Kitabı oku: «El arte de argumentar: sentido, forma, diálogo y persuasión»

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El arte de argumentar

Sentido, forma, diálogo y persuasión

UNIVERSIDAD AUTÓNOMA DE LA CIUDAD DE MÉXICO

DIFUSIÓN CULTURAL Y EXTENSIÓN UNIVERSITARIA

RECTORA

Tania Hogla Rodríguez Mora

COORDINADORA DE DIFUSIÓN CULTURAL Y EXTENSIÓN UNIVERSITARIA

Marissa Reyes Godínez

RESPONSABLE DE PUBLICACIONES

José Ángel Leyva


COLECCIÓN: HISTORIA DE LAS IDEAS


El arte de argumentar: sentido, forma, diálogo y persuasión.

Primera edición 2021

D.R. © Pedro Reygadas

D.R. © Universidad Autónoma de la Ciudad de México

Dr. García Diego, 168,

Colonia Doctores, alcaldía Cuauhtémoc,

C.P. 06720, Ciudad de México

ISBN (impreso) 978-607-7798-98-9

ISBN (ePub) 978-607-9465-56-8

publicaciones.uacm.edu.mx

Esta obra se sometió al sistema de evaluación por pares doble ciego y su publicación fue aprobada por el Consejo Editorial de la UACM.

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Hecho en México

Prólogo

La obra que el lector tiene en sus manos, El arte de argumentar. Sentido, forma, diálogo y persuasión es una verdadera novedad en el tratamiento del tema en la tradición mexicana y latinoamericana, ya que elabora una primera topografía de la problemática de la «Nueva teoría de la argumentación», que se origina en torno a 1947 (con las obras de Arne Naess y Crawshay-Williams), que se desarrolla desde 1958 (con los trabajos de Chaïm Perelman, Olbrechts-Tyteca, Toulmin y Kotarbinski), y que se expande desde 1972 (con las investigaciones de Grize, Vignaux, Miéville y muchos otros).

Pedro Reygadas es un joven pensador de una muy estricta y disciplinada formación intelectual, que ha podido estudiar en Lyon (Francia), en York (Canadá) y en México, con maestros de renombre como M. Gilbert, Ch. Plantin y J. Haidar, en especial en lingüística y antropología, pero con una excelente formación en otras disciplinas, incluyendo la filosofía. Todo esto lo ha preparado para romper con una visión reductiva de la argumentación como siendo un momento exclusivo racional de la lógica, o aun de la retórica o pragmática, en un sentido estrechamente epistemológico.

Por ello la obra del profesor de la novel Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM), que lo cuenta entre sus fundadores y forma parte del claustro académico, debe ser acogida como una saludable aportación al describir una visión ampliada del «arte de la argumentación», que incluye decisivamente la emotividad,1 la lógica de las intuiciones, los deseos, las creencias, la intersubjetividad, con un sentido fino democrático, desde un compromiso con las luchas populares en el México actual, dimensiones todas que hubieran sido consideradas por muchos teóricos que cultivan el campo de la argumentación como extrañas al tema. Reygadas amplía, entonces, el campo de la argumentación y lo hace con una precisa, autorizada, informada descripción de las diversas posiciones o estilos en el tratamiento del tema, de enorme trascendencia por mostrar la posibilidad del uso de estas herramientas intelectuales y emotivas en la vida cotidiana de un pueblo. Es por lo tanto un ataque frontal a cierto racionalismo dogmático de la modernidad tan frecuente en nuestro medio filosófico mexicano.

Trata de mostrar, y lo logra, que el «arte de argumentar» se mueve no sólo en la lógica (la «lógica lógica» gusta de escribir), sino también en la dialéctica erística, la retórica reformulada, la semiótica y el análisis del discurso. La argumentación puede ser verbal y proposicional, pero igualmente hay argumentación para-verbal, no-verbal, y hasta puede argumentarse desde el silencio del gesto. Se trata de una teoría ampliada de la argumentación cuyo mapeo de las nuevas posiciones no han sido dadas a conocer de manera tan extensa en ningún otro texto en lengua castellana.

En un tono expositivo claro el texto es sumamente polémico, hasta por el documento político que usa como ejemplo a lo largo de toda la obra, la primera «Declaración de la selva lacandona».

La obra se divide en tres secciones (con sus correspondientes capítulos). En la primera, se ocupa de la argumentación, recordando lo sabido por la tradición. En la segunda, nos informa de manera muy precisa de «La nueva teoría de la argumentación» (donde describe las posiciones de Crawshay-Williams, Toulmin y Habermas, y otros representantes de la nueva retórica). En la tercera sección, «Teorías críticas y emergentes», encara el tema que más le interesa, para mostrar cómo entran las emociones en el proceso argumentativo, el momento sociocultural no-verbal, la erística y la coalescencia (sobre lo que ha publicado trabajos innovadores con anterioridad a este libro). En otro libro, el autor investiga la relación entre «Argumentación y discurso». Un «Anexo histórico» retorna sobre el proceso del nacimiento del «arte de la argumentación», prácticamente desde los griegos hasta el presente, a manera de una información pedagógica sumamente útil para la enseñanza y los cursos que se imparten sobre la cuestión. Además de los nombrados, habría que agregar una larga lista a partir de Aristóteles; Charles S. Peirce no puede dejar de ocupar un lugar central, con su pragmática semiótica.

Nuestro pensador muestra siempre un espíritu informado de los autores más recientes (sean anglosajones o franceses, alemanes, holandeses o italianos), usando bibliografía en todas esas lenguas, lo cual es ejemplar para los jóvenes investigadores. Pero no sólo es mera información, es siempre un enjuiciar las tesis expuestas desde sus propias posiciones críticas —en el sentido de la Escuela de Frankfurt—. Sabe diferenciar la mera demostración explicativa de la argumentación narrativa, a partir de la distinción redefinida de «explicación» y «comprensión».

No podemos menos que felicitarnos de que la UACM haya tomado la iniciativa de publicar esta tan necesaria investigación.

Para terminar, se me ocurre proponerle a nuestro amigo y colega, si fuera posible en el futuro, tratar el tema pretendiendo frontalmente intentar la elaboración de un Arte crítico de argumentar, y por ello plenamente latinoamericano (a partir de nuestra postración colonial, de la existencia de pueblos originarios indígenas, siendo la nuestra una cultura periférica, etcétera), que usara todos los avances de las nuevas teorías de la argumentación, desde la emergencia de lo más novedoso en la actualidad, y que se tuviera muy en cuenta como hilo conductor de la investigación y en la exposición, lo que hemos llamado con algunos colegas (Walter Mignolo, Aníbal Quijano, Ramón Grosfoguel y otros) la «diferencia poscolonial», que a través de toda esta obra se hace presente en situaciones tales, y muy bien descrita, de los «silencios que gritan», de las víctimas de la injusticia, no sólo en los niveles económico y político (siempre tenidos en cuenta), sino propiamente cultural, y por lo tanto argumentativo. Las víctimas no pueden participar en la argumentación. La pretensión consistiría en ordenar todo el material (que se encuentra como disperso en toda la obra) de un Arte crítico de argumentar a partir del otro, del silenciado, del oprimido, del excluido, del pobre, del pueblo postergado. En mi debate con Karl-Otto Apel, a esa protesta, ese grito del otro excluido, lo describí como un acto-de-habla bajo el nombre de «interpelación». Es a partir de este núcleo fuerte que interpela desde la exterioridad de los sistemas argumentativos vigentes, hegemónicos o dominantes, que sería posible ofrecer al «centro» (Estados Unidos y Europa), una Teoría crítica del arte de argumentar, con sentido liberador, que sabe situar el hontanar arquitectónico categorial desde la periferia, desde abajo, desde la mayoría de la humanidad empobrecida. Como decía un dirigente popular en el Foro Social Mundial: «¡No tenemos nada!, somos pobres, pero tenemos la razón». «Tienen la razón» y la necesitan; y necesitan a la razón porque quieren vivir. El querer vivir es la voluntad, y la motivación de la voluntad es la fuerza y el poder del razonar; porque al final la razón (y la argumentación como su mediación) es una astucia de la vida. Es la vida que no se resigna a ser eliminada en los excluidos, en las grandes masas del sur, a los que no se les permite el ejercicio pleno de la racionalidad. Ellos se levantan hoy exigiendo poder argumentar, emotiva, cultural y socialmente, teniendo como punto de partida la afirmación de la vida como criterio de verdad. La verdad es referencia a la realidad, a la vida. Esta verdad motivada por el querer vivir (diría Schopenhauer o Nietzsche) es el contenido de toda argumentación pertinente; ejercicio de la racionalidad argumentativa con la que hay que saber colaborar para que sea desarrollada, llevada a cabo, para que nutra las luchas de millones de personas, de miles de nuevos movimientos sociales que surgen en África, Asia y América Latina, y que necesitan la argumentación como arma de su liberación.

ENRIQUE DUSSEL

Prefacio a la segunda edición

La primera edición de El arte de argumentar se agotó pronto. Desde 2008 he recibido decenas de solicitudes y recomendaciones en torno al texto, tanto de colegas como de maestros y estudiantes latinoamericanos. En esta segunda edición he decidido atender tres de las recomendaciones fundamentales y dar algunos elementos mínimos sobre la decolonización del pensamiento argumentativo en Nuestra América —que ya me pedía Enrique Dussel desde que elaboró el prólogo de la primera edición—. Daré los elementos en este mismo prefacio, cuestión que me era imposible hacer en 2005 porque debí incursionar por cinco años en el pensamiento amerindiano. Las otras recomendaciones son:

1) corregir algunos detalles menores, así como actualizar avances y derroteros de la argumentación en el mundo durante el avance de este siglo XXI

2) incluir un anexo con algunos elementos mínimos de historia, ya que no veo condiciones en el horizonte para preparar el documento detallado que en un momento pensé podía realizar y por lo cual extraje esa sección de la primera edición

3) incluir un anexo repetidamente solicitado sobre las figuras retóricas, que son indispensables para el estudioso del lenguaje, la creación literaria, la retórica y la filosofía. Anexo que es indispensable en la docencia de la creación literaria que se imparte en la UACM

La filosofía y práctica de la argumentación en el continente

La visión eurocéntrica de europeos, estadounidenses, canadienses y de los europeizados en el propio continente tiende a pensar que los pueblos originarios, e incluso el pueblo americano colonial e independiente, no tiene una filosofía, mucho menos una filosofía de la argumentación o de la racionalidad. Queremos aquí dar algunos elementos que apuntan en contrario y comentar la importancia de la argumentación por la liberación en América Latina.

Prácticamente todos los pueblos originarios tienen una filosofía de la verdad, de la evidencia, que da o daría lugar a matices diversos en la perspectiva de la argumentación y la lógica. Incluso pueblos como el wixarika (huichol), que son interfase entre las altas culturas de cultivadores (de la llamada todavía Mesoamérica) y los nómadas, presentan una particular perspectiva de la evidencia. En la filosofía wixarika existe al respecto la forma ka-ni, prefijo de aserción que indica los siguientes valores: coherencia, relevancia de la información en el diálogo; validez incontestable en la narración mítica; verdad comprobada de una descripción «científica» o pedagógica. Es decir, define y escancia el campo de la evidencia desde otra perspectiva universalmente comprensible, pero diferente al racionalismo o al empirismo.

En la filosofía andina y la lengua quechua, que viene de una civilización de 5200 años de antigüedad (Caral, con paralelo sólo en Babilonia y Egipto), dentro de una cultura urbana y altamente elaborada en su pensamiento, existe una clasificación lingüístico-racional de la evidencia:

• el evidencial directo (-mi), que es equivalente a la proposición «p»

• el evidencial conjetural (-chá), que es equivalente a «posiblemente p»

• el evidencial reportado (-si), con un valor ilocutivo de «presentación de p»

De forma en extremo interesante, el evidencial se relaciona con la pareja palabra/razón: suti (nombre) y sut’i (evidencia, realidad). Sut’i yuyay es equivalente de «proposición verdadera».

En naayeri (cora) es relevante el parecer del oyente y la conexión con el oyente. El dubitativo tyi marca la tentativa de aserción, y la partícula discursiva positiva y finalizadora de oración nya’u («ahí tienes», «así es»), conecta la mente del hablante con la creencia del interlocutor.

La verdad presenta en realidad un equivalente analógico en cada cultura. En inuit, el chamán hace visible la causa del mal actuar y hace emerger el «decir la verdad», de modo que se liga la verdad y la salud, en una interfase entre la argumentación visceral (corporal) y lógica. En hopi’sino —de acuerdo con Whorf— no se trata de descubrir la verdad, sino de que «se hace verdad lo esperado» (tunátya, en forma inceptiva), mediante las fuerzas del deseo, las causas y el pensamiento.

En quechua la verdad se asocia a la sabiduría (yachay), lo verdadero está ligado a lo justo (caman) y lo que se asume con confianza (sullul o checca –cheqan–), así como a la novedad o invención (huamac hamuttay). Supone lo racional y crítico (yuyayniyoq). Yuyayniyoq remite a lo racional, con uso de razón, que piensa, que conoce, que maneja la reflexión crítica. El sabio, el que maneja o almacena la sabiduría, un saber de vida quechua.

En náhuatl, ixtlamachiliztli liga saber-sentir y verdad, la persona (rostro-corazón: in ixtli in yolotl: el conocimiento verdadero de Quetzalcóatl), la ética y la normatividad de lo recto (in quallotl in yecyotl) y la dignidad (in macehualli: la macehualidad). El adjetivo qualli se liga al bien y al acuerdo, a lo asimilable para la vida, existe también melak, melawak y nelli, «cierto, verdadero, real, cimentado, firme»: in nelly, «el verdadero»; nelhuayotl, «principio, fundamento, base, raíz, origen»; neltiliztli, «verdad, certeza»; nelti o neltia, «reconocerse, realizarse»; y neltilia, «averiguar, asegurar, certificar, testificar, poner en obra, ejecutar una cosa». La verdad es un principio fundamentado, suficiente, adecuado, relevante y consistente. Yektlatohlli/kwallitlahtolli es el discurso recto, bueno, verdadero. Donde lo que da verdad es el principio fundamental de la integralidad (Ometeotl).

En p’urhépecha es deducible que la verdad es tal en tanto veracidad para el sujeto, rectitud moral de la cultura y adecuación en la sociedad desde la conexión ser humano-kosmos.

En maya, López Maldonado ha propuesto la retoma del concepto k’ahooolal: «pretensión de conocer», que revela el carácter abierto de la verdad. En tojolabal la verdad es consubstancialmente un hecho de inter-subjetividad.

La verdad para los juni kuin (kaxinawa), cazadores de arco y flecha, está ligada a la razón de la imagen, porque el mundo está ordenado y es comprendido en la relación imagen-objeto-palabra. El término kuin es «verdadero», pero también algo diferente, en la medida que no implica el antónimo «falso» (koinma). La escritura de lo verdadero para los juni kuin está asociado a lo intuitivo (kisceral), a lo espiritual, a la lengua de los yuxin. Y la verdad entre ellos como entre la mayoría de las culturas no reside en la fijeza lógica, porque el universo es transformativo.

Ahora bien, siendo ya esto notable, no podemos quedarnos en ese terreno comparativo, que nos disminuye. En la argumentación y filosofía originaria tenemos también otras dimensiones equiparables relevantes. Es el caso de lo que con más o menos validez, Whorf llamaba en el caso de los hopi o hopi’sino la forma expectativa: forma causal usada para desear, querer, tener ánimo de hacer. Es decir, si consideramos que los modelizadores primarios del mundo son el tiempo, el espacio y el lenguaje y ellos se conciben distinto, necesitamos concebir con relación a ello de manera diferente la noción de evidencia y el campo que a ello se asocia en la visión reducida del occidente capitalista centrado en el individuo y la ciencia como mitología prevaleciente.

Ahora bien, eso no obsta para que exista en las culturas originarias continentales de Abya Yala un concepto de verdad, de verdadero y otros términos afines.

En la filosofía andina encontramos el término cheqan: verdadero, en quechua. En esta lengua y filosofía encontramos incluso el concepto K’apaq, hunt’asqa: equivalente de «exacto» en quechua.

Pero no se trata sólo de un problema de traducción, de términos. En binnizá (zapoteco), por ejemplo, existe la forma huandí: verdad de la adecuación del pensamiento a las formas, partes o especies de las cosas: ¡una lógica de la correspondencia, pero no con la materia sino con la forma! En náhuatl, el conocimiento verdadero, como en casi todo el pensamiento profundo originario, no es un asunto de mero conocer, sino de sentir-pensar: in ixtli in yolotl; es la unión de «rostro y corazón» lo que construye el conocimiento verdadero nahua. Y ese conocimiento al unir rostro y corazón, pensamiento y emoción, pensamiento y disposición a la acción (appraisal) es ixtlamachiliztli: saber, sentir, sentirse bien con alguien, enseñar, conocer el rostro de las cosas nahua—equivalente intercultural a la «razón» europea.

La necesaria relación sentir-pensar es el horizonte general de Abya Yala (nombre del continente para los guna, de Panamá) y es la regla mundial, más que la separación occidental (que no tiene sustrato real ni discursivo ni cerebral).

Esta complementariedad cabeza-corazón, conocer-sentir, se expresa en tojolabal en el concepto filosófico k’ujol: se refiere al corazón tojolabal desde nuestros sentimientos, deseos e intenciones. «Corresponde, por lo general, a las motivaciones que surgen del interior nuestro y de nuestros sentimientos», nos dice como recrear la comunidad tojolabal.

La lógica no sólo existe en cada lengua por necesidad, así como en la estructura causal y temporal, sino que se llega a desarrollar de manera expresa en ocasiones. El equivalente de la substancia para los hopi’sino, concibe que las cosas del mundo tienen no una sino dos formas: una visible y otra espiritual.

El caso de los binnizá es quizá destacado. Tenemos así locuciones como cuée, lu, el equivalente de «especie». Existe la operación de pensamiento ruguunaguenda: predicar, atribuir, aplicar binnizá. Este pueblo, que llegó a tener un centro de enseñanza filosófica concibió un principio de no contradicción en términos propios, ligado a Guenda (una compleja noción que abarca lo que en occidente es el ser, pero más que ello): Qui zanda guunaguenda gasti ne cadi guunaguendani lu tobiroa-ci didxa: «nada puede bajo la misma razón, decir y no decir relación con el ser» (con Guenda).

En la lógica diné (navajo) existe una impresionante ley de los complementos, regla de completud: ley lógica de los diné que indica que si algo es incluido, su opuesto debe también estar presente, para cualquier cosa representada.

La dialéctica es muy distinta más allá del horizonte germano-holandés de la pragma-dialéctica. Así, por ejemplo, la dimensión de la recepción recién resaltada por Iser, Ingarden o Habermas en occidente es para el pueblo chiapaneco tojolabal —como para muchos otros pueblos originarios— una experiencia primaria, ligada a construcciones comunitarias de la intersubjetividad, a la «nosotridad», porque el yo entre tojolabales no existe aislado, es siempre un yo-tú, un yo que habla para que tú escuches. Es decir, la dialéctica es consubstancial al hablar. Asimismo, la recepción es fundamental a muchas construcciones lingüísticas y culturales nuestras.

No para ahí la ventajosa comparación para la dialéctica amerindiana, sino que entre tojolabales existe el concepto filosófico lajan lajan ‘aytik u ‘oj jlaj jb’atik: «nos emparejamos». Principio filosófico que corresponde a la acción de nivelarse en contraposición con la de subordinarse. Para los tojolabales implica la posibilidad de lograr acuerdos por convivencia o ponerse de acuerdo. Y ello se hace desde la consideración que el yo es tú, es nosotros, a tal grado que una acción terrible de alguien es asumida como una acción, una falla colectiva, como si fuese un «yo matamos» o un «yo robamos».

La retórica comparada nos lleva por fuerza a la concepción del bien y de la palabra en cada cultura, equivalentes interculturales del vir bonus dicendi peritus latino (el hombre bueno de hablar experto).

Sobre el bien, podemos afirmar sin duda que existe un análogo en cada cultura. En la filosofía andina allin (bien, bueno) es un producto de la experiencia, la analogía y la generalización, lo correcto y estético. El bien en este caso en contraste con el dualismo griego-europeo es el único principio real, en contraposición con el mal (lo «no bueno»). O, en otra variante, entre los mayas, el águila bicéfala Cabawil, mira simultáneamente, más allá también del dualismo-maniqueísmo occidental, tanto al bien como al mal.

Todavía más, allin significa bien, bueno, útil, en quechua. Para el filósofo Mario Mejía Huaman, el equivalente del «alma» europea es como el allin activo. Se liga a las virtudes supremas andinas. Allin runa es el ser humano bueno, correcto. Allin Kawsay (o Sumak Kawsay, concepto aporte de Bolivia al mundo en el derecho y la política actual) es el buen vivir. Es decir, no es el bien abstracto ideal sino el bien en la vida buena que podría quizá sostener una Agnes Heller.

Entre los haudenosaunee (iroqueses), el bien es femenino, alumbra el tenebroso mundo de los hombres, se asocia al espíritu del bien y a la función materna, es decir, no al mero individuo sino a la recreación de la vida. Como en el caso del rhetor griego, entre los haudenosaunee, el ser hombre bueno es una cualidad de los dirigentes (royaneh). E igual sucede con el tlahtoani azteca, el dirigente es etimológicamente «el que habla».

Entre los tojolabales el bien se vincula con la vivencia de «el que bien escucha», como base de la kosmovivencia y la comunidad desde la relación, la inter-subjetividad.

Entre los diné, el bien es orden y armonía, el mal es alteración de ellos y se asocia a la ignorancia. La armonía expresa el sentido de la existencia diné en el mundo. El orden incluye las relaciones humanas de reciprocidad con el kosmos. No es la lógica formal sino la lógica de la relacionalidad y la integralidad en el todo.

Entre los mapuches, la tierra está asociada al bien, al mal y a las sombras. Mientras entre los nahuas y aztecas, welli se asocia al bien y a lo bueno; el bien es algo en cuestión y asociado a valores (honor, estimación, dignidad) y normatividad (tratarse bien, tener en cuenta el honor, ser moderado y sobrio), a lo conveniente y recto.

El concepto náhuatl de lo bueno se asocia a las virtudes de la moderación, de la tranquilidad, que generan una regla pedagógica y de vida: in quallotl in yecyotl; bueno es —como anotamos— lo asimilable por el yo (kwalli), la esencia de la comida, de la reproducción de la vida es lo recto (concepto pervertido por el régimen militar en la fase final del dominio azteca), bueno es lo recto.

El concepto de los tlamatinimeh, los filósofos nahuas, nos lleva a otra construcción del ser humano, desde un valor fundamental para casi todo el continente originario, aunque expresado en cada caso con sus peculiaridades: la dignidad. En el caso nahua nos lleva al complejísimo concepto de macehualli: dignidad, humanidad, merecimiento nahua. El ser humano es un merecedor, un digno, con corresponsabilidad ética hacia el otro.

En la ética guaraní del caminar, de la errancia, el horizonte de esperanza es la búsqueda de la «tierra sin mal»; es decir, el bien conlleva no sólo la inmediatez sino la trascendencia.

En la filosofía de la palabra originaria no podríamos detenernos porque es un universo extensísimo, y es sabida su enorme riqueza, diversidad y complejidad en la filosofía del lenguaje. Remarquemos sin embargo algunos detalles, así como la importancia que tiene conocer, emplear y difundir para cada pueblo y contexto histórico las propias formas de nombrar, los propios valores y virtudes retóricas, así como los propios géneros retórico-discursivos.

Del nombre y del nombrar hay una perspectiva en cada filosofía. Por ejemplo, en inuit es bautizar, dar identidad, compartir existencia. Entre los diné, nombrar es reconocer el cambio de la individualidad en el tiempo y su simultánea comunalidad, reconocer(se) al otro; existe, como en muchos otros casos, la posesión secreta y de poder de un nombre ceremonial. Entre los guaraní, el nombre es la persona misma, nombre y persona comparten atributos. Nombrar es encontrar el ser oculto, el ser divino de las cosas, el «alma».

En el caso de los géneros discursivos, en binnizá, por ejemplo, tenemos un amplio grupo de géneros propios, en donde destaca el caso del libana, un discurso ceremonial altamente elaborado y dividido en biini, guela y guie’ chita. En náhuatl es destacado el uso de los huehuetlahtolli, la palabra de los ancianos. Los mapuches desarrollan los consejos morales sabios (gülamtugun).

Ahora bien, la muestra de géneros retóricos propios es considerable en todas y cada una de las culturas, abarcaría más de un libro, comprendiendo dimensiones no comunes a occidente. Como un ejemplo que permita comprender lo que esto implica, citemos el caso de los guna, donde es relevante el canto de los chamanes, porque es central a la vida y a la salud. Los abisuagan, conocedores de los cantos terapéuticos, los clasifican en cuatro: a) sia igar suid; y sia igar gaburbalid; b) sia igar gialed; y sia igar gialed nibarbalid; c) sia igar argangined; y sia igar argangined unaled; y d) sia igar inabalid.

En el arte verbal guna destacan mitos, leyendas, cantos chamánicos, cantos épicos, fábulas, cuentos, chistes, adivinanzas, arrullos. Describiremos algunos de los géneros resumiendo el trabajo de Arysteides Turpana, primer escritor guna en lengua castellana.

Un género central es el bab igar, los cantos venerables, colección de mitos y leyendas que debe ejecutar el saila o sabio, y que corresponden al mundo ordinario. Su canto se llama namaked y es ejecutado en el onmaked nega (en la asamblea del pueblo), convertido en academia. «Al arrancar la sesión, los dos saila se sientan en la hamaca, y se acuestan al finalizar, o sea, cuando el argar o el descodificador toma la palabra. Durante ese momento, los suaribgan o vigilantes se mantienen en silencio». El auditorio se dedica a labores creativas durante la representación: las mujeres tejen sus morra y los hombres objetos.

Otro género central es el muu igar: un canto chamanístico para ayudar a un parto difícil que fue citado por Claude Lévi-Strauss. Bernal Díaz del Castillo catalogó los conocimientos y prácticas de igargan (cantos curativos y terapéuticos). Entre ellos: gurgin igar: «camino sobre el cerebro», canto sobre el cerebro usado para desarrollar la inteligencia y aliviar el dolor de cabeza; gabur igar (el camino o canto al ají conguito), usado para la fiebre; y bised igar (el camino o canto a la albahaca), usado para asegurar una buena caza.

Sherzer menciona que entre los guna, una historia puede escucharse en forma repetida, ya que el interés reside en la forma del relato más que en el contenido: importa el tono, el vocabulario, la posición del narrador.

Y esa tradición oral guna no está exenta de una gran dimensión de lucha, como señala Aiban Wagua: «La historia que cuentan nuestros ancianos es precisamente la de los muertos que no mueren y de los vivos que ahora están muertos. Es la historia viva, violentada, silenciada y resistente».

Díaz del Castillo menciona los tipos de cantos curativos o igargan en general: sia igar (canto al cacao y el rescate del alma); gabur igar (canto al ají conguito y el proceso de rescate del alma); burua igar (canto contra la epilepsia); sergan igar (canto contra los malos sueños); sabdur igar (canto a la jagua y prevención de las enfermedades); nia igar (canto contra la locura y revitalización del cuerpo y del alma); akuanusa igar (canto a la piedra «preciosa» y revitalización de la vida); gurgin igar (canto para desarrollar la capacidad de la inteligencia y/o canto para aliviar dolor de cabeza); muu igar (canto contra el parto difícil y/o canto a la vida); masar igar (canto funerario y/o canto al comportamiento humano); gammu igar (canto para la flauta dulce); naibe igar (canto contra el veneno de la serpiente); absogued igar (canto contra las epidemias en una comunidad).

Otros tipos de igargan que se efectúan en las comunidades como los dodoged en las ceremonias de las chichas fuertes o innagan son: uiboged igar (canto para no emborracharse); disla igar (canto a las tijeras); esuar gaed igar (canto al arpón); buibu igar (secreto para tomar la chicha en la coladora).

En fin, un mundo retórico, lógico, kisceral, corporal, cognoscitivo y lúdico en cada cultura.

En cuanto al modo emocional de argumentar, no sólo para los pueblos originarios existe la unidad del sentir-pensar, sino que existen otros desarrollos. Por ejemplo en la relación subjetivo-objetivo de los hopi’sino, según Whorf, lo objetivo es accesible a los sentidos, presente o pasado; lo subjetivo es mental, del corazón, de la emoción de todos los seres, y se vincula al futuro.

Las virtudes ético-político-retóricas son propias de cada decir. Cada pueblo tiene su propio ethos, cercano o muy distante de occidente. En mapuche, por ejemplo, el hombre de bien, que respeta a los otros (kawün) y al territorio (mapu), que posee las virtudes del cóndor: la sabiduría (kim, kimche), la justicia-rectitud (nor, norche), la bondad-bienestar (kum, kumeche) y la disciplina-fortaleza (newen, newenche).

Entre los quechuas se mencionan virtudes respecto al no hablar mal (hablar bien), no robar, no mentir, no matar, no ser adúltero y no ser ocioso, ser dadivoso, acoger al necesitado.

El orador nahua parte del carácter incierto de la verdad, va más allá de lo supuesto hacia lo oculto, liga sentir-pensar pero sin personalizar y habla en forma impecable, en forma correcta, ética y bella de acuerdo con el kosmos.

El guaraní en la palabra expresa también el alma y busca el estado de gracia (aguyjé) en su caminar en el mundo. Cuida las «buenas palabras» y habla sólo cuando tiene certeza, de otra manera, guarda silencio. Xpea, xquenda, xpea tobi tobi guidx son los elementos ligados al ethos binnizá.

Ahora bien, en la perspectiva amerindiana no sólo podemos quedarnos en la argumentación lineal. Los pueblos originarios desarrollaron parte central de la argumentación mediante mitos y símbolos. El mito es la gran reserva cultural de sentido. Y el símbolo es el condensador semiótico argumentativo por excelencia. No hay, por ejemplo, un símbolo con más poder argumentativo que el quincunce mesoamericano y su desarrollo entre los hopi’sino que estudiara Raúl González. En una cruz con unos cuantos puntos se condensa la línea temporal, los rumbos del mundo, la relación entre el supramundo, el mundo y el inframundo, toda la explicación del kosmos y del ser humano. Pero no es un caso único, existen igualmente otros símbolos, como el itapejá guaraní.

Desde la Independencia, América Latina ha desarrollado también su propia lógica de argumentos mestizos, criollos e incluso de los peninsulares venidos al continente pero que asumieron su liberación. No podemos extendernos en este prefacio, pero mostremos algunos hitos.

Los indígenas que resistieron la conquista dejaron ejemplos insustituibles de la argumentación propia. Desde el anónimo de Tlaltelolco y todos los textos recogidos por Josefina Oliva de Coll que muestran la peculiar unión de sentir y pensar, de estética-lógica-política-kosmología. Dos de ellos son memorables, el Chilam Balam: «para que su flor viviese, dañaron y sorbieron la flor de nosotros», un argumento estético-emocional incontestable; y el de la comunidad de tlamatinimeh de Tlaltelolco que tras el fracaso del encuentro con los franciscanos que impusieron su visión formularon el amoxtli del Nican Mopohua con una capacidad intercultural sin igual para permanecer y a la vez reconocer la racionalidad del invasor. Pero también está el caso notable de Felipe Guamán Poma de Ayala entre los incas.

No solamente son argumentos verbales. Cuando en el ahora Estados Unidos fueron confinados los pueblos originarios dentro de un cercado, comenzaron a danzar para reestablecer el orden del mundo. La respuesta colonial fue masacrarlos, el orden no pudo ser restablecido.

Desde los peninsulares, Bartolomé de las Casas, por ejemplo, formula un interesante silogismo propio, cuando por primera vez en el mundo, mucho antes que Europa, plantea su argumento contra la esclavitud, que podríamos parafrasearlo del siguiente modo: «La esclavitud de uno es la esclavitud de todos»; es decir, va más allá de Fichte, no se trata del yo, sino de que la existencia de un solo esclavo cuestiona a todos y cada uno en la especie humana, en cada ser humano está la humanidad.

En la Independencia cada gran héroe, desde los precursores como Simón Rodríguez, Hidalgo, hasta José Martí ha construido un aporte a la argumentación latinoamericana. Morelos en su argumento de los «Sentimientos de la nación» sostiene, por ejemplo, siguiendo a Suárez, que «5. La soberanía dimana inmediatamente del pueblo, el que sólo quiere depositarla en el Supremo Congreso Nacional Americano, compuesto de representantes de las provincias de número»; pero va más allá y postula en el artículo 12: «Que como la buena ley es superior a todo hombre, las que dicte nuestro Congreso deben ser tales, que obliguen a constancia y patriotismo, moderen la opulencia y la indigencia, y de tal suerte se aumente el jornal del pobre, que mejore sus costumbres, alejando la ignorancia, la rapiña y el hurto». Pero sobre todo afirma todavía: «15. Que la esclavitud se proscriba para siempre, y lo mismo la distinción de castas, quedando todos iguales, y sólo distinguirá a un americano de otro el vicio y la virtud».

Esta tradición argumentativa se prolonga hasta el siglo XX con el Che Guevara o Fidel Castro con su célebre «Primera declaración de La Habana», una de las más grandes piezas retóricas de la contemporaneidad; o con la «Primera declaración de la selva lacandona» del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) que analizamos en Argumentación y discurso y en este libro; o los planteamientos de Hugo Chávez, hasta llegar en 2013 al discurso de Evo Morales en Rusia, donde en forma retórica pero también lógica y evidencial volteó el argumento de la colonialidad y de la deuda externa: son los europeos los que deben a América por haber saqueado su riqueza.

Es decir, queremos mencionar que si bien es bueno hacer la historia colonial de la argumentación en América, que tiene aportaciones notables como la Lógica de Rubio (conocida por Descartes y con múltiples ediciones), adaptaciones que implicaron innovación desde el primer momento (como las reseñadas por Beuchot), es tanto y más importante recuperar la vena de la argumentación por la liberación continental.

La argumentación en los últimos años

Después de que cerramos la investigación de El arte de argumentar se ha desarrollado un despliegue más amplio de la teoría de la argumentación en el mundo bajo la hegemonía o dentro del contacto con occidente. Cada año se multiplican los congresos y publicaciones en Japón, en la Europa ex socialista, en América Latina. Se despliega como un nuevo pensar hegemónico.

Dado que la argumentación sigue el modo de la producción social, cada vez vemos más esfuerzos ligados a la sistematización formal de la argumentación para los programas de cómputo.

En la lógica no ha habido despliegues notables y se permanece en la difusión y discusión de las falacias. Pero hubo en 2013 una discusión que muestra cierta crisis terminológica sobre la lógica informal, el pensamiento crítico y la teoría de la argumentación, que sin ser sustancial no deja de ser relevante. En Europa, el congreso de referencia sigue siendo el de la International Society for the Study of Argument cada cuatro años. Y además de la revista Argumentation de la pragmadialéctica destaca el Journal de Informal Logic. Pero los nombres han hecho crisis. Sabemos que el término lógica informal es en extremo inadecuado, pero también se ha puesto en cuestión la «teoría de la argumentación», sin construirse todavía un nuevo consenso. El lógico ecléctico canadiense Douglas Walton, por ejemplo, ha propuesto para la asociación mundial la fórmula sustituta «Asociación para el Estudio Normativo de la Razón y la Argumentación» o «Asociación para los Métodos de la Argumentación». Ya antes se había hablado también del término posible «filosofía de la argumentación». Y es claro igualmente que al centrarse estas corrientes en lo formal no salen del vericueto del hecho de que el único criterio válido para juzgar en el fondo es el de la lógica estándar.

Una parte significativa de la crisis es que no hay claridad en que los cursos de pensamiento crítico sirvan suficientemente para desarrollar las habilidades racionales. Lo que atañe sobre todo a la práctica de profesores y corrientes con un enfoque reductivo de la argumentación, en lugar del enfoque verdaderamente contextual, integral y complejo.

El ámbito de la argumentación visual se consolida cada vez más en el campo. Y en el ámbito de la argumentación emocional quizá el avance más notable es el libro de Christian Plantin, Les Bonnes Raisons des émotions. Principes et méthode pour l’étude du discours émotionné, bajo el enfoque del estructuralismo y de la interacción comunicativa.

En nuestro subcontinente, las corrientes que ya se desplegaban siguen su curso, pero se inició después de que planteamos con otros la iniciativa de una red latinoamericana (LASSA), un congreso periódico que se ha centrado en Chile, pero ha tenido una influencia eurocéntrica predominante, bajo la hegemonía de la pragma-dialéctica. También se ha expandido el estudio retórico.

México sigue estando bajo fuerte influencia del pensamiento crítico y la lógica informal estadounidense-canadiense. La Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) prácticamente está copada por un pensamiento de raigambre totalmente eurocéntrica y de visión en extremo limitada. En la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), Silvia Gutiérrez ha seguido más bien el modelo francés de Christian Plantin. En Jalapa, Ariel Campirán hace esfuerzos desde el horizonte dominante pero buscando también caminos propios. En la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM) se sigue el modelo imperante, con algunos contactos con colegas en el mismo horizonte en América Latina. Más interesante quizá resultó el volumen sobre la introducción a la argumentación realizado por la Universidad de Guadalajara, o el esfuerzo de Eduardo Harada en las preparatorias del Distrito Federal en torno a diversas actividades de lógica, argumentación y filosofía para niños. Y donde sí aparece una visión más propia es en los estudios discursivos y en los trabajos de las jornadas de retórica, que incluso han dado lugar a estudios de la retórica originaria y el libro La palabra florida con aportes centrales de Gerardo Ramírez Vidal y Helena Beristáin.

No podemos enumerar todos los demás aportes en detalle y ofrecemos disculpas por ello; sin embargo es necesario mencionar, en el terreno de la argumentación visual, la tesis doctoral de Josefina Guzmán Díaz (UNAM, 2007), que aporta el modo lúdico de argumentar y lo analiza en la publicidad; la tesis doctoral de Julieta Haidar; el libro coordinado por ella misma y Adrián Gimate-Welsh (La argumentación. Ensayos de análisis de textos verbales y visuales, Universidad Autónoma Metropolitana, 2013), y el trabajo realizado en el seminario dirigido año tras año por la misma Haidar en la Escuela Nacional de Antropología e Historia, que integra la argumentación con el análisis del discurso y la semiótica de la cultura.

Aunque es preocupante que no exista una orientación propia latinoamericana y que poco se trabaja todavía en una perspectiva decolonial, creemos que existen condiciones para desplegar ese movimiento, que empieza por la asimilación del estado del arte mundial y los barruntos de asunción de lo propio.

Exordio

La historia de la cultura occidental encuentra uno de sus fundamentos formales de más larga duración en dos milenios y medio de desarrollo de la argumentación, del estudio de los mecanismos mediante los cuales afirmamos algo desconocido o cuestionado a partir de lo conocido y aceptado para persuadir, convencer o derrotar al otro sin acudir a la fuerza física. Esto por sí solo justifica la atención en el campo de la teoría del argumentar. Además, poderosas razones atraen hoy nuestra atención hacia este universo: el bombardeo de argumentos de la propaganda política y comercial al que es sometido el ciudadano contemporáneo que requiere herramientas para la autodefensa y la crítica; el gran desarrollo de la teoría de la argumentación después de la segunda guerra mundial, que nos permite contar con instrumentos intelectuales a la vez accesibles y sofisticados para el mejoramiento de nuestra argumentación y la crítica de los discursos argumentativos; el casi nulo conocimiento de la reflexión tanto clásica como moderna de la teoría de la argumentación entre los grandes núcleos de población, entre los profesores, jueces, legisladores y luchadores políticos progresistas de América Latina; la importancia de fomentar una cultura compleja de discusión y respeto democráticos tanto en los ámbitos de la discusión interpersonal como en la esfera pública; y el creciente reconocimiento de la importancia de la argumentación y la interpretación en las teorías científicas.

Hoy, en tiempos de guerras absurdas, de inventos que no miden las consecuencias sobre el ambiente y la salud, de profundización de las desigualdades a escala mundial, se nos plantea como una urgencia saber argumentar en todos los ámbitos a favor de la democracia, de la construcción de una ciudadanía crítica y de la supervivencia de la comunidad mundial. Para ello y para resistir al conformismo de lo que existe es necesario defender una teoría de la argumentación cotidiana y científica que tome en cuenta la conservación de la naturaleza, el bienestar humano global, la solidaridad y la ética que permiten argumentar nuestros deseos y planteamientos para construir, en común, el contacto emocional que nos une a los otros, y la explicación del mundo susceptible de un acuerdo intersubjetivo lo más amplio posible y que atienda con respeto a las opiniones divergentes.

La reflexión sobre el campo de la teoría de la argumentación es concebida en este texto en su sentido más amplio. Y si se pretende abrir los ojos a la totalidad y complejidad de la argumentación y sus teorías, resulta necesario comprender diversas subdisciplinas, modos, grados de polemicidad y soportes significantes. Las subdisciplinas nucleares del campo que revisaremos en este libro son:

• La lógica: la argumentación como forma; el cómo de los argumentos en sí, pero sin olvidar el qué, el contenido de la forma (en especial en la llamada «lógica natural»). Sin este nivel no se pueden pensar ni revisar los argumentos en forma crítica clara, detallada y precisa. Es en este nivel que se estudia el paso formal de un enunciado a otro, acentuando, por ejemplo, la búsqueda matemática que resume un funcionamiento argumentativo, la validez silogística, la estructura de los operadores y conectores lingüísticos, la articulación de los diversos sentidos que configuran una esquematización de determinada noción o, incluso, la lógica formal del diálogo.

• La dialéctica erística: la argumentación como diálogo, ya sea negociador, buscador del consenso racional o polémico. En este nivel se desarrolla la interacción y el intercambio de razones, se siguen procedimientos acordados y se alude a las verdades de base de cada comunidad de argumentadores. Aquí se estudia, pues, el cómo de los argumentos en cuanto a las reglas, estándares, convenciones y procedimientos a seguir por cada comunidad de argumentadores.

• La retórica: la argumentación para persuadir, la lógica a nivel del auditorio común. En este nivel opera lo racional y necesario de una interacción que aspire al éxito social ante un público concreto o incluso que busque construir la adhesión de un auditorio pretendidamente universal. La retórica atañe a la persuasión, al para qué de los argumentos, a la estrategia a seguir para conseguir algo, a los valores éticos en juego y sin los cuales no hay verdadero sentido del razonar, no hay fines que perseguir. Ahora que, dada la posibilidad de antivalores, puede operar en la retórica la emocionalidad y la explotación de la imagen del orador de maneras tanto racionales como no defendibles racionalmente o incluso manipuladoras.

• La semiótica y el análisis del discurso: la argumentación como sentido inteligible, que da lugar al estudio lingüístico, pragmático (el uso de los signos en el contexto), hermenéutico (estudio de la interpretación y los horizontes de comprensión, del arte de contextualizar los discursos para comprender su sentido), discursivo (el análisis del sentido del texto oral o escrito relacionado con sus condiciones de producción, circulación y recepción en un lugar y momento dado) o semiótico (visual, acústico, olfativo o táctil). La inteligibilidad en sus diversos niveles es indispensable para la circulación e interpretación adecuada de los argumentos.

El enfoque discursivo nos permite comprender que el uso del lenguaje y de la argumentación no es inocente. Argumentamos y hablamos en general desde la historia y desde el lugar que ocupamos como sujetos dentro de formaciones discursivas que limitan nuestra libertad, en una oscilación entre la libre determinación y la sujeción social. La argumentación ha de ubicarse en la sociedad y la historia concretas, en sus condiciones de producción, circulación y recepción y conforme a los funcionamientos discursivos que pone en juego para convencer, persuadir, hacer entender, emocionar y combatir dentro de cada campo argumentativo.

La conjunción de subdisciplinas atiende, pues, a la forma, el diálogo, el sentido y la verosimilitud de los argumentos. Nos permite comprender el qué, el cómo, el porqué, el cuándo, el dónde y el para qué de los argumentos. Los modos a su vez corresponden, de manera nodal, a los elementos metafísicamente irreductibles del argumentar:

• El modo lógico que corresponde a la forma y el contenido coherente, adecuado, suficiente y relevante

• El modo emocional que no es un añadido, sino un elemento siempre presente en la interacción argumentativa y en la construcción de la mente racional

• El modo intuitivo y de creencias, que comporta también posibilidades de justificación y comprensión

Cabe anotar tres cuestiones sobre los modos: el estudio argumentativo de la intuición y las creencias no ha sido formulado en detalle; todo modo debe comprenderse en su contexto, el cual puede aportar información indispensable para la comprensión del argumentar; pueden llegar a formularse otros modos.

Por otra parte, más allá de los modos, los grados de polemicidad oscilan entre diversos puntos posibles, tres de ellos dan lugar a subdisciplinas y formas tipificadas de argumentación:

• El antagonismo de la erística, que practica y estudia la argumentación como combate

• La polémica dialéctica, que busca la convicción racional

• El contrato de la negociación, que pretende resolver un conflicto entre las partes por mutuo acuerdo

Tras la negociación, el diálogo diluye la argumentación hasta llegar a su grado cero en la conversación como mero intercambio narrativo descriptivo. Otras formas de la discusión como la discordia, la conciliación y la colusión ocupan también un sitio, pero no dan lugar a formas claramente desarrolladas en la teoría, aunque la conciliación tiende a emerger como todo un cuerpo teórico en el análisis de asuntos privados como la familia y el matrimonio, y en asuntos públicos como el fin de las guerras o de los enfrentamientos raciales o étnicos. En algunas discusiones emergentes de la ciencia política, es vital la función conciliadora, para mantener la estabilidad y sanar las heridas que dejan los conflictos sociales, ideológicos y de poder. Los soportes significantes, por último, son tres y constituyen el campo de las ciencias del lenguaje:

• La argumentación verbal

• La argumentación paraverbal (es decir, lo que acompaña al habla) que es un componente necesario de toda argumentación oral

• La argumentación no verbal, que resulta cada vez más importante de analizar en un mundo regido por los medios audiovisuales, la computadora y el internet (estudiado por Gilbert dentro de lo que llama el modo de la argumentación «visceral», que alude a lo físico, a los hechos y a lo contextual)

Dada la escasez de críticas autónomas, recuentos y reflexiones latinoamericanas, no he querido centrarme en un solo tipo de texto al tratar las distintas subdisciplinas, modos y soportes del argumentar, sino que oscilo entre diversas orientaciones que permitan al libro constituirse en un punto de referencia global, con las posibilidades y límites que ello implica:

• La exposición teórica de múltiples aproximaciones a cada subdisciplina (lógica, dialéctica, retórica, semiótica, hermenéutica y de análisis del discurso) para mostrar diversas interconexiones así como los puntos de vista incompatibles y los focos de conflicto con el enfoque discursivo social; esto fomenta el aprecio de la amplitud y totalidad del campo, aunque impide profundizar en muchos casos y obliga a algunos juicios cuyos fundamentos no siempre pueden exponerse con suficiente amplitud. De cualquier manera, el lector que domina la lengua inglesa y esté interesado en penetrar más hondo en algún enfoque o concepto puede acudir a la bibliografía citada y en particular al extenso libro Fundamentals of Argumentation Theory, que detalla muchas de las teorías de la argumentación contemporánea.

• La exposición polémica de los enfoques y ensayistas que más interesan al autor debido a sus consecuencias filosóficas, teóricas y políticas; la elección, aunque justificada, es en parte subjetiva y se centra en los siguientes autores: Naess, Crawshay-Williams, Toulmin, Habermas, van Eemeren y Grootendorst, Perelman, Ducrot, Grize y Vignaux. Por razones de trayectoria y afinidad personal abundo en las referencias a Plantin, Gilbert y Haidar, quienes han sido mis maestros. Los enfoques más atendidos son el dialéctico erístico y el semiótico discursivo. Acentúo además la exposición sobre los temas de lo no verbal y lo emocional. En todos los casos cito bibliografía útil para adentrarse en los distintos autores, enfoques y temas cuando así se desee.

Los ejes polémicos principales son los siguientes: la insuficiencia de los enfoques lógico y dialéctico crítico para comprender la argumentación natural; la inadecuación de la exclusión de lo emocional, lo no verbal y el conflicto en el análisis de la argumentación cotidiana; la defensa de un enfoque lo más integral posible en la teoría de la argumentación frente a las visiones nacionalistas y reduccionistas; la valoración de la razón poética, así como de la complejidad de la razón discursiva natural, sobre todo para fines de evaluación de la argumentación cotidiana y de las ciencias sociales; y la necesidad de ampliar la visión de la pragmática hacia la consideración de los componentes ideológico, político y social de los argumentos. Con esto último, hago una defensa de la importancia y aportes de las aproximaciones discursiva, hermenéutica y semiótica que ligan el estudio de los argumentos a sus condiciones globales de producción, recepción y circulación.

• La exposición enciclopédica que busca dejar pocas cosas fuera y permitir al lector ubicar autores y problemáticas nucleares; es claro que no es posible profundizar en todos los puntos tocados desde esta perspectiva tan amplia, ya que esto será materia de varios libros futuros más específicos y acotados. Sin embargo, el lector podrá, a partir del texto, acudir a otras referencias para aceptar o rechazar con mayor conocimiento de causa los puntos de vista del autor. La visión panorámica del presente libro se justifica porque no existe en ningún otro texto en español y el lector interesado de habla castellana tendría que acudir a una montaña de textos para hacerse de una idea global.

• La exposición histórica se limita a los trabajos posteriores a 1947 y excluye las menciones extensas al pensamiento crítico, la lógica informal y diversos acercamientos lógicos que han sido más difundidos por los académicos mexicanos.

En suma, la virtud de este enfoque mixto a la vez enciclopédico, teórico, polémico y parcialmente histórico es dar al lector una panorámica crítica de la producción de 1947 a la fecha desde la perspectiva del análisis del discurso, la argumentación natural y el pensamiento democrático radical. El texto contribuye además con propuestas teóricas para el estudio de la emoción, el conflicto, lo no verbal, y al análisis de los funcionamientos discursivo-argumentativos. Aunque los funcionamientos discursivos son el objeto de análisis del libro Argumentación y discurso, y lo no verbal es materia de un libro en preparación sobre la argumentación visual.

El defecto de una aproximación tan general es que impide tratar en profundidad algunos de los conceptos y aspectos tocados, además de que imposibilita la exposición del suficiente número de ejemplos deseables para un texto de aplicación analítica. De cualquier manera, en cada capítulo incluimos algunos ejemplos y nos adentramos en el análisis de ciertos aspectos argumentativos del texto de la primera «Declaración de la selva lacandona» emitida por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) el primero de enero de 1994 (mismo ejemplo que utilizamos también en el libro Argumentación y discurso) como una ilustración que permita captar la multidimensionalidad de un texto argumentativo, así como la realidad dialógica de todo discurso, aunque la plena argumentación se da en la confrontación real de posiciones independientes y contrapuestas respecto a determinado problema en un contexto de debate.

La amplitud de cobertura del libro obedece a una vocación de complejidad y humanismo moderno radical que guarda nexos con la totalidad de Pascal y Hegel, así como con la de Feyerabend y la epistemología del caos, la complejidad y la incertidumbre de Morin o Capra. El conjunto de puntos esbozados, entre los cuales se presentan algunos cruces, da lugar al capitulado nuclear de este libro que comprende las siguientes secciones:

• La argumentación: discusión de aspectos generales del argumentar (definiciones, operaciones y funciones argumentativas nucleares, así como estudio del campo de la problematicidad en lengua castellana) para introducir al lector en el tema a partir de ciertos elementos compartidos de base.

• La nueva teoría de la argumentación: exposición a la vez enciclopédica, teórica y polémica de los distintos enfoques contemporáneos. La sección inicia con el malentendido, que fija el umbral inferior de la argumentación. Después se exponen los temas yendo de lo lógico a lo dialéctico y luego a lo retórico hermenéutico y por último a lo lingüístico discursivo y semiótico, de manera que el lector vaya construyendo en su mente la complejidad del argumentar y de las teorías de la argumentación.

• La teoría emergente de la argumentación: tratamiento de puntos clave de la argumentación excluidos por mucho tiempo por las teorías más conservadoras y que sin embargo son capitales para una comprensión de la argumentación natural tal cual es: el modo emocional del argumentar, la argumentación no verbal y la discusión erística que fija el umbral discursivo superior de la argumentación, la cual se mueve dentro de los límites del malentendido con que abre la sección «La nueva teoría de la argumentación» y el conflicto que rebasa la palabra para cerrar la sección «Teorías críticas y emergentes»; emoción, visualidad y combate constituyen todos —cada uno a su manera— umbrales de la argumentación en cuanto rebasan la lógica, el discurso y la convicción dialéctico crítica y retórica.

• La peroración: resumen que retoma las tesis principales en forma retórica para puntualizarlas y permitir que queden en la memoria de los lectores. Además, postula un modelo analítico operativo susceptible de aplicarse a cualquier discurso argumentativo. El modelo permite plantear en forma práctica las más diversas propuestas de integración teórica y disciplinaria, según el interés y posición de cada analista.

• El corpus: la transcripción completa y señalada con números de línea en cada renglón del discurso de la primera «Declaración de la selva lacandona», la cual sirve de ejemplo para los análisis al término de los capítulos que requieren ilustración.

• La bibliografía: una referencia extensa, que permita la consulta de cualquier autor o tema de interés en cualquiera de los enfoques de la teoría de la argumentación.

Considero que el cuerpo del libro puede ser leído por gran parte de las personas informadas. El texto permite al lector, con leves ajustes de las correferencias, seleccionar su propia ruta: la vía propuesta por el orden del texto; la lectura por subdisciplinas que va desde la lógica y la dialéctica hasta el discurso; o incluso una lectura que salte los capítulos y apartados lógicos, que suelen ser los más difíciles para el lector no formado en tales materias pero interesado en conocer el campo fundamental de la teoría de la argumentación. Otra ruta posible de lectura es iniciar con la revisión del modelo analítico operativo al final de la peroración para que se comprenda el panorama general y de ahí se parta a los puntos de interés particular o a la lectura general, ya que el acudir al modelo operativo puede permitir no perderse en el conjunto del texto y de las discusiones particulares. El lector o lectora ideal que pueda leer y comprender el conjunto del texto en profundidad y de acuerdo con su disposición original será sobre todo aquel con una formación en filosofía, en lingüística, en lógica o con un nivel de posgrado. Sin embargo, creo que el libro puede ser revisado por cualquier lector crítico, si bien su diferente nivel de formación lo puede llevar desde una lectura ingenua hasta una lectura teórico-filosófica o crítica en los apartados más vinculados con su interés y formación. Todo lo anterior es un exordio, un prólogo a este libro, un intento de ganar la benevolencia del lector (la captatio benevolentiae era una parte inicial y básica del discurso retórico clásico) que se enfrenta a una materia difícil. Muchos conocimientos y experiencias están en la base de mi reflexión sobre la necesidad de abrirse a la comprensión de las diversas teorías y modalidades de la argumentación. Pero sobre todo, si pensar la teoría y práctica de la argumentación no ha de servir para tratar de construir una humanidad mejor, más solidaria y feliz —una verdadera humanidad— no sólo más «lógica lógica» y productiva, entonces no me importaría teorizar. De hecho, comparto en las universidades el espacio con filósofos del pensamiento crítico lógico o lingüístico y me parece que ese pensamiento analítico o estructural, sino se acompaña de una vocación de hacer el bien a la mayoría de la humanidad, de carne, sangre y emoción, no es el producto excelso de lo humano sino el producto de la deshumanización.

No sólo importa la argumentación, sino sobre qué se argumenta y quién argumenta, no sólo es de interés la forma si no el contenido, no sólo es relevante lo universal sino la diversidad respetable. Resulta indispensable además comprender y acotar la argumentación dentro de las relaciones de poder, que se traducen en relaciones de sentido, como afirmaba Pêcheux. De cualquier manera, escribo y estudio porque creo que es posible pensar con seriedad en la argumentación desde una perspectiva que se ubique en la totalidad de lo concreto, como sugería Karel Kosik, para construir una teoría que haga suyo el viejo lema humanista de Publio Terencio tan querido por Marx, figura hoy vilipendiada pero cada día más necesaria cuando nos hundimos sin freno en los pantanos de la globalización neoliberal: «nada humano me es ajeno» (humani nihil a me alienum puto) lema cuyo fundamento critican filósofos emergentes como Slöterdijk, pero que no por ello deja de expresar la vocación necesaria de apertura, de encuentro con el otro, de entender la forma de cada argumento que encierra su propio contenido de pensamiento, de dialogar para conocernos y acordar en forma convencida al menos el desacuerdo con los demás argumentadores, de alcanzar la complejidad de la razón expresada en sus variadas mate-rialidades de la lógica, la retórica, el poder, la ideología, la sociedad, la cultura y la historia. Expresa la convicción de persuadirnos mediante lo verosímil y razonable (no sólo lo racional) que nos mueve a adherirnos a lo que creemos, intuimos, vemos, escuchamos y nos emociona para tratar de entendernos y entender el sentido que el otro construye. El sentido es dirección, razón, sensación y significación en un mundo que, más que nunca, se reproduce a escala global y donde la única manera de sobrevivir es mantener al grupo, que es hoy toda la humanidad en su multiculturalismo y diversidad.

La argumentación

El estudio de la argumentación constituye un campo complejo, sin embargo, en la vida cotidiana todos somos argumentadores y podemos comprender la argumentación. Por ello, en esta sección inaugural partiremos de ese saber compartido y luego, para facilitar nuestro entendimiento de las polémicas y teorías del campo nos adentraremos en los siguientes elementos de base:

• Las diferentes definiciones que existen de la argumentación, así como los juegos que se juegan y las reglas que se siguen a partir de ellas; este acercamiento nos permitirá comprender de qué se habla cuando se dice «teoría de la argumentación» o «el arte de argumentar»

• Las funciones de la argumentación; esta discusión nos facilitará entender las finalidades y la función que cumple la argumentación como forma de la comunicación humana

• La concepción del argumentar como una macro-operación fundamental del discurso que se deslinda de la demostración, la descripción y la narración; este enfoque nos permitirá ubicar la argumentación dentro de los tipos discursivos más generales de acuerdo con el funcionamiento de un texto y con el cómo comprenderlo a partir de la centralidad de persuadir o de convencer para conducir al otro hacia deter-minadas acciones, reforzamientos o cambios de creencia

• Y el núcleo de problematicidad que subyace a toda argumentación y a toda teoría sobre la misma, entendido a partir de la lengua castellana

En suma, trataremos de comprender la argumentación en función de los diversos enfoques teóricos, de las distintas finalidades comunicativas que persigue, de su tipología y sus funcionamientos particulares, así como de las miradas que nos desvían en su peculiar estudio al partir, en forma necesaria, de los pre-juicios de nuestra «lenguacultura».

Todos somos argumentadores

Cuando digo «argumentación», sé que la mayoría tiene una representación de lo que esto significa. Tal vez hagamos referencia a la discusión, a las razones en favor y en contra de algo, a la defensa y al ataque de una opinión en disputa. Sabemos ordenar y aclarar nuestras ideas. Podemos defender lo que pensamos y justificar con mayor o menor sabiduría lo que sostenemos. Modificamos nuestras razones y nuestro lenguaje en función del tema, de la situación y del auditorio al que nos dirigimos en cada ocasión. Procuramos entender las razones de los demás y seguir ciertas reglas en nuestras discusiones. Es decir, tenemos competencias lógicas, dialécticas, retóricas, lingüísticas, hermenéuticas y discursivas que se ponen en juego en la argumentación ordinaria.

El lenguaje común nos aporta palabras cotidianas que remiten al mundo argumental: «argumento», «base», «razón», «porqué»; «tesis», «pretensión», «punto de vista». Cada uno es comunicador e intérprete de argumentos; sabe emplear con mayor o menor coherencia los elementos de la lengua que conllevan secuencias, orientaciones y escalas argumentativas propias de cada idioma (Ducrot y Anscombre). En este sentido, sabemos utilizar con lógica nexos que articulan razones como «pero», «para» o «sin embargo», o introductores de conclusión como «por tanto», «en conclusión» o «en suma»; y persuadimos a partir de contraponer juicios de acuerdo con escalas de valor («pésimo-malo-bueno-excelente»), de modalidades de existencia («necesario-posible-ocasional-imposible») o de emoción («amor-sentimiento-apatía»), etcétera.

Por el solo hecho de hablar racionalmente construimos esquematizaciones logicoides de aquello de lo que hablamos. Determinamos las entidades o acciones en cuanto a sus propiedades a partir de todo lo que decimos de ellas y de cómo nos acercamos o distanciamos de las mismas (Grize y Vignaux).

Todo ser humano sano, en tanto hablante de una lengua y partícipe de una cultura, sigue una lógica «natural» multidimensional (que no es equivalente uno a uno y por completo a la lógica silogística ideal ni a ninguna de las numerosas lógicas matemáticas o discursivas hoy existentes, aunque pueda conectarse en mayor o menor medida con ellas en un caso dado y en un cierto respecto). Lo hace en tanto defiende, mejor o peor, lo que quiere, lo que cree verdadero y lo que quiere hacer creer o hacer querer a los otros. Estamos seguros de ello a partir de un mínimo lógico discursivo.

Tenemos además de una competencia lingüístico cultural y lógico natural, una serie de competencias enciclopédicas, cognoscitivas e ideológicas entreveradas, propias de nuestra época, cultura, región, clase, género e ideología que nos hacen participar de ciertos argumentos repetidos en el tiempo respecto a una cuestión (argumentarios) y nos «individuan» como pertenecientes a determinado grupo de opinión, a determinada formación discursiva (religiosa, pedagógica, política, científica, etcétera).

Así pues, todos hacemos uso de argumentos y los interpretamos. Lo hacemos a partir de una ubicación constante de los argumentos en su contexto conforme a nuestra competencia pragmática. En el proceso de uso e identificación de la argumentación, acudimos a signos y, sobre todo, a la lengua y cultura que compartimos.

Aceptamos o rechazamos una opinión a partir de un mínimo substrato lógico racional y tratamos, a veces mucho, a veces demasiado poco, de comprender lo que otros defienden (competencia hermenéutica). En este sentido es factible afirmar que los individuos mentalmente sanos podemos, comúnmente, comprender los argumentos desarrollados en un texto, en una discusión o en una conversación. Al parecer —aunque se debate el punto— es más fácil hacerlo a partir de ejemplos y, con algo más de complicación tal vez, entendemos las conclusiones extraídas a través de la comparación o analogía de un hecho con otro;1 por último, las inferencias deductivas (que van de lo general a lo particular) privilegiadas en muchas teorías, y por supuesto en la lógica y la ciencia, resultan ser las que nos resultan más difíciles de seguir en la comunicación cotidiana. Utilizamos en cambio con mayor facilidad la «abducción», esa forma de razonamiento intermedia entre la deducción y la inducción, que nos permite obtener nuevos conocimientos a partir de la intuición emocional e icónica que nos facilita la representación de ciertas propiedades del objeto ante la mente (como cuando alguien dice «hace calor» y nosotros llegamos a la conclusión de que nos pide, en forma indirecta, «abrir la ventana»).

A partir de las competencias previamente descritas, tenemos capacidad para reconstruir las opiniones de los otros, lo que se niega o se afirma acerca de algo. Asignamos un contenido a lo dicho. Construimos preguntas a las cuales suponemos que responden las proposiciones hechas por los demás.2 En este sentido, con frecuencia reconstruimos implícitos de las argumentaciones del otro y establecemos polémicas en torno a ellos. Así, en la interacción, sabemos precisar qué preocupa al otro y hacemos hipótesis sobre lo que piensa.

A partir de nuestras múltiples competencias y de nuestro conocimiento del mundo, contamos con una competencia argumentativa para producir argumentos. Seguimos al respecto reglas de formación identificables para ordenar nuestros puntos de vista y las justificaciones de los mismos.3

Las más de las veces justificamos, explicamos aquello que es objeto de nuestro rechazo. Eso está inscrito en nuestras competencias lógico-dialécticas (que comprenden la puesta en forma y contenido de los argumentos, así como el seguir determinadas reglas de interacción) para discutir con los demás, atacar y defender puntos de vista con cierta coherencia.

En principio, el argumentador común y corriente puede decir si una defensa o un ataque cumplen con los requisitos de un buen argumento en un caso dado;4 es decir, somos evaluadores normativos de argumentos en la confrontación cotidiana de los discursos. Tenemos opiniones, las defendemos y atacamos las de los otros a partir de determinados criterios («es falso», «no parece posible», «suena muy bien», «yo he sabido que no es así», «tengo una experiencia diferente», «no me parece suficiente», «ese no es el punto», etcétera) sin que, en apariencia, nadie nos tenga que enseñar el arte de argumentar y contra-argumentar. Aunque en realidad lo que sucede es que vivimos insertos en prácticas sociales argumentativas.

A las competencias lógico-dialéctica y lingüístico-discursiva, pragmática y hermenéutica se une nuestra competencia retórica que nos permite seguir diversas estrategias de persuasión del otro, acordes no sólo a la lógica sino a la lengua, a la cultura, al poder, a la ideología, a la emoción, a la creencia y al deseo. Llegado el caso, tratamos de persuadir a los otros por todos los medios de lo que nos parece justo, deseable, posible, probable, verosímil o verdadero. Lo hacemos dando un lugar al sentido traslaticio, por lo que Landeher define así la competencia retórica, pero que nosotros preferimos llamar competencia connotativa para atribuir a las palabras un sentido no literal (ya que lo connotativo no agota lo retórico):

no sólo tenemos una conciencia muy neta de los sentidos figurados consagrados y lexicalizados de los vocablos y expresiones, sino que disponemos todos también de lo que podríamos llamar una «competencia retórica», una competencia que nos permite producir espontáneamente enunciados metafóricos [...] Todos tenemos el don de la ironía, de la paradoja o de la tautología.5

Por último, argumentamos con base en la razón activa pero en ocasiones no llegamos a tanto, nos quedamos en el nivel de la intuición (en tanto razón sedimentada) o de la creencia. A la vez, indisociablemente, nos emocionamos, nos apasionamos con lo que creemos, o incluso damos al sentimiento valor de razón («Siento que me va a traicionar, lo vi en sus ojos; ¿te fijaste cómo le brillaban?») conforme a nuestras c ompetencias cultural-emocionales y de creencia.

Definir la argumentación

A partir del complejo mundo de competencias antes descritas, cada teoría formula una idea o definición de la argumentación.6 Así, para la lógica tradicional la argumentación es una estructura formal, de examen demostrativo de las pruebas, en donde se transfiere, en forma necesaria, la aceptabilidad de las premisas sabidas a la conclusión por conocer: «Todos los frijoles de ese saco son bayos, los frijoles que tienes en la mano salieron de ese saco, los frijoles que tienes en la mano son bayos». Existe en este caso un control del lenguaje, de las combinaciones de elementos, de las transformaciones, de los axiomas y se elimina la ambigüedad; aunque algunos requisitos (ambigüedad, control y combinación del lenguaje) se matizan en la medida que se avanza hacia las lógicas modernas de más de dos valores y hacia las lógicas dialécticas. El aporte de la lógica es que permite, a partir de reglas claras e invariables, deducir en forma necesaria una conclusión a partir de sus premisas.

Para la lógica natural, una lógica de los contenidos, no hay que estudiar sólo los esquemas argumentativos tradicionales sino también los elementos lingüístico-discursivos que determinan los objetos del discurso. Tales objetos pueden ser nominales, como «democracia», «aristocracia» o «clonación», o de acción como «asesinar, «atacar». Desde este enfoque, argumentación es la teoría general de las operaciones lógico discursivas propias para engendrar una determinada esquematización7 del objeto en cuestión. Como de primera intención esta definición no es muy accesible, ilustrémosla con un ejemplo. Supongamos que en un texto se habla del «gobierno» y respecto de él se dice lo siguiente: «gobierno = actual, de derecha, como el del siglo XIX, vendepatrias, dictadura, de los ricos, de los criollos, de ellos». Es decir, lo que decimos del gobierno es una forma de determinar, de «esquematizar» la clase objeto «gobierno» y es por ello, en sí mismo, una argumentación natural que permite defender un cierto punto de vista y llevar al otro hacia cierta opinión o acción.

Para la llamada (con cierta impropiedad) lógica informal, que busca acercarse al discurso ordinario y pone en el centro el diálogo racional, la argumentación es en sus formulaciones más abiertas la práctica social de presentar y criticar argumentos.8 En sus formulaciones más cerradas, «la argumentación es un proceso dialéctico que involucra la presentación de una posición que a su vez involucra el ofrecimiento de responder las cuestiones relevantes para la aceptación de la proposición».9 Para Govier, una «argumentación es [...] una pieza de discurso oral o escrito en el cual alguien trata de convencer a los otros (o a sí mismo) de la verdad de una pretensión (claim) citando las razones en su soporte».10 O sea que estos enfoques permiten comprender las argumentaciones desde una perspectiva lógica más novedosa, menos formal, más próxima a lo cotidiano y que busca favorecer —a través del diálogo— la convicción racional en la expresión de las opiniones y la toma de decisiones.

Para la pragma-dialéctica, teoría dominante de la argumentación, ésta es «un acto de lenguaje complejo ligado a otro acto que expresa un punto de vista defendido de cara a la obtención de su aceptación por parte del auditor».11 Es decir, al hablar se actúa para prometer, confesar, jurar y en un segundo nivel se integran estos actos para argumentar algo. Esta teoría busca entender el argumentar crítico a través del diálogo racional partiendo de su contexto, de las fases de una discusión, de la comprensión del habla como acción y de la determinación de normas racionales que guíen el intercambio argumentativo.

Cercana a la postura pragma-dialéctica, pero ligándola al discurso, está la definición de Jacobs y Jackson según la cual «las argumentaciones son eventos discursivos relevantes de desacuerdo (disagreement relevant speech acts)».12

Para la antigua retórica, la argumentación es parte de la disposición de todo discurso jurídico. Dos de las cinco subpartes de este discurso (exordio, narración, confirmación, confutación y peroración) están dedicadas en especial al argumentar: la confirmación o prueba que retoma cada idea de la previa narración de los hechos o datos en juego en un discurso, para explicarla y, precisamente, confirmarla; y la confutación, donde se aportan o recrean las pruebas a favor y en contra de cada punto de vista en una discusión, tratando de combatir los argumentos que podrían ser o han sido avanzados por el adversario. En este enfoque, argumentar es el núcleo del discurso para la persuasión del otro.

Para la nueva retórica, ya en la segunda mitad del siglo XX, la argumentación tiene por objeto «el estudio de las técnicas discursivas que permiten provocar o aumentar la adhesión de las personas a las tesis presentadas para su convencimiento»;13 supone la existencia de un contacto intelectual, un mínimo núcleo compartido que hace posible dialogar.14 Estas técnicas retóricas comprenden formas logicoides (v.gr. «Si el chimpancé es racional, también el hombre, ya que lo que tiene lo más tiene lo menos»), formas que fundan la estructura de lo real (ejemplos, modelos, analogías y metáforas: v.gr. «La paz se consigue si le das al pueblo pan y circo») y formas que se fundan en la estructura de lo real (v.gr. el nexo causal: «si la niña tiene marcas en el rostro es porque sus padres la golpearon, ya que las heridas no se hacen solas»).

Para la teoría de la argumentación en la lengua (ADL), la argumentación es definida en forma mínima como un encadenamiento, una sucesión en el orden de las frases del tipo «argumento + conclusión»;15 es decir, argumentar es articular en la secuencia del discurso una o más razones dadas con un punto de vista fundado en elementos lingüísticos: «el gobierno se ha abierto a la inversión extranjera, pero a costa de dañar la planta productiva nacional»; la introducción del pero articula el discurso de manera tal que permite reconocer una razón antecedente («el gobierno se ha abierto a la inversión extranjera») a la vez que la niega y favorece la conclusión vinculada a la razón consecuente («a costa de dañar la planta productiva nacional»): podemos inferir, por la secuencia, que para el locutor no ha sido adecuado abrirse de esa forma a la inversión extranjera, no ha sido adecuado dañar la planta productiva nacional.

Para Christian Plantin, que une la argumentación en la lengua con elementos retóricos y dialécticos, con la situación y la emoción, la argumentación es una operación que se apoya sobre un enunciado asegurado (aceptado) —el argumento— para llegar a un enunciado menos asegurado (menos aceptable) —la conclusión—. Y argumentar es dirigir a un interlocutor un argumento, es decir, una buena razón para hacerle admitir una conclusión e incitarlo a adoptar los comportamientos adecuados. Además concibe la posibilidad de la argumentación en el monólogo como todo discurso que se puede analizar en tér-minos del esquema de Toulmin en contraposición al diálogo argumentativo que es todo discurso producido en un contexto de debate orientado por un problema. El esquema básico de Toulmin comprende los hechos o datos de partida en un argumento («las rejas en las calles permiten protegerse de los delincuentes para circular con libertad de tránsito»), la tesis defendida («debemos colocar rejas en nuestra calle») y la regla aceptada por la comunidad («la libertad de tránsito es un derecho constitucional») que permite pasar de lo dado a lo concluido, de lo aceptado a lo no aceptado. También propone Plantin definir la argumentación como «el conjunto de técnicas (conscientes o inconscientes) de legitimación de las creencias y de los comportamientos. La argumentación intenta influir, transformar o reforzar las creencias o los comportamientos (conscientes o inconscientes) de la persona o personas que constituyen su objetivo».16

Para Charles Willard desde una perspectiva de la epistemología social, de la interacción cognoscitivista (de la forma en que conocemos) y constructivista (el modo en que las representaciones «construyen» simbólicamente el mundo) la argumentación es una forma de interacción en la cual dos o más personas mantienen lo que construyen como posiciones incompatibles. Es decir, define la argumentación en el ámbito de la interacción, la sociología (a partir de la reformulación de la idea de «campos» de Toulmin), el constructivismo y el enfoque de la incompatibilidad (como en Perelman). En esta perspectiva, el campo de estudio de la argumentación se amplía en forma considerable hacia todo aquello considerado argumentativo por los agentes y hacia lo no verbal, ya que Willard incluye los argumentos «no discursivos».

Gilbert, quien se formara con influencia de Willard, amplía el campo de la teoría hacia el conflicto, ya que las argumentaciones pueden estar entre las más moderadas de las conversaciones corteses, y pueden estar entre los más violentos y letales de los intercambios.17

Por último, una definición muy completa, aunque sesgada hacia la vertiente lógico-dialéctica y normativa, fue postulada con base en cierto consenso (ya que los autores del texto afirman ser todos responsables de su contenido) por muchos de los más conocidos especialistas de la argumentación en el recuento de Fundamentos de la teoría de la argumentación: «La argumentación es un actividad verbal y social orientada al incremento (o decrecimiento) de la aceptabilidad de un punto de vista controversial para el oyente o lector, que proyecta una constelación de proposiciones que buscan justificar (o refutar) el punto de vista ante un juez racional».18

Secuencia, forma, práctica social, razón, verdad, operación, técnica, acto de lenguaje, forma de interacción. ¿Qué es lo que sucede? ¿Por qué pasa esto siempre que queremos definir la cultura, el lenguaje, etcétera? Lo que acontece es que estamos ante un juego del lenguaje (Wittgenstein) que corresponde a diferentes prácticas culturales que siguen diversas reglas. Estamos ante prácticas sociales teóricas (Althusser) de diversos sectores, las cuales corresponden a diferentes ámbitos, intereses y focalizaciones. Estamos ante refracciones ideológicas y polémicas de los conceptos (Volsohinov) conforme a la ubicación práctica, teórica, socioideológica y hasta a la tradición nacional de los distintos investigadores.

En cada caso se habla de usos lógicos, dialécticos, lingüísticos o retóricos de la argumentación. Y dependiendo del juego que se juega, de la ideología que profesamos, de la práctica teórica en que nos insertamos, aparecerán distintas definiciones y posibilidades de crítica de las demás definiciones, pensadas desde nuestro juego de lenguaje, que en el caso del presente trabajo es el juego discursivo semiótico. Así que comentaremos algunos bemoles de las definiciones dadas si se piensan en función de la semiótica que se abre hacia lo no verbal y del análisis del discurso, que ubica los argumentos en sus condiciones sociales de producción, circulación y recepción.

No pretendo con las observaciones subsiguientes desautorizar ningún enfoque, sino contrastar cada teoría con mi propia práctica cultural, mi propia práctica teórica, mi interés y mi ideología. A la vez, al considerar todas las definiciones, quiero mostrar al lector que la realidad argumentativa, como toda realidad, es compleja, por lo cual mirarla desde un solo punto de vista nos priva de la posibilidad de comprender de mejor manera la riqueza y multideterminación de lo concreto.19

Los juegos lógicos, dialécticos, retóricos y lingüístico-discursivos

No quisiera establecer por ahora una discusión de cada definición. Creo que cada teoría hace un aporte y presenta un enfoque que permite ver determinados aspectos, modos y niveles del análisis argumentativo. Sí quisiera, en cambio, presentar argumentos sobre algunos nodos críticos cruciales, cuando se pretende dar cuenta de lo real, de lo multidimensional y dar margen a la indeterminación (sin negar la posibilidad del conocimiento).

La primera precisión que ayuda a situarnos en el campo de la teoría de la argumentación es distinguir diversos aspectos, subdisciplinas o dimensiones básicas de argumentar según yo las entiendo:

• La argumentación como producto; es decir, los argumentos, las razones, los productos de la argumentación como: a) esquemas: silogismos o entimemas (silogismos incompletos, en su sentido moderno); ejemplos; analogías y sus objetos; contradicciones; y b) esquematizaciones de objetos discursivos

• La argumentación como procedimiento; nos encontramos aquí ante las reglas o convenciones que deciden el cómo argumentar, los criterios de validez normativos y las formas de la interacción

• La argumentación como proceso; en este caso nos importa la situación, el momento en que se da, la sucesión de los argumentos, el carácter de los argumentadores y lo que se quiere evocar en el otro

• La argumentación como práctica semiolingüístico-cultural; esta dimensión corresponde a la inteligibilidad, la comprensión de los argumentos y su funcionamiento semiótico discursivo, ideológico, cultural. A lo semiolingüístico se suma el estudio del contexto (pragmática) y de la interpretación (hermenéutica)

Tradicionalmente, los argumentos en tanto productos son estudiados por la lógica; los procesos, por la retórica; y los procedimientos, por la dialéctica.20 Sin embargo, a este cuadro tradicional le falta el estudio arriba señalado de la lengua y los signos en general (analizados por la lingüística, la pragmática, la hermenéutica, la semiótica y el análisis del discurso), así como la consideración de que no hay un aislamiento, una separación real entre los distintos enfoques. Un esquema, por ejemplo, puede desarrollarse en un complicado proceso en el tiempo y ser una elección retórica, debe ser inteligible, se presenta y selecciona en la confrontación dialógica y se interpreta en su contexto.

La argumentación puede ser estudiada en forma analítica, dividida, pero la argumentación real comprende lógica, dialéctica, retórica y discurso; es decir, al argumentar acudimos a la forma del pensamiento en forma válida o inválida, ponemos en juego mecanismos lingüísticos o semióticos, interactuamos en el diálogo, ponemos en escena técnicas de persuasión y acudimos a la emoción y a la imagen de sí del argumentador. Es la teoría la que divide —por fuerza— y debe justificar su recorte.

Ahora, además de considerar esta totalidad de lo argumentativo en las cuatro dimensiones citadas (producto, proceso, procedimiento y práctica semiolingüístico-cultural) es indispensable tomar en cuenta los distintos modos de la argumentación. Al argumentar entran en juego no sólo los argumentos en su modo lógico sino que intervienen elementos de otros modos. Aunque estos modos son expresables en forma lógica, no son reductibles a ella. Pensamos de manera muy especial en las emociones y elementos emocionales. Podemos pensar además en la conveniencia teórico filosófica de separar o no otros elementos, como lo «kisceral» (del término japonés « ki» = /energía/ y que remite a lo intuitivo, la creencia, etcétera) y visceral (lo físico contextual en Gilbert y que nosotros tratamos dentro del estudio del contexto de las condiciones de producción, circulación y recepción del discurso argumentativo).

El modo lógico es sobre todo lineal, normalizado y deductivo: v.gr. «Tu mamá tiene que estar ya en Monterrey, porque se subió al avión». El modo emocional en cambio acude a los sentimientos, emociones y talantes, a las actitudes y los actos expresivos: v.gr. «Siento que no estás apoyando ya nuestra línea de investigación. Es como si no te importara»; nótese que no se trata sólo del lugar de la emoción en lo racional, sino del argumento emocional en sí mismo. El modo visceral tiene que ver con lo físico, la situación y lo social: v.gr. «No me digas que no. Se te nota la tensión. Estás crispado». El modo kisceral, aunque no entra en el terreno de la ciencia, rige sin embargo la argumentación de grandes núcleos de seres humanos, ya que alude a lo intuitivo, lo religioso y lo místico: v.gr. «La jugada nos va a salir, no sé decir por qué, pero estoy seguro».

Ya adentrándonos en cada perspectiva, lógica, dialéctica, retórica o lingüístico-discursiva podemos hacer otras consideraciones críticas globales:

• Las perspectivas semánticas y estructurales permiten ver el lado general y sistémico, pero el sentido cabal, en ciertos aspectos y casos, es determinable sólo en la situación y en el contexto complejo de aparición, en las condiciones de producción, recepción y circulación de los discursos argumentativos y en lo extra-argumentativo.

• Las definiciones del argumentar dentro de la esfera de la justificación lógica deben ser complementadas —para nuestros fines— con la dimensión de la emoción y, también de creencias, intuiciones y otros elementos que, no por no entrar en la definición estrecha de argumentación, dejan de ser usados como argumentos por la mayoría del mundo.

• El orden, la repetición y el énfasis alteran el sentido, por lo tanto, la disposición retórica de los argumentos y de la esquematización de los objetos discursivos son fundamentales para comprender la argumentación tal cual es.

• La investigación se abre hacia la consideración retórica social plena del carácter del personaje que habla (ethos) y de las emociones que se quieren evocar en el auditorio (pathos).

• Es indispensable aclarar que el necesario pensar en lo lógico y explícito planteado en diversas definiciones puede inducirnos a error. Es cierto que explicitar es necesario para poder discutir pero, ni la argumentación natural oral ni la escrita se agotan en lo explícito. Hablar de la argumentación es en realidad considerar las relaciones entre lo explícito, lo implícito y el silencio.

• Remarcar la dimensión de «práctica» y de «acto» de la argumentación es muy importante, pero este postulado tiene que ser consecuente y deben asumirse en el análisis las consecuencias de estas formulaciones, describir la relación entre acciones discursivas y sentido de la argumentación en cada contexto y cultura con respecto a agentes concretos, a sujetos discursivos insertos en determinadas prácticas socioculturales.

Existe un tercer eje problemático junto a los dos ya citados de las subdisciplinas y de los modos y que se refiere a la dimensión del sistema de signos en juego al argumentar. La argumentación debe abrirse a lo oral y lo escrito, tanto como a lo paraverbal y lo no verbal. Estas dimensiones no pueden ser estudiadas desde exactamente la misma idea de forma lógica que la lengua y sin embargo, importan en la argumentación y son susceptibles de describirse en detalle; es decir, la argumentación natural oral se acompaña de gestos, miradas, ademanes, entonación y, en la situación comunicativa, de elementos visuales que enmarcan la escena argumentativa y pueden resultar relevantes, e incluso constituirse en elementos que son interpretados como argumentos en sí. El intérprete de argumentos orales no sólo es un escucha, también es un espectador y contempla la escena en que se desarrolla el argumento.

Es cierto que ninguna teoría de la argumentación puede pensar de manera simultánea todos los datos intuitivos, en el sentido de que la realidad es multideterminada y la teoría parcial. Sin embargo, lo anterior no debe impedir que tratemos de establecer planos de conjunto y busquemos contactos e integraciones. De otra manera, abriríamos la puerta a la inconmensurabilidad del saber, la imposibilidad de juicio de las demás teorías y de avanzar en el conocimiento de una manera válida para alguien más que nosotros mismos o nuestro grupo. Asimismo nos negaríamos a la posibilidad de aprehender la complejidad. De hecho, en caso de estudiar las anteriores formulaciones en términos inmanentes, de sí mismas, sólo podríamos juzgar su coherencia interna y elegancia en función de los propósitos que persiguen.

Ahora bien, además de la necesaria interdisciplinariedad, de la multimodalidad y de la variedad de sistemas de signos en la argumentación, existen otros aspectos que merecen comentarios críticos:

• Govier pone con acierto la acentuación en el hecho de que el monólogo como absoluto no existe, todo es diálogo. Esto nos conduce a considerar que un texto en apariencia monológico puede ser argumentativo, porque el diálogo es constitutivo del lenguaje, como lo es el carácter inevitable de la interdiscursividad —con este término se quiere decir que un discurso remite, por necesidad, a otros discursos que le preceden y con respecto a los cuales se asimila, se incluye, se acerca, se distancia—. Todo discurso es social.

• La argumentación, muchas veces, no está dada de antemano. Al discutir no conocemos necesariamente la verdad ni las razones para sostenerla, éstas aparecen en el proceso dialógico.

• La figura del juez racional ubica de modo automático la argumentación en un enfoque normativo y universalista, el cual es útil pero no puede ser tomado como absoluto; es decir, también es relevante el enfoque descriptivo del argumentar.

• La argumentación no tiene, intrínsecamente, una dimensión polémica, como lo sugiere el término inglés argument, sino que también puede ser cooperativa, como nos lo demuestra la teoría de la argumentación coalescente;21 hay niveles de polemicidad: los argumentos de las partes en una guerra, los argumentos en la asamblea legislativa, los argumentos entre amigos, la indagación en común sobre un problema a dilucidar.

• Exponer un punto de vista supone el punto de vista contrario, como Spinoza pudo ver. Pero esto no quiere decir que haya un desacuerdo en sí al argumentar frente a otro, ya que podemos proporcionar argumentos para esclarecer, para indagar acerca de una conclusión determinada; o sea que no en todo momento es tajante la frontera entre investigar y argumentar. Por algo similar, podemos decir en cuanto a Willard que la incompatibilidad no es constitutiva en forma inmediata. En ocasiones descubrimos o disolvemos la incompatibilidad en el proceso argumentativo. No hay una ruptura completa entre argumentación e indagación-investigación, aclaración, explicación, justificación y juicio de un tercero desde el yo, como bien señala Habermas22 al hablar de las distintas operaciones dentro de lo que nosotros llamamos, junto con Haidar, la macro-operación argumentativa (ver el siguiente apartado). Aunque, claro está, es correcto decir que el discurso argumentativo prototípico se da en la confrontación interactiva y explícita entre proponente y oponente con respecto a las soluciones de un problema.

• La argumentación no debe restringirse a la dimensión proposicional. Las emociones se despliegan más allá de las proposiciones y forman parte de los argumentos23 lo mismo que los elementos no verbales. En consonancia con esto, la aceptabilidad no es un hecho meramente lógico, es emocional y también político, tiene que ver con nuestros deseos, anhelos y posicionamientos. Sólo en algunos casos podemos aceptar algo a partir del mero componente lógico.

Como puede verse a partir de los comentarios críticos, todos los conceptos generales son objeto de confrontación ideológica en su sentido más amplio y las nociones de la teoría científica no son la excepción. En la teoría de la argumentación hay también co-orientaciones y anti-orientaciones, hay diversas justificaciones y esquematizaciones de la argumentación que podríamos analizar a partir de las propias herramientas de las teorías. Por otro lado, pese a las diferencias, las definiciones comparten el mundo de la cuestión y enfocan desde diversas prácticas y posiciones topológicas (de lugar) este objeto. Ese punto de unión y los problemas que generan diversas respuestas a los problemas nucleares del campo me parecen más relevantes que sumar a la colección de precisiones una más.

Es necesario concebir la argumentación como juego de lenguaje y como campo de acción, de práctica social, teórica y política en torno a la problematicidad. Cada uno puede optar por estudiar la argumentación desde la óptica de cualquiera de las definiciones arriba señaladas: su corrección formal, su funcionamiento en la interacción, su mecanismo lingüístico, su relación con los actos que la conforman o sus estrategias para conseguir la adhesión. Por ello proponemos a los lectores una matriz analítica que le permita acercarse a la argumentación desde cualquier teoría o combinación de teorías.24

Cada enfoque nos abre ciertas posibilidades legítimas. Una vez más, reiteramos, estamos ante juegos. Y la práctica tanto concreta como la teórica y analítica va diciendo la última palabra sobre lo relevante y consecuente de las definiciones. Ahora bien, es claro que en el mundo real cada argumento en su contexto natural es como un holograma, lleva en sí la lógica, la dialéctica interactiva, la retórica, la pragmática, la emoción y la dimensión discursiva. Si analizamos o no estos aspectos, es otro cantar.

Enfoques discursivos como el de Oleron25 tratan de comprender tanto el procedimiento racional de la argumentación como el emotivo y socioideológico. Además nos muestran con claridad que debemos hablar no sólo de argumentación sino del proceso de argumentación-refutación. Sin embargo, más que aumentar esclarecimientos, por ahora considero importante ubicar la argumentación en el marco de sus más relevantes campos de juego, comprender sus funciones, entenderla como macro-operación discursiva y captar su núcleo problemático.26 Asimismo, creo indispensable partir de la descripción de sus funcionamientos discursivos (los que sólo mencionaré, ya que son objeto del libro Argumentación y discurso) conforme al análisis del discurso y la semiótica de la cultura en su complejidad, para seguir los pasos de Publio Terencio, de Pascal y de Hegel en la búsqueda de la totalidad de lo humano, sabiendo, sin embargo, que el saber es siempre incompleto y deja margen a la indeterminación y al olvido porque, como decía Goethe:

Gris es toda teoría,

y verde es el árbol de la vida

Las funciones comunicativas y argumentativas

El diagrama típico de la comunicación (emisor-mensajereceptor) que considera a ésta como mero procesamiento de información e intercambio de datos unívocos entre mentes aisladas universales es muy limitado y sirve sólo a fines lógicos estrechos. Sin embargo, es posible pensar la comunicación argumentativa en otra perspectiva: de las funciones y fines que se persiguen al comunicar; de la comprensión del lugar de la interpretación y el malentendido en los intercambios; de la diversidad de códigos del emisor y el receptor concebidos en su complejidad como sujetos que construyen los «datos» desde «lenguaculturas» y formaciones discursivas específicas; de la complicación del enfoque para comprender cómo intercambiamos también emociones emergentes en la interacción; de la concepción compleja de sujetos dialógicos. El esquema comunicativo resultante27 es entonces de importancia para el estudio de los argumentos y los procesos del argumentar cotidiano. Así, desde una perspectiva compleja es relevante considerar las funciones que cumple la argumentación derivadas del esquema comunicativo de Roman Jakobson (basado a su vez en autores como Bülher, Shannon y Weaver) modificado por el análisis del discurso y la teoría de sistemas dinámicos. Algunas funciones (que además constituyen criterios tipológicos, según predominen en un discurso) pueden no tener un centro argumentativo intrínseco, pero entran de forma necesaria en el juego del argumentar ordinario:

• La función referencial o informativa (a qué se refiere lo dicho), lógica y dialéctica. Cumple una tarea justificativo-explicativa de lo real, lo simbólico o incluso lo imaginario. La argumentación referencial es la típica de la explicación causal: «tiene que haber una puerta o una ventana abierta, porque las velas no se apagan solas». Cabe anotar que las emociones pueden remitir a una referencia subjetiva.

• La función expresiva del emisor (quién y cómo habla) que resulta vital en la presentación retórica del orador. Esta función vincula el argumento, la emoción y el sujeto, como en muchos de los textos de los grandes líderes religiosos: «Yo soy la verdad y la vida, y quien crea en mí vivirá».

• La función apelativa que alude al receptor (a quién le hablo) y puede ser clave en la dialéctica y en la retórica: «el país está en manos de extranjeros, únete al movimiento nacional para liberarlo». Toda argumentación busca movilizar al otro en un cierto sentido, pero en algunos casos esta función es el centro.

• La función metalingüística que atañe a la dialéctica (la aclaración del código usado para argumentar y por tanto clave para interpretar): «cuando yo argumento que México debe dejar paso a la democracia, no estoy pensando sólo en las elecciones, porque democracia es “el poder del pueblo”». Es una función clave en la disolución de malentendidos y en el argumento por la definición.

• La función poética (uso de tropos, de figuras, de repeticiones) que trabaja sobre el discurso y que es vital para el establecimiento de la validez (relativa) de una opinión en la retórica. Cuando una argumentación acentúa el trabajo sobre el mensaje, destaca su función poética, como en los argumentos del I Ching: «Sobre la madera está el agua: la imagen del pozo. Así el noble alienta al pueblo durante el trabajo y lo exhorta a ayudarse mutuamente». En realidad, la dimensión poética del argumentar aparece con más fuerza en ciertos discursos, como el literario, pero es ineludible en la argumentación natural y es constitutiva del empleo del lenguaje ordinario, como Humboldt, Nietzsche y Wittgenstein han demostrado.

• Y la función fática (es decir, relativa al canal de comunicación, que puede ser visual, auditivo, táctil, olfativo, etcétera) que mantiene el canal operando, evita la ruptura de la comunicación y deja abierta la posibilidad de contacto, sin el cual no se da la posibilidad de argumentar. La función fática resulta crucial, por ejemplo, cuando existe una comisión negociadora que permite llegar a acuerdos entre partes beligerantes o evitar al menos el conflicto; aunque no en todo momento se sienten los contrincantes a negociar, resulta crucial que el canal esté abierto.

Ligado a lo anterior, la argumentación en sí misma nos lleva a diferentes funciones específicas. Julieta Haidar,28 que se basa en la propuesta funcional, así como en diversos autores de habla francesa y en especial en los teóricos de la lógica natural, considera varias divisiones de la función argumentativa. Aquí retomo y modifico estas funciones, que yo considero imbricadas con las previas pero vistas según la perspectiva de la operación argumentativa (en oposición a la descriptiva, la narrativa y la demostrativa):29

• Función justificadora esquematizante; está relacionada con los objetos discursivo-semióticos, que son iluminados a la luz de cómo se anclan y conciben en una cultura determinada; así por ejemplo, la palabra «líder» implica peculiares evocaciones y posibilidades, originadas en la lengua y cultura inglesa, mientras que la palabra «macho» adquiere matices singulares en el mundo latinoamericano. Los objetos se esquematizan mediante las determinaciones de lo que decimos de ellos en un discurso y que conllevan en sí una argumentación respecto a la cual nos involucramos de cierta manera.

• Función justificadora de esquemas de inferencia; está vinculada a los esquemas de razonamiento. Éste ha sido el objeto de estudio tradicional en la argumentación: los silogismos; los procesos de deducción de lo general a lo particular, de inducción de lo particular a lo general; de abducción que introduce nuevos conocimientos; y de analogía que establece similitudes.

• Función organizadora; mediante ella se ordenan tanto las esquematizaciones ideológico-culturales como los esquemas justificadores, se disponen a lo largo del discurso.

• Función valorativa; la argumentación está asociada a valores. Al argumentar, necesariamente lo hacemos desde una subjetividad que toma partido, se acerca o se distancia de lo dicho, acepta o rechaza lo planteado por otros en función de una axiología. En esta última tienen un papel crucial los modos argumentativos de la emoción y la creencia.

Podemos hablar también de una función de refutación, pero en realidad esta función tiene un estatuto diferente, ya que es uña y carne con la operación argumentativa en sí, como un todo. Afirmar es negar otras visiones y argumentar es refutar otros argumentos.

La comprensión de las funciones comunicativas (referencial, expresiva, apelativa, metalingüística, poética y fática) y del carácter esquematizante, justificativo, organizador y valorativo de la operación de argumentación-refutación ayuda a comprender de manera más cabal su funcionamiento.

La argumentación como macro-acto y macro-operación discursiva

La argumentación puede entenderse desde la perspectiva de los grandes tipos de discurso mediante los cuales nos comunicamos. En este sentido, hay discursos cuyo centro es argumentar una opinión, mientras que otros tienen por pretensión capital describir, otros buscan narrar hechos o situaciones, y otros más tienen el afán de demostrar una verdad. Es claro que dentro de los tipos de discurso a los que nos enfrentamos cada día, algunos son notoriamente importantes porque aglutinan a muchos otros y cumplen funciones diferenciadas como las arriba descritas: la demostración científica, la argumentación política y legal, la narración histórica y literaria, y la descripción de órdenes, manuales e instructivos. Es por tanto importante tratar de comprender estos grandes tipos de discurso, que nos remiten a lo que denominaremos macro-operaciones discursivas («macro» porque reúnen bajo su manto varias operaciones «micro»).

Una operación o macro-operación tiene que ver con el funcionamiento de un texto. Es un trato acerca de cómo entender lo dicho, escrito o visto: como una descripción objetiva de un dato, situación u objeto; una narración de hechos desde un punto de vista; una argumentación que fundamenta una opinión dada respecto a un asunto polémico; o una demostración para probar una verdad de manera objetiva. Se introducen así, según el caso, diversos operadores discursivos: para dar cuenta de diversos aspectos de un objeto o situación; expresar la subjetividad frente a determinados hechos narrados; construir secuencias y esquematizaciones para sostener cierta opinión; o formular reglas para aplicarlas metódicamente al conocimiento de lo real. Cada operación conlleva diversas funciones y efectos de sentido: para apreciar la realidad y poder mirar en ella determinados datos y detalles descritos; para transmitir la fuerza, los hechos, secuencias y caracteres de los personajes de un universo narrativo o histórico; para persuadir o convencer a los demás de ciertas razones para conducirlos a determinadas acciones o cambios de creencia; para demostrar la evidencia de algo y establecer su verdad científica.

Para comprender estas macro-operaciones y en particular la macro-operación argumentativa es útil recordar a los teóricos holandeses que nos hablan de los actos de habla en la base de la operación de argumentar. Como hemos mencionado, para la pragma-dialéctica, dentro de toda argumentación se presentan a un tiempo el acto de habla complejo que es la argumentación y los actos de habla elementales que la componen: ordenar, pedir, interrogar, etcétera. Es decir, todos los enunciados que construyen una argumentación tienen a la vez dos funciones comunicativas: la del acto de habla inmediato y la de argumentar. La constelación de actos de habla argumentativos debe estar ligada de manera particular a un acto de habla distinto: el que expresa el punto de vista defendido por la argumentación.30 Así, en esta teoría, el acto de habla es el elemento nuclear dentro de la descripción de la argumentación. La argumentación se sitúa en un nivel más arriba. Es de hecho entendida como un macro-acto de habla acerca del cual podemos conocer sus condiciones de identificación para comprenderlo y de corrección para juzgar su validez.

Nosotros llamamos acto de discurso a aquello que la pragma-dialéctica, siguiendo a Austin, denomina acto de habla y Ducrot acto de lenguaje. Lo hacemos así, entre otras cosas, porque consideramos —con Slakta o van Dijk— que un acto conlleva relaciones institucionales y sociales que rebasan lo lingüístico para entrar en lo discursivo, el poder y la ideología; es decir, cuando yo ordeno, por ejemplo, tengo que tener el rol para hacerlo y debo seguir las reglas institucionales que corresponden en cada caso: un hijo no puede ordenar al padre, ni un jefe laboral puede —en condiciones democráticas— mandar insultando o sin seguir el protocolo administrativo. Así mismo, en cada campo debo seguir ciertas reglas y criterios estatuidos de validez.

Los actos discursivos, pues, pueden ser analizados en dos niveles jerárquicamente ordenados: el primero, el del acto inmediato (ordenar, pedir, interrogar, etcétera) está ligado y es comprendido a la luz de la fuerza ilocutiva (la intencionalidad, el cómo debe ser interpretado) del segundo, el macro-acto discursivo argumentativo, que se sostiene en y reconfigura lo expresado en el nivel primero de los actos. Así por ejemplo, si alguien dice: «informa al embajador de Estados Unidos que nuestro voto en el Consejo de Seguridad de la ONU será contra la guerra en Irak, para que tomen las medidas que crean conducentes y no sientan que los sorprendemos y se dañen por ello las relaciones de amistad México-Estados Unidos»; el acto primero es una orden, pero sirve, en un segundo nivel, a la argumentación de que la información temprana preservará las relaciones de amistad México-Estados Unidos.

Los macro-actos de «argumentar» y «refutar» (el acto que expresa el cuestionamiento de la argumentación oponente) conforman la macro-operación argumentativa, en la cual nos interesa ver cómo «operan» la totalidad de los funcionamientos discursivo semióticos que se les asocian en un momento dado: justificación, esquematización y disposición argumentativa; funcionamiento de los tropos, de los procesos de repetición, de la emoción, de la deixis (el «yo», «aquí», «ahora» del discurso como acontecimiento) de los actos discursivos, de las dimensiones no verbales, etcétera.31

Lo sostenido por Van Eemeren y Grootendorst respecto a un segundo nivel «macro» de interpretación para comprender la argumentación es válido para la demostración, la descripción o la narración, que comprendemos no sólo como macro-actos sino también como macro-operaciones clave que integran diversos actos, operaciones y funcionamientos.

Las cuatro macro-operaciones discursivas básicas integran el circuito del conocer a través de sus dos ejes de operación fundamentales: la demostración-argumentación y la descripción-narración. Mediante ellas explicamos, comprendemos, contamos y referimos lo que acontece en el mundo y entre los sujetos. Las macro-operaciones se mueven entre dos ejes epistemológicos: el mundo del objeto, lo hecho y el dato; y el mundo de los sujetos, sus valores y normas. Se desplazan también entre dos ejes netamente discursivos: el eje del relato para construir descripciones y narraciones; y el eje de la prueba para argumentar o demostrar. Nuestras disciplinas se mueven en ese mapa, con mayor o menor focalización en algunas de estas operaciones; la filosofía, por ejemplo, se inscribe y constituye en un relato ideológico cultural aunque busca sobre todo argumentar, y trata de echar mano tanto de diversas descripciones como de las demostraciones de su tiempo; la política acude a argumentos pero se hace también desde una muy particular visión narrativa de los hechos, de acuerdo con el bando profesado.

FIGURA 1. EL CIRCUITO COGNOSCITIVO DISCURSIVO


Este circuito cognoscitivo discursivo no es ontológico (del ser) es una formulación lógica provisional para dar cuenta de las grandes operaciones que efectuamos con el discurso. Las macro-operaciones rara vez se dan en pureza en el discurso concreto; en un texto puede haber fragmentos narrativos y fragmentos argumentativos, o cualesquiera otra combinación, y lo que se señala cuando se dice que un texto o disciplina es argumentativo es sólo que lo es en forma dominante (como es, quizá, el caso de la sociología y la historia críticas). La demostración, la argumentación, la narración y la descripción son macro-operaciones que subsumen a otros grandes conjuntos. Las consideramos distintivas de acuerdo con la experiencia humana y a estudios transculturales y translingüísticos, pero no son las únicas operaciones dignas de estudio como veremos un poco más adelante.

El eje demostración-argumentación exige la formulación y sostenimiento de un comportamiento lógico, sentimental, intuitivo o de creencia más racional en sentido estrecho. En el extremo demostrativo está lo que en un momento dado llamamos «ciencia» o «saber» en un sentido duro. En el polo argumentativo está lo que denominamos opinión (e ideo-lógica, como escribe Vignaux) como, por ejemplo, en el caso del derecho y la política. Para algunos enfoques contemporáneos hermenéuticos y posestructuralistas, el eje descripción-narración da cuenta del mundo desde una perspectiva más cercana a las ciencias humanas y a la historia (la historia se cuenta y se describe; aunque todo esto es relativo, pues también se argumenta y hasta se demuestra objetivamente, como cuando a través del carbono 14 realizamos un fechamiento de ciertas ruinas). De cualquier manera, la descripción atañe sobre todo a la instrucción y la orden, mientras que la narración alude a la literatura, como expresiones paradigmáticas. La comprensión cabal del eje demostración-argumentación nos conduce a la aclaración de una dicotomía asociada: la oposición explicación-comprensión. En este sentido, la causa (lo que llamamos tal en forma determinista) no sólo se narra, se demuestra o también se argumenta, en ocasiones, en tanto no es del todo evidente que una cosa conduzca a otra, como al justificar por primera vez las características de la luz a partir de postular la existencia de fotones. La causa nos lleva, tradicionalmente, a la explicación científica natural. La comprensión, en cambio, no es objeto de la ciencia natural sino de las ciencias humanas. Sin embargo, tal enfoque, ha sido discutido desde la aparición de las obras de Dilthey. En lo personal considero que es válido sólo en los extremos.

En realidad, hay demostración-argumentación en las ciencias humanas y descripción-narración en la teoría de la ciencia natural; en un cierto grado, pueden coincidir explicación (erklären) y comprensión (verstehen). No es cierto que la ciencia natural sea sólo explicación ni que la ciencia social sea sólo comprensión. Por otro lado, la noción de causa única y de explicación se han transformado desde la aparición de la física cuántica. El causalismo se centra por lo general en una sola causa en el lugar de la multideterminación y complejidad de la realidad, aunque ya no en las teorías físicas que fueron su cuna ni en la matemática de las probabilidades. Por otra parte, en argumentación debemos distinguir razones de causas. Hoy los objetos y causas no son fijos y eternos sino que se relacionan con otros, se mueven y se niegan unos a otros. En la física subatómica, la certeza de localizar un electrón, por ejemplo, se reduce a la probabilidad de que algo suceda (se localiza en el ámbito de la REEMPE o «región espacio energética de manifestación probabilística electrónica»). En las nuevas concepciones dinámicas de la biología (Gottlieb) es necesario dar un lugar a la comprensión y a la complejidad para entender la evolución (ésta no se explica sino a partir de entender las transformaciones que van desde los genes al citoplasma, el tejido, el organismo, el ambiente y la cultura en un funcionamiento de doble vía). Desde Heisenberg y más aún hoy, con la teoría del caos, se da una importancia creciente a la noción de incertidumbre,32 aunque dando lugar a posiciones tanto escépticas como optimistas respecto a la posibilidad de conocer el mundo.

En suma, no hay una distancia absoluta entre demostración y argumentación como tampoco entre explicación y comprensión. En el diálogo cotidiano no sólo justificamos juicios y esquematizamos, sino que también buscamos simple y sencillamente comprender y hacernos entender unos a otros a través del diálogo ya sea conversacional o estrictamente argumentativo.

Criterios de las macro-operaciones

Las evidencias e inferencias. Al demostrar nos situamos en el criterio de verdad y en lo intemporal. La descripción se aproxima, un tanto ambivalente, al eje de la verdad. En los casos de la argumentación y la narración, la evidencia es, sobre todo, del orden de lo verosímil.

Al demostrar acudimos a una operación de inferencia lógica evidente (deducción o inducción) mientras que al argumentar usamos la abducción, el ejemplo no científico, el entimema o la analogía y, por lo general, decidimos sobre la validez limitados y condicionados por el tiempo en un doble sentido: por el carácter histórico de nuestras decisiones y por la limitación del tiempo para deliberar. En la narración construimos las inferencias a partir de las funciones narrativas y en la descripción a partir de las funciones descriptivas.

El sujeto y la objetividad. La demostración remite al estatuto de un sujeto epistémico objetivo, que es la teoría, desde donde se justifica el saber. La argumentación se mueve en cambio en el estatuto de un sujeto sociohistórico y cultural33 que proporciona las garantías para pasar de lo aceptado a lo no aceptado y es el soporte del sentido atravesado por diversas formaciones discursivas e ideológicas. La narración presenta un sujeto que no es el autor sino el narrador que funciona desde una voz determinada (1ª, 2ª o 3ª persona; narrador omnisciente que sabe todo; o existencial que apenas capta la percepción de lo que sucede a cada momento, etcétera) y un enfoque particular. En la descripción el sujeto descriptor cumple su labor a partir de las condiciones generales objetivas del equipamiento humano y de la lengua, pero también desde las concepciones, lenguas, teorías y culturas particulares que dan un sello peculiar a la construcción de los datos.

Argumentación y narración se mueven más en el eje del sujeto, lo involucran. No pueden ser objetivas, de ahí—entre otras cosas— la distinción platónica entre opinión (doxa) y saber (episteme). La narración es decididamente subjetiva, la argumentación puede, todo lo más, aspirar a una intersubjetividad (un acuerdo entre sujetos) de gran alcance para un grupo social, una cultura o un periodo histórico. Ello es así a pesar de que el «juez racional» de la pragma-dialéctica, las reglas lógicas de la dialéctica formal o la idea del «auditorio universal» de la nueva retórica tratan de llevar la argumentación al extremo de lo objetivo, buscan acercarla a la demostración, minimizando su componente retórico en favor del lógico-dialéctico. Sin embargo, cabe mencionar que incluso en la ciencia debe existir siempre cierta apertura a la subjetividad, pues es necesario pensar el movimiento del saber dentro de una comunidad ilimitada de investigadores que se desarrolla en el tiempo, como sugería el filósofo, lógico y semiotista Charles Sanders Peirce; de otra manera nos negaríamos al movimiento espiral ascendente del conocer y a los retrocesos y substituciones de teorías.

En el límite, ni descripción ni demostración pueden eliminar jamás al sujeto; todo dato es construido-reconstruido desde una teoría, una ideología, un mito o una lenguacultura. Este universal del discurso (la existencia en él de un sujeto) ha quedado demostrada incluso en la física con el sugerido principio de incertidumbre de Heisenberg (no podemos conocer a un tiempo el lugar y la velocidad de una partícula, porque el sujeto observador altera el experimento), en la matemática con el teorema de Gödel (en sistemas llamados de Hilbert, no es posible demostrar todas las proposiciones, al menos una es indemostrable y por lo tanto es un presupuesto heredado, lo cual nos conduce de forma mediata a la elección del sujeto) y en el análisis del discurso con la formulación antihusserliana (contra el primer Husserl) de Gadamer acerca de la interpretación: no podemos partir de cero al interpretar un texto, ya que siempre existe un pre-juicio, un juicio previo.

Lo esperado no se cumple y para lo inesperado un dios abre la puerta, decía Eurípides, recordado por Edgar Morin al hablar de la incertidumbre y la subjetividad en las teorías contemporáneas.34 Es necesaria —escribe también Morin— la reflexividad que integre al observador-conceptualizador en la observación-conceptualización y la «ecologización» de la observación-concepción en el contexto mental y cultural que es el suyo.35

La objetividad no es nunca absoluta, aunque alcanza un mayor grado en las creaciones humanas más controladas, como las leyes matemáticas. Son exactas porque las ha hecho el hombre, como decía el filósofo italiano Vico hace más de tres siglos (principio del verum/factum). Lo que llamamos objetividad es, las más de las veces, intersubjetividad. La subjetividad nunca es absoluta porque entonces, simplemente, no tendría ni siquiera lenguaje, que es por fuerza compartido.

Los objetivos. Los objetivos de las macro-operaciones son de igual modo variables: demostrar (axiomas, por ejemplo) se opone a persuadir, convencer, ganar a toda costa o llevar al otro a determinada acción o estado de creencia en el caso argumentativo. El narrar poético pretende deleitar, decir las cosas de un modo bello y la descripción busca la precisión, el detallar los elementos necesarios y suficientes.

Las fronteras difusas entre macro-operaciones

Narración y descripción: el relato. El paradigma de la narración (en prosa o poesía) utiliza de manera sustantiva y recurrente la metonimia (substitución de un término por otro con el que tiene una relación de contigüidad: «tomen su Rulfo», en lugar de «tomen su libro de Rulfo») y la metáfora (substitución de un término por otro con el que guarda una relación de semejanza: «vidrio animado que en la lumbre atinas» en lugar de «mariposa», según la descripción de un verso de Luis de Sandoval Zapata estudiado por Helena Beristáin). La descripción aséptica se desarrolla en el orden —la sintaxis— y la selección de las palabras —categorías, definiciones, semántica— buscando la objetividad y la univocidad. Ahora que, es importante señalarlo, no es posible una disociación tajante entre describir y narrar, como puede verse en el verso arriba citado, el cual describe la mariposa a través de una «narración» poética.

Demostración y argumentación: la prueba. El paradigma de la demostración es el silogismo, el procedimiento por reglas, la inducción exhaustiva y la probabilidad. El paradigma de la argumentación pasa por el entimema o silogismo incompleto, el ejemplo dialéctico o retórico, la analogía y la contradicción. Las emociones se expresan tanto de modo analógico (tenemos miedo ante una situación que antes nos provocó miedo) como por inferencia cuasi-causal (consideramos que nuestra tristeza tiene una causa —en realidad una razón— como la muerte de un amigo). La argumentación se da en el polo de la opinión y la demostración en el de la evidencia incontestable, pero existe un continuo y una transformación en el tiempo mediante la cual la opinión se vuelve saber y el saber opinión; así por ejemplo, un día se consideró que la idea de Darwin acerca de «la supervivencia del más apto» era ciencia incuestionable y debía aplicarse en los más diversos ámbitos, hoy en cambio, tal saber es puesto en cuestión en la propia biología y muy probablemente pase al estatuto de mera opinión en el resto de los ámbitos en que se aplicó metafóricamente con cierto abuso. El mito darwiniano resalta la agresión, la territorialidad y la dominancia que son parte de «la película» de la evolución, pero olvida el otro lado igualmente central de lo evolutivo: la crianza requerida para reproducirnos como humanos a partir de un desarrollo emocional adecuado, de una actuación en común y de un ambiente para aprender el lenguaje y el pensamiento.

Narración y argumentación: el sujeto. Como dice Gilberto Giménez36 y reconocía la retórica clásica, describir o narrar es ya argumentar porque suponen una puesta en escena orientada de lo real en función de las pruebas que queremos exponer en cada caso. Peirce37 notó esto cuando consideraba que la palabra es ya un argumento potencial; es decir, argumentamos desde que escogemos las palabras y los hechos o evidencias en lugar de otros posibles para sostener un punto de vista dado. Escoger las palabras es esquematizar, es ya argumentar. Las palabras son programas argumentativos; así, cuando yo afirmo un argumento y utilizo en él el sintagma «traidor a la patria», el escucha prefigura adónde puedo ir en mi programa narrativo, como por ejemplo, hacia la proposición de la ejecución o la destitución del personaje en cuestión.

Muchos sitúan erróneamente la historia en el eje narrativo, pero ya anotábamos que es en realidad una mixtura de narración (se cuentan los eventos, como en la magistral obra El mediterráneo de Braudel y se trabaja la historia como discurso) y argumentación (se proporcionan pruebas para sostener una posición), además de contener elementos objetivantes demostrativos (fechamientos, comprobaciones fehacientes de datos, hechos y transformaciones) y descriptivos.

Descripción y demostración: el objeto. Descripción y demostración se desplazan en el eje de los hechos y estados de cosas, de la objetividad, aunque se construyen desde la subjetividad inevitable de una teoría y un punto de observación. Así, aunque en el cuadro anotamos los hechos y datos en el eje del objeto, también son importantes en la narración y en la argumentación. A la inversa, las normas y valores pueden jugar también un papel, aunque en menor grado, en la descripción y la demostración.

Argumentación y descripción: del objeto y el hecho al argumento. La argumentación se opone a la descripción como la política al mandato militar o la receta de cocina; quien ordena desconfía de los vericuetos de la argumentación, quien argumenta desconfía de toda descripción en apariencia neutra. Sin embargo, la descripción puede formar parte de un discurso argumentativo y contribuir a reforzar la argumentación. Como acabamos de decir, describir algo puede ser ya una argumentación. Por otra parte, la descripción conforma parte vital de la precisión y la disolución de los malentendidos en la argumentación.

Narración y demostración: la tensión entre la prueba y el relato. La demostración se opone a la narración como la ciencia a la literatura; la ciencia positiva desconfía del deseo y del sentimiento, de la expresión de la subjetividad. La literatura se «aburre» con la demostración científica. La narración bella, poética, subjetiva se opone a la demostración ascética, unívoca, objetiva. Sin embargo, más allá de la axiomática, la teoría se describe y eventualmente se narra. Las grandes teorías se convierten en metarrelatos. La narración cuenta desde el horizonte del saber científico de su tiempo, de lo que es verosímil merced al saber.

Estaría tentado a sostener que la demostración-argumentación es el universo del poder-saber y la descripción-narración el eje del contar-placer. Sin embargo no puede ser así, en todo hay saber, poder, deseo y relato. Es más relevante remarcar que solemos recorrer un circuito, en donde para narrar hay que describir; para argumentar, narrar; y para demostrar, argumentar la teoría. Es decir, aunque la demostración paradigmática es una fórmula, se sostiene en una teoría y ésta se funda en argumentos, que a su vez acuden a narraciones y descripciones. En sentido inverso es frecuente que las narraciones utilicen argumentos o demostraciones para soportar su lógica y que las argumentaciones incluyan elementos demostrativos para soportar los puntos de vista en cuestión. En realidad, las operaciones del discurso son meras dominantes, no hay pureza absoluta. Transitamos de unas a otras.

Las fronteras difusas entre operaciones argumentativas

Justificación y explicación. Las fronteras de la justificación argumentativa y la explicación (explanation) demostrativa son muy debatidas (ver, por ejemplo, Grize en la lógica natural o Michel Scriven en la lógica informal). La justificación está en la base de la argumentación, las garantías justifican la conclusión; no hay argumentación sin cierta justificación. La explicación, por su parte, participa de un continuo con la argumentación. Grize considera en diversos artículos que una teoría T es una explicación del hecho expresado por la proposición p, si y solamente si p es deducible de T; es decir, una teoría permite deducir las proposiciones y explicar los hechos a que remite sólo dentro de su propio horizonte. Karl-Heinz Göttert38 considera que la explicación y la justificación son dos tipos polares de argumentación. Considera la explicación como situada en el eje objetivo de los hechos; inclinada hacia la demostración, se da en el plano teórico o cuasi-teórico de un juicio constativo (que constata los hechos o datos) realizado desde el punto de vista de un observador, fundado en causas y motivos soportados en el criterio de una ley o generalización. La justificación es práctica y remite a acciones, se ubica en el eje valorativo o normativo y remite por tanto a un juicio evaluativo o prescriptivo (recomendación) fundado en razones soportadas en una norma o valor consensual. Otros consideran que una explicación trata de especificar las causas mientras que la justificación funciona de manera diferente y proporciona por ejemplo evidencia, justificación moral o política, aunque en ambos casos se emplean razones. Nosotros comprendemos estas polémicas a la luz del cuadro expuesto: explicar es algo que se hace desde el sujeto epistémico de la teoría, da cuenta sobre todo (aunque no sólo) de hechos y datos, y acude a causas demostrables. Justificar es algo que se hace desde el sujeto sociocultural, dando cuenta sobre todo (aunque no sólo) de normas y valores, acudiendo a la comprensión mediante ejemplos, analogías, deducciones y contradicciones.

Crítica y justificación. La crítica forma un movimiento único con la argumentación, ya que, salvo en la lógica unívoca monológica que elimina al oponente, estamos siempre frente a un fenómeno de argumentación-refutación real o en potencia que cumple una función de evaluación, de crítica al discurso por un contradiscurso. En la retórica y la erística, sin embargo, se ve disminuida la función crítica cuando se busca sólo persuadir al auditorio particular o vencer a toda costa al enemigo con independencia de la validez de las razones.

Elucidación, amplificación y argumentación. La argumentación se distingue de la elucidación y de la amplificación porque en su objetivo esencial está obtener la aceptación.39 Pero la elucidación o aclaración es en realidad crucial para argumentar en tanto es la base misma de la exteriorización o explicitación de una noción, por lo cual se plantea en el centro de los esclarecimientos (éclairages) de la esquematización de los objetos discursivos de la lógica natural. Un esquema argumentativo también es esclarecido en el texto. Una esquematización justifica pero además elucida y amplifica su objeto al presentarlo de cierto modo. Así por ejemplo, cuando Estados Unidos quiere combatir a un enemigo, lo presenta como «terrorista», «comunista» y dice de él que es un «asesino», un «mentiroso» y que es una «amenaza para la democracia y el mundo libre»; argumenta, pero lo hace a partir de la amplificación y la elucidación bajo una «ideológica» determinada.

Indagación, deliberación y argumentación. Cuando al argumentar se indaga y se efectúan juicios, se acerca la argumentación a la investigación. Cuando al argumentar negociamos y buscamos tomar la mejor decisión estamos ante la deliberación (boulesis, en Aristóteles, un proceso mental de asociación entre medios y fines, muy propio del discurso político). Cuando argumentamos para resolver un asunto de acuerdo con la opinión, estamos ante la argumentación en sentido lato. Las tres operaciones están vinculadas en forma íntima y dan lugar a diversas teorías.

La argumentación más allá de la justificación

Aun cuando las macro-operaciones aparecen como básicas y universales, el discurso no se agota en ellas. Al argumentar proponemos o rechazamos acudiendo a operaciones mediante las cuales justificamos, explicamos, describimos, definimos, negociamos, deliberamos, indagamos, esclarecemos, amplificamos y criticamos. Al hacerlo fundamentamos nuestra opinión en forma multidimensional: acordamos con los otros o negociamos con ellos; polemizamos con los demás y los comprendemos; objetamos de manera temporal y descalificamos la razón del otro; trabajamos juntos para comprender algo; apoyamos a nuestros grupos de pertenencia; implicamos determinadas consecuencias de las opiniones; probamos nuestros juicios; aclaramos problemas y precisamos malentendidos; y corregimos, matizamos o confirmamos nuestra propia postura. Más allá de estas operaciones, la argumentación sirve también para funciones sociopolíticas: identificar, estigmatizar, excomulgar, aprobar o alentar a los otros o sus razones y puntos de vista. Sirve además, como escribe Vignaux, para funciones cognoscitivas y discursivas. Y todo ello puede ser relevante, como bien se dio cuenta Willard en su formulación abierta a la consideración de cualquier elemento que sirve a la argumentación. ¿Por qué llamarle entonces argumentación a todo eso?, dirán algunos. Y la respuesta es: porque se ubica aún en el campo de una macro-operación discursiva que es el argumentar y que tiene por centro la problematicidad y la posibilidad de plantear un pro y un contra en torno a una cuestión que es del orden de la opinión.

El mundo de la cuestión y sus respuestas

La argumentación clásica se desarrolló centrada en la noción fundamental de la llamada quaestio. La cuestión nos habla de la pregunta y el problema que el discurso argumentativo tiene que resolver en forma positiva o negativa, en pro o en contra. Esta problematicidad, la existencia de la duda y la posibilidad de respuestas diversas a ella constituyen el núcleo de toda argumentación y de toda teoría sobre la misma.

Los latinos clasificaron la argumentación en función del tipo de cuestiones tratadas en ella y de los comienzos que eran más adecuados para tratar cada materia con la finalidad de comprobarla, definirla o calificarla. Estudiaron las relaciones entre el auditorio, el orador y el objeto de la argumentación. Distinguieron la diferencia entre las cuestiones que atañen a lo general y las hipótesis dependientes de lo particular de un tiempo y lugar. Tomaron igualmente en cuenta la facilidad o dificultad de la cuestión tratada para construir una mejor argumentación en cada caso.

El problema nuclear de la quaestio latina es todo menos simple. Ahora bien, más allá de los matices de los términos y prácticas asociadas a ellos, existe algo radicalmente diferente a la posibilidad de la «cuestión». La opinión dominante o dogma, no se interroga. Antes de la «cuestión» está el tabú cultural, lo prohibido por la ideología, el silencio del poder en sus múltiples formas. O está, también, el objeto necesario, impuesto, obligatorio, que debemos tratar forzados por las instituciones, los poderes o las circunstancias. Aceptar una pregunta es situarse en la posibilidad de la argumentación, de las respuestas alternativas, de la confrontación del poder. Por ello la argumentación nos parece el núcleo del proyecto de ciudadanía responsable del siglo XXI, porque no nos pide ninguna ley de obediencia sino tan sólo el seguimiento de aquella opinión sostenible y respetable en función del mantenimiento de la comunidad cultural humana, así como del bienestar y del conjunto de las libertades para el mayor número y para las minorías que a través de su diferencia no ponen en riesgo al conjunto social.

La «cuestión», reiteramos, está en el centro de toda teoría de la argumentación, asociada a las alternativas de respuesta y al problema que evoca. Ahora bien, como hemos ido expresando, la cuestión se resuelve tanto en la justificación de puntos de vista a partir de esquemas argumentativos (entimemas, analogías, ejemplos) como en la justificación de nociones a partir de esquematizaciones de un objeto discursivo y en el orden en que se presentan tanto esquemas como esquematizaciones.

La función de justificar sostiene lógico dialécticamente el punto de vista. El disponer los argumentos o esquematizaciones de un objeto en el discurso prepara desde la persuasión hasta la demostración. Esquematizar da un particular alumbramiento al objeto discursivo.

De hecho, todas las teorías de la argumentación reconocen lo que venimos comentando: que un acto de argumentación implica necesariamente una «cuestión», un problema a decidir o resolver. Esta consideración atraviesa nuestra cultura argumentativa occidental: los dilemas y paradojas, la dialéctica griega, la quaestio latina y la moderna «problematología». Esto sería cierto incluso para el caso de la argumentación en la lengua, que investiga los «lugares» (topoï) del lenguaje que orientan nuestras conclusiones en determinada dirección ante una opción, una cuestión (un «a pesar de todo», por ejemplo, responde a la pregunta de si hay que sostener una opinión aunque existan argumentos en contra de ella). O para la lógica natural, que estudia la «esquematización» de objetos discursivos que nos remiten a nociones, lo que de ellas decimos, en qué orden y desde qué perspectiva subjetiva las tratamos. Nos orientamos en determinada dirección o esquematización ante otras posibles y, por lo tanto, es deducible una pregunta que subyace a la alternativa (así, cuando Estados Unidos esquematiza las propiedades del llamado « terrorista Hussein», responde a la cuestión «¿qué debemos pensar de Hussein?»). Es ésta cuestión también la que, según Gadamer en Verdad y método, se trata de reconstruir al interpretar un texto desde el enfoque hermenéutico; es decir, cada texto responde a un problema, como la obra de teatro Santa Juana de los Mataderos, de Bertolt Brecht, que nos dice que al problema de la miseria en el capitalismo no se responde con la caridad, sino con la lucha contra la explotación. El problema subyace tanto a la producción como a la interpretación del texto argumentativo.

Todos los juegos de la argumentación se ubican pues bajo el macro-juego que ha sido privilegiado por siglos: establecer lo que se denomina una quaestio, una «cuestión». Justificamos, esquematizamos, disponemos y valoramos —de una u otra manera— el punto de vista sobre ella. El juego y metalenguaje de la cuestión constituye la argumentación y sus teorías.

En cierta medida —y sólo en cierta medida— la teoría de la argumentación proviene del carácter normativo de los juegos lingüístico culturales acerca de la cuestión, el cual es sistematizado en otro nivel por la teoría, transformando a la vez el lenguaje y las prácticas lingüístico culturales. En esta mutua influencia, las «lenguaculturas» sirven para jugar los más diversos juegos de argumentación, que resumen las posibilidades de lo que por asociaciones de aires de familia podemos llamar «el arte de argumentar» en una «lenguacultura» dada. Así, al hablar negociamos y al normar la negociación construimos, por ejemplo, la teoría coalescente de Michael Gilbert que busca el acuerdo entre los argumentadores. Discutimos como en la guerra y al teorizarlo conformamos la erística de Kotarbinski que nos enfrenta unos a otros como enemigos. Justificamos y al hacer teoría de la convicción racional creamos la dialéctica de Hamblin, la lógica informal de Blair y Johnson o la pragma-dialéctica de Van Eemeren y Grootendorst. Seducimos mediante técnicas diversas de la lógica o de la estructuración de lo real y al normar la persuasión damos lugar a la nueva retórica de Perelman y Olbrechts-Tyteca.

En nuestras prácticas culturales damos un valor a las actitudes argumentativas. La lógica misma redefine, repiensa y precisa en términos universales los términos y marcadores discursivos que están en las lenguas: los conectivos «y», «o»; la negación; los conectores «pero», «sin embargo» o «por lo tanto»; los indicadores de temporalidad; los cuantificadores «todo», «algún» y »ningún»; los modales «necesario» y «posible».

Cuando jugamos el juego de la dialéctica y la convicción en particular debemos, como dice Taylor: «Identificar el estado de cosas que debe existir para que entender sea afirmado de manera justificable. Mostrar que tal estado de cosas realmente tiene lugar».40 Y para jugar ese juego, el metalenguaje normativo dialéctico reelabora la normatividad ya inscrita en la lengua: «Te expresas confusamente»; «No le diste al clavo»; «No deberías haberle replicado»; «Es inobjetable»; «Es comparar el agua y el aceite»; «Mostraste todas las debilidades del argumento». De la misma manera, la lengua alimenta nuestra justificación de la argumentación bélica o de la negociación: «voy a liquidarlo», «ataca su posición», etcétera.

Nuestras «lenguaculturas» responden de manera distinta a la cuestión y la argumentación. Así por ejemplo, de acuerdo con la lengua inglesa, quien argumenta (to argue) discute, hace algo polémico, mal visto en ocasiones, en lo cotidiano. Mientras que en español, quien argumenta es valorado en forma positiva: «da razones, no sólo palabras». En nuestra lengua «argüir» no es ya tan claro y «ser argüendero» es en definitiva negativo, casi equivalente a mentiroso. En inglés, la lengua nos impulsa a una teoría del debate polémico, en español eso no ocurre necesariamente y se abre la puerta a la cooperación. La lengua, en asociación con nuestras prácticas culturales y científicas, fija nuestro horizonte del sentido del argumentar. Así que la argumentación y su posible teoría, como hemos repetido en distintas oportunidades, se ven afectadas por la lengua en que se escribe (Plantin41 investiga este punto también, respecto al inglés y el francés) y ello sólo puede evitarse en forma parcial, es decir, en la medida en que establecemos una distancia entre palabra y concepto, en que podemos traducir o innovar y criticar nuestra lengua (aunque no podemos abandonar nuestro idioma por completo).

Interrogar, preguntar, cuestionar, inquirir

Es importante indagar acerca de los términos del campo de la argumentación en cada idioma para ver la influencia que va del lenguaje argumentativo y la práctica cultural a la teoría de la argumentación, así como de regreso de ésta al lenguaje y la cultura. Así, significativamente, en nuestros andares por la lengua y cultura castellanas, al hablar de argumentación podemos oscilar del examen al poder policiaco, de la solicitud a la demanda, de la búsqueda del saber a la manipulación, de la creencia a la imposición. La argumentación tiene múltiples connotaciones, no tiene un valor único ni la «cuestión» nos remite tan sólo a la búsqueda desinteresada de la verdad. Pero para mostrar esto al lector, nos adentraremos en algunas de las palabras del campo de la cuestión. Empezaremos por la asociación más corriente de la «cuestión» en el lenguaje cotidiano: la pregunta.

Las preguntas. Existen preguntas trascendentales que se responden mediante la fe, preguntas abiertas como las de la filosofía, preguntas que llevan a las soluciones de la ciencia y preguntas que remiten a diversas alternativas de la opinión. No hay una fractura absoluta entre las distintas preguntas, ya que pueden compartirse en la historia o la sincronía, como al cuestionarnos: ¿cuál es el centro del universo? En un primer momento, los sabios de occidente respondieron tal cuestión de manera casi unívoca, a favor del geocentrismo. Después, se siguió respondiendo todavía a favor del geocentrismo desde la fe religiosa católica, mientras que desde la ciencia emergente se opinó en pro del heliocentrismo. Fueron esos los tiempos de Copérnico y de la «demostración» de tal postura por Galileo, en confrontación con la iglesia. Ya en la segunda mitad del siglo XX, la iglesia reconoció la validez de la respuesta de Galileo; existe pues un movimiento en la historia que permite cambiar de respuesta frente a cada pregunta, volver sobre ella, como en una espiral del conocimiento, cada vez más cerca de la verdad, cuando no hay olvidos, mala fe, pérdidas históricas o extravíos notables. Incluso los discursos filosóficos, científicos, argumentativos y religiosos encuentran puntos de contacto a través del tratamiento de las cuestiones de unos y otros que se imbrican en la vida social.

Solemos decir que si una «cuestión» tiene más de una respuesta es argumentativa. La fe típica tiene sólo la respuesta del dogma —aunque santo Tomás o Teillard de Chardin, por ejemplo, piden un acuerdo entre la fe y la intelección—. Y la ciencia, hasta ya entrado el siglo XX, tenía sólo una respuesta «adecuada» a la realidad, aunque hoy tiende a abrirse paso el pluralismo epistemológico. La fe y la opinión tienden al extremo de la doxa, la ciencia al de su cuestionamiento, la filosofía se sitúa en el plano de la perpetuación de la pregunta y la argumentación en el de la oposición-diferencia entre las respuestas.

Ahora bien, podemos argumentar sobre una u otra respuesta de la fe, sobre una u otra salida filosófica, sobre una u otra solución científica, sobre una u otra opinión. Las opciones diferentes serían el sello de la argumentación, que es el polo siempre móvil, activo, inacabado en el continuo que va de la operación argumentativa a la demostrativa.

En el carácter básico de la oposición argumentativa todas las corrientes actuales están de acuerdo, aunque de ello algunas derivan, de manera inadecuada, el predominio de la lógica, de la veridicción (la certificación de lo verdadero o falso) y el desdén o deslegitimación de la retórica. Ahora bien, independientemente del debate entre lógica-dialéctica y retórica, es interesante preguntarse sobre cómo cada lengua matiza de diversa manera los verbos interrogativos del «campo de la cuestión».

El acto discursivo: interrogar, preguntar, cuestionar, inquirir. Para Ducrot y Anscombre, en una de las interpretaciones que dan del acto de interrogación en su sentido general42 se le debe atribuir, a un nivel intrínseco, un valor argumentativo; y su valor le confiere la misma orientación argumentativa que poseen las frases negativas correspondientes. Ello significa que si pregunto en determinados casos: «¿vas a venir al baile?», ello tiene el valor equivalente a suponer «no vas a venir al baile», de otra manera no preguntaría yo. En la pregunta retórica, que cumple un acto de argumentar, se actúa como si la respuesta fuera obvia, se interroga sólo para recordar determinada respuesta y se niega lo presupuesto en la pregunta.43 Aunque existen preguntas retóricas invertidas, positivas, como actos de subordinación o de cortesía («¿me permite abrirle la puerta?»).

El acto de preguntar, interrogar, cuestionar o inquirir convoca un contenido proposicional mínimo compartido. De acuerdo con el efecto comunicativo e interactivo del acto, los verbos de cuestión son considerados jurídicos, implican el forzar en cierto sentido al otro, que se ve obligado a responder o a guardar silencio, lo cual tiene ya un costo, pues en el extremo, en estos casos, «el que calla otorga». Aunque no responder puede constituirse en un poder, un reto a lo establecido.

El acto de preguntar conlleva una posición de menor poder en lo general. Parte de una condición de responsabilidad —salvo uso retórico o de mala fe— de que se ignora algo y de pensar que quizá el otro puede estar en condición de responder. El acto de preguntar no supone por fuerza el efecto interactivo de una respuesta argumentativa, ya que puede conducir también a la simple aclaración. Su condición esencial y de sinceridad es que se ignora algo, se supone puede dársele una respuesta a la ignorancia y se la quiere en verdad conocer. El otro debe comprender de acuerdo con el efecto comunicativo qué se le pregunta y la pregunta lo mueve a responder o al menos a preguntarse a su vez. Preguntar es buscar el saber, es un acto de pretensión cognoscitiva.

El acto de cuestionar es un acto que convoca una condición de responsabilidad crítica y argumentativa, presupone la posibilidad de dar una respuesta distinta a la formulada por el otro. El acto de inquirir es incluso investigativo, conlleva la sinceridad de suponer por el inquisidor una pregunta sobre algo respecto a lo cual el otro puede tener a su vez cierta responsabilidad; inquirir puede llegar a tener una carga negativa respecto a la valoración moral del otro. Esto último no sucede cuando el sentido de inquirir se carga ya hacia la interpretación científica, como búsqueda abierta para indagar respuestas a un problema.

En suma, preguntar supone ignorancia o deseo de saber. Interrogar es directamente un ejercicio jurídico y de poder. Inquirir es investigar (de hecho hay dos entradas de los verbos de cuestión: inquirir como investigar acerca de un objeto e inquirir al otro respecto a algo en sentido positivo o negativo). Cuestionar puede ser crítico o también agresivo y retador.

Los verbos y actos asociados a inquirir, cuestionar, preguntar e interrogar remiten a una diferente fuerza ilocutiva (este término fue acuñado por el filósofo del lenguaje ordinario John Austin para hablar de la forma en que debe ser interpretado un acto, ya sea de manera explícita o implícita, como cuando alguien dice intempestivamente en una conversación «¡hace mucho frío!» y nosotros podemos interpretarlo como un «no me interesa lo que dices»). Ahora bien, preguntar y cuestionar pueden admitir uno o dos sujetos en juego («me pregunto», o bien, «pregunto» algo a alguien diferente). Inquirir no admite el reflexivo («me inquiero» es agramatical) probablemente porque tiene la carga histórica de investigar acerca del otro. Interrogar es un verbo que a pesar de admitir el reflexivo (me) remite con más facilidad a dos sujetos.

No hay simetría entre los sujetos de los actos discursivos de cuestión en castellano. En español quien pregunta, interroga, inquiere o cuestiona ocupa, en principio, una posición conversacional alta, dominante; es decir, obliga con su poder al otro a responder o romper el contrato del diálogo. En este sentido, toda pregunta, interrogación o cuestión tiene un dejo predominante de acto de poder. Éste se anula, sin embargo, cuando el preguntar exhibe una ignorancia marcada, que indica una posición conversacional baja. En el cuestionar, aquel que cuestiona está más claramente en posición alta (y aquí hay que notar que en inglés, por ejemplo, no se da esta situación siempre, porque cuestionar es más equivalente a preguntar). Hay en realidad una escala en el saber-poder, en español, donde —en un sentido de diccionario, estructural y sin tomar en cuenta el contexto— el cuestionar es crítico (un saber opuesto a otro) mientras que preguntar es —muchas veces— condición de no saber e interrogar es recurrir a un poder que obliga al otro (de ahí que digamos «no me interrogues» cuando alguien es demasiado insistente en algún asunto comprometedor).

Preguntar, interrogar, cuestionar, inquirir remiten de algún modo al nodo de la argumentación. Sin embargo el campo de términos afines se ensancha con facilidad hacia otros actos discursivos fronterizos: la aclaración (aclarar, esclarecer, dilucidar, precisar), la investigación (interesarse, averiguar, examinar, investigar, indagar) y la duda (dudar), así como marginalmente la petición (pedir, solicitar, rogar), la exigencia (demandar, exigir, interpelar), la consulta (consultar) y la curiosidad (curiosear).

Los sujetos de la cuestión. Como acabamos de anotar, no hay simetría en la lengua española respecto a los sujetos de los verbos argumentativos. Quien pregunta es preguntón, lo mismo que quien responde es respondón, cosas consideradas malas, de entrada, aunque a mi entender no debieran serlo, ya que preguntar es base del conocer, como decía el ilustre mexicano Narciso Bassols: el que pregunta, aprende. Lo que está detrás del ataque a la pregunta es sin duda el poder. El preguntón y el respondón no están en la posición adecuada, porque jamás diríamos preguntón a un juez, a un fiscal o a un reportero autorizado.

No hay un preguntador y un respondedor o respondente fuera de las jergas jurídicas. Sólo aparece la función del que pregunta y responde en tanto exceso. Quien interroga es «interrogador», que es un término válido aunque suena peor aún que preguntón, por su carga de torturador o policía de averiguaciones judiciales. Quien responde el interrogatorio es por su parte el interrogado. Quien cuestiona es valorado como cuestionador (crítico, activo) en culturas del cambio y atacado en culturas de tradición y mantenimiento del poder. En tanto que el cuestionado está siempre en una mala posición inicial, tiene que remontar la desventaja a lo largo del intercambio comunicativo. Inquisidor es una palabra con carga histórica abrumadora, aunque puede usarse ya en sentido positivo si refiere a una actitud de investigación («es muy inquisidor», como sinónimo de penetrante). Su contraparte, el «inquirido», no existe en el habla común sino sólo en forma ocasional en el discurso judicial, referido a quien responde a la «inquisición».

De la cuestión a la respuesta. La unidad de todos los verbos parece estar dada en su contraparte. Al preguntar, interrogar, cuestionar o inquirir, sigue y se opone un único par adyacente: responder. A pregunta, interrogación, cuestión, inquisición, se opone la respuesta. Responder, dar respuesta es el verdadero centro unitario de la argumentación y no el preguntar, aunque las preguntas permanecen y las respuestas son transitorias. Una pregunta sin respuestas no es argumentación, sólo su posibilidad. Argumentar es por ello una cadena: pregunta-problema-alternativas de respuesta en pro y en contra (o de más de dos valores).

Interrogación, pregunta, cuestión, inquisición. En la lengua española, aunque los términos son intercambiables en ciertas situaciones, existe una gradación entre interrogación, pregunta y cuestión. No tienen el mismo sentido, no remiten al mismo hábito ni producen los mismos efectos. Creo que es útil sondear, al menos superficialmente, el valor de estos términos y su carga procesal.

La interrogación nos conduce a dos salidas: al acto interrogativo general en contraposición a la aserción que afirma, la exclamación que expresa o el imperativo que ordena; y a la interrogante, que es más subjetiva y evoca la duda, ya que es un tanto más filosófica, más epistemológica (de conocimiento). Como dice Peirce:44 «la irritación de la duda causa una lucha por alcanzar un estado de creencia». La interrogante por su parte es utilizada cuando la duda puede quedar «en el aire», sin resolver, sin respuesta. En la pregunta, la necesidad de creer pide de forma más exigente una respuesta. La interrogante, que es una nominalización, tiene una mayor carga de acto. La pregunta en cambio aparece más como un simple producto. Ambas pueden no incluir un sujeto determinado (como al decir «la interrogante es: ¿se calentará el planeta hasta hacer la vida del ser humano imposible debido a la contaminación o no?»).

Cada término remite a una diferente historia y práctica sociocultural de la palabra. Hoy la pregunta nos lleva, por ejemplo, a la evaluación del examen. Interrogación nos conduce al signo escrito (¿?). Como Peirce señaló, ni la pregunta ni el signo conllevan en sí argumentación. En cambio la «cuestión» remite, para los estudiosos, a la dialéctica griega y a la questio latina, y para el hablante ordinario supone la existencia de un problema, que es más propiamente argumentativo. La cuestión es un tanto positiva; decimos «ahí está la cuestión», es decir, el centro del asunto o el detalle a valorar, de manera todavía más decidida que en la pregunta. A la vez, la cuestión evoca también la duda («ser o no ser, ésa es la cuestión», reza el Hamlet de Shakespeare).

En nuestra cultura occidental, el poder que describimos de la cuestión se manifiesta en su extremo en la inquisición, que no es ya un objeto sino una institución, la cual pregunta —históricamente— hasta el límite de la tortura.

Cuestionario e interrogatorio. En cuanto a la derivación de nombres, en consonancia con lo anterior, el cuestionario es un examen, un dispositivo de poder escolar, una lista. El interrogatorio, en cambio, es un dispositivo policiaco, represivo. El «preguntario» no existe ni tampoco el «inquisitario», sino sólo el procedimiento inquisitorial.

Así pues, la argumentación se asocia a cada lenguacultura pero su práctica y teoría remite siempre a una cuestión, a un problema por resolver a cuya pregunta se responde reafirmando la duda o desde posiciones en pro o en contra de determinada solución en diversos grados. La argumentación como tipo de discurso es una macro-operación que reúne los macro-actos de argumentación a favor de una opinión y de refutación en contra de la misma. Es acompañada de diversas funciones comunicativas y cumple funciones propias de esquematización de objetos discursivos, justificación de esquemas de juicio, organización y valoración del discurso. Se mueve entre dispositivos de inquisición, poder, debate e investigación. Remite a diferentes juegos y prácticas socioculturales y teóricas, así como a distintas subdisciplinas: lógica, dialéctica, retórica, lingüística, semiótica, hermenéutica y análisis del discurso, mismas que vamos a exponer en cuanto a su estado del arte en la nueva teoría de la argumentación surgida después de la segunda guerra mundial.

La nueva teoría de la argumentación

Preámbulo

Desde 1947 a la fecha, el desarrollo de la teoría de la argumentación moderna puede describirse a partir de dos movimientos epistemológicos distintos: por un lado, las teorías que en la contemporaneidad establecieron o restablecieron —en un sentido racional y, también, un tanto histórico— los acercamientos lógicos, dialécticos, retóricos y lingüístico-discursivos; en segundo lugar, las teorías de la segunda ola que continuaron el trabajo fundador o propusieron nuevas evaluaciones de la argumentación, y que acabaron de configurar el actual conjunto de posiciones dentro del campo, en un periodo de expansión, contacto e integración.

El periodo anterior a 1947 como totalidad, contrasta con la nueva teoría de la argumentación surgida tras la segunda posguerra mundial en cuanto se presentan en ésta, entre otras, las siguientes características distintivas con relación al enfoque grecolatino, medieval, renacentista y posrenacentista:

• Lógica: aplicación de la lógica no silogística a la argumentación (además, claro, de la continuidad de la silogística) en medio de un estallido, con raíces en el siglo XIX, de la lógica formal en diversas lógicas no tradicionales, algunas específicamente argumentativas: lógica formal, lógica dialéctica, lógica propedéutica, teorías del malentendido.

• Dialéctica: el tratamiento del debate dialéctico desde perspectivas inéditas: criterios de juicio e interpretación relativamente novedosos de los productos argumentativos (relevancia, adecuación y suficiencia, principio de caridad interpretativa, etcétera), tratamiento pragmático y formal moderno de las falacias, definición de criterios contemporáneos en las consideraciones sobre la argumentación en tanto procedimiento racional que recorre determinadas etapas y responde a determinados principios compartidos.

• Retórica y semiótica no verbales, así como argumentación multimodal: creación (en curso) por vez primera de una retórica de lo visual y de lo no lingüístico en general; inicio de las reflexiones sistemáticas sobre elementos no «lógico-lógicos» de la argumentación y de la racionalidad (es decir, sobre lo emocional, lo intuitivo, las creencias y el contexto físico y social) dentro de la teoría de la argumentación.

• Lingüística y discurso: creación de escuelas de análisis de la argumentación que cubren desde la sintaxis (el orden) y la semántica (el sentido) hasta la pragmática (el uso), la interpretación (como en las reflexiones de Gadamer, Ricoeur o Thompson, un poco por fuera del campo mundial, que se desarrolla bajo la hegemonía lógico-dialéctica) y el discurso (estudio de la argumentación en su contexto de producción, circulación y recepción).

• Orientación pragmática: reencuentro paulatino pero decisivo del discurso argumentativo natural, de su complejidad y de su dimensión contextual e interactiva, pragmática (del uso) en oposición a una lógica o una dialéctica descontextualizadas.

• Géneros: interés en nuevos géneros discursivos, en especial los propios de la era de los medios masivos, como la publicidad.

• Aplicaciones tecnológicas: el estudio de la argumentación computacional, que hoy comprende incluso aspectos mecanizables de la descripción emotiva.

La división entre la antigua y la nueva forma de la teoría de la argumentación en realidad no es tajante en todos los aspectos, conlleva la existencia de eslabones intermedios, de antecedentes, de mediaciones ampliamente matizadas en el curso del trabajo y susceptibles de rastrearse, como en el caso del aporte de los modistas medievales al estudio argumentativo-lingüístico.

La primera ola: de la senso-propaganda a la ratio-propaganda

En lo que podemos llamar la primera ola de la argumentación son distinguibles tres etapas: 1947-1958, que es un periodo germinal; 1958-1970, que es una etapa de desarrollo de propuestas lógicas, dialécticas, erísticas y retóricas fundantes; y los años 70 en que aparecen los primeros enfoques lingüísticos y discursivos modernos.

El periodo germinal. Después de la segunda guerra mundial, el reino de la lógica formal tradicional fue desafiado desde distintas trincheras. Contribuciones como las de Arne Naess1 y Crawshay-Williams2 nos ayudaron a comprender la forma de poner en claro qué es lo que se está debatiendo con exactitud en una disputa, así como la manera de establecer el propósito preciso de un acto asertivo, de una proposición. Estas contribuciones ampliaron el alcance de la lógica formal hacia un punto de vista dialéctico. A partir de ellas la lógica dejó de ser una cuestión de monólogo. A Naess y Crawshay-Williams les dedicaremos el primer capítulo de esta sección segunda, ya que son los pioneros y trataron un problema nuclear para establecer el límite inferior de la argumentación (el malentendido).

Lefebvre, por su parte, intentó en aquellos años defender una perspectiva marxista para el estudio del silogismo, que se concebía como algo formal (lógico) y substancial (de contenido de la praxis) inductivo y deductivo a la vez, como en Hegel. Escribió al respecto: el que la forma pueda abstraerse del contenido, y el contenido de su forma, no quiere decir que sean indiferentes.3 Defendía la posibilidad del tercio excluso (un valor neutro) en la lógica y un tratamiento no aristotélico que hiciera coherente el tratamiento de la negación; es decir, se adhería a la posibilidad de considerar una lógica de más de dos valores opuestos. También pugnó por el reconocimiento de las mediaciones entre lógica y dialéctica, que en su caso remiten a la lógica dialéctica hegeliano-marxista que pone en el centro la dinámica de la realidad y el pensamiento. Cito este caso porque a pesar de no haber tenido consecuencias en desarrollos argumentativos ulteriores, hoy resulta claro que la lógica se expande en las direcciones defendidas por Lefebvre y que, frente al estudio formal de los argumentos, resulta indispensable poner también en el centro el qué de la argumentación, su contenido. De igual modo, en filosofía, no basta estudiar la forma sino que también hay que reconstruir un proyecto humano liberador, capaz de captar lo complejo natural y cultural; argumentos injustos pueden sostenerse con adecuación lógica, y ello se hace en detrimento del saber y del ser humano.

El periodo de desarrollo. El término «lógica informal» (por demás equívoco, ya que la lógica es el estudio de la forma, pero a la vez sostenible, en tanto se preocupa por los argumentos substantivos) apareció en 1953, lo que señaló el nacimiento de una nueva corriente de análisis lógico interesada en los argumentos cotidianos. Cinco años más tarde, Chaïm Perelman y Olbrechts-Tyteca publicaron, en 1958, su obra capital: Traité de l’argumentation. La nouvelle réthorique (Tratado de la argumentación. La nueva retórica). Este trabajo estableció una sólida reflexión contemporánea sobre la herencia de la teoría de la argumentación desde Aristóteles, por lo cual ocupará el centro de nuestra reflexión sobre la retórica, en el apartado «Recorrido mínimo por la nueva retórica». La argumentación en general y la dialéctica en particular fueron vistas por el tratado de Perelman y Olbrechts-Tyteca desde una perspectiva retórica para persuadir a la audiencia; se colocaron en el centro las técnicas para lograr la adhesión a un punto de vista en la resolución de incompatibilidades, punto que nos resultará de interés para discutir no sólo la retórica sino también la erística, en el apartado «Entre la erística y la coalescencia».

El mismo año que Perelman y Olbrechts-Tyteca, Toulmin4 trabajó en un pretendido esquema universal y dialéctico de los argumentos y en la noción de dependencia de los mismos con relación al campo; dicho de otra manera, este filósofo inglés buscó la forma lógica que seguimos en forma pretendidamente invariable en el proceso de argumentar y el condicionamiento de las garantías y soportes que validan un punto de vista de acuerdo a la historia y convención específicos de, por ejemplo, el arte, los negocios o las matemáticas. El punto de vista de Toulmin subyace a la mayor parte de las discusiones del campo de la teoría de la argumentación, por lo cual le dedicaremos in extenso el apartado «La mayéutica de Toulmin».

En 1963, Kotarbinski renovó la tradición erística.5 El autor polaco presentó un modelo para analizar la argumentación en contextos polémicos, por lo que nos referiremos a él en el apartado «Entre la erística y la coalescencia», relativo al tema. Este autor, además, desarrolló la lógica y la lógica dialéctica. Lorenzen6 por su parte, avanzó en una formalización del debate y un fundamento de la lógica propedéutica, que es una propuesta importante, pero al igual que otras teorías, se centran de manera fuerte en la dimensión lógica, que no es nuestro foco de interés en este libro. Algunos años después, Hamblin7 reformuló el llamado (y cuestionado objeto teórico) «tratamiento estándar» de la teoría de las falacias para darle un giro dialéctico al estudio de los esquemas argumentativos. Hamblin es una referencia ineludible, sin embargo se enfoca sobre todo en la herencia aristotélica, en las falacias y en el estudio formal, por lo cual para el tratamiento dialéctico hemos preferido escoger a Toulmin, cuya propuesta es más abierta, aunque cabe recomendar a los interesados en un estudio sistemático hacer una revisión del libro Fallacies.

En suma, hacia los años 70, la importancia contemporánea de la argumentación fue establecida con claridad. Teníamos ante nosotros una nueva concepción del silogismo y las falacias, un nuevo modelo de análisis, un interés en los «argumentos naturales» y nuevos acercamientos a la lógica, la retórica, la dialéctica y la erística de la argumentación. Simultáneamente, libros como los de Curtius,8 Lausberg9 y Johnstone10 nos ofrecían una visión general del campo de la teoría de la argumentación. Curtius rescató y desarrolló la idea de topos (lugar, elemento repetido y acepta do en el discurso — v.gr., el refrán, las concepciones del «sentido común» o las referencias cuasi-lógicas como la del valor excedente de lo más sobre lo menos—) mientras que Lausberg trabajó en la retórica literaria.

El periodo lingüístico pragmático y discursivo. En Neuchâtel, Grize,11 Vignaux, Miéville, Borel, Apothéloz y otros trabajaron la lógica natural. Formularon una serie de operaciones de esquematización de los objetos del discurso (especies de temas o asuntos centrales), ya remitan estos a nombres («libertad», «comida») o a predicaciones («matar», «cantar»). Desde entonces, la argumentación no es comprendida sólo como justificación de esquemas argumentativos, sino también como esquematización de aquello de lo que se habla: cómo se vinculan nuestros conceptos con la lengua y cultura respectivas, cómo determinamos su sentido a lo largo del discurso, cómo organizamos tales determinaciones y cómo nos involucramos con respecto a lo dicho. Su renovador acercamiento descriptivo se basó tanto en la lógica de Lesniewski como en la teoría de la enunciación de habla francesa y en la epistemología y lógica operacional de Jean Piaget. Incluye en la teoría de la argumentación el lugar del sujeto y el anclaje de las nociones empleadas para su esquematización en las diversas culturas. Los lógicos naturales estudiaron los argumentos de modo literal y tomaron en cuenta su cotexto o texto que acompaña a los argumentos en un discurso completo. Propusieron su descripción desde un punto de vista constructivista y «teatral». Este enfoque remite a la forma en que el lenguaje «construye» y «pone en escena» la esquematización de la realidad descrita. Abarca elementos diversos de las distintas subdisciplinas. Se ubica en la frontera entre la pragmática y el análisis del discurso, entre la consideración del solo texto y la ampliación del análisis hacia el extradiscurso, hacia el contexto social que rodea, determina y deja sus huellas en la argumentación. Este enfoque es de gran relevancia, abrió la teoría antes restringida a los esquemas hacia el estudio de los objetos y es el más próximo a un interés discursivo social, por lo cual nos referiremos a él en «Argumentación, lengua y discurso», dedicado al enfoque lingüístico, y en los capítulos dedicados al análisis de los funcionamientos discursivos y a la semiosis.

Ducrot y Anscombre12 históricamente ya fuera de la primera ola, que se cierra hacia 1979, son incluidos en ella porque tuvieron un nuevo acercamiento lingüístico a la argumentación (Argumentation dans la langue, «Argumentación en la lengua», ADL) que resultó fundante. El argumento se definió en esta escuela de pensamiento como una cuestión de lengua. Propusieron el estudio «polifónico» del argumentar a partir de formalizar la manera en que ponemos en juego varias voces, varias posiciones de enunciación al expresarnos (v.gr., al decir «ya dejó la cocaína» se pueden suponer dos enunciadores: uno que afirma que la dejó y otro que potencialmente lo niega). Realizaron estudios sobre elementos que orientan el argumento hacia cierta conclusión preferente: conectores («aunque», «en consecuencia», «por el contrario»), frases evaluativas («es un pésimo médico») y escalas que nos pueden colocar ante gradaciones argumentativas. Todos estos elementos funcionan como marcadores discursivos del argumentar (que revisaremos un poco en «Argumentación, lengua y discurso»).

Ducrot y Anscombre analizaron igualmente la presuposición y la retórica o pragmática «integrada a la lengua». Sus contribuciones se centraron en el microanálisis de la argumentación —las palabras, frases y conexiones entre frases— aunque no dejaron de atender el discurso en sentido más amplio. La ADL nos hace reflexionar sobre la profunda relación que existe en lenguas occidentales entre razón y sentido (el viejo logos, unidad de pensamiento y palabra). El vocablo «sentido» tiene también, a partir de la ADL, un valor relacionado con los elementos argumentativos: la dirección hacia la que apuntan, lo que favorecen o bloquean, orientándose a favor o en contra de determinada conclusión.

Tanto la ADL como la lógica natural representan una continuidad, pero también una ruptura con la tradición clásica, porque logran crear perspectivas de estudio más detalladas y novedosas, aunque tienen antecedentes como la lógica de la consecuencia (la ADL) y la teoría de Peirce sobre las palabras como argumentos (la lógica natural).

En resumen, los hitos dentro de la «primera ola» de la teoría de la argumentación pueden sintetizarse de la siguiente forma:

• Acercamientos lógico-dialécticos: Arne Naess y Crawshay Williams (malentendido), Toulmin (esquema universal y campos de la argumentación), Lorenzen (lógica propedéutica) y Hamblin (falacias)

• Retórica: Perelman y Olbrechts-Tyteca (técnicas de persuasión)

• Erística: Kotarbinski

• Lingüística-pragmática-discurso: Ducrot-Anscombre (conectores, frases evaluativas, escalas argumentativas, presupuestos y polifonía); Grize-Vignaux (lógica natural de las esquematizaciones de los objetos discursivos)

Además de Naess, Crawshay-Williams, Perelman y Olbrechts-Tyteca, Toulmin, Hamblin, Lorenzen, Kotarbinski, Grize-Vignaux y Ducrot-Anscombre, quienes configuraron lo que podemos denominar la teoría moderna de la argumentación, en las últimas décadas se han sumado otras contribuciones al campo. Dada su diversidad, sólo podemos delinear brevemente, con afán enciclopédico más que descriptivo, las teorías del movimiento de la «segunda ola» con respecto a sus afinidades regionales.

Hacia la integración, la interdisciplina y la complejidad

La tradición de habla inglesa. Después de 1968 y sobre todo a partir de la década de 1980, que constituye históricamente el punto de demarcación de la segunda ola, Blair y Johnson, Govier, Enis, Lipman, Woods, Walton, Weinstein, O’Keefe y muchos otros, sobre todo en Estados Unidos y Canadá, continuaron el desenvolvimiento de la lógica informal, el pensamiento crítico, la epistemología y la epistemología aplicada. Johnson y Blair fundaron un campo al oponer la «lógica informal» a la lógica formal, aunque en realidad ambos enfoques son complementarios.13 Los demás autores citados han hecho contribuciones básicas a la teoría y evaluación del argumento, así como a la teoría de las falacias14 en oposición al análisis formal situado fuera de contexto. Walton además, en sus últimos años, se abrió hacia la erística (el combate argumentativo), la pragmática (el estudio del contexto y uso de las falacias) y la emoción. Otros estudiosos norteamericanos renovaron la tradición del debate y desarrollaron perspectivas retóricas para abordar la argumentación (Michael Leff). Willard15 trabajó en la relación entre argumentación y epistemología social; amplió el alcance teórico de los aspectos lingüísticos hacia la interacción y el simbolismo no discursivo, otorgando además un rol central a los agentes y campos de la argumentación.

La lógica informal y el pensamiento crítico merecerían un tratamiento extenso, sin embargo contamos ya con textos diversos en español acerca de estas corrientes de pensamiento, que empiezan a impactar a diversos filósofos en México. Además de Kotarbinski, varios estudiosos más en la tradición inglesa han trabajado sobre diferentes aspectos de la refutación y la polémica. La dimensión erística ha sido tocada en trabajos de Walton16 y Gilbert.17 Este último autor propuso además las teorías de la argumentación multimodal y coalescente; en la primera rebasa la dimensión lógica para integrar en su perspectiva metafísica los modos emocional, intuitivo y de creencia («kisceral») y físico contextual («visceral»); en tanto que en la segunda formulación teórica trata de la búsqueda de la solución de las disputas en un proceso en que todos ganemos. Gilbert plantea pasar de lo ideal a lo real y considerar la dimensión no sólo de la resolución de conflictos sino también el acuerdo o arreglo (settlment). Tratamos tanto a Walton como a Gilbert en diversas secciones y adoptamos del segundo autor su idea de la necesidad de considerar la multimodalidad de la argumentación.

La tradición de habla francesa. En Francia, Oleron18 —a quien nos referimos en distintos momentos— describió la argumentación desde el análisis del discurso como un hecho social (de producción y recepción), un ejercicio especulativo (para modificar la opinión del otro) y un procedimiento racional de convencimiento que comprende lo verbal, visual y afectivo. Charaudeau19 desarrolló un acercamiento semiolingüístico a la argumentación y a la emoción desde el análisis del discurso, que trataremos, en forma breve, en «Argumentación, lengua y discurso» y «Emoción y argumentación», respectivamente. En Lyon se encuentra Christian Plantin,20 autor que citamos también en distintos momentos, en especial con relación a la interacción y la emoción. Estudió precisamente la relación entre argumento, interacción y discurso situado, además de que avanzó en forma sistemática en el estudio de las emociones en oposición a las teorías sobre el lenguaje normativo, alexitímico (libre de palabras emocionales) y descontextualizado.21 El belga Michel Meyer22 creó su «problematología», en donde contemplaba el lugar principal del problema y las preguntas (la questio) en la teoría de la argumentación, abriendo un debate con el logicismo que prosiguió en otras obras de menor reconocimiento. En Suiza, Moeschler23 estudió el vínculo entre conversación y argumento, uniendo teoría de la conversación y argumentación en la lengua.

La tradición en lengua alemana. En esta tradición, Wolfgang Klein24 investigó la exposición lógica de los argumentos y los clasificó en tipos:

• Públicos y privados, en contextos institucionales e informales, respectivamente. En los primeros se acota lo cuestionable y las posibles respuestas a las preguntas. En los segundos casi todo se vale y las respuestas pueden variar en grado sumo

• Cooperativos y polémicos, que suponen acuerdo o divergencia que conduce al antagonismo.

• Individuales y colectivos

Klein fundió lo lógico y lo pragmático. Lo pragmático remite al efecto social de la argumentación, al cambio que el argumentar produce en el otro. Lo lógico nos conduce a:

• La descomposición de los problemas generales en sus problemas parciales

• El desarrollo de los argumentos

• Los entimemas (silogismos incompletos)

• Y la coordinación entre argumentos

Al estudiar la lengua, la acción y la racionalidad, Habermas25 presentó su teoría de la acción comunicativa (TAC) que proponía una serie de normas racionales en la argumentación crítica. Debido al carácter filosófico fundante de la propuesta de Habermas y a que es el primero que propone un acercamiento pragmático, cuestión que constituye parte nodal del quiebre contemporáneo de la teoría de la argumentación, le hemos dedicado la primera parte del apartado «Diálogo, dialéctica y límites de la discusión crítica», aunque cuestionando su enfoque acerca del discurso crítico, que se aleja de las posibilidades del análisis del discurso natural tal y como éste es.

Kopperschmidt26 desarrolló el acercamiento habermasiano desde un punto de vista retórico y expuso el marco macroestructural para analizar cualquier argumentación, tanto consensual como de refutación polémica:

• Definición del problema en debate (la cuestión): «¿se debe o no atacar a Irak hoy, marzo de 2003?»

• Formulación de la tesis en discusión: «se le debe atacar porque su nivel de armamentismo, su posesión de armas químicas y nucleares es un riesgo para la comunidad internacional»

• Segmentación de los argumentos e identificación de los mismos con base en indicadores lingüísticos: argumentos 1) «nivel de armamentismo», 2) «posesión de armas químicas» y 3) «posesión de armas nucleares»; 1ª conclusión: Irak «es un riesgo para la humanidad»; conclusión final: «se debe atacar a Irak»; conexión entre la primera secuencia y la conclusión final a partir del indicador «porque».

• Reconstrucción de los «hilos» argumentativos, de su lógica y sintaxis para dilucidar y evaluar su potencial: vemos que los argumentos 1, 2 y 3 están encadenados y que juntos permiten deducir que de acuerdo con George Bush «Irak es un riesgo para la humanidad»; debido a todo lo anterior («porque») se justifica en forma automática atacar a Irak.

• Reconstrucción de la estructura argumentativa global, formalizada a la manera de Naess (ver más adelante el apartado sobre el malentendido): el debate entre un proponente y un oponente que de una tesis básica derivan argumentos en pro y en contra progresivamente: por ejemplo, el argumento previo es rebatido por Francia y Rusia, porque «no se demostró que hubiera armas químicas, que hubiera posibilidad de desarrollo de armas nucleares y además se deben agotar las vías pacíficas en la búsqueda del desarme irakí».

Else Barth (alumna de E.W. Beth) y Krabbe, holandés, hicieron contribuciones a la teoría de Lorenzen y a la escuela de la lógica dialógica de Erlangen al formular su dialéctica formal,27 que desarrolla la visión matematizante de los argumentos. Krabbe ha continuado el desenvolvimiento de diversas propuestas con una sólida base dialéctica, al igual que la teoría de juegos. Distintos retóricos —Kienpointer, por ejemplo— han desarrollado las propuestas de Perelman.

La tradición holandesa. Además de Krabbe, en la escuela de Amsterdam, la pragma-dialéctica de Van Eemeren y Grootendorst (una derivación de la doctrina de E.M. Barth) nos proporcionó un modelo ideal de diez reglas para la discusión crítica.28 Estos autores también propusieron una visión general de la reconstrucción del argumento,29 estudiaron las etapas de una discusión crítica y el papel de los actos de habla en la argumentación30 y propusieron un estudio pragmático de las falacias.31 En su última fase, Van Eemeren y Houtlosser32 han comenzado a incorporar el estudio de la emoción y el «pensamiento estratégico» al meramente lógico dialéctico previo, llegando a dedicarle un libro entero a la relación entre dialéctica y retórica. En la propia Holanda, Van Dijk estudia también la argumentación desde el horizonte de la gramática textual.

Dedicamos la segunda parte del apartado «Diálogo, dialéctica y límites de la discusión crítica» a la pragma-dialéctica debido a que su enfoque es el más influyente en el nivel mundial. No le dedicamos toda la extensión que merecería porque es abundante la bibliografía sobre su obra (aunque restringida al idioma inglés) y porque las críticas nucleares efectuadas con relación a Habermas se aplican a la escuela holandesa.

La tradición italiana. En Italia, Lo Cascio33 ha trabajado en una gramática de la argumentación basada en el modelo lingüístico de Chomsky, mediante el cual reconstruye la formación de argumentos a partir de sus componentes básicos. Estudia hasta la fecha las relaciones sintaxis-argumentación, junto a otros italianos que se abren hacia lo visual y a distintas problemáticas argumentativas en la Universidad de Bologna. No tratamos su obra en detalle, porque nuestro centro de interés es la descripción, más que la producción de argumentos.

La tradición latinoamericana. En América Latina y México no existe una teoría peculiar, pero existen procesos de síntesis y puesta en diálogo que nos son propios. En esta región, aunque el foco es lingüístico y retórico figural, crece el número de interesados en la argumentación, como los siguientes: Luisa Puig34 que trabaja la ADL; Mauricio Beuchot, que es un conocedor de la argumentación analógica y semiótica, así como de los textos medievales; Gilberto Giménez,35 Lidia Rodríguez,36 Silvia Gutiérrez37 y Julieta Haidar38 que analizan la argumentación desde el análisis del discurso no inmanentista (es decir, estudian el texto en su contexto); los diversos analistas de la retórica en el Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM, en México, en particular Helena Beristáin, pero también Paola Vianello o Gerardo Ramírez; estudiosos crecientes de Ducrot, Plantin y Charaudeau en el Distrito Federal y en Puebla (Raúl Dorra), México, así como en Argentina; estudios narrativos con acento en la argumentación, sobre todo desde la semiótica de Greimas en México y Brasil; el brasileño Villaça-Koch39 que hace un recuento detallado de diversas teorías; o los nacientes esfuerzos chilenos de Celso López y Ana María Vicuña en la pragma-dialéctica, por citar sólo algunos ejemplos cercanos al autor.

En suma, las teorías de la segunda ola introdujeron nuevos acercamientos a la retórica y a la dialéctica, muchas reflexiones sobre la filosofía y el lenguaje ordinario. Estas perspectivas establecieron la importancia del discurso y la comunicación (la interacción, lo conversacional, los argumentos extendidos y el contexto global de cada discusión) e introdujeron la sintaxis, las normas ideales, los aspectos no lingüísticos (visuales o paraverbales) del argumento, así como otras contribuciones importantes que expandieron el campo de la teoría de la argumentación. Sobre todo, desenvolvieron en conjunto la dimensión pragmática del estudio argumentativo.

Las teorías fundadoras y de la segunda ola son en su mayoría diferentes entre sí en grado considerable. Existe poco diálogo entre ellas. Perelman, Toulmin y Hamblin nunca hacen referencia uno al otro. Incluso en el reciente libro Fundamentals of Argumentation Theory (Fundamentos de teoría de la argumentación, 1996) se prefirió exponer cada teoría en aislamiento, sin ningún comentario sobre cómo articular las distintas contribuciones y sin establecer la compatibilidad básica y las incompatibilidades entre los principales acercamientos para el análisis de los argumentos. Sin embargo, ha comenzado a producirse un diálogo, patente incluso en ciertas formulaciones teóricas de la segunda ola. Así, por ejemplo, Gilbert adopta elementos retóricos y normativos, Tindale conjuga dialéctica y retórica, y Van Eemeren se abre hacia el estudio «estratégico» y emocional de la argumentación. Plantin integra el análisis de Toulmin, las técnicas de Perelman y el análisis lingüístico de Ducrot.

En el debate internacional sobre la argumentación, en las investigaciones más recientes y en muchas conferencias, como las bienales de Canadá y las efectuadas cada cuatro años en Amsterdam, se empiezan a tender cada vez más puentes entre subdisciplinas y teorías. Poco a poco se imponen los contactos (dialéctica-retórica, lógica-lingüística, dialéctica-erística, retórica-hermenéutica) y la integración, así sea parcial. Se abren los horizontes a la emoción y lo no verbal. Ya hoy suenan chocantes los términos iniciales de escuelas como la lógica «informal» por ser una contradicción en los términos y la pragmática integrada en «la lengua», término que constituye una especie de oxímoron, como dice Plantin,40 ya que une lo sistemático y el uso; necesitamos avanzar de una manera decidida hacia el estudio de lo informal, el uso, la descripción, la emoción, el conflicto y lo visual.

A mi juicio, la teoría de la argumentación está en el tránsito —desde una perspectiva epistémica— de una fase de desarrollo y llenado de los paradigmas parciales (lógico-dialécticos, retóricos y lingüístico-discursivos) que ocurrió en la primera ola a un periodo de complicación, integración y apertura favorecido por el estallido de la segunda ola. En este andar, el campo de la teoría de la argumentación se ha convertido en un campo internacional, que interesa a Italia, Alemania, los países de habla francesa e inglesa, América Latina, Europa del este e incluso, de forma ocasional, a estudiosos de África y oriente. El autor mismo del presente libro es producto de un diálogo, ya que fue alumno de Julieta Haidar en México, de Plantin en Francia y de Gilbert en Canadá.

Es claro que el discurso de y sobre la teoría de la argumentación forma parte de la historia de cada momento, produce un efecto sobre el saber y la vida. En este sentido la batalla contemporánea y el fundamento de la teoría de la argumentación es para mí —entre otras cosas— por lo siguiente:

• La difusión masiva de las técnicas de discusión y crítica

• La inclusión y respeto de las diversas racionalidades de las diferentes culturas oprimidas, en contra del etnocentrismo y del simple desconocimiento de las tradiciones indígenas y «orientales»

• La consideración de la argumentación en cada ciencia natural o social

• La valoración de las emociones y la intuición como centro de nuestra humanidad, así como el abandono del racionalismo estrecho y mecánico fundado por Descartes; cuestión que trae aparejada la comprensión dinámica de la comunicación, en una mirada que sustituya la simple visión del comunicar como procesamiento de información

• La consideración central no sólo de la forma sino también del qué de la argumentación (su contenido), el porqué y el para qué de su fundamento social y humano

• La ampliación de la pragmática de la argumentación hacia el estudio ideológico y político que comprenda las condiciones de producción, circulación y recepción de los discursos

• La consideración de lo complejo, multidimensional e interdisciplinario (la totalidad; lo verbal-paraverbal-no verbal; lo lógico, dialéctico, retórico, erístico, semiótico, pragmático, discursivo y hermenéutico)

• El énfasis en la comprensión y crítica del universo de los argumentos visuales que nos rodean, deleitan y envenenan a un tiempo

• La construcción de un acuerdo en beneficio de todos en un mundo cada vez más interdependiente

• Y la contribución, desde la práctica de la argumentación, a la reconstrucción de la posibilidad de un horizonte donde la mayoría de los seres humanos, hoy abandonados en la pobreza y el olvido, pueda vivir mejor; es decir, la formulación de propuestas capaces de integrar el estudio de la forma, del contenido y de una vocación liberadora —sin los excesos y monstruosidades del siglo XX — en la teoría de la racionalidad y la razonabilidad

El mercado teórico

A modo de resumen, el cuadro de la figura 2 muestra con un «+» los énfasis de cada teoría, con un «-» los componentes débiles y con el espacio blanco la ausencia. Además señalamos ciertos focos de interés en cada teoría. La tabla no es exhaustiva ni puede ser totalmente precisa, ya que puede discutirse algún criterio y su mayor o menor presencia en una escuela de pensamiento. Sin embargo, estoy seguro de que servirá como una orientación inicial para que el lector o lectora se ubique en el campo mundial de la teoría de la argumentación.

Clasificamos a los autores según la subdisciplina predominante en la cual se ubican, aunque es importante aclarar de entrada que varios de ellos, en especial Willard y Gilbert, no se colocan con claridad en una sola tendencia. De hecho puede notarse en el cuadro de teorías que en muchos casos no hay un corte tajante sino muy diversas mediaciones que nos llevan de lo lógico a lo dialéctico, lo retórico y lo lingüístico discursivo. Además de que, de por sí, la dialéctica supone la lógica, la erística pone en contacto dialéctica y retórica, y la semiosis es un componente ineludible de la significación. A riesgo de ser un poco repetitivos, a continuación desglosamos un resumen del cuadro para mejor comprensión del lector y para que pueda ubicar las corrientes y autores a lo largo del libro de un solo golpe.

• Los análisis del malentendido de Naess41 y Crawshay-Williams42 que renovaron la lógica tradicional para acercarla a la visión del diálogo, camino que fue seguido por Lorenzen43 con su lógica propedéutica, así como por Barth y Krabbe con su sistema de dialéctica formal44 que abreva de la tradición estoica y convirtió las tablas de verdad en un proceso dialógico

• Las propuestas lógico dialécticas del esquema universal de la argumentación de Toulmin,45 el estudio de las falacias por Hamblin,46 la teoría de la acción comunicativa de Habermas47 y sus reformulaciones por Kopperschmidt.48 La teoría de la pragma-dialéctica,49 la lógica informal de Blair y Johnson,50 así como numerosas obras y autores del pensamiento crítico (Estados Unidos y Canadá) y la dialéctica formal (Barth y Krabbe)

• La argumentación multimodal y la argumentación coalescente de Michael Gilbert que rebasan el horizonte lógico,51 los análisis abiertos a la retórica de Tindale52 y los que consideran lo visual como en el caso de Groarke53 y Blair.54 El enfoque sociológico de Willard55

• La erística de Kotarbinski56

• Perelman y Olbrechts-Tyteca,57 quienes son los fundadores de la nueva retórica, que recupera la tradición argumentativa antigua centrándose en un enfoque retórico y racional, así como las reformulaciones de ella efectuadas por Kienpointer.58 Klein,59 quien trabajó también el enfoque retórico, buscando una fusión con lo pragmático social

• Gadamer, Ricouer y De Man, que estudian la retórica filosófica

• La argumentación en la lengua (ADL) que estudia las formas en que el lenguaje es en sí argumentativo60 en un enfoque seguido en parte por Christian Plantin,61 que estudia la interacción argumentativa, lo mismo que por Moeschler,62 quien trabaja sobre conversación y argumentación

• El enfoque semiolingüístico de la argumentación en el discurso de Charaudeau63 y, de alguna manera, en la escuela de análisis semiótico narrativo de Greimas

• La lógica natural64 que representa una nueva lógica y una nueva retórica de los argumentos dentro de un enfoque lingüístico discursivo que estudia las nociones y objetos de la argumentación y la manera en que son determinados y vinculados con la subjetividad a lo largo del discurso

• Oleron,65 quien realiza un análisis discursivo social

• La problematología de Michel Meyer66 que indaga sobre el sentido de los problemas y preguntas que subyacen a toda argumentación

Otros autores no mencionados en el cuadro hacen aportaciones particulares notables, como O’Keefe, Eggs, Göttert, Dispaux, Maingueneau y muchos otros de una extensa lista. Los trabajos de diversas mujeres presentan un valor teórico en sí mismo: Govier, por sus enfoques filosóficos;67 Jaggar, por los epistemológicos;68 o por sus aportes particulares: Sharon Bailin69 en el pensamiento crítico, por ejemplo, o Barbara O’Keefe70 en el análisis discursivo y de la comunicación.

Recapitulando el orden a seguir, del conjunto de autores y teorías, privilegiaremos las siguientes, yendo, en orden de complejidad, de lo lógico a lo semiótico discursivo: Naess y Williams, que abordan la lógica desde el malentendido, que constituye el umbral inferior de la argumentación (no tratamos en este trabajo la lógica propedéutica y la perspectiva lógica de la dialéctica formal, porque nuestro interés central es discursivo, más que lógico); Toulmin y la dialéctica en su estado elemental de la mayéutica de preguntas y respuestas que da pie a la formulación de un esquema general de la argumentación; Habermas, que fundamenta la visión pragmática e introduce los actos de habla en la dialéctica de la argumentación; Van Eemeren y Grootendorst que fundan la pragma-dialéctica, corriente principal de la teoría contemporánea (dejamos de lado a Hamblin, la lógica informal y el pensamiento crítico, que se conocen ya en español y tienen un centro de interés local: las falacias); Perelman, fundador de la neorretórica y los diversos autores de la retórica filosófica (en los márgenes del campo de la teoría de la argumentación, por lo cual no abundaremos en su tratamiento); Ducrot, Grize y Vignaux en las ciencias del lenguaje, porque fundan el análisis sintáctico, semántico pragmático y pragmático discursivo respectivamente (tratamos en forma breve a Lo Cascio, porque dedica su esfuerzo a la producción de argumentos y nuestro foco es el análisis; mencionamos, sin detallar demasiado, las propuestas de Greimas y Charaudeau, que se mueven dentro de definiciones marginales de la argumentación como campo mundial; y sólo comentamos a Plantin y Moeschler, debido a que no plantean enfoques autónomos).

FIGURA 2. AUTORES EN LA NUEVA TEORÍA DE LA ARGUMENTACIÓN MUNDIAL



El umbral inferior de la argumentación

¿Cuántas veces no hemos escuchado la frase «es sólo un malentendido»? La afirmación pareciera indicar que un malentendido es algo sencillo, que se disuelve con facilidad y que lo realmente importante está en otra parte. Sin embargo, lo que está detrás del malentendido es todo menos simple, es el nodo mismo de la teoría lingüística, de la comunicación y de la argumentación en su umbral inferior, como voy a tratar de mostrar.

El malentendido puede definirse, en un sentido amplio, como una mala comprensión de algo, como una diferencia entre los participantes de la comunicación que es debida a un error inconsciente de producción (dije algo que no quería), un error de recepción (entendí algo que no dijiste o querías decir) o una diferencia de interpretación (concebimos algo en forma diferente) de una o todas las partes en el debate interpretativo. El malentendido puede ser disuelto cuando los actores en conflicto de interpretación parten de un acuerdo compartido respecto a uno o más criterios de validez o llegan a la construcción de tal acuerdo.

Si los errores o diferencias del malentendido no trascienden, se corrigen automáticamente o simplemente se aclaran, no sucede nada ulterior. En estos casos, lo que en realidad requerimos es, como se dice en las disputas maritales, «aclarar las cosas»; aclarar o precisar forma parte del argumentar, pero no es una argumentación en el sentido fuerte, de una discusión asociada a un verdadero y asumido diferendo. Existe aquí una tensión entre la compatibilidad y la incompatibilidad, ya que la argumentación y el malentendido parten de algo no compartido pero necesitan un mínimo compartido, de otra manera no hay posibilidad de poner una discusión sobre la mesa o precisar un punto. Es decir, si no podemos entendernos de forma mínima, el acuerdo o la disolución del malentendido es imposible. Si no hay una base común ni siquiera podemos hablar de malentendido sino que estamos ante una incomprensión plena.

Como sucede en muchos umbrales, las fronteras del tema que nos ocupa son difusas. Cuando las interpretaciones se enfrentan, el malentendido constituye de cualquier manera el umbral inferior de la argumentación. El malentendido, aparente o real, puede evolucionar hacia una disputa, como lo vemos acontecer, desafortunadamente, en todos los ámbitos de la vida social. Por un malentendido puede acabar un matrimonio (te vieron darle un beso al «novio» que era sólo un amigo), comenzar la guerra (se comprende mal un gesto diplomático), imposibilitarse la unión de dos organizaciones (una de ellas considera, erróneamente, que la otra fue formada con dinero de hombres del poder) o, en sentido positivo, iniciar un descubrimiento o discusión insospechada (aplicar un reactivo equivocado, debido a un malentendido, y descubrir un nuevo compuesto). Si estos casos avanzan, donde parecía haber un malentendido por aclarar, nos topamos con una real diferencia a ser argumentada.

El malentendido está en el origen de la nueva teoría de la argumentación. Después de la segunda guerra mundial, como hemos ya indicado, contribuciones como las de Arne Naess1 y Crawshay-Williams2 nos ayudaron a comprender la forma de poner en claro qué es lo que se está debatiendo con exactitud en una disputa, así como la manera de establecer el propósito exacto de un acto proposicional (el acto mediante el cual se presenta una proposición que expone el contenido componente de un juicio). Con ellos, la ruptura con la lógica fue triple: ésta dejó de ser una cuestión de monólogo y pasó a ser también una lógica dialéctica en forma nítida; la abstracción dio entrada a una noción inicial del sujeto de la argumentación; y la lógica comenzó a estudiarse ligada al contexto, abriendo camino a la pragmática (es decir, al estudio de los argumentos según su uso).

Veremos ahora cómo Naess y Crawshay-Williams —cuyas propuestas casi no se conocen en español— pusieron sobre la mesa la discusión acerca del malentendido. Invirtiendo el orden histórico, voy a tratar primero, en beneficio de la lógica de exposición, la propuesta de Crawshay-Williams. Ahora bien, como una ilustración de la posibilidad de los distintos tipos de análisis, quiero exponer no sólo el aporte lógico dialéctico de Naess y el lógico, dialéctico, retórico y lingüístico de Crawshay-Williams, que recupero de Fundamentals of Argumentation Theory (Fundamentos de la teoría de la argumentación) sino también el acercamiento al malentendido desde otras perspectivas. Quiero mostrar y demostrar que es posible el tratamiento de un problema desde diversas perspectivas con resultados pertinentes en diversos niveles —aunque no necesariamente conciliables o unificables siempre— y que este ejercicio permite además una crítica más orgánica de los problemas de la teoría de la argumentación, ya que en el fondo el fenómeno argumentativo es multideterminado, por más que cada teoría lo observe sólo bajo su particular óptica.

Crawshay-Williams: ¿cuál es tu propósito?

Este autor inglés pone gran atención en los malentendidos verbales. Su libro clave, Methods and Criteria of Reasoning. An Inquiry into the Structure of Controversy (Métodos y criterios de razonamiento. Una investigación sobre la estructura de la controversia), se pregunta ¿cómo usa un texto el lenguaje en tanto instrumento de razón? Busca, a la vez, responder a la cuestión de si el uso que hacemos de la lengua es eficiente. En la perspectiva de la integración resulta interesante señalar que el enfoque de Crawshay-Williams es sobre todo lógico, pero tiene componentes dialécticos, retóricos, lingüísticos y pragmáticos; lógicos, en un sentido amplio y en tanto se interesa en la verdad o falsedad de las proposiciones; lingüísticos, en un sentido estricto de la investigación sobre las palabras, los malentendidos y sus remedios; pragmáticos en cuanto se interesa en el contexto, así sea éste restringido; y retóricos también, en la medida en que considera los propósitos —no sólo los hechos— al evaluar los malentendidos y, por extensión, los argumentos en general. El análisis es retórico así mismo cuando considera la importancia no sólo de operar de acuerdo con normas convencionales sino de estudiar el origen de las mismas y la construcción del consenso, al relativizar antropológicamente la argumentación en función del contexto. Para Crawshay-Williams si un defensor y un atacante de un punto de vista están de acuerdo en los criterios de prueba concernientes a la proposición, no debe tomar mucho decidir si:

• Es verdadera o falsa

• Es probablemente verdadera o falsa

• Es imposible determinar si es verdadera o falsa

Quedan fuera de este enfoque los actos de habla que no son verdaderos o falsos, sino vacíos, huecos o insinceros, como un bautizo sin el ritual establecido o una promesa por compromiso.

En una discusión entre dos o más miembros de una «compañía» (un grupo, una comunidad de discusión) hay tres tipos de criterios para resolver desacuerdos:

• Lógicos

• Convencionales (pragmáticos, de uso)

• Empíricos

El criterio lógico remite a reglas de un razonamiento válido y de un buen argumento, las cuales son aceptadas, implícita o explícitamente por la compañía. El criterio convencional apela a otras proposiciones que la compañía acordó. El acuerdo puede lograrse de diversas maneras:

• Aceptando definiciones

• Estableciendo procedimientos

• Por negociación

El criterio convencional incluye también reglas que la compañía toma como punto de partida garantizado. Entre éstas estarían: el no desvío del lenguaje común (no usar las palabras en un sentido obtuso o privado); no decir que algo puede ser a la vez falso y verdadero en el mismo respecto y en el mismo tiempo.

Los criterios empíricos son relativos a los hechos (a proposiciones sobre la práctica, según Crawshay-Williams). Comprenden un criterio objetivo y otro contextual. El criterio objetivo apunta al acuerdo con los hechos. El criterio contextual lleva a la descripción de los hechos de acuerdo con el propósito de la proposición: « S es P» = « S es P con vistas al propósito M». La traducción metodológica sería: «en conexión con M, es un buen método ver S como algo que es conocido comúnmente como P». Así por ejemplo, no tiene sentido evaluar y decir que un alumno sabe o no sabe matemática en la universidad, si no se aclara el propósito variable: para construir puentes, para resolver la ecuación de Schrödinger o para medir el metro en la poesía.

El propósito es el contexto mismo de la declaración. De hecho, en esta visión, los términos «propósito» y «contexto» se intercambian. La diferencia de opinión no se resuelve con sólo atender a los hechos. El criterio empírico engloba lo objetivo y lo contextual. Coincidiendo de alguna manera con el segundo Wittgenstein («el significado es el uso») para Crawshay-Williams, decidir sobre la verdad de una proposición empírica sólo es posible si se conoce el contexto: ¿ Son los hechos tales que en conexión con el contexto concernido podemos decir que la declaración «S es P» es correcta?3 Muchos conflictos se dan porque suele pensarse que para aclarar un malentendido basta mirar los hechos, cuando en realidad es necesario darse cuenta de que se están asumiendo diferentes contextos para validar la declaración. El enfoque del filósofo inglés es, en este sentido, pragmático.

El origen de muchos malentendidos está en que se presentan «proposiciones indeterminadas».4 Para resolver estos casos, hay que volver determinadas las proposiciones. Un ejemplo sería el de dos niños que corren hacia su madre. Si uno cruza una línea blanca ante la mamá a los diez segundos y otro la cruza una centésima de segundo después, puede decirse que llegaron al mismo tiempo o que llegaron en diferente momento. Es decir, no basta la «objetividad» de que uno llegó antes, sino que hay que aclarar el propósito. Puede decirse que llegaron al mismo tiempo si la finalidad era atender a la solicitud de la madre o puede decirse que uno llegó primero si se trataba de una carrera. Al explicitar el contexto (en el sentido estrecho de Crawshay-Williams) la declaración queda determinada.

Para volver determinada una declaración, hay que distinguir entre corrección y precisión: Una descripción es correcta si su grado de precisión es apropiado a su propósito. Tal noción de Crawshay-Williams estaba ya contenida por entero en Wittgenstein: «lo inexacto no alcanza su meta tan perfectamente como lo exacto. Ahí depende, pues, de lo que llamemos “la meta”. ¿Soy inexacto si no doy nuestra distancia del sol con un metro de precisión; y si no le doy al carpintero la anchura de la mesa al milímetro?».5

Ninguna descripción es correcta en sentido absoluto, siempre puede mejorarse, variarse, lo que importa es su adecuación. Esta visión implica una actitud epistemológica y ética: no declarar el contexto propio como equivalente al contexto universal. Hacerlo implica caer en muchos malentendidos. Y en éstos, hay más complicación si no se trata de una proposición empírica, si la discusión no puede ser decidida al comprobar los «hechos».

En los casos en que los criterios lógicos y empíricos no funcionan, hay que acudir a criterios convencionales. Al estudiar éstos y los malentendidos hay que tener claro qué es una convención, estudiar la creación del acuerdo o ley y también las consideraciones contextuales que justifican la decisión de consenso. Los términos en estos casos se negocian. En cambio las leyes y reglas lógicas son válidas porque son aceptadas como tales por los miembros de una compañía. Los criterios generales de racionalidad deben siempre descansar en dos fundamentos:

• Una base convencional «intersubjetiva» (el acuerdo)

• Una base contextual «objetiva» (de consideraciones subyacentes a los argumentos)

A nuestro parecer, los criterios convencionales se relacionan con las leyes de paso de la argumentación, con la garantía que nos permite pasar de lo aceptado a lo no aceptado. Así que cuando se discute el criterio convencional se discute sobre el conformismo social que permite validar una opinión dada.

Naess: precisa lo que quieres decir

Arne Naess, filósofo noruego, el otro lógico estudioso del malentendido, parte de la actitud del escéptico que desea dar clarificación filosófica y conceptual a los desacuerdos existentes, sin considerar ningún punto de partida como necesario o evidente a priori. Es un anti- apriorista, él mismo no usó ningún punto de arranque, ni siquiera uno anti- a priori. Partía de una interrogación y búsqueda constante. En oposición a lo que denominó «semántica de mecedora», buscaba construir una «semántica empírica» para la argumentación, a manera de poder definir lo que es entendido por expresiones particulares en círculos particulares (interpretación y precisión), una versión de la semántica que debiera tener mayor influencia en la lingüística. Sobre la base de la semántica lógica, la semántica de frase ducrotiana o estructural greimasiana, tal teoría de Naess se colocaría en un segundo estrato, que le daría a este nivel de estudio lingüístico un sentido social y polémico mayor dentro del análisis del discurso: ¿qué quiere decir x en el uso, y en el contexto, z para cada actor? La semántica de Greimas hizo el aporte de considerar tanto el sentido en el paradigma —la selección de una palabra frente a otras— como en el sintagma —en la sucesión— y su semiótica permite comprender el funcionamiento del sentido en un texto concreto, pero es inmanente, no alcanza a atender la complejidad sociocultural y a los sujetos en el contexto de enunciación.

Cuando un participante hace una declaración A y otro plantea no-A y no es claro en qué consiste la diferencia, entonces los dos participantes deben indicar las condiciones bajo las cuales considerarían A como verificado (corroborado) o falsificado (debilitado). Este proceso de verificación o falsificación implica una posición abierta de quien se interroga, no de juez sino de corredor de bolsa o agente de negocios que valoran las ofertas. A diferencia de Crawshay-Williams, Naess6 no piensa en criterios lógico empíricos, pragmáticos u operacionales, sino en series de modelos de discusión para varias situaciones que podrían emerger7 constituyéndose en un antecedente de la pragma-dialéctica holandesa, pero pensando, en el caso del filósofo noruego, en reglas de discusión que varían según las circunstancias, lo cual me parece más apropiado y por supuesto más flexible. Para Naess la dialéctica se inserta dentro de un movimiento de quiebre empírico de la lógica y constituye una comunicación verbal intersubjetiva sistemática que debe servir a dos propósitos:

• Aclarar malentendidos con miras a llegar a una negociación en forma pragmática mediante la necesaria precisión (Präzisierung) de los puntos de vista

• Preparar los puntos de vista individuales para someterlos a prueba

Naess formuló reglas para disolver malentendidos a partir de las nociones de «precisar» y «precisión»:

• Precisar una emisión o formulación significa hacerla más precisa remplazándola por una emisión de otra formulación que elimina algunas interpretaciones racionales sin añadir otras

• Una precisión (de una emisión o formulación) significa el resultado de una operación de precisión, así como la operación en sí8

La precisión hace uso de un dominio de interpretación. Para entender lo que Naess define por «interpretación» es necesario tomar en cuenta los tres elementos del signo, un poco a la manera de los estoicos, san Agustín y Peirce. Interpretar es asignar una proposición (C) a una formulación (A). Así, a la formulación (A) «el camión pasa a las 2:00», podemos asignarle la proposición que remite a «las 2:00 de la mañana» (C 1) o la que remite a «las 2:00 de la tarde» (C 2).9

FIGURA 3. EL SIGNO EN NAESS10


La oración U es una interpretación para la oración T significa lo mismo que decir: es razonable y correcto plantear que, en al menos un contexto, U puede expresar la misma proposición que T.11 Como a veces la diferencia de interpretación tiene que ver con una parte de la frase y no con toda ella, se plantea una segunda definición: decir que un término b es una interpretación de un término a significa que si b es substituido por a en una oración T 0, el resultado será una oración T 1, que nos da una interpretación de T 0.

Según Naess los desacuerdos suelen relacionarse no con oraciones sino con proposiciones, por eso es necesario plantear precisiones a la interpretación. La definición de precisión sería:12 la oración U («el camión pasa a las 2:00 de la mañana») es una precisión de la oración T («el camión pasa a las 2:00») significa lo mismo que decir que hay al menos una interpretación razonable de T (v.gr. «el camión pasa a las 2:00 de la tarde») que no es razonable de U, pero no hay interpretación razonable de U que no sea también una interpretación razonable de T. Es decir, una precisión es una limitación de las posibles proposiciones asignables a una formulación. Decir U es más preciso que T es un concepto comparativo y en su sentido completo debe incluir el contexto y la persona a quien se pretende precisar, tiene que ver con el trasfondo (background): U («las dos de la tarde») es más preciso que T («las dos») para una persona X en un contexto Y (supongamos alguien en el huso horario de Nueva York y no otro en el huso horario de Los Ángeles). En un real desacuerdo, los puntos de vista pueden, y deben, ser medidos uno frente a otro. Ello tiene que ver con la aceptabilidad: para una persona Y, o un grupo de gente X, el punto de vista T 1 es más aceptable que el punto de vista T 2. Supongamos el caso de la noción de enfermedad, que no puede definirse como algo en sí, invariable, sino que depende del grupo de médicos al que se pertenece (homeópatas, alópatas, médicos tradicionales indígenas, acupunturistas) haciendo que se admita o no dentro de las definiciones un mal como el «susto» o el «empacho». Aquí se ligan aceptabilidad y sociabilidad, lo cual constituye una posición más avanzada de la que se maneja en otras ocasiones en la lógica informal y la pragma-dialéctica.

La precisión13 no debe confundirse con la especificación: una oración U («el camión pasa a las 2:00 en la calle de Juárez») especifica otra oración T («el camión pasa a las 2:00») si U aserta lo que T pero al mismo tiempo aserta algo más acerca de la misma materia. Es decir, aserta algo más, pero por lo mismo, no ayuda —según Naess— a identificar lo asertado. La distinción nos clarifica porque muchas veces no hacemos sino confundirnos cuando nos dan más y más datos en lugar de acotar el problema, de precisarlo (en este caso, el conflicto de si se trata de las dos de la mañana o de las dos de la tarde). Es en la precisión donde el desacuerdo se relaciona (o puede relacionar) con el hecho de que diferentes proposiciones pueden ser asignadas a la misma oración, como en el malentendido.

FIGURA 4. U COMO PRECISIÓN DE T0


El esquema de una precisión está en la base de la formulación de un proceso argumentativo racional (fuente probable del ya mencionado esquema de Kopperschmidt de la argumentación-refutación) según Naess.

Al considerar el proceso de discusión es importante hacer notar que la lógica de Naess admite gradaciones y se plantea en términos de razonabilidad y no de corrección, porque lo correcto tiene connotaciones absolutas (aunque no en Crawshay-Williams, que liga lo correcto a lo adecuado contextualmente). Así, en el mismo núcleo lógico de la argumentación contemporánea se establece no la objetividad absoluta sino la intersubjetividad, no el monólogo sin sujeto sino el diálogo, no la corrección y verdad inmutable sino la razonabilidad. Este punto es muy importante, porque con frecuencia y facilidad los estudios dialécticos dejan la argumentación y la razonabilidad para inclinarse hacia la demostración y la verdad (v.gr. el último Johnson, en la lógica informal). Aunque hay que señalar también que la utilidad de la precisión o la especificación en la aclaración de un malentendido depende del caso, ya que en ocasiones conocer la información complementaria permite tomar las decisiones, aunque no sea en el plano lógico y directamente vinculado a la proposición.

Cabe mencionar por último que hay una tensión en estos enfoques, debido a lo ya señalado por Wittgenstein: la lógica no trata del pensamiento sino que construye un lenguaje ideal y no le toca al lógico mostrar qué aspecto tiene una construcción correcta en el lenguaje natural sino en su ideal. De hecho, podemos decir con ironía, es un malentendido confundir la lógica con el lenguaje natural, pero si somos conscientes de esta distancia, la lógica tiene un valor insustituible en la aclaración.

FIGURA 5. EL PROCESO ARGUMENTATIVO RACIONAL EN NAESS


La semiótica de la cultura: ¿por qué no nos comprendemos?

A diferencia de la semiótica centro europea y estadounidense que ha producido un complicado aparato deductivo y de definiciones especializadas (una metasemiótica), la semiótica de la cultura, desarrollada por la escuela de Tartu-Moscú, cuya cabeza fue Iuri Lotman, ha permitido un tratamiento de los fenómenos sígnicos en una perspectiva «culturológica» e inductiva, originalmente de corte un tanto estructuralista pero que en su última fase se ha abierto a una visión dinámica de la comunicación, la cultura y la significación. Dentro de la etapa todavía un tanto estructuralista de esta escuela, Iuri I. Levin escribió un excelente texto titulado «Tesis sobre la no-comprensión del texto».14 Este escrito nos hace pensar también en la necesidad de reconcebir la teoría de la comunicación correlacionada con la teoría de la incomunicación o, como dice Levin, de la «no comprensión». El fenómeno de la no comprensión está, por así decirlo, un nivel más abajo del malentendido, es su base y deja de ser argumentativo para en definitiva remitir sólo a la explicación y a la aclaración, sin embargo lo tratamos porque nos permite dejar claros los límites inferiores de la argumentación y especificar las posibles fuentes de un malentendido.

El punto de partida de Levin es que todo texto verbal es «portador de cierta estructura de muchos estratos; cuando tiene lugar la recepción del texto esa estructura se refleja (otobrazhaestsia) en la conciencia del receptor; el reflejo inadecuado de tales o cuales elementos de ella es precisamente la NC» (no comprensión). Podemos cuestionar la visión de estructura y la noción de reflejo, que no expresa lo complejo de la relación entre lo real concreto y lo simbólico. Preferiríamos el concepto «refracta» utilizado por Bajtin, que conlleva una rarefacción, un desvío siempre presente en la semiosis o proceso de significación, pero ello no obsta para reconocer los aportes de la tesis en cuestión. Levin subraya algo que no debiera olvidarse: un texto es multiestratificado y, como diría Lotman, heterogéneo, de ahí la constante apertura y la casi imposibilidad de una verdad eterna sobre él.

Desde la perspectiva estructural de Levin, lo que importa es en qué estrato de la estructura tiene lugar la no comprensión: el significado, el sujet (el tema y cómo es tratado, por decirlo con simpleza), el ritmo. Importa saber cuál es el volumen y carácter del segmento no comprendido, cuál es la «fuente» de la no comprensión: un fragmento de lengua, vínculos semánticos, o los objetos o eventos del mundo. Puede remitir al carácter inadecuado de la reflexión: no percepción del referente o percepción de un referente del tipo en cuestión pero al cabo equivocado, el reflejo desvaído o la perplejidad al no saber qué «reflejo» elegir. También puede acontecer la no comprensión «por culpa del texto», es decir, del autor, por ilógica o por plantear una lectura fuera de las condiciones de recepción de un momento dado o «por culpa del lector», lo que nos lleva a temas de interés argumentativo: la preparación, la aceptabilidad, la atención o incluso lo necio de una de las partes en la erística. También puede desarrollarse la no comprensión por el conflicto entre lo que le parece al lector y la realidad, es decir, por un conflicto entre subjetividad y objetividad (hasta donde ésta puede afirmarse como tal). El lector o receptor puede subestimar o sobrestimar su comprensión.

La no comprensión puede ser remitida al sentido local, al sentido global o a condiciones más allá, en el exterior del sentido. En el primer caso tenemos, por ejemplo, la puntuación incorrecta, el empleo connotativo, etcétera. En el segundo caso estamos ante los personajes, la estructura espacio-temporal (el cronotopo, en términos bajtinianos, es decir, cómo organiza la narración el tiempo y el espacio), las ideas y temas esenciales. Por último, la no comprensión exterior al sentido nos remite a la interacción entre el sentido estructural y el estrato imaginal patente (nagliadno-obraznyi) de las representaciones objetuales, el estrato sonoro, el ritmo y la entonación que nos conducen a lo llamado «paraverbal» y en particular a la entonación.

Levin nos conduce al dominio del asombro por la no comprensión, a identificar textos «enfermos», al fenómeno de la comprensión aparente. Este asombro, en el enfoque discursivo y el no estructural, nos lleva a plantearnos las bases mismas del lenguaje, la comunicación y la argumentación.

Los modos del malentendido: ¿en dónde está el problema?

Un malentendido puede obedecer a dificultades de comunicación o comprensión con relación a lo expuesto. Sin embargo, se produce debido a los implícitos, ya sea presupuestos (de lenguaje) o sobrentendidos (contextuales). Lo dicho, verbal, puede expresar presupuestos o sobrentendidos no controlados. O bien, es factible que exista un problema de interpretación de los implícitos. O, por último, lo verbal deja pasar o nos lleva a interpretar malentendidos derivados del sentido paraverbal o del contexto no verbal. En este proceso de contacto con lo no dicho entramos a los malentendidos sociales, culturales e ideológicos.

Un malentendido, como una argumentación compleja, puede obedecer a un modo lógico, según lo ven Naess y Crawshay-Williams, pero puede deberse también a asuntos de sentimiento, intuición, creencias o acceso a evidencias físicas o contextuales (Gilbert). Así por ejemplo, en los malentendidos maritales que toda pareja ha vivido una o muchas veces, con frecuencia el problema no es lógico sino sentimental (v.gr., la siguiente discusión: «No te importo»; «¿Por qué dices eso?»; «No me ayudaste»; «Eso no es lógico, no me pediste que te ayudara»; «¿Tengo que pedírtelo cada vez?»). En tales casos, resolver la dificultad lógica no soluciona el problema planteado en el nivel de las emociones entre los amantes. Insistir sobre la solución lógica es ahondar en la fractura emocional y no porque la lógica no sea relevante sino porque no es exclusiva.

Un malentendido puede obedecer no a la posición en la punta del iceberg de la argumentación sino a todo el sistema de creencias, lo que hace muy intricada la resolución de tales dificultades. Podría ser el caso, por ejemplo, de las políticas de desarrollo en las zonas rurales de América Latina. Supongamos que llega a determinado lugar una institución gubernamental, detecta la necesidad de agua en una comunidad, ésta acepta que existe la carencia de agua, la institución abre un pozo a medio pueblo y, sin embargo, nadie saca agua. La gente no va, digamos, porque no tiene la costumbre de ir a sacar el agua a medio pueblo, sino que la ida al agua es parte de la estructura del trabajo familiar, del paseo, del baño. O bien, no gusta de que se tomen decisiones si no es por asamblea popular, o considera que no es correcta la toma de agua fuera de las corrientes naturales. No basta con resolver la ecuación «falta de agua, solución = pozo». Se detectó y se consensó respecto de un problema, pero faltó detectar y lograr el consenso respecto a la solución y el modo de operarla según el acuerdo cultural e ideológico.

El malentendido puede desarrollarse entonces en determinadas circunstancias en un modo que no es predominantemente lógico, sino emocional o de creencia (o de hábito cultural). En ocasiones puede presentarse en más de un modo a la vez. De hecho, dado que los modos son analíticos pero no se presentan de manera separada en la realidad, pueden venir todos al caso para la comprensión global del malentendido. Naturalmente que en la argumentación ordinaria no hacemos estos desgloses sino en forma extraordinaria, porque entender, como dice Wittgenstein, es algo que se da de golpe. La dimensión humana del malentendido nos hace interpretarlo —en la práctica cotidiana— en su carácter total, entremezclando lógica, emociones y creencias.

La negociación del malentendido

El malentendido ha sido estudiado por la teoría de la conversación en su capítulo relativo a las negociaciones, que eran ya el objeto de preocupación de Naess y Williams, aunque la lingüística conversacional se acerca al tema desde una perspectiva descriptiva y no normativa, conforme a un esquema general: una negociación tiene al menos un inicio, un desarrollo conforme a la meta y un cierre; se da siempre que existe un diferendo y su resultado puede ser el éxito o el fracaso; si se tiene éxito puede ser que alguna de las partes se lleve el triunfo o que se establezca una situación de compromiso.

FIGURA 6. EL RESULTADO DE LA NEGOCIACIÓN CONVERSACIONAL


Uno de los casos de negociación es el malentendido, que puede tocar diferentes temas: malentendido de la relación entre los participantes, de la identidad de los mismos, de los procedimientos, de los signos empleados, etcétera. Este punto es central, no sólo se focaliza un aspecto del malentendido sino que se analizan diferentes características de funcionamiento según los temas, los puntos de discusión, la significación, etcétera.

Cuando se trata de una negociación de signos, si seguimos el triángulo peirceano de manera realista, el diferendo puede remitir a aclaraciones sobre el referente (a lo que remite lo dicho: v.gr. el mal de un paciente), el significado (el concepto: el «empacho» o la «infección gastrointestinal» del paciente) o el significante (la forma que soporta el contenido, las palabras o frases: supongamos, por ejemplo, que lo que el paciente tiene no puede ser definido como «infección gastrointestinal» sino como «úlcera»), apreciación que amplía el tema de la convención en Crawshay-Williams, que habla sólo en sentido general de la «aceptación de definiciones».

Nosotros diríamos que es importante además el uso del signo en un sentido amplio, más allá de lo verbal. La perspectiva semiótica de Peirce, también adoptada y modificada por Naess, permite una apertura hacia lo no verbal, que puede jugar un papel en el malentendido. En las películas cómicas, por ejemplo, se explota el malentendido por disparidad respecto a la posibilidad de comprobar una evidencia física que uno de los participantes no puede ver, estableciéndose un juego complejo entre emisor, destinatario en el campo de la pantalla y destinatario espectador fuera de campo.

Además de vincularse a distintos temas y a dimensiones no verbales, la negociación de signos puede llevarnos hacia malentendidos en torno al sobrentendido (un implícito que tiene que ver con el contexto y el uso que hacemos de las expresiones). Para su disolución han de expresarse necesariamente los implícitos, como en los casos de diferencias de interpretación en Naess, donde pueden asignarse distintas proposiciones a una misma formulación lingüística. Sólo que en el caso del sobrentendido la «explicitación» puede llegar a ser complicada y prolongada, porque no siempre sabemos de entrada en qué fundamos nuestra apreciación.

Por otra parte, la teoría de la negociación nos conduce al tratamiento de las escurridizas intenciones en el malentendido y la argumentación, ya que en una interacción se negocian las relaciones y el poder asociado a ellas. Así por ejemplo, el malentendido puede ser construido de modo artificial, como estrategia erística o de mala fe: construyo un malentendido para ganar posición. Cuando coloco al otro en situación de explicarse, está en una posición baja, de menor poder, se ve afectada su «cara», su territorialidad o la imagen de sí mismo.

En suma, el malentendido, de acuerdo con la teoría de la negociación conversacional, según la empleamos en análisis del discurso, puede vincularse a distintos tópicos, a dimensiones no verbales, a lo implícito y silenciado, así como al poder y la intencionalidad.

El malentendido en la comunicación funcional

Pensar el malentendido desde una óptica discursiva puede llevarnos mucho más lejos de lo que lo hacen las consideraciones de Naess y Crawshay-Williams o el estrecho marco de la teoría de la conversación. Estamos acostumbrados a pensar la vida del lenguaje en términos positivos. Pero ¿qué pasa cuando no hay comunicación, según nos indica Levin? Algo así sucede en la mayoría de los casos estudiados por los neurolingüistas, patólogos del lenguaje, psicólogos y estudiosos de los conflictos interpersonales, culturales y sociales. En estos casos, hemos de plantearnos no una teoría de la comunicación sino una teoría de la incomunicación. O, mejor aún, una teoría de la comunicación-incomunicación. El modelo comunicativo de Jakobson, reelaborado por la teoría del discurso (ver infra), puede ser visto también como un modelo de comunicación-incomunicación que nos sirva para comprender los malentendidos, la mala comprensión o interpretación de algo.

En nuestra visión discursiva del modelo jakobsoniano —que ya esbozamos en «Todos somos argumentadores»— puede haber un emisor simple o toda una cadena de emisión (por ejemplo: una empresa que solicita un anuncio, la empresa publicitaria que lo realiza, la empresa televisiva que lo transmite). El emisor puede ser individual o colectivo y lo mismo sucede con el receptor. Ambos son activos en todo momento. La comunicación es algo dinámico. Como dice Bajtin, el receptor prefigura lo que dirá el emisor. La comunicación discursiva es un proceso complejo, multilateral y activo. El oyente al percibir y tratar de comprender toma una postura activa. Completa lo dicho, lo aplica, se prepara para una acción o una respuesta. Esta actividad del receptor se demuestra incluso en ausencia del emisor, en los casos de «proyección» errónea de nuestro imaginario sobre una lectura. Un texto no siempre dice lo que leemos; es decir, la palabra escrita puede ser una y nuestra lectura, incluso atenta, puede cometer un error por adición, substracción o transformación.

La comunicación no se da en un solo canal sino que puede ser multicanal, operar en varios planos a un mismo tiempo, como es el caso del lenguaje oral, que se presenta en asociación de voz y gestos, miradas y ademanes.

La codificación corresponde a procesos inversos en emisores y receptores: los primeros codifican, los segundos decodifican. La referencia presenta diversas dimensiones: la imaginaria del sujeto, la simbólica en la que se mueven los lenguajes y lo real (sin embargo, casi siempre mediado, en cierto grado, por lo simbólico). Por último, no hablamos de mensajes, sino de discursos, ya que siempre lo dicho, escrito o planteado en otro sistema semiótico lleva tras de sí una configuración de acuerdo con determinada formación discursiva.

FIGURA 7. EL ESQUEMA COMUNICATIVO FUNCIONAL VISTO DESDE EL ANÁLISIS DEL DISCURSO


Si siguiéramos el modelo comunicativo-discursivo, veríamos que los malentendidos pueden tener muy diversas fuentes, entre las cuales podríamos mencionar las siguientes:

• Atribución del discurso al emisor directo, cuando en realidad detrás de éste puede existir un emisor colectivo o una cadena de emisión. A la inversa, el emisor puede creer que el receptor es un individuo aislado cuando en realidad es una cadena o un receptor colectivo

• Contradicción en la lectura de los canales o atención a uno solo de ellos

• No coincidencia suficiente de los «códigos» 1 y 2

• Atribución errónea de la referencia, ya sea global o en particular de alguno de sus tipos (real, imaginaria o simbólica)

• Identificación incorrecta del discurso y su construcción poético-retórica.

La expresión de la comunicación en un nivel aparente puede no corresponder con las intenciones del hablante o la función profunda de la expresión (Reboul). Por ejemplo, un discurso puede hablar de la referencia, de lo lógico, cuando en realidad lo que se debate en profundidad (en lo implícito) es la situación emocional, el sentimiento del que habla. O, como en la publicidad, se puede expresar un slogan poéticamente cuando en realidad se busca crear el impulso de compra. O en la política actual que juega en el nivel poético con jingles y canciones populares para, en profundidad, mover al otro a votar.

Esta perspectiva de complicación del enfoque funcional, aunque teóricamente limitada por el resabio cartesiano y mecanicista de tal modelo comunicativo, tiene virtudes analíticas, porque la dimensión funcional es fácil de emplear y muy útil en muchos casos. Puede decirse incluso que el modelo es adecuado para el estudio del texto escrito, incorporando otras dimensiones de la interpretación. La crítica de lo que implica para la comunicación oral, sin embargo, nos lleva hacia la teoría de sistemas dinámicos, más allá del estructuralismo y el cartesianismo.

El malentendido: de la proposición y la estructura al ser humano

El modelo de Jakobson, heredero del cartesianismo, del llamado «circuito de la comunicación» de Saussure y de la propuesta de Shannon y Weaver, no corresponde a una visión adecuada de lo que es el lenguaje y la comunicación humana, en especial si consideramos la oralidad. Como hemos escrito con Stuart Shanker, más allá de la metáfora informacional que ve la comunicación lingüística como un limitado proceso de codificación, el lenguaje es visto por nosotros como parte de un sistema dinámico. En la teoría de sistemas dinámicos, hemos recordado, la organización emerge de la influencia mutua de los constituyentes de un sistema15 y la comunicación es concebida como una danza, una actividad corregulada, en medio de la cual emergen intenciones comunicativas dentro de un contexto. No se trata de un proceso de «lectura de la mente». Dichas intenciones no son insondables, están encajadas en la situación, las costumbres e instituciones culturales (Wittgenstein). No hay mentes aisladas e islas de conciencia en la vida cotidiana de la comunicación argumentativa o de cualquier otro tipo, las hay en los enfermos o en el monólogo (y aun éste se puede concebir, como hace Bajtin, como un diálogo entre dos posturas). Pasamos del paradigma señal-respuesta, enviar-recibir y codificar-decodificar al de embrague-desembrague (o involucramiento-distanciamiento), sincronía-discordancia y percance-reparación. Los copartícipes de la comunicación establecen y sostienen un sentimiento de ritmo y movimiento compartido. Los participantes se reflejan los unos a los otros en sus conductas específicas e incluso armonizan uno con otro a través de diversas modalidades de expresión que ya anotaba Bajtin (así por ejemplo, en un diálogo, los participantes pueden retomar actitudes y movimientos de las manos del otro). El ajuste o conflicto en la danza multimodal rebasa la visión estructuralista y la división tajante de los «niveles» del lenguaje, imposible de ser reducido a la sola y autónoma sintaxis o a la semántica de Naess y Crawshay-Williams. Supongamos, por ejemplo, una escena en la que en una discusión académica, alguien plantea un punto de vista claramente defendible, pero lo hace con un tono burlón y con una mueca correspondiente. Otro participante en la escena capta el tono y se levanta, grita y sale del salón, no por lo dicho, sino por la carga emocional que conlleva. Este proceso de mutua armonización o desarmonización refleja el rol de la emoción en la comunicación.16 El lenguaje se entrelaza con la comunicación, la emoción y la cognición. No remite a un estructuralismo sin agente e historia, a realidades internas de hablantes y oyentes, a individuos aislados y envueltos en la estructura invariante. Es un proceso dinámico, de acción contextualizada donde los agentes culturales interactúan a partir de sus metas, de sus propósitos, como indica Crawshay-Williams, pero incorporando dimensiones no sólo lógicas.

El malentendido, en realidad, nos debe llevar a redefinir la base misma de las teorías del lenguaje, la comunicación, el entendimiento y la interpretación; y con ello, cuestionamos también el fundamento mismo de la argumentación. Esto ha sido puesto en evidencia en forma nítida por Talbot Taylor (Mutual Misunderstandings). La pregunta no es sólo ¿qué es entender? o ¿cómo entendemos?, sino si acaso entendemos. Ahora bien, cuando comparamos una pregunta como ¿entendemos? y otra como ¿nos entendemos?, resulta patente que el malentendido se presenta entre dos individuos o al menos dos instancias del yo. Y pareciera que el entendimiento está sólo en nosotros, pero no es así, todo no entendimiento es un malentendimiento, resulta en un no poder llegar al otro. Así, cuando estudiamos la conducta lingüística o argumentativa humana, el problema que se nos presenta muchas veces no es intelectual sino humano-integral y de voluntad de llegar desde el simple sentido hasta el sujeto. Wittgenstein dice al respecto:

Lo que hace a un asunto difícil de entender —si es algo significativo e importante— no es el que antes de que puedas entenderlo necesites ser especialmente entrenado en abstrusas materias, sino el contraste entre entender el asunto y lo que la mayoría de la gente quiere ver. Debido a estas cuestiones más obvias, el entendimiento puede convertirse en lo más difícil de todo. Lo que ha de ser superado es la dificultad que tiene que ver con la voluntad, más que con el intelecto.17

La argumentación no es sólo un malentendido

Un malentendido o su fundamento de no comprensión se resuelve mediante aclaración, en tanto que una argumentación se resuelve en la dialéctica mediante disputa, ya sea regulada o no. En retórica, un diferendo se resuelve por el auditorio gracias a la menor o mayor persuasión de dos discursos dados. El malentendido es uno de los umbrales inferiores de la argumentación, el umbral inferior de la diferencia. Es un núcleo de la comunicación y la argumentación, pero que sólo es tal en tanto se vuelve en realidad polémico y atañe a la verdadera diferencia. El otro umbral inferior es el de la lógica, de la argumentación como mero producto, sin la presencia de personas, o sea, el argumento sin argumentador, sin agente, sin sujeto (o con la teoría por sujeto epistémico).

El malentendido, pese a ser un umbral inferior argumentativo muestra ya la necesidad de conciliar descripción y norma. La descripción nos ayuda a comprender cómo es el malentendido, la norma nos fija estándares de cómo proceder, interpretar y qué considerar para disolver de la mejor manera posible la diferencia. El tratamiento del malentendido funde la lógica que nos permite comprender su forma y precisar su contenido, el lenguaje que es su núcleo, la dialéctica que establece el procedimiento de su disolución y la retórica que nos permite conocer las connotaciones culturales e individuales de cada contexto. El malentendido, simple como es, nos lleva ya hacia lo paraverbal y lo no verbal, así como a las dimensiones del poder, la ideología y la cultura. Negar cualquiera de estos niveles es negarse a resolver de la mejor manera un malentendido, lo mismo que negar las dimensiones sentimentales, de creencia e intuición y el todo de la comunicación. Las propuestas analíticas pueden no ser conciliables entre sí, pero lo importante es reconocer las posibilidades de cada teoría y la complejidad de lo real, permanecer en un estado de diálogo y apertura.

El malentendido, por último, nos hace pensar en una de las condiciones fundantes de la argumentación: la diferencia y la polémica. Cuando no existe polémica no hay aún verdadera argumentación. El problema estriba en que muchas teorías dialécticas tratan la argumentación «como si fuera» un mero problema de malentendido. Es decir, una postura es la correcta, la otra no justifica de manera adecuada su razón. Si el que «pierde» entendiera, aceptaría que pierde. Todo está en la razón y la aclaración. Es el caso, en diferentes grados, de la teoría de la acción comunicativa de Habermas, de la pragma-dialéctica y de algunos pensadores del amplio subcampo de la lógica informal: «la luz de la razón» debe llevar al otro a la comprensión del «mejor argumento», cosa cierta en muchos casos, pero no siempre. Además, esta visión presupone una sola vía para comprender lo real, lo cual, nos llevaría, por ejemplo, a abandonar la posibilidad en la física de hacer coherencia tanto de la teoría corpuscular como de la teoría ondulatoria de la luz. Más compleja aún es la cuestión en las ciencias sociales, que desarrollan a un tiempo diversos paradigmas en conflicto. Y ya ni qué decir de la polisemia poética, que algunos quieren domar mediante análisis formales o lingüísticos unívocos.

La diferencia es también algo relevante. La diferencia es ya la base de las distinciones. Las distinciones son culturales, son asunto de conocimiento. Toda diferencia es sociocultural hasta un cierto grado. Aun un algo natural, al ser la realidad multideterminada, puede ser visto desde otro punto de vista. Físicamente distinguimos entre un líquido caliente y otro frío. Pero podemos decir, desde una particular perspectiva, que son la misma cosa: un líquido, el mismo líquido, no importa si está caliente o frío. O podemos sentirlo frío o caliente, según nuestras peculiaridades sensoriales.

La socioculturalidad y el enfoque de la argumentación son necesarios, aun en la simple diferencia. La distinción nunca es inocente, está situada. Es cierto que distinguimos para entender, pero para entender en una cierta forma y desde un cierto ángulo (bajo un cierto fundamento, diría Peirce). La montaña no aparece igual de abajo que de arriba, de enmedio o desde un helicóptero y no suele ser fácil decidir cuál sería la esencia objetiva de la montaña por encima de las miradas que la contemplan. De ahí que sea tan fácil desplazarse de la distinción a la discriminación. La racionalidad puede ser una forma de discriminación, por su condición nuclear misma. La única manera de abolir la discriminación de una racionalidad es abolir la diferencia, pero si no hay diferencia no hay distinción y donde no hay distinción no hay conocimiento. Conocer es separar. Tenemos por tanto que aceptar —hasta un cierto grado cuyo límite es la ética política, la concepción de los derechos humanos y no sólo la lógica— las diferencias de teoría, de cultura, de grupo social, de género y de generación para construir, basados en ellas, una racionalidad igualitaria. Esta tarea es sin fin, abierta, un vaivén.

Ejemplo

A partir de este capítulo, ilustraremos las teorías y niveles analíticos con el caso de los discursos alrededor de la guerra indígena de Chiapas; nos centraremos en la primera «Declaración de la selva lacandona» del EZLN dada a conocer el primero de enero de 1994. Tanto en éste como en los demás capítulos realizaremos análisis muy sintéticos; cada vez que lo necesite, el lector o lectora puede acudir, al fin del libro, al anexo con el corpus del discurso completo. En lo que nos interesa respecto del malentendido, el documento zapatista pretende justificar la declaración de guerra a partir de la mención del «artículo 39 constitucional que a la letra dice»: «La soberanía nacional reside esencial y originariamente en el pueblo. Todo poder público dimana del pueblo y se instituye para beneficio de éste. El pueblo tiene, en todo tiempo, el inalienable derecho de alterar o modificar la forma de su gobierno».

La lectura del estrato semiótico, que nos resalta en negritas parte del artículo 39, nos guía en la interpretación zapatista: el pueblo tiene derecho a modificar la forma de su gobierno. Ahora bien, en la coyuntura de 1994 se establece un conflicto de interpretación. Para algunos juristas se trató de un malentendido jurídico. Es decir, el derecho de modificación no puede interpretarse como un derecho a hacer la guerra o a validar cualquier otra forma de alterar el gobierno. Desde esta precisión de lo que el texto dice, sostendríamos en forma tajante que hay un error de los zapatistas, quienes malentienden la Carta Magna. Para ellos, sin embargo, su afirmación remite probablemente a una argumentación, un diferendo acerca de cómo debe interpretarse la norma constitucional. Para ellos estaría permitida la licencia de decidir acerca de la manera de modificar el estado de cosas y hacerlo a partir de la guerra dado que la declaración considera que el EZLN se enfrentaba a una dictadura. Con ello pasamos a un segundo nivel de aclaración, porque ya no sólo comentamos que la Constitución especifica o no los medios de modificación de la forma de gobierno. Ahora tenemos que discutir el propósito, la situación y los sujetos: ¿si la Constitución no especifica los medios válidos de lucha es factible que cualquiera sea constitucionalmente aceptable? Si no es así, ¿cuáles son los medios adecuados? y ¿cuál es válido emplear en el contexto calificado de dictadura por el sujeto EZLN ? La definición de un régimen como correspondiente a una dictadura nos conduce a lo que entendemos por tal. Entramos así de lleno a la argumentación: ¿la Constitución restringe o no los medios de lucha para alterar la forma de gobierno?, ¿es válido llegar al extremo de la guerra contra una dictadura? ¿En 1994 estábamos ante una dictadura? El malentendido para unos, nos condujo a la argumentación de los otros y a la discusión de la adecuada interpretación de la Constitución.

La mayéutica de Toulmin

La finalidad de este capítulo es presentar uno de los enfoques fundadores y más influyentes de la nueva teoría de la argumentación aparecida en la segunda posguerra mundial, el de Stephen E. Toulmin acerca de un esquema universal de la argumentación.

El balance de la argumentación en Toulmin

El filósofo de habla inglesa Stephen Edelston Toulmin nació en 1922 y se formó bajó la égida de la filosofía del lenguaje del llamado segundo Wittgenstein, de Wisdom, Ryle y Austin, autores que trataron de comprender la lengua en su funcionamiento ordinario y no sólo en su uso lógico formal. Es probable que Toulmin haya tenido también influencia del lógico semiótico Peirce. Se preocupó por asuntos capitales como la ética, la comprensión, el conocimiento y la acción, dentro de una atmósfera de auge de la «filosofía del lenguaje ordinario». Escribió en 1958 uno de los textos más relevantes de la teoría moderna sobre el argumentar: The Uses of Argument (Los usos de la argumentación). Después, con Rieke y Janik, publicó en 1972 un texto de divulgación que retomó el centro de su propuesta, relativo al esquema básico de la argumentación: An Introduction to Reasoning (Introducción al razonamiento). Expondremos de la aportación toulminiana sobre todo sus concepciones básicas: su punto de partida constituido por el interés en los argumentos substanciales y el proceder argumentativo, la propuesta de un esquema de la argumentación, la idea relativa a los campos de la argumentación y la noción de modalidad.

De acuerdo con la visión de la dialéctica de Toulmin el proceder argumentativo es invariante en relación con cualquier campo de aplicación:

• Planteamiento de las soluciones candidatas a consideración

• Hallazgo de una particular solución indicada de manera inequívoca por la «evidencia»

• Establecimiento de algunas de las posibilidades iniciales a la luz de la «evidencia»

Un proceso argumentativo de tal naturaleza puede implicar un largo tiempo de discusión, llevarnos por muchos vericuetos, sin precisar cuál es el eje en torno al cual gira el debate. Partiendo de la analogía fisiológica, Toulmin habla de la argumentación como un organismo con una estructura gruesa y otra más fina. Esta última sería la estructura de las declaraciones o proposiciones (statements) a cuyo nivel se introduce la idea de forma lógica y se establece o refuta la validez de los argumentos. En lo que el autor denomina el micronivel, la validez del argumento siempre presenta un ajuste a un molde general, un esquema argumentativo postulado como invariante y, en tal sentido, universal. Este esquema, que de tiempo en tiempo debe relacionarse con los macro-argumentos (ya que la forma en que lo aislamos puede afectar su sentido en el contexto más amplio) rechaza el modelo matemático para basarse en una analogía jurisprudencial, en el proceso (la secuencia de etapas) y las reglas de procedimiento legales en un juicio:

• El cargo

• La evidencia

• Los testigos

• Los juicios o interpretaciones de validez

• Demandas de excepción en la aplicación de la ley

• Alegatos para agotar una instancia

• El veredicto

• La sentencia

El modelo de Toulmin se deriva de la analogía con este proceso jurisprudencial. Se prolonga así en este autor el predominio del discurso jurídico en el análisis argumentativo, pero esta vez para oponerlo a la lógica formal y generar un esquema al menos en parte novedoso. El esquema se separa de la lógica formal desde su base, se pretende dialógico en lugar de monológico y dinámico en lugar de estático. Pretende presentar la argumentación como una actividad de textura abierta y opera por pasos. Aunque algunos consideran lo contrario, es un modelo del proceder de la argumentación, no sólo de los argumentos como producto (dato-garantía-tesis). El autor considera además la necesidad de abrirse a lo macro (al todo del discurso), cuestión que permite salir del reduccionismo del dato lógico aislado.

EL ESQUEMA DE LA ARGUMENTACIÓN

Los pasos iniciales de una argumentación se dan a partir de que un proponente presenta una tesis o pretensión (P) llamada claim en inglés. Traducir claim, como sucede con otros términos lógicos y filosóficos, resulta a veces complicado. Literalmente significa pretensión, título, derecho, reclamación, reivindicación, demanda, petición o llamamiento. Y éste es su origen en inglés, según aclara Toulmin en una anécdota sobre los títulos mineros. Creo que es muy útil guardar todos estos sentidos en mente y usarlos como sinónimos. He preferido traducir « claim» por «pretensión» en el esquema, ya que esta acepción abre el término a la probabilidad y la pluralidad. También puede entenderse como «punto de vista» o «tesis», aunque este último término —el usado por lo común en México— tiene una carga que lo restringe y orienta hacia el discurso académico. En todo caso la tesis, pretensión o claim se distingue de la conclusión, que sería más lógico formal y necesaria. En An Introduction to Reasoning, Toulmin menciona además, de modo explícito, que su concepción de lógica no admite conclusiones finales ni soluciones únicas. La defensa de la pretensión se hace públicamente, para que sea atendida o creída por los otros. Como apunta Johnson,1 en el discurso ordinario la pretensión en ocasiones es implícita o poco clara y se necesita ser capaz de identificarla localizando los marcadores de conclusión (por ejemplo: «así pues», «luego entonces», «por lo tanto», «en conclusión», etcétera).

Tras plantear el proponente su punto de vista, la otra parte se plantea una pregunta: ¿en qué te fundas para sostener eso? El proponente responde estableciendo los hechos, datos o fundamento (F) de la pretensión (P). Si se cuestionan los hechos, deberá dar un argumento preliminar —a manera del lema geométrico, que es una proposición planteada para demostrar otras que se siguen del punto de partida— como sustento adicional (paso que Toulmin no nombra pero que nosotros llamaremos base, B). La base es el verdadero dato, ya que como dice Wittgenstein, he llegado a un dato cuando ya no puedo remitirme a otra cosa (los datos originarios para el filósofo vienés son los colores, el espacio, el tiempo, las caras de los otros, sus modos de actuar y otros por el estilo).

FIGURA 8. EL ESQUEMA MÍNIMO DE LA JUSTIFICACIÓN EN TOULMIN


Después se pregunta o cuestiona la forma en que se pasa de los hechos (o fundamento) a la pretensión: ¿cómo llegas a eso? Para responder no se dan datos. Se explicita una regla general, un principio, una ley de paso, una licencia de inferencia substantiva (no formal) que valide el procedimiento, todo lo cual aporta los primeros elementos básicos del esquema argumentativo simple (en el cual obviamos el paso opcional preparatorio para fundar los datos, ya que ello conduce a una interacción más compleja):

FIGURA 9. EL ESQUEMA BÁSICO DE LA ARGUMENTACIÓN EN TOULMIN


• P : pretensión (C: Claim)

• F : fundamento (en The Uses of Argument, Toulmin establece D: Data, datos; y en An Introduction to Reasoning, anota G: Ground, término que evoca el funcionamiento del signo en Peirce, donde cada signo representa su objeto a partir de cierto fundamento): datos y hechos para defender la pretensión. Al revisar los ensayos sobre el esquema puede encontrarse que este elemento es llamado «evidencia», pero este término está muy cargado de sentidos formales y objetivistas; aunque el autor mismo lo usa, nos parece que en una interpretación cautelosa no debe emplearse, ya que lo evidente es sólo lo que se sostiene fuera de toda duda y lo que llamamos de ordinario dato muchas veces es, a diferencia de la adecuada precisión de Wittgenstein, un constructo no universal sino afectado por lo ideológico, cultural, lingüístico o teórico

• G : Garantía (W: Warrant), justificación para usar F como base de P

Toulmin critica el modelo silogístico; para él no es operante que al dato y a la garantía se les llame premisas. Funcionan de forma tan diferente que es incorrecto colocarlas bajo la misma etiqueta. La premisa mayor actúa como ley de paso, la menor como dato o fundamento. Aunque es difícil en ocasiones distinguir F y G, por lo que hay acuerdo en la necesidad de considerar en esa distinción los siguientes aspectos:

• F funciona en forma explícita y G de modo implícito

• Hay casos en que F y G tienen diferentes funciones lógicas: G es una proposición general referida a una regla, es una forma hipotética que puede actuar como puente, como ley de paso: «si [ F ] entonces [ P ]»

• F funciona diciendo «Siempre que A, uno ha encontrado que B» (a la manera de las cuestiones de hecho) y G en cambio, opera de otro modo: «Siempre que A, uno puede considerar que B» (a la manera de las cuestiones de ley)

G garantiza un resultado; es —dice Johnson— un eslabón y constituye el elemento en realidad novedoso frente al esquema silogístico (que apela a la presencia de sujeto, predicado y término medio). Es dable preguntar en ciertas circunstancias por la aplicabilidad o no de la garantía. La fuerza de G se debilita cuando se presentan condiciones que invalidan la tesis. Estas condiciones r se nombran reserva, o bien condiciones de excepción o refutación (R = Rebuttal). La inserción de R debilita P. Esto puede acontecer también con un elemento cualificador, un elemento modal M.2 En este último sentido, en cada paso de la argumentación pueden ocurrir términos modales como «posible», «imposible», «necesario», «probable» o «presunto». Indican el grado de certeza o confianza. También aparecen términos como «ser incapaz», «ser imposible», «no deber ser». Estos términos son indicadores de la fuerza o alcance conferidos a la pretensión por la garantía.

La reserva indica las circunstancias en las cuales la autoridad general de la garantía tendría que ser dejada de lado. En caso de no presentarse las condiciones de refutación, se tiende a confirmar la presunción creada. Además de los términos modales y las condiciones de excepción que limitan la pretensión, puede seguir el cuestionamiento en la interacción argumentativa: ¿por qué en lo general tendría que aceptarse la autoridad de esta garantía? Surge entonces la necesidad de presentar un soporte S (B: Backing). Este elemento, con frecuencia implícito, se requiere si la autoridad de G no es aceptada.

FIGURA 10. EL ESQUEMA COMPLEJO DE TOULMIN


Siguiendo con la crítica del silogismo, hay que señalar, como ya puede deducirse, que la premisa mayor no da cuenta de las diferentes funciones de B y G, esconde una complejidad (es decir, puede ser B o G). El esquema argumentativo global queda explícito en la figura 10:

Los elementos que hemos dejado en letra común articulan la argumentación:

• Con sustento en

• Dado que

• Por cuenta de

• Luego entonces

• Presumiblemente

• A menos que

Sin la reflexión lingüística de estos conectores, modalizadores y otros términos equivalentes no es dable precisar el detalle de la argumentación. No es casual que estos elementos se precisen claramente en Toulmin, ya que su obra está atravesada por la reflexión pragmática del significado como uso (del sentido) y el interés por la filosofía del lenguaje. De hecho el autor plantea eliminar las palabras «lógica» y «significado» de su ensayo porque para él la argumentación no es mera lógica y no hay «significado» sino sólo sentidos, usos o juegos del lenguaje, como sostenía Wittgenstein.

Nótese, por otra parte, que hay en suma en el esquema argumentativo tres elementos básicos y tres auxiliares, que en conjunto dan lugar a un modelo extendido que es, curiosamente, muy similar en su forma al epiquerema romano (un silogismo en el cual se dan pruebas adicionales para sostener las premisas). Las cursivas señalan los términos comunes con el epiquerema, aclarando de nuevo que B no forma parte del esquema con que se identifica a Toulmin, aunque éste menciona tal paso como posible.

FIGURA 11. E L EPIQUEREMA


El enfoque, la manera de concebir la garantía es nuevo y también son términos novedosos con relación al epiquerema los ligados a la limitación de la aceptabilidad de la pretensión: la modalidad y la reserva. Es decir, además de la visión dialéctica de un esquema argumentativo, Toulmin introduce una visión menos absoluta de la validez argumentativa, sin llegar a ser relativista, ya que decir que la aceptación de la verdad tiene ciertas excepciones o grados de probabilidad no implica relativismo.3

LOS MODALES

La primera pregunta de Toulmin es ¿qué cosas acerca de la forma y méritos de nuestros argumentos son invariantes con relación al campo y qué cosas acerca de ellos son dependientes del mismo? Inicialmente, se plantea el problema de si los modales —que nos ayudan a precisar el concepto de fuerza— son o no dependientes del campo o sujet. Se llega a la conclusión de que la modalidad tendrá elementos invariantes y elementos variables. La fuerza o implicación práctica de su uso es invariante; por ejemplo, «no poder» (can’t) implica siempre «eliminación de algo», el mandato general de que algo debe ser desechado en tal o cual forma y por tal razón. La razón de la eliminación es diferente en cada caso. Es decir, el significado nuclear de cada modal, su «fuerza» —su forma lógica, quizá podríamos decir— es universal, sus acepciones particulares varían con relación al caso. Sucede lo mismo con los cuantificadores proposicionales como «Todo» y «Ningún», cuya fuerza es invariante pero su soporte es variable; por ejemplo, usar el cuantificador «Todo» en ética es con frecuencia paradójico. La posibilidad, un importante concepto general para la argumentación, es algo que por su fuerza siempre «merece ser considerado», pero fija estándares variables de acuerdo con el contexto. El análisis semántico de los modales es siempre contextual, dependiente de un núcleo que se actualiza en forma diferente en cada campo. Plantin, utilizando el lenguaje de la pragmática, describe este análisis como producto de la diferencia entre: un componente «performativo» o fuerza que marca el involucramiento del enunciador en su enunciado; y un componente «criterial» que nos remite a los procesos de justificación, a los tipos de argumentación y de garantía. Así el análisis de Toulmin articula de manera pragmática lo modal y lo argumentativo.4

De hecho, Toulmin afirma que su ensayo consiste en buena medida en un estudio de los usos prácticos de los términos modales. Los criterios, estándares, fundamentos o razones con referencia a las cuales se decide en cada contexto que el uso de un término modal es apropiado son variables según el campo: «no poder» remite a imposibilidades físicas, solecismo lingüístico (error sintáctico), ofensa legal o moral, impropiedad del procedimiento judicial o imposibilidad matemática. Esta última nos conduce a contradicciones, por lo cual podemos decir que la contradictoriedad es un criterio de imposibilidad para las matemáticas. Así, en resumen, al desplazarse de un uso a otro, el criterio (físico, sintáctico, moral, judicial o matemático) puede cambiar pero la fuerza («no poder») permanece la misma.5

Para nosotros la modalidad, es importante notarlo, debe ser considerada en el discurso como tocando todas las partes del argumento (aunque hay que saber distinguir los grados). Aparece incluso en la selección de los nombres y verbos, y es consubstancial a los adjetivos y adverbios, como anotaremos más adelante en el capítulo relativo a la emoción y la argumentación. La subjetividad y modalización del sujeto a partir del o los grupos a los que pertenece son consubstanciales al discurso, hablamos siempre desde un lugar socioideológico y cultural.

EL CAMPO DE LA ARGUMENTACIÓN

El rechazo del silogismo como modelo del razonamiento correcto, según Abelson,6 sitúa a Toulmin en la línea del empirismo de Bacon y prosigue la obra de Peirce, ya que todos ellos interpretan las leyes de la lógica como guías prácticas para la investigación. El enfoque de Toulmin, sin embargo, fue visto por la filosofía analítica como retrógrado, como una vuelta al sociologismo o el psicologismo y una puesta en cuestión de la autonomía recién adquirida de la lógica, que defiende la posibilidad de siempre reducir las argumentaciones concretas hasta su término analítico y estandarizarlas. Toulmin sostiene que la validez formal no garantiza el valor, el interés de un razonamiento, que depende del juego de lenguaje en el cual estemos insertos. Propone una «lógica comparada» sobre la estructura de las argumentaciones en distintas disciplinas.7

El esquema de Toulmin se postula como invariante, como forma abstracta del proceso de discusión racional y por lo tanto como lógica mayéutica universal. Sin embargo, el funcionamiento concreto de los elementos es relativo al campo de la argumentación en que aparecen: los tipos de evidencias y fundamentos, los criterios de especificación del sentido nuclear de los modales, las garantías y soportes. Aunque todos nuestros términos para tasar los argumentos son invariantes en su «fuerza», con independencia del campo, los cánones de la crítica de los mismos son dependientes del campo en la práctica.8 Hay campos que requieren ser más lógicos que otros. De campo en campo varían los fundamentos a los que aludimos para sostener las conclusiones y también las formas en que se va de esas bases a la conclusión. Por ejemplo, en la estética, la palabra «evidencia» presentada a favor de un argumento puede no venir al caso, ya que se utilizan otros criterios de evaluación, a partir de, por ejemplo, lo «bello» (aunque puede ser pertinente si nos referimos, a la manera realista, a la adecuación de la representación a la realidad por el arte).

La realidad de las afirmaciones anteriores y de la relevancia de considerar los campos argumentativos es bastante clara y me parece que se sostiene a pesar de los intentos universalistas de criticarla. Pero estas críticas se sostienen en un hecho real: la oscilación de Toulmin y la adopción imprecisa de distintos conceptos para referirse a los problemas de la dependencia de los argumentos al campo (concepto que nosotros vinculamos, en el análisis del discurso, al todo de las condiciones de producción, circulación y recepción de los argumentos). Toulmin define así el campo: «Se dirá que dos argumentos pertenecen a un mismo campo cuando los datos y conclusiones en cada uno de ambos son, respectivamente, del mismo tipo lógico; se dirá que provienen de diferentes campos cuando el soporte o las conclusiones en cada uno de los dos argumentos no son del mismo tipo lógico».9

La definición de tan importante concepto no es clara. Remite a un segundo elemento no definido, que es el de «tipo lógico». Además, Toulmin señala que al pasar de la evaluación universal a las consideraciones y relaciones dependientes del campo, éstas se relacionan con el « sujet». Éste es un término francés cargado de diferentes connotaciones, en particular en la teoría literaria.10 El autor hace uso del término sin entrar en mayores definiciones, identificándolo con el tópico. En suma, hasta aquí, para Toulmin hablar de la argumentación implica considerar, en principio, los siguientes elementos: el sujet y el campo o tipo lógico de la argumentación.

Al estudiar la argumentación, primero distinguimos lo que es invariante e independiente del campo, y lo que es variable y dependiente de él. Luego precisamos los criterios para evaluar la argumentación, observando la fuerza lógica del argumento conforme al campo y sujet. Dicho con más claridad, la argumentación con fuerza de acuerdo lógica es conducida con ajuste a un procedimiento formalmente válido en lo universal pero conforme con las condiciones de «fuerza lógica» específicas del campo o sujet concernido. La fuerza lógica de un argumento sería el cuarto elemento en juego en la discusión, ya que puede variar de acuerdo al campo en que se presenta y al sujet de que se trata.

Hay que remarcar que dado todo lo anterior, para Toulmin la argumentación, en lo concreto, es una noción intraterritorial, no inter-territorial. Es decir, debemos de conocer las formas de fundamentar, las reglas aceptadas, la fuerza específica y los criterios que son válidos en cada campo argumentativo y en cada sujet concernido. Esta idea a nosotros nos parece válida: la argumentación debe remitirse a la práctica concreta, a la cultura y a la historia, así como los criterios tipológicos del discurso.

Los campos tratados en An Introduction to Reasoning son los siguientes: legal, científico, artístico, ético y de gerencia empresarial. La enumeración nos ayuda un poco a ubicar la noción sociológica de campo del filósofo inglés. El concepto, como el propio Toulmin hizo notar con justeza en 1992, se relaciona en forma amplia con el contexto.11 Los argumentos dependen de los foros o auditorios (forums), los intereses, las «apuestas» y los detalles contextuales del argumentar como una actividad. Es decir, el Toulmin de 1992, treinta y cuatro años después de su obra cumbre, no valida las críticas de los universalistas —Habermas, Johnson, Van Eemeren— sino que se acerca de modo más decidido a una retórica del contexto, incluso más amplia que la de Crawshay-Williams, más próxima al análisis discursivo y a la pragmática.

Las garantías son de diferentes clases y pueden conferir diferentes grados de fuerza a las conclusiones que justifican. Se vinculan también con los campos en que se presentan. Y cuando comenzamos a preguntar por el soporte en el que descansan en cada campo, aparecen grandes diferencias. Una garantía puede apoyarse en un sistema de jerarquía y orden (taxonómico) de la biología, otra en los estatutos de gobierno de la política y otra más en estadísticas de la sociología. El soporte (S) de las garantías es por completo dependiente del campo.

LOS CRITERIOS DE VALIDEZ

Toulmin trata también de dar una respuesta a la pregunta sobre aquello que significa hablar de forma en lógica.12 El argumento correcto lógicamente se construye de acuerdo con un enfoque geométrico (more geometrico) como aquel que tiene la clase adecuada de forma. La clase de evidencia relevante en cada caso (datos), en cambio, será variable con relación al campo. En lo general y en principio, el problema de la argumentación válida se resuelve mediante dos consideraciones:

• Seguimiento correcto del procedimiento según el modelo

• Uso de la garantía G para que el paso del fundamento F a la pretensión P sea adecuado y autorizado (se justifique). Donde se entiende que el hecho de que una pretensión pueda ser acertada de manera justificable en cualquier campo depende de la calidad de la argumentación que puede ser avanzada en su soporte. G debe ser aceptada inmediatamente, en tanto obtiene su autoridad de S. La validez se asocia a la forma en que el soporte vuelve la garantía aceptable

Toulmin expone de forma reiterada algunos de los posibles criterios de validez para evaluar la argumentación.13 Uno de los más recurrentes es el de relevancia —que será después elaborado con más precisión por muchos estudiosos de la lógica informal y que es entendida como dependiente del campo—. También menciona, en otro plano, el criterio histórico respecto a un tema, que me parece fundamental. Algo aparece como válido o no, al menos en principio, de acuerdo con la apreciación histórica y dominante que se ha tenido de él. Según el autor, de hecho, una lógica de la argumentación puede estar orientada empírica o históricamente: lo empírico nos lleva a observar las formas de argumentación que ocurren en los varios campos de la ciencia, lo histórico nos conduce a la lógica incorporada a la historia de las ideas. Estas consideraciones brindan un panorama de la amplitud de miras del filósofo inglés, que se preocupa tanto por los estándares de juicio variables (dependientes del campo y la historia) como universales (independientes del campo) para hablar de la validez, la relevancia y la fuerza o debilidad de las razones o argumentos. Este punto es nodal y contemporáneo. De hecho, en análisis del discurso, nos parece que la historia y la sociología de las ideas argumentativas es indispensable: ¿cuál es la teoría, el metalenguaje intelectual para evaluar?, ¿cuál es la formación discursiva, ideológica y social a la que remiten los argumentos?, ¿cuál es la historia del sentido, de las ideas argumentadas?, ¿cuál es la transformación de los puntos de vista y las premisas en torno a una pregunta? (v.gr., ¿cuál es el centro del universo? a lo largo del tiempo), ¿cuál es la historia de la interacción entre dos argumentadores en una argumentación interpersonal? Los argumentos no tienen sólo un valor en sí, lógico formal, sino un valor en función de la historia de las argumentaciones y de los argumentadores.

En cuanto al esquema argumentativo, en realidad, si se emplea la garantía correcta, cualquier argumento puede ser expresado en la forma: F – G, por lo tanto P. En el tratamiento de G puede distinguirse entre el «uso de una garantía» y el «establecimiento de una garantía». En el primer caso, deductivo, un dato permite establecer una conclusión gracias a una garantía cuya aceptabilidad está garantizada. En el segundo caso, como en muchos ejemplos de la ciencia, se hace clara la garantía de modo inductivo, debido a su aplicación sucesiva a casos en que F y P son verificados en forma independiente (en medio puede darse una transición de tipo lógico, cuando en el paso de F a P se usa la información pasada para predecir el futuro). En medio de estos casos está el iconismo abductivo-analógico peirceano. Toulmin trata así de abrir la lógica a procedimientos no deductivos y de establecer, como Peirce, puentes entre deducción e inducción.

Toulmin cita a Newton, quien habla de volver general una proposición mediante inducción, usando nuestras observaciones acerca de regularidades y correlaciones como el soporte para una nueva garantía. Una afirmación general en física, según Newton, sería una garantía abierta o principio de computación. Comenzamos por observar que una relación particular se sostiene en ciertos casos y luego se torna general por inducción. Por último, se aplica como regla deductiva a situaciones nuevas para derivar conclusiones también nuevas a partir de los datos (para Peirce, en cambio, el orden de investigación es el siguiente: abducción-analógica de lo icónico, deducción conforme a la ley e inducción de los hechos).

Para Toulmin una distinción de base para poder hablar de la argumentación es aquella que se da entre los argumentos substanciales y formales. A diferencia de los argumentos formales, los substanciales son aquellos en que la conclusión no está contenida en las premisas, no está implicada. Tales argumentos son centro de interés para la argumentación, en oposición a los argumentos formales y analíticos que ocupan a la lógica tradicional.

Un argumento analítico es aquel en que el soporte para una garantía que autoriza la pretensión, explícita o implícitamente, incluye la información contenida en la conclusión. Es decir, un argumento analítico satisface el criterio siguiente: confirmar el soporte de una garantía implica de forma inmediata corroborar la verdad o falsedad de la conclusión. Si no es el caso y afirmar el dato, el soporte y por ello también la pretensión no es una tautología, se trata de un argumento substancial.

Para la lógica formal tradicional un argumento no puede ser substancial y conclusivo. Siempre es cuestionable la garantía de un argumento substancial. Sólo los argumentos analíticos son concluyentes. Para Toulmin las cosas no son tan simples. Los argumentos analíticos pueden ser concluyentes o tentativos. Los argumentos concluyentes pueden ser analíticos o substanciales. En forma correlativa, decir «necesariamente» no es intercambiable con «deductivamente». Para el filósofo inglés, los argumentos analíticos son excepcionales por varias razones:

• Esconden la distinción entre una garantía de inferencia y el planteamiento de su soporte

• En ellos deja de ser importante la diferencia ente fundamento y garantía-soporte

• Verificar el soporte involucra verificar la conclusión

• Es imposible aceptar los datos y el soporte y al mismo tiempo negar la conclusión sin contradecirse

Formalmente válido y analítico, no son criterios de necesidad universal ni de corrección (soundness). La matemática pura es la única actividad intelectual cuyos problemas y soluciones están (relativamente, ya que se soportan en teorías argumentadas y en sujetos creadores) por encima del tiempo. Las soluciones matemáticas no involucran —de manera inmediata— estados substanciales.

En suma, Toulmin busca clarificar una serie de oposiciones básicas: analítico vs. substancial, formalmente válido vs. formalmente inválido, uso de garantías vs. establecimiento de garantías, conclusión necesaria vs. pretensión probable. Todo ello lo hace para fincar, a partir de ello, el contraste entre los valores y estándares del racionamiento práctico con relación a la lógica tradicional.

Críticas a Toulmin

Entre las críticas reiteradas a Toulmin está la de que su discusión sobre la no relevancia de lo formal es discutible. Se refuta en particular su afirmación de que los criterios que fundan la validez dependan del dominio considerado. Sin endosar tal punto de vista, hay que señalar con mucha claridad dos cuestiones al respecto: si es discutible o no, no debe impedir valorar y criticar lo principal, que es la propuesta pionera que el filósofo inglés hace para tratar de entender la argumentación «natural» y su lógica; en segunda instancia, la aplicación de la lógica moderna a la argumentación es una tarea que no se le puede pedir sólo al autor, ya que es labor de mucho tiempo y de numerosos investigadores que han desarrollado tras largos esfuerzos la lógica del malentendido (Naess y Williams), la teoría de juegos (Hintikka, Krabbe), la lógica propedéutica (Lorenzen), la dialéctica formal (Barth, Krabbe, Lorenzen) o la lógica natural basada en las clases mereológicas de Lesniewski (Grize, Vignaux y otros), por citar algunos ejemplos clave.

Se ha criticado mucho el esquema de Toulmin, en ocasiones con razón. Pero hay también críticas falsas. Así que es recomendable distinguir las críticas valiosas de las lecturas sesgadas —por supuesto, sesgadas para nosotros—, las que sólo desarrollan lo que ya el propio autor reconocía y las que han pensado en su esquema como algo acabado, a diferencia de lo que el propio autor planteaba. Estos últimos no han respetado el espíritu abierto de Toulmin, que decía en las primeras líneas de su ensayo: «El propósito de estos estudios es levantar problemas, no resolverlos; atraer la atención hacia un campo de investigación, más que inspeccionarlo de manera completa; y provocar discusión más que servir como un tratado sistemático».14

Así por ejemplo, Habermas15 sostiene que Toulmin se contenta para la lógica de la argumentación con el tercer plano de abstracción; es decir, el del producto. Su afirmación es insostenible si ha de aceptarse con toda su fuerza. Según hemos detallado, el filósofo inglés concibe su esquema como resumen de la lógica de ciertos «pasos» (steps) o fases de un procedimiento dialéctico (mayéutico) de preguntas, respuestas y cuestionamientos. Construye su teoría en oposición al modelo aristotélico del producto silogístico. Estos pasos, para Habermas, son sólo institucionales. Según él, únicamente distinguen en lo procedimental el modelo de organización consensual o conflictual y en cuanto al proceso se ocupan de los contextos de acción funcionalmente especificados.

Habermas valora en el planteamiento de Toulmin el hecho de que «permite una pluralidad de pretensiones de validez, sin necesidad de negar a la vez el sentido crítico del concepto de validez, que trasciende las restricciones espacio-temporales y sociales». Aunque no distingue las pretensiones convencionales y las pretensiones universales de validez.16 Adolece «de una falta de mediación convincente entre los planos de abstracción que representan lo lógico y lo empírico».17 Afirmación ésta última que remite a la distancia entre el tipo lógico y el campo sociológico. Sin embargo, si se toma en sentido fuerte, niega en forma injusta el sentido de todo el trabajo de Toulmin, que se dedica a recuperar la forma lógica aristotélica y a complicarla para dar cuenta de lo empírico, aunque ciertamente se queda en un empírico idealizado, no tomado de las argumentaciones cotidianas concretas (es decir, sus ejemplos no son naturales). Sin embargo, esta última cuestión no es substantiva, ya que basta con aplicar su esquema a argumentos reales y cotidianos para superar la dificultad.

Habermas mismo sostiene que Toulmin no aclara si los campos sólo pueden deslindarse funcionalmente (sociológicamente) a partir de criterios institucionales o si también pueden y deben deslindarse en términos de la lógica de la argumentación. Toulmin —dice Habermas— confunde las formas de argumentación y la diferenciación institucional de distintas empresas racionales.18 Cuestión que es importante, pero que en realidad Toulmin apunta y sugiere: en cuanto a lógica como esquema formal no hay diferencia; en cuanto a criterios de modalidad, validez, modos de pasar del soporte a la garantía y fuerza específica, sí hay cambios. Toulmin define el campo de modo sociológico para comprender luego su funcionamiento lógico y los criterios de justificación que entraña; habla de «tipo» y «fuerza lógica» según el campo y sujet, así como de lógica en la historia del campo. Es cierto, sin embargo, que en Toulmin hay una tensión no resuelta entre el campo sociológico y el campo lógico.

En realidad, Habermas, el dialéctico racional del consenso, paradójicamente, por más que adopta elementos de la reflexión del filósofo de habla inglesa y que critica con tino varios puntos, recurre a una confrontación polémica contra Toulmin que por momentos deforma su punto de vista. Su posición desborda la reflexión serena y correcta porque es un universalista racionalista y objetivista, tratando de zanjar diferencias con una noción de validez que, me parece, considera «riesgosa» en lo ideológico, no sólo imprecisa.

Van Eemeren y Grootendorst estudian con detalle a Toulmin pero terminan por hacer un juicio lapidario de él. Pese al enorme respeto que se merece el trabajo de van Eemeren y Grootendorst y a la validez de su preocupación por situar los argumentos en el marco de la comunicación, de desarrollar la pragma-dialéctica, se equivocaron por entero en estas observaciones tajantes de descalificación de Toulmin. En primer lugar, critican la imposibilidad de aplicar el modelo toulminiano al discurso cotidiano. Sin embargo sobran ejemplos de aplicación de su modelo en todo el mundo (en Plantin, por ejemplo, y en Gutiérrez, en el caso de México) particularmente de su esquema simple (fundamento-garantía-pretensión). En segundo lugar, se equivocaron los autores holandeses al pretender que el esquema toulminiano puede llegar a reducirse a una simple forma silogística. Afirman, de modo demasiado simple, que «es imposible definir en qué consiste el “dato” y la “garantía”; salvo en ciertos ejemplos seleccionados, es, en la práctica, imposible de distinguir los dos tipos de enunciados. Concretamente, eso reduce el modelo a una variante del silogismo —o del entimema, ya que la garantía permanece implícita».19 Es casi como decir que si a un cubo se le quitan cinco lados, en realidad el cubo es un cuadrado, operación reduccionista típica y también falsa: a partir de la idea de que algo es con frecuencia indistinguible, se toma como indistinguible siempre; a partir del hecho de que una premisa suela no expresarse, se sugiere que no tiene valor el hecho de que se considere la posibilidad de su explicitación en el proceso dialéctico; sólo ya reducidas de manera falaz las diferencias y siendo desconsiderados otros muchos factores de separación entre Toulmin y Aristóteles (la indistinción en la premisa mayor de la garantía y el soporte, la diferente preocupación dialéctica, la aparición de la modalidad y la reserva en el modelo del filósofo inglés) pueden compararse el esquema argumentativo y el silogismo de manera tan cruda, por más que como hemos dicho se asemeje al epiquerema romano. De hecho, los autores holandeses se hacen seppuku, ya que las reglas básicas de su modelo ideal son aún menos distinguibles como tales, en pureza, en ninguna discusión. Van Eemeren y Grootendorst afirman además que Toulmin plantea que la validez no depende de la forma procedimental, lo cual no es cien por ciento cierto, ya que, como dice Habermas,20 las argumentaciones en este autor deben su racionalidad al núcleo común del esquema procedimental argumentativo en torno al cual se presentan, eso sí, diversos criterios de validación de acuerdo al campo. La razón para el filósofo es procedimental y atañe a todos los campos. La validez se tiene que medir contra el procedimiento dialéctico y contra la racionalidad del discurso en el contacto entre el nivel mínimo de la proposición, el nivel micro del esquema y el nivel macro del discurso como totalidad.

Aunque no coincidimos con las críticas de la escuela holandesa a Toulmin es un hecho que resulta en ocasiones complicado decidir la reconstrucción de una argumentación a partir de su esquema. De ahí que postulemos la necesidad de, sin desecharlo en ciertos casos, contar con una visión más amplia de todo aquello que soporta un punto de vista en un discurso.21

Otras observaciones tienen mayor afinidad con Toulmin. Vamos a enumerar algunas de ellas. Burleson22 sostiene que el autor no precisa de forma explícita la diferencia crucial entre decisiones alcanzadas por consenso no garantizadas y decisiones alcanzadas consensualmente garantizadas. Habermas retoma esta idea y plantea que el filósofo inglés no distingue entre pretensiones convencionales dependientes de los contextos de acción y pretensiones universales de validez. Es decir, se plantea con claridad el problema crucial de la verdad y la validez, de lo universal y lo relativo, así como las diferenciaciones internas en las formas de argumentar que revisaremos al exponer las tesis propias de Habermas de modo más detallado. Sin embargo, cabe mencionar aquí, que se debe comprender que para Toulmin —como anota Plantin— la verdad de un enunciado es secundaria con respecto a la racionalidad de un discurso como red compleja. Su aproximación al problema de la validez está en la frontera de los enfoques clásicos: no es retórica (no se funda en la adhesión del auditorio) pero tampoco es lógica en sentido puro. Yo no diría que es relativista en su sentido corriente, pero ciertamente, al considerar los campos no es tampoco universalista lato que busque la razón verdadera por encima de cualquier variación. Plantea la universalidad de la forma procedimental y la relatividad de los criterios que fundamentan las garantías. Su visión en realidad es valiosa porque introduce en la discusión sobre la validez el elemento de la historia y la sociología junto al de la lógica: la validez atañe también a los criterios aceptados en los campos en un momento dado.

En oposición a Habermas, W. Klein emprende la crítica de Toulmin desde la razón retórica. Critica el hecho de que existe una distancia entre el modelo y la argumentación real por estar demasiado cerca todavía de la lógica: «el esquema de Toulmin está en cierto modo más próximo a las argumentaciones reales que a los planteamientos formales que él critica, pero es un esquema de la argumentación correcta; Toulmin no investiga de manera empírica cómo argumenta la gente en realidad».23 Esto es muy cierto si pensamos tan sólo en los ejemplos toulminianos, que no son típicos de aquello acerca de lo cual argumentamos en la vida cotidiana. Nadie argumenta como lo hace el proponente de los ejemplos clásicos del autor ni sobre los temas que toma de ejemplo. Gilbert se ha preguntado si la razón para escoger esos ejemplos fue su subyacente corrección inductiva. En el mismo sentido, Habermas24 sostiene —con más justeza que en las otras observaciones citadas— que el filósofo inglés no empuja con suficiente decisión la lógica de la argumentación hacia los campos de la dialéctica y de la retórica, aunque tampoco Habermas mismo toca esta última.

Hastings,25 al tratar los problemas planteados por Toulmin, distingue tres tipos de razonamiento, que vamos a encontrar en otros autores que vuelven sobre esto con ciertos matices:

• Verbal ejemplo, criterios, definición: basados en los símbolos

• Causal signo, causa y evidencia circunstancial: generalización causal

• Prudencia comparación, analogía, testimonio

Al parecer, desde diversos frentes se habla de lo lingüístico y semiótico de diversas maneras, se presenta un interés por la inteligibilidad. Asimismo, se distingue la justificación causal, cercana a la explicación y la justificación abierta de la similitud (comparación, analogía) y la función de «evidencia» del testigo, asociadas bajo el concepto clásico de «prudencia» (frónesis).

Goodnight26 y Willard27 han adoptado y desarrollado el concepto de «campo del argumento». Goodnight28 afirma además que hay situaciones comunicativas en que se necesita justificar el paso de S a G; es decir, en estos casos, la garantía no es aceptada inmediatamente por la autoridad de S. Esto no es de extrañar. Para nosotros, el esquema básico de Toulmin puede volverse más complejo en el sentido de que hay fases de iteración. Puede incluirse todo un proceso completo de argumentación para justificar el fundamento o para justificar el paso del soporte a la garantía, que entonces sería un paso homólogo al del esquema argumentativo básico. En este caso de justificación del paso del soporte a la garantía, se habla en realidad de la garantía como una especie de conclusión previa a la justificación de la pretensión central. En ocasiones, cada elemento del esquema es discutido y negociado en la práctica:

FIGURA 12. LA ITERACIÓN DEL ESQUEMA DE TOULMIN


Plantin explora la trascendencia de la noción de garantía y su significado lingüístico como lugar, como ley de paso y principio de pertinencia que asegura la influencia del primer elemento o argumento sobre el segundo o conclusión. Para él, con justeza, la interpretación tópica de la garantía (es decir, la garantía es un tópico, un lugar común) muestra un lazo importante entre la argumentación moderna y la tradición retórica29 punto en el cual coincide la apreciación de Bird. Plantin30 agrega que Toulmin pone en escena al Aristóteles de los Tópicos dialécticos contra el Aristóteles de los Analíticos lógicos.

Para algunos, el modelo toulminiano versa sobre el silogismo retórico, no sobre el dialéctico. Su preocupación sobre el campo y el contexto es una preocupación de orden retórico, que se corresponde en cierto modo con la reflexión más clásica que atañe a los auditorios. Así, Brockriede y Ehninger31 proponen también una interpretación retórica del modelo toulminiano, aplicado al discurso cotidiano. Retórica que de alguna manera está en ciernes en Toulmin al aceptar la variabilidad y la dependencia del campo:

• Relación entre nosotros y las cosas del mundo (concepción retórica del logos)

• Emociones, valores, deseos y motivos que pueden hacer P aceptable para el devenir (un pathos en sentido amplio)

• Confiabilidad de la fuente de la que se toman los datos (en ocasiones un problema del ethos, es decir, de la persona que emite el argumento)

Brockriede y Ehninger avanzan también en la solución del problema planteado por Burleson y Habermas. Muestran que las garantías fundan los «tipos de pruebas» y nos llevan al problema de la tipología de las argumentaciones ordinarias, como bien afirma Plantin. Las argumentaciones que proponen estos autores son tres: substantivas (por la causa, el signo, la generalización, el paralelismo, la analogía y la clasificación), de autoridad y las extraídas de los motivos o deseos de una persona; nótese que la primera remite a esquemas de justificación del logos (la palabra, la razón, la lógica), la segunda remite al ethos (el carácter del argumentador) y la tercera al ethos y pathos (las pasiones del orador y aquellas a despertar en el auditorio). Ellas pueden ser puestas en correlación con algunas de las preguntas (las cuestiones) que subyacen a las argumentaciones: sobre la existencia (¿existe x?), la definición (¿qué es x?), la evaluación (¿cuál es el valor de x?) o la recomendación para la acción (¿qué conviene hacer a propósito de x?). Esto es interesante, vincula el esquema argumentativo y la cuestión (quaestio) a la que remite, como en el estudio de los inicios (status) en la retórica romana.

Otros puntos clave de la propuesta de Toulmin sujetos a cuestionamiento por el estudioso de la lógica informal Ralph Johnson32 son los siguientes:

• Vaguedad de términos clave: ambigüedad de la noción «campo del argumento», que es referido a tipo, a campo, a tópico o a disciplina; cuestión que puede ser resuelta si se piensa que todos estos términos remiten a niveles del contexto que hace variar los criterios de validez

• Válido y validez remiten a distintos conceptos: lógica, fuerza lógica, defendible, bien fundado (well grounded), convincente (cogent), bueno o aceptable (asunto que parece indicar más bien que para Toulmin no sólo es «válido» lo «lógicamente válido» en sentido estrecho)

• Al agregar el elemento modal, el esquema de análisis introduce la evaluación del argumento, que es un asunto un tanto diferente al esquema básico; es decir, hay que saber distinguir el carácter de cada elemento del esquema

• El esquema no es de un micronivel. El empleo de S hace pasar de la argumentación simple a la compleja; o sea, es necesario concebir el esquema simple y su desarrollo complejo

• Existen dificultades para distinguir F y G. En la realidad F no remite sólo a hechos sino también, por ejemplo, a una pretensión normativa o enunciados contrafácticos. Es mejor entender los términos de otra manera: F = información factual y específica; G = proposiciones generales, en forma de regla (interpretación que no parece discordar en mayor medida de varias notas de Toulmin)

• No es conclusivo el que la validez formal no sea relevante, cuestión que ya comentamos y que considero debe interpretarse como sigue: la validez formal es relevante, pero no en forma exclusiva e independiente del contexto, verdad en la que la propia lógica informal reciente coincide al aceptar que un error formal, una falacia, no puede ser juzgada fuera de su contexto

• Faltan criterios para juzgar si la garantía es explícita y precisa

Johnson hace además muchos otros señalamientos que muestran la necesidad de pensar en problemas analíticos, como la imposibilidad de cubrir muchos de los pasos del modelo toulminiano cuando lo único que tenemos es el argumento y no podemos interactuar con el argumentador. También presenta preocupaciones prácticas para la crítica de los argumentos. Es el caso de la necesidad de escardar algunos de ellos, separándolos de la confusión para poder comprenderlos. De cualquier manera, el propio Johnson, uno de los críticos más severos de Toulmin plantea que el autor tiene aspectos resca-tables en los cuales coincide con varios otros analistas:

• Atrajo la atención a los esquemas, similares a los lugares comunes (topoï) griegos

• Trata adecuadamente diferentes clases de soporte dependientes del campo

• Rechazó los criterios universales de evaluación. Los argumentos «son dependientes del campo», aunque, como se ha repetido, no es rigurosa la definición de qué es un campo

A pesar de las críticas y precisiones, Toulmin continúa siendo una inspiración alternativa a la lógica formal y una propuesta para comprender los argumentos de validez material. Su esquema es un punto de referencia en la lógica informal y el análisis del discurso, aunque su aporte no debe ser usado acríticamente sino reformulado a partir de todas las observaciones que se le han hecho. Toulmin es también valioso, según hemos dicho ya, porque renuncia de modo explícito a las palabras «lógica» y «significado» cuando se trata de analizar argumentos en lengua natural, se preocupa por el sentido contextual de los modales y por los «usos» en plural de la argumentación, por lo que forma parte ya decisivamente del giro pragmático de la argumentación, bajo la égida de la «filosofía del lenguaje ordinario» de Austin, Hare, Urmson, Wisdom y Ryle.

El desarrollo de la idea de Toulmin

Además de las críticas y aportaciones citadas con relación a Toulmin, me gustaría considerar otros puntos de interés. En primer lugar, no puede permitirse que se siga repitiendo que no hay una visión dialéctica y de proceso en Toulmin. No hay una dialéctica plena de argumentación-refutación que sería deseable (sólo aparece la huella de la refutación en R) pero, a mi parecer, en su modelo subyace de manera nítida una mayéutica mucho más «natural» que las antiguas e incluso que algunas dialécticas modernas (a pesar de que sus ejemplos nos son naturales, sino muy forzados, según hemos comentado). Esta manera de interpretar a Toulmin recuerda mucho a la lógica-dialógica hindú en la cual el esquema se construye en la comunicación:

• Proponente: Pretensión (P): «Harry es británico»

• Oponente: ¿En qué te fundas para sostener eso?

• Proponente: Con sustento en que «siempre que A, uno ha encontrado que B» (F): «Vi su acta de nacimiento, Harry nació en Bermudas»

• Oponente: ¿Cómo llegas a eso?

• Proponente: Dado que «Siempre que A, uno puede considerar que B» (G): «Un hombre nacido en Bermudas es por lo general británico»

• Oponente: Eso no se da siempre

• Proponente: Bueno, se da a menos que... (R) «se haya naturalizado estadounidense o sus padres sean ambos extranjeros»

• Oponente: No me parece 100% seguro

• Proponente: Bueno, «presumiblemente» (M)

• Oponente: Pero, ¿por qué en lo general tendría que aceptarse la autoridad de esa regla?

• Proponente: Por las siguientes consideraciones (S) «legales y los siguientes estatutos»

En segundo lugar, el esquema debe ser juzgado como una propuesta pionera. Es claro que su esquema puede ser complicado mediante iteraciones, como lo sugerimos a partir de la propuesta de Goodnight. También es claro que es un modelo centrado en el proponente, a pesar de que el autor quería poner el acento en el diálogo frente al monólogo. Ello era algo lógico-históricamente necesario, como diría Hegel. Ahora bien, tal limitación hace su modelo muy útil para comprender la presencia del oponente en el discurso proponente. En tercera instancia, al tratar el problema del campo sociológico se requiere incorporar los aportes ya existentes en distintas disciplinas. Nosotros entendemos en este sentido el concepto de campo de acuerdo con la visión sociológica de Pierre Bourdieu33 y el aporte discursivo de Michel Foucault.34

Un campo sociológico se constituye por un capital común y la lucha por su apropiación, lo cual provoca que los criterios de validez e interpretación —a diferencia de lo que plantea Toulmin— no sean en ciertas ocasiones compartidos. Funciona conforme a reglas y convenciones móviles que constituyen un aspecto de su identidad y de la batalla entre las posiciones ortodoxas de conservación y las heterodoxas de subversión. Esta visión dinámica permite comprender por qué nos enfrentamos con frecuencia a diferentes criterios, estándares y lecturas de los argumentos.

En la sincronía, el campo es un espacio de posiciones. En la diacronía se constituye por un conjunto de trayectorias. En ambos casos se pone en juego el volumen y la distribución del capital cultural de acuerdo con la economía, la cultura y lo simbólico.

Mostraremos el concepto a partir del mismísimo campo de la teoría de la argumentación como ejemplo. Diremos que el campo de la teoría de la argumentación se presenta como un espacio estructurado de posiciones teóricas clave: lógicas, dialécticas, retóricas, erísticas y lingüístico-discursivas (estructuralistas, pragmáticas, discursivas y hermenéuticas) si se piensa en las subdisciplinas del campo; pragma-dialéctica, lógica informal, pensamiento crítico, nueva retórica, argumentación en la lengua y lógica natural, si se toman en cuenta algunas de las escuelas más importantes. El campo tiene una historia común de dos milenios y medio. Cuenta hoy con medios especializados (v.gr., las revistas Argumentation, Informal Logic, Philosophy and Rhetoric, Argumentation and Advocacy y, desde 2000, incluso una revista virtual en internet), congresos (centralmente el celebrado cada cuatro años en Amsterdam, sede de la pragma-dialéctica) y asociaciones (International Society for the Study of Argumentation, Ontario Society for the Study of Argumentation, Association for Informal Logic and Critical Thinking, American Forensic Association han sido algunas de las más destacadas en el ámbito de habla inglesa). Los estudiosos de la argumentación se reconocen a sí mismos como parte del campo y, de acuerdo con su habitus, saben cómo participar en la discusión sobre descripción y norma, dialéctica y retórica, razón y emoción, polémica y cooperación, criterios de validez, alternativas de esquemas de argumentación, propuestas de reconstrucción argumentativa, etcétera. En una visión dicotómica (que en realidad no se presenta como tal, ya que distintos sujetos mezclan elementos de las distintas posiciones) el campo es dominado en niveles cuantitativos y económicos por los ortodoxos, dialécticos, normativos, reduccionistas y racionalistas. La subversión emerge del lado de los teóricos de la descripción discursiva extensa, la emoción, el conflicto, la multimodalidad y lo no verbal.

En tanto un campo como el de la argumentación constituye una disciplina, comparte algunas verdades y errores básicos, un plan de objetos a ser investigados, así como un horizonte teórico.35 Los errores y verdades de base son producto del devenir histórico y, por lo tanto, cambiantes. Entre ellos, son hoy cuestionables —desde nuestra perspectiva— el carácter necesariamente proposicional de la argumentación, la exclusión de lo paraverbal y no verbal, la minimización del conflicto y la separación de las emociones. El plan de objetos es aquello de lo que hablamos en forma aceptable en un momento dado de la historia, lo decible. El horizonte teórico dominante es el del racionalismo lógico dialéctico y nuestro trabajo busca equilibrar y completar este horizonte con los aportes retórico erístico y lingüístico discursivo, que han cobrado relevancia en los últimos lustros. Las relaciones de fuerza entre las instituciones más poderosas (ISSA a nivel mundial, la OSSA en América, las redes de contacto entre los teóricos de lengua francesa o alemana) definen la estructura del campo, el cual no está integrado por completo debido a que existen distintas posiciones lingüísticas, filosóficas, teóricas, empíricas y tradiciones encontradas de cada país. Así, con el mismo ejemplo de la argumentación podemos ver que el estudio de un campo requiere que en la teoría de la argumentación se considere:

• La historicidad de la verdad

• El horizonte teórico desde el cual se juzga y las posiciones teóricas clave

• El plan de objetos desde el cual se construyen los datos, se conforman los argumentos y se juzga su validez

• El poder asociado a la posición y las relaciones de fuerza respecto a otros argumentadores, así como la manera en que las relaciones de fuerza social se traducen en relaciones de fuerza argumentativa

• La cultura, los medios especializados y el habitus en los que se inscriben los argumentos, el procedimiento, el proceso y los argumentadores

En cuarto lugar, al repensar la aportación toulminiana hay que reconsiderar su preocupación por las modalidades, que me parece central. A diferencia del momento en que Toulmin escribió su obra, hoy en día muchos de los elementos modales pueden ser estudiados con gran eficacia. Ya sea esto en el sentido formal restringido de las lógicas modales modernas: óntica (del ser), deóntica (del deber), temporal, optativa, epistémica (del conocimiento), etcétera; en el sentido de las modalidades semióticas o en el de las que son de forma expresa argumentativo-discursivas (Charaudeau y otros).

En quinto, se requiere retomar la discusión sobre la validez del argumento considerando la diferencia de objetivos de las distintas subdisciplinas argumentativas (lógica, dialéctica, retórica, erística y lingüística) así como los modos de los argumentos (lógico, emocional o intuitivo).

En sexto y último sitio, según hemos ya sugerido, el dato casi nunca es evidente, resulta afectado por la lenguacultura y la teoría, las cuales permiten o impiden ver algo y lo ven de cierto modo.

En fin, es necesario concluir que Toulmin ha sido puesto en cuestión pero permanece a través de sus múltiples críticas y transfiguraciones. Unos le reclaman no ser suficientemente lógico y universalista, otros le reclaman no ser suficientemente retórico y relativista. La salida para avanzar, creo yo, no está en Toulmin ni en sus críticos. Si bien los errores, tensiones e imprecisiones pueden ser superados, la cuestión de fondo está en saber qué es lo que se quiere, a qué nivel y para qué. La lógica es perfectamente válida para analizar y criticar argumentos en sentido puro y claro en un aspecto puntual. La dialéctica crítica es útil en ámbitos de no poder y de seguimiento normativo de procedimientos racionales de discusión abierta. Y la retórica es indispensable para comprender la operación de los argumentos en los distintos campos sociológicos y ante públicos concretos.

Más justo sería reconocer el papel pionero de Toulmin: estableció el esquema general de la argumentación; dio un primer impulso al estudio argumentativo lógico en una perspectiva mayéutica como primer paso hacia la dialéctica clara proponente-oponente; planteó la preocupación retórica de los campos, los sujets y los lugares comunes que permiten validar nuestras pretensiones; introdujo las nociones de reserva y modalidad; estableció ejes problemáticos de debate y estudió argumentos inductivos aunque sin asentarse todavía de lleno en la argumentación natural.

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22 ekim 2025
Hacim:
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ISBN:
9786079465568
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