Kitabı oku: «Pinceladas del amor divino»
Pinceladas del amor divino
Erna Alvarado Poblete

Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires, Rep. Argentina.
Índice de contenido
Tapa
Dedicatoria
1° de enero
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31 de diciembre
Pinceladas del amor divino
Erna Alvarado Poblete
Dirección: Natalia Jonas
Diseño de tapa: Mauro Perasso
Diseño del interior: Marcelo Benítez
Ilustración: Shutterstock (Banco de imágenes)
Libro de edición argentina
IMPRESO EN LA ARGENTINA - Printed in Argentina
Primera edición, e - Book
MMXX
Es propiedad. © 2020 GEMA. © 2020 Asociación Casa Editora Sudamericana.
Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723.
ISBN 978-987-798-281-7
| Alvarado, ErnaPinceladas del amor divino / Erna Alvarado / Dirigido por Natalia Jonas. - 1ª ed . - Florida : Asociación Casa Editora Sudamericana, 2020.Libro digital, EPUBArchivo digital: OnlineISBN 978-987-798-281-71. Devocionario. I. Jonas, Natalia, dir. II. Título.CDD 204.4 |
Publicado el 20 de octubre de 2020 por la Asociación Casa Editora Sudamericana (Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires).
Tel. (54-11) 5544-4848 (Opción 1) / Fax (54) 0800-122-ACES (2237)
E-mail: ventasweb@aces.com.ar
Web site: editorialaces.com
Prohibida la reproducción total o parcial de esta publicación (texto, imágenes y diseño), su manipulación informática y transmisión ya sea electrónica, mecánica, por fotocopia u otros medios, sin permiso previo del editor.
Dedicatoria
Con mi más profundo aprecio a todas las mujeres que buscan encontrar en el día a día inspiración y dirección divina para cumplir la misión encomendada por el Señor.
1° de enero
“Estrenando” tiempo
“El Señor mismo irá delante de ti, y estará contigo; no te abandonará ni te desamparará; por lo tanto, no tengas miedo ni te acobardes” (Deut. 31:8).
A la mayoría de las mujeres nos gusta estrenar. Nos encanta, por ejemplo, ponernos un vestido recién comprado; gozamos al usar por primera vez ese artículo novedoso para el hogar que vimos en la tienda y no pudimos resistir la tentación de adquirir; somos felices adornando la casa con nuevos objetos que realzan la belleza de nuestro espacio vital. En resumen: nos gusta lo nuevo.
Pues bien, hoy precisamente, estamos “estrenando” algo: tiempo. Estamos iniciando un nuevo año, que llega envuelto en el hermoso papel de la vida; ¿acaso no se ve precioso, así, envuelto en minutos, horas y días? Y viene con una tarjetita que dice: “Disfrútalo sin prisa. Vívelo en el aquí y en el ahora. Míralo, tócalo, saboréalo, escúchalo. No lo desperdicies. Mañana quizá no haya más tiempo que estrenar”.
Dios, el dueño del tiempo y de la vida, es quien nos lo envía. Este tiempo nuevo es para ti, está hecho a tu medida; es exactamente lo que necesitas, ni más ni menos.
No es mucho ni es poco; es suficiente.
¿Apresurarlo? Imposible.
¿Retrasarlo? Tampoco se puede.
¿Disfrutarlo? Sí, eso sí. Ese es un privilegio que nadie ni nada te puede quitar. Este año nuevo no lo medirá solo el reloj, ni el calendario que tienes colgado en la pared. Lo medirá la intensidad con la que descubras cada instante. Tú eres quien pone encanto a los días de la semana, pintándolos de colores a tu antojo. Podrás desechar lo negro de la amargura, pero quizá aceptarás el gris de la melancolía; brochazos de verde esperanza y pequeños puntos rojos de optimismo irán dando a tu existencia el placer de vivir cada momento; el morado lo reservarás para las horas tristes y el rosa lucirá cuando recibas el abrazo de una amiga.
El olor a pan recién horneado será un deleite a los sentidos; y la taza humeante que beberás junto a tus seres amados será el epílogo perfecto para una existencia enriquecida. ¿Qué te parece si le damos gracias a Dios?
Propongámonos vivir este tiempo nuevo conscientes de su brevedad y sin perder la misión que a través de él hemos de cumplir. Feliz año; que lo estrenes con bien, siempre de la mano del Señor.
2 de enero
El tiempo es la materia de la que está hecha la vida
“Él, en el momento preciso, todo lo hizo hermoso; puso además en la mente humana la idea de lo infinito, aun cuando el hombre no alcanza a comprender en toda su amplitud lo que Dios ha hecho y lo que hará” (Ecl. 3:11).
Una de las frases más célebres de Shakespeare dice: “Tan a tiempo llega el que va demasiado deprisa como el que se retrasa demasiado”. Esta referencia me lleva a pensar en la declaración del sabio Salomón: “En este mundo todo tiene su hora; hay un momento para todo cuanto ocurre” (Ecl. 3:1), quien después describe el quehacer humano a través del tiempo y de la vida.
Hoy, 2 de enero, estamos en el amanecer de un año nuevo. Vivir es un privilegio y el tiempo es la herramienta de la que disponemos para disfrutar de ese privilegio o, por el contrario, para desperdiciarlo. Los segundos, los minutos, las horas, los días, las semanas y los años llegarán y se irán inexorablemente; es imposible retenerlos, revivirlos, ahorrarlos o guardarlos. Lo único que marca la diferencia es el uso que hagamos de ellos.
El tiempo es semejante a un tranvía sin paradas: solo podremos viajar en él si somos perseverantes, emprendedoras, oportunas y eficaces; y, sobre todo, si tenemos una visión. Son muchos los que se quedan varados en los fracasos y las vicisitudes propias de la existencia; sin embargo, tomadas de la mano de Dios podemos correr y, a pesar del cansancio, tener alas como de águilas (ver Isa. 40:31). Tal es la promesa de Dios y él la cumplirá en nosotras si confiamos con humildad en su dirección.
En este año que comienza, recuerda:
Sé tú misma, pero que ese “tú misma” sea lo mejor de ti.
Aprovecha al máximo cada hora, cada día y la etapa de la vida en la que estás.
Busca lo bello en las cosas sencillas y serás feliz.
Dondequiera que vayas, marca la diferencia en favor del bien y la integridad.
Ama a los tuyos, pero más con hechos que con palabras.
Agradece lo que otras personas hacen por ti.
Toma decisiones sabias, para lo que es imperioso consultar a Dios.
Recuerda que Dios te ayudará en todo lo que emprendas.
Ora, ora y ora en todo tiempo, lugar y circunstancia.
¡Vive en plenitud!
3 de enero
Acuéstate con un sueño y despierta sin sueño
“Yo sé los planes que tengo para ustedes, planes para su bienestar y no para su mal, a fin de darles un futuro lleno de esperanza” (Jer. 29:11).
Hay quienes piensan que los sueños son solo quimeras, que nos elevan del suelo por un instante y lo único que consiguen es apartarnos de la realidad. Otros creen que los grandes logros de la vi da comienzan con un sueño que, con empeño y tenacidad, vamos labrando hasta que se hace realidad. Yo estoy convencida de que Dios nos creó para que alcancemos grandes metas. Creo que, por haber sido hechas a la semejanza del Señor, nuestras posibilidades de crecimiento van incluso más allá de nuestra capacidad de soñar.
El Señor dice, en el Evangelio de Juan, capítulo 14, versículo 12: “El que cree en mí hará también las obras que yo hago; y hará otras todavía más grandes”. Si basamos nuestro quehacer diario en esta promesa, podemos tener la garantía de que nuestros sueños se podrán ver convertidos en hermosas realidades.
Un año está iniciando y, para nosotras, es tiempo de renovar propósitos y concretar sueños. Lo único que a veces nos falta es poner en el comienzo y el final de ellos a Dios. Es tiempo de soñar con Dios y para Dios. Ahora te hago una pregunta: Tus sueños de mujer, ¿le gustan al Señor? Si es así, emociónate entonces, cumpliendo con lo que te toca hacer en tu ámbito; sé tenaz y desarrolla estrategias realistas para avanzar hacia lo que anhelas, puesto que sabes que tiene la aprobación del Cielo. Para alcanzar esos sueños hay que estar despierta, alerta y centrada.
Muchas de nosotras invertimos parte de nuestra vida en hacer realidad los sueños de otros, descuidando así los propios, tal vez porque nos sentimos incapaces de llevarlos a cabo. Pero esa incapacidad no es real. Aleja de ti a tus enemigos: la pereza, la negligencia, el desánimo, la falta de fe, las palabras de quienes te dicen que nunca lo lograrás... No postergues los planes de Dios para tu vida.
Si no has comenzado aún a perseguir esos sueños, este es el momento. Ya seas madre, esposa, abuela, hermana, tía, hija... Te muevas en tu casa, en la oficina, la universidad, la empresa... Estés casada, soltera, viuda o divorciada... No hay límites para tu desarrollo, si Cristo es tu compañero de viaje cada minuto, hora, día, semana y mes del nuevo año. El camino está trazado por aquel que cumplió en ti su mejor sueño: salvarte.
4 de enero
Los dones de Dios
“Dios nos ha dado diferentes dones, según lo que él quiso dar a cada uno” (Rom. 12:6).
Ayer hablamos de los planes maravillosos que Dios tiene para cada una de nosotras. Me llena de emoción saber que, para el cumplimiento de sus planes, no nos ha dejado desprovistas. Su provisión es extraordinaria y está al alcance de todas, sin excepciones.
Si quieres caminar hacia el cumplimiento de tus sueños, aprópiate de los dones de Dios para ti. Cuando los tengas visualizados, avanza y atrévete a ser y a hacer. La naturaleza femenina posee rasgos que la hace singular; por otro lado, aun siendo todas las mujeres poseedoras de la misma naturaleza, cada una tiene un sello distintivo. Esta individualidad nos permite “ser y hacer” en el mundo de una forma peculiar, distintiva y única. Lo que no seas ni hagas tú, nadie más lo podrá ser ni hacer. ¿Acaso no dejaría eso un gran vacío?
Nuestra parte consiste en descubrir y desarrollar esas habilidades que Dios está dispuesto a transformar en dones, si las pones al servicio de tu desarrollo personal y en beneficio del prójimo. Este nuevo año es tiempo de apropiarnos en forma realista de los recursos personales que poseemos y ponerlos en acción. Cuando lo hagas, te darás cuenta de que hay cosas que nos son fáciles de realizar y otras que, aunque te parezcan imposibles, con esfuerzo personal, dedicación, entrega, práctica y confianza en Dios, podrás llevarlas al plano de lo posible.
Ten el coraje de convertirte en tu mejor opción; es decir, cree en ti, reconoce tus capacidades y no las escondas, porque el Señor no te las ha dado para que las dejes a un lado, sino para que les des buen uso. Atrévete a poner tu “sello personal” en todo lo que hagas. “La marca personal es como el ADN, es algo que nos hace únicos, que nos diferencia del resto, que nos convierte en seres singulares e irrepetibles. Es como nuestra huella digital, algo que nos permite ser reconocidos entre millones de seres parecidos” (Andrés Pérez Ortega).
Comienza hoy haciendo inventario de tus dones intelectuales, emocionales, espirituales y materiales; sé capaz de desafiar un reto llevándolo adelante. Ningún camino se hace largo si, al transitarlo, vas descubriendo, creando, aprendiendo y sirviendo. Tienes un año por delante y, justo a tu lado, a un Dios amante que se dispone a ser tu guía, consejero y amigo incondicional.
5 de enero
Y ahora... manos a la obra
“Ahora pues, dentro de sus posibilidades, terminen lo que han comenzado con la misma buena disposición que mostraron al principio, cuando decidieron hacerlo” (2 Cor. 8:11).
Viktor Frankl, el creador de la logoterapia, dice en uno de sus libros que podemos descubrir el sentido de la vida en función de tres condiciones: 1) acogiéndonos a los dones de Dios; 2) moviéndonos a la acción; y 3) a través del sufrimiento.
Ayer hablamos del primer aspecto: recibir los dones de Dios y ponerlos en uso. Hoy te invito a reflexionar en la segunda condición, para encontrar el sentido de la vida: la acción. Movernos a la acción quizá sea el paso más complicado cuando nos enfrentamos a diversas dificultades; sin embargo, al hacerlo, entramos en un proceso de mejora permanente, lo que nos abre puertas a una infinidad de posibilidades.
Acción, movimiento, son cosas que parecen simples; sin embargo, frente a una gran dificultad, muchas de nosotras nos quedamos petrificadas, totalmente paralizadas. Para que hagamos algo en esas circunstancias, es necesario que ejerzamos voluntad y pongamos un empeño consciente. Y, aunado a esto, debemos levantar la vista a Dios con fe.
Décadas atrás, las mujeres estábamos en una posición de meras espectadoras de lo que ocurría en el mundo. Hoy, sin embargo, la vida nos ha llevado aun protagonismo (para muchas, tal vez, no deseado). Algunas lo experimentan desde la trinchera de sus hogares, como madres y esposas; otras, desde su ámbito laboral o al frente de un negocio.
Si eres ama de casa, debes saber que no solo arreglas camas y haces la comida; en la crianza de los hijos estás sentando las bases que definirán el destino de la sociedad, que hoy por hoy se encuentra en crisis. Si trabajas fuera de casa, tienes también un desafío que solo será superado si te mueves a la acción.
El obstáculo que con mayor frecuencia nos impide movernos a la acción es el miedo. Sentimos miedo a lo nuevo porque conlleva cambios, ajustes, aprendizajes, esfuerzo… y eso significa salir de nuestra zona de confort.
Dios, que está dispuesto a ir al frente de tus miedos, te hará comprender que es del temor que nace el valor para alcanzar la excelencia. Intentar hacer cosas por ti misma sin contar con la dirección de Dios es arrogancia, pero asirse de la mano del Señor y seguir sus indicaciones revestida de humildad es el camino del éxito.
6 de enero
Para qué sirve el sufrimiento
“Jesús soportó la cruz, sin hacer caso de lo vergonzoso de esa muerte, porque sabía que después del sufrimiento tendría gozo y alegría; y se sentó a la derecha del trono de Dios” (Heb. 12:2).
Soportar dificultades, perder para ganar, sacrificar deseos, enfrentarse a situaciones inesperadas como la enfermedad o la muerte son algunas de las cosas a las que estamos expuestas, e indudablemente traen consigo una dosis alta de sufrimiento.
Muchas personas dudan del carácter de Dios sobre el argumento de que un Dios amante no permitiría el sufrimiento humano. Sin embargo, en su plan maestro en nuestro favor, el sufrimiento, que es resultado de la desobediencia, puede llegar a ser un acicate para alcanzar nuestra perfección en Cristo Jesús.
En realidad, sufrir es inevitable; lo importante es la actitud que tomamos ante el sufrimiento y ante la circunstancia que nos lo genera. Toda mujer cristiana madura reconoce que aceptar el plan de Dios para nuestra vida y movilizarnos para llevarlo a cabo muchas veces implica sufrir.
En una sociedad que tiene como aspiraciones máximas sentir placer y no experimentar dolor, ¿cuál es la razón de ser del sufrimiento en la vida del cristiano? ¿Qué provee el sufrimiento que ninguna otra circunstancia puede dar? Lo primero que nos aporta es que nos abre los ojos a nuestra necesidad de Dios: sufrir nos pone en una situación de vulnerabilidad, la que nos lleva a buscar apoyo y sustento en Cristo, reconociendo que, por nosotras, mismas somos incapaces.
Aunque parezca una paradoja, el sufrimiento con sentido puede llegar a ser una fuente de gozo, porque podemos ver que nos conduce a una madurez espiritual que no hubiera sido posible sin ese dolor. Es en medio de la adversidad como nos damos cuenta de nuestras limitaciones y como obtenemos compasión hacia el que sufre.
Para llegar a cumplir los planes divinos para tu vida, aprovecha los dones de Dios; y muévete a la acción, aunque esto conlleve, quizá, una dosis de sufrimiento. Este año traerá para ti desafíos que te empujarán a tomar decisiones y a actuar, y quizá al hacerlo también tengas que sufrir. Sin embargo, la promesa de Dios es eterna, y nos asegura: “No temas, que yo te he libertado; yo te llamé por tu nombre, tú eres mío” (Isa. 43:1).
Vive este día con la certeza del cuidado de Dios, e impúlsate hacia lo que está adelante con la actitud de una mujer que ha puesto su vida al resguardo del Eterno.
7 de enero
Cambia tu lente
“Te aconsejo que de mí compres oro refinado en el fuego, para que seas realmente rico; y que de mí compres ropa blanca para vestirte y cubrir tu vergonzosa desnudez, y una medicina para que te la pongas en los ojos y veas” (Apoc. 3:18).
Hace unos días asistí a mi cita periódica con el oftalmólogo, atendiendo a su recomendación. Me dijo que, cada dos años como máximo, los lentes deben ser revisados para cambiar su graduación. Me sentía bien con mis lentes; yo creía que me ofrecían una visión clara y nítida, y pensé que era innecesaria la revisión. Sin embargo, ya en el consultorio y tras haber hecho las pruebas pertinentes, me di cuenta de que me hacía falta un cambio de lentes. No vemos lo que no podemos ver.
De repente, todo parecía tener una nueva luz, un nuevo brillo; ahora veía los pequeños detalles de los objetos que me habían pasado desapercibidos sin darme cuenta. Al mirarme al espejo descubrí rasgos en mi rostro que no sabía que tenía: unas cuantas arrugas que yo no había visto, pero que sí, allí estaban; y me descubrí lanzando una exclamación de sorpresa. Indudablemente, era necesario el cambio. Mi conclusión fue: “Las cosas no son como yo las veía”.
Apliquemos esta experiencia al ámbito espiritual. A veces pasamos la vida con una visión borrosa de la realidad. Juzgamos en función de lo que “vemos”, y así mismo opinamos. Incluso amamos a través del filtro de nuestra propia lente, sin preguntarnos si realmente lo que vemos es lo que es. Nuestra visión debe ser renovada, ahora lo comprendo claramente. Para ello tenemos que acudir a la consulta del oftalmólogo celestial, nuestro Dios. En su sabiduría, perfeccionará nuestra visión, y veremos con los ojos del discernimiento espiritual lo que no sabemos ver por nosotras mismas, con nuestra mirada carnal. Nuestra mirada será entonces más empática. Veremos a los demás como Dios los ve. Y descubriremos “arrugas emocionales y espirituales” en nosotras mismas que nos devolverán la humildad. Esa humildad que es la clave de la vida cristiana.
Si tu visión está empañada por un pasado de vergüenza, traumas, desilusiones y fracasos, y estos no te dejan vivir el presente ni mirar con optimismo el futuro, no repartas culpas ni te escondas tras excusas. Ve al consultorio del divino médico, clama por restitución y toma responsabilidad de tu vida. La mirada corregida por el poder de Dios te hará sensible, misericordiosa y equilibrada; podrás trabajar en ti misma y dejar atrás la arrogancia.
8 de enero
Estén siempre alegres
“Llénenme de alegría viviendo todos en armonía, unidos por un mismo amor, por un mismo espíritu y por un mismo propósito” (Fil. 2:2).
Te propongo iniciar hoy una serie de cinco reflexiones basadas en 1 Tesalonicenses 5:16 al 22, que dice así: “1) Estén siempre alegres, 2) oren sin cesar, 3) den gracias a Dios en toda situación, […] 4) sométanlo todo a prueba, […] 5) eviten toda clase de mal”. Empecemos por la primera parte: “Estén siempre alegres” (NVI).
Estar siempre alegres parece imposible. Sin embargo, es un pedido de Dios, y él nunca nos pediría nada que no esté a nuestro alcance. Lo que lo hace parecer imposible es nuestro concepto de la alegría. Entendida como una emoción basada en el placer, claro que es un pedido inalcanzable. Sin embargo, la alegría va más allá de eso.
La alegría a la que se refiere Dios es el estado que alcanzamos cuando vivimos en armonía con él, con nosotras mismas y con el prójimo, y es ajena a las circunstancias que nos rodean. La alegría se asemeja a una planta que se cultiva día a día con cuidado y voluntad; es una decisión firme de restar lo negativo y sumar lo positivo; es pasar del ego al altruismo. El terreno para cultivar la alegría somos tú y yo, así como las relaciones con la familia, los amigos, y las personas que llegan y se van de nuestra vida en el trajín cotidiano.
Comienza estando alegre contigo, con lo que eres, lo que haces y tienes. Si alguno de estos aspectos de tu vida se puede mejorar, atrévete a intentarlo: sueña con lo que es posible y muévete a la acción. Por otro lado, la alegría no se vive a solas; al experimentarla, te encontrarás con personas que vienen, otras que se van y muchas tantas que se quedan. Tal vez tú esperas que los que se quedan, se vayan, y que los que se van, se queden. Al aceptar que no ocurre así, abres la puerta a la flexibilidad mental, que es un principio básico para lograr estar alegres de una manera permanente. Entonces te será posible hacer tuyo el pedido del apóstol: “Alégrense siempre en el Señor. Repito: ¡Alégrense!” (Fil. 4:4).
Cultiva tu alegría cooperando con la voluntad de Dios; entusiásmate frente a los desafíos; ve lo bueno que hay en ti y en los demás; desarrolla el buen humor; ponle sabor a lo desabrido; sé precavida pero no miedosa. El mundo está lleno de alegrías; el arte consiste en saber distinguirlas.
9 de enero
Oren sin cesar
“Manténganse constantes en la oración, siempre alerta y dando gracias a Dios” (Col. 4:2).
Se me ocurrió buscar en el diccionario la definición de la palabra “oración”, y me refirió al siguiente concepto: “Enunciado que tiene un verbo como núcleo del predicado”. En realidad, no era este tipo de oración el que yo buscaba, pero sentada frente a esta definición, reflexioné en ella y la apliqué al concepto de la oración como plegaria.
Cuando oramos, necesitamos que el núcleo sea el Verbo; recordemos quién es el Verbo: “En el principio era el Verbo, el Verbo estaba con Dios y el Verbo era Dios” (Juan 1:1, RVR 95). El verbo es quien nos mueve a nosotras, que somos el sujeto. En otras palabras: cuando oramos nos ponemos en sintonía con Dios para que su Espíritu nos mueva a conocer, aceptar y cumplir la voluntad del Padre.
La oración es una fuente inagotable de bendiciones. La mujer que ora, encuentra sabiduría y discernimiento para hacer frente a sus retos; su fortaleza será renovada cuando el cansancio y la fatiga tomen como presa su cuerpo y su mente. En las Sagradas Escrituras leemos: “Dejen todas sus preocupaciones a Dios, porque él se interesa por ustedes” (1 Ped. 5:7).
Cuando oramos, se ve nuestra naturaleza humana: buscando respuesta a una petición, somos insistentes y nuestras súplicas no cesan. Pudieras llegar a pensar que cansas a Dios; sin embargo, ten la certeza de que te escucha con profunda compasión, y su corazón empático se conmueve. No hay ningún aspecto de tu vida que quede fuera de su atención. La niña, la joven, la esposa, la madre, la abuela siempre encontrarán sustento cuando acudan reverentemente ante Dios suplicando ayuda.
“Tomen tiempo para orar, y al hacerlo, crean que Dios los oye. Mezclen fe con sus oraciones. Puede ser que no todas las veces reciban una respuesta inmediata, pero entonces es cuando la fe se pone a prueba” (Testimonios para la iglesia, t. 1, p. 156). La oración de fe sencilla bendice, restaura, sana, une y, además, renueva tu mente, de tal modo que agudiza tu capacidad de discernir, lo que te lleva a gozar de libertad para tomar decisiones responsables.
Hoy, antes de iniciar tu jornada, inclínate ante Dios con humildad. Que tu oración sea: “Señor, gracias por este nuevo día. Me regocijo en ti. Gracias por todo lo que sentiré y haré hoy, pues confío en que serás mi ayudador, mi amigo, mi consejero y mi sustentador. Amén”.
10 de enero
Den gracias a Dios en toda situación
“Y todo lo que hagan o digan, háganlo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios el Padre por medio de él” (Col. 3:17).
Los expertos aseguran que la gratitud es un sentimiento que puede traer mayor bienestar y sentido de plenitud al ser humano. Afirman que la gratitud puede eliminar la negatividad y el desgano aun frente a las circunstancias más adversas. Un hecho tan simple como decir “gracias” no es tan fácil como pudiéramos creer; hay quienes no perciben en su entorno nada por lo que agradecer.
El pedido del Eterno es: “Den gracias a Dios por todo” (1 Tes. 5:18). ¿Es posible hacerlo cuando llega la muerte, la enfermedad, la ruina financiera o el fracaso de una relación? ¿O será más bien este un pedido de un Dios que está sentado en las alturas de los cielos, ajeno a las necesidades de sus criaturas?
Algunos libros de autoayuda intentan demostrar que, al ser agradecidos, generamos una energía positiva que atrae a personas y circunstancias que nos llenan de bienestar. Yo no creo que la gratitud sea una energía que nosotras podemos generar, sino un don de Dios que debemos pedir en oración con el compromiso de transformarlo en hábito.
Enfocar la mente en el Dios dador de la vida es el principio de la gratitud. Hoy hubo amanecer, y con él la vida inició su jornada; lo saben las aves y lo proclaman con sus cantos al aire. ¿Ya lo hiciste tú? Al atardecer, cuando la naturaleza se despida del día con el canto de los grillos, ¿irás a disfrutar del descanso sin imitar su ejemplo?
Las quejas, los resentimientos y las críticas nos llevan a dar la espalda a Dios; comencemos a hacer de la gratitud una manera de vivir. Los siguientes ejercicios diarios podrán ayudarte a lograrlo:
Arrodíllate y dile a Dios “gracias”; experimentarás una sensación de bienestar.
Escribe al menos tres cosas, situaciones o personas por las que das gracias.
Agradece a Dios por algo que siempre has tenido, pero por lo cual no has agradecido.
Agradece por lo que tienes y por lo que tendrás.
Agradece por lo que no tienes y no necesitas.
Agradece por las personas que se fueron de tu vida, por las que están ahí y por las que llegarán.
Decide ser agradecida.
11 de enero
Sométanlo todo a prueba
“Sométanlo todo a prueba y retengan lo bueno” (1 Tes. 5:21).
Las expertas amas de casa saben que los mejores alimentos se consiguen en los mercados, donde los productos llegan directamente del campo. He tenido varias aventuras en algunos de estos lugares tan típicos de los países latinoamericanos. La mezcla extraordinaria de colores, sabores y texturas me hace volver una y otra vez a repetir la experiencia. Los vendedores que con su mano extendida te ofrecen probar del producto son los que más ayudan a decidir qué llevar a casa. Sin probar no se compra.
Pensando en este asunto, viene a mi mente el consejo del apóstol: “Sométanlo todo a prueba” (1 Tes. 5:21). Si sometemos a prueba el alimento físico que llevamos a la mesa antes de comprarlo, ¿no debemos hacer lo mismo con el alimento para el espíritu y el intelecto? Someter a prueba todo aquello que entra a la casa y a la mente, a veces imperceptiblemente, nos librará de culpas, de hábitos que corrompen y de filosofías que opacan nuestra visión de la eternidad.
Así como haces con los alimentos, somete a prueba lo que entra a tu casa a través de la pantalla, la música y las ideas aparentemente “innovadoras” que cautivan los sentidos, apartándote de la serena conexión con el Eterno. Son tiempos para estar alerta.
La vida es, a veces, como un mercado: vende ideas, filosofías, conceptos y estilos de conducta que pueden corromper el templo del Espíritu Santo, que somos nosotros. La amonestación del Señor es: “Examinaos a vosotros mismos, para ver si estáis en la fe; probaos a vosotros mismos. ¿O no os conocéis a vosotros mismos?” (2 Cor. 13:5, RVR 95).
Si después de leer esta reflexión te dispones a salir al mercado a buscar alimentos para tu familia, disfruta de los colores, aromas y sabores, y alaba a Dios por su generosidad al permitirnos hacer del comer un deleite. Cuando salgas al “mercado” de la vida, aplica la misma fórmula: examina, prueba y elige; para que elijas bien. No todo lo que parece bueno, lo es; pon a prueba lo que escuchas, lo que ves, lo que lees, lo que tocas... De ello depende tu bienestar y el de las personas que están en tu círculo de acción. En esta tarea no estás sola; Dios está contigo.
12 de enero
Apártense de toda clase de mal
“Apártense de toda clase de mal” (1 Tes. 5:22).
Es curioso que el apóstol escribiera “apártense de toda clase de mal” y no sencillamente “apártense del mal”, sin más; infiero entonces que hay varias categorías en lo que al mal respecta. ¿Pueden incluirse aquí asuntos que a nuestros ojos parecen inofensivos, pero que en el fondo son tan malos como lo peor?
Si eres de esas personas que a menudo se confrontan a sí mismas arguyendo “¿qué tiene de malo esto?”, o “soy bastante madura como para hacer ciertas cosas sin que me afecten”, o “no le estoy haciendo daño a nadie”, entonces te estás poniendo en una situación de vulnerabilidad que será aprovechada por Satanás. Nuestro criterio es demasiado frágil como para apoyarnos en él; nuestros pasos solo son seguros cuando afirmamos nuestro caminar por la vida en un “así dice Jehová”.
En la Biblia, leemos: “Todo me es lícito, pero no todo conviene; todo me es lícito, pero no todo edifica” (1 Cor. 10:23, RVR 95). He ahí la clave para actuar con responsabilidad ante Dios y ante nosotras mismas: todo aquello que estorba el crecimiento espiritual y nutre tu naturaleza carnal debe ser evitado. No debes ponerte en la línea de fuego del diablo pensando que eres lo suficientemente “lista” como para no ser derrotada. Lo que lees, lo que miras en la pantalla, tus conversaciones y ciertos pensamientos obsesivos esclavizan tu día a día con cadenas sutiles de perversión.
Cuando Eva se acercó al hermoso árbol que Dios le había prohibido tocar, quizá pensó que no estaba haciendo nada malo, pero le dio a Satanás su primera ventaja. El resto era cuestión de tiempo. El maligno esperó pacientemente hasta que Eva sucumbió a su deseo de poseer el fruto. Un gran conocedor de la naturaleza femenina no se empeña en grandes “trampas”; es sutil, cauteloso y astuto.
Frente a la tentación, ten la certeza de que Dios es poderoso para librarte de ti misma y de tus tendencias a lo malo, lo impuro y lo profano. No tengas vergüenza de declarar tus debilidades a Dios. El eterno y compasivo Señor está a tu alcance cuando lo malo intenta jugarte una mala pasada disfrazándose de bueno. “Cuando nos asalten las tentaciones y las pruebas, acudamos a Dios para luchar con él en oración. Él no dejará que volvamos vacíos, sino que nos dará fortaleza y gracia para vencer y quebrantar el poderío del enemigo” (La oración, p. 52).
13 de enero
Soy mujer: soy amada
“Que Cristo viva en sus corazones por la fe, y que el amor sea la raíz y el fundamento de sus vidas. Y que así puedan comprender con todo el pueblo santo cuán ancho, largo, alto y profundo es el amor de Cristo” (Efe. 3:17, 18).
He conocido a algunas mujeres que se sienten incómodas en su calidad de mujer; por crianza o por cultura, creen que lo femenino es inferior a lo masculino. Viven en una constante lucha contra ellas mismas, con un sentimiento de indignidad que las lleva a una existencia opacada. Les cuesta descubrir todo lo bello que implica ser mujer y, por en de, vivir lo femenino. Simplifican su existencia a pura sobrevivencia, sin reconocer todo el amor que Dios manifestó en ellas al crearlas con género femenino.
Si ese es tu caso, querida amiga, recuerda: nada en tu naturaleza es un error. Bajo esta premisa puedes mirar con fe y confianza tus posibilidades, moverte hacia tus objetivos y cumplir los planes de Dios para ti. Es hora de que aportes tu granito de arena hacia el logro de un mundo mejor; puedes hacerlo desde tu esencia de mujer. Tu valía personal debe estar sustentada en el amor de Dios, no en la aprobación de los demás; sentirte amada por él es la clave cuando tu entorno quiera hacerte creer que no vales nada.
Amarte a ti misma es amar la creación de Dios; menospreciarte, es menospreciar los dones que te otorgó. Disfrutar a la mujer que eres es disfrutar a Dios en tu vida. Cuando tu amor propio se traduce en gratitud al Señor, no es egolatría ni vanagloria, es sencillamente reconocerte como su hija. Nuestra creación no tuvo más razón de ser que el amor de Dios; entender esto es un principio de salud, no solo espiritual, también emocional y relacional.
Ámate a través del amor de Dios; eso te hará ser humilde y cálida; te capacitará para amar a los demás. Como dice Patrice Baker: “Primero aprende a amarte y a aceptarte incondicionalmente. Luego podrás amar y aceptar verdaderamente a otra persona”. Cuando te sientas insegura, recuerda:
El amor de Dios es eterno.
Su amor por ti va más allá de tu entendimiento.
Él siempre te amará incondicionalmente.
Solo experimentando su amor podrás amar a tu prójimo.
Afiánzate en su promesa: “Porque te aprecio, eres de gran valor y yo te amo” (Isa. 43:4).
14 de enero
Soy mujer: soy perdonada
“Aunque sus pecados sean como el rojo más vivo, yo los dejaré blancos como la nieve; aunque sean como tela teñida de púrpura, yo los dejaré blancos como la lana” (Isa. 1:18).
Uno de los eslabones más débiles de la cadena de la conmiseración humana es nuestra incapacidad de perdonarnos a nosotros mismos y de reconocer y aceptar el perdón de Dios. Esto nos ata a sentimientos de culpa que pueden llegar a ser obsesivos y esclavizadores. La culpa es como un repiqueteo constante a la conciencia que paraliza, debilita y enferma. Centrarnos en los errores cometidos y usarlos como un látigo para infligirnos autocastigo es poner en duda el amor de Dios.
El remordimiento es otro peso inútil que cargamos; es simplemente “mordernos” vez tras vez y herirnos, considerándonos indignas de gozar la vida. El remordimiento pone en peligro nuestra salud; muchas enfermedades físicas y psíquicas son causadas por ese remordimiento que se sustenta en la incapacidad de perdonar.
Recuerdo a aquella mujer que, agobiada por la culpa, se atribuía la muerte de uno de sus hijos. Era triste verla sumida en un dolor sin tregua; las discusiones más intensas las tenía con ella misma y con Dios. No había nada ni nadie que pudiera hacerla salir de la cárcel donde habitaba voluntariamente.
Muchas decisiones erróneas del pasado pueden hacernos sentir que no me recemos el perdón de Dios. Sin embargo, es bueno recordar que somos perdonadas por los méritos y la gracia de Cristo. El Señor nos enseña: “Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y no hay verdad en nosotros; pero si confesamos nuestros pecados, podemos confiar en que Dios, que es justo, nos perdonará nuestros pecados y nos limpiará de toda maldad” (1 Juan 1:8, 9).
No permitas que el remordimiento y la culpa por errores pasados sean tu “zona de confort”, donde alimentas tu ego regodeándote en tu miseria, tal vez con la esperanza de obtener lástima. Dios desea que seas libre. Rompe las cadenas con las que voluntariamente te atas. “Cree que él pagó el precio de tu pecado y de tu culpa. Cree que él te ha salvado y te ha limpiado. Cree que él satisfará cualquier necesidad generada por tu pasado” (T.D. Jakes, Mujer, ¡eres libre!, p. 219).
Mírate a través de los ojos del Salvador. Él te dice: “Si alguno está en Cristo, nueva criatura es: las cosas viejas pasaron; todas son hechas nuevas” (2 Cor. 5:17, RVR 95).
15 de enero
Soy mujer: soy libre
“Cristo nos dio libertad para que seamos libres. Por lo tanto, manténganse ustedes firmes en esa libertad y no se sometan otra vez al yugo de la esclavitud” (Gál. 5:1).
El tema de la libertad se debate en diversos foros; hablan de ella los eruditos en la materia, y también las personas comunes como tú y yo. Jóvenes y ancianos, desde diferentes escenarios, levantan la voz exigiendo libertad. Lo cierto es que la libertad fue un regalo de Dios a sus criaturas, al cual renunciamos voluntariamente cada vez que decidimos dejar de depender del Señor. No nos damos cuenta de que, al hacerlo, nos encadenamos a un poder que nos somete, llevándonos a perder ese valiosísimo tesoro llamado libertad.
Esta es una razón por la que muchas mujeres vivimos en las cárceles psicológicas del miedo, la ansiedad y la amargura. Intentando ser “libres” de una manera independiente a Dios, construimos muros infranqueables que no solo nos separan de Dios, sino también de los demás. Limitamos así nuestra actuación a un escenario pobre, miserable y estrecho donde solo sobrevivimos, sin disfrutar la emoción de vivir una vida plena en Cristo Jesús. Alguien dijo: “Hay muchas personas que sueñan con la libertad pero siguen enamoradas de sus cadenas”. ¡Qué acertado!
La libertad que Dios nos ofrece no es el libertinaje irresponsable de quienes desean hacer lo que les venga en gana, sean cuales fueren las consecuencias. La mujer libre en Cristo tiene frente a ella un escenario de enormes oportunidades de crecimiento personal. La libertad en Dios nos permite llegar a “ser” lo que él quiere que seamos, sin intentar parecernos a nadie.
La mujer que escoge ser libre:
Sueña sus sueños con Dios.
Ama sin ataduras de dolor.
Pone límites para preservar su integridad y dignidad.
Ejerce su autonomía.
Expresa sus emociones, sin lastimar a nadie.
Es auténtica y original.
No permite que la empujen a hacer lo que va en contra de sus principios.
Busca el bien en ella y en los demás.
Comienza y termina su día agradeciendo las bendiciones recibidas.
Amiga, escoge ser libre, con esa libertad que rompe cadenas, pero que a la vez pone límites saludables para asegurar su permanencia en Dios.
16 de enero
Soy mujer: soy feliz
“Alégrense siempre en el Señor. Repito: ¡Alégrense!” (Fil. 4:4).
Algunos aseguran que la felicidad es un arte que se puede cultivar; otros afirman que es un estado emocional que desarrollamos como un hábito; también hay quienes aseguran que es parte de la dicotomía de la vida; es decir que, para ser feliz, es necesario conocer la tristeza. No importa de qué lado nos pongamos, lo cierto es que el pedido de Dios al respecto es: “Estad siempre gozosos” (1 Tes. 5:16, RVR 95). Pero ¿cómo lograrlo, siendo que vivimos en un mundo de dolor y sufrimiento? ¿Es acaso un pedido imposible? Por supuesto que los pedidos de Dios no son imposibles.
Por naturaleza, los seres humanos tenemos tendencia a evitar el dolor y el sufrimiento. La máxima de la vida es encontrar la felicidad, y los caminos para encontrarla son inimaginables. La felicidad del mundo, basada en el principio del placer, genera un desgaste emocional y físico, en ocasiones, con graves consecuencias. Sin embargo, el gozo que Dios nos ofrece es mucho más sencillo. Es de dentro hacia fuera, y no está sujeto a nada de lo que ocurre a nuestro alrededor.
Las mujeres que creemos en Dios tenemos razones más que suficientes para ser felices, aun en medio de las vicisitudes de la vida. La felicidad no depende de un instante; la felicidad es una cadena formada por muchos eslabones de gratitud, fe, confianza, amor, misericordia y sensibilidad. Si así no fuera, ¿cómo entenderíamos el hecho de que personas que viven en medio de carencias de todo tipo puedan verse gozosas y radiantes?
Parece ser que existe una estrecha relación entre utilidad y felicidad; de hecho, sentirse útiles abre la puerta a la verdadera alegría. Pienso ahora mismo en la misión de Jesús, que “no vino para ser servido, sino para servir” (Mat. 20:28, RVR 95).
Amiga, ¿por qué no empezar hoy? Considera en tu bitácora del día un acto de servicio. No solo ayudarás a alguien, sino que también te ayudarás a ti misma. La satisfacción de realizar un acto generoso en favor de otro es un detonante efectivo para sentir satisfacción personal, que indudablemente producirá gozo. Como dijo Teresa de Calcuta: “El servicio más grande que podemos hacer a alguien es conducirlo para que conozca a Jesús, para que lo escuche y lo siga; porque solo Jesús puede satisfacer la sed de felicidad del corazón humano, para la que hemos sido creados”.
17 de enero
Siempre hay esperanza
“Fíjense cómo crecen los lirios: no trabajan ni hilan. Sin embargo, les digo que ni siquiera el rey Salomón, con todo su lujo, se vestía como uno de ellos. Pues si Dios viste así a la hierba, que hoy está en el campo y mañana se quema en el horno, ¡cuánto más habrá de vestirlos a ustedes” (Luc. 12:27, 28).
Hace tiempo, un viaje por carretera me llevó al corazón de uno de los desiertos más inhóspitos del planeta. Por primera vez pude ver el sol caer a plomo sobre la tierra agrietada. Cuando una florecita logra vencer esa adversidad y brotar, es un acontecimiento asombroso.
Las plantas del desierto son ingeniosas. Durante las horas de calor cierran sus hojas y se inclinan a tierra; cuando atardece y la temperatura baja, abren sus hojas y miran al cielo para recibir el rocío y almacenar agua para la jornada que vendrá. Por las noches, el frío es tan intenso, que no parecen dar señales de vida. Sin embargo, al amanecer continúan fieles a su misión: florecer. ¡Cuán grande es el amor de Dios por sus criaturas! Si él cuida de las flores, cuidará también de ti.
¡Hay tantas mujeres semejantes a las flores del desierto, rodeadas de condiciones adversas! Nacen y viven en situaciones de abandono; inmersas en relaciones áridas incluso con las personas que deberían amarlas. Algunas son despreciadas por su origen. Las circunstancias parecen no darles tregua. Los días son largos y las oportunidades cortas. Viven en un desierto. ¿Qué hacer para sobrevivir? ¿Cómo enfrentar el día a día ahogadas en llanto, sin un “pañuelo” que lo enjugue? ¿Cómo encontrarle sentido a la vida? Saber que Dios está cerca es el único consuelo.
“El Señor está cerca, para salvar a los que tienen el corazón hecho pedazos y han perdido la esperanza” (Sal. 34:18). Esta es una “oferta” de vida que podemos aceptar, con la seguridad de que nunca fallará. En el desierto hay vida a pesar de las circunstancias; en tu “desierto”, también hay vida. Tu entorno parece imposible de cambiar, pero sí puede cambiar tu forma de entenderlo.
Las tribulaciones son permitidas por Dios para algún propósito.
El que comenzó en ti la buena obra, la concluirá (ver Fil. 1:6).
Aprovecha tu “libertad interior” para tomar decisiones correctas.
Haz que tu sufrimiento valga la pena.
“Yo, el Señor tu Dios, te he tomado de la mano; yo te he dicho: “No tengas miedo, yo te ayudo”” (Isa. 41:13).
18 de enero
¿Sexy o femenina?
“Los encantos son una mentira, la belleza no es más que ilusión, pero la mujer que honra al Señor es digna de alabanza. ¡Alábenla ante todo el pueblo! ¡Denle crédito por todo lo que ha hecho!” (Prov. 31:30, 31).
Mientras esperaba en una tienda, me topé con el título de un libro que llamó mi atención: Cómo ser una mujer sexy. Me adentré un tanto en la lectura: “La mujer sexy es aquella con originalidad erótica, que explota sus puntos físicos fuertes e invita al ‘amor’ con sutileza femenina”. Entonces, la mujer sexy es la que anda por doquier invitando al “amor erótico” usando sus atributos físicos. El autor me quedó debiendo mucho.
¿Y lo demás? La inteligencia, la delicadeza, el discernimiento, la ternura, los valores, el cuidado personal, la discreción…, ¿dónde dejamos todo eso? ¿Acaso no está en el rango de lo femenino? O, yéndonos al otro extremo, ¿será que la mujer femenina no debe preocuparse por el peinado, el vestido, el calzado, el cabello ni los perfumes? ¿Dónde está el equilibrio?
Somos poseedoras de lo femenino por creación, como un don de Dios. Lo femenino es lo que nos hace diferentes, nos da identidad; debemos apreciarlo y resaltarlo en nuestra personalidad. Eso incluye el cuidado del cuerpo, de las emociones y del intelecto. Creer que solo la exaltación de los rasgos físicos nos da valor nos convierte en mujeres banales y superfluas, y a la larga nos dejará un gran vacío.
Ser mujer es un arte que todas podemos cultivar, y un don que debemos desarrollar con responsabilidad. Hemos sido equipadas por Dios para eso. Somos poseedoras de una naturaleza exquisita, de habilidades sociales, espirituales y emocionales muy interesantes; si las ejercemos con prudencia y humildad, seremos tratadas con respeto y recibiremos la bendición de Dios.
Comprometámonos ante Dios y con las siguientes generaciones a modelar con dignidad lo que es ser mujer. Hoy, cuando lo femenino es despreciado por muchas y distorsionado por otras tantas, nosotras, las mujeres cristianas, somos instrumentos de Dios para rescatar la verdadera femineidad.
Antes de iniciar las actividades de este día, mírate en el espejo. Péinate con gracia, vístete con sentido común, resalta la belleza de tu figura cuidando lo que comes pero, por sobre todas las cosas, mírate como una hija de Dios y alábalo por la forma como te hizo. Que tu reflexión sea: “Me observo animada ante un espejo, que me ilumina con un hermoso reflejo. Veo salir de mi alma brotes de amor, semillas sembradas por el Señor” (Consuelo Sánchez).
19 de enero
Tienes poder cuando eres tú
“Pido al Padre que de su gloriosa riqueza les dé a ustedes, interiormente, poder y fuerza por medio del Espíritu de Dios, que Cristo viva en sus corazones por la fe, y que el amor sea la raíz y el fundamento de sus vidas” (Efe. 3:16, 17).
Por todos lados escucho hablar del poder de la mujer. Las mujeres están “empujando” para entrar al mundo de los negocios, la política y muchos otros ámbitos que algunas décadas atrás eran exclusivos de los varones. Buscan sentirse poderosas, y me pregunto si también debemos buscarlo nosotras, quienes no aparecemos en las portadas de las revistas, las que simplemente somos “mujeres”.
¿Es legítima la búsqueda de poder? ¿Necesitamos poder para criar hijos, para consolar a los tristes, para llevar la administración del hogar? Por supuesto que sí, pero este es un poder superior al que emana de nuestras capacidades y facultades propias. La mujer “poderosa” es la que abreva cada día en la fuente de poder que es Cristo Jesús; es entonces, y solo entonces, cuando se sentirá capaz de hacer frente a los desafíos de vivir. Dotada por Dios con habilidades especiales, la mujer poderosa trabaja con sus recursos sin intentar parecerse a nadie. Esta singularidad la llevará a descubrir y cumplir su misión, a su manera y a su tiempo.
El poder personal para impactar a los que nos observan está cimentado en una entrega incondicional a Dios y en la voluntad de ser lo que somos, aceptando, en primer lugar, nuestra condición de mujer y, en segundo lugar, la individualidad que nos hace fuertes donde otras son débiles y viceversa. Esto genera un espíritu de humildad y solidaridad. Poseedoras de creatividad, emociones, espiritualidad, entereza y una disponibilidad natural para “estar con el otro”, tenemos un vasto territorio que explorar y conquistar para la honra de Dios.
Renunciar a la competitividad entre nosotras y a la lucha de poder con los varones, así como tener una humilde sumisión a la voluntad de Dios, son el A, B, C de la mujer poderosa.
A = ama lo que eres.
B = baja la guardia, no pelees con los varones.
C = camina con Dios cada día.
Amiga, descúbrete con la ayuda de Dios. Suplica por misericordia y gracia. Este es el camino que te llevará al encuentro del bien y la verdad, que te dará poder para testificar de las maravillas y la grandeza de Dios.
20 de enero
Los tres poderes de la mujer cristiana
“Ama a la sabiduría, no la abandones y ella te dará su protección” (Prov. 4:6).
Ayer hablamos de la búsqueda del “poder femenino”. En realidad, no podemos estar ajenas a este movimiento social; porque vivimos en sociedad y porque la mujer es un agente de cambio en todos los campos de su desempeño, sea madre, esposa, abuela, soltera o casada. Pero, no nos confundamos, el hecho de que una mujer pueda pilotear un avión, dirigir una empresa o subirse a un ring de boxeo no es lo que la hace poderosa. El verdadero poder es el que emana de Dios.
Necesitamos, pues, saber quiénes somos; la respuesta a esta pregunta abre ante nosotras una gama increíble de posibilidades. Somos creación de Dios, dotadas de inteligencia, voluntad y libertad, virtudes comunes en los hombres y las mujeres; sin embargo, el uso que hagamos de ellas determinará la clase de personas que seremos.
Las escalas que miden la inteligencia son muchas, como también lo son los expertos que se han dado a la tarea de clasificarla en categorías. Alguien dijo algo muy simple que viene al caso para esta reflexión: “La persona inteligente no es aquella que sabe mucho, sino aquella que sabe qué hacer con lo que sabe”. Es a esta clase de inteligencia a la que quiero hacer referencia, y que algunos llaman inteligencia emocional.
La inteligencia emocional nos lleva a ser asertivas para aprender y conservar en la memoria el conocimiento útil para vivir bien. Tiene que ver con el discernimiento, el desarrollo de autoconciencia, el control de las emociones y, por ende, el de la conducta. Es la clase de inteligencia a la que hace referencia el sabio cuando dice: “Sabiduría ante todo, ¡adquiere sabiduría! Sobre todo lo que posees, ¡adquiere inteligencia!” (Prov. 4:7, RVR 95). Equivale a tener una percepción adecuada de una misma, y una actitud de tolerancia y solidaridad hacia los demás.
Aun así, algo que parece tan simple no siempre lo es; a veces se torna complicado, sobre todo, en una sociedad donde tantas mujeres prefieren hacer lo que dice y hace la mayoría, sin filtrar la información que reciben. Las mujeres de Dios no son figuras decorativas como maniquíes en un escaparate; son “hacedoras” de vida.
Amiga, comienza tu día agradeciendo al Señor por la forma maravillosa como te creó; no permitas que tu condición de mujer te impida reconocer lo que realmente eres y puedes hacer para el fiel desempeño de tus tareas doquiera que estés.
21 de enero
¿Con voluntad o voluntariosa?
“Mira que te mando que te esfuerces y seas valiente; no temas ni desmayes, porque Jehová, tu Dios, estará contigo dondequiera que vayas” (Jos. 1:9, RVR 95).
No es lo mismo una mujer con voluntad que una mujer voluntariosa. Tener voluntad es ser capaz de hacer lo contrario a nuestra tendencia inmediata, porque sabemos que es lo correcto. Es sinónimo de determinación para llevar a cabo aspiraciones y anhelos. Es poner a prueba nuestras capacidades para alcanzar un fin o un bien. En cambio, ser voluntariosa es encapricharse con hacer siempre la voluntad de una. La mujer voluntariosa hace gala de su testarudez; siempre quiere tener la razón en todo y, si no lo logra, se vuelve intolerante y rencillosa. La Biblia se refiere a las tales, así: “Gotera continua [son] las contiendas de la mujer” (Prov. 19:13, RVR 95).
He conocido a mujeres de ambos grupos y, para qué negarlo, algunas veces yo he sido voluntariosa. Si la mujer con voluntad se “empuja” a sí misma para el logro de sus objetivos, la voluntariosa “aplasta” a los demás hasta lograr lo que desea.
La voluntad como virtud ha llevado a muchas personas al logro de objetivos que, a la vista de todos, parecían inalcanzables. No se basa en la arrogancia; por el contrario, quien tiene voluntad reconoce sus limitaciones y sus habilidades y va hacia adelante sin falsas expectativas, como Adriana Macías.
Adriana Macías llegó a este mundo sin brazos. Muchos pensaron que eso era una desgracia; para ella, la vida fue un regalo que había que abrir poco a poco. Con gran voluntad, fe en Dios y confianza, se atrevió a soñar en grande y trabajó con entereza hasta hacer sus sueños realidad. Hoy es una reconocida escritora, abogada y conferencista. Sus pies son sus manos y no hay actividad que no pueda hacer.
Una mujer con voluntad:
Somete su voluntad a la voluntad de Dios.
Cuando inicia una tarea, la termina.
Asume riesgos sin ponerse en peligro.
Se atreve a ir a contracorriente para defender sus valores.
Toma decisiones en consulta con la Palabra de Dios.
Busca el sentido de su vida en el Creador.
Amiga, descúbrete y apréciate como Dios lo hace; desafiando el desánimo, atrévete a cumplir el plan de Dios para tu vida.
22 de enero
¿Libertad o libertinaje?
“Cristo nos dio libertad para que seamos libres. Por lo tanto, manténganse ustedes firmes en esa libertad y no se sometan otra vez al yugo de la esclavitud” (Gál. 5:1).
Desde el punto de vista bíblico, la libertad es un legado de Dios a sus criaturas. Fuimos hechos para ser libres, derecho al que renunciamos cuando el pecado nos hizo esclavos. La libertad implica elección, decisión y responsabilidad. Sin embargo, la libertad es entendida hoy como el derecho de toda persona a hacer lo que desee, como dueña de su vida que es. Esto no es bíblico. Este nuevo y extendido concepto de libertad implica decidir aunque no se esté dispuesto a hacerse cargo de las consecuencias. Lamentablemente, en una sociedad hedonista, la libertad se mira como sinónimo de excesos y búsqueda desenfrenada del placer inmediato. Esto, en realidad, es libertinaje.
Mucho se habla hoy de la “liberación femenina”, insinuando con ello que siempre hemos vivido en opresión, sin auténtica libertad. Esta forma de pensar puede resultar fascinante, si no tenemos cuidado. Por supuesto que, de acuerdo a la voluntad de Dios, debemos pensar, actuar y vivir en libertad. La felicidad de la vida se encuentra a través de la autodeterminación para ser lo que deseo ser. Pero la mujer libre no desestima lo masculino; al contrario, lo aprecia y lo necesita. Tampoco es libre al atribuirse los roles masculinos. La libertad se encuentra en la concordia, el respeto mutuo y el rescate de nuestra esencia personal. La libertad se origina en el ser interno, y permite obrar según la propia voluntad puesta en sujeción a la voluntad de Dios.
Dios te hizo libre y desea verte libre; pero con la verdadera libertad. Levanta la cabeza y sacúdete las cadenas del miedo. No permitas que un sentido infundado de incapacidad te gobierne. En la Escritura leemos: “Conocerán la ver dad, y la verdad los hará libres” (Juan 8:32). Busca tu libertad en la verdad.
El desenfreno, los placeres ilícitos y el desprecio por las normas no te harán libre; solo lograrán encadenarte a la culpa, al desprecio por ti misma y a no comprender el significado de tu existencia. Confía en tu Creador y cumple sus propósitos en tu vida. Pregúntale en oración: ¿quién soy?, ¿a dónde voy? y ¿cuáles son los planes que tienes para mí? Es así como tu rumbo en la senda de la vida te llevará en libertad al cumplimiento de la promesa: “Porque yo Jehová soy tu Dios, quien te sostiene de tu mano derecha y te dice: ‘No temas, yo te ayudo’ ” (Isa. 41:13, RVR 95).
23 de enero
¿Quieres ser libre? Ámate
“Digo, pues, por la gracia que me es dada, a cada cual que está entre vosotros, que no tenga más alto concepto de sí que el que debe tener, sino que piense de sí con cordura, conforme a la medida de fe que Dios repartió a cada uno” (Rom. 12:3, RVR 95).
Algunos piensan que amarse a uno mismo es de egoístas; otros aseguran que el amor a los demás es una extensión del amor que tengamos por nosotros mismos. Yo opto por citar a Jesús: “Ama a tu prójimo como a ti mismo” (Mat. 22:39). Puedo entender que el parámetro de comparación tiene que ver con el concepto que tengo de mí misma; es decir, podré amar a los demás cuando tenga aprecio y amor por mí.
Lo que falta definir con precisión es qué significa el amor propio, y cómo se sustenta y se manifiesta en la vida de las hijas de Dios. Quien desprecia algún aspecto de su vida será incapaz de apreciar y aceptar a los demás en su totalidad.
El amor a una misma implica un reconocimiento de las cualidades personales, de las fortalezas y debilidades, y una aceptación humilde de la disciplina de Dios y del consejo del otro hasta alcanzar la madurez. Recordemos que nuestro valor fue estimado en la cruz del Calvario. Si Dios te amó tanto, tú debes amarte también; lo contrario sería ingratitud.
Muchas mujeres desearían haber nacido hombres. Muchas se desgastan intentando parecerse a otras, o tratando de cambiar lo que son. Todo esto es in fructuoso y conduce a la insatisfacción personal. Nadie es más ni menos importante ante nuestro Creador. Amiga, si has caído en la trampa de la autocompasión, sal a la luz de Dios y toma la senda de la renovación personal. Trabaja contigo y para ti, con la ayuda de Dios. Toma en cuenta que:
Las diferencias nos hacen únicas y especiales.
Apreciar lo que eres te dará estabilidad emocional, y desarrollarás mejores relaciones con los demás.
Concéntrate más en tus aciertos que en tus errores.
Siéntete cómoda con lo que eres y con lo que tienes.
No busques siempre la aprobación de los demás; busca la aprobación de Dios.
No eres perfecta, pero hay mucho en ti que es un tesoro; descúbrelo. Tener una opinión pobre de ti no es modestia, es autodestrucción. Tener una adecuada apreciación de lo que eres no es egoísta, es algo que necesitas para amar a los demás.
24 de enero
No necesitas parecerte a nadie
“No me avergüenzo de ello, porque yo sé en quién he puesto mi confianza; y estoy seguro de que él tiene poder para guardar hasta aquel día lo que me ha encomendado” (2 Tim. 1:12).
La búsqueda de la originalidad es el desafío de muchas; ser original es tener ideas diferentes, hacer las cosas y expresarse de manera distinta. Sin embargo, lo que hacemos a veces desmiente lo que buscamos. Basta pararse en cualquier paso peatonal para darse cuenta de que la mayoría de las personas vestimos muy similar. La originalidad se acaba cuando una moda se impone. El problema surge cuando renunciamos a nuestros valores y creencias para conseguir aprobación.
La fuerza más poderosa a vencer para los que quieren ser originales es la presión social. Es una fuerza que arrastra a asumir ideas y modos de ser, pasando por encima de la originalidad que buscamos. Es inevitable que el grupo de amigos ejerza influencia en lo que somos y se convierta en un factor determinante en nuestra forma de ser y pensar, aun sin que lo percibamos. Todos tenemos necesidad de aceptación, y de ser estimados y tomados en cuenta. Cuando esta necesidad no es satisfecha, podemos caer en la negación de lo que realmente somos, poniendo en peligro la dignidad y el libre albedrío, dos derechos dados a toda criatura por creación.
Posiblemente pienses: “La vida, las circunstancias, las costumbres, los modos de hacer las cosas cambian”; sin embargo, la Biblia dice: “La hierba se seca y la flor se marchita, pero la Palabra de nuestro Dios permanece para siempre” (Isa. 40:8). Los dichos de Dios son eternos y tienen como única razón de ser preservarte para la eternidad. Los “no” de Dios no son arbitrarios, mucho menos punitivos; son la salvaguarda de la vida humana. Sin ellos, estaríamos a la deriva.
Caminar por la vida con un “así dice Jehová” te pone a salvo, te brinda la seguridad de ir por el rumbo correcto. Puedes adaptar tu peinado y tu vestido a la moda, pero sin tirar por la borda lo bueno y lo santo que Dios puso en ti. Antes de aceptar propuestas ajenas, revisa tus creencias, confía en ti misma y en Dios, y sé capaz de rechazar los intentos de los demás para que hagas lo que consideras incorrecto. No desoigas la voz del Espíritu Santo, que siempre te advierte cuando estás en zona de peligro.
25 de enero
Tus sueños pueden ser los sueños de Dios
“Yo sé los planes que tengo para ustedes, planes para su bienestar y no para su mal, a fin de darles un futuro lleno de esperanza” (Jer. 29:11).
Son muchas las que piensan que las condiciones limitantes de la vida son obstáculos infranqueables. Consideran que nacieron con todo en contra y lo que les toca es resignarse. Se acostumbran a vivir en la zona de confort de su desgracia, desconociendo que Dios las creó con capacidades infinitas para darle la vuelta a ciertas adversidades. El derrotismo acumulado debilita el sentido de autorrealización; impide el crecimiento y el desarrollo personal; no nos permite vernos como “hijas de Dios”, con la posibilidad constante de crecimiento.
Ella se veía débil. La vi por primera vez detrás de una máquina de hacer jugos de fruta que ofrecía a sus clientes. Pensé que allí se quedaría el resto de su vida; sin embargo, conocer su conmovedora historia me dejó asombrada. Había nacido en un pueblo del sur de México, en una zona indígena donde las oportunidades de progreso son casi nulas. Su tarea diaria era preparar la comida para los miembros de su familia, sin dejar de asistir a la única escuela de nivel medio en su entorno. Cuando finalizó sus estudios, decidió dejar su casa, a sus conocidos, y viajó a la ciudad para trabajar preparando jugos de fruta con su limitado conocimiento del español. Su anhelo de seguir estudiando crecía y, mientras exprimía frutas, también “exprimía” su cerebro pensando cómo hacer realidad su sueño. Cada mañana, ofrecía jugos a los estudiantes de la escuela de gastronomía ubicada frente a su puesto de trabajo. Se preguntaba si su deseo de ser uno de ellos era absurdo. Con el tiempo, tuvo la osadía de pedir a su empleadora tiempo para ir a la escuela; con los grados académicos que tenía podía aspirar a estudiar para llegar a ser chef.
Esta historia de esfuerzo tuvo un final feliz, y me convencí de que, cuando los sueños son los correctos, Dios también los hace suyos y los empuja hasta su cumplimiento. Solo necesitas creer en ti y en Dios, en tus talentos y en los dones especiales que posees por creación. Tus peores desafíos serán vencer la pereza, el desgano, la indiferencia y la desidia, en medio de una sociedad que busca lo fácil y lo rápido.
Arrodíllate y cuéntale tus sueños a Dios. No desistas; confía y muévete hacia tus objetivos. El éxito está sembrado de rosas; Dios se encargará de quitarles las espinas.
26 de enero
¿Cómo pretendes volar si no tienes alas?
“Los que confían en el Señor tendrán siempre nuevas fuerzas y podrán volar como las águilas; podrán correr sin cansarse y caminar sin fatigarse” (Isa. 40:31).
Las alas de las aves están constituidas de una manera maravillosa; poseen un sistema esquelético y muscular tan ligero, que hace posible el vuelo. Sin embargo, hay algunas aves que, aun teniendo alas, no pueden volar, porque estas son reducidas en tamaño o muy pesadas.
A veces, nos referimos a personas diciendo que han volado muy alto, cuando han alcanzado sus ideales, sus sueños y sus proyectos. Tal vez lo decimos haciendo alusión al vuelo de las aves, que pueden volar largas distancias y a gran altura. Esta atinada figura de pensamiento bien puede ser aplicada a nosotras. No tenemos alas, pero podemos volar cuando hacemos posible lo imposible, cuando dejamos las quimeras para trabajar en nuestra vida para alcanzar los propósitos de Dios para sus hijas.
Los expertos en estudios de la naturaleza humana aseguran que una persona alcanza las alturas cuando llega a la autorrealización personal, que se define como un estado de plenitud y bienestar que no se consigue por lo que nos ofrece el entorno; más bien, es un proceso interno de autovaloración.
Cuando despertamos a la realidad de lo que somos y nos empoderamos a través de los dones que Dios nos ha dado, podemos volar muy alto, aun sin tener alas. Las alturas se alcanzan cuando dejamos de cargar nuestros complejos, nuestras culpas, nuestras desilusiones y nuestros desencantos, y nos atrevemos a salir del rincón oscuro y paralizante de la conmiseración personal, los infortunios y los desaciertos.
Amiga, ser mujer no es necesariamente lo que te han enseñado ni lo que has vivido hasta ahora. Despierta a la realidad de lo que eres; sencillamente eres parte de la expresión del amor de Dios. Recuerda que los obstáculos son una fuente de aprendizaje, y que a través de ellos puedes lograr fortaleza, valor y esperanza, en ti, en Dios y en los demás.
Desarrolla una mirada “bifocal”: mira al cielo para que seas consciente de la presencia de Dios en tu vida, y baja los ojos a tu realidad presente para que descubras las posibilidades y los recursos que tienes disponibles. “Fijemos nuestra mirada en Jesús, pues de él procede nuestra fe y él es quien la perfecciona” (Heb. 12:2).
27 de enero
¿Conversaciones chatarra?
“Por tus palabras serás justificado, y por tus palabras serás condenado” (Mat. 12:37, RVR 95).
Es muy común oír que las mujeres hablamos más que los hombres; sin embargo, para no dejarme llevar por lo que se dice, me puse a investigar al respecto, y lo que descubrí me resultó sumamente interesante.
Según una investigación de la Universidad de Maryland, en los Estados Unidos, “las mujeres hablan más que los hombres. Esto se debe a una proteína que produce nuestro cerebro. Debido a esto, las mujeres pronuncian unas veinte mil palabras al día, mientras que los varones no más de siete mil”.
A modo de broma, se me ocurre pensar: si hablamos más por causa de una proteína, ¿por qué algunas de nuestras conversaciones son chatarra? Como los chismes, las quejas, la crítica injustificada, los chistes vulgares, las mentiras, los rumores, las conversaciones ociosas y vanas que se hacen interminables y no traen ningún provecho ni al que las dice ni al que las oye…
Las mujeres nos hemos hecho acreedoras del calificativo “dicharacheras”, porque hablamos y hablamos y seguimos hablando. Alguien dijo que las mujeres, cuando hablan, usan una autopista de ocho carriles para expresar y procesar sus emociones, mientras que los varones solo tienen un pequeño camino rural. Si esto es así, tenemos una gran responsabilidad con respecto a la forma en que hablamos. Es evidente que todo lo que decimos muestra lo que somos, y lo que somos afectará a lo que hacemos. En la Biblia leemos: “La lengua es un fuego. Es un mundo de maldad puesto en nuestro cuerpo, que contamina a toda la persona” (Sant. 3:6).
Las conversaciones “chatarra” erosionan la reputación de la persona de la que se habla, pero también la de quien las tiene. Los rumores que corren de boca en boca destruyen vidas. Las palabras dichas con sarcasmo atropellan la dignidad personal. Y ni qué decir de las palabras vulgares que no solo violentan el idioma en sí, sino que también ofenden a Dios y nos denigran en nuestra condición de seres creados a su imagen.
Este día no cuentes tus palabras; preocúpate por cuidar el efecto que causan y pídele a Dios que las santifique. Toma en cuenta que:
Lo que dices puede ser bueno para ti, pero malo para otros.
Hacer chistes a costa de la dignidad de otros es inmoral.
La queja constante corroe tu capacidad de ser feliz.
La palabra dicha como conviene es un bálsamo para las almas.
Darás cuenta ante Dios por tus palabras.
28 de enero
“Si subes la escalera como vieja, llegarás a la cima como joven”
“Las ancianas asimismo sean reverentes en su porte […], maestras del bien. Que enseñen a las mujeres jóvenes”
(Tito 2:3, 4, RVR 95).
La reflexión de hoy está inspirada en el proverbio que dice: “Si subes la escalera como vieja, llegarás a la cima como joven”. La juventud y la vejez son etapas en el ciclo de la vida imposibles de evitar. Asumir esta realidad nos librará de falsas expectativas. La única diferencia entre ellas es que la vejez se sustenta en los años vividos y la juventud, en los años por vivir.
A menudo pensamos en la vejez como poco deseable, pero si las mujeres jóvenes se apropian del tesoro que las ancianas han acumulado en años, ascenderán la cuesta de la vida con paso seguro y certero.
Alguien ha creado la ilusión de que las jóvenes y las ancianas van por caminos distintos y es difícil que transiten juntas por la vida. La verdad es que hay un solo camino para la mujer, solo que las mujeres ancianas lo transitaron primero, y las jóvenes vienen atrás. Las ancianas conocen todas las “estaciones de la vida”, lo que las hacer perfectas guías de aquellas que están por conocerlo. La joven prudente nunca desestimará el conocimiento vivencial de una mujer que ha sido niña, adolescente, joven y adulta, y que ha llegado finalmente a la cima. Permitirá que su inexperiencia sea fortalecida por la experiencia acumulada de una mujer que no solo tiene años, sino también lecciones que enseñar.
Por otro lado, la mujer sabia que acumula años no pondrá obstáculos en el transitar de las jóvenes; las guiará con delicadeza y ternura. Será sensible y no juzgará con rudeza, arguyendo que “en mis tiempos” las cosas se hacían de otra manera.
Jóvenes y ancianas pueden ser compañeras en el viaje de la vida. El camino es el mismo; solo cambia la manera de transitarlo. El final de la ruta es el reino de los cielos. Amiga, si al estar leyendo esta reflexión te encuentras al final de la ruta, mira hacia atrás y extiende tu mano para alcanzar a la joven que ha tropezado y esta caída; levántala, sostenla y anímala a seguir. Si te encuentras iniciando la senda, acepta la mano fuerte que se te extiende; apóyate en ella. No te fíes de tu juventud; la experiencia de una madre y de una abuela serán siempre un soporte cuando el camino se torne difícil de transitar.
29 de enero
¿Qué llevas en tu equipaje?
“Él es quien perdona todas tus maldades, el que sana todas tus dolencias, el que rescata del hoyo tu vida, el que te corona de favores y misericordias” (Sal. 103:3, 4, RVR 95).
Todos, sin excepción, vamos por la vida con un equipaje formado por experiencias, chascos, fracasos, frustraciones y llanto, que con el paso del tiempo pueden transformarse en toneladas de culpa que restan la energía y aminoran los pasos. En algunos, la culpa pesa más que los aciertos, hundiéndolos en el desánimo y la desesperanza. Pareciera que, con intención premeditada, hacen la lista de los errores y los pintan de negro, para obtener la compasión de los demás.
La culpa es una poderosa artimaña del enemigo de Dios; esta nos conduce, sin darnos cuenta, al autocastigo, la conmiseración y la vergüenza. En este punto, no podemos apropiarnos de las bendiciones que vienen envueltas en los sencillos placeres de la vida cristiana. La usamos como un látigo con el que nos golpeamos sin misericordia, debilitando nuestra energía física, espiritual y emocional. Muchas veces es un sentimiento infundado que se genera en una dicotomía entre lo que crees y lo que haces. Como bien escribió el autor británico Edmund Burke: “La culpa nunca ha sido racional; distorsiona todas las facultades de la mente humana y las corrompe; le quita la libertad de razonar y lo deja confuso”.
El sentimiento de culpa solo nos es útil cuando nos lleva a una introspección, nos hace conscientes de lo que no hemos hecho bien y nos conduce a la reparación de los daños y a una conversión total de la conducta. Es cuando tomamos responsabilidad de nuestros actos ante Dios, ante nosotros mismos y frente a los demás, que la culpa tiene algo de bueno.
Amiga, el dedo bondadoso de Dios nunca te señala acusador; frente a tus errores y pecados, él se muestra misericordioso y te ofrece su gracia salvadora. Hoy es día de revisar el “equipaje” y soltar todo lo que estorba para el cumplimiento del plan de Dios para tu vida. Para desechar la culpa:
Acepta lo que no puedes cambiar del pasado.
Responsabilízate de lo que haces.
Haz las paces contigo misma; perdónate.
Recibe el perdón de Dios.
Desecha el perfeccionismo; todos nos equivocamos y tú también.
Aprende de tus errores para crecer.
Deja la culpa a los pies de la cruz y tu caminar por la vida será más ligero.
30 de enero
El verdadero poder
“Cuando el Espíritu Santo venga sobre ustedes, recibirán poder y saldrán a dar testimonio de mí” (Hech. 1:8).
Las circunstancias imperantes en nuestra sociedad han sacado a la mujer de sus roles tradicionales para ponerlas en el campo de acción de la vida. Cada vez con más frecuencia, escuchamos hablar del poder de la mujer, basándose en la idea de que en algún momento carecíamos de él. Es cierto; si damos una mirada rápida al mundo, nos damos cuenta de que el liderazgo femenino está tomando fuerza. La presencia de la mujer es cada día más frecuente en la política, los negocios, la ciencia y el arte. Y no es de sorprendernos, pues sabemos que las mujeres, tanto como los hombres, somos poseedores de enormes capacidades. Pero… hablemos de nosotras, las que comúnmente somos llamadas “amas de casa”, aquellas que la mayor parte del tiempo estamos arreglando camas, cocinando, limpiando, cuidando las plantas, dando de comer a las mascotas y terminamos el día revisando tareas mientras doblamos ropa recién lavada. Quizá ninguna de nosotras ocupe un sillón en una oficina gerencial, ni mucho menos en un parlamento. Sin embargo, las “labores del hogar” que muchas menosprecian exigen asumir una posición de líder. Requieren preparación, desarrollo de habilidades, sabiduría y un poder ajeno a nosotras que proviene del Creador y es otorgado por gracia a quien lo solicita.
Amiga, frente a tan grande y solemne demanda como es el cuidado de tu familia, y ante el cansancio, el desgano y el sentido de inutilidad que acosan, es tiempo de hacer un alto, levantar la mirada al Cielo y pedir con humildad poder e inteligencia. Dios, que te ve con tierna solicitud, extenderá su mano y te cubrirá con su manto de gracia. Te revestirá de fuerza, la misma fuerza que necesitaste para dar a luz a tus hijos. La mano de una mujer llena del poder de Dios no tiembla a la hora de aplicar disciplina redentora a sus hijos; se levanta para bendecir y no para maldecir. Rescata a su familia y a ella misma de las influencias torcidas de un mundo posmoderno que se jacta de no necesitar a Dios.
Hoy, antes de iniciar tus “quehaceres domésticos”, siéntate a los pies de Jesús, inclínate reverente ante su presencia, “saborea” tu compañerismo con él, sin prisa, sin dudas, sin desconfianza, con humildad y docilidad. Que tu oración sea: “Señor, vengo a ti. Guíame en el camino. Sé mi sustentador y mi guardador. Levántame cuando mi pie tropiece. Amén”.
31 de enero
Mi ritual de belleza
“El corazón alegre embellece el rostro, pero el dolor del corazón abate el espíritu” (Prov. 15:13, RVR 95).
Hace poco recibí en casa a un promotor de productos de belleza. Es innegable que la mayoría de las mujeres tenemos una especial inclinación por cremas, perfumes, aceites y cuanto ungüento se nos presente con la promesa de conservar la belleza de la piel.
Parece ser que esta tendencia está implícita en la naturaleza femenina por creación; incluso en el registro sagrado encontramos algunas referencias al respecto. Cuando Ester fue llevada al palacio, antes de presentarse ante el rey Asuero, fue sometida a un largo “ritual de belleza”: “El tiempo de los atavíos de las jóvenes era de doce meses: seis meses se ungían con aceite de mirra y otros seis meses con perfumes aromáticos y ungüento para mujeres” (Est. 2:12, RVR 95).
Creo que el cuidado de nuestro cuerpo es una responsabilidad que las mujeres cristianas debemos asumir, sin vanidad ni presunción, solo por el hecho de ser “templos del Espíritu Santo”. Sin embargo, las cremas y los perfumes son solo una parte del kit de belleza de la mujer; la belleza del rostro no solo depende de los productos cosméticos. El rostro es también una expresión del cuidado de nuestra alma. Un rostro hermoso no es el que tiene menos arrugas, sino el que expresa paz, gratitud y contentamiento.
Tener un ritual de belleza para el alma debe ser una prioridad cotidiana. Cuando lo hacemos, nuestra alma se refresca, nuestros rasgos temperamentales son suavizados por el aceite del Espíritu Santo, y las emociones y los sentimientos son sometidos a la voluntad de Dios. Ahora, antes de iniciar tus actividades:
Únete a la alabanza de la naturaleza. Regocíjate en el amanecer. Respira hondo y agradece por la vida.
Medita en las promesas de Dios; te darán fuerzas para enfrentar las dificultades diarias y no caer en el desánimo.
Imita a las aves, que no solo cantan al amanecer, sino que también con nuevos bríos salen en busca del sustento diario. Haz lo mismo; esfuérzate. Las cosas no caen del cielo; hay que conseguirlas con trabajo.
Al caer la tarde, medita en las bendiciones recibidas y agradece a Dios por ellas. La gratitud genera contentamiento; quien está agradecido y gozoso tiene un sueño dulce y reparador.
Amiga, disfrutarás la vida cuando sientas el poder de Dios actuando en la tuya. Serás una mujer embellecida por el poder de Dios.
1° de febrero
¿Somos como las flores?
“Soy la flor de los llanos de Sarón, soy la rosa de los valles” (Cant. 2:1).
Algunos admiradores de la naturaleza femenina se han atrevido a compararnos con las flores. Los que así lo hacen, aseguran que las flores y las mujeres son únicas, especiales, cada una con su propio color y exuberancia. Es bueno recordar que lo femenino es, sin lugar a dudas, uno de los dones más preciados dado a la mujer. La naturaleza femenina, a la par de la masculina, fue diseñada en la mente de Dios, y ambas fueron dotadas de rasgos particulares. Tristemente, tanto lo masculino como lo femenino están en crisis hoy, en un mundo que alardea de lo “unisex”.
Hay muchas mujeres que han perdido el aprecio por lo que son e intentan deshacerse de lo femenino a toda costa. En este grupo están las que exhiben modales toscos, usan ropas masculinas y son oponentes férreas al liderazgo del varón. Se sienten dominadas y abusadas por todo varón con el que interactúan, ya sea en el entorno familiar, social o laboral.
Si bien es cierto que la dirección del mundo, por siglos, ha estado bajo el dominio masculino, y que muchas mujeres a lo largo del tiempo han sido abusadas y vejadas por hombres, también es cierto que tratar de vindicar el liderazgo femenino a través de una lucha encarnizada entre los sexos no es la mejor solución. La mujer, a través de lo que es, debe ser capaz de emanciparse y de luchar por los derechos que Dios le ha concedido, sin dejar abandonada su exquisita naturaleza femenina.
Muchas hemos torcido los propósitos que Dios tuvo al crearnos. Asumimos posturas que nos hacen parecer superfluas, vanas y carentes de inteligencia. Algunos han llegado a pensar que el único aporte de la mujer al mundo son sus atributos físicos, y que quien carece de ellos está destinada al anonimato.
Amiga, es tiempo de recuperar lo femenino. Esto incluye volver a disfrutar de todo lo bello que entraña ser mujer. Teniendo en cuenta que somos forjadoras de las nuevas generaciones, aún somos la mano que mece la cuna y guía los primeros pasos de un ser humano. Somos las que ponemos el equilibrio en una sociedad orientada al polo masculino. Busquemos la igualdad de derechos, pero no la uniformidad. Vestirnos de hombre, caminar y hablar como hombres, no nos hace hombres.
2 de febrero
Echa tu ansiedad sobre él
“Echad toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros” (1 Ped. 5:7, RVR 95).
La ansiedad, ese estado de inquietud constante, es un “monstruo” que acecha a muchas mujeres. Como medio de protección, la ansiedad puede ayudarnos a evitar peligros, pero si se vuelve patológica, nos paraliza. La preocupación constante por el futuro puede generar un estado de ansiedad tal que se instale en nuestra manera de vivir. El peaje es demasiado alto: la salud física y la emocional se deterioran por el constante torrente de cortisol que corre por nuestro organismo.
Han surgido muchos métodos de control de la ansiedad, como la relajación, la meditación trascendental o la respiración, que quizá sean buenos paliativos. Alguien dijo: “Puedes tener confianza en el mañana, si caminas con Dios hoy”. Creo firmemente que este consejo tiene un alcance mayor que aprender a respirar y relajarse.
Vivir el hoy con la seguridad de que Dios es quien sustenta nuestra vida día a día es lo que reduce la ansiedad. Pasar la mayor parte del tiempo pensando en lo que vendrá nubla nuestro juicio y nos adentra en un mundo de fantasías catastróficas acerca de cosas que quizá nunca sucederán. “No nos preocupemos; porque si lo hacemos llevaremos el yugo pesado y la gravosa carga. Hagamos todo lo que podamos sin preocuparnos, confiando en Cristo” (Mente, carácter y personalidad, t. 2, pp. 468, 469).
Haz tuya la promesa de Dios: “No se preocupen por lo que han de comer o beber para vivir, ni por la ropa que necesitan para el cuerpo. […] Miren las aves que vuelan por el aire: no siembran ni cosechan ni guardan la cosecha en graneros; sin embargo, el Padre de ustedes que está en el cielo les da de comer. ¡Y ustedes valen más que las aves!” (Mat. 6:25). Para vencer la ansiedad:
Refúgiate en Dios y ora: “Todo lo que ustedes pidan en oración, crean que ya lo han conseguido, y lo recibirán” (Mar. 11:24).
Céntrate en lo que te toca hacer hoy: “No se preocupen por el día de mañana, porque mañana habrá tiempo para preocuparse. Cada día tiene bastante con sus propios problemas” (Mat. 6:34).
Deposita tus cargas en Dios: “Deja tus preocupaciones al Señor, y él te mantendrá firme; nunca dejará que caiga el hombre que le obedece” (Sal. 55:22).
3 de febrero
El viaje de la mujer
“El Señor dice: ‘Mis ojos están puestos en ti. Yo te daré instrucciones, te daré consejos, te enseñaré el camino que debes seguir’ ” (Sal. 32:8).
La vida de una mujer es como un viaje; nuestra llegada a cada una de sus estaciones nos invita a un tiempo de transición y ajuste. La infancia, la adolescencia, la juventud, la edad adulta y la vejez femeninas son estaciones donde obligatoriamente hemos de detenernos y que nos traen cambios muy notorios, tanto en lo físico como en lo emocional.
La niña anuncia su llegada a la adolescencia con cambios físicos y emocionales muy evidentes, tanto para ella como para quienes la observan, y debe hacer ajustes que, a veces, no son sencillos.
La juventud es una estación a la que muchas llegan con grandes expectativas; comienzan a ver una posibilidad de encontrar pareja y formar familia. Es una etapa de grandes decisiones; es tiempo de responsabilizarnos y hacernos cargo de nosotras mismas. Cualquier error o acierto tendrá repercusiones en las siguientes estaciones. Para muchas mujeres, la juventud es la etapa de ser esposas y madres. La vida les da un vuelco que, a veces, viven con ansiedad y desasosiego; no solo hay que hacerse cargo de una misma, sino también de otros. Las que toman el camino de la soltería necesitan valor para enfrentar a una sociedad que concibe a la mujer “incompleta” sin un hombre al lado. Es posible que algunas vivan esto con tensión y soledad.
La edad adulta y la vejez son señaladas en diversas culturas como etapas de improductividad: cesa la función reproductora y el duelo por esta pérdida puede traer consigo estados depresivos y falta de propósito en la vida.
Amiga, sea cual fuere la estación a la que has arribado, quiero decirte que es la mejor, si aprendes a disfrutarla y, sobre todo, si tomas en cuenta que viajas con el mejor compañero: Jesús. Revisa tu equipaje, guarda los tesoros acumulados y desecha toda basura emocional, pues es un lastre que te impedirá avanzar.
Ser niña, adolescente, joven, adulta y anciana tiene sus encantos, ¡descúbrelos con Dios! No llores por las pérdidas, ríe por las ganancias y vive el gozo de ser una hija de Dios. Vive hoy con optimismo; aprecia el regalo de la vida y alaba al dador de este maravilloso ser que eres “tú”.
4 de febrero
Lo demás lo hace Dios
“Con toda mi alma espero al Señor, y confío en su palabra. Yo espero al Señor más que los centinelas a la mañana. Así como los centinelas esperan a la mañana” (Sal. 130:5, 6).
Cuando leo en la narración de Sara cómo intentó “ayudar a Dios” para llevar a cabo el cumplimiento de la promesa del nacimiento del hijo anhelado, no puedo menos que pensar en nosotras, las mujeres de hoy. Vivimos inmersas en una vida de rapidez y premura para todo; en ocasiones, ni nos queda tiempo para la reflexión y la oración. Por eso nos hemos vuelto incapaces de esperar las respuestas de Dios, e intentamos interpretar su voluntad a través de la nuestra. Pero Dios no funciona así; no podemos apresurar sus decisiones ni sobrecargarlo con las demandas del frenético ritmo que hemos adquirido.
Esperar en Dios no significa tener una actitud pasiva; por el contrario, exige nuestra cooperación con el Cielo, ejercitar la fe y actuar en consonancia con los preceptos divinos. Significa poner en acción los recursos físicos, espirituales y emocionales que Dios nos da. Es entonces cuando los milagros ocurren, las cosas imposibles suceden, y tenemos la certeza de que Dios tiene el control de nuestra vida. Así lo expresa este poema de Enrique Chaij:
Tú no fuerzas a una flor para que se abra, la flor la abre Dios. Tú la plantas y la riegas, lo demás lo hace Dios.
Tú no fuerzas a que te ame un amigo, el amor es de Dios. Tú le sirves, tratas de serle digno, lo demás lo hace Dios.
Tú tampoco fuerzas el éxito con tu valor, el éxito te lo da Dios. Tú luchas, perseveras y transitas el camino, lo demás lo hace Dios.
¿Estás esperando una respuesta de Dios? No intentes forzar su voluntad. Cuando la paciencia se transforma en impaciencia, caemos en el error de Sara: empujadas por nuestros anhelos incumplidos, nos atrevemos a hacerle “sugerencias” a Dios.
Poner tus planes en manos de Dios exige caminar con fe, sobre todo cuando atraviesas el túnel de la prueba y la luz divina parece extinguirse en medio del dolor, la tristeza o el desánimo. El Señor te dice hoy: “Levanta la vista, mira las estrellas; brillan más en la oscuridad”. En tus momentos oscuros, la presencia de Dios te acompaña, aunque no la veas. Haz lo que te toca; lo demás lo hace Dios.
5 de febrero
Si te sientes bien, te ves bien - I
“Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte ni la vida, ni ángeles ni principados ni potestades, ni lo presente ni lo por venir, ni lo alto ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios” (Rom. 8:38, 39, RVR 95).
Todas deseamos ser apreciadas por los demás; esto nutre nuestra necesidad de pertenencia y aceptación, y nos brinda seguridad. Este anhelo interno muchas veces está en pugna con nosotras mismas. Nuestra historia de vida, especialmente la de los primeros años, define en la mayoría de los casos la intensidad de esta pugna interna.
Durante los primeros años de vida, la mayoría de las mujeres recibimos de parte de nuestros padres una buena dotación de cariño y aceptación, lo que nos provee un sentido pleno de seguridad. Otras mujeres, sin embargo, reciben una dieta emocional tan pobre y escasa, que se tornan inseguras y propensas a mendigar afecto.
Como dice el refrán: “No soy monedita de oro para caerle bien a todo el mundo”. Este dicho presenta una realidad innegable: por razones misteriosas, los seres humanos encajamos a la perfección con algunas personas; sin embargo, con otras no sucede lo mismo. Esto es parte de la convivencia humana; tenemos que aceptarlo y aprender a vivir con ello, no con resignación, sino con optimismo.
Indudablemente, las personas que tienen la capacidad de llevarse bien con otros han tenido que cultivar ciertas cualidades personales y desechar ciertos conceptos falsos con respecto a ellas mismas, que posiblemente están enraizados en los primeros años de vida. Algunos de ellos son:
Soy fea.
Nadie me quiere.
Mi vida es aburrida; a nadie le puede interesar.
No soy popular; soy un ser anónimo en el universo.
Las ideas y opiniones de los demás siempre son mejores que las mías. A Dios no le importo; ya se olvidó de mí.
Querida amiga, tu sentido de valor personal, en primera instancia, debe generarse en el hecho de que eres creación de Dios; fuiste creada a su imagen y semejanza. Ninguna circunstancia de tu vida, por muy aterradora que sea, puede quitarte el amor que Dios siente por ti. Él tiene suficiente poder para que, a pesar de los posibles desaciertos de tu vida, vivas en plenitud. Agradece hoy por ser lo que eres; es un buen pensamiento para comenzar este día.
6 de febrero
Si te sientes bien, te ves bien - II
“Porque yo, el Señor tu Dios, te he tomado de la mano; yo te he dicho: ‘No tengas miedo, yo te ayudo’ ” (Isa. 41:13).
Estar en armonía con nosotras mismas y con las personas que nos rodean no necesariamente nos hará granjearnos la amistad y la simpatía de todos; sin embargo, nos proveerá satisfacción, al sustentar nuestro sentido de valía personal.
Amiga, no te preocupes por caerle bien a todo el mundo; preocúpate por caerte bien a ti misma. Esto incluye valorar tus atributos físicos, aceptar tus cualidades emocionales y espirituales, y desarrollar al máximo tus capacidades intelectuales; sobre todo, no te encierres en la parte más oscura de tu pasado, porque ensombrecerás tu presente y no podrás visualizar el futuro glorioso que Dios ha prometido.
Por supuesto, hay ciertas actitudes personales que nos ayudarán a aceitar y limar las asperezas en las relaciones interpersonales. La primera de todas: ten una actitud positiva frente a la vida, especialmente cuando los momentos difíciles llamen a la puerta de tus emociones. Otras acciones que puedes realizar son las siguientes:
Haz sentir a los que te rodean que son importantes para ti; ofréceles caricias emocionales sinceras, sin adulaciones superficiales.
Establece límites saludables a tus emociones. Los extremos emocionales, a veces, traspasan los derechos de otros.
Aprende a lidiar con la crítica; siempre estamos expuestas a ella. Cuando seas objeto de crítica, cuenta hasta veinte antes de responder; a continuación, responde con una palabra que te muestre tranquila y amable. Nunca reacciones a un comentario ofensivo. Deja que los que te critican se vayan sin tener motivos para criticarte una vez más.
Habla de los demás en los términos en que te gustaría que se refirieran a ti. Y, si no lo puedes hacer, mejor quédate callada.
Sé auténtica; todas tenemos cualidades que podemos ofrecer a los demás. Recuerda: si te sientes bien, te ves bien. Se trata de una fórmula sencilla que te ayudará a obtener diariamente fortaleza para vivir. Y en los días grises, cuando tu poder personal y tu amor propio sean avasallados por circunstancias adversas, Dios estará allí para decir: “He aquí que en las palmas de las manos te tengo esculpida; delante de mí están siempre tus muros” (Isa. 49:16, RVR 95).
7 de febrero
Cargando mi historia
“Vengan a mí todos ustedes que están cansados de sus trabajos y cargas, y yo los haré descansar” (Mat. 11:28).
Estoy casi segura de que quienes han hecho un viaje en avión han visto subir a bordo a alguien cargando a sus espaldas una enorme mochila. Lo que me sorprende es que, al caminar por el angosto pasillo de la aeronave, lo único que le importa es llegar rápido a su asiento, sin tomar en cuenta que su carga va golpeando a los pasajeros que se encuentran sentados. Pareciera ser que su mochila es algo ajeno a ellos mismos. Si voltean a la derecha, golpean a los que están del lado izquierdo, y si voltean a la izquierda, golpean a los sentados del lado derecho.
Este tipo de incidentes me ponen a pensar en el viaje que cada persona hace por la vida. Todos llevamos como equipaje una historia: experiencias, chascos, frustraciones, enojos, alegrías, dolor, desencanto, aciertos, ilusiones rotas, sueños cumplidos, fracasos… Quizá algunos llevemos un peso extra y, al encontrarnos con otros viajeros, nos movamos golpeándolos, sin intención. Ni siquiera nos damos la vuelta para ver la estela de dolor que vamos dejando a nuestro paso.
Llevar peso innecesario en la mochila de la vida agota nuestras fuerzas físicas, emocionales y espirituales. Las experiencias adversas acumuladas pueden tomar la forma de resentimiento, rencor y culpa, que nos hacen vulnerables y presa fácil del desánimo, llevándonos a desconfiar del cuidado y del amor de Dios.
Amiga, antes de continuar hoy tu viaje de vida, revisa tu carga y desecha lo que impide que te muevas en libertad. No continúes repartiendo culpas, no te defiendas de los que te aman, no desperdicies el poder restaurador de Dios... Hoy está a tu alcance, solo tienes que pedirlo en oración sincera. Y cuando ores, reconoce tus rencores y resentimientos. Declara a Dios los nombres de las personas que te causaron daño; sé genuina. Dios lo entiende y no te juzga; está ahí, cerca de ti, para sanar y vendar tus heridas.
Trabaja con Dios en esos recuerdos amargos que esclavizan tu memoria y enferman tu cuerpo. Trae a tu mente las misericordias del Señor y los nombres de buenas personas que han estado contigo a pesar de ti misma. Aligera tu carga, cambia el modo en que recuerdas los malos momentos del pasado y avanza hacia el futuro glorioso que Dios tiene para ti, aprovechando las oportunidades del presente. Que tengas feliz viaje.
8 de febrero
Somos hijas de Dios
“Es Dios quien nos ha hecho; él nos ha creado en Cristo Jesús para que hagamos buenas obras, siguiendo el camino que él nos había preparado de antemano” (Efe. 2:10).
Muchos argumentan que los seres humanos fuimos lanzados al mundo, donde cada quien debe, con responsabilidad personal, llegar a ser lo que desee ser. Sin embargo, la postura cristiana del origen y el propósito del hombre está definida en la Palabra de Dios. No hemos sido lanzados a este planeta y abandonados a nuestra suerte; contamos con la provisión divina a cada paso que damos. Su promesa es: “Echad toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros” (1 Ped. 5:7, RVR 95).
Hay tres preguntas que todo ser humano debe responder para encontrar el propósito de su vida. La primera es: ¿quién soy? Si no tenemos respuesta a esta pregunta, seremos como náufragos en el mar de la vida. La respuesta mana de labios de nuestro Hacedor: “Sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable” (1 Ped. 2:9, RVR 95).
Cimentados en nuestro origen, estamos en condiciones de responder a la segunda pregunta: ¿hacia dónde voy? En este planeta maltratado por los seres humanos, el futuro parece a veces incierto; en respuesta, Dios dice: “Nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo” (Fil. 3:20, RVR 95). Tener la seguridad de que somos hijas de Dios y de que nuestro destino final es su reino nos pone de frente a la tercera pregunta: ¿qué estoy haciendo aquí?
Eres hija de Dios y tienes un destino final junto a tu Creador; sencillamente eres embajadora del reino y los que viven contigo tienen que verlo expresado en tus palabras y hechos. Dios te dice: “Tú, pues, hijo mío, esfuérzate en la gracia que es en Cristo Jesús. Lo que has oído de mí ante muchos testigos, esto encarga a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros” (2 Tim. 2:1, 2, RVR 95).
Dios nos ha equipado para cumplir este ministerio, “pues Dios no nos ha dado un espíritu de temor, sino un espíritu de poder, de amor y de buen juicio” (2 Tim. 1:7), “para que el hombre de Dios esté capacitado y completamente preparado para hacer toda clase de bien” (2 Tim. 3:17).
9 de febrero
Mujeres de misericordia y de gracia
“La mujer sabia edifica su casa, pero la necia con sus manos la derriba” (Prov. 14:1, RVR 95).
Cuando la mujer surgió de la mente divina, fue dotada de virtudes que la hacen única y la ponen en capacidad de desarrollar un ministerio a favor de otros. La misericordia es una virtud distintiva de la naturaleza femenina; sensibles a las necesidades ajenas, las mujeres somos impulsadas a hacer algo para el bienestar de los más vulnerables. En un mundo frío e insensible, donde cada cual hace solo lo que le conviene sin pensar en los demás, cuán importante es que las mujeres de Dios hagamos algo en pro de la salvación de las almas.
La madre y esposa tiene una obra especial que hacer en su hogar, que es su “primer campo misionero”; sin embargo, no debe ser indiferente a las necesidades que otras mujeres tienen y que, al igual que ella, sufren los embates de una sociedad que muere presa de sus propios errores. La sierva del Señor declara: “No hemos de esperar que las almas vengan a nosotros [...]. Hay multitudes que nunca recibirán el evangelio a menos que este les sea llevado” (Servicio cristiano, p. 152).
La misericordia aflora de las manos de una mujer cuando ofrece un toque cariñoso a la madre que sufre por no saber guiar a su familia; fluye de los labios llenos de sabiduría cuando una joven acude en busca de consejo. El ejemplo supremo del “ministerio de la misericordia” lo encontramos en Jesús, que a cada paso que dio por los polvorientos caminos de Galilea fue prodigando amor, ternura y compasión. Elena de White afirma: “Solo el método de Cristo dará éxito para llegar a la gente. El Salvador trataba con los hombres como quien deseaba hacerles bien. Les mostraba simpatía, atendía a sus necesidades y se ganaba su confianza. Entonces, les decía: ‘Síganme’ ” (Un ministerio para las ciudades, p. 60).
Abrevar de la fuente de misericordia, que es Cristo, debe ser la prioridad de la mujer que desea ser un instrumento de su gracia. Así, investidas por el poder del Espíritu, ayudaremos a llevar abundancia donde hay escasez, sanidad donde hay enfermedad y paz donde hay abatimiento.
Ocupemos nuestro lugar en el campo de batalla, junto a nuestro capitán Jesucristo, y hagamos la tarea con gozo, sabiendo que cada alma que cae presa de las artimañas del enemigo puede ser sanada y salva gracias a nuestra oportuna intervención.
10 de febrero
Lo que piensas de ti misma
“Ninguno piense de sí mismo más de lo que debe pensar. Antes bien, cada uno piense de sí con moderación, según los dones que Dios le haya dado junto con la fe” (Rom. 12:3).
El amor y las expresiones de afirmación que damos a otros tienen una relación directa con el amor y la estimación que sentimos por nosotras mismas. Sin embargo, el hecho de que nos amemos a nosotras mismas es considerado por muchos como un signo de soberbia o egocentrismo. Con esa forma de ver las cosas, negamos nuestra individualidad, y nos criticamos y juzgamos sin compasión. Como bien afirma Bárbara de Angelis: “Si tienes dificultades para amarte a ti, tendrás dificultades para amar a otros, ya que resentirás el tiempo y la energía que le das a otra persona en lugar de dártelos a ti”.
El único parámetro bíblico que nos da luz acerca de este asunto dice: “Ama a tu prójimo como a ti mismo” (Mat. 22:39). Con esto se entiende que el amor que damos a otros es una réplica del amor que nos damos a nosotros mismos. De esta forma, el amor propio es el que nos lleva a respetar, apreciar, no juzgar y tener consideración por los otros. Ahora bien, ninguno piense de sí mismo más de lo que debe pensar. Como en todo, el justo equilibrio es la clave.
Para la mujer cristiana, el amor propio tiene que ver con su condición de hija de Dios. Criticar, menoscabar y despreciar constantemente la actuación propia es no valorar esa creación de Dios que eres tú. Aplicando ese rasero a ti misma, con certeza se lo aplicarás a los demás.
Amiga, quererte a ti misma es también nutrir tu cuerpo con alimentos sanos, vigilar apropiadamente las avenidas del alma, es decir, tener cuidado con lo que entra por tus oídos, tus ojos y tu boca. También incluye regocijarte por tus cualidades personales y celebrarlas, pues son dones de Dios para tu desarrollo.
Para que logres un sentido de valor personal sano y equilibrado es importante que:
Revises tu concepto de lo que significa ser mujer a la luz de la Biblia. Aprendas a autocriticarte sin descalificarte.
Seas competente, mas no competitiva.
Reconozcas tus emociones y sentimientos.
Refuerces cada día tu creencia en ti misma.
Eres afortunada, porque eres amada por Dios. Ante tus errores, no te culpes; corrige. Ante tus problemas, busca soluciones. Ante tus tristezas, busca consuelo en Dios y en quienes te aman. Nunca desistas.
11 de febrero
Guerreras de esperanza
“Mujer virtuosa, ¿quién la hallará? Su valor sobrepasa largamente al de las piedras preciosas” (Prov. 31:10, RVR 95).
No puedo recordarla de otra manera. Todavía, a pesar de los años transcurridos, puedo cerrar los ojos y traer a la imaginación su pequeña figura, menguada por la enfermedad. En la cama del hospital se veía frágil; sus manos pequeñas y arrugadas descansaban sobre su regazo, mientras sus resecos labios intentaban sonreír en señal de bienvenida. Aquel día fue como cualquier otro en un hospital: olor a medicina y desinfectante, y altavoces solicitando la presencia del doctor.
El doctor apareció casi reverente en la habitación, se acercó y nos anunció que el tiempo para ella se estaba acabando. Salí un momento al jardín y comencé a llorar; no quería que nadie me viera así, y menos ella. Más serena, me paré a su lado y ella levantó su mano en señal de despedida. Le pregunté a dónde iba y me señaló con el índice hacia arriba. Lo demás fue rápido; cerró los ojos y se quedó dormida. Entonces dejé las apariencias a un lado y lloré, no sé cuánto tiempo.
A pesar de su ajetreada y, a veces, tormentosa vida, se fue llena de paz, y con una fe inquebrantable en Dios. Su legado es un tesoro que gozo hoy a pesar de que ya no está conmigo. Durante su vida habló poco, pero hizo mucho. Los recuerdos que me dejó son dulces y hacen más fácil mi presente.
En la Biblia leemos: “Mujer virtuosa, ¿quién la hallará?” Yo respondo: “Yo la hallé en la figura de mi madre”. Querida amiga, si tienes a tu madre contigo, hónrala; haz por ella lo que ella hizo y hace por ti. Abreva de su sabiduría; los consejos de una madre nunca pierden vigencia, pues emanan de un corazón amante y generoso, parecido al del Padre celestial. Por otro lado, si tú eres madre, asegúrate de que tus hijos te honren, sembrando en tu camino hacia la eternidad semillas de amor, que darán su fruto cuando te hayas ido.
Hoy, antes de iniciar tus actividades diarias, reúne a tu familia y preséntala ante Dios, oren unos por otros y repitan: “Cuando se extinga la flama de mi vida, cuando mi largo caminar haya terminado, solo quedará el perfume de recuerdos de cariño y de bondades” (Óscar Cruz).
12 de febrero
¿Dónde están los papás?
“El Señor dirige los pasos del hombre y lo pone en el camino que a él le agrada” (Sal. 37:23).
Estaba sentada frente a mí, con apenas catorce años de edad y varias expulsiones de la escuela. Llegó a mi consulta más por obligación que por decisión propia. Aunque venía con antecedentes de rebeldía y brotes de ira incontrolada, sus ojos tenían una chispa de dulzura y de inocencia.
Comencé a escuchar su caso. A su edad había tenido varias parejas; por supuesto, mayores que ella. Los reportes escolares hacían alusión a comportamientos atrevidos con los chicos y enojo con las chicas. Allí estaba una madre afligida y con un sentido elevado de culpa, preguntándose y preguntándome qué había hecho mal. Durante el proceso de terapia, varias veces solicité la presencia del padre y... ¡qué sorpresa!, era totalmente ajeno a la situación de su niña. Él consideraba que las madres son las que deben encargarse de educar a las niñas; él solo actuaba como proveedor de bienes materiales y nada más.
La niña de ojos dulces tenía una explicación clara para su situación: “Mi papá no me quiere porque siempre esperó tener un varón. Él piensa que las mujeres somos tontas y solo servimos para tener hijos y cuidar la casa”. ¡Cuánto daño puede causar un padre ausente en la vida de sus hijas! La figura masculina, específicamente la del padre, es vital. Las madres debemos estar conscientes de esto y promover las relaciones afectivas de los padres con sus hijas, pues a través de ellas se encuentra un sano equilibrio personal y relacional.
Cuando el padre está ausente, las hijas crecen con un vacío existencial que buscarán llenar de algún modo. Desarrollan un concepto frágil de ellas mismas, lo que las lleva a tener relaciones afectivas con hombres mayores, con el consabido riesgo que esto supone. La niña que se relaciona bien con su padre tiene un buen modelo de lo masculino, y este modelo será el que la guiará y motivará en sus relaciones futuras con los varones. Las hijas que crecen teniendo una relación sana con su padre son menos propensas a convertirse en madres adolescentes, experimentar depresión, consumir drogas y alcohol, desarrollar problemas de imagen corporal e involucrarse en actividades delictivas.
¿Qué te parece si oramos por los papás que crían a sus niñas con alto sentido de responsabilidad y también por aquellos que, por desconocimiento, no han asumido este gran privilegio?
13 de febrero
Los niños también tienen sentimientos
“¿Acaso una madre olvida o deja de amar a su propio hijo? Pues aunque ella lo olvide, yo no te olvidaré” (Isa. 49:15).
El psicoanalista René Spitz expresó: “La inanición física es tan peligrosa como la inanición afectiva. Sin la satisfacción emocional, los niños mueren”. Los niños tienen emociones profundas. Es triste y lamentable cuando los padres no toman en cuenta los sentimientos de los niños, y estos reciben humillaciones y son constantemente avergonzados frente a otras personas.
Los niños necesitan crecer y desarrollarse en un ambiente de seguridad dentro de su hogar, donde sepan que no serán criticados, censurados ni avergonzados; donde haya respeto, consideración y tolerancia para la naturaleza infantil. Cuando el niño se siente atropellado, se vuelve rebelde y agresivo. A medio y largo plazo presentará conductas antisociales con sus iguales y con toda persona que represente autoridad.
Los niños y los jóvenes necesitan sentirse aceptados; esto sucede adecuadamente cuando los padres son capaces de elogiar sin ser permisivos, y de reconocer sus logros por muy pequeños que estos parezcan. Los padres tienen el deber de crear un ambiente cordial en el seno familiar, de modo que ningún hijo quede excluido; cuando un niño es “señalado” y queda confina do al aislamiento, recibe un daño emocional cuyas secuelas arrastrará hasta su vida adulta. Recuerda que cada uno de tus hijos es un individuo. Nunca lo compares con otro niño, ni con sus hermanos; cada quien tiene su propio “ritmo” de desarrollo y su propio “lente” por donde percibe el mundo que lo rodea. La maternidad es un desafío. Es posible que hoy te hayas levantado presionada por las demandas de tus hijos y te sientas abrumada e impaciente. Los niños van y vienen, corren y juegan, ríen y lloran, y a veces pelean entre ellos, haciendo que tu día sea interminable. Elena de White dice: “Madres, dejen que su corazón se abra para recibir la instrucción de Dios, recordando siempre que deben hacer su parte de conformidad con la voluntad de Dios. Deben colocarse en la luz y buscar la sabiduría de Dios, con el fin de saber cómo obrar, para que reconozcan a Dios como el obrero principal, y comprendan que ustedes son colaboradoras juntamente con él” (Conducción del niño, p. 64).
En esta labor sagrada, Dios es tu ayudador y sustentador. Cada mañana, antes que tus hijos se despierten, corre en busca de dirección divina. Recibe la bendición de su presencia y la tarea del día con tus hijos será dirigida por él.
14 de febrero
La bondad de Dios - I
“Enséñanos a contar bien nuestros días, para que nuestra mente alcance sabiduría” (Sal. 90:12).
La bondad infinita de Dios se manifiesta aun en los actos más sencillos de la vida diaria. Cuando la rosa se marchita y cae, toda la naturaleza presencia el nacimiento de un nuevo capullo que abre sus pétalos.
Hace algún tiempo, este milagro de la vida tuvo lugar frente a mis ojos y me hizo comprender una vez más cuán grande es la bondad de Dios. El mismo día que mi nieta nació, mi madre fue ingresada a la sala de terapia intensiva. Mientras mis manos recibían los pétalos marchitos de un amor que se extinguía, mi alma era consolada con el cálido toque de una diminuta nueva vida que se acurrucaba entre mis brazos. Esa experiencia extraordinaria y singular me hizo comprender que la vida y la muerte no son enemigas; son cómplices perfectas que hacen que nuestra estancia en este planeta tenga sentido y valga la pena.
La vida es el espacio de tiempo en el que tenemos la oportunidad de construir y de llegar a la autorrealización personal. En ella encontramos la fuerza para lograr metas, trabajar en proyectos y llegar a ser mujeres productivas y felices. La vida nos provee el tiempo para desarrollarnos plenamente; para crecer por fuera y por dentro; y para madurar a la semejanza de nuestro Creador. La vida es la que nos da la energía para levantar la cabeza cada día y la que nos hace desear el reino de los cielos.
Por otro lado, la muerte no es el fin de todo; por el contrario, la muerte nos acerca un poco más a nuestro destino final, al hogar eterno que tanto anhelamos. El sueño de la muerte es solo un compás de espera hasta que toda la sinfonía del universo se despliegue y el Señor Dios eterno, Rey de reyes y Señor de señores, regrese en gloria y majestad a buscar a todos sus hijos.
Amiga, vive este día sabiamente, reconociendo que cada instante, cada respiración, cada latido de tu corazón es un regalo de Dios. Aprovéchalo trabajando y descansando, riendo y llorando, sembrando y cosechando, ayudando y dejándote ayudar, ganando y perdiendo... Todo tiene sentido cuando lo vives intensamente y por los motivos correctos. Inspírate en las palabras del sabio cuando dice: “En este mundo todo tiene su hora; hay un momento para todo cuanto ocurre” (Ecl. 3:1).
15 de febrero
La bondad de Dios - II
“Yo soy el primero y el último, el que vive. Estuve muerto, pero vivo por los siglos de los siglos, amén. Y tengo las llaves de la muerte” (Apoc. 1:17, 18, RVR 95).
La vida y la muerte, aunque aparentemente antagónicas, se unen para dar sentido a la existencia humana. Quien sabe vivir recibirá la muerte sin miedo ni angustia, con la convicción de la misión cumplida y la tranquilidad de quien sabe que el porvenir no se acaba en la oscuridad de una fosa ni en el silencio lóbrego de un cementerio.
La promesa de Dios es: “No tengas miedo; yo soy el primero y el último, y el que vive. Estuve muerto, pero ahora vivo para siempre. Yo tengo las llaves del reino de la muerte” (Apoc. 1:17, 18). Esto significa que nos espera un destino glorioso que Jesús nos otorgó cuando pagó el precio de la muerte eterna al entregar su vida en la cruz. Esta promesa es para cada una de nosotras.
Vivamos con sabiduría en el temor de Dios, reconociendo que cada día vivido nos acerca al sueño de la muerte, y con él, al día de gozo eterno junto a nuestro Padre y Señor. Qué reconfortante es saber que “el Señor destruirá para siempre la muerte, secará las lágrimas de los ojos de todos” (Isa. 25:8).
El primer llanto de mi nieta al nacer fue su grito de lucha al enfrentar por primera vez los imperativos de la vida en esta tierra. Desde ese momento, con los valores que sus padres le inculcarán y con la bendición de Dios, tendrá que salvar obstáculos para no desperdiciar las oportunidades que ella misma irá creando con trabajo, dedicación, esfuerzo, tenacidad y, sobre todo, con una búsqueda incansable de la voluntad de Dios.
El último suspiro de mi madre, sereno y apacible, fue su mensaje para todos los que la conocimos y la amamos: un símbolo de la misión cumplida. Su último aliento fue su canto de triunfo, no un lamento de derrota.
La vida y la muerte, las lágrimas y las risas, la luz y la oscuridad, el comienzo y el final son pinceladas que cada ser humano pone en el lienzo de su existencia. Y finalmente, cuando el cuadro esté concluido, pondremos frente a los ojos del Artista supremo la obra terminada para recibir el veredicto final. La muerte no es la mayor pérdida; la mayor pérdida es sentirnos muertas estando vivas.
16 de febrero
El pecado de la impureza
“Hagan, pues, morir todo lo que hay de terrenal en ustedes”
(Col. 3:5).
La impureza parece estar convirtiéndose en algo común. Es evidente el deterioro de la naturaleza misma, receptora de toda la inmundicia ocasionada por los seres humanos. Como muestra de esta realidad, comparto la siguiente información transmitida por un médico del Hospital Infantil de México: “En la zona metropolitana de la Ciudad de México se concentran dieciocho millones de personas, circulan tres millones de automóviles, hay más de treinta mil fábricas, hoteles, baños públicos y hospitales. Esto genera diecinueve mil toneladas diarias de desechos, todos ellos a costa de nuestra salud”. Sin embargo, lo más alarmante es la contaminación moral de una sociedad que parece no darse cuento de ello. Los valores éticos y las virtudes morales como la bondad, la honradez o la fidelidad, sucumben a la indiferencia en medio de la búsqueda insaciable de placeres, poder y riqueza. Y las instituciones encargadas de la transmisión de valores –el hogar, la iglesia o la escuela– están perdiendo fuerza y corren peligro de desaparecer.
De la pluma de Elena de White leemos: “La disolución es el pecado característico de esta era. Nunca alzó el vicio su deforme cabeza con tanta osadía como ahora. La gente parece aturdida, y los amantes de la virtud y de la verdadera bondad casi se desalientan por esta osadía, fuerza y predominio del vicio” (El hogar cristiano, p. 282).
Nosotras, que somos madres, hijas, hermanas o abuelas, tenemos el privilegio de estar al frente de nuestras familias. Tomemos partido. “Dios pide a sus hijos que vivan una vida pura y santa. Ha dado a su Hijo para que podamos alcanzar esta norma. Ha hecho toda la provisión necesaria para capacitar al hombre para vivir, no para satisfacción animal, como las bestias que perecen, sino para Dios y el cielo” (La temperancia, p. 156).
Con santa reverencia, pero con autoridad razonable, no permitas que tu hogar sea contaminado con alimentos, lectura, música ni ninguna cosa que ponga en riesgo la santidad de tu familia. Elena de White aconseja: “No se cargue la madre con tantos cuidados que no pueda dedicar tiempo a las necesidades espirituales de su familia. Soliciten los padres a Dios que los guíe en su obra. Arrodillados delante de él, obtendrán una verdadera comprensión de sus grandes responsabilidades, y podrán confiar a sus hijos a Aquel que nunca yerra en sus consejos e instrucciones” (El hogar cristiano, p. 276).
17 de febrero
Mil maneras de decir “te amo” - I
“Todo lo que hagan, háganlo con amor” (1 Cor. 16:14).
El lenguaje del amor es realmente sencillo, pero cuánto nos cuesta aprenderlo. Pueden ser muchas las razones por las que algunas personas, aun amando, no saben expresarlo. La timidez, la vergüenza, la inseguridad y las creencias erróneas son los motivos más frecuentes que encadenan los afectos, encerrándolos en un nicho de frialdad. Algunos creen que expresar amor los hace vulnerables, y lo consideran un signo de debilidad; se sienten expuestos frente a los demás. Elena de White dice: “Son muchos los que consideran la manifestación del amor como una debilidad, y permanecen en tal retraimiento que repelen a los demás. [...] El amor no puede durar mucho si no se le da expresión” (El hogar cristiano, p. 88).
La dificultad de muchos radica en el hecho de que nadie les ha enseñado a amar; sin lugar a dudas, aman, pero desconocen la forma de expresar su amor. Y son muchos también los que frente a un corazón aparentemente congelado e indiferente tienen miedo a sufrir y ser víctimas de rechazo. Sin embargo, todos los seres humanos hemos nacido con la capacidad de dar y recibir amor. Es una virtud inherente a nuestra naturaleza que debemos desarrollar. El amor expresado en sus diferentes formas posee un poder extraordinario que puede hacer que lo aparentemente imposible sea posible. Puede realizar milagros, cambiar vidas y proveer sanidad.
La Palabra de Dios afirma que el amor puede ser aprendido y exhorta a las mujeres maduras y de experiencia a ser maestras en el arte del amor (ver Tito 2:4). Esto nos dice que, sin excepción, podemos ejercitarnos y aprender a manifestar amor. Erick Fromm, en su libro El arte de amar, propone al amor como la respuesta a la existencia humana; es decir, todos necesitamos amor para vivir con salud y plenitud.
Los gestos, los movimientos corporales, la cercanía física, la vehemencia y el énfasis con que decimos las cosas son instrumentos a través de los que podemos expresar amor. Elena de White declara: “Los ángeles se deleitan en morar en un hogar donde vive el amor y este se expresa tanto en las miradas y las palabras como en los actos” (El hogar cristiano, p. 369).
Amiga, no permitas que ningún miembro de tu familia viva con desnutrición emocional; comienza el día haciéndoles evidente el amor que sientes por ellos. Para hacerlo, necesitas recibir la caricia de Dios. Inclínate reverente ante su presencia y recibe su amor y su cariño.
18 de febrero
Mil maneras de decir “te amo” - II
“Sobre todo revístanse de amor, que es el lazo de la perfecta unión” (Col. 3:14).
El biólogo Humberto Maturana, en su teoría acerca de la biología del amor, dice: “Es más fácil ser feliz que infeliz; es más fácil amar que no amar”. Al crearnos, Dios nos dio capacidades emocionales, físicas y espirituales que nos hacen seres humanos equipados para dar y recibir amor.
Amar con toques cariñosos: el lenguaje corporal del amor se expresa con abrazos, toques positivos, besos y acercamiento que provee apoyo. Confinar, ignorar y mantenernos a distancia de las personas que amamos mata el amor.
Amar con los ojos: mirar con atención es la mejor manera de decirle a alguien que es importante para nosotras. Una inspección visual del otro, cargada de sentimientos amorosos, crea lazos de intimidad y cariño que ayudan a resistir los peores momentos. Una mirada vale más que mil palabras.
Amar con los oídos: padres, madres, esposas y esposos “sordos” abundan. Son los que construyen un muro de indiferencia, confinan a los hijos a la soledad y al abandono. El amor sencillo y verdadero necesita tiempo para despojarse de las preocupaciones personales y escuchar a otros con genuino interés. Una conversación sin prisa puede ser una excelente sesión de catarsis que todos necesitamos.
Amar a través del respeto: decimos “te amo” cuando manifestamos respeto y consideración. Todos tenemos gustos, intereses, expectativas y sueños diferentes. El respeto debe inducirnos a ser sensibles a los sentimientos ajenos. “Lo siento” y “lo has hecho muy bien”, aunque son frases sencillas de expresar, se hacen cada día más escasas.
Aprendamos el lenguaje del amor. Cada quien podrá expresarlo de acuerdo a su forma de ser, sin tratar de imitar a nadie. Si es a través de las palabras o los gestos, no tengamos miedo; un “te quiero” lleno de sinceridad puede mover montañas. Una caricia sincera puede curar heridas profundas.
Elena de White escribió: “Las pequeñas atenciones, los numerosos incidentes cotidianos y las sencillas cortesías constituyen la suma de la felicidad en la vida; y el descuido manifestado al no pronunciar palabras bondadosas, afectuosas y alentadoras ni poner en práctica las pequeñas cortesías, es lo que contribuye a formar la suma de la miseria de la vida” (El hogar cristiano, p. 89). Tomemos la decisión de erradicar la miseria humana con la fuerza del amor.
19 de febrero
Una mujer comprometida
“Nunca se apartará de tu boca este libro de la Ley, sino que de día y de noche meditarás en él, para que guardes y hagas conforme a todo lo que está escrito en él” (Jos. 1:8, RVR 95).
Es imposible no reconocer el papel insustituible de la mujer en el quehacer actual de la sociedad, desde la que se encuentra en la trinchera de su hogar como madre y esposa, hasta aquella que sale cada día a trabajar para contribuir al bienestar familiar.
El mundo actual exige compromiso, y debemos asumirlo con propiedad desde lo que somos. Muchas lo han olvidado; otras conscientemente desechan lo que las hace mujer, tomando una postura con rasgos masculinos.
Las mujeres comprometidas comenzaron haciendo un compromiso con ellas mismas: aceptar que son únicas en todos los aspectos de su naturaleza. Acepta que eres única, diferente a los demás. Nadie en el mundo es exactamente como tú. Triunfas, fracasas, buscas, creces, logras. Tu manera de ver, oír, tocar, saborear, sentir, pensar, moverte, hablar y escoger son tus compañeros, tus armas para avanzar hacia lo desconocido.
El compromiso con la vida nos pone a cada paso en la disyuntiva de tomar decisiones; seamos asertivas, aunque a la vez con algo de cautela y precaución. Como dice Virginia Satir: “Busquemos lo que nos es útil; desechemos lo que no sirve. Exploremos lo que necesitamos, lo que todavía no tenemos; démonos permiso para crear. Esta es la esencia de la vida”.
No esquives la “novedad” por miedo a fracasar; cada día trae cosas nuevas que aprender y disfrutar. Sin embargo, no olvides que Dios no nos usa por los grados académicos que tengamos, sino más bien por un corazón humilde, inclinado a hacer su voluntad bajo cualquier circunstancia.
Sé una inspiración para las mujeres que te observan; no consideres a nadie como inferior a ti, pero tampoco te veas a ti misma como alguien insignificante. No intentes cubrir tu baja estima exagerando los errores de las demás, jactándote de tus aciertos. Dios dice: “Ninguno piense de sí mismo más de lo que debe pensar. Antes bien, cada uno piense de sí con moderación, según los dones que Dios le haya dado junto con la fe” (Rom. 12:3).
Dios bendiga el quehacer que te traerá este día. Antes de comenzar, inclínate reverente ante él y, con humildad, suplica para que su presencia no te abandone.
20 de febrero
Dejando huella
“Encomienda a Jehová tu camino, confía en él y él hará. Exhibirá tu justicia como la luz y tu derecho como el mediodía” (Sal. 37:5, 6, RVR 95).
Hace una década que mi madre descansa esperando la resurrección. Vivir sin su presencia física ha sido difícil; sin embargo, me doy cuenta de que casi todos los días la siento presente a través de sus enseñanzas, ilustraciones y frases, que han pasado a ser un legado familiar.
Mi madre fue una mujer sencilla. La mayor parte de su educación la recibió en la escuela de la vida. Siendo apenas una niña, enfrentó la orfandad, asumiendo el papel de madre de sus hermanos pequeños. Formó su familia con la fragilidad de sus 18 años. Fue una madre amorosa y una esposa fiel; y hoy, aunque ya no está en vida, el eco de su voz resuena en mi corazón, ayudándome a vivir sabiamente.
Lo que decimos y hacemos deja huellas imborrables. Con cada paso que damos escribimos nuestra historia y afectamos la historia de los demás. Cada cosa que tocamos, cada palabra pronunciada, cada mirada, cada acción en favor o en contra de alguien deja una huella. Lo mismo ocurre con las omisiones, es decir, lo que hubiéramos podido decir y hacer pero no hicimos ni dijimos.
Andemos con cautela. Nuestras acciones, por muy insignificantes que nos parezcan, marcarán la vida de alguien positiva o negativamente. Piensa en alguna persona que en algún momento de tu vida te dio apoyo, quizá, con una palabra, una mirada o un gesto, y lo que significó y aún significa para ti. “Cada persona que pasa por nuestra vida es única. Siempre deja un poco de sí, y se lleva un poco de nosotros. Habrá los que se llevan mucho, pero no habrá de los que no nos dejan nada” (Jorge Luis Borges).
Amiga, toma conciencia de esta gran responsabilidad y anda como conviene en el Señor. Piensa en tus familiares y en las personas que encontrarás al transitar las horas de este día; ¿qué tipo de huella dejarás en sus vidas?
No estás sola. La promesa del Señor dice: “Confía en Jehová y haz el bien; habitarás en la tierra y te apacentarás de la verdad. Deléitate asimismo en Jehová y él te concederá las peticiones de tu corazón. Encomienda a Jehová tu camino, confía en él y él hará. Exhibirá tu justicia como la luz y tu derecho como el mediodía” (Sal. 37:3-6, RVR 95).
21 de febrero
Vejestud, divino tesoro
“Las ancianas deben portarse con reverencia. […] Deben dar buen ejemplo y enseñar a las jóvenes a amar a sus esposos y a sus hijos, a ser juiciosas, puras, cuidadosas del hogar” (Tito 2:2-5).
Revisando libros en una biblioteca, encontré un título que llamó mi atención: La vejestud. Leí algunos fragmentos que me parecieron interesantes. Una frase de Bonnie Prudden, reconocida escaladora, me inspiró a escribir esta reflexión: “No podemos volver el reloj atrás, pero le podemos volver a dar cuerda”.
La vejez es una etapa de la vida no solo cargada de años, arrugas y achaques; también de experiencias, vivencias y recuerdos. Es cuando la cuenta de los años pasa a un segundo plano, para entrar en el camino nuevo que nos lleva a la espiritualidad, a lo esencial, dejando atrás las cosas banales y superfluas de la vida. Todo esto y mucho más es lo que hace de la vejez una etapa que nos ofrece un caudal de opciones.
En la vejez, somos conductoras expertas de la vida. Lo físico y lo temporal se desplazan a un segundo plano y nos convertimos en maestras para los que vienen detrás. Siempre he escuchado frases como “juventud, divino tesoro”; ¿menospreciaremos el tesoro de los que han pasado por todas las edades del ciclo de vida, convirtiéndose en “maestras del bien”? Vivimos tiempos en que la gente cree poder comprar la juventud a través de sesiones de spa, clínicas rejuvenecedoras, o cremas y aceites. Pero ¿quién nos ha hecho creer que llegar a viejos es equivalente a ser inservibles?
Tus sienes grises y los surcos de tu piel no son signos de derrota; te convierten en una guerrera triunfadora, te avalan como maestra del bien, te ponen en una condición de guía, orientadora y consejera. Es una posición de privilegio que debes asumir con gratitud y gozo. No te mires en el espejo con molestia pensando que tu compromiso con la vida ha terminado. La juventud no es solo un estado físico; tiene que ver con la actitud. Aprende a vivir con tus años; aún tienes alas y, si te pones en las manos de Dios, volarás muy alto.
Dios dice: “Los muchachos se fatigan y se cansan, los jóvenes flaquean y caen; mas los que esperan en Jehová tendrán nuevas fuerzas, levantarán alas como las águilas, correrán y no se cansarán, caminarán y no se fatigarán” (Isa. 40:30, 31, RVR 95).
22 de febrero
Sed de paz
“La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da” (Juan 14:27, RVR 95).
La búsqueda de la paz a través de la violencia es cosa de todos los días en este mundo. Los titulares de los periódicos y las primeras noticias televisivas de la mañana están cargados de actos violentos que pretenden ser excusados al atribuirse a la búsqueda de la paz. Pero la paz buscada por tantas organizaciones mundiales se ve cada día más lejana. ¿Qué hace que la paz sea tan difícil de lograr?
Por supuesto, la falta de paz tiene su raíz en el egoísmo humano. Todos, de algún modo, deseamos que nuestros puntos de vista, ideas, opiniones y creencias sean los rectores de la conducta de los demás y, al no lograrlo, entramos en pugna. Creo que la paz del mundo tendría una vía más expedita si cada uno trabajara en su paz interior. ¿Cómo? Liberándonos de resentimientos, rencores y enojos; permitiendo que los demás piensen diferente a nosotros y, a pesar de eso, simpatizar con ellos.
La paz es posible cuando ponemos nuestra confianza en Dios y nos amistamos con él. En la Biblia leemos: “Dios les dará su paz, que es más grande de lo que el hombre puede entender; y esta paz cuidará sus corazones y sus pensamientos por medio de Cristo Jesús” (Fil. 4:7). La paz de Dios es el antídoto para nuestras preocupaciones, angustias y temores. La mujer que acudía al pozo día a día tenía sed de paz y no de agua. Y solo fue saciada en su encuentro con Jesús.
Querida amiga, la paz de Dios está a tu alcance y va más allá de tus dudas, miedos, complejos y soledad; solo necesitas pedirla. En su Palabra leemos: “Dejen todas sus preocupaciones a Dios, porque él se interesa por ustedes” (1 Ped. 5:7). La paz interior no te exime de luchas, conflictos y pruebas; es el resultado de saber que, en medio de las tribulaciones, Dios está contigo, aunque haya momentos en los que no lo sientas.
Que al comenzar este día, tu oración sea estas palabras de Mery Bracho:
“En tu paz viviré y confiaré,
en tu paz no temeré;
a ti te llevaré mis preocupaciones
y aflicciones, mis luchas,
mis mezcladas emociones,
y me relajaré en tu gran amor”.
23 de febrero
Una mujer que ama a Dios
“La mujer se salvará si cumple sus deberes como madre, y si con buen juicio se mantiene en la fe, el amor y la santidad” (1 Tim. 2:15).
La mujer que es esposa y madre tiene un papel preponderante e insustituible en el hogar, y su influencia trasciende los límites de ese hogar. Por esta razón, es necesario que desarrolle un gran sentido de responsabilidad y compromiso en lo que concierne a la realización de las tareas comunes de la familia. “Llevar bien una casa no es cosa fácil. Requiere grandes dotes de organización, creatividad, fortaleza, sabiduría, bondad, dominio propio, prudencia, orden y buena administración” (Cantú, p. 173).
La atención del hogar y la familia no es responsabilidad pequeña; por el contrario, es allí donde se forman vidas para esta tierra y para la eternidad. Elena de White dice: “El conocimiento de los deberes domésticos es de incalculable valor para toda mujer. Hay familias [...] cuya felicidad queda arruinada por la ineficiencia de la esposa y madre” (El hogar cristiano, p. 75).
Ante esta solemne declaración, la esposa, madre y ama de casa debería buscar con deseo ferviente conocer y hacer la voluntad de Dios; solo así podrá reflejar lo santo y puro del cielo en todo lo que haga. ¡Cuántas son las mujeres que, abrumadas por las tareas propias del hogar, desarrollan un espíritu amargo y ansioso, olvidando descansar a los pies de Jesús! Ojalá se detuvieran un poco y escucharan la dulce voz del Maestro diciéndoles: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mat. 11:28, RVR 95). Con cuánta ternura el Señor nos llama y cuán poco, a veces, estamos dispuestas a aceptar su dulce invitación.
Ahora es el momento de desarrollar una relación de compañerismo permanente con Jesús, de tal manera que nuestros hogares sean como la luz guiadora de un faro en medio de la oscuridad de la noche. Seamos mujeres de oración, para que podamos modelar las virtudes eternas frente a nuestros hijos, y ser de apoyo y ayuda para nuestros esposos. Recuerda que todo lo que haces está a la vista de Dios. Que tu oración sea: “Señor, que la necesidad de tu presencia nunca se extinga en mi vida. ¡Por favor, nunca te canses de tocar a la puerta de mi corazón! Tómame en tus brazos y concédeme el privilegio de ver a todos mis seres amados entrar a la patria celestial”.
24 de febrero
Digamos “gracias”
“Den gracias a Dios por todo, porque esto es lo que él quiere de ustedes como creyentes en Cristo Jesús” (1 Tes. 5:18).
Hace un tiempo, al ir de compras al mercado, me llevé una agradable sorpresa. Un niño pequeño y su madre conversaban por el pasillo. El pequeño hablaba en voz muy alta, de manera que pude escuchar a la perfección lo que decía: “Mami, gracias por tantas cosas ricas que estás comprando para mí, para mis hermanos y para mi papá”. Sorprendida, me adelanté un poco para ver su rostro y, cuando me vio, movió su mano pequeña en señal de despedida. Salí de allí y camino a casa todavía resonaban en mis oídos sus palabras. Me pregunté: ¿De dónde emerge su gratitud? Deduje que en el hogar y de los labios de sus padres ha escuchado y aprendido a decir “gracias”.
La gratitud despierta sentimientos que proveen bienestar. Vivimos en una sociedad que cree que lo merece todo: los hijos exigen a sus padres bienes materiales, sin siquiera darse cuenta del sacrificio que requieren; los esposos reciben atenciones de parte de sus esposas asumiendo que solo cumplen con su deber; muchas esposas concluyen que los recursos que sus esposos llevan a casa es lo menos que pueden hacer. Poco se escucha la palabra “gracias”. El Señor nos exhorta diciendo: “Den gracias al Señor, porque él es bueno, porque su amor es eterno” (Sal. 118:1).
La gratitud no es, como muchos piensan, pagar por un favor recibido; es una actitud que nace del corazón; es una disposición interior que se proyecta exteriormente. La persona agradecida se alegra por los bienes recibidos de parte de Dios, como la salud, la vida, el bienestar o la amistad. Amiga, será bueno que cada amanecer y al terminar el día agradezcas, recordando todo lo recibido de Dios y de las personas que conviven contigo. La gratitud es un valor que hay que “sembrar” poco a poco en el corazón de los niños y los jóvenes; es un hábito que debemos cultivar. Como dice la autora Joyce Meyer: “La gratitud mantiene al diablo lejos, pero cuando nos quejamos, llega de nuevo y para quedarse”.
Para desarrollar gratitud:
Reconoce lo que Dios hace por ti cada día.
Reconoce lo que otros hacen por ti cada día.
Exprésate con palabras y expresiones que muestren ese reconocimiento.
25 de febrero
¡Auxilio, hay un adolescente en casa!
“Los hijos que nos nacen son ricas bendiciones del Señor. Los hijos que nos nacen en la juventud son como flechas en manos de un guerrero. ¡Feliz el hombre que tiene muchas flechas como esas!” (Sal. 127:3-5).
Una madre me preguntó en una ocasión: “¿A qué edad termina la adolescencia?” No supe qué responderle. Su rostro mostraba preocupación y ansiedad. Conversamos un rato y me dijo: “Mi hija era una niña maravillosa hasta los doce años; ahora tiene catorce y estoy perdida. No sé qué hacer; no encuentro la manera de acercarme a ella. Ha puesto una barrera de indiferencia entre las dos, y nada de lo que yo diga o haga parece importarle”.
La adolescencia es una etapa de transición entre la pubertad y la madurez. Uno de los cambios más significativos que se producen en la adolescencia es la modificación de la relación madre-hijo. El ajuste y adaptación a ese cambio puede generar ansiedad y preocupación. Los vínculos afectivos deben renovarse con paciencia, comprensión y aceptación.
Algunos expertos definen la adolescencia como “la tierra de nadie”; es decir, no son niños, pero tampoco son adultos, lo que los lleva a pensar que pertenecen a “una especie rara”. Querida amiga, si eres mamá de un adolescente y te sientes impotente, recuerda que la adolescencia no dura toda la vida, pero la manera de vivirla dejará huellas para siempre. Lo mejor que puedes hacer por tu hijo o tu hija en esta etapa de su vida es brindarle acompañamiento cariñoso y comprensivo. Esto no significa sobreprotección; por el contrario, se manifiesta cuando eres sensible a sus necesidades pero lo disciplinas con autoridad, sin autoritarismo, y le reafirmas el amor que sientes por él o ella. Recuerda tratarlo como hijo de Dios creado con propósitos especiales.
La adolescencia es una etapa natural en el ciclo de la vida; date el permiso de disfrutarla junto a tu hijo. La queja más frecuente de los adolescentes es: “Nunca puedo hablar con mis padres acerca de lo que me interesa”. Tal vez sea solo esto lo que ellos esperan de ti. Cuando te sientas cansada, sin saber qué hacer, recuerda: “Él da esfuerzo al cansado y multiplica las fuerzas al que no tiene ningunas” (Isa. 41:29, RVR 95).
Estoy segura de que la felicidad de tus hijos es un tema prioritario en tu vida; continúa haciendo lo mejor con la ayuda de Dios. Hoy, antes de iniciar tus quehaceres de madre, regálale un abrazo y dile lo importante que es para ti y para Dios.
26 de febrero
Creada para volar
“¡El Señor llevará a feliz término su acción en mi favor! Señor, tu amor es eterno; ¡no dejes incompleto lo que has emprendido!” (Sal. 138:8).
Hellen Keller,escritora y educadora sorda y ciega, expresó: “Nunca se debe gatear cuando se tiene el impulso de volar”. Considerando su condición de vida, este es un pensamiento impresionante. A pesar de sus limitaciones físicas, hizo a un lado la adversidad para permitirse volar alto; llegó a graduarse con honores en la Universidad de Radcliffe, rompiendo la creencia de que quien tiene una discapacidad, está destinado al fracaso.
La diferencia entre el éxito y el fracaso la hace cada persona, y tiene que ver con una condición interna. Por creación, todos los seres humanos tenemos atributos, que son las herramientas que nos permiten volar y trascender. La pro mesa es: “Los que esperan en Jehová tendrán nuevas fuerzas, levantarán alas como las águilas, correrán y no se cansarán, caminarán y no se fatigarán” (Isa. 40:31, RVR 95). Frente a esta maravillosa declaración, nada de lo que te propongas y que esté en armonía con la voluntad de Dios te será imposible.
La mujer con flujo de sangre parecía tener una enfermedad incurable, pero cuando tocó el manto de Jesús y confió en él, trascendió su condición. Muchas mujeres tienen luchas que van desde su condición de mujer, hasta experiencias traumáticas que inhiben su desarrollo personal. Se sienten incapaces, quedándose por decisión o imposición en su zona de confort por temor a fracasar. La mujer con flujo de sangre tenía muchos impedimentos para acercarse a Jesús, pero los resolvió con creatividad, tenacidad y fe inquebrantable, sabiendo que no sería rechazada por el Maestro.
Si crees que donde vives no hay oportunidades de crecimiento para ti, o si alguien te ha condicionado haciéndote creer que tus obstáculos son infranqueables, recuerda que Dios es tu Salvador y la solución a todos tus conflictos. Confía en él y camina hacia tus sueños sin temor, asegurándote de estar en sintonía con su voluntad y escuchando los consejos de las personas que te aman. “Dios ve las posibilidades a las que puedes llegar, él tiene un plan, él ve tu potencial. Él quiere que el potencial que hay en ti se desate para que puedas llegar a ser la persona para la que fuiste creada” (T. D. Jakes, Mujer, ¡eres libre!, p. 218).
27 de febrero
Crea tu propia imagen
“Tus ojos vieron mi cuerpo en formación; todo eso estaba escrito en tu libro. Habías señalado los días de mi vida cuando aún no existía ninguno de ellos” (Sal. 139:16).
A través del tiempo, construimos nuestra propia imagen. En este proceso interviene lo que nuestros padres, hermanos y amigos nos dicen que somos. Nuestra “autoimagen” es una fotografía de nosotros mismos que aparece cada vez que decimos “yo”.
El escritor norteamericano Maxwell Maltz dice que nuestra autoimagen establece los límites de nuestro éxito personal. Cuando pienso en esto, recuerdo los calificativos que los adultos significativos de mi vida me dijeron en mi infancia y juventud y que, a pesar de los años trascurridos, todavía hacen eco en mi presente.
Muchos de los comportamientos que adoptamos de adultas vienen de las etiquetas que alguien nos colgó cuando éramos niñas. Las palabras de elogio, así como las palabras que denigran nuestra esencia de hijas de Dios, dejan huella en el concepto que tenemos de nosotras mismas. Por eso debemos ser cuidadosas de lo que decimos cuando nos referimos a otros, y muy selectivas en la forma en que pensamos de nosotras mismas.
Amiga querida, si tu vida ha quedado “marcada” por los comentarios negativos que tus padres u otras personas cercanas hicieron sobre ti, intenta rescatar todas las cualidades que Dios te dio al crearte. Eres su hija, creada a su imagen y semejanza, y no hay ninguna circunstancia que pueda desvirtuar esta realidad. El proceso de reconstruir tu propia imagen debe estar basado en lo que vales para Dios, con una actitud valiente pero revestida de humildad. Analiza tu vida con Dios, toma ánimo y comienza a caminar hacia tu desarrollo pleno. El Señor, que te creó, te dice: “No temas, porque yo te redimí; te puse nombre, mío eres tú” (Isa. 43:1, RVR 95).
Para desarrollar una adecuada imagen de ti misma, nunca aceptes que alguien te rebaje en tu calidad de hija de Dios. Aprecia tus cualidades físicas, emocionales y espirituales, pues son las herramientas que Dios te ha otorgado para que construyas tu vida. Respeta a los demás para que puedas pedir que te respeten. Si piensas que hay algo en tu vida que necesita ser cambiado, atrévete a hacerlo; Dios está de tu parte.
Que tu oración sea: “Gracias, Señor, por la forma maravillosa en que me creaste; ayúdame a perdonar las ofensas recibidas y otórgame la oportunidad de ser un agente de amor”.
28 de febrero
¿El que se enoja pierde?
“Si se enojan, no pequen; que el enojo no les dure todo el día. No le den oportunidad al diablo” (Efe. 4:26, 27).
Se nos ha enseñado que el enojo es una emoción que debemos evitar a toda costa. Algunos aseguran que es un atentado a nuestra salud, pues quien se enoja somete a sus órganos internos a una agresión por la que paga un precio muy alto. Entonces ¿qué hacer con esta emoción? ¿Hay que inhibirla a toda costa? ¿Es posible hacerlo? Más aún, ¿es pecado enojarse?
En primera instancia, pensemos que el enojo es una emoción, igual que la alegría o la tristeza. Es una reacción fisiológica y tiene componentes cognitivos que identifican la emoción; es decir, es la respuesta a una experiencia que da sentido a lo que estamos sintiendo. Algunos expertos en psicología de las emociones afirman que el enojo, como todas las demás emociones, tiene una parte funcional y otra disfuncional.
La parte disfuncional del enojo se refleja cuando la energía que lo precede hace que se convierta en rabia, ira y cólera incontenida. En este caso, el enojo no solo daña al que lo siente, sino también a los que reciben dicha energía que desborda violencia y que se traduce en golpes, palabras o gestos ofensivos.
Tal vez te estés preguntando cuál puede ser la parte funcional del enojo. Efesios4:26 quizá tenga la respuesta: “Si se enojan, no pequen, y procuren que el enojo no les dure todo el día”. Creo que de este texto bíblico se desprende que el enojo es válido cuando es necesario para poner límites, si alguien está invadiendo o atropellando nuestra dignidad.
Los abusos, la violencia, los golpes y las groserías no deben ser permitidos. El enojo “bueno” se traduce en fortaleza, firmeza o disgusto frente a alguien o algo que representa un atentado a nuestro derecho. En este caso, lo que produce enojo no está contaminado con ira ciega, rabia incontenida o descontrol.
Si no quieres perder a la hora de enojarte, no reacciones frente a tu ego herido; cuida tus palabras, no busques culpables, espera el lugar y el momento apropiados para manifestar tu disgusto, y pide fortaleza a Dios en oración. No busques pleitos; solo busca sanidad para ti y para tu ofensor. Que el Señor te ayude en la gestión de esta emoción humana básica, que todos sentimos.
1° de marzo
Cuando el duelo toca tu corazón
“Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo; tu vara y tu cayado me infundirán aliento” (Sal. 23:4, RVR 95).
Tenían el dolor a flor de piel, la mirada triste y larga, y un gesto de profundo sufrimiento en los labios. Hacía unos días habían perdido a uno de sus hijos de forma violenta e inesperada. La madre luchaba con una tristeza tan intensa que, a veces, le parecía una agonía; el padre, queriendo ser fuerte, buscaba lugares solitarios para llorar hasta no poder más. La muerte es, sin duda, el mayor dolor que experimentamos en esta tierra, y más aún cuando se trata de la muerte de un hijo. Ese tipo de dolor parece no tener fin; las noches se hacen interminables, y los recuerdos que deja quien ya no está nos invaden constantemente, generando un gran vacío.
Nuestra estancia en este planeta nos ha alejado de Dios, acercándonos al dolor; sin embargo, debemos estar seguras de que Dios “nos consuela en todos nuestros sufrimientos, para que nosotros podamos consolar también a los que sufren, dándoles el mismo consuelo que él nos ha dado a nosotros” (2 Cor. 1:4). He ahí una de las pocas cosas buenas del dolor.
Viktor Frankl asegura que el sufrimiento sin sentido aniquila y produce desesperanza; mientras que, por el contrario, el sufrimiento con sentido nos hace crecer. Dios permite que pasemos por el túnel del dolor porque, a través de la prueba, salimos refinadas como el oro pasado por el fuego. ¿Estás ahora mismo en el fuego de la prueba? ¿Lloras por una pérdida? ¿Una enfermedad amenaza tu vida? ¿Has perdido a un hijo? ¿Tu matrimonio está en crisis? No estás sola; Dios está contigo, aunque no sientas su presencia. No pretendo decirte que no sufras; solo intento que comprendamos juntas que, al final del duelo, hay algo nuevo que valdrá la pena.
No fuerces al dolor para que se vaya. Déjalo fluir; se irá lentamente. El dolor de una pérdida es muy personal; sigue tu propio ritmo.
La aceptación vendrá; solo pide a Dios fortaleza para esperar su llegada.
Apóyate en una red de personas cercanas a ti.
Las pérdidas parecen ser nuestras compañeras de vida; sin embargo, es alentador pensar que no seremos probadas más de lo que podemos soportar. Esta es una promesa de Dios. Que hoy, tu oración sea: “Querido Dios, el dolor que siento es irresistible. Dame fortaleza para soportar y confiar en tu amor y misericordia”.
2 de marzo
Tu identidad como mujer
“Mujer virtuosa, ¿quién la hallará? Su valor sobrepasa largamente al de las piedras preciosas” (Prov. 31:10, RVR 95).
Hoy, muchas mujeres buscan su identidad en los modelos que el mundo ofrece; pero muchos de esos modelos desvirtúan por completo el ideal que Dios tiene para la mujer, manifestado en Proverbios 31. Como protagonistas que somos en el quehacer social, familiar, económico y cultural de nuestros entornos, encontramos cada día oportunidades y retos que debemos aprender a poner en armonía.
Dios, que es el dador de todo bien, nos ha hecho poseedoras de habilidades y aptitudes para hacer frente a las exigencias del momento. La mujer que busca su identidad en Cristo debe hacer las obras que él hizo. El ministerio terrenal de Jesús estuvo lleno de obras de bondad y misericordia; su corazón se enternecía frente al sufriente, amaba a los niños, respetaba a las mujeres y era recto y santo delante de los varones. Nosotras, sus hijas, hemos de ser portadoras de esas mismas virtudes.
Dios nos ha llamado a consolar a los que sufren, a mitigar el dolor de los enfermos y a saciar al hambriento. Para esto, las mujeres cristianas debemos ir al rescate de lo “femenino”. Las mujeres “rudas” abundan; hacen gala de su desprecio hacia la femineidad y hacia todo lo que esta implica. Por creación estamos hechas con la capacidad de nutrir, de dar intimidad y de ofrecer ternura, comprensión y sensibilidad.
Estoy convencida de que la femineidad no es un concepto cultural, como muchos aseguran; otros más osados afirman que la mujer sufre una terrible presión social por el patrón cultural que se le ha asignado, que la obliga a ser delicada, frágil y tierna. En realidad, creo firmemente que las cualidades femeninas fueron otorgadas por nuestro Creador, y que no genera sufrimiento el hecho de ser mujer. Las características propias de mujer nos han sido otorgadas por Dios, con vista a que se cumplan sus planes en nosotras.
Siéntete agradecida de ser mujer; la vida moderna exige cambios y debes hacerlos, pero sin renunciar a tu naturaleza. Desde tu esencia y de acuerdo a la voluntad de Dios, toma de la modernidad lo que te sirve para ser mejor en todos los ámbitos de tu desarrollo; esto es, espiritual, física y emocionalmente. Pero vive de modo que las mujeres que te observan se sientan inspiradas a ser personas de bien, y los varones tengan un concepto positivo de las mujeres gracias, en parte, a ti.
3 de marzo
¿Quién soy?
“Es Dios quien nos ha hecho; él nos ha creado en Cristo Jesús para que hagamos buenas obras, siguiendo el camino que él nos había preparado de antemano” (Efe. 2:10).
El primer documento oficial que recibimos al nacer es el certificado o acta de nacimiento; este papel nos dice que existimos, cómo nos llamamos, quiénes son nuestros padres y cuál es nuestro sexo. En otras palabras: nos da identidad.
Alrededor de los nueve meses de vida, quizá por primera vez, tenemos un encuentro con nuestro “yo”, cuando nos vemos frente a un espejo. A medida que crecemos, vamos reafirmando esa identidad a través de lo que vivimos cotidianamente en el entorno donde nos movemos. Saber quiénes somos genera bienestar y nos da la seguridad que necesitamos para ser nosotras mismas en nuestra cotidianidad. Desgraciadamente, muchos hombres y mujeres, especialmente los más jóvenes, no tienen claro quiénes son y viven como veleros, de allá para acá, buscando su “yo” en la identidad de otros. Muchas señoritas quieren ser y vivir imitando a las artistas de moda o a las modelos de las revistas. Usan ropas estrafalarias sin preguntarse si les sientan bien; lo único que les importa es estar a la moda y ser el centro de atención. Asumen actitudes desfachatadas queriendo parecer actualizadas y de mente abierta.
Si eres joven, sé que enfrentas día a día la presión del grupo; las llamadas nuevas “culturas” intentan arrastrarte hacia comportamientos que, sin que te des cuenta, roban tu identidad, hasta que te sientes perdida en un mar de voces que te llaman hacia una vida regida por el libertinaje. Por favor, no olvides que tu identidad fue definida en el Cielo, cuando Dios te creó. Es necesario que cada día te conectes con tu origen. Al hacerlo, no solo reafirmarás quién eres, sino que también sabrás a ciencia cierta a dónde vas.
La ruta de vida de una señorita cristiana no es aburrida y sin emoción, como muchos te quieren hacer creer. Jesús entiende la alegría y el entusiasmo juveniles, y no solo los entiende, sino que los incentiva; él se alegra, ríe, canta y juega contigo. Se emociona y sueña con tus sueños porque él fue como tú, un joven que compartía socialmente con otros, sin olvidar quién era y cuál era su misión. Hoy te toca a ti hacerlo; sé una fuente de gozo para los demás. Vive tu energía juvenil para atraer a tantas chicas sin identidad, perdidas y confundidas en un mar de ideas que nacen hoy y mueren mañana.
4 de marzo
Quien la hace, la paga
“Alégrate, joven, en tu juventud, y tome placer tu corazón en los días de tu adolescencia. Anda según los caminos de tu corazón y la vista de tus ojos, pero recuerda que sobre todas estas cosas te juzgará Dios” (Ecl. 11:9, RVR 95).
Seguramente has escuchado el refrán “quien la hace, la paga”. Quiere decir que, quien hace mal, por eso de la ley de causa y efecto, acabará pagando las consecuencias de sus malas decisiones. Sin embargo, esta vez te invito a mirar la otra cara de este dicho popular; es decir, quien hace el bien acabará, también, recibiendo las bendiciones de haberlo hecho.
Hoy quiero compartir esta reflexión especialmente con las jovencitas. Ustedes deben saber que las decisiones que tomen hoy determinarán las recompensas que recibirán en el futuro, y me refiero especialmente a ustedes por estar en una de las etapas de la vida donde se deciden asuntos cruciales, que determinan en gran medida cómo vivirán las etapas subsiguientes.
Buenas decisiones hoy, buenas recompensas en el futuro. Así de simple, así de sencillo. En la Biblia leemos: “Si el árbol cae hacia el sur, o hacia el norte, en el lugar donde el árbol caiga, allí quedará” (Ecl. 11:3, RVR 95). Esta declaración divina es demasiado clara para ser ignorada. El Señor desea verte crecer como un árbol frondoso, con una cosecha abundante de buenos frutos. No quiere verte derribada en tierra por los vientos que traen ideas, filosofías y modas ajenas contrarias a los planes que Dios tiene para ti.
Te puedo asegurar, por la autoridad que me dan los años vividos, que si decides hoy a favor de Dios y de su Palabra, tendrás una vida plena, quizá con fracasos, pero nunca con derrotas. No desestimes sus consejos, especialmente, cuando alguien te susurre al oído que lo que Dios dice está caducado en una sociedad que se considera “iluminada” y sin necesidad de él. Dios dice: “Mirad que nadie os engañe por medio de filosofías y huecas sutilezas” (Col. 2:8, RVR 95). Pues eso: que nadie te engañe.
Para la toma de decisiones correctas, Dios te otorgó tres virtudes: inteligencia, libertad y voluntad. Aprópiate de ellas y serás más que vencedora; te coronarán de gloria ante Dios y ante los hombres.
La juventud es una etapa de plenitud. Aprovecha esa fortaleza física, ese tiempo para realizar proyectos, y esa capacidad intelectual, para emprender todo aquello a lo que Dios te llama.
5 de marzo
Hablemos de la inteligencia
“Pide con todas tus fuerzas inteligencia y buen juicio” (Prov. 2:3).
La palabra “inteligencia” viene de dos raíces latinas: intusque significa “entre”, y legereque quiere decir “escoger”. De modo que, etimológicamente, el que es inteligente “sabe escoger”, entre varias alternativas, la más conveniente para resolver un problema o tomar una decisión; es decir, elige la mejor opción entre varias posibilidades.
Cuando Dios nos creó, nos dotó de inteligencia; es un don que, si lo desarrollamos, nos llevará por la vida asertivamente. Por lo tanto, la inteligencia no es exclusiva de un grupo determinado. La creencia de que los varones son más inteligentes que las mujeres, lamentablemente popular y aceptada por muchos, es absurda; no la creas, de lo contrario te menoscabarás a ti misma proclamando a los cuatro vientos que “no puedes” ante ciertos desafíos intelectuales.
De existir alguna diferencia entre la inteligencia del hombre y la de la mujer, tendría que ver con el tipo de inteligencia que tenemos, no con el hecho de tenerla o no. Investigaciones científicas sugieren que, en los varones, predomina la inteligencia racional, mientras que, en las mujeres, la emocional. En otras palabras: ambos somos inteligentes, cada uno a su manera.
Saber escoger, decidir y resolver es la expresión máxima de inteligencia; para ello, necesitas desarrollar tus facultades emocionales, intelectuales y espirituales. En la Palabra de Dios, el discernimiento es sinónimo de inteligencia.
Cuando yo era niña, muchas veces vi a mi padre usar un cernidor, que es una herramienta artesanal para separar la paja del grano de trigo. La paja se la llevaba el viento, mientras que el grano limpio iba al granero, para después convertirse en nuestro preciado alimento.
¿Quieres ser inteligente, en el verdadero sentido de la palabra? Capacítate con la lectura de la Biblia. De ahí derivará tu capacidad de discernir entre el bien y el mal, entre lo puro y lo impuro, entre lo santo y lo profano. La inteligencia se ejercita cuando desarrollas conciencia propia, que es la capacidad de “darte cuenta” y analizar todo lo que recibes del exterior, para quedarte con lo que está en armonía con los valores del Evangelio.
Hoy, antes de iniciar tus actividades, pide al Señor inteligencia para tomar decisiones que lo honren y edifiquen tu vida para el Cielo. El Espíritu Santo dice: “No olvides mis enseñanzas, hijo mío; guarda en tu memoria mis mandamientos, y tendrás una vida larga y llena de felicidad” (Prov. 3:1, 2).
6 de marzo
Mujer, eres libre
“Y a mí, que estoy pobre y afligido, Dios mío, ¡ven pronto a ayudarme! Tú eres quien me ayuda y me liberta; ¡no te tardes, Señor!” (Sal. 70:5).
Mujer, ¡eres libre!, es el título de un hermoso libro escrito por T. D. Jakes. En él se hace referencia a la guerra que nosotras sostenemos contra Satanás para librarnos de las cadenas del pecado. Dios es libertad y nos creó libres. Nuestro Dios pudo enderezar la espalda de una mujer que estaba destinada a vivir mirando al suelo; “las primeras palabras de Jesús para esta mujer no fueron una recomendación para que hiciera terapia, sino que impartió una orden: ‘Mujer, eres libre de tu enfermedad’ (Luc. 13:12, 13). Puso las manos sobre ella, y ella se enderezó al momento y glorificaba a Dios” (p. 13).
Aún recuerdo cuando la vi entrar por el pasillo de la iglesia, mientras yo daba un mensaje a las damas. Se sentó nerviosa en los primeros asientos y se dispuso a escuchar. Sus ojos estaban rojos, su cabeza sin cabello, su ropa desaliñada y sucia. Sin embargo, fue nuestra “visita estrella”, pues no faltó a ninguna de las reuniones. Una de las tardes, bajo un árbol, escuché su historia. Víctima de abuso sexual, había abandonado su casa siendo apenas una niña, para vagabundear con personas que la introdujeron al mundo del alcohol, las drogas y la promiscuidad. Me fui de aquel lugar dejando un compromiso en las hermanas de la iglesia para que cuidaran de ella.
Varios años después, fui yo quien se sentó en los primeros asientos para escuchar la bienvenida que en ese momento daba la directora de la Escuela Sabática. Escuché su voz, miré sus ojos y recuperé una imagen casi perdida en el recuerdo. ¡Era ella! Ahora era una mujer libre. Dios rompió sus cadenas; le dio una nueva imagen y una nueva visión de sí misma. Dejó de ser esclava para vivir como hija de Dios.
Mujer, Dios te hizo libre; tus traumas, desilusiones y fracasos quizá te paralizan y te hacen repetir: “No soy nadie, Dios se ha olvidado de mí”. Levanta tus manos al cielo, clama gracia divina y tus cadenas caerán ante tus ojos y ante los que te observan. Ten ánimo, eres hija de Dios y no esclava de Satanás. Enderézate y exclama: “El poder del Señor alcanzó la victoria! ¡No moriré, sino que he de vivir para contar lo que el Señor ha hecho!” (Sal. 118:16, 17).
7 de marzo
La fuerza de voluntad: el principio del éxito
“Dios no nos ha dado un espíritu de temor, sino un espíritu de poder, de amor y de buen juicio” (2 Tim. 1:7).
La fuerza de voluntad es el impulso que nos mueve hacia un objetivo. Quien la desarrolla, persevera, se esfuerza, invierte tiempo y dedicación en la prosecución de sus metas; y las alcanza.
La nadadora mexicana Mariel Hawley cruzó el canal de la Mancha en las condiciones más adversas. La competencia requería que los participantes nadaran con un traje de baño convencional, desafiando las bajas temperaturas, los fuertes vientos y la marea. Hizo el recorrido de 33 kilómetros con un promedio de 67 brazadas por minuto. Esta increíble hazaña fue con un objetivo: recaudar fondos para que niños mexicanos con labio y paladar hendido tuvieran acceso a una cirugía. Indudablemente, necesitó sobreponerse al cansancio, al frío, a la deshidratación y, por momentos, al desánimo.
En una sociedad donde muchos buscan hacer las cosas fáciles y rápidas, la fuerza de voluntad parece una virtud perdida y poco apreciada. Muchos inician un proyecto y, al poco tiempo, lo abandonan, arguyendo que las condiciones no se dieron. ¿Sabes qué? Cuando las condiciones no se dan, hay que crearlas. Así lo hizo Josué cuando fue llamado por Dios para llevar a su pueblo a la Canaán terrenal; fue la fuerza de voluntad lo que impulsó a Ester a presentarse ante el rey Asuero, bajo el lema: “Y si me matan, que me maten” (Est. 4:16); el joven pastor de Israel, David, se sentó en el trono después de pasar un sinfín de penurias. Fueron todos ellos jóvenes exitosos, que supieron reconocer que Dios era la fuente de su fortaleza y su voluntad.
Es tiempo de matar a los gigantes que obstruyen tu camino al éxito. Dios te hizo para cosas grandes, que lograrás con trabajo y en el nombre de Jesucristo. La pereza y el miedo a las dificultades son lastres que detienen tu ascenso a la “galería” de heroínas de la fe. Las palabras dichas a Josué son también para ti: “Mira que te mando que te esfuerces y seas valiente; no temas ni desmayes, porque Jehová, tu Dios, estará contigo dondequiera que vayas” (Jos. 1:9, RVR 95).
Estudiar una carrera, emprender un negocio, desarrollar un talento, es posible para aquellas que, con voluntad fortalecida en el nombre de Cristo, van hacia adelante y no se quedan varadas en la indecisión.
8 de marzo
No te quedes en el problema; busca soluciones
“Llámame y te responderé, y te anunciaré cosas grandes y misteriosas que tú ignoras” (Jer. 33:3).
Mientras realizaba un recorrido por un mercado de artesanías mexicanas, me sorprendí al ver muchas prendas femeninas de ropa y accesorios, como zapatos, bolsos, carteras y blusas, adornadas con imágenes de Frida Kahlo. Debo reconocer que compré uno que otro de esos objetos, pues mostraban gran colorido y belleza. Muchas otras personas también los adquirieron; supongo que lo hicieron más por lo hermoso de los diseños que por rendir homenaje a esta mujer, de la que muchos sabemos muy poco. Quizá lo que más conocemos acerca de ella es que fue una pintora mexicana de renombre. La mayoría de sus obras fueron autorretratos pintados con intensos colores; sin embargo, también con reflejos de tristeza y dolor.
La tristeza y el dolor de Frida Kahlo posiblemente emanaban de los desaciertos a los que la vida la arrastró. Muy pequeña, con apenas seis años de edad, contrajo una poliomielitis que le dejó secuelas permanentes en una de sus piernas, que siempre cubría con amplias faldas largas. Aunque recuperó su capacidad de caminar, su vida estuvo marcada por el dolor extremo y el profundo sufrimiento. Aun con todo, Frida Kahlo encontró una manera de trascender. Realmente no se quedó paralizada en su pésima situación de salud, sino que encontró en la pintura una forma de expresarse y de ir más allá de su dolor e infortunio personales. Qué lección de vida tan impresionante para nosotras.
Llorar, quejarnos y buscar culpables es lo que muchas hacemos frente a los problemas que tenemos, quedándonos emocionalmente estancadas en lo que llamamos “mala suerte”. Pero la “mala suerte” no es una excusa válida para una hija de Dios. Las circunstancias adversas no pueden detener el plan magnífico que Dios tiene para ti, a menos que retardes su cumplimiento quedándote en la pasividad del desánimo y la autocompasión.
Querida amiga, si te encuentras ahora mismo atravesando un grave problema de salud física o mental, una crisis financiera, o una mala relación, no te quedes estancada en ese estado de cosas. Avanza. Muévete y busca una de las tantas soluciones que Dios tiene para tu situación. Reclama sus promesas en oración, con la convicción plena de que él las cumplirá en ti. No te quedes en el problema; quédate con el Dios ante el que no existe problema demasiado grande.
9 de marzo
Para qué sirve el fracaso
“Sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de quienes lo aman, a los cuales él ha llamado de acuerdo con su propósito” (Rom. 8:28).
La palabra “fracaso” tiene una connotación marcadamente negativa. Decimos despectivamente que alguien es “un fracasado” cuando sus deseos o proyectos de vida no llegaron al término deseado. Sin embargo, algunos autores motivacionales afirman que el fracaso puede no ser tal, pues se convierte en un acicate para el desarrollo y el crecimiento personales, si así sabemos verlo.
Frente a un “fracaso”, siempre tenemos dos opciones: asumirlo como una derrota permanente o interpretarlo como un agente movilizador de nueva energía, que nos impulsa desde lo más profundo a intentarlo de nuevo, pero esta vez tratando de evitar los errores cometidos en el intento anterior. Cuando pienso en los más de mil intentos de Tomás Edison hasta conseguir inventar la moderna bombilla eléctrica, me quedo simplemente asombrada. Al ser cuestionado acerca de esos mil “fracasos”, él aclaró: “No, claro que no fracasé mil veces, sino que descubrí mil formas distintas de cómo no se hace una bombilla”.
Tú, que has depositado su confianza y la dirección de tu vida en las manos de Dios, no estás exenta de fracasar (que no es lo mismo que ser derrotada). Pero recuerda que ese fracaso es una gran lección. Un pequeño “fracaso”, percibido como un escalón hacia la meta, no es ni más ni menos que un aprendizaje valioso que la vida te da.
Cambia tu percepción cuando te encuentres frente al fracaso:
No significa que no has logrado nada; significa que has aprendido algo.
No significa que no puedes; significa que estuviste dispuesta a seguir el método de ensayo y error.
No significa que no sabes; significa que debes hacerlo de nuevo pero de forma diferente.
No significa que jamás lograrás esa meta; significa que debes cambiar tu forma de llegar a ella.
No significa que eres inferior; significa que no somos perfectos.
Satanás intentará hacerte creer que eres una fracasada y que Dios está ajeno a tus necesidades. Quizá también intente mostrarte un camino fácil para alcanzar tus metas y proyectos de vida. No te quedes “estancada” en esos pensamientos; mira con optimismo realista tus posibilidades y vuelve a intentarlo, buscando fervientemente la dirección divina.
10 de marzo
Allá y entonces; aquí y ahora
“Hermanos, no digo que yo mismo ya lo haya alcanzado; lo que sí hago es olvidarme de lo que queda atrás y esforzarme por alcanzar lo que está delante, para llegar a la meta y ganar el premio celestial que Dios nos llama a recibir por medio de Cristo Jesús” (Fil. 3:13, 14).
El “allá y entonces” y el “aquí y ahora” son dos momentos de la vida. El “allá y entonces” nos lleva al pasado, conformado de valiosas experiencias que ahora son recuerdos. Algunas personas que, por decisión propia, escogen vivir en el “allá y entonces”, dejan de disfrutar y de ocuparse de lo que sucede en el “aquí y ahora”. Si bien es cierto que el pasado es imposible de olvidar, es bueno recordarlo de manera positiva, centrándonos en lo que tuvo de bueno y útil para nosotras hoy, de modo que aun los recuerdos amargos lleguen a ser aleccionadores para enfrentar el presente.
Rememorar constantemente malas experiencias pasadas conduce a la victimización. Victimizarnos a nosotras mismas es renunciar al ejercicio de nuestras facultades y dejar escapar las oportunidades de trascendencia que la vida nos ofrece, buscando la conmiseración de los demás como excusa para no vivir plenamente el presente.
Es frecuente escuchar quejas como esta: “Todo lo que me pasa es culpa de lo que viví en mi infancia”. Nadie dijo que aprender a vivir remontando las malas experiencias del pasado sea tarea fácil. De hecho, no lo es. El apóstol Pablo, en el versículo de hoy, enfatiza que implica esfuerzo denodado, haciendo en el presente lo que toca, para llegar finalmente a ser lo que el Señor desea que seamos.
No sé cuál es tu experiencia, pero puedo estar casi segura de que, en este mundo lleno de maldad, no siempre has estado en un “lecho de rosas”. El apóstol presenta tres desafíos para vivir una vida con sentido:
Olvidar lo que queda atrás es usar nuestra inteligencia emocional para echar mano de la ayuda de Dios y desterrar aquellos recuerdos que martillan la mente y se transforman en rencor.
Esforzarme por alcanzar lo que está adelante es ejercer fuerza de voluntad para ir hacia adelante, en la prosecución de los objetivos.
Llegar a la meta implica tener ánimo, fe y la disposición para levantarse de las caídas y proseguir hasta el destino final, el reino de Dios.
Hoy es tu “aquí y ahora”. Vívelo con Dios, que es quien te ayuda a dejar atrás tu “allá y entonces”.
11 de marzo
¿Cuántas Biblias hay en tu casa?
“Toda Escritura está inspirada por Dios y es útil para enseñar y reprender, para corregir y educar en una vida de rectitud, para que el hombre de Dios esté capacitado y completamente preparado para hacer toda clase de bien” (2 Tim. 3:16, 17).
La biblia ha sido llamada por muchos “el Libro de los libros”. Es reconocida como el libro más vendido del mundo y ha resistido el paso del tiempo. Los que han intentado eliminarla de la faz de la tierra, solo han logrado promoverla. Lo increíble es que, a pesar de su amplia difusión en todos los rincones del planeta, son muy pocos los que realmente la leen cada día. Otro hecho curioso al respecto es que algunos están convencidos de que la Biblia es un libro que trae buena suerte y, a pesar de no leerla, le dan un lugar especial en sus casas. También es asombroso que en el hogar de muchos creyentes haya más de dos o tres ejemplares de la Biblia pero que pocas veces se leen; sencillamente se deja que acumulen polvo en un rincón de la casa.
Y tú, querida amiga que lees estas líneas, ¿cuántas Biblias tienes en tu casa? Posiblemente cada miembro de tu familia posea un ejemplar, pero esto no es garantía de que lo lean y sigan sus enseñanzas. La Biblia es la Palabra de Dios y debe ser leída con avidez, un poquito aquí y otro poquito allá, como es el consejo, de manera que tengamos una vida terrenal plena y satisfactoria. Y no solo eso, sino que su lectura también nos da a conocer con precisión cuál es nuestro destino final.
La Biblia es el libro que Dios ha dejado para nosotros. No es solo un manual de instrucción para vivir; es también una carta de amor. En cada una de sus páginas encontramos revelaciones maravillosas de un amor abnegado que sobrepasa la comprensión humana.
Las madres y las esposas encontramos en ella el mejor libro de psicología con instrucciones para tener salud mental. Su lectura nos dice también cómo tener salud física en abundancia. Y, sobre todo, nos revela la personalidad de Dios, serena, amorosa y tierna. Su oído nunca se cierra a nuestras necesidades y sus ojos no dejan de mirarnos, aunque nosotras no podamos verle.
Antes de comenzar el día, quítale el polvo al libro santo que guardas en tu estantería y toma tiempo para hojear sus páginas. Pide entendimiento para recibir el consejo que tiene para ti hoy.
12 de marzo
Ese día fue la última vez
“Los hijos que nos nacen son ricas bendiciones del Señor”
(Sal. 127:3).
El rincón infantil es para muchos niños un momento especial del culto de adoración. Lo era también para mi nieta; cada vez que escuchaba la música que anunciaba ese momento, pedía a sus padres que la acompañaran hasta el estrado. Años después, cuando pudo caminar sola, se levantaba de su asiento y corría hacia la plataforma para disfrutar su momento especial. Nunca hubo necesidad de pedirle que lo hiciera. Sin embargo, un sábado, la rutina de once años llegó abruptamente a su fin. Al escuchar la música, ella decidió no acudir al llamado. Sus padres la miraron sin decir palabra; pero la fecha quedó escrita en la memoria de su padre: 17 de junio de 2017. ¿Qué pasó ese día? ¿Fue algo premeditado o espontáneo? Imposible saberlo; quizá ni ella misma lo sabe.
Es así de simple. Las personas crecemos, cambia nuestro concepto de nosotros mismos, se renuevan nuestras creencias... Nuestros comportamientos responden a un proceso interno de autoconciencia. A veces decimos que los hijos crecen muy rápido, y nos asustamos de sus cambios. En realidad, no es rápido. Lo que sucede es que, embelesadas como estamos en otros asuntos, no nos damos cuenta de lo que pasa frente a nuestros ojos.
Las conductas externas se gestan en el interior. Por lo tanto, es indispensable que vivas intensamente cada momento con tus hijos. Monitorea el ambiente de tu hogar, revisa tu relación con ellos, observa cómo cambia su cuerpo y su comportamiento, y el día que seas testigo de un acto trascendente, no te asustes, sino hazlo un motivo para celebrar y recordar toda la vida.
Aquel 17 de junio, mi nieta dio un paso hacia adelante en su desarrollo, y sus padres aceptaron su decisión con respeto; y aunque yo, su “abue”, no le pregunté por qué, estoy segura de que iniciaba en ella el proceso de abandono de la infancia para adentrarse en el mundo maravilloso de la adolescencia.
Si eres madre, tienes una gran responsabilidad, que es a la vez un privilegio y un gozo. Los niños cantan, ríen, sueñan; contágiate de su naturaleza, de tal modo que ellos respondan con docilidad a tus requerimientos. Recuerda que la frialdad, la indiferencia, la rudeza y la rigidez son contrarias a la personalidad infantil y te pondrán en una posición de lejanía respecto a la cercanía que Dios desea que haya entre ustedes.
13 de marzo
¿Carroña o maná?
“Donde esté el cadáver, allí se juntarán los buitres” (Mat. 24:28).
Cuando era niña, recuerdo haber caminado un día en compañía de mi padre por el campo donde estaba nuestra casa. Me llamaron la atención unas aves que volaban en círculo incansablemente; fue entonces cuando descubrí que existen los buitres, y que les encanta comer carne de animales muertos. El diccionario los define como “aves rapaces del orden de los falconiformes que suelen alimentarse especialmente de animales muertos, aunque a falta de estos, son capaces de cazar presas vivas”.
Hablando metafóricamente, “alimentarse de cuerpos muertos” es a veces también una práctica humana. Los chismes, bien sean fundados o infundados, los rumores que creamos, las calumnias y las críticas que hacemos a otras personas son como una carne muerta, una carroña pestilente que disfrutamos cuando, en realidad, debería repelernos. Voy a decirlo claro: en esas circunstancias, nos convertimos en buitres.
Los chismosos, aunque se defiendan a sí mismos afirmando que son bien intencionados, parecen buitres revoloteando alrededor de un cuerpo muerto. Son sutiles, imperceptibles y con una agudeza verbal para trasmitir todo lo que concierne al chisme; por supuesto, agregando detalles inexistentes para hacer más emocionante su banquete de carne muerta.
Pensemos… ¿Qué hay detrás de alguien que disfruta del chisme y de la calumnia? Los observadores y estudiosos de la conducta humana afirman que los chismosos son personas con problemas de autoestima, a la que pretenden nutrir hablando mal de los demás. Algunos se jactan con hilaridad de que tienen el “gusanito” del chisme. En realidad, creo que es más que eso; es la misma serpiente que “engatusó” a Eva en el Edén la que engatusa a las personas a las que les gusta comer de un fruto que debería estar prohibido en la mente de toda mujer cristiana.
La Biblia afirma que la lengua es un órgano difícil de manejar, que es como un pequeño fuego que enciende una gran hoguera. Pero más allá del control de la lengua, tenemos que vigilar los pensamientos, deshacernos de nuestra miseria personal, perdonarnos, apreciarnos, recuperar la condición de hijas de Dios y no permanecer siendo esclavas del pecado.
La carne muerta no es alimento para una mujer de Dios. Pon un sello misericordioso a tus relaciones interpersonales alimentándote día a día, minuto a minuto, del maná que viene del Cielo. Entonces estarás nutrida tú y todos los que se topen contigo en el camino.
14 de marzo
¿Sabes que eres mujer?
“¡Muchas mujeres han hecho el bien, pero tú las sobrepasas a todas!” (Prov. 31:29, RVR 95).
Ser mujer hoy no es tan sencillo como antaño, cuando los roles estaban definidos, incluso desde antes de nacer. La mujer hoy tiene que encontrar su esencia en un sinfín de corrientes filosóficas; ¿con cuál se identificará? Algunas organizaciones y grupos se han creado para promover una lucha de fuerzas interminable entre lo femenino y lo masculino, pero ser mujer es sencillamente descubrir, aceptar y disfrutar de nuestras cualidades personales. La fuerza de una mujer no se prueba luchando contra los varones; se prueba en el campo de batalla de la vida y desde su propia trinchera.
La fuerza femenina no solo se pone a prueba a la hora de dar a luz; la mujer la ejerce al ser tierna y a la vez firme y decidida cuando se trata de poner a salvo a su familia y a ella misma. La fuerza de su autoridad deriva de sus sólidas convicciones; siembra valores con creatividad amorosa; nunca atropella la dignidad del otro; se arrodilla ante Dios con lágrimas y súplica, gime y llora, para levantarse renovada y llena de fortaleza para actuar, dar, proponer, moldear, conducir y salvar.
No malgastes tu vida quejándote de tu posición en ella por el mero hecho de haber nacido mujer. “Sácale el jugo” a tu condición femenina; “recrea” todos los días la perfecta creación que Dios decidió que fueras tú. Muéstrate delante del Señor con honestidad y él reparará los daños que las circunstancias puedan haber causado en ti. No malgastes tu fuerza cargando complejos, rencores y resentimientos relacionados con el sexo con el que naciste. No alimentes tu vida de miedos innecesarios ni de tristezas ajenas. No dejes que los daños que te han causado otros se transformen en enfermedades incurables que se enquisten en tu ánimo para siempre.
Ninguna noche, por larga que fuera, ha sido nunca capaz de impedir la salida del sol. Ámate y ama con todo tu corazón al que te creó. Ríndele honor cumpliendo sus propósitos en tu vida. La derrota no existe con Cristo, y en tus caídas él te levanta con el mismo amor de siempre. Detrás de las lágrimas hay risas; oculto en el dolor hay placer. La tristeza sirve para llevarte a los pies del Señor; la alegría te hace levantar la vista al cielo y alabar. Alaba al Señor por el hecho de que eres mujer.
15 de marzo
Ser madre
“Yo y los hijos que me dio el Señor somos señales milagrosas para Israel, puestas por el Señor todopoderoso que vive en el monte Sion” (Isa. 8:18).
La maternidad es un atributo distintivo de la mujer; algunos estudios refieren que aun las mujeres sin hijos ejercen su maternidad de alguna manera. Y, sin duda, cientos de observaciones confirman este planteamiento. La ternura distintiva de la mujer se pone en acción en múltiples actos sencillos de la vida. La mano de una mujer levanta con delicadeza al ave caída del nido, la arropa en su pecho y la hace vivir. Ella puede consolar el llanto de un niño con una simple caricia envuelta en amor. Su conformación física, así como sus cualidades espirituales y emocionales, enriquecen su función maternal.
La maternidad es una vocación sublime con alcances eternos. La mujer maternal recrea la imagen de Dios en la vida de sus hijos. También forma vidas, aun sin tener hijos. La maternidad conecta a la mujer con Dios, de quien obtiene su fuerza moral, para convertirse así en embajadora del Cielo y maestra del bien.
La mujer madre es vocera de Dios; revela lo sagrado de su vocación no solo en su familia, sino también en la gran familia humana que está formada por todos los hombres y mujeres que habitan el planeta Tierra. Ella hace un compromiso con ella misma. Hace de sus cualidades virtudes, desde donde saca fuerza moral para conducir, enseñar, corregir y aplicar disciplina.
A pesar del tiempo, de los avances tecnológicos, de los descubrimientos científicos, de la nueva moral y de tantos otros cambios propios de la llamada posmodernidad, la función maternal sigue intacta; sin embargo, el momento actual exige intención personal para ejercerla de acuerdo con los propósitos de Dios.
Querida amiga que eres madre, es necesario que pongas la mira más allá de la realidad presente, y con fe denodada te arrodilles reverente ante la majestad del cielo y supliques por todos los hijos: por los pequeños que están en casa, por los jóvenes que intentan escapar de nuestros brazos y por aquellos que volaron del nido y están en la lejanía, mas no alejados de nuestro corazón.
Es hora de orar y de abrazar a los huérfanos que, por circunstancias de la vida, han sido arrancados del regazo materno. El tiempo de responder ante Dios por ellos está a la puerta.
16 de marzo
Ser esposa
“Las esposas deben estar sujetas a sus esposos como al Señor” (Efe. 5:22).
En audiencias conformadas por esposos y esposas, he observado con curiosidad y asombro una sonrisa de beneplácito en los varones y un ceño un tanto adusto en las damas cuando leo literalmente lo que dice la Biblia acerca de la postura de la esposa frente al esposo: “Las casadas estén sujetas a sus propios maridos, como al Señor” (Efe. 5:22, RVR 95). Me imagino que esto es consecuencia de la comprensión equivocada que algunos tienen acerca de la sumisión de la esposa de la que Dios habla en su Palabra.
Si entendemos que la sumisión pone a la esposa en una situación de sometimiento e inferioridad, donde su voluntad está sujeta a la voluntad del esposo y no tiene libertad de decisión, es lógico pensar que las damas se sientan incómodas con tal concepto. Es en este punto donde debiéramos preguntarnos: ¿Debe la esposa cristiana estar sujeta a su marido? ¿Es un mandato que sigue vigente para las esposas de hoy? ¿Y qué significa estar sujeta a él? Recordemos que la Palabra de Dios es eterna, inamovible a pesar del tiempo. La sumisión bíblica pone a las esposas en una posición de privilegio; las sitúa bajo la protección y el cuidado de un hombre que las respeta y las ama en la prosperidad y en la adversidad. La mujer sujeta a su esposo no se convierte en su propiedad, no se queda sin voluntad ni sin capacidad de tomar decisiones por sí misma.
Sujeción no es servilismo; es reconocer el rol que el esposo tiene en el hogar. Dios no es honrado cuando las esposas usurpan el liderazgo del esposo, anulando su personalidad y menospreciando lo que hace por ella y por la familia. He visto a mujeres agobiadas y cansadas, entre ellas yo misma, en el intento por tener el control total y absoluto de la familia, incluyendo al esposo. La naturaleza masculina fuerte, decidida y concreta es necesaria para disciplinar y educar a los hijos, para sostener a la familia y para proteger a la esposa.
Bajo el liderazgo de un esposo que se sujeta a Dios, las esposas están seguras y protegidas, tratadas como vaso frágil y en condición de servir a la familia con gozo y gratitud. Quizá hoy sea un día para que mires a tu esposo con admiración por lo que hace por la familia y para que demuestres tu agradecimiento con unas cuantas palabras de aprecio y elogio.
17 de marzo
Ser novia
“Mientras tanto, Isaac había vuelto del pozo. [...] Había salido Isaac a meditar al campo, a la hora de la tarde. [...] Rebeca también alzó sus ojos [y] vio a Isaac. [...] Tomó ella entonces el velo y se cubrió. [...] Luego Isaac la trajo a la tienda de su madre Sara, y tomó a Rebeca por mujer y la amó” (Gen. 24:62-67, RVR 95).
El noviazgo es una de las etapas más emocionantes en la vida de una mujer. Es ese tiempo cuando el amor entre un hombre y una mujer se consolida y se empieza a visualizar el matrimonio con esa “persona especial” que ha llenado tus expectativas. Sin embargo, muchas veces las ilusiones, los sueños, los anhelos y los proyectos se estrellan contra la triste realidad de una ruptura. Cuando esto ocurre, el espíritu queda quebrantado y el cuerpo, herido.
El noviazgo está en los planes de Dios como “antesala del matrimonio”. Y recibe la bendición divina cuando se experimenta con la persona adecuada y por el tiempo prudencial. Muchas jóvenes tienen la fantasía de que coleccionar novios las hará más populares; otras sienten que tener novio es algo así como un “deporte” que hay que comenzar a practicar temprano en la vida para estar en la “onda juvenil”, que hoy por hoy promueve los excesos como la máxima de la vida. La señorita que sigue el consejo de sus padres y de su Padre celestial vivirá el noviazgo de manera plena, sin culpa y sin miedo. El día de la boda será el principio de un amor comprometido y seguro, donde en una entrega absoluta podrán gozar de los placeres legítimos que Dios ha preparado para ambos.
Cuando llegue el momento de que tengas una relación de noviazgo, pídele a Dios que te ayude a hacer la elección correcta; busca a un joven que modele en su vida un carácter noble, tanto en público como en privado. Te aseguro que su forma de ser en el noviazgo será más evidente cuando estén casados; tú no podrás cambiar nada en él. Tampoco te dejes llevar solo por la apariencia física, que aunque es importante no es determinante. La popularidad de un chico no es garantía de que sea idóneo para casarse.
El noviazgo debe culminar en una coronación de amor y no en un calvario de culpa, llanto, abandono y martirio. Cerciórate de que el corazón de tu novio le pertenezca a Cristo antes que a ti. Si no ama ni respeta a Dios, tampoco te amará ni respetará a ti.
18 de marzo
Ser adolescente
“Alégrate, joven, en tu juventud, y tome placer tu corazón en los días de tu adolescencia. Anda según los caminos de tu corazón y la vista de tus ojos, pero recuerda que sobre todas estas cosas te juzgará Dios” (Ecl. 11:9, RVR 95).
La adolescencia está llena de emociones y descubrimientos; es el tiempo de dejar la infancia y de comenzar a tomar algunas decisiones con responsabilidad. En este proceso descubres una nueva imagen de ti misma cuando estás frente al espejo. Y no solo eso, sino que también experimentas nuevas emociones, nuevas formas de sentir y de vivir. Sin lugar a dudas, es una etapa que recordarás el resto de tu vida y que determinará en gran medida tu futuro. Por eso es importante que seas cautelosa y prudente.
Sí, sé cautelosa y prudente en lo que hagas, pienses y sientas durante tu adolescencia. Por supuesto, en todo esto no estás sola; cuando tengas dudas, acude a tus padres y a personas que te muestren con su vida lo que es bueno. La mayoría de las chicas adolescentes se quieren “comer” la vida antes de tiempo, y son arrastradas por su grupo de iguales a vivir experiencias para las que no están preparadas. Los noviazgos prematuros, la búsqueda obstinada de independencia y el deseo de experimentar nuevas emociones te pueden llevar al borde del precipicio y, en el peor de los casos, a la muerte.
Revisa algunos consejos que te ayudarán a ser asertiva en esta etapa:
No siempre lo que dice la mayoría es lo mejor.
No te dejes llevar por formas de vida que no estén de acuerdo con los valores que has aprendido en tu hogar.
Las personas adultas no son anticuadas; solo tienen experiencia. Escucha sus consejos.
Rodéate de amigos y amigas que piensen y vivan de acuerdo a los principios y valores del evangelio.
Sé cuidadosa en el manejo de las redes sociales.
No te quejes por todo; la vida requiere esfuerzo y mucho trabajo.
No eches la culpa a tus padres por tu mala conducta.
Fumar, consumir alcohol y drogas no te hacen adulta; te hacen “adicta”. No olvides el consejo del sabio: “El que haga un hoyo caerá en él” (Ecl. 10:8, RVR 95). Mi querida niña, construye tu vida con sabiduría; ahora es el momento.
19 de marzo
Ser anciana
“Pon tu vida en las manos del Señor; confía en él, y él vendrá en tu ayuda” (Sal. 37:5).
En el año 160 a.C., la vejez era vista como una enfermedad. Cuando un anciano moría, se decía: “Se acabó la pelea de un derrotado”. A pesar de los años transcurridos, la tendencia parece no haber cambiado mucho; hoy se pondera la juventud como un tesoro y se desestima la vejez, mirándola como una pérdida irremediable.
Pareciera ser que la vejez solo se considera un asunto de salud; las fuerzas menguan, las capacidades físicas se deterioran, se acaban la agudeza visual y auditiva, y las facultades intelectuales aminoran. Obviamente la plenitud de vida va más allá de los aspectos físicos. En la ancianidad, la corporalidad se vive de otro modo, pero no menos intenso que en la juventud. Los pasos lentos de una anciana son también una respuesta a los años vividos. La prisa es innecesaria; es tiempo de contemplación, de reflexión y de encuentro con la vida. Esta es una lección que bien harían en aprender los jóvenes para no ser tragados por la vorágine de la vida moderna.
El quehacer de la vida no termina con los años; continúa, pero de manera diferente. Las ancianas no cuentan el tiempo en las manecillas del reloj; lo cuentan en experiencias y en obras de bien. Tienen la oportunidad y el privilegio de vivir el presente sin la ansiedad que a las jóvenes les genera el miedo al futuro.
Es en esta etapa de la vida cuando se tiene como prioridad lo que es esencial y se deja de lado lo trivial. La productividad no se acaba; simplemente tiene otro sentido. Las manos, los labios y los brazos de la anciana están cargados de historias de vida, deseos cumplidos, fracasos superados. Quien busca estrechar esas manos y oír esas historias tiene ante sí un manual de vida que enseña, corrige y aconseja de manera práctica, no con una teoría que no haya sido probada. Las experiencias de vida son las que le dan autoridad. Es en este tiempo cuando la amistad con Dios es tan genuina y real, que solo se piensa en la muerte como el momento de acercarse al día de la venida del Señor.
Vive tu vejez con gratitud a Dios por haber llegado a este tiempo tan especial de la vida, que te pone como maestra del bien, consejera y amiga. Este día y hasta el último de tu vida Dios está y estará contigo.
20 de marzo
La mujer de Dios en una “sociedad líquida”
“La hierba se seca y la flor se marchita, pero la palabra de nuestro Dios permanece firme para siempre” (Isa. 40:8).
El sociólogo, filósofo y ensayista Z. Bauman introdujo el concepto de “sociedad líquida”. Con esta expresión hizo referencia a ese tipo de vida tan común hoy en día que se caracteriza por carecer de rumbo, llevando a las personas a permanecer en un estado constante de incertidumbre. En una sociedad líquida, los valores se diluyen rápidamente de una generación a otra, nada parece tener raíces profundas, y todo se mueve de acuerdo con las circunstancias. Ni los hábitos, ni lo bueno y lo verdadero alcanzan su solidificación; de ahí la incertidumbre y el “desgano” de muchos para moverse hacia metas y objetivos loables.
En medio de este estado de cosas, qué grato es tener la certeza de que la Palabra de Dios “permanece para siempre”. Todo lo que Dios nos ha dicho a través de su Palabra es eterno e inamovible, sean cuales fueren las circunstancias. Las mujeres de Dios pisan suelo firme, seguro y certero cuando viven y se mueven en base a un claro “así dice Jehová”.
No hay duda de que la volatilidad de valores y principios es uno de los grandes males de nuestro tiempo. Nuestra postura frente a esto debe ser definida ya. Los valores humanos atemporales, como el “amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y templanza” (Gál. 5:22, 23, RVR 95), son los que dan contención a nuestra existencia en este planeta y nos preparan para la eternidad.
La vida light es artificial y vana, se diluye en el vacío de experiencias tenebrosas que nos alejan de Dios. Nuestra familia necesita referentes claros que iluminen nuestro andar en el camino que nos llevará a formar parte de la familia de Dios. La invitación de hoy para ti es que te comprometas a ser ese referente humano que muestre el camino con asertividad.
Cristo viene pronto; estamos viviendo en el ocaso de la vida en este planeta. El día de nuestra redención está cerca. ¡No perdamos el rumbo! No caigamos víctimas de una sociedad líquida. Para ello, es necesario que enraicemos nuestra vida en los sólidos principios de la Palabra de Dios. Construye sobre la Roca, no sobre la arena. ¿Tomarás esa decisión hoy? Esperar para tomar esa decisión es darle cabida cada vez más en tu vida a esa mentalidad de la sociedad líquida.
21 de marzo
Un buen día, garantía de una buena noche
“Dejen todas sus preocupaciones a Dios, porque él se interesa por ustedes” (1 Ped. 5:7).
El sueño es un reparador de energía como ningún otro, pues provee descanso físico, restauración emocional y claridad de ideas. Quien ha pasado gran parte de la noche sin dormir sabe que esta experiencia es desgastante, destructiva y devastadora. Dicen los expertos que las mujeres son más propensas a sufrir este trastorno que los hombres, consecuencia tal vez de su manera peculiar, más emocional, de procesar las experiencias vividas.
El insomnio toma diferentes formas, tales como tardar mucho en conciliar el sueño, dormir con sobresaltos, despertarnos muchas veces durante la noche, o tener muy pocas horas de verdadero descanso. Quizá la peor manifestación de este trastorno sea estar somnolienta durante el día, lo que provoca irritabilidad, intoxicando el entorno donde nos movemos.
Descartando los insomnios crónicos con bases físicas diagnosticadas, el insomnio suele ser consecuencia de nuestros hábitos y estilo de vida. La preocupación parece ser la causante de las mil y una vueltas que le damos a la cabeza en la cama, y la que nos impide descansar. Como consecuencia de todo esto, se genera en nuestro interior una buena dosis de ansiedad al intentar a toda costa dejar de pensar y comenzar a dormir. Esto, lejos de ayudarnos en la situación, toda vía la empeora más. Para tener un descanso de buena calidad, con sueño profundo y reparador, podemos tomar en cuenta los siguientes consejos:
Procura procesar positivamente las experiencias del día. Acepta lo que no puedes remediar. Las cosas no siempre salen como las planeaste; hay muchas maneras de hacer lo mismo.
No te culpes por lo que no hiciste bien; desecha la culpa y aprende de tus errores.
Toma en cuenta a los demás; también tienen sus planes, y el mundo no gira en torno a ti.
En el día, trabaja; en la noche, descansa; deja de pensar en lo que no hiciste y en lo que harás al otro día.
No te vayas a dormir enojada; reconcíliate con Dios, con el prójimo y contigo antes de irte a la cama.
No te agotes en el día; el exceso de cansancio, a veces, impide dormir.
Y, por último, lo más importante: busca a Dios en oración, cuéntale lo que pasa en tu vida. Es seguro que así tendrás una buena noche de descanso.
22 de marzo
Tu día ya comienza: alaba a Dios por ello
“Este es el día que hizo Jehová; ¡nos gozaremos y alegraremos en él!” (Sal. 118:24, RVR 95).
Comenzar el día es una tarea difícil para muchas personas, por diferentes razones. La premura de las cosas por hacer parece ser el primer pensamiento que muchos tienen al despertar. Los deberes, implacables, nos levantan, y pocas veces tomamos el tiempo para disfrutar el significado de un nuevo día. De ese modo, nos sentimos mentalmente cansadas antes incluso de comenzar las actividades de la jornada.
El reloj rige nuestro andar y nos empuja a apurarnos. La lista de cosas por hacer no espera y es el cruel verdugo que se interpone entre el placer de un hermoso amanecer y nosotras. De pronto, casi imperceptiblemente, los ruidos de la calle sustituyen a ese silencio en el que podíamos escuchar a la naturaleza alabar al Creador. El correr de los quehaceres hace que nos olvidemos de que el mejor compañero en las faenas diarias es Jesús. Las constantes demandas de los demás nos impiden pedir a Dios su cuidado, protección y dirección para lo que vamos a hacer. En consecuencia, somos presas de la ansiedad que nos provoca una rígida rutina sin el acompañamiento de Dios.
Al abrir los ojos por la mañana, observa tu entorno y agradece a Dios por tu hogar, tu familia, tu cama y por el descanso que te ha permitido tener durante la noche. “Escucha” el silencio del amanecer y conéctate con el Creador, que habla en el silencio. Agradece al Señor por el aire que entra a tus pulmones; por los olores y los colores de la naturaleza que llegan a tu cerebro a través de los sentidos; por la suavidad de tus cobijas; por las oportunidades y las experiencias que te ofrecerá el día y que serán, sin duda, para tu crecimiento personal. Cuando amanezca, canta, ora, ríe, ama, comparte, goza, disfruta y valora el día que te regala Dios.
Los amaneceres terrenales deben hacernos recordar y anhelar el eterno amanecer que disfrutaremos cuando veamos venir en gloria y majestad a nuestro Dios, Creador, Redentor y Sustentador de la vida. Entona con la voz y el alma el canto del cristiano: “Amanece ya la mañana de oro, pronto el rey vendrá; y su pueblo a la mansión del cielo Cristo llevará. Amanece ya la mañana de oro tras la noche terrenal, cuando surgirá del sepulcro abierto vida inmortal” (Himnario adventista, nº 158).
Tu día ya comienza: alaba a Dios por ello.
23 de marzo
Siembra hoy para cosechar mañana
“Cuiden mucho su comportamiento. No vivan neciamente, sino con sabiduría. Aprovechen bien este momento decisivo, porque los días son malos” (Efe. 5:15, 16).
Hace algunos meses, tuve la oportunidad de volver a la casa de mi infancia. Era un deseo que tenía pendiente y que al fin, después de muchos años, pude concretar. Contemplar la puerta desgastada y en ruinas de la entrada de la que fue mi casa me hizo ir atrás en el tiempo, y en alas de la imaginación pude ver la figura menuda de mi madre esperando con ansias a los hijos. La imagen que tengo de mi padre es débil, pues se esfumó con el paso del tiempo. Mi propia imagen, la de la niña rebelde, también desaparece en una estela de olvido.
Fueron muchos los años vividos allí, con recuerdos que no se van, de momentos tan especiales como la Navidad comiendo los guisos de mamá y admirando el árbol cortado por papá. Al final, en un suspiro, pude decir adiós a mi casa, a mis padres, a mi hogar; el tiempo se fue y no me esperó. Luego pensé: cuántas cosas me faltaron por hacer, cuántas palabras no dije, cuántos enojos tontos, cuántas “gracias” que nunca di...
Sí... Hoy es el día en que hemos de vivir disfrutando intensamente las experiencias agradables y aprendiendo de las equivocaciones; es el día de mirar a nuestros amados conscientemente y de expresarles con palabras y hechos lo que significan para nosotros. Es el momento de hacer que, cuando los que hoy están se hayan ido, los brazos no queden vacíos.
Hoy es el día para reír con el que está contento y llorar con el que trae en el corazón una tristeza no expresada. Es el tiempo de jugar con el niño, pues gracias a él, el alma se mantendrá joven. Es el día de soñar con el hijo adolescente para no perder las ilusiones; de agradecer al esposo, que tras cada largo y arduo día de trabajo regresa a casa, trayendo el sustento para la familia.
Hoy es el día para agradecer a Dios por tantas bendiciones que a veces no vemos por las prisas con las que vivimos la vida: la comida en la mesa, el techo que nos cubre, el saludo del vecino, el ladrido del perro que nos cuida, el sonido de la lluvia en los cristales, la vibración del trueno en las entrañas...
Son muchas tus bendiciones; no las dejes pasar sin prestarles atención. Disfrútalas al máximo. Todas vienen de Dios, quien te sustenta.
24 de marzo
¿Tienes un matrimonio feliz?
“Por eso, el hombre dejará a su padre y a su madre para unirse a su esposa, y los dos serán como una sola persona” (Efe. 5:31).
Algunos piensan que tener un matrimonio feliz es una mera cuestión de suerte. También aseguran que es después de la boda cuando salen a la luz detalles que se ocultaban muy bien en el noviazgo. Esto tiene una parte de verdad. En realidad, es después del casamiento, en la rutina de la vida cotidiana, cuando los cónyuges comienzan a notar, con sorpresa, aspectos del otro que no habían podido descubrir antes. Pero, fuera de esto, construir un matrimonio feliz poco tiene que ver con la suerte; es sobre la base del amor incondicional, la entrega y el sacrificio como se logra ir poco a poco labrando la felicidad de la pareja. Sin embargo, es algo en lo que no muchas esposas y esposos están dispuestos a invertir.
El amor incondicional se demuestra a través de una actitud generosa de ayuda a pesar de las circunstancias. Significa dar intimidad sin atropellar los límites personales. Actúa con respeto a la individualidad y la originalidad personal, sin intentar imponer modos de ser y de hacer. La satisfacción matrimonial se crea en una relación de igual a igual, donde cada uno de los cónyuges se siente comprendido y respetado por el otro, consciente de que es una relación de dos, no de uno que manda y otro que obedece. Es en este contexto donde surge el “nosotros”, basado en la libertad plena, en la ayuda mutua y en la aceptación incondicional de los defectos y virtudes propios y ajenos. La dignidad, otorgada por Dios, es la bandera que enarbola un matrimonio feliz. Amo al otro porque es, al igual que tú, un hijo de Dios, creado a su imagen y semejanza.
El único triángulo que la Biblia permite en el matrimonio es aquel que forman el esposo, la esposa y Dios. Él es quien sustenta, provee y fortalece cuando el amor conyugal se ve opacado o se ve amenazado por las circunstancias adversas que llaman a la puerta del hogar. No es posible dejar en manos de la suerte la felicidad matrimonial, pues esta se construye únicamente en Dios y con Dios. Considera el siguiente acrónimo:
D = Dialogar para construir puentes y derribar muros.
I = Ignorar los defectos y exaltar las virtudes.
O = Olvidar las ofensas para permitir el perdón.
S = Satisfacer las necesidades básicas de sobrevivencia humana.
Que Dios bendiga tu matrimonio.
25 de marzo
Vivir con dignidad, ¿qué significa?
“A quienes lo recibieron y creyeron en él, les concedió el privilegio de llegar a ser hijos de Dios” (Juan 1:12).
¿Alguna vez te has sentido inadecuada y avergonzada por tu actuación frente a los demás? Quizá te asombre saber que casi todas las mujeres nos hemos sentido así, seguramente más de una vez. Este sentido de fracaso y de poco valor personal es el resultado de haber caído de nuestra posición original de santidad al fango nauseabundo del pecado.
Nuestro origen fue determinado en el cielo, pero lo olvidamos al estar inmersas en un mundo imperfecto. Nos dejamos llevar por parámetros humanos y sufrimos con vergüenza lo que nos dicen que somos. Nuestro origen nos dice que somos hechura de Dios (ver Efe. 2:10); sin embargo, muchas veces las voces que escuchamos en nuestro entorno nos dicen lo contrario, que somos fruto del azar y que es el azar el que rige nuestra vida. No lo creas.
Recuerdo con precisión casi fotográfica un día, cuando yo tenía catorce años y alguien muy cercano hizo alusión a mis delgadas piernas, llamándolas “hilos”. Ahora sé que escuchar algo así en plena adolescencia, cuando la búsqueda máxima es la identidad, puede ser devastador. En este planeta formado por seres humanos imperfectos, cosas como estas son asunto común. Escuchar a padres llamar a sus hijos “tontos”, “inútiles” o “incapaces”, o a esposos tildar a sus esposas de poco atractivas, faltas de iniciativa, gordas o torpes, es más frecuente de lo que pensamos, y puede dejar huellas imborrables en la personalidad de esas mujeres que, tal vez, se sientan a tu lado en el banco de la iglesia.
Es tiempo de levantar la cabeza con la fuerza de la dignidad, que es un legado de Dios a sus criaturas. Vivir dignamente no es atropellar al otro para exigir tus derechos; tampoco significa ver a los demás como enemigos a los que hay que derrotar. Es solo mirarte con los ojos de Dios y, a través de ellos, pedir lo que sabes que te corresponde, tomando decisiones que salvaguarden tu integridad y tu identidad.
Ser hija de Dios es un tesoro de gran valor y no se renuncia a él por nada ni por nadie. El valor de una persona no lo definen las ciencias humanas; lo define Dios. Vivir con dignidad significa entender esto perfectamente bien, y aplicarlo a la vida, tanto en tu concepto de ti misma como en tu relación con los demás. ¿Aceptas el reto?
26 de marzo
¿Eres joven o tienes juventud?
“Hasta los jóvenes pueden cansarse y fatigarse, hasta los más fuertes llegan a caer, pero los que confían en el Señor tendrán siempre nuevas fuerzas y podrán volar como las águilas; podrán correr sin cansarse y caminar sin fatigarse”
(Isa. 40:30, 31).
¿Te parece esta una pregunta absurda? Entiendo tu extrañeza al leerla, pues lo lógico es decir que quien es joven tiene juventud, y viceversa. Sin embargo, se me antoja pensar que hay una diferencia notable entre estas dos maneras de expresarlo.
La Organización de las Naciones Unidas define la juventud como la etapa que comienza a los 15 años y se prolonga hasta los veinticinco. Podemos inferir con propiedad, basándonos en esto, que la juventud es un concepto cronológico; es decir, que se mide en tiempo y en años, que tiene un comienzo y un final. Quien sale de este rango de edad abandona para siempre la juventud para entrar sin retorno en la madurez. Esto tiene que ver con “tener juventud”, y responde al irreversible ciclo de la vida.
“Ser joven”, sin embargo, tiene que ver con la esencia personal. Es una actitud ante uno mismo y frente a los demás. Joven es quien, aunque tal vez ya no tenga juventud, aún sueña, hace planes, proyecta, aprende y enseña; encuentra la manera de disfrutar de las cosas sencillas que ofrece el día a día; se siente emocionado por vivir a pesar de las circunstancias que, tal vez la edad, pone en su camino.
Si la juventud ya abandonó tu calendario, procura conservarte joven. No cuentes tu vida en una acumulación de los años que tienes; recuerda que las hijas de Dios trascendemos más allá del tiempo. Él nos ha prometido vida eterna. La vida con Dios es un desafío, y él también puede convertirla en una aventura emocionante. Lo que ahora tienes de más no solo son años; tienes también un cúmulo de experiencias que no tiene quien vive en la juventud.
Querida amiga que ya peinas muchas canas, yérguete como “maestra del bien”, enseña las mejores lecciones de tu vida, no te avergüences de tus errores, enseña cómo estos han ayudado a tu crecimiento y desarrollo cristiano. Quizá hoy alguien te llame “anciana”; si es así, no lo esquives. La ancianidad es el diploma que Dios te ha otorgado en reconocimiento a tu tenacidad, esfuerzo y valentía. Ser anciana no es una pérdida; lo que sí es una pérdida es tener juventud pero no ser joven. Alaba a Dios por los años que te ha permitido vivir.
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