Kitabı oku: «Estados Unidos y la Transición española»
ESTADOS UNIDOS
Y LA TRANSICIÓN ESPAÑOLA
Encarnación Lemus López

ISBN: 978-84-15930-28-0
© Encarnación Lemus López, 2014
© Punto de Vista Editores, 2014
http://puntodevistaeditores.com/
info@puntodevistaeditores.com
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.
Índice
La autora
Siglas
Introducción
Capítulo primero. España en las relaciones multilaterales norteamericanas
Bruselas, 1975: la Cumbre Atlántica
La península ibérica en los encuentros de Ford y Kissinger en Helsinki
El futuro de la península ibérica
El beneficio de la duda
Capítulo segundo. “Sin prisa pero sin pausa”. Estados Unidos ante la desaparición de Franco
Las previsiones ante un cambio de régimen muy anunciado
La visita de Gerald R. Ford a Madrid
Mirando a Helsinki
En la recta final hacia la sucesión
El refrendo a la monarquía de Juan Carlos I
El parón de la primavera y el viaje oficial de los reyes
Capítulo tercero La descolonización del Sáhara, una historia parcialmente contada
El desarrollo de los acontecimientos hasta la Resolución 3292 de la Asamblea de la ONU
El IMPASSE hasta el fallo del Tribunal Internacional de Justicia
El desafío
La ocupación, un hecho consumado
Fuentes y bibliografía
La autora
Encarnación Lemus López es catedrática de Historia Contemporánea en la Universidad de Huelva y hasido profesora en las Universidades de Santiago y de Valparaíso en Chile y en la Universidad de Puerto Rico, en Denis-Diderot París 7 y en la Universidad de Míchigan, además de Investigadora en el IUE de Florencia y del Instituto del Tiempo Presente de París. Sobre la dimensión exterior de la Transición Española, ha publicado diversos trabajos: En Hamelín […] la transición más allá de las fronteras, Oviedo, 2001; “Los Estados Unidos y la imagen de la situación española en vísperas de la Transición política”, Historia del Presente, Dossier, n.º 11 –Miradas sobre España, Enrique Moradiellos, coord.–, (UNED) 2008, pp. 97-110; “Juan Carlos.De sucesor a Rey” en Historia Contemporánea, (Universidad de País Vasco) 2007 (I), n.º 34, pp. 179-203; “Percepciones dela prensa norteamericana y la francesa antela transición española” en Rafael Quirosa Muñoz (coord.), La transición española y los medios de comunicación, Madrid, 2009. Es coordinadora del libro El Fin de las Dictaduras Ibéricas (1974-1978), Sevilla-Lisboa, 2010.
El proceso de investigación y la escritura de este ensayo me han acompañado durante mucho tiempo, al ritmo de avatares y circunstancias diferentes. Aproveché para la investigación las estancias como profesora invitada en el Departamento de Langues Apliquées de la Universidad de París VII Denis Diderot y en el de Romance Languages de la Universidad de Michigan y agradezco a ambas instituciones la oportunidad que me otorgaron. Recuerdo, también, la ayuda prestada por el personal de la Gerald R. Ford Presidential Library de Ann Arbor. Además, todos mis vuelos tuvieron siempre un feliz regreso a casa, la Universidad de Huelva, cuyo apoyo reconozco igualmente.
Finalmente, este texto se ha beneficiado del respaldo del Ministerio de Ciencia e Innovación a través del Proyecto de I+D HUM 2007-62337 HIST La Transición Ibérica, Portugal y España. El interés internacional por la liberalización española desde el impacto del 25 de Abril en Portugal.
Siglas
CDS: Centro Democrático Social / Centro Democrático Social (Portugal) CIEC: Conference on International Economic Cooperation / Conferencia de Cooperación Económica Internacional
COPCON: Comando Operacional do Continente / Mando Operacional del Continente
FAR: Forces Armées Royales / Fuerzas Armadas Reales de Marruecos
FNLA: Frente Nacional de Libertação de Angola / Frente Nacional de Liberación de Angola
FUR: Frente Unidade Revolucionária / Frente de Unidad Revolucionaria (Angola)
FMS: Foreign Military Sales [Credits] [Créditos] para Ventas Militares al Exterior
GFC: Gerald Ford Center
IAEA: International Atomica Energy Agency / Agencia Internacional de la Energía Atómica
MAE: Ministère des Affaires Étrangères / Ministerio de Asuntos Exteriores
MBFR: Mutual and Balanced Force Reductions / Mutuas y Equilibradas Reducciones de Fuerza
MDP: Movimento Democrático Português /Movimiento Democrático Portugués
MFA: Movimento das Forças Armadas / Movimiento de las Fuerzas Armadas
MPLA: Movimento Popular de Libertação de Angola / Movimiento Popular de Liberación de Angola
NSSM: National Security Study Memorandum / Estudio de Seguridad Nacional
OLP: Organización para la Liberación de Palestina
OPEP: Organización de Países Exportadores de Petróleo
OUA: Organización para la Unidad Africana
PCP: Partido Comunista Português / Partido Comunista Portugués
PPD: Partido Popular Democrático/ Partido Popular Democrático
PPS: Partido del Progreso y Socialismo de Marruecos
PUNS: Partido de Unidad Nacional Saharaui
RASD: República Árabe Saharaui Democrática
SALT: Strategic Arms Limitation Talks / Conversaciones sobre Limitación de Armas Estratégicas
TIJ: Tribunal Internacional de Justicia
UNITA: União Nacional para Independência Total de Angola / Unión Nacional para la Independencia Total de Angola
Introducción
Hay cuatro situaciones de fondo que configuran la base de las relaciones entre Estados Unidos y España y, en gran medida, entre Occidente y España en el marco del final del régimen de Franco, cuando la evolución posterior del país parecía muy imprecisa. No existe un intervencionismo directo occidental ni norteamericano sobre España, el interés norteamericano era primordialmente geoestratégico; su preocupación por el devenir español se incrementó notablemente tras el 25 de Abril en Portugal, desde Estados Unidos se utilizó al máximo la vinculación de dos conceptos, el de liberalización y el de conexión con Occidente y, paralelamente, la Administración Ford insistió en que sus socios europeos secundaran su actuación en España. Todas estas ideas se conectan entre sí entretejiendo la trama de las actuaciones norteamericanas con respecto al futuro político español.
Efectivamente Estados Unidos no realiza sobre España ninguna intervención directa y se podría definir su proceder, más allá de sostener a don Juan Carlos y el proyecto de reforma gradual, como de supervisión sistemática. En un artículo anterior expresé que, tal vez, nunca se interviniera porque en ningún momento hubo necesidad de modificar enérgicamente la marcha de los acontecimientos. Ello no quiere decir, no obstante, que Estados Unidos se hubiera contentado tan solo con vigilar de cerca el giro que fueran tomando las cosas en España, al contrario: el interés y la preocupación por conducir el futuro español a través de un proceso de cambio paulatino eran antiguos y cobraron mucha fuerza, al menos ya desde el momento de la designación de don Juan Carlos de Borbón como príncipe heredero. El que el final del régimen dependiera de la vida del dictador y este se consumiera lentamente concedió tiempo para preparar la era posfranco dentro y fuera del país. Cuando Gerald R. Ford se entrevistó con el papa Pablo VI en junio de 1975 definió con total propiedad la actitud americana: “realizar una acción preventiva para que no se nos adelanten los acontecimientos”1. Junto a la supervisión, conviene destacar ese otro punto esencial de la evolución: el secretario de Estado Kissinger se refería al cambio español como una liberalización a un ritmo razonable2. Conversando con el primer ministro de Luxemburgo Thorn en mayo de 1975, el propio Gerald Ford caracterizó la situación española como “un lento proceso paso a paso”3.
Desde el punto de vista politológico esta consideración cobra el máximo interés ya que en el transcurrir de los años 1974-1976 en la península Ibérica se elabora, comprueba y perfecciona el modelo reformista de llegada a la democracia por la vía pacífica y mediante una evolución gradual, que tan buenos resultados dio en la implantación de las nuevas democracias a lo largo del último tercio del siglo anterior –en las páginas que siguen se comprobará que existía plena consciencia de estar ante un experimento. Por ello he considerado la transición española como uno de los primeros momentos de la globalización. La idea resulta sugerente cuando vemos actuar junto a Kissinger y Ford a Richard Cheney, Donald Rumsfeld, el general Brent Scowcroft, Helmut Sonnenfeldt –este último era el verdadero ideólogo de la doctrina del equilibrio–, los artífices de la política exterior norteamericana en la primera década del siglo xxi. Hoy una pregunta queda sin la debida respuesta y es si existió conexión entre el repliegue americano de los setenta tal como lo vivieron estas personalidades y la política intervencionista de la Administración de George W. Bush.
La terminología, no obstante, a veces resulta insuficiente. Se puede hablar de un proceso gradualista –reformista– para el cambio político español y de que sobre ello coincidían los intereses de los reformistas españoles y amplios sectores ciudadanos, de la Administración Ford y de los gobernantes europeos occidentales y, sin embargo, el alcance y el ritmo de los cambios, que unos y otros nombraban de la misma manera, podría ser diferente y así era. Hay una conversación que ilustra maravillosamente los límites de la convergencia y la divergencia. El 25 de enero de 1976, Kissinger, que visitaba Madrid por la firma del nuevo Tratado de Amistad y Cooperación, habló tranquilamente con Areilza y Fraga sobre el futuro inmediato español. En las páginas que siguen se pormenorizará el contenido del diálogo, ahora interesa observar la recomendación final del secretario de Estado en el sentido de que los nuevos gobernantes avanzaran por el camino más lento, que la Monarquía no cediera capacidad ejecutiva y concentrara el máximo de poder, que el juego de partidos solo incluyera a los moderados, que no se apresurara la concesión de libertades y que no se cediera ante quienes desde Europa reclamaran mayores avances y la declaración de que desde Estados Unidos no recibirían presiones para que se incentivaran las reformas.
En cierta medida, para la Secretaría de Estado lo más importante era el cambio en la cúspide del poder y la garantía de estabilidad, y habría que precisar que tanto Kissinger como Ford emplearon con frecuencia el concepto liberalización con preferencia sobre el de democratización en estas conversaciones. Convendría acercarse al término liberalización, tal como lo hace Juan Carlos Jiménez para distinguir entre liberalización y pretransición propiamente4.
Desde 1953 la activa presencia norteamericana en España tenía muy principalmente un valor militar; las cosas seguían igual a la altura de 1974 cuando comenzaron las negociaciones para la renovación de los Acuerdos de 1970 con un Franco en escena muy debilitado físicamente y que posiblemente no iba a durar mucho o incluso podría desaparecer durante el proceso. De hecho, los diversos informes que se remitían a la Presidencia destacaban la realidad del valor geoestratégico español: “España es importante por su posición estratégica y nuestro uso militar de las bases allí, por su economía y potencial político y por el intercambio de recursos humanos y económicos que tenemos con ella […]” En agosto, recién llegado a la Presidencia, así comienza el dossier que recibió Ford sobre la situación española, que reflejaba el momento crítico que había supuesto la enfermedad de Franco y su sustitución temporal por don Juan Carlos en funciones de jefe de Estado cuando iba a dar comienzo el proceso negociador. Los intereses citados se ordenan según su prioridad y posteriormente se insistía en que, ante la inestabilidad española: “Nuestro inmediato problema es negociar con España una extensión de nuestro acuerdo de las bases […] Más extensamente, es nuestro objetivo favorecer y trabajar para una mayor integración de España con el Oeste tanto por la posición estratégica del país como por proporcionar un anclaje para su estabilidad interior en la era post-Franco”5. La frase resume el conjunto de la actuación norteamericana sobre España y aparecerá sin variaciones en todos los balances, pero ahora me centro solo en el análisis de la primera parte.
El diplomático de la Embajada norteamericana en Madrid, Samuel D. Eaton, enuncia de forma sintética y clarividente cómo en las negociaciones de los acuerdos bilaterales en 1975 la primera dificultad radicaba en que, para los norteamericanos “el principal objetivo era el uso de las bases militares, en tanto que para los españoles el principal objetivo de los acuerdos era político”6. Era así entonces, no obstante, uno de nuestros propósitos requiere observar cómo esto deja de ser literal en esta ocasión; no por lo que se negocia, sino por cuándo se negocia: en una determinada coyuntura de la Guerra Fría y con Franco a punto de desaparecer, para ambas partes los acuerdos terminaron siendo políticos.
Desde la óptica de las relaciones norteamericanas, un cambio de régimen en España solo debiera haber significado un episodio puntual que implicara atención para garantizar la continuidad de las instalaciones militares que se venían disfrutando. Pero obviamente, salvaguardar también la estabilidad al final de la dictadura conllevaba introducirse en la política interna, porque entonces lo que aconteciese en España adquirió mayor significación, pendiente del giro de la política de détente, que Kissinger entendía como equilibrio entre bloques y que demostraba ser un equilibrio muy fluido. Y para mantenerlo habría que ampliar ese anclaje en Occidente, por lo cual los cambios políticos en España se transformaron en algo más que materia bilateral y el tema del futuro español estuvo presente en las discusiones que desde la Secretaría de Estado y la Presidencia se sostuvieron por todo el mundo, desde Helsinki a Pekín, como un punto marginal, cierto, pero vinculado a la distensión. En febrero de 1975 el secretario general de la Alianza, general Joseph Luns, Ford, Kissinger, Rumsfeld y Scowcroft conversaban sobre los cambios en la península en estos términos7:
“Luns: Estamos preocupados por Portugal […]. Si cae Portugal, será muy duro en España.
Presidente: ¿Hay algún significado en el aplazamiento de la votación? [Las elecciones portuguesas que se aplazan a abril].
Luns: cuanto antes, mejor.
Kissinger: Soares se está convirtiendo en alguien como Masaryk, una fachada democrática tras la cual los comunistas controlan las cosas.
Como dice Luns, esto presionará sobre España […].
Luns: Le dije a Soares que necesitaba a alguien a su derecha.
Él no podría resistir a los comunistas solo.
Presidente: ¿Qué podemos hacer?
Luns: Creo que tiene que hablar claro sobre lo que está pasando. Creo que los franceses también lo harán. Deberíais apoyar a España.
Kissinger: Estoy de acuerdo. La situación en España es muy preocupante.
Luns: En el peor de los casos nos arriesgamos a perder por completo el extremo sur. Afortunadamente, parece algo que también perjudica a la URSS”.
Este perjuicio aludía a una posible desestabilización en Yugoslavia y sobre ello continuaba el resto de la conversación. El texto es maravilloso y evoca temas centrales en la historia europea de los setenta: una nueva cara de la Guerra Fría, el comunismo en Occidente; el papel de los socialistas; el paralelismo que las dos potencias establecen entre Portugal y Yugoslavia a efectos del equilibrio entre bloques… Pero hemos de situarnos sobre España. La Revolución del 25 de Abril generó tal preocupación en la Administración norteamericana por sus repercusiones en el conjunto peninsular que he enunciado que, al menos en la historia de las relaciones internacionales, habría que hablar de una Transición Ibérica con dos fases: una de ruptura en Portugal que influye en España y otra reformista que se inicia en España y se extiende a Portugal (Lemus, E., 2001). Y el peligro de la desestabilización peninsular no se detenía ahí sino que su efecto multiplicador podría extenderse sobre la complicada situación de Italia con un Gobierno que necesitaba el apoyo de la izquierda y un partido comunista en franco avance, al igual que en Francia. Desde el punto de vista norteamericano esta otra eventualidad también ligaba el futuro de España al conjunto del Occidente europeo.
Al menos para la Administración Ford pudo ser así –y ese convencimiento y como vemos también para el Secretario de la OTAN– les guía en tres momentos: en la cumbre atlantista de Bruselas de mayo de 1975, en la conferencia de Seguridad y Cooperación de agosto del mismo año en Helsinki y en los meses de octubre y noviembre de 1975, en sus gestiones para arrancar “el beneficio de la duda” con respecto a la gestión de don Juan Carlos y sus propósitos liberalizadores, promoviendo la asistencia de los socios europeos a la ceremonia de su proclamación, como manifestación de apoyo al proceso en los primeros pasos.
Este otro aspecto, el de la evolución española como temática inserta en las relaciones norteamericanas con sus socios europeos, incluye matices esenciales. Por un lado, porque ya ha quedado claro que para Estados Unidos la estabilización española pasaba por su completa inserción a las instituciones occidentales y en lo que le incumbía trataba sin éxito alguno de incorporarla a la Alianza. En este momento aumentó su insistencia con el argumento de que la tranquilidad del futuro español dependía de una mayor vinculación a la Comunidad Económica Europea. Se desemboca así en dos ideas doblemente relacionadas: asegurar un futuro democrático para España dependía, según la Administración, del “ferviente apoyo” –courageous support– de los colegas europeos, si el discurso se orientaba hacia un interlocutor europeo, y, simultáneamente, libertad y democracia constituían las puertas para Europa y la Alianza si el discurso se dirigía a la oficialidad española. En suma, Europa para garantizar democracia y democracia para llegar a Europa. Tal argumento esgrime el Senado en la ratificación del Tratado de Amistad y Cooperación en junio de 19768:
“Los Estados Unidos, reconociendo la aspiración de España para conseguir la completa participación en las instituciones políticas y económicas de Europa Occidental y reconociendo, además, que el desarrollo de las instituciones libres en España es un aspecto necesario para la completa integración dentro de la vida europea, esperan e intentan que este tratado sirva para apoyar y fomentar el progreso de España hacia instituciones libres y hacia su participación en las instituciones occidentales de cooperación política y económica”.
El factor Europa, esencial para Estados Unidos, garantizaba el éxito del modelo reformista, pero quiero llamar la atención sobre que, en el caso de España, Europa cumplió ese objetivo, existe sobre ello una total coincidencia en la investigación. Europa actuó como un imán e intervino como un elemento de consenso entre reformistas y opositores, así que, curiosamente, la apreciación norteamericana coincidía sobre esto con la convicción de la oposición española, incluidos los comunistas9.
Como otra consecuencia determinada por el momento político internacional, la desestabilización del flanco sur mediterráneo, aconteció la retirada española del Sáhara, un nuevo elemento inserto en las relaciones multilaterales norteamericanas, que promovieron la defensa de los intereses marroquíes frente a los argelinos. La tercera parte de este ensayo trata del nivel de intervención –en este caso sí– norteamericana en el anómalo proceso descolonizador. Si en los dos primeros capítulos se ha subrayado cómo Kissinger contemplaba España desde la desestabilización del Mediterráneo y desde el peso comunista en Portugal, sobre el Sáhara la conexión persiste, por el impacto que la independencia de las colonias portuguesas causó en la política internacional, y en la Guerra Fría obviamente. Hay que reconocer que si los acontecimientos en España y en el Sáhara Occidental alcanzaban importante repercusión en la geopolítica regional siempre se trataría de un conflicto menor, en tanto que, por ejemplo, solo la independencia de Angola adquirió un interés internacional extremo, dada la cantidad de países que se implicaron en su guerra civil: La URSS, Cuba, EE.UU., China, Alemania Democrática, Gran Bretaña, Francia, Rumanía, India, Israel, Argelia, Zaire, Sudáfrica, Uganda, Vietnam del Norte y Corea del Norte.
1 “We should try to take preventive action so as not to be overtaken by events”, en GFC; NSA Memoranda of Conversation, Box 12, 3 junio 1975.
2 “liberalization at a reasonable pace” en GFC, NSA, Presidential Country Files for Europe and Canada, Box 12 Spain State Department Telegrams: From Secstate Exdis, 1 noviembre 1975.
3 GFC, NSA, Memoranda of Conversation, Box 12, 29 mayo 1975: “this is a slow step by step process but Spain could move in a democratic direction”.
4 Los liberalizadores de los sesenta no se orientaban hacia la transición ni la democratización, “las corrientes liberalizadoras y modernizadoras son, en definitiva, productos que genera el propio régimen para cumplir las demandas de adecuación a las cambiantes coyunturas históricas […] acomodar los regímenes autoritarios a las nuevas demandas que se generan desde arriba, provenientes del sistema internacional, o desde abajo, las propias de una sociedad modernizada y en cambio […]. La pretensión de los liberalizadores es asentar el autoritarismo sobre unas bases más objetivas y racionales, pero para que pueda perdurar”, Juan Carlos Jiménez Redondo, España y Portugal en transición. Los caminos a la democracia en la Península Ibérica, Madrid, Sílex, 2009, pp. 48 y 49.
5 GFC, Transition Presidential Papers, Box 1, Memorandum for Major Brent Scowcroft enviado por George S. Springsteen, 20 agosto 1974. El mismo documento aparece en NSA, Presidential Country Files, Box 12 Spain (1).
6 Samuel D. Eaton, The Forces of Freedom in Spain, 1974-1979, Stanford University, California, 1981, p. 16. Una conclusión similar alcanza Ángel Viñas estableciendo que para la dictadura la conexión con EE.UU. en el campo de la seguridad y la defensa exteriores tenía fines esencialmente políticos y que, por el contrario, para los americanos la conexión respondía a una finalidad militar y se concretaba en poder usar lo más libremente las bases, Ángel Viñas, “La política franquista de Seguridad y Defensa”, en Historia Contemporánea 30, 2005-I, p. 109
7 National Security Adviser. Memoranda of Conversation Box 9, 24 febrero 1975:
“Luns: We are worried about Portugal […]. If Portugal falls, it will be very hard on Spain.
President: Is there any significance to the postponement of the vote?
Luns: The earlier the better.
Kissinger: Soares is becoming someone like Masaryk a façade of democracy behind which the
Communists control things.
As Luns says, it will put pressures on Spain […]
Luns: I told Soares he needed someone on his right. He couldn’t resist the Communists by
himself.
President: What could we do?
Luns: I think you must speak out about what is happening.
I think the French will also. You should support Spain.
Kissinger: I agree. The situation in Spain is very worrisome.
Luns: In the worst of cases we risk losing the whole southern tier. Fortunately, something
usually turns up to plague the Soviet Union also […]”.
8 GFC, NSA, Presidential Country Files, Box 12 Spain (4) Memorandum para Brent Scowcroft de Denis Clift, firmado el 22 julio 1976.
9 Especifica Juan Carlos Jiménez que para las oposiciones peninsulares Europa era un referente de libertad y prosperidad, y en España fue un factor de convergencia que permitió a todas las fuerzas políticas consensuar un proyecto político de imitación que definía el marco político y económico esencial para la España sin Franco”, Juan Carlos Jiménez Redondo, 2009, p. 155.
Capítulo primero.
España en las relaciones multilaterales norteamericanas
En el objetivo de reforma gradual como salvaguarda de la estabilidad, liberalización pausada e inserción en Europa configuran, desde la óptica norteamericana, un procedimiento estratégico. En la mirada hacia Europa se fundían dos vectores que solo desde la observación norteamericana actuaban unidos, y no era así ni para los españoles ni para los mismos europeos, el atlantismo de la Alianza y la Europa de los Nueve. En este capítulo, a través de las conversaciones mantenidas por Kissinger y Ford con diferentes líderes internacionales, se observan los objetivos de la Administración para el futuro español, la visión que tiene sobre los distintos sucesos, el intercambio de pareceres con esos diferentes interlocutores, su intención de estrechar vínculos entre la España del final del franquismo y los comienzos de la monarquía y su entorno europeo, por tanto, los reiterados intentos para que la Alianza institucionalizara algún tipo de vínculo con la España del tardofranquismo y por otra parte que los gobernantes occidentales ofrecieran su respaldo a la monarquía liberalizadora. Lo que interesa es que el conjunto de estos intercambios representa la acción alternativa a la intervención, los mecanismos que orientan el cambio de forma gradual.
Hay cuatro periodos en los que se concentran las alusiones al cambio español: el primero, el de los preparativos y el desarrollo del viaje de Ford a Europa para su asistencia a la cumbre de Bruselas en mayo de 1975, momento en el que tuvo lugar su escala en Madrid; el segundo, también en el marco de la firma del Acta de Helsinki a principios de agosto de ese año. El tercer periodo se inició a finales de septiembre, cuando los acontecimientos se encadenaron y, en el marco del general rechazo occidental por las ejecuciones, se produjo la firma del preacuerdo de los pactos militares, la enfermedad de Franco, la segunda aceptación de Juan Carlos de la Jefatura del Estado, con Franco vivo, la Marcha Verde en el Sáhara, la muerte del dictador y el desarrollo del mecanismo sucesorio previsto por la dictadura. Por último, el cuarto periodo, ocurrido en los primeros meses de la monarquía, cuando Europa comenzó a dudar del proyecto reformador.
Como se comprobará, cualquier punto de vista sobre España, principalmente por parte norteamericana resulta inseparable de sus observaciones sobre Portugal y, en cierta medida, queda relacionado con las prevenciones sobre la desestabilización de la Europa mediterránea y el avance de las izquierdas en el área.
Bruselas, 1975: la Cumbre Atlántica
En los primeros años setenta las cumbres de la Alianza no estaban periódicamente reguladas. La propuesta de la reunión en Bélgica, según Kissinger, fue una iniciativa norteamericana que había encontrado mucha reticencia por parte de los socios, cupo a Ford la decisión final de que se realizara y se ha considerado un importante éxito en su política internacional. Al final, en el informe de prensa, se dijo que el presidente de Canadá Pierre Elliot Trudeau quedó tan satisfecho y consideró el encuentro tan provechoso que propuso que se institucionalizaran. Se trata de una etapa en la que el Congreso intenta intervenir en la política exterior de la Administración Ford a través del control de los fondos para la Secretaría de Defensa y de la discusión directa sobre objetivos y procedimientos en política exterior. Este viaje se produce tras la retirada de Vietnam, en medio del rechazo del Congreso para mantener una presencia militar en el Sudeste Asiático, y cuando el Senado había embargado las ayudas militares a Turquía como medida coercitiva para forzar la apertura de una negociación política entre ese país y Grecia. Por otra parte, el Senado había aprobado medidas para ser informado sobre iniciativas y actuaciones de la CIA, en tanto que las conversaciones entre judíos y árabes patrocinadas por los americanos en Ginebra no progresan. Todo ello en medio de las prolongadas repercusiones de la crisis económica y el miedo de los occidentales a un nuevo embargo petrolífero por parte de los países productores. En ese marco general se inserta la “desestabilización del flanco sur mediterráneo”. Por ello, el viaje a Europa de Ford –para asistir a la Cumbre de Bruselas los días 29 y 30 de mayo de 1975, las escalas en Madrid y Roma, y el encuentro con el presidente Anwar Al-Sadat de Egipto en Salzburgo– transcurre en un momento en el que la política exterior de la Presidencia se ve envuelta con la política interior por múltiples lazos.
En la política interior hay que considerar las relaciones internas en el propio partido republicano, ya que se está formando una opción emergente rival, que encabeza Ronald Reagan. Las relaciones con el Congreso tampoco se presentan favorables a la Presidencia porque existe una fuerte oposición demócrata, creciente tras las elecciones de noviembre de 1974, con un marcado liderazgo representado por senadores como Henry M. Jackson, Frank F. Church, Charles A. Vanik, Mike J. Mansfield, Thomas P. O’Neill, John Jackson Sparkman; Claiborne Pell –que visitó España a principios de 1976 y no era inicialmente claro defensor del Tratado de Amistad y Cooperación–. Representaban el mismo grupo que desde principios de los setenta se manifestaba fuertemente crítico con la adquisición de compromisos con la España franquista y solicitaba que los acuerdos exteriores de Defensa se elevasen al Congreso para su información. A estas alturas controlaban la Comisión de Exteriores del Senado.
El sentido de la Cumbre Atlántica de 1975 se orienta a reducir la incertidumbre de los socios europeos ante el repliegue norteamericano en Vietnam y todo el Sudeste Asiático y la duda de que EE.UU. estuviera en condiciones de cumplir sus compromisos de defensa en la Alianza, pero también a calmar el temor ante el hecho de que la política de la distensión pudiera suponerles indefensión, al tiempo que eran concienciados de la necesidad de incrementar su aportación a la defensa de la propia Europa. En este aspecto, este viaje significa un punto intermedio en las conversaciones de la Conferencia de Seguridad y Cooperación –CSCE–, 1973-1975, y entre los hitos de Vladivostok y Helsinki; de hecho, un momento medio en la segunda fase de las Strategic Arms Limitation Talks (SALT II), a raíz de la cual quedaba abiertamente planteada la conveniencia de una deseable separación, de un necesario sistema europeo de defensa, coordinado con el general de la OTAN, pero con cierto nivel de independencia. Gerald R. Ford inició su viaje con escaso respaldo en el Congreso y en su propio partido.
En la cumbre atlántica, ese tema central de la Seguridad Europea en la coyuntura del 75 lleva implícito no solo las estrategias sobre Centroeuropa, también, el análisis y las decisiones que afrontar para reducir la crisis del Flanco Sur Mediterráneo: en esencia, la guerra greco-turca (en Chipre); las negociaciones árabes israelitas que de hecho llevaban a Salzburgo (1 junio) para intervenir en una negociación con Al-Sadat, y el desarrollo de los acontecimientos en Portugal, con un peso creciente de la influencia comunista en el Gobierno desde marzo de 1975 a pesar de los resultados de las elecciones de 25 de Abril de 1975. En lo que se refiere a la península, este tema es esencial. Complementariamente Ford introdujo la situación española y los deseos del régimen de Franco y de la Presidencia Ford de que la Alianza reconociera oficialmente la aportación española a la Seguridad Occidental y estudiara la incorporación de España a la OTAN o, en su defecto, algún tipo de vínculo que reconociera dicha aportación; en paralelo, la Administración Ford también abogaba por la incorporación de Sudáfrica a la Alianza. Desde el punto de vista de la cumbre, era este un tema marginal que no habría de ser tratado en las sesiones oficiales, no obstante, supuso un debate añadido, un tema discutido entre los líderes presentes, que dividió políticamente a los miembros de la Alianza y del que se ocupó extensamente la prensa.
Para el presidente Ford y para España era una cuestión importante ya que motivaba su siguiente escala en el viaje europeo, su cita en Madrid el 31 de mayo, de camino hacia Austria. Del reconocimiento atlantista, que no se consiguió, dependían, en parte, las posiciones negociadoras sobre los acuerdos para el uso de las bases militares, renovados en 1970, y que expiraban en septiembre de ese año 1975. Más aún, tanto por la coyuntura española, de paralización del régimen y de inminente desaparición de Franco, como por la ya citada crisis en la Seguridad del Mediterráneo, esa negociación implicaba más que nunca un alto contenido político.
Previo a esa cita atlántica existen testimonios directos tanto del presidente como del secretario de Estado que introducen la relación con Europa dentro del marco conjunto de la política exterior americana. El 10 de abril Ford se dirige a una Sesión Conjunta del Congreso, Senado y Cámara de Representantes10. Trataba de conseguir de las Cámaras el levantamiento del embargo de ayuda militar tanto a Vietnam y Camboya como a Turquía en medio de la crisis de Chipre. Ford y Kissinger estaban preocupados por la repercusión sobre Europa de la falta de refrendo de su política exterior por el Congreso. El argumento que enmarca todo el discurso radica en la necesidad de que Estados Unidos transmita al exterior una imagen de unidad, de frente ideológicamente unido en materias de política exterior, para que la sensación de fragmentación no debilite sus posiciones. Con respecto a Vietnam, pide que se levanten las restricciones para el uso de fuerzas militares y se aprueben una ayuda de 722 millones de dólares para uso militar y otros 250 para ayuda humanitaria. Como explica Ronald E. Powaski (2000, p. 239), los Acuerdos de París de enero de 1973, que sellaban la retirada de Vietnam, incluían la promesa de Nixon a Vietnam del Sur de que le seguiría apoyando, pero de ello no se informó ni al Congreso ni al pueblo americano, que pensaron que era el final definitivo de la presencia norteamericana en Vietnam. El Congreso aprobó en noviembre de ese año 1973 la Ley de Poderes de Guerra, que exigía que el presidente consultara antes de ordenar la entrada en combate de las fuerzas americanas. Si se trataba de una urgencia y había que tomar una decisión previa a la consulta, disponía de un plazo de cuarenta y ocho horas para presentar la información. Así que la Presidencia se había quedado sin capacidad de respuesta bélica, y en marzo de 1975 los norvietnamitas lanzaron una ofensiva definitiva sobre Vietnam del Sur, en abril Ford solicitó esta ayuda al Congreso, que fue denegada; en cuestión de semanas, Vietnam del Sur ofreció su rendición y, en los meses siguientes, sin soporte norteamericano, los comunistas también se hicieron con el poder en Camboya y Laos11. En ese escenario transcurrirá la cumbre de Bruselas de mayo de 1975.
En la misma intervención de Ford ante el Congreso se abordó resueltamente la crisis de Chipre. En términos muy duros, el presidente expresó que el que el Congreso hubiera negado ayuda militar a un antiguo y estrecho aliado y hubiera impuesto un embargo suponía un “acto sin precedentes contra un amigo”, en referencia a Turquía. La capacidad de intervención norteamericana estaba igualmente limitada por la anterior Ley de Poderes de Guerra. Ford comprendía que esta decisión estuviera guiada para llevar a Turquía a la negociación, afirmaba estar preocupado por el sufrimiento de Chipre y sentir simpatía por el joven Gobierno griego, pero, fuera de cualquier tono diplomático, reconoció que la larga relación de Estados Unidos con Turquía más que a un favor obedecía a un interés mutuo, porque Turquía se extiende por el borde de la URSS y a las puertas de Oriente Próximo, así que era vital para la Seguridad del Mediterráneo oriental, el flanco sur, el oeste europeo y la seguridad colectiva de la Alianza, de modo que las bases militares en Turquía eran críticas tanto para la seguridad de la OTAN como para la defensa de Estados Unidos12.
Basándose en esa realidad se solicita el levantamiento del embargo contra Turquía. Complementariamente y para reforzar el Gobierno democrático de Grecia y los tradicionales lazos de amistad indica que está discutiendo un programa de asistencia económica y militar que en breve se presentaría al Congreso, pero la Presidencia no logró su objetivo. En realidad, el conflicto greco-turco había adquirido una dimensión interna porque un lobby de ciudadanos greco-americanos impulsaba el embargo a través de los congresistas demócratas.
El hecho de que la crisis de Chipre hubiera enfrentado a dos miembros de la Alianza bloqueó cualquier respuesta en su seno. Desde 1973 las relaciones greco-chipriotas se deterioraron progresivamente y en junio de 1974 el arzobispo Makarios, en la Presidencia de Chipre, acusó a Grecia de promover el terrorismo en la isla. El 15 de julio se produjo el golpe de Estado contra Makarios, liderado por oficiales griegos. El 20 Turquía invadía Chipre y deponía al Gobierno de Nikos Sampson, colocado por los militares golpistas, y ocupó la parte norte de la isla. La derrota en Chipre acarreó la caída de la Junta en Atenas y en noviembre de 1974 se organizaron unas primeras elecciones que ganó la Nueva Democracia de Karamanlis. Pero tras la crisis y por la falta de respaldo de la Alianza, Grecia había retirado a sus tropas de la OTAN. Entre 1975 y 1976 se renegociarán las condiciones para mantener la presencia de bases militares norteamericanas en Grecia y no fue hasta 1980, cuando el país reingresó en la OTAN. Por otra parte, también Turquía había respondido a la retirada de ayuda norteamericana con el cierre temporal de las bases norteamericanas en el país, aunque para la primavera 1976 la Administración Ford alcanzó un acuerdo con el Gobierno turco y las bases se reabrieron, pero bajo control turco. El interés de todo esto radica en que justo en esa primavera también se renegociaba que el Acuerdo para uso conjunto de las bases militares en España se transformara en Tratado para lo cual había de ser discutido en el Congreso, y las Secretarías de Estado y Defensa temían que el Tratado con España se transformara en precedente de cara a este otro acuerdo con Turquía.
Después de hacer una mención de pasada al fracaso de las negociaciones árabe israelíes tras el encuentro de Ginebra, Ford entra en el tema de la URSS, que es fundamental porque es esa sensación de debilidad ante la URSS la que preocupa a los socios europeos y también en el interior de Estados Unidos. En relación con la URSS establece el interés americano de disminuir las tensiones, aunque sin ilusiones, ya que se es consciente de sus diferentes principios y de que son competidores en muchas partes del mundo, pero se insiste en que esa relajación de tensiones no tenía que ser interpretada como debilidad, y Ford aseguraba que mientras fuera presidente América mantendría sus esfuerzos, sus alianzas y sus principios como un requisito para un mundo más pacífico. Más o menos esa expresión es la que intentaría transmitir en la cumbre atlántica, y afirmaba que la Détente había de ser una vía en ambos sentidos. Consideró fundamental en la relación con la URSS el control de la armas nucleares y defendió que había que retomar los acuerdos de Vladivostok y conseguir un pacto definitivo de fronteras en Europa en ese 1975 (Helsinki). Pidió al Congreso que se reconsiderase el uso de sanciones económicas como instrumento para alterar la política interna de la URSS –en este caso en política migratoria13– ya que esas restricciones entorpecían la relación política y eran aprovechadas para su beneficio económico por europeos y japoneses, que habían reforzado a expensas de EE.UU. sus acuerdos económicos con la URSS.
El interés por esta argumentación se acrecienta cuando podemos saber, a través de una entrevista realizada al secretario de Estado por la periodista Barbara Walters para NBC-TV el 7 de mayo, tanto algunos comentarios de la opinión ante esta revisión de la política exterior de Ford como una valoración global del momento, expresada por el propio Kissinger14. Ante una pregunta de la periodista subrayando “el declive y la erosión del mundo libre”, contestó Kissinger que efectivamente se veía que en muchos países las percepciones e ideologías contrarias a los valores democráticos ganaban fuerza y que, por tanto, tenían en el mundo tanto un problema político como un problema filosófico, lo que representaba una dificultad para el mantenimiento de la relevancia de Estados Unidos. Era una reflexión muy interesante a la hora de entender la percepción que de sí mismos tenían los dirigentes norteamericanos. La declaración continuaba destacando que en algunos países europeos, la izquierda cobraba fuerzas: “Estoy constatando esto como un hecho. No estoy afirmando que USA tenga que hacer un drama sobre ello. Es algo destacable”.
El secretario recuerda, después, la ruptura interna vivida en el país en los sesenta y setenta por la guerra de Vietnam, para comparar la política exterior de Ford y la de Nixon. Walters preguntó si se había producido un giro con el cambio presidencial y Kissinger contestó que la política de los grandes países pedía estabilidad, y que lo que podía variar eran más bien cuestiones de estilo. Entonces la periodista insistió en si había alguna diferencia radical entre la forma de hacer política de los dos presidentes y Kissinger opinó que Ford era más conciliador y buscaba la formación de un consenso interno. Walters observó que desde fuera se interpretaba que Ford era más débil que Nixon y que en el último discurso –el de abril– se creyó que Ford expondría sus criterios propios para la política exterior, pero que más bien se habían encontrado con la doctrina de Henry Kissinger. Este rechazó esa impresión, diciendo que el texto era del presidente y de su equipo asesor y terminó comentando que cuando llegó Ford a la Presidencia no tenía conocimientos de política exterior, pero empleaba una gran cantidad de tiempo en ella, procedía con lentitud, cuidado y minuciosidad. La opinión mayoritaria entre los analistas políticos se inclina hoy por la conclusión de la periodista15.
Se ha trazado el marco de las preocupaciones en política exterior de la Administración Ford en vísperas del viaje del presidente a Europa. En relación con España, se puede observar la valoración del momento a través de un extenso comentario del embajador Stabler a la Secretaría de Estado en relación con la visita del ministro de Exteriores de la República Federal de Alemania, Hans-Dietrich Gensher a Madrid. Gensher tenía prevista una visita oficial a Madrid los días 3 y 4 de abril –había pasado las vacaciones de Navidad en Mallorca en visita privada, y aunque se habló entonces de un posible encuentro con Arias, este no sucedió– en el transcurso de la cual, además de con el Gobierno, estaban preparados ciertos contactos con “un pequeño grupo de ‘liberalizadores’ internos al sistema” –los reformistas del régimen– entre los cuales se incluía Areilza. El comentario de Stabler fue el de que, mientras el entonces presidente Walter Scheel había sido ministro de Exteriores había sostenido una rotunda posición favorable a estrechar lazos entre Alemania Federal y España y una mayor asociación de España a la Seguridad Occidental, pero que, tras su coalición con el SPD, había permanecido más distante; añade, sin embargo, que el embajador von Lilienfeld había tratado de persuadir a Bonn de que debería marcarse una “distinción entre el régimen que Franco representaba y los ultraconservadores continuistas, y los demás españoles” entre los que incluía a Arias Navarro, y que los dos embajadores coincidían en que el progreso hacia la liberación debería ser acometido cuanto antes, si se querían impedir serios problemas para la monarquía de Juan Carlos.
Pero lo que Stabler realmente defendía era que Gensher les podría ser útil en aquel momento para dar a los españoles una sensación mayor de vínculo con la Seguridad occidental y argumentaba que Schmidt estaba claramente preocupado por los acontecimientos de Portugal, y el estrecho contacto que sostenía con los norteamericanos en ese aspecto podría servir también de colaboración para tratar de satisfacer el deseo español de obtener el reconocimiento y una mayor participación en la Seguridad occidental como “justificación para el uso norteamericano continuado de las instalaciones españolas”. Por ello se permitía redactar un texto que enviaba a Kissinger sugiriéndole que lo remitiera a Gensher con anterioridad a su desplazamiento a Madrid el citado 3 de abril: “Como sabe, estamos ahora inmersos en negociaciones con España respecto al acuerdo de amistad y cooperación [se introduce referencia a la situación portuguesa] Sin embargo, ellos creen, y yo creo con bastante justificación, que si las instalaciones norteamericanas en España son de importancia estratégica, entonces España debería estar asociada más directamente con la coordinación de la defensa occidental. Confío en que durante su visita a Madrid, indique la intención de la RFA de trabajar con nosotros y algunos otros aliados de la OTAN [para conseguirlo]”. El texto se cerraba con la expresión del deseo de estrechar lazos con España16.
Así, el tema de España quedaba vinculado a la política exterior de la Administración Ford y formaba parte de los contactos de Ford y Kissinger con otros dirigentes, bien porque se desee conocer la opinión de otros Gobiernos o jefes de Estado ante el cambio político español, bien porque se quiera explicar los puntos de vista americanos de cara a conseguir respaldo entre los interlocutores, básicamente ante los dos objetivos ya destacados: establecer una vinculación más estrecha entre la Alianza Atlántica y la OTAN e infundir un cierto nivel de credibilidad en los propósitos reformadores de Arias, primero, y de don Juan Carlos y sus nuevos Gobiernos, después. Sistemáticamente, la preocupación de la Administración por el avance del comunismo en Europa occidental asoma también en estas entrevistas.
Las siguientes páginas se dedican a recoger el núcleo de estos intercambios, lo cual nos permitirá conocer más detalles de los análisis norteamericanos además de la opinión y las actitudes existentes en otros Gobiernos. Lo esencial es que el conjunto ilustra el proceder de la Administración con respecto a España, esas acciones alternativas a una intervención sientan las bases del cambio en nuestro país de una manera gradual. Un primer grupo de entrevistas se encuadra en los preparativos de la cumbre. Entonces, unido al tema de la negociación de las bases, Ford buscó por todos los medios un camino para el reconocimiento del papel en la defensa occidental que los españoles pedían, y hay que reconocer que forzó la situación al máximo, provocando un malestar entre algunos de los miembros de la Alianza. Estos encuentros se desarrollaron tras la celebración de las primeras elecciones portuguesas, el 25 de abril de
1975, y la negativa reacción norteamericana ante el ascenso de la presencia comunista en el IV Gobierno Provisional.
En todas estas conversaciones la situación de España surge invariablemente al hilo de los temores norteamericanos sobre una posible radicalización portuguesa. El fracaso del intento de golpe conservador de marzo había ocasionado un refuerzo de la presencia comunista en la formación del IV Gobierno provisional, bajo Vasco Gonçalves, nombrado el 26 de marzo y que dura hasta el 8 de agosto de 1975. En ese periodo se celebraron las elecciones constituyentes de 25 de abril de 1975 con muy buenos resultados para los partidos democráticos, aunque el poder permaneció en el MFA, controlado por los militares comunistas, que confieren valor al contenido del Primer Pacto MFA/Partidos, el cual había limitado antes de las elecciones los poderes de la Asamblea Constituyente al objetivo de redactar la Constitución y que el resultado de las elecciones no determinara la composición del Gobierno (Moreira del Sa, Tiago, 2007, pp. 116-117). Además, el 11 de marzo, coincidiendo con el segundo golpe de Estado, los trabajadores de la banca pidieron su nacionalización y el Consejo de la Revolución, que se acaba de formar, la aprueba el 12 y la de los seguros el 24. Tras su formación, el IV Gobierno se vio obligado, impulsado por la dinámica revolucionaria que crearon los consejos de trabajadores y las asambleas de fábricas –que desbordó cualquier control de la Intersindical–, a decretar la nacionalización de las empresas que dependían de los grupos financieros nacionalizados y que intervenían en sectores básicos, como el transporte, la energía, el gas, la electricidad, la construcción naval, la electricidad y un largo etcétera. No era, en realidad, el PCP quien había tomado la iniciativa en este camino sino el desarrollo de un generalizado movimiento asambleario que impuso sus exigencias a los partidos y cuestionó la propiedad privada de los medios de producción17.
El 26 de mayo la Asamblea del MFA discutió el documento Poder Popular-Documento Guía del Proyecto Alianza Pueblo MFA que planteaba la supremacía militar sobre los partidos políticos y dejaba sin sentido el reciente resultado electoral, organizando la sociedad a través de delegados de los cuarteles, de las empresas, de los barrios, de los municipios, entre los cuales se designaban los representantes del escalón superior cuyo ámbito territorial coincidía con las regiones militares. Estos habían de elegir la Asamblea Nacional Popular. Fue muy protestado por los socialistas y el resto de los partidos no comunistas. La Asamblea Constituyente salida de las elecciones del 25 de Abril fue inaugurada el 2 de junio por Costa Gomes con un discurso ecléctico en el que afirmó “queremos que nuestra revolución progrese hacia el socialismo pluripartidario en simbiosis profunda entre las vías revolucionaria y electoral”18.
Según Kissinger y Ford, los buenos resultados electorales que los partidos no comunistas –socialistas y liberales– habían obtenido en los comicios no se habían traducido en posiciones de poder y el Gobierno seguía conducido por militares de orientación comunista. Se planteaban la incongruencia de que un Gobierno con presencia comunista estuviera dentro de la Alianza, que había nacido como un instrumento de defensa anticomunista, y por ello cuestionaban la permanencia de Portugal. Solicitaban a sus socios que estudiaran qué medidas podrían tomarse para contrarrestar el peso del Partido Comunista en Portugal, en su Gobierno y en su oficialidad. El presidente buscó la ocasión de conversar directamente sobre la composición del Gobierno portugués y la conveniencia de reducir la presencia militar y dar mayor participación a los partidos en el Ejecutivo directamente con el primer ministro Vasco Gonçalves, en un encuentro el día 29 de mayo, en tanto que con los demás jefes de Estado expresó una fuerte preocupación por el efecto que la permisividad de la Alianza hacia Portugal pudiera tener sobre Italia, y, por otra parte, el temor de que la radicalización portuguesa se filtrara hacia España, donde contrariamente estaban preocupados –ya se vio– por el fracaso de los primitivos planes de iniciar una cierta liberalización incluso con Franco vivo y el que la reacción inmediata a los sucesos del país vecino hubiese sido el final del aperturismo anunciado por el Gobierno Arias y el fracaso de su Ley de Asociaciones.
En general, se observa una oposición tajante a reconocer cualquier tipo de nexo con España por motivos ideológicos por parte de los Países Bajos y los nórdicos a los que abiertamente se sumaron los británicos, en éstos más que las motivaciones ideológicas, que las había, porque se trataba de un Gobierno laborista, pesó el litigio de Gibraltar. Francia y Alemania estuvieron más dispuestas a buscar fórmulas contemporizadoras que, sin implicar una conexión real de inmediato, crearan alguna expectativa de futuro. Sin duda, el papel más interesante lo juegan los representantes de Alemania, que por ideología podían mediar con los Gobiernos de izquierda y que gozaban de una fluidez máxima en relación con los gestores de la política exterior de la Presidencia. Con Schmidt, Kissinger mantenía una relación mucho más estrecha, confiada y continua que con ningún otro gobernante, y además de con él, la comunicación con el presidente Scheel, el ministro Gensher y los líderes de la oposición fue muy frecuente. Tal vez pudiera influir en ello el origen alemán del secretario de Estado –también Sonnenfeldt había nacido en Alemania–, y desde luego la relación que desde 1945 Estados Unidos sostuvo con Alemania por su posición central en la Seguridad Occidental durante la Guerra Fría. El telegrama anterior relativo a un posible contacto con Gensher deja ver la intermediación alemana con la oposición española, y el hecho de que Alemania estuviera regida por una alianza de liberales –Scheel y Gensher– y socialdemócratas –Schmidt– permitía cubrir un amplio espectro en el contacto con líderes opositores, incluidos los socialistas. A este respecto, en el encuentro de Gaston Thorn, primer ministro luxemburgués, con Kissinger en la cumbre atlántica –29 mayo– el secretario le expresó con respecto a Schmidt que, en cierta medida, este era socialista más bien por casualidad porque entró en política en Hamburgo y se dio cuenta de que solo podría ser elegido si era socialista. En el perfil biográfico de Schmidt quedaban perfectamente dibujadas sus cordiales relaciones y la coincidencia de visiones respecto al proceso de unificación en Europa: “Él siente que los dos países tienen una responsabilidad especial en la economía mundial y que los países de la CEE deben trabajar conjuntamente con Estados Unidos para resolver los problemas económicos mundiales. Un entusiasta convencido en la utilidad de la Alianza, Schmidt a menudo ha destacado que el escudo protector norteamericano es indispensable durante el proceso de unificación europea”19.
La distancia con otros socios era mucho mayor. El 14 de mayo en el despacho oval Ford sostuvo, en presencia de Kissinger y del general Brent Scowcroft, un intenso encuentro con Johannes den Uyl, jefe del Gobierno holandés, que iba acompañado de su ministro de Asuntos Exteriores, Max van der Stoel20. Los socialdemócratas de den Uyl habían ganado las elecciones de 1973 en alianza con los liberales progresistas y los radicalcristianos, aún así para formar Gobierno hubieron de reunir el apoyo de los cristiano demócratas. Se trataba pues de una alianza de Gobierno de centro-izquierda. A lo largo de este encuentro, queda establecida la división de análisis y opiniones que, en relación con la situación de la península ibérica, va a reproducirse después en la cumbre de Bruselas y también es valiosa para conocer el parecer mayoritario entre los Nueve.
Den Uyl comienza su conversación afirmando que entiende la preocupación norteamericana por su credibilidad entre los socios atlantistas, y expone que en Holanda se había extendido un sentimiento de marcado rechazo hacia Estados Unidos, se colige que por la evolución de la guerra de Vietnam –puede establecerse una conexión entre esta afirmación y las apreciaciones de Barbara Walters, recogidas anteriormente. Abiertamente expresa una opinión muy dura con respecto a la política exterior americana y manifiesta la incomodidad de su Gobierno, y de una parte de la ciudadanía holandesa, por verse arrastrado a secundar, como parte de la Alianza, el apoyo a regímenes autoritarios como Grecia y Portugal: “Particularmente los jóvenes en mi país quieren ver a la Alianza como una fuerza para la democracia. Mi Gobierno quiere ayudar a Portugal y reconoce el riesgo de que sea dominado por los comunistas. Pero creemos que deberíamos reforzar los elementos democráticos que tanta fuerza mostraron en las elecciones. Tememos que una política americana que ha apoyado a los regímenes totalitarios y apoya la situación española haría a la Alianza menos aceptable. Estamos un poco preocupados por ello”. Es curioso porque no es frecuente encontrar en este género documental posiciones tan abiertamente enfrentadas.
Ford respondió explicando que ellos también habían estado inicialmente muy “esperanzados” por la caída de la dictadura portuguesa y por el resultado de las elecciones, pero que habían pasado a la decepción ante su falta de consecuencias en las instituciones de Gobierno, y seguía: “Queremos apoyar las fuerzas democráticas, pero si la Alianza va a ser mantenida como una organización viable, no podemos tener compañeros que tomen caminos diferentes, pensamiento en el que mantendremos una posición fuerte […] Portugal podría tener impacto en Italia, como sabe. La Alianza perdería credibilidad si hay fuerzas participando sin la misma dedicación a la democracia. Apoyaremos la democracia en Portugal, pero queremos una completa democracia, no lo que tienen”. Aunque Den Uyl reconocía el peligro de la evolución comunista y la complejidad del momento, entendía que habría que saber encontrar vías para impulsar la democracia y prevenir una nueva dictadura, pero disentía de la propuesta americana: “Creo que aislar a este Gobierno y a las Fuerzas Armadas en el poder podría ser contraproducente para colocar a las fuerzas democráticas en el poder […] creemos que el apoyo [de la OTAN] reforzará las fuerzas demócratas hacia posiciones de autoridad y moverá el Gobierno hacia posiciones correctas. Creo que su interpretación podría ser un argumento para que los comunistas se dirijan a la URSS buscando ayuda”.
En su intervención Kissinger previno contra la expansión comunista por el sur de Europa: “Debemos peguntarnos si convirtiéndose en un estado comunista o en una Yugoslavia o Argelia, estaríamos en una Alianza como protección contra Estados Unidos y no contra la Unión Soviética. El efecto sobre Italia sería profundo. Nuestra ayuda legitimaría el régimen […] sería un peligro mayor tanto para toda Europa como para nosotros”. Es interesante la observación sobre Argelia de cara a la posterior polémica con Marruecos sobre el Sáhara. Den Uyl, por su parte, reconoció que efectivamente los comunistas habían logrado un buen porcentaje electoral en Francia el último año, y continuó: “[…] Dice usted que es opuesto a la participación comunista en el Gobierno. Sabe que algunos democristianos en Italia lo contemplan. No creo que pueda evitar en el sur de Europa que los Partidos Comunistas controlen una parte considerable del electorado y así participar en los Gobiernos. […] El problema puede alcanzar a España más o menos en un año. Creo que necesitamos una estrategia de apoyo a esas fuerzas [moderadas] incluso si ello significa permitir aquí y allá la participación comunista en los Gobiernos. Creo que es la mejor vía para el sur de Europa. Me temo que esté siguiendo un camino equivocado en aquellos países y les empujaremos más que atraerles”.
Intervino Ford para explicar que podían ser comprensivos con Soares y los suyos pero que no tenían mucho impacto en el Gobierno, que les satisfacían los resultados electorales y que si Soares tuviera una posición influyente en el Gobierno estarían contentos. A lo que Den Uyl respondió que había que elegir: se expulsaba a Portugal o se afrontaba el riesgo de conservarla como aliado, a pesar de los comunistas, esperando que ganara la democracia. La opción holandesa era la ayudar al Gobierno portugués y demostrarles que si avanzaban hacia la democracia podría llegarles más ayuda –fue una intervención del ministro van der Stoel–. La respuesta de Kissinger reiteró que efectivamente había que saber cuál sería el mejor camino para reforzar la democracia y que la Administración no había eliminado la ayuda económica. Ciertamente habían recibido la visita del presidente Costa Gomes y el Departamento de Estado había prometido apoyo económico. En este punto, Den Uyl se refirió a España, diciendo que también había allí un fuerte riesgo de predominio comunista, si se les negaba el apoyo a las fuerzas moderadas, se les conduciría a depender de la ayuda soviética: “Todavía hay tiempo para reforzar a las fuerzas moderadas en España de cara a su desarrollo en los próximos años”. Y se sucede el siguiente diálogo:
“Ford: “¿Cuánto tendría que cambiar antes de que pudiérais ver a España jugando un papel en Europa?
Den Uyl: Nuestro rasero son elecciones libres. Eso es lo que cuenta.
Van der Stoel: Ciertamente cuenta. España se caracteriza por un régimen al borde de la desaparición y no sabemos qué va a reemplazarlo. Estamos ya en una transición. La cuestión es cómo conseguir la manera para cooperar con las fuerzas moderadas.
Den Uyl: Hay un partido socialista preparado para cooperar con los democristianos. Creo que hay posibilidades para las fuerzas democráticas.
Kissinger: Puede ser lo mismo que en Portugal, con los comunistas, monárquicos [alusión a la Junta Democrática], etc. mejor organizados que los socialistas. Con todo respeto por Soares, él es mejor orador que organizador. Podría haber izquierdistas en el ejército [se refiere al ejército español].
Den Uyl: El juego para los comunistas en España es escaso. Hay una fuerte oposición anticomunista. Pero los comunistas podrían sacar ventaja de la ignorancia de los jóvenes oficiales […] Hay gente ignorante, pero no comunistas ideológicos”.
El valor de estas declaraciones, además de mostrarnos las posturas respectivas de los participantes, radica en que nos permite observar cómo se gesta la actitud de la CEE no solo con respecto a Portugal sino con respecto al futuro español: reforzar a los partidos moderados para debilitar el impacto del comunismo y tratar de evitar que los comunistas recurrieran forzosamente a la ayuda soviética. El respaldo a las formaciones moderadas consistía en fondos y apoyo técnico, obviamente los más beneficiados serían los socialistas, ya que son Gobiernos con presencia socialista los que proponen el procedimiento. Para los socialdemócratas holandeses, el cerco al comunismo podría resultar “contraproducente”, este fue el término que sonó en Bruselas. Por otra parte se comprueba cómo el PSP de Mário Soares recibe la bendición norteamericana y cómo Kissinger no creía que Portugal se fuera a convertir en una “democracia popular” alineada con los soviéticos, sino en un país, que sin romper abiertamente con Occidente pudiera ser utilizado geopolíticamente por los soviéticos y facilitarles una posición en el núcleo del Atlántico Norte. Por supuesto en el pensamiento de Kissinger, en España todo dependería de la actitud del Ejército y su fidelidad a la monarquía, de ahí su interés por saber el grado de infiltración comunista. Hay que relacionar estos dos últimos aspectos con la crisis del Sáhara.
La Secretaría de Estado era plenamente consciente de la frontal oposición de algunos Estados a su política con respecto a Portugal y a España y desde todas sus Embajadas en Europa se jugaba la misma carta. De hasta qué punto se trabajó en aras de la Cumbre Atlántica de 1975 para que los socios reconocieran un vínculo con España da idea el telegrama siguiente, enviado desde Washington el 28 de abril a la Embajada de Copenhague –Dinamarca era con Holanda el país más opuesto–, con indicaciones concretas sobre cómo intervenir en la actitud del Gobierno danés hacia este tema: se deducía que el ministro de Exteriores danés creía que “estábamos solicitando que España fuera miembro de la Alianza ahora, lo cual no es el caso”. En la oportunidad más cercana, el embajador debería clarificar que EE.UU. estaba pidiendo que los aliados “consideren pasos que pudieran ser dados en el marco presente para preparar el camino de un futuro papel de España en la OTAN […]”21. En realidad, se trataba de enfocar la atención sobre la Seguridad Occidental y que se arrancara una declaración de reconocimiento al apoyo militar español, más verbal que real, en la línea por la que se inclinaba Alemania, como advertía el embajador Wells Stabler desde Madrid: “En algunas instancias parece que nuestra misión es dar apoyo a una completa conexión con la OTAN más que concentrarse en el vínculo técnico o militar. Las objeciones a la misma se han centrado en la relación política y algunos países significativos han pensado que el incremento de una relación ‘técnico militar’ pudiera ser factible, en la aceptación de que la conexión política sería inaceptable”. El embajador recomienda que en las futuras consultas la mejor táctica consistiría en concentrarse sobre una ampliación de la conexión técnica o militar sin renunciar al reconocimiento público específico de la OTAN a la contribución de España a la defensa occidental22. Termina aconsejando que se evitase que los socios pudieran sentirse presionados.
Tras la observación de estas conversaciones destaca la distancia que separaba las visiones entre los países europeos en estos diversos campos. Básicamente se aprecia el conflicto de intereses entre los pequeños y los grandes países. Holanda, Bélgica, Dinamarca –gobernados, al igual que Alemania, por coaliciones socialdemócratas– defienden las posiciones más alejadas de Estados Unidos en la crisis de Oriente Próximo y sus consecuencias en la crisis energética y también en el encarecimiento de las materias primas naturales, ya que se trata de países netamente importadores sin recursos propios, por ello mantendrían, así mismo, dentro de las Comunidades Económicas, el objetivo de que Europa determinara su propia política exterior y el convencimiento de que sería innecesario, por ineficaz, un planteamiento de una política de defensa europea –con nuevas instalaciones nucleares de alcance medio– alternativa a la Seguridad Occidental liderada por Estados Unidos y, no obstante, propugnaban en la OTAN el establecimiento de un compás de espera con respecto al inmediato futuro de la península ibérica: dar tiempo a Portugal para una reorientación democrática y dar tiempo a España para que Franco desapareciera.
Previo al encuentro en Bruselas, Schmidt y Kissinger se encontraron en Bonn para intercambiar impresiones y acordar en lo posible una estrategia común. En diálogos como este se observa el grado de confidencialidad que les unía y que permitía que Schmidt le espetara sin ningún preámbulo que no le gustaba nada su viaje a España –se refería a la prevista visita de Ford tras la cumbre– y le recomendaba que si buscaba garantizar la evolución sostuviera relaciones con las nuevas fuerzas y no con la camarilla de Franco. A lo cual Kissinger contestó que eso es lo que le había indicado a su embajador. Pero Schmidt seguía insistiendo en que lo que tenían que hacer era ayudar a los moderados e ir a encontrarse con Costa Gomes y no con Franco “que es un cadáver”23. Inicialmente se había programado un encuentro durante la estancia de Ford en Madrid con líderes de la oposición, cuya cita fue cancelada por petición expresa y brusca de Cortina a Kissinger el mismo 28 de mayo, durante un encuentro en París para una Conferencia de Productores de Materias Primas y Consumidores Industrializados, organizada para intentar reducir el impacto del incremento de precios de las materias primas y los efectos de la crisis, tanto en los países industrializados como la repercusión en las economías pobres a través del encarecimiento de los alimentos. También en este foro se reprodujo la división occidental entre grandes y pequeños países.
En medio de esta dinámica, Kissinger sacó tiempo para encontrarse con Cortina y retomar los aspectos relativos a la negociación del acuerdo de uso de las bases pero también de la agenda presidencial durante su visita a Madrid y fue cuando se comunicó oficialmente al Departamento de Estado que las autoridades españolas no autorizaban un previsto encuentro entre el presidente y un grupo de personalidades españolas no vinculadas directamente al Gobierno, pero que representaban a amplios sectores moderados de opinión, cuyas posiciones podrían interesar al Departamento de Estado de cara al futuro más inmediato y en cuyo contacto se había estado trabajando desde la propia Embajada norteamericana en Madrid24.
En cuanto a la conversación con Schmidt, con respecto a Portugal, el alemán consideraba que no todo estaba perdido, pero Kissinger retomaba los argumentos ya utilizados con Den Uyl, que lo temible no era un futuro golpe comunista sino que el PCP fuera el más fuerte y se terminara como Yugoslavia o Argelia por las repercusiones en Italia, Francia y Grecia e insistía en que los europeos erraban en sus análisis, aunque sus prácticas políticas no fueran tan diferentes de las que EE.UU. aplicaba:
“Kissinger: Vimos a Costa Gomes en diciembre y hablamos mucho. Y fuimos los primeros en dar dinero a los portugueses –veinticinco millones.
Schmidt: También están consiguiendo algo nuestro. Casi la misma suma: Setenta millones de marcos.
Kissinger: Hemos hablado también con Soares.
Schmidt: Es importante que el presidente vea a Gonçalves [en Bruselas]
Kissinger: Lo verá”.
En el contexto de la cumbre, aparte de las intervenciones oficiales en el foro, en los que el tema de España apareció tangencialmente en el discurso de Ford, se producen entrevistas personales con los principales jefes de Estado de la Alianza. Y en esas conversaciones se incluye siempre un intercambio de opiniones sobre la situación peninsular. Para preparar cada una de esas entrevistas, Ford disponía de los respectivos estados de la cuestión que recogían las relaciones bilaterales con los países de referencia. En relación con la península ibérica hay un esquema que guía todas las intervenciones, una guía de puntos de vista para ser expuestos y que aparecen para el encuentro de Leo Tindemans, jefe del Gobierno belga –una coalición entre socialcristianos, liberales y un pequeño partido nacionalista– desde abril de 1974, y reaparecen para los demás entrevistados. Sobre este planteamiento el desarrollo de la conversación podía enriquecerse con matices más o menos interesantes, según el interlocutor. Los enunciados mostraban el convencimiento de que la acción de fomentar a los socialistas y los moderados tenía en ese momento escaso efecto sobre la política y el liderazgo del MFA y subrayaban la preocupación por los constantes disturbios y la agitación en Portugal. De inmediato se añadía el disgusto por la presencia de ministros comunistas en el Gobierno y por el papel futuro de Portugal dentro de la Alianza25.
Sobre España, a su vez, se reiteran tres argumentos encadenados: que era importante de cara al futuro la estabilidad y el útil marco que la Alianza pudiera proporcionar a España en los próximos años. Que la situación española hacia un curso estable y moderado se vería favorecida si se incluyera en el marco de la OTAN tan pronto como las circunstancias lo permitieran y, finalmente, la argumentación tendía un puente hacia los aliados al declarar que reconocían que, una serie de socios, Bélgica entre ellos, no pudieran considerar la adhesión española, mientras Franco estuviera en el poder, no obstante deberían estar preparados para la transición y por ello creían que era importante empezar a indicar a los españoles y a la ciudadanía europea que en el futuro inmediato existía la posibilidad de que los españoles tuvieran un cometido dentro de la Alianza26.
Estos pensamientos componían un eje para la conversación que habría de sostener en los diversos encuentros con los líderes internacionales y la reacción de Tindemans expresó una actitud próxima a la de den Uyl: “los belgas se oponen enérgicamente a que se dé ningún paso para mejorar las relaciones de España con la Alianza mientras Franco permanezca en el poder […]. Al mismo tiempo, los belgas prefieren una interpretación optimista de las elecciones del 25 de abril en Portugal y favorecerían probablemente el acuerdo con Portugal sobre los temas de la Seguridad Atlántica”27. En relación con España, la razón queda clara: la permanencia de Franco en el poder, y se argumenta que una decisión así tendría un efecto negativo sobre la opinión pública belga, pero sobre todo, pondría en peligro la continuidad de la coalición de Gobierno y hasta llegaría a complicar la propia permanencia de Bélgica en la Alianza, lo cual recuerda la alusión a la fuerte opinión antiyanqui que se extendía por Europa occidental en el periodo. En realidad, ese fue el argumento general de belgas, holandeses, daneses, noruegos y británicos: la oposición a afianzar la relación con España mientras Franco fuera jefe del Estado y el efecto negativo sobre la opinión pública; así se lo explica Thorn a Ford en su cita del día siguiente, el 29 de mayo, como conclusión del encuentro que acababan de tener en París los jefes de Gobierno y los ministros de exteriores, añadiendo que así se expresó también el ministro de exteriores italiano, Mariano Rumor, por temor a la reacción de los socialistas de aquel país.
Como Tindemans, también el liberal Gaston Thorn presidía en Luxemburgo desde 1974 un Gobierno de coalición entre su formación, el Partido Democrático, y los socialistas, en el que desempeñaba, además, la cartera de Exteriores. En ese momento ya era presidente de la Internacional Liberal, y precisamente la reunión comienza con la felicitación expresada por Ford ante su inminente nombramiento como presidente de la Asamblea General de Naciones Unidas, en sustitución del argelino Bouteflika y el reconocimiento de que era muy positivo tener “un amigo” al frente de la Asamblea, lo que convertía a Thorn en un hombre clave28. Por ello uno de los aspectos sobre los que giró el encuentro fue la conexión entre la existencia de un compromiso atlántico que implicaba una determinada dimensión internacional y el afianzamiento de una “unión europea” que para algunos miembros de la Comunidad se planteaba como una realidad contradictoria y problemática y que él, contrariamente, valoraba como complementaria: “una mayor integración [interna europea] haría la Alianza más fuerte”. Explicó Thorn que, dentro de la Comunidad, se experimentaba la doble inclinación de quienes querían mayor coordinación económica y aun política y de quienes se manifestaban en contra. Él apoyaba la posición francesa en favor de lo primero y textualmente indicaba que los franceses estaban “ávidos por introducir en Europa a los países mediterráneos”: a lo que Kissinger contestó que este era, asimismo, el punto de vista norteamericano. Y Thorn dejó ver la divergencia entre Francia y Alemania Federal respecto a una rápida incorporación de Grecia a la Comunidad. Si bien, desde el ingreso de Gran Bretaña, Irlanda y Dinamarca en la Comunidad, Francia temerosa de perder la dirección y la posición central del proyecto comunitario, había enarbolado la bandera de un futuro eje mediterráneo que contrapesara el basculamiento atlántico29. También expresó la prevención de algunos europeos a una posible reticencia americana ante la cohesión comunitaria por temor a alguna competencia económica, algo que él interpretaba como un pretexto cuando más bien eran los propios europeos quienes no querían llegar a alcanzar decisiones reales.
Al hilo de estos argumentos Ford introdujo el tema de Portugal, recuperando todas las explicaciones anteriores sobre que los socialistas no servían para parar el empuje comunista y que una presencia comunista en la Alianza la desnaturalizaba, pero Thorn también se alineó con las posturas de quienes creían que la situación no era irreversible y que se podría influir en el Movimiento de las Fuerzas Armadas para separarles de los comunistas y preguntó directamente a Kissinger si pensaba que Gonçalves era comunista; a lo que este contestó, que no tenía una prueba directa, pero “cada decisión parece llevarle en esa dirección”; el secretario expresó entonces el fondo de su argumento con respecto a la Península en ese momento: que no entendía cómo ayudando a los radicales se reforzaría a los moderados. Tampoco por qué los europeos pensaban que acoger a Portugal apoyaría a los moderados, pero rechazaban hacer lo mismo en España”30.
Se entró en el tema de España y Thorn reincidió en que lo que ocasionaba la frontal oposición al país era una posición de rechazo histórico al franquismo. El presidente Ford, a su vez, explicó el significado de su viaje a Madrid en el sentido de que tenía que demostrar el aprecio por el papel de España en la Alianza para poder mantener las instalaciones militares y para mantenerse en contacto con los líderes españoles y evitar una evolución como Portugal. Que estaban estableciendo comunicaciones con líderes de partidos políticos futuros. En un momento determinado, el presidente Ford se dirigió a Kissinger y le preguntó si definitivamente iban a encontrarse con ellos, a lo que Kissinger dijo que no, porque el Gobierno español se había opuesto22. Thorn también manifestó su interés por España y por los contactos con los moderados, reconociendo que la situación era inestable y que España tenía un pasado lleno de enfrentamientos: “Nos pidieron ayuda para impulsar un partido liberal pero hay siete”. Se insiste en los peligros de extremismo y las luchas internas y en la idea de la división de los conservadores moderados.
En el análisis de la situación peninsular, las entrevistas centrales fueron las de Thorn, Gonçalves y Schmidt. Las tres se suceden el día 29: a primera hora de la mañana el encuentro con Thorn; a mediodía, en el almuerzo, con Schmidt y después de esa cita, se sostuvo el esperado intercambio con Vasco Gonçalves, en el que no hubo referencias a España. A la cita con Helmut Schmidt asistieron por parte de Estados Unidos, Ford, Kissinger, Brent Scowcroft y Helmut Sonnenfeldt; y por la RFA, Schmidt y el ministro de Exteriores Hans-Dietrich Gensher. Como se indicaba, el canciller desarrollaba un papel de intermediación y en esta oportunidad había sondeado previamente a los miembros europeos en relación con los temas de Portugal y España. Por ello, Kissinger aludió a que Schmidt había recibido desde la Secretaría un boceto previo con los contenidos del discurso presidencial para la cumbre, y ante el cual Schmidt había sugerido rehacer el párrafo alusivo a la conveniencia de incluir a España como miembro de la Alianza, advirtiendo de que en aquel momento no se podía presionar demasiado a los aliados y se corría el riesgo ante los demás de aparecer como el paladín del franquismo, así que volvió a mostrar el efecto negativo de la escala española del viaje. Aparte de estas diferencias entre los socios, lo que más interesa de este encuentro es cómo advierte Schmidt de lo incierto del futuro inmediato español, al igual que lo hiciera Thorn, y se auguraba, en alguna medida, que Juan Carlos no mantendría un sistema autoritario, así que, una vez más, surgía la recomendación de que la postura inteligente sería ponerse en contacto con los líderes del futuro, a lo que Kissinger contestó que ya se hacía desde la Embajada:
“Está claro que la era de Franco está llegando a su fin. No está claro que haya una transición ordenada. Espero que Juan Carlos pueda ayudar a que salga. Creo que Arias no estará en funciones durante muchos meses después de la muerte de Franco.
Presidente: ¿Cree que Juan Carlos perpetuaría el franquismo?
Schmidt: No. Tenderá hacia un Estado menos autoritario, pero Arias está aliado también con las fuerzas de Franco. Sin embargo, debemos dar a las fuerzas democráticas la idea de que seremos útiles y que no les daremos una bofetada cuando Franco se vaya. No se ponga usted mismo en una posición en la que los comentarios de sus aliados perjudiquen y no ayuden a su causa.
Presidente: Estamos renegociando las bases y tenemos que contrapesar esa necesidad de la OTAN con el problema que usted cita.
Schmidt: Pero para que todo esto sea válido, no basta con el consentimiento de los actuales gobernantes, sino de los que vengan después.
Kissinger: Las dos cosas no se excluyen. Nuestro embajador está en contacto con el otro grupo.
Schmidt: También afecta a la imagen del presidente en Europa. Usted no puede permitirse el lujo de estar aliado con el régimen equivocado. Tiene que tratar con el régimen existente, Pero no dé a los holandeses, daneses y los demás la idea de que lo estamos avalando”31
En suma, puestos a elegir entre el daño real de imagen al aparecer ante los socios como el apoyo del franquismo hasta el final y la conveniencia de apostar por la renovación de los acuerdos militares, se opta por lo segundo. Por lo demás, se observa la esperanza que EE.UU. y Alemania depositan en el príncipe. Y se encuentra perfectamente enunciado cómo veía todo esto el secretario de Estado: “La política que los europeos están aplicando a Portugal la aplicaríamos a España y la política que los europeos están aplicando a España, creemos que debería ser aplicada a Portugal. Estamos tratando de evitar una carrera hacia la radicalización por toda Europa. Los españoles tienen tendencia a dibujar una línea y situarse en los extremos”32. De hecho, esta reflexión expone certeramente lo esencial de la controversia ocasionada en Bruselas.
En la mañana del 30 la representación norteamericana se vio con Pierre-Elliot Trudeau, primer ministro de Canadá y con el laborista Wilson. Con el primero el tema de España surgió puntualmente y aunque con menos fuerzas que los europeos la posición canadiense también rechazaba la propuesta de estrechar vínculos con España por la situación política del país y el impacto negativo en la opinión pública “a pesar de reconocer la importancia estratégica de España para la Seguridad occidental”. Sobre Portugal se inclinaba por mantener un compás de espera y se bromeó por el hecho de que en presencia del propio almirante Rosa Coutinho, Ford preguntara directamente a Gonçalves si incluía comunistas en su Gobierno. Con Wilson no se habló nada de España, pero sí sobre Portugal. Ante la tajante actitud de Kissinger, que narró cómo escucharon de Gonçalves muchas explicaciones “sin sentido” y que les quiso convencer de que el Movimiento de las Fuerzas Armadas era la única institución democrática porque representaba a todo el pueblo portugués, en tanto que los partidos solo lo hacían parcialmente, el ministro de Exteriores, Callaghan, le expresó que disentía de la ironía de Kissinger, que realmente el MFA era un microcosmos con toda clase de opiniones y que se podría contactar con generales apropiados dentro de ese Movimiento y desde luego era partidario de mantener el apoyo a los partidos. Que, por su parte, ellos ya presionarían a Gonçalves para que reabriera los periódicos y mantuviera libertad de prensa y elecciones. A lo que Ford respondió que ellos habían trabajado mucho en las pasadas elecciones33.
Como Francia permanecía fuera de la estructura militar de la OTAN, la máxima representación francesa quedó en manos de Edouard Sauvegnargues, ministro de Asuntos Exteriores, y el presidente Valéry Giscard d’Estaing tan solo acudió a la cena oficial que ofreció el rey Balduino la noche del 29. Ese gesto se interpretó como una cierta concesión a Ford, con quien departió privadamente. Más allá de esta cita, parece ser que el principal objetivo francés se concentró en incentivar la venta de aviones Mirage para la defensa europea frente a la oferta de los F-16 americanos. Con anterioridad, ambos presidentes se habían encontrado en Martinica, en diciembre del año anterior, 1974, el memorando de aquella conversación, en la que entre otros temas se habló de España, aún se halla clasificado. Extrañamente, el memorando de la entrevista con Giscard d’Estaing y el del papa Pablo VI son los únicos de esta serie –el viaje a Bruselas– que se hallan censurados y, además, extensamente. Del primero, lo que queda, hoy por hoy, se refiere a la estrategia de la distensión y a la relación entre la estructura atlántica y el afianzamiento de la unidad europea, y se recoge un cierto tono de crítica a la política exterior americana. Los aspectos peninsulares surgieron porque están recogidos entre los temas de conversación que han de ser revisados, pero del intercambio nada se puede ver. Giscard tomó primero la palabra y expresó sus respetos al presidente Ford, para de inmediato añadir: “Sé que es un momento difícil para usted. Conocemos las dificultades que están teniendo y entendemos por qué quería venir a Europa”34, lo que podría interpretarse como una forma diplomática de alegar que, en las horas difíciles, Ford acudía a dar explicaciones a los socios europeos para acallar las críticas y pedir apoyo en la política de distensión. Sobre todo porque Ford respondió: “Creía desde hace tiempo que nos equivocábamos en la manera de conducir nuestras operaciones, pero aún creo que nuestros objetivos en Indochina eran los correctos. Llega el momento en que hay que aceptar la realidad. Ahí estamos. Aunque algunos de nosotros no reconozcan que estábamos equivocados en haberlo intentado” A lo que Giscard añadió que en Francia, y podríamos considerar que en Europa, no era así y que se contaba con la comprensión de la opinión y no había crítica sobre la decisión de salir de allí .
El argumento central de Giscard consistió en que Occidente debería sostenerse sobre dos bases, independientes aunque coordinadas, una “Europa Unida” y Estados Unidos. Que era importante construir Europa e ir hacia una política exterior conjunta, porque aunque en aquel momento China y la URSS estuvieran enfrentadas, si llegaran a unirse, enfrente solo estaría Estados Unidos. Pero que la diferenciación no implicaría a corto plazo ningún cambio en el compromiso atlántico ni en la política de defensa de la OTAN. Por eso, la televisión francesa y Michel Tatu, para Le Monde, además de coincidir en esa valoración de viaje de cara a la política interior americana –la necesidad de recuperar la preeminencia que la Presidencia siempre había tenido en la política exterior y que a Ford le disputaba el Congreso– añadían también la visión de que Giscard d’Estaing estaba planeando una política europea dentro del marco de una Europa independiente, y que en las relaciones francoamericanas regía una vuelta a posturas plenamente gaullistas35.
Finalmente, a pesar de las advertencias alemanas36, Ford expresó que los españoles habían hecho y continuaban contribuyendo de manera sustancial a la seguridad militar occidental como fruto de su relación bilateral con Estados Unidos. Su propósito no fue mal recibido por el Secretario General de la Alianza, General Joseph Luns, pero ya sabemos que concitó la cerrada negativa de los británicos, de Holanda, Bélgica y Dinamarca, e Italia. En este último caso, no tanto por motivos ideológicos cuanto por el miedo a las reacciones adversas de la opinión pública y el que pudieran entrar en crisis alianzas de Gobierno en las que se integraban socialistas o socialdemócratas37. A pesar del rechazo, en conversaciones más particulares, Ford recomendó al Secretario General Luns y al general Haig que la Alianza comenzara a estudiar otras vías para establecer algún tipo de fórmula intermedia a la espera de un cambio en la situación española, algo que tardaría unos meses y se alcanzó de inmediato tras la revisión del acuerdo para el uso de las bases y su transformación en tratado. Para entonces, febrero de 1976, el Secretario General de la OTAN, Luns, había resuelto invitar a los españoles como observadores en ciertos encuentros técnicos38.
Tras la escala en Madrid de los días 31 de mayo y 1 de junio, el destino de Ford le llevaba a Salzburgo para sostener un encuentro con el presidente egipcio Anwar Al-Sadat en un intento norteamericano de impulsar las conversaciones árabe-israelíes ante el estancamiento de la negociación de 1974 en Ginebra y el distanciamiento de Siria. Curiosamente había existido la posibilidad de visitar Berlín, pero conociendo el rechazo europeo a la cita de Madrid por el vínculo de Franco con el nazismo, trasladarse desde allí a Berlín se juzgó contraindicado, ya que luego estaba previsto visitar Italia, el otro miembro de Eje nazifascista39. Esta última etapa sí se mantuvo porque quedaba neutralizada con el encuentro con el papa y era imprescindible ante la eventualidad de que la coalición de Gobierno se planteara aceptar la colaboración comunista.
En las conversaciones del 3 de junio con el presidente Leone, Aldo Moro y Pablo VI, Ford y Kissinger reiteraron sus análisis políticos con respecto a lo que ocurría en la península ibérica, destacando, ya que formaba parte fundamental de su preocupación, el efecto pernicioso de la radicalización sobre Italia. El desarrollo de las conversaciones con el presidente Leone, con Moro y su ministro Rumor ejemplifica la hipocresía que envolvía la política de los Gobiernos europeos con respecto al franquismo, el doble juego de escudarse en el respaldo norteamericano al régimen, que les hacía en cierta forma de intermediarios, para que ellos pudieran rechazar formalmente la dictadura aunque realmente respaldaran la evolución de los hechos. De hecho, Ford denunciaba abiertamente esta ambigüedad cínica cuando solicitaba un reconocimiento oficial para España y comparaba el doble rasero con que se medían los acontecimientos en Portugal y en España.
Así, Leone abiertamente les pidió que siguieran desempeñando el papel de intermediario con Occidente. Ford le resumió brevemente su experiencia en Madrid: “Encontré a Franco en mejor estado de salud que la última vez que le vi. Sostuve una interesante charla con el príncipe Juan Carlos y algunos líderes. Recibimos una cálida acogida. Nosotros seguiremos la situación de ese país con mucha atención”. Y Leone le anima a seguir: “Aprecio su interés por España. En relación con ello, aconsejaría que usted y Kissinger perseveren en sus esfuerzos por mantener a España cerca de Occidente después de que Franco desaparezca del cuadro […]” y, ante la crítica internacional a la visita, confesó que ellos también estarían pendientes y tratarían de tener las mejores relaciones, tratando, no obstante de impedir cualquier conflicto en la política interna italiana.
Con Moro se reproduce el diálogo, pero incluso de manera más reveladora. Moro manifestó que eran conscientes de la contribución española a la defensa occidental, pero que, por entonces, no podían ir más allá, ya que los partidos de la coalición no apoyarían ninguna conexión con la España de Franco. Ya se han observado reflexiones análogas en Canadá o en la República Federal: hacia adentro se formula un discurso de aceptación, hacia afuera de rechazo, aunque básicamente centrado en la persona de Franco y por el temor a la opinión pública. Moro prosigue, tratando de marcar la diferencia entre lo que él personalmente creía y cómo se veía obligado a actuar por sus socios en el Gobierno; a modo de excusa, expuso que él mismo había sido el primer ministro italiano de Exteriores que se encontró con su homólogo español, el primero en veinticinco años, que seguían cultivando contactos informales, pero no podían contemplar ningún acuerdo formal e insistía: “Le aseguro que haremos cualquier esfuerzo para normalizar la situación”40. Así que el propio Ford confesó molesto que no entendía a los europeos ni su doble rasero para ser tolerantes con Portugal y condenar a España, lo mismo que había expresado ante Schmidt41.
La conversación con el papa, que impresionó a Ford, debió de transcurrir en otros términos lo que explica que esté casi totalmente censurada. Ford argumentó que lo de Portugal era muy preocupante de cara a Italia y España. Y que era importante contactar en España con las fuerzas correctas, pero la respuesta del papa está censurada. Prosiguió Kissinger, indicando que había pedido al arzobispo Casaroli “cualquier guía sobre España porque desconocían el conjunto de la situación”, en particular a qué fuerzas ayudar para “prevenir una situación como Portugal y no verse desbordados por las circunstancias”42. Igualmente, la respuesta del papa está censurada.
Por último, se puede saber el valor que desde la Administración norteamericana se le daba a estos encuentros. Así, el informe interno del gabinete de prensa de la Presidencia resumía que la cita de Bruselas había sido importante por varias razones: para reforzar la Alianza; para indicar el interés personal de la Presidencia en el mantenimiento de las relaciones europeas y también para subrayar que la OTAN necesitaba reconocer a España como parte de la defensa de Europa, a pesar del enfrentamiento ya histórico con el franquismo. Se añadía que, ya en España, los esfuerzos del presidente se centraron en el mantenimiento de las bases, porque era importante disponer de ellas para la seguridad en el Mediterráneo y curiosamente se recordaba la multitudinaria acogida popular. Calificaba la escala como “simbólica”; más aún, se reconocía la complejidad de las circunstancias: “es delicado negociar con el Gobierno presente y también ser conscientes de lo que va a suceder en el futuro” y reaparecía la idea de que Estados Unidos pudiera ser un puente para acercar España a Europa43. No obstante, pasado el tiempo, el embajador Wells Stabler dejó constancia de que su opinión sobre esta visita había sido negativa44.
Se transmite también la impresión del encuentro con Vasco Gonçalves, subrayando que el presidente fue firme y directo en su intervención y le indicó que veía muchas carencias en su Gobierno, que le había pedido que describiera el sistema de Gobierno en Portugal y que al primer ministro le llevó unos veinte minutos contar cómo se tomaban las decisiones, así que se le sugirió que parecía algo caótico. Sin embargo se reconocía que EE.UU. tenía que mantener su interés y ser claros con Portugal. Complementariamente, para un informe ante una Comisión de Congresistas, James Schlesinger, como secretario de Defensa, se refirió a la situación de España en relación con la Alianza, reconociendo que España era un problema para la Alianza, aunque todos los primeros ministros admitieran su contribución a la Seguridad45. En suma, con respecto a Portugal no hubo cambios radicales, no obstante algo después, a consecuencia de los acontecimientos de julio, quedarían al margen de las conversaciones sobre la distensión y la energía atómica, como veremos de inmediato. En tanto que España iba a ser llamada, mediante esas vías alternativas que buscarían Luns y Haig, como observador en algunas maniobras militares, al tiempo que en conversaciones más reservadas los norteamericanos habían logrado que al menos Reino Unido y la Alemania Federalaceptaran secundar ciertos pasos que servirían para trazar una proximidad española46.
Fuera ya del marco de la cumbre y del viaje europeo, hay otra entrevista cuyo contenido se une a esta serie de conversaciones, la que tuvo lugar entre Ford y el presidente de la República Federal de Alemania, Walter Scheel, el 16 junio de 197547. Scheel habló extensamente sobre la CEE y las actitudes francesas. En su opinión, los europeos necesitaban encaminarse hacia una “unión política” para cobrar fuerza internacional, pero reconocía que, a pesar de las instituciones vigentes en la Comunidad, las economías de los nueve integrantes no estaban armonizadas y sería difícil conseguirlo, aunque ya se estuvieran estudiando medidas para avanzar. Opinaba también que, además de Tindemans y Thorn, Giscard d’Estaing era igualmente un principal promotor de la unión, pero que se empeñaba en que el proyecto se hiciera “siguiendo sus personales ideas”; así que, marcando una distancia con la actitud de Giscard, terminaba afirmando que el proceso de la Unión no se realizaría sin el respaldo americano.
Como en las entrevistas anteriores, Ford introdujo el tema ibérico a través de Portugal, interrogando a Scheel por su opinión sobre aquellos acontecimientos y explicando que la conversación con Gonçalves en Bruselas no le inspiró ninguna esperanza. Muy hábilmente el presidente alemán expuso las diferencias al respecto como si no lo fueran tanto, explicando que, esencialmente, EE.UU. y Europa miraban a Portugal del mismo modo, y que estaban satisfechos de que la dictadura hubiera sido abolida, aunque existiera una pequeña diferencia en relación al futuro: “Ustedes son más pesimistas, esa es la única diferencia”. Ante la insistencia de Ford en que las fuerzas democráticas no alcanzaran suficiente impacto, el ministro de Exteriores Gensher aseguró que el ministro de Exteriores portugués –Soares– se había moderado algo después de un mal comienzo, pero que todavía no sabían si conseguiría gran influencia y que, por otra parte el ministro germano de Defensa tenía invitado al almirante rojo –Rosa–, en visita oficial. Se predicaba con el ejemplo, lejos de cortar relaciones, intentaban ampliar los contactos.
Posteriormente surgió la comparación con España: al hilo de que, a diferencia de Portugal, se había utilizado la bonanza de los años sesenta para crear una clase media, detalló Gensher que a los nuevos gobernantes portugueses les advertían que necesitaban, como sus vecinos hispanos, turismo e inversiones extranjeras, y que eso exigía tranquilidad. Entonces, el Presidente Ford expresó su favorable impresión sobre don Juan Carlos en el encuentro en Madrid y el total desacuerdo norteamericano a cualquier aparición de don Juan de Borbón en el futuro inmediato español y a la pretensión de don Alfonso de Borbón:
“Presidente: Escuché anoche que el padre de Juan Carlos está ahora haciendo valer sus derechos.
Kissinger: Es suicida cualquier división de las fuerzas monárquicas en España.
Presidente: Juan Carlos me causó buena impresión. Me pareció que estaba deseoso por conseguir el dominio de la situación, me gustó su comprensión de los problemas en España, así que me preocupé por la declaración del padre.
Kissinger: También hay implicado un primo de Juan Carlos. Los Borbones han formado un berenjenal cada vez que han gobernado48”.
En la documentación del jefe de prensa de la Casa Blanca, Ron Nessen, se conservan los cables de las noticias que sobre la cumbre transmitían las diferentes agencias representadas49. En general, sobresale la excelente información e interpretación que se hace, no tanto de lo que sucede en las sesiones oficiales de la cumbre sino de lo que ha ido transcurriendo en esos encuentros bilaterales entre jefes de Estado. Los textos provienen primordialmente de las agencias Reuters y Associated Press y en conjunto reflejan las principales posturas y diálogos. Todos los informantes reproducen la ya citada alusión de Ford a España en el sentido de que había hecho y continuaba haciendo una importante contribución a la Seguridad occidental y se interpreta, con acierto, que Ford deseaba que la Alianza reconociera la ayuda de España “para llevar algo en sus manos” a las negociaciones que a continuación sostendría sobre las instalaciones navales y aéreas en el país. En Reuters se añade, además, que Ford había expresado su declaración a pesar de que previamente se había reunido con el canciller alemán, quien le recomendó que no forzara el tema en aquel momento y, así mismo, que tanto Ford como Kissinger escucharon con gran interés esos comentarios.
Para The New York Times la especialista en Seguridad Flora Lewis dejó clara su posición crítica:
“[Gerald Ford] dijo que Estados Unidos continúa favoreciendo una relación de España con la Alianza, por primera vez un norteamericano ha llegado públicamente tan lejos en el marco de la OTAN instando a la adhesión española. Ford admitió: ‘Reconocemos la imposibilidad de que esto tenga lugar en el futuro, o en el futuro inmediato. Pero es algo que la Alianza debe afrontar y esperamos que a medida que pase el tiempo, haya un mayor entendimiento y ¡Ojalá! Un desarrollo de las relaciones’. El presidente volará mañana a Madrid. Estados Unidos está teniendo dificultades en la renegociación del acuerdo de unas bases en España, que –dijo Ford hoy–:
‘contribuyen significativamente a la defensa occidental’. En la sesión del Consejo de la Alianza el primer ministro británico Harold Wilson dijo que España sería bien recibida tan pronto como tuviera ‘un cambio político interno’. Tal es la condición que un grupo de aliados puso a los lazos con Madrid”50.
Otros múltiples cables fueron repitiendo la misma información, pero aportando detalles de las situaciones que han sido previamente analizadas, por ejemplo, haciéndose eco de que la petición de Ford produjo una reacción adversa, repitiendo la declaración de Joop den Uyl sobre el efecto contraproducente y que Dinamarca, Gran Bretaña, Holanda y Noruega habían señalado que esa posibilidad estaba fuera de lugar.
Aunque no se ha tenido acceso al memorando de la conversación entre Ford y Harold Wilson porque oficialmente no departieron en esa ocasión sobre España –lo harían personalmente en diciembre en París y por correspondencia oficial en enero de 1976–, ya se ha recogido la opinión contraria del Gobierno británico, que también fue muy comentada en la prensa. Reuters transmitía que el primer ministro dijo que estarían “de todo corazón” a favor de recibir a España cuando los cambios en su política interior respetaran los principios democráticos de la Carta Atlántica y la reciente Declaración de Otawa, que conmemoraba su vigésimo quinto aniversario –sabiendo el valor compensatorio de la Declaración Conjunta Hispano-norteamericana se capta todo el tono crítico. La nota seguía expresando la satisfacción británica por los acontecimientos en Portugal y Grecia con la esperanza de que se reforzaran los principios de las democracias, los derechos humanos, la justicia y el progreso. Sin embargo, la noticia hacía hincapié en que Wilson no incluyó mención alguna a la “radicalización izquierdista que tanto preocupaba al presidente Ford y a otros líderes de la Alianza”. Associated Press resumía la negativa de Wilson y de su secretario de Defensa, Roy Masson, al vínculo con España, que solo aceptarían “cuando fuera una democracia”.
Pertenece asimismo a Reuters el mejor resumen de la cumbre, que no solo refleja lo acontecido, sino también el clima en el que se desarrolló el encuentro. Y, así, transmitía que el primer ministro portugués fue el hombre más solicitado de la cumbre y que sostuvo reuniones con casi todos los demás jefes de Gobierno, algunos de los cuales, como Ford o Schmidt no ocultaban su temor a una eventual evolución comunista en Portugal y que fue el canciller alemán el único en aludir directamente a esa situación en su discurso oficial en la cumbre, advirtiendo seriamente de que una evolución antidemocrática podría comprometer la presencia del país en la Alianza. Pero otros miembros, holandeses, daneses y noruegos, y más discretamente el Gobierno laborista británico, apelaron al resto de sus colegas para que dieran al general Vasco Gonçalves y al Movimiento de las Fuerzas Armadas una oportunidad de consolidar la democracia y terminaba con la frase de que “un grupo de aliados europeos fue especialmente crítico ante lo que entendió como un intento norteamericano de reforzar los vínculos de la Alianza con España, así como la dificultades norteamericanas al despegue de Portugal”51; se añadía que España estaba presionando con fuerza para obtener un reconocimiento a su papel en la defensa occidental y que por eso Ford quería llegar con algo a su inmediata escala en Madrid, pero la opinión general negaba cualquier vínculo oficial mientras Franco estuviera vivo.
En estos mismos informes del servicio de prensa de la Casa Blanca se extractaba la opinión sobre la cumbre que se había publicado en Izvestia y Pravda, sobre el intento en Bruselas de reducir el efecto negativo de la retirada americana de Indochina y de suavizar en lo posible la crisis de confianza con respecto al liderazgo americano que se adueñaba de los socios europeos en el marco de la crisis económica y de la desestabilización del Mediterráneo. Estos rotativos indicaban los desacuerdos internos en cuanto a la crisis energética y al acercamiento de España y Sudáfrica a la OTAN.
En suma, en esos intercambios de opinión habían quedado claras las observables diferencias entre los socios europeos y los norteamericanos, a veces incluso por encima de las ideologías de los Gobiernos respectivos. Por otra parte, aunque para la Administración norteamericana la estabilidad de la Península dependía de su inserción en Europa, en foros más reservados se dudaba de que los europeos estuvieran a la altura del compromiso, particularmente, aquellos Gobiernos de coalición cuya permanencia en el poder dependía del apoyo de los partidos de izquierda; también eran conscientes de que tampoco ayudaba su imagen negativa, la actitud “antiyanqui” de amplios sectores de la ciudadanía europea. En ese marco de falta de credibilidad norteamericana para la opinión europea intervenía otro factor, observado tangencialmente, los efectos de la crisis económica sobre la decisión de los votantes. Esta crisis, que había golpeado las economías europeas, comenzaba a superarse lentamente, pero se temía su repercusión en los procesos electorales de Francia e Italia. Schmidt surgía también como el portavoz de estos temas en la Alianza, y en ocasiones crece la recriminación de la escasa solidaridad norteamericana con las mayores dificultades de los europeos, cuyo crecimiento se retrasaba.
La península ibérica en los encuentros de Ford y Kissinger en Helsinki
El 1 de agosto se reunían en Helsinki los jefes de Estado o de Gobierno de los 32 países participantes en la Conferencia de Paz y Seguridad en Europa –todos los europeos salvo Albania, más Canadá y EE.UU.– Con el paso del tiempo, este momento del Acta Final ha adquirido trascendencia como punto clave en el final de la Guerra Fría y un peldaño importante en la reunificación de Alemania. Entonces, ese compromiso general de reconocimiento de las fronteras vigentes en Europa y del derecho de libre movilidad de las personas fue anunciado por Ford como una declaración de intenciones en favor de los derechos humanos para que hubiera mayor contacto e intercambio entre los pueblos, mejores condiciones para los periodistas, reunificación de familias, un flujo más libre de información y publicaciones y un incremento del turismo y los viajes, y añadió que si estas intenciones fallaban Europa no sería peor, pero si una parte triunfaba, Europa del Este sería mucho mejor y significaría un avance para la libertad52. La segunda fase de la conferencia comenzó en Ginebra el 18 de septiembre de 1973 y terminó el 21 de julio de 1975. Los temas estaban organizados en tres secciones (baskets): la primera dedicada a la Seguridad, la segunda a la promoción del comercio internacional y la tercera a los derechos humanos y el respeto a la libre circulación de ideas y personas, que resultó fundamental para que en Europa se ampliara el conocimiento sobre el espacio comunista y fue muy discutido por los soviéticos. Hubo un cuarto apartado, relativo a los encuentros y reuniones que se habrían de mantener en el futuro para ir plasmando la distensión. Paralelamente, Alfred Grosser comenta que, aunque de forma incidental, en Helsinki se produjo el fenómeno de que los europeos de la Unión lograron hablar casi por primera vez con una única voz, lo que convierte al foro en un punto de referencia del proceso de convergencia europea (Grosser, A., 1980, p. 288).
En el mes de julio recibió Ford diversos textos preparatorios para sus encuentros con los jefes de Estado en Helsinki. En esta ocasión, los guiones relativos a Arias y Giscard d’Estaing resultan especialmente interesantes, porque recogen un planteamiento global de los intereses norteamericanos para la Conferencia de Helsinki y una previsión de los puntos de vista que Ford tendría que mantener en el caso de que ciertos temas surgieran en los intercambios.
En medio de las dificultades de los países industrializados para superar las consecuencias de la crisis de la energía, Helsinki también constituyó el foro para retomar el diálogo entre países productores y consumidores, después del fracaso de la conferencia anterior en París, en la que destacó la distancia entre unos y otros. Se estudió, por ello, alternativamente, otra propuesta francesa para que se celebrara un nuevo encuentro, igualmente en París, aunque esta vez en Rambouillet –la reunión de productores y consumidores de diciembre 1975, a la que asistiría Areilza–, pero ante la experiencia anterior la iniciativa norteamericana buscaba que previamente se organizasen diversas comisiones diferenciadas para la energía, las materias primas, y los problemas del desarrollo. Algo que tomaba en consideración el reparto de temas por sectores que se había utilizado en la CSCE. En una reunión previa de Kissinger con James Callaghan en julio53, el ministro británico había manifestado su reticencia a que en esta conferencia económica la Comunidad apareciese con una voz única, porque no se avenía a delegar sus intereses económicos y porque la representación conjunta implicaba una unanimidad que no existía entre los Nueve. Kissinger, por otra parte, no estaba satisfecho con que Francia se convirtiera en la anfitriona habitual, porque tomaba el papel de potencia “mediadora entre países industrializados y no industrializados”. Por lo demás, en medio de los problemas derivados de la crisis energética, los países industrializados parecían conceder a estas cumbres un valor en cierto modo alternativo a la OPEP. De cara a España, Ford pensaba solicitar el apoyo a la propuesta de que se estableciera el sistema de comisiones.
En la citada cumbre económica el tema candente serían los precios del petróleo, pero también el funcionamiento de la Agencia Internacional de la Energía y las medidas de los tres grandes –EE.UU., Japón, Alemania– para relanzar sus economías. Del mismo modo, en conexión con la CSCE y el acuerdo de respeto a las fronteras, se halla la distensión y las negociaciones para la reducción de armas. Por proximidad con el espacio europeo, los dirigentes van a conversar sobre la crisis greco-turca y el desarrollo de las negociaciones árabe-israelíes.
Sobre los precios del petróleo, la comisión americana habría de informar a los europeos de que la OPEP había anunciado su intención de elevar los precios del petróleo entre un 10 y un 35% en una reunión del siguiente otoño. Los norteamericanos habían dado ya su opinión de que los precios ya estaban muy altos y que una nueva subida era injustificada. Desde enero de 1973 los ingresos de los productores se habían incrementado en un 500%, diez veces más que el incremento en el precio de las exportaciones de los países industriales. Se aseguraba que, aunque los países industrializados habían comenzado a tener su inflación bajo control, este incremento se vería reflejado en el costo de los productos y nuevamente el proceso inflacionario se desataría de forma perjudicial tanto para productores como para consumidores. En consonancia, los norteamericanos traían a Helsinki la propuesta de impulsar la Agencia Internacional de la Energía, particularmente la investigación nuclear, en un intento de ir reduciendo a largo plazo el peso de los productores de petróleo en el mercado internacional. El documento interno para Ford explicaba que, aunque en los dieciocho meses desde que se hubiera creado el programa, se habían hecho progresos sustanciales, se estaba aún en el comienzo y el objetivo norteamericano consistía en que mediante la Agencia Internacional de la Energía Atómica –IAEA– se alcanzara un acuerdo colectivo sobre un programa de coordinación y programación a largo plazo del esfuerzo en inversión para antes del final de 1975. Se solicitaba igualmente el apoyo español a esta propuesta, en una tesitura compleja que tenía que equilibrar el incremento del uso pacífico de la energía nuclear con el control de la exportación de este desarrollo científico y la no proliferación de armas nucleares, cuyo acuerdo se firmó el 11 de enero de 1976.
Sobre la situación económica, también se quería transmitir un mensaje de confianza. Los pequeños países industrializados estaban preocupados ante el hecho de que las economías de los grandes –EE.UU., Japón y Alemania– no se recuperaran lo suficiente rápido como para estimular el ritmo general y conseguir que se fueran equilibrando las balanzas de pago. En cierto modo, existía la recriminación de que la economía norteamericana trataba de recuperarse atendiendo a sus propios problemas domésticos –inflación, paro– sin intentar convertirse en motor de la aceleración occidental. Los tres grandes trataron de transmitir confianza en sus progresos a lo largo de 1975 y 1976, aunque la Administración Ford cursaba una advertencia sobre el riesgo de un recalentamiento financiero que ocasionara el remonte de la inflación en los países de la OCDE.
En las conversaciones con los líderes europeos se subrayó la falta de una mayor coordinación institucionalizada en las economías occidentales y se dejó ver, de nuevo, una ruptura entre los intereses económicos de los grandes y pequeños países. La situación era muy distinta para unos países y otros. Los Nueve importaban, como media, el 63% de su energía y de ello el 98% de su petróleo, mientras que EE.UU. solo importaba el 17% de la energía que consumía y de eso, el 38% de su petróleo, lo que marca esencialmente los diferentes criterios económicos y financieros de la etapa, en la que además la inflación no provenía solo de la factura energética, sino que se experimentaba un gran crecimiento del consumo internacional con el reflejo en un marcado encarecimiento de todas las materias primas (minerales, alimentos…), de ahí esas conferencias entre productores y consumidores.
Con la firma del Acta de Helsinki surgía el interrogante sobre el impacto que el cierre exitoso de la conferencia pudiera tener sobre el desarrollo de las negociaciones con el Este en el objetivo de la distensión militar y si los países comunistas se avendrían a reducir la tensión militar junto al éxito de la distensión política. En relación con la marcha de las Mutuas y Equilibradas Reducciones de Fuerza –Mutual and Balanced Force Reductions, MBFR–, la sexta ronda de negociaciones en Viena acababa de concluir con poco progreso, pero el mensaje americano sería el de que seguían convencidos de que estaban ante una empresa valiosa y que alcanzaría una aportación sustancial tanto a la defensa europea como a la distensión. Ante la circunstancia de que algunos países neutrales como Yugoslavia habían expresado su deseo de participar en las conversaciones, se explicaría que Occidente se había opuesto a la incorporación de los No Alineados porque su presencia podría complicar aún más unas negociaciones ya difíciles de por sí. Para el caso español se lanzaba la previsión de que, llegado el momento de que España manifestara su deseo de intervenir, se contestara que las negociaciones de MBFR eran extremadamente complejas e implicaban la seguridad vital entre la OTAN y el Pacto de Varsovia. “Una conclusión exitosa tendría beneficiosos efectos para todos los estados europeos. Sin embargo, no creemos que la participación de Estados de fuera de la Alianza ayude a avanzar”54. Ello no implicó nunca que la Administración norteamericana no ofreciera información sobre la marcha de las negociaciones, sus puntos de vista y los de los soviéticos y explicara los logros y los escollos; Kissinger transmitió sus análisis a Carrero, López Rodó o Cortina en sus diversos encuentros.
En cuanto a las Conversaciones sobre Limitación de Armas Estratégicas, SALT, que se habían desarrollado desde noviembre de 1969, con una primera fase culminada en mayo de 1972 con el Tratado de Defensa Antibalística, se hallaban en plena segunda etapa, tras el logro del Acuerdo entre Ford y Brezhnev en 1974, en Vladivostok, donde se reafirmó la intención de asegurar un nuevo pacto en 1975. Tratando de hacer realidad esa declaración de intenciones, se desarrollaban las conversaciones de Viena, estudiando limitaciones y posibles reducciones de armas estratégicas. La Administración Ford veía en ello una contribución importante a la estabilidad y la seguridad internacional, pero el final no se alcanzó hasta el periodo Carter en 1978, cuando la distensión tocaba a su fin; de hecho el Senado norteamericano no llegó a ratificar el tratado resultante. Aunque la firma del Tratado Antibalístico y los SALT –además de Helsinki– se considere el triunfo de la distensión, consistía, no obstante, en oficializar un equilibrio del terror, la disuasión mediante la seguridad de que la mutua destrucción estaba asegurada con la paridad. Era otra dimensión de la política de bipolaridad y equilibrio preconizada por Kissinger.
Sobre la situación en Oriente Próximo se exponía que se hacía un gran esfuerzo para ayudar a Egipto e Israel a alcanzar un acuerdo sobre el Sinaí, pero no resultaba fácil avanzar, así que ante ese objetivo, insistían los americanos que sería muy útil una postura global europea que infundiera en Israel la necesidad de un acercamiento hacia los árabes y en éstos el que el movimiento hacia la paz requeriría la normalización de las relaciones con Israel y no solo la ausencia de guerra. En Helsinki habría de salir la cuestión de que los europeos –sobre todo los franceses y menos los británicos– defendían que Europa tenía que estar presente en el contencioso
árabe-israelí, y estaban decididos a introducirse en la mediación si la vigente ronda quedaba rota o si se prolongaba en una nueva fase en Ginebra. La actuación yanqui en Helsinki procuraría disuadirles; no obstante si los socios proseguían en el intento, Ford debería, diplomáticamente, convencerles de que era inadecuado y peligroso, reconociéndoles el valor de “sus deseos de ayudar”. En este marco general, se estaba definiendo con los miembros de la Comunidad Económica una estrategia para contrarrestar la iniciativa radical árabe de sacar a Israel de la Asamblea General de ONU este año –ya se ha tratado el acercamiento a Gaston Thorn– y se había alcanzado con ellos una postura unánime contraria a la salida. Se detectaba, no obstante, que la aproximación de los socios europeos a los árabes moderados no era lo suficientemente activa como para conseguir la ruptura del frente árabe en ese tema. Por ello, Ford habría de mostrar enérgicamente la negativa repercusión de la expulsión de Israel sobre las negociaciones. De España se esperaba que colaborara estrechamente en esta estrategia tanto en Helsinki como, llegado el momento, en la Asamblea General de la ONU, el septiembre siguiente.
En general, el documento preparatorio para Arias aseguraba que en la política internacional no había ninguna diferencia de intereses entre EE.UU. y su aliado, los problemas radicaban en las negociaciones del uso de las bases y en la reiteración española en su solicitud de reconocimiento a su implicación en la Seguridad Occidental. Se advertía que España estaba deseosa de figurar internacionalmente y trataría de cobrar protagonismo en Helsinki: en las negociaciones Este/Oeste, en temas específicos del Mediterráneo en los de cooperación y derechos humanos del llamado Basket 3; así fue, pero, en cierta medida, sus intereses le aproximaron más al punto de vista soviético, al subrayar la independencia de cada Estado para solucionar sus problemas externos y al plantear ciertos objetivos de neutralismo en el Mediterráneo. Por lo demás, ya solo la presencia de Arias y el que oficialmente se figurara en un plano de igualdad con los principales líderes europeos se convirtió en un éxito personal, de Arias , en los medios de opinión internos y tuvo cierta rentabilidad de cara a su mantenimiento como jefe de Gobierno.
Interesa particularmente la visión norteamericana respecto a la Europa mediterránea en el verano del 75. A finales de mayo, la evolución en Portugal había empeorado y los temores norteamericanos se acrecentaban, parecía que las prevenciones de Kissinger se cumplían: aumentaba el poder del MFA y de los comunistas sobre el Gobierno; el 9 de julio un comunicado del MFA impedía el acceso de los partidos al Gobierno y limitaba la libertad de prensa, decretando el cierre de periódicos. En respuesta, el día 10 los socialistas abandonan el IV Gobierno –donde Soares desempeñaba la cartera estratégica de Exteriores y seis días después lo hacía el PPD. Para el 19 del mismo mes se preparó en Lisboa una gran manifestación que convocó a todos los sectores anticomunistas, Mário Soares pidió la dimisión de Gonçalves, quien, como explica Sánchez Cervelló, respondió con un documento en la más estricta ortodoxia leninista (Sánchez Cervelló, J., 1997, p. 57). A pesar del espíritu mayoritario en Bruselas, esta evolución llevó a que en la Alianza se tomaran medidas para restringir el acceso de los representantes de Portugal al material clasificado y particularmente el relativo a las discusiones del MBFR. La nota norteamericana añadía que en este caso la enérgica visión de los aliados, con mucha presencia de socialistas en sus Gobiernos, estaba particularmente influida por el hecho de que eran los socialistas de Soares los más perjudicados por las medidas del Gobierno de Vasco Gonçalves55.
Por otra parte, los norteamericanos estaban molestos porque Grecia se demoraba en abrir el diálogo para redefinir su estatus en la Alianza –de hecho no reingresó hasta 1980–, con lo cual permanecía pendiente el futuro de las bases de la OTAN en ese área y los norteamericanos estaban impacientes porque la situación se normalizara en conformidad con el estatus anterior a 1974. En el ínterin, Turquía solicitaba cambios en los términos de su propia integración, y además, como consecuencia del embargo, comenzaba a diversificar las fuentes para conseguir armamento y aminorar su total dependencia de Estados Unidos, oportunidad que aprovechaban algunos países europeos. Toda la Alianza necesitaba que Turquía recuperara su papel en la defensa y desaparecieran las dificultades con Estados Unidos, creadas por el embargo. En Viena proseguía, así mismo, la negociación greco-turca sobre el futuro de Chipre y tocaba a los turcos aclarar su posición sobre el territorio y los refugiados, que no cambió ostensiblemente, desoyendo estos llamamientos y los de la ONU.
En otro orden, en el encuentro con Giscard d’Estaing –el tercero tras Martinica y Bruselas y previo a una visita oficial ya concertada de Giscard a Washington en mayo de 1976, que precedería a la de don Juan Carlos de fines del mismo mes–, el objetivo norteamericano buscaba reafirmar la colaboración de Francia en una fuerte defensa aliada para la Seguridad occidental –y se puntualizaba que esta república tenía un discurso particular sobre la distensión, requiriendo mayor protagonismo para los Nueve– y explicar las perspectivas económicas norteamericanas, persiguiendo el apoyo francés en el control de la inflación y la actividad de la IAEA. Se advertía, no obstante, que el presidente francés estaba preocupado por la situación económica interior, marcada por el declive de la producción, un crecimiento sin precedentes del desempleo y una fuerte inflación. Francia iba a defender su propuesta de un nuevo diálogo entre productores y consumidores y a preparar la cumbre de París. También estaba interesada en el desarrollo de las conversaciones de Oriente Próximo, porque temía que un nuevo conflicto generara otro embargo.
Además de los temas anteriores, en el intercambio con Giscard se introdujeron dos temas relativos al flanco sur mediterráneo: el primero el reconocimiento de que el Ejecutivo no había conseguido que el Congreso –de hecho, la Cámara de Representantes– levantara el embargo de la ayuda militar a Turquía; el segundo versaba sobre la situación en España. Así, Ford volvería a explicar que recibían “una gran presión por parte española en las negociaciones de nuestras bases para obtener un mayor reconocimiento de todos los miembros de la OTAN por la contribución de España en la defensa occidental”, y pediría que se consideraran caminos alternativos, aun aceptando que la mayor parte de los miembros de la OTAN no pudieran tolerar a España miembro mientras Franco estuviera en el poder. Efectivamente, en los preparativos de estos encuentros, Ford supo que el Reino Unido y Alemania Federal ya habían aceptado estudiar confidencialmente pasos que sirvieran para trazar una proximidad a España, aunque ello tampoco iba a satisfacer a las autoridades españolas56.
En una entrevista más cómoda con Gaston Thorn, Kissinger expresó sus dudas sobre si sería positivo o no que Helsinki quedara ligada a las conversaciones sobre límites de armamentos en el proceso de Viena, porque el juego de circunstancias les arrastraría a aceptar reducciones mucho más importantes de las que se habían pensado cuando se inició la estrategia de la distensión. En este sentido, destaca G. Mount que el asesor para Asuntos Europeos, George S. Springsteen, advirtió al secretario de Estado sobre el peligro de que se generara entre los europeos una especie de “euforia de distensión” que fuera aprovechada por los soviéticos57. Ante Thorn, Kissinger adelantó que, en este nuevo clima, las negociaciones les arrastrarían efectivamente a aceptar mayores reducciones.
Del Mediterráneo, hablaron sobre Grecia, y Ford reconocía que el problema greco-turco había adquirido para EE.UU. una dimensión interior, porque un importante colectivo “greco-norteamericano” comenzaba a ejercer gran influencia en el legislativo e impedía la normalización de las relaciones turco norteamericanas, manteniendo posiciones más inflexibles que los auténticos griegos y sus negociadores. En esta ocasión fue Thorn quien se refirió a la preocupación del Gobierno español por la radicalización de Portugal –que le había transmitido el propio Arias– y entonces el secretario le confesó su mal entendimiento con el ministro Cortina, aduciendo que había sido incapaz de entender las explicaciones que le había dado en un encuentro en Torrejón y que apenas llegaba a comprender por dónde querían conducir los españoles sus demandas en la negociación: “El problema es que el ministro de Exteriores es superior a mí intelectualmente y no puedo comprenderle. Lo vi en Torrejón y me dio una explicación muy complicada. Entonces le pregunté qué querían realmente y me dio otra complicada explicación. Solo muy lentamente comencé a entender lo que realmente querían. Pueden estar comenzando a pensar en cómo tendremos que perder nuestras bases –en ese lenguaje cotidiano e irónico se olvidaba la denominación diplomática de bases españolas de uso conjunto para pasar a ser simplemente nuestras bases”–. Kissinger terminó con algo muy importante de cara al futuro inmediato: “Les hemos ofrecido un acuerdo que podríamos someter al Congreso si tuviéramos que hacerlo”58. Thorn expresó entonces su conformidad personal con la actitud norteamericana y confesó que creía que la Comunidad debería hacer algo sobre España, pero que los belgas y holandeses eran totalmente contrarios.
De hecho, ese mismo día el secretario también se encontró con Tindemans y se desarrolló un diálogo tenso en ocasiones59. Vuelve Kissinger a manifestarse ambiguamente en relación con Helsinki, asegurando que está satisfecho y que el cierre ha tenido preferentemente un protagonismo occidental, pero recuerda luego que no fue iniciativa de EE.UU., sino de Rumanía y que en sus comienzos estuvo básicamente impulsada por la URSS, y añade que “no habría muerto insatisfecho si no hubiera sucedido”. Tindemans, cortante, adujo el tema de que la conferencia había recavado una fuerte oposición en el Congreso, pero Kissinger opina que no era realmente así, solo por parte del senador demócrata Jackson. Explica G. Mount que efectivamente Ford había sufrido una fuerte oposición interna en su propio partido, en el sector que comenzaba la revolución conservadora tras Ronald Reagan e incluso que hubo un miembro de la delegación norteamericana que declaró que, con estos acuerdos, los occidentales relajarían su defensa mientras los soviéticos continuaban su construcción militar y a la larga conseguirían el predominio en Europa, incluso Washington Post y New York Times dieron cobertura a esos temores (Mount, Graeme, 2006, p. 131).
Entre belgas y norteamericanos se extendió una curiosa conversación sobre los países del Mediterráneo occidental. A la pregunta de los primeros sobre qué pensaba Kissinger de la interferencia soviética en Portugal, este respondió tajantemente que la ayuda soviética a los comunistas portugueses no era tan importante, que sumaría, tal vez, tres o cuatro millones al mes, pero lo que él veía decisivo no era tanto la influencia soviética cuanto la cobardía occidental y que, además, cuando ellos trataban de hacer cualquier cosa para ayudar a los anticomunistas se encontraban “con la gente protestando contra lo que hicieron en Chile”. Evidentemente todo ello se dirigía directamente contra el Gobierno belga. Y Tindemans cambió bruscamente de tema, exponiendo generalidades sobre el efecto de Helsinki en la distensión militar. No obstante, el tema reaparece, en relación con Italia, y Kissinger vuelve a la carga, mencionando que consideraba la situación en el Mediterráneo “desastrosa” con una fuerte presencia comunista. Y comentó: “francamente, tendríamos que preguntarnos a nosotros mismos sobre nuestra posición en la Alianza. Los comunistas están participando en el régimen de Portugal y son muy fuertes en Italia”. Y como Tindemans argumentara que el comunismo italiano era diferente al portugués, Kissinger le preguntó si realmente se creía que había diferentes comunismos, y espetó que ellos no iban a poder permanecer en la Alianza si el comunismo continuaba por tales derroteros en esos países. Añadió que pensaba que los europeos se equivocaban rotundamente con España y que la Comunidad debería incidir sobre España. Tindemans intentó alegar que pesaba el recuerdo de la II Guerra, pero Kissinger le argumentó que Franco no iba a existir siempre.
El futuro de la península ibérica
Fuera de la agenda oficial, en Helsinki se habló ampliamente de la negativa evolución portuguesa y de los beneficios e inconvenientes de prestar ayuda económica a su Gobierno. Pero en el país, a consecuencia de los movimientos de julio, el 8 de agosto Costa Gomes nombró el V Gobierno Provisional, básicamente apoyado solo por los comunistas y grupos de extrema izquierda y que apenas duraría un mes, hasta el 12 de septiembre. El mismo 8 de agosto se había conocido el Documento de los Nueve, redactado por los nueve miembros del Consejo de la Revolución –del que era inspirador Ernesto Melo Antunes– que, si bien rechazaba un modelo socialdemócrata de corte occidentalista, criticaba más duramente el comunismo político-militar en el que se había desembocado. Paulatinamente, se fue orquestando un movimiento de oposición al gonçalvismo en el norte, que vivía una fuerte agitación anticomunista con el apoyo tácito occidental y se estaba al borde de una guerra civil. Como reacción contraria, el 25 de agosto se formó el Frente de Unidad Revolucionaria, FUR, entre el PCP y otros siete pequeños partidos ultrarrevolucionarios, y a ellos se sumaron los militares gonçalvistas y los otelistas, pero no lograron evitar que cayera el V Gobierno, último gabinete de Vasco Gonçalves, ni que el control del poder en el Gobierno del 19 de septiembre de 1975 recayera en los moderados, muy afirmados tras superar la insurrección del Regimiento de Paracaidistas, instrumentalizados por la izquierda revolucionaria, la noche del 24 al 25 de noviembre. Como indican Hipólito de la Torre y Sánchez Cervelló (2000, p. 383), la diplomacia posterior al 25 de noviembre se centró en favorecer la integración de Portugal en Occidente y la presencia del país en la OTAN quedó reforzada en la cumbre de Bruselas de diciembre de 1975 y en la entrevista de Ramalho Eanes con el secretario general de la Alianza, en febrero de 1976.
Sin embargo, a lo largo de agosto, la prevención de Kissinger y Springsteen de que finalmente los aliados europeos cayeran en cierta relajación en su política de oposición al comunismo pareció cumplirse cuando el 2 de agosto en Estocolmo los socialistas europeos crearon un Comité de Ayuda y Solidaridad con la democracia y el socialismo en Portugal. El comité lo formaron Willy Brandt, Harold Wilson, Olof Palme, Joop den Uyl, Bruno Kreisky y François Mitterand, se eligió a Brandt como presidente y se programaron unas líneas de actuación en favor de la democracia (derechos y libertades incluyendo elecciones libres); el socialismo; la libertad de movimiento e información; el derecho a una organización sindical democrática, basada en elecciones libres; la prevención del aislamiento de Portugal. Para todo ello se marcaban unas actuaciones programáticas, básicamente enfocadas a favorecer los contactos con los líderes socialistas portugueses y los de otros partidos democráticos y también las ayuda económicas a Portugal, actuando sobre Gobiernos, Parlamentos y opinión pública60. El documento fue cablegrafiado desde Gran Bretaña a Washington y discutido en una reunión del grupo cuatripartito el día 5 de septiembre. El encuentro entre Henry Kissinger, James Callaghan, Jean Sauvagnargues y Hans-Dietrich Gensher se alargó durante cuatro horas y media en la suite de Kissinger en las torres Waldorf de Nueva York61 y funcionó como una minicumbre sobre el flanco sur mediterráneo.
La idea de celebrar un encuentro de este tipo, entre los cuatro grandes sin Italia, para hablar del Mediterráneo surgió en una cita previa a Helsinki, el 12 de Julio, entre Kissinger y James Callaghan, en la que el ministro inglés le comentó al secretario de Estado que en la Comunidad se estaba preparando una ayuda económica a Portugal “dependiendo del progreso democrático”. Kissinger respondió que, con lo que estaba sucediendo, ese verano no era el mejor momento y extendió el comentario al resto del Mediterráneo, acordando reunirse en cuanto fuera posible para analizar extensamente esa región.
Al comienzo de esta larga conversación de principios de septiembre, fue Callaghan quien expuso los planteamientos de partida, alegando que el flanco sur mediterráneo atravesaba un momento grave y que por ese camino, a finales de los setenta podría haber Gobiernos comunistas en “España, Portugal, Italia y posiblemente en Grecia y Turquía”; curiosamente esa misma interpretación había sido enunciada con las mismas palabras por Kissinger meses antes, en abril, en una entrevista con Ford62. Se añadía que el contagio no había llegado aún al norte, pero que esa posibilidad existía en cualquier punto donde la democracia se debilitara o se dividiera y establecía que no derivaba tanto de una acción sistemática de los “rusos” cuanto de poner en práctica un oportunismo de bajo coste al hilo de la crisis del capitalismo. No se interpretaba como una ofensiva soviética, porque no les interesaba una confrontación con la OTAN y no querían una nueva y costosa Cuba ni que aparecieran nuevos teóricos independientes a lo Mao o Tito. Se admitía que la CSCE había dibujado una línea entre las dos esferas de influencia, pero que al igual que en la URSS seguiría la doctrina Brezhnev y el modelo de intervención en Checoslovaquia, en Occidente convenía fundar algo así como “el reverso de la doctrina Brezhnev” para impedir la influencia soviética, la cuestión radicaba en encontrar vías que no repugnaran a los principios democráticos.
En pro de la unidad de acción surgía el primer interrogante, cómo se actuaría ante una eventual guerra civil en Portugal. Se estaba discutiendo a principios de septiembre y se manejaron diferentes alternativas. Para el caso de Portugal, una sería la ayuda económica, pero las cantidades serían tan grandes que se requería coordinación y habría que impulsar complementariamente a las instituciones plurales, desde la Comunidad y Estados Unidos. Pero había también otra tesitura, el caso del comunismo en países prósperos como Italia, para los que habría que pensar en otras fórmulas: ayudas a sindicatos, líderes individuales, iglesias, comunistas expulsados, sobre todo en los periodos electorales. También había que conceder importancia al papel de los medios de comunicación y en particular al de la televisión, cuyo uso era lo más efectivo. Y por último estaba la sistemática intervención de los políticos, sus actuaciones y discursos, todo coordinadamente.
Tras estos planteamientos, se analiza por extenso qué podría suceder en Portugal y después las situaciones de Italia, España, y Yugoslavia. Sobre este último país, se coincide en que no formaba parte del Oeste, de modo que cualquier intervención de la Alianza sería juzgada como una violación de Helsinki y la distensión; por otra parte, sí se esperaba que, en el caso de la desestabilización de Yugoslavia, se iniciara una guerra civil entre nacionalismos, la entrada de la URSS en el problema y la llamada a Occidente por parte de algunos Estados, cuya respuesta quedó entonces como una incógnita, en el aire. En los demás casos, estaba claro que nunca se encontraría una intervención soviética directa.
Se empieza por afirmar que en Portugal, a corto plazo, solo se podía pensar en términos de Gobiernos de izquierda, una alianza de derechas en el poder solo era posible con un hipotético golpe Spinolista, algo tajantemente rechazado por todos. Ese Gobierno de izquierdas, por lo pronto, no podría plasmarse como una democracia pluralista como las occidentales porque no podrían entrar en el futuro inmediato ni los liberales ni los conservadores. Se trataría, en términos realistas, de un Gobierno con presencia comunista y podría ser bien dominado o no dominado por los comunistas. Callaghan lo dibujó de forma clara: el único socialista del grupo defiende que, llegado el caso de que pudiera formarse un Gobierno con presencia comunista en Ministerios no clave, debería concederse ayuda financiera occidental para conducir a la moderación y, además, si la economía portuguesa se hundía, era políticamente decisivo que los comunistas estuvieran dentro, mientras que sería desastroso si la situación se hundía, cosa posible, con los comunistas sin responsabilidad en el Ejecutivo.
No obstante, Gensher, Kissinger y Sauvagnargues no aceptaban ayudar a un Gobierno con presencia comunista –textualmente, aunque desempeñaran el Ministerio de Deporte– no tanto por Portugal, cuanto por su simbología en la Alianza y en Italia. Es fundamental la declaración textual de Gensher porque, a diferencia de lo que la RFA había planteado en Bruselas, se ha alineado con Kissinger en ese otoño de 1975: “Si decimos que un Gobierno con comunistas es plural, y le concedemos ayuda, podemos crear una situación desastrosa para otros países, como Italia […] Estoy muy preocupado porque pensemos en conceder ayuda a un Gobierno donde los comunistas desempeñen un cargo menor […] Porque estoy seguro de que si los comunistas entraran en el Gobierno de Italia, dirían que no quieren el Ministerio de Exteriores ni el de Interior, pero sí optarían por el de Trabajo. Quieren entrar a través de la puerta trasera”.
Se aludió a dos hombres clave en el devenir, Soares y Melo Antunes. Soares, de quien Sonnenfeldt especifica que les había “colocado en una situación incómoda al anunciar que estaría a favor de una participación comunista en una situación plural”. También refrendó lo mismo Sauvagnargues, quien citó al embajador portugués en París, asegurando que el propio Soares había propuesto integrarse en un Gobierno de coalición, siempre que los poderes quedaran bien definidos. La postura de Sauvargnargues sería la de “esperar y ver”, y Kissinger siguió la pauta francesa, decidido a esperar la decisión del Congreso cuando viera cómo sería el Consejo apoyado por Melo Antunes y confiando en que si Soares no fuera neutralista en política exterior, entonces sí estarían dispuestos a conceder apoyo económico.
La discusión sobre el futuro inmediato de Portugal desembocó en Italia. Partiendo del hecho de que se presumía que el Gobierno de Aldo Moro iba a durar poco, porque los cristiano-demócratas estaban divididos. Moro les había asegurado que no permitiría que los comunistas llegaran al poder, pero al mismo tiempo les constaba que pactaba toda su legislación con ellos. Gensher explicó que la estrategia comunista en Italia trazaba un camino a largo plazo, consistía en habituar al Partido Cristiano-Demócrata y a la opinión a la cooperación con ellos en alianzas locales y así se podría ir continuando luego con esa cooperación en niveles políticos superiores. Después de la Segunda Guerra, un pequeño partido socialista y un gran seguimiento del PCI obligaron al llamado compromiso histórico de comunistas con cristiano-demócratas. En las elecciones de 20 de enero de 1976 los cristianos obtienen el 38,7% y los comunistas el 34,4%.
Kissinger introdujo el tema de España con la pregunta: ¿Y qué pasaría en España si Franco muriera mañana? ¿Qué vamos a hacer si queremos un sistema plural? En el debate que se inicia hay varios detalles importantes. En primer lugar, la apreciación de Gensher de que Arias causó “una excelente opinión” en Helsinki y de que el buen trato que recibió por parte de los líderes europeos tal vez pudiera influir en que se le mantuviera en el poder, porque estaba en una situación dudosa. En segundo, cuando el ministro alemán indicó que si en España se ejecutaba a los “vascos” sería imposible, ante la oleada de protestas públicas, intentar acercarla a Europa y que, por tanto, de inmediato, deberían “usar toda la influencia para impedirlo”, se estaba refiriendo a las ejecuciones de miembros de ETA y FRAP de septiembre de 1975.
Callaghan establece la comparación con Portugal en el sentido de que también el partido mejor organizado era el comunista, pero que había una clase media que Portugal no tenía –una idea repetida con frecuencia–, aunque la Iglesia estaba dividida y muy inclinada hacia el comunismo, así que, en cuanto Franco muriera, se encontrarían con un partido comunista muy activo. Kissinger añadió a eso que le constaba que entre la suboficialidad también había inclinación hacia el comunismo. Gensher concluyó en que la consigna sería oponerse a él. Anecdóticamente, Kissinger ironizó sobre las bases y le dijo a Callaghan que si las quería, a lo que este respondió que se las cambiaba a los americanos por Gibraltar. Se detienen sobre ello: Callaghan para reiterar que Gibraltar era un problema; Kissinger para insistir de nuevo en que Cortina le visitó durante una escala en Torrejón –en julio– y que no se enteró de nada de lo que le explicaba ni de lo que querían los españoles, ya lo había comentado a Thorn anteriormente. Sauvagnargues zanjó la conclusión: habría que aproximar España a la Comunidad –en esto Francia era entonces una abanderada– y a la Alianza y, como vía, se comprometieron a contactar urgentemente con grupos afines en el interior para ayudarlos, aunque curiosamente Kissinger reconociera que no tenía ni idea de a qué grupo podría favorecer en España –algo parecido expresó ante el papa–63. Resolvieron, por último, sostener en breve otro encuentro para hablar sobre los círculos a los que ayudar.
Efectivamente, el 24 del mismo mes y en el mismo lugar, los mismos personajes volvían a encontrarse para aunar la postura respecto a Portugal y España –y en lo posible con respecto al futuro de Yugoslavia– en una también muy prolongada sesión. Sobre Portugal, se alcanzó entre los cuatro Ministerios de Exteriores un extenso y complejo entendimiento, que abarcaba desde la información ante la opinión pública a la reacción ante una situación de guerra civil o de movimiento separatista en Azores, hasta la posible lucha sin cuartel por mantener el país dentro de Occidente y la obtención de ayuda, ahora ya se conocía el fin del V Gobierno de Gonçalves –8 agosto a 12 septiembre– y la formación de un nuevo Gobierno, el VI, con Pinheiro de Azevedo. Kissinger propuso que se empleara al máximo “la influencia con Soares y Melo Antunes, para gradualmente ir eliminando a los comunistas” y Sonnenfeldt añadió que entre los cuatro procuraran conducir conjuntamente la política de la Comunidad y la de EE.UU. en este tema. Como explica Sánchez Cervelló (1995, p. 214), el VI Gobierno representaba el triunfo del proceso electoral sobre la dinámica revolucionaria en el reparto de los ministerios: cuatro para el PSP, dos para el PPD y uno para el PCP.
También decidieron que tanto la Comunidad como EE.UU. harían pública su política de ayudas multilaterales y bilaterales con ocasión del encuentro de los Nueve en Luxemburgo el siguiente 6 de octubre. Se concedería una ayuda comunitaria de cien millones de dólares, aunque no se especificara cuándo ya que estaba condicionada al progreso democrático y se quería conocer, a sugerencia de Sauvagnargues a qué proyectos concretos se aplicarían. Así Kissinger pensaba que parte de la ayuda bilateral norteamericana, concretamente 35 millones de dólares, se dirigiría a atender el problema de los refugiados de las excolonias. Por su parte, Alemania ya había comprometido una ayuda bilateral de 70 millones de marcos – citada anteriormente– con destino al Banco de Desarrollo para pequeñas y medianas empresas. Nuevamente Soares se convirtió en el personaje central, el líder con quien los occidentales contactaban: Kissinger expresó que ya había confirmado con Soares la ayuda a los refugiados; Callaghan comunicó que sostendría un encuentro con Soares el siguiente 8 de octubre y los diplomáticos franceses, a su vez, informaron que también Soares se entrevistaría con Giscard d’Estaing el 7 de octubre. Y cuando se estaba disertando sobre la conveniencia de mantener, a corto y medio plazo, los máximos contactos políticos con las fuerzas democráticas y prestarles cooperación y asistencia, Callaghan aseguró que su partido tenía comunicación semanal con Soares y a través de él con Antunes. Se aceptó luego la sugerencia de Sauvagnargues de ampliar la conexión con el CED y el PPD, aunque sobre este último, tanto franceses como ingleses expresaron dudas sobre su fiabilidad, dada su errática definición ideológica. En este momento se dieron también otros nombres de moderados, cuya cercanía podría ser importante: Vítor Alves, Tomás Rosa y Lopes Cardoso, los dos últimos nuevos ministros de Trabajo y Agricultura, respectivamente. Sobre ellos aún no se tenía ninguna impresión, pero sobre Costa Gomes, Sauvagnargues y Kissinger se expresaron con desagrado, recordando que había carecido de firmeza y prometía actuar contra los comunistas pero no lo hacía64.
Siempre formulado como una hipótesis parece que hubo acuerdo en facilitar cobertura en el caso de que se llegara a la guerra civil, un supuesto que presenta Kissinger –“Si hubiera una guerra civil con un Gobierno de Gonçalves, si Soares y Antunes pidieran ayuda…”– y que Sonnenfeldt amplió para aclarar si se concedería apoyo a los opositores del Norte en el supuesto de una guerra civil, y se acordó que así sería. En cuanto al tema de la independencia de Azores y los problemas derivados de ella, Kissinger situó la posición norteamericana: “Tenemos muchos contactos. No los animamos, nos mantenemos en comunicación, pero sería un gran error apoyarlos”. Se consensuó mantenerse al tanto, pero sin fomentar el movimiento, siguiendo el consejo de Sauvagnargues de que les interesaba más conservar Portugal que solo Azores y apoyar un movimiento separatista en el archipiélago les acarrearía la oposición general de todos los sectores en la metrópolis65.
En conexión con el futuro de Portugal, también se intercambiaron opiniones sobre los respectivos servicios secretos y Sauvagnargues confesó que ni confiaba en ellos ni creía que ellos confiaran en el Ministerio. Kissinger bromeó con que la CIA estuviera toda ella testificando y, en cambio, Callaghan confirmó que en su idea de la autoridad figuraba mantener el Servicio Secreto bajo control y que sobre Portugal estaba informado y conforme con todo lo que se hacía y que actuaban con discreción66. Efectivamente dos comisiones del Congreso, una del Senado y otra de la Cámara de Representantes, estaban examinando las operaciones de la CIA en los últimos veinticinco años, llegando a la conclusión de que la Agencia había actuado ilegalmente, que estaba implicada en intentos de asesinatos de líderes extranjeros y había investigado sobre 9.944 ciudadanos norteamericanos, el resultado es conocido como el Informe Church, cuya publicación tuvo serias consecuencias para la Administración (Mount, G., 2006, p.149), redujo por un tiempo la actividad de la CIA y amplió la determinación del Congreso de seguir fijando límites a las intervenciones exteriores, recortando aún más la libertad de Kissinger.
En relación con España, Kissinger reabre el debate por donde se quedó, el acuerdo de establecer contactos con los grupos que se consideraran importantes para el futuro inmediato. Como expresión verbal de su profundo convencimiento de que en España se reflejaba la evolución de Portugal, afirmaba: “Creo que deberíamos esforzarnos por hacer en España algunas de las cosas que hemos encontrado necesarias en Portugal”67. Iniciando su propia información con el hecho de que, a raíz de las negociaciones de los acuerdos, había pedido al embajador que sostuviera estrechos contactos con la clase política y que se mantenían muy bien informados y en estrecha conexión, aunque tenían problemas “para saber con quién valdría la pena hablar”.
Callaghan y Gensher declararon que permanecían en comunicación con los socialistas del PSOE, que eran los más próximos, la representación francesa asintió. Entonces Kissinger expresó que “el líder de los comunistas ha estado tratando de contactarnos, diciéndonos que él no es como Cunhal” –sabemos que exactamente este fue el mensaje que llevó Ceaucescu a Washington en una entrevista del 11 junio 1975–, que alguien debería establecer comunicación con ellos, dentro, y tanto los británicos como los alemanes confirmaron que ya lo estaban haciendo: “Nuestros socialistas están en contacto”. Se observará que si desde la Embajada norteamericana en Madrid se mantuvieron frecuentes intercambios con distintos líderes socialistas fueron esporádicas con los comunistas, pero sí se había delegado esa función en otros socios de confianza.
La conversación adquirió una dinámica distinta, pero curiosa: las bases y los militares. De nuevo Kissinger ironiza sobre el que Cortina fuera el único en el mundo capaz de desquiciar a Ford. Pero el ministro francés preguntó si el estamento militar en España “también” –como en Portugal– estaba dividido entre los antiguos y los jóvenes oficiales, por lo que Kissinger aseguró que, según su información, los jóvenes oficiales españoles constituían un “fenómeno preocupante”, y Guenther van Well, director político del Ministerio de Exteriores alemán, añadía que el príncipe Juan Carlos les había invitado en ocasiones a entrenar a los suboficiales y que el heredero mantenía muy buenos contactos dentro del colectivo militar.
Nuevamente, Kissinger volvió sobre la relación de España con la Alianza, interrogándoles sobre si, llegado el caso de que la siguiente semana se cerrara un acuerdo sobre las bases, podría decirse en el comunicado oficial que “creemos [se sobreentiende todos los presentes] que ello contribuye a la defensa de Occidente”. La respuesta casi reproduce lo acontecido en Bruselas: Callaghan reafirmó su negativa a causa de Gibraltar; Sauvagnargues solo contestó que “dependía” y Gensher admitió el acuerdo. Por ello Kissinger explicó la visión americana de ese final de negociaciones del Acuerdo, admitiendo que la Administración no quería dejar las bases mientras no dispusieran completamente de las bases turcas. Que nunca habían entendido qué querían los españoles, así que nunca habían estado en situación de hacer propuestas concretas, que hasta el final no habían sabido si habría, finalmente, acuerdo o se esfumaría. Que habían llegado a pensar que los españoles querían que desalojaran. Que se trataría de un acuerdo marco y que luego continuarían negociándose los contenidos económicos y militares exactos. Ante la sugerencia de que era mejor firmarlo con los sucesores, afirmó que forzosamente habrían de hacerlo entonces y Kissinger expuso que incluiría un reconocimiento de la contribución que las bases cumplían, pero lo harían bilateralmente, en vista de la no aceptación.
En suma, que ni siquiera en el grupo íntimo de los cuatro grandes, donde los temas más complejos eran analizados abiertamente y donde se trataba de alcanzar el máximo acuerdo sobre el Mediterráneo, la Administración norteamericana pudo lograr la aquiescencia para, al menos retóricamente, respaldar la idea de la contribución española a la defensa occidental como un refrendo mayoritario; en este caso era su principal aliado, el Gobierno británico, el que planteaba mayor oposición por el contencioso de Gibraltar. Por otra parte, el acercamiento sobre planteamientos políticos y la idea de actuar conjuntamente sobre grupos políticos de la oposición y ante el resto de los Gobiernos comunitarios y la opinión pública occidental resultó imposible a corto plazo, porque el 27 de septiembre finalmente se produjeron las temidas ejecuciones, pero el propósito cobró fuerza a partir de diciembre.
En el caso de España, las circunstancias se terciaron por el peor de los caminos previstos, complicando cada vez más el panorama para esa premeditada evolución sin traumas que tanto EE.UU. como Europa querían, pero en la que los europeos cada vez creían menos. El mismo 27 de septiembre Sauvagnargues y Kissinger se encuentran de nuevo. Las ejecuciones se habían producido esa madrugada y, con la diferencia horaria, en Nueva York ya se conocían las fuertes reacciones de la ciudadanía y los medios de prensa de varios países europeos, entre ellos Francia, en contra del Gobierno español, así que era inevitable que surgiera una referencia a este tema en el encuentro. Kissinger declara que no entiende el porqué de una reacción tan violenta cuando se trataba de terroristas convictos de asesinatos: “Pero, ¿qué hace esa gente? Habían matado a unos policías. Así que ¿está tan mal que el Gobierno los ejecute?” Ante esta expresión de sorpresa, Sauvagnargues no responde nada concreto, solo algo así como: “ya se sabe, la opinión pública...” Pero Kissinger manifestó rápidamente cómo lo veía él y reconoció que se había sentido casi en la obligación de hacer una declaración oficial, pero luego pensó que no había motivo, porque no creía que el Gobierno español estuviera tan equivocado. Concedía que “tal vez se equivocaron en el uso de un tribunal militar, y podrían haber sido más magnánimos, como yo mismo les he recomendado que fueran”68. Entonces sí, dio Sauvagnargues una opinión más personal, si bien comedida, explicando que, sin voluntad de interferir, solicitaron clemencia y creían que el Gobierno español había cometido una gran equivocación.
En realidad, a Kissinger le inquietaba que, con Franco a un paso de la muerte y la transición en su punto de arranque, una oleada de antiespañolismo recorriera las calles y las sedes de los Gobiernos en Europa occidental, porque ellos acababan de cerrar la negociación e iban a firmar resueltamente el acuerdo marco el 4 de octubre, en medio de tal efervescencia, lo que les iba a hacer quedar nuevamente como los eternos valedores de un dictador que moría ejecutando, y temían que el antiespañolismo se transformara en antiamericanismo. Además, cuando todos eran conscientes de que el control sobre el cambio en España dependía de su acercamiento a Europa, los europeos hacían el gesto de retroceder. Por tanto, Kissinger expresó a Sauvagnargues su preocupación por la reacción pública ante la firma del tratado en ese clima tan enrarecido. El sentimiento estaba presente en el momento de la firma y fue comentado por Ford, Kissinger y Scowcroft la víspera en el despacho oval, cuando Kissinger refirió que al fin los protocolos iban a ser firmados y que había que esperar la crítica airada de los liberales europeos. Ford reconoció que él también había estado pensando en lo mismo y, luego, Kissinger adelantó cómo debían tratar el tema con el canciller Schmidt con quien iban a verse seguidamente, porque, textualmente, Schmidt “no era racional” en esto y que deberían destacar que, con ello, se intentaba contribuir a arreglar el periodo posfranco69.
Así fue, horas más tarde, los tres estaban presentes cuando entró el canciller Helmut Schmidt en el despacho oval y se abrió una conversación cuyo contenido giró sobre la crisis económica de los países industrializados con aspectos como la recriminación de los europeos hacia Estados Unidos porque aplicaba sus medidas financieras sin considerar el efecto en las economías de los países industrializados de Europa. En ese marco, Schmidt expresó su preocupación ante el hecho de que pudiera producirse una caída de la bolsa de Nueva York que arrastrara consigo a las europeas. Este era un tema económico que Tindemans ya había tratado en Helsinki70; Schmidt tampoco estaba conforme con la decisión norteamericana de dejar que el dólar fluctuara excesivamente porque repercutía en la capacidad de compra y venta de los países europeos. Se habló también, tal como había sucedido con Sauvagnargues en la última cita, de los preparativos de la Conferencia de Consumidores y Productores de París, a la que España había sido invitada como país industrializado.
El día anterior, había recibido Kissinger un informe de Denis Clift para preparar esa cita e incluía una advertencia sobre que Schmidt, aun entendiendo el interés norteamericano por mantenerse en España, no estaba dispuesto a callar cuando el acuerdo de las bases se hiciera público con su cláusula de reconocimiento de la contribución de España a la defensa occidental, en medio del rechazo europeo por la violencia gubernamental. Clift recordaba, así mismo, que la semana anterior, Gensher había asegurado a Kissinger que los alemanes no repudiarían tal contribución. Por tanto, para alcanzar el compromiso con Schmidt se argumentaría que la “corriente de histeria” desatada en Europa en relación con España servía para polarizar la situación allí y alimentar el círculo de violencia, pidiéndole que colaborara para enfriar la situación71.
Más o menos así sucedieron las cosas y fue el mismo Schmidt el que sacó el espinoso tema para recomendar que aguardaran unas semanas antes de la firma del protocolo, para evitar el antiamericanismo72. Kissinger explicó que todos los plazos se habían agotado y que, de hecho, si no estuvieran en vísperas de firmar tendrían que estar retirando sus efectivos militares de las bases, así que no les quedaba otra que cumplir sin dilación. Tal como estaba acordado, insistió: “Hemos diseñado el acuerdo para facilitar la transición desde el franquismo”. Por lo que Schmidt preguntó cuál era el punto de vista de la oposición moderada, y Kissinger no contestó, pero subrayó: “Juan Carlos está de acuerdo”. El comentario de Schmidt implicó la aceptación del silencio americano, aunque auguraba lo peor: “Creo que ha perdido su oportunidad [Juan Carlos]. Correrá la sangre el próximo año y Arias pagará por ello. Los Gobiernos europeos no protestarán, pero sí, la prensa, los sindicatos, etc”73.
En realidad, más que la premura de tener que evacuar, La Administración Ford estaba totalmente empeñada en firmar antes de la muerte de Franco para no depender de futurible alguno. En ello está también presente la experiencia de lo sucedido en Portugal, donde justo cuando estaba casi resuelta la renegociación del acuerdo de uso de la base de Lajes, en Azores, se produjo el hundimiento de la dictadura; las negociaciones quedaron rotas y hubo que recomenzar con los nuevos gobernantes, en un proceso dilatadísimo, interrumpido porque el Gobierno portugués tenía primero que atender a la estabilización política de la Revolución y también porque el archipiélago había iniciado su propio derrotero de enfrentamiento conservador con el rumbo de la metrópolis. Así lo reconoce el propio Kissinger en su inmediato encuentro con el vicepresidente Deng Xiaoping, entonces a cargo de las relaciones exteriores de China.
Como puede verse en el texto de la conferencia sostenida por el jefe de prensa de la Casa Blanca, Ron Nessen, los medios norteamericanos también criticaron el silencio oficial. Nessen fue preguntado directamente que, frente a medidas como la llamada a consulta de los embajadores o la demanda de expulsión del presidente mexicano Echevarría, qué iniciativas se contemplaban y si el silencio se debía al “apoyo continuo al régimen de Franco o a las negociaciones de las bases”. En su respuesta, Nessen declaró que la pena capital despertaba sentimientos muy controvertidos también en Estados Unidos, pero que “preferían no abordar este asunto con más detalle, ya que es un asunto interno español”. El 30 de septiembre publicó New York Times una información presentada por el portavoz de la presidencia Ron Nessen sobre estas declaraciones subrayando en su titular “US sees ‘internal matters’” y precisando que las ejecuciones coincidían con el cierre de las negociaciones para el uso de las bases74.
Esta serie de entrevistas previas a la muerte del general Franco finaliza con las interesantes referencias a la situación española que realizan Kissinger y Deng Xiaoping en el viaje de Kissinger a China en Octubre de 1975. El día 21 en Pekín el tema de conversación versó sobre la inestabilidad del Mediterráneo y la guerra civil en Angola. En referencia a Portugal, expresa Kissinger que, por un periodo, pareció que el Partido Comunista controlaría la situación, aunque se había logrado detener ese proceso: “Estamos trabajando con los aliados de Europa Occidental para reforzar las fuerzas que se oponen a Cunhal. Algunas de esas fuerzas son más retóricas que reales”. Deng Xiaoping alude a que los militares gonçalvistas estaban preparando un golpe, tal vez para el 11 de noviembre, fecha en la que se conmemoraba la independencia de Angola. Kissinger le corroboró que, efectivamente, tenía noticias de esas intenciones... pero que estaban “en contacto con otros líderes militares” y se opondrían claramente al golpe75. Ambos opinaron que en el horizonte portugués todavía quedaban muchos enfrentamientos y habría que mantenerse alerta y Kissinger expresó su preocupación porque sus socios europeos se “relajasen” después de cada éxito puntual y sigue, “Estamos determinados a resistir un golpe soviético allí, incluso si ello condujera al conflicto armado. Sé que planean una intervención, pero no les será fácil”. No se había manifestado así en sus conversaciones con sus homólogos europeos, en China daba rienda suelta a su prevención con los soviéticos. Como suele suceder, desde la explicación sobre Portugal se llegó al tema de España y una vez más explicitó: “No queremos repetir la situación de Portugal en España”.
Kissinger manifiesta a Deng Xiaoping que el Partido Comunista Español se había puesto en contacto con él en varias ocasiones; persistía en pensar que estaba controlado por Moscú e interrogó sobre ello a su interlocutor, quien le aseguró que las relaciones del Partido Comunista Español con los soviéticos no eran buenas y lo denominó “partido revisionista”. Se alude también al grado de influencia del Partido Comunista Español en el Ejército y Kissinger expresó otra vez que en la más alta oficialidad apenas había interferencia, pero que habían conseguido cierto reclutamiento entre la suboficialidad y entre los capitanes, que era una escala con escaso mando. En el tema militar, Kissinger siguió informando, brevemente, sobre la firma del acuerdo de uso de las bases y confirmó que habían procedido a firmar para no tener que volver a empezar con los sucesores, como les ocurrió en Azores, según se ha indicado previamente.
Abordan, luego, el análisis del heredero, porque Xiaoping pregunta a Kissinger su impresión y este lo describió como “un hombre simpático, ingenuo. No entiende la revolución y no entiende a qué se enfrentará. Cree que puede hacerlo con buena voluntad. Sus intenciones son buenas [pero] no creo que sea lo suficientemente fuerte como para conducir los acontecimientos por sí mismo”76. Xiaoping se refiere a la posibilidad de que Franco le transmitiera el poder en vida y Kissinger lo desmiente, aclarando que ese rumor se llevaba escuchando hacía un tiempo, pero que a Franco le gustaba demasiado el poder como para renunciar, aunque hiciera “mucho tiempo que no esté capacitado y se duerma en las reuniones oficiales”. Kissinger se extendió en la burla a sus entrevistas con Franco: “De hecho. Tiene tendencia a dormirse cuando se está hablando con él [Risa]. He estado allí con dos presidentes y se ha quedado dormido las dos veces. En realidad, cuando estuve con el presidente Nixon, tuvo un efecto hipnótico. Le vi dormirse y yo me dormí también. Así que solo permanecieron despiertos el presidente Nixon y el ministro español de Exteriores [Risa]. Sería bueno que renunciara al poder”.
El beneficio de la duda
A partir de noviembre cambia el contenido de los contactos con los líderes internacionales sobre el futuro de España: el objetivo a corto plazo sería lograr una presencia del mayor nivel en los actos de investidura del sucesor, como indicio de confianza y credibilidad en los propósitos liberalizadores del nuevo monarca y algo después, a lo largo de 1976, el conseguir que, a pesar de la parálisis del proyecto reformador con el primer Gobierno de la monarquía, Europa continuara concediendo crédito a las declaraciones y promesas del rey y del ministro de Exteriores, José María de Areilza.
En la evolución española los acontecimientos se sucedieron ya imparables: había sobrevenido el segundo internamiento del general Franco, la negativa inicial de don Juan Carlos a una segunda sustitución temporal, el diagnóstico médico de que el general estaba en fase terminal y no era recuperable, la aceptación final del sucesor y su viaje repentino al Sáhara. En los Ministerios de Exteriores de Europa Occidental se discute cómo proceder ante los rituales fúnebres y los de investidura del monarca y su primer discurso. Mientras unos interpretan que están ante los intentos del régimen por asegurar un franquismo sin Franco, otros querrían ver el fin de un pasado y el arranque de algo nuevo. Esta, en conformidad con todos los argumentos que se habían venido expresando hasta entonces, era la interpretación de la Administración norteamericana, y a tal fin se conectaba con su Embajada en Madrid para lograr concitar, en el momento decisivo de la Sucesión, el mayor apoyo por parte de Europa Occidental. Sin duda, se brindó un sostén inestimable a la nueva monarquía, porque tras las ejecuciones de septiembre, el régimen vivía una nueva etapa de aislamiento y de agrio rechazo internacional.
En el siguiente capítulo se analizará el telegrama que la Secretaría de Estado remitió a la Embajada en este sentido. En primer lugar, se enuncian puntualmente cuáles son los objetivos de la política norteamericana con respecto al cambio político español y cuáles las estrategias para conseguirlo. En esencia se aclaraba que la Administración había apoyado a lo largo del año, sin mucho éxito, una apertura del régimen para suavizar la transición; se incluía una severa advertencia sobre el peligro comunista en el futuro inmediato y se recordaba que los EE.UU. habrían de jugar un papel “estabilizador”, asegurándose que los cambios no se dieran demasiado rápido ni que desbordaran unos “límites realistas”. Pero lo que interesa en este hilo documental es la recomendación a la Embajada de que se mantuvieran contactos continuos con el resto de las representaciones diplomáticas en Madrid para exponer esos criterios, a fin de ayudar a España en un rápido establecimiento de una democracia parlamentaria77 y la afirmación por enésima vez de que “el futuro de España es un interés directo de Europa Occidental” y de que los líderes europeos desempeñarían un papel importante según cómo restablecieran sus contactos multilaterales con España.
Todos estos propósitos se plasmaban en ese requerimiento concreto de que los Gobiernos miembros de la Comunidad estuvieran altamente representados en las ceremonias que se iban a desarrollar en España, y en la recomendación se hablaba no solo del protocolo de la Sucesión sino de los funerales como de “una declaración por el futuro y no en términos de recriminación por el pasado”. Igualmente se ordenaba que desde la Embajada se solicitaran declaraciones positivas de los líderes europeos con respecto al futuro español78. Se buscaba extender entre el cuerpo diplomático una pauta: que el rango de los asistentes se entendería como respaldo al rey y contribuiría a dar cobertura a su proyecto de reforma y a la estabilidad. El embajador Stabler cumplió puntualmente las indicaciones del Secretario y ya, en telegrama a Washington del 7 de ese noviembre, se enviaba la primera información obtenida de las conversaciones que Stabler había sostenido con los embajadores de Reino Unido, Alemania, Italia, Francia, Bélgica y Canadá79, que luego será utilizada para insistir tanto directamente con los respectivos Gobiernos como en conjunto a través del mando de la Alianza en Bruselas.
Tal como se puede esperar de todo el recorrido anterior, los embajadores de Francia y Alemania fueron muy receptivos, aunque sus Gobiernos también albergaban dudas. El embajador de Alemania en Madrid confirmó que su Gobierno interpretaba de la misma manera que el norteamericano los acontecimientos y que, por ello, si al funeral solo asistiría el embajador, para la proclamación de Juan Carlos lo haría el ministro de Exteriores, Gensher, y probablemente el propio presidente Walter Scheel acudiría a la ceremonia religiosa posterior. Más expresiva aún resultó la contestación francesa: el embajador comentó que Valéry Giscard d’Estaing y Juan Carlos hablaban por teléfono con asiduidad y que diversas declaraciones públicas de Giscard manifestaban su apoyo al príncipe. Como en el caso anterior, el embajador iría solo a los funerales, pero el ministro Jean Sauvagnargues asistiría a la proclamación de Juan Carlos y al ritual de los Jerónimos llegaría personalmente Giscard y se aseguró algo tan esencial como que su presencia no estuviera condicionada a lo que el príncipe dijera o no en el discurso de proclamación, tal como se había rumoreado entre las Embajadas. De hecho, este “espaldarazo” –tal como lo juzgó la prensa francesa– al futuro monarca se convirtió en un catalizador para la asistencia de otras representaciones europeas.
Para entender el elevado respaldo que conllevaban tales afirmaciones hay que conocer la fuerte crítica que estas decisiones y la proximidad de Valéry Giscard d’Estaing a Juan Carlos levantaba en Francia en amplios sectores de la prensa y en la opinión ciudadana, así como en la oposición política, que protagonizó una fuerte discusión en la Asamblea. Como dato concreto, los Ayuntamientos comunistas, en protesta por el decreto que obligaba a que la bandera ondeara a media asta en los edificios oficiales, colocaron la bandera republicana80.
Como se ha ido constatando la relativa identificación de posturas entre los cuatro grandes con respecto a qué procedimientos seguir respecto a la península, es fácil imaginar que el embajador británico confirmara que en Londres se asentía, en lo general, con la propuesta americana, pero la designación de los representantes dejaba ver la continua reticencia con que lo español se miraba en el Reino Unido, tanto entre los gobernantes como entre la población. El embajador detalló que, en cuanto a las ceremonias, no había recibido indicación, aunque quedaba claro que ninguna autoridad se desplazaría para el funeral, por lo que, como en los casos anteriores, asistiría solo el embajador, en tanto que “se manejaba la posibilidad de que un miembro de la familia real asistiera a las ceremonias posteriores” (en referencia a la proclamación de Juan Carlos y su ritual religioso). Los movimientos italianos, como en ocasiones anteriores, quedaban dictados por la falta de cohesión del Gobierno de Aldo Moro. Transmitía Stabler que, “personalmente” el embajador estaba de acuerdo con la postura del resto, pero ni tenía instrucciones ni pensaba que las fuera a recibir, porque al Partido Socialista no le gustaría que el Gobierno animara mucho a un príncipe al que veían como al sucesor de Franco y su régimen. Italia alinearía su posición con la postura de los Nueve sobre España, pero no tomaría ninguna iniciativa particular. Sobre los rituales, algún exprimer ministro acudiría a la toma de posesión, pero solo el embajador al funeral y nada se había decidido en Roma para las celebraciones posteriores. En cuanto a Bélgica, Stabler aseguraba que el embajador demostró aceptar el acuerdo general y añadió que el Gobierno belga quería ser útil al príncipe, siempre que sus acciones futuras encarrilaran el progreso evolutivo. En relación a las ceremonias, se planteaba que una delegación viniera a la toma de posesión, pero bajo ninguna circunstancia se quedaría al funeral, y, a las celebraciones religiosas posteriores, podría asistir el príncipe Alberto. Por último, el embajador de Canadá declaró que no tenía instrucciones pero que estaba tratando de conseguir en Otawa que “dirigieran un cálido mensaje de apoyo al príncipe en su toma de poder […]”, tal como se había solicitado desde EE.UU.
A pesar de todo, los telegramas que se cruzaron esa semana demuestran que las posiciones no estaban totalmente cerradas y que desde las distintas capitales europeas se miraban entre sí y hacia Madrid para resolver qué hacer: ningún jefe de Estado quería verse solo en España. Aunque se coincida en la disposición a otorgar a don Juan Carlos, tal como en algún momento solicitara Kissinger, el beneficio de la duda. No obstante, nos quedaría resolver si más bien secundando la posición americana o no. Ante el conjunto de las conversaciones sostenidas en 1975, habría que pensar que, desde Francia y Alemania, se desarrollaba una política de acercamiento a España por decisión propia con procedimientos y medidas diferentes a las americanas y con el objetivo de favorecer una monarquía parlamentaria y estrechar las respectivas relaciones bilaterales en un futuro. La estrategia en el camino había sido diferente de la de Estados Unidos porque hasta ese momento se habían medido los acercamientos para no dar la imagen de apoyo al régimen y simultáneamente evitar un vacío con consecuencias graves en el futuro y también para favorecer cierta fluidez de contactos con grupos opositores, ocurrió que el enroque final del régimen y la ola de protestas populares de la última semana de septiembre en Europa provocaron que los Gobiernos europeos temieran que su gesto hacia Madrid les costara caro en casa.
El comportamiento de la República Federal sirve de muestra, pero el resto de las cancillerías actuó con similar reticencia. Efectivamente se pensaba en dos representaciones distintas, según la colocación de los actos, investidura y sepelio y luego celebración religiosa de la proclamación. Para la primera fase se pensaba en Gensher, pero como su agenda estaba muy cargada, parecía que tendría que sustituirlo Georg Leber –ministro de Defensa–, que no quería asistir de ninguna manera ante la experiencia de las protestas levantadas por la asistencia del general Hildebrandt a la manifestación del primero de octubre y el resto de los ministros también andaba remiso. En cuanto a Scheel, se planteaba asistir al tedeum, pero “no acudiría si iba a ser el único jefe de Estado” y para el 14 de noviembre todavía esperaba el pronunciamiento de Ford y Giscard; ya en el último momento, el 20, se notificó que el ministro sería el de Agricultura, Josef Ertl –quien después desempeñó un papel decisivo en las negociaciones de España con la CEE–, y definitivamente Scheel confirmaba su traslado para el miércoles 26, “habiendo comprobado que también estarían otros jefes de Estado”81.
En paralelo a estas conexiones entre Embajadas, la Administración norteamericana también implicó a la estructura de la OTAN y en particular a Luns; de hecho significaba el mantenimiento de la actitud sostenida desde la cumbre de mayo. El 5 de noviembre, Kissinger remitió a la misión norteamericana en la Alianza un llamamiento revelador que establecía que, como la transición española había comenzado, era el momento de que los aliados abordaran su significado y su posible decurso, que como Luns también lo veía así, había cursado una convocatoria para una reunión privada de los representantes permanentes –salvo el de Portugal– para el siguiente 7, y por ello pedía que contactara con el secretario de la Alianza y le pidiera que “incorporara el planteamiento norteamericano en su intervención”82. En esencia la postura norteamericana es la que ya conocemos, que en el cambio de régimen había una oportunidad y serios peligros, que el éxito dependía en gran medida de la receptividad europea y que ellos seguían manteniendo el objetivo de la integración en la Alianza como una vía para asegurar la democratización. En Bruselas los convocados se reunieron en el despacho de Luns y luego comieron juntos, pero salvo el posibilismo de Alemania y Bélgica no se llegó a mucho más, y el representante francés se molestó por el procedimiento, le parecía que era natural que los aliados se ocuparan de la relación futura de España con la Alianza, pero consideró que la petición norteamericana en ese foro parecía entrometerse en las relaciones bilaterales de cada país83. Aún se organizó otro almuerzo de este tipo, el 18, en el que el panorama estuvo más claro y la mayoría de las monarquías –curiosamente más reticentes que las Repúblicas– habían resuelto el dilema entre el protocolo y la política enviando a algún destacado miembro de las familias reinantes.
Ücretsiz ön izlemeyi tamamladınız.