Kitabı oku: «El Padre - The Father»

Yazı tipi:

© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

info@Letrame.com

© Enya Rodríguez Vicente

© José Manuel Rodríguez Navarro

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz

Diseño de portada: Rubén García

Supervisión de corrección: Ana Castañeda

ISBN: 978-84-1386-866-0

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

Letrame Editorial no tiene por qué estar de acuerdo con las opiniones del autor o con el texto de la publicación, recordando siempre que la obra que tiene en sus manos puede ser una novela de ficción o un ensayo en el que el autor haga valoraciones personales y subjetivas.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

IMPRESO EN ESPAÑA – UNIÓN EUROPEA

.

Dedicado a Cristina y Liam.

Con todo nuestro amor.

.

A Ignacia, Pepito y Manola.

A Juan Carlos y Lola.

A Pepe y Demelsa. Laura y Diego. Javi y Natalia.

A Ariadna, Javier, Demelsa, Leyre y Diego.

A Cristóbal y Sten Christensen in memoriam.

AGRADECIMIENTOS

Vicente Cerdán Peris y a Yolanda Jurado Reig por la lectura de los manuscritos, nunca podremos pagaros el esfuerzo. A las chuches, Paula y Yanira por sus risas. A Sergio y África por su confianza en el sistema. Y a nuestros mejores amigos Sioni y Vicente por estar a las duras y a las maduras; os queremos. A don José Moratinos Iglesias por ser el gran referente para iniciar este libro. Por la primera corrección. Por estar siempre ahí. Por ser la persona en la que un día nos quisiéramos convertir.

PRÓLOGO

Es un honor para mí el prologar esta novela, escrita de manera conjunta por José Manuel Rodríguez y su encantadora hija Enya.

Un buen día, mi amigo José Manuel me animó a escribir novelas policacas, género que a él lo entusiasmaba. Yo había escrito entonces Ser feliz corriendo, libro que tuviera y sigue teniendo un notable éxito. Pero no había pensado rigurosamente dedicarme a este género literario que, la verdad, siempre me encantó.

Y yo pensé en esa sugerencia de mi amigo José Manuel. Admirador de las novelas de Agatha Christie y de Sir Arthur Conan Doyle y de los detectives Hércules Poirot y Sherlock Holmes, pensé que sería muy buena idea seguir las sugerencias de José Manuel. A partir de 2013, escribí varias novelas policiacas.

Por tanto, debo a mi amigo mi tardía vocación por cultivar este género.

Un 10 de marzo de 2013, se celebró en Elche la conmemoración del primer aniversario del club deportivo de los hermanos Esteso, Blue Line. José Manuel me reiteró su sugerencia: «Tiene que escribir una novela policíaca». Misterios en el maratón fue el punto de partida.

Pero José Manuel tenía el gusanillo y una ilusión: ser novelista. Y como hizo él conmigo, yo lo animé a escribir esa novela que tenía medio pergeñada y guardada en el cajón, y que fuera una realidad. Para escribir una novela se necesita tiempo, dedicación y voluntad. Y tanto José Manuel como Enya, el tiempo y la dedicación lo saben dosificar «sabiamente», y voluntad y acierto no les falta.

Me une a los autores de esta obra una estrecha amistad y un gran aprecio. Mi hermana Layla —María Teresa, q. e. p. d. — y yo mismo, visitamos a la familia Rodríguez en varias ocasiones, en el entrañable barrio ilicitano de Carrús.

Es José Manuel el alma mater del Cross de Carrús, uno de los mejores y más bien organizados de Elche. Mi hermana y yo acudimos a varias ediciones, ella acompañándome en el coche y animándome y yo haciendo lo que podía.

Aún conservo en la retina la imagen de José Manuel en el coche de director de carrera, abriendo paso y dando instrucciones. Amante de la obra bien hecha, no quería que faltara detalle y buscaba lo mejor para los corredores, que no les faltara de nada y que disfrutaran. Lo consigue y lo sigue consiguiendo. Y Enya siempre al pie del cañón colaborando de manera sobresaliente en la organización del evento y siendo un factor imprescindible en su éxito.

Tuvieron el detalle, en una de las ediciones, de estampar en la camiseta que se entrega a los corredores participantes, una imagen mía corriendo, y ese detalle nunca lo olvidaré.

¿Qué decir de los autores del libro? Enya, muy estudiosa y batalladora, con sus estudios universitarios de Derecho y Criminología y con sus másteres que le dan una gran preparación intelectual y cultural. José Manuel, con su trabajo, su esfuerzo y esa característica suya de «animador sociocultural» y deportivo de acontecimientos ilicitanos. Y no olvidemos la base de José Manuel, conocedor, asimismo, como buen lector, de los recovecos de este género literario.

Son dos «buenas personas», título que hoy en día creo que es el mejor que se les puede dar, en esta sociedad «especial» en la que vivimos. Personas de bien, nobles, generosas, que lo dan todo por los demás y cultivan la amistad, creando empatía a su alrededor.

Me alegro mucho de que se hayan lanzado a escribir una novela, ese gusanillo que tenían escondido y que ahora es una feliz y gozosa realidad. Sé que van a disfrutar mucho en esta nueva empresa como escritores, y por la calidad de este primer libro, les auguro un gran éxito.

Decía Bousoño, el prestigioso comentarista literario, que una buena obra literaria debe tener una armonía entre el fondo y la forma. Si hay un fondo que cale en el lector, un mensaje importante, debe estar acompañado de la forma, del estilo, de la calidad literaria. Un buen fondo y una buena forma son imprescindibles. Y esto se da en la obra de Enya y José Manuel.

A mi modo de ver, hay dos grandes corrientes en las novelas policiacas clásicas, la europea y la americana. La primera se centra más en la acción, en los entresijos de la intriga, en la mera actuación detectivesca y la trama desarrollada. La segunda, la americana, añade aspectos sociales, estudia psicológicamente a los personajes y a veces tiene incluso un contenido de reivindicaciones sociales. Intriga y psicología, trama y sociología. Como ejemplos de la corriente europea, tenemos a Agatha Christie y a sir Arthur Conan Doyle. Como ejemplos de la corriente americana, a Raymod Chandler —con su Philip Marlowe— y a Dashiell Hammett —con su Sam Spade—. Pues bien; la novela The Father se inscribe en un punto medio, a mitad de camino entre la corriente clásica europea y la americana. Tiene mucha trama e intriga, pero al tiempo se hace un retrato psicológico de los personajes y encierra asimismo una inteligente crítica social. Por eso, recoge lo mejor de cada una de estas grandes corrientes. Creo que es otro mérito del libro que prologo.

Una primera novela es un punto de partida y, poco a poco, la misma trayectoria literaria irá haciéndoles ver que la fluidez del relato, la estructura del mismo y el interés que todo libro debe despertar en el lector, vaya, en el proceso, in crescendo. Y esos caracteres están en esta novela y deben seguir en las —espero— próximas.

La novela The Father está muy bien estructurada y a lo largo de sus diversos capítulos logra mantener la atención y el interés del lector, lo que es uno de los mejores logros de este libro. Sus protagonistas me recuerdan algo a esas películas de Humphrey Bogart —El sueño eterno o El largo adiós—, excepcionales, en que personifica al detective Marlowe, con los diálogos tan prodigiosos.

Capítulo a capítulo va prosiguiendo en The Father la trama, sin que en ningún momento decaiga el interés, y eso ya es un mérito evidente.

Tiene la novela mucho de escenario coral, al estilo de las películas de Berlanga, con numerosos protagonistas, lo que anima la acción y hace crecer la curiosidad por el desenlace. Tomando como punto de partida el cuerpo encontrado en el Parque de Prince William, se desarrolla una acción emocionante con capítulos a cuál más apasionante. En el escenario, Clarice, Don, Boy, Roy —el sheriff de Dumfries—, el capitán McCoy, Preston… Hay una detective femenina, lo que no es muy frecuente en las novelas policíacas, y ese acierto va en línea con la necesaria reivindicación de los derechos de la mujer. La acción va transcurriendo en muy diversos lugares, creando siempre en el lector esa atmósfera de misterio que es esencial en una novela de este género.

Una primera novela, y espero que los autores se animen a continuar la trayectoria, puliendo aún más, si cabe, el estilo y esa intriga que toda novela de este género lleva consigo.

Es un primer libro esperanzador. Creo que han nacido dos nuevos escritores de calidad en este panorama literario tan nuestro.

Una gran aportación, sin duda. Enhorabuena.

José Moratinos Iglesias.

CAPÍTULO UNO

Caía la tarde y el frío se metía en los huesos; en lo más profundo del bosque ya no se oía ningún pájaro. Solo se oía el ruido del plástico. La llevaba envuelta en un gran plástico de los que se emplean para tapar muebles cuando se pintan las paredes de una habitación. Bajaba del camino cargado con la mujer al interior de la senda de los runners. La dejó en el suelo del bosque.

Al terminar de quitarle el último pedazo de plástico que la envolvía, empezó a doblarlo por un lado y por el otro hasta dejar bajo ella el poco espacio que ocupaba su figura enjuta.

No, no era una mujer esbelta y exuberante, pues apenas llegaba al metro sesenta y cinco. Era rubia platino y de ojos azul claro como una mañana sureña. Solo llevaba puesta la ropa interior, sujetador de encaje de Gucci y braguita tanga a conjunto. Su pecho era una talla ochenta y cinco.

Su cuerpo era marmóreo, ahora más claro, pero se notaba que no era mujer de tomar el sol; el verano había acabado no hacía menos de un mes y su cuerpo no presentaba marcas de haber tomado el sol ni un segundo siquiera. No tenía marcas de violencia visibles, al menos al ojo humano, y la ropa interior no estaba rota, ni siquiera rasgada. Sus manos exquisitas de manicura, recién esmaltadas las uñas y sin una sola cutícula. Sus pies presentaban la misma impresión el rojo vivo de su esmalte de uñas. Los callos, juanetes y durezas estaban tratados.

El hombre fue retirando milímetro a milímetro el plástico de debajo del cuerpo; llevaba guantes de silicona dobles en las manos, gorro de nadar en la cabeza, debajo de uno de lana. No llevaba barba ni bigote. Un anorak del Ejército de Salvación y unos pantalones militares, completaban unas botas Panamá Jack de color marrón oscuro todo su atuendo.

Ya tenía todo el plástico recogido; la mujer estaba encima de las hojas caídas, de castaños. El hombre cogió su mano derecha inerte y se la colocó dentro de la braguita con la yema del dedo corazón justo encima del clítoris; la otra mano la colocó después de doblar un poco su cabeza, justo con la yema del dedo índice dentro apenas de los labios, mordido el dedo mínimamente por sus dientes delanteros. Parecía una actriz porno esperando escena de sexo.

Destacaba en ella un anillo de compromiso en el dedo anular de la mano izquierda; parecía un pedrusco impresionante. El hombre sacó unos cabellos de una bolsa de plástico y los lió en torno al anillo, como si hubiesen sido arrancados por un acto de defensa propia.

Sacó un frasco de unos cien mililitros de otra bolsa con un dosificador por goteo. Dejó caer dos gotas entre el dedo gordo del pie, pequeñas, de unos cuatro o cinco milímetros de circunferencia; era sangre.

Cogió un cepillo de púas separadas entre ellas por una distancia más considerable de lo normal y empezó a cepillar el pelo a la mujer. La peinó hasta dejarle el pelo totalmente liso. Entonces, al acabar, cogió los cabellos que se habían quedado en el cepillo y los metió en una bolsa de plástico.

Cogió entonces una rama caída de un castaño y borró todos los detalles alrededor del cuerpo, huellas de pisadas y tierra removida. Fue haciendo eso hacia atrás hasta encontrar el camino donde estaba la pick up. Entonces cogió una cuerda y ató una rama más grande, ya caída, a la bola de enganchar el remolque en la parte de atrás. Fue conduciendo a poca velocidad haciendo eses para que las ramas pudieran borrar las rodadas.

Sin darse cuenta ya estaba amaneciendo; se había pasado más de diez horas en el bosque. Tenía la certeza de que encontrarían el cuerpo pero no podrían jamás endosárselo a él.

La pick up salió del escenario ya sin las ramas enganchadas, en dirección al Camping Prince William.

El camping estaba bien situado; no era nada del otro mundo pero su tranquilidad lo arropaba, no había curiosos. La gente entraba y salía con frecuencia; nadie se fijaría en él, de eso estaba seguro. La I95 estaba, justo, a la salida del camping. Era fantástico; se podía poner en Washington DC en cuarenta y cinco minutos y a veintisiete millas de Alexandria, todo un lujo.

Llegó a la parcela donde estaba su remolque y sacó de la pick up el plástico con el que había envuelto a la mujer y entró en la caravana, se quitó los guantes y los gorros y se lavó las manos.

Salió de la caravana; en las manos llevaba el plástico hecho tiras. Lo depositó en la barbacoa y le echó un chorro de bencina líquida. Sacó un fósforo de la caja y lo encendió. Lo dejó caer sobre el plástico y empezó a arder. Cuando la llama alcanzó un volumen considerable, echó los guantes.

Al terminar el fuego, entró en la caravana y empezó a preparar una cajita de cartón; llevaba otra vez puestos unos guantes de látex con los que abrió la bolsa donde estaba el cabello rubio. Con la ayuda de unas pinzas sacó los cabellos, abrió una bolsa de pruebas y los metió dentro. Luego los depositó en la cajita que había preparado.

CAPÍTULO DOS

Hacía un día precioso de otoño; Alexandria estaba encantadora en esa época del año.

Clarice estaba despierta desde el amanecer; había salido a correr por la rivera del Potomac y se había duchado. Ahora estaba desayunando en la cocina. Con una taza de café en la mano, llamó a su padre:

—Papá, se nos va hacer tarde, ¿quieres bajar ya?

—Ahora bajo.

—Pareces un novio. Solo vamos al hospital.

—Ya te he dicho que ahora bajo.

Diez minutos después Don Starling bajaba por la escalera hecho un pincel, trajeado y con una corbata de seda francesa.

—Ya podemos irnos —le dijo a Clarice.

—Ya era hora, parece que vas a una cita de enamorados.

—¿Quién sabe?

—Vamos, papá, en serio.

—¡Ja, ja!, te lo crees todo.

Montaron en un pequeño sedan azul y se macharon al Inova Alexandria Hospital en el 4320 de Seminary Rd. Don era desde hace dos años un paciente fijo; el hospital era una referencia para los enfermos de cáncer. El servicio era de una calidad adecuada a un exagente del FBI.

Llegaron a la consulta del doctor Collins con veinte minutos de adelanto. Eran las ocho y diez de la mañana, y la enfermera los estaba esperando.

—El doctor Collins me ha dejado aquí las pruebas que antes de verle tiene que hacerse; ahora pasará un enfermero y le llevará a hacerse una serie de pruebas —dijo una rechoncha enfermera afroamericana.

A los cinco minutos se presentó un joven.

— Starling, ¿Don Starling?

—Yo, soy yo. Ahora vengo, cariño —le dijo a Clarice subiéndose a la silla de ruedas.

Clarice cogió una revista del revistero para hacer tiempo. Aunque a mitad de ojearla, sacó del bolso una especie de dosier y se puso a estudiarlo.

El joven fue dando giros a derecha e izquierda hasta que llegaron a una habitación.

—Desnúdese y deje la ropa aquí en estas perchas; luego póngase esta bata y túmbese en la camilla de ahí al lado.

Al momento de irse el joven entró un doctor al que no pudo ver bien porque la habitación estaba en penumbra. Le sacó sangre. Dando la vuelta a la camilla rozó la cabeza del paciente.

—¡Oiga, lleve cuidado! —dijo Don.

—Estudiaremos sus análisis y veremos la evolución de la enfermedad y comprobaremos cómo va el tratamiento.

El doctor salió de la habitación y a los diez minutos entró una enfermera que lo llevó encima de la camilla hasta el escáner.

—Ahora le vamos a hacer un diagnóstico por imagen. No debe moverse, no debe hablar, intente no quedarse dormido y sobre todo no se ponga nervioso, pues esto es indoloro. Si lo ha entendido levante el pulgar hacia arriba. ¿Quién le ha puesto esta vía?

—Un doctor, hace cinco minutos.

—¿Un doctor? Se habrá equivocado de paciente, ellos no hacen esas cosas, es nuestra tarea. ¿Sabe usted el nombre?

—No, en absoluto.

Don levantó el pulgar y poco a poco fue introduciéndose en el escáner. Aquello hacía un ruido de mil diablos pero era por lo que tenía que pasar; después de dos años ya se había acostumbrado a casi todo. Además, peor lo había pasado Wendy hacía ya seis años; eso sí que fue todo un máster en cuidados intensivos. Ya tenía experiencia que ahora aplicaba a su propio estado. Con Wendy había sufrido muchísimo porque no se lo esperaba, todo vino muy deprisa y prácticamente sin remedio posible, ya que el bicho ya la había comido todos los órganos vitales cuando quisieron darse cuenta. Clarice fue muy fuerte estando incluso más fuerte que él mismo; fue ella la que lo hizo darse cuenta de que la vida seguía. Y unos años después él volvía a poner el estado de alarma en la familia. Don se creía culpable de que la vida social de Clarice no fuese todo lo normal que se esperaba en una mujer de veintiséis años. Había estudiado mucho y se había preparado bien para dar el salto al FBI. Y esa tarde era la prueba definitiva. Y allí estaban a vueltas con su bicho. Mientras Clarice no tenía ni una historia, que él al menos supusiera. Solo concentrada en los libros y en el entrenamiento, una obsesión de tres letras: FBI.

—Señor Starling, hemos acabado.

—¿Ya?

—Sí, se ha traspuesto un par de minutos.

—Ahora vendrá un celador y se lo llevará a la consulta, y allí el doctor le dirá los resultados. ¡Espere!, voy a quitarle la vía.

Entró el celador con la silla de ruedas. Don se sentó y salieron de la consulta; volvieron a la consulta del oncólogo. Allí estaba Clarice con un dosier, estudiando como los últimos dos años.

—¿Qué haces, Clarice?

—Repasando.

—Vamos, la prueba es en tres horas; lo que no sepas ya no lo vas a aprender —refunfuñó Don.

—Papá, nunca es tarde para repasar; además, es un resumen de todo lo que he estudiado.

«Señor Starling, puede pasar», le dijo la secretaria del doctor. Se levantaron los dos y pasaron a la consulta. Al contrario que el hospital la consulta era toda de color pino, con ventanales amplios donde el sol entraba a raudales. El mobiliario era escueto, dos sofás de piel de imitación y seis sillas esparcidas por todo el despacho, dos de ellas delante de su gran mesa de pino americano natural. En las paredes la decoración era escueta como el mobiliario; una gran foto de Albert Einstein y otra de Barak Obama.

—Sentaos, por favor.

—Gracias, doctor —dijo Don.

—Don, tengo que decirte que los resultados del escáner no son del todo concluyentes, tu estado es mucho mejor de lo esperado, pero hay ciertas manchas en torno al páncreas que no me acaban de gustar. Necesito que en un par de semanas y siguiendo la dieta que te voy a dar, vuelvas aquí para hacerte otro escáner. Así podré descartar o actualizar mi diagnóstico. No quiero que estés estresado ni te preocupes más de lo habitual, seguramente no sea nada, pero me pagas para darte todas las garantías de éxito en el tratamiento de tu enfermedad. Clarice debe cumplir con lo que le estoy diciendo y tú mejor que nadie podrás darme un informe detallado pasadas estas dos semanas; y Don, no te portes como un niño. Clarice tendrá mi consentimiento para devolverte a la realidad si no cumples con lo que te mande.

—Doctor, entonces, ¿puedo salir de camping y andar por la montaña?

—Claro, te vendrá bien.

—Siempre que sigas la dieta que te ponga el doctor y no te hagas un asado de venado en la barbacoa del camping, porque eso ya no sería guardar dieta —puntualizó Clarice.

—En efecto —terció el doctor.

Salieron del hospital con todos los informes y la dichosa dieta, a la que Don tenía más miedo que al mismo cáncer. Clarice intentaba buscar las llaves del coche entre los dosieres de su bolso. Al fin las encontró y se dirigieron a casa. Clarice tenía unas horas antes de la prueba; sabía que estaba preparada pero no podía dejar de pensar en ella. Se jugaba mucho de su futuro en esta prueba y se había preparado a conciencia durante los dos últimos años. Tenía su hándicap en las pruebas físicas pero eso ya había sido superado hacía más de un año. Pasaba la pista americana más rápido que muchos hombres y corría los cien metros en quince segundos. Las pruebas eran treinta y dos abdominales en un minuto, quince flexiones sin pausa, un sprint de trescientos metros en setenta y un segundos y una carrera de 1,5 millas en quince minutos y cinco segundos. Clarice lo hacía todo en muchísimo menos tiempo, se había convertido en un portento físico: su metro setenta y cinco era solo fibra.

No sabía cómo pasar esas últimas horas, iba de un lado para otro de la casa, y mientras, su padre preparaba todo lo necesario para irse de acampada. Por fin se metió a darse una ducha. Conforme se desnudaba en su habitación se miraba en el espejo y pensó al mirarse al espejo en bragas: «Por aquí todo listo». Mientras se duchaba intentó recordar la última vez que había hecho el amor; no lo logró, hacía mucho tiempo. Sus relaciones con hombres habían cesado con la enfermedad de su madre; no es que fuera una relación estable pero al menos era un follamigo, como se dice ahora. Tenía dieciocho años y su madre se moría, no había tiempo para echar un polvo. Para liberar tensión bajo el chorro de agua empezó a tocarse el sexo.

Cuando salió de la ducha su padre ya estaba preparado, había preparado su autocaravana, con todo lo necesario para pasar una semana fuera y solo le faltaba abrazar a su hija y darle un beso. Pasaría unos días en el Prince William Forest RV Campground, cerca de Quántico.

—Adiós, papá —se despidió Clarice dándole un beso y un abrazo.

—Adiós, cariño. Y a por ello, seguro que lo conseguirás.

—¿Llevas el móvil? —le preguntó a Don.

—Sí, cariño, el cargador también. No te preocupes, sabes que aquello es muy tranquilo y yo no soy de hacer tonterías.

—Lo sé, papá.

—Bueno, me marcho, tómate una tila antes de la prueba.

—Lo haré.

Don tenía alrededor de una media hora de viaje, si todo iba bien. Pensaba en Clarice cuando cogió la interestatal I95. Tantos años de universidad y luego dos de academia pero ¿cuándo se había divertido esta mujer? Le parecía que toda su vida rodaba en parecerse a él, ser lo que era él hace unos años y acabar como ahora era él. ¿Cuándo había convertido a su hija en su imagen y semejanza? Se decepcionó a sí mismo, no lograba darse cuenta de que los acontecimientos habían llevado a Clarice a ser lo que quería ser por ella misma. Esto tenía que arreglarlo él, no podía ser que su hija se quedara por el camino. Esperaría a que le dijera cómo había ido la prueba de esta tarde.

Clarice cogió su bolso y las llaves del coche de encima del taquillón de la entrada y salió. Abrió el coche y se metió en el. Lo puso en marcha y salió rumbo a la Academia del FBI, el 57 Bureau Pkwy de Stafford, Virginia. Tardaría cuarenta y cinco minutos, más o menos. Se había hecho una tila antes de salir de casa, como le dijo su padre. Aunque no estaba nada nerviosa, solo intrigada. Sabía que iba preparada, no había que preocuparse.

CAPÍTULO TRES

Clarice era una mujer de veintiséis años que había tenido que luchar contra todo tipo de adversidades, su nombre, la enfermedad de su madre, la de su padre; nunca fue un cerebrito pero se le daba bien estudiar, y se organizaba el trabajo de una manera muy eficaz para suplir otras carencias intelectuales. Nunca suspendió un examen, por lo menos desde el instituto. No sacaba matrículas de honor pero sí sobresalientes. Su organigrama de trabajo funcionaba a la perfección y lo implantó también en los estudios universitarios.

Estudió Criminología en la Universidad de Virginia, en Charlottesville, a dos horas de Alexandria, y desde el principio su nombre fue un verdadero hándicap para ella. Llamarse Clarice Starling y estudiar Criminología era una bomba, todo el mundo la identificaba con el personaje de un libro que el cineasta Jonathan Demme llevó al cine, The Silence of the Lambs, de Thomas Harris; de hecho el nombre era el mismo. Don Starling y su mujer Wendy se quedaron prendados de la protagonista de ese libro y cuando nació su hija en 1992 él y su mujer la llamaron Clarice.

Nunca imaginaron que veintiséis años después tuviera la repercusión que tuvo durante los seis años de carrera y los dos de academia. Prácticamente Clarice estaba destinada según sus compañeros a ser agente del FBI; alguno, molesto por el nombre, le aconsejó que para ser todos iguales se lo podía cambiar.

El primer año fue el más duro. A su nombre hay que añadir la enfermedad de su madre; eso la llevó a un estado de alerta, y fue como una prueba que ella misma se puso para poder aplicar a su futura carrera. Buscó protocolos de actuación con víctimas de cáncer, protocolos de auxilio específico para consecuencias potenciales de muerte inminente, protocolos de actuación con familiares, optimización del entorno familiar para enfermos de cáncer, posología del tratamiento con medicamentos para el cáncer, posología de medicamentos contra el dolor, como los opiáceos morfina, oxicodona, hidrocodona, fentanilo y tramadol. Clarice aparcó en el parking de la academia en el sitio que tenía asignado, y se dirigió al pabellón. El hall estaba lleno de testosterona, no cogía en el aire ni el oxígeno. Esta última prueba contaba con ciento doce hombres y tres mujeres. Las mujeres se reunieron en una esquina del hall, y a esa esquina se fueron las miradas de la mayoría de candidatos. Todos llevaban una bolsa con las iníciales del FBI donde guardaban la ropa y la toalla para las pruebas deportivas. Allí estaban todos los que habían pasado la prueba de tiro; se habían caído treinta y cinco, de los ciento cincuenta iniciales.

Clarice observó el gesto de todos los compañeros mirándolas y haciendo un gesto con la mano invitó a las otras chicas a seguirla. Fueron andando las tres entre los candidatos hasta que llegaron al centro exacto del hall.

—Ahora nos mirarán con más razón —dijo Clarice.

Eran el centro de atención de todos; lo habían conseguido. Clarice intentaba hacerles ver la inmensidad con la que ellas tres debían luchar y moverse para hacerse un hueco en un mundo de hombres. Aunque dudaba de que el mundo cuadriculado de muchas de sus mentes pudieran identificar aquel detalle como una lucha de las tres. Seguramente lo identificarían sexualmente como una manera de llamar la atención, de exhibirse.

Faltaban treinta minutos para la prueba; el aula estaba determinada por el número asignado a cada candidato. No había otra opción, todos sabían dónde debían sentarse.

Sonó por los altavoces el mensaje:

«Candidatas, candidatos, todo está preparado, pueden acceder por los vomitorios al aula, recuerden la disposición por su número de candidato».

—Suerte, chicas —dijo Clarice.

—Alea iacta est —gritaron las tres.

Empezaron a moverse para acceder a los vomitorios del aula. La tensión de muchas mandíbulas era más que evidente. Para muchos de los que estaban allí era continuar la saga, padres, abuelos; para otros era la oportunidad de conseguir el sueño de su vida; para los menos era una oportunidad de trabajo y nada más.

Al entrar en el aula se podía ver en la pantalla frente al aulario en un power point las instrucciones que debían seguir los candidatos:

«No dar la vuelta al test hasta ordenarlo el oficial encargado.

En primer lugar y tras recibir el consentimiento del oficial, poner su número de candidato, importantísimo. Cualquier test sin número será desestimado sin corregirse.

El test se hará con el bolígrafo que tienen encima, al terminar se dará la vuelta al test y el bolígrafo volverá a estar encima. Piensen la respuesta, no se pueden hacer tachones; la respuesta marcada será con una cruz en el cuadro al efecto.

Ejemplo: tachón y cruz, pregunta anulada y negativo.

Cuando terminen el test, levantarán la mano y se acercará el suboficial, dando, si está todo correcto, test vuelto y bolígrafo encima, la orden para salir del aula.

Al salir se les entregará un sobre que no deben abrir. En ese sobre se encuentra la mezcla de tinta que tiene su bolígrafo asignado por el FBI para esta prueba, los componentes y el componente especial, único, asignado al número de candidato.

Solo se abrirá si se tiene que revisar el test. Se abrirá en presencia del candidato, el oficial, el suboficial, el jefe del gabinete químico y del representante de los candidatos.

Suerte a todos».

El oficial dio la orden de comienzo de la prueba.

—Tienen setenta minutos; pueden comenzar.

Se oyó en el aula un «borunnnn»: cómo daban la vuelta al test todos los candidatos.

La presión se volcó entonces sobre todos los candidatos, ya que había llegado el momento de controlar los sentimientos y las emociones como los habían enseñado.

CAPÍTULO CUATRO

Leamos el pensamiento de Clarice:

Escucho sus pisadas. Nunca he sido de sueño fácil y me despierto cuando escucho el mínimo ruido. Lo oigo. Está aquí. Sé quién es con solo oír girar la llave de la puerta. Lo oigo andar. Sé quién es, estoy segura. Entra en mi cuarto y como siempre me hago la dormida. Me da un beso y se va sigilosamente.

Siempre me pregunto si de verdad sabe que me hago la dormida, o piensa que estoy durmiendo y no ha sido tan buen agente como yo creo.

Mi padre, desde pequeña, siempre ha sido mi ángel de la guarda. Cuando tenía tres años, un trozo de salchicha se me quedó atascado en la garganta. Nadie se dio cuenta, excepto él. Mi madre siempre contaba que empecé a ponerme azul, y que gracias a la actuación rápida de mi padre estoy viva. Desde entonces, nunca cortamos las salchichas en vertical, sino en horizontal, por si acaso. Es curioso cómo a veces la muerte nos roza, pero pasa de largo y nos dice: «Hoy no». Es curioso cómo nos da otra oportunidad, sin saberlo.

También recuerdo cómo una vez, volviendo a casa por la noche, me salvó de un atraco. Apareció de la nada, y con dos golpes, ya tenía al atracador sometido. Es sorprendente cómo siempre se encuentra en el lugar adecuado, en el momento adecuado. Por eso me resulta curioso que no sepa que me hago la dormida, o que si lo sabe nunca me lo haya dicho.

Ahora mi padre está jubilado, y me ayuda a prepararme para el examen de acceso al FBI. Me enseña escenas de crímenes de casos que ha llevado, o casos de secuestros, o de violaciones para ponerme aprueba. Él siempre ha dicho que en la escena del crimen hay dos cosas muy importantes: las cosas que podemos ver, que son las que deja el autor en la escena del crimen, y las más importantes: las cosas que no podemos ver, pero hay que saber ver.

Nos pasamos muchas noches viendo decenas de casos y escenas del crimen; la última fue ayer, en que nos quedamos hasta las cinco de la mañana.

—¡No veo nada más! —espeté gritando.

—¡Claro que ves más! Hay mucho más. Sabes más.

—Papá, son las cinco de la mañana, estoy cansada y no veo nada más.

—Sabes hacerlo mejor que esto —me respondió duramente.

—Es tarde —le dije gruñendo.

—Clarice, los casos llegan cuando llegan. No cuando tú quieras. Si alguna vez tienes que acudir a una escena del crimen de madrugada, tienes que estar preparada para analizar todo. El delito no descansa.

Hubo un silencio de unos minutos. Yo sabía que tenía razón, pero llevaba en mi cuerpo nueve horas de estudio, y cinco viendo casos. Y los turnos en el FBI no son tan largos. Pero estaba bien que me pusiera a prueba; a veces tenemos que encontrarnos en situaciones límite para poder superarlas.

—Creo que no es lo que parece. Me estás intentando engañar —le espeté de golpe.

Mi padre me miraba estupefacto.

—Me parece raro que un hombre se lleve de una casa a un bebé de pocos meses. Según el perfil, son las mujeres las que intentan secuestrar a bebés. Los hombres secuestran a niños de más edad. No fue un hombre, fue una mujer. Y me has enseñado fotos y carrera criminal de posibles sospechosos para engañarme.

—Muchas personas intentarán engañarte en la vida, criminales o no. Es importante que sepas verlo mucho antes.

—Siempre tienes quejas —le solté.

—Siempre hay algo que podemos mejorar —me respondió.

—Buenas noches, papá, mañana más —concluí.

Había leído miles de casos sobre secuestros de niños y la importancia de una rápida actuación en las primeras horas. Había leído mucho sobre la Alerta Amber, un programa de alerta de niños desaparecidos, a raíz del secuestro de la niña Amber Hagerman, que fue asesinada y hallada posteriormente sin vida. Por eso es importante saber cómo actuaría y cómo no un secuestrador de niños. Lo de siempre: hay que ver cosas que no ves.

CAPÍTULO CINCO

Don llegó al camping alrededor de las cuatro de la tarde. Bajó de su autocaravana y se acercó a la recepción. Salió diez minutos después con el alta y un número de parcela donde colocar el autocaravana. Don maniobró con su autocaravana hasta que la dejó en el lugar correcto, mirando al este a la salida del sol. Parcela 69. Estaba solo en toda la calle; no había más campistas cerca. Necesitaba tranquilidad y no quería que nadie empezara a molestarlo con conversaciones fingidas y con fisgones profesionales, que había en todos los campings. Quería dedicarse a andar por el monte y a estrenar su barbacoa nueva. Preparó el avance que tenía el autocaravana y lo colocó él solo. Eso lo llevó a un estado de agotamiento importante. La medicación y su pérdida de masa muscular debido al cáncer hacían que todo lo físico fuese casi una tortura.

Cuando terminó ya no era hora de salir al monte; madrugaría mañana y se haría un gran recorrido. Ahora se prepararía algo de cenar.

Don venía de una familia de militares. Su infancia la pasó rodando por medio mundo, y nunca pudo tener amigos donde estaba porque no le duraban más de un curso. Don se desesperaba con su padre, General de la USAF con sede en Langley. Don había pensado que su familia parecía una empresa de titiriteros y se dedicó a maldecirlos —a la USAF— por medio mundo desde Filipinas a España. A Don nunca le gustó viajar, pues pasearse por el mundo era estresante puesto que nunca podía hacer amistades. Su madre se sentía inútil sin tener una casa fija, utilizando casas que el propio ejército les proporcionaba y por las que ya habían pasado otros tantos como ellos. No tenían sentido de arraigo y su padre se mostraba cada vez más distante; sus misiones y su falta de presencia en la familia marcó definitivamente a Don. Se sentía huérfano; en seis meses podía ver dos o tres veces a su padre. Era como si no lo tuviera y llegó a esta conclusión: si no iba a pasar tiempo con su hijo, ¿para qué quería un hijo?

Don pasó toda su infancia así, hasta que su padre recibió una llamada del Pentágono para formar parte de su infraestructura. Parecía que por fin su vida se iba a estabilizar, pero eso fue así solo con respecto a su vida. Empezó el instituto y tenían una bonita casa en las afueras de Alexandria, pero su padre pasaba cada vez menos tiempo con ellos.

El Pentágono estaba a diez minutos de su casa y su padre estaba a años luz de su madre y de él mismo; a veces pasaba meses sin pasarse por casa y cuando lo hacía no estaba más de un día con ellos. Jamás tuvo la sensación, por más mínima que fuera, de que su padre se preocupara de él; nunca le preguntaba por estudios, amigos, deportes o chicas. A veces ni siquiera se cruzaban más de un saludo o un «hasta luego». Su madre sufría, sufría muchísimo y eso la estaba destrozando. Para él fue la mejor madre del mundo, fue mamá y papá a la vez, y sustituyó al tipo ese que de vez en cuando venía por casa y se sentaba en el sillón a ver la televisión.

Aquello duró hasta la universidad, un día que se acercó a casa de su madre con un montón de ropa sucia en el macuto. Al principio no se percató de la situación pero después, al fijarse realmente en ella, vio que su madre estaba feliz, que no dejaba de tener aquella sonrisa estúpida en la boca y aquello lo dejó preocupado. Su madre se dio cuenta de lo que pasaba y terminó por contarle que su padre le había pedido el divorcio nada más terminar el verano, con la excusa de que las cosas ya no eran lo mismo. Ella le había dicho que de acuerdo; llevaba preparándose para ese momento durante toda su vida y a estas alturas ya no podía más que estar tan tranquila. A su padre no le importó lo más mínimo la tarea que su madre le encomendó como parte fundamental para concederle el divorcio y era que él mismo fuera el que se lo comunicara a Don. Cosa que su padre jamás hizo. Jamás le importó. Él lo supo hace mucho tiempo. Solo hizo una cosa por él, dejarle la universidad pagada, y allí estaba él en la Universidad Nacional de Defensa.

Don terminó de cenar y vio los deportes de la Fox: era seguidor de los Redskins —Washington Redskins—. Su pasión lo llevaba a sacar el abono todas las temporadas.

CAPÍTULO SEIS

Clarice estaba contenta con el resultado del test; no tenía dudas de que había obtenido una buenísima calificación. Contestó a todas las preguntas y sabía todas las respuestas. Había pasado los dos últimos meses clavando codos como nunca lo había hecho. Este era el momento de disfrutar: llamaría a su padre y se lo contaría, y así se liberaría de la tensión acumulada.

Don tenía el móvil apagado, así que se subió arriba y se duchó, se puso un vestido de impresión y se maquilló para seducir. Cuando bajó de su habitación se miró de soslayo en el espejo de la entrada. Estaba para comérsela, pensó.

Salió al garaje y se montó en su sedán. El coche se perdió por la avenida.

Aparcó en Van Dorm St., justo en la esquina del restaurante Hermanos Italianos —Fratelli Italian Restaurant—. Tenía pasión por ese restaurante; llevaba más de un año sin pisarlo y esta era una buena ocasión.

Clarice entró en el restaurante y el maître enseguida la reconoció.

—Miss Starling, bienvenida a esta su casa —le dijo el maître.

—Gracias, Alfredo.

—¿La mesa de siempre?

—Por favor.

Alfredo hizo un gesto para que la siguiera, y Clarice lo hizo. Cuando llegaron a la mesa Alfredo le apartó la silla para volver a ponérsela para que se sentara. Se puso frente a ella.

—¿Lo de siempre, miss Starling?

—Sí, Alfredo, por favor.

Clarice era una enamorada de los ñoquis de gambas y del lambrusco de Regio Emilia.

Antes de nada llamó a la empresa de alquiler de conductores para contratar a uno que la llevara a casa.

En el otro extremo del restaurante había una persona que disimuladamente no paraba de mirarla. Clarice creía que lo conocía y no paraba de devanarse los sesos pensando en quién podría ser. Llegó Alfredo y le puso una copa de lambrusco y le dejó la botella en hielo justo al lado de la mesa, le echó un paño por encima y se marchó. Al minuto apareció el maître con un plato de finger de parmesano delicioso y justo detrás de él estaba el desconocido, casi conocido.

—Perdón, Clarice.

Clarice dio un respingo para atrás de sorpresa: «¡Hostias, si este tipo me conoce y yo no, todavía!», pensó.

—Perdón, ¿nos conocemos?

—¿No me has reconocido? Quizás sea porque ya no estás en alerta después de terminar el test hoy.

—No entiendo, conoce usted mis pasos y sin embargo yo no tengo idea de quién es usted. Esto es muy irritante.

—Lo siento, soy Darryl Boy Preston, psiquiatra del FBI, y pertenezco al equipo del Capitán McCoy. Llámeme Boy.

—¿Usted pertenece al equipo que nos evaluará la prueba de esta tarde?

—En efecto.

—¡Diablos!, pues no es buena idea que usted esté cerca de mí, porque alguien podría pensar cualquier cosa que usted y yo sabríamos que no es cierta, pero que a ojos de los demás puede ser complicado de explicar. Le agradezco que se haya presentado pero creo que debería volver a su sitio.

—Clarice, no creo que pase absolutamente nada.

—Lo siento, doctor, yo creo que sí, por lo menos hasta que los resultados de la evaluación hayan sido expuestos públicamente.

Sin ser guapo, el doctor Boy era un tipo atractivo de rasgos sensibles y bien contorneados en su cara. Alto, de un metro ochenta y cinco y unos setenta kilos de peso. Pertenecía al FBI hace tres años y enseguida se puso a trabajar en el equipo de McCoy. Se formó en la Universidad de Columbia en Nueva York.

—Está bien, ya nos veremos —dijo el doctor Boy.

—Adiós, doctor.

Llegaron los ñoquis de gamba y Clarice se trasladó a otro mundo, al pasado más cercano cuando iba allí con sus padres a celebrar cualquier cosa. Valía todo para celebrar una comida en Fratellis, cualquier excusa era buena para sus padres, un aniversario, un cumpleaños, o un «no cumpleaños», como Alicia en el país de las maravillas. Su madre era una enamorada de ese sitio, quizás por eso su padre nunca había ido después de su muerte.

Terminó sus ñoquis y levantó la vista inconscientemente al lugar donde ya no estaba el doctor. «¡Menudo friki!», pensó.

Al día siguiente se levantó con un poco de dolor de cabeza, quizás por no estar ya acostumbrada a beber: llevaba un año y medio sin probar una gota de alcohol. Se puso una taza de café y encendió el televisor; estaban dando la noticia.

La periodista hablaba deprisa:

«Alrededor de las cinco y media de la mañana unos runners han encontrado sin vida a una mujer en el bosque de Prince William. Por lo que podemos saber, la mujer estaba colocada de manera que la encontraran. También sabemos que es muy joven, quizás de unos veinte y pocos y que por la ropa que llevaba no se descarta la agresión sexual: solo llevaba la ropa interior. La policía de Dumfries no suelta prenda, ni da más detalles, y nos convocan a una rueda de prensa que tendrá lugar en el palacio de justicia, mañana a las doce del mediodía. Esto es todo desde el bosque de Prince William».

CAPÍTULO SIETE

El sheriff de Dumfries, condado de Prince William, era un tipo alto y fornido, que nunca llegaría a ser gordo pero su metro ochenta y cinco lo hacía un armario de dos puertas. Se machacaba en el gimnasio cada vez que podía y en su pequeña localidad podía casi todas las tardes. Los cinco mil habitantes de su pequeño pueblo no eran para nada conflictivos. Solo la borrachera de los viernes por la noche cuando jugaban los Redskins; las cervezas volaban en todos los garitos, con el consiguiente alboroto de los más fans. Solo pasaban una noche en el calabozo, pasaban rápidamente al juez que les llamaba muy seriamente la atención, pagaban una multa y les ponía trabajo social. Ese era todo el trabajo policial, y por eso lo de esta muchacha podía ser un gran escaparate para él y para Dumfries. Los cuatro kilómetros cuadrados de terreno que tenía los conocía a la perfección y podía descubrir sin duda quién había matado a la muchacha, aunque no iba a ser fácil. Ya tenía por allí a los del FBI dando vueltas: olían la sangre a kilómetros.

Dumfries era un pueblo pequeño que tenía una particularidad: albergaba en sus dominios el Parque Forestal Prince William, quince mil acres de terreno, dos áreas para picnic, cuatro áreas de acampar y más de ciento cincuenta cabañas. Había vestigios de evidencia humana ocho mil años antes de Cristo y fue un campo de entrenamiento para espías en la II Guerra Mundial. Un sitio para hacer familia o ir solo en busca de paz y naturaleza. Tiene una red de rutas de senderismo muy variadas con más de sesenta kilómetros, además de oficina para los visitantes, donde debes encontrar un mapa del parque para no perderte, y actividades que hacen los propios guardabosques para disfrute de todos. La muchacha había sido descubierta por un hombre que iba haciendo running antes de las seis de la mañana. La había descubierto en la senda que lleva el nombre de los runners —Senda de los Runners—. Trent se llamaba el runner, Trent Bosley, y estaba hospedado en unas cabañas que estaban a un par de millas de allí, con su mujer y su hijo pequeño. Era fiel al parque y venía prácticamente todas las semanas, de abril a octubre. Lo conocía bien y cada vez que estaba el fin de semana en el parque hacía la ruta corriendo todas las mañanas, sin faltar una. Les comentó a los policías que ese cuerpo no estaba allí hacía mucho porque él pasaba todas las mañanas y ayer no estaba. Trent no tocó nada y así se lo hizo saber a la Policía, y no dejó que nadie pasara por allí desde el momento que él descubrió el cadáver. También hizo una observación a la policía, «parecía que estaba puesta para que la encontraran», dijo Trent a la Policía.

El forense del condado llegó después de las siete de la mañana. Hasta esa hora los policías mandados por Roy, el sheriff, acordonaron la zona, pusieron a los testigos separados de los curiosos e hicieron fotos al grupeto de curiosos que se formó al poco tiempo de estar ellos allí. «Esto no había pasado nunca en su jurisdicción y pensaba aprovechar el tirón», se dijo para sí mismo Roy. Cuando el grupo de Investigación Criminal de la Escena llegó, Roy lo tenía todo controlado, dio novedades al teniente Palermo, jefe del servicio, y le presentó a Trent, el runner que la había encontrado.

—Dígame, señor Bosley —dijo Palermo—. ¿Cómo la encontró?

—Mire, teniente, yo hago esta ruta todas las mañanas, me levanto a las cinco y después de lavarme la cara cojo mi botella de agua y salgo de la cabaña, estiro antes de empezar a correr y después salgo; sobre las cinco y doce minutos estaba ya en ruta. Corro sobre seis minutos cuarenta la milla y hay dos millas hasta aquí. Mire mi Garmin, lo paré nada más encontrar el cuerpo, defecto de corredor. Cada vez que tenemos un problema, parada o interrupción, entrada a meta, paramos el reloj. Y así se ha quedado. Puede usted ver la ruta que seguí si le apetece o es necesario para su investigación.

—Otra cosa que me ha dejado pensativo es que ayer pasé por aquí y no estaba —siguió Trent—. Además, parece que estuviera colocada para que la encontráramos.

—¿Por qué piensa eso, Trent? —preguntó Palermo.

—Porque cualquiera que pase por aquí, sabe que esta ruta es muy transitada desde primera hora de la mañana hasta bien entrado el mediodía. Por eso el que la dejó aquí quería que la encontraran pronto, pienso yo.

—¿Ha tocado usted algo de la escena?

—No, no he tocado nada. Ni siquiera le he tomado el pulso. Se notaba que ya estaba muerta.

—No se vaya, señor Bosley, debemos sacarle un molde de las zapatillas de deporte que lleva usted y si puede decirme si alguien más se ha acercado al cadáver también. Además, para descartarlo, si fuera tan amable de dejarme su dirección por si hay alguna cosa más que podamos preguntarle.

—No, no se acercó nadie más al cadáver cuando lo vi, enseguida llamé al número de información. Respecto al molde, no hay ningún problema. Estoy alojado en la cabaña 78, con mi mujer y mi hijo pequeño.

—Muy bien, señor Bosley, no lo entretengo, gracias.

—A ustedes. Y teniente, pille al cabrón que hizo eso a la muchacha.

—Lo haremos.

Palermo se acercó al sheriff.

—Roy, ¿lo tienes todo controlado?

—Por supuesto, aquí te paso, a tu correo electrónico, las fotos que hemos hecho hasta ahora de los curiosos. Ya sabes —le dijo a Palermo subiendo los hombros—, por si acaso.

—Gracias, Roy.

Palermo llegó a la zona donde se encontraban la muchacha y el forense.

—¿Qué tal, doctor?

—Palermo, no tiene ni siquiera una señal en su cuerpo. En la morgue lo tendré más claro, pero por ahora solo te puedo decir que parece envenenada. La pose es claramente preparada. No hay sangre, excepto dos gotas entremedias del dedo pulgar del pie derecho; las tomaré por separado —hizo otra foto—; y estos cabellos en el anillo que claramente no son de la víctima —otra foto— son cortos y tienen raíz. ¿Crees después de ver todo esto, la preparación espectacular de zorrita pidiendo guerra, que se habrá dejado ADN?

—A veces los asesinos también se descuidan, por eso nosotros tenemos que estar ahí, ¿no crees?

—Así es, Palermo, así es.

La colocaron con sumo cuidado en la bolsa y la subieron al furgón del forense. Antes de cerrar la bolsa, Palermo sacó de su maleta un aparato para sacar las huellas. Cogió la mano de la víctima y puso el dedo índice en el aparato. Palermo se quedó estupefacto.

—¿Qué te pasa, Palermo? —le preguntó el forense.

—Mire, doctor, de quién son las huellas.

El doctor y Roy se acercaron al aparato y también se quedaron con la boca abierta hasta que acertaron a cerrarla, el doctor y el sheriff y articularon el sonido:

—¿Marilyn Monroe? —Los dos a la vez.

CAPÍTULO OCHO

El cadáver llevaba seis horas en la morgue y el forense todavía no había llamado a Roy. Estaba literalmente subiéndose por las paredes. La morgue estaba tan cerca de la comisaría, que podía oler a muerto sin casi imaginárselo. Pero no paraba de pensar qué estaría haciendo el forense tanto tiempo allí abajo con la muchacha.

De pronto, entró un colaborador suyo.

—Sheriff, tenemos los datos de la muchacha.

—Dame eso. —Le cogió los papeles, desesperado por tener información.

Marilyn Monroe, antes Norma Jeane Baker, antes Norma Jeane Mortenson y antes Abigail Thompson. Toda una fan de la estrella de cine. Nacida en Topeka, capital del Estado de Kansas y sede del condado de Shawnee. Tenía 26 años, y 1,66 metros de altura, justo la medida de la actriz. No tenía ni padres ni hermanos. Había sido detenida tantas veces en Washington que tenía a todas las comisarías más que vistas. Según todos los indicios, no tenía chulo, trabajaba por su cuenta y, según dicen, trabajaba mucho. Tenía página web y WhatsApp de contacto, y sus servicios eran una performance constante. Su vestuario era prácticamente idéntico al de la actriz. Cualquier vestido que Marilyn hubiese llevado en su vida real o en el cine, ella lo mandó hacer, y en su web tenía cientos de fotos con el vestuario de la actriz. Al pie del informe había un teléfono de contacto y un nombre.

Roy llamó al teléfono.

—¿Michael Ross?

—Sí, el mismo. ¿Quién llama?

—Soy Roy Weis, sheriff de Dumfries. Le llamaba por Marilyn.

—¡Ahhh!, vale. Pues usted dirá lo que quiere saber. Le he pasado un informe a uno de sus chicos con lo fundamental.

—Sí, lo he leído pero aun así no entiendo cómo ha venido a parar a mi condado. Me gustaría que me dijera si tenía algún enemigo, alguien con el que saliera al margen de su trabajo, una amiga a la que poder consultar cómo era su vida, dentro y fuera de su trabajo, qué frecuentaba cuando no trabajaba, qué frecuentaba cuando trabajaba, si fumaba, si bebía, si se drogaba, en fin, multitud de cosas esenciales que no están en su informe con lo fundamental.

El agente Ross balbuceaba al otro lado del teléfono.

—No, no sabemos esas cosas.

—Entonces, ¿por qué pone su informe que ha visitado todas las comisarías de la capital y sin embargo no tienen ni un solo detalle de su vida privada? ¿Saben por lo menos el nombre de su abogado? ¿Alguien que pueda identificar el cadáver? Lo fundamental —dijo con ironía Roy.

—Algo podremos hacer al respecto del abogado —dijo Ross.

—¡Hombre! —Exclamó Roy—, menos mal. Ya tiene mi número y cuando lo tenga localizado, llámeme. Es para ayer, agente Ross.

—Lo intentaré y lo llamaré enseguida. —Colgó el teléfono antes de que Roy pudiera decir una palabra.

—¡Sheriff! —gritó un agente que entró a toda prisa en su despacho.

—¿Qué pasa, Burt?

—El forense dice que baje enseguida.

—Gracias a Dios.

Cruzó el pasillo y bajó al sótano donde estaba la morgue en menos de treinta segundos. Por el camino poco más y se come a Pam, la secretaria del forense, al doblar una esquina de la morgue. Era su oportunidad de hacer algo grande y captar la atención del país. Sería el protagonista para toda América. Era la oportunidad de su vida y no la iba a dejar pasar. Lograría atrapar al asesino.

—Doctor…¿Qué ocurrió?

—Envenenamiento por tetrodotoxina, TTX —dijo el forense.

—¿Y eso, qué coño es?

—Es un veneno que se encuentra en el fugu.

—Repito, doctor, ¿y eso, qué coño es?

—El fugu es un pez, también llamado pez globo. El fugu produce, a través de varios tipos de bacteria con función endosimbionte, TTX. Entre las bacterias se encuentran Pseudomonas, Vibrio, Bacillus Actinomyces y Aeromonas. La tetrodotoxina es una de las neurotóxicas más potentes de todas las encontradas hasta ahora, siendo unas mil veces más tóxica que el cianuro. Actúa bloqueando los canales de sodio a nivel de la membrana celular, reduciendo la excitabilidad celular. Afecta principalmente al miocito cardíaco, el músculo esquelético y el sistema nervioso central y periférico.

La cantidad del veneno en su cuerpo era superior a ocho microgramos en sangre. Se la inyectaron y por cierto estaba muy bien disimulado. El pinchazo lo descubrí en el tatuaje que lleva en la nalga izquierda. También he mandado a analizar los pelos y la sangre que encontramos. En el AFIS —Sistema Automático de Identificación Dactilar— no hay nada, ni de los pelos ni de la sangre. No había sido violada, pero pudo haber sexo consentido o en este caso pagado. No hay semen. Sí había espermicida, de ahí que nos lleve a que el asesino usa condón. La ropa interior que llevaba era nueva, no había tenido ningún uso, o sea que se compró para vestirla. El anillo que llevaba, era un anillo supuestamente de compromiso. No tenía nada bajo las uñas, y yo diría que el maquillaje se lo puso el asesino. En la cavidad bucal había una pipeta de tamaño minúsculo que presentaba dentro como una nota. Se la he pasado a Palermo. La escena del crimen como ya viste fue preparada; luego te subiré fotos de todo, ya he informado a Palermo. Además, tenía anticuerpos del SIDA.

—Entonces, el asesino la mató con un veneno, ¿y no le hizo nada?

—No, ya te he dicho que fue consentido. No hay irritación, ni prueba de fuerza desmedida, ni violenta. Fue un polvo.

—Entonces, esperaremos un poco más para que Palermo pueda decirnos el contenido de la nota esa. Y le diré al FBI que me haga el favor de identificar la sangre y los cabellos, a ver si ellos tienen más suerte.

—Enseguida te paso las pruebas.

—Gracias, doctor.

Roy empezó a subir a su despacho y se acordó del agente Ross; subía de dos en dos los escalones hasta que llegó al despacho.

—Le ha llamado Ross —le dijo Burt.

—Ya lo llamo yo.

Marcó el número.

—¿Ross?

—Sí, soy yo.

—Soy Roy.

—Roy, su abogado es un tipo de los gordos; se llama Troy McGuire. De quinientos pavos la hora. Me he puesto en contacto con él y le he dado su teléfono. Se pondrá en contacto con usted cuando acabe una reunión. Lleve cuidado con él, es un tocapelotas.

—Gracias, Ross, lo tendré.

CAPÍTULO NUEVE

La casa de los Starling estaba en un barrio de clase media-alta, disfrutaba de una tranquilidad mayúscula y se llevaban bien con todos los vecinos. Clarice conocía a medio barrio ya que en su época de instituto había hecho de niñera de la mayoría de niños de la urbanización. Clarice disfrutaba con los chavales; era un desahogo a su incansable pasión de estudiar. Quería ser agente del FBI por encima de todo y eso lo tenía bien claro desde bien pequeña. Quería salvar a la humanidad de esos indeseables que pretenden hacer del mundo un sitio oscuro y despreciable. Ella sería la heroína que daría su merecido a esos indeseables, cualesquiera que fueran.

La casa, como todas las del barrio, tenía dos plantas y un garaje trastero. La planta baja albergaba el salón grande, la cocina, un aseo sin ducha y un pequeño despacho. Arriba se distribuían dos habitaciones para los niños y una de matrimonio más grande, un baño completo y un pequeño trastero. Cuando murió Wendy, la madre de Clarice, Don hizo una pequeña reforma en la casa; cogió el trastero, lo tiró abajo y se lo dio en metros a la habitación de Clarice, y así ella tendría un espacio más grande para poder desenvolverse y no una habitación de colegial. Clarice estuvo encantada; era una muy buena idea y así podría tener un vestidor más grande. Se compró una cama de metro y medio por dos metros diez y dormía como una reina. También en una esquina puso su mesa de estudio y la estantería con lo imprescindible para estudiar; lo demás iría a la estantería del salón, que albergaba libros de derecho, criminología aplicada, filosofía del derecho, análisis de evidencias forenses de origen animal, metodología de la investigación criminal, criminalística forense, análisis de evidencias en botánica y geología forense y un largo capítulo de libros de derecho, psicología aplicada y psiquiatría.

Clarice estaba llamando a su padre. Hacía ya un día que no sabía nada de él y quería contarle lo bien que le había ido en el test y lo feliz que se encontraba, y también le preguntaría por lo del homicidio que había pasado cerca de donde él se encontraba.

Marcó el teléfono y esperó, un toque, dos toques…

—Sí, ¿Clarice?

—Vaya, papá, por fin te encuentro. Te estuve llamando ayer por lo del test y no pude contactar.

—Clarice, no me acordé de ponerlo a cargar en casa y cuando llegué aquí no tenía nada de batería y me di cuenta ya tarde de ese detalle. Así es que lo puse a cargar tarde. Pero bueno, cuéntame, ¿cómo te ha ido?

—¡Fantástico, papá!, el test lo tenía clarísimo, contesté a todas las preguntas sabiéndome todas las respuestas: fue como lo había soñado. Papa, creo que en poco tiempo estaré dentro.

—No sabes lo que me alegro, Clarice, estaba deseando que me dijeras eso. Ahora ya me puedo morir en paz.

—¡Ay, papa!, no digas esas cosas.

—Es la verdad, ahora no tendré que preocuparme por si tienes trabajo o sigues en el paro aprovechándote de tu pobre padre, ¡ja, ja, ja!

—¡Ay, papá!, no seas tonto. Ahora en serio, ¿qué ha pasado en el bosque?

—He estado cerca hoy; pasaba andando por el Quántico Creek rumbo a Independent Hill y vi un montón de sirenas y algunos curiosos y me acerqué a ver qué pasaba. Primero pensé que había sido un accidente, pero cuando me acerqué no vi vehículos implicados, simplemente no había vehículos, y le pregunté a la gente que había junto al policía del cordón y me dijeron: «Una muchacha que han encontrado muerta». Vi la Policía que había y no me identifiqué, pensé que con la gente que hay aquí podían solos; además, sabes cómo nos reciben cuando nos identificamos como del FBI, y ¡diablos!, estoy jubilado y de baja.

—¿No te has enterado de ningún detalle más?

—Clarice, aquí no estoy en condiciones de enterarme de nada, estoy descansando, lo único que veo es la televisión. Y allí no han dado detalles todavía.

—Cierto, no han salido a decir nada.

Sonó el timbre de la casa.

—Espera un segundo, papá, que están llamando a la puerta.

—Ok.

Clarice abrió la puerta. Era el repartidor de FedEx.

—¿Clarice Starling?

—Sí, soy yo.

—Un paquete para usted. Me firma aquí sobre la línea de puntos.

—Vale. Aquí tiene y gracias.

—A usted. Que pase un buen día.

—Usted también.

Volvió a coger el móvil.

—¿Papá?

—Sigo aquí. ¿Qué te han enviado?

—No lo sé, no lo he abierto. Y ¿cómo sabes que es para mí?

—¿Y quién se va acordar de mí?

—Espera, lo abro y te digo lo que es.

—Vale, ¡que ilusión! —dijo con ironía.

Clarice se puso a abrir el paquete. Quitó las bolsas y se encontró una caja de unos diez centímetros por diez centímetros. Abrió la caja y dentro de la caja había una bolsa de pruebas con cabello rubio platino y una nota. Clarice fue a la cocina y cogió unos guantes de látex antes de continuar; cogió la nota y la leyó, decía:

«Clarice, debes descubrirme pero no te será fácil; pondré todos los impedimentos que pueda para que juguemos mucho tiempo. Yo jugaré contigo y no al revés; seguirás mis pasos, pero yo iré uno por delante y sufrirás por ti y por tu familia. La desesperación será la única emoción que puedas distinguir. El dolor será tan terrible que nunca te dejará pensar con tranquilidad. Recuerda que soy más inteligente que tú, siempre. Mira la foto.

Hasta pronto, tu Hannibal».

Miró a ver si veía una foto y no encontraba nada, hasta que se dio cuenta de que estaba al revés debajo de la bolsa de pruebas; cogió la bolsa por una esquina y sacó la foto: era de una niña en un parque. Le pareció que la conocía.

—Papá, ¿estás ahí?

—Claro.

—Me han mandado una bolsa de pruebas, con cabello rubio platino, una nota y una foto de una niña.

—¿Quién y por qué?

—No viene remitente, lo he revisado todo. Nada de la procedencia.

—¿Qué has tocado?

—No te preocupes, papá, me puse nada más ver el contenido de la caja unos guantes de látex.

—Bien hecho, porque eso no tiene buena pinta. Yo informaría a McCoy.

—Papá, ¿en serio? Puede ser una broma de algún compañero, algún loco que quiere joderme. Pero llamar a McCoy por esto, no lo veo.

—Clarice, sería lo más acertado, eres casi un agente del FBI y esto al menos son pruebas de algo y nadie entendería que, con todo el entrenamiento que tienes, te hayas extralimitado al no ponerlo en conocimiento de tu superior. Te recuerdo que, aun estando en la academia, tienes superior y estás obligada por ley. Lo sabes, ¿verdad?

—Sí, papá, pero me preocupa quedar como una idiota si luego es todo una broma de algunos gilipollas de mis compañeros.

—Prefiero ser idiota. Tú haz lo que quieras.

—Bueno, papá, te llamo mañana y te doy novedades, cuídate y no hagas locuras.

—Y tú sé profesional, ¿entiendes?

—Sí, papá, adiós.

—Adiós.

Clarice volvió a marcar; era el teléfono de McCoy.

CAPÍTULO DIEZ

La vida en California era maravillosa para la jovencita Susan Blackpool, iba con sus padres de un lugar a otro; tenía doce años. Los padres de Susan eran hippies; San y Ona se movían mucho por todo el oeste del país, de comuna en comuna. Los años sesenta se convirtieron en la década hippie por excelencia, contracultural, pacifista y libertario. El arte, la música, la droga, la ecología y el amor libre formaban parte de su biblia particular. El movimiento por todo el país de este fenómeno creó enclaves importantes como la ciudad de San Francisco. No fue un fenómeno de grandes masas pero sí de grandes multitudes, sobre todo en actos artísticos o musicales.

Susan Blackpool y sus padres procedían de un Estado del norte, Minnesota. Susan estaba encantada con el sol de California: era una auténtica maravilla. Sus padres se dirigían a las afueras de Los Ángeles; era el invierno de 1967, la Navidad estaba cerca y ella iba en manga corta; era estupendo.

Los Blackpool circulaban en un Plymounth del 58 que habían robado de un viejo almacén de chatarra a las afueras de Minneápolis. El padre de Susan había hecho un gran trabajo con el coche. Tan solo en una semana había quitado todos los golpes que llevaba y lo había pintado de un rojo chillón como el original. Las piezas las fue sacando, de aquí y de allá, con trabajitos para una banda de ladronzuelos. El resultado final fue impresionante, parecía recién salido de la cadena de producción. Un par de días después estaban de camino a California.

No llevaban mucho equipaje; un par de maletas, la mayoría ropa de Susan. No dejaban nada atrás que fuera de importancia, no tenían familia allí, todos habían muerto hacía años, solo estaban los tres. Fue muy fácil no mirar atrás, el destino era muy sugerente para estar dedicándose a volver la cabeza. Empezaban de nuevo.

California era diferente, era volver a la tierra de las oportunidades, todo carecía de importancia en ese lugar. Todo era relativo, el bien y el mal eran cruces de caminos y la ambigüedad se instalaba en la gente, nada era tan bueno o tan malo, la gente vivía y dejaba vivir, quizás alimentada por la enorme energía del sol. Para ellos eran fantásticos la luz y el brillo del sol en esa tierra: se sentían retroalimentados, con energía desbordante.

Se instalaron en un apartamento de dos habitaciones, con cocina y un baño completo. Aunque pensaban que aquello sería temporal, estaban en Santa Mónica, en Mississippi Ave. El padre de Susan encontró trabajo en un taller cercano donde le pagaban muy por encima del salario por amañar coches para que tuvieran más potencia. La madre de Susan empezó a trabajar en una tienda donde vendían todo tipo de artículos para el fumador: tabaco, papel, pipas, pitilleras, mecheros, etc. Aquí es donde tuvo lugar el primer encuentro.

Larry y Lisa Stanfyel eran hippies. Vivían a las afueras de Chatsworth, en un rancho, y de vez en cuando iban por allí a por tabaco y papel pero sobre todo a por un grinder para picar la marihuana. Su aspecto era idílico. Larry llevaba unos vaqueros desgastados y medio rotos con campana grande y una camisa floreada, barba larga y bigote, y Lisa llevaba un vestido hasta los tobillos con muchos colorines y una diadema de flores en el pelo, largo y suelto. Iban con el pequeño Kevin, de unos trece años, que era la misma imagen de su padre pero sin barba y bigote. Ona estuvo hablando con ellos durante media hora y ellos la invitaron a su comuna hippie. Sería el punto de no retorno.

Ese fin de semana, San y Ona, junto con Susan, marcharon a Chatsworth, al Spahn Movie Ranch que estaba en el 12000 Pass Road en Simi Hills, Santa Susana, en el condado de Los Ángeles.

Cuando llegaron al rancho se oía una canción de The Beatles, Helter Skelter; estaba a todo volumen. Había gente deambulando por aquí y por allá, no hubo nadie que les preguntara nada ni que les prohibiera el paso. Al pasar por un granero vieron a un grupo de gente escuchando un sermón que no pudieron distinguir; no se trataba de la Biblia. Enseguida a doscientos metros vieron que se acercaban Larry y Lisa con Kevin: la imagen era idílica.

Al llegar a ellos, Ona hizo de Cicerone, presentó a Sam y Susan a Larry, Lisa y Kevin. Enseguida los seis sintieron la fuerza de aquel momento; se respiraba complicidad y cercanía.

Kevin y Susan se miraron una sola vez y su mundo cambió para siempre. Aquel momento lo recordaron siempre, aquel impulso juvenil de atracción hormonal hizo que desde ese momento no se separaran hasta el final de sus días. El amor entró como una explosión en sus cuerpos, sus miradas se entrelazaban en un infinito preludio amoroso que no terminaba, y su imaginación volaba tan lejos que parecía un viaje de LSD.

Los seis fueron paseando por el rancho y viendo cómo funcionaba la comuna. Ona parecía una niña con zapatos nuevos, histérica de placer. Lisa se acercó a ella cuando pasaron por el jardín y en un minuto hizo una diadema de flores que colocó a Ona en su cabeza. Empezaron a reír las dos como niñas y a agarrarse de las manos como si fueran hermanas en un domingo cualquiera. Larry y Sam las miraban embelesados, con una estúpida sonrisa en los labios; si la felicidad tenía nombre era el de las dos. Lisa se acercó a Susan, le puso otra diadema en la cabeza y le dio un beso en la mejilla. Susan se ruborizó cuando vio la cara de Kevin mirándola con los ojos como platos, bajó la mirada y esbozó una sonrisa. Cuando levantó la cara miró fijamente a los ojos de Kevin y sintió que su cuerpo temblaba. Kevin no apartó la mirada, se fue acercando a ella hasta cogerle las manos sin dejar de mirarla y le dio un beso en la mejilla: Kevin se estremeció. Susan estaba temblando. Se soltó las manos de Kevin y echó a correr mirando hacia atrás con una sonrisa que decía: «Sígueme». Kevin fue detrás de ella sin vacilar; se perdieron a la vuelta de la casa.

Larry y Lisa siguieron la visita guiada por el rancho hasta llegar al porche, donde se sentaron. Larry entró en la casa y sacó unas cervezas. Estaban en plena conversación cuando se acercó un tipo desaliñado, con barba y bigote y una melena sin cuidar; Larry se lo presentó como Charles, Charles Manson.

Charles estuvo con ellos más de una hora hablando de lo difícil que es entender para el resto de la gente lo que hacen ellos. Parecía un tipo interesante a la vez que sombrío, parecía que tenía rencor y que hablaba desde él. Distinguieron que era la persona que al entrar estaba dirigiéndose a un grupo de personas, el del sermón. Continuaron hablando y bebiendo cerveza hasta que una mujer empezó a golpear un triángulo. «Hora de comer», sentenció Charles.

Detrás de la casa había otro porche más grande y debajo del porche una mesa larga preparada con comida. Se empezaron a sentar todos y notaron que faltaban Kevin y Susan, pero enseguida aparecieron, ya cogidos de la mano.

La comida se alargó un par de horas. Ona y Sam eran el centro de atención de los comensales, preguntaron muchas cosas y hablaron de coches y de mecánica, tema favorito de Sam. Las mujeres comenzaron a aburrirse y se fueron a por el postre, una lámina hojaldrada con crema, cortada en pedazos pequeños; empezaron todos a comer menos Kevin y Susan, que ya se habían levantado de la mesa buscando un sito más íntimo.

Treinta minutos después, estaban la mayoría dentro de la casa en un estado de inconsciencia tan agradable que invitaba al sexo. Larry y Lisa ya estaban desnudos besándose el cuerpo y besándose con otros. Sam y Ona estaban un poco fuera de juego pero con unas ganas locas de entrar en el mismo juego. Al final el salón de la casa era una auténtica orgía, aquello era un gran espectáculo, todos con todos en un irrefrenable acto.

Susan y Kevin se acercaron a una ventana del salón y vieron el espectáculo. Kevin ya lo había presenciado en alguna ocasión, y también había participado de él. Cogió de la mano a Susan y la llevó a la mesa. Cogió dos pedazos de hojaldre y le puso uno a Susan en la mano. Le dijo: «Prueba». Susan comió junto a Kevin un pedazo; no fue la última vez.

Ona, Sam y Susan se trasladaron al rancho a la mañana siguiente. Era el comienzo del invierno del año 1967; faltaban tres días para Navidad.

CAPÍTULO ONCE

McCoy estaba en su despacho en el edificio central del FBI, cuando su secretaria lo informó de la llamada de una aspirante a agente.

—Dime, Tracy.

—Es la aspirante a agente Clarice Starling.

—¿Y qué quiere?, ¿te lo ha dicho?

—No, dice que puede ser muy importante. No es respecto a su evaluación.

—Pásamela, Tracy.

Sonó una desconexión y un nuevo clic de vuelta a conectar.

—¿Agente en pruebas Starling?

—Señor, tengo que contarle algo importante y no sé cómo hacerlo.

—¿Es que no ha aprendido nada aquí, Starling?

—Señor, sí, señor, pero esto es un poco raro. Me gustaría que viniera a casa y lo viera con sus propios ojos. No acierto a entender lo que ocurre. Pero me temo que tengo a alguien que me quiere hacer daño.

—¿Qué dice, Starling? Sabe que eso no entra en los atributos del FBI; si usted tiene una disputa personal con alguien, llame al sheriff.

—No señor, yo no tengo una disputa con nadie, pero acabo de recibir una caja por FeDex que contiene cabello rubio platino y una nota. Si quiere se la leo. Pero debería venir con gente del laboratorio.

McCoy dio un respingo en la silla y se levantó aún con el teléfono en la mano.

—Vamos para allá, no se mueva. Quince minutos.

McCoy dio las órdenes a Tracy para alertar al equipo de laboratorio y que estuvieran en cinco minutos prestos para salir. Se puso la chaqueta y bajó deprisa por las escaleras; el ascensor tardaría una eternidad.

Abajo ya estaba la unidad del laboratorio, con el agente Miller y el agente Foulder. Partieron a la casa de Clarice. Quince minutos después estaban allí.

Clarice ya estaba en la puerta esperando. Se saludaron.

—Señor, Miller, Foulder, hola, chicos —les dijo a los del laboratorio.

—Dígame, Starling, de qué se trata esto.

—No lo sé, señor; esta mañana estaba hablando con mi padre y han venido los de FeDex con un paquete que llevaba esto. Les enseñó la caja y el contenido.

—¿Ha tocado algo, Clarice?

—Solo la caja por fuera, al sacarla del plástico. Lo demás lo manipulé con guantes al darme cuenta del contenido.

—Muy bien, chicos, haced vuestro trabajo y decidme qué es esto.

McCoy se puso unos guantes, igual que Miller y Foulder, cogieron la nota y la leyeron en voz alta.

—«Clarice, debes descubrirme pero no te será fácil, pondré todos los impedimentos que pueda para que juguemos mucho tiempo. Yo jugaré contigo y no al revés, seguirás mis pasos, pero yo iré uno por delante y sufrirás por ti y por tu familia. La desesperación será la única emoción que puedas distinguir. El dolor será tan terrible que nunca te dejará pensar con tranquilidad. Recuerda que soy más inteligente que tú, siempre. Mira la foto. Hasta pronto, tu Hannibal».

—Pero ¿qué coño es esto? —acertó a decir Miller.

—¿En qué está usted metida, Starling? —dijo McCoy.

—Señor, sea lo que sea, yo no tengo nada que ver.

McCoy recibió una llamada y se retiró fuera de la casa.

—¿Sabéis lo que os digo?, que este color de pelo no es muy normal por aquí, pero un pajarito me ha dicho que la víctima del bosque tiene el mismo color de pelo —dijo Foulder.

McCoy entró con cara de pocos amigos y le dijo a Clarice que saliera con él fuera de la casa.

—Starling, me acaban de llamar del laboratorio; resulta que hace unas horas el sheriff del condado nos ha mandado unas muestras para que el laboratorio las analizara. Las muestras son del crimen del bosque de Prince William. Las muestras encajan con un perfil en nuestra base de datos.

—No me diga, señor, que encaja conmigo.

—No, Starling, son de Don, su padre.

—Señor, no puede ser, eso es imposible, mi padre jamás sería capaz de hacer algo así con nadie. Es imposible —decía Clarice con las manos en la cara.

—Las pruebas son claras, tenemos pelo y sangre de su padre en el cuerpo de la muchacha, no cabe ninguna duda. Ahora debe decirnos dónde se encuentra su padre. Ya sabe cómo va esto, si no ha sido, que con las pruebas lo veo difícil, nosotros lo sabremos. ¿Sabe dónde está?

—Señor, se lo ruego, mi padre no ha podido ser.

—Starling, ¿sabe dónde está?

—Sí, lo sé.

—Dígamelo y le prometo que todo saldrá bien, él es de los nuestros y lo trataremos bien.

—Está en el Camping del Prince William.

—Foulder, Miller, dejad a los del laboratorio y acompañadme. Starling, véngase usted también.

Se subieron todos al coche y partieron para el camping. Clarice lloró la mitad del camino, pensando en que su padre podía haber sido y qué le podía haber llevado a ello. Luego desestimó esa posibilidad y lloró más por el descrédito profesional que esto podía llevarle. Le quedaban un par de años de servicio si el cáncer no se lo llevaba antes. Esto no podía estar pasando. Encima lo del loco ese que le había mandado la caja con una nota tan desasosegante.

«La desesperación será la única emoción que puedas distinguir».

Era la frase de la nota, pero esto ¿estaba ocurriendo de verdad? Y lo de la nota, ¿habrá empezado ya?, ¿quería referirse a esto?, ¿lo preparó esto el mismo tipo?

Llegaron al camping y bajó Miller a preguntar por Don y el recepcionista les dijo el número de parcela. La 69.

—Starling, ahora cuando lleguemos, quiero que usted sea la que lleve la voz y convenza a su padre de que se entregue; creo que usted sabrá que es la mejor manera de solucionar este embrollo y que todo salga a la luz por el bien del Cuerpo. Viniendo he llamado al sheriff de Dumfries y no tardará, así que es mejor que seamos nosotros los que practiquemos la detención y luego informemos al sheriff.

—De acuerdo, señor, lo haré.

Se oían sirenas del sheriff cuando Clarice entró en la caravana de Don.

—Papá —llamó—, ¿dónde estás?

—¿Clarice?

—Sí, soy yo.

—¿Qué haces aquí?

—Papá, es difícil de explicar pero sabes como yo que hay cosas para las que uno no tiene explicación.

—¿Qué has hecho con la caja de FeDex?

—Llamé a McCoy, como tú me dijiste. Y ya la tienen los chicos del laboratorio.

—Esa es mi chica. Entonces, ¿qué te trae por aquí?

—Papá, en el cuerpo de la chica asesinada en el bosque estaba tu sangre y tu pelo.

—¿Cómo? Imposible. Yo no me acerqué.

—Sí, papá, me lo ha dicho McCoy; de hecho, está ahí fuera. Hemos venido a detenerte. McCoy ha preferido hacerlo él antes que el sheriff de Dumfries. Deferencia profesional. Yo sé que tú no has sido, pero es tan difícil explicar tu sangre y tu pelo en ese cuerpo…

—Entiendo, McCoy no quiere que el sheriff me detenga, por imagen. Bien, defenderé que yo no he sido. ¿Tienes las esposas? Quiero que seas tú la que lo haga. Saldremos de esta locura, Clarice, no te preocupes, tú sabes que yo no podría hacer algo así, haz tu trabajo.

Clarice le puso las esposas, no sin antes llorar abrazada a su padre.

Unos minutos después salieron los dos; Don ya iba esposado.

Miller y Foulder se encargaron de meterlo en el coche antes de que asomaran por la calle los coches del sheriff. Ahora era un caso federal.

El sheriff llegó a la altura del coche de McCoy, derrapando.

—McCoy, ¿me quiere explicar que es esto? ¿Qué cojones hacen ustedes aquí? Solo debía informarme, yo haría la detención.

—Sheriff, me temo que se le ha complicado el caso. La búsqueda en la base de datos nos ha dado como fuente de sus muestras a uno de mis chicos.

—¡Ah, claro!, por eso la prisa en venir y en detener a uno de sus robots que funcionan de manera defectuosa. Ahora ustedes meterán toda la mierda que puedan al caso para que su fábrica de robots defectuosos no sea portada de todos los periódicos de aquí a Los Ángeles. Son ustedes escoria.

—Mire, sheriff, no me lo llevo a usted detenido porque no quiero un follón entre jurisdicciones, pero con todo el gusto me lo llevaba a nuestra fábrica de robots defectuosos para que alguno de ellos le apretara las tuercas a conciencia. Así su bocaza tendría más respeto a la hora de abrirse. Ahora vaya a su cuadra y páseme todo lo que tenga de este caso, queda usted fuera.

—Veremos, McCoy, qué es lo que opina el fiscal; como sabe usted bien, no lo aprecia mucho. Quizá sea usted el que me tenga que pasar todo a mí. Esto no ha terminado.

El sheriff dio un portazo y se metió en el coche. Ninguno de los dos se había quedado con la aparición de la prensa en el lugar. En las noticias verían hasta dónde había llegado el alcance de los micrófonos. McCoy subió detrás con el padre y la hija.

En las noticias de las ocho se pudo ver y escuchar la conversación entre el sheriff y McCoy. El fiscal los llamó de inmediato. Primero a McCoy, pues quería apretarlo de lo lindo; no le caía bien.

—McCoy, ¿qué cojones ha pasado?

—¡Ah, señor fiscal!, buenas tardes a usted también.

—No me jodas, McCoy. ¿Qué ha sido lo de esta tarde?

—Hemos practicado la detención de un sospechoso.

—De un caso que tú no llevas, McCoy; te estás metiendo en un pozo del que va a ser difícil que puedas salir.

—Es de los nuestros, un agente que ahora no está pasando por momentos excesivamente buenos. Pero que no tenemos duda de que sea muy difícil que haya sido él. Está de baja por el tratamiento de un cáncer. Creemos que alguien quiere meter al FBI en algo, pero no sé qué decirle más. Su hija ha recibido una caja con muestras de cabello posiblemente de la víctima y una nota que estamos analizando. Una nota tremendamente desasosegante.

—Y, ¿por qué estoy enterándome de esto ahora?

—No había tenido ocasión de hablar con usted.

—Chorradas, McCoy, otro paso en falso y me lo llevo por delante.

—Enterado. Señor, le he pedido al sheriff que me pase toda la información que tienen hasta el momento.

—McCoy, solo si la carretera es de dos direcciones. Hagan ustedes lo mismo con el sheriff. Y en esto no hay excusas, hágalo, McCoy.

—Bien, señor.

El fiscal llamó al sheriff y se apuntó el tanto.

—Roy, no te preocupes, os van a pasar toda la información mañana por la mañana; haced vosotros lo mismo, no quiero una guerra. Esto nos vendrá bien a nosotros y nos pondrá en el mapa.

—Pero señor —refunfuñó Roy—, el caso es nuestro. Su puto robot defectuoso es el que lo ha hecho.

—Roy, no se adelante, sé que hay pruebas, pero también sé que el cadáver, por lo que he leído, fue colocado, así que puede ser que todo esté manipulado queriendo incriminar. Vamos a aprovecharnos de los medios del FBI para hacernos ver. Roy, esto nos dará un empujón hacia arriba. Si sabemos manejarlo.

—Bien, señor, mañana por la mañana le pasaré todo a McCoy.

CAPÍTULO DOCE

En la barra solo estaba ella; era temprano todavía y no había casi nadie, algunos fijos en aquel antro y poco más. La mirada la llevó a unos jóvenes universitarios que entraron. Pensó «pasta fresca» y se acercó a ellos muy disimuladamente como si fuera al escusado. Chocó casi de morros con uno de ellos y se disculpó, a lo que el joven con alguna que otra copa de más, agarró la cintura de la chica y le dijo que no se preocupara, que la culpa había sido suya, y la soltó. «Primer punto para ella», pensó, ahora al salir vamos a por el partido.

Brithany era una joven de veinticuatro años exuniversitaria. Nunca pudo cumplir las expectativas creadas en torno a ella, la Facultad de Derecho se le hizo interminable y la dejó tras el primer año, pero eso no la apartaba de ser una persona inteligentísima y una mujer de excepcional belleza. De unas formas excelsamente tratadas, su metro setenta y tres la hacía una mujer tremendamente alta para muchos hombres, y su forma de vestir era atrevida sin llegar a la obscenidad y sin que pensara la gente que se dedicaba a aprovecharse de los hombres.

Él estaba allí en la penumbra del antro sin hacerse notar, hipnotizado con los movimientos de Brithany y su caza del objetivo deseado; él también estaba de caza y había encontrado su próxima presa.

Brithany se movía estupendamente entre los universitarios; había sido una de ellos no hace mucho y sabía sus virtudes, pero sobre todo, sabía la infinidad de defectos que a la hora de salir del campus tienen. Aprovechaba cada uno de los deslices de esos futuros, para su propio futuro. Al último le sacó la mitad de su fideicomiso, para que no pusiera unas fotos en un estado poco edificante en una red social; el joven con novia adinerada y futuro prometedor cayó en las garras de Brithany.

Desde su rincón no se perdía detalle de los pasos que daba Brithany con ese pelele universitario. Vio cómo el joven la esperaba a la salida del escusado y cómo Brithany «se dejó» convencer para tomar una copa, «solo una».

Brithany ya había visto el reloj Rolex del joven y la ropa superexclusiva de Tommy Hilfiguer, además de sus zapatos exclusivos Manolo’s y como colofón llevaba un perfume llamado Aventus de trescientos pavos los cien mililitros. Era una investigadora estupenda; se pasaba mañanas enteras en las mejores boutiques de la ciudad conociendo las últimas tendencias de la moda universitaria y general de los hombres jóvenes. De hecho, su primer trabajo después de la universidad fue en una tienda de ropa.

Estaban los dos en la barra tomando, él un bourbon y ella una margarita. Él no paraba de arrimarse y de tocarle manos y brazos; ella estaba segura de que le había ganado la partida. En un descuido del joven al intentar besarla, Brithany le echó un poco de un tubito de cristal que llevaba en la mano y le dijo al oído: «Podemos continuar en tu apartamento».

El joven se apresuró a pagar las consumiciones, y cuando lo hubo hecho no se despidió de nadie y se fue hacia la puerta con Brithany. Llamaron a un taxi. El joven le dijo la dirección al taxista y empezó a besar a Brithany y a tocarla. Ella le dejaba hacer; cada vez lo notaba más cansado. Llegaron al apartamento del joven, pagó el taxi a duras penas, ya estaba muy cansado.

Salieron del taxi hacia el portal del joven y Brithany tuvo que hacer fuerza porque ya no podía casi tenerse en pie. El efecto de la escopolamina había sido muy rápido. Justo cuando había abierto la puerta del portal ella le preguntó a qué piso subían y él le dijo que no, que su apartamento era el del final del pasillo; entonces apareció un vecino que era un poco más mayor que el universitario, tenía unos treinta y pico y bien parecido, que retuvo la puerta para que pudieran pasar Brithany y el joven.

—No se preocupe, señorita, yo le ayudo —le dijo el vecino.

—Gracias pero vamos aquí al lado.

—Sí, no se preocupe, conozco el paño.

—La verdad es que para una vez que podemos salir juntos se emborracha—mintió Brithany.

—En estos jóvenes universitarios casi es lo normal; son ganas de pasárselo bien.

—Sí, pero yo vengo de lejos a visitarlo y mira qué resultado —volvió a mentir Brithany.

—Lo siento, señorita, deme las llaves que yo le abro o hágalo usted y yo lo sujeto.

—No sé cuál es.

—Pruébelas todas y seguro que da con la tecla.

Brithany abrió la puerta. Mientras tanto, el vecino aguantaba al joven. Lo pasó dentro.

—¿Lo llevo a la cama? —pregunto el vecino.

—No —dijo Brithany con cara de enfado—. Déjelo en el sofá castigado toda la noche.

El joven ya estaba grogui. Lo dejó caer en el sofá.

—¿Puedo utilizar el aseo? Es que no llego a la mía —preguntó el vecino con las manos en la entrepierna.

—Claro que puede —le dijo Brithany como si fuera su casa.

Entró en el aseo y salió un minuto después; encontró a Brithany quitándose la chaqueta.

—Bueno, señorita, un placer haberla conocido, soy Michael.

—Yo soy Lisa —mintió.

Al estrecharse las manos, la atrajo hacia sí de un fuerte tirón y la rodeó con su brazo poniéndole la mano libre en la nariz con un pañuelo. El pañuelo llevaba cloroformo; no tardó mucho en desfallecer. Le quitó los zapatos y los pantis que juntó con la cartera que sacó del bolso y la chaqueta que se había quitado antes dejó en el apartamento del joven.

Antes de salir del apartamento cogió cabellos del joven de raíz y le sacó sangre. Todo en un par de minutos. Dejó la puerta cerrada pero con un papel dentro de la cerradura, para que pareciera cerrada pero pudiera abrirse con facilidad, sin llaves.

Cogió en brazos a Brithany, la sacó hasta la pick up que tenía justo en la esquina; nadie los vio. La sentó delante y le abrochó el cinturón. Arrancó y se perdieron en la ciudad.

La dejó a menos de cien metros de la anterior víctima en la misma pista de los runner y colocada de igual manera. Esta vez había una gota más grande de sangre en la mano de la víctima. Cogió con el peine cabellos de la víctima, esta vez morenos, y los puso en la bolsa de pruebas como hizo con la anterior.

Salió de madrugada del bosque y se dirigió a su caravana realizando las mismas operaciones y deshaciéndose de los guantes y del plástico. Cuando acabó salió del camping y se dirigió a la capital. Entró en una oficina FeDex de Dupont Circle atestada de gente, con su gorro de lana y su chaqueta del Ejército de Salvación; llevaba guantes de cuero. Siempre mirando para bajo por las cámaras. Puso el envío a nombre de Clarice Starling.

Llegó a la casa del universitario. Todavía estaba grogui, vació por el suelo sangre de Brithany, como si hubiera lucha. Cerró la puerta después de quitar el papel de la cerradura. Se marchó.

Esa misma tarde, doce horas después de colocar el cadáver de Brithany en la senda de los runners, casi entrada la noche, dijeron en las noticias que habían detenido a un sospechoso por el caso del bosque de Prince William.

Pensó en Clarice cuando encontraran la última obra de su padre en el bosque. Seguro que con dos víctimas sería muy difícil que lo creyeran.

Todo iba sobre ruedas. Aunque no había detalles, seguro que el padre de Clarice estaba detenido. Era hora de hacer un viajecito a Canadá.

CAPÍTULO TRECE

Troy McGuire era un abogado con buena reputación en la capital, pero sobre todo era temido por sus oponentes como un abogado temperamental y transgresor. Retorcía la ley hasta sus últimas consecuencias, y carecía de moral cuando una buena suma de dinero se transformaba en cliente. Se codeaba con lo más granado de la capital en cuestión de amistades. Varios congresistas tenían por abogado a Troy, e incluso el alcalde había tanteado a Troy, pero sus pleitos con la Policía de la ciudad y varias delegaciones del Ayuntamiento hacían de este menester un imposible; la maldita ley de incompatibilidades lo impedía.

Troy McGuire era afroamericano de treinta y dos años, casado y con un hijo de un año. Su mujer, Vallerie, fue en sus tiempos una excelente abogada laboralista y de derechos humanos, con pleitos a las grandes corporaciones y a las grandes multinacionales. Estaba afiliada a un par de ONG muy activas con los derechos laborales y humanos. Cuando conoció a Troy, este todavía no era el gran abogado que es hoy; era un pequeño truhán que se dedicaba a la abogacía sin más, algún accidente de tráfico, un trato desigual de la Policía con un afroamericano, algún pleito por drogas… pero lo que lo llevó a la cumbre fue el pleito de un rapero por asesinato. El artista había matado a tres personas en su residencia del centro de Washington y Troy lo había defendido, probando que fue en defensa propia; un culebrón de juicio de casi seis meses donde Troy desplegó todo un arsenal escondido de manejo de la situación y de la prensa. Puso en su favor a la comunidad negra y a la prensa, saliendo cada semana en un programa de la CBS como tertuliano. «Fue todo un descubrimiento», publicó el Washington Post. Montó un bufete cerca de Dupont Circle donde cada día pasaba un montón de gente para que la defendiera y otros para que un día los pudiese defender en caso de tener que necesitarlo. La vida le iba sobre ruedas y dos años atrás se casó con Vallerie. Vallerie dejó aparcada su carrera para aconsejar a su marido en lo referente a su bufete ya que ella sí tenía experiencia, porque trabajó en uno de grandísimas dimensiones con casi cien abogados. Ella era la indicada para diseñar la organización del bufete de Troy, McGuire & Benson. Vallerie se incorporó como abogada laboralista especialista en derechos humanos, aunque ahora tenía una excedencia por maternidad por el pequeño Jay Theo —aunque todos lo llamaban Jay-T—.

Troy había recibido una llamada del sheriff de Dumfries para que se acercara al depósito a identificar a una persona. Esto no le hacía ninguna gracia, pero fue a cumplir con el trámite.

Cuando llegó Troy, le estaba esperando el sheriff.

—¿Troy McGuire? Roy Weis, sheriff de Dumfries. —Le tendió la mano al abogado.

—Troy McGuire. ¿De qué se trata?

—Tenemos en la morgue un cadáver y creemos que usted podrá identificarlo.

—¿Y cómo han llegado a esa conclusión?

—Somos investigadores, señor McGuire.

—Una respuesta vaga, pero efectiva.

—Ya hemos llegado; ahora el forense levantará la sábana y usted me dará su nombre. Si todo va como tiene que ir, su nombre coincidirá con el nuestro.

—Perfecto, estoy preparado.

El forense al otro lado del cristal levantó la sábana hasta el principio del pecho de la muchacha.

—Marilyn Monroe —dijo el abogado.

—Gracias, señor McGuire, coincide con el que tenemos.

—Esto es muy raro; no ha pestañeado cuando le he dicho el nombre, ni siquiera una cara de sorpresa por el nombre.

—No lo crea, señor McGuire, esa cara que usted describe ya la pusimos hace dos días y le prometo que era una cara de sorpresa y de las gordas. Al salir su nombre cuando le tomamos las huellas, casi se nos caen las pelotas.

—Lo entiendo; Marilyn era una fanática de la autentica Marilyn y fue creando un mundo alrededor de eso. ¿Sabían ustedes que sé mandó hacer todos y cada uno de los vestidos que la auténtica Marilyn sacó en todas sus películas? Una verdadera locura.

—Señor McGuire, necesitamos que esté usted presente, como su abogado, en el registro que mis hombres harán en su apartamento de la capital.

—Perdóneme, sheriff, pero ¿qué le ha pasado? —preguntó Troy.

—Aún tenemos nuestras dudas pero alguien se la ha cargado; tenemos alguna pista pero hay que esperar.

—Pero parece que no le ha hecho daño físico, por lo que he visto.

—Cierto, físicamente no tiene ningún rasguño; le suplico que este detalle no se lo dé a la prensa, es una deferencia con usted.

—Gracias, sheriff, llámeme cuando sus chicos vayan a hacer el registro. Si no me necesitan tengo mucho papeleo y empezaré a preparar lo que será mi acusación cuando tengan al culpable de este crimen.

—Gracias a usted, señor McGuire; le diré al fiscal que lo llame a lo largo de este día para que concreten.

Troy salió de la morgue y enseguida llamó a su secretaria.

—Nancy, soy Troy, Marilyn Monroe ha muerto, dile a Floyd que vaya preparando los documentos para la demanda de apertura de testamento y localiza a los herederos.

—Sí, señor McGuire, pero como sabe usted, Marilyn cambió su testamento hace un par de meses.

—Es cierto, solo hay un heredero, el psiquiatra ese que le tenía comido el cerebro. Menudo cabrón. Era del FBI, ¿no? —dijo Troy.

—Sí, tengo su teléfono por algún sitio, pero viaja mucho por trabajo según dijo Marilyn.

—Intenta localizarlo, Nancy, y le das cita lo más pronto posible; he de hablar con él. Marilyn tenía un patrimonio bastante considerable y debemos saber su opinión al respecto.

—Muy bien, señor McGuire, ¿alguna cosa más?

—Sí, Nancy, ponte en contacto con nuestro detective y dale los detalles de Marilyn y del loquero y que te diga la vida que llevaba con ese tipo y el régimen de encuentros que tenían, dónde estaba cuando ella murió y cosas así. Lo quiero saber todo de los dos; este último año no quiero sorpresas. Además tendré que decirle al sheriff el nombre de este tipo por si acaso tuviera algo que ver con su muerte. Piensa mal y acertarás.

—¿Alguna cosa más, señor McGuire?

—Consígueme el nombre del loquero ese. Cuanto antes, Nancy.

Troy entró de nuevo en la morgue y pidió ver al sheriff. Le dijeron que subiera a la segunda planta. Así lo hizo. Roy lo vio plantado en medio de la comisaría y salió a su paso.

—Abogado, ¿necesita alguna cosa más?

—No, sheriff, pero creo que usted sí.

—¿Yo, abogado? ¿De qué se trata?

—Marilyn cambió su testamento hace unos dos meses. Se lo deja todo a un psiquiatra con el que estaba liada; ahora mismo no tengo el nombre, ni el teléfono pero mi secretaria está en ello, y le haré llegar estos datos cuando los consiga, si puede ser antes de irme. El tipo ese es del FBI y no hace más que viajar de un lado para el otro según nos dijo Marilyn —le confesó Troy.

A Troy le sonó el teléfono móvil. Se disculpó. Un minuto después había acabado.

— Darryl Boy Preston, psiquiatra del FBI, teléfono 555-892.

—Gracias, abogado, empezaremos a investigarlo de inmediato. Hablaremos durante esta semana.

—Ok, sheriff, coja al malo. Marilyn se merece que le hagan justicia.

—Lo haré, abogado.

Troy salió de la comisaría en dirección a su coche. Aquí se había acabado todo. Ahora había que encargarse de Marilyn. Lo dispondría todo para cuando le devolvieran el cuerpo. Al mismo tiempo llamó a su directora en el programa de la cadena CBS para darle la noticia.

Jane Boockman era una periodista como Troy abogado, transgresora la mayoría de las veces, impulsiva pero con una cabeza extraordinaria. Había subido como la espuma por la agresividad que inculcaba a los reporteros a su cargo. Imponía respeto, pero daba instrucciones precisas y muy buenos consejos, y su equipo era altamente competitivo y trabajador. La cadena había dado a Jane una franja horaria de prime time, donde se colocaron los primeros en menos de una semana.

Marcó el número de Jane.

—Hola, Troy.

—Hola, Jane, tengo una verdadera exclusiva para el programa. Una de mis clientas ha sido asesinada y todo está bajo secreto todavía.

—Troy, ahora mismo eso no es una prioridad para el programa.

—Pero si te digo que es la víctima del bosque de Prince William…

—Te escucho.

—Marilyn Monroe se llama la víctima; hasta el momento no se han dado detalles de la muerte pero te puedo decir que no ha sido violenta. Ha tenido que ser con algún tipo de veneno o algo parecido. El cadáver no presenta ni un solo rasguño visible.

—¿Cómo sabes eso, Troy? Tenemos la noticia de una muerte en el bosque aunque no hay detalles todavía. ¿Marilyn Monroe? ¿En serio? Solo hay un detenido y creemos que es un agente del FBI. Sin confirmar.

—He tenido que ir a identificar el cadáver; no tiene familiares vivos. No está casada, aunque sí tiene un rollo. Ahí es donde está la noticia, es un psiquiatra del FBI.

—¡Me cagüen!, eso es una bomba, Troy, dos tipos del FBI. ¿Está confirmado?

—Te lo confirmo yo. Hace dos meses Marilyn Monroe se pasó por mi despacho para cambiar el testamento y se lo dejó todo a ese loquero.

—El sheriff no me ha dicho que tuvieran un detenido del FBI —dijo pensativo Troy.

—Claro, Troy, porque no es su detenido, está en el FBI —afirmó Jane sin contemplaciones.

—Será por eso. Aunque nosotros tenemos otro sospechoso.

—Troy, ¿no sabrás el nombre «por casualidad»?

—Sí, lo sé —dijo Troy con contundencia.

—Te quiero, Troy —soltó Jane llena de júbilo.

CAPÍTULO CATORCE

Clarice no paraba de dar vueltas en una pequeña sala en el segundo piso del edificio de la academia del FBI. Su padre estaba en el sótano a la espera de subirlo a la sala donde sería interrogado.

Se abrió la puerta de golpe y eran sus compañeras de academia Alice y Paula. Se fundieron en un gran abrazo las tres. Y ¡cómo no!, cayó alguna lágrima. Clarice tenía los nervios a flor de piel. Se separaron y las miró.

—Chicas, gracias por venir —acertó a decir enjugándose las lágrimas.

—Sabes que estamos contigo y que sabemos a ciencia cierta que tu padre no ha podido ser el asesino —dijo Alice.

—No paro de pensar en los fines de semana en tu casa con él repasando los casos que nos ponía y desarrollarlos, Clarice, yo sé que él no ha sido —aseveró Paula.

—Eso me dice papá y yo estoy con él, pero las pruebas están en su contra. Hay indicios fehacientes de que papá es el asesino. Su pelo y su sangre están en el cadáver —les confesó Clarice, y empezó de nuevo a llorar.

—No te tienes que preocupar, los chicos están con tu padre y saben que es una persona íntegra y querida por todo el cuerpo —le quitó importancia Alice.

De repente y con un sonoro portazo, entró Miller. Se dirigió a Clarice.

—Starling, hay otra víctima. La acaban de encontrar cien metros detrás de la primera.

—Entonces, está claro que mi padre no ha podido ser.

—Vamos para la zona; me ha dicho McCoy si te quieres venir.

—Voy con vosotros.

—En marcha —dijo Miller.

—Cuando vuelvas, aquí estaremos, Clarice —anunció Paula.

—Gracias, chicas —contestó Clarice.

Estaba todo preparado cuando entraron Miller y Clarice al coche. Salieron «patinando ruedas».

Unos minutos después estaban en la escena. El sheriff estaba allí ya. Eso no era bueno.

—¿Qué tal, sheriff? —dijo McCoy.

—¡Hombre, los defectuosos! —se regodeó el sheriff.

—¿Quiere que lo ponga otra vez en su sitio, sheriff? —le dijo McCoy enfadado.

—¡Ja, ja, ja, ja, ja, ja!, no le valió con el rapapolvo del fiscal. Por cierto, lo avisé y viene de camino, así no habrá ninguna traba en el procedimiento. Él dirá de qué manera y cómo se actúa. Para que usted no vaya levantando muros de ladrillo para su gente —se carcajeó el sheriff.

—Al final, de todo este caso, te lo meteré tan dentro del culo que necesitarás una fábrica de laxante para sacarte solo un folio. Si piensas que esto te pondrá en marcha para llegar más alto que nunca soñaste, lo tienes mal, has empezado a cavar la tumba donde encontrarán tu carrera profesional —le dijo McCoy arrimándose a su cara al límite de un cigarrillo.

—Al fiscal seguro que le encantará saber tu punto de vista —le respondió el sheriff.

—Seguro que a él también le importa una mierda dónde acaba tu carrera si él puede salvar la suya a tu costa, y te prometo que haré todo lo posible por que tu caída sea de lo más alto, sucio mequetrefe.

El fiscal acababa de llegar. Cuando se bajó del coche vio a los dos, cara a cara, y fue enseguida a imponer paz. Llegó tarde, justo se separaban en ese momento.

—¿Qué es lo que pasa aquí, McCoy? —preguntó el fiscal.

—Acabo de dejarle claro al sheriff que no debe entrometerse en una investigación federal —aclaró al fiscal.

—¿Federal McCoy? ¿Quién lo ha dicho? Usted interpreta cosas que todavía no ocurren o de las que yo por el momento no estoy enterado.

—Señor, las víctimas están siendo colocadas, poniendo pruebas falsas con agentes del FBI por medio. Esta víctima aparece cuando el «principal sospechoso» estaba detenido.

—McCoy, no sabemos la hora de la muerte de la víctima que acaban de encontrar; cuando tengamos ese dato podremos saber si su hombre puede ser culpable del crimen. Antes es especular, dejemos que el forense nos diga algún detalle.

Empezaron a caminar los tres hacia el lugar donde encontraron el cuerpo; detrás estaban Miller, Foulder y Clarice. Burt, el ayudante del sheriff, estaba haciendo fotos a los curiosos que había tras el cordón policial.

Llegaron todos a la altura de los forenses y vieron que el cadáver estaba colocado en la misma posición que la anterior víctima. Las manos, una en la boca y otra dentro de las bragas justo en su sexo, y la cabeza vuelta como pose. Dos gotas de sangre entre el dedo gordo del pie y cabellos en la sortija que llevaba, pero había una variación de la que se dio cuenta Clarice.

—Doctor —dijo Clarice—, en la mano derecha hay como una gota de sangre seca, porque, con la posición que tiene el cadáver, si hubiese caído ahí el asesino se habría resbalado por la mano hacia abajo, y está justo en la palma. Está «colocada» al cien por cien.

—Buena observación, señorita…

—Starling, Clarice Starling.

—¡McCoy! —Gritó el fiscal Starling—. ¿No será la hija del detenido en su academia?

—Sí, señor, es una de nuestras más inteligentes futuras agentes.

—¿Cómo? ¿No es agente? McCoy, llévela de vuelta a su academia, ¿no se da cuenta de que es la hija del principal sospechoso? Por Dios, quítela de mi vista. Si alguna vez llevamos este caso a juicio y el abogado defensor sabe que ha estado aquí, no valdría nada de lo que hubiésemos descubierto; ella está descartada para poder trabajar aquí. ¿En qué coño pensaba, Mc Coy?

—Con solo unos segundos aquí, ha descubierto lo de la gota de sangre, ¿prefiere no contar con ella? Es un lujo totalmente innecesario; además, como acaba de decir Starling, está todo preparado, quieren incriminar a su padre, ¿no se da cuenta?

—¡Y una mierda, McCoy! La quiero fuera de la investigación y la quiero ya. Si no, ya no habrá caso, ¿quiere eso, McCoy?

—No me amenace, fiscal, parece que tiene cuentas pendientes conmigo, pero este no es el momento de saldarlas; hay dos muertes, parece ser que con el mismo modus operandi. Y usted, ¿quiere prescindir del FBI? Pues a lo peor para ustedes se encuentran con lo que están buscando y realizamos nuestra propia investigación. Eso sí, despídanse del detenido, porque no les daremos el ok a las pruebas que hemos desarrollado en nuestro laboratorio. ¿Quieren eso? Pues ahí se quedan.

McCoy, Clarice, Miller y Foulder empezaron a moverse hacia los coches pasando por la cara del sheriff y su sonrisa de «bye, bye». Miller, al paso por delante del sheriff, le puso el dedo corazón hacia arriba.

No habían llegado a los coches, cuando el fiscal acudió al encuentro de McCoy.

—Está bien, pero ella se va. Los demás podéis quedaros. Pero el caso es del sheriff.

—Adiós —dijo McCoy; y se subió al coche.

—Vale, McCoy —acercándose a su oído le dijo—, pero no quiero que le pateen el culo al sheriff. Esto debe ser una carretera de doble sentido, con respecto a la información.

—Nosotros ya lo hacemos, ¿por qué esta mañana no estaba el expediente del forense y el CSI en mi mesa? —le dijo gritando McCoy.

—Le dije al sheriff que se lo mandara todo.

—Pregúntele al sheriff si tiene el expediente del detenido y su historial.

—¡Roy! —gritó.

El sheriff se fue acercando de mala gana hasta donde se encontraban; cuando llegó, puso las manos en las caderas y puso la pose de «aquí estoy».

—¿Mandó usted el informe forense y del CSI esta mañana al FBI?

—Pensé que usted los mandaría a casa y por esa razón era inútil mandarle una información que no necesitarían.

—¡Maldita sea, Roy!, la orden era muy clara. Mándele los informes ya. Llame a su oficina y que hagan copias y cuando McCoy llegue estén sobre su mesa y Roy, no piense más, ya lo hago yo. Volvamos a ver qué nos puede contar el forense.

—Lo siento, Starling, usted se queda aquí; ahora vendrán a por usted. Haré una llamada —dijo desencantado McCoy.

McCoy hizo esa llamada.

—Bien, señor, lo entiendo —dijo Clarice—, pero si no se da cuenta el forense, dígale usted que en el tatuaje que pone Brithany en el punto de la «i» hay un pinchazo.

—Pero ¿eso lo ha visto usted en menos de un minuto que ha estado con el cuerpo? Entonces, no sé cómo ha suspendido el test.

—¿Cómo, señor? ¿Suspendida? No puede ser, conteste a todas las preguntas y además me sabía todas y cada una de las respuestas. Esto no está pasando.

—Tranquilícese, Starling, todos los test se repasan por tres personas, es imposible que usted haya suspendido, lo sé. Pero de momento esas son las noticias que tengo. Ahí viene el coche, váyase y ya hablamos, seguro que es un error.

Clarice se subió al coche y este desapareció de la escena del crimen. Clarice empezó a llorar de manera desconsolada.

Cuando llegó McCoy al lugar donde estaba la muchacha, escuchó lo que decía el forense.

—…y a simple vista no puedo decir nada pero no hay violencia y no hay penetración ni violación. La hora de la muerte es de hace mínimo dieciséis horas, sobre las cuatro de la madrugada. No hay señales de haber profanado en absoluto el cuerpo por fuera, veremos si el asesino le dio algo de beber...

McCoy interrumpió y le preguntó al forense:

—Doctor, ese pinchazo que hay en el punto de la «i»…

El doctor se quedó del color de la muerta, blanco, y respondió con otra pregunta.

—¿Cómo lo ha visto usted si casi no lo desde mi posición?

—Yo no he sido, ha sido Starling.

Todo el mundo quedó impresionado por el hallazgo, pues para todos había pasado desapercibido. La hora de la muerte implicaba a Don.

CAPÍTULO QUINCE

El traslado al rancho supuso el reparto de tareas entre tres más, aunque poco se podía hacer allí, eran doce más dos niños. La elaboración y envasado de ácido para la venta era el pasatiempo preferido de todos; eso suponía ingresos para la comuna y la posibilidad de vivir sin ningún tipo de trabajo fijo para ningún miembro de la comuna. Sam no quiso desde el primer momento ese tipo de situación, porque suponía depender de un todo en el que él de momento no creía, y por eso se levantaba temprano todos los días y se iba al trabajo en el taller, su verdadera pasión. Sam dejaba en la comuna a Ona y Susan haciendo parte del reparto de tareas.

Charles no estaba muy de acuerdo con la actividad servicial y fija de Sam y no tardaba ni un segundo, cuando llegaba, en hacérselo notar.

—Sam, tu servicial actitud con los explotadores dueños del sistema no es un buen ejemplo para todos los demás, y me pones en evidencia a la hora de asimilar las enseñanzas que todos debemos aprender para cohabitar en un ambiente lúcido de trasparencia cósmica con el entorno y con nosotros mismos. Somos almas libres que no podemos estar atadas al yugo represor de un capitalista mezquino y explotador. Nuestra alma peregrina en un espacio indeterminado se vería apresada en una vacuidad tan grande, que sería incapaz de alinearse con las estrellas. Nosotros escapamos a lo superfluo y vivimos en el misticismo y la meditación; nuestros viajes espirituales nos crean el hábito necesario para la devoción a la vida libre y desligada de todo canon comercial o terrenal. Somos espíritus libres y nunca estamos anclados a una realidad humana o terrenal; estamos abocados a realizar actos por la justicia mística aun cuando sean de carácter violento, si ello supone la mutación de nuestro espíritu en alma libre, peregrina y cósmica.

—Mira, Charles, nosotros estamos aquí por los ácidos, nos importa una mierda a dónde quieras llevar a esta gente, ya sea terrenal o a tomar por culo, no es mi problema. Nosotros somos aves de paso hoy aquí, mañana allí, no creemos en gilipolleces místicas ni esos cojones; de vez en cuando un viaje y una movida como la del otro día y cojonudo. Si piensas que nosotros te vamos a seguir como si fuéramos tú el predicador y nosotros tus siervos te falta un tornillo. Te lo digo porque me estás tocando los cojones con estos temas y, si sigues así, lo mismo que vinimos antes de ayer nos vamos mañana. Creo que me he explicado con tanta claridad que hasta tú podrías entenderlo. Ahora decide, y si vas a estar tocándome los huevos me esfumo, pero si decides dejarnos tranquilos ya que no nos metemos con nadie, participamos de las tareas; yo traigo pasta del trabajo y si puedo proporcionaros coches para ir a la ciudad a vender el producto, me quedo. La piedra está en tu tejado.

—Ves, Sam, ahí es adonde quiero llegar; estás en una órbita diferente a la nuestra, los demás me siguen y creen en lo que yo les digo pero tú te apartas para generar un espacio de confrontación y decadencia del grupo. No es lo que yo quiero para el resto de la comuna, no sois almas libres.

—Charles, eres un verdadero gilipollas si piensas que voy a ir detrás de ti o a obedecer cualquier gilipollez que se te pase por ese cerebro enfermo de rencor que tienes; estás de psiquiátrico. Hablas de meditar y de misticismo y apenas sabes en lo que te metes, si no te metes un ácido. Eso es lo que te pasa, que tienes presa mentalmente a la comuna. ¿Sabes lo que te digo?, que nos vamos.

—¿Ves, Sam?, esa no es una decisión que hayas meditado; es presa de la vacuidad de tu alma, que todavía no está modelada como espíritu libre y no quiero que infestes al resto de la comuna. Quédate, tómate conmigo un ácido y sabrás hasta dónde llega la verdad mística.

—Charles, metete el ácido por el culo y déjame de mierdas místicas; estás como una puta regadera. Yo no quiero que me enseñes absolutamente nada, pues eres un puto chiflado rencoroso y seguro que un día harás algo de lo que te arrepentirás. Si esta gente no se metiera tanto ácido se habría dado cuenta de que no eres buena persona. Mediatizas, manipulas, degradas a la gente con el ácido. ¿Qué te crees, que no me he dado cuenta en estos días de que tu dosis de ácido es más pequeña que la de los demás? Así les metes tus enseñanzas comiéndoles el coco desde una posición lúcida, a sus debilitados cerebros ácidos. Mañana al amanecer te perderé de vista y si dices una palabra más te pasarás los próximos días en un puto hospital. Loco.

Sam le explicó a Ona lo que había hablado con Charles y esta lo entendió perfectamente; ellos no querían estar atados a nada y menos a ese tipo oscuro, rencoroso y posesivo. Susan fue la que opuso más resistencia; era imposible que encontrara al amor de su vida y dos días después sus padres de manera egoísta y categórica la dejaran sin ese amor.

Larry y Lisa se enteraron de lo sucedido con Charles y entendieron la decisión que estaban tomando los Blackpool; era comprensible. Charles apretó mucho la cuerda y creía que con su poder de convicción los retendría bajo su obnubilar presencia, y no fue así. Kevin se enteró por Susan de que había ido a decírselo, con angustia y desesperación. Kevin, ejerciendo de príncipe salvador, intercedió ante Sam para retenerlos allí. La decisión estaba tomada, se irían a San Francisco, donde también había otra comuna, mucho más abierta según les habían dicho, sin Charles de turno que les redujera el cerebro a serrín. Ellos vivían y dejaban vivir, sin más, cada uno haciendo en libertad lo que su camino le llevara. Partirían al amanecer, día de Navidad.

A las siete de la mañana estaban metiendo la poca ropa que tenían en el Plymouth y vieron a los Stanfiel corriendo hacia ellos con una maleta vieja y dos bolsas.

—Sam —dijo Larry al llegar a su altura—, si tenéis hueco en el coche nos vamos con vosotros.

Sam miró a Ona y a Susan.

—Por supuesto —dijo finalmente.

—Esperadme un segundo con el coche arrancado —dijo Larry.

Entró en la cocina del rancho, cogió una bolsa de papel del súper y echó en ella todos los ácidos para la venta preparados la noche anterior. Eso les daría un margen comercial excepcional, cero inversión cien por cien ganancias.

Cuando subieron todos al coche, Sam lo hizo rugir y patinando las ruedas se alejaron del Spahn Movie Ranch. Cuando llevaban un par de kilómetros, le enseñó a Sam el interior de la bolsa. Este profirió un grito muy cerca del «yujuuu».

Se instalaron en las afueras de San Francisco en una comuna llamada Pandora. Las chicas se unieron al grupo de tareas programadas y los hombres salieron a buscar trabajo; enseguida encontraron trabajo en un taller no muy lejos de la comuna. Larry en la oficina y Sam de mecánico; aquello sabían los dos que era eventual y solo para conseguir pasta para recorrerse el país de oeste a este. Lo tenían todo pensado: los seis serían inseparables.

Fueron cambiando de comuna por toda California en los siguientes meses y a finales del año 1968 emprendieron camino al este; se estaba montando una buena por allí y no querían perdérsela. Estaban convencidos de que sus aventuras no tendrían fin: eran una familia, pero no como la de Charles.

En año nuevo del año 1968 estaban instalados en una comuna de Florida llamada Alma Libre, una comuna cerca del mar donde la mayoría del tiempo se iba desnudo y se fomentaba con fuerza el amor libre. No había más edificación que un antiguo hotel de una planta, que con esfuerzo iban reconstruyendo poco a poco La comuna parecía un lugar genial para ellos; se instalaron y empezaron a entrar en la rueda de tareas. Aquello era un lugar maravilloso. Susan y Kevin estaban encantados: playa, sol y amor. Habían cumplido los trece.

CAPÍTULO DIECISÉIS

El sheriff Roy Weis esa misma mañana había cumplido con el mandato del fiscal: había pasado copia de todos los informes a McCoy. Pero se había guardado el último as en la manga: el loquero.

Burt había estado desde primera hora llamando al teléfono móvil que le había dado el abogado, sin suerte ninguna. Llamaba cada cinco minutos por si acaso. Aunque en el estado de WhatsApp del loquero no había cambios, eso significaba que no se había conectado a ninguna antena.

—Burt —se asomó Roy desde su despacho—, ¿cómo va lo del loquero?

—Señor, no se conecta, lo tiene apagado.

—¡Joder!, menudo pedazo de mier…

—¡Señor! —Gritó Burt—, ya hay tono.

—Pásamelo a la oficina —dijo el sheriff.

Un toque, dos toques, tres toques: al fin.

—Sí, ¿quién es?

—Hola, señor Preston, soy…

Preston interrumpió.

—No quiero nada; estoy contento con la compañía…

El sheriff lo interrumpió.

—No, señor Preston, soy el sheriff de Dumfries.

—¡Ah!, perdone, sheriff, creía que me querían vender algo.

—No se preocupe, lo entiendo. Querría hacerle unas preguntas.

—Dígame, estoy a su disposición. ¿De qué se trata?

—Es un tema delicado, y preferiría que usted viniera aquí si no tiene ningún problema. Es verdaderamente delicado.—Puede ser ahora, en veinte minutos, es que un par de horas después vuelvo a salir de viaje.

—No nos llevará más de media hora.

—Ok, allí estaré.

Darrel Boy Preston era un agente del FBI. Psiquiatra, licenciado en la Universidad de Columbia. Llevaba dos años en el FBI y siempre estaba de viaje por casos en diferentes estados y países. Acababa de llegar hace unos días de Japón y Canadá, país este último al que volvía de evaluación de un testigo.

Preston recibió la llamada en el edificio Dos de la Academia del FBI; enseguida al colgar el teléfono se puso en contacto personal con su jefe de sección, el capitán McCoy. Le contó la llamada del sheriff de Dumfries. Le contó que no sabía lo que quería, pero que le había citado en la comisaría. Le preguntó a McCoy si tenía idea de que el sheriff de Dumfries lo necesitara para algo. McCoy le dijo que no, pero que lo más responsable era que se hubiera puesto en contacto con él para hablar con uno de sus chicos. McCoy decidió acompañarlo. Le dijo a Preston que si quería llevara a su abogado. Preston rechazó el consejo.

Preston llegó a los veinte minutos, minuto arriba, minuto abajo, acompañado de McCoy. En la puerta el sheriff lo esperaba. Roy se quedó de piedra al ver a McCoy.

—Señor Preston, McCoy —dijo sin ganas Roy.

—Le he aconsejado al doctor que viniera con su abogado, pero creo que yo por el momento le valgo, ¿no cree, sheriff? —dijo McCoy.

—¿En calidad de qué viene usted, McCoy? —pregunto Roy a la defensiva.

—De tocapelotas del sheriff de Dumfries, ¿le parece poco, Roy?

—Lo que hablemos el señor Preston y yo seguramente no será de su incumbencia; son trámites administrativos.

—¡Ah!, pues en ese caso —McCoy levantó la voz—, seguiré estando aquí —bajó la voz—, si no le importa. Bueno, en verdad, aunque le importe, ¿sabe?, me la suda.

Roy fingió no hacerle el mayor caso a McCoy y le dijo al doctor Preston que lo acompañara. McCoy los siguió. Bajaron a la morgue. Se pusieron delante del espejo y Roy tocó el cristal. El forense se acercó y Roy le hizo un gesto de alzar la sábana que estaba encima de un cadáver.

—¡Dios mío! —Dijó Preston—, es Abigail, perdón, Marilyn Monroe. Ella quería que la llamara así, a mí no me salía.

—Eso es lo que queríamos saber, señor Preston, ¿de qué conocía a la señorita Monroe?

—Tenía un servicio de performance por Internet. Por decirlo de una manera suave. Era fantástica, tenía todos los vestidos de la verdadera Marilyn, ¿lo sabían?

—Sí, lo sabíamos —contestó solo Roy.

—Pero, y su relación con ella, ¿cuál era?

—La de doctor y paciente.

—¿Cómo, señor Preston? Usted trabaja para el FBI, no puede tratar o vender o tener clientes fuera de su cargo del FBI —le espetó Roy.

—Lo sé, sheriff, pero ella no era mi cliente, era mi paciente. Yo conocí a Marilyn cuando era Abigail, coincidimos en una casa de acogida un año. Nos hicimos buenos amigos. Luego hemos mantenido la amistad durante los años. Yo me vine a estudiar a New York y un año después ella también se vino. Quedábamos cada quince días en su casa; yo le hacía como un chequeo rápido para ver cómo estaba y le aconsejaba. No manteníamos una aventura, era su amigo y su psiquiatra. Yo no recibía un dólar, es más, al salir de su casa íbamos a cenar y pagaba casi siempre yo. Me gustaba saber que estaba bien. La apreciaba. ¿De qué ha muerto? ¿Me lo pueden decir?

—No, de momento es secreto, señor Preston. Dígame, ¿a qué fueron usted y la señorita Monroe hace dos meses a visitar a Troy McGuire?

—Yo no fui con ella; no sé qué abogado tiene.

—Yo no le he dicho que el señor McGuire fuese abogado —le puntualizó Roy.

—Pero todo el mundo que ve la CBS sabe que el señor McGuire es un abogado —contestó Preston.

—¡Ahh!, todo el mundo ¿Dónde estaba usted el pasado martes?

—¿Soy sospechoso? —preguntó Preston.

—Atamos cabos —respondió Roy.

Preston se volvió para encontrar la mirada de McCoy.

—¿Se lo dice usted, jefe?

Roy miró a McCoy con cara de asco, pues sabía que le iba a decir algo que no le gustaría oír.

—El doctor Preston estaba en Canadá —dijo McCoy.

—¿En Canadá? ¿Qué hacía usted en Canadá? —preguntó por sorpresa Roy.

—No contestes a eso, Preston, no necesita saberlo, es privado —dijo McCoy.

—Lo sé, jefe, pero no tengo nada que ocultar. Venía de Japón de mis vacaciones de verano tardías y no había vuelo directo a Washington; pasé un par de días en Montreal: lo comuniqué a mi jefe, aquí presente. Tengo toda la documentación. De hecho se la presenté a mi jefe, y si quiere pídasela a él. Veo que se llevan muy bien. ¿Necesita alguna cosa más, sheriff?

—No. No necesita nada más. Espéreme fuera, doctor Preston —dijo McCoy.

Se quedó a solas con Roy.

—Mire, sheriff, otra jugada como esta y de una patada en el culo le mando directamente al fiscal. Me ha ocultado deliberadamente un sospechoso y además de mi unidad. Tiene usted menos luces que mis cojones. Ahora cualquier detalle, por pequeño que sea, me lo comunicará, si no el fiscal sabrá este episodio —le dijo enfadado McCoy yéndose hacia la calle.

—Váyase a tomar por culo, McCoy —le dijo enseñándole el dedo corazón, que ya no vio McCoy.

CAPÍTULO DIECISIETE

El cadáver de Brithany estaba ya en la morgue, pero en este caso del FBI. El equipo de McCoy estaba preparado, pero antes McCoy llamó al sheriff de Dumfries.

—Sheriff, soy McCoy.

—¡Hombre!, el todopoderoso FBI llama a los mortales —dijo el sheriff.

—Roy, tu tasa de gilipollez la acabas de rebasar. No te haré perder el tiempo, he invitado a tu forense a participar en la autopsia de la segunda víctima.

—¿Compartes? ¿O es que necesitas a un profesional?

—Lo tuyo es tocar las pelotas. Lo dicho, ya te informará él de todo.

—¿No habrá informe oficial?

—Pues claro que lo habrá, pareces un novato. Lo que pasa es que, al hacerlo, los dos forenses compartirán conclusiones y harán un informe conjunto que tendremos por igual los dos. Así gestionaremos la misma información y podremos analizar las conclusiones de la autopsia desde los dos prismas, pero al mismo tiempo.

—Parece que el FBI se ha puesto a pensar. Lo veo bien.

—Vale. Te llamo.

—Esperaré al lado del teléfono sin moverme.

—¡Gilipollas! —dijo McCoy, y colgó.

McCoy repasó toda la información que habían recabado los CSI; era muy poca, pues el asesino había hecho un gran trabajo. Reunió a Miller y Foulder. También hizo que subiera al despacho Clarice.

Empezó hablando McCoy.

—Vamos a ver, ¿todos tenéis una copia?

Asintieron los tres con la cabeza.

—Pues quiero que antes de que los forenses acaben la autopsia vosotros estéis en disposición de dar el siguiente paso. Complementando lo que tenemos aquí con lo que ellos a falta de análisis descubran.

—Perdón, jefe, aquí no hay casi nada. Muchas fotos pero físicamente nada—dijo Foulder.

—Lo sé, por eso está con nosotros, Starling.

—Jefe, yo no creo que pueda tampoco —dijo Clarice.

—Entonces, la suspenderé —dijo McCoy.

Clarice hizo como que no lo oyó y sugirió.

—Jefe, ¿dónde están los informes de la otra muerte, para comparar?

—Aquí los tienes. —McCoy sacó del cajón unas carpetas de cartón con informes.

Clarice cogió las fotos y las puso en el corcho, a un lado Marilyn y a otro Brithany. La verdad era que las dos mujeres eran guapísimas.

—A ver, ¿os dais cuenta de que las dos llevan el mismo modelo de lencería? Gucci. Eso no se vende en ninguna tienda de tres al cuarto. Jefe, por el código de barras del producto podemos llegar al vendedor y de ahí, si tienen cámaras, y en casi todas las tiendas de este tipo tienen cámaras por aquello de los robos, sería posible tener la cara de nuestro asesino.

Clarice siguió con su análisis de la escena del crimen.

—Seguramente ahora no se podrá hacer pero los investigadores según veo no han sacado rodadas de la escena, y yo me pregunto: ¿es posible? Y expongo los datos: pista forestal, en su mayoría tierra, ¿no han sacado ninguna huella? ¿Ni siquiera de un pie? Claro, ahora con los coches nuestros que han estado en la escena ya no podremos tener esas huellas, pero si el asesino estuvo allí con un coche deberíamos preguntar al servicio de vigilancia del parque; tienen todos los coches que entran y que salen anotados, los fijos y los casuales. En la foto cerca del cadáver, antes de que llegara el forense, se puede apreciar que el terreno no tiene pisadas, y eso en esta superficie es muy raro. Si no hay pisadas es porque el asesino aseó la escena; limpió seguramente con ramas del terreno la escena. Hay que comprobar si hay algún árbol con el ramaje visiblemente roto, quebrado por la acción de romper y extraer. Si lo hizo así, puede que también lo hiciera con las rodadas, hay que comprobar en una distancia de un kilómetro para delante y para detrás de la escena si podemos encontrar el ramaje que seguro se utilizó para disimular las rodadas. De ese punto en adelante debemos observar las rodadas, descartar el ancho de los coches patrulla y de las ambulancias y centrarnos en los que queden.

Miller cogió el teléfono y se puso a hablar por él. Foulder cogió su móvil e hizo lo mismo. Cada uno había cogido una línea de investigación de las que había esbozado Starling. Clarice se quedó mirando la colocación de los cuerpos que el asesino había construido. Esa posición le resultaba muy familiar. Pero había pasado meses enteros con su padre y sus dos compañeras mirando fotos de cuerpos y escenas de crimen y ahora no le resultaba fácil discernir de quién podía ser.

Clarice miró a McCoy y empezó a hablar.

—Jefe, ¿por qué no están aquí las pruebas que me mandaron a casa?

—Tienes razón, iré a por ellas. —McCoy anduvo unos pasos y se quedó pensando; al final, dijo:

—Starling, ¿qué te parece si mando traer las pruebas? Pero…

A Clarice le saltó una alerta en el móvil; era de FeDex. Estaban en la puerta de su casa y no había nadie para recoger un paquete.

Clarice se quedó mirando a McCoy y le enseñó el mensaje.

—Te lo iba a decir hace unos segundos antes de saltar la alerta, que fueras a casa a ver si el asesino te había mandado algún paquete; y bingo. Te acompaño.

Salieron los dos tan deprisa como los ascensores les permitieron. Conducía McCoy. Clarice llamó al de FeDex y le dijo que no tardaría ni quince minutos en llegar y que se esperara ahí; era un asunto de FBI.

Cuando llegaron, el repartidor estaba esperando dentro de su camión y, al verlos llegar, se bajó con el paquete en las manos y la PDA para firmar.

Clarice firmó y le extendió un billete de veinte.

—Gracias, señorita —le dijo el repartidor.

—No, a usted por la espera —dijo Clarice.

Clarice llevó el paquete al coche; McCoy salió derrapando en dirección al FBI.

McCoy y Clarice llegaron al laboratorio y les dejaron la bolsa de FeDex sin abrir. Antes habían inscrito las pruebas en el registro. No sabían lo que era y por eso se quedaron allí. Se pusieron unos guantes de látex y con la ayuda de un técnico empezaron a realizarle pruebas.

Empezaron quitando la bolsa, dentro había una caja, como la anterior; la subieron a un pie de apoyo y la espolvorearon en busca de huellas. No había ni una sola; abrieron la caja y había dos bolsas de pruebas con cabellos, una bolsa del color de Brithany, y otra bolsa con otros cabellos más cortos y de otro color —parecían castaños—. También había una nota. Y otra foto. Nada de lo que allí había tenía huellas, estaba todo limpio. Terminó el técnico con la nota y se la pasó a McCoy para que la leyera.

«Clarice, ya has visto que no bromeo, tu padre, detenido como sospechoso, y tú relegada de la investigación por incompatibilidad, aunque creo que McCoy debería ponerte al frente de ella; eres con diferencia la mejor. Aunque no mejor que yo. En la próxima rueda de prensa quiero verte a ti al frente de la investigación; si no, no habrá más pruebas y volveréis al más oscuro de los agujeros. El dolor seguirá llegando. Clarice, te daré un teléfono para que me llames después de la rueda de prensa. Si veo que eres un títere, mataré de dos en dos. Mira la foto, Clarice.

«QUID PRO CUO, CLARICE, QUID PRO CUO.

Tu Hannibal».

¿La foto? Se quedaron los dos mirando al técnico que tenía una foto en la mano; acababa de intentar sacarle huellas sin ningún éxito. El técnico, al ver que los dos lo miraban con una cara de intriga, se la tendió. La foto era de un parque para niños, similar al que había en la foto anterior, pero esta vez había unos padres a lo lejos jugando con lo que parecía la misma niña de la foto anterior. Clarice salió de la estancia corriendo; se dirigía al despacho de McCoy. Llegó y vio el kit de pruebas que habían dejado en su mesa; eran las de FeDex. Sacó la foto del kit en su bolsa de pruebas y salió corriendo hacia el laboratorio. Cuando llegó mostró la foto a McCoy.

La foto primera era de una niña a lo lejos jugando en un parque; no se distinguía bien la cara pero parecía de unos ocho o nueve años y llevaba un vaquero y una chaqueta de color rosa, con un gorro a juego. En la segunda la niña es la misma, tampoco se puede ver bien la cara y está con lo que parecen sus padres jugando con el frisbee. Los padres están de espaldas, vaqueros, anoraks, nada verdaderamente identificativo, todo muy generalizado. La ropa la podía llevar toda Norteamérica, pero el parque sí podía ser identificativo. Al fondo de la foto había unos edificios: a ver si desde informática se podía trazar el skyline y luego hacer la comparativa, para ver si coincide con alguna ciudad. Estas técnicas han avanzado muchísimo con los programas en 3D. Y el FBI tenía uno de los mejores, si no el mejor.

Volvieron al despacho de McCoy y Clarice empezó a pensar en su padre. Pensar que estaba allí abajo sin que nadie le dijera nada, le partía el alma. Miró a McCoy. Este no apartó la mirada de Clarice.

—Anda, baja y tranquilízalo. Dile que estamos haciendo todo lo posible y que sabemos que él no fue.

—Gracias, jefe.

—¡Corre! —lo apresuró McCoy.

Llegó abajo y entró en la sala de interrogatorio; McCoy había llamado para que no los molestaran. Aunque dejó grabando las cámaras, tampoco quería pillarse los dedos.

Entró corriendo en la sala y fue a abrazar a su padre.

—Pero ¿qué haces aquí?

—El jefe me ha dejado verte, para tranquilizarte.

—¿Para tranquilizarme? Yo estoy tranquilo, no he hecho nada. Nadie en el mundo podrá probar que yo maté a esa muchacha. ¡Maldita sea, Clarice!, ¿es que piensas que yo he hecho algo?

—No, papá, pero no podemos airear que el sospechoso del FBI tiene menos sospecha que cualquier otro. Solo debes dejarnos hacer el trabajo.

—¡Dejarnos! Clarice, ¿es que estás investigando tú también? ¿Es que aquí no te han enseñado nada? Todo lo que puedas recoger para exculparme, será lo que emplee la Fiscalía contra mí, y tú no puedes implicarte porque eres mi hija. Estás inhabilitada para trabajar a mi favor con el cuerpo —FBI— que me culpa. Es algo de primero de carrera.

—Lo sabemos, papá, pero también sabemos, y McCoy se lo pondrá claro al fiscal, que todo es un montaje para acusarte. Los escenarios de los dos crímenes están totalmente…

—¿Los dos?

—…amañados. Se nota que te quieren inculpar. ¿Quién? Todavía no lo sabemos. Sí, papá, hay otra víctima.

—Entonces, ¿qué hago aquí? Yo no la pude matar.

—El código de tiempo dice lo contrario, y por eso todavía no te hemos sacado de aquí. Están haciendo la autopsia a la segunda víctima.

—Ese hijo de puta se lo ha montado bien, me tiene cogido por las pelotas y a ti también. ¿Qué sabes de la caja con las pruebas que te mandó?

Sin decir nada, Clarice salió corriendo. Subió como un relámpago hasta el despacho de McCoy. Cogió las fotos y bajó más rápido de como había subido. McCoy bajó detrás de ella. Clarice entró en la sala de interrogatorio. McCoy entró en la habitación contigua, la del espejo, y le dio al botón para oír la conversación.

—Papá, te voy a enseñar dos fotografías que me ha mandado ese perturbado. Me tienes que decir si se te ocurre algo al verlas.

Don no le estaba prestando atención.

—Está bien —dijo Don de mala gana—, si hay algo que yo pueda saber lo sabrás tú también.

Clarice le tendió las fotos.

—Conozco el sitio y conozco a las personas que salen en él. ¿De dónde has sacado estas fotos?

—¿Lo conoces, papá, y a las personas que salen? ¡Pero si están tan lejos que no se notan los rasgos faciales!

—Clarice, no has contestado a mi pregunta.

—Me las ha enviado el perturbado. Ya te lo he dicho.

Don dio un respingo y se puso de pie; la silla se cayó con un gran estruendo.

—Clarice, tenemos un gran problema. Dile a McCoy que venga tan rápido como pueda. La gente de la foto corre un gran peligro.

—¿Quiénes son, papá?

—Tu hermano, tu cuñada y tu sobrina.

—¿Qué dices, papá?

—El parque es el Queen’s Square y es Saint John, New Brunswick, Canadá.

—¿Estás seguro, papá? Esto es muy importante.

La puerta se abrió y entró McCoy.

—¿Estás seguro, Don?

—Como que estoy aquí.

—Starling, llama a tu hermano para saber que están bien. Ahora mismo mandaré una orden a la Policía Montada para que vigile la casa y se ponga en contacto con tu familia —le dijo McCoy.

Clarice llamó a su hermano. No lo tenía encendido. Llamó a su cuñada y tampoco estaba encendido. Llamó al fijo de casa y daba tono, pero no lo cogía nadie. Clarice se empezó a poner nerviosa.

CAPÍTULO DIECIOCHO

Mathew Starling era un hombre de treinta y dos años, moreno, guapo, alto, de un metro y ochenta y cinco centímetros y fornido, con un gran humor. Era el hijo mayor de Don Starling y hermano de Clarice. Mathew vivía en Canadá en el Estado de New Brunswick y en la ciudad costera de Saint John. Vivía allí desde hace diez años.

Saint John era una ciudad de setenta mil habitantes aunque se puede ir hasta los ciento veinte mil con su área metropolitana. Saint John se encuentra en el centro-sur de la provincia, bordeando la bahía de Fundy. Una maravilla de la naturaleza la bahía de Fundy que llega hasta Nueva Escocia. Alrededor de la ciudad la topografía es montañosa, el resultado de la influencia de dos cadenas montañosas costeras en la bahía de Fundy, los cerros Sainte-Croix y las colinas caledonias. A ambos lados del río, el relieve del terreno forma muchas colinas y cerros. La costa es de forma irregular y con muchas puntas. Al sureste de la ciudad se encuentra una isla-península, la isla Taylors. Hay otra en el río, la isla Fausse. Saint John tiene su nombre del río que lo bordea, río Sant Jean en francés, Saint John en inglés.

Mathew vivía en un barrio de gente trabajadora, Forest Hill, en la Alpine Street. Era una urbanización bonita y típica con casas tipo chalet de al menos dos pisos y buhardilla, cochera y piscina privada además de un pequeño jardín. Vivía allí desde que se marchó de Alexandria a los veintidós años recién salido de la universidad. Estudió Geología y la empresa Brookville Manufacturing Co. le hizo una oferta nada más terminar y Mathew hizo el petate y se marchó.

La empresa pagaba la casa y las dietas, por un contrato de larga duración, al menos quince años, para Mathew. Con todo arreglado por las dos partes, Mathew se trasladó a Saint John, a empezar una nueva vida, lejos de casa y de los suyos. Para su madre era muy joven. «Cosas de madres», pensaba Mathew.

La I95 hacía que estuvieran más cerca; mil trescientos kilómetros separaban Saint John de Alexandria: un paso.

Mathew empezó cada vez a frecuentar más las bellezas del paisaje local y es en una de estas escapadas donde conoció a Caroline Aquash. Caroline era una guía local de Taylors Island. Era una mujer de rasgos indianos y con una belleza particular. Alta y muy delgada con unas facciones muy marcadas y con un aspecto salvaje. Morena de pelo y de tez, alegre y conversadora, sin timidez, sabe lo que hay que hacer en cada momento. Imprevisible y audaz, toda una mi’kmaq —nombre en indio—. Sus bisabuelos pertenecieron a esta tribu de indios algonquinos, Micmac. En estas tierras nacieron y crecieron todos sus antepasados entre Fort Royal y Fort Beauséjour. Su verdadero apellido no era Aquash, era Divisard. Se cambió el nombre cuando descubrió quién era su tía abuela, Anna Mae Pictou Aquash. Anna Mae era una activista de los derechos indios, y perteneció a la AIM —Movimiento Indígena Americano—, asesinada a los treinta años por John Graham.

El complejo se dividía en diferentes parques en un entorno idílico. Irving Nature Park Observation Deck, Irving Nature Park Boardwalk, Saints Rest Marsh y F. Gordon Carvell Nature Preserve. Todos estos parques eran el área de trabajo de Caroline, licenciada en Ciencias Naturales por la Universidad de Toronto; era trabajadora del Ayuntamiento.

Los paseos por los parques se hicieron más frecuentes, hasta el punto de estar los dos solos para la visita. Mathew era un tímido redomado, nunca daría un paso, y además con ese cuerpo que tenía de mastodonte resultaba casi cómico intentar expresar lo que sentía. Caroline fue la primera que dio el paso y quedaron en una cafetería cerca de Queen’s Square. Era final del verano y ya hacía frío en Saint John, y allí estaban los dos abrazados a una taza de café caliente y un plato. Fiddleheads, hojas de helecho maduras, asadas, enrolladas y servidas acompañadas de pollo, patatas o incluso con otros vegetales. La tarta de arándanos fue el postre a aquella primera cita.

Empezaron a salir asiduamente, Caroline no trabajaba en invierno entre semana, solo fines de semana. Mathew salía pronto de trabajar, Caroline le enseñó lo que había que ver de Saint John. Mathew hacía ocho meses que no bajaba a Alexandria. Una mañana de diciembre y en su restaurante favorito Mathew pidió matrimonio a Caroline y esta le dijo que sí.

Se casarón al pasar Navidades, ya que por esas fechas aprovecharon para visitar a los familiares y anunciar la boda; se casaron en el mes de enero, el día 10.

Para Caroline fue todo un shock saber que su futuro suegro y era del FBI, no le gustó en absoluto este descubrimiento, su pasado volvía al presente. Su tía abuela Anna Mae fue perseguida por su pertenencia a la AIM, investigada, hostigada y prácticamente puesta a los pies de los caballos de su asesino. El FBI participó activamente en esta situación a través del programa ultra secreto COINTELPRO. COINTELPRO —Counter Intelligence Program— o Programa de Contrainteligencia es un programa del FBI cuyo propósito es investigar y desbaratar las organizaciones políticas disidentes dentro de los Estados Unidos. Aunque se han realizado operaciones encubiertas a lo largo de la historia del FBI y la CIA, las operaciones formales de COINTELPRO —1957-1971— estuvieron generalmente dirigidas contra organizaciones que se consideraba tenían elementos políticos radicales, extendiéndose desde aquellos cuyo objetivo era el derrocamiento violento del gobierno estadounidense.

Después de descubrirse lo que estaban haciendo estas agencias, CIA y FBI, por William Cooper Davidson, la prensa no dejó títere con cabeza y empezó a desactivar, mediante presión escrita, estas prácticas a todas luces enfermizas y en algunos casos ilegales. Se empezaron a filtrar documentos a la prensa como este.

El documento fundador de COINTELPRO se dirigía a agentes del FBI; firmado por J. Edgar Hoover, decía:

«Exponer, infiltrar, desorganizar, manipular, desacreditar, neutralizar y, si es necesario, eliminar a las organizaciones y grupos nacionalistas negros o de otra índole basados en el odio, sus líderes, voceros, miembros y simpatizantes».

La prensa conoció esto de primera mano ya que los amigos de Cooper fueron filtrándolo, y puso el grito en el cielo. Un Estado de Derecho no podía permitir una guerra interna y subterránea contra sus propios ciudadanos. Era toda una declaración de guerra interna sin conocimiento gubernamental y sin autorización del Parlamento. El «todo vale» incluía la fabricación de pruebas, falsificación de crímenes, provocación de conflictos internos, destitución de recursos materiales, guerra mediática, control del sistema judicial y asesinatos a sangre fría, todo por el control y la información.

Aunque la prensa tampoco se libró de los palos, muchos de los periodistas libres que estaban en contra de este proceso y escribían con tal propósito recibían amenazas por parte de compañeros sobornados y en nómina de las agencias. Muchos de estos sobornados llegaron a la elite del periodismo dando información manipulada y errónea que obtuvieron de chivatazos vehiculados por el FBI.

Dando alas al poder enfermizo por tenerlo todo bajo control, les estalló en la cara la libertad.

A la boda fueron Clarice y sus padres, entonces vivía Wendy. La verdad es que fue todo precioso y se lo pasaron en grande. Conocieron a parte de la familia de Caroline y disfrutaron con sus historias. Hicieron turismo por la ciudad y vieron de primera mano cómo era el trabajo de Caroline y, por supuesto, el de Mathew. Profundizaron en la gastronomía canadiense y probaron sus platos típicos, como el Fiddleheads, Butter Tarts, Tourtière, la tarta de arándanos, Poutine, el salmón.

Pasaron unos días inolvidables hasta el último día, ahí todo se torció un poco. Wendy no se encontraba muy bien y le echaron la culpa al paseo por la bahía de Fundy la tarde anterior. Entre el frío que hacía, se mojaron un poco aunque iban con impermeable y el salmón que les sirvieron en la comida, del cual Wendy se comió tres platos, fueron los culpables de esta leve indisposición. Aunque había tiempo; el avión no salía hasta las ocho de la tarde.

Corrió el rumor de su indisposición y fue hasta la casa de Caroline una pariente Micmac de esta. Le dijo que quería ver a Wendy. Wendy accedió a verla, había tratado con ella los días previos a la boda y el mismo día de la boda, le parecía una mujer estupenda. Wendy estaba echada.

La mujer le puso la mano en la frente y sacó de su pequeño bolso unas hierbas atadas con un nudo, se las pasó por la frente y la cara. Le abrió los brazos y se las pasó por ellos, recitando oraciones que Wendy no acertaba a entender. Acabó con las hierbas y sacó un colgante hecho en madera de un busto del que los presentes, menos Caroline, no tenían ni idea.

—Este es Manitou, Wendy, te protegerá de todos los males hasta que se rompa. Es madera de cedro, lo podrás llevar sin problemas ni alergias, es un Keskamizet. Ya te puedes incorporar.

Wendy se incorporó y abrazó a la pariente de Caroline.

—Gracias, señora Tepessit, gracias por todo. Lo llevaré hasta mi muerte.

—No se confíe, eso no está tan lejos como usted piensa. Viva su vida y elija alegrar la de los demás porque usted lo lleva dentro. Manitou la aguarda.

Todos en la sala recibieron ese comentario con profundo pesar y malestar, no entendían por qué lo hacía, si acababa de presentarse para quitarle lo que fuera que le pasaba a Wendy. Caroline invitó a salir a su pariente.

A la hora prevista salió el vuelo a Washington.

Tres años después nació una niña «ula mijua’ji’j teluisit Naguset Eask» —se le puso el nombre de Anna Mae—, nombre que le pusieron por la tía abuela de Caroline. Caroline se fue a la reserva para que una comadrona mi’kmap la atendiera. Mathew estuvo con ella en todo momento, haciendo lo que los hombres mi’kmap hacían en estos casos. Danzar y rogar a Manitou. El parto duró casi un día y al final nació con un peso de 5,100 kg y unos 55 cm, toda una mujercita. Para aquellas fechas a Wendy ya no le quedaba tiempo, los médicos le habían dado seis meses.

Cuando pasaron unos meses y Caroline estuvo recuperada del parto y centrada en el cuidado de la niña, bajaron a Alexandria para que Wendy pudiera coger en brazos a su nieta.

Todo aquello para Wendy fue un soplo de felicidad entre los sufrimientos que estaba padeciendo por su horrorosa enfermedad; el cáncer se la comía literalmente. La metástasis originada en su páncreas había cubierto ya todos sus órganos vitales; pronto empezaría a no conocer a nadie y la morfina sería su compañera de fatigas.

El doctor Collins había hablado con Don unas semanas antes de llegar Mathew con Caroline y el bebé; solo podía ya recetarle paliativos, pues su cuerpo ya no asimilaba otra cosa y lo más sensato era que para llegar a una muerte digna, su cuerpo dejara de sentir ese dolor tan humillante que hacía que se retorciese como una serpiente cascabel y que la postraba en una cama la mayoría de horas del día. Entre el dolor y recuperarse de los efectos del dolor en su cuerpo, Wendy pasaba quince o dieciséis horas al día en cama. Salía un rato para beber algún caldo de pollo o para ver su jardín de petunias. Su peso era ya el de un niño de diez años; su cuerpo era toda una arruga por culpa del extraordinario dolor que el maldito páncreas producía.

Mathew y su familia estuvieron solo una semana, no podían aguantar el ver sufrir a Wendy. Antes de irse, Caroline estuvo cuidando a Wendy mientras Clarice, Don y Mathew estaban visitando a su abogado, más que nada para tenerlo todo previsto. Caroline se dio cuenta de que el Keskamizet estaba roto, aquello la hizo sentirse vacía, Manitou había dejado de proteger a Wendy y pronto se la llevarían los espíritus. Desolada cogió a Wendy entre sus brazos y le empezó a susurrar una canción mi’kmap, Npisunei, que hablaba de lo valiente que era enfrentarse a los espíritus que venían a llevar la fragilidad de su cuerpo a otra dimensión. Tres años después nació una niña ula mijua’ji’j teluisit Naguset Eask —se le puso el nombre de Anna Mae—, nombre que le pusieron por la tía abuela de Caroline. Caroline se fue a la reserva para que una comadrona mi’kmap la atendiera. Mathew estuvo con ella en todo momento, haciendo lo que los hombres mi’kmap hacían en estos casos. Danzar y rogar a Manitou.

CAPÍTULO DIECINUEVE

La vida no había sido fácil para él; le había dejado graves secuelas psicológicas. No era lo que se dice un hombre equilibrado, aunque sí lo parecía para todo el mundo. Su paso por diversas casas de acogida lo había marcado en su infancia, pero sobre todo en su juventud. Había tenido padres de acogida de todo pelaje y de toda catadura moral.

Sus padres pasaban desde padres alcohólicos y drogadictos, a clérigos nauseabundos que hacían de la obra de Dios un sacrilegio eterno de pederastia y proxenetismo. También los hubo sencillos y adorables, aunque estos duraban poco; su carácter introvertido y carente de toda empatía hacía que estos se lo quitaran de encima antes que inmediatamente.

Le empezaba a doler otra vez la cabeza como en tantas otras ocasiones, pero este llegaba en un mal momento. Miró hacia atrás, vio los cuerpos de los agentes y pensó en su madre.

Siempre pensó que su infancia no fue la de otros niños, y que maduró más pronto por todo lo que tuvo que vivir. Sus momentos más bonitos no los podía distinguir de las palizas y del trasiego de casa en casa. Nunca estuvo el tiempo suficiente en ningún sitio para valorar lo que le estaba ocurriendo. El abandono de su padre, al que nunca puso cara, y el abandono de su madre al poco de nacer, no hacían más que dar fantasía a su atormentada cabeza. Siempre ponía imagen en sus sueños a los dos, aunque jamás había una palabra de cariño.

El dolor de cabeza se hacía más fuerte; tendría que parar un poco para poder soportarlo. Debía buscar un buen sitio para ello, que no levantara sospechas de la gente, y así poder tomarse la pastilla de nuevo para que su cerebro pudiera dejarlo pensar. Los agentes ya no lo podían poner nervioso; hacía una hora que ya no volverían al mundo. Ahora estaban en un mundo mejor.

Así y todo, su paso por la universidad fue con creces lo mejor que le pudo pasar. Ese carácter suyo fue el que le hizo soportar aquellos años, estudiando hasta el agotamiento y sin vida exterior apenas. Pensaba que todo sería mejor al alcanzar la graduación. Pero eso no pasó; su continua búsqueda de empleo le hacía resquebrajarse. Tuvo que aceptar empleos de baja calidad para poder pagarse una cutre habitación y una mísera alimentación; lo de los supermercados Macmilan fue con diferencia lo peor.

En Macmilan, a las afueras de Atlantic City, lo cogieron para hacer de reponedor. Tenía un encargado, Freddy, que era mucho más joven que él y su principal virtud para el puesto era ser el sobrino preferido del señor Macmilan. El jovencito se dedicaba a putear a la gente que venía de las oficinas de empleo estatales. Era una mala bestia y se pavoneaba de serlo; siempre tenía su frase espectacular en la boca: «Por mis cojones». Las jovencitas que entraban para la caja no duraban ni medio día; enseguida se largaban al ver las intenciones del «salidillo Freddy». Las más necesitadas a veces se plegaban a la voluntad del encargado, y este les solicitaba favores sexuales. No era extraño que alguna estuviera en su hora de descanso en el aseo de arriba haciendo algún trabajito a Freddy.

Aquello lo descompuso durante mucho tiempo. A él le tocaba hacer las labores más duras y embarazosas del súper, cargaba con el trabajo de descargar los palés de los camiones y para putearlo solo le dejaban la traspaleta, los demás trabajadores entraban a descargar la mercancía con los toros eléctricos. Él tardaba tres veces más tiempo que el resto con la consiguiente fuerza física empleada. Freddy por las cámaras lo veía terminar y ya estaba encima de él con la fregona en la mano para limpiar este o aquel destrozo porque había pasado esto u otro accidente, pero también simplemente para limpiar los aseos. Él se llamaba a sí mismo La Puta.

En su tiempo libre, después de emplear ocho horas y treinta minutos todos los días de lunes a sábado en el trabajo del súper, empezó a rondarle una idea por la cabeza: hacer desaparecer al salidillo de Freddy. Empezó a seguirlo después del trabajo, saber sus costumbre y dónde pasaba su tiempo libre. Lo que más le importaba era saber dónde vivía; aún no había coincidido a la hora de la salida con él y no había podido seguirlo.

Aquella noche iba a ser la primera. Estaba apostado en la parte más oscura de la calle justo detrás de la esquina que daba al parking de personal; llevaba un Skoda Octavia de alquiler. Enseguida pasó el salidillo con su BMW biplaza; no iba a gran velocidad como si quisiera que todo el mundo lo viera; fue detrás el Skoda a cien metros.

Freddy entró en un barrio residencial a unos cuatro kilómetros del súper; no era muy ostentoso pero se notaba que allí vivía gente de profesiones liberales.

A los cien metros de entrar giró a la derecha a una calle llamada Thomas Alba Edison Rd. y entró en la tercera casa a la derecha. Tenía una entrada amplia para la cochera, perfectamente delimitada por una excelente y bien cuidada valla de geranios blancos y rojos. Del lateral del garaje salía un camino hacia la parte de atrás; una casa de dos plantas con buhardilla lo gobernaba todo, y delante de la puerta principal había un camino delimitado por bellas hortensias y jazmines. Era un lugar a simple vista estupendo.

La primera planta disponía de una cocina enorme y un salón que parecía un cine, con un baño completo y lo que a priori parecía un despacho con un ordenador y una gran mesa de caoba africana. En la parte de atrás había como una salita y un vestidor que daban a una piscina en forma de riñón, bastante grande por cierto. Junto a la piscina había dos casetas, una para la depuradora y otra para las herramientas del jardín y trastos varios. Rodeada de césped y delimitada por unos magníficos cipreses cortados a una altura más o menos de dos metros y medio desde el suelo, una mesa con una sombrilla tipo china de efecto romboidal y cuatro sillas de mimbre blanco.

Arriba, tenía la planta una habitación de matrimonio del tamaño del salón, con vestidor de cuatro metros por otros cuatro. En una esquina una especie de chaise longue en miniatura, una mesa un poco más grande que la de tomar café y dos sillas francesas de diseño boisejour. Una cristalera con un gran balcón que daba arriba justo de la puerta principal; el balcón rodeaba la casa conectando todas las habitaciones. Las tres restantes habitaciones eran las de los invitados. Freddy vivía solo y por lo visto no esperaba visitas con frecuencia; parecía un solitario. En la planta había un baño completo para cada habitación, y al final del pasillo estaba la escalera que subía a la buhardilla.

Entró en casa y subió a su habitación. Tomó una ducha rápida y se puso un pantalón corto Adidas y un polo de Ralf Laurent. Bajó rápidamente por las escaleras y se fue directo a la cocina; abrió la puerta del frigo, cogió una botella de Pesquera blanco y se sirvió una copa. Encendió la televisión y puso el canal de los deportes en la Fox. Estaban Bill Henderson y Katie Barnes hablando de los Celtics de Boston.

A través del cristal del salón lo estaba viendo todo sin problema. El Salidillo no tenía perro y las casas estaban convenientemente separadas entre ellas para que sus moradores no vieran lo que hacían los vecinos. Tomó nota de todo mentalmente, y horas más tarde en su cutre habitación repasó y apuntó cada detalle; su memoria era casi fotográfica. Delimitó las habitaciones casi metro a metro y sacó un croquis casi milimétrico de toda la propiedad de Freddy.

Al día siguiente repitió y vio cómo el Salidillo volvía a repetir paso por paso la noche anterior y la siguiente y la otra; era un animal de costumbres. El domingo salió temprano, sobre las ocho, pero no cogió el coche; iba en sudadera de chándal y mallas piratas de runner. Salía a correr. Se quedó en un parque que había a un kilómetro a las afueras de la urbanización, entre jóvenes jugando al fútbol y familias preparando el picnic del domingo. Freddy dio unas vueltas al contorno del parque por un sendero. Se cruzó con infinidad de personas que hacían lo mismo a esta hora de la mañana. Desde la otra punta del parque estaba siendo observado; con bloc de notas y bolígrafo en mano fue tomando nota de lo que tardaba en realizar deporte esa mañana.

De vuelta a casa observó que miraba varias veces para atrás. Como sabía donde iba pasó rápidamente por delante de él y lo dejo atrás en segundos. Se apostó al principio de la calle en sentido contrario por donde debería salir para ir a la ciudad y esperó.

Una hora más tarde salió inmaculado con traje gris marengo de Urami Kobayasi para Ralf Laurent, camisa blanca de Karito Konamme para Chanel y zapatos Martinelli Exclusive Collection by Robert Redfort designe of Nabito Okahara. Lo japonés lo volvía loco, casi siempre compraba todos los aparatos de tecnología japoneses, pero sobre todo la moda de diseñadores japoneses era lo que más le gustaba. Lo tenía casi todo de los mejores diseñadores y empezaba a comprar cosas de diseñadores que despuntaban en el país nipón, que no tenían todavía caché. Era para él una inversión, su inversión; otros coleccionaban sellos.

Kumico Torasawa, Nikeme Akumura, Fukusura, Seiko Kawasato, todos jóvenes diseñadores y diseñadoras con un futuro portentoso en la moda. Alguno de ellos ya ha sido tentado por las grandes marcas, sobre todo Kumico Torasawa, una mujer con una personalidad tremendamente positiva que solo hace ropa de hombre, solo hombre en exclusiva. Algunos trajes suyos ya han sido adquiridos por firmas europeas para lanzarlos en prêt-à-porter, en grandes almacenes, y así testar el gusto de los europeos. Él ya había adquirido ropa de estos diseñadores. Su vestidor de cuatro metros era una auténtica caja fuerte.

Llegó al centro de Atlantic City, al edificio Gibson, donde ya lo esperaba lo que iba a ser la cita del lunch. Un edificio antiguo restaurado por un arquitecto australiano, de principio a fin, lo había dejado espectacular. El lugar ahora era un edificio de oficinas y de varios restaurantes de lujo ubicados en lo más alto, adonde se accedía desde unos grandes ascensores de cristal por fuera del edificio con vistas a todo Atlantic City. Subieron a un restaurante llamado La Opera Ristorante, un restaurante de nueva cocina italiana que había vuelto loco a media ciudad; la cola era tan larga para entrar que se reservaba con un mes de adelanto. Antes de la comida te sentabas en una terraza y degustabas vermut y vino blanco italiano con suaves deconstrucciones de pasta frita con aceite desgrasado al aroma de cítricos y canela. Tú no te movías; un ejército de camareros, hombres y mujeres, paseaban las bandejas dejando en la mesa los productos que desde la cocina y la bodega salían para los comensales.

Todos comían a la vez y no había mesas dobladas ni reservas para otra hora. La hora estaba clara, a la una para los aperitivos y a las dos para la comida en sí. Todos tenían que estar en el restaurante quince minutos antes de empezar, confirman abajo en recepción y suben en ascensores directos al restaurante, sin paradas ni escalas de ningún tipo. Si a la hora de entrada, quince minutos antes de la una, no has llegado para confirmar, pierdes la reserva y los trescientos cincuenta dólares de la reserva; no hay excusas, o estás, o estás fuera, sin paliativos.

La cita de Freddy era una joven más o menos de su edad, con una dulzura extrema por su comportamiento. Luego la seguiría a ella. Antes había colocado en el coche de Freddy un localizador que le reportaba al móvil la ubicación exacta donde se encontraba; era del tamaño de una aceituna.

Siguió a la chica nada más salir del restaurante; se despidieron con un beso en la mejilla. Al llegar a la casa de la joven entendió lo que pasaba, eran primos; la joven era la hija del señor Mcmillan, de ahí el beso en la mejilla. Freddy estaba peloteando a la heredera, ¡menuda rata de alcantarilla! Se fue del lugar, decepcionado por el descubrimiento.

Lo tenía todo listo: mañana sería el día perfecto para hacerlo. Puso un mensaje de texto, diciendo: «Será mañana».

CAPÍTULO VEINTE

Clarice se subía por las paredes; no podía contactar con su familia en Canadá. El ahogo la llevaba a ponerse morada de rabia; no podía soportar no salirse con la suya. No paraba de ir de aquí para allá en el despacho de McCoy, teléfono en mano, intentando ponerse en contacto con su familia.

McCoy había contactado con la Policía Montada del Canadá y llegarían lo antes posible a la casa de los Starling. El jefe de destacamento del condado de New Brunswick haría unas llamadas para contactar con el sheriff de la Policía Local. Así agilizarían la búsqueda de la familia.

—Jefe, esto huele muy mal; nos ha pillado por los cojones, se anticipa a cada paso que damos y no sabemos ni una puta cosa de él: parece de los nuestros.

—Starling, no se preocupe, habrán salido a dar un paseo o al súper, y seguro que no sucede absolutamente nada. Estarán de excursión; allí en esta época seguro que salen de excursión, yo lo haría.

—No funciona jefe, déjelo.

—Vamos, Starling, no nos pongamos en lo peor. Pueden haber pasado mil cosas diferentes y no ser lo que temes.

—Este tipo, jefe, va muy por delante de todos nosotros, y se jacta de ello en sus comunicados conmigo y en los hechos que así lo corroboran. El comunicado no hace más que darme vueltas en la cabeza; me dice que yo coja el mando. Pero… ¿ustedes estarían preparados para ello? Hasta ello es ridículo, pero creo que solo es una disputa entre él y yo; pero yo jamás me he enemistado con nadie. Mis relaciones sociales no han sido lo mejor en mi vida, jefe, solo he tenido un novio y mi relación con los hombres ha sido nula, exceptuando mi último año y medio aquí. Aunque no creo que ninguno de estos tipos tenga nada contra mí a pesar de que les he pateado el culo en cada prueba, en cada examen. Pero aunque sean unos gilipollas, con excepciones, claro, no sería una buena carta de presentación declararse asesino en serie formado en el FBI. Quitando esto, no tengo a nadie al que poder acusar, incriminar o simplemente señalar con el dedo y… ¡Mierda!, eso es lo que me consume. Me he hecho un montón de preguntas y me las he contestado sola, sin llegar a un punto de encuentro con absolutamente nada. No conocía a las víctimas, no tenía nada que ver con ellas, ni siquiera compartía dentista o psicoanalista, o ginecólogo. No estaba en un plano igualitario con ellas ni con sus vidas, por lo menos lo que hasta ahora llevamos averiguado de las dos víctimas. No he tenido relaciones sexuales lésbicas, bueno ni tampoco «hetero»: hace ya un par de años que me desahogo sola. No estudiamos en los mismos centros de primaria, secundaria y universidad. Yo no he viajado en los últimos dieciséis años. No, que yo sepa, compartimos amistades ni familia. Aunque en este punto, en el de la familia, ya no estoy seguro y empiezo a dudar. Me empiezo a hacer preguntas en las que las respuestas requieren a parte de mi familia implicada en decir la verdad. Una no puede porque está muerta, otro vive en Canadá y dejó de formar parte de mi vida hace mucho tiempo, ya que entre su universidad y la mía, no pudimos coincidir mucho, y luego nada más terminar, él se fue a Canadá. Solo queda mi padre y está acusado de los delitos de rapto, homicidio en primer grado y lo que se le pueda ocurrir al fiscal. Dígame usted, en mi situación, ¿qué haría?

—Solo te puedo decir una cosa, y por esto es por lo que ese colgado quiere que estés tú al mando. Nadie de este edificio habría descrito tu situación con la perfección y la imparcialidad que tú lo has hecho. Así que déjame hacer unas llamadas y serás la jefa, y si puedo después de esto te dejaré mi puesto porque yo me jubilo al terminar de coger a este cabrón.

McCoy levantó el auricular y tecleó un número. Sonó al otro lado.

—¿Sheriff? Soy McCoy ¿Ha leído toda la documentación?

—Sí, la he leído.

—¿La última que le he mandado hace veinte minutos, también?

—Sí, también, ese hijo de puta quiere ponernos en manos de una novata del FBI para poder salir de rositas. Pues yo no lo voy a permitir; pienso salir ahí para contar lo que pasa y tu novata no podrá impedirlo.

—Bueno, no seré yo quien te lo impida; sé que estás celoso por todo lo que está ocurriendo, pero yo no te quitaré…

—¿Celoso? —interrumpió el sheriff.

—Vamos, sheriff, con el pedazo de publicidad para su carrera que podría significar estar en los focos de todas las televisiones, pues claro que está celoso. Pero ya se lo he dicho, yo no le voy a pedir que lo deje.

—Pues entonces nos vamos entendiendo…

—Lo hará el fiscal —interrumpió McCoy—, y colgó el teléfono.

—¡Mierdaaaa! —gritó el sheriff.

Minutos después el fiscal llamó al sheriff, pidiéndole encarecidamente y por favor que se apartara de los focos y que fuera la novata la que se «quemara». Le explicó que tendrían que esperar su oportunidad, que esta llegaría y que entonces todos se darían cuenta de la valía de ambos y obtendrían su recompensa.

El fiscal llamó a McCoy dándole vía libre, pero avisándole con una sutileza maliciosa, que si la cagaba se lo comería con patatas, a él y todo su equipo incluido la novata y su padre.

McCoy levantó el dedo corazón a propósito de las amenazas del fiscal, aprovechando que no lo veía. Degustó la victoria por los puntos en un suspiro de gloria. Fue en busca de Clarice; estaba junto a la máquina del café.

—Starling —le dijo— se encargará de llevar este tema.

—Pero jefe, ¿no lo dirá en serio? ¿Dejará que ese perturbado nos dicte lo que él quiera y nosotros lo sigamos a pies juntillas?

—Sí, lo haré porque confío en que usted lo ponga en su sitio, donde tiene que estar, en una prisión federal confinado de por vida. Aunque aquí estaría mejor en la silla.

—Jefe, por favor, esto es una locura. Parece que se le ha ido la pinza a todo el mundo; que esto no es una novela, es la vida real. Ese tipo tiene algo contra mí y yo no lo he descubierto todavía y no sé si lo podré hacer, pero él sabe mucho de mí y de mi familia.

—Pues empieza a ser ya la que manda y pon manos a la obra.

Los interrumpió uno de los chicos del laboratorio que estaba en la investigación de otras cosas.

—Perdone, señor, debo hablar con usted en privado.

—No, eso no va a ser posible, aquí está la jefa desde ahora en adelante hasta que termine este caso y todo, repito, todo pasará por sus manos.

—¿Y si le atañe directamente?

—Pues más todavía.

—Pues jefa, no sé como decírselo.

—Suéltalo ya.

—Su examen ha sido redactado por otra persona, el bolígrafo individualizado que cada uno de ustedes tenía la ha delatado.

—¿Cómo?

—Que su examen no se ha hecho con el bolígrafo que tenía personalizado. Por lo tanto debemos suspenderla, su nota es un cero.

—Creo que estoy alucinando. Es imposible, yo he realizado el examen con el bolígrafo asignado. No tenía otro.

—Lo lamento, jefa, pero las pruebas realizadas a su bolígrafo, el que se ha recogido de encima del test, han dado negativo. Todo bolígrafo llevaba un componente identificativo que se introdujo en la tinta. Unos llevaban vainilla, otro jazmín y así hasta ciento treinta y cinco componentes diferentes pero a la vez identificativo para cada alumno. El suyo era chocolate de Etiopía. Pero en el bolígrafo recogido tras el examen que usted realizó ese componente era sirope de arce, algo que no estaba en ninguno de los ciento treinta y cinco componentes. Concluyendo, que si usted hizo el examen con un bolígrafo diferente que llevaba sirope de arce, porque su test estaba hecho con chocolate de Etiopía…

—No lo sé, yo hice el examen con el bolígrafo que había encima del examen, no puse ni quité nada y por supuesto no cambié mi bolígrafo.

—¿Nadie de todos ustedes sabía que la tinta de cada uno de los bolígrafos llevaba un componente además de la tinta?

—Claro que no.

—Entonces, alguien puede ser que intente desautorizar o desprestigiar el test para intentar alguna maniobra, no sé cómo explicarlo. A través de su imagen, desautorizar todo lo que aquí se haga.

—Le escucho.

—No sé, ahora usted es la jefa, todo lo que haga tendrá repercusión de manera infinita, quizás es por ahí por donde nos quieran golpear y usted es el conejillo de indias.

—No está mal, pero no debe salir de aquí nada de esto; somos tres personas las que lo sabemos: ¿alguna más en el laboratorio?

—No.

—Entonces solo tres personas. Esto no saldrá de aquí y luego ya lo solventaremos; mientras tanto quiero saber las condiciones en las que hicimos el examen. Supongo que se grabó todo el examen por imagen general y luego por cuadrantes. Quiero una copia de todo en mi despacho —se sonrojó y se llevó las manos a la boca—, lo siento, jefe, me he metido en el papel.

—Ya has oído —dijo McCoy al chico del laboratorio.

—Y ¿cuál es su despacho, jefa?

—El mío —contestó McCoy—. De momento.

—Gracias, jefe —dijo Clarice.

El chico del laboratorio ya se había marchado. Clarice y McCoy se fueron al despacho, pues tenían que preparar la rueda de prensa y no podían demorar más el hablar con la prensa.

Como último recurso, Starling llamó al parque donde trabajaba Caroline. Sabía que a veces pasaban tiempo allí porque a Anna Mae le gustaba mucho. La persona que se puso al teléfono acababa de entrar de refuerzo y no sabía que estuviera allí, pero hablaría con la jefa de turno del parque y, si estaba, la localizarían. Clarice le dio instrucciones precisas para su familia y les dijo que llamaran a la Policía inmediatamente.

CAPÍTULO VEINTIUNO

Free Soul —Alma libre— era una preciosa comuna a orillas del Atlántico cerca de Indian River, a unos kilómetros de Palm Beach; todo era amor libre y ácidos —dietilamida de ácido lisérgico—. La comuna sobrevivía gracias a los trabajos esporádicos de muchos de sus miembros, aunque la mayoría trataban de reacondicionar aquel viejo hotel en una casa donde las condiciones fueran salubres y cómodas. La mayoría que trabajaba fuera tenía profesiones en las que podía disponer de la mañana o de la tarde libre, para poder confraternizar. Las indispensables eran las enfermeras, ya que su aportación era fundamental para la producción de los ácidos. Su fabricación no es difícil y por ello la comuna disponía de su propio laboratorio de campaña, fácil de montar y fácil de desmontar sin dejar aparentemente huella. Las dosis oscilaban en un arco de entre cincuenta y cuatrocientos microgramos; la forma más común era en micropuntos o papel.

El dinero que aportaban los demás servía para el funcionamiento diario de la comuna, comida y bebida. Pero cada vez era menos necesario. Una parte importante de los ácidos fabricados en Alma Libre se distribuían entre los camellos locales de Palm Beach, que no paraban de demandar más y más; se había convertido en una moda. Las élites de la región consumían los tripis fabricados en la comuna como el agua; casi siempre se hacían turnos dobles en el laboratorio.

El negocio funcionaba bien, y la comuna cada día se hacía un poco más grande y un poco más cómoda por la adecuación de sus instalaciones. La brigada que se ocupaba del mantenimiento y reparación iba cada día haciendo avances para el acomodo de los comuneros. Completaban habitación tras habitación del viejo hotel para que se fueran instalando por riguroso orden de llegada las parejas o, en el caso de Ona, San y Susan y Larry, Lisa y Kevin, a las familias. Sus habitaciones habían sido las últimas que se adecuaron. No había gran cosa en ellas pero se habían enyesado y pintado, se había hecho la instalación de la luz y se había arreglado el baño. Estaba todo perfecto para ser un viejo y destartalado hotel. Tenían dos camas y un pequeño armario empotrado, cuatro sillas y una mesa redonda de un metro veinte de diámetro, un pequeño sofá de dos plazas y una estantería de obra en forma de cuadrado.

Y enfrente una magnífica vista de la playa, donde los más pequeños disfrutaban casi todo el día.

Larry y San seguían siendo independientes con respecto a la comuna. Tenían un empleo cada uno en Palm Beach y aportaban su salario, menos un pequeña parte que ambos tenían a buen recaudo para su fondo común. Pensaban siempre en el futuro. No querían verse abocados a quedarse en cualquier sitio por el mero hecho de no tener con qué poder emprender otra aventura, y de esa idea salió el fondo común de las dos familias. Si llegara el caso podían desaparecer en cuestión de horas de cualquier sitio; ellos eran económicamente independientes, y el Plymouth y su maleta siempre estaban preparados.

San trabajaba en un taller mecánico donde reparaban coches pero a la vez también vendían; era un concesionario de la Ford. San siempre tenía la extraña habilidad de hacer amistad con tipos raros y difíciles. Aquella etapa no iba a ser diferente y a los pocos días de estar allí conoció a un tipo algo oscuro, con un cadillac, el dorado coupé 2 del 56 denominado Biarritz, en color rojo. Ese fue el año del cambio en cadillac, y después de tres años se cambió la carrocería y se aumentó la potencia del motor hasta los 305 caballos y 6000 cc; sus medidas eran 5,66 metros de largo y 2,03 metros de ancho con un peso total de 2300 kilos. Además, este modelo llevaba ya incorporado sistema eléctrico para la subida de ventanillas, el capot del maletero, la capota y el reloj. Con motor V8, dirección asistida y faros con sistema de regulación automática, y podía alcanzar una velocidad de 190 km/h, aunque la dirección muy suave a la vez que muy imprecisa y unos frenos de tambor excesivamente pequeños para las dimensiones del vehículo, hacían que la mayoría de los usuarios no alcanzaran la velocidad límite expuesta por el fabricante.

El coche fue para San como una mujer bellísima; le entró por los ojos sin dejar ver lo que traía a un lado y a otro, o quién lo conducía. Se quedó impresionado y fue saliendo del foso, donde estaba arreglando los frenos de un continental, como hipnotizado, paso a paso, limpiándose las manos de grasa en un algodón. Cuando llegó a su altura estaba delante del coche y fue pasando el dedo índice de adelante hacia atrás por toda la carrocería, ensimismado, como si acariciase un sueño, con los ojos perdidos en un infinito demasiado cercano. El tacto era sensual, casi sexual, irrefrenablemente lujurioso. Cuando llegó al final, por un lado siguió dando la vuelta y empezó de atrás hacia delante hasta que llegó al punto de partida. Por supuesto no oyó al tipo que le estaba diciendo que no pusiera sus zarpas roñosas en su espectacular cadillac. Estaba absorto. Enseguida salió de su trance; tenía un tipo delante de él dándole unos golpecitos en el pecho recriminándole lo que había hecho.

—¿Quién cojones te ha dicho que pongas esas zarpas roñosas en mi cadillac?

—Estaba acariciándolo. Tiene usted un coche impresionante.

—Y quiero seguir teniéndolo, pero tus zarpas de grasa casi hacen que lo tenga que llevar otra vez a lavar. Aléjate de él y no tendrás problemas, pero si te veo ni siquiera a un metro todos los problemas se te acabarán. ¿Lo entiendes?

—Lo único que entiendo es que si esta preciosidad está aquí es porque tiene algún que otro «problema», pero si usted quiere que su problema persista en el tiempo y se haga crónico, estas «zarpas» estarán lejos. Eso para usted sí que es un mundo de problemas. Ahora que ya tiene un mundo de problemas, no me llame, no soy su puto consejero, capullo.

El tipo se le quedó mirando con cara de pocos amigos y enseguida reaccionó.

—¿Me está amenazando? Pues sepa que a mí las amenazas me la traen floja.

—No, yo no le he amenazado; usted a mí sí con tener «problemas». A mí sí me la traen floja sus amenazas. Pero ahora llame a Lou si quiere algo y déjeme en paz; eso sí, ¿ve mi cara?, pues olvídela, capullo.

San se fue andando camino del foso de donde había salido, sin mirar atrás. El tipo se quedó mirando cómo se marchaba sin abrir la boca. Lou aparecía por la puerta del concesionario y lo saludó desde allí.

Lou se dirigió adonde estaba el tipo y le estrechó la mano. Se saludaron durante unos segundos y el tipo enseguida empezó a detallarle lo que le había pasado al coche.

—Ayer volvía de Miami por la autopista y le tiré fuerte, pero no pude controlarlo, se me iba para los lados. Es como si la dirección no respondiera, y luego los frenos; cuando los pisé para aminorar la velocidad era como si no frenaran lo suficiente. Lou, me acojoné: creía que me estampaba. Quiero que lo mires de arriba abajo y que lo soluciones.

—Bien, pues se lo diré a San, que le eche un vistazo y ya te telefoneo.

—¿Quién coño es San?

—El que está en el foso con ese Continental.

—¿Ese tipo? No, ¿me tomas el pelo?

—No, es un tipo que empezó la semana pasada y tío, es un mecánico de altura. Al furgón de Sony le ha hecho un arreglo de casi quinientos pavos y se lo ha dejado salido de fábrica. No sé de dónde viene pero ha sido una gran adquisición ¿Es que lo conoces?

—No, pero no me ha caído bien, he tenido un cambio de impresiones y no, no me ha caído bien. No quiero que toque mi cadillac…

—Pues sácalo de aquí y búscate otro taller —lo interrumpió—. Si hay alguien que tocará tú cadillac es San, así que si tú no quieres, la puerta está ahí.

Le señaló el camino a la puerta y se volvió al concesionario; había entrado una pareja joven y estaba mirando el Lincoln Continental Marck II, el último modelo que le quedaba del 57. Prácticamente salió corriendo.

El tipo se quedó con la boca abierta y empezó a reflexionar; no conocía otro taller pero estaba planteándose la idea de buscarlo. Entonces San salió del foso y recogió las herramientas. Llamó a un jovencito que estaba en la puerta del taller.

—¡Willy, Willy! —El jovencito de la puerta miró a San y este continuó—. Sácalo fuera, ya está arreglado, voy a preparar el parte y luego me pondré con otro Continental, el que está en el foso tres.

—Ok, San —le dijo Willy.

San se dirigió a la pequeña oficina al final del taller, pasó por delante del tipo que seguía la conversación de los dos.

—¡Todavía estás aquí, capullo!

—No todo el mundo me llama capullo y se va de rositas.

—Otra amenaza; parece que no aprendes una mierda, capullo. Te han puesto de patitas en la calle y todavía sigues aquí, parece que te hace falta un plano para entender las cosas. Pero sigues amenazando, te importa un huevo que te hayan dicho que yo soy el único que puede tocar tu chatarra y sigas tocándome los huevos. Si por gilipollas dieran puntos tú tendrías el casillero lleno; ahora quítate de mi vista y saca la chatarra del taller.

—Tienes muchos huevos dirigiéndote a mí en esos términos sin conocerme de nada. Parece que no te has parado a pensar qué es lo que pueden significar tus palabras para mí. Yo no soy un pedazo de mierda con el que puedes jugar y luego tirar. Si no te metes la lengua en el culo…

Interrumpió San, acercando su cara a la del tipo; eran los dos de la misma altura, centímetro arriba o abajo.

—Mira, capullo, has entrado aquí faltando al respeto a alguien que podría solucionarte los problemas de tu coche y los propios derivados de los que te produce tu coche. Me has amenazado con problemas. Me has vetado. Me has vuelto a amenazar. Encima aún no sé qué haces aquí porque te han puesto de patitas en la calle y no lo pillas; vamos a ver, si a ti te contaran esta película donde tú trabajas, ¿qué coño pensarías? Capullo. No, no digas ni una puta palabra más, pírate de aquí echando hostias. Y no mires para atrás. Soy San. —Y tocándose las dos narices le dijo—: Y tú estás en la calle.

San se separó y se dirigió a la oficina. El tipo abrió la puerta del cadillac y se metió en él, giró el contacto y lo arrancó; salió del taller. San lo vio irse cuando recibía la mirada inmisericorde de perdonavidas que le hizo el tipo aquel cuando salía. En una mueca con la boca, San le dijo: «Bye, bye, capullo».

San terminó su jornada laboral a las tres de la tarde, salió del taller y fue a por su coche; Larry no tardaría en llegar: siempre salía unos minutos más tarde que él. Cuando levantó la vista de camino a su Plymouth y vio el dorado, y apoyado en él, al tipo, San se preparó para lo peor; no era la primera vez que se encontraba en aquella tesitura, contrajo músculos y siguió andando.

Cuando pasó por su lado se quedó mirando y siguió andando; entonces, una frase le hizo parar.

—Vale, tú ganas, me he equivocado y lo siento, pero solo te pediré una cosa: no me llames capullo.

—Vale, tío, tú ganas; mañana empiezo a las siete, pásate —le dijo San.

La mañana siguiente el tipo estaba allí, incluso aparecía mucho antes de las siete. San abrió el gran portón que daba paso al taller; al momento estaba Willy por allí. Entre los dos pusieron todo a funcionar; Lou llegaría a las nueve para abrir el concesionario. San se puso a hablar con Willy.

—Sal y entra el dorado; mételo en el foso uno.

—Enseguida, San.

Un par de minutos después Willy entró con el dorado. San ya estaba en el foso. Cuando paró Willy el coche, San empezó con los frenos.

Un par de horas o tres después, San llamó a Willy para que lo sacara.

Entró el tipo al taller y vio a San preparando el parte como vio ayer hacer. La factura la prepararía Lou, que ya había llegado hace un rato. San salió de la pequeña oficina. Se dirigió al tipo.

—Yo no soy nadie para decirte esto pero si sigues haciendo con el coche esos viajes a Miami y a New York, terminarás por joderlo del todo.

—¿Cómo?

—Ya me has oído, conmigo no te hagas el tonto, soy bastante más listo que tú y sé mucho de mecánica. El doble compartimento que llevas justo encima del eje trasero para esconder la droga, terminará por joderte el eje trasero, que soporta el peso extra de la droga que cargas. Por eso, al llevar el peso localizado encima del eje, este ejerce una presión sobre la dirección, esta se suaviza, y se dilata como cuando se estira demasiado una goma, y al producirse eso, los frenos no pueden frenar mejor porque ya de por sí el tamaño de los tambores del dorado es un poco escaso. Con el sobrepeso se hace el coche un bólido, donde los frenos se sobrecalientan y no frenan lo suficiente. Por eso cuando de verdad necesitas frenar das bandazos de un lado para otro.

—Si es por eso, llevas dos horas debajo del coche; en diez minutos sería suficiente.

—Te he cambiado zapatas y te he ajustado al máximo la dirección, pero te volverá a pasar. Deberás llevar cuidado o cargar menos.

El tipo lo estuvo mirando un rato. Pero al final habló San.

—Además deberías ser mucho más agradecido; podía haber llamado a la poli y ahora estarías en la comisaría dando explicaciones.

Ücretsiz ön izlemeyi tamamladınız.

Türler ve etiketler

Yaş sınırı:
0+
Hacim:
480 s. 1 illüstrasyon
ISBN:
9788413868660
Telif hakkı:
Bookwire
İndirme biçimi:

Benzer kitaplar