Kitabı oku: «Fábulas de Esopo. Vida de Esopo. Fábulas de Babrio.»

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BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 6

FÁBULAS DE ESOPO
VIDA DE ESOPO
FÁBULAS DE BABRIO

INTRODUCCIÓN GENERAL

CARLOS GARCÍA GUAL

INTRODUCCIONES, TRADUCCIONES Y NOTAS DE

P. BÁDENAS DE LA PEÑA

Y

J. LÓPEZ FACAL


EDITORIAL GREDOS

Asesor para la sección griega: CARLOS GARCÍA GUAL .

Según las normas de la B. C. G., la traducción de este volumen ha sido revisada por JAVIER LÓPEZ FACAL y PEDRO BÁDENAS DE LA PEÑA .

© EDITORIAL GREDOS, S. A.

Sánchez Pacheco, 85, Madrid, 1978.

www.editorialgredos.com

PRIMERA EDICIÓN , 1978.

3.a REIMPRESIÓN .

La Vida y las Fábulas de Esopo han sido traducidas por Pedro Bádenas de la Peña. Las Fábulas de Babrio , por Javier López Facal.

ISBN 9788424930424

INTRODUCCIÓN GENERAL
ACERCA DE LAS FÁBULAS GRIEGAS COMO GÉNERO LITERARIO
I

Proponer una definición de la fábula como género literario es mucho más difícil de lo que el lector ingenuo puede suponer. Una tal definición debe ser precisa, de modo que distinga pertinentemente la fábula de otros tipos de narración, como la alegoría o la parábola, en general, y también del proverbio, de la anécdota y del cuento fantástico con animales. Por otra parte, la definición ha de ser lo suficientemente amplia para comprender las variadas realizaciones históricas del género, tan extendido en la literatura universal. (Es decir, que pueda convenir a la fábula mesopotámica, la grecolatina, la oriental, las versiones medievales, las dieciochescas, etc.) La lectura de algunos estudios críticos, por ejemplo de los de Perry, Fable (1959), y de Nøjgaard, La fable antique , I (1964), da una clara idea de lo arduo de la cuestión, que en ese aspecto remonta a los estudios críticos «sobre la esencia de la fábula» que G. E. Lessing publicó en 1759.

Aristóteles que, al menos para nosotros, es el primero en teorizar sobre la fábula, no la define, al aludir a ella muy brevemente, en su Retórica (II 20). Es interesante advertir el punto de vista en el que se sitúa su referencia, más atenta a su utilidad como recurso retórico que a la consideración poética de las fábulas. Como señala Nøjgaard (o. c. , p. 27 ), «Aristóteles no considera la fábula como un género de ficción independiente, sino como uno de los numerosos medios del orador para provocar la persuasión (pístis) , es decir, como figura retórica. Esta manera de ver reinará exclusivamente hasta el siglo XVIII , hasta el punto de que el género no será juzgado digno, en la patria de La Fontaine, de ser admitido en el Arte Poético de Boileau, ferviente [admirador] de Aristóteles». Aristóteles considera la fábula como una especie del ejemplo (parádeigma) empleado por los oradores, y señala dos rasgos de la misma: que es una narración ficticia y alegórica 1 .

Desde la misma perspectiva, y tras las huellas de Aristóteles, los autores de otros manuales retóricos escolares (progymnásmata) como son Teón, Hermógenes (traducido por Prisciano al latín) y Aftonio, insistirán en el uso de las fábulas con una finalidad retórica y pedagógica. Un eco de esta consideración, atenta sobre todo a la función utilitaria del género, aparece aún en Perry (o. c. , p. 24 ): «La fábula en su origen no es una forma literaria independiente, creada, como la novela o el drama, por una nueva clase de sociedad con una perspectiva cultural, sino tan sólo un medio retórico, un nuevo instrumento. Como tal puede servir las necesidades de personas de actitudes sociales opuestas, que incluyen las necesidades del amo ocasionalmente tanto como las del esclavo o el oprimido». (La última frase alude a cierta concepción de la función social de la fábula, que trataremos luego.)

Esa visión de la fábula como un nuevo instrumento retórico, un tanto al margen de la literatura propia, ha influido en la escasa consideración teórica que la fábula recibió hasta el siglo XVIII , a pesar de la innegable popularidad y la sorprendente difusión del género. (Por lo demás, esa difusión tan mostrenca y ese aprecio popular lo caracterizaban como un subgénero poético vulgar, de escasos formalismos literarios y con una amplia tradición oral.) Si La Fontaine consiguió, gracias a su maestría estilística y a sus dones poéticos, recubrirlo de un nuevo prestigio estético, el honor de haberlo tomado como tema de una seria consideración crítica recae sobre teóricos alemanes del XVIII , en Lessing ante todo, seguido a distancia por Herder, y mucho más tarde (en 1839) por J. Grimm 2 .

Después de Grimm, otros estudiosos —por ejemplo, podemos recordar a O. Crusius (1920), a W. Wienert (1925) y a K. Meuli (1954)— se han ocupado de esa «esencia» de la fábula. En tal sentido, todos ellos están en la dirección trazada por Lessing, intentando avanzar en el sentido de la función social de tales relatos (K. Meuli) o de sus tipos característicos (W. Wienert). Sin embargo, ninguno ha podido ofrecer una definición general satisfactoria, como puede verse por las críticas posteriores de Perry y de Nøjgaard. También éstos han vuelto a subrayar la agudeza de Lessing al señalar como caracteres de la fábula la brevedad y la conclusión moral (aunque esa «moral» sea objeto de posteriores discusiones sobre su validez y su pragmatismo).

El folklorista Wienert, ante la diversidad de los ejemplos analizados, insiste en el carácter metafórico de las fábulas, sin diferenciarlas bien de otras especies de alegoría. Perry (o. c. , p. 25 ) dice que «la fábula en su forma más sencilla es idéntica con un cierto tipo de proverbio». K. Meuli renuncia a una definición específica de validez universal. Nøjgaard descarta, en aras de una mayor precisión, la idea de definir el tipo general, «esencial», de la fábula, para ceñirse al análisis estructural de un corpus histórico ya fijado: las colecciones antiguas de Augustana , de Fedro y de Babrio. Sólo con referencia a estos textos concretos nos ofrece sus conclusiones y su definición de «la fábula antigua» como un «relato ficticio de personajes mecánicamente alegóricos con una acción moral que evaluar» (o. c. , p. 82 ).

Frente a este intento de concisión de Nøjgaard, vale la pena ofrecer en contraste alguna descripción más extensa, como, por ejemplo, la de J. Janssens (p. 7 ): «La fábula es un relato de poca extensión, en prosa o en verso, que se propone instruir, destacar una verdad, enunciar un precepto con la ayuda de una historieta que ilustra un caso dado y cuya conclusión lógica tiene la fuerza de una demostración y el valor de una enseñanza. La lección que se desprende de la misma está formulada en una máxima, o bien, sobreentendida, procede por inducción: es la moraleja. La fábula es propiamente la puesta en acción de una moraleja por medio de una ficción, o, incluso, una instrucción moral que se cubre del velo de la alegoría».

II

El carácter alegórico del relato fabulístico está bien indicado ya por los retóricos antiguos. Así en la definición de Teón de que «la fábula es un relato fingido que da una imagen de la verdad» (mýthos ésti lógos pseudḗs eikonízōn alḗtheian) .

A través de la escena fantástica de su mundo animal, la lección de la fábula se aplica, alegóricamente, al entorno real. A diferencia del cuento fantástico, las figuras de los animales parlantes no invitan a una evasión, sino a una meditación sobre el mundo humano. Las criaturas de ese microcosmos bestial aparecen humanizadas en cuanto dotadas de lógos (en el sentido griego de «razón y palabra»), y su actuación se conforma según ciertas normas que excluyen lo prodigioso. De ahí el «realismo irónico» del género, que acude a la ficción falsa (pseúdos) para descubrir la verdad (alḗtheia) . «El mundo es así» quiere decir el fabulista; tan bestial y pragmático como el reflejado en estas increíbles imágenes.

La aplicación alegórica de las fábulas puede revestir un aspecto general, como el indicado en las moralejas de nuestras colecciones; o puede tener una referencia concreta, como cuando Estesícoro contaba la fábula de «El caballo, el ciervo y el cazador» a sus conciudadanos de Himera para prevenirles de las pretensiones del tirano Fálaris. Una no excluye la otra; por el contrario, la aplicación concreta ejemplifica el valor de la alegoría de sentido general.

Como un tipo de alegoría, la fábula se caracteriza por: 1) su carácter dramático y 2) su aspecto mecánico . El dramatismo de la fábula, ya indicado por Aristóteles al hablar de su tema como prágma , está claro: en ella se representa una acción. La evaluación de la conducta de sus personajes se deduce de la actuación de éstos. Este rasgo diferencia la fábula de otras alegorías y ejemplos. A su vez, excluye de las fábulas ciertos relatos transmitidos en las colecciones tradicionales: por ejemplo, el famoso de «la zorra y la máscara» (o «el busto» en las versiones modernas). La acción es un elemento esencial. (No lo es, por ejemplo, en el proverbio.)

El aspecto mecánico de la fábula ha sido destacado por Nøjgaard. Los personajes de este microcosmos dramático actúan según ciertas normas «naturales» y están caracterizados, esquemáticamente, de acuerdo con ciertos rasgos fijos. (Están básicamente determinados en cuanto a su fuerza y su inteligencia.) De tal modo, el resultado de su actuación, que coincide con la evaluación de su conducta, tiene siempre una implacable lógica. Esta trabazón lógica de las fábulas está en dependencia de esa su contextura mecánica, que la apariencia pintoresca de los relatos parece a veces encubrir.

III

Toda fábula tiene una intención moral , en cuanto sugiere la evaluación de una determinada conducta, bien de un modo explícito (en la moraleja oportuna), o de un modo implícito (en el éxito o el fracaso de un personaje en su actuación). Ya se ha apuntado el carácter pragmático de esta apreciación moral, que desde otro punto de vista ético puede considerarse como poco elevada o bien inconveniente para un uso pedagógico. Recuérdense, por ejemplo, las críticas de J. J. Rousseau en su Émile 3 . Pero la valoración de esa moral pragmática es otro tema (al que más tarde aludiremos). De momento subrayemos que la conclusión implícita en el relato es lo que fundamenta una explicitación de la misma en una moraleja abstracta, colocada antes o después de la narración misma, como promitio e epimitio . (Es más frecuente colocarla al final.)

Desde el punto de vista histórico, hay que notar que las moralejas de la colección esópica son añadidos posteriores, y que, en algunos casos, no están adaptados a la conclusión implícita de la fábula. La aplicación de una fábula a un caso concreto, personal (como las narradas por Arquíloco) o político (Estesícoro) parece lo más antiguo. En la Vida de Esopo se ofrecen ejemplos de ambos tipos de referencias concretas. Es probable que las moralejas con referencias a determinados tipos de personas de tal o cual carácter estén influidas por los epimitios moralizados de la colección de Demetrio de Falero, discípulo de Teofrasto.

En la estructura de la fábula esópica sencilla pueden distinguirse varios elementos imprescindibles: 1) una situación de base, en la que se expone un cierto conflicto entre dos figuras, generalmente de animales; 2) La actuación de los personajes, que procede de una libre decisión de los mismos, que eligen entre las posibilidades de la situación dada, y 3) la evaluación del comportamiento elegido, que se refleja en el resultado pragmático de su acción, calificada así de inteligente o necia.

Este análisis de la secuencia narrativa en tres momentos (de acuerdo con Nøjgaard) o en cuatro (según Gasparov, que prefiere distinguir entre «exposición, proyecto, actuación y resultado»; es decir, subdivide el segundo momento en «decisión» y «acción») refleja la sencilla arquitectura lógica de la fábula y su intención moral. Como hemos apuntado antes, la evaluación se halla inserta en la conclusión del relato, puesto que es pragmática. Los personajes (generalmente animales) 4 no poseen un valor fijo, sino que se hallan sujetos a una determinada valoración dentro del conflicto, definido por su posición y su relación recíproca. Para decidir el éxito de la acción importan sólo dos rasgos: la fuerza y la inteligencia.

Cada uno de los animales encarna, de modo plástico y acorde al orden natural, un cierto grado en la escala de esos valores. De esos rasgos, fuerza y astucia, que cada uno posee en su grado peculiar, el primero (y en la superioridad de fuerza hay que considerar tanto la ventaja física natural como la que resulta de la situación dada) es un elemento estático, fijado previamente; mientras que la inteligencia es el elemento dinámico y susceptible, por tanto, de ser valorado «moralmente». Mediante el buen uso de ella puede el más débil triunfar del más fuerte, arrebatarle la presa, sacar provecho o escapar de él. A la postre, es la inteligencia la que decide el conflicto y de ahí el valor didáctico del género.

En el espejo alegórico del mundo bestial se refleja una sociedad dura, en una constante lucha por la vida. A pesar de su pretendida ahistoricidad, con su referencia a unos seres guiados por sus apetitos naturales, en esta concepción del universo animal como una sociedad competitiva y despiadada se deja sentir un transfondo histórico ineludible. La fábula esópica refleja ciertos rasgos del pensamiento griego de la época arcaica 5 . La inteligencia significa habilidad para la trampa y el engaño, y lo único que importa es el éxito, sin otra sanción transcendente. Lo natural es que el más fuerte devore al más débil y que el más listo engañe al más tonto. No hay otra justicia natural, según esta concepción, que se asemeja a la postulada por Calicles. Como concluye La Fontaine en un célebre verso: «La razón del más fuerte es siempre la mejor». (En comparación con otras colecciones de fábulas, por ejemplo las orientales, se advierte en la esópica una peculiar amargura y dureza, que se acentúa con tonos personales en Fedro y Babrio.)

IV

La brevedad característica de estos relatos fabulísticos está llevada al máximo en los ejemplos de la colección esópica, con su estilo austero y su ascética sencillez. Esta manera escueta de contar, que prescinde de los adjetivos y de todo lo accesorio, permite captar mejor la estructura lógica del relato, con su esquemática exposición. Frente a esa simplicidad esópica, todos los posteriores traductores y adaptadores colorean a su manera el relato. Y esto ya se percibe en las versiones versificadas de Fedro y de Babrio; pero muchísimo más en los fabulistas de la Edad Media o de los siglos diecisiete y dieciocho. Por otra parte, las fábulas indias están engarzadas en un relato de historietas entrecruzadas, como en arabescos, a la vez que poseen un fuerte colorido oriental.

No sabemos si esa forma escueta de las fábulas recogidas en las colecciones anónimas griegas es la original, o bien es el resultado de una transmisión larga y oral que habría reducido las narraciones a sus núcleos esquemáticos. En todo caso, la brevedad extrema es típica de la tradición esópica. Para su utilización didáctica o retórica sobraban otras galas literarias. Otros fabulistas, con pretensiones poéticas, han decorado el texto original, tomado a modo de cañamazo para su narración. El mejor ejemplo tal vez sea el de La Fontaine, que ya advierte en el prólogo (de 1668) a sus primeros libros: «On ne trouvera pas ici l’élégance ni l’extrême bréveté qui rendent Phèdre recommendable… j’ai cru qu’il fallait en récompense égayer l’ouvrage plus qu’il n’a fait».

Las fábulas griegas prescinden del costumbrismo histórico y de cualquier decoración. Las fábulas indias tienen, en cambio, un decorado cortesano. Los varios animales ocupan cargos y se visten a la usanza del tiempo. El león es el rey (como ya aparece en Fedro) y otros animales aparecen como visires y empleados regios. Algo semejante sucede en la versión épico-novelesca del Roman de Renart o el Reinhart Fuchs . Todo el ambiente cobra entonces un colorido épico, como en La Fontaine toma un cierto tono de comedia burguesa. Sin embargo, bajo los ropajes de moda se conserva como el esqueleto de las fábulas antiguas. Es muy interesante cotejar algunos episodios (por ejemplo, el encuentro del zorro y el cuervo) en varias de estas versiones para apreciar mejor la sencillez del texto griego y los aditamientos marginales de los fabulistas 6 .

Otro detalle interesante de la colección de fábulas es su presentación, bien como ejemplos sueltos (por ejemplo en las colecciones antiguas, La Fontaine, Iriarte, etc.), o bien engarzadas a través de la presencia de un narrador (como en el Panchatantra , y sus varias adaptaciones). Es curioso pensar que Esopo en la Vida de Esopo hace un papel similar al de Vichnusarman, Lokman o Bidpay en las colecciones orientales, un papel como el de su precedente asirio Ahikar. Es el consejero educador que, oportunamente, narra sus pintorescos ejemplos. (Como el Patronio de El Conde Lucanor , etcétera.) Pero en el mundo griego La Vida de Esopo ha subsistido como independiente y marginal a la colección de apólogos; y ésta es demasiado extensa como para poder encajar en su totalidad en el marco de aquélla 7 .

V

La difusión del género fabulístico en la literatura europea parte de una tradición de raíz doble: de un lado, la tradición clásica (Esopo, Fedro, Romulus, Isengrinus) y del otro, la india (Panchatantra , sus versiones árabes, etc.). Y a su vez la colección griega y la india parecen remontar a las fábulas mesopotamias, que, a partir de Babilonia, habrían llegado a Grecia a través de Asia Menor, y por otra parte, a través de Persia, posteriormente, llegarían a la India. Los orígenes mesopotamios del género han sido detectados y estudiados —por Ebeling, Gordon, Lambert, Perry, etc.—, aunque es muy difícil precisar lo que luego los griegos añadieron en la formación de este género popular. Esopo, desde luego, no fue su inventor ni su introductor en Grecia, puesto que ya Hesíodo cuenta la fábula de «el halcón y el ruiseñor» (Trab . 202-212) en el siglo VIII (varios siglos antes, por tanto, de las primeras fábulas atestiguadas en la India, pues la redacción del Panchatantra remonta al siglo II ó I a. C.). La fama de Esopo se debe a que fijó el tipo clásico de la fábula y divulgó la primera colección de las mismas.

Pero el género estaba ya atestiguado en Grecia mucho antes de la existencia, real o literaria, de este curioso personaje, el esclavo frigio que, según los diversos testimonios biográficos, habría vivido en la segunda mitad del siglo VI a. C. Quintiliano designa a Hesíodo como el inventor del género («Nam videtur fabellarum primus auctor Hesiodus», en Inst . V 11, 19). Después de éste, también Arquíloco, Estesícoro y Semónides aluden a algunas fábulas con anterioridad a Esopo.

Ya Heródoto y Aristófanes conocían, probablemente, una versión de la Vida de Esopo 8 . Las referencias de Heródoto a Esopo como logopoiós (Hist . II 134, 3) y ciertas expresiones de Aristófanes parecen indicar que conocían una obra escrita atribuida a él (o de un autor anónimo que se escondía bajo la figura del protagonista del relato biográfico). Las citas de Aristófanes testimonian la popularidad de esos apólogos, que Sócrates, por ejemplo, se sabía de memoria y versificaba en la prisión en los últimos días de su vida (según Platón cuenta al comienzo del Fedón , 61 B). Otros autores clásicos, como Heródoto, Antístenes, Jenofonte, Teopompo y Aristóteles, cuentan ocasionalmente alguna fábula.

La creación de la estatua de Esopo, obra del escultor Lisipo, en el ágora ateniense fue otra muestra del reconocimiento de esta ciudad al fabulista, cuyos ejemplos recopiló de nuevo, en una edición definitiva para el futuro de la colección, el peripatético Demetrio de Falero, en el último tercio del siglo IV . Probablemente las colecciones anónimas de las fábulas griegas que han llegado hasta nosotros —la más antigua de las cuales, Augustana , no es anterior en su redacción al siglo I ó II de nuestra era— descienden de esa benemérita recolección de ese discípulo de Teofrasto.

VI

En su larga tradición secular las fábulas se han transmitido con múltiples variantes y adaptaciones de detalle, como era de esperar, dado el carácter de su transmisión, en gran parte oral, y su aspecto de literatura popular. Desde muy antiguo conocemos la alternancia de prosificaciones y versificaciones sobre una colección abierta a la que podían agregarse repetidamente nuevos ejemplos u omitir otros. Incluso las moralejas sugieren, a veces, una readaptación de los temas a una conclusión abstracta. Ya hemos aludido a esto para sugerir la enorme dificultad que supone el rastrear una transmisión textual como la de un corpus fabulístico o un relato anecdótico como la Vida de Esopo .

En algún caso se ha detectado un paralelo bastante preciso entre un ejemplo griego y un indio. Así, por ejemplo, entre la fábula de «el asno con la piel de león» (Esopo, 188) 9 y la de «el asno con la piel de tigre» (Panchatantra , IV, 8). Pero aun en tales casos podemos dudar si nos hallamos ante una influencia directa de una sobre otra, de una coincidencia debida a un lejano origen común, o de dos creaciones paralelas sobre un motivo muy repetido en ambas colecciones: la inutilidad del disfraz para encubrir la condición natural.

En otras ocasiones encontramos curiosas variantes, como la de alguna fábula de Babrio que se aproxima más a una versión babilonia que a la divulgada como esópica. Así, por ejemplo, la de «el mosquito y el toro».

En otros casos, no encontramos en la colección esópica algún ejemplo que Fedro cita como perteneciente a la misma: Así la fábula «del lobo y la zorra con el mono juez», que Fedro relata (I 10) señalando expresamente: «Hoc adtestatur brevis Aesopi fabula». Por cierto que Fedro, autor muy consciente de sus intenciones literarias, introduce una oportuna distinción entre «fábulas de Esopo» (Aesopi) y «fábulas esópicas» (Aesopias) , contando entre las primeras aquellas que son versiones latinas de un prototipo griego (transmitido como de Esopo) y las segundas, inventadas por él sobre el esquema de composición esópica, tomado como pauta para una nueva ilustración, usus uetusto genere, sed rebus nouis . (Fedro, Proemio al libro IV, vs. 10 ss. Cf. los proemios al libro III y al V.)

Efectivamente, nos parece ésta una distinción oportuna y que sería útil para calificar las fábulas de otros autores; por ejemplo, para distinguir los dos tipos en La Fontaine, o para advertir la posición de Iriarte y de Samaniego, en cuanto versificadores de «fábulas de Esopo» y autores de «fábulas esópicas», «usando el añejo género con motivos nuevos». A este viejo género con nuevos motivos pertenecen también las fábulas de J. Anouilh, por poner un ejemplo más reciente, o las de tantos fabulistas castellanos del siglo XIX . Pero es evidente que esa distinción supone la existencia de una colección fijada por escrito y la toma de posición del fabulista como autor con pretensiones de originalidad ante la colección tradicional. Entre las fábulas transmitidas como «de Esopo» hay que contar, sin embargo, con las aportaciones anónimas de muchas «fábulas esópicas», que se han integrado en esa colección abierta.

Entre las modificaciones de una fábula, las más corrientes y triviales son las que afectan a algún detalle de la acción o de los personajes de un ejemplo. En los manuscritos encontramos, como indica Chambry, que la fábula de «La encina y la caña» (Esopo, 70) aparece en ocho formas y con cinco títulos variables («La encina y la caña», «La encina y las cañas», «Los árboles y las cañas», «La caña y el olivo», «Las cañas y los cipreses»).

En algún caso, encontramos alguna variante pintoresca en los cambios muy frecuentes de animales, como en Chambry 33 «la zorra y la serpiente» que equivale a la 268 de Perry: «el gusano y la serpiente». (Ha intervenido un error del copista, que en lugar de skōlex «gusano» ha copiado alōpex «zorra», animal más frecuente en la colección, pero inadecuado en esta fábula.) Por otro lado, este tema, el del animal que por imitar a uno superior se estira hasta partirse, ha sido readaptado felizmente por Fedro en I, 24, con otros dos animales: «la rana y el buey».

Un caso más curioso es el de la fábula de la mosca que se ahoga en un tarro de comida (Fab. 167 Perry= Chambry 238), y que, antes de morir, exclama: «¡He comido, he bebido y me he bañado; si muero no me importa!» (el hedonismo proclamado por esta mosca, explicado en la moraleja de que «los hombres soportan con facilidad la muerte cuando ésta llega sin dolor», no deja de parecer una conclusión extraña). Creo que la fábula se entiende mejor, si la consideramos construida como una réplica a la que Chambry transmite con el número 239 (y que Perry, a mi parecer injustificadamente, no recoge). En esta fábula las moscas, caídas «en un panal de rica miel», exclaman al morir «¡Desgraciadas de nosotras, perecemos por un instante de placer!» (la moraleja correspondiente es que la glotonería resulta causa de muchas desgracias).

Es probable que alguna fábula más, como la del «camello danzarín» (249) se explicara mejor del mismo modo, considerándola como una réplica a otra supuesta, que hablaría de lo ridículo del camello en un oficio tan impropio de su especie. (Tema muy difundido en la colección.) En ese caso la fábula original se nos habría perdido.

La modificación del resultado, y de la moraleja, de una fábula mediante una nueva versión, con un afán consciente de corregir el sentido original, es un proceso muy repetido en la historia literaria. Así, por ejemplo, Lessing da su versión del episodio famoso de «el zorro y el cuervo», dejando que lo que el vano cuervo pierde sea un trozo de carne (en lugar de un queso), en mal estado, con el cual se envenena el taimado zorro adulador, para resaltar así la tesis de que el engañador recibe un pago justo. De modo semejante, en versiones modernas para niños de «la cigarra y la hormiga», ésta acaba compadeciéndose de la holgazana cantora y le da cobijo y comida, mientras aquélla ameniza con sus cantos la rutinaria faena del hormiguero. Así se dulcifica la lógica y cruel conclusión del relato.

Seguir el desarrollo de una fábula a través de sus sucesivas versiones puede ser un estimulante ejercicio de literatura comparada 10 .

Investigar la relación entre las diversas colecciones de fábulas en la historia de nuestra tradición occidental es un ejercicio arduo, por lo complicado de las relaciones y la dificultad de definir ciertos temas de origen o difusión popular. Las líneas generales de esa tradición fabulística son conocidas —pueden verse en los libros de Janssens o Leibfried—, pero en detalle quedan muchos puntos por precisar de esa historia fabulística, de la historia de este género menor que tuvo su exponente clásico y fundamental en la colección esópica.

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Entre las traducciones castellanas de Esopo vale la pena recordar la primera, anónima (hecha sobre el texto latino de LORENZO VALLA , de 1439), impresa por Johan Hurus en Zaragoza en 1489. (Una excelente reproducción en facsímile de este texto con sus curiosas ilustraciones la publicó la Real Academia Española en Madrid, 1929, acompañada de un breve estudio de E. COTARELO Y MORI , a modo de prólogo, con una interesante bibliografía de las ediciones de fábulas en la península desde la versión latina impresa en Valencia en 1480 a sus días.) También quisiera recordar la más reciente traducción castellana anterior a la presente, y realizada como ésta a partir del original griego (sobre el texto de la edición de Perry) con preciso cuidado, por F. SANZ FRANCO , publicada en Reus, 1976.

Entre las ediciones de otros fabulistas merece verse como ejemplo de uso escolar la edición de LA FONTAINE , Fables , anotadas y comentadas por P. MICHEL y M. MARTIN (París-Bruselas-Montreal, 1973, Ed. Bordas); y las de los españoles TOMÁS DE IRIARTE , Poesías , con un prólogo y notas de A. NAVARRO GONZÁLEZ , Madrid, 1963. (Col. «Clásicos Castellanos»); de F. M.a DE SAMANIEGO , Fábulas , editado por E. Jareño, Madrid, 1969 («Clásicos Castalia»), y de J. E. HARTZENBUSCH , Fábulas , ed., introd. y notas de R. NAVAS RUIZ , Madrid, 1973 («Clásicos Castellanos»).

Como edición escolar, con texto griego anotado y un prólogo, podemos citar la selección de MARÍA SOCORRO ANDÚJAR , Esopo. Fábulas escogidas , Madrid, 1942.

CARLOS GARCÍA GUAL


FIG . 1

1 ARISTÓTELES se refiere a la fábula como lógos . Otros escritores griegos emplean indiferentemente este término o el de mýthos . La oposición entre ambos es irrelevante, aunque puede pensarse que lógos apunta más a la coherencia lógica del relato y mýthos a su carácter de ficción. No existe en griego un término específico para denominar la fábula. HESÍODO (Trabajos 200) introduce la «del halcón y el ruiseñor» con el de ainos , que tiene un valor bastante amplio, entre «relato» y «ejemplo» o «consejo». El de apólogos , usado por retóricos latinos, como QUINTILIANO , tiene en griego clásico un sentido más amplio de «historia», «narración». (Cf. PLATÓN , Rep . 614 a.)

2 Cito a este respecto unas líneas de NØJGAARD (o. c. , p. 30 ): «No fue a la patria de La Fontaine a la que cupo el honor de conducir la crítica a su punto más elevado. Los alemanes no se hicieron jamás a la idea de que un francés les había conquistado el lugar dominante en la literatura animal que ellos poseían desde el Reinhart Fuchs . Pero como no podían aniquilar el texto de La Fontaine, intentaron al menos mostrar, con la ayuda de especulaciones estéticas, que sus fábulas eran brotes geniales, cierto, pero degenerados de la buena, de la verdadera, de la antigua fábula. (Cf. GRIMM , XVII.)

Fue, pues, el alemán Lessing quien, continuando la crítica hasta entonces principalmente francesa, la llevó a un grado de perfección jamás igualado por la crítica posterior con sus cinco tratados de la fábula (1759).»

3 La crítica de J. J. ROUSSEAU (en su Émile , II) recae sobre las fábulas en cuanto instrumento educativo. (Como tal se utilizaban desde el Renacimiento a la época de la Ilustración.) Según él, en primer lugar, los niños no entienden bien las fábulas, y en segundo lugar —pero lo más importante—, la moral de las fábulas corrompe a la juventud, al mostrar que los más fuertes y astutos son los que vencen en la vida. Aunque Rousseau directamente ataca las de La Fontaine, las cinco fábulas que critica como dañinas en sus conclusiones son de ascendente clásico. («La cigarra y la hormiga» es «una lección de inhumanidad»; «El cuervo y el zorro», «una lección de la más baja adulación»; «La ternera, la cabra y la oveja en sociedad con el león», «una lección de injusticia»; «El león y el moscardón», «una lección de sátira»; «El lobo y el perro», «una lección de independencia y de licencia».)

4 El porcentaje de fábulas con personajes animales puede variar de una a otra colección. En las colecciones griegas supera a los dos tercios. (Por ejemplo, en las 357 fábulas editadas por CHAMBRY , 255 son de animales), y los animales son los personajes típicos de las más famosas. Junto a ellos aparecen figuras de dioses o de vegetales o de hombres. El uso de las figuras de animales (a modo casi de «operadores lógicos», según una calificación de C. LéVI -STRAUSS ) se debe a la definición de las especies en el orden natural. Aunque puede advertirse que junto a una cierta referencia a la naturaleza (por ejemplo, el león es el animal que encarna la fuerza, el lobo es feroz, manso el cordero, etc.) interviene una convención cultural muy notable (por ejemplo, el asno de Esopo se caracteriza como envidioso, ansioso de mejorar su posición, como el grajo y el mono; la serpiente es perversa, etc.). Pueden advertirse diferencias en las caracterizaciones de animales entre Esopo y otros autores griegos. (Por ejemplo, el asno en el Yambo de las mujeres , de SEMÓNIDES DE CEOS , se define por su carácter resignado y lúbrico, muy diferente del asno de las fábulas.) En otras culturas, el papel desempeñado en las fábulas de Esopo por cierto animal lo representa otro; por ejemplo, en el folktale del África occidental, la liebre o la araña ocupan un puesto semejante al del zorro griego o el chacal indio, o el coyote en el folktale americano, como paladín de la astucia (el personaje denominado «trickster» por los antropólogos) en ese mundo bestial. (Cf. el libro de M. COLARDELLE DIARRASSOUBA , Le liebre et l’araignée dans les contes de l’ouest africain , Paris, 1975.)

Acerca de las connotaciones culturales de los principales animales de las fábulas clásicas, puede verse el libro de M. PUGLIARELLO , Le origini della favolistica classica , Brescia, 1973. Cf. además, sobre el zorro, el artículo de M. DETIENNE y J. P. VERNANT , «La mètis du renard et du poulpe» (1969), recogido ahora en su obra Les ruses de l’intelligence , Paris, 1974, pp. 32-57, y C. GARCÍA GUAL , en Emerita , 1970, pp. 417-31. Sobre el papel del mono, cf. ID. , en Emerita , 1972, pp. 453-60.

5 Sobre este aspecto remito a los artículos de C. GARCÍA GUAL citados en la nota bibliográfica.

6 El Roman de Renart emplea al máximo la decoración y caracterización histórica de los personajes, de modo que el zorro, convertido en protagonista novelesco de una serie de aventuras, vive en un mundo cortesano y feudal, y en la pintura los temas de fábulas se unen con pinceladas de sátira y de parodia. En ese contexto medievalizado hay episodios de precisa alusión histórica, como cuando el zorro toma el hábito de cruzado (para luego frotárselo por el trasero y arrojarlo a la cara del rey, el león), inventados por los clérigos, que, a la vez, recrean los antiguos lances de las bestias esópicas. (Cf. la edición de Le Roman de Renard , de J. DUFOURNET , París, 1970, Col. Garnier-Flammarion; y para su relación con la literatura novelesca de la época, cf. C. GARCÍA GUAL , Primeras novelas europeas , Madrid, 1974, capítulo XIII.)

7 Véase la introducción a la Vida de Esopo en este mismo volumen. Sobre el desarrollo de la misma es también muy clara la introducción de CHAMBRY a su edición (1927), así como los estudios de PERRY y ADRADOS sobre el tema.

8 A los artículos ya citados puede añadirse el de Q. CATAUDELLA , «Aristofane e il cosidetto Romanzo di Esopo », en Dioniso IX 1 (1942).

9 Cf. S. LURIA , «L’asino nella pelle del leone», en Rivista di Fil . e d’Istruz. Classica 13 (1943), pp. 447-73.

10 M. NØJGAARD , «Le cerf, le cheval et l’homme», en Class Medioevalia 24 (1963), pp. 1-19.

FÁBULAS DE ESOPO


FIG . 2

NOTA SOBRE EL TEXTO DE LAS FÁBULAS ESÓPICAS

A la figura de Esopo se le han atribuido desde antiguo no sólo fábulas sino también un conglomerado de geloîa («chistes»), anécdotas y proverbios. La formalización de la vida de Esopo remonta quizá al siglo I a. C. (Cf. «Introducción a la Vida ») y, a juzgar por los diversos elementos que en torno a este personaje se han aglutinado, todo indica que Esopo se trata de una de estas personalidades literarias a la que se le podía atribuir todo. Es difícil pensar que en época clásica en Atenas existieran ya colecciones de fábulas prosificadas, aunque, desde luego, hubo un momento en que en Atenas se extendió la afición de las colecciones. Así, surgieron las importantes colecciones de tema simposíaco, como la teognídea, las de inscripciones, etc. Este movimiento empieza a consolidarse con las didascalias de Aristóteles, reflejo de un ambiente científico que recurre a la acumulación de datos, necesarios para la posterior elaboración de teorías. Es fácil pensar que a partir de aquí se iniciara la recopilación de fábulas y de ahí pasarían a usarse en las escuelas, constituyendo su enseñanza una introducción a la retórica.

La fábula es un género que nació en niveles populares como una contrapartida del mito, y poco a poco, avanzó por caminos nuevos a la par que seguía cumpliendo sus primitivas funciones como exponente de sabiduría popular. En este sentido es como aparecen usos de temas fabulísticos en autores tardíos como Calimaco (siglo III a. C.) 1 . El filósofo peripatético Demetrio de Falero, casi contemporáneo de Calimaco, llevó a cabo la recopilación, en colecciones, de cartas, fábulas y proverbios 2 . Antes de él seguramente la fábula se transmitió por vía oral y literaria, es decir, a través de citas por parte de los diversos autores. El mayor problema consiste en que no sabemos exactamente qué es lo que Demetrio de Falero llevó a cabo con las fábulas o con las colecciones de fábulas anteriores a él que posiblemente llegaran a sus manos. Pudo tomar las fábulas tal y como estaban, respetando su metro y dialecto, pudo hacer una prosificación o bien una solución mixta: versificar en metros diferentes y actualizar el léxico.

Sobre el problema de la reconstrucción de las fábulas existen dos trabajos muy importantes 3 , Nøjgaard, cuyo libro es de bastante interés, pero que contiene algunos errores de planteamiento, piensa que la colección Augustana es obra de una sola vez y de un solo autor determinado; piensa asimismo en la existencia de una colección escrita en época ática, lo cual por el momento no es demostrable. Hausrath, editor del Corpus de las fábulas esópicas, sostiene que la recensión más antigua es una recopilación de viejas fábulas extraídas de historias populares de Esopo y de manuales al uso en las escuelas de retórica.

Son tres las colecciones de fábulas base para las ediciones modernas de Esopo (I, II y III). La primera es la más antigua y nos acabamos de referir a ella, es la colección Augustana , Adrados 4 la sitúa hacia el siglo v después de Cristo, aunque, por supuesto, esta fecha no impide que el fondo de la colección pueda ser bastante más antiguo. La segunda colección es la denominada Vindobonense , del siglo VI , y la tercera es la Accursiana que data del IX , si bien Perry 5 se esfuerza por fecharla hacia el XIV , incluso cree que sea de Planudes. Lo más seguro es que sea del IX , porque sus redactores manejaban aún colecciones en verso, todavía accesibles. Si en el siglo XIX hubieran existido es casi seguro que habrían llegado hasta nosotros. Aparte de estas tres colecciones de fábulas anónimas, vamos a referirnos brevemente al material fabulístico conservado en colecciones más antiguas y recientes a las ya mencionadas. De un lado, lo más antiguo es el papiro Rylands 493 6 , del siglo I d. C. Las tablillas de cera procedentes de Palmira (siglo II d. C.), conocidas como tablillas de Assendelft , adquiridas en 1881 a un marinero holandés, contienen un repertorio de fábulas usadas en ejercicios escolares, además de versos de Hesíodo, etc. En parte, las fábulas aquí conservadas son de Babrio. También con material babriano tenemos el Athous, un manuscrito del Atos que fue a parar a París, con dos libros de fábulas ordenadas alfabéticamente, hasta la letra ómicron donde se interrumpe. Las fábulas están en coliambos, por lo que la postura tradicional ha sido la de atribuir a Babrio todas las fábulas en coliambos. Existe otro manuscrito de Oxford en la biblioteca Bodleiana, conocido como Paráfrasis Bodleiana , en prosa, dejando traslucir coliambos, se piensa que es una prosificación de Babrio, pero no tienen que serlo forzosamente todas las allí contenidas. Las fábulas de Aftonio son una colección del siglo v. Se trata de fábulas cortas recogidas con fines escolares. El Códice de Nápoles, de esa misma fecha aproximadamente, contiene un repertorio de fábulas retóricas. Existe también un grupo de fábulas bizantinas escritas en stikhos politikós (un tipo de verso basado en el acento de intensidad) que hay que enlazar con las anteriores. Por último, deben citarse las fábulas bizantinas, pero de tradición antigua, como las de Pseudo-Dositeo, Sintipas, Juan Diácono, etcétera.

Por lo que se refiere a las ediciones, el texto de las fábulas atribuidas a Esopo ha sido desgraciado. El criterio común de restablecer un texto más o menos cercano al original no es viable para las fábulas. Pues en la literatura popular las variantes textuales que puedan dar los diferentes manuscritos no implican que sean errores, sino que el copista (algo análogo a lo que sucede con los romances) estaba autorizado a variar. Las viejas ediciones de Crusius, Korais y Halm 7 seguían algunas de las colecciones antiguas pero separadamente, aunque alguna, como la de Korais, intentó recoger las distintas versiones a su alcance, otras como la de Halm, con ser posterior, supone un retroceso, pues se edita un conglomerado sin distinguir claramente qué es cada cosa. Ediciones más modernas y excelentes por la clara presentación del material son las de Chambry, Hausrath y Perry 8 .

Expondremos brevemente las principales características de cada una de ellas. La edición de Chambry (1925) sigue siendo hoy básica, presenta un material abundantísimo a pie de página, los textos de las recensiones I, II y III van impresos separadamente, si bien las variantes de Ia se ofrecen sólo en el aparato crítico de I. Del mismo Chambry, también en la colección Budé se publicó en 1927 una edición abreviada 9 , con texto griego y traducción, donde no se presenta ya el aparato crítico y se limita a ofrecer únicamente una sola redacción de cada fábula, la que se ha considerado mejor. Hausrath en su Corpus Fabularum Aesopicarum presenta por separado las fábulas de la Augustana, Vindobonense y Accursiana . Junto a la recensión I están la Ia y Ib que Hausrath considera desviaciones o modificaciones de I. En cuanto a las relaciones entre las tres colecciones, Hausrath, tanto en el prólogo de su edición como en el artículo s. v. Fabel de la RE de PAULY -WISSOWA , piensa que ya en fecha antigua se crearon dos colecciones: una retórica, dirigida a la enseñanza en la escuela y otra popular. La Augustana sería la colección retórica y la Vindobonense la popular. Esta interpretación es aventurada y en el fondo no es más que un prejuicio sobre la dicotomía de lo culto y popular. Por el contrario, lo más seguro es que ambos tipos de fábulas procedan de una misma fuente.

La edición de Perry 10 , cuyo texto es el que se ha adoptado para la presente traducción de las fábulas atribuidas a Esopo, reúne un material valiosísimo. Comprende la edición príncipe del manuscrito G de la Vita Aesopi 11 , así como las versiones de la Vita en el manuscrito Lollianus (con texto en latín) y la recensión de Westermann. En lo tocante al corpus fabulístico, para las anónimas Perry da una versión única para cada tema; el criterio seguido es seleccionar la más antigua. De las fábulas 1 a 231 inclusive el texto procede de la Augustana , de la 232 a 244 se sigue a la recensión Ia y de la 245 a la 273 se sitúan las fábulas de diversa procedencia, por ejemplo, de los manuscritos Athous, Triuultianus, etc. Además, Perry ha reunido en sus Aesopica los repertorios de anécdotas, testimonios literarios sobre Esopo y la fábula, las fábulas de origen babriano y la tradición latina.

Estas características de la edición de Perry, aunque metodológicamente puedan ser en algún punto discutibles, son las que han determinado el que se decidiera su uso para realizar la traducción de la «Vida de Esopo» y sus fábulas que ahora se ofrece. La numeración seguida coincide, pues, con la que da Perry, pero para mayor facilidad en la localización de cada fábula se acompañan las numeraciones de Hausrath y Chambry. De este último, exclusivamente por razones de facilidad para el lector, se da la numeración correspondiente a la editio minor , pues es la más accesible, a la vez que por ir el texto griego acompañado de traducción el lector podrá disponer de mayores posibilidades de valoración del texto. Por otra parte, se acompaña una tabla de correspondencia entre estas tres ediciones, las mejores en la actualidad. Tan sólo las fábulas ausentes de la edición abreviada de Chambry son sustituidas por las de la editio maior , acompañándose de un asterisco (*).

PEDRO BÁDENAS DE LA PEÑA

1 Cf. CALÍMACO , Fr . 192 (edición de PFEIFFER , Oxford, 1949), en Yambos II, sobre el cisne y la zorra que se dirige a Zeus. El IV (Fr . 194) presenta el tema del laurel y el olivo, el primero más famoso pero el segundo más útil y benéfico.

2 ADRADOS estudió las fábulas contenidas en el papiro Rylands, del siglo I d. C., poniéndolas en relación con las colecciones procedentes de Demetrio y de la tradición indirecta. Cf. F. R. ADRADOS , «El papiro Rylands 493 y la tradición fabulística antigua», Emerita XX (1952), 337-338. Sobre la existencia de modelos semiprosificados y el origen métrico de las fábulas, ADRADOS intenta probar que las colecciones de fábulas esópicas de fines de la antigüedad y época bizantina son el resultado de una prosificación de modelos más antiguos, escritos generalmente en coliambos y trímetros yámbicos; todo ello se habría producido a través de prosificaciones anteriores. Para más detalles, ver F. R. ADRADOS , «La tradición fabulística griega y sus modelos métricos», Emerita XXXVII (1969), 235-315, y XXXVIII (1970), 1-52. Para la labor de Demetrio sobre la recopilación de fábulas, cf. B. E. PERRY , «Demetrius of Phalerum and the Aesopic Fables», Trans. and Proc. of the Amer. Philol. Ass . 93 (1962), 287-346.

3 M. NøJGAARD , La Fable Antique. Tome I La fable grecque avant Phèdre. Tome II Les grands fabulistes , Copenhague, Arnold Busck, 1964-1967. A. HAUSRATH , «Das Problem der Aesopischen Fabel», Neue Jahrbücher für das Klassische Altertum 1 (1898), 305-322, y su artículo «Fabel» en la enciclopedia PAULY -WISSOWA , RE , II, col. 1704.

4 Para la cronología de la Augustana , cf. ADRADOS , «El papiro Rylands 493…».

5 Studies , pp. 71 y ss. y 204 y ss.

6 Cf. ADRADOS , «El papiro Rylands 493…», donde se hace una comparación con las colecciones conocidas, incluida la de Fedro, colección latina pero que procede también del mismo fondo. Sobre este material más antiguo, ver también el papiro Grenfell-Hunt II 84.

7 O. CRUSIUS , Babrii Fabulae Aesopeae , Leipzig, 1897. A. KORAIS , Mython Aisopeíon Synagoge , París, 1810; la edición de C. HALM en la colección Teubneriana de Leipzig es de 1852 y ha conocido reediciones posteriores hasta ser sustituida por la de HAUSRATH .

8 E. CHAMBRY , Aesopi Fabulae , París, Les Belles Lettres, 1925; la edición abreviada, sólo con texto y traducción pero sin aparato crítico, es de 1927. A. HAUSRATH , Corpus Fabularum Aesopicarum , I.1, I.2, Leipzig, Teubner, 1940-1956; B. E. PERRY , Aesopica , I, Urbana, 1952.

9 Existen reediciones de 1960 y 1967.

10 Cf. nota 8.

11 Cf. «Introducción a la Vida de Esopo ».

FÁBULAS DE LA COLECCIÓN AUGUSTANA
1. El águila y la zorra (Hsr. 1, Ch. 3)

Un águila y una zorra después de hacerse amigas decidieron vivir cerca una de otra, en la idea de que la convivencia consolidaría su amistad. Y entonces, el águila subió a un árbol muy alto e hizo su nido, mientras que la zorra, adentrándose en el zarzal que había debajo, parió. Y un día en que ésta salió fuera a buscar comida, el águila, falta de alimento, se lanzó al matorral y tras robar los cachorros se los comió en compañía de sus polluelos. La zorra de regreso, cuando advirtió lo sucedido, se dolió, no más por la muerte de sus crías cuanto por su imposibilidad de venganza; puesto que al ser un animal terrestre no podía perseguir a uno alado. Por lo que marchándose lejos, maldecía a su enemigo, que es lo único que les resta a los débiles e incapaces. Pero sucedió al águila que no tardó en sufrir un gran castigo por su impiedad respecto a la amistad; pues cuando estaban unos sacrificando una cabra en el campo, bajó volando y arrebató del altar una viscera encendida que se llevó al nido; se levantó un fuerte viento y prendió, de una ligera y vieja brizna de paja, un fuego brillante. Y por esto se abrasó con los polluelos —pues aún no estaban en edad de volar— y cayeron a tierra. Entonces, la zorra, que acudió corriendo, a la vista del águila a todos devoró.


FIG . 3

La fábula muestra que los que violan la amistad, aunque puedan rehuir el castigo de los que han sido ofendidos, por su propia debilidad sin embargo, no escapan al menos al castigo divino.

2. El águila, el grajo y el pastor (Hsr. 2, Ch. 5)

Un águila que bajó volando desde una elevada peña arrebató un cordero; un grajo, a la vista de esto, quiso por envidia imitarla. Y entonces, tras tirarse con un fuerte graznido, se precipitó sobre un carnero. Pero al quedársele enganchadas las garras en los vellones batía sus alas sin poder librarse, hasta que el pastor, dándose cuenta de lo que pasaba, vino corriendo y lo capturó. Tras recortarle las alas remeras, al caer la tarde, se lo llevó a sus hijos. Cuando le preguntaron qué tipo de pájaro era, dijo: «Por lo que yo tengo bien entendido, un grajo; pero por lo que él se pretende, un águila.»

Así, la rivalidad con los poderosos a nada conduce y, en la desgracia, consigue el ridículo.

3. El águila y el escarabajo (Hsr. 3, Ch. 4)

Un águila perseguía a una liebre; ésta se encontró sin posibilidad de ayuda, tan sólo a quien la casualidad le puso delante —había visto a un escarabajo— pidió socorro. El escarabajo dióle confianza, y cuando vio llegar cerca al águila rogó que no le arrebatara a quien le había pedido su ayuda. Y aquélla, mirando con desprecio la pequeñez del escarabajo que tenía ante su vista, devoró a la liebre. El escarabajo, lleno de rencor contra aquélla, se pasó el tiempo espiando el nido del águila y cada vez que ésta hacía su puesta el escarabajo, levantándose en el aire, echaba a rodar los huevos y los cascaba, hasta que, expulsada de todos lados, el águila recurrió a Zeus —pues esta ave está consagrada al dios— y le pidió que le proporcionara un lugar seguro para criar a sus pollos. Zeus le concedió poner sus huevos en su regazo, el escarabajo, al verlo, hizo una pelota de estiércol, se echó a volar y cuando estuvo encima del regazo de Zeus allí mismo la tiró. Zeus, al querer sacudirse el estiércol, cuando se levantó tiró los huevos sin darse cuenta. Desde entonces, dicen que en la temporada en que aparecen los escarabajos las águilas no crían.

La fábula muestra que no hay que despreciar a nadie, pensando así que no hay nadie tan débil que, ultrajado, no sea capaz un día de vengarse.

4. El ruiseñor y el gavilán (Hsr. 4, Ch. 8)

Un ruiseñor, posado en una alta encina, cantaba como tenía por costumbre. Y un gavilán al verlo, como andaba falto de comida, tirándose sobre él lo arrebató. Éste, a punto de morir, le pedía que lo soltara, alegando que él no era suficiente para saciar el vientre de un gavilán y que, si estaba falto de comida, debía buscar pájaros más grandes. Y éste replicó: «Pero imbécil sería yo si dejando marchar el bocado que tengo a punto en mis garras me pusiera a perseguir lo que aún no ha aparecido.»

Así, también entre los humanos hay insensatos que fiados en mayores esperanzas dejan escapar lo que tienen entre manos 1 .

5. El deudor ateniense (Hsr. 5, Ch. 10)

En Atenas, un acreedor reclamaba la deuda a su deudor, éste, al principio, le pedía que le concediese un plazo, afirmando que estaba en un apuro. Como no logró convencerle, trajo una marrana, la única que tenía, y delante de aquél la puso en venta. Acercóse un comprador y preguntó si la marrana era fértil, aquél dijo que no sólo paría, sino que lo hacía de modo singular; pues en los Misterios paría hembras, y en las Panateneas 2 , machos. Asombrado el comprador ante lo dicho, el acreedor añadió: «Y no te maravilles, porque ésta en las Dionisias 3 te parirá cabritos.»

La fábula muestra que muchos, en interés de su propio lucro, no vacilan en jurar en falso cosas imposibles.

6. El cabrero y las cabras monteses (Hsr. 6, Ch. 17)

Un cabrero, que sacó sus cabras a pastar, como viera que unas cabras monteses se habían mezclado con las suyas, al caer la tarde las metió a todas en su cueva. Al día siguiente sobrevino una gran borrasca y, no pudiendo llevarlas a su pasto habitual, las cuidó dentro, echó a las suyas propias la comida justa para no pasar hambre, mientras que a las extrañas les amontonaba mucha, con la intención de apropiárselas. Una vez pasó la tormenta, cuando sacó a todas a pastar, las monteses, tras echarse al monte, se escaparon. El pastor les reprochaba su ingratitud, pues si ellas habían obtenido más cuidados de la cuenta le abandonaban; éstas volviéndose dijeron: «Pues por esto mismo tenemos más precaución, porque si a nosotras, que llegamos ayer a tu lado, nos has tratado mejor que a las que están contigo desde antes, está claro que si otras se te acercan después a aquéllas preferirás más que a nosotras.»

La fábula demuestra que no hay que acoger las pruebas de amistad de los que nos prefieren a los viejos amigos, en la idea de que al hacernos nosotros veteranos, si hacen nuevas amistades, prefieren a aquéllos.

7. La comadreja 4 médica y las gallinas (Hsr. 7, Ch. 14)

Habiendo oído una comadreja que en una granja estaban enfermas unas gallinas, se disfrazó de médico y, tomando los instrumentos convenientes de esta ciencia, allí se presentó, y deteniéndose ante la granja les preguntó cómo estaban. Las gallinas respondiendo dijeron: «Bien, si tú te largas de aquí.»

Así, también los hombres malintencionados no pasan inadvertidos a los prudentes por mucha honradez que finjan.

8. Esopo en un astillero (Hsr. 8, Ch. 19)

Una vez Esopo, el fabulista, estando ocioso, entró en un astillero. Los obreros burlándose de él le provocaron a que les replicara. Esopo dijo que en un tiempo remoto existían el caos y el agua, pero que Zeus, como quería que surgiera el elemento de la tierra, invitó a ésta a que se tragara por tres veces el mar. Y aquélla, nada más empezar, dejó primero al descubierto las montañas, al segundo trago dejó al desnudo las llanuras, «y si decide apurar el agua, a la tercera, se va a hacer inútil vuestra industria».

La fábula muestra que los que, sin darse cuenta, se mofan de los más fuertes, atraen sobre sí sus réplicas más mordaces.

9. La zorra y el cabrón en el pozo (Hsr. 9, Ch. 40)

Una zorra, tras caer a un pozo, quedó allí a la fuerza, incapaz de subir. Y un cabrón, atormentado por la sed, cuando estuvo encima del pozo, preguntó al verla si el agua estaba buena. Ésta, tomándose con calma el contratiempo, se esforzó en alabar mucho el agua, diciendo que era potable, e incluso le invitó a bajar. Éste bajó de un salto, atolondrado, con la sola mira de su deseo, y luego que hubo calmado la sed, consideró la zorra la manera de subir; la zorra afirmó tener pensado algo adecuado para salvarse los dos: «Pues si quieres apoyar tus patas delanteras en el muro e inclinar los cuernos, yo, después de saltar apoyándome en tu lomo, te sacaré.» Éste se prestó en seguida a su invitación, animado por la segunda parte de la propuesta. La zorra, saltando hacia arriba con sus patas, subió por el lomo y, empinándose sobre los cuernos, subió a la boca del pozo y se alejó. Y como el cabrón le echaba en cara el violar su acuerdo, la zorra volviéndose dijo: «¡Anda éste! Si tuvieses seso como pelos en la barba, no habrías bajado antes de pensar el modo de subir.»

Así, también deben los hombres sensatos tener previsto de antemano el fin de sus acciones, y sólo así ponerlas en práctica.


FIG . 4

10. La zorra que vio a un león (Hsr. 10, Ch. 42)

Una zorra que jamás había visto un león, cuando por casualidad se lo encontró, como era la primera vez que lo veía, de tal modo se asustó que por poco se muere. La segunda vez que se lo topó, sintió miedo, mas no tanto como al principio. Y cuando lo vio a la tercera, tanto ánimo cobró que incluso se acercó a hablar con él.

La fábula muestra que el hábito mitiga las cosas más temibles.

11. El pescador flautista (Hsr. 11, Ch. 24)

Un pescador que sabía tocar la flauta, cogiendo las flautas y las redes, se fue al mar, e instalado en el saliente de una roca se puso primero a tocar, creído que ante la dulce melodía los peces saldrían por sí mismos. Y como después de mucho esforzarse al fin nada consiguió, dejando las flautas, cogió el esparavel, lo tiró al agua y pescó muchos peces. Al dejarlos caer de la red en la orilla, como los viera saltar, dijo: «¡Bichos idiotas!, cuando yo tocaba la flauta no bailabais y ahora que lo dejé, lo hacéis.»

La fábula es oportuna para los que hacen las cosas a destiempo 5 .

12. La zorra y el leopardo (Hsr. 12, Ch. 37)

Una zorra y un leopardo a propósito de su belleza discutían. El leopardo a cada momento exaltaba la variedad de su pelaje, la zorra respondiendo dijo: «¡Qué por encima de ti estoy yo en belleza, yo que soy variada, no de pelaje, sino de espíritu!»

La fábula muestra que el adorno de la inteligencia es mejor que la belleza corporal.

13. Los pescadores que pescaron una piedra (Hsr. 13, Ch. 23)

Unos pescadores arrastraban una red y, como era pesada, se pusieron contentos y a bailar, creyendo que era mucha la pesca. Pero cuando la sacaron a rastras a la orilla encontraron pocos peces y que la red estaba llena de piedras y otros deshechos, se quedaron muy tristes, menos contrariados por lo que les había pasado que por haber imaginado lo contrario. Uno de ellos, viejo ya, dijo: «Vamos a dejarlo, compañeros, pues, como parece, la desilusión es hermana de la alegría y falta nos hacía, sin duda, disgustarnos algo después de habernos alegrado tanto por adelantado.»

Pues bien, viendo lo mudable de la vida no debemos jactarnos siempre de las cosas, haciéndonos la cuenta de que de la calma excesiva es forzoso que venga la tormenta.

14. La zorra y el mono discuten por su prosapia (Hsr. 14, Ch. 39)

Una zorra y un mono que hacían juntos el camino a propósito de su prosapia discutían. Y mientras cada uno iba exponiendo con detalle muchas glorias, llegaron ante unas tumbas. Èl mono clavó sus ojos en ellas y se puso a lamentarse. Al preguntar la zorra la causa, el mono, señalándole los sepulcros, dijo: «Pero cómo no he de llorar al ver las estelas de mis mayores, de los que fueron libertos y esclavos.» Y la zorra dijo: «Pues miente lo que quieras, porque ninguno de ellos va a levantarse para desmentirte.»

Así, también los mentirosos alardean más cuando no tienen quien los desmienta.

15. La zorra y las uvas (Hsr. 15, Ch. 32)

Una zorra hambrienta, como viera unos racimos colgar de una parra, quiso apoderarse de ellos y no pudo. Marchándose, dijo para sí: «Están verdes.»

Así, también algunos hombres inhábiles por su incapacidad para lograr lo que quieren echan la culpa a las circunstancias.


FIG . 5

16. La comadreja y el gallo (Hsr. 16, Ch. 12)

Una comadreja, que había atrapado un gallo, quería devorarlo con un buen pretexto. Y he aquí que comenzó por acusarle diciendo que era molesto para los hombres, porque cantaba de noche y no les dejaba conciliar el sueño. Este replicó que les hacía esto para su beneficio, pues los despertaba para ir a su trabajo habitual. A la segunda le dijo la comadreja: «Pero te has convertido en un ultraje para la naturaleza por pisar a tus hermanas y a tu madre.» Y el gallo replicó que hacía esto en beneficio de sus amos, pues así conseguía que les pusieran muchos huevos. Harta ya la comadreja, dijo: «¿Es que no te voy a comer aunque siempre salgas airoso con tus recursos?»

La fábula muestra que la naturaleza perversa, dispuesta a hacer daño, aunque no lo logre con la máscara de un buen pretexto, hace el mal abiertamente.

17. La zorra rabona (Hsr. 17, Ch. 41)

Una zorra, a la que cortó el rabo una trampa, como consideraba insoportable seguir viviendo por vergüenza, decidió inducir a las otras zorras a quedarse también sin rabo, para ocultar en el mal común su propia inferioridad. Entonces, hizo reunir a todas y las animó a cortarse los rabos, alegando que no sólo era un estorbo, sino que además les añadía un peso superfluo. Y una de las zorras respondiendo dijo: «¡Anda tú! Si no fuera porque te conviene no nos habrías aconsejado esto.»

Esta fábula les es apropiada a aquellos cuyos consejos a los vecinos no son por afecto, sino por su interés particular.

18. El pescador y el boquerón (Hsr. 18, Ch. 26)

Un pescador al echar la red sacó un boquerón. Y éste le suplicaba que por el momento lo soltara, pues era pequeño, luego, cuando creciera, podría cogerlo por ser de más utilidad. El pescador dijo: «Muy tonto sería si, dejando marchar la ganancia que tengo en las manos, persiguiera una esperanza incierta.»

La fábula muestra que es preferible tomar la ganancia presente, aunque sea pequeña, que la que se espera, aunque sea grande.

19. La zorra y la zarza (Hsr. 19, Ch. 31)

Una zorra que estaba subida a una valla, cuando estaba a punto de resbalar, se enganchó en una zarza, pero como se raspó las patas y se las dejó en un estado lamentable reprochó a la zarza que a ella, que había recurrido a su ayuda, le había tratado peor de lo que correspondía. Y la zarza respondió: «Pues has hecho una tontería, amiga, al querer engancharte conmigo; yo, que tengo por costumbre enganchar a todo el mundo.»

Así, también entre las personas son estúpidos los que recurren a la ayuda de quienes es innato el hacer daño.

20. La zorra y el cocodrilo (Hsr. 20, Ch. 35)

Una zorra y un cocodrilo discutían por su prosapia. El cocodrilo refería con detalle muchas glorias sobre lo ilustre de sus antepasados y, al final, afirmaba que sus padres habían sido gimnasiarcas 6 . La zorra respondiendo dijo: «Pues aunque digas lo contrario, por tu piel se nota que hace mucho que no practicas la gimnasia.»

Así, también los hechos refutan a los mentirosos.

21. Los pescadores y el atún (Hsr. 21, Ch. 22)

Unos pescadores que salieron a faenar no pescaron nada. Después de fatigarse mucho tiempo, se sentaron en el barco descorazonados. En esto, un atún perseguido, que escapaba con estrépito, saltó por descuido a la barca. Los pescadores lo capturaron y, luego de llevarlo a la ciudad, lo vendieron.

Así, muchas veces lo que el arte no procura, la fortuna lo da como premio.

22. La zorra y el leñador (Hsr. 22, Ch. 34)

Una zorra, perseguida por unos cazadores, vio a un leñador y le suplicó que la escondiera. Éste le aconsejó entrar para refugiarse en su cabaña. No mucho después llegaron los cazadores y preguntaron al leñador si había visto pasar una zorra por allí, aquél negaba con su voz haberla visto, mas con la mano hacía señas indicando donde estaba oculta. Pero los perseguidores no se dieron cuenta del gesto y creyeron lo que les decía. La zorra, al ver que se marchaban, salió y se marchó sin decir una palabra. Como el leñador le echó en cara que encima que la había salvado no le daba, por lo menos, alguna palabra de agradecimiento, dijo la zorra: «Pues yo te habría dado las gracias si las señas de tu mano hubieran estado de acuerdo con tus palabras.»

Uno podría aprovecharse de esta fábula con relación a aquellas personas que abiertamente predican la virtud, pero en sus hechos se comportan con bajeza.

23. Los gallos y la perdiz (Hsr. 23, Ch. 21)

Uno que tenía gallos en su casa encontró en venta una perdiz amaestrada, una vez que la compró, la llevó a su casa para criarla junto con los gallos. Pero como éstos la picaban y perseguían, la perdiz estaba triste, porque creía que la despreciaban por ser de otra raza. Poco después, cuando vio que los gallos se peleaban entre sí y que no se separaban hasta que no estaban sangrando, dijo para sí: «Pues ya no me vuelvo a disgustar porque éstos me peguen, pues veo que ni a sí mismos se respetan.»

La fábula muestra que los sensatos aguantan fácilmente los excesos de sus vecinos cuando ven que no respetan ni a sus propios parientes.

24. La zorra a la que se hinchó el vientre (Hsr. 24, Ch. 30)

Una zorra hambrienta, que vio en el hueco de una encina unos trozos de pan y carne que se habían dejado unos pastores, entró y se los comió. Como el vientre se le hinchó y no podía salir, se puso a llorar y lamentarse. Al pasar otra zorra por allí oyó sus gemidos y, acercándose, preguntó la causa. Cuando supo lo que había pasado le dijo: «Pues tienes que quedarte ahí hasta que te vuelvas a poner como estabas al entrar, y así saldrás fácilmente.»

La fábula muestra que el tiempo resuelve las dificultades.

25. El alción (Hsr. 25, Ch. 28)

El alción es un ave que gusta de la soledad y vive siempre en el mar. Se dice que para protegerse de los hombres que quieren cazarlo anida en las rocas junto al mar. Una vez en que iba a poner sus huevos llegó a un promontorio y cuando divisó una roca colgada sobre el mar allí anidó. Pero un día que salió a por comida ocurrió que el mar, alborotado por un viento muy fuerte, subió hasta el nido, lo inundó y ahogó a los polluelos. Cuando regresó el alción y vio lo ocurrido dijo: «¡Qué desgraciado soy! Yo, que desconfiaba de la tierra firme por miedo a sus asechanzas, he recurrido a ésta, que me ha salido más traidora.»

Así, también algunas personas, por protegerse contra sus enemigos, vienen a caer, sin darse cuenta, en amigos que resultan mucho peores que sus enemigos.

26. El pescador que batía el agua (Hsr. 26, Ch. 27)

Pescaba en un río un pescador. Y he aquí que cuando echó las redes dejó cortada la corriente de una a otra orilla y, luego de atar una piedra a una cuerda, se puso a batir el agua para que los peces, al escapar, vinieran a caer indefensos en las redes. Uno de los habitantes del lugar, viéndole hacer esto, le llamó la atención por enturbiar el río y no dejarles, así, beber el agua limpia. El pescador contestó: «Pues si no se revuelve el río de esa forma, me veré forzado a morir de hambre.»

Así, también los demagogos de las ciudades cumplen mejor su cometido cuando arrastran su patria a la discordia.

27. Dijo la zorra a la máscara (Hsr. 27, Ch. 43)

Entró una zorra en el taller de un escultor y, tras revolver en todas y cada una de las cosas que allí había, se topó con una máscara de tragedia, y levantándola dijo: «¡Oh, qué cabeza, pero no tiene seso!»

La fábula se ajusta al hombre extraordinario de cuerpo pero falto de juicio en su mente.

28. El tramposo (Hsr. 28, Ch. 55)

Un pobre, que estaba enfermo y se encontraba mal, prometió a los dioses hacer un sacrificio de cien bueyes si le salvaban la vida. Los dioses quisieron ponerle a prueba y le sanaron en seguida. Cuando aquél se restableció, como no disponía de bueyes de verdad, modeló cien bueyes de sebo que quemó en un altar, mientras decía: «Aceptad, dioses, mi plegaria.» Pero los dioses, deseosos de engañarle a su vez, le enviaron un sueño en el que le aconsejaban que se fuera a la playa, pues allí encontraría mil dracmas áticas. Éste, contentísimo, se fue corriendo a la orilla. Entonces allí cayó en manos de unos piratas que le llevaron consigo y, vendido por ellos, fue como encontró las mil dracmas.

La fábula es oportuna para el embustero.

29. El carbonero y el batanero (Hsr. 29, Ch. 56)

Un carbonero que tenía su trabajo en una casa, como vio que un batanero se había establecido cerca de él, se le acercó y le pidió que fuera a vivir con él, haciéndole ver que tendrían mutuamente más intimidad y que, al habitar un mismo establecimiento, vivirían de manera mucho más barata. Pero el batanero respondiendo dijo: «Para mí, al menos, esto es totalmente imposible, pues lo que yo blanquee tú lo vas a poner negro de hollín.»

La fábula muestra que todo lo que es desigual es imposible de asociar.

30. El náufrago y Atena (Hsr. 30, Ch. 53)

Un rico ateniense navegaba con otros pasajeros. Y he aquí que sobrevino una fuerte tempestad y al zozobrar la nave, mientras que todos los demás intentaban salvarse a nado, el ateniense, invocando continuamente a Atena, mil promesas le hacía si lo salvaba. Y uno de los náufragos que nadaba a su lado le dijo: «Además de suplicar a Atena, mueve también las manos.»

También nosotros, además de pedir la ayuda de los dioses, debemos contar con nuestra propia acción.

31. El entrecano y las dos prostitutas (Hsr. 31, Ch. 52)

Un hombre con canas tenía dos amantes, una joven y otra vieja. La de más edad, avergonzada de tener trato con uno más joven que ella, no dejaba, cuando venía a estar junto a sí, de arrancarle los pelos negros. La más joven, tratando de disimular que tenía un amante viejo, le arrancaba los blancos. Y así, depilado por turno a manos de una y otra, llegó a quedarse calvo.

De esta forma, lo que anda desacompasado es perjudicial.

32. El asesino (Hsr. 32, Ch. 45)

Un hombre que había cometido un crimen era perseguido por parientes de la víctima. Al llegar al río Nilo le salió al encuentro un lobo. Lleno de miedo, se subió a un árbol junto a la orilla y se escondió en él. Pero allí vio a una serpiente que subía hacia él, entonces se tiró al río, y al refugiarse en él lo devoró un cocodrilo.

La fábula muestra que para los hombres que están malditos ningún elemento hay seguro, ni la tierra, ni el aire, ni el agua.

33. El fanfarrón (Hsr. 33, Ch. 51)

Un hombre que se dedicaba al pentatlón y que sufría continuamente los reproches de sus conciudadanos por su falta de virilidad se marchó un día al extranjero, y cuando regresó, después de mucho tiempo, contaba con jactancia las muchas proezas que había hecho en otras ciudades y que en Rodas había dado un salto tal como ninguno de los vencedores en las Olimpíadas y afirmaba que presentaría como testigos a los que lo habían presenciado, si alguna vez venían a la ciudad. Uno de los que estaban presentes respondiendo le dijo: «¡Anda éste! Si es verdad eso no te hacen falta testigos, aquí está Rodas, venga el salto.»

La fábula muestra que cuando es factible una demostración todo lo que se pueda decir sobre ello está de más.

34. El hombre que prometía lo imposible (Hsr. 34, Ch. 46)

Un pobre que estaba enfermo y se encontraba muy mal, cuando fue desahuciado por los médicos, prometía a los dioses hacer una hecatombe 7 y consagrarles exvotos si sanaba. Y la mujer, que se encontraba a su lado, le preguntó: «¿Y de dónde vas a pagar eso?» El hombre contestó: «¿Pero crees que me voy a poner bien para que los dioses me lo reclamen?»

La fábula muestra que los hombres con facilidad hacen promesas que no esperan cumplir en la práctica.

35. El hombre y el sátiro (Hsr. 35, Ch. 60)

Cuentan que una vez un hombre hizo un pacto de amistad con un sátiro. Mas cuando llegó el invierno y con él el frío el hombre, llevándose las manos a la boca, se las soplaba. Al preguntarle el sátiro por qué hacía eso, dijo que se calentaba las manos por el frío. Después, cuando les sirvieron la mesa, como la comida estaba muy caliente, el hombre cogiendo trocitos pequeños se los llevaba a la boca y soplaba. Preguntóle de nuevo el sátiro por qué lo hacía, y dijo que así enfriaba la comida porque estaba demasiado caliente. Y el sátiro le contestó: «Pues me retiro de tu amistad, porque con la misma boca combates el calor y el frío.»

De igual modo, también debemos nosotros rehuir la amistad de aquellos cuya disposición es ambigua.

36. El picaro (Ch. 50)

Un picaro, que se apostó con otro a que demostraría que el oráculo de Delfos mentía, cuando llegó el día convenido, cogió en su mano un gorrioncito y escondiéndoselo bajo el manto se fue al templo y poniéndose ante el oráculo preguntó si lo que tenía entre sus manos era algo animado o sin vida. Quería, si le decía: «Sin vida», enseñar vivo al gorrión, y si le decía: «Animado», mostrarlo después de haberlo ahogado. La divinidad se percató de su jugarreta y dijo: «¡Eh, tú, detente!, porque de ti depende que lo que tienes esté muerto o vivo.»

La fábula muestra que la divinidad es imposible de sorprender.

37. El ciego (Hsr. 37, Ch. 54)

Un ciego tenía por costumbre reconocer por el tacto todo animal que le ponían en sus manos y decir cuál era. Le ofrecieron una vez un lobezno, después de palparlo estaba indeciso y dijo: «No sé si eres un cachorro de lobo, o de zorra, o de otro animal parecido. Sin embargo, estoy bien seguro de una cosa, que este animal no es apropiado para ir con un rebaño de ovejas.»

Así, también la inclinación de los malos el mismo cuerpo la revela muchas veces.

38. El labrador y el lobo (Hsr. 38, Ch. 64)

Un labrador desunció la yunta y la llevó a abrevar. Entonces, un lobo hambriento que buscaba comida, cuando encontró el arado, en seguida se puso a lamer los yugos de los toros y, luego, sin percatarse, poco a poco, metió dentro su cuello; al no poder sacarlo, arrastró el arado sobre el surco. Cuando volvió el labrador y vio al lobo le dijo: «¡Ah, mala cabeza! ¡Bueno sería que dejaras la rapiña y de hacer daño y te pusieras a labrar!»

Así, en los malos, aunque hagan profesión de honradez, no se confía por carácter.

39. La golondrina y los pájaros (Hsr. 39, Ch. 349)

Apenas brotó el muérdago, la golondrina comprendió el peligro que amenazaba a las aves, tras reunir a todos los pájaros les aconsejó cortar las encinas donde el muérdago nace y, si esto les era imposible, que fueran a refugiarse con los hombres y les suplicaran que no usaran el poder del muérdago para capturarlos. Los pájaros se rieron de ella como si dijera tonterías. Entonces ella se acercó a los hombres suplicándoles su ayuda. Éstos la acogieron por su inteligencia y la admitieron como vecina. Y así, a los otros pájaros ocurrió que los hombres los cazaron y se los comieron, sólo la golondrina, su protegida, anidó en sus casas sin temor.

La fábula muestra que aquellos que prevén el porvenir escapan naturalmente a los peligros.

40. El astrónomo 8 (Hsr. 40, Ch. 65)

Un astrónomo tenía la costumbre de salir todas las noches a observar las estrellas. He aquí que un día que andaba recorriendo los arrabales y con toda su atención puesta en el cielo por descuido cayó a un pozo. Como se lamentaba y gritaba, alguien que pasó por allí oyó sus lamentos, al acercarse y ver lo que le había ocurrido dijo: «¡Pero hombre! ¡Tú, que intentas ver lo que hay en el cielo y no ves lo que hay en la tierra!»

Podría aplicarse esta fábula a aquellas personas que, alardeando de su fama, son incapaces de realizar las cosas corrientes de la vida.

41. La zorra que acariciaba un corderito y el perro (Hsr. 41, Ch. 36)

Una zorra se metió por un rebaño de ovejas, cogió un cordero de los que aún mamaban y fingió acariciarlo. Un perro preguntó: «¿Qué estás haciendo?» «Lo cuido y juego con él», dijo. A lo que el perro contestó: «Si no sueltas al cordero ahora mismo, te voy a dar yo caricias de perro.»

La fábula atañe al astuto y al ladrón estúpido.

42. El labrador y sus hijos (Hsr. 42, Ch. 83)

Un labrador, a punto de morir, quería que sus hijos tuvieran experiencia de agricultura, los llamó a su lado y dijo: «Hijos míos, en una de mis viñas hay guardado un tesoro.» Éstos, después de morir el padre, tomaron las rejas y layas y excavaron todo el labrantío, pero no encontraron el tesoro, en cambio, la viña les dio una cosecha excelente.

La fábula muestra que el trabajo es un tesoro para los hombres.

43. Las ranas que buscaban agua (Hsr. 43, Ch. 68)

Dos ranas a las que se les secó la charca andaban dando vueltas buscando donde quedarse. Cuando llegaron a un pozo una de ellas aconsejó saltar sin pensarlo, pero la otra dijo: «Pero si el agua de aquí se seca también, ¿cómo podremos salir?»

La fábula nos enseña que no podemos meternos a la ligera en los asuntos.

44. Las ranas que pidieron rey (Hsr. 44, Ch. 66)

Las ranas, cansadas de su desgobierno, mandaron embajadores a Zeus pidiendo que les diera un rey. Zeus, al ver su simpleza, echó una estaca a la charca. Y las ranas, al principio, asustadas por el ruido, se metieron en el fondo de la charca, pero como la estaca estaba quieta, salieron a la superficie y a tanto desprecio llegaron por su rey que, subiéndosele encima, se sentaban en él. Indignadas de tener semejante rey, recurrieron por segunda vez a Zeus y le pidieron que de nuevo les cambiara de jefe, pues el primero era demasiado indolente. Zeus se irritó y mandó entonces contra ellas una hidra 9 , que cogió a todas y se las comió.

La fábula muestra que es mejor tener gobernantes tontos pero sin maldad que liantes y malvados.

45. Los bueyes y el eje (Hsr. 45, Ch. 70)

Unos bueyes arrastraban un carro. Como el eje rechinaba, volviéndose le dijeron: «¡Anda!, mientras nosotros llevamos todo el peso tú chillas.»

Así, también pasa con algunas personas, mientras unos se esfuerzan, otros fingen fatigarse.

46. Bóreas y Helios 10 (Hsr. 46, Ch. 73)

Bóreas y Helios disputaban por su fuerza, Acordaron conceder el triunfo al que de ellos consiguiera desnudar a un caminante. Bóreas empezó soplando con mucha fuerza; como el hombre apretó su vestimenta, Bóreas arreció más fuerte. El caminante, molesto por el frío, se puso encima otro manto y aun más grueso hasta que Bóreas, cansado, se lo pasó a Helios. Éste, al principio, lució con moderación; cuando el hombre se quitó el vestido que llevaba de más, aumentó el ardor de sus rayos, hasta que no pudiendo soportar el calor, se desnudó y fue a bañarse al río que había al lado.

La fábula muestra que, con frecuencia, la persuasión es mucho más eficaz que la fuerza.

47. El niño que vomitó las entrañas (Hsr. 47, Ch. 292)

Unos que sacrificaban un buey en el campo llamaron a sus vecinos. Entre éstos se encontraba una pobre mujer a la que acompañaba su hijo. En el transcurso del banquete, al niño, que se había atracado de entrañas y de vino, se le hinchó la tripa y, sintiéndose mal, dijo: «Madre, que devuelvo mis entrañas.» Y dijo la madre: «Las tuyas, no, las que has comido.»

Esta fábula encaja bien al deudor que, dispuesto a tomar lo ajeno, cuando se ve obligado a pagar se duele tanto como si entregara lo suyo propio.

48. El ruiseñor y el murciélago (Ch. 75)

Un ruiseñor, que estaba en una jaula colgada de una ventana, cantaba por la noche. Oyó un murciélago su canto y acercándose le preguntó por qué razón de día estaba callado y por la noche cantaba. El ruiseñor le dijo que no hacía esto sin motivo, pues antes, cuando cantaba de día, fue cuando le capturaron, por eso desde entonces me he hecho prudente. El murciélago respondió: «Pues no es ahora el momento en que te hace falta tomar precauciones, cuando ya de nada te sirve, sino antes de que te cogieran.»

La fábula demuestra que, una vez ocurrida la desgracia, el arrepentimiento es vano.

49. El vaquero que perdió un ternero y el león (Hsr. 49, Ch. 74)

Un vaquero que apacentaba una manada de toros perdió un ternero. Como dio muchas vueltas y no lo encontró, prometió a Zeus, si encontraba al ladrón, sacrificarle un cabrito. Y entonces, habiendo entrado en un bosque espeso, vio que un león devoraba a su ternero, aterrado, levantando las manos al cielo, dijo: «Zeus soberano, antes prometí sacrificarte un cabrito si encontraba al ladrón, ahora te sacrificaré un toro si consigo escapar de las garras del ladrón.»

Esta fábula podría aplicarse a los que al sufrir una desgracia, en su apuro, piden encontrar una salida, y encontrándola, piden librarse de ella.

50. La comadreja y Afrodita (Hsr. 50, Ch. 76)

Enamorada una comadreja de un joven muy apuesto, pidió a Afrodita que la metamorfosease en mujer. La diosa se compadeció de su pasión y la cambió en una hermosa muchacha, y así que el joven la vio quedó enamorado de ella y la condujo a su casa. Estaban ya en el dormitorio cuando Afrodita, queriendo saber si la comadreja mudando de cuerpo había cambiado de instinto, lanzó un ratón en medio de la estancia. La comadreja se olvidó de su estado presente, se levantó de la cama y se puso a perseguir al ratón con la intención de comérselo. La diosa se irritó contra ella y la devolvió a su antigua naturaleza.

Así, también los malos por naturaleza, aunque cambién de estado, no mudan desde luego de carácter.

51. El labrador y la serpiente (Hsr. 51, Ch. 81)

Una serpiente que se deslizó en la morada de un labrador mató a su hijo. Aquel, presa de un terrible dolor, tomó un hacha y fue a ponerse al acecho ante su nido para atacarla tan pronto como saliera. Al asomar la serpiente la cabeza, descargó un hachazo, pero falló y partió en dos una piedra que había al lado. Temeroso de lo que pudiera pasar después, la pidió que se reconciliara con él. Dijo la serpiente: «Ni yo puedo estar a bien contigo viendo la piedra partida ni tú conmigo contemplando la tumba de tu hijo.»

La fábula muestra que los grandes odios no tienen una reconciliación fácil.

52. El labrador y los perros (Hsr. 52, Ch. 80)

Estaba un labrador encerrado en su granja por culpa del mal tiempo y, como no podía salir siquiera para procurarse comida, se comió, primero, a las ovejas. Como el mal tiempo todavía persistía, se comió también las cabras. Luego, en tercer lugar, como no amainaba, se dirigió a sus bueyes de labranza. Cuando vieron los perros lo que hacía, se dijeron entre sí: «Tenemos que largarnos de aquí, porque el amo, si no ha librado a los bueyes, que son sus compañeros de trabajo, ¿cómo va a perdonarnos la vida?»

La fábula enseña que hay que guardarse en especial de los que ni siquiera libran del mal a los que les son más próximos.

53. La pelea de los hijos del labrador (Hsr. 53, Ch. 86)

Los hijos de un labrador estaban peleados. Éste, a pesar de sus muchas recomendaciones, no conseguía con sus argumentos hacerles cambiar de actitud. Decidió que había que conseguirlo con la práctica. Les exhortó a que le trajeran un haz de varas. Cuando hicieron lo ordenado, les entregó primero las varas juntas y mandó que las partieran. Aunque se esforzaron no pudieron; a continuación, desató el haz y les dio las varas una a una. Al poderlas romper así fácilmente dijo: «Pues bien, hijos, también vosotros, si conseguís tener armonía seréis invencibles ante vuestros enemigos, pero si os peleáis, seréis una presa fácil.»

La fábula muestra que tan superior en fuerza es la concordia como fácil de vencer es la discordia.

54. Los caracoles (Hsr. 54, Ch. 173)

El hijo de un labrador estaba asando unos caracoles. Al oírlos crepitar dijo: «Bichos estúpidos, se están quemando vuestras casas y encima cantáis.»

La fábula muestra que todo lo que se hace a destiempo es reprensible.

55. La mujer y sus criadas (Hsr. 55, Ch. 89)

Una viuda hacendosa que tenía unas criadas, acostumbraba a despertarlas de noche al tiempo que canta el gallo para hacerlas trabajar. Éstas, cansadas continuamente, decidieron que había que estrangular al gallo de la casa, por creer que era el causante de sus males por despertar a la señora de noche. Pero cuando cumplieron su propósito les ocurrió que dieron con una desgracia más terrible, pues la señora, sin gallo que le hiciera saber la hora, las despertaba aún más temprano.

De igual modo, para muchas personas sus propios designios se vuelven principio de males.

56. La bruja (Hrs. 56, Ch. 91)

Una bruja que tenía como oficio hacer conjuros y proveer muchos remedios para aplacar la cólera de los dioses, se ganaba con ello cumplidamente la vida. En consecuencia, algunos la acusaron de innovar en cuestión de religión, la llevaron ante un tribunal y los acusadores consiguieron que la condenaran a muerte. Uno que vio cómo la llevaban al tribunal dijo: «¡Mira ésta! Tú, que te dedicabas a alejar la cólera divina, ¿cómo es que no has podido persuadir a los hombres?»

Esta fábula vendría bien a la charlatana que, haciendo oficio de prometer maravillas, se revela incapaz ante lo corriente.

57. La vieja y el médico (Hsr. 57, Ch. 87)

Una anciana enferma de los ojos mandó llamar un médico a sueldo. Éste fue a su casa y cada vez que le daba un ungüento se dedicaba, mientras ella tenía los ojos cerrados, a sustraerle los enseres uno por uno. Cuando se llevó todo y aquélla quedó curada, reclamó el salario convenido. Como ella se negó a pagar, la condujo ante los magistrados. Ella dijo que había prometido el salario si curaba de la vista, pero que ahora, después de la cura, había quedado peor que antes, y afirmó: «Antes veía todos los enseres que había en casa, pero ahora soy incapaz de ver ninguno.»

Así, los canallas por ansia no se dan cuenta de que se atraen contra ellos la prueba de su culpa.

58. La mujer y la gallina (Hsr. 58, Ch. 90)

Una viuda que tenía una gallina que ponía un huevo cada día, pensó que si le daba más comida pondría dos por día. Cuando hizo esto ocurrió que la gallina se puso más gorda y ya no fue capaz de poner ni uno solo.

La fábula muestra que muchas personas, en el ansia de tener más, llegan a perder lo que poseen.

59. La comadreja y la lima (Hsr. 59, Ch. 77)

Una comadreja que se metió en el taller de un herrero se puso a lamer una lima que allí había. Sucedió que su lengua, trillada, empezó a sangrar mucho. Se alegraba pensando que algo le sacaba al hierro, hasta que perdió la lengua completamente.

La fábula va para aquellos que en su afán de disputa se hacen daño a sí mismas.

60. El viejo y la Muerte (Hsr. 60, Ch. 78)

En una ocasión un viejo, que venía de cortar leña, la llevaba encima y recorría un largo camino. Al descargar el peso, fatigado, llamó a la Muerte. La Muerte se apareció y le preguntó por qué motivo la llamaba, el viejo dijo: «Para que me lleves la carga.»

La fábula muestra que todos los hombres quieren a la vida, aunque tengan una existencia miserable.

61. El labrador y la Fortuna (Hsr. 61, Ch. 84)

Un labrador que encontró un tesoro cavando la tierra, le ofrecía cada día coronas a la Tierra creyéndose favorecido por ella. Pero se le apareció la Fortuna y dijo: «¿Por qué atribuyes a la Tierra estos regalos míos que yo te he dado porque quería hacerte rico? Pues si la ocasión mudara su naturaleza y se malgastara en penosas necesidades no se lo reprocharías a la Tierra, sino a la Fortuna.»

La fábula nos enseña que hay que saber quién es el bienhechor y que a él hay que dar las gracias.

62. Los delfines y el gobio (Hsr. 73, Ch. 95)

Los delfines y ballenas se peleaban entre sí. Como la disputa se hacía cada vez más violenta, subió a la superficie un gobio e intentó apaciguarlos. Uno de los delfines le replicó: «Nos resulta más tolerable matarnos unos a otros peleando que tenerte por mediador.»

Así, algunas personas insignificantes cuando caen en un altercado creen ser alguien.

63. Démades 11 el orador (Hsr. 63, Ch. 96)

Démades el orador hablaba en una ocasión al pueblo en Atenas, al no prestarle los atenienses demasiada atención, pidió que le permitieran contar una fábula de Esopo, aceptaron y empezó diciendo: «Deméter, la golondrina y la anguila hacían el mismo camino. Llegados a un río, la golondrina echó a volar y la anguila se sumergió.» Dicho esto se calló, y le preguntaron: «Bueno, ¿y qué hizo Deméter?» El orador respondió: «Irritarse contra vosotros, que abandonáis los asuntos del Estado y preferís oír una fábula de Esopo.»

Así, también son insensatos los hombres que descuidan lo necesario y prefieren lo agradable.

64. El hombre al que le mordió un perro (Hsr. 64, Ch. 177)

Un hombre mordido por un perro iba de un lado para otro en busca de quien lo curara. Entonces uno le dijo que lo que tenía que hacer era enjugar la sangre con un trozo de pan y echársela al perro que le había mordido, a lo que respondió: «Pero si hago eso me van a morder todos los perros de la ciudad.»

De igual modo, si se da gusto a la maldad de los hombres, aún se les incita a hacer más daño.

65. Los caminantes y el oso (Hsr. 66, Ch. 254)

Dos amigos iban por el mismo camino. De repente, les apareció un oso. Uno de ellos se subió precipitadamente a un árbol y allí se escondió, el otro, a punto de ser atrapado, se dejó caer en el suelo y se hizo el muerto. El oso le arrimó el hocico y le olfateaba, mientras él contenía la respiración, porque dicen que el oso no toca un cadáver. Cuando se marchó, el del árbol le preguntó qué le había dicho el oso al oído, éste respondió: «No viajar en adelante en compañía de amigos semejantes, que no permanecen al lado de uno en los peligros.»

La fábula muestra que las desgracias prueban a los amigos de verdad.

66. Los muchachos y el carnicero (Hsr. 67, Ch. 146)

Dos muchachos compraban carne en el mismo puesto. Entonces, mientras el carnicero estaba ocupado, uno iba robando los despojos y los echaba en los pliegues del manto del otro. El carnicero se volvió buscando los despojos y acusó a los muchachos. El que los había cogido juraba no tenerlos, y el que los tenía, no haberlos cogido. El carnicero, que se dio cuenta de su truco, dijo: «A mí me podéis engañar con falso juramento, pero no a los dioses.»

La fábula muestra que la impiedad del perjurio es la misma aunque se la enmascare con sofismas.

67. Los caminantes y el hacha (Hsr. 68, Ch. 256)

Dos hombres viajaban juntos, uno de ellos encontró un hacha, el otro dijo: «¡La hemos encontrado!» El primero le corrigió: «No digas hemos encontrado , sino has encontrado .» Poco después les alcanzaron los que habían perdido el hacha. El que la tenía, sintiéndose perseguido, dijo a su compañero de viaje: «La hemos perdido.» El otro repuso: «No digas eso, sino la has perdido , porque cuando encontraste el hacha no me dejaste participar del hallazgo.»

La fábula muestra que los que no obtienen parte en las situaciones afortunadas, tampoco son amigos fíeles en la desgracia.

68. Los enemigos (Hsr. 69, Ch. 114)

Dos enemigos navegaban en la misma nave, como querían estar muy lejos el uno del otro, se fueron, uno, a la proa, otro, a la popa, y allí se quedaron. Sobrevino una fuerte tempestad y la nave zozobraba. El que estaba en la popa preguntó al timonel de qué lado había riesgo de que el barco se hundiera, «de proa», dijo. El hombre exclamó: «Ya no me aflige la muerte si, al menos, voy a ver ahogarse a mi enemigo antes que yo.»

Así, algunos por hostilidad al prójimo prefieren incluso sufrir algo terrible con tal de ver antes la desgracia de aquellos que odian.

69. Las ranas vecinas (Hsr. 70, Ch. 67)

Éranse dos ranas vecinas. La una vivía en un estan que profundo, lejos del camino, la otra ocupaba una pequeña charca en el camino. Entonces la del estanque aconsejó a la otra que se cambiara a vivir con ella para que disfrutara de una vida mejor y más segura. Aquélla no se dejó convencer, diciendo que le era duro desarraigarse de un lugar al que estaba acostumbrada; hasta que pasó un carro por allí y la mató.

Así, también las personas que pasan su vida en viles ocupaciones, mueren antes de volverse a otras más nobles.

70. La encina y la caña (Hsr. 71, Ch. 101)

Una encina y una caña por su resistencia discutían. Levantóse un fortísimo viento y la caña, como se curvaba e inclinaba ante el soplo de aquél, consiguió librarse de ser arrancada de raíz, mientras que la encina, por resistirse, fue arrancada de cuajo 12 .

La fábula muestra que no conviene rivalizar ni resistirse a los que son más fuertes.

71. El cobarde que se encontró un león de oro (Hsr. 72, Ch. 62)

Un avaro cobarde que se encontró un león de oro dijo: «No sé qué va a pasarme ante esta situación. Me quedo sin ánimo y no sé qué hacer: mi amor por la riqueza y mi natural cobardía me tienen dividido. Porque, ¿qué azar o qué dios ha hecho un león de oro? Mi alma ante esto consigo misma se debate, por un lado ama al oro y por otro siente miedo del trabajo en oro realizado. El deseo me empuja a echarle mano, mas mi carácter me lo impide. ¡Ay, fortuna que ofrece y no permite coger! ¡Ay, tesoro sin placer! ¡Ay, favor divino que se convierte en desfavor! ¿Entonces, qué? ¿De qué manera voy a aprovecharme? ¿Qué recurso puedo usar? Yo me voy y traeré aquí a mis criados para adueñarme del león con la ayuda numerosa de estos aliados, mientras que yo seré espectador desde lejos.»

La fábula se ajusta al rico que carece de valor para tocar y servirse de su riqueza.

72. El apicultor (Hsr. 74, Ch. 235)

Uno que entró en casa de un apicultor, cuando éste se hallaba ausente, se llevó la miel y los panales. A su regreso, cuando vio las colmenas vacías, se dedicó a examinarlas. Volvieron también las abejas de libar y cuando lo sorprendieron lo atacaron con sus aguijones y lo maltrataron terriblemente. El apicultor les dijo: «Bichos canallas, vosotras habéis dejado marchar impune al que os robó los panales y a mí, que me cuido de vosotras, me picáis.»

Así, algunas personas, por ignorancia, no se guardan de sus enemigos y rechazan en cambio a los amigos como conspiradores.

73. El delfín y el mono (Hsr. 75, Ch. 305)

Tienen por costumbre los navegantes llevar consigo perros de Malta y monos para entretenimiento durante la travesía. He aquí que uno que iba a hacerse a la mar había embarcado con él a su mono, llegados a Sunio, que es un cabo del Ática 13 , sucedió que sobrevino una fuerte tempestad. La nave zozobró y todos se pusieron a salvo a nado, el mono también nadaba. Un delfín que lo vio, creyendo que era un hombre, se deslizó por debajo y lo transportó, cuando llegó al Pireo, el puerto de Atenas, preguntó al mono si era ateniense de nacimiento. El mono dijo que sí y que incluso allí tenía padres ilustres, luego le preguntó que si conocía el Pireo, y el mono, creyendo que le hablaba de un hombre, respondió que sí y que además era uno de sus amigos íntimos. El delfín, indignado por la patraña, se sumergió y lo ahogó.

La fábula es apropiada para el farsante.

74. El ciervo en la fuente (Hsr. 76, Ch. 102)

Un ciervo, atormentado por la sed, llegó a una fuente. Después de beber, cuando contempló su propia sombra en el agua, se sintió orgulloso de su cornamenta viendo su tamaño y variedad, pero quedó muy descontento de sus patas por lo endebles y débiles que eran. Aún pensaba el ciervo en todo esto cuando apareció un león persiguiéndolo. El ciervo se lanzó a la huida y le sacó mucha ventaja. Mientras la llanura estaba pelada el ciervo se salvaba porque le sacaba delantera, pero cuando llegó a un lugar boscoso sucedió entonces que sus cuernos se enredaron en las ramas y, al no poder correr, fue capturado. Cuando estaba a punto de morir dijo para sí: «¡Desgraciado de mí!, yo que me salvaba por lo que pensaba que iba a ser traicionado, y en aquello en lo que más confiaba es lo que me pierde.»

Muchas veces así, en medio del peligro, los amigos de quienes desconfiamos resultan ser nuestros salvadores, y aquellos en quienes mucho confiábamos, unos traidores.

75. El ciervo tuerto (Hsr. 77, Ch. 105)

Un ciervo lisiado de un ojo llegó a la orilla del mar y allí se puso a pacer con el ojo sano en dirección a la tierra para vigilar el posible ataque de los cazadores y el ojo lisiado hacia el mar, pues de allí no sospechaba ningún peligro. He aquí que unos que navegaban por aquel lugar, al verlo, acertaron el tiro. Cuando el ciervo iba a expirar dijo para sí: «¡Pero qué desgraciado soy!, yo que me guardaba de la tierra como de un enemigo y el mar, en el que quería refugiarme, ha resultado mucho peor.»

Así, muchas veces, en contra de nuestra suposición, lo que parece ser hostil resulta útil, mientras que lo que creemos seguro es peligroso.

76. El ciervo y el león en una cueva (Hsr. 78, Ch. 104)

Un ciervo que huía de unos cazadores llegó a una cueva en la que había un león y entró allí para esconderse. Pero fue capturado por el león, y al morir dijo: «Infortunado de mí, yo, que por huir de los hombres, en manos de una fiera me he echado yo mismo.»

Así, algunas personas, por miedo de peligros menores, se meten en males mayores.

77. El ciervo y la parra (Hsr. 79, Ch. 103)

Un ciervo perseguido por unos cazadores se escondió bajo una parra. Cuando pasaron de largo los cazadores, el ciervo se puso a comer las hojas de la parra. Uno de los cazadores al volverse le vio, disparó el dardo que llevaba y le hirió. Cuando estaba para morir, gimiendo, dijo para sí: «Sufro lo que me tengo merecido, porque hice daño a la parra que me había salvado.»

Esta fábula podría aplicarse a los hombres que por hacer daño a quienes les favorecen son castigados por los dioses.

78. Los navegantes (Hsr. 80, Ch. 308)

Unos subieron a un barco y se hicieron a la mar. Cuando estaban mar adentro se desató una violenta tempestad y poco faltó para que el barco se hundiera. Uno de los pasajeros, rasgándose las vestiduras invocaba a los dioses patrios con llanto y lamentaciones y prometía ofrecer sacrificios de acción de gracias si le salvaban. Pero al pasar la tormenta y llegar de nuevo la calma, dándose a la alegría, se pusieron a bailar y saltar, como quienes han escapado de un peligro inesperado. El piloto, hombre curtido, les dijo: «Amigos, debemos congratularnos como si la tormenta pudiera volver de nuevo.»

La fábula enseña que no hay que dejarse arrastrar demasiado por las situaciones felices, pensando en lo mudable de la fortuna.

79. La comadreja y los ratones (Hsr. 81, Ch. 13)

En una casa había muchos ratones. Una comadreja, que lo supo, entró allí y cazándolos uno tras otro se los iba comiendo. Los ratones, al verse continuamente cogidos, se metieron en sus agujeros. Y la comadreja, como ya no podía llegar hasta ellos, pensó que había que dar con una idea para provocarlos. Por ello, se subió a una clavija y colgándose de allí se hizo la muerta. Uno de los ratones, cuando la vio, dijo: «¡Eh, tú!; aunque te hicieras un saco 14 , no me acercaría yo a ti.»

La fábula muestra que los hombres prudentes, cuando tienen experiencia de la maldad de algunos, no se dejan ya engañar por sus argucias.

80. Las moscas (Hsr. 82, Ch. 239)

En una despensa se derramó miel y las moscas que allí volaron se la comían y, por la dulzura de su presa, no se separaban de ella. Pero sus patas quedaron pegadas y no podían volar, con lo que, sintiéndose asfixiar, dijeron: «Desdichadas de nosotras, que morimos por un corto placer.»

De igual modo, la glotonería es causa de males para muchos.

81. El mono elegido rey y la zorra (Hsr. 83, Ch. 38)

En una asamblea de animales, un mono tenido en buena opinión fue elegido rey por ellos. La zorra, envidiosa de él, cuando vio un pedazo de carne puesto en una trampa, llevó allí al mono y le dijo que había encontrado un tesoro y que ella, en vez de aprovecharse, se lo había guardado a él como regalo digno de un rey y ie animó a que lo cogiera. El mono se acercó despreocupado y cayó preso en la trampa, el animal acusaba a la zorra de haberle tendido la trampa y contestó aquélla: «¡Mono! ¿Con una inteligencia semejante pretendes ser rey de los animales?»

Así, los que se meten sin pensar en una empresa se exponen al fracaso y al ridículo.

82. El asno, el gallo y el león (Hsr. 84, Ch. 269)

En un establo estaban un asno y un gallo. Y un león hambriento, cuando vio al burro, entró y estaba a punto de devorarlo. Pero, ante el ruido, el gallo se puso a cantar y el león, asustado, se dio a la fuga —pues dicen que los leones se espantan por el canto del gallo—. El burro, envalentonado de sí mismo creyendo que lo había asustado, salió en persecución del león. Entonces éste, cuando estuvo lejos, se lo comió.

Así, también algunos hombres, al ver humillarse a sus enemigos, se animan y, sin darse cuenta, acaban siendo presa de aquéllos.

83. El baile del mono y el camello (Hsr. 85, Ch. 306)

En una reunión de animales un mono se levantó y se puso a bailar. Como fue muy apreciado y aplaudido por todos, un camello, envidioso, quiso conseguir lo mismo. Por eso, entonces, se levantó e intentó bailar también él. Como hizo muchas extravagancias, los animales se enfadaron y, a palos, lo echaron.

La fábula es adecuada para los que por envidia rivalizan con los mejores y, por consiguiente, fracasan.

84. Los dos escarabajos (Hrs. 86, Ch. 149)

Pacía un toro en un islote y de su estiércol se nutrían dos escarabajos. Llegado el invierno, dijo el uno a su amigo que quería volar a tierra firme para que el que se quedara tuviera comida suficiente, mientras que él, marchándose, pasaría allá el invierno. Dijo, además, que si encontraba comida en abundancia se la traería. Al llegar a tierra firme encontró estiércol abundante y fresco, se quedó allí y se alimentó. Cuando pasó el invierno voló de nuevo a la isla y el otro, que le vio gordo y saludable, le reprochó su promesa anterior y el no haberle traído nada. Este dijo: «No me eches a mí la culpa, sino a la naturaleza del lugar; pues allí es posible alimentarse, pero imposible traerte nada.»

Esta fábula podría aplicarse a aquellos que ofrecen su amistad sólo hasta la comida, pero más allá de eso en nada sirven a sus amigos.

85. El cerdo y los corderos (Hsr. 87, Ch. 94)

En medio de un rebaño de corderos pacía un cerdo que allí se había metido. Y he aquí que un día el pastor le cogió y el cerdo se puso a chillar y a resistirse. Los corderos, criticándole por sus gritos, dijeron: «Pues a nosotros nos coge de vez en cuando y no chillamos». El cerdo, repuso: «Pero a mí no me coge por lo mismo que a vosotros, porque a vosotros os busca por la lana o por la leche, pero a mí es por la carne.»

La fábula muestra que gritan con razón aquellos que tienen en peligro no su dinero sino su vida.

86. El tordo y los arrayanes (Hsr. 88, Ch. 157)

Picoteaba un tordo en unos arrayanes que no dejaba por la dulzura de sus frutos. Y al observar un pajarero que el animal se encontraba allí a gusto, lo cazó con liga. Cuando estaba para morir, dijo el tordo: «¡Mísero de mí, que por la dulzura de la comida privado me veo de la vida!»

La fábula es adecuada para el corrompido que se pierde por el placer.

87. La oca de los huevos de oro (Hsr. 89, Ch. 288d)

Hermes, venerado de forma fuera de lo común por un hombre, le recompensó con una oca que ponía huevos de oro. Como no tuvo paciencia para sacarle el provecho poco a poco y creyó que la oca por dentro era enteramente de oro, sin esperar a más, la sacrificó. Y pasó que no sólo se equivocó en lo que pensaba, sino que también se quedó sin huevos, pues por dentro era toda de carne.

De igual modo, en muchas ocasiones los ambiciosos, por su ansia de mayores beneficios, pierden incluso lo que tienen entre manos.

88. Hermes y el escultor (Hsr. 90, Ch. 108)

Hermes quería saber en qué estima le tenían los hombres, tomó el aspecto de un hombre y se fue al taller de un escultor. Al ver una estatua de Zeus, preguntó: «¿Cuánto?» El escultor respondió: «Una dracma.» Sonriendo, preguntó: «¿La de Hera cuánto es?». Le dijo que algo más cara. Cuando vio su propia estatua, sospechó que él, ya que es el mensajero 15 y abogado del comercio, estaría muy cotizado por la gente, preguntó por eso: «¿Y cuánto el Hermes?» Y dijo el escultor: «Pues si compras los otros dos, éste te lo regalo.»

La fábula va bien para el vanidoso que no goza de la menor estima entre los demás.

89. Hermes y Tiresias (Hsr. 91, Ch. 110)

Hermes quería probar si el arte adivinatoria de Tiresias era cierta y, luego de robarle del campo a sus bueyes, se fue a la ciudad a su encuentro con forma de hombre y se alojó en su casa. Cuando le comunicaron a Tiresias la pérdida de su yunta, tomando consigo a Hermes marchó a los arrabales para considerar un augurio sobre el robo y le pidió que le dijera el pájaro que viera. Hermes vio primero a un águila pasar volando de izquierda a derecha y así se lo anunció. Tiresias dijo que ése no iba con ellos; en segundo lugar, vio a un grajo posado en un árbol que ora miraba hacia arriba, ora se inclinaba hacia tierra, Hermes se lo hizo saber. Tiresias, respondiendo, dijo: «Pues este grajo jura por el cielo y la tierra que si tú quieres voy a recuperar mis bueyes.»

Alguien podría usar de esta fábula frente a un ladrón.

90. La víbora y la hidra (Hsr. 92, Ch. 117)

Una víbora solía ir a beber a una fuente. La hidra que allí vivía se lo quería impedir, irritada de que a la víbora no le bastara con su propia comida, sino que tuviera encima que venir a su propio medio. Como la rivalidad no hacía más que aumentar, determinaron pelear y que los alimentos de la tierra y el agua fueran para quien venciera. Habían fijado ya el día, cuando las ranas, por odio a la hidra, se acercaron a la víbora y la animaban prometiéndole que ellas serían sus aliadas. Empezado el combate, la víbora luchaba con la hidra y las ranas, como nada más podían hacer, empezaron a dar grandes chillidos. Cuando venció la víbora, acusó de que si la habían prometido ser sus aliadas en la batalla, no sólo no la habían ayudado, sino que, encima, habían estado cantando. Las ranas respondieron: «Pero, mira, bien debes saber que nuestra ayuda no se prodiga con las manos, sino sólo con la voz.»

La fábula muestra que cuando hacen falta brazos, la ayuda de las palabras no sirve para nada.

91. El burro juguetón y su amo (Hsr. 93, Ch. 276)

Un hombre, que tenía un perro maltés y un burro, se pasaba el tiempo jugando continuamente con el perro. Y si alguna vez salía fuera a comer le traía alguna cosa y se la tiraba cuando el perro se le acercaba moviendo el rabo. El burro, lleno de envidia, corrió a su lado y, poniéndose a hacer cabriolas, pegó una coz al amo. Éste, irritado, hizo que se llevaran el burro a palos y lo ataran al pesebre.

La fábula muestra que no todos han nacido para lo mismo.

92. Los dos perros (Hsr. 94, Ch. 175)

Un hombre que tenía dos perros, a uno le enseñó a cazar y del otro hizo un guardián de la casa. Cuando el perro cazador salía de caza y atrapaba algo, el amo daba un trozo de la pieza al otro. Disgustado el de caza, hacía reproches a su compañero porque, encima que era él quien salía y se cansaba en cada ocasión, el otro, sin hacer nada, disfrutaba de su propio esfuerzo. El perro guardián le contestó: «Pero a mí no me eches nada en cara, sino al amo, que me enseñó a no cansarme y a comer del trabajo de otros.»

No hay que reprender a los niños perezosos cuando son sus padres quienes así los educan.

93. La víbora y la lima (Hsr. 95, Ch. 116)

Una víbora, que había entrado en el taller de un herrero, iba pidiendo limosna de las herramientas. Había recibido algo de ellas, cuando llegó a la lima y le pidió que le diera algo. La lima, respondiendo, dijo: «Pero qué simple eres creyendo que te voy a ofrecer algo yo, que no doy, sino que acostumbro a coger de todos.»

La fábula muestra que son tontos quienes piensan que van a sacar algo de los tacaños.

94. El padre y las hijas (Hsr. 96, Ch. 299)

Un padre que tenía dos hijas, casó a una con un hortelano y a la otra con un alfarero. Pasado el tiempo, fue a visitar a la del hortelano y le preguntó cómo estaba y qué tal les iban las cosas. Ella respondió que todo les iba bien, pero que una sola cosa pedía a los dioses, que viniera el invierno y las lluvias para que se regaran las hortalizas. Poco después se fue a ver a la del alfarero y le preguntó cómo estaba. Ella dijo que nada le faltaba, pero que sólo pedía que durase el tiempo despejado y el sol brillante para que se secara la cerámica. El padre dijo: «Si tú me pides buen tiempo y tu hermana malo, ¿con cuál de las dos haré mis plegarias?».

Del mismo modo, quienes a un tiempo acometen empresas diferentes, normalmente fracasan en las dos.

95. El marido que tenía una mujer gruñona (Hsr. 97, Ch.)

Un hombre tenía una mujer que era de un carácter muy gruñón para con todo el mundo, decidió saber si también le pasaría lo mismo con los criados de la casa de su padre. De ahí que, con un pretexto verosímil, la mandara a donde su padre. A su regreso, al cabo de unos pocos días, le preguntó cómo la habían acogido allí los criados. Ésta respondió: «Los boyeros y pastores me miraban torvamente». Él le dijo: «Pues, mujer, si tan mal te llevabas con éstos, que salen con los rebaños al alba y vuelven por la tarde, ¿qué habrá que pensar de los demás, con los que convivías todo el día?»

Muchas veces, así, a partir de los detalles pequeños, se llegan a conocer las cuestiones importantes y de lo manifiesto, lo escondido.

96. La víbora y la zorra (Hsr. 98, Ch. 115)

Una víbora, subida en un haz de espinos, bajaba por un río. Y una zorra que por allí pasaba, al verla, dijo: «El piloto es digno de la nave.»

Va esto para el malvado que se entrega a perversas acciones.

97. El cabrito y el lobo flautista (Hsr. 99, Ch. 107)

Un cabrito, rezagado del rebaño, era perseguido por un lobo. Volvióse el cabrito y dijo al lobo: «Seguro estoy, lobo, de que soy ración tuya; pero para no morir indignamente toca la flauta para que baile». Al ponerse a tocar la flauta el lobo y el cabrito a bailar, los perros, que lo oyeron, se pusieron a perseguir al lobo. Y el lobo, volviéndose, dijo al cabrito: «Me está bien empleado porque yo, que soy un carnicero, no tenía que haberme metido a imitar a un flautista.»

De este modo, quienes obran sin considerar las circunstancias, pierden incluso lo que tienen entre manos.

98. El cabrito que estaba en una casa y el lobo (Hsr. 100, Ch. 106)

Un cabrito que estaba en una casa se burlaba de un lobo que pasaba por delante. El lobo le dijo: «No eres tú el que se burla de mí, sino el lugar.»

La fábula muestra que las circunstancias arman de coraje contra los que son más fuertes.

99. El vendedor de estatuas (Hsr. 101, Ch. 2)

Un hombre que había tallado un Hermes de madera, lo llevó a la plaza para venderlo. Como ningún comprador se acercaba y quería atraerse a alguien, empezó a vocear que vendía un dios bienhechor y pródigo en ganancias. Uno de los que había por allí, le dijo: «¡Eh, tú!, ¿por qué lo vendes, si es como dices, en vez de aprovecharte de sus ventajas?». El vendedor respondió: «Es que yo necesito una ayuda inmediata y éste acostumbra a conceder sus favores tarde.»

La fábula es adecuada para quien busca sin escrúpulos el lucro, sin preocuparse en absoluto de los dioses.

100. Zeus, Prometeo, Atena y Momo 16 (Hsr. 102, Ch. 124)

Zeus, Prometeo y Atena, que habían modelado, el primero un toro, Prometeo un hombre y la diosa una casa, eligieron a Momo como árbitro. Éste, envidioso de sus creaciones, empezó a decir que Zeus había cometido un fallo al no poner los ojos del toro en los cuernos para que pudiera ver dónde atacaba; a Prometeo le criticó porque no había colgado fuera las mientes del hombre, para que así no pasaran inadvertidos los malos y fuera bien visible lo que cada uno tenía en su cabeza. En tercer lugar, dijo que Atena debería haber puesto la casa sobre ruedas para que si uno iba a vivir con un malvado por vecino, pudiera desplazarse fácilmente. Entonces, Zeus, indignado con él por su envidia, le echó del Olimpo.

La fábula muestra que nada hay tan perfecto que, desde luego, no se haga acreedor de alguna crítica.

101. El grajo y los pájaros (Hsr. 103, Ch. 162)

Quería Zeus designar rey entre los pájaros y les fijó un día para que compareciesen ante él. El grajo, consciente de su propia fealdad, mientras se paseaba entre los pájaros, iba recogiendo las plumas caídas y se las colocaba encima. Cuando llegó el día, convertido en un vistoso pájaro, se presentó ante Zeus. Mas cuando el dios estaba dispuesto a elegirlo rey en razón de su belleza, los pájaros, irritados, rodearon al grajo y cada uno le quitó la pluma que era suya. Y así sucedió que el grajo, despojado, volvió a ser grajo.

De igual modo, también los hombres que tienen deudas, mientras disponen del dinero ajeno, parecen ser alguien, mas cuando lo devuelven, se encuentran con que son los mismos que al principio.

102. Hermes y la Tierra (Hsr. 104, Ch. 109)

Cuando Zeus modeló al hombre y a la mujer mandó a Hermes que los llevara a la tierra y enseñase dónde se harían una cueva después de cavar. Hermes hizo lo ordenado y la Tierra, al principio, se resistió. Como Hermes insistía diciendo que era una orden de Zeus, la Tierra dijo: «Pues que caven lo que quieran, pero que paguen con sus suspiros y lágrimas.»

La fábula es oportuna para los que con facilidad toman las cosas prestadas, pero las pagan con dolor.

103. Hermes y los artesanos (Hsr. 105, Ch. 111)

Zeus ordenó a Hermes que derramara entre todos los artesanos el veneno de la mentira. Éste lo machacó y lo vertió sobre cada uno en partes iguales. Como sólo le faltaba el zapatero y aún quedaba mucho veneno, cogió todo el mortero y lo derramó sobre él. Ocurrió que desde entonces todos los artesanos son mentirosos, pero mucho más que todos, los zapateros.

La fábula va para el mentiroso.

104. Zeus y Apolo (Hsr. 106, Ch. 121)

Zeus y Apolo competían en tiro al arco. Apolo, tras tensar el arco, disparó la flecha, mientras que Zeus, de una zancada, cubrió tanta distancia como Apolo con el arco.

Del mismo modo, los que rivalizan con los más fuertes, además de que no se ponen a su altura, se exponen al ridículo.

105. Los años del hombre (Hsr. 107, Ch. 139)

Cuando Zeus inspiró vida al hombre, le dio una existencia corta. Pero éste, valiéndose de su inteligencia, cuando llegó el invierno, se construyó una morada y allí vivió. Pero he aquí que una vez que el frío se hizo intensísimo y Zeus llovía, el caballo, no pudiéndolo resistir, fue al galope a donde estaba el hombre y le pidió que le diera cobijo. Pero el hombre dijo que no lo haría a no ser que le diera una parte de sus años. El caballo accedió gustoso. No mucho después, se presentó también el buey, tampoco él podía soportar el mal tiempo. De igual modo, el hombre dijo que no le acogería a no ser que le diera un determinado número de sus años, él le dio una parte y fue acogido. Por último, llegó el perro, que se estaba muriendo de frío y, tras ceder una parte de su edad, consiguió abrigo. Y esto es lo que ocurrió a los hombres: hasta que llegan al tiempo que les marcó Zeus, son puros y buenos; cuando llegan a los años que tienen del caballo, son fanfarrones y altaneros; llegados a los años del buey, son lentos y cuando cumplen la edad del perro, se hacen irascibles y gruñones.

Podría aplicarse esta fábula a un viejo colérico e intratable.

106. Zeus y la tortuga (Hsr. 108, Ch. 125)

Al casarse, Zeus obsequió con un banquete a todos los animales. Sólo faltó la tortuga; intrigado Zeus, al día siguiente preguntó por qué motivo fue ella la única que no acudió al banquete. La tortuga respondió: «La propia casa es la mejor casa.» Zeus, indignado contra ella, la condenó a andar llevando su casa a cuestas.

Asimismo, muchas personas prefieren vivir con sencillez que tener una vida lujosa en casa ajena.

107. Zeus y la zorra (Hsr. 109, Ch. 119)

Zeus, admirado de la inteligencia y astucia de espíritu de la zorra, la hizo reina de los animales. Sin embargo, quería saber si después de haber cambiado de fortuna había cambiado también su codicia y, cuando la llevaban en una litera, soltó Zeus un escarabajo ante su vista. La zorra, incapaz de contenerse mientras veía revolotear al escarabajo en torno a la litera, dando un salto, indigno de su estado, intentó cazarlo. Zeus indignado contra ella, la devolvió a su antiguo rango.

La fábula muestra que los hombres que son viles, aunque tomen la apariencia más brillante, no cambian, desde luego, su naturaleza.

108. Zeus y los hombres (Hsr. 110, Ch. 120)

Cuando Zeus modeló a los hombres, mandó a Hermes verter en ellos la inteligencia. Éste, después de hacer partes iguales, la vertió sobre cada persona. Ocurrió que los pequeños, al quedar llenos de su porción, se hicieron sensatos, pero los altos, como el brebaje no les llegó a todo el cuerpo, se hicieron menos prudentes que los otros.

La fábula es adecuada para el hombre de cuerpo muy grande, pero con espíritu falto de inteligencia.

109. Zeus y el Pudor (Hsr. 111, Ch. 118)

Cuando Zeus modeló a los hombres, les infundió en seguida las diferentes facultades, pero sólo se olvidó del Pudor. Como no encontraba por dónde introducírselo, le mandó que entrara por el recto. Al principio, el Pudor se negó e indignó, después que Zeus le insistió mucho, dijo el Pudor: «Pero entro con esta condición, que si entra otro detrás de mí, me marcho inmediatamente.» De esto viene el que todos los maricones sean gente sin pudor.

Podría aplicarse esta fábula al lascivo.

110. El héroe 17 (Hsr. 112, Ch. 131)

Un hombre que tenía en su casa a un héroe, le hacía ricos sacrificios. Y como sin cesar se gastaba y consumía mucho dinero en ofrendas, el héroe se le apareció de noche y le dijo: «Pero, hombre, deja de dilapidar tu hacienda, pues, si lo gastas, cuando seas pobre, me vas a echar las culpas.»

De igual modo, muchos, que por su propia estupidez acaban siendo desgraciados, echan la culpa a los dioses.

111. Heracles y Pluto (Hsr. 113, Ch. 130)

Cuando Heracles fue elevado a la categoría de dios e invitado a la mesa junto a Zeus, iba saludando con mucha amabilidad a los dioses, uno por uno. Pero cuando Pluto entró el último, Heracles bajó la vista al suelo y le volvió la espalda. Zeus, extrañado por lo sucedido, le preguntó el motivo por el que, después de haber saludado tan complacido a los demás dioses, sólo había despreciado a Pluto. Heracles, dijo: «Pues le desprecio por lo siguiente, porque en el tiempo que estuve entre los hombres, lo veía frecuentar muy a menudo a los malvados.»

Esta fábula podría contarse de un hombre rico por la suerte, pero malvado por su conducta.

112. La hormiga y el escarabajo (Hsr. 114, Ch. 241)

En el verano, una hormiga que iba por el campo recogía granos de trigo y cebada, que almacenaba como alimento para el invierno. Un escarabajo se asombró de verla trabajar tanto, pues se agotaba cuando los demás animales, dejando a un lado los trabajos, se entregaban al descanso. La hormiga, por el momento, guardaba silencio, pero más tarde, cuando llegó el invierno y la lluvia empapó el estiércol, el escarabajo, hambriento, fue a pedirle que le diera algo de comida. Y la hormiga le dijo: «Escarabajo, si hubieras trabajado entonces, cuando te metías conmigo porque me esforzaba, no te faltaría ahora comida.»

Así, los que durante el tiempo de abundancia no se preocupan del futuro, caen en la mayor miseria cuando las circunstancias cambian.

113. El atún y el delfín (Hsr. 115, Ch. 132)

Un atún, perseguido por un delfín, escapaba impetuosamente, cuando estaba a punto de ser capturado, sin darse cuenta, fue a parar a la arena de una playa por culpa del fuerte impulso; empujado también por su marcha, el delfín fue proyectado al mismo sitio. Entonces, el atún, cuando al volverse lo vio entregar su alma, dijo: «Ya no me resulta penosa la muerte, pues veo que el que me la causa muere conmigo.»

La fábula muestra que los hombres soportan fácilmente las desgracias cuando ven también que las padecen sus causantes.

114. El médico en el entierro (Hsr. 116, Ch. 134)

Un médico que acompañaba a los parientes de uno que llevaban a enterrar, dijo a los que iban delante del cortejo que este hombre, si se hubiera quitado del vino y se hubiera puesto lavativas, no se habría muerto. Uno de los presentes, respondiendo, dijo: «¡Eh, tú!, no es ahora cuando tienes que decir esto, cuando no sirve de nada, antes había que haberle aconsejado, mientras aún podía aprovecharse del consejo.»

La fábula muestra que hay que procurar la ayuda a los amigos cuando están necesitados, pero no ironizar después de producirse el desenlace.

115. El pajarero y el áspid (Hsr. 117, Ch. 137)

Un pajarero, cogiendo la liga y sus cañas, salió a cazar. Y, habiendo visto un tordo posado en un árbol alto, decidió capturarlo. Después de empalmar las cañas para que alcanzaran, observaba atento; toda su atención estaba puesta en el aire. De este modo, mientras tenía levantada la cabeza, pisó sin darse cuenta un áspid que estaba dormido que, volviéndose, le picó. Y él, sintiéndose morir, se dijo: «¡Qué desgraciado soy! Yo que quería cazar a otro, sin darme cuenta, yo mismo me he convertido en una presa para la muerte.»

Así, los que urden trampas para su prójimo llegan a caer ellos mismos en la desgracia.

116. El cangrejo y la zorra (Hsr. 118, Ch. 150)

Un cangrejo, que salió del mar, vivía solo en una playa. Una zorra hambrienta que lo vio, ella, que nada tenía que llevarse a la boca, corrió hacia él y lo cazó. El cangrejo, cuando estaba a punto de ser devorado, dijo: «Me está bien empleado lo que me ha pasado por querer hacerme de tierra, yo que soy de mar.»

También así los que abandonan su propia actividad y se ocupan en lo que no les concierne, caen naturalmente en la desgracia.

117. El camello que quiso tener cuernos (Hsr. 119, Ch. 146)

Un camello, que vio a un toro orgulloso de sus cuernos, tuvo envidia de él y quiso llegar a tener unos iguales. Por eso, se presentó ante Zeus a pedir que le concediera cuernos. Entonces, Zeus indignado contra él porque no le bastaba el tamaño de su cuerpo y su fuerza, sino que todavía ansiaba más, no sólo no le otorgó los cuernos, sino que incluso le quitó parte de las orejas.

Así, muchos y por ambición, al mirar a los demás con envidia, sin darse cuenta, quedan privados de lo que es suyo.

118. El castor (Hsr. 120, Ch. 153)

El castor es un animal cuadrúpedo que vive en los lagos. De él cuentan que sus genitales son útiles por sus propiedades curativas, y entonces, cuando alguien, descubriéndolo, lo persigue, como sabe por qué lo hacen, huye hasta una cierta distancia valiéndose de la velocidad de sus pies para protegerse. Pero cuando se ve cercado, se corta los genitales y los tira, así salva su vida.

De igual modo, son sensatos los hombres que, cuando corren peligro por culpa de su riqueza, la sacrifican para no poner en peligro su vida.

119. El hortelano que regaba sus hortalizas (Hsr. 121, Ch. 154)

Un hombre que se detuvo ante un hortelano que regaba sus hortalizas, le preguntó por qué las hortalizas silvestres estaban tan floridas y robustas, mientras que las cultivadas, tan endebles y secas. El hortelano dijo: «Porque para las unas la tierra es una madre y para las otras, una madrastra.»

Así, también los niños no están igual criados por una madrastra que por su propia madre.

120. El hortelano y el perro (Hsr. 122, Ch. 155)

El perro de un hortelano se cayó a un pozo. El hortelano, que quería sacarlo, se metió en él. Pero el perro, angustiado, cuando se le acercó, creía que le iba a hundir más y le mordió. El hortelano, dolorido, le dijo: «Me está bien empleado, ¿por qué, si te has tirado tú mismo, tenía que intentar yo sacarte del peligro?».

Esto va para el desagradecido que se porta mal con sus bienhechores.

121. El citaredo (Hsr. 123, Ch. 156)

Un citaredo inepto cantaba sin parar en una casa bien encalada, como las paredes devolvían el eco de su voz, él se creyó que tenía una voz muy bonita. Entonces, engreído ante esto, decidió que tenía que ir al teatro. Cuando llegó a la escena, como cantaba rematadamente mal, lo echaron a pedradas.

Así, también algunos oradores que en la escuela son prometedores, cuando llegan a ejercer su carrera política, aparecen como incapaces.

122. Los ladrones y el gallo (Hsr. 124, Ch. 158)

Unos ladrones que habían entrado en una casa, no encontraron otra cosa que un gallo, lo cogieron y se marcharon. Éste, cuando estaba a punto de ser sacrificado, les pidió que lo libraran, alegando que era útil a los hombres porque de noche los despertaba para ir al trabajo. Los ladrones, respondiendo, dijeron: «Pues precisamente por esto te sacrificamos, porque al despertar a los demás nos impides robar.»

La fábula muestra que lo que más contraría a los malos es lo que beneficia a los honrados.

123. El grajo y los cuervos (Hsr. 125, Ch. 161)

Un grajo que aventajaba a los demás grajos en tamaño, lleno de desprecio por los de su raza, se marchó con los cuervos y les pidió que le dejaran compartir su vida con ellos, pero los cuervos, que desconocían su forma y su voz, lo echaron a golpes. Y éste, rechazado por ellos, marchó de nuevo con los grajos que, indignados por su ofensa, no quisieron admitirlo. Y así ocurrió que fue excluido de ambas comunidades.

Igual pasa con los hombres que abandonando su patria prefieren otra tierra, en ésta son mal considerados por ser extranjeros y son rechazados por sus compatriotas por haberlos despreciado.

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