Kitabı oku: «Julito Cabello contra las tribus urbanas»
A mi Marcela.
UNAS PALABRAS AL INICIO
Estimados lectores, tienen en sus manos (a menos que sean un robot o un alien) un nuevo libro de Julito Cabello. Esta vez trabajé mucho más (siempre digo lo mismo) y hasta quedé más flaco (ver dibujo). Para quienes no hayan leído los seis libros anteriores, igual van a cachar algo, pero se les recomienda comprarlos para que pueda ponerme un diente nuevo de titanio.
En fin. Aquí vamos.

Buenos días, buenas tardes terrícolas. Buenas noches no, porque hago tuto.
No sé por qué me tocó vivir en este mundo tan raro (mi palabra favorita), pero me tocó no más. Parece que fregué.
Un mundo con gente que abre paquetes en internet y le pagan por eso (what?), con comida que tiene sellos que dicen que mejor no te la comas (¿entonces qué hago?) y con muchos videos de guaguas que se caen y gatos que tocan piano en internet (agú + miau).
Pero, lo peor de todo son los adultos (y las guaguas, cuando se hacen caca).
¿Quién entiende a los adultos, ah? ¿Por qué no vienen con instrucciones, como las consolas de videojuegos? ¿Por qué se ponen a dieta el primero de enero, cada año, y lo celebran con un asado bien chancho? ¿Por qué se compran zapatillas y buzo nuevo para hacer “ejercicio”, que nunca hacen? ¿Ah, ah?
¿Ah? (Ya lo había dicho, pero igual: ¿ah?)
Y en mi caso es peor, porque tengo DOS adultos en mi casa: mi papá, Julio Cabello, y mi mamá, Rosa Parada. Tengo que reconocer que a veces se portan bien y me dan desayuno, ordenan mis juguetes, me llevan al cine y me secan la espalda (y me meten cotonitos en la oreja, que salen con un puré tóxico café oscuro, aj), pero a veces… OMG. A veces andan todos estresados y se duermen unas siestas tipo hibernación los fines de semana, como si se estuvieran actualizando len-ta-men-te. Pero bueno, es lo que nos tocó a los niños.
Y a propósito de niños, hay otros dos bajo el mismo techo Cabello. Primero está mi hermano Beltrán, que cuando más chico se creyó niño–hámster, después pato rockero y, finalmente, fue un ídolo mundial del videojuego La invasión de las frutas ninjas mutantes del espacio exterior). Y también me rompe mis cómics (aunque cada vez menos, porque creció). Y aparte de él, está la María, una guagua híper súper duper inteligente y súper dotada que hasta sabe hablar, pero que igual usa pañales (tóxica).
Mascotas no tenemos, porque se arrancarían de puro vernos. Además, con mis papis basta y sobra (je).
Aparte, tenemos en la casa, pegadito a ella, un restaurante peruano llamado El inka guatón. Y es nuestro (el restaurante, no los que trabajan allí, porque eso sería esclavitud, ojo).
Fuera de este reality que es mi casa tengo un mejor amigo llamado Aarón que solo dice hum (por eso llevamos años siendo amigos), y una amiga llamada Andrea que me hace decir hum, porque me… cae muy bien (y no molesten).
Los días pasan tranquilamente en mi hogar, hasta que siempre pasa algo inesperado.
Aunque si siempre pasa algo inesperado, debiera decir que igual me lo estaba esperando.
Oh. Ahora soy Cabello Filósofo.
¿Ser o no ser? ¿Existimos o no? ¿Hay que regar los cactus? ¿Por qué cuesta tanto cortarse la uña chica de la pata? ¿Por qué el pichí sale tan hediondo después de comer espárragos?
¿Ah?
Y ya me agoté.
1
UNA NOCHE OSCURÍSIMA
Todo partió una noche oscurísima y sin estrellas. Oscura como un Súper 8. De verdad. Brrrrr.
Nos estábamos subiendo todos a un par de taxis, porque íbamos a celebrar. Mis papitos y mis hermanitos. La excusa era que mi papá, antes crítico de restaurantes y ahora escritor de libros para niños, había terminado su nueva obra maestra: El ataque de súper salami.

Antes había escrito un libro de recetas de cocina para niños, y después uno de dragones legendarios escupe fuego, antes de crear a su nuevo súper héroe, el único con sellos negros: porque era alto en colesterol y en sodio. De verdad. Según mi papá, era su forma de educar a los niños para que comieran de forma más saludable. Según yo, era bien raro su heroísmo, porque sus némesis eran una lechuga mutante y un apio ninja. Pero en fin.
Adultos…
Mi linda mamá, por su parte, había terminado de escribir su segundo libro. Antes había hecho uno sobre la dictadura, perdón, la superioridad (jura) de las plantas mujeres sobre las plantas hombres. Era de ciencia ficción (broma). Y ahora su tema era el autismo de los cactus (broma de nuevo). Noooo. Era sobre cómo los cactus podrían salvar a la humanidad si caían montones de bombas atómicas y tuviéramos que sobrevivir chupando sangre de cactus.
Y esto no es broma. Qué chusto.

Durante meses mis papás se habían turnado en cuidarnos y en escribir. Un día mi mamá desaparecía y comíamos pura pizza (yes!). Al día siguiente mi papá se esfumaba y comíamos puro pasto (bu). Hasta que ambos dejaron de traumarnos para el resto de nuestras vidas y les pusieron fin a sus dos libros. Por eso la salida a comer, ¿ok?
Así fue como llegamos a un restaurante vegetariano, porque cuando hay carne en el plato a mi mamá le dan arcadas = vegetariana.

Se trataba de La sana zanahoria, donde afuera había como cien bicicletas estacionadas (pura gente sana) y las chicas que atendían eran flaquitas como ramitas, muy pestañudas y llenas de tatuajes pachamámicos. Pero igual tenían algunos piercings bien agresos, como para que todos supiéramos que podían pegar su patada voladora si había que salvar a algún mono de un laboratorio. O sea, dulces pero duras.
Nos sentamos todos en una mesa bien grande y nos pasaron las cartas en papel reciclado (obvio) donde ofrecían:
–Palitos de apio contento.
–Betarragas crudas felices.
–Lechuga súper chascona (gallaaa).
Y un montón de cosas orgánicas, sin gluten (¿qué es eso? Suena a alguien ahogándose), conscientes (¿pero no se supone que algo debe estar inconsciente, o sea muerto, para comérselo?) y blablablá, y ya se me quitó el hambre. Obvio que al Beltrán también, porque altiro preguntó si no tenían hamburguesas.
–Por supuesto -respondió la elfa bélica animalista que nos atendía-. Tenemos hamburguesa de cochayuyo recogido bajo la luz lunar. Y de garbanzos guerreros mapuche pueblo originario.
A estas alturas, obviamente, mi papá se había puesto a toserf. Porque por más amor que le tenga a mi mamá, esto de lo vegetariano no le gusta mucho.
–Ya, Julio, calma -dijo mi mamita-. Yo voy a pedir los platos. Señorita, traiga…
Y ahí se puso a hablar con la pestañuda en su lenguaje. ¡Y resultó! Porque al final llegaron unos tallarines bien ricos con salsa para todos, aunque ni nos dimos cuenta de que la carne era vegetal (¿de vaca de árbol?). Así que todos felices a la italiana, y mi mamá con una ensalada de hojas marcianas y la María con su colado (orgánico, obvio).
Salvados.
Después de quedar llenitos, mi papá tosió antes de dar un anuncio.
–Estimada familiaf, finalmente hemos terminado nuestros libros. Y esta vez los dos al mismo tiempo. Les damos las gracias por la paciencia (y nos miró a los mini Cabello). Y por la otra paciencia que les viene, porque además les aviso que mañana llega un alojado a la casa.
Ahí mi mamá se atragantó hasta con las semillas de sésamo del postre.
–¿Un invitadof, Julio?
–Perdona por no haberte avisado antes, mi florecilla (patero). Es que mi hermano recién me pidió ayuda, porque se viene de vuelta de España y no tiene dónde alojar. Pero serán solo unos días no más, lo juro.
Y aprovecharemos la sala de planchado, justo ahora que dejamos de escribir allí.
–¿Tu hermano Rodrigo, el ar-tis-ta?
–Ese mismo.
O sea, ¿había un artista en la familia?
Yo nunca había oído hablar de ese tío.
¿Será reggaetonero? ¿Un DJ Cabello?
Se armó la fiesta. O no. Ya sabremos.
2
A POTO PELADO CABELLO
Ya íbamos todos de vuelta, pero antes de salir del restaurante les juraría que vi a la alumna Vaca rumiando en una de las mesas. ¿Un plato de alfalfa? Ja. Y en eso estaba meditando, con la María roncando en el auto, cuando llegamos a nuestra casita. Y al momento de abrir la puerta, no hubo necesidad de hacerlo, porque estaba abierta.
Y con la chapa rota.
Al entrar, se parecía a una post pijamada (pero sin el olor a pata). Desorden total. Y el Beltrán, que andaba medio tutoso, se despertó de golpe y comenzó a corretear por las piezas y a hacer el conteo de las bajas.

–Falta la tele, los dos computadores, las consolas y el Blue-Ray.
Mi mamá siguió:
–Mis joyas, mi cámara de fotos y mi ropa.
Y mi papá:
–Mi disfraz de dragón, mis figuras de Dragonball de colección. ¡Y eran Bandai! Y mi ropa. Hasta los calzoncillos me robaron. Pobrecitos, a lo mejor no tenían con qué vestirse.
Ay, mi papá.
Para qué les digo que nuestros niveles de felicidad bajaron supersónicamente a menos que cero. Es extraño que te roben, la dura. Quedamos como post ataque zombi: felices de estar vivos, pero pensando en cuándo iban a volver de nuevo por nuestros brains.
Poco a poco nos íbamos dando cuenta de otras cosas que faltaban (menos la María, que puro roncaba, y que tenía su chupete puesto, lo único que echaría de menos). Dábamos vueltas en silencio, haciendo el conteo de las bajas, hasta que mi papá se pegó una palmada en la frente.
–¡Mi libro!
Entonces mi mami, muy solidaria ella, dijo lo mismo.
–¡Y mi libro! También estaba en el computador.
–¿Y no los tenían en la nube? -pregunté, muy enterado de la modernidad mundial modernosa.
Ambos dijeron “no”.
Oh, no-no. Meses de trabajo perdido, de ellos. Y de sufrimiento infantil innecesario, el nuestro.
Pero faltaba algo más.
Como era fomingo, nuestro restaurante estaba cerrado. Aunque ahora estaba abierto. A la fuerza.
Se habían llevado hasta la salsa huancaína.

Y también mi kétchup personal.

3
MALAS NOTICIAS, BU
Obviamente que mis papás llamaron a las fuerzas de la ley y el orden, para contarles nuestra desgracia (ay, mi kétchup). Así conocimos al sargento Rebolledo y a la teniente Monsalve. Uno era flaco y pálido, y la otra chica y muy maquillada. Eran como un shinigami y una pitufa (mucha tele, ya lo sé).
–¿Pueden decirnos de quién sospechan, señores?
–De alguien pobre, creo yo -dijo mi papá.
–Ah -dijo la pitufopolicía.
–¿Creen que podremos recuperar algo? -dijo mi madre.
Ahí como que se miraron y juraría que se rieron, pero sin que se les notara (muy profesionales ellos).
–Habrá que ver, señora -dijo Rebolledo.
–No hay que perder la esperanza -dijo Monsalve.
Y ahí se largaron a hacer una lista de todas esas cosas que jamás recuperaríamos. Snif.
Como no se habían robado el café, mis papitos se sentaron a tomar uno en la cocina. Se los veía marchitos (lenguaje de mi mami, especialista en flores).
–Voy a tener que reescribir mi libro de memoria, Rosa, porque tengo que entregarlo a la editorial lo antes posible.
–Y yo también, por si te interesaba.
–Ay, mi amor, no es que lo haya olvidado, eso de tu libro, ¿de qué era tu libro?
–Tan solidario.
–No puedo evitarlo, me educaron así.
Ahí mi mamá emitió un gruñido nada de floral. Susto. Y mi papá comenzaba a toser, como cada vez que se ponía nervioso.
–Pero no te preocupef, saldremos de estaf.
–Lo sé, pero el tema, Julio, es que ya no nos queda plata. Y no tendremos el pago por los libros. Y no podemos abrir el restaurante, porque lo dejaron pelado.
Oh no. Parece que tendremos que actuar en los semáforos haciendo de mimos. Aunque si a la María la ensuciamos un poco, de más que nos darían más monedas, ¿o no?
Y allí estábamos los Cabello muy deprimidos, mientras los señores de la ley seguían haciendo la lista de todo lo que habíamos perdido. Hasta que alguien apareció en la puerta y hasta sacaron sus revólveres de puro susto al verlo.
–¡Arriba las manos! -dijeron a dúo.
–Ay, ¿pero qué hice esta vez? -respondió un tipo flaco y con olor a pucho. De verdad olía a cenicero como a tres metros a la redonda.
–Identifíquese (nuevamente a dúo).
–Me llamo Rodrigo Cabello y vengo llegando de España.

Ahí mi papi sacó la voz.
–¡Hermanito! Llegaste antes.
–Sí. Es que a última hora me conseguí un vuelo como con ocho escalas que salía más barato. Y antes. Y como no tenía minutos en el celular, no alcancé a avisarte.
Entonces mi papá se acercó y lo abrazó. Juraría que al abrazarlo como que le salió polvo.
–Las malas noticias no llegan solas -dijo (muy bajito) mi mamá.
–¡Hola, Rosa, cómo estás! ¿No tendrán por ahí algún traguito para recibir a este viajero?
Y no tenían, porque también se lo habían robado, ja.
4
MAÑANA DEL TERRORF
Como estábamos en una situación crítica (y pobre), ese lunes no fuimos al colegio con el Beltrán. Había que mantener a la familia unida (en la pobreza), creo yo. Y así estábamos, tomando desayuno (puro pan con té, pobre) y buscando soluciones a este problema.
–Tenemos que hacer algof -dijo mi papá.
–Sí, genio -dijo mi mamá.
–Primero que nada, debemos reescribir nuestros libros, ¿no?
–Y ¿dónde lo vamos a hacer, si tu hermano está roncando en la pieza que usamos para escribir? Además, no olvides que ya no tenemos computadores.
–Ah, verdad. Entonces tendremos que escribirlos a mano. Y en cualquier lugar.
–Ya. ¿Y cuándo sería eso?
–A partir de ahora mismo. Fighting!
Explicación ñoña:

Como mi papá consume todo tipo de mangas y también series coreanas, se le ha pegado eso del Fighting!, que es la versión oriental del ¡Vamos que se puede!
Explicación ñoña
–Sí, claro, Fighting!
Y en ese preciso instante mi hermanita María levantó su pequeño puño y dijo:
–Fighting!
Awhl! A mis papás se les pusieron altiro las pupilas gigantes, como de mono animado. Y la María, cínica ella, porque ya sabe hablar y no lo saben, como que emitió un gorgorito y se rio.
Bien sicóloga ella, porque les levantó el ánimo a mis papis. O a lo mejor quería decir que estaba fighting con un tremendo mojón, porque de inmediato el ambiente se puso termonuclear.
Mientras mi papá se la llevaba al baño (piedad), mi mamá como que se quedó pensando en voz alta.
–A ver. Hay que poner orden en el jardín (es que así habla ella, florido). Vamos a tener que buscar más pega para sobrevivir mientras tanto.
Y tenemos que reabrir el restaurante lo antes posible. Pero lo más importante es ponernos súper ahorrativos.

Justo en ese instante apareció el tío Rodrigo en la cocina y, en menos de medio minuto, ya se había cocinado todos los huevos del refrigerador, se había tostado una marraqueta medio dura que quedaba, le había echado medio pan de mantequilla y se había tragado casi un litro de leche.
–Uf. Pero qué hambre tenía. ¿Les aproblema que me sirva alguna cosita?
Si hubiera visto la cara de mi mami, que yo creo que ni intentó mirar, se habría encontrado con UN problema.
Les juro que parecía un emoji de agujero negro.
Brrrrr.
5
SOLUCIONABERTOS
Al rato llegó a la cocina toda la gente de El inka guatón: los Bertos (Edelberto, Gilberto, Norberto, Wilberto y Alberto) y la Laura y la Antonia, las jefas del grupo. Y una de ellas fue la que puso orden porque estaban súper inquietos, como perro en bote (me encanta esa metáfora, guau).
–Ya, silencio. Señora, ya revisamos el restaurante y les faltó barrerlo no más. Quedó entero vacío. Estos canallas…
–Ya, Laura, esperemos que la policía recupere nuestras cosas…
(Ahí se escuchó una risa entre los Bertos. Gente de poca fe).
–Ya, ok. Lo primero es ordenar y poner nuevas chapas y candados. ¿Conocen a alguien que pueda ayudarnos?
–Sí, dijo Berto 5, yo conozco a alguien, señora.
–Muy bien. Y díganme qué necesitan para volver a abrir el restaurante, porque no podemos irnos a la quiebra.
–¿Tan mal estamos, señora?
–Siendo sincera, sí. Lo único que nos queda son los ahorros para el dentista de los niños. Y para su universidad. El resto es pura deuda.
¿O sea mi mamá nos iba a dejar sin frenillos y con los dientes chuecos para toda la vida? ¿Y no íbamos a poder estudiar al terminar el colegio?
Yes! Genial.
Pienso como niño, ¿ok? No esperen que sea “maduro”.
–Muy bien señora. Le diremos en una hora qué necesitamos para funcionar. Y ustedes, Bertos, ¡a moverse! ¡¿Qué están esperando?!
–¡A su orden! -dijeron, y salieron ordenaditos en fila hacia el restaurante.
Apenas desaparecieron, mi papá volvió con la María a la cocina. Mi mamá le explicó lo que había pasado recién. Y mi papá, que no sabía que nos quedaba tan poca plata (es que vive como en Urano), como que se urgió.
–O sea, tendremos que conseguir plata como sea. Me quedó claro.
–Yo los puedo ayudar -dijo el tío artista con la boca llena de migas.
–¿Y cómo sería? -dijo mi mamá, sin comprarle nada.
–Bueno, puedo vender alguna de mis pinturas. Aunque tendría que pintarlas primero, porque dejé todo lo que tenía, que era casi nada, en España. Hasta se me quedó mi cenicero favorito. ¿Tendrían algo para prestarme, para comprar pinturas y pinceles, plis?
Buena tu ayuda, tío.
¿Y cómo serán sus cuadros?
¿Tendrán olor a pucho también?
6
WINTER IS COMING
Durante la mañana la casa comenzó a parecerse a un castillo. Bueno, a uno medio rasca, porque es una casa no más, pero le estaban poniendo hartas rejas y unos candados como de medio kilo.
Mi mamá andaba dando órdenes a los amigos de los Bertos que entraban y salían con sus herramientas. Entre medio había un par de señores negros muy flacos y de peinado raro que hablaban en un idioma intergaláctico. Creo que los había visto trabajando en el edificio del frente. Y no les entendía nadanadanada. Pero de repente mi mamá les hizo unas preguntas y ellos se las respondieron.
¿Mi mamá trabajó alguna vez en Star Trek?
–Mamita linda ¿hay algo que quieres decirme y que nunca me habías dicho?
–Algo como qué.
–Que te abdujeron alguna vez.
–¿Que qué?
–Que alguna vez te llevaron de paseo en un ovni. O que naciste en un planeta con dos lunas, por ejemplo.
–No seas leso Julito. ¿Es que me escuchaste hablar recién?
–Sí. Y vengo en son de paz, por si acaso.
–No seas tan ignorante. Fue en francés.
–O sea, ¿esa es la lengua diplomática interplanetaria?
–No, nerd. Es que la gente de Haití habla un idioma que se llama creole, que es una versión rara del francés. Y como yo aprendí ese idioma en el colegio, ahora me sirvió.
–¿Y qué otros idiomas hablas, mamá?
–Bueno: inglés, alemán, latín, serbio y esperanto.
–¿Y por qué no lo sabía?
–¿Quieres que te cuente un chiste en latín?
–Ya, entendí. Es porque soy tan egocéntrico que nunca se me ocurrió que tuviste una vida antes de nosotros, tus hijos.
–¿Quiere pañuelitos el niñito llorón?
Aaaaaahgr. ¿Por qué tengo una mamá que me está criando para cuando los robots intenten eliminar a los humanos?
Es dura, pero igual la quiero. Aunque a veces duele, auch.
7
EN CONSTRUCCIÓN
Todo el día fue puro ruido, con sierras eléctricas y soldadoras que tiraban chispas. La gente entraba y salía, hasta que Laura entró y le pasó a mi mamá una lista.
Después de leerla, se le abrió la boca hasta que le crujió algo en la mandíbula.
Quedó como difunta de la película El aro.
–Ay, ay, ay. Qué caro todo, pero habrá que pagar no más. No podemos dejarnos morir. Tengamos cerrado el restaurante solo por hoy. Déjame ir al banco y te paso la plata.
–Muy bien, señora. Y hemos hablado entre nosotros y le cobraremos la mitad del sueldo este mes.
–Ay, no. Bueno ya.
–Y estamos preparando un plan de negocios con nuestro contador y nuestro abogado, para proponerle una sociedad.
–What?
–Es que tenemos nuestros ahorros y esta es una oportunidad de mercado inmejorable para rentabilizar nuestro capital. Espero que le parezca.

–Bueno ya. Yo no tengo ni contador ni abogado, pero feliz me junto con ustedes a escuchar su propuesta.
–Muy bien. Me retiro.
Mi mamá quedó como plastificada. Creo que le pasó algo parecido a lo que a mí: no tenía idea de que la gente de El inka guatón tuviera una vida afuera del restaurante.
Altiro me imaginé a todos los Bertos adentro de una limosina, tomando whisky y fumando puros.
Pero estarían muy apretados, porque son muchos.
Y eso pasaba por mi imaginación cuando mi papá entró a la cocina.
–Sabes, Rosa, tendremos que hacer algo urgente: se acabó el papel higénico en el baño.
–¿Y algo más, cariñito? (voz irónica).
–Bueno, tenemos que ponernos a escribir, ¿no?
–Ah. Y ¿quién debiera ser el primero?
–Ehhhhhh. ¿Las damas primero? ¿O ese comentario es poco feminista?
Tal vez un perro, con sus oídos supersónicos, habría podido escuchar todos los crujidos de los dientes de mi mamá en ese instante. De más que se le quebró hasta una tapadura.
–Tienes razón, Julio… escribe tú no más.
–Uf, por un instante creí que estabas enojada. Qué alivio. Voy a ver si mi hermano me hace un huequito en la pieza para ponerme a escribir.
–Y a propósito, ¿dónde está el artista?
–Durmiendo. Es por esa cosa del cambio de hora.
–Pobrecito.
–¿Cierto? Qué agotador eso de viajar tan lejos. Y ya: voy a verlo.
Julito Investigador, muy escondido, siguió a su padre para ver esta negociación entre hermanos.
Pero al final no alcanzaron a negociar nada, porque cuando mi papá abrió la puerta le llegó una nube tufienta de humo que lo tuvo tosiendo como una hora.
Un horrorf.
8
HUM
Como yo andaba un poquitito traumado, me comuniqué con mi amigo Aarón. Es que estaba más cerca, porque la Andrea anda en Argentina visitando a su papá. Aunque al final da lo mismo, porque esta cosa es por internet, ¿no? Pero qué nerd que soy.
Julito: ¿Aaaaaarooooooón?
Aarón: ¿Sí?
Julito: Ayer entraron a robar a mi casa. Se llevaron todo, menos al Beltrán y a la María
.
Aarón: Qué pena.
Julito: No dejaron nada en el restaurante. Y lo peor de todo es que se llevaron los libros de mis papás.
Aarón: ¿Y no los tenían en la nube? 
Julito: Obvio que no. Son vejetes
.
Aarón: Hum. 
Julito: Opino lo mismo. Y te invitaría a mi casa para que veas el desastre, pero están poniendo rejas y cadenas y candados y no vas a poder ni entrar.
Aarón: Ah, bueno.
Julito: Tan emotivo que eres.
Aarón: Hum.
Julito: Ya, me aburrí, porque necesito algo de empatía en este momento.
Aarón: ¿Hum?
Julito: Ya, chao. Voy a buscar cariño en otra parte.
Julito: ¿Andreaaaaaaaaa?
Andrea: Julitooooooooo.
Julito: ¿Qué tal Argentina, che?
Andrea: Bien. Hoy anduve en Bond Street, que es como el Portal Lyon y el Eurocentro juntos.
Julito: ¿Y te hiciste un tatuaje de letra china?
Andrea: Pero qué rancio.Y tampoco puedo, porque soy menor de edad. Estuve conversando con la gente que andaba por allí. Muy simpáticos.
Julito: ¿Con unos punkis mechadeclavo, unos emos con el pelo planchado, algún guatón trash y alguna vegana furiosa?
Andrea: Sí, con seres humanos, Julito. No seas tan prejuicioso, hombre.
Julito: Ay, bueno, pero no se enoje.
Andrea: Él poh, el Chavo del 8
Julito: No contabas con mi astucia.
Andrea: Fome fome, Chapulín.
Julito: Es que ando medio depre
·
Andrea: ¿De nuevo no existís?
Julito: No, pero ayer entraron a robar a la casa y se llevaron todo todo.
Andrea: Ay, cuánto lo siento.
Julito: Yo no puedo, porque se robaron hasta la silla (yo “me siento”, en la silla, jajaja).
Andrea: Uf, parece que no se robaron tu sentido podrido del humor. Qué pena. En fin, que tengo que ponerme algunas cosas que compré en Bond Street. Nos vemos, Cabello.
Julito: Ya. Nos vemos.
Andrea: Chau.
Julito: Chau.

9
LUNES DEL TERROR,
MARTES DEL HORROR
Ese lunes fue muy movido. Cada miembro de la familia, menos la María y el tío, iba descubriendo cosas que no se podían descubrir, porque se las habían robado. Se habían llevado hasta mi Snorlax mascota. Y mi sacapuntas emoji de mojón. Qué depresión.
Al restaurante llegaban bolsas y bolsas de comida, y sartenes y ollas.
Y mi kétchup (yes!).
Los dos señores de Haití trabajaban muy serios.
Mi papá había logrado entrar a la pieza donde estaba mi tío. Y se escuchaban puras risas adentro. A lo mejor estaban recordando aventuras fósiles de su infancia, cuando se arrancaban juntos de los velocirraptores.
Mi mamá seguía al mando desde la mesa de cocina, sacando cuentas con una calculadora de Hello Kitty que no se habían llevado.
–¿De dónde sacaste esa calculadora, mamá?
–Es mía. Si igual soy femenina, Julito.
Raro. Rosado y raro. Hasta me acordé de la Marilú rosada del colegio ¿En qué cosas rosadas andará, ah?
Y mientras tanto la María nos miraba desde su corral y el Beltrán andaba como en shock, dándose vueltas en silencio. Es que había perdido todas las formas de conectarse con el mundo virtual y se encontró con una dura realidad real donde Mario no existe.
Yo en cambio tenía celular, ja.
Y en eso se pasó este día muy laaargo.
En la noche mi mamá pidió pizzas. Las más baratas y en promoción, sin palitos de ajo y sin bebida, porque estamos pobres. Y lo dejó muy en claro.
–Familia, estas son las últimas pizzas que pedimos, porque son muy caras. A partir de ahora tenemos que ahorrar hasta el último centavo.

–En este país no existen los centavos -dijo mi papá.
–Ay, Julio, ay. Y tú, deja un poco de pizza para el resto -le dijo a mi tío, que se estaba atragantando con un pedazo de un cuarto de pizza. -¿Umpfs?
–Lo que te dije, Rodrigo. Mastica y no tragues, que todos tenemos que comer.
–Es que en España se come así.
–Ah, ya. Y a propósito, ¿cuánto tiempo vas a estar con nosotros? -Oh, mira por la ventana. Hay un extraño eclipse lunar.
–Rodrigo, ¿cuánto tiempo te vas a quedar?
Oh, y un ovni está pasando por afuera.
–Ro-dri-go.
–¿Qué, Rosa?
–¿Cuántos días te vas a quedar acá?
–Ese no es problema -dijo mi papá, que antes no estaba escuchando (él sí que estaba en la nube)-. Porque donde comen cuatro, comen cinco.
–Pero apenas tenemos para comer, Julio.
–Entonces, nos ponemos a dieta.
–Eso. Buena idea -dijo el tío.
–Humpf -gruñó mi mamá.
Y después nos fuimos a acostar todos protegidos por las nuevas rejas en toda la casa.
Y como no se habían robado los uniformes, igual fuimos al colegio la mañana siguiente.
Malditos ladrones.
Ücretsiz ön izlemeyi tamamladınız.