Kitabı oku: «Cómo vencer los temores y fortalecer la salud emocional»
Cómo vencer los temores
y fortalecer la salud emocional
Enrique Chaij

Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires, Rep. Argentina.
Índice de contenido
Tapa
Prólogo
Seguridad y bienestar
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Cómo vencer los temores
y fortalecer la salud emocional
Enrique Chaij
Diseño del interior: Marcelo Benítez
Diseño de tapa: Fernando Iudica
Ilustración: Propiedad de Shutterstock
Libro de edición argentina
IMPRESO EN LA ARGENTINA - Printed in Argentina
Primera edición, e - Book
MMXXI
Es propiedad. © 2015, 2021 Asociación Casa Editora Sudamericana.
Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723.
ISBN 978-987-798-329-6
| Chaij, EnriqueCómo vencer los temores y fortalecer la salud emocional / Enrique Chaij. - 1ª ed . - Florida : Asociación Casa Editora Sudamericana, 2021.Libro digital, EPUBArchivo digital: OnlineISBN 978-987-798-329-61. Vida cristiana. I. Título.CDD 248.5 |
Publicado el 05 de enero de 2021 por la Asociación Casa Editora Sudamericana (Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires).
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Prólogo
A la extensa lista de sus libros anteriores, el Dr. Enrique Chaij suma esta nueva obra, que desarrolla un tema de particular actualidad: el temor y cómo vencerlo, para fortalecer la salud emocional. Se trata de una valiosa contribución al bienestar individual y familiar, al combatir los males del temor y sus causas más comunes.
La inseguridad y la incertidumbre mantienen presos a millones de seres humanos, que no saben en qué momento podrán ser robados, maltratados o atacados por alguna fuerza salvaje. La vía pública se ha convertido para muchos en un constante peligro, y la vivienda en una trampa mortal dominada por la delincuencia. Como resultado, el temor se ha vuelto un sentimiento obsesivo y enfermante en vastos sectores de la sociedad.
El autor de esta obra no necesita más presentación que sus conocidos antecedentes de prolífico escritor y periodista, con temas siempre positivos y edificantes. Por tal motivo, en marzo de 2014 Enrique Chaij fue distinguido como “autor destacado” en ocasión del 110º aniversario de nuestra editorial.
En sus diferentes capítulos, la obra señala las múltiples formas del temor: desde la ansiedad y la angustia hasta una fobia largamente arraigada, desde un susto pasajero hasta una desesperante crisis de pánico, indicando en cada caso rumbos de liberación y victoria. Este acento en el remedio, más que en la descripción del problema, infundirá seguridad y tranquilidad al espíritu del lector.
Tal enfoque estimulante, unido al estilo ameno del autor, le dan a la obra un valor práctico de especial atracción. Descontamos, por esta razón, que usted disfrutará de la lectura del presente volumen. Y al llegar a su último capítulo, “Hacia un mundo sin temor”, seguramente su corazón palpitará de alegría espiritual y salud emocional. Se lo desean, cordialmente,
LOS EDITORES
Seguridad y bienestar
Corrían los días temibles de la Segunda Guerra Mundial. Y una noche de la primavera de 1943 comenzaron a sonar las sirenas de la ciudad de Londres, para avisar de otro ataque del ejército enemigo. Una vez más, el pueblo huyó hacia los refugios subterráneos en busca de seguridad. Y en un barrio de la ciudad, había 600 personas apretadas dentro de un refugio, cuando de repente el lugar fue sacudido por una bomba que estalló en las cercanías.
Las luces se apagaron, tras lo cual se produjo un prolongado silencio. Y aunque la bomba no hirió físicamente a nadie, la cuadrilla de rescate encontró 200 cuerpos sin vida. Las autopsias revelaron que los fallecidos no habían sido tocados por la poderosa bomba, sino que habían muerto por el temor que les sobrevino, el cual les cortó la respiración. ¡Fue el resultado de un espantoso susto mortal!...
Pocas veces el miedo puede matar de esta manera. Sin embargo, ¡cuántos hombres y mujeres de nuestro mundo tienen alteradas sus emociones y sus actitudes por causa de sus variados temores! Como consecuencia, los tales viven sin bienestar interior y disminuidos para la libre convivencia con los demás. Sus trabajos se ven resentidos; y también su conducta, y su salud física.
Esta realidad cotidiana, que se manifiesta a toda edad y en todo ámbito de la sociedad, me ha llevado a estudiar el tema para proponer ideas superadoras acerca del temor. Con tal inquietud en mente, nació un bosquejo inicial de trabajo. Y el bosquejo se fue nutriendo y plasmando, hasta convertirse en el libro que ahora tienes en mano. Todo, gestado para llegar adecuadamente a tu corazón.
El Dr. H. H. Clark, psicólogo de la Universidad John Hopkins, descubrió que “a una persona le toma un 48% más de tiempo entender una frase puesta en negativo que otra expresada en afirmativo”. Y al amparo de este principio comunicacional, las páginas de esta obra contienen una mirada positiva sobre el tema que abordamos. A esto se suma el uso de frecuentes anécdotas y ejemplos ilustrativos, que hacen más comprensible el texto y le añaden mayor fuerza y claridad.
¡Cuánto de nuestro comportamiento habitual suele verse afectado por diferentes temores! Temores que necesitan ser vencidos para dar madurez a la personalidad, y éxito en la ejecución de las más diversas actividades. La presente obra es una respuesta a esta sentida necesidad del alma. Para lo cual, cada idea es una propuesta de victoria y solución, cada página una invitación al valor y la fe, y cada capítulo un camino hacia la salud emocional y espiritual.
Por lo tanto, te ofrezco estas páginas como un aporte a tu felicidad. Y mi anhelo es que mientras las vayas leyendo, recibas del Altísimo impulsos duraderos de fe, de seguridad y bienestar. Con sincero afecto,
EL AUTOR
Capítulo 1

Bajo el signo del temor
“No hay en el mundo mayor necesidad que la de la liberación del temor” (Ernesto Jones).
Durante los días de la Segunda Guerra Mundial, el soldado ucraniano Grisha Sikalenko desapareció de las filas de su ejército. Sus compañeros lo dieron por perdido en el frente de batalla. Pero en realidad había desertado y regresado a su hogar. Solamente sus padres conocían el secreto, quienes excavaron para su hijo una cueva debajo de un montón de estiércol. Y allí Grisha permaneció escondido ¡durante 18 años!, temiendo ser descubierto.
Dos veces al día la madre le llevaba alimento, y durante la oscuridad de la noche salía afuera para respirar aire puro. En invierno debía sufrir mucho frío; y en verano el escondite se hacía casi insoportable. Pero finalmente, en 1958 Grisha se animó a salir de su refugio, dispuesto a recibir la pena que le impusieran como desertor. Sin embargo, habían pasado tantos años, que se libró del castigo.
Este caso extremo muestra cuán alienante puede llegar a ser el temor cuando se vuelve tan exagerado y dominante. No deja pensar racionalmente, y produce una triste cobardía.
¡Cuántos seres sufren este efecto paralizante y viven sin libertad de acción! Se sienten impedidos para cristalizar sus sueños. Quieren, pero no se animan. Y así matan sus sanas ambiciones, porque el temor los inhibe y los oprime. ¡Cuántos talentos y aptitudes se pierden en el mundo por este lamentable motivo!... ¡Y cuántos hombres y mujeres viven desdichados por esta misma razón!...
Realidad preocupante
Nuestro mundo está enfermo de temor. Mucha gente se levanta y se acuesta cada día con su cabeza llena de miedos. No tienen tranquilidad en su corazón. Son almas abrumadas por su falta de valor para vivir confiadamente.
Ya lo había anticipado el gran Maestro: “Los hombres desfallecerán por el temor y la ansiedad de lo que vendrá sobre la tierra” (S. Luces 21:26).1 Tal es la realidad que podemos observar hoy en las grandes ciudades, como también en las zonas menos densamente pobladas. Con acierto, el reconocido psiquiatra Ernesto Jones escribió: “No hay en el mundo mayor necesidad que la de la liberación del temor”.
Todos tenemos nuestros temores. Desde la mujer que está por dar a luz, hasta el anciano que transita su recta final; desde el hombre más decidido, hasta el niño que se aferra a su padre en busca de seguridad... Todos por igual, aunque con variada intensidad, anidamos nuestros propios miedos en la intimidad de nuestro ser. A veces, de modo manifiesto; a menudo, encubierto. Pero todos tenemos algún temor que quisiéramos derrotar...
Temor en los hogares
En todas las ciudades, ni bien se pone el sol y baja la noche, se aseguran las puertas de cada vivienda. Sus habitantes se encierran sin suficiente garantía de protección. Se colocan puertas blindadas y cerraduras adicionales. Las rejas protectoras son cada vez más altas, y se instalan alarmas domiciliarias, cercos electrificados y cámaras ocultas de seguridad. Todo esto, sin contar las cabinas de vigilancia que abundan en la ciudad, y la patrulla policial que recorre las calles de la planta urbana.
Pero a pesar de ello, la gente conserva el temor y la desconfianza. Cuando salen de su casa, miran cuidadosamente hacia todas partes, y cuando entran hacen lo mismo, temiendo la peligrosa aparición de algún delincuente. ¡Cuán insegura, complicada y costosa se nos ha vuelto la vida moderna!
Así se encuentra nuestro mundo. Impregnado de inseguridad y de temor, sin la tranquilidad necesaria para disfrutar de paz y de bienestar espiritual. En reemplazo, prevalecen el recelo y el aislamiento. El trato con el extraño virtualmente no existe, y el individualismo crece como herramienta de autodefensa.
Aun entre los niños
A menudo, el temor se fabrica dentro del propio hogar, a través de lo que ven los hijos más pequeños. Me refiero a los programas televisivos de terror y a las imágenes de violencia, guerras, muerte y destrucción que abundan en la pantalla chica del hogar. Dichas imágenes inciden sobre la mente y el comportamiento de los niños, quienes como resultado se vuelven más irritables, asustadizos y agresivos. Todo, debido a lo que parece tan entretenido, pero en realidad tan nocivo.
Y lo que decimos sobre la influencia de tales programas televisivos, es igualmente válido para toda otra pantalla electrónica, sembradora de los mismos contenidos. Es imposible que los niños no se vuelvan temerosos, cuando se alimentan con la comida descompuesta de la guerra, la violencia, el terror y la muerte. Durante años se negó esta incidencia televisiva. Pero hoy, ante esta influencia perjudicial sobradamente demostrada, ¿quién podría seguir negándola, y creer ingenuamente que lo que vemos no deja huella en la mente?
¿Sientes alguna clase de temor en tu corazón? Fíjate qué imágenes entran por tus ojos. ¿O tus hijos suelen tener diversos tipos de miedo, y esto les afecta su conducta y su rendimiento escolar? Entonces observa qué miran en el televisor o en la pantalla que tienen más a mano. Tu oportuna intervención podrá ofrecerles la mejor ayuda para su personalidad en formación.
Desesperado en el desierto
Un hombre estaba atravesando el desierto de Sahara. El vehículo que conducía le había respondido bien durante buena parte del viaje. Pero de repente, en medio de aquellos arenales calcinantes, el motor del auto se detuvo y fue imposible volver a arrancarlo.
Era la primera vez que el hombre viajaba por esa región tan solitaria. Imprudentemente, había rehusado viajar en compañía de alguien conocedor del desierto. Entonces, en su soledad, y bajo el calor abrasador, comenzó a sentir angustia y temor. Y al ver que no pasaba ningún otro viajero que pudiera ofrecer ayuda, el hombre llegó al borde de la locura y la desesperación. Por fin, ya en horas de la noche, otro conductor pasó por el lugar, y encontró al hombre a punto de desfallecer, aterrado por el miedo y la soledad. Y la ayuda recibida le salvó la vida...
Este viajero del desierto es apenas un símbolo del drama que viven millones de almas temerosas, estancadas en el desierto del mundo complejo que los rodea. Un desierto mundanal que provoca la sed espiritual de incontables corazones. ¿De qué sed se trata? De la sed íntima de un mayor contentamiento y bienestar interior. Se trata de la búsqueda de seguridad mientras vivimos “bajo el signo del temor”. Una intensa búsqueda de felicidad...
El hombre detenido en el desierto necesitaba agua, compañía y ayuda para su auto descompuesto. Estaba angustiado y aprisionado en el gran arenal. No sabía qué más hacer para seguir viaje. Hasta que llegó el otro viajero, quien lo ayudó a arrancar el auto para salir de aquella prisión.
¿No te parece que la experiencia de este conductor es la síntesis de lo que suele pasarnos a todos los mortales? Al igual que él, podemos creer que no necesitamos ayuda de nadie, y que podemos arreglarnos solos para todo. Y al principio nos va bien, y nos convencemos de que tenemos suficiente capacidad para seguir solos el viaje de la vida. Pero, de pronto surge el primer problema...
Entonces, ¿qué hacemos? Intentamos valernos por nosotros mismos... Pero el problema se nos complica. Y en medio de la angustia nace la humildad. Y en la hora cuando la angustia y la humildad se convierten en un ruego a Dios, aparece la solución tan anhelada. El temor se disipa, y el alivio nos permite seguir el camino con buen ánimo.
¿Te sientes a veces como detenido o detenida en un desierto? ¡Piensa que siempre existe una salida! Cuando nos agobia algún severo temor, puede acercársenos el Amigo todopoderoso para ofrecernos su mejor ayuda. Ese Amigo es nuestro maravilloso Auxiliador en la hora del apremio y la opresión.
El salmista bíblico conocía tan bien esta verdad, que llegó a escribir: “Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones. Por eso, no temeremos, aunque la tierra sea removida, aunque se traspasen los montes al corazón del mar” (Salmo 46:1,2).
¿Notas el significado de estas gráficas palabras? Aun en medio de las peores desgracias y amenazas, podemos confiar en el Altísimo, quien “es nuestro amparo y fortaleza”. Con él, siempre tenemos más motivos para el valor que para el temor.

El origen del temor
Remontémonos a los comienzos de la humanidad. Allí nos encontraremos con la primera pareja matrimonial, creada a la imagen y semejanza de su Creador. Ambos eran seres perfectos, y ningún mal los afligía. No tenían la menor noción del miedo. Todo les resultaba agradable y apacible. Tanto de día como de noche, Adán y Eva se sentían igualmente seguros y felices.
El huerto del Edén era el sitio ideal para gozar de total bienestar. No se podía pretender un lugar mejor para vivir en plenitud. Pero un día –funesto día aquel–, contra todo lo esperado, marido y mujer desobedecieron las indicaciones de su Padre y Creador. Entonces la imperfección entró en aquellos corazones y en aquel hogar primero. Un extraño sentimiento de temor y culpabilidad se apoderó de Adán y su esposa. Y ambos se escondieron de vergüenza, porque no pudieron soportar la voz acusadora de su conciencia, ni la mirada profunda de Dios.
El relato veraz de las Escrituras afirma que “entonces oyeron a Dios, el Señor, que se paseaba por el jardín a la brisa del atardecer. Y el hombre y su esposa se escondieron de su presencia entre los árboles del jardín. Pero Dios, el Señor, llamó al hombre y le dijo: ¿Dónde estás? Y Adán respondió: Te oí andar por el jardín, y tuve miedo” (Génesis 3:8-10). Por primera vez en toda la historia humana se pronunció la palabra “miedo”. Y desde entonces esta sombría palabra se ha convertido en uno de los términos más comunes y punzantes del lenguaje universal. El miedo o el temor pinta un corazón intranquilo, una conciencia atribulada, una vida insegura...
La actitud de Adán y Eva, de haberse escondido por causa de su temor, fue parecida a la actitud del soldado que vivió escondido durante 18 años, según lo narramos al comienzo del capítulo. Pero Dios se acercó al escondite de Adán, y le preguntó con dolor: “¿Dónde estás?” Es decir, “¿Por qué te has escondido de mí? ¿Pensabas que no te encontraría? ¿Qué ganas con esconderte, cuando tú sabes que mis ojos jamás se apartan de ti?” Entonces comenzaron los pretendidos justificativos: Adán culpó a su esposa, y ella culpó a la serpiente por su desobediencia. Pero tales excusas no sirvieron para borrar el temor de sus corazones.
A tantos siglos de aquel primer temor, todavía hoy la conducta errada aleja del Creador y crea turbulencia en el corazón. Produce culpabilidad, autorreproche y temor a las consecuencias. Y junto con tales sentimientos, aparecen las excusas para cargar la culpa sobre otros. O tal vez, el alma huye y se esconde, como pasó con Adán y Eva, y con Caín después de matar a su hermano Abel. ¡Cuán huidizo es el espíritu humano para encubrir sus temores y sus culpas!
Huir sin provecho
En uno de sus memorables poemas, Víctor Hugo describe la angustia que sintió Caín después de asesinar a su inocente hermano Abel. Inmediatamente después de cometer el crimen, huyó a un sitio muy lejano y se acostó a dormir al pie de una montaña. Pero cuando levantó su vista al cielo vio un ojo fijo que lo observaba.
Entonces Caín huyó de aquel lugar, y se fue a un sitio más lejano todavía. Pero aun allí, sobre el horizonte vio al mismo gran ojo que lo miraba. Luego, construyó una tienda con pieles y se acostó debajo de ella; pero las pieles no pudieron ocultarlo de aquel ojo que lo perseguía día y noche. Finalmente, Caín se escondió en una cueva rocosa. Pero ni aun allí las piedras pudieron encubrirlo de ese ojo que le atravesaba el alma.
El poema de Víctor Hugo describe así la angustia de la conciencia acusadora del primer homicida. Por extensión, también señala el terror de quien huye de sus culpas y procura disimular sus caídas. Pero el que huye de sí mismo, corre inútilmente. Porque adondequiera que vaya, siempre llevará consigo su alma angustiada y perseguida.
Para entender mejor esta ausencia de paz interior, no necesitamos ir muy lejos. Bastará que nos observemos por un momento a nosotros mismos. Y allí, en el fondo mismo de nuestra conciencia, podremos descubrir el motivo de muchos de nuestros miedos. Por otro lado, quien intenta disimular sus incorrecciones, sin reconocerlas ni combatirlas, solamente conseguirá avivar sus temores. Así se sintieron Adán y Eva cuando se escondieron de Dios. Y mucho peor se sintió Caín después de matar a su hermano.
El encubrimiento de nuestros males nunca termina bien. En cambio, el valor para reconocerlos nos lleva a Dios quien, con su amor y su perdón, inunda de paz nuestro corazón.
Dolor y temor
Mientras el antiguo patriarca Job sufría “de una llaga maligna desde la planta del pie hasta la coronilla de su cabeza,... y tomaba una teja para rascarse con ella”, pronunció las sentidas palabras que describen el dolor de su cuerpo y de su alma. Dijo él: “El temor que me espantaba me ha venido, me sucedió lo que temía. No tengo paz, ni quietud, ni descanso; solo turbación” (Job 2:7,8; 3:25,26).
El sufrimiento histórico de Job descubre la realidad humana de todos los tiempos: la existencia universal de la adversidad. Y cuando el dolor es profundo, produce mayor tensión y desconcierto. Entonces nos preguntamos confundidos: “¿Por qué me tuvo que pasar esto? ¿Qué hice de malo para merecer esta prueba o esta enfermedad? ¿Por qué Dios la ha permitido?” Y con frecuencia la respuesta no aparece... Y en medio de la confusión mental y el sufrimiento físico, puede aumentar la angustia; como también pueden nacer la esperanza y la confianza en Dios. Tal fue la profunda experiencia de dolor, de temor y de fe que le tocó vivir al patriarca Job.
Job no tuvo a menos reconocer que le “sucedió lo que temía”. Quizá en un momento de su vida habrá presentido que alguna vez podría sufrir un golpe así. Y aunque esto pudo haber preparado su espíritu, igualmente cuando le llegó el infortunio, confesó con franqueza: “No tengo paz, mi quietud, ni descanso”. Durante un buen tiempo fue incomprendido por sus amigos y su propia esposa. Un hondo temor se apoderó de su alma, al pensar que su dolor no tendría fin.
Nació la esperanza
Pero mientras Job seguía sufriendo y temiendo, despojado de todos sus hijos y sus bienes, la esperanza fortaleció su corazón. Y confiadamente declaró: “El Señor dio, y él quitó. ¡Bendito sea su nombre!” (Job 1:21). Y más tarde, como expresión de absoluta confianza en Dios, él dijo: “Yo sé que mi Redentor vive, y que al fin se levantará sobre la tierra. Y después, revestido de mi piel, estando en mi cuerpo, veré a Dios. ¡Yo mismo lo veré! ¡Mis propios ojos, y no otro!” (19:25-27).
La certeza y la seguridad en Dios prevalecieron en el ánimo de Job. Tuvo temor y gran dolor, pero también tuvo una indeclinable confianza en Dios. Y superada su desgracia, hizo esta notable confesión: “Yo hablé de lo que no entendía, cosas tan maravillosas que no las puedo entender... De oídas te había conocido. Pero ahora mis ojos te ven” (42:3,5).
Después de su enfermedad y sus íntimos temores, el buen patriarca llegó a tener una comprensión más profunda del amor y del cuidado de Dios. Antes había conocido al Señor “de oídas”, pero luego tuvo una visión más esclarecida de lo que Dios significaba para su vida. Si antes Job había sido un hombre de fe, ahora pasó a ser un gigante ejemplar de espiritualidad y de amistad con Dios.
¿Te encuentras por acaso padeciendo algún dolor, y el miedo no te deja vivir en paz? De ser así, recuerda la experiencia de Job. Pero sobre todo, recuerda al Dios de Job, que también es tu Dios, tu Padre amante que quiere colmarte de bendición. Él desea que seas feliz y que tengas paz en tu corazón. Para ello, te invita a depender de él mediante la fe sincera. Entonces, tus penas y tus temores se desvanecerán, y podrás terminar mucho mejor de lo que eras antes de tu adversidad... Como le pasó a Job, a quien “el Señor quitó su aflicción y duplicó lo que Job había poseído” (42:10).
Cuando alguna contrariedad estremezca tu alma, ahuyenta tus temores por medio de la esperanza cristiana. ¡Y el sol de un nuevo día brillará en tu ser!
Temor emblemático
Siglos después del sufrido Job, nació otra vida singular, cargada de lección. Al principio pareció ser un muchacho más, un simple pastor de ovejas al cuidado de los rebaños de su padre. Pero desde el momento en que inesperadamente fue ungido rey de su país, y ganó celebridad por haber vencido al gigante Goliat, este joven llegó a ser tan amado por su pueblo como odiado por sus enemigos. Así fue la vida del rey y salmista David.
En la vida de David abundaron los temores. Notemos su propio testimonio: “Temor y temblor vinieron sobre mí, y el horror me abruma. Dije: ¡Quién me diera alas de paloma! Volaría yo, y descansaría. Ciertamente huiría lejos, moraría en el desierto. Me apresuraría a escapar del viento borrascoso, y de la tempestad” (Salmo 55:5-8). Con estas patéticas palabras, David describe la agonía de su alma, y su profundo deseo de escapar de sus enemigos, con el fin de encontrar un poco de paz para su corazón golpeado por el temor.
Era tal su desesperación, que hubiera querido tener “alas de paloma” para huir adonde nadie lo viera. El mismo que antes había enfrentado sin miedo al temible Goliat, y lo había vencido de modo tan espectacular, ahora parecía un niño temblando de temor ante sus perseguidores. Pero finalmente, David reconoció que había solución para su espíritu desesperado. Comprendió que con su excesivo temor, jamás podría ser feliz, ni menos ser el rey valiente de su nación.
Confianza en medio del temor
Los días tormentosos de David le enseñaron la mayor lección de su vida. Llegó a confiar en Dios como el gran Vencedor sobre todos sus temores. Pidió la fuerza divina para ponerse por encima de sus miedos. Y el Altísimo le dio la victoria anhelada. A tal punto, que después escribió este sabio consejo para bien de toda persona temerosa: “Confía en el Señor,… y él te dará los deseos de tu corazón. Encomienda al Señor tu camino, confía en él y él hará. Descansa en el Señor, y espera tranquilo en él” (Salmo 37:3,4,5,7).
El antiguo rey no negó sus miedos. ¿Qué sueles hacer tú cuando el temor te agobia y angustia? ¿Disimulas el verdadero estado de tu corazón, y te esfuerzas por dar una impresión ficticia de valor? El disfrazar o encubrir la realidad no es buena terapia para ninguna clase de temor.
¿Algún miedo te persigue y te mantiene abrumado de dolor? ¿Sientes que la inseguridad te impide gozar de la vida? Haz entonces lo que hizo David: analiza tu temor, cuéntaselo a tu amigo cercano, y sobre todo a tu Padre celestial. Y él responderá tu pedido de ayuda. No hay temor que sea mayor que Dios. Por ende, él puede resolver los temores de quienes confían en él y solicitan su ayuda.
Tenía mucho miedo
Un hombre de mediana edad padecía de un terrible temor a la muerte. E hizo este comentario: “En mi turbación mental, llegué a celar a mi esposa sin motivo alguno. Y resulta que ahora ella me está celando a mí”. ¿Tenía ella alguna razón para celarlo? Desgraciadamente sí, porque el hombre le estaba siendo infiel a su esposa desde hacía diez años.
Y ese prolongado estado de infidelidad le había producido al hombre una conciencia culpable y acusadora. Inconscientemente, comprendía que así no podía ser feliz ni menos estar preparado para enfrentar la muerte. De ahí su temor desmedido y patológico ante la idea de la muerte. Pero cuando al tiempo abandonó su conducta de esposo infiel, desapareció su temor. A partir de entonces, ya con su conciencia tranquila, se sintió preparado para vivir y para morir en paz con Dios.
La experiencia de este hombre revela varios hechos destacables: 1) Que todo temor tiene una raíz o causa determinada; 2) Que ese temor –no importa cuál sea– persistirá mientras no se combata la causa; 3) Que el comportamiento inmoral o infiel puede provocar diversos temores secretos en el corazón; 4) Que con la intervención divina es posible blanquear y vencer el temor.
El buen proceder
La Sagrada Escritura aconseja centenares de veces que no tengamos miedos ni temores. Y este consejo puede llevarse a cabo cuando conservamos una conducta limpia y justa. Tomemos por caso la exhortación divina, que dice: “No temas, que yo estoy contigo. No desmayes, que yo soy tu Dios que te fortalezco. Siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia” (Isaías 41:10). El pedido es claro y directo: no temer ni desmayar. Y la razón para ello, es que Dios nos fortalece y nos ayuda.
Pero esta tonificante promesa de la compañía y la asistencia divina, demanda de nuestra parte una conducta ordenada. El mismo Dios que nos exhorta no temer, nos dice con igual claridad: “Haz lo bueno… Apártate del mal y haz el bien, y vivirás para siempre”. “Aborreced el mal, seguid el bien… No seas vencido por el mal, sino vence el mal con el bien” (Salmo 37:3,27; Romanos 12:9,21).
¿No te parece alentadora esta verdad? Nuestro Padre celestial nos da el buen consejo de no temer, luego nos fortalece con su ayuda y poder, y finalmente implanta en nuestro ser la vida exenta de mal y de temor. Esta fue la gran bendición que recibió el mencionado hombre que tanto le temía a la muerte.
En suma, cuando permitimos que Dios actúe en nuestra intimidad y le confiamos la dirección de nuestra vida, los temores no encuentran terreno propicio para nacer y crecer. Conserva esta verdad en tu corazón, y gozarás de paz, aunque el mundo viva “bajo el signo del temor”.
De la noche a la mañana
Veamos ahora otro caso aleccionador: un joven que había caminado y corrido durante todo el día, huyendo de la ira de su hermano. Estaba agotado, extenuado. Ya el sol se había ocultado, y el aterrado fugitivo solamente quería descansar y dormir. Y en esa hora de la noche se detuvo en aquel campo agreste y solitario. Cayó en tierra, colocó debajo de su cabeza una piedra por almohada, y quedó profundamente dormido.
¿Quién era este joven fugitivo? Era Jacob, quien temía por su vida, porque le había usurpado la valiosa primogenitura a su hermano y había engañado vilmente a su padre. Su temor era pavoroso, y su conciencia estaba manchada de vergüenza. Ahora estaba solo en medio de la noche, lejos de su casa, sin que nadie pudiera ayudarlo…
Y mientras dormía, Jacob tuvo un sueño inesperado y providencial. En el sueño vio una escalera apoyada en la tierra, que llegaba hasta el cielo. “Y ángeles de Dios subían y descendían por ella. Y vio al Señor en lo alto de ella, que le dijo: Yo estoy contigo, te guardaré por dondequiera que vayas”… Y cuando Jacob se despertó, dijo: “Ciertamente el Señor está en este lugar, y yo no lo sabía… ¡Cuán pavoroso es este lugar! No es otra cosa que casa de Dios y puerta del cielo” (Génesis 28:10-17).
Jacob se había acostado lleno de pavor. Pero al levantarse, Dios lo tranquilizó y le aseguró su divina compañía. Entonces, frente a la promesa del Altísimo, no pudo menos que decir con profunda emoción: “El Señor está conmigo, ya no tengo más temor”.
Un despertar feliz
En un sentido, todos nos vemos retratados en esta experiencia de Jacob. ¡Cuántas veces nos acostamos por la noche con diversos miedos en nuestro corazón! Nos parece que estamos solos y sin saber qué hacer. Pero por fin el sueño nos vence y nos quedamos dormidos Y al despertar por la mañana, notamos que nuestro ánimo está mucho mejor. ¿Por qué? Porque el Señor nos sostuvo, y respondió nuestro pedido de ayuda. El gran cambio que Dios efectuó en el fugitivo de ayer, lo quiere hacer hoy en tu vida y en la mía. ¡Quién mejor que él para librarnos de toda clase de miedos! ¿No te parece?
Un niñito se había caído en un pozo de seis metros de profundidad. Durante horas había estado gritando y llorando sin ser oído por nadie. Pero finalmente, entre su desesperación y sus lágrimas, alcanzó a escuchar la voz de su padre que lo llamaba. La esperanza renació en su angustiado corazón. ¡Su papá había venido para salvarlo! Y momentos después, el niño estaba feliz en los brazos de su padre.
¿Estamos hoy hundidos en algún pozo, y el miedo nos estremece? Nuestro Padre celestial nos puede rescatar y ayudar. Su palabra de amor nos puede alentar, y su brazo paternal nos puede sostener. A su lado tenemos seguridad, sin angustias ni temores. ¡No lo dudes! Para nosotros, y para nuestro mundo que vive “bajo el signo del temor”, ¡Dios es nuestro supremo Ayudador!

1 Las citas bíblicas de esta obra corresponden a la versión “Nueva Reina Valera Siglo XXI”. En todos los casos, la cursiva de tales citas es nuestra.
Capítulo 2

Las variadas caras del temor
“Señor, ante ti están todos mis deseos, mi suspiro no te es oculto” (Salmista David).
Un conocido escritor se le quejó a su vecino porque su gallo no lo dejaba dormir. A lo que el vecino respondió: “No comprendo por qué usted no puede dormir. Al fin, mi gallo canta solamente tres veces por la noche”. Entonces el escritor explicó: “Lo que me preocupa no es el número de veces que canta el gallo, sino que me paso toda la noche pensando en qué momento cantará”.
Evidentemente, el escritor era una persona ansiosa. Estaba perturbado mucho antes de tener motivo para ello. Tal es la modalidad típica de la ansiedad, que hoy afecta a tantos seres humanos. Un mal que sigue creciendo, y que cuesta desarraigar del corazón…
La ansiedad
Esta es una de las caras o facetas más comunes del temor. A veces se trata simplemente de un excesivo sentido de responsabilidad, que llega a la obsesión por terminar una tarea con prontitud y excelencia. Esto provoca que el ansioso se sienta molesto cuando las personas que tiene a su lado no actúan de igual manera. Y así nacen las diferencias y las discrepancias de criterio en el ámbito laboral, o aun en el propio círculo familiar.
Como resultado, esas diferencias determinan incomodidades sociales. Se hace difícil la convivencia armoniosa entre el ansioso y el que no lo es. ¡Cuántos esposos y amigos ven resentida su relación cotidiana por causa de la ansiedad de uno de ellos! Y en el caso de que ambos pecaran de ansiedad, se desgastarían en detalles y desencuentros propios de su particular modo de ser.
Otra cualidad del ansioso es que se adelanta excesivamente a los hechos. Es clásico el caso de aquella madre que sufría y temía por el futuro de su hija. “¿Qué carrera seguirá, y con quién se casará?” se preguntaba con ansiedad. Y su hija era apenas una pequeña niña de ¡cuatro años de edad! ¿Te parece que esa madre estaba en lo correcto con semejante actitud tan anticipada? Pero ella creía que era una virtud el preocuparse con tanta antelación por el porvenir de su hijita.
Otro ejemplo típico de ansiedad lo encarna la persona que está todo el tiempo hablando por su teléfono móvil o celular. Jamás se separa de este aparato, y siempre está haciendo alguna llamada a alguien, a menudo sin importancia ni necesidad. Pero la persona está ansiosa por hablar o comunicarse con alguien, quizá para combatir cierta soledad, o bien por una compulsión que no consigue controlar. En el fondo, se trata mayormente de un temor inconsciente a quedarse aislado, por no estar en constante comunicación con los demás, ya sea un familiar, un amigo, o cualquier otro de sus allegados.
En busca de paz
Además, la persona ansiosa no tiene seguridad interior. Quisiera ser dueña de su futuro, y dominar los años venideros. Pero como esto es imposible, aparece entonces la inseguridad, como un componente más del temor del corazón. A lo cual se le suma la insatisfacción, la intranquilidad, la impaciencia y el no saber esperar. Al respecto, cuán sabias son las palabras de San Pedro: “Echad toda vuestra ansiedad sobre él [Dios], porque él cuida de vosotros” (1 S. Pedro 5:7).
A la luz de esta declaración bíblica, al escritor citado en el comienzo del capítulo, podríamos decirle: “¡Duerma tranquilo! ¡Deje de pensar ansiosamente en qué momento ha de cantar el gallo! Su ansiedad lo está destruyendo. Usted necesita descansar bien durante la noche, para vivir mejor durante el día”. Quien desee ayudar con éxito a una persona ansiosa, debería utilizar mucha comprensión y empatía, a fin de que su palabra sea escuchada con respeto y atención.
Este apoyo psicológico acertado despertará la iniciativa del ansioso, quien, con disposición favorable, intentará controlar sus sentimientos y modificar su conducta. Por el contrario, un trato incomprensivo y reprochador no logrará ningún beneficio, sino más bien expondrá la debilidad del ansioso, y aumentará su temor de fracasar si intentara cambiar.
¿Sufres de algún grado de ansiedad? ¡Cambia tu nerviosismo y agitación por tu confianza en Dios! Acércate a él, pídele su ayuda, y obtendrás la victoria.
El estrés
Esta es una condición emocional estrechamente ligada a la ansiedad y al temor. Es el peso excesivo en las obligaciones cotidianas, que debilita la salud y roba la paz del corazón. Es como tensar demasiado la cuerda de la vida, por causa del trajín intenso de cada jornada. Es el temor de no poder seguir soportando tanta presión emocional…
Desde luego, el estrés moderado es saludable, cuando estimula y aumenta el vigor para la prosecución de nuestros trabajos, estudios e ideales. Pero cuando el estrés deteriora nuestra tranquilidad interior, se impone el descanso físico y el control de la mente. Esto no es fácil, sobre todo cuando hay demasiados deberes que atender. Pero aun no siendo fácil, es posible. A menudo, se trata de ordenar las obligaciones, priorizar los trabajos y cumplir los horarios.
Vida ordenada
En su libro Cómo suprimir las preocupaciones, Dale Carnegie cuenta el caso de un empresario agobiado por su estrés laboral, quien fue a consultar al destacado psiquiatra Guillermo Sadler. Y mientras hablaba de su problema con el médico, en los primeros diez minutos este recibió tres llamados telefónicos, a los cuales atendió hasta dar solución a los problemas que le presentaban otros pacientes.
Al terminar la tercera conversación telefónica, el paciente dijo: “Doctor, en estos diez minutos creo que he adivinado lo que anda mal en mi vida. El dar por terminado cada asunto que se presenta, como lo he visto en usted, y el tener ordenado el escritorio, es lo que yo necesito aprender”.
A las seis semanas, el mismo paciente volvió a ver al Dr. Sadler, y le dijo: “Antes tenía tres mesas de trabajo en dos oficinas diferentes, y siempre estaba sobrecargado de tareas. Ordené todas mis cosas, y ahora tengo una sola mesa. Además, arreglo los asuntos ni bien se me presentan; y lo maravilloso es que no observo la menor falla en mi salud”. El ordenamiento laboral salvó la salud del hombre estresado, y le devolvió su bienestar emocional.
Alma agobiada por tu estrés, cansada por tus muchos trabajos, dominada por tus ambiciones, y temerosa de no recuperar tus fuerzas, haz una pausa en tu camino si quieres gozar de salud física y paz espiritual. No te excedas en tu trabajo, ni te consumas corriendo todo el día. Comparte tus cargas con tu familia. Recuerda que tu vida vale mucho más que cualquier mala sangre que te hagas, o que cualquier dinero que puedas ganar en tu profesión. Ordena tus actividades de la mejor forma posible, para ahorrar esfuerzos innecesarios. ¡Esto te resultará altamente beneficioso!
Y sobre todo, acepta la invitación del divino Maestro, quien dice: “Venid a mí todos los que estáis fatigados y agobiados, y yo os daré descanso… Hallaréis descanso para vuestras almas” (S. Mateo 11:28,29). Junto al Señor de la vida tenemos descanso, sosiego, calma interior y fortaleza espiritual ¿Y no es esto acaso lo que más necesita el alma turbada por el temor, o tensionada por el estrés? Por lo tanto, ¡ve al Señor confiadamente, y él aliviará tus cargas y fatigas!
La angustia
La angustia es la impotencia y la desesperación frente a una situación problemática que no se sabe cómo resolver. Es el temor que espanta ante un grave peligro o una amenaza de muerte. Es el dolor profundo del alma que busca un poco de paz espiritual. O es también la orfandad interior, que sobreviene por la pérdida de un ser amado.
¿Te ha tocado alguna vez sufrir estas formas de angustia? En tal caso, ¿cómo superaste tu dolor? ¿Seguiste algún consejo o alguna terapia en particular? Si ahora mismo estuvieras padeciendo algún grado de esta zozobra en tu ánimo, te ofrezco este ejemplo alentador:
B. Whitelock, embajador inglés en La Haya, debía realizar una delicada tarea diplomática, en la que estaba en juego el prestigio de su país. Un desacierto en la argumentación, o una falta de prudencia en su comportamiento, podría comprometer seriamente a su gobierno. Así que la noche anterior a su importante entrevista le fue muy difícil conciliar el sueño.
Y mientras el diplomático se movía nerviosamente en su cama, su asistente entró en la habitación para preguntarle cómo se sentía. Y el angustiado embajador le comentó cuán difícil se presentaba el horizonte. Entonces el asistente le dijo:
–Señor, ¿puedo hacerle una pregunta?
–¡Claro que sí!
–¿No gobernaba Dios en el mundo antes de que usted naciera?
–¡Indudablemente! –respondió el embajador.
–¿Y no gobernará Dios bien el mundo cuando usted parta de él? –volvió a preguntar el asistente.
–Así lo espero –fue la respuesta.
–Entonces –terminó diciendo el asistente–, ¿no puede usted confiar en que Dios gobernará bien el mundo mientras usted viva en él?
Tras estas palabras, el diplomático se dio vuelta en su cama, y en seguida se quedó dormido. Desapareció así la angustia que lo desvelaba. El asistente le hizo ver que no había razón para perder el sueño, y que por encima de los problemas humanos siempre hay un Dios que rige sobre los acontecimientos de la vida, y de cuya providencia podemos depender cada día.
Sí, hay momentos cuando es imposible evitar la angustia. Pero cuando la angustia nos duele y nos atemoriza, es sabio recordar que podemos acudir a Dios en busca de ayuda. Así lo reconoció el rey David, cuando le dijo a Dios: “Tú eres mi refugio, me guardarás de angustia, con cantos de liberación me rodearás” (Salmo 32:7). Y más tarde escribió: “Este pobre clamó, y el Señor lo oyó, y lo libró de todas sus angustias” (34:6).
Nuestro Padre celestial es el vencedor sobre todas nuestras angustias y aflicciones. Ante los peligros y los miedos de la vida, él nos da paz y protección. Así que nunca desesperemos, pensando que nos puede ocurrir lo peor. Más bien, digámosle a Dios con fe: “Tú eres mi refugio y mi fortaleza, mi Dios en quien confío” (91:2). ¡Él es nuestra salida para todas nuestras angustias!
Los sustos
Aquí estamos en presencia de otra cara del temor. Los sustos son inevitables, y dependen mayormente de factores externos a nosotros mismos. Un susto es una impresión repentina y pasajera de miedo. O dicho más claramente, es un temor repentino, imprevisto, intenso y fugaz.
1) Es repentino porque se manifiesta súbitamente. No se elabora ni se gesta con el tiempo. Aparece en el momento menos pensado, y por los motivos más extraños: desde una laucha en el dormitorio o una gran araña sobre la cama, hasta un choque vehicular que sucede a nuestro lado.
2) Es imprevisto, porque no se lo puede anticipar. Nadie puede imaginar que a cierta hora del día o de la noche padecerá de algún susto. Y aunque alguien afirme: “No gano para sustos”, con eso no podrá decir que necesariamente sabe que hoy sufrirá algún susto perturbador. Y esa imprevisibilidad es una ventaja, porque nos libra de cualquier morboso presentimiento o premonición.
3) El susto también es intenso, por lo menos casi siempre. Algunos hasta se han muerto debido a la intensidad de un susto. Por eso, quien piense que es una “gracia” o “una broma ingeniosa” asustar a un compañero, piense más bien que se trata de una broma de mal gusto, o de una burla sin sentido. A menudo, un susto corta el aliento y hasta oprime el corazón. ¿Por qué entonces provocar intencionalmente estos efectos en perjuicio del prójimo?
4) Por fin, todo susto es fugaz o pasajero. No suele durar más que un instante de variada extensión. No obstante, es como la breve descarga eléctrica, capaz de dañar y de matar. Por cierto, la persona asustadiza retiene por más tiempo el efecto del susto; y además es proclive a padecerlo con mayor frecuencia y por una causa más leve.
¿Cuáles son los motivos más comunes que te llevan a asustarte? ¿Es algún ruido de la noche? ¿Es la posibilidad de algún accidente de tránsito, parecido al que tuviste el año pasado? ¿Es que te asalten en plena vía pública, y eso te hace salir muy poco de tu casa? ¿O será que temes recibir alguna mala noticia sobre tu hijo ausente, o acerca de tu trabajo? En tal caso, es oportuno recordar las palabras del salmista bíblico, quien dice que el justo “no temerá las malas noticias, su corazón está firme, confiado en el Señor” (Salmo 112:7).
En realidad, no importa cuál pudiera ser el motivo de nuestros sustos, la confianza en Dios y el encomendarse siempre a su cuidado paternal, es un modo eficaz de atenuar los efectos de un susto, y un modo también de ganar en fortaleza y valor. Así que, si alguna vez dijiste: “Casi me muero de susto”, ahora, pensando en la compañía protectora de Dios, podrás decir con gratitud: “¡Él me libró de un terrible susto!”
Cuando alguna circunstancia negativa te asuste, eleva con fe tu pensamiento a Dios, y conservarás la tranquilidad del buen creyente. Y con tu fortaleza espiritual, podrás asistir y alentar al alma asustadiza que se encuentre a tu lado.
Las fobias
Esta es una faceta insólita del temor. Se trata del miedo desmedido, irracional y persistente (no siempre con la misma intensidad) hacia determinados lugares, objetos y circunstancias, que la persona rehúye y no puede tolerar, aunque reconozca que tal miedo es absurdo y desproporcionado. Por ejemplo, alguien que alguna vez haya sido mordido por un perro, puede con el tiempo generar una fobia hacia todos los perros, no importando el tamaño que tengan ni la raza a que pertenezcan.
El mayor inconveniente de la persona fóbica consiste en encubrir su fobia. Le da cierta vergüenza que los demás se enteren de su problema. Pero con tal encubrimiento, más crece su debilidad, y menos ayuda puede recibir de los demás. Un hombre de mi conocimiento tenía terror ante la idea de viajar en avión. Nunca había hablado sobre el tema. Pero cuando le tocó la hora de volar, confesó su fobia. Como resultado, recibió el apoyo y el ánimo necesario para hacer su primer viaje en avión. Y le fue tan bien, que a partir de entonces disfruta de sus nuevos viajes aéreos. El haber confesado su problema fue gran parte de la solución.
Diversas y diferentes
Los especialistas han podido catalogar centenares de fobias diferentes, cada una de ellas con su nombre específico. Recordemos algunas de las más conocidas y frecuentes:
Claustrofobia, el temor a los lugares cerrados. Podrá tratarse de un ascensor, un avión, un subterráneo, una habitación cerrada, o cualquier otro sitio donde la persona se sienta agónicamente encerrada. ¿Podemos imaginar cuántas limitaciones sufre quien padece esta fobia?
Agorafobia, el temor a los lugares abiertos, de donde sea difícil escapar o esconderse. Impide concurrir a diversos espacios abiertos, tales como parques, reuniones al aire libre, o el contacto directo con la naturaleza.
Acrofobia, el temor a los lugares altos, edificios elevados, cumbres de montañas u otras alturas de diferente índole.
Cinofobia, el temor a los perros, aun a los más inofensivos y pequeños. Esta fobia está ligada a la zoofobia, el temor a los animales en general.
Y así podríamos seguir con la pirofobia (el temor al fuego); la nictalofobia (temor a la noche); la traumatofobia (el temor a los accidentes); la tanatofobia (el temor a la muerte), y muchísimas otras fobias, que interfieren en la tranquilidad y el bienestar emocional de millones de personas.
Todos estos temores pueden ceder ante el apoyo psicológico correspondiente. Y de modo particular pueden disminuir y desaparecer mediante la intervención divina. ¿Alguna fobia o temor exagerado altera tu tranquilidad o restringe tu felicidad? ¡Hay remedio a tu alcance! Y ese remedio está en Dios, “que te sostiene de tu mano derecha, y te dice: No temas. Yo te ayudo” (Isaías 41:13). Por lo tanto, solicita en oración el poder sanador de Dios. Haz tuyas estas palabras: “Ayúdame, Señor, Dios mío, sálvame conforme a tu constante amor” (Salmo 109:26). Y él te responderá por amor a ti. ¡Pruébalo, y obtendrás la victoria sobre tus temores!
Los ataques de pánico
Por último, citemos esta extraña y compleja cara del temor. Se trata de un miedo agudo, de un espanto repentino en el cual la víctima se siente morir. Aunque afecta más a menudo a la mujer, el hombre no está libre de padecerlo.
Este mal, cada vez más frecuente, puede afligir a personas del mundo artístico, empresarial y deportivo, o de otra extracción laboral. Puede aparecer en el hogar, en el lugar de trabajo, o en el sitio y el momento menos pensados. Quizá la persona se encuentra en medio de su rutina diaria, y de repente comienza a sentir una sensación de miedo agudo, con falta de aire y dolor en el pecho. Tal vez se desvanezca y caiga al suelo. Nunca antes le había ocurrido algo semejante. Por lo tanto se asusta de veras, y comienza a pensar que puede tratarse de un ataque cardíaco, de un derrame cerebral, o de algún otro problema serio de salud.
Una vez atendida, la persona comprende qué le pasó realmente, y poco a poco se va tranquilizando, aunque se pregunte por qué le vino esa angustiosa crisis de pánico, y si no le volverá en lo futuro.
¿A qué se deben estos ataques?
Suelen deberse a factores externos, tales como un colapso social y económico del país, el fallecimiento de un ser querido, una exagerada sobrecarga laboral, una convivencia traumática en el trabajo, una amenaza peligrosa de parte de un enemigo… Son numerosas las causas externas que pueden provocar en un alma agobiada esta temible crisis de pánico.
Y estos factores pueden incidir tan profundamente sobre la persona predispuesta, que terminen por producirle diversos sentimientos de temor, inseguridad, desaliento y una vaga sensación de debilidad interior. A partir de entonces, el ataque de pánico puede aparecer inesperadamente.
El tratamiento adecuado y el apoyo afectivo constituyen una buena terapia para este mal, típico de estos tiempos posmodernos, cuando el estrés y la ansiedad habitan en tantos corazones. Pero, considerando que toda forma de temor es un problema básicamente emocional –cuando no también espiritual–, se impone el remedio de la fe y la confianza en Dios.
El creyente sincero, que convive con Dios y se apoya constantemente en él, reduce sus temores, ordena su vida y acrecienta su fortaleza emocional. Los factores arriba mencionados pierden su fuerza negativa, y en su lugar aparece el poder divino como la mejor terapia del alma. Así dijo el antiguo profeta: “El Señor es bueno, es fortaleza en el día de la angustia, y conoce a los que confían en él” (Nahum 1:7).
La mejor ayuda
Cierto hombre, apresado injustamente, fue obligado a pasar 24 horas en una prisión oscura y subterránea. Los pasos del guardián se perdieron a la distancia, y todo el lugar quedó sumido en un profundo silencio. El pobre preso comenzó a desesperarse. Pensó que jamás saldría a la luz de la superficie.
Pero al momento oyó los pasos de alguien que se acercaba. Era el capellán de la prisión, quien le dijo: “Vengo a ofrecerle compañía. Me quedaré aquí arriba hasta que lo saquen de la celda”. Entonces, con profundo agradecimiento, el preso contestó: “Mientras usted esté allí arriba, no temeré estar aquí abajo”.
El miedo del hombre desapareció porque alguien, aunque invisible, estaba allí arriba. Y, amigo, amiga, Dios también está arriba, a nuestro lado, para ofrecernos su ayuda y ahuyentar nuestros temores. ¿Sueles pensar en esta verdad cuando tienes alguna necesidad? ¿Quién mejor que nuestro Señor para alejar nuestros temores y asegurar nuestro bienestar interior?
En este capítulo nos hemos referido a la ansiedad, el estrés, la angustia, los sustos, las fobias y los ataques de pánico, como las diferentes “caras” o formas más comunes del temor. Y aunque brevemente, en todos los casos hemos visto de qué manera el temor desplaza la paz del alma e instala la aflicción.
Pero también hemos recordado el papel fundamental de la fe como terapia y preventivo de los temores, y como el máximo factor de la paz y la alegría del corazón. Así que, parafraseando al preso del relato, mientras Dios permanezca “arriba”, velando por nuestro bien, no tendremos razón para temer “aquí abajo”, en medio de nuestros quehaceres cotidianos.

Capítulo 3

Temor y preocupación
Los temores desmedidos son parásitos el alma, que se prenden de ella y la debilitan.
En estrecha relación con la ansiedad, comentada en el capítulo anterior, el tema de la preocupación merece un comentario más detenido. Por tratarse de un mal tan generalizado y tan ligado al temor, dediquemos este capítulo para hablar sobre la preocupación, sus efectos y su terapia.
Cierto pintor fue a una taberna para tomar unas copas. Y mientras esperaba que lo atendieran, alcanzó a ver sobre un tonel de vino un diario, cuyo principal titular decía: “Vienen tiempos difíciles”. Impresionado por esta frase, el pintor suspendió su pedido, y le dijo al tabernero: “Vienen tiempos difíciles”.
Como resultado, esa misma noche el tabernero le dijo a su esposa: “Mujer, tendrás que suspender el nuevo vestido que le habías encargado a la modista, porque ‘vienen tiempos difíciles’”. Por su parte, la modista, que iba a hacer una ampliación en su vivienda, llamó al constructor, y le dijo: “Por ahora vamos a postergar el trabajo, porque ‘vienen tiempos difíciles’”.
Y cuando el constructor terminó la conversación, le dijo a su esposa con mucho pesar: “Querida, acabo de enterarme que ‘vienen tiempos difíciles’. Por lo tanto, tendrás que suspender ese costoso retrato que te ibas a hacer”. Y la señora no tuvo más remedio que hablarle al pintor para comunicarle su decisión. Y añadió: “Lo que pasa es que ‘vienen tiempos difíciles’”.
Ante esta desagradable noticia, el pintor –que era el mismo que había ido antes a la taberna– volvió al negocio para tomar unos tragos y olvidar sus penas. Y allí encontró nuevamente aquel diario. Esta vez lo tomó en sus manos, y de nuevo leyó: “Vienen tiempos difíciles”. Pero para su gran sorpresa descubrió que la fecha del diario era ¡de diez años atrás! Entonces el pobre pintor cayó en la cuenta de que sus temores habían sido totalmente infundados, y que se había perjudicado a sí mismo por haber aceptado sin criterio aquella mala noticia.
El temor del citado pintor, y de los otros protagonistas del relato, ilustra admirablemente los efectos nocivos del miedo y la incertidumbre que suelen alojarse en el alma. Quitan la paz del corazón y distorsionan la realidad de la vida. Exageran o disminuyen caprichosamente los hechos que nos rodean, y son un obstáculo para el equilibrio y la salud emocional. Uno de los temores más corrientes, que produce estos efectos, es la preocupación, esa actitud rayana en la ansiedad que desgasta inútilmente la energía del espíritu.
Inquietud enfermiza
La preocupación es hija del temor, y hereda muchos de los síntomas y los efectos del temor. Por el modo de actuar y por la influencia que ejerce sobre la mente, la preocupación es el temor al futuro, sea este inmediato o distante. Es una inquietud enfermiza y anticipada, que perturba hoy ante un hecho de mañana, el cual se ve como difícil y complejo, aunque finalmente no suela tener tal proporción. Es pre- ocuparse en exceso, sin real necesidad.
Eduardo Evans era un hombre que con gran esfuerzo inició su propio negocio. Desde el comienzo no le fue muy bien. Uno tras otro, se le fueron acumulando reveses financieros, hasta terminar con una fuerte deuda. Y endeudado como estaba, sin poder mantener a su numerosa familia, tenía sus nervios destrozados.
En tal condición, Evans llegó al extremo de no poder caminar, y tener que guardar cama. Su cuerpo se llenó de forúnculos. Cada día estaba más débil. Todo, como resultado de su intensa preocupación. Los médicos le pronosticaron pocos días de vida. “Y a partir de entonces –según el relato del propio Evans–, tendido en la cama esperé mi fin. No había ya motivo para luchar o preocuparse. Hacía semanas que no podía dormir; pero ahora, con mis problemas tocando a su fin, logré dormir unas horas. Lentamente fue desapareciendo mi agotamiento. Volvió mi apetito, y recuperé parte de mi peso”.
Por fin, Evans recobró su salud y logró reflotar su actividad comercial. Pero, igualmente importante, fue que a partir de entonces aprendió a desechar toda preocupación que quisiera atormentar su mente. Con calma interior, aprendió a gozar de buena salud física y emocional.
Lo que experimentó Evans abona la declaración del Dr. Carlos Mayo, quien escribió: “Las preocupaciones afectan la circulación, el corazón, las glándulas y todo el sistema nervioso. Jamás he sabido de nadie que haya muerto por exceso de trabajo; pero sí de muchos que han muerto de preocupación”. Si pudiéramos recordar estas autorizadas palabras, y viviéramos a la altura de lo que ellas implican, ¡cuánto más control ejerceríamos sobre nuestros pensamientos y sentimientos! Tendríamos menos temores y ansiedades, menos intranquilidad y desvelos. Y consecuentemente, mejor salud y mayor alegría de vivir.
Pregúntate cómo eres en esta materia. ¿Tienes dominio sobre tus preocupaciones, o ellas suelen oprimir tu corazón? ¿Confías en que Dios puede ayudarte en tus trabajos, o dependes sin fe tan solo de tu propio criterio? ¡Quién mejor que el Señor para tranquilizarte hoy, y para guiarte mañana en las tareas que te esperan!
El árbol salvador
Un próspero comerciante solía llevar cada noche a su casa todas las dificultades y las preocupaciones de su trabajo. Parecía un ausente en su hogar, o bien se irritaba fácilmente con los miembros de su familia.
Pero el hombre comprendió que no podía seguir viviendo de esa manera. Así que un día, mientras regresaba a su casa, tomó una valiente decisión. Frente a un gigantesco árbol que distaba unos cien metros de su casa, se dijo para sí mismo: “En las ramas de este árbol colgaré cada día mis preocupaciones, para llegar tranquilo a mi casa”. Así lo hizo, y ese árbol llegó a ser su apreciado “árbol salvador”.
De allí en adelante, una cuadra antes de llegar a su casa, el hombre colgaba simbólicamente en ese árbol todas sus cargas, y no volvía a ocuparse de ellas hasta el día siguiente. ¡Un simple y curioso recurso que le dio excelente resultado!
¿Con qué ánimo regresas tú cada día de tu trabajo? ¿Te vas cargando de preocupación durante el día, y luego llegas abrumado a tu casa? El citado comerciante inventó un método personal que le ayudó a combatir sus preocupaciones. Desarrolla tu propio método, simple y legítimo, que te sirva para controlar cualquier preocupación de tu mente.
Con la finalidad de conservar la tranquilidad de nuestro espíritu, Jesús exhortó: “No os preocupéis por vuestra vida, qué habéis de comer o beber; ni por vuestro cuerpo, qué habéis de vestir. ¿No es la vida más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido?... ¿Quién de vosotros, por más que se preocupe, podrá añadir un codo a su estatura?... Así, no os preocupéis, diciendo: ‘¿Qué comeremos, qué beberemos, o qué vestiremos?’… No os preocupéis por el día de mañana, que el día de mañana traerá su propia preocupación” (S. Mateo 6:25,27,31,34).
El divino Maestro nos enseña aquí a dar prioridad a los valores fundamentales de la vida, sin que las cosas secundarias nos desgasten y roben nuestro vigor espiritual. ¡Cuán a menudo las frivolidades y las vanidades del alma se convierten en el lastre que nos hunde y nos llena de innecesaria preocupación!
Sí, debemos cubrir con sensatez todas nuestras necesidades básicas para asegurar nuestro bienestar. Pero cuando ese esfuerzo se vuelve descontrolado, y en lugar de paz cosechamos ansiedad y pesadumbre, es porque algo anda mal en el corazón. Si pensamos que para ser felices tenemos que abrumarnos con diversidad de afanes y preocupaciones, el resultado será negativo y contraproducente. De ahí el sabio consejo del Maestro: “Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas” (S. Mateo 6:33). Sí, cuando Dios ocupa el primer lugar en nuestra vida, lo demás viene por añadidura.
Tanto en los días de Jesús como en los nuestros, la preocupación nunca ha sido parte del programa de Dios para nuestro bien. Por eso, debería ser resistida, para poder disfrutar de una vida madura, tranquila y feliz. ¡Por el bien tuyo y el de tu familia, esfuérzate para lograr este noble objetivo!
Variadas categorías
Como formas de temor, las preocupaciones no siempre son iguales ni se manifiestan de la misma manera. Veamos por lo menos seis clases diferentes de ellas:
1 Leves o pequeñas. Estas preocupaciones no afectan mayormente el ánimo, ni hacen perder el sueño. Sus causas principales pueden ser detalles de orden social o laboral, que no alcanzan a interferir en la tranquilidad del espíritu. Son las preocupaciones propias de toda persona normal, que a veces se convierten en inquietudes sanas o en emprendimientos exitosos.
2 Profundas. Estas son las preocupaciones obsesivas, que abruman la mente y la llenan de temor. Roban la paz del alma, y afectan la salud física y emocional. Bloquean la iniciativa personal, y dañan la convivencia familiar. La persona afectada se vuelve abstraída, pesimista y negativa. Esta preocupación intensa es la más problemática, y requiere una adecuada atención y comprensión.
3 Visibles. Estas preocupaciones se manifiestan en la relación con el prójimo. No se las sabe disimular ni dejar de lado. Desagradan e incomodan al interlocutor, porque expresan inseguridad y temor sin motivo. Son un peso emocional que, inconscientemente, se pretende descargar sobre los allegados.
4 Encubiertas. Son las preocupaciones que, por pudor o discreción, se conservan en la intimidad. No se las comenta con los compañeros ni con los familiares. Y mientras quedan silenciosamente encerradas en la mente, van minando la paz interior y enfermando la alegría del corazón. Así es como encubren los introvertidos sus propias preocupaciones.
5 Pasajeras. Hoy están, y nos afligen; mañana desaparecen, y nos dejan en paz. Así de transitorias son las preocupaciones “pasajeras”, que se van tan pronto como vienen. Quizá una mala noticia, un extraño dolor en el cuerpo, un trabajo diferente, la preparación para un viaje, la participación en una reunión importante, o algún motivo parecido, pueden ser los causantes de estas preocupaciones de poca duración. ¡Quién no las tiene con frecuencia!
6 Permanentes. Estas perjudican inevitablemente la salud. Crean incertidumbre y temor. Son las sombras que impiden ver la parte luminosa de la vida. Son los temores difusos que se instalan en el alma, y que permanecen en ella despertando siempre presentimientos negativos. Así de enfermantes son las preocupaciones crónicas de la mente.
De acuerdo con estas categorías, fácilmente advertimos que las preocupaciones menos relevantes son las leves, cuando van unidas a las pasajeras. Y a la vez, las más problemáticas son las profundas, especialmente si al mismo tiempo son permanentes. En este caso, es menester una decidida contención emocional y espiritual.
¿Vives con ciertos temores y preocupaciones? ¡Alguien te puede dar una poderosa mano de ayuda! Ya sabes quién es. Es tu Padre celestial, a quien puedes recurrir mediante una plegaria, para que él te libere de tales sentimientos que empañan tu progreso y tu felicidad. Acompáñame en este ruego, y hazlo tuyo con la fe que tengas en tu corazón:
La plegaria del preocupado
Señor, me cuesta dormir y concentrarme,
siempre tengo un motivo para preocuparme.
La incertidumbre y el temor me confunden.
Necesito paz mental y fuerza espiritual.
Cualquier dificultad me preocupa,
cualquier contrariedad me agobia,
cualquier afán me desvela.
Necesito con urgencia tu ayuda…
Quita de mí toda enfermiza preocupación,
inunda mi alma de paz,
y aumenta mi confianza en ti.
Mora en mi corazón, y aleja de él todo temor.
Renueva mis pensamientos con tu presencia,
enséñame a depender más de ti,
transforma la corriente de mi vida,
y hazme feliz contigo para siempre.
Las palabras de esta plegaria muestran la impotencia humana para tranquilizar la mente y fortalecer el corazón. Pero a la vez, expresan la certeza de que Dios sí puede realizar esta obra en nuestro favor. ¡Cuánta eficacia puede tener una sola oración elevada con fe al Altísimo! ¡Él es la Fuente suprema para resolver todos los problemas humanos! Incluyendo, esa molesta preocupación que se agita en tu ser…
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