Kitabı oku: «El infame», sayfa 3
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Hay que poner mano dura, si no, estos mocosos nos van a terminar mandando. Lo que importa acá es mantener el principio de autoridad: si se pierde, se acaba el sentido de la educación y mejor nos dedicamos a vender biblias como los evangélicos, o a dar la lata como los mormones; también es importante la convivencia, no podemos ser tan inflexibles, además es cierto que el Día del Alumno estaba en el programa que nosotros mismos aprobamos el año pasado, cuando se presentaron las candidaturas, quizá debimos leerlo antes de aprobarlo, dijo Cucharita; leer las pelotas, no pueden mandar ellos, si ahora decidimos que no hay Día del Alumno o Día de la Madre, no hay no más, no debemos darles ninguna explicación de nada, si nos descuidamos con eso uno de estos días nos van a querer ordenar sobre cómo enseñar o las cosas que debemos poner en el currículum, ¿se imaginan?, ¿o les vamos a preguntar qué libro quieren leer o si quieren aprender Química o Matemáticas?; el deporte lo escogen ellos y no ha pasado nada terrible, es más, nos va bastante bien, recuerden la última Olimpiada Marista en que salimos segundos en fútbol, si no hubiera sido por el penal que se perdió el Negro Mura, Negro de mierda, sabía que se le iba a ir el penal; si no tuvo la culpa, nadie más se atrevió a tirarlo, además en los entrenamientos los hacía todos; por suerte no mató un cernícalo el Negro culiao, con su perdón hermano Fernando, pero es que me acuerdo y me da rabia, por poco y le ganamos al Alonso de Ercilla, que siempre nos andan hueveando que somos huasos y que valemos hongo; el deporte es diferente, señor Rodríguez, además también están las selecciones y en esas no entra cualquiera, da lo mismo si un alumno quiere correr con una pelota en los pies o en la mano con tal que corra, el deporte no importa, dijo Morales; ¿cómo que no importa?, ¿no celebraste acaso cuando le ganamos al O’Higgins en fútbol?, el deporte levanta la moral y mejora el rendimiento académico de los alumnos, además los identifica con su colegio mucho más que las Matemáticas o las Ciencias, dijo Jara; ya bueno, que sigan escogiendo el deporte, no nos referimos a eso, lo importante es que no podemos aceptar que los alumnos se inmiscuyan en decisiones que nos corresponden exclusivamente a nosotros; hay que expulsar inmediatamente a todos los del Centro de Alumnos y cesar sus funciones hasta nueva orden, dijo el hermano Teófilo, tengo información confiable de que fueron ellos quienes instigaron y planificaron la acción subversiva; primero nos tendría que revelar su fuente, Teófilo, dijo el hermano Calixto; eso nunca, es mi deber proteger su integridad y mantener su lealtad en el futuro; si no nos revela su fuente no podemos tomar en serio sus acusaciones; les aseguro que es cien por ciento confiable; entonces no habrá problemas en revelarla; no confío en todos los profesores, ¿quién me dice que el Centro de Alumnos no fue instigado desde dentro de la plana docente?; ¿desconfía de nosotros, hermano?; no están los tiempos para fiarse de nadie, en la confianza está el peligro; pero confía en su contacto; tampoco me fío de él, sin embargo en esta ocasión me parece lo mejor, ¿qué opina, hermano Fernando?, ha estado callado hace rato; me parece que la idea de Álvarez es la mejor, obligar a todo el tercero y el cuarto medio a firmar una carta donde declaren su arrepentimiento por el daño ocasionado, y su intención de abstenerse en el futuro de desafiar a la autoridad del colegio, así los conminamos al arrepentimiento; solo los obligamos a firmar, dijo Cucharita; para los padres es lo mismo, dijo el Guatón Lalo, están preocupados por la falta de autoridad en el colegio, los exalumnos dicen que ya no somos los de antes, que ahora los muchachos hacen lo que quieren con nosotros, desde que usted, hermano Fernando, nos obligó a reducir los castigos físicos a lo mínimo posible, ahora solo podemos hacerlos correr o castigarlos al sol, unos buenos azotes es lo que les hace falta, o imponer el Rasputín del que nos habló el hermano Teófilo, eso sí que impondría respeto, ¿cuándo nos había pasado esto antes?, a mí, mis profesores me enderezaron con unos buenos azotes y nada que me traumé; era solo una recomendación, dijo el hermano Fernando, hay estudios modernos que señalan que los apremios físicos no son beneficiosos para el proceso de aprendizaje; esos estudiosos de ahora nunca han tenido que lidiar con adolescentes salvajes como los nuestros, la letra con sangre entra, hermano Fernando, señaló el Mono Velázquez, a ver cuánto aguantarían esos modernos en una sala de un colegio de monjas, no les doy ni diez minutos, Morales dijo que no siempre eran necesarios los golpes, que a veces los alumnos respondían a otro tipo de presión, aunque en todo caso había que sacar a las manzanas podridas para que no se pudriera el cajón; ¿y quiénes son las manzanas podridas?, preguntó el hermano Teófilo, ¡los del Centro de Alumnos!, se respondió solo, nunca debimos dejar que la elección se nos escapara de las manos, el Centro de Alumnos debiera ser designado por la dirección; eso, ¿desde cuándo que los colegios son una democracia?, reclamaba el Condoro Álvarez, somos nosotros los que sabemos lo que está bien y lo que está mal; ¿cómo podemos estar tan seguros si ni nosotros estamos de acuerdo en todo?, dijo Cucharita; con todo respeto, eso debiera zanjarlo usted, hermano Fernando, que para eso es el rector, dijo alguien, pero el hermano Fernando ya tenía la cabeza en otro lado.
El hermano Fernando se retiró cansado y confuso a su celda, dudaba de su vocación de director, era un estudioso de la pedagogía, tenía un doctorado en la Universidad Católica, por eso lo habían nombrado rector siendo tan joven, desde el seminario se había destacado por su carisma especial y sus dotes artísticas, se sabía el Quijote prácticamente de memoria, y se decía que representaba las obras de Lope de Vega como ninguno, y que tampoco se le daba mal caracterizar a Segismundo o a Hamlet, en realidad siempre quiso ser actor pero se sentía feo y sin gracia; en su infancia tranquila en tierras vascas, protegido por una familia culta con ideas modernas, nunca imaginó que a los cincuenta años terminaría dirigiendo un colegio en el fin del mundo, en un valle asombrosamente parecido a los lugares que sabía de memoria por los periplos del manchego caballero andante, casi como una caricatura de las mismas, donde de poco y nada le iban a servir el dominio perfecto del latín y el griego, y su canto gregoriano iba a causar las risas de los chiquillos y los comentarios malintencionados de las secretarias del colegio. Después de la guerra, su familia decidió que una buena forma de ocultar o purgar su pasado republicano era convirtiendo a su primogénito en sacerdote. Le costó bastante convencer a la mamá que mejor eran los hermanos maristas, que además de consagrarse eran profesores, fue lo más cercano a la actuación que pudo encontrar; ya en Salamanca, además de las clases de literatura española, tomó todos los cursos de teatro que pudo, incluso uno de Brecht que se dictaba un poco a la mala, y aunque en el seminario creyeran que estaba loco, decía que era para mejorar su manejo de grupo, que hacer una clase era en realidad una representación constante donde el alumno era un espectador obligado y exigente, al que había que seducir desde la entrada hasta el final, manejando los ritmos, las pausas y los tiempos, pero en realidad lo que le gustaba era actuar por actuar; pese a ello tampoco le desagradaba la idea de ser hermano marista, era una buena manera de vivir sin tener que preocuparse por comprar una casa o mantener una familia, tampoco había que pagar las cuentas ni viajar obligado en el verano a playas infestas o campos malolientes, la vida dentro de esos claustros educativos, que eran los colegios maristas, le parecía más llevadera que cualquier otra, y aunque aún no sabía mucho de Marcelino Champagnat, su tío Juan había estudiado con los frailes y le contaba maravillas de sus métodos de enseñanza, de su opción por la educación popular, además que ya andaban por varios países de África y América, y también en Asia y Oceanía; él siempre quiso conocer el África, pero en su familia le decían que era mejor América, ojalá México, que tenía una cultura tan vasta, o al Perú, mejor todavía, además los peruanos eran tan elegantes y sabían comer como nadie, lo óptimo sería que se ordenara y se fuera a hacer clases de castellano a ese colegio en Lima, donde estudiaban todos los niños bien, pero no, como los primeros conquistadores, se pasó de largo y terminó metido en Chile, estudiando en la Universidad Católica, donde casi ninguno de sus compañeros del doctorado en educación habían leído el Quijote siquiera. ¿Será posible ser doctor en educación sin haberlo leído?, se preguntaba el pobre, que no entendía todavía este país tan raro, y claro que sí se podía, ahí cayó en la cuenta de que por acá todas las cosas eran todavía posibles, fue entonces cuando comenzó a dar sus primeras clases en el Alonso de Ercilla, le encantaba representar partes de los clásicos españoles para sus alumnos en la misma sala de clase, también improvisaba a veces monólogos que se le ocurrían sobre la marcha, conoció a fondo La Araucana y le pareció tan familiar, tan vasca, tan suya que se propuso enseñarla como texto fundamental; luego más lecturas y más clases, pronto se asombraría y se obsesionaría con la poesía chilena, que juzgó como única y de las mejores que había leído, devoró todas las antologías que pudo, se pasaba tardes enteras en la Biblioteca Nacional buscando poetas nuevos y desconocidos para la mayoría, ensayaba escribir algunos versos a lo Huidobro, a lo Humberto Díaz Casanueva, se obnubiló con Nicanor Parra y se hizo amigo de algunos profesores de Castellano y de Historia con los que se juntaba en cafés y en algunos bares a conversar toda la tarde de libros y de alguna película, a él le gustaba Buñuel y el cine ruso, pero disfrutaba más todavía con las del oeste americano que lo convidaban a ver de cuando en cuando. Pronto comenzó a ser un profesor muy querido y valorado por sus estudiantes, respetado por sus colegas que veían en él una especie de sabio-bueno, lo raro era que fuera hermano marista; algunas veces se le podía ver pichangueando con los alumnos durante los recreos y acompañaba a los muchachos en sus encuentros deportivos, se volvió fanático de la Universidad Católica luego del campeonato del 66, se hizo célebre por su memoria prodigiosa que recitaba de un tirón cada una de las formaciones de los cruzados de ese año, pronto incluso le ofrecieron algunos cursos en la Universidad, pero solo aceptó hacer un monográfico del Quijote, aunque le propusieron la cátedra de Literatura Chilena Contemporánea. Fue su época más feliz, observaba de reojo la política chilena aunque simpatizaba con los frentes populares y los movimientos sociales más de izquierda, al revés de sus hermanos religiosos que admiraban sin una sombra de vergüenza la figura del general Franco, vivió con pena y angustia la caída del gobierno popular de Allende el 73, pensó en irse, pero se quedó; para el año 74 ya era subdirector en el Alonso de Ercilla y el 77, director; algunos años después y sin saber muy bien cómo, aceptó la rectoría del Instituto Chacabuco de Los Andes, colegio situado en un pueblito al norte de Santiago en el que los maristas llevaban ya casi sesenta años, un pueblo en el que no había ninguna biblioteca pública y el cine se dedicaba a pasar películas de soft porn. Creyó que podría influir positivamente en la comunidad, que su sola presencia llevaría las bondades de la cultura y la educación a ese grupito de campesinos y mineros pasmados, y ahora de pronto se veía comandando una caterva de profesores ramplones y curas reaccionarios, preguntándose quién cresta lo había mandado a pudrirse en ese pueblo de mierda, decidiendo si echar o no a esos pendejos pelotudos, que de puro aburridos, se les había ocurrido hacer un paro bajo su rectoría… eso y otras cosas pensaba camino a su celda, el bueno del hermano Fernando.
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Por la tarde había que hacer el vía crucis, los muchachos tenían que caminar por las distintas estaciones donde se les explicaba la pasión de Cristo y cómo se había sacrificado por todos nosotros. Por supuesto el Cura Cordero llevaba el crucifijo y el resto lo seguía en silencio interrumpido por murmullos y conversaciones de algunos más aburridos, todo era conducido y explicado por alumnos de cursos más grandes, la mayoría del Eje y otros de Marcha. El Guatón Díaz hablaba de la importancia de hacer penitencia y ofrecerla a Dios, que la gracia no era dejar de comer carne sino hacer cosas con sentido como todos los que estaban ahí, mientras los hermanos disfrutaban de unas machas y unas reinetas con vino blanco en el patio de los naranjos y se regocijaban del éxito de la jornada, pensaban que de ahí tendrían que salir las nuevas vocaciones maristas, ¿acaso no habían escuchado al señor Cordero?, estaba pintado para hermano, y que el Guatón Díaz también podría e incluso algunos del Centro de Alumnos, como el Vela o el Montenegro, que pese a todo, eran tan caballeros y tan cristianos, solo el hermano Fernando no participaba del almuerzo y se encerraba en su celda a orar, el resto departía amigablemente un bajativo de manzanilla con pisco.
Después venían las dinámicas y los juegos, rondas que tenían que organizar los Scouts, todo supervisado por la atenta mirada de Morales y Cucharita que disfrutaban viendo los avances de sus pupilos. El Mono y el Condoro vigilaban la disciplina, pero la verdad es que los jóvenes en apariencia se portaban a las mil maravillas, así es que mejor se dedicaban a mirar a las muchachas que habían venido a la jornada, todas con su mejor pinta para impresionar a los niños lindos de la ciudad, solo que en la jornada los que brillaban eran los otros: los feos, guatones, desgarbados, flacuchentos y espinilludos, ahora era que tenían su momento de gloria, su pasaporte a la fama, o al pololeo; ¡Al hechicero yo le fui a preguntar, chana na na, cuál es la reina de mi corazón, chana na na, y el hechicero me respondió: u i u ah, ah bim bam barabarabimbam, u i u ah ah, bim barabiribimbam!, y todos danzaban contentos alrededor de la fogata que habían armado el Enfermo y el Gato, luego de bajarse un litro de escudo cada uno, mientras los otros andaban de vía crucis. Después se le ofrecía la palabra a los jóvenes, el Sapo Laguna lloró por su adicción de tres meses a la marihuana y el Acuña lo consolaba diciéndole que él también había sucumbido: dos piteadas en la fiesta de mechoneo, el Cura los abrazaba a los dos como perdonándolos y el resto los miraba conmovidos, el Mono pensaba que esto era genial para su cruzada contra las drogas y el Condoro que bueno que vengan estos exalumnos a contar su experiencia; ¡son unos valientes!, ¡ojalá existieran más como ustedes y cambiaríamos el mundo, abran todos los ojos y encuéntrense con la verdad, como hijos pródigos del colegio debemos hacer una fiesta en su honor, esta es su fiesta!, gritaba el Cura y los Scouts métale echándole leña a la pira y que el tallarín y el sapito lericrik, lericroak.
La entrada al otro día era a las ocho de la mañana, bien temprano porque había que salir a recolectar comida por la ciudad; buenos días, venimos del Instituto Chacabuco a recolectar comida para los pobres y necesitados; ¿les sirven unos tallarines?; todo sirve para aliviar el hambre de los pobres, respondía el Cura; ¡puta, los hueones cagaos!, opinaba el Guaja, la media casita y un puro paquete de fideos, mejor vamos donde mi abuela que tiene comida como para un regimiento completo; no hay que juzgar a la gente, Gonzalo, ¿dónde vive tu abuela?; unas cuadras más abajo, y también podemos ir donde mi mamá, seguro nos da más cosas; también podemos ir a mi casa, dijo Daniela, allá mi papá me tiene una canasta familiar completa; mejor repartámonos todos por los barrios de cada uno, así sacamos más cosas, nos juntamos en el colegio a las once, mandató Pablo. Así, el grupo de Cordero se dividió y se fueron a saquear las alacenas de sus respectivas casas y las de sus vecinos, el Cura se quería ir con Marisol o con Cata, pero Daniela se lo llevó de un ala para su casa, el pobre pensó que podría pasar y agarrar algo más que comida, pero su eventual suegra los esperó en la puerta, les sirvió unas galletitas con café y no les sacó los ojos de encima, quería saber de primera mano cómo lucía la maravilla del pueblo, mientras los felicitaba por ser tan buenos y por no andar por ahí perdiendo el tiempo como la mayoría de los jóvenes de su edad, que solo pensaban en el carrete y hasta en política. Con esa fórmula resultaron ser uno de los grupos que más comida llevó, lo que los hermanos adjudicaron al liderazgo indiscutible que Cordero ejercía entre los alumnos, ya no solo del Instituto, sino de toda la ciudad.
Inmediatamente la comida fue separada y ordenada en cajas por familia, las subieron a unas camionetas que prestaban los mismos apoderados y partieron en dirección de la población La Junta, o el pueblo sin ley, como era conocida por todos en Los Andes. Llegaron en masa a preguntarles cómo estaban, cuáles eran sus problemas y otras cantinelas, los más osados tomaban a los niños en brazos y jugaban con ellos; otros, con mal disimulado desprecio y temiendo pegarse piojos, se agrupaban en algún rincón lejos de los pobres. Cordero se dedicaba a las tareas organizativas y de logística, algo así como un director de obra, ordenaba llevar esas cajas para allá, poner esos pañales por acá, los juguetes acullá. Así se evitaba el fastidio de las conversaciones interminables, improductivas e incómodas entre los ayudantes y ayudados; ¿cómo se llama usted, señora?; Aureliana, mijita, ¿y usted?; Rosario, estamos en una jornada de Semana Santa y venimos a verlos, entregarles nuestro cariño y ayuda, aunque sea poquito...; si ya es harto, mi linda, que se acuerden de nosotros, mire que yo tengo cinco niños (a veces los niños eran más grandes que los papás y hasta al Juan hubo que sacarlo de la cárcel, por esa vez que se le ocurrió traer pasta del norte), y la cosa está tan remala ahora, mi linda, si ya no hay pega en ninguna parte, y todo tan recaro que está; pero ahora ya no está más sola, mire, hay harta gente que se preocupa de ustedes...; claro, si nosotros siempre le estamos rezando a Dios para que nos ayude, mijita, mire que la fe es lo más grande que tiene uno; sí, con la ayuda de Dios y la Virgen siempre se puede salir adelante, la niña que hablaba recibió un puntapié en la canilla, el Guaja le murmuró con disimulo; son evangélicos, no creen en la Virgen; no alcanza a terminar la frase cuando la señora ya le está respondiendo; claro, pero nosotros no creemos en eso porque Dios es uno solo, y no hay que distraerse con falsas imágenes, porque el señor Dios es uno con Cristo, porque yo le tengo fe a Cristo pero a los curas ni una cosa oiga, mire que a veces dicen una cosa y andan haciendo otra; nosotros respetamos todas las creencias, señora, contesta otro joven, conciliador; ¿pero vienen de allá de los curas, cierto?; pertenecemos a la Pastoral Juvenil Católica de Los Andes, pero no tenemos problemas en compartir con todos aunque no estemos de acuerdo, respondió la primera niña; claro, porque acá en la iglesia nos enseñan que no se puede andar idolatrando a gente que es como igual que una no más, mire que le voy a tener que contarle los pecados a un cura, que es pecador igualito que yo no más; eso se llama secreto de confesión, y no lo puede saber nadie, además hay sacerdotes que son rebuenas personas y no me parece apropiado tratarlos como uno más, porque ellos son mucho mejores que todos nosotros juntos, dijo el Guaja, que se había picado; en ese momento el silencio se apoderó de la escena, solo salvó la situación la entrada a la casa del mismísimo hermano Fernando en persona, bonachón y despistado como era; ¡muchachos, en qué estáis!, ¡oh, buenos días, señora, veo que estáis compartiendo con los muchachos, lo encuentro fantástico!, pero debéis marchar a descargar el otro camión que viene ahí, adiós, señora…; Aureliana, señora Aureliana; adiós, señora Aureliana, un placer estar en su casa, pero debo robarle a los chiquillos. Se despide apurado el hermano que no entendió nada y salieron todos de ahí; canutos culiaos, alegó Guaja, ni porque los vienen a ayudar; no seas así, son sus creencias y hay que respetar; ¡pero que respeten ellos también entonces!, como si no costara andar toda la mañana pidiendo huevás pa estos hueones malagradecidos, además, ¿viste a los hijos?, yo los vi resanitos a los hueones, de más podrían ir a trabajar, eso es lo que me carga de la gente pobre, que son flojos, esperan que puro los ayuden, pero si les ofrecen trabajo, ahí sí que no quieren; ahora te pusiste fascista, ahueonao, respondió Rosario que ya conocía la política, y que luego fue una connotada dirigenta estudiantil del Liceo Max Salas; yo no soy ni una huevá, pero el otro día mi papá le ofreció cortar el pasto a un mendigo que pasó pidiendo plata y no quiso, eso te demuestra que los pobres son todos una manga de flojos, el que no trabaja en Chile es porque no quiere.
Cordero, que no se metía en disputas, saludaba cordial pero rapidito como quien está ocupado de cosas más importantes. En la toma había casi puras mujeres con sus hijos todos a pata pelada y llenos de mocos. Algunos viejos tísicos sentados en butacas de cine sacadas de quién sabe dónde, abrían el primer tarro de cerveza del día, algunos hombres agarraban baldes y se procuraban agua del río Aconcagua para cocinar e incluso para beber, las mujeres bregaban duro. Para la mayoría de los jóvenes esa era la primera vez que veían la pobreza de cerca, y eso que La Junta quedaba solo a tres kilómetros del centro de la ciudad, que era muy pequeña; la idea había sido del hermano Fernando, con la férrea oposición del hermano Teófilo y el hermano Hernán, pero a los profesores les había gustado, tampoco ellos conocían la toma, algunos ni siquiera sabían dónde quedaba, eso sí hubo que hablar con los carabineros para que echaran una mirada, no iba a ser cosa que les pasara algo a los niños y luego se fueran al carajo las jornadas de Semana Santa, que eran prácticamente la única conexión que quedaba entre el colegio y la comunidad, la única ocasión en la que a los mochos los odiaban un poco menos.
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