Kitabı oku: «El príncipe roto»
EL PRÍNCIPE ROTO
Los Royal. Libro 2
ERIN WATT
Traducción de Tamara Artega y Yuliss M. Priego
EL PRÍNCIPE ROTO
V.1: mayo, 2017
Título original: Broken Prince
© Erin Watt, 2016
© de la traducción, Tamara Arteaga, 2017
© de la traducción, Yuliss M. Priego, 2017
© de esta edición, Futurbox Project, S. L., 2017
Todos los derechos reservados.
Diseño de cubierta: Meljean Brook
Publicado por Oz Editorial
C/ Mallorca, 303, 2º 1ª
08037 Barcelona
info@ozeditorial.com
www.ozeditorial.com
ISBN: 978-84-16224-68-5
IBIC: YFM
Conversión a ebook: Taller de los Libros
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser efectuada con la autorización de los titulares, con excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita utilizar algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47).
El príncipe roto
Secretos. Traición. Enemigos.
El mundo de los Royal se viene abajo.
Reed Royal lo tiene todo: es guapo, está forrado y es popular. Las chicas hacen cola para salir con él, y los chicos sueñan con ser él. Pero a Reed solo le importa su familia… hasta que Ella Harper llega a su vida.
El odio que siente hacia la joven se convertirá en un sentimiento completamente distinto… Reed quiere a Ella. La necesita. Sin embargo, un estúpido error hará que todo su mundo se desmorone. Ella no quiere estar con Reed. Dice que se destruirán el uno al otro. Y tal vez tenga razón…
Si Reed quiere recuperar a su princesa, tendrá que demostrar que es digno de ella.
«Una historia adictiva con unos personajes complejos e increíbles. Cuando termines de leerlo, no podrás evitar buscar cuándo sale El palacio maldito.»
Hypable
«Una trepidante y extraordinaria continuación para La princesa de papel que te dejará con la boca abierta. Siéntate y disfruta de una gran experiencia literaria con El príncipe roto.»
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Para los fans a los que les encanta esta saga
tanto como a nosotras.
CONTENIDOS
Portada
Página de créditos
Sobre El príncipe roto
Dedicatoria
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
Capítulo 34
Agradecimientos
Sobre la autora
Capítulo 1
Reed
La casa está a oscuras y en silencio cuando me adentro en el vestíbulo que hay junto a la cocina. Casi un kilómetro cuadrado de casa y está desierta. De repente, una sonrisa aparece en mis labios. Mis hermanos están desperdigados por algún lugar, la señora de la limpieza no está y no tengo ni idea de dónde puede estar mi padre, así que mi chica y yo tenemos la mansión Royal para nosotros solos.
De puta madre.
Cruzo la cocina trotando y subo las escaleras traseras. Espero que Ella me esté esperando arriba, en su cama, ataviada con una de mis viejas camisetas que se ha agenciado para dormir. Está tan guapa y tan sexy con ellas… Lo cierto es que preferiría que solo llevara puesta una de esas camisetas… Acelero el paso y dejo atrás mi habitación, la de Easton y el antiguo dormitorio de Gid hasta llegar a la puerta del cuarto de Ella. Para mi gran decepción, está cerrada. Llamo, pero no obtengo respuesta. Con el ceño fruncido, saco el móvil del bolsillo trasero de mis pantalones y le mando un mensaje.
«Dnd stas, nena?»
No contesta. Me doy golpecitos en la pierna con el teléfono. Probablemente esté fuera con Valerie esta noche. Lo cierto es que me alegro en parte, porque me vendría bien darme una ducha antes de verla. Los chicos han estado fumando mucha hierba en casa de Wade y no quiero que su habitación apeste a maría.
Nuevo plan. Me ducharé, me afeitaré y saldré de casa en busca de mi chica. Me quito la camiseta, la arrugo en la mano y abro la puerta de mi habitación, sin ni siquiera molestarme en encender la luz. Me quito los zapatos y camino por encima de la moqueta en dirección al baño que hay dentro de mi dormitorio.
La huelo antes de verla.
¿Qué co…?
Un pestilente aroma a rosas penetra en mis fosas nasales y me acerco a la cama.
—¿Es coña? —pregunto cuando vislumbro la oscura figura que hay sobre el colchón.
Irritado, me dirijo a la puerta y enciendo la luz. Me arrepiento al instante, porque el tenue resplandor amarillo que inunda mi habitación revela las curvas desnudas de una mujer con la que no quiero tener nada que ver.
—¿Qué cojones haces aquí? —espeto a la exnovia de mi padre.
Brooke Davidson me ofrece una sonrisa coqueta.
—Te he echado de menos.
Abro la boca, sorprendido. ¿Va en serio? Me asomo al pasillo para asegurarme de que Ella todavía no ha llegado. Luego, me dirijo directamente a la cama.
—Fuera de aquí —gruño a la vez que le agarro por la muñeca y tiro de ella con fuerza para sacarla de la cama. Mierda, ahora tendré que cambiar las sábanas, porque si hay algo que apeste más que la cerveza barata y la hierba, es Brooke Davidson.
—¿Por qué? Nunca te habías quejado hasta ahora. —Se relame los labios de color carmín. Estoy seguro de que lo hace con la intención de parecer sexy, sin embargo, a mí solo me revuelve el estómago. Hay muchos secretos de mi pasado que Ella no conoce. Secretos que le provocarían náuseas . Y la mujer que tengo justo delante de mí es uno de ellos.
—Recuerdo perfectamente haberte dicho que no quería volver a tocarte, zorra.
La sonrisa engreída de Brooke se vuelve rígida.
—Y yo te he dicho que no me hables así.
—Te hablo como me da la gana —suelto.
Vuelvo a mirar hacia la puerta. Estoy tan desesperado que he empezado a sudar. Brooke no puede estar aquí cuando Ella vuelva a casa.
¿Cómo coño se lo explicaría? Bajo la mirada hasta la ropa de Brooke, desperdigada por el suelo: un vestido diminuto, lencería de encaje y un par de tacones de aguja.
Casualmente, mis zapatos han aterrizado junto a los suyos. Sin duda, parece una escena un tanto erótica.
Recojo los tacones de Brooke del suelo y los lanzo a la cama.
—Sea lo que sea que intentes venderme, no lo quiero. Sal de aquí de una puta vez.
Entonces, me tira de nuevo los zapatos. Uno de los tacones me araña el pecho antes de caer al suelo.
—Oblígame.
Me aprieto la nuca con una mano. No se me ocurre qué puedo hacer para librarme de ella, aparte de levantarla en brazos y sacarla de aquí a la fuerza. ¿Qué mierda le digo a Ella si me pilla sacando a Brooke de mi dormitorio?
«Hola, nena, no te preocupes. Estoy sacando la basura. Verás, me acosté con la novia de mi padre un par de veces, y, ahora que han cortado, creo que quiere volver a meterse en mi cama. No es para nada enfermizo, ¿verdad?», diría, con una sonrisita incómoda.
Aprieto los puños, con los brazos a ambos costados. Gideon siempre me decía que era alguien autodestructivo, pero, joder, esto ya roza niveles estratosféricos. Todo esto es culpa mía. Dejé que la rabia que sentía hacia mi padre me llevara directo a la cama de esta zorra. Me convencí de que se merecía que me follara a su novia a sus espaldas por lo que le había hecho a mamá.
Bueno, pues, ahora el karma me la ha devuelto.
—Vístete —susurro—. Esta conversación se ha acabado… —Me detengo al oír unas pisadas en el pasillo.
Entonces, oigo que alguien me llama.
Brooke ladea la cabeza. También lo ha oído.
Mierda. Mierda. Mierda.
La voz de Ella resuena al otro lado de la puerta de mi habitación.
—Ay, genial. Ella ya ha llegado —dice Brooke, aunque los latidos de mi corazón me ensordecen—. Tengo noticias que quiero compartir con los dos.
Puede que lo que estoy a punto de hacer sea una completa estupidez, pero en estos momentos solo pienso en cómo deshacerme de ella. Necesito que esta mujer se marche.
Así que lo tiro todo al suelo y me abalanzo sobre ella. La agarro por el brazo y tiro de ella para sacarla de la cama, pero la muy zorra se resiste y me hace caer encima de ella. Evito entrar en contacto con su cuerpo desnudo, pero, al final, pierdo el equilibrio. Brooke se aprovecha de la situación y se coloca contra mi espalda. Emite una suave risa con la boca junto a mi oído mientras sus tetas de plástico me queman la piel.
Entonces, observo, petrificado, como el pomo se gira.
—Estoy embarazada, y el bebé es tuyo —susurra Brooke.
¿Qué?
De repente, siento que mi mundo se detiene.
La puerta se abre. Observo el precioso rostro de Ella, que fija la vista en el mío, y contemplo cómo la expresión de felicidad de su cara se torna en sorpresa.
—¿Reed?
Me quedo completamente inmóvil, aunque mi cerebro está trabajando frenéticamente para recordar cuándo fue la última vez que Brooke y yo estuvimos juntos. Fue el Día de San Patricio. Gid y yo estábamos pasando el rato en la piscina. Él se emborrachó. Y yo también. Gid estaba muy enfadado por algo relacionado con papá, Sav, Dinah y Steve. No lo entendí todo.
Oigo vagamente la risita de Brooke. Tengo la mirada fija en el rostro de Ella, aunque, en realidad, no lo veo. Debería decir algo, pero no lo hago. Estoy ocupado. Estoy entrando en pánico y pensando.
San Patricio… Subí las escaleras tambaleándome y me quedé dormido enseguida. Me desperté al notar que alguien estaba chupándome la polla. Sabía que no era Abby, porque ya había roto con ella, y no era del tipo de chica que se colaría en mi dormitorio. ¿Y quién soy yo para rechazar una mamada gratis?
Ella abre la boca y dice algo. No oigo nada. La culpa y el odio que siento hacia mí mismo me han invadido y no soy capaz de deshacerme de la sensación. Lo único que hago es mirarla. Mi chica. La chica más guapa que he visto en mi vida. No puedo apartar la vista de ese pelo dorado ni de esos enormes ojos azules que me suplican que le dé una explicación.
«Di algo», ordeno a mis poco colaboradoras cuerdas vocales.
Pero mis labios no se mueven. Siento una caricia fría contra el cuello y me encojo.
Di algo, joder. No dejes que se vaya…
Demasiado tarde. Ella sale escopetada de la habitación.
El estridente portazo me saca de mi ensoñación. Más o menos. Todavía soy incapaz de moverme. Apenas puedo respirar.
San Patricio… Eso fue hace más de seis meses. No sé mucho de embarazos, pero a Brooke apenas se le nota. Ni de coña.
Ni de coña.
Ese bebé no es mío ni de coña.
Me levanto de la cama ignorando mis manos temblorosas y salgo corriendo en dirección a la puerta.
—¿En serio? —dice Brooke, visiblemente divertida—. ¿Vas a ir tras ella? ¿Cómo vas a explicarle esto, cielo?
Me giro, furioso.
—Te juro por Dios que, como no salgas de mi habitación, te echaré a patadas.
Papá siempre ha dicho que un hombre que levanta la mano a una mujer se rebaja a la altura de sus pies. Por eso nunca he pegado a ninguna. Nunca he sentido la necesidad de hacerlo, hasta que conocí a Brooke Davidson.
Ella ignora mi amenaza. Continúa provocándome, pronunciando en voz alta todos mis miedos.
—¿Qué mentiras le contarás? ¿Que nunca me has tocado? ¿Que nunca me has deseado? ¿Cómo crees que va a responder esa chica cuando averigüe que te has tirado a la novia de tu querido papi? ¿Crees que seguirá deseándote?
Miro hacia el umbral de la puerta, ahora vacío. Oigo unos sonidos amortiguados que proceden de la habitación de Ella. Quiero salir pitando de aquí, pero no puedo. No mientras Brooke siga en casa. ¿Y si sale desnuda y dice que está embarazada y que yo soy el padre? ¿Cómo se lo explicaría a Ella? ¿Cómo conseguiría que me creyera? Brooke tiene que marcharse antes de enfrentarme a Ella.
—Fuera —digo, y descargo toda mi frustración en Brooke.
—¿No quieres saber el sexo del bebé primero?
—No. No quiero.
Examino su cuerpo desnudo y esbelto, y atisbo un ligero montículo en su vientre. De repente, la boca se me llena de bilis. Brooke no es de las que engordan. Su apariencia es su única arma. Así que la zorra no miente sobre lo de estar embarazada.
Pero ese niño no es mío.
Puede que sea de mi padre, pero mío seguro que no.
Abro la puerta de un tirón y salgo.
—Ella.
No sé qué voy a decirle, pero es mejor que no decir nada. Sigo maldiciéndome por haberme quedado en blanco de esa manera. Dios, estoy fatal.
Me detengo de golpe junto a la puerta de su habitación. La inspecciono con presteza, pero no encuentro nada. Luego lo oigo: el sonido grave y ronco del motor de un coche deportivo al revolucionarlo. Siento que el pánico se apodera de mi cuerpo y me precipito a bajar las escaleras principales mientras Brooke se ríe a carcajadas a mis espaldas cual bruja en Halloween.
Me abalanzo sobre la puerta de la entrada sin recordar que está cerrada con llave. Para cuando consigo abrirla, ya no hay ni rastro de Ella fuera. Debe de haberse marchado de aquí a toda velocidad. Mierda.
Las piedras bajo mis pies me recuerdan que solo voy vestido con unos vaqueros. Doy media vuelta y subo los escalones de tres en tres; no obstante, me detengo en seco cuando Brooke aparece en el descansillo.
—Es imposible que sea mío —gruño. Si lo fuera de verdad, Brooke habría mostrado esta carta hace mucho tiempo en lugar de guardársela hasta ahora—. Tampoco creo que sea de mi padre. Si lo fuera, no estarías desnuda como una puta barata en mi habitación.
—Es de quien yo diga que es —responde con frialdad.
—¿Qué pruebas tienes?
—No me hacen falta. Es mi palabra contra la tuya, y para cuando lleguen las pruebas de paternidad, ya tendré un anillo en el dedo.
—Buena suerte…
Me agarra del brazo cuando intento pasar por su lado.
—No me hace falta suerte. Te tengo a ti.
—No. Nunca me has tenido. —Me deshago de ella—. Voy a buscar a Ella. Puedes quedarte aquí todo el tiempo que quieras, Brooke. Ya me he cansado de jugar a tus jueguecitos.
El gélido tono de su voz me detiene antes de que llegue a mi dormitorio.
—Si consigues que Callum me pida matrimonio, le diré a todo el mundo que el hijo es suyo. Si no me ayudas, todos creerán que es tuyo.
Me quedo inmóvil en el umbral de la puerta.
—La prueba de ADN demostrará que no es mío.
—Quizá —gorjea—, pero el ADN dirá que es de un Royal. Esas pruebas no siempre diferencian entre parientes, sobre todo entre padres e hijos. Será suficiente para sembrar la duda en Ella. Así que, deja que te haga una pregunta, Reed: ¿quieres que le diga al mundo, a Ella, que vas a ser padre? Porque lo haré. Si no, siempre puedes aceptar mis términos y nadie se enterará nunca.
Vacilo.
—¿Qué te parece mi oferta?
Me rechinan los dientes.
—Si lo hago, si le vendo esta… esta… —Lucho por encontrar la palabra adecuada—… esta idea a mi padre por ti, ¿dejarás en paz a Ella?
—¿A qué te refieres?
Me giro hacia ella lentamente.
—Me refiero a que no volverás a molestar a Ella con tus mierdas, zorra. No hablarás con ella, ni siquiera para explicarle esto… —Hago un aspaviento para señalar su cuerpo, ahora oculto bajo la ropa—. Le sonreirás, le dirás hola, pero nada de conversaciones profundas.
No confío en esta mujer, pero si puedo conseguir un buen acuerdo para Ella —y sí, también para mí—, lo haré. Papá ya ha estado en el infierno. Puede volver a vivir en él.
—Vale. Ocúpate de tu padre, y tú y Ella podréis tener vuestro final feliz. —Brooke ríe a la vez que se inclina para recoger su vestido—. Si es que eres capaz de recuperarla.
Capítulo 2
Dos horas después, entro en pánico. Ya ha pasado la medianoche y Ella todavía no ha regresado.
¿Por qué no vuelve a casa para gritarme? Necesito que me diga que soy un cabrón y que no la merezco. Ver que echa fuego por los ojos y que se enfrente a mí. Necesito que me chille, que me dé patadas y me pegue puñetazos.
La necesito, joder.
Echo un vistazo al móvil. Han pasado horas desde que se marchó. Marco su número, pero solo da tono. No contesta.
Otro tono y me redirige al buzón de voz.
Le mando un mensaje.
«Dnd stas?»
No recibo respuesta.
«Papá sta preocupado».
Escribo esa mentira con la esperanza de que me responda, pero el teléfono permanece en silencio. A lo mejor ha bloqueado mi número. Solo el hecho de pensar en esa posibilidad me duele, pero no es una completa locura, así que me precipito hacia el interior de la casa y subo a la habitación de mi hermano. Ella no puede habernos bloqueado a todos.
Easton sigue dormido, pero tiene el teléfono cargando en su mesita de noche. Lo enciendo y escribo otro mensaje. A Ella le gusta Easton. Pagó su deuda. A él sí le responderá, ¿verdad?
«Hola. Reed m ha contado q ha pasado algo. Stas bien?»
Nada.
A lo mejor ha aparcado al final de la calle y se ha ido a pasear por la playa. Me meto el móvil de mi hermano en el bolsillo por si acaso decide ponerse en contacto con él y bajo las escaleras corriendo en dirección al patio trasero.
La playa está completamente vacía, así que marcho trotando hasta la propiedad de los Worthington, que está cuatro casas más abajo. Tampoco está allí.
Miro a mi alrededor, hacia las rocas que bordean la costa, hacia el mar, pero no veo nada. Ni un alma. No hay ninguna huella en la arena. Nada de nada.
La frustración da paso al miedo cuando me precipito de vuelta a casa y me subo al Range Rover. Busco a tientas el botón de arranque y doy golpecitos contra el salpicadero con el puño rápidamente. Piensa. Piensa. Piensa.
En casa de Valerie. Debe de estar en casa de Valerie.
Llego allí en menos de diez minutos, pero no hay rastro del descapotable deportivo azul de Ella en la calle. Dejo el motor del Rover encendido y salgo para acercarme a la puerta. El coche de Ella tampoco está allí.
Vuelvo a echar un vistazo al teléfono. Ningún mensaje. Tampoco en el móvil de Easton. En la pantalla aparece una notificación que me recuerda que tengo entrenamiento de fútbol americano en veinte minutos. Ella debería de estar de camino a la pastelería en la que trabaja. Normalmente vamos juntos. Incluso después de que mi padre le regalara el coche, íbamos juntos en el mío.
Ella decía que era porque no le gustaba conducir. Yo le dije que era peligroso conducir por la mañana. Los dos mentimos. Nos mentimos porque ninguno de los dos estaba dispuesto a admitir la verdad: no éramos capaces de resistirnos el uno al otro. Al menos eso es lo que me pasaba a mí. Desde el momento en que puso un pie en mi casa, con esos ojos grandes y llenos de esperanza, no pude mantenerme alejado de ella.
Mis instintos me decían a gritos que Ella solo me traería problemas. Pero se equivocaban. Yo era quien le traería problemas a ella. Y sigo haciéndolo.
Reed el Destructor.
Sería un apodo cojonudo si no fuera porque lo que estoy destrozando es mi propia vida y la de Ella.
El aparcamiento de la pastelería está vacío. Después de pasar cinco minutos aporreando la puerta del establecimiento sin cesar, la dueña —creo que se llama Lucy— aparece con el ceño fruncido.
—No abrimos hasta dentro de una hora —me informa.
—Soy Reed Royal. Ella es… —¿Qué soy? ¿Su novio? ¿Su hermanastro? ¿Qué?—… mi amiga. —Joder, si ni siquiera soy su amigo—. ¿Está aquí? Ha ocurrido una emergencia familiar.
—No, no ha venido. —Lucy frunce todavía más el ceño, visiblemente preocupada—. La he llamado, pero no ha respondido. Es muy buena empleada, así que he pensado que estaba enferma y que no ha podido llamar para avisar de que no vendría.
Se me cae el alma a los pies. Ella no ha faltado ni un solo día al trabajo, ni siquiera cuando tenía que levantarse al amanecer para trabajar tres horas antes de que empezaran las clases.
—Ah, vale, entonces estará en casa —murmuro mientras retrocedo.
—¡Espera un momento! —grita Lucy—. ¿Qué pasa? ¿Sabe tu padre que Ella ha desaparecido?
—No ha desaparecido, señora —respondo, ya a medio camino de mi coche—. Está en casa. Como ha dicho, enferma. En cama.
Salgo del aparcamiento y llamo a mi entrenador.
—No voy a poder ir al entrenamiento. Ha ocurrido una emergencia familiar.
Ignoro las palabrotas que me grita el entrenador Lewis. Al cabo de unos minutos, se calma y añade:
—Vale, Reed. Pero te espero mañana a primera hora con el uniforme puesto.
—Sí, señor.
Vuelvo a casa una vez más y veo que nuestra ama de llaves ya ha llegado para preparar el desayuno.
—¿Has visto a Ella? —pregunto a la morena rolliza.
—No… —Sandra echa un vistazo al reloj—. A estas horas, ni ella… ni tú soléis estar en casa. ¿Ha ocurrido algo? ¿No tienes entrenamiento?
—El entrenador ha tenido una emergencia familiar —miento.
Se me da genial mentir. Se convierte en algo natural cuando te ves obligado a esconder la verdad a todas horas.
Sandra chasquea la lengua.
—Espero que no sea nada grave.
—Yo también —respondo—. Yo también.
Subo las escaleras y echo un vistazo en la habitación de Ella. Debería haber comprobado que no estaba ahí antes de salir corriendo de la casa. A lo mejor ha entrado a hurtadillas mientras la buscaba. Pero el dormitorio está en completo silencio. La cama sigue hecha. El escritorio, vacío.
Miro su cuarto de baño, que también parece impoluto. Igual que el armario. Todas sus prendas cuelgan de perchas de madera a juego. Sus zapatos están colocados en una línea perfecta en el suelo. Hay cajas y bolsas todavía cerradas y llenas de ropa que Brooke probablemente eligiera para ella.
Me obligo a no sentirme mal por invadir su intimidad y abro los cajones de su mesita de noche: están vacíos. Ya rebusqué en su habitación una vez, cuando todavía no confiaba en ella, y siempre tenía un libro de poesía y un reloj de hombre en la mesita de noche. El reloj era una réplica exacta del de mi padre. El suyo había pertenecido al mejor amigo de mi padre, Steve, el padre biológico de Ella.
Me detengo en medio de la habitación y miro a mi alrededor. No hay nada que indique que esté aquí. No hay ni rastro de su teléfono. Ni de su libro. Ni de su… Joder, no, su mochila tampoco está.
Salgo corriendo de su cuarto en dirección al de Easton.
—East, despierta. ¡East! —digo con brusquedad.
—¿Qué? —gime—. ¿Ya es hora de levantarse? —Parpadea un par de veces antes de abrir los ojos y bizquea—. Mierda. Llego tarde al entrenamiento. ¿Por qué no estás allí ya?
Sale de la cama rápidamente, pero lo agarro de un brazo antes de que se escape.
—No vamos a ir al entrenamiento. El entrenador lo sabe.
—¿Qué? ¿Por qué…?
—Olvídate de eso ahora mismo. ¿A cuánto ascendía tu deuda?
—¿Mi qué?
—¿Cuánto le debías al corredor de apuestas?
Parpadea en mi dirección.
—Ocho mil. ¿Por qué?
Hago cuentas mentalmente.
—Eso significa que a Ella le quedan como dos mil, ¿verdad?
—¿Ella? —Frunce el ceño—. ¿Qué ha pasado?
—Creo que se ha ido.
—¿Adónde?
—No lo sé, pero creo que ha huido —gruño. Me aparto de la cama y me acerco a la ventana—. Papá le pagaba por quedarse aquí. Le dio diez mil. Piénsalo, East. Tuvo que pagarle diez mil dólares a una huérfana que se desnudaba para ganarse la vida para que accediera a venir a vivir con nosotros. Y probablemente fuese a pagarle lo mismo cada mes.
—¿Por qué querría marcharse? —pregunta, confundido y medio dormido todavía.
Sigo mirando por la ventana. En cuanto el sueño desaparece de su rostro, ata cabos.
—¿Qué le has hecho?
Sí, vamos allá…
El suelo cruje mientras da vueltas por la habitación. Lo oigo murmurar improperios detrás de mí mientras se viste.
—No importa —respondo con impaciencia. Me giro y le hago una lista de todos los lugares en los que he estado—. ¿Dónde crees que puede estar?
—Tiene bastante para pagar un billete de avión.
—Pero tiene mucho cuidado a la hora de gastar dinero. Apenas ha gastado nada mientras ha estado aquí.
Easton asiente, pensativo. Luego nuestras miradas se encuentran y hablamos al unísono, casi como si fuésemos nosotros los gemelos, y no nuestros hermanos, Sawyer y Sebastian.
—El GPS.
Llamamos al servicio de GPS de la Atlantic Aviation, cuyos dispositivos instala mi padre en todos los coches que compra. La útil asistente nos dice que el nuevo Audi S5 está aparcado cerca de la estación de autobuses.
Salimos por la puerta antes de que empiece a darnos la dirección.
***
—Tiene diecisiete años. Es más o menos así de alta. —Coloco la mano a la altura del mentón mientras describo a Ella a la mujer que hay tras el mostrador—. Es rubia. Con ojos azules. —Unos ojos como el océano Atlántico. Grises y azulados, profundos. Me he perdido en esa mirada más de una vez—. Se dejó el móvil. —Levanto mi teléfono—. Tenemos que dárselo.
La mujer chasquea la lengua.
—Ah, sí. Tenía prisa por irse. Compró un billete a Gainesville. Su abuela ha muerto.
Tanto East como yo asentimos.
—¿A qué hora salió el autobús?
—Hace horas. Debe de haber llegado ya. —La vendedora sacude la cabeza con consternación—. Lloraba como si le hubiesen roto el corazón. Eso ya no se ve. Los jóvenes ya no suelen preocuparse por los mayores de esa forma. Fue algo muy dulce. Me sentí fatal por ella.
East aprieta los puños a mi lado. Irradiaba ira. Estaba seguro de que, si estuviésemos solos, uno de esos dos puños iría directo a mi cara.
—Gracias, señora.
—De nada, cielo —dice, y se despide de nosotros con la cabeza.
Salimos del edificio y nos detenemos junto al coche de Ella. Tiendo la mano y Easton me coloca de golpe las llaves de repuesto en la palma.
Dentro, encuentro su llavero en el salpicadero, junto con su libro de poesía y lo que parecen ser los papeles del coche metidos entre sus páginas. Encuentro su móvil en la guantera. En la pantalla aparecen las notificaciones de los mensajes sin leer que le he enviado.
Se ha marchado y ha dejado atrás todo lo que podía recordarle a los Royal.
—Tenemos que ir a Gainesville —dice Easton con un tono de voz monocorde.
—Lo sé.
—¿Se lo vamos a decir a papá?
Informar a Callum Royal de algo así implicaría poder utilizar un avión para buscarla. Llegaríamos a Gainesville en una hora. Si no, nos espera un camino de seis horas y media en coche.
—No sé. —La urgencia por encontrarla ha disminuido. Ahora sé dónde está. Puedo llegar hasta ella. Solo tengo que decidir qué dirección tomar.
—¿Qué has hecho? —pregunta de nuevo mi hermano.
No estoy preparado para todo el odio que va a dirigirme si se lo cuento, así que permanezco en silencio.
—Reed.
—Me pilló con Brooke —contesto con voz ronca.
Se queda boquiabierto.
—¿Brooke? ¿La Brooke de papá?
—Sí —respondo, y me obligo a enfrentarme a Easton.
—¿Qué coño…? ¿Cuántas veces te has liado con Brooke?
—Un par —admito—. Pero no he estado con ella últimamente. Y menos anoche. No la toqué, East.
Aprieta la mandíbula. Se muere por darme un puñetazo, pero no lo hará. No en público. Mamá nos decía lo mismo a los dos. «Chicos, mantened el nombre de los Royal impoluto. Es muy fácil destrozar una buena reputación; lo difícil es mantenerla».
—Deberían colgarte por los huevos hasta que se te sequen. —Escupe a mis pies—. Como no encuentres a Ella y la traigas de vuelta, seré el primero en la cola para hacerlo.
—Me parece justo.
Intento permanecer calmado. Es inútil ponerse nervioso. No tiene ningún sentido volcar el coche. Es inútil gritar, aunque me esté muriendo por abrir la boca y deshacerme de toda la ira y el odio que llevo dentro.
—¿Justo? —Resopla con desagrado—. ¿Entonces no te importa una mierda que Ella esté en una ciudad universitaria y que unos borrachos la puedan estar manoseando?
—Es una superviviente. Estoy seguro de que estará a salvo. —Mis palabras suenan tan ridículas que prácticamente doy una arcada tras pronunciarlas. Ella es una chica preciosa, y está sola. Quién sabe lo que podría pasarle—. ¿Quieres que llevemos su coche de vuelta a casa antes de irnos a Gainesville?
Easton se queda mirándome con la boca abierta.
—¿Y bien? —pregunto, impaciente.
—Claro. ¿Por qué no? —Me quita las llaves de la mano—. Ya ves, ¿a quién le importa que sea una tía buena de diecisiete años, que esté sola y que lleve casi dos mil dólares en efectivo? —Aprieto los puños—. Ningún drogadicto hasta las cejas de metanfetamina va a mirarla y pensar: «Es una chica fácil. Esa muchacha de metro y medio, que pesa menos que mi pierna, no podrá conmigo…» —Me empieza a costar respirar—. Y estoy seguro de que todos los tíos con los que se encuentre tendrán buenas intenciones. Ninguno intentará arrastrarla hasta un callejón oscuro y forzarla hasta que…
—¡Cierra la puta boca! —espeto.
—Por fin. —East levanta las manos en el aire.
—¿A qué te refieres?
Estoy prácticamente jadeando de la rabia que siento. Las escenas que Easton me ha hecho imaginar con sus palabras han provocado que desee ser Hulk para ir corriendo hasta Gainesville y destrozar todo lo que encuentre a mi paso hasta dar con ella.
—Has estado actuando como si no te importara lo más mínimo. A lo mejor tú estás hecho de piedra, pero a mí me gusta Ella. Era… era buena para nosotros. —Su pena es casi tangible.
—Lo sé. —Easton me saca las palabras a regañadientes—. Lo sé, joder. —Se me cierra la garganta hasta el punto de dolerme—. Pero… nosotros no éramos buenos para ella.
Gideon, nuestro hermano mayor, intentó dejármelo claro desde el principio. «Aléjate de ella. No necesita involucrarse en nuestras mierdas. No arruines su vida como yo arruiné la de…»
—¿Y eso qué se supone que significa?
—Lo que has oído. Somos tóxicos, East. Todos nosotros. Me acosté con la novia de papá para vengarme de él por haber sido tan cabrón con mamá. Los gemelos están metidos en asuntos de los que no quiero saber absolutamente nada. Tu afición al juego se te está yendo de las manos. Y Gideon es… —Me detengo. Gid está viviendo su propio infierno ahora mismo, pero no es algo que Easton deba saber—. Estamos mal de la olla, tío. Quizá Ella esté mejor sin nosotros.
—Eso no es verdad.
Por mucho que diga que no, yo creo que sí. No somos buenos para ella. Lo único que Ella quería era una vida normal y corriente. No puede tener eso en la casa de los Royal.
Si no fuera del todo egoísta, me alejaría. Convencería a East de que lo mejor para Ella es alejarse tanto como pueda de nosotros.
En cambio, permanezco en silencio y pienso en lo que voy a decir cuando la encontremos.
—Vamos. Tengo una idea.
Me giro y me dirijo a la entrada.
—Creía que íbamos a Gainesville —murmura East a mi espalda.
—Esto nos evitará hacer el camino en coche.
Vamos directos a la oficina de seguridad, donde le doy cien pavos al guardia y él nos da acceso a las grabaciones de las cámaras de seguridad de la estación de Gainesville. El tipo rebobina la cinta hasta el momento en el que el autobús de Bayview aparece. El corazón me da un vuelco mientras examino a los pasajeros. Entonces se me cae el alma a los pies cuando me percato de que ninguno de esos pasajeros es Ella.
—¿Qué cojones…? —suelta East cuando salimos de la estación diez minutos después—. La mujer del mostrador nos dijo que Ella iba en ese autobús.
Tengo la mandíbula tan apretada que apenas soy capaz de pronunciar una palabra.
—A lo mejor se bajó en una parada distinta.
Entonces, regresamos al Rover y nos montamos en él.
—¿Y ahora qué? —pregunta con los ojos abiertos como platos de forma amenazante.
Me paso la mano por el pelo. Podríamos conducir y detenernos en todas las paradas de la ruta, pero sospecho que sería como buscar una aguja en un pajar. Ella es inteligente, y está acostumbrada a huir, a irse de una ciudad cuando es necesario y rehacer su vida. Lo ha aprendido de su madre.
De repente, siento náuseas al pensar en la posibilidad. ¿Buscará trabajo en otro club de striptease? Sé que Ella hará lo necesario para sobrevivir, pero me hierve la sangre al pensar que puede que se desnude delante de un montón de pervertidos salidos.
Tengo que encontrarla. Si algo le pasa porque la he ahuyentado, no seré capaz de vivir con el remordimiento.
—Nos vamos a casa —anuncio.
Mi hermano parece sorprendido.
—¿Por qué?
—Papá tiene un investigador en nómina. Él será capaz de encontrarla mucho antes que nosotros.
—Papá se volverá loco.
Claro que se volverá loco. Y yo lidiaré con las consecuencias lo mejor que pueda, pero ahora mismo, encontrar a Ella es mi única prioridad.
Capítulo 3
Tal y como predijo Easton, papá se queda lívido cuando le decimos que Ella se ha marchado. Llevo veinticuatro horas sin dormir y estoy demasiado agotado como para enfrentarme a él esta noche.
—¿Por qué coño no me habéis llamado antes? —espeta mi padre.
Se pasea por el enorme salón de la mansión, taconeando en el brillante suelo de madera con sus zapatos de miles de dólares.
—Creímos que la encontraríamos sin necesidad de acudir a ti —respondo con sequedad.
—¡Soy su tutor legal! Tendríais que habérmelo dicho. —La respiración de mi padre se vuelve irregular—. ¿Qué has hecho, Reed?
Su mirada furiosa me atraviesa. No está mirando a East, ni a los gemelos, que están sentados en el sofá con una idéntica expresión de preocupación en el rostro. No me sorprende que papá haya decidido culparme a mí. Sabe que mis hermanos siguen mi ejemplo, que el único Royal que podía conseguir que Ella se marchara soy yo.
Trago saliva. Mierda. No quiero que sepa que Ella y yo nos liamos en sus narices. Quiero que se centre en encontrarla, no distraerlo con la noticia de que su hijo se ha enrollado con su nueva pupila.
—Reed no ha hecho nada.
La calmada confesión de Easton me deja patidifuso. Miro a mi hermano, pero él tiene los ojos fijos en nuestro padre.
—Yo soy la razón por la que se ha ido. Tuvimos un problema con mi corredor de apuestas la otra noche. Le debía dinero, y Ella se asustó. El tío no es lo que se dice muy simpático, ya sabes a qué me refiero…
La vena en la frente de mi padre parece estar a punto de estallar.
—¿Tu corredor de apuestas? ¿Otra vez te has metido en esa mierda?
—Lo siento —dice Easton, encogido de hombros.
—¿Que lo sientes? ¡Has arrastrado a Ella a uno de tus marrones y la has asustado tanto que ha huido!
Papá se acerca a mi hermano y yo me interpongo al instante en su camino.
—East ha cometido un error —intervengo con voz firme y evitando la mirada de mi hermano. Ya le daré después las gracias por haber cargado con la culpa, pero ahora mismo hay que calmar a nuestro viejo—. Pero ya está hecho, ¿verdad? Deberíamos concentrarnos en encontrarla.
Mi padre relaja los hombros.
—Tienes razón. —Asiente y su expresión se endurece—. Voy a llamar a mi investigador privado.
Sale hecho una furia del salón sin pronunciar ni una palabra más; sus pasos firmes hacen eco en el pasillo. Un momento después, oímos como la puerta de su estudio se cierra de un portazo.
—East…
Mi hermano se gira y me lanza una mirada mortífera.
—No lo he hecho por ti. Lo he hecho por ella.
Se me cierra la garganta.
—Lo sé.
—Si papá se enterase de… —Se detiene y mira con cautela a los gemelos, que no han dicho nada durante toda la conversación—. Eso lo distraería.
—¿Crees que el investigador privado encontrará a Ella? —pregunta Sawyer.
—Sí —respondo con una convicción que realmente no siento.
—Si utiliza el carné de identidad de su madre, la encontraremos sin problema —asegura East a nuestro hermano menor—. Si se las apaña para conseguir uno falso… —Hunde los hombros con derrota—. … no sé.
—No puede esconderse para siempre —comenta Seb en un intento de ayudar.
Sí, sí que puede. Es la persona con más recursos que he conocido nunca. Si Ella quiere permanecer escondida, lo hará.
El teléfono me vibra en el bolsillo. Lo cojo apresuradamente, pero no es la persona que quiero que sea. La bilis me sube por la garganta cuando leo el nombre de Brooke.
«Un pajarito me ha dicho que tu princesa se ha ido».
—¿Ella? —pregunta East, esperanzado.
—Brooke. —Al pronunciar su nombre, siento que me quema la lengua.
—¿Qué quiere?
—Nada —murmuro justo cuando otro mensaje aparece en la pantalla.
«Callum debe de haberse vuelto loco. Pobre hombre. Necesita a alguien que lo consuele».
Aprieto la mandíbula y los dientes me rechinan. La sutileza no es lo suyo, eso está claro.
Debido al revuelo de la búsqueda de Ella, no me he permitido pensar en el embarazo de Brooke y en el trato al que llegué con ella anoche. Ahora ya no puedo ignorarlo, porque los mensajes continúan llegando.
«Tienes trabajo que hacer, Reed».
«Me lo prometiste».
«Respóndeme, ¡imbécil!»
«¿Quieres ser papi? ¿Es eso?»
Joder. Ahora mismo no tengo tiempo para esto. Me trago la rabia y me obligo a responder.
«Relájate, zorra. Hablaré con él».
—¿Qué quiere? —repite Easton enfadado.
—Nada —vuelvo a decir. Luego los dejo a él y a los gemelos en el salón y me dirijo al estudio de mi padre.
No quiero hacerlo. De verdad que no quiero hacerlo.
Llamo a la puerta.
—¿Qué pasa, Reed?
—¿Cómo has sabido que era yo? —pregunto en cuanto abro la puerta.
—Porque cuando Gideon no está, tú eres el líder de la feliz banda de hermanos.
Papá apura su vaso lleno de whisky escocés mientras alarga el brazo para volver a rellenarlo. Y yo me pregunto por qué no soy capaz de separar a Easton de una botella…
Suspiro.
—Creo que deberías llamar a Brooke.
Mi padre se detiene cuando está a punto de quitar el tapón a la botella de whisky.
«Sí, ya me has oído, viejo. Y créeme, yo estoy tan sorprendido como tú», digo mentalmente.
Al ver que no responde, me obligo a ir un paso más allá.
—Cuando traigas a Ella de vuelta, vamos a necesitar ayuda. Alguien tiene que hacer de parachoques. —Doy una arcada al pronunciar las siguientes palabras—. Necesitaremos la presencia de una mujer, supongo. Ella estaba muy unida a su madre. A lo mejor si Brooke hubiese estado más por aquí, Ella no se habría ido.
Mi padre frunce el ceño.
—Creía que odiabas a Brooke.
—¿Cuántas veces quieres que diga que soy un idiota?
Esbozo una lánguida sonrisa, pero mi padre permanece impasible.
—Quiere un anillo, y yo no estoy preparado para eso.
Gracias a Dios. Supongo que el alcohol no le ha nublado todo su buen juicio.
—No tienes que casarte con ella. Solo… —Me humedezco los labios con la lengua. Esto es muy duro, pero sigo adelante porque he hecho un trato. No puedo permitirme que Brooke diga a la gente que ese puto bebé es mío—. Solo quiero que sepas que no pasa nada si aceptas que vuelva de nuevo. Lo entiendo. Necesitamos gente de la que preocuparnos. Que se preocupe por nosotros.
Al menos, eso sí es cierto. El amor de Ella me ha hecho creer que podía ser una mejor persona.
—Eso es muy generoso por tu parte —dice mi padre con brusquedad—. Y… joder, a lo mejor tienes razón. —Juguetea con el vaso lleno—. La encontraremos, Reed.
—Eso espero.
Me dedica una sonrisa forzada y yo salgo de la habitación. Cuando la puerta se está cerrando, lo oigo coger el teléfono y decir:
—Brooke, soy Callum. ¿Tienes un minuto?
Le mando un mensaje enseguida.
«Hecho. No le digas lo del bebé. Eso solo lo distraería».
Me devuelve un mensaje con un emoji de un pulgar hacia arriba. La funda de metal se me clava en los dedos cuando agarro el teléfono con más fuerza. Tengo que hacer acopio de toda mi voluntad para no arrojarlo contra la pared.
Capítulo 4
—Reed. —Valerie Carrington se acerca a mí en el jardín trasero del colegio. Su melena, que le llega a la altura de los hombros, se mueve con el frío viento otoñal—. Espera.
Me detengo a regañadientes. Doy media vuelta y me topo con un par de ojos oscuros que me atraviesan. Val tiene la misma estatura que un duende, aunque tiene un aspecto bastante amenazador. Nos vendría bien alguien en nuestra línea ofensiva con esa aproximación tan directa.
—Llego tarde al entrenamiento —murmuro.
—No me importa. —Se cruza de brazos—. Deja de jugar conmigo. Si no me dices qué le ha pasado a Ella, te juro por Dios que llamaré a la policía.
Han pasado dos días desde que Ella se marchó y todavía no hemos tenido noticias del investigador privado. Papá nos ha obligado a venir a clase como si no hubiera ocurrido nada en absoluto. Le dijo al director que Ella estaba enferma y que se quedaría en casa hasta recuperarse, que es lo mismo que le digo ahora a Val.
—Está en casa, enferma.
—Y una mierda.
—Es verdad.
—Entonces ¿por qué no me dejáis verla? ¿Por qué no me devuelve las llamadas ni los mensajes? ¡Ni que tuviera el cólera! Solo es la gripe… y hay vacunas para eso. Debería poder ver a sus amigos.
—Callum la tiene básicamente en cuarentena —miento.
—No te creo —espeta—. Creo que algo va mal, pero muy mal, y si no me dices lo que es, voy a darte una patada en las pelotas, Reed Royal.
—Está mala y necesita recuperarse, en casa —repito—. Tiene la gripe.
Valerie abre la boca, pero la cierra al instante. Luego, la vuelve a abrir y chilla, exasperada.
—Eres un mentiroso.
Lleva a cabo su amenaza y me da un rodillazo en las pelotas.
Un dolor agonizante me atraviesa.
—Me cago en la puta.
Me lloran los ojos mientras me agarro mis partes nobles, y Valerie se marcha sin pronunciar palabra alguna.
Oigo una risa detrás de mí. Estoy gimiendo, todavía con los testículos en la mano, cuando Wade Carlisle llega a mi lado.
—¿Qué has hecho para merecerte eso? —pregunta con una sonrisa—. ¿Rechazarla?
—Algo así.
Se pasa una mano por el pelo rubio.
—¿Vienes a entrenar conmigo o vamos primero a por hielo?
—No, voy contigo, imbécil.
Nos dirigimos al gimnasio; yo, cojeando y él, desternillándose. El gimnasio está reservado únicamente para el equipo de fútbol americano de tres a seis, lo cual me deja tres horas para entrenar hasta que el cuerpo y la mente dejen de funcionar por completo. Y eso es exactamente lo que hago. Levanto pesas hasta que me duelen lo brazos y me siento exhausto.
Cuando llego a casa por la noche, voy a la habitación de Ella y me tumbo en su cama. Cada vez que entro, el aroma de su piel que impregna el dormitorio es más tenue. Sé que eso también es culpa mía. East asomó anoche la cabeza en la habitación y dijo que el cuarto apestaba a mí.
Es cierto que toda la casa apestaba. Brooke ha estado aquí todas las noches desde que Ella se fue, pegada a mi padre, pero sin apartar la vista de mí. De vez en cuando, baja la mano disimuladamente hasta el vientre a modo de advertencia, como si quisiera decirme que, si me paso de la raya, puede soltar la bomba del embarazo en cualquier momento. El bebé debe de ser de mi padre, lo cual significaría que es mi medio hermano o hermana, pero no sé qué hacer con esa información o cómo procesarla. Solo sé que debo hacerme a la idea de que Brooke está aquí y Ella no; la señal perfecta de que todo mi mundo está patas arriba.
***
El día siguiente es más de lo mismo.
Me muevo por inercia, voy a clase y me siento sin escuchar ni una sola palabra de lo que dicen los profesores y, luego, me dirijo al campo de fútbol para asistir al entrenamiento que tengo por la tarde. Por desgracia, repasamos jugadas, así que no puedo placar a nadie.
Esta noche jugamos en casa contra el Devlin High, cuya línea ofensiva se rompe como un juguete barato tras un pequeño golpe. Podré apalear a su quarterback. Podré jugar hasta no sentir nada. Y, con suerte, cuando vuelva a casa, estaré demasiado agotado como para obsesionarme con Ella.
Ella me preguntó una vez si peleaba por dinero. No lo hago por eso. Peleo porque me gusta. Me encanta la sensación de dar un puñetazo en la cara a alguien. Ni siquiera me importa el dolor que siento cuando otro me asesta un golpe. Es una sensación real. Aunque nunca lo he necesitado. Nunca he necesitado nada de verdad hasta que Ella llegó a mi vida. Ahora que no está a mi lado me cuesta respirar.
Llego hasta la puerta trasera del edificio justo cuando un grupo de tíos sale de golpe. Uno de ellos me pega un empujón en el hombro y luego espeta:
—Mira por dónde vas, Royal.
Me tenso cuando cruzo la mirada con Daniel Delacorte, el cabrón que drogó a Ella el mes pasado en una fiesta.
—Me alegro de volver a verte, Delacorte —digo arrastrando las palabras—. Me sorprende que un violador como tú siga en Astor Park.
—No debería —responde con desdén—. Al fin y al cabo, aceptan a todo tipo de escoria.
No sé si se refiere a mí o a Ella.
Antes de responder, una chica pasa entre nosotros con las manos en la cara. Sus altos gimoteos nos distraen temporalmente a Daniel y a mí, y ambos observamos cómo se precipita hacia un Wolkswagen Passat blanco que hay en el aparcamiento de estudiantes y se mete dentro.
Daniel se gira hacia mí con una sonrisa de suficiencia.
—¿No es esa la novia de los gemelos? ¿Qué ha pasado? ¿Ya se han cansado de engañarla?
Me giro y vuelvo a mirar a la chica, pero está claro que no es Lauren Donovan. Esta es rubia y esbelta. Lauren es pelirroja y menuda.
Devuelvo la atención a Daniel y lo miro con desdén.
—No sé de qué me estás hablando.
La relación de los gemelos con Lauren es retorcida, pero es asunto suyo. No voy a ofrecer más munición a Delacorte para que ataque a mis hermanos.
—Por supuesto que no. —Esboza una media sonrisa—. Los Royal estáis todos enfermos. Los gemelos comparten novia. Easton se folla a todo lo que se mueve. Tú y tu padre metéis la polla en la misma olla… ¿tu viejo y tú comentáis lo que os parece Ella? Apuesto a que sí.
Aprieto los puños con los brazos junto a mis costados. Puede que darle una paliza a este gilipollas me haga sentir bien, pero su padre es juez y sospecho que me costaría bastante salir de rositas tras una demanda por agresión respaldada por los Delacorte.
La última vez que me metí en una pelea en el Astor, mi padre me amenazó con mandar a los gemelos a una academia militar. Pudimos solucionarlo todo porque unos cuantos chicos estuvieron dispuestos a jurar que el otro tipo fue quien empezó todo. No recuerdo si fue así o no. Lo único que recuerdo es que dijo que mi madre era una puta drogata que se suicidó para deshacerse de mí y de mis hermanos. Tras eso, lo único que vi fue rojo.
—Ah, y he oído que tu papi ha dejado preñada a la huerfanita de Ella —se jacta Daniel, que está en racha—. Callum Royal es un pedófilo. Apuesto a que a la junta directiva de Atlantic Aviation le encantará saberlo.
—Vas a desear haber cerrado la puta boca —le advierto.
Me abalanzo sobre él, pero Wade aparece de repente a mi lado y me aleja de Daniel.
—¿Qué vas a hacer, pegarme? —me provoca—. ¿Acaso has olvidado que mi padre es juez? Te meterán en chirona tan rápido que la cabeza te dará vueltas.
—¿Tu padre sabe que la única forma que tienes de liarte con una tía es drogándola?
Wade empuja a Daniel hacia atrás.
—Pírate, Delacorte. Nadie te quiere por aquí.
Daniel es un idiota integral, porque no le hace caso.
—¿Crees que no lo sabe? Ya ha comprado a otras tías antes. Tu Ella no hablará, a lo mejor porque siempre tiene la boca llena de vuestras pollas, Royal.
Wade levanta el brazo para contener mi ataque. Si solo fuera Wade, habría podido quitármelo de encima. Pero otros dos chicos del equipo aparecen y agarran a Daniel. El tío continúa hablando mientras lo alejan a rastras.
—¡Entérate, Royal! ¡Has perdido el control que tenías sobre el colegio! Tu reinado llegará pronto a su fin.
Como si eso me importara una mierda.
—Céntrate —advierte Wade—. Esta noche tenemos partido.
Me deshago de él.
—Ese hijo de puta intentó violar a mi chica.
Wade parpadea.
—¿Tu chica…? Espera, ¿te refieres a tu hermana? —Se queda boquiabierto—. Joder, tío, ¿estás liado con tu hermana?
—No es mi hermana —gruño—. Si ni siquiera nos hemos tocado…
Me separo de Wade de un empujón y observo con los ojos abiertos de par en par como Daniel sube a su coche. Supongo que el cabrón no aprendió la lección cuando Ella y un par de amigas suyas lo desnudaron y ataron en venganza por lo que le hizo.
La próxima vez que nos crucemos, no se irá de rositas tan fácilmente.
***
Mientras el entrenador comenta algunos cambios de última hora con Wade, nuestro quarterback, yo me envuelvo metódicamente una mano con esparadrapo, y luego la otra. Mi ritual antes de un partido ha sido el mismo desde que empecé en el programa juvenil de fútbol americano Pop Warner, y por norma general, me ayuda a centrarme y a prestar atención solo a lo que ocurre en el campo.
Me visto, me vendo las manos con esparadrapo y escucho unas cuantas canciones. Hoy me toca 2 Chainz.
Pero esta noche el ritual no funciona. Solo pienso en Ella. Sola. Hambrienta. Aterrorizada por hombres en un club de striptease o en la calle. Las escenas que Easton me describió en la estación de autobuses siguen reproduciéndose en mi cabeza una y otra vez. Me imagino que la violan. Que está llorando y que busca ayuda pero no hay nadie que la escuche.
—¿Sigues con nosotros, Royal?
Una voz seca atrae mi atención y levanto la vista hasta el rostro enfadado de mi entrenador.
East me hace un gesto con el dedo. Ya es hora de terminar y salir.
—Sí, señor.
Recorremos el pequeño túnel y salimos al campo tras el jugador de polo Gale Hardesty y su caballo. Es un milagro que ninguno de nosotros haya pisado una mierda de las que ha soltado durante la exhibición.
Estampo un puño contra el otro. Easton se une a mí.
—Vamos a darle una paliza a esos cabrones.
—Por supuesto.
Estamos totalmente de acuerdo. Ninguno de nosotros es capaz de desquitarse el uno con el otro, ¿pero en el partido de hoy y con una pelea más tarde…? Con eso a lo mejor ambos conseguimos deshacernos de parte de la culpa que sentimos y seguir adelante.
Devlin High gana el sorteo y elige recibir. Easton y yo chocamos nuestros cascos y corremos hacia nuestra posición de defensa.
—¿Cuánto has pagado a los árbitros esta noche? —pregunta el receptor a la vez que me coloco frente a él. Es un bocazas. No recuerdo su nombre. Betme. Bettinski. ¿Bettman? Bueno, da igual. Miraré su camiseta en cuanto lo haya derribado de camino hacia su quarterback.
El balón sale volando y, enseguida, Easton y yo salimos corriendo para defender. El receptor apenas me toca, y East y yo estamos allí para recibir al corredor cuando finaliza el pase. Agacho la cabeza e hinco el hombro en su estómago. El balón cae y la multitud profiere un alarido enorme que se prolonga lo suficiente como para hacerme saber que alguien del Astor Park está corriendo hacia el otro campo.
Un compañero me agarra por las protecciones y me pone en pie al mismo tiempo que Easton cruza la línea de gol.
Bajo la mirada hacia el corredor y le ofrezco la mano.
—Tío, te aviso: East y yo estamos de bastante mal humor hoy y vamos a desquitarnos un poco con vosotros. A lo mejor es buena idea que se lo digas a los demás.
El chaval bajito pone los ojos como platos y Bettman se abre paso a empujones.
—Ha sido potra. La próxima vez serás tú el que se coma el suelo.
Le enseño los dientes.
—Venga, te estoy esperando.
Si recibo bastantes placajes, puede que sea capaz de sacarme a Ella de la cabeza durante más de cinco segundos.
Wade me da una palmada en el casco.
—Buen placaje, Royal —me dice para animarme cuando East baja de nuevo a nuestro campo—. ¿Vas a dejar que la ofensiva haga su trabajo, Easton?
—¿Por qué? Podemos hacerlo todo nosotros esta noche. Además, he oído que te has liado con una animadora del North High.
Wade esboza una amplia sonrisa.
—Es gimnasta, no animadora. Pero sí, si quieres marcar unas cuantas veces más, me parece bien.
Liam Hunter, a su espalda, nos dedica una mirada mortífera. Quiere jugar tanto como sea posible en este partido. Es un chico de último curso y necesita lucirse.
Por lo general, no tengo ningún problema con Hunter, pero al observar la forma en que me mira ahora mismo, quiero asestarle un puñetazo en ese mentón cuadrado que tiene. Joder. Necesito pelear con alguien.
Me quito el casco con brusquedad. Bettman sigue hablando sin parar cuando sus bloqueos no funcionan. Me acerco a él tras una jugada, pero East me aleja a rastras.
—Resérvalo para después —advierte.
Cuando llegamos al descanso, ganamos por cuatro touchdowns: uno más gracias a la defensa, y los otros dos, a la línea ofensiva. Hunter ha podido lucirse un par de veces para su reclutamiento universitario tras haber aplastado a unos cuantos hombres de la línea defensiva. Todos debemos llevarnos bien los unos con los otros.
El entrenador no se molesta en soltarnos un discurso motivador. Se pasea, nos da unas cuantas palmaditas en la cabeza y, luego, se esconde en su oficina para soñar con su alineación ideal, fumar o masturbarse; quién sabe.
Cuando los chicos empiezan a hablar sobre la fiesta postpartido y sobre a quién le van a destrozar el coño, saco el móvil.
«Pelea sta noche?», envío.
Levanto la vista hacia East y articulo: «¿Te apuntas?».
Mi hermano asiente enérgicamente. Me paso el teléfono de una mano a otra mientras espero una respuesta.
«Pelea a las 11. Muelle 10. East se apunta?».
«Sí».
El entrenador sale de su oficina y nos indica que el descanso se ha acabado. Cuando la ofensa vuelve a anotar, nos dicen que esta será la última racha de touchdowns para los titulares. Lo cual significa que nos tendremos que sentar en el banquillo durante lo que quede del tercer cuarto y el último entero. Menuda mierda.
Para cuando me coloco frente a Bettman, el gatillo que controla mi mal humor mide casi un centímetro. Hinco la mano en el césped artificial y boto.
—He oído que tu nueva hermana está tan desesperada que solo está contenta si se acuesta con dos de vosotros, Royal.
Pierdo el control. El color rojo inunda mis ojos cuando me abalanzo sobre el capullo antes de que pueda incorporarse. Le arranco el casco y lo golpeo primero con el puño derecho. El cartílago y el hueso de su nariz ceden. Bettman grita de dolor. Vuelvo a asestarle un puñetazo. Una gran cantidad de manos me apartan de un tirón antes de poder asestarle otro golpe.
El árbitro toca el silbato justo en mi cara y agita el pulgar por encima de su hombro.
—Expulsado —grita con la cara roja como un tomate.
El entrenador grita desde la banda.
—¿Dónde tienes la cabeza, Royal? ¿Dónde coño tienes la cabeza?
La tengo sobre los hombros, no me cabe la menor duda. Nadie habla de Ella de esa manera.
Regreso al vestuario vacío, me desvisto y me siento, desnudo, sobre una toalla frente a mi taquilla. Me doy cuenta de mi error en cuestión de segundos. Sin la acción del partido para distraerme, me resulta imposible no pensar en Ella otra vez.
Intento rechazar los pensamientos concentrándome en los suaves silbidos procedentes del terreno de juego, pero, al final, en mi cabeza se reproducen imágenes de ella como si se tratara del tráiler de una película.
Recuerdo el día en que llegó a casa. Estaba demasiado sexy…
Cuando bajó por las escaleras ataviada con ese modelito de niña buena para la fiesta de Jordan. Me entraron unas ganas tremendas de arrancarle la ropa y hacer que se inclinara sobre el pasamanos.
La recuerdo bailando. Joder, cómo bailaba…
Me levanto y me dirijo a las duchas. Abro el grifo del agua fría, furioso. Siento cómo la lujuria me recorre las venas y coloco la cabeza debajo del gélido chorro de agua.
Pero no sirve de nada.
La necesidad que siento no cesa. Y, joder, ¿qué sentido tiene luchar contra ella?
Me agarro el miembro y cierro los ojos para fingir que estoy de nuevo en casa de Jordan Carrington, observando cómo se mueve Ella. Su cuerpo es pecaminoso. Tiene unas piernas largas, una cintura diminuta y un torso perfecto. El sonido metálico de la música de la televisión se transforma en una canción sensual cuando me fijo en la forma en que sus caderas se balancean y en la gracilidad de sus brazos.
Me sujeto la polla todavía más fuerte. La escena salta de la casa de los Carrington a su habitación. Recuerdo su sabor en mi lengua. Lo dulce que era. La forma en que su boca dibujó una «O» perfectamente penetrable cuando se corrió por primera vez.
No duro mucho después de eso. Siento un cosquilleo en la parte baja de la espalda por culpa de la tensión y la imagino debajo de mí, con su pelo dorado contra mi piel y observándome con un deseo voraz.
Cuando mi cuerpo se relaja, el odio hacia mi persona regresa con toda su fuerza. Contemplo la mano con la que me estoy sujetando el pene en medio del vestuario. Dudo mucho que pudiera caer más bajo.
El orgasmo me vacía. Abro el grifo del agua caliente y me ducho, pero no me siento limpio.
Espero que el tío con el que voy a pelear esta noche sea el capullo más imbécil del país y que me dé la paliza que me merezco, la que Ella debería darme.
Capítulo 5
Easton y yo nos saltamos la fiesta postpartido y nos marchamos a casa para matar una hora antes de acudir a la pelea. Así, recuperaré algo de autocontrol y perspectiva cuando esté partiéndole la cara a algún tío en el muelle.
—Tengo que llamar a Claire —murmura East cuando entramos en la mansión—. Tengo que preguntarle si le apetece pasarse por aquí luego.
—¿Claire? —Frunzo el ceño—. No sabía que estuvieras con ella otra vez.
—Sí, bueno, yo no sabía que te tirabas a Brooke. Supongo que estamos en paz.
Se lleva el teléfono a la oreja y me despacha.
Me duele ver cómo me trata Easton. Desde que Ella se marchó, me ha estado tratando con extrema frialdad.
Cuando llego a la planta superior, la puerta de mi habitación está entreabierta y la sensación de déjà vu me embarga. De repente es como si reviviera la noche del pasado lunes, cuando encontré a Brooke en mi cama.
Juro por Dios que, si esa zorra vuelve a jugar conmigo, voy a perder los nervios.
Pero es a Gideon al que encuentro en mi cuarto. Está tumbado en mi cama, dando golpecitos a su teléfono. Cuando entro, me saluda con una mirada nublada.
—No pensaba que fueras a venir a casa este fin de semana —digo cautelosamente.
Le mandé un mensaje el martes para decirle que Ella había huido, pero he ignorado todas sus llamadas esta semana. No estaba de humor para lidiar con sus momentos de culpabilidad.
—Eso te habría gustado, ¿eh?
—No sé de qué me hablas.
Evito mirarlo a los ojos mientras me quito la camiseta de manga corta y la reemplazo por otra sin mangas.
—Y una mierda. Has evitado esta conversación desde que Ella se marchó. —Gideon se baja de la cama y se acerca a mí—. Pero ya no puedes seguir haciéndolo, hermanito.
—Mira, no es para tanto, ¿vale? Ella y yo estamos… —¿Estábamos?—…juntos. ¿Y qué?
—Si no es para tanto, ¿por qué me lo ocultaste? ¿Por qué me tuve que enterar por East? ¿Y en qué coño estabas pensando cuando te enrollaste con ella? No necesitamos que nadie más se meta en nuestras mierdas…
—Tus mierdas —lo interrumpo y, al instante, me arrepiento, porque se encoge de dolor como si le hubiese pegado.
—Cierto —murmura—. Mis mierdas. Supongo que fue una estupidez pensar que mi hermano me cubriría las espaldas.
—Y te las cubro. Sabes que sí. Pero Ella no tiene nada que ver con esto. —Siento impotencia y se me forma un nudo en la garganta—. Nuestra relación es…
Me corta con una risotada brusca.
—¿Vuestra relación? Bueno… eres un chico con suerte. Debe de ser genial. Yo también tuve una relación hace tiempo.
Me muerdo la lengua. Entiendo que esté deprimido, pero yo no soy el culpable de su situación actual. Ya se las apañó el solito.
—¿Sabes lo que tengo ahora? ¡Nada en absoluto!
Gideon parece estar a punto de arrancarse el pelo mientras da vueltas por mi habitación.
—Lo siento. —Sé que mi respuesta es totalmente inadecuada, pero es todo cuanto soy capaz de decir.
—Haces bien en sentirlo. Tienes que alejarte de Ella. Es una buena chica, y la estás destrozando.
La verdad que hay en sus palabras me quema más que su mirada sentenciosa. La culpa me come por dentro.
—Puede —contesto con voz ronca—, pero no puedo dejarla marchar.
—¿No puedes? Querrás decir que no lo vas a hacer. —El rostro de Gideon se vuelve rojo—. Olvídate de Ella.
Imposible.
—Eres un puto egoísta —susurra mi hermano cuando percibe mi negativa al mirarme a los ojos.
—Gid…
—Yo también tuve a una Ella en mi vida. Tuve a una chica con la que vi que podía tener un futuro y le rompí el corazón. Ahora está tan enfadada con el mundo que no ve las cosas con claridad. ¿Eso es lo que quieres para Ella? ¿Quieres ser nuestro puto padre? ¿Hacer que alguien se suicide de lo triste y deprimida que está?
—Ejem.
Ambos nos giramos y nos encontramos a Easton en el umbral de la puerta. Sus cautos ojos azules se fijan de forma intermitente entre Gid y yo.
—Ni siquiera voy a preguntar si interrumpo —dice—, porque ya veo que sí. Tampoco voy a disculparme.
Gideon tensa la mandíbula.
—Danos un minuto, East. Esto no te incumbe.
Nuestro hermano menor se ruboriza. Se acerca a nosotros y cierra la puerta.
—Ni de coña. No vais a darme puerta. Ya no. —East clava un dedo en el centro del pecho de Gideon—. Estoy harto de vuestros secretos y de vuestros cuchicheos. Deja que lo adivine, Gid… tú sí sabías lo que Reed hacía con Brooke.
Gid se encoge de hombros.
La mirada resentida de East se posa en mí.
—¿Qué pasa? ¿No era lo bastante importante como para formar parte de vuestro club?
Aprieto la mandíbula por la frustración que siento y los dientes me rechinan.
—No hay ningún club. Fue un error estúpido, ¿vale? ¿Y desde cuando necesitas saber con qué chicas me acuesto? ¿Estás intentando vivir a través de mi polla o algo?
Eso me gana un puñetazo en el abdomen.
Me tambaleo hacia atrás y me golpeo el hombro contra la esquina del armario. Pero no le devuelvo el golpe. East está prácticamente echando humo por la boca. Nunca lo he visto tan enfadado. La última vez que me pegó un puñetazo éramos todavía niños. Creo que discutimos por algún videojuego.
—A lo mejor debería llamar a Brooke —suelta East hecho una furia—. ¿Verdad? Porque está claro que zumbarse a la novia de papá es un requisito extraño y enfermizo para poder entrar en vuestro pequeño club VIP. Si me la tiro, no tendréis más remedio que aceptarme, ¿verdad?
Gideon responde con un silencio atronador.
Yo tampoco digo nada. No tiene sentido hablar cuando Easton está de tan mal humor.
Se pasa las dos manos por el pelo y suelta un gruñido cargado de frustración.
—¿Sabéis qué? Que os den a los dos. Seguid con vuestros secretitos y lleváoslos a la tumba. Pero no vengáis a mí cuando necesitéis que os salven el culo.
Sale de mi habitación y cierra la puerta de un portazo tan fuerte que hasta el marco tiembla. El silencio que nos envuelve a su paso es ensordecedor. Gideon parece agotado. Yo estoy nervioso. Necesito pelear. Necesito descargar todas las emociones que llevo dentro antes de que le haga daño a alguien de esta casa.
Capítulo 6
A la mañana siguiente, salgo de mi cama a rastras y mi cuerpo protesta ante el simple acto de moverse. No estaba exactamente en mi mejor forma en la pelea de anoche. Sí, la rabia me cegaba, pero no tenía la suficiente resistencia. Me llevé varios golpes que ahora a la luz del día me hacen encogerme de dolor.
El moratón en el lado izquierdo de las costillas ya está morado y verde. Rebusco en el armario para ponerme una camiseta ancha que me esconda la herida y me enfundo un par de pantalones de chándal.
Abajo, en la cocina, encuentro a Brooke sentada en el regazo de mi padre. Tan solo son las nueve y media, pero mi padre ya tiene su habitual copa de whisky escocés en la mano. Si yo estuviera follándome a Brooke, supongo que también bebería durante las veinticuatro horas de los siete días de la semana, pero joder… ¿por qué no es capaz de ver cómo es realmente?
—¿Se sabe algo del investigador privado? —pregunto a mi padre.
Él sacude la cabeza con brusquedad.
—Todavía nada.
—Me pone enferma todo esto —se queja Brooke—. Esa pobre chica está sola, quién sabe dónde… —Le acaricia la mejilla a mi padre—. Querido, tienes que hablar seriamente con Easton sobre su adicción a las apuestas. Imagínate cómo habrá tenido que ser ese corredor de apuestas para espantar a Ella de esta manera.
Brooke me mira fijamente a los ojos por encima de la cabeza de mi padre y me guiña un ojo.
Qué puta pesadilla. Me mantengo ocupado con el desayuno. Sandra se levantó temprano para preparar un montón de tostadas francesas, que ha dejado en el horno para que las devoremos, junto con una pila de beicon. Levanto mi plato y me apoyo contra la encimera, reacio a sentarme a la mesa mientras ese demonio y mi padre estén haciéndose carantoñas.
Papá se da cuenta y sienta a Brooke en la silla contigua a la suya.
—Ven y siéntate, Reed. No somos animales.
Lo atravieso con la mirada.
—¿Usas los dichos de mamá para atacarme? Eso es un golpe bajo —murmuro, y luego me arrepiento al ver como tensa la boca, dolido. Brooke tampoco parece muy feliz, pero eso es porque le encanta fingir que Maria Royal nunca existió.
—¿Quedan tostadas francesas? —La voz de Sebastian en el umbral de la puerta interrumpe lo que sea que Brooke estuviera a punto de decir.
—Sí, te sirvo un plato —le ofrezco—. ¿Va a bajar Sawyer?
—Todavía no. Está hablando por el teléfono.
Una sonrisa aparece en las comisuras de la boca de Seb. Seguramente, Sawyer esté manteniendo sexo telefónico con Lauren, la novia de los gemelos.
De repente, recuerdo lo que Daniel dijo para provocarme.
—¿Estáis teniendo cuidado? —pregunto en voz baja mientras le paso a Seb su plato.
Él frunce el ceño.
—¿Y a ti qué cojones te importa?
—Ya se empiezan a escuchar rumores en el instituto, eso es todo. No quiero que lleguen a papá y que te mande a un internado.
—Claro, como a ti se te da tan bien esconderle tus cagadas… —replica Seb a modo de burla.
Me fijo en que Brooke está observando nuestra susurrada conversación con interés, así que le doy la espalda y bajo todavía más la voz.
—Mira, me preocupo por vosotros. No quiero que pase nada, pero nadie se traga vuestro jueguecito.
—Métete en tus propios asuntos. Al menos nosotros podemos aferrarnos a la chica que tenemos en vez de espantarla. —Seguro que mi cara refleja lo sorprendido que estoy, porque Seb ríe entre dientes—. Sí, sabemos que fue culpa tuya y no de East. No somos tan tontos. Y también sabemos lo suyo. —Tuerce la cabeza discretamente hacia Brooke—. Así que métete tu opinión por donde te quepa. Estás tan enfermo como nosotros.
Seb coge su plato y sale con paso firme de la cocina.
—¿De qué iba eso? —pregunta papá desde la mesa.
—Son cosas de chicos —gorjea Brooke.
La sonrisa que hay dibujada en su rostro es genuina. Disfruta al vernos pelear. Quiere que nos peleemos.
Me trago algún trozo más de las tostadas francesas, aunque tengo el estómago cerrado. No sé si esta familia se recuperará algún día de la muerte de mi madre. La imagen de ella tumbada en la cama, con el rostro inexpresivo y los ojos fríos e inertes siempre está presente en mi cabeza. Aunque cuando Ella estaba aquí, el recuerdo apenas era visible.
Y ahora todo se está yendo al traste.
***
La casa está en silencio. No vuelvo a ver a Seb ni a Sawyer. No quiero pensar en dónde podría estar Gid ahora mismo. Y East me está evitando: no me ha respondido a ningún mensaje ni me ha devuelto las llamadas.
Tengo la sensación de que no va a volver a hablarme hasta que Ella aparezca.
Alrededor de las nueve, Wade me manda un mensaje para avisarme de que hay una fiesta en la casa de Deacon Mills. No tengo ningún deseo de pillarme un pedo o de rodearme de borrachos, así que rechazo la invitación. Pero sí que le pido un favor:
«Dime si East va. No sé dónde está».
Sobre las once, Wade me devuelve el mensaje:
«Tu hermano está aquí. Va ciego».
Mierda.
Me enfundo unos pantalones de chándal y una camiseta de manga larga. La brisa de la costa ha refrescado. El otoño ha llegado para quedarse. Me pregunto cómo le va a Ella. ¿Estará pasando frío? ¿Estará durmiendo bien? ¿Tendrá comida? ¿Estará segura?
Cuando llego a casa de Mills, la encuentro a rebosar de gente. Parece que todos los estudiantes de último año están allí. Tras pasarme quince minutos buscando a East, desisto y le mando otro mensaje a Wade, al que tampoco veo por ninguna parte.
«Dónde está?»
«Sala de juegos».
Cruzo el salón en dirección a la enorme sala de estar que también cumple la función de sala de billar. Wade está junto a la mesa de billar hablando con uno de sus compañeros de equipo. Nos cruzamos la mirada y señala con la cabeza a la izquierda.
Sigo la dirección de sus ojos. Mi hermano está desparramado en el sofá con una rubia sentada en el regazo. El rubio cabello le cubre el rostro como una cortina, así que no sabría decir quién es, pero sí que veo que tiene los labios pegados a los de East. Él le mete poco a poco una mano bajo la falda, y la chica ríe por lo bajo. Al instante me quedo completamente paralizado. Conozco esa risa.
Levanta la cabeza y… sí, es Abby.
—East —pronuncio desde el umbral de la puerta.
Mi hermano levanta los ojos azules vidriosos en mi dirección, con las mejillas ruborizadas. Está completamente pedo. Genial.
—Mira, Abs, es mi hermano mayor —masculla.
—Vamos. Hora de irse —ordeno a la vez que le tiendo una mano.
Abby se queda mirándome con los ojos abiertos como platos. Es evidente que se siente culpable, pero ahora mismo me preocupa más East. Algún demonio lo está atormentando bastante si ha decidido liarse con mi ex.
—¿Qué prisa tienes? Abs y yo solo acabamos de empezar. ¿Verdad, nena?
Abby se sonroja todavía más.
—Reed —empieza a decir ella, pero la ignoro.
—Levántate —espeto a mi hermano—. Nos vamos.
—No me voy a ninguna parte.
—Sí lo vas a hacer.
No se mueve.
—Que tú no vayas a mojar, no significa que mi polla se vaya a quedar a dos velas, ¿verdad, Abs?
Abby emite un tenue ruido. No estoy seguro de si le está dando la razón o si está mostrando su desacuerdo, pero me importa un bledo. Yo solo quiero llevar a Easton a casa antes de que haga algo de lo que se arrepienta.
—Tu polla ya se divierte bastante.
—A lo mejor quiere más. —East sonríe—. ¿Y a ti qué te importa? Ambos sabemos que disfrutará más conmigo.
El rostro de Abby está ahora rojo como un tomate.
—Easton —dice con firmeza.
—¿Qué? Sabes que tengo razón. —Mi hermano fija su mirada burlona en ella—. Pierdes el tiempo soñando con él, nena. ¿Te dijo alguna vez que te quería? No, ¿verdad? Eso es porque nunca te ha querido.
Abby profiere un grito ahogado de dolor.
—Que te jodan, Easton. Que os jodan a los dos.
Acto seguido, se marcha corriendo de la sala de estar sin mirar atrás. Easton la observa marcharse y, luego, se gira hacia mí y empieza a reír con frialdad.
—Otra mujer que huye, ¿eh, hermano? Ella, Abby…
—Tú eres quien la ha espantado. —Niego con la cabeza—. Deja en paz a Abby. No es uno de tus juguetes, East.
—Qué, ¿es demasiado buena para un capullo como yo?
Sí.
—Eso no es lo que he dicho —miento.
—Y una mierda. No quieres que mancille a tu pura y dulce Abby. No quieres que la vuelva loca. —East avanza y se balancea sobre los pies. El aroma a alcohol que me llega en cuanto abre la boca casi me deja KO—. Eres un puto hipócrita. Tú eres la manzana podrida. Tú eres el que arruina a las chicas. —Se acerca todavía más, hasta que nuestras caras están a un par de centímetros de distancia. Luego, acerca la boca a mi oído y susurra—: Has arruinado la vida de Ella.
Me encojo de dolor.
Todos los presentes en la sala nos observan. Los Royal están peleados, damas y caballeros. Los gemelos han dejado de hablarme. Seb debe de haberle dicho algo a Sawyer y, ahora, los dos me miran como si tuviera la lepra. East intenta deshacerse del dolor a base de sexo. Gid está enfadado con el mundo. ¿Y yo? Yo me estoy ahogando.
—Vale. Me piro. —Paso por su lado luchando por mantener el control—. Haz lo que quieras, tío.
—Ten por seguro que lo haré —masculla.
Capto la atención de Wade e inclino la cabeza hacia la puerta. Él no pierde el tiempo y se encuentra allí conmigo.
—Asegúrate de que East llegue sano y salvo a casa —murmuro—. No puede conducir en este estado.
Wade asiente.
—Entendido. Vete a casa. Mañana será otro día.
Si Ella aparece, sí. Si no, estamos jodidos.
Conduzco de vuelta a casa. Me siento derrotado e intento no pensar en el infierno en el que se ha convertido mi vida. Ella no está. East está tocadísimo. Brooke ha vuelto. No sé qué hacer con toda la ira que siento. No puedo volver a pelear. Me duelen demasiado las costillas. Pero tengo las manos perfectas, así que bajo a la sala de musculación y descargo toda mi frustración en el saco de boxeo.
Finjo que el saco soy yo. Lo atizo hasta que tengo las manos ensangrentadas y los pies y las piernas llenos de marcas rojas.
Sin embargo, no me sirve de nada.
Cuando acabo, me ducho para deshacerme del sudor y la sangre, me pongo otros pantalones y subo a la planta de arriba. En la cocina, me hago con una bebida energética y me sorprendo al ver la hora que es: la una y pico de la madrugada. He estado en el sótano casi una hora y media.
Subo las escaleras, agotado. Quizá esta noche pueda dormir. El pasillo está oscuro y todas las puertas están cerradas, incluida la del dormitorio de East. Me pregunto si habrá vuelto de la fiesta.
Cuando me acerco a la mía, oigo ruidos. Unos gruñidos graves y unos jadeos.
¿Qué cojones?
Más le vale a Brooke no estar ahí.
Abro la puerta y lo primero que veo es el trasero desnudo de mi hermano. Está en mi cama. Y también Abby, que está gimiendo suavemente al tiempo que East la penetra. Está agarrada a sus hombros y tiene las piernas alrededor de sus caderas. Su cabello está esparcido por mi almohada.
—¿En serio? —gruño.
Easton deja de moverse, pero mantiene una mano sobre uno de los pechos de mi ex. Gira la cabeza hacia mí y me ofrece una sonrisa salvaje.
—Joder, tío, ¿esta es tu habitación? —pregunta con sorna—. Debo de haberla confundido con la mía. Lo siento, hermano.
Cierro la puerta de un portazo y me tambaleo hacia atrás en el pasillo.
***
Duermo en la habitación de Ella. O, mejor dicho, me tumbo en la cama de Ella y me quedo pensando durante toda la noche. Por la mañana, me topo con East en la cocina.
—Anoche Abby me hizo sentir muy bien.
East sonríe con suficiencia y le pega un buen bocado a una manzana.
Me pregunto distraídamente lo que sentiría si le metiera esa manzana entera en la garganta. Probablemente se reiría y diría que quiere otra solo para demostrármelo. ¿Pero demostrarme qué? ¿Que me odia?
—No sabía que fuéramos a compartir como los gemelos.
Agarro una jarra con más fuerza de la que pretendía y el agua se me derrama en la mano.
East suelta una risotada forzada.
—¿Por qué no? Si me hubiese tirado yo a Ella, quizá no se habría ido.
De repente, siento que tengo los ojos inyectados en sangre.
—Tócala y…
—No puedo tocarla si no está aquí, capullo. —Arroja la manzana medio mordisqueada y esta choca contra el lateral del armario que hay a apenas unos centímetros de mi cabeza.
Sí, estamos de puta madre en la casa de los Royal.
Evito a East durante el resto del día.
Capítulo 7
Pasa otra semana. Ella sigue desaparecida y mis hermanos, sin hablarme. La vida es una mierda y no tengo ni idea de cómo mejorarla, así que dejo de intentarlo. Me regodeo en la miseria, evito a todo el mundo y me paso todas las noches preguntándome qué estará haciendo Ella. Si está a salvo. Si me echa de menos… aunque estoy seguro de que no lo hace. Si me echara de menos, ya habría vuelto a casa.
El lunes, me levanto y voy al entrenamiento. Todo el mundo se da cuenta de que East y yo estamos peleados. Mi hermano se coloca en un extremo de la banda y yo en la otra. La distancia entre nosotros es mayor que la de un estadio. Joder, si hasta el océano Atlántico desaparecería en la sima que se extiende entre ambos.
Después del entrenamiento, Val me detiene en el pasillo. Enseguida compruebo si debo cubrirme las pelotas.
—Solo dime si está bien —suplica.
—Está bien.
—¿Está enfadada conmigo? ¿Le he hecho algo? —La voz de Val se quiebra.
Mierda. ¿Es que nadie es capaz de mantenerse firme? Estoy tan irritado que no puedo evitar contestar con brusquedad.
—¿Qué soy? ¿Un consultorio? No sé por qué no te llama.
El rostro de Val se desencaja.
—Eso ha sobrado, Reed. Ella también es mi amiga. No tienes derecho a mantenerla apartada de mí.
—Si Ella quisiera saber de ti, te llamaría.
Eso es lo peor que podría decir, pero las palabras salen de mi boca de todas formas. Antes de poder retirarlas, Val se marcha corriendo.
Si Ella no me odiaba antes, lo hará cuando vuelva y vea el desastre que he montado.
Enfadado y frustrado, me giro y le doy una patada a la taquilla. El metal de la puerta se dobla con el impacto y un latigazo de dolor me recorre la pierna. No es nada agradable.
Al otro lado del pasillo, oigo risas. Me giro y veo a Easton tender una mano a Dominic Brunfeld, que le pone algo en la palma. Otros chicos del equipo sacan billetes y se los pasan.
—Nunca pensé que te vería tan destrozado por una tía —dice Dom cuando pasa junto a mí—. Nos estás defraudando.
Le hago un corte de manga y espero a que East llegue a mi altura.
—¿Quieres explicarme de qué iba todo eso?
East me abanica la cara con el dinero.
—Ha sido el dinero más fácil de ganar de la historia. Estás desquiciado, hermano. Todos en el instituto lo saben. Solo era cuestión de tiempo que perdieras el control. Por eso Ella se fue.
Respiro con dificultad por la nariz.
—Volverá.
—Oh, ¿la has encontrado por arte de magia en mitad de la noche? —Abre los brazos y se gira—. Porque no está aquí. ¿Tú la ves? Dom, ¿tú ves a Ella? —Dom nos mira a East y a mí de forma intermitente—. No, no la ve. ¿Y tú, Wade? ¿Tú la ves? ¿Acaso te ha acompañado al baño?
—Cállate, East.
Sus ojos reflejan dolor mientras, con un gesto, hace como si se cerrara la boca con una cremallera.
—Ya me callo, amo Reed. Tú sí que sabes lo que es mejor para los Royal, ¿verdad? Tú lo haces todo bien. Sacas las mejores notas. Juegas genial al fútbol. Te tiras a las mejores chicas. Menos cuando no lo haces. Y cuando la cagas, todos pagamos las consecuencias. —Me coloca una mano en la nuca y me arrastra hacia delante hasta que nuestras cabezas están pegadas la una a la otra—. Así que, ¿por qué no te callas tú, Reed? Ella no va a volver. Está muerta, tal y como nuestra querida madre. Solo que esta vez no ha sido mi culpa, sino tuya.
Siento que la vergüenza me inunda; como si fuera una sustancia fea y lodosa que se me pega a los huesos y me aplasta contra el suelo. No puedo escapar de la verdad. East tiene razón. La muerte de mi madre fue, en parte, culpa mía, y si Ella está muerta, también tendré que cargar con parte de la culpa.
Me aparto de él y entro de nuevo en el vestuario. Nunca me había peleado con mis hermanos en público. Siempre hemos sido todos para uno, y uno para todos.
Mamá detestaba cuando nos peleábamos en casa, pero no toleraba que lo hiciéramos fuera. Si nos respondíamos de malas maneras, fingía que no éramos sus hijos.
Los hijos de Maria Royal no dejaban en ridículo ni a su madre ni a ellos mismos en público. Con una sola mirada de reproche nos ponía a todos firmes y nos obligaba a abrazarnos como si fuera una jornada de puertas abiertas en el parque de bolas y todos estuviéramos felices de estar vivos, pese a haber estado a punto de tirarnos de los pelos.
La puerta de los vestuarios se abre. No levanto la mirada para ver quién entra. Sé que no es East. Le gusta aislarse cuando está enfadado.
—El viernes, antes del partido, una de las chicas pastel agarró una tijera y le cortó el pelo a una chica nueva. Salió corriendo, llorando como una Magdalena —dice Wade.
Me tenso. Mierda. Esa debe de haber sido la chica que Delacorte y yo vimos salir del edificio y subirse al Volkswagen.
—¿Rubia y delgadita? ¿Conduce un Passat blanco?
Asiente y el banco cruje cuando se sienta junto a mí.
—El día anterior, Dev Khan prendió fuego al proyecto de ciencias de June Chen.
—¿June no es una estudiante becada?
—Sí.
—Ajá. —Me obligo a sentarme con la espalda recta—. ¿Alguna otra bonita historia que quieras contarme?
—Esas son las dos más importantes. He oído otros rumores, pero no los he confirmado. Jordan escupió a una chica en clase de Salud e Higiene. Goody Bellingham está ofreciendo cincuenta de los grandes a cualquiera que esté dispuesto a tirarse al rey y a la reina del baile de otoño.
Me froto el mentón. Vaya mierda de colegio.
—Apenas han pasado dos semanas.
—Y en estas dos semanas, tus hermanos han dejado de hablarte, te has peleado con Delacorte y has destrozado una taquilla. Ah, y antes de que Ella se fuera, al parecer decidiste que no te gustaba la cara de Scott Gastonburg e intentaste arreglársela.
—Estaba hablando mal de Ella.
El tío insultó a Ella. No lo oí, pero supe por su expresión engreída cuando estábamos en la discoteca que se pensaba que se había marcado un tanto. Pero no mientras yo esté presente.
—Seguro. Nada que salga de la boca de Gasty merece la pena. Nos hiciste un favor a todos cerrándole la boca, pero el resto del instituto se está desmoronando. Tienes que espabilar.
—No me importa lo que ocurra en el Astor.
—A lo mejor no. Pero si los Royal no manejan el cotarro, el colegio se va a ir a la mierda. —Wade se mueve sobre la superficie dura de metal—. La gente también está hablando de Ella.
—Me da igual, que hablen lo que quieran.
—Eso lo dices ahora, ¿pero qué ocurrirá cuando vuelva? Ya se metió en una pelea con Jordan. Y, vale, sí, estuvo muy sexy. Pero después pasó lo de Daniel y, ahora, ha desaparecido. Todo el mundo dice que se ha ido para abortar o para recuperarse de una enfermedad de transmisión sexual. Si la estás escondiendo, es el momento de sacarla, de demostrar tu fuerza.
Permanezco en silencio.
Wade suspira.
—Sé que no te gusta estar al mando, pero adivina qué, tío: lo estás, desde que se graduó Gid. Si dejas que las cosas empeoren, cuando llegue Halloween el colegio será una verdadera casa del terror. Habrá intestinos y tejido cerebral desparramados por las paredes. Alguien se habrá marcado un Carrie con Jordan para entonces.
Jordan. Esa chica no trae más que problemas.
—¿Por qué no te ocupas tú? —murmuro—. Tu familia tiene bastante dinero como para comprar a la de Jordan.
Wade viene de una familia rica desde hace generaciones. Creo que en su sótano tiene guardados lingotes de oro.
—No es por el dinero. Sois los Royal. La gente os escucha. Quizá porque sois muchos.
Tiene razón. Los Royal han gobernado este colegio desde que Gid estaba en segundo curso. No sé lo que pasó, pero un día nos despertamos y todo el mundo miraba a Gid con admiración. Si un chaval se pasaba de la raya, ahí estaba Gid para enderezarlo. Las reglas eran simples. La gente solo podía meterse con alguien de su tamaño.
Aunque el tamaño era algo metafórico. Ese tamaño dependía del estatus social, de las cuentas bancarias y de la inteligencia de la persona en cuestión. Si Ella se hubiera desquitado con una de las chicas pastel, no hubiera pasado nada. Pero ir tras una chica becada era otra cosa.
Ella no había pertenecido a ningún grupo. No era una estudiante becada. Tampoco era rica. Y yo pensaba que se acostaba con mi padre. Que mi padre había traído a casa a una puta de un burdel de alto standing. A Steve y a él les gustaba frecuentar esa clase de sitios cuando se marchaban de viaje de negocios. Sí, papá es un actor de primera clase.
Me quedé a la espera, y todos esperaron conmigo. Menos Jordan. Jordan vio de inmediato lo que yo. Que Ella estaba hecha de otra pasta, que era diferente a lo que habíamos visto en Astor Park hasta entonces. Jordan la odiaba. Yo, en cambio, me sentía atraído por ella.
—No quiero esa clase de poder —responde Wade—. Yo solo quiero mojar, jugar al fútbol, molestar a los novios de mi madre y emborracharme. Puedo hacer todo eso aunque Jordan le haga bullying a todas las chicas guapas que respiren el mismo aire que ella. En cambio, tú tienes conciencia, tío. Pero con toda esta mierda… mientras Daniel todavía camina por los pasillos como si no hubiera intentado violar a Ella… bueno, quien calla otorga. —Se pone de pie—. Todo el mundo depende de ti. Es una carga, lo sé, pero, si no espabilas, ocurrirá una masacre.
Yo también me levanto y me dirijo a la puerta.
—Que arda el instituto —murmuro—. No soy yo quien tiene que apagar el incendio.
—Tío.
Me detengo en el umbral de la puerta.
—¿Qué?
—Al menos dime qué va a ocurrir. No me importa lo que decidas. Solo quiero saber si me va a tocar ponerme un traje de protección y eso.
Me encojo de hombros y giro la cabeza hacia él.
—Por lo que a mí respecta, todo puede irse a la mierda.
Oigo un suspiro de derrota a mi espalda, pero no me quedo ni un segundo más en el vestuario. Mientras Ella siga desaparecida, me niego a concentrarme en cualquier otra cosa que no sea encontrarla. Si alguien a mi alrededor está deprimido, perfecto. Podremos estar deprimidos juntos.
Mantengo la cabeza gacha mientras recorro el pasillo. Casi llego a clase sin hablar con nadie… hasta que una voz familiar me llama.
—¿Qué pasa, Royal? ¿Estás depre porque nadie quiere jugar contigo?
Me detengo y me giro lentamente para enfrentarme a Daniel Delacorte al oír su carcajada.
—Lo siento, no te he oído —respondo con frialdad—. ¿Puedes repetirlo? Pero esta vez, díselo a mi puño.
Se tambalea en el sitio, porque percibe el tono de amenaza de vida. El pasillo está abarrotado de chicos que acaban de salir de clase. Hay estudiantes de Música, del grupo de debate, las chicas del equipo de animadoras y miembros del club de ciencias.
Avanzo con seguridad hacia él. La adrenalina me recorre las venas. Ya he llegado a los puños con este gilipollas en otra ocasión, aunque solo le di un puñetazo. Mis hermanos me alejaron a rastras de él antes de que le hiciera más daño.
Hoy nadie me detendrá. La manada de animales que forma el cuerpo de estudiantes del Astor Park percibe el olor a sangre.
Delacorte se mueve hacia un lado; no está completamente de frente, aunque sí tiene cuidado de no darme la espalda. «No soy de los que apuñalan a la gente por la espalda», quiero decirle. «Eso es lo que tú haces.»
Pero parece que Delacorte piensa lo contrario. Está mal de la cabeza. Ataca a personas que cree que son más débiles que él.
La ira emana de su delgada figura. Es muy cobarde y no le gusta que la gente se enfrente a él. Su padre le cubre las espaldas, al fin y al cabo. Me parece bien, pero su papi no está aquí ahora mismo, ¿verdad que no?
—¿Para ti todo se reduce a la violencia, Royal? ¿Crees que puedes resolver todos tus problemas con los puños?
Sonrío con suficiencia.
—Al menos yo no uso drogas para solucionar mis problemas. Las chicas no te desean, así que las drogas. Ese es tu modus operandi, ¿verdad?
—Ella me deseaba.
—No me gusta oírte pronunciar su nombre. —Doy un paso hacia delante—. Deberías olvidarte de su nombre.
—¿O qué? ¿Vamos a batirnos en duelo hasta morir?
Abre los brazos a modo de invitación para que la audiencia ría con él, pero o lo odian o me temen a mí, porque apenas se oye una risita nerviosa como respuesta.
—No, creo que eres un deshecho humano. Sería más útil que el oxígeno que respiras saliera del culo de cualquier otra persona. No puedo matarte. Por razones legales y todo eso… pero puedo hacerte daño. Puedo hacer que cada momento de tu vida sea un infierno —digo como si nada—. Deberías irte de este colegio, tío. Nadie te quiere aquí.
Daniel jadea ligeramente.
—Es a ti a quien nadie quiere —se mofa.
Mira de nuevo a la multitud en busca de apoyo, pero los ojos de la gente están fijos en el baño de sangre que quizá tenga lugar. Se acercan y empujan a Daniel hacia delante.
El cobarde que hay dentro de él aparece. Me lanza su teléfono y la carcasa me golpea en la frente. Los estudiantes ahogan un grito. Algo cálido y cobrizo se desliza por mi rostro, me nubla la vista y me empapa los labios.
Podría pegarle un puñetazo. Sería sencillo. Pero quiero que sufra de verdad. Quiero que ambos suframos. Así que lo agarro de los hombros y estampo mi frente contra la suya.
Mi sangre pinta su semblante y yo sonrío de satisfacción.
—Ahora estás mucho más guapo. Veamos qué otros trucos de magia tengo para ti.
Entonces le pego una buena bofetada.
Daniel enrojece de ira, más por el desdén en mi golpe que por el dolor. Las bofetadas son el arma que utilizan las chicas, no los hombres. Entonces, le doy otra torta en la cara y el golpe resuena. Daniel retrocede, pero no es capaz de alejarse mucho, porque las taquillas lo detienen.
Sonrío de oreja a oreja mientras doy otro paso hacia él y lo vuelvo a abofetear. Él me bloquea con su mano y deja todo el lado izquierdo descubierto. Le propino dos golpes en el lado izquierdo de la cara antes de retroceder.
—Pégame —grita—. Pégame. ¡Usa los puños!
Esbozo una sonrisa todavía más amplia.
—No te mereces que te destroce con los puños. Solo los uso con hombres.
Le vuelvo a dar una bofetada, esta vez lo bastante fuerte como para lacerar su piel. La sangre aparece alrededor de la herida, pero eso no satisface mi sed de venganza. Le estampo una mano en un oído y luego en el otro. Él intenta defenderse débilmente.
Entonces, Daniel tuerce la boca y reúne saliva. Me muevo a la izquierda para evitar el escupitajo que suelta. Asqueado, lo agarro del pelo y le estampo la cara contra la taquilla.
—Cuando Ella vuelva, no va a querer ver a mierdas como tú por aquí, así que o te vas o aprendes a hacerte invisible, porque no quiero volver a verte u oírte.
No espero a escuchar su respuesta. Le estampo de nuevo la frente contra la taquilla de metal y lo suelto.
Él trastabilla y se desmorona. Ochenta kilos de imbecilidad que caen al suelo cual juguete viejo.
Me giro y encuentro a Wade a mi espalda.
—Pensé que no te importaba —murmura.
La sonrisa que le dedico debe de ser feroz porque todos menos Wade y su estoica sombra, Hunter, dan un paso hacia atrás.
Me inclino y cojo el teléfono de Daniel del suelo, luego le doy la vuelta y lo agarro de la mano, inmóvil. Presiono su pulgar contra el botón de inicio y luego marco el número de mi padre.
—Callum Royal —responde con impaciencia.
—Hola, papá. Vas a tener que venir al instituto.
—¿Reed? ¿Desde qué número me estás llamando?
—Desde el de Daniel Delacorte. El hijo del juez Delacorte. Es mejor que traigas el talonario. Le he dado una buena tunda. Se lo ha buscado él solo, eso sí, y literalmente —digo, animado.
Cuelgo y me paso una mano por la cara. La sangre emana del corte y se me mete en el ojo. Paso por encima del cuerpo de Daniel y arrastro las palabras cuando me despido de Wade y Hunter:
—Hasta luego, chicos.
Le asiento al enorme y silencioso defensa.
Me devuelve el gesto levantando el mentón en mi dirección y me dirijo al exterior para que me dé un poco el aire.
***
Papá está que echa espuma por la boca cuando aparece en la sala de espera de la oficina del director Beringer. No hace ningún comentario sobre mi frente ensangrentada. Solo me agarra por las solapas de la americana y acerca mi rostro al suyo.
—Esto tiene que parar —susurra.
Me deshago de él y contesto:
—Relájate. Llevo sin meterme en una pelea desde hace un año.
—¿Quieres una medalla? ¿Una palmadita en la espalda? Joder, Reed… ¿Cuántas veces tiene que repetirse esta misma historia? ¿Cuántos malditos cheques voy a tener que firmar antes de que espabiles?
Lo miro fijamente a los ojos.
—Daniel Delacorte drogó a Ella en una fiesta e intentó violarla.
Mi padre inhala aire de golpe.
—Señor Royal.
Nos giramos y vemos a la secretaria de Beringer en el umbral de la puerta de la oficina del director.
—El señor Beringer ya puede recibirlos —nos informa con frialdad.
Mi padre pasa junto a mí, gira la cabeza y me dice:
—Quédate aquí. Ya me ocupo yo de esto.
Intento esconder mi satisfacción. Voy a salir de aquí y mi padre va a encargarse de arreglar mi cagada. De puta madre. Aunque no es que lo considere una cagada. Delacorte se lo merecía. De hecho, se lo merecía desde la noche en que intentó hacer daño a Ella, pero me distraje a la hora de cobrarme la venganza porque estaba demasiado ocupado enamorándome de ella.
Planto el trasero otra vez en una de las sillas de la sala de espera y evito a conciencia las miradas de reproche que la secretaria de Beringer me lanza.
La reunión de mi padre con Beringer dura menos de diez minutos. Siete, si el reloj sobre la puerta es preciso. Cuando sale de la oficina, sus ojos destellan con un brillo triunfal que normalmente aparece cuando ha cerrado un buen trato.
—Solucionado —me dice, y luego me indica que lo siga—. Vuelve a clase, pero asegúrate de que vuelves derechito a casa tras las clases. Y tus hermanos también. No hagáis paradas innecesarias. Necesito que volváis a casa lo antes posible.
Me tenso enseguida.
—¿Por qué? ¿Qué pasa?
—Iba a esperar hasta después de clase para decíroslo, pero… ya que estoy aquí… —Mi padre se detiene en medio del enorme recibidor de madera—. El investigador privado ha encontrado a Ella.
Mi padre sale por la puerta de entrada antes de que pueda procesar la bomba que acaba de soltar. Me ha dejado conmocionado.
Capítulo 8
Ella
El autobús llega a Bayview demasiado pronto. No estoy preparada. Pero sé que nunca lo estaré. Me siento traicionada por Reed. La ira y la decepción corren por mis venas como si fueran alquitrán y atacan lo que me queda de corazón como si fuese un cáncer terminal.
Reed me ha destrozado. Me ha engañado. Me ha hecho creer que podía existir algo bueno en esta mierda de mundo. Que podía haber alguien que se preocupara por mí.
Debería haber sido más lista. Me he pasado toda la vida en la calle, desesperada por abandonar esa vida. Quería a mi madre, pero anhelaba mucho más que la vida que me daba. Quería algo más que pisos cutres, las sobras mohosas y luchas desesperadas por llegar a fin de mes.
Callum Royal me dio lo que mi madre no pudo: dinero, una educación, una mansión pija en la que vivir, una familia y una…
«Una ilusión», murmura una voz mordaz en mi cabeza.
Sí, supongo que eso es lo que era. Y lo triste es que Callum ni siquiera lo sabe. No se da cuenta de que vive en una casa llena de mentiras.
O a lo mejor sí. A lo mejor sabe perfectamente que su hijo se acuesta con…
No. Me niego a pensar en lo que vi en el dormitorio de Reed la noche que me fui de la casa de los Royal.
Pero las imágenes se reproducen de nuevo en mi cabeza.
Veo a Reed y a Brooke en la cama de él.
A Brooke desnuda.
A Brooke tocándolo.
Doy una arcada y una mujer mayor me mira al otro lado del pasillo con cara de preocupación.
—¿Estás bien, cielo? —pregunta.
Trago saliva para deshacerme de las náuseas.
—Sí —digo en voz baja—. Me duele un poco el estómago.
—Tranquila —responde la mujer con una sonrisa compasiva—. En nada abrirán las puertas. Saldremos en un santiamén.
Dios. No. Un santiamén es muy poco tiempo. No quiero bajarme de este autobús. No quiero el dinero que Callum me ha dado a la fuerza en Nashville. No quiero volver a la mansión de los Royal y fingir que no me han roto el corazón en mil añicos. No quiero ver a Reed ni escuchar sus disculpas, si es que va a disculparse conmigo.
No dijo ni una palabra cuando entré y los pillé a él y a la novia de su padre en su cama. Ni una palabra. Estoy segura de que en cuanto entre por la puerta de la mansión me daré cuenta de que Reed ha vuelto a ser el mismo chico cruel de antes. Aunque lo cierto es que quizá prefiero eso. De esa forma, podré olvidar que lo he querido.
Bajo del autobús tambaleándome y me aferro al asa de la mochila que llevo colgada al hombro. El sol ya se ha puesto, pero la estación está completamente iluminada. La gente se mueve a mi alrededor mientras el conductor descarga las maletas del maletero del vehículo. Yo no llevo ninguna, solo he viajado con mi mochila.
La noche que hui, no me llevé nada de la ropa pija que me compró Brooke y que ahora me espera en la mansión. Ojalá pudiera quemar todas y cada una de esas prendas. No quiero llevar esa ropa ni vivir en esa casa.
¿Por qué no podía Callum dejarme tranquila? Podría haber empezado una nueva vida en Nashville. Podría haber sido feliz. Solo era cuestión de tiempo.
Pero no, estoy en las garras de los Royal otra vez, después de que Callum usara todo su catálogo de amenazas conmigo para traerme de vuelta. No me puedo creer todo lo que ha hecho para encontrarme. Al parecer los billetes que me dio tenían unos números de serie específicos. Solo tuvo que esperar a que usara uno para descubrir mi ubicación exacta.
Ni siquiera quiero saber cuántas leyes ha incumplido para rastrear el número de serie de un billete de cien. Pero supongo que los hombres como Callum están por encima de la ley.
Un coche pita y yo me quedo petrificada cuando un Town Car negro aparece junto al bordillo. Es el mismo coche que siguió al autobús de Nashville a Bayview. El conductor se baja. Es Durand, el chófer/guardaespaldas de Callum, que es tan grande como una montaña e igual de imponente.
—¿Qué tal el viaje? —pregunta con brusquedad—. ¿Tienes hambre? ¿Quieres que paremos a comprar algo de comer?
Durand nunca es tan hablador, así que me pregunto si Callum le ha ordenado que sea muy simpático conmigo. Yo no recibí esa orden, así que no me muestro para nada simpática cuando murmuro:
—Sube al coche y conduce.
Él abre las fosas nasales.
No me siento mal. Estoy harta de esta gente. De ahora en adelante serán mis enemigos. Son los guardias de la cárcel en la que me tienen recluida. No son mis amigos ni mi familia. No significan nada para mí.
***
Parece que todas las luces de la mansión están encendidas cuando Durand detiene el coche en la entrada de la mansión. La casa es un enorme rectángulo repleto de ventanas y toda la brillante luz que emana de su interior resulta casi cegadora.
Las puertas de roble con pilares se abren de golpe y, de repente, Callum aparece con el pelo oscuro perfectamente peinado y vestido con un traje de chaqueta que se ciñe a su ancha figura.
Adquiero una postura firme y me preparo para enfrentarme a él, pero mi tutor legal me ofrece una lánguida sonrisa.
—Bienvenida de nuevo.
Aunque lo cierto es que no me siento bienvenida en absoluto. Este hombre me ha rastreado hasta Nashville y me ha amenazado. La lista de consecuencias directas si no volvía a la mansión de los Royal parecía no tener fin.
Habría puesto una denuncia por haberme escapado de casa.
Me habría denunciado a la policía por usurpar la identidad de mi madre.
Le habría dicho que robé los diez mil dólares que me dio y me habría denunciado por robo.
Aunque ninguna de esas amenazas me hizo sucumbir. No, lo que realmente consiguió que cediera fue su enfática declaración de que no había lugar al que pudiera huir sin que él me encontrara. Fuera donde fuera, él daría conmigo. Me perseguiría durante el resto de mi vida, porque, tal y como me recordó, se lo debía a mi padre.
Mi padre, un hombre al que ni siquiera conocí. Un hombre que, por lo que he oído, era un cabrón mimado y egoísta que se casó con una arpía cazafortunas y se olvidó de comentarle —a su esposa y a todos los demás— que había dejado preñada a una muchacha cuando estaba de permiso hace dieciocho años.
Yo no debo nada a Steve O’Halloran. Ni tampoco debo nada a Callum Royal. Pero tampoco quiero tener que comprobar que nadie me sigue durante toda mi vida. Callum no se marca faroles. No dejaría de buscarme si volviera a huir.
Mientras lo sigo al interior de la mansión, me recuerdo que soy fuerte. Lo resistiré. Puedo soportar dos años viviendo con los Royal. Lo único que tengo que hacer es fingir que no están por aquí. Me concentraré en terminar mi educación secundaria y luego iré a la universidad. En cuanto me gradúe, no tendré que volver a poner un pie en esta casa.
Una vez arriba, Callum me enseña el nuevo sistema de seguridad que ha instalado en la puerta de mi dormitorio. Es un escáner biométrico de manos, supuestamente del mismo tipo que utilizan en Atlantic Aviation. Solo mi huella puede abrir la puerta de mi habitación, lo cual implica que no habrá más visitas nocturnas de Reed. Ni más pelis con Easton. Esta habitación es mi celda, y eso es exactamente lo que quiero.
—Ella…
Callum suena agotado. Me sigue al interior de mi habitación, que es tan rosa y femenina como la recuerdo. Callum contrató a un decorador, pero eligió todas las cosas por su cuenta y dejó claro que no sabe absolutamente nada sobre las chicas adolescentes.
—¿Qué?
—Sé por qué huiste, y quería…
—¿Lo sabes? —lo interrumpo con cautela.
Callum asiente.
—Reed me lo ha contado.
—¿Te lo ha contado?
No soy capaz de contener o esconder la sorpresa. ¿Reed le ha contado a su padre lo suyo con Brooke? ¿Y Callum no lo ha echado de casa? Joder, ¡Callum ni siquiera parece molesto! ¿Quién es esta gente?
—Entiendo que quizá sentías demasiada vergüenza como para acudir a mí —continúa Callum—, pero quiero que sepas que puedes contarme lo que sea. De hecho, creo que deberíamos poner una denuncia en la comisaría mañana a primera hora.
La confusión me embarga.
—¿Una denuncia?
—Ese chico debe recibir un castigo por sus acciones, Ella.
—¿Ese chico?
¿Qué cojones está pasando? Callum quiere que arresten a su hijo por… ¿por qué? ¿Por acostarse con una menor? Sigo siendo virgen. ¿Me pueden detener por…? Joder. Estoy roja como un tomate.
Sus siguientes palabras me dejan de piedra.
—No me importa una mierda que su padre sea juez. Delacorte no puede irse de rositas después de haber drogado e intentado abusar de una chica.
Tomo aire. Ay, Dios. ¿Reed le ha contado lo que Daniel intentó hacerme? ¿Por qué? O mejor dicho, ¿por qué ahora y no hace semanas, cuando ocurrió?
Fueran cuales fuesen las razones de Reed, estoy molesta con él por habérselo contado. Lo último que quiero es involucrar a la poli o meterme en un proceso judicial largo y desagradable. Me puedo imaginar perfectamente lo que pasaría en el juzgado. La estudiante stripper alega que un chico blanco y rico intentó drogarla para acostarse con ella. Nadie se lo creería.
—No voy a poner una denuncia —digo, tensa.
—Ella…
—No fue para tanto, ¿vale? Tus hijos me encontraron antes de que Daniel me hiciera daño de verdad. —La frustración inunda mi cuerpo—. Y esa no es la razón por la que hui, Callum. Este… este no es mi sitio, ¿vale? No estoy hecha para ser una princesita rica que va a un colegio privado y se bebe una copa de champán de más de mil dólares durante una cena. Esa no soy yo. Yo no soy elegante, ni rica, ni…
—Pero sí que eres rica —interrumpe en silencio—. Eres muy, muy rica, Ella, y debes empezar a aceptarlo. Tu padre te ha dejado una fortuna enorme y un día de estos tendremos que sentarnos con los abogados de Steve para decidir qué harás con ese dinero. Inversiones, fondos y esas cosas. De hecho… —Saca una cartera de cuero y me la tiende—. Esta es tu paga del mes, según nuestro acuerdo, y también hay una tarjeta de crédito.
De repente, me siento mareada. El recuerdo de Reed y Brooke juntos es lo único en lo que me he podido concentrar desde que me marché. Me olvidé por completo de la herencia de Steve.
—Podemos discutirlo en otro momento —murmuro.
Asiente.
—¿Estás segura de que no vas a cambiar de parecer con respecto a contar a las autoridades lo de Delacorte?
—No, no voy a cambiar de opinión —digo con firmeza.
Parece resignado.
—Vale. ¿Quieres que te traiga algo de comer?
—Comí en la última parada del autobús.
Quiero que se vaya y él lo sabe.
—Vale. Bueno… —Camina hacia la puerta y añade—: ¿Por qué no te vas pronto a dormir? Estoy seguro de que estás agotada después de un viaje tan largo. Podemos hablar más mañana.
Callum se va y siento una punzada de irritación cuando me fijo en que no ha cerrado la puerta por completo. Me acerco y la cierro… aunque al mismo tiempo se vuelve a abrir de golpe y casi caigo de culo al suelo.
Lo siguiente que sé es que un par de brazos fuertes me abrazan.
Al principio me tenso, porque pienso que es Reed, pero cuando me doy cuenta de que es Easton, me relajo. Es igual de alto y musculoso que su hermano, y tienen el mismo pelo oscuro y los mismos ojos azules. Aunque el olor de su champú es más dulce y su loción de afeitado no es tan intensa como la de Reed.
—Easton… —empiezo a decir, pero luego ahogo un grito porque el sonido de mi voz solo logra que me abrace más fuerte.
No pronuncia ni una palabra. Me abraza como si fuese su salvación. Es un abrazo de oso desesperado que me dificulta la respiración. Apoya el mentón en mi hombro y luego se acurruca contra mi cuello. Se supone que estoy enfadada con todos los Royal de esta mansión, sin embargo no puedo evitar acariciarle el pelo con una mano. Este es Easton, mi autoproclamado «hermano mayor», aunque tengamos la misma edad. Es más grande que una montaña e incorregible. A menudo es un pesado y siempre, un loco.
Probablemente supiera lo de Reed y Brooke. No me creo que Reed lo hubiese mantenido en secreto sin decirle nada a Easton… y, a pesar de ello, no soy capaz de odiarlo. No cuando noto cómo tiembla entre mis brazos. No cuando se echa hacia atrás y me mira con un alivio tan arrollador que me deja sin aliento.
Entonces parpadeo y ya no está. Sale de mi habitación con paso tambaleante y sin decir palabra alguna. Siento una punzada de preocupación. ¿Dónde están sus comentarios arrogantes? ¿Dónde está el comentario con el que se atribuye mi vuelta a casa gracias a su certero magnetismo animal?
Frunzo el ceño, cierro la puerta y me obligo a no regodearme en el extraño comportamiento de Easton. No puedo dejar que los Royal me involucren en ninguno de sus dramas si quiero sobrevivir.
Guardo la cartera en la mochila, me quito el jersey y me meto en la cama. El cubrecama de seda me parece el paraíso cuando apoyo los brazos desnudos sobre él.
En Nashville, me hospedaba en un motel barato con las sábanas más ásperas que el hombre haya visto jamás. También estaban manchadas de algo que nunca, jamás querré saber qué era. Había conseguido un trabajo de camarera en un restaurante cuando Callum apareció, al igual que cuando se presentó en Kirkwood hace más de un mes y me sacó a rastras del club de striptease.
Todavía no sabría decir si mi vida era mejor o peor antes de que Callum Royal me encontrara.
Se me encoge el corazón cuando visualizo el rostro de Reed. Peor, decido. Mucho peor.
Como si supiera que estaba pensando en él, oigo la voz de Reed al otro lado de la puerta.
—Ella. Déjame entrar.
Lo ignoro.
Llama a la puerta dos veces.
—Por favor. Tengo que hablar contigo.
Me doy media vuelta en la cama y doy la espalda a la entrada del dormitorio. Escuchar su voz me está matando.
De repente, un gruñido atraviesa la puerta.
—¿De verdad crees que este escáner va a detenerme, nena? Me conoces bastante bien como para saber que no. —Se detiene un momento. Al no recibir mi respuesta, añade—: Muy bien. Ahora vengo. Voy a por la caja de herramientas.
La amenaza, que sé que no es un farol, hace que me levante de la cama de golpe. Coloco la mano en el panel de seguridad y un pitido resuena en la habitación antes de que la cerradura haga clic. Abro la puerta y miro a los ojos al tío que ha estado a punto de destruirme. Gracias a Dios que lo he detenido a tiempo. No se acercará a mí lo bastante como para tener algún efecto en mí.
—No soy tu nena —susurro—. No soy nada para ti, y tú no eres nada para mí, ¿me entiendes? No me llames nena. No me llames nada. Mantente alejado de mí.
Sus ojos azules me escudriñan con atención de los pies a la cabeza. Luego, dice con voz ronca:
—¿Estás bien?
Respiro tan rápido que es un milagro que no me desmaye. No inhalo oxígeno. Me arden los pulmones y lo veo todo rojo. ¿Acaso no ha escuchado nada de lo que acabo de decir?
—Estás más delgada —añade con voz monótona—. No has estado comiendo bien.
Me muevo para cerrar la puerta.
Él coloca una palma contra ella y la abre otra vez. Entra en mi habitación y yo lo atravieso con la mirada.
—Sal de aquí —espeto.
—No.
Sigue escrutándome con la mirada, como si estuviera comprobando si estoy herida.
Debería echarse un vistazo a sí mismo, porque a él sí que parece que le hayan dado una paliza. Literalmente. Tiene un moratón de color casi morado que se atisba por encima del cuello de su camiseta, en la zona de la clavícula. Ha debido de participar en alguna pelea no hace mucho. O a lo mejor en varias, a juzgar por la ligera mueca que hace cuando respira, como si su caja torácica no lo soportara.
«Me alegro de que estés así de mal», piensa una parte vengativa de mí. Se merece sufrir.
—¿Estás bien? —repite sin dejar de mirarme—. ¿Te ha tocado… o herido alguien?
Suelto una carcajada.
—¡Sí! ¡Alguien me ha hecho daño! ¡Tú!
La frustración empaña su expresión.
—Te fuiste antes de que pudiera explicarte lo que pasaba.
—Ninguna explicación conseguirá que te perdone —suelto—. ¡Te tiraste a la novia de tu padre!
—No —responde con firmeza—. No lo hice.
—Y una…
—Es verdad. No lo hice. —Vuelve a tomar aire—. Esa noche no. Brooke intentaba convencerme para que hablara con mi padre por ella. Yo intentaba deshacerme de ella.
Lo miro con incredulidad.
—¡Estaba desnuda! —Me detengo de repente y recuerdo lo que acaba de decirme.
Esa noche no…
La ira me invade la garganta.
—Finjamos por un segundo que me creo que no te acostaste con Brooke esa noche —digo mientras lo atravieso con la mirada—, lo cual no es cierto. Pero supongamos que sí. Te has acostado con ella alguna vez, ¿verdad?
La culpa, profunda e inconfundible, se refleja en sus ojos.
—¿Cuántas veces?
Reed se pasa una mano por el pelo.
—Dos, a lo mejor tres.
El corazón me da un vuelco. Madre mía. Una parte de mí esperaba que dijera que no. Pero… pero acaba de admitir que se ha acostado con la novia de su padre. Y más de una vez.
—¿A lo mejor? —chillo.
—Estaba borracho.
—Me das asco —susurro.
Él ni siquiera se inmuta.
—No me acosté con ella cuando tú y yo estábamos juntos. En cuanto nos liamos por primera vez, fui tuyo. Solamente tuyo.
—Vaya, qué suerte tengo. Me quedé con las sobras de Brooke… ¡Genial!
Esta vez sí que se encoge de dolor.
—Ella…
—Cállate. —Levanto una mano. Estoy tan asqueada que no puedo mirarlo—. Ni siquiera voy a preguntarte por qué lo hiciste, porque sé exactamente por qué. Reed Royal odia a su papi. Reed Royal decide vengarse de su papi. Reed Royal se acuesta con la novia de su papi. —Doy una arcada—. ¿Te das cuenta de lo retorcido que es eso?
—Sí —asiente con voz ronca—. Pero nunca he dicho que fuese un santo. He cometido muchos errores antes de conocerte.
—Reed. —Lo miro directamente a los ojos—. No voy a perdonarte nunca.
Sus ojos se iluminan. Parece estar decidido a demostrar que me equivoco.
—No lo dices en serio.
Doy un paso hacia la puerta.
—Nada de lo que digas o hagas conseguirá que olvide lo que vi en tu cuarto esa noche. Date por satisfecho con que no abra la boca, porque si Callum se enterase, perdería los papeles.
—No me importa mi padre. —Reed se acerca a mí—. Me dejaste —gruñe.
Abro la boca.
—¿Estás enfadado conmigo porque me marché? ¡Pues claro que me fui! ¿Por qué iba a pasar un segundo más en esta horrible casa después de lo que hiciste?
Se acerca todavía más y su enorme cuerpo invade mi espacio personal. Entonces, Reed levanta una mano y la apoya en mi barbilla. Me encojo al sentir el contacto con su piel y eso hace que sus ojos ardan con más intensidad.
—Te he echado de menos cada segundo que no has estado aquí. No he dejado de pensar en ti. ¿Quieres odiarme por lo que hice? No te molestes. Yo ya me odiaba por ello mucho antes de que tú aparecieras en mi vida. Me acosté con Brooke, y es algo con lo que he de vivir el resto de mi vida. —Sus dedos tiemblan contra mi mentón—. Pero no me la tiré aquella noche, y no voy a dejar que eches por tierra lo que tenemos solo porque…
—¿Lo que tenemos? No tenemos nada. —Siento náuseas otra vez. Ya estoy harta de esta conversación—. Sal de mi habitación, Reed. Ni siquiera soy capaz de mirarte a la cara ahora mismo.
Cuando veo que no se mueve ni un centímetro, planto ambas manos en su torso y lo empujo con fuerza. Y sigo empujándolo, haciendo fuerza contra su pecho musculoso hasta que consigo llegar al umbral de la puerta. La ligera sonrisilla en su rostro no hace más que pronunciar mi enfado. ¿Acaso le parece gracioso? ¿Para él todo es un juego?
—Sal —ordeno—. No tengo nada más que hablar contigo.
Se queda observando mis manos, que siguen pegadas contra su pecho, y luego fija la vista en mi rostro. Estoy segura de que estoy roja como un tomate.
—Claro, me voy, si eso es lo que quieres. —Reed arquea una ceja y añade—: Pero esto no se ha acabado, Ella. Ni de lejos.
En cuanto cruza el umbral de la puerta, la cierro delante de sus narices.
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