Kitabı oku: «Hombres y glorias de América»

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Enrique Piñeyro

Hombres y glorias de América


Publicado por Good Press, 2022

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EAN 4057664152541

Índice

CAPÍTULO I. Tentativas de conciliación antes de 1850.

CAPÍTULO II. El sucesor de Webster en el Senado.—Ley sobre los esclavos huídos.—Cuestión de Kansas.—Discurso de Sumner y sus consecuencias.

CAPÍTULO III. "La cabaña del tío Tomás"

CAPÍTULO IV. Formación del partido republicano.—Convenciones nacionales.—Frémont, Douglas, Buchanan.—Elecciones de 1856.

CAPÍTULO V. El negro Dred Scott ante el Tribunal supremo

CAPÍTULO VI. Desacuerdo entre ambas ramas del Congreso sobre la admisión de Kansas.

CAPÍTULO VII. Campaña electoral en Illinois. Lincoln y Douglas.

CAPÍTULO VIII. Duelo de oradores.

CAPÍTULO IX. Proyectos de anexar la isla de Cuba.

CAPÍTULO X. John Brown.

CAPÍTULO XI. Campaña de 1860 Lincoln presidente de los Estados Unidos.

CAPÍTULO XII. La Víspera de la guerra civil.

JOSÉ DE LA LUZ Y CABALLERO

I

II

III

IV

V.

LA VIDA DE SAN MARTÍN, POR MITRE

J. L. MOTLEY

ANDRÉS BELLO

UN "REPORTER" DE COSAS DE AMÉRICA EN EL SIGLO XV PEDRO MÁRTIR DE ANGLERÍA

JOSÉ MARÍA HEREDIA Y LA ANTOLOGÍA DE POETAS HISPANO-AMERICANOS DE LA REAL ACADEMIA ESPAÑOLA

ABRAHAM LINCOLN

EL "CENTÓN EPISTOLARIO" Y LA CRÍTICA AMERICANA

Nota

ÍNDICE DE NOMBRES Y TÍTULOS

ÍNDICE DE MATERIAS

CAPÍTULO I.
Tentativas de conciliación antes de 1850.

Índice

La historia política y constitucional de los Estados Unidos de la América del Norte se desenvuelve durante largo período en dos direcciones principales; puede decirse que se concentra en dos problemas capitales, cuyo planteamiento y progresivo desarrollo va rápidamente despertando el más palpitante interés, hasta llegar á una solución violenta y definitiva en medio de los horrores de una guerra civil, sangrienta y destructora, como se recuerdan muy pocas otras en los anales de la humanidad.

Esas dos cuestiones esenciales son: la extensión del área organizada de la república con objeto de abrir el ancho campo indispensable al portentoso engrandecimiento de su riqueza y población, y la lucha entre los partidos políticos por consentir ó prohibir en los territorios nuevamente anexados, ó en los nuevos estados que sobre ellos pudieran constituirse, la esclavitud de la raza negra, tal como existía desde antes de la independencia de los trece primeros estados, y tal como implícitamente lo reconocía la Constitución soberana é intangible del país.

A medida que han ido desapareciendo los actores que tomaron parte en las luchas reñidas nacidas de esas cuestiones y se han podido escudriñar los móviles verdaderos de sus actos y palabras; á medida que el trascurso del tiempo ha suprimido los obstáculos que cerraban el horizonte é impedían descubrir desde alto punto de vista toda la perspectiva, ha aparecido también, cada vez más indudable, más patente cada vez, la preponderante influencia que la cuestión de la esclavitud de los negros ha ejercido en la historia de los Estados Unidos desde la época en que los intereses agrícolas de las regiones del Sur, arraigados en el trabajo esclavo, se hallaron por la fuerza de las cosas en directa oposición al desarrollo industrial y mercantil de los Estados del Norte, fomentado por el trabajo libre. El lazo federal debió resistir á sacudidas, día por día más violentas, y si le ha sido lícito durar hasta el presente, si conserva la república los rasgos esenciales de su prístina apariencia, si continúa ante ella abierto magnífico y dilatado porvenir de engrandecimiento, fué primero necesario, en medio de terribles borrascas, atar más fuertemente y robustecer las ligaduras, muy á punto en varias ocasiones de romperse para siempre.

En 1820 votó el Congreso federal una ley, conocida en el lenguaje político con el nombre de acuerdo, ó Compromiso, del Missouri, en virtud de la cual quedaba matemáticamente fijado en la línea de los treinta y seis y medio grados de latitud Norte el límite que separaría perpetuamente las dos fracciones del país donde se consentía y donde se rechazaba el régimen de la esclavitud. Encima de esa línea ningún nuevo Estado podía entrar á formar parte de la federación, si su ley orgánica sancionaba la condición servil de una parte de los habitantes; y aunque explícitamente no se proclamase lo contrario al Sur de la misma, el bill, en concepto de todos, así lo daba por establecido: de ahí su nombre de Compromiso ó transacción.

Esa restricción geográfica impuesta á la esclavitud era un reproche grave y directo, aunque tácito, contra la naturaleza de la institución; los Estados del Sur pudieron soportarlo sin sentirse humillados ni agraviados, porque sobraba entonces tierra en todas direcciones por donde extenderse debajo del paralelo fijado, y porque sus jefes políticos estaban todavía muy lejos de poseer la energía y unidad de miras que después consagraron sin reposo á la defensa de sus intereses y á la satisfacción de sus deseos.

El primer choque ruidoso y en campo abierto, pero puramente dogmático todavía, entre ambas secciones contrapuestas, la primera tempestad de truenos y rayos que pasó por el cielo de la república, amenazando atacar la unión y disolverla desparramando sus elementos, ocurrió unos doce años más adelante, y nació inopinadamente de una cuestión de aranceles de aduanas, porque el Sur, como región agrícola y productora de primeras materias, de algodón y de azúcar bruto, de tabaco, de cáñamo y arroz, exigía en nombre de la equidad que los derechos de importación, al ser fijados por las Cámaras en Washington para toda la República, se ajustasen nada más que á las necesidades generales del presupuesto; mientras el Norte, como región principalmente de industria y comercio, solicitaba que por medio de altos derechos se protegiese la creciente prosperidad de sus manufacturas. Un hijo ilustre de la Carolina del Sur, que había ya sido Vicepresidente de la República, John C. Calhoun, alta figura en quien se concentra en la forma más digna de respeto y más completa cuanto hubo de bueno y cuanto hubo también de agresivamente egoísta en la política de esos estados agrícolas y esclavistas, excogitó una extraña teoría, que á su juicio se deducía naturalmente del pacto constitucional, y que otorgaba á cada estado de la Unión la facultad de negar el pase y la obediencia á las leyes promulgadas por la autoridad federal, en el caso de que infiriesen perjuicio ó causasen menoscabo á sus intereses esenciales. Cuando dentro de los muros del Capitolio brotó defendida por un senador del Sur esa siniestra teoría, precursora infalible de guerras y de duelos, fué inmediatamente refutada y demolida por Daniel Webster, senador de Massachusetts, en una oración magnífica, la más hermosa de su larga y brillantísima carrera, que por la importancia de su tema y el inflamado vigor de su argumentación ha sido por diversos críticos puesta en parangón con los más sublimes modelos del arte oratorio en Grecia y Roma[2].

Nadie ignoraba que Calhoun era el padre de la anárquica teoría expuesta por el senador Hayne, y mientras Webster mostraba irrefragablemente que en los flancos de esa doctrina política se escondía la guerra civil con todos sus horrores, muchos fijaron los ojos en Calhoun que, como Vicepresidente de la república, dirigía las sesiones del Senado, aunque sin tomar parte en los debates, conforme dispone la Constitución. Pero al ardor de sus convicciones no podía bastar que otro se encargase de exponerlas y defenderlas. Poco después dimitió la Vicepresidencia, aceptó el cargo de senador del Estado en que nació, la Carolina del Sur, cuyos intereses políticos y morales eran su religión, para sostener por medio de la palabra, con el acento de pasión severa y solemne que daba alguna vida á su austera elocuencia, el derecho, ya antes defendido con la pluma, de anular por medio de las legislaturas de los Estados los acuerdos del Congreso federal. La Carolina llegó hasta á fijar de antemano una fecha para iniciar su rebelión constitucional; pero el primer magistrado de la república, el general Jackson, el más violento y agresivo de los hombres, que alimentaba por la patria federal, por la Unión, amor tan sincero y ardiente como el de Calhoun por su patria local, por su Estado, pidió en el acto al Congreso facultades extraordinarias para extirpar con mano de hierro el nido de traiciones que se agitaba en la Carolina.

Era demasiado temprano para que osara el Sur provocar la guerra civil con la menor probabilidad de mantenerla siquiera un breve espacio. El temple militar de Jackson infundió terror en el corazón aun de los menos tímidos, y fué preciso retroceder para evitar un desastre definitivo. Acudió al socorro el senador de Kentucky, Henry Clay, el gran pacificador, como ya lo llamaban, por la prominente intervención que había tenido en el Compromiso del Missouri, y logró esta vez también, no sin trabajo, zurcir una nueva transacción, disminuyendo gradualmente en plazos fijos los derechos de aduanas, con lo cual se disipó el ominoso nublado, y por un poco de tiempo los ánimos parecieron aquietarse.

En los años inmediatos, terminada la turbulenta administración de Jackson, que fué Presidente durante dos períodos y gozó hasta el fin de inmensa popularidad, bastó á llenar la actividad política de Calhoun y sus amigos la preponderante influencia que á menudo lograron ejercer en Washington. Gracias á ella se consumó la anexión de Tejas y se llevó á cabo la guerra inicua contra Méjico, así como se proyectaron y prepararon otras empresas, todas con el fin único de agrandar el área en que podría extenderse la esclavitud de los negros. Pero esos hombres, acaudillados por el grave y tenaz senador de la Carolina, eran demasiado sagaces para no ver el formidable peligro que por diversos lados amenazaba á la institución "peculiar", piedra angular del grupo de estados cuyo porvenir tan ansiosamente defendían. Vanas resultaban con frecuencia ventajas ganadas á costa de esfuerzos inauditos. La senda por donde marchaban de triunfo en triunfo conducía fatalmente á una barrera insalvable, contra la que habían de estrellarse sus más caras esperanzas.

Después que la marcha misma de los sucesos colocó en abierto antagonismo los Estados del Norte y del Sur, pudo por mucho tiempo la lucha, á pesar del rápido crecimiento en riqueza y población de los primeros y del lento progreso de los segundos, mantenerse sin excesiva desigualdad, merced á los privilegios que la Constitución había asegurado á unos en perjuicio de los otros. Los negros esclavos entraban hasta cierto límite en el cálculo de la población para determinar el número de miembros de la "Casa de Representantes" y del Colegio electoral; el Senado además, que por sus mayores prerrogativas y la mayor duración del mandato era depositario verdadero de los elementos de una política firmemente continuada, se componía siempre de dos senadores por Estado, cualquiera que fuese su tamaño y la cifra de sus habitantes. Por consiguiente la lucha política en la capital federal por la suprema dirección de los intereses generales, podía sostenerse con armas y probabilidades iguales mientras se guardase el equilibrio entre ambos grupos y tuviese cada parte número idéntico de senadores. Ese equilibrio, esa obra maestra de esfuerzo y habilidad, era la trinchera poderosa, inexpugnable, en que se defendía la esclavitud como institución, porque el miedo de tocar el arca sacrosanta de la Constitución y el riesgo colosal de trastornar, inundar de sangre y destruir la nación, daban al Sur aliados en el Norte para conservar intactas sus posiciones, incólumes sus privilegios.

Pero la historia enseña que raras veces un soberano, un grupo de hombres, un partido político, robustamente establecido al cabo de grande esfuerzo y venciendo todos sus adversarios, se ha contentado con la posesión tranquila del terreno conquistado en los primeros períodos, en los días en que por la novedad misma de la situación el triunfo ha sido fácil y la fortuna largo tiempo risueña. La inquietud del porvenir, la soberbia del presente desencadenan la ambición, la transforman en demencia y la precipitan en la ruina, como precipitó á Alejandro Magno, á la oligarquía senatorial de Roma, al imperio efímero del primer Bonaparte. Asimismo corría de jornada en jornada victoriosa á la catástrofe inevitable el partido, que compacto y marcialmente organizado constituía en quince estados de la Unión una verdadera aristocracia, y oprimía en dura servidumbre á más de tres millones de negros, que valían para la influencia política de sus amos como si fuesen dos millones de ciudadanos libres.

No satisfecho ese partido con proclamar que la esclavitud era una institución local, doméstica en cada estado, y que carecía el poder federal de la facultad de coartarla y aun de vituperarla, lo cual en la práctica nadie se aventuraba á contrariar; no contento con explotar y abusar de todos los recursos nacionales en pro de la defensa y sostenimiento de esa institución local, aspiró también á extenderla por los territorios adquiridos después de la guerra con Méjico; pretensión tan impolítica como cruel, tan injusta como inmoral, pues las leyes mejicanas tenían allí previamente abolida la esclavitud. Esto provocó nueva y violenta crisis de la nunca aplacada agitación; gritos y amenazas de desbaratar la Unión resonaron con más furia que antes, y fué preciso que se adelantase al proscenio otra vez el pacificador perpetuo, Henry Clay, ya bien cargado de años y padecimientos, y coordinase y defendiese con su probada destreza un tercer Compromiso, que arrancado por la arrogancia del Sur á la pusilánime incertidumbre del Norte, aplazó diez años solamente lo que Clay y otros muchos con él creyeron para siempre conjurado.

Cuando llegaron á la votación definitiva los artículos del Compromiso, en forma de otras tantas leyes diferentes[3], ya Calhoun había dejado de existir. En Marzo de 1850 tenía el gran campeón del Sur sesenta y ocho años, y se hallaba terriblemente depauperado por la dolencia pulmonar que de mucho atrás lo consumía; pero ansioso de tomar parte en el debate, como si adivinara lo brevísimo del plazo, de sólo cuatro semanas, que le otorgaba la enfermedad, pues debía morir el 31 del mismo mes,—y no teniendo fuerzas para alzar la voz y mantenerse de pie,—confió al senador de Virginia, Mason, el encargo de leer al Senado el discurso que había cuidadosamente escrito. Inmóvil en su asiento mientras Mason leía, parecía agravar y atestar con su rostro demacrado de anacoreta y los ojos lustrosos de fiebre las fúnebres predicciones que lanzaba en su arenga sobre el derrumbamiento y fin de la Unión, cuando, destruido el equilibrio de las dos secciones, juzgase el Sur en peligro sus derechos. También asistió tres días después á la memorable sesión de 7 de Marzo en que pronunció Daniel Webster un gran discurso sobre el mismo asunto, y en la que ambos viejos atletas, poco antes adversarios irreconciliables, se dirigieron mutuas expresiones de simpatía.

Ese discurso de Webster, pronunciado el 7 de Marzo de 1850 y titulado por él al imprimirlo: "La Constitución y la Unión", es famosísimo, inferior entre los suyos sólo á la réplica contra Hayne, aunque la iguala en dos ó tres momentos. Su efecto fué decisivo en favor del plan propuesto por Clay; sin el prestigio del hombre y el vigor de su elocuencia no hubiera seguramente logrado tanta mayoría entre los representantes del Norte. Pero en ese esfuerzo aventuró y sacrificó el orador la mejor parte de su reputación, el glorioso esplendor de su pasado, cuanto hasta aquel día lo había hecho ilustre y adorado de sus conciudadanos. Son y serán siempre muchos los que piensen que, al renegar el gran tribuno de todo lo que hasta ese momento había simbolizado en la política de su patria, pagaba á precio excesivamente caro la defensa de un acuerdo, que en realidad á nadie satisfacía. Su reputación sufrió los más rudos ataques, muchos de sus antiguos admiradores le volvieron la espalda, y el astro fulgente quedó envuelto en sombras negras y densas, que no se disiparon más, que eclipsaron su gloria durante los dos años de vida que le quedaban, y eternamente cubrirán ese período final de su existencia.

Cinco años antes de su fallecimiento, en Mayo de 1852, hizo Webster á un amigo esta declaración:—"He consagrado mi vida al derecho y á la política; el derecho es incierto y la política totalmente vana",—amargas palabras, que recuerdan otras pronunciadas por Simón Bolívar, también ya cerca del fin de sus días:—"La América es el caos, el que la ha servido ha arado en el mar." Son formas conmovedoras de un mismo sentimiento, gritos de dolor al término de vastas esperanzas defraudadas, de excelsas ambiciones cruelmente desairadas por la realidad de las circunstancias. Las profirieron en ocasiones algo parecidas dos seres extraordinarios, almas de orden excepcional, en quienes el equilibrio de las grandes facultades morales é intelectuales nunca por desgracia llegó á ser estable ni perfecto.

La confesión de Webster, tan llena de desaliento, precedió al último y más punzante desengaño de su vida pública. Había constantemente acariciado la ilusión de llegar á la presidencia de la república, y de sobra justificaban sus méritos y servicios esa que, en hombre como él, de tan grandes dotes personales, era modesta pretensión. Nunca había logrado ni siquiera ser designado como candidato oficial de su partido; pero después del discurso del 7 de Marzo que, á su juicio y á juicio de muchos, desenlazaba una situación inextricable, era natural que obtuviese el anhelado premio. Ese anhelo había sido para los que osaban llamarlo apóstata la sola explicación de su conducta. Desde el primer minuto apareció en la Convención como el más débil de los candidatos y sus amigos en pequeñísima minoría. Singular ingratitud, que si no le abrevió la vida, deprimió su trabajado organismo y preparó el terreno para la enfermedad mortal.

Henry Clay murió en Junio de ese mismo año de 1852. Durante las últimas discusiones del Compromiso, raras veces, y á muy largos intervalos, le permitieron sus males concurrir á las sesiones del Senado: ya entonces tampoco Webster asistía, porque había aceptado el puesto principal en el gabinete del presidente Fillmore. De modo que los tres aguerridos veteranos, Calhoun, Webster y Clay, salieron de la escena parlamentaria á un tiempo mismo, por así decirlo, dejando el campo libre á otros más jóvenes, menos fatigados combatientes.

En esos debates sobre el Compromiso de 1850 nunca hubo dos votaciones enteramente iguales; tratábase en efecto de realizar la conciliación de opiniones discordantes y tendencias francamente contrarias: era imposible disciplinar y conducir siempre unida la abigarrada falange que el caso requería. La admisión de California era una concesión al Norte, la ley sobre la persecución de esclavos huídos una satisfacción al Sur, y el aplazamiento de la dificultad en los nuevos territorios mejicanos el modo de acallar las exigencias de ambas secciones sin favorecer á ninguna. La supresión del tráfico, es decir, compra y venta, de esclavos en la ciudad de Washington agradaba á los abolicionistas, y el cebo de diez millones de pesos regalados á Tejas, que de todo fué lo que primero se votó y aprobó, aseguraba la adhesión de los tenedores de títulos de la deuda de ese Estado, los que, según fama pública, eran numerosos entre los miembros del Congreso y altos empleados de la capital[4].

El punto esencial del acuerdo fué la entrada de California como estado de la Unión; con ella quedaba la república compuesta de diez y seis Estados libres y quince con esclavos, desapareciendo por tanto el equilibrio trabajosamente mantenido hasta esa fecha entre las dos secciones. Hubo en el Senado treinta y cuatro votos en favor y diez y ocho en contra; de esta minoría se desprendió un grupo de diez, más intransigentes que sus compañeros, pues no contentos con emitir el voto, presentaron una protesta, que el Senado rehusó incluir en el acta, afirmando solemnemente su resuelta oposición á una ley, «cuyas consecuencias podían ser perdurables y fatales para las generaciones presentes y futuras».

Resalta entre esos Senadores recalcitrantes el nombre de Jefferson Davis, antiguo oficial, que iba á ser el ministro de la guerra de Pierce durante toda su presidencia, y que acreciendo año tras año su prestigio é influencia como el más hábil y tenaz de los jefes esclavistas, llegaría en 1861 á ocupar y desempeñar con tan enérgico cuanto infortunado patriotismo la dirección de la Confederación rebelde, y sobreviviría largo tiempo, sin doblar la frente ni desarrugar el ceño, á la ruina completa de su causa. Junto con él firmaron la protesta Butler y Barnwell, senadores ambos por la Carolina del Sur, el estado indómito en que se cultivaban y conservaban como en ardiente invernáculo las doctrinas que florecerían y fructificarían entre los horrores de la guerra civil; firmaron también los dos miembros de Virginia, Hunter, que llevó la palabra como principal responsable del documento, y su colega Mason, confidente de Calhoun, que por breve espacio haría mucho ruido al comienzo de la rebelión, porque apresado en alta mar á bordo de un buque inglés por un imprudente oficial de marina, estuvo á punto de producir indirectamente lo único por ventura capaz de haber salvado la causa confederada, la guerra entre la Gran Bretaña y los Estados Unidos. De los otros firmantes, senadores de Florida, Tennessee, Missouri, basta ahora mencionar á Soulé, de Luisiana, del que volveré á hablar, francés naturalizado, que brilló como orador aun enfrente de Webster y de Clay, á quienes sin miedo provocaba, fogoso diplomático, que hizo cuanto pudo por quitar á España la isla de Cuba, promoviendo hasta una guerra europea, si era necesario.

La voz de los diez irreconciliables se perdió sofocada en el tumulto de las votaciones; era no obstante bien claro indicio de lo inútil y estéril que al cabo resultaría la obra pacífica á que se consagraban los demás. Pero su agrio é importuno acento disonó en medio de la alegría natural de sentirse todos libres de la peligrosa y larga agitación que había precedido.

CAPÍTULO II.
El sucesor de Webster en el Senado.—Ley sobre los esclavos huídos.—Cuestión de Kansas.—Discurso de Sumner y sus consecuencias.

Índice

Un nuevo Congreso se reunió en Diciembre de 1851. La situación respectiva de los partidos continuó igual, dominando siempre en ambos cuerpos legisladores las ideas que inspiraron el Compromiso del año anterior. Pero en el Senado pudo notarse un síntoma ligero, cambio pequeño en la apariencia, de carácter muy importante en realidad. Hasta entonces sólo había penetrado allí un senador abolicionista, Hale, de New Hampshire, que tal vez no merecía el calificativo en el sentido sectario de la palabra, pero sin duda acérrimo adversario de la esclavitud. Su elección había sido anunciada por el gran poeta cuáquero Whittier con estas palabras: "que esa primera oleada de la futura inundación del Norte, al romper contra los muros del Capitolio, lleve allí por primera vez un senador antiesclavista". Enteramente solo desde 1847, poderosamente auxiliado dos años después por Chase, senador independiente que no reconocía trabas de partido en cuestiones de libertad humana, formaban ambos núcleo diminuto, al que se incorporaba ahora un hombre nuevo, Charles Sumner, de Massachusetts. Por dos razones era notable la entrada de este senador: porque acudía á ocupar precisamente el puesto donde por tantos años se había sentado Webster, quien vivía aun en ese instante y era principal ministro del Presidente de la República; y porque su reputación en Massachusetts comenzó por la enérgica reprobación con que había atacado las doctrinas á que se convirtió Webster al fin de su carrera, el Compromiso y la ley contra los esclavos. Formidable, inesperado combatiente, que bajaba al campo vestido de armas de otro temple y otra fuerza que las usadas hasta esa fecha, proclamando en la lucha contra la extensión y predominio de la esclavitud principios severos de moral, ideas de justicia absoluta, prescripciones de conciencia que no consentían ningún género de acomodamiento.

No sería, empero, exacto deducir de la elección de Sumner la prueba de que, en el importante estado que venía á representar, desaprobase una mayoría la conducta de Webster y rechazase el Compromiso de 1850. Todo lo contrario; Massachusetts, lo mismo que el resto de la República, aceptaba sin disgusto el arreglo, complaciéndole la idea de poner realmente término á las pertinaces desavenencias entre las dos secciones del país, de aguardar, evitada la necesidad de remedios violentos, que el curso del tiempo elaborase insensiblemente un cambio de circunstancias, y favoreciese al cabo la lenta extinción del antieconómico y ruinoso sistema de trabajo, que difícilmente se mantenía en los Estados del Sur. Sumner había ganado el puesto en virtud de una coalición accidental de grupos; debió, sin duda, la preferencia á sus conocidas opiniones sobre la esclavitud, y entraba en el Senado libre de toda traba que sujetara su marcha, sin más límite impuesto á sus palabras que el que su conciencia y respeto á la Constitución juntamente le dictasen; pero la masa del país, allí y en todas partes, sin prestar oídos demasiado atentos á la agitación, al llamamiento á nueva cruzada, que partía del púlpito de ciertas sectas religiosas avanzadas y del seno de las sociedades abolicionistas, esperaba después de todo un largo período de paz y tranquilidad.

Mas el Compromiso llevaba dentro de sí, por su propia esencia, gérmenes peligrosos que no tardarían en crecer y propagarse.

La aristocracia del Sur, envalentonada por el triunfo, por la inercia posterior de sus adversarios, por los aliados que de diversos lados se le ofrecían en el Norte, y más que todo por su propia intemperancia, había de precipitar los sucesos, abusar de la victoria, ahondar ella misma el abismo en que todo se despeñaría. En el Norte mientras tanto la aplicación de la nueva ley sobre los esclavos huídos, que era la parte del acuerdo que más íntimamente halagaba á los dueños,—porque satisfacía á un tiempo mismo su vanidad, sus intereses y el firme convencimiento de la justicia de su causa,—producía conflictos, desórdenes, motines sangrientos más de una vez, y era viva y constante recordación de los rasgos más duros, más crueles y odiosos del sistema.

La ley era verdaderamente terrible, y del inicuo axioma jurídico que hacía cosas, no personas, los esclavos, jamás se han deducido con tesón tan implacable sus últimas y más aflictivas consecuencias. Suprimía todas las garantías del venerando derecho inglés, el jurado y el habeas corpus; prohibía que se admitiese como prueba la declaración del perseguido; todos los ciudadanos estaban obligados bajo diversas penas á auxiliar los agentes de justicia en busca de esclavos prófugos; y para fallar no se requería más prueba que la declaración, oral ó simplemente certificada en copia, de dos testigos acerca de las señas generales del individuo que se buscaba; el procedimiento debía ser sumario, ejecutivo, sin recursos dilatorios de ninguna especie; y por este sentido otras disposiciones de idéntico jaez. ¡Calcúlese el terror que produciría edicto semejante entre los treinta mil negros[5] que vivían refugiados desde muchos años atrás en las ciudades del Norte, arraigados, con familia, y expuestos de súbito á verse perseguidos, rastreados como bestias salvajes por jaurías de feroces sabuesos, y devueltos entre cadenas á sus antiguos y enconados amos! ¡Imagínese también la cólera, la indignación que tal espectáculo despertaría entre los ciudadanos blancos, entre hombres y mujeres de la Nueva Inglaterra, habituados á tratar con mansedumbre hasta á los animales, y forzados á reconocer, á ser testigos de que bajo la constitución republicana de la nación considerada como la más libre del mundo se ordenaban, autorizaban y ejecutaban escenas de tanta barbaridad!

Crecieron y se multiplicaron al calor de esos sentimientos las sociedades abolicionistas, y la corriente de simpatía en favor de los negros esclavos aumentaba á ojos vistas en fuerza y en volumen, formando y educando así la opinión pública contra la institución; y bien se vió al sonar la hora crítica del combate, cuando se levantó robusta, compacta y resuelta á todos los sacrificios. Hubiera sido habilidad política por parte del Sur no exigir demasiado en esa cuestión, no abusar de los derechos que el Compromiso le reconocía, mas era inútil esperarlo de su excitable y excitado temperamento. El día en que pronunció Sumner su primer discurso importante en el Senado, atacó vehementemente la ley, haciendo resaltar sus aspectos más repugnantes; sus palabras, llenas del más sincero fervor, fueron juzgadas de trascendencia tal por Chase y Hale, que declararon ambos á una que señalaban el comienzo de una era nueva en la historia americana. Pero los representantes del Sur se hallaban tan lejos de comprender la gravedad de ese género de ataque, que apenas hubo terminado el orador se levantó un senador del estado de Alabama y dijo que esperaba que ninguno de sus amigos respondería al discurso "que el senador de Massachusetts había creído conveniente infligir sobre el Senado", y agregó, en tono que llegó por desgracia á ser bastante frecuente durante algún tiempo en aquel cuerpo respetable: "el frenesí de un demente puede á veces ser peligroso, pero los ladridos de un gozque nunca han hecho daño á nadie".[6] Y cuenta que la oración de Sumner, á pesar de su acento de apóstol exaltado, no se aparta en realidad del terreno político, y se reduce á pedir el empleo de todos los medios legales para mantener la esclavitud estrictamente dentro de los límites de la sección del país donde existía é imperaba, sin consentir ni extenderla, ni otorgarle, fuera de su recinto, ninguna nueva garantía, ningún otro privilegio.

Pero, como ya hemos dicho, continuaban en el Norte muy grandes y generales el ansia de paz y tranquilidad, el franco deseo de evitar desavenencias enojosas; el peligro mayor para el porvenir de la esclavitud y poder político de sus defensores no residía por tanto, ni en la hostilidad de una docena de senadores, ni en la propaganda religiosa, ni en los esfuerzos de las sociedades abolicionistas, por laudables y hábiles y enérgicos que fuesen. Eso muy bien lo sabían y sentían los jefes y aliados del partido esclavista, y ya lo revelan las posiciones de ataque, no de defensa, que en el acto ocuparon.

Apenas instalado Presidente de la república, el 4 de Marzo de 1853, un hombre relativamente oscuro, sin antecedentes políticos, Franklin Pierce, en quien confiaban hasta el punto de esperar su ayuda en las empresas que secretamente maquinaban, juzgaron oportuna la ocasión para restaurar y afirmar el incierto equilibrio entre las dos secciones, creando nuevos estados, donde la esclavitud pudiera ser establecida. La magna y riesgosa campaña, que en sustancia equivalía á echar abajo todo lo tan difícilmente ajustado en 1850, requería como general en jefe un personaje político del Norte, cuyo nombre é influencia cimentasen la alianza y adormeciesen la suspicacia de los tibios y los tímidos. Aceptó este papel Stephen Douglas, senador de Illinois, "el pequeño gigante", como le llamaban por su corta estatura y su proverbial habilidad en luchas é intrigas de partido, á quien espoleaban la inquieta actividad de un espíritu devorado por la ambición y la esperanza de ascender á la cumbre y asir la presidencia de la República. Consistía su plan en organizar dos nuevos territorios, Kansas y Nebraska, en las vastas y fértiles llanuras que se extendían al oeste del Missouri, entre ese río caudaloso y la gran cordillera de las montañas Rocosas, terreno admirablemente situado en el centro mismo del continente, crucero forzoso de las rutas por donde habían de pasar exploradores, emigrantes y colonos, en busca de las minas de oro de California y de las riberas del Pacífico, linde occidental de la república.

Insuperable obstáculo se presentaba, sin embargo, para que al llegar á constituirse esos territorios como Estados de la federación tuviesen la facultad de autorizar en su suelo el trabajo esclavo; hallábanse más arriba de la línea famosa de los 36°30' de latitud Norte, y un pacto solemnemente acordado y publicado por la generación anterior, sacrosanto y venerable casi como el mismo paladión constitucional, el constantemente invocado Compromiso del Missouri, había trazado para siempre ese límite, más allá del cual era vedado ir á la esclavitud. Calhoun, Calhoun mismo, á quien nunca arredraron las consecuencias de sus doctrinas, hubiera temblado quizás antes de atravesar ese Rubicón por mil motivos peligroso. Douglas no tuvo miedo, ni siquiera titubeó al tirar la suerte, y á su voz respondieron el Senado y la Cámara proclamando que la antigua y salvadora restricción geográfica sería de entonces en adelante nula y de ningún valor. Eso era, para usar un símil de Sumner calificando con su acostumbrado vigor la acción del Senado, sembrar los dientes del dragón por toda la extensión del país; y si no brotaban inmediatamente, como en la fábula antigua, hombres armados, ya fructificarían después entre el odio y la guerra civil[7].

El nuevo bill trastornaba completamente la política en los Estados Unidos; todos los sacrificios consumados, humillaciones del Norte, retiradas del Sur, acuerdos, transacciones, todo se borró, y apareció en completa desnudez la realidad de los intereses desencadenados. La división entre ambas secciones se ahondó tanto que no era ya posible ninguna transacción, que no podrían ya extenderse más la mano de un borde al otro del abismo que los separaba.

Por fortuna, poseía el sentimiento unionista en el Norte tan viva conciencia de su fuerza y su derecho, que ni entonces ni nunca provocó el rompimiento final, amenaza constante del partido adverso; y en ese año de 1854 soportó que fuese derogado el acuerdo del Missouri, y continuó la lucha en el terreno legal, bajo las condiciones mismas en que se la ofrecían. Kansas y Nebraska eran un desierto: había primero que poblarlo y colonizarlo, después sus habitantes decidirían, cuando se hallasen en capacidad de solicitar ingreso entre los estados de la Unión, la especie particular de constitución que habría de regir, autorizando ó prohibiendo la esclavitud. Si la contienda legal hubiera podido sostenerse con toda lealtad, el éxito en favor de la libertad no hubiese sido dudoso. Los emigrantes nunca iban al Sur á entrar en competencia con el trabajo servil, y como los Estados de Nueva Inglaterra aprestaron recursos abundantes para facilitar el establecimiento de colonos en los llanos de Kansas, no tardó en haber allí blancos suficientes para organizar municipios, reunirse y votar una constitución contraria á la esclavitud. Pero á tanto no podía resignarse el partido omnipotente en Washington; convencido de que para reforzar su vacilante situación le era indispensable aumentar de todos modos el número de defensores resueltos de la esclavitud, hizo concertar bajo sus auspicios entre el vecino estado de Missouri y el territorio de Kansas un movimiento de ida y venida, de entrada y salida, para acumular votantes cada vez que fuese necesario y anular uno tras otro todo acuerdo opuesto á sus deseos. Nació de ahí una situación nublada y revuelta, un estado perenne de confusión, de disputas y hasta de guerra, de verdadera guerra civil, con muertos, heridos, asaltos y batallas. Primer ensayo en teatro reducido de escenas trágicas, que más adelante habían de representarse en proporciones infinitamente mayores; desorden local, en un rincón lejano del país, que deshonraba la república á los ojos del mundo, pues nadie lograba descubrir la verdad ni fijar de qué lado estaban la razón y la justicia en medio de la enorme masa de detalles contradictorios que insertaban los periódicos, que autorizaban las mismas comisiones oficiales. Era en efecto demasiado evidente que el partido cuyas ideas dominaban en el Capitolio y en la Casa Blanca seguía tenazmente en Kansas la realización de un programa bien definido, y apenas disfrazaba su ardiente empeño de cubrir y defender los atentados que diariamente se cometían.

La mayoría del Senado, tan fiel como numerosa y compacta, mantenía firme la alianza entre Douglas y los adalides del Sur. Butler, de la Carolina, y Mason, de Virginia, sucesores ambos de Calhoun al frente de los sostenedores de la esclavitud, experimentaban la satisfacción de ver acatadas y obedecidas las doctrinas que predicó durante su vida el gran político, cuya memoria invocaban reverentemente, á quien siempre recordaban como "jefe, señor y maestro". Pero el alma, el espíritu activo del Senado en todas esas discusiones á propósito de Kansas, tan graves y tan reñidas, fué Douglas, que inició la cuestión, la dirigió, la hizo crecer hasta convertirla en la más vasta y trascendental de cuantas agitaban el país; á él todo principalmente se debía y en esa época parecía á la verdad el activo, robusto, pequeño de estatura senador, uno de esos enanos malignos de la leyenda, como ha dicho Von Holst, que por la fuerza de sus músculos y la sutileza de sus combinaciones logran sobreponerse á guerreros formidables[8].

Sin tropas, sin máquinas de guerra, sin campo siquiera de donde lanzar las embestidas, no era posible á la minoría reducida del Senado ir contra esa posición inexpugnable con la menor probabilidad de arrollarla. Pero Sumner, en quien no sólo como intrépido y vigilante tribuno, sino como jurisconsulto tan experto cuanto tenaz, fundaban grandes esperanzas los adversarios de la esclavitud, no se resignaba á la inacción, y resolvió ver, con un nuevo discurso, larga y cuidadosamente preparado, si levantando el grito con redoblado vigor, hacía penetrar el eco vibrante de su invectiva en los oídos de todos los libres ciudadanos del Norte de la república, y denunciar así en términos de la más ruda franqueza, sin escrúpulos de forma ni respetos de nimia cortesía, lo que pasaba en Kansas, y lo que para esconderlo y patrocinarlo se urdía en el Senado. Si con argumentos ó con preces nada podía conseguirse, algo quizás se obtendría presentando al país un cuadro magistral de la situación, haciendo destacar sobre el fondo oscuro de la sala de sesiones é iluminando con rojizo resplandor las figuras de los jefes audaces, que tramaban la ruina de la república, que por lo menos querían abiertamente aumentar la influencia y poder de los dueños de esclavos en los consejos nacionales con menoscabo de la libertad.

El discurso fué pronunciado el 19 y 20 de Mayo de 1856, y ocupó más de seis horas entre las dos sesiones. Es una arenga muy trabajada, repleta de erudición literaria, y á pesar del tono excesivamente declamatorio surge en ella sincera y ardorosa la pasión del orador, inspirándole pasajes de brillante elocuencia.[9] Como obra de arte es muy desigual, de gusto poco severo, con tal exuberancia de citas de autores antiguos y modernos, de alusiones históricas y mitológicas, que á ocasiones aparece privado de movimiento y de vigor. No es creíble que, pronunciado ante el Senado, obtuviese la mitad siquiera del efecto que produjo sobre los que después lo leyeron, porque, como todos los escritos de Sumner, deja ver la larga preparación, y carece de ese colorido sobrio y enérgico, que por lo general conserva la prosa de los graneles oradores, aun en los trozos más meditados, mejor aprendidos de memoria. La impresión del auditorio debió ser extraña, confusa, contradictoria, á despecho de la afectación de simetría y precisión de método con que va dividiendo y tratando la materia, sin cuidado de incurrir en repeticiones y monotonía. Este inconveniente quizás fué poco sensible, después de todo, para los lectores poco exigentes á que estaba dedicado, y es positivo que como esfuerzo de convicción y propaganda gana el discurso en claridad y unidad de efecto tanto como puede perder bajo diferente concepto.

En varios lugares presenta el croquis de las líneas principales del plan trazado; de las tres partes en que distribuye la materia y que enumera, subdivide dos en cuatro capítulos, cuyos títulos reiteradamente anuncia, comunicando á su trabajo algo de rigidez mecánica, de innecesariamente riguroso y afectado. Agotada la narración, estudiado lo que llama «el crimen contra Kansas» en sus orígenes y su carácter, descrita con infatigable energía la situación del territorio en ese instante histórico, procede á analizar «con mezcla de vergüenza é indignación» las defensas del crimen invocadas por los culpables, «cuatro en número—dice—y de cuádruple naturaleza... La tiranía, la imbecilidad, el absurdo y la infamia se unen para bailar, como las brujas hermanas, en torno de este crimen». Los remedios propuestos son también cuatro, y se le presentan, aludiendo probablemente á una escena del Mercader de Venecia, igual que antes á las brujas del Macbeth, como otras tantas cajas cerradas, «y al Senado toca determinar con su voto cuál debe ser abierta y descubrir su contenido».

El orador recomienda el cuarto remedio, que en suma se reduce á admitir en el acto á Kansas entre los estados de la Unión con prohibición absoluta de consentir la esclavitud; mas demasiado conocía él lo impracticable de esa solución, que contrariaba les inmutables deseos de la mayoría y tenía, del modo como se presentaba entonces, vicios de forma, irregularidades esenciales, suficientes para hacerla fracasar ante jueces aun menos prevenidos, aun totalmente desinteresados.

Pero cambian de aspecto y naturaleza estas circunstancias, si se recuerda que desde su silla curul el orador pretendía dirigirse al país y era parte de su plan revestir sus violentas afirmaciones de un gran aparato de saber político, de erudición literaria é histórica. La parte personal y de invectiva adquiría así mayor relieve, y no era un inconveniente que quitase fuerza y valor á la argumentación. El entusiasmo y la exaltación podían y debían á su juicio tomar parte en una cuestión en que el sentimiento y la moral universal la tenían tan grande y decisiva. Mirado de este modo, el discurso es extraordinario, y en lo que dice sobre los senadores adversos, sobre Butler y Douglas y Mason, abundan expresiones felices y pasajes muy animados. Hay, como en lo demás, lujo exagerado, ostentación de riquezas, mal gusto; en un solo y mismo párrafo, por ejemplo, compara á Douglas con tres personajes diferentes, con Danton, con un general inglés de la guerra de la independencia y con el que quemó el templo de Diana en Efeso, lo cual es llevar lejos la incoherencia.

La gran novela de Cervantes, acaso tan popular y tan leída en países de lengua inglesa como en los de lengua castellana, le inspira la mejor, más cáustica y brillante de sus comparaciones. Si se tiene presente que el senador Butler era un personaje alto, delgado, orgulloso, aunque de maneras reposadas y corteses, y que Douglas, por el contrario, era pequeño de estatura, de cara redonda, facciones toscas y anchas espaldas, se comprenderá bien el efecto de risa que empezaría causando al decir que esos dos senadores, aunque con muy diferente objeto al de Don Quijote y Sancho Panza, habían salido al campo, á la manera de esta pareja inmortal, en busca de una misma aventura. Pero como el objeto del ataque no era hacer reír, truécase inmediatamente el chiste en denuesto feroz, y añade: «El senador de la Carolina del Sur ha leído muchos libros de caballería, y se cree él mismo andante caballero con sentimientos de honor y valentía. Ha escogido naturalmente una dama á quien consagrar sus pensamientos, la cual aunque fea para los demás, es siempre encantadora para él; aunque indigna á los ojos del mundo, es casta á los suyos; me refiero á esa ramera, que se llama la Esclavitud. En favor de ella brotan profusamente las palabras de sus labios. Que acuse alguno su conducta, ó proponga limitarla en el ejercicio de su lascivia, y no habrá extravagancia de maneras ni violencia de expresiones que parezca demasiado grande á ese senador» ... Luego dice: «Si el senador de la Carolina es el Don Quijote, el senador de Illinois es el escudero de la Esclavitud, su verdadero Sancho Panza, pronto á desempeñar la parte humillante de la tarea». Estas frases repercutieron como imperdonable afrenta por todo el Sur de la república; pero las que más dolieron, las que cayeron como bombas explosivas en medio de aquellos exasperados combatientes y provocaron la terrible represalia, fueron otras, como éstas: «Los habitantes de Kansas excitan muy particularmente la sensibilidad del senador. Representa, como nos lo advierte, "un Estado", y se aparta con supremo disgusto de esa nueva comunidad, que no se digna reconocer ni aun como "cuerpo político"». «¿Por qué ese exclusivismo? ¿Ha leído la historia del Estado á quien representa?... La Carolina es antigua, Kansas es joven. La una cuenta su vida por siglos, la otra por años. Pero un buen ejemplo puede nacer en un día, y me atrevo á decir que enfrente de los dos siglos del viejo Estado pueden ponerse los dos años de prueba y de virtudes de la comunidad más joven. En el uno se oye el largo lamento de la esclavitud, en la otra el himno de la libertad... Si la historia entera de la Carolina se borrase desde el momento de su creación hasta el día de la elección última del senador, no diré cuán poco habría perdido la civilización, pero seguramente menos de lo que ya ha ganado con el ejemplo de Kansas en su animosa lucha contra la opresión». Y aludiendo á unos versos del Hamlet, al apóstrofe indignado de Laertes contra el clérigo oficiante en el entierro de Ofelia, que la mayor parte de sus oyentes sabía sin duda de memoria, concluye el párrafo así: «Kansas admitida á título de Estado libre sería en la República como un "ángel del Señor", mientras Carolina, asida á su manto de tinieblas, yacería bramando en los abismos».

La sala y tribunas del Senado estuvieron completamente llenas durante las dos sesiones que ocupó el discurso, y á pesar de la probable hostilidad de casi toda la concurrencia y del no fingido desdén de algunos senadores, fué escuchado con profunda atención, sin haber sido el orador llamado una sola vez al orden, ni por el presidente de la asamblea ni por sus colegas.

Apenas hubo terminado, se levantaron á replicar Douglas y Mason; considerábanse personalmente agraviados y devolvieron insultos mucho mayores; pero no hay nada que recordar de sus airadas contestaciones, improvisaciones dictadas por la cólera, y como era natural, no lograron mantenerse, tan estrictamente como lo había hecho el agresor, dentro de las fronteras del lenguaje parlamentario. Butler no asistía al Senado en esos días, hallábase muy lejos, en su "pequeña hacienda" de la Carolina, como dijo después.

Instantáneamente se vió que el efecto del discurso, en contra lo mismo que en pro, sería tan grande como podía su autor desearlo. En la atmósfera opresiva de aquella época, nube tan cargada de electricidad contraria no había de pasar sin desencadenar la tempestad, y como Washington, capital federal, era por sus costumbres, sus esclavos y sus condiciones topográficas una ciudad del Sur, numerosos amigos advirtieron á Sumner que debía por prudencia precaverse atentamente. Pero moderado y pacífico en sus relaciones privadas tenía en cuestiones públicas el valor de sus opiniones, y convencido de la rectitud desinteresada de su conducta, despreció el aviso.

En la tarde del 22 de Mayo, dos días después del discurso, habiendo el Senado suspendido su sesión más temprano que de costumbre, se había quedado Sumner en la sala sentado en su puesto y despachando su correspondencia, cuando se le acercó un individuo para él desconocido, murmuró unas palabras sobre injurias inferidas al estado de la Carolina y á su senador, y sin aguardar respuesta le asestó en la cabeza descubierta golpe tal con un grueso bastón de gutapercha, que casi lo privó de sentido. Pugnando por levantarse, arrancó Sumner en sus esfuerzos la mesa clavada contra el suelo que le impedía moverse y defenderse, mientras menudeaban los golpes sobre el cráneo y sobre la cara, fuertemente aplicados por un hombre joven y diestro. Al fin cayó contra el pavimento, exhausto, desmayado y cubierto de sangre[10].

Fué protagonista de esa escena sangrienta un pariente del senador Butler, miembro de la Cámara de Representantes, llamado Preston Brooks. En la altanera relación del suceso, que cerca de dos meses después hizo él mismo ante el Congreso cuando se discutía su expulsión, confesó haber premeditado minuciosamente su acometida, como castigo de insultos inferidos "á su Estado y á su sangre". Dijo, además, que su primera idea había sido armarse de un látigo solamente, pero como Sumner era hombre de elevada estatura y por consiguiente de mayor fuerza muscular, temió que si había lucha cuerpo á cuerpo llegase á arrancarle el látigo de la mano, y entonces, añadió significativamente, "como yo nunca dejo de llevar á término lo que emprendo, me habría visto forzado á hacer algo que hubiera tenido que deplorar durante todo el resto de mi vida". De ahí la forma y carácter de su atentado[11].

El tribunal común le impuso una simple multa, y en la Cámara no llegó á reunirse la mayoría de dos tercios necesaria para la expulsión; presentó él entonces espontáneamente su dimisión con objeto de ofrecer á sus comitentes de la Carolina del Sur ocasión de aprobarlo ó censurarlo. Fué reelegido por la casi unanimidad de los votantes. Un grito de satisfacción resonó de un extremo al otro de los estados esclavistas, y al cabo de tanto tiempo repugna todavía hoy leer en los periódicos de la época la expresión de esos aplausos tan imprudentes[12], á que respondían de la otra parte los más furiosos anatemas.

Cuando volvió Butler á Washington y habló prolijamente, en dos sesiones también del Senado, respondiendo por sí y por su Estado á los cargos de Sumner, dió á entender que podía muy bien éste hallarse ya otra vez en su puesto de senador, pero que le convenía fingir resultados más graves de los que en realidad le acarreaban los golpes de Brooks. No era así, y en eso como en lo demás cegaba la pasión á los encarnizados adversarios. Sumner, que hasta entonces había gozado de perfecta salud y en cinco años no había faltado á una sola sesión, seguía abrumado por los efectos del ataque, y no se le vió en la sala de sesiones hasta nueve meses después, en Febrero de 1857. Después de ese día no volvió tampoco á concurrir, hasta el 4 de Marzo en que fué á prestar juramento y tomar posesión del nuevo puesto de senador para que acababa Massachusetts de elegirlo por un segundo término de seis años; pero vivamente molestado por los síntomas de una cruel afección del sistema nervioso, consecuencia de los tremendos golpes recibidos en la cabeza, que le impedía toda ocupación seria y continuada, se halló en el caso forzoso de abandonar la patria y embarcarse á los tres días para Europa, donde debía someterse á largo y riguroso tratamiento médico. Es cosa en extremo curiosa observar que cuando fué Sumner el cuatro de Marzo de 1857 á jurar el cumplimiento fiel del nuevo mandato, había ya muerto Preston Brooks, en Washington mismo, pocas semanas antes del mismo año, á la temprana edad de menos de treinta y ocho, y Butler enfermo se acercaba también al término y moriría en sus posesiones de la Carolina pocas semanas después, en el mes de Mayo siguiente. Hubiérase dicho que la diosa de la venganza arrebataba implacable al joven y al anciano, al mismo tiempo que yacía herida en pleno vigor de su madurez la víctima tan ferozmente maltratada.

Volvió de Europa á fines de 1859, estuvo presente en Washington al abrirse el Congreso el 6 de diciembre, dispuesto, aunque no enteramente curado, á reanudar su enérgico apostolado en favor de la limitación de la esclavitud. Muchos y profundos cambios se habían ya verificado en ese momento, pero el problema de la admisión de Kansas como estado soberano de la Unión se hallaba todavía, después de infinitas peripecias, pendiente de solución ante el Senado, cuando se levantó á pronunciar su primer discurso importante en Junio de 1860, abogando lo mismo que antes en favor de la admisión. Pudo, pues, como el ilustre catedrático de Salamanca, perseguido y encarcelado cinco años por la Inquisición, comenzar con la frase célebre: "decíamos ayer". Pero si la posición era parecida, las prendas personales eran distintas; Sumner carecía de la sencilla resignación de Fray Luis, y su novísimo discurso, que al imprimirlo intituló: "La barbarie de la esclavitud", aunque exento de ataques personales, conserva toda la inflexible rigidez de su temperamento de reformador.

La agresión indefendible, imperdonable, de Preston Brooks no redundó en beneficio del infausto programa político que la precipitó, bien al contrario; pero respecto de Sumner, fuera del hondo y lastimoso daño en su salud, si se mira en relación al papel político que tan valiente y animosamente representó, cumple declarar que vino al cabo á prestarle el más insigne servicio. Lo elevó á un alto pedestal, rodeó su frente de inesperada aureola, le trajo el recurso precioso de la popularidad, todo lo cual con sus dotes personales únicamente, con su manera habitual de pensar, de hablar y de escribir nunca hubiera conseguido, á despecho de la honradez de su carácter, del cabal desinterés de sus intenciones. Faltábale ductilidad, faltábale modestia en la lucha intelectual, faltábale sobre todo indulgencia para juzgar á los que opinaban ó sentían de algún modo diverso: precisamente las cualidades que á primera vista se estimarían indispensables para conquistar la alta posición que sin disputa ocupó luego entre sus colegas; su prestigio ante el pueblo americano bastó á allanar todos los obstáculos. El fatal rompimiento de 1861 vino después á colocarlo en su elemento, por decirlo así, al sonar la hora de las resoluciones supremas, de las medidas violentas y radicales. Fué entonces uno de los auxiliares más eficaces del presidente Lincoln, y no cesaba un instante de espolearlo, de impelerlo en el sentido de sus ideas, para obtener de él la proclama de la abolición de la esclavitud como medida de guerra, proclama que Lincoln prudentemente reservaba hasta que el fino y perspicaz instinto, que lo mantenía en íntimo contacto con la opinión pública, le anunciara llegada la hora precisa de lanzarla. Como cabeza de la Comisión de Relaciones extranjeras en el Senado, movido por la inquebrantable resolución de apartar cuanto pudiera traer estorbo á la resolución del espinoso problema de la esclavitud, prestó incalculables servicios, cubriendo con su prestigio parlamentario al ministro Seward, y conjurando todo peligro de ruptura diplomática con el gabinete inglés ó con el Emperador de los franceses. Al fin vió coronados sus esfuerzos, la guerra terminada, la esclavitud para siempre abolida. Fué el período triunfante de su carrera, y duraron su influencia y su poder hasta el término de la presidencia de Andrew Johnson. Después vinieron en tropel amarguras, tristezas infinitas; los defectos del hombre se sobrepusieron á las cualidades del tribuno y del apóstol; alejado de su partido, de los más de sus amigos, en pugna con el general Grant y sus ministros, fué bajando uno á uno reacio y desabrido los peldaños de la escalera, que lo había conducido á la cumbre: nadie lo oía, nadie seguía sus consejos, y su tono dogmático, la pomposa elocuencia de sus desconsoladas profecías se perdían en el desierto. Así fué poco á poco extinguiéndose la luz brillante, la voz sonora del hombre que en un tiempo representaba, según la bella y enérgica palabra de Emerson, "la conciencia del Senado".

CAPÍTULO III.
"La cabaña del tío Tomás"

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Queda dicho antes que, elegido Sumner para un segundo término de seis años como senador de Massachusetts, debió contentarse con jurar precipitadamente el cargo y por algún tiempo retirarse completamente de la vida pública. El sillón permaneció vacío, á guisa de constante acusación, manteniendo vivo el recuerdo de la tragedia del 22 de Mayo de 1856. Pero no había peligro de que tan pronto se olvidase; el discurso había repercutido como toque sonoro de clarín, excitando y alarmando gran parte del país, y el atentado que provocó, la profanación de lugar exclusivamente reservado á graves y pacíficas discusiones, aumentó su resonancia y empeoró la situación general de la república en ese año fatídico, en el cual puede decirse que se oyeron los primeros gritos, se asestaron los primeros golpes de la guerra civil.

Era año de elegir nuevo Presidente, y durante el cuadrienio, próximo entonces á fenecer, que había ocupado el puesto Franklin Pierce, había durado intacta la estrecha alianza cimentada entre el poder ejecutivo y la mayoría del Senado, mayoría formada por la coalición de los representantes del Sur y un grupo de senadores del Norte, capitaneados por Douglas; contra ella había dirigido Sumner sus vigorosas acometidas.

La elección de Pierce en 1852 había sido triunfal, arrolladura; el partido llamado demócrata confirmó y aumentó con ella su indisputable supremacía, y el vencido quedó tan malparado que, pronto dejó de existir, esto es, perdió su nombre, la cohesión en que fundaba su eficacia desapareció, y sus miembros se dispersaron para formar otras agrupaciones bajo otro título y programa que favoreciesen con más probabilidad de éxito la misma acción política. El compromiso de 1850, la aceptación general como definitiva y completa solución de todas las dificultades nacidas de la esclavitud, fué causa única del triunfo del uno y la derrota del otro partido.

Al mismo tiempo la rigurosa aplicación de la bárbara ley sobre la persecución y entrega en los estados libres de los esclavos fugitivos actuaba por su parte á modo de disolvente enérgico, y amenazaba turbar muy pronto la resignada quietud que aparentemente había sucedido al anterior período revuelto. En multitud de casos las dificultades opuestas por el pueblo á la ejecución de la ley, en otros la mala voluntad y hasta la cólera con que todo el mundo la veía cumplir, crearon en el Norte algo que allí no se había observado antes: antipatía vivísima al régimen mismo de la esclavitud en el Sur y piedad profunda por las víctimas, sentimientos que yacían inertes y dormidos en sus corazones mientras pasaban las escenas terribles lejos de sus ojos, y que ahora por fin se despertaban.

La primera prueba decisiva de la resurrección de esos sentimientos fué el éxito asombroso, tan grande como rápido, obtenido por el libro, que la desastrada suerte de los pobres esclavos inspiró á una escritora entonces desconocida, Harriet Beecher Stowe, del que se vendieron en poco tiempo cientos de miles de ejemplares y que hizo derramar lágrimas de conmiseración á millones de lectores.

Uncle Tom's Cabin—así se titulaba la obra—respondió á una necesidad moral, expresó en forma patética lo que ansioso de brotar bullía en el alma de la nación: de ahí su instantánea, inmensa popularidad. Nadie tomó como simples creaciones de la fantasía sus dramáticos y dolorosos episodios; todos en el Norte de la República reconocieron la reproducción exacta y sincera de una situación social abominable, porque la pintura se ajustaba con terrible precisión á la idea que les sugería la feroz ejecución de la ley contra los siervos escapados á sus dueños.

Tenía Mrs. Stowe en los días de la publicación de su novela (1851-1852) cuarenta años de edad, había cultivado poco las letras y con resultados insignificantes, vivía en ardua lucha con la pobreza, rodeada de numerosa familia, sin más recurso que el mezquino sueldo que como profesor de colegio ganaba su marido. La ley de los esclavos le inspiró el proyecto de escribir la novela; fué en realidad una improvisación escrita semanalmente, á pedazos, á medida que los iba requiriendo el periódico donde primero se insertó. Estaba tan lejos de sospechar la oportunidad y exquisito tino con que iba á hacer vibrar al unísono de su inspiración las místicas cuerdas que aunaban con sus latidos los de tantos otros corazones, que rehusó la proposición de costear á medias con un editor de Boston la impresión del libro, porque era su esposo demasiado pobre para correr riesgo, si acaso el negocio se liquidaba en pérdida: resultado muy de temer en vista del escaso interés que la novela despertó durante los diez meses que estuvo apareciendo en el periódico abolicionista de Washington. Ese era el libro de que en solo un año se iban á imprimir ejemplares hasta la cifra de un millón en la Gran Bretaña únicamente, cifra, dijo La Revista de Edimburgo, probablemente diez veces mayor que la de ningún otro, salvo la Biblia ó el Prayer Book.[13] Esa era la autora de la que, el año mismo de la aparición de la novela, con su énfasis habitual habló Sumner en el Senado en estos términos: «Inspirada por el genio del Cristianismo ha entrado en la liza una mujer cual otra Juana de Arco, agitando con fuerza maravillosa las cuerdas del corazón del pueblo».[14] Y hoy el más reciente, tal vez el más juicioso é imparcial entre los que relatan los sucesos de ese período,[15] considera La Cabaña del tío Tomás tan importante en la historia de los Estados Unidos como La nueva Eloisa en la historia del siglo XVIII en Francia. Los hombres que en sus primeros años leían los escritos de Rousseau fueron los revolucionarios de 1789, como los jóvenes americanos cuyas ideas se formaron leyendo en la novela ó contemplando en el teatro los horrores de la esclavitud, tales como Mrs. Stowe los trazaba, fueron los que más adelante constituyeron la fuerza del partido que consumó por fin la extirpación del cáncer formidable.

Ese efecto colosal, obtenido sin charlatanismo, sin auxilio artificial de especie alguna, fué debido en mucha parte á la poderosa corriente de simpatía que arrastraba por primera vez la masa del pueblo á prestar conmovida atención y escuchar con palpitante interés el eco de las escenas de martirio que pasaban en la región de los esclavos. La autora contribuyó de su lado á la generosa tarea con las intenciones más puras, el más elevado entusiasmo, el más comunicativo ardor, y el libro, concebido y acogido en tan excepcionales condiciones, mereció sin duda todos los honores, llenó gloriosamente su objeto, á pesar de la trama poco fina de su estilo, de la desigualdad de la inspiración poética, del tono excesivamente místico y vago de algunos de sus descosidos episodios.

Los críticos en el Sur de los Estados Unidos, que sintieron bien el vigor y precisión del ataque, quisieron desautorizarlo, acusando la novela de falta de colorido local y declarándola construída sobre hechos inexactos. La primera objeción no carecía de algún fundamento, pues la autora no había personalmente recorrido la comarca especial donde el trabajo esclavo se explotaba en la forma más ruda, y para colocar en ella sus personajes había tenido que pedir acá y allá los detalles esenciales y acumularlos después en breve espacio, en pocas escenas, como era su derecho de artista; pero demostró completamente por medio de una gran masa de datos y documentos, reunidos más adelante bajo el nombre de Clave de la novela, su absoluta buena fe y la suficiente verosimilitud del cuadro general que con tanto relieve había pintado.

La ocasión fué propicia y el talento se impuso á la admiración universal, pero no volvió á encontrar otra igual, ninguna de sus obras posteriores obtuvo ni con mucho éxito parecido, á pesar de que produjo otras de valor literario más subido, que pasaron casi inadvertidas, aunque el nombre de la autora era ya famoso en Europa y en América; pero no pudieron conseguir lo que respecto de la primera dependió principalmente de un estado particular de la opinión. Es probable que muy pocos lean hoy La Cabaña del tío Tomás y sólo á veces se recuerde como ejemplo de moral ó libro de educación de la juventud, bueno todavía para servir de premio en los exámenes. Tiene también su puesto en las antologías, para las que naturalmente se prefieren las escenas que se apartan más de la realidad, como la muerte del pobre negro Tom, especie de visión extática, que asaltó á la autora de improviso, un domingo durante la comunión, antes de que tuviese resuelta la marcha de su argumento, la armazón entera de su edificio.

Además, á medida que se va alejando el período en que la esclavitud imperaba á modo de institución política sacrosanta, se amengua igualmente el efecto trágico y se desvanece mucho la impresión de verdad terrible que en su época produjo. Pero el servicio prestado á la causa de la justicia y la libertad fué muy grande, de vasta trascendencia; si el monumento literario es perecedero, la memoria de la artista no se borrará jamás y nadie con mejor razón que ella pudo exclamar: Non omnis moriar.

CAPÍTULO IV.
Formación del partido republicano.—Convenciones nacionales.—Frémont, Douglas, Buchanan.—Elecciones de 1856.

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Cuando se aproxima un cambio profundo en la opinión general de un país, los primeros signos son como ruidos locales de volcanes diseminados por toda la extensión del territorio, cuya íntima conexión pocos reconocen, ni adivinan su carácter de precursores de la gran explosión que se prepara. Así sucedió en los Estados Unidos durante los seis años que van desde que empezó á aplicarse en 1850 la ley de persecución de los esclavos, hasta 1856 que brotó súbitamente el partido "republicano", numeroso, enérgico, lleno de esperanzas, al que reservaba el porvenir la gran tarea de arrancar la esclavitud del suelo de la república.

Los acaecimientos del mes de Mayo de 1856, esto es, el asalto contra Sumner y el incendio y saqueo de una población de Kansas por los colonos esclavistas alentados desde Washington por el Presidente y su ministro de la guerra Jefferson Davis, sucesos ambos que independientemente ocurrieron á pocas horas de intervalo, encontraron al nuevo partido en vías de su definitiva organización, y vinieron muy á tiempo á infundirle el grado de vigor y cohesión que en esos momentos requería. Puede decirse que el partido recibió el bautismo en Pittsburg el 22 de Febrero, aniversario del nacimiento de Jorge Washington, día en que se congregaron allí los adversarios principales de la política imperante en los consejos de la nación, y acordaron proclamar la necesidad de admitir á Kansas como Estado libre y declarar la guerra por todos los medios legítimos contra la extensión del régimen de la esclavitud más allá de los límites donde existía, proscribiendo en lo adelante todo género de transacción ó compromiso. Al efecto convocaban para una Convención en Filadelfia con objeto de nombrar candidato para la presidencia de la república y abrir en seguida animosamente la campaña.

Es sabido que conforme á la Constitución y leyes del Congreso, el pueblo de los Estados Unidos no vota directamente en las elecciones de Presidente de la República, sino escoge cada cuatro años, en un día fijado del mes de Noviembre, compromisarios especiales encargados de formar un colegio electoral y designar el agraciado. En la realidad estos compromisarios obedecen á un mandato imperativo de que jamás se apartan, y nombran siempre á los designados de antemano por el partido político á que ellos pertenecen. El trámite capital, por tanto, es la elección de los candidatos en la junta ó Convención general del partido, candidatos que seguramente serán los escogidos por el colegio electoral y ocuparán el poder, si el partido logra triunfar en el escrutinio general. Llámanse Convenciones nacionales, reúnense por pocos días cada cuatro años, en una ciudad diferente por lo general, y se componen de delegados en número proporcional al de senadores y diputados que cuente cada Estado, delegados escogidos por las agrupaciones permanentes que los partidos tienen siempre organizadas en todos los distritos ó pequeñas circunscripciones políticas, que como mallas de inmensa red cubren el vasto territorio nacional.

Mecanismo tan complicado puede funcionar armónicamente si son perfectas á un tiempo la organización y disciplina de sus elementos, condiciones que sólo el tiempo y la práctica pueden llevar al grado de eficacia indispensable. Infinitas y de la más difícil solución tenían que ser, por tanto, las dificultades del nuevo partido en el primer período de su existencia, y todas ellas venían á añadirse á la otra mucho mayor y formidable de entrar inmediatamente en lucha contra el antiguo partido demócrata, fuertemente organizado, dueño del poder, engreído todavía por el completo triunfo obtenido cuatro años antes y bien persuadido de renovarlo una vez más, confiando en la abundancia de sus recursos, sus tropas bien disciplinadas, sus jefes acostumbrados á vencer é igualmente diestros en el ataque y en la defensa.

Los obstáculos, empero, fueron allanándose por sí mismos, un impulso de genuina y entusiasta simpatía suplió á la falta de tiempo y ejercicio para la rápida y metódica movilización de las fuerzas que de todos lados corrían á incorporarse, y el día fijado reunióse en Filadelfia la Convención Nacional Republicana. Tuvieron mucho sus sesiones de tumultuosas y desordenadas; era inevitable, y, comparada con asambleas del mismo género, fué más bien una reunión tan informe como numerosa, un mass meeting, como se le ha llamado.[16] Concurrieron más delegados de lo que se esperaba, buena parte de ellos irregularmente nombrados, todos empujados por el torbellino de entusiasmo que agitaba al país y le inspiraba la idea de abrir una nueva era, iniciar una verdadera revolución, como envueltos en atmósfera encendida por los más variados y vivaces sentimientos. Recuerda en cierto modo la Convención, aunque en otro mundo, bajo otro clima moral, con resultados más inmediatos y prácticos, el célebre Concilio que á la voz del papa Urbano inauguró en Clermont el vasto movimiento de la Europa contra el Asia, en la Edad Media.

La tarea primera de los delegados demandaba, no arranques de entusiasmo sentimental, sino sólido y profundo razonamiento, y, por fortuna, fué cumplidamente desempeñada: redactar el programa ó manifiesto, lo que en el lenguaje especial de la política norteamericana se conoce con el nombre de "plataforma", sobre la cual, á manera de base ó pedestal, solicitan los candidatos el voto del pueblo. Importaba proclamar en el documento, sin causar escándalo, una decidida hostilidad á toda extensión de la esclavitud, porque esa y no otra era la razón de ser del nuevo partido, é hiciéronlo declarando sin ambajes: 1º que ni el Congreso federal ni ninguna Legislatura particular ni individuo alguno ó asociación de individuos podía impartir existencia legal á la esclavitud en los Territorios: y 2º que el Congreso tenía en virtud de la Constitución el derecho y el deber de prohibir allí la poligamia y la esclavitud, "reliquias gemelas de la barbarie". Pero era también indispensable que el programa no asustase á los tímidos ni ahuyentase á los moderados, sugiriendo medidas violentas ó procedimientos revolucionarios; así lo previeron, contentándose con pedir la admisión de Kansas como Estado libre y evitando aludir al derogado compromiso del Missouri y á la ley sobre los huídos, sin duda porque juzgaron suficientes á realizar sus votos esenciales las dos mencionadas resoluciones, robustecidas con la frase en que invocaban los principios de la inmortal Declaración de Independencia, y anunciaban la decisión inquebrantable de aplicarlos siempre, fuera cual fuese el resultado, y no obstante toda amenaza de disolver la Unión. Precisamente habían sido hasta entonces esas amenazas el arma de doble y cortante filo con que los Estados del Sur infundían terror y mantenían su predominio; ahora por primera vez bajaban á la arena intrépidos combatientes, dispuestos á provocar y afrontar la lucha sin miedo á ninguna consecuencia.

Salvado tan felizmente ese paso preliminar, pidió su desquite el entusiasmo, y avasallando á la razón fué unánimemente elegido por la Convención como candidato á la presidencia, en medio de vivas y aplausos, no un hombre político de establecida reputación, no un tribuno de notoria habilidad, sino un personaje novelesco, héroe de extraordinarias aventuras. Llamábase John C. Frémont, contaba cuarenta y tres años nada más y gozaba de gran popularidad; su nombre había corrido de boca en boca antes de 1850, en la época en que todos volvían los ojos hacia la dilatada extensión de tierra al occidente, más allá del Mississipi y sus afluentes, región casi completamente desconocida, donde era ya fácil adivinar fascinante porvenir de grandeza para la república. A la cabeza de pequeñas partidas de exploradores se había lanzado Frémont en varias ocasiones á visitar esa región de indios salvajes, había atravesado desiertos, escalado ásperas cordilleras, descubierto á costa de trabajos y sufrimientos inauditos los desfiladeros, por donde era únicamente posible llegar hasta los aledaños del continente; y las narraciones de sus aventuras habían sido leídas apasionadamente y admiradas en todo el país. Al declararse la guerra contra Méjico, se hallaba al término de una de sus excursiones: con su gente se puso al frente de una insurrección contra el gobierno mejicano, y pronto muchos le dieron el título de conquistador de California. La anexión de esos territorios halló en él después ardiente favorecedor, y fué uno de los primeros senadores enviados á Washington, cuando en 1850 se verificó la entrada de California como Estado sin esclavos en la federación. Desde esa fecha se le tenía por acérrimo y declarado enemigo de la esclavitud.

Otros actos de su vida parecían de propósito combinados para excitar la atención. Era hijo de un francés profesor de idiomas en los estados del Sur, había nacido en el de Georgia, y se había educado solo, por no doblegarse á la disciplina del colegio á que su madre viuda lo mandó. En Washington después se casó secretamente con una distinguida joven, de la mejor sociedad, y contra la voluntad de su padre, que era Thomas H. Benton, representante durante treinta años en el Senado del estado de Missouri y autor de dos gruesos volúmenes, siempre útiles de consultar, titulados "Historia de la marcha del gobierno americano por espacio de treinta años". Aunque más adelante se reconciliaron suegro y yerno, fueron siempre de muy encontradas opiniones y en las elecciones de 1856 no votó Benton por su hijo político para Presidente. A causa de un incidente de sus afortunadas aventuras en el Oeste fué el explorador acusado de insubordinación y desobediencia, y condenado por un consejo de guerra; aunque el presidente Polk levantó la pena impuesta y ofreció devolverle su grado en el ejército, desdeñó orgullosamente Frémont el indulto, por no consentir una sentencia que consideraba injusta; todo ello contribuyó fuertemente á su popularidad[17].

Juzgado á la luz de sucesos posteriores (mal modo de juzgar, pero la consideración se impone como caso de interés histórico), es evidente que la Convención expuso á grave peligro su propia causa y la suerte del país, al designar á Frémont como candidato. Si hubiera ganado la elección la guerra civil habría comenzado en 1857, y se hubiese hallado dirigiendo la cosa pública en tan crítica y formidable situación un hombre que era, como se vió luego demasiadamente claro, extravagante, obstinado en el error, del todo incapaz de moderar sus impulsos ó plegarse á las circunstancias, y que ni siquiera tenía el talento militar que se le suponía.

El partido republicano reunió más de un millón trescientos mil votos de los cuatro millones emitidos esa vez: resultado prodigioso si se tiene en cuenta que la organización se hizo en plena lucha, enfrente mismo del enemigo. Llenó de gozo y de las más halagüeñas esperanzas á cuantos deseaban borrar en el próximo porvenir la negra mancha de la esclavitud, pues ese número de votos representaba la mayoría en once de los treinta y un Estados de la Unión. No faltaron quienes pensasen que con un candidato menos romántico, de más peso en política que Frémont, el desenlace de la campaña hubiera podido ser muy diferente[18].

El partido demócrata, es decir, la masa compacta de los Estados del Sur, menos uno, y la fracción de hombres del Norte que Douglas conducía, triunfó nuevamente, pero por la última vez; bien lo indicaba inequívoca y ominosamente el no haber alcanzado mayoría absoluta y haber ganado la elección, á causa de la división de fuerzas producida por un tercer partido con su candidato, Millard Fillmore, que recogió cerca de novecientos mil votos, venidos de todos lados, del Norte y del Sur. Mas ese partido debía desaparecer en seguida, dejando apenas rastro. Gastó en esa acometida toda su energía, como la abeja que pierde su aguijón dentro de la punzada. Era el partido apellidado Americano ó nativista, vulgarmente knownothing, porque envolvía en profundo secreto su organización y afectaban sus adherentes responder que "nada sabían" cuando se les preguntaba; duró en suma corto tiempo y murió por carencia de vitalidad, de razón de ser; el problema de la esclavitud era la preocupación universal, el alma de los partidos, y pasarlo en silencio no facilitaba en sentido alguno su solución.

En la Convención del partido demócrata, que se celebró en Cincinnati pocos días antes que la del republicano en Filadelfia, sufrió Douglas la amarga pena de no ser á pesar de sus esfuerzos el candidato preferido. Su carácter de representante del gran estado de Illinois, el talento y la infatigable actividad con que se alzó y mantuvo á la cabeza de la mayoría del Senado, sus grandes servicios de creador y defensor del plan conforme al cual pudo ser derogada la limitación de la línea del Compromiso y abierto á la expansión de la esclavitud el suelo de Kansas y Nebraska, justificaban bien esa recompensa, objeto incesante de sus afanes. En vano todo; sus amigos tenazmente abogaron por él; fueron necesarios muchos escrutinios antes de que se confesasen vencidos, antes de que cediesen la vía, que hubieran podido obstruir indefinidamente, á James Buchanan, anciano de sesenta y cinco años, en quien la perspicacia de algunos jefes esclavistas había adivinado dócil y complaciente servidor de ulteriores designios. Los seguidores de Douglas se consolaban con la idea de que contaba éste de edad cuarenta y tres años solamente,—lo mismo por cierto que Frémont,—y podía aguardar con paciencia la próxima revancha: él sentía en el fondo de su espíritu que la oportunidad mejor quedaba perdida, que las nubes bajaban rápidas á encapotar su horizonte.

Fué Douglas un demagogo en el mejor sentido de la palabra; aunque había sacrificado mucho y estaba probablemente dispuesto á sacrificar más todavía por obtener aplausos y votos del partido dominante, probó en una hora crítica, cuando sus antiguos amigos se resolvían á la guerra civil, que siempre nutría vivísimo amor y respeto por la patria, por su engrandecimiento y prosperidad, y que jamás consentiría ser cómplice de su desmenbración. El miedo que los sagaces aristócratas del Sur, los mismos que aceptaban sus servicios y seguían su bandera en el Senado, tenían de verlo instalado en la presidencia, era un homenaje que rendían á su inteligencia y al vigor de su temperamento, pues parecían temer que una vez en el alto puesto no pudiesen más contar seguramente con él y desease aplicar sus propias ideas é imponer su voluntad. Reunía muy raras y notables cualidades: enérgico, atrevido, se erguía y brillaba en medio de la controversia y de la lucha, sin que lo acobardaran los fracasos, convencido siempre de que su influencia personal y la prontitud de sus recursos bastarían á transformar la situación en los trances más difíciles. Así á menudo aconteció. Cuando hizo pasar por ambas ramas del Congreso el bill sobre Kansas y la abolición del Compromiso, fué tan hostil la impresión por varias partes que, como dijo él mismo con imagen bien aventurada, había viajado de Washington á Chicago á la luz de las hogueras en que quemaban su propia efigie. A pesar de todo continuó en auge constante su prestigio popular, día llegó en que ninguna otra persona en el partido le excedía en habilidad parlamentaria, en número de adherentes y en popularidad.

Para haber subido más alto y dejado en la historia americana nombre ilustre, tanto por lo menos como los de Madison ó Calhoun, halló por desgracia obstáculos invencibles nacidos de las condiciones en que fatalmente se encontró desde el principio de su carrera y le impidieron adquirir ese grado de educación, de refinamiento moral é intelectual que, salvo en naturalezas privilegiadas, sólo se adquiere durante la juventud. Como selfmade man fué un tipo característico, aun en esa tierra donde surgen con más frecuencia que en otras hombres formados y elevados por su propio esfuerzo; huérfano de padre y madre desde muy temprano, apenas asistió á escuelas en su niñez y á los diez y seis años ejercía un oficio mecánico, carpintero en el estado de Vermont, donde había nacido. Resuelto á abrirse camino á través de las dificultades, emigró al Oeste de la república, á los nuevos Estados que rápidamente crecían y prosperaban. Una vez fijado en Illinois, donde había entrado solo y con treinta y siete centavos en el bolsillo por único capital, progresó su fortuna en la misma medida que adelantaba el estado en riqueza y población, y fué á los pocos años ocupando uno tras otro los cargos más importantes del servicio público, llegando á ser Senador en 1847, posición encumbrada que hasta su muerte conservó y admirablemente llenó.

Acaso debió Buchanan el triunfo en la Convención de Cincinnati á los méritos mismos de su competidor, pues por lo demás era personaje muy inferior en todo. Pero así como tenía Douglas numerosos amigos, contaba enemigos y envidiosos dentro del partido, auxiliares más ó menos tibios, que había ofendido y llevádose de encuentro en las reñidas batallas políticas en que había figurado y triunfado; el resentimiento de éstos y los temores que en otros inspiraba su nombre, bastaron para echar al suelo su candidatura. Buchanan no tenía malquerientes personales, había pasado varios años fuera del país en el servicio diplomático, era obsequioso, cortés, de fácil palabra, muy estimado en Pennsylvania, su Estado natal, pero débil de carácter y de inteligencia no más que mediana.

El público siguió las diversas fases de esa campaña electoral excepcionalmente ruidosa y agitada con palpitante interés, con más ansiedad que ninguna de las anteriores. Pronto se observó que la calculada desigualdad de fuerzas entre los dos grandes partidos se compensaba por medio de la inesperada simpatía que el nuevo programa antiesclavista despertaba. El partido demócrata disponía de las sumas que las cotizaciones exigidas á los empleados públicos producían; Fillmore contaba de su lado las clases mercantiles, los más ricos capitalistas, que no escatimaron sus contribuciones; pero los republicanos, circunscribiendo sus esfuerzos á los Estados libres, lo cual por sí era una ventaja, sin gastos inútiles, sin estímulos extraordinarios, vieron las masas acudir al simple llamamiento. Miles de individuos, sacudiendo inveterado torpor, contemplaron fijamente por primera vez las consecuencias del plan político de la extensión de la esclavitud, resolvieron, con la tranquila resignación de quien busca la paz de su conciencia, que la esclavitud quedaría enclavada dentro de los límites reconocidos por la Constitución, y que de ahí no debería pasar jamás.

El número de votos antiesclavistas dejó atónitos á muchos, perplejos á los mismos vencedores; Buchanan, en la presidencia, iba á representar una minoría, debido á los cuatrocientos mil sufragios de ciudadanos del Norte, interceptados por el tercer candidato. Esos votos hubieran bastado para elegir á Frémont, suceso increíble seis meses antes, que los hábiles estratégicos, directores desde tantos años atrás de la política nacional, habían considerado resultado tan monstruoso como improbable, y sólo mencionaban para declarar que á tal evento responderían sin vacilar con "inmediata, absoluta, eterna separación".[19]

Cuando se acallaron las voces, y se disipó el humo del combate, un observador mal preparado hubiera podido pensar examinando el campo que no se había realizado alteración alguna profunda, que la situación seguía la misma, pues si el asalto había sido más rudo, la victoria era indudable, y las cosas continuarían por tanto bajo Buchanan como habían marchado ya bajo el gobierno de Pierce. Los vencedores no obstante se encontraban lejos de sentirse tan satisfechos como en anteriores ocasiones; jugaban en esas lides intereses demasiado graves y queridos, y en sus inquietas meditaciones, fija la escrutadora mirada en lo futuro, pudieron ver, como el héroe romano antes de la última batalla, un fantasma siniestro emplazándolos para la próxima elección presidencial.

CAPÍTULO V.
El negro Dred Scott ante el Tribunal supremo

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A los dos días de inaugurada la presidencia de James Buchanan, el 4 de Marzo de 1857, publicó el Justicia mayor, ó Regente del Tribunal supremo de los Estados Unidos, la sentencia acordada por mayoría de los jueces en el pleito seguido por un negro esclavo llamado Dred Scott, en vindicación de su libertad.

Es celebérrimo ese fallo; no tanto por la parte dispositiva, pues en nación compuesta de más de treinta Estados, independientes entre sí respecto de toda cuestión de derecho común, civil ó criminal, y cuyos códigos particulares en unos protegían el régimen de la esclavitud y en otros ni siquiera lo reconocían, habían por fuerza de ocurrir á menudo conflictos sobre la condición de individuos pasando á cada instante de un Estado libre á otro esclavo. Nada extraordinario, por consiguiente, hacía el tribunal encargado por la Constitución de zanjar esas dificultades, oyendo en grado de apelación un caso particular, ya tratado por otra Corte federal, y confirmando fallo anterior que declaraba esclavos á los demandantes, esto es, al negro Scott, su mujer y dos hijas. La importancia histórica de esa sentencia estriba en sus considerandos, en la doctrina de derecho constitucional que establecían, con el objeto confesado de calmar las reñidas controversias sobre la legalidad de la admisión de esclavos en los Territorios, y, al efecto, aprobando una entre las diversas interpretaciones de la ley fundamental por cada partido preconizadas. Pero en vez de aquietar los ensañados contrincantes vino el malhadado documento á precipitarse como enérgica levadura en la lucha ardiente de los partidos, levantando y excitando las diferencias políticas hasta un grado no visto todavía.

Dred Scott, esclavo de un médico militar domiciliado en el estado de Missouri, había residido algún tiempo sirviendo á su dueño en regiones de la república donde no existía la esclavitud, y á su vuelta, enardecido por violento castigo corporal á que se le sometió, dedujo demanda de emancipación apoyándose en la jurisprudencia inglesa, vigente como derecho común en los Estados Unidos, que declara libre el esclavo que pone el pie donde no sea legal la condición servil. Años hacía que la demanda seguía su curso con varia fortuna en diferentes tribunales, hasta que agotadas sin obtener sentencia firme las dos jurisdicciones, local y nacional, de los Estados y de la Federación, que funcionan al lado una de otra y completamente separadas el todo en país, llegó en grado final ante la Corte suprema en Washington. Movió el caso vivísimo interés; abogados de gran reputación acudieron espontáneamente, sin retribución directa y atraídos sólo por la importancia de la materia, á informar en estrados las dos veces que abrió el tribunal la vista de la causa, ambas en 1856, la primera antes de la elección de Buchanan, la segunda después. De esta manera una precedió y la otra siguió á la encarnizada campaña que tanto ruido y tanto polvo hizo ese año en todo el ámbito del país.

Si el alto tribunal se hubiese limitado á desairar las pretensiones del esclavo y simplemente confirmar por los mismos ó parecidos fundamentos, como un instante lo pensó, la sentencia apelada, sin perder el caso su grave y dramático carácter hubiera excitado la opinión pública por breve espacio y caído pronto en el olvido, máxime cuando se supo dos meses después que toda la familia Scott había recobrado la libertad, en virtud de manumisión voluntariamente otorgada por un nuevo dueño á cuyo poder había pasado. Mejor hubiera sido así mil veces; se habría evitado la peligrosa prueba de echar por pasto á la furia de los partidos el nombre y la respetabilidad del más elevado tribunal de la república. El tribunal también habría renunciado á la tarea imprudente de discutir y resolver en el fallo de un pleito particular toda la espinosa cuestión de la esclavitud de los negros. Pero era demasiado seductora la tentación que hizo á los jueces sucumbir, y si su conducta puede ser tildada como error de juicio y extralimitación de facultades, la rectitud del propósito la explica y excusa cumplidamente.

¿A qué, en efecto, se reducía la diferencia de motes y colores entre los dos grandes partidos acampados frente á frente desde la última lucha electoral y en perdurable son de guerra?—A interpretar diversamente cada uno el espíritu de la Constitución, á negar ó afirmar que en el Congreso residiera el derecho de autorizar la esclavitud en el vasto espacio no organizado aun con forma de estados federales. Divergencia muy honda y trascendental, que no podía, como otras contiendas de partido, resolverse en cambio de nombres ó trueque de personas, porque envolvía inmensos intereses y aventuraba todo el porvenir.

El Supremo cuerpo judicial, nacido de la Constitución misma con el encargo de interpretar y fijar la significación de sus artículos, voz de la conciencia del pueblo americano, como se le ha llamado[20]; del pueblo americano emanado para ser en los casos inciertos garantía suficiente de los derechos individuales y elevarse por cima de los bandos, facciones é injusticias coaligadas,—pudo muy bien creerse investido de la misión de terciar en esa guerra deplorable de opiniones, y puesto que era la demanda de Scott contra su amo ocasión oportuna de pronunciar también sentencia sobre ese otro pleito capital, no vaciló en prestar el patriótico servicio de resolver la intrincada cuestión que turbaba los ánimos y amenazaba la paz. Por desgracia, aunque á tanto alcanzase su jurisdicción, punto de suyo discutible, el resultado defraudó las excelentes intenciones, y, en vez de mejorar la situación política, envalentonó á los intransigentes del partido sudista, exasperó á los adversarios, hasta que rotos los diques, desbordadas las pasiones, llegó la polémica á un grado de ardor inesperado.

Uno de los abogados que arguyeron en los estrados del tribunal contra las pretensiones del demandante, Reverdy Johnson, que gozó después de gran reputación en el foro y en la política, dijo en su arenga, entre otras frases que leídas hoy parecen blasfemias y eran entonces opiniones muy esparcidas, que la extensión de la esclavitud era lo único que podía preservar incólume la libertad de la república. Taney, presidente de la Corte, afirma en la minuta por él redactada como resumen de las opiniones y acuerdos de la mayoría, que "el pueblo americano", en cuyo nombre se escribieron la Declaración de Independencia de 1776 y la Constitución de 1787, no incluía en su expresión colectiva á los negros africanos ni á sus descendientes nacidos en América, y que á éstos sólo se aludía en el segundo de esos instrumentos como á una especie particular de propiedad, de ningún modo como individuos revestidos del carácter y derechos de ciudadanos de los Estados Unidos. Llevando luego sin temor esas afirmaciones á sus naturales consecuencias, deducía que el Congreso no podía impedir que los ciudadanos acudiesen con sus bienes, es decir, con sus esclavos, á establecerse en las tierras no colonizadas todavía y pertenecientes por igual á todos los miembros de la Unión, y eran por tanto ilegales los célebres pactos ó compromisos, desde el de Missouri hasta otros más recientes, que habían puesto trabas á esa facultad. De tal manera excomulgaba la primera autoridad judicial al millón y medio de personas que había votado el programa de la Convención de Filadelfia y proclamaba la perfecta é inatacable ortodoxia de las doctrinas contrarias.

Enfrente del Capitolio de Annapolis, capital del estado de Maryland, se eleva hoy la estatua de bronce de Rogerio Taney, del íntegro magistrado que estuvo veintiocho años á la cabeza del Tribunal supremo; otra se le ha erigido en la rica ciudad de Baltimore, la más floreciente del mismo Estado; y no solamente sus conciudadanos de esa región, muchos otros en el resto del país, enaltecieron á porfía las virtudes del hombre público, la pureza, la honradez, el valor cívico, el tesón inquebrantable desplegado hasta en los últimos límites de la ancianidad, móvil de esos homenajes[21]. Y, sin embargo, el acto más célebre de su vida, la sentencia que redactó y leyó en el caso de Dred Scott, es una fecha lúgubre de la historia americana, un día de los que se señalan con piedra negra, punto de partida de la más infausta peripecia para aquellos mismos que en aquel instante parecían triunfar definitivamente en el seguro terreno de la ley constitucional; porque la guerra fratricida hasta entonces posible, probable si se quiere, apareció en el acto con el carácter de fatal, incontrastable necesidad. Taney vivió lo bastante para verla desencadenada y hasta cerca ya de su desenlace; cuando preparaba el general Grant la última campaña, murió, á fines de 1864, á los ochenta y siete años de edad, en los días mismos en que el estado de Maryland abolía voluntariamente la esclavitud, decretaba la ruina de la institución social que los abogados que hablaron y los jueces que fallaron contra Dred Scott habían creído destinada á durar perpetuamente, por lo menos hasta una fecha, como dijeron, "que ojos humanos no alcanzan á divisar todavía".[22]

Ha dejado, pues, Taney, á pesar de sus raras prendas personales, una reputación nublada, que sobre todo palidece y mengua comparada con la gloria fulgente de Marshall, su inmediato antecesor, que ocupó también por largo espacio la presidencia de la Corte suprema y fué el gran intérprete de la Constitución, el jurisconsulto sin rival á quien, después de Washington, debe más que á ninguno agradecer la república norteamericana la firmeza y robustez que con el curso del tiempo han ido sus instituciones adquiriendo y aumentando. Taney no obtuvo sin seria oposición la venia del Senado cuando el Presidente lo nombró Primer Justicia de la Corte Suprema, pues muchos vieron con susto penetrar en el recinto de la justicia con tan elevadas funciones á quien se había engolfado demasiado en la política de combate durante el gobierno despótico y agitado del general Jackson, de cuyos más autoritarios desmanes había sido secreto consejero y público defensor. Bien justificado quedó ese temor con el tono, la forma é intención de los considerandos del fallo sobre Dred Scott. De cualquier modo en suma que se mire será siempre una obra política, con un fin político, redactada con la parcialidad y exclusivismo de los papeles políticos.

La sentencia resolvía una causa particular en apelación ante el tribunal y expresaba la opinión de la mayoría, de seis de los ocho jueces que lo componían, pero Taney es responsable ante la posteridad de las doctrinas incrustadas en sus párrafos, de la aprobación innecesariamente impartida al programa de un partido reorganizado especialmente en defensa de la perpetuidad de la esclavitud, y más que todo de la imprudente dureza con que, para demostrar que los fundadores de la nación no pudieron haber invitado la raza negra á gozar de la grande obra que edificaban, traza hostilmente cuadros como el siguiente, que hoy mismo no puede leerse sin hondo desagrado:

"A juicio del tribunal, las historias de la época y el lenguaje empleado en la Declaración de Independencia demuestran que ni la clase de esas personas importadas como esclavos, ni sus descendientes libres ó no libres, eran entonces reconocidos como parte del pueblo, ni se intentaron incluir en los términos generales empleados en ese memorable documento. Difícil es darse hoy cuenta de las ideas que respecto de esa raza desgraciada prevalecían en la opinión pública del mundo civilizado en la época de la Declaración y cuando se escribió y adoptó la Constitución. La historia de todas las naciones europeas lo revela del modo más inequívoco. Más de un siglo hacía que eran los negros considerados como seres de un orden inferior absolutamente incapaces de asociarse á los blancos en sus relaciones políticas y sociales, inferiores hasta el punto de no tener derecho alguno que el blanco estuviese obligado á respetar, así como de poder ser justa y legítimamente reducidos á servidumbre en su propio beneficio. Eran vendidos, comprados y tratados, cual lo son las mercancías cuando hay alguna ganancia que reportar".

Y armado con su lógica despiadada, continuaba el juez diciendo: "que si la raza africana esclava estuviese comprendida en las palabras de la Declaración de Independencia que afirman la igualdad de todos los hombres, la conducta de los patriotas ilustres que la suscribieron aparecería en completa y flagrante contradicción con los principios mismos que establecían, y en vez de la simpatía del género humano que buscaban, habrían recibido y merecido vituperio universal".

Es triste é ineluctable condición de anomalías sociales de la especie de la esclavitud el arrastrar á tales extremos aun á individuos dotados de nobles y generosos sentimientos. Taney era dulce y bondadoso en el trato íntimo, según el testimonio de cuantos privadamente lo trataron; y no sólo nunca compró esclavos, sino que otorgó la libertad á cuantos por herencia le tocaron, socorriendo y pensionando luego á los que por razón de edad no podían cabalmente gozar del beneficio de la manumisión; pero nacido y educado en un Estado del Sur, abundando sinceramente en las ideas del partido demócrata, no pudo resistir al deseo de echar en la agitada balanza el peso del gran cuerpo judicial que presidía, halló la mayoría de sus colegas dispuesta á acompañarlo en la aventurada empresa, y cometió el error imperdonable. Error de que él mismo fué la víctima primera, pues las crueles odiosas frases que corrieron de su pluma permanecerán eternamente adheridas á su nombre, y se necesita tener bien presente toda la buena fe, todo el desinterés personal del hombre para comprenderlas y atenuarlas.

El fin anhelado no se alcanzó ni siquiera aproximadamente, ni aun en el primer momento; el mal en vez de aliviarse persistió agravándose, y contribuyó, por contrario efecto, á cerrar el paso á todo acuerdo posible entre los dos grandes partidos separados por la cuestión de la esclavitud.

Era claro que los jefes del Sur, que tan arrogantemente pedían desde algunos años atrás el reconocimiento de sus derechos y de su carácter de amos de esclavos en los Territorios, sin arredrarles el peligro de arruinar la fábrica política, no habrían de ceder ó disminuir sus altivas exigencias, ahora que el Tribunal supremo proclamaba la legalidad, la corrección constitucional de su programa. El miedo del porvenir, que tan justamente les infundió el número inesperado de votos reunido por la candidatura adversa, comenzó instantáneamente á minorar, gracias al poderoso apoyo de la aprobación judicial; exageraron sus pretensiones al mismo tiempo que crecían su orgullo y espíritu dominante, y llegaron hasta esperar confiadamente que el respeto á la ley, la sumisión á la cosa juzgada, sentimientos muy esparcidos y siempre vivos en la república, unidos al antiguo deseo de evitar á toda costa el desquiciamiento de la Unión, decidirían á la masa del pueblo á permitir la realización de sus designios.

El efecto entre los agrupados bajo el nombre de "republicanos" fué, como dije, contrario á lo previsto; los que procedían impulsados por ideas de moral y religión se exaltaron hasta el frenesí al encontrarse con la justicia apadrinando lo que consideraban abominable; los que obedecían á un plan político, los moderados, que esperaban tarde ó temprano el triunfo en las urnas electorales por los medios ordinarios, en nada cambiaron, porque sabían bien que la sentencia por Taney publicada resolvía sólo el caso concreto á que se refería, y acatándola á ese único respecto replicaban que los precedentes judiciales, cuando son errados, se destruyen por medio de fallos posteriores; y que una vez arrollado pacíficamente el partido esclavista en nuevas elecciones, las opiniones y tendencias de los magistrados de la Corte Suprema cambiarían poco á poco, por juego y obra de la misma Constitución tan falsa y lastimosamente ahora interpretada y aplicada.

Las cosas por tanto continuaron por breve término en idéntica posición; la gran batalla de principios y de programas tenía que trabarse y decidirse todavía en su verdadero terreno, la intervención de los jueces excitó de antemano las masas combatientes y les proporcionó gritos de guerra más nuevos y estruendosos.

CAPÍTULO VI.
Desacuerdo entre ambas ramas del Congreso sobre la admisión de Kansas.

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El primer año de la presidencia de Buchanan fué el más fúlgido momento de fortuna disfrutado por el partido esclavista. Todavía hoy pudiera supersticiosamente creerse y decirse que el destino quiso engañarlo por última vez, en la hora misma que lo esencial estaba á punto de perderse, y, poniéndole delante el espejismo de la victoria, llevarlo seguramente con ojos deslumbrados á la catástrofe definitiva. Hallábase en posesión absoluta de cuantos recursos eran de apetecerse para cimentar indestructiblemente su predominio: poder ejecutivo, poder legislativo, supremo cuerpo judicial, todo laboraba y conspiraba en su favor.

Nadie acogió con más regocijo que Buchanan la declaración judicial que sancionaba la extensión de la esclavitud en los Territorios; los intransigentes del Senado y de la Cámara de Representantes tuvieron la satisfacción de oir decir en su nombre, en un mensaje especial, de 2 de Febrero de 1858, que Kansas era ya un Estado con tanta verdad y tanto derecho como otro cualquiera de la Unión, como Georgia ó las Carolinas, con esclavos como ellos, y por los mismos títulos digno de formar parte de la gloriosa federación. Si el Congreso seguidamente atendía las sugestiones del Presidente, aprobaba la situación á que se había llegado en Kansas por medios bien merecedores de reprobación, y admitía la nueva comunidad bajo la constitución que subrepticiamente, sin consulta real del pueblo, acababan de promulgar,—¡qué hermosa manera de coronar los esfuerzos de los últimos cuatro años! El equilibrio entre las dos secciones quedaba en el acto restablecido, y no habría ya peligro de perderlo nuevamente, pues el horizonte inmediato se vestía también de gratísimos colores; Tejas, el Estado enorme, de cerca de trescientas mil millas cuadradas de superficie, podía legalmente ser dividido en cuatro Estados, y en vez de dos, mandar ocho representantes al Senado, cualquiera que fuese la cifra de su población; más lejos los vastos espacios anexados después de la guerra contra Méjico ofrecían su fértil suelo á colonos venidos de todos lados para organizarse pronto del mismo modo y en las mismas condiciones que Kansas, y entonces, no diez y seis, sino veinte, veinticinco Estados, explotados por el trabajo de los negros esclavos, lucharían ventajosamente en Washington por medio de sus delegados contra los ávidos industriales y comerciantes del Norte, y tendrían en las manos los medios de exigir é imponer el respeto y la conservación de sus instituciones peculiares.

Pero el ardiente deseo los arrastraba demasiado lejos, como poseídos del frenesí que la fortuna vierte sobre aquellos que quiere perder, según el célebre apotegma que la Edad media atribuía al poeta cómico latino. El cúmulo de lisonjeras esperanzas comenzó á desmoronarse cuando más alto y compacto parecía. Apenas se dibujó claramente ante los correligionarios del Norte lo que se escondía detrás de esas apariencias y vieron hasta donde soñaban ir sus aliados del Sur con el Presidente de la República á la cabeza, se negaron algunos á continuar en tan tortuosa dirección, invadidos de mortal angustia al hallar inconciliables el amor de libertad que los animaba y la distinta situación legal que debía surgir de la ejecución de sus acuerdos. La opresiva duda se propagó con rapidez, y como tiene que suceder donde la voluntad popular es soberana y no carece de ocasiones de manifestarse, repercutió entre los miembros de la Casa de Representantes, desprendió de la mayoría imperante suficiente número de votos para que fuese rechazado el bill del Senado sobre la admisión de Kansas de la manera convenida, y la bien maquinada intriga cayó al suelo desbaratada.

Fué el naufragio definitivo de la cuestión, cuando más orgullosamente navegaba y desplegaba velas y grímpolas; naufragio sin posible salvación, aunque se empeñasen en excogitar las más ingeniosas combinaciones. La misma numerosa mayoría que la había acogido y prohijado con tanto afecto en el Senado, corría riesgo de disolverse, porque llevaba en el seno una herida incurable; Douglas, creador y firme mantenedor de la alianza entre representantes del Norte y del Sur, la había abandonado en tan críticos momentos y había votado con la minoría, es decir, contra la entrada de Kansas. Su defección tenía á la larga que sentirse como golpe mortal.

El fallo de la Corte suprema había sido terrible para el hábil senador de Illinois; sólo por prodigios de sofística destreza había logrado armonizarlo en los primeros días con sus doctrinas sobre el derecho popular de aceptar ó rechazar la esclavitud, y, mientras la insoluble antinomia no salía de la esfera teórica, bastaron subterfugios para acallarla. Pero si hubiera consentido ahora la transformación que por fraude y por violencia se pretendía consumar en Kansas, mermarían y aun quizás se desvanecerían su influencia y popularidad en el estado libre de que era senador, ante cuyos habitantes tenía precisamente que acudir ese año solicitando reelección. Con su perspicacia y prontitud habituales vió y corrió al peligro. Combatió el bill, votó en contra, dejó sin miedo caer sobre su cabeza las iras del Presidente de la República, la execración de sus antiguos aliados y sus colegas. Era luchador bastante fuerte para habérselas con todos, y aunque amargamente deplorara el golpe de muerte que asestaba, un interés personal, inmediato, superior, le ordenaba defender el puesto desde donde ejercía su influencia en el país. No lograr la reelección equivaldría á perderlo todo de una vez. Por el contrario, reelegido, le sobraría tiempo para recobrar luego su puesto en la plana mayor de su partido, si le conviniese, y aplicar los recursos nunca agotados de su maravillosa estrategia.

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Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
16 ocak 2025
Hacim:
310 s. 1 illüstrasyon
ISBN:
4057664152541
Yayıncı:
Telif hakkı:
Bookwire
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