Kitabı oku: «Escuela preparatoria de Jalisco»




Presentación
Javier Espinoza de los Monteros Cárdenas
Director del Sistema de Educación Media Superior
Es un honor para mí celebrar junto con ustedes la conmemoración del centenario de la primera instancia universitaria.
La Escuela Preparatoria de Jalisco es el origen del patrimonio educativo, cultural y arquitectónico de la Universidad de Guadalajara, con su presencia y quehacer cotidiano mantiene vivo el espíritu universitario y la memoria colectiva de esta institución.
El edificio que la alberga, construido en el siglo xviii, fue confiscado en 1914 a la Compañía de Jesús, que usaba este recinto como centro escolar bajo el nombre de Instituto del Señor San José. Los jesuitas habían engalanado el inmueble al poner en su fachada el estilo neoclásico francés, concluir el segundo piso y equipar con aparatos modernos los laboratorios de química, física e historia natural. Además, terminaron de construir la hermosa biblioteca, tallada toda en madera de ébano. Este libro nos habla de las distintas épocas en que fue edificada la construcción, de los sucesivos episodios históricos, de los múltiples usos que ha tenido, de las huellas que el paso del tiempo ha acumulado en sus muros.
La preparatoria, creada por decreto el 10 de septiembre de 1914 por el comandante militar y gobernador de Jalisco Manuel Macario Diéguez Lara, en sustitución del Liceo de Varones, fue un parteaguas en la formación educativa de nivel medio superior.
A inicios del siglo xx, Manuel M. Diéguez declaró que la educación era de interés público, y le destinó un impuesto especial. Sus ideas permitieron construir un modelo educativo caracterizado por los principios revolucionarios: anticlericalismo, vinculación de la escuela con la producción agrícola e industrial, operatividad y modernización. Además impuso los criterios del liberalismo social, la pluralidad laica, conciliación y, en general, una visión tendiente a hacer de la educación un instrumento que mejorara el desarrollo económico y social del estado.
La instrucción con ese nuevo paradigma educativo se gestó como consecuencia de la búsqueda de alternativas que hicieran realidad los objetivos sociales de la aún palpable Revolución mexicana.
La Escuela Preparatoria de Jalisco es también la precursora del Sistema de Educación Media Superior. Por muchas décadas fue la escuela modelo, no sólo del centro occidente del país sino a nivel nacional.
En esta preparatoria, que ha sobrevivido diversas corrientes y vicisitudes, se ha formado a cientos de generaciones de jóvenes a lo largo de todo un siglo de labor educativa ininterrumpida. Vale la pena resaltar que fue la cuna de aquellos pensadores ilustres que fundaron en 1925 la Universidad de Guadalajara y de muchos otros más cuyas ideas y aportaciones han sido relevantes para la creación de instituciones y el desarrollo social, cultural, político y económico del estado de Jalisco.
Para terminar, conmino a toda la comunidad universitaria a seguir fortaleciendo la educación media superior y superior hasta el último rincón del estado y rendir homenaje a la trascendencia de nuestra casa de estudios.


Prólogo
David Cuauhtémoc Zaragoza Núñez
Director de la Escuela Preparatoria de Jalisco
Las fuerzas revolucionarias ingresaron a Guadalajara el 8 de julio de 1914, al mando del general Álvaro Obregón. Como comandante militar de su estado natal, Manuel Macario Diéguez Lara fue nombrado gobernador de Jalisco. Ese mismo año, en septiembre, decretó la creación de la Escuela Preparatoria de Jalisco, como cúspide de su política educativa y social. La conmemoración de su centenario es el motivo por el que Enrique Bautista González escribió este libro.
La obra da puntual registro de la evolución pedagógica que ha tenido esta escuela; pero, además, describe cómo se convirtió en modelo educativo nacional durante varias décadas del siglo pasado.
El autor nos muestra en dos grandes apartados la esencia del texto: el espacio escolástico (a partir del primer documento histórico-gráfico correspondiente a 1732 hasta agosto de 1914) y el alma revolucionaria (desde el 10 de septiembre del año antes citado hasta casi los 100 años cumplidos).
Enrique Bautista, cual elegante lazarillo, nos hace innecesarios los tecnicismos para recorrer, pero, sobre todo, disfrutar de la majestuosidad del recinto y lo que hay de artístico dentro y fuera de él. No pasa por alto esos particulares espacios como la biblioteca y el laboratorio de física, y qué decir de las pinacotecas y la obra muralística.
La sencilla forma de su redacción permite al lector ir recorriendo de manera accesible cada una de las etapas previas del edificio que posteriormente será esta escuela. El autor nos traslada, en su máquina del tiempo, al año cero de esta preparatoria y visualizamos cómo la vivieron los tapatíos de antaño.
El alma revolucionaria es todo lo concerniente a su quehacer y herencia a partir de la fundación de la Escuela Preparatoria de Jalisco. Cómo dejar en el tintero que esta institución es la base vanguardista del artículo 3° constitucional, el origen de la educación pública en nuestro país, la escuela pionera para la creación de la Universidad de Guadalajara en 1925 y el antecedente más directo de lo que es hoy el Sistema de Educación Media Superior.
El investigador nos comparte, a partir de una sólida documentación hemerobibliográfica, el registro de personajes protagónicos de esta preparatoria: sus fundadores, directores y cuerpo académico, incluso algunos salvados del olvido. Y a los que ya están en el registro de la historia nos los hace sentir vigentes, ¡vivos!.
A la calidad del texto hay que agregar lo artístico del material fotográfico y el valioso rescate de algunas imágenes que por ahí estaban extraviadas.
Con esta obra rendimos homenaje a la Escuela Preparatoria de Jalisco, y hacemos público nuestro reconocimiento a su trascendencia en la formación de cientos de miles de universitarios.
La lectura de Escuela Preparatoria de Jalisco. Génesis del espíritu universitario, de Enrique Bautista González, se hace indispensable para conocer y darle el justo valor a esta histórica dependencia, patrimonio de la Universidad de Guadalajara.
Parte I. Espacio escolástico

CAPÍTULO 1.
Raíces urbanas y arquitectura
Raíces urbanas
En la historia cartográfica de Guadalajara existen varios vacíos. Uno de ellos, el más significativo, abarca desde los días de la cuarta fundación de la ciudad hasta 1732. Esto significa que no existe evidencia física de 190 años de la manera como estaban distribuidas sus calles y manzanas, la extensión territorial, edificaciones significativas, lugares públicos…
Por supuesto que sí se hicieron planos de ella, pero no los conocemos porque ya no existen, o tal vez están por ahí en espera de que alguien con suerte los encuentre.
El hecho es que el plano más antiguo conocido data del año 1732. Según Leopoldo Orendáin, este documento fue elaborado en 1724 y dado a conocer ocho años después. En él se aprecian en cuadrícula perfecta —algo que no podía ser así— 12 calles en dirección de norte a sur y 10 de oriente a poniente, lo que le daría una superficie de 92 hectáreas.
Lo más destacable para el texto presente es que en este plano ya se encuentra delimitada la manzana donde se construiría el edificio que hoy ocupa la Escuela Preparatoria de Jalisco. En él se corrobora que ya existían, entre otros inmuebles conocidos, el templo y colegio de niñas de San Diego, el templo y convento de Encarnación de Indias, es decir, el de las religiosas Recoletas Agustinas de Santa Mónica.

Plano más antiguo que su conoce de Guadalajara.
Esto hace plantearse la siguiente pregunta: ¿a cuál barrio perteneció el espacio donde hoy se encuentra el plantel de bachillerato? Se sabe que los barrios surgían a raíz de la construcción de un centro religioso, como un convento o un templo, que se iba rodeando de casas generalmente de clases populares, luego se les dotaba de los servicios necesarios. En estos entornos surgieron y perduran tradiciones, costumbres, modismos que les dan sentido de pertenencia a quienes viven en ellos.
Personajes destacados para el tema del texto presente, entre muchos otros vecinos de barrio de la Preparatoria de Jalisco son: el exgobernador Guillermo Cosío Vidaurri, de la Capilla de Jesús, y Juan Ignacio Menchaca Manjarrez, del barrio del Carmen, a quien le faltaron cinco años para completar un siglo de vida.
En ocasiones, por el hecho de encontrarse tan cerca unas de otras, las instalaciones del clero propiciaban que, al crecer en extensión, absorbían a su vecino inmediato. Tal vez por eso el santo patrono de los panaderos no trascendió como tal, mientras que el de Santa Mónica sí fue reconocido. Desde 1727 incorporó sus manzanas más cercanas y tal vez algunas localizadas al oriente y el nororiente.
Pasado el tiempo, se conocerían otras referencias de ubicación barrial de la actual Preparatoria de Jalisco, las de La Palma y San Felipe. Este último, a decir del presbítero José Trinidad González de Laris, estuvo delimitado entre las siguientes calles: al norte Ángulo, al sur Juan Manuel, la del Santuario (hoy Pedro Loza) al oriente y la de Los Caballitos (actual Mariano Bárcena) al poniente.
Este barrio llegó a convertirse en uno de los más tradicionales. Destaca por sus casonas y palacetes de familias adineradas y con ribetes aristocráticos.
Lo cierto es que en 1732 el espacio que ocupa la Escuela Preparatoria de Jalisco ya se encontraba delimitado por las actuales calles de San Felipe al sur, González Ortega al oriente, al norte Reforma y al poniente Contreras Medellín.
De acuerdo con Epigmenio S. Preciado, desde los inicios del siglo xix hasta 1927, la nomenclatura de estas calles ha evolucionado como sigue.
A la calle de San Felipe se le ha identificado con los nombres siguientes: Neptuno, Almoneda, Pintura, Música, Artes, Razón, Soberano Pueblo, Sitio, Beneficencia, Durango, San Felipe, Gabino Barreda, Calle 9 y otra vez San Felipe.
En otros ayeres, a la calle de González Ortega se le llamó Revolución, Del Colegio de San Diego, González Ortega, Calle 22 y nuevamente González Ortega.
La calle de Reforma ha tenido también los nombres siguientes: Defensa, Avenida del Bosque, Resistencia, Igualdad, Escritorios, Fuente de Santo Domingo, Cerrada de Santa Mónica, Cerrada de San Gonzalo, Santa Mónica, de nueva cuenta Cerrada de San Gonzalo, Espalda de Santa Mónica, Veracruz, San Jorge; ya en 1760 había tenido ese mismo nombre, Reforma, Avenida Sur 1ª, Calle 11 y de nuevo Reforma.

Croquis de las primeras discontinuidades de la calle González Ortega en 1732. (Tomado de López Moreno, 1992.)
Aunque su límite físico es propiamente con el muro lateral del templo de San Felipe, éste está limitado a su vez por la calle de Contreras Medellín, a la que también se le ha conocido como Capuchinas, San Luis, Pegaso, Aurora, Contreras Medellín, Calle 24 y nuevamente Contreras Medellín.
La calle de González Ortega tiene una particularidad histórica no muy presumible ciertamente: lo que los urbanistas llaman discontinuidad en la traza, también conocida como rompimiento de la traza ortogonal. El hecho es que cuando se llamaba Tapias, esta calle fue alineada con respecto a edificaciones más añejas, que eran el templo y convento de Santa Teresa de Jesús hacia el sur y el Colegio de Niñas de San Diego —construidos en 1690 y 1712, respectivamente— en el sentido opuesto, lo que provocó el rompimiento con la cuadrícula al cruzar este eje en forma casi diagonal.
Como arquitecto, Eduardo López Moreno explica que de no haberlo hecho así “se habría tenido que tomar o ‘partir’ un pedazo del terreno del convento al sur de la calle o si no ‘bloquear’ su paso al norte, puesto que la calle […] hubiera rematado en la fachada sur del colegio”.
Por eso, en la cuadrícula de la traza antigua, además de la calle Degollado, la de González Ortega es la segunda calle chueca que tiene Guadalajara.
La transformación urbana y arquitectónica de la ciudad ha sido significativa en grado extremo. Como constancia de ello, estas son algunas referencias.
Desde su fundación y durante una parte del siglo xvii lo más común era que cada manzana estuviera dividida en cuatro solares. Las excepciones más frecuentes eran cuando se le otorgaban al clero extensiones que comprendían toda la manzana, y a veces más.
Esto dejó de ocurrir en la década de 1850 a 1860 con la aplicación de la Ley de Desamortización de Bienes en manos muertas, que obligó a darles continuidad a algunas calles, entre ellas las actuales de González Ortega y Zaragoza. Para ello fue necesario tumbarle sus muros bloqueadores a algunos conventos.
Durante muchos años las calles fueron de ida y vuelta, lo que significa que tenían doble sentido en su circulación vial. Esto da luz para entender por qué las calles tenían la misma anchura, la suficiente para que transitaran al mismo tiempo un carruaje por cada lado de ellas.
A las calles de entonces hay que imaginarlas sin el empedrado y las banquetas actuales. Fueron pavimentadas hasta el segundo tercio del siglo xix con piedras del tipo bola y con cantera. Las primeras banquetas eran angostas y con peraltes altos.
En aquellos años, las casas eran homogéneas en su altura y casi todas de un solo piso; esta última característica no necesariamente era compartida por las edificaciones religiosas, que rebasaban esta altura. Esto comenzó a cambiar en la segunda década del siglo xx, cuando se comenzaron a ver edificaciones de hasta tres pisos.
Estas casas se caracterizaron también desde el siglo xviii, y durante muchos años más, por tener fachadas altas y lisas, ventanería rectangular, el patio a lo sevillano —con una rica gama de formas de plantas de la región—, así como un segundo patio para el huerto y el corral. En las paredes que daban a la calle se construían bellas gárgolas que servían como canales para desaguar sus azoteas.
A la céntrica ubicación del inmueble que actualmente es la Preparatoria de Jalisco se suman las facilidades para llegar a él aprovechando las posibilidades de movilidad existentes, por ejemplo el transporte público. Desde el último cuarto del siglo xix circularon por algunas calles de la ciudad tranvías que utilizaban mulas como fuerza motriz; y en los inicios del siglo xx, en 1907 llegó aparecieron en Guadalajara los tranvías eléctricos, que transitaron por dos de las calles a las que da el inmueble de la Preparatoria de Jalisco hasta 1944, cuando fueron sacados de circulación.
Una de las líneas los tranvías eléctricos era la que pasaba por Mexicaltzingo, Rastrillo y González Ortega. Estos vehículos transitaban en un solo sentido, pasaban cada 15 minutos y su costo, en 1907, era de cinco centavos. La otra era la Línea San Felipe, cuyos tranvías circulaban por la calle de este nombre en ambos sentidos. Su frecuencia de paso y el precio del pasaje eran iguales que los de la otra línea.
En 1909 se le cambió por la Línea Circuito de San Felipe y Colonias, con tranvías que circulaban de poniente a oriente. Circulaban desde las orillas de la ciudad hasta la calle de Alcalde.
Arquitectura
El edificio de que me ocupo es antiquísimo, de muy mala construcción y seguramente que no está bien cimentado… Salvador Mota Velasco Avalúo pericial de 1904
Sólo algunos atrevidos aseguran que el edificio que ocupa la Escuela Preparatoria de Jalisco no es bello; que no es armonioso su acopio de estilos y esto demerita al conjunto; que no es rico en su arquitectura y por eso no destaca entre los inmuebles que conforman el patrimonio construido de la Universidad de Guadalajara. Pues bien, estos pocos atrevidos parecen haber logrado hacer que prácticamente parezca inexistente, aunque no del todo gracias a su terca y soberbia presencia de más de dos siglos.
Su valía como obra arquitectónica ha sido minimizada y olvidada por historiadores y literatos, tal vez debido a que está rodeado de joyas reconocidas, como el templo de la Asunción o de San Felipe al poniente, la portentosa fachada del templo de Santa Mónica al oriente, el templo de San Diego de Alcalá al norte y el de la inmuculada o de las capuchinas al sur. Además, los arquitectos se han vuelto elitistas en su afán de divulgar la riqueza de los viejos inmuebles de la ciudad; el lector común no comprende lo que dicen y se han reducido al mínimo los textos de divulgación, escritos sin tecnicismos. Esto hace que los edificios descritos parezcan extraordinarios, y que los ignorados no tienen ningún valor. Sin embargo, aun así hay quienes consideran que el edificio de la escuela es uno de los más destacados de Guadalajara.
Su construcción fue autorizada por el rey Fernando vi el 25 de octubre de 1751, pero se inició en 1752. Primero se comenzó a construir el convento o casa provincial de la Congregación del Oratorio, en la parte sur del edificio actual, y al año siguiente se iniciaron las obras de lo que sería el templo consagrado a la Asunción de María, el cual se terminó de erigir en 1804. Su realizador fue un alarife nativo de Guadalajara llamado Pedro Ciprés, quien también intervino en la construcción del Hospicio Cabañas.
De lo que es el conjunto arquitectónico actual, originalmente sólo se construyeron el templo y el convento para varones. Todos los demás anexos, especialmente los que dan a las calles Reforma y González Ortega, son posteriores.

Fotografía de Manuel de la Mora del Castillo Negrete.
El responsable de la versión actual del edificio fue Manuel de la Mora y del Castillo Negrete, destacado arquitecto e ingeniero de finales del siglo xix e inicios del xx. Este personaje —un perfecto desconocido para los tapatíos— estudió en el Liceo de Varones, y continuó sus estudios en las universidades de Pensilvania y Boston, Estados Unidos. Cuando retornó a Guadalajara se desempeñó como profesor, constructor y divulgador de la ciencia.
Entre otras obras construidas por él en Guadalajara se cuentan el majestuoso depósito de tranvías localizado en la calzada Independencia sur donde se encuentran actualmente las instalaciones del diario El Occidental; el hotel San Francisco, en la esquina de las calles Colón y Prisciliano Sánchez, y el edificio Mosler, en la avenida 16 de septiembre. Todas ellas ya fueron demolidas.
Compartió sus conocimientos e ideas mediante colaboraciones para el Boletín de la Escuela de Ingenieros de Guadalajara y en las aulas de la nueva Escuela Libre de Ingenieros.
Para valorar con justicia los méritos acumulados por el edificio de la Preparatoria de Jalisco durante más de doscientos no se necesita leer textos incomprensibles de especialistas, basta observarlo con detenimiento. No es necesario el análisis minucioso de sus detalles técnicos.
Lo más cómodo para observar el edificio con amplitud visual —facilitada por el espacio abierto de la plazuela Agustín Rivera— es pararse frente a su fachada de González Ortega, que por más de medio siglo ha sido conocida como la principal, pero que no es la original. De sus tres fachadas, es la de mayor longitud, de la calle Reforma a la de San Felipe.

Antiguo pasillo principal del segundo piso.
El edificio es de tres pisos, y cada uno de ellos tiene en sus muros texturas que difieren entre ellas. Así, la planta baja está decorada con almohadillas, lo que se conoce como almohadillado; el piso de en medio tiene labrados una decena de canales en forma horizontal, un tipo de decoración que se llama estriado, y el de arriba es liso. Esta distribución de texturas es similar en las otras dos fachadas.
La planta baja y la de en medio tienen trece módulos (partes, divisiones…), pero con diferencias significativas entre ambos. En el centro del primer piso está el ingreso principal —número oficial, 225—, con un sobrio pero bien trabajado arco de medio punto. Encima se encuentra, pintado en negro, el famoso apotegma de Benito Juárez García: El respeto al derecho ajeno es la paz. Cada uno de los otros doce módulos tiene un arco del mismo estilo. De acuerdo con la moda porfiriana ecléctico-renacentista, están enmarcados con cantera gris de esta zona.
Los marcos dan cabida a bellos ventanales, partidos con un par de elementos verticales para dividir la luz, de ahí su nombre de parteluz. Éstos descansan sobre un zócalo o basamento que mide una tercera parte del hueco o vano de la pared que cubre la ventana. Cada uno tiene un esbelto pedestal en relieve como elemento decorativo. En estas ventanas destacan, además, los trabajos realizados en madera, herrería y, en el pasado, vidriería.

Sus ventanas conjuntan diversos elementos decorativos.
Desde el inicio de la calle Reforma hasta la de San Felipe, entre una ventana y otra, sobresalen ligeramente de la pared elementos que parecen columnas rectangulares, llamadas por los arquitectos pilastras. La composición de estas 14 pilastras es la ordinaria: una base decorada, llamada pedestal; el fuste, que es el cuerpo de una columna, que en este caso es tableteado, y la parte superior o capitel, que también es una pieza ornamentada o moldura.

Se observa la elegancia en la diversidad del estilo de sus ventanas.
Los ventanales del segundo piso se diferencian porque son rectangulares, y cada uno de ellos cuenta con un balcón de manufactura sencilla en la herrería de su barandal. Arriba de la puerta principal hay una ventana más ancha, pero dividida en dos; sumadas éstas a las seis que se encuentran a cada costado, dan en total 14, todas ellas con marco de cantera. Como en el piso de abajo, las 14 pilastras ranuradas son parte de su decoración.
En los extremos del tercer piso hay algo parecido a un torreón; su extensión a ambos lados de las esquinas que forma es igual a la de un módulo. Tienen una ventana casi cuadrada dividida por un parteluz. En su parte baja se encuentra una pilastra a cada lado. En este nivel se lee claramente el rótulo escuela preparatoria de jalisco, en letras grandes hechas por un herrero. Y remata su mitad un asta bandera.
La fachada sur del edificio, la que da a la calle San Felipe, es la original. Durante decenas de años se ingresó por este costado al edificio; después se le transformó en una ventana más. Actualmente ha vuelto a desempeñar la que fue su función primaria.
Para describir toda esta parte se podría recurrir a la descripción de la fachada anterior, dadas las similitudes entre ambas; por ello sólo se menciona lo que tienen de diferente. Una particularidad es que tiene menor longitud, por lo que el número de módulos es también menor, en este caso de nueve, cada uno con 7.30 metros de extensión. Además, el ala sur tiene íntegros los tres pisos.
La construcción del segundo nivel se realizó durante los años cuarenta del siglo xix, pero sólo en su primitivo extremo surponiente. Cuando el edificio estuvo en posesión de los jesuitas, como parte de su acondicionamiento en 1908, se trabajó hasta su conclusión total.

Entrada original del Instituto del Señor San José. También lo fue de la preparatoria.
Los cuerpos de las pilastras del tercer nivel no tienen decoración alguna, están lisos, y las ventanas son iguales a las de los torreones que se pueden ver desde la calle González Ortega.

Alzado sur del edificio, calle San Felipe.
Como particularidades, tiene un alto pretil que remata el edificio, con orificios ovalados que parecen pequeñas columnas formando una balaustrada. Sus pilastras están coronadas por adornos esféricos esculpidos en el remate. En esta fachada destaca el prácticamente “invisible” tímpano —espacio de forma triangular en el frente de la edificación— localizado en su centro; en lo alto tiene un asta bandera que no se puede utilizar.

Alzado norte, calle Reforma.
La fachada norte, de la calle Reforma, es muy especial entre otras cosas porque muestra dos estilos casi totalmente diferentes, lo que rompe la armonía estética que manifiesta el resto del edificio. Es la de menor longitud de las tres, aunque es casi tan larga como la de San Felipe.
En los tres niveles, su mitad suroriente es casi idéntica a la fachada norteña por sus ventanas, pilastras, textura y otros elementos. La otra mitad de la fachada limitaba el espacio de lo que fue hasta antes de 1908 la huerta y el patio para los servicios. A partir de este año se construyeron ahí aulas con ventanas que casi en nada corresponden al proyecto original del edificio; y otra diferencia está en que la textura de sus muros es lisa en todos los niveles.
Actualmente se observan en la planta baja nueve ventanas. La quinta de ellas, en ambos sentidos, originalmente fue otro ingreso al edificio, por el que se entró de 1992 a 1926 a la escuela Anexa y a la Normal para Varones, y más recientemente, de 1934 a 1960, a la Escuela Secundaria para Varones, pero fue clausurada y cuando éstos desalojaron el edificio se convirtió en parte de la Preparatoria de Jalisco. Sólo quedó, como recuerdo de su presencia, un letrero en tinta negra con el nombre de su plantel.

Ingreso a la “perrera”.
El interior del edificio es una gran planta con una superficie de 4,249 metros cuadrados, cruzada por varios largos corredores que hacen frontera con alguna pared en uno de sus dos lados, y que sostienen otros pisos con columnas o pilares. A esto se le llama galerías. Con sus cruces, dieron origen a tres bellos claustros, que son espacios cubiertos en torno a un patio, separados de él por columnas o arcos.
El inmueble cuenta con cuatro patios construidos en épocas diferentes, conforme fue realizándose la fábrica. Desde sus orígenes, tres de ellos tienen la función de comunicar a sus usuarios por medio de pasillos perimetrales para llegar a las diversas áreas; el cuarto tuvo la función recreativa y deportiva hasta que los jesuitas salieron del edificio.
El más antiguo de los patios data del tiempo en que se concluyó el colegio fundado por los religiosos filipenses. Algunos suelen nombrarlo “patio plateresco”. Su origen es típicamente hispánico ya que este estilo se desarrolló durante el transcurso del siglo xvi, y se le podría definir simplemente como una mezcla de las arquitecturas gótica, mudéjar y renacentista. Técnicamente, se le reconoce más su carácter decorativo que por el estructural.
Este patio es el más amplio de la escuela. Cada uno de sus cuatro lados tiene una extensión de 22 metros, está rodeado por corredores de cuatro metros de ancho y cuenta con ocho columnas de tipo toscano — se identifican por la simplicidad de su diseño— que sostienen siete arcos de medio punto.

Pasillo del que fuera el claustro principal.
Desde hace algunos años comúnmente se le identifica como el “patio cívico”. Otros cambios significativos quedaron en memorias y recuerdos más recientes: el de las lozas de su piso, el retiro de la vieja fuente y la prohibición de utilizarlo para jugar basquetbol y volibol, aunque contaba con los aros, la delimitación de las canchas y hoyos para colocar los postes de la red.

La herencia árabe a través de su arcada.
Con el paso del tiempo fue concluido el que en un principio fue conocido como “patio mudéjar”, al que hace años se le cambió el nombre por el de “patio de ingreso”. El primer nombre se debe a la influencia del estilo arquitectónico que se desarrolló en la península ibérica entre los siglos xii y xvi, caracterizado entre otras cosas por su técnica con marcadas connotaciones musulmanas.

Pasillo que conduce a la dirección.
Es de forma rectangular. Sus corredores orientados de sur a norte tienen una longitud de 21 metros y de ellos se desplazan ocho columnas en cada planta, todas ellas decoradas octagonalmente. Estas columnas soportan curiosos arcos de tipo conopial o flamígero, pues su forma apunta hacia arriba como si fuera una flama. El otro par de corredores, orientados de oriente a poniente, son más cortos, de sólo 10.60 metros, y dos arcos tienen las mismas características que los anteriores. Las columnas sostienen las bóvedas planas del claustro de la parte sureste del edificio.
Las transformaciones más recientes se hicieron en 2008. Al querer cambiar el piso y poner en su lugar un jardín, por ignorancia respecto a las edificaciones antiguas, se calculó mal su peso y se hundió; para aligerarlo sólo se le construyeron seis jardineras de formas caprichosas y una fuente decorada con azulejos, muy a tono con los colores del claustro, lo que les da una vista muy peculiar que evoca a la España musulmana.
En la parte nororiente se encuentra el llamado “patio romántico” por su estilo arquitectónico, pero al que desde hace algunos años se le identifica como el “segundo patio”. Es de forma casi cuadrada —mide 11.20 por 10.50 metros cuadrados— y tiene un par de hileras de cinco columnas en dirección oriente-poniente y otras dos de norte a sur. Están sostenidas en el piso por un elemento cuadrado que se denomina plinto, sobre el cual se encuentran una base octagonal y un cuerpo cilíndrico o fuste rematado en un capitel también de ocho lados. Estas columnas sostienen a su vez tres arcos de medio punto en un lado y cuatro en el otro.

Su belleza radica en la sencillez de sus columnas y arcos.
Como en el caso anterior, se pretendió convertirlo en jardín, con los mismos resultados. Por ello se decidió tapar las jardineras con material no muy ecológico, pero se le dejó la fuente.
El patito feo de los patios es este último espacio abierto, al que recientemente se le dio el nombre de patio de usos múltiples. Esto, que parece sarcasmo, tiene como fundamento su humilde pasado: originalmente fue la huerta que abastecía a los filipenses, quienes vivieron entre sus paredes.
Sus funciones aumentaron de acuerdo con las necesidades de sus moradores e instalaciones: baños en todo el sentido de la palabra, bodegas, caballerizas, zona de juegos… Esto y más hasta la segunda mitad del siglo pasado, cuando se hizo la integración de criterios compositivos conforme al funcionalismo arquitectónico. A raíz de esto resaltó lo que ya se conocía bien: la discordancia del patio con respecto al conjunto del edificio.

A pesar de los recientes agregados, el edificio no está demeritado.
Y cómo no iba a ser de esta manera si, por ejemplo, siempre ha carecido de pasillos perimetrales y sólo se podía acceder por el baño de alumnos del lado poniente, acceso recientemente clausurado, y por dos pasillos. Pero el único que aún funciona como tal es el del extremo sur, ya que el del norte fue clausurado en 2012 para instalar un elevador de servicios.
A últimas fechas se ha utilizado este patio como espacio recreativo y para actividades deportivas.

Lo que no ha tenido de estético, lo ha tenido de útil.
La descripción de cada uno de los tres claustros del edificio no puede ser muy detallada. Lo mejor es referir algunos aspectos específicos de ellos.

Los arcos esbeltos y siempre en pares.
Además de la vistosa y característica arquería ya descrita, existen arcos pareados —llamados así porque se encuentran en pares— en el segundo piso del “patio romántico”. A diferencia de los demás, éstos son de poca luz, es decir, de no mucha anchura. Las esbeltas columnas que los sostienen terminan en curiosos capiteles en forma de tulipán.
También hay arcos peraltados —semicirculares pero más achatados que los de medio punto— inspirados en la arquitectura románica. Se encuentran en la planta baja, en el ingreso al edificio por su costado oriente y en el corredor localizado al fondo, que da a la calle San Felipe.
De la arquitectura gótica se tomó la idea de los arcos ojivales que enmarcan los vanos de algunas puertas y ventanas. Los de este tipo se combinan con arcos de medio punto en el piso superior del claustro del “patio mudéjar”; en los extremos norte y sur son tres, y uno más en cada uno de los extremos oriente y poniente. Ahí están los arcos de medio punto divididos en su mitad por un parteluz que no llega al punto más alto del arco, sino que se abre para formar dos vanos ojivales.

Ejemplo de su arquitectura gótica.
El edificio cuenta con tres escaleras, que conectan sus tres niveles. Una está en el extremo norte del corredor oriental, correspondiente a la esquina de González Ortega y Reforma, y otra en el fondo del corredor central o ingreso principal, así como en el lado norte. Esta última es la más antigua, ya que se construyó en la primera época del edificio y conducía de la huerta a la azotea.

Descanso de la escalera imperial.
La escalera principal se localiza en el corredor del antiguo acceso al inmueble. Sirve para comunicar el primero con el segundo piso del claustro principal. Inicia con una amplia rampa, y cuando llega al punto medio entre los pisos —el descanso— esta plataforma se divide en dos rampas que desembocan en el corredor de la planta alta. Por esta característica suele llamársele escalera imperial. Son acompañadas por pasamanos de rico trabajo de ebanistería y de herrería.

El toque de elegancia lo da el trabajo sobre madera y herrería.
En las paredes que forman el cubo de esta escalera se encuentra la pintura mural Universidad y educación popular, protegida de la intemperie por una cúpula de acrílico transparente.
Se dice que los muros fueron hechos con materiales de la región —adobe, piedras y arena— y su anchura es de 80 y 100 centímetros. En sus paredes se utilizó el ladrillo, y su espesor varía entre 50 y 70 centímetros. Los muros corresponden al primer nivel, las paredes al segundo.
Existió una capilla entre los claustros del lado oriente, cuya entrada era un corredor que desembocaba en la calle Reforma y fue tapiado en 1960. Sólo quedaron de ella, luego de su destrucción en 1914, los óculos de la parte superior de sus altos muros.
Según Guillermo R. Enciso, la preparatoria contaba en 1994 con: 32 aulas, tres laboratorios, dos bibliotecas, dirección, área administrativa, auditorio con aforo para 280 personas, taller, intendencia y ocho sanitarios. Todo esto en un total de 7,008.50 metros cuadrados de construcción. Desde luego, esta cifra ha cambiado con el paso del tiempo, así como su distribución; actualmente existen: dirección, secretaría, área administrativa, oficialía mayor, coordinación académica, colegio departamental, contabilidad, aula magna, biblioteca, tres laboratorios, archivo, 30 aulas, sala de consejo, sala de lectura, sala de listas, sala de maestros, dos salas de cómputo, módulo del sistema integral de informática y administración universitaria, radio y televisión, delegación sindical, comedor para trabajadores, robótica, seguridad, dos bodegas, intendencia, dos baños para profesores y cinco para alumnos, elevador, taller de mantenimiento, departamento de servicios educativos y orientación educativa.
Entre más cosas quedan otros detalles –mismos que regodean a los arquitectos- como pueden ser los medallones cuadrifoliados que se ven desde el “patio mudéjar”; capiteles; cornisas; las jambas de puertas y ventanas; triglifos; metopas; y otros tiquis miquis más.
Aun con todo lo expuesto hasta aquí, hay quienes no reconocen que en el edificio de la Escuela Preparatoria de Jalisco se sintetiza, en convivencia armónica, toda la historia de la arquitectura desarrollada en Guadalajara desde la Colonia hasta el presente. Más aún, se advierten, como se vio, características de la arquitectura del resto del mundo y de los tiempos más diversos (Románica, Gótica, Renacentista, Romántica, Barroca, Funcionalista) que nos hace sencillo identificar su estilo: Ecléctico.

Alzados del “gallinero” o tercer nivel y de los niveles segundo y primero.
Biblioteca
Como toda escuela, la Preparatoria de Jalisco cuenta con una magnífica biblioteca. El espacio que ocupa, que es tan importante como su acervo bibliográfico, fue diseñado por sus primeros moradores y profesores, los frailes de la orden de San Felipe Neri, a quienes se les conoció también como oratorianos y filipenses. Ellos lo diseñaron en la segunda mitad del siglo xviii para su Colegio Real.
Su terminación fue muy tardía, cuando la Compañía de Jesús, es decir, los jesuitas —que lo mismo eran monjes que soldados— tuvieron bajo su control el Instituto del Señor San José, en los inicios del siglo xx.
La biblioteca se localiza en el segundo piso, casi exactamente encima de la entrada sur del edificio (por la calle de San Felipe), lo que le permite contar con un par de ventanas con sus respectivos balcones. Se ubica precisamente enfrente del Aula Magna.

Así fue pensada la biblioteca desde su origen.
Cuenta con dos accesos. El principal se encuentra en el lado poniente y está flanqueado por placas de reconocimiento hechas de bronce. El otro, que recientemente se volvió a utilizar a solicitud de Protección Civil, está en el costado norte.
En su interior, la no totalmente Añeja Estantería hace una división que le permite contar con un nivel superior, al que se puede acceder por un par de escaleras. Encima de la entrada principal está una pintura que reproduce una fotografía de José Cornejo Franco, ya en edad madura; está ahí porque a la biblioteca se le puso su nombre.
Como si se tratara de un santo laico, su retrato está colocado como si estuviera en un templo. Alejado de todo prejuicio religioso, lo cierto es que Cornejo Franco era un santón de los libros. Así lo evidencia, por ejemplo, el hecho de que en dos ocasiones fuera director de la Biblioteca Pública del Estado de Jalisco, y que la segunda vez ocupó este cargo por más de 38 años, del sábado 15 de abril de 1939 al lunes 26 de diciembre de 1977, año en que falleció.
Pero su personalidad y saber no quedó sólo como el de un bibliómano, también escribió. En sus trabajos se manifiesta su gran pasión por la historia. Entre sus textos publicados se encuentran: El conquistador. Etopeya de Guadalajara colonial (1959) y Documentos referentes a la fundación, extinción y restablecimiento de la Universidad de Guadalajara (1972). Al par de atributos manifestados, Agustín Yáñez le agregó los de “bibliófilo, escritor y hombre de bromas y veras”, cuando describió su persona.
Cornejo Franco fue un jalisciense alteño nacido en Tepatitlán en 1900. Fue profesor de Historia de México y de Literatura en la Preparatoria de Jalisco, donde cursó el bachillerato. Corrían sus años estudiantiles cuando Fortino Jaime Ibarra expresó su opinión de lo que sería el quehacer de Cornejo Franco: “precoz crítico, apasionado amante del arte; se ha asimilado variadas lecturas y en lo poco que ha escrito (pues es muy zorro en el decir) revela un gran espíritu de observación y buen gusto, esperando mucho de su talento”.
Cuando se hizo este comentario, Cornejo Franco tenía 19 años de edad. Ya cumplidos los 20, su dilecto maestro y director de la Preparatoria de Jalisco, Agustín Basave y del Castillo Negrete, lo designó para el cargo de bibliotecario (en el registro de la historia, le correspondió a Aurelio Hidalgo ser el primero, desde la apertura de la escuela).

Zona de resguardo de los fondos especiales.
Por este motivo, entre otros, en sesión solemne del Consejo General Universitario efectuada en octubre de 1957, se le nombró Maestro Vitalicio de la Universidad de Guadalajara.
Continuando con la descripción del interior de la biblioteca, en la parte superior se encuentran sus fondos especiales, que se permite consultar a quienes se acrediten como investigadores, ya sean hombres o mujeres.

Su estructura estimula la intimidad entre el libro y el lector.
En el centro de la sala están dos largas mesas unidas por una de sus cabeceras, y a cada lado de ellas se distribuye una docena de sillas, y más dos en cada extremidad.
Inmediatamente después de la entrada principal está un pequeño escritorio de hechura reciente que utiliza el responsable de la biblioteca.
En 2007, al fondo del recinto se instalaron cinco computadoras para ofrecer al estudiantado el servicio de internet. De esta forma, cuando hay “casa llena” es porque 31 personas hacen uso de sus servicios.
De acuerdo con un conteo muy reciente de su acervo, la biblioteca cuenta con 5,588 títulos y 8,377 volúmenes. De ellos, 1,744 integran sus fondos. En 1999 y 2000 recibió en donación un par de fondos, uno por cada año.
El primero de ellos —donado por José Guadalupe Guerrero Beas, personaje mejor conocido como el Manotas— fue entregado personalmente por su sobrino Ernesto Guerrero Águila en representación de los familiares de tan querido profesor, fallecido poco tiempo antes. Quien hizo la entrega manifestó que hacía por algo bien sabido por todos: el enorme cariño de su tío por la Preparatoria de Jalisco.
El otro fondo fue entregado personalmente por su donador, el exestudiante de esta escuela Guillermo Cosío Vidaurri.
Sin embargo, por ser un centro educativo, los libros más solicitados en esta biblioteca son los de consulta, relacionados con las materias que en él se imparten.
Uno de los textos más antiguos que resguardan la estantería de la biblioteca data de 1785. Es la traducción al castellano de Espectáculo de la Naturaleza, o conversiones a cerca de las particularidades de la Historia Natural, que escribió originalmente en francés el abad M. Pluche. Es el tomo segundo y contiene 284 páginas, más índice alfabético, tabla de estampas, índice y fe de erratas.
Quien acude a la biblioteca no puede dejar de admirar el excelente trabajo del tallado de la madera de ébano en las molduras, tornos y remates de estilo neoclásico de su estantería, mesas, puertas y sillería.
Aunque lo más exquisito del trabajo con la madera no se encuentra aquí, sino en la que fue la Dirección del Instituto del Señor San José, espacio que actualmente da cobijo a la sala de maestros y a la delegación sindical. La riqueza del tallado es propia de la moda de su época, es Art Nouveau.

Elementos y detalles del tallado en madera.
Laboratorio de física
No es una exageración afirmar que es obligatorio describir este espacio dedicado a la ciencia, ya que posee cinco particularidades que lo hacen único respecto del resto del inmueble que ocupa la escuela. En primer lugar, aunque parezca ilógico, es más antiguo que la propia institución, pues entró en funciones desde la creación del Instituto del Señor San José; y en segundo, desde su apertura hasta el presente se encuentra en el mismo sitio: en la pared oriental (la que da a la calle de González Ortega, pero se carga hacia el norte, a la de San Felipe) y en el segundo nivel. Ocupa el espacio de un par de salones amplios y desde él se puede ver al exterior porque cuenta con seis ventanas con sus respectivos balcones.
Una tercera peculiaridad de este espacio es que en su interior hay siete majestuosas vitrinas. Se les puede dar este calificativo no sólo por su tamaño, sino también por el elegante, recio y delicado trabajo de ebanistería en ellas realizado. Por sus dimensiones, tuvieron que ser fabricadas ahí mismo, pues era imposible introducirlas por la puerta de acceso.

El laboratorio de física: un museo en la preparatoria.
La originalidad del mobiliario no se pudo mantener en su totalidad. Los cinco gabinetes sobre los que se trabaja son un producto híbrido ya que su base original es de principios del siglo xx, en la cubierta se utilizó simple aglomerado y los escritorios son de hechura reciente.
También es único el equipo con el cual realiza las prácticas de electricidad, mecánica, óptica y calor su comunidad estudiantil. En ninguna de las preparatorias del Sistema de Educación Media Superior de la Universidad de Guadalajara se cuenta con su Phywe, de manufactura alemana.
Otros instrumentos que guardan las vitrinas —visibles a través de sus vidrios transparentes, tan añejos como ellas mismas—permiten asegurar que se está en un museo científico. En este laboratorio se puede apreciar la colección de aparatos E. Leybold’s Nachfolger, que algún día debieron de presumirse como lo más novedoso en lo referente a la modernidad científica. Entre otros, están: un electroscopio, el anillo de Gravesande, un generador Wimsherst, el aparato de proyección universal, un radiómetro, el prisma óptico, una caldera para transferencia de energía, tubos de descarga de rayos catódicos, una botella de Leyden, un péndulo electrostático, una balanza de torsión, la máquina de Toepler-Holtz, un carrete de Ruhmkorff…


Aparatos del laboratorio de física de finales del siglo XIX.
Pero en toda una centuria se ha repetido la cantaleta de quienes quieren restarle mérito a esta posesión; una y otra y otra vez se repite y remarca que todo esto es herencia de los jesuitas. Quienes esto afirman no mencionan que cuando las “salvajes” tropas revolucionarias ocuparon el inmueble y lo transformaron en cuartel respetaron los salones de laboratorios y lo que en ellos había, como lo externó el coronel de la “horda” constitucionalista Juan Bautista Calderón al rector jesuita, de nombre Gerardo Decorme.
Fue tanto el interés del militar revolucionario por los aparatos científicos que se al respecto se le preguntó al rector del Instituto: “¿Dónde están sus profesores? para que hagan experimentos a mis soldados”.
Esta ocurrencia adquiere otra dimensión cuando se lee lo que María Teresa Mendiola Cueto escribió en la publicación plegable titulada Un legado de la ciencia:
En 1876, James Clerk Maxwell, definía a los scientific apparatus, como “cualquier objeto necesario para realizar un experimento. El instrumento científico puede ser empleado para la producción de un fenómeno particular, la eliminación de los efectos de agentes externos al proceso estudiado o la regulación de las condiciones físicas de un fenómeno”.
El laboratorio de física, ya como parte de la Preparatoria de Jalisco, al ser reorganizado después de la ocupación revolucionaria por los sabios científicos —por encima de su investidura sacerdotal— José María Arreola Mendoza y Severo Díaz Galindo, ha tenido hasta el día de hoy como sus encargados, además de ellos y en ese orden, a Ernesto Venegas Serratos, Víctor Yamaguchi Izdumi y Martín Gerardo Herrera Sandoval.
Pedro Vargas Ávalos fue contundente al considerar al par sacerdotes como “notables pilares” de la Sociedad de Geografía y Estadística de Jalisco. Otro integrante de la referida institución lo fue desde 1938, año en que ingresó, Ernesto Venegas Serratos. Sobre él escribió Aurelio Cortés Díaz en 1988:
…la clase la ilustraba don Severo con una de sus prácticas, y para esto, le decía a su preparador… “A ver, Corcobilla… sácate el aparatejo” …Corcobilla, cuando yo entré a esta materia, usaba una barba cuadrada y hubiera jurado que era ruso… supe su nombre, cuando una vez por órdenes del “Pater” fui… Sr. Corcobilla… dice don Severo que me ponga dos… lo que con voz de trueno me confesó… yo no soy Corcobilla, me llamo Ernesto Venegas Serratos… a lo que todo aturdido dije… Sí, señor Corcobilla… perdóneme.
Con el paso del tiempo se le cambió este sobrenombre, entre otros, por los de Sabio o El compañero tres pelos.
Logro extra —y de manera inmejorable para homenajear a Severo Díaz Galindo— fue que por iniciativa de este laboratorio se gestó, recién iniciado el tercer milenio, un taller de astronomía para su propia comunidad.
CAPÍTULO 2.
Obra plástica
Murales: su mensaje y técnica
La Preparatoria de Jalisco posee valiosas manifestaciones de la creación artística, particularmente de escultura y pintura mural y de caballete.
El artista plástico Guillermo Chávez Vega y el director de esta escuela, Pedro Vallín Esparza, tenían una añeja amistad cuando éste le pidió al pintor que realizara en la Preparatoria de Jalisco uno de sus trabajos monumentales, en homenaje a tres jóvenes universitarios internacionalistas caídos en la Guerra Civil que sufrió España de1936 a 1939.

Guillermo Chávez Vega en la Preparatoria.
Así las cosas, el director entregó los muros del plantel y el pinto se dio a la tarea de plasmar en ellos un mensaje en dibujos precisos y de gran colorido. Esta obra se concluyó en 1978 y lleva por título Universidad y educación popular. Se encuentra en el cubo de la escalera principal y fue realizada en acrílico sobre los cuatro muros, que en su conjunto suman un centenar de metros cuadrados.

Boceto del mural.
Como continuador de la mundialmente reconocida escuela mural mexicana y de la tradición plástica del Taller de Gráfica Popular, el trabajo de Chávez Vega está cargado de contenido político y filosófico.
El muro principal, el del centro, tiene una composición de forma piramidal en cuya base están los cadáveres de los jóvenes militantes del Frente de Estudiantes Socialistas de Occidente (feso) Carlos Gallo, Ricardo Solórzano y Manuel Zavala. Esta tríada juvenil había formado parte del círculo de artistas plásticos animado principalmente por José de Jesús Guerrero Galván y al que se le recuerda como el Grupo de la Universidad. Otros de sus integrantes y animadores fueron Alfonso Michel y Francisco Sánchez Flores, y los particularmente interesantes para la historia de la Preparatoria de Jalisco, que fueron José Parres Arias, Leopoldo Bancalari y León Muñiz.

Vista frontal del mural.
Siguiendo con la descripción del mural, de entre estos cuerpos inertes, como eje vertical y horizontal, está el cuerpo desnudo de un joven vigoroso que porta en su mano diestra un libro como representación de las artes, mientras que con la siniestra sujeta una escuadra alusiva a las ciencias.

Detalle del muro central.
En el lado derecho se ve una aguerrida joven desnuda —la figura femenina casi nunca falta en la obra mural de Chávez Vega— que ha relegado a los enemigos tradicionales de los mexicanos. Los representa con las nefastas y caricaturescas figuras de los adoradores del bíblico becerro de oro o plutocracia, la Iglesia y el imperialismo norteamericano. Con el brazo izquierdo en alto, ella enarbola firmemente en su mano una bandera teñida de sangre, símbolo del origen de su causa.

Detalle que muestra el estilo particular de ironía del pintor.
Al otro lado de la humana figura convertida en columna, otro cuerpo juvenil intenta ponerse de pie después de ir venciendo manifestaciones de la decadencia del hombre como la drogadicción y el alcoholismo.
Dichas imágenes corpóreas, de noble y recia voluntad, son producto de la influencia pictórica de David Alfaro Siqueiros y José Clemente Orozco, quienes se valen del escorzo, es decir, de la aplicación de la perspectiva.

Detalle del muro frontal.
La pared de la izquierda, localizada en el lado norte, representa la fuerza laboral y el sustento de la ideología de la Universidad de Guadalajara: el proletariado. Se le ve en la figura de un minero y en la de un campesino que deposita en un bebé la semilla que habrá de germinar en generaciones sin mácula sobre su conciencia de clase.

Muro norte.
Encima de la ventana hay un par de retratos, que son testigos silentes de todo ello: José Guadalupe Zuno Hernández y Enrique Díaz de León.
Como complemento decorativo se utilizaron elementos fitomorfos en desarrollo.
En la pared de enfrente, en el lado sur, también por encima de la ventana, se ve otro par de retratos; el de la izquierda es José Parres Arias y el de la derecha Carlos Ramírez Ladewig. En 2006, un exalumno de este plantel, Bernardo González Mora, publicó su novela Las razones en la que lo describió como “delgado, de pelo ondulado y orejas desproporcionadas; de mirada serena pero firme, de modales finos y voz educada”.
Abajo de esta ventana hay un libro abierto en una cuyas páginas se lee “piensa”, y en la siguiente, “trabaja” Con ellas se forma en lema de la Universidad de Guadalajara.
Al volver la vista a la derecha se encuentra la figura de un pensador De su cabeza emerge una voluta de fuego, como símbolo de la inspiración. Cerca de sus pies se halla una pila formada por seis libros.

Detalle del muro sur.
En la pared poniente sólo se ve otro de los elementos iconográficos que nunca falta en los trabajos de grandes dimensiones de Chávez Vega: un enorme par de manos, una en cada extremo. La del lado izquierdo se encuentra extendida, mostrando la palma en señal de amistad, mientras que la del lado derecho aparece agresivamente empuñada.

Vista del auditorio desde el escenario.
Aunque en la placa alusiva dice 1978, fue en 1979 cuando se concluyó el conjunto muralístico titulado Los puntos cardinales. Es una obra del artista plástico Jorge Navarro Hernández, llevada a cabo en el Aula Magna “José Guadalupe Zuno”.

Muro sur.
Desde el ingreso principal de este lugar, viendo el muro de la izquierda, al sur, se distingue en él
La Casa de las Transformaciones, que contiene emblemas cosmogónicos de nuestros antepasados. Es flanqueado por dos símbolos katín (casas) que simbolizan el mundo, de las que se desprenden dos serpientes cuyos colores rojo y blanco, respectivamente, acusan su origen cardinal. En el centro del mural, la representación libre y sintetizada del quincunce se caracteriza por la presencia de puntos dispuestos a modo de esquinas de un cuadrilátero y unificados por un centro concebido en un sentido direccional.
La descripción de toda la obra fue realizada por María Teresa Mendiola Cueto y está contenida en un gráfico plegable que se publicó en 2012.
El quincunce es una figura clave de la cosmogonía azteca, representado en este mural por un círculo amarillo y azul. Contiene en el interior los cinco sentidos formados por círculos de color gris oscuro y tres círculos mayores que los anteriores en posición triangular que simbolizan: el azul la voluntad, el blanco la inteligencia y el negro la memoria, atributos de Huitzilopochtli, Quetzalcóatl y Tezcatlipoca.

Detalle del muro sur.
Frente a la entrada antes señalada está el muro poniente, que “alude a la muerte, con un sentido que trasciende la figura del duelo; de sobria composición, está dividido en estratos geométricos contrastantes por su forma y su color, para manifestar el sentimiento por la muerte.”

Detalle al centro del muro poniente.
La pintura del lado norte tiene por nombre Renace la serpiente. De ella, María Teresa Mendiola Cueto comentó que “es una alegoría de la confrontación de los pensamientos: uno que, por medio del símbolo de la cruz, impone la visión del Medievo europeo y otro, que emerge sobre el paisaje de montañas que representa a la serpiente, es el desarrollo del ser social político y universal.”

Muro norte.
La rosa de los vientos se completa con la representación plasmada en el muro oriente. Ahí “se representa el principio dominante del mundo espiritual de los aztecas, el dualismo: la lucha cotidiana del día y la noche, del sol y la luna. En la cosmovisión azteca estos símbolos interrelacionaban promoviendo el equilibrio armónico del mundo.”

Muro oriente.
Su coloración es profusa y está pintado sobre paredes texturizadas con la técnica de acrílico. El conjunto mural manifiesta una equilibrada composición cuyos ritmos son dinámicos y armónicos, es fundamentalmente de carácter abstracto.
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