremialmente y actuó para ejercer influencia?
7 ¿Cómo fueron reaccionando los pensionistas y sus defensores? ¿Qué efectividad política tuvieron y en qué contextos aumentó su efectividad?
8 ¿Cuál es el estado del SPP al año 2020? ¿Qué méritos y limitaciones muestra?
9 ¿Cuál es el efecto de las reformas introducidas en la pandemia en las AFP? ¿Cómo reaccionaron y hasta qué punto las moderaron las AFP y sus aliados en este contexto inusual?
Para responder a estas preguntas —aunque solo sea tentativamente, dadas las limitaciones de tiempo y recursos—, empezamos presentando el marco teórico-metodológico.
Nos apoyamos en dos enfoques teóricos: (i) la teoría del poder de negocios o business power aplicada a las corporaciones financieras modernas, y (ii) la teoría de captura del Estado por las corporaciones. Metodológicamente, utilizamos al «análisis de trazado de procesos» sobre la base de la identificación de los principales actores, operando en una coyuntura determinada que obliga a introducir cambios en el SPP. En cuanto a la forma de identificar y sopesar el poder estructural, político y social de las AFP, recurrimos al análisis de redes. Esa metodología también se usa para estudiar las propuestas de ley del Congreso con respecto al sistema pensionario e identificar a los actores parlamentarios.
Teoría del poder empresarial
Para entender la proyección de grandes empresas —como las AFP— a la política, nos apoyamos en dos escuelas. La primera especifica los factores y circunstancias que hacen de la corporación moderna un actor con múltiples poderes, presencia económica y capacidades políticas e ideológicas que se despliegan en todos los niveles: global, nacional y local. La segunda explica las circunstancias que facilitan la proyección de las corporaciones con ventaja en el Estado —y los mecanismos para capturarlo— al punto de «dictar» o «comprar» leyes, vetarlas, o moldearlas cuando no las logran vetar. Ambas teorías se refuerzan al tomar en cuenta la ascendencia y el peso del poder financiero internacional, de los cuales las AFP forman parte.
Empezamos con la teoría del poder de negocios (business power) para entender a las AFP como un poder fáctico. Esta teoría sostiene que, tanto en el ámbito global como en el nacional, las corporaciones se han convertido en un actor de enorme y creciente influencia. Esta mayor influencia es resultado de su poder estructural (económico o de mercado), del uso repetido de un poder instrumental (político, que puede ejercerse individual, sectorial o colectivamente), y del desarrollo de un poder discursivo ligado al instrumental que presenta a las corporaciones privadas como un actor indispensable para el crecimiento eficiente, honesto, de probado éxito y «buen ciudadano»); es decir, legítimo (Fuchs & Lederer, 2007; Fairfield, 2010).
Este poder tridimensional (estructural, instrumental y discursivo) hace que las corporaciones globales, continentales y nacionales (según sus áreas de influencia) puedan proyectarse de tal manera a la política (estatal, partidaria y gremial) que logren influir en la dirección y manejo, no solo en los estados nacionales, sino incluso en organismos internacionales como las Naciones Unidas, el Banco Mundial (BM) y el Fondo Monetario Internacional (FMI) (Fuchs, 2007). Esta influencia les permite contar con sistemas legales, reformas económicas, privilegios y ventajas para mantener o expandir su poder —así como defenderse mejor cuando se intentan reformas—, prevaleciendo sobre otros actores.
Al ser las AFP parte del ascendente poder financiero por concentrar e invertir tan grandes fondos, y al contar con redes económicas y sociales (interlocking directorates, redes sociales elitistas), poseen un poder particularmente fuerte, multidimensional, creciente y notorio. Esta condición la define como un poder fáctico, un actor permanente e influyente en la economía y la política que el Estado y la sociedad civil debe necesariamente tener en cuenta.
El gran poder de las AFP —cabe remarcar— será mayor mientras más crezca y se concentre. Esta «ley del poder» es propia de la manera en que opera el capitalismo en los países que adoptan el SPP —y del propio sistema capitalista, de las llamadas «democracias de mercado»—, en tanto los fondos crecen a medida que aumenta el número de aportantes y, gracias a ello, se traduce obligadamente en una importante compra de acciones y valores.
Ciertamente, los poderes corporativos privados pueden operar con más facilidad según el contexto institucional donde actúen —además de decidir qué mecanismos de influencia usar, según su experiencia les indique—, al manejarse en un determinado sistema político.
Captura económica del Estado
La teoría de la captura económica del Estado sostiene que el poder corporativo es mayor, no solo por la concentración económica, sino porque este actor opera con más facilidad y ventaja, a medida que los sistemas políticos sean más porosos (penetrables) y corruptos (comprables), cuando el Estado recurre a formas decretistas de dictado de políticas económicas, con funcionarios o congresistas dispuestos a relacionarse con el gran poder económico, a lo que se añade la existencia de sociedades civiles débiles y poco organizadas (Omelyanchuk, 2001; Fuentes-Knight, 2016).
Esta situación contextual e institucional crea una gran desigualdad política (de acceso e influencia), condiciones se dan en países como América Latina y Europa Central. Precisamente fue en estas dos regiones donde se desarrollaron sin mayor debate social los SPP, en un contexto de fuertes influencias externas de los promotores. Entre 1981 y 2014, treinta países privatizaron sus pensiones: catorce en América Latina, catorce en Europa Central y dos en el África. El modelo privatista, sintomáticamente, no se aplicó a ningún país «desarrollado» (Ortiz et al., 2019, p. iii). Ahora bien, aunque existen elementos situacionales heredados, no se debe concluir que la debilidad del Estado y la sociedad civil son factores que aparecieron cuando entraron en escena las AFP. En realidad, las políticas neoliberales contribuyeron sobremanera a acentuar y mantener estas condiciones.
Este contexto de captura permite a estos gigantes corporativos fortalecer su poder estructural y obtener una mayor influencia política e ideológica. Esta alta influencia (que complementa su poder estructural) se desarrolla rápidamente a través de un proceso de ensayo y error. Como todo grupo social (por ejemplo, obreros, pequeños empresarios), los dueños y gerentes de las AFP entran a un aprendizaje en juegos repetidos gobierno a gobierno. Si se quiere «capturar» (penetrar, cooptar, instrumentar) organismos públicos, las AFP (que no son muchas, pero sí muy poderosas) movilizan un conjunto de instrumentos y redes de influencia repetidamente, como el lobby, la puerta giratoria, la financiación electoral y las campañas mediáticas. Así, actúan organizadamente en todo el ciclo político a partir de las elecciones, utilizando secuencialmente los mecanismos de influencia apropiados para cada momento (Fairfield, 2010; Cortez & Ytriago, 2018; Durand, 2020).
En paralelo, la ideología liberal disemina la noción de que los inversionistas deben tener una relación privilegiada con el Estado como generadores de riqueza y que la forma privada de propiedad y gestión es superior en todos los campos, incluso en los servicios públicos. Esta diseminación de ideas-fuerza es particularmente visible en el caso de las AFP, por ser nuevos poderes económico-financieros y por manejar las pensiones de los trabajadores.
En suma, los dueños y gerentes de las AFP, mayormente de origen social elitista, operan en redes exclusivas económicas y sociales y cuentan con numerosos asesores y consultores pagados, aprenden pronto a organizar la captura del Estado, y en particular los órganos regulatorios y otras instancias claves para mantener y ampliar sus niveles de lucro (bancos centrales, ministerios de Economía y Finanzas). Las AFP como entidades individuales —y su gremio como entidad colectiva— logran rápidamente utilizar con ventaja la «puerta giratoria» para penetrar al Estado, donde las corporaciones colocan personal empresarial en el Estado o contratan a funcionarios públicos (Castellani, 2018). Gracias a este y otros mecanismos de influencia para realizar gestiones e influir en las normas y sus aplicaciones (o vetarlas, si fuese necesario), logran influencia y obtienen privilegios y ventajas.
En palabras de Ruiz, referidas a las AFP chilenas (caso muy parecido al peruano), el resultado de su proyección política lo define como la «colonización empresarial sobre la política» (2020). Uno de los mecanismos más visibles y efectivos el uso de la «puerta giratoria» (Bril-Mascarenhas & Mallet, 2019, p. 15; Ruiz, 2020, p. 96).
El hecho de que los dueños de las AFP —así como sus gerentes y directores— provengan de la élite social de cada país, que son educados en universidades privadas y luego formados en MBA globales pro corporativos, refuerza su poder debido a que cuentan con conexiones personales y un mundo social de relaciones que proviene de su circulación en los circuitos exclusivos de las familias más influyentes y ricas. Al mismo tiempo, al tener presencia las cabezas de las AFP en los directorios de otras grandes empresas, se apoyan en estas conexiones para ejercer mayor y mejor influencia.
Recordemos que su poder y su tendencia a la concentración es el resultado tanto de las políticas de Estado para adoptar la reforma del sistema de pensiones privatizándolas como de una regulación permisiva (Arce, 2006, p. 28). Esta tendencia a la concentración —como hemos señalado rápidamente líneas arriba— es propia de todos o de la gran mayoría de pensiones privadas en América Latina y Europa Central, donde el sistema mismo y sus influencias aseguran altas ganancias. Esto permite disponer de más recursos para invertir en política y diseminación de ideas. Según un estudio de la OIT: «la privatización «[…] ha contribuido a la concentración del poder económico en manos de las empresas financieras internacionales [generando] altos niveles de beneficio» (Ortiz et al., 2019, p. 20).
Las AFP requieren consenso y legitimidad para seguir colocando una parte del salario de los trabajadores en el sistema financiero (Undurraga, 2012, p. 96; Mallet, 2015, p. 4) y de esa manera obtener grandes ganancias. También necesitan cierta invisibilidad para que tamaño, poder e influencia no se noten demasiado, es decir, seguir siendo un iceberg que tiene gran parte de su masa escondida bajo la línea de flotación (Pierson, citado por Bril-Mascarenhas & Mallet, 2019, p. 4). Su influencia ideológica se canaliza con más fuerza que otros capitales a través de la publicidad y los grandes medios de comunicación, donde están obligados a invertir para atraer pensionistas dentro de la limitada competencia entre las AFP y, al mismo tiempo, son actores importantes de los llamados circuitos culturales del capitalismo (Thrift, 2005; Undurraga, 2012).
El poder corporativo-financiero de las socialmente conectadas AFP tiene, ciertamente, algunos contrapesos y limitaciones, así como obligaciones. No se trata de un demiurgo. Políticamente, enfrentan fuerzas de oposición, sobre todo cuando pierden legitimidad. No se debe suponer, entonces, que sean omnímodas, pero sí entender que su poder ha crecido exponencialmente al mismo tiempo que se han debilitado actores claves que pueden ejercer contrapesos, como el Estado, los sindicatos, los usuarios (en este caso pensionistas) y las organizaciones de la sociedad civil.
Esta creciente asimetría facilita la captura del Estado y genera en paralelo una situación contradictoria: la acumulación de poder les permite un mejor manejo político para mantener, afirmar o acrecentar su poder económico-administrativo. Al mismo, tiempo, a medida que las limitaciones o sobrecostos de su manejo se hacen evidentes —sobre todo por tratarse de un «capitalismo de servicio público»—, surgen cuestionamientos, demandas y hasta protestas, condenas a la captura, así como propuestas de reformas que incluyen la eliminación del SPP.
Poder financiero global
Para aplicar adecuadamente la teoría del poder tridimensional de las corporaciones —y la teoría de captura del Estado a las AFP—, debemos tener en cuenta la evolución del capital financiero internacional del cual forman parte.
Las AFP surgieron en un periodo de hegemonía creciente del gran capital financiero en un nivel global, tendencia reflejada claramente en América Latina y en el Perú, un país tan integrado a la globalización y tan influido por las corporaciones que predominan en su economía. En efecto, desde 1980 hasta la fecha ha ocurrido una transformación al interior del núcleo capitalista global por la cual, gracias a la mayor libertad de movimiento de capitales y a la menor regulación nacional (promovidas por los neoliberales al ocupar posiciones de poder en los Estados y los organismos internacionales), el capital financiero crece de manera exponencial. Es tal su presencia y predominio que se habla de la «financiarización» de la economía mundial (Chesnai, 2001). Complementariamente, el capital financiero ha entrado en una fase de crecimiento vía fusiones y adquisiciones que aumentan su poder estructural (de Sousa Barros, Cárdenas & Mendes Da Silva, 2021).
En el caso de Estados Unidos —para poner un ejemplo importante—, hubo un cambio entre las cien corporaciones más grandes: en el periodo 2007-2013 las financieras se convirtieron en las más rentables, desplazando al capital manufacturero y creciendo incluso más que el capital tecnológico o high tech (Schwartz, 2020). Schwartz sostiene que ello explica en buena parte el declive de los Estados Unidos, lo que sugiere que el capital financiero ha perdido su identificación nacional por el hecho de que sus ganancias son globales y lo que busca es sostener las políticas y los regímenes que la sustentan (tanto la economía política internacional como la nacional, que la homogenizan en su favor), olvidando lo que sucede en el plano nacional.
Los inversionistas institucionales son un buen ejemplo de «desprendimiento» nacional si se aprecia su lógica de acumulación y de colocación de fondos: no tienen identificación nacional o social. Lo nacional es tan solo un espacio donde consiguen los fondos y se les autoriza a operar con la mayor libertad posible. Este «internacionalismo» financiero con grandes libertades operativas, y su consiguiente desprendimiento de lo social/nacional, facilita sus ganancias, al mismo tiempo que contribuye a su pérdida de legitimidad. Por lo mismo, deben desarrollar e invertir más en imagen y defender su reputación cuando son criticados. Los inversionistas institucionales sostienen y difunden el mito de la eficiencia y la honestidad, que sirve como argumento para privatizar las pensiones y rechazar al Estado. Además, afirman, difunden y repiten que tienen «responsabilidad social». Gracias a sus altas ganancias, el gran capital financiero invierte en programas sociales privados y en actividades filantrópicas, aunque al mismo tiempo exigen menos impuestos (Reich 2020, pp. 25-26). De nuestra parte, añadimos que generan normas que les permiten recargos automáticos y sanciones a los usuarios, mecanismos que se usan masivamente en cuentas de ahorros, tarjetas de crédito, y también, como veremos más adelante, en las cuentas de los pensionistas.
El gran capital financiero y los inversionistas institucionales terminan siendo los principales poseedores de las acciones de las bolsas de valores globales (Useem, 2015). Los money managers manejan grandes sumas de dinero en el mercado, con capitales que provienen de pensionistas o ahorristas, comprando y vendiendo acciones en la bolsa y otros valores, como bonos corporativos y certificados de depósito. Son también importantes compradores de bonos estatales, acentuando la dependencia del Estado sobre el capital. Los money managers son contratados por los inversionistas institucionales para competir en la búsqueda incesante del lucro, contando con una gran liquidez de modo de obtener «plusvalías bursátiles modificando sus apuestas, comprando o vendiendo tal o cual paquete de acciones en cualquier momento» (Chesnai, citado por Ruiz, 2019, pp. 59-60)2.
En suma, y para cerrar este punto, la teoría del business power y la captura del Estado aplicada al gran capital financiero y las AFP nos lleva a analizar:
1 Cómo se formó ese stock de capital de las AFP, cómo aumenta y se invierte y qué consecuencias económicas y políticas genera este creciente poder estructural.
2 Cómo se traduce su creciente poder económico en acceso e influencia política sobre los Estados, generando una «gobernanza» que defienda sus intereses y les permita seguir operando en los mercados financieros con la mayor libertad posible y evitando hasta donde puedan que ese fondo se reduzca con «devoluciones» a los pensionistas o que se desarrollen regulaciones fuertes. Deben aprender (agencia) a enfrentar los retos, no solo por ser grandes poderes privados privilegiados sino por manejar el dinero de otros.
3 Cómo se genera un discurso para influir positivamente sobre pensionistas, políticos, tecnócratas, votantes, periodistas y líderes de opinión.
Metodología: actores y procesos
Se requiere analizar dinámicamente el enfoque de poder empresarial de las AFP y la situación de captura del Estado. Así, el proceso debe ser «trazado», tarea que logramos apoyándonos en la metodología de process tracing analysis (Gerring, 2007; Collier, 2011). Gracias a ella podemos estimar, dentro de un contexto determinado (Perú, 2020-2021), cómo y con qué efectividad actúan las poderosas AFP en un contexto incierto acentuado por la pandemia. La COVID-19 ha generado necesidades económicas que, al ser recogidas por los políticos, rompieron su estrategia de «dique», de contención de las demandas de cambio.
En esta dinámica, los principales actores políticos que se ubican en este tiempo y espacio son el Ejecutivo y el Legislativo con sus partidos —cada uno por su lado—, con tendencia no solo a diferenciarse sino a chocar en la medida en que existe gobierno dividido y la imposibilidad de conciliar o armar alianzas entre los dos poderes.
Del lado de la clase empresarial están las AFP y sus aliados, donde destacan los grandes medios de comunicación de masas. En esta coyuntura, las AFP intentan una defensa de sus intereses, tratando —ya que no pueden frenar las reformas al SPP— de demorar y disminuir el efecto negativo de estas propuestas a su manejo de los fondos y a sus fuentes de lucro excesivo.
Los pensionistas del sistema privado son un actor poco organizado, pero expectante, debido a que esperan que «les devuelvan su dinero». Actúan más como «opinión pública» que como actores organizados, y los políticos «traducen» sus intereses y presentan proyectos legislativos.
La situación política en la cual se mueven estos actores es peculiar por dos razones. Primero, esta dinámica ocurre al final de un periodo de gobierno, en un momento en que se ha nombrado un nuevo Congreso que, apenas conformado, toma iniciativas de varios partidos para la devolución de pensiones, e incluso propone la reforma de todo el sistema previsional. Segundo, porque la aparición de la pandemia tiene efectos negativos sociales inmediatos en la caída de los ingresos.
Por tanto, intentamos trazar el juego de poder en torno a las pensiones, que la pandemia coloca como una cuestión prioritaria en la agenda nacional, a partir del seguimiento de los actores para determinar cómo interactúan frente a circunstancias exigentes. Para ello, identificamos los principales eventos que han ocurrido durante la pandemia en una línea de tiempo que permite ver cuándo se toman decisiones y quiénes inciden en ella. De esa manera, al observar los resultados del juego de poder para las AFP, podremos estimar en concreto los factores y circunstancias que determinan sus niveles de influencia y los límites de esta. Al comparar este periodo con los anteriores, vemos si han sido más o menos efectivos, como actores elitistas que son, intentando explicar por qué.
En cuanto a las redes —importante elemento de interconexión y cohesión sociocultural y económica de las AFP—, nos apoyamos en el Social Network Analysis (SNA) para determinar y graficar las relaciones entre inversionistas, analizando los nodos que surgen de las inversiones cruzadas entre las AFP (Cárdenas, 2020), y de las AFP con los principales grupos de poder latinoamericanos y el capital financiero internacional. Asimismo, observamos la trayectoria educativa y laboral del grupo directivo de las AFP para determinar su pertenencia a las élites peruanas.
1 En ese sentido, llama la atención que la mayor parte de los estudios se concentre en la evaluación técnica y propuestas de reforma sin considerar un enfoque político de poder.
2 Con este enfoque podemos identificar tres élites empresariales: los inversionistas dueños de las acciones, los gerentes de las AFP y los directores.
Capítulo 2.
El árbol torcido
En este capítulo explicamos cómo se originó el SPP desde una óptica de poder y los juegos políticos de influencia que dan lugar a cambios en la correlación de fuerzas entre las AFP, sus aliados, y quienes exigen cambios. Este enfoque constituye el mejor modo de explicar qué factores determinaron la forma de crecimiento de las AFP y su continuidad (path dependence), y cómo ello facilitó al principio a las AFP hacer propuestas que consolidaron su poder. En esta fase inicial se dificultó introducir cambios debido al poder acumulado y su capacidad de proponer, vetar, retrasar o modificar reformas parciales o integrales de organismos y expertos internacionales o nacionales, según cómo afectaran a las AFP (su poder económico, su libertad de gestión) las distintas iniciativas.
Nuestro propósito es ver este resultado a partir del juego de poder que aparece antes (visión histórica) y durante la pandemia (coyuntura de cambios) en torno a las pensiones privadas. En cerca de treinta años, las AFP han tenido grandes victorias para frenar las reformas integrales, aunque desde 2011 se observa cada vez con mayor frecuencia una serie de derrotas parciales. Esta trayectoria se explica mejor distinguiendo fases. Se trata, sin embargo, de una pérdida de influencia relativa en la medida en que, a diferencia de otros países que eliminaron el SPP en la década de 1990, todavía se mantiene en pie.
Consideramos en este análisis de su origen el rol de las fuerzas externas (organismos financieros internacionales y el gobierno y las AFP chilenas) que la auspiciaron, y la posición y acciones de los líderes de la reforma en el Perú al adoptarla (los primeros diseños parlamentarios, así como el proyecto definitivo del MEF luego del golpe de 1992). Luego tomamos en consideración los estudios y propuestas de reformas parciales e integrales que aparecieron —cada vez con más insistencia— a partir de 2000 y que siguen sin resolverse. Identificaremos cambios tanto en el ciclo económico (democratización, nuevos gobernantes) como en el económico (crisis), lo que generó retos que alterarían o limitarían la influencia de las AFP para sostener el modelo creado en 1992.
Origen
La reforma de 1992 (cuando se aprobó) y 1993 (cuando aparecieron las primeras AFP) fue resultado principalmente de la influencia de actores internacionales que, confiados en las virtudes de lo privado y el dinamismo beneficioso del mercado, la impulsaron. El contexto donde se impuso estuvo marcado por una gran crisis recesivo-inflacionaria atribuida a malas políticas y la intervención y mal manejo del Estado populista3.
En el país participaron en el diseño políticos conservadores, futuros inversionistas, gremios empresariales-financieros y tecnócratas promercado. La correa de trasmisión entre los OFI y los nacionales funcionó gracias a las misiones de asesores que viajaron al Perú para aconsejar, orientar y, en fin, colaborar en el diseño de la reforma.
Es necesario aquí distinguir entre actores claramente visibles proponentes y actores menos visibles. En el campo externo, de manera visible, destacaron las influencias del FMI, del BM y de las AFP chilenas (Rojas, 2003, p. 102). Estos promotores internacionales tuvieron un rol público y operaron a partir de acuerdos formales y arreglos oficiales. Las organizaciones internacionales y las AFP chilenas —como sostiene Orestein (2013)— formaron parte de una campaña transnacional.
Esta campaña se montó para elaborar y diseminar una propuesta global de privatización de las pensiones bajo el supuesto de las bondades del mercado y de la capacidad de la reforma de generar una «vejez digna». Los actores externos justificaron la necesidad de ponerlas en práctica ante «el fracaso» del Estado (en un momento excepcional de grave crisis) y reemplazarlas por las «eficientes y honestas» empresas privadas que, al ser apoyadas por los organismos internacionales, contribuirían sobremanera a «estabilizar» la economía, una vez eliminadas las «malas políticas» que causaron la crisis fiscal al adoptar las medidas del Consenso de Washington.
La grave crisis de fines de los 1980 creó la oportunidad para proponer la alternativa privatista. Según el BM. «En todo el mundo los sistemas que se emplean para dar seguridad económica a la vejez se encuentran en situación muy difícil […] las pensiones respaldadas por los gobiernos han resultado ser insostenibles y muy difíciles de reformar […] en algunos países […] están próximos al colapso» (BM, 1994, p. xiii).
El caso peruano era uno de los más cercanos a este supuesto colapso.
Esta megacrisis abrió la oportunidad para introducir la política del shock previsional. Según Boloña (1993), segundo ministro de Economía y Finanzas del gobierno de Fujimori y gestor del «cambio de rumbo»: «El Sistema Nacional de Pensiones colapsó en 1989 y el IPSS […] mostraba una administración y resultados deficientes debido a que la burocracia aumento de 28 000 a 41 000 trabajadores y los gastos administrativos aumentaron de 14% a 21% del total de gastos […] mientras que las pensiones se redujeron en 77% en términos reales» (p. 123).
El diputado Mario Roggero (Libertad, partido que fundó Mario Vargas Llosa, el intelectual neoliberal más destacado), quien se convirtió en el primer promotor del SPP, afirma que «todos querían librarse de esa escenografía engañosa que les había montado el Estado, todos aspiraban a ser propietarios» (1993, p. 62). Esta idea-fuerza del «propietario» amplió sus niveles de aceptación ante el fracaso del Estado en medio de la crisis. Una parte central de la campaña internacional y nacional se apoyaba en el rechazo al estatismo para difundir el individualismo: «Había que motivar el sentido de propiedad de los trabajadores» (Roggero, 1993, p. 61).
En teoría, en medio de esta terrible crisis los principales beneficiarios de la reforma serían los pensionistas-propietarios4.
Un tema que comenzó a emerger luego de la fundación del SPP, inquietud recogida por diversos especialistas (Rojas, 2003; Mesa-Lago, 2014), era la duda sobre si el verdadero objetivo era o no dar «pensiones dignas». Cabe aquí mencionar lo señalado por José L. Payet en 1994, quien afirmó lo siguiente, dando muestra de las características del nuevo discurso sobre el SPP: «Además de brindar mejores pensiones, se estima que, como efecto colateral, el SPP incrementará la tasa del ahorro interno y contribuirá al desarrollo del mercado de capitales» (Boza, 1994).
Si uno revisa lo dicho al momento fundante, se hace evidente que el proyecto era clave no solo para los pensionistas, sino para los grandes inversionistas financieros y las fuerzas neoliberales que buscaban reforzar el mercado de capitales. Entonces, ¿la reforma tenía como principal objetivo mejorar las pensiones al punto de asegurar buenas pensiones, o el desarrollo del mercado de capitales y el fortalecimiento de los capitalistas financieros para impulsar la economía de mercado?
Insistimos en esta pregunta en tanto, una vez iniciado el proyecto, apareció otro actor en la escena que siempre fue minimizado o invisibilizado en los estudios de los OFI y la mayoría de especialistas, desde el momento de la fundación de las AFP hasta hoy, al no incorporar en sus análisis el factor de poder y limitarse a señalamientos técnicos.
Detrás de los promotores se encontraba el capital financiero internacional y nacional, que buscaba expandir sus campos de acumulación, a sabiendas de que la privatización de las pensiones los fortalecía al abrir una considerable —y bastante segura— fuente de lucro y por su rol como principal y regular inversionista del mercado de capitales. La toma de decisiones central, por lo tanto, no solo ocurrió entre políticos y tecnócratas, como se ha sostenido (Grindle & Thomas, 1994) —donde en medio de la crisis de la deuda externa los políticos «empoderaban» a los tecnócratas y hasta a los expertos en manejo económico—, sino entre políticos, tecnócratas e inversionistas.
Consideremos la siguiente proposición: al entregarse los fondos de los pensionistas mediante el ahorro forzoso, los operadores privados se convertían en un nuevo poder económico. Estos operadores debían invertirlos comprando acciones y valores varios, con lo cual se desarrollaba el mercado de capitales y generaban lazos como accionistas e inversionistas con el capital financiero y productivo nacional y mundial. Ello les daba un enorme poder estructural y mejores redes; al mismo tiempo, contaban con recursos y capacidades para convertirse en actores políticos que, de ahí en adelante, serían los principales moduladores de las decisiones públicas sobre las pensiones privadas, sea para aprobarlas, vetarlas, moderarlas o postergarlas5. Este otro actor, no reconocido como parte del panorama decisorio de reformas por los OFI, terminaba siendo identificado como «administrador», un rol neutral e indispensable. De acuerdo con el plan maestro del BM: «Un plan de ahorro obligatorio de administración privada puede favorecer a toda la economía. Puede ser parte de una política nacional para fomentar las actividades financieras e intensificar los mercados de capitales. Se recomienda decididamente que el pilar financiado sea administrado por el sector privado» (BM, 1994, p. 21).
Este diseño privatizador de pensiones y estimulador de la economía de mercado —o viceversa— predominó en sus orígenes a pesar de los recelos y las dudas, de la oposición de sindicatos y fuerzas políticas de centro e izquierda, y de las objeciones técnicas de la Organización Internacional del Trabajo - OIT y muchos expertos previsionales, preocupados por la ausencia (en los casos de Chile y Perú) de debate social (Ortiz y otros, 2019, p. xi).
En suma, un análisis del origen del SPP nos señala objetivamente que fueron las influencias externas, el apoyo presidencial a la privatización (Fujimori), la existencia de un emprendedor tecnocrático (Carlos Boloña, Ministerio Economía y Finanzas) y el interés de los inversionistas en aprovechar esta oportunidad lo que hizo posible —en un contexto de crisis económica, desamparo social y desprestigio del Estado— iniciar y sostener el plan de privatización de las pensiones. Este plan era diseñado en función de una visión ideológica-técnica de «menos Estado, más mercado», impulsado por la familia neoliberal internacional y nacional.
Un análisis detallado del momento y la manera como se aprobó el SPP nos dice cómo estos factores de origen señalaron su rumbo futuro de desarrollo en la medida en que el nuevo poder, las AFP, se convierten en el actor principal del sistema de pensiones. No son entonces tanto las reglas y las organizaciones las que generan el path dependence, lo que no implica dejar de reconocer el rol de la tecnocracia, sino los principales actores que las construyen.
Esta influencia se puede medir preguntándonos si al final priman los intereses sobre las recomendaciones técnicas de cambio. Con el paso del tiempo —como el caso peruano demuestra—, las AFP ignoraron las recomendaciones de mejora de los organismos internacionales, predominando sobre los organismos reguladores, influyendo en los tecnócratas y desarrollando propuestas que expandieron su control sobre los fondos aportados por los pensionistas, al mismo tiempo que vetaron aquellas que no les eran convenientes6. Para cambiar parcial o integralmente el sistema así originado había que desarrollar un contrapoder y convocar a especialistas y a políticos.
El diseño aprobado tuvo inicialmente buenas condiciones de continuidad y reforzamiento por haber sido creado y sostenido por un gobierno de corte autoritario que privilegiaba una relación cercana e inclusiva con los inversionistas privados. En efecto, el gobierno de Fujimori en la década de 1990 estableció una relación privilegiada con los grandes inversionistas sobre todo con el Ejecutivo, el poder dominante, vía el apoyo de la presidencia y su acceso e influencia en el MEF.
Estos dos centros de poder, a su vez, influyeron sobre las decisiones parlamentarias (antes y después del cierre del Congreso), donde predominaban la bancada oficialista y sus aliados. La rápida conversión de las AFP en fuerte poder económico —que pronto se concentraron (empezaron siete y quedaron cuatro)—, con altas capacidades políticas e influencias discursivas (al realizar campañas promocionales para atraer ahorristas en los medios). Esta influencia continuó incluso después de la caída de Fujimori y solo se percibió un lento despertar de los pensionistas al redemocratizarse el país en 2000, y sobre todo con la crisis internacional de 2008-2009, lo que dio lugar a las primeras protestas y reformas a partir de 2014.
El hecho de que el gobierno iniciador del cambio modificara la Constitución en 1993 y declarara que el rol del Estado era subsidiario, aunado a la aprobación de la reelección, permitió que Fujimori se quedara en el poder diez años y contribuyó decididamente a desarrollar y consolidar a las AFP. Fueron años de «paz, orden y progreso», según rezaba uno de los slogans fujimoristas.
El emprendedor, el golpe y el fundamento metálico
La crisis económica de 1989-1990, la peor del siglo XX, tuvo un carácter marcadamente recesivo (tasa negativa de crecimiento en 1990 de 12% del PBI) e inflacionario (aumento de precio de más de 7000% anual). En este escenario, la situación económica se agravó por el conflicto armado interno, cuando arreciaron los ataques y la violencia llegó a la capital con apagones y coches bomba. El hambre silenciosa se combinó con una muerte ruidosa. Ambos factores socavaron la legitimidad de los partidos y sindicatos que antes habían participado en la creación y defensa de un sistema nacional de pensiones estatal basado en un objetivo de reparto solidario (Congreso de la República, 2021). Esto creó un vacío político que fue llenado por outsiders conservadores.
En este contexto, llegó al poder el ingeniero Alberto Fujimori. Apenas elegido, estableció relaciones con las fuerzas internacionales del Consenso de Washington, la tecnocracia (recomendada por organismos como el FMI y el BM) y la Confederación Nacional de Instituciones Empresariales Peruanas (CONFIEP), y se mostró dispuesto a aceptar sus propuestas e iniciar una «estabilización económica», seguida por «reformas estructurales». En ese giro a la derecha sostenido por una nueva coalición gobernante, el Perú pasó de una política económica heterodoxa a una ortodoxa.
Un hito importante es cuando el gobierno reclutó al economista Boloña —en ese momento residente en Estados Unidos— quien fue incorporado como cabeza del MEF en 1991. Aquí identificamos al político emprendedor de la reforma. Boloña se convirtió en el interlocutor principal con los inversionistas privados y los organismos financieros internacionales y con el presidente. Su sucesor, el ministro Jorge Camet, ex presidente de CONFIEP, mantuvo estas conexiones y se quedó en el cargo por más de cinco años —hasta 1998—, reforzando la correa de trasmisión entre los grandes inversionistas privados y el Estado que definía la orientación y las prioridades de política económica del país. Boloña fue, entonces, el ministro emprendedor que diseñó, bajo asesoría externa e influencia privada, el SPN. Lo hizo luego del cierre del Congreso de abril de 1992 bajo la forma de un decreto ley.
En ese sentido, el contexto político donde ocurrió la reforma previsional en favor del SPP fue muy parecido al de Chile, en tanto se tomaron decisiones bajo un régimen autoritario. La diferencia consiste en que en Chile el general Pinochet lo adoptó cuando estaba consolidado, mientras en el Perú Fujimori lo autorizó a pocos meses del cierre del Congreso, en una situación más precaria. Ello explica, desde nuestra óptica del poder, por qué en el primer caso el sistema fue totalmente privatizado, mientras en el segundo quedó un pilar estatal contributivo (la ONP).
En tanto Fujimori fue elegido en 1990, en un periodo inicialmente democrático, entre el 28 de julio de 1990 y el golpe del 5 de abril de 1995 el Congreso debatió un proyecto de ley de privatización de las pensiones bajo lineamientos similares a los de Boloña (ahorro forzoso de fondos administrados por privados), pero conceptualizado de mejor manera, más transparente y con mayor libertad de opciones entre la ONP y las AFP. Este primer proyecto estaba contrabalanceado por el debate con otras fuerzas políticas (el Apra y la izquierda principalmente), los sindicatos (todavía fuertes) y el IPSS, la entidad estatal que manejaba las pensiones (Arce, 2010, p. 85).
El arquitecto de esta primera propuesta fue Mario Roggero, diputado por Libertad y favorable al Consenso de Washington. Roggero nos brinda una fuente testimonial importante. Este diputado escribió un libro narrando las vicisitudes iniciales de su proyecto hasta que Boloña se apropió de él y, aprovechando el golpe, lo moldeó de acuerdo con una concepción más ortodoxa y mercantilista —en tanto lo hizo consultando con la CONFIEP y los inversionistas— y cerró los canales de diálogo con los partidos y los sindicatos. En ese contexto, el IPSS se acomodó a las decisiones del Ejecutivo.
Según su recuento de los hechos, el proyecto peruano fue asesorado por José Piñera, el ex ministro de trabajo de Chile, considerado el padre o artífice de las AFP chilenas. Era un personaje embarcado en una cruzada por diseminarlo como un modelo de éxito al mundo. Piñera, contactado por Roggero, estuvo en el Perú a fines de 1991, habló con Fujimori y fue invitado al Congreso. En esas oportunidades hizo recomendaciones tanto a Roggero como al mismo Boloña, e incluso las AFP chilenas también asesoraron el proyecto (Roggero, 1993, pp. 91, 102-103). El gobierno de Chile apoyó el proyecto para ponerlo en ejecución una vez aprobado, brindando asesoría técnica y capacitación, razón por la cual el superintendente de las AFP chilenas llegó a Lima en febrero de 1992.
De acuerdo con el investigador Arce, el rol de los chilenos «fue clave» para convencer a Fujimori (2010, p. 89). Poco después de la visita, el gobierno aprobó el D. L. 724 auspiciado por Roggero, decisión que generó la inmediata oposición de los sindicatos, el Apra, la izquierda y el IPSS, aunque también generó dudas entre los inversionistas privados y el MEF. Roggero tuvo un limitado margen de maniobra. Al auspiciar un decreto legislativo que estuvo encargado al MEF, no le quedó más remedio que aceptar sus influencias y juegos de poder: «Mi proyecto final tuvo que someterse, por indicación de Boloña, a la revisión de los asesores de la CONFIEP» (1993, p. 89).
En este momento se puede afirmar que las decisiones ya operaron en condiciones de captura económica del Estado, pero en la toma de decisiones todavía pesaban fuertemente la tecnocracia y sus aliados internacionales. Fueron el MEF y la CONFIEP, entonces, quienes, gracias al mecanismo decretista y el secretismo, siguieron dando forma a las reformas económicas. Según Roggero, «muy poco después me enteraría que la CONFIEP ha sido la fábrica donde se elaboraron buena parte de los 126 decretos ley al amparo de las facultades delegadas» (1993, p. 89). Por tanto, la correa de trasmisión entre el Ejecutivo (vía el MEF) y los grandes empresarios agremiados a la CONFIEP ya estaba en funcionamiento como sistema de influencias en ciernes antes del golpe. Este es un elemento clave para entender el origen de la versión final de la reforma y su futura trayectoria.
Por su parte, el FMI apoyó estas iniciativas, incluyéndolas en las cartas de intención firmadas con el gobierno peruano para impulsar las «reformas estructurales», enviando misiones con técnicos supervisores y dando fondos condicionados al cumplimiento de metas. Entre 1991 y 1998 se firmó un total de siete cartas de intención que incluyeron al SPP como parte de la agenda, lo que lleva a concluir a un estudioso que el SPP que «fue promovido por los organismos financieros internacionales» (Rojas, 2003, pp. 16 y 18).
Luego del golpe, Boloña derogó el D. L. 724 para, según Roggero centralizar las decisiones. Boloña y su círculo. Según esta fuente, «tomó control» del proyecto, deformando su propuesta original de «beneficiar al trabajador y no crear una nueva fuente de inversión» (1993, p. 51). Este cambio se hizo en alianza con los inversionistas, quienes estaban fuertemente interesados en manejar con la mayor libertad y rentabilidad posible los fondos de pensiones. Fujimori, sin embargo, puso algunas condiciones: que los bancos no podrían participar en el proyecto (aunque al poco tiempo se levantó este impedimento) y que se mantuviera un sistema estatal de pensiones (IPSS, luego ONP).
Según Roggero, insistiendo en la presencia de un actor cada vez más relevante, la reforma iba a atraer grandes inversionistas y fortalecerlos una vez iniciada: «Rara vez se ha presentado en nuestro medio una oportunidad empresarial tan atractiva como el proyecto de las AFP. Los empresarios lo saben, hay millones de dólares en juego y, al administrar un fondo de pensiones —es justo reconocerlo— se abre la posibilidad de asumir un inmenso poder» (1993, p. 20).
Gracias a esa correa de trasmisión entre políticos, tecnocracia e inversionistas, el nuevo proyecto se diseñó en la oscuridad. Roggero advierte que, apenas dado el golpe: «las influencias y los grupos de poder volverían a aparecer en momento que el MEF decidió modificar la ley […]. Lo verdaderamente deplorable fue que, finalmente, esa clase de intereses terminó prevaleciendo» (1993, p. 210).
El diputado concluye que: «todo el negocio para las AFP era, en síntesis, el fundamento metálico del planteamiento que terminó prevaleciendo» (p. 212). Y para reforzar el argumento, señala además un rasgo de conflicto de intereses en el caso de Boloña, que terminó siendo un accionista de la AFP Horizonte (1993, p. 222)7. Esta AFP fue la que hizo un mayor aporte de capitales a 1993. Apenas fundada, Boloña paso a ser miembro del directorio.
Por tanto, el SPP nació evidenciando lobbies (CONFIEP, MEF), influencias externas internacionales (FMI, BM) y privadas (AFP chilenas) y la puesta en acción de la «puerta giratoria» que representaba el ministro-inversionista Boloña (Ortiz de Zevallos, 1998, p. 35; Arce, 2010, pp. 94-96, 101).
Las evaluaciones (durante la reforma y ex post)8
El estudio del origen de las AFP era, aunque largo y detallado, necesario para establecer las condiciones políticas y de ilegitimidad en que se fue desarrollando y afirmando su poder como nuevo eje del capital financiero, al manejar las pensiones e invertir el fondo en el mercado de capitales. De ese modo, las AFP no solo eran importantes empresas privadas, sino que las empresas privadas más grandes eran beneficiadas con las compras de valores, al igual que el Estado, que eventualmente emitió bonos del tesoro adquiridos por las AFP. En el ámbito internacional, aunque los fondos de las AFP peruanas no eran tan significativos, reforzaron su rol de inversionistas. Para mantener y ampliar este rol, debían ir «por la razón o la fuerza de la ley» aumentando la base de afiliados, y también sostener sus ganancias en los cobros de comisiones por «administrar tu dinero».
Con el fin de hacer un balance —aunque sea breve— de la reforma de Boloña y el camino trazado, para ilustrar sus principales características e identificar algunos problemas y futuro rumbo tomamos en consideración diversas fuentes: las opiniones y predicciones de Roggero al momento de su creación en 1993, y las distintas y cada vez más numerosas evaluaciones internacionales y nacionales de la reforma peruana, para llegar de ese modo a entender las condiciones en que operaba el SPP al momento de la pandemia entre 2020 y 2021.
Libro de Roggero de 1993
La más temprana —y, cabe añadir, bastante acertada— evaluación del SPP peruano la realizó el diputado Roggero a partir del contraste entre su derogado proyecto y la versión preparada en secreto y aprobada por decreto en el MEF poco después del golpe presidencial al Congreso. Los efectos fueron visibles e inmediatos y determinaron en gran parte su curso futuro.
Al cambiar de manos y conocerse, debido a la suspensión del diálogo social como producto del golpe, ocurrió un fuerte cambio en la opinión pública. Las encuestas de Apoyo, la principal firma encuestadora, estima que se alteró negativamente «la voluntad de ingresar a una AFP». Esta voluntad pasó de 78% en diciembre de 1991 a 14% en agosto de 1992 (Roggero, 1993, p. 191), de donde Roggero concluye que la libertad de escoger fue eliminada: «Boloña [y su equipo] mancillaron este principio con ánimo compulsivo, decidieron que los trabajadores nuevos obligatoriamente debían afiliarse al sistema de las AFP […]. Serían prisioneros de su decisión» (p. 200).
La libertad de movimiento de los pensionistas entre el sistema estatal y el privado también fue ignorada para así aumentar el tamaño del fondo, aspecto de interés central para las AFP. Los afiliados al sistema estatal, en la versión de Boloña, podían entrar al sistema privado, pero no al revés (p. 201). De esa manera, se ampliaba el mayor número posible de pensionistas de las AFP. Poco después se aprobó una ley controvertida que obligaba a los pensionistas del sistema estatal a quedarse en él, pues solo podían cobrar sus pensiones si cumplían quince años de aporte. Por lo tanto, la mejor alternativa era entrar al SPP manejado por las AFP. Este límite luego se amplió, poco tiempo después, a veinte años. La decisión legal era tan privatistamente interesada como injusta: si un trabajador se retiraba antes de cumplir los veinte años, no tenía derecho a ninguna pensión. En otras palabras, sus contribuciones eran confiscadas. Esta norma se ha mantenido a pesar de sus evidentes limitaciones y consecuencias, hecho que solo se puede explicar por razones políticas y de influencias basadas en un nuevo poder económico.
En materia de las comisiones que las AFP cobraban a los pensionistas, la principal objeción de Roggero era la falta de transparencia. Predecía, como en efecto ocurrió, que «los trabajadores se sentirán manipulados y a la postre, desconfiarán del sistema» (p. 213).
Las predicciones de Roggero fueron certeras y crearon varias asimetrías.
Los derechos de las AFP se ampliaron a medida que los derechos de los pensionistas se limitaron.
A pesar de ser «los propietarios», no tenían representación en el sistema. Las AFP eran manejadas exclusivamente por los inversionistas privados. No tenían voz. Al mismo tiempo, aumentaron progresivamente las obligaciones de los pensionistas.
En 1995, las comisiones brutas pasaron de 9% a 11%, siendo asumidas íntegramente por el trabajador (Muñoz, 460). En otras palabras, se mermaba un tanto más el fondo del pensionista con esas comisiones. Anotemos que la empresa no aportaba en la medida en que se eliminó totalmente el principio de solidaridad. En 1997 se normó que una decisión del directorio de la AFP era suficiente para cambiar (hacia arriba, generalmente) las comisiones. Al finalizar el gobierno de Fujimori, cuando terminó la competencia inicial entre las AFP por atraer a los principales aportantes, las comisiones brutas subieron a 10%, teniendo además un 3% adicional, las mayores de América Latina (Muñoz, 2001, pp. 453, 469).
Las obligaciones tributarias de las AFP se redujeron. En 1995 la ley exoneró del pago del impuesto a las ventas a las comisiones cobradas por las AFP y de la venta de seguros (Arce, 2010, p. 96).
En 1996 se autorizó a los empleados públicos a trasladarse a las AFP, lo cual aumentó la masa de aportantes (Muñoz, 2001, p. 457). Otras normas del periodo fujimorista tenían la misma lógica de apoyar a SPP. Se daban diez días de plazo para que los no afiliados a las AFP que ingresaran a un nuevo centro laboral para permanecer en la ONP. De no ser así, entonces tenía afiliación obligatoria a las AFP (Muñoz, 2001, p. 462).
En cuanto al fondo y a su lógica de inversiones, las AFP debían colocarlas en el país con bastantes libertades en tanto que, si bien el Estado fijaba la pauta, «el sector privado tendría el derecho a calificar y clasificar los valores en los cuales las AFP invertirían los recursos de los trabajadores» (p. 212).
Estas libertades (que no limitaban la compra de acciones y valores entre AFP y entre empresas del mismo grupo) para el manejo de fondos y el cobro de comisiones se reforzaban por una debilidad regulatoria: «La Superintendencia […] no está dotada de los recursos necesarios para dirigir el sistema y efectuar una diversificación de los valores e instrumentos en los que invertirá el Fondo de Pensiones» (p. 228). Años después, la Superintendencia de AFP se debilitó al pasar a ser parte de las Superintendencia de Banco y Seguros, perdiendo peso y autonomía regulatoria.
La falta de normatividad y adecuada regulación (falta de autoridad, recursos y voluntad) aumentaría el riesgo de caídas del valor de las inversiones en el mercado, pues no obligaba a la AFP a tener una diversificación del portafolio. Los dueños de las AFP, por ejemplo, podían comprar acciones o bonos corporativos de las empresas del mismo grupo. Las AFP podían comprarse acciones entre ellas o invertir en el exterior en empresas vinculadas.
El SNP original fijaba, sin embargo, ciertos límites, como el impedimento a que entraran como accionistas las empresas de seguros y los bancos (pp. 211-212). No obstante, poco después se permitió que los accionistas como personas podían invertir.
Roggero concluye, como «liberal auténtico», que el SPP era más un negocio que un servicio social, rasgo que se complementaba con las decisiones pro privadas del Estado, que en su opinión dejaron de tener un sentido social: «El Estado ha decidido desvincularse del problema de la vejez […] el tema de las pensiones es un asunto que exclusivamente debe resolver el trabajador con la AFP a la que está afiliado» (p. 207).
Informe del Banco Mundial de 2004
Veamos una segunda evaluación, también de fuente promercado. Un informe del BM publicado en 2004, en una etapa institucional más crítica y menos ideológica, sostiene que para el caso peruano «el sistema de pensiones privado es costoso, arriesgado y administrado por un oligopolio privado» (2004, p. 1). El sistema previsional lo califica de débil, tanto el estatal como el privado. Recomienda «restaurar» un pilar estatal para ayudar a combatir la pobreza en la vejez (2004, p. 62). Como se ve, luego de una década y pico de desarrollo, la manera como se administraron las AFP exhibía rasgos preocupantes por sus efectos en los intereses de los pensionistas y la concentración de poder en unas pocas pero poderosas e influyentes AFP.
El estudio realiza estas recomendaciones al comprobar que tan solo 23% de los mayores de 65 años recibían pensiones y que el SPP «era bueno para una pequeña, relativamente privilegiada mayoría» (p. 1). En otras palabras, la privatización de pensiones y la «vejez digna» funcionaban bien, pero el sector más alto de ingresos, por otra parte, tenía otras fuentes de ingreso y riqueza.
El informe reconocía que se había creado un nuevo grupo de poder y presenta el argumento de la siguiente manera: «Los gerentes de los nuevos fondos de pensiones aparecen coordinando [colliding] para bajar sus costos operativos y aumentar sus márgenes de ganancia» (p. 3). Al mismo tiempo, se percata de que el MEF, reconocido «como una de las instituciones más fuertes», no tenía liderazgo en la medida en que «dejaba hacer» (p. 4). Este informe es excepcional, al considerar al menos algunas variables políticas.
Alababa el rol financiero de las AFP debido a que «ha contribuido al desarrollo del sector financiero […] sus activos representan 5,9% del PBI al 2002» (p. 20), un sector definido como de «altos estándares». Sin embargo, no dejaba de reconocer que «mientras los márgenes de ganancia para los fondos de pensiones están creciendo con la eficiencia, el precio del pilar privado que pagan los afiliados ha permanecido tercamente alto» (p. 24).
Proponía, por lo tanto, bajar las comisiones de las AFP, hacer el sistema más competitivo y mejorar los patrones de inversión, todo lo cual requería un fuerte liderazgo, un mandato más amplio de la agencia regulatoria y un plan o visión de mediano plazo que considerara múltiples pilares (privado, estatal-social, voluntario), en tanto el Perú mostraba «debilidad» en los tres. Estas aseveraciones, en la mayoría de los casos, se repiten informe tras informe.
Pasamos ahora a considerar dos documentos recientes para probar el punto, lo que sugiere que, a pesar de una serie de reformas parciales que comienzan a aparecer en desde 2011 en adelante, el mantenimiento de estos rasgos preocupantes revela la fortalece de las AFP como grupo de poder y la debilidad de los gobiernos y los técnicos evaluadores del sistema previsional peruano que, como hemos visto, creció como un árbol torcido.
Informe de la Comisión presidencial 2017
La Comisión, luego de consultas con especialistas y organismos internacionales, propuso «una reforma integral» del sistema de pensiones. El sistema en su conjunto lo caracteriza como:
Un modelo altamente fragmentado y carente de visión integral conformado por dos regímenes contributivos: Sistema Nacional de Pensiones (SNP) y Sistema Privado de Pensiones (SPP), que compiten por la misma población objetivo (los trabajadores del sector formal) y un pilar no contributivo que actúa de manera aislada como un programa social (Pensión 65).
Un nivel de cobertura bajo y decreciente, producto de un sistema enfocado fundamentalmente en el mercado laboral formal (de trabajadores asalariados). En la actualidad, solo un 16,8% de la población económicamente activa (PEA) aporta al sistema previsional (ubicando al Perú como el país con menor tasa de aportantes de la Alianza del Pacífico) y solo el 35% de los ciudadanos mayores de 65 años forma parte de algún sistema previsional.
Pensiones insuficientes e inequitativas. En la actualidad, solo el 13,7% de la PEA peruana puede realistamente aspirar a recibir una pensión del SNP o SPP en la vejez, y la pensión promedio —para los pocos que la reciben— es baja en comparación con las pensiones promedio en, digamos, Colombia, Chile y México. El sistema actual, además, alberga profundas inequidades. Por ejemplo, mientras que una persona que haya contribuido menos de veinte años al SNP al jubilarse termina sin pensión ni acceso a sus aportes, una persona de la misma edad y con similares niveles de ingreso y aportes al SPP podría adquirir una renta vitalicia razonable. Peor aún: en el SNP se producen transferencias muy regresivas: los que aportan por menos de veinte años (que tienden a ser los más pobres y menos educados), al no recibir pensión, terminan financiando las pensiones de aquellos que aportan por más de veinte años (que tienden a ser los de mayores ingresos y más educados).
En cuanto al SPP, resume su evaluación en los siguientes puntos (pp. 10 y 11):
En el caso del SPP, el desaprovechamiento de economías de escala y el mercado oligopólico de AFP impide la reducción de costos y que esta se traduzca fácilmente en menores comisiones para los afiliados, al tiempo que posibilita altas tasas de ganancia para las AFP —en comparación con las tasas de ganancia de bancos o compañías de seguro—, pese a que las AFP toman muy poco riesgo (el riesgo de la inversión lo absorbe mayormente el afiliado).
Una gestión de portafolios cortoplacista por las AFP es, en general, inconsistente con el objetivo de largo plazo del ahorro previsional (a saber, maximizar la tasa de reemplazo dado un cierto nivel de riesgo) y con el ciclo de vida del afiliado.
La existencia en el SPP de dificultades para acceder a esquemas de retiro simples que aseguren la estabilidad de los ingresos en la jubilación a costos razonables, frente a un incremento persistente en la esperanza de vida. Esta situación ha sido profundamente agravada por recientes reformas legales que autorizan el retiro a suma alzada de casi la totalidad de los ahorros acumulados en las cuentas de capitalización individual al momento de la jubilación, transfiriendo así el riesgo de mantener una renta vitalicia a las personas y elevando la probabilidad de pobreza e indigencia en la vejez. Esos desacertados cambios legales han desnaturalizado la razón de ser del sistema, que es precisamente la de facilitar la construcción de pensiones jubilares decentes.
La ausencia de información y asesoría financiera adecuada, activa, independiente, simple y de fácil acceso para el afiliado, tal que le ayude a planificar y administrar mejor su ingreso en la fase de jubilación y le alerte de posibles malas decisiones en materia previsional. Este déficit es aún más grave considerando la complejidad de decisiones de largo plazo que el afiliado debe tomar.
Propone, asimismo, una serie de cambios, una «re-reforma», que presenta de la siguiente manera en la página 11:
La reforma para el sistema de pensiones propuesta […] permitiría una mejora relevante para toda la sociedad. Teniendo en cuenta que ningún peruano se quedaría sin pensión, se generaría un incremento en la cobertura al 100% de los mayores de 65 años. Adicionalmente, considerando que se incorporarían un conjunto de incentivos y mecanismos amplios de participación en el sistema de pensiones, también se incrementaría la cobertura del ahorro previsional con respecto a la PEA del actual a cerca del 100%, especialmente si se introduce la opción de contribuir al sistema por vía de facturas del gasto. Ello, junto con la reducción de comisiones y extensión de horizontes de inversión acorde con la edad del afiliado, fortalecería la construcción de pensiones decentes. Para el conjunto de la sociedad, la tasa de reemplazo promedio se incrementaría del actual 34% a alrededor del 70%.
En realidad, viendo el sistema previsional en el largo plazo —con excepción del periodo de crisis 1989-1990 ya analizado, donde colapsó el sistema—, el nuevo sistema privado-público había retrocedido en cobertura y niveles de pensión, lo que llevó a reclamos e intentos parciales de reforma, sea de crear un pilar estatal limitado (Pensión 65) o de permitir retiros de los afiliados privados (hasta 25% para pago de hipotecas, hasta 95,5% una vez alcanzada la edad de jubilación) que deformaron el sistema. Si bien el SPP fue eficiente y sostenible, el SNP también lo fue. Lo que quedó al año 2021 estaba necesitado urgentemente de una reforma en varios de sus componentes, pero, fundamentalmente, urgido de una reforma integral.
Informe del FMI de 2018
Un informe técnico del FMI con datos de 2017-2018 y publicado al año siguiente sostiene que el peculiar sistema de pensiones, con dos pilares principales, el estatal (ONP) y el privado (AFP), que califica de «altamente complejo» es «fiscalmente sostenible», pero que muestra tener una cobertura de pensiones baja e inequitativa, lo que considera «un problema particularmente agudo» (2019, p. 3).
Al año 2018, un alto porcentaje de la PEA no estaba cubierto por ninguno de los dos pilares contributivos (ONP y AFP). Se encontró que un 45% de la población en edad de trabajar estaba cubierta; sin embargo, solo el 20% contribuye algún mes al sistema de pensiones.
Quienes están cubiertos y reciben pensiones adecuadas mayormente son trabajadores de altos ingresos, con educación superior, que habitan en zonas urbanas. Solo 7% en áreas rurales cuenta con cobertura versus 37% en áreas urbanas (pp. 9 y ss.)
Apenas 30% de la PEA contribuye a los sistemas de pensiones, y solo lo hace el 10% de los trabajadores del quintil más bajo (2019, p. 4). Dado el problema de la alta informalidad y los traslados entre el sector formal e informal, las contribuciones indican «una baja densidad». Los afiliados en el Perú en promedio contribuyen solo entre cuatro a cinco meses del año (p. 5).
En el SNP, la tasa de reemplazo (el porcentaje de ingresos que reciben como pensiones con relación a sus ingresos como trabajadores) se estima en 60%. Sin embargo, si se analiza al 60% de todos los afiliados «que contribuyeron en los últimos 5 años, tienen menor probabilidad de llegar al límite de 20 años» (que, según ley, es obligatorio para poder cobrar pensiones) (p. 5).
Concluye que los pensionistas del SNP están en una condición de «alta redistribución regresiva». Los no contribuyentes al SNP (que no entraron a la formalidad) reciben ingresos del programa Pensión 65 introducido en el año 2011 por el gobierno de Humala.
En el SPP, para los afiliados que hacen contribuciones regulares anuales —que generalmente son trabajadores de altos ingresos— «se tiene la expectativa de una tasa de reemplazo de 40%, eso considerando que usamos un escenario de estimados conservador» (pp. 4-5). Los trabajadores con una contribución por debajo del promedio —es decir, de «baja densidad»—, por lo general los de menores ingresos, «tendrán una tasa de reemplazo por debajo del 20%».
Reconoce las sucesivas reformas parciales que se han introducido en el sistema y las evalúa, pero luego de hacer cálculos de cobertura, densidad de las contribuciones y tasas de reemplazo discutidas líneas arriba, propone una reforma integral del sistema de pensiones.
Su visión de las AFP, más allá de las limitaciones discutidas, tiende a ser positiva y propone algunas medidas para aumentar los fondos, estimados en $ 47 700 mil millones (22% del PBI) (p. 8). Considera que las reformas parciales introducidas a partir del gobierno de Humala, tales como la no deducción de contribución a las AFP por los ingresos 13 y 14 (gratificaciones del 28 de julio y de Navidad), ha afectado al sistema y sugiere incluirlas. Las reformas del año 2016 de retiros de hasta el 95,5% de los fondos de los jubilados y de hasta el 25% para el pago de hipotecas también han tenido un efecto negativo (p. 6). Propone que «en general, los retiros fuertes no deberían ser permitidos o ser fuertemente limitados», en la medida en que el pensionista que se queda sin pensión asume todo el riesgo futuro. Sostiene que las reformas para hacer más competitivo el SPP con la entrada de nuevas AFP permitirá rebajar las comisiones.
Informe de la Comisión Multipartidaria del Congreso de 2021
El informe de una Comisión Multipartidaria de Reforma del Sistema de Pensiones, formada por el Congreso a mediados de 2020, es no solo la única evaluación realizada en tiempos de pandemia y crisis, sino que es la más comprehensiva, al haber consultado con los sindicatos y los empresarios, con las cuatro AFP y con la AAFP, además de diversos organismos del Estado y numerosos especialistas nacionales e internacionales, tanto los del Consenso de Washington como los de la OCDE y la OIT.
El diálogo social amplio ha permitido ver el sistema previsional en su conjunto y, para preocupación de las AFP, proponer una «re-reforma» que crea un ente rector estatal que dirige tanto al SPP como al SNP que al mismo tiempo, introduciendo un principio solidario (la empresa privada aporta al ahorro del trabajador; a su vez, el aportante privado hace un aporte solidario con las pensiones del resto, al mismo tiempo que crea un pilar universal no contributivo del Estado con pensiones mínimas para todos.
La evaluación del sistema previsional al 2020 es como sigue: «El Sistema Peruano de Pensiones «…» no ha logrado ampliar su cobertura a niveles deseados y ha generado una enorme insatisfacción de la mayoría de la población» (p. 8). Considerando todos los pilares, la cobertura (de 27% para los mayores de 65 años de las AFP y ONP), gracias a la acción del Estado (Pensión 65), llega a 47,8%. Este porcentaje es considerablemente bajo en América Latina, donde el promedio regional es de 70,8% (p. 8).
Considera que los requisitos de la ONP «son injustos», pues el aportante solo puede acceder a pensiones a los 65 años, luego de veinte años de aportes; que no existe pensión mínima en el sistema de AFP, pero sí altas comisiones; que falta competencia entre AFP, y que hay poca transparencia, así como ineficiente supervisión del ente regulador. También introduce por primera vez la idea de derechos de los afiliados: «Los afilados están desprotegidos para hacer defender sus derechos y tienen que pasar años en litigios judiciales, todo ello a causa de un sistema desintegrado e inequitativo» (p. 9).
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