Kitabı oku: «Una mirada al libro electrónico»
UNA MIRADA
AL LIBRO ELECTRÓNICO
COLECCIÓN
BIBLIOTECA DEL EDITOR
Coordinación de Difusión Cultural
Dirección General de Publicaciones y Fomento Editorial
UNA MIRADA
AL LIBRO ELECTRÓNICO
ISABEL GALINA RUSSELL
ERNESTO PRIANI SAISÓ

Universidad Nacional Autónoma de México
México 2019
Índice
Introducción
¿Qué es un libro?
Pero, ¿qué es, en realidad, un libro electrónico?
Breve historia del libro electrónico
Antecedentes del libro electrónico
El advenimiento de la red mundial
La evolución de los formatos
El salto al XML
Los dispositivos de lectura
Los derechos de autor en los libros electrónicos
Modelos de distribución y comercialización
La experiencia del consumidor
Las nuevas formas de producción de los libros
La autopublicación
La transformación de los agentes Eso que llamamos autor
Sobre la autoridad del autor
Cambios en el proceso de escritura
El nuevo papel del autor como editor
El editor académico
Más allá del libro electrónico
2020: todos los libros serán interactivos y multiplataforma
2030: todos los libros serán hechos por crowdsouring y estarán en la nube
Primera pregunta: ¿cómo se leerá en el futuro?
Segunda pregunta: ¿cómo evolucionará el concepto de libro?
Tercera pregunta: ¿cómo encontrarán las personas nuevos libros en el futuro?
Cuarta pregunta: ¿cómo se escribirán los libros?
Quinta pregunta: ¿cómo se editarán los libros en el futuro?
Sexta pregunta: ¿cuál es el futuro del mercado editorial?
¿Ya no hay vuelta atrás?
Fuentes consultadas
Aviso Legal
Introducción
Los cambios en las cosas que ocupamos en la vida cotidiana pasan inadvertidos la mayoría de las veces porque, en el fondo, no logramos apreciar las pequeñas diferencias que constituyen, a la larga, las grandes transformaciones. Pasa, en cierta forma, como cuando frecuentamos a una persona con cierta regularidad. Difícilmente cada día somos capaces de apreciar las diferencias. Es sólo cuando pasa un tiempo sin verla que, de golpe, constatamos cuánto ha cambiado.
En nuestros días, el libro, un muy antiguo amigo nuestro, ha comenzado un lento y progresivo cambio. A la hora de escribir estas líneas sobre el teclado de una computadora personal, acaban de cumplirse siete decenios de que un estudioso de Tomás de Aquino se propusiera procesar textos para obtener las concordancias de toda la obra del santo; casi medio siglo desde que, en el marco del Proyecto Gutenberg, se comienzan a transcribir por primera vez textos literarios a una computadora con la intención de archivarlos y compartirlos; treinta años de la llegada de la computadora personal; trece del Librié de Sony, primer sistema en utilizar tinta electrónica, y una década de la comercialización de Kindle, que es el punto de inflexión a partir del cual comienza la comercialización exitosa de los libros electrónicos.
En menos de lo que dura una vida humana, ese amigo nuestro que es el libro se ha transformado radicalmente sin apenas darnos cuenta. Lo más inquietante es que continúa haciéndolo de una forma vertiginosa. En menos de una década, algunos han pasado de guardar libros sobre una estantería y agobiarse por la falta de espacio a respaldar archivos y agobiarse por la insuficiencia de memoria, además de otros problemas relativos al manejo de los ePubs.
Quizá por nuestra cercanía con el libro —y porque siempre es difícil aceptar que los amigos ya no son los mismos— tendemos a ver la aparición del libro electrónico como un cambio de soporte. A fin de cuentas, el texto ha viajado, con el paso de los siglos, de las tablillas al papiro, al manuscrito, al libro, “siendo el mismo”. Pero olvidamos que cada uno de esos “pequeños” saltos del texto de un soporte a otro ha significado todas las veces una revolución en cuanto a la producción, circulación y comercialización de las obras escritas y, en consecuencia, del conocimiento y del saber. Parece sólo una migración, pero inequívocamente es una metamorfosis.
En la actualidad, alrededor del libro electrónico pasan muchas cosas. Hay una discusión abierta, amplia y compleja, acerca del manejo de los derechos de autor: sobre quién es, en realidad, el propietario del libro una vez que ha sido comprado, puesto que algunos servicios pueden borrar lo adquirido del sistema de los dispositivos de lectura. La venta de ebooks ha mostrado no dar pleno poder al consumidor sobre lo que compra, sino a quien lo distribuye. Hay también una polémica sobre el tipo de impuestos que se deben aplicar o no a estos libros electrónicos, que algunos consideran más bien software. La figura del autor, del editor, del formador, ya comienza a cambiar, poco, porque aún parecen los mismos, pero ya no son iguales. Y hay, por supuesto, un debate sobre qué es el libro electrónico y en qué medida podrá o no transformar una tradición editorial de más de quinientos años.
Con este libro nos propusimos intervenir en varias de dichas discusiones. Si bien damos algunas pistas sobre cómo está formado un archivo ePub, que es el formato más popular, no buscamos hacer una introducción en el tema de los aspectos más técnicos de la elaboración de libros electrónicos. Nuestro interés es conceptual. Queremos saber qué está pasando con el libro en un sentido amplio. Qué son las cosas que han cambiado; cómo, a partir de qué principios o antecedentes históricos, se han ido modificando; cómo se perfilan hacia el futuro; qué discusiones están abiertas y hacia dónde apuntan.
Sabemos que escribimos sobre un fenómeno que cada día trae novedades en casi todos sus aspectos —técnicos, sociales— y que, por lo mismo, corremos el riesgo de que algo de lo dicho aquí ya no sea vigente en apenas unos cuantos meses. Creemos, sin embargo, que un alto en el camino para contemplar el horizonte siempre es oportuno y conveniente. ¿Cuánto alcanzamos a ver de la ruta que estamos siguiendo? ¿Qué tanto estamos seguros de que ése es el camino correcto? ¿Cuántos extravíos podemos todavía evitar? No hay que olvidar que, ya sea como creadores, productores o consumidores de libros, lo que ocurre nos concierne y, en esa medida, somos agentes del cambio. Estos textos están escritos precisamente para eso: para ofrecer un panorama de lo que sucede en el ámbito del libro electrónico. Nuestro propósito es partir de una breve discusión sobre cómo definir el libro en estos tiempos de transformación y lo que es un libro electrónico. Pensamos que es necesario reparar en algo en apariencia tan obvio y simple como definir el libro, porque en realidad no lo es de ningún modo. En el fondo, no está cambiando sólo el objeto que solíamos tener entre las manos, sino la idea que teníamos de él. Esta modificación conceptual es tan radical e importante como la otra, pues implica ampliar posibilidades y sentidos alrededor de lo que llamamos libros.
Es imposible avanzar si no hacemos algo de historia. Así, recorreremos la compleja historia del libro electrónico. Es fundamental recordar lo que ha tenido que pasar para llegar hasta el momento en que el libro dio un salto —al parecer definitivo— al formato electrónico. En particular, qué cosas tuvieron que concurrir alrededor de 2007 para que el libro electrónico comenzara a ser un producto popular. En mucho, la historia permite identificar elementos puntuales que están en la base de todo lo que acontece en nuestros días con el libro; desde el deseo de procesarlo a la decisión de digitalizarlo, de los intentos de hacer el libro electrónico en sistemas propietarios y el triunfo relativo de los formatos abiertos, hasta el paso decisivo de usar, para leer, máquinas hechas para contar.
Pero el interés principal de este libro se centra en qué cosas pasan en la actualidad alrededor del libro electrónico; qué modelos de producción, creación y distribución ha cuestionado; qué novedades ha introducido en el mundo editorial, y qué reacciones ha provocado. Cuáles, pues, son las aguas en las que el libro electrónico navega en el presente.
Clasificamos las principales cuestiones que se plantean en torno al libro electrónico en cuatro grandes ámbitos: 1) los derechos de autor, 2) los modelos de distribución y comercialización, 3) las nuevas formas de producción de libros y 4) la transformación de los agentes, sobre todo el autor y el editor. En ellas procuramos dar un panorama de los problemas y las controversias que emergen día con día en cada uno de estos campos. Al mismo tiempo, damos cuenta de las novedades que han aparecido, desde los servicios para la lectura de libros electrónicos, hasta los sistemas de edición de la fan fiction, que hoy marcan la discusión sobre el libro electrónico. Puesto que la visión es panorámica, no nos detenemos en ellos más que lo suficiente para mostrar lo que son, qué aspecto de la lectura, la producción o la comercialización del libro están modificando, y qué tipo de problemas o cuestiones están haciendo aparecer.
El capitulado cierra con una reflexión prospectiva. ¿Cómo será el libro en el futuro? Hacemos frente ahí a las especulaciones y las ideas que hoy circulan sobre cuál será el devenir del libro. Damos cobijo tanto a las ideas más exageradas, que terminan por casi fundirlo con los videojuegos, como a las más prudentes, que ven en el futuro una transformación cultural pero no un abandono de la palabra escrita. Nos detenemos, ahí también, en algunas proyecciones sobre el momento en que el libro electrónico sustituirá al de papel. Entrados en el terreno de la especulación, jugamos con algunas de las opciones que el texto digital y el libro electrónico permiten y revelan: datos sobre hábitos de lectura y de los lectores, y la forma en que podrán determinar el futuro de la escritura.
Estos textos se proponen mostrar el asombro ante todo lo que ocurre alrededor del libro electrónico. Se proponen ser, al mismo tiempo, un retrato de una revolución, así como de las dudas y suspicacias que ésta genera todavía.
¿Qué es un libro?
Las cosas que nos son más próximas, aquellas que ocupamos con regularidad, tienen en común que son, también, las más difíciles de definir. Podríamos buscar muchas razones para ello, pero resulta evidente que la frecuencia con que las ocupamos hace innecesario e incluso absurdo querer explicar qué son. ¿Por qué definir lo que es un coche si basta con subirse a él y encenderlo? Lo mismo ocurre con el libro: ¿para qué buscar palabras que lo definan si es suficiente con abrir uno y comenzar a hojearlo?
Sin embargo, hoy nos encontramos en un momento peculiar. El libro, tal y como lo conocemos desde hace cinco centurias, experimenta una transformación radical. En menos de un cuarto de siglo el uso generalizado del cómputo, la aparición de internet, la creación de muy diversos dispositivos electrónicos —desde los teléfonos inteligentes hasta las tabletas— han impulsado el surgimiento de distintos formatos digitales que son vistos y promovidos como alternativas y sustitutos del libro en papel.
El ebook o libro electrónico es, dentro de esos nuevos formatos, el que ha alcanzado hasta hoy más popularidad, con un ritmo de producción en crecimiento en sintonía con su mercado. Este hecho hace que ya muchos la consideren la nueva forma del libro, e incluso un formato que, para algunos, se ha estancado. Pero ¿de qué hablamos exactamente?; es decir, ¿cuáles son las características de un libro electrónico por las que éste ha capturado para sí el imaginario cultural del libro?
En el presente capítulo nos ocuparemos de sentar las bases para responder al menos en parte esa pregunta. Nos proponemos establecer en qué sentido un archivo electrónico puede ser llamado con propiedad un libro. Para ello necesitamos saber, primero, qué es un libro. Así que habrá que comenzar, pese a las dificultades, con su definición.
Si, como decíamos, los objetos comunes son difíciles de definir, para facilitarnos la vida vamos a recurrir primero a las definiciones que hallamos en los diccionarios. La vigésima tercera edición del diccionario de la Real Academia Española, ofrece las siguientes definiciones:
Libro (Del lat. liber, libri). 1. m. Conjunto de muchas hojas de papel u otro material semejante que, encuadernadas, forman un volumen. 2. m. Obra científica, literaria o de cualquier otra índole con extensión suficiente para formar volumen, que puede aparecer impresa o en otro soporte. Voy a escribir un libro. La editorial presentará el atlas en forma de libro electrónico. 3. m. Cada una de ciertas partes principales en que suelen dividirse las obras científicas o literarias, y los códigos y leyes de gran extensión.1
Más adelante, en la misma entrada encontramos definido libro electrónico como: “1. m. Dispositivo electrónico que permite almacenar, reproducir y leer libros”, y “2. m. libro en formato adecuado para leerse en ese dispositivo o en la pantalla de un ordenador”.2
La versión del diccionario que usamos ya está actualizada en nuestro tema, lo que nos ayudará mucho a entender el uso común que se le da al término “libro electrónico” en cuanto al dispositivo y al archivo que se lee por medio de ese dispositivo. Pero antes de adentrarnos en esta materia y puesto que la definición de libro electrónico presupone la definición de libro, empecemos por hablar del libro: éste se entiende en el diccionario de tres maneras, como: 1) un cierto objeto compuesto de hojas de papel encuadernadas para formar un volumen, 2) un texto escrito que requiere ser de una cierta extensión (sin precisar) para formar un volumen y 3) una división del texto.
Esta última acepción de libro es la más vieja y también la más rara en nuestros días, pues se aplica únicamente a las divisiones de algunos textos antiguos que fueron originalmente divididos a partir de esa denominación. Si excluimos, pues, esta definición, podemos decir en general que cuando hablamos de libro lo hacemos con dos significados fundamentales: para referirnos al “soporte”, por un lado, es decir, al libro como objeto físico, y por el otro, al texto, que, sin importar en qué se encuentre alojado: una roca, un papiro, un libro o un iPad, es el objeto de la lectura. La definición de libro electrónico sigue este mismo modelo de referir al soporte, por un lado, y al texto, por el otro. En todo caso, sin embargo, para distinguir un libro de otros tipos de dispositivos textuales como panfletos, sobretiros, artículos, etcétera, se recurre a su extensión: “suficiente para formar un volumen”.
Esto es lo malo de muchas definiciones de diccionario: acaban por ser circulares. Como en este caso, en que la definición al final contiene lo definido. ¿Qué es exactamente un volumen? ¿Cómo sabemos que una obra ha llegado a formar uno? La palabra volumen (que desde siempre se ha utilizado como sinónimo de libro) se refiere a un cuerpo físico formado por al menos un cierto número de páginas; es decir, a un libro en su sentido físico. Así, el diccionario define al libro como un cierto texto que tiene la extensión para ser… un libro. Para resolver esta circularidad, la unesco estableció, como parte de la definición de libro, que éste es una encuadernación o un texto que tiene una extensión superior a 49 páginas.3
Pero esto no resuelve realmente el problema. Es más, lo plantea de manera todavía más compleja. Al definir un libro como una obra que tiene al menos 49 páginas, lo hacemos poniendo el texto en relación con su aparición objetual. Las páginas pertenecen al mundo físico, pero respecto de ellas definimos el libro en el mundo intangible del texto.
Veamos esto un poco más de cerca y con una dimensión histórica. La definición del libro “como texto con una cierta extensión” es la que aparece más tardíamente. La encontramos por primera vez en castellano en el diccionario de la Real Academia de 1869:
Libro. m. Reunión de muchas hojas de papel, vitela, etc., ordinariamente impresas, que se han cosido ó encuadernado juntas con cubierta de papel, cartón, pergamino ú otra piel, etc., y que forman un volumen || Obra científica ó de ingenio, de bastante extensión para formar cuerpo. || Una de las principales partes en que con este título suelen dividirse las obras.4
En ese mismo diccionario, cuerpo se define así: “Cuerpo. Hablando de libros, tomo ó volumen y así se dice: tal librería tiene dos mil cuerpos de libros. // Hablando de los libros es también la misma obra, excepto los preliminares é índices”.5
Dos cosas hay que comprender aquí. Por un lado, lo tardío de la definición muestra que la idea del texto como algo separado e independiente del objeto que lo contiene es relativamente reciente. Pero, por el otro, que la idea de un texto-libro que preexiste a su materialidad aparece en una cultura en la que aún la única forma de transmisión del texto es material y, en consecuencia, la manera de conferir dimensiones al texto es física. Cabe anotar también que la definición surge en paralelo a la noción legal de derechos de autor (copyright), para la que se necesita que el texto exista más allá de su estricta materialidad.
Cuando se define un libro por su extensión, se dimensiona a partir de dos ejes. Uno es el de la página, que define la unidad básica de medición. Otro es la cantidad mínima de esa unidad (49 páginas) que hace un volumen o el cuerpo, y que a su vez establece lo que es un libro. En las definiciones examinadas, la página es, simple y llanamente, las “hojas de papel u otro material semejante” susceptibles de encuadernarse. De modo que un libro, en el sentido básico de la definición, es lo que tiene páginas o puede dividirse por páginas, según lo tomemos por el objeto material o por su naturaleza textual.
Esto compromete mucho la definición de libro, porque la ata a un concepto, la página, que tiene características muy particulares y que es, quizás, el concepto cuyos contornos se diluyen más cuando se traslada el texto a la computadora, y en el que Andrew Piper ve la necesidad de reflexionar para imaginar el futuro del libro.6
Christian Vandendorpe expresa que la escritura alfabética se concibe, en un principio, como una mera transcripción del discurso oral. La representación de esa “transcripción” es la linealidad de los primeros textos occidentales en que la primera línea se lee de izquierda a derecha, y la siguiente, de derecha a izquierda, de modo que la mirada debe seguir un movimiento continuo sobre el texto, semejante al de la percepción auditiva de un discurso.
Esta linealidad se romperá sólo cuando aparezca el códice. Si bien éste es muy antiguo —surge durante el Imperio romano—, su uso se generaliza con el cristianismo. “Los medios cristianos serán los primeros en adoptar el códice, sobre todo para difundir el texto de los Evangelios. Es de suponer que el nuevo formato, más pequeño, más compacto y manejable que el rollo, también tenía la ventaja de marcar una ruptura radical con la tradición vinculada al texto bíblico.”7
Pero además de estas ventajas políticas para la transmisión de la palabra y el texto, “el elemento nuevo que el códice introdujo en la economía del libro es la noción de página”.8 No se trata, como podemos fácilmente imaginar, de una innovación trivial. Gracias a la página, el códice constituirá la esencia del libro: será su principio básico de definición. De acuerdo con Vandendorpe, el códice establece una nueva relación entre el lector y el texto. No sólo obliga a los lectores a adoptar una nueva postura física frente al texto, sino que opera otros cambios de igual relevancia:
Al liberar la mano del lector, el códice le permite dejar de ser el receptor pasivo del texto e introducirse a su vez en el ciclo de la escritura mediante el juego de las anotaciones. También, el lector puede acceder directamente a cualquier punto del texto. Un simple señalador le da la posibilidad de reanudar su lectura donde la había interrumpido.9
Con el paso del tiempo, por supuesto, la página —base última del códice— se construyó en el espacio de muchas innovaciones. Por ejemplo, se incluyen imágenes, de modo que deja de ser sólo representación de la voz para incursionar también en el espacio visual.
Entre los siglos XI y XIII se consolidarán una buena cantidad de prácticas que permiten que el lector escape de la linealidad original de la palabra, gracias sobre todo al sumario, al índice y al folio explicativo. La marca de párrafo —primero simplemente señalada en el texto por el símbolo del calderón (¶)— facilitará el procesamiento de las unidades de sentido ayudando a que el lector siga las grandes articulaciones del texto.10
No es necesario subrayar la trascendencia cultural de estas innovaciones. Toda nuestra cultura, pero en concreto la textual, está claramente determinada por ella. Tan es así que un libro, comprendido como texto y no como objeto, está todavía definido por la página y no, por ejemplo, por la unidad de sentido, el párrafo.
La construcción cultural que ha dependido de la página es la que entra en cuestión cuando el texto se digitaliza, porque esa referencia al mundo físico se pierde o no puede hacerse sino —en el mejor de los casos— como una representación.
Un texto, cualquier texto, por más extenso que sea, como la Suma teológica de santo Tomás de Aquino o La montaña mágica de Thomas Mann, es, para una computadora, una línea continua de caracteres. Ahí no hay páginas ni párrafos, sólo una sucesión ininterrumpida de letras y espacios, unas tras otros, para ser leída por el procesador. De hecho, la metáfora de la página es bastante tardía en la historia de la computación y de la digitalización del texto, y se asocia con la aparición de la pantalla, primero, y con el surgimiento de internet, después, como veremos más adelante.
Recordemos que las primeras computadoras carecían de pantalla y, por lo mismo, eran alimentadas no a través de una línea de caracteres sino de tarjetas perforadas. Las primeras pantallas de computadora tienen hoy cerca de sesenta años y su forma inicial se inspiraba en las pantallas de televisión. Sin embargo, la idea de una pantalla en la que se representa una página sólo emerge, en términos estrictos, hasta la entrada de internet, en que el espacio en la pantalla es referido como “página”. Pero, como señala Vandendorpe,
la página, sin embargo, no posee por completo las características de su antepasada, como se la conoce en el mundo impreso. En un soporte en papel, la página es una entidad material de dimensiones fijas que encierra un segmento de texto cuya cantidad de caracteres es más o menos constante en el interior de un mismo libro. Constituye un espacio en el cual va a alinearse el texto hasta la saturación.11
Es evidente que, en cuanto un texto es digitalizado, “la página”, con sus características tanto físicas como conceptuales, se dilata de muchas maneras. La “página web” —aunque en realidad cualquier “página” producida por una computadora— puede contener tanto texto como se quiera. Es decir, definir cuánto texto aparecerá en una página es una decisión de formato, de representación, pero no una característica del texto digital. Este último es, definido de manera general, “información codificada como caracteres o secuencia de caracteres”.12 Sin embargo, lo que es relevante aquí es lo siguiente:
la forma digital del texto lo define como un objeto sobre el cual las computadoras pueden operar algorítmicamente, para cargarlo de sentido e información. Un texto digital es información codificada y una codificación tiene una sintaxis que gobierna el orden de los signos físicos de los que está hecha. En principio, por lo tanto, el texto digital está marcado por la sintaxis de su codificación.13
Para un texto digital, una página es, simple y llanamente, una codificación definida por su sintaxis. Dicho de otro modo, una representación operada algorítmicamente.
Lo anterior significa que lo que llamamos páginas en los textos digitales, su segmentación para adecuarse a una pantalla, es una operación computacional que puede variar no sólo según el dispositivo o la pantalla en la que el texto debe ser desplegado, sino incluso dentro de un mismo dispositivo y una misma pantalla en función del software que utilice, de si sostiene el equipo de manera horizontal o vertical, o de si el usuario modifica el tamaño de letra u alguna otra característica de configuración. La naturaleza de los textos digitales hace que el libro electrónico no pueda definirse con base en el criterio del número de páginas necesarias para conformar un volumen o un cuerpo. Más que desaparecer, con el texto digital la página se torna un término relativo. En un dispositivo de lectura como el Kindle, por ejemplo, el avance de la lectura no se expresa siempre al indicar la página sino de acuerdo con el porcentaje de avance respecto del total. En cuanto esto ocurre, es evidente que la definición tradicional de libro, dependiente todavía de su concepción material y ligada a la idea de página, no es ya la más adecuada para definir lo que es un libro en la era del libro electrónico.
La definición de libro a la que recurrimos al principio de este capítulo, “Obra con extensión suficiente para formar volumen, que puede aparecer impresa o en otro soporte”, no da cuenta de la transformación que supone el libro electrónico, pues insiste en la definición por extensión cuando ésta, en el texto digital, es por completo relativa.
¿De qué otra manera puede definirse el libro para que pueda comprenderse no únicamente como lo ha sido a lo largo de la historia, sino también a partir de la transformación por la que transita? ¿Una definición que, sin apelar a la extensión física, describa al libro tanto en su condición de texto como en su relación con los sucesivos soportes en los que aparece?
La versión francesa de la Wikipedia ofrece la siguiente definición del libro, luego de enumerar diversas definiciones históricas: “El libro es un objeto técnico que prolonga las capacidades humanas de comunicación más allá del espacio y del tiempo. Permite comunicar el sentido de acuerdo con una forma material particular”.14 Lo interesante de esta aproximación al libro es que lo comprende como una función a la que queda subordinada la forma material con la que se alcanza; es decir, el libro como un constructo humano hecho con una finalidad específica (comunicar más allá del espacio y el tiempo), para lo cual echa mano de un soporte material que primero fue el códice, después el volumen y luego el formato electrónico. Es una función similar a la que en el ya lejano 1984 se refería Umberto Eco para defender la permanencia del libro ante la emergencia de las computadoras: “Los libros seguirán siendo indispensables no sólo para la literatura sino para cualquier circunstancia en la que uno deba leer con atención, no sólo recibir información sino también especular y reflexionar sobre ella”.15
Aunque la afirmación de Eco se produce décadas antes de que aparezca el primer dispositivo de lectura de libros electrónicos, la idea de que los libros tienen una función —y posibilitan un modo de lectura con ese propósito— coincide con la idea del libro como objeto técnico. Una obra humana hecha con fines específicos que cumple —y puede seguir cumpliendo— una función a través de distintas formas materiales. De la misma manera que un reloj, que continúa dando la hora, ya sea de manera análoga o digital, el libro es un artefacto que seguirá comunicando, dando sustento a la literatura, a la lectura informativa y reflexiva, en formato material o digital.
No es nuestro objetivo establecer una definición definitiva de libro. Sabemos que ésta cambiará de manera muy rápida, en la medida en que se popularice el consumo de libros electrónicos y se desarrolle una cultura alrededor de ellos, redefiniendo la relación de estos nuevos libros con los libros impresos, y la de ésos con los primeros. Sin embargo, para los fines de nuestra discusión, podemos adoptar como definición incompleta de libro la última que enunciamos, aquella que lo define como objeto técnico, como producto humano desarrollado con fines específicos de comunicación textual, más allá del tiempo y el espacio, para lo cual adopta distintas formas materiales. Sabemos que esta definición atiende a una parte de lo que es un libro, incluso como artefacto, al reducirlo a su funcionalidad comunicativa. Tiene la ventaja, primaria para nosotros, de separarlo de su condición material sin limitarlo al texto. Esto es fundamental porque en la comprensión del libro electrónico, como de cualquier libro, es preciso dar cuenta tanto de su condición textual como de la relación del texto con su transmisión material, que en el caso del ebook será objeto también de análisis.
Nos parece que definir el libro a partir de su función, en lugar de hacerlo en relación con el texto (que como vimos se comprende de otra forma cuando es digital) o con su condición material (que también se altera), permite mostrar, siguiendo el paralelismo con el reloj digital, que el cambio en la materialidad y, en consecuencia, en todo aquello que se modifica a partir de ésta: la lectura, la comercialización, la cultura crítica, las formas de preservación, etcétera, no implican una supresión del libro como tal sino una transformación en la manera de cumplir su función; es decir, no se trata de la desaparición de la cultura del libro ni de la tradición textual en la que nos hemos formado. Por el contrario, se trataría más bien de su expansión, de alcanzar horizontes que la materialidad del libro y la concepción material del libro impiden.
Con el reloj digital el tiempo no cambió. Todavía hoy hacemos citas a las seis de la tarde, a las cuales llegamos puntuales gracias a un reloj digital o a uno analógico. Sin embargo, hay procesos de altísima precisión que serían imposibles sin un reloj digital, desde las mediciones de los actuales récords olímpicos hasta los viajes a la Luna o los numerosos procesos industriales que deben ser controlados con dispositivos de tiempo extraordinariamente exactos.
Los libros electrónicos, en todos sus formatos y posibilidades, son parte de un nuevo umbral para la cultura. Forman parte de una nueva era de la cultura textual aun en formación que, como la abierta por los relojes de alta precisión, permite avizorar modos de lectura, crítica y conocimiento mucho más sofisticados y complejos que los actuales.
Pero, ¿qué es, en realidad, un libro electrónico?
Hasta aquí abordamos en términos generales lo que es un libro. Enfrentemos ahora el reto de hablar del libro electrónico y de una posible definición del mismo con todos los problemas y complicaciones que conlleva esta tarea. Comencemos, pues, por la más obvia de todas estas complicaciones: la amplitud y la ambigüedad del término mismo de libro electrónico.
La verdad es que podríamos comprender por “libro electrónico”, de un modo absolutamente llano, todo archivo electrónico que represente un libro. Eso significa que tal nombre puede dársele lo mismo a un archivo PDF (Portable Document Format), un archivo .doc, una colección de archivos de imagen JPG en que aparezcan las páginas de un libro, páginas HTML (HyperText Markup Language) o XML (eXtensible Markup Languajes) en que se haya transcrito un libro, al igual que los archivos ePub que utilizan la mayoría de los lectores de libros electrónicos, el archivo azw que utiliza Amazon y sus lectores, o los archivos mobi que pueden leerse en varios dispositivos, incluido Kindle, hasta los libros que constituyen una app (abreviatura de application software), diseñados y desarrollados para ensanchar la experiencia de la lectura sobre todo en tabletas o teléfonos celulares.
Si bien todos esos formatos pueden ser considerados en general libros electrónicos, existe la tendencia a reservar el término para aquellos archivos ideados con el fin de representar libros dentro de un dispositivo electrónico de lectura. Al respecto, se suele asumir que hay una relación entre la existencia del dispositivo de lectura y la aparición del libro electrónico pues, como veremos después con más detenimiento, es hasta que convergen una serie de factores —cierto tipo de lector, una amplia gama de oferta digital y la facilidad de adquirir los libros por internet— que se popularizó la noción de libro electrónico.
Pero tal restricción es ciertamente frágil, como casi todo en el mundo digital. Hoy un libro electrónico en cualquiera de los formatos que utilizan los lectores, por ejemplo el ePub, puede leerse también en una computadora, para las que ya se desarrollaron aplicaciones con ese fin, y ocurre hoy asimismo que la mayoría de los otros formatos electrónicos mencionados, como PDF o Word, además se pueden leer en casi todos los dispositivos electrónicos de lectura. De modo que la restricción es más una convención heredada de ciertas limitaciones tecnológicas del pasado que el producto de una limitación actual.
Como vemos, la facilidad con la que se convierten los archivos electrónicos a otros formatos dificulta establecer con claridad a cuáles de ellos corresponde lo que llamamos —o deberíamos llamar— libros electrónicos. No obstante, debemos establecer alguna delimitación para avanzar en la comprensión de lo que es —y quizás en un tiempo llegará a ser plenamente— un libro electrónico. Por eso es apropiado restringir la idea de libro electrónico al grupo de archivos ePub, azw, mobi y otros más diseñados para los dispositivos de lectura, así como a los libros en formato app —que no son tan populares pero que ofrecen una solución a cierto tipo de libros, como los infantiles—, en razón de, al menos, tres grandes aspectos: la experiencia de la lectura, la composición de los archivos y la protección de los derechos de autor.
La primera de todas estas razones es quizá la menos sencilla de expresar objetivamente, pues ¿de qué hablamos al referirnos a experiencia de lectura?
Para poder leer en un dispositivo electrónico de lectura (el libro en papel es un dispositivo de lectura) se requieren como mínimo tres elementos: el dispositivo mismo, el software de lectura y el archivo a leer. La conjunción de estos tres elementos produce una experiencia de lectura específica, que es diferente si utilizamos otro dispositivo, otro software u otro archivo. Por ejemplo, un archivo .doc leído a través de Word, como normalmente se hace en la pantalla de una computadora, produce una cierta experiencia de lectura que se orienta más a la escritura que a la lectura como tal (está pensada y planeada para eso). Cuando intentamos orientarlo más a la lectura, es necesario convertir el archivo .doc en un archivo más apropiado para la lectura o bien transformar la representación del documento en la pantalla para hacerlo más legible. Lo mismo pasa con los pdf. Aunque pueden leerse en casi todos los dispositivos de lectura, la experiencia es distinta y sobre todo limitada en relación con otros formatos. Al ser archivos que en sus comienzos representaban el texto como imagen, su adaptabilidad al texto para la lectura en pantalla tiene complicaciones: por ejemplo, no siempre puede incrementarse el tamaño de la letra sin que a su vez se modifique el de la imagen, la estructura de la página no se adapta a la pantalla ya que es rígida, etcétera. Esto mismo es válido incluso para el formato PDF ePub que hoy se comercializa en distintas librerías virtuales, porque éste todavía privilegia mantener la estructura de la página como si fuera una imagen de una página de papel sobre la posibilidad de que la página se ajuste a la pantalla. En cuanto a los dispositivos, hay al menos dos grandes tipos: los que utilizan tinta electrónica, que son conocidos como e-readers, y los que usan una pantalla que arroja luz (pantallas de computadoras, tabletas y teléfonos celulares). Leer en un tipo de pantalla o en otro cambia por supuesto la manera en que se experimenta la lectura, debido a que afecta el tiempo en que nos extendemos leyendo, la comodidad o la dificultad para hacerlo, si lo hacemos en el día o en la noche, con la luz de la habitación prendida o apagada (los e-readers que emplean tinta electrónica no se pueden leer con la luz apagada, por ejemplo, pero las tabletas sí). Lo mismo pasa con el software: alguno permite hacer anotaciones, otro subrayar o pasar las páginas de un modo, por ejemplo arrastrando el dedo sobre la pantalla. En suma, la experiencia de la lectura es una combinación de factores que la aproximan o la alejan de la vivencia que tenemos al leer en papel.
Aunque no hay forma de describir por completo la experiencia de la lectura en papel como un estándar, es posible decir que ésta es el referente con el que comparamos la lectura digital. En términos de esa comparación es factible afirmar que un libro electrónico es un archivo electrónico que, leído mediante un dispositivo de lectura que maneja un cierto software, ofrece una experiencia de lectura semejante a la de un libro en papel. La semejanza comprende muchos aspectos vinculados con la forma ergonómica del dispositivo (pesa como un libro, por ejemplo), el modo en que se avanza sobre la lectura (como si pasáramos las páginas), lo que podemos hacer con el texto (subrayarlo), etcétera. Se entiende que esa experiencia nunca podrá ser idéntica, porque hay cualidades de los libros electrónicos que los libros en papel nunca podrán tener (aumentar o reducir el tamaño de la letra, por ejemplo), y viceversa, acomodarlo en un librero. Pero el punto es que a diferencia de los formatos para escritura y de las representaciones de la imagen de los libros, los archivos como el ePub o las app diseñadas para dispositivos de lectura ofrecen una experiencia que es más parecida a la lectura en papel. La combinación de los tres elementos: el dispositivo, el software y el archivo, propician que la lectura preserve buena parte de su naturaleza a pesar de volverse digital.
Aceptada esta idea, llamaremos libros electrónicos a aquellos formatos que ofrecen una experiencia de lectura más cercana a la del libro cuando se leen a través de un software en un dispositivo de lectura. Los más conocidos son PDF, ePub, DjVu, azw y mobi, entre muchos otros desarrollados en exclusiva por ciertas marcas, y las app diseñadas para texto sobre las que nos explayaremos más adelante.
Sin embargo, como señalamos antes, esta no es la única razón por la que reservamos el nombre de libro electrónico a tales archivos. Hay otras dos que ya enumeramos: la composición misma de los archivos y la protección de los derechos de autor.
Como suele ocurrir en el campo de la computación, muchos formatos compiten por consolidarse como el estándar de la industria. El caso de los libros electrónicos no es diferente. Por un lado hay empresas como Amazon con una estrategia de mercadotecnia que pasa por la comercialización de libros electrónicos en un formato propio que sólo leen sus propios lectores electrónicos, mientras que en las tiendas de las app se comercializan lectores que leen diversos tipos de archivos. En el marco de esta competencia, ha sido un formato abierto, el ePub, que estrictamente no es más que un conjunto de archivos contenido en un archivo de comprensión tipo ZIP, compuestos de un archivo XML con el texto, además de otros que contienen las instrucciones de despliegue del texto, la imagen de portada y poco más. Este formato, por su sencillez y facilidad de ser leído en distintos dispositivos y aplicaciones, poco a poco se ha convertido en el estándar de la industria. Hay algo más, por supuesto: dado que su raíz es XML, este tipo de formato, muy simple y fácil de resguardar, permite recobrar y procesar mejor —y no sólo para su lectura— los textos. En este sentido, es operativo en cuanto al despliegue de los libros y también para su preservación digital, un problema que se debe tomar en cuenta. Por último, y dada la importancia creciente que ha tenido la protección de los derechos de autor, tales archivos conforman también un estándar porque están protegidos con un dispositivo desarrollado ex profeso llamado DRM (Digital Rights Management), cuyo objetivo es impedir la duplicación parcial o total del libro por cualquier medio.
La batalla no ha terminado, pero con el arribo de las tabletas ha cambiado de dirección. La lucha ha dejado de centrarse en el formato del archivo para hacerlo en los beneficios adicionales que el lector puede obtener a través del software de lectura, como el respaldo de su biblioteca, la inclusión de diccionarios, la preservación de sus notas, la socialización de la lectura, etcétera.
Consideramos importante incluir bajo la denominación de libro electrónico las app de libros; es decir, las aplicaciones específicas para la lectura de un libro determinado que buscan enriquecer la lectura mediante la inclusión, en particular, de elementos multimedia, así como de procesos computacionales sobre el texto, como comparar versiones, interactuar con imágenes, etcétera. Lo hacemos por dos razones: primero, muchos de quienes imaginan el futuro del libro lo hacen en términos de formatos que “enriquezcan la lectura”, como hacen las app; segundo, éstas ya son una realidad editorial para cierto tipo de libros. Podemos encontrar, por ejemplo, ciertas app que son libros de cocina, los cuales incluyen, además del formato tradicional del texto de las recetas, videos que enseñan su elaboración, un convertidor automático de medidas o porciones, así como un buscador para encontrar recetas de acuerdo con los ingredientes que señalemos. Libros de texto como app pueden comprender además multimedia que ofrece una explicación visual de algún fenómeno o un simulador que pone a prueba los conocimientos adquiridos. En la literatura, las app tales como Blanco de Octavio Paz o iPoe, una colección ilustrada e interactiva de las obras de Poe, proporcionan a los lectores nuevas aproximaciones a obras clásicas al incorporar elementos que no existen en el impreso. Los libros para niños han aprovechado los aspectos visual e interactivo que proporcionan las app para ofrecer cuentos tradicionales en los cuales los lectores pueden desempeñar una parte activa durante la lectura del texto, en tanto interactúan con la interface y aportan a su desarrollo. Es posible argumentar incluso que estas app se encuentran en ocasiones en la frontera entre la narrativa textual y la narrativa de los videojuegos o gaming.
Tal vez las app, que hoy todavía incluimos entre los libros electrónicos, dejen de serlo al dar lugar a otros dispositivos culturales que hoy apenas intuimos o imaginamos.
El mundo del libro electrónico se encuentra inmerso en un proceso de transformación vertiginosa en todos sus aspectos: desde los formatos hasta los servicios. Por ello resulta casi imposible concluir, con plena certeza, que lo que hoy decimos que es un libro electrónico, ya sea por el formato o por la experiencia de la lectura, lo seguirá siendo en los años venideros. Incluso, como se constata con facilidad, aun con las restricciones que propusimos en este apartado, los ebooks, como en general el libro, enfrentan cada día nuevos problemas que requieren ser articulados y definidos. Con este reconocimiento de la incertidumbre en el mundo del libro, concluimos este capítulo para avanzar en su conocimiento.
1 Real Academia Española, Diccionario de la lengua española, 23ª ed., entrada “libro”.
2 Idem.
3 Emile Delavenay, Por el libro. La UNESCO y su programa, UNESCO, París, 1974, p. 9.
4 Real Academia Española, Nuevo tesoro lexicográfico de la lengua española, Diccionario Academia usual, lema “libro”, 1869.
5 Ibid., lema “cuerpo”.
6 Andrew Piper, The Book Was There: Reading in Electronic Times, Chicago/Londres, The University of Chicago Press, 2012, posición 794 (edición electrónica).
7 Christian Vandendorpe, Del papiro al hipertexto, trad. de Víctor Goldstein, México, FCE, 2003, p. 44.
8 Idem.
9 Ibid., pp. 44-45.
10 Ibid., pp. 45-46.
11 Ibid., p. 160.
12 Dino Buzzetti y Jerome McGann, Electronic Textual Editing, tei Consortium.
13 Idem.
14 Wikipedia, entrada “livre” [traducción de los autores].
15 Umberto Eco, Epílogo, en Geoffrey Nunberg (comp.), El futuro del libro. ¿Esto matará eso?, Paidós, Barcelona, 1998, p. 308.
BREVE HISTORIA DEL LIBRO ELECTRÓNICO
La historia del libro electrónico suele trazarse sobre dos líneas (en realidad son tres), que por lo general se confunden de la misma forma que el libro como objeto y el libro como texto, que se sobreponen. Se trata, por una parte, de la historia del libro electrónico de acuerdo con los dispositivos disponibles para su lectura, y por la otra, de la historia del libro electrónico como texto digital. Pero además hay una tercera: la historia del libro electrónico según el formato que se usa para codificar el texto digital, es decir, la del tipo de archivo electrónico que determina qué dispositivos pueden utilizarse para visualizar el libro, lo cual repercute tanto en las posibilidades de presentación del texto digital como en el dispositivo que se emplea para consultarlo.
Antecedentes del libro electrónico
La idea de que las máquinas podrían auxiliarnos tanto con procesos de cálculo como con el manejo y la recuperación de textos surgió en 1945, cuando Vannevar Bush publicó el artículo “As we may think”, en el que describe un aparato llamado Memex,16 el cual combinaba microfilm con un lector y pantallas para que el usuario almacenara libros, registros y otros documentos, así como para que creara y recuperara vínculos entre estos distintos objetos. El aparato tenía la capacidad —entre otras muy similares a las de un libro— de crear índices, hacer anotaciones y cambiar las páginas. Sin embargo, es difícil concebir la propuesta del Memex como un libro electrónico; más bien era un administrador de documentos. Bush nunca construyó el Memex pero sí creó un importante antecedente acerca de cómo el cómputo podía apoyar al ser humano en el manejo, la lectura, el estudio y la recuperación de textos.
Ese mismo año, en Italia, el padre Roberto Busa emprendió la tarea de realizar un índice de concordancias de las obras completas de santo Tomás. Las concordancias son de uso común en la lingüística: constituyen un listado de todas las palabras de un texto, sus frecuencias y el contexto en que aparece la palabra. Previo a la aparición de la computadora se realizaron muy pocas listas de concordancias para obras completas, debido al tiempo y el esfuerzo que demandaban. El padre Busa, con el apoyo de IBM, trasladó el texto completo de las obras de santo Tomás a tarjetas perforadas y se escribió un programa que elaborara las concordancias de forma automática. Para tener una idea de lo que esto implicaba entonces, se debe decir que se necesitó una vagoneta para transportar las tarjetas perforadas con todo el texto.17 En 1974 se publicaron los primeros tomos con el título Indice Thomisticus, que abarcaba más de once millones de palabras en latín medieval. Aunque la versión electrónica de las obras de santo Tomás no era el objetivo, la elaboración de las concordancias requería la codificación del texto para que pudiera ser procesado por una computadora. Éste es uno de los primeros ejemplos de las posibilidades que los textos electrónicos ofrecen en contraste con los impresos: la capacidad de diseñar e incluir herramientas que explotan las capacidades del cómputo para facilitar o realizar estudios adicionales sobre el texto.
A pesar de estos antecedentes, se considera que el Proyecto Gutenberg fue el productor inicial de libros electrónicos. Las primeras computadoras disponibles en los campus universitarios eran grandes aparatos que requerían varias horas para procesar o “computar” una serie de instrucciones que se introducían mediante tarjetas perforadas y que ya contaban con una pantalla para desplegar los datos del procesamiento. En 1971 a un joven estudiante de la Universidad de Illinois llamado Michael Hart se le asignaron algunas horas de uso de la computadora universitaria para trabajo de investigación.
Hart supuso que el valor más importante de las computadoras no residía en su capacidad de procesar números sino en la de almacenar, recuperar y buscar texto. De acuerdo con Hart, la verdadera aportación de las computadoras a la humanidad es su idoneidad para proveer acceso a los materiales resguardados en las bibliotecas. Su premisa se basaba en la idea de “tecnología replicadora”, puesto que una vez que un libro está almacenado en una computadora puede ser reproducido con facilidad infinidad de veces. Por consiguiente, cualquier persona en el mundo con acceso a una computadora podría consultar un libro electrónico.18 Ello supondría que toda la literatura universal estaría disponible de forma gratuita para cualquiera, con lo que se alcanzaría el anhelo milenario de tener acceso a todo el conocimiento humano. La idea de “tecnología replicadora” se aplica en realidad a cualquier objeto digital, incluidos audios, imágenes y bases de datos, por lo que sus posibilidades son enormes.
El Proyecto Gutenberg desarrollado por Hart se enfocó primordialmente en la digitalización de textos literarios del dominio público. Funciona a partir de voluntarios que transcriben obras a formato digital para crear libros electrónicos; éstos se colocan en la página del proyecto y así quedan disponibles para su consulta. En épocas anteriores a la aparición de internet, la consulta sólo podía hacerse directamente en las terminales dispuestas para ello.
En sus inicios, los libros se crearon utilizando ASCII (American Standard Code for Information Interchange), código estándar basado en el alfabeto latino. Es la representación numérica de un caracter como, por ejemplo, la i, la f o la @. Esto permite que una computadora despliegue los caracteres correctos de un texto digital. Dos ventajas de los archivos ASCII es que podían ser leídos por cualquier computadora y necesitaban muy poco espacio para ser almacenados. En aquellos días los libros se distribuían utilizando el FTP,19 ya que la red mundial todavía no existía, y las conexiones eran lentas. Los textos digitales en ese formato eran ligeros, se enviaban con facilidad por la red y cualquier computadora desplegaba el texto correctamente.
Sin embargo, ASCII es un formato muy simple y consta de un número muy limitado de caracteres. Por estar enfocado principalmente en el idioma inglés, en su formato más básico no incluía caracteres con acentos. Además tiene pocas facilidades para el manejo de la presentación del texto (tipografía, cursivas, negritas) u otros elementos importantes para el diseño como tamaño de letra, alineación de párrafos y títulos, entre otros. No había, pues, herramientas para indicar con facilidad las secciones (capítulos, apartados, etcétera) o la portada, tabla de contenido, índice o bibliografía; tampoco podía señalarse la paginación. Los textos solían dividirse en archivos separados, uno por capítulo, numerados en orden (por ejemplo, moby-000.txt, moby001.txt, moby002.txt) y la paginación se indicaba en el mismo texto de la siguiente manera: .< p 7 >. No era factible incluir ilustraciones o dibujos dentro del texto, se enviaban como archivos separados, con una indicación de qué imagen correspondía a cada texto.
En resumen, los libros electrónicos del Proyecto Gutenberg eran, en esencia, el texto extraído del objeto, y se insertaban marcas para indicar aspectos no relacionados con el texto per se —eso que se ha denominado metatexto— pero que formaban parte de la construcción de un libro como objeto y no sólo como texto. Los libros del Proyecto Gutenberg al principio eran sin duda libros electrónicos en el sentido de que el texto en su conjunto se encontraba en formato digital, con un despliegue rudimentario en la pantalla. El formato ASCII, diseñado para otros fines, carecía de la sofisticación necesaria para reproducir los elementos no textuales de un libro. En los siguientes años, con la llegada de la red mundial, el proyecto empezó a manejar otros formatos como HTML y PDF, y en años recientes, el ePub.
Ücretsiz ön izlemeyi tamamladınız.