Kitabı oku: «Más Europa, !unida!»

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Más Europa, ¡unida! ha recibido el Premio Gaziel de Biografías y Memorias 2012 convocado por la Fundación Conde de Barcelona y RBA Libros. El jurado estaba formado por Borja de Riquer, Màrius Carol, Sergio Vila-Sanjuán, Josep M. Muñoz y Joaquim Palau.

© Enrique Barón Crespo, 2013.

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2014.

Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

REF.: OEBO711

ISBN: 978-84-9056-307-6

Composición digital: Víctor Igual, S. L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.

Índice

Dedicatoria

Cita

Introducción

1. En el mundo

2. El colegio

3. Precursor Erasmus

4. Universidad y sociedad

5. Abogado de derechos humanos

6. La unidad socialista

7. Constitución de día, reforma fiscal de noche

8. Cuestiones constitucionales

9. Los electrochoques

10. El 23-F

11. Del golpe al gobierno

12. El Gobierno

13. Al Parlamento Europeo

14. La presidencia

15. Berlín, de muro a puerta

16. El Tratado de Maastricht

17. Ampliación-profundización

18. El euro y la cultura de la estabilidad

19. De la Constitución a Lisboa

20. Europa y la cultura

21. El español, activo de futuro

22. Europa en el mundo del G-20

23. ¿Más Europa?

Pliego de imágenes

Notas

A MI MADRE EN EL RECUERDO,

A SOFÍA SIEMPRE,

POR SU AMOR Y PACIENCIA

¡Recorred, hermanos, vuestro camino,

alegres, como el héroe hacia la victoria!

FRIEDRICH VON SCHILLER

Cuando emprendas tu viaje hacia Ítaca,

debes rogar que el viaje sea largo,

lleno de peripecias, lleno de experiencias.

KONSTANTINO KAVAFIS

He extendido mis sueños bajo tus pies;

Pisa con delicadeza, pues pisas sobre mis sueños.

W. B. YEATS

Sueños izados al viento

¡Quieren estrellas varear!

Velas de mi pensamiento

¿Adónde me queréis llevar?

NATÁLIA CORREIA

Caminante, no hay camino,

se hace camino al andar.

ANTONIO MACHADO

¡Sembremos lo que permanece, pasantes como somos!

VICTOR HUGO

La historia no la produce

quien la piensa ni tampoco

quien la ignora.

EUGENIO MONTALE

KÓSMOS MAKRÓS

KHRÓNÓS PARÁDOKSOS

(Solo el pétreo griego tiene palabras para esto.)

WISLAWA SZYMBORSKA

INTRODUCCIÓN

En mi vida pública dominan dos grandes pasiones: democracia con justicia social en España y en Europa. En mi vida privada comparto con mi esposa, la pintora Sofía Gandarias, estas pasiones, enriquecidas por la dimensión cultural. Unas ideas-fuerza que me siguen motivando hoy en día, en un momento en que la crisis pone en cuestión lo realizado y una oleada de pesimismo enturbia el futuro.

Curiosamente, esos principios fundamentales que han guiado mi vida no me los enseñaron ni en la escuela ni en la universidad. Bajo la dictadura franquista, democracia era un concepto propio de la Europa decadente, por no hablar de la conspiración judeomasónica y comunista. En aquel orden tradicional restaurado con la única ortodoxia religiosa, los derechos humanos eran subversivos, especialmente el derecho a votar y revocar a los gobernantes. ¿Cómo podía ser igual el voto de un pastor que el de un catedrático?

Conseguir que España fuera una democracia parlamentaria y una sociedad más justa fueron norte y guía de mi acción desde que empecé a tener uso de razón político al final del bachiller y opté por militar en el campo socialdemócrata.

En el caminar de mi vida he trabajado en cosas distintas, tanto en el ámbito profesional como en el servicio público, pero esas convicciones me han motivado siempre. Sucesivas reencarnaciones me han enriquecido con diversas experiencias y enseñanzas. Profesor universitario, abogado defensor de derechos humanos, diputado constituyente, portavoz parlamentario, ministro del Gobierno de España y en mi etapa europea como parlamentario durante casi un cuarto de siglo, con responsabilidad presidencial en el momento histórico de la caída del Muro de Berlín, el final de la guerra fría y el tránsito a la Unión Europea. Ahora, de nuevo en la universidad y el sector social, non profit.

A lo largo de este itinerario, he procurado contribuir y aprender, ligero de equipaje, con una actitud parecida a la del romero que se para ante unos albañiles y les pregunta: «¿Qué estáis construyendo?»; uno contesta que un muro, el otro una catedral, el edificio europeo más emblemático. El romero se incorpora a la tarea. He trabajado como albañil y arquitecto político y social. Me gustaría que tuviera razón Paca Sauquillo cuando me define como «un hombre del Renacimiento». No cabe mayor cumplido.

La revisión y la crítica son parte del ciclo vital, pero tras un siglo en el que Europa se suicidó repetidamente, hay que tener siempre presente algunas ideas fundamentales. Una, que la construcción de la UE supone para los europeos «el único proyecto a medida de nuestro mundo y nuestra época», por decirlo con Pierre Uri, mano derecha de Jean Monnet, profesor perseguido por judío por la Francia de Vichy y redactor del Tratado de Roma junto con Hans von der Groeben, primero funcionario del Reich alemán y después comisario europeo.

Un proceso de construcción de la UE como democracia supranacional que nos interesa no solo a los europeos sino a toda la humanidad. Por si se nos había olvidado, Luiz Inácio Lula da Silva nos lo ha recordado: «El mundo no tiene derecho a permitir que la Unión Europea acabe, porque lo que hicieron los europeos tras acabar la Segunda Guerra Mundial forma parte del patrimonio democrático de la humanidad». A los que se incorporan ahora a la tarea, conviene recordarles que, para poder escribir su página en blanco, deben merecer lo que han heredado para superarlo.

Federico Fellini decía que una película es una serie de visiones de la realidad compuesta como una sucesión de cuadros en movimiento. Otrora, las narraciones las hacía el pueblo en aleluyas y los artistas en retablos. Espero que este no sea otro retablo de las maravillas aunque, al tratarse de memorias, es innegable que la realidad se revive, recompone y reestructura. Ahora se habla mucho de lo virtual como novedad. Empero, la vida es virtual desde siempre; en ella se mezclan continuamente sueños, recuerdos, aspiraciones y olvidos. Basta con cerrar los ojos para viajar por la imaginación y recrearla. Sería espantoso disponer de toda la vida de una persona filmada y grabada al segundo. Afortunadamente, las memorias se escriben en la distancia. «Existir es cambiar, cambiar es madurar, madurar es seguir creándose a uno mismo sin fin», dijo Henri Bergson. Por ello, los acontecimientos históricos cambian con el tiempo de importancia, porque la historia es producto de una relación entre el tiempo en que los hechos acontecen y el tiempo en que se relatan.

Espero que el lector encuentre en mi relato algunos elementos que sean de su interés y provecho; algo más que una autobiografía autoelogiosa o un anecdotario con el autor como centro del universo. He tratado más de la sociedad en su conjunto que de elaborar una lista de nombres destacados en negrita. Hay muchas personas no mencionadas a las que guardo gratitud y reconocimiento, como también hay algunas que me agradecerán que las silencie. Mi narrativa se inspira más en la construcción de una película que en un álbum de fotos de familia. En un «viaje inacabado», por tomar prestado el bello título de la autobiografía de mi amigo y maestro Yehudi Menuhin.

1

EN EL MUNDO

«Al revolver una esquina se volvieron a encontrar...». Purita y Rafael, mis padres, se dieron de bruces en Santander a principios de abril de 1939. Acababa de terminar la Guerra Civil, mi padre había viajado desde Madrid en el tope de un atiborrado tren tras enterarse de que mi madre había conseguido trasladarse a la capital cántabra. Ella no sabía si él, con el que había estado a punto de casarse tres años antes, estaba vivo, aunque guardaba siempre una llama de esperanza. Se casaron de inmediato, con la inmensa fuerza de haber sobrevivido a la hecatombe. Recuperaron el tiempo perdido engendrando ocho hijos. Fui el tercero.

Nací el 27 de marzo de 1944 en el quinto piso de un inmueble sito en la calle Don Ramón de la Cruz, en pleno barrio de Salamanca en Madrid. Fui el último de mis hermanos que nació en casa; los demás nacieron en la clínica. En España, 1944 fue un año de hambre, uno de los más duros de una larga posguerra. Afuera, el mundo era aún menos apacible. La segunda parte de la Gran Guerra que ocupó la primera mitad del siglo XX europeo avanzaba, con sangrienta saña, hacia su fin. En Italia se libraba la batalla de Montecassino, que abría las puertas de Roma; en Gran Bretaña seguían los bombardeos sobre Londres, mientras se preparaba el desembarco de Normandía, y en el Lejano Oriente la batalla del Pacífico se iba endureciendo. Hacía un mes que Primo Levi había ingresado en el campo de concentración de Auschwitz.

De todas esas cosas me fui enterando mucho más tarde. El exterior apenas existía para una generación que había vivido el cruel trauma de una guerra civil, en la década de 1930, una de las más dramáticas de su historia. Su horizonte era la lucha por la vida cotidiana. El mundo que fui descubriendo era de calles casi vacías, donde pasaba de vez en cuando un auto con gasógeno, tranvías y autobuses de dos pisos —el de arriba era un paraíso para los niños—. Conocía de memoria los escasos coches de mi barrio, casi todos de antes de la contienda, con marcas como Adler, Tatra, Studebaker, Delage..., estacionados en la calle a distancia unos de otros como esculturas.

El lugar más mágico en la calle más importante del barrio, Conde de Peñalver (antes Torrijos), era el Bazar Horta, una juguetería cuyo escaparate lamíamos con ansia infantil, contemplando los juguetes que podíamos pedir en la carta a los Reyes Magos, coches o trenes de Payá de lata para los chicos o, como máximo, un Meccano, y para las chicas una Mariquita Pérez. Con todo, lo que más me sirvió fue la construcción del parque Eva Duarte de Perón al final de la entonces calle de Lista (hoy Ortega y Gasset). Un regalo de la enjoyadísima presidenta de Argentina y a la vez lideresa de los descamisados que dejó una profunda huella en aquel gris Madrid. Huella que ha pervivido en el imaginario del siglo XX no solo en la comedia musical o el cine. Recuerdo cómo, en reuniones en Ginebra, los fornidos sindicalistas del SMATA argentino hablaban de ella como si fuera la Madonna.

El parque surgió en unos solares donde nos despellejábamos las rodillas y rompíamos los pantalones por los taludes. De la tierra pasamos al césped, un lujo para los hijos del clima mesetario. Aún hoy cuando piso la hierba en lugares húmedos me parece una transgresión y me viene a la memoria el cartel de PROHIBIDO PISAR BAJO MULTA DE CINCO PESETAS. Se construyó en un descampado al lado de los restos de una sala de fiestas, Villa Bolonia, por las que se trataba de evitar nuestra presencia para no ver a hombres y mujeres encontrándose recelosos y a escondidas, en lo que más tarde comprendí que se trataba de un lugar de prostitución.

La Argentina como cuerno de la abundancia tuvo un gran impacto en aquel momento. La llegada de barcos cargados de trigo y carne fue una gran noticia de portada. La visita de un primo de mi madre, Juan Areú Crespo, con su familia, completó el cuadro. Era secretario de juzgado en Posadas (Misiones), la tierra donde los jesuitas habían creado una república comunista mística cuyos restos visité años más tarde. No solo tenía coche, sino que además nos contaban como costumbres normales tirar carne o pan sobrante al tacho (cubo de la basura). En el caso de las mujeres, traían ropa interior de nailon, entonces desconocido en España. Era una tierra de promisión

El abastecimiento era una tarea cotidiana, y a menudo una batalla. En el mercado se podían comprar algunos alimentos perecederos que se guardaban en la fresquera (una alacena con rejilla metálica) un par de días, mientras que el aceite, el azúcar, la harina, el arroz o las legumbres secas se adquirían con la cartilla de racionamiento en la tienda de ultramarinos o en el economato, donde se podía comprar con descuento con la cartilla del Ejército, la Marina u otros cuerpos. Había algunos artefactos que llamaban poderosamente la atención a un niño: el dosificador de aceite, la bacaladera con su amenazador y desmesurado cuchillo de guillotina, las ruedas de arenques secos, el lápiz que los tenderos llevaban en la oreja, a veces acompañado por un pitillo, y chupaban para escribir con un tono violáceo. Colgaba un cartel difícil de entender a la primera: HOY NO SE FÍA, MAÑANA SÍ. Más tarde vi su versión francesa en una barbería: MAÑANA SE AFEITARÁ GRATIS. Muy apreciado era el chusco, un pan con una calidad y una densidad de harina incomparables, que conseguía la tía Josefina, que trabajaba de mecanógrafa en el Ministerio de la Guerra y nos tejía jerseys.

En la boca del metro de Lista, unas mujeres vestidas de negro con pañuelos en la cabeza —muy usuales entonces en los pueblos— asían una bolsa o capacho y ofrecían con mirada recelosa comida, cigarrillos, tabaco para liar y caramelos. Vendían productos del mercado negro bautizados como «estraperlo», un nombre que se decía italiano pero que en realidad era un acrónimo de los socios holandeses (Strauss, Perel y Lowann), inventores de un juego de ruleta eléctrica que generó un famoso escándalo de sobornos durante la Segunda República.

Había una vaquería enfrente de casa; entonces el ganado estaba estabulado en plena ciudad, y se podía contemplar al amanecer cómo el lechero procedía a bautizar generosamente la leche. La nata era un preciado manjar por el que fui castigado, ya que me levantaba por la noche para comérmela. El yogur se vendía en las farmacias y te lo daban solo cuando tenías problemas intestinales, lo cual me llevó a simular estar mal de la tripa dada mi pasión por tan maravilloso producto. Ayudábamos a cribar las lentejas o los garbanzos para quitar las piedras o los bichos o a hacer pan de higo con almendras e higos secos que enviaban parientes de mi madre desde Murcia.

La cocina era de carbón y el agua para el baño había que calentarla expresamente. Las restricciones de luz se mantuvieron hasta entrada la década de 1950, lo que dio lugar a la elaboración de ingeniosos sistemas de lámparas de pilas, en cuya construcción mi padre, electricista en su juventud, tenía mucha habilidad. Los objetos eléctricos o domésticos se reparaban y canibalizaban para aprovechar sus piezas. Las cacerolas se lañaban con soldaduras, cosa que volvería a ver en la India rural muchos años después. Se reciclaba todo.

Del grifo solo salía agua fría y los radiadores de calefacción tenían un valor decorativo tanto en casa como en el colegio, a pesar de que su importe figuraba con implacable regularidad en los recibos. Los inviernos eran más fríos, lo que se notaba aún más porque llevábamos pantalones cortos. Ponérselos largos formaba parte de los ritos iniciáticos de la adolescencia.

Desarrollé mi resistencia superando enfermedades. Además de las propias de la niñez en una familia numerosa como el sarampión, la varicela o la escarlatina, me tocaron algunas poco comunes hoy. Primero, la difteria, que te hinchaba como un personaje de Fernando Botero; no se cabía en el pijama, se curaba con gigantescas inyecciones de litro de suero de caballo, seguidas de las fiebres paratifoideas. Luego, el llamado reuma infeccioso, una fiebre persistente que me tuvo en cama durante casi medio año en 1951 con la preocupación por un posible soplo al corazón. El tratamiento eran unos horribles salicilatos por vía bucal que destrozaban el estómago y una dieta de leche recocida que me produjo una aversión felizmente superada a los lácteos. De paso, me sirvió para adquirir una completa cultura radiofónica con los seriales, los culebrones de la época, uno de cuyos autores era homónimo de mi padre. De vez en cuando aparecían por casa o llamaban radioyentes angustiados que producían un gran disgusto familiar.

Me leí todos los tebeos de la época, desde Roberto Alcázar hasta Capitán Trueno, pasando por Superman y el pato Donald, a lo que ayudó una actividad pionera de reciclaje, la venta como papelote de los periódicos viejos. Me acostumbré a leer la prensa diaria, que en aquella época se encarnaba en el ABC, periódico cuya máxima virtud era su formato considerado más fácil de leer y, según decían las tías, las esquelas.

También hacer recados me permitió cometer mis primeras sisas. La primera vez que me acusé de haber hecho cosas feas en la confesión, el padre me preguntó envolviéndome con su cargado aliento cuántas veces y con cuántos, lo que a mis siete años me llenó de desconcierto, ya que no comprendía la relación entre los dos reales que me había embolsado y una red de cómplices. Más tarde comprendí que la obsesión pertenecía a la esfera sexual e intuitivamente procedí a evitar, como muchos compañeros, ocasiones peligrosas con algunos portadores de sotana.

La otra fuente de información era la radio con su parte de información horario que acababa con los gritos patrióticos de rigor. Dominaba la copla, desde Concha Piquer a Antonio Molina, el bolero con Antonio Machín y sus «Angelitos negros», precursor himno antirracista. Disfruté en la cadena SER con el programa el «Hotel La Sola Cama» de Pepe Iglesias, «el Zorro», un inaudito ventrílocuo argentino.

La secuela del reuma fue un cambio de metabolismo por el que engordaba y no crecía, a lo que se añadió el tremendo descubrimiento de ser miope. Esto último me ocurrió en primero de bachiller, cuando dejé de ver la pizarra desde mi pupitre. Llegar a la adolescencia rechoncho y gafotas me acomplejó, pero lo combatí gracias al empeño de mi madre, a base de un severo régimen alimenticio y ejercicio físico de gimnasia sueca. Dos métodos para disciplinarme de gran utilidad para formar el carácter en una etapa decisiva de la vida.

Criatura urbana, descubrí la naturaleza en la huerta en Alhama de Murcia, un vergel rodeado de montañas desérticas. El verano era la ocasión para partir desde la Estación de Atocha. Las estaciones de ferrocarril son esos centros urbanos vitales que desde mediados del XIX animan el corazón de las ciudades. En este caso, se trata de un original conjunto donde todavía figura en relieves de forja sobre el tejado el nombre de la compañía original MZA (Madrid, Zaragoza, Alicante). Muchos años más tarde me tocó como ministro iniciar con un concurso de ideas su transformación en monumento y espacio cívico casi tropical y su ampliación al actual AVE.

En la década de 1940, el espectáculo de la estación era cautivador para un niño: negras y mastodónticas locomotoras negras con su gran ojo de Polifemo al frente, monstruos vivos que resoplaban vapor y despedían carbonilla, creando un ambiente entre amenazante y subyugador. Lo oscuro y gris dominaba en el ambiente y la indumentaria de las gentes que cargaban maletas de madera o cartón con cuerdas o correas y bultos variopintos o cargaban los mozos en carritos.

La familia, con un miembro más casi cada año, llenaba ella sola un compartimento de 2ª, aprovechando el descuento de familia numerosa, la única ayuda real que concedía el Régimen a las familias numerosas en opinión paterna. Un expreso de noche, que de tal solo tenía el nombre, en el que la máxima proeza era despertarse a media noche al grito de «navajas de Albacete» en su estación y levantando un ángulo de la cortinilla ver a la débil luz de una vacilante bombilla unas sombras con la pechera llena de los renombrados fierros de la tierra. A la mañana siguiente, tras tomar el tren de vía estrecha llegábamos a Alhama de Murcia, llenos de carbonilla, a una finca de regadío con tres cosechas al año, propiedad del tío Juan José, un señorito murciano que vivió en la desmesura toda su vida gracias a una sucesión de herencias encadenadas que dilapidaba en el juego y la juerga. Concretamente, esta finca la perdió en el casino. La última vez que le vi, su sentencia fue: «Hijo, ya no puedo ver ni las zagalas ni para injertar, así no vale la pena vivir».

En aquella finca aprendí a nadar en una balsa de riego a través del poco ortodoxo procedimiento de ser echado al agua y tener que salir sin ayuda, cosa peliaguda por el resbaladizo verdín de los bordes. También descubrí el maravilloso mundo de los animales de granja, gallinas, pollos, conejos, caballos, mulos, burros o los bueyes de Rodrigo, un gañán que nos hacía juguetes de caña con su navajilla, comí tomates o frutas recién cogidos, vi eras tapizadas de ñoras rojas. No faltó la aventura de explorar el castillo moro y sus pasadizos.

Un mundo desaparecido para la mayor parte de los niños de la sociedad urbana y desarrollada actual, donde se llega al extremo de creer que la leche o los huevos surgen de los anaqueles del supermercado. Tiene razón Michel Serres cuando dice que

el que muchos niños no hayan visto ni vivido de cerca ni una granja con un campo de cultivo es, sin duda, una de las mayores rupturas de la historia desde el Neolítico a efectos educativos y de comprensión del mundo.[1]

Todavía en la España de la década de 1950, la mitad de la población era campesina, de lo cual se desprende que la mitad de la actual es hija o nieta de gentes que venían de un mundo rural cuya esencia no había cambiado en milenios. Seguramente, las migraciones masivas que se producen con ocasión de cada puente o vacaciones en un país que se vació en la década de 1960 guardan relación con este fenómeno de desarraigo.

A comienzos de la década de 1950, la familia empezó a veranear en Fuengirola. Tras el viaje en tren de noche a Málaga, nos recogía en la estación un taxista llamado Salvador con un Ford de la década de 1930, que para ahorrar apagaba el motor cuesta abajo, una práctica considerada con razón suicida por los expertos en automovilismo; afortunadamente no pasó nada. El camino era desértico; en Torremolinos, un arrabal gitano en la época, destacaba, aislada, la gran villa de estilo oriental. Cada año al volver veíamos cómo los eriales vecinos a la costa se iban poblando de chalets y hoteles.

Fuengirola era un pueblecito de pescadores de bajura cuya mayor actividad era el copo, una red comunal que recogían al atardecer con un resultado más que aleatorio. Por la noche las pequeñas traíñas con sus luces puntuaban el mar con un lejano y asmático traqueteo de sus motores diésel. Las barcas tenían un aire fenicio, con un pequeño espolón de madera y ojos pintados en la proa. Después pude ver esa mágica decoración en parachoques de camiones desde Oriente Medio a la India o Iberoamérica. La otra dimensión era la campesina, el contraste se reflejaba en la existencia de dos cofradías, la del Cristo de los pescadores y la del Cristo de las papas, que hacían una Semana Santa en vivo. Los lugareños disfrazados escenificaban la Pasión, con diálogos tan curiosos como el de la captura de Cristo en el huerto de Getsemaní: los guardias se acercaban a Cristo y le preguntaban: «¿Tú ere er Mesíaz?»; respuesta: «El mesmo»; y repregunta: «¡A ver, papeles!». La cofradía como forma de organización social básica en Andalucía es una estructura en la que a menudo convive una religiosidad barroca popular con una mayoría social de izquierdas inclinada claramente a favor de la secularización.

La manifestación más interesante del mundo campesino, descrita magistralmente por Manuel Chaves Nogales en Andalucía roja y «la Blanca Paloma» (Almuzara, 2012), además del mercado de abastos y las ferias de ganado, eran las barberías, centro de encuentro en todo el mundo mediterráneo, ennoblecidas por Fígaro en la ópera. Los campesinos eran personajes que parecían salidos de los libros de imágenes del fotógrafo José Ortiz Echagüe de la biblioteca de mi padre o de documentales de tiempos de la Guerra Civil. Hombres de rasgos angulosos con una tez curtida que parecía cuero, vestidos de trajes de pana remendados y chalecos negros, que llegaban a lomos de caballerías y las ataban a argollas en la pared. Tenían un hablar sentencioso y pausado, con un cerrado acento andaluz malagueño y unos giros que requerían una particular atención para seguir la conversación. Las mujeres que trabajaban en el campo iban cubiertas completamente con pañuelos y sombreros de paja que dejaban ver únicamente los ojos. No se trataba de un remedo del burka, sino de una defensa contra el sol en una sociedad en la que el canon de belleza tradicional era la blancura. El moreno del campo era símbolo de ser plebeyo, mientras que el bronceado voluntario que se iniciaba entonces era un signo de prosperidad.

Las calles del pueblo estaban empedradas de canto rodado, lo cual facilitaba la escorrentía de las aguas tras las tormentas. Cuando se incrementó el parque automovilístico, se generalizó el asfaltado, con la consecuencia del aumento de accidentes y una elevación en varios grados de la temperatura media. La política seguida en Iberoamérica de mantener el viejo y secular empedrado resulta más inteligente y ecológica. Hacia el interior, las carreteras eran caminos de tierra pisada. Uno de los desafíos que se hacían en las pandillas era la subida nocturna a Mijas por un camino salpicado de chumberas y árboles hasta llegar al bello pueblo y su centro con la fuente de los siete caños, en la que se aguaba con cántaros que llevaban mulos y burros de carga con angarillas; no había agua corriente en muchas casas. El iconoclasta y estúpido modernismo de la década de 1960 la destruyó; afortunadamente se ha reconstruido.

En esos años, todo el litoral conoció una profundísima transformación y pasó a ser la Costa del Sol. La arena de los secarrales junto a las playas se convirtió en oro. Surgieron por doquier construcciones, primero de chalets, después hoteles y torres de apartamentos. El pueblo, construido en parte con ayuda oficial tras la brutal represión en la zona durante la Guerra Civil, conoció un cambio espectacular. Se convirtió en el refugio de José Antonio Girón, conocido como «el León de Fuengirola», un pistolero falangista que llegó a ser ministro de Franco. Relegado al ostracismo desde la crisis de 1956 que marcó el final de la fase autárquica y el inicio de la primera apertura con el Plan de Estabilización, Girón se instaló en el pueblo. Paralizado después de un accidente de automóvil camino de Marbella, vivió allí hasta su muerte. Fiel a sus convicciones, votó contra la Ley de Reforma Política que significó el «haraquiri» de las Cortes franquistas, creó el grupo llamado «búnker» y estuvo involucrado en el golpe del 23-F de 1981. Una contumacia que no le impidió enriquecerse con la ola turística fruto de la recuperación europea por la creación del Mercado Común, que supuso una primera integración de nuestro país en el Viejo Continente por la puerta de servicio. Empezaba el proceso de especulación y urbanización desenfrenada que había de hacer irreconocible la costa mediterránea. La evolución de sus casas en Fuengirola es ilustrativa de los cambios de la época: primero, el pueblo le regaló al estilo de la época una quinta junto a la carretera que Girón vendió para hacerse una finca que llegaba hasta el río, y acabó construyendo en la ladera del castillo Sohail su última finca sobre una necrópolis ibérica.

Cuando llegamos, el pueblo estaba controlado por un cacique tradicional, don Antonio R., quien tenía una gran tienda de ferretería, abarrotes y prensa en la plaza a la que cuando acudía uno a comprar en el sopor de las tardes de verano, su cuñado, sentado al fresco, te indicaba el lugar del artículo en la estantería y al cobrar preguntaba: «Niño, ¿te doy la vuerta en mizto...?», a la vez que ponía una caja de cerillas sobre el mostrador. Aquel cacique de eterna guayabera, repantigado en una mecedora ante la puerta de su casa y al que la gente del pueblo cumplimentaba al pasar, veía con frustración que ya no mandaba tanto. Se había hecho más rico vendiendo trozos de baldío en los que surgían construcciones como hongos, pero se había roto el orden tradicional. Su sucesor como alcalde fue un hombre de Girón, un tal Clemente, que entró en el ayuntamiento con una Guzzi roja de la época de unos 50 cc y salió con el riñón bien cubierto.

El régimen franquista fue un puro sistema basado en la fuerza durante su primera etapa. Laureano López Rodó, buen conocedor de las entrañas del sistema y gran racionalizador del franquismo, lo resumió en una lapidaria frase: «Entre 1936 y 1956 no hay una sola acta del Consejo de Ministros, ni orden del día ni nada».[2] Los que habían mandado en la época dura del franquismo como un puro hecho de fuerza se convirtieron al capitalismo más especulativo. Fue la época de SOFICO, la firma del caballito marino, que entre 1962 hasta su quiebra en 1974 construyó un montaje piramidal tanto por el tamaño de las torres de apartamentos que iban surgiendo en la playa como por el modo de financiación. En su consejo figuraba lo más granado de los apellidos franquistas, normalmente parientes de los jerifaltes de la política, además de importantes personajes militares o de la judicatura. El esquema piramidal se derrumbó con el franquismo y el pleito se arrastró hasta mediados de la década de 1990, aunque solo pagaron los gerentes que daban la cara. Ironías de la historia, los defensores de la España imperial y eterna fueron los primeros en apuntarse al maná del turismo procedente de la naciente Europa del mercado común, sin cambiar un ápice de sus reaccionarias convicciones.

En esos veranos viví algunas de mis primeras experiencias. En primer lugar con el alcohol. Tendría unos ocho años, y mi carácter sociable me había llevado a trabar amistad con los albañiles que construían un chalet para una familia amiga. Cuando cubrieron aguas, me invitaron a una fiesta consistente en una moraga de espetones de sardinas a la brasa con vino blanco fresco que bebían en jarros de esmalte blanco, con mi activa participación en la ronda. El problema fue volver a casa, porque las calles, las gentes, el mundo entero empezó a dar vueltas en torno a mí. El castigo fue no ir a la playa al día siguiente. El remedio fue peor que la enfermedad, porque mientras jugaba en la cocina con un salacot de explorador en la cabeza que me había regalado gracias a mi insistencia el que luego habría de ser suegro de mi hermano Rafael, me agaché dando impulso a una sartén de aceite hirviendo llena de pescado que, tras dar una vuelta de campana, me cayó encima. El sombrero me salvó la cabeza y el giro en el aire enfrió algo el aceite. Aquel verano se acabó el baño en el mar. Desde entonces, adquirí un autocontrol en el consumo de vino tras un par de copas que me ha sido de gran utilidad a lo largo de mi vida.

También viví mi primera manifestación. Dos miembros de la pandilla de mis hermanos mayores fueron multados por andar con meyba (el casto bañador de rigor en la época) por el pueblo al volver de la playa. Llevaban camisa, naturalmente. La decisión de la improvisada asamblea de la pandilla, organización fraterna que duraba lo que las vacaciones, fue manifestarse en pijama por el pueblo. A mí se me admitió con los mayores por mi habilidad en el dibujo. Pinté en una pancarta improvisada un bañista de comienzos de siglo con un bañador completo, bigotes con guías y calabazas en los costados y un texto de reglamento de moral pública. Nos paseamos por el pueblo y acabamos en la playa bañándonos desnudos —eso sí, nos quitamos los pesadísimos pijamas dentro del agua—. De modo simbólico lo hicimos en la plaza del espigón, enfrente del sombrajo donde la señora del alcalde en bañador, pintada y enjoyada, contempló atónita el desacato. Acabamos en comisaría, en donde los padres tuvieron que dar explicaciones. Mi frustración fue que, debido a mi edad, unos once años, no me consideraron digno de ser detenido. Más tarde obtuve satisfacción en este terreno, aunque no con hechos dignos de mención.

La otra habilidad que me permitió ser admitido por la pandilla de los mayores fue mi disposición para hacer de pinchadiscos en los guateques. Acababan de llegar los tocadiscos para discos de 33 y 45 rpm —se llamaban pick up en inglés, era más moderno— y mientras los mayores se entregaban a la imposible misión de arrimarse, me divertía haciendo de DJ. Trabé amistad con tres primas francesas que me ayudaron a perfeccionar la lengua de Molière, la primera lengua entonces en bachiller, entre otros útiles aprendizajes. Mantuvimos correspondencia durante años e incluso llegué a declararme a una de ellas. Razonablemente me dio calabazas. La Costa del Sol se acabó para mí en 1960 al entrar en la universidad; lo que me interesaba era poder salir fuera de España los veranos a aprender lenguas y conocer mundo.

La prosperidad creciente tenía dos dimensiones: la casa y el coche. De la casa natal nos mudamos en 1950 a la calle General Pardiñas, enfrente del solar donde vi construir el Instituto Nacional de Industria (INI), símbolo del proceso de industrialización. A lo largo de la década de 1950 fueron apareciendo los electrodomésticos. Primero una nevera de segunda mano con un sonido de motor diésel; después la lavadora, que llegó en el oportuno momento en que el acuerdo con Estados Unidos provocó la llegada de los «haigas» o coches americanos, la subida de los alquileres y la crisis del servicio doméstico tradicional. Hasta entonces, mi madre disponía de dos internas en casa, más asistenta y costurera para organizar un regimental sistema de alimentación y vestido en el que gran parte del trabajo de confección y reparación se hacía en casa. La máquina de coser era un instrumento imprescindible. Al colegio íbamos con traje de pana y botas de Segarra con tachuelas. A mí me tocó heredar la ropa de los mayores, incluso mi primer traje cuando entré en la universidad.

La televisión llegaría años más tarde. Pertenezco a la generación que recuerda todavía el primer día que la vio. Fue en la primavera de 1957, en casa del rico de mi clase, una retransmisión del ensayo del Desfile de la Victoria. También llegaron los pick up o tocadiscos, que trajeron a la vez el Festival de San Remo y el rock, Domenico Modugno y Elvis Presley, respectivamente. El mundo de la música clásica era muy lejano; la ópera en Madrid era imposible por la explícita animadversión del dictador y su familia a tan maravillosa manifestación cultural que mantuvo durante muchos años cerrado el Teatro Real por obras. Solo funcionaba el Teatro de la Zarzuela, donde tuve la fortuna de oír acompañando a mi madre, gran apasionada del «género chico», a un joven Alfredo Kraus.

El paso decisivo fue tener coche. La familia se estrenó con un fúnebre Opel negro de 1939. Siguieron los primeros de fabricación nacional, un Renault 4x4, un coche verde que parecía una rana, de mi tío Lorenzo Coullaut Valera, hijo del escultor, casado con mi tía Mercedes, que nos consideraban como hijos al no haberlos tenido. El siguiente fue un Seat 1400 B, una berlina mayor bicolor con pretensiones un poco americanas. El método para conseguir automóvil era presentar la solicitud, pagar una entrada y movilizar contactos para que la espera fuera inferior a un par de años. Evidentemente, te dabas por contento con el modelo y color que te tocaba.

En 1960 una nueva mudanza nos llevó a las casas de ingenieros que se acababan de construir en el paseo de Ronda, en Raimundo Fernández Villaverde, en una zona conocida entonces como el gran solar, hoy AZCA. Un descampado inmenso con restos de quintas de verano, que más tarde supe que había pertenecido a la Fundación Cesáreo del Cerro, un eremita curtidor que al morir dejó como legado al PSOE-UGT un paquete de acciones en el Banco de España que permitió a Francisco Largo Caballero sentarse en su consejo y financiar la Casa del Pueblo, además de una escuela. Evidentemente, todo fue requisado al acabar la guerra.

Mis recuerdos de infancia son los de la vida en una familia numerosa, que iba creciendo con regularidad y rapidez, en donde por definición siempre había algún hermano con quien jugar o pelearse, dentro de un ambiente de laboriosidad y afecto por parte de nuestros padres. Con unas reglas precisas: excelencia en los estudios, colaboración y disciplina. Mi padre era una persona reservada y trabajadora. Había visto su carrera truncada en dos ocasiones: la primera por la temprana muerte de mi abuelo, lo que le obligó a simultanear trabajo y estudios, y la segunda por la guerra, que le impidió acabar la carrera. Tras una fugaz militancia sindical en la Unión General de Trabajadores (UGT), salvó la vida refugiándose en la legación dominicana en Madrid.

Mi madre era una mujer animosa que sacó a la familia adelante y falleció aún joven por las secuelas de un atropello. Su infancia fue dura, marcada por la Guerra de Marruecos. Después, llevó con entereza el drama de mi abuela y madrina, Gertrudis Heredia, una chica de pueblo de Totana (Murcia) destrozada psíquicamente por una vida entre la desgraciada aventura colonial que supuso el conflicto marroquí y una cruel guerra civil. Esta última se casó a los dieciocho años con mi abuelo Telesforo Crespo Mora, un militar cuyas calaveradas en su tierra comentaban los mayores bajando la voz en cuanto aparecíamos los niños. Telesforo se alistó como oficial del Cuerpo de Regulares Indígenas en la desgraciada contienda de Marruecos y se fueron a vivir a Ceuta, donde mi abuela se pasó la vida esperando y desesperando a que su marido regresara del frente. Se lo trajeron con un tiro en la cabeza de un «paco», nombre que se daba a los guerrilleros rifeños de Abd el-Krim por el sonido que producían los disparos de sus espingardas. Le operaron el cerebro, y contaban que fumaba mientras lo hacían como prueba de entereza; a los pocos meses murió.

Sobre su fallecimiento recibí la primera explicación racional en Ceuta, cuando acudí al entierro de Carmen Cerdeira, exdiputada europea, valerosa luchadora frente a una penosa enfermedad. Comenté las circunstancias de la muerte de mi abuelo a los Oficiales Regulares allí presentes, y me comentaron que iban a consultar los archivos. Me informaron de que así constaba, uno más del gran número de los que murieron de tiros en la cabeza porque se negaban a quitarse en acción el fez rojo, lo que les convertía en dianas privilegiadas.

Viuda joven con dos hijos, Gertrudis se instaló en Madrid, donde vivió el torbellino político y social de la dictadura de Primo de Rivera, la Segunda República y la Guerra Civil. Al final, su hilo vital se rompió y fue necesario internarla. Guardo en la retina aún hoy el dantesco espectáculo de las visitas al manicomio y los gestos de afecto entremezclados con soliloquios de la pobre mujer.

Mi familia paterna venía de Barbastro (Huesca), en el Alto Aragón. Según el relato de mi tía Mercedes, hermana de mi padre, una elegante dama que falleció con ciento dos años considerada como la fuente genealógica autorizada de la familia —los registros civiles y archivos parroquiales de la zona se quemaron durante la Guerra Civil—, los Barón Curt provenían de Irlanda, tierra de la que habrían huido del puritano Oliver Cromwell. Frente a esta leyenda estaba la que me relató un republicano estadounidense, Jacques Torczyner, nacido en Amberes (Bélgica) y emigrado a tiempo al comenzar la Segunda Guerra Mundial. Me visitó en mi etapa de ministro como miembro del lobby judío-norteamericano cuando el Gobierno español preparaba el reconocimiento diplomático de Israel. Mi tarea fue establecer la línea aérea Madrid-Tel Aviv y fomentar el turismo con la publicación de una Guía de la herencia judía de España. Me señaló la existencia de un médico judío-aragonés llamado Jucef Barón. De hecho, Barbastro fue una ciudad importante durante las épocas romana y árabe, y contó con una importante judería en la que la profesión médica era una ocupación preferente. La mención de esta posible genealogía a mi tía no fue muy apreciada.

En todo caso, la sombra del converso planeaba en aquella sociedad, como pude comprender pasado el tiempo. Uno de mis recuerdos de niñez en casa de unas tías solteronas era la visita de unos señores vestidos de oscuro que venían a tratar de temas serios, es decir, de los que exigían que los niños desapareciéramos de escena. Eran abogados que venían a recoger las renuncias de todos los derechohabientes sobre la propiedad de una casa en la plaza del Mercado de Barbastro que, tras ser derruida y reconstruida, pasó a ser la casa natal de monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei. Como los apellidos no me cuadraban, me fui enterando de que existía un parentesco lejano a partir de mi tatarabuelo Mariano Barón, un viticultor con negocios en Francia, a donde se había exiliado por sus ideas liberales tras la restauración de Fernando VII, y al volver se encontró con su casa quemada. Su hijo Lucas Barón Solsona, alumno politécnico, cuyo ilustre perfil con perilla estilo Napoleón III en un daguerrotipo presidía el comedor de casa, fue un industrial y financiero en la construcción de ferrocarriles, con casa en Zaragoza, París y Lisboa. Se arruinó por el hundimiento de un túnel y nos dejó el apellido. Una de sus hermanas, Teodora, se casó con don José María Blanc, su hija Florencia lo hizo con Carlos Albás, y fueron los abuelos de José María Escrivá Albás, apellido materno que desapareció por ser judaizante en la operación de ennoblecimiento del nombre, como pasó a ser Escrivá de Balaguer, marqués de Peralta. De los Blanc provenía también Felicidad Blanc, conocida como mujer del poeta Leopoldo Panero y madre de los poetas cuya atribulada vida familiar narró la película El desencanto.

Mi abuelo José, el tardano de ocho, tuvo que emigrar para buscarse la vida. Primero se instaló en Barcelona y, tras una breve aventura periodística en La Vanguardia, fue uno de los fundadores de la filial española de la empresa eléctrica alemana AEG. Después se trasladó a Valencia, donde nació mi padre, para asentarse definitivamente en Madrid. Murió joven de una erisipela, enfermedad cuya mención me provocaba terror de niño y cuya mortalidad redujo drásticamente la penicilina. A veces, durante los apasionados debates sobre identidades que he vivido a lo largo de mi vida, me planteaba que buenamente habría podido ser aragonés, catalán o valenciano dependiendo del lugar en que se instaló mi abuelo paterno. Eso, sin tener en cuenta la rama materna con conexiones allende los mares, en Argentina.

La condición de madrileño tiene la ventaja de ser de la gran ciudad que es de todos y de ninguno —«el aire de la ciudad libera», como dice el viejo proverbio alemán— y el inconveniente de ser capitalino, que normalmente piensa que lo propio vale para todo el territorio del Estado. Una realidad que me llevó pronto a la conclusión de que, sin renegar de sus raíces, uno debe construirse su propia personalidad y filosofía de vida. Igualmente, que la convivencia se debe basar más en normas y derechos que en una identidad idealizada e inmodificable. Afortunadamente, vivimos en un mundo en el que es posible compartir varias identidades y adquirir nuevas. Así, a algunos rasgos no elegidos como ser madrileño, español y europeo de origen, he añadido el ser socialista y he accedido a ser ciudadano europeo y sentirme ciudadano del mundo. Son dimensiones que se van añadiendo y enriqueciendo la personalidad. Para algunas personas, lo importante es su profesión, su diversión o el equipo de su pasión. En una sociedad democrática y abierta, la convivencia se debe fundamentar en valores compartidos, el respeto de los derechos humanos y la tolerancia. El añorado Fernando Buesa lo dijo con claridad:

Se está construyendo un espacio europeo, hay que preguntarse si importa mucho eso de ser irlandés o de ser vasco, si un vasco hoy viste como un danés y lee lo mismo que un inglés. ¡Que cada cual sea lo que sea!, al final todos somos europeos.

Leí esta cita suya en el Parlamento Europeo en el acto de recuerdo tras su asesinato por ETA.

Comparto con mi padre el sano escepticismo por los árboles genealógicos, en los que decía se encuentran rápidamente nudos complicados de explicar. En todo caso, a la hora de elegir parientes me quedo con el hermano mayor de mi abuelo paterno, Mariano Barón, autor de un interesante informe titulado «Cuestión de Cuba», tras una misión de estudios sobre la abolición de la esclavitud en la década de 1870. Otro parentesco lejano del que me siento honrado es Joaquín Costa. El único lazo que me relacionó con ese mundo paterno que no conocí era un sacristán con guardapolvo que aparecía anualmente en casa con el niño Jesús del Pueyo, en una campana de cristal sobre una base de madera con una estratégica ranura para echar las limosnas.

Dicen que el nombre hace las cosas. Si ese es el caso para los objetos, ¿qué no será para las personas? El mundo de los nombres es un caleidoscopio infinito en el que se entremezclan cultura e historia. Los nombres de pila más hispanos son a menudo de origen judío o los filipinos vienen del santoral y se pronuncian en castellano, tras haber sido desplazado por el inglés, mientras se mantiene más cercano el tagalo, o chabacano.

El mío, tal y como figura en los documentos oficiales, es Enrique Carlos Barón Crespo. En cuanto a los nombres de pila, es un ejemplo de la inagotable imaginación de mis padres para encontrarlos compuestos para sus hijos. Incluso faltan algunos que están en la partida de bautismo, como Carmelo, por una promesa de mi madre durante la guerra que llevamos todos los hermanos. El nombre de pila Enrique me llamó la atención cuando en las misas del colegio leíamos vidas de santos para entretenernos. Contaban que san Enrique era un emperador del Sacro Imperio Romano Germánico (el Reich) que se casó con santa Cunegunda y se juraron castidad eterna. Cuando comprendí lo que significaba, me prometí no seguir su ejemplo. La explicación de que me llamaran Enrique es más prosaica. Decían que era por un hermano de mi padre fallecido de muy pequeño, y que a su vez llevaba el nombre de uno de mis bisabuelos paternos, Enrique García Monsalve, natural de La Nava del Rey (Valladolid), pueblo de buen vino blanco; un militar que luchó contra los carlistas y en la batalla de Castillejos con Juan Prim. Se casó con Ángeles Otermin Arana, de familia de empresarios de diligencias a San Sebastián y Bayona y dueños del Hotel La Perla de Pamplona, sito en la plaza del Castillo, famoso por la pléyade de escritores, toreros y artistas que se alojaron en él. Después fue director de la Escuela de Ingenieros de Guadalajara. Me agradaba su costumbre de considerarse su mejor invitado y servirse la mesa con los mejores manjares y vinos todos los días. Así me lo contaba una hija suya, tía abuela solterona, la tía Eugenia, la Tati, que era muy apreciada por su carnet de baile que le robábamos para curiosear y por los duros que nos daba, aquellos grandes que desaparecieron en cuanto su níquel duplicó su valor facial.

El Carlos viene del nombre de mi padrino, Carlos Haurie, militar ex divisionario azul, que hablaba con el mismo acento tanguista que Carlos Gardel por haber vivido de niño en Argentina. Íntimo amigo de mi padre, ambos hinchas del Atlético de Madrid, me llevaban al desaparecido Estadio Metropolitano a ver al legendario conjunto entrenado por el Mago HH, Helenio Herrera, con el curioso tándem formado por el noruego Carlson y el marroquí Ben Barek, que daban una dimensión cosmopolita al equipo en una España aislada. Además de despertar mi tibia afición colchonera, me sirvió para aprender una tarde de domingo con siete años todas las palabrotas y agresiones sexuales que gritaban a jugadores y árbitro dos dignas señoras sentadas en la fila de atrás. Aunque no soy un hincha, he podido comprobar que el fútbol es el espectáculo de masas desaforadas más parecido al circo romano en el mundo actual, con una dimensión política insuperablemente descrita por Cuco Cerecedo en el tardofranquismo.

Mi filiación completa suena un poco a protagonista de telenovela latinoamericana. Afortunadamente, solo aparece en los documentos oficiales. De haber sido estadounidense, habría podido optar por utilizar una C, la cabalística letra intermedia, el llamado middle name que no se sabe para qué sirve. Curiosamente, lo que sigue siendo motivo de atención en Europa aún hoy en día es el hecho de tener dos apellidos, un rasgo característico del mundo iberoamericano. En el hispánico, el del padre delante del de la madre, y en el luso, al revés, en un gesto propio de su cortesía. En mi caso, complica la situación el hecho de que mi apellido paterno se corresponde con un título nobiliario que, unido al materno, da la impresión de tener un castillo o un feudo. En la prensa en inglés, «barón» tiene la acepción de magnate poderoso y en la hispana, la mención a los barones regionales de los partidos también se ha consagrado. En este trance, defender que el nombre es con mayúscula es la tabla de salvación.

En cualquier caso, es un apellido que requiere explicación a menudo y no se olvida fácilmente, como pude comprobar en mi represivo colegio cuando pasaban lista en la sala de castigados a la que estaba abonado. Adquirí conciencia de los interrogantes que genera el apellido doble por primera vez cuando salí a estudiar a Francia en 1963 y me llamaban Crespo de forma sistemática, a la vez que consideraban el machismo como una peculiaridad típicamente hispánica. Sin embargo, ya entonces me preguntaba cómo podía ser que el apellido de las esposas desapareciera allí y pasaran a tener el del marido como si le pertenecieran. Aún hoy en día es frecuente que mujeres divorciadas destacadas en la vida pública europea continúen llevando el apellido del primer marido. Una cuestión que refleja no solo la pervivencia de costumbres ancestrales machistas, sino que plantea un problema de identidad personal.

Después, la palabra «machismo» ha alcanzado dimensión universal para designar un fenómeno general en todas las sociedades, mientras que la sociedad española ha conocido un espectacular proceso de emancipación de la mujer. Basta recordar que cuando estudiaba Derecho a principios de la década de 1960, el conyugicidio por adulterio estaba aún vigente en el Código Penal. El delito consistía en que si un marido pillaba a su cónyuge in fraganti y en el arrebato mataba a ambos, a ella y el amante, como máximo podía ser condenado a unos meses de destierro. La película Divorcio a la italiana popularizó una versión cómica de tan trágica discriminación. Incluso hasta la década de 1970 todavía necesitaban las mujeres permiso del cónyuge o tutor para contratar o abrir una cuenta en el banco.

Siempre me ha parecido que el hecho de que las mujeres conserven su nombre de soltera y que los hijos tengan los apellidos de ambos progenitores son claros signos de progreso y afirmación de la propia identidad. Encuentro muy chocante que amigas y colegas de otros países conserven como apellido el de un marido del que se habían divorciado años ha o, en versión más moderna, añadan el suyo propio. Hans Matthöfer, solidario sindicalista socialdemócrata alemán y exministro de Economía, me contó que cuando su colega Werner Maihofer, ministro del Interior en el Gobierno Schmidt a finales de la década de 1970, presentó la reforma del derecho civil germano para cambiar las normas sobre filiación, él comentó que eso se hacía en España desde siempre. La respuesta de su colega fue que eso era imposible.

En Alemania también rebautizaron a «Gabo» en la ceremonia de entrega del Premio Carlomagno a Felipe González Márquez. Cuando llegamos con él a la mesa, el protocolo había colocado el cartelito con su nombre como Gabriel González Márquez. No molestó a ninguno de los dos hacerse parientes por esta vía.

Así, a lo largo de la vida fui Quique en la casa paterna, cariñoso diminutivo con el que todavía me llaman algunos viejos compañeros. La apelación choca más en España, aunque los anglosajones no tienen problema en figurar como Tony en vez de Anthony Blair o Bill en vez de William Clinton. Después, en la etapa clandestina, los sindicalistas ferroviarios me pusieron como apodo «el Corbatas», porque consideraban que el joven laboralista y abogado de derechos humanos estaba llamado a la carrera política, o «el Corcho», por mi capacidad de supervivencia. Tenían buen olfato. Ciertamente, me empecé a poner corbata con regularidad cuando comencé a defender a trabajadores. Hoy en día, los únicos que se visten de domingo entendiendo por tal ponerse un traje y no un chándal son la gente mayor de los pueblos.

La vuelta a mi nombre completo se produjo en mi etapa europea, después de la sala de castigados del colegio. Aunque de modo inconfesado, se considera el hecho de tener apellidos compuestos como un signo de importancia social, al que, en mi caso, se añade el que barón es un título nobiliario muy extendido en Europa, sin apenas modificaciones en las diversas lenguas, con más atractivo aún en aquellos países en donde están prohibidos constitucionalmente los títulos, como Austria. El resultado es que para muchos servicios de Protocolo europeos soy el barón de Crespo y mi esposa la baronesa de Crespo, tratamiento que también me han dado periódicos tan sesudos y prestigiosos como el Canard Enchainé en Francia. También tuvo éxito el que popularizó en la contienda electoral mi predecesor en la presidencia del Parlamento Europeo, sir Henry Plumb, al apodarme «el Barón Rojo», mientras que él se autoapodaba «el Caballero Blanco», White Knight.

No han faltado situaciones chuscas. Cuando viajé a Polonia como presidente del Parlamento Europeo en febrero de 1990 para hablar ante la renaciente Dieta democrática, un periodista me manifestó su sorpresa porque, tras la recuperación de la libertad, el primer eurodiputado en visitarles hubiera sido Otto de Habsburgo, heredero del Imperio austrohúngaro, y el segundo yo, un barón socialista.

En todo caso, cuando he explicado en público en Europa el sentido de los dos apellidos en el mundo hispánico, normalmente la parte femenina de la audiencia aplaude, mientras que la masculina guarda mayoritariamente un discreto silencio.

2

EL COLEGIO

Mi formación escolar transcurrió desde parvulitos hasta preuniversitario en el Colegio Calasancio, regido por los padres escolapios. Un sombrío edificio de ladrillo rojo que ocupa una manzana entera del barrio de Salamanca en Madrid. En él pasé once años de mi vida bajo un rígido sistema educativo basado en el nacionalcatolicismo, la exaltación del régimen autoritario y el aprendizaje memorístico. Un ciclo semanal de seis días de clase en inacabables jornadas que se iniciaban con la misa en latín, tres clases por la mañana, comida en casa, dos clases más por la tarde, rosario (con letanías cantadas los sábados) y la sala de castigados. Si el inspector leía tu nombre en clase te tocaba ir después del rosario de la tarde a pasar dos horas de pie en un húmedo y siniestro semisótano donde daban clase de día los gratuitos, esto es, los que no podían pagar. Yo estaba abonado a la sala. Mi currículo fue tan bueno en notas en las asignaturas como malo en conducta, en donde oscilaba regularmente entre la R de regular y la M de mala.

Cuando salí del colegio había oído más de 2.900 misas matutinas y otras tantas letanías vespertinas, de las que más de un 10 % eran cantadas. Con alguna frecuencia, me tocó seguirlas de rodillas sobre el frío mármol cuando te sacaban delante por hablar o jugar en la iglesia. Las letanías tenían su encanto al encadenar piropos a la Virgen, algunos tan sugestivos como Turris eburnea o Domus aurea, la torre de marfil o la casa dorada. Todo en latín, salvo los sermones, con la curiosa incrustación del Kyrie Eleison en griego que me había de sorprender cuando el primer eurodiputado heleno se dirigió a mí como presidente del Parlamento Europeo llamándome Kyrie Prodere. Por su parte, el profesor de música y organista animaba a veces el severo ambiente al intercalar oberturas de zarzuela entre la música sacra.

Mi irresistible pasión por la libertad de expresión que entonces consistía en hablar en clase o en la capilla me convirtió en abonado al castigo. El más tolerable era cuando te echaban de clase y tenías que formar de pie en el pasillo. El mejor sitio era la galería de bachiller, en cuyo ángulo estaba colgado el impresionante cuadro La última comunión de San José de Calasanz, de Francisco de Goya, antiguo alumno de la orden y paisano del santo. Fue la primera obra de arte seria que vi, y me hizo sentir admiración por el gran pintor aragonés y simpatía por el personaje, un cura que fundó una orden para educar a los pobres. En su recuerdo, me tocó formar en el patio cuando trajeron las reliquias de su lengua y su corazón.

Además del inspector, cada clase tenía dos cuidadores, uno nombrado entre los alumnos de la misma con responsabilidad de informar y otro mayor del último curso de bachiller. Tuve la suerte de que me tocara en este cargo el orador más brillante del colegio, Carlos López Riaño, después compañero de partido y escaño. La mayor prueba de confianza que recibí de los curas fue ser encargado de tizas, tarea consistente en ir todas las mañanas a la prefectura a recoger el cajón donde estaba tan preciado instrumental y devolverlo al acabar las clases. Un paseo en libertad, sin formar filas, esperar órdenes ni tener que chivarme de nadie.

Tampoco tuve suerte con la escasa vida asociativa posible en el colegio: mi paso por el Frente de Juventudes se limitó a un campamento en la sierra con nueve años del que tuvieron que sacarme por unos granos infectados —mis hazañas fueron fumar por primera vez y ver de lejos a unas mujeres bañándose desnudas—. De la Acción Católica me echaron porque no iba a los retiros de los jueves a cantar motetes, pues prefería aprovechar la tarde libre para ir al cine de programa doble por 5 pesetas.

El papel del cine para abrir nuestros ojos al mundo exterior fue decisivo. Representaba nuestra ventana al mundo. Un tanto esquizofrénica porque el programa se iniciaba con el NO-DO, noticiario que cantaba las excelencias del Generalísimo y la cantidad de pantanos, barcos y obras públicas que inauguraba para la patria. Tras el descanso, por un duro viajábamos a una sociedad norteamericana próspera, con protestantes y judíos que no tenían cuernos ni rabo, costumbres abiertas —agravadas por la censura, que transformó un adulterio en incesto en Mogambo—, debates en el Congreso americano, o una Europa en la que los amigos del régimen franquista habían perdido la guerra, los Gobiernos se constituían a partir de las elecciones, existía prensa libre, se debatía en la Cámara de los Comunes británica o en Italia el cura Don Camillo convivía con el alcalde comunista Peppone. Un mundo virtual, que intuíamos como real allende nuestras fronteras. Paradójicamente, mientras que el Régimen perseguía su cruzada contra la masonería y el comunismo y la Iglesia seguía condenando a los judíos, el cine como entretenimiento de masas favorito era un producto de los judíos centroeuropeos que inventaron Hollywood, a los que se añadieron directores o artistas que venían de la gran época de la UFA alemana y huían del nazismo como Billy Wilder o Marlene Dietrich. Nombres como Mayer, de la Metro Goldwyn Mayer, Zuckor, de Paramount, Fox o los hermanos Warner eran más familiares que la lista de los reyes godos. Incluso la llegada de Samuel Bronston a España para instalar sus estudios y rodar El Cid, reencarnado por Charlton Heston, o 55 días en Pekín fue todo un acontecimiento. En esta última película destacaba Ava Gardner, «el animal más bello del mundo» en la publicidad de la época y mi primer amor platónico, que dejó una leyenda de amores taurinos y excesos pasionales regados en alcohol. Una leyenda que se completaba con una más cercana al colegio, la del bailarín Antonio, que tenía un estudio en la calle Padilla, en la casa delante del colegio. De él también se contaban sus aventuras pasionales en todos los sentidos llegando hasta la más alta nobleza, siempre sotto voce. Aquel mundo virtual al que se viajaba por un duro estalló al llegar la televisión.

Pero lo que más influyó en mi vida política posterior fue el paulatino descubrimiento de lo que había representado mi colegio en la tragedia española. Desde el comienzo de la Guerra Civil, el Colegio Calasancio pasó a convertirse en la Cárcel de Porlier, del nombre de la calle de su puerta principal, que conocí como Hermanos Miralles en el baile de nombres que nos intrigaba de niños, cuando nuestros mayores empleaban los nombres de antes de la guerra para designar calles que veíamos con otros nombres en las placas. Así ocurrió con las otras calles que rodeaban la manzana del colegio: Conde de Peñalver, que era antes Torrijos, y Lista, que pasó a llamarse Ortega y Gasset. Solo se mantuvo Padilla, en recuerdo del célebre comunero. De hecho, el callejero del barrio era un resumen de historia del atribulado siglo XIX y principios del XX, por lo que abundaban los generales. Menos mal que no cambiaron de nombre avenidas como Goya o Velázquez. Pero de la historia más profunda, la que acababa de suceder en aquellos lugares concretos en que vivíamos, no se hablaba.

Porlier comenzó a funcionar como Prisión Provisional de Hombres Nº 1 en agosto de 1936, con numerosos sospechosos de simpatizar con los rebeldes. Fue uno de los centros de donde muchos de ellos fueron objeto de fatídicas sacas y fusilados en Paracuellos en otoño, en el momento más dramático del sitio de Madrid, en lo que Paul Preston ha calificado como «respuesta de una ciudad aterrada». El director de facto de Prisiones, Melchor Rodríguez, «el Ángel Rojo», un valiente anarquista, se plantó personalmente y recuperó el orden en Porlier, la Cárcel Modelo y Alcalá de Henares, salvando así a destacadas personalidades del futuro régimen. Al acabar la guerra, se convirtió en una prisión emblemática del régimen franquista por la que pasaron muchos destacados dirigentes políticos, intelectuales, artistas, soldados o simplemente sospechosos. Entre ellos estaban Julián Besteiro, el mismo Melchor Rodríguez, y en ella se encontraron Antonio Buero Vallejo y Miguel Hernández.

Dos testimonios me causaron honda impresión: uno es la vívida descripción de las galerías de bachiller del colegio como celdas en Decidme cómo es un árbol, las memorias de Marcos Ana. Otro es la reciente aparición de una colección de dibujos del pintor José Manaut Viglietti en donde se puede apreciar bajo qué condiciones se hacinaban miles de personas en las mismas aulas y en los lóbregos sótanos, muchas de las cuales salieron al paredón de fusilamiento, tras el juicio sumarísimo y la tristemente famosa «Pepa», la sentencia a pena de muerte.

En 1945 la prisión volvió a ser un colegio; la broma era que cambiaron a los vigilantes por los curas —y, con el simbolismo típico nacionalcatólico, se creó la Cofradía del Divino Cautivo, que desde entonces saca en procesión a un Cristo, talla de Mariano Benlliure, en Semana Santa y se libera un preso.

La memoria de lo que representó el lugar donde pasé casi doce años decisivos de mi vida en la tragedia española fue uno de los nortes que guiaron mi conducta en el proceso de construcción de la transición a la democracia. No se trató de una experiencia tan dolorosa en lo familiar o personal como en otros casos, pero la voluntad de superar un cainismo injusto y violento en el que se negaba la misma existencia del pasado, a la vez que se predicaba con grandes palabras, alimentó mi rebeldía juvenil.

Curiosamente, una de las personas con las que más hablé del colegio a lo largo de los años fue Jesús de Polanco. Exalumno del colegio, Jesús tenía mucha estima a mi padre, que había presidido la asociación de antiguos alumnos. Casi siempre empezábamos nuestras pláticas hablando del colegio, un buen comienzo de conversación en una relación que con el paso del tiempo pasó por los avatares propios de las que se establecen entre un magnate de la prensa y un político. Era una persona muy de su entorno y de su barrio, además de tener una virtud rara en la España actual, cual era responder de inmediato a las llamadas desde el lugar del mundo en que se encontrara y nunca jactarse de ser un king maker, un hacedor de reyes, a pesar de la leyenda de «Jesús del Gran Poder».

En nuestros repasos salía desde aquel padre rector, con señora y familia enfrente del colegio, al inefable padre Pereda, que nos recitaba «¡Ya viene el cortejo!» de Rubén Darío y se paraba diciendo «¡Niños!, ¿no oyen los cascos de los caballos?», hasta comentar de qué curas convenía escaparse antes de que el acoso sexual pedófilo en instituciones católicas se hubiera convertido en piedra de escándalo. O ese apolo negro, Roberto Zerquera, que se marchó en preuniversitario con una cupletista famosa y triunfó en Alemania bajo el nombre de Roberto Blanco.

En relación con el colegio, mientras que Polanco mantuvo con asiduidad los contactos con los exalumnos de su curso, en mi generación al salir del colegio cortábamos los lazos con todo tipo de vida asociativa que nos recordara un mundo del que queríamos escapar a toda costa. Una huida que se extendió a muchos de los curas del colegio, de los que te enterabas pasados los años que habían colgado los hábitos y se habían casado, o que la misma orden había retirado con discreción a algún rijoso.

Nuestros rivales históricos del barrio en deporte y en peleas callejeras eran los alumnos del Colegio del Pilar. Curiosamente, en nuestras vidas posteriores nuestros caminos se entrecruzaron a menudo.

Compartieron el colegio conmigo, además de mis hermanos, compañeros como el añorado Luis Rodríguez Zúñiga (sociólogo y director del CIS), el mencionado Carlos López Riaño, Pedro Aparicio (después alcalde de Málaga y eurodiputado socialista), el cineasta Rafael Moreno Alba, mi excompañero de bufete Agapito Ramos, los hermanos Sauquillo, con el asesinado Javier como Príncipe del colegio, y los hermanos Méndez Borra, de los que Alberto es el más conocido por su novela póstuma, Los girasoles ciegos. Amigos íntimos de familia, hijos del poeta Pepe Méndez Herrera, traductor de la FAO en Roma, me aportaron en el momento de inquieta búsqueda de la adolescencia la gran poesía desconocida en la España de entonces de Miguel Hernández, Pablo Neruda, César Vallejo, incluso parte de Antonio Machado o textos como La agonía del cristianismo, de Miguel de Unamuno, evidentemente perseguido por el título.

Aquellos libros de bolsillo de Losada de Buenos Aires fueron un oxígeno precioso para una generación que luego empezó a respirar con Ruedo Ibérico, descubriendo su propio país y su historia con libros como El laberinto español, de Gerald Brenan, o La guerra civil española, de Hugh Thomas. Albert Camus tuvo un enorme impacto sobre mí; accedí a él gracias a mi pasión por las lenguas, en aquella época el francés; con mis ahorros me compré Les justes [Los justos] y La chute [La caída] en la librería Buchholz, entonces la mejor de Madrid para encontrar libros extranjeros. Una frase del libro me hizo caer del caballo como Saulo:

Dans les camps franquistes, les pois chiches étaient, si j’ose dire, bénis par Rome [en los campos franquistas, los garbanzos eran, si me atrevo a decirlo, bendecidos por Roma].

En 1960 el adjetivo «franquista» no existía en la España del Caudillo por la Gracia de Dios que rezaban las monedas. Poco después, me enteré del triunfo de Viridiana en el Festival de Cannes a través del programa de Radio France Internationale que escuchaba regularmente para mejorar mi oído. Una película mexicana rodada en España y que concurrió con pabellón yugoslavo: Luis Buñuel no pudo imaginar un mayor triunfo surrealista.

En preuniversitario fueron tomando forma mis inquietudes políticas mezcladas con las religiosas, lo que llevó a mi madre a pensar en mi posible vocación. Acababa de ser elegido papa Juan XXIII y se iniciaba el proceso de apertura y renovación que conduciría al Concilio Vaticano II. En un sistema acartonado en que todo lo que no fuera oficial estaba prohibido, el mundo de la Iglesia era paradójicamente el que ofrecía más posibilidades de contactos y debate. En el colegio, dos padres progresistas abrieron puertas, César Aguilera y mi medio pariente Enrique Iniesta Coullaut-Valera, quien era un especialista en explicarnos en ejercicios espirituales y retiros los riesgos venéreos, con lo que conseguíamos conocer en teoría todos los riesgos y peligros sin ninguna posibilidad de práctica en una sociedad en la que follar, más que un pecado, era un milagro.

También empezaban los curas obreros, con el caso destacable de la parroquia del Pozo del Tío Raimundo de los padres Llanos y Díez Alegría y los movimientos especializados de Acción Católica (JOC, HOAC, JEC), que constituyeron viveros de formación parasindical y parapolítica para toda una generación. La Revolución cubana y la lucha argelina por la independencia también influyeron en la radicalización de algunos sectores juveniles como el Frente de Liberación Popular, conocido coloquialmente como FELIPE.

Una de las cosas más útiles que hice en «preu» fue apuntarme a una academia para estudiar inglés, lengua ascendente en importancia, en vías de su definitiva consagración como lingua franca. En el colegio estudié, como era costumbre en la época, francés y, gracias a un buen profesor, conseguí ir un poco más allá de los plurales y los verbos irregulares. Casi aprendí más francés y a la vez geografía e historia moderna ayudando a mi padre a coleccionar sellos de correos con el catálogo Ivert & Tellier. Se aprendían los colores, los nombres de los países y se vivía tanto la aventura colonial como la descolonización: Ruanda-Burundi, la Cuba española, la Namibia alemana, las dos repúblicas españolas y la Guerra Civil, la hiperinflación alemana con los miles de millones de marcos sobreimpresos, sus zonas de ocupación militar de posguerra... La filatelia como escuela para aprender historia de los dos últimos siglos es una mina.

En 1959 el Plan de Estabilización de los tecnócratas del Opus Dei abrió una ventana a la Europa del incipiente Mercado Común. La corriente de aire fresco que empezó a entrar impulsó profundos cambios en la estancada sociedad del franquismo autárquico. También se llevó por delante una visión del mundo y de la historia que se nos había inculcado machaconamente en lecturas obligadas como el Libro de España, con el reinado de Felipe II como el más glorioso de la historia.

La Formación del Espíritu Nacional era una asignatura en la que un instructor de Falange, con su bigotillo recortado y sus aires marciales de sainete, nos hacía continua apología de la vuelta a un imperio dominador en Europa, en el que no se ponía el sol, basado en la alianza de la cruz y la espada, defensor de la ortodoxia y objeto de envidia y resentimiento de protestantes y librepensadores, por no hablar de masones y marxistas. Emil Cioran lo denominó con acierto «un desmesurado sueño histórico que acabó en derrota. España fue el primer país que salió de la historia».[3] Sin necesidad de teorizaciones intelectuales coordinadas, mi intuición, compartida por muchos jóvenes inquietos, era que esos hidalgos henchidos de añoranzas imperiales iban por la vida como el buscón don Pablos de Francisco de Quevedo tapándose con la capa un trasero raído y disimulando su hambre con migas en la barba.

Compartíamos de modo intuitivo la frase de José Ortega y Gasset «España es el problema, Europa la solución», tan manida hoy como ignorada entonces. Supe de la existencia y la obra del filósofo madrileño cuando tras su fallecimiento en 1955 pusieron su nombre a la calle de Lista por la que yo iba al colegio, donde, evidentemente, su obra no se enseñaba.

Con esa quemazón entramos en la vida activa o en la universidad. En mi caso, con muchas ilusiones y dispuesto a comerme el mundo, fui admitido con beca en la Universidad Central, luego Complutense, de Madrid en junio de 1960.

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PRECURSOR ERASMUS

La Universidad Complutense estaba en plena expansión en 1960. Se habían reconstruido casi todos los edificios que conocí semiderruidos durante mi infancia (la Casa de Velázquez, el Hospital Clínico, la Escuela de Agrónomos), se acababa de edificar a toda velocidad la Facultad de Derecho para sacar a los estudiantes de la calle San Bernardo tras los acontecimientos de 1956 y la Torre de Económicas estaba en obras.

En un ambiente familiar con claro predominio de las carreras técnicas —mi padre opinaba que España sería un país desarrollado cuando los abogados fueran tranviarios—, se consideró normal que me orientara hacia las ciencias sociales. Sin duda, por la labia y la pasión dialéctica. La preocupación dominante era que saliera colocado de la carrera, por lo que se consideró que la mejor opción era la Universidad Comercial de Deusto de los jesuitas en Bilbao, por aquel entonces la más cotizada para la formación en Derecho y Administración de Empresas en España. Se decía con razón que salías colocado y no había Gobiernos que no tuvieran un ministro de Deusto, aserto que se cumplió incluso en nuestra etapa. Paradójicamente, esta influyente universidad estaba en un País Vasco dominado por una poderosa oligarquía industrial y financiera y en el que no había universidades públicas.

Fui admitido por mi expediente. Mientras tanto, se abrió ICADE Universitarios, también de la Compañía de Jesús, en Madrid, con un programa similar asociado con Derecho en la Complutense. La razonable decisión familiar fue que me quedara en Madrid. Pasé tres años en Areneros, un complejo de ladrillo neomudéjar que por el ambiente carcelario de sus patios ha sido muy utilizado para rodar películas del género. Mi iniciación se hizo con una meditación del padre Morales S. I., utilizando todos los trucos clásicos de puesta en escena sobre la brevedad de la vida con el reloj y el crucifijo. Mi comentario crítico sobre su papel de mediador divino no me benefició mucho. Curiosamente, el inicio de la década de 1960 coincidió con los aires de renovación y apertura ligados al Concilio Vaticano II. En pocos años, un porcentaje destacado de curas de la orden se secularizó. Pese a ello, he tenido ocasión reciente de comprobar cómo ciertos toques rancios de conservadurismo social con tono nacionalcatólico se mantienen en la casa.

Tuve maestros como el catedrático Juan Iglesias, que vivía mentalmente en la Roma de los Césares, Juan Velarde y algunos jóvenes profesores que me abrieron ventanas al mundo, como Alejandro Nieto, Marcelino Oreja, Manolo Cobo del Rosal o Alejandro Muñoz Alonso, o me enseñaron técnicas útiles como José María Fernández Pirla. Como era un hueso, correspondí proponiéndole como presidente del primer Tribunal de Cuentas democrático. Más vano era el intento de tratar de explicar materias como Filosofía del Derecho o Derecho Político haciéndolas compatibles con la justificación del caudillismo y la militante animadversión hacia la democracia o los derechos humanos.

En 1962 la consolidación de la Comunidad Europea llevó al dictador a enviar una carta en el mes de febrero solicitando la admisión de España en el Mercado Común, a la vez que suavizaba algo su propaganda contra las decadentes democracias occidentales, en un momento en que cuajaba una nueva oleada del movimiento estudiantil en conjunción con las huelgas de la minería del carbón asturiana y la siderurgia vasca.

Previamente, el naciente Parlamento Europeo había aprobado en enero el informe elaborado por el socialdemócrata alemán Willy Birkelbach, con el título «Los aspectos políticos e institucionales de la adhesión a la Comunidad», en el que se decía que

solo los Estados que garantizan en su territorio la existencia de prácticas realmente democráticas y el respeto de las libertades y derechos fundamentales pueden devenir miembros de nuestra Comunidad.

El aviso del Parlamento al dictador era claro y conciso. Curiosamente, el Consejo Europeo no formuló explícitamente esta condición hasta la formulación de los Criterios de Copenhague de 1993 en preparación de la gran ampliación a los países provenientes de allende el Telón de Acero. Un significativo sobrentendido —sous-entendu o bajo-entendido en francés— del proceso de construcción europea.

En junio, la celebración de la primera reunión de la oposición desde la Guerra Civil bajo la égida del Movimiento Europeo provocó una violenta reacción oficial de condena del considerado como «contubernio de Múnich». El presidente del Movimiento Europeo, el francés Maurice Faure, firmante del Tratado de Roma, y el secretario del Movimiento Europeo, el belga Robert van Schendel, hispanófilo e hispanófono, desempeñaron un papel decisivo en la organización.

La resolución política aprobada por el Congreso afirmaba de modo claro y preciso el marco para que fuera posible la entrada de España en el Consejo de Europa y en el Mercado Común:

El Congreso del Movimiento Europeo, reunido en Múnich los días 7 y 8 de junio de 1962, estima que la integración, ya en forma de adhesión, ya de asociación, de todos los países de Europa, exige de cada uno de ellos instituciones democráticas, lo que significa en el caso de España, de acuerdo con la Convención Europea de Derechos del Hombre y de la Carta Social Europea, lo siguiente:

1º La instauración de instituciones auténticamente representativas y democráticas que garanticen que el gobierno se basa en el consentimiento de los gobernados.

2º La efectiva garantía de todos los derechos de la persona humana, en especial los de la libertad personal y de expresión, con supresión de la censura gubernativa.

3º El reconocimiento de la personalidad de las distintas comunidades naturales.

4º El ejercicio de las libertades sindicales sobre bases democráticas y de la defensa por los trabajadores de sus derechos fundamentales, entre otros medios por el de huelga.

5º La posibilidad de organización de corrientes de opinión y de partidos políticos con el reconocimiento de los derechos de la oposición.

El Congreso tiene la fundada esperanza de que la evolución con arreglo a las anteriores bases permitirá la incorporación de España a Europa, de la que es un elemento esencial, y toma nota de que todos los delegados españoles presentes en el Congreso expresan su firme convencimiento de que la inmensa mayoría de los españoles desea que esa evolución se lleve a cabo de acuerdo con las normas de la prudencia política, con el ritmo más rápido que las circunstancias permitan, con sinceridad por parte de todos y con el compromiso de renunciar a toda violencia activa o pasiva antes, durante y después del proceso evolutivo.

Para muchos de mi generación, y en especial para mí, fue una sacudida que ligó la lucha por la democracia en España a nuestra participación en la construcción europea. Los conspiradores de Múnich han sido compañeros míos de fatigas a lo largo de mi vida: Fernando Álvarez de Miranda, presidente del Congreso de los Diputados constituyente, el conspirador galante José Federico de Carvajal, presidente del Senado, Carlos Bru, compañero en el Parlamento Europeo, Fernando Baeza y un simpático grupo de mosqueteros que muy jóvenes habían luchado en el bando franquista, como Joaquín Satrústegui, Vicente Piniés o Jaime Miralles, cuyos hermanos habían muerto en el frente de Somosierra. Gente siempre joven de espíritu, cuyo entusiasmo democrático y europeísta merece ser recordado. Muchos de ellos pagaron con el destierro a Fuerteventura, que en aquellos tiempos no era precisamente un destino preferido del turismo, sino un lugar de confinamiento en unas islas aisladas y pobres.

Entre bastidores, dos activos e infatigables conspiradores fueron decisivos: Pepín Vidal-Beneyto y Enric Adroher, Gironella. Pepín, valenciano chispeante e inasequible al desaliento, animador de todas las causas políticas y culturales, desde su paso por el Opus Dei y el Partido Comunista de España (PCE) a su presidencia de ATTAC, pasando por experiencias como la Escuela Crítica de Ciencias Sociales, que creó en el inquieto Madrid de 1960 y en la que participé, su gestión como director cultural de Marcelino Oreja en el Consejo de Europa o la creación del Colegio Miguel Servet, adscrito a la Sorbona parisina. Gironella, de ascética y quijotesca planta, fue un luchador de todas las causas revolucionarias, desde un anarquismo juvenil o la participación en el pronunciamiento de Galán y García Hernández por la República, hasta figurar entre los fundadores del Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM), ser condenado y encarcelado por los comunistas en las purgas que siguieron a los «hechos de mayo» de 1937 en Barcelona, pudiendo pasar a Francia y empezar su exilio en México. De vuelta al Viejo Continente, fue un infatigable impulsor del Movimiento Socialista por los Estados Unidos de Europa y del Movimiento Europeo. La España democrática les agradeció su militancia: en el caso de Gironella, me tocó condecorarle siendo yo ministro en una simpática ceremonia celebrada en un restaurante en la Piazza Navona en Roma, con motivo de una reunión del Movimiento. Catalán republicano y agnóstico, aceptó con irónica elegancia la Cruz de Isabel la Católica que le impuse.

Años más tarde, yo también señalé mi condición de madrileño al imponerme Pierre Moscovici la Legión de Honor en el Quai d’Orsay, que me convertía en miembro de la Guardia de Corps de Napoleón. Las condecoraciones también pacifican.

En 1963 me convertí en precursor del programa Erasmus. En tercero de carrera, el entonces decano de ICADE, el padre Andrés Sevilla, brillante jesuita que se salió de la orden por amor, me ofreció una oportunidad única: ir a estudiar a París a l’École Supérieure des Sciences Économiques et Commerciales (ESSEC), hoy en día una de las principales business schools de Europa, con la convalidación del exigente examen de ingreso y el primer curso. El trato consistía en que si obtenía el título francés y acababa la carrera de Derecho, por libre, se me concedería el título de ICADE. Fue un acuerdo equilibrado con los jesuitas: yo cumplí con mi parte y la orden con la suya. Pero sobre todo, mi aventura fue posible gracias a la generosidad de mis padres, que apoyaron activamente mi decisión, sin duda preocupados también por mi creciente implicación en el movimiento universitario.

Esta oportunidad me hizo pionero del Erasmus, el programa de la Comunidad Europea para la Movilidad de Estudiantes Universitarios, convertido en el nombre del ilustre humanista gracias a la habilidad para crear acrónimos de los funcionarios comunitarios con los títulos de los programas en inglés. El recuerdo de mi experiencia me acompañó en la batalla en que participé como parlamentario europeo desde la Comisión de Presupuestos en 1987, apoyando su creación propuesta por Manuel Marín en nombre de la Comisión Delors frente a un Consejo reticente y cicatero. El resultado es espectacular. Erasmus constituye hoy en día uno de los mayores éxitos de la historia comunitaria, con un balance de cerca de tres millones de jóvenes europeos y más de 250.000 profesores Erasmus. Mi argumento presupuestario fue defender que es más rentable invertir en jóvenes que en vacas. Pese a ello, la resistencia de algunos Estados a aumentar los fondos del programa Erasmus ha continuado, como puso de manifiesto en su renovación Romano Prodi y ahora se repite de nuevo.

En otoño de 1963 me trasladé a París. Tenía una experiencia previa de trabajar en Suiza en un período de prácticas en el verano de 1962 y sentir lo que representaba en aquellos tiempos salir al extranjero con pasaporte español. El viaje había que prepararlo con tiempo; primero había que obtener el pasaporte, lo cual no constituía un simple trámite, pues te lo podían denegar o retirar sin justificación, y después venía el visado, conseguir divisas y los billetes.

Aunque empezaban los jets, la aviación era un transporte de lujo, y el medio más utilizado era el ferrocarril, todavía en gran medida con tracción de vapor. El viaje a Ginebra o a París duraba casi un día, en la frontera había que cambiar de tren en una inhóspita estación recorriendo entumecido y cargado con las maletas inacabables andenes, pasando minuciosos controles de carabineros y gendarmes para abordar el tren francés o viceversa. Por increíble que parezca, todavía no se le había ocurrido a nadie incorporar ruedas a las maletas, invento que con las rotondas para el tráfico rodado han sido huevos de Colón que han hecho más por la humanidad que muchos sesudos tratados.

Los controles aduaneros eran y son un buen termómetro de las prioridades políticas y sociales de los países. Entonces, los artículos más buscados eran los libros y las publicaciones. Recuerdo el exhaustivo interrogatorio de un desconfiado carabinero sobre un par de ejemplares de El desafío americano, de Jean-Jacques Servan-Schreiber, el best seller del brillante periodista que llevaba el águila del sello de Estados Unidos en la portada. Conseguí salvarlos del decomiso. Mientras tanto, un compañero de viaje pasaba sin problemas varios libros de Karl Marx con el argumento de que se trataba del Marx alemán y no del ruso.

Mi viaje a Suiza fue posible por AIESEC, activa organización internacional de intercambios de estudiantes de Ciencias Económicas y Comerciales, de la que fui fundador en ICADE. A mi llegada a la estación de Genève-Cornavin, comprendí lo que representaba entonces mi pasaporte: una cola distinta para los españoles, la mayoría emigrantes económicos, un interrogatorio individual para explicar lo que se iba a hacer en Suiza, tiempo de estancia, medios de que disponía y si tenía billete de vuelta. Peor les iba a los italianos, más de un millón en Suiza, en el tramo de tren Milán-Domodossola-Chiasso. Recordé esa escena cuando en mi condición de presidente del Parlamento Europeo recibí al embajador helvético, que venía a expresar su protesta por los controles que sufrían los ciudadanos de su país en la Unión Europea. Curiosa inversión histórica, en la que los suizos se han quedado al margen del conjunto de los europeos cuando estos han empezado a comportarse políticamente como ellos.

Después, en el trabajo se sentía en el trato cotidiano la bajísima valoración de un régimen que aparecía como un resto anacrónico del derrotado Eje y, para los más politizados, con una cierta mala conciencia de haber mantenido la No Intervención. Descubrías aspectos de un mundo que ignorabas: trabajando en un banco en la Bolsa de Zúrich ver la avalancha de órdenes de compra provenientes de Perú por el golpe de Estado militar que impidió, en julio, llegar al poder al vencedor de las elecciones, Víctor Raúl Haya de la Torre. Oír que un compañero de trabajo ginebrino calvinista te llamara papista como una ofensa en una discusión hasta que comprendí que se refería a mi condición de español y, por tanto, católico. También cuando mi compañero de habitación en la casa de Oerlikon, un flamenco de Amberes, presidente de la Asociación de Estudiantes y campeón de Bélgica de beber cerveza con un récord de treinta jarras, me obsequiaba con canciones antiespañolas de la época de la revuelta de los Países Bajos cuando nos peleábamos.

Sin duda, la sorpresa mayor fue encontrar un fusil Máuser con su munición en el comedor de la casa y ver a honestos burgueses suizos el domingo en el trolebús portando una maciza ametralladora Hotchkiss con trípode. Viniendo de una dictadura militar, esa expresión de un ejército popular de una democracia plurinacional que ya ha cumplido sus setecientos años sin ser invadida, me causó un profundo impacto. Un país con cuatro idiomas e identidades diferentes conviviendo secularmente era una sorpresa para quien salía de un hipernacionalismo de la «unidad de destino en lo universal». Una sociedad igualitaria y desarrollada en un bellísimo marco natural, con extraordinarios valores cívicos y a la vez refugio de evasores de capitales y dictadores de toda laya. Es de esperar que los helvéticos puedan vencer la demagogia xenófoba de la derecha en la Suiza germánica y por fin se incorporen en serio a la UE, en la que de hecho están integrados económicamente.

Aproveché el viaje de retorno para mi primer contacto con Francia y Alemania, sin imaginar que años después formarían parte de mi vida cotidiana. Primero conocí la Alemania de comienzos del «milagro», viajando en autoestop y alojándome en albergues de juventud. Entonces viajar pidiendo aventón en términos mexicanos, era más fácil. Descubrí las autobahn pobladas de omnipresentes escarabajos VW. Curiosamente, algo parecido ocurriría en el México de la década de 1980, donde se fabricó en Puebla el último escarabajo o «bocho». En las carreteras había un cartel que me costó mucho descifrar, no solo por mi escaso conocimiento del alemán, sino por su significado. Era un mapa del Reich de 1938 con una leyenda que decía: «Deutschland, drei mal geteilt. Niemals!» [¡Alemania, dividida en tres, jamás!]. Eran la República Federal más la Democrática y los territorios al este de la línea Oder-Neisse, hoy en Polonia.

Se acababa de construir el Muro de Berlín. El alcalde de la ciudad que hizo frente a aquella situación era Willy Brandt, uno de los grandes personajes de la historia europea de la época y con quien tuve ocasión de trabajar más tarde. Era objeto de una intensa campaña de denigración por parte de la derecha conservadora, que le consideraba un traidor por su exilio en Noruega durante la guerra. Como canciller federal, Brandt hizo el gesto histórico de arrodillarse y pedir perdón en el gueto de Varsovia, aceptando las fronteras marcadas por los ríos Oder y Neisse como límite con el territorio polaco. El canciller Helmut Kohl solo lo hizo en vísperas de las elecciones tras la reunificación germana. En una entrevista en la Kanzlei de Bonn me explicó largamente sus reticencias por el trato dado a los alemanes de las regiones que pasaron a ser polacas. En Alemania el colectivo de expulsados (vertriebene) y huidos (flüchtlinge) de Polonia, la antigua República Democrática Alemana (RDA) y Checoslovaquia, era y todavía es un grupo extraordinariamente influyente en la vida política.

Retorné a París. La Ville Lumière tenía un aspecto muy diferente al actual. Los monumentos eran de un gris oscuro, a veces casi negro, por la pátina del tiempo y la contaminación, de la que apenas se hablaba por aquel entonces. Empezaban a limpiarse las fachadas, y tras ese lavado de cara, la ciudad presentó un aspecto rejuvenecido. Respirar libertad y poder gozar de bienes como los libros, el cine, la música o el arte, todo aquello generaba una sensación maravillosa.

Desde entonces, conservo la costumbre de leer Le Monde con regularidad sin saber nunca exactamente de qué día es la noticia. Al ser un periódico vespertino, está lleno de condicionales y subjuntivos. Es como ir a la universidad todos los días —un poco más ligero en su versión actual—. Sitúa la actualidad del continente, complementado con la lectura del Financial Times, periódico que desde la heterodoxia define con más autoridad la ortodoxia europea, y el International Herald Tribune, edición europea del New York Times, considerado como el periódico más europeo.

Fue mi primer contacto con Francia y Alemania, dos países que han dominado gran parte de mi vida posterior. Poco podía imaginar entonces que volvería a París al año siguiente a cursar estudios en el ESSEC, que en aquella época estaba en la Rue d’Assas, en el existencialista Quartier Latin, al lado del palacio de Luxemburgo y de Saint-Germain-des-Prés. Respirar la libertad era una sensación casi embriagadora. En un marco tan atractivo, tuve una fugaz tentación bohemia porque no se me daba mal dibujar, pero supe resistir con algunos bocetos y no me dejé llevar por las mil y una tentaciones culturales y políticas.

El año 1963 estuvo plagado de acontecimientos más importantes para el mundo que mi llegada a París. En enero, Konrad Adenauer y Charles de Gaulle firmaron el histórico Tratado de Amistad Franco-Alemán, con setenta y tres y ochenta y siete años, respectivamente, así como la vivencia compartida de las dos guerras mundiales. Poco después, ambos estadistas fallecerían tras haber visitado España. Se decía que no resistieron el letal abrazo del general Francisco Franco...

El tratado fue importante sobre todo por el hecho de que lo asumiera De Gaulle. El inicio de la construcción europea se había hecho bajo la IV República en Francia, con el impulso de Jean Monnet y Robert Schuman en el lado galo y Adenauer en el germano. De Gaulle encarnaba no solo la V República; su profunda y duradera popularidad se debía a su quijotesca actitud de resistencia durante la Segunda Guerra Mundial que había devuelto la dignidad a una Francia invadida y derrotada. Paradójicamente, el gran organizador del esfuerzo logístico aliado de transporte y equipamiento militar en las dos conflagraciones mundiales fue Monnet, un vendedor de coñac que no había ido a la universidad.

Ante el avance de la Europa comunitaria, De Gaulle propuso en 1961 el Plan Fouchet como una Europa de los pueblos intergubernamental que preservaba el liderazgo francés. Sin embargo, este plan no cuajó, en gran medida, por la oposición de los demás socios comunitarios, en particular del canciller Adenauer, a pesar de su buena relación personal. En este contexto, el Tratado de Amistad Franco-Alemán supuso un importante fortalecimiento de la naciente Comunidad Europea, aunque el jefe de Estado francés mantuvo impertérrito su visión. Inmediatamente después de la firma, vetó la entrada de Reino Unido en el Mercado Común y acentuó su línea de confrontación con Estados Unidos, saliéndose del mando militar de la OTAN. Defendió esta línea públicamente en sus conferencias de prensa, espectáculos multitudinarios por sus condiciones oratorias e histriónicas, así como su habilidad para lanzar la petite phrase, eufemismo galo para designar la frase asesina, como la célebre en relación con Europa en conferencia de prensa televisada: «No se trata de saltar como cabritos gritando ¡Europa!, ¡Europa!, eso no cambia la realidad». Para el general De Gaulle, la política de afirmación de la Comisión seguida por su presidente, Walter Hallstein, trataba de crear, con sus continuas exigencias protocolarias, una ilusión de autoridad política. Se preguntaba en nombre de qué pretendía erigirse en institución «el aerópago de un grupo de personas sin duda válidas» que se movían a nivel técnico.

El enfrentamiento llegó en 1965 con la crisis de la silla vacía, el gran pulso entre Hallstein y De Gaulle con motivo de la financiación de la naciente Política Agrícola Común (PAC). Hallstein tuvo la osadía de presentar su propuesta ante el Parlamento Europeo antes que al Consejo. Ante un desafío tan patente en un tema tan sensible, el Gobierno francés respondió levantándose de la mesa y bloqueando el funcionamiento de las instituciones durante medio año. El tema se resolvió con el Compromiso de Luxemburgo, que todavía espera su inserción en el ordenamiento comunitario.

La prueba de que el debate sigue abierto en una Francia dividida entre su dimensión universal y su pretensión de mantener la primogenitura política europea, está en la propuesta del presidente Nicolas Sarkozy de refundar la Unión Europea en versión actualizada del Plan Fouchet, con el Consejo como órgano central de gestión, desplazando así a la Comisión.

En el mundo, el año 1963 también vivió acontecimientos importantes. En plena guerra fría y tras la conocida como «crisis de los misiles» en Cuba, el teléfono rojo conectó al presidente John F. Kennedy en la Casa Blanca con el secretario general del PCUS, Nikita Kruschev, en el Kremlin; el proceso de descolonización avanzó con la independencia de Kenia y la creación de la Organización para la Unidad Africana (OUA); tras el fallecimiento de Juan XXIII, el cardenal Giovanni Battista Montini fue elegido papa (Pablo VI); el 28 de agosto, Martin Luther King pronunció su famoso discurso «I have a dream» durante la «Marcha sobre Washington por empleos y libertad», y el 22 de noviembre JFK caía asesinado en las calles de Dallas. Acontecimientos estos dos últimos que resuenan todavía. Tengo grabados en la memoria los titulares de la prensa de la mañana cuando iba a coger el metro. Fue un mazazo para toda una generación.

En el plano cultural, empezaban su histórica carrera películas como Il Gattopardo de Luchino Visconti y Otto e mezzo de Federico Fellini. En el campo musical triunfaban los Beatles y los Rolling Stones; mientras que Édith Piaf («La vie en rose») nos dejó, seguían en activo otros grandes de la chanson como Jacques Brel, Georges Brassens, Yves Montand, Juliette Gréco, Serge Reggiani y tantos otros. El Teatro Olimpia era una fiesta. También frecuentaban París los maestros del jazz, Miles Davis, Ben Webster o Duke Ellington, al que vi con su banda, incluido Johnny Hodges, en el Théâtre des Champs Élysées en el memorable concierto de 1964. Paco Ibáñez recitaba ya a los poetas malditos hispanos. Una diminuta Violeta Parra cantaba en La Candelaria, en la Rue Monsieur-le-Prince, «Gracias a la vida», la gran canción en español del siglo XX.

El reto más prosaico e inmediato consistía en organizar la supervivencia cotidiana. El alojamiento más accesible eran las buhardillas del servicio doméstico de la burguesía francesa de la belle époque. Tan romántico como cutre. Normalmente, se accedía por la entrada de servicio al último piso sin ascensor. El agua y el retrete eran comunitarios y la ducha, un sueño que solo se podía hacer realidad en baños públicos o cuando se hacían guardias como canguro en las casas. La cobertura de los servicios sociales y médicos era correcta gracias a la poderosa MNEF, la mutualidad de estudiantes de Francia.

En el terreno académico, el primer desafío era alcanzar un conocimiento del francés suficiente como para seguir los cursos y pasar los exámenes. Concentré mis esfuerzos en lograr un nivel excelente, que en el caso de la lengua de Molière es especialmente duro por su medieval ortografía objeto de concurridos concursos. Aún hoy en día, actualizar la ortografía francesa es una cuestión de gabinete para el Gobierno francés. No le daremos nunca bastante las gracias a Elio Antonio de Nebrija por su trabajo pionero de modernización de la lengua española. En la pronunciación, conseguí un acento próximo al del Midi francés más cantarín o chantant dentro de las lógicas dificultades de un castellanohablante con un idioma latino que pronuncia la «e» de tres formas diferentes, aunque a la hora de escribir el hecho de no pronunciar las letras finales me permitió la pequeña venganza de señalar a un compañero galo que la clase comenzaba a trois heures et demie y no demi. Además, la exigencia de estudiar dos lenguas extranjeras —el inglés más otra— sin que fuera posible en mi caso escoger el castellano, me permitió iniciar una relación pasional con el italiano que me ha acompañado toda mi vida. Tuve la fortuna de iniciarme con Il Gattopardo, de Giuseppe Tomasi di Lampedusa, como libro de lectura.

Se me considera políglota porque me manejo en algunas lenguas europeas. Si bien eso era muy infrecuente en el ambiente de mi juventud, el problema actual es que sigue siendo en gran medida una asignatura pendiente en el sistema educativo español. Este interés por las lenguas lo he mantenido a lo largo de mi vida y lo continué en el Goethe Institut con el alemán, lengua considerada como el paso a un estadio superior en nuestro país por su complejidad conceptual, con un aprendizaje a partir de la lectura y la práctica del portugués y el catalán, según me dicen con acento valenciano. En relación con estas lenguas hermanas, desde mi estancia en Suiza comprendí que se podía pertenecer a la misma comunidad política con un idioma materno diferente y que tal cosa no era un factor negativo sino un enriquecimiento. Un hecho que pude comprobar en el Parlamento Europeo, donde el peso de los intérpretes catalanes en las cabinas de interpretación al castellano era relevante.

Si la lengua materna es aquella en que le ha hablado a uno su madre, eso tiene algo de sagrado. Bajo el franquismo, me irritaba profundamente aquella invectiva de «¡Hable cristiano!» cuando Jesús hablaba arameo. Me preocupa que esta delicada cuestión se siga utilizando como un arma arrojadiza, treinta años después de haber participado en la elaboración de la Constitución de 1978 y los Estatutos de Autonomía. Más aún, porque dos tercios de este tiempo los he vivido en el Parlamento Europeo, una Torre de Babel que funciona con veintitrés lenguas de trabajo provenientes de veintisiete Estados diferentes. Un marco políglota en el que los europeos hemos puesto los medios para entendernos porque hay una voluntad política de compartir un destino. Un sistema complejo y sofisticado de interpretación y traducción, con equipos humanos muy competentes, hace posible el diálogo y el trabajo en común. Ciertamente es caro, pero siempre será más barato que el gasto en armamentos y la destrucción de vidas producidas por las incomprensiones del pasado en Europa. Por definición y por historia, el Viejo Continente es plurilingüe, y esa diversidad forma parte de su riqueza.

En el caso de España, la utilización de nuestras diversas lenguas vernáculas en el Senado me parece una muestra de respeto y aprecio, aunque siga echando de menos la existencia de una Cámara federativa en un sistema político autonómico. No lo conseguimos en el debate constituyente y es de lamentar que desde entonces no hayamos sido capaces de rematar la construcción del Estado. Las Conferencias de Presidentes de Comunidades Autónomas no se introdujeron hasta el Gobierno Zapatero y tienen mucha menos frecuencia y entidad que la de los gobernadores de estados federados en Estados Unidos, o el mismo Consejo Europeo, con un ritmo mensual de reuniones. El Estado autonómico tiene sentido a partir de una lealtad compartida, no como una colección de reinos de taifas.

Así como está de moda conocer cocinas distintas, aprender un nuevo idioma supone enriquecerse con una nueva gastronomía mental y cultural. En nuestro caso, es comprender la cantidad de cosas que tenemos en común siendo tan diferentes, no solo entre los latinos europeos, sino también con los pueblos germánicos y sajones. Incluso cuando se trata de términos políticos, filosóficos o científicos, especialmente en el campo médico, se puede afirmar sin temor a exageración que la deuda de la humanidad con el griego clásico y el latín es impagable.

La generalización de la informática es una prueba más del valor actual de saberes heredados. En la década de 1960 no existían instrumentos tan imprescindibles para la vida actual como el teléfono móvil, el fax o Internet. El ordenador IBM 360 fue lanzado en 1964, funcionaba con tarjetas y ocupaba una habitación. Pues bien, el actual PC tiene en común con todos los demás adelantos que su funcionamiento binario es posible gracias a la introducción en Occidente de los números árabes, procedentes de la India. Con los números romanos, no hubiera sido posible la web 2.0, al no existir el cero ni las cifras decimales. Es más, la Iglesia medieval vetó durante tiempo el cero como lugar de ausencia total porque Dios estaba en todas partes. Al revisar mi ensayo Europa en el alba del milenio para su segunda edición, me interesé por el primer milenio y cómo llegaron los números árabes a Europa, lo cual dio como fruto un ensayo novelado, El error del milenio, entre el monje Gerberto de Aurillac (el futuro papa Silvestre II del año 1000), y el caudillo Almanzor, hombre fuerte del Califato de Córdoba, escrito cuando se auguraba el apagón informático en vísperas del año 2000.[4]

Las lenguas europeas que utilizamos son creaciones medievales, fijadas en general durante el Renacimiento y que luego han sufrido una evolución relativamente reducida. Es decir, que sin un sistema decimal importado y la creación anónima medieval del inglés, francés, alemán o español moderno no tendríamos informática ni ordenadores, lo cual relativiza la pasión iconoclasta de desprecio en relación con el pasado. El desafío hoy en día es la velocidad de creación de nuevas palabras; cuando nacieron las Academias y se empezaron a fijar las lenguas dominantes, el ritmo de creación de palabras era de unos miles por cada generación, mientras que en la actualidad el proceso es desbordante. En el caso de la informática, el globish derivado del inglés se ha convertido en la lingua franca.

Otra de las asignaturas que me fue útil en Francia fue la Conferencia de métodos. Marginada por desgracia en el sistema educativo español, esta materia es hija no solo del Discurso del método de René Descartes, sino que proviene de la paideia griega, vía el trivium medieval, que se centraba en la formación que hacía del individuo una persona apta para ejercer sus deberes cívicos, dotándole de conocimiento y control sobre sí mismo y sus expresiones. En esencia, consiste en enseñar de modo activo los tres caminos: la gramática como ciencia del uso correcto de la lengua, que ayuda a hablar; la dialéctica, como ciencia del pensamiento que ayuda a buscar la verdad, y la retórica, ciencia de la expresión, que enseña a «colorear» las palabras. La clase no es un monólogo magistral más, sino que se basa en el trabajo activo del alumno a través de la exposición oral o la redacción de un texto por escrito. La supresión de este tipo de materias en el currículo ha llevado a la desastrosa situación de dominio del castellano, oralmente y por escrito, en nuestra universidad y a una actitud pasiva en la que es difícil establecer un debate tras la exposición magistral. Y lo peor es que no se pone remedio. Los niveles más elevados de muchos hispanohablantes americanos provienen, sin duda, de la mayor atención que recibe tan importante cuestión en sus sistemas educativos.

Puede sonar a antiguo, pero expresarse con corrección, hablar en público y saber presentar un argumento o una propuesta son activos útiles para todos los campos de la vida y del trabajo. Resulta difícil de comprender su práctica eliminación en la formación en nuestro país, donde se privilegia sistemáticamente engullir de memoria textos y apuntes mediocres. Revisando a medio siglo de distancia lo que aprendí en la carrera, me ha sido mucho más útil la siempre actual Oración fúnebre de Pericles sobre la democracia que todas las teorías sobre el caudillaje, base de las Leyes Fundamentales del franquismo.

En el campo económico, las teorías sobre la planificación e industrialización se centraban entonces en la importancia de la siderurgia o la construcción naval. Como profesor defendí esta vía; como miembro del Gobierno que negoció la entrada en la entonces Comunidad Europea, me tocó cerrar una gran parte de estas instalaciones. Cuando se lo expliqué al presidente de Polonia Lech Wałęsa, exlíder sindicalista en los astilleros de Gdansk, en su proceso de negociación para entrar en la Unión Europea, me objetó que su caso era distinto. Todos lo son. Lo que ha sobrevivido del histórico astillero de Gdansk, hoy un museo, es porque ha sido objeto de una profunda reconversión.

De hecho, más del 80 % de lo que aprendí, incluida la carrera, era un aprendizaje de conocimientos memorísticos que afortunadamente he olvidado o han quedado obsoletos. Lo que me sigue siendo útil es la ética del trabajo, la formación humanista (saber razonar, argumentar y exponer), así como la permanente disposición a aprender.

Tanto en la docencia como en el estudio, las posibilidades que ofrecía Francia eran mucho mayores. Mientras que en España la libertad de cátedra estaba sustancialmente limitada por el control político, poder disponer de bibliografía, películas, conferencias en el terreno universitario o actividades políticas de todo tipo significaba descubrir un mundo nuevo. En primer lugar, para conocer España y su historia, terreno en el que Antonio Soriano en la Librairie Espagnole de la Rue de Seine, Martínez con la naciente editorial Ruedo Ibérico, o François Maspero alimentaron a toda una generación. En cine, Morir en Madrid de Frédéric Rossif, un documental hecho con rigor recogiendo películas rodadas durante la contienda con textos, supuso una introducción excelente para la Cinemathèque, una auténtica escuela en la que vi desde el cine surrealista de Luis Buñuel y Salvador Dalí, L’espoir de André Malraux, a toda la obra de Sergei M. Eisenstein, el cine americano censurado por el maccarthismo o los creadores latinoamericanos y asiáticos. Y algo más tarde, La guerre est finie de Alain Resnais, sobre la novela con tintes autobiográficos de Jorge Semprún, El largo viaje, con un reparto en el que Yves Montand, Ingrid Thulin y Geneviève Bujold formaban un triángulo con una historia que rodeaba la militancia clandestina comunista con una atractiva aureola. En 1964 Semprún fue expulsado, junto con Fernando Claudín y Jordi Solé Tura, por Santiago Carrillo del PCE.

Conocí a españoles del exilio político y de la emigración económica. Dos mundos distintos. Entre los primeros, personajes como Julio Álvarez del Vayo, decisivo en el momento de la defensa de Madrid; Julián Gorkin, que estaba creando la revista Mañana, o Wilebaldo Solano, eterno luchador por el POUM. No obstante, la distancia entre los exiliados y un joven inquieto era demasiado grande como para concretarse en algo operativo. Su visión estaba entre una imagen fija de un mundo desaparecido y una idealización del presente. La uruguaya Cristina Peri Rossi lo ha descrito con la amarga precisión de haberlo vivido:

Hay dos clases de exiliados: los que creen que las cosas no van a cambiar nunca y los que creen que las cosas van a cambiar enseguida. Las cosas no se cuidan de lo que piensan los exiliados.

La opción más atractiva era apuntarse al PCE, que en aquel momento representaba la organización más sólida y eficaz dentro de la resistencia antifranquista. Fue la preferida por muchos de mis compañeros inquietos de la universidad, los cuales militaron o entraron en la órbita del «Partido» con mayúscula y sin adjetivo. Era la oposición más segura para un régimen que había sobrevivido gracias a la guerra fría y que funcionaba sobre la dialéctica de la lucha contra la subversión interior.

También en Francia, en donde el Partido Comunista Francés (PCF) era la columna vertebral de la izquierda, con la Sección Francesa de la Internacional Obrera (SFIO), el socialismo tradicional, hecha añicos tras el triste final de la IV República y un doloroso proceso de fin del imperio colonial en el que Indochina fue el prólogo del Vietnam para los norteamericanos y la herida de Argelia seguía abierta. Un solitario François Mitterrand enarbolaba la bandera republicana y socialista, desafiando al colosal De Gaulle con su libro El golpe de Estado permanente. Contra todo pronóstico, Mitterrand forzó una segunda vuelta en 1964, en la que obtuvo el 45 % de los votos frente al 55 % del general. Una derrota electoral sobre la cual Mitterrand habría de construir con perseverancia su carrera política presidencial, basada en la renovación del socialismo y el reequilibrio de la izquierda.

De modo intuitivo, me atrajo mucho más la aventura de Mitterrand y otros componentes de la segunda izquierda francesa que el partido comunista, a pesar de su hegemonía política en el mundo intelectual, con un aspecto monolítico y prosoviético a la antigua que chocaba progresivamente con la línea que representaba el Partido Comunista Italiano (PCI). Tras haber vivido la ortodoxia totalitaria y excluyente del nacionalcatolicismo, no habría soportado otra ortodoxia globalizante de signo contrario. Más aún cuando la comunista se atrevía a prometer el Paraíso en la Tierra mientras que la religiosa todavía lo hacía en el Más Allá.

Me atrajo mucho más el Partido Socialista Unificado (PSU), tras presenciar un mitin de Michel Rocard en Aviñón, y el trabajo del equipo de sindicalistas que estaba creando la Confederación Francesa Democrática del Trabajo (CFDT) a partir del sindicato confesional CFTC. Inspirados por el profesor Paul Vignaux, responsables como Eugène Descamps o Jacques Chérèque crearon una organización original y moderna en línea socialista y autogestionaria, que no se limitaba al trabajo sindical. Una parte importante de la renovación de la izquierda francesa se debe a su esfuerzo, en cuya militancia se formó Jacques Delors.

Tuve oportunidad de trabajar con Rocard durante la Transición, en el Gobierno y en Europa. En 1974, como organizador e intérprete suyo en un ciclo de conferencias-mítines celebrado en el Colegio Mayor Juan XXIII en la Ciudad Universitaria de Madrid, junto con otros amigos y compañeros de fatigas como Carolus Papulias, más tarde presidente de Grecia. En la culminación de nuestra negociación para ingresar en la Comunidad Europea, Rocard llevó a cabo una política constructiva y solidaria como ministro francés de Agricultura, la cartera más difícil frente a un mundo agrícola levantisco y cerrado. Tuvo que bregar con François Guillaume, a la sazón presidente de la FNSEA, el poderoso sindicato agrícola que se oponía frontalmente a la entrada de España en la CE, alegando que los españoles éramos como los coreanos, sin especificar si del sur o del norte. A este personaje le tocó ser su sucesor en la cartera, al resultar vencedor Jacques Chirac en 1986, e hizo la inenarrable declaración de que la nube radiactiva de Chernóbil se había parado al llegar a la frontera francesa.

Tras colaborar con Rocard como primer ministro francés en mi etapa de presidente trabajamos juntos en el Parlamento Europeo compartiendo amistad y visión sobre los desafíos de la socialdemocracia europea. En esta etapa pude reparar un olvido típicamente hispano, al no haber reconocido el Gobierno González la ayuda que Rocard nos prestó con una condecoración. Reparación esta que llegó de la mano de Miguel Ángel Moratinos como ministro de Asuntos Exteriores, con la concesión de la Gran Cruz de Isabel la Católica, a pesar de haber advertido que era protestante. Rocard la aceptó encantado como caballero que es.

Sensible diferencia entre la inteligencia con que Francia gestiona a nivel mundial su política de premios y condecoraciones como la Legión de Honor o l’Ordre des Arts et des Lettres y la cicatería con que España las concede. No hay conciencia cabal de la importancia de la meritocracia y del prestigio internacional de nuestras condecoraciones. Sin duda, la excepción más notable a esta miope actitud son los Premios Príncipe de Asturias, una iniciativa que con perseverancia e inteligencia ha conquistado un prestigio mundial en diferentes campos de la ciencia, la cultura y las relaciones internacionales.

Mi conversión a la meritocracia se debe a Fernando Morán ante un novel Consejo de Ministros cuando tuvo que presentar como canciller del Reino las condecoraciones a aprobar. Su argumentación de que los poderes públicos solo pueden agradecer con gestos rituales (medallas, diplomas) y no con dinero o privilegios me convenció.

Contacté con la CFDT a través de un grupo de amigos del ambiente universitario parisino que colaboramos en la solidaridad con los sindicalistas que habían lanzado los movimientos huelguísticos en la minería asturiana del carbón y en la siderurgia asturiana y vizcaína. Formaban parte del grupo Luis Ferreras, un leonés que tras estudiar en Alemania cursaba su doctorado en Sociología, y los asturianos Manuel García Fonseca, entonces cura y más tarde diputado comunista, y dos jóvenes mineros que estaban en París entre la solidaridad y el estudio, Paco Fernández Corte y Sindo de Turón. A través de ellos conectamos con los responsables de la Unión Sindical Obrera (USO), movimiento formado por jóvenes procedentes en su mayoría de la experiencia de los movimientos apostólicos (Juventud Obrera Católica, JOC) y las Hermandades Obreras de Acción Católica (HOAC), un vivero de militantes que contribuyeron a la renovación del sindicalismo en aquella etapa.

Cerré mi capítulo parisino con una especialización en Economía Agraria en el último año de estudios. Aunque la opción pueda resultar chocante en un joven urbano, el tema me atrajo por varias razones: la transformación de la sociedad agraria a urbana e industrial vivía un momento decisivo en España, con casi un 40 % de población activa en la agricultura y una huida masiva del campo. Todavía era de actualidad la cuestión de la reforma agraria planteada por Pascual Carrión bajo la Segunda República, relatada magistralmente por Edward Malefakis en su clásico libro Reforma agraria y revolución campesina en la España del siglo XX.[5] Su lectura, unida a la del gran economista y divulgador John Kenneth Galbraith, que había comenzado por esa especialidad, terminó por decidirme.

Completé mis estudios con una tesina tras un viaje de prácticas sobre la agricultura cooperativa y colectivista en Israel. Un inolvidable viaje a Oriente Medio en el verano de 1964 que realicé en compañía de Manuel García Fonseca: París-Nápoles en autoestop con el descubrimiento de Italia, periplo en aguas del Mediterráneo a bordo de un carguero turco con la compañía de estudiantes árabes de Derecho y Medicina en España y escala en Alejandría. La tarifa era de cubierta y llevábamos nuestra comida, pero el ambiente no lo hubiera mejorado el más selecto de los cruceros.

Navegar por el Mare Nostrum en verano es un placer de dioses conocido desde la época de Homero. Desembarqué en Beirut, capital de un Líbano que era entonces «la Suiza de Medio Oriente» por su cosmopolitismo y su belleza. Una sociedad en la que convivían sofisticadas jóvenes universitarias que viajaban en jet todas las semanas a la Universidad de la Sorbona con pobres campesinos, en un sistema político de complejos equilibrios entre cristianos maronitas, melquitas y ortodoxos, musulmanes sunitas o chiitas y drusos. Un pueblo con una diáspora en todo el mundo muy activa en el comercio, de modo particular en Iberoamérica y África.

Aproveché para leer la Biblia en una novedosa edición holandesa, cosa que, a pesar del reiterativo adoctrinamiento de mi instrucción religiosa, no había tenido ocasión de hacer. Una apasionante colección de libros y relatos necesaria para comprender no solo la historia del pueblo judío, sino el mundo actual. Completé esta lectura con la del Corán, y la sorpresa fue encontrarme con que los musulmanes honran a los profetas del Antiguo Testamento y también a Jesús. Empecé a comprender la diferencia entre el pecado como interiorización de la culpa frente a la violación de la norma como escándalo público, de la misma manera que la purificación consiste básicamente en las abluciones, lavarse cuidadosamente antes de entrar en la mezquita, norma de higiene además de rito religioso. La mezquita no es solo lugar de culto sino también de convivencia donde se puede estudiar, descansar e incluso dormir sobre el suelo alfombrado, con un ambiente menos sacro pero más accesible que el de las iglesias cristianas.

Disfruté de esta hospitalidad en lugares como la imponente mezquita omeya de Damasco, que tiene en común con la omeya de Córdoba, además de la dinastía, el hecho de haber sido edificadas sobre basílicas cristianas que a su vez lo fueron sobre templos romanos y anteriores. En la misma están la tumba de san Juan Bautista, objeto de culto popular, y la cabeza de Hussein, el nieto de Mahoma, objeto de culto chiita. También visité la tumba de los Patriarcas, el padre común, Abraham para los judíos e Ibrahim para los musulmanes con Sara, Isaac con Rebeca, Jacob con Lea, en una iglesia gótica cruzada en Hebrón que sintetiza la complejidad de las relaciones entre las religiones del Libro en una historia de cerca de seis mil años. En el caso de España, su conocimiento es esencial para comprender nuestra historia.

Llevar la Biblia no me planteaba problemas, pero el visado de Israel sí. Su presencia en el pasaporte suponía la imposibilidad de viajar por países árabes. Había que atravesar Siria, que exigía la fe de bautismo para expedir el visado. La solución fue llevarlo en una bolsita a modo de faltriquera adherida con un imperdible a los calzoncillos. El sistema funcionó a la perfección en un país que acababa de vivir un golpe de Estado y tenía controles de carretera cada pocos kilómetros, amén de la obligación de presentarse en prefecturas y comisarías en todas las ciudades. Las revisiones en los controles eran breves, porque la mayoría de los soldados abrían el pasaporte al modo de lectura árabe, es decir, empezando por el final, con lo que no encontraban ni la foto. Además, vi por primera vez que un pasaporte español tenía valor, por la simpatía árabe hacia España debida a la enorme carga afectiva que tenía en todas las capas de la población la evocación del califato en Al-Andalus como época dorada. Pero no se trataba solo de recordar a Ibn Hazam de Córdoba; Sara Montiel y El último cuplé estaban casi tan omnipresentes como los retratos de Gamal Abdel Nasser.

La primera sorpresa fue en la aduana siria. Nos invitaron a cenar, fumar el narguile y dormir en su edificio; nos dieron de desayunar y subieron al autobús de línea que iba al Crac de los Caballeros, la impresionante fortaleza de los cruzados. Identificarnos era motivo para ser invitados a las casas y agasajados con refrescos, dulces y tabaco, e incluso fuimos invitados a participar en la oración del viernes en la gran mezquita de Homs, tras lo cual fuimos invitados a una abundante comida regada con arac, el aguardiente local, que acabó en borrachera generalizada. Recorrí el país: Damasco, la capital de los Omeya; Alepo con su fortaleza y su zoco, el más bello que he visto, desgraciadamente víctima de la bárbara represión del régimen de la familia Assad sobre su propio pueblo; Hama con sus gigantescas norias similares a las de la Ñora en Murcia, y Palmira en el majestuoso desierto, la ciudad frontera del Imperio romano de la reina Zenobia. Todos lugares que la brutalidad ha colmado de sangre y dolor.

Descubrí la fuerza del nacionalismo panárabe, encarnado en Nasser, el líder militar egipcio que había resultado vencedor en la confrontación con la coalición francobritánica tras nacionalizar el canal de Suez en 1956. Un momento clave para el inicio de la construcción europea, cuando Estados Unidos explicó que se había acabado el imperialismo de la cañonera. El retrato de Nasser estaba omnipresente en tiendas y bares. Un panarabismo reivindicador del renacimiento árabe frente al colonialismo occidental, encarnado en Al Baath [el resurgir], fundado por Michel Aflaq, cristiano ortodoxo, y Saladin Bitar, musulmán sunita. Esta fue la fuerza política dominante en Siria e Irak desde la década de 1940 con una línea laica y socialista que impulsó la efímera República Árabe Unida entre Egipto y Siria, rota en 1961. Los jóvenes estudiantes que conocí en Líbano, Siria y Jordania, cristianos y musulmanes, compartían la misma causa histórica del nacionalismo panárabe y anticolonialista.

También descubrí la existencia de los refugiados palestinos, visitando en Líbano los campos de refugiados que luego pasarían a la historia por las matanzas de Sabra y Chatila y en Jericó. Unos campos sin salida ni esperanza mantenidos desde 1948 por la UNWRA, la agencia de las Naciones Unidas. En aquella época no existían prácticamente para los medios occidentales. Precisamente, la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) se estaba creando en aquel momento con el apoyo de la Liga Árabe. En Israel me encontré con palestinos y árabes israelíes en Nazaret y Haifa, entre ellos un joven apasionado por la física nuclear que sabía que su vocación era imposible. En Belén nos recibieron en la iglesia de la Natividad unos comerciantes palestinos retornados de la diáspora hablando español con acento mexicano.

Tras pasar por Jericó y Ammán, entonces un poblachón, y el mar Muerto, entré al atardecer por la cuesta del samaritano en Jerusalén, con la emoción de recorrer lugares mencionados miles de veces y que se convertían en realidad con un intenso magnetismo. En 1964 la Ciudad Vieja era jordana y nada más llegar pude ver en la Puerta de Damasco a la guardia beduina saludar con su algarabía a un joven rey Hussein que acababa de escapar a un nuevo atentado.

Nos dieron hospitalidad en la Casa de Santiago, una residencia de estudiosos bíblicos españoles situada entonces en el camino de Nablus. La ventana de mi cuarto daba a la tierra de nadie que dividía la ciudad desde el armisticio de 1948 y se divisaba el mítico Hotel King David. El lugar más impresionante de la ciudad por la concentración de historia y tensión era y es el templo de Salomón, lugar sagrado de las tres religiones del Libro. Los hebreos se concentran en el Muro de las Lamentaciones a un lado, mientras que los musulmanes tienen la explanada con la cúpula de la Roca en su centro. Es su tercer lugar sagrado porque es tradición que desde allí el profeta Mahoma ascendió a los cielos acompañado por el arcángel Gabriel y Abraham estuvo a punto de sacrificar a Isaac. Volví al lugar en 1991 como presidente del Parlamento Europeo en visita oficial mientras el presidente de la Knesset tuvo que quedarse a la entrada, pues aún hoy está bajo protección del comité Al-Quds, presidido por el rey de Marruecos como autoridad religiosa. Cerca, la iglesia del Santo Sepulcro, dividida entre confesiones cristianas, algunas no muy bien avenidas y con tensiones que llegaban a las manos, tenía un guardián musulmán a la entrada que imponía orden con el as de bastos en la mano.

Para pasar a Israel desde la Jerusalén jordana había que sellar el pasaporte en la policía con una salida a ninguna parte y atravesar un puesto consistente en un tabique que semibloqueaba una calleja que daba a la plaza de Mandelbaum en ruinas. Al fondo, el edificio de la aduana israelí con la menorá refulgía impecable. Al entrar, nos saludaron en castellano al ver los pasaportes con una amabilidad que no he vuelto a encontrar en visitas posteriores a Israel. Viajamos a Tel Aviv en plena canícula y al lago de Tiberíades, donde estaba el objeto principal de mi tesina; los kibutz de Ginosar y Degania, granjas colectivas fundadas por los pioneros sionistas que emigraron a Palestina bajo el Mandato británico, en las que se vivía en régimen de comunismo perfecto. De cada cual según su esfuerzo, a cada cual según sus necesidades. Un régimen parecido a las órdenes monásticas medievales salvo el celibato. Se vivía en pequeños apartamentos, la comida se realizaba en los comedores comunes y la jornada normal era desde el amanecer hasta mediodía. Después había actividades culturales o estudio.

Tras un par de días de hospitalidad, había que trabajar en tareas agrícolas y pesqueras porque el kibutz tenía flota propia. Más de una noche faené en su barco, con pescadores israelíes que afirmaban con orgullo que seguían haciendo la misma labor que Pedro y los apóstoles en el mismo lugar. Con ciertas precauciones, porque un cuarto del lago se hallaba bajo dominio sirio. Las fronteras eran, por un lado, las ruinas de Cafarnaum al norte y el kibutz de Ein Gev, al este, al que se accedía por un hilo de camino tras atravesar el nacimiento del río Jordán y pasar bajo el Monte de las Bienaventuranzas, una pequeña colina tras la que los soldados sirios nos vigilaban desde los Altos del Golán.

La población de los kibutz era variopinta y cosmopolita. Por un lado, judíos argentinos de reciente llegada con acento porteño que convivían con sefardíes balcánicos que te llamaban mancebo en su ladino, centroeuropeos que habían sobrevivido al holocausto —con los números grabados en el brazo—, sefardíes orientales y norteafricanos y el núcleo central, los sabras, nombre hebreo del higo chumbo, picante por fuera y dulce por dentro. Dos prototipos de «sabra» eran, en Ginosar, Yigal Allon, a la sazón ministro, uno de los fundadores del Palmach (tropa de élite en la lucha por la independencia y base de la Haganá, el Ejército israelí), y en Degania, el general tuerto Moshé Dayán, un gran estratega. Los debates vespertinos con sabras del lugar eran especialmente interesantes. No se planteaban en términos bíblicos o religiosos, ya que la cultura dominante era laica, procedía del socialismo centroeuropeo. Solo confiaban en sus propias fuerzas, con un arraigo a la tierra de la que sus antepasados habían sido desposeídos en la diáspora y que habían conquistado, unida al instinto de supervivencia en un medio hostil.

La cuestión palestina todavía no tenía entidad política —se estaba creando la OLP— y consideraban que su solución debía venir por su reasentamiento en Jordania. Las preocupaciones principales eran el vital control del agua del lago de Tiberíades y lo indefendible de las fronteras de 1948. A la hora de discutir estos temas con europeos, no solo salía el tema del holocausto como culminación de persecuciones seculares, y tampoco faltaban argumentos históricos de desplazamientos masivos y reasentamiento de pueblos en Europa, algunos muy recientes. Un debate que sigue abierto hoy en día después de tres guerras más.

Nos embarcamos de vuelta en Haifa, bajo el monte Carmelo, en un decimonónico barco griego con pasaje de cubierta que nos llevó a Chipre, donde subieron unos campesinos en peregrinación dirigidos por un joven y fornido pope al que trataban a cuerpo de rey mientras nosotros racionábamos cuidadosamente los víveres. La singladura fue Limassol, en Chipre, Rodas, el Pireo, el impresionante paso por el tajo del canal de Corinto, el golfo de Corinto, Lepanto y seguir la ruta de Ulises por Ítaca a Kerkira (Corfú), subir el mar Adriático para arribar por fin a Venecia a la luz rosada del amanecer. Una entrada digna del mismísimo Doge con el Bucintoro. No podía imaginar el lugar que «la Serenísima» iba a ocupar en mi vida.

Me esperaba todavía un largo periplo en autoestop y tren hasta llegar a Barcelona, donde me atendieron mis tíos; después dos días de recorrer la Península en tren, en coches de madera de tercera clase hasta Málaga vía La Roda. Entonces era más fácil sobrevivir sin dinero que ahora, porque la gente te ofrecía de comer y beber espontáneamente en el tren. La tesina de fin de estudios sobre la agricultura colectivista israelí me permitió obtener el título de ESSEC.

Intenté realizar otras prácticas en la Cuba revolucionaria de las zafras de millones de toneladas, pero la cosa no cuajó y viajé al mundo nórdico. Trabajé limpiando hospitales en Lund y como trapero solidario de Emaus en Växjö, en medio de una Suecia de bosques, lagos y galpones rojos, recogiendo ropa para enviarla al Tercer Mundo, Honduras, Kenia..., entre otros destinos.

Hoy en día, domina la acumulación de cursillos, maestrías y títulos para conformar el currículum vitae. Sin embargo, creo que tanto los viajes como los trabajos manuales y en contacto con la naturaleza son muy importantes para conformar el carácter.

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UNIVERSIDAD Y SOCIEDAD

Al regresar a España en 1965, acabé la carrera de Derecho por libre en una universidad agitada y convulsa. Ese año se produjo la expulsión de cinco catedráticos (Tierno Galván, López Aranguren, Aguilar Navarro, Montero Díaz y García Calvo) de la Universidad Complutense, que fue seguida de la masiva expulsión de profesores en la Universidad de Barcelona tras «la capuchinada» de 1966.

Las facultades eran recintos de libertad en un campus en el que había manifestaciones día sí, día no, con los «grises», como era conocida la Policía Nacional. Una manifestación nos valió un aprobado general en la dura materia de Derecho Procesal, aprendida a palo seco sin prácticas. Estábamos esperando en el vestíbulo de la Facultad de Derecho cuando hizo su entrada el decano, don Leonardo Prieto Castro, conocido por su elegancia, demudado y vestido de un horrible color verde. Nos pareció muy chocante ese cambio de gusto hasta que comprendimos que había sido regado con agua y anilina por el botijo, el camión antidisturbios.

Terminé la carrera de Derecho por sentido de la responsabilidad, ya que en aquella etapa me interesaban mucho más los temas relacionados con la economía. Después hice un recorrido vital entre la universidad, la defensa de derechos humanos y la conspiración muy común entre los que entramos en el Parlamento en 1977.

Inicialmente, decidí dedicarme a la enseñanza y la investigación en estructura económica, en especial en economía agraria, aprovechando mi especialización en Francia. Empecé mi trayectoria docente como profesor ayudante, entonces denominado profesor no numerario (penene) en la Universidad Complutense, y a la vez de Introducción a la Economía en ICADE y el INEA de Valladolid. La labor pedagógica me atraía; aún hoy me encuentro con ejecutivos y funcionarios que me recuerdan sin acritud cómo les ayudé a iniciar su formación universitaria.

Entré como profesor ayudante en la Cátedra de Juan Velarde, un erudito economista de ideas tan conservadoras como de talante liberal, con un grupo de jóvenes profesores entre los que destacaban Juan Muñoz, Santiago Roldán y José Luis García Delgado (que publicaban bajo el seudónimo colectivo «Arturo López Muñoz»). La estructura económica como estudio central de la economía aplicada vivía una época dorada en la universidad, sin duda, porque nuestra principal preocupación era conocer nuestra realidad. En la facultad también enseñaban José Luis Sampedro con Carlos Berzosa en su equipo y Ramón Tamames. Inicialmente estuvimos en la Torre de Económicas, donde en mayo de 1968 se celebró el histórico concierto de Raimon que constituyó un hito por la convivencia y la libertad. Su papel central en la agitación universitaria aceleró la mudanza a Somosaguas, entonces un remoto descampado.

De la descripción de la realidad del mundo como objeto de la estructura económica de que habla Sampedro pasé a implicarme directamente en cambiarla. Me fui comprometiendo cada vez más en diversos frentes de acción: la defensa de los derechos humanos y laborales, el trabajo intelectual y periodístico, así como la reconstrucción del socialismo.

Mi primera obra de juventud fue Población y hambre,[6] opúsculo de divulgación sobre un gran desafío global de la humanidad que sigue pendiente hoy en día. Preparé mi tesis doctoral sobre el «El final del campesinado»,[7] centrada en el rápido proceso de transformación de la sociedad rural a urbana en España, con un análisis sobre los mecanismos de integración vertical en el desarrollo del capitalismo agrícola, y el Plan Mansholt, pieza clave de la naciente política agrícola en la Comunidad Europea. Aún hoy me encuentro con gente del mundo agrario que me recuerda mi tesis, no solo por lo provocativo del título sino porque, como me comentaban hace poco los responsables de la Universidad Rural Paulo Freire en Palencia, además del diagnóstico se apuntaban tendencias que después se han consolidado. Un viaje de estudios europeos me permitió conocer la marcha de las negociaciones del Acuerdo Preferencial de 1970, que nos integró por la puerta de servicio en el Mercado Común Europeo y fue conducido por Alberto Ullastres, monástico y hermético personaje que, tras participar desde el Gobierno en el Plan de Estabilización de 1959, gestionó las relaciones con la CE durante quince años.

Otros dos viajes de estudios universitarios me impactaron particularmente en aquella época. El primero a Polonia con un grupo de profesores amigos, Ángel Serrano, José Luis García Delgado e Ignacio Cruz, me ayudó a comprender mejor la realidad de la Europa central y del mundo más allá del Telón de Acero. Aprovechamos las vacaciones de Semana Santa para visitar un país comunista con iglesias repletas de clero joven cuando en España el proceso de vaciamiento de los seminarios se aceleraba. Comprendimos el papel de la Iglesia católica como columna vertebral de la identidad nacional en un país borrado del mapa durante siglo y medio, troceado entre las grandes potencias circundantes (Prusia, Austria y Rusia).

La cuestión de Polonia fue una de las claves de la historia europea a lo largo del siglo XIX. La I Internacional nació en un mitin de solidaridad con el país mártir que consiguió renacer tras la Primera Guerra Mundial, y su invasión fue el disparo de salida de la Segunda. Pudimos comprobar la inquebrantable rebeldía polaca que se percibía en detalles y actitudes expresivas. Los gestos de interés por todo lo que supusiera un acercamiento al mundo occidental eran reiterados, así como la voluntad de diferenciarse del mundo soviético.

El ejemplo más gráfico fue la visita a su capital histórica, Cracovia, con su Universidad Jagellónica, considerada el corazón del país. Esta mantuvo siempre una fuerte oposición contra el Gobierno comunista que, tras perder el referéndum sobre el poder popular, decidió construir junto a ella una nueva ciudad, de nombre Nowa Huta, en polaco «nueva siderurgia», bautizada expresivamente Lenin para afirmar la industria pesada como motor económico y el proletariado en lo político. Se procedió a diseñar y construir una ciudad de nueva traza, con la arquitectura cubicular, monótona y gris típica del frío «realismo socialista» con todos los servicios menos una iglesia.

A medida que los campesinos llegaban y mejoraban su situación como trabajadores industriales, la tensión fue en aumento porque no aceptaban que sus familias tuvieran que asistir a los ritos religiosos en medio de la lluvia, el frío y la nieve. Los choques produjeron víctimas. Un joven obispo de Cracovia, de nombre Karol Wojtyla (el futuro papa Juan Pablo II), canalizó la presión popular para construir la Arka Pana, el «Arca del Señor», la mayor iglesia del mundo de tres pisos y con una capacidad de diez mil feligreses. La gestación del proceso fue una complicada guerra de posiciones. Primero se consiguió un solar, después la condición fue que se excavaran los cimientos como trabajo voluntario. Más tarde, el acero de las vigas no estaba previsto en el plan, salvo que se pagara en divisas fuertes, que aparecieron de inmediato; las campanas llegaron de Países Bajos, el órgano de Viena. Cuando visitamos la ciudad, la magna basílica empezaba a emerger de los cimientos. Menos de veinte años después, Nowa Huta era uno de los principales bastiones del sindicato Solidarność [Solidaridad].

Visitamos el campo de concentración de Auschwitz (la actual Oświęcim), a 70 kilómetros de Cracovia. Un peregrinar silencioso y abrumador por el mayor testimonio de barbarie humana ejecutada de modo sistemático en el siglo XX. Entramos pasando bajo el arco con la sardónica inscripción «Arbeit macht frei» [El trabajo libera], y fuimos visitando barracones abarrotados de prótesis, gafas, cabello humano, la clínica de experimentos médicos, hasta los crematorios, que los nazis no tuvieron tiempo de destruir, como sí consiguieron hacerlo en el vecino campo de Birkenau, del que solo queda su siniestra torre de entrada. En aquella época se hablaba poco del tema y en España prácticamente nada.

Al acabar la visita, el guía polaco, exprisionero del campo él mismo, nos dijo que apreciaba mucho el respeto con que habíamos escuchado sus explicaciones, dado que el día anterior un grupo español de estudiantes de la Escuela de Periodismo de la Iglesia le había dicho al final de la visita que todo aquello era un montaje. Viniendo de un país en el que la Inquisición convirtió la obsesión por la «limpieza de sangre» y la persecución de los judíos en un precedente directo del holocausto, no resulta tan extraña esta actitud negacionista. El trabajo de memoria sigue teniendo sentido.

Primo Levi, protagonista y testigo excepcional de Auschwitz, resumió en un mensaje universal y siempre actual lo que representa el campo para la humanidad:

Si esto es un hombre

Los que vivís seguros

En vuestras casas caldeadas

Los que os encontráis, al volver por la tarde,

La comida caliente y los rostros amigos:

Considerad si esto es un hombre

Quien trabaja en el fango

Quien no conoce la paz

Quien lucha por la mitad de un panecillo

Quien muere por un sí o por un no.

Considerad si es una mujer

Quien no tiene cabellos ni nombre

Ni fuerzas para recordarlo

Vacía la mirada y frío el regazo

Como una rana invernal.

Pensad que esto ha sucedido:

Os encomiendo estas palabras.

Grabadlas en vuestros corazones

Al estar en casa, al ir por la calle,

Al acostaros, al levantaros;

Repetídselas a vuestros hijos.

O que vuestra casa se derrumbe,

La enfermedad os imposibilite,

Vuestros descendientes os vuelvan el rostro.[8]

El segundo fue un viaje por carretera a la Freie Universität Berlin, en el que conocí a Ignacio Sotelo. Alemania fue el único país que vivió la experiencia de los dos grandes totalitarismos del siglo XX: el nazismo y el estalinismo. Una división que hacía de Berlín el escaparate de dos mundos enfrentados con la mayor concentración de armamento convencional y atómico de la historia. En la autopista era normal encontrar convoyes militares con tanques de las cuatro potencias ocupantes. Para acceder a Berlín Occidental había que atravesar un tramo de unos 200 kilómetros por la República Democrática Alemana (RDA). Cuando se llegaba a la frontera, los vopos, policía popular, procedían a un metódico examen de toda la documentación, completado con una minuciosa revisión del coche, incluidos los bajos, gracias a un espejo con ruedas para comprobar que no había pasajeros clandestinos. En la Friedrichstrasse de Berlín, el paso del famoso Check-point Charlie o la estación de metro enlazaban dos mundos. El contraste entre el ambiente vital y contestatario del Berlín Occidental y el tono gris y apagado del Este no podía ser mayor. En el barrio de las Embajadas que Adolf Hitler había iniciado al lado del zoológico, los edificios dañados de las embajadas de Japón, Italia y en particular de España no podían ser más expresivos de un orden felizmente derrotado en Europa.

Poco a poco, la militancia política iba desplazando la vida universitaria, por lo que tomé la decisión de quemar las naves académicas. Decidí publicar la tesis y renunciar a la fraternal confrontación de lucha por la cátedra, vía que siguieron con éxito otros compañeros.

A lo largo de mi vida profesional y política, he tratado siempre de mantener una relación con la universidad. Primero, en la etapa de la transición democrática como invitado a participar y dirigir cursos o debates, especialmente en relación con la Constitución, la reforma fiscal, los Pactos de la Moncloa y después con las políticas implementadas desde el Gobierno. Más tarde, en la creación con Manuel Rodríguez Casanueva y la presidencia del Instituto Eurofórum de El Escorial, adscrito a la Universidad Complutense, rescatando de la ruina la histórica Casa de Infantes y convirtiéndola en un centro de excelencia en la década de 1990. Desgraciadamente, la ceguera de algunos socios capitalistas lo redujo a una residencia universitaria de lánguida vida.

En mi fase europea, he continuado hasta el día de hoy participando en actividades relacionadas con la construcción de la Europa unida. En 2005 defendí mi tesis en la Universidad Complutense sobre «Constitucionalización del poder legislativo en Europa», en la que sintetizaba mi experiencia personal con investigación en un tribunal dirigido por el catedrático Gil Carlos Rodríguez Iglesias, quien presidió durante doce años el Tribunal de Justicia Europeo. Desde 2009 soy titular de una Cátedra Jean Monnet en la Universidad de Castilla-La Mancha, en el Centro de Estudios Europeos de Toledo, sito en el neoclásico palacio Lorenzana, construido sobre la casa del Gran Inquisidor. Un lugar muy idóneo para estudiar la construcción de la Unión Europea como una democracia supranacional.

He desarrollado una actividad peripatética invitado por universidades como La Sorbona, Cambridge, Lisboa, Harvard, Leiden, Burdeos, Saint-Étienne, Roma Tre, Milán, Ca Foscari en Venecia, Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), El Cairo, Lausana, Columbia, Miami, Colorado, Buenos Aires, Lima, Singapur, Bangalore o Fudan, entre otras repartidas por todo el mundo. En China no logré averiguar cómo se compatibilizan y puntúan en sus clasificaciones universales de universidades la libertad de cátedra con el hecho de tener el despacho del jefe del partido comunista junto al del decano.

Algunas experiencias fueron particularmente gratas: la Universidad de Bolonia, por su valor simbólico histórico y actual como participante en la creación del programa que lleva su nombre, o los debates en el Minda de Gunzburg Center for European Studies de Harvard. Con todo, mis mejores recuerdos son para las conferencias magistrales en universidades mexicanas. En el paraninfo de la Universidad de Guadalajara, bajo la cúpula con el fresco El hombre creador y rebelde de José Clemente Orozco, invitado por la prestigiosa Cátedra Cortázar para hablar de mi ensayo Las Américas insurgentes,[9] en la Biblioteca Palafoxiana de Puebla para platicar sobre «Europa en el mundo del G-20» o en la Universidad Autónoma de San Cristóbal de las Casas (Chiapas), fundada por fray Bartolomé de las Casas.

Coordiné con el Instituto de Empresa y la PwC un informe sobre «La Fiscalidad verde en Europa», el gran desafío de lograr una economía sostenible hipocarbonada. En la actualidad, participo en el desarrollo del proyecto de investigación OPAL (Observatory of Parliaments after the Lisbon Treaty), con un consorcio científico con investigadores de las universidades de Maastricht, Sciences Po (París), Cambridge y Colonia. Un tema fundamental para el futuro de la Unión Europea como construcción democrática a medio hacer.

Durante el tardofranquismo participé en las más importantes iniciativas de una prensa floreciente que vivía peligrosamente bajo la atenta vigilancia del gran ojo del Ministerio de Información dirigido por Manuel Fraga Iribarne y la censura por su cuñado Carlos Robles Piquer, en una cotidiana guerra de posiciones. Convivir con la censura obligaba a un constante esfuerzo de modular, matizar y envolver las ideas. En efecto, «nadie tiene en tan alto valor la palabra escrita cuanto los regímenes policíacos»,[10] afirmaba el director general Arkadian Porphyritch, personaje de la gran novela de Italo Calvino Si una noche de invierno un viajero... Conciencia con la que seguro Miguel de Cervantes hizo hablar a Berganza y Cipión en El coloquio de los perros, que tanto sedujo a Sigmund Freud; lo que no sabemos es lo que pensaba el Inquisidor que leyó el texto y lo dejó pasar: ¿porque era un diálogo entre canes o porque en el fondo estaba de acuerdo? Sensación compartida por Fiódor Dostoievski en la Rusia zarista, los guionistas de Hollywood bajo el maccarthismo o el Premio Nobel chino Liu Xiaobo en la Filosofía del cerdo. Como señala Calvino, ¿dónde deberían encontrarse los libros prohibidos sino en prisión? De hecho, la mejor colección de literatura marxista del Madrid de la época se encontraba en la sexta galería de la cárcel de Carabanchel, la de los presos políticos.

En este juego de sombras chinescas que era publicar bajo la censura no faltaron casos ridículos. Uno que recordé con Pasqual Maragall fue la prohibición de publicar el dramático poema «Adéu Espanya» de su abuelo Joan Maragall en Cuadernos para el Diálogo. La censura envió a la revista un oficio a nombre del poeta, fallecido en 1911, notificándole la decisión. Otro que viví con Carlos Barral en el Parlamento Europeo se produjo tras las elecciones europeas de 1987, cuando se encontró al entrar en el hemiciclo con Robles Piquer defendiendo fogosamente la libertad de expresión. Hubo que calmarle. Ambos habían tenido unas relaciones «muy quebradas y llenas de altibajos», como recuerda Barral en sus espléndidas memorias. Robles, como jefe de la censura franquista, dio al traste con el Premio Formentor, uno de los proyectos culturales europeos más sugestivos de la década de 1960 con editores como Einaudi, Gallimard, Rowolth y otros que publicaban la obra premiada en sus lenguas, al prohibir editar en España Cambio de piel, del mexicano Carlos Fuentes, calificándola como «cambio de condón».

Ejercí también el periodismo de combate. Colaboré en Triunfo, España Económica, Juventud Obrera, Signo, el diario Madrid con un joven y prometedor Miguel Ángel Aguilar y en la primera etapa de Cambio 16, entre otras publicaciones. Cuadernos para el Diálogo fue seguramente la publicación más importante de la época. Sin duda, fue de la que fui consejero de redacción en su etapa mensual por su papel como plataforma y vivero de políticos, intelectuales y periodistas.

En su gestación fue fundamental el democristiano Joaquín Ruiz-Giménez, que de joven promesa del régimen franquista había evolucionado hacia un fuerte compromiso democrático. De ser ministro de Educación el dramático año de 1956, su actitud frente a la huelga en la Universidad de Madrid le valió salir del Gobierno amenazado por los sectores del falangismo ultra. Entre los fundadores figuraban prestigiosos intelectuales como el ácido Mariano Aguilar Navarro, el sesudo Antonio Truyol o el mecenas Antón Menchaca. Un encuentro entre personas que venían del Régimen con otros que procedíamos del exilio interior o exterior. En la iniciativa fuimos confluyendo jóvenes inquietos llegados de las luchas universitarias, sociales o la dinámica cultural. El ambiente inicial fue un tanto de compromiso histórico entre democratacristianos y marxistas en sus variantes PCE o FELIPE. En línea socialdemócrata éramos relativamente pocos, aunque durante la Transición la mayoría pasó a engrosar las filas de Unión de Centro Democrático (UCD), como Óscar Alzaga o Juan Antonio Díaz Ambrona, o del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), caso de Gregorio Peces-Barba, entonces democristiano, con el que inicié una larga y polémica amistad (con él, era la prueba de ser buenos amigos), Carlos Bru, Leopoldo Torres, Juan Muñoz, Santiago Roldán, Emilio Menéndez del Valle o José María Maravall, entre tantos otros. El secretario de redacción de la revista Cuadernos para el Diálogo, Pedro Altares, y su director, Félix Santos, consiguieron el milagro de que saliera con regularidad.

En su ideario desde el primer número, que reproducía el texto de la Convención Europea de Derechos Humanos, la línea europeísta estuvo entre las primeras prioridades, defendiendo para España la enmienda a la historia que suponía una construcción europea inspirada en valores democráticos. Además de editorialista, publiqué análisis del Plan Mansholt, base de la Política Agrícola Común (PAC) y del acuerdo preferencial con la Comunidad Europea, un cuaderno sobre la civilización del automóvil que empezaba a entrar en España y otro sobre la dimensión social europea.

Al conocer la noticia del fallecimiento del astronauta Neil Armstrong, el primer hombre que pisó la Luna (21 de julio de 1969), he recordado que al día siguiente de aquel histórico acontecimiento fui citado a la Dirección General de Seguridad. Imaginé que sería algo relacionado con la concesión del pasaporte. Me encontré con un interrogatorio sobre una reunión que la redacción de Cuadernos para el Diálogo había celebrado en Ciudad Ducal como si se hubiera tratado de un comité central del partido comunista. En un momento, para rebajar la tensión, el policía, un gigante, me señaló la portada del periódico que estaba encima de la mesa con la foto del astronauta pisando la Luna:

—¡Hay que ver qué progreso!

Contesté:

—Ya ve, ellos allí, nosotros aquí.

Afortunadamente, se contuvo ante la entrada de otro policía en el despacho. No gané un amigo, pero me sirvió para acortar una humillante y absurda situación.

La dimensión cultural era un aspecto sustancial de la lucha política en la que la dinámica de una sociedad viva chocaba cotidianamente con la camisa de fuerza del Régimen. El homenaje a Antonio Machado en Úbeda, el estreno del Tartufo de Molière recreado por Enrique Llovet con Alfredo Marsillach..., todo tenía una enorme carga política. Otro ejemplo interesante en el que participé fue el Museo de Escultura al Aire Libre de la Castellana. Se creó por iniciativa del ingeniero José Antonio Fernández Ordóñez, encargado de construir un paso elevado sobre el paseo de la Castellana, que para el alcalde Carlos Arias Navarro debía de completarse con un aparcamiento inferior. Constituyó un patronato en el que figurábamos un grupo de amigos que se reunía en casa del artista Eusebio Sempere, y entre los que figuraba Antonio Bonet Correa. El entonces príncipe de España apoyó la iniciativa.

No teníamos fondos, pero sí osadía. Pedimos obra a artistas destacados como Joan Miró, Pablo Palazuelo, Pablo Serrano, Amadeo Gabino, Andreu Alfaro, Rafael Leoz, Manuel Rivera, Gerardo Rueda y Gustavo Torner. Todos aportaron sus obras de forma desinteresada. Tres casos fueron especialmente destacables: los de Julio González, Alberto Sánchez y Eduardo Chillida, tres glorias de la escultura española del siglo XX.

En el caso de Julio González, maestro de escultura de Pablo Picasso, su hija decidió donar La pequeña hoz, con perspectivas de buena venta en Estados Unidos, por tratarse de Madrid. El día de la inauguración en 1972, el alcalde Arias, fiel a su trayectoria como director general de Seguridad, preguntó por el título de la escultura del exiliado amigo de Picasso y seguro que también comunista, y José Antonio salió del paso bautizándolo como «Mujer peinándose por la mañana». Pasó luego Arias a los Toros ibéricos de Alberto Sánchez, y el comentario fue: «Este sí era comunista y murió en Moscú»; y la respuesta: «Efectivamente, en 1956». Más complicado fue el caso de la Sirena varada, la primera escultura en cemento de Chillida de 6 toneladas de peso. Estuvo efectivamente «varada» durante varios años por la oposición de los alcaldes Arias y el ingeniero Juan Arespacochaga a su instalación, con el pretexto de que el puente se hundiría bajo su peso. La democracia la colgó, y el puente no se derrumbó.

En el terreno político, me fui comprometiendo en el asesoramiento jurídico y económico de la Unión Sindical Obrera (USO) a partir del grupo de militantes con el que había contactado en París. Su máximo responsable era Eugenio Royo Errazquin, un robusto guipuzcoano que fue presidente español e internacional de la JOC y que había ido tejiendo contactos a partir de su experiencia. Conspiramos en un sitio tan seguro como la delegación de Fagor en Madrid, enfrente del Ministerio del Interior, y compartimos proceso ante el Tribunal de Orden Público. En su Carta fundacional se afirmaban principios como organización de trabajadores, de las nuevas generaciones a partir de la ruptura que supuso la Guerra Civil, la conciencia de la transformación del país, el rechazo del capitalismo y la voluntad de unidad en el campo socialista.

Una característica fundamental de todos los sistemas dictatoriales a lo largo de la historia, perfeccionada hasta el límite en el cruel siglo XX, es adoctrinar a los individuos, controlar los medios de comunicación con la propaganda y la censura, aislar y vigilar a los disidentes, encarcelándolos si son activos o eliminándolos si constituyen un peligro. La dictadura fue siempre fiel a las directrices del general Emilio Mola de «acción extremadamente violenta contra individuos u organizaciones políticas o sindicales no afectas al movimiento». Tras el desenlace de la contienda, el margen que dieron la Segunda Guerra Mundial y la guerra fría permitió proseguir la sistemática e implacable represión del enemigo interior. La legalidad consistía en que todo lo que no era obligatorio estaba prohibido. Enlazar con organizaciones clandestinas era jugar al escondite, a veces de modo dramático, con la Brigada Político-Social, la policía política del Régimen. Este, por su parte, privilegiaba en su propaganda al PCE como oposición.

El trabajo clandestino consistía en ir tratando de unir sujetos aislados, formar grupos y crear redes. Un continuo tejer y destejer que en la década de 1960 era más factible, ya que las prácticas de la primera época de la dictadura (tortura sistemática, ejecuciones sumarias, consejos de guerra) se hacían cada vez más difíciles de llevar a cabo. La evolución de la sociedad, con la conquista de espacios concretos de libertad, y la paulatina integración de facto en Europa contribuían a hacer más difícil el mantenimiento de un sistema basado en la fuerza bruta.

La conjunción de un movimiento obrero cada vez más activo con jóvenes universitarios que elegían comprometerse ejerciendo su profesión en apoyo a los movimientos sociales constituyó una de las estructuras básicas de la renovación de la izquierda. Eran los laboralistas o abogados de derechos humanos, sus foros eran la Magistratura de Trabajo, en lo laboral, y de los consejos de guerra al Tribunal de Orden Público, en lo político.

Mi primera detención tras el referéndum de la Ley Orgánica del Estado en 1967 hizo pública mi identidad. Había hecho propaganda activa contra la participación en la farsa, pero no me pude resistir a la posibilidad de votar, lo que hice con mi hermano Rafael. Comprobé la dificultad para obtener una papeleta del «No» que además se transparentaba, y después el anuncio de Manuel Fraga de los resultados, con problemas al superar los «Sí» el propio censo en algunas provincias por el entusiasmo desmedido de algunos gobernadores.

Aquella misma semana había una reunión de coordinación de USO y supe que la policía había ido a casa de mis padres a detenerme. ¡Ironías del destino! Acababa de salir del cine Torre de Madrid de ver Al final de la escapada, la famosa película de Jean-Luc Godard, con Jean-Paul Belmondo como protagonista en el papel de un gánster perseguido por la policía, con su exclamación Merde, la police.

La detención fue particularmente desagradable al producirse en la casa familiar y confirmar las preocupaciones de mis padres, que deseaban para su hijo una carrera profesional, mejor de funcionario de algún alto cuerpo del Estado, segura y sin problemas, y veían que se había metido en líos. No obstante, la primera reacción de mi madre cuando corrió la noticia fue decir que su hijo estaba detenido por sus ideas y no por robar o cometer crímenes.

Fui conducido a la Dirección General de Seguridad, la histórica Casa de Correos en la Puerta del Sol, hoy sede de la Comunidad de Madrid. Cuando fui llevado ante el comisario jefe, Saturnino Yagüe, un personaje pequeño, calvo y de ojos saltones, inició su interrogatorio afirmando lo siguiente:

—¿Qué te crees?, yo no soy franquista, soy un profesional, lo fui con la dictadura de Primo de Rivera, la República, ahora con el Régimen, y con lo que vendrá. (No llegó a verlo, se murió antes.)

En esencia, la misma declaración que relata el checo Artur London, brigadista internacional, en La confesión, cuando el comisario comunista le interroga en Praga explicándole que él ya era un profesional bajo la ocupación nazi. El director franco-griego Costa Gavras filmó una gran película sobre el tema con guión de Jorge Semprún e Yves Montand en el papel de London.

—El principal problema que nos plantea la USO es la carencia de datos. Nuestro trabajo es conocer y controlar todo lo que se mueve. Sabemos que habéis participado en acciones reivindicativas en Asturias, el País Vasco, Andalucía y en Renfe. Sois gente joven y entusiasta, pero nos falta conocer quién manda y cómo. Solo te pedimos eso. Piensa si te vale la pena, por no sé qué entusiasmo apostólico de cambiar el mundo, dar un disgusto a la familia y arruinar una prometedora carrera.

El siguiente paso fue el humillante proceso de bajar esposado a los calabozos, ser despojado de gafas, cinturón y cordones de zapatos para, según las normas, evitar tentaciones de suicidio. Paradójicamente, ese fue el origen de la moda juvenil de llevar los pantalones caídos a partir de una práctica similar americana. Después, la ronda de interrogatorios con los policías buenos y malos alternando amenazas, consejos y acusaciones cruzadas. La soledad del calabozo, una celda oscura con una repisa de teselas como las de las pescaderías, en la que se perdía la noción del día y la hora, solo una agónica bombilla a través de la mirilla. De la Puerta del Sol llegaba el contraste de ecos lejanos de villancicos y canciones en vísperas de Navidad. Una de Charles Aznavour que me recordó a un amor con el que acababa de romper. La publicación por Le Monde de la detención supuso una puesta de largo.

El papel del sindicalismo fue clave tanto en el campo laboral como en el universitario. Los jóvenes inquietos acudían a estas plataformas y eran elegidos delegados a partir del liderazgo en la práctica sobre los problemas en el tajo, no sobre la base de una formación teórica. En la universidad, la contestación iniciada por la Federación Universitaria Democrática Española (FUDE) hizo saltar al Sindicato Español Universitario (SEU). En el mundo laboral, surgieron las primeras Comisiones Obreras en las cuencas mineras, la siderurgia asturiana y vasca, la construcción naval y la metalurgia madrileña, como mecanismo de respuesta espontánea en las fábricas frente al aparato fosilizado y de control del Sindicato Vertical, llamado así porque integraba en su seno a todos los factores de producción, empresarios y trabajadores bajo el control político del Movimiento.

El Partido Comunista de España, al darse cuenta de la importancia del movimiento, abandonó su estructura sindical, la Oposición Sindical Obrera, y se lanzó a controlarlo y extenderlo. El partido comunista había abandonado la lucha armada a finales de la década de 1940. Santiago Carrillo, secretario general del PCE, lo explicó en la entrevista-libro que le hicieron Régis Debray y Marc Gallo.[11]

En su reunión con Stalin en 1948, este le preguntó reiteradamente: hacéis la guerrilla, pero ¿por qué no trabajáis en las organizaciones de masas legales? Vuestro trabajo de masas es muy débil, la experiencia bolchevique demuestra que habría que hacerlo. Hay que tener paciencia —repetía tierpienietz, «paciencia» en ruso— después cuando seáis fuertes golpead [...] evidentemente, el hecho de que fuera Stalin el que hubiera planteado esta cuestión era en aquella época un argumento de gran importancia. Pero después, la práctica ha demostrado que su posición era justa.

Conocí y compartí conspiración con muchos y muchas militantes de la época, gente entregada y valerosa, en algunos casos asumí su defensa o figuré en el mismo sumario. Entre los asturianos, Eleuterio Bayón, histórico líder de Fábrica de Mieres, que llevaba el Boletín Oficial del Estado (BOE) y la jurisprudencia en el bolsillo de la camisa; Severino Arias, con su proverbial libro bajo el brazo con el que desafiaba a los teóricos. En mis visitas a la cárcel de Segovia organizaba tertulias en locutorio con él, Marcelino Camacho y Julián Ariza. Estuve procesado con el arrumbador Esteban Caamaño, líder del Marco de Jerez, con el que compartí escaño en el Congreso de los Diputados y después en el Parlamento Europeo. Entre los héroes anónimos destacaba un hombre cabal, el líder de los silicóticos asturianos, el gallego Aurelio, que entre hospitales y cárceles fue uno de los impulsores del Instituto Nacional de Silicosis de Oviedo. En una de mis visitas a la cárcel de tercer grado de Palencia, un viejo caserón de estilo mudéjar, al identificarme como abogado, el sargento de la Guardia Civil me paró, lo que me puso a la defensiva. Me preguntó por mi edad y me dijo: «Perdone, si yo hubiera tenido posibilidad de estudiar con su edad, estaría seguramente en su lugar».

Otro personaje admirable era Valeriano Gómez Lavín, trabajador de la Firestone de Basauri deportado a Galicia después de la famosa huelga de Bandas. Incansable y vital activista, me embarcó en una de las batallas más dramáticas que viví: elaborar el «libro negro» de Cee. Un bello pueblo gallego de la Costa da Morte, junto a Finisterre, en el que la grandiosidad de la naturaleza chocaba con la patética realidad de una factoría de acero al manganeso de la Sociedad Española de Carburos Metálicos que durante decenios había contaminado toda la comarca. El manganeso es un mineral cuya manipulación requiere especiales medidas de precaución por su carácter muy tóxico, que puede producir depresión, impotencia, pérdida de memoria y parkinsonismo mangánico. Una comisión de afectados por estos problemas vino a Madrid al Instituto de Medicina Legal, y Valeriano nos los mandó al despacho.

Ante la magnitud de la tragedia, además de iniciar las reclamaciones por vía legal, se trataba de detener un envenenamiento generalizado. A partir de los expedientes de los afectados y sus testimonios, me llevaron a la Casa Rectoral de Cee para preparar un informe. El arcipreste, don Antonino, después de decirme que no quería saber quién era ni mis ideas pero que creía en mi buena intención, puso a mi disposición los libros de registro de nacimientos y defunciones, fuente básica de documentación de la vida local hasta el siglo XX. Estudié en detalle la evolución de las causas de mortalidad. La frecuencia de la llamada pulmonía de Brens (la parte del municipio donde estaba la fábrica y el salto de agua construido para alimentarla) como causa de muerte era palmaria. A ella se unía el aumento de mortalidad por silicosis en los años siguientes a la construcción del túnel de salida de la presa cuando los mineros traídos de Asturias se negaron a trabajar sin mascarilla y se recurrió a trabajadores de la zona. Con todo el material acumulado, redacté el libro que fue editado a multicopista. La portada era el dramático grabado Non morren, sementan de Alfonso Rodríguez Castelao. El efecto fue demoledor en Galicia, con ceses y remociones en el aparato sindical vertical; la Inspección Nacional de Sanidad se movilizó, se procedió a adoptar las medidas de precaución tan solicitadas como ignoradas y conseguimos que los afectados fueran indemnizados. Una batalla ecológica antes de que el término se popularizara.

De nuevo me llamaron con motivo de la huelga de la construcción naval en El Ferrol en 1972, donde el enfrentamiento con los manifestantes en Ponte das Pías dejó varios muertos. Viajé en el expreso de noche con José Luis Núñez, «el Patriarca», un abogado comunista que por su talla y barba no era el más idóneo para pasar desapercibido. Nos separamos, visitamos a familiares y compañeros de las víctimas, jugando al escondite con la policía político-social. Pudimos conseguir información, entonces un bien precioso y escaso, con el que redacté otro libro, además de ocuparnos de las defensas de los procesados. Ignacio Fernández Toxo, el actual secretario general de CC.OO. y presidente de la Confederación Europea de Sindicatos, era un joven aprendiz de Bazán que fue procesado y condenado por aquellos tristes hechos.

Casi todos los que participamos en aquellos años vivimos episodios de detenciones, procesos, destierros en estados de excepción, expulsiones de la universidad u otras discriminaciones. Nada comparable a lo que se vivió durante la posguerra. Sin duda, el que definió mejor la situación fue el admirable Ramón Rubial, quien, tras una pena de muerte y muchos años de cárcel de los que no se jactaba, cuando le preguntaban contestaba que no tenía ningún mérito porque nunca había ido voluntariamente.

Un período vivido intensamente, alternando el ejercicio profesional y la docencia con la coordinación y el refuerzo organizativo, un pie dentro y otro fuera de la legalidad. Los despachos profesionales eran la base para la defensa y la coordinación, con la utilización de locales religiosos para reuniones más amplias o para tener los aparatos de propaganda (las multicopistas llamadas «churreras»). Un sinfín de reuniones dominadas normalmente por el temor a las caídas en un ambiente tenso por los nervios cargados, envueltos en un omnipresente humo de tabaco. Empecé a fumar cigarrillos entonces, aunque por poco tiempo porque me destrozaban la garganta. También largos y accidentados viajes en coche por unas carreteras que seguían siendo en esencia la red de la dictadura de Primo de Rivera, que se reconocía por el bordillo de granito.

En este tipo de actuaciones en las que se mezclaba la labor profesional de defensa con la obtención de información y la aportación de ayuda solidaria, me fue útil el dominio de lenguas y la posibilidad de viajar por Europa. Además de las relaciones con los sindicatos franceses, desempeñaron un papel destacado la DGB alemana y su poderosa federación del IG Metall, los sindicatos británicos dirigidos por Jack Jones, veterano de las Brigadas Internacionales, y los sindicatos italianos, siempre tan próximos. En Bruselas, la presencia de José Antonio Aguiriano y Curro López del Real fue siempre solidaria y acogedora. En particular, fue muy activa la eficaz ayuda de los secretariados internacionales de las federaciones sindicales basados en Ginebra. Responsables como Otto Brenner y Daniel Benedict en el metal, Charles Levinson en la química o Dan Galin en la alimentación, pioneros en la comprensión de la globalización de los derechos sociales frente al capitalismo transnacional, aportaron una ayuda útil y valiosa. Colaboré en acciones internacionales, como ocurrió con los viajes que realicé a Lisboa a petición de la FITIM entre el alzamiento de Caldas da Rainha y el 25 de abril para aportar solidaridad a los huelguistas de la Standard Eléctrica. Un soldado al que recogí en autoestop me contó lo que había ocurrido en su cuartel de Caldas. El contacto era Francisco Marcelo Curto, abogado con despacho en la avenida da Republica, adonde fui, me identifiqué y les di dos horas para que comprobaran que no era un agente de la PIDE, la temida policía política.

Mi relación con Portugal es intensa y continuada desde aquella época. Comparto con Natália Correia su visión de que «todos somos hispanos», aunque no he ido tan lejos como José Saramago en la defensa de una Federación Ibérica, de la que dio ejemplo con Pilar del Río. ¡Qué gran pareja! Pienso que el gran triunfo que conseguimos los ibéricos fue no solo liberarnos de dos execrables dictaduras, sino además sustituir por primera vez una relación como el Pacto Ibérico de la desconfianza por el Tratado de Amistad y Consulta firmado por Mário Soares y Adolfo Suárez, compartiendo destino en la Comunidad Europea.

De esta etapa data mi primer matrimonio con Adelheid Kopp, profesora alemana, viuda con tres hijas de un buen amigo, Luis Ferreras, fallecido en un accidente de automóvil al regreso de una reunión conspirativa. Viajábamos todos los años a Alemania, lo cual me permitió conocer mejor y estimar más el país, superando barreras que dificultan la mutua comprensión aún hoy en día.

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14 kasım 2024
Hacim:
470 s. 17 illüstrasyon
ISBN:
9788490563076
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