Kitabı oku: «La rebeldía de la infancia»
Esteban Levin
La rebeldía de la infancia
Potencia, ficción y metamorfosis

Ilustraciones: Bárbara Briguez (Sentipensamientos)

Levin, Esteban
La rebeldía de la infancia : potencia, ficción y metamorfosis / Esteban Levin ; ilustrado por Bárbara Briguez. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Centro de Publicaciones Educativas y Material Didáctico, 2021.
(Conjunciones ; 70)
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-538-839-0
1. Psicología Infantil. 2. Infancia. 3. Terapia Lúdica. I. Briguez, Bárbara, ilus. II. Título.
CDD 155.4
Colección Conjunciones
Corrección de estilo: Liliana Szwarcer
Diagramación: Patricia Leguizamón
Diseño de cubierta: Pablo Gastón Taborda
Ilustraciones: Bárbara Briguez
Los editores adhieren al enfoque que sostiene la necesidad de revisar y ajustar el lenguaje para evitar un uso sexista que invisibiliza tanto a las mujeres como a otros géneros. No obstante, a los fines de hacer más amable la lectura, dejan constancia de que, hasta encontrar una forma más satisfactoria, utilizarán el masculino para los plurales y para generalizar profesiones y ocupaciones, así como en todo otro caso que el texto lo requiera.
1º edición, agosto de 2021
Edición en formato digital: septiembre de 2021
Noveduc libros
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Tel.: (54 11) 5278-2200
E-mail: contacto@noveduc.com www.noveduc.com
ISBN 978-987-538-839-0
Conversión a formato digital: Libresque
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ESTEBAN LEVIN. Licenciado en Psicología. Psicomotricista. Psicoanalista. Profesor de Educación Física. Profesor invitado en universidades nacionales y extranjeras. Director de distintos cursos de formación en psicomotricidad, psicoanálisis, clínica con niños y trabajo interdisciplinario.
Es autor de numerosos artículos en diversas publicaciones especializadas nacionales e internacionales y de los libros La función del hijo. Espejos y laberintos de la infancia (Nueva Visión, 2000); La experiencia de ser niño. Plasticidad simbólica (Nueva Visión, 2010); Discapacidad. Clínica y educación. Los niños del otro espejo (Noveduc 2017); Constitución del sujeto y desarrollo psicomotor: la infancia en escena (Noveduc, 2017); Autismos y espectros al acecho, la experiencia infantil en peligro de extinción (Noveduc, 2018); ¿Hacia una infancia virtual? La imagen corporal sin cuerpo (Noveduc, 2018); La dimensión desconocida de la infancia. El juego en el diagnóstico (Noveduc, 2019); Pinochos: ¿marionetas o niños de verdad? (Noveduc, 2020), Las infancias y el tiempo. Clínica y diagnóstico en el país de Nunca Jamás (Noveduc, 2020); La niñez infectada. Juego, educación y clínica en tiempo de aislamiento (Noveduc, 2020) y La clínica psicomotriz. El cuerpo en el lenguaje (Noveduc, 2021).
BÁRBARA BRIGUEZ (SENTIPENSAMIENTOS). Licenciada en Psicología (UBA). Especialista en clínica psicoanalítica con niños y adolescentes (Hospital Infanto Juvenil Dra. Carolina Tobar Garcia). Ilustradora. A través de Sentipensamientos pone en juego ilustraciones que nacen de diferentes devenires, especialmente en relación a la experiencia infantil.
@senti.pensamientos
Índice

Cubierta
Portada
Créditos
Sobre los autores
Dedicatoria
Parte I. Deseo de ficción Introducción. Hacia el país en el que no “Había una vez”… Metamorfosis poética I. El garabato Capítulo 1. Los movimientos que saltan hacia el gesto Capítulo 2. Los patosos Capítulo 3. Un juguete abre la ficción de la posibilidad Capítulo 4. El artificio móvil del garabato Capítulo 5. La curiosidad del deseo. El enigma de la plaza Capítulo 6. Las alas de la ficción vuelan en lapiceras traviesas
Parte II. Entre ficciones Introducción. Hacia el país en el que “Había y no había una vez”… Metamorfosis poética II. Destinos Capítulo 7. Los niños originan el deseo de ficción. Los escultores de la imagen del cuerpo Capítulo 8. La metamorfosis en acto abre el camino
Parte III. Ficción del deseo Introducción. Hacia el imposible país en el que siempre y nunca “Había una vez” Metamorfosis poética III. La arena del tiempo Capítulo 9. La plaza que abraza rescata al sujeto Capítulo 10. Inventar la curiosidad y abrir la plaza: Juani frente a los espectros Capítulo 11. La plasticidad como resistencia frente al sufrimiento del niño Capítulo 12. Pablo no es un espectro autista: existe a través de un gesto Capítulo 13. Modos de existir en la ficción: Rafael, Kevin y Martina Capítulo 14. Frente al diagnóstico, Amadeo abre un mundo posible: la ficción hace el juego
Parte IV. La comunidad de la metamorfosis Introducción Metamorfosis poética IV. Las luciérnagas Hacia las mil y una “Había una vez…”
Bibliografía


Sin el mundo de la ficción
no podría existir el de la realidad…
A Bárbara, con quien compartí la pasión de escribir este libro; ella ilustró las sensaciones que se transformaron en ritmos, garabatos, colores, líneas y formas que recrean la vida de la escritura.
A los niños y niñas, que nos enseñan y nos permiten día a día jugar con la imaginación,nos abren las puertas de la experiencia ficcional y nos dejan, por unos breves e inagotables instantes, ser otros junto a ellos.
A todos aquellos que conforman la red de alianzas y complicidades que nos relanzan una y otra vez al enigma indescifrable, rebelde, de la infancia.
PARTE I DESEO DE FICCIÓN

Introducción HACIA EL PAÍS EN EL QUE NO “HABÍA UNA VEZ”…
Antes de nacer, en lo anterior al origen, somos una ficción aún sin nombre, luego hacemos del nombre la ficción del origen. Somos la metamorfosis en acto de la experiencia infantil.


La rebeldía de la infancia no es un libro teórico ni uno práctico; no es una guía ilustrada ni un juguete para jugar o contemplar. Ni siquiera sé qué es, pues, a la vez, es todo eso al mismo tiempo. Tiene movimiento; deviene palabras, imágenes, trazos, velocidades, fuerzas, volúmenes, texturas. Se niega a adoptar un formato único y elige otro que –travieso, caótico– juega con nosotros. En lugar de sostenerse en pilares fijos y estáticos, los recrea; fiel e infiel a la rebeldía, transgrede. A medida que se lee, trama el sinsentido de una sensibilidad que no llego a comprender.

Rebelde, plebeyo en su esencia, no se adapta, no llega a un lugar preestablecido con anterioridad y ni siquiera tiene un objetivo a alcanzar. Configura la hospitalaria sensibilidad de una ficción que puede ser o no la potencia de un gesto que, al recrearse en estas páginas, nos convoca a la intensa travesía de un viaje. Tal vez seamos la tentativa efímera de ser otros… Partamos, entonces, hacia donde aún no “había” nunca “una vez”.
La rebeldía de los niños es deseo; gracias a ella los pequeños producen la plasticidad, cuya potencia provoca la metamorfosis de la infancia.


El gesto es corpóreo y efímero; existe al ser lo que no es. Si alguien pretende apresar la ficción, ella, epifánica, se escapa; increíble, carece de imágenes porque las genera. Solo soporta lo intocable del toque; háptica, convoca a la errancia. Movimiento en sí mismo nómade e indeterminado.



Lo incierto del sinsentido ficcional hace de la repetición el detalle inverosímil de un gesto dado a ver a un otro. Gestualidad significante, inimaginable antes de ser realizada, que sorprende para olvidarse inmediatamente como tal y advenir tiempo en devenir en una memoria aún no concluida.

El gesto puede ser la rebelión de una ficción en movimiento. Toma al cuerpo, entrelaza la postura y articula la motricidad en el lenguaje. Es un juego móvil, corpóreo, erógeno, que significa más de lo que dice y dice más allá de la significación. Juega, entre el lenguaje y la palabra; se subsume en ella, la precede y sucede en una secuencia heterogénea dada a leer a un otro.
Metamorfosis poética I EL GARABATO

La niñez garabatea,
abre el mundo en el mundo,
busca lo que no es
sino la intuición sensible
del placer corporal.
Los chicos alzan los ojos,
desposeen la mirada,
aparecen en los trazos coloridos
en donde, sin cesar de narrar,
desaparecen.
Audaces,
oscilan el azar,
exploran las formas del otro
al reflejarse,
dibujan,
esculpen la imagen
hasta ofrendar la presencia
de una huella
validada en los contornos
florecidos para un otro.
Las líneas sin espesor,
torpes,
dan vueltas,
giran,
curvan la superficie,
crean agujeros,
envuelven,
desatan el movimiento,
remolino espiralado,
pululan en el espacio,
irrecuperable origen
del sinsentido.
Capítulo 1 LOS MOVIMIENTOS QUE SALTAN HACIA EL GESTO
Un día cualquiera, mi hijo adolescente y yo salimos a correr por un parque. Mientras avanzamos, distendidos, concentrados en encontrar el ritmo de la respiración, miramos el hermoso paisaje rodeado de imponentes montañas, con un cielo atardecido sin igual. De pronto, frente a nosotros aparece una niña de seis años, que se desplaza sobre un monopatín; detrás de ella, su hermana, un año menor, grita exultante: “Te voy a alcanzar, voy como si fuera una pelota”. A continuación, rueda, dando volteretas hacia adelante. Salta, mientras avanza sin parar. Ágil, gira una y otra vez, apoya muy rápido las pequeñas manos en el pasto; cabeza abajo, dobla magistralmente las rodillas, afirma la cabeza, arquea la espalda, adopta una postura en forma de bola e impulsa con fuerza el movimiento hacia adelante. Toda esta serie de equilibrios y desequilibrios posturales vestibulares, sensitivos, propioceptivos y cenestésicos van enlazados al placer, la sonrisa y la actividad corporal gozosa, devenida gestual.

Sorprendido por la escena que acabo de ver mientras corro, no puedo dejar de pensar en ella. Para alcanzar a su hermana, la pequeña niña, al rodar, juega espontáneamente a ser una pelota. En esta experiencia, imagina lo que siente y siente lo que imagina. El deseo de ficción entreteje y enlaza el movimiento corpóreo y el placer sensoriomotor, mediado por la ficción del deseo, genera un ritmo afectivo, pulsional, que desborda el cuerpo en sí, pone en juego el uso móvil de la imagen corporal e insufla vida a la escena.
La pulsión motriz articula la sensibilidad cenestésica, sensación que emana del movimiento del cuerpo como un tacto interior, independiente de los otros sentidos. Da la sensación de continuidad del cuerpo entrelazada a la imagen corporal y a la gestualidad convocante abierta a la relación con el otro y a la realización ficcional. La experiencia psicomotriz deja huellas móviles; el tiempo se divide en lo actual, el pasado y el futuro virtual de una historicidad que engendra la memoria del devenir.
En ese momento, mientras corro, el sendero gira sobre sí mismo, por lo que avanzo en sentido inverso y vuelvo a encontrar a las niñas. La más pequeña salta al lado de su hermana y del monopatín, que parece acompasar el instante con el movimiento sonoro de las ruedas que giran en el pasto. Cuando estoy frente a ella, la niña me mira con ternura, como si percibiera mis pensamientos acerca de lo que acabo de ver. Continúo ideando cuando, inesperadamente, ella detiene un poco mi marcha y me grita: “¿Cómo te llamás?”. Mi cuerpo frena su impulso, giro, la postura se acomoda y le respondo: “Esteban”. De inmediato, con una gestualidad inquieta y traviesa, vuelve a lanzarme una pregunta: “¿Cuantos años tenés?”. Sin intervalo, le respondo; ella me devuelve una amplia, hermosa y vivaz sonrisa. Entonces le digo, sin dejar de moverme y de saltar en el lugar: “Y vos, ¿cómo te llamás?”. “Sol”, me grita, contenta. “¿Cuántos años tenés?”. “Cinco”. Lo dice y, sin parar de moverse, da media vuelta y sale a correr a su hermana.
Una sensación de perplejidad me invade e inunda la escena. Mientras prosigo hacia adelante por el camino, hago una torsión para volver a verla. Ella se aleja y salta alegremente entre el monopatín y las piernas de su hermana.
Corro y me evado en pensamientos móviles, nómades: ¿cómo transmitir, cómo transcribir el ritmo corporal, gestual, la tonalidad de la enunciación postural, cenestésica y latente de la experiencia escénica recién vivida? La gestualidad corporal, ¿potencia lo ficcional? ¿Deja un trazo, una huella inconsciente, móvil, a habitar y recorrer? El placer postural cenestésico interoceptivo erógeno, en su precoz realización, ¿configura la pulsión motriz? ¿Por qué, a partir de la nada (creación ex nihilo), me pregunta el nombre y luego, en el después del antes, averigua mi edad? ¿Qué es lo que quiere saber la niñita de mirada chispeada y traviesa?
En esta experiencia psicomotriz de Sol, ¿qué nos dona ella? ¿Hay amorosidad? ¿Afectividad? ¿Hay nada? ¿Acaso el mundo no adviene a esa sutil diferencia entre la mecánica motriz y el gesto, dado a ver a un otro? Las miradas coexisten, se tocan en ese instante, mezclándose en la ficción del deseo sensible que da tiempo y espacio al origen de las creencias. ¿Qué es todo esto que pienso sin parar de moverme? ¿Será un deseo de ficción? ¿Un modo de existir en relación a la niñez que pasó, pasa y pasará...?
Queda claro que el límite del cuerpo no es nunca el organismo, sino la potencia relacional y ficcional. La sensación rítmica propia del uso de la imagen corporal es a la vez sujeto y objeto, mueve y es movida, toca y es tocada. Una sensibilidad que, por un lado, abre las vías de la plasticidad neuronal, de la transmisión intrasináptica propia del entretejido cerebral y, por el otro, al unísono, rompe el cliché y deviene apertura a nuevas experiencias subjetivas, de cuyas huellas móviles se desprende la plasticidad simbólica de la experiencia vivida.
Continúo corriendo. Mi hijo se adelanta unos metros y, de pronto, comienza a intercalar en su carrera saltos con los que se eleva, extiende las piernas y vuelve a caer. En un ritmo intermitente, realiza el cambio postural, impulsa el eje axial desprendiéndose del suelo, salta, desequilibra el sostén y continúa el movimiento. Al hacerlo, lanza un grito que resuena en la libertad y el placer del movimiento sensitivo, espontáneo, rítmico, de alguna escena íntima y ficcional.
Sorprendido, al verlo se me impone un recuerdo que viene de un pasado casi oculto. El tiempo se diluye en el horizonte montañoso que nos rodea. Durante mi niñez me encantaba saltar e inventé un salto “estilo cosaco”, que repetía cada vez que podía. Con mucha intensidad, tras una breve carrera, impulsaba todo mi cuerpo hacia arriba, elevaba el tronco y extendía las piernas, como suspendiéndome en el aire, hasta volver a caer al piso.
El movimiento sensoriomotor, vestibular, postural, de desequilibrio y equilibrio kinestésico (sensaciones en la piel, articulares, musculares) estaba atravesado por el deseo de volar; tenía la impresión de vencer la gravedad, superar el obstáculo y sostener la libertad de dominar el cuerpo, impulsándome a elevarme por los aires. Saltaba hacia arriba, arqueando el cuerpo al mantener la vertical equilibrante, los brazos y piernas extendidos, estirados, como “El hombre elástico”.

Recuerdo la sensación cenestésica de cierta altura que alcanzaba sin pensar en el final, en el aterrizaje de esa hazaña, como si el mundo se tornara ingrávido. Vencía la fuerza de la gravedad y, en esa realidad intemporal –suspendido por unos segundos en el aire, con el pelo agitándose en mi cabeza y la tensión tónico-postural–, la curvatura de la espalda compensaba el desequilibrio. En esos momentos estaba convencido de que volaba; esa sensibilidad propioceptiva alimentaba, sin darme cuenta, la potencia de la ficción, la fantasía de un vacío que podía alcanzar por el simple placer de sentir que el cuerpo sin peso flotaba por un instante, sin embargo, infinito.
El deseo ficcional entrelazado al placer sensitivo-motor producía la potente intensidad de una experiencia que aún hoy, en esta escena, no deja de conmoverme.
El tiempo de la infancia inervado por el deseo de imaginar inunda y configura el espacio, produce sensaciones kinestésicas interoceptivas por las que pone en juego al cuerpo y su imagen en movimiento. La realidad sensoriomotriz de los gestos tiene allí su origen más vibrante en el anverso y reverso de una escena significante, en la que un niño comienza a memorizar lo que aún no existe sino como una ficción deseante.
Capítulo 2 LOS PATOSOS
Con Gabriela, una niña de siete años, estamos reunidos virtualmente y jugamos a dibujar. Ella hace un pato y yo un oso. Me muestra lo que hizo a través de la pantalla del celular; previamente, mientras el otro dibujaba, hubo que cerrar los ojos. A la cuenta de diez los abrimos y, cada uno a su turno, revela su figura. Nos reímos de los dibujos; el placer y la intriga en la realización atraviesan las pantallas. En ese tercer tiempo componemos una experiencia, un territorio “del medio”, compartido; el ritmo escénico nos lleva a conjugar una zona ficcional. Gabi propone: “La pata y el oso tienen hijitos, se llaman patosos, ¡dibujémoslos! Cuando los dibujamos, los imaginamos y ya viven, porque todo es posible, dale Esteban, ¡dibujémoslos!”. A continuación, comienza a contar: “Uno, dos, tres...”.
Asombrados, no dejamos de jugar: dibujamos en el “entredós” que nos convoca. La ficción precede a los niños, preexiste a ellos, los rodea y los aloja, trascendiéndolos en imágenes móviles plenas de vida. Los pequeños, sensibles a ellas, multiplican el pensamiento a medida que sienten; eso los transporta a otra dimensión desconocida en la que son otros: devienen aquello que, en acto, imaginan en un ritmo imperceptible que genera deseo de ficción.
En la infancia, los cambios y las metamorfosis hacen surgir posibilidades entre lo que los chicos experimentan y les pasa, relaciones secretas íntimas entre las cosas, las palabras y los movimientos. De este modo componen analogías, correspondencias, metáforas, significaciones aún por correlacionar en cada escena. La novedad de la ficción es vivida como una instancia originaria y a la vez original que conmueve el universo infantil.
Al crear la ficción, los pequeños son creados por ella; entretejen la ocasión de un asombro primario acerca del mundo que los rodea; quieren saber y conocer lo que les pasa en el cuerpo con la naturaleza, las cosas y las imágenes. Les resulta fascinante cualquier hecho para indagar “por qué”, “cómo es”, “para qué sirve”. En esta experiencia psicomotriz, no se cansan de jugar con el tiempo; van y vienen con la chispeante curiosidad en permanente búsqueda. Cuando toman cierta conciencia, la imaginación ya sucedió y el tiempo vuelve a dividirse en ficcional, virtual.
La historicidad se compagina a partir de esas huellas móviles, afectivas, hasta recrear el próximo quehacer escénico. Los chicos juegan con el mundo que los pone en juego. Así, lo habitan y habilitan un modo de existir exuberante, sin escrúpulos, abierto a lo potencial que concatenan en el próximo encuentro. La versatilidad gestual compone una vibración tan singular como simbólicamente imaginaria. Sin condiciones, el niño inviste las relaciones afectivamente o, dicho de otro modo, es afectado al mismo tiempo que afecta. Para los niños, es tan esencial recibir lo que el otro dona como tener la sensación de donar, de ser capaces de afectar a través de la amorosidad del deseo encarnado en lo corporal.

El movimiento de las escenas ficcionales durante la niñez no se detiene; ellas potencian nuevos posibles, sucesos que de otra manera no existirían; en ellas, los chicos usan la imagen del cuerpo, apertura y mezcla de sensaciones de donde surge un estilo que luego, con el tiempo, será el propio. La ficción crea otro territorio; sale del cuerpo (en tanto organicidad), salta sin saber adónde caerá, confía y sostiene la creencia sin esperar llegar a parte alguna, mientras ellos, los niños, son guiados por la curiosidad y el enigma.
En todo este trayecto –no exento de azares, controversias, berrinches, miedos, intensidades y mezclas–, los pequeños organizan la percepción sensible de un pensamiento asociativo libre, abductivo y artesanal.
Gabriela se levanta, comienza a dar vueltas alrededor de la mesa y me invita a correr como ella. Lentamente, comienzo a hacerlo; cada uno recorre el contorno de su propia mesa. Ella va adquiriendo más velocidad e intensidad. Gabi exclama: “¡Son vueltas al infinito! ¡Dale! Una vuelta más y más, y me voy al infinitooo...”. Corre para alcanzar el artificio móvil de la experiencia; la sensibilidad cenestésica afectiva encarna el deseo ficcional para descubrir sin duda el indeterminado más allá.
Capítulo 3 UN JUGUETE ABRE LA FICCIÓN DE LA POSIBILIDAD
Federico, un niño de cuatro años, toma un autito, lo mira y comienza a moverlo. Quiere ver qué hace, cómo rueda y se desplaza, por dónde puede ir, qué fuerza tiene, hasta dónde puede llegar en un solo impulso. Al mover el pequeño auto, experimenta la sensación con todo su cuerpo. La postura se reacomoda según los movimientos del juguete. Lo hace andar entre las sillas, debajo de una mesa, lo acomoda entre maderitas para estacionarlo. Dialoga con el autito, espontáneamente lo transforma en un personaje. Le dice: “Quedate por acá… Voy a buscar a otro… No te muevas…”. Me mira y al mismo tiempo exclama: “Esteban, dame otro, así los ponemos juntos… ¡Y vos también jugá!”. Le alcanzo un auto, al mismo tiempo tomo otro y, debajo de la mesa, con las maderitas (como las del juego “Jenga”), trazamos un caminito semejante a un laberinto, jugamos. La ficción y el artificio nos llevan a construir una casa-garaje para cada uno de los autos.
De a poco, en complicidad, armamos una ciudad subterránea. La mesa se transforma en una fortaleza secreta debajo de la que sucede de todo: choques, caminos, túneles, puentes, carreras… El deseo de la ficción conforma un ritmo que inventamos en resonancia con el otro. Una cierta musicalidad propia de la singular escena fluye sin palabras. Fede pone en juego la fuerza ficcional y, al hacerlo, dona el afecto que nos afecta: he allí sin duda la potencia en el entretiempo del encuentro. Los dos, metamorfoseados en autos.

Al jugar, los pequeños ponen en acto el afectar y ser afectados por el don del otro. Fede deviene auto al hablar con él, al moverlo, al dialogar y hacer las casas-garaje que componen una “verdadera” ciudad subterránea. De este modo, expande y acrecienta la potencia. Es una composición que impulsa el movimiento de la imagen corporal, lo mueve, disminuye el estado de inhibición y tristeza en el que se encontraba (Federico había llegado a la consulta con un diagnóstico de trastorno del espectro autista, TEA) y crea un pasaje-túnel a otro territorio, o sea, una forma de existir de otro modo. Juega otras posibilidades que no se vislumbraban ni aparecían como opción. La ficción del deseo inventa nuevas experiencias a recorrer y transitar, muchas veces azarosas e impredecibles.
El artificio lúdico compone fuerzas, relaciones, ritmos intensos conjugados en una verdadera metamorfosis. Al producirse, devienen en otras formas de existir, relaciones afectivas con los otros, las cosas y las palabras que los llevan a desconocerse y reconocerse en la diferencia. Cautivados por ellas, repiten lo distinto y novedoso.

Un diagnóstico etiqueta, fija la experiencia de los niños, la empobrece y se defiende de nuevos posibles a recorrer. La plasticidad estalla en sentido inverso: potencia la impotencia. El desasosiego desacredita cualquier ficción y remite una y otra vez a la propia (impropia) problemática. Sometido a lo diagnosticado, el niño actúa dramáticamente la tristeza, disminuye exponencialmente su deseo de jugar y experimenta la desazón de ser igual a otros que, como él, llevan el nombre de la patología.
Al jugar, los chicos crean la subversión del sentido común mediante un movimiento, una cierta velocidad rítmica, la pulsación constitutiva de la subjetividad. De este modo, quiebran la incredulidad y creen en los sueños, en lo imposible. Conforman una quimera escénica, irreal y real al mismo tiempo. Lo imaginativo, como lo alucinatorio, los lleva a un mundo fantástico. El artificio los ubica en una franja ubicada entre la realidad y la imaginación; necesitan deambular entre ambas. Montan una experiencia que a su vez los unifica en la sensación imaginada.
Las imágenes que crean los afectan; arman la creencia en ellas, potencian la existencia de nuevos posibles a concebir e idear, son la metamorfosis de sus pensamientos más insólitos e inverosímiles. Durante mucho tiempo se relacionan con los otros, el mundo y las cosas que les pasan. De esta manera, eminentemente imaginativa, e investidos de afectos que despliegan en cada juego, creen en la fantasía que componen y, afectados por ella, producen enlaces, asociaciones que sostienen la creencia en personajes sobrenaturales, superhéroes o villanos, los más bondadosos o los más siniestros.
Capítulo 4 EL ARTIFICIO MÓVIL DEL GARABATO
Corro distraído por una pista de atletismo. La arenilla que cubre el piso decanta en una tenue capa blanca que amortigua un poco cada pisada. El peso corporal, la postura y la actitud parecen acomodarse al ritmo y al impulso del andar.
Frente a mí, a un costado, veo un niño de un año y medio, descalzo, en un rincón aislado de la pista. A medida que me acerco, la imagen es cada vez más nítida: tiene una ramita de árbol en la mano y registro que está muy atento a lo que hace con ella. La toma como si fuera un lápiz o un largo pincel. La apoya en el piso, la mueve y ese gesto traza un diseño. De este modo, se marcan líneas que son dibujadas al compás rítmico del movimiento corporal-postural-cenestésico. Mientras hace eso, alegre, el pequeño emite grititos, susurros vocálicos que no alcanzan a ser palabras ni gestos, pero parecen acompañar el placer sensoriomotor de la escena.
Al mover la rama del árbol, ese niño dibuja en la superficie del piso imágenes que no son figurativas, imitativas ni mucho menos analógicas, sino más bien erráticas. Constituyen la inscripción corporal de una sensación hecha escritura imaginativa. Sus trazos no solo producen imágenes visibles sino, al mismo tiempo, videntes: ellas cobran vida y miran rítmicamente al niño que las está haciendo.
El movimiento del cuerpo encarnado en la mano que sostiene la ramita diagrama líneas en fuga, nómades, que se mueven libremente. El niño extrae de ellas la potencia de lo inimaginable hasta ese momento. En un devenir plástico, él desgarra la superficie de la pista y la arenilla que la recubre se transforma en otro material; delinea lo que no sabe ni entiende. Al realizarlo, se deja guiar por el propio placer del movimiento que está experimentando y compone un collage de sensaciones cenestésicas, kinestésicas e intrépidas. Ellas, alocadas, vencen la gravedad.
A medida que las efectúa, las marcas trazan en sí volúmenes, velocidades, profundidades, formas susceptibles de convulsionar el sentido. Las sensaciones atrapan al chiquito que, deslumbrado, continúa moviéndose. La intensidad móvil de la escena lo afecta, conlleva la fuerza del ritmo; las dimensiones se multiplican y sobrepasa los bordes, extendiéndose en cada trazo con caricias que crean otra superficie. Configura relaciones en intervalos sensitivos, acelera, frena, desgrana áreas; son verdaderos latidos de movimientos que abren la ficción del deseo por donde, sin sospecharlo, se cuela la pulsión del símbolo.
El pequeño se agacha, inclina el eje axial, extiende la punta de la ramita como si fuera un estilete, hace el gesto, graba el movimiento, flexiona las rodillas y, casi en cuclillas, incrementa el impulso. La mirada háptica toca y escucha lo que hace, produce diferencias, resonancias intermitentes dado que levanta el brazo, detiene la gestualidad, arma una pausa para continuar una leve rotación que da tiempo a otra velocidad, como si fuera una hélice dinámica ritmada por espacios intercalados con sonidos alegres, onomatopeyas y balbuceos insondables de una intimidad única.
El impulso de la risa habita sensaciones simultáneas enlazadas por el placer del movimiento que transportan al niño a otra superficie, que crea al mismo tiempo que es creado por ellas. Entre el cuerpo, la pista de atletismo y la ramita, el pequeño llega a descorporizarse de la organicidad para entrar en el despliegue afectivo fluctuante de la imagen corporal, al hacer uso de ella en la incipiente plasticidad de la experiencia. En realidad, este es el nacimiento de otra dimensión desconocida, geometría topológica y tropológica que pone en tensión la diferencia potencial, el desequilibrio que quiebra la fijeza estática y engendra la rebeldía ficcional del acontecer haciéndose. Así, el niño desterritorializa la pista e inventa otra.
La escena pone en juego el movimiento de imágenes sensibles, psicomotoras, cenestésicas y espaciales que no están para nada codificadas ni son copias imitativas. Los chicos recuperan el placer en el movimiento, que genera imágenes vitales todavía sin significado ni representación. Unifican lo que sienten a partir de mover y hacer uso de la imagen corporal, y otorgan una extraordinaria continuidad a la experiencia psicomotriz unificada por el propio movimiento escénico. Secuencias sensibles de una idea, un pensamiento no representativo sino pleno de intensidades, fuerzas e impulsos en los que el pequeño se metamorfosea en la ficción que realiza más allá de cualquier organicidad biomecánica.
Cuando el chiquito toca la pista con la punta de la ramita, arranca del suelo líneas fugaces; los trazos se pliegan y contornean un zigzag liberado de la figura. Ellos son, en realidad, una fuente de movimientos entrelazados; el cuerpo escapa de sus márgenes, se fascina pero no como un espejo para reflejarse en él, sino para entrar en otro territorio sensible. La postura parece estirarse, contraerse, aplanarse y deformarse para generar un agujero gusano en esa grieta donde el movimiento se escapa del cuerpo, atraviesa el umbral y desterritorializa el límite corporal para devenir una realidad cuántica posible.
El movimiento sensoriomotor subsiste tras las sensaciones que priman en la escena; el ritmo relaciona diferentes sensibilidades táctiles, olfativas, ópticas, kinestésicas, propio e interoceptivas, abre el mundo del afuera e, indiscernible, lo pliega dentro. Acróbata ficcional, traza piruetas indeterminadas en la multiplicidad de recorridos a transitar. Los movimientos dividen, acoplan y componen otro tiempo no cronológico ni irreversible, tampoco evolutivo, sino colorido, intempestivo, propio del acontecimiento. Tras su paso en la infancia se aloja el deseo de ficción.
Detengo mi carrera, pues no puedo dejar de mirar la escena. Procuro aproximarme, tocarla a través del lenguaje háptico; si fuera posible, introducirme con el clima rítmico que ella genera. De pronto, unos metros más allá de donde termina la pista de atletismo, unos niños un poco más grandes –de entre tres y cinco años– corren por el pasto y se arrojan unos sobre otros; los cuerpos se amontonan, escalonados; desde lejos se los ve como figuras apiladas.

Una mamá corre para sacarles una foto. El pequeño que dibujaba en el suelo registra la algarabía de ellos; al verlos, suelta la ramita, súbitamente deja lo que estaba haciendo, lanza un grito y sale corriendo a toda velocidad; sin dejar de sonreír aprovecha el impulso del movimiento, mientras las vocalizaciones acompañan todo el trayecto. Al llegar junto a los otros niños, se arroja sobre ellos, que lo reciben en la juntada. Conforman un desequilibrado e inestable montículo corporal que dura solo un instante, suficiente para que la mamá que se había acercado pueda obtener la imagen fotográfica.
Perplejo, asombrado, resuena todavía en mí la fuerza del grito y la potencia del movimiento del chiquito al descubrir y ver a los otros niños amontonados. ¿Cómo captar el remolino de ese impulso? ¿Quién dirige el gesto? ¿Qué fuerza está en juego en aquella montaña humana? ¿Cuál es la chispa, el ritmo que impulsa la gestualidad de la escena? Las sensaciones de la misma se relacionan estrechamente con la rebeldía y la impresión corporal que generan. El cuerpo se expande y crispa en el movimiento; el grito es capaz de entreabrir el espacio y lanzarse, inaudito, al cuerpo de los demás. Agitado, desciende el eje postural, dilata el tono muscular, se contrae con cierta violencia en el cuerpo de los otros; en el medio, lo corporal queda prácticamente replegado, deformado, y se estira hasta alojarse en el centro, junto a exclamaciones que lo convocan y reciben.
El grito abarca al cuerpo, lo supera y se expande hacia la cofradía, dona afecto al realizarse. Los otros niños ven venir al más chiquito y acomodan lo corporal para recibirlo y abrazar la embestida. La vibración rítmica decanta en la potencia hospitalaria, en un gesto que socializa la experiencia que comparten. Lo que tienen en común no es el cuerpo sino la diferencia, que compone el lazo social, sensación continua de un entretiempo sin igual. La fuerza invisible e insondable que los impulsa, los transforma y ensambla en un instante único, fugaz. La imagen fotográfica procura eternizar ese segundo antes de su fuga.
En la experiencia escénica que describimos, los niños hacen del tiempo y del espacio, una vestimenta extraordinaria de deseo ficcional, una resonancia espacial que acopla sensaciones. Conviven en una zona que no pertenece a nadie: ocurre entre ellos y, a la par, cada uno se encuentra afectado por el otro, que a su vez le transmite a él el deseo de estar allí. Están unificados por la sensación del “cuerpo a cuerpo”, la complicidad intensa de existir en la epifanía móvil, corporal.
Cada uno de los niños cae sobre otro; el trampolín del deseo actúa de modo activo. La caída configura un descenso a lo corporal, un estupor que amortigua el peso y enlaza el descenso a la utopía de ser él en el otro. Se da cuenta de una insospechada verdad: siempre existe un otro en él. En esta composición, lo real, lo imaginario y lo simbólico se anudan en la infancia, en la que la plasticidad de la imagen corporal toma cuerpo en la red relacional.
Las manos sobre la cabeza; las piernas entreveradas; remolinos de posturas unas sobre otras; actitudes tónicas corporales yuxtapuestas en el armado del montaje corporal de los más chicos. Clinamen desequilibrante entre los cuerpos mezclados en sensaciones cenestésicas que conforman la sutileza de un toque que perdura en lo intocable. El serpenteante ritmo atraviesa la inconmensurable experiencia infantil.
Mientras corría por la pista, el azar hizo que mis ojos tropezaran con lo que ese pequeño niño hacía; lo fortuito del movimiento de su mano trazaba volúmenes y texturas al crear superficies improbables e impensadas antes de ese acontecer. En el collage psicomotor, lo aleatorio de las imágenes deviene fuerzas sensibles, sensaciones imprevisibles al impulsar el movimiento escénico. Lo azaroso introduce la natalidad al sustraerse de cualquier cliché y traza nuevas posibilidades fecundas en tanto realización aún por atravesar, franquear y hallar en el deseo de ficción que promueve.
El movimiento de la imagen del cuerpo tiene un efecto de desborde, sale del cuerpo-órgano para sostenerse en otra dimensión. Hacia afuera, recrea el adentro y sustenta la profundidad de la memoria realizándose. Acto indiscernible del ritmo heterogéneo de la experiencia, en la que pensar es crear imágenes pero, al hacerlo, la ficción decanta en el pensamiento que transmigra, cambia y es otro diferente en un incesante gesto afectivo.
El acto de garabatear no puede preverse de antemano: debe hacerse. Es el modo que tienen los niños de apropiarse de lo heredado; para ellos, heredar es recrear la propia herencia, rehacerla, conquistarla en la transformación que causa el movimiento hasta entrelazarse en su deseo en la vitalidad del juego.
Continúo corriendo. A la distancia miro la escena mientras me alejo de ella; las imágenes impulsan ideas articuladas a la sensación kinestésica del movimiento corpóreo. Doy toda una vuelta por la pista de atletismo; al regresar al mismo lugar los niños ya no están y el escenario es otro. Algunas personas caminan mientras conversan; otras saltan, corren, hacen ejercicios, cada una en su mundo atlético. Sin explicación, me detengo en el sector donde unos minutos antes el pequeño niño dibujaba con la ramita. Tal vez deseo observar, ver si hallo algo… Alguna señal enigmática grabada o un misterio a descifrar dejado por el chiquito. ¿Qué queda de aquella potente escena recién vista? Acuclillado a unos centímetros del suelo, miro las líneas trazadas por él y en realidad siento que son ellas las que contemplan mis ojos.
Veo rayas, trazos dispersos sin ninguna unidad ni figurabilidad, líneas emergentes que desbordan la pista y huyen hacia ninguna parte. Me doy cuenta de que tampoco perduran o, tal vez, esa es su condición efímera, epifánica, dionisíaca y abstracta. La gestualidad se ha perdido; estáticas, esas marcas no representan ni quieren decir nada; ninguna narración las antecede o tan siquiera las precede. Las líneas fugan a cualquier lado, indescifrables y pasajeras. Los trazados no alcanzan a ser huellas de una historia contada o teatralizada. Irrepetibles, decantan en múltiples surcos indefinidos, como si el gesto hubiera dejado una estela de sensaciones descartadas, detonadas fuera de cualquier experiencia.
En esa posición procuro recrear la escena, volver a imaginarla e irremediablemente tomo conciencia de lo impensado del pensamiento que se ha perdido. El deseo dramático inconsciente que aloja un saber imposible de conocer y, en tanto tal, inaprensible entre los trazos garabateados al compás pulsional del movimiento tónico-corporal.

La fuerza de la experiencia escénica deviene potencia en juego, la ficción del deseo relaciona intensidades diferentes, acopla, compone y crea el dinamismo vital de la diferencia. De este modo, el pequeño, en las sensaciones cenestésicas, kinestésicas y corporales, dramatiza inconscientemente la amorosidad y la rebeldía que genera al jugar y plegar el afuera en la resonancia afectiva del adentro. Finalmente, ellas empalman en la móvil plasticidad de las huellas por transitar, atravesar y recorrer.
Capítulo 5 LA CURIOSIDAD DEL DESEO. EL ENIGMA DE LA PLAZA
Con Alejandra, una niña de cinco años, estamos en la plaza. Recoge del suelo unas ramitas caídas de un frondoso árbol. Me mira, afirmo con un gesto la gestualidad de ella y, sin mediar palabra (en la complicidad del “entretiempo” construido a partir de los miedos que la atormentaban durante las noches), comenzamos a partir los palitos y los acomodamos uno al lado del otro. Al romperlos, se escucha el sonido de la fractura y eso provoca un ritmo en la escena. Luego de apilarlos, ella los distribuye en el pasto, junta tres o cuatro y, sin parar de moverse, exclama: “¡Una casa!”. La figura empieza a cobrar vida, entonces agrega otros palitos que forman la puerta y la ventana. Entusiasmada, Ale sonríe e inmediatamente junta más ramitas y arma una especie de barcaza que luego se transforma en vías, caminos, pistas.
Cada movimiento modifica la posición de la ramita y transfigura el dibujo anterior, ensamblándose en el siguiente como si fuera un rompecabezas que se recorta al mismo tiempo que se compone. De esta manera generamos una historia a medida que articulamos hojas, piedritas, tierra, ramitas, arena, semillas. Las exclamaciones resuenan ante cada descubrimiento que aparece en el interjuego aventurero.
Del diálogo surgen ideas: “¡Eeeh, mirá! Así es un tren… Ahhh, un bosque… ¡Eso! Otro camino por acá… ¡Uy, parece un nene!... Adiviná qué figura es… Poné en ese barco esta ramita, va a salvarlo del monstruo. Y esta otra es para la casa, así no van a tener miedo y podrán defenderse”.
Atravesados por la ficción del deseo, los gestos que los chicos inventan relanzan al otro a la vez que son afectados por él, en un desborde afectivo que recrea el placer de atravesar la imagen, entrar en ella, darle vida y narrarla a medida que al nacer se conjugan variaciones rítmicas entretejidas en la dimensión de la intriga y el enigma. Alejandra se desdobla en palitos, en ramitas que, a su vez vuelven a dibujar otra escena sensible, gestual y abierta a la transformación. Una superficie movediza que tiene como raíz descomponerse, desordenarse para recomponer y rehacer invenciones que se desprenden de ese singular impulso.
Hacer la ficción es una potencia en acto o, dicho de otro modo, un acto de potencia. “Nadie sabe lo que puede un cuerpo” (como señala el filósofo Spinoza) y mucho menos un niño que tiene que hacer uso de la imagen del cuerpo a medida que lo descubre. Al jugar a través de esos elementos que le proporciona la plaza, Ale toma distancia de lo corporal y transmigra a otro cuerpo sin perder nunca del todo el propio. Descubre que la experiencia del otro la conmueve, el deseo de ficción la lleva a exorcizar sus miedos y desplegar otra escena. Al realizarlo, se entrelaza en un territorio en tanto metamorfosis de una experiencia en común, rebelde y transgresora.
Principalmente durante la infancia, el cuerpo tiene la plasticidad en potencia de ser receptáculo: recibir es una actividad en tanto gestualidad implícita del sujeto; no es un mero estímulo corporal o físico, sino una realización subjetiva, ya que al mismo tiempo que recibe, sostiene la capacidad de dar, donar otra forma. En este sentido hay dos potencias en juego, la de la recepción y la de donación, que coexisten simultáneamente en la metamorfosis. En el ejemplo que acabamos de dar, en la plaza las ramitas devienen líneas, figuras, letras y dibujos cuya textura lumínica no se trama de antemano sino que surge en el quehacer del entretiempo ficcional. No hay sujeto sin cuerpo ni corporalidad sin subjetividad en juego.
El mecanismo autónomo, orgánico o automático del cuerpo es afectado por el deseo que provoca la plasticidad simbólica, enlazada a la relación con los otros, la multiplicidad del lenguaje, la fuerza de los cuerpos y la singularidad relacional.
La niñez es travesía, trayecto (ni pasivo ni activo) relacional que deja una huella plástica, móvil; es tiempo en transformación que da lugar al surgimiento de nuevos deseos, espacios, lugares. La potencia radica en la ficción que se transmite en tanto don afectivo, efecto sensible de deseo encarnado, dador de nuevas posibilidades todavía indeterminadas.
Donamos el deseo de ficción a través de la experiencia jugada; los pequeños enlazan el movimiento transmitido en juego entre el adentro y el afuera, un aquí y un allá. En el medio, ocurre la metamorfosis, las mezclas en las que el tiempo se historiza. Esta temporalidad nunca está garantizada por lo cronológico o el desarrollo; se trata de otra escena cuya intensidad el niño incorpora plásticamente para imaginar, abstraer en la experiencia del pensamiento.
Los pequeños se mueven en la franja del medio, en el umbral entre la realidad y la fantasía. Creen en la teatralización de la imaginación, sienten la usina del pensamiento que se mezcla de tal modo con ellos, que los lleva a potenciar lo inverosímil de una experiencia inexplorada. Intuyen la fuerza deseante del instante y lo viven hasta llegar a ser quienes alcanzan a imaginar, no tanto como expresión sino como impresión plástica de una memoria heterogénea, en devenir. El movimiento heurístico de las imágenes juega la ficción, sale del cliché y engendra la natalidad de lo porvenir.
La ficción se dona, se deja para otro; una desposesión que presagia el movimiento vital de las imágenes; las pequeñas ramitas que ordenan y desordenan enlazan figuras. Lo imaginario, en tanto real o irreal, verdadero o falso, coexiste en el entretiempo móvil y vital de la realización. En ella juega el movimiento del deseo en relación a la imagen del cuerpo, que podemos leer y escuchar en un gesto, una postura, un collage o un acontecimiento al redistribuir relaciones, palabras, imágenes y símbolos.
En el devenir de hojas, piedras y palitos de un insospechado movimiento, tanto los niños como nosotros tomamos vida en ellos: por unos preciosos instantes, somos esas pequeñas cosas. A veces un monstruo, un muñeco, árboles o animales, entre muchas posibilidades que, sin embargo, son factibles si nos arriesgamos a salir del cuerpo y a hacer uso de la imagen. Ese umbral es del orden de la alianza, de una composición singular nunca antes realizada, un tiempo afectivo deseante que no es regrediente ni tampoco un progreso, sino de otro estatuto propio de la memoria del devenir. Un efecto paradójico, móvil, un zigzag que da lugar y tiempo a otra experiencia escénica en la que el niño recrea el afectivo deseo de ficción.

En la plaza, en el consultorio, en la vereda, en los escalones, en el balcón, en las casas, los niños encuentran por azar alguna cosita: un botón, una tapita, un tubo, un frasco, un tornillo, algo para mirar, tocar, hacer, deshacer, apilar, desordenar, ordenar aleatoriamente o simplemente mover para sentir qué le pasa, dejándose afectar por la arbitrariedad y la fragilidad de la experiencia.
En esta secuencia, los niños (como nosotros, cuando jugamos con ellos) hablan con los objetos, las cosas que les llaman la atención o aquello que les inspira curiosidad; ficcionalizan otra escena; juegan –no sin cierta extrañeza–, cautivados por el azar de lo inesperado; en la perplejidad de la ocasión, inspiran fantasías imposibles, pero verdaderas en tanto existentes. Es potente la experiencia deseante de la ficción: las pequeñas cosas (en este caso, palitos, ramitas, piedritas) devienen tiernos juguetes, son sorpresas insospechadas a través de las que los niños realizan la utopía, que no tiene una finalidad determinada. Allí reside la más apasionante curiosidad; tal vez, por única vez, son las fantasías de sus propios deseos de desear y el placer que ellos conllevan.
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