Kitabı oku: «La disputa por el poder global»

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LA DISPUTA POR EL PODER GLOBAL

ESTEBAN ACTIS - NICOLÁS CREUS

LA DISPUTA POR EL PODER GLOBAL

China contra Estados Unidos en la crisis de la pandemia

Capital Intelectual

Índice

Portada

Portadilla

Legales

Prefacio

Prólogo

Introducción

Capítulo I: El COVID-19 y los acontecimientos con impacto sistémico

Mirar al mundo: ayer, hoy, siempre

Breves notas sobre Argentina

Los acontecimientos con impacto sistémico

Las nuevas amenazas

Un terremoto a escala planetaria

El cierre del mundo

Las respuestas y los escombros

La incertidumbre y los cisnes negros

¿La pandemia del COVID-19 es un cisne negro?

Lo que sabemos que no sabemos y los cisnes verdes

Capítulo II: Las “fuerzas profundas”: el COVID-19 y los desequilibrios globales

Crecimiento anémico y productividad estancada

El agotamiento de las políticas monetarias

El estímulo interminable y las limitaciones fiscales

La deuda global y el peligro de una crisis generalizada

Proteccionismo y contracción del comercio internacional

Las cadenas globales de valor: reshoring y robotización

Big data y la cuarta Revolución Industrial

La distribución de la riqueza y los desafíos de la desigualdad

La emergencia del conservadurismo popular

La crisis latente y el fin de la complacencia

Capítulo III: La pandemia y la crisis del liderazgo global

Notas sobre el poder en las relaciones internacionales

La retracción de Estados Unidos

La debilidad de la Unión Europea y la indefinición de Alemania

Rusia, un gigante con pies de barro

Brasil e India: autonomía en jaque

China: entre el poder, las limitaciones y los desafíos

La crisis del orden liberal: entre el mundo del G0 y del G2

Capítulo IV: Estados Unidos-China y la disputa por el poder global

¿Hacia una nueva Guerra Fría?

Bipolarismo entrópico

Las fuentes de la disputa chino-estadounidense

La interdependencia negativa

La Cortina de Gigabytes

El límite de la confrontación: el dólar y el “privilegio exorbitante”

El COVID-19 y la disputa por las narrativas

América Latina en la bipolaridad emergente

El riesgo de la Trampa de Tucídides

Reflexiones finales


Actis, Esteban La disputa por el poder global : China contra Estados Unidos en la crisis de la pandemia / Esteban Actis ; Nicolás Creus ; coordinación general de Creusa Muñoz. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Capital Intelectual, 2021. Libro digital, EPUB - (Claves del siglo XXI) Archivo Digital: onlineISBN 978-987-614-629-6 1. Política Internacional. I. Creus, Nicolás. II. Muñoz, Creusa, coord. III. Título. CDD 327.16

© de la presente edición, Capital Intelectual S.A., 2020.

Director: José Natanson.

Coordinadora de la Colección de libros de Capital Intelectual: Creusa Muñoz.

Diseño de tapa: Emmanuel Prado.

Diagramación: Daniela Coduto.

Corrección: Brenda G. Decurnex.

Comercialización y producción: Esteban Zabaljauregui.

© Capital Intelectual, 2020.

Paraguay 1535 (C1061ABC), Ciudad de Buenos Aires, Argentina.

Teléfono: (54-11) 4872-1300

www.editorialcapitalintelectual.com.ar

Pedidos en Argentina: pedidos@capin.com.ar

ISBN 978-987-614-629-6

Primera edición en formato digital: abril de 2021

Versión: 1.0

Digitalización: Proyecto 451

Hecho el depósito que ordena la Ley 11.723

Todos los derechos reservados.

Prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento sin el permiso escrito de la editorial.

Prefacio

La presente obra tiene como propósito pensar el mundo desde el fin de mundo, pero a diferencia de Karl Marx, no con el objeto de transformarlo sino simplemente para poder surfearlo. Las placas tectónicas en el escenario internacional se están moviendo de manera brusca y acelerada, generando un oleaje que sacude fuertemente a todos y a cada uno de los actores que cohabitan en él. Quienes mejor logren surfear las amenazantes olas no serán solo quienes tengan las mejores tablas –recursos tangibles de poder– sino también –y sobre todo– quienes logren interpretar hacia dónde se mueve la marea.

Lógicamente, en estas lejanas y periféricas latitudes, las limitaciones materiales tornan imperioso comprender las vertiginosas dinámicas del sistema internacional para al menos lograr mantenerse a flote. La fuerte interconexión global que caracteriza al mundo actual hace que para cualquier Estado resulte imposible abstraerse de lo que ocurre en el plano internacional. La pandemia del COVID-19 puso de manifiesto esta realidad de la manera más cruda. En este sentido, es indispensable abandonar las visiones parroquiales que caracterizan el debate público –y privado– en nuestro país. Tanto para los Estados como para las empresas y los individuos, es preciso mirar al mundo y pensar desde una perspectiva global. Si el presente libro contribuye a que se incline la cabeza y se logre observar más allá de las fronteras nacionales para entender y resolver los problemas que nos aquejan, como autores nos sentiremos enormemente satisfechos y realizados.

El mundo actual es un mundo en crisis, interpelado por una coyuntura enormemente desafiante, signada por un brote pandémico con efectos de dimensiones inéditas y desconocidas, en el marco de un proceso estructural de disputa por el poder global entre las principales potencias del sistema, EE. UU. y China, con todo lo que esto implica.

Por esta razón, consideramos importante y valioso escribir un libro sobre la configuración en curso del nuevo orden internacional, desde una perspectiva propia de las relaciones internacionales, pero con un claro enfoque interdisciplinar –indispensable para hacer inteligible los complejos procesos que hoy tienen lugar en el mundo– y dirigido a un público general. Este enfoque es el resultado de un largo proceso de investigación y estudio sobre los distintos temas que se abordan e interminables intercambios entre los autores, muchos de los cuales fueron socializados en los últimos años a través de una serie de artículos académicos y periodísticos, publicados en diversos espacios, tanto en Argentina como en el exterior. Las páginas que siguen son el intento de integrar esas ideas en un texto afable, accesible y no solemne, aunque no por esto menos riguroso. Procuramos mantener la misma calidad analítica, empírica y conceptual de los trabajos y estudios previos que respaldan la presente obra.

Vale destacar, asimismo, que este libro se escribió al calor de los acontecimientos. El desafío intelectual ha sido mayúsculo, y en muchos pasajes apabullante, interpelados por una coyuntura dinámica y cambiante, que intentamos reflejar pero al mismo tiempo procuramos matizar mediante el análisis de los aspectos estructurales. Meses de lectura, reflexión, discusión entre los autores (plataforma de Zoom mediante) y de intensa escritura, todo en un contexto de abrupta transformación de nuestras vidas cotidianas.

Antes de adentrarnos en esta apasionante “vuelta al mundo”, queremos agradecer a la Universidad Pública, de la cual ambos autores somos producto, a la cual defendemos y de la cual hoy orgullosos formamos parte. Agradecemos a la Universidad Nacional de Rosario y a nuestra casa académica, la Facultad de Ciencia Política y Relaciones Internacionales, así como también a nuestros colegas y amigos que con sus comentarios y críticas nos ayudaron a mejorar. Por último, a José Natanson y a la Editorial Capital Intelectual por apostar a un ensayo que pretende pensar el complejo y desafiante mundo en el que vivimos.

Rosario, agosto 2020

Prólogo

En mayo de 2012, Gladys Lechini me invitó a dar un curso sobre regionalismo y política exterior en el doctorado que ella dirigía en la Universidad Nacional de Rosario. Cargué mis filminas y allá fui. Pasé una semana excepcional enseñando en La Siberia, como llaman al campus frío y lejano de la Facultad de Ciencia Política y Relaciones Internacionales. Me acuerdo de cada lugar donde comí y de todos los amigos que encontré, pero recuerdo más que nada a los alumnos: eran una docena de jóvenes brillantes, uno de los cursos más inteligentes que tuve el privilegio de torturar. Esteban fue uno de esos alumnos, Nicolás zafó por poco. Mantuve contacto con buena parte de ellos, que hoy se destacan en la profesión como entonces lo hacían en el aula. Y, ahora como entonces, me hacen trabajar. Por momentos los odio.

A veces, los académicos se encierran en su torre de marfil: saben cosas, pero no saben –o no les interesa– contarlas. Otras veces, presenciamos en el debate público a gente que no sabe pero igual cuenta. En la Antigua Roma los llamaban chantas. Este libro consigue el equilibrio perfecto: sabe y cuenta, y por sobre todo no aburre. Porque esa, que Martín Fierro ignoraba, es la ley primera: no importa cuánto sabemos o cuánto contamos si el que escucha se durmió.

Hay tres maneras de abordar tanto la investigación como la divulgación científica. La primera se enfoca en la teoría o el método: tengo una sola herramienta y la uso con todo lo que se mueve, y también si se queda quieto. La segunda se enfoca en el caso: tengo una obsesión y la persigo aumentando el arsenal de herramientas en desmedro de la posibilidad de generalizar y comparar. La tercera se enfoca en un problema: quiero saber por qué algo no funcionó cómo se esperaba, y recurro a todas las herramientas y todo el conocimiento disponible para averiguarlo. Esteban y Nicolás se alinean en este último grupo: son teóricamente pluralistas y metodológicamente eclécticos, y nada de lo humano les es ajeno. ¿Por qué el mundo está en crisis? ¿En qué se parece esta crisis a las anteriores y en qué se diferencia? ¿Y qué factores pueden impulsar a la política internacional en cuáles trayectorias? El lector que busque ratificar prejuicios se desilusionará. Este libro abraza la complejidad del mundo y procura entenderla, no esconderla.

Los autores no caen en la grieta: a pesar de conocerlos personalmente, y después de leer su obra, no sé a quién votan. Ellos no confunden análisis con deseos, el gran problema de quienes buscan cambiar el mundo antes de comprenderlo. Tejen sus argumentos con datos y con conceptos ajustando el análisis a la realidad –y no al revés–.

Hay cuatro formas en que un académico puede intervenir en el debate público: como intelectual orgánico, como intelectual público, como analista político y como divulgador científico. El intelectual orgánico defiende a un partido; es un militante instruido. El intelectual público defiende causas variadas; suele saber mucho sobre un tema y pontificar sobre otros. El analista político torna inteligible la realidad; aplica categorías y conceptos de las ciencias sociales a los procesos políticos. El divulgador científico torna inteligible la ciencia; presenta investigaciones y descubrimientos académicos de forma comprensible para el lego. Los autores de este libro cumplen eficazmente los dos últimos roles, y dejan el papel de intelectual orgánico e intelectual público para quienes no entienden de ciencia o de política.

Desde hace tiempo hay quienes postulan, medio en broma y medio en serio, a Rosario como la Capital Argentina de las Relaciones Internacionales. Ya su Concejo Municipal la había declarado, en 2018, Cuna del Rock Argentino, como si no les bastase con haber sido la cuna de Roberto Fontanarrosa. No es recomendable seguir alimentando ese ego, so riesgo de que parezcan porteños. Y sin embargo, libros como este justifican el apodo.

Andrés Malamud

Lisboa, agosto 2020

A Georgina, mi compañera de vida. Por su infinito amor

y paciencia en los difíciles tiempos de cuarentena. A mi

hija Agustina, por iluminar cada momento. Sin ellas,

estas páginas no hubiesen sido posibles.

Esteban Actis

A las mujeres de mi vida: mi abuela María Luisa

–quien ya no está–, mi mamá Ana, mi tía Mónica

y mi compañera de vida, Natalí. Porque todo

lo bueno que ocurre en algún punto siempre es gracias

a ellas y al amor que me brindan.

Nicolás Creus

Introducción

Hace mucho tiempo, en mi juventud, yo tenía el descaro de creerme capaz de pronunciarme sobre el “sentido de la historia”. Ahora sé que el sentido de la historia es algo que debemos descubrir, no proclamar.

Henry Kissinger

Tiempo, geografía y áreas temáticas. Pocas veces en la historia contemporánea un acontecimiento generó tanto impacto en tantas dimensiones como la pandemia del COVID-19. En cuestión de meses y en una escala planetaria, los principales aspectos de la vida humana se vieron trastocados. El trabajo, el ocio, el consumo, la educación, la política, los negocios, el cuidado de la salud y las relaciones sociales en general fueron reformulados en pos de adaptarse a una estremecedora e impactante “nueva normalidad”.

Un aspecto que evidencia con claridad el carácter altamente disruptivo del COVID-19 es la reiteración de la frase “por primera vez en la historia”. Nunca antes ocurrió que millones de personas fueran obligadas a permanecer en cuarentena en sus hogares al tiempo que más de mil millones de estudiantes de todos los niveles educativos en todo el mundo se vieron imposibilitados de asistir físicamente a sus clases. Por primera vez 85.000 museos en todo el mundo tuvieron que cerrar de manera simultánea sus puertas. El espacio de Schengen –acuerdo que constituye todo un símbolo de la integración europea, por medio del cual varios países del continente suprimieron los controles entre sí de las fronteras interiores– se cerró por primera vez desde su creación, mientras que en la Ciudad del Vaticano, en una imagen inédita, el Papa celebró la misa de Pascua sin fieles, frente a la Plaza de San Pedro vacía.

En la dimensión económica los ejemplos abundan. Las minas de plata de Potosí paralizaron su producción luego de cinco siglos de actividad sin interrupciones y el precio del petróleo registró un peculiar récord al cotizar por primera vez en valores negativos en su variedad WTI. Por su parte, la Reserva Federal de los EE. UU. (FED) llevó adelante una política de estímulo sin precedentes que hace lucir pequeña a la desplegada durante la crisis financiera internacional de 2008, hasta ese entonces la mayor de la historia. La deuda global en relación al PIB se amplió de manera significativa en el contexto de la pandemia marcando un nuevo máximo histórico, del mismo modo que lo hicieron los déficits fiscales en la mayoría de los mercados emergentes. Igual de fuerte e histórica –tanto en volumen como en velocidad– fue la salida de fondos registrada en estos últimos, en busca de un refugio seguro ante tanta incertidumbre a nivel global. Más impresionante aún fue la caída en las principales plazas bursátiles, con el índice Standard & Poor’s 500 –uno de los más importantes y representativos de EE. UU.– registrando la mayor pérdida de valor en el menor lapso de tiempo, en términos comparativos con anteriores caídas a lo largo de la historia.

En este marco, no caben dudas de que estamos siendo testigos de lo que los internacionalistas llamamos un “acontecimiento con impacto sistémico”. La afectación no se reduce a un conjunto de actores, interacciones y agendas, sino que, por el contrario, condiciona el comportamiento de todas y cada una de las unidades del sistema e impacta en todas sus dimensiones (político-diplomática, económico-financiera, comercial y estratégico-militar). La literatura anglosajona denomina game changer a este tipo de eventos por sus efectos disruptivos.

Por todo lo referido, resulta evidente que más allá de los desafíos que la pandemia supone para la ciencia biológica y la medicina, vinculados con el desarrollo de vacunas y tratamientos que logren controlar los efectos del COVID-19, constituye además un gran desafío para las ciencias sociales en general y para las relaciones internacionales en particular. Para agregar complejidad al asunto, la pandemia se combina y retroalimenta con un proceso incluso más desafiante que la antecede y atraviesa, a saber: la disputa por el poder global, con Estados Unidos y China como principales protagonistas. El alcance y la magnitud del impacto de estos procesos, sumado al carácter multidimensional de sus efectos, conducen indefectiblemente a la gran pregunta que atraviesa todo el debate: ¿la pandemia del COVID-19 cambiará el mundo? Si usted lector espera encontrar en estas páginas una respuesta taxativa y unívoca para este interrogante, lamentamos decepcionarlo y sentimos la obligación de anticiparle que eso no ocurrirá, al menos no de ese modo. Como dice el popular dicho, “es muy difícil hacer pronósticos, sobre todo cuando se trata del futuro”.

No obstante, a lo largo de este ensayo se identificarán las “fuerzas profundas” de la política internacional, es decir, aquellas tendencias –previas a la pandemia– que ejercen presión sobre el orden actual, así como también las principales variables que condicionan su intensidad, su dirección y su velocidad y de las cuales depende en consecuencia la configuración de los posibles escenarios futuros. Si bien resulta complejo determinar cómo será el mundo posterior a la pandemia, podemos intentar anticipar sus características según la forma que adquiera la coevolución de las principales variables que explican y condicionan la dinámica internacional. En otras palabras, para simplificar, no podemos saber cuál será exactamente el estado del clima en un día determinado con un año de anticipación, pero sí sabemos que si la temperatura atmosférica es muy baja y la humedad es elevada, de seguro caerá nieve. También sabemos que en determinadas áreas geográficas es muy poco probable que las variables en cuestión se comporten de la manera referida.

El COVID-19 agrega una elevada dosis de complejidad a un mundo de por sí nada sencillo. Retomando la analogía climatológica, el COVID-19 alteró las estaciones del año y evidenció con claridad uno de los rasgos centrales de nuestro tiempo: la incertidumbre. Lo inimaginable ocurre con mayor frecuencia de lo que uno cree. En este sentido, escribir sobre la coyuntura plantea enormes desafíos y el éxito depende de lograr tamizar correctamente lo superficial de lo estructural. Somos plenamente conscientes de esta dificultad y asumimos los riesgos. También tenemos la profunda convicción de que estudiar el mundo anterior a la pandemia ya no será una tarea de los internacionalistas sino más bien de los historiadores.

El libro se propone sistematizar el debate disciplinar en el campo de las relaciones internacionales en relación a los impactos de la pandemia del COVID-19 en la disputa por el poder global y la configuración de un nuevo orden. Se espera poder mostrarle al lector qué se discute y desde qué perspectiva, de dónde viene y hacia dónde se dirige el mundo, así como también qué aspectos podrían alterar el rumbo o bien acelerarlo. Se plantean tantos interrogantes como respuestas posibles y, en pos de no abrumar al lector, aquí procuramos ordenarlos con un sentido lógico y explicativo que se cristalizará a medida que se avance en la lectura: ¿Qué diferencias tiene este acontecimiento de impacto sistémico con otros ocurridos en el pasado? ¿Es posible calificar al COVID-19 como un cisne negro? ¿El mundo atraviesa una crisis como consecuencia del coronavirus o este actuó más bien como catalizador de riesgos globales preexistentes? ¿Cuál es el impacto sobre la gobernanza global y sobre el llamado “orden internacional liberal” y sus instituciones? ¿Estamos frente al final de la globalización? ¿Hay una crisis de liderazgo global? ¿Marcará el COVID-19 la declinación de EE. UU. y la emergencia definitiva de un mundo liderado por China o será este, por el contrario –y como muchos sostienen–, un “nuevo siglo americano”? ¿Cuál es el lugar de los países emergentes en esta crisis? ¿Qué implicancia tiene la disputa por el poder global entre EE. UU. y China y por qué la evolución de este vínculo es central para entender la configuración del mundo pospandemia? En los capítulos subsiguientes se buscará articular respuestas para todos y cada uno de los interrogantes listados en pos de despejar algo de la incertidumbre que reina sobre el mundo que viene.

El presente ensayo se estructura en torno a cuatro supuestos de partida que dan forma y articulan el debate en cada uno de los cuatro capítulos que componen el libro. En primer lugar, y como adelantamos, estamos siendo testigos de un acontecimiento con impacto sistémico –el tercero en lo que va del siglo–, el cual de ninguna manera puede ser catalogado como un cisne negro.

En segundo lugar, la crisis global producto de la pandemia del COVID-19 dejó al desnudo y agudizó los fuertes desequilibrios y riesgos globales que se vienen gestando desde hace décadas, al tiempo que expuso la incapacidad del mundo para gestionarlos y mantenerlos a raya, lo que provocó a su vez una aceleración de las tendencias preexistentes.

En tercer lugar, se reconoce la existencia de una crisis de liderazgo global que condiciona fuertemente el éxito de la cooperación internacional, así como también la provisión de bienes públicos globales, ambos aspectos centrales para garantizar la estabilidad en cualquier orden internacional y asegurar un manejo ordenado de las tendencias disruptivas que eventualmente puedan emerger.

Por último, se sostiene que la coevolución del vínculo entre EE. UU. y China es clave en este sentido y resulta determinante en la configuración de los escenarios futuros. De la dinámica del vínculo bilateral dependerá en buena medida el grado de control, la dirección y la velocidad de las tendencias que hoy irrumpen y ejercen presión sobre el orden internacional.

Son muchos los interrogantes. Son múltiples los debates y las reflexiones impulsadas por el temblor que ha provocado la pandemia. Son muchos los escenarios posibles. Cualquier atajo lleva inexorablemente al encierro del pensamiento. Sobre algo no hay dudas: son tiempos históricos interesantes los que corren. Desafiantes para vivirlos, apasionantes para intentar descubrirlos en su sentido.

Capítulo I
El COVID-19 y los acontecimientos con impacto sistémico

Los shocks globales han sido en su momento groseramente subestimados por sus efectos de largo plazo. La caída del Muro de Berlín en 1989 determinó el momento unipolar de los EE. UU. Los ataques del 11S condicionaron 20 años de intervenciones estadounidenses en Medio Oriente y el colapso financiero del 2008 ayudó a la revuelta populista de Trump y el Brexit.

Paul Gillespie

Transcurren los primeros días del año 2020. En una oficina de Buenos Aires, el ministro de Economía de Argentina planifica una oferta de reestructuración de la deuda externa, clave para el devenir económico del país sudamericano. Cruzando el charco, en Madrid, Pedro Sánchez repasa en su casa el discurso de investidura que dará en el Congreso de los Diputados, donde piensa plasmar la hoja de ruta del futuro gobierno de España. En Nueva York, el magnate Warren Buffett, considerado uno de los más grandes inversores de la historia, decide aumentar agresivamente el capital de su fondo de inversión Berkshire Hathaway en distintas aerolíneas. Con menor exposición pública, pero seguramente no sin menos presiones, el CEO de la filial de una importante multinacional en San Pablo ultima los detalles de su plan anual de ventas e inversiones, casi listo para ser reportado a la casa matriz. Mientras todo esto ocurre, en el Aeropuerto Internacional de Wuhan-Tianhe –China– decenas de personas se ajustan sus cinturones para emprender sus respectivos viajes rumbo a destinos de lo más diversos, desde Nueva York, París o San Francisco hasta Roma, Tokio o Seúl. Muchos de los pasajeros no saben que con ellos viaja un nuevo y peligroso pasajero, se trata de un virus que afectará el curso de la historia. Guzmán, Sánchez, Buffett, así como miles de directores ejecutivos de empresas en todo el mundo, no imaginaron ni remotamente la tormenta que se avecinaba.

Mirar al mundo: ayer, hoy, siempre

La pandemia del COVID-19 evidenció a gran escala cómo los acontecimientos externos pueden en muy poco tiempo trastocar los planes de cualquier actor –estatal y no estatal–. La globalización acentúa este fenómeno al acotar tiempos y espacios. Todos los días decisiones y acciones que se toman más allá de las fronteras afectan los intereses particulares de actores que se encuentra a cientos o miles de kilómetros de distancia. Un rasgo distintivo del mundo actual es su carácter interméstico, entendido este concepto como la imposibilidad de separar lo doméstico de lo internacional. Los ejemplos van desde aspectos pequeños y cotidianos hasta aquellos dede carácter macro y estructurales.

Una pyme puede verse afectada temporalmente por la caída de la demanda de su principal comprador externo. Esto les sucedió a muchas firmas argentinas con la brutal recesión brasileña (casi un 8% de contracción del PIB) ocurrida entre 2015 y 2016. Por su parte, una región entera, como América Latina, puede verse golpeada por una brusca caída en los precios internacionales de las materias primas, tal como viene sucediendo desde 2013. Empresarios y funcionarios poco pueden hacer para revertir esa dinámica externa que les es totalmente ajena e impuesta, pero mucho pueden hacer para anticiparse, cubrirse y amortiguar el impacto de los eventos externos disruptivos, cada vez más frecuentes en un mundo que se ha tornado altamente volátil en las últimas décadas.

Sin importar la magnitud de lo que los internacionalistas denominamos variable sistémica, es dable señalar la importancia de contar, en particular en el caso de quienes tienen que tomar decisiones, con buenas lecturas de lo que pasa en el mundo. La fuerte interconexión global que caracteriza al mundo actual, hace que para cualquier actor resulte imposible abstraerse de lo que ocurre en el plano internacional. Las políticas y estrategias desplegadas por los distintos jugadores globales –sean estos estatales o no estatales– constituyen un input insoslayable para cualquier decisor.

Esta premisa se torna aún más relevante para los Estados periféricos y en desarrollo, puesto que su vulnerabilidad a los condicionantes externos es sustancialmente mayor que la de aquellos actores que disponen de un mayor poder relativo, al tiempo que su capacidad para influir sobre el curso de los acontecimientos que ocurren más allá de sus fronteras es escasa o más bien nula.

En este punto es necesario resaltar las nociones de sensibilidad y vulnerabilidad de Keohane y Nye (1). La sensibilidad refiere al grado de afectación de un actor frente a un acontecimiento externo, mientras que la vulnerabilidad involucra la capacidad de respuesta de un actor para superar, sobrellevar o adaptarse al impacto de un evento externo. De este modo, un actor es vulnerable cuando su capacidad de respuesta es limitada y continúa experimentando costos derivados del contexto externo incluso aún después de haber modificado sus políticas, mientras que es sensible –mas no vulnerable– cuando sufre por un hecho externo, pero logra revertir o amortiguar sus efectos mediante el ajuste de sus políticas. La diferencia entre experimentar una y otra situación depende principalmente de los recursos de poder con los que se cuente y la capacidad para movilizarlos. Un aspecto resulta indiscutible: sin poder y sin lecturas correctas sobre lo que acontece en el mundo no hay ningún actor que pueda escapar a la trampa de la vulnerabilidad.

La necesidad de mirar al mundo puede ser bien explicada y largamente justificada a partir del enfoque metodológico que propone uno de los mayores exponentes de las relaciones internacionales: Kenneth Waltz (2). Sobre él y su obra volveremos casi al finalizar el libro. El prestigioso académico norteamericano procuró identificar y determinar dónde residen las causas de la guerra y la paz. A su entender, las respuestas pueden ser ordenadas bajo los siguientes encabezamientos: dentro del hombre, dentro de la estructura de los Estados, dentro del sistema internacional. Estas tres variables son referidas por el autor como imágenes de las relaciones internacionales y enumeradas en el orden presentado.

De este modo, a partir de la distinción y el análisis de las tres imágenes en cuestión, Waltz no hace otra cosa que identificar los factores internos (primera y segunda imagen) y externos (tercera imagen) que condicionan el comportamiento de los Estados y permiten explicar el porqué de sus acciones en el plano internacional. El autor advierte que el peso de cada una de las imágenes como variable explicativa del comportamiento externo de un Estado depende de diferentes factores y circunstancias, al tiempo que destaca que ninguna imagen por sí sola resulta suficiente y adecuada. En tal sentido, es conveniente evitar que se produzcan desbalances en detrimento de alguna de las imágenes, puesto que –tal como señala Waltz– la mayor importancia atribuida a alguna de ellas frecuentemente distorsiona la comprensión de las otras dos. Esta observación resulta válida tanto para el analista como para los propios decisores políticos.

Breves notas sobre Argentina

Argentina constituye un claro ejemplo acerca de la importancia de mirar al mundo y de prestar mayor atención a lo que ocurre en la tercera imagen en términos de Waltz. Una de las cuentas pendientes de nuestro país –como de tantos otros– es justamente mirar el escenario internacional y pensarse desde una perspectiva global y no parroquial. Este déficit no solo se observa en el sector público nacional y subnacional, sino también en el sector privado (3). Esta necesidad no implica ni subestimar las particularidades endógenas ni extrapolar de manera acrítica modelos exógenos. Es común escuchar que el país debe adoptar el modelo chileno, australiano, israelí o coreano para dejar atrás años de frustraciones en materia de desarrollo. Lo paradójico de dicho razonamiento es que al mismo tiempo que se reconoce la condición de rara avis de la Argentina se piensa que un conjunto de políticas aplicadas en otras latitudes pueden funcionar, como si se tratara de simples fusibles intercambiables. Los meses de pandemia han sido ejemplificadores en esta cuestión. Las experiencias de Suecia, Nueva Zelanda o Corea del Sur fueron resaltadas una y otra vez en el debate público en relación con las políticas que debían implementarse.

Hecha esta salvedad, el punto a destacar es que la realidad nacional suele ser abordada por analistas y periodistas –e incluso por la propia clase política y empresarial– desde las imágenes primera y segunda marginando o subestimando a la tercera. Un ejemplo emblemático de la carencia señalada fueron las lecturas que se hicieron de la Cumbre del G20 celebrada en Buenos Aires durante los primeros días de diciembre de 2018. La decisión de Washington de utilizar al G20 como un espacio más para dirimir la disputa con China eclipsó la dinámica del foro, como así también la agenda que tenía en mente la administración argentina como país anfitrión. Si bien para muchos esta dinámica fue sorpresiva, lo cierto es que la Cumbre de Hamburgo –realizada el año anterior– había marcado un antecedente en este sentido y representó una clara muestra de que la coevolución del vínculo entre EE. UU. y China era el nuevo eje ordenador de las relaciones internacionales.

La ventaja de contar con buenas lecturas sobre las relaciones internacionales permite dejar atrás visiones maniqueas y absolutistas. “La globalización es buena y hay que ser parte de ella”, se escucha desde los sectores liberales. “La globalización es mala y lo mejor es vivir con lo nuestro”, se escucha desde la izquierda. Gran parte del debate parece anclarse en un pensamiento guiado por el deseo, en el que se busca forzar evidencia en pos de aumentar el “sesgo de confirmación”(4).

Como analizaremos en el capítulo III, las relaciones internacionales son ante todo relaciones de poder. Diversos actores –en muchas ocasiones con intereses diferentes– buscan promover y alcanzar sus objetivos en la arena internacional. De este modo, la globalización no constituye un proceso necesariamente neutro, sino que es más bien un reflejo de las referidas relaciones de poder. En tal sentido, la clave no pasa ni por el abrazo acrítico ni por el rechazo liso y llano. Por el contrario, la clave radica en la comprensión del orden internacional y de las relaciones de poder imperantes para maximizar las oportunidades que ofrece el mundo y minimizar sus amenazas, las cuales son siempre cambiantes y dinámicas. Las (malas) percepciones de los distintos gobiernos argentinos en el último tiempo sobre la denominada “globalización financiera” resultan un buen ejemplo para graficar este punto.

Con la crisis financiera del 2008, cuyo epicentro tuvo la particularidad de estar localizado en EE. UU. y Europa, la –en ese entonces– presidenta de Argentina, Cristina Fernández de Kirchner, se refirió al crack económico como efecto jazz (5). La lectura en el círculo íntimo de la Casa Rosada era que el mundo iba a hacia una mayor regulación de los flujos de capitales, así como también hacia un mayor control sobre las actividades de los denominados fondos buitres. Se esperaban cambios sustanciales en la dinámica de la globalización financiera y, en línea con ello, se reforzaron las críticas y los cuestionamientos hacia el funcionamiento del sistema financiero internacional. A modo de ejemplo, en 2011 en el marco de la reunión del G20 en Cannes (Francia), la mandataria habló de la existencia de un “anarcocapitalismo financiero”, en alusión a la falta de regulaciones.

La Argentina claramente sobreestimó el impacto de la crisis sobre la dinámica de la globalización financiera y, en consecuencia, sobre su posición negociadora de cara a la normalización de su vínculo con el sistema financiero internacional. Vale recordar que en aquellos años Argentina se encontraba marginada del mercado internacional de capitales con una serie significativa de cuestiones pendientes por resolver de su default del año 2001, a saber: resolución de la deuda con los holdouts, regularización de la deuda con el Club de París, solución de las demandas cursadas contra el país en el marco del Centro Internacional para Arreglo de Diferencias relativas a Inversiones (CIADI) y la normalización de su vínculo con el FMI. En ninguno de los puntos Argentina vio su posición fortalecida. Por el contrario, sus márgenes de maniobra se acotaron cada vez más en la medida en que el contexto internacional se fue tornando más restrictivo para el país frente al evidente agotamiento del denominado “superciclo de los commodities”.

Por su parte, el gobierno de Mauricio Macri marcó el regreso de Argentina al mercado internacional de capitales. Durante 2016 y 2017, el gobierno argentino aprovechó un contexto internacional ciertamente favorable para la colocación de deuda a tasas relativamente bajas en términos históricos. Sin embargo, como suele ocurrir, subestimó los riesgos derivados de un cambio en las condiciones favorables, en tanto no se tomaron las medidas ni los recaudos necesarios para reducir el impacto de eventuales shocks externos al tiempo que tampoco se avanzó de manera decidida en la corrección de los desequilibrios domésticos (6).

Hacia finales de 2017, existía suficiente evidencia que indicaba que el contexto favorable no duraría eternamente. Los riesgos globales estaban latentes, y la política de normalización monetaria de la FED y las tensiones geopolíticas presagiaban un clima internacional más complejo y restrictivo. La mayor rigidez en las relaciones entre EE. UU. y China aumentó la aversión al riesgo y empujó a los inversores hacia una mayor selectividad en 2018. Este nuevo escenario encontró a la Argentina desarmada, la confianza se disipó y los desequilibrios internos ya no eran tolerados del mismo modo por los actores del mercado. Una vez más, el país volvió a sufrir –ahora de manera casi aislada entre los mercados emergentes (junto con Turquía)– un fuerte episodio de reversión del flujo de capitales.

La nueva crisis económica y financiera que atraviesa el mundo como consecuencia de desequilibrios previos, agudizados por la pandemia del COVID-19, abre nuevamente un sinfín de interrogantes sobre hacia dónde se dirigen las relaciones económicas internacionales y el proceso de globalización. La historia, en esta oportunidad, aún está por escribirse. Comprender la dinámica internacional será clave para definir un modelo de inserción asertivo. Esto aplica más allá del caso argentino e incluso más allá de los actores estatales.

Los acontecimientos con impacto sistémico

Cuando un evento o acontecimiento afecta los intereses, comportamientos y expectativas de todos y cada uno de los actores que cohabitan en el escenario internacional –Estados, empresas, organizaciones gubernamentales y no gubernamentales, entre otros– podemos argumentar sin temor a equivocarnos que estamos en presencia de un acontecimiento con impacto sistémico en las relaciones internacionales. En el siglo XX podemos identificar ejemplos como la Primera Guerra Mundial, el crack financiero de 1929, la Segunda Guerra Mundial, el shock petrolero de 1973 y la caída del Muro de Berlín.

Cada uno de estos episodios alteró el funcionamiento y la dinámica del orden internacional. Como bien señala Henry Kissinger (7), todo orden está basado en dos componentes centrales: un conjunto de reglas comúnmente aceptadas que definen los límites de acción permisible y un equilibrio de poder que lleva a cabo la restricción cuando las reglas se rompen. En otras palabras, todo orden internacional se sustenta sobre una naturaleza de acuerdos (legitimidad) y una particular distribución del poder.

Los acontecimientos sistémicos justamente impactan de lleno en el poder y la legitimidad del orden. Esta afirmación no implica sostener que se trate necesariamente de puntos de inflexión o que marquen un parteaguas hacia un mundo totalmente distinto, sino que interpelan al orden vigente en aspectos fundantes y basales. Si se observan los eventos citados con una perspectiva histórica se podrá percibir que todos ellos generaron impactos en las dos dimensiones referidas. La magnitud de los ajustes y cambios en la actual crisis dependerá de la gestión que puedan lograr los diferentes actores.

La Gran Guerra (1914-1918) y la posterior humillación a Alemania fueron el germen del nacimiento del nazismo. La Gran Depresión del 29 condujo a la crisis del liberalismo –político y económico–. La Segunda Guerra Mundial configuró un escenario de bipolaridad y dio origen a la denominada Guerra Fría entre los EE. UU. y la Unión Soviética. La crisis petrolera de los años setenta mostró la sensibilidad de la potencia hegemónica, trastocó el mapa energético mundial e inauguró una prolongada recesión global. Por último, la implosión de la Unión Soviética no solo modificó el mapa europeo sino que además –y sobre todo– implicó la emergencia de un momento de excepcionalidad histórico en relación a la abrumadora asimetría de poder vigente entre la ahora única superpotencia del sistema –EE. UU.– y el resto (momento unipolar).

Ahora bien, aunque para un observador desprevenido pueda parecer que los acontecimientos con impacto sistémico siempre generaron cambios abruptos y bien marcados, lo cierto es que en realidad fueron más bien grandes dinamizadores de tendencias ya existentes y en curso. Por ejemplo, luego de la Primera Guerra Mundial, y de la famosa gripe española que produjo casi el doble de fallecidos que el conflicto, las tendencias observables fueron la profundización de un malestar social creciente, una marcada inclinación hacia el militarismo entre las grandes potencias europeas y el auge de las ideologías antiliberales (8).

El debate sobre el impacto de la pandemia del COVID-19 sobre las tendencias y desequilibrios preexistentes en el contexto internacional actual será abordado en el siguiente capítulo. Antes de meternos de lleno en dicho análisis, es menester señalar que la pandemia del coronavirus representa el tercer acontecimiento con impacto sistémico en lo poco que llevamos recorrido del siglo XXI. Los otros dos eventos que completan la lista fueron los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 en EE. UU. y la crisis financiera internacional iniciada formalmente con la quiebra del banco Lehman Brothers, declarada el 15 de septiembre de 2008, claro que sus efectos resultaron mucho más prolongados y se extendieron además a lo largo y a lo ancho de todo el globo.

Las nuevas amenazas

Los episodios señalados tienen al menos dos elementos en común. El primero de ellos, similar a casi todos los acontecimientos con impacto sistémico, es que golpearon fuertemente a la potencia hegemónica. Resulta poco probable la ocurrencia de una crisis sistémica sin algún tipo de afectación del poder global. En este sentido, es interesante analizar el caso de la denominada Primavera Árabe, un episodio ciertamente disruptivo para las relaciones internacionales, pero que no alcanzó per se a tener un impacto sistémico. Más aún, el origen de aquellas revueltas sociales bien puede encontrarse en la alteración del tablero geopolítico provocado en la región de Medio Oriente como consecuencia del intervencionismo estadounidense luego de los atentados de 2001. Observando la historia reciente, la Primavera Árabe parece ser más bien un subproducto indirecto de las respuestas del hegemón a un acontecimiento anterior con impacto sistémico, que sacudió su estructura y alteró su agenda de políticas.

El segundo elemento en común es en cambio una característica algo más novedosa, propia de la política internacional que siguió al final de la Guerra Fría. Los tres eventos fueron el resultado de la irrupción de las llamadas amenazas asimétricas (9). Los ataques a la estabilidad del orden en ninguno de los tres casos provinieron de un Estado con voluntad revisionista. No hubo ningún Pearl Harbor ni tampoco un síndrome de Vietnam. El terrorismo internacional, el sistema financiero y un agente patógeno –altamente contagioso y con significativos índices de mortalidad– sacudieron en diferentes momentos a la principal potencia mundial y pusieron patas arriba al resto de los actores del sistema. Las amenazas parecen haber cambiado y resulta difícil vincularlas directamente con estructuras estatales, todo lo cual redunda en mayor incertidumbre y complejidad.

A la hora de describir la agenda y la distribución del poder en la política internacional actual, el académico norteamericano Joseph Nye recurre a una analogía tremendamente gráfica y sugiere pensar en un ajedrez tridimensional, en el cual es posible jugar tanto horizontal como verticalmente, con un tablero militar, otro económico y, por último, un tablero transnacional. Es justamente en el tablero transnacional donde el poder se vuelve difuso, la agenda se torna difícil de aprehender para cualquier actor y los Estados tienen poco o casi nulo control sobre las dinámicas que se generan. En este tablero se incluyen aquellas amenazas que trascienden la lógica estatal tradicional, tales como el crimen organizado, el terrorismo, las amenazas a la seguridad cibernética, entre otras, al tiempo que se agregan nuevas como el cambio climático y las pandemias (10).

Durante las primeras décadas del siglo XXI es posible advertir una significativa ampliación del tablero transnacional, lo cual puso de manifiesto el carácter ciertamente entrópico del mundo actual, al tiempo que mostró su peor rostro en 2020 con la rápida propagación por todo el globo del novel COVID-19.

Ya en los años noventa, cuando afloraron los conflictos intraestatales (desintegración de Yugoslavia, disputa étnica en Ruanda, entre otros) y emergieron con fuerza las “nuevas amenazas” de carácter transnacional, muchos políticos y analistas reconocieron –y añoraron– el grado de certidumbre y previsibilidad que brindaba la denominada Cortina de Hierro durante el período de la Guerra Fría. Por aquel entonces, las dos potencias tenían un control relativo sobre las dimensiones externas, en tanto que las esferas de influencia de cada actor estaban perfectamente delimitadas. Poco quedaba fuera de ellas.

Las amenazas (el otro) estaban íntimamente vinculadas con un territorio, tenían una bandera y una conducción. En el nuevo mundo esa certidumbre se desvaneció. Ya para mediados de los noventa, el futuro armonioso de “civilidad cosmopolita multilateral” se presentaba como una quimera (11).

Asimismo, la proliferación nuclear entre las grandes potencias y la profundización de la interdependencia económica, alteraron la ecuación y dejaron en claro que en la actualidad, un conflicto estatal tradicional puede ser mucho más costoso de lo que podría haber resultado en el pasado, además de altamente peligroso. El final de la Guerra Fría no implicó la desaparición del conflicto y las tensiones entre los actores estatales, sino más bien una menor propensión al enfrentamiento bélico directo por las vías convencionales conocidas. En los últimos 20 años han ocurrido menos guerras y menos muertes en cada guerra si se lo mira desde una perspectiva comparada (12).

Un aspecto paradójico de la actual crisis global producto de la pandemia es que mientras en el interior de los EE. UU. se comenzaba a gestar un nuevo consenso en identificar a otro Estado (China) como la mayor amenaza a su primacía global, un virus con origen en ese país provocó una conmoción y un nivel de daño en todo el territorio estadounidense sin precedentes. Richard Haass argumenta que esta situación no es coyuntural y advierte correctamente que buena parte de los mayores desafíos y amenazas que enfrenta el mundo en general y EE. UU. en particular son de carácter transnacional y van más allá de China y de la lógica estatal (13). Como mostraremos en el capítulo IV, también es cierto que ninguna de las nuevas amenazas propias de un mundo entrópico pueden ser manejadas y controladas de manera efectiva sin el concurso de los actores estatales más poderosos, puntualmente EE. UU. y China.

Un terremoto a escala planetaria

Ahora bien, el actual evento sistémico tiene importantes diferencias con los episodios anteriores en relación con sus primeras e inmediatas consecuencias. La más importante de ellas es que los primeros efectos de la crisis del COVID-19 se han diseminado de manera rápida e inmediata por todo el planeta. Estamos presenciando una crisis mucho más global que las que la precedieron, tanto en las dimensiones sobre las cuales ha generado impacto como en su extensión. A los efectos gráficos, bien podemos caracterizar al COVID-19 como un terremoto a escala planetaria, puesto que de manera muy rápida, en un muy corto período de tiempo, generó un alto grado de destrucción cuyos efectos perdurarán a medio y largo plazo.

El 11 de septiembre del 2001 alteró rápidamente la vida en los EE. UU. y en Medio Oriente. En relación con la potencia, los atentados provocaron casi 3.000 muertes (fue el primer ataque en suelo norteamericano desde el bombardeo japonés a Pearl Harbor) al tiempo que generaron una elevada sensación de pánico y miedo en la población. Esta situación habilitó una serie de reformas internas cuestionadas por su avance sobre las libertades individuales (Patriot Act). En el mundo árabe/musulmán, los atentados también provocaron pánico, miedo e incertidumbre en la población: suponían que las muertes en suelo propio –tal como ocurrió– solo eran una cuestión de tiempo.

Naturalmente, la conmoción y la incertidumbre también tuvieron su impacto sobre las expectativas económicas globales: provocaron una desaceleración del crecimiento del PIB mundial –que pasó del 4,3% en el año 2000 a un 1,9% para el año 2001– además de impactar fuertemente en sectores específicos de la economía real como la industria del turismo y la aviación.

La crisis económica y financiera de 2008 alteró rápida y profundamente la vida en EE. UU. y Europa trastocando principalmente la dinámica en el mundo de las finanzas internacionales. El fuerte crecimiento de la desocupación y el problema crediticio (crisis de las hipotecas) se volvieron palpables de manera inmediata en el mundo desarrollado y provocaron un tsunami económico, político y social. Sin la espectacularidad mediática que tuvo el colapso del World Trade Center en Nueva York durante los atentados del 11S, el crack económico disparado en 2008 también se cobró innumerables víctimas humanas. Algunas investigaciones indican que 10.000 personas se quitaron la vida en Norteamérica y Europa entre 2008 y 2010 (14). En términos económicos, el impacto sistémico se expresó con una profunda recesión global (-1,8% del PIB para el año 2009). Sin embargo, una particularidad para destacar de aquella crisis fue la resiliencia mostrada por los mercados emergentes en general y por China en particular, cuyo crecimiento sirvió para contrabalancear la fuerte recesión que registraron las economías del G7.

Si la crisis del 2008-2009 fue una recesión, la actual crisis gatillada por la pandemia es una fuerte depresión. Desde una perspectiva histórica, el mundo atraviesa la cuarta mayor caída de la economía mundial de la era contemporánea. La más grave desde la Segunda Guerra Mundial.

Figura 1.1. Caída del PIB mundial per cápita (1876-2020)

En porcentaje


Fuente: Banco Mundial (2020, proyección).

En cuanto a la crisis del COVID-19, lo asombroso es que a diferencia de los eventos anteriores, la pandemia alteró en un tiempo récord la vida en todos los rincones del planeta y en todas sus dimensiones. No ha existido país en el mundo en donde no se haya modificado en mayor o menor medida la cotidianeidad de sus ciudadanos. Según Adam Tooze, estamos siendo testigos de la primera crisis económica de la era antropocena (15). La crisis se magnifica como consecuencia de los esfuerzos globales para contener el avance de una desconocida y letal enfermedad. Asimismo, el COVID-19 expone de manera explícita una cruda advertencia acerca de que el control de la naturaleza en el que descansa la vida moderna resulta mucho más frágil de lo que podemos imaginar.

En este marco, los fallecimientos como consecuencia del esparcimiento del virus son otro indicador que evidencia el carácter altisonante de la crisis que atraviesa el mundo. En Europa hay que remontarse a la Segunda Guerra Mundial para ver tantas muertes por una misma causa en tan poco tiempo. En EE. UU., la cantidad de víctimas producto del COVID-19 registradas hasta mediados de agosto alcanzaba el escalofriante número de 170.000 ciudadanos estadounidenses fallecidos, lo que duplica el número total de soldados que perdieron la vida como consecuencia del involucramiento militar de EE. UU. en diferentes conflictos alrededor del mundo desde la guerra de Corea.

La expansión efectiva y potencial del virus afectó a la economía real de todos los países del mundo en su totalidad, sin distinción de sectores, y provocó un crack bursátil mayor al experimentado en 2008 ante la elevada incertidumbre en los mercados respecto de los inconmensurables efectos de la pandemia. En magnitud, la recesión global del 2008-2009 quedó claramente atrás. Desde que la Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró a finales de enero al brote de coronavirus como pandemia, las proyecciones sobre el crecimiento del PIB mundial en 2020 fueron cada vez más sombrías y alcanzaron para el mes de junio la cifra de -5,2% (-6,2% el PIB per cápita) según el escenario base proyectado por el Banco Mundial en su reporte Perspectivas Económicas Mundiales.

Para América Latina, la crisis del COVID-19 llegó en el momento menos oportuno. En diciembre de 2019, la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) señalaba que el septenio 2014-2020 iba a ser el de menor crecimiento relativo de la región de las últimas 7 décadas. En ese dantesco panorama, la institución contaba para el 2020 con una proyección del crecimiento del PIB regional apenas por encima del 1%. Seis meses después, el FMI estima que será del -9%.

Más allá de las proyecciones, los primeros datos que han proliferado son realmente impactantes. Por ejemplo, la economía de EE. UU. cayó un -32,9% el segundo cuarto del 2020, en comparación con el mismo período del año anterior. En la crisis del 2008-2009 el máximo nivel de contracción en un trimestre fue del -8,4%. En el caso del Reino Unido, la caída en el mismo lapso de tiempo fue del -20,4%, mientras que en la crisis anterior no superó nunca el -2,1%.

Mientras que en 2009 cerca de un 60% de las economías del mundo experimentaron un crecimiento negativo, para el año 2020 se espera que la cifra supere el 90%. A diferencia del 2008-2009, la crisis del COVID-19 arrastró también a la economía china, que según las proyecciones registrará el menor crecimiento de su PIB en los últimos 44 años (2,5%).

Figura 1.2. Porcentajes de países en recesión 1871-2021


Fuente: FMI (los datos de 2020 y 2021 son proyecciones).

Otra diferencia importante en relación con la crisis del 2008 se vincula al modo de recuperación de la economía global. Una década atrás la salida fue vigorosa en forma de “V”, es decir un pronto rebote y una recuperación marcada. Actualmente, ese escenario está lejos de ser el que mayor consenso genera entre los economistas. La discusión pasa por saber si el mundo va camino a un movimiento en forma de “U” (una recesión profunda antes de la recuperación), de “W” (un rebote tipo pullback seguido prontamente por un nuevo recorte para luego sí ensayar una recuperación más sostenida) o de “L” (escenario en el que no se observan drivers que puedan impulsar la recuperación de la economía global). Otro escenario posible es el denominado swoosh en referencia a la forma del popular logo de la firma deportiva Nike, en el que la recuperación sería más prolongada en el tiempo que bajo el escenario “V”, pero más rápida que en el escenario “U”. Por último, para completar un verdadero abecedario, algunos analistas hablan también de un escenario “Z”, bajo el cual los fuertes estímulos impulsan el PIB por encima de los valores previos a la crisis, para luego volver a recortar en busca de mayor sostenibilidad.

El desconocimiento en relación con la evolución de la pandemia, la posibilidad de rebrotes y segundas ola de contagios (tal como comenzaron a aparecer a finales de julio en Europa), así como la extensión y la duración de las distintas restricciones aplicadas en diferentes niveles a lo largo y a lo ancho de todo el mundo, dificultan cualquier tipo de proyección futura. El FMI, el Banco Mundial y la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos) advierten que pueden ser necesario dos años para que la economía mundial recupere el terreno perdido frente al COVID-19. El gran temor es que algunas actividades económicas no logren recuperarse y queden en el camino. El semanario británico The Economist llamó a esto “la economía del 90%”, en la que algunos servicios que operan muy por debajo de su capacidad probablemente no puedan resistir, las dificultades financieras se acentúan y las quiebras se aceleran a un ritmo constante (16).

La excepcional severidad de la pandemia y del colapso económico aumenta la preocupación sobre los riesgos de una “superhistéresis” (conflictos colectivos que pueden surgir de un cambio abrupto). La pandemia puede alterar las estructuras sobre las cuales se construyó el crecimiento en las décadas recientes y causar así prolongados daños a las cadenas globales de valor, los flujos financieros globales y la cooperación internacional (17).

Lo dicho deja en evidencia que la incertidumbre es la nueva norma y constituye el rasgo central de las relaciones internacionales en el siglo XXI. Ahora bien, vale destacar que la magnitud observada como consecuencia de la presente coyuntura de pandemia es inédita, pues supera con creces a los otros dos episodios referidos. De acuerdo al World Uncertainty Index (18), el grado de incertidumbre global es el mayor (55,6) desde el inicio de la elaboración del índice en 1970.

Figura 1.3. Índice de Incertidumbre Global


Fuente: World Uncertainty Index.

El cierre del mundo

Un dato inédito y distintivo del presente acontecimiento con impacto sistémico ha sido la aplicación por parte de todos los países de algún tipo de restricción a la circulación de personas, como estrategia para evitar la propagación del virus. Confinamientos obligatorios que alcanzaron a un porcentaje significativo de la población y lockdowns parciales o totales para una gran cantidad de sectores productivos –exceptuando tan solo a aquellos considerados esenciales– han sido algunas de las estrategias implementadas. Cientos de millones de personas obligadas a permanecer en sus casas. Cientos de millones de trabajadores sin poder asistir físicamente a sus lugares de trabajo y cientos de millones de negocios cerrados. Cientos de millones de niños sin poder ir a la escuela. Cientos de millones de vehículos y transportes inmovilizados en todo el mundo. En el mes de abril, un tercio de la población mundial se encontró bajo estricto confinamiento y el 100% de la humanidad bajo alguna tipo de medida restrictiva en relación a su tradicional movilidad. De acuerdo al sociólogo Robb Willer, para vencer a la enfermedad sin una vacuna efectiva se requiere de un cambio mayúsculo en la conducta y el comportamiento de las personas, mayor a cualquier otro en la historia reciente de la humanidad (19).

Figura 1.4. Porcentaje de la población mundial bajo medidas de restricción


Fuente: Agencia Internacional de Energía (IEA).

Como consecuencia de las medidas restrictivas impuestas por los diferentes Estados, naturalmente se agudizó la crisis económica lo que provocó una caída abrupta –sin precedente alguno– de la demanda global. El derrumbe en el precio del petróleo, que llegó a cotizar en terreno negativo en su variedad WTI, y la fuerte caída en la demanda de energía eléctrica a nivel global (-5%) son ejemplos de ello. Según la Agencia Internacional de Energía, la depresión energética fue 9 veces mayor que la ocurrida durante la crisis del 2008 y va camino a ser la más profunda desde la Segunda Guerra Mundial. Estos indicadores son elocuentes y permiten comprender y dimensionar la profundidad del impacto en la economía real.

Como nunca antes en el proceso de globalización imperante, las cadenas globales de producción se han visto tensionadas. La producción de bienes y servicios de los principales motores productivos del mundo (EE. UU., China y Alemania) se han desplomado durante la primera mitad del año. El índice de abril del Manufacturing PMI de EE. UU., que mide la performance del sector manufacturero, cayó al 36,1, el nivel más bajo en los últimos 25 años. El mismo indicador en Alemania cayó a 34,4 mientras que el de China se ubicó en 40,3 en febrero, el mes posterior al peor momento de la pandemia en el país asiático. Vale destacar que cuando el referido índice se coloca por debajo de los 50 puntos, esto implica una contracción de la actividad industrial. Los tres países citados ya venían mostrando dificultades en torno a este indicador desde finales de 2019. Como veremos en profundidad en el capítulo siguiente, el COVID-19 vino a acelerar desequilibrios y a agravar problemas preexistentes en la economía internacional.

Por su parte, la actual crisis económica global tiene la particularidad de afectar principalmente a los servicios. La gastronomía y el entretenimiento aparecen al tope de los sectores afectados y con un horizonte complejo para la denominada “nueva normalidad”. Los cierres del famoso parque de diversiones de Disney World en Florida (EE. UU.) y de los sets de filmación de Bollywood, la megaindustria del cine indio, son algunos de los casos más ilustrativos. La compleja e inédita realidad fue sintetizada por el CEO de Airbnb, famosa empresa que ofrece una plataforma de software dedicada a la oferta de alojamientos: “Tardamos 12 años en construir el negocio y lo perdimos casi todo en 4-6 semanas”.

Un último dato que muestra el carácter inédito del presente acontecimiento sistémico y que empequeñece a la crisis económico-financiera desatada en 2008 está relacionado con el aumento del desempleo. En China, según cifras oficiales, alrededor de 27 millones de personas perdieron su trabajo (formal) hacia fines de abril y se reportó una tasa de desempleo del orden del 6,2%. La estimación si consideramos el trabajo informal llega a los 80 millones. En los EE. UU., por la alta flexibilidad de su sistema laboral, los números han sido incluso más alarmantes. En solo siete semanas, más de 33,7 millones de ciudadanos estadounidenses llenaron el formulario de desempleo y alcanzó la tasa del 14,7% durante la primera semana de mayo. Vale recordar que en el pico de la crisis del 2008 se llegó al 10,2%. Para principios de agosto el número de personas que seguían recibiendo asistencia de programas estatales era de 15,5 millones de estadounidenses.

El dato más impactante para EE. UU. es que en 42 días (marzo y la primera mitad de abril) se destruyeron todos los puestos de trabajos que lentamente la economía había creado en los más de 4.000 días posteriores a la crisis del 2008. Por su parte, en Europa el panorama es igualmente desolador. La Comisión Europea señaló que en 2020 espera que el desempleo en la Unión alcance el 9% (6,7% fue la tasa registrada en 2019) o que incluso tenga picos mayores al 10% en países donde el turismo representa una actividad central, como España, Grecia, Italia y Croacia, entre otros.

Las respuestas y los escombros

Para concluir el análisis comparativo entre los tres episodios, es menester señalar algunos aspectos que serán retomados en los siguientes capítulos, pero que merecen ser considerados por el lector en este punto.

El primero es el tipo de respuesta global que rápidamente se ha dado a las crisis. Pos-11S primó un liderazgo de tipo unilateral de los EE. UU., que llevó adelante una cruzada antiterrorista sin importar los reparos de muchos de sus aliados y de los organismos internacionales. La intervención en Irak en 2003 sin contar con la aprobación del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas fue el mayor ejemplo. Poscrisis financiera primó un liderazgo de tipo multilateral de los EE. UU., en el que se apostó a la búsqueda de soluciones globales para problemas globales. La ampliación del foro de discusión (del G7 al G20) para abordar colectivamente la crisis fue una muestra cabal del nuevo enfoque. Como se verá en el capítulo III, la actual crisis del COVID-19 evidenció una clara falta de liderazgo por parte de la potencia hegemónica en el plano internacional. El mensaje que indirectamente se lanzó desde Washington fue el de “soluciones nacionales” (America First) para los “problemas globales”.

En segundo lugar, resulta interesante vincular esta visible falta de liderazgo por parte de EE. UU. durante la pandemia del COVID-19 con los atentados de 2001 y la crisis financiera de 2008. La guerra contra el terrorismo dañó la credibilidad y reputación internacional de EE. UU. por su “imperialismo exacerbado” (imperial overreach). Las masivas manifestaciones en todo el mundo que se oponían al carácter ilegítimo de la guerra y el aumento de un sentimiento antiyanqui en todo el mundo echaron por tierra la idea de una hegemonía benevolente de los EE. UU. durante la pos-Guerra Fría.

Por su parte, la crisis económica y financiera desnudó un rígido sistema económico y movió las placas tectónicas del tablero político-institucional estadounidense, lo que posibilitó, tiempo después, que una controvertida figura como Donald Trump llegase a la presidencia. El incompetente manejo de la pandemia –tanto a nivel local como global– debe ser puesto en perspectiva. Tal como advierte el académico y ex asesor del gobierno de India, Arvind Subramanian, el colapso del liderazgo global de EE. UU. es producto de una “devastadora y acumulativa saga”(20).

Por último, y retomando la frase del académico irlandés Paul Gillespie que da inicio a este capítulo, las consecuencias económicas y sociales de la crisis del 2008 implicaron –como analizaremos más adelante– un renovado “malestar con la globalización”(21), ya no solo limitado a la periferia como en los años noventa, sino también extendido ahora al mundo desarrollado. Como bien señala el asesor económico principal de Allianz, Mohamed A. El-Erian, la reacción anti-establishment en Europa y EE. UU. dio lugar a movimientos políticos extremos que han tenido algunos hitos sorprendentes, como fue el caso del Brexit (22).

En definitiva, la crisis de la gobernanza global y las tensiones sobre el proceso de globalización, acentuadas con la actual pandemia no pueden entenderse de manera escindida de tendencias preexistentes. Como bien afirma el historiador económico Pablo Gerchunoff, nunca nada cambia del todo en los procesos históricos; buscando entre los escombros siempre se encuentra el pasado (23).

La incertidumbre y los cisnes negros

La incertidumbre es una de las características distintivas de nuestro tiempo. La globalización y la hiperconectividad la tornan ciertamente exponencial si se la compara en términos históricos. El Índice de Incertidumbre Global presentado anteriormente (ver figura 1.3) es elocuente y muy gráfico en este sentido, mostrando una clara tendencia ascendente en las últimas décadas. Los analistas Ian Bremmer y Preston Keat destacan que “a diferencia del riesgo, la incertidumbre implica la imposibilidad de determinar la probabilidad o el impacto (o ambas) de un determinado evento futuro”(24). En tal sentido, el principal desafío en el manejo de riesgos radica justamente en transformar la incertidumbre en evaluaciones probabilísticas y medibles. Claro que esto no siempre resulta posible ni tampoco es una tarea sencilla. Cualquiera que tenga entre sus responsabilidades la gestión de riesgos debe tener presente que lo impensable ocurre con mayor frecuencia de lo que imaginamos y que, por tanto, siempre deberá lidiar con cierto nivel de incertidumbre (25).

En su famosa obra El cisne negro, el matemático e investigador Nassim Taleb señala que la incapacidad de predecir las rarezas implica la incapacidad de predecir el curso de la historia (26). Esta particularidad no es propia ni exclusiva de los tiempos modernos. Un ejemplo claro y contundente de “rareza inimaginable” fue la llegada de los españoles a América para los pueblos precolombinos.

La experiencia y cotidianidad de los aztecas no estaba preparada para los caballos, los mosquetes y el acero. Menos aún para las contagiosas enfermedades que los europeos trajeron con ellos en aquel entonces. La victoria de Hernán Cortés sobre el gran Imperio azteca no se debió principalmente a su fortaleza militar o a su capacidad estratégica, sino a la expansión de distintos virus sobre una población sin inmunidad alguna. Se estima que entre 1520-1521 las enfermedades provenientes del viejo mundo –principalmente, la viruela– mataron al 50% de los aztecas, alrededor de 15 millones de personas (27). Los aztecas sufrieron la lógica del cisne negro: lo que no sabemos es más importante que lo que sabemos.

Este episodio decididamente contiene los tres elementos de un cisne negro según la conceptualización de Taleb: rareza, impacto extremo y predictibilidad retrospectiva (pasado el acontecimiento parecía sencilla su predicción)(28). Los cisnes negros además son exacerbados y magnificados en su impacto por el hecho de ser inesperados.

Ahora bien, así como el desembarco de los españoles –y sus pestes– en América representó para los aztecas un claro cisne negro –de acuerdo con las categorías propuestas–, vale destacar que suele existir mucha confusión respecto de lo que es y lo que no es un cisne negro. En los últimos años tuvo lugar un conjunto de acontecimientos mundiales que sorprendieron y generaron impacto a escala global, todos los cuales fueron catalogados por muchos analistas y periodistas como cisnes negros. El Brexit y la elección de Trump en EE. UU. en 2016, el triunfo de Jair Bolsonaro en Brasil en 2018 y las masivas manifestaciones en Chile en 2019 son tan solo algunos ejemplos.

Todos estos acontecimientos resultaron en algún punto inesperados, en virtud de los pronósticos previos, a la vez que tuvieron un elevado impacto. No obstante, el talón de Aquiles de muchos de estos eventos para ser considerados cisnes negros está en su rareza. Un punto neurálgico en las discusiones sobre cisnes negros radica en quiénes son los que le adjudican y le endilgan esa connotación a un evento específico. En otras palabras, ¿son cisnes negros o se trata en realidad de cisnes blancos que el mainstream de las Ciencias Sociales y las principales consultoras económicas y de riesgo no pueden observar como tales porque miran el mundo con lentes equivocados o de manera distorsionada por un microclima político, económico y social determinado?

¿La pandemia del COVID-19 es un cisne negro?

En virtud de todo lo comentado, bien vale preguntarse si el brote global de COVID-19 puede ser catalogado o no como un cisne negro.(29) No caben dudas de que la mutación de un virus –de la familia del coronavirus– originado en China reúne las características de impacto extremo y previsibilidad retrospectiva. Para todo el mundo ahora resulta evidente que los Estados, las empresas y las sociedades en general eran vulnerables a una pandemia. Ahora bien, ¿puede el COVID-19 ser etiquetado como una rareza?

La historia muestra que las enfermedades infecciosas, las epidemias y las pandemias han sido una de las principales causas de muerte masiva para la humanidad. Si bien el avance de la ciencia ha permitido frenar y eliminar gran parte de los patógenos que diezmaron poblaciones a lo largo de la historia, también es cierto que el explosivo proceso de urbanización, la conectividad física global y la destrucción de los ecosistemas operan en la dirección contraria y en cierta medida acentúan la amenaza. Por el momento, sabemos que existen unos 1.400 patógenos (virus, bacterias y hongos) que pueden infectar a seres humanos. Sin embargo, en la naturaleza hay una diversidad abrumadora de virus desconocidos: se estima que los mamíferos albergan unos 320.000 virus que aún no conocemos (30).

Cuadro 1.1. Grandes epidemias y pandemias de la historia



Fuentes: OMS, CDC. *Hasta agosto de 2020.

En los últimos años, cientos de expertos en el campo de las ciencias de la salud y la biología han presentado diversos trabajos y han escrito innumerable cantidad de papers advirtiendo sobre los peligros de la aparición de una pandemia letal, especialmente derivada de una mutación de la familia de los coronavirus (31). Asimismo, en 2015 Bill Gates le contó a los más de 18 millones de suscriptores de TED que el mundo no estaba preparado para enfrentar una pandemia y que cualquier inversión multilateral dirigida al desarrollo de un plan de prevención y contención sería largamente menos costosa que sus consecuencias.(32)

Por otro lado, como bien señala Juan Gabriel Tokatlian (33), tanto el informe de 2012 sobre Global Trends 2025 de la Oficina del Director del Consejo de Inteligencia Nacional de Estados Unidos, como el informe de la Junta de Vigilancia Mundial de la Preparación (grupo investigador conjunto de la OMS y el Banco Mundial) presentado en septiembre de 2019, advertían sobre la amenaza real de una pandemia mortífera provocada por un patógeno respiratorio.

Por último, los dos presidentes de los EE. UU. anteriores a Donald Trump mostraron su preocupación por las consecuencias que podría ocasionar una pandemia. En noviembre de 2005, G. W. Bush brindó un discurso en el National Institute of Health describiendo los devastadores efectos de una pandemia en los EE. UU. La fascinación de Bush con el tema fue producto de la lectura del libro La gran gripe, del historiador John Barry.(34) Por su parte, Barack Obama advirtió en diciembre de 2014 ante la misma institución –ya con el antecedente a cuestas de la gripe H1N1 de 2009– que era el momento de construir una infraestructura nacional y global para poder dar respuesta a una mutación de la gripe como la que causó estragos en 2018.(35)

En el plano multilateral, los brotes infecciosos del siglo XXI generaron cambios en el interior de la OMS. Más allá de los cuestionamientos acerca de las responsabilidades de la institución en relación con el brote de COVID-19, se debe destacar la realización de una serie de recomendaciones a los países para reducir la brecha existente ante futuras amenazas. Con el SARS se revisaron en 2005 las Regulaciones internacionales de salud. Con la gripe H1N1 se creó el acuerdo llamado Marco de Preparación para una Pandemia de Influenza y en 2014 se creó el Sistema de Financiamiento de Emergencia ante Pandemias.

Estos mecanismos formaban parte del andamiaje institucional multilateral, el cual era conocido por todos sus miembros. De acuerdo a Tedros Adhanom Ghebreyesus, el Director General de la OMS, “el mundo no necesita otro plan, otro sistema, otro mecanismo, otro comité u otra institución. Se necesita fortalecer, implementar y financiar el sistema y la organización existentes”.(36) Independientemente de la defensa corporativa de la organización que preside, el etíope deja entrever una vez más que la evidencia es contundente para rechazar la tesis del cisne negro a la hora de referirnos a la pandemia del COVID-19.

Analizar esta crisis global como tal es una falacia narrativa, como explica el internacionalista argentino Norberto Pontiroli. Entender el brote de COVID-19 como un evento absolutamente impredecible ofrece una cierta zona de confort y abona una predisposición mental perezosa. Nos excusa de no habernos preparado. Y lo peor es que nos deja poco espacio para aprender de los errores, un lujo que el mundo hoy ciertamente no puede darse.(37)

Lo que sabemos que no sabemos y los cisnes verdes

El libro de Nassim Taleb salió a la venta por primera vez –en edición en inglés– en el año 2007. Algunos años antes, en 2002, Donald Rumsfeld dio un recordado discurso señalando la importancia y la utilidad de pensar lo incierto y lo desconocido en pos de una mejor evaluación y manejo de los riesgos del futuro.(38) El 11S estaba muy fresco y la conmoción todavía retumbaba en los rincones de cada una de las oficinas de la administración en Washington.

El ex secretario de Defensa de los EE. UU. planteó que era necesario clasificar los hechos y acontecimientos desconocidos (unknowns) en dos tipos: por un lado, lo “que sabemos que no sabemos” (known unknowns) y, por el otro, aquello “que no sabemos que no sabemos” o “incógnitas desconocidas” (unknown unknowns).

Mientras en el primer caso se hace alusión a condiciones esperadas o previsibles que pueden ser razonablemente anticipadas pero no cuantificadas sobre la base de la experiencia histórica, el segundo se refiere a condiciones inesperadas e imprevisibles que tienen un riesgo potencialmente alto porque no pueden ser anticipadas con el conocimiento disponible. Los unknown unknowns de Rumsfeld son los cisnes negros de Taleb.

A partir de todo lo analizado, es dable pensar a la pandemia del COVID-19 dentro de aquellas cosas “que sabemos que no sabemos” (known unknown). Nadie sabía en qué momento ni dónde se podía gestar el brote de un virus con un potencial riesgo de pandemia. No obstante, sí existía conocimiento disponible para concluir que su ocurrencia era una posibilidad cierta. También existía experiencia histórica para anticipar razonablemente las derivaciones de un brote de tales características y para desarrollar las capacidades de gestión requeridas. En este sentido es interesante repasar las primeras respuestas gubernamentales por parte de China, Europa y EE. UU.

Pekín aprendió las lecciones que le dejó el SARS en 2003 –una mutación del coronavirus más letal pero menos contagiosa que la actual– y aplicó rápidamente una serie de protocolos elaborados luego de aquel episodio, entre ellos se destaca la rápida instrucción de cuarentena a Wuhan (39), lo cual posibilitó una contención de la pandemia relativamente eficiente.

En Europa, muchos subestimaron la amenaza del brote de COVID-19, en parte por el bluff que significó la inversión millonaria que muchos gobiernos realizaron en 2009 para hacer frente a una supuesta mutación letal del virus de la gripe que terminó siendo mucho más benigna de lo que originalmente se había proyectado. “Se subestimó el virus”, dijo Daniel López Acuña, ex director de Acción Sanitaria en Crisis de la OMS. “El miedo a lo ocurrido con la gripe A, cuando luego se criticó a los gobiernos por haber invertido en prevención, ha influido.”(40) España, Italia, Francia y el Reino Unido fueron víctimas de la famosa fábula del pastor mentiroso. Cuando quisieron reaccionar, el lobo se había comido a todas las ovejas, o mejor dicho: los hospitales estaban desbordados de enfermos.

Por último, el gobierno de EE. UU. desoyó las alarmas provenientes de la comunidad internacional y minimizó la peligrosidad del brote de COVID-19, lo cual llevó al país a convertirse en el epicentro de la pandemia a los pocos meses. La Administración Trump subestimó y relativizó el riesgo de la enfermedad al no actuar con la urgencia y rapidez necesarias para salvaguardar la salud de sus ciudadanos. Para Micah Zenko, el coronavirus representa la “peor falla de inteligencia de la historia de los EE. UU.”, mucho más grave que Pearl Harbor o el 11S.(41) Para el politólogo estadounidense, la negligencia de Washington estará entre las decisiones más costosas de las presidencias modernas de su país.

Para finalizar, y retomando la idea de “lo que sabemos que no sabemos”, en enero del 2020 cuando el COVID-19 recién comenzaba a expandirse y lejos estaba todavía de ser una amenaza global, el Banco de Pagos Internacionales (BIS, por sus siglas en inglés) publicó un informe titulado El cisne verde: bancos centrales e inestabilidad financiera en la era del cambio climático (42). En el documento se advierte que gran parte del riesgo global que deberán enfrentar los bancos centrales, la banca comercial y de inversiones, las empresas y las aseguradoras en un futuro cercano estará dado por las externalidades negativas del cambio climático. Se entiende a los cisnes verdes como eventos disruptivos vinculados con desequilibrios medioambientales, sociodemográficos y de salud ambiental, entre otros aspectos. El avistamiento de esta nueva especie promete ser más frecuente e impone nuevos desafíos para el mundo.

A diferencia de la idea de cisne negro, el cisne verde parte de la noción del known unknown. La ciencia ya ha avanzado en modelizar los posibles efectos de la modificación del clima sobre la vida humana, lo que no se conoce con exactitud es la variable tiempo (cuándo) ni tampoco el lugar ni la forma de las manifestaciones (dónde y cómo). En un informe de mayo del 2020, el BIS incluyó justamente al COVID-19 como un cisne verde, el primero de su tipo. En este caso, no son los economistas ni los analistas financieros los que ponen a disposición su saber para explicar los fenómenos, sino que se requiere del concurso de otras disciplinas para obtener las herramientas necesarias para intentar medir y cuantificar los riesgos (43).

En los días que corren, médicos y epidemiólogos forman parte de la mesa chica de muchos de los gobiernos en la gestión de la crisis del COVID-19. Según la noción de cisne verde, la cercanía de los científicos con el poder político y económico llegó para quedarse.

Si en los próximos años un ornitólogo (especialista en aves) mira atentamente en los lagos y lagunas del mundo, seguramente encontrará algún cisne verde entre los cientos de blancos. Con el paso de los años, serán cada vez más comunes. El riesgo climático será una variable relevante a considerar para la gestión de la política y los negocios. También es probable que muchos cisnes otrora blancos vean oscurecer su plumaje a riesgo de ser confundidos con cisnes negros por ornitólogos desprevenidos. Por esta razón, antes de exclamar la rareza de un evento, bien conviene ajustar el binocular y observar en perspectiva.

A modo de crítica –o atenuante– al enfoque de los cisnes negros propuesto por Taleb para explicar el curso de la historia, Bremmer y Keat destacan que es más probable que las organizaciones (Estados y empresas) se vean afectadas por eventos menores –aunque frecuentes– que por grandes catástrofes cuya ocurrencia resulta más espaciada en el tiempo. El impacto colectivo de varios eventos pequeños puede incluso superar al de un gran evento (44). Más aún, la acumulación de desequilibrios y la actitud prescindente frente a riesgos que lucen manejables a corto plazo pueden conducir a grandes estallidos, o bien ser acelerados y agudizados por la ocurrencia de un evento de mayor magnitud. Por esta razón, es muy importante prestar atención a las “fuerzas profundas” subyacentes y a la acumulación de desequilibrios que normalmente preceden a los acontecimientos con impacto sistémico. De esto nos ocuparemos justamente en el próximo capítulo.

1. Keohane, Robert y Nye, Joseph S. Poder e interdependencia: la política mundial en transición. Buenos Aires: Grupo Editor Latinoamericano, 1988.

2. Waltz, Kenneth Neal. Man, the state, and war: A theoretical analysis. Columbia University Press, 2001.

3. Actis, Esteban y Creus, Nicolás. “El mundo, una cuenta pendiente”. El Estadista, Nº 176, octubre, 2018.

4. El sesgo de confirmación es la tendencia a favorecer, buscar, interpretar y recordar la información que confirma las propias creencias o hipótesis, y a dar desproporcionadamente menos consideración a posibles alternativas. Véase: Mercier, Hugo y Sperber, Dan. The Enigma of Reason. Cambridge: Harvard University Press, 2017.

5. Desde mediados de los años noventa y en los primeros años del siglo XXI, se produjo una serie de crisis financieras con epicentro en diferentes países en desarrollo, las cuales fueron denominadas según aspectos idiosincráticos de su país de origen: efecto tequila (México, 1995), efecto vodka (Rusia, 1998), efecto caipirinha (Brasil, 1999), efecto tango (Argentina, 2001).

6. Creus, Nicolás. “¿Oportunidad o amenaza?”. El Economista, 15/09/2017.

7. Kissinger, Henry. Orden Mundial. Buenos Aires: Debate, 2017.

8. Tokatlian, Juan Gabriel. “Conjeturas para después de la pandemia”. El futuro después del Covid-19, AA. VV., Buenos Aires: Argentina Futura (Presidencia de la Nación), 2020.

9. Blank, Stephen. Rethinking asymmetric threats. Carlisle Barracks, Pensilvania: Strategic Studies Institute, US Army War College, 2003.

10. Nye, Joseph S. The future of power. Nueva York: PublicAffairs, 2011.

11. Bosoer, Fabián y Turzi, Mariano. “La pandemia del 2020 en el debate teórico de las Relaciones Internacionales”. Geopolítica(s). Revista de Estudios sobre Espacio y Poder, 11(especial), pp. 153-163, 2020.

12. Malamud, Andrés, El oficio más antiguo del mundo, Buenos Aires: Capital Intelectual, 2018.

13. Haass, Richard. “A Cold War with China would be a mistake”. Wall Street Journal, 7/5/2020.

14. López, Ángeles. “La crisis económica, responsable de unos 10.000 suicidios”, El Mundo, 12/6/2014. Disponible en https://www.elmundo.es/salud/2014/06/12/539881c422601dc15b8b4588.html.

15. Tooze, Adam. “We are living through the first economics crisis of the Anthropocene”. The Guardian, 7/5/2020.

16. “Life after lockdowns”. The Economist (editorial), 30/4/2020.

17. The World Bank. Global Economic Prospects, junio de 2020.

18. The World Uncertainty Index rastrea la incertidumbre global a través del mundo tomando en cuenta el reporte de cada país que elabora Economist Intelligence Unit, una unidad de negocios independiente dentro del grupo británico The Economist. El índice se realiza para 143 países y está disponible en https://worlduncertaintyindex.com/.

19. Cornwall, Warren. “Crushing coronavirus means ‘breaking the habits of a lifetime’. Behavior scientists have some tips”. Science, 16/4/2020.

20. Subramanian, Arvind. “The threat of enfeebled great powers”. Project Syndicate, 6/5/2020.

21. Stiglitz, Joseph. Capitalismo Progresista. La respuesta a la era del malestar. Buenos Aires: Taurus, 2020.

22. El-Erian, Mohamed A. “Navegar la desglobalización”. Project Syndicate, 11/05/2020.

23. Gerchunoff, Pablo. “El nudo argentino”. Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, mayo, 2020.

24. Bremmer, Ian y Keat, Preston. The Fat Tail: the power of political knowledge in an uncertain world. Nueva York: Oxford University Press, 2010, p. 16.

25. Bremmer, Ian y Keat, Preston, op. cit. pp. 15-16.

26. Taleb, Nassim. El cisne negro: El impacto de lo altamente improbable. Barcelona: Paidós, 2008, p. 26.

27. Bremmer, Ian y Keat, Preston, op. cit.

28. Taleb, Nassim, op. cit., pp. 23-24.

29. Halliburton, Benjamin. “COVID-19 is a Black Swan”. Forbes, 19/3/2020.

30. Sarukhan, Adelaida. “Covid-19: crónica de una pandemia anunciada”, Foreign Affairs Latinoamérica, 20(3), junio-septiembre, 2020.

31. Cheng, Vincent C. C. et al. “Severe acute respiratory syndrome coronavirus as an agent of emerging and reemerging infection”. Clinical microbiology reviews, 20(4), pp. 660-694, 2007.

32. Gates, Bill. “Bill Gates: ¿La próxima epidemia? No estamos listos”. Charlas TED. 3/4/2015. Disponible en https://www.youtube.com/watch?v=6Af6b_wyiwI.

33. Tokatlian, Juan Gabriel, “Conjeturas para después de la pandemia”, op. cit.

34. Mosk, Matthew. “George W. Bush in 2005: ‘If we wait for a pandemic to appear, it will be too late to prepare’”. ABC News, 5/4/2002.

35. Friedman, Uri. “We were warned”. The Atlantic. 18/3/2020.

36. Discurso de apertura del secretario general de la sesión virtual de la 73.ª Asamblea Mundial de la Salud, Suiza. 18/5/2020.

37. Pontiroli, Norberto. “No fue un cisne negro: mea culpa vs. blame game”. Fundación Argentina Global. 20/4/2020.

38. Secretario Donald Rumsfeld y general Richard Myers, News Briefing, Departamento de Defensa de los EE. UU., 12/2/2002.

39. Cooper, Kelly-Leigh. “China coronavirus: the lessons learned from the Sars outbreak”. BBC News, 24/01/2020.

40. Güell, Oriol. “Los guardianes de la salud europea subestimaron el peligro del virus”. El País, 19/5/2020.

41. Zenko, Micah. “The Coronavirus is the worst intelligence failure in U.S. history”. Foreign Policy, 25/3/2020.

42. Bolton, Patrick; Despres, Morgan y Pereira da Silva, Luiz Awazu et al. The green swan. Central banking and financial stability in the age of climate change. Bank for International Settlements (BIS), enero de 2020.

43. Pereira da Silva, Luiz Awazu. “Green swan 2 - Climate change and Covid-19: reflections on efficiency versus resilience”. Bank for International Settlements (BIS), 13/5/2020.

44. Bremmer, Ian y Keat, Preston, op. cit., p. 20.

Capítulo II
Las “fuerzas profundas”: el COVID-19 y los desequilibrios globales

La pandemia acelerará la historia más que transformarla.

Richard Haass

Uno de los principales aspectos que los médicos e infectólogos del mundo intentaron rápidamente dilucidar en relación al novel virus del COVID-19 fue su gravedad y mortalidad. Los primeros meses de la pandemia mostraron que la mayoría de los contagiados cuyo cuadro se agravaba poniendo en riesgo la vida correspondía a los denominados grupos de riesgo, esto es: personas de la tercera edad o con comorbilidades previas. En otras palabras, cuando lamentablemente se produce un deceso, el paciente no fallece “por” sino “con” el coronavirus.

Para analizar y entender el funcionamiento de las relaciones internacionales en un contexto de crisis global como la disparada por la irrupción inesperada de la actual pandemia, es plausible establecer un paralelismo con la medicina y puntualmente con los denominados grupos de riesgo que contraen el COVID-19. El mundo no está cambiando “por” sino “con” el coronavirus. Para finales de 2019, el orden internacional se presentaba claramente como un “paciente de riesgo”, con una serie de comorbilidades significativas. Un mundo en estado de desorden (45) y fuertemente marcado por la incertidumbre y la proliferación de riesgos globales.

Gran parte de la literatura especializada argumenta y coincide en que el COVID-19 ha provocado a nivel global una aceleración de tendencias preexistentes, tanto de carácter político como económico. Académicos y pensadores en distintas latitudes, como Dani Rodrik, Amitav Acharya, Richard Haass, Joseph Nye, Ngaire Woods, Stephen Walt, Juan Gabriel Tokatlian y Anabella Busso, solo por mencionar algunos/as, han cuestionado la idea de que el COVID-19 cambiará radicalmente el mundo.

En línea con este supuesto y tal como se anticipó, en el presente capítulo se prestará atención a las “fuerzas profundas” que moldean la dinámica internacional. Se analizarán distintas tendencias preexistentes y se pondrá de manifiesto cómo la pandemia del COVID-19 no hizo más que dejar al desnudo y agudizar una serie de riesgos globales y fuertes desequilibrios que se vienen gestando en el plano internacional desde hace ya varios años.

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