Kitabı oku: «Blasco Ibáñez en Norteamérica»

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BLASCO IBÁÑEZ EN NORTEAMÉRICA

BIBLIOTECA JAVIER COY D’ESTUDIS NORD-AMERICANS

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DIRECTORAS

Carme Manuel

(Universitat de València)

Elena Ortells

(Universitat Jaume I, Castelló)

BLASCO IBÁÑEZ EN NORTEAMÉRICA

Emilio Sales Dasí

Biblioteca Javier Coy d’estudis nord-americans

Universitat de València

Emilio Sales Dasí

Blasco Ibáñez en Norteamérica

1ª edición de 2019

Reservados todos los derechos

Prohibida su reproducción total o parcial

ISBN: 978-84-9134-564-0

Ilustración de la cubierta: Fotograma de The Four Horsemen of Apocalypse (1921) Diseño de la cubierta: Celso Hernández de la Figuera

Publicacions de la Universitat de València

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Edición digital

Als qui sempre estan al costat en el viatge

ÍNDICE

PRESENTACIÓN

LA CONEXIÓN NORTEAMERICANA

«Ha llegado su hora»

«His life, a fascinating story of adventure»

Los largos itinerarios

Camino de Hollywood

En México

De nuevo en Nueva York

El águila y la serpiente

Marchar para volver

Las obras de asunto norteamericano

Blasco publicado y comentado en los Estados Unidos

La fascinación por el cine

Impulsado por un ideal

PALABRA DE BLASCO: COLABORACIONES PERIODÍSTICAS, ENTREVISTAS Y UN RELATO BREVE

The hermit of Amerongen (The Outlook, 23-7-1919, pp. 469-471)

Ben Franklin and diplomacy (Great Falls Daily Tribune, 27-7-1919)

American army amazed older nations (The Richmond Palladium and Sun Telegram, 5-9-1919)

America before the eyes of Europe (Hearst’s, noviembre 1919, pp. 28 y 88)

C. Montoliu, «Oyendo a Blasco Ibáñez» (Nuestro Tiempo, nº 252, 12-1919, pp. 263-268)

Your mistakes in South America (Hearst’s International, enero 1920, p. 29)

Francisco José Ariza, «El cinematógrafo es la novela de las imágenes: Blasco Ibáñez» (Cine Mundial, enero 1920, pp. 86-88)

Emilio Uribe Romo, «La visita de Blasco Ibáñez a Guadalajara: una interesante entrevista» (El Informador, 6-4-1920)

Agustín Rasave, «Algunas opiniones de V. Blasco Ibáñez» (El Informador, 18-4-1920)

Wars for fire, for coal, for oil (The New York Times, 8-9-1920)

Bolchevism as a tiranny (The New York Times, 26-9-1920)

What I have learned about you Americans (The American Magazine, octubre 1920, pp. 7-9 y 152-161)

Latin Quarter becoming Americanized (The Chattanooga News, 3-12-1920)

Novelists as business men (The New York Times, 2-1-1921)

La vida nocturna de París (La Prensa, 3-3-1921)

The future of the novel (The New York Times, 15-5-1921)

Trembling Europe (Hearst’s International, septiembre 1922, pp. 53-54 y 130-131)

The great inventors (Hearst's International, septiembre 1923, pp. 118-120)

Are we Don Quixotes or Sancho Panzas? (The Literary Digest, 15-12-1923)

Ariadne (The Green Book Magazine, agosto 1919, pp. 33-34 y 109)

PRESENTACIÓN

De forma semejante a como los grandes libros suscitan numerosas interpretaciones con el paso del tiempo, hay artistas y escritores cuya biografía y producción literaria difícilmente pueden encapsularse en un número definido de páginas. Si se intenta, los biógrafos y estudiosos de la literatura desafían la perseverancia del lector con unos ingentes volúmenes donde, supuestamente, está recopilada toda la información que el más intrépido investigador ha podido recopilar después de muchos años de pugna con las más diversas fuentes y repertorios bibliográficos. Aun así, cuando el personaje del que se pretende ofrecer una visión de conjunto posee una naturaleza excepcional, siempre se corre el peligro de que cualquier descubrimiento ponga patas arriba los mismos cimientos del edificio levantado con teórica infalibilidad. Si esto puede ocurrir en los casos de autores con una vida pletórica en acontecimientos o con una prolija creatividad, la cuestión se torna más compleja cuando por unos motivos u otros tales criaturas desfilaron por el mundo generando, seguramente de manera inconsciente, polémicas que dividieron la opinión pública en dos bandos: el de los más devotos admiradores y el de los más acérrimos detractores.

Todo lo dicho podría aplicarse en el estudio de la vida y obra de Vicente Blasco Ibáñez, una figura que todavía hoy nos transmite la sensación de resultar inabarcable, pese a que su protagonismo en los manuales de historiografía literaria ha ido erosionándose por variadas circunstancias, muchas de ellas ajenas a las lógicas mutaciones en las preferencias del lector, hasta el extremo de privársele de los privilegios de la fama de que gozó antaño. ¿Estarían tal vez sugestionados por un extraño e inexplicable hipnotismo todos los miles y miles de lectores, de los más distintos países, que auspiciaron las continuadas reimpresiones de cada nueva obra del novelista valenciano? De lo que podemos estar convencidos es que la popularidad de Blasco Ibáñez no fue el fruto exclusivo de lo casual, de alguna moda de esas que arrecian con una fuerza arrolladora para declinar como un fenómeno efímero. Por el contrario, hubo un tiempo en que, por cuestiones de índole dispar, su nombre apareció con una frecuencia inusitada en la prensa nacional e internacional. Desde luego, no siempre como acreedor de los juicios más elogiosos, porque, en el entusiasmo con que defendió sus criterios, sus actuaciones y manifestaciones chocaban frontalmente con los intereses sancionados desde arriba.

Precisamente, la consulta de la hemeroteca de la época se revela como instrumento fundamental de este volumen, centrado en la reconstrucción de uno de los episodios biográficos más trascendentes en la biografía del escritor: el de su experiencia norteamericana. Ha sido este un capítulo obligado en las biografías más habitualmente citadas sobre Blasco: por ejemplo, las de José Luis León Roca1, Ramiro Reig2 y, más recientemente, Javier Varela3; fue motivo central de diversos artículos de especialistas en la obra del autor como Paul Smith4, Agustín Remesal5 o Fernando Millán6; pero, asimismo, la recepción de sus obras en los Estados Unidos ha interesado en los últimos años ediciones y tesis doctorales7. Deberá tenerse en cuenta, además, que el cotejo de los diarios y revistas norteamericanas publicados, aproximadamente, entre 1918 y 1928, suministra una información sobre el escritor de una riqueza asombrosa, de tal calibre que nos permite aventurar la viabilidad de nuevos estudios futuros que ahonden aún más en el predicamento alcanzado por Blasco tanto en prensa anglosajona como en los periódicos hispanos de aquel país. Y es que al novelista valenciano no solo se le prestó la atención que parecía exigir un escritor encumbrado a las cimas de la gloria literaria, sino que él mismo supo responder a las expectativas de la prensa estadounidense sobre aquello que se esperaba de él. Como señalaba Ramiro Reig, durante ese viaje de varios meses del que ahora se cumple el primer centenario, Blasco supo adaptarse sin problemas al papel que los medios y la agencia de conferencias que le había contratado le atribuyeron8. Merced a su talante llano y extrovertido, no le costó demasiado representar un guion a través del cual las partes contratantes obtenían un buen rédito de una celebridad publicitada como noticia.


Leila Usher, Retrato de medalla de Blasco Ibáñez, Lotus Magazine (julio 1919), p. 438

La presencia del nombre de Blasco en los medios periodísticos norteamericanos llegó a ser algo tan cotidiano, que se reivindica como un reto para todos aquellos que intentan seguir su recorrido por las más diversas ciudades de la república, aunque muchas veces dicho propósito pudiera verse comprometido por las confusiones cronológicas provocadas por el desajuste entre la recepción de un simple suelto y su posterior publicación. No obstante, la cantidad de referencias consultadas ofrece un testimonio perfecto del enorme impacto del viaje del primer español erigido en un triunfador entre los más variados sectores de la sociedad estadounidense: el intelectual, el de la industria cinematográfica, la política e incluso la economía. En algunos asuntos el contacto entre ambas partes resultó recíprocamente beneficioso. Este es el elemento vertebrador de los contenidos desarrollados en el primer bloque del presente volumen.

En el segundo bloque se ha querido aprovechar la oportunidad que al presente nos brinda la directora de la colección para cederle la palabra al gran protagonista de este libro. Si en las numerosas entrevistas concedidas por el escritor a los reporters norteamericanos podían existir circunstancias que pusieran en duda su completa exactitud, teniendo en cuenta que Blasco respondía a las preguntas que se le formulaban a través de un traductor, no ocurre lo mismo con las interviews dispensadas en México o con sus colaboraciones periodísticas. En estas últimas escribió sobre los asuntos sobre los que podía manejarse con mayor soltura, pues se vinculaban de un modo u otro a su experiencia personal, y, a su vez, eran del interés de los lectores estadounidenses. De ahí la selección de diversos artículos mediante los cuales se recuperan sus opiniones sobre los efectos de la Gran Guerra o sobre cómo deberían ser las relaciones entre la primera potencia mundial y los países sudamericanos, donde el autor se encara con las deficiencias del bolchevismo ruso o intenta corresponder a las atenciones recibidas transformándose en intérprete de las peculiaridades del pueblo norteamericano. Considerando que Blasco dominaba a la perfección las habilidades requeridas en todo buen comunicador y dado que tenía abiertas las puertas para colaborar con los grandes trusts periodísticos, la experiencia norteamericana colmó su sed insaciable para hablar sobre todo. Como ya había demostrado en sus crónicas de viajes anteriores, el contacto con otras geografías siempre le suministraba argumentos suficientes para explayarse. El secreto consistía en manejar los resortes necesarios para hacerse interesante. En el caso de no lograr tal objetivo, cuestión que deberá dirimir el lector, contaba a su favor con una credencial que pocos humanos podrían exhibir: la singularidad de una existencia que, un siglo después, todavía es capaz de atrapar la admiración de aquellos que, libres de prejuicios, reconocen en él al viajero empedernido, al moderno conquistador al que el éxito convirtió, en lo externo, en gentleman, al escritor que incorporaba en sus libros las peripecias de los grandes hombres porque, en el fondo, también ansiaba, con tendencia romántica, imprimir un sello distintivo, casi mítico, a su vida y a sus ficciones. ¿Cuáles acabarían sobreviviéndole?


Woman's Magazine (diciembre 1919)

LA CONEXIÓN NORTEAMERICANA

«Ha llegado su hora»

José Luis León Roca relataba los últimos instantes de Blasco Ibáñez como una sucesión de visiones que, quizá, tenían una justificación real. En una de ellas el moribundo decía algo así como: «¿Veis la carabela…? Yo la veo, la veo con sus velas hinchadas por el viento». Es posible, según el biógrafo, que se estuviese refiriendo al dibujo que días antes le habían pasado para la cubierta de En busca del Gran Kan9, novela cuyo protagonista era Cristóbal Colón, un personaje por el que Blasco pareció sentir un interés especial desde que leyó de joven el libro de Washington Irving Vida de Cristóbal Colón y de los primeros descubridores de América. Sea auténtico el sucedido o se trate de una de tantas fábulas que se gestaron en torno a la figura del novelista, lo traemos a colación para insistir en una idea que se antoja algo más que un mero paralelismo. En tiempos y circunstancias muy dispares, Colón y Blasco experimentaron la llamada del Oeste. El primero porque, ya es consabido, quería alcanzar las Indias trazando una ruta occidental. El segundo, cuanto menos, por dos razones: siempre admiró a las grandes repúblicas y, dado el protagonismo alcanzado por los Estados Unidos a nivel mundial, vislumbraba que el contacto con dicho país podía resultar sumamente provechoso en el plano privado e incluso también para España.

A este último respecto es muy esclarecedora la relación que ofrecía F. Gómez Hidalgo de un encuentro que mantuvo años antes, en París, con Gómez Carrillo y con Blasco Ibáñez. La evocación lo trasladaba hasta el otoño de 1912, tras el regreso del valenciano de uno de sus viajes a la Argentina. Durante la cena, Gómez Carrillo lamentaba que los españoles de la época carecieran de espíritu aventurero, siendo incapaces de ir más allá de la Puerta del Sol. Fue entonces cuando, al hilo de la afirmación de su amigo, Blasco le dijo a Gómez Hidalgo: «Si yo tuviera tu edad, ni volvería a Madrid ni me estacionaría en París. Aprendería inglés y me iría a conquistar los Estados Unidos»10. Ante la sorpresa de Carrillo por lo aparentemente excepcional del propósito, Blasco se reafirmó con rotundidad. No solo se sentía con aptitudes suficientes de moderno conquistador, sino que consideraba que un español que triunfase en los Estados Unidos abriría las puertas a una entente entre los dos países: «El futuro histórico de España está en una inteligencia política con los Estados Unidos». Dicho de otro modo, España era la nación europea más idónea para establecer una colaboración muy estrecha con los Estados Unidos, puesto que «¡toda la América! [había] nacido de la acción colonizadora de los españoles». A los escritores y no a los políticos o diplomáticos les estaba encomendada la misión de despertar el interés de los norteamericanos hacia España. Se trataba de una labor que no implicaría un distanciamiento entre España y Sudamérica, sino que, por el contrario, podría servir, además, como punto de partida para «un pacto triangular que constituyera la fuerza más grande que cabe en la Historia».

De acuerdo con esta versión suministrada por Gómez Hidalgo, Blasco se nos aparece como el hombre acostumbrado a mirar la vida en panorámica, el individuo que, confiado en su fortaleza, no temía a los grandes desafíos. A su vez, la anécdota referida contribuye a validar la hipótesis de que el novelista quiso extender su radio de acción hacia los Estados Unidos varios años antes de lo que tradicionalmente han supuesto sus biógrafos. De hecho, nos consta de la existencia de otros datos que permiten corroborar esta intuición. Pocas semanas después de volver de su lucrativa gira de conferencias en Argentina, más concretamente, el 6 de marzo de 1910, Blasco le formuló por carta la siguiente consulta a Archer Huntington: «siento con toda mi alma no saber inglés… ¿No sería posible dar ahí algunas conferencias sobre la España moderna y antigua? ¿Habría en Nueva York público para unas conferencias en español?». Seguramente quería reeditar el éxito de sus conferencias argentinas y empleaba una estrategia similar a la ya usada para proyectarse en el país sudamericano. Esto es, buscaba la complicidad de personajes vinculados al mundo de la prensa, la literatura o la política para conseguir una información, o por qué no su mediación, para conseguir sus objetivos. Y esta vez perseguía la connivencia de una figura de singular relieve como Huntington. El magnate norteamericano, ardoroso divulgador de la cultura hispánica desde la Hispanic Society of America, había sido quien propició la célebre exposición de Joaquín Sorolla en Nueva York, en 1909, precisamente en la que uno de los lienzos exhibidos fue el retrato Caballero español para el que Blasco había posado en 1906.

Huntington mantuvo correspondencia asidua con importantes personalidades de la cultura y la intelectualidad española: Gregorio Marañón, Zuloaga, Benlliure, Menéndez Pidal, Maeztu, el marqués de la Vega Inclán y Pérez de Ayala11. Blasco también formaría parte de esta pléyade. Mediante el cauce epistolar, hacia 1908, le recomendó como traductora a la que con los años se convertiría en su segunda esposa, Elena Ortúzar12. Más tarde, en febrero de 1910, el novelista sería nombrado socio de la Hispanic Society13. Sin embargo, para las fechas en que nos situamos, pese a la categoría de los contactos establecidos, todavía no se daban las circunstancias oportunas para emprender una gira de conferencias en los Estados Unidos. Este proyecto se fue cociendo a fuego lento. Mientras tanto, serían sus relatos los que empezaron a abrirse camino en aquella nación, aunque con modesta timidez.

La primera narración del autor conocida por los lectores norteamericanos fue uno de los relatos incorporados a sus Cuentos valencianos: «The Tomb of Ali-Bellus», que apareció en Transatlantic Tales, en el número de noviembre de 1906 (vol. 32/6). Curiosamente, a dicha publicación se refería el autor de la carta remitida desde Nueva York, el 7 de junio de 1907, con el membrete del Department of Romance Languages, de la Columbia University:

Sr. don Vicente Blasco Ibánez

Muy distinguido señor: Quiero exprimirle las gracias para la carta, los datos de biografía y la excelente fotografía que me mande. Haré lo posible para que sean conocidas sus obras y la personalidad de su autor. Le mando junto una revista de su Maja desnuda la cual he escrito hace poco para TRANSATLANTIC TALES. Como ve V. estimo la obra de un gran valor y además creo que no fuera tan difícil hallar un editor para la traducción en Ingles. Si V. quiere yo hablaré a algunos de los quienes conozco acerca del negocio y tal vez podamos llegar a condiciones favorables para sus intereses14.

Proseguía la misiva del indeterminado profesor de Columbia15 con unas rápidas instrucciones sobre el modo de gestionar los derechos de autor de una supuesta traducción al inglés de La maja desnuda, si bien esta aún tardó algunos años en concretarse. Sería La catedral la primera novela en acceder a las librerías estadounidenses, en 1909, versionada por la señora W. A. Gillespie y que la editorial E. P. Dutton & Company publicó con el título The Shadow of the Cathedral. Pese a que, en The Living Age, apareció una reseña donde se realizaba una síntesis de su argumento16, su repercusión en ventas fue más bien modesta. Ni siquiera las magníficas expectativas sobre su narrativa remarcadas un año antes por Havelock Ellis y R. H. Keniston sirvieron de aval para su presentación ante el público estadounidense17. Y eso que Ellis, aun advirtiendo en el estilo blasquista ciertas anomalías gramaticales, venía a concluir que «Blasco Ibañez is a great force in literature»18; mientras que Keniston, después de efectuar un esbozo biográfico del autor y haber repasado los rasgos de su producción novelística y los méritos de los títulos ya publicados, lamentaba la apatía del mundo de habla inglesa hacia su trabajo, debida «to a complacent sense of freedom and prosperity that makes us indifferent to the problems that confront the Continent»19, apatía más reprochable si cabe desde el instante en que «in Sr. Ibañez Spain has a leader whose courage is strong, an apostle whose faith in the future is firm».

En 1910, año en que Blasco recordemos que se planteaba impartir una serie de charlas en Nueva York, el mismo profesor Keniston prologó una traducción de La barraca (publicada por Henry Holt and Company), para estudiantes americanos de español; a la que seguirían dos más: The Blood of the Arena, en 1911 (A. C. McClurg & Co., 1911), con ilustraciones Margaret West Kinney and Troy Kinney, y Sonnica, en 1912 (Duffield), traducidas ambas por Frances Douglas. De estas tres ediciones, quizá la que despertó un mayor interés fue la protagonizada por el torero Gallardo, en cuyo desenlace se advertía la intención del novelista por erradicar el deporte nacional de las corridas de toros20. Asimismo, dicha obra contribuía a reforzar una filiación de la que ya se hablaba en Europa: la que convertía a Blasco en émulo privilegiado de Zola. Lo corroboraba el director de la librería neoyorkina Brentano: «at present the most popular Spanish novelist is Blasco Ibañez, who is frequently called the Spanish Zola»21. No obstante, a efectos de recorrido editorial, la situación apenas había mejorado. Por la versión en inglés de Sangre y arena, ni percibió un dólar ni siquiera recibió un ejemplar. Por si eso fuera poco, según confiaría años después en carta al editor John Macrae, de 11 de enero de 1919, se trataba de un trabajo poco respetuoso con el texto original, pues Douglas se había dejado sin traducir la mitad de la misma, «dando a los capítulos títulos de su propia invención; en resumen, un verdadero sacrilegio, un perfecto horror»22.

Hubo que esperar unos pocos años más para que el agua alcanzara el grado de ebullición perfecto, porque entonces, de forma repentina e inesperada, se encadenaron varias circunstancias coincidentes. En la correspondencia personal con sus socios de Prometeo, su yerno Fernando Llorca y Francisco Sempere, durante el período de la Gran Guerra, Blasco confesó estar urgido del dinero necesario para vivir23. La redacción de Los cuatro jinetes del Apocalipsis se desarrolló en unas condiciones, en ocasiones, bastante penosas. La publicación de la novela en España no alcanzó cifras desorbitadas de ventas. Sin embargo, ocurrió una historia que el escritor reiteró casi con una tendencia formulística. En 1917 vendió los derechos para la traducción de dicho libro a Charlotte Brewster Jordan, empleada en la embajada norteamericana en Madrid, por una cantidad de trescientos dólares, según declaró en entrevista de Ramón Martínez de la Riva24, o mil dólares, conforme le decía en carta a su amigo Gómez Carrillo25. En julio de 1918 veía definitivamente la luz The Four Horsemen of the Apocalypse. Nadie podía imaginar lo que estaba a punto de suceder. En los Estados Unidos la novela se convirtió en auténtico fenómeno editorial, hasta el punto de que todavía hoy se alude a Blasco Ibáñez como uno de los inventores de la fórmula novelesca del best seller.


Troy Kinney, ilustración de The Blood of the Arena (1911)


Troy Kinney, ilustración de The Blood of the Arena (1911)

El propio escritor destacó haber quedado asombrado cuando empezaron a llegarle cartas de lectores estadounidenses y artículos elogiosos de la prensa de aquel país hasta su residencia en Niza. Con ellas podía verificar el éxito brutal logrado por su novela de la Gran Guerra, y, por tanto, una popularidad desconocida por cualquier otro literato español. En cambio, como las reimpresiones de The Four Horsemen se multiplicaban a un ritmo frenético sin que le reportaran un beneficio en metálico, se sintió víctima del engaño perpetrado por Charlotte Brewster. De ahí que en sendas cartas a John Macrae, de 14 de abril y 28 de junio de 1919, la acusara de haberle explotado, ocultándole además sus ganancias26. Aun así, la oportunidad de resarcirse le llegó por otras vías.

En plena efervescencia del impacto de Los cuatro jinetes en los Estados Unidos, en octubre de 1918, el novelista recibió la solicitud que le trasladaba el catedrático de la Universidad de Columbia Federico Onís. Dirigía una colección de libros para estudiantes de español, en la editorial Heath and Company, que se denominaba Contemporary Spanish Texts. En la misma podía publicarse un extracto de la exitosa novela. Blasco no solo aprobó la propuesta, que acabaría concretándose en el texto La batalla del Marne (1920)27, sino que obtuvo un aliado excepcional en la figura de Onís. Como miembro de la American Association of Teachers of Spanish, desde su fundación en 1917, y colaborador de la Hispanic Society en la organización de seminarios sobre literatura española en la Universidad de Columbia, pudo realizar una serie de gestiones para facilitar el viaje de Blasco a los Estados Unidos. Por eso, cuando, en la entrevista concedida a Martínez de la Riva, el novelista encarecía el favor de Huntington en su gira norteamericana: «A continuación una carta de mister Huntington, el hispanófilo ilustre: “Venga usted a Nueva York inmediatamente. Ha llegado su hora. No la desaproveche usted”»28, no hacía plena justicia al papel desempeñado en la gestación de la misma por el catedrático salmantino. A este le dirigió una carta el 18 de febrero de 1919 confirmándole que, en efecto, navegaría encantado hasta la otra orilla del Atlántico, a la vez que ya le adelantaba algunos de los temas sobre los que podrían versar sus conferencias29. En el mismo sentido, haciendo gala de una portentosa memoria, retomó la idea enunciada a Gómez Hidalgo y Gómez Carrillo en París, en 1912, según la cual adoptaría el papel de mediador entre el pueblo norteamericano y todos aquellos países de habla castellana que él había visitado y en los que persistía un temor ante el avance del materialismo estadounidense30.

En el mes de junio Blasco todavía recibió en Niza otra visita que reorientaría el alcance de su próxima gira por Norteamérica. El empresario James B. Pond, dueño de la agencia Pond Lecture Bureau, le brindaba la oportunidad de firmar un contrato para desempeñarse como orador al margen de los círculos exclusivamente académicos. Las ventajas de esta invitación resultaban evidentes. La familia Pond contaba con una sólida experiencia en la organización de conferencias literarias. El abuelo llevó a Charles Dickens a los Estados Unidos; el padre hizo lo propio con Kipling y Wells; ahora el hijo les proporcionaría a Maeterlinck y a Blasco ocasión para obtener unos suculentos ingresos, aunque ello supusiese un mayor esfuerzo y hubiese que ampliar el itinerario por diversos estados. Pero el novelista español nunca tuvo miedo a las distancias.

No deberá ignorarse que, mientras fueron convergiendo todas las circunstancias que propiciaron el anhelado viaje, Blasco se hallaba ocupado, desde enero a julio de 1919, en la redacción de Los enemigos de la mujer, título con que completaría su trilogía novelesca de la Gran Guerra. Sin duda, no fue mera casualidad el hecho de que, ante los atractivos reclamos que le llegaban del país de las barras y las estrellas, el autor tratara de corresponder a los mismos y rentabilizar editorialmente su nueva obra, incorporando en ella referencias laudatorias al rol desempeñado por el ejército norteamericano en el gran conflicto bélico, con mención especial al presidente Wilson. Con fino olfato comercial, Blasco quería aprovechar la tesitura tan favorable para sus intereses31.

A mediados de septiembre respondió con un telegrama a Huntington, aceptando la invitación formal que le había cursado la Hispanic Society para impartir una conferencia en la Universidad de Columbia. Inmediatamente, la prensa norteamericana y la española anunciaron al unísono la inminente salida desde Francia del escritor. Primero se informó de una lecture en Columbia32; pero pronto se fueron conociendo más pormenores de la visita: recorrería el país dando charlas sobre «El espíritu de los Cuatro jinetes del Apocalipsis», «La América que conocemos» y «Cómo escribo yo mis novelas»33. Estaba previsto que la gira durara al menos unos seis meses y permitiera la estancia en cien ciudades34.

Para los diarios españoles era un orgullo y un homenaje a la nación que Blasco se presentara en los teatros estadounidenses. Allí habían estado antes insignes escritores de otros países europeos: Gorki, por Rusia; Ferrero, por Italia; Bergson, por Francia. España no podía ser menos. Además las charlas de su hijo ilustre serían impartidas en la lengua de Cervantes, puesto que el valenciano desconocía el inglés. Un conferenciante americano explicaría brevemente de lo que trataría la exposición. Luego, Blasco se expresaría en el idioma de sus antepasados. Para el público que no compartía la misma lengua, lo importante era conocer personalmente al autor cuyas novelas ya había leído35. Y es que las editoriales estadounidenses, bien atentas a las demandas del mercado, entre 1918 y 1919 quisieron hacer caja reeditando traducciones anteriores o lanzando otras nuevas de las novelas firmadas por Blasco: señálense Sonnica y The Dead Command (Duffield, 1918 y 1919); The Shadow of the Cathedral, Blood and Sand, The Fruit of the Wine y Mare Nostrum (Dutton, 1919); y Luna Benamor (John W. Luce, 1919).

Difícilmente se podía encontrar en los anales de la literatura un ejemplo similar a la rapidez con que se fraguó la gloria de Blasco Ibáñez en los Estados Unidos. En apenas un año había pasado de ser un autor prácticamente desconocido, sobre cuya identidad se formularon curiosas teorías: ahora era un inglés que había vivido muchos años en Argentina y usaba seudónimo, ahora, un revolucionario ruso que intentaba ocultar su verdadera personalidad36, a tener más lectores incluso que los literatos norteamericanos más cotizados37. Por eso, porque sus novelas se vendían por miles, para ilustrar las reseñas que se realizaban sobre ellas los periódicos tuvieron que recurrir a la fotografía del retrato al óleo pintado por Sorolla y adquirido por la Hispanic Society, al mismo tiempo que en los clubs de lectura se procedía al comentario y estudio de sus narraciones: «The Reading Circle of the Spanish American Atheneum will meet in Eastern High School this evening at 8 o'clock. La barraca by V. Blasco Ibanez, has been selected for study»38.


New York Tribune, 19-1-1919


Literary Digest, 1919

Pocos años después, camino de México, Valle Inclán se detendría en La Habana. En una de las entrevistas que allí concedió, tuvo ocasión de hablar de Blasco Ibáñez. Aparte de las discrepancias de estética literaria que existían entre ambos autores, Valle no parecía sentir mucho aprecio por su compatriota. A raíz de su viaje a Argentina como conferenciante, en 1909, le había aplicado el calificativo de «politicastro», subrayando, además, su desmedido afán monetario39. Ahora, volvía a enfatizar este último particular como el detonante de su viaje a los Estados Unidos:

Blasco Ibáñez, viendo que su novela se vendía como él jamás soñara, abandonó París y se marchó a los Estados Unidos. Blasco Ibáñez es un gran hombre de negocios. Una vez en Nueva York comprendió el enorme partido que podía sacar de todas sus obras, ya que Los cuatro jinetes del Apocalipsis le habían conquistado la popularidad40.

Que en el ánimo blasquista convivían en singular mezcolanza el idealismo con un incuestionable sentido práctico, lo vino a refrendar el propio novelista valenciano cuando a su llegada a Nueva York le confesó a uno de sus íntimos:

Necesito aprovechar la popularidad que tengo en este país, no solo para mí sino para España. Comprendo que esto ha de pasar. La popularidad en vida dura lo que la espuma. Soy como el torero, que está de moda una vez, hasta que el público empieza a volverle las espaldas41.

No obstante, Valle se equivocaba en un aspecto fundamental, que quizá no quiso tomar en consideración por eso de las rivalidades literarias. Al final, Blasco vio cristalizado su propósito de surcar las aguas del Atlántico. Pero cuando marchó a la conquista de los Estados Unidos, lo hizo perseguido por la fama y reclamado por una nación que le había conferido un extraordinario prestigio. El 18 de octubre se embarcaba en el Lorraine, en Le Havre; para poco más de una semana más tarde, el 27, divisar las costas de Manhattan. La expectación era máxima. A

diferencia de la llegada de Colón al Nuevo Mundo, a él no aguardaban unos indígenas atónitos ante la visión de las carabelas, sino numerosos reporteros ansiosos por preguntarle sobre una infinidad de materias y verificar si era cierto todo lo que se había dicho sobre el famoso autor de The Four Horsemen of the Apocalypse.

«His life, a fascinating story of adventure»

El domingo 26 de octubre, solo un día antes de desembarcar en Nueva York, en las páginas del The Sun se publicó una entrevista que Blasco había concedido en su domicilio parisino del 4 Rue Rennequin, ilustrada con una fotografía en tres cuartos del escritor42. A través de ella el lector norteamericano podía familiarizarse con el aspecto físico del cotizado personaje, así como también se le informaba sobre sus principales hitos biográficos. Ambas modalidades discursivas: la descripción y la narración, se conjugarían en las interviews y reportajes que proliferarían en la prensa en los días posteriores a su llegada a los Estados Unidos, reincidiendo unas veces en idénticos retazos prosopográficos, mientras que, en otras ocasiones, los datos suministrados no estaban exentos del error puntual: ¿equivocaciones en la traducción? ¿Faltas atribuibles a la memoria del propio Blasco? Desde luego, el novelista tenía en sus manos la oportunidad de suministrar un relato autobiográfico tamizado de acuerdo con sus expectativas presentes. De hecho, en las observaciones del reportero Ch. Divine se percibe el impacto directo de la versión que su entrevistado le quiso contar. Blasco era un hombre corpulento; su pelo todavía se mantenía oscuro, aunque afloraban unos mechones grises en las sienes; pero en su rostro se advertían las huellas «that come from an adventurous life and one of extreme activity».

Estando aún en Francia, el escritor marcó unas pautas, como su talante de hombre de acción, que serían reiteradas hasta la saciedad en fechas posteriores, cuando ya era un huésped importante de Nueva York. Claro que había una realidad contrastable por la mirada ajena que no podía modificar. Es decir, pese a sus cincuenta y dos años cumplidos, su apariencia denotaba gran vigor físico43. Poseía una mirada nerviosa, tensa y penetrante, que saltaba de un detalle a otro de su entorno para atraparlos como una cámara. Era el suyo un empaque que transmitía una sensación de vitalidad y poder44. Ataviado con un traje a cuadros, calzando unas botas y con anillos en los dedos de su mano izquierda y un broche en la corbata, asumía la factura de un próspero importador45. Había, no obstante, otros rasgos en él que a los periodistas les resultaron más peculiares. En primera instancia, una predisposición innata a la cordialidad: «his warm-heartedness is one of the greatest passports a traveler can have»46. Instalado en su habitación, en la planta diecisiete del hotel Belmont, era capaz de atender durante más de tres horas a todas las preguntas de la prensa, hasta volverse ronco. Deslumbró, asimismo, con sus dotes de amenísimo conversador, una aptitud que le hacía hablar de los más variados asuntos de palpitante actualidad con vehemencia expresiva, naturalidad cautivadora, intercalando cuando se terciaba la ocasión ingeniosos toques humorísticos47. Pero este hombre explosivo, que en solo diez minutos pasaba de la indiferencia o la indignación, al sarcasmo, el entusiasmo y la carcajada48, se comportaría con desconocida dicción apasionada desde su primera conferencia: «He works up into a frenzy, pacing the stage restlessly and beating the air with fury»49; sorprendiendo a quienes le acompañaban en sus paseos y visitas por el interés demostrado en querer verlo todo y preguntar sobre todo. «En Nueva York —evocaba la anécdota Emilio Delboy— prefería andar a pie y siempre llegaba tarde a las citas. Una vez lo esperaba un gran banquete. Ibáñez perdió un largo rato observando un desfile de girl scouts y llegó con retraso a la fiesta»50.


The Sun, 28-9-1919

El escritor español, cuyo nombre les costó pronunciar al principio a algunos: «Eye Banny», «Eye-ba-nez» o «Belasco», pronto se convirtió en «mister Ibáñez», por eso de que la tendencia del pueblo yanqui a la sencillez «no puede concebir que un solo hombre lleve dos nombres»51. Al mismo tiempo que el teléfono de la habitación del hotel no dejaba de sonar con una larga lista de invitaciones a desayunos, almuerzos, cenas y recepciones, el personaje que seducía a los reporteros por su familiaridad interesó también por una existencia pasada susceptible de ser rememorada con cierta deriva hiperbólica. Para empezar, resultaba asombrosa su personalidad polifacética: «novelist extraordinary, soldier of fortune, cowboy, sailor, Commander of the Legion of Honor, revolutionist and the founder of a city»52. En el protagonista de Mare Nostrum ya quedaron trasplantados diversos incidentes de su infancia y juventud. Una época en la que el escritor exhibió la precocidad de su activismo político. Con tan solo dieciocho años, un poema escrito contra el rey provocó la condena de un tribunal, aunque no se le pudo aplicar el castigo correspondiente por ser menor de edad. La versión alternativa hablaba del cumplimiento de una condena de seis meses en la cárcel por un soneto antigubernamental53. No tuvo, sin embargo, problemas con la justicia en un momento puntual. Por el contrario, se apuntaba que su vida pareció haber estado constantemente azotada por el encarcelamiento y el exilio54. Lejos de tener un efecto disuasorio, tales medidas represivas acentuaron su radicalismo y su actitud revolucionaria. Así por ejemplo, tras su campaña en Valencia a favor de la autonomía de Cuba, terminaría emparentando con escritores tan ilustres como Cervantes y Dante, pues como ellos estuvo en presidio y aprovechó la soledad de su reclusión para urdir grandes historias55. Se equivocaba el diario que pretendía situar el inicio de la dedicación blasquista a las letras durante una estancia en prisión.

De forma análoga, se publicitaron otras informaciones que denotaban un estudio mínimo de las fuentes adecuadas. Se le concedió el rango de maestro del periodismo56, reincidiendo en su responsabilidad en la fundación del diario republicano El Pueblo, aunque se afirmaba que a finales de 1919 todavía seguía siendo el editor de dicha publicación57. En especial, los rotativos norteamericanos iban a tener serios problemas a la hora realizar ciertos cómputos cronológicos. Se dijo que Blasco se había casado a los diecinueve años; que ostentó la condición de diputado en siete ocasiones, pero durante catorce años (siendo así que ocupó un escaño entre 1898 y 1907); en referencia a su aventura como explotador agrícola en Argentina, desarrollada entre 1910 y 1913 y durante la cual fundó el pueblo de Cervantes, se habló de que había permanecido seis años en dicho país sudamericano sin escribir una línea (pero ya en 1913 empezó a escribir Los argonautas); e incluso se aseguró que la distinción de la Legión de Honor le fue concedida por liderar en España la propaganda antialemana58, cuando realmente recibió la condecoración más importante otorgada por Francia el mismo año que Sorolla, en 1906. Exceptuando imprecisiones como estas, la prensa estadounidense, con la complicidad del mismo Blasco, se inclinaba por poner el acento en los aspectos biográficos más novelescos. Entonces parecía obligada la referencia a la amistad del escritor con Poincaré, merced a la que pudo significarse como el primer civil en visitar los campos de batalla del Marne, después de haber realizado una labor de propaganda a favor de Francia durante la Gran Guerra, y de organizar con pescadores, en España, una defensa de las costas contra la guerra submarina alemana.

Pese a que algún periodista ironizó al ver cómo Blasco fijaba un monóculo en su ojo derecho durante una de sus conferencias: «A monocled socialist»59, hubo coincidencia general a la hora de efectuar una valoración tanto de su obra literaria como de sus ideales políticos. Sobre la primera, causaba perplejidad el hecho de que, mientras en los Estados Unidos figuraba entre los escritores más vendidos, en España no se le considerase un novelista de primer nivel. Quizá la causa de ello residía en una diferente percepción del hecho literario:

Spaniards are great sticklers for style: when they make literary criticisms they differentiate carefully between the man who writes well and the man who tells a story well. Over and over again I found this differentiation in the opinions of Blasco Ibañez gathered from among Spaniards, literary and otherwise. The attitude of mind prompting it was best summed up by a writer of Madrid, who said: «Vicente Blasco Ibañez is a good novelist, but a bad writer»60.

En cambio, al otro lado del Atlántico se admiraba su narrativa porque en ella el autor había logrado insuflar su carácter dinámico y enérgico a sus propios personajes61. Se destacaba la prolijidad de su pluma, así como el compromiso adoptado en sus novelas en defensa de los más humildes, cuyos defectos no dudaba en criticar, sobre todo la ignorancia, en tanto que contribuían a su degradación62. Se le llegaba, en fin, a catalogar como el «portaestandarte del resurgimiento de la España moderna y portavoz de su robusta y sana literatura contemporánea». Así lo avalaban la virilidad de sus ideas, la exactitud descriptiva que podía producir los mismos efectos que un pincel o su profunda capacidad para penetrar en las grandezas y en las miserias humanas, representándolas con verdad y precisión de detalles63.


New York Tribune, 15-11-1919

Caracterizado como personaje poliédrico, se le interrogó con avidez sobre las más diversas cuestiones. Si había llegado a la cumbre de la fama como escritor, lo más lógico era que se le preguntase sobre sus preferencias literarias o sobre la forma de encarar el proceso creativo. A lo primero respondió que el escritor al que reverenciaba era Victor Hugo, a pesar de la afinidad zolesca de sus relatos. En cuanto a lo segundo, Blasco reivindicaba la importancia de una tarea previa de documentación. Tras seleccionar el asunto a partir del que desarrollar la trama, debía impregnarse de la atmósfera en que iba a transcurrir el argumento. Para ello eran complementarias la lectura y la observación directa, actividades que podía llevar a cabo meses antes de empezar a escribir la historia proyectada. Precisamente, para respirar el mismo ambiente donde luego se moverían sus creaciones, había vivido experiencias peligrosas que seguro atraían la atención del público estadounidense y en cuya evocación, además, se cargaban las tintas por el camino de la exageración64. Era cierto que, para escribir La horda, había acompañado a los cazadores furtivos en sus excursiones a medianoche a las reservas reales de El Pardo, exponiéndose a recibir las balas de los guardias. Si bien su amistad con el torero Antonio Fuentes le sirvió de gran ayuda para recrear las peripecias del protagonista de Sangre y arena, mucho más discutible era la posibilidad de haber vivido, con idéntico objetivo, con un grupo de espadas. Y la deformación se volvería completa al señalar que la redacción de Flor de mayo estuvo precedida por una experiencia de muchos meses como traficante de tabaco.

Tampoco contaba Blasco toda la verdad al decir que nunca tomaba notas65. Aparte de los cuadernos conservados, su amigo, el compositor también valenciano, Manuel Penella, en entrevista concedida durante su viaje a los Estados Unidos, aseguraba estar en posesión de unos materiales que demostraban fehacientemente cómo se documentaba el novelista: «Y, en efecto, nos enseñó un cuadernito de apuntes para La horda y otro de La catedral, con las páginas garrapateadas por la mano nerviosa de uno de los maestros de la novela contemporánea española»66. En paralelo, también sería posible contradecir otras afirmaciones tajantes como la relativa a su preferencia por la pluma y el rechazo de la máquina de escribir o el dictado:

Ibanez said he wrote with a pen. He could not think of using a type-writer or dictating.

«You can dictate a public speech or a lecture, or something like that», he said, «but you can’t dictate a novel. You have to write it. A typewriter is a great distraction. You couldn’t write poetry on a typewriter, nor a novel»67.

Conforme la diabetes que padecía le provocó severos problemas oculares, el escritor se vio obligado a recurrir al auxilio de sucesivos secretarios, con lo que, limitada su autonomía para manejar la pluma, también él terminaría dictando sus historias, cada vez más condicionadas por un estilo con empaque más oratorio.

La curiosidad de los periodistas norteamericanos se extendía más allá de las ideas blasquistas sobre la creación literaria, sobre una concepción que ponía el acento en el propósito social del arte68, y desde su entronque con la estética realista, se hallaba tan alejado de la tendencia al arte por el arte como de los rupturismos vanguardistas69. Existía un notable interés por conocer las impresiones sobre los Estados Unidos de este ilustre visitante cuyo radicalismo político se centraba más bien en haberse rebelado contra la tiranía medieval de la Iglesia y la monarquía, y en expresar con implacable coraje sus convicciones, que en comulgar con cualquier doctrina socialista, bolchevique y anarquista70. La suya iba a ser, sin duda, una opinión acreditada, pues la avalaban no solo su larga experiencia viajera, sino también los conocimientos adquiridos a través de la lectura y las conversaciones con diversos americanos. Aun así, lo que vio al llegar a Nueva York le impresionó mucho más que lo que había imaginado unos meses antes leyendo, durante seis horas al día71, todos los libros que pudo encontrar sobre «América del Norte», como él solía referirse a los Estados Unidos72. ¿Qué decir sino de la gran metrópoli?:

It was like a city of giants as I came into the harbor. The skyscrapers were superb, immense, and, after that, the harbor, with so many vessels it was tremendous. When I realized all this was the work of men it made me proud I was a man. I know all the great ports of the world, but none makes an impression to compare with this73.

Luego, al transitar por las calles de la ciudad, el orgullo se había transformado en deseo de trasladar su residencia: le gustó tanto, que seguro que se compraba allí una casa74. El entusiasmo de Blasco parecía no tener límites. Se reflejaba al enjuiciar las singularidades de la urbe moderna, y meses después se reeditó en uno de sus más famosos artículos: «What I have learned about you Americans», magníficamente remunerado, al hablar de los grandes espacios, de las maravillas naturales que atesoraba la geografía estadounidense: «the Grand Canyon of the Colorado, the changing fantastic solitude of Arizona and New Mexico, the glory of California»75. Pero, además, trascendía a lo físico y externo, para tornarse enardecida admiración hacia el espíritu de todo un pueblo: «you are the hope of the years to be; that without you all Europe is like an old man, gray and shaken with weakness. You are the youth of the world»76. A consecuencia de la intervención norteamericana en la Gran Guerra se había plasmado el reajuste de las fuerzas actuantes en el orden mundial, evidenciándose dos realidades fundamentales: que el poder del hombre instalado en la Casa Blanca excedía con creces al de todos los monarcas del mundo juntos y que, a partir de entonces, los Estados Unidos no eran únicamente la nación del dólar, sino que, para la historia de la humanidad, se habían significado también como un pueblo de idealistas.

Como cabía esperar, la vocación republicana del escritor debía materializarse de un modo u otro. Contaba con un populoso auditorio con el que era fácil hacerse entender. Además, él por su parte siempre tenía preparado un guiño para despertar las simpatías de sus interlocutores. Como cuando manifestó que en España pocos se acordaban de la guerra con los Estados Unidos a raíz de la independencia de Cuba, una rivalidad que había sido promovida por los sectores conservadores de su país y contra la que él se rebeló hasta el extremo de ser encarcelado77. Ahora bien, sus halagos hacia la república norteamericana y hacia la perfección del sistema de gobierno estadounidense no respondían a un mero deseo de agradar. Estaban basados en la creencia de que un régimen republicano era capaz de poner remedio a sus propias deficiencias, mientras que en las monarquías del Viejo Mundo los defectos se institucionalizaban y, con el tiempo, era necesario derrocarlas. A la vez que realizaba consideraciones sobre asuntos de elevado calibre, no obstante, Blasco no perdía la ocasión de poner en práctica sus dotes inductivas e intentar captar en determinados hábitos del individuo norteamericano el reflejo de su carácter genuino. Así, su peculiar forma de reír, abriendo estruendosamente la boca, era signo de su talante franco y sincero. Por otra parte, su modo de fumar, triturando el cigarro y lanzándolo cuando solo había consumido la mitad, remitía a la liberalidad con gastaba el dinero que, en teoría, había ganado de manera sencilla78.

Todavía quedaba un amplio abanico de motivos sobre los que la prensa deseaba pulsar su opinión. Al fin y al cabo, el continente europeo había sido azotado recientemente por grandes convulsiones: la Gran Guerra, la revolución bolchevique; y, asimismo, el clima que se vivía en España por aquellas fechas se presagiaba bastante conflictivo. A esto último también se refirió Blasco, después de dejar bien sentado su rechazo hacia Alfonso XIII. De acuerdo con su orientación republicana, negaba la posibilidad de que este u otro monarca se definiese por su actitud liberal. Por momentos, el que había sido diputado, aunque se confesaba enemigo acérrimo del político profesional, recordaba con sus afirmaciones al joven agitador que escribía artículos furibundos en su diario El Pueblo. Ahora como entonces utilizaba argumentos muy similares. Era falso suponer que en España el régimen monárquico se mantenía gracias a la popularidad de Alfonso XIII. El país ansiaba despertarse republicano. Sin embargo, había un obstáculo insalvable. El rey se apoyaba en un ejército profesional desconectado de las aspiraciones populares e identificado con el tipo monárquico alemán. Ante el poder de las ametralladoras era imposible pensar en el estallido de una revolución79.

En España aún no había democracia. En cambio se había entablado una lucha de clases, para la cual la única arma de la que disponía el obrero era la huelga. Ese era su único instrumento, nunca una solución, para reaccionar contra el sistema vigente. Además, en la agitación laboral de las dos primeras décadas del XX en España repercutió también el avance del movimiento obrero internacional. Blasco lamentaba la violencia desatada en Barcelona, en 1919, con huelgas, enfrentamientos y cierre de fábricas80. En principio, esta agitación sindicalista estaba limitada a la Ciudad Condal y a Valencia, aunque amenazaba con extenderse por toda España. Tenía entre sus líderes a figuras como Pestaña y Seguí, quienes, sin haber sido estimulados por los revolucionarios rusos, defendían ideas bolcheviques y anarquistas. Con riesgo de caer en la generalización, Blasco identificaba como causa principal de las violentas protestas la negativa de los patrones a retribuir a sus trabajadores con la parte que les correspondía de las ganancias obtenidas durante la Gran Guerra. El gobierno español apenas podía hacer nada para solventar la crisis, porque, aparte de su debilidad, su conservadurismo era un obstáculo para emprender las necesarias reformas económicas. Mientras tanto, el papel de la Iglesia en el conflicto era mínimo. Su influencia se hacía sentir en las zonas rurales, pero en ciudades como Barcelona los obreros eran pensadores libres.

Si bien la problemática enunciada preocupaba al novelista, no por ello dejaba de reconocerla como una ramificación del gran peligro que se cernía a nivel internacional: «already may be heard the thunderous gallop of a fifth horseman, from whom there is no escape the Class War, the Social Revolution!»81. Convertido en profeta, Blasco dedicó varias de sus conferencias a hablar de esta nueva amenaza que sacudiría a todo el mundo, un enfrentamiento entre capitalistas y trabajadores que, pese a derivar en una guerra diferente a las conocidas, iba a extenderse como una pandemia, con períodos violentos y períodos de tregua, implicando a muchas generaciones, sin que hubiera que culpar a ninguno de los bandos en conflicto, ya que la única responsable de la disputa era la naturaleza humana.

Ciertamente, como expresaría en más de una ocasión, Blasco interpretaba la situación mundial con evidente pesimismo. La civilización humana todavía se hallaba en uno de sus primeros estadios, quizá en su juventud, porque todavía no había logrado imponerse el sentido común como garante del progreso. Buena prueba de ello era el descontrol abusivo a que se había lanzado Europa en pos del lujo, la sensualidad y la extravagancia82. Para poder sostener este derroche se emitía cada día papel moneda de escaso valor, con el riesgo consiguiente de que la inflación provocara una sonada bancarrota de la economía global, pues solo una Europa laboriosa y convencida de la necesidad del ahorro podía seguir asegurando las transacciones comerciales con los Estados Unidos y, por tanto, la estabilidad del sistema financiero.

La conmoción suscitada por la Gran Guerra había tenido unos efectos indeciblemente catastróficos, unas repercusiones cuya gravedad no podía cifrarse, en exclusiva, en el número aterrador de cadáveres o en las imágenes de destrucción difundidas por la prensa. A estas realidades ya de por sí espeluznantes había que añadirles la reacción desconcertante de los países involucrados en la contienda, que buscaban la paz sin encontrarla, porque cada gobierno enmascaraba con palabras vacías sus particulares intereses. Pero, sobre todo, subrayaba el escritor, la Gran Guerra propició el triunfo de la revolución soviética. En la Costa Azul, Blasco se relacionó con numerosos rusos que huyeron de su país tras la caída del régimen zarista y tenía una percepción, más o menos unilateral, de las transformaciones de todo tipo instauradas por el comunismo, en especial, de las actuaciones del gobierno liderado por Lenin contra la propiedad privada. Varios meses después de su llegada a Nueva York, el novelista desarrollaría más por extenso su hostilidad hacia las doctrinas bolcheviques en artículos que se reproducen en páginas posteriores83. Antes de escribirlos es fácil especular con que sus comentarios sobre la peligrosidad de la revolución soviética chocaban frontalmente con su complacencia a la hora de ostentar su condición de fundador de pueblos, y de constructor y dueño de varias casas: «I have a house in Valencia, where I was born, a house in Madrid, a chateau in Malvarrosa in the Mediterranean, a villa in Nice and a house in the Rue Rennequin»84.

En cierta forma, la predilección que Blasco sentía por el pueblo estadounidense residía en el hecho de que allí era posible consumar eso del «sueño americano», allí se le abrían las puertas para que tanto su economía como su reputación crecieran. Esto es, una versión en clave personal de la idea de progreso. En pleno otoño neoyorkino, con singular entusiasmo estaba dispuesto a emprender un periplo incesante, jalonado de desplazamientos, conferencias y actos públicos. Si acaso, por aquellas fechas, seguramente echaba en falta el sabor de la nicotina. Antaño fumaba más de veinte cigarros al día, también de los grandes. Pero el médico ya no le permitía tales excesos. Por eso se tenía que conformar con llevarse a la boca un cigarrillo de imitación, de color ámbar, hecho de madera.

Los largos itinerarios

Tan pronto empezó noviembre, Blasco pudo consumar una de las aspiraciones de los buenos aficionados al arte de la cinematografía. Correspondiendo a la invitación de la Fox Film Corporation, se desplazó a los estudios neoyorkinos ubicados en Fort Lee. Un representante del señor Fox acudió a su hotel para recogerlo. Mientras su vehículo discurría a través de Riverside Drive, el escritor contempló la belleza natural del río Hudson, quedando encandilado con la panorámica de la ciudad que retenían sus ojos a medida que ascendían a las Palisades. Al llegar a Fort Lee, le recibió una orquesta, dirigida por Edwin Bachman, que interpretó una pieza española y otras composiciones.

Casualmente, la visita de Blasco coincidió con la última fase del rodaje del film Wings of the Morning (1919), por lo que tuvo la oportunidad de saludar al actor William Farnum, con quien se fotografiaría, y al director J. Gordon Edwards. La visita a los laboratorios donde se realizaban las tareas de secado, corte, impresión y montaje colmó su entusiasmo ante la magnitud de la cinematografía estadounidense, una de las principales industrias del país. No es de extrañar que, tras verificar su importancia, Blasco confirmara su esperanza de convertir sus novelas en imágenes para que pudieran ser conocidas en todo el mundo. De vuelta a la metrópoli, se le condujo a las oficinas centrales de la productora, y allí conoció a William Fox, a quien felicitó por la calidad de sus películas85.


Vicente Blasco Ibáñez con W. Farnum (Filmoteca Valenciana)

Para el día 3 de noviembre estaba previsto el estreno de Blasco como conferenciante ante el público norteamericano. El lugar elegido por el Departament of Institute of Art and Sciences, de la Hispanic Society of America, fue el Horace Mann Auditorium de la Universidad de Columbia, Broadway y 120th Street86. Al igual que en charlas sucesivas, el escritor se expresaría en castellano, traduciendo de inmediato sus palabras al inglés un ex oficial del ejército que la agencia Pond había contratado para tal menester y del que se hablará después. Esta primera conferencia llevaba por título «La influencia de España en la civilización del mundo», era gratuita y los boletos se habían agotado varios días antes. Quienes asistieron a la misma se encontraron con un orador que se manifestaba como portavoz de un ardoroso españolismo, a la vez que no dudaba en ensalzar el influjo futuro del continente americano en el progreso mundial, pues muy pronto los descendientes de ingleses y españoles iban a convertirse en grandes gobernantes. En especial, trató de rebatir la injusta opinión de los historiadores europeos modernos sobre la historia de España. La aparente situación de decadencia de su país debería ser considerada mejor como anemia, como el resultado de un proceso de siglos en el que España dio lo mejor de su talento y de su sangre para descubrir, explorar y colonizar las Américas, hasta sentirse agotada. El alma española se hallaba diseminada en todas las repúblicas del continente87. Su legado seguía siendo inconmensurable. En síntesis, que no había duda alguna del patriotismo del conferenciante, que, una década después, empleaba argumentos muy parecidos a los manejados en su ciclo de conferencias en Argentina, en 1909.

Terminada la disertación, a Blasco se le ofreció un banquete. De inmediato, remitió, haciendo uso del primer correo aéreo, un mensaje a los diarios de La Habana y al pueblo de Cuba88.

Entre el 6 y el 8 de noviembre estuvo en la sede del diario La Prensa, uno de los pilares del hispanismo neoyorkino, dirigido por José Camprubí. Asimismo, se trasladó al Country Life Press, en Garden City, Long Island, siendo el invitado de Herbert S. Houston, vicepresidente de la editorial Doubleday, Page & Co. Quería observar con sus propios ojos los métodos de publicación y edición más modernos, y, la verdad, quedó deslumbrado ante la categoría de la maquinaria empleada por los norteamericanos, con la que la de Prometeo no podía competir en absoluto. Le acompañaban en la visita el citado José Camprubí y el profesor Federico Onís, quienes también degustaron el almuerzo con que les regaló el señor Houston y, a continuación, fueron testigos de cómo Blasco Ibáñez plantaba un árbol en el jardín conmemorativo de Doubleday, del mismo modo que antes que él lo hicieron otros invitados distinguidos como John Muir y John Burroughs89.


Blasco en Long Island, plantando un árbol

(The World's Work, noviembre 1919-abril 1920, p. 498)

En el meeting de la AATS, intervino para hablar de la primacía de la novela sobre cualquier otro género en la literatura española contemporánea. Según él, en su país el novelista, por lo general, no era un profesional, sino que solo se dedicaba a escribir cuando tenía que transmitir al mundo un mensaje sólido. Terminó su charla alabando la tarea de los allí reunidos, a los que apreciaba como «evangelists of Spanish culture in this country»90.

Con el título de «El espíritu de los Cuatro jinetes», el 10 de noviembre, Blasco dirigió su conferencia a un público mayoritariamente hispanohablante en el Aeolian Hall. Tras los cumplidos de agradecimiento a su audiencia, por la tremenda acogida a su novela, dividió su exposición en dos grandes bloques. Primero habló de la amenaza procedente de un quinto jinete, el de las huelgas y la revolución social, que podía desembocar en nuevos conflictos bélicos en el período de incertidumbre internacional que se respiraba en los primeros meses de posguerra91. Acto seguido, rememoró los acontecimientos que propiciaron la redacción de Los cuatro jinetes del Apocalipsis, historia para que la que se nutrió, en parte, de su visita al escenario de los enfrentamientos del Marne, así como se basó en personajes reales. También insistió en una idea que sería recurrente en varias de sus colaboraciones periodísticas: «Yet no punishment has been meted out to the men responsible for the death of ten millions. If such crimes are to be forgiven and forgotten, who can be sure they will not be repeated?»92. Esa ausencia de castigo era uno de los factores que había desencadenado la inestabilidad industrial presente, el conflicto entre aquellos que habían amasado dinero en el transcurso de la guerra y aquellas masas trabajadoras que sentían hacia ellos un odio instintivo.

Durante los meses en que Blasco estuvo en los Estados Unidos, las conferencias fueron eclipsadas en cantidad por las recepciones a las que fue invitado por personas y asociaciones de la más diversa índole. Así, por ejemplo, estuvo en el India House, teniendo como anfitrión a Alfred Gilbert Smith, presidente de la New York and Cuba Mail Steamship Company, más conocida como Ward Line, y compartiendo mesa con notables comensales de origen español y sudamericano93. En el hotel Pennsylvania, le regaló con una cena el Mexican Union and American Frienship Club. En la misma se lamentó de los ataques recibidos por su conferencia en el Horace Mann Auditorium al defender a España de la visión negativa que se ofrecía de su intervención en el Nuevo Mundo. De acuerdo con las sospechas del escritor, existía un empeño pro alemán en desacreditarle. En todo caso, más allá de su reputación personal o su perspectiva interpretativa de la historia española, lo que a él le interesaba era destacar las ventajas de la cooperación internacional: «it was most important that Spain ally herself with the United States now, for Spanish interests were world-wide, and together the countries could accomplish much»94. Y siempre mirando al futuro, exponía su intención de viajar a México para escribir una novela sobre aquel país que sería traducida al inglés.

La faceta más altruista de Blasco se puso de relieve el 14 de noviembre, cuando participó en la campaña de la Fundación «For Actors' memorial», organizada por el productor y manager Daniel Frohman, y que tuvo lugar en el teatro Lyceum. Se trataba de recaudar fondos para los actores menos afortunados, concurriendo a la recepción hombres de negocios, representantes del mundo del escenario y la literatura, y unas dos mil damas. La mayoría de los asistentes se sintieron atraídos por la oportunidad de conocer en persona al escritor95.

Sin embargo, tuvo mucha más repercusión su iniciativa de abrir un fondo conmemorativo para levantar un monumento en honor a Edgar Allan Poe, al que él contribuyó con la donación de cien dólares. La trascendencia del gesto no residía tanto en la cantidad aportada, como en el hecho de persuadir al presidente de la Sociedad de Artes y Ciencias del Bronk, señor W. Stebbins Smith, de la conveniencia de emprender la aventura laudatoria96, teniendo en cuenta que Poe era un escritor muy apreciado en Europa, mientras que en el ámbito literario de los Estados Unidos era como una especie de marginado, una figura extraña y peligrosa97. Era, pues, el suyo un acto de justicia poética que tendió a otorgarle al escritor de Boston el reconocimiento que merecía en su país.

La prensa americana aplaudía la decisión de Blasco, quien hacia el 17 de noviembre visitó la pintoresca casa de madera del autor de «El cuervo» en el Grand Concourse, en Fordham, en la parte alta de la ciudad. Le demostraba así la admiración que le profesaba antes ya de su llegada a los Estados Unidos. Por su parte, mientras los periodistas intentaban recrear la existencia de Poe en su hogar, sentado en el porche y dialogando a solas con las estrellas, pendiente de los lamentos y las sombras fantasmales que se arrastran por la noche98, la figura del novelista español adquirió una dimensión poética: había sido inspirado por el maestro para acometer empresas generosas99.

Más mundana fue, en cambio, la celebración organizada por el University Forum of America, el día 18, en el Hotel des Artistes100. Blasco fue recibido en el salón de baile con gritos y aplausos. Como era habitual en estos festejos de sociedad, a los postres enlazó un breve discurso, convenientemente traducido por el señor Alexander Cummnings, presidente del University Forum, en el que hizo relación de sus experiencias personales en Argentina, en París y durante su visita a la zona devastada del Marne. Para desviar a los asistentes de cualquier recuerdo aciago sobre la Gran Guerra, luego concluyó la velada con un baile.

Solo dos días más tarde, en el almuerzo organizado por el Rotary Club, en el hotel McAlpin, se verificó la comunión entre el escritor y la sociedad norteamericana de un modo sumamente gráfico. Los miembros del club recompensaron a Blasco con el regalo de una bandera de los Estados Unidos. El novelista, posando sus labios sobre la tela, agradeció con fervorosas palabras el detalle. Para él, dicho emblema representaba un honor inmenso. No era la bandera del país más importante, sino la bandera con cuyos valores debían identificarse todos los países del mundo101. Para un hombre muy dado a conferirle su simbolismo a los objetos, el regalo recibido satisfacía con creces su tendencia mitográfica.

Posiblemente la recepción en el hotel McAlpin fue el último acto público de su primera estancia en Nueva York102. A lo largo del mes de noviembre Blasco visitó en su mansión de Bayside, en Long Island, a la actriz Pearl White, sin que las informaciones de la prensa permitan fijar una fecha concreta. De acuerdo con sus propias palabras, el escritor ya hacía tiempo que deseaba de conocer a la estrella de la Fox. Había llegado a contar en numerosas ocasiones una historia entretenida que podía justificar dicho afán. En París, durante un ataque aéreo, Blasco vio correr a la gente hacia un teatro. Él siguió su estela creyendo encontrar allí un lugar inusualmente seguro. Sin embargo, lo que atraía a los franceses era una pieza del serial cinematográfico Los peligros de Paulina. Sorprendido por el singular descubrimiento, se dijo que debía conocer a una actriz cuyos movimientos delante de la cámara mantenían ocupada la atención de las personas en peligro103.

El ansiado encuentro entre los dos famosos quedó inmortalizado por una breve filmación de un minuto y casi cuarenta segundos en la que puede identificarse asimismo al marido de Pearl White, el actor Wallace McCutcheon Jr., a Leo A. Pollock, a Louis Renshaw y la también actriz de Brodway Blyth Daly104. Blasco le regaló a su anfitriona un ejemplar de una de sus novelas, mientras ella hacía lo propio con otro ejemplar de su autobiografía Just Me, en la que estampó la dedicatoria: «From the worst author in the world to the greatest»105. La sintonía entre los dos parecía perfecta, y ambos se intercambiaron elogios. Pearl apreciaba la habilidad del escritor en la creación de personajes. Blasco no quedó atrás en sus elogios: «In Europe and South America your admirers can be counted by the million. It is my deep conviction that such admiration is well deserved. I am one of those millions»106.

Según parece, hubo más visitas de Blasco a Bayside, en las que tan cotizadas figuras podían conversar un poco en francés y unas cuantas palabras en italiano. Años más tarde, como resultado de esta magnífica relación, Blasco escribiría una novela corta sobre el cine y su influjo en la percepción de la realidad de los espectadores. La protagonista de Piedra de luna era el correlato novelesco de la célebre Pearl White107.


Anuncio de una conferencia en el teatro Fulton (The Sun, noviembre 1919)

A medida que el escritor fue visitando más ciudades norteamericanas, se familiarizó con las costumbres y aficiones representativas de aquel país. Hacia el 21 de noviembre había llegado a Boston. Seguramente el primer evento al que asistió fue un partido de football en el Harvard Stadium. Allí comprobó que el entusiasmo mostrado por los espectadores era muy parecido al que se reconocía en una corrida de toros en España108. Al día siguiente, el Club Español de Boston le agasajó con una comida en el hotel Westminster. Bajo los auspicios de esta asociación impartiría la conferencia «Los cuatro jinetes del Apocalipsis». Otra vez el peligro de una revolución social. Se anunciaban otras disertaciones, en el Wellesley College, en Tremont Temple. Ahora para hablar de la verdadera España, ahora para expresar su optimismo en el futuro que le aguardaba a los Estados Unidos, aprovechando cualquier ocasión para dejar constancia de su afecto a la bandera norteamericana109.

La prensa destacaba la inmensa popularidad del autor, que se había extendido como la pólvora, al mismo tiempo que se preguntaba cómo era posible que este hombre tuviese amigos por todas partes. En realidad, Blasco dominaba las estrategias del buen publicista y repetía constantemente que se sentía muy a gusto en aquella república. Sin embargo, en medio de tanto trasiego, fastos y oropeles, le volvió a visitar la tragedia. Años atrás le había sorprendido la noticia de la muerte de su padre mientras se hallaba en su gira de conferencias en la Argentina. Ahora el golpe se lo asestaba la muerte inclemente llevándose consigo a su hijo Julio César. Blasco no pudo asistir al sepelio, quedando doblemente afectado. De ello dejó testimonio en una misiva remitida a Huntington, el 26 de noviembre, y sellada en Otawa. Es decir, para entonces había cruzado la frontera de Canadá, según le confiaba a su querida Elena Ortúzar en otra carta del 27. En ella le informaba que se hallaba en Ottawa para dar una conferencia en un templo protestante y que, al día siguiente, saldría hacia Montreal. Se había visto obligado a cambiar su itinerario, pues era imposible desplazarse hasta Toronto, a causa de una epidemia de viruela. El caso es que se encontraba abatido: «Comprenderás mi estado de ánimo después de la muerte de mi pobre Julio. Además aún no he recibido ni una sola carta tuya. Voy como un sonámbulo de un lado para otro. Mis negocios marchan bien, pero me faltan ánimos». Quizá las sombras que se cernían sobre él se viesen mínimamente disipadas con la visita a las cataratas del Niágara. Aun así, a su familia remitió una postal, con la imagen coloreada de esta majestuosa belleza natural, manifestando su pena por la muerte de Julio.


11. Texto de la postal enviada por Blasco a sus hijos

(Colección Libertad Blasco-Ibáñez. Casa Museo Blasco Ibáñez)

Con mucha probabilidad fue por esas fechas cuando, ya instalado en el hotel Statler de Búfalo, respondió a la carta que le había enviado unas semanas antes Conrado Massaguer solicitándole una colaboración para su Revista Social. Blasco declinó la invitación alegando la carencia de tiempo material para atender a todos los compromisos que hacían de la suya una existencia frenética. Vale reproducir algunos párrafos de esta carta por la valiosa información que suministran:

Cada dos días visito una ciudad de los Estados Unidos.

En cada una de ellas me dan un banquete y doy una conferencia. El otro día en el curso de 48 horas, hablé en una universidad de señoritas, en una sinagoga, en un templo protestante y en la escuela militar de West Point, siendo todas estas conferencias alternadas con largos viajes de ferrocarril.

Además recibo visitas, hablo con los periodistas, dedico libros y postales (¡ay las postales!, ¡si me diesen un centavo por cada una que firmo!… ¡qué fortuna!). Algunas mañanas al salir de la cama pretendo afeitarme, y suenan las ocho de la noche antes de haberlo conseguido.

¡Y quiere usted, viviendo así, que le envíe unas cuartillas! […]

Voy a correr una parte de esta región de los Estados Unidos (Cleveland, Chicago, Nebraska, etc.) hasta el 29 de diciembre; luego iré a pasar las Navidades en New York (Hotel Belmont). En enero saldré para el Oeste y el Sur (California, Texas, etc.), en febrero volveré a New York; en marzo deseo ir a Cuba, en abril a México…

¿Cuándo podré tener unos días libres para escribir?…110

Con el plan de trabajo pergeñado no resultaba difícil aventurar que la transición entre los meses de noviembre y diciembre cobraría forma bajo el mismo signo del movimiento delirante. Si acaso, le podían ofrecer alguna tregua momentánea las recepciones con personajes interesantes, pensemos en las comidas compartidas con la actriz peruana S. Díaz de Rábago o con la contralto del mismo país Margarita Álvarez111. Tal vez entre refrigerios y risas era posible remontarse sobre la fatiga y el dolor por la pérdida de un hijo, incluso para lanzar de nuevo a volar la imaginación. Así, por ejemplo, su estancia en Búfalo le permitió conocer al rabino Louis Kopald, del templo Beth Zion. A partir de la conversación mantenida con él, surgió la idea para una futura novela que bien podría titularse El judío. Puesto que Blasco intuía más privilegios en los hebreos de América que en aquellos otros diseminados por diferentes lugares del mundo, su inspiración le dictaba la oportunidad de una historia protagonizada por un judío de Salónica que viajaba hasta los Estados Unidos y cuya percepción de las cosas entraba en abierto contraste con la de otro personaje de su mismo pueblo, afincado en la república de las barras y las estrellas, y por ello, con una cosmovisión más progresista y optimista112.

Esa historia nunca llegó a escribirla. Lo que sí que continuó fue su gira de conferencias. El 11 de diciembre, estuvo en Pittsburgh, más concretamente en el Carnegie Music, correspondiendo a las atenciones de The Author's Club de la ciudad, del que era presidente Georges N. Sollom, con la enésima exposición sobre los «cinco jinetes»113. Inmediatamente después, le esperaba con los brazos abiertos la ciudad de Chicago. No obstante, al ser alojado en el Congress Hotel, en la mejor de sus habitaciones, algo ocurrió que propiciaría, casi cuatro años más tarde, las declaraciones poco gratas del señor James B. Pond sobre el comportamiento del escritor. El responsable de la agencia que le había contratado señalaba que Blasco tenía, digámoslo así, un temperamento excesivo. Además, él era «the most accomplished cusser I ever knew. If he got himself well started on a series of Spanish oaths, few people could hope to equal his unusual and most comprehensive selection of swearwords and fiery delivery»114. Para desempeñarse como su intérprete, la agencia había elegido a un ex oficial del ejército norteamericano, que era incapaz de soportar el flujo constante de un léxico que no estaba autorizado en ningún diccionario. Por ende, el intérprete acabó supuestamente desquiciado en dos semanas y quería sacar su revólver: «He was a wild man, eager to slay!». Lo tuvieron que despedir abonándole el salario estipulado. En su lugar, el elegido fue un puertorriqueño, Robert King Atwell, que conocía a la perfección el rico vocabulario castellano.

Pero regresemos a su habitación en el Congress. Aunque tenía unas espléndidas vistas a un lago, quedaba muy próxima al ferrocarril. Disgustado por el ruido de los trenes, parece ser que Blasco reaccionó colérico, lanzando todo tipo de juramentos y saltando sobre su sombrero. Justo en ese momento, se abrió la puerta de la habitación con tan mala suerte que un grupo de reporteros descubrieron su enojo. El intérprete trató de disculpar al escritor argumentando que, habiendo comprado el sombrero esa misma mañana, no le encajaba. Sin embargo, entre los periodistas había algunos sudamericanos que habían oído a Blasco y denunciaron los hipotéticos errores en la traducción de sus palabras. Al final, las víctimas del enfado del autor, según relataba Pond, fueron el malhadado sombrero y el intérprete puertorriqueño.

Dejando a un lado la anécdota, durante los días que pasó en Chicago, es muy posible que se produjera una primera puesta en común con June Mathis, la encargada de adaptar para el cinematógrafo Los cuatro jinetes del Apocalipsis. Tampoco tuvieron mucho tiempo para ahondar en dicho asunto, ya que el 15 de diciembre era presentado en Des Moines, por el Iowa Press and Authors' Club, para pronunciar la conferencia «La América que conocemos»115. Al día siguiente estuvo en Omaha. En el hotel Fontenelle, ante la Society of Fine Artes, con el señor Albert Smith como intérprete, reiteró las consabidas alabanzas a Nueva York, se atrevió a refutar la idea de que los Estados Unidos era una nación carente de arte y vida espiritual. Significó para ello la importancia de la obra del poeta romántico Longfellow, la genialidad de Whitman y la poderosa capacidad imaginativa de Poe. Prosiguiendo con la enumeración de personalidades norteamericanas, los elogios vinieron a recaer sobre sus grandes presidentes: Washington, el ciudadano-soldado heroico y abnegado; Lincoln, el mártir de la libertad; Roosevelt, apóstol de la vida, y Wilson, notable estadista y poeta. Blasco, a quien la prensa local le atribuía un cierto parecido con Enrico Caruso116, sabía perfectamente cómo ganarse la voluntad de su auditorio.

Coincidiendo con Christmas Eve, el novelista sufrió un nuevo contratiempo. Cierto editor argentino le había interpuesto demandas «por valor de varios miles de pesos». Los tribunales de su país solicitaron el embargo de los derechos de autor que le correspondían por la venta de sus libros, y la corte de distrito de Nueva York dictó la orden a favor del demandante117. Aun así, la actividad de Blasco no cesó, ni siquiera en pleno período navideño. La American Association of Teachers of Spanish celebraba su tercer encuentro anual en la Universidad George Washington, en su facultad de Derecho, con la asistencia de cientos de delegados. El día 27, el rector de la Universidad, Dr. William Miller Collier, pronunció el discurso de bienvenida, interviniendo como oradores principales el embajador de España, Sr. Juan Riaño y Gayangos, y Blasco Ibáñez118. Todavía el 30 de diciembre podríamos localizarlo, otra vez, en Nueva York disfrutando de un almuerzo en el Dutch Treat Club y manteniendo el contacto con ese mundo de artistas, escritores e ilustradores que tanto contribuían al glamour de la metrópoli.

Camino de Hollywood

Con la llegada del nuevo año Blasco emprendió de nuevo un itinerario que tendría como ansiado destino los estudios cinematográficos instalados en Hollywood, a la par que se desarrollaba la segunda parte de su gira de conferencias por los estados del Sur119.

El 18 de enero se detuvo en Albuquerque, donde ofrecería una charla en el Liberty Hall, ante el capítulo local de la AATS120. Antes de eso, él y su secretario, fueron guiados en excursión por un comité encabezado por el profesor universitario Roscoe Hill y del que formaban parte los señores Néstor y Anastasio Montoya, Frank A. Hubbell y A. R. Hebenstreil. En sendos automóviles, habida cuenta del interés del escritor por ver un rancho, se trasladaron hasta la granja Hubbell y a la Isleta, paraje este último que causó una grata impresión al autor, ya que por su colorido, su arquitectura, la presencia de indios y otras características geográficas le traía a la memoria sus recuerdos de Sudamérica. Tras la cena, organizada en casa del profesor Hill, los asistentes pudieron trasladar sus preguntas a Blasco, quien demostraba especial magnetismo con todos los allí reunidos. Sobre todo, destacó su opinión de que América del Sur seguía siendo la tierra de las oportunidades. En ella habían triunfado muchos alemanes, que aprendían el castellano en su país para viajar luego al otro lado del Atlántico. Sobre los Estados Unidos dijo que algunas de sus regiones se parecían mucho a otras de España, provocándole un gran orgullo que muchos anglosajones dominaran perfectamente el castellano121.

El lunes 19 llegaba a la ciudad histórica de Santa Fe, en la cual buscaba reminiscencias del pasado hispano. De ahí su interés al visitar el museo local y la Library of Historian Benjamin M. Read por los fondos que le permitían acceder a un mejor conocimiento de la historia de la España colonial. Sobre todo, en el primer edificio sorprendió por su erudición incluso a los universitarios que le acompañaban. Cuando un sacerdote hizo sonar una campana que estaba expuesta como reliquia con varios siglos de antigüedad, emitió un veredicto tajante: aquello era falso. Bastó con darle la vuelta a la pieza para verificar cuándo y dónde había sido fabricada. De repente, su mirada se detuvo en unas pinturas con unas carabelas en las que supuestamente viajó Colón al Nuevo Mundo:

One glance was sufficient for the visitor to take it all in and to discover that the ships were not historically correct. He had made a study of ships of the Spanish navy throughout its history at one time when he was writing something in South America and pointed out that that type of caravel was not used by Columbus when he discovered America122.

Mientras expresaba su intención de regresar el verano siguiente a Santa Fe con el fin de realizar un estudio que le serviría para escribir su novela del Sudoeste, el gobernador Benjamin F. Pankey lo invitó a un almuerzo en el hotel De Vargas123. Tal vez, fue en uno de estos actos públicos donde el novelista recibió como presente otra bandera de la república norteamericana que, a su regreso a Francia, exhibiría en su despacho de Villa Kristy, en Niza, junto a varios objetos exóticos fabricados por los indios de Arizona y Nuevo México.

Su estancia en Tucson, el 22, fue breve; el tiempo necesario para impartir la conferencia «El espíritu de los Cuatro jinetes»124. En cambio, su estadía en California iba a ser más duradera, de casi tres semanas, entre finales de enero y principios de febrero. Eso sí, nada más llegar a Los Ángeles, el 23, e impartir, para la sección local de Los Ángeles de la AATS, una nueva conferencia sobre la España moderna en el Clune’s Auditorium125, las informaciones recopiladas en la prensa hacían alusión a sus problemas de salud: «Vincente Blasco Ibanez, Spanish author, is ill here»126. Unas fuentes hablaban de un resfriado severo o de una gripe127, otras apuntaban a una dolencia próxima a la neumonía128. Este contratiempo le obligó a quedar confinado en su habitación del hotel Raymond, en Pasadena, y, con ello, a alterar su calendario de charlas. No obstante, tan pronto empezó a recuperarse, intentó recuperar el tiempo perdido. A finales de mes volvió a hacer gala de sus dotes para la oratoria en el auditorio de la Polytechnic High School, en Washington and Hope Streets, disertación para la que el público tenía entrada libre129.

Pese a no haber desaparecido la afección gripal, se esforzó por sobreponerse a ella para satisfacer su curiosidad. Estaba demasiado cerca de los escenarios donde se rodaban los grandes films estadounidenses como para poder resistirse a visitarlos. De modo que estuvo en los Sixty-First Street Studios, en los que la Metro Pictures Corporation comenzaba a producir la adaptación cinematográfica de The Four Horsemen of the Apocalypse130. Casi obvia referir los arrebatadores efectos que provocaron en su ánimo esos escenarios donde cobraba forma la ilusión cinematográfica: «At the movie city outside Los Angeles the Spaniard was a constant visitor at the studios. He saw the production at every stage in its development»131. Blasco lo miraba todo con los ojos atónitos de un niño. De sus observaciones sobre la magia que transmitía Hollywood, bautizada como Camaleón City, dejó posteriormente testimonio descriptivo en La reina Calafia y en la novela corta Piedra de luna. Cómo le habría gustado ser partícipe de las invenciones que allí se gestaban. Iba a escribir escenarios y contaba con la indiscutible virtud de saber amoldarse a las opiniones ajenas. Estaba tan eufórico, que quienes le mostraban los estudios de la productora le tuvieron que hablar también de los prejuicios de la audiencia norteamericana, de las dificultades técnicas que interferían en cualquier rodaje. Pero si algo le sobraba a Blasco era capacidad de trabajo y carácter perseverante132.


Vicente Blasco Ibáñez en Hollywood con June Mathis y Marcus Loew (Filmoteca Valenciana)

Además del cinematógrafo, la geografía californiana albergaba otros atractivos lugares a los que el novelista viajó en excursión. Al noreste de Los Ángeles, cerca de Arroyo Seco estaba la finca de El Alisal, cuyo propietario era el polifacético Charles Fletcher Lummis, gran protector de la herencia ancestral del Sudoeste americano. Blasco fue invitado a su casa, disfrutando de una comida típica de la primitiva California. El propio Lummis actuó como anfitrión, junto al cónsul de España, de otra recepción celebrada en el exclusivo Gamut Club, en 1044 South Hope Street, que en honor del célebre invitado y dada la condición de fraternidad artística y musical, dedicó la jornada a la música española, de la cual ejercía como renombrado representante para la ocasión el barítono Serafín Pla133.


Blasco Ibáñez y Ch. F. Lummis en El Alisal (Lummis Papers, Colorado State University)

Coincidiendo con su estancia en la ciudad, se fundó el Centro Hispano Americano, agrupación de índole cultural integrada por mexicanos residentes en Los Ángeles y que nacía con pretensiones de establecer un vínculo fraterno entre los Estados Unidos y México. Blasco fue nombrado como su presidente honorario134.

Aún emprendería con su secretario una gratificante ruta que le permitió reencontrarse con la arquitectura colonial española. Para eso se trasladó a Riverside, donde le reclamaban poderosos valedores como Frank A. Miller, promotor del hotel Mission Inn. Acompañado por el profesor de español Emile Mauler Hiennecey estuvo también en la misión de San Juan Capistrano, en la Mission Play y el Mount Rubidoux, escenario este último donde se levantaba una cruz dedicada a Fray Junípero Serra135. Como era habitual en él, aparte del mero interés turístico, existía un propósito documental «in order to gather material for a novel which Senior Ibanez has in contemplation. The scene is to be laid in Mexico, and in that part of California where Spanish influence has been felt»136.

El 4 de febrero se alojó ya en San Francisco, en concreto en el University Club. De inmediato, en el Pacific Union Club, el Sr. Vinter, gerente del Banco Hispano-Americano, le ofrecía un lunch en el que Blasco se distinguió por el fervor con que hablaba de España y de la raza hispana. Precisamente, su visita fue muy celebrada entre los miembros de la comunidad de habla española. Cundía entre ellos una desazón, un sentimiento molesto de aislamiento porque hasta California apenas llegaban los ecos de las novedades del mundo intelectual europeo, pero, además, como núcleo insignificante entre las colonias de habla extranjera, también ellos eran ignorados. De ahí la importancia de la llegada de tan ilustre embajador de la lengua de Cervantes137. De ahí sus felicitaciones a la Universidad de California por liderar dicha iniciativa, por gestionar oportunamente una conferencia del escritor en Berkeley para el 9 de febrero138. Antes había asistido ya a la junta de la AATS, donde habló con su característica elocuencia, y después haría lo propio en el Scottish Rite Temple, reproduciendo una vez más la exposición que había titulado «Los Estados Unidos a los ojos del mundo». La cifra de casi mil asistentes reunidos en la cena del Bohemian Club, el 10 de febrero, evidenció la popularidad de la que gozaba Blasco por aquellas fechas. Y este baño de multitudes pronto iba a desembocar en una ceremonia honorífica que tendría lugar pocos días después en la Universidad George Washington.

Este compromiso motivó su partida hacia el este del país, siendo posible reconstruir su itinerario en tren a partir de las menciones a diferentes ciudades y espacios naturales que figuran en uno de sus cuadernos de notas. Esto es, el 13 de febrero abandonó San Francisco, y el ferrocarril discurrió junto al río de las Plumas y poblaciones californianas como Pulga, Cresta y Merlín. Un día después, aludía al famoso desierto de Nevada, mientras que, el 15, pasó por las Montañas Rocosas, Red Cliff y Denver. Por el estado de Nebraska, dejó atrás las ciudades de Hastings, Lincoln y Omaha; y el 17, apenas se detuvo en Chicago, para reemprender la marcha hacia Nueva York.

El 21 de febrero se hallaba, de nuevo, en Washington para recibir la distinción excepcional de Doctor en Letras. El evento se enmarcaba en el calendario de actividades organizado por la Universidad George Washington con motivo del «mid-year», convocatoria de mediados de invierno. Sin duda, el acto central de la misma fue la ceremonia de entrega de títulos honoríficos. Se celebró, el 23, en el Auditorium of Central High School, 13th y Clifton al noroeste, concediéndose en él la distinción de doctor honoris causa a Blasco Ibáñez, pero también el grado honorario de Doctor en Leyes al senador por Nueva York W. M. Calder, así como los títulos respectivos al ex secretario de Hacienda Franklin MacVeagh y a Herbert C. Hoover, quien pocos años después sería elegido presidente de la República139. El general John J. Pershing no pudo recogerlo por hallarse en California.

Fue una ceremonia solemne a la que acudieron las más eminentes personalidades de la capital, miembros del gobierno de los Estados Unidos y gran parte del cuerpo diplomático extranjero. Se estima que el número de asistentes ascendía a las cuatro mil personas, quedándose fuera otras tantas por no haber aforo suficiente140. En un lugar preferente del salón, se entrelazaban dos enormes banderas: la norteamericana y la española, flanqueadas por todas las banderas de las repúblicas sudamericanas. El rector y antiguo embajador estadounidense en Madrid, Sr. Collier, enlazó un discurso en que proclamaba a Blasco Ibáñez como uno de los novelistas más relevantes de su tiempo. Respondió el homenajeado con una exposición sobre el Quijote: «La mejor novela que se haya escrito». Con dicho discurso no solo ponía de relieve su admiración por la inmortal creación cervantina, sino que terminaba afianzando los elogios vertidos públicamente en su gira norteamericana a propósito de la intervención de aquel país en la Gran Guerra. A través de esta actuación la república de las barras y las estrellas se había revelado como defensora a ultranza de la libertad y del progreso. De ese modo, se producía un trasvase del espíritu representado por don Quijote a la otra orilla del Atlántico: «[don Quijote] cansado de estar en Europa buscando el ideal, se ha trasladado a los Estados Unidos, donde se practica»141.

Blasco no podía estar más satisfecho con la distinción recibida y, sobre todo, con el hecho de que esta hubiese tenido lugar en una república, de forma similar a como aconteció años antes al recibir la Legión de Honor, en Francia. Los agasajos, sin embargo, se prolongaron, hasta el punto de que los periódicos acordaron denominar aquella como la «semana de Blasco Ibáñez». Fue recibido con grandes honores y aclamado en el Congreso y en el Senado, y el propio presidente Wilson envió a uno de sus secretarios para disculpar su ausencia por hallarse convaleciente de una enfermedad. En el restaurante Rauscher, la cena anual de la Asociación de Antiguos Alumnos de la Universidad George Washington se convirtió en un efusivo homenaje al escritor, donde estuvieron presentes doscientos comensales142. En la velada, amenizada con los números musicales interpretados por la señorita Ruth Leah Ayler y Arthur H. Deibert, intervinieron como oradores el rector William M. Collier, Arthur Powell Davis, presidente de la Sociedad Americana de Ingenieros Civiles; el mayor Charles Dudley Rhodes, y el propio Blasco, el cual animó a los estadounidenses a estudiar el castellano, ya que era un instrumento necesario para convertir su nación en el «hermano mayor» de Sudamérica143.


Doctor Honoris Causa por la Universidad George Washington

(Fundación C. E. Vicente Blasco Ibáñez).

Don Juan Riaño y su esposa también tomaron parte en los festejos, con otra recepción en la embajada española a la que se presentaron notables representaciones de la esfera política, diplomática e intelectual, residentes en la capital. Sin olvidar que también la embajada francesa dio otro banquete, donde Blasco compartió mesa con miss Margaret Wilson, hija del presidente norteamericano.

El 24 de febrero, después de una breve intervención en el Congressional Club144, el escritor aparcaba momentáneamente el trato con las multitudes para ser atendido por el ingeniero de minas y filántropo John Hays Hammond, el mismo que lo acompañó hasta Mount Vernon para depositar una ofrenda floral sobre la tumba de George Washington145. Terminaba así su estadía en la capital y se preparaba para marchar hasta Filadelfia, allí donde, involuntariamente, abrió la caja de los truenos.

De hecho, cuando acudió a visitar, el 28 de febrero, el Independence Hall de Filadelfia, procedente del Bryn Mawr College, el escritor aún no imaginaba las impresionantes repercusiones de lo que algunos interpretaron como lamentable desliz. Por el contrario, el hecho de llegar a un edificio como el Independence Hall, en el que antaño se aprobó la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, por sus connotaciones simbólicas reverdecía en él sus ideales de luchador republicano. Más aún, en el momento en que estuvo cerca la vieja Campana de la Libertad y se le tradujo la inscripción grabada en ella: «Proclamar la libertad en toda la tierra y para sus habitantes», su reacción fue tan emocionada que, tras abrazar el mítico objeto, exclamó con lágrimas en los ojos: «¡Oh Libertad». Un sentimiento análogo de admiración lo manifestó al contemplar las trece banderas de los estados originales y los retratos de figuras destacadas de la revolución. Después de saludar al alcalde de la ciudad, Blasco visitó también la tumba de Benjamin Franklin, la casa de Betsy Ross (en la tradición popular, responsable del diseño de la bandera norteamericana) y la iglesia de Old Christ, demostrando siempre un notable interés por la historia de tales espacios y adoptando una actitud reverencial cuando lo exigía la ocasión146.

Esa fue la parte amable de su paso por Filadelfia. La otra se había gestado un día antes en el Bryn Mawr College. Llegó allí invitado con la esperanza de inspirarse en una institución femenina para la redacción de El paraíso de las mujeres, novela que había previsto que se desarrollara en una universidad estadounidense para mujeres. Los medios periodísticos discrepaban a la hora de informar sobre si al escritor le dieron la bienvenida cuatro jóvenes estudiantes disfrazadas a caballo, en clara alusión a Los cuatro jinetes, o si las mismas muchachas se negaron a usar atavíos extraños y utilizaron la indumentaria típica para montar147. Asimismo, no existe coincidencia en la versión sobre si las estudiantes organizaron un partido de waterpolo y Blasco fue espectador del mismo148. De cualquier modo, estas circunstancias fueron intrascendentes, puro folclore en contraste con la tormenta que amenazaba con estallar entre los muros del Taylor Hall. Obedeciera o no a una mala interpretación, a un error en la traducción, el caso es que la prensa difundió con señales de alarma sus supuestas declaraciones en el University Club sobre la mujer norteamericana y sobre el papel a adoptar por el varón en el seno del matrimonio.

¿Pero qué es lo que dijo o es posible que dijese, para que se reiteraran expresiones como «cave men» y «Treat’em rough»? Los hombres norteamericanos temían a sus esposas; las imaginaban esperándoles detrás de la puerta, con rulos en el pelo, a su regreso de una dura jornada de trabajo. Su situación era similar a la de los esclavos de los estados del Sur, antes de Abraham Lincoln. El hombre estadounidense apenas se diferenciaba de su antepasado prehistórico en que, mientras este salía a cazar animales salvajes para alimentar a la familia y la mujer quedaba en la cueva al cuidado de los hijos, aquel abandonaba el hogar en busca del dólar y su esposa no cuidaba de la casa, sino que iba de tiendas o concurría a las matinés. Era necesario un segundo presidente emancipador, porque las mujeres querían ser dominadas por un esposo que fuera enérgico y las disciplinara suavemente con el látigo. A las pruebas se remitía, pues así se lo habían contado las norteamericanas con las que compartió mesa en París149.

Sin embargo, sus asertos desataron la indignación, y en unos años en los que avanzaba el movimiento sufragista, no fueron muchos los rotativos que controlaron su acritud. Quizá The New York Times disculpaba sus observaciones, al entenderlas como resultado de la convicción general de la sumisión abyecta del hombre estadounidense150. Pero la actitud general era la contraria. Se suscitó un debate, una polémica, en la que se requería la intervención, sobre todo, de significadas mujeres de profesiones liberales. Así, hubo quien interpretó sus palabras como las de una víctima de los horrores de la Gran Guerra. Esto es, Blasco podía ser uno de tantos individuos desquiciados al temer el resquebrajamiento definitivo de la civilización151. Mientras tanto, desde Chicago se anunciaba que, en caso de volver el escritor a la ciudad, sus mujeres le prepararían una recepción sumamente tórrida incluso para un español de sangre caliente152. No todo eran, sin embargo, velados insultos o amenazas. Se suscitó también la redacción de artículos que se antojaban estudios sociológicos. Existían diferencias entre las relaciones sexuales en Estados Unidos y en Europa: aquel era un país joven y no había una superioridad numérica de las mujeres sobre los hombres, aspecto que podría influir en su valoración a los ojos del otro sexo153. La Primera Guerra Mundial había repercutido en la función social de la mujer, dentro y fuera de casa. Ahora ellas no se contentaban con ser muñecas, querían pensar y trabajar, cooperando con sus esposos en la reconstrucción de todo aquello que había sido destruido por el conflicto armado154. El mismo boletín semanal del Departamento de Agricultura, considerado como una especie de Corán del ama de casa norteamericana, aconsejaba que los maridos no tuvieran secretos para con sus esposas, con lo que el gobierno de aquel país discrepaba de la opinión con respecto al eterno femenino sostenida por el escritor155.

Hasta Londres, París y Madrid llegó la polémica y, según algunos medios, para las norteamericanas allí entrevistadas el asunto adquirió caracteres de cruzada156. Blasco había dicho cosas disparatadas, impropias de un español que, por serlo, estaba obligado a rendir culto a la galantería157. Por si acaso habían puesto en duda la caballerosidad española, hubo quien salió a la palestra para descartar la práctica de usos propios del hombre prehistórico: «En ningún país del mundo se respeta más a la mujer [que en España]»158. Mientras tanto, el novelista ya era conocedor del revuelo que habían provocado sus palabras, de manera que intentó contradecir la versión oficial de la prensa. Ahora puntualizaba que en Bryn Mawr tuvo una impresión muy positiva de la difusión de la educación superior entre las mujeres. Luego, mientras mantenía una conversación en tono burlón sobre las mujeres, expresándose en francés con unos cuantos interlocutores, alguien vino a malinterpretar sus juicios. Y entonces se le dio una publicidad inusitada a frases como «Treat’em rough», cuyo significado desconocía159. En cierto modo, como alegaba desde Minneapolis el enviado especial de El Imparcial, gran parte de la responsabilidad de la controversia era atribuible a la tendencia de los grandes periódicos a magnificar un simple grano de arena hasta transformarlo en una montaña160. El escritor, por su parte, insistía en su interés por las mujeres norteamericanas, contra las que no albergaba ninguna inquina, si bien su fascinación hacia ellas debía interpretarse desde la perspectiva puramente literaria, tal como iba a mostrar en futuras novelas de ambientación estadounidense161.

No lograría con ello zanjar una polémica que le perseguiría incluso hasta después de su regreso a Francia. Tenía mucho que decir: «I could write 300 pages on the merits of American women alone»162. Además, mientras mantenía vivo el tema, creaba un clima de expectación hacia esa novela que había prometido escribir al respecto. A diferencia de la mujer europea, el rasgo primordial de la norteamericana era su carácter franco, que decía abiertamente lo que pensaba y deseaba. Pero también se distinguía como esposa devota que soportaba los nervios del esposo, estando dispuesta a asumir parte de su trabajo. Poseía una inteligencia idéntica a la de los hombres y su energía le permitía compaginar las tareas domésticas con cualquier actividad profesional, o interesarse por igual por las columnas políticas y por las revistas de moda. Ahora bien, de vuelta a París, Blasco amplió la retahíla de idílicas virtudes observadas en la sociedad femenina americana, pero también incorporaría otras consideraciones más sombrías. A lo dicho anteriormente, añadió que, merced a su educación y cultura general, las mujeres estadounidenses habían hecho de la suya la mejor nación del mundo, porque mientras ellas poseían la formación necesaria, sus esposos podían especializarse en sus actividades respectivas. Su influencia era de tal calibre, que los hombres las obedecían instintivamente, como si hubiesen sido domesticados para adaptarse a ellas. Las mujeres, en fin, gozaban de una libertad ignorada en Europa. En cambio, desconocían el significado del amor y, por tanto, no entrenaban a sus esposos para convertirse en buenos amantes163.

A pesar de negar la autenticidad de las impresiones que auspiciaron la controversia, Blasco sabía que moriría recibiendo los reproches de millones de adversarios que defenderían lo contrario. Posiblemente, el escritor advertía en la mujer norteamericana, más avanzada en su grado de autonomía con respecto al varón, un aspecto nuevo que provocaba en él cierto sentimiento de desconfianza y desprotección, conforme lo plasmó en algunas piezas de su narrativa breve164. Más allá de sus propios fantasmas, la prensa de los Estados Unidos terminó reconociendo la verdad de sus afirmaciones sobre el influjo de la mujer. Como ejemplo, se adujo que, ante las exigencias femeninas, políticos de la talla de Harding, Cox y los gobernadores de distintos estados presionaron a los legisladores de Tennessee para obligarles a ratificar la enmienda del sufragio femenino a la Constitución165.

Cerrado el capítulo de Filadelfia, Blasco se trasladó en las postrimerías de febrero a Nueva York. Sus expectativas estaban cifradas en nuevos horizontes geográficos. Como perfecta ilustración de ello, sabemos que el 6 de marzo asistió a un banquete de despedida procurado por el acaudalado yucateco Fernando Solís Cámara, al cual concurrió también el general Salvador Alvarado166. La identidad de tales personajes deja entrever los propósitos del novelista en aquellos días. Solís Cámara no solo era abogado y político, sino que tenía negocios en los Estados Unidos y escribió libros como México y los Estados Unidos. Al borde de la intervención (1913). Por otro lado, Alvarado participó en la revolución mexicana, como general del ejército constitucionalista a las órdenes del presidente Venustiano Carranza. Ambos podían ser, pues, interlocutores privilegiados para ponerle en antecedentes sobre la situación en que se hallaba el país vecino.

En México

Cuando Blasco Ibáñez decidió alargar su periplo norteamericano cruzando la frontera con México, seguramente no imaginaba que la repercusión de sus comentarios sobre las mujeres estadounidenses iba a verse superada por la de unos sucesos futuros que terminaron empañando su prestigio en muchos sectores de la comunidad hispanoamericana. Quizá si su viaje a dicho país se hubiese producido en otras circunstancias, todo habría sido diferente. Sin embargo, estando en la cima de su popularidad, Blasco era una figura tan mediática que la importancia de sus opiniones podía trascender rápidamente el ámbito literario para cotizarse en otras esferas donde existía un profundo conflicto de intereses.

A los pocos días de haber desembarcado en Nueva York, ya hacía pública su intención de rematar su gira en México y Cuba167. Eran dos naciones en las que no solo podría reivindicar la identidad racial hispana, sino donde eran conocidas sus obras. Recuérdese, por ejemplo, que en El Imparcial, de México, se publicaron las crónicas viajeras reunidas posteriormente en el libro Oriente (1907). Y como en tantas otras ocasiones, ahora el viaje se proponía como una exigencia previa a la creación literaria. Esto es, Blasco iba a desplazarse a México para documentarse de primera mano y escribir una nueva novela, que llevaría por título El águila y la serpiente, y en principio era concebida también con un valor extraliterario, puesto que podía servir para «promover un mejor entendimiento entre México y los Estados». De algún modo, según confesaba, acaso satisfaría una deuda sentimental contraída años atrás, teniendo en cuenta que «cuando comenzó a escribir novelas, la primera carta de alabanza y de aliento le fue dirigida por tres mexicanos y que jamás ha olvidado ese hecho»168.

La cuestión no era tan simple. Los territorios de la ficción son distintos a aquellos en que se desenvuelven las fuerzas del poder económico y político. Desde luego, el contexto histórico en que se desenvolvería su visita a México se tornaba movedizo y peligroso en el caso de dar un paso en falso. Los movimientos revolucionarios que sacudieron a México fueron de tal calado, en lo que tradicionalmente conocemos como la revolución mexicana se sucedieron tantos episodios de signo tan dispar que hasta los historiadores no aciertan a ponerse de acuerdo sobre la duración del proceso general, que pueden entenderse los recelos y temores que alentó el conflicto en el país vecino. Sin entrar en la especificidad del detalle, baste citar la ocupación estadounidense de Veracruz, en 1914, o la incursión en espacio mexicano de las tropas comandadas por el general John J. Pershing, en 1916.

Eran varios los motivos que, abiertamente o no, podían aducir los norteamericanos para justificar su política intervencionista. De un lado, proteger sus inversiones y aprovechar en lo posible el conflicto para aumentar su influencia. Del otro, curarse en salud ante un hipotético contagio en su propio país de cualquier idea revolucionaria que llegara desde el sur a través de los miles de inmigrantes que cruzaban la frontera. Todo un asunto cuya resolución exigía del esfuerzo denodado de las instancias gubernamentales.

Constatada grosso modo la magnitud de un conflicto de orden internacional, deberá decirse que no todos en México profesaban una abierta simpatía hacia la figura del novelista valenciano. Ya en 1917, apareció en La Prensa (13 de noviembre) un artículo firmado por un tal Caricato, «Blasco Ibáñez y Carranza», donde el escritor era vituperado a raíz de una carta en la que Blasco describía a Venustiano Carranza como hombre «enérgico y firme en los momentos de peligro, bondadoso y tolerante en la paz, buscando la unificación de todas las voluntades». Tales afirmaciones despertaron el rechazo más absoluto del que evidentemente se antoja un anti-carrancista. Blasco era un «desahogado», su carta merecía los calificativos de «rastrera» y «vituperable», ya que de Carranza solo se podía decir que era «cobardón y pérfido en los momentos de peligro, sanguinario y cruel en la paz». Para demostrar la fiabilidad de su juicio, a falta de argumentos sólidos para desmentir a Blasco, terminaba recurriendo a acusaciones que se desviaban del tema debatido. Entonces, convertido en fiscal, catapultaba al novelista al rango de plagiario:

Y Blasco Ibáñez goza de pésimo prestigio en México, desde que se descubrió que su Sangre y arena era un plagio de El espada (El País publicó párrafos de las dos novelitas, en columnas paralelas, y puso de manifiesto el inaudito despojo literario, y que su Entre naranjos es una copia más o menos disfrazada de La pródiga de Pedro Antonio de Alarcón).

No iban a ser estas las críticas más feroces que se vertieron años después sobre el escritor español, ni la actitud del pueblo mexicano se reveló tan hostil con él tras las primeras semanas de su estancia en dicho país. Hasta entonces, nos volvemos a reencontrar con él en los Estados Unidos. En sus declaraciones a la prensa, a tenor de los compromisos contraídos, era difícil concretar unas fechas para el viaje: quizá a fines del invierno169, casi seguro el próximo mes de marzo170. Lo que no admitía discusión era la finalidad primordial del desplazamiento: la búsqueda de material para El águila y la serpiente. Aunque, de vez en cuando, siempre ofrecía nuevas pistas sobre motivaciones complementarias. Desde Washington, confesó que el gobierno de Carranza le había invitado como huésped a visitar su país. Con ello gozaba de privilegios que redundarían en beneficio de su labor documental, al tiempo que le permitirían transformarse en observador directo de la deriva política de la nación: «obtener una información personal directa acerca de las cuestiones políticas que se agitan allí y su viaje le proporcionaría la oportunidad de lograrlo, así como de presenciar la forma en que se desarrolla la campaña para las elecciones presidenciales próximas»171.

Precisamente, la inminente celebración de los comicios presidenciales en México tensaba la situación ya de por sí convulsa del país, por lo que varios miembros de la Asociación para la Protección de los Derechos de los Americanos en México le desaconsejaron realizar un viaje que coincidiría con la campaña electoral172. No obstante, Blasco no temía a los supuestos peligros, habiéndose declarado, por activa y por pasiva, amigo de la nación mexicana. Había sido este convencimiento el que le empujó a valorar una futura intervención norteamericana como un «error moral y económico», el «más costoso en la historia de la mayor república del mundo». Pese a considerarse profundo admirador de los Estados Unidos, en tanto que nación defensora de la libertad, no podía ocultar su sentimiento de dolor ante la actitud de una minoría de estadounidenses que justificaban la intervención en México con argumentos idénticos a los esgrimidos por Alemania en los años previos a la Gran Guerra. Si las relaciones entre ambos países eran complicadas, se debía al hecho de que en los Estados Unidos existía una idea equivocada sobre el pueblo mexicano, concebido como país de salvajes y bandidos. Resultaba innegable que la nación azteca estaba envuelta en un período de agitación revolucionaria, pero dicha situación se hallaba próxima a su fin. Es más, ya habría concluido si el gobierno norteamericano hubiese actuado mucho antes con una política consistente a favor de alguna de las facciones contendientes, en lugar de proteger y alentar los desmanes de ciertos cabecillas revolucionarios. Había que buscar, además, un acercamiento entre los gobiernos, para contrarrestar los movimientos de las empresas mineras y petrolíferas estadounidenses afincadas en México, interesadas en acelerar las revueltas para justificar la intervención armada. Solo unos cuantos magnates formaban la minoría dispuesta a extender sus afanes imperialistas, por lo que se hacía más reprobable la postura de aquellos medios periodísticos que fomentaban la enemistad entre las dos repúblicas americanas. Era necesario protestar contra tales prácticas. De lo contrario, los Estados Unidos perderían, de cara al mundo, su envidiable reputación tras intervenir desinteresadamente en la Gran Guerra. En caso de entrometerse en México, todas las demás naciones latinoamericanas volverían a desconfiar del gran coloso del Norte173.

Por expresarse en términos como estos, por reconocer que, si bien México atravesaba por una fase de anarquía y estaba necesitado de correctivos eficaces, poseía una intelectualidad notable y era capaz de gobernarse por sí misma, Blasco Ibáñez lamentaba que en algunos lugares sus declaraciones sobre la cuestión mexicana hubiesen sido mutiladas o alteradas. Por tanto, no renunciaba a visitar México, pues a partir de tal experiencia le sería posible escribir nuevas obras, quizá dos o tres, en las que desenmascarara las fuerzas siniestras proclives a detonar un conflicto bélico:

In the three novels I shall write of Mexico, of Mexico city, of Mexican and American problems, I shall hope to handle the problem so as to bring about a better understanding. If I can I am going to throw a bridge between the two countries. Very possibly in the first place I shall have to destroy the conception that Mexico is nothing but a large bandit resort174.

Por estas fechas se manifestaba, pues, con afán reivindicativo, con la esperanza de observar detenidamente una situación problemática para, de inmediato, ofrecer en papel una visión imparcial que contribuyese, en lo posible, a resolver los males que afligían a México y a tender puentes entre esta nación y los Estados Unidos, socio natural de las jóvenes repúblicas sudamericanas a las que muy bien podría ayudar en la consolidación de los ideales democráticos.


The Chattanooga News, 17-1-1920

En todo caso, a punto de emprender la marcha con rumbo al Sur, el novelista aseguró que iba a adoptar una serie de medidas, casi imposibles de cumplir para una personalidad tan impulsiva como la suya, para no verse envuelto en las disputas entre facciones rivales: mientras estuviera en México, ni impartiría conferencias, ni hablaría en público, ni aceptaría ser entrevistado sobre asuntos relativos a aquel país175. Solo iba en busca de datos topográficos y de un mejor conocimiento del alma mexicana para escribir El águila y la serpiente. En su imaginación ya había atrapado un argumento que poseería una naturaleza sentimental, pero necesitaba un material preciso para asentar la trama en la realidad y, consiguientemente, para empaparse de cuestiones de política interna mexicana verificadas in situ176.

Como él mismo había hecho saber, durante su estancia en Los Ángeles, recibió varias cartas aconsejándole renunciar a la publicación de una novela donde se hablase a favor de México, pues corría el riesgo de arruinar su prestigio como escritor en los Estados Unidos. Asimismo, en dicha ciudad californiana, Edward L. Doheny, miembro de la asociación de productores de petróleo, le invitó a realizar su viaje en su propio yate particular y bajo sus auspicios177. Sin embargo, Blasco declinó el ofrecimiento y eligió el ferrocarril como medio de transporte. Así el 16 de marzo partía de Nueva York. Le acompañaba Ricardo Adalid, persona designada por el presidente Carranza. En su itinerario hubo de pasar por Nueva Orleans. Y desde allí, desde The Grunewald Best Hotel South, le escribió una carta de despedida provisional a su amigo Huntington, el 19-3-1920:

Querido Huntington:

Me he ido de Nueva York esta vez sin que nos viésemos en los

últimos días.

Estoy aquí 48 horas, de paso para Méjico.

Ya le escribiré desde allá.

Regresaré a New York a principios de mayo.

Un abrazo.

A partir de esta fecha, la posibilidad de reconstruir un itinerario preciso deriva de las informaciones suministradas por la prensa y de aquellas recogidas por el propio novelista en su libreta de notas, e incluso en los folios mecanografiados de El águila y la serpiente (de los que se hablará en páginas posteriores). Aun así, la prensa ofrecía una cronología confusa, mientras que la caligrafía de Blasco hace presumir cierta urgencia en la labor del escritor, acaso porque las anotaciones se realizan durante el trayecto o porque el trasiego es de tal magnitud que no hay apenas tiempo para cumplimentar esta tarea. Sin embargo, aventuramos un recorrido que discurre por San Antonio, en Texas, hasta atravesar la frontera por Laredo. Ya en territorio mexicano, el ferrocarril pasó por Nueva Laredo, Monterrey (en cuyas proximidades la mirada del viajero se centró en la contemplación del Cerro de la Silla), hasta detenerse en Saltillo. En dicha ciudad fue invitado por el gobernador de Coahuila, señor Gustavo Espinosa Mireles. Este cumplimentó los deseos de Blasco conduciéndolo ante el monumento del malogrado poeta Manuel Acuña, esculpido en mármol por Chucho Contreras. Luego, después de admirar los viejos portales y las torres de Saltillo, edificaciones todas que al escritor le devolvían el recuerdo de España: «Aquí se respira otro ambiente. Crea usted que me siento en España…», tuvo lugar la cena. En la intimidad, Blasco habló de los agasajos recibidos en los Estados Unidos, para condenar, a continuación, la campaña tan injusta que estaba llevando a cabo la prensa norteamericana contra México. Él mismo había entrado a polemizar sobre la veracidad de aquellas noticias que informaban sobre los asesinatos de estadounidenses en la nación azteca. Afortunadamente, el presidente Wilson actuaba con meditada prudencia desoyendo los infundios propalados por la prensa178.

Pocos meses después, el ya por entonces ex-gobernador de Couahila, al evocar su encuentro con Blasco, modificó radicalmente el contenido de las declaraciones del escritor179. Según refería en la entrevista que concedió, el señor Espinosa Mireles destacaba la «palabrería ampulosa» utilizada por su invitado para subrayar la singularidad de un pueblo norteamericano identificado «por su incultura general». ¿Sería cierta esta nueva versión sobre las opiniones de Blasco? ¿Estaba siendo franco el ex-gobernador al significar que las manifestaciones del novelista eran el reflejo de la personalidad de un hombre fatuo e insolente, de «un truhan internacional, un mercantilista consumado, un pirata»?

Desde luego, tales apreciaciones no eran compartidas en aquellas fechas por la sociedad mexicana. Dejando atrás la ciudad de San Luis, el día 23 de marzo el ferrocarril en el que viajaba Blasco llegó a la capital del país. Como en otros tantos lugares, el recibimiento que se le tributó en la estación Colonia fue apoteósico. Le aguardaban representantes de la Universidad Nacional, de varias asociaciones literarias y artísticas, y de la colonia española. Pero aún hubo más muestras de simpatía. Se estima que unos cinco mil estudiantes participaron en un populoso gallo en su honor. Encabezaban el desfile, hacia el hotel donde se alojaba el renombrado huésped, cuatro estudiantes que simbolizaban las cuatro figuras del Apocalipsis. Detrás venían carros alegóricos y bandas de música haciendo sonar piezas típicas de México y de España, seguidos de estudiantes portando banderas mexicanas y españolas, antorchas y farolillos venecianos. Al paso de la comitiva por las avenidas Madero y Juárez, se apelotonaba una multitud. Después, Blasco salió al balcón del hotel Regis, donde también se hospedaba el candidato presidencial Ignacio Bonillas, para agradecer el homenaje y lanzar vivas a México180.

Había empezado gloriosamente una tournée que discurriría a un ritmo trepidante, con múltiples visitas a edificios monumentales y hermosos espacios naturales. En la mayoría de las ocasiones el escritor iba acompañado de significadas autoridades del país. La más importante, el presidente Venustiano Carranza, lo recibió en su residencia oficial del castillo de Chapultepec181. Durante dos horas de amistosa audiencia, las suposiciones de los periodistas locales apuntan a que, en el gabinete presidencial, se habló de la novela de asuntos mexicanos que Blasco iba a escribir y cuya edición, se especulaba, sería auspiciada por el propio Carranza. Luego, el anfitrión y su afamado huésped disfrutaron desde la terraza del castillo de la impresionante panorámica de la ciudad, del valle y, en especial, del bosque de Chapultepec. El novelista quedó deslumbrado por este último escenario, del que dijo que sobrepasaba en belleza natural a todo cuanto había contemplado en cualquiera de sus viajes. Al abandonar Chapultepec, Blasco prometió corresponder a la invitación que le cursaba el presidente para días después. Su agenda de actividades estaba repleta.

El secretario de la Universidad Nacional, D. Alfonso Herrera, ofició de cicerone guiando a Blasco por lugares emblemáticos de la ciudad: la catedral, el palacio Iturbide y el Museo Nacional. También visitaron otros espacios menos atractivos, porque el escritor necesitaba apropiarse de una visión completa y real de México. Aunque, claro está, cuando fueron diversos escritores metropolitanos los que trazaron la ruta turística, se impusieron aquellos lugares antiguos donde todavía sobrevivía la leyenda y el misterio182. Así las cosas, además de ser obsequiado con un banquete, en el parque Lira, por el Ayuntamiento de la capital, Blasco tuvo la oportunidad de recorrer la colonia de Santa Anita Zacatlamanco, con sus canales. En Coyoacán, visitó la casa de Hernán Cortés, la de la Malinche o Casa Colorada. Igualmente, necesitó de medios de transporte para acudir al convento de Tepotzotlán (actual Museo Nacional del Virreinato) o para maravillarse con las pirámides de San Juan Teotihuacán de Arista, siendo gratificado, otra vez, con el correspondiente banquete.


Blasco con el presidente V. Carranza (Fundación C. E. Blasco Ibáñez).

Con los fastos organizados en honor del novelista quedaba patente el afecto que se le profesaba. Además de visionar el lago de Xochimilco, donde degustó un pipián de pato, como estaba estipulado, el 29 de marzo se celebró la comida a la que le había invitado el presidente Carranza183. Fue quizá esta la ocasión en la que, según la rumorología popular, a Blasco le robaron su reloj, despertando en él cierto resentimiento hacia el pueblo mexicano. Hubo, sin embargo, otras circunstancias que seguramente le molestaron mucho más. En algunos círculos capitalinos causó extrañeza el comportamiento de la colonia española con su compatriota, mucho menos efusivo que el demostrado por los mexicanos. Probablemente, esta reacción tibia pueda explicarse por el hecho de que la mayoría de españoles afincados en el país no compartían las ideas republicanas del escritor184.

En cualquier caso, aún le aguardaban numerosas sorpresas. De ahí que, desde la capital, se trasladó a Jalisco, llegando a primeras horas de la mañana del 31 de marzo a Guadalajara. Allí le esperaba una banda de música junto a representantes municipales y del Gobierno. El Ayuntamiento le nombró «huésped de honor», le ofreció otro ágape, dedicando la tarde a visitar el museo del Estado, el palacio de Gobierno, el Hospicio y el teatro Degollado185. Sin apenas tiempo para recuperarse, el día siguiente salió con rumbo a hacia Chapala. En su lago, Blasco pudo pisar, según consta en su cuaderno de notas, las islas del Presidio y de los Alacranes.

No obstante, fue una visita rápida, porque el 2 de abril ya estaba de regreso en Guadalajara, donde se instaló en el hotel Fénix186. Pese a desmentir declaraciones anteriores, un día más tarde ofreció la conferencia «La Madre España» en el Club Español. La tarde del 4 de abril, después de atender en su hotel la visita del gobernador del Estado don Luis Castellanos y Tapia, volvió a encaramarse al ferrocarril de vuelta a México D. F. Conforme manifestó públicamente en la capital, estaba encantado de su estancia en la Perla de Occidente, ya que allí había encontrado gran «variedad de tipos regionales, típicos, y de difícil estudio por las diferentes expresiones de sus semblantes»187.

Las atenciones que recibió, de nuevo, en la capital podían seguir colmándole de satisfacción. Carranza lo invitó a comer otra vez. El 6 de abril, en la Escuela Nacional Preparatoria, institución educativa de la Universidad Nacional, impartió la charla que llevaba por título «La novela y su influencia social»188 y que no se había podido llevar a cabo días antes por coincidir con la Semana Santa189. Tratándose de una velada literario-musical, al término de su conferencia tuvo lugar un concierto sinfónico en su honor.

La prensa de la época todavía publicitaba otra plática del escritor, esta vez de paga, a celebrar en el teatro Principal. Con el dinero recaudado iba a contribuir al proyecto tan ansiado por el elemento estudiantil consistente en un monumento en homenaje al maestro Justo Sierra, por quien Blasco confesó sentir un profundo respeto y una admiración justificada190. Por otra parte, la ciudad albergaba interesantes tesoros artísticos y arquitectónicos que podían saciar la curiosidad del novelista. La antigua Villa de Guadalupe y su famosa basílica, el templo de San Hipólito y la casa de Pedro de Alvarado (sede actual de la Fonoteca Nacional), por ejemplo, son lugares que figuran en las anotaciones manuscritas del autor y que, por tanto, cabe suponer que visitó como observador privilegiado.

Algunos meses después, Blasco declaró para quienes habían sido sus lectores de El Pueblo que durante su periplo mexicano «fueron varias las ciudades importantes que visité y en casi todas ellas pronuncié conferencias relacionadas con diversos temas, entre otras que recuerdo, están la ciudad de Méjico, Guadalajara, Puebla, [P]achuca, Saltillo, Tampico y Veracruz»191. En esa ocasión su memoria era excesivamente sintética. A partir de la vaguedad de las referencias de que disponemos sobre sus desplazamientos, es posible asegurar que, al menos, aún recorrió cuatro estados más y estuvo en muchas más ciudades y municipios, quedando relegada a mera hipótesis la posibilidad de su estancia en estados, como el de Michoacán, donde fue solicitada su presencia.

En Hidalgo, estuvo en su capital, Pachuca de Soto, donde se levanta la famosa torre del Reloj; y también en la zona minera de Real o Mineral del Monte.

De Tlaxcala visitó las localidades de Panzacola, Santa Ana de Chiautempan y la ciudad de Tlaxcala, en la cual se adentró en el convento de San Francisco y la catedral de Nuestra Señora de la Asunción, allí donde siglos antes se había erigido el primer púlpito de Nueva España.

Penetró en Puebla por Sebastián de Aparicio, para pasar luego a la capital del estado, deteniéndose en la casa de Alfeñique, rememorando la leyenda de la china poblana, esto es, de Catarina de San Juan, de Mira, y siendo homenajeado con un gallo por los estudiantes de la Universidad. En Cholula pudo pasear junto a la gran pirámide y admirar, después, la majestuosa capilla Real o de los Indios, con sus nueve naves y sesenta y tres bóvedas. Luego, estaría en la iglesia de San Francisco de Acatepec, en San Andrés de Cholula, saliendo del estado de Puebla por la localidad de San Felipe Xochiltepec.

Hacia el 22 de abril, inauguraba una nueva etapa en su itinerario, la que le condujo al estado de Veracruz, por Maltrata, Orizaba y Córdoba, ciudad esta última donde fue recibido por el gobernador, lic. Juan J. Rodríguez. Un día después llegó a Veracruz, actuando como anfitriones el alcalde y el capitán de navío Carlo M. Carranza, para navegar a continuación hasta la isla de Sacrificios192.

A lo largo de esta larga gira, se mencionan como acompañantes del novelista los nombres de Ricardo Adalid, el general Francisco José Múgica (gobernador de Michoacán) y el profesor y secretario de la Universidad Nacional don Alfonso Herrera193, sin que nos sea posible precisar hasta dónde se desplazó cada uno de ellos. Sí, en cambio, puede ampliarse la información sobre los vínculos establecidos por el escritor con los dos últimos. Conforme a las afirmaciones de Javier Varela, el general carrancista Múgica, jefe del Departamento de Aprovisionamientos Generales, «había tenido una parte destacadísima en la decisión acerca de la visita del escritor, luego de conocerle en Nueva York»194. Con respecto al señor Herrera, cabe mencionar una anécdota de la que fue protagonista y que, si desde la distancia se antoja simpática, a buen seguro debió de molestar a Blasco. Se cuenta que el novelista para documentarse y poder escribir El águila y la serpiente no solo confiaba en el testimonio ocular, en el tópico de la adtestatio res visae, sino que aprovechaba el tiempo que le dejaban los homenajes y las contingencias propias del viaje, para hurgar en «las bibliotecas, públicas y privadas, por los museos, por las colecciones, por las pinacotecas, por todos los sitios en donde le fuese dado encontrar algo de México viejo, del México que había menester conocer íntimamente»195. Urgiéndole una vez la consulta de un texto de la época colonial, Blasco le pidió al profesor Herrera que le ayudara a encontrar la Crónica de la Nueva España, de Francisco Cervantes de Salazar. Cuál sería la sorpresa de aquel al oír por boca del secretario de la Universidad que Salazar hacía mucho tiempo que no escribía crónicas. Como desconocía la obra del humanista castellano, lo había confundido con un reporter de apellido Salazar que realizaba las crónicas del Ayuntamiento de la capital196.

Aparentemente, esta nota amable bien puede ser utilizada para marcar un antes y un después en el itinerario mexicano del escritor. Mientras hasta aquí ha sido posible hablar de una gira donde la obtención de información diversa estaba vinculada a aspectos folclórico-turísticos, el nuevo destino al que Blasco dirigió su singladura sería de relevancia especial, según se verá más adelante. Discurrían los días postreros del mes de abril cuando el novelista desembarcó en Tampico, estado de Tamaulipas. En su cuaderno de notas, destacan dos observaciones: «rodeado de lagunas» y «pozos de petróleo». En especial, esta segunda observación reviste un notable interés, considerando que a Blasco salieron a recibirlo tanto las autoridades locales y miembros de la colonia española, como el cónsul de los Estados Unidos, señor Claude I. Dawson. Esa misma noche tuvo lugar una fiesta en el Casino Español, donde el escritor ofreció una charla improvisada. Pero a la mañana siguiente, bien temprano, el cónsul estadounidense y el gerente de la Huasteca Petroleum Company le recogieron en su hotel para transportarlo en automóvil hasta los campos petrolíferos de la zona. Terminada la excursión, la colonia americana organizó diversos festejos hasta que Blasco tuvo que coger el tren para marchar de regreso a Veracruz. Allí arribaría el 2 de mayo, después de haber consignado en su libreta unas mínimas alusiones a espacios como la laguna Tamiahua, Tuxpan y la isla del Ídolo. Probablemente, como anunciaban los periódicos197, todavía pudo prolongar su trayecto recalando en las ciudades de Progreso y Mérida, en el estado de Yucatán, puesto que fue el día 7 de mayo cuando se dató su estancia en La Habana, ya de camino de vuelta a Nueva York en el Morro Castle. En todo caso, ¿cabe intuir algún interés o alguna complicidad oculta en la visita del escritor a un lugar como Tampico, donde fue tan bien acogido por la colonia norteamericana?

Señálese de momento que Blasco abandonó el país ampliamente colmado por las ovaciones atronadoras, el respeto de la intelectualidad mexicana y la efusividad del sector estudiantil. Partió llevando consigo como muestras palpables de generosidad la enciclopedia México a través de los siglos, un volumen de México y su evolución social, de Justo Sierra, y otros libros de costumbres nacionales198. Sin embargo, a su paso por La Habana, ciertas actitudes y declaraciones del escritor ya dejaron entrever que sus impresiones sobre México no eran plenamente satisfactorias. Desde luego, la brevedad de la visita solo le permitió dar un paseo por la capital cubana, en compañía del director de Cuba Contemporánea y del escritor Tulio M. Cestero, subdirector del diario Heraldo de Cuba. Ni tan siquiera fue posible complacer a un grupo de literatos de la isla que ansiaban festejarlo, y que deberían ver aplazado su propósito por unos cuantos meses199, ya que Blasco anunció su intención de realizar una nueva visita a principios de 1921200. Aun así, realizó declaraciones a la prensa habanera en las que demostraba estar preocupado por los sucesos turbulentos que sacudían México, mientras que sus simpatías hacia dicho país parecían chocar con las alabanzas dedicadas a los Estados Unidos201.


La Prensa, 11-5-1920

De nuevo en Nueva York

El 12 de mayo de 1920 Blasco Ibáñez desembarcó del Morro Castle en la metrópoli estadounidense, procedente de La Habana. Allí permanecería todavía unas pocas semanas, que serían aprovechadas para dar nuevas conferencias202. Su objetivo inmediato era empezar a escribir la extensamente publicitada El águila y la serpiente. Ante las preguntas de un periodista de la American New Association sobre México, se mostró remiso a mostrarse tan expansivo como era habitual en él. Consignaba que su salida de aquel país no obedecía al estallido de otro movimiento revolucionario contra Carranza, sino al simple hecho de haber redondeado su visita como tenía previsto. Acto seguido, la insistencia del entrevistador por saber su opinión sobre la nación vecina, le terminó arrancando dos afirmaciones más: la primera, su satisfacción por hallarse otra vez en Nueva York, donde se sentía «tan confortablemente»; la segunda, un argumento que comenzó a manejar de modo reiterado a partir de entonces, provocando la reacción hostil de gran parte de la sociedad azteca:

México es enteramente diferente de los demás países hispanoamericanos. En Sur América, el hombre blanco domina, esto es, forma la mayoría de la población, en tanto que en México forma la minoría. Solamente habrá millón y medio de hombres blancos, por catorce millones de indios y de mestizos203.

No era este, sin embargo, el único motivo que provocó en Blasco un profundo malestar después de su experiencia de casi dos meses en México. Mientras allí se precipitaban los sucesos y el presidente Carranza se vio obligado a huir de la capital, hasta ser asesinado el 21 de mayo en Tlaxcalantongo, el escritor modificó su plan de actuación. En lugar de dar curso a su proyecto narrativo inspirado en la realidad mexicana, emprendió una tarea periodística cuyas repercusiones serían más mediáticas que las que pudo alcanzar El águila y la serpiente. Días antes del asesinato de Carranza, esto es, solo cuatro días después de su llegada a los Estados Unidos, empezó a publicarse una serie de diez artículos en la prensa norteamericana que Blasco reuniría pocos meses después en El militarismo mejicano. Aunque tales escritos vieron inicialmente la luz en el Chicago Tribune y en The New York Times, en realidad mediaba un contrato con un sindicato periodístico que los publicó al unísono hasta «en 700 periódicos diarios a la vez»204. Ahora bien, si ya en las páginas de El Sol, del 14 de mayo, se informa de la firma de un contrato con el Chicago Tribune para escribir varios artículos sobre México, puede sospecharse al menos que la decisión de aceptar el encargo no fue simplemente una «feliz casualidad», conforme lo relataba él mismo en el prólogo a El militarismo mejicano:

De no ocurrir la reciente revolución, no habría publicado en los diarios de los Estados Unidos mis opiniones sobre Méjico […] Pero hay que darse cuenta de la situación, para comprender cómo no pude resistirme a las invitaciones de la prensa norteamericana.

La comunicación entre los Estados Unidos y Méjico estaba casi suspendida; circulaban por Nueva York las más disparatadas y contradictorias noticias; era indudable que el presidente Carranza había sido derribado del poder y andaba fugitivo por lugares desiertos… Y en estos momentos de incertidumbre, de mentiras sensacionales y de informaciones disparatadas, llegué yo a Nueva York.

Los noticieros de los periódicos se conmovieron ante esta feliz casualidad que les brindaba el destino.

—¡Una revolución en Méjico, y Blasco Ibáñez que llega de allá, a tiempo para contarla!…205

¿Por cuánto tiempo estuvo resistiéndose Blasco a «las invitaciones de la prensa norteamericana»? Pese a declarar que, como estaba retirado del periodismo, «le fue forzoso publicar los artículos»206, puesto que de esa manera no habría lugar a que se tergiversaran sus declaraciones a las preguntas de los periodistas207; a pesar de la contrariedad de tener que recurrir a unos materiales que estaban destinados a transformarse en sustancia novelesca, no es menos cierto que dichos artículos podían reportarle buenos dividendos, a la vez que colmaban su orgullo al entrar en contacto «con los editores de algunos de los principales diarios de Nueva York, Chicago y otras grandes ciudades americanas»208, y le garantizaban una difusión masiva a sus opiniones. Aún más, este ejercicio periodístico no tenía por qué interferir en su labor literaria: «Luego pensé que los artículos de periódico son muy distintos a los capítulos de una novela, y por más que dijese en ellos, siempre quedaría mucho nuevo y completamente inédito para El águila y la serpiente»209; y trascendiendo el ámbito personal, su natural combativo consideraba estar prestando un servicio a los mexicanos que no se habían dejado arrastrar por el vendaval militarista que había puesto al país patas arriba y merecía, por tanto, ser retratado de una forma crítica.

Desde la distancia cronológica, podemos imaginar a Blasco en su hotel neoyorkino, acompañado de su secretario, hurgando en su memoria reciente para verter a un ritmo frenético unas impresiones sobre México que no habían quedado registradas en su libreta de notas y que quizá eran mucho más relevantes, pues trascendían la escueta referencia a lugares típicos o la explicación sobre el significado de cualquier vocablo indígena, para recuperar a personajes mexicanos con los que trató o de cuyo papel en la revolución le informaron. Para algunos la visión de México ofrecida por Blasco iba a transformarse en el testimonio autorizado y fundamental para entender la situación por la que atravesaba el país. Era reconocido su poder analítico como periodista y, además, tenía ciertas ventajas sobre cualquier periodista norteamericano, porque al estar vinculado racialmente con el pueblo mexicano, hablar su misma lengua y entender su psicología, podía obtener fácilmente una información de primera mano más fidedigna210. Por eso mismo y por la reputación internacional de la que gozaba, no solo había tenido ocasión de conocer la verdad, sino que cada uno de sus juicios sobre el país se difundiría en todos los idiomas: «no hay quien pueda ahogar su voz y por eso es tan grave su responsabilidad»211.

Si era o no plenamente consciente de los efectos posteriores de sus crónicas, la realidad es que Blasco escribió dos series de artículos: «La caída de Carranza», «El ejército mexicano», «La situación de México», «El silencio de México», «El ciudadano Obregón»,… hasta completar un número de diez, que se publicaron en veinte días. De lo que en ellos constató, bien valdrá evocar dos anécdotas por cuanto implican a sendos protagonistas de este turbulento período y permiten dar una imagen ilustrativa de lo que ocurría en aquel país. Allí todo el mundo llevaba un revólver, incluso el mismo presidente:

Cuenta el fotógrafo admirable de La barraca que alguien le dijo que en México portaba pistola hasta el Presidente de la República. Quiso él cerciorarse de esto hecho singular, y una vez, al despedirse de Carranza, le tendió los brazos familiarmente, con señales de gran afecto. Don Venustiano aceptó el abrazo, y le dio oportunidad al novelista español para que explorase su cintura, y encontrase en ella la pistola de marras212.

Pese a resultar obvio el peligro que comportaba la familiaridad con las armas de fuego del pueblo mexicano, tanto o más deplorables vendrían a ser las prácticas y desmanes de un líder revolucionario como Obregón. Blasco tuvo oportunidad de entrevistarse con él en la famosa cantina del casco histórico de la capital conocida como el salón Bach. Entre los temas que en ella se trataron, el escritor contribuiría a relanzar la popularidad de una anécdota de la que se reía el propio guerrillero. Por expreso deseo del novelista, para evitar malas interpretaciones, ambos conversaban en un lugar público, cuando el opositor a Carranza hizo gala de su buen humor ante la opinión de sus adversarios para los que era considerado como un ladrón. Para demostrar lo poco que le importaba el juicio ajeno, explicó Obregón:

Se cuenta, o se ha contado hasta el cansancio, que cuando en el combate de Olaya perdí mi brazo derecho, mis amigos se empeñaron en buscarlo, pero las pesquisas resultaron inútiles porque el brazo no parecía entre el montón de cadáveres. Entonces recurrieron a un medio que resultó eficaz, con una bolsa llena de monedas de oro recorrieron el campo. Al ruido de las monedas mi brazo se levantó de entre los cadáveres de los soldados y fue posible entonces recogerlo213.

Ampliada esta anécdota con el relato de muchos otros aspectos reprobables del personaje, en el artículo «El ciudadano Obregón», Blasco vino a poner el acento, a través de unas simples pinceladas, en lo que estimaba los dos signos caracterizadores del proceso revolucionario: el militarismo y el desorden propiciado por el afán de lucro indiscriminado de los guerrilleros. Aunque él no era precisamente un admirador del régimen instaurado por Porfirio Díaz, llegó a establecer diferencias sustanciales entre las prácticas de saqueo de los «científicos», hombres en que se apoyaba en dictador, y los métodos de los nuevos revolucionarios:

If the cientificos were really thieves they differed from their successors in a particular well worthy of consideration. The former were constructive in their thieving, while the latter have been nothing but vandals. The cientificos did not squeeze their money from private individuals; they enriched themselves with the commissions received from public works which rendered good service to the country. Moreover, they got rich slowly214.

Conmocionado por el descontrol que campeaba a sus anchas en la nación vecina, Blasco se aupaba como analista, a la vez que especulaba sobre los posibles remedios a los que recurrir para superar una situación demasiado enquistada. Así, frente al imperio de la barbarie, demandaba la necesidad de «a public opinion that will end the rule of the gun»215 y propiciara la formación de un gobierno de civiles. Mucho más peligrosa para su enfoque sería la vinculación de la anarquía actual con unos precedentes raciales remotos, aquellos que apelaban todavía a la admiración hacia el «azteca antropófago sacador de corazones»216. La mordacidad con que se aplicó en diversos lugares de sus artículos, se encargó muy bien de puntualizarlo, no iba dirigida a la totalidad del pueblo mexicano. Sin embargo, tales escritos desataron una reacción muy adversa.

Según The New York Times, acaso como parte implicada en la publicación de los polémicos artículos, tanto estos como su posterior recopilación en El militarismo mejicano, venían a ser como «a flash of lightning in the dark»217. Blasco los había escrito persuadido por la creencia de que México estaba avergonzando al continente sudamericano. Eso sí, podían provocar el mismo efecto que una espada afilada, sembrando la preocupación de los gobernantes de México, ante el peligro de que los Estados Unidos llegaran a tener una visión clarificadora de lo que allí acontecía.

Completamente diferente fue la percepción que se extendió en la prensa y en diversos sectores del país azteca218. Sobre Blasco recayeron críticas e improperios, que obviaban el contenido específico de sus escritos, para transformarse en juicio sumarísimo sobre su personalidad. Así, por ejemplo, el poeta Rodrigo Gamio, evocando los fastos organizados en la capital mexicana en honor de Blasco, trazó un retrato caricaturesco de este último, al que irónicamente identificaba como un semidiós, inclinado a las poses teatrales219. Pero esta apreciación casi resultaba infantil en comparación con aquellas otras que cuestionaban la radical falta de credibilidad de sus artículos. El escritor español no había dado cuenta exacta de la causa principal de los desmanes revolucionarios220, sobre todo, porque juzgaba a la totalidad del país a partir de aquellos dirigentes con los que se relacionó221. Si, además, sus fuentes de información estaban condicionadas por apasionados antagonismos, su visión de la realidad solo podía estar adulterada. Había que desmentir la idea de que México era causa de humillación para los países de habla hispana222. Sin embargo, quienes tronaban contra Blasco apenas ofrecían unos argumentos precisos para rebatirle: no era «justo juzgar ahora a México por un régimen impuesto a nuestro país por influencias extrañas», pero no se concretaba el origen de tales influencias.


The New York Times, 16-5-1920

Por eso, porque no logró colmar su ambición monetaria, su interés por la «talega», dejó a un lado el sentimiento de solidaridad que para con Sudamérica tanto pregonaban los españoles, para buscar otras vías de ingresos. En opinión de Arenales, Blasco no era un verdadero intelectual, sino un mal novelista y, como persona, una auténtica comadreja. El también escritor Heberto Rodríguez Moguel reincidía en esquemas muy similares. El cuestionamiento de las afirmaciones de Blasco sobre la hipotética incultura del pueblo mexicano resultaba una objeción secundaria cuando iba acompañada de descalificaciones sobre la condición antiespañola de Blasco, «vil rufián cosmopolita», exclusivamente interesado por obtener «unas monedas al servicio de intereses extranjeros»223.

En suma, la objeción principal que se le hizo a los artículos blasquistas tuvo su origen en su naturaleza de escritos al servicio de la causa intervencionista. «Vendido al dólar americano», sería la expresión con que podría resumirse la perspectiva que sostenían las opiniones adversas al escritor. Hubo diario incluso que le vinculó a nombres y poderes fácticos que estaban detrás de sus colaboraciones periodísticas: «Blasco Ibáñez se vendió al senador Fall y a los imperialistas de Wall Street, llegando a pedir para México, de los Estados Unidos el mismo protectorado que para Cuba ejerce el gobierno americano»224. No era posible, pues, reconocer en sus artículos y en su libro una objetividad plena, ya que la realidad observada se filtraba al dictado de los reyes del petróleo y la minería estadounidenses:

sus impresiones sobre Méjico, frívolas, incomprensivas del fondo dramático del país, del profundo proceso histórico en que este pueblo de nuestra lengua lucha tan rudamente por la busca de su libertad, contra enemigos interiores y exteriores, sin un dato ni una reflexión sobre el problema capital: la riqueza del petróleo225.

Malinterpretada o no la intención de Blasco, sus escritos tuvieron una repercusión arrolladora. Inmediatamente después de aparecer en la prensa norteamericana tales impresiones, se le replicó en libros como Pluma falsa (1920), de Jorge Rueda; Las imposturas de Vicente Blasco Ibañez: verdades sobre México (1922), de Román Rosas y Reyes, y en Las glorias del pueblo mejicano: repeliendo la agresión de B. Ibánez (1924), de Juan Posada Noriega. Pero el asunto pudo resultar incluso dramático para Blasco cuando quien se vio aludido en sus artículos quiso lavar su imagen con la pistola y no con la pluma.

Nos referimos, en concreto, al episodio protagonizado por el general Juan Barragán o que quizá fue solamente fruto de un bulo difundido por los amigos de este. Corría el mes de agosto de 1920 cuando los diarios se ocupaban del supuesto conflicto entre el antiguo jefe del Estado Mayor de Carranza y Blasco Ibáñez. En uno de sus artículos, el escritor había hablado en tono sarcástico del joven general, empleando el diminutivo «Johnny» para referirse a este «Apolo de la revolución» de tan solo veintisiete años. Según parece, Barragán encajó mal la mofa con que hablaban de él y mucho más las acusaciones vertidas sobre sus cuantiosos regalos a actrices llegadas a México. A consecuencia de ello, el atildado enfant gaté de don Venustiano, acaso huido a Nueva York tras el cambio de gobierno, reaccionó airado y se hablaba de un hipotético viaje a París para retar en duelo a Blasco226 o del envío a la capital gala de un cartel de desafío227. Si bien los amigos de Barragán aplaudían su decisión de tomar cumplida venganza, había quien veía en dicho gesto una actitud ridícula y no esperaba una respuesta por parte del novelista. Un mes más tarde, el propio Blasco fue quien quiso desmentir la veracidad de la noticia: no había sido desafiado y, por tanto, no tuvo que negarse a batirse en duelo. Tal vez, todo había sido invención de un allegado a Barragán, que terminaba acentuando la imagen peyorativa que de él había ofrecido en sus artículos:

Cuando era se lo debía a Carranza que lo trató como un padre y, sin embargo, Carranza fue asesinado cerca de él sin que supiera defenderlo ni morir juntamente con él. Tiene asuntos más serios en que pensar que en defender su nombre228.


The Evening World. Daily Magazine, 17-8-1920

El águila y la serpiente

La redacción de esta novela está envuelta de una serie de enigmas, propiciados sobre todo, por las sucesivas y contradictorias declaraciones que el autor realizó al respecto a su vuelta a Francia. En la actualidad, entre los fondos de la biblioteca del MuVIM se localiza el texto mecanografiado de El águila y la serpiente, compuesto de ochenta y cuatro folios llenos de tachaduras y correcciones efectuadas, de su puño y letra, por Blasco (señálese que por aquellas fechas, a causa de los problemas oculares derivados de la diabetes, el escritor dictaba a su secretario y luego hacía las revisiones oportunas)229. El original en cuestión contiene cuatro capítulos y sirve para demostrar que, en efecto, la labor creadora había empezado a desarrollarse y que fue suspendida en algún momento impreciso, quizá porque, como el escritor le confió a su biógrafo Emilio Gascó Contell, a través de una carta de 15 de agosto de 1925, «dijeron tantas necedades algunos mejicanos en contra mía, que a guisa de venganza decidí no terminar la novela». Sin embargo, otros diversos aspectos quedaban en el aire.

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