Kitabı oku: «Orientación vocacional: Pienso luego elijo»
PIENSO… LUEGO ELIJO
Este libro está pensado para acompañar a los jóvenes en su elección vocacional. Si bien el concepto “vocación” no es sencillo de precisar, los autores asumen el desafío de intentar posibles definiciones, siempre provisorias, siempre abiertas, partiendo de la base de que la vocación tiene que ver con una búsqueda que trasciende lo estrictamente laboral. Con este objetivo, reúnen aquí testimonios de jóvenes que describen cómo fueron su elección y su trayectoria una vez finalizada la escuela media, hasta alcanzar exitosamente el fin de una carrera terciaria o universitaria. Con el objetivo de que quienes hoy se enfrentan a esa decisión puedan realizar una elección auténtica, estos relatos son acompañados con reflexiones y ejercicios que abordan los distintos momentos de un proceso de elección vocacional.
Pienso… luego elijo es una herramienta imprescindible para los adolescentes que se encuentran pensando en su proyecto futuro, quienes encontrarán aquí elementos para apropiarse del proceso de elección. Asimismo, se brindan sugerencias y estrategias destinadas a profesionales interesados en la temática, educadores y padres.
Los autores son licenciados en Psicología por la Universidad de Buenos Aires. Desde 2003, cuando iniciaron el “Equipo de Orientación Vocacional Armando”, se dedican a la temática. Además, Esteban Beccar Varela se desempeña en los ámbitos clínico y educativo, Nicolás Larocca coordina grupos de meditación y organiza viajes espirituales a la India, y Mariano Muracciole trabaja como psicólogo educacional.
ESTEBAN BECCAR VARELA
NICOLÁS LAROCCA
MARIANO MURACCIOLE
PIENSO… LUEGO ELIJO
Testimonios, reflexiones y ejercicios para una buena elección

Dedicamos este libro a los jóvenes inquietos y comprometidos con sus proyectos de vida y con la sociedad, a los padres que desean lo mejor para sus hijos y a todos aquellos profesionales que trabajan con y para los jóvenes.
Les agradecemos a nuestras familias por su permanente apoyo, a las personas que con gran entusiasmo compartieron sus testimonios, a Laura por orientarnos en la escritura sin alterar su sentido, a Marcos por el prólogo y por compartir con nosotros su experiencia y sus conocimientos, a los profesionales que nos acompañaron y que nos acompañan en nuestro crecimiento profesional, a Nik por su generosidad y por su compromiso con la educación, y a la Editorial Biblos por confiar en nosotros.
Índice
Cubierta
Acerca de este libro
Portada
Dedicatoria
Agradecimientos
Prólogo, por Marcos A. Koremblit
Introducción Un material para quienes trabajan en el ámbito educativo Un material de utilidad para padres Tres herramientas que te acompañarán a lo largo de tu proceso Algunas aclaraciones
Capítulo 1. Encrucijada
Capítulo 2. Vocación
Capítulo 3. Trabajo en familia
Capítulo 4. Dónde estoy parado
Capítulo 5. Conocerse
Capítulo 6. Estilo de vida
Capítulo 7. Intereses
Capítulo 8. Ocupaciones
Capítulo 9. Vocaciones religiosas
Capítulo 10. Salida laboral
Capítulo 11. Universidades
Capítulo 12. Plan de acción
Capítulo 13. Procesos de orientación vocacional
Capítulo 14. La vocación como camino
Tu testimonio nos interesa
Créditos
Prólogo
Cuando recibí la invitación a comentar el libro de Esteban Beccar Varela, Nicolás Larocca y Mariano Muracciole, Pienso… luego elijo, debo confesar que sentí una gran alegría. No me hacía falta leerlo para saber, por el conocimiento personal que tengo de los autores, que iba a ser un proyecto serio, inteligente y sensible. El compromiso que tienen con el estudio de la adolescencia y, específicamente, en el campo de la orientación vocacional me permitía aseverarlo sin duda alguna.
Luego, ya en las primeras páginas del libro, me fue sorprendiendo el modo como estaba escrito: denota no solo una vasta experiencia de los autores en la materia, sino por sobre todo un intento de llegar a los jóvenes con un lenguaje llano, directo, descontracturado y con un estilo coloquial en el que se percibe una cercanía afectiva propia de quienes, además de conocer del tema, saben de las dificultades por las que está atravesando un adolescente en ese momento de la vida. Tanto que ya desde la introducción utilizan recursos expresivos como “volveremos a hablar” cuando se refieren al armado de la caja, o se juegan con un “animate” dando cuenta de un diálogo franco y estimulante.
También, y en honor a la verdad, debo confesar que el título me obligó a pensar en mi posición personal y teórica respecto del tema. Los autores hablan de “orientación vocacional” y, más allá de que esta sea la manera en que universalmente se da a conocer la disciplina, encuentro alguna distancia entre este nombre y el contenido del libro, diferencia que, además, comparto con ellos: el libro está pensado para acompañar a los jóvenes en su elección vocacional, un acompañamiento jugado y con mucha presencia por parte de los autores, en el que el papel de la llamada “orientación” es secundario.
Siguiendo con este ejercicio conceptual, me llegó naturalmente la pregunta: ¿pienso…, luego elijo? Una elección, ¿es consecuencia de un ejercicio de pensamiento? Esto me obligó a repensar en mis propias elecciones –vocacionales y de las otras– y a evaluar cuánto del pensar había operado como motor para estas y cuánto de azar –tal como dice Luis en el capítulo 3– hubo en juego en las cosas importantes de la vida. “El concepto vocación no es sencillo de definir”, plantean los autores en el comienzo del capítulo 2. Podemos pensar que este libro asume el desafío de intentar posibles definiciones, siempre provisorias, siempre abiertas. Los autores son muy claros al afirmar la imposibilidad de seguir un camino preestablecido y con recetas –como plantea Francisco en el capítulo 2–, a la vez que redoblan la apuesta al decir que “la vocación tiene que ver con una búsqueda y con la pregunta acerca de qué queremos hacer con nuestra vida”. De esta manera explican cómo la vocación trasciende lo estrictamente laboral, ya que en ella se está jugando algo importante de nuestra vida. Lo completan con la siguiente idea: “Muchas veces, lo que nos da satisfacción en un determinado período puede que luego no nos satisfaga, y que nos veamos ante la necesidad de replantearnos cómo queremos seguir”. A partir de sus conocimientos en metapsicología adolescente, pretenden darles lugar a las oscilaciones propias de este momento vital para prevenir así eventuales insatisfacciones y caracteropatizaciones que cierren la puerta a replanteos y búsquedas necesarias en esta elección compleja.
Los autores destacan la “experiencia de búsqueda vocacional” –si se me permite el término– como un “proceso de elección”, es decir, como un conjunto de fases que comienza con una inquietud acerca del proyecto futuro. Me parece sumamente valioso el aporte que hacen al hablar de un “proceso” que no puede establecerse de manera previa, sino de a pasos y que, al mismo tiempo, debe arribar a algún tipo de conclusión.
Creo que se trata de una definición muy adecuada, aplicable a la experiencia adolescente en toda su dimensión, que contiene y a la vez excede el plano vocacional.
En el mismo sentido, aclaran que “elegir no es algo que ocurre de una vez y para siempre, sino que denota constante movimiento”. Según Beccar Varela, Larocca y Muracciole, “elegimos a cada rato, nos equivocamos, volvemos a elegir, tomamos caminos diferentes”. Para ellos, “la idea de «proceso» implica fases, continuidad, dinamismo y transformación”, concepto que comparto y al que adhiero fervientemente.
Una mención especial merece la acertada elección de los testimonios. Todos transmiten de manera espontánea, natural y profundamente reflexiva la síntesis de un recorrido vivencial que, por su claridad y frescura, será de suma utilidad para los jóvenes lectores, quienes seguramente sentirán gran empatía. En el primer capítulo y con Francisco –solo para destacar algunos de los puntos que más me impactaron–, nos encontramos con lo que él describe como su “primera «aventura» universitaria”. Esta es, para mí, una buena manera de definir la búsqueda vocacional: una experiencia descripta como una aventura, con todo lo que eso implica. Como toda búsqueda adolescente, si esa experiencia aventurera arriba a buen puerto, le permitirá al joven apropiarse de su “propia receta”, como dice Francisco; priorizar los ideales y la pasión por sobre la noción de “un título universitario para jugar en las «grandes ligas» corporativas”, como expresa Ramiro; y descartar que exista un “boleto al futuro que garantice éxito y regularidad económica”, como creía Leandro, a quien por suerte la vida lo llevó a vivir su propia crisis y a replantear su posición.
Según los autores, en la búsqueda de aquello que uno desea para su vida, es necesario apelar a lo propio, es decir, a lo auténtico. Teniendo en cuenta lo anterior, realizan una interesante pregunta por intermedio de Francisco en el capítulo 2: “Es importante que seas consciente de que sos vos el que va a hacer la elección y no otro. Por eso, ¿estás dispuesto a comenzar una nueva etapa en tu vida?”. Pregunta nada ingenua sino, al contrario, abierta y cuestionadora, que invita a asumir un verdadero compromiso de profundidad emocional, a pesar del peligro de “quedar como un tonto”, como advierte Carlos, quien pone en evidencia este riesgo de gran importancia en nuestras elecciones.
Un elemento que está presente en todo el libro y que hace a su espíritu es el valor de la experiencia personal, única y singular, y sus avatares. Esto está jerarquizado ya en el primer capítulo, “Encrucijada”, cuando subrayan la importancia de apropiarse del proceso de elección. En el capítulo “Ocupaciones”, Sebastián buscaba una carrera que, a los ojos de los otros, fuera reconocida y valorada, idea que, por supuesto, tuvo que abandonar y que los autores de manera aguda analizan con mayor detalle: “Es cierto que todos, en alguna medida, queremos ser reconocidos por lo que hacemos, pero si aquello que hacemos no está conectado con el propio deseo, ese reconocimiento resultará parcial”. Comparto esta postura, defendida a lo largo de todo el texto: la búsqueda de un deseo muchas veces lleva más tiempo que el marcado por las instituciones educativas o por las expectativas familiares y personales.
A la vez, jerarquizan el valor de verdadero desafío: “Abandonar un lugar de comodidad en el que otros toman las decisiones por nosotros para pasar a otra postura más adulta”, y me parece que el libro tiene algo de desafío en cuanto que les permite a los jóvenes reflexionar acerca de quiénes son y de qué quieren hacer con su vida.
Conscientes de la búsqueda de identidad presente en este complejo momento vital, lo trabajan y profundizan cuando definen que “la vocación no concluye ni se define a partir de la elección que se realiza en esta etapa, sino que continúa armándose día a día”; de esta forma, muestran con agudeza la importancia de pensar el proceso abierto a infinitas y nuevas posibilidades, y no enmarcado en un final que tiene algo siempre imposible de asir. Son conscientes de que la conmoción identificatoria puede muchas veces motivar algún nivel de estabilización imaginaria en lo laboral que, a la larga o a la corta, deberá ser cuestionado y retrabajado como en el ejemplo de Carlos, en el capítulo 2.
Asimismo, sugieren “la participación de un adulto en la lectura siempre y cuando este no pretenda ocupar un lugar de saber que condicione la libertad de quienes afrontan el momento de elección”. Me parece sumamente pertinente la manera de acompañar a los jóvenes que les proponen a los adultos, sin caer en ese “lugar de saber”, un lugar siempre supuesto, que se desmorona en la adolescencia y que, además, hoy se ve devaluado. En una dirección parecida, también se dirigen a los padres, enfatizando el acompañamiento y el posible encuentro, sin certezas, que están implícitos en esta búsqueda, de la cual los adultos podrían fácilmente apropiarse. Los autores son muy claros y contundentes, y brindan algunas inteligentes sugerencias acerca de la forma en que los padres pueden acompañar a sus hijos. Los atinados ejemplos clínicos ponen en evidencia una época en la que los valores de una generación son inevitablemente puestos en jaque por la siguiente, crisis necesaria signada por un mundo distinto que carece de las garantías que, aunque ilusorias, acompañaron el crecimiento de generaciones anteriores. Los testimonios dan cuenta, precisamente, del peso y de la presencia de ciertos valores de generaciones anteriores –expuestos, por ejemplo en M’hijo el dotor, obra de la literatura rioplatense– que los jóvenes nos conminan a revisar una y otra vez a partir de sus propias elecciones.
La introducción del libro termina así: “Desde niños, vamos construyendo nuestra historia y esta, a su vez, nos va marcando”, y con esto los autores dan cuenta del conocimiento que tienen sobre el condicionamiento infantil inconsciente presente en el “Pienso… luego elijo”, condicionamiento inasible por definición, lo que complejiza y aumenta aún más el desafío en el proceso de búsqueda vocacional. A manera de cierre –o de apertura–, nos dicen: “Elegir implica renunciar a algo. De todos modos, esa renuncia no siempre es total. En ocasiones puede significar postergar otros intereses. No es posible hacerlo todo a la vez. El asunto es determinar por dónde empezar a construir tu proyecto. A lo largo de la vida, vas a continuar eligiendo y renunciando. Esto es solo el comienzo… Si ya reflexionaste, pensaste e investigaste lo suficiente, llegó el momento de tomar coraje, asumir los riesgos que implica toda elección y decidirte”, lo cual refleja muy bien la posición que los autores invitan a tomar a través de las páginas del libro.
Ya concluyendo y “habiendo elegido” qué del libro quería destacar –no sin dificultad por lo interesante que me resultó todo él en su conjunto– solo me queda augurarle a él y a sus queridos autores un éxito tanto editorial como personal. Este libro es una apuesta firme, producto de tres valientes “aventureros” que, habiendo podido elegir, se jugaron en esa dirección con coraje, seriedad y mucha dedicación, por lo que merecen lo mejor por el esfuerzo transitado en este camino. Con todo mi respeto y afecto.
Marcos A. Koremblit*
* Médico psiquiatra y psicoanalista, Miembro Titular con función didáctica de la Asociación Psicoanalítica de Buenos Aires, donde fue director del Departamento de Niñez y Adolescencia. Es autor de varios artículos sobre el abordaje psicoanalítico del adolescente.
Introducción
Este libro presenta testimonios vocacionales de distintas personas desde el momento en que comenzaron a pensar qué querían hacer una vez terminado el secundario. Si bien algunos relatos hablan del quehacer ocupacional y de los caminos emprendidos luego de finalizar la etapa de formación, la mayoría se centra en el proceso de elección, es decir, en el conjunto de fases que comienza con una inquietud acerca del proyecto futuro y que concluye, temporalmente, con la acción de decidir por dónde continuar el camino de vida. Detrás de cada testimonio hay una persona que compartió algo íntimo de su historia con la intención de ayudarte, acompañarte y transmitirte lo valioso de su experiencia. Así, podrás leer cómo cada una atravesó y resolvió su situación particular.
Pensamos que estos testimonios pueden ayudarte a que te des cuenta de que cada cual transita un camino único, que comienza a armarse mucho antes del último año de colegio y que continúa construyéndose durante toda la vida. Desde este punto de vista, las equivocaciones pueden ser vividas como aprendizajes valiosos para la vida y no como tiempo perdido.
Los testimonios están ordenados por capítulos, acompañados de ejercicios y de reflexiones (sobre estas últimas, las que están en cursiva fueron escritas por nosotros). Si bien los testimonios están enmarcados en capítulos (cuyo ordenamiento responde a las posibles etapas de un proceso de elección), cada uno describe el proceso singular que atravesó una persona. A partir de cada uno, podrás realizar tus propias conclusiones. Una aclaración: las reflexiones al final de algunos testimonios no necesariamente tienen que ver con el tema central del capítulo en el que están incluidos. La intención de este formato es ayudarte a que te conozcas más a vos mismo; te servirá de guía para indagar acerca de tu vocación. De esta manera, encontrarás actividades de investigación para que puedas tomar conciencia de las diferentes variables que entran en juego a la hora de elegir.
Las expectativas de tu familia, notar que muchos de tus amigos ya definieron sus próximos pasos, el miedo a no poder sostenerte económicamente con determinada profesión o, simplemente, la incertidumbre de no saber lo que vendrá son algunos de los factores que podrían estar presentes en tu elección.
No solo es importante aquello que elijas, sino también el modo en que lo hagas. Seguramente, te gustaría tomar una decisión rápida que no demande demasiado pensamiento o investigación, y que no te enfrente con dudas. Sería más fácil dejarse llevar por la fantasía de un test que resolviera tu vida diciéndote lo que tenés que hacer y las razones por las que debés seguir esa opción. Pero, afortunadamente, no hay nada ni nadie que pueda resolver esto por vos. En el fondo, ahí está el verdadero desafío: abandonar un lugar de comodidad en el que otros toman las decisiones por nosotros para pasar a otra postura más adulta en donde seas vos el que resuelva las situaciones que se te presentan (eso no quiere decir que no requieras la ayuda de otros que te acompañen).
Así como necesitás un tiempo para estudiar, hacer deporte o salir con amigos, también hace falta que te tomes momentos para reflexionar acerca de quién sos y de qué querés hacer con tu vida. En este sentido, estas páginas pueden ayudarte a que crees ese espacio y a que puedas sacarle provecho. El objetivo principal es que tanto los testimonios como los ejercicios te sirvan como disparadores para reflexionar.
A lo largo de tu vida, irán surgiendo diferentes preguntas a las que tendrás que ofrecer nuevas respuestas. Con esto queremos decirte que la vocación no concluye ni se define a partir de la elección que hagas en esta etapa, sino que continúa armándose día a día.
Un material para quienes trabajan en el ámbito educativo
Este libro, además de estar dirigido a jóvenes, también está destinado a tutores educativos o a profesionales que trabajan tanto en equipos de orientación escolar en escuelas secundarias como en instituciones que llevan adelante proyectos juveniles.
Los testimonios podrán ser utilizados como disparadores para reflexionar de manera individual o grupal sobre distintos aspectos vinculados a la vocación. Pensamos que la participación de un adulto en la lectura puede resultar muy beneficiosa para los jóvenes, siempre y cuando este no pretenda ocupar un lugar de saber que obstaculice el trabajo de autoconocimiento y que condicione la libertad de quienes afrontan el momento de elección. Asimismo, el nivel de profundidad que se alcance con cada ejercicio dependerá de los conocimientos y de la formación de las personas que acompañen a los jóvenes en su trabajo de búsqueda.
Un material de utilidad para padres
Al solicitar las historias vocacionales, muchas de las personas que ofrecieron sus testimonios comentaron que escribirlo los hizo reflexionar acerca de su juventud, de la elección de carrera y de su situación laboral actual. Además, el hecho de retroceder en el tiempo les permitió conectarse con sentimientos e ideas que habían olvidado por completo o que, hasta entonces, no habían registrado.
Por ello, creemos que este material puede ser muy interesante y valioso para los padres. Esperamos que la lectura de los testimonios les permita reencontrarse con su pasado y con los motivos que los llevaron a tomar sus decisiones para lograr así una mayor empatía y comprensión respecto de la situación de sus hijos.
En el capítulo 3, se trabajará de manera específica sobre el papel de la familia en el proceso de elección vocacional y se brindarán algunas sugerencias acerca de la forma en que los padres pueden acompañar a sus hijos.
Tres herramientas que te acompañarán a lo largo de tu proceso
1. El signo de interrogación:

Incluimos este signo de interrogación para recordarte que el proceso de elección implica hacerse preguntas. A medida que vayas avanzando, escribí alrededor del signo las inquietudes que te vayan surgiendo. Animate a anotar todas las preguntas que quieras, desde las más simples hasta las más profundas. Para algunas, encontrarás respuestas, y otras te llevarán a nuevas preguntas.
Que nadie te quite la posibilidad de cuestionarte y de ser el protagonista en la construcción de tu proyecto futuro.
2. La caja:

Elegí una caja y, a lo largo de tu proceso, guardá en ella cosas que te representen (fotografías, objetos, artículos, escritos, películas, etc.). Si son objetos que no podés poner en la caja, como un piano, por ejemplo, simplemente anotalos en una hoja. Al final del libro, volveremos a hablar de esta caja y trataremos de darle un sentido a lo que guardaste en ella.
3. El laboratorio:

Esta herramienta es una invitación a que desarrolles tu capacidad de observación y a que le des lugar a tu curiosidad, como lo hace el científico en su laboratorio. Cada semana, realizá una actividad a solas o con otros que te permita tomar contacto con diferentes entornos, haciendo de cuenta que cada una es un experimento. Si no se te ocurre ninguna, te sugerimos las siguientes:
Ir a un parque que no conozcas
Visitar un hospital
Visitar el lugar de trabajo de un conocido
Realizar una tarea solidaria
Ir a una muestra de arte o a algún mercado (de frutos o de pulgas, por ejemplo)
Hacer las compras en el supermercado
Ir al cine, al teatro o ver una película clásica o en blanco y negro
Las opciones son incontables. El objetivo principal es que salgas y te conectes con el mundo, que experimentes cosas nuevas y que vayas tomando registro de ellas. En el cuadro que sigue, te proponemos que tomes nota de cuáles fueron las actividades que realizaste, las fechas y tus impresiones, incluyendo allí pensamientos, reflexiones, emociones, etcétera.
| Fecha | Actividad | Impresiones |
Algunas aclaraciones
Antes de comenzar con la lectura de los capítulos, te sugerimos que leas las siguientes aclaraciones acerca de algunos conceptos que creemos te ayudarán a entender mejor este libro.
Ocupaciones: Llamamos así a las actividades laborales, independientemente de la formación que cada una requiera. Para algunas, hacen falta conocimientos que solo brinda la universidad; para otras, se precisa de un aprendizaje técnico o específico. También existe un tercer grupo de ocupaciones que se desarrollan sin la necesidad de una formación oficial requerida por el Ministerio de Educación.
Carreras. Implican períodos de estudio que varían según el tipo de formación. Existen carreras universitarias, terciarias o técnicas, y de formación docente. En el capítulo 8, encontrarás la información necesaria para conocer cómo está organizado el nivel de educación superior en nuestro país.
Proceso de elección. Con “proceso” queremos señalar que elegir no es algo que ocurre de una vez y para siempre, sino que denota constante movimiento; elegimos a cada rato, nos equivocamos, volvemos a elegir, tomamos caminos diferentes, retornamos al anterior desde otro lugar, postergamos, etc. Tampoco es algo que comienza en el último año del secundario. Desde niños, vamos construyendo nuestra historia y esta, a su vez, nos va marcando. La idea de proceso implica fases, continuidad, dinamismo y transformación.
CAPÍTULO 1
Encrucijada
Terminar la escuela no es algo tan sencillo de tramitar interiormente, porque durante muchos años esta nos contuvo, ordenó nuestra vida y nuestras actividades. De pronto, nos encontramos fuera de la escuela y nos enfrentamos a la necesidad de decidir por nosotros mismos cómo queremos continuar con nuestra vida. Y no todos vivimos esto de igual manera. Se trata, por un lado, de dejar algo atrás, aceptando la consecuente e inevitable pérdida, y, por el otro, de asumir lo que aparece como novedoso.
Algunos anticipan estos cambios con entusiasmo, los que también son motivo de angustia e incertidumbre para muchos otros. Te proponemos que utilices esas sensaciones internas como generadoras de movimiento e iniciativa para investigar, conocerte aún más e informarte.
Enfrentarse a un mundo de nuevas posibilidades genera incertidumbre y, muchas veces, por no tolerar ese no saber qué va a ocurrir se realizan elecciones en forma apresurada. En ocasiones asumimos como natural el proyecto de comenzar a estudiar una carrera sin antes preguntarnos si realmente estamos convencidos y preparados para hacerlo. A esta altura del partido, estarás un poco cansado de que te pregunten qué vas a hacer después del colegio. Este es un buen momento para detenerte a pensar y para apropiarte de esa pregunta.
Es importante que tengas presente que la elección que realices no va a definir a modo de sentencia el resto de tu vida, sino que va a marcar el inicio de un camino que luego podrá transformarse, conectarse con otros, desviarse por algún tiempo o regresar al ya transitado desde otro lugar y con otras experiencias vividas.
1. Francisco
¿Qué carrera elegir? La elección de una carrera universitaria suele representar un problema para muchos. Y yo no fui la excepción a la regla.
En algún punto, me hubiera gustado tener la convicción de quien prácticamente nace sabiendo que será médico o abogado, aunque, por otro lado, me hubiese perdido de todo lo que experimenté desde mi primera “aventura” universitaria hasta que obtuve mi título algunos años (¡y carreras!) después.
Mi camino no fue para nada convencional, aunque sí lo fue mi decisión inicial, a la cual llegué a partir de los resultados del “clásico” test de orientación vocacional. Elegí de manera apresurada, sin informarme demasiado acerca de la carrera o de su consiguiente profesión, ni analizando en forma crítica la elección tomada.
Así, todos los boletos fueron a parar a Administración de Empresas, la que decidí estudiar en la Universidad Católica Argentina (UCA). La verdad es que el tema parecía simple: era una carrera amplia en la que se aprendía un poco de todo y, llegado el caso, en el futuro podría hacer un posgrado para especializarme en aquello que más me hubiera gustado durante la cursada. ¡Problema resuelto!
Hice el curso de ingreso mientras estaba en el último semestre de la secundaria, por lo que iba al colegio hasta las 16.30 y de ahí me dirigía a pleno centro porteño para cumplir con las tres horas del curso. Esto lo hacía tres veces por semana.
Sin estudiar, y haciendo más vida social que académica, el resultado no pudo ser otro: ¡reprobado! Fue entonces cuando decidí abandonar el curso de ingreso para repetirlo en agosto del año siguiente y enfocarme en terminar el colegio.
La decisión no me salió gratis, ya que mis padres –quienes me habían dado total libertad y apoyo en la elección de la carrera– no estaban de acuerdo en que me pasara los primeros ocho meses del año trabajando de hijo. De esta manera, empecé a trabajar de cadete para la compañía de mi viejo.
A fines de agosto del siguiente año (y continuando con el trabajo que tenía), me anoté nuevamente en el curso de ingreso y lo aprobé con relativa facilidad.
Al año siguiente, mi cabeza seguía totalmente inmadura respecto del tema “universidad”. Tanto era así que, durante todo ese año, me dediqué a jugar al fútbol en una cancha que estaba pegada al edificio de la universidad con un grupo de compañeros con quienes, además, solíamos visitar el hipódromo de Palermo para hacernos algunos “mangos” que, por supuesto, destinábamos a la reposición de pelotas o al desayuno del primer recreo.
Se imaginarán que estas actividades ocupaban gran parte de mi tiempo –y del de mis compañeros–, por lo que el estudio era algo que no abundaba. De hecho, recuerdo que, en esa época, nos agarraba el ataque de estudiar la noche anterior a los exámenes; nos juntábamos en la casa de alguno y, después de unos intensos treinta minutos de concentración, el resto de la noche se pasaba velozmente en los terribles enfrentamientos de fútbol en el Nintendo.
Con estos antecedentes, no hay que ser un genio para saber que no había posibilidad alguna de que me fuera bien. Así fue. Terminé el año recursando cinco de las ocho materias.
El tema era simple: ¡no estudiaba nada! En un arrojo de rebeldía, me fui de la UCA y, después de charlar con un amigo, decidí hacer una prueba estudiando Publicidad en la Universidad del Salvador. Tanta era mi desorientación en esa época que duré una hora y media en el curso del ingreso. Todavía hoy me acuerdo y me río de aquella situación. “¿Qué estoy haciendo acá?”, me preguntaba mientras el profesor daba su clase.
En ese entonces, llegó el momento de empezar a afilar un poco la punta del lápiz. Elegí la Universidad de Buenos Aires (UBA), con su famoso Ciclo Básico Común (CBX), el cual ya había “frenado” a más de uno. Por lo tanto, el nuevo desafío iba a concluir en uno de estos resultados: perdería un año más de mi vida o haría un año más de estudio. “¡Qué fiaca!”, pensaba. ¿La carrera? Administración de Empresas o Economía. Los primeros dos años eran comunes, por lo que tenía tiempo para decidir con cuál continuar.
Fueron dos años en los que, aplicando método y un poco de estudio, pasé los parciales –incluso, las notas que sacaba en los primeros eran tan buenas que me alcanzaba para ir a final directamente–. Por otro lado, en esos tiempos hubo factores que complicaron mis estudios: además de tener un trabajo común y corriente (era inspector impositivo de la DGI), daba mis primeros pasos como deportista profesional. Tuve algunos viajes al exterior (por los que me pagaban muy bien) que me hicieron perder los segundos parciales y que apenas me permitieron regresar una semana antes de los finales. Así, sin haber estudiado nada durante mis viajes, nunca rendí los finales.
Entonces (ya había corrido bastante agua bajo el puente), llegó el momento de decidir si quería estudiar o si quería trabajar sin un título universitario. Por suerte, decidí estudiar.
Siempre me había gustado relacionarme con gente de otros países y hacer negocios con esas personas. Por eso, elegí la carrera de Comercio Exterior, que en aquel momento recién empezaba a ser considerada una alternativa válida. Elegí la Universidad Argentina de la Empresa (UADE), la cuarta en mi historial.
Tenía veintiún años y compartía la clase con chicos de diecisiete y dieciocho años. Ya no estaba para andar perdiendo el tiempo por ahí. Hice la carrera en cuatro años, promocionando más de la mitad de las materias y sin reprobar un solo final. ¿Qué había cambiado desde el primer día del curso en la UCA? Creo que, básicamente, el saber que quería estudiar, el tener una especie de plan en la cabeza y cierta claridad de lo que tenía que hacer para recibirme.
Es importante mencionar que no me pasé cuatro años “tragando” libros a lo loco y sin hacer nada más que estudiar. Todo lo contrario; nunca dejé de hacer deportes, de salir a divertirme o de trabajar; sencillamente, apliqué método a todas mis actividades. Un poco de estudio todos los días, prestar mucha atención en clase y no mucho más. Por supuesto, esto fue lo que a mí me funcionó; cada uno tendrá que encontrar “su propia receta”. Hoy trabajo como gerente comercial para una de las compañías productoras de aceite de oliva más importantes de la Argentina.
No hay que alarmarse si uno siente que no tiene una vocación muy marcada al finalizar el secundario, y tampoco hay que desmotivarse si uno debe cambiar de carrera. Tal vez, en ese momento, eso supone un problema, pero hay que saber que todo está relacionado, que el camino que recorremos es nuestro y que siempre se aprende algo, tanto de lo bueno como de lo malo. Por último, con mi relato queda claro que el análisis previo a la elección de una carrera es fundamental para todo aquel que quiera estudiar. Cuando uno tiene información, las cosas se simplifican notablemente.
Recién cuando Francisco se decidió genuinamente a estudiar, asumiendo su elección, pudo comprometerse y finalizar la carrera. El hecho de no querer estudiar una carrera puede deberse a múltiples motivos. Una opción válida también puede ser elegir no estudiar. La elección, en este caso, puede estar orientada a tener una experiencia laboral, a aprender una ocupación que no requiera de formación oficial o a dedicar un tiempo para conocerse con mayor profundidad y para definir qué hacer. Más allá de lo que se espera que hagas, es importante que seas consciente de que sos vos el que lo va a hacer y no otro. Por eso, ¿estás dispuesto a comenzar una nueva etapa en tu vida?
2. Ramiro
Decidir a los diecisiete años qué carrera estudiar no fue nada fácil para mí. En ese momento, no encontré una persona que me guiara o un profesor con el cual me identificara como para acercarme a charlar del tema. Tampoco podía apoyarme demasiado en la opinión de mis amigos, quienes, si bien eran de extrema confianza, estaban en la misma que yo. De lo único que estaba seguro era de que no quería seguir los pasos de mi padre como ingeniero agrónomo.
¿Qué hice para resolver esa situación y encaminarme hacia una elección? Lo primero fue agarrar la famosa Guía de estudiante, y analizar las carreras y sus planes de estudio. De esa forma, empecé a sacar mis propias conclusiones: que la matemática esto, que la historia y la literatura aquello, que la biología lo otro.
Una vez que seleccioné algunas carreras, lo segundo que me propuse fue contactarme con conocidos que estuvieran trabajando en esos ámbitos. Uno siempre tiene al hermano de un amigo o a algún pariente mayor a quien recurrir en estos casos. En ese momento, mi abuelo, ingeniero civil y gran ejemplo de vida para mí, me presentó a un ingeniero industrial. Charlando con él acerca de la carrera y de su trabajo, me divirtió la idea de hacer lo mismo y, sin dudarlo un segundo más, me inscribí en la UBA. ¿Cómo me fue? Para hacerla corta, la dura realidad de la exigencia universitaria hizo que permaneciera tan solo un semestre. Ahí mismo salí corriendo de la física y de la química para meterme en una carrera menos compleja según mi modo de ver las cosas: Administración de Empresas, también en la UBA.
Lo que me ayudó fue el haber salido a buscar trabajo inmediatamente después de terminar el secundario. Empezar con algo de algo y en algo fue un buen comienzo. Así, trabajé un año en una librería como administrativo, donde atendía a los clientes, sacaba fotocopias y repartía volantes, entre otras tareas. Mientras veía los avisos clasificados del diario, di otro paso importante y saqué las siguientes conclusiones: “De comercial, no sirvo; como ingeniero civil, no me veo; abogado, ni loco; y veterinario, menos”.
Habiendo comenzado a trabajar, y sin estudiar algo que me llamara demasiado la atención, empecé a meterme en el mundo de las empresas y a tomar contacto con profesionales experimentados y de áreas diversas, como relaciones del trabajo o recursos humanos, administración de personal, contabilidad, marketing y ventas, y derecho, entre otros.
Luego de permanecer un tiempo en la librería, ingresé como cadete administrativo en una empresa, donde al poco tiempo –debido a que estaba estudiando Administración de Empresas– comenzaron a asignarme tareas de recursos humanos. Tanto me gustó adentrarme en esa área, que decidí, una vez más, cambiarme de carrera. Un año después de haber empezado Administración de Empresas, me inscribí en la Universidad de Ciencias Empresariales y Sociales (UCES) para comenzar Recursos Humanos. Este cambio fue lo mejor que me pudo haber pasado, pero tanta fue la emoción, la dedicación y el amor por el trabajo, que terminé priorizándolo por sobre la carrera universitaria. Quizá tuve la suerte de tener mucho trabajo y viajes, pero lo cierto es que eso me hacía llegar tarde a las clases o, peor aún, ausentarme. Intenté retomar la facultad en otros semestres, pero no hubo caso, siempre el trabajo terminaba siendo lo más importante. A mis veinticinco años, me encontré con que había llegado a un puesto jerárquico importante en la industria de sistemas, que implicaba muchas responsabilidades y gente a cargo..., pero había dejado de estudiar.
Cuando cumplí treinta, empecé a buscar un nuevo trabajo, aunque en una industria diferente. Quería mejores perspectivas, tanto a nivel profesional como económico, pero se me empezaron a cerrar las puertas de aquellas empresas en las que yo quería entrar. En cambio, continuaban abriéndose otras en las que no estaba buscando ingresar. Tenía más de cinco años como gerente de Recursos Humanos en el área de Sistemas, pero aún no me había recibido. Sí o sí necesitaba un titulo universitario para jugar en las “grandes ligas” corporativas.
A pesar de la frustración que me generaba eso, por suerte se dio algo en lo que venía pensando: abrí mi propia consultora de recursos humanos y soluciones informáticas. Ya hace dos años que, junto a mi socio, trabajamos en este proyecto. Hoy me siento motivado y avanzo a paso de elefante: lento, pero firme.
Estudiar una carrera es una herramienta, un medio y no un fin en sí mismo. Contar con un título, en muchas ocasiones, abre puertas y posibilidades.
Guía de trabajo
1. Identificá en cuál de los siguientes cinco momentos te encontrás y subrayá la o las opciones que mejor reflejen tu situación actual. El objetivo de este primer ejercicio es que reconozcas dónde estás parado y qué tramos del camino te faltan recorrer para llegar a una elección auténtica. Cada quien tiene sus tiempos y no todos estamos igualmente posicionados frente a la situación de elegir. Si pensás que ninguna de las opciones que sugerimos te representa, agregá otra que se ajuste mejor a tu situación.
Primer momento
Seguís en el colegio y considerás que aún no es tiempo de pensar en el futuro.
Tu atención está puesta en el presente y en tu rutina cotidiana.
Terminar el colegio es algo muy lejano para vos. Aún no te incomoda la pregunta acerca de qué vas a hacer después del secundario.
Solo pensás en disfrutar del último año con tus compañeros.
Otra:
Segundo momento
Comenzás a preguntarte qué vas a hacer después del colegio.
Empezás a caer en la cuenta de que el colegio se termina, pero todavía no tenés idea de qué vas a hacer.
Otra:
Tercer momento
Reflexionás sobre qué cosas te gustan y si hay alguna carrera relacionada.
Investigás en internet y con guías del estudiante.
Hablás con amigos y con familiares acerca del tema.
Te das cuenta de que te gustaría tomarte más tiempo para pensar en una carrera.
Decidís trabajar o hacer algunos cursos.
Tu decisión es genuina y pensada, no un escape.
Otra:
Cuarto momento
a) Si pensás estudiar una carrera o realizar algún curso…
Visitás algunas universidades o instituciones que dictan las carreras o cursos que te interesan.
Analizás los planes de estudio, los objetivos de las carreras/cursos y sus posibles salidas laborales.
Hablás con profesionales y estudiantes avanzados.
Otra:
b) Si pensás trabajar…
Pensás en qué, y en dónde te gustaría y podrías trabajar.
Te asesorás para preparar tu currículum vitae.
Averiguás en qué lugares (comercios, empresas, sitios de internet, etc.) podés presentar tu currículum.
Les comunicás a otras personas tu deseo de trabajar.
Otra:
Quinto momento
Te pones en acción para llevar adelante tus decisiones.
Otra:
2. Respondé a las siguientes preguntas:
a) ¿Tenés ganas de estudiar una carrera? ¿Por qué?
b) ¿Qué implicaría no estudiar para vos y para quienes te rodean?
c) Si ya decidiste estudiar, ¿qué lugar ocupa el estudio en tu proyecto de vida y en relación con tus demás intereses u obligaciones?
3. A continuación, completá las siguientes frases. El objetivo es que escribas más de una oración y que sea un ejercicio de reflexión y profundización de tus ideas.
Cuando termine la secundaria quisiera
Seguir una carrera
Me da miedo
Pensar en el futuro
Si no estudiara
Yo quiero ser
CAPÍTULO 2
Vocación
Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;
caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.
Al andar se hace camino
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante, no hay camino
sino estelas en la mar...
Todo pasa y todo queda,
pero lo nuestro es pasar,
pasar haciendo caminos,
caminos sobre el mar.
Antonio Machado
El concepto de vocación no es sencillo de definir. Sin embargo, podemos acercarnos a su significado a través de algunos ejemplos. Es frecuente encontrarse con personas que deciden estudiar una carrera, que luego trabajan en algo relacionado y que, llegado un punto, se dan cuenta de que no se sienten satisfechas. Este ejemplo puede ser útil para pensar que la vocación tiene que ver con una búsqueda y con la pregunta acerca de qué queremos hacer con nuestra vida. Muchas veces, lo que nos da satisfacción en un determinado período puede que luego no nos satisfaga y que nos veamos ante la necesidad de replantearnos cómo queremos seguir.
También hay otros casos en los que la persona se siente a gusto con su profesión, pero tiene la necesidad de hacer algo más. A veces, un hobby o una actividad paralela a la laboral permiten desplegar otros aspectos de la personalidad que no podían expresarse a través del trabajo.
Y un ejemplo muy diferente a los anteriores podría ser el de una mujer de treinta y dos años que trabaja tiempo completo en una empresa y que comienza a sentir el deseo de ser madre. En este caso, nos encontramos con otro aspecto de la vocación que no tiene que ver con la profesión, sino con un proyecto de familia.
Las elecciones que vamos haciendo son medios para explorarnos y para expresarnos. Cada elección es un intento de dar respuesta a la pregunta acerca de qué queremos hacer con nuestra vida. Luego, las vivencias resultantes nos darán la pauta de si queremos continuar sosteniendo esa experiencia o no.
3. Carlos
Cuando estaba en tercer año del secundario, tuve que elegir entre dos especializaciones: científica o humanista. Como me iba bien en Matemática, la entendía y los ejercicios me salían, y como no me gustaba Filosofía, la decisión me resultó muy fácil.
Dos años después, cuando llegó el momento de elegir la carrera, me guié por el mismo principio: más que priorizar o preguntarme qué era lo que realmente me gustaba, me incliné hacia el lado para el que tenía más facilidad. Así fue como me encaucé hacia las ingenierías, dudando hasta último momento entre la civil y la industrial.
Mi papá es un reconocido ingeniero civil con un estudio propio. Eso, por un lado, me tentó porque de alguna forma me abría una puerta en lo laboral, pero por otro lado tampoco quería ser un calco suyo. Por eso, decidí cambiar un poco el rumbo y volcarme hacia la ingeniería industrial.
Siempre me preocupó mucho la salida laboral. Creo que, sin darme cuenta, le di más importancia a eso que a lo que realmente me gustaba, pero ¿qué era lo que realmente me gustaba? No lo sabía, porque no había hecho suficiente “lugar” en mi cabeza para pensarlo. Era como si hubiera completado un formulario poniendo cruces en los ítems que me preocupaban. Además, en esa época, yo era muy exigente conmigo mismo y no me permitía una carrera “fácil”. Más que una carrera, lo que yo quería era hacer un “carrerón”, destacarme. Por supuesto, tampoco les di lugar a carreras “femeninas”; con esto me refiero a aquellas en las que predominan las mujeres. Para mí, en esa época, Psicología o Enfermería eran dos opciones que nunca iba a considerar.
De esta manera, me sumergí en el mundo de la ingeniería industrial. Estaba feliz con mi decisión; me interesaba, me gustaban mucho las fábricas y también la producción, pero nunca había hablado con un ingeniero industrial, por lo que no tenía demasiado claro en qué consistía la profesión. Sin embargo, esto no me quitaba el sueño. Ya estaba embarcado y la carrera me había ido conquistando y seduciendo. A medida que avanzaba en la cursada, le iba tomando más el gusto y, aunque me demandaba mucho esfuerzo y me hacía perder muchos programas y salidas con amigos, estaba contento con la elección que había hecho.
Así pasaron los años y se fue acercando el final de la carrera. Era un buen momento para buscar trabajo. Dada la situación del país, y necesitando un poco de independencia económica, hice lo que todos los estudiantes de cuarto año de Ingeniería hacen: buscar empleo en la bolsa de trabajo de la facultad y a través de los avisos clasificados del diario.
Los únicos que buscaban ingenieros de manera formal eran las grandes empresas. Fue así como empecé una pasantía en Edenor. Era mi primer trabajo y, aunque no me gustaba la empresa ni las tareas que realizaba, no me lo cuestionaba: tenía un trabajo, tenía mi plata y me daban los tiempos para terminar la facultad. Sin embargo, unos meses después, ya en la última recta de mis estudios, empecé a buscar un nuevo trabajo. Al poco tiempo, recibí un llamado de Gillette y entré. Era mejor sueldo, una empresa de consumo masivo con muchos beneficios y gente joven. Estaba feliz; definitivamente, ¡eso era lo que quería! Me recibí y pasé los dos primeros años muy contento, trabajando, haciendo amigos y juntando algunos pesos que me permitían hacer mi vida sin rendirle cuentas a nadie.
Al mismo tiempo, me involucré en distintas actividades comunitarias que me hicieron sentir una enorme satisfacción al poder hacer algo por otros. Por supuesto, mi lado “ingenieril” hacía de las suyas: me metí en la organización y en la logística de estas actividades, temas que manejaba con gran soltura. Más allá de eso, descubrí que tenía habilidad para interactuar con las personas, tanto las que ayudaba como las que integraban el equipo de trabajo solidario. Más tarde, esto sería fundamental en mi vida. Pero sigamos con mi trayectoria como ingeniero…
En ese momento, luego de tres años de trabajo en la empresa, empecé a sentirme incómodo en el plano laboral. Me iba bien y estaba a gusto ahí, pero algo me molestaba. Primero, internamente le eché la culpa a mi jefe. Después, al trabajo; más tarde, a la cantidad de trabajo, y, finalmente, a la compañía. Entonces me di cuenta de que un aspecto de esa vida no me estaba gustando. Mis amigos no lo entendían, ¿acaso no estaba en una excelente empresa? Sí, pero algo no me cerraba. Entonces me puse a buscar trabajo de nuevo, con la excusa de que ya no trabajaba con la misma gente que al comienzo y de que habían sido injustos conmigo en no darme la promoción que esperaba.
Luego de algunas entrevistas, y tras cuatro años en Gillette, conseguí trabajo en SC Johnson, una gran empresa de consumo reconocida por destacarse en el trato con sus empleados. Los primeros dos meses fueron muy buenos; conocer gente, darme a conocer, descubrir los procesos y trabajar en algo más relacionado con la fábrica. De la misma forma que esas cosas me sedujeron los primeros meses, me aburrieron después, y enseguida sentí el mismo ruido en mi cabeza. “¿Qué pasa?”, me preguntaba, ¿acaso no quería cambiar de empresa?, ¿y ahora qué? No lo sabía…
Paralelamente a estos cuestionamientos, me casé, por lo que durante un tiempo cambié el foco de atención. Más tarde, sin embargo, decidí encarar el tema con mayor profundidad. A raíz de preguntas como ¿quién soy?, ¿qué me gusta?, ¿por qué?, ¿qué quiero hacer? y ¿qué cosas realmente disfruto y me hacen bien?, empecé a retroceder y a analizar cómo había tomado las decisiones que me habían llevado hasta ahí: ¿por qué estudié lo que estudié?, ¿por qué elegí esa facultad y no otra?, ¿por qué trabajo donde trabajo? Pensé bastante y asumí que, en muchas ocasiones, no había sido libre en el momento de elegir. Y no porque alguien me hubiera obligado a hacer algo que no quería, sino porque no había tenido elementos para decidir ni había estado preparado para hacerlo. No había tenido idea de la profesión que había elegido y tampoco me había permitido conocer otras cosas.
Así fue como decidí pedirles ayuda a mi mujer, a profesionales, a compañeros, a amigos y a personas que sabía que podían darme una mano. Lo que sí tenía claro era que la vida en grandes empresas no me estaba gustando y que yo no estaba hecho para eso. Durante todos esos años de trabajo, había descubierto que me agradaba mucho lo social, el trato con la gente, y que quería hacer algo un poco más comprometido con el mundo, con la sociedad, con el otro. Si la empresa vendía más o menos productos, no le cambiaba la vida a nadie; yo seguía teniendo mi sueldo a fin de mes, y ese sueldo me permitía hacer las cosas que me gustaban, jugar al fútbol y comer asados con amigos. Me reuní para hablar con gente de la política, de ONG, de empresas familiares y con expertos en recursos humanos y psicólogos, entre otros. Todos, de alguna manera, me fueron abriendo los ojos.
Hacía unos años que, en mis ratos libres, junto a mi mujer, ayudaba en una asociación que brindaba jornadas y talleres para novios y, casi sin darme cuenta, surgió la posibilidad de dedicarme a tiempo completo a la asociación. Era una jugada muy arriesgada: podía perder todo lo cosechado en siete años de trabajo en empresas, podía llegar a tener que ajustarme el cinturón con un ingreso menor, podía quedar como un tonto que después de muchos años cambiaba de rumbo tan drásticamente. Lo pensamos mucho y, finalmente, tomamos la decisión de hacer ese cambio. Fue muy difícil, pero una vez ejecutada la decisión, todo fue mucho mejor. Me conecté conmigo mismo, con mis gustos, mis pasiones y con las cosas que me hacen feliz.
Hoy trabajo asistiendo a parejas de novios y matrimonios, y también estoy creando junto con un equipo un centro de atención a la familia. A los diecisiete años, jamás hubiera pensado en una cosa así. Ser libres implica renovar lo que sabemos acerca de nosotros mismos, actualizarnos y estar siempre atentos a las cosas que nos gustan y nos hacen bien. A medida que vamos creciendo, vamos cambiando, y puede que nuestros intereses y necesidades evolucionen; por eso, creo que la vocación se desarrolla a lo largo de toda la vida.
Muchos creen que perdí años de mi vida y que los treinta no es una edad para hacer ese tipo de cambios. En mi caso, fue a los treinta. Pude reconocer que me gustaba otra cosa y me animé a salir a buscarlo. ¿Hubiera preferido que el cambio haya sido antes? No lo sé, los siete años en las empresas me dieron mucho; conocí amigos, a mi mujer, y me aportaron cosas que me van a servir siempre. Hoy estoy contento de haber dado este paso y no me importa si más adelante tengo que dar otro volantazo en mi profesión. La vida es muy generosa y siempre hay oportunidades que van y que vienen, pero lo importante es saber que debemos ser libres y elegir conociendo y conociéndonos.
Guía de trabajo
A continuación te acercamos tiras de Tute y de Liniers que te ayudarán a reflexionar acerca de la vocación.*


1. Respondé: para vos, ¿qué es la vocación?
2. Te proponemos que les preguntes a cinco personas qué es la vocación.
1)
2)
3)
4)
5)
* Agradecemos a Tute y a Liniers el permiso concedido para reproducir sus respectivas tiras.
CAPÍTULO 3
Trabajo en familia
Te sugerimos que leas este capítulo acompañado de tus padres o de familiares que te estén ayudando en tu proceso de elección, ya que tanto los testimonios como los ejercicios les servirán a ambos.
La familia casi siempre está pendiente respecto de este momento de transición que estás viviendo. Es normal que tus padres tengan expectativas puestas en vos, pero lo ideal es que estas no obstruyan tu elección.
Los adultos cuentan con la experiencia de haber pasado por un momento similar. Conectarse con esa vivencia puede ayudarlos a ponerse en tu lugar y, de esa manera, acompañarte. No se trata de ubicarse en un lugar de saber. Acompañar puede ser, simplemente, escuchar las dudas y los miedos, o que el otro sepa que puede contar con uno.
Muchas veces los padres están más preocupados que los hijos por la elección. En algunos casos, los jóvenes aún no se hacen cargo de su elección y esto genera que los padres se preocupen por él. En otros, los criterios del hijo son distintos a los suyos y esto los preocupa. Y también existen los casos en los que el joven asume la responsabilidad que le toca, pero, aun así, los padres quieren que todo se resuelva en forma inmediata. En el primero y en el tercero, es necesario que los padres toleren la espera, mientras que, en el segundo, que respeten lo diferente.
Algunas recomendaciones para los padres acerca de cómo acompañar:
Escuchar las inquietudes sin poner en juego los propios deseos o prejuicios acerca de determinadas carreras o instituciones de nivel superior.
Aconsejar con objetividad, más que desde lo que sería conveniente para uno.
Fortalecer la confianza que el joven tiene en sí mismo y en sus proyectos.
Ayudarlo a valorar sus capacidades.
Motivarlo para que emprenda una actitud proactiva y responsable respecto de su proceso de búsqueda, aunque tomando la distancia necesaria.
Comprender que el proceso es personal y que no es posible resolverlo ni vivirlo como si fuese propio.
Demostrar interés sin transmitir preocupación ni presión, ya que el proceso de elección conlleva un tiempo externo y otro de elaboración interna.
Respetar la decisión final del que elige.
4. Luis
Cursaba el tercer año de la escuela secundaria y, en forma paralela, tomaba clases de inglés en una academia de la zona. Ese año, en la academia, teníamos una docente inglesa muy exigente a la que muchos chicos les costaba seguir y, como yo no tenía mayores dificultades con la materia, les ofrecí mi ayuda.
Sin darme cuenta, al poco tiempo tenía mi casa llena de compañeros, quienes, viendo los resultados positivos, comenzaron a promocionarme en años inferiores de la academia. De ese modo tan atípico, descubrí que me gustaba enseñar y que, de hecho, lo hacía muy bien.
Hacia el final de la secundaria, el mayor conflicto fue definir con qué materia transmitiría esas ganas de enseñar, ya que, además de inglés, me gustaban las ciencias sociales y, específicamente, la geografía. Hice algunas averiguaciones y al poco tiempo llegué al Instituto de Profesorado Joaquín V. González. Allí cursé el profesorado de Geografía y, años más tarde, el de Inglés.
¿Cómo decidí cuál hacer primero y cuál en segundo lugar? Sencillamente, fue una cuestión definida por el azar. Cuando fui a anotarme, la fecha de inscripción para el profesorado de Inglés ya había pasado y solo estaba a tiempo para hacerlo en el de Geografía. De ese modo resolví mi disyuntiva adolescente sobre qué materia enseñaría para canalizar mi vocación docente. Esa dualidad inicial me ayudó, con los años, a encarar el desafío de la enseñanza bilingüe, la que más tarde implicaría un devenir de nuevos aprendizajes.
Este camino hacia la educación, que fue desde el punto de vista vocacional muy simple y espontáneo, tuvo sus obstáculos, que estuvieron relacionados con la amorosa intención de mis padres, quienes, guiados por su instinto de protección, trataron de disuadirme para que enfocara mis estudios superiores en alguna carrera que me garantizara una economía futura sólida. Recibí el mismo consejo por parte de profesores de la secundaria y del profesorado, pero sus argumentos nunca provocaron ningún tipo de incertidumbre o de miedo respecto de mi decisión y de mi futuro como profesor.
Hoy, a mis cuarenta y tres años, me siento feliz por haber seguido casi instintivamente ese primer reflejo hacia la docencia, que me permite redescubrir, día a día, esa magia con la que acompaño a mis alumnos en su transición de la “oscuridad del desconocimiento” a la “luminosidad del saber”.
Muchas veces, la escala de valores de los padres no es compartida por los hijos. En el caso de Luis, para los padres era importante la solidez económica, pero para él siempre fue más importante su amor por la docencia.
5. Zebedeo
Mientras cursaba el último año del secundario, el Departamento de Orientación del colegio, conformado por psicólogos y psicopedagogas, realizaba entrevistas y encuestas a los alumnos con el propósito de identificar los puntos fuertes de cada uno y relacionarlos luego con una carrera universitaria o con una profesión. En mi caso, recuerdo que mi “potencial” se registraba en las disciplinas humanísticas, como periodismo, comunicación social y psicología, entre otras. En lo personal, me sentía muy cómodo en esas áreas.
Las entrevistas y los cuestionarios habían arrojado los resultados que yo esperaba. Me motivaba mucho exponer algún tema o dar un oral frente a mis compañeros, y también notaba que, en la escritura y en la investigación, me desenvolvía con soltura. El solo hecho de pensar que con mis líneas de texto publicadas en algún medio informaría a otras personas me producía mucha satisfacción. Por supuesto, esto me desvinculaba claramente de las ciencias exactas o de cualquier tipo de ingeniería. Con estos argumentos e ideales, decidí averiguar qué carreras se relacionaban con la comunicación y con aquello que me interesaba.
Luego de realizar algunas investigaciones, ese mismo año, con total convencimiento decidí que estudiaría la carrera de Periodismo en una universidad privada. ¿Por qué elegí esa universidad y no otra? Sencillamente, me sedujo la proximidad que tenía a mi casa, la estética y los contenidos de su folletería, y los datos que me proporcionaron cuando me acerqué a pedir información sobre la carrera. Opté por esa institución porque me resultaba interesante el plan de estudios y también por la flexibilidad horaria que ofrecía para cursar materias, cosa que en la UBA no ocurría.
No sin antes consultar con conocidos que se encontraban estudiando en otras universidades, públicas y privadas, al poco tiempo de haber comenzado Periodismo, decidí cambiar de rumbo y buscar otra alternativa. Había empezado a sentir una gran incomodidad en todo sentido; los contenidos académicos no tocaban los aspectos que esperaba y la exigencia era muy desigual entre las materias. Esto no solo lo notaban mis compañeros, sino también mi familia, que se daba cuenta de que el material de lectura variaba considerablemente según cada asignatura. La carrera de Periodismo y mi personalidad ya no eran compatibles; entonces, determiné que no iba a poder desarrollar el tipo de escritura investigativa que me gustaba a través del periodismo, conclusión que hoy no me parece tan acertada.
Después de tomar la decisión de abandonar la carrera, comencé a pensar qué otra cosa podría estudiar. En ese momento, mi familia fue muy importante. Conversando con ellos acerca de mis intereses y habilidades, me recordaron que, en el secundario, tenía mucha facilidad para discernir y razonar acerca de todo lo concerniente a las ciencias ambientales, la biología o a la naturaleza. Así, lograron que considerara un aspecto en el que yo no había pensado.
Luego de informarme acerca de las diferentes carreras que estaban vinculadas con lo ambiental, me resultó interesante lo relacionado con la gestión ambiental administrativa de los recursos naturales. Fue así como elegí la licenciatura en Gestión Ambiental. Y volví a elegir la misma universidad privada. Si bien no había tenido una buena experiencia con la carrera de Periodismo, las cosas resultaron diferentes en esta segunda oportunidad.
La cursada fue muy interesante por la cantidad y la calidad de información que asimilé en poco tiempo y, además, por la diversidad del alumnado: la mayoría de mis compañeros provenían de otras provincias o países, aspecto que fue muy positivo para el aprendizaje y para el intercambio de ideas.
Hoy desarrollo actividades de docencia e investigación. Entre otras, participé en tareas de investigación y recolección de información sobre residuos en la Argentina y en el mundo para la UADE. Poco a poco, avanzo en la construcción de mi propio camino. Como en toda carrera profesional, la paciencia y el trabajo constante en actividades que a uno le interesan acarrean, tarde o temprano, resultados gratificantes. Hoy no descarto ampliar mi perfil profesional hacia la biología y la química.
En mi caso, tomé varias decisiones “erróneas” y “correctas” que me ayudaron a identificar un área de interés profesional. Escuchar a las personas con las que me sentía más cómodo fue algo muy importante para mí, como también haberme informado (en cantidad y calidad) acerca de las carreras que me resultaban interesantes. Hoy puedo decir que las decisiones deben realizarse con tranquilidad y que no debemos rendirnos si sufrimos algún traspié, ya que estos nos fortalecen y nos hacen crecer.
Un mismo interés puede relacionarse con muchas ocupaciones y no necesariamente con una, como en el caso de Zebedeo. Él sabía que le gustaba la escritura y la investigación. En un principio, relacionó estos intereses con el periodismo, pero luego los trasladó al área de las ciencias ambientales. Es importante ir más allá de las opciones de formación conocidas y no reducir los propios intereses a una carrera o un área específica.
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