Kitabı oku: «Los últimos moriscos»

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Los últimos moriscos

Pervivencias de la población

de origen islámico en el reino de Granada

(siglos XVII-XVIII)



Colección dirigida por: MANUEL BARRIOS AGUILERA (Universidad de Granada) RAFAEL BENÍTEZ SÁNCHEZ-BLANCO (Universitat de València) ALBERTO MONTANER FRUTOS (Universidad de Zaragoza)

© Enrique Soria Mesa, 2014

© De la presente edición: Publicacions de la Universitat de València, 2014

Publicacions de la Universitat de València

http://puv.uv.es publicacions@uv.es

Editorial Universidad de Granada

http://www.editorialugr.com edito4@ucartuja.es

Servicio de Publicaciones de la Universidad de Zaragoza

http://wzar.unizar.es/spub spublica@posta.unizar.es

Diseño de la colección: Vicent Olmos

Diseño de la cubierta: Celso Hernández de la Figuera

Maquetación: Inmaculada Mesa

ISBN: 978-84-370-9595-0

A la memoria de Juan Luis Castellano,

maestro y amigo,

de quien tanto aprendí

de la historia y de la vida

Al maestro Bernard Vincent,

de cuya amistad me precio

ÍNDICE

INTRODUCCIÓN

LOS MORISCOS QUE SE QUEDARON VISTOS POR LA HISTORIOGRAFÍA

LA NUEVA ÉLITE

ESTRATEGIAS FAMILIARES

ACTIVIDADES ECONÓMICAS Y NIVELES DE FORTUNA

LA POSESIÓN DE OFICIOS PÚBLICOS

NOBLES Y ¿LIMPIOS? LA INVENCIÓN DEL PASADO

UNA RED PROTECTORA

EL DESASTRE. LA PERSECUCIÓN DE LOS ISLAMIZANTES

TRAS LA TEMPESTAD. EXILIO, RECONSTRUCCIÓN Y OLVIDO

A MODO DE CONCLUSIÓN

APÉNDICES

FUENTES UTILIZADAS

BIBLIOGRAFÍA

ABREVIATURAS


AA Archivo de la Alhambra
AC actas capitulares
ACA Archivo de la Catedral de Almería
ACCo Archivo de la Catedral de Córdoba
ACuG Archivo de la Curia Eclesiástica de Granada
ADG Archivo de la Diputación de Granada
AGS Archivo General de Simancas
AHN Archivo Histórico Nacional
AHPCo Archivo Histórico Provincial de Córdoba
AHPG Archivo Histórico Provincial de Granada
AMB Archivo Municipal de Baza
APG Archivo de Protocolos del Colegio Notarial de Granada
APM Archivo Parroquial de Monachil
ARChG Archivo de la Real Chancillería de Granada
AUG Archivo de la Universidad de Granada
AUS Archivo de la Universidad de Sevilla
CC Cámara de Castilla
EM expedientes matrimoniales
LCN Libro de Cédulas de Nombramiento
SN-AHN Sección Nobleza del Archivo Histórico Nacional (Toledo)

Introducción

El libro que encabezan estas líneas está dedicado a trazar la evolución en la larga duración de un colectivo social muy particular. Una investigación que ha durado varios años y que se centra en la historia de los moriscos granadinos que lograron permanecer en sus tierras natales a pesar de la expulsión que Felipe II ordenó en 1570, la que les condujo al interior castellano, y sobre todo de la de 1609 y años posteriores, que en teoría erradicó de la Península Ibérica hasta el último descendiente de musulmanes. O eso es lo que se nos había dicho.

Jamás hubiera pensado, lo digo con absoluta sinceridad, cuando comencé a trabajar sobre los moriscos granadinos que pudiese existir siquiera el objeto de estudio que aquí analizo. Cuando inicié mis investigaciones sobre las élites de origen islámico, hace más de veinte años, el arco temporal no podía ser otro que el de 1492-1570; otra cosa era literalmente impensable. Bajo esos parámetros, empecé a trabajar acerca de las principales familias de colaboracionistas, en especial los Granada Venegas, sus ramas menores y su círculo de parentesco. De todo lo realizado en esa época, modestamente creo que el artículo que se publicó en 1992 en la revista Áreas («De la conquista a la asimilación. La integración de la aristocracia nazarí en la oligarquía granadina») ha tenido bastante importancia, abriendo nuevas líneas de trabajo.

Años después, tras un paréntesis cordobés dedicado a otros temas de historia social, oligarquías urbanas y nobleza sobre todo, he vuelto a ocuparme de la cuestión morisca; esta vez con renovados bríos. La afortunada circunstancia de dirigir un nutrido e interdisciplinar equipo de investigadores, compuesto tanto por discípulos como por colegas de esta y otras universidades me ha permitido ampliar sustancialmente el horizonte de análisis, contemplando en primer lugar un espacio geográfico muy superior, toda Andalucía, y en segundo término un arco cronológico muchísimo más extenso, abarcando hasta las postrimerías del Antiguo Régimen.

La concesión de un Proyecto de Excelencia por parte de la Consejería de Innovación, Ciencia y Empresa de la Junta de Andalucía, magníficamente financiado, nos ha permitido realizar investigaciones al máximo nivel en los principales archivos nacionales. Su temática, los moriscos granadinos en los reinos de Córdoba y Jaén entre 1570 y 1614, me obligó a cambiar el foco con el que observábamos el colectivo, estudiando ahora cómo se comportaron los miembros de esa minoría oprimida en tierras extrañas y durante cuarenta años, conviviendo, integrándose y siendo rechazados por los cristianos viejos que habitaban las ciudades y villas andaluzas a las que fueron enviados de forma coercitiva. Creo que los resultados científicos de esta aventura conjunta han sido más que notables.

Pero a medida que investigaba de nuevo la realidad morisca, y gracias a haber sido invitado a presentar una ponencia en un Curso de la Universidad de Valencia sobre las élites moriscas (2009) empecé a vislumbrar un nuevo fenómeno, hasta el momento prácticamente ignorado por la historiografía. La preparación del texto, revisando viejos materiales de archivo, y otros encargos editoriales de ese mismo año relacionados con la eclosión de congresos derivada del Centenario de la Expulsión de los Moriscos, me abrió de par en par las puertas de una realidad que hasta entonces yo mismo desconocía.

Habiendo tomado conciencia de la existencia de numerosos moriscos que se quedaron en España tras la expulsión decretada entre 1609 y 1614, solicité de inmediato un Proyecto de Investigación al Ministerio de Ciencia y Tecnología para profundizar en el análisis de esta temática. Su ámbito geográfico es el de toda Andalucía, pero no dudamos ninguno de sus componentes en ampliar el espacio investigador cuando resultó necesario a todo el territorio español. Dentro de estas coordenadas se inscribe mi propio trabajo sobre el reino de Granada.

Es la que sigue una investigación que sólo puedo calificar como fascinante. Un descubrimiento que considero de la mayor relevancia y que puede y debe cambiar nuestra percepción acerca del pasado histórico español, pues lo que se creía muerto en 1614 se torna vivo y resistente hasta mediados o incluso finales del siglo XVIII. La pervivencia del Islam en nuestra tierra, ahora demostrada para Granada y quizá en unos pocos años para otras regiones hispanas, nos lleva a plantear un escenario bien distinto al que se tenía asumido, una realidad mucho más compleja que la que se venía admitiendo como dogma de fe por la historiografía especializada. Hasta dónde llegaron las consecuencias de este hecho es algo que tendrá que afrontar la futura investigación.

Hablamos de algunos millares de personas que lograron permanecer en tierras granadinas a pesar de todos los intentos por expulsarlos. Gentes que lograron sortear las prohibiciones regias precisamente gracias a los resquicios del sistema; en especial debido a la permisividad de parte de las autoridades encargadas de echarlos y la protección interesada de los poderosos locales.

Miles de personas que se quedaron y que tuvieron descendencia, parte de la cual llega a nuestros días. Pero más allá de lo que podría ser un juego erudito con la genealogía, que podría ampliar exponencialmente esas cifras bajando las generaciones, lo importante es que muchos de ellos no sólo no se asimilaron con facilidad sino que mantuvieron más o menos intacto el Islam de sus ancestros, las creencias y las costumbres de sus progenitores. Y no sólo durante el siglo XVII, sino incluso en el XVIII. Entre 1728 y 1729 hubo dos grandes autos de fe en los que doscientos cincuenta hombres y mujeres fueron procesados y condenados por el Santo Oficio, pero ni siquiera allí acabó todo. Encontramos resabios islámicos y personas encausadas hasta mediados de la centuria ilustrada.

Estas prácticas heterodoxas se vieron reforzadas por una intensa endogamia, por una fortísima consanguinidad, a veces brutal, que tuvo como objetivo renovar continuamente los lazos de solidaridad interna del grupo, una de las principales causas de que se mantuviera casi intacta la particular personalidad del conjunto de familias implicadas.

En otro orden de cosas, tengo que resaltar la enorme capacidad de enriquecimiento de estos moriscos tardíos. Sería un colosal error pensar en que sobrevivieron ocultos gracias precisamente a su pobreza, a su situación residual en lo económico que los colocaba en los márgenes sociales. Nada más lejos de la realidad. En poco tiempo encontramos personas acaudaladas entre ellos, con el paso de los años incluso enormes fortunas que se cuentan por millones de reales. Una intensa actividad laboral, dedicación plena a la artesanía y al comercio, control del sector sedero todavía pujante y una actitud menos ociosa y dedicada al disfrute de lo suntuario pueden explicar este éxito, al que sin duda alguna no fue ajeno la colaboración mutua y la solidaridad grupal.

Riqueza que, como no podía ser menos en la España del Antiguo Régimen, acabó por proyectarlos, incluso a un grupo como éste, a la esfera del poder local. Se cuentan por docenas, más de un centenar de hecho, los oficios públicos ostentados por estos moriscos tardíos, y lo mismo que habrá entre ellos clérigos menores y presbíteros, párrocos y beneficiados, tendremos escribanos, procuradores, médicos, abogados de la Real Chancillería, capitanes, alcaides, jurados, regidores de pueblos, veinticuatros de Granada e incluso un oidor de la audiencia de Sevilla, que murió electo juez de la Real Chancillería de su ciudad natal.

Un panorama, pues, muy diferente al que se nos había contado, y todo ello descubierto gracias a la consulta masiva de fuentes notariales, eclesiásticas e inquisitoriales, amén de otras muchas tipologías. Un gran esfuerzo que creo habrá merecido la pena si soy capaz de transmitir la enorme trascendencia del tema. No sé si lo habré logrado. Pero al menos sí debería poder manifestar hasta qué punto he disfrutado con la investigación realizada. En momentos así es cuando uno entiende por qué se hizo historiador.

Este libro, como todos los anteriores, debe mucho a muchos, no sólo a mí. La familia, los amigos, mis becarios, por supuesto mi pareja . . . todos ellos han aportado mucho, cada uno a su manera. Pero especialmente creo que debo agradecer datos, sugerencias y conversaciones sobre la temática a Amalia García Pedraza y Agustín Rodríguez Nogueras, Manuel Fernández Chaves y Rafael Pérez García, y en especial a Santiago Otero Mondéjar, tan buen amigo como discípulo, a quien de esta manera también le dedico este libro.

No puedo, ni quiero, olvidar aquí a los colegas, amigos todos ellos, que tuvieron a bien juzgar el primer borrador de este libro, presentado a su consideración como proyecto de investigación de lo que fue la oposición a la cátedra que actualmente disfruto. María Ángeles Pérez Samper, Ofelia Rey Castelao, Francisco Andújar Castillo y Alberto Marcos Martín, a los que debo sumar el quinto miembro del tribunal, Rafael Benítez Sánchez-Blanco, uno de los mayores especialistas mundiales en el tema morisco, a cuyas gestiones debo la edición de este texto en la prestigiosa Biblioteca de Estudios Moriscos. A todos ellos, que aúnan excelencia académica con integridad científica y honestidad personal, muchas gracias. Sois el espejo el que me gusta reflejarme.

Los moriscos que se quedaron vistos por la historiografía

No puede resultar extraño definir la producción científica de las dos últimas décadas en lo que a la Época Moderna se refiere como una auténtica avalancha historiográfica. Quizá no pueda denominarse en puridad como una revolución publicística, pero lo cierto es que el número de trabajos, libros y artículos se ha multiplicado ad infinitum en este breve lapso de tiempo. La historia social y cultural, la nueva historia política, la historia de la familia y de las redes sociales, la de las élites . . . cuentan con numerosas aportaciones, que en bastante casos han transformado sustancialmente nuestro nivel de conocimientos.

En este sentido, cabe felicitarse por la proliferación de estudios sobre los moriscos, una de las principales minorías de la España moderna, que ha pasado en sólo un lustro de considerarse tácitamente como un tema casi cerrado, donde lo principal parecía haberse dicho, a ser un ámbito de plena actualidad historiográfica, presenciando este tiempo la aparición de nuevas y brillantes monografías, cuyo impacto habrá de consolidarse en los próximos años, cuando sus resultados comiencen a trascender el estrecho universo de los especialistas, difundiéndose en las aulas y apareciendo en las páginas de los manuales al uso y obras generales. O eso sería de desear.

No tiene mucho sentido traer a estas páginas, aunque sólo sea por una obvia cuestión de espacio, una lista de publicaciones clásicas. Basta remitirse a los numerosos estados de la cuestión que se han editado en los últimos tiempos.1 Creo más interesante centrarme únicamente en lo relativo a la permanencia morisca en tierras de España a partir de 1614, aunque haya que retrotraer la cuestión al final de la Guerra de Granada en 1571, de donde arranca todo este proceso. Veámoslo con algún detenimiento.

La destrucción de lo que quedaba de la Granada islámica tras la guerra de las Alpujarras y la represión posterior supuso la creación de una imagen colectiva según la cual ya no quedaban moriscos en ese reino sureño. La expulsión de decenas de miles de personas hacia el interior de Castilla no sólo aumentó la población de multitud de localidades andaluzas, murcianas y manchegas, sobre todo, sino que tuvo su paralelismo en la llegada de un fuerte contingente, aunque inferior al exiliado, de peninsulares, dispuestos a repoblar el territorio gracias a la concesión de tierras y ventajas fiscales por parte de la Corona.

Independientemente de las vicisitudes de esta repoblación tras la expulsión de los moriscos, que no vienen al caso aquí, lo cierto es que con ello se cerró un ciclo, aparentemente, finalizando ahora la presencia musulmana en tierras granadinas. De la mezcla de estos neopobladores con los repobladores antiguos, llegados en tiempos de los Reyes Católicos, así como con los inmigrantes que de manera informal acudieron al territorio desde el siglo XVI al XVIII, habría surgido la población granadina definitiva, la misma que llegó al siglo XX sin demasiados cambios. Todos cristiano viejos, claro está. O eso se pensaba.

Sólo un puñado de estudiosos destacaron la existencia de una ínfima minoría de moriscos que pudieron permanecer en el territorio a partir de 1570, acogidos al permiso regio. Son los descendientes de los colaboracionistas, familias bastante o muy integradas, según los casos, que ya nada representaban en realidad. Sólo un toque pintoresco y colorista, eco casi desvanecido de un tiempo que nunca habría de volver.

Sin necesidad de retrotraernos a algunos artículos muy antiguos, que aportaron escasos datos y que pasaron desapercibidos casi por completo,2 creo necesario mencionar los estudios pioneros de Bernard Vincent, quien ha marcado durante las últimas décadas con sus trabajos el ritmo no sólo de esta temática concreta, sino el de todos los estudios acerca del colectivo morisco. Artículos como «Los moriscos que permanecieron en el reino de Granada después de la expulsión de 1570»3 pusieron de manifiesto en su día la continuidad de parte del grupo tras la expulsión decretada por Felipe II, aunque en forma de un escaso número de familias de la élite colaboracionista.

Sobre este interesantísimo cuerpo social se han ido publicando muchos estudios, la mayoría de ellos centrados en la evolución de una familia concreta. Todos ellos, incluidos los míos propios, acababan sus páginas poco más allá de la cesura cronológica que marcaba la guerra y la expulsión. Ningún autor planteaba la permanencia morisca tras 1614, desde luego nadie en forma de un colectivo socio-culturalmente diferenciado. Sólo existiría una obvia continuidad genealógica para el caso de este ínfimo porcentaje de linajes, mas en absoluto manteniendo una idiosincrasia específica, sino fundidos de inmediato en el seno de la masa cristiano vieja.

Sin embargo, para ser justos habría que retroceder bastante en el tiempo, pues ya en fecha tan temprana como 1959 don Antonio Domínguez Ortiz advirtió en un breve artículo que las cosas no eran tal y como parecían a primera vista. El título del trabajo ya lo dice todo: «Felipe IV y los moriscos»,4 reinado el de este Habsburgo en el que ya no quedaba, o eso se pensaba, morisco alguno en España. La causa del escaso éxito del trabajo radica sobre todo, o eso creo yo, en presentar un panorama tan distinto al comúnmente aceptado que simplemente se ignoraron sus aportaciones. No de forma consciente, sino pensando que lo que don Antonio allí planteaba serían meras excepciones, una situación pintoresca pero sin mayor trascendencia.

El maestro Domínguez Ortiz desarrolló esta cuestión en el mejor libro que se ha escrito sobre la cuestión morisca, redactadas sus páginas junto a Bernard Vincent.5 Me refiero, claro está, a Historia de los moriscos. Vida y tragedia de una minoría. Su capítulo final, escrito por don Antonio, se dedica a la continuidad morisca tras el trauma de tiempos de Felipe III. En él se demuestra la posible permanencia de algunos núcleos poblacionales en ciertas zonas, pero se concluye con toda rotundidad:

Las referencias a moriscos en España después de la expulsión requieren, por ello, una criba, y un cierto sentido crítico para no dejarse impresionar por su número y pensar que fueron realmente muchos los que consiguieron quedarse o volver. El Islam español finaliza en 1609-1614.6

Tras muchos años de vacío en este campo, ha sido en la última década cuando se han publicado trabajos específicos sobre la temática, alguno de los cuales ha despertado cierta polémica, la cual por desgracia no ha trascendido como debiera al ámbito mediático, todo lo contrario que sucedió, por sólo mencionar el caso más parecido, con la relativa al Origen de la Inquisición, entablada entre Benzion Netanyahu y sus mucho más razonables detractores. ¿Casualidad, o se trata de nuevo de un mayor interés en los medios de comunicación por nuestro pasado judaico antes que por el islámico?

Sea como fuere, el libro de Trevor Dadson sobre los moriscos de Villarrubia de los Ojos, en Ciudad Real, ha marcado un punto de inflexión. Un grueso volumen de más de 1.300 páginas, repleto de datos, que viene a demostrar que en esa localidad castellano-manchega permanecieron multitud de moriscos, muchos de los que allí vivían antes de la expulsión, los cuales consiguieron ocultarse, pleitear exitosamente contra la Corona o simplemente regresar de forma subrepticia tras su extrañamiento.7 Las bondades del libro radican, a mi entender, no sólo en el estudio de un caso más que interesante, sino en la toma de conciencia que para muchos ha supuesto acerca de un fenómeno casi olvidado. Los puntos negativos de la obra, que los tiene y bastantes, han sido señalados por varios de los principales investigadores en la materia.8 Entre ellos, la excepcionalidad de la villa, la condición especial de mudéjares antiguos de muchos de estos moriscos y, en esto abundo yo mismo, la metodología empleada, ya que para asegurar la permanencia no basta con utilizar la identidad de los apellidos, herramienta a la que recurre con demasiada facilidad el autor.

De forma mucho más gris y callada, Gobert Westerveld viene a mostrar, tras largos años de investigación (propia y ajena) la enorme trascendencia de este fenómeno de continuidad islámica en el caso de las distintas villas y lugares del murciano Valle de Ricote. En varios libros, cuyo contenido podemos definir siendo elegantes como farragoso,9 se nos desgranan miles de datos que demuestran, esta vez sí de forma palmaria, la permanencia morisca en tierras murcianas tras los bandos de Felipe III. Una vez más, la realidad parece incontrovertible, pero queda la duda de si estamos ante un fenómeno muy localizado, imposible de extrapolar al resto de España y, menos todavía, de utilizar como modelo interpretativo.

Hora es ya de ir asumiendo que nos encontramos ante un problema histórico de primer orden, ante la permanencia de buena parte de la población de origen islámico en tierras hispanas más allá de los decretos emitidos por el poder central. Los datos de archivo que se están encontrando así lo demuestran, y aunque queda muchísimo por hacer, ya empiezan a darse las primeras publicaciones que parecen extender el proceso por toda la geografía nacional.10 Veamos algo de ello.

Nunca sabremos cuántos moriscos lograron quedarse en sus tierras natales, ni siquiera en qué zonas lo hicieron, pues hemos de tener bien claro que, salvo contadas excepciones, la persistencia de esta comunidad se debió precisamente a su capacidad de ocultación. Dicho de otro modo, para seguir siendo moriscos, debían de dejar de ser moriscos. Es por ello que lo que con toda seguridad lo que registran los papeles de los archivos será sólo la punta del iceberg.

Pero no importa. Lo que realmente nos interesa como historiadores son los mecanismos que explican la posible permanencia, frente a todo lo establecido por la ley. Por un lado, los que permanecieron ocultos, sin registrarse, huyendo de su localidad, cambiando de nombre y apellidos, marchándose a otras poblaciones circundantes de forma transitoria o permanente. La protección de los poderosos se revela aquí, y en los puntos que siguen, esencial. Clases dirigentes locales, élites urbanas y rurales, eclesiásticos, alta nobleza, funcionarios reales que bien por interés, por corrupción o incluso en algún caso de forma altruista les protegieron e impidieron el cumplimiento de los mandatos regios. No es tan raro como puede parecer en un primer momento, así precisamente es como lograron permanecer en nuestro país miles de gitanos a pesar de las reiteradas órdenes de expulsión y la aniquilación cultural que se dictaron desde el reinado de los Reyes Católicos hasta mediados del siglo XVIII.

Debieron ser muchos los moriscos que de esta forma lograron burlar el exilio, pero otro tanto quizá supusieron los que una vez expulsados consiguieron retornar a España, desembarcando desde diversas procedencias en sus costas y reintegrándose a la vida más o menos normal; suponemos que en localidades diferentes de aquellas de donde era oriundos. Añadamos a ellos, visto el fenómeno en un sentido lato, los muchos berberiscos que poblaban las costas hispanas, y que empiezan poco a poco a aparecer de entre los legajos e incluso en letra impresa.

Nos quedan los esclavos, bastantes de los cuales con el tiempo fueron liberados y acabaron mezclándose con los grupos más bajos de la sociedad urbana, y los morisquillos, niños que no fueron expulsados por su corta edad y que debieron también suponer un buen aporte poblacional. Más los casos de matrimonios mixtos, otro tema peliagudo.

Sin embargo, creo que a todo esto, como se ve en buena medida imposible de cuantificar por el envenenamiento de las fuentes documentales, se puede añadir un apartado del mayor interés, y que ahora empieza a ser estudiado por los especialistas. Nos referimos a los pleitos que muchos moriscos entablaron para demostrar su supuesta condición de cristiano viejo, y que les permitió, al menos en un amplio porcentaje, quedarse en su territorio. Litigios entablados contra las autoridades locales, en los distintos Consejos, en las audiencias . . . que dilataban la expulsión, que muchas veces la impedían y de los que en gran medida, por las razones que fuese, debieron salir victoriosos.

Al menos así se demuestra en los muchos casos que yo mismo he estudiado para el caso de la nueva élite sedera granadina y en el avance de este libro que vio la luz hace bien poco.11 Un grupo muy compacto y endogámico que llegó con sus señas de identidad casi intactas hasta comienzos del siglo XVIII, siendo objeto de persecución inquisitorial a partir de 1727 gracias a la delación de uno de ellos. Sobre esta cuestión, curiosamente, ya trabajó hace años Rafael de Lera, sin que a nadie se le haya ocurrido hasta ahora analizar de dónde salen doscientos cincuenta islamizantes bien avanzado el Setecientos en una Granada oficialmente desprovista de moriscos.12 Una vez más, la ceguera como horizonte intelectual.

El estudio de estos pleitos de cristiano viejo, por así llamarlos, está comenzando, y las perspectivas son muy halagüeñas. Desde la edición de amplios listados de los litigantes de determinados lugares,13 hasta estudios particulares del mayor interés, como el artículo de Manuel Lomas Cortés sobre la expulsión de los moriscos en el reino de Granada (donde, recordemos, en teoría no debía de quedar oficialmente casi ninguno), uno de cuyos epígrafes recoge la desesperación del ministro regio de turno por las artimañas empleadas para quedarse por estos descendientes de musulmanes.14

De esta misma permanencia, en otro sentido, dan fe determinados trabajos diseñados desde la perspectiva de la historia del arte o similares. Pervivencias de todo tipo, manifestadas en la pintura o la arquitectura, como nos manifiestan profesores de esta disciplina como Luis Méndez Rodríguez o Antonio Urquízar Herrera,15 o un interesante artículo de Antonio J. Díaz Rodríguez, centrado en el gusto por lo exótico, morisco sobre todo, entre los prebendados de la catedral cordobesa.16

Pero sin la menor duda, la reciente tesis doctoral de Santiago Otero Mondéjar, de la que he tenido el lujo de ser su director, representa una aportación esencial al tema, al plantear un posible modelo interpretativo para el análisis de la permanencia morisca en los territorios hispánicos, basándose en la consulta de una enorme documentación relativa a los reinos de Córdoba y Jaén.17 Sin duda alguna, una luz que ilumina, siquiera tímidamente, el largo camino que nos queda a todos por recorrer hasta desvelar el auténtico alcance de la presencia morisca en la España de los siglos XVII y XVIII. De momento, espero que en las páginas que siguen se resuelva claramente lo que corresponde al reino de Granada, que ya sería mucho.18

1Para evitar largos excursos bibliográficos, véanse, entre otras, las reflexiones y listados de E. Soria Mesa y S. Otero Mondéjar, «Una nueva encrucijada. La reciente historiografía sobre los moriscos», Tiempos Modernos, 21 (2010); E. Soria Mesa, «Las élites moriscas granadinas: un renovado tema de estudio», en E. Soria Mesa y S. Otero Mondéjar, (eds.), Los moriscos entre dos expulsiones, Granada, 2013 (en prensa); y M. Barrios Aguilera, «Los moriscos en el IV Centenario de la expulsión. Unos libros», Cuadernos de Historia Moderna, 35 (2010), pp. 225-235.

2F. Fernández González, «De los moriscos que permanecieron en España después de la expulsión decretada por Felipe III», Revista de España, XIX (1871), pp. 103-114 y XX (1871), pp. 363-376.

3Recopilado en B. Vincent, Andalucía en la Época Moderna. Economía y sociedad, Granada, 1985, pp. 267-286 (publicado por vez primera en francés en 1981 en la Nueva Revista de Filología Hispánica).

4Publicado en Miscelánea de Estudios Árabes y Hebraicos, VIII (1959), pp. 55-65.

5Véanse los acertados comentarios realizados sobre este libro, y el resto de la producción del autor, en R. Benítez Sánchez-Blanco, «Antonio Domínguez Ortiz, historiador de los moriscos», Manuscrits, 14 (1996), pp. 81-97.

6A. Domínguez Ortiz y B. Vincent, Historia de los moriscos. Vida y tragedia de una minoría, Madrid, 1978, p. 258.

7T. J. Dadson, Los moriscos de Villarrubia de los Ojos (siglos XV-XVIII). Historia de una minoría asimilada, expulsada y reintegrada, Madrid, 2007.

8Así, la doble y crítica reseña de B. Vincent y R. Benítez Sánchez-Blanco, en los Melánges de la Casa de Velázquez, 38-2 (2008), pp. 241-245 y 245-249, respectivamente.

9G. Westerveld, Blanca, «El Ricote» de Don Quijote. Expulsión y regreso de los moriscos del último enclave islámico más grande de España. Años 1613-1654, Blanca, 2001, 2 vols.

10Añadamos a lo anterior la tesis doctoral de François Martínez, La permanence morisque en Espagne après 1609. Discours et réalités, Lille, 2009, interesante, pero con un planteamiento muy distinto a lo que en este libro se presenta.

11E. Soria Mesa, «Una gran familia. Las élites moriscas del reino de Granada», Estudis, 35 (2009), pp. 9-36; «Los moriscos que se quedaron. La permanencia de la población de origen islámico en la España Moderna: Reino de Granada, siglos XVII-XVIII», Vínculos de Historia, 1 (2012), pp. 205-230.

12R. Lera García, «Cripto-Musulmanes ante la Inquisición granadina en el siglo XVIII», Hispania Sacra, Madrid, XXXVI (1984), pp. 521-573, y «Survie de l’Islam dans la ville de Granada au début du dixhuitième siècle», Revue d’Histoire Maghrébine, 43-44 (1986), pp. 59-82. Sobre lo mismo, y de manera muy superficial F. García Ivars, La represión en el tribunal inquisitorial de Granada, 1550-1819, Madrid, 1991. Para ser justo, ya había mencionado el tema J. Caro Baroja, Los moriscos del reino de Granada. Ensayo de historia social, Madrid, 1957.

13J. L. Carriazo Rubio, «Unos documentos sobre los últimos moriscos de Marchena», en Actas de las III Jornadas sobre Historia de Marchena. Marchena en la Modernidad (siglos XVII-XVIII), Marchena, Ayuntamiento de Marchena, 1998, pp. 379-394; W. Childers, «Propuestas preliminares para la reconstrucción genealógica de la comunidad morisca de Baeza», Historia y Genealogía, 2 (2012), pp. 37-51.

14M. Lomas Cortés, «El reino de Granada frente a la última deportación morisca (1610-1611)», Crónica Nova, 36 (2010), pp. 115-142. Trabajo integrado en el marco de su excelente tesis doctoral, editada en parte como El proceso de expulsión de los moriscos de España (1609-1614), Valencia-Granda-Zaragoza, 2011.

15Entre otros, L. Méndez Rodríguez, Esclavos en la pintura sevillana de los Siglos de Oro, Sevilla, 2011; y A. Urquízar Herrera, «La memoria del pasado en la cristianización de la mezquita de Córdoba durante la edad del Humanismo», en J. A. Sánchez López e I. Coloma Martín (eds.), Correspondencia e integración de las artes, Málaga, 2003, I, pp. 523-531; y «Literary uses of architecture and the explanation of defeat. Views of the Islamic conquest in the building of national identity in Early Modern Spain», National Identities, 13-2 (2011), pp. 109-126.

16A. J. Díaz Rodríguez, «Sotanas a la morisca y casullas a la chinesca. El gusto por lo exótico entre los eclesiásticos cordobeses (1556-1621)», Investigaciones Históricas, 30 (2010), pp. 31-48.

17S. Otero Mondéjar, La reconstrucción de una comunidad. Los moriscos en los reinos de Córdoba y Jaén (ss. XVI-XVII), Córdoba, 14 de noviembre de 2012 (Mención Internacional). En vías de publicación.

18Estando cerrado ya este libro vio la luz el volumen colectivo Los moriscos: expulsión y diáspora. Una perspectiva internacional, editado por Mercedes García-Arenal y por Gerard Wiegers, Valencia-Granada-Zaragoza, 2013. Aunque sus páginas reúnen algunos estudios de gran valor, sólo tiene relevancia expresa para lo que me interesa el artículo de James B. Tueller, «Los moriscos que se quedaron o que regresaron», basado en la consulta de unos cuantos legajos de la sección de Estado del Archivo General de Simancas, ya transitados por mí y por Santiago Otero Mondéjar. Por tanto, aunque no ha podido incorporarse al texto, no supone, creo, novedad de especial transcedencia, aunque sea interesante, sin duda alguna.

La nueva élite

Resulta imposible conocer cuántas personas compusieron la comunidad morisca que logró escapar de los decretos de expulsión, tanto del de 1570 como del que sancionó Felipe III a partir de 1609. Por varias razones.

La primera, porque ni siquiera contamos con un listado completo (ni incompleto) de las personas y familias a las que se permitió quedarse de manera oficial. Bernard Vincent nos ofreció hace muchos años una relación de algunos de los autorizados, y hace poco tiempo Rafael Pérez García editó otra lista, ambos documentos de procedencia simanquina y referidos a la coyuntura post-bélica de tiempos de Felipe II.1

Pero estos interesantes documentos son sólo la punta del iceberg. A medida que se navega entre los papeles de la Cámara de Castilla y de Estado, secciones ambas del Archivo General de Simancas, se encuentran multitud de permisos regios, en documentos por desgracia muchas veces inconexos y ácronos, que nos van añadiendo nuevos nombres.

La situación empeora, por así decirlo, si nos referimos al siglo XVII. En esta coyuntura, realmente no conocemos a cuántos se les permitió quedarse, que debieron ser muchos, pues no se ha encontrado que yo sepa un listado oficial de los colaboracionistas que fueron indultados para siempre. Quizá no lo hubiera.

Porque en ambos momentos históricos, sobre todo en el segundo, lo que funcionó como principal forma de permanecer en el territorio fueron los pleitos entablados contra la administración. Litigios en los tribunales regios que adoptaron la forma de demostraciones de cristiano viejo, en el sentido jurídico del término, tras los cuales, y creo que la gran mayoría de las sentencias fueron favorables a los pretendientes, los beneficiarios del fallo judicial pudieron quedarse en su tierra de origen.

Y esto, claro, impide conocer quiénes y cuántos fueron los agraciados. Algunos documentos nos hablan de cientos y cientos de pleitos, pero tampoco sabemos qué porcentaje se ganó y cuántos no consiguieron demostrar su derecho y fueron definitivamente expulsados.2

Todo se complica si introducimos dos nuevos factores en el tablero de juego. Por un lado, aquellos que consiguieron retornar, de forma subrepticia, a sus territorios natales o a otros de la misma España. Regresos ilegales, por supuesto, pero que debieron dar sus frutos en multitud de casos, pues hay referencias suficientes para otros territorios como para pensar que Granada quedara al margen del fenómeno.

Por otro lado, estoy seguro que cientos de moriscos, miles seguramente, se quedaron ocultos tanto en la Corona de Aragón como en la de Castilla. Y el reino de Granada seguro que no fue una excepción. Aquí sí que las cifras son imposibles ni siquiera de suponer, lo que no es ningún problema, lo importante es la constatación del hecho. Ulteriores estudios, de corte monográfico, tal vez vayan desvelando el alcance que tuvo este fenómeno.

En lo que a Granada se refiere, por tanto, es imposible saber cuál fue el contingente que permaneció. Imposible a todas luces. Por ello, he optado no tanto por analizar todas las familias de que tengo constancia fueron descendientes de moriscos sino, este matiz es fundamental, todas aquellas estirpes que tuvieron conciencia de serlo y que actuaron como una comunidad, por leves que fueran sus lazos con el núcleo de la misma.

Es decir, he prescindido del análisis genealógico, esto sí hubiera sido algo meramente erudito, de las familias que sé pudieron quedarse por permiso regio pero que de inmediato desaparecen, subsumidas en la sociedad dominante. Aquellos hombres y mujeres que optaron, ya a comienzos del siglo XVII e incluso puede que desde antes, por casarse con cristianos viejos, ser fieles a la religión católica y separarse del todo del grupo del que procedían. No sólo por una cuestión de método, sino también porque de esta forma han dejado poquísimas huellas de su devenir vital.

Me he quedado pues, mezcla de elección y de necesidad, con lo que estoy en condiciones de definir como una nueva élite morisca. La capa superior de un grupo más amplio, la cual disfrutó en general de una situación acomodada, contando entre sus miembros con bastantes familias ricas. Un núcleo duro lanzado a una carrera endogámica que cuando menos llama la atención. Casamientos reiterados entre parientes que se desarrollan a partir de finales del siglo XVI y llegan, por extraño que pueda parecer, casi hasta 1800. Matrimonios consanguíneos que buscan reforzar de manera continua los lazos de solidaridad que los cohesionan internamente.

Dentro de ellos, dos grandes líneas de actuación. Aunque hubo matices intermedios, la mayoría optó por asimilarse del todo a los patrones de comportamiento dominantes. Otros, en cambio, permanecieron más o menos fieles a las enseñanzas de sus progenitores y mantuvieron viva la llama del Islam en España hasta mediados del Setecientos. Con más o menos vigor, pero siguió encendida, como nos demuestra la redada de 1727 en que se condena a unos doscientos cincuenta reos por mahometanismo.

Lo que sí es posible es intentar clasificar a estos últimos moriscos en cuanto a su procedencia, comportamiento y actividades. Así, encontramos cinco grandes tipologías en la Granada de los siglos XVII y XVIII.

1. Las antiguas élites colaboracionistas, supervivientes sin demasiados problemas, al menos de forma relativa, al trauma que significaron las dos expulsiones de 1570 y 1609. Se encuentran asimiladas casi por completo y reconvertidas en nobleza de sangre. Los ejemplos más evidentes son los Granada Venegas, los Granada Alarcón, los Belvís-Avís almerienses y los Benajara de Guadix.

2. Los conjuntos «periféricos», como los Mondragón de Zújar o los Bazán de Abla. Familias antaño poderosas a nivel local, que siguen su propia dinámica, al parecer al margen en casi todo al devenir del resto. Relacionados e integrados poco a poco con los sectores cristiano viejos locales. Tal vez podrían entrar aquí los restos de los Venegas de Monachil en sus distintas líneas (Jiménez Venegas, Beamonte . . . ), así como la rama más modesta de los Belvís almerienses, asentada en el citado lugar de Monachil.

3. Una importante masa de población que ha conseguido, de múltiples formas, permanecer en el territorio y que va a asimilarse por completo, desapareciendo entre la masa cristiano vieja. En general de estatus socio-profesional bajo y de escasos recursos. Muchos de ellos, quizá la inmensa mayoría, se van asimilando poco a poco en lo cultural y lo religioso.

4. Una serie de estirpes asentadas en la ciudad de Granada y dedicadas en especial al trato de la seda, cuyas ganancias las convierte en acomodadas e incluso ricas, que en general se han asimilado definitivamente a la ortodoxia cultural y religiosa y que en su inmensa mayoría no darán quehacer alguno a la Inquisición. Sin embargo, mantendrán durante cerca de un siglo una gran cohesión interna, practicando asiduamente la endogamia como elemento diferencial que les permite mantener algunas de sus señas de identidad. Es la nueva élite, que a veces se relaciona personal, económica y familiarmente con los restos de los colaboracionistas.

5. Y dentro de este grupo capitalino, un buen número de familias que, sorprendentemente, mantienen un claro perfil criptoislámico. Son parte de los anteriores, y en ocasiones es muy difícil deslindar los que heretizaban de los que no, ya que son parientes muy cercanos los unos de los otros. Y como es bien sabido, la frontera que separa las prácticas culturales de las opciones religiosas suele ser muy difusa.

Otros criterios se pueden emplear a la hora de analizar el grupo. Por un lado, su procedencia social; por otro, sus orígenes geográficos. Con ambos factores, podemos llegar a estas conclusiones de forma general:

En primer lugar, destacan los mudéjares. Puede resultar sorprendente hablar de mudéjares entre los moriscos de Granada, pero así es. Bastantes estirpes de las que analizaré en esta obra tienen esta procedencia, y quizá no se trate de un fenómeno extraño y único, relacionado con el vacío que habrían dejado los descendientes de musulmanes tras la expulsión de 1570, sino que más bien parece que es un proceso global y anterior en el tiempo. En efecto, hoy sabemos que la llegada de mudéjares castellanos al territorio nazarí recién conquistado fue algo bastante frecuente, aunque haya pasado prácticamente desapercibido. Los excelentes trabajos de José Enrique López de Coca Castañer, aunque referidos sólo a los primeros momentos de la Granada cristiana, nos han puesto sobre su pista.3

Tampoco es nada raro. La familia de Abrahén de Mora, cercano colaborador de Boabdil, y de su sobrino Yuça de Mora, intérprete y alamín de la seda décadas después, es de este origen; parece que procedentes del pueblo toledano epónimo. Y de la ciudad de Toledo vinieron también los famosos escribanos Xarafi, interesante dinastía que pide a gritos un estudio monográfico.4

Mudéjares fueron los Fustero, procedentes de Madrid, y los Almirante, éstos provenientes de Segovia, sobre los cuales diré algo más gracias a que cuento con algunos documentos que nos ilustran sobre sus primeros pasos, los que aquí interesan.

Asentados en la referida ciudad castellana, en la segunda mitad del siglo XV vivió Mahoma Almirante,5 así denominado en los documentos,6 quien debió ser una personalidad notable entre los de su comunidad. Almirante no es un apellido raro entre los mudéjares de Castilla, ya que por sólo poner un ejemplo bajo tal denominación encontramos importantes miembros de este colectivo en Ávila.7 Parece obvio que la procedencia del apellido se ha de relacionar con los Enríquez, poderosos almirantes hereditarios de Castilla, ricamente heredados en zonas comarcanas, señores además de la próspera ciudad de Medina de Rioseco.

Sea como fuere, el año 1492 Mahoma Almirante decidió, por su propia voluntad, convertirse al catolicismo, acudiendo para ello a unos clérigos que vivían en las cercanías. Pero dejemos que sea un testigo presencial del hecho, Diego Hernández, morisco granadino pero natural de Segovia, quien nos relate el acontecimiento. Según su declaración, él vio:

como el dicho Mahoma Almirante vino a ciertos cristianos que moraban en la calongía, que es una calle de la dicha ciudad de Segovia, a donde vivían y vio vivir canónigos de la iglesia de la dicha ciudad, por donde tomó el nombre de la calongía, y allí pidió que le bautizasen, y hallándose allí cerca Diego del Castillo, alcaide que a la sazón era de los alcázares de Segovia, lo hizo bautizar y se puso por nombre Diego del Castillo Almirante por causa del dicho alcaide Diego del Castillo que fue su padrino, y se bautizó en la iglesia mayor de la dicha ciudad, y así lo sabe este testigo porque se halló presente al tiempo que se bautizó, y fue madrina la mujer del dicho alcaide Diego del Castillo que se decía doña Isabel Dávalos.8

Los datos aportados son muy interesantes y convierten en extremadamente verosímil el relato de los hechos. De la mencionada doña Isabel Dávalos nada sé, pero sí se pueden encontrar muchas referencias acerca de Diego del Castillo, alcaide de los alcázares de Segovia, quien aparece ejerciendo ese cargo precisamente entre los años 1488 y 1499.9

Tras recibir el bautismo, el flamante cristiano, o eso se nos dice, marchó a tierras nazaríes, integrándose en las cohortes que rodeaban a Fernando e Isabel y participando incluso en alguna acción militar de la que salió herido. Avecindado en Granada, debió morir al poco tiempo. De su esposa Aziza Almirante, convertida como Isabel de Almirante, tuvo dos hijos, Francisco y Juan, de quienes arrancan las dos grandes ramas de este linaje.

Otro grupo social lo conforman los descendientes, escasos pero muy importantes, de la vieja nobleza nazarí y de grupos asociados a ella. Dejando a un lado a las dos líneas de la Casa de Granada (los Infantes y los marqueses de Campotéjar), sí se relacionan más o menos directamente con nuestros moriscos tardíos los Venegas de Monachil; los Belvís almerienses y la rama asentada en la pequeña localidad que acabo de citar; los Benajara hasta el primer tercio del siglo XVII, pues se casan con los Mendoza, moriscos cordobeses aunque muy asimilados en lo cultural; y poco más. Y la excepción curiosa de los Zegríes, integradísimos en el Quinientos y que sin embargo tras una centuria vuelven a casar con moriscos y tienen algún tropiezo con la Inquisición.

Lo más llamativo, al menos para mí, es el surgimiento de nuevos linajes, y muy poderosos, en la Granada de los siglos XVII y XVIII que tienen unos orígenes sociales muy bajos. Varios de ellos provienen de seises, los conocedores a los que se permite sensatamente mantenerse para asegurar la pervivencia de los regadíos, asesorar en las tareas de los repartimientos, informar de medidas, pesos, usos y costumbres . . . De ahí proceden, por ejemplo, los Joha, o sea los Aranda Sotomayor, y los Salido de Guadix, originados en un seise del pequeño pueblo de Freila, junto a esta ciudad.

Bajos orígenes, sí, pero una enorme capacidad de enriquecimiento gracias a la producción y comercialización de la seda. La seda sobre todo, pero también otros géneros, así como actividades de todo tipo, especialmente el arrendamiento de propiedades y mayorazgos a la nobleza y de rentas reales. No son los antiguos y ricos mercaderes del Albaicín de la Granada del siglo XVI, sino una nueva hornada de prósperos trabajadores que se fueron labrando poco a poco una posición acomodada e incluso una fortuna. De ellos trata en especial esta historia.

1B. Vincent, «Los moriscos que permanecieron . . . »; R. Pérez García, «Moriscos, razones y mercedes ante el poder del Rey en el Reino de Granada después de 1570», Ámbitos, 22 (2009), pp. 35-50.

2Sólo en el caso de una localidad tan poco relevante como Marchena se encuentran varias docenas de casos, J. L. Carriazo Rubio, «Unos documentos sobre los últimos moriscos de Marchena», en Actas de las III Jornadas sobre Historia de Marchena. Marchena en la Modernidad (siglos XVII-XVIII), Marchena, 1998, pp. 379-394.

3J. E. López de Coca Castañer, «Sobre la emigración mudéjar al reino de Granada», Revista d’Història Medieval, 12 (2001-2002), pp. 241-258; «La emigración mudéjar al reino de Granada en tiempo de los Reyes Católicos», En la España Medieval, 26 (2003), pp. 203-226.

4Hasta que llegue, interesa J.-P. Molenat, «À propos d’Abrahen Xarafí: les alcaldes mayores de los moros de Castille au temps des Rois Catholiques», en Actas del VII Simposio Internacional de Mudejarismo, Teruel, 1999, pp. 175-184.

5Es de suponer que se llamase Muhammad. Debió nacer en torno a 1450, ya que se dice que su hijo mayor, Francisco, lo había hecho alrededor de 1480.

6Concretamente en una probanza para no pagar la farda, efectuada por sus nietos, de la que se hablará más adelante, y que se conserva en el AA, L-188, 45. Agradezco a mi buena amiga la doctora Amalia García Pedraza que me facilitase una copia de este documento.

7S. de Tapia Sánchez, «La opresión fiscal de la minoría morisca en las ciudades castellanas. El caso de la ciudad de Ávila», Stvdia Historica. Historia Moderna, 4 (1986), pp. 17-50.

8AA, L-188, 45.

9Basta revisar el Registro General del Sello del AGS para encontrar numerosos testimonios documentales. Sobre la importancia del colectivo mudéjar segoviano, a falta de estudios monográficos, interesa M. López Díez, «Judíos y mudéjares en la Catedral de Segovia (1458-1502)», Espacio, Tiempo y Forma. III. Historia Medieval, 18 (2005), pp. 169-184.

Estrategias familiares

1. CONSIDERACIONES PREVIAS

Sabemos poco, muy poco, acerca de la familia morisca granadina, hecho que destaca negativamente en un panorama general que, como se ha comentado previamente, se ha transformado radicalmente en los últimos años. El incremento de nuestros conocimientos sobre la minoría de origen islámico no se ha visto correspondido en el ámbito metodológico de la historia de la familia.

Es cierto que han sido muchos los avances efectuados en el terreno demográfico, y al clásico e intuitivo planteamiento de Bernard Vincent y los datos antiguos de Juan Aranda Doncel para Córdoba y de Serafín de Tapia para Ávila,1 entre otros de menor calado, se han sumado las muchas y excelentes páginas que ha dedicado en ese sentido a los moriscos manchegos Francisco Moreno Díaz del Campo.2 Y no debemos olvidar tampoco los análisis de este corte sobre la minoría sevillana (y los esclavos también) de Manuel Fernández Chaves y Rafael Pérez García.3

Sin embargo, sobre la estructura familiar, las estrategias matrimoniales, el reparto de la herencia y los mecanismos de corrección para reducir el impacto del sistema de heredero único, casi nada se ha hecho. Y lo mismo se puede decir sobre la colaboración familiar, la solidaridad femenina, las redes sociales y los parentescos ficticios, entre otros temas del mayor interés.

Nada sabemos, claro está, para el caso de los moriscos granadinos que se consiguieron quedar en su tierra natal, básicamente porque hasta ahora ni siquiera se tenía noticia de su propia existencia. Tan sólo las páginas que yo mismo les he dedicado recientemente,4 las cuales han de ser matizadas por los nuevos descubrimientos documentales que he realizado en el transcurso de los tres últimos años.

En el caso de estas élites tardomoriscas no es nada fácil alcanzar un conocimiento exhaustivo, ni siquiera moderadamente completo, de cómo fueron sus características familiares. Al menos, de momento. En absoluto ayudan las carencias documentales, la escasez relativa de testamentos, el hecho de no tener claro aún cuáles fueron los límites exactos del grupo. Puede haber, seguro que las hay, muchas más familias que todavía no he podido descubrir que tuvieron este mismo y heterodoxo origen. De hecho, sospecho de bastantes. Y sin su análisis, los resultados no sólo estarán incompletos, sino que pueden resultar inconvenientemente sesgados.

En resumen, en este apartado me dedicaré especialmente a trazar las estrategias matrimoniales del grupo, centradas en la endogamia como hecho diferencial, y en las fórmulas paralelas de creación de mecanismos de parentesco para la reconstrucción del grupo converso. Pero no sin antes plantear, a modo de introducción, unas consideraciones generales que he ido madurando en tor-no al funcionamiento familiar de estos moriscos granadinos de los siglos XVII y XVIII. Veamos, algunas de ellas con más detenimiento que otras, cuáles fueron las principales características de este colectivo que vengo tratando.

a) Ausencia completa de monjas

No he encontrado ni una sola hija que se viese abocada, por obligación o devoción, a pasar sus días en el interior de un cenobio. Ni siquiera, y esto es lo más interesante, dentro del sector más integrado de esta cúspide morisca. Hay que irse a los Zegríes y a familias del estilo, que en puridad no pertenecen al grupo, para encontrar alguna religiosa. Y son muy pocas, dicho sea de paso, para lo que correspondería a sus niveles sociales.

Está claro que se trata de una opción colectiva, que tiene mucho que ver con su mínima integración cultural y religiosa, con una voluntad de resistencia que rechazaba lo que cualquiera entendería como un signo de asimilación total. Las familias que no pertenecían a esta cerrada élite y que se fueron aculturando progresivamente, no tenían la fortuna necesaria para pagar una dote conventual; los que sí podían costearse sin problema el necesario desembolso, no estaban dispuestos a hacerlo.

b) El destino de las hijas

La inexistencia de vocaciones eclesiásticos forzó al grupo de parentesco, encabezado por los progenitores de cada generación, a tener que elegir entre el reparto igualitario entre todos sus hijos e hijas, deteniendo el progreso económico y social o, en los casos de menor nivel de fortuna, viéndose abocados a una inexorable pauperización, o bien a optar por dos medidas distintas, nada extrañas en otras sociedades que por diferentes razones carecían de conventos (v. gr. la protestante europea). Son frecuentes las referencias concretas, en un expediente matrimonial por ejemplo, a que aunque el mercader tal o cual es rico, tiene muchos hijos e hijas por lo que la contrayente es pobre. Algo había que hacer con este exceso de prole.

Por un lado, la opción por la soltería definitiva. Este celibato forzoso fue bastante frecuente en esta élite morisca tardía; sobre todo se visualiza en el trance de 1727, pues muchísimos de los procesados son mujeres que no han tomado estado. Solteras de diversas edades, unas sin oficio, otras dedicadas a diversas tareas laborales, casi todas ellas relacionadas con la seda. A destacar también la profusión de boticarias, tenderas en la botica familiar que llevan entre todas en forma de pro indiviso, parece desprenderse de los documentos.

El peligro que conllevaba el celibato en la España del Antiguo Régimen, en cuanto a la posible pérdida del honor colectivo por la deshonra de una o varias mujeres de la parentela, que podrían perder su virginidad y caer en lo más bajo debido a la ausencia de recursos económicos, parece paliarse en nuestro caso por varias cuestiones. Por un lado, el nivel de alienación en cuanto a la negra honra parece ser menor, al no estar este sector social tan preocupado por las apariencias como el resto. Por otro, el trabajo femenino fue en este grupo muy notable, con toda seguridad mayor que el relativo a los cristianos viejos en general y muy posiblemente incluso respecto a las categorías sociales equivalentes, lo que permitía obtener más ingresos y poder mantener una vida digna por sus propios medios. Finalmente, la solidaridad femenina que se encuentra en los testamentos, mediante las mandas y legados, aunque común a la sociedad hispana de siglos pasados, me parece más destacada entre ellos. Cuando menos es un hecho a considerar.

La otra posibilidad que cabe contemplar es la práctica consciente de la hipogamia. El recurso a los casamientos descendentes en lo social parece que fue bastante habitual, ya que eso permitía situar adecuadamente a las hijas sobrantes, desposándolas con hombres de inferior condición social y económica, aunque sin llegar a efectuar matrimonios del todo desiguales. Esto, que permitía casar a casi toda la descendencia sin importar que algunas dotes fuesen escasas, tenía un valor añadido, y por eso creo que se practicó bastante. Crear lazos de parentesco con familias de círculos más modestos, aunque próximos al propio, y con ello reforzar los lazos que unían por dentro a la comunidad de moriscos ocultos. Se sacrificaba hasta cierto punto la posibilidad de casar bien a cambio de enlazar con otras familias de similar corte étnico-religioso, las cuales venían a sumarse como clientes y aliados a este grupo de élite.

c) Los varones eclesiásticos

Distinto es el caso de los varones; en ocasiones encontramos clérigos entre las familias más poderosas del círculo morisco. Fueron pocos, desde luego, pero los suficientes como para no pensar que se trate de una mera excepción a la norma. Ya los hubo en tiempos pasados, no se trata de una situación demasiado llamativa. Los casos de los jesuitas Albotodo e Ignacio de las Casas se pueden sumar a otros frailes, como fray Leandro de Granada, miembro de los preclaros Granada Venegas, y a clérigos seculares de origen mixto como el conocido sacerdote alpujarreño Francisco de Torrijos, por sólo citar una breve muestra.5

Como más adelante volveré sobre ello, baste mencionar aquí que sin salirnos del grupo de islamizantes de 1727 encontramos a don Juan Pedro de Aranda Sotomayor, don Felipe de Figueroa y Aranda, don Álvaro de Mendoza, don Vicente de Mendoza y don Luis Pérez de Gumiel, todos inmediatos parientes y clérigos de menores órdenes. Y junto con ellos, a don Melchor de Figueroa, clérigo presbítero. Y en el grupo de los asimilados, sólo entre los León y Cisneros hallamos bastantes eclesiásticos, como se indicará más adelante.

Las razones que explican esta disimilitud en cuanto al género de los hijos creo que son bien sencillas. La dedicación al clero masculino, como creo haber demostrado para el ámbito superior de la nobleza hispana,6 no fue una cuestión de vocación, sino de inversión. Un hijo o pariente clérigo, un párroco o beneficiado en la familia, suponía un peón introducido en el estamento privilegiado, una fuente importante de ingresos que podía y debía retornar al seno de donde partió, y un plus de respetabilidad. Y en el caso concreto que estudiamos, un colchón protector frente a agresiones externas, a críticas, murmuraciones, agresiones, rechazos e incluso, por qué no, frente a la curiosidad inquisitorial.

d) Ausencia de casamientos mixtos

Llama la atención en este grupo la práctica inexistencia de casamientos mixtos, lo que se corresponde con la omnipresencia de los enlaces intracomunitarios y, sobre todo, con la recurrencia de la endogamia, de la que voy a tratar largamente en las páginas que siguen. No hace falta ser un genio para explicar las razones de este comportamiento exclusivista. No son otras que las del deseo de reforzar sistemáticamente los fuertes pilares que unían al grupo, así como evitar la intromisión de extraños en aquellos senos familiares no demasiado ortodoxos en lo religioso y en lo cultural.

Hubo excepciones, aunque pocas. Las familias más integradas empezaron antes o después a casar con cristianos viejos, como sucedió con los Bazán de Abla, que se separan por completo del grupo, o los Mondragón de Zújar, que hacen lo propio. Entre estos últimos, destaquemos el caso de Juan Ruiz de Mondragón y de su mujer doña Luisa de Tarifa, vecina de Baza, hija de don Pedro de Tarifa y de su parienta doña Catalina de Tarifa y Muñoz, ambos de la más preclara oligarquía urbana local bastetana, aunque de origen judeoconverso.7

Un paradigma de lo expuesto lo representa la extensa parentela de los Venegas de Monachil, incluyendo a los que descienden de ellos por varonía, y a los Jiménez Venegas y a los Beamonte, cuyo parentesco es efectivo, pero cognático. En torno a 1600 comienzan a casar con cristianos viejos locales, repobladores acomodados venidos tras el reparto de tierras ordenado por Felipe II, con granadinas (don Alonso Venegas con doña Baltasara de Villavicencio, en 1611) o incluso con familias procedentes de lugares más lejanos (don Luis Belvís y doña María de Oviedo, vecina de Osuna, en 1594). Estrategia que alternan con los casamientos endogámicos, que se mantienen en 1628, 1632 y aún más tarde.8

2. UNA GRAN FAMILIA

Ya en la época morisca clásica, si podemos denominar así al período que va desde 1492-1500 a 1570, lo que indudablemente era un panorama disperso, un grupo bastante numeroso de familias de colaboracionistas repartido a lo largo y ancho del antiguo territorio nazarí, se va a ir convirtiendo poco a poco en un bloque bastante compacto de parentelas relacionadas entre sí por lazos matrimoniales. Es la respuesta que desarrollaron los principales núcleos de la élite morisca, tanto los de origen noble o distinguido como los más numerosos advenedizos, enriquecidos y encumbrados recientemente al calor del comercio.

Como creo haber demostrado,9 poco a poco se fue conformando una red que cubría las actuales provincias de Granada y Almería, englobando a la mayoría de esta élite colaboracionista, la cual tenía por eje a los Granada Venegas y sus numerosas líneas menores. Pero todo eso terminó con la guerra y la expulsión de 1570. Esta cesura no sólo provocó inmensos traumas en los linajes que consiguieron escapar al extrañamiento poblacional, sino que les obligó, he de insistir en ello a lo largo de las siguientes páginas, a reestructurarse por completo en lo familiar.

Vaciado el reino de Granada de población de origen islámico, al menos de manera oficial, los moriscos tardíos se encontraron no sólo con el problema de tener que subsistir en un universo complejo, en principio mucho más hostil que el anterior, pues estaban solos, rodeados por una inmensa mayoría cristiano vieja, y con el agravante de que no debían estar allí. Unos, porque no se habían quedado legalmente; otros, porque aunque tenían permiso, no creo que fueran muy bien mirados por sus convecinos.

Además de ello, ya no tenían razón de ser histórica. Es decir, la Corona no les necesitaba, no eran intermediarios de nadie, pues no existía comunidad alguna a la que liderar. Debían intentar desaparecer, fundirse en la masa, hacerse olvidar. Y eso hicieron muchos, seguramente la mayoría de los miles que lograron mantenerse o retornar a la tierra de sus ancestros.

Mas no todos. Una minoría, de la que trata en esencia este libro, optó por mantener sus señas de identidad con enorme esfuerzo, y lo logró al menos durante un siglo. Y el núcleo duro de la misma siguió así hasta finales del siglo XVIII, como veremos más adelante.

Para poder preservar su idiosincrasia, estos moriscos desarrollaron una estrategia consistente en la realización de una brutal endogamia. Por supuesto, una endogamia de nación, por así llamarla, o sea el casamiento entre moriscos, rehuyendo los matrimonios mixtos. Eso por descontado. Pero también una endogamia consanguínea, desposándose entre parientes durante muchas generaciones.

Nada raro, la verdad, pues lo mismo sucedió entre grupos sociales similares en otros tiempos y espacios de la Monarquía Hispánica. Lo vemos, por ejemplo, entre los marranos portugueses, llegando algunos de ellos a practicar tal estilo nupcial hasta las primeras décadas del siglo XIX, como sucede con la parentela del famoso ministro Mendizábal.10 O con los xuetas mallorquines, un clásico historiográfico, cuyo aislamiento en parte se debe a una extremada consanguinidad, algo puesto de relieve científicamente por recientes trabajos.11

Algo que no necesariamente implica un posicionamiento religioso, o prácticas cercanas a la herejía, sino que se relaciona en muchas ocasiones con el mantenimiento de la identidad grupal. Es la fe del recuerdo, como muy bien se ha denominado.12 La voluntad de preservación cultural, con todos los matices que se le puedan añadir al tema.

Estos casamientos endogámicos se producen entre una serie de estirpes, las que se estudian en este libro, que se convierten a la postre en una gran familia, pues están todas o casi todas unidas entre sí, enlazadas una y otra vez, conformando una extensa parentela en la que es muy difícil separar a unos apellidos de los otros. Hace unos años, en un primer avance del tema, me atreví a diseñar un primer esquema en relación a esta cuestión, tras mi sorpresa inicial al descubrir la mera existencia de este conjunto de moriscos tardíos. Es el esquema siguiente.


En él se encuentran dibujados los nombres de las principales familias, entrecruzadas mediante matrimonios, teniendo varios ejes principales como son los Cuéllar, sobre todo, y los Almirante, dos de los principales conjuntos en cuanto a riqueza, influencia y relaciones con el total de la nueva comunidad.13 Sin embargo, hoy en día, que sé mucho más del tema, no lo hubiera realizado, pues las líneas de entrecruzamiento son tantas y de tal espesor que la imagen resultante se tornaría ininteligible. Es cierto que sigue habiendo nodos, digámoslo así, en torno a los cuales giran la mayor parte de las familias, pero todas son parientes de todas.

El esquema se ha complicado infinitamente, creándose una maraña de tal complejidad que no resulta útil su visualización. Tan sólo revela que los parentescos internos son casi absolutos, y que el objetivo de llegar a ser una única parentela fue logrado con creces. A ello contribuyó, desde luego, la omnipresencia de una feroz endogamia, apuntada por mí en el trabajo ya mencionado, pero que ahora se revela como un fenómeno de la mayor relevancia. De él espero poder aportar a continuación algunos de sus caracteres fundamentales, pero estoy plenamente seguro de que ni siquiera así estaremos atisbando una leve sombra de un proceso secular, totalmente planificado y calculado, llevado a cabo de manera tan sistemática como subrepticia.

Tras 1570-1571, las pocas familias que consiguieron permanecer en el reino de Granada, en un primer momento de manera oficial, comenzaron a reagruparse, creando un círculo al que se debieron ir añadiendo todos los que, poco a poco, fueron regresando a sus tierras de antaño. Desposeídos de todos o de buena parte de sus bienes, la solidaridad entre los miembros de esta minoría debió ser una de sus principales armas de combate, la misma que junto al carácter emprendedor de muchos explica cómo bastantes de ellos lograron recuperarse económicamente.

Es ahora cuando empezamos a observar los primeros esquemas endogámicos, que vienen a sustituir, o eso creo, a los casamientos exogámicos que dominaron la Granada de 1492 a 1568. Y a los míticamente canónicos, pero escasamente documentados, enlaces entre primos hermanos por varonía, la boda perfecta islámica según unos supuestos estándares pocas veces datados en los anales nazaríes.14

Sea como fuere, tengo muy claro que nos encontramos ante una respuesta ante la nueva situación, un reto cuya superación era obligada si se quería mantener la idiosincrasia particular del grupo. Carentes de sentido social, sólo les quedaba el recurso de unirse, vinculándose entre sí de forma reiterada, generando unos árboles genealógicos cada vez más difíciles de interpretar.

En esta primera fase, que grosso modo se desarrolla entre 1570 y 1610, empezamos a encontrar casamientos entre parientes. Nos encontramos ante un núcleo muy compacto de familias acomodadas, dedicadas casi todas ellas al comercio sedero, una actividad que si bien no vivía tiempos tan florecientes como los que experimentó durante el siglo XVI, aún generaba impresionantes ganancias. De éstas dimanaron los diez o doce mil ducados que poseía Luis de Baeza, vecino de la ciudad epónima, quien en 1609 casaba con su prima segunda doña Isabel Venegas, nacida en esa misma ciudad, en donde ambas ramas familiares seguro recaerían tras la expulsión de 1570. Vueltos a Granada, celebraron su boda para satisfacción de sus respectivos deudos y amigos, los cuales argumentaban a la hora de defender la necesidad de la dispensa pontificia que ella era noble pero no estaba sobrada de bienes, y que por eso debía desposar a su adinerado prometido. Su dote, continuaban diciendo los testigos del expediente, debía alcanzar los 1.500 ducados, ya que ella era «del linaje de los Venegas buenos de la ciudad de Granada».15

Aparte de los Baeza que acabo de referir, tenemos que añadir a los Cazorla, de quien se dice que por sentencia del Consejo de Castilla obtuvieron reconocimiento de su nobleza. Miguel de Cazorla, cuya fortuna se acercaba a los cinco mil ducados,16 fue jurado de Granada hasta 1612, todo ello a pesar de haber sido condenado por la Inquisición en 1609 por islamizar a abjurar de vehementi, seis años de galeras y a un pago de seiscientos ducados.17 No debió cumplirse tan terrible condena, por las razones que fuesen, pues en 1610 lo encontramos solicitando quedarse en el Reino de Granada y no ser comprendido en los bandos de expulsión,18 lo que debió lograr ya que, como acabo de decir, en 1612 aún disfrutaba de su juradería. Aquí se nos pierde su pista y con él la de su familia.

Antes de ello, ya habían casado endogámicamente con los mencionados Baeza y con los Hermes, rica estirpe de mercaderes llamada a quedarse en el reino y ser uno de los pocos linajes de remota antigüedad de los muchos que habrían de conformar la nueva élite morisca del siglo XVII. Concretamente, en 1604 doña Isabel de Cazorla celebraba su boda con Álvaro Hermes, con quien estaba unida en tercero con cuarto grado de consanguinidad, lo que significa que el novio era primo segundo de su padre, el célebre jurado Miguel de Cazorla.

Poco después, en 1608, era Diego de Cazorla quien matrimoniaba con su sobrina doña Gracia Pacheco, hija de su primo hermano Andrés de Baeza, tío carnal por cierto de la arriba referida doña Isabel Venegas, mujer de Luis de Baeza (quien era hijo de su primo hermano). Un esquema que se puede representar así:


El siguiente árbol muestra una parecida complicación; todavía nos encontramos ante los inicios del proceso, que se presenta aún como una leve consanguinidad. Esta vez los entrecruzados son los Cuéllar, los Madrid y los Castellanos, estirpes, sobre todo las dos primeras, que con el tiempo controlarán una gran parte del negocio de la seda, y que poseen unos orígenes muy oscuros, acaso mudéjares castellanos, venidos a tierras nazaríes tras la conquista de los Reyes Católicos.

En 1580 Adrián de Madrid se desposaba con su deuda Lucía Venegas, hija de Alonso de Madrid y de Luisa de Castellanos, estando ambos en el tercer grado. Ocho años más tarde lo hacía el hermano de él, Diego de Madrid, con Isabel Ortiz, hija de su primo segundo Jerónimo Castellanos. Así quedaría de forma gráfica lo que acabo de expresar.


El siglo XVII, una vez cerrado el proceso de expulsión decretado por Felipe III, contemplará el recrudecimiento de los enlaces consanguíneos entre estos moriscos. Las decenas de grandes estirpes, si es que podemos llamarlas así, que de la forma que sea lograron escapar a los bandos, decidieron seguir entrelazándose, evidencia indubitable de su voluntad de mantener la homogeneidad cultural. Las que no pudieron o quisieron transitar este camino, se fueron asimilando del todo, desapareciendo de los registros documentales.

Se pueden traer a colación multitud de ejemplos. En el artículo tantas veces mencionado referí los interesantísimos casos de los Luna Reduán, de Antequera-Granada, y de los Venegas de Monachil, estos últimos restos de una vieja estirpe que hundía sus raíces en la misma Corte de la Alhambra. No voy a insistir en ello en estas páginas. Prefiero detenerme ahora, por la novedad pero también por reflejar un grado superior de consanguinidad, en dos esquemas familiares bastante diferenciados entre sí, pero que denotan ambos perfectamente hasta qué punto estaban dispuestos a llegar.

El primero de ellos compete a los Almirante, una de las familias más importantes de estos moriscos tardíos, quizá la que más durante el Seiscientos. Desde luego, riquísimos, si hay algo de verdad en los 200.000 ducados que alegó haber disfrutado antes de arruinarse Melchor de Almirante, cabeza de todos ellos. Arrendadores de rentas reales y de propiedades de la nobleza, poseyeron un oficio de jurado perpetuo de la ciudad de Granada, el mismo que se mantuvo en su Casa hasta inicios del siglo XVIII.

El esquema recoge los casamientos entrecruzados de los Almirante con otras poderosas familias, los Zamora Benavides, los Cuéllar, los Madrid y los Córdoba. De los Córdoba, que gustaron llamarse Fernández de Córdoba, y de su más preclaro representante, Álvaro, diré más adelante. De los Cuéllar y los Madrid se ha tratado y se tratará también, por su relación con el mundo de la seda. Los Zamora, finalmente, fueron una dinastía menor, aunque central en el mundo de las conexiones internas del grupo. Calceteros en origen, acabaron siendo mercaderes de seda, como casi todos, pues ahí radicaba el auténtico negocio en la Granada de su tiempo. Conviene añadir que todos estos cuatro linajes parecen ser de origen mudéjar, lo cual podría explicar que a la solidaridad grupal se añadiese una especificidad propia, que los hiciera reforzar más, una y otra vez, sus enlaces.

De cualquier forma, pues esto último habrá que investigarlo en profundidad en un futuro, lo cierto es que los casamientos consanguíneos se escalonan desde el último cuarto del siglo XVI, momento coincidente con lo antes indicado de ser ésta una estrategia surgida o desarrollada con más incidencia tras la expulsión de 1570. Pero cuando adquieren mayor virulencia es durante los primeros dos tercios del Seiscientos. Éstos son algunos de los enlaces endogámicos que he podido rastrear; aparte quedan los del siglo XVI, de los que no se conservan los expedientes y por tanto no sabemos las fechas concretas. Y además de unos y otros, seguro que hubo algunos más.



El segundo esquema es relativo a los Álvarez-Chaves-Gumiel y Aranda Sotomayor, un conjunto de más reciente formación, de inferior origen social que los anteriores, de ingente riqueza a comienzos del siglo XVIII, y que alcanzó la notoriedad por caer víctima de la Inquisición en 1727. Éstos sí que fueron claramente islamizantes, al menos un buen porcentaje de los hombres y mujeres que componían sus filas. No tan nutrido como el anterior árbol, aun así sigue sorprendiendo la cantidad de enlaces endogámicos que encuentro al recorrer sus abolengos.

Y serían muchos más, si continuáramos analizando su política matrimonial tras 1727, pues los del grupo más recalcitrante llegan hasta 1797. Pero de ello se hablará más adelante, en su apartado específico. Quedémonos ahora con los desposorios de Felipe Álvarez y su sobrina doña Isabel Pérez de Gumiel (1653); don Gabriel de Figueroa y doña Isabel de Aranda Sotomayor (1703); don Jerónimo de Aranda Sotomayor y doña Jacinta de Figueroa (comienzos del siglo XVIII); don Diego Felipe de Chaves y Aguilar y doña Josefa María de Figueroa (1721); y con don Fernando de Chaves y Aguilar con doña Beatriz de Aranda Sotomayor (1722). Con sus informaciones se ha podido componer este cuadro.


3. BUSCANDO PARIENTES FUERA DEL REINO

Uno de los fenómenos más llamativos que surgen a la luz cuando se procede a la reconstrucción familiar de todo este renovado grupo morisco es el que podemos denominar búsqueda de parientes más allá de las fronteras del antiguo reino de Granada. Fenómeno, sí, pero más bien deliberada estrategia, ya que no se trata de enlazar con deudos de cualquier origen geográfico, interesantes sólo por su condición de consanguíneos, sino de volverse a mezclar con grupos igualmente moriscos que, eso parece, habían quedado avecindados, oculta su condición tardoislámica, en localidades más o menos cercanas a la frontera granadina. Grandes villas y ciudades que sirvieron de lugar de acogida a determinados conjuntos familiares que no pudieron o por las razones que sea no quisieron volver a su solar de antaño.

Se trata, pues, de hogares asentados en tierras giennenses o cordobesas, las más cercanas a la capital meridional. Localidades como Antequera, Osuna o Quesada, entre otras, asistieron al ir y venir de bastantes personas en busca de un enlace conveniente, proceso muy importante porque nos revela la obsesión de estos moriscos por seguir reforzando sistemáticamente los lazos internos que cohesionaban a sus respectivas parentelas.

Es el caso de Diego Enríquez, hijo de Juan Enríquez y de María de Carvajal, vecinos de Zújar, poblada villa cercana a Baza, descendiente de uno de los principales linajes moriscos del altiplano granadino. Diego casó en 1633 con Ana María de la Puerta, hija de Francisco de la Puerta y de María Enríquez, casi seguro de la misma procedencia, entre otras cosas porque porta un muy típico apellido de la élite morisca granadina, estirpe que dará varios islamizantes en el siglo XVIII. Lo interesante del caso es que esta mujer era vecina de Beas, en el reino de Jaén. Seguramente, descendiente de moriscos allí llevados tras las expulsión ordenada por Felipe II. No se me pasa desapercibido que la madre de la contrayente es una Enríquez, y si eso no les convierte en parientes (pues no necesitaron dispensa para casar), nos transporta de nuevo a la tierra de Baza, donde este apellido fue frecuentísimo entre los descendientes de musulmanes.19

Morisco fue Rafael Marín, mercader vecino de Cazorla que casó en 1646 con doña Florencia Fernández. Aunque esta mujer no sé a qué familia perteneció, él se movió siempre en el entorno que venimos estudiando, pues su primera esposa fue Isabel Alférez, hija de Francisco Alférez, vecino de Zújar y miembro de esta prolífica estirpe de origen islámico. Entre los testigos de su testamento de 1648 se encontraban el rico mercader Sebastián Pérez de Gumiel y el maestro de tintorero Juan Álvarez, quizá pariente del otorgante; ambos de origen musulmán, por supuesto. Por si quedaba alguna duda de su filiación, en 1555 era regidor morisco de la citada villa de Zújar un Rafael Marín, y un homónimo, ahora viviendo en Baza, litigaba en 1585 su condición de cristiano viejo ¿acaso su abuelo?20

Y no sólo casamientos, sino relaciones hereditarias. Las que llevaron a reclamar sus derechos a Lorenzo Fernández el Partal, miembro de un viejo linaje granadino, famoso porque algunos de sus miembros tomaron parte activa en la rebelión de las Alpujarras y fueron inmortalizados por sus cronistas. Lorenzo era vecino de Jaén en fecha tan tardía como 1639, año en el que llega a un acuerdo con sus parientes granadinos para repartirse la herencia de su primo segundo, el jurado Álvaro Hermes.21

En su día estudié las circunstancias de doña Tomasa Jerónima de Luna, que casaba con don Francisco Félix Salido, vecino de Antequera.22 No será el único matrimonio establecido entre gente de estas dos ciudades, tan unidas por múltiples lazos de todo tipo. Incluso en el testamento de esta misma señora se incluye una manda a favor del licenciado Juan de Toro, abogado de la Real Chancillería, hijo de Juan de Toro y de doña Juana de Aguilar, vecinos de Antequera.23 Luis de Aranda, de los poderosos Aranda Sotomayor, casó con doña Teodora de Campos, allí nacida. Y más adelante se hablará de los Sierra y Aguilar, situados igualmente a caballo entre las dos ciudades referidas. Podríamos seguir así más tiempo, pero creo que un último ejemplo puede ser interesante.

A la misma ciudad de Antequera nos remite el casamiento de don José Zegrí Pérez Guerrero, decadente jefe de la que fue tan ilustre estirpe morisca, con su parienta doña Josefa de León, hija de don Juan de León, capitán de caballos corazas del regimiento del Rosellón, con toda seguridad descendiente de tan prolífico linaje de la Granada morisca.

Este caso es más interesante si cabe que el anterior, pues los Zegríes no se caracterizaban precisamente por su nivel endogámico, ni mucho menos, y quizá sea éste el único matrimonio establecido con una consanguínea de origen morisco (sí hubo algunos enlaces de este tipo con otros parientes por línea femenina tanto de origen judeoconverso como cristiano viejo). Una vez más, y como se verá más adelante con algún detenimiento, este enlace nos lleva de nuevo al universo mental de la tradición morisca, si no incluso a bordear lo abiertamente criptoislámico, ya que la mencionada doña Josefa de León fue procesada por el Santo Oficio por prácticas supersticiosas, y sólo la influencia del entorno familiar y la conciencia clara que tenían los inquisidores de un pasado intachable en cuanto a la catolicidad de los Zegríes permitió que esta dama saliera indemne de sus extrañas prácticas rituales.24

Acabemos con los Álvarez, una de las principales estirpes moriscas de esta segunda etapa, fuertemente castigada en la represión inquisitorial de 1727, pues pocos linajes dieron más penitenciados que ellos. Tras seguir el destino que tantos otros de sus congéneres, una rama de la familia logró quedarse en la ciudad de Granada, hasta enlazar con los más ricos clanes sederos, tal y como hizo Felipe Álvarez en 1653 con su boda con doña Isabel Pérez de Gumiel. Su descendencia, ya se ha visto, casó endogámicamente con los Aranda Sotomayor y Figueroa en las generaciones siguientes.

Pero lo que me interesa apuntar aquí es la existencia de otra rama, instalada en la ciudad de Sevilla, que usó el apellido Álvarez de Mondragón, quizá, es una mera hipótesis, en recuerdo de un lejano casamiento con los así llamados en el altiplano de Baza. Sea como fuere, en 1676 don Juan Álvarez de Mondragón, vecino de la urbe hispalense, realiza una información de limpieza de sangre en Granada, ciudad donde acaba de instalarse su hija doña Beatriz tras casar con el morisco don Felipe de Figueroa, primero jurado de Granada y luego nada menos que caballero veinticuatro de su cabildo. Los hijos que nacieron de esta coyunda casaron una vez más con sus parientes, como se indicó arriba.

Estamos ante una familia instalada en Sevilla, que mantiene claramente durante un siglo la conciencia de ser moriscos y de tener parientes inmediatos en Granada, con los que es seguro que entablarían todo tipo de relaciones. Y en un momento dado vuelven a casar con ellos dentro de un complejo círculo que cuesta determinar en sus auténticas dimensiones. Pero lo más curioso de todo ello es que, si no fuera por esto y porque sus descendientes cayeron en las garras inquisitoriales, la imagen generada por el grupo no podía ser más ortodoxa, más asimilada.

En efecto, el don Juan Álvarez de Mondragón que he referido era primo hermano de fray Pedro Álvarez, religioso mercedario y provincial en su orden, y uno de sus propios hijos fue fray Luis Álvarez, miembro de la misma orden que su tío. Y qué decir de los hijos de la doña Beatriz, uno clérigo de menores órdenes, presbítero en 1713; otro, oidor de la audiencia de Sevilla; y el mayor, don Gabriel de Figueroa, caballero veinticuatro de Granada como su padre. Nada excepcional, cuando sabemos que en los diversos autos de fe de 1728 y 1729 fueron reconciliados varios eclesiásticos e infinidad de cargos públicos, como veremos, pero aparte de ser sorprendente, es una llamada de atención a los historiadores que nos acercamos a estos resbaladizos terrenos y que tantas veces hemos supuesto demasiados cristianos viejos donde sólo había ausencia de datos por falta de investigaciones.

1B. Vincent, «La familia morisca», en Minorías y marginados en la España del siglo XVI, Granada 1987, pp. 7-29; J. Aranda Doncel, Los moriscos en tierras de Córdoba, Córdoba, 1984; S. de Tapia Sánchez, La comunidad morisca de Ávila, Salamanca, 1991.

2F. J. Moreno Díaz del Campo, Los moriscos de La Mancha. Sociedad, economía y modos de vida de una minoría en la Castilla Moderna, Madrid, 2009.

3M. Fernández Chaves y R. Pérez García, En los márgenes de la ciudad de Dios. Moriscos en Sevilla, Valencia, 2009; y «Reconstrucción de familias y redes sociales en el seno de la comunidad morisca sevillana. Las familias Valenciano, Montano y Marín», Historia y Genealogía, 2 (2012), pp. 53-73.

4E. Soria Mesa, «Una gran familia. Las élites moriscas del reino de Granada», Estudis, 35 (2009), pp. 9-36.

5Sobre Casas y Albotodo, véase A. Garrido Aranda, Organización de la Iglesia en el reino de Granada y su proyección en Indias. Siglo XVI, Sevilla 1979, y F. B. Medina, «La Compañía de Jesús y la minoría morisca (1545-1614)», Archivum Historicum Societatis Iesu, 57 (1988), pp. 3-136. Para Torrijos interesa J. Castillo Fernández, ««El sacerdote morisco Francisco de Torrijos. Un testigo de excepción en la rebelión de Las Alpujarras», Chronica Nova, 23 (1996), pp. 465-492. Y la condición de monje Benito de fray Leandro se justifica, entre otros muchos documentos, en AGS, Contaduría de Mercedes, leg. 103, 22.

6E. Soria Mesa, La nobleza en la España Moderna. Cambio y continuidad, Madrid, 2007.

7ARChG, 58-2.

8Todo esto procede del vaciado de diferentes libros parroquiales del APM.

9Desarrollo esta cuestión en mi artículo «Una gran familia . . . ».

10M. Ravina Martín, Un laberinto genealógico. La familia de Mendizábal, Cádiz, 2003.

11E. Porqueres i Gené, Lourde alliance. Mariage et identité chez les descendants de juifs convertis à Majorque (1435-1750), París, 1995.

12N. Wachtel, La fe del recuerdo. Laberintos marranos, México, 2007.

13E. Soria Mesa, «Una gran familia . . . », p. 21.

14Sobre el tema, interesa C. Trillo San José, «La familia en el reino nazarí de Granada (siglos XIII-XV)», en F. J. Lorenzo Pinar (coord.), La familia en la Historia, Salamanca, 2009, pp. 41-62; y a nivel general A. Zomeño Rodríguez, «Sociedad, familias e individuos en al-Andalus», en F. Chacón Jiménez y J. Bestard Camps (coords.), Familias. Historia de la sociedad española (del final de la Edad Media a nuestros días), Madrid, 2011, pp. 35-80.

15ACuG, EM 1609-B.

16Su riqueza consta en el expediente creado con motivo del casamiento de su hija doña Isabel de Cazorla con Álvaro Hermes, ACuG, EM 1604-A.

17AHN, Inquisición, leg. 1953-2

18APG, Granada, G437, fol. 944.

19ACuG, EM, 1633-D. Además de mi intuición, según datos de Santiago Otero Mondéjar, a la villa de Beas fueron deportados muchos moriscos granadinos nombrados Enríquez.

20APG, G716, el documento está sin foliar y suelto, al final del legajo.

21APG, G667, f. 1799. Este giennense, cuya descendencia sería tan interesante conocer, era hijo del mercader Francisco el Partal y de doña Guiomar Hermeza (o sea, Hermes), por donde le venían los derechos hereditarios.

22E. Soria Mesa, «Una gran familia . . . ».

23APG, G1037, f. 110.

24Trataré con más detalle este caso, que en buena medida refleja en sí mismo la decadencia económica y social de los Zegríes, en el apartado dedicado a las prácticas culturales y religiosas del grupo.

Actividades económicas y niveles de fortuna

Afortunadamente, la numerosa documentación consultada, aunque muy dispersa y desordenada, aparte de incompleta, me ha permitido trazar un panorama, inhabitual por rico en información, acerca de la vida económica del grupo, antes y después de 1727. Una cantidad sobresaliente de datos que posibilita trazar las líneas maestras, aunque sea de forma impresionista, de las principales actividades a que se dedicaron para obtener beneficios, sus profesiones, propiedades y rentas.

Llama la atención, y espero que el texto pueda reflejarlo correctamente, la enorme capacidad de recuperación económica del grupo, que sobrellevó con gran entereza y habilidad los distintos traumas de las dos expulsiones, confiscaciones de bienes, crisis y épocas de decadencia, consiguiendo en general, al menos para la capa superior que más documentos nos ha legado, un nivel de fortuna muy considerable. Una enorme riqueza a veces, conseguida con el comercio y los tratos de todo tipo que llevó a muchos de ellos a poseer grandes fortunas antes de la persecución inquisitorial.

E incluso más allá de esta triste coyuntura. Sorprende la velocidad con la que algunos de ellos consiguieron sobreponerse a las condenas del Santo Oficio, la prisión y el consiguiente destierro de Granada, rehaciendo en poco tiempo parte de su patrimonio, volcándose de nuevo en el duro trabajo y comenzando a adquirir poco a poco nuevas propiedades. Algo que sin duda se debe a sus propios méritos pero también a la ayuda de una red oculta de solidaridades y de apoyos colectivos. Una lección impresionante.

1. ACTIVIDADES ECONÓMICAS

Resulta inútil intentar realizar un inventario completo de las profesiones que desempeñaron los moriscos que se quedaron en la Granada de los siglos XVII y XVIII, y mucho más todavía pretender analizarlas porcentualmente para ver qué sectores o qué oficios tuvieron mayor presencia entre sus filas. Por interesante que resultase tal estudio, resulta imposible, y las razones que me llevan a efectuar tal afirmación son varias:

1. Existe una gran pérdida documental, sobre todo en lo relativo a los protocolos notariales granadinos del Seiscientos, lo que dificulta mucho la correcta reconstrucción del conjunto.

2. Se trata de un grupo que, por su propia naturaleza, tiende a permanecer oculto. Éstas sí que son fuentes envenenadas, pues infinidad de moriscos dedicados a mil tareas distintas se me habrán deslizado por las manos al pasar las páginas de los legajos sin poder demostrar, ni siquiera advertir, su origen islámico.

3. Todo esto distorsiona la muestra existente, pues no cabe duda de que poseo datos sobre todo de las familias que más conozco y éstas, por lógica, pertenecen al sector más elevado de la nueva comunidad minoritaria, el que más huellas dejó de su paso por la historia. Por tanto, con seguridad tendré en mis ficheros más labradores, mercaderes y ricos artesanos que jornaleros, asalariados de todo tipo y meros tejedores o trabajadores manuales.

4. Finalmente, aunque esto es también común a los cristianos viejos y a los judeoconversos, muchos de nuestros personajes cambiaron con facilidad de empleo, pasando de artesanos a comerciantes, o alternando un oficio público con una profesión más directamente relacionada con la economía. Lo que dificulta en extremo trazar taxonomías y estadísticas.

De cualquier forma, tal problemática no debe ser excusa para que no intente explicar, en la medida de mis posibilidades, cuáles fueron las principales dedicaciones de los moriscos en estos dos siglos, incidiendo en aquellos campos en los que más datos poseo o que parezcan haber tenido más impacto en sus vidas.

Aunque como he dicho las fuentes documentales conservadas no siempre acompañan, debido a las pérdidas, la dispersión y el ocultamiento, además de las dificultades que aún existen para consultar determinados archivos, tanto de condiciones de acceso como de horarios muy reducidos cuando se hallan abiertos, creo que he sido capaz de recoger un número lo suficientemente amplio de datos acerca de las actividades económicas de estos moriscos tardíos. Incompleto, claro está, pero bastante para mostrar lo complejo y rico que fue su universo económico, manifestando una realidad muy distinta de la que se nos ha descrito de forma habitual, tradición historiográfica que relegaba a la comunidad de origen islámico granadina tras 1570 a los sectores productivos más bajos y que, desde luego, veía como imposible la existencia de grandes fortunas en su seno.

Como veremos a lo largo de todo este capítulo, la situación, al menos para lo que respecta al reino de Granada durante los siglos XVII y XVIII, no fue así, o cuando menos no siempre fue así. No quiero ni mucho menos dar la sensación de que todo el colectivo morisco de esta etapa histórica vivió una gran prosperidad, sería absurdo, pero sí pretendo dejar muy claro que buena parte de ellos sí que vivieron entre el acomodo y la riqueza, con toda seguridad en un porcentaje superior al equivalente cristiano viejo. Las causas de este fenómeno deben de ser variadas, pero entre ellas un buen papel jugaron la solidaridad intergrupal y la dedicación sistemática al comercio y la industria, desviando porcentualmente mucho menos recursos al gasto improductivo, a ese consumo suntuario a que obligaba una sociedad caracterizada por la economía moral.

Liberados hasta cierto punto de la necesidad de llevar un fastuoso tren de vida, aunque no fuesen del todo ajenos a esta compulsión, las más grandes familias de la nueva élite morisca dedicaron la mayor parte de sus ganancias a la reinversión en elementos productivos, y, aunque pueda ser un tópico no por ello debe carecer necesariamente de valor, quizá se dedicaron de lleno al trabajo en vez de ansiar la vida ociosa que era una realidad para la nobleza y un horizonte de aspiraciones para la mesocracia cristianovieja.

Sea como fuere, lo cierto es que nos hallamos ante un mundo complejo, dominado por actividades artesanales de la mayor trascendencia, en el que los grupos superiores practican un comercio incluso transnacional y donde el arriesgado pero muy productivo arrendamiento de rentas fue una tarea usual para muchos de ellos, convertidos además en los necesarios intermediarios a la hora de gestionar bastantes patrimonios de la nobleza y los patriciados regnícolas. Veamos algo de todo ello.

1.1 Artesanía y comercio

No cabe duda que fueron estos sectores los dominantes en el caso que estudiamos. Los preponderantes y con una enorme diferencia, pues labradores o ganaderos, como tales, hubo muy pocos. Hubo ricos mercaderes, sobre todo mercaderes, que adquirieron bastantes parcelas de tierra, e incluso alguno de ellos, todo esto se verá más adelante, fueron dueños de una más que respetable cantidad de bestias, pero no fue esa su ocupación principal ni desde luego se dedicaron a ella en persona. Fueron, pues, los sectores secundario y terciario los más presentes en el universo tardomorisco granadino.

La tabla que viene a continuación ordena una muestra de oficios que he rastreado entre los protocolos notariales de la ciudad de Granada que se conservan de la primera mitad del siglo XVII, a partir del momento de la expulsión. Como se puede ver en ella, la inmensa mayoría de las personas que me han aparecido en los documentos identificados con su profesión específica son mercaderes, del tipo que sea. Concretamente, 17 de 21, un 81,5%. Los demás son un sombrerero de agua y lana, un maestro tintorero, un maestro cañero y un torcedor de seda. El predominio de las actividades mercantiles es abrumador, lo que seguramente es un producto del sesgo de las fuentes. No porque fuesen menos importantes los tratos entre esta comunidad, sino porque seguro que hubo más hombres y mujeres dedicados a tareas industriales de los que aquí se recogen.


Aunque la seda va a ser, como veremos a continuación, la actividad principal del colectivo, el comercio tocaba todo tipo de géneros, desde el jabón a los paños, del lino a la corambre. Ventas que se realizaban en persona, auxiliados casi siempre por dependientes y jóvenes aprendices, en las numerosas y muy disputadas tiendas que poblaban el centro de la ciudad, sobre todo la calle Zacatín y más que ningún otro espacio, la compacta y laberíntica red de calles conocida como la Alcaicería.

Tiendas como la muy caudalosa, así se define en la documentación, que Alonso Hermes, cabeza de esta familia que se situó a caballo entre la élite antigua y la nueva, dejó a su hijo el jurado Miguel Hernández Hermes, en la cual tenía criados y factores a su servicio.1 En esa codiciada zona recibe en arrendamiento el mercader de paños Sebastián Fernández de Guevara una tienda por seis años de contrato a cambio de 466 reales anuales (1649).2 Y allí mismo no sólo tienen sus negocios, sino que incluso habitan, las hermanas doña Beatriz y doña Isabel Salido y Chaves, doncellas que testan en 1711 y dejan claras con este y otros documentos las múltiples actividades económicas que desempeñaron las mujeres de este grupo.3

El papel de la Alcaicería como centro del comercio de seda, junto a la aledaña calle del Zacatín, quedó reflejado en multitud de testimonios coetáneos, incluso desde las postrimerías del régimen nazarí. Así, si Antoine de Lalaing dice en 1502 que «Granada es muy comercial, principalmente en sedas . . . El sitio donde se venden es llamado el Zacatín. Cerca de este sitio hay una plaza llamada la Alcaicería, donde se venden los paños de seda trabajados a la morisca, que son muy hermosos por la multitud de sus colores y la diversidad de sus labores, y hacen de ellos un grandísimo comercio», para Andrea Navagero, en 1526, «hay allí infinita variedad de cosas, y sobre todo gran copia de sedas labradas».

Pero la mejor descripción acaso sea la proporcionada por el humanista Lucio Marineo Sículo, en 1533:

En la cual hay casi doscientas tiendas, en que de continuo se venden las sedas y paños, y todas las otras mercaderías. Y esta casa, que se puede decir pequeña ciudad, tiene muchas callejas y diez puertas, en las cuales están atravesadas cadenas de hierro, que impiden que puedan entrar cabalgando, y el que tiene cargo de guarda de ella, cerradas las puertas, tienen sus guardas de noche y perros que la velan, y en nombre del Rey cobra la renta y tributo de cada una tienda.4

No sólo se vendía el género en la Alcaicería, sino también en zonas más o menos colindantes, como la cercana Tenería (curtidores), en donde el muy activo comerciante del siglo XVII Sebastián Pérez de Gumiel tomaba en arrendamiento una casa y tienda, propiedad de alguien tan conocido como el licenciado Gregorio López Madera, por aquel entonces (1645) sólo oidor del Consejo de Indias, que es como se intitula en la escritura notarial.5

Si comparamos la situación anterior con la foto fija de 1727, es decir, con las profesiones desempeñadas por los islamizantes, la situación parece indicar un desplazamiento claro hacia la artesanía, con un menor peso del sector mercantil, relativamente hablando. La explicación podría relacionarse con la crisis de la seda en el siglo XVIII, pero es un argumento discutible. Veamos un resumen (la tabla con todas las profesiones se puede consultar en el apéndice):


a. Cogedoras de seda 16
b. Boticarios 12
c. Mercaderes 11
d. Tintoreros 10
e. Plateros 8
f. Tenderos 8
g. Torcedores de seda 7

El resto de profesiones (hilandera, médico, cerrajero, zapatero, arriero . . . ) no pasan de un caso o dos y por tanto no merece la pena que los detallemos. En la relación anterior denomino en plural algunos oficios, pues están compuestos por hombres y por mujeres, las cuales dominan en algunos, como el de cogedora de seda. De ello trataré con algún detenimiento más abajo.

Como se acaba de comentar, en efecto, si nos quedamos con esta foto fija, parece que ha disminuido el elemento comercial frente al artesanal, que es mayoritario. Podría pensarse en los efectos de una crisis del sector sedero, pero no lo tengo tan claro. Sin negarlo del todo, más bien pienso en un problema de fuentes. En esta relación del Setecientos, la Inquisición está interesada en tomar nota de los reos, y por tanto incluye sin problema ninguno a las mujeres y las interroga sobre su profesión, para rellenar todos los campos posibles de su particular base de datos. En la documentación notarial, que es la que mayoritariamente informó el cuadro anterior a éste, el del siglo XVII, se suele escamotear la actividad económica femenina. Y seguro que están representados en demasía los mercaderes en el Seiscientos, por tener más actividad y por tanto dejar más huellas documentales. En cualquier caso, es un tema por analizar con mayor detenimiento en un futuro.

El repaso a los documentos manejados arroja una interesante realidad, que tantas veces para otros colectivos similares ha quedado, o eso me parece, oculta tras las letras de los legajos. La presencia femenina en el campo laboral resulta más que notable en el caso de los moriscos granadinos de los siglos XVII y XVIII, y aunque muchas escrituras esconden su condición de trabajadoras bajo la mera mención de su estado de doncella y poco más, los documentos inquisitoriales, mucho más exhaustivos en este y otros sentidos, nos muestran la otra cara de la moneda.

No puedo detenerme, de momento, a analizar en profundidad el fenómeno, pero sí quiero dejar constancia de algunas conclusiones a las que he llegado gracias al manejo de esta documentación tan específica. En primer lugar, la omnipresencia del trabajo femenino. No porque ahora haya más mujeres desempeñando un oficio productivo, por así llamarlo, sino porque la fuente inquisitorial, al tratar a los reos de forma individualizada, destaca sus características de todo tipo, sin esconder ninguna, mientras que los protocolos notariales, por ejemplo, ocultan en muchas ocasiones las profesiones femeninas bajo un manto de silencio. ¿Cuántas tenderas, hilanderas y artesanas de todo tipo aparecen en sus testamentos como aparentes amas de casa?

Ya hemos hablado de las numerosas cogedoras de seda que aparecían en los listados de los islamizantes de 1727; veamos ahora el cuadro resultante del análisis global de los datos. De las 250 personas procesadas, si quitamos aquellos (aquéllas sobre todo) que nos aparecen sin mención alguna en la documentación (lo que puede significar amas de casa, pero también dedicaciones puntuales a tal o cual actividad, además, claro, de jóvenes de corta edad), esto es lo que nos queda:


1.2 La seda

De todos es conocida la importancia de la seda granadina; se han escrito muchas páginas sobre el tema, y todas ellas juntas no son sino el pórtico de lo que algún día habrá de ser un estudio monográfico. Un muy necesario trabajo, que se centre en la consulta masiva de la ingente documentación de archivo que se conserva abundantemente en los distintos protocolos notariales del reino, en los fondos judiciales de la Real Chancillería y en los papeles de corte fiscal del Archivo General de Simancas.

El clásico libro de Manuel Garzón Pareja, meritorio para la época aunque muy incompleto,6 se suma a uno anterior y más específico de Francisco Bejarano Robles, para el área malagueña, de parecido corte positivista.7 Poco más hay de valor para esta etapa. La renovación de los estudios sobre el tema vino de la mano del profesor José Enrique López de Coca Castañer, quien desde una perspectiva medievalista aborda la cuestión con el mayor rigor científico posible.8 Tras él, es imprescindible mencionar la actividad de Félix García Gámez, quien prepara una Tesis Doctoral bajo la dirección del profesor Francisco Andújar Castillo sobre la seda del reino de Granada en el siglo XVII, de la que ya nos ha ofrecido varias e interesantes muestras. Aunque su trabajo no profundiza demasiado en lo social, nos ha proporcionado algunas noticias muy relevantes para lo que aquí interesa.9

La seda fue capital para la economía granadina, seguramente la principal fuente de riqueza, relativamente hablando. Pero no sólo lo fue para el enorme número de personas que trabajaban en torno suya, desde los tejedores a los torcedores, los mercaderes, los cogedores, tintoreros . . . , hombres y mujeres que se ganaban el diario sustento de forma directa o como complemento a sus otras actividades. Más allá de ello, la seda tuvo una importancia capital en la conformación de la élite local granadina. De hecho, fue el gran origen del patriciado regnícola junto con la burocracia.

Destaco esto para comprobar cómo no sólo muchos de nuestros personajes consiguieron enormes fortunas, sino que en realidad no fueron sino otra más de las muchas categorías sociales que se enriquecieron al calor de tan fascinante actividad industrial y mercantil. La tabla siguiente nos muestra algunos ejemplos de regidores granadinos que tienen como origen de la grandeza de sus familias las labores sederas; incluso algunos de ellos se dedicaron en persona a su comercio antes de emprender la progresión que les llevaría a la cúspide de la sociedad local.


Y no contemplo tratar de aquellos regidores casados con hijas o descendientes de mercaderes, porque entonces la lista sería enorme. El ayuntamiento de Granada, se puede decir con tranquilidad, en ocasiones parece una sucursal de los negocios sederos; se entiende ahora tanta preocupación por el desarrollo y cuidado de este arte en todos sus aspectos, pues muchos de sus miembros procedían de tal ámbito, estaban casados con hijas o parientas de comerciantes de esta materia o bien, abandonada la gestión directa de sus telares, seguían obteniendo ingresos mediante intermediarios.10

Hubo, pues, muchos regidores de esta procedencia, fenómeno que adquiriría mayores cotas si tuviéramos en cuenta a los que en tiempos anteriores, sobre todo durante el Quinientos, se dedicaron al arrendamiento de la renta de la seda. Algunos de ellos, los que no quebraron, no sólo consiguieron ser caballeros veinticuatro de la capital, sino que incluso se convirtieron en señores de vasallos en fechas muy tempranas, comprando de particulares la jurisdicción de ciertos pueblos. Es el caso de Juan de la Torre, señor de Vélez de Benaudalla, de origen toledano, y de Día Sánchez Dávila, quizá el hombre más rico de la Granada de su tiempo, señor de Cázulas, ambos por supuesto de progenie hebraica.

Para no alargar en demasía este apartado, y para evitar lo que sería una sucesión de datos y referencias de archivo, me centraré no en el grupo entero, que repito está muy relacionado con la seda, sino en tres de sus principales figuras, las mismas que trae a colación en sus trabajos el ya mencionado Félix García Gámez. Se trata de tres personajes muy interesantes, relacionados directamente con la gestión de la renta de la seda en el siglo XVII, de los que este autor nos indica, aunque sin expresar la fuente en la que se habrá basado, que pudieran ser moriscos. Éstas son sus palabras:

Finalmente . . . los mercaderes consiguieron quedarse con el arrendamiento. Comenzaba así una nueva etapa, de unos veinticinco años, en la que la renta de la seda será administrada por oriundos del reino de Granada: primero por la Universidad de mercaderes entre 1608 y 1617; tras su quiebra, y después de un periodo de casi cinco años de administración en enviados reales, por Juan Suárez de Santa Cruz, también mercader, a partir de 1622, que la cedió dos años más tarde a Diego de Cuéllar Castillo, Diego González de Madrid y Gabriel López de Mendoza (seguramente todos ellos de ascendencia morisca).11

Aunque el autor no indica documento alguna para justificar su opinión, en efecto, moriscos lo fueron al menos dos de ellos, Diego González de Madrid y Diego de Cuéllar Castillo, y parece muy probable que también lo fuese el tercero, Gabriel López de Mendoza. Veamos algunas notas acerca de ellos.

De Diego González de Madrid voy a tratar un poco más adelante con ocasión del arrendamiento que realizó de la Casa de las Comedias de la ciudad de Granada, actividad que demuestra además de su inteligente diversificación en los negocios, el gran volumen de capital que llegó a manejar, debido a las fianzas que todas estas operaciones requerían en la época. No me detendré más en él, y sí en los otros dos, de los que no sabíamos nada aún.

En cuanto a Gabriel López de Mendoza, debo comenzar esta exposición confesando que tengo mis dudas sobre la adscripción morisca de este pintoresco mercader de seda; lo de pintoresco se verá a continuación, las dudas en cambio proceden de la falta de datos directos sobre su persona, una desesperante escasez de noticias en los documentos locales y nacionales que no me permite aventurar sino una hipótesis bastante arriesgada. De entrada, asumo como válido el aserto de Félix García Gámez, aunque a falta de documentos probatorios o de inferencias verosímiles, todo es posible. No hubo familia apellidada «López de Mendoza» en la Granada de su época, aunque sí algunas personas aisladas bajo esa denominación; sólo encuentro en el reino a un homónimo, unas dos generaciones más tarde, viviendo en la ciudad de Huéscar de cuyo cabildo municipal era regidor. No sé si tendrá algo que ver con quien buscamos; lo dudo.

De cualquier forma, dos datos apoyan la teoría de su origen musulmán. Primero, la existencia de un morisco, Alonso López de Mendoza, avecindado tras la expulsión en Jaén;12 pudiera ser su padre o abuelo, puestos a imaginar. Y el hecho de que los marqueses de Mondéjar, los grandes e interesados protectores de los cristianos nuevos granadinos, se apellidaran así. Quién no recuerda a don Íñigo López de Mendoza, el gran Tendilla, por cuyo nombre muchos antiguos nazaríes pasaron a apellidarse Mendoza.

Por tanto, no estoy en condiciones de caracterizar sociológicamente a Gabriel López de Mendoza, ni de aportar nada sobre su familia ni origen. Pero curiosamente es de él de quién más información manejo acerca de cuestiones culturales, por desgracia tan ausentes en las trayectorias biográficas de sus dos compañeros. Gabriel López de Mendoza ha pasado a la historia del arbitrismo, digámoslo así, y con justas causas. Veámoslo.

Mercader de profesión y literato de vocación, se sabe por testimonios dispersos que escribió varios poemas, aunque hasta donde llego no se han conservado. Desde luego, la entrada que le dedica Nicolás Antonio no puede ser más escueta; fulmina su producción con un «scripsit Obras en verso».13 Poesía que dedicó, y aquí viene lo interesante, a cuestiones religiosas, tan arriesgadas al decir de los calificadores que llevaron a sus obras a estar prohibidas por la Inquisición. Antonio Márquez, en su interesante pero ya bastante desfasada Literatura e Inquisición en España, nos dice acerca de este autor:

De la prohibición de Gabriel López de Mendoza, «sus obras en verso castellano, hasta que se enmienden», baste decir que es una historia de la Pasión en verso o Romancero Espiritual, Granada 1629.14

En efecto, la documentación inquisitorial granadina nos dice lo mismo. En 1630, varias cartas mencionan de pasada su obra, llamando al autor Tesorero de Su Majestad, e indicando que en esa ciudad, mediante el famoso impresor Francisco Heilan, editó un Tratado de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo. Fueron calificadas algunas de sus proposiciones «de mala doctrina», si bien ya había vendido muchos libros en Granada y enviado otros tantos a Sevilla y Madrid y otras partes. En otro documento aislado, me aparece en una nota como penitenciado.15

Pero Gabriel López de Mendoza no destacó sólo por esto, sino que lo que le ha llevado a ser estudiado por algunos historiadores fue su condición de memorialista. Nuestro personaje fue un activo combatiente contra la prostitución, y sobre ella elevó un escrito nada menos que ante la persona del rey, Felipe IV. Es realmente por lo que se le conoce entre algunos especialistas.16

Aparte de todo lo anterior, en la Biblioteca de la Diputación de Granada se conserva un Memorial dado a Su Majestad del rey Felipe IV, nuestro señor, el mes de julio pasado de este de 1637, en el que consta ser natural de la ciudad de Granada.17 Y de su misma autoría es una carta, dirigida a un famoso jesuita, el padre Juan Eusebio Nieremberg, fechada el 18 de enero de 1642.18 Nada más se conoce de su trayectoria profesional, al menos que yo sepa.

De los tres personajes que vengo tratando en este apartado, quizá el más interesante en lo económico fue Diego de Cuéllar Castillo, un activo comerciante en seda que vivió a lo largo del Seiscientos, y del que contamos con bastantes noticias sobre sus negocios, especialmente durante los años centrales de la centuria.19 Por desgracia, no he encontrado aún su testamento e inventario de bienes, si es que se conservan, pero con un puñado de escrituras notariales nos podemos hacer una idea del relevante papel que jugó en la Granada de su tiempo.

Conviene situarle, antes de nada, en su entorno familiar, entre otras cosas para advertir que era yerno del ya mencionado Diego González de Madrid, y en buena medida el auténtico continuador de sus negocios, más que los propios hijos de éste. Hijo de Gaspar de Cuéllar y de doña Juana del Castillo y Benavides, por su madre participaba además de la sangre de los Madrid y los Montalvo, mientras que como cuñados contaba, entre otros, con el mercader Isidro de Chaves (esposo de su hermana doña Antonia) y con el escribano público Álvaro de Córdoba y Almirante (marido de doña Luisa Sebastiana de Madrid, hermana de su mujer).

Su propio casamiento con su prima segunda doña Juana Matías de Madrid le emparentaba no sólo con los de este apellido, deudos del propio Diego de Cuéllar, sino con los Castellanos y los Talavera. Todo esto le situaba en el centro de una tupida red de contactos familiares y personales, que, sin duda alguna, le debieron favorecer a la hora de emprender sus más lucrativas actividades.

De su participación en el negocio de la seda con su suegro (y tío, era primo hermano de su padre), Diego González de Madrid, nos proporciona algunas noticias sueltas el testamento de su viuda doña Isabel Ortiz (1647), en el cual se nos refieren los 10.639 reales que Diego de Cuéllar habría prestado a Juan Gabriel de Madrid, a fin de que éste, hijo de la mencionada doña Isabel Ortiz, pagase las guardas de la seda.20

En cuanto a la seda se refiere, ya se ha comentado anteriormente su arriesgada apuesta junto con su suegro y Gabriel López de Mendoza a la hora de tomar en sus manos la renta, destaquemos ahora que en 1646 lo encontramos preso en la cárcel pública por una deuda de dos millones de maravedíes de que era acreedor don Álvaro Núñez de Lisboa, conocido financiero de origen lusitano que por aquel entonces era tesorero de la renta de la seda.21

Pero no fue ésta la única renta que tomó en arrendamiento, su ambición le obligaba a diversificar, invirtiendo en otros ramos de la administración local y nacional. Como sucedió con los dos primeros Unos por Ciento de la ciudad de Almuñécar y la villa de Motril, poblaciones aún muy prósperas debido a la producción y comercialización del azúcar.22

Preocupado por la continuidad familiar, resulta del mayor interés una escritura de emancipación de su hijo Julián de Cuéllar, en la que se indica las ganancias que ya había ido consiguiendo por su cuenta el joven vástago, «considerando su capacidad e inteligencia para tratar y contratar».23

El carácter patriarcal, si se me permite la expresión, que parece desprenderse de su figura se confirma con una importante actividad como padrino de muchos de los neófitos de este colectivo tardomorisco. Por un lado, sus propios descendientes, como su nieto Luis, hijo de su hija doña Teodora y de Juan Agustín de León, bautizado en 1661;24 y los de sus nietos Melchor Alberto (1641), Juliana (1642) y Juan Antonio (1646), hijos los tres de su hija doña Isidora Matías y del esposo de ésta, su primo hermano Jerónimo de Cuéllar.25

Pero no sólo apadrinó a miembros de su propia familia, sino que ejerció el mismo papel con otros moriscos granadinos con los que no me consta que tuviese relación alguna de consanguinidad. Es el caso de su homónimo Diego, hijo del eximio poeta Álvaro Cubillo de Aragón y de su mujer doña Inés de la Mar, bautizado éste en la parroquia de la Magdalena, el 2 de noviembre de 1623. Aunque el dato era conocido de antiguo, recientemente el doctor Santiago Otero Mondéjar ha descubierto la progenie morisca de este escritor, de cuya ascendencia nada se sabía.26

Y en este mismo sentido, hay que entender su labor como tutor y curador de la persona y bienes del menor Cristóbal de Lezcano, vecino del lugar de Alfacar, inmediato a la capital. Tutela que no acabó demasiado bien, todo hay que decirlo, pues las cuentas finales arrojaron un alcance de 1.105 reales y medio, por los que se le ejecutó ciertos bienes.27 Aunque no he podido averiguar quién fuese este Cristóbal de Lezcano ni a qué familia perteneció, es seguro que se trata de la persona así llamada que casó en 1643 con doña Luciana de Benavides, que nos recuerda por su apellido a la correspondiente e importante familia morisca granadina. Si esto es así, y tendré que investigarlo a fondo en breve, el dato es del mayor interés, pues casi seguro que fue hija de esta pareja doña Manuela de Lezcano y Benavides, desposada en 1677 con don Felipe Mateo de Priego y Molina, asistente de Marchena en 1679, corregidor de Soria (1683), Aranda de Duero y Sepúlveda (1689).28 ¡Qué interesante descendencia si fuesen también moriscos!

1.3 Arrendamiento de rentas y propiedades

Lo mismo que hicieron los judeoconversos, si bien éstos en proporciones masivas, los moriscos de la nueva élite granadina se dedicaron con cierto empeño a la muy productiva tarea de administrar los patrimonios nobiliarios. Nobleza y clero eran, como es bien sabido, los grandes propietarios de tierras, y por tanto, los principales proveedores de fuentes de ingreso para los especialistas en arrendamientos rústicos (a lo que habría que añadir los bienes de propios municipales). Los grandes cortijos propiedad de las mitras, cabildos catedralicios y conventos, de la nobleza titulada e incluso del patriciado urbano eran, pues, objeto de deseo en una sociedad aquejada de hambre de tierras, aun antes del siglo XVIII.

Y fue la nobleza media y alta quien posibilitó más que ningún otro grupo social, o eso me parece, este tipo de actividad intermediaria, debido al crónico endeudamiento de sus haciendas familiares, aquejadas además de la imposibilidad de vender patrimonio para liquidar deudas y sanear el conjunto al estar la mayoría de las tierras vinculadas en forma de mayorazgos. El cuantioso gasto propio de una economía moral, basada en buena medida en la ostentación como demostración pública e inevitable del rango, les condujo a endeudarse a través de censos y préstamos, y terminó en muchos casos por llevarles a entregar sus vínculos y señoríos en administración a mercaderes y a ricos artesanos, al menos de forma temporal. Estos administradores vieron en ello la oportunidad de acceder a la gestión de grandes patrimonios agrarios, beneficiándose además de multitud de aspectos aparentemente secundarios pero en conjunto muy productivos.

En este juego, aún muy mal conocido a nivel nacional, no digamos ya para el caso granadino, entraron de pleno derecho los moriscos. Al menos, unos cuantos de ellos, los más ricos e influyentes; los mejor situados. Gente como Álvaro Fernández de Córdoba, que así se hacía llamar quien en realidad era un Córdoba de los que lograron quedarse en tierras sureñas. Este personaje, polifacético y complejo, no sólo fue escribano de Su Majestad, sino que desempeñó cierto tiempo el cargo de agente del marqués del Carpio. No conocemos, sólo he descubierto un documento en el que así se le nombra, cuáles eran sus funciones exactas, pero desde luego administraba los bienes que esta Casa de la aristocracia española poseía en la ciudad de Granada. Entre ellos, la casa principal que el noble poseía en la Carrera del Darro («Carrera Nueva del Darro») con su cochera y jardines y que Álvaro de Córdoba daba en arrendamiento en 1647 al ubicuo Francisco Salido, de quien trataré más adelante.29

Por su parte, podemos incluir en este escenario la compleja operación en que participaba pocos años antes de su detención por la Inquisición don Lorenzo Felipe de Mendoza, escribano del Crimen de la Real Chancillería. En 1706 el conde de Luque, don Egas Salvador Venegas de Córdoba, cuya familia residía habitualmente en Granada al poseer, vinculado, el prestigioso oficio de alférez mayor de su ayuntamiento,30 reclamaba los 24.000 reales que le debía otro notable local, el marqués de los Trujillos. Ante la imposibilidad de recuperarlos directamente, el marqués cedió al conde el derecho de cobrar todos los censos perpetuos que le pagaban, como dueño de la propiedad eminente, los labradores del heredamiento de Beas durante cuatro años. A la mitad de este plazo, el conde de Luque cedía a su vez los 22.851 reales que le restaban por percibir al referido don Lorenzo Felipe de Mendoza para que «con ellos pague el oficio de escribano del Crimen de esta Corte que al presente está tratando de comprar, por motivos justos que para ello Su Señoría tiene para cederle y donarle graciosamente la dicha cantidad».31 Cabe preguntarse cuáles serían esos motivos.

Melchor de Almirante, personaje fundamental de su linaje, fue otro importante arrendatario, tanto de rentas como de propiedades de la clase dirigente. A tal nivel, que puede que sea verdad la afirmación que él mismo realizó en 1625 según la cual había llegado a acumular más de 200.000 ducados de patrimonio.32 Probable exageración, lo cierto es que movió grandes cantidades de dinero, las mismas que le permitieron entre 1597 y 1598 arrendar grandes cortijos de personas tan poderosas como el caballero veinticuatro don Rodrigo Dávila Ponce de León, don Juan Fernández de Córdoba, alférez mayor de la ciudad y señor de la taha de Órjiva; y unos años después, a miembros de esta misma familia: don Antonio Fernández de Córdoba, señor de Valenzuela (1606) y doña Francisca Fernández de Córdoba, señora de las Guájaras (1610), madre del citado alférez mayor.33

Un caso interesante, que nos puede terminar de ilustrar este apartado, lo ofrece el accitano Francisco Salido, a quien acabo de mencionar, administrador que fue durante bastante tiempo de los gruesos mayorazgos de la familia De la Cueva Benavides, una de las más poderosas estirpes nobiliarias de todo el reino de Granada, asentada en la ciudad de Guadix desde su conquista.34 La relación económica de estos moriscos con los De la Cueva debe venir de antiguo, pues al menos comenzó con Jerónimo Salido, padre de Francisco, a quien don Gregorio de la Cueva le empeñó ciertas tierras para poder obtener dinero líquido con el que financiar los gastos de su expedición a Orán como capitán de infantería.35

El hermano mayor de don Gregorio, y como tal jefe de la rama principal de los De la Cueva fue don Pablo Alfonso, el cual, en su detallado testamento de 1644, nos aporta interesantes noticias en torno a la gestión aristocrática de las propiedades en la España del Antiguo Régimen, y que merecería ser objeto de un estudio pormenorizado. Para lo que aquí nos interesa, don Pablo Alfonso de la Cueva y Benavides era uno de los grandes nobles regnícolas, poseedor de numerosos cortijos, que se habían ido convirtiendo en señoríos poco a poco gracias a las ventas de jurisdicciones efectuadas por la Corona. Llegó así a ser señor de las villas de Uleilas, Montearmín, Albuñán, Mescua, Morillo, Luchena, El Bejarín, Zeque y el Tablar, antiguos heredamientos de su Casa. Pero, además, la crisis hacendística de la Monarquía le permitió adquirir nada menos que la jurisdicción de cinco grandes lugares sitos en el alfoz de Guadix, pueblos de grandes dimensiones que si hubieran pasado definitivamente a su poder le hubieran convertido en uno de los más grandes personajes de todo el reino: Cogollos, Beas, El Marchal, Alcudia y Esfiliana.

Excesivo bocado para sus posibilidades, el coste de la operación fue astronómico, aumentando todavía más los gastos debido a los pleitos que interpuso la ciudad de Guadix, nada dispuesta a ver cómo se le cercenaba gran parte de su jurisdicción. También fueron muy costosas las reparaciones y mejoras que debió realizar en Albuñán, la cabeza de su Estado, ya que, como él mismo nos dice, «hallé despoblada y caída la villa de Albuñán, que no había en ella más de una casa y la iglesia quemada y descubierta por los moros de la guerra». Todo esto, y un tren de vida fastuoso, al menos desde la perspectiva local, le obligó a endeudarse con determinadas personas, y Francisco Salido debió de ser uno de ellos, consiguiendo a cambio, como era frecuente en este tipo de casos, la administración de todos los bienes del noble. Y entre ellos, la citada localidad.

No sabemos más detalles en torno a la gestión de esta hacienda; el día que se abra al público el archivo de protocolos notariales de Guadix se podrá realizar un seguimiento exhaustivo de esta administración. Pero no cesaron aquí las actividades de nuestros Salido. El mismo Francisco aparece en 1646 como acreedor por la fuerte suma de 6.000 reales contra los bienes de doña Juana María de Barradas, otra ilustre dama accitana.36 Hermana de don Fernando Pérez de Barradas, señor de Cortes de Graena, era viuda de don Pedro de la Cueva, miembro de otra rama de este extenso linaje. Sin duda alguna, nos hallamos ante préstamos y/o gestión de patrimonios nobiliarios, evidentemente un buen negocio en la época.

Y no sólo gestionaron el patrimonio de los De la Cueva, sino que sus actividades en este sentido alcanzaron a otras importantes familias del reino granadino o relacionadas de cerca con él. Es el caso de una tal doña Antonia Pacheco, que por las fechas y características es más que probable que se trate de la hermana de don Francisco de Eraso, primer conde de Humanes, mujer de don Pedro de Carvajal y Aranda, señor de Jarafe, familia procedente de Alcalá la Real pero muy vinculada a la ciudad del Darro, pues don Pedro de Carvajal fue hijo de un oidor de su Real Chancillería, y una hija del matrimonio Carvajal-Pacheco, doña Francisca, casó con uno de los principales nobles locales, don Fernando Zapata de Mendoza, señor de las Guájaras.37

Sea como fuere, en 1645 encontramos al muy activo Francisco Salido, avecindado ahora en Granada, dando poder a otro morisco, don Jerónimo Venegas de Granada, residente en Madrid,38 para que en su nombre ajustase cuentas con el contador Alonso López de Aguiar de las partidas de dinero que éste le debía. El Contador confesó por escritura de 30 de julio de 1643 estar pagado de las 200.000 maravedís que Salido había cobrado de las Tercias de Guadix de los años 1638 y 1639 del juro que administraba y que sobre ellas estaba en cabeza de la citada doña Antonia Pacheco.39

Aunque el caso de los Salido es el más documentado de los que conozco, no debió ser el único; más bien todo lo contrario. Una simple referencia inquisitorial nos indica que el mercader Isidro de Chaves, uno de los reconciliados en el siglo XVIII, administraba la prebenda disfrutada por don Álvaro Marchena, racionero de la Catedral granadina, y lo hizo hasta su misma detención por el Santo Oficio.40 Y una escritura notarial nos pone sobre la pista acerca del papel de don Cecilio Enríquez de Lara, otro de los condenados por el tribunal de la fe, como administrador que en 1716 era de los mayorazgos que disfrutaba don Antonio Carnero, uno de los nobles locales más importantes (de la familia de los marqueses de San Antonio de Miralrío).41

Más detalle conocemos de las actividades de un miembro de la principal familia islamizante, don Juan Pedro de Aranda Sotomayor, quien el catorce de febrero de 1724 recibía en arrendamiento de doña Magdalena Fernández de la Canal, viuda de don Hipólito Francisco Valdés, vecina de Granada, como madre y tutora de don Hipólito Mariano Valdés, su hijo, poseedor del mayorazgo que fundó su difunto marido y padre, nada menos que 210 marjales de tierras calmas de riego para plantar cañas dulces en Motril, valoradas a 37,5 reales cada marjal, lo que suponía una renta de 7.875 reales anuales.42

Lo mismo que tiempo atrás había hecho su abuelo, don Jerónimo de Aranda, esta vez dando 500 ducados de fianza para administrar por orden judicial el riquísimo mayorazgo fundado por el genovés Bartolomé Veneroso. En este año, 1691, el vínculo en cuestión estaba bajo secuestro, al pender pleito en la Real Chancillería entre varios pretendientes. Una prueba más de la fortuna y nivel social de estos moriscos.43

Si de esta práctica tenemos algunos ejemplos, pocos por desgracia, bastantes más son los documentos que hablan de una estrategia económica morisca muy relacionada con la anterior y que, lo mismo que aquélla, fue fuente de riqueza en el Antiguo Régimen. Más arriesgada que la otra, eso sí, pero igualmente productiva si no más, como se demuestra de su profusión. Me refiero al arrendamiento de rentas reales.

No debe sorprendernos tanto como lo anterior el encontrar moriscos, bastantes moriscos, tomando en administración determinadas rentas. Sólo el lamentable estado de la historiografía especializada en este campo lo explica, pues fuentes no faltan. Otra cosa es que en ocasiones los documentos envenenados no nos indiquen que tal o cual personaje era de origen islámico. Ausencia interesada de información que ha de ser cubierta por el historiador simplemente cruzando fuentes de muy diversa procedencia. Lo más triste es que en otros casos sí se moteja al individuo en cuestión como de los naturales del reino de Granada o mediante fórmula semejante.

Lamentaciones aparte, se pueden traer a colación distintos ejemplos del ámbito extra-granadino a fin de que sirvan de demostración de que lo que estoy planteando en estas páginas no fue una dinámica aislada y especial. Para no salirnos del cercano reino cordobés, objeto de las atenciones investigadoras de parte del equipo de investigación que coordino, podemos citar tres casos muy interesantes. Dos de ellos, sitos en la villa de Palma del Río, señorío de los Portocarrero, condes de Palma; el otro, en la ciudad de Lucena, propiedad de los Fernández de Córdoba, marqueses de Comares.

En la primera localidad hallamos al rico hombre de negocios Alonso Fernández Almerique arrendando en 1610 la renta de la sal y las alcabalas del jabón, éstas en 1609 y por espacio de tres años.44 En la segunda, a Diego Hernández de Jaén, «de los naturales del Reino de Granada», en quien fueron rematados como en mayor ponedor los estancos del solimán y del azogue de Lucena, Rute, Iznájar, Benamejí y Monturque por siete años, a partir de 1609, por la enorme cantidad de 21.420 reales anuales.45

En el interior del reino de Granada encontramos, y estoy seguro que esto es sólo una muestra del total, pues debió haber más casos, a algunos de los principales moriscos tomando en arriendo determinadas rentas reales o eclesiásticas. Si se hubieran conservado todos los protocolos notariales capitalinos, y en vez de una amplia cata los hubiera podido revisar íntegramente, estoy totalmente seguro de que el resultado sería mucho más elevado. La tabla siguiente es ilustrativa de un proceso que debió de ser bastante rentable, vistas las fortunas que con el tiempo se fueron acumulando.


Hemos visto en el cuadro anterior a dos miembros de la familia Almirante. Además de ellos, el recientemente mencionado Melchor de Almirante no sólo tomaba en arrendamiento latifundios, sino que igualmente se especializó en la administración de rentas reales. Así, en 1580 tenía las rentas del partido de Chauchina y del General de Zafayona, mientras que en 1598 tomaba el diezmo de las minucias de ese año de los lugares de Chite y Talará. Finalmente, en 1610 Melchor y sus dos hijos, Francisco y Melchor de Almirante, se obligaban a pagar 500.000 maravedís por la renta del Voto de Santiago de Granada del año 1607 y sus alcances.46

Y pariente y colega de Almirante fue Melchor de Zamora, quien arrendó a la par que él los cortijos mencionados de los Dávila Ponce de León. Este otro Melchor fue arrendador de rentas, así se presenta, y recaudador en 1623 de los diezmos de las menudencias del partido de Güéjar y Quéntar.47

Todo esto, aparte de la renta de la seda que ya se comentó fue arrendada entre otros por el mencionado Diego de Cuéllar Castillo. Otra renta que tomaron a su favor, y la menciono por ser más extraña, si se me permite la expresión, y tener de ella algunos datos de interés, es la denominada Casa de Comedias. Una renta de los propios del municipio, que dio ciertos quebraderos de cabeza a los moriscos implicados, y que condujo a un pleito en la audiencia entablado entre ellos y la ciudad.48

Diego González de Madrid litigaba contra el concejo en 1639, alegando lesión enormísima en el arrendamiento, establecido en 48.791 reales cuando, según decía, la renta no valía más de 21.000 reales anuales. Sea como fuere, el documento incluye testimonios de interés específico, pero lo que me interesa resaltar aquí es que debió tratarse, como muchas de las otras operaciones, de una actividad colectiva, estando implicados no sólo el arrendatario sino parte de su parentela inmediata. Como sucedió con Jerónimo de Cuéllar, que tuvo a su cargo la cobranza de la renta y que a la sazón era sobrino de Diego y estaba casado además con su nieta.49

2. LAS PROPIEDADES

Como sucedió en otros colectivos similares, los moriscos granadinos no sólo se dedicaron al comercio y a la industria, sino que invirtieron buena parte de sus ganancias en otros sectores económicos, diversificando sus estrategias y garantizándose una muy variada serie de ingresos. Tierras, casas, ganado, censos . . . vinieron a representar una parte muy importante de sus patrimonios, y de ellos voy a dar algunas ideas a continuación.

2.1 Tierras

Parece contradictorio a primera vista, en función de los muchos prejuicios que se han ido gestando sobre los moriscos granadinos en los tiempos pasados, que hablemos en este apartado de la propiedad de tierras por parte de este sector minoritario. Trabajarlas parece algo normal e incluso poseer pequeños lotes, fragmentados y explotados al máximo para obtener el necesario sustento. Pero no parece tan habitual hablar de grandes propiedades en manos moriscas. Acaso se deba a los nuevos tiempos de los siglos XVII y XVIII, indicando un cambio de estrategia debido a la coyuntura recién estrenada tras 1610.

Nada de eso es cierto. Encontramos moriscos como propietarios de cortijos y de grandes extensiones de tierras, explotando importantes heredamientos desde muy antiguo. La gran propiedad islámica, hoy asumida con naturalidad por los más importantes medievalistas,50 se transformó tras la conquista, pasando buena parte de ella a manos cristianas, pero de forma paralela comenzamos a observar cómo muchos colaboracionistas poseyeron importantes predios, sobre todo en las villas cerealísticas que conformaban el hinterland granadino. Así lo explicaba yo mismo hace casi veinte años:

Fundamentalmente, las propiedades de la élite conversa consistían en tierras, sobre todo cortijos situados en las villas cercanas a la capital y dependientes de ésta. De esta forma, en el último tercio del siglo XVI, la familia del jurado Hermes poseía el cortijo de Poloria, término de Iznalloz, que sumaba casi 650 fanegas, los Zegríes señoreaban el cortijo de El Zegrí, también situado en Iznalloz, mientras que los Venegas de Monachil, una rama menor de los Granada Venegas de la capital, eran dueños de 900 fanegas en el cortijo del Agua de los Sauces, situado en Píñar. Por su parte, las familias moriscas que ostentaban regidurías en el siglo XVI en Guadix, los Valle, Palacios y Benajara, disfrutaban de extensas fincas en la vega de la ciudad, y estos últimos poseían, además, tierras en Canjáyar, Huéneja y Fiñana.51

Ciertamente, así es. Sabemos que personalidades moriscas que poseían cortijos, como Diego Hernández Xama, Lorenzo el Chapiz y Hernán López el Ferí, Diego Ortiz el Mudéjar y otros muchos, que acumulaban cientos de fanegas en la misma comarca. Pero nada parecido a las grandes posesiones de Lorenzo Hernández el Calay, dueño del cortijo de la Moraleda, en término de las ciudades de Granada, Alhama y Loja, de 1.154,5 fanegas de extensión.52

Interesante resulta la historia del extenso cortijo de Poloria, propiedad de la rica familia Hermes, una de las pocas que procede de la antigua etapa morisca y nos lleva de lleno a la nueva. El proceso comenzó el nueve de enero de 1556, cuando Lorenzo de la Piedra y su mujer Mari López, ricos labradores de Iznalloz, impusieron a favor del próspero mercader granadino Alonso Hermes un censo de 3.000 maravedíes anuales a cambio de ochenta ducados de contado sobre 700 fanegas de tierra que poseían en el citado cortijo. Y se completó en esta primera fase con la venta que pocos años después el mismo Lorenzo de la Piedra realizó a Alonso Hermes de todas sus tierras en Poloria por la más que respetable cantidad de 1.115 ducados.53

Tras la rebelión y guerra de las Alpujarras, uno de los herederos de Alonso, el mercader Francisco Hermes, fue represaliado debido a su postura bastante confusa en cuanto a su lealtad a la Corona. Una ambigüedad que le costó caro, para empezar y aparte del destierro, la confiscación de todos sus bienes, propiedades que se valoraron en la enorme cifra, para la época y su contexto social, de 15.000 ducados. Conviene precisar que esta fortuna era sólo una parte de lo que poseían los Hermes en su conjunto.54

Francisco Hermes poseía buena parte del cortijo de Poloria, compartido con otros parientes, pero no sólo a él se reducían sus propiedades rústicas. Por ejemplo una huerta en el pago de Darahuleyla, de 48 marjales y 10 estadales, valorado en 1573, en plena crisis, a veinte ducados el marjal; y un haza de 10 marjales y 19 estadales, tasada en 1576 a diez ducados el marjal.55

Otro miembro de este linaje, el jurado Miguel Hernández Hermes, un colaboracionista sin tacha, poseía casi la mitad del cortijo de Poloria, pero como era más rentable venderlo como una unidad, fue expropiado por la Corona, compensándosele con otro cortijo, el de Onítar, que era del rey.56 El heredamiento continuó en manos de la familia durante muchas generaciones, y así encontramos en 1717 a doña María Almirante y Palacios, viuda de don Francisco Enríquez de Lara, como dueña de los cortijos del Pozuelo y Onítar en término de Iznalloz, con sus montes de encinas.57 De hecho, sólo en esta unidad agraria había 1.800 fanegas, o así se nos indica en una escritura de 1714.58

Los Hermes no fueron los únicos en poseer grandes cantidades de tierras. Francisco de Almirante daba en arrendamiento en 1610 tres suertes de población en Íllora, con sus casas y tinados, situadas en el cortijo del Tocón.59 Y un cortijo, precisamente, es lo que compraba en 1648 el mercader Diego de Rueda Zúñiga y Málaga, vendido nada menos que por 600 ducados por Diego Fernández Bravo, tratante, y por su mujer doña María de la Trinidad, vecinos de Granada.60

Para terminar la relación, veamos las propiedades agrarias de los Venegas de Monachil. El 16 de agosto de 1619, los nobles moriscos don Alonso Venegas de Granada y don Fernando Venegas de Granada, hermanos y vecinos del lugar de Monachil, acordaron el reparto de los bienes dejados por su padre Pedro Venegas de Granada, muerto abintestato hacía unos siete años. Y entre ellos, encontramos esto:

a.Casas principal con su huerta, olivar y viña.

b.Las viñas de Mena, de cuarenta peonadas.

c.Ocho morales.

d.Una haza de secano.

e.Cuarenta morales.

f.Una huerta.

g.Un olivar, todo ello en Monachil.

h.Una haza de tierra calma en la cercana localidad de Cájar.

i.Otra de cuatro marjales en el mismo sitio.

j.Un cortijo en Iznalloz, el de El Agua de los Sauces, de 600 fanegas.61

Y para labrar todas estas tierras se necesitan bueyes, al menos antes de que se acaben imponiendo definitivamente las mulas. Dos bueyes castaños tenía, cuando menos, doña Mariana de Córdoba, viuda de Bartolomé Salido, de la rica familia accitana que destacó por el gran número de cabezas de ganado poseído, como veremos a continuación. Los mismos animales que arrendaba en 1646 a Juan García de Mata, vecino del cortijo de Domingo Pérez y a su hermano Cristóbal, éste residente en cortijo de la Venta Nueva, ambos de la jurisdicción de Granada.62 Y una yunta de bueyes adquirían dos años después los moriscos Jerónimo de Cuéllar y su esposa y parienta doña Isidora de Cuéllar, además de la carreta correspondiente, sin duda alguna para labrar tierras en propiedad o arrendadas, que de eso no tengo noticia.63

Sin salirnos de la misma familia, Francisco Salido nos informa en 1632 de que tenía en plantilla a un apeador, Diego Hernández, vecino de la villa de Gor, cercana a Guadix.64

Lo mismo que se poseían tierras, se era dueño, si era posible, de los valiosos artefactos que las revalorizaban. Hornos, molinos, batanes, aceñas . . . , medios de producción que eran casi monopolio de los señores de vasallos en sus dominios, y que eran acaparados con ansia por las élites municipales, así urbanas como rurales. Lo mismo que hicieron la mesocracia y el patriciado capitalino y los grandes labradores de las villas circundantes, los León y Cisneros consiguieron adquirir dos molinos de pan moler en el lugar de Víznar, inmediato a la ciudad del Darro. Sobre ellos imponía 100 ducados (a cinco anuales de renta) Juan Agustín de León el año 1647.65

2.2 Ganado

No fueron estos moriscos ajenos tampoco a lo pecuario. Bernard Vincent ha demostrado recientemente que bastantes miembros de esta minoría poseían destacados hatos de ganado, a veces cuantiosos rebaños, todos los cuales pastaban en las tan abundantes zonas de sierra del reino granadino. Los estudios de Julián Pablo Díaz López, por su parte, abundan en el tema.66

No nos debe extrañar, pues, que en 1588 el jurado Miguel Hernández Hermes diese a Diego Sánchez, vecino de Granada, la importante cantidad de 300 ducados para comprar con ellos diez vacas y un toro, así como dos bueyes.67 Entradas como ésta hay bastantes en los protocolos granadinos de esa fecha y posteriores.

Mas no fue ésta una dedicación que se pueda adscribir a una etapa tan temprana como la mencionada, o a familias de vieja sangre como los Hermes. Para no extendernos demasiado en esta parte del trabajo, me centraré en detallar el caso de los Salido, destacado clan de regidores moriscos de Guadix que en el siglo XVII se trasladaron a Granada y acabaron formando parte principal del núcleo islamizante. En el inventario de Bartolomé Salido, en 1647, se encuentra este ganado:

a.Una manada de ovejas de seiscientas cabezas mayores.

b.Otra manada de ovejas mayores de seiscientas cabezas.

c.Otra manada de ovejas mayores de cuatrocientas y cuarenta cabezas.

d.Otra manada de setecientas y cincuenta borregos.

e.Otra manada de setecientas y cincuenta borregas.

f.Una manada de machos de ochocientas y cincuenta cabezas.

g.Otra manada de cabras mayores de ochocientas cabezas.

h.Otra manada de doce cegajos y cuatrocientas y cincuentas vacas.

i.Otra manada de cuatrocientas y cincuenta cegajos.

j.Una cabaña de cincuenta y cinco borricos.

k.Un atajo de vacas de veinte y cuatro rejas de hierro.

l.Numerosos bueyes dados a renta a diferentes personas.

m.Un caballo de regalo rucio dorado.

n.Una mohína pequeña.68

Es decir, casi 6.000 cabezas de ganado de todo tipo, una enorme cabaña que sin duda alguna les reportaría a los Salido grandes beneficios, no sólo por la producción de carne y cuero, sino sobre todo por la lana que seguramente alcanzaría buenos precios en el mercado granadino, como era costumbre por aquellos tiempos.69 De aquí, está claro, debió proceder su riqueza y su posición social, que en breve les llevó a dominar varios oficios municipales de Guadix y posteriormente a desplazarse a Granada y emparentar allí con lo más granado de la élite tardomorisca, como veremos posteriormente.

2.3 Casas

De entre las propiedades de estos moriscos, uno de los apartados que más sobresale es el relativo a los bienes urbanos, casas sobre todo. Nada raro en la época, pues la compra de viviendas era habitual entre los grupos que conformaban la élite y quizá más aún la mesocracia, tanto en Granada como en otras urbes de parecido tamaño.

Numerosas casas poseía el riquísimo mercader Sebastián Pérez de Gumiel, quien en 1646 arrendaba una de ellas al también comerciante granadino Lucas del Castillo,70 y dos en la parroquia de Santa Escolástica Juan Bautista Carrillo, según nos informa en su testamento de 1648. Y así podríamos poner otros muchos ejemplos. Entre ellos, los varios hermanos Salido, cuya notoria riqueza en tierras, censos y ganado se completaba con la posesión de varias mansiones en Guadix, acompañadas de bastantes casas accesorias.71

A las compras y ventas hay que añadir una frenética actividad en cuanto al alquiler de este tipo de bienes, tanto dadas como recibidas en arrendamiento por estos moriscos. Algunas bastante caras, como la que le costaba 900 reales anuales al escribano público Luis González, quien a la vez que recibía esa propiedad daba en alquiler dos casas propias junto al Hospital de San Juan de Dios.72

Casas las hubo de todos los precios, señal de que nos hallamos ante un tipo de propiedad multiforme, que lo mismo englobaba auténticos palacios que recogía en su seno meras covachas. Por desgracia, no siempre son valoradas o tasadas en la documentación correspondiente, por lo que no es posible salvo en un puñado de casos averiguar su precio exacto. De las más valiosas que he visto en las informaciones que sí lo precisan, unas son las que compraba el 11 de febrero de 1720 Pedro de Zamora, tratante en ropa de seda y otros géneros, por la sustanciosa cantidad de 1.200 reales de contado. La historia del edificio merece la pena de ser reseñada, aunque sea de forma muy leve, pues primero perteneció a Miguel Perdigón, «morisco expelido» en 1611, y pasando por diversas manos acabó en la hidalguía local, concretamente en doña Bárbara de Torres Afán de Rivera, esposa de don Fernando de Enciso Navarrete, de familia de caballeros veinticuatros del ayuntamiento.73

Más caras todavía, mucho más caras, eran las que poseía don Gaspar de Santiago a mediados del siglo XVIII. De su precio nos enteramos con motivo de haber tomado en arrendamiento en 1743 el oficio de Fiel del Romaneo de las Carnes de la ciudad, cuyo propietario era don Martín José de Bustamante, caballero de Santiago, vecino de Madrid y residente en Barcelona al ser en ese momento Director General de todas las rentas reales y proveedor de víveres del Principado. Por el oficio se comprometía a pagar don Gaspar 1.450 reales anuales, para cuya garantía hipotecaba todos sus bienes, especialmente las mencionadas casas, situadas en la calle Faltriquera, en la parroquia de San Matías, las cuales tenían sobre sí un censo de 600 ducados de principal a favor del convento de Nuestra Señora del Carmen. La casa, que heredó de sus padres don Fernando de Santiago y doña Luisa Triviño, estaba valorada nada menos que en 28.000 reales.74

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