Kitabı oku: «Mundo virtual»
Vivimos en un mundo virtual en el que cada vez le damos más realidad a lo que existe en el ciberespacio, cada vez volcamos más atención y energía mental, e incluso afectiva, a lo que transcurre on line. Como en toda época de la historia, esta era exuda ambigüedad: desarrollos maravillosos para la humanidad se combinan con nuevas armas para la construcción de un sistema de dominación cada vez más eficiente.
En el mundo virtual los algoritmos regulan casi todo. Los individuos somos datos, expuestos a nuevas ciberadicciones: la nomofobia, el miedo a salir de casa sin celular; el phubbing, ignorar a los otros en una reunión al refugiarnos en nuestros dispositivos móviles; o la tendencia a mostrarnos, ya no desde nuestro yo real, sino desde perfiles virtuales en las redes sociales.
¿Podemos celebrar una humanidad futura que escape de la realidad, sus cielos y mares, el espacio, la historia y sus conflictos, en la cual cada uno viva en su propio mundo virtual, con la promesa de que nos sentiremos más satisfechos allí que en el incompleto mundo real?
En este libro, el análisis de cada uno de los seis capítulos de la cuarta temporada de Black Mirror ––abundante en visiones posapocalípticas y distópicas en las que el futuro se convierte en el punto crítico de una gran destrucción––, no está destinado únicamente a fans embelesados por idolatrar un producto de entretenimiento. Al verla como una “ficción extendida”, el autor busca extremar sus potenciales significados y conexiones con algunos de los grandes procesos culturales globales de la era virtual.

Esteban Ierardo es Licenciado en Filosofía por la Universidad de Buenos Aires. Filósofo, escritor, docente. Profesor de Principales corrientes del pensamiento contemporáneo, y Filosofía en las carreras de Ciencias de la Comunicación y Sociología de la Universidad de Buenos Aires, y de la Fundación Centro Psicoanalítico Argentino. Autor de tres novelas (una inédita), varios libros de cuentos (El anillo del cardenal, La llegada, Memento mori), y numerosos libros de ensayos, como El agua y el trueno. Ensayos sobre arte, filosofía y naturaleza y Los dioses y las letras. Ensayos sobre literatura, mito y paganismo. Ha dictado muchos cursos en su país y el extranjero. En enero de 2018, publicó, también por Continente, Sociedad pantalla. Black mirror y la tecnodependencia. Cultiva un pensamiento múltiple especialmente abierto a las relaciones entre filosofía, arte, literatura e historia.
Esteban Ierardo
Mundo virtual Black Mirror, posapocalipsis y ciberadicción

Índice
Cubierta
Contratapa
Biografía del autor
Portada
Dedicatoria
Introducción
Primera parte. En el prisma contemporáneo 1. Capitalismo algorítmico 2. Sociedad de la vigilancia total 2.1. El retorno del “ojo de Dios” 3. La nueva alquimia: entre el clon y el robot 3.1. Programando clones y bacterias 3.2. Los otros robots 4. Ciberespacio y geografía virtual 5. Transhumanismo, mitología e inmortalidad 6. Ciberadictos 7. Memoria artificial, hipertexto y el disco duro en el cuerpo 8. El teatro del yo virtual
Segunda parte. Era Black mirror, cuarta temporada 9. Star Trek, el infinito y la nave (USS Callister) 9.1. Ese repetido círculo de agresión y defensa 10. Los ojos de la madre helicóptero (Arkangel) 10.1. El nuevo mandato: “te implantarás” 11. El yo trágico y la sombra de Shakespeare (Crocodile) 11.1. El cubista secreto y la imagen global 12. El oráculo de los algoritmos (Hang the DJ) 13. Los perros del apocalipsis (Metalhead) 14. El holograma en el Museo Negro (Black museum)
Tercera parte. Ficción extendida 15. Saliendo de lo virtual: del infinito en línea al real 16. El reconocedor facial y el otro rostro 17. El africano en el Museo Negro 18. Posapocalipsis y distopías
Conclusión
Epílogo 1. En el espacio real, y en el futuro cercano y lejano
Epílogo 2. De la sociedad Tesla a la anti-Tesla
Créditos
Otros títulos de esta editorial
Para Laura
Introducción
En este libro analizaremos muchas caras del prisma contemporáneo desde el estímulo de una ficción. En mi libro anterior, Sociedad pantalla. Black mirror y la tecnodependencia, elegimos la creación de Charlie Brooker para pensar, desde una narrativa imaginativa, nuestro espíritu de época anclado en los dispositivos interconectados y sus pantallas como imanes hacia la vida en línea.
Es innegable la orientación de Black mirror hacia una visión inquietante del impacto tecnológico, que no supone ninguna tecnofobia, pero sí algunas dudas sobre un exceso de tecnorrealidad. En este nuevo libro continuaremos la estrategia de observar desde los contenidos de esta ficción y desde elaboraciones filosóficas y alusiones a la literatura, la mitología o la historia para acercarnos a una visión cultural de conjunto, a través de un análisis personal y ensayístico. Así, consideraremos, desde una “ficción extendida”, un modo de pensar que disfruta de conectar ideas y procesos desde el estímulo inicial de lo ficcional.
Por eso, estas páginas pretenden atravesar parte del flujo cultural global en un camino que une las ideas, expresadas con una tendencia hacia un tono narrativo y literario, sin perder el interés por la fundamentación de lo dicho por citas y fuentes. Este es un ensayo que no está destinado ni a fanáticos ni a especialistas sólo interesados en los últimos adelantos tecnológicos. Mundo virtual es una reflexión fundada en conexiones múltiples, y una interpretación por la que la era virtual no puede hacernos olvidar la realidad más básica de las cosas en el espacio real.
Vivimos en la era virtual, cada vez le damos más realidad a lo que existe en el ciberespacio, qué duda cabe; cada vez volcamos más atención y energía mental, e incluso afectiva, a lo que transcurre on line, paralelamente a la atracción que sigue dimanando de los mundos-pantalla televisivos. La era virtual es inconcebible sin el mundo digital e internet como la avenida por la que circulan millones de datos, archivos, imágenes, consultas e interacciones de internautas. El estado virtual de la historia es, a su vez, indisociable del capitalismo algorítmico, que ya casi todo lo regula por algoritmos, inteligencia artificial, los sistemas informáticos y los millones de ordenadores en red.
El progreso de la vida informatizada es incalculable. El humano accede y accederá a mejor conocimiento, servicios, oportunidad de negocios, creación de nueva vida por la biología sintética y el mejoramiento de la salud por la biogenética y la nanomedicina; nuevas y promisorias start-ups de diverso tipo. No hay lugar para ninguna marcha hacia atrás. Está vedada la nostalgia por tiempos analógicos y mecánicos, o por las épocas de tecnologías mínimas no invasivas que no separaban todavía tanto al homo sapiens de la naturaleza y su inmensidad. La tecnología expande el poder cerebral. Es la construcción de un nuevo cerebro global en pos de mejores soluciones. Sí, pero…
Somos en una tecnorrealidad porque ya casi nada queda fuera de la realidad suturada por hilos de alta tecnología inalámbrica, y los tejidos que siguen funcionando de engranajes, mecanismos y cables. Tecnorrealidad es la vida ya inseparable de los dispositivos interconectados; vivimos dentro del magnetismo de las pantallas o entre ellas, alrededor de datos, archivos, aplicaciones, flujos de noticias y entretenimientos, o los magníficos logros de disciplinas científicas emergentes. Era virtual es también, entonces, una denominación genérica para el imperio de la tecnorrealidad. Sí.
Pero hoy la ficción de la cultura popular es abundante en visiones posapocalípticas y distópicas. Para estas visiones, el futuro no es un vergel de progreso insistente sino el punto crítico de una gran destrucción. Lo posapocalíptico sobreviene luego del colapso de la civilización, y la supervivencia entre escombros de máquinas, edificios. Supervivencia en mares de fragmentos desconectados…
Casi con toda seguridad nunca habrá ninguna gran catástrofe como las que imaginan muchas series, películas o novelas. No. Pero lo posapocalíptico es al menos una buena gimnasia para cuestionar los sueños utópicos de los transhumanistas de Silicon Valley1. El miedo posapocalíptico es el puñal de la desconfianza hundido en el pecho del futuro; es la creencia en la distopía posmoderna: el mañana no será el jadeo de lo mejor entre máquinas radiantes, sino un sistema cada vez más sombrío para lo humano. Pero lo que vendrá seguramente no sea ni el progreso absoluto ni la destrucción explosiva (a no ser que una catástrofe climática acabe o diezme a nuestra conflictiva especie).
No es posible ya vivir al pie de las montañas, cerca de bosques o rodeados por llanuras. Claro que muchos viven y seguirán viviendo al pie de las montañas, cerca de los bosques o rodeados por llanuras, pero en una deteriorada interacción con los ambientes ecosistémicos, donde la naturaleza no es ya un rico sistema de símbolos como en las civilizaciones míticas, sino un espacio cuyo valor de civilización depende de estar integrado a la comunicación satelital global y la geolocalización.
Amplios ámbitos de lo humano se beneficiarán cada vez más por el tren del desarrollo tecnológico que se desplaza sobre dorados rieles hacia el futuro. Sí, pero… Pero una celebración acrítica, rabiosa y entusiasta de la tecnorrealidad irreversible es la más absurda deserción del pensamiento, o más exactamente, es la renuncia al más elemental sentido común. Los beneficios de la alta tecnología no son puro altruismo benefactor ni un actuar en un limbo fuera de intereses políticos, económicos o militares globales. Negar el lado b, el lado peligroso de la evolución de la tecnorrealidad constituye un negacionismo funcional al Poder que avanza con su voluntad de dominio desde subsuelos ancestrales de la historia.
Las grandes empresas informáticas son protagonistas fundamentales de la era virtual. Su posición estratégica para controlar la información les da inaudito poder económico y capacidad de multiplicación del lenguaje publicitario que escribe el deseo del sujeto digitalizado. A su vez, la tecnología de vanguardia, con sus ingentes recursos de inversión en investigación, alienta el optimismo utópico de Silicon Valley. Un nuevo pensamiento mesiánico que augura que por la sola gestión tecnocrática de la vida es posible arreglarlo todo: más progreso, menos guerra, menos hambre, más longevidad o, incluso, en sus afiebrados sueños, la vida inmortal. El mundo virtual como tecnorrealidad y como cobijo de la utopía de Silicon Valley que promete resolverlo todo, a condición de castrar al pensamiento del poder crítico respecto al sistema, sus sombras e incertidumbres.
Como toda época de la historia, la era virtual y su complejo de tecnorrealidad exudan ambigüedad. Dado que el hombre y sus ambiciones están de por medio, no puede ser de otra manera: desarrollos maravillosos para la humanidad y, al mismo tiempo, nuevas armas para la construcción de un sistema de dominación cada vez más eficiente de las conciencias, los deseos y los cuerpos.
En la era virtual, los algoritmos regulan casi todo. En ese sistema, los individuos son datos: datos biométricos para el inmediato reconocimiento de los rostros por reconocedores faciales, al tiempo que se desvanecen los “viejos” poderes expresivos del rostro para el ojo sensible del arte; en la era virtual no es posible ignorar la ciberadicción con su arsenal de categorías descriptivas específicas: nomofobia, fobia a salir del departamento sin el celular; phubbing, ignorar a los otros en una reunión al escondernos en nuestros teléfonos inteligentes; o phone-fanáticos, los que no toleran que su celular esté apagado incluso en las noches; o la tendencia ya fuertemente instalada a mostrarnos no desde nuestro yo real sino desde un yo virtual que creamos en las redes convertidas en un gran teatro digital.
Cuando hablamos de la era virtual en este momento histórico de tecnorrealidad tenemos que especificar el alcance de “lo virtual”. Esto es algo más profundo que hablar sólo de sexo virtual, monedas virtuales, amistades virtuales, simulaciones virtuales. Lo virtual es, primero, un modo contemporáneo de construcción de realidad. Una hiperrealidad. Ya no sólo la realidad ambiental, tridimensional o física, sino un modo de ser real construido por los medios de la tecnología digital y sus pantallas y cascos virtuales.
Una cuestión esencial es pensar si la nueva realidad virtual debe ser vivida como “más real que lo real”, o sólo como una realidad simulada siempre en interacción con lo real como tal. El peligro es siempre que lo virtual pretenda desplazar a la realidad del espacio tridimensional y a la luz natural. Cuando domina esta tendencia, lo virtual se convierte en expresión de una “cultura del simulacro”, como ya había propuesto Baudrillard en los 70. En este libro propondremos que lo virtual es una simulación de realidad que no puede autoproducirse o existir apiñada en un programa, como la matrix de la célebre película homónima, sino que necesita siempre del espacio real y de las señales electromagnéticas que circulan por él. Lo virtual es una posibilidad de “otra realidad” mediante la representación o duplicación de lo real, pero no su reemplazo.
Y lo virtual no debiéramos entenderlo sólo como realidad virtual en los términos de la tecnología informática contemporánea. Lo virtual es, primero, un modo de presencia introducido por las imágenes o representaciones ya desde la prehistoria. Toda imagen de algo creada por el humano hizo de lo representado por esa imagen algo “virtual”. Por ejemplo: en las cavernas paleolíticas prehistóricas los cazadores-recolectores pintaban ciervos, bisontes, los animales que perseguían para sobrevivir. La imagen del bisonte pintada en la piedra ya era una presencia virtual o una representación respecto al bisonte real. Las imágenes quietas y estáticas del arte figurativo, desde la pintura, la escultura hasta las cinéticas del cine, son también una forma de creación de imágenes virtuales. Esas imágenes del arte, la fotografía y el cine ingresan en el siglo XX como parte de la época de la reproducción técnica, en términos de Walter Benjamin.
De forma virtual, el paisaje se representa en el paisajismo; un rostro retratado hace que el retrato exista virtualmente en la tela o la piedra, lo mismo que el actor o incluso el presentador televisivo o cualquiera que aparece en la duplicación o representación de una imagen electrónica, sólo existe allí virtualmente. El arte nos preparó para aceptar e incluso confundir lo virtual (como un modo de representación) con lo directamente real.
Pero el rostro pintado o filmado no se hace real. Y en la modernidad tecnorreal la realidad virtual sí puede expandirse y hacerse real. Piensen en los esports, las competencias de videojuegos que se proyectan en inmensas pantallas de estadios, en el mundo físico, y con un público constituido por miles de jóvenes que observan extasiados esos juegos virtuales. O, por ejemplo, la agitación política revolucionaria que primero ardió en el espacio virtual de las redes para luego trasladarse a las calles y barricadas del mundo real, aunque fallidamente, en la Primavera árabe.
De este modo lo virtual no es lo irreal, sino un nuevo tipo de realidad construida por el homo sapiens que se agrega a la historia. Ahí es cuando la era virtual, usada como imagen aglutinante en este libro, como la sociedad pantalla de nuestro libro anterior, nos predispone a pensar al menos parcialmente este tipo de mundo tecno-global-virtual hurgando en muchas de sus facetas, sus procesos singulares, sus expectativas, riesgos y otras gimnasias posibles de reflexión.
Por eso, en la primera parte usaremos la imagen de un prisma. A cada una de las facetas de ese poliedro imaginario llegaremos por el estímulo de la red de episodios de Black mirror. Pero luego, siempre, iremos más allá, en nuestro modo de perfilar ciertos procesos culturales específicos. Así, primero exploraremos ocho costados o contornos del tiempo tecnoglobal:
1) lo que llamaremos el capitalismo algorítmico: el mundo actual atravesado por un sistema informático ya casi omnipresente que para funcionar necesita de electricidad, algoritmos e inteligencia artificial;
2) la construcción de la red de vigilancia mundial que espía el ciberespacio mediante potentes programas bajo el control de las empresas informáticas y de las comunidades de inteligencia de los Estados; una vigilancia que no subestima, todo lo contrario, el paralelo control del “primitivo” mundo físico de los cuerpos y el espacio aéreo mediante drones, satélites, cámaras. Así el Poder va cumpliendo su viejo sueño: verlo y controlarlo todo, lo que a su vez es el mito realizado de los antiguos dioses de los mitos y religiones que desde el cielo abren miles de ojos para abarcarlo todo entre sus parpadeos omnipotentes;
3) hoy vivimos también en el tiempo de una “nueva alquimia”, ya no la que buscaba el oro filosófico de los viejos alquimistas, sino la alquímica transmutación de la materia genética en pos de la vida sintética o de la clonación (que Black mirror siempre traslada a la clonación digital futurista), o lo que llamaremos la “alquimia robótica”;
4) la experiencia de nuestro espacio físico se degrada en términos de un gradual aumento del tiempo que pasamos en el ciberespacio, esto nos convierte en habitantes de una geografía virtual, a la que también contribuyen los mapas digitales interactivos, nuestra geolocalización constante mediante la triangulación de nuestros celulares con los satélites en órbita y la nueva información ingresada al sistema por los usuarios;
5) el transhumanismo, un movimiento que une distintas tecnologías emergentes en pos de una búsqueda “tecnorreligiosa” de la inmortalidad;
6) la ciberadicción;
7) la memoria artificial, que a su manera imagina Black mirror, y que ya es parte de la humanidad desde los libros como primeras unidades artificiales de almacenamiento de información y memoria artificial hasta la biblioteca virtual contemporánea en la que los textos se conectan entre sí mediante enlaces en un hipertexto proliferante y potencialmente inagotable; y
8) la era virtual como el “teatro digital del yo”, las redes como gran escena ya internalizada en millones y millones de usuarios de Facebook y de otros soportes, por las que el yo escapa de su soledad e insignificancia a fuerza de construirse, mediante imágenes bien elegidas, un yo virtual más favorable que su yo real.
En la segunda parte nos atendremos al análisis de cada uno de los seis capítulos de la cuarta temporada de Black mirror. Como siempre nuestro análisis no está destinado a fans embelesados por idolatrar un producto de entretenimiento. En nuestro caso, lo que nos impele, como antes aclaramos, es la “ficción extendida”, extender las ficciones, es decir extremar sus potenciales significados, lo que supone pensar cada argumento e historia desde conexiones que la abran primero hacia las capas de sentido dentro de la ficción misma; y, segundo, hacia conexiones con los grandes procesos de la era virtual (la primera parte), o hacia conexiones de mayor alcance que la propia ficción, lo que hacemos en la tercera parte.
En esa tercera parte, desde los argumentos de Brooker, y más allá, nos abrimos a procesos específicos:
1) la salida de lo virtual hacia el infinito real y el viaje hacia lo desconocido en el que atenderemos al fascinante reencuentro con un infinito fuera de lo virtual desde la filosofía de Giordano Bruno, y la apertura a lo desconocido desde Bradbury y Stapledon;
2) el otro rostro del arte perdido del retrato y ciertas inquietudes filosóficas de Levinas, Artaud, o los retratos de Al Fayum, en su contraposición a la reducción hoy de los rostros a datos para su rápida identificación por programas de reconocimiento facial como el que aparece en el episodio “Crocodile”;
3) la negritud en “Black Musem” de Brooker y los zoos humanos del siglo XIX; y
4) un tema que no puede ser subestimado, como indicamos arriba: la fundamental presencia en la cultura popular de la era virtual de los escenarios posapocalípticos y la distopía.
Finalmente, luego de pasar por una provisional conclusión, llegaremos a dos epílogos finales. En el epílogo 1 nos empecinaremos en volver al espacio físico real como compensación a una demasía de virtualidad autorreferente, y nos proyectaremos hacia el futuro, incluso el muy, muy lejano, del cual no tenemos todavía conceptos.
Y en el epílogo 2 propondremos una recuperación filosófica y acaso sensorial más radical del espacio real. Solo para amantes de vuelos filosóficos, e inspirándonos en el rotundo genio del serbio Nikola Tesla (más conocido hoy por el auto eléctrico Tesla de Elon Musk), y pasando por Hegel, Benjamin o Nietzsche. Pensaremos la sociedad Tesla, diferente a la sociedad anti-Tesla, la nuestra, renuente a percibir el espacio real por el que fluyen las ondas e impulsos electromagnéticos que permiten el acto de las comunicaciones. Ese espacio lo recuperaremos desde el pensamiento filosófico y la evocación del poder de la música.
Lo real incorpora nuevas realidades, incluso la realidad virtual. A la realidad biológica de nuestros cuerpos, se le superpone luego la realidad histórica de las creencias religiosas, las ideas filosóficas y artísticas, y todavía más importante por su efecto en el mundo real: las realidades económicas, políticas, tecnológicas.
Lo real, entonces, se hace múltiple, polifacético; lo que antes era solo físico y mecánico, ahora es también virtual y digital.
En el rumor de la historia, el homo sapiens es el gran constructor de sus realidades, sobre el escenario de fondo de lo real ya dado de las extensiones espaciales, las líneas de tiempo y el enigma no desmenuzable de la materia que nos roza, rodea y constituye nuestros cuerpos. Por sus interpretaciones, perspectivas, como lo quería Nietzsche, los humanos construyen sus realidades, siempre flotando sobre un algo previo que se extiende como un mar no virtual del que emergemos, pero que no inventamos. Siempre el humano como arquitecto de sus miradas o construcciones que vive como la realidad, aunque sólo sea su realidad. Y esto seguirá siendo así, al menos que el cambio climático decida ajustar cuentas con ese animal arrogante que camina en dos patas y pretende saberlo y dominarlo todo.
El ser humano como constructor de nuevas realidades, como incluso la realidad virtual, es una inventiva a celebrar. Sin duda. ¿Pero sería algo para festejar una humanidad futura que escape de la realidad, sus cielos y males, el espacio, la historia y sus conflictos, para vivir cada vez más hechizada en mundos virtuales personalizados, en los que siempre se nos prometerá que nos sentiremos más satisfechos que en el incompleto mundo real?
1 Ver Eric Sadin, La silicolonización del mundo. La irresistible expansión del liberalismo digital, Caja Negra, Buenos Aires, 2018.
Primera parte En el prisma contemporáneo
1
Capitalismo algorítmico
Por la imaginación las épocas se expresan y piensan. En la Antigua Grecia, por ejemplo, la obra de Homero expresaba los valores heroicos de una sociedad aristocrática guerrera. El ciclo del Grial, en la Edad Media, manifestaba la necesidad de unir el deseo de trascendencia espiritual de la Iglesia con la energía combativa de guerreros feudales. Las novelas de Dickens, en la modernidad, no son separables de la era victoriana y la pobreza y desamparo de los niños.
La imaginación artística siempre muestra los prismas de las épocas y sus muchos perfiles, caras, modos de realidad. Desde esta perspectiva, ninguna ficción puede ser desechada o subestimada. Más allá de sus logros artísticos intrínsecos, un cuento, una novela, una película, o un episodio de alcance global de alguna serie, como Black mirror, construyen escaleras en las que, por la reflexión, podemos subir hacia las caras del prisma cultural del presente. Y una de las facetas fundamentales de esa imaginaria figura poliédrica, hoy, es el capitalismo algorítmico.
Los algoritmos son secuencias de instrucciones. Mediante ecuaciones matemáticas determinan los pasos necesarios para realizar algo, desde una operación bancaria on line, hasta conseguir una gaseosa de una expendedora automática, encontrar enlaces a contenidos por un motor de búsqueda en internet, o la facilitación del tránsito en las megalópolis contemporáneas. Por instrucciones y cálculos, los algoritmos “deciden” el mejor procedimiento para la obtención de algo. Su protagonismo en la regulación de la vida cotidiana de la sociedad hipertecnificada compone otro ejemplo de las contradicciones estructurales en la historia del capitalismo.
Por un lado, Marx y Engels observaron esas contradicciones en el desarrollo del capitalismo temprano en el siglo XIX en su célebre Manifiesto comunista. Primero, el crecimiento continuo de la producción generaba una sobreabundancia que necesitaba perentoriamente nuevos mercados para no amortiguar su impulso; y, segundo, la necesidad de mejores comunicaciones para el más veloz traslado de las manufacturas desde las fábricas a los puertos requería trenes, vías férreas, buques impulsados a vapor, o el telégrafo, lo que daba a los sindicatos óptimos recursos para fortalecer su organización en contra de la elite patronal2.
Tras la Segunda Guerra Mundial, una socialdemocracia exitosa produjo más ingresos, mejor distribución de la riqueza y capacidad de ahorro. Hacia fines del siglo XX, con la sociedad del consumo ya consolidada, un individualismo hedonista, en la expresión de Lipovetzky, dedicaba más tiempo al ocio y a consumir servicios o entretenimientos, antes que a mantener una alta disciplina productiva3. Contradicción entre producción y placer.
También, la secularización de la modernidad, su rechazo a la interferencia de la religión en la esfera pública, la separación del Estado de la Iglesia, debilitó una disciplina de trabajo originalmente promovida por una fe religiosa. Tal proceso es el que destacaba el neoconservador Daniel Bell cuando se lamentaba de la mengua del impulso religioso como catalizador de un fuerte desarrollo económico4; algo que, antes, Max Weber había indicado al suscribir que Calvino, uno de los creadores de la Reforma Protestante, dio un gran envión en su origen a la economía capitalista al proponer que el éxito en una actividad económica redituable “capitalista” revelaba que Dios nos había concedido una salvación eterna. Por lo que religión y economía se unían en una misma cosmovisión en la que el éxito comercial era lo que aseguraba que nuestra alma sea salva por siempre5.
Hoy, el ejemplo de una nueva contradicción estructural debemos situarla entre el individualismo liberal y el sistema informático de un capitalismo algorítmico. En este sistema, cada vez se necesita menos de los individuos y de sus decisiones. El valor del individuo libre es cada vez menos necesario, si es que alguna vez lo fue… Pero en el siglo XX el aporte individual era todavía esencial. Todo par de manos era fundamental en las líneas de producción de las modernas economías industriales y en sus guerras. Cada individuo era necesario para jalar una palanca, o sostener un rifle… La guerra total o masiva nace luego de la Revolución francesa. En 1793, todos los franceses jugaron un rol necesario en la lucha contra los ejércitos invasores que querían restablecer la monarquía, que la revolución había derribado. No sólo los soldados, también los niños, mujeres y ancianos tenían que aportar su esfuerzo individual.
Los individuos que se percibían como naturalmente libres en un sistema secular y antimonárquico, se estimaban como el pilar mismo de la sociedad moderna en construcción. A esto contribuyó la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano. Todos los hombres tienen iguales derechos políticos. Esos derechos los garantizaba la nueva sociedad, como el derecho a la libertad, un derecho natural, un rasgo propio e inalienable de los individuos, que debían ser reconocidos por la ley y el Estado.
En el siglo XX los individuos eran esenciales en los ejércitos de masas, los soldados alistados forzosamente. Hoy ya no son necesarios los reclutamientos en masas, no es forzosa la “carne de cañón ilimitada” porque las “fuerzas de alta tecnología dirigidas por drones y sin piloto y los cibergusanos están sustituyendo a los ejércitos de masas del siglo XX. Y los generales delegan cada vez más decisiones a los algoritmos”6.
La ciberguerra del futuro necesitará así menos individuos, o menos decisiones individuales. Los soldados y los pilotos de combate serán sustituidos por robots autónomos y drones. Los algoritmos atraviesan el prisma completo del complejo tecnodigital contemporáneo, sin punto de detención o retorno. Por un lado, el sistema algorítmico “decide” mediante el procesamiento de la información desde una inteligencia artificial. Este tipo de inteligencia no cometería los errores propios de los humanos corrientes; por otro lado, la inteligencia artificial que aplica los algoritmos no necesita de actos conscientes de análisis. Es decir: en la era del capitalismo algorítmico y la inteligencia artificial, la conciencia no es necesaria. Por eso “los humanos corren el peligro de perder su valor porque la inteligencia se está desconectando de la conciencia”7.
Los algoritmos no conscientes están en camino de superar a la conciencia humana en el reconocimiento de pautas y patrones, en la determinación del mejor diagnóstico o la mejor comprensión de las leyes y sus aplicaciones. Así, en el espinazo del capitalismo algorítmico que late tras “Cuelguen al DJ”8, o tras toda la inteligencia artificial vinculada con los sistemas informáticos (lo que incluye internet y sus motores de búsqueda, por ejemplo), se asoma un tema filosófico fundamental: la prescindencia de la conciencia. Los algoritmos necesitan ser “inteligentes”, pero no conscientes. La inteligencia artificial realiza sus procesos programados sin necesidad de esa conciencia que es todavía un continente misterioso para la filosofía o las neurociencias.
Ni conciencia ni decisión individual.
Lo más relevante para el sistema algorítmico es su perfeccionamiento mediante nuevos datos mejor procesados. Inteligencia artificial en expansión por el “mejoramiento algorítmico”, por ejemplo en su aplicación en los coches autónomos. Los algoritmos que manejan un auto autónomo terminarían con los accidentes de tránsito provocados por los errores humanos. “Pero también acabarán con la experiencia humana de conducir un coche y con decenas de millones de puestos de trabajo”9.
El capitalismo algorítmico que decide por los individuos que buscan pareja modificará el diseño laboral. Antiguas profesiones serán reemplazadas por nuevos trabajos en la era de la robotización y el liderazgo irreversible de los algoritmos. Las muchas profesiones del futuro aún no se han inventado o se están gestando. Los jóvenes proactivos con formación digital serán los nuevos capitanes de la tecnorrealidad. Abogados, médicos, profesores y otras profesiones actuales serán cada vez más desplazadas por los algoritmos, al tiempo que aumentará notablemente la masa de los desplazados no cualificados10.
IBM Watson, un software de pregunta-respuesta que responde preguntas del lenguaje natural, puede dar asesoramiento jurídico casi instantáneamente, con alta precisión. Los abogados que sobrevivirán lo serán sólo para cuestiones muy especializadas. Los algoritmos ya son la base de empresas como Uber o Airbnb que no necesitan poseer ningún coche, ninguna casa, porque todas sus prestaciones dependen de un sistema informático para ofrecer servicios de propietarios. Los automóviles autónomos harán que en el futuro ya nadie quiera tener un coche porque no será necesario. Un algoritmo encontrará al auto en alquiler más cercano a nuestra posición para llevarnos donde queramos. Habrá menos automóviles, y por ende menos complicaciones de tránsito y accidentes, y el negocio de las compañías de seguros de automóviles desaparecerá.
La impresión 3D se abaratará y su alcance se multiplicará. Ya se imprimen órganos, piezas de repuestos de avión, o incluso en China se construyó un edificio de seis pisos de oficinas impreso en 3D11.
En este panorama, solo prevalecerán quienes dominen las nuevas tecnologías. Algunas de las nuevas profesiones preferentes serán: hacker blanco, preparado para contener a los ciberpiratas; el growth hacker con la capacidad para la expansión de los mercados combinando habilidades de programación, posicionamiento on line por marketing digital; experto en inteligencia artificial e internet de las cosas para lidiar con un mundo que, para el 2020, se espera que cuente con 500 millones de computadoras conectadas y acaso casi todas las cosas conectadas, por sensores a la red global; controlador aéreo de drones, que se usan para repartos, mantenimiento o espionaje; el mundo “yo” y sus servicios personales: guardianes de la privacidad, gestores de avatares; ¡y cuidado los profesores! (incluido quien esto escribe), habrá avatares que actuarán como docentes digitales por la modalidad de una enseñanza virtual pura; y asistentes en red, dado que la vida analógica cederá cada vez más terreno a la asistencia sanitaria o geriátrica por internet; asesores en sistema de seguridad, inversores y prestamistas en una economía virtual bitcoin; especialistas en impresión 3D en arquitectura para construcción y reformas de edificios, y para imprimir prótesis u órganos…
La lista podría seguir. Y en todos los casos, estas profesiones son posibilidades y exigencias de un mundo informatizado dependiente del big data, y relacionado con el uso de nuevos y perfectibles algoritmos12.
Claro que no hay que olvidar que muchos trabajos antes no serán sólo reemplazados por nuevas profesiones humanas sino directamente por robots, como la del farmacéutico robot que solo se encarga de una farmacia en San Francisco13.
Los algoritmos informáticos y su poder global continúan la biología contemporánea. La biología actual asegura que los organismos también son algoritmos. Los seres vivos lo son por actividades de reproducción y gestación, nutrición, metabolismo y respiración; todo lo cual depende de una aplicación “inconsciente” de algoritmos físico-químicos. Las ciencias de la vida, entroncadas con el evolucionismo biológico y con la piscología evolutiva, entienden al humano como un tejido de instintos y procesos fisiológicos que buscan la eficacia en la reproducción, la duplicación genética y la supervivencia. Según los adalides de esta visión, los procesos algorítmicos de la vida son ajenos a “la espiritualidad de la mente”, y su supuesta independencia respecto al mundo biológico. Para funcionar, los organismos no necesitan de ninguna metafísica del alma, de ninguna libertad individual que nos diferencie de los animales sometidos a las leyes de la naturaleza. Porque el hombre es otro animal, un ser orgánico que funciona por algoritmos “naturales”. La evolución tecnológica informática replica los algoritmos químicos por algoritmo informáticos, y para esto nada indica que se deba introducir en el juego la inexplicable conciencia y sus aires de autonomía respecto a la pura química cerebral.
En los comienzos de la revolución industrial las máquinas eran mecanismos para mejorar el trabajo físico humano. Pero para funcionar necesitaban de una capacidad cognitiva procedente desde afuera. Esa capacidad iba del hombre a la máquina. Ahora, las máquinas digitales ya tienen incorporada una capacidad cognitiva propia a través de su inteligencia artificial algorítmica. La contraposición ya no es máquina (lo mecánico) y la conciencia humana (que dirige la máquina y toma decisiones). El contrapunto ahora es conciencia humana y decisiones falibles que se equivocan, y algoritmos no conscientes que “no se equivocan”. O que se equivocan por momentos de una nueva manera todavía no del todo comprendida, como lo delatan los flash crash…
Un flash crash es una caída veloz e inesperada de una cotización de moneda a la que le sigue una recuperación igualmente rápida de ese valor. En general, estos fenómenos son inexplicables, sus causas son de difícil detección. El concepto surgió en 2010 cuando el índice Dow Jones estadounidense cayó unos 100 puntos, un 9%, y se recuperó quince minutos después. En 2013, un tuit introducido por un hackeo en la Agencia AP difundió la noticia de un supuesto atentado contra la Casa Blanca y el Dow cayó 130 puntos en un segundo.
Otro flash crash famoso fue en la Bolsa de Singapur, en 2013. Las acciones perdieron el 87% de su valor. De nuevo, la causa de este fenómeno generado por un mundo informatizado no es de fácil determinación. Pero para algunos analistas la explicación podría ser “algoritmos desbocados”: “una serie de programas conocidos en la jerga como algos diseñados para comprar y vender de manera automática basándose en información que se rastrea y lee sin intervención humana”14. Los algoritmos algos pueden tomar decisiones a través de noticias que circulan por las redes o Twitter. Así, una cascada de titulares negativos sobre el Brexit, por ejemplo, le da a los algos una señal de que es momento de vender libras. Pero este procesamiento de la información por el algoritmo llevaría a errores cuando estos titulares o son falsos o sólo anuncian hipotéticas decisiones o tendencias que tal vez no se cumplan. Por lo que la inteligencia algorítmica, al no pensar, es incapaz de comprender los significados de un flujo de noticias en su contexto. Los significados contextuales están fuera de la interpretación algorítmica. Un ejemplo tal vez de una inteligencia “no tan inteligente” e incapaz, al menos en ese sentido, de suplantar a la más modesta capacidad de comprensión humana.
Es obvio que estas anomalías son propias de la dependencia mayor de los mercados respecto a los programas informáticos y sus respuestas automáticas. Todos sabemos que la incertidumbre, el creer o no en la rentabilidad futura de una acción, por ejemplo, es un factor de constitución de precios. Pero a esa incertidumbre o vacilación psicológica humana ahora se le debe agregar otra fuente de irresolución por la mala compresión de los flujos de información por los algoritmos algos.
Un optimismo algorítmico podría abrazar la idea, incluso, de que los algoritmos deberían ser “acelerados” para acelerar la corrosión del todo capitalista15. Pero si descendemos a una visión más sombría, pero acaso más realista, más allá de innegables méritos como mejorar el tránsito, los diagnósticos y tantos otros logros positivos, lo que no puede soslayarse es que “a medida que los algoritmos expulsen a los humanos del mercado laboral, la riqueza podría acabar concentrada en manos de la minúscula élite que posea los todopoderosos algoritmos, construyendo así una desigualdad social y política sin precedentes”16. Una élite cada vez más pequeña podría controlarlo todo. O hacerlo todo, incluso el arte, supuesto reducto de la resistencia de lo que sólo puede ser hecho por los humanos.
El arte no sería tampoco un campo sólo reservado a la creación humana. David Cope, por ejemplo, músico e ingeniero de la Universidad de Santa Cruz, California, elaboró un programa de música e inteligencia artificial, Emi (Experimentos de Inteligencia Musical), que compuso 5000 corales al estilo de Bach en un solo día. Cuando los escuchas no son advertidos del origen algorítmico de esta música no perciben ninguna diferencia, nada que les haga sospechar su origen informático. No sólo música, también haikus, los minimalistas poemas japoneses, son creados por algoritmos17.
Pero, claro, el sistema algorítmico dominante no es disociable del impacto de las grandes corporaciones informáticas en nuestras vidas. Un estudio estableció que el algoritmo de Facebook es mejor juez de nuestras personalidades y disposiciones humanas, incluso que nuestros amigos, familiares y conyugues. Si el lector ha pulsado 300 veces “me gusta” en su cuenta de FB, el algoritmo de esta empresa informática global puede predecir tus opiniones y deseos mejor que tu esposa o esposo. También este estudio asegura que en elecciones presidenciales futuras FB podría conocer: 1) las opiniones políticas de decenas de millones de personas; 2) qué votantes cambiarían su voto y en qué sentido lo harían18.
La gran amenaza para un sistema algorítmico no sería ya una sublevación humana del viejo estilo: barricadas, calles tomadas, movimientos revolucionarios armados, sino el ataque de virus que alteren los archivos de programas y gusanos informáticos que se propaguen de computadora a computadora. Los gusanos se replican. Por lo que una computadora podría enviar cientos de miles de copias de sí misma creando un efecto devastador a gran escala.
El sistema algorítmico asume sus riesgos. Como también lo hacen los gigantes de la producción industrial, cuando asumen que no deben quedarse rezagados en la producción de autos autónomos, hoy liderada por Tesla y Google, y que necesitan de sofisticados programas de computación. Es el caso de Ford, General Motors o Fiat-Chrysler, empeñados en mejorar sus propios programas computacionales para autos sin conductores y con energía eléctrica19. Pero muchos ya comprenden que lo que quedará obsoleto es construir nuevos y mejores autos tradicionales. La industria algorítmica automovilística se impondrá con su concepto de auto como una computadora sobre ruedas.
Decir que todo necesita computarizarse, desde la producción a los servicios, la búsqueda de trabajo o el funcionamiento de las instituciones, supone decir que el complejo tecno-digital lo atraviesa casi todo. Y esta estructura necesita de algoritmos que a su vez dependen de modelos matemáticos. Y los algoritmos como centro del capitalismo digitalizado son capaces de reproducir las desigualdades, de hecho, mediante decisiones algorítmicas.
Cathy O’Neil, ex profesora del Barnard College de la Universidad de Columbia (Estados Unidos), que trabajó como analista de datos en Wall Street, dejó el mundo académico para participar del movimiento Ocuppy Wall Street (OWUS), que denunció los excesos del sistema financiero. Publicó el libro Weapons of Math destruction (Armas de destrucción matemática). Aquí describe los algoritmos que gobiernan nuestras vidas y que perjudican a los desfavorecidos. “Vivimos en la era de algoritmos”, escribe. Porque “cada vez en mayor medida, las decisiones que afectan nuestras vidas —a qué escuela ir, si podemos o no obtener un préstamo o cuánto pagamos por nuestro seguro sanitario— no están tomadas por humanos, sino por modelos matemáticos”20.
Los algoritmos “toman decisiones” muy importantes en la vida de las personas. De acuerdo con la matemática, estos modelos ocultos algorítmicos “manejan nuestra vidas desde que empezamos en la escuela primaria hasta que nos jubilamos”21. Y estos modelos matemáticos están presentes por ejemplo en el control de resultados académicos de estudiantes y profesores; clasificación de currículos; conceden o niegan becas; evalúan a trabajadores; determinan votantes; establecen penas de libertad condicional y vigilan nuestra salud.
En el reino del capitalismo algorítmico, la datificación del big data y las matemáticas son el trasfondo que regula todo. En los tiempos del capitalismo fordista, la importancia de medir el tiempo de trabajo fue esencial para el taylorismo. Medir el tiempo necesario para fabricar una pieza por la manipulación de una máquina era parte de un mejor control y rendimiento del trabajo físico22. Las medidas para determinar una duración o una cantidad hablan de una cuantificación creciente de la vida. Fenómeno al que contribuye también hoy el mundo digital cuando nos acostumbra, como si fuera algo natural, a evaluar contenidos, imágenes o hechos, según la cantidad de “me gusta” que cosechan en las redes.
El mundo dominado por números y cantidades no se trasforma en el capitalismo algorítmico. Las necesidades de la vida dependen cada vez más de algún tipo de numeración. Ejemplo sencillo: sin las comunicaciones mediadas por la tecnología digital el mundo colapsaría. Esas comunicaciones dependen de los números de nuestros celulares, de las direcciones IP, de nuestros números de tarjeta y documento personales. Para comunicarme, actuar y trabajar, necesito tener “mis números”. Y el sistema informatizado en su conjunto a su vez es regulado ya por el número de pasos y cálculos algorítmicos.
Claro, esta matematización de la vida reduce los números a instrumento necesario para identificar a alguien, o para acceder a prestaciones y servicios. Desde un análisis de contrastes filosóficos, el mundo matematizado del capitalismo algorítmico es el reino de la instrumentalización absoluta matemática. Si pudiera pensar, la matemática algorítmica aborrecería la mística matemática pitagórica. Pitágoras, el pensador presocrático fundamental del siglo VI a. C., creía que el número es el ser. En su filosofía, sólo destinada a un círculo hermético de discípulos, los números sostienen un orden matemático y racional como condición para la existencia del cosmos. Ese orden matemático superior era parte de una espiritualidad que vibra en la llamada “música de las esferas”, o en las medias o canon con el que los antiguos escultores griegos tallaban sus esculturas o templos. La espiritualidad de las matemáticas pitagóricas estimulaba la contemplación de las cosas como testimonio de un cosmos u orden universal de origen, finalmente, divino. Lo matemático fue epítome también de un orden universal musical concebido según número y medida en el imaginario medieval de San Agustín. Una matemática como música, una idea que llega hasta el siglo XX en los proyectos musicales de Pierre Boulez o Xennakis.
Pero en el capitalismo algorítmico nada se conserva del origen transcendente de los números pitagóricos. Salvo en el caso de la minoría que cultiva las matemáticas puras, en su uso en la vida práctica cotidiana las matemáticas han perdido su noble pasado de puente hacia una contemplación intelectual del cosmos. Ahora son parte de una vida que se extingue si no respira cada vez más información, números, claves y cálculos algorítmicos. La ciencia de los números en su puro uso funcional responde a la lógica utilitaria; y todo, incluso el ocio o el entrenamiento, es calculado en pos de los beneficios posibles si se capta la atención y el deseo de consumo de los individuos. El mundo unidimensional, reducido a única dimensión de la utilidad práctica, a la más “inteligente gestión de ganancias”23.
Los algoritmos no piensan.
No piensan los algoritmos que deciden la compatibilidad casi perfecta entre Amy y Frank en “Cuelguen a DJ”. Pero esto ofrece dos lecturas. Por un lado, el no pensar de los algoritmos son parte de un modo de pensar precedente y necesario: la ideología del liberalismo económico que sostiene la dinámica del capital y los mercados, en la que siempre la ganancia y el resultado es lo fundamental. Este tipo de pensar es instrumental, tal como Max Weber o la Escuela de Frankfurt no se cansaron de señalar. Por otro lado, decir que hay un pensamiento tras el no pensar de los algoritmos es decir también que hay un engaño a detectar tras la insistencia en que los algoritmos no son conscientes. Los algoritmos no son conscientes en su funcionamiento programado, claro; pero todavía necesitan de una conciencia que genere esos algoritmos. La conciencia del programador, y tras esa conciencia, la estructura mental o modus cogitandi de un pensar instrumental económico-liberal insistente de un capitalismo que siempre se transforma, pero nunca altera su principio constante: optimización de ganancias y del poder económico como valor en sí mismo.
Y la riqueza depende del aumento de la eficacia. Aquí los algoritmos tienen parte de su función. Pero también son parte de una mejor guía o auxilio para que los humanos cometan menos errores inútiles. Equivocarse menos es promesa de mejor utilidades o eficacia en algo. El perfeccionamiento de la eficiencia necesita entonces individuos que acudan, como si fuera un nuevo oráculo, a la inteligencia de los algoritmos para mejor saber lo que deberían pensar, sentir o hacer. O para no equivocare en la búsqueda de una pareja.
2 Ver Karl Marx y Friedrich Engels, Manifiesto del Partido Comunista, Fundación de Investigaciones Marxistas, Madrid, 2013, traducción de Wenceslao Roces. Disponible en <www.pce.es/descarga/manifiestocomunista.pdf>. Ver también Eric Hobsbawn, Introducción al Manifiesto Comunista, Crítica, Barcelona, 1998.
3 Sobre el hedonismo cultural de la llamada era posmoderna, ver Gilles Lipovetsky, La era del vacío, Anagrama, Barcelona, 2006.
4 Ver Daniel Bell, Las contradicciones culturales del capitalismo, Alianza, Madrid, 2004.
5 Ver Max Weber, La ética protestante y el espíritu del capitalismo, Fondo de Cultura Económica, México, 2003.
6 Yoval Noah Harari, Homo deus, Debate, Madrid, 2016, p. 339.
7 Ibídem, p. 341.
8 Este episodio se analiza en segunda parte de este libro.
9 Y. N. Harari, op. cit., p. 341.
10 Harari habla de hecho de una “clase inútil” para los próximos años.
11 Ver entrevista al Dr. Dieter Zetsche, CEO de Mercedes Benz-Daimler, disponible en <www.youtube.com>.
12 Ver Inna Flor, “Los trabajos más demandados del futuro (y que todavía no se inventaron)”, La Vanguardia, sección tecnología, 29 de diciembre de 2017, disponible en <www.lavanguardia.com>. Ver también Daniel y Richard Susskind, El futuro de las profesiones, TEELL, Zaragoza, 2016.
13 “Un robot farmacéutico de la Universidad de California, en San Francisco… ya ha realizado más de seis millones de recetas (sólo en una falló)” (Josefa Elola, “El cerebro artificial que piensa por ti”, El País, 12 de febrero de 2017, disponible en <elpais.com>).
14 “Los algoritmos pueden reaccionar de manera desmedida. Son una buena herramienta, pero para ser utilizada de manera aislada, sin humanos que los supervisen”, según Kathleen Broojs, Directora de Investigación en la operadora bursátil City Index (“¿Qué son los flash crash y por qué ponen en jaque a los mercados”, BBC Mundo, 10 de octubre de 2016, disponible en <www.bbc.com>).
15 Ver Alex Williams y Nic Smicek, #Acelera. Manifiesto por una política aceleracionista, disponible en <syntheticedifice.files.wordpress.com>.
16 Sobre la música por inteligencia artificial ver también Mira Balazan, Kemal Ezcioglu y Otto Laske (eds.), Perspectivas sobre cognición musical, AAAI Presione.
17 Ver David Cope, Comes the fiery night: 2000 haiku by man and machine, CreateSpace Independent Publishing Platform, 2011. Otro programa creado por Cope, Annie, compuso 2000 haikus, muchos creados por el programa y algunos otros escritos por poetas orgánicos.
18 Ver Wu Youyou, Michael Kosinki and David Stillwell, “Computer-based personality judgments are more accurate tan those made by humans”, PNAS, 2015, vol. 112, núm. 4, p. 1036-1040, disponible en <www.pnas.org>.
19 “La gran amenaza que enfrentan automotrices como Ford, General Motors y Fiat Chrysler (y qué están haciendo para defenderse)”, BBC Mundo, 17 de enero de 2018, disponible en <www.bbc.com>.
20 “Los algoritmos ocultos que funcionan como ‘armas de destrucción matemática’”, BBC Mundo, 1 de noviembre de 2016, disponible en <www.bbc.com>.
21 Ibídem.
22 El taylorismo expresaba esa mentalidad del control del proceso productivo por su cuantificación. Fue un sistema de racionalización del trabajo explicado en Principles of Scientific Management (1911), por el ingeniero industrial y economista estadounidense Frederick W. Taylor. La cuantificación temporal de cada fase del trabajo industrial por parte del obrero buscaba maximizar el rendimiento productivo de la mano de obra, de las máquinas y herramientas. Para este propósito era fundamental la división de las tareas en el proceso del trabajo, el cronometraje de las operaciones y un sistema de motivación mediante pago de primas por rendimiento.
23 Sobre una sociedad que reduce la existencia a la única dimensión instrumental pragmática de la mentalidad capitalista, ver Herbert Marcuse, El hombre unidimensional, Planeta-D’Agostini, Buenos Aires, 1993.
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Sociedad de la vigilancia total
La serie Black mirror señala varias veces la presencia ya entre nosotros de un sistema de vigilancia. En el episodio “Cállate y baila”, a través de un malware, la cámara de la computadora vigila y registra las prácticas de un joven demasiado interesado en los niños; en “Odio nacional”, un modelo experimental de abejas robot busca, en teoría, reemplazar a las abejas naturales en disminución para mantener la salud de los ecosistemas. Pero estos insectos robóticos son un medio encubierto de espionaje informático de toda la población de Inglaterra24; en “Toda tu historia” o “Cocodrilo”, el acceso a una memoria digitalizada de las personas permite espiar sus recuerdos. Y, en otro ejemplo rotundo de vigilancia, en “Arkangel”, una madre vigila a su hija mediante un implante que tiene instalado en su cerebro. Todo lo que la hija hace y ve aparece en una tableta que le permite monitorearla. Y además, todas las imágenes que fluyen ante la hija son grabadas también por su dispositivo de memoria artificial.
Por la complicidad entre el Estado y las grandes empresas informáticas y de telecomunicaciones, se construye un ojo de la vigilancia cada vez más poderoso. La alianza de vigilancia privada y estatal responde a intereses político-económicos comunes. Julian Assange o Edward Snowden son voceros de los procedimientos del complejo de espionaje tecnodigital: “Las nuevas empresas como Google, Apple, Microsoft, Amazon y más recientemente Facebook, han establecido estrechos lazos con el aparato de Estado de Washington. Esta relación se funda en una ideología capitalista compartida y una visión de expansión estratégica de poder global. En última instancia, los estrechos vínculos de Google y la administración estadounidense están al servicio de los objetivos de la política exterior de Estados Unidos”25.
En contra de toda apariencia, la alianza para la vigilancia global plasma, o está en camino de hacerlo, un deseo mítico y ancestral: el de un “ojo divino” que todo lo ve y controla. A esta idea específica llegaremos al final de nuestra reflexión.
La alianza para la vigilancia planetaria suma las capacidades del Estado, el aparato militar de seguridad y las grandes empresas informáticas que señorean en la web. Internet es el ciberespacio ya en control del complejo de tecno-vigilancia (un complejo que Ramonet llama “securitario-digital”26).
Y el espionaje digital sabe que no existe ni la mónada ni el laberinto. La mónada leibiziana es modelo de una realidad encerrada en sí misma; deriva de la monadología del filósofo alemán Gottfried Leibniz. El laberinto, por su parte, es una construcción en la que los individuos se pierden y confunden. La arquitectura laberíntica fue urdida por Dédalo a pedido el rey Minos para ocultar al Minotauro, según el mito clásico. Los encerrados en un laberinto no encuentran la salida porque ésta sólo es posible por arriba. El héroe Teseo encontró la vía de salida gracias al célebre hilo de Ariadna. Para nosotros, los comunes mortales, para escapar de la estructura laberíntica tendríamos que elevarnos tirando de nuestro propio cuello, como lo hacía el Barón Munchausen.
Las computadoras enlazadas en una red mundial inalámbrica permiten que todo dato alojado en ella no se pierda en un mónada totalmente cerrada o impermeable para los ojos de la vigilancia. Y si de un laberinto se sale por arriba o con un visión aérea y panorámica para determinar las entradas y salidas de los pasadizos, esa visión de conjunto de toda la información que fluye y circula en los laberintos digitales es posible capturarla e interpretarla desde programas de espionaje cada vez más poderosos, como el programa PRISM, revelado por Snowden27. La ciberguerra superior será la inteligencia para atravesar mónadas y mirar, abrazar y controlar laberintos “desde arriba”. La ciberguerra para vulnerar mónadas y computarizar mapas lo más completos posible de todo lo que existe dentro del laberinto en red.
Siempre estamos predispuestos a identificar el ciberespacio o el espacio virtual como una “irrealidad” (o algo sólo “virtual”, o de una realidad débil). Los estoicos decían que todo está hecho de cuerpos. Desde el cuerpo de un hombre o una mula hasta el cuerpo cósmico de un Dios concebido con “gran Fuego artesano”28. En términos de la construcción social contemporánea, es tiempo de asumir que el ciberespacio es tan real como los cuerpos. Es realidad “corpórea” no porque esté hecha de cuerpos, sino porque justamente su propósito hoy es ver, entretener y controlar el cuerpo y la mente de los internautas, o del individuo espectador en general ante los mundos-pantalla móviles o fijos.
En la historia, el homo sapiens fue primero cazador-recolector nómade; luego, hombre agrícola sedentario; luego, el obsesionado por la salvación religiosa; luego, el homo economicus capitalista. Hoy el nuevo modo de ser de la especie sapiens es la de pasivo y sedentario consumidor de imágenes que él produce, vía selfies, casi en la misma medida de las que recibe en las avalanchas de imágenes por las pantallas controladas por el complejo massmediático y las plataformas de streaming. No se trata del homo videns. Porque el consumidor de imágenes cuando ve no ve. Sólo es visto en sus pasos en el ciberespacio. Y todo lo que circula en esta geografía virtual es visible para los ojos de la cibervigilancia.
La realidad del ciberespacio es intermedia: está entre la “vieja” realidad física y un nuevo tipo de realidad, que bien podría identificarse como un “quinto elemento”…
Los antiguos sostuvieron la teoría de los cuatro elementos. La naturaleza existe por la combinación de cuatro elementos: tierra, aire, agua y fuego. Los filósofos presocráticos creían que la materia es por la combinación de estos principios naturales. Pero estas combinaciones ocurren sobre el trasfondo de una materia original: el quinto elemento. Para Aristóteles este elemento que excede y contiene a los otros fue el éter; para los japoneses, el vacío (go dai); para Einstein, de alguna manera, la luz es el “quinto elemento” en tanto es la materia que se transforma en energía. Pero en nuestra civilización el quinto elemento es una realidad que existe por las pantallas y los ordenadores enlazados en conexiones inalámbricas. Su realidad nace del mundo de los cuatro elementos, pero se muta en el “quinto elemento” del ciberespacio. A esa nueva realidad fluyen cada vez más nuestras energías, tiempo y datos. Nuestra mente y cuerpo transferidos al ciberespacio es lo que el ojo tecnodigital de vigilancia debe controlar. El control sobre el quinto elemento del ciberespacio debe ser, por fuerza, cibercontrol.
Históricamente, los ejércitos de los Estados tuvieron que crear fuerzas especializadas para dominar cada elemento: el Ejército con sus tanques, infantes y cañones para subyugar el elemento tierra; la Fuerza Aérea para sojuzgar el elemento aire; y los bombardeos vomitando fuego desde el cielo; la Armada para imponerse en los mares. Ahora es necesario una nueva fuerza, un ciberejército para actuar en el ciberespacio como quinto elemento. Esta cibertropa se prepara a su vez para la ciberdefensa mediante supercomputadores; una ciberprotección que ya extiende sus lentes informáticas hacia todas partes, al menos hacia todos los usuarios de la gran red mundial29.
El control del ciberespacio supone que de hecho internet no es ya “público” sino que está en manos privadas; esto quizá exige pensar una nueva categoría mixta de lo privado y lo público constituido por las grandes empresas informáticas y los Estados apoyados en los grandes servicios de inteligencia nacionales. Al principio, la novedad de la red de redes era una nueva tecnología democratizadora: internet era el bien que nos daría más libertad, más distribución de la información y de las opiniones de las minorías fuera de los medios masivos y monopólicos de comunicación. Pero hoy “la red está a punto de sufrir una violenta centralización en torno a colosales empresas privadas: las GAFAM (Google, Apple, Facebook, Amazon, Microsoft). Todas estadounidenses, a escala planetaria, acaparan las diferentes facetas de la red”30. Este poder es solo posible por internet, e internet solo es posible por toda una historia de desarrollo tecnológico acelerado en la Segunda Guerra Mundial y en las últimas décadas. Este desarrollo permite que todos nos conectemos para una “mejor comunicación”; y esa conectividad es gestionada por ordenadores en la forma de teléfonos inteligentes que a todos nos “sube” al ciberespacio. Y el ciberespacio surge por el sistema en el que se interconectan las computadoras y nuestras mentes. Entonces, no es sorprendente que Jean Quisnel, periodista francés especializado en cuestiones militares, nos advierta: “Es tan fabuloso que por el placer revolucionario de un universo tecnológico, el individuo no se preocupe de saber, y aun menos de comprender, que las máquinas gestionan su vida cotidiana, que cada uno de sus actos y gestos es registrado, filtrado, analizado y eventualmente vigilado que lejos de liberarlo de sus ataduras físicas, la informática de la comunicación constituye sin duda la herramienta de vigilancia y control más formidable que el hombre haya puesto a punto jamás”31. Por su parte, Gleen Greenwald sugiere que subestimar la vigilancia a través de internet es no comprender que esto es parte de un proceso que somete “a un exhaustivo control estatal prácticamente todas las formas de interacción humana, inclusive el pensamiento mismo”32.
Black mirror nos lleva a imaginar abejas robóticas que baten sus alas artificiales en el firmamento de Inglaterra. Una imagen congruente con cielos atiborrados de drones espías. Espías en las alturas que, como el antiguo director redactor jefe de la revista Wired, fundador de 3Drobotics prevé: “habrá millones de cámaras volando por encima de nuestras cabezas”. Estos ingenios robóticos aéreos se orientan por un pattern of life; es decir, detectan personas que muestran una pauta de vida que coincide con el patrón de comportamiento de un individuo “peligroso”, que debe ser eliminado. Aumento del poder de vigilancia que, además, por una “dictadura digital” sustentada en los omnipresentes algoritmos de macrodatos, podría conducirnos hacia la pesadilla de 1984 de Orwell, y a “emponderar un futuro Gran Hermano, de modo que terminaríamos sometidos a un régimen de vigilancia orwelliana en el que cada uno de los individuos fuera controlado todo el tiempo”33.
Esto nos recuerda que el espionaje digital no es sólo del ciberespacio. La vigilancia de los movimientos de los cuerpos en el espacio físico es tan importante como el de los flujos de datos en internet. Un ejemplo contundente de la vigilancia informática, vía cámaras y programas de reconocedores faciales de alto rendimiento, es la China del “capitalismo maoísta”. Millones de cámaras, y gafas de reconocimiento facial usados por la policía, y todos conectados en un gran sistema informatizado de la vida, explican que “China está desarrollando un futuro autoritario de alta tecnología. Beijing está acogiendo tecnologías como reconocimiento facial e inteligencia artificial para rastrear a 1,4 mil millones de personas. Busca armar un enorme sistema nacional de vigilancia, con ayuda de su floreciente industria tecnológica”34. Claramente, China es un ejemplo no de la tecnología en su fase democratizadora, sino como mayor garantía de control social. Las cámaras se multiplican para escudriñar casi todo. Quienes cruzan imprudentemente una calle son mostrados con sus nombres en grandes pantallas. El sistema informatizado de la vida permite mantener actualizados bancos de datos con la indicación de quienes no pagan sus cuentas. El reconocimiento facial permite ubicar sujetos buscados entre la multitud y también impedir el acceso a individuos no autorizados a ingresar a complejos de viviendas.
Los especialistas en seguridad estiman que para el 2020 China tendrá 300 millones de cámaras instaladas. El monitoreo de la población no se detendrá en sus rostros, incluirá también su ropa e incluso su modo de caminar. Todo esto alimenta una efervescencia tecnológica china liderada por el Estado y las start-up de inteligencia artificial. El mercado de seguridad pública crece. Una compañía de sistemas de vigilancia, Eyeccol, envía por día más de 2 millones de imágenes faciales a Skynet, un sistema policial de macrodatos. Y en el capitalismo maoísta chino, su líder máximo Xi Jinping, “ha tomado acciones para consolidar su poder, recurriendo a creencias de la era de Mao sobre la importancia del culto a la personalidad y el papel del Partido Comunista en la vida cotidiana. La tecnología le da el poder para hacerlo realidad”35.
Los analistas del sistema de vigilancia chino observan también sus deficiencias; aún está lejos de ser el ojo que realmente todo lo ve. La base de datos de individuos sospechosos a ser especialmente vigilados (como activistas políticos, narcotraficantes, supuestos terroristas) es de 20 a 30 millones. Bajo la premisa de una sociedad del control total todos son sospechosos, por lo que la especialización de la vigilancia aún debe aumentar. Pero aunque las cámaras todavía no hayan construido un radar para el monitorio continuo y total, sus efectos psicológicos son intimidantes y normalizadores. Porque el saberse vigilado mantiene a la población a raya, y contribuye a disuadir a muchos de sus impulsos de robo, o acelera la confesión de los capturados e interrogados por la fuerza pública.
En el caso chino, la vigilancia del ciberespacio y el mundo físico devienen un ejemplo contundente de un proceso de vigilancia total en construcción. Esta vigilancia parte del Estado centralizador. Pero en un futuro no muy lejano, la vigilancia en expansión puede volverse en contra de los propios Estados, y no solo por la acción de un ciberterrorismo. Parte de la CIA es el National Intelligence Council (NIC), la oficina de análisis que busca prever escenarios futuros de alto impacto a nivel geopolítico y económico. En 2013, bajo el mandato de Barak Obama, se publicó el Global trends 2030. Alternative words (Tendencias mundiales 2030. Nuevos mundos posibles). Según este informe, la tendencia será que los países ya no serán países sino grandes comunidades interrelacionadas por internet y las redes sociales. Facebooklandia (más de mil millones de usuarios), Twitterlandia (más de 800 millones). El acceso a la red y las vías digitales modificará la estructura del poder. Se darán procesos “pospolíticos” o “posdemocráticos” que permitirán que los ciudadanos mejor presionen a los políticos. Pero todo esto compensado por una capacidad total de vigilancia de los ciudadanos; y, paralelamente, las grandes empresas de internet serán los megaprocesadores de información cuya influencia se extenderá no solo a los individuos (o a lo que quede de ellos), y a la población global, sino también a los Estados mismos.
2.1. El retorno del “ojo de Dios”
En las civilizaciones antiguas, el cielo es asiento del dios celeste. El dios asociado con lo celeste es el poder espiritual sumo, la ley universal que controla los ritmos cósmicos. A su ley incluso los otros dioses están sometidos. El dios cielo significa poder, sabiduría, omnipotencia. Omnisciencia. Este tipo superior de dios es hierofanía de fuerzas sagradas36. Desde arriba, al dios celeste nada se le escapa. Así, los mongoles “creen que el cielo ve todo y cuando hacen juramento dicen: ¡Que el cielo lo sepa! ¡Que el cielo lo vea!”37.
En la antigua India, en la cultura védica, el dios celeste es Dyaus (cielo, de div en sánscrito, brillar). Dyaus luego es desplazado por otro dios: Varuna. Y la omnisciencia de Varuna es poder verlo todo. Así el ojo divino todo lo escruta y descubre, dado que “del cielo descienden sus espías, con sus miles de ojos espían la tierra. El rey Varuna ve todo… Ha contado hasta los parpadeos de los hombres…”38.
Varuna es omnisciente e infalible, “conoce el rastro de los pájaros que vuelan en el aire. Conoce la dirección del viento. Y él, el que lo sabe todo, espía todos los secretos, todas las acciones y las intenciones…”. Coloca espías en las plantas y en las casas puesto que es un dios que nunca cierra sus ojos. Varuna es samasraksha, “con mil ojos”. Y Varuna no es el único que tiene “mil ojos”. También otros dioses de la India antigua los tienen: Indra, Vayu, Agni, Purusha...
Desde el cielo el dios todo lo ve. Debe verlo todo, en eso se juega su poder supremo.
En la sociedad de la vigilancia también todo debe ser visto desde lo alto, mediante ejércitos de espías, drones, cámaras, satélites y sensores. Ya no se trata sólo de ciberespionaje, de fisgonear nuestros datos y secretos en el ciberespacio. El espionaje del dios de “los mil ojos” es el que puede ver no sólo nuestros datos informatizados sino todos nuestros movimientos, desplazamientos y locaciones en el mundo físico, e incluso nuestros pensamientos. Por eso del cielo “descienden sus espías, sus miles de ojos que espían la tierra”. Los satélites actuales son capaces de ubicar casi cualquier cosa sobre la Tierra, y enviar la información necesaria a uno o muchos drones para confirmar un objetivo. Geolocalización y luego ataque.
Los dioses de las religiones no existen porque siempre fueron producto de un orden imaginado. Pero pareciera que la era tecnoglobal está creando un “Dios” que hace realidad al viejo dios celeste con su poder de verlo todo desde el cielo, o a través de todo. El nuevo dios del ojo artificial podrá ver todo de lo que circula, y ya lo hace, en esa segunda mente del homo sapiens que es la mente colectiva o compartida por internet; y también el Dios del ojo artificial verá a través de satélites, drones, y por sensores-espías en las plantas y las casas. Visibilidad total con menos lugar para lo secreto. Lo secreto personal es amenaza pública39.
El nuevo dios a través de un gran ojo de vigilancia global. Snowden no fue el primero en revelar ese ojo-espía de alcance mundial. De hecho, el 11 de julio de 1991, el Parlamento Europeo publicó un informe sobre la existencia de un sistema mundial de interceptación de comunicaciones privadas y económicas; el Big brother de Echelon40.
La tecnología avanzada, en este caso asociada con la construcción de la sociedad de la vigilancia, revive los procesos de visibilidad total antes solo posibles para un dios. Los dispositivos actuales emulan las potencias que los hombres le atribuían al viejo Dios. El Ojo Divino que todo lo ve vuelve a parpadear. Antes era el Ojo de la Providencia, el Ojo panóptico o Delta luminoso, símbolo de la vigilancia divina sobre toda la humanidad. Ese ojo que antes vimos en su forma de dios hindú, pero que también es el ojo de Ra, o el ojo de Horus en el Antiguo Egipto. Ese Ojo de Dios se alojó dentro de un triángulo en los primeros siglos del cristianismo. Al principio formado por tres peces, luego se usó como símbolo de la Trinidad. Pero el ojo dentro del triángulo evolucionó en el arte renacentista. Entonces su significado era la omnisciencia y la omnipresencia del Dios Padre. Y la masonería convertirá al Ojo que Todo lo Ve en parte fundamental de su simbología, en la que brilla como “Delta Luminoso” y representación del Gran Arquitecto del Universo. El ojo que brilla en el triángulo en el dorso del billete de un dólar…
Siempre El Ojo que Todo lo Ve fue símbolo de luz, sabiduría y espíritu. Algo muy distinto a los “mil ojos” de los drones, satélites y sensores que fortalecen al Poder de este mundo. El renacimiento del viejo dios como tecnodivinidad del espionaje total.
Drones minúsculos con cámaras podrían hurgar todo espacio antes privado por el que se mueven los individuos. Potencialmente, nada quedaría fuera de esa diminuta visión móvil capaz de penetrar en recintos que, para ser inviolables, necesitarían un sellado completo que impidiera el ingreso de este tipo de dispositivos robóticos aéreos. Las ventanas siempre tendrían que estar clausuradas, lo mismo que las puertas. Operación de seguridad doméstica imposible. Nubes inmensas de pequeños ojos cámara imperceptibles verían y grabarían todo movimiento. El dios espía para el que ningún destello será invisible.
24 Ver Esteban Ierardo, “Entre abejas robóticas y las picaduras de odio”, en Sociedad pantalla. Black mirror y la tecnodependencia, Continente, Buenos Aires, 2018, p. 129-137.
25 Citado en Ignacio Ramonet, El imperio de la vigilancia. Nadie está a salvo de la red global de espionaje, Clave Intelectual, Madrid, 2016, p. 16.
26 Ignacio Ramonet, op. cit., p. 67-68.
27 PRISM es el programa clandestino de vigilancia electrónica bajo la esfera de la Agencia de Seguridad Nacional de los Estados Unidos (NSA), cuyo fin es la recolección de comunicaciones de por lo menos nueve grandes compañías estadounidenses de internet. Su existencia secreta fue revelada a la opinión pública en 2013 por Snowden.
28 Ver Anthony A. Long, La filosofía helenística: estoicos, epicúreos, escépticos, Alianza, Madrid, 1997.
29 Ver Ignacio Ramonet, op. cit., p. 16-17.
30 Ibídem, p. 17.
31 Jean Guisnel, en prólogo a edición francesa del libro de Red Whitaker, Tous fliques! La vie privee sous survillance (2001) y citado en Ignacio Ramonet, op. cit., p.18.
32 Gleen Greenwald, Snowden. Sin lugar donde esconderse (2014), citado en Ignacio Ramonet, op. cit. p. 20.
33 Yuval Noah Harari, 21 lecciones para el silgo XXI, Debate, Barcelona, 2018, p. 86.
34 Paul Mozur, “El autoritarismo chino del futuro se basa en alta tecnología”, The New York times, 13 de julio de 2018, disponible en <www.nytimes.com>.
35 Ibídem.
36 El concepto de hierofanía es fundamental en los estudios de las cosmovisiones mítico-religiosas comparadas del gran historiador de las religiones Mircea Eliade. Hierofanía, de hieros, sagrado, fania, fonos, decir, más ampliamente mostrar. Hierofanías son entonces los modos por los que a los antiguos pueblos se les manifestaba lo sagrado. Estas manifestaciones eran las fuerzas naturales sacralizadas, que devienen por tanto en hierofanías, como el sol y su luz, la luna y sus fases en el cielo nocturno, el tiempo y su estructura circular: la rueda de las estaciones. El cielo era la hierofanía o manifestación de la sacralidad de todo lo que vive o viene de lo alto.
37 Mircea Eliade, Tratado de historia de las religiones, Biblioteca Era, México, 2013, p. 79.
38 Mircea Eliade, ibídem, p. 85.
39 La vigilancia debe ser sobre todos, y por todos. Destino acaso inevitable de la capacidad técnica de ver de lo que el otro hace. Situación como la que propone la novela distópica The circle, de Dave Eggers, también adaptada al cine: una empresa tecnológica ofrece cámaras portátiles que permitan hacer todo transparente y visible las 24 horas. Todo es registrado, preservado. Como parte de la legitimación de esa observación continua, un CEO propone a un público dócil que “los secretos son mentiras” y que todo debe ser compartido.
40 Ver “El gran hermano global Echelon”, en Juan Carlos Herrera Hermosilla, Breve historia del espionaje, Nowtilus, Madrid, 2012, p. 265-268.
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La nueva alquimia:
entre el clon y el robot
El homo sapiens nace. Miles de millones de veces el humano nació mediante un guión creado por un Dios, o la naturaleza.
El guión de la naturaleza: los dos sexos se compenetran íntimamente, una “pasión” del hombre crece lentamente en la tierra fértil de la mujer. El fruto, el hijo, la hija. El nuevo ser sale del vientre hacia la vida. El libreto natural para crear nueva existencia humana es un camino único, o eso parece…
Un camino único parece: la gestación y el nacimiento. Un proceso natural para la creación de un nuevo ser. Pero el humano quiere imitar a la naturaleza, o a Dios. Crear un nuevo humano por un camino artificial. La alquimia es una disciplina antigua que imaginó ese camino, y que ahora vuelve a hacerlo por otros medios, por una nueva alquimia.
Primero, la alquimia antigua. Por un lado, las combinaciones de elementos y sustancias en un horno para obtener la piedra filosofal, símbolo de sabiduría y eternidad. El laboratorio alquímico fue una continuación de la metalurgia que, mediante el fuego, empezó la transmutación de los materiales para dar con nuevos metales por fusión o trasformación41. La metalurgia del bronce, por ejemplo, o el hierro fundido descubierto por los chinos, precursor del acero y de la revolución industrial moderna.
El saber de una herrería mística fue heredado por los alquimistas. En sus talleres, estos espíritus inquietos buscaban templar “la obra”, un magnum opus: la piedra filosofal, el lapis filosofarum.
La tradición popular afirma que la obra alquímica intentaba la trasmutación de los metales innobles en los nobles, la plata y el oro. El oro filosófico era el de la piedra filosofal. Y para una interpretación más amplia, las etapas del trabajo alquímico componían un camino simbólico hacia el autoconocimiento y la sabiduría42. La vieja alquimia como vía hacia una espiritualidad a través de la experimentación y la transformación de la materia.
Pero el viejo sueño alquímico no ambicionaba sólo el oro filosófico. Su otro deseo mágico era el homúnculo, un hombre mágico. Una duplicación o clonación artificial del descendiente de Adán. El “otro camino” fuera del único camino natural posible para crear nueva vida humana. El homúnculo era la matriz del golem de la tradición cabalística y literaria. Pero también lo es del humano clonado y el androide.
La era del capital algorítmico y de la sociedad de la vigilancia del “ojo divino” también es la del tiempo de la “nueva alquimia”. Saber alquímico actual que se manifiesta por la ingeniería genética y la clonación, o por la réplica robótica androide de la apariencia humana. La era de la nueva alquimia del clon y el robot. Esto emerge, a su vez, del universo ficcional de la serie de Charlie Brooker…
El androide inspira el episodio de Black mirror “Ahora vuelvo”43. Aquí un robot antropomorfo no sólo imita la apariencia de un humano desaparecido sino también duplica o clona la conciencia de ese individuo a través de sus datos personales conservados en las redes. La “clonación alquímica” aquí es entonces robótica e informática a la vez. La clonación biológica se muta en clonación o duplicación de las conciencias en no pocos capítulos de la serie de Brooker (que incluye hasta una conciencia clonada dentro de una “conciencia huésped” en “Black museum”44).
La clonación y la robótica androide contemporáneas se tocan con las transformaciones mágicas de la vieja alquimia. El homúnculo y el golem es ese punto de contacto. La alquimia atávica imaginó la creación de un humano por vías no naturales. Esa idea es el centro de nuestra equiparación de la vieja y la nueva alquimia: en ambos casos se trata de encontrar formas alternativas de producir algo humano, o con una apariencia de humanidad; en esa aspiración se encuentran el homúnculo, la clonación o, a su manera, la robótica androide. Pero para mejor proyectarnos a nuestro tiempo tecno-orgánico primero es oportuno una breve arqueología de la alquimia original dominada por el deseo de reproducir al humano en la forma del homúnculo...
Paracelso, arquetipo de alquimista sumo, es quien acuñó el término, cuando sugirió que había creado un homúnculo como parte de su empeño en pos de la piedra filosofal, uno de cuyos atributos es la “juventud eterna”. Su creación habría procedido de combinaciones de mercurio, carbón, partes de piel o pelos humanos; y todo esto enterrado en estiércol de caballo de modo que, durante cuarenta días, el embrión se desarrollara en el seno de la tierra. La planta de la mandrágora o un huevo puesto por una gallina negra podían ser otros modos mágicos de combinaciones y medios para dar realidad al “nuevo humano”.
En el siglo XVI, en el Renacimiento mágico, la figura del científico, el filósofo y el mago se unían. Quien deseaba el saber debía escrutar las estrellas, observar las fuerzas naturales visibles e invisibles y aceptar la magia como una comprensión superior de la naturaleza y sus aspectos desconocidos. Todo intelectual podía ser a la vez hombre del poder, filósofo, científico, astrólogo. O alquimista45.
Más allá de las fantasías de la vieja alquimia, no se debe perder de vista que los alquimistas trabajaban con la materia, con su transformación y posibilidades. No en vano se los tiene como precursores de la química moderna. El alquimista auxiliaba a la naturaleza para que ésta fuera de “otra manera”. Hoy, la nueva alquimia de la clonación manipula las estructuras de la materia biológica y sus genes para copiar a un ser de forma “no natural”. Existen procesos de clonación natural, pero no una copia o clon de un mismo individuo, lo que entendemos particularmente como clonación humana.
Y si volvemos a la matriz alquímica primitiva y el homúnculo, no debería sorprender que el término homúnculo, en el siglo XVII, fuera parte de un intento de conocimiento empírico de procesos naturales como el de la concepción y el nacimiento. Por ejemplo, mediante los primeros y rudimentarios microscopios, Nicolaas Hartsoeker (matemático y físico holandés, inventor del microscopio) descubrió “animalúnculos” en el esperma de los humanos y otros animales. La exigua resolución de las imágenes de los pequeños organismos en esa época, indujo la falsa creencia de que lo que se veía a través de lente era la cabeza del espermatozoide como un hombre en miniatura. Así surgió la teoría de los espermistas, de que el esperma oficiaba como un homúnculo, hombre pequeño, que se aloja en la mujer para gestar un niño. Tras lo que para nosotros hoy es pura fantasía, se agazapa el mismo proceso involucrado en la búsqueda del homúnculo de la vieja alquimia o la clonación en la nueva alquimia: entender nuevas posibilidades de “ser” de la materia biológica.
La literatura multiplicará el sueño alquímico de crear un nuevo humano. En la segunda parte de su Fausto, Goethe concibe que Wagner, discípulo de Fausto, crea un homunculus que debate con Mefistófeles y su creador. Cuando Mary Shelley imagina a Frankestein acaso algo de la ensoñación alquímica del homúnculo pudo haberla influenciado porque su padre, William Godwin, mucho sabía de la vida y obra de Paracelso.
Pero el homúnculo se asocia también con la célebre figura del golem nacido de la imaginación judía en la Edad Media. Un ser animado de aspecto antropomorfo creado a partir de la materia inanimada, del barro o la arcilla. En su origen folklórico, el golem es indisociable de Rabbi Judah Loew, también conocido como Maharal, de Praga. Este rabino praguense del siglo XVI, habría creado el golem para defender el gueto de Praga de agresiones antisemitas. Desde un cariz mítico-religioso, el golem es pariente de Adán. Lo mismo que el primer hombre, el golem fue creado a partir de barro al que luego un sabio creyente le insufló una chispa divina. La posibilidad de un hacedor humano que crea el golem alegoriza a nivel moral un don ambiguo: primero es una manifestación del poder que un hombre alcanza al comunicarse con lo divino; y, segundo, es una advertencia sobre el peligro y los límites de este poder. Porque el hombre artificial creado por el humano imitando a Dios nunca trasciende su falsedad; nunca escapa del hecho de que es sólo una copia, una sombra del hombre verdadero que únicamente es creado por Dios.
Y la inferioridad de la réplica humana artificial del primer golem, o del creado por el rabino de Praga, se evidencia por un hecho fundamental: el golem carece de alma. Esto también es signo de su fragilidad o falsedad de origen, y de que no actúa espontáneamente. El golem sólo se mueve cuando se escribe en su frente uno de los nombres de Dios o la palabra hebrea Emet (verdad). Si se borra la primera letra sólo queda met (su contrario, muerte en hebreo). Así el golem es devuelto a la parálisis, y regresa a su condición de barro inerte.
La popularidad del golem se debe a la novela de Gustav Meyrink, El Golem (Der Golem). Esta obra se nutre de leyendas y relatos populares que retornan a Rabbi Judah Loew. Por medio de uno de sus más logrados poemas, Borges también evoca al homúnculo rabínico46. A su vez, el mago que en Las ruinas circulares quiere crear un ser a través de la fuerza de sus sueños, se agrega a la tradición alquímica de replicar un humano por un artificio47.
La vieja alquimia nos llevó al homúnculo y a la transmutación de la materia como preámbulo de la era de la “nueva alquimia”. La idea constante es la voluntad de crear nueva vida humana (homúnculo, clonación contemporánea), o vida con apariencia humana (robótica, androides), por medios artificiales. Entonces, vieja alquimia: el homúnculo; nueva alquimia por las pulsiones tecno-orgánicas: el clon y el robot.
3.1. Programando clones y bacterias
No era una mañana más, pero una vez más resplandecía el sol, que iluminaba las cercanías de Edimburgo, en Escocia. Y no era un día más en el Instituto Roslin, una institución financiada por el Consejo de Investigación de Ciencia Biológica y Biotecnología del Reino Unido. El doctor Ian Wilmut y Keith Campbell festejaban.
La ciencia siempre quiere atravesar fronteras. Es fascinante que los territorios desconocidos empiecen a ser conocidos. Como los viejos alquimistas que en su laboratorio observan sus experimentos, Wilmut y Campbell confirmaron un acto de alquimia científica: por la intervención humana lograron conseguir el primer mamífero clonado a partir de una célula adulta. Era una oveja. Su nombre: Dolly. Luego, sólo un año después prorrumpirán los balidos de Polly y Molly, las dos primeras ovejas transgénicas, cuya estructura celular portaba un genoma humano48.
Dolly surgió de un tejido de glándula mamaria de un animal adulto, una oveja Finn Dorset de seis años. La célula donante comenzó la gestación del nuevo ser en un óvulo no fecundado, el único que sobrevivió de 277 fusiones de óvulos no fecundados con núcleos de células mamarias.
La clonación biológica, ya antes de las clonaciones de la conciencia en Black mirror, es ejemplo clarísimo de la creación de nueva vida fuera del “único camino posible de la naturaleza dada”. En su definición técnica, la clonación es una copia idéntica de un organismo ya desarrollado, y duplicado a partir de su ADN en un proceso asexual. La reproducción sexual justamente genera los nuevos seres con características que varían el original. Sólo la vía asexual asegura una copia idéntica y no diversa.
Las objeciones éticas acompañan a la clonación de la nueva alquimia desde sus comienzos: ¿es legítimo duplicar un ser humano? ¿No es un desatino arrogante jugar a ser Dios al duplicar los individuos? ¿Y si esto se produce sin una donación consentida de las células? ¿Y si la clonación promueve futuros robos de material genético para ser duplicado con propósitos siniestros? ¿Granjas clónicas de soldados duplicados de uno o varios originales para formar regimientos de combatientes clonados suicidas? ¿Sólo un argumento de ciencia ficción? Por ahora sí, claro, ¿pero en el futuro…?
Los peligros de la clonación empezaron a ser anunciados ya en un histórico texto de 1971 de James Watson sobre el hombre clonal49.
La clonación humana depende de la experimentación previa con animales. Entonces, nada asegura que en el clon humano no se repitan los mismos riesgos que en los animales ya clonados; como el síndrome de Los, el clon que crece más que el animal original; o la senescencia, el rápido envejecimiento. La clonación como copia idéntica de un original humano pertenece hoy a la teoría y la especulación, y la cultura popular. En el ámbito del homo sapiens, la clonación que sí concentra hoy una alta investigación es la de los tejidos y órganos para su trasplante posterior en el propio paciente donante a fin de curar sus enfermedades. Y también se han clonado células embrionarias humanas, con fines de medicina regenerativa, lo que orienta los cañones de un agitado debate hacia el uso de las promocionadas células madre.
Una de las objeciones contra la manipulación genética es que implica la experimentación con humanos. Y si la orientación de nuestro libro es movernos desde la ficción hacia ciertos perfiles del prisma contemporáneo, no debemos olvidar el eco del clon dentro de la cultura popular. Desde el registro ficcional, literario o cinematográfico, el “efecto clonal” se ramifica desde la clonación biológica hacia el camino de la clonación mental a la manera de Black mirror.
Y ejemplo de presuntas implicancias futuras de la clonación biológica, es la novela de Kazuo Ishiguro, Nunca me abandones (2005). El autor de Lo que queda del día, imagina el aprendizaje de la niña Kathy H que, luego de la Segunda Guerra Mundial, es internada en un centro en Inglaterra. Los internos son clones de personas normales, criados para ser donantes. Los alumnos (los donantes internados) son educados en una refinada cultura artística; esto evidencia sus almas sensibles. Pero el fin superior de su educación es aceptar su destino de morir como donantes cuyos órganos “completarán” a otros50.
También la imaginación popular convierte en historias atractivas la posibilidad de clonar animales de la antigüedad. En la estricta ciencia empírica para que este tipo de técnica funcione, el material de ADN para ensayar la clonación debe estar perfectamente conservado. Este requisito no suele cumplirse, o lo es de una forma deficiente. Por eso hasta ahora fracasaron los intentos de revivir por clonación a un ejemplar de una especie extinta, el tigre de Tasmania, o los mamuts lanudos, cuyos restos con muestras de ADN fueron preservados en parajes árticos de hielos milenarios. Hollywood, a través de una novela de Michael Crichton, imagina la clonación de dinosaurios en el célebre film Jurassic Park. Y también, la dimensión cotidiana de la clonación se expresa en cuestiones más cercanas para quienes vivimos atrapados en las economías bancarizadas con dinero electrónico: la clonación de tarjetas de crédito, cuyas consecuencias poco tienen que ver con la investigación genética.
En Black mirror la clonación es en primer término digital, o genético-digital, o una “clonación hologramática”. En “Blanca Navidad”51 un prisionero acusado de homicidio no quiere confesar. Por un artilugio que une la alta tecnología con la psicología, un psicólogo, también bajo la mirada de la ley por voyeur, logra manipularlo emocionalmente y sonsacarle la esperada confesión del acusado a través de un simulacro informático, una realidad virtual en la que el prisionero existe con una conciencia clonada, mientras su versión original padece cautiverio en una prisión. Esta conciencia o mente clonada se repite en “Blanca Navidad” a través de una particular cirugía cerebral. Una extracción de conciencia para conseguir su clon. Por la operación se consigue que la conciencia clonada de una mujer que contrata esta cirugía de vanguardia se duplique en su propio clon esclavo. Su conciencia duplicada le sirve como doméstica a la conciencia original.
Pero en la clonación futurista de Black mirror, el clon también es clon orgánico-digital. Esto es lo que ocurre en “USS Callister”52. Robert Daly, un programador informático, por una muestra de ADN, clona a sus compañeros de trabajo en un juego on line. La clonación puede bifurcarse también en duplicación hologramática, como el clon holograma de alguien muerto como acontece en “Black museum”. O el paso de la conciencia orgánica a su duplicado digital se da por la mediación de una inteligencia artificial que procesa las huellas o información de una conciencia original de una persona. Esto inspira la ficción de Brooker “Ahora vuelvo”. El androide Ash tiene la apariencia de humano, pero como el golem o la Olimpia de Hoffman, no tiene alma53. Mary, la novia desolada del Ash real, le ordena tirarse de un risco, y está a punto de cumplir la orden, sin entender su contexto e implicancias. Ash cumple órdenes de modo literal. No entiende. Como la criatura del rabino de Praga. Según una anécdota, la esposa del rabino le pidió al golem que fuera al río a sacar agua. El golem cumple literalmente. Saca agua y agua, hasta que termina por anegar la ciudad...
Y otra expresión de la nueva alquimia en busca de una vida nueva y artificial es, sin duda, la biología sintética. Una pasión científica reciente: construir sistemas biológicos artificiales para fines diversos. Una disciplina que incluye como campo particular la genómica sintética en la que, por la modificación genética o por síntesis de genes artificiales, se persigue nuevo ADN, o nuevas formas de vida.
En 2010, Craig Venter, un celebrado biólogo estadounidense y su equipo, se propuso escribir un nuevo genoma. Para esto manipuló la versión digital del genoma de un bacteria; en su ADN introdujo una frase de Joyce, una del físico Richard Feynman, y nombres y direcciones de mail de los investigadores colaboradores. Así surgió un nuevo genoma de composición artificial. Luego Venter tomó otra bacteria, removió su núcleo de información original, y colocó allí el genoma creado. La nueva bacteria se dividió y replicó hasta crear una colonia. Esta fue la primera forma de vida artificial, el comienzo del proyecto de células artificiales que hoy se extiende incluso a células artificiales electrónicas54. Sin embargo, se está muy lejos de crear formas de vida nuevas. Pero el ADN fabricado artificialmente por el “alquimista” Venter insinúa un nuevo camino: el de la programación de la vida. Por lo que “la vida en cierto sentido es programable y digital. El día que sí comprendamos a fondo el lenguaje de la vida, las células podrán usarse cual computadoras de propósito general. Basta escribir el ‘programa correcto’ que desees para que la célula ejecute y viva de acuerdo con este algoritmo. ¿Diseñar un perro que en lugar de cuatro patas tenga cinco y que en vez de ladrar, maúlle? Imposible por ahora. Pero factible en el futuro”55.
Reescribir el programa genético. Lo que ansían movimientos emergentes como el biopunk o el bioDIY (la biología del hágalo usted mismo56). Jugar con la biología mediante laboratorios biológicos comunitarios como el de la ONG BioCuriosol; o Igem, la competencia internacional para ingeniería genética del MIT (Massachussetts Institute of Technology)57. La experiencia de una bioinformática que transforma los parámetros evolutivos. Ya no estamos limitados a la evolución natural que pensó Darwin. Hoy, los carros de la evolución son impelidos y modificados por la intervención del humano. Nada impide entonces proyectar nuevas especies humanoides futuras como sugiere Juan Enríquez, el académico mexicano-americano, en Homo evolutis58. Al fin de cuentas en la historia biológica existieron 29 especies de humanoides (homo erectus, homo habilis, y el más conocido homo de Neanderthal).
La “nueva alquimia” entonces se dice de muchas maneras: el clon, el robot, el genoma sintético; las variaciones biológicas y cibernéticas del homo sapiens en el futuro.
Nos guste o no, ya nada será como antes. Tampoco los robots…
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