Kitabı oku: «Los parados»

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Enric Sanchis

Los parados

Cómo viven, qué piensan, por qué no protestan

Prismas

16

Enric Sanchis

Los parados

Cómo viven, qué piensan, por qué no protestan

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© Enric Sanchis, 2016

© De esta edición: Universitat de València, 2016

Publicacions de la Universitat de València

Arts Gràfiques, 13 – 46010 València

Diseño de la colección: Inmaculada Mesa Maquetación: Celso Hernández de la Figuera

Ilustración de la cubierta:

«Los parados» (Daniel Muñoz Mendoza)

ISBN: 978-84-9134-040-9

Con ser de antiguo tan grave y tan extendida la plaga del paro forzoso, pocas son las iniciativas que para remediar sus efectos se han producido en España.

F. González y R. Oyuelos, 1914

Índice

PRESENTACIÓN

1. PARO SOCIOLÓGICO

El paro estimado

El paro registrado

El parado en el imaginario social

El paro sociológico

2. LA VIDA COTIDIANA DEL PARADO

Salario de reserva, ventajas del paro y significado del trabajo

Falsos parados y trabajo negro

Familia y vida cotidiana. La estructura del tiempo

Recapitulación

3. SALUD Y MALESTAR PSICOLÓGICO

Los que se medican

Algunos que no se medican

Recapitulación

4. ACTITUDES FRENTE AL SISTEMA POLÍTICO

Los españoles y la política

Democracia, izquierda y derecha, conducta electoral

Los impuestos

Recapitulación

5. EL PARADO Y EL INMIGRANTE

La excepción española

La mirada recelosa

La mirada solidaria

6. PARADOS EN LUCHA

Eppur si muove

Un colectivo fragmentado

La gestión social del paro

Causas del paro y soluciones según los entrevistados

El papel de los sindicatos

Conclusión.

7. UNA PROPUESTA CONTRA EL PARO

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

PRESENTACIÓN

Más allá de sus oscilaciones coyunturales, el paro se ha convertido en un hecho estructural presente en la sociedad española al menos desde que ésta inició su etapa democrática en la segunda mitad de los años setenta. Al menos, porque durante el franquismo también lo hubo, si bien apenas se manifestó como paro explícito en las deficientes estadísticas de la época. Lo impidieron fenómenos como el subempleo agrario en el que malvivían millones de personas o el confinamiento de otras tantas mujeres casadas en el trabajo doméstico. Además había un stock permanente de unos dos millones de emigrantes que tuvieron que ir a buscarse la vida a otra parte. Así que lo que ocurrió durante la última larga etapa de crecimiento que empezó en 1994 y acabó a finales de 2007 cuando comenzó a destruirse empleo fue excepcional. Para hacer frente al tirón de la demanda de trabajo hubo que importar unos cinco millones de inmigrantes (en 2010 llegó a haber casi un 14% de población extranjera) y el paro se situó por primera vez en la media de la UE, en torno al 8% de la población activa.

En 2007 (Encuesta de Población Activa, EPA) todavía se crearon 640.800 empleos netos respecto al año anterior y la población ocupada alcanzó un máximo histórico de 20.579.900 personas. Pero el paro ya comenzó a remontar, primero tímidamente, después con la misma fuerza con que se había creado empleo durante la etapa del boom de la construcción. Seis años después, en 2013, se habían destruido 3.440.900 empleos y el paro se situó en la cota también histórica de 6.051.100 efectivos, en tasa más de uno de cada cuatro activos. Finalmente, en 2014 cambió la tendencia: hubo 205.200 ocupados más que en 2013 y el paro se redujo en 440.700 efectivos (la emigración y el aumento de los trabajadores desanimados, esto es, personas sin empleo que dejan de buscarlo porque creen que no vale la pena intentarlo, explican buena parte de la diferencia entre el aumento del empleo y la caída del paro). Todo induce a temer que para que la tasa de paro vuelva a situarse en la media europea, en todo caso un nivel muy alejado del pleno empleo, habrán de pasar muchos años. Mientras tanto, crece sobre todo el empleo precario (trabajo involuntario a tiempo parcial, salarios por debajo del umbral de pobreza, falsos autónomos) y la cifra de parados de larga duración se ha disparado.

En tales circunstancias, dada la importancia que sigue teniendo el trabajo en la escala de valores y como fuente de ingresos, es pertinente preguntarse qué consecuencias tiene la experiencia de paro sobre los mismos parados. Sin embargo, a pesar de que somos tradicionalmente campeones del paro (sólo hace poco desbancados por Grecia), la investigación sociológica al respecto es escasa, lo que contrasta con el interés que ha suscitado el tema en países donde su incidencia es mucho menor. En España, las ciencias de la salud y la psicología social se han ocupado más de los parados que la sociología. Por su parte, la economía ha estudiado más el paro que a los parados; y cuando ha fijado el foco sobre éstos, en la mayoría de los casos ha sido partiendo de unos supuestos sobre la conducta humana cuando menos discutibles, que han conducido a conclusiones y recomendaciones de política económica más eficaces para complicar la vida de parados y ocupados que para mitigar el problema. Este libro pretende contribuir a paliar ese déficit sociológico mediante una aproximación cualitativa. Tiene su origen en 88 entrevistas en profundidad a parados realizadas entre marzo de 2012 y febrero de 2013 en una docena de municipios españoles, casi todos grandes ciudades. La población entrevistada no es una muestra estadísticamente representativa del universo de parados, es una muestra intencional que pretende reflejar la diversidad de situaciones en que se desenvuelve la experiencia de desempleo.

La crisis de los años setenta que puso fin a la edad dorada del capitalismo supuso también un punto de inflexión en cuanto a la configuración del paro tal como se había conocido hasta entonces. El desempleo ha sido tradicionalmente un problema vinculado a la condición obrera. Por ello Pugliese [1993] la toma como referente para definir los tipos dominantes que ha asumido a lo largo de la historia del capitalismo, que serían tres. Primero, el paro de quien no ha sido obrero pero acabará siéndolo. Es la situación en que se encuentran quienes proceden de un medio social que aún no ha conocido la generalización de las relaciones de producción capitalistas, es decir, las primeras generaciones de jornaleros y campesinos que abandonan la agricultura para integrarse en la fábrica urbana. Para ellos el empleo industrial es todavía un punto de llegada. Es un paro típico del siglo XIX en las sociedades de industrialización temprana, pero que seguimos encontrando a mediados del siglo XX. Por ejemplo entre los braceros meridionales italianos que transitan por las páginas de la estupenda novela de Ottiero Ottieri, escrita a finales de los años cincuenta, en busca de un posto en la fábrica fordista que les permita escapar de la miseria; y por supuesto en España. Segundo, el de quien ya ha sido obrero, que vive en el contexto de la sociedad industrial urbana y ha perdido su empleo a causa de las crisis cíclicas típicas de la dinámica capitalista. En este caso las relaciones de producción del capitalismo moderno están ya generalizadas, la condición obrera es la condición normal de gran parte de la población trabajadora y el paro un incidente transitorio respecto a esta condición. Su manifestación extrema se produjo durante la Gran Depresión de los años treinta. El tercer tipo es el de quien no ha sido obrero y tiene escasas posibilidades de entrar en la condición obrera, al menos en aquella franja del empleo obrero estable y protegido integrada en el mercado de trabajo primario. Sería el paro característico de la nueva situación que conocen las economías avanzadas desde hace cuatro décadas, esto es, el paro juvenil, en particular el que afecta a los países de la Europa mediterránea.

Esta sugerente tipología, como todas forzosamente esquemática, tiene la virtud de poner de relieve algunos de los determinantes estructurales del paro, así como de marcar la diferencia entre el tercer tipo histórico y los anteriores. Pero no informa del asunto que nos interesa: cómo se experimenta el paro y qué consecuencias acarrea. A este respecto lo primero que necesitamos saber es quiénes son los parados, y la única pista que nos ofrece es que, con el tercer tipo, el paro ha dejado de ser algo que le ocurre exclusivamente a la clase obrera, implícitamente a algunos hombres adultos. Así que si pretendemos entrevistar parados que reflejen la diversidad de situaciones en que se desenvuelve su experiencia tendremos que considerar otros elementos.

La condición obrera ya sólo puede ser uno de los factores a tener en cuenta, entre otras razones porque el trabajo manual industrial está en regresión y ya no es un referente para buena parte de los jóvenes. Además, en función de ella pueden definirse no uno sino dos tipos nuevos de paro, pues también está el de quienes la han perdido definitivamente a una edad cada vez más precoz. Las encuestas correspondientes señalan que la carga del paro no se reparte de manera homogénea ni aleatoria entre la población, sino que sigue ciertas pautas sensibles a variables como el género, la edad, etnia, nacionalidad, nivel de estudios o el tipo de empleo que se ocupaba. Y la psico-sociología del paro detecta (más allá de las diferentes respuestas individuales) una fuerte asociación entre estas variables y la forma de experimentarlo y reaccionar ante él.

Una de las cosas que más llamó la atención de quienes investigaron el tema en Marienthal en los años treinta fue la sensible degradación de la percepción del tiempo entre los hombres en paro: eran incapaces de explicar de manera coherente lo que hacían durante el día. Su única ocupación casi regular era la recogida de leña, la agricultura de autoconsumo y la cría de conejos. Esto les ocupaba muy poco tiempo, el resto era tiempo muerto, vacío, caracterizado por la ausencia total de una ocupación con sentido. La utilización más frecuente del tiempo por parte de los hombres consistía en no hacer nada, y pasarse todo el día en casa sin hacer nada lo encontraban insoportable. Algunos llegaban a afirmar que en el frente, durante la Primera Guerra Mundial, no lo pasaron peor. Se daba así la aparente paradoja de que el escaso tiempo libre de que disfrutaban aquellos hombres cuando tenían un empleo era incomparablemente más rico y animado que las largas horas de ocio que tenían ahora a su disposición. A la vez que el empleo perdieron toda posibilidad material y psicológica de utilizar el tiempo libre: «Desde que estoy en paro casi no leo. La cabeza no me da para eso». Por el contrario, las mujeres no perdieron la noción del tiempo; se lo impidió el trabajo doméstico que, con sus obligaciones y funciones regularmente establecidas, les proporcionó puntos de referencia y un sentido a su vida cotidiana. Sin embargo, consideraciones económicas al margen, la mayoría de ellas echaban de menos el trabajo en la fábrica, porque les permitía no vivir encerradas entre cuatro paredes y acceder a relaciones sociales más ricas, variadas y satisfactorias [Lazarsfeld y otros, 1996].

Desde entonces se reconoce que el sexo tiene una gran influencia sobre la experiencia de paro. Ahora bien, como se verá en su momento, a medida que las investigaciones se acercan a la situación actual aumentan las dudas sobre la significatividad de esta variable, y la posición que defiende que el malestar psicológico asociado al desempleo es mayor entre los hombres debido a que las mujeres suelen perder empleos de peor calidad y la sociedad les ofrece la alternativa de las labores domésticas, se discute desde hace varias décadas. En cualquier caso, el hecho cierto es que mientras tradicionalmente el hombre ha construido su identidad en torno al trabajo remunerado y la mujer en torno a la familia, desde los años setenta la dimensión laboral ocupa un lugar cada vez más importante en la configuración de la identidad social femenina. Este fenómeno se atribuye sobre todo a un efecto generacional, a su vez y al parecer fuertemente asociado al nivel de estudios cada vez más alto (y superior al de los varones) de las mujeres, y no puede dejar de influir sobre la manera de vivir el paro.

La edad debe ser tenida en cuenta por razones obvias. El paro no puede tener el mismo significado para quien intenta abrirse camino en la vida, para quien está sobrecargado de obligaciones familiares y para quien se acerca a la edad de jubilación. «Las consecuencias psicológicas del desempleo juvenil más frecuentemente descritas en los trabajos que se han realizado hasta el momento son el aburrimiento, la inactividad y la falta de objetivos, mientras que los contactos sociales aparentemente se mantienen con más facilidad entre las personas de ese grupo de edad que entre los desempleados de mayor edad» [Jahoda, 1987: 77]. Parece que es a los parados jóvenes a quienes más afecta el no saber qué hacer con sí mismos. A juicio de Jahoda –y lo expresó hace treinta años– el aspecto social más peligroso del paro contemporáneo es posible que esté representado por la situación psicológica de estos jóvenes a los que se ha privado de una forma normal de transición a la edad adulta.

La nacionalidad, porque el emigrante de la época fordista –magistralmente retratado por Tahar Ben Jelloun en una de sus novelas– ha sido sustituido por otro que no retorna a su país cuando queda en paro. El nivel educativo porque está aceptado comúnmente que las expectativas laborales y vitales en general guardan relación con esta variable, y el tipo de empleos que se buscan y rechazan son diferentes. Además, porque permite distinguir entre trabajadores genéricos y autoprogramables [Castells, 1997], entre las víctimas de la globalización y el cambio tecnológico y los que pueden vivirlos como una oportunidad que les permite recualificarse y aprovechar sus ventajas. El tipo de empleo perdido porque ahora no sólo desaparece trabajo manual industrial, y las empresas solventes también generan paro. Los testimonios de siete de los casi siete mil trabajadores que entre finales de los años ochenta y 1993 se vieron obligados a dejar sus empleos en FASA-RENAULT (Valladolid), son un buen punto de partida para aproximarse a la experiencia de paro de los hombres maduros trabajadores manuales [Castillo, 1998: 107-146].

En esa época la empresa puso en marcha una profunda reorganización del trabajo para adaptarse a los nuevos tiempos que tuvo como consecuencia la reducción de la plantilla en más de un 30%. Mediante técnicas que recuerdan el acoso moral, los trabajadores fueron inducidos a solicitar voluntariamente la baja a medida que cumplían los 53 años de edad (tras unos 25 en la empresa) para acogerse a un plan social que les garantizaba el tránsito a la jubilación en condiciones económicamente razonables. Fueron entrevistados entre tres y cinco años después de la salida de la empresa.

Cada uno ha seguido su propia estrategia de adaptación a la nueva situación. Aniceto acabó adaptándose ayudado de un pequeño huerto en el que cultiva hortalizas, pero más de un año después de quedarse sin empleo todavía se seguía despertando muchas veces a las cinco de la mañana (para volver a acostarse). También Eulalio tiene un huertecillo y algunos animales, y desde hace dos años es concejal del Ayuntamiento de su pueblo; en fin, que no tiene tiempo de aburrirse, como les ocurre a otros ex compañeros que conoce. Ha oído que algunos de ellos hasta han pedido la separación de la mujer. Ignacio (paseos por el barrio, jugar a las cartas, televisión) también se aburre. Le hubiese gustado recuperar su primer oficio de albañil y hacer algunas chapuzas, pero su familia le decía que ya había trabajado bastante, y además cobrando el paro no podía. Isaías no entiende cómo las empresas se permiten prescindir de tantos años de experiencia acumulada. Para él ahora los días son más largos, pero no se acuerda en absoluto del trabajo. Parece haberse adaptado a la situación con una mezcla de realismo y fatalismo, pues al fin y al cabo de lo que se trata es de tener para comer, «que es lo que interesa». Leoncio ahora tiene mucho más tiempo «para bien y para mal», porque a veces se encuentra estresado «y es un estrés de darle vueltas a la cabeza». Pertenece a una generación que nació en el trabajo, que estaba mentalizada para jubilarse a los sesenta y cinco a no ser que tocara la lotería. Él y sus compañeros se dejaron media vida en la empresa y llegaron a sentirla como propia, algo que habían hecho entre todos. Parecía que la salida iba a ser para bien, pero luego «no todo es tan bonito». Le gustaría poder transmitir a otros todo lo que sabe, darle una utilidad, «y no por dinero».

Pablo recuerda perfectamente que lleva tres años y tres meses fuera de la empresa, en la que entró veintisiete años antes como oficial de segunda de verificación, y desarrolló una carrera laboral de la que se siente orgulloso. Su último puesto de trabajo como agente de métodos en el departamento de calidad era envidiable en muchos sentidos, pero la presión ambiental de los últimos tiempos le indujo a aceptar el plan de bajas incentivadas. «Se ha organizado la vida para poder, en sus palabras, sentirse útil, pensar al final de la jornada diaria que lo que ha hecho ha valido para algo. Y así prepara cursos de calidad total que ofrece, gratuitamente, a estudiantes de Formación Profesional. Pero, sobre todo, ha reorganizado la relación y la distribución del tiempo diario, de acuerdo con su mujer, para evitar los problemas que sabe que le han acontecido a otros, que han pasado a disponer de todo el tiempo del mundo para no hacer nada».

Se siente muy dolido con la empresa y sigue sin explicarse cómo pudo ser que les trataran de forma tan arbitraria. Pablo ha tenido que aceptar «ser un trabajador que no trabaja», pero no soporta que ahora, cuando le preguntan por su profesión, tenga que decir «parado»; está deseando llegar a la jubilación para salir de esa situación en la que, como trabajador, se siente tan a disgusto. A Roberto los días se le hacen largos. Hace ya más de tres años que dejó el empleo, pero sigue oyendo el sonido de los autobuses que llevan los trabajadores a la fábrica. Son las cinco y media de la mañana y muchos días se levanta («porque ya ni duermo ni dejo dormir a la mujer») y se pone a leer el periódico o una novela del oeste. Le gustaría encontrar alguna cosa para entretenerse, dos o tres días a la semana, pero si no hay para la juventud cómo les van a dar trabajo a ellos. De sus compañeros tiene informaciones contradictorias: algunos lo están pasando «como dios», otros «lo han pasado muy mal». Sospecha que quienes peor lo han pasado han sido los mandos intermedios o superiores, acostumbrados a mandar y que creían que la empresa era suya.

Todos estos hombres, incluso Isaías, volverían a la empresa si les dieran la oportunidad, pero en las condiciones en que la dejaron, no en las actuales, que según les cuentan son mucho peores. Sólo a Roberto no le importaría volver «como si fuese nuevo», a ver si es verdad lo que dicen de que allí se está muy mal, porque a él nunca le ha asustado el trabajo duro. No debe pasar desapercibido que, a pesar de tener la misma edad y el perfil sociolaboral típico de la vieja clase obrera industrial, cada uno de ellos experimenta el paro de forma diferente.

Una cosa es estar ocupado estadísticamente y otra tener un empleo. Para que una actividad laboral sea conceptualizada socialmente como empleo es necesario que se haga bajo ciertas condiciones mínimas. El concepto de empleo remite al mismo tiempo a una actividad laboral y a las normas bajo las cuales se desarrolla, de manera que empleo no es cualquier actividad remunerada sino sólo aquella que se lleva a cabo con arreglo a ciertas normas sociales [Prieto, 1999: 12]. A lo largo del siglo XX, pero sobre todo tras la amarga experiencia que supuso la Gran Depresión, en todas las sociedades industrializadas el Estado intervino en las relaciones laborales afirmando el carácter público del contrato de trabajo, legitimando la negociación colectiva y reforzando la posición de los trabajadores en el conflicto industrial. El resultado fue el asentamiento de un concepto altamente normativizado de empleo que conoció su máximo desarrollo durante la época fordista, y que se materializó en lo que ha dado en llamarse el empleo estándar.

Este tipo de empleo, que era la aspiración en absoluto utópica de los trabajadores de las economías industriales y la situación de hecho de la gran mayoría de ellos, consistía en un puesto de trabajo a tiempo completo en el que se trabajaba para un empleador claramente identificado durante la mayor parte de la vida activa a cambio de salarios reales crecientes. La remuneración de un trabajo de este tipo permitía mantener una unidad familiar en la que la esposa se dedicaba exclusivamente al trabajo doméstico mientras se alcanzaban niveles de consumo cada vez más altos y los hijos podían permanecer más tiempo en el sistema educativo. Sobre la base de ese empleo estándar se fue construyendo un Estado de bienestar que pretendía garantizar el acceso del trabajador y su familia a una gama de derechos sociales con los que se quería protegerlos de todos los avatares de la vida desde la cuna hasta la tumba. El empleo estándar entra en regresión a principios de los años ochenta y comienza a ser sustituido por todo tipo de ocupaciones atípicas (el empleo precario) alternadas por periodos más o menos breves de desempleo. La frontera que separaba con nitidez empleo estándar y paro absoluto es sustituida por una zona gris atestada de posiciones sociales laboralmente ambiguas que obligan a reconsiderar las definiciones formales de ocupado y parado. Frente al paro experimentado como un accidente inesperado tras años de empleo estable, aparece un paro recurrente, vivido con naturalidad, porque es un acontecimiento con el que se cuenta desde el momento mismo en que se firma un contrato de trabajo. La cuestión de fondo es si, a la hora de buscar parados para entrevistar, debemos contemplar también a quien se define como tal aunque estadística o administrativamente no lo sea. Por las razones que se discuten en el primer capítulo del libro, hemos considerado que sí.

A la luz de cuanto se viene diciendo, una tipología básica del paro respetuosa con la diversidad de situaciones debe partir del sexo y la edad como determinantes de experiencias vitales diferenciadas y ser sensible a otras variables que la complejizan. Frente al paro de inserción (y el trabajo precario) que afecta a los jóvenes en busca de un empleo estable, está el paro de exclusión que afecta a personas maduras en perfectas condiciones psicofísicas pero laboralmente amortizadas. Entre los jóvenes, particularmente en el caso de España, no puede dejar de distinguirse en función de la trayectoria educativa. En cambio, dentro de los adultos y maduros consideramos que tiene más interés operar con la variable tipo de empleo perdido distinguiendo entre obreros y empleados, lo que remite a la condición de clase. Conjeturamos que este factor puede actuar de la misma manera que el nivel de estudios entre los jóvenes. Por obreros se entiende trabajadores manuales de cualquier cualificación y trabajadores no manuales no cualificados (la nueva clase obrera postindustrial). Por empleados, trabajadores no manuales cualificados. Los primeros son los parados de siempre; los segundos, como los jóvenes, un nuevo tipo característico de la sociedad postindustrial: el paro de clase media, menos visible socialmente que el anterior. Los maduros comenzarán a plantearse el abandono definitivo del mercado de trabajo, con más o menos angustia en función de su situación económica y la edad. Los adultos, acostumbrados a cambiar de empleo para mejorar, acabarán aceptando un trabajo menos cualificado y más precario que el que perdieron. Algunas mujeres (cada vez menos) se redefinirán como amas de casa en exclusiva a la espera de tiempos mejores. Unos pocos hombres (pero cada vez más) se descubrirán asumiendo deportivamente gran parte del trabajo doméstico. El factor nacionalidad complica ulteriormente la tipología.

Intentar seleccionar cien parados (objetivo inicialmente previsto) que cumpliesen todos estos criterios de acuerdo con el peso que cada uno de los tipos tiene sobre el conjunto de la población desempleada es poco menos que imposible. Por tanto, lo que hemos hecho en la práctica ha sido establecer tres cuotas de edad (jóvenes, adultos y maduros) equilibradas por sexos, relativamente ajustadas a la composición por edades del paro en la EPA. Entendemos por jóvenes los que tienen de 18 a 29 años, adultos de 30 a 50 y maduros los de más de 50 años. Cierto que estos límites son discutibles, pero en el caso de España no es difícil defender tal opción. A partir de los 50 las dificultades de reengancharse al empleo aumentan considerablemente, mientras que, por otra parte, cada vez es más frecuente permanecer en el domicilio familiar hasta los 30. De hecho, la edad media de emancipación está aproximadamente en los 29 años [Ballesteros y otros, 2012]. Además, cabe pensar que a los 16 y 17 años el significado que puede tener el paro como experiencia vital es todavía poco relevante. Dentro de los jóvenes hemos procurado contactar tanto a universitarios como a personas con bajo nivel de estudios; dentro de los adultos y maduros tanto a obreros como a empleados. Parados inmigrantes sólo hemos entrevistado a seis. La tabla 1 muestra las entrevistas hechas efectivamente y, entre paréntesis, las que en un principio queríamos hacer.

Tabla 1.

Distribución de las entrevistas por sexo y edad


Entre paréntesis, entrevistas inicialmente previstas.

Por lo que se refiere al nivel de estudios de los entrevistados, 24 tienen como máximo la ESO o equivalente (no habiendo alcanzado once de ellos este nivel), 38 han finalizado estudios universitarios o FP superior, y 25 han cursado con éxito el Bachillerato, algún ciclo de FP de grado medio o el equivalente en los sistemas educativos anteriores a la LOGSE de 1990. Sólo 17 menores de 30 años tienen estudios superiores; por tanto vuelve a comprobarse que los adultos de este nivel, que supuestamente ya han superado la etapa precaria de inserción laboral, hoy no tienen garantizada la inmunidad contra el desempleo, si bien su probabilidad de caer en él es menor. Tanto en términos absolutos como relativos el nivel educativo medio de las mujeres es más alto que el de los hombres (entre los titulados superiores, 22 frente a 16). En el momento de la entrevista 53 estaban siguiendo algún curso de formación.

Casi todas las entrevistas (abiertas, semiestructuradas) se consiguieron utilizando el procedimiento de conocido de conocido del entrevistador, pero también se recurrió a algún centro sindical de formación ocupacional. Hubo varios casos de rechazo o no comparecencia una vez concertada la cita, en particular cuando se tomaba conciencia de que la entrevista iba a ser grabada. La mayoría duraron en torno a una hora, pero también las hubo de una media hora escasa a causa del laconismo del interlocutor, por lo que en parte pueden considerarse fallidas. Sin embargo, en otros casos fueron aprovechadas como ocasión para interrelacionar o incluso hacer psicoterapia, prolongándose durante cerca de tres horas. Una vez roto el hielo, el ambiente fue franco y en general distendido, si bien hubo algunos casos en que el entrevistado rompió a llorar al tocar ciertos temas.

Dadas las limitaciones presupuestarias bajo las que se hizo el trabajo de campo, sólo se entrevistó en lugares accesibles al de residencia del entrevistador. En Madrid y su área metropolitana se hicieron 35 entrevistas, en el País Valenciano 30 (casi todas en el área metropolitana de Valencia), en Barcelona 10, en Andalucía 6 (Algeciras, Granada y Sevilla), en Toledo 5 y en Zaragoza 2. Las transcripciones de las grabaciones fueron corregidas por quien hizo la entrevista. En el libro las entrevistas serán identificadas mediante las iniciales del entrevistador y de la zona donde se hizo y un número correlativo.

Contra lo que suele ser habitual en libros basados en este tipo de material empírico, me he tomado la licencia de dedicar amplio espacio a la reproducción de los extractos de las entrevistas. He actuado así porque creo que pueden ganar interés con el paso del tiempo. Dentro de unos años, cuando el científico social vuelva la vista atrás, quizá en busca de claves interpretativas de las consecuencias humanas y sociales de una nueva crisis, seguro que lo hará provisto de mejores herramientas teóricas, pero es posible que la lectura de los testimonios directos de quienes han sufrido ésta le sea de utilidad. (Aunque también es posible que se pregunte sorprendido cómo fue capaz la gente de aguantar tanto.)

La entrevista está estructurada en cuatro capítulos o bloques temáticos y 41 preguntas, unas relativas a la situación específica del parado, otras interesándose por su opinión respecto a diversas cuestiones de carácter general. Aunque se trataba de entrevistas abiertas, dado el volumen del material recogido durante el trabajo de campo (más de mil quinientas páginas de transcripciones), para facilitar el análisis posterior cada entrevistador procedió a codificar las respuestas. En algunos casos la operación era muy sencilla (¿Busca empleo? ¿Está cobrando subsidio o prestación? ¿Votó en las últimas elecciones generales?), en otros muy arriesgada. Reducir un discurso muchas veces matizado y aun contradictorio a un código numérico no siempre era prudente, en cuyo caso no se codificó. Así pues, la lectura de las codificaciones sirvió como puerta de entrada al examen del material, pero no eximió del análisis de todas y cada una de las entrevistas.

El libro está estructurado en siete capítulos. En el primero se exponen y critican las definiciones formales de parado, se contrastan con la noción popular y se acaba proponiendo un concepto complementario que hemos dado en llamar paro sociológico. Además, como ya se ha dicho, se explica por qué han sido entrevistadas personas autodefinidas como paradas a pesar de que formalmente no lo sean. El segundo capítulo es el más descriptivo. Se ocupa de la vida cotidiana del parado, cómo pasa el día, si está haciendo alguna actividad formativa, experiencias previas de paro, importancia que atribuye al trabajo, si busca empleo, cómo y con qué frecuencia, si percibe algún tipo de prestación o subsidio, exigencias respecto al empleo que busca, salario de reserva, familiaridad con el trabajo negro. En el tercero abordamos las cuestiones más delicadas de la entrevista: salud y estado de ánimo. Como veremos, el paro genera casi siempre malestar psicológico y en algunos casos afecta gravemente a la salud. En palabras de una entrevistada, el paro es un «comepersonas» y las entrevistas nos han dado la oportunidad de conocer situaciones verdaderamente dramáticas. Cuando desde gobiernos irresponsables y la ortodoxia económica se tiende a banalizar esta experiencia exagerando la tendencia del parado protegido a rechazar determinados empleos, es importante dejar constancia de lo que significa estar en paro tal como lo expresan quienes lo sufren.

El objeto del cuarto capítulo son las actitudes y opiniones políticas: conducta electoral, perfiles ideológicos, significado de los conceptos de izquierda y derecha, percepción de los impuestos. En particular nos interesaba saber si la experiencia de paro está alimentando algún tipo de radicalismo antidemocrático. De momento no es el caso, si bien se observa una fuerte desafección respecto al funcionamiento efectivo del sistema político. Dado el contexto en que se hicieron las entrevistas difícilmente podía ser de otra manera. En general el parado se siente abandonado a su suerte por los partidos políticos. También queríamos analizar hasta qué punto puede afectar la experiencia de paro a la orientación ideológica del individuo, pero lo que hemos encontrado invita a pensar que la relación causal funciona al revés: el paro afecta poco a la ideología, es más bien ésta la que permite entender y vivir el paro de una u otra manera. Siendo conscientes de que la evidencia empírica manejada no permite hacer extrapolaciones, nuestra impresión es que los parados no son políticamente muy diferentes del conjunto de la ciudadanía.

La percepción de la inmigración está vinculada sin solución de continuidad al universo político-ideológico, pero dada la importancia del tema hemos preferido dedicarle un capítulo aparte, el quinto. También en este caso sospechamos que los parados no son ni más ni menos xenófobos o solidarios que el conjunto de los españoles. En el capítulo sexto se analiza la paradoja sólo aparente de que el malestar individual que general el paro se traduzca en silencio colectivo y no en protesta organizada. Ahora sí podemos afirmar con rotundidad absoluta que en la actitud resignada de la gran mayoría de los parados no hay nada de misterioso. Quien se permite poner en duda la gravedad del problema aduciendo que si las cifras del paro fueran ciertas el tejido social reventaría, en realidad no sabe de qué está hablando. El parado tiene buenas razones para intentar escapar del desempleo o de sus consecuencias por su cuenta, individualmente. No obstante, en el breve capítulo final se sugiere a los sindicatos de clase mayoritarios que se planteen la posibilidad de contribuir a la organización y movilización colectiva de los parados dentro de su estrategia de lucha contra el paro, pues quiero pensar que si los parados hicieran más ruido el sistema político comenzaría a abordar este drama con más diligencia.


El trabajo de campo en que se basa este libro no hubiera sido posible sin la ayuda financiera, logística y humana de la Fundación 1º de Mayo, que me animó a embarcarme en una investigación cualitativa que tenía en mente desde hacía varios años. Empar Aguado, Pere J. Beneyto, Jesús Cruces, Luis de la Fuente, Vicente Esteban, Daniel Garrell, Alejandro Godino, Mario Lekumberri, Alicia Martínez, Amaia Otaegui y Pedro Reyes distrajeron desinteresadamente parte de su tiempo de trabajo para hacer las entrevistas y corregir las transcripciones. Yo mismo hice nueve, pues sigo pensando que ello facilita enormemente el análisis de contenido posterior. Clara Gudín fue la eficaz conexión entre los participantes en el trabajo de campo y el material que iban produciendo, desde que se grabaron las entrevistas hasta que quedaron listas para estudio. De su tratamiento estadístico así como del trabajo con los microdatos de la EPA, que se ha utilizado para discutir algunas cuestiones y contextualizar el análisis cualitativo, se encargaron Carles Simó y Juan Antonio Carbonell. Pere Beneyto, Pere Boix, Miguel Ángel García Calavia, Pere Jódar, Ramiro Reig, Mike Rigby y Francisco Torres tuvieron la generosidad de leer algún borrador y hacerme valiosos comentarios. Gracias a todos ellos y a los parados que se dejaron entrevistar descubriéndonos su intimidad. Algunos de sus testimonios será difícil olvidarlos.

PARO SOCIOLÓGICO

El análisis sociológico de los parados y la necesidad de disponer de un criterio de selección de las personas a entrevistar obligan a reflexionar sobre las definiciones formales de parado contrastándolas con la concepción social o popular. Fruto de esa reflexión es lo que vamos a llamar un concepto sociológico de parado en función del cual se considera también en tal situación –y por tanto susceptibles de ser entrevistados– a determinados colectivos que no son definidos convencionalmente como tales.

¿Qué es un parado? En España, como en el resto de países de la UE, hay dos definiciones formales y dos maneras de medir el paro. La primera (paro estimado) es la que utiliza el Instituto Nacional de Estadística (INE) en la EPA, que se aplica a una muestra representativa de la población. Se basa en las recomendaciones de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) así como en la normativa europea relativa a las Encuestas sobre las Fuerzas de Trabajo, por lo que da resultados homologables a nivel internacional. La segunda (paro registrado) es la que utiliza la Administración laboral en cada país, en nuestro caso el Servicio Público Estatal de Empleo (SEPE, el antiguo INEM); y como cada país define el paro registrado de acuerdo con sus propios criterios administrativos, en este caso no caben las comparaciones internacionales. Definiciones diferentes de un mismo hecho social tienen que dar lugar a resultados diferentes, si coinciden será por casualidad. De hecho, en España el paro estimado, que se conoce cada trimestre, suele ser muy superior al registrado, que se hace público cada mes. Excepcionalmente, desde 2005 durante algún tiempo ocurrió lo contrario [Pérez Infante, 2008]. Además de estas dos definiciones hay otra social o popular, obviamente no sistemática, pero que a los efectos que aquí interesan debe ser tenida en cuenta.

Las definiciones formales no pueden ser ambiguas, pero como se sabe una cosa es la realidad social en toda su complejidad y otra los conceptos que elaboran los científicos sociales para estudiarla e intentar comprenderla, que siempre la simplifican. Lo que aquí se sostiene es que el rigor conceptual se ha conseguido a costa de excluir del desempleo a un número relevante de personas catalogadas como ocupadas o inactivas que a nuestro entender deberían ser redefinidas como paradas. Si entre lo que podríamos llamar el paro «realmente existente» y el que estima la EPA o registra el INEM hay diferencias, éstas van en el sentido de que contabilizan menos (no más) parados que «los que hay». Contrariamente a lo que con demasiada frecuencia se afirma en el debate político, el defecto de nuestras estadísticas no es que cuenten como parados a quienes no lo son, sino que no consideran como tales a personas que en términos sociológicos pueden ser definidas como paradas. Como los detalles técnicos de los dos dispositivos de medición del paro, sus características y los cambios que han experimentado a lo largo del tiempo ya han sido analizados comparativa y exhaustivamente [Pérez Infante, 2006], en lo que sigue nos centraremos en las cuestiones conceptuales que desde nuestro punto de vista nos parecen más discutibles.

El paro estimado

Según el INE [2008], dejando de lado ciertas precisiones técnicas, parado es toda persona de 16 a 74 años que en el momento de entrevistarla cumple las tres condiciones siguientes: 1) Estar sin trabajo, es decir, no haber llevado a cabo ninguna actividad remunerada por cuenta propia o ajena durante la semana anterior; quien lo haya hecho al menos durante una hora es un ocupado. 2) Estar buscando activamente trabajo, es decir, haber tomado medidas concretas para encontrar un trabajo por cuenta ajena o haber hecho gestiones para establecerse por cuenta propia durante el mes precedente. 3) Estar disponible para trabajar, es decir, en condiciones de comenzar a hacerlo en un plazo de dos semanas a partir de la fecha de la entrevista. Quien no cumpla alguna de estas tres condiciones solo puede ser o un ocupado –una persona que a lo largo de la semana hizo algo a cambio de una remuneración al menos durante una hora, por ejemplo vender pañuelos en un semáforo, reponer las existencias de una gran superficie comercial durante la noche del domingo al lunes– o un inactivo, una persona que está fuera del mercado de trabajo, que no está en paro aunque no trabaje (por ejemplo un estudiante, un ama de casa). De acuerdo con esta definición, quien haya perdido su empleo, perciba la prestación contributiva correspondiente y, por la razón que sea, no haya buscado otro durante las cuatro semanas anteriores, no estará incluido en el paro estimado.

Tiempo de trabajo, paro y subempleo

El primer problema de esta definición se refiere al tiempo de trabajo semanal requerido para clasificar a una persona como ocupada. En la EPA hasta 1987 se distinguía entre ocupados en sentido estricto y marginales (aquellos que sólo trabajaban hasta un tercio de la jornada normal). Desde entonces, con motivo de la entrada en la UE y la pretensión de EUROSTAT de ir homogeneizando las estadísticas nacionales, la distinción desaparece y se aplica el criterio mínimo de una hora, que es muy poco restrictivo. Este criterio fue adoptado por la OIT cuando la situación normal en los países industrializados era el empleo estable a tiempo completo y la preocupación principal era medir el paro en tanto que situación extrema de falta absoluta de trabajo. Dadas las transformaciones que ha conocido el mercado de trabajo durante las últimas décadas, entendemos que dicho criterio debe ser revisado. Por otra parte, implícitamente se consideraba que la familia típica estaba constituida por individuos que desempeñaban roles sociales perfectamente definidos: preactivos (jóvenes estudiantes y sólo estudiantes), postactivos (jubilados y sólo jubilados), amas de casa (inactivas dedicadas a sus labores y sólo a sus labores) y cabezas de familia activos de los que dependían económicamente todos los demás (hombres adultos ocupados a tiempo completo o intentando serlo). Este tipo de familia, que se ha dado en llamar fordista, nunca estuvo tan extendido como en algún momento se ha creído [Carnoy, 2001], pero en todo caso entra en crisis cuando a mediados de los años setenta llega a su fin la época del pleno empleo, la educación postobligatoria y aun superior queda al alcance de las clases populares (con lo que la entrada en el mercado de trabajo se atrasa y complejiza), las mujeres adultas pretenden acceder al trabajo remunerado [Young, 2002] y los hombres maduros son expulsados del empleo mucho antes de la edad de jubilación. Con la eclosión del paro masivo, los perfiles de aquellos roles se difuminan y comienzan a florecer figuras híbridas, al tiempo que se desarrolla una franja intermedia entre quienes están ocupados a tiempo completo y quienes están absolutamente en paro: los subempleados –con sus dificultades de medición y sus correspondientes implicaciones en la estimación del desempleo [Bell y Blanchflower, 2013]–, que desde principios del siglo en curso comienzan a ser contemplados en las encuestas.

De acuerdo con los criterios de la OIT, existe subempleo cuando la ocupación de una persona, teniendo en cuenta su cualificación profesional, es inadecuada respecto a determinadas normas o respecto a otra ocupación posible. Se distingue entre subempleo invisible y subempleo visible. Según el INE, el primero es un concepto analítico que refleja una mala distribución de los recursos laborales o un desequilibrio fundamental entre éstos y otros factores de producción. Son síntomas característicos de esta situación el bajo nivel de ingresos, el aprovechamiento insuficiente de la cualificación del trabajador y la baja productividad [Budría y Moro-Egido, 2014]. Pero en la práctica la medición del subempleo se limita al visible, entendiendo como tal la situación en que se encuentran todas aquellas personas que, durante la semana de referencia, trabajan involuntariamente menos de lo que es normal en la actividad correspondiente y buscan o están disponibles para un trabajo adicional. En términos operativos, la EPA define como subempleados a todos aquellos ocupados –por cuenta propia o ajena– que trabajan a tiempo parcial por no haber podido encontrar un trabajo a jornada completa y están buscando otro empleo, o bien que están afectados por un expediente de regulación de empleo, con suspensión o con reducción de jornada, han trabajado menos de cuarenta horas durante la semana de referencia y buscan otro empleo. Discusiones sobre la manera de entender la voluntariedad al margen, creemos que hay buenas razones para redefinir al menos a una parte de todos estos subempleados como parados. Algo parecido ocurre con la distinción que hace la EPA entre trabajadores a tiempo completo y a tiempo parcial. La base para esta clasificación es la propia declaración del entrevistado, si bien con los límites de que no puede ser considerado trabajo a tiempo parcial el que sobrepasa habitualmente las treinta y cinco horas semanales, ni trabajo a tiempo completo el que no llegue a las treinta.

Búsqueda de empleo y paro

En relación con la condición de búsqueda activa de empleo aparecen tres problemas: el método que se utiliza, la intensidad con que se hace y la amplitud de la misma, es decir, el tipo de empleo y condiciones de trabajo a los que se limita la búsqueda. Por lo que se refiere al método, la EPA –de acuerdo con los criterios internacionales– es bastante flexible, ya que acepta cualquier sistema, desde el más formal (inscribirse en una oficina pública de empleo) hasta el más informal (consultar anuncios, interesar a familiares o conocidos). La única limitación al respecto es que el entrevistado debe ser capaz de mencionar cuando menos uno de los procedimientos que haya utilizado en su búsqueda de empleo. En cuanto a la intensidad (al menos una acción de búsqueda durante las cuatro semanas anteriores), el criterio de la EPA puede calificarse igualmente como más bien flexible. De hecho, quien sólo busque pasándose una vez al mes por la oficina de empleo a interesarse por lo suyo, puede despertar en más de uno dudas razonables sobre su verdadera condición. Finalmente, en relación con la amplitud, la actitud de búsqueda se considera compatible con el mantenimiento de ciertas exigencias en cuanto al empleo que se pretende conseguir, de manera que un parado no deja de serlo porque haya rechazado algunas ofertas. A nadie se le ocurriría negar la condición de parado a un médico que, pretendiendo ejercer su profesión, rechazase ocupar una vacante de administrativo. En el mismo sentido, puede considerarse razonable la actitud del joven licenciado que se resiste a aceptar trabajos descualificados; o la del ama de casa que sólo busca empleo cerca de su domicilio. Sin embargo, hay muchos casos, en particular cuando se está cubierto por la prestación, en los que reducir excesivamente la amplitud de la búsqueda puede asimismo alimentar sospechas sobre la verdadera condición del parado. Por ello, el punto en que acaba la actitud de búsqueda activa de trabajo (y por tanto la posición de paro) y comienza la situación de inactividad, es desde siempre objeto de polémica. En todo caso debe tenerse presente que, desde que a finales del siglo XIX se comenzó a conceptualizar el paro, nunca se ha exigido amplitud absoluta para definir como tal a una persona sin trabajo [Keyssar, 1986].

En la EPA actual a las personas sin trabajo y que no buscan empleo se les pregunta si hubieran querido tener uno durante las cuatro semanas anteriores y, en todo caso, el motivo principal por el que no lo han buscado. Entre las posibilidades de respuesta interesa destacar dos: 1) cree que no lo va a encontrar, 2) tiene que hacerse cargo de niños o adultos enfermos, discapacitados o mayores (la pregunta concreta es si el motivo de no haber buscado empleo es porque no hay servicios adecuados –o son demasiado costosos– para atender estas situaciones, lo que permite plantearse cuestiones relevantes relacionadas con la política de familia y el gasto social). Quienes no buscan porque creen que no lo van a encontrar estando disponibles para el empleo son los llamados desanimados, que la EPA clasifica entre los activos potenciales (inactivos). No es difícil defender que al menos una parte de ellos así como algunos de los no disponibles podrían ser contabilizados como parados.

Tradicionalmente en la EPA se ha incluido entre los parados a aquellas personas que, cumpliendo los demás requisitos, estuvieran inscritas en una oficina pública de empleo aun sin haber estado en contacto con ella ni utilizado ningún otro sistema de búsqueda durante las cuatro semanas anteriores a la realización de la entrevista. Se procedía así porque el antiguo INEM mantiene viva la inscripción como demandante de empleo durante tres meses y (presumiblemente) porque el INE sabe que la intervención administrativa en la realidad forma parte de ella y contribuye a moldearla. Así pues, y a nuestro juicio con buen criterio, el INE flexibilizaba el requisito relativo a la intensidad ampliándolo hasta tres meses y considerando buscador activo de trabajo a quien, en otro caso, habría sido clasificado como inactivo. A partir del primer trimestre de 2002, la entrada en vigor del Reglamento 1897/2000 de la Comisión Europea ha impedido la continuidad de esta práctica y obligado a modificar la definición operativa de búsqueda activa de trabajo. Desde esa fecha, la persona sin trabajo y disponible que sólo utilice como sistema de búsqueda la oficina pública de empleo, para ser integrada en el paro estimado tendrá que haber estado en contacto con dicha oficina y a ese fin (no, por ejemplo, para informarse sobre cursos de formación) al menos una vez en las cuatro semanas anteriores a la realización de la entrevista. El objetivo de esta norma no es otro que el de seguir impulsando la homogeneización de las estadísticas confeccionadas por los diferentes Estados miembros. Objetivo comprensible, pero que si no va acompañado de actuaciones similares en el ámbito de los correspondientes servicios públicos de empleo, puede alcanzarse al precio de convertir la encuesta en una especie de lecho de Procusto al que deben adaptarse los diferentes contextos socioeconómicos y administrativos nacionales.

Como en otras ocasiones, el cambio metodológico provocó reacciones encontradas en el ámbito sociopolítico, pues algunos se temían que en el caso español provocaría una reducción artificial de las cifras de paro. De hecho es lo que ha ocurrido. Al aplicar el nuevo sistema de cálculo a la EPA del cuarto trimestre de 2001, el paro cayó en casi un 20% (463.000 efectivos) y la tasa se redujo en 2,3 puntos [Pérez Infante, 2006: 114-115]. Pero al final se impuso la óptica de EUROSTAT. Los niveles históricamente bajos de paro estimado alcanzados desde entonces hasta el estallido de la crisis tienen que ver también con este hecho, y no sólo con el fuerte crecimiento del empleo que conoció la economía española durante aquellos años.

Las objeciones a las definiciones de empleo, paro e inactividad en cuestión no son nuevas. En realidad surgieron poco tiempo después de que se formularan y comenzaran a utilizarse, primero a partir de 1940 en Estados Unidos en el Current Population Survey (equivalente a la EPA), y después en cada vez más países. De hecho han sido objeto de discusión en diversas ocasiones, en particular a partir de la crisis de los años setenta, cuando el paro reaparece como problema [Shiskin, 1976; Mouly, 1977]. Por razones que no hace falta explicitar, el debate tuvo especial intensidad en la España de la época [Leguina, 1977; Denti, 1979; De Miguel, 1981]. Cabe pensar que si no han sido retocadas en alguna de las conferencias de estadísticos del Trabajo que se celebran periódicamente en la OIT es porque no se ha conseguido alcanzar un acuerdo sobre las posibles alternativas. Habrá quien defienda que el criterio de búsqueda es demasiado restrictivo y que debería ser suficiente con que una persona expresara su deseo de trabajar para definirla como parada; otros sostendrán que entre el trabajo decente y el desempleo absoluto la distancia es demasiado larga, y que algunos infraocupados deberían asimismo ser redefinidos como parados. Sea como sea no es fácil argumentar a favor de seguir excluyendo a ciertos colectivos del paro estimado. Sin modificar las definiciones oficiales ni su operativización técnica, lo que sí podría hacerse en aquellos países como España donde hay una gran diferencia entre la población ocupada y la que está en edad de trabajar es calcular y publicar varias tasas de paro, como se hace en Estados Unidos desde mediados de los años setenta. Por ejemplo allí, en 2007, mientras la tasa de paro convencional (U-3) era del 4,6%, la U-4 (incluyendo a unos desanimados no definidos como los de la EPA) ascendía al 4,9; y la U-6, que incorpora además a colectivos como algunos subempleados y quienes no pueden trabajar porque tienen niños a su cargo, se situaba en el 8,3% [Haugen, 2008].

El paro registrado

El concepto de paro registrado que se utiliza en España ha sido también objeto de diversas consideraciones críticas [Durán y Hernando, 2000; Pérez Infante, 2000; Giráldez, 2001]. El antiguo INEM elabora sus estadísticas de paro a partir del registro continuo de demandantes de empleo inscritos en sus oficinas; de manera que el paro registrado puede definirse, en principio, como el conjunto de personas no ocupadas que permanecen inscritas en este servicio público como demandantes de empleo el último día de cada mes. A los efectos que nos interesan este tipo de paro presenta tres inconvenientes. En primer lugar, lógicamente no puede contemplar a quienes no utilizan estas oficinas para buscar empleo. La inscripción no siempre es obligatoria. En particular, los que buscan primer empleo y los que no tienen derecho a prestación contributiva o asistencial lo harán o no en función de la confianza que depositen en el servicio público como agencia de colocación. Quien no lo haga y cumpla los criterios de la EPA formará parte del paro estimado pero no del registrado (pero también puede ocurrir lo contrario, por ejemplo cuando un inactivo EPA se inscriba como demandante de empleo para acceder a determinados beneficios). En segundo lugar, como un ocupado también puede buscar otro empleo, la lista de demandantes tiene que ser depurada de las personas que se encuentran en esta situación. Así se hace, cruzándola con los ficheros de afiliación (altas y bajas) a la Seguridad Social. Obviamente, quienes están ocupados en condiciones de economía sumergida salvan este filtro, con lo que una persona que a efectos EPA está ocupada puede estar a la vez registrada como parada (en particular si está cobrando por desempleo). A este respecto puede objetarse que quien trabaja en negro puede tener buenas razones para enmascarar su situación ante la EPA. Es posible, pero debe recordarse que lo que se pregunta es si se trabajó aunque sólo fuera durante una hora, no bajo qué circunstancias contractuales. En cualquier caso, dentro de su lógica la EPA es muy fiable y no parece que el efecto ocultación tenga consecuencias relevantes sobre los parámetros estimados del mercado de trabajo. Sí es relevante, por el contrario, la cuestión de cómo definir sociológicamente el heterogéneo colectivo de ocupados en negro [Sanchis, 2005].

Pero el defecto más grave del concepto de paro registrado es que deja fuera a un buen número de demandantes de empleo no ocupados. Los requisitos que se exigen para definir a una persona no ocupada como parada fueron establecidos en 1985 por Orden del Ministerio de Trabajo y tienen poco que ver con los de la EPA. Los criterios de exclusión más cuestionables son los siguientes: 1) todos los mayores de 65 años, 2) menores de esa edad que cobren por jubilación, 3) estudiantes de enseñanza reglada menores de 25 años (o mayores demandantes de primer empleo), 4) alumnos de formación ocupacional demandantes de primer empleo que superen las veinte horas lectivas a la semana y tengan beca de manutención, 5) beneficiarios de prestaciones por desempleo que participen en trabajos de colaboración social, 6) personas que demandan sólo un empleo de ciertas características (a domicilio, para menos de tres meses o de jornada inferior a veinte horas semanales), y 7) trabajadores eventuales agrarios beneficiarios del subsidio especial por desempleo.

Desde 1988 se excluye también a los demandantes que rechacen acciones de inserción laboral consideradas adecuadas a sus características. Además, sin que se sepa muy bien por qué, parece que nunca se ha incluido a quienes teniendo un contrato laboral fijo discontinuo se encuentran en el periodo de inactividad. Además, hasta 2005 los extranjeros quedaban fuera del paro registrado.

No debe extrañar pues que el paro estimado sea mayor, a veces mucho mayor, que el registrado, dado que el concepto que se utiliza en este último caso es claramente más restrictivo. A pesar de ello hay que insistir en que es posible que una persona definida como inactiva en la EPA esté incluida en la estadística de paro registrado, como es el caso de quien teniendo viva su inscripción no ha pasado por la oficina durante el último mes y no utiliza otro método de búsqueda, o del prejubilado que todavía cobra la prestación por desempleo pero ya ha renunciado a volver al trabajo.

El parado en el imaginario social

El concepto de parado no remite sólo a una situación reconocida formalmente, sino también a una condición social definida a partir de la propia experiencia y de los sentimientos que se generan en torno a la persona en paro. Es importante tener en cuenta la idea de parado dominante en el imaginario colectivo en un momento dado porque de ella deriva su percepción como problema social y, en consecuencia, la obligación por parte del Estado de hacerle frente.

De acuerdo con Accornero y Carmignani [1986] puede afirmarse que la representación social del parado se basa en una condición necesaria (la falta de trabajo) y dos suficientes: la necesidad objetiva de ese trabajo y la voluntad subjetiva de aceptarlo. Así pues, la definición social del parado implica, en primer lugar, un juicio sobre la legitimidad de la demanda de un bien escaso como es el trabajo (a mayor necesidad, mayor legitimidad); y en segundo lugar un juicio sobre la responsabilidad que corresponde a quien está en desempleo: a menor voluntad de aceptar un empleo, menor obligación por parte de la sociedad de ocuparse del parado. Dicho en otras palabras, en el ámbito de las representaciones sociales el auténtico parado es quien busca persistentemente trabajo por todos los medios a su alcance (incluyendo la inscripción en la oficina de empleo), necesita urgentemente los ingresos derivados de ese trabajo (y mientras no lo tenga tendrá que recurrir a algún tipo de ayuda privada o institucional), y está dispuesto a aceptar lo primero que le ofrezcan para escapar del paro. Es el obrero con familia a cargo que ha perdido su empleo quien mejor ejemplifica todavía la representación social del parado.

En la medida en que quien no tenga trabajo se aleje de este estereotipo comenzarán a aparecer las sospechas sobre su verdadera condición; sospechas que se trasladarán inmediatamente a la discusión sobre las auténticas causas del paro y los remedios más efectivos para hacerle frente. Forzando un tanto los términos podríamos decir que lo que estimula la discusión es la confrontación entre dos representaciones extremas del paro que son un trasunto de las que ha tenido tradicionalmente la pobreza: algo que sufren algunas personas que necesitan nuestra ayuda para superarlo o paliar sus consecuencias (el parado como víctima); o bien, situación que de alguna manera se han buscado algunos individuos, en la que están instalados más o menos cómodamente, de la que pueden salir en cuanto se lo propongan, y que en todo caso no son merecedores de nuestra ayuda (el parado como culpable). Fenómenos como el llamado desempleo paradójico [D’Iribarne, 1990], es decir, la coexistencia de paro entre autóctonos y la necesidad de recurrir a la inmigración en algunos sectores de actividad, no hacen sino reforzar la sospecha de que el verdadero problema de muchos parados es que en realidad no quieren trabajar.

En términos lógicamente mucho más sofisticados, esta dialéctica víctimas-culpables que atraviesa las representaciones sociales del paro está también presente en la controversia científica acerca de la manera más adecuada de proteger a los parados, esto es, sin estimular las conductas inadecuadas [Suárez, 2006]. Desde el punto de vista económico el objeto de análisis suele ser la relación entre el nivel y duración de las prestaciones por desempleo y el del paro. En general se acepta que el dispositivo de protección alarga moderadamente la permanencia en el paro, permitiendo que el parado sea más selectivo en su búsqueda de empleo. Difícilmente podría ser de otra manera. Ahora bien, de ahí a acabar sugiriendo que el recorte de prestaciones sea un procedimiento eficaz para evitar sus reales o supuestos efectos perversos y reducir significativamente el paro, hay un paso demasiado largo que muchos estudiosos del tema nunca han dado. Unos señalan que el desempleo estructural masivo (el que no tiene nada que ver con la conducta de los parados) nunca se reducirá por esta vía; otros afirman que una eventual caída del paro de larga duración puede verse acompañada de un aumento del paro recurrente generado por la peor calidad del empleo conseguido, mostrándose muy prudentes a la hora de proponer políticas [Sanchis, 2003; Krueger y Mueller, 2010]. Pero el hecho es que todas estas cautelas tienden a desaparecer en el camino que va del debate científico al político, donde no son pocas las intervenciones que magnifican una imagen del parado como aprovechado que al final cala en la opinión pública. Así, mientras la ciudadanía suele oponerse en bloque a los recortes en sanidad, educación o pensiones, ante las políticas de mercado de trabajo tiende a mostrarse dubitativa. Conscientes de ello, desde los años ochenta en las sociedades postindustriales los Gobiernos han sido más proclives a complicar la vida de los parados endureciendo los requisitos de acceso y permanencia en los dispositivos de protección que a tocar otras instituciones del Estado de bienestar, pues sospechan que el coste político es menor. A veces, antes de proceder preparan a la opinión pública mediante campañas que enfatizan los abusos de algunos parados [Del Pino y Ramos, 2013]. En consecuencia, la maniobra de descargar el coste social del paro sobre quienes lo sufren queda legitimada ante la ciudadanía.

A falta de evidencia empírica, quizá no sea descabellado suponer que la imagen tradicional del parado en la sociedad española es más coherente con la de víctima que con la de culpable, aunque el tema de la economía sumergida tiende a empañarla. El peso de la cultura católica frente a la protestante (más propensa a identificar conductas individuales inadecuadas), el recuerdo de las migraciones masivas de los años sesenta huyendo del hambre y del desempleo, y aun de la Gran Depresión de los treinta, aquí mezclado con las convulsiones de la Segunda República y la Guerra Civil, pueden haber contribuido a definir socialmente al parado como una persona (en particular un cabeza de familia) víctima de las circunstancias que necesita imperiosamente trabajo (o ayuda mientras lo busca) para poder salir adelante. Ahora bien, el cliché que asocia fuertemente el paro a la pobreza absoluta, a la condición obrera y, por ende, al conflicto social, cuando se contrasta con la realidad del desempleo a partir de los años ochenta, puede estar contribuyendo asimismo a que gane credibilidad la imagen del parado como pícaro que se las sabe todas para vivir a costa de los demás, una imagen no por minoritaria menos presente en nuestra tradición.

En la España postindustrial el paro ha dejado de ser algo que ocurre sólo a los trabajadores manuales. Hoy en día son muy pocas las categorías ocupacionales a salvo del desempleo, si bien la probabilidad de experimentarlo no es la misma en cada caso. A pesar de que la pobreza severa se ha desarrollado con fuerza durante la crisis de estos años, cuyo coste social es enorme, la gran mayoría de los parados no caen en ella, y el coste político del paro de momento sigue siendo relativamente bajo (desafección). Al menos es mucho menor que el que se pagaba antes de la Gran Depresión de los años treinta, cuando el primer problema interno de todo Gobierno era mantener el orden público frente a una clase obrera cada vez más fuerte y organizada siempre a punto de la insurrección. Todo ello hace que la ciudadanía contemple el paro masivo con mucha preocupación pero también algo de escepticismo. Quienes sostienen –a veces inspirándose en las reflexiones poco meditadas de algunos científicos sociales en los medios de comunicación a propósito de la economía sumergida– que si hubiera tanto paro como el que señalan las estadísticas el tejido social reventaría, olvidan que los dispositivos de protección del desempleo (insuficientes pero de un coste cercano a los 30.000 millones de euros anuales desde que comenzó la crisis), y las redes solidarias de unas unidades familiares mucho más solventes que no hace tanto tiempo (cierto que con dificultades crecientes), están impidiendo que en gran número de casos el desempleo conduzca a una privación insoportable de recursos económicos. Además, como veremos en su momento, la percepción de que en realidad hay mucho falso parado y un fraude significativo a los dispositivos de protección del desempleo es errónea. Vincular mentalmente desempleo y pobreza no deja de tener su lógica, pero en realidad es una operación tan cuestionable como la de emparejar ocupación con riqueza. En la España de hoy la relación entre paro y pobreza es cuando menos ambigua [Carabaña y Salido, 2010; Gutiérrez y García Espejo, 2010]. En cambio, España es uno de los países de la UE con un nivel más alto de trabajadores ocupados bajo el umbral de la pobreza, colectivo que no ha dejado de crecer desde que estalló la crisis [Aragón y otros, 2012]. No se pretende con esto minusvalorar la gravedad del problema del paro, pero sí evitar confundirlo con otros con los que estuvo fuertemente asociado en otro tiempo. Paro y miseria ya no son sinónimos

El paro sociológico

Como ya se ha dicho, la investigación de la que deriva este libro pretende comprender qué significa estar en paro y qué consecuencias tiene para las personas que lo experimentan. Por tanto hay que partir de una definición de parado que permita identificar a los interlocutores adecuados. Esa definición no tiene por qué ser mejor que otras y no se postula como más próxima al paro «real», entre otras razones porque tal paro no existe. Mejor dicho, hay tantos «paros reales» como definiciones demos del mismo. Tan real es el paro estimado como el registrado, el popular o nuestro paro sociológico. La única forma de no quedar enredado en este tipo de polémicas es comenzar explicitando cuál es el problema que preocupa, formular las correspondientes hipótesis interpretativas y, a partir de ahí, establecer las categorías teóricas y operativas que van a utilizarse para abordarlo [Reyneri, 1996: 39-40]. Pues bien, a los efectos que aquí interesan ni el concepto de paro registrado ni el de estimado nos sirven, porque dejan fuera a demasiada gente. No contemplan a personas a las que cualquier ciudadano, utilizando algunos de los elementos con que se construye la definición social de parado, identificaría como tales a pesar de que no estén disponibles en dos semanas, a pesar de que no hayan buscado durante las cuatro semanas anteriores, de que no estén inscritas en la oficina de empleo, aun a pesar de que estén infraocupadas. Personas que aspiran a tener un empleo «de verdad», de esos que permiten obtener unos ingresos por encima del umbral de pobreza y cotizar a la Seguridad Social; personas que no conciben su futuro al margen de un empleo de ese tipo. En consecuencia, sostenemos que hay dos tipos de paro sociológico formalmente oculto: el constituido por todos los inactivos desanimados y el constituido por una parte de los subempleados clasificados estadísticamente como ocupados. A estos dos tipos se les puede agregar un tercero que estaría formado por una parte de los jóvenes que vamos a llamar nininis, jóvenes que ni estudian ni trabajan ni buscan empleo y que son clasificados estadísticamente como inactivos.

Lo que la sociedad espera hoy de los jóvenes cuando acaban la etapa educativa obligatoria, distinguiendo apenas entre ellos y ellas, es que estén ya ganándose la vida o que sigan preparándose para hacerlo en un empleo mejor tras completar estudios adicionales. En relación con esas expectativas, de un tiempo a esta parte preocupa el problema de los ninis, término acuñado a finales de los años ochenta en el Reino Unido (neets) y que hoy se utiliza en la UE para designar a aquellos jóvenes (15-29 años) que, independientemente de su nivel educativo, ni están ocupados ni integrados en los dispositivos formales de educación o formación. En 2011 esta situación afectaba a catorce millones de europeos [Eurofound, 2012], y su tratamiento en las EPA es objeto de discusión [Dietrich, 2013]. Una situación que preocupa porque, consecuencias económicas al margen, se considera que puede acabar debilitando el vínculo social, empujando a muchos ninis hacia lo que Castel ha llamado desafiliación.

Ahora bien, desde este punto de vista el concepto de nini es poco útil, por no decir absolutamente inadecuado. Al no discriminar por niveles educativos ni edad reduce a una misma categoría situaciones muy dispares. La gran mayoría de los ninis están buscando empleo, intentan integrarse en la sociedad por la vía del trabajo. Entre los 25 y 29 años hay gente con una o dos titulaciones universitarias que piensa con razón que ya está suficientemente formada y que ahora lo que toca es buscar trabajo. Por tanto en principio no tendría por qué ponerse en duda que son ciudadanos tan cabales como los adultos en su misma situación. En cambio los nininis, en particular quienes abandonan demasiado pronto el sistema educativo, podrían ser un subproducto del paro juvenil, que estaría generando una categoría de personas incapaces de construirse una identidad que dé sentido a sus vidas. Este es el problema verdaderamente preocupante.

Operativizar el concepto de paro sociológico para aplicarlo a los microdatos de la EPA y saber de cuánta gente estamos hablando no plantea dificultades insuperables. Con el primer tipo no hay ningún problema, está perfectamente identificado en la encuesta y el mismo INE se ha ocupado de él en alguna ocasión. Entre el primer trimestre de 2011 y el primer trimestre de 2014 los inactivos desanimados pasaron de 398.800 a 483.600 efectivos [INE, 2014]. El desánimo afecta más a las mujeres, a las personas con niveles educativos más bajos (hasta ESO), a quienes tienen más de 44 años y a los que llevan más tiempo en paro. Carles Simó y Juan Antonio Carbonell, utilizando EPA enlazadas, han seguido la trayectoria de los parados de larga duración (al menos un año en paro) entre el primer trimestre de 2006 y el tercero de 2011. En torno al 14% de quienes se encuentran en esta situación seis trimestres después se convierten en desanimados. Por lo que se refiere al segundo tipo (subempleados), podemos considerar en paro sociológico a todos aquellos que sólo han trabajado hasta 10 horas durante la semana y están buscando otro empleo para poder trabajar más tiempo. Un supuesto más bien restrictivo. En cuanto a los nininis –aplicando este concepto sólo a los que tienen entre 16 y 24 años y dejando al margen los desanimados para no contarlos dos veces–, podemos redefinirlos como parados sociológicos o mantenerlos como inactivos en función del motivo por el que no buscan empleo. Todo esto ya lo hemos hecho en otra ocasión [Sanchis y Simó, 2014] operando con los microdatos correspondientes al cuarto trimestre de 2011. En el cuadro I están resumidos los resultados.

Cuadro I.

Paro estimado y paro sociológico (4º trimestre 2011)


Paro estimado 5.273.600
Paro sociológico 808.574
Trabajadores desanimados 391.867
Infraocupados 320.325
Algunos nininis 96.382
Paro estimado + paro sociológico 6.082.174
Tasa de paro EPA 22,85%
Tasa de paro sociológico 25,80%

Fuente: EPA, IV-2011 (elaboración propia).

Los tres tipos de paro sociológico ascienden a un total de 808.574 efectivos. Los 320.325 infraocupados que quieren trabajar más son el 59% de los 542.148 ocupados que sólo lo han hecho durante un máximo de 10 horas en toda la semana. Sobre un total de 197.129 nininis (el 8,20% de los jóvenes inactivos) hemos considerado en paro sociológico a 96.382. El motivo que aduce la gran mayoría de éstos (76.636) para no buscar empleo es que tienen que hacerse cargo del cuidado de personas dependientes o de otras responsabilidades familiares o personales. Es muy significativo que 58.120 de esos 76.636 nininis sean mujeres. Teniendo en cuenta que la mayoría de ellas son solteras, cabe suponer que esas funciones se ejercen casi exclusivamente en la familia de origen. Como además el rol tradicional de mujer apenas encuentra ya defensores entre los jóvenes, todo induce a pensar que estamos ante una de las consecuencias del bajísimo gasto social en política familiar [Navarro, 2009], que obliga a la hija a ayudar a la madre o hacer de ama de casa vicaria. Un factor de tipo estructural que refuerza nuestra opción por redefinir estos nininis como parados sociológicos. Porque si el gasto público social estuviera en la media de la UE-15 buena parte de estos nininis y muchas más mujeres adultas podrían estar trabajando a cambio de una remuneración o al menos buscando empleo.

Conclusión: Las definiciones oficiales excluyen a colectivos susceptibles de ser considerados como parados, lo que sugiere la pertinencia de utilizar otras –no alternativas pero sí complementarias– que permitan hacerse una idea más ajustada de la situación del mercado de trabajo. Los distintos conceptos de paro que se utilizan en Estados Unidos contemplando colectivos similares a los que aquí hemos considerado en paro sociológico son un buen ejemplo en el que inspirarse. En todo caso, si la ciudadanía considerada fundamentada la argumentación aquí desarrollada, debe aceptar sin reservas que la EPA no cuenta más parados de los que hay. Frente a un paro estimado de 5.273.600 efectivos en el cuarto trimestre de 2011, nuestra recalculación da como resultado que, «en realidad», en esa fecha había 6.082.174 parados. Dicho en otras palabras, el paro estimado se habría incrementado en un 15,33% y la tasa de paro habría subido casi tres puntos. Aplicando ese 15,33% al paro estimado en el primer trimestre de 2013 (6.202.700 personas), la cifra de paro «real» ascendería a 7.153.574. El lector interesado puede repetir el ejercicio con los últimos datos a su disposición.

LA VIDA COTIDIANA DEL PARADO

Se habla mucho, pero se sabe sistemáticamente muy poco de lo que hacen o dejan de hacer los parados. Lo que ahora nos proponemos es contribuir a colmar ese déficit de conocimiento adentrándonos en la vida diaria de los entrevistados. Sobre todo nos interesa contrastar la consistencia de algunos lugares comunes acerca de la tendencia de los parados a abusar de los dispositivos de protección, si bien debe reconocerse que la gravedad y duración de la crisis en curso ha obligado a los defensores de este tópico a moderar sus intervenciones en el debate público. Abordaremos cuestiones como la intensidad y métodos de búsqueda de empleo y las exigencias al respecto. Dedicaremos particular atención al significado que se le atribuye al trabajo, al tema de los falsos parados y el trabajo negro y al uso del tiempo. Es importante saber hasta qué punto el parado tiene organizada su vida cotidiana, si controla la situación en que está inmerso o se deja zarandear por ella y acaba siendo un individuo desorientado que no encuentra sentido a nada de lo que hace.

La gran mayoría de los entrevistados (70) están en paro por causas objetivas (reducción de plantilla, cierre de la empresa, fin de contrato). Sólo en seis casos se hace referencia a algún motivo que puede codificarse como personal: 1) Un licenciado universitario de 27 años que desde los 16 trabaja de camarero durante los fines de semana en un salón de bodas y de socorrista en verano. Con eso y becas se sacó la carrera. Por tanto, estadísticamente es un ocupado Hace cinco meses renunció a su empleo de vendedor a comisión para hacer un master (AMM-4). 2) Un okupa de 25 que trabajando unos dos meses al año (jornalero agrícola, camarero) tiene suficiente para vivir. Estadísticamente es un inactivo (JMLV-8). 3) Un hombre de 28 que al acabar la ESO entra a trabajar en una fábrica de pasteles. Seis años después deja el empleo porque tiene expectativas sólidas de encontrar otro mejor, el asunto no cuaja y no le readmiten. Desde entonces lleva seis años en paro (JCT-1). 4) Una mujer de 41 que tras la maternidad a los 29, de acuerdo con su marido, renuncia al nuevo contrato indefinido en los grandes almacenes donde llevaba trabajando tres o cuatro años como temporal a causa de las dificultades de conciliación. Actualmente en proceso de separación, busca empleo desde hace siete meses (PRM-6). 5) Un hombre de 51 despedido a los 47 estando de baja a causa de una lesión de espalda no reconocida como enfermedad laboral. En paro desde entonces (ESV-2). Y 6) Un hombre de 50 comercial en una concesionaria de venta y reparación de vehículos, quince años en el sector, más de cinco en la empresa. Diez meses en paro, hace unos dos años la empresa empezó a deshacerse poco a poco de gente para evitar el ERE. Considera que fueron por él:

Mi despido ha venido generado porque se me ocurrió comentarle a un compañero que me iba a presentar a las siguientes elecciones sindicales. […] Tenía contrato indefinido, aunque eso no sirve para nada. Y a raíz de ahí pues se conoce que llegó a oídos de… y si tú tienes idea de que este fulano puede ser conflictivo o va a ser muy reivindicativo, pues tratas de quitártelo de en medio. […] Presentaron una cuenta de resultados de no sé cuántos años que quedaba claro que habían bajado las ventas. ¡Pues claro, si se dedicaban a la venta de automóviles! […] La gente que no es fácil de manejar, en algunos sitios no interesa. [JAM-2]

¿Cuál es la primera reacción ante el paro? Pueden distinguirse dos respuestas típicas. Por una parte los ocupados del mercado de trabajo primario que han seguido una trayectoria laboral de tipo fordista. Para éstos supone una auténtica sorpresa, algo que nunca pensaron que les podría ocurrir a ellos. El paro se les viene encima como un mazazo. Por otra parte los ocupados del mercado secundario familiarizados con la precariedad. No es la primera vez que se encuentran en esta situación y la viven con cierta normalidad. Tanto en un caso como en otro, durante las primeras semanas muchos experimentan una especie de alivio: por fin se acabó la incertidumbre y tensión que tuvieron que soportar en la última etapa de ocupados, cuando empezaron a sospechar que la cosa acabaría mal. Luego viene la búsqueda cada vez más ansiosa de empleo; finalmente, en muchos casos, la adaptación resignada a la nueva condición de parado. Ilustrar la primera respuesta con algún testimonio es muy sencillo:

No es la primera vez que estoy en el paro. Anteriormente, con 49 años, ya estuve quince días nada más, y aquella situación la recuerdo…, una situación tremenda, no la asimilaba. Yo estoy trabajando toda mi vida, desde los 18 años, en una empresa familiar [fundada por mi padre] […] y yo eso de estar parado sin hacer nada no me entraba en la cabeza, era una cosa que no comprendía. Entonces lo pasé muy mal, una sensación absolutamente nueva. En esta segunda ocasión, aunque también ha sido por supuesto fatal, porque entre otras cosas ya tengo una edad que pienso que no tengo ya prácticamente ninguna posibilidad…, pero ya iba como más preparado porque ya tenía experiencia y sobre todo porque pasamos un par de años muy malos en la empresa, y después el ERE y tal. En fin, digamos que estaba más preparado. [PRM-5]

El contrapunto nos lo ofrecen un trabajador de la construcción y una licenciada en Derecho de 49 años. Casada sin hijos, consiguió su primer contrato de trabajo a los 24 «en el plan de choque contra el paro, de plan para hoy y hambre para mañana, de fomento del empleo juvenil, cuando el primer Gobierno socialista contrató a mansalva interinos para todo tipo de administraciones. Entonces entré en la Administración Pública». Desde entonces no ha dejado de cambiar de empleo: «Uf, legales tengo quince contratos diferentes, en diferentes puestos de trabajo». Lleva 38 meses en paro: «Ya me lo esperaba, no era la primera vez. Es toda una vida dedicada al paro. Como he estado toda la vida entrando y saliendo, y prácticamente mi vida ha sido la de parada con algún periodo extra de contrato basura, pues era volver a la situación normal, que es la de parada. Ahora, sí que fui consciente de que ya no volvería a entrar en el mercado laboral» (VEZ-1). El de la construcción lo cuenta así:

Yo tengo 51 años, he conocido otras crisis, estoy en el gremio de la construcción, me han despedido muchas veces […] y digamos que estoy acostumbrado. Mi situación se la planteo yo a una persona que lleva veinte años fijo en una empresa, que tiene mi misma edad, y yo creo que esa persona sí está cagada del todo. […] Tú conoces el gremio y lo sabes, o sea, son miles de contratos, porque son circunstancias técnicas; entonces te acostumbras. [PRM-1]

Más de la mitad (51) llevan más de doce meses sin trabajo y muchos de ellos ya cuentan este periodo vital en años, tantos como los de crisis. Este dato no debe sorprender a nadie, ya que el paro de larga duración se ha multiplicado durante este periodo. Carles Simó y Juan Antonio Carbonell, en su análisis ya mencionado de las EPA enlazadas, han estudiado dónde han acabado un año y medio después (seis trimestres) cuatro muestras de parados de larga duración:

1ª (T1-2006 a T2-2007): ocupados, 32,42%; parados, 49,76%; inactivos, 17,82%.

2ª (T3-2007 a T4-2008): ocupados, 28%; parados, 52,98%; inactivos, 19,02%.

3ª (T1-2009 a T2-2010): ocupados, 22,34%; parados, 62,66%; inactivos, 15%.

4ª (T3-2010 a T3-2011): ocupados, 18,76%; parados, 65,53%; inactivos, 15,71%.

Casi todos los inactivos eran desanimados. Asimismo, al aplicar regresiones logísticas a la EPA del cuarto trimestre de 2011 observan que, independientemente del nivel educativo, el riesgo de acabar en paro de larga duración es un 24% superior entre las mujeres y que los mayores de 44 años tienen 4,3 veces más probabilidades de permanecer en esta situación que el grupo de 16 a 24 años. Si queremos entender qué significa estar en desempleo y qué consecuencias tiene, son las vivencias de los parados de larga duración las que han de centrar nuestra atención.

Cincuenta y cinco ya habían estado en paro en alguna otra ocasión, mientras que para 28 es la primera vez. 51 han cambiado más de dos veces de empleo, 21 sólo una o dos veces, y 14 han perdido el único empleo que tuvieron. Muchos (45) no perciben ningún tipo de ayuda económica, bien por haberla agotado, bien por no tener derecho a ella. Por el contrario, 27 están cobrando la prestación contributiva y otros 15 perciben el subsidio asistencial (por lo general 426 euros mensuales).

Casi todos (77) podrían incorporarse al empleo que se les ofreciese en un plazo máximo de dos semanas, es decir, cumplen una de las dos condiciones que exige la EPA para definir a una persona no ocupada como parada. Y sólo 14 manifiestan no estar buscando empleo frente a 73 que sí lo hacen, siendo en general la búsqueda muy intensa, incluso diaria. Así, 56 dijeron que habían hecho alguna acción de búsqueda durante la semana anterior. Setenta y dos, por tanto muchos más de los 42 que cobran prestación o subsidio, están registrados en las oficinas del antiguo INEM, lo que no significa que todos los que cobran estén buscando efectivamente empleo. La mayoría compagina varios métodos de búsqueda. Entre ellos destaca el recurso a Internet por parte de 44, lo que explica que se busque también durante los domingos. El reparto de currículums se sigue utilizando aunque con gran escepticismo, así como el recurso a familiares y conocidos.

Cincuenta manifiestan buscar «cualquier tipo de empleo», mientras que 34 utilizan algún criterio discriminante:

De momento estoy siendo selectiva, no me apetece ir a lo que sea, porque entiendo que no sería justa conmigo misma; llevo muchos años…, creo que puedo ofrecer mucho en mi perfil y voy a intentar que sea en ese perfil, en el de la documentación y la archivística o en el de la educación. […] Llevo muchos años currando y formándome en esos campos […]. Aunque sé que la situación aboca a que termine buscando de cajera de supermercado, de momento me niego a eso. [PRM-3]

Las exigencias al respecto están directamente relacionadas con la cualificación e inversamente con la duración del desempleo, si bien el desasosiego por encontrar ya un empleo cualquiera puede comenzar pronto. 51 estarían dispuestos a cambiar de domicilio y 61 a dormir fuera de casa algunos días a la semana si el empleo que se les ofreciese lo requiriera. Los 24 y 12 que respectivamente dicen lo contrario suelen remitir a complicaciones familiares o al sobrecoste que ello supondría, no compensado por los ingresos esperados.

Salario de reserva, ventajas del paro y significado del trabajo

«Aprovechándose del paro a veces algunas empresas ofrecen empleos en condiciones abusivas. A su entender, ¿por menos de qué cantidad de dinero no debería un trabajador aceptar un empleo?» Es así como introdujimos en la entrevista lo que el análisis económico llama salario de reserva: aquella cantidad por debajo de la cual un individuo, por las razones que sean, no está dispuesto a aceptar un empleo. Los economistas ortodoxos vinculan el salario de reserva a prestaciones por desempleo demasiado generosas, inducidas por la presión sindical, que provocarían paro voluntario y conducirían al parado hacia la trampa del desempleo de larga duración, del que después le será más difícil salir.

Otra manera de enfocar la cuestión, inspirada en el pensamiento económico de Alfred Marshall, sostiene que «el mercado de trabajo no puede entenderse sin tener en cuenta que los participantes, en ambos lados, tienen ideas muy claras de lo que es justo e injusto» [Solow, 1992: 23]. Esto lo dice un economista, no un moralista. Si no se respeta cierto límite por debajo del cual el trabajador sabe que tiene derecho a rechazar un empleo y el empleador que no lo tiene a ofrecerlo, el mercado no funciona. Desde este punto de vista el salario de reserva sería la consecuencia lógica de unas normas sociales derivadas de esas ideas que impiden el desbocamiento de una competencia hobbesiana por el empleo disponible que acaba perjudicando sobre todo a los vendedores de fuerza de trabajo, pero a la larga también a los compradores. Los dispositivos de protección por desempleo también guardan cierta relación con esas normas, que explican por qué los salarios no suelen bajar en proporción cuando el paro alcanza un nivel significativo. Lo que está ocurriendo a este respecto en España con motivo de la crisis puede interpretarse como un intento de impugnar tales normas, sobre las que se ha construido un sistema de relaciones laborales más orientado a la negociación que al conflicto, sustituyéndolas por otras más ajustadas a los intereses a corto plazo de las empresas. Más aún, todas las reformas laborales llevadas a cabo desde los años ochenta apuntan en la misma dirección [Fundación 1º de Mayo, 2012]. ¿Qué entienden nuestros parados por salario justo o digno, es desproporcionado su punto de vista respecto al salario de reserva, tienen expectativas desmesuradas en cuanto al empleo que consideran merecerse?

No lo parece. Pudieron codificarse sesenta y cinco respuestas, y lo primero que sugieren es debilidad en la propia posición, moderación, realismo si se prefiere. En no pocos casos hubo que aclarar que se estaba hablando de un empleo normal, de esos de ocho horas al día, lo que demuestra la familiaridad con el trabajo precario. Una licenciada de 27 años que vive con sus padres considera que por menos de tres euros y medio la hora no debería trabajar nadie: «Claro. Es que cualquier trabajo que tú hagas, aunque sea una tontería, requiere una responsabilidad o un esfuerzo físico o mental que tiene que estar recompensado. Tú no puedes trabajar por mucho menos. Encima, cuando tú pones tu salud, tu esfuerzo y todo, no… Es que es lo básico, comer, vestirte, tener un techo» (AGA-6). Muchos comenzaron advirtiendo que «depende» (de si hay expectativas de mejora, de estabilidad, de aprender, de las circunstancias familiares). Respuestas de este tenor en las que tiende a equipararse el salario digno con el mínimo legal no son raras:

Es que se ven las cosas que se ven y yo ya no sé. Evidentemente, como mínimo el salario mínimo interprofesional. Pero es que estoy viendo…, en esta última entrevista que tuve.., éramos una veintena de personas, te estoy hablando de esta empresa de gas y electricidad y todo eso, para el departamento comercial y tal. Es que no ofrecían ningún tipo de sueldo, era exclusivamente comisión; y la gente aceptaba, gente mayor, joven, gente de todo tipo. Pero yo desde luego qué menos que el salario mínimo interprofesional, eso lo mínimo. [PRM-5]

La respuesta más frecuente es 800 euros, cantidad que se superó en veinte casos. Veamos el de una mujer de 28 años, licenciada, que sigue viviendo en casa de sus padres:

En general yo creo que menos de 1.000 euros no debería cobrar una persona en un país como España. Ahora, tal y como están las cosas… ¿800? [En mi caso concreto], aunque tuviera que seguir viviendo con mis padres y no me pudiera independizar, yo por 700 euros trabajo. Es que por 600, es que estoy desesperada, es que yo creo que hasta por 600, o por 500, ahora que lo pienso. […] Es que mis amigos y yo estamos así. O cuando te preguntan: «¿Expectativas salariales?» Es que no sabes cómo decirle: no, es que no tengo, expectativas no tengo. [ESV-7]

Los más exigentes son cuatro, tres de ellos con estudios universitarios: 1) Hombre, 51 años, titulado en la antigua FP-2, mando intermedio de la construcción, casi dos años en paro, no percibe prestación ni subsidio; su compañera trabaja como autónoma, sin hijos a cargo; hace chapuzas cuando puede, fija su salario de reserva en 1.500 euros (PRM-1). 2) Hombre, 27, ingeniero técnico, 16 meses buscando su primer empleo, vive con sus padres sin apreturas (padre prejubilado). No habla en sentido estricto de salario de reserva; distingue entre el salario mínimo que debería cobrar un trabajador cualquiera a cambio de ocho horas de jornada (900 euros) y lo que cree que está ganando ahora una persona de sus características (unos 1.300 euros) (AMM-2). 3) Mujer, 45, separada, dos hijos a cargo, pagando hipoteca, más de tres años en paro, sin prestación ni subsidio; considera que con menos de 1.300 euros no llegaría a fin de mes (AOM-7). La cuarta ya la conocemos, es la que se teme que acabará buscando de cajera de supermercado: «Te digo lo mismo que con lo del tipo de empleo que busco […] soy más exigente. Yo tenía un buen sueldo en mi anterior empresa. Yo ahora por menos de, a lo mejor, 1.300-1.400 euros, entiendo que no aceptaría un empleo». Tiene 44 años, tres hijos y está casada con un trabajador social ocupado estable; lleva once meses en paro, percibe prestación y busca empleo con intensidad.

En el extremo contrario, algún joven llegó a hacer consideraciones del tipo «que me den lo quieran, a ver si así consigo colocarme de una vez y demostrar que me merezco más». Y no debe pasarse por alto el hecho de que en no pocos casos el entrevistado tenía muy clara la diferencia entre el salario digno y lo que no iba a tener más remedio que aceptar, porque en el paro no se suele estar cómodo.

De hecho, cuarenta y ocho niegan absolutamente que estar en paro pueda tener alguna ventaja o ser vivido como una oportunidad. Los treinta y cuatro que opinan de otra manera suelen referirse a la posibilidad de mejorar la formación, pero siempre bajo la condición de estar cubierto por la prestación. Es el caso de un arquitecto técnico a punto de cumplir los treinta años que ha aprovechado los dieciséis meses que lleva en paro para hacer un master e intentar establecerse por su cuenta:

¿[Ventajas de] estar en paro y cobrando la prestación? […] Hombre, cuando me quedé en paro un amigo me decía: El paro, ¡madre mía!, ahora en el paro, no vas a encontrar nada, ya verás en tu casa, el aumento de gastos, no sé qué… Él decía que no, yo entiendo que [ventajas] sí. No tengo que hacer nada y cobro todos los meses […]. A mí me ha permitido hacer más estudios, que era imposible completamente con el trabajo que tenía. Me ha permitido aumentar mi formación. Y yo eso lo valoro mucho. En ese sentido, claro, estar en el paro y sin prestación no tiene ventajas. [ESV-8]

O el de la misma mujer que no quiere acabar de cajera:

Como cuando recibí la carta de despido sentí como alivio, quise utilizar este período que no sabía cuánto iba a durar para reciclarme. Para eso lo he utilizado. Pero además, a nivel personal vivimos en una sociedad en la que el horario, las prisas, lo rigen todo […]. Yo decidí limpiarme y bajar el ritmo y mi nivel de ansiedad, que era muy alto. Y eso lo he conseguido en este año, disfrutar de cosas que no había disfrutado nunca, algo tan simple como desayunar con mi hija [la pequeña] o llevarla en bici al cole. Para mí ha sido muy importante. [PRM-3]

Casi nadie relaciona el paro con la posibilidad de disponer de más tiempo libre, más bien prevalece la percepción de que eso es una falacia:

¡Sí, hombre, sí, de organización creativa del tiempo libre! Vamos a ver, a todo se le puede dar la vuelta; […] es como si decimos que para el empleo la Segunda Guerra Mundial fue un ERE de narices, que es lo que fue realmente […] y al final el Holocausto no fue…, sino que sirvió para dinamizar la economía. Darle la vuelta se la podemos dar a todo. [VEZ-1]

No obstante, a veces se apunta que siempre puede haber algún aprovechado que lo utilice para columpiarse. Un inmigrante argentino de 47 años (diez en España, casi cuatro en paro, último empleo regular tres años en un restaurante, sin cargas familiares) reconoce haberlo hecho:

Al principio me pagaban 700 euros […] y podía estar en mi casa mirando la tele. Ganaba 1.000 trabajando, 700 sin hacer nada, estaba muy bien. […] Después cobré una ayuda por ser mayor de 45 años, durante un año. […] Los primeros seis meses me hice medio el longuis, tengo que admitirlo. […] Partamos de la base de que los seres humanos, si nos ofrecen trabajo, muchas veces miramos para otro lado. […] Pero después de los primeros meses empecé a cobrar los 400… Dije: bueno, esto no me alcanza para nada, tengo que salir a buscar trabajo, no me queda otra; y salí. Los primeros meses no, pero después no me dormí. […] Ya no tengo nada para cobrar. […] Y salí a buscar en hostelería y no había, y después apareció esto de cuidar a la abuela y […] ahí comencé a venderme para cuidar abuelos. […] Otro abuelo conseguí en una empresa, pero me estafaban, te hacían trabajar y no pagaban. […] Y todo lo que hago es así. [JMLV-2]

Es entre las personas de más edad donde domina con más fuerza la opinión de que estar en paro no tiene ninguna ventaja. Al analizar las respuestas en función del sexo se observa que los hombres son algo más proclives que las mujeres a reconocer ventajas (20 sobre 45 frente a 14 sobre 37 respectivamente), lo que en principio choca con la visión tradicional de que las mujeres se adaptan con más facilidad al paro.

Atribuir o no ciertas ventajas al desempleo protegido puede guardar alguna relación con la posición del trabajo en la escala de valores. A finales de los años ochenta Beretta [1995] hizo una encuesta en once países industrializados (nueve europeos, Israel y Estados Unidos) al objeto de contrastar la teoría según la cual en la sociedad postindustrial el trabajo habría ido perdiendo importancia (objetiva y subjetivamente) en favor de las dimensiones extralaborales de la vida individual y social, de manera que sólo se valoraría en el mejor de los casos en términos instrumentales. La encuesta incluía dos preguntas de particular interés: 1) El trabajo es sólo una forma de ganar dinero y nada más; 2) Quisiera tener un trabajo remunerado aunque no necesitase el dinero. Las respuestas cuestionan tal teoría. Destaquemos algunas de las conclusiones de Beretta.

Más allá de las particularidades culturales de cada país, el trabajo encierra una multiplicidad de significados, y el estrictamente monetario no es el que prevalece. El deseo de trabajar aunque no se necesite para vivir representa una actitud que atribuye al trabajo un valor en sí mismo. Esta actitud se mantiene estable en todos los países y todas las clases de edad, con la excepción de los mayores de 60 años, entre los cuales predomina la opinión opuesta. La identificación fuerte con el trabajo se explica por sus elementos extraeconómicos, no por los ingresos que proporciona. El deseo de autorrealización no excluye el trabajo. La exigencia de más tiempo libre procede sobre todo de quienes viven el trabajo en términos expresivos. Cuanto más gratificante es la experiencia laboral mayores son las exigencias e intereses extralaborales. La liberación de las energías psíquicas y de los intereses culturales no se produce totalmente en el ámbito extralaboral sino en continuidad con la experiencia de trabajo. Por tanto, la sensibilidad respecto a los llamados valores postmaterialistas no comporta una reducción de la importancia del trabajo en el ámbito de la experiencia vital.

Por lo que se refiere a los jóvenes, en general no puede decirse que presenten diferencias significativas respecto a las generaciones adultas. Entre ellos están más difundidos los valores postmaterialistas y el trabajo no es considerado el aspecto más importante de la vida, pero las peculiaridades juveniles son en cierta medida un hecho vinculado al ciclo vital y están destinadas tendencialmente a atenuarse con la edad.

En cuanto a los entrevistados, no sin dificultad 51 han sido clasificado como orientados en términos expresivos hacia el trabajo, 28 en términos instrumentales y dos como negativamente orientados; lo que sugiere que el trabajo sigue siendo para la mayoría de la gente mucho más que un simple medio de vida. La valoración expresiva domina más claramente entre los jóvenes y las mujeres, lo que debe estar relacionado con sus mayores niveles educativos. Veamos algunos casos, comenzando por los dos negativos.

El primero es un ingeniero técnico agrícola que nunca ejerció como tal, tiene 44 años, lleva doce meses en paro, los últimos nueve sin cobrar, vive solo, de sus ahorros y la ayuda de su madre. La diferencia más importante entre trabajar y estar en paro es «sinceramente, que acabo más cansado cuando trabajo y que ahora no cobro». Porque el trabajo «es absorbente».

Yo trabajo para vivir, no vivo para trabajar, y cuando trabajaba, desgraciadamente, el trabajo me absorbía demasiadas horas […]. Para mí la diferencia [entre tener un empleo o no] es básicamente los ingresos […]. La diferencia es que yo ahora hago cosas que cuando trabajaba no podía hacer. […] Sí. Estar en paro [tiene ventajas], tienes más tiempo libre y puedes dedicarte a la gente que quieres, a la familia en este caso [su madre está delicada]. Tienes incluso tiempo para pensar. Si no te dedicas a hundirte, sino a pensar en positivo. […]

El trabajo es…, […] un invento para esclavizar al ser humano, una forma lúdica de pasar el tiempo…, aunque dicen que si te lo pasas bien ya no es un trabajo […], tal y como lo hemos montado se ha convertido en una penosa necesidad. […] No me gusta el trabajo. [ESV-6]

El segundo es el inmigrante que se tomó los primeros meses de paro como unas vacaciones:

Hay un dicho en Buenos Aires que es: «El día que encuentre al que inventó el trabajo lo voy a llenar de hostias». […] Me parece una mierda lo del trabajo, que tengas que depender de un trabajo para poder comer o hasta para ser feliz, porque si ahora yo tuviese un trabajo que me pagan una mierda y me explotan, sería más feliz, tendría trabajo. […] Eso de que el trabajo dignifica no lo creo […] si es por eso vamos a buscar a los políticos, que se supone que trabajan de políticos y no los dignifica, los indignifica, ¿no? O ser empresario: mira lo que he logrado en la vida… ¡ah!, te felicito, hijo puta.

En mi familia hay personas que han trabajado toda su vida como burros para después terminar hecho mierda de la espalda y la cintura y todo, y no sé si es bueno, porque nunca se termina de recibir lo que uno da. Hay gente que ha conseguido trabajar en lo que le gusta y ganar dinero, pero después deja de trabajar y qué hace, después de trabajar 50 años, 40 años en una misma empresa.., te quieres matar […]: «no, no, quiero trabajar»; también es una mierda esto […]. Entonces, no sé, el trabajo es una necesidad que no sé si es tan gratificante como se dice. Si lo tienes, porque te explotan, y si no lo tienes porque no tienes nada. Creo que es eso. Acá en España, un día un chico me dice: Mira si será malo trabajar que tienen que pagarte para que vayas. Creo que esa frase resume bastante [lo que es] el trabajo. [JMLV-2]

Para AMM-1, cabeza de familia de 47 años, un trabajador manual que estudió hasta EGB y ha tenido que cambiar varias veces de empleo y de oficio, el trabajo es «seguridad, tanto para mi familia como para mí, eso es lo que me aporta, seguridad. Es como estar pidiendo que te toque la primitiva; hoy en día es así». En cambio, DGB-5, universitario de 28 años, tiene claro que no es sólo una fuente de ingresos: «Aparte del dinero que pueda aportar, yo creo que el trabajo es también algo personal; para mí, pues una forma de sentirte valorado dentro de una empresa, de un conjunto de personas, algo que te hace sentirte satisfecho de ti mismo». Algo parecido expresa esta mujer de 33, titulada en FP2, que lleva casi cuatro años en paro después de haber trabajado durante nueve como administrativa en la misma empresa y necesita trabajar para estar bien. No concibe el futuro al margen del trabajo:

¡No, no, en casa no, por favor! Ya son muchos años, ya he estado mucho tiempo en casa, necesito trabajar ya, es que para mí, te distraes con…, ya no es simplemente trabajar por distraerte, ¿no? Es trabajar por lo que te gusta, lo haces bien. […] Aparte del tema económico para mí es una distracción, es algo que me gusta, es como un hobby, y yo tengo el hobby de que me gusta trabajar. […] Es una distracción, te relacionas con gente, lo necesito. [EAV-4]

Pero, como dice Beretta, el trabajo encierra una multiplicidad de significados, y reducir un discurso complejo a un código de respuesta a veces es una operación delicada. El de este trabajador manual de 50 años ha sido codificado como expresivo, a pesar de que comienza advirtiendo que «lo principal [del trabajo] sería una manera de sustento en mi familia»:

Pero el trabajo en sí para mí siempre ha sido una manera de desarrollarte, de sentirte útil.., de que estás moviendo unos engranajes que van a ser buenos para toda la sociedad. En el momento en que te quitan de ese mecanismo te sientes inútil, […] es una sensación de frustración. Entonces, el trabajo es una recompensa, una satisfacción de que estás haciendo algo bien, de que sirves para algo, de que en mayor o menor medida la sociedad te reconoce que estás haciendo algo bien. [ESV-2]

En cambio, el discurso de este universitario de 27 años ha sido interpretado en términos instrumentales, lo que no significa que sea unidimensional:

Para mí el trabajo es la forma de ganarse la vida dignamente, pero pienso que hay que trabajar para vivir y no vivir para trabajar. Simplemente es una forma de ganar dinero para cubrir las necesidades, dar unos estudios a tus hijos, ahorrar y, bueno, disfrutar de la vida. [¿Y si fueses rico trabajarías?] Depende de lo rico que fuera. […] Y depende del trabajo que fuese, claro. Si fuera muy rico, […] sí, pues yo creo que trabajaría de profesor.., o de agricultor llevando las tierras de mi abuelo, […] trabajaría, por hacer algo, si no yo creo que estaría depresivo y me tiraría por una ventana o algo. [AMM-4]

Y también se ha codificado como instrumental el discurso matizado de la universitaria de 44 años integrada en una familia nuclear típica que intenta no acabar de cajera:

Para mí el trabajo es sinónimo de independencia. No creo, fíjate, ahí discrepo un poco de ese tema marxista de que el trabajo dignifica. Yo no creo que una persona que se levanta a las cinco de la mañana y vuelve a su casa a las diez de la noche por una mierda de sueldo considere que sea digno. […] Si tú estás limpiando por 600 euros y consideras que eso es digno, pues ¡ole tus narices! Pero en el momento en que tú sabes que te están explotando y no tienes otra cosa a la que agarrarte y lo estás haciendo para que tus hijos coman ese día… En fin, ahí discrepo. No sé.., sobre todo es independencia, y ayudar a construir algo en la sociedad. O sea, en el momento en que tú entiendes que tu trabajo es importante para los demás, para ti y para los demás, ahí está la dignidad del trabajo. [PRM-3]

Cuando una mujer vincula trabajo e independencia está valorándolo como vía de emancipación, afirmándose como sujeto autodefinido; lo instrumentaliza sólo en el mismo sentido en que lo hacía el empresario calvinista, que lo consideraba vía de salvación. El significado que esa mujer atribuye al trabajo está muy lejos del que tiene para quien lo utiliza como vía de acceso a un nivel de consumo superior. Esta de 52 años (dos meses en paro) que empezó a trabajar en 1975 y que nunca ha «necesitado marido ni pareja de hecho» para cotizar, entiende que el trabajo es «una parte importante de la vida […] y mucho más importante debe de ser para alguien que esté haciendo un trabajo que ha estudiado para ello y que es la ilusión de su vida»:

Es una parte esencial, que sin él no puedes vivir. Yo desde pequeña.., como que has nacido para trabajar, y de hecho toda la vida trabajando, y es como que no podrías estar sin ello. Pero […] también es un esfuerzo el levantarte a una hora, madrugar, cuado un trabajo no es el trabajo de tu vida. Yo haría cualquier cosa si fuera un trabajo que me gustara más. Pero claro, es importante, y es lo que he hecho siempre y no concibo estar sin trabajo. De hecho ahora [en paro] parece que estás en… […] Ahora todavía es pronto [sólo dos meses en paro] y yo confío en que salga algo y creo que… Pero hay gente…, una compañera mía nos decía que, como nuestro horario era de mañana, pues que le da vergüenza hasta salir a la calle por la mañana, porque la ve la gente. O el sentirse que no está trabajando es como si estuviera haciendo algo malo o que estuviera buscando.., ¿sabes?, que te hace sentir mal a ti mismo. O sea, que es importante. [AMM-5]

La consideración conjunta de los discursos relativos al salario de reserva, las ventajas del paro y el significado del trabajo generados dentro de un colectivo en el que predominan los parados de larga duración, no protegidos y a la búsqueda de cualquier tipo de empleo, se presta a dos lecturas contrapuestas. Por una parte puede cebarse el fuego ortodoxo enfatizando que hay parados que instrumentalizan las prestaciones usándolas como escudo protector frente a empleos no deseados, alargando la búsqueda y acomodándose a la situación. Estadísticamente se sabe que el parado no protegido encuentra empleo antes que el protegido, y quien cuenta con prestaciones cortas antes que el que está más tiempo cubierto. Por otra, puede señalarse que los protegidos son una minoría, que la mayoría de los parados viven mal esta experiencia, que del paro también se sale hacia la inactividad y que hay indicios de que la salida más rápida hacia el empleo de los nada o poco protegidos está asociada a una mayor probabilidad de volver al paro, de donde se deduce que la protección (además de mitigar las consecuencias económicas del paro) permite una búsqueda más eficiente de empleo [Toharia, 1997]. En definitiva, puede ponerse en primer plano la figura del parado como culpable de su situación o como víctima de acontecimientos que no puede controlar. Ambas tienen su fundamento empírico y su sesgo ideológico. Quien escribe entiende que no es éste lo que le induce a contemplar a casi todos los entrevistados como víctimas de una crisis económica políticamente muy mal gestionada desde el poder político.

Falsos parados y trabajo negro

En el imaginario colectivo por falso parado se entienden básicamente dos cosas: 1) Un individuo que está registrado en la oficina de empleo, cobrando el paro (más bien la prestación que el modesto subsidio) y trabajando en negro a cambio de una remuneración significativa. 2) Un individuo que, a diferencia del anterior, no está trabajando pero tampoco busca empleo sino que deja pasar tranquilamente el tiempo hasta que un poco antes de agotar la prestación se pone a buscar; o bien que se permite rechazar ofertas porque «en realidad» no «necesita» trabajar. Caso diferente es el de quien está ocupado en la economía sumergida sin cobrar por desempleo, que obviamente no puede ser concebido como parado, ni verdadero ni falso. El juicio moral que merecen estas situaciones no puede evitar un punto de ambigüedad. El primer caso es el del defraudador en sentido estricto, cuya conducta será reprobada con mayor o menor contundencia en función de sus circunstancias familiares y de los ingresos que perciba por ambos conceptos. El segundo caso es contemplado con más tolerancia por aquello de que la prestación es en parte un derecho derivado de la cotización y en parte una ayuda solidaria que ofrece la sociedad a cambio de no abusar de ella. En cuanto al que trabaja en la economía sumergida sin cobrar paro, si lo hace por cuenta ajena la reprobación tenderá a caer sobre quien le ofrece tal posibilidad; si lo hace por cuenta propia («¿con IVA o sin IVA?») será calificado como un mal ciudadano o alguien que se busca la vida como puede. Sea como sea, la gente tiende a pensar que hay muchos falsos parados y un fraude significativo a los dispositivos de protección del desempleo, percepción no necesariamente incompatible con la de que a pesar de todo también hay mucho paro.

Por todo ello nos interesaba conocer el punto de vista de los entrevistados, a los que les preguntamos directamente: ¿Es verdad que hay mucho falso parado? Aunque a veces hubo que aclarar el concepto, en general la mayoría por falso parado entiende sobre todo una persona que está percibiendo la prestación y trabajando. Es en relación con la noción de falso parado cuando se manifiesta con más claridad la diferencia entre la concepción social del paro y sus definiciones formales. La respuesta de este parado (el mismo que sospecha que lo despidieron porque quería presentarse a las elecciones sindicales) parece fundamentada y probablemente es compartida por buena parte de la opinión pública. Obsérvese cómo asimila reiteradamente la condición de parado a la de no disponer de ningún tipo de ingresos:

Yo estoy en el paro y te lo digo bien claro. Tal es mi situación que si yo cobro el paro pero luego además todas las mañanas encuentro una cosita que voy dos horas a hacer una tontería y a final de mes me dan 300 euros, a mí me van a venir muy bien. Lo que no puede ser es que haya gente que sistemáticamente… Mi hijo el mayor trabaja en la banca y él mismo lo cuenta: viene la gente a primera hora… Oye, que vengo a cobrar el paro. Y vienen con el mono de trabajo y con prisas porque se tienen que ir a hacer la chapuza. Entonces, si realmente de los cinco millones de parados, todos estuvieran sin ingresos de ninguna clase, estábamos todos en la calle. Es mentira, hay muchísima gente que coge por otro lado, porque si no, no es lógico. […] Ahora [hay] menos, porque ha bajado y ha bajado para todos [la posibilidad de encontrar algo], pero cuando estábamos en niveles de los dos, dos millones y pico, pues había mucha gente que sí. Además que es que yo lo veía. A mí me ha venido gente a comprar coches que estaba en el paro. [JAM-2]

Los entrevistados se muestran claramente divididos al respecto: mientras 35 creen que efectivamente hay mucho falso parado, 37 lo niegan. Veamos algunos testimonios.

Muchísimo [falso parado], cantidad de gente. Tengo un amigo que es constructor y […] las personas que subcontrataba están cobrando el paro en España y trabajando en Marruecos. […] Como ahora puedes pasar la revisión por internet (el DARDE), es muy fácil […]. Como allí no dan de alta a nadie, están trabajando y cobrando un dineral y cobrando el paro en España. Conozco un montón de gente que está cobrando subsidios, paros, y trabajando, claro. O autónomos que están sin darse de alta trabajando. Hay muchísima economía sumergida en España. Ese es otro gran problema. [EAV-3, mujer, 42 años, tres meses en paro, el marido cuatro años, dos hijos estudiando.]

Sí, ya te digo, economía sumergida. Por ejemplo, los albañiles no tienen otra cosa; algo tendrán que hacer […]. Lo que no puede ser es decir: No, hay que acabar con la economía sumergida. Bueno, pero que acaben con la que tienen que acabar. Por ejemplo, en mi empresa tenían muchísimo dinero en negro. ¿Por qué no acaban con eso? […] A mí me pagaban la mitad de mi sueldo en negro […], no te dejaban tenerlo en la nómina. […] [Y cuando surge alguna posibilidad de] hacer algo, en familia; porque ahora tampoco puedes arriesgarte […], hay gente que a lo mejor no te paga. O a lo mejor son ganchos, que ahora hacen muchos anuncios de: Busco un albañil para tal; y a lo mejor es alguien del Estado. Sí, así es como están cogiendo a la gente. [A mi cuñada la cogieron], sí, y salió en la tele que lo están haciendo. Para pillarlos. […] Pero ¿por qué no pillan a la gente que tendrían que pillar? Pues eso, ya no te puedes fiar de nadie. Prefieren que te mueras de hambre. [EAV-4, mujer, 33 años, casi cuatro en paro, marido albañil en paro desde hace casi tres años.]

Hombre, que estén trabajando en negro y cobrando prestación, alguno conozco. Yo creo que hay muchos, y a lo mejor de esos cinco millones estoy seguro que un millón, por no decirte más, hacen sus cosillas por ahí. […]

Yo tengo un conocido, realmente ya no sé si está cobrando prestación, porque no sé el tiempo que lleva parado, pero yo sé que ese chico tiene faena y está todos los días trabajando, es electricista también… Muchas veces tiene que llamar a algún amigo para que le ayude. A mí mismo me ha salido algún trabajo, pero esporádico, de una tarde. […] No es un trabajo para decir: me llevo 800 o 900 euros al mes estando parado. […] No lo suficiente como para que digas: pues me pongo de autónomo y voy a ver si tiro. No llegas, porque ponerte de autónomo significa Seguridad Social. […]

El problema de darte de alta es que como tienes que pagar tantas cosas… […] Pues no me compensa, prefiero quedarme así. Yo creo que ese es un poco también el motivo, teniendo en cuenta que la gente tiene sus cosillas y no sabe si va a poder ganar más o menos…Si vieras que ya tienes un volumen de trabajo constante, pues a lo mejor me lo planteo.

[…]

[No conozco ningún caso, pero] estoy seguro de que habrá gente que esté cobrando del paro y los mismos empresarios les digan: «Tú vente aquí, haces tus horitas y ya te pago yo bajo mano». Seguro. [EAV-8, hombre, electricista, 29 años, diez meses en paro, cobra prestación.]

Yo creo que sí, pero no porque conozca a nadie sino porque yo creo que esta situación sería insostenible si no. O sea, tantos parados como hay según las estadísticas… No sé cómo somos tan pasivos para no echarnos a la calle y liarla. […] Yo creo que sí, que tiene que haber economía sumergida, por eso te decía antes que si hubiera más inspectores y las cosas se controlaran… Porque si no, no sé cómo somos tan pasivos, no tan buenos ya, sino tan tontos. No lo entiendo. [PRM-2, mujer, 50 años, COU, 13 meses en paro, cobra prestación.]

¿Gente trabajando en negro y tal? Sí, sí creo que lo hay, claro. De hecho muchas personas cobran unas asignaciones por desempleo que no… Claro, cuando así no podían vivir, tenían que haber hecho ya alguna otra cosa. O se van a robar o son de los que deciden tirarse por el balcón de su casa […] o evidentemente tendrán que buscar complementar sus ingresos con algo para poder vivir. Sí que la hay. Yo creo que la mayoría de gente que está en esa situación es por el motivo que te digo. ¿Que también habrá algunos piratillas, cabrones que prefieren trabajar así porque ganan más que declarando y tal? Imagino que también lo habrá pero creo que son los menos. Creo que la mayor parte de esa economía sumergida es también empujados por una necesidad. [JMLV-7, hombre de 40, cuarto año en paro, conductor de grúas en la construcción, ni cobra subsidio ni está registrado en el antiguo INEM (cree que no sirve de nada), ha vuelto a casa de sus padres.]

El testimonio de esta universitaria de 38 años es de particular interés. La empresa que la despidió le ofreció seguir trabajando en negro, lleva 36 meses en paro, ha agotado la prestación, afirma conocer muchos falsos parados, ella misma hace cosas en negro, y cuestiona la definición de falso parado:

Me hicieron una propuesta que en principio era ilegal […]. Despedirme con 20 días por año trabajado, tener derecho a cobrar el paro y seguir trabajando desde mi casa, que ellos me ponían internet […]. Era un fraude, y yo sabía que no lo iba a hacer.

[…]

Hoy en día ¿quién no conoce algún parado? […] Y lo que te comentaba: Pues mira, yo he hecho no sé qué, yo ahora estoy haciendo no sé cuántos. Pues todos de extranjis. Tú tienes x cantidad de dinero y no llegas a comer ni a pagar tu casa, pues te tendrás que buscar la vida, ¿no? […]

A ver, no… Una cosa es que tengas que buscarte las castañas para poder comer y otra cosa (que haberlos haylos) es que estés trabajando, que de hecho yo lo he visto en gente, en la primera empresa [donde trabajaba], que estaba cobrando el paro, diciéndole al jefe: No me hagas contrato y así […] me junto con 3.000 euros al mes. Pero hoy por hoy, en mi situación y la de la gente que conozco, no es ese el caso; es a lo mejor sacarte 80, 100 euros al mes, para compensar lo del subsidio, que ya no llega ni a 400 euros, son 390 lo que cobro yo. […]

Entonces, vale, yo misma estoy haciendo trabajos en negro, pues trabajos de diseño gráfico a unas empresas de conocidos […]. Además estoy limpiando casas, o sea que a mí ahora mismo no me importa trabajar de lo que sea, nunca se me han caído los anillos ni se me van a caer ahora. […] Estamos hablando de cosas esporádicas, pocas, pero vamos, que si necesitas pagar la hipoteca (porque para comer siempre tienes a alguien que te ayuda) pues te está permitiendo pagar eso, porque lo que te corresponde [el subsidio] se acaba y ya no hay más, porque trabajo no hay. […]

Si con eso [el subsidio] pagas la hipoteca y luego tienes que comer o poner gasolina […] tienes que sacar dinero de alguna parte; y si el Gobierno no te ayuda a que tengas un trabajo, pues tendrás que buscarte la vida. No somos falsos parados, hacemos lo que podemos para poder seguir adelante y esperar a que esto se pase. Es una manera de subsistir, y de hecho creo que no estamos haciendo nada malo. ¡Jolín, hay gente que hace cosas peores! [EAV-2]

También esta licenciada en periodismo de 45 años pone objeciones a la definición de falso parado y además niega que haya tantos. Tiene dos hijos, está separada, lleva más de tres años en paro, no cobra ayuda. Toda su historia laboral se ha desarrollado en precario, bajo contratos de auxiliar administrativo o sin contrato:

Yo no puedo defraudar a Hacienda, pero si me ofrecen un trabajo sin contrato ten por seguro que lo voy a hacer. Me joroba mucho, porque yo lo que quiero es cotizar, evidentemente, porque ya soy mayorcita, pero no por otra cosa. […]

No [hay mucho falso parado]. Otra cosa es que no aceptes 20 euros al día por hacer.., me da igual. Eso no es tener trabajo. Yo he trabajado en estos tres años [de paro] en algunas cosas. Eso no es tener trabajo, eso es guarrear […]. Ni cotizas ni tienes seguridad en tu empleo ni tienes protección de ninguna clase. ¿Eso qué trabajo es? […] Eso no es trabajo […], eso es rebajarte como trabajador. [AOM-7]

Reflexiónese por último sobre el caso de la joven maestra (ESV-7) que lleva dos meses en paro tras el cierre del hogar tutelado en que trabajaba como educadora a causa de los impagos de la Administración. Cobra la prestación y da tres horas de clases particulares a la semana. Así ejercita sus habilidades, «mata el gusanillo» (le gustan mucho los niños) y ocupa parte del tiempo libre.

Como hemos podido ver, la distancia entre las definiciones formales de parado y su imprecisa conceptualización popular es cubierta mediante una noción igualmente ambigua de falso parado elaborada con elementos contradictorios que por una parte defiende la imposibilidad de que «de verdad» haya tantos parados («si fuera cierto la gente no podría aguantar»), y por otra reconoce que a pesar de ello sigue habiendo mucho paro, pues «también hay muchísima gente que lo está pasando muy mal». Lo que la gente suele ignorar es que quienes cobran paro y trabajan están tratados en la EPA como ocupados, y quienes no buscan empleo como inactivos, lo que no impide que el paro estimado siga siendo altísimo. Y tampoco sabe que no todos los beneficiarios de prestaciones por desempleo están incluidos en el paro registrado.

Estas cuestiones suelen ser tratadas con muy poco rigor en el debate público. Gente que pasa por experta contribuye a la confusión, ya sea de mala fe (para generar un estado de opinión tolerante con el endurecimiento del dispositivo de protección), ya sea exhibiendo una ignorancia irresponsable en sus declaraciones. Antes de hablar deberían tomarse la molestia de echar un vistazo a la evidencia disponible al respecto. Nosotros lo hemos hecho comparando los datos del SEPE sobre perceptores de ayudas por desempleo con la EPA correspondiente al cuarto trimestre de 2011[Sanchis y Simó, 2014], y lo que esa evidencia sugiere no concuerda con el discurso dominante.

Una de las dos preguntas que constituyen la sección G del cuestionario de la EPA se interesa por si se está percibiendo algún tipo de prestación o subsidio por desempleo (en adelante ayuda). Si cruzamos las respuestas con la situación respecto a la actividad económica obtenemos los resultados que se muestran en el cuadro I. El análisis de estos resultados a la luz de otros datos procedentes de la misma fuente ayuda a clarificar el debate sobre falsos parados y fraude. Pero antes de entrar en materia, con los datos del cuadro delante, queremos plantear otra cuestión que no afecta de lleno al tema que nos ocupa pero que consideramos obligado destacar aquí: la de cuántos parados en términos relativos hay bajo el dispositivo de protección.

Cuadro I.

Posición laboral y percepción por desempleo (4º trimestre 2011)


Fuente: EPA, IV-2011 (elaboración propia).

La proporción entre los 5.273.600 parados EPA del cuarto trimestre de 2011 y los 1.936.765 que declaran percibir ayuda es del 36,72%. Compárese esta cifra con la tasa de cobertura oficial que calcula el SEPE relacionando todos los perceptores de ayudas con una parte del paro registrado (promedio de 2011: 70,67%, dato obtenido en línea). Nuestra tasa es discutible, pero la oficial es indefendible. No vamos a entrar ahora en el debate sobre el método óptimo de cálculo. Por ejemplo: la nuestra se convertiría en el 45,13% si contempláramos también a los beneficiarios inactivos y ocupados; en el 46,80% si incluyéramos además (por razones fáciles de entender) a los que no saben o no contestan a la pregunta (ns/nc); la proporción entre el número de perceptores en diciembre según el SEPE (véase el párrafo siguiente) y el paro EPA es del 55,50%. Cifras todas ellas muy alejadas de la tasa oficial. Hay quien se ha tomado la molestia de definir una tasa (también discutible) que ha llamado de protección, para distinguirla de la oficial de cobertura, y de calcularla cada vez que aparece una nueva EPA. Así, en el primer trimestre de 2015 la tasa de protección era del 29,4%, mientras que la de cobertura obtenida por el SEPE (media enero-febrero) ascendía al 56% [Negueruela, 2015]. No vamos a entrar ahora a debatir, decíamos, cuál es la manera más adecuada de calcular esa tasa, pero sí queremos señalar que la que da a conocer el SEPE cada mes es engañosa, apenas informa de la situación efectiva de desprotección en que se encuentra la mayoría de los parados.

Lo primero que destaca del cuadro I es que a la EPA se le miente muy poco y que su nivel de fiabilidad es muy alto. En efecto, según el SEPE durante el cuarto trimestre de 2011 hubo un total de 2.791.065 beneficiarios de todo tipo de ayudas por desempleo en octubre, 2.892.197 en noviembre y 2.927.098 en diciembre (datos obtenidos en línea). Siendo la EPA una encuesta trimestral continua, sus resultados difícilmente pueden coincidir con los registros mensuales del SEPE, pero la moderada diferencia entre unos y otros induce a pensar que la estimación de la EPA es consistente. Curiosamente, si a quienes declaran percibir ayuda les sumamos los 191.473 ns/nc obtenemos un total de 2.935.987 efectivos, cifra que apenas se diferencia de la del SEPE de diciembre, lo que sugiere que casi todos los renuentes a contestar están percibiendo ayuda.1 Pero no nos precipitemos con las conclusiones. Supuestamente, los ocupados son los que tienen más motivos para mostrarse recelosos ante el encuestador, seguidos quizás de los inactivos, mientras que los parados no tienen nada que ocultar. Sin embargo los ocupados sólo son el 40,51% (77.567) de quienes no responden. Además, aunque se trata de porcentajes mínimos, no deja de llamar la atención que los parados sean proporcionalmente los más reservados y los ocupados los menos, cuando lo que cabría esperar es todo lo contrario (ns/nc el 0,43% de los ocupados, el 0,59% de los inactivos y el 0,87% de los parados).

Por lo que se refiere a los 641.021 inactivos que reciben ayuda, el 60,30% (386.276) son mujeres, el 47,70% (305.678) tienen 50 o más años, y el 15,03% (96.397) son desanimados. Finalmente, si a los 166.728 ocupados que se declaran perceptores les sumamos los 77.567 ns/nc obtenemos un total de 244.295 candidatos a ser definidos como auténticos defraudadores. Antes de hacerlo deberíamos tener en cuenta que 39.151 de ellos (incluyendo los 5.604 ns/nc) han trabajado un máximo de 10 horas durante la semana y que la ayuda no es incompatible con cualquier tipo de ocupación. Es el caso de los afectados por un ERE. Siempre según la misma EPA, hay 60.335 personas en esta situación, 29.357 de las cuales están ocupadas, siendo casi todas las demás inactivas; y de las ocupadas cobran ayuda 16.231 (16.741 si incluimos a los ns/nc). A la luz de todo ello, uno diría que los supuestos defraudadores (con ingresos significativos derivados de la ocupación) difícilmente llegan a 200.000, en cuyo caso tendríamos el 3,79% del paro EPA y el 6,83% de los beneficiarios de ayuda en diciembre de 2011. Dicho en otras palabras, si ya sabíamos que ni la EPA estima ni el SEPE cuenta más parados de los que «realmente» hay, ahora podemos concluir que tampoco hay tanto «falso parado» como afirman interesadamente algunos en el debate público político y que el fraude al dispositivo de protección del desempleo no es importante.

Todo esto confirma de alguna manera la conclusión obtenida hace quince años en un estudio sobre la posición laboral de los perceptores de ayuda por desempleo entre 1987 y 1997 a partir de la EPA [Toharia, 1998]. Redondeando grosso modo para todo el periodo, casi el 80% de los varones que declararon estar recibiendo ayuda se encontraban efectivamente en paro, entre un 5 y un 10% estaban ocupados y entre algo más de un 10 y algo menos de un 20% eran inactivos. En cuanto a las mujeres, dos de cada tres estaban en paro, un 5% trabajando y en torno al 30% fuera del mercado de trabajo. El hecho más significativo es, pues, que había un colectivo relativamente importante de beneficiarios no ocupados sino económicamente inactivos.

Como hemos visto, más de un tercio de los entrevistados creen que hay mucho falso parado. Ahora bien, una cosa es reconocer la existencia de ciertas situaciones más o menos irregulares y otra criminalizarlas, aun aceptando que es algo que en principio no se debería hacer. El razonamiento al respecto suele seguir la lógica siguiente, cuestionando al mismo tiempo la noción de falso parado: Un padre de familia que ha perdido un empleo «de verdad», que con lo que cobra de paro no le llega a fin de mes, ¿qué ha de hacer si se le presenta la ocasión de conseguir un dinero extra? ¿Está por eso menos en paro? Con la que está cayendo, en un país donde cada cual tira para su casa, ¿por qué han de pagar los platos rotos estos desgraciados?:

Hombre, lo tiene que haber [trabajo negro y falso paro]. A fin de cuentas estamos en el país de la picaresca. Y es normal que cuando te dan 400 euros de paro nada más, pues necesites sacar dinero por otro lado para mantener a tu familia. Viendo las cantidades en negro que se lavan desde arriba, que un parado tenga un trabajillo extra de 500 euros al mes no me parece un delito. […] Qué se le va a hacer […]. Si mientras encuentran una solución a su situación están haciendo eso, pues tampoco me parece mal. Quiero decirte que la culpa del trabajo en negro siempre la ha tenido el empresario, no el trabajador. El trabajador tiene su parte de culpa […] pero sobre todo el empresario, que de primeras prefiere sin contrato, y la gente en situación de desesperación coge lo que le ofrezcan. [AGA-8]

Combinar la ayuda por desempleo con ingresos derivados de algún tipo de actividad no es un fenómeno nuevo. Ya en Marienthal, durante la Gran Depresión, todo el mundo sabía que sólo de los subsidios era imposible vivir, y procuraba completarlos mediante estrategias variopintas: agricultura de autoconsumo, pesca y caza furtivas, búsqueda de carbón en la vía del tren… Pero en general las actividades ocasionales estaban reservadas implícitamente para quienes no percibían ayuda, bien por solidaridad, bien porque cualquier tipo de trabajo llevaba consigo el riesgo de perderla. Y según pasaba el tiempo y la situación se deterioraba las denuncias anónimas crecieron considerablemente, en particular las injustificadas. Quienes estudiaron aquella comunidad señalan: «Un trabajo ocasional no declarado puede ser objeto de la apertura de un expediente por parte de la comisión industrial del barrio. He aquí algunos casos típicos que han supuesto la supresión de los subsidios: un obrero que ha ayudado a cortar árboles a cambio de una cierta cantidad de madera para la calefacción; una mujer que vende leche y que se ha quedado con una parte para sus hijos; un hombre que ha ganado algo de dinero tocando la armónica» [Lazarsfeld y otros, op. cit.: 62]. No se sabe quiénes eran los denunciantes, pero puede suponerse que estaban absolutamente en paro y no percibían ayuda, y que con sus denuncias pretendían eliminar competidores en la búsqueda desesperada de ingresos alternativos, tanto al empleo «de verdad» como al subsidio.

Hasta aquí llega el análisis científico fundamentado en alguna evidencia empírica (que la hay para todos los gustos). A partir de aquí comienza el debate político ideológico sobre la generosidad y los efectos no deseados del dispositivo de protección de los alejados del empleo, ya sean parados o inactivos. En ese debate las dos posiciones extremas están representadas por los partidarios de limitar su alcance para que no incentive conductas inadecuadas y por quienes objetan que eso sólo servirá para aumentar la precariedad económica de los más débiles, que en todo caso tienen vetado el acceso a un empleo estándar.

El tema del falso parado plantea otra cuestión de interés que pone al descubierto una debilidad del guión utilizado en las entrevistas. Buscábamos gente que se autodefinía como parada, dábamos por descontado que no trabajaban. Por eso no se nos ocurrió preguntar si –tal como se formula en la EPA– durante la semana anterior «trabajó aunque sólo fuera una hora», en cuyo caso estadísticamente era un ocupado. Esta eventualidad apareció de manera indirecta y espontánea en un número no desdeñable de casos. Pero al no haber sido abordada sistemáticamente no podemos saber a ciencia cierta cuántos entrevistados salpican su estancia en el paro con actividades ocasionales remuneradas. Sólo en el caso de que tales actividades no se hubieran hecho durante la semana anterior, la autodefinición de parado coincidiría con el criterio de la EPA. Por otra parte, sí preguntábamos cuánto tiempo estaba en paro, dando por buena la respuesta sin entrar en detalles respecto a si durante todo ese tiempo había hecho alguna actividad remunerada. Sin embargo es posible que la duración declarada del tiempo de desempleo no se corresponda con la efectiva y, por tanto, que la estimación del paro de larga duración resulte afectada. La pregunta E2 de la EPA se interesa por la fecha (año y mes) en que se dejó de trabajar. El problema es qué entiende cada cual por «trabajar». Un caso del que volveremos a ocuparnos más adelante (ESV-5) ilustra perfectamente lo que se viene diciendo.

Es un hombre de 59 años que comenzó a trabajar a los 15 tras hacer los dos primeros cursos del antiguo bachillerato elemental. A lo largo de toda su vida sólo había conocido el paro durante periodos breves, hasta que a los 54 perdió su último empleo de camionero asalariado. Afirma con absoluta convicción llevar cinco años en paro. Sin embargo, durante el mes de agosto anterior (la entrevista tuvo lugar a primeros de octubre de 2012) firmó un contrato de veintidós días con el Ayuntamiento de su pueblo para sustituir al cartero titular durante sus vacaciones. Por otra parte, en un momento determinado reconoce sin reservas que de vez en cuando redondea el subsidio asistencial de 426 euros (que viene percibiendo todos los meses, salvo aquel agosto, desde que agotó la prestación) con alguna que otra actividad no declarada (y difícilmente regularizable) como guiar senderistas los sábados por 50 euros o restaurar fotografías antiguas de particulares. ¿Es esto trabajo negro, falso paro? En todo caso, paro él no es un auténtico trabajo, ni siquiera el de cartero; pequeña alegría económica al margen, sólo una forma de distraerse. Por eso dice que está en paro desde hace cinco años y cada vez más convencido de que no volverá a trabajar. Vuelve a ponerse de manifiesto la necesidad de utilizar un concepto de paro distinto de los oficiales, y la dificultad de distinguir entre la experiencia de paro y la de trabajo precario.

Familia y vida cotidiana. La estructura del tiempo

La entrevista comenzaba con una serie de preguntas de carácter general que pretendían, por una parte, romper el hielo, y por otra hacerse una primera idea del grado de conexión del parado con el entorno social: ¿Cómo ve la situación económica? ¿Sabe cuántos parados hay aproximadamente en España? ¿Por qué hay tanto paro? ¿Quién diría usted que es el principal responsable de lo que está pasando? Estar poco informado sobre los datos básicos del paro puede ser un indicio de aislamiento del mundo exterior, lo que a su vez puede acabar generando problemas de tipo psicológico.

Sólo dieciséis no se atrevieron a aventurar una cifra de parados. Despistes sorprendentes aparte –como el de un joven licenciado en ADE: «24 o 25 por ciento, uno de cada cuatro trabajadores; si somos cuarenta millones, pues unos diez o quince millones. Yo me quedo con el porcentaje, uno de cada cuatro»–, la gran mayoría acertaron («unos cinco millones o más»). El «no lo sé, creo que muchos» es una respuesta poco frecuente, en algunos casos acompañada de comentarios del tipo «no quiero saberlo, no miro la tele porque me pongo mala». Difícilmente podía ser de otra manera, dado que el tema aparece de forma recurrente en los medios de comunicación. Y en la medida en que se tiene conciencia de su carácter masivo, el paro es conceptualizado más bien como un problema general de la sociedad española antes que como algo relacionado con el propio parado, lo que no puede dejar de tener consecuencias sobre la forma de vivirlo. Como veremos en el último capítulo, apenas hay respuestas que puedan ser leídas en clave de autoculpabilización. Lo que domina es la percepción de que el propio parado no se merece lo que le está pasando. Es lo que suele ocurrir en tiempos de alto desempleo.

Las unidades familiares en las que están integrados los entrevistados se caracterizan por su diversidad estructural. En la familia nuclear típica (pareja e hijos) sólo viven 22 parados, 14 viven en pareja, 10 solos, y otros dos en una familia constituida por abuelos padres e hijos. Los restantes habitan en otro tipo de hogar, dando lugar a una casuística muy variada: varios jóvenes compartiendo piso, el adulto que vive con su madre viuda, el que vive en una habitación alquilada, un progenitor con los hijos o el parado que vive con otro familiar, como un hermano o los tíos. En 38 de las unidades familiares (incluidas las unipersonales) sólo hay un perceptor de rentas, y en 14 de ellas esa renta es la ayuda por desempleo (7 la prestación contributiva, 7 el subsidio). Por lo general los ingresos de la unidad familiar proceden del trabajo (empleo, desempleo, jubilación), pero en 25 familias entran también rentas no laborales, como el alquiler de un piso o del local donde se trabajaba como autónomo.

Setenta y nueve entrevistados pusieron nota a la situación económica en que se encuentra su familia (1 muy mala, 5 muy buena). Resultado: diecisiete, 1 o 1,5; veinticuatro, 2 o 2,5; veintitrés, 3; diez 4 y tres 5 (puntuación media: 2,48, puntuación mediana, 2). Estas autocalificaciones son un indicador muy impreciso de la situación objetiva de las unidades familiares, ya que están basadas en criterios particulares absolutamente dispares. La impresión de los entrevistadores es que hay cierta tendencia a sobrevalorar la propia situación partiendo, primero, del hecho de que «al menos podemos comer todos los días», y segundo de la percepción de que «hay gente que lo está pasando mucho peor». Por ejemplo, PRM-5, hombre, 55 años, casado, dos hijos semiemancipados (hay que seguir ayudándolos), razona de la manera siguiente (se le ha adjudicado un 2):

Si la comparo [la situación económica de la unidad familiar] con mi situación de hace unos cuantos años, un 2; si la comparo con la situación del país en general, pues tengo que darle…, porque por lo menos el mayor trabaja, mi mujer trabaja [asalariada] y yo estoy cobrando el paro, con lo cual un 4 o un 5. Bueno, no sé si me he explicado.

Sin embargo tiene muy claro que su situación actual es peor que la que conoció durante su infancia y juventud en la familia de origen:

Es peor, la mía actual es peor […]. Cuando vivía con mis padres.., vaya, bastante peor. Mi padre [pequeño empresario], el pobre hombre, siempre ha sido un trabajador, o sea no ha sido… Pero siempre ha tenido actividad, vamos, con lo cual en mi casa hemos podido hacer.., mis tres hermanos hemos podido estudiar todo lo que hemos querido, a base del esfuerzo de mi padre, por supuesto, pero vamos, comparado a ahora es que es mucho peor. [PRM-5]

Obsérvese en el mismo sentido que las calificaciones de 5 provienen de tres jóvenes no totalmente desvinculados de las familias de origen. El primero es el okupa de 25 años mencionado al principio de este capítulo (JMLV-8). Dice que vive con unos 150-200 euros al mes. En el momento de la entrevista ha vuelto «provisionalmente» a casa de su madre (divorciada, ocupada asalariada) a petición de ésta para que la cuide, porque tiene problemas de salud. El padre es un pequeño empresario del transporte. El segundo (LFM-5) es un sociólogo de 26 años en una posición oscilante entre el paro, trabajo relacionado con su titulación pero en precario, formación de postgrado y búsqueda de empleo de lo suyo. Vive con sus padres, ambos funcionarios, la madre ya jubilada. El tercero (JCM-2), 29 años, administrativo, se emancipó a los 25. Comenzó dos carreras y acabó titulándose en un grado superior de FP. Ha hecho un poco de todo. Su empleo «más serio», dos años en «una aseguradora de créditos», lo perdió en 2010 al ponerse «malito» (siete meses con «un tratamiento»). Luego estuvo un año y medio en «Honduras de voluntario, [donde fui] a trabajar con niños. Lo mejor que he hecho en mi vida». Hace unos meses, ya sin ahorros, volvió a España a casa de sus padres (ella jubilada, él próximo a la jubilación). Combina el trabajo precario con el paro (sin prestación), la búsqueda de cualquier tipo de empleo y un curso «de crecimiento personal, de abracitos y cosas de esas, enfocado un poco al trabajo. Está muy bien». No cabe duda de que utiliza su experiencia latinoamericana como referencia cuando ve «bien» la situación económica:

La veo bien, lo que pasa es que […] nos quieren meter mucho miedo y mucha tontería. Y sí, en España hay gente que puede estar mal, pero seguimos abriendo el grifo y tenemos agua […] y seguimos teniendo una vida privilegiada. Hay ciertos casos […] que no tengan qué dar de comer a sus hijos, casos puntuales, pero en general yo no creo que esté tan mal como nos quieren hacer ver.

Su vuelta al hogar paterno en plena crisis apenas ha provocado cambios en la situación económica de la familia: «No [no ha habido grandes cambios], lo que pasa es que hemos intentado ser un poco coherentes y no dejarnos llevar por el consumismo este salvaje en el que vivimos. Más o menos igual, a lo mejor dejar de comer fuera alguna vez». Ya sabemos cómo la puntúa:

5, muy buena. Pero muy buena partiendo de mi base de que tener un coche es un privilegio, y que yo me puedo vestir…, aunque lleve una camiseta que está rota no me importa; tengo comida en mi casa, abro el grifo y tengo agua. Entonces, no somos ricos pero para mí la situación es muy buena y privilegiada. [JCM-2]

Subjetividades valorativas aparte, la variedad de respuestas es en todo caso otro indicador de que el paro está afectando también a las clases medias. Y sea cual sea (boyante o dramática) la situación económica «objetiva» de estos hogares, el hecho de que sólo 27 de los entrevistados reciban prestación contributiva pone una vez más en evidencia algo bien sabido, que en España la familia desempeña un papel fundamental como amortiguador de la precariedad económica asociada al paro y de las posibles tensiones sociales derivadas. No sólo. Problemas económicos al margen, 57 manifiestan estar satisfechos con su vida familiar, lo que sugiere que en ella también encuentran soporte emocional. No obstante, el hecho de que 21 se manifiesten en sentido contrario puede ser un indicio de los efectos corrosivos del paro sobre las relaciones familiares.

Más significatividad objetiva tiene la comparación entre la situación económica por la que atraviesa la familia en la actualidad y la que se vivió en la familia de origen (durante la infancia en el caso de los jóvenes no emancipados), ya que nos permite aproximarnos a los efectos de la crisis sobre la movilidad social. Sobre 68 respuestas codificadas, 28 entrevistados afirman vivir ahora peor y 16 mejor. El testimonio de PRM-5 visto un poco más arriba es un ejemplo de movilidad descendente. Entre los que afirman ganar y los que afirman perder posiciones en la escala se encuentran casos como el de PRM-3, quien no obstante teme que acabará cayendo. Se trata de una universitaria de 44 años que lleva once meses en paro y cobra la prestación. Casada con un trabajador social funcionario municipal, tiene tres hijos y puntúa con un 3 su situación económica:

Pues ahora mismo yo creo que es muy similar. O sea, ha habido una temporada en la que ha sido mucho mejor, no había comparación. Pero yo creo que ahora es similar; y en los próximos año, por ejemplo con la subida de tasas en la universidad, etcétera, va a ser peor. Porque yo estudié con becas y mi hermana también. No hemos tenido ese problema, ningún problema en la familia, a pesar de que mis padres eran dos obreros Sin embargo, pienso que los años que se avecinan van a hacer que la situación vaya a peor con respecto a la de nuestros padres. [PRM-3]

Entre aquellos cuyas condiciones de vida familiar han mejorado podemos distinguir varios casos. Dejando aparte el de dos inmigrantes, en primer lugar tenemos a los que han conocido la época de la desruralización y las grandes migraciones internas. Uno de ellos (el ya conocido PRM-1) asegura que vive mejor ahora a pesar de que puntúa su situación con un 1: «La mía es mejor, sí. Cuando nosotros vinimos a Madrid, de Extremadura, la situación estaba bastante peor. Había trabajo y eso, pero eran bastantes más duros aquellos tiempos que estos». DGB-1, universitario, 47 años, más de veinte trabajando como formador, consultor y gestor de formación, 23 meses en paro, todavía cobra la prestación, está casado y no tiene hijos. Cuando se quedó sin trabajo como consecuencia de un ERE su mujer ya llevaba varios meses en paro, aunque en el momento de la entrevista había encontrado «una cosa temporal». Todos sus estudios, desde el bachillerato hasta los universitarios, los hizo trabajando, a veces ayudando a su padre («y después de dormir cuatro horitas me iba al instituto»). Al perder el empleo sus ingresos se redujeron «en dos terceras partes prácticamente», pero a pesar de todo cree que en su situación familiar actual «estamos mejor», porque su padre «tenía que trabajar en tres sitios, y en esa época casi no ahorró nada. […] Mi padre trabajó veinte horas diarias durante mucho tiempo».

En segundo lugar, hay jóvenes que siguen con sus padres y que, a pesar de las dificultades actuales, entienden que la familia vive mejor ahora que cuando eran pequeños. EAV-8 es un electricista de 29 años que empezó a trabajar a los 20, lleva diez meses en paro y cobra la prestación. Tiene un hermano ya emancipado de 34. Su padre, 63, es encargado en una fábrica de chapa en la que ha trabajado 47 años, toda su vida. Aunque en los últimos tiempos las cosas van mal (han despedido a mucha gente y hay meses que no cobra), sigue aguantando. Su madre tiene una floristería a medias con una hermana que tampoco va demasiado bien. No obstante, el estilo de vida de la unidad familiar apenas ha cambiado con motivo de la crisis y su situación de desempleo. Él nunca ha sido «una persona derrochadora», por lo que la reducción de ingresos «no se nota tanto». Y sus padres, salvo en el tema de las vacaciones, «en lo demás más o menos igual»: «Antes se podían permitir irse dos o tres semanas por España o fuera, y ahora se van una semana si llega, y mirando muy mucho los hoteles y…». Sin embargo, «yo creo que [mis padres ahora viven] mejor, por lo menos en cuanto a calidad de vida, en el tema del trabajo. Ya te digo, mi padre toda la vida ha estado en la empresa esta […] agachando la espalda. Ahora ya no está así, está de encargado, ya no se agacha, él está controlando…». También hay adultos, incluidos algunos que no cobran desempleo, cuya situación económica poco problemática se explica porque están casados con un ocupado estable y porque en la actualidad no tienen o tienen menos cargas familiares. El caso de PRM-4 es en cierto sentido parecido, si bien no deja de llamar la atención. Universitaria, divorciada, 55 años, tres en paro, vive con la madre viuda (80 años). Los ingresos de la unidad familiar son los 400 euros que cobra de subsidio y los 600 de la pensión de la madre: «No lo sé, la verdad. Similar no. Yo creo que la situación de antes, de cuando éramos pequeños, era peor. Pero vamos, que nos queda poco para llegar a eso».

JMLV-3 ya no es un parado. Accedió a la jubilación cinco meses antes de la entrevista, exactamente en cuanto pudo hacerlo al cumplir los 62 años, pero su historia laboral contiene varios puntos de interés. Al acabar el bachillerato elemental, con 14 años, comienza a trabajar con sus dos hermanos mayores, que llevaban el papeleo de varias pequeñas empresas. En su casa, que «no era casa de capitalistas» sino «clase trabajadora» (su padre –al que trató poco, «murió joven»– «era labrador pero para otro señor, o sea, sin tierra»; su madre se dedicaba al hogar, aunque «de muy pequeña la pusieron a hacer recados para unos señores y tal»), le dijeron: «Si quieres estudiar estamos dispuestos a que estudies. Elige si quieres estudiar o no. Y yo dije que no y me fui a trabajar con mis hermanos, que ya llevaban varias fábricas». En una de esas fábricas, que llegó a tener unos cuarenta trabajadores, acabó colocándose:

Pues yo entré… A ver, me aseguraron en el 71, que tendría 21 o 22 años, pero ya estaba antes. Me tuvieron un tiempo sin asegurar, porque eso que empiezan que a lo mejor hacía falta en administración un par de horas a la semana, que después eran un par de horas cada dos o tres días, hasta que ya dijeron de colocar a alguien, que me colocaron a mí. Y tendría eso, 21 o 22 años.

Allí transcurrió toda su vida laboral, más de treinta años, pues fue su único empleo; y estaba bien, tenía «un buen sueldo» y pudo ahorrar y hacerse con un pequeño capital. El trabajo le gustaba, lo que «es muy importante […] porque hoy en día, a ver quién está trabajando en algo que realmente le guste».

Fíjate si me gustaba que cuando yo no tenía claro qué es lo que era y por qué me pasaba lo que me pasaba a nivel personal [el hecho de ser homosexual y de tenerlo asumido o no, de vivir como tal o no, que más bien era que no y que no y que no hasta que dije sí y ya está] estaba deseando que llegase el lunes para meterme en el trabajo. No me gustaban los fines de semana porque no tenía qué hacer, no estaba trabajando de cabeza. Estaba deseando que llegase el lunes para meterme en el trabajo.

Pero al poco de cumplir los 50 las cosas empezaron a torcerse. La fábrica estuvo varios años perdiendo dinero hasta que los empresarios no pudieron aguantar más («no creo que nadie hubiese aguantado tanto») y tuvieron que cerrar. Él lo veía venir. Como trabajaba en administración «estaba al loro de todo». Tan al loro que «antes de que cerrara la fábrica yo caí enfermo por depresión. Me calentaba la cabeza: ¿Qué será de mí a mis 52 años, qué voy a hacer, dónde voy a ir? Y estuve casi dos años de baja por depresión [me dio por llorar y por pasármelo mal, mal, muy mal, de no dormir y yo qué sé]. Mientras tanto cerró la fábrica y enlacé la baja de depresión con el paro». Además le dio «por jugar a la maquineta» (tragaperras), una cosa muy rara, porque «solamente jugaba en la que estaba cerca del trabajo, menos mal, […] un rollo malísimo [que] duró bastante tiempo, no sé decirte, quizá un año o así». La depresión duró «hasta que yo mismo…, bueno, yo mismo ayudado, porque tuve la suerte de tener mucha gente alrededor que me ayudó en todo, […] hasta que yo mismo me dije: con lo que tengo puedo vivir, ¿por qué me tengo que calentar la cabeza? Pues nada, asumí lo que había y a vivir […] que yo podía vivir sin mendigar nada a nadie; vamos, que tenía mis medios para poder vivir».

Durante la primera época de paro (nunca se había encontrado en esa situación y no le veía ninguna ventaja) «pensaba que iba a encontrar algo» y buscó trabajo. Sólo le preocupaba que le «saliese algo que físicamente no pudiese hacer». Siguió algún curso de formación, «algo de ordenador […] informática, y después algo más, pero muy poco, a nivel de poder hacer currículum y de presentarme y tal […] pero después, cuando las cosas ya estaban mal –y yo ya te digo que soy un privilegiado– entendí que había gente que estaba mucho peor, y si había algún trabajo prefería que fuese para esa persona antes que para mí. Y no busqué, me acomodé un poco».

Los medios que le han permitido vivir «sin mendigar» y considerarse un privilegiado han sido, tras la baja por depresión, dos años de prestación por desempleo; luego el subsidio para mayores de 52 durante «unos años hasta que me dijeron que ya no lo cobraba más» (hasta los 60), y a partir de los 62 la pensión de jubilación. Todo ello complementado con las rentas del pequeño capital que ha podido acumular a lo largo de toda su vida (al que de vez en cuando ha tenido que darle un bocado) y el alquiler de un piso que tiene en la misma finca en que vive (solo en su propia vivienda sin cargas). En cambio, al piso que heredó de su madre no ha podido sacarle rendimiento. Ha tenido que dejárselo a su hermano, también jubilado: «Uno de mis hermanos lo está pasando muy mal, porque su hijo se metió en no sé dónde, lo avaló… Entonces su hijo perdió su casa, mi hermano perdió la suya por avalarle… […] Y ahora mi hermano está viviendo en mi casa». Obviamente, su situación económica no es la misma que cuando estaba trabajando:

Ahora miro por todo, antes nunca miré. Bueno, tampoco era un derrochador, pero sí que me ha gustado mucho viajar y comer y beber, y ahora para comer y beber… Bueno, tampoco soy de paladar exquisito, me gusta más la comida casera que menús de por ahí de ciento y pico euros, o sea que no… Pero sí que en viajes, por ejemplo, me privo, me tengo que privar.

Pero vive mucho mejor que sus padres (que sólo «tenían lo justo, [trabajar] de sol a sol para poder comer y poco más») y califica su situación con un 3: «Un 3 o quizá más, no sé. Tampoco lo estoy pasando mal de nada, simplemente controlar un poco y ya está, porque tampoco me gusta hoy en día deshacerme de patrimonio» (JMLV-3).

Una cuestión relevante es en qué medida el parado controla la situación en que está inmerso o se deja zarandear por ella. El empleo estructura el tiempo, impone una serie de obligaciones que organizan la vida cotidiana, alimenta relaciones sociales. Al perderlo, la persona se encuentra con un montón de tiempo libre que puede convertirse en tiempo vacío si no toma algunas precauciones. En la entrevista hemos intentado que el parado explicara con cierta precisión qué hace durante su día laborable típico desde la hora en que se levanta hasta que se acuesta. Lo que se pretende saber es si se ha marcado unos objetivos, si tiene una estrategia de uso del tiempo que le impulsa a moverse o, por el contrario, su vida cotidiana viene marcada por acontecimientos externos, fortuitos, fuera de su control. En un caso tendremos una persona activa, que sabe adónde quiere ir y no se deja abatir. En el otro, un individuo desorientado, apático, que se deja llevar, tiende a replegarse sobre sí mismo y al final no sabe si está en jueves o domingo y acaba por no encontrar sentido a nada de lo que hace. La estrategia de organizarse el día imponiéndose diversas obligaciones puede combinar la formación con la búsqueda de empleo, la practica sistemática de algún deporte con visitar familiares o amigos, implicarse más en el trabajo doméstico… Cualquier cosa que permita llenar el tiempo liberado por la falta de una actividad remunerada. Esto no significa necesariamente que el día transcurra sin pasar por momentos de angustia o desánimo, pero sí sugiere una actitud de mantenerse en guardia para no perder el timón que puede ser una manera eficaz de evitar el deslizamiento hacia un proceso depresivo más o menos intenso. Veamos algunos casos.

El trabajador de la construcción al que ya nos hemos referido en varias ocasiones (PRM-1) afronta la jornada con bastante calma, a pesar de que pronto cumplirá dos años de paro y de que no percibe ayuda; quizás porque está familiarizado con el desempleo y porque con cierta frecuencia hace chapuzas. Afirma dormir bien, tras lo cual:

Pues yo me levanto […] sobre las ocho, ocho y media […], me voy a por el pan, compro el periódico, me voy a casa, me tiro una horita, horita y pico, leyendo el periódico. Luego, pues hago la casa, bicheas un poco y luego te vas.., bueno, ahora ya no, pero antes…, te vas a tomar una caña a mediodía, comes, te echas la siesta y por la tarde te das un paseo y ya está. Esa es la vida del parado. […] Y chapuzas las que salen, claro.

Utiliza los métodos de búsqueda habituales en el sector, pero no sabe precisar el tiempo que dedica a ello. La semana pasada no buscó porque estaba convaleciente, la anterior tampoco porque le salió un trabajo:

Está el método del amigo, el del teléfono, visitar obras, bolsas de trabajo, y luego irte por zonas de trabajo, sobre todo bares o…, a ciertas horas […]. No puedo concretarte porque paso todos los días por zonas de obra, me paro, miro… Pues dos horas diarias, por poner un ejemplo, porque no puedo concretarte si es todo el día o no. […] Cuando estás parado estás todo el día pendiente de a ver por dónde salta la liebre. Dos horas por decir algo.

Reconoce que a veces se agobia:

Sí, te agobias, porque estás acostumbrado a trabajar. Llevo trabajando toda la puta vida, y estás condicionado, tienes que pedir dinero a la familia. Esas cosas te agobian y las procuras eludir y procuras decir: bueno, hay que tirar para adelante y esto tiene que cambiar. Y sí, te agobias algunas veces. [Pero] si te agobias, te ofuscas, la cosa no funciona. El tema es que estar parado…, ya se solucionará, y si tienes que partirte la cara te la partes. No puedes encerrarte, meterte en el ese porque entonces ya te anulas, y eso es lo último que tienes que hacer.

[…]

Por muy agobiado que estés, por muy jodido que estés, siempre hay que tirar para adelante. Y si no, le metes una hostia a alguien, vas a la cárcel y sales con paro. Ya está, solucionado el problema. […]

Creo que voy a encontrar trabajo pronto. No sé si más pronto o más tarde, pero vamos, yo calculo que, con un 22% de paro, o solucionan el problema y se dejan de mariconeos o nos liamos a hostias. [PRM-1]

Ahora habla un licenciado en ADE de 28 años que vive con sus padres. Lleva dos buscando su primer empleo. Durante ese tiempo ha hecho un curso de formación ocupacional en gestión de recursos humanos (seis meses) y tres meses de prácticas en una gestoría.

Me levanto sobre las diez o diez y media, desayuno, veo un poco la tele o leo algo y después ya empiezo a buscar trabajo. […] Por internet. […] Una hora, hora y media. Y después, cuando ya he echado los currículums y eso, tiempo libre… Ver películas, leo información, noticias, jugar a la consola. Después ya llega la hora de comer, la siesta… Por la tarde me meto otra vez en las bolsas de empleo […]. Y ya después a lo mejor me pongo a ver concursos o me tomo una cerveza con los amigos. […] Antes quedábamos más, ahora ya no. […] Sí, el fin de semana un día por lo menos. Hombre, es que hay semanas que en cuatro días no salgo de casa para nada […]. Si tuviera una rutina.., pero es que ni corro ni voy al gimnasio ni nada.

[…]

[Ahora] soy más irascible, estoy más intranquilo. Porque hay veces que pienso… Joder, algunos días lo paso chungo; es que no tengo nada. Pero nada. Por lo menos cuando estaba en las prácticas las mañanas las tenía entretenidas, y por la tarde, digamos que mi tiempo libre me lo había ganado. Pero ahora mi tiempo libre.., no es un tiempo libre. […] Entonces hay veces que me siento como un parásito, la verdad.

El otro día, hablando con unos amigos que sí trabajan me decían: Bueno, tú no haces nada… ¡Coño! […] Sí, [duele] bastante, porque es como si dijeran: El cabrón este tocándose los huevos todos los días… Claro, cabrón, pero tú trabajas y te dan 600, 700 euros, si te apetece, puedes irte a París, a Berlín o a donde quieras […]. Yo, las únicas vacaciones que me puedo permitir es un día ahí en la playa […]. Entonces, pues te duele bastante.

[…]

Yo soy un tío optimista. […] Yo siempre digo que siempre hay alguien [que está] mejor que tú y peor que tú, y he visto cosas que…, ¡hostias! […] Hay algunas veces que voy a las entrevistas de trabajo.., incluso prefiero que contraten a alguien que de verdad realmente lo necesite antes que yo, porque yo por suerte mi padre trabaja y puede mantenerme […]. O sea, a mí me gustaría tener coche propio, casa propia, evidentemente, pero hay gente que lo está pasando realmente mal, padres de familia que… Mira, yo que no me den trabajo y que trabajes tú. [AGA-3]

EAV-7 es un joven de 24 años, cerca de dos en paro, de extracción obrera como su mujer, con la que tiene un hijo de dos y medio. Al acabar la ESO a los 17 decide dejar los estudios («es que mis padres tampoco tenían mucho dinero») y se apunta al paro. Allí hace un curso de electromecánica de «dos o tres meses» y enseguida le ofrecen un trabajo en una pequeña empresa de soldadura. Tras los primeros seis meses firma el contrato indefinido. Siendo peón cobra «1.200 de nómina» y, haciendo «un porrón de horas, hasta 1.700 o por ahí». Al «cobrar bien» se mete «en un montón de cosas»: compra un coche, alquila un piso, pide un préstamo para los muebles y funda su propia familia.

El trabajo le gusta, se lleva bien con el jefe, iban a pasarlo a oficial, pero a los tres años comienzan los problemas y la empresa deja de pagar las nóminas. Aguanta cinco meses sin cobrar hasta que, ahogado por los gastos familiares, llega a un acuerdo con el jefe para que le arreglen los papeles del paro (sin finiquito ni indemnización) y le vayan pagando poco a poco lo que le deben. Poco después de saldar la deuda, la empresa echa el cierre definitivamente. Una vez regularizada su nueva situación de parado, cobra la prestación durante diez meses («ochocientos y pico euros») y luego accede a la ayuda de 426 durante veinte más. Calcula que de subsidio le quedan cuatro o cinco meses y espera que se lo concedan a su mujer, porque tiene una pequeña minusvalía. Ella apenas ha trabajado alguna que otra vez en precario, y no puede descartarse que sólo pretenda ser ama de casa. Cuando se fueron a vivir juntos estaba estudiando un ciclo formativo de la rama sanitaria, pero lo dejó al quedarse embarazada. Ahora quiere acabar los estudios, pero el trayecto desde el domicilio al centro educativo «es un cargo de viajes, y dónde dejas al chiquillo y todo, pues ahora mismo no podemos, […] tiene los libros y todo, pero claro…».

Ni con la prestación ni con el subsidio pueden hacer frente a sus gastos. La familia de ella no puede ayudarles:

Es que su padre también está en el paro, su mujer…, están casi igual que nosotros, incluso creo que peor. Porque esos sí que tienen una hipoteca y sí que… Creo que están muy mal. Igual…, no sé si están a punto de desahuciarlos o qué. Pero sí, ellos sí que están peor porque no pueden escapar como yo. Yo sí que me he podido escapar a un sitio donde meterme. Ellos no sé dónde se irían.

La familia de él pudo echarles una mano durante unos meses. Tiene una hermana de 19 años que vive con sus padres y está estudiando inglés. La madre ha trabajado siempre de peluquera, aunque «no gana mucho»; el padre, que sólo ha cambiado de empresa una vez, de limpiacristales. «Ellos me dejaban casi todos los meses 400 o 500 euros, pero claro, tampoco es gente que cobre 2.000 euros… Ya mi padre me dijo: ya no tengo más dinero para dejarte». En consecuencia, hace ocho meses tuvieron que dejar el domicilio familiar para irse a vivir cada uno a casa de los padres respectivos, ella con el niño. Como las viviendas son pequeñas, pensaron que era la mejor solución: «Para no estar agobiados los tres, ella se fue allí y tenía un poco más de espacio. Pero luego resultó que era peor, porque yo no los veía en todo el día y para verlos tenía que ir un rato allí, hasta la hora de cenar». Así aguantan durante dos meses hasta que deciden vivir juntos de nuevo en casa de los padres de él. De momento no hay problemas de convivencia, porque sus padres pasan todo el día fuera. Él sale a las siete de la mañana y vuelve a las nueve y media de la noche: «trabaja un montón, y los sábados también, hasta mediodía». La madre regresa a las siete de la tarde y se pone a preparar la cena. Así explica la forma en que pasa el día:

Me levanto a las nueve o por ahí, desayuno y a las diez y media o por ahí saco a mi hijo, nos vamos a pasear un rato al perro. […] Me tiro toda la mañana en el parque con el chiquillo y con mi mujer, y cuando nos cansamos, a la una o por ahí, llegamos, hacemos la comida… Después de comer nos ponemos una película. Me descargo películas en el ordenador, veo películas y dibujos. Se duerme un rato el chiquillo. Y por la tarde pues nada, depende, a veces sales a pasear, otras veces quedas con algún amigo y otras veces pues nada, en casa. O sea, es muy aburrido. Por eso estamos más agobiados, porque no puedes hacer nada. […] A las once o por ahí el niño se duerme y yo me quedo con mi mujer viendo películas hasta la una o las dos. Como no hago nada…

[…]

Antes [cuando trabajaba] al tener dinero sí que hacíamos más cosas. […] Hacíamos de todo. Hacíamos viajes fuertes. Fuimos a Port Aventura […]. Ganando bien puedes hacer…Y no ganando mucho también, porque 1.500 o por ahí… Pero claro, sí te sobran, por lo menos 500 o 600 todos los meses. Mi madre me dijo que ahorrara y no le hice caso, y ahora me estoy arrepintiendo. Podría haber ahorrado mucho.

Busca empleo «por internet, en el paro, en esto de… oficinas de empleo temporal [ETT], de todo»:

Hace dos semanas me tiré toda la semana, que me gasté por lo menos 20 euros en gasolina, echando currículums en las empresas del sector de mi padre. Y busco…, miré por internet, apunté todas las direcciones y me fui a entregarlos, pero nada, imposible. […] Y mejor hablar personalmente [con el encargado] porque, es lo que te digo, si entregas un currículum.., es mucha suerte que coja el tuyo y le interese. […] Y por internet todos los días entrego un montón de currículums en oferta, pero claro, es que ahí…, es que igual pinchas alguna y ahí, por lo menos ya hay diez mil que la han visto, que para un empleo hay una barbaridad. […]

Lo que intento es coger algo pagándome en negro, chapuzas o lo que sea, pero tampoco hay. […] Alguna vez he ayudado a gente a descargar escombros y todo eso, pero poco, muy poco. […] Sí, [conocidos que] están en la obra y saben que para echar un mano valgo; pues sí que llaman, pero estamos hablando de diez días, un día o dos al mes. […] A veces hago alguna faena que me da mi padre. […] Sí, alguna vez a la semana sí, pero para ganar doce euros, con lo cual voy un rato a los cristales y gano doce euros, pero ya no gano más.

Dice que de salud se encuentra bien y que no necesita ir al médico, pero su estado de ánimo se resiente:

A mí ya me da igual todo. Sí, ya estoy cansado. Mucho tiempo ya. […] Entonces, pues mal, hay días que bastante mal, la verdad, deprimidísimo. […] La vida que tenemos ahora mismo no es fácil… Soy demasiado joven y empecé muy fuerte y ahora estoy muy mal, ¿sabes? Y es lo que hay, a esperar. […]

[Esto me estresa] mucho. Me estreso pero porque no hago nada en todo el día, entonces…, es que no puedo hacer nada. […] El niño es lo único que te alegra, porque estás con él, por lo menos te entretienes. Si no estuviera él…, bueno, todo el día en el ordenador o la videoconsola. Cuando estás con él por lo menos sales para que se divierta. […] Y mi mujer y yo, pues bueno, bien, porque sabemos la situación en la que estamos, y de momento nos llevamos bien. Siempre alguno choca pero porque nos aburrimos, no podemos hacer nada, uno sólo puede salir al parque. Y un día, otro día, otro día, todos los días durante tantos meses, pues cansa. Estoy un poquito deprimido, sí. […]

Lo que más me molesta es no tener un piso, un sitio para mi hijo, aunque sea un cuarto para que juegue. Eso es lo que más me cuesta. Y luego, claro, es que no puedo hacer nada nunca. Salvo el sábado que me puedo tomar una cerveza o dos, no puedo hacer nada nunca. No puedo ir al cine porque ir al cine creo que son 20 o 30 euros. O sea, nada. Y así, pues aguantando. Estás raro.

A pesar de todo afirma que duerme bien, que la vida merece la pena vivirla, y espera que las cosas les vayan mejor en el futuro:

Espero que de aquí a un tiempo…, a ver si le dan el subsidio a mi mujer, si respiramos un poco más y a ver si encuentro algo antes de que se me acaben los 400 euros. Estoy casi seguro [de que lo conseguiré]. Y si no, sería un golpe duro. [Puedo aguantar] seis meses. Si ya no me queda ningún ingreso, ya no tengo ni para tomar una cerveza ni para coger el coche… […] Es que antes no era todo así, ¡madre mía! [EAV-7]

De los testimonios que vamos viendo se desprenden varias cuestiones que merecen un comentario. En ocasiones el paro provoca mucha angustia, desconcierto, cambios relevantes en la vida diaria. Hemos considerado que puede entenderse como desestructurada la vida cotidiana de 17 parados. Destaquemos por el momento (de los problemas de salud nos ocuparemos en el próximo capítulo) que en torno a una docena de entrevistados se han visto obligados a abandonar su vivienda habitual: por no poder pagar el alquiler, para alquilarla y así poder hacer frente a la hipoteca, por desahucio, para vender el piso y evitarlo… No se trata sólo del caso bien conocido de jóvenes emancipados sin cargas familiares que han tenido que volver al domicilio paterno (aparte de los que no pueden abandonarlo). Hay también adultos en la cuarentena (con o sin familia) que han acabado refugiados en casa de los padres o de la madre viuda. Una docena al menos de parados con problemas graves de vivienda sobre 88 entrevistados que han sido escogidos sin tener en cuenta para nada esta circunstancia es una proporción sin ninguna duda elevada.

PRM-6 tiene 41 años y dos hijas. Dejó de trabajar a los 29 con motivo de su primera maternidad. Hace siete meses comenzó a buscar trabajo al romperse el matrimonio, y lo que más le preocupa es cómo quedará el proceso correspondiente actualmente en curso. De momento vive de lo que le pasa su marido, que le llega para la hipoteca y poco más, y de la ayuda de su madre: «Yo, si no fuera por mi madre en mi casa no se comería». En su momento se licenció en ADE e hizo un curso de técnico en control de calidad. Pero harta de buscar de lo suyo («claro, cuando yo empecé a poner en el currículum ‘estado civil casada’, eso era como un lastre») entra de dependienta en unos grandes almacenes donde también trabaja su marido «de jefe». Allí estuvo «no sé si fueron tres o cuatro años»; y se le «terminaba el contrato, me hacían fija, pero no podía pedir reducción de jornada ni tener siempre el mismo turno. Entonces tenía que dejar a la niña en una guardería, y me costaba mi sueldo y parte del de él. Así que decidimos que para eso casi era mejor quedarme yo en casa, porque yo no tenía a quién dejarle la niña». En cuanto a lo que hace durante un día normal:

Me levanto, me encargo de mis hijas, las levanto, desayuno, libros, ropa, todo, las llevo al colegio, vuelvo a casa. Compra, comida, recoger la casa; vuelvo a por ellas, me las traigo a comer, volvemos a subir al cole, actividades extraescolares, llegas a casa, deberes, duchas, cena, y a la cama. […] O sea, mi vida es en torno a mis hijas y el mayor tiempo es dedicarme a arreglar mi casa y a mis hijas. […]

Vamos a ver, [no trabajo] para una empresa, pero yo sigo trabajando, o sea, yo lo veo así. A mí me dicen: qué bien que estás en casa. No, perdona, este es el peor trabajo, el menos reconocido, el menos agradecido y el que encima no te reporta ningún beneficio económico.

[…]

[En cuanto al tiempo dedicado a buscar empleo], es muy relativo, porque la verdad es que yo no tengo mucho tiempo. Entonces, me voy enterando [a través] de gente que me dice […] entonces me acerco, echo currículum y me vuelvo para mi casa. Sí que me meto en…, por Google para mirar las ofertas de empleo y todo eso. Pero claro, es que además ahora te piden la caña de España […], y hay mucha gente en paro, mucha gente joven y con más de una carrera y una preparación que…

[…]

Busco lo que sea, no se me caen los anillos, [y desde que busco empleo mi vida no ha cambiado], porque yo sigo exactamente igual, simplemente [no tengo que] ir a fichar, porque ahora, como están las cosas, no hay ni cursos, es que no te llaman del paro ni para hacer cursos. Es increíble. [PRM-6]

A esta licenciada en Derecho de 49 años ya la conocemos. Es la que asume el paro con cierta normalidad porque se ha pasado toda su vida laboral trabajando para la Administración Pública de un contrato en precario a otro:

Pues vida de ama de casa. […] Porque además acabas siendo polivalente, acabas apagando los fuegos de donde no pueden acudir los demás. Pues llenas los huecos: compra-casa, casa-compra, más cinco mil cosas. Porque si apuntara detalladamente lo que llego a hacer al cabo del día… […] Tú llegas a la conclusión de que no haces nada. Hasta que me he dado cuenta que yo vivo mejor cuando trabajo que cuando no trabajo, porque tengo un horario estructurado, cosa que es otro de los problemas del parado. […]

Cuando me preguntan si trabajo, yo digo: Sí, mucho, ahora sin nómina, pero ya lo creo que trabajo, y además sin horario, con sus ventajas y sus inconvenientes. […] Sí que me he adaptado a estar entrando y saliendo continuamente en el mundo laboral, con lo cual tengo mayor facilidad de adaptación. Pero hasta ahora nadie me ha quitado el pánico de acabar el contrato y decir: ¿y mañana qué voy a hacer?

[…]

[La principal diferencia entre estar trabajando y en paro es] que estás conectado con el movimiento, sigues avanzando. Cuando estás fuera del mercado laboral es la desconexión con lo que pasa. Al no estar en el meollo vives de lo que te cuentan los demás de muchísimas situaciones, […] y se hace mucho esfuerzo para poder estar… […]

Yo nunca he dejado de buscar empleo, pero si quien gestiona el empleo, la primera vez que te recibe te dice: Es que, claro, con esta edad…, dices: ya… […] Porque ya te dan el pésame cuando te ven venir. Pero esto desde los 40, o sea, desahuciada. En este país, siendo mujer, estás desahuciada laboralmente desde los 40 años. [VEZ-1]

Está registrada en la oficina de empleo. «Voy a sellar, porque hasta ahí podíamos llegar encima, de facilitarle las cifras al Gobierno, de decir que no estoy parada. Ah, ahora eres ama de casa. No, estoy parada». Y afirma buscar cualquier tipo de trabajo «menos prostitución, a eso no he llegado». Sin embargo reconoce que durante la última semana no ha hecho ninguna gestión al respecto: «Bastante tengo que pelear a ver cómo me llega el presupuesto, a ver cómo no me organizo con la luz, a ver cómo me peleo con el banco y las comisiones, a ver cómo toreo la última subida del recibo de la contribución, etcétera, etcétera, etcétera. Porque eso sí, obstáculos… la vida complicadita que… ¡vamos!»

Así pasa sus días la que no quiere acabar de cajera:

Me levanto muy pronto, desayuno con mi hija, que es algo que tampoco he podido hacer nunca. La llevo al cole en bici y a continuación suelo quedarme para ayudar en algunas cosas. Es un cole un poco especial donde hay una participación muy alta de las familias. Vengo, hago la compra, me dedico un rato…, pues como un par de horas o tres a buscar cosas, a buscar cursos, a buscar trabajo. Hago tareas domésticas, vuelvo a por mi hija y sigo haciendo cosas en el cole. […]

Tengo un listado de coles concertados y privados, voy mandando currículums. También tengo movilizados a todos mis contactos… Estoy registrada en varias páginas de búsqueda de empleo… Mis perfiles van dirigidos a determinados sectores y entonces prácticamente a diario recibo información sobre ofertas de empleo y de formación. […] Esta semana estoy preparando un currículum específico para un instituto que me ha llegado una oferta, necesitan un profe de lengua y literatura.

[…]

He estado haciendo cursos este año que ahora espero que me sirvan. He intentado reciclarme en el campo de la educación, porque es algo de lo que nunca he terminado de separarme porque me gusta mucho. Es lo primero en lo que me inicié laboralmente y por eso estudié mi carrera. Entonces, a través del cole de mi hija y con los profes del cole, he estado ahí reciclándome y eso intento que me sirva. Además tengo en mente un master que empezaría en octubre […] para si no me surge lo otro tener posibilidades en otro campo.

[…]

Ahora es un momento un poco especial porque estamos de vacaciones, y es mi primer año [en paro] después de muchísimos que.., pues puedo disfrutar de un verano con mi hija, sin tener que llevarla a campamentos, etcétera. Entonces, en ese sentido yo me lo he planteado de relax. Durante todo el curso no he parado, porque yo no puedo parar, entonces aunque he estado parada no lo he estado.

[…]

[Durante este año de paro mi vida ha cambiado mucho], antes iba a matacaballo a todas partes, me faltaba tiempo para hacer cosas […]. Entonces, cuando trabajaba […] ya era un no parar […] hasta que me sentaba a las diez y media u once de la noche. Ahora tengo.., también sigo sin parar, pero digamos que soy yo la que impongo el ritmo y la que digo: Bueno, pues a las 12 paro porque me voy a sentar a buscar trabajo […] o sea, que soy yo la que impongo el ritmo. […]

[En cuanto a la diferencia más importante entre estar trabajando y en paro]: Bueno, yo tengo ahí momentos un poco de bajón, o sea, mis amigos intentan animarme y decirme que… […] La diferencia también es que yo me sienta más o menos útil y aportando e independiente; o sea, yo siempre he sido independiente con respecto a mis parejas. Ahora sigo siéndolo porque cobro la prestación, pero eso no es indefinido, eso se acaba y yo no puedo estar.., yo creo que no voy a aguantar esa situación de dependencia. Para mí lo fundamental es dependencia-independencia. [PRM-3]

La licenciada de 27 años que considera que por menos de tres euros y medio la hora no debería trabajar nadie lleva trece meses y medio en paro. Vive con sus padres:

Me levanto a lo mejor a las 9 y estoy hasta las…, bueno, si no tengo que hacer nada en casa, hasta las 12 estoy mirando ofertas de trabajo o limpiando o haciendo cualquier cosa. Después me voy al gimnasio, como, me echo un ratito y me pongo otra vez a buscar ofertas. Por ejemplo, de cuatro y media a ocho puedo estar pegada al ordenador. Me ducho, ceno y ya me pongo otra vez con el ordenador […]. También he repartido mi currículum por aquí por la zona a un montón de asociaciones de discapacitados, de colegios concertados, de centros infantiles…

[…]

Ese ha sido este invierno mío [la entrevista se hace en agosto]. Ahora ya, con las clases particulares y eso, pues también […] voy hora y media dos días a la semana. […] Este mes no he hecho nada [de buscar trabajo]. Con las clases particulares y el tema del verano y tal, para septiembre todo. […] Sí, porque para mí el tema de buscar empleo es un trabajo, echarle horas. Y ya estaba cansada […] y he dicho: me tomo un mes de respiro porque si no voy a acabar súper quemada. […] Pero me tengo que poner ya [a buscar]. Y ya estoy en plan de: me estoy columpiando. […]

Hombre, [estando en paro] tienes más tiempo libre, una vida muy relajada. […] Pero eso son las dos primeras semanas, y a la cuarta […] yo ya me empiezo a subir por las paredes. Yo no puedo. Vamos, para mí el paro es lo peor, estar todo el día pensando que tienes que trabajar, buscarte algo, no sé qué… […] Me quiero sentir más útil. Yo quiero tener cosas que hacer y […]. Depende del día, porque hay días que dices… Pero sí, sobre todo el no ser útil, o sea, yo quiero mi trabajo, quiero mi independencia, no tengo por qué pedirles [a mis padres], necesitar ayuda económica; decir: es que soy una inútil, es que no puedo hacer cosas porque no puedo independizarme. Entonces…, tengo 27 años… [AGA-6]

Quien habla ahora tiene un perfil muy parecido al anterior, aunque soporta peor la situación. Ya la conocemos, es la que dice que el salario digno no debería ser inferior a los 1.000 euros pero que ella trabajaría incluso por 500. Hija única, vive con sus padres. Él, 57 años, pensionista por motivos de salud; ella, profesora de secundaria, recién jubilada con 60.

Pues mira, me levanto…, es que me parece tan triste. Me levanto más o menos a las nueve y media. Desayuno, me pongo a ver un poco el periódico en internet y me pongo a limpiar la casa; realmente, no tengo otra cosa mejor que hacer. Luego me pongo delante del ordenador todas las mañanas. ¿A qué hora? Pues por ejemplo hacia la una. […] Yo todas las mañanas busco empleo, Infojobs lo quemo. […] Me apunto todas las ofertas que veo […], de todo tipo, de trabajo más interesante, menos interesante, trabajo en condiciones más horribles, trabajo con menos. No sirve de nada, pero necesitas hacerlo, claro. Como hacia las dos y media. […] Después limpio la cocina y me voy a mi cuarto a leer un rato. […] Y después, a lo mejor, veo una serie en el ordenador y me pongo otro rato delante de Infojobs o Primer Empleo o Todo Empleo. ¿Algo de empleo? Pues ahí estoy. Luego, a las seis y media o siete menos cuarto me voy a andar con una amiga o quedo a tomar café o… […] Y ya llega la hora de cenar, cenamos, veo la tele, leo, [apago la luz sobre la una], me duermo y un día más. También es cierto que por la noche estoy mucho en internet, me gusta mucho la fotografía, me entretengo, estudio por mi cuenta. […] [No estudio cosas relacionadas con mi carrera], principalmente con mis hobbys, que me hacen feliz. Necesito encontrar cosas que me motiven y tal. No me voy a poner ahora mismo a estudiar contabilidad porque me aburro y porque no creo que me sirva para nada, y porque no hay un trabajo ahí esperándome, y me deprimo más. Entonces hago cosas que me gusten y me motiven y me mantengan ocupada la mente. [ESV-7]

Aparte de dedicar dos horas diarias a buscar trabajo por internet, está registrada en la oficina de empleo desde hace dos años, pero nunca la han llamado. También utiliza los contactos personales: «Lo hemos intentado pero no hay nada, no me han conseguido nada. Bueno, mi madre me consiguió lo de XXX de cajera estas navidades. Pero nada en plan serio, que digo yo. Es que está muy mal el tema». El mes pasado hizo un curso de cincuenta horas que la mantuvo «entretenida» por las tardes. «Laboralmente» no le resultó de gran utilidad, pero:

Me sirvió, súper útil para despejarme la mente. Es que llega un momento en que tienes que buscar un poco el equilibrio, ¿sabes? No todo es: voy a hacer este curso porque me va a venir bien para, si he hecho ADE, porque es de ADE. Es que yo ya tengo.., estoy súper formada en ADE, es que reviento el currículum. Ya hago cursos y cosas, como te digo, por mantenerme bien, y por hacer cosas que me gusten e intentar estar feliz y mantener el nivel de estrés. [ESV-7]

La vida diaria de EAV-4 así como su trayectoria laboral, angustias y expectativas merecen ser analizadas con más detenimiento en otro momento. Por ahora conformémonos con saber que es administrativa (ciclo formativo de grado superior en Administración y Finanzas), tiene un hijo y está casada con un obrero de la construcción. Ambos en paro, ella desde hace casi cuatro años, él desde hace casi tres, viven con los dos subsidios (casi 900 euros) y la ayuda de las familias. Ha hecho varios cursos formativos que le han venido muy bien para estar al día y romper el aislamiento de la vida de ama de casa. Busca empleo por internet: «Todos los días por la mañana cuando me levanto, antes de que el niño se despierte. Yo creo que estaré tres cuartos de hora o una hora metida en el ordenador todos los días, aparte de que luego por la mañana y a lo mejor al mediodía vuelvo a mirar otra vez, y por la noche.» En varios momentos de la entrevista apenas puede contener la emoción:

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