Kitabı oku: «La Reina de los Caribes»

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Emilio Salgari

La Reina de los Caribes

e-artnow, 2021

EAN 4064066444747

Índice

Capítulo 1: El Corsario Negro

Capítulo 2: Hablar o morir

Capítulo 3: La traición del intendente

Capítulo 4: Sitiados en el torreón

Capítulo 5: El asalto al Rayo

Capítulo 6: La llegada de los filibusteros

Capítulo 7: El brulote

Capítulo 8: Un combate terrible

Capítulo 9: El odio de Yara

Capítulo 10: Las costas de Yucatán

Capítulo 11: La escuadra de los filibusteros

Capítulo 12: Un terrible abordaje

Capítulo 13: La rendición de la fragata

Capítulo 14: La laguna de Tamihaua

Capítulo 15: La almadía

Capítulo 16: La caza del Lamantino

Emilio Salgari
La Reina de los Caribes

Capítulo 1: El Corsario Negro

Índice

El mar Caribe, en plena tormenta, mugía furioso lanzando verdaderas montañas de agua contra los muelles de Puerto-Limón y las playas de Nicaragua y de Costa Rica.

El astro del día, rojo como un disco de cobre, sólo proyectaba pálidos rayos.

No llovía; pero las cataratas del cielo no debían de tardar en abrirse.

Tan sólo algunos pescadores y algunos soldados de la pequeña guarnición española se habían atrevido a permanecer en la playa.

Un motivo, sin duda muy grave, los obligaba a estar en acecho. Hacía algunas horas que había sido señalada una nave en la línea del horizonte, y por la dirección de su velamen, parecía tener intención de buscar un refugio en la pequeña bahía.

Cualquier nave que viniese de alta mar producía una viva emoción en las poblaciones españolas de las colonias del golfo de México.

Bastaba que se notase algo sospechoso en las maniobras de las naves que arribaban, para que las mujeres y los niños corrieran a encerrarse en sus casas y los hombres se armaran precipitadamente.

Si la bandera era española, la saludaban con estrepitosas vivas, celebrando el raro caso de haber esquivado los cruceros de los corsarios.

Los desmanes y saqueos llevados a cabo por Pedro el Grande, Brazo de Hierro, John Davis, Montbar, el Corsario Negro y sus hermanos el Rojo y el Verde y el Olonés, habían sembrado el pánico en todas las colonias del golfo.

Viendo aparecer aquella nave, los pocos habitantes que se habían detenido en la playa a contemplar la furia del mar habían renunciado a la idea de volver a sus casas, no sabiendo aún si tenían que habérselas con algún velero español o con algún osado filibustero.

Viva inquietud se reflejaba en el rostro de todos, tanto pescadores como soldados.

-¡Nuestra Señora del Pilar nos proteja-decía un viejo marinero, moreno como un mestizo y asaz barbudo-; pero, os digo, amigos, que esa nave no es de las nuestras! ¿Quién se atrevería con semejante tormenta a empeñar tal lucha a tanta distancia del puerto, si no fuese tripulada por los hijos del Diablo, esos bandidos de las Tortugas?

-¿Estáis seguro de que se dirige hacia aquí? -preguntó un sargento que estaba en un grupo de soldados.

-Segurísimo, señor Vasco. ¡Mirad! Ha dado una bordada hacia el Cabo Blanco, y ahora se prepara a volver sobre sus pasos.

-Es un brik; ¿no es cierto, Alonso?

-Sí, señor Vasco. Un magnífico leño, a fe mía, que lucha ventajosamente contra el mar, y que antes de una hora dará frente a Puerto-Limón.

-¿Y qué os induce a creer que no sea una nave de las nuestras?

-¿El qué? Si ese leño fuese español, en vez de venir a buscar un refugio en nuestra bahía que es poco segura, hubiera ido a la Chiriqui.

-Tendréis razón; pero yo dudo mucho que ésa esté tripulada por corsarios. Puerto-Limón no puede excitar sus ambiciones.

-¿Sabéis lo que pienso, señor Vasco? -dijo un joven marinero que se había destacado del grupo.

-Decid, Diego.

-Que esa nave es El Rayo, del Corsario Negro.

Al oír tan inesperada salida un estremecimiento de terror sobrecogió a todos los presentes.

-¡El Corsario Negro aquí! -exclamó con acentuado temblor.

-¡Estás loco!

-Pues bien; voy a demostraros lo contrario -dijo el marinero-. Hace dos días, mientras yo estaba pescando cerca de las islas de Chiriqui, vi pasar una nave a menos de un tiro de arcabuz de mi velero. Aquella nave se llamaba El Rayo.

-¡Caramba! -exclamó el sargento con tono airado-. ¡Y no has dicho nada!

-No quería asustar a la población -dijo el joven.

-Si lo hubieras advertido, se habría enviado a alguien para pedir socorro a San Juan.

-¿Para qué? -preguntaron en son de burla los pescadores.

-¡Para rechazar a esos hijos de Satanás! -repuso el sargento.

-¡Hum! -dijo un pescador alto como un granadero y fuerte como un toro-. Yo he combatido contra esa gente, y sé lo que vale. Son invencibles.

-¿Creéis eso, Cárdenas?

-Ya os convenceréis pronto, señor Vasco. ¡Fijaos! Aquella nave ha puesto la proa hacia el puerto. Dentro de media hora estará aquí: intentad oponer resistencia si os atrevéis.

-¿Y dejaréis que invadan la ciudadela? -preguntó indignado el sargento.

-Cuando no se puede defender una fortaleza, se abandona -repuso el gigante.

Los pescadores que se hallaban en la playa parecían inclinados a retirarse, cuando un hombre, ya de alguna edad, que hasta entonces había permanecido silencioso, los detuvo con un gesto.

Tenía en la mano un catalejo, con el que había estado explorando el mar.

¡Deteneos! -les dijo-. El Corsario Negro es un hombre que no hace daño a quien no se le resiste.

¿Qué sabéis vos? -le preguntó el sargento.

-Yo conozco al Corsario Negro.

-¿Y creéis que esa nave sea la suya?

-Sí; esa nave es El Rayo.

Nadie se movió. Pescadores y soldados continuaron en la playa mirando con espanto el velero, que luchaba penosamente contra la tempestad.

Parecía qué el temor los había petrificado.

Entretanto, la nave seguía aproximándose, a pesar del huracón. Parecía un inmenso pájaro marino volteando sobre el mar tempestuoso. Salvaba intrépidamente la cresta de las olas, desapareciendo casi por completo, para volver a mostrarse a la incierta luz crepuscular.

Los rayos caían en torno de sus palos, y la lívida luz de los relámpagos se reflejaba en sus velas, enormemente henchidas. Las olas la asaltaban por todas partes, lamiendo sus flancos y barriendo a veces la cubierta; pero la nave no cedía. Había renunciado a las bordadas, y marchaba enfilando al puerto, como si hubiera estado cierta de encontrar un asilo seguro y amigo. ¿Quién podía ser el audaz que tan intrépidamente desafiaba el furor del mar Caribe? Sólo un marinero de las Tortugas, uno de aquellos condenados corsarios, podía atreverse a tanto.

Los pescadores y soldados se miraban unos a otros viendo a la nave llegar al antepuerto después de un último bandazo.

-¡Está llegando! -exclamó uno de ellos-. ¡A bordo preparan las anclas!

Los pescadores, sin esperar a más, partieron corriendo desaparecieron por las calles de la pequeña ciudad.

El sargento y sus soldados, después de una breve vacilación, siguieron el ejemplo de los pescadores, dirigiéndose hacia el fortín, que se encontraba en la opuesta extremidad del muelle, en la cima de una roca dominando la bahía.

Puerto-Limón contaba con una guarnición de ciento cincuenta hombres y dos piezas de artillería, siéndoles, por tanto, imposible empeñar una lucha contra aquella nave, que debía de poseer numerosa y potente artillería.

La nave, en tanto, a pesar de la furia del viento y del mar, había entrado audazmente en el puerto, y había echado anclas a cincuenta metros del muelle.

En sus costados, cinco a babor y cinco a estribor, asomaban la boca otras tantas piezas de artillería, dignas compañeras de las dos que se veían en la cubierta.

En la popa ondeaba una bandera negra con una V dorada en el centro, y encima de ella, una corona gentilicia.

En el castillo de proa, en la toldilla y en los costados se veían multitud de marineros armados, mientras a popa algunos artilleros apuntaban las dos piezas hacia el fortín, dispuestos a desencadenar contra él un huracán de hierro.

Plegadas las velas y echadas otras dos anclas, una chalupa que fue arriada por sotavento se dirigió hacia el muelle.

A pesar del incesante movimiento del mar, la chalupa, hábilmente piloteada, tocó junto a un viejo barco español que acababa de destrozarse sobre un banco de arena, y que con su mole oponía una barrera a la furia de las aguas, y, salvando algunas escolleras, arribó felizmente al muelle.

La pequeña guarnición permanecía en el fortín, juzgando inoportuno intervenir, en consideración especialmente a aquellos doce imponentes calmes, suficientes para barrer la playa en un momento.

Mientras algunos hombres, aguantando con los remos, tenían quieta la chalupa, un hombre que iba a proa, de un salto extraordinario, digno de un tigre, se lanzó al muelle.

Aquel audaz que se atrevía a desembarcar solo en una población de dos mil habitantes, tal vez resueltos a atacarle como a una bestia feroz, era un arrogante tipo de hombre de unos treinta y cinco años, más bien alto, y de porte aristocrático.

Las líneas de su rostro eran bellas y varoniles a pesar de su palidez cadavérica.

Si su rostro era triste y fúnebre, el vestido no era más alegre. Iba vestido de negro de pies a cabeza, pero con desusada elegancia entre los corsarios.

La casaca era de seda negra, adornada con encajes de igual color: los calzones, la faja que sostenía la espada, las botas, y hasta el sombrero eran negros también.

Hasta la gran pluma que le caía sobre los hombros era negra, como asimismo las armas.

Aquel extraño personaje se detuvo para mirar las casas de la ciudad, cuyas ventanas estaban todas cerradas.

Una sonrisa burlona asomó a sus labios.

Se volvió hacia los hombres que permanecían en la chalupa, y dijo:

- ¡Carmaux, Van Stiller, Moko! ¡Seguidme!

Un negro de estatura gigantesca, un verdadero Hércules, saltó a tierra, y tras él, dos hombres blancos. Éstos, que frisaban en los cuarenta años, tenían la tez bronceada y líneas duras y angulosas.

Estaban armados de mosquetes y sables.

- Henos aquí, capitán -dijo el negro.

-Seguidme.

-¿Y la chalupa?

-Que vuelva a bordo.

-Perdonad, capitán -dijo uno de los dos marineros-; no me parece prudente aventurarnos tan pocos en la ciudad.

-El Corsario Negro no ha tenido nunca miedo, Carmaux.

-¡Si alguien se atreviera a sostener lo contrario, le cortaría la lengua, capitán!

Se volvió hacia la chalupa, gritando a los que la tripulaban:

-¡Volved a bordo, y decid a Morgan que esté pronto a zarpar!

Cuando vio alejarse la chalupa se volvió hacia sus tres compañeros diciendo:

-Vamos en busca del administrador del Duque.

-No sabemos dónde vive ese excelente administrador, Capitán.

-¿Y qué importa? Le buscaremos.

-He visto por allá un fortín -repuso el Corsario Negro-. Si nadie puede decirnos por aquí dónde podemos encontrar al administrador, iremos a preguntárselo a la guarnición.

-¡Por los cuernos de Belcebú! ¿Ir a preguntárselo a la guarnición? ¡No somos más que cuatro, señor!

-¿Y los doce cañones del Rayo? ¿No los cuentas? Vamos, ante todo, a explorar esas calles.

-¡Oh, Van Stiller! ¿Acaso los hamburgueses se han vuelto cobardes de algún tiempo a esta parte? ¡Cargad los mosquetes y vamos!

-¡Adelante, hombres del mar! ¡Yo os guío!

La noche había cerrado, y el huracán, en vez de calmarse, parecía aumentar.

La ciudad continuaba pareciendo desierta. No se veía ni una luz en sus calles, y menos a través de las persianas que cubrían las ventanas.

La noticia de la llegada de los corsarios de las Tortugas debía de haber corrido entre los habitantes.

El Corsario Negro, tras una breve vacilación, se internó en una calle que parecía la más larga de la ciudad.

Habían llegado ya a la mitad de la calle cuando el Corsario Negro se detuvo bruscamente gritando:

-¿Quién vive?

Una forma humana había aparecido en el ángulo de una esquina, y, viendo a aquellos cuatro hombres, se había rápidamente ocultado tras un carro de heno abandonado en aquel lugar.

-¿Una emboscada? -preguntó

Carmaux, acercándose al Capitán.

-¡O un espía! -dijo éste. -¿Era un hombre solo?

-Sí, Carmaux.

-Ve a prender a ese hombre, y tráelo aquí.

-¡Yo me encargo de eso! -dijo el negro empuñando su pesado espadón.

-¡Eh, compadre Saco de Carbón! -exclamó Carmaux-. ¡Primero los blancos: después el negro!

-El compadre blanco puede cederme este favor.

-Saco de carbón, eres libre de ir a recibir un tiro -exclamó Carmaux.

El gigantesco negro atravesó en tres saltos la calle, y cayó sobre el hombre escondido tras el carro.

Agarrarle por el cuello y levantarle como si fuese un fantoche, fue cuestión de un momento.

El negro, sin cuidarse de sus gritos, le llevó ante el Corsario, dejándole en el suelo.

-¡Buen tipo! -exclamó Carmaux dando una carcajada-. ¡Eh, compadre! ¿Dónde has pescado ese cámbaro (cangrejo)?

El hombre que el negro había dejado ante el Corsario no tenía el aspecto de un soldado ni de un valiente.

Era un pobre burgués, algo viejo, con una nariz monumental; dos ojuelos grises y monstruosa joroba plantada entre los hombros.

-¡Un jorobado! -exclamó Van Stiller, que le vio a la luz de un relámpago-. ¡Nos traerá buena suerte!

El Corsario Negro había puesto una mano en el hombro del español, preguntándole:

-¿Adónde ibas?

-¡Soy un pobre diablo que nunca hizo mal a nadie! -gimió el jorobado.

-Te pregunto que adónde ibas -dijo el Corsario.

-¡Este cangrejo corría al fuerte para hacernos prender por la guarnición! -dijo Carmaux.

-¡No, excelencia! -gritó el jorobado-. ¡Os lo juro!

-¡Por cien mil diablos! -exclamó Carmaux.

-¡Este jorobeta me ha tomado por algún gobernador! ¡Excelencia! ¡Oh!

-¡Silencio, hablador! -gruñó el Corsario-. Vamos; ¿adónde ibas?

-¡En busca de un médico señor! -balbuceó el jorobado-. ¡Mi mujer está enferma!

-¡Mira que, si me engañas, te hago colgar del palo mayor de mi nave!

-¡Os juro!…

-¡Deja los juramentos, y responde! ¿Conoces a D. Pablo de Ribeira?

-Sí, señor.

-¿Administrador del duque Wan Guld?

-¿El ex gobernador de Maracaibo?

-Sí.

-Le conozco personalmente.

-Pues bien; llévame a su presencia.

-Pero…, señor…

-¡Llévame! -gritó amenazadoramente el Corsario-. ¿Dónde vive?

-Aquí cerca, señor… excelencia…

-¡Silencio! ¡Adelante, si estimas tu pellejo!

El negro cogió al español en brazos, a pesar de sus protestas, y le preguntó:

-¿Dónde es?

-Al final de la calle.

La pequeña caravana se puso en marcha. Procedía, sin embargo, con cierta precaución, deteniéndose, a menudo, en los ángulos de las calles transversales, por temor a caer en alguna emboscada o recibir una descarga a quemarropa.

Llegados al final de la calle, el jorobado se volvió hacia el Corsario, y, señalándole una casa de buen aspecto, edificada en piedra y coronada por un torreón, le dijo:

-Aquí es, señor.

-¡Bien está! -repuso el Corsario.

Miró atentamente la casa, y acercándose a la puerta, la golpeó con el pesado aldabón de bronce que de ella pendía.

Aún no había cesado el ruido de la llamada, cuando se oyó abrir una persiana, y una voz desde el último piso que preguntaba:

-¿Quién sois?

-¡El Corsario Negro! ¡Abrid, o prenderemos fuego a la casa! -gritó el capitán haciendo brillar su espada a la lívida luz de un relámpago.

-¿A quién buscáis?

- ¡A D. Pablo de Ribeira, administrador del duque Wan Guld!

En el interior de la casa se oyeron pasos precipitados, gritos que parecían de espanto; luego, nada.

-Carmaux -dijo el Corsario-. ¿Tienes la bomba?

- Sí, capitán.

-¡Colócala junto a la puerta! ¡Si no obedecen, le prenderemos fuego, y nos abriremos paso nosotros mismos!

Se sentó sobre un guardacantón que se encontraba a pocos pasos, y esperó, atormentando la guarda de su espada.

Capítulo 2: Hablar o morir

Índice

Aún no había transcurrido un minuto cuando las ventanas del primer piso se iluminaron, reflejándose algunos rayos de luz en las casas de enfrente.

Una o más personas estaban preparándose a bajar.

El Corsario se había puesto rápidamente en pie, con la espada en la diestra y una pistola en la siniestra.

Sus hombres se habían colocado a los dos lados de la puerta con las armas preparadas.

-¡Alguien viene! -dijo Van Stiller, que tenía un ojo pegado a la cerradura-. ¡Veo luces detrás de la puerta!

El Corsario Negro, que empezaba a impacientarse, alzó de nuevo el pesado aldabón, y lo dejó caer con estrépito.

El golpe retumbó por el corredor. Una voz temblorosa gritó: -¡Ya va, señores!

Se oyó un chirriar de cerrojos y cadenas, y la maciza puerta se abrió lentamente.

Un hombre ya de edad, seguido por dos pajes de raza india portadores de antorchas, apareció en el umbral.

Era un hermoso tipo de anciano, que ya debía de haber pasado de los sesenta; pero aún robusto y erguido como un joven.

Llevaba un traje de seda oscura adornado de encajes, y calzaba altas botas con espuelas de plata.

Una espada le colgaba al costado, y en la cintura llevaba uno de aquellos puñales españoles llamados de misericordia; arma terrible en una mano robusta.

-¿Qué queréis de mí? -preguntó el viejo con marcado temblor.

En vez de contestar, el Corsario Negro hizo seña a sus hombres de entrar y cerrar la puerta.

El jorobado, ya inútil, fue dejado en la calle.

-Espero vuestra respuesta -insistió el viejo.

-¡El caballero de Ventimiglia no está acostumbrado a hablar en los pasillos! -dijo el Corsario Negro, con voz altanera.

-¡Seguidme! -dijo el viejo tras una breve vacilación.

Precedidos por los dos pajes, subieron una amplia escalera de madera roja y entraron en una sala amueblada con elegancia y adornada con trofeos españoles.

El Corsario Negro se aseguró con una mirada de que no había más puertas, y volviéndose hacia sus hombres, les dijo: -Tú, Moko, te pondrás de guardia en la escalera, y colocarás la bomba detrás de la puerta. Vosotros, Carmaux y Van Stiller, permaneceréis en el corredor contiguo.

Y mirando al viejo, que se había tornado palidísimo, añadió: -¡Y ahora nosotros dos, señor Pablo de Ribeira, intendente del duque Wan Guld!

Cogió una silla y se sentó junto a la mesa, colocándose la espada desenvainada entre las piernas.

El viejo seguía en pie, y miraba con terror al formidable Corsario.

-Sabéis quien soy; ¿no es cierto? -preguntó el filibustero.

-El caballero Emilio de Roccabruna, señor de Valpenta y de Ventimiglia -dijo el viejo.

-Celebro que tan bien me conozcáis, señor de Ribeira -continuó el Corsario-. ¿Sabéis por qué motivo he osado, solo con mi nave, aventurarme en estas costas?

-Lo ignoro; pero supongo que debe de ser muy grave el motivo para decidiros a tamaña imprudencia. No debéis de ignorar, caballero, que por estas costas está en crucero la escuadra de Veracruz.

-Lo sé -repuso el Corsario.

-Y que aquí hay una guarnición, no muy numerosa, pero superior a vuestra tripulación.

-También lo sabía.

-¿Y habéis osado venir aquí casi solo?

Una desdeñosa sonrisa plegó los labios del Corsario.

-¡No tengo miedo! -dijo con fiereza.

-Nadie puede dudar del valor del Corsario Negro -dijo D. Pablo de Ribeira-. Os escucho.

El Corsario permaneció algunos instantes silencioso, y luego dijo con voz alterada: -Me han dicho que vos sabéis algo de Honorata Wan Guld.

En aquella voz había algo desgarrador: parecía un sollozo ahogado.

El viejo permaneció mudo y mirando con ojos asustados al Corsario.

Entre ambos hubo unos momentos de angustioso silencio. Parecía que ninguno de los dos quería romperlo.

-¡Hablad! -dijo por fin el Corsario-. ¿Es cierto que un pescador del mar Caribe os ha dicho haber visto una chalupa llevada por las aguas y tripulada por una mujer joven?

-Sí -contestó el viejo con voz que parecía un soplo.

-¿Dónde se hallaba esa chalupa? -Muy lejos de las costas de Venezuela.

¿En qué sitio?

-Al sur de la costa de Cuba, a cincuenta o sesenta millas del cabo de San Antonio, en el canal de Yucatán.

-¡A tanta distancia de Venezuela! ¿Cuándo encontraron la chalupa?

-.Dos días después de la partida de las naves filibusteras de las playas de Maracaibo.

¿Y estaba aún viva?

-Sí, caballero.

-¿Y aquel miserable no la recogió?

-La tormenta arreciaba, y su nave ya no podía resistir el embate de las aguas.

Un grito de desconsuelo salió de los labios del Corsario.

-¡Vos la habéis matado! -dijo el señor de Ribeira con voz grave-. ¡Qué tremenda venganza habéis cometido, caballero! ¡Dios os castigará!

Oyendo aquellas palabras, el Corsario Negro levantó vivamente la cabeza.

¡Dios me castigará! -exclamó con voz estridente-. Yo maté a aquella mujer a quien tanto amaba; ¿mas de quién fue la culpa? ¿Acaso ignoráis las infamias cometidas por el Duque, vuestro señor? Uno de mis hermanos duerme allá… bajo el Escalda; los otros dos reposan el báratro del mar Caribe. ¿Sabéis quién los mató? ¡El padre de la mujer a quien yo amaba!

El viejo guardaba silencio y permanecía con los ojos fijos en el Corsario.

-¡Yo había jurado odio eterno a aquel hombre, que había matado a mis hermanos en la flor de su edad, que había hecho traición a la amistad y a la bandera de su patria adoptiva, y que por oro había vendido su alma y su nobleza, mancillando infamemente su blasón, y he querido mantener mi palabra!

-¿Condenando a muerte a una joven que no podía haceros ningún mal?

-La noche en que abandoné a las aguas el cadáver del Corsario Rojo, había jurado exterminar a toda su familia, como él había destruido la mía, y no podía faltar a mi palabra. Si no lo hubiera hecho, mis hermanos habrán salido del fondo del mar para maldecirme. ¡Y el traidor vive todavía! -repuso con ira tras una pausa-. ¡El asesino no ha muerto, y mis hermanos me piden venganza! ¡La tendrán!

-¡Los muertos nada pueden pedir!

-Os engañáis. Cuando el mar riela, y yo veo al Corsario Rojo y al Verde surgir de los abismos del mar, y huir ante la proa de mi Rayo; y cuando el viento silba entre el cordaje de mi nave, oigo la voz de mi hermano muerto en tierras de Flandes. ¿Me comprendéis?

-¡Locuras!

-¡No! -gritó el Corsario-. Hasta mis hombres han visto muchas noches aparecer entre la espuma los esqueletos del Corsario Rojo y del Verde, que todavía me piden venganza. Decidme: ¿dónde está Wan Guld?

-¿Aún pensáis en él? -exclamó el Intendente-. ¿No os basta con su hija?

-¡No! Ya os he dicho que mis hermanos todavía no están satisfechos.

-El Duque está muy lejos.

-¡Hasta el Infierno iría a buscarle el Corsario Negro!

-Id, pues a buscarle.

-¿Dónde?

-No sé a punto fijo dónde está. Se dice que en México.

-¿Se dice? ¿Vos que sois su intendente, el administrador de sus bienes, lo ignoráis? ¡No seré yo quien lo crea!

-Sin embargo, no sé dónde se halla.

-¡Me lo diréis! -gritó con voz terrible el Corsario-. ¡La vida de ese hombre me es necesaria!

-¡No hablaré!

-Sin embargo, no ignoráis las infamias cometidas por vuestro señor.

-He oído narrar muchas cosas respecto del Duque; pero ¿debo creerlas?

-¡D. Pablo de Ribeira! -dijo el Corsario con tono solemne-. ¡Soy un gentilhombre!

-Hablad, pues, señor de Roccabruna.

El Corsario iba a abrir los labios, cuando se levantó, acercándose rápidamente a la ventana.

-¿Qué tenéis? -le preguntó D. Pablo con estupor.

El caballero no contestó. Inclinado hacia afuera, escuchaba atentamente.

-La tormenta estaba en todo su apogeo.

-¿Habéis oído? -preguntó el Corsario con voz alterada.

-Nada, señor -repuso inquieto el anciano.

-Diríase que el viento trae hasta aquí los gritos de mis hermanos.

-¡Siniestra locura, caballero!

- ¡No! ¡No es locura! ¡Las ondas del mar Caribe entonan a estas horas los salmos del Corsario Rojo y del Verde, víctimas de vuestro señor!

El viejo palideció y miró con espanto al Corsario.

-¿Habéis terminado, caballero? -dijo-. ¡Acabaréis por hacer que también yo vea a los muertos!

El Corsario se sentó de nuevo junto a la mesa. Parecía no haber oído las palabras del español.

-Éramos cuatro hermanos -empezó a decir con voz triste y lenta-. Pocos eran tan valientes como los señores de Roccabruna, Valpenta y Ventimiglia, y pocos tan devotos del duque de Saboya como lo éramos nosotros.

“La guerra había estallado en Flandes, Francia y Saboya combatían con extremo furor contra el duque de Alba por la libertad de los generosos flamencos. El duque Wan Guld, vuestro señor, separado del grueso del ejército francosaboyano, se había atrincherado en una roca situada en una de las bocas del Escalda. Nosotros, fieles guardianes de la gloriosa bandera del heroico duque Amadeo II, estábamos con él. Tres mil españoles con poderosa artillería habían rodeado la roca, decididos a expugnarla. Asaltos desesperados, minas, bombardas, escalos nocturnos; todo lo habían intentado, y siempre en vano: el estandarte de Saboya nunca se había arriado. Los señores de Roccabruna defendían la fortaleza, y antes se hubieran dejado hacer pedazos que entregarla. Una noche un traidor comprado por el oro español abrió la poterna al enemigo. El primogénito de Roccabruna se lanzó a detener el paso a los invasores, y cayó asesinado por un pistoletazo disparado a traición. ¿Sabéis cómo se llamaba el hombre que vilmente hizo traición a sus tropas y dio muerte a mi hermano? ¡Era el duque Wan Guld; era vuestro señor!

-¡Caballero! -exclamó el anciano.

-¡Callad y escuchadme! -prosiguió el Corsario-. Al traidor le fue dada en pago de su infamia una colonia del golfo de México, la de Venezuela; pero había olvidado que aún vivían otros tres caballeros de Roccabruna, y que éstos habían solemnemente jurado por la cruz de Dios vengar la traición hecha a su hermano. Equipados tres navíos, zarparon hacia el golfo: uno de sus capitanes se llamaba el Corsario Verde; otro, el Rojo; el tercero, el Negro.

-Conozco la historia de los tres Corsarios -dijo el señor de Ribeira-. El Rojo y el Verde cayeron en poder de mi señor, y fueron ahorcados como vulgares malhechores.

-Y recibieron por mí honrosa sepultura en los abismos del mar Caribe -dijo el Corsario Negro-. Ahora decidme: ¿qué pena merece el hombre que hace traición a su bandera y da muerte a tres hermanos? ¡Hablad!

-Vos matásteis a su hija, caballero.

-¡Callad, por Dios! -gritó el Corsario-, ¡No despertéis el dolor que roe mi corazón! ¡Basta! ¿Dónde está ese hombre?

-Está a cubierto de vuestros ataques.

-¡Lo veremos! Decidme el sitio. El Corsario había levantado la espada.

-¡En Veracruz! -le dijo el viejo, considerándose perdido.

-¡Ah!… -gritó el Corsario.

Se dirigía hacia la puerta, cuando entró Carmaux en la estancia.

El filibustero tenía sombrío el rostro, y en sus miradas se leía una viva inquietud.

-¡Partamos, Carmaux! -le dijo el Corsario-. ¡Sé cuanto quería saber!

-¡Un momento, capitán! -¿Qué quieres?

-Mucho me alegraría de volver a bordo; pero creo que por ahora no sea fácil.

-¿Por qué?

-La casa está sitiada. -¡Bromeas!

-¡Ojalá! Desgraciadamente, digo la verdad.

-¿Quién nos ha vendido? -preguntó el Corsario mirando amenazadoramente a D. Pablo.

-¿Quién? ¡Ese maldito jorobeta a quien dejamos en libertad! -dijo Carmaux-. Hemos cometido una imprudencia que acaso nos cueste cara, capitán.

-¿Estás seguro de que la calle está tomada por los españoles?

-Con mis propios ojos he visto dos hombres esconderse en el portal que hay frente a esta casa.

-¿Sólo dos? ¿Y qué pueden hacer contra nosotros?

-¡Despacio, capitán! He visto otros dos en una ventana.

-Que son cuatro. ¡Vaya un número para nosotros! -dijo despreciativamente el Corsario.

-Puede haber más ocultos en las bocacalles, capitán -dijo Carmaux.

-¡Con semejante huracán, sus mosquetes no les servirán de nada!

-Pero cien picas y otras tantas espadas…

El Corsario permaneció pensativo un momento, y volviéndose a D. Pablo le dijo: -¿Y no hay en esta casa ninguna salida secreta?

-Sí, señor caballero -dijo el viejo, mientras un relámpago cruzaba sus negros ojos.

-¿Nos facilitaréis la fuga? -Con una condición.

-¿Cuál?

-Abandonar vuestros proyectos de venganza contra mi señor.

-¡Queréis bromear, señor Ribeira! -dijo con acento burlón el Corsario.

-No, caballero.

-¡El señor de Roccabruna no aceptará jamás tal condición!

-¿Preferís que os hagan prisionero los españoles?

-¡Todavía no me han cogido, querido señor!

-Hay ciento cincuenta soldados en Puerto-Limón.

-¡No me asustan! Yo tengo a bordo ciento veinte lobos de mar capaces de hacer frente a un regimiento entero.

-Vuestro Rayo no está anclado frente a esta casa, caballero.

-Iremos nosotros a su bordo, señor mío.

-No conocéis el pasaje secreto. -Pero lo conocéis vos.

-No os lo indicaré si antes no juráis dejar en paz al duque Wan Guld.

-¡Pues bien; veamos! -dijo con voz estridente el Corsario.

Y amartillando rápidamente una pistola, gritó:

-¡O nos guiáis al pasaje secreto, o te mato! ¡Elige!

Capítulo 3: La traición del intendente

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Ante aquella amenaza D. Pablo de Ribeira se había tornado palidísimo: Instintivamente su diestra se volvió hacia la empuñadura de su espada. Había sido en sus tiempos un valiente guerrero; pero viendo avanzar a Carmaux, juzgó inútil toda resistencia.

Por otra parte, temía por cierto que perdería la vida aun luchando con el Corsario solo, pues no ignoraba su destreza en el manejo de las armas.

-¡Caballero -dijo-, estoy en vuestras manos!

-¿Me conduciréis al pasaje secreto?

-¡Cedo a la violencia! -¡Precedednos!

El anciano cogió un candelabro que sobre un vargueño había, y encendiéndolo, hizo al Corsario seña de seguirle.

Carmaux había llamado ya a sus compañeros.

-¿A dónde vamos? -preguntó Van Stiller.

-Parece que huimos -repuso Carmaux.

-¿Vamos a bordo?

-¡Si se puede! ¡Me fío poco de este viejo!

-No le perderemos de vista. Tengo amartillada la pistola.

-Y yo -dijo Carmaux.

En tanto, D. Pablo había salido de la estancia y se había internado en un largo corredor.

El Corsario le seguía, espada y pistola en mano.

Como sus subordinados, desconfiaba del viejo administrador.

Llegados al final de la galería D. Pablo se detuvo ante un cuadro, y apoyando un dedo en la cornisa, lo hizo correr por unas ranuras.

El cuadro se destacó y cayó hasta el suelo dejando ver una abertura tenebrosa capaz de dar paso a dos personas juntas.

Un soplo de viento húmedo, hizo vacilar las luces del candelabro.

-Éste es el pasaje -dijo.

-¿Adónde conduce? -preguntó con acento de desconfianza el Corsario.

-Da vueltas a la casa y termina en un jardín.

-¿Lejos?

-A quinientos o seiscientos metros.

-¡Pasad!

El viejo vaciló.

-¿Por qué queréis que os siga? -dijo-. ¿No os basta que so haya conducido hasta aquí?

-¿Quién nos asegura que nos hayáis puesto en buen camino? Cuando lleguemos a la salida, os dejaremos libre.

El viejo frunció las cejas mirando sospechosamente al Corsario, y se internó en el pasaje.

Los cuatro filibusteros le siguieron en silencio y sin dejar sus armas.

Una escalera tortuosa se encontraba más allá del pasaje.

El viejo bajó lentamente, con una mano ante las luces para evitar que las apagara el viento y se detuvo ante una galería subterránea.

-Estamos al nivel de la calle -dijo-. No tenéis más que seguir siempre derechos.

-Será cierto lo que decís; pero no os dejaremos. Os ruego que vayáis delante -dijo el Corsario.

-¡El viejo trama algo! -murmuró Carmaux.

-¿Adónde quiere mandarnos? ¡Hum!… ¡Qué olor a traición hay por aquí!

El señor de Ribeira, aunque de mala gana, echó a andar por el subterráneo, que era muy bajo y estrecho.

La humedad era copiosísima. Rachas de aire llegaban de la parte opuesta, amenazando a cada momento apagar las luces.

D. Pablo adelantó unos cincuenta pasos, y se detuvo bruscamente lanzando un grito. En el mismo instante las luces se apagaron, y la oscuridad más absoluta invadió la galería.

-¡Mil demonios! -gritó Carmaux-. ¡Encended una mecha! ¡El viejo nos hace traición!

El Corsario se había lanzado a impedir que D. Pablo se alejase; pero, con gran estupor, no halló a nadie ante sí.

-¿Dónde estáis? -gritó-. ¡Contestadme, o hago fuego!

Un ruido sordo, que parecía el de una puerta maciza que se cierra, retumbó a pocos pasos.

-¡Traición! -gritó Carmaux. -¡Ha desaparecido! -gritó-. ¡Debí esperar esta traición!

Sonó un disparo y, a la luz de la pólvora había visto a pocos pasos una puerta que cerraba la galería.

-¡Por cien mil cuernos! ¡Nos ha burlado bien! -dijo Carmaux-. ¡Si ese viejo cae en mis manos palabra de ladrón que le ahorco!

-¡Silencio! -dijo el Corsario-. Encended una luz, una mecha, un pedazo de yesca; ¡cualquier cosa!

-He encontrado una vela, señor -dijo el negro-. Debe de haberse caído del candelabro.

Van Stiller encendió la vela.

-¡Veamos! -dijo el Corsario.

Se acercó a la puerta y la examinó atentamente.

Era maciza y estaba forrada de bronce; una verdadera puerta blindada.

Para echarla abajo hubiera sido menester un cañón.

-¡El viejo nos ha encerrado en el subterráneo! -dijo Carmaux-. ¡Ni el hacha del compadre Saco de carbón puede echarla abajo!

-Acaso no esté del todo cortada la retirada -dijo el Corsario-. Veamos de volver a la casa del traidor.

-Capitán -dijo Carmaux-, he traído conmigo la bomba. Podríamos hacerla estallar junto a la puerta.

-Creo que no bastaría. ¡Vamos! ¡En retirada!

Deshicieron lo andado, subieron la escalera, y llegaron a la salida del pasaje secreto. Allí los esperaba una desagradable sorpresa.

El cuadro había vuelto a su sitio y, habiéndolo golpeado el Corsario con su espada, produjo un sonido metálico.

-¡También aquí una pared de hierro! -murmuró-. ¡La cosa empieza a parecerme inquietante!

Iba a volverse hacia Moko para ordenarle que rompiera el cuadro a hachazos, cuando oyó voces cercanas.

Algunas personas hablaban tras el cuadro.

-¿Los soldados? -preguntó Carmaux-. ¡Por cuernos de! …

-¡Calla! -dijo el Corsario.

Dos voces se oían: la una parecía de mujer; la otra, de hombre.

-¿Quiénes serán? -se preguntó el Corsario.

Aplicó el oído a la pared metálica, y escuchó atentamente.

-¡Te digo que el amo ha encerrado aquí al gentilhombre! -decía una voz de mujer.

-Es un gentilhombre terrible, Yara -repuso la voz del hombre-. Se llama el Corsario Negro.

-¡No le dejaremos morir!

-Si abriésemos, el amo sería capaz de matarnos.

-¿No sabes que han llegado los soldados?

-Sé que ocupan las calles próximas.

-¿Dejaremos que asesinen al gentilhombre?

-Te digo que es un filibustero de las Tortugas.

-¡No le temo! ¡Obedece, Colima! -¡Qué capricho!

-Yara lo quiere así.

-Piensa en el amo.

-¡No le temo! ¡Obedece, Colima!

-¿Quiénes serán? -se preguntó el Corsario, que no había perdido ni una sílaba.

-Parece alguien que se interesa por mí, y….

No siguió. La pared había caído, y la placa metálica que acorazaba el cuadro habíase separado, dejando libre el paso.

El Corsario se había lanzado fuera con la espada en alto, pronto a herir; pero se detuvo súbitamente haciendo un gesto de asombro.

Ante él estaba una bellísima joven india y un joven negro, que llevaba un pesado candelabro de plata.

Aquella joven podría tener unos diez y seis años, y, como queda dicho, era bellísima, aunque su piel tuviese un tinte ligeramente rojizo.

Su talle era esbeltísimo. Tenía ojos espléndidos y negros como carbones, la nariz, recta; labios, pequeños y rojos, que dejaban ver una doble hilera de dientes blancos y brillantes como perlas; sus cabellos, negros como el ala del cuervo.

Hasta el traje que llevaba era gentil. La falda, de tela roja, estaba bordada con lentejuela de plata y perlas, y la blusa, adornada de encajes y cubierta también de lentejuelas. En la cintura llevaba una faja de brillantes colores, terminada en largos flecos de seda.

Sus pies, pequeños como los de una china, desaparecían bajo unas graciosas babuchas de piel amarilla y recamada de oro.

En las orejas llevaba grandes aretes de metal, y en el cuello, multitud de monedas de gran valor.

Su compañero, un negro de diez y ocho a veinte años, tenía labios gruesos, ojos que parecían de porcelana, y una cabellera negra y encrespada.

Con una mano sostenía el candelabro y con la otra empuñaba una especie de cuchilla curva, arma usada por los plantadores.

Viendo al Corsario en tan amenazadora actitud, la joven india había retrocedido dos pasos lanzando un grito a la vez de sorpresa y alegría.

-¡Un hermoso gentilhombre! -había exclamado.

-¿Quién sois? -preguntó el Corsario.

-Yara -contesto la joven india con argentina voz.

-¡No sé más que antes! Además, no me interesan otras explicaciones. Decidme si está sitiada la casa.

-Sí, señor.

-¿Y D. Pablo de Ribeira, dónde está?

-No lo hemos visto.

El Corsario se volvió hacia sus hombres diciendo:

-¡No tenemos un instante que perder!

Sin cuidarse del negro ni de la india había enfilado al corredor para llegar a la escalera, cuando se sintió coger dulcemente por los vuelos de la casaca.

Se volvió, y vio a la india. Su bello rostro revelaba tan profunda angustia, que se quedó atónito.

-¿Qué deseas? -le preguntó.

-¡No quiero que os maten, señor! -repuso Yara con voz temblorosa.

-¿Qué puede importante a ti? -preguntó más dulcemente el Corsario.

-Los hombres que están escondidos en las calles próximas no os perdonarán.

-¡Ni nosotros a ellos!

-¡Son muchos, señor!

-¡Es necesario que salga de aquí!

¡Mi nave me espera en la boca del puerto!

-En vez de salir en busca de los soldados, ¡huid!

-Mucho me gustaría poder marchar sin empeñar batalla; pero veo que no hay sino esta salida. El subterráneo lo cerró D. Pablo.

-¡Hay aquí una cueva! ¡Escondeos!

-¡Yo! ¡El Corsario Negro! Oh! ¡Nunca, hija mía!… Sin embargo, gracias por tu consejo. Te lo agradeceré siempre ¿Como te llamas?

-Yara; os lo he dicho.

-No olvidaré nunca ese nombre.

Le hizo un gesto de adiós; y bajó la escalera seguido de Carmaux y Van Stiller y precedido por Moko.

Llegados al corredor, se detuvieron un momento para amartillar los mosquetes y pistolas, y Moko abrió resueltamente la puerta.

-¡Que Dios os proteja, señor! -gritó Yara, que se había quedado arriba.

-¡Gracias, buena niña! -repuso el Corsario lanzándose a la calle.

-¡Despacio, capitán! -dijo Carmaux deteniéndole-. ¡Veo sombras junto al ángulo de aquella casa!

El Corsario se había detenido.

La oscuridad era tal, que a treinta pasos no se distinguía una persona.

Sin embargo, el Corsario había visto las sombras señaladas por Carmaux. Era imposible saber cuántos eran; no obstante, no debían de ser pocos.

-Nos esperaban -murmuró el Corsario-. ¡Hombres del mar, adelante! ¡Daremos la batalla!

Se había arrollado el tabardo sobre el brazo izquierdo, y con la diestra mano empuñaba la espada, arma terrible en sus manos.

Habían recorrido unos diez pasos, cuando cayeron sobre ellos dos hombres armados de espada y pistola.

Se habían ocultado en un portal, y viendo aparecer al formidable Corsario se lanzaron sobre él, acaso con la esperanza de cogerle por sorpresa.

El caballero no era hombre dispuesto a dejarse coger así. Con un salto de tigre evitó las dos estocadas, y cargó a su vez, haciendo silbar la espada.

-¡Tomad! -gritó.

Con un golpe bien dirigido derribó en tierra a uno, y saltando por encima de él se precipitó sobre el segundo, que viéndose solo, huyó a todo correr.

Mientras el Corsario se desembarazaba de aquellos dos, Carmaux, Van Stiller y Moko se habían lanzado contra un grupo que había desembocado por una calle próxima.

-¡Dejadlos ir! -gritó el Corsario.

En lugar de detenerse, se lanzaron tras los fugitivos gritando: -¡Mata! ¡Mata!

En aquel momento un destacamento desembocaba por otra callejuela. Estaba compuesto por cinco hombres, tres armados de espadas y dos de mosquetes.

Viendo al Corsario Negro solo, lanzaron un grito de alegría y se precipitaron sobre él gritando: -¡Ríndete, o eres muerto!

El señor de Ventimiglia miró en torno suyo, y no pudo contener una sorda imprecación.

Sus tres filibusteros, llevados por su ardor, y creyendo, sin duda, facilitar el camino a su capitán, habían continuado su carrera persiguiendo a los fugitivos.

-¡Incautos! -murmuró el Corsario-. ¡Heme aquí en buen aprieto!

Se apoyó contra el muro para no ser rodeado, y empuñó una de sus pistolas, gritando con toda la fuerza de sus pulmones: -¡A mí, filibusteros!

Su voz fue sofocada por un disparo. Uno de los cinco hombres había hecho fuego, mientras los otros desenvainaban la espada.

La bala se aplastó contra el muro, a pocas pulgadas de la cabeza del Corsario.

-¡Truenos! -murmuró éste.

Apuntó la pistola, y disparó a su vez. Uno de los dos mosqueteros, herido en pleno pecho, cayó sin lanzar ni un grito.

Tiró el arma descargada y empuñó la segunda. El otro mosquetero le apuntaba.

Rápido como un rayo, el Corsario hizo fuego, pero la pólvora no ardió.

-¡Maldición! -exclamó.

-¡Ríndete! -gritaron los cuatro españoles.

-¡Ésta es mi respuesta! -contestó el Corsario.

Se separó del muro y de un salto cayó sobre ellos, dando estocadas a diestro y siniestro.

El segundo mosquetero cayó. Los otros cargaron sobre el Corsario cerrándole el paso.

-¡A mí, filibusteros! -volvió a gritar el caballero.

Le contestaron algunos disparos. Parecía como si al final de la calle sus hombres hubieran empeñado un desesperado combate, porque se oían gritos, blasfemias, gemidos y chocar de aceros.

-¡Tratemos de deshacernos de estos sayones! -murmuró el Corsario-. Por ahora, nadie ha de venir a ayudarme.

Para evitar que le rodearan fue retrocediendo hasta apoyarse de nuevo en el muro.

Habían reconocido en su adversario al formidable surcador de los mares que se hacía llamar el Corsario Negro, y por eso redoblaban su ahínco.

Después de dar unos quince pasos, el Corsario sintió tras sí un obstáculo. Alargando la mano izquierda, notó que se hallaba ante una puerta.

-¡Si no se abre, confío en hacer frente a estos bribones! murmuró.

En aquel momento oyó en lo alto un grito de mujer.

-¡Colima! … ¡Le matan!…

-¡La joven india! -exclamó el Corsario, sin dejar de defenderse-¡Magnífico! ¡Puedo confiar en alguna ayuda!

Éste, sin embargo, no desmayaba. Habilísimo tirador, paraba las estocadas con rapidez. Una vez recibió una estocada en el costado derecho, con dirección al corazón. Aunque la detuvo con el brazo izquierdo, no pudo evitar que la espada penetrara en sus carnes.

-¡Ah, perro! -aulló, atacando con más rabia.

Antes de que su contrario hubiera podido desembarazar su espada de los pliegues del tabardo, le descargó un golpe desesperado.

La hoja hirió al adversario en plena garganta cortándole la carótida.

-¡Tres! -gritó el Corsario parando una estocada.

-¡Toma ésta! -dijo uno de los dos que restaban.

El Corsario dio un salto lanzando un grito de dolor.

-¡Tocado! -dijo.

-¡Ánimo, Juan! -gritó el que le había herido-. ¡Otra estocada, y es nuestro!

-¡Todavía no! -gritó el Corsario-. ¡Tomad!

Con dos terribles tajos derribó uno tras otro a sus dos adversarios; pero casi a la par se sintió sin fuerzas, mientras sus ojos se cubrían con un velo de sangre.

-¡Carmaux!… ¡Van Stiller!.. . ¡Ayuda!… Murmuró con voz desfallecida.

Se llevó una mano al pecho, y la retiró bañada en sangre.

Retrocedió hasta la puerta, contra la cual se apoyó. La cabeza le daba vueltas, sentía sordo zumbido en los oídos.

-¡Carmaux!… -murmuró por última vez.

Le pareció oír pasos precipitados, después, la voz de sus fieles corsarios, y, por fin, abrirse una puerta. Vio confusamente una sombra delante de él, y le pareció que unos brazos le cogían. Luego… ya no vio nada.

Cuando volvió en sí no se encontraba en la calle donde había librado tan sangriento combate. Estaba tendido en un cómodo lecho adornado con cortinas de seda azul bordadas de oro, y blanquísimas sábanas adornadas con ricas puntillas. Un rostro gentil estaba inclinado sobre él, acechando sus más pequeños movimientos. Lo reconoció enseguida.

-¡Yara! -exclamó.

La joven india se enderezó rápidamente. Los grandes y dulces ojos de aquella criatura estaban aún húmedos de llanto.

-¿Qué haces aquí, muchacha? -le preguntó el Corsario-. ¿Quién me trajo a esta estancia? ¿Y mis hombres, dónde están?

-¡No os mováis, señor -dijo la joven.

-¡Dime dónde están mis hombres! -repitió el Corsario-. ¡Oigo fragor de armas en la calle!

-Vuestros hombres están aquí, pero…

-¡Continúa! -dijo el Corsario, viéndola vacilar-. ¡No los veo!

-Defienden la escalera, señor.

-¿Por qué?

-¿Habéis olvidado a los españoles?

-¡Ah!… ¡Es cierto!… ¿Están aquí los españoles?

-Han cercado la casa, señor -repuso angustiada la joven.

-¡Mil truenos! ¡Y yo en el lecho!…

El Corsario hizo ademán de levantarse; mas le retuvo un agudo dolor.

-¡Estoy herido! -exclamó-.

¡Ah!… ¡Ahora recuerdo!…

Sólo entonces se dio cuenta de que tenía el pecho vendado y las manos llenas de sangre.

No obstante su valor, palideció.

-Yara, ¿qué ha ocurrido después que me hirieron?

-Os hice traer aquí por dos pajes de mi señor y por Colima-repuso la joven india.

-¿Quién me ha vendado?

-Yo y uno de vuestros hombres.

-He recibido dos estocadas, ¿no es cierto?

-Sí, dos, una acaso grave, y otra más dolorosa que peligrosa.

-Sin embargo, no me siento débil.

Hemos detenido pronto la sangre.

-¿Y mis hombres, han vuelto todos?

- Sí, señor. Uno de ellos tenía muchos rasguños, y al negro le brotaba sangre de un brazo.

¿Por qué no están aquí?

-Los dos blancos vigilan la escalera; el negro está de guardia en el pasaje secreto.

-¿Hay muchos enemigos en los alrededores?

-Lo ignoro, señor.

-¡Gracias por tu afecto y por tu cura, valiente muchacha! -dijo el Corsario pasando la mano por la cabeza de la joven-. ¡El Corsario Negro no te olvidará!

-Entonces, ¿me vengará? -exclamó la india, mientras un siniestro fulgor animaba sus ojos.

-¿Qué quieres decir?

En aquel instante se oyó un tiro de mosquete, y la voz de Carmaux que gritaba: -¡Cuidado! ¡Hay una bomba detrás de la puerta!

El Corsario Negro, viendo su espada apoyada en una silla próxima, la cogió haciendo de nuevo ademán de levantarse.

La joven le detuvo ciñéndole con ambos brazos.

-¡No, mi señor -gritó-, os mataríais!

-¡Déjame!

-¡No, capitán; no os moveréis del lecho! -dijo entrando Carmaux-. Los españoles no nos han cogido aún.

-¡Ah! ¿Eres tú? -dijo el Corsario-. Sois todos valientes, ya lo sé; pero sois pocos para defenderos de un ataque general.

-¿Y vuestras heridas? ¡Estáis inválido, capitán!

-Me parece que aún podría sostenerme, Carmaux. ¿Las has visto?

-Sí, capitán. Os han dado una estocada soberbia un poco debajo del corazón. Si el acero no llega a tropezar con una costilla, os atraviesa.

-¡No es grave!

-Es cierto -repuso Carmaux-. Yo creo que dentro de unos doce días podréis volver a dar estocadas de nuevo.

-¡Doce días! ¡Estáis loco, Carmaux!

-Tenéis que cerrar dos agujeros. Un poco más abajo os han hecho otro ojal mucho menos profundo que el primero, pero más doloroso.

- ¿Y vosotros, habéis pegado mucho? -preguntó el Corsario.

-Una media docena de hombres, a cambio de unos rasguños. Creíamos que nos habíais seguido y por eso continuamos la carga, creyendo abrirnos paso. Cuando vimos que os habíais quedado atrás, tratamos de volver sobre nuestros pasos.

-¿Cómo habéis sabido que estaba aquí?

-Nos lo avisó esta valiente muchacha.

-¿Y ahora?

- Estamos sitiados, capitán.

-¿Son muchos los enemigos?

-La obscuridad no me ha permitido aún apreciar su número -dijo Carmaux; pero estoy convencido de que son muchos.

-¿De modo que nuestra situación es muy grave?

- No lo niego, capitán; tanto más, cuanto que debemos defendernos dentro de la casa. Los españoles pueden entrar valiéndose del pasaje secreto.

-El peligro mayor está precisamente en ese pasaje -dijo la joven india-. D. Pablo tiene la llave de la puerta de hierro.

-¡Bah! ¡Si fuese necesario nos dejaríamos hacer astillas antes que entraran aquí!

-No sois bastantes para resistirlos -dijo el capitán pensativo.

-Bastaría poder sostenernos ocho o diez horas. El señor Morgan, viendo que no volvemos a bordo, pensará en algo y mandará a tierra un fuerte destacamento a buscarnos.

-¿Podréis resistir hasta el alba?

Señor -dijo la joven india, que no había perdido ni una sílaba de la conversación-, hay un sitio donde podréis resistir largo tiempo.

-¿Algún escondite? -preguntó Carmaux.

-No; en el torreón.

-¡Mil ballenas! ¿Hay un torreón en esta casa? ¡Estamos salvados! Si es muy alto, podremos hacer señales a la tripulación del Rayo.

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Litres'teki yayın tarihi:
27 şubat 2026
Hacim:
150 s.
ISBN:
4064066444747
Yayıncı:
Telif hakkı:
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