Kitabı oku: «Navegar en tiempos de tormentas»

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Para mis más grandes catalizadores
de conciencia y crecimiento:
mis hijos, Valeria y Dóminik

La vida es una experiencia fantástica. Nos permite viajar a lugares paradisiacos, conocer personas extraordinarias, desempeñarnos en actividades que nutren nuestra mente y nuestro espíritu. Podemos planear nuestras vacaciones de ensueño en un país lejano, decidir formar una familia al lado de la persona que tanto queremos o emprender proyectos profesionales que nos emocionan al grado de no poder conciliar el sueño por las noches.
Poco a poco vamos construyendo una embarcación fuerte para navegar la vida y alcanzar lo que deseamos. Hasta que sucede algo inesperado. Las fronteras cierran por una pandemia y arruinan el viaje, tu pareja decide que no está lista para dar el siguiente paso y casarse, los inversionistas de tu proyecto se echan para atrás, dejándote a la deriva.
La vida puede cambiar en un parpadeo y echar por tierra todo lo que soñamos. Sin previo aviso nos enfrentamos a situaciones que no estaban en nuestros planes y comienza el arduo proceso de aceptar que las cosas serán diferentes a como las imaginábamos.
Rara vez se nos da un manual para saber qué hacer en esos casos. Por eso cuando llegan las tormentas y nos encontramos en mar abierto, flotando sobre los restos de nuestra embarcación, desorientados y con ganas de nunca haber emprendido el viaje, desearíamos que hubiera alguien que nos dijera cómo manejar la crisis que se nos presenta, qué hacer con nuestras emociones y cómo empezar a reconstruir el barco para continuar con nuestra vida.
Sé lo que es estar ahí y por eso decidí escribir este libro que tienes en tus manos. Así que primero déjame decirte que no importa cuál sea la situación que estés enfrentando o qué tan doloroso se sienta, tienes todo lo que necesitas para sanar y superarlo.
En la última década, mi experiencia como guía y entrenador de vida me ha permitido ayudar a cientos de mujeres y hombres increíbles a romper los pensamientos limitantes que no les permiten imaginar una nueva vida después del naufragio. Los he acompañado a encontrar en su interior las armas secretas para sobreponerse a las crisis, reescribir sus planes y crear nuevas y emocionantes rutas de vida. Si estás sosteniendo este libro en tus manos, quiere decir que también estás dispuesto a crecer.
En Navegar en tiempos de tormenta encontrarás las herramientas mentales, emocionales y espirituales para sobreponerte a las tempestades que puedan llegar a tu vida. Así como las pautas para sanar y usar las circunstancias adversas como impulso para alcanzar nuevos niveles de expresión, experimentación y libertad.
Cada capítulo abre con una anécdota, continúa con el desarrollo conceptual de los temas, seguido por un ejercicio que podrás aplicar a tu vida de inmediato, así como un resumen con los puntos clave para que sea más sencillo volver a ellos. Todos y cada uno están pensados para que la paz, la sanación y el impulso por salir al mundo te invadan de nuevo.
Prepárate, porque este es un viaje de autoconocimiento, aceptación y desapego no solo para enfrentar las crisis (económicas, emocionales, interpersonales), sino también para que, al valorarlas, beneficien tu desarrollo personal. Es una oportunidad para cambiar los lentes de la percepción y adentrarte en la siguiente aventura.
Estos conceptos cambiaron mi mente, mis emociones y mi vida en los tiempos más difíciles, y lo seguirán haciendo mientras respire en esta tierra. Tengo la esperanza de que también sean un faro en la oscuridad que te guíe y hagan lo mismo por ti.
¿Listo para zarpar?


Es difícil cuando tocas fondo. La última vez que me pasó fue cuando me separé de la persona con quien pensé que pasaría el resto de mi vida. Llevábamos seis años de relación, nos acabábamos de casar y estábamos esperando un hijo. El segundo para mí. Y aunque teníamos problemas, siempre creí que si me esforzaba un poco más todo mejoraría. Siempre parecía que la felicidad estaba solo unos pasos más adelante.
Pero al final nos separamos. Tuvimos a nuestro hijo y cada quien lo vivió por su lado. De cierta forma me sentí libre, pues ya no tenía que rendirle cuentas a alguien o intentar ser lo que la otra persona quería que fuera. Pero a la vez no pude evitar sentirme un fraude.
En aquel entonces ya me dedicaba a hacer videos online. Había creado una carrera exitosa ayudando a la gente a descifrar su mente y mejorar su autoestima, aconsejaba cómo ser más atractivo desde el interior para convertirse en una mejor versión.
Pero con mi separación, todo lo que pensé que era lo correcto se habían deshecho. Los castillos que había construido sobre la playa quedaron reducidos a arena, desaparecieron en la costa. Me había convertido en una persona que ya no reconocía: “¿Cómo puedo hablar de desarrollo personal, enseñar a las personas a sentirse bien y crear vidas increíbles, cuando yo me siento tan destruido?”. Por eso me alejé de todo lo que hacía: dejé de ser tan visible en redes y publicar videos, puse en pausa casi todo.
Estaba cara a cara ante un futuro incierto. Es curioso, porque en ese estado comienzan a aparecer preguntas como “¿para qué estoy en el mundo?, ¿de verdad quiero estar aquí?”. Llegó un punto en el que la única idea que me mantenía a flote era ver crecer a mis hijos y estar presente en sus vidas. Me sentía sin poder sobre mi existencia, como una hoja que flota sin rumbo. ¿Te has sentido así en algún momento?
Un día, al saber cómo me sentía, una amiga me sugirió ir a un ritual de sanación emocional al que ella había asistido hacía poco. Aunque tenía miedo por el juicio ajeno y por lo que el ritual podría representar para mí, acepté.
Hasta la fecha no me arrepiento, esa ceremonia me abrió los ojos: me ayudó a confirmar mis apegos, mis miedos, mi necesidad de ser suficiente para los demás, mi búsqueda por sentirme validado por la gente que me rodeaba.
Fue en ese momento que comencé un proceso de recuperación arduo. Mi crisis tenía escondido un mensaje y entendí que mi trabajo era descifrarlo y entenderlo. Esa fue una de las razones por las que escribí este libro, para ayudarte a descifrar los mensajes ocultos que tus propias crisis traen para ti. El mensaje para mí se volvió claro: “Aprende a aceptarte a ti mismo primero, tal y como eres”.
Las crisis no aparecen para jodernos la existencia ni para hacernos sufrir. Aparecen en momentos específicos de nuestra vida y con propósitos concretos. Todo es parte de un proceso al que despertamos con cada experiencia que vivimos. Cada día es un regalo amoroso del universo, una oportunidad para entender quiénes somos en realidad.
Comprenderlo me dio mucha paz y perspectiva. Me ayudó a prosperar a pesar de las circunstancias. Ahora quiero compartir contigo lo que he aprendido estos últimos años. Estoy seguro de que, a través de estas páginas, tú también vas a poder encontrar un momento de calma para navegar por tus tormentas personales.

LAS MALAS TORMENTAS HACEN AL BUEN MARINERO

A veces creemos que todo en nuestra vida tiene que ser como en los cuentos de hadas, que siempre debemos llegar a un “… y vivieron felices para siempre”. El punto donde ya todo es fácil y es pura felicidad. Idealizamos esta situación porque desde pequeños nos enseñan que las crisis son malas. Lo que nadie nos dice es que los problemas siempre van a existir y que suceden más de una vez en nuestra vida. Yo, como te conté, tuve que aprenderlo a la mala.
Lo que tampoco nos enseñan es que las crisis y lo inesperado no son necesariamente problemas. Creer que son problemas, en lugar de oportunidades, es lo nocivo. Hay una frase que me gusta usar mucho en mis cursos: “Un mar tranquilo nunca hizo a un buen marinero”. Imagínate que un marinero, en medio de una tormenta, se sentara en la cubierta a preguntarse: “¿Por qué me odias? ¿Por qué la vida es así? ¿Por qué yo tengo esta tempestad si los otros navegan por aguas tranquilas?”.
El temporal pasará, pero si la persona culpa a la mala suerte o a cualquier causa externa que se le ocurra, no aprenderá nada de esa experiencia. Y vendrán más y más tempestades que, una vez más, no sabrá afrontar. Porque un buen navegante no se hace surcando océanos tranquilos. Lidiar con el mal clima le permite aprender a leer y a entender su entorno, de esa forma podrá enfrentar mayores desafíos en el futuro.
Por eso hay que saber interpretar las crisis que enfrentamos y hacernos las preguntas adecuadas. Olvida el “por qué” y busca el “para qué”. ¿Para qué son las crisis? ¿Qué vienen a enseñarme y qué propósito cumplen en mi proceso de evolución y crecimiento? Porque creo que los problemas llegan cuando una persona está demasiado cómoda. Y por cómoda no me refiero a feliz.
"Las crisis y lo inesperado no son problemas. Creer que son problemas, en lugar de oportunidades, es lo nocivo".
La comodidad en estos términos se refiere al momento en el que alguien ya no quiere arriesgar ni crecer. Cuando comienza a proteger lo que tiene por miedo a perderlo, en cualquier ámbito: afectivo, financiero o de salud.
Cuando el pensamiento “qué tal si me pasa algo malo” nos orilla a la inmovilidad, aparecen las crisis. Es la vida diciéndonos: “Ya no estás creciendo”. Las crisis se nos presentan para obligarnos a cambiar cuando no hemos querido hacerlo. Nos obligan a entrar en un proceso de crecimiento cuando lo hemos evitado durante algún tiempo.
"Las crisis se nos presentan para obligarnos a cambiar cuando no hemos querido hacerlo."
Porque cada cosa que experimentamos, cada relación que tenemos, cada negocio perdido o cada padecimiento inesperado nos enseña cosas de nosotros que no habíamos visto.
A veces, la vida nos envía las mismas tormentas hasta que por fin nos levantamos de la cubierta, tomamos el timón y, empapados de agua salada, le gritamos: “Ya basta, ¿qué se supone que tengo que aprender con esto?”.
Entramos en la monotonía de la protección al aferramos a una relación tóxica, a un trabajo que no nos satisface, a quedarnos cerca de esas amistades que, cuando las necesitamos, nos dan la espalda. Y dejamos de preguntarnos qué más deseamos ser, en qué podemos convertirnos, qué más queremos experimentar, cómo amar más, contribuir más.
Es ahí cuando se desata el caos. ¿Y ahora qué?
En este capítulo echaremos un vistazo a uno de los conceptos básicos para comenzar a asimilar las crisis: la resiliencia. Y cómo si no existen cimientos llenos de autoestima y autoconfianza, las nuevas oportunidades pueden escurrirse como agua entre los dedos.

UNA CERTEZA PARA DEJAR LA ORILLA

Una de las personas más fuertes y resilientes que conozco es mi mamá. Aunque la he visto pasar por muchísimas crisis y cambios inesperados, ninguna fue como la que enfrentó en 2001, cuando la diagnosticaron con esclerosis múltiple.
La esclerosis múltiple es una enfermedad autoinmune que afecta al sistema nervioso central y al cerebro, es crónica y degenerativa. Como es comprensible en este tipo de diagnósticos, su ánimo decayó. Por muchos años se apegó al tratamiento, pero los medicamentos la hacían sentir muy mal. Poco a poco la vimos perder la movilidad de una pierna y su habilidad para escribir, además de enfrentar parálisis faciales y una serie de síntomas que el medicamento no calmaba.
Hasta que llegó a su límite: “Esto no es vida y no puedo seguir dependiendo de los medicamentos que me hacen sentir pésimo”. Y decidió dejarlos. Comenzó a buscar alternativas que la hicieran sentir mejor. Se enfocó en su estado interior, energético y emocional, y comenzó a explorar las causas que podrían estar afectándole a ese nivel.
Con esto no quiero desestimar el campo de la medicina clínica, pero con esa decisión mi mamá dio el salto hacia un camino poco conocido. Y, de manera extraordinaria, poco a poco mejoró. Recuperó buena parte de la movilidad que había perdido y aprendió a sanarse a sí misma.
Pero nada de eso hubiera ocurrido si no hubiera tenido claro que por difícil, incierta o peligrosa que fuera esa ruta, ella podía enfrentarla y salir viva. Esa es la clave.
Por un lado, la resiliencia es la capacidad de los seres humanos para adaptarse a las circunstancias difíciles. Es saber que todas las tormentas que llegan a ti te harán más fuerte. Significa que la vida no te va a dar algo con lo que no puedas lidiar. Y es importante que lo sepas porque es una herramienta que te ayudará a enfrentarte a las crisis con la certeza de que puedes superarlas. Pero no podemos tocar el tema de la resiliencia si primero no hablamos de autoconfianza y autoestima, ya que son tres elementos ligados entre sí. Las tres caras de un prisma.
La autoconfianza es una especie de garantía. Pero no la garantía de que voy a llegar a algún lugar o de que voy a lograr algo, sino la certeza de que no importa qué suceda, yo puedo lidiar con ello.
"La resiliencia es la capacidad de los seres humanos para adaptarse a las circunstancias difíciles. Saber que todas las tormentas te harán más fuerte".
Su contraparte es el miedo, una de las razones por las cuales muchas personas no ponen en marcha algún negocio o no se involucran en una relación. Suele manifestarse como una voz interior que reafirma su incapacidad para hacer o lograr lo que quieren: “Si me hacen esto, no seré capaz de sobrellevarlo” o “Si me engañan, no podré soportarlo” o “Si fracaso y la gente me dice ‘te lo dije’, no voy a poder verlos a la cara” o “Si pierdo dinero, no conseguiré sobrevivir”.
La autoconfianza nos permite realizar acciones a pesar de que nos asusten y la resiliencia nos ayuda a persistir en ellas a pesar del miedo. Ambas te dan la certeza de que no importa lo que suceda, tú puedes enfrentarlo.
"Pasa lo mismo en la vida real. Cuando tenemos la certeza de que podemos superar los conflictos de la vida es más sencillo mirarlos con otros ojos y aprender de ellos".
Las dos se basan en la autoestima, que es una serie de creencias que tienes acerca de tu capacidad para superar o crear situaciones, amistades, trabajos, parejas. Por eso uno de los motivos por los que a veces nos aferramos a un trabajo que no nos gusta y a las cosas que nos dañan es porque tenemos interiorizada una creencia que nos dice: “No lo vas a poder superar, no eres capaz”. Y si la escuchamos, tendremos la certeza de que es mejor quedarnos con lo que ya conocemos.
Hay un viejo dicho que dice: “Si quieres descubrir nuevos océanos, debes desarrollar la valentía para perder de vista la costa”. Pero cuando tenemos poca confianza en nosotros y nuestra autoestima está por los suelos, la capacidad para lidiar con la incertidumbre también se ve afectada. Esa es una de las razones que nos lleva a querer estar pegados a la costa y no perder de vista lo que ya conocemos.
Por eso, la autoestima es la certeza de que puedes lidiar con tu vida. Y la resiliencia está basada en esa creencia: “Okey, suceden cosas en el mundo, pero yo puedo navegarlas. Sí, habrá tormentas y monstruos marinos y no va a ser fácil, pero puedo con ello. No sé cómo, solo sé que puedo”.
¿Te acuerdas de la película El gran pez de Tim Burton? Hay una parte al principio en donde una bruja le muestra al protagonista la forma en la que va a morir. Durante la historia, vive muchas aventuras peligrosas: se adentra en el bosque, lo atacan arañas y árboles, pero se da cuenta de que el miedo está en su imaginación, “Sé cómo voy a morir y no es aquí, este no es el día de mi muerte”. Entonces puede continuar su camino sin miedos. Pasa lo mismo en la vida real. Cuando tenemos la certeza de que podemos superar los conflictos de la vida es más sencillo mirarlos con otros ojos y aprender de ellos.

REVISA LAS VELAS DE TU BARCO

Una de las analogías que uso con más frecuencia es la siguiente: imagínate que estás en un barco y tu objetivo es llegar a la tierra prometida. De repente comienzas a ver que otras naves avanzan más veloces hacia el mismo objetivo, pero tú, por más que lo intentas, no puedes moverte.
Después de hacer un examen minucioso a las máquinas, regresas a la cubierta, miras hacia arriba y te das cuenta de que tus velas tienen agujeros. Mientras no las repares, no podrás atrapar el viento y zarpar. Y en esta analogía, el viento representa la oportunidad. Siempre hay oportunidades porque el viento siempre sopla.
Cuando tenemos agujeros en nuestra confianza, no importa cuánto viento haga ni cuánto sepamos de navegación, la oportunidad pasará de largo a través de las velas y no seremos capaces de atraparla.
Para comenzar a reparar esas velas inservibles, la introspección es la herramienta principal. Si bien existen muchas formas y estrategias de autoconocimiento, desde escribir un diario hasta enumerar todas y cada una de tus fortalezas y debilidades, a mí me gusta trabajar siempre con una pregunta muy sencilla. La respuesta te dará mucha información acerca de los agujeros emocionales que tienes, del nivel de tu autoestima y de los vacíos que no puedes llenar. Y esa pregunta es la siguiente: ¿qué creo que necesito del mundo para ser feliz?
"Siempre hay oportunidades porque el viento siempre sopla".
Ya lo abordaremos a profundidad en los siguientes capítulos, pero este cuestionamiento es importante porque nos llevará a poner atención en el ego; es decir, en la conciencia que tenemos de nosotros mismos. Estar conscientes de cómo nos concebimos en relación con el mundo que nos rodea es clave para arreglar las velas de tu navío. A continuación te dejo algunos consejos para comenzar a hacerlo.
1. Acepta que eres un ser imperfecto y en desarrollo. No hay un lugar mejor en el que deberías estar, porque ya estás en el lugar ideal para aprender lo que tienes que aprender. Compararte con los otros es inútil porque tu proceso es único y perfectamente imperfecto. Eres un trabajo en progreso.
2. Pregúntate qué tienes que aprender de las experiencias que se te presentan: “¿Qué oportunidad me trae esta crisis? ¿Qué es lo que no estoy viendo acerca de mí que la vida me está mostrando?”. Recuerda ver las crisis como una llamada de atención para que te cuestiones, salgas de tu zona de confort, te conozcas más y crezcas. Es la vida diciéndote: “Te he dado pistas y, por aferrarte a la comodidad, no has querido aprender. Ahora es tiempo de crecer”.
"Compararte con los otros es inútil porque tu proceso es único y perfectamente imperfecto".

TOMAR EL TIMÓN

Este ejercicio está pensando para que reflexiones. Recuerda que la calidad de nuestra vida está basada en las preguntas que nos hacemos. Yo te propongo estas cuatro, pero conforme explores en tu interior comenzarán a aparecer más. Recuerda que siempre debes ser muy sincero al responderlas. Escribe en la siguiente tabla tus propias respuestas y después analízalas con respecto a tu crisis. Verás que esta amaina cuando descubres el “para qué”.
1. ¿En qué aspecto de mi vida me he permitido la comodidad y he dejado de crecer?
En mi relación de pareja. Llevo 5 años con mi novio/novia y he descuidado nuestra relación.

2. ¿He tenido miedo de perder algo o a alguien en los últimos meses?
A mi pareja.

3. ¿Qué necesito externamente que no he sabido darme a mí mismo?
Amor, cariño y comprensión.

4. ¿Qué es lo que la vida quiere mostrarme con esta crisis?
Que no debo esperar que mi pareja llene mis necesidades afectivas.

EN POCAS PALABRAS

Las crisis no están aquí para joderte la existencia. Hay que comenzar a verlas como oportunidades para aprender, que llegan cuando nos hemos instalado en una zona de confort.
Siempre hay que preguntarnos: ¿qué viene a enseñarme esta crisis?
Afrontar las crisis requiere resiliencia, autoconfianza y autoestima altas.
La autoconfianza nos lleva a realizar cosas que nos asustan y la resiliencia nos empuja a persistir en ellas. Ambas están basadas en la autoestima.
No puedes sortear las crisis ni atrapar oportunidades cuando tus velas de autoconfianza y suficiencia tienen agujeros.
Puedes comenzar a trabajar con tu autoestima al aceptar que eres un ser imperfecto.



No sé exactamente qué será, imagino que tengo cara de “cuéntame tu vida”, pero siempre he sido una persona que inspira confianza en la gente. Por eso, una de las historias que más me ayudó a cambiar la forma en la que veía mis problemas fue la de una compañera de la preparatoria. Teníamos algunos amigos en común y coincidíamos en varias clases, pero en realidad casi no la conocía. Lo único que nos unió durante un par de horas un día fueron las ganas de no estar en clase de Matemáticas.
Por eso fue sorprendente enterarme de la situación en su casa. Desde muy pequeña había visto todo tipo de violencia: drogadicción, alcoholismo, abusos.
−Debió ser difícil tener esa infancia −le dije con preocupación cuando terminó de contarme.
−No es tan grave −me respondió y lo que me dijo después sigue grabado en mi cabeza como si hubiera sucedido ayer−: Es igual que cuando a una niña que ha tenido una vida perfecta y sin carencias se le muere su gato. Con tanta felicidad, esa muerte la sentirá como la más terrible del mundo. Porque todo es relativo. Cada quien vivirá sus bajones o triunfos como lo mejor o lo peor del universo dependiendo de lo que esté acostumbrado a vivir. Por eso, si las cosas que pasan a mi alrededor son tan malas y no dependen de mí, trato de no verlas como una tragedia.
Me sorprendió. En esas circunstancias, muchas otras personas hubieran aprovechado para hablar sobre cuánto han sufrido, lo difícil que ha sido su vida y cómo han sido víctimas de las circunstancias. Pero ella no. A sus 17 años me mostraba un punto de vista que yo no tenía.
Aprendí una gran lección. A veces tratamos de comparar nuestras dificultades con las de otros y nos ponemos (o nos quitamos) la corona del sufrimiento: “Es que yo he sufrido más que todos” o “Es que ella ha pasado por cosas más difíciles”. Pero ¿y si solo existieran diferentes puntos de referencia y los problemas fueran relativos? Por eso, aprender a ponerlos en perspectiva nos ayudará a sobrellevarlos mejor.

UNA PALABRA MÁGICA

Todos pasamos por circunstancias difíciles, pero cada persona las percibe de forma diferente. Como ya dijimos, si la normalidad de un niño es una infancia con padres amorosos y excelentes calificaciones en el colegio, el día en que llegue a casa con un examen reprobado puede significar el fin del mundo para él, ya sea por la decepción de sus padres o por el castigo que puedan imponerle.
Para otro cuya normalidad es recibir abuso físico de un padre alcohólico, un día más de insultos no supone un contraste muy drástico en su cotidianidad, incluso cuando pueda haber mucho dolor. Por eso no deja de sorprenderme la cantidad de sucesos dolorosos a los que el ser humano puede acostumbrarse. No implica que lo hagan feliz, sino que ya no le sorprenden.
Aunque, si lo pensamos con detenimiento, esto no necesariamente es malo. De hecho, es la clave para desarrollar una herramienta invaluable. Una palabra casi mágica que nos ayuda a navegar las tormentas, a liberarnos de las cadenas emocionales que estas traen consigo y que analizaremos a detalle a lo largo de este capítulo: la interpretación.
Cada que pienso en esto viene a mi mente esta frase: “Todo es relativo”. La realidad es que siempre habrá quienes tengan la vida más fácil o más difícil que nosotros. Pero si les preguntáramos, dirían que han sufrido de una u otra forma y que han pasado momentos en los que sintieron que era el fin.
Una de las frases que tengo tatuada en mi mente como un mantra es la siguiente: "Lo que sientes no es debido al problema en sí mismo, sino a la forma en que lo interpretas”.
Es decir, a la lectura que le damos a esa dificultad. Lo que interpretamos hace que nuestras emociones se distorsionen y desemboquen en pensamientos tóxicos.
"Lo que sientes no es debido al problema, sino a la forma en que lo interpretas".
Por eso, al cambiar los lentes con los que leemos esa situación adversa, cambia también lo que sentimos acerca de ella. Por ejemplo, imagina que tu pareja te es infiel. ¿Qué sentimientos tendrías si tu voz interior te dice que esa persona a la que tanto querías te traicionó? ¿Lo verías como una injusticia que no mereces? Quizá experimentarías un coctel de tristeza, coraje y decepción tan fuerte que lo sentirías dando vueltas por tu torrente sanguíneo.
¿Pero qué sucedería si, en lugar de interpretarlo así, aceptaras que tú elegiste a esa pareja y que, de alguna manera, contribuiste a generar esa situación, ya que no tenías las herramientas para elegir a otra persona?
¿Qué pasaría si entendieras que esa persona no llegó a tu vida con el simple propósito de arruinarla, que sus acciones no giran a tu alrededor? ¿Cambian tus sentimientos cuando piensas que ella solo protagoniza su propia vida en la que también hay vacíos emocionales, frustración y dolor?, ¿que no eres su víctima? Me gusta pensar que por eso el filósofo griego Platón decía: “Sé amable con todos, cada uno lucha una dura batalla interna de la cual no sabemos nada”.
Por eso, el sufrimiento no tiene que ver con los problemas o amarguras, sino con cómo los percibamos, con el tipo de lentes que nos pongamos para darles significado. Y ese significado será proporcional a qué tan diferente era la vida antes del problema. Como en la historia de mi compañera de clase.
De tal manera que la interpretación es la primera clave para comenzar a reparar las velas del barco. Y a continuación veremos los elementos que influyen en ella.

PREFERIR EN LUGAR DE NECESITAR

¿Qué necesitas para que puedas sentirte feliz y en paz contigo? Me gusta hacer esta pregunta porque casi siempre pone en evidencia el tipo de lentes con los que interpretamos lo que nos sucede.
Porque la necesidad produce miedo y dependencia. Mientras que otros verbos, como desear o preferir, nos ayudan a crecer. Una cosa es preferir tener libertad financiera y otra cosa es creer que sin dinero no puedes estar bien. Una cosa es desear amar y compartir con una pareja, y otra muy distinta es creer que tu vida será miserable si no la tienes.
¿Te ha sucedido que cuando más necesitas que una persona te ame, menos lo consigues? ¿O que cuando más estresado estás por dinero es cuando menos aparecen las oportunidades y más las facturas por pagar? ¿Y después, cuando superas el momento y sueltas la necesidad de aquello que creías primordial, empiezan a aparecer otra vez las oportunidades?
"¿Qué necesitas para poder sentirte feliz y en paz contigo? La necesidad produce miedo y dependencia. Mientras que otros verbos, como desear o preferir, nos ayudan a crecer".
Un buen amigo solía decir: “El universo te despojará de todo aquello que crees necesitar para ser feliz. Y te lo devolverá en el momento que entiendas que tu felicidad no depende de ello”. Esta es una gran lección. Cada uno de estos verbos que mencioné está ligado con modelo específico en nuestra mente o un paradigma, que es una serie de creencias con las que calificamos el mundo. Estos son los lentes con los que interpretamos los acontecimientos de nuestra vida. Aunque pueden existir un sinfín de paradigmas, yo prefiero clasificarlos en dos grandes grupos. Unos nos ayudan progresar, mientras que otros solo nos estancan. A continuación los analizaremos.

Conciencia de separación versus conciencia de unificación

Los significados que le damos a las situaciones suelen venir de dos tipos de conciencias específicas que nos dirigen.
Imagina que estás en tu restaurante favorito esperando el platillo más delicioso del menú. Te sirven una copa de vino y, cuando comienzas a degustarla, en la mesa de al lado todos sueltan una carcajada. Uno de los comensales voltea a verte, por lo que de inmediato concluyes que se están riendo de ti, ¿verdad?
Este ejemplo muestra la forma en la que nos guía lo que llamo la conciencia de separación. Una de sus principales características es creer que el mundo gira a nuestro alrededor y concluir que el resto del universo está a nuestros pies. Hace que nos percibamos como el centro del universo y el protagonista de la película. Mientras que el resto de las personas juegan roles secundarios. Por lo tanto, viven en función de nosotros.
Frases como “Mi pareja no me da el amor que necesito” o “El gobierno no me da el dinero que requiero” o “La gente no me respeta como para ser feliz” o “Nadie me da trabajo” son frecuentes cuando se presenta este tipo de conciencia, pues nos hace pensar que es responsabilidad de los demás darnos lo que creemos que nos hace falta. Pero la realidad es que nadie nos debe nada.
Cuando nos damos cuenta de esto, la conciencia de unificación se manifiesta. Es la que ayuda a crecer y a reparar las velas del barco. Nos hace ver que el mundo no se mueve en función de nuestras necesidades y que somos parte de un todo más grande y complejo, dejamos de ver a los otros como actores de reparto.
"Creer que el mundo gira a nuestro alrededor hace que nos percibamos como el centro del universo".
Esta conciencia nos posibilita comprender el comportamiento de los demás, lo que nos ayudará a tomar responsabilidad de nuestra vida. De este lugar vienen las emociones sanadoras de compasión, gratitud y perdón, hacia otros y hacia nosotros mismos.
Transitar de la conciencia de separación a la de unificación te permitirá entender cuáles son tus apegos tóxicos, tus necesidades emocionales y los vacíos que debes subsanar para elevar tus niveles de resiliencia y fortaleza.
A cada tipo de conciencia le corresponde un tipo de mentalidad, que puede beneficiarnos o perjudicarnos en nuestro camino a la sanación. ¿En qué consisten? Ahora lo veremos.

Mentalidad de carencia versus mentalidad de abundancia

Todo temor, decepción e inseguridad vienen de un mismo lugar. Un sitio que en mis grupos de entrenamiento llamamos mentalidad de carencia: la idea de que no soy o no tengo lo suficiente para ser feliz. Como te imaginarás, la mentalidad de carencia está ligada con la conciencia de separación. Podríamos decir que es producto de ella. Porque una persona que siente que necesita algo del exterior, tiende a creer que no puede ser feliz por sus propios medios.
La mentalidad de abundancia, por el contrario, se basa en la idea de que la persona tiene todo lo necesario para sentirse plena aquí y ahora, que nadie vendrá a su rescate, pues sabe que solo ella puede salvarse a sí misma. Entiende que la felicidad no vendrá de afuera sino de su interior. Como podrás intuir, se encuentra ligada con la conciencia de unificación, que ya mencionamos.
"La mentalidad de abundancia se basa en la idea de que la persona tiene todo lo necesario para sentirse plena aquí y ahora".
Todo empieza con la mentalidad de abundancia, porque nos hace enfocarnos en lo que tenemos y nos prepara psicológica, emocional y espiritualmente para nuestro éxito y felicidad. Para fortalecerla, yo acostumbro repetirme la siguiente frase cada que puedo: “Soy todo lo que necesito para crear felicidad aquí y ahora. Tengo todo lo que necesito, no dependo de factores externos para estar en paz, no importa qué expectativas he generado ni qué me diga la gente. Soy, y eso es suficiente”.
¿Qué podría faltarnos si nosotros mismos generamos lo que necesitamos?

TOMAR EL TIMÓN

Ahora te invito a realizar este ejercicio de cambio de perspectiva que hago con mis alumnos. Te ayudará a recuperar tu poder interno aquí y ahora. Lo llamo "La caja de regalo".
Imagina que despiertas una mañana y al levantarte de la cama encuentras en el piso una caja de zapatos con una nota encima que dice:

Con emoción remueves la tapa y adentro encuentras una pequeña maqueta que representa la situación difícil a la que te enfrentas en estos momentos, con muñecos en miniatura de tus seres queridos y la gente que te rodea. Puedes ver tu casa, tu trabajo o escuela a escala. Es una miniciudad con todo lo necesario para que resuelvas tu problema de la manera más creativa que se te ocurra. Después encuentras otra nota:

Entusiasmado empiezas a mover las piezas, buscando los recursos, las personas y las diferentes soluciones, sabiendo que una vez resuelto se abrirán nuevas puertas de vivencias increíbles y riqueza de vida. ¿Cómo te sientes cuando te presentan un reto de esta manera? Emocionado y creativo, ¿cierto?
Esta es la diferencia entre ver un problema como un obstáculo y empezar a verlo como una oportunidad para crecer. La mentalidad de carencia nos dice: “Un problema es malo, significa que no estamos recibiendo lo que necesitamos para ser felices”, mientras que la mentalidad de abundancia apunta: “Un problema es la mejor oportunidad para descubrir nuestro potencial y volvernos más poderosos”.
Recuerda que no crecerías si no fuera por esos conflictos y tormentas.
EN POCAS PALABRAS

El sufrimiento no tiene que ver con los problemas o eventos dolorosos, sino con el tipo de lentes que nos pongamos para darles significado. La palabra mágica es interpretación.
Los verbos necesitar, preferir y desear están ligados con un paradigma específico en nuestra mente. Unos nos ayudan a prosperar, otros nos estancan.
La conciencia de separación nos hace pensar que es responsabilidad de otros darnos lo que creemos que nos hace falta. La realidad es que nadie nos debe nada.
La conciencia de unificación nos ayuda a entender que el mundo no gira a nuestro alrededor. Así podemos atender nuestras carencias y fortalecer nuestra autoestima.
La mentalidad de carencia nos hace creer que no somos suficientes para conseguir lo que deseamos por nuestros propios medios.
La mentalidad de abundancia nos prepara para la felicidad y el éxito. Se basa en la idea de que tenemos todo lo necesario para sentirnos plenos aquí y ahora.



Pocos momentos marcan tanto la carrera de un coach como cuando alguien le dice: “Me voy a quitar la vida”. Todo sucedió vía Facebook y, aunque en general casi no lo uso, por alguna razón ese día me metí a mi cuenta. Fue cuando apareció el mensaje de una integrante de mis grupos de emprendimiento. Vamos a llamarla Sofía.
−Enrique, gracias por todo. Solo quería decirte lo mucho que tu trabajo aportó a mi vida, pero ya no puedo más. Mi hermano acaba de fallecer, mi relación de pareja se acabó y terminé estafada. Sufrí un accidente automovilístico y no tengo cómo pagar nada. En fin, creo que el mundo ya no tiene nada más para mí. Te deseo lo mejor.
Hice clic en la ventana para abrir la conversación y le escribí dos palabras. No sabía si iba a recibir una respuesta, no sabía nada de su situación, si lo iba a hacer de verdad o solo quería llamar la atención. Pero como no tenía nada seguro, sentía que debía hacer algo.
−Te envidio −escribí. La verdad no tenía idea de si iba a funcionar y la ventanita me indicaba que Sofía había leído mi mensaje. Por un momento pensé: “Enrique, ¿a quién se le ocurre decir que envidias a alguien que está pensando en quitarse la vida?”.
Estaba aplicando una técnica psicológica de influencia que se llama Interrupción de Patrón, que es responder al otro con una frase o una acción que no espera. Es la manera más efectiva de llamar la atención, una sacudida a la mente porque recibe una reacción que no espera.
–¿Por qué me envidias? –apareció en mi pantalla y sentí un alivio gigante.
–Porque estás en un lugar increíble, no tienes nada que perder. Si yo estuviera en tu situación, antes de irme de este mundo me pondría a hacer todas las cosas que siempre he querido. De todas formas en cualquier momento puedo decidir irme –continuamos hablando un rato y después se despidió.
–Me hiciste pensar, Enrique, gracias. Voy a considerarlo.
Funcionó. Lo último que supe de Sofía fue que estaba reconstruyendo su vida. Funcionó porque por un breve instante salió de su torbellino de emociones para darse cuenta de que, al tocar fondo, solo podía pasar una cosa: todo tendría que mejorar.
Por eso, en este capítulo vas a aprender a generar estados de paz y tranquilidad, incluso cuando parezca que la vida es un caos o que tus planes se vinieron abajo. Pero ¿cómo hacerlo? Identifica tus apegos, libérate de expectativas y escapa de las trampas que hay detrás de una actitud realista. De esa forma podrás generar el impulso que necesitas para salir a flote y recuperar la versión más brillante, alegre y motivada de ti.

EL TEMOR AL DESEO

Iniciar una relación nueva, poner un negocio, comenzar una familia o hacer planes con personas que creemos que van a estar siempre con nosotros. El ser humano es más feliz cuando se estira para alcanzar algo que desea y crece a consecuencia de las experiencias que tiene. La emoción de zarpar hacia tierras nuevas y la ilusión de descubrir nuevos horizontes es única.
Buscamos la satisfacción y la seguridad que nos invaden cuando cumplimos nuestros deseos. Pero ¿qué sucede cuando no conseguimos llegar al puerto que esperábamos? ¿O cuando el clima cambia de repente y nos vemos envueltos en una tormenta? En su lugar nos inundan sentimientos de decepción, soledad, frustración y, en ocasiones, amargura y depresión. Por eso es imprescindible que, para navegar las aguas de nuestra vida, entendamos los sentimientos de deseo, expectativa y decepción.
Porque todos deseamos. Tenemos aspiraciones que queremos cumplir. Queremos expresar nuestras necesidades y encaminar las pasiones hacia resultados placenteros. Desde desear una taza de café o unas vacaciones para conocer lugares nuevos, hasta el deseo de experimentar la conexión y el cariño, la admiración hacia nosotros, la seguridad o la abundancia.
Sin embargo, nos enseñan desde pequeños que la decepción ocurre cuando no conseguimos lo que deseamos, percibimos la decepción como una reacción natural. Por eso, cuando alimentamos esta creencia lo que puede suceder es trágico: empezamos a suprimir el deseo.
"El ser humano es más feliz cuando se estira para alcanzar algo que desea".
Nos da miedo ilusionarnos y mejor guardamos en el clóset la esperanza de que podría haber algo mejor para nosotros. Nos resistimos a la idea de que la vida puede ser mejor o más placentera ante la posibilidad de que no se cumpla.
Lo que nadie nos enseña es que el deseo y la decepción no están tan relacionados como creemos. Comprenderlo es una de las claves para recuperar nuestra felicidad, motivación y plenitud. Hay un dicho popular que dice: “La decepción es parte de la vida, pero el sufrimiento es opcional”.
Es decir, no lograr lo que esperamos no necesariamente significa sufrimiento. Lo único que nos hace sentirlo es la creencia de que el resultado que esperábamos era el único camino a la felicidad y la paz. ¿Ves? Así se pone en funcionamiento la interpretación de la que hablábamos en el capítulo anterior.
La decepción no tiene nada que ver con desear e ilusionarse, sino con las expectativas que generamos a partir de la mentalidad de carencia y la conciencia de separación. Y eso es lo que abordaremos en las siguientes páginas.

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