Kitabı oku: «El poder del amor y otras fuerzas que ayudan a vivir»

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El poder del amor

y otras fuerzas que ayudan a vivir

Enrique Chaij


Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires, Rep. Argentina.

Índice de contenido

Tapa

Prefacio

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

El poder del amor

y otras fuerzas que ayudan a vivir

Enrique Chaij

Diseño del interior: Giannina Osorio

Diseño de la tapa: Leandro Blasco / Nelson Espinoza

Ilustración del interior y de la tapa: Shutterstock

Libro de edición argentina

IMPRESO EN LA ARGENTINA - Printed in Argentina

Primera edición, e-book

MMXXI

Es propiedad. © 1989, 2021 Asociación Casa Editora Sudamericana.

Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723.

ISBN 978-987-798-336-4


Chaij, EnriqueEl poder del amor y otras fuerzas que ayudan a vivir / Enrique Chaij. - 1ª ed. - Florida : Asociación Casa Editora Sudamericana, 2021.Libro digital, EPUBArchivo digital: onlineISBN 978-987-798-336-41. Espiritualidad Cristiana. I. Título.CDD 248.5

Publicado el 20 de enero de 2021 por la Asociación Casa Editora Sudamericana (Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires).

Tel. (54-11) 5544-4848 (opción 1) / Fax (54) 0800-122-ACES (2237)

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Prefacio

Los máximos dirigentes mundiales confiesan sus limitaciones para resolver la crisis moral de nuestros días. Las diversas instituciones de bien público admiten sus escasos adelantos para elevar el comportamiento humano. Aun la escuela, la iglesia y el hogar reconocen su impotencia para modelar la vida individual y mejorar el quehacer colectivo.

Como consecuencia, un elevado porcentaje de la población de cualquier país se muestra frustrada y decepcionada. El optimismo decrece. La insatisfacción aumenta. Y, del corazón disconforme de millones de hombres y mujeres, brotan las preguntas: “¿Por qué estamos estancados?” “¿Por qué existe tanta maldad?” “¿Por qué no podemos cambiar el mundo?” “¿Por qué no tenemos más alegría?”

Y la respuesta a estos interrogantes quizá sea tan simple como dramática: todo se debe al egoísmo humano; al excesivo individualismo, que segrega a los hombres, y los vuelve fríos y hostiles entre sí. Esto es lo que el Dr. Enrique Chaij ha observado a lo largo de los años, y lo que señala en esta nueva obra de su pluma. Pero siempre lo hace para, luego, destacar EL PODER DEL AMOR como la fuerza ennoblecedora que cambia la vida y que también podría crear un mundo mejor.

Por lo tanto, usted encontrará aquí el frecuente contraste entre el egoísmo y el amor, la tristeza y la alegría, la enfermedad y la salud, la angustia y la paz, la incredulidad y la fe, la incertidumbre y la certeza, la desesperación y la esperanza. En un estilo cálido y ameno, los diferentes temas de la obra se irán enlazando como eslabones, para formar una cadena de pensamiento coherente, estimulante e inspirador.

Dondequiera que usted abra este libro, encontrará un comentario humano o una propuesta concreta que encenderá su anhelo de superación personal. Y la palabra será fácilmente comprensible, ya que siempre irá acompañada de la anécdota, la ilustración, la parábola o la información oportuna, que arrojarán luz y harán más cautivadora la lectura.

Esta obra tiene, también, una característica singular. Además de su ritmo ágil, posee la virtud de que buena parte de su contenido ya ha sido “probado”, pues ha sido previamente escuchado a través del programa “Una Luz en el Camino”. Millones de oyentes sintonizaron estas mismas palabras y se beneficiaron con ellas. Algunos desistieron de quitarse la vida, muchos resolvieron sus problemas personales y familiares, y todos alimentaron por igual su corazón. Y, ahora que ofrecemos estas palabras en forma escrita, no dudamos de que otro tanto ocurrirá con usted al leerlas reflexivamente.

“El amor me ha hecho una persona diferente”; “Mi vida ha cambiado por completo”; “Ahora tenemos paz y comprensión en nuestra familia”; “Mi incredulidad se ha derrumbado; ahora creo, y soy feliz”. Tales son algunos de los incontables testimonios expresados por los oyentes del programa. Y seguramente palabras parecidas a estas brotarán también de sus labios cuando termine de leer estas páginas, que señalan EL PODER DEL AMOR y otras fuerzas que ayudan a vivir. A este anhelo del autor, nos unimos calurosamente.

Los Editores

Capítulo 1


El amor en acción

El amor es la fuerza más poderosa del mundo. El hombre no muere cuando deja de existir, sino cuando deja de amar. “El que vive en amor, vive en Dios, y Dios en él” (San Juan).

¿Podría escribirse algo nuevo acerca del amor? ¿Existirá algún matiz del tema que aún no se haya descubierto? ¡Tan conocido y, a la vez, tan profundo! Común y misterioso. Humano y divino. Siempre dinámico, práctico, solidario y constructivo. Así es el amor.

En su mejor expresión, el amor nunca es estático o improductivo. Es la gran fuerza que energiza la vida y la llena de nobleza. No hay sentimiento humano que supere el amor, ni virtud que lo aventaje.

¡Cuán radiante es la vida con amor! ¡Cuán débil el mundo sin este poder!

¿Qué lugar ocupa el amor en la realidad cotidiana? ¿Abunda o escasea? Tal vez lo que ocurre con la Enciclopedia Británica insinúe alguna forma de respuesta. La primera edición de esta magna obra, que data del año 1768, dedicaba a la palabra “átomo” solamente cuatro líneas, mientras que a la palabra “amor” le dedicaba cinco páginas. Pero, curiosamente, en una de las ediciones de mediados de siglo XX, el término “amor” ni se menciona en dicha enciclopedia. En cambio, el comentario sobre el “átomo” ocupa cinco páginas completas. Y esta misma enciclopedia universal, en su edición de 1973, seguía sin mencionar la palabra “amor”, en tanto que al término “átomo” y sus derivados les dedica nada menos que ¡veinte páginas!

¿Nos dice algo este hecho realmente llamativo? ¿No será apenas una muestra de lo que está sucediendo también en la vida corriente de los seres humanos? Nuestro mundo sigue produciendo y acumulando mucha energía atómica, mientras que se va empobreciendo en su energía afectiva. ¿Por qué no ser más equilibrados, y colocar cada fuerza en su respectivo nivel, en lugar de eliminar o descuidar lo que debería ser prioritario?

¿Quién podría negar la importancia suprema del amor? ¿Existe acaso en el mundo algún poder mayor?

Muchos podrán considerar el amor como un mero impulso emocional, o como una simple expresión de bondad. Aun así, sería un bien de alto valor espiritual. Pero, el verdadero amor es mucho más que eso. Es la fuerza que despierta la voluntad, enciende el entusiasmo y enriquece la vida. Sin amor, todo languidece, y el mundo se llena de violencia y de maldad. Tanto en las relaciones familiares e interpersonales como en las de orden internacional, el amor fraterno sigue siendo el componente de mayor necesidad.

Podemos vivir sin todos los recursos y la fuerza del átomo, pero ¿quién podría vivir y convivir sin el poder del amor en su corazón? ¡Qué mundo de ensueño podríamos tener si supiéramos amar de verdad!

Indispensable

Poco tiempo después de la Segunda Guerra Mundial, en cierto orfanato de Europa se dio el caso de un grupo de 97 criaturas, cuya edad oscilaba entre los tres meses y los tres años, que –según el informe médico– enfermaron o murieron por falta de amor.

Las criaturas fueron vestidas y alimentadas convenientemente, y se les dio la atención médica que correspondía. Solamente faltaba un elemento. El personal de la institución era sumamente escaso, y cada enfermera debía cuidar a un grupo demasiado numeroso de huerfanitos desvalidos. Apenas sí podían alimentar, vestir y bañar a las criaturas. No tenían tiempo para estar a su lado, para consolarlas o para demostrarles alguna clase de afecto.

Después de tres meses de internación, aparecieron síntomas de serias anormalidades. Y, a los cinco meses, los niños habían agravado rápidamente. Algunos enloquecieron por causa de la soledad y el temor, 27 murieron en su primer año de vida y 7 más murieron en su segundo año. Otros 21 que lograron sobrevivir quedaron tan perjudicados por esta experiencia que fueron clasificados como neuróticos incurables. La falta de amor había destrozado la vida de más de la mitad del grupo.

Al reflexionar en esta triste experiencia, surge la inquietud: ¿No estará ocurriendo hoy en general algo parecido en nuestra sociedad? Mientras que el hombre continúa realizando sus grandes hazañas de conquista espacial, ¿no estará olvidando que conquistas aún mayores, y mucho más útiles, pueden lograrse para el bien de todos mediante el cultivo del amor puro y abnegado?

En este mismo tiempo en que tanto abundan las enfermedades de la mente, cuánto se podría hacer para prevenirlas o evitarlas si aprendiésemos a amarnos los unos a los otros. Todavía el amor sigue siendo la fuerza más poderosa, y no hay técnica o moral moderna que pueda desterrarlo sin que se sientan sus trágicos efectos. ¿Quién podría concebir una amistad sin amor, un hogar sin afecto, o un alma noble sin este principio superior que da sentido a la existencia?

La cortesía, el respeto, la afabilidad, la comprensión, la simpatía y tantas otras virtudes que abren puertas y hacen grata la vida no son más que frutos de esta fuerza que llamamos amor.

Un clamor universal

Un matrimonio sin hijos visitó cierto día el orfanato de la ciudad con el propósito de adoptar a uno de los niños. Y, en la conversación que mantuvieron con el muchachito que deseaban prohijar, le mencionaron todas las cosas hermosas que podría tener en el nuevo hogar. Pero, para asombro de ellos, el chico les preguntó: “¿Y nada más que una linda casa, juguetes y ropa nueva voy a tener?” “Bueno, ¿qué más te gustaría tener?”, le preguntó entonces la señora. A lo que el niño respondió: “Solo quiero que me amen”.

La espontánea palabra del chico encierra el gran clamor de la humanidad. Es cierto que nos atraen los bienes materiales, y que luchamos por adquirirlos. También es verdad que nos empeñamos por abrirnos paso y por conquistar una posición en la vida. Pero, si todas estas ventajas no van acompañadas por la seguridad de que somos amados, ¿qué valor tienen para darnos un poco de felicidad? Es que la mayor motivación de la vida, y lo que realmente la sustenta, ¿no es acaso la certeza de que somos apreciados por los demás?

Prodiguemos a nuestros hijos toda clase de comodidades; pero, si les retiramos el amor, vivirán desdichados y neuróticos. Brindémosle a nuestra esposa todos los elementos del confort moderno; pero, si la dejamos sin cariño, no podremos hacerla feliz.

En verdad, ¿no es la ausencia de este afecto sincero la causa de la mayoría de los problemas humanos? Solo el poder del amor genera bienestar y armonía entre los miembros de la familia humana.

La excelencia del amor

Si yo tuviera el don de hablar en lenguas extrañas, si pudiera hablar en cualquier idioma celestial o terrenal, y no sintiera amor hacia los demás, lo único que haría sería ruido.

Si tuviera el don de profecía y supiera lo que va a suceder en el futuro; si supiera absolutamente de todo, y no sintiera amor hacia los demás, ¿de qué me serviría?

Y si tuviera una fe tan grande que al pronunciar una palabra los montes cambiaran de lugar, de nada serviría sin amor.

El amor es paciente, es benigno; el amor no es celoso ni envidioso; el amor no es presumido ni orgulloso; no es arrogante ni egoísta ni grosero; no trata de salirse siempre con la suya; no es irritable ni quisquilloso; no guarda rencor; no le gustan las injusticias y se regocija cuando triunfa la verdad.

El que ama es fiel a ese amor, cuéstele lo que le cueste; siempre confía en la persona amada; espera de ella lo mejor y la defiende con firmeza.

Un día se dejará de profetizar, de hablar en lenguas, y el saber ya no será necesario. Pero siempre existirá el amor.

–San Pablo (de La Biblia al Día).

Amor mal entendido

La palabra amor se ha prestado a las acepciones más variadas y equivocadas. Muchos entienden que el amor es una pasión. Entonces, anulan su razón y ciegan sus ojos a toda realidad que no sea su propio sentimiento desbordado. De ahí que la pasión produzca estrechez de espíritu, y degenere en celos y egoísmo. La crónica policial da cuenta cada día de personas que decían “amar pasionalmente”. Lástima que terminaron dando muerte al objeto de su amor.

También suele confundirse amor con sexo. Y, entendiendo que el amor no tiene barreras y debe expresarse libremente, muchos se han convertido en obsesionados por el sexo. Han encontrado por esa vía el único modo de “gozar” de la vida. No buscan el amor abnegado, sino el placer genital como su objetivo final.

Cuántos de los que orientan así su conducta viven luego vacíos, cansados, enfermos de erotismo; pretendiendo amar y, sin embargo, no conociendo todavía lo que es el verdadero amor. El amor genuino está dispuesto a dar cariño, pero no a hacer del sexo el interés dominante de la vida.

Los Escritos Sagrados señalan el amor como un noble atributo divino que el Creador quiere compartir con sus criaturas. Por lo tanto, ¿no es nuestro privilegio ser celosos cultores de esta preciosa virtud, con la seguridad de que quienes así lo hacen disfrutan de una vida mejor?

Frente a la necesidad

En un esfuerzo heroico, el muchacho de tan solamente catorce años de edad fue capaz de levantar el tractor bajo cuya rueda trasera había caído su hermana. La muchacha había soltado demasiado pronto el embrague, mientras estaba manejando el vehículo. De manera que las ruedas delanteras se encabritaron bruscamente. Y esto motivó que la chica cayera hacia atrás y quedara apresada debajo de una de las ruedas. Su joven hermano pudo desplegar suficiente fuerza como para levantar el tractor y liberar a su hermana de tan grave peligro.

Días más tarde, cuando el muchacho quiso mostrar a sus amigos cómo había levantado el tractor, fue incapaz de separarlo un solo centímetro del suelo. La gravedad del accidente y el deseo de salvar a su hermana le habían dado una fuerza casi sobrenatural. ¡Qué cosa no somos capaces de hacer los seres humanos en un momento de necesidad extrema!

Pero ¿hemos de revelar heroísmo y grandeza de corazón únicamente cuando nos veamos frente a un peligro de grandes proporciones? Acaso ¿no nos encontramos todos los días ante situaciones críticas, que también deberían incitarnos al amor fraterno y al espíritu de buena vecindad? Continuamente estamos rodeados de necesidades. Es la madre que necesita nuestra ayuda, el amigo que busca nuestro consejo, el hijo que requiere nuestro apoyo, el compañero que necesita de nuestra sonrisa.

Todo el mundo está en crisis: el hogar, la escuela, la felicidad individual y aun la fe de los cristianos. Por lo tanto, este tiempo reclama nuestra sensibilidad humana y exige que nuestras fuerzas morales sean puestas al servicio del bien. ¿No hemos de mostrar, entonces, el poder del amor desinteresado, aun a través de las acciones más pequeñas?

Una sonrisa cálida, una palabra amistosa, un saludo amable, un elogio sincero bastan a veces para sacar a alguien del pozo del desánimo. Y ese gesto, en apariencia tan intrascendente, puede tener tanto valor como la fuerza que hizo el muchacho para salvar a su hermana de la muerte.

¿Por qué no nos proponemos demostrar esta clase de espíritu generoso? No pretendamos que los demás sean los primeros. ¿No podríamos nosotros tomar la iniciativa? Entonces, nos sorprenderemos viendo cómo los demás nos devolverán con la misma moneda.

Comprensión

Cierta noche, un hombre viajaba en el coche dormitorio de un tren, y no podía conciliar el sueño debido a que la criatura que llevaba su compañero de viaje lloraba y lloraba sin cesar. Hasta que, finalmente, el primer hombre exclamó impaciente: “¡Por qué no estará con su madre ese chico, para que podamos descansar un poco!” Entonces, el compañero de viaje le dijo: “Señor, quisiera poder hacer precisamente eso, pero mi esposa, la madre de esta criatura, falleció ayer. Su cadáver está en el vagón de carga y la estamos trasladando a nuestra ciudad para sepultarla allá”. Enterado de este hecho, el hombre que había protestado se arrepintió de sus palabras, y se puso a cuidar a la criatura, a fin de que el entristecido padre pudiera descansar un poco.

¿No pinta este incidente una debilidad humana muy común? Como aquel pasajero, censuramos y criticamos al prójimo, sin conocer las razones que lo llevan a actuar como lo hace. Si antes de pronunciar un juicio acerca de alguien nos interesáramos en ver por qué obró o dejó de obrar como lo hizo, cuánto menos usaríamos el índice acusador.

Es posible que, si nos colocáramos más a menudo en el lugar de los demás para comprenderlos, actuaríamos del mismo modo que ellos. Pero, la crítica es un hábito tan irreflexivo que casi siempre nos lleva a hablar sin darnos tiempo para averiguar los motivos de las acciones ajenas. Por eso, cuán sabio es comprender antes que censurar.

Ese compañero de trabajo que parece poco amigable, quién sabe qué problemas tendrá en su hogar o en su propia intimidad. Ese joven que no asimila lo que estudia, quién sabe cómo estará de salud, o quién sabe si no estará haciendo todo el esfuerzo que puede. Esa mujer criticada por sus vecinas por la forma en que cría a sus hijos, ¿no será que obra así porque le falta apoyo en su hogar?

Hay tantos motivos que pueden explicar por qué la gente obra de una determinada manera, que la crítica a menudo es injusta y solo entristece el alma de quien la recibe.

Sin querer, a veces somos como los buitres, que pueden volar por encima de un jardín colmado de flores hermosas, sin ver una sola de ellas. Pero, si cruzan un monte donde hay un cuerpo descompuesto, enseguida lo ven y se dirigen a él. Sí, con frecuencia nos espaciamos en ver lo negativo de otros, y pasamos por alto sus virtudes.

¡Si tan solo pudiéramos comprender! En tal caso, cuánto más positivos seríamos, y cuánto bien podríamos comunicar.

Fuerza transformadora

El joven soldado se mostraba incorregible. Parecía tener instintos indomables. Ya se lo había amenazado, castigado y arrestado. No se sabía qué más hacer con él. El sargento que más lo había tratado ya estaba desorientado por la conducta rebelde del soldado. Hasta que un día le comentó el problema al capitán de la compañía, para ver qué podrían hacer.

Después de analizar el caso, el capitán le sugirió al sargento que, ya que había probado todos los métodos, sin resultado, probara ahora el amor. Y en eso quedaron. El sargento llamó entonces al soldado y, poniéndole la mano sobre su hombro, le habló de esta manera: “Mira, muchacho, hasta aquí hemos usado contigo el rigor de la ley, pero no has reaccionado. ¿Qué pasa contigo? ¿Hay algo en que yo te pueda ayudar?” El soldado quedó confundido y, lleno de vergüenza, prometió formalmente cambiar de conducta. Y cambió. Lo que no había logrado la dura disciplina ahora lo lograba el poder del amor.

En todo momento y lugar, el amor puede obrar milagros. Cuando todos los otros recursos fallan, los problemas humanos más variados suelen superarse con la caridad. Aun muchos problemas de salud no necesitan otro remedio que el del amor, que se ha mostrado como uno de los factores terapéuticos más potentes. Cuando falta el amor, falta también el empuje y hasta el deseo de vivir. Esto es a tal punto cierto que, cuando una persona pierde la capacidad de amar o de ser amada, su mente tiende a enfermar.

Una vida afectiva sana promueve la salud, difunde calor humano y encuentra en la expresión del amor el mejor camino hacia la felicidad y la paz interior. Por lo tanto, si en nuestro corazón pugnan por brotar sentimientos de enemistad, ¿no ejerceremos, en cambio, el poder mágico del amor? Cuando Dios quiso redimir al mundo, no usó la fuerza sino el amor. “Haya, pues, en vosotros este sentir” (Filipenses 2:5).

El viento y el Sol

¿Recuerda la fábula del viento y el Sol? El viento quería demostrarle al Sol que él, con su tremenda fuerza, le arrancaría a un hombre el abrigo que llevaba puesto. Pero, a pesar de sus violentos esfuerzos, lo único que consiguió el viento fue que la ropa del caminante se le pegara aún más a su cuerpo. Demostró tener fuerza, pero no pudo lograr que el hombre se quitara el abrigo. Entonces, le tocó el turno al Sol.

Desde la mañana, el sol comenzó a entibiar la tierra. Sus cálidos rayos lentamente hicieron entrar en calor al caminante, hasta que por fin este se quitó su abrigo con total naturalidad. Lo que no había logrado la violencia del viento lo consiguió la suavidad del sol. ¿Advertimos la moraleja de la fábula? ¡Cuánto más conseguimos en las relaciones humanas con suavidad que con violencia!

Mientras que el espíritu agresivo tiende a despertar en los demás una reacción idéntica, la manera delicada de actuar asegura una feliz convivencia, y hasta desarma la furia del agresor. Así lo afirma el sabio Salomón, cuando escribe: “La blanda respuesta quita la ira; mas la palabra áspera hace subir el furor” (Proverbios 15:1).

¡Cuánto necesitamos reavivar la virtud de la suavidad y la delicadeza en nuestro trato con los demás! Hablando acerca de la delicadeza, Juana Revert dice: “Sin esta cualidad, el hombre más inteligente no merece llamarse caballero, y la mujer más perfecta no alcanza a ser una dama. La delicadeza no se explica, hay que asimilarla”.

¿No cree usted que la grosería y la prepotencia mancillan el carácter y ahuyentan a los demás? En cambio, la fuerza de la bondad siempre supera en resultados a los atropellos del irrespetuoso. Un pedido amable vale más que una fría orden. El trato cortés y gentil produce mejores dividendos que el dinero manejado con egoísmo. Una palabra de gratitud sincera es más preciosa que la lisonja. Y un gesto de comprensión hacia el débil puede mucho más que cualquier acusación. Proceder de este modo equivale a obrar con la tibieza del sol, antes que con la furia del viento, que nada consigue.

¡El viento y el Sol! ¿A cuál de los dos se parece usted en su vida de relación, dentro y fuera de su hogar?

Es dando como recibimos

Dos amigos habían salido de viaje por las frías estepas de su país. Pero, repentinamente, se levantó una terrible tormenta de viento y de nieve, que puso en peligro la vida de los viajeros. La gran distancia a la que se encontraban de la población más cercana los obligó a continuar aceleradamente el viaje. Poco después, uno de ellos se sintió exhausto, y le expresó a su amigo el deseo de descansar un momento en medio de la nieve.

Si se detenían, ambos corrían el riesgo de morir congelados. De modo que el menos cansado se puso firme e impidió que su compañero se detuviera en el camino. Además, le comenzó a friccionar y a mover sus miembros semiendurecidos. Como resultado, ambos entraron en calor, tanto el que recibió como el que dio los enérgicos masajes. Enseguida continuaron viaje, y así se salvaron de una muerte segura.

En el viaje de la vida, a cada paso nos encontramos con espíritus congelados por la apatía, la indiferencia, la maldad o el dolor. Parecería tratarse de personas abatidas por las tormentas del mal y la desorientación. Y, si nuestra actitud frente a estos desdichados compañeros de viaje fuera solo de contemplación, ¿podríamos soportar verlos sucumbir en medio del camino?

En todo lugar, en el hogar, en el taller, en la oficina, en el aula o quizás en la calle, la necesidad del hermano nos puede dar ocasión de brindar calor humano y ayuda fraterna; con esta ventaja: el que da también recibe. Como ocurrió con el viajero del relato, quien por haber evitado el congelamiento de su compañero lo evitó en sí mismo también.

Es sembrando en el terreno ajeno como cosechamos en el nuestro propio. Es procurando la felicidad del hermano como encontramos también la nuestra. Es compartiendo el bien con el prójimo como recibimos copiosas bendiciones del Altísimo. ¿Cree usted en esto?

“Haz tú lo mismo”

Nos acercábamos a la ciudad de Jericó, en el sur de Palestina, cuando el guía hizo detener el ómnibus, para señalarnos un angosto camino de tierra que atravesaba la ruta principal. “¿Qué será eso?”, nos preguntamos. Y, antes de que se escuchara nuestra pregunta, el guía nos indicó que dos mil años atrás, en ese viejo camino de tierra, había sido robado y mal herido un judío que viajaba hacia Jericó. Entonces, de inmediato recordamos el resto de la historia. Pasaron por el lugar un sacerdote y luego un levita, pero ambos se limitaron a mirar al infortunado, se compadecieron de él y siguieron su camino sin brindar ayuda.

Finalmente pasó por allí mismo un samaritano, un enemigo acérrimo de los judíos. Y cuando este vio al hombre agonizante, se olvidó de su enemistad y de los odios nacionales. Lo único que vio fue un hombre urgentemente necesitado de ayuda. Y, sin vacilar, lo socorrió con amor fraternal. Le vendó las heridas y, colocándolo sobre su cabalgadura, lo llevó a un mesón, cuidó de él y pagó todos los gastos.

Esta simple historia narrada por Jesucristo es conocida como la historia del “buen samaritano”. Y el Maestro terminó su relato diciendo: “Vé, y haz tú lo mismo” (S. Lu­cas 10:37).

Mientras el guía nos mostraba aquel sitio histórico, íntimamente pensé: los siglos han pasado, y todavía seguimos viendo a seres que buscan con ansiedad una mano samaritana, impregnada de amor. Esa mano puede ser la suya o la mía. ¡Hay tantas necesidades a nuestro lado! Claro, tenemos nuestras “razones”. Que la gente es mal agradecida. Que es mejor no complicarse la vida. Que antes de pensar en los demás tenemos que pensar en nosotros mismos. En resumen, la actitud fácil y egoísta del que se lava las manos, y dice: “No te metas”.

Este es el mundo en el cual nos ha tocado vivir. Cargado de corazones fríos e indiferentes hacia la necesidad del hermano. Hombres y mujeres que, incluso, se llaman “cristianos” pero que, cuando deben mostrarse como tales en favor del alma afligida, inventan mil excusas o se hacen aun lado para no ver al necesitado.

Si usted y yo hubiéramos pasado junto al hombre robado y herido, ¿habríamos actuado como el buen samaritano? ¿Somos hoy capaces de socorrer al extraño que llora en la vía pública, al accidentado en la ruta, o al desdichado que no tiene qué comer?

¿Qué clase de amor fraternal practicamos con el menos favorecido? ¿No valdría la pena analizar un poco la clase de corazón que tenemos hacia nuestro prójimo? Decía el poeta:

¿Sabes tú lo que vale para un ser ya vencido

en la lucha de la vida un socorro tener?

¿Sabes tú cuánto alivio y consuelo se siente

cuando a tiempo una mano se nos llega a tender?

Ten en cuenta que nadie en el mundo está exento

de dolores y penas y de dar un traspié;

y que al más saludable, más fuerte y más rico

bien le viene en la prueba un alivio tener.

Las mejores piedras

Un hombre contemplaba con verdadero deleite la famosa colección de piedras preciosas que tenía un amigo. El brillo, las formas y los colores de esos tesoros lo habían dejado deslumbrado, cuando el dueño de la colección le dijo: “Ven ahora por aquí, te mostraré las dos piedras mejores que tengo en mi casa”.

Y, a continuación, le mostró dos grandes piedras para moler trigo. El amigo visitante quedó confundido en un principio, pero enseguida entendió. Las otras piedras, aunque preciosas, eran simplemente parte de una colección, pero no prestaban utilidad alguna. En cambio, esas dos piedras rústicas, sin brillo ni color atrayente, prestaban un servicio práctico y útil a su dueño: le proporcionaban el pan de cada día.

¿No es esta una lección válida para todos los tiempos y todas las personas? Vale más el que más sirve, y no el que más impresiona o el que tiene la habilidad de hacerse servir. Por eso, descuellan tanto las palabras milenarias de Jesús, quien dijo que no había venido “para ser servido, sino para servir” (S. Mateo 20:28).

Y esto lo dijo para condenar la actitud ambiciosa de sus discípulos, cuando estos expresaron su deseo de poseer un puesto de preeminencia en el reino terrenal que creían que su Maestro iba a establecer. Por eso, también les dijo: “El que quiera hacerse grande entre vosotros, será vuestro servidor; y el que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro siervo” (vers. 26, 27). ¡Qué reto y qué lección encierran estas palabras! Pero, a la vez, ¡qué ejemplo admirable contiene la vida de quien las pronunció!

Cuán a menudo se busca la mayor recompensa con el mínimo de servicio, o el puesto más elevado para trabajar menos. Pero, la enseñanza del gran Maestro señala que el más apto y el más grande a la vista de Dios es aquel que posee mayor capacidad y disposición para brindarse en bien de los demás.

Esta es la manera en que se comporta la propia naturaleza. Como dijera Gabriela Mistral: “Sirve la nube, sirve el viento, sirve el surco”. Y añade: “El servir no es faena solo de seres inferiores. Dios, que da el fruto y la luz, sirve... Y tiene sus ojos fijos en nuestras manos, y nos pregunta cada día: ¿Serviste hoy? ¿A quién? ¿Al árbol, a tu amigo o a tu madre?”

Cuando decimos que tal o cual cosa “no sirve”, es porque está de más y la tiramos a la basura. Algo parecido ocurre con nosotros. Si no servimos como Dios desea, ¿de cuánto valemos, o qué finalidad tiene nuestra vida? Alguien dijo: “Quien no vive para servir no sirve para vivir”.

Servir

Solo tengo una vida,

una vida, no más.

¿En qué habré de emplearla?

¿En odiar o en amar?

¿Odio? Ya hay bastante en el mundo,

bastante rencor.

¿Por qué he de aumentarlos,

si lo que hace falta es amor, mucho amor?

Si alguno me ofende,

si alguno procura mi mal,

hay un daño al menos que no ha de causarme

y es hacerme odiar.

Si pienso tan sólo en el bien de los otros y me olvido de mí,

no hay ninguna ofensa que me pueda herir.

La vida es tan breve y hay tanto de bueno que hacer que no tengo tiempo para aborrecer.

La vida es tan corta, y tanto hay que servir y ayudar

que no tengo tiempo sino para amar.

Ya no quiero riquezas, ni gloria, ni fama, ni poder para mí:

solo quiero el gozo de amar, y ayudar y servir.

–Gonzalo Báez Camargo

Receta médica

Al renombrado psiquiatra Karl Menninger le preguntaron cierta vez qué debe hacer una persona que se da cuenta de que está a punto de sufrir un colapso nervioso. Por extraña que parezca su respuesta, él no dijo que era necesario consultar a un psiquiatra, sino que aconsejó: “Debe cerrar su casa con llave, ir en busca de alguien que se encuentre necesitado y hacer algo por él”.

De esta manera, mediante una terapia tan sencilla, el experimentado alienista ofrecía un remedio eficaz para la mente enferma. Indicaba así que la vida que se da, la que renuncia al interés egoísta, es la que puede gozar de mejor salud emocional. Si el mundo pudiese despertar a esta gran realidad, cuán rápidamente se reduciría el número de enfermos mentales y espirituales, sin necesidad de tantos somníferos o drogas para llevar reposo al alma atribulada.

Dice un lema cuáquero: “Pasaré por este mundo una sola vez. Si hay una palabra bondadosa que yo pueda pronunciar, si hay alguna buena acción que yo pueda realizar, diga yo esa palabra ahora, haga yo esa acción, pues no pasaré más por aquí”. Somos tan solo pasajeros de tránsito en este mundo. Por lo tanto, ¿no hemos de aprovechar toda ocasión para hacer el bien? Hay oportunidades en la vida que no se repiten jamás. Además, quien cultiva la bondad práctica tonifica su organismo, suaviza su humor, y favorece su salud mental y espiritual.

Hoy, cuando la ciencia médica enaltece así el valor del amor fraterno, cuánto más fácil es comprender las palabras de Jesús: “Más bienaventurado es dar que recibir” (Hechos 20:35). “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (S. Mateo 22:39). O aquellas otras palabras de San Juan, que dicen: “El que no ama a su hermano –a su prójimo– permanece en muerte” (1 S. Juan 3:14).

Si deseamos gozar de una buena salud emocional, si anhelamos tener satisfacciones profundas en nuestro trato con los demás, ¿no hemos de cultivar el amor servicial y desprendido, bebiendo cada día de la Fuente suprema del amor?

Tres niveles

Según la actitud que tengamos hacia el prójimo, podemos vivir en tres niveles diferentes. Señalemos primeramente el nivel malvado, que consiste en devolver mal por bien. Esta es la modalidad del mezquino y desagradecido, que no es capaz de mostrarse bueno ni aun con aquellos que le brindan afecto y amistad. Es el alma que siempre está pensando cómo obtener ventaja de los demás y cómo triunfar, aunque sea en perjuicio ajeno.

En segundo lugar, existe el nivel que podríamos llamar humano. ¿En qué consiste esta forma de vida? En devolver mal por mal, o bien por bien. Es decir, obrar con el prójimo del mismo modo en que él procede con nosotros. “Alguien es bueno conmigo; yo soy bueno con él. Pero que no se le ocurra hacerme algún mal, porque le devolveré de la misma manera”.

Aparentemente, esta es una forma justa de obrar. Sin embargo, considerada a la luz de la enseñanza de Cristo, es una actitud errada y egoísta hacia nuestro hermano. Es como decirle: “Yo estaré dispuesto a darte solamente lo bueno que tú me des, ni más ni menos. Pero, si me hieres, lo mismo recibirás de mi mano”. ¿No es ésta la filosofía de vida más común y corriente?

Al respecto, Jesús dijo: “Si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? Y si hacéis bien a los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis? Porque también los pecadores hacen lo mismo” (S. Lucas 6:32, 33). En esta forma de proceder no hay mayor virtud.

El verdadero valor radica en el tercer nivel, que podríamos llamar divino, o cristiano, porque nos mueve a devolver bien por mal. Esta es la modalidad del espíritu generoso, capaz de amar a quien incluso no lo merece. Tal es la enseñanza de Cristo, cuando dijo: “Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os aborrecen; bendecid a los que os maldicen” (vers. 27, 28).

¿Estamos viviendo en este elevado nivel de conducta? ¿Cultivamos el amor fraterno aun hacia nuestros enemigos? ¿Tenemos suficiente amor como para perdonar a quienes nos ofenden? ¿Cómo somos en este terreno?

Siempre conviene amar. “El amor nunca se pierde. Si no es correspondido, fluirá hacia atrás y purificará el corazón” (W. Irving).

“A menudo nos dejamos perturbar por pequeñeces que deberíamos despreciar y olvidar. Quizá se muestre ingrato un hombre a quien favorecimos, tal vez se exprese mal de nosotros una mujer en cuya amistad confiábamos, o nos rehúsen una recompensa de la cual nos creíamos merecedores. Estos desengaños, por herirnos en lo más profundo, nos privan del sueño y ponen trabas a nuestra labor. Pero ¿no es absurdo que sea así?

“Por unas pocas docenas de años que vamos a vivir, ¿podríamos malgastar horas valiosas recordando contrariedades que en breve nadie recordará, ni siquiera nosotros mismos? No, no hagamos tal. Consagremos la vida a acciones y sentimientos que valgan la pena, a pensamientos superiores, a afectos sólidos y a empresas duraderas. La vida es muy corta para hacerla pequeña” (André Maurois).

Dar

Todo hombre que te busca va a pedirte algo.

El rico aburrido, la amenidad de tu conversación;

el pobre, el dinero;

el triste, un consuelo;

el débil, un estímulo;

el que lucha, una ayuda moral.

Todo hombre que te busca

de seguro va a pedirte algo.

Y tú ¡osas impacientarte!

Y tú ¡osas pensar: “ Qué fastidio”!

¡Infeliz!

¡La ley escondida que reparte misteriosamente las excelencias

se ha dignado otorgarte

el privilegio de los privilegios,

el bien de los bienes,

la prerrogativa de las prerrogativas:

¡Dar!

¡Tú puedes dar!

¡En cuantas horas tiene el día, tú das,

aunque sea una sonrisa,

aunque sea un apretón de manos,

aunque sea una palabra de aliento!

Deberías caer de rodillas ante el Padre y decirle:

“¡Gracias, porque puedo dar, Padre mío!

Nunca más pasará por mi semblante

la sombra de una impaciencia”.

“¡En verdad os digo que más vale dar que recibir!”

–Amado Nervo

Capítulo 2


El amor en el hogar

El amor construye la felicidad del hogar, y asegura la buena formación de los hijos. La comunicación afectuosa entre los esposos fortalece el matrimonio y acrecienta el bienestar de toda la familia.

Este segundo capítulo está dedicado a la convivencia afectiva de la familia. Sin embargo, de manera especial se concentra en la sociedad matrimonial, establecida y sostenida sobre la base del amor. He aquí el ejemplo de una familia impregnada de amor.

En una aldea remota de la India, donde casi no se conocen las frutas, un niño le hizo cierto trabajo a una señora, y esta en retribución le obsequió un hermoso racimo de uvas. El chico acarició entre sus manos el racimo. En esa tarde calurosa, cuán bien le venían esas uvas.

Pero el niño pensó: “Mi papá está trabajando en el campo, y estará cansado y sediento. Le voy a llevar las uvas a él”. El padre las recibió con mucha alegría, pero pensó: “Las guardaré para mi hija, para cuando me traiga la merienda. Ella está un poco inapetente, y quizá las coma con agrado”.

Cuando la chica recibió el racimo de manos de su padre, dio un grito de felicidad. Pero, de regreso a su casa, durante el trayecto se dijo para sí: “Guardaré estas uvas para mamá, porque la pobre está tan cansada, y tan pocas veces podemos comer fruta...”

Aquella noche, cuando la humilde familia terminó de cenar, la madre anunció: “¡Tengo una sorpresa de postre!” Y, al instante, colocó sobre la mesa aquel hermoso racimo de uvas que ninguno había comido durante el día.

¿Qué fue lo que indujo a cada miembro de esa familia a no comer el codiciado racimo, sino el amor del uno para con el otro?

¿En qué otro sitio mejor que en el hogar podría y debería expresarse el amor? En el mundo exterior podrá haber violencia, egoísmo y frialdad. Pero, en el refugio cálido del hogar no debería faltar el afecto leal y profundo. Sin embargo, lamentablemente, cuán a menudo los hogares carecen del ingrediente primordial del amor. Y las consecuencias no se hacen esperar. Mientras que el amor construye el hogar y la vida de sus moradores, el desamor divide y desintegra a la familia.

Todos estamos de acuerdo en que hace falta más amor en la Tierra. Pero ¿recordamos siempre que solo cuando tengamos más amor en nuestros hogares lo tendremos también en el mundo? Considere con corazón abierto las reflexiones del presente capítulo, y vea cómo acrecentar el amor en el seno de su familia.

Solo cuatro palabras

Aquí está la fórmula mágica de las cuatro palabras. Una fórmula que da los mejores resultados cuando entre los esposos surge algún desencuentro o alguna violenta desavenencia.

Cierto matrimonio que estaba a punto de naufragar llegó a conocer el contenido de esta fórmula y, gracias a ella, salvaron su hogar. La mujer se había vuelto fría con su marido. No lo atendía como antes, ni tampoco mostraba demasiado interés en el arreglo general de la casa. Para peor, había comenzado a consumir dosis cada vez más elevadas de bebidas alcohólicas. El marido estaba seriamente preocupado; no sabía cómo ayudar a su esposa para que volviera a ser la mujer amante y diligente de los años pasados. Varias veces le había hablado con suavidad. Sin embargo, ella siempre había reaccionado con términos ofensivos y violentos.

Pero llegó el día cuando su esposo se encontró con uno de sus amigos, quien también había tenido serios problemas conyugales, pero que los había superado utilizando la fórmula de las cuatro palabras. El marido de nuestro relato volvió entonces ese día a su casa, dispuesto a poner en práctica la fórmula recién aprendida. Saludó a su mujer, como de costumbre, y se colocó a su lado para hablarle. Y, cuando ella comenzó a reaccionar con enfado, él la sorprendió con estas palabras: “Querida, yo te amo”. La mujer entonces enmudeció, miró fijamente a su esposo, y le preguntó: “¿Es verdad, Daniel, lo que me estás diciendo?” “¡Por supuesto, Rosana! ¡Siempre te he querido!” Y esas cuatro palabras –“Querida, yo te amo”– cambiaron el corazón de la mujer; y a partir de ese día cambió también todo su hogar.

Señor, ¿está usted preocupado porque en su matrimonio hay algo que no marcha bien? ¿Por qué no se fija entonces, para ver si no es la falta de amor lo que está enfermando su felicidad conyugal? Pregúntese con sinceridad: “¿Soy yo afectuoso con mi esposa? ¿La rodeo de amor o soy indiferente con ella?”

Y usted, señora, que a veces está preocupada por el comportamiento frío de su esposo, y que quisiera ser más feliz al lado de él, pregúntese: “¿Amo de veras a mi marido? ¿Se lo digo de vez en cuando?” Usted también puede utilizar con buenos resultados la citada fórmula de las cuatro palabras.

Si nos olvidamos del amor, y si no se lo expresamos a nuestro cónyuge, entonces, ¿qué sentido tiene el matrimonio? ¿Cómo podríamos aspirar a ser felices dentro del hogar? Es más, ¿cómo podríamos criar hijos alegres y bien desarrollados, si ellos no respiran una atmósfera de amor en el hogar? Puede desaparecer todo entre marido y mujer, pero si permanece el amor entre ellos, el matrimonio y el hogar –con la bendición de Dios– continuarán intactos y unidos.

Un amor que no disminuye

Dos hermanitos se encontraban jugando en el altillo de su casa. De repente, uno de ellos encontró un paquete bien atado desde hacía mucho tiempo. Al abrirlo, descubrieron que allí estaban las cartas que sus padres se habían escrito antes de casarse. Ambos comenzaron a leer con mucha curiosidad. Hasta que uno de ellos exclamó: “Parece que antes mamá y papá se querían más que ahora”.

¡Cuántas expresiones bonitas, cargadas de amor, habrán leído los dos hermanitos en esas cartas! Pero, lo que ellos no podían entender era por qué sus padres ya no se trataban de esa manera. Aquí se encuentra el primer deber de los esposos: prodigarse mutuamente un amor fiel y creciente.

Cuán a menudo, en lugar de crecer, en muchos matrimonios el amor tiende a estancarse o a disminuir. Y, si el afecto conyugal está debilitado, ¿cómo podría reinar la armonía en el hogar? Como esposos, bien podríamos preguntarnos: ¿Amo hoy a mi mujer tanto como el día cuando nos casamos? ¿Soy tan comprensivo y cortés con ella como en aquellos tiempos primeros?

Si el marido y la mujer se tratan con amor entrañable, con mayor facilidad podrán cumplir su papel de padres. Él podrá ser un buen jefe del hogar, y ella una eficiente ama de casa. Ambos serán dignos del amor y del respeto de sus hijos. Además, disfrutarán juntos de la paz y la dicha familiar.

Y ahora, también una palabra sobre los hijos. ¿Qué función les cabe a ellos para hacer más feliz el hogar? El buen hijo se muestra cariñoso con sus padres, se lleva bien con sus hermanos, colabora en los quehaceres domésticos, valora el esfuerzo de su padre y los desvelos de su madre. Además, se muestra diligente en sus estudios y trabajos. Y, cuando está fuera de su casa, sabe honrar el nombre de sus padres. Pero, sobre todo, como resultado de su amor filial, el buen hijo es obediente a sus padres. No discute con ellos, sino que procura complacerlos, porque sabe que ese es el mejor camino para su formación juvenil.

En suma, en un hogar bien establecido, nadie piensa cuánto puede sacar para su provecho egoísta, sino más bien cuánto puede dar para la felicidad de los otros. Sin embargo, para poseer este espíritu, se necesita la fuerza divina. Si Dios no está, el egoísmo puede invadir a la familia. Pero, si él está presente, el hogar se colma de felicidad. ¡Vale la pena probarlo!

Se lo pide su hijo

Un niño oyente de nuestra audición, de apenas doce años de edad, nos cuenta en su carta cuánto sufre al ver que sus padres discuten y pelean entre sí. Y el chico añade que, a veces, su papá y su mamá pasan hasta dos o más semanas sin hablarse, después de alguna reyerta conyugal.

El dolor que destila el corazón de este niño representa a los muchos otros hijos –niños y jóvenes– que deben ser testigos de escenas parecidas, protagonizadas por sus padres. Y, con su desventura, van arrastrando también su soledad y sus temores. Hijos inocentes, cuya única “culpa” consiste en tener padres que no han aprendido a convivir con amor y unidad. ¿Nos extrañaríamos de que, años más tarde, esos mismos hijos acusen una fuerte neurosis, sean resentidos sociales, o bien padezcan el estigma de cualquier otro trauma emocional?

Con su dolor de hoy, esos hijos claman por vivir en un hogar mejor establecido. Es como si, en medio de su inseguridad y su impotencia infantil, estuvieran suplicando: “Papá y mamá, llévense bien, no me mortifiquen con sus peleas. Vivan unidos y en paz. Cada vez que se dicen palabras hirientes, es como si los dos juntos me estuvieran castigando a mí”.

Podría pensarse que, para educar bien a nuestros hijos, bastan la escuela, el pan y la vivienda. Pero, por encima de estos derechos básicos que le asisten a todo hijo que llega al mundo, está el derecho –y más aún, la necesidad– de ser amado en un ambiente de paz, donde sus progenitores convivan en armonía y se dispensen afecto sincero.

Quizá la clave de todo esto consista en saber retener el cariño de los días del noviazgo, cuando ambos parecían vivir una dicha sin sombras. Si tal experiencia se prolonga en el estado matrimonial, los esposos podrán vivir unidos y ser mejores padres.

¡Por una pequeñez!

¿Cuál suele ser el origen de las riñas conyugales? En la inmensa mayoría de los casos, todo comienza por motivos insignificantes.

Cierta vez, un colega mío se encontraba de visita en la casa de un matrimonio amigo. Y, cuando se acercó la hora en que los dueños de casa iban a llevar al aeropuerto al visitante, este preguntó cuántos minutos demorarían en llegar. “Oh, en 25 minutos podremos estar allí”, contestó el jefe de la familia. Pero la esposa, que se estaba cambiando en la habitación contigua, dijo: “De aquí al aeropuerto tenemos 30 minutos, y no 25”. Entonces, el esposo le replicó con energía: “¡Te digo que son 25!” “Pero si nunca has hecho ese trayecto en 25 minutos, y jamás lo harás”, volvió a contradecir la mujer. Las voces se fueron levantando de tono y de volumen, hasta que el esposo concluyó: “¡Si yo digo 25 minutos, serán 25 minutos!” A lo cual, la señora añadió: “Como serán 30 minutos, creo que nuestro amigo perderá su avión”.

Esos cinco minutos de diferencia arruinaron el día de aquella pareja. Y, si por un hecho tan baladí esos esposos discutieron tanto, ¿podemos imaginar las tormentas conyugales que se levantarán en ese hogar frente a problemas de real magnitud?

¿Por qué no usar el tono amable cuando debemos discrepar con nuestro cónyuge? ¿Por qué arruinar la armonía y la felicidad de toda la familia por pequeñas diferencias, que con un poco de madurez podrían desaparecer o disimularse?

Cuando se magnifica lo insignificante, pero a la vez se descuidan los hechos realmente importantes del hogar, se incurre en una triste inmadurez emocional que aniquila todo sentido de proporción. Entonces surgen los malentendidos, las desavenencias y las reyertas hogareñas, que lastiman el corazón.

¿No deberíamos actuar y convivir con ternura dentro de nuestro hogar? Como esposos, ¿no deberíamos olvidar los malos momentos que pudimos haber tenido en lo pasado, para construir una dicha sin sombras en el seno de nuestra familia?

Para alcanzar este digno propósito, ¿sabía usted que Dios puede concedernos su poderosa ayuda? Tan solo debemos pedirla en oración, y él obrará en nuestro favor.

Señora, ¿se aplica esto a usted?

Un hombre de mediana edad nos escribe para contarnos que su esposa siempre se muestra fría con él. A ella no le interesan las demostraciones de cariño de su marido. Y, cuando él, con justa razón, la invita a ser más afectuosa, ella simplemente le contesta “que la época del noviazgo ya pasó y que ahora el amor se demuestra de otra manera”. El buen esposo de esta mujer está muy preocupado, y piensa qué será de su matrimonio si su esposa sigue mostrándose de ese modo.

Señora, ¿le cuesta a usted aceptar el afecto de su marido, expresado en cualquier momento del día e incluso en el lecho matrimonial? Piense por qué. Si la falla está en él, o en usted, o en ambos, ¿no cree que corresponde hablar y llegar a un acuerdo para remediar la situación? De lo contrario, si el amor –que es la esencia misma del matrimonio– está enfermo y no se sabe expresar ni tampoco aceptar, llegará el momento cuando ambos perderán interés en seguir viviendo juntos.

¿Por qué, señora, usted dice que en el noviazgo sí era agradable el amor, y que ahora de casados ya no le interesa? Piense si realmente puede ser atractivo el hogar para su marido si, cuando él regresa a su casa al fin de cada jornada, no puede brindarle a usted un poco de cariño, ni tampoco recibirlo de usted, que es su esposa legítima.

Señora, ¿comprende que de esta manera usted está rechazando a su esposo, y casi lo está provocando para que él busque algún otro amor fuera del hogar? Además, señora, usted tiene hijos. ¿Ha pensado cómo crecerán esos niños al ver que sus padres se tratan poco y mal, nada menos que por causa de la mamá principalmente? Si usted, señora, se hubiera comportado así de indiferente con su marido cuando ambos eran novios, es seguro que él la habría dejado. Sin embargo, ahora usted es fría con su esposo, y pretende que él sea feliz a su lado, lo cual es un imposible.

Señora, señora, ¿le asigna al amor la importancia que tiene dentro del matrimonio y del hogar? ¿Sabe cultivarlo tiernamente cada día, con la ayuda de Dios? Solo teniendo amor se puede también tener comprensión, unidad, compañerismo y felicidad en la vida conyugal, y en el resto de la familia. ¿Lo sabía usted?

No son piedras

El hogar no son piedras, son almas.

El moblaje no es oro, es cariño...

Si se quieren, ¡qué ricos, los pobres!

Si no se aman, ¡ qué pobres, los ricos!

El amor inventó los hogares;

Y el amor de las aves, los nidos...

Si se quieren, ¡qué fresca es el agua!

El pan, ¡qué exquisito!

No hacen falta en la mesa más flores,

Que las flores que pone el cariño.

Una pregunta para pensar

Señor, lo invito a detenerse en esta pregunta de especial interés para los matrimonios: “¿Por qué me gusta vivir con mi esposa?”

La pregunta apareció hace un tiempo, a modo de encuesta, en una conocida revista internacional. La mayor parte de los esposos coincidió en sus respuestas. En general, ellos dijeron lo siguiente: “Me agrada vivir con mi esposa, 1) porque siempre está contenta; 2) porque ella me acepta como soy; 3) porque es tolerante y paciente; 4) porque es una buena amiga; 5) porque es buena madre; y 6) porque ella administra bien el dinero del hogar”.

Señor, si usted tuviera que contestar esta misma pregunta, ¿cuál sería su respuesta? ¿Encontraría suficientes razones para vivir contento con su esposa?

Y, en lo que concierne a su modo de ser, señora, ¿cree usted que su marido revelaría mayormente virtudes al referirse a su condición de esposa? ¿Podría él decir –como lo indica la encuesta– que él está contento con usted porque usted es una mujer alegre y animosa? ¡Cuán importante es esta cualidad en la vida matrimonial y familiar! Una esposa y madre alegre disipa las sombras y las penas del hogar. Es una garantía de bienestar para toda la familia.

Además, señora, ¿sabe aceptar a su marido tal como es, con sus errores y debilidades? ¿Es paciente y tolerante con él? Esta fue otra de las virtudes señaladas por los esposos encuestados. De manera que, seguramente, su propio esposo también apreciará que usted sea así con él. Y, señora, ¿qué tal es usted como amiga de su marido, como madre de sus hijos y como administradora de su hogar? Si usted puede contestar estas preguntas con palabras positivas, su esposo debería estar orgulloso de usted y, como resultado, ambos podrían vivir unidos y felices.

Señor, aprenda a sentirse a gusto junto a su mujer. Estimúlela cada día con un amor fiel y delicado. Pidan ambos la diaria bendición de Dios, y él los colmará de felicidad.

La misma pregunta

Y ahora, señora, pregúntese usted: “¿Por qué me agrada vivir con mi marido?” Esta pregunta aparecía en aquella misma encuesta. Y las señoras que contestaron se expresaron así, en términos generales:

“Me agrada vivir con mi esposo 1) porque aprecia lo que cocino; 2) porque él me alienta, y sabe pasar por alto mis errores y mis defectos; 3) porque siempre tiene atenciones especiales para mí; 4) porque me ayuda en los quehaceres de la casa; 5) porque es un esposo fiel; y 6) porque dedica tiempo para dialogar conmigo”.

Señora, si a usted se le pidiera que en este momento contestara esta misma pregunta de la encuesta, ¿qué respondería? ¿Mencionaría con agrado diversas razones por las cuales usted vive contenta con su esposo?

Y, señor, ¿cree que su esposa encontraría una buena cantidad de virtudes para referirse a usted en su condición de marido? ¿Podría ella decir –como lo indica la citada encuesta– que está contenta con usted porque usted aprecia sus habilidades de cocinera? ¡Cuántas veces saboreamos la rica comida que prepara con esmero nuestra esposa, y nos olvidamos de elogiarla y agradecerle!

Además, señor, ¿sabe usted pasar por alto las debilidades de su mujer? Esta fue otra de las virtudes señaladas por las esposas encuestadas. Con esta capacidad de comprensión, toda mujer puede sentirse alentada y feliz junto a su marido.

Y, siguiendo con aquellas respuestas, ¿notó, señor, cómo las esposas valoran que las ayudemos en el hogar, y que seamos atentos y corteses con ellas? Un gesto amable, un simple regalito, o el salir juntos de paseo, ¡cuánto puede alegrar el corazón de la esposa! Y, de la fidelidad conyugal, ¿qué diremos? Un esposo fiel y leal, buen amigo y compañero es la mayor bendición que podría anhelar una mujer.

Señora, aprenda a sentirse a gusto junto a su esposo. Descubra y estimule sus virtudes de buen hombre. Amense mutuamente, y juntos pidan, reciban y compartan las bendiciones de Dios para toda la familia.

¿Es este su caso?

Continuamente la gente se queja de no ser comprendida. El empleado afirma que su patrón no lo comprende; el alumno dice lo mismo de su profesor; y los hijos a menudo dicen otro tanto de sus padres. Esta clase de lamento más de una vez también proviene de la mujer casada, quien suele reprochar a su esposo por falta de consideración.

Típico es el caso de aquella señora que, después de todo un día de arduo trabajo dentro del hogar, recibe a su marido sin que este tenga para ella una sola palabra de simpatía y de bondad. ¿Es esto comprender? ¿Es esto acrecentar la felicidad del matrimonio?

Comprender al cónyuge es saber ponerse en su lugar. Significa pasar por alto sus errores, y exige regar cada día la planta del amor conyugal. Quien comprende a su esposa tendrá continuas atenciones hacia ella, le expresará palabras de bondad y cortesía, y manifestará interés en la buena marcha del hogar. El esposo comprensivo no levanta su voz; no ofende ni humilla al ser amado. Y esto ciertamente vale también para la mujer. Porque, la esposa que desea ser comprendida por su marido, ¿no debería ser comprensiva con él?

Señora, ¿cómo es usted con su esposo? El podrá ser indiferente y hasta rudo con usted, pero ¿no será que a veces usted se muestra regañona y exigente con él? Usted sabe que siempre se consigue mucho más con la palabra suave y persuasiva. Y esto, que es cierto en cualquier relación humana, es especialmente aplicable a la convivencia matrimonial.

¿Quiere que su marido sea comprensivo con usted? Entonces, dígaselo sin temor, pídale alguna cosa para bien del hogar, recuérdele que pase más tiempo con los hijos, exprésele sus sentimientos de mujer. Quizás usted se asombrará por los buenos resultados que obtendrá. Además, ¿por qué no solicitar diariamente la bendición de Dios sobre la vida conyugal? Cuando marido y mujer confían en Dios y ruegan su ayuda divina, pueden lograr armonía y entendimiento. ¡Pruébelo!

Crecer cada día

Se afirma que “crecer es la ley de la vida”. Pero ¿solemos pensar que esta ley debería aplicarse también al matrimonio? ¡En cuántos hogares podría existir mayor felicidad, si los esposos supieran crecer cada día en el amor y la comprensión!

Un hijo soltero decía hace poco: “Cuando mis padres se ponen a discutir parecen dos chiquilines”. ¿Por qué será que dos esposos con bastante edad pueden comportarse de esta manera? Sin criterio, sin respeto y a veces hasta sin amor mutuo. En un caso tal, ¿no es evidente la necesidad de que marido y mujer maduren en su modo de vivir el matrimonio? Si los esposos no crecen en felicidad y en armonía, tarde o temprano terminarán aburriéndose el uno del otro. Y, lamentablemente, esta es la condición en que se encuentran muchos matrimonios.

Crecer en felicidad y en armonía exige crecer en el amor. Cuando los cónyuges se aman de veras, inconscientemente se ayudan y se estimulan entre sí, maduran en su vida emocional y desarrollan una personalidad más agradable. Además, los defectos de carácter se superan con mayor facilidad cuando los esposos saben tolerarse y amarse, en lugar de acusarse mutuamente. El hogar es una escuela, donde los padres deben crecer junto con sus hijos. ¿O alguien podría pensar que los padres, por ser personas adultas, ya no tienen nada que aprender?

A continuación, presento seis preguntas que pueden ayudarnos a determinar si estamos creciendo o no como jefes de la familia:

1. ¿Somos hoy, como esposos, más unidos y comprensivos que cuando nos casamos?

2. ¿Nos ayudamos mutuamente para combatir nuestros defectos personales?

3. ¿En qué aspecto ha mejorado y en qué otro ha empeorado nuestro matrimonio desde el día de la boda?

4. ¿Estamos hoy en mejores condiciones de criar a nuestros hijos que diez años atrás?

5. ¿Estaríamos orgullosos de que nuestros hijos llegaran a ser iguales que nosotros?

6. ¿Hemos prosperado en el terreno de la fe y en nuestro acercamiento a Dios?

Y, tras estas preguntas, reconozcamos que no es fácil crecer en el matrimonio. Es difícil crecer en el amor, en el buen carácter, en la vida cultural y espiritual, y aun en la capacidad para criar a los hijos.

Por eso es tan necesario rogar la diaria bendición de Dios sobre nuestro hogar. Porque, de lo contrario, no siempre sabremos cómo actuar ni cómo resolver ciertos problemas de la familia. ¿No le parece?

Para evitar la rutina

La rutina es uno de los peores enemigos de la felicidad matrimonial. Es entrar en una atmósfera de aburrimiento, en que ninguno de los esposos sabe dar ni recibir afecto. Es dar por sentado que se aman, aunque nunca se lo expresan entre sí ni en palabra ni en acción. ¿Cómo puede llegarse a semejante negligencia? Simplemente, por causa de un prolongado acostumbramiento.

Los esposos pueden habituarse tanto a vivir juntos y a llevarse bien que, finalmente, dejan de valorar la felicidad que se han labrado. El marido va y viene del trabajo, sabiendo que su mujer tendrá todo en orden en la casa. Y ninguno estimula y elogia el esfuerzo del otro. Hasta que por fin viven unidos más por inercia que por un amor debidamente expresado. Todos los días son iguales. Nunca un paseo, nunca un gesto de ternura, nunca un regalo para alegrarse mutuamente. ¿Es extraño que un matrimonio de esta clase carezca de verdadera felicidad?

Frente a esta desagradable rutina, pueden surgir diversas reacciones. Los esposos pueden resignarse y prepararse para seguir viviendo así por el resto de su vida. También pueden hartarse y dar origen a serias desavenencias conyugales. O bien puede ocurrir que una de las partes, cansada de esa vida insípida, opte por buscar otro amor y precipite luego el naufragio de la barca matrimonial. Pero, además, está la otra posibilidad, que es la mejor, que consiste en volver a los tiempos primeros del matrimonio, cuando ambos cónyuges se expresaban afecto sincero y cada uno buscaba agradar el corazón del otro.

Donde hay amor no hay rutina. Habrá horarios y responsabilidades que cumplir, dentro y fuera del hogar. Pero toda esa carga que, sin amor, se hace agobiante se torna llevadera gracias al afecto y al estímulo que los esposos se dispensen entre sí.

Señor, ¿sabe usted cultivar la planta del amor conyugal? ¿Sabe combatir la monotonía que tan fácilmente puede enfermar a la familia? ¿Es usted obsequioso y considerado con su esposa?

Y usted señora, ¿qué hace para prevenir la rutina de su matrimonio? ¿Se mantiene atractiva para su marido? ¿Cocina alguna vez platos especiales para alegrar a toda su familia? ¿Pide usted la bendición divina para que la alegría reine en su hogar?

Para prolongar la vida del esposo

Señora, estas palabras están dedicadas especialmente a usted. Como usted sabe, la mujer suele vivir más años que el hombre. De manera que, si usted desea tener a su esposo el mayor tiempo posible a su lado, será bueno que recuerde algunos hechos muy simples pero importantes de su vida matrimonial.

Si usted no quiere quedar viuda, es decir, si desea postergar en todo lo posible el funeral de su marido, seguramente apreciará estos consejos prácticos. Por supuesto, ¡para llevarlos a cabo! Aquí están:

1. Procure evitar toda tensión nerviosa en su marido. Para ello, muéstrese comprensiva con los problemas de trabajo que él traiga y comente en el hogar.

2. Procure mantenerse siempre alegre. Esta actitud será como medicina para el corazón de su esposo, y lo ayudará a sentirse cómodo en el hogar.

3. Conserve la buena costumbre de tener lista la cena a los pocos minutos de regresar su marido a la casa. Esto lo ayudará a finalizar bien el día.

4. Nunca es aconsejable que usted acuse y reproche a su esposo, pero menos aún delante de sus hijos. Por el contrario, inculque en sus hijos amor y respeto hacia el padre.

5. Tenga gusto por salir con su marido cuando él la invite a dar un paseo, aunque más no sea a caminar unas pocas cuadras.

6. Consérvese siempre con el mejor aspecto para su esposo, y mantenga el orden y la pulcritud dentro de su casa.

7. Cuide la salud de su marido. Asegúrese de que él pueda descansar de siete a ocho horas por noche. Cocínele lo que le siente bien. Procure que él se abstenga de cualquier mal hábito, tal como el tabaquismo, el alcoholismo, etc.

8. Alegre a su marido administrando bien el dinero que llega al hogar.

9. Cultive, junto con él, una actitud de confianza en Dios.

Y finalmente, señora, recuerde que las estadísticas muestran que la mayoría de las esposas serán viudas algún día. Usted, como compañera de su marido, puede contribuir a postergar la llegada de ese día.

¿Qué tal es usted como padre?

Tomemos en primer lugar la carta que nos envía un joven oyente, quien pinta a su padre como “un patrón que se pasa el día dando órdenes, muchas de ellas arbitrarias y sin sentido”. Luego, tomemos aquella otra carta que describe al padre de familia como “un débil de carácter, que jamás toma decisiones por sí mismo, y a quien continuamente hay que empujar para el cumplimiento de su deber”.

En el primer caso, es el patrón que manda. En el segundo, es el peón que necesita recibir ideas antes de saber actuar.

Pero, entre estos dos extremos igualmente censurables, está el punto medio: el buen padre, que sabe ocupar inteligentemente su lugar. Tiene ideas propias, pero no por eso las impone. Y también acepta de buen grado las ideas de los otros miembros de la familia.

Además, este padre bueno y cariñoso es capaz de dar su vida por sus hijos. Como aquel padre que hizo de puente humano entre dos edificios. En uno de ellos, donde estaban sus tres pequeños hijos, se había producido un incendio de gran magnitud. La única posibilidad de salvar a los tres pequeños era que pasaran de inmediato al edificio contiguo mediante una ventana que había en el tercer piso.

Pero ¿cómo pasarían de un edificio a otro? El padre lo decidió sin vacilación. Él mismo cubriría la estrecha separación mediante su propio cuerpo. Y sus hijitos alcanzaron a gatear por encima del cuerpo de su papá. Los tres salvaron así su vida de aquel incendio voraz. Pero, cumplida su misión salvadora, el padre no resistió más, y su cuerpo cayó al vacío. ¡Admirable amor paterno, capaz del máximo sacrificio!

Feliz el padre que posee esta clase de corazón, porque será amado por sus hijos. Pero, además, feliz el padre que sabe ser amigo y ejemplo para sus hijos, porque esto le producirá ricos dividendos. Feliz el padre que a tiempo corrige y comprende a sus hijos, porque más tarde será comprendido por ellos. Feliz el padre que inculca en su familia la fe y el amor a Dios, porque esto les asegurará abundante bendición. Señor, que Dios le dé la dicha de ser un padre tal.

¿Qué tal es usted como madre?

Una antigua leyenda refiere que, un día, cierto niño que estaba por nacer habló así con Dios:

–Mañana saldré a la luz del mundo. Pero ¿cómo viviré allá, que soy tan pequeño y tan débil?

–Oh, allá tendrás un ángel que cuidará de ti –le contestó Dios.

–Aquí tengo protección y tibieza. Y allá afuera, ¿cómo será mi vida?

–Allá –le dijo el Señor–, el ángel te abrazará y te sonreirá.

–¿Quién me defenderá de los hombres malos que hay en la Tierra? –volvió a preguntar el bebé por nacer.

–Ese mismo ángel estará dispuesto a dar su vida para defenderte –le respondió Dios.

Ya tranquilo y contento con estas respuestas, el futuro bebé hizo su última pregunta: “Dime, Señor, ¿cómo se llama ese ángel?” Y Dios le contestó con una sola palabra: “MADRE”.

Señora madre, ¿recuerda que usted es realmente un ángel para sus hijos? Sí, Dios la puso en la Tierra para cumplir una misión de amor, de protección y de admirable renunciamiento. ¡Cuán trascendente y delicada es su función! Quizá por eso a veces usted se siente impotente y tan necesitada de comprensión. Feliz de usted si su esposo la alienta y la estimula en su faena diaria. Feliz de usted si sus hijos son afectuosos y agradecidos. Feliz de usted si dedica tiempo para ser amiga de sus hijos. Feliz de usted si, en medio de sus luchas, sabe elevar su corazón a Dios en busca de ayuda y fortaleza. Y, señora mamá, feliz de usted si cada día sabe absorber una medida rebosante del amor de Dios, para luego derramarlo generosamente sobre la vida de su familia.

Señor, danos esta clase de madres. El mundo las necesita urgentemente. Danos madres prudentes, virtuosas y abnegadas. Madres de corazón tierno, de labios veraces y de dulce mirada. Madres que con una mano se aferren de ti, y con la otra sepan guiar a sus hijos por la buena senda.

¡Fidelidad!

El 24 de octubre del año 79 de nuestra era se produjo inesperadamente la fatal erupción del volcán Vesubio, cercano a la ciudad de Pompeya. En menos tiempo de lo que la gente pudo reaccionar, la ciudad entera quedó sepultada bajo el calcinador alud de lava mortal.

Después de 17 largos siglos de silencio, en 1748 se realizaron las primeras excavaciones en el lugar. Entre los muchos descubrimientos realizados, se encuentra la figura de un soldado romano con su armadura completa, quien se mantuvo fiel a su deber y permaneció inmóvil en su puesto junto a la puerta de la ciudad. En lugar de huir, allí quedó como un testimonio aleccionador para todos los tiempos. ¡Un extraordinario ejemplo de fidelidad, que despierta nuestra admiración!

¡Fidelidad! Apliquemos este término a la vida conyugal. ¡Cuánto bien garantiza esta virtud en el ámbito del hogar! Fomenta la confianza y la armonía entre los esposos, y acaba con los celos y el adulterio. Un matrimonio que se mueve dentro de un clima de mutua fidelidad crece en el amor y elimina las desavenencias. Como el antiguo soldado de la ciudad de Pompeya, que mantuvo su fidelidad hasta la muerte, el hombre o la mujer que recuerda su compromiso matrimonial sabrá conservarse fiel aun en la hora de la prueba y la dificultad.

El cónyuge fiel rechaza la tentación libertina y los amores clandestinos. Como hombre o mujer de bien, no puede traicionar sus propios votos matrimoniales. Y, con su conducta de mutua lealtad afectiva, marido y mujer descubren la profundidad del amor verdadero, y construyen así una familia unida y feliz. Nunca se levantarán entre ellos las sombras de la discordia, y los hijos se sentirán seguros y orgullosos con padres tales.

La fidelidad matrimonial rinde los mayores beneficios en amor, en conciencia tranquila, y en auténtica alegría personal y familiar.

¿Daría usted este consejo?

Una señora nos comentaba recientemente ciertas expresiones que había escuchado de otras damas, en el sentido de pagar la infidelidad conyugal con la misma acción. Es decir, cuando un hombre le es infiel a su esposa, esta debería tomar represalia contra él y responderle de la misma forma. La citada señora afirmaba que había escuchado tales palabras de labios de diversas esposas, aconsejando a sus amigas que procedieran de ese modo, “para enseñarles –según ellas– una lección ejemplar a sus maridos”.

Señora, ¿le daría usted un consejo tal a una amiga suya, para quien desea lo mejor? ¿Creería usted, por asomo, que la infidelidad de un esposo puede curarse si él ve que su mujer incurre en la misma traición? Por otro lado, ¿qué gana una mujer o un hombre cuando pretende demostrarle a su cónyuge que él también es capaz de presumir y de cultivar amores extramatrimoniales?

Actuar según el mal consejo de esas damas equivale a meterse en una ciénaga, de la cual luego será muy difícil salir. Una falta moral jamás se arregla con otra igual o peor. Por el contrario, el cuadro puede complicarse a tal grado que, finalmente, la ruptura conyugal se haga inevitable. En el matrimonio, nada se gana y todo se pierde sobre la base de las represalias. Cuando un marido o una esposa comete un error de cualquier clase, que va en perjuicio de la parte inocente, lo que corresponde es hablar, buscar el entendimiento y lograr la armonía entre ambas partes. Vengarse contra el ser amado o humillarlo públicamente por causa de su caída significa echar a perder toda posibilidad de recuperación.

¿Cómo se puede prevenir la infidelidad conyugal, a fin de evitar toda su negra secuela y disfrutar de una dicha sin sombras? En primer lugar, los esposos deberían estar unidos con el vínculo del amor. Pero, además, deberían velar para que ese vínculo no se debilite ni se enferme. La comprensión, la bondad, la cortesía, la abnegación y el cariño sincero deberían dominar el trato mutuo de ambos esposos. Incluso la paciencia y el espíritu perdonador, para poder sobrellevar o eliminar cualquier diferencia que pudiera existir entre los dos.

Será bueno que la esposa tenga en cuenta este consejo del Dr. Raimundo Beach: “Manténgase interesante para su marido. Esfuércese por presentarse siempre fresca y atrayente. Recuerde que el regreso del esposo al hogar es el acontecimiento más importante del día. Haga de él un verdadero encanto”.

Cierta vez se le preguntó a un conocido actor de Hollywood cómo había logrado mantener intacto su único matrimonio durante tantos años, sin que el asedio de otras hermosas actrices lo desviaran de la fidelidad hacia su esposa. Y el artista contestó: “Cuando me casé hace años, tomé la decisión de mirar siempre hacia adelante. Nunca hacia la derecha ni hacia la izquierda. De manera que, cuando se me presentan ciertas tentaciones, eso es lo que hago: no giro mi cabeza ni un centímetro porque, si lo hiciera, estaría perdido. Miro hacia adelante y continúo mi marcha”.

Cuando existe el firme propósito de mantener intacto el hogar, es muy difícil que el esposo o su mujer se vean atraídos por otros intereses afectivos. Si el hogar y la vida matrimonial satisfacen plenamente, la pareja queda inmunizada contra el virus de la infidelidad. Y esto es más cierto aún cuando marido y mujer dependen confiadamente de Dios y solicitan su ayuda divina.

Tres esferas del hogar

¿Tenemos armonía en nuestra familia? ¿Anda bien nuestro matrimonio? ¿Cuál es la conducta de nuestros hijos? ¿Qué pensarán ellos acerca de nosotros como padres? Los invito a que se formulen estas preguntas, para analizar la marcha de su hogar.

Complementemos el análisis pensando primeramente en nuestros sentimientos. ¿Cuáles son los que predominan dentro de nuestro hogar? ¿El enojo o el amor? ¿El nerviosismo o la paciencia? ¿La dureza o la ternura? Aunque parezca increíble, el hogar, que es el sitio de la Tierra donde debería haber más calidez, a menudo se vuelve frío y lleno de tirantez. ¿Por qué? Porque cada miembro de la familia olvida que la belleza del hogar se construye con amor, y no con egoísmo y mala voluntad.

Pasemos ahora a las palabras. ¡Cuántas veces los peores problemas del hogar comienzan por una palabra fuera de lugar pronunciada por el padre o por el hijo! Y, tras esa palabra, la herida abierta que no se restaña, o el silencio del corazón ofendido que no perdona. ¡La importancia de la palabra bien dicha! Pronunciada con amor y espíritu amistoso. Esta es la palabra que estimula y edifica la felicidad de la familia. Incluso, el tono de la voz y la expresión de la mirada ¡cuánto dicen acerca de lo que sentimos!

¿De qué tenor son las palabras que pronunciamos en el círculo familiar? A veces nos referimos al arte de hablar bien en público, pero olvidamos el otro arte, mucho más importante, de saber hablar con bondad en el hogar.

Finalmente, señalemos nuestras acciones. ¿Cómo actuamos dentro de nuestra familia? ¿Manifestamos un espíritu colaborador? ¿Fomentamos la unidad? ¿Cooperan con nosotros nuestros hijos para aliviar las cargas del hogar? Usted, señor, ¿se muestra afectuoso con su esposa? Y usted, señora, ¿cómo es con su marido? Es verdad, él ya sabe que usted lo quiere. Pero le pregunto si se lo demuestra de acciones y de palabras.

¡Los sentimientos, las palabras y las acciones! Cuando le pedimos al Creador que nos bendiga en estas tres esferas de la vida, el hogar disfruta de felicidad.

“El hijo pródigo”

El hijo ingrato acababa de pedirle la herencia a su padre acaudalado. El muchacho quería abandonar su casa e irse a una tierra lejana para “gozar” de la vida. Esa era su ilusión. Y, para evitar toda clase de pelea, el padre consintió en darle a su hijo una buena suma de dinero. Y con ella, el joven partió del hogar. Él pensaba que así, apartado de la tutela paterna, sería realmente libre.

Al principio le fue más o menos bien. En la nueva tierra se hizo de amigos, gozó de placeres y la vida pareció sonreírle. Pero, llegó el momento cruel cuando se le terminó el dinero. Y, con él, se le terminaron los amigos, las alegrías y hasta la comida.

Así comienza la conocida y amada “parábola del hijo pródigo”, narrada por el gran Maestro. El relato luego sigue diciendo que, para poder comer, el fracasado muchacho se dedicó a cuidar cerdos y hasta se alimentaba con la comida de ellos. No podía haber terminado en forma más humillante su necia aventura. Hasta que un día, hastiado de la vida y volviendo en sí, decidió regresar al hogar y pedirle perdón a su padre.

El final de la parábola es feliz. Presenta a un hijo andrajoso, abrazado a su padre y reconciliándose con él. Esta tierna historia tiene un elevado significado espiritual. Pero, limitándola al ámbito doméstico, señala los amargos resultados de la ingratitud, la desobediencia y la rebelión filial. Así le va siempre al hijo que se levanta contra sus padres, o que los desprecia y deja de amarlos.

¡Cuán diferente es la suerte del buen hijo! Se siente a gusto con sus padres y sus hermanos. Colabora con la prosperidad y el bienestar de la familia. Ama y respeta a sus padres, y la vida le sonríe en todo momento.

El buen hijo puede discrepar con alguna opinión de sus padres. Pero ¿se apartará por eso de ellos o dejará de quererlos? El muchacho o la chica que aprende a vivir en familia aprende a vivir también en la sociedad y a llevarse bien con los demás. Hijo, hija, ¿cómo tratas a tus padres? Aunque ellos tengan defectos, igualmente ¿sabes amarlos y honrarlos? Asegura tu felicidad siendo un buen hijo y amando a Dios como tu Padre celestial.

“El padre pródigo”

Dos hijos tenían un padre muy ocupado, quien cierto día los llamó y les dijo: “Queridos hijos, considero que el dedicar mi esfuerzo a ustedes es perder el tiempo. Por eso, voy a dedicarme solamente a mis negocios”. Y, antes de mucho, los dos hijos se volvieron rebeldes en el hogar e indisciplinados en la escuela. Hasta se volvieron delincuentes y cayeron alguna vez en manos de la justicia.

Mientras tanto, el padre prosperó en sus negocios y llegó a ser un hombre influyente en la comunidad. Pero, alejado de sus hijos, llegó a ser un extraño para ellos. Años después, en los días de su vejez, el hombre se sintió totalmente solo. Y alquiló una habitación en un hotel, donde su corazón no recibió el afecto de nadie. Entonces, volviendo en sí, se dijo: “¡Cuántos otros padres tienen el cariño de sus hijos, mientras que yo aquí estoy enfermo de soledad! Me levantaré e iré a mis hijos, y les confesaré mi error del pasado”. Y el hombre fue a mendigar el amor de sus hijos. Pero estos, recordando todavía con amargura la maldad de su padre, apenas quisieron recibirlo.

Hasta aquí la moderna parábola del “padre pródigo”. Pero ¿cree usted que existe gran diferencia entre este relato y la actitud de ciertos padres? Padres que parecen estar demasiado ocupados para dedicar tiempo a sus hijos. Padres que, ansiosos por obtener una buena posición económica, incurren en el mal negocio de ganar más dinero y perder a sus hijos. Padres que luego, para calmar su conciencia, brindan de a ratos un amor exagerado a sus hijos, consintiéndolos en todos sus caprichos infantiles. Pero ¿es esta la clase de afecto paterno que necesitan los hijos?

Si hasta hoy, por alguna razón, hemos descuidado nuestra responsabilidad paterna o materna, ¿no sería saludable rever nuestra actitud y cambiar de proceder? Nuestros hijos nos agradecerán, y nosotros, en unión con ellos, podremos afianzar la armonía y la felicidad de toda la familia. ¿No son un don de Dios los hijos? Entonces, ¿no dedicaremos tiempo y esfuerzo para educarlos con amor y disciplina?

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