Kitabı oku: «Tres segundos con Lacan»

Director de la colección:
VICENTE PALOMERA
© Esthela Solano-Suárez, 2021.
© del prólogo: Vicente Palomera, 2021.
Traducción de los textos: Rosalba Zaidel Berger.
© de esta edición, RBA Libros y Publicaciones, S.L.U., 2021.
Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona
rbalibros.com
Primera edición: noviembre de 2021.
RBA · GREDOS
REF.: GEBO558
ISBN: 978-84-2499-925-4
EL TALLER DEL LLIBRE • REALIZACIÓN DE LA VERSIÓN DIGITAL
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PRÓLOGO
por
VICENTE PALOMERA
Del mismo modo que Lampedusa dijo que Stendhal había conseguido resumir una noche de amor en un punto y coma, podría decir que Esthela Solano-Suárez ha conseguido en tres segundos con Lacan resumir qué significa «saber leer de otro modo».
En efecto, desde el inicio, y no sin mucho trabajo, ella logra transmitirnos las consecuencias de su análisis con el doctor Lacan, presentándonos al Lacan analista, encarnado, operando con su cuerpo, prodigando una presencia en acto. Es un análisis que transcurría en los tiempos que se conocen como su «última enseñanza». Son años en los que, al hablar de la interpretación, Lacan señala que «Lo que dice el analista es corte. El analista participa en la escritura [...] escribe de manera diferente para que, por la gracia de la ortografía, por un modo diferente de escribir, suene otra cosa distinta de lo que es dicho, lo que es dicho con la intención de decir».[1]
Que la interpretación se apoye en el equívoco homofónico no significa que el analista se libre a un ejercicio de juego de palabras. Al contrario, a partir del momento en que practica un corte en la frase enunciada por el analizante, el analista hace valer otro modo de escribir, hace resonar algo que no tiene ninguna relación con la intención de significación.
El análisis consiste en hacer pasar la palabra del analizante a la escritura y decir que el analista participa en la escritura, implica que se hace responsable de hacer corte en la articulación significante para pasar el significante del lado de la letra.
Este libro muestra que el psicoanálisis es una práctica que convoca a hacer una lectura singular, una lectura que subvierte los dichos abriendo a la dimensión del decir. Lo que se dice es ya una lectura de lo que se escucha, pero, en lo que se dice se elude lo real de lo que está en juego en el decir.
No hay lectura que no tenga el límite en un «no hay» para leer. En efecto, lo que se lee encuentra siempre el límite de lo que no se lee como real que no cesa de no escribirse. Y precisamente, al final de la cura, se impone hacer algo con lo que no se lee: el analizante cesa de interpretar habiendo disipado las ficciones del ser que recubren la existencia del Uno solo de lalengua que impactó en el cuerpo, dejando una marca de goce. Cernir la singularidad de un modo de gozar despeja el sinthome, resto infranqueable, que no cesa de escribirse, una vez vaciados los oropeles de sentido con los que el lenguaje entreteje los laberintos del síntoma. Un análisis es un asedio a lo indecible para alcanzar lo que se escribe como sinthome en el lugar de lo imposible de escribirse como ley de la relación entre los sexos.
Lo que a Lacan le ocupaba era que lo que no se puede decir se pueda cernir haciendo uso de la letra, de ahí su recurso a la lógica. Orientar la experiencia analítica hacia lo real, es decir, hacia lo imposible de lo sexual, supone la caída de los semblantes que velan el acceso al imposible en juego, del cual procede para cada uno un goce que no se colectiviza. Este camino no es posible sin el acto del analista.
Este libro de Esthela Solano-Suárez testimonia precisamente cómo la interpretación es un camino que transita entre un decir de lo que puede leerse del inconsciente y una escritura de lo que no se da a leer, que Lacan llamó «lo real». Ella nos muestra que, desde el momento en que como analizante se convertía en intérprete de eso que ya había operado, acabó comprometiéndose a hacer una relectura. Este compromiso la ha acompañado siempre a lo largo de su dilatada trayectoria como analista y como docente.
En el tiempo de preparar la edición de este libro, supe que Esthela había asistido a las I Jornadas de Psicoanálisis que tuvieron lugar en Barcelona, en 1977. Igual que Oscar Masotta, ella llegó a Europa en 1975. Eran los años obscuros para Argentina. Masotta había ido a ver a Lacan justo en el mismo momento en que Esthela tenía su primera cita con él. En el curso de dicha entrevista, Lacan le preguntó a Esthela por qué quería hacer un análisis con él y no con Masotta. La pregunta la dejó pasmada y le respondió que, si bien conocía los textos de Masotta, nunca había pensado en él como analista. A su vez, Masotta dejó una carta en el domicilio de Esthela, diciéndole que Lacan le había dado su dirección y que quería encontrarse con ella. Cuando se encontraron, Masotta le dijo riendo: «Lacan me dijo que había recibido a una señora de Córdoba, que le había dicho que no lo conocía». Masotta respondió que era posible, ya que a él lo conocían más en Buenos Aires que en Córdoba. El malentendido estaba motivado por la creencia de Lacan de que Massota era originario de Córdoba. Así fue como Esthela simpatizó con Masotta, que le invitó años después a aquellas primeras Jornadas que tuvieron lugar, en la Fundación Miró, de Barcelona, el 25 de febrero de 1978.
Esta anécdota me recordó que yo estaba entonces acercándome al psicoanálisis y asistí, también, a esas I Jornadas de Psicoanálisis, organizadas por la Biblioteca Freudiana de Barcelona. Entonces no conocía aún a Oscar y a Esthela aún pasarían algunos años antes de conocerla; sin embargo, al escuchar esta divertida historia pensé en lo que suele ocurrirle a los enamorados, que no pudiendo concebir que en alguna época no se hayan conocido, construyen, recurriendo a los puntos de apoyo más endebles, encuentros y relaciones anteriores.
1
TRES SEGUNDOS CON LACAN
Ese día, como cada día a las seis de la tarde en punto, llego a la calle Lille número 5 para mi sesión de análisis. Después de algunos minutos de espera, Lacan me hace pasar a su consulta.
Le digo: «Soñé con una mujer que venía a París...».
A lo que él enseguida responde: «Eso es», mientras, levantándose de su sillón de analista y con un gesto decidido, abre la puerta y yo salgo de su consulta.
Una vez más no he podido relatar todo el texto de mi sueño. ¡Solamente llegué a pronunciar una frase corta, muy corta, anunciando el tema del sueño! Pero el relato de mi sueño implicaba una continuación. Sin embargo, una vez más, por el corte tajante practicado por el analista, mi sueño se vio amputado de su trama, de su puesta en escena, de sus desplazamientos, de sus condensaciones. Una vez más no tuve más que un trozo de frase entre los labios y la sesión se terminó. Mi sueño se redujo de hecho a una frase interrumpida, nada más. Si hubiera podido ir hasta el final del relato habría expuesto una serie de aventuras vividas en París por la mujer mencionada, poniendo seguramente en escena algo del orden de su embrollo.
Pero no, nada de eso. Era desesperante. ¿Cuánto tiempo había durado esa sesión? Ni tres segundos, «el tiempo de decir one».
Iba todos los días a mis sesiones, según la condición que el analista había determinado a poco tiempo de comenzar el análisis con él. Esperaba con frenesí el momento del encuentro, soñando con hablarle del tema que podría suscitar su interés, pero día tras día él constreñía la intención de significación de mi balbuceo.
Para la joven que yo era en esa época, las sesiones con Lacan eran absolutamente traumáticas. Por su manera de operar, el encuentro y la espera del encuentro eran fuente de angustia, al no poder tener una idea de antemano que correspondiera con lo que realmente ocurriría con Lacan; más allá de la regularidad diaria de cada encuentro, no había ninguna forma de rutina. Su práctica se regía por lo imprevisible. Cada sesión era única y en ruptura de la continuidad con la precedente.
De modo que cada día me hallaba confrontada con la experiencia del fuera-de-sentido más radical. ¿Cuánto tiempo iba a poder sostener mi perseverancia? Todos los días me lo preguntaba. Quería proseguir y al mismo tiempo quería escaparme y salir corriendo. Lo que más me desconcertaba era la expulsión del sentido con la cual su práctica me confrontaba. Yo no entendía en ese momento que una experiencia de análisis girara al reverso del principio de la asociación libre, que desde mi lugar de analizante no pudiera hablar de todo aquello que atravesaba mi espíritu. Que no pudiese tomarme el tiempo necesario para desarrollar allí mis pensamientos. Sin embargo, perseveraba y regresaba una vez más cada día, porque le suponía un saber hacer, cuyos principios me resultaban opacos.
Después de todo, si me encontraba con él era desde luego porque le había pedido que me recibiera, porque yo quería ir más allá del punto en el que se concluyó mi análisis anterior.
En el curso de la adolescencia me había encontrado con un punto de real bajo el modo del mal encuentro, de la contingencia. Este troumatisme (agujero-trauma) me aspiró, eyectándome de la escena del mundo. Dirigiéndome enseguida a un analista me fue posible encontrar una salida. Al final de ese primer recorrido, siendo aún muy joven, me instalé como analista, inaugurando además una carrera en el marco de la enseñanza en la universidad. Pero bajo el éxito se cobijaba la impotencia. En efecto, me autoricé como analista y rápidamente tuve que responder a un gran número de demandas. Mi práctica seguía entonces el estándar en el cual me había formado, que constaba de sesiones de cincuenta minutos, las cuales concluían con una interpretación más o menos «sabia». Con gran sorpresa constataba que había efectos terapéuticos en un primer tiempo que luego desembocaban en un enloquecimiento del síntoma bajo transferencia. Para ciertas histéricas ello también podía tomar la forma de una reacción terapéutica negativa y, en un caso de psicosis, había visto explosionar ante mí una erotomanía transferencial. Los controles a los que sometía estos casos no me socorrían en absoluto.
Muy rápidamente supuse que se imponía entonces un cuestionamiento de esa manera de practicar el análisis, de la forma de interpretar, de intervenir y de manejar la transferencia. Tenía constancia de que algo que se escapaba a la dialéctica significante, y que no se dejaba domesticar por la palabra, se atravesaba, y en su rígida fijación condenaba la interpretación a la impotencia. Algo que no sabía en ese momento nombrar y que mucho más tarde, en el curso del análisis con Lacan, pude cernirlo como no siendo otra cosa que el goce. Por otro lado, tenía la experiencia en mi propio análisis de la extensión sin límites, de una suerte de caparazón interpretativo que impedía que el análisis llegara a una conclusión.
Por estas razones se volvió urgente para mí viajar a París para formarme, urgencia que necesitó la temporalidad previa de comprender y de concluir.
En cuanto llegué, telefoneé a Lacan para pedirle una entrevista. Su secretaria me respondió que estaba de viaje en Estados Unidos para dar unas conferencias, que no estaba disponible. De todas maneras, fui invitada a volver a llamar la semana siguiente.
Lo llamé una semana más tarde y Gloria, su secretaria, me invitó a renovar mi llamada en la siguiente semana. No sé cuántas veces telefoneé, semana tras semana, como si esta situación se hubiera transformado en un hábito al cual me acomodé, hasta que, un día, la secretaria me pone en comunicación con Lacan: me presento y le pido una cita. Me dice: «¿Una cita para qué?». Le respondo que quiero hacer un análisis con él. Me pregunta si es urgente. Le digo que no, que eso puede esperar. Responde: «¡Venga inmediatamente!».
Estaba dispuesta a la eternidad de la espera y él me colocó enseguida en la urgencia, introduciendo la prisa. Fue la primera lección clínica que recibí de él.
Me recibe inmediatamente, el mismo día. Instalada en un pequeño sillón, me dirijo a él, que me da la espalda, sentado frente a su escritorio. Manipulaba nudos, cuerdas y cámaras de aire. Me pregunta por qué quiero hacer un análisis. Le respondo rápido y con gran convicción que quiero llegar a ser analista. Le explico que había hecho un análisis, que había comenzado una práctica, pero que no sabía si había hecho un verdadero análisis y si tenía una práctica de analista. Su respuesta entonces fue: «¿Y cuál es su síntoma? ¿Sabe usted qué es un síntoma, dicho de otra manera, qué es lo que la hace sufrir?».
Balbuceo, no había pensado nunca en ello, no sabía cuál era mi síntoma. Lacan me indicó con su pregunta que se hace un análisis no para ser analista, sino para tratar un síntoma. Esta fue la segunda gran lección que recibí de él ese día. Prosigue entonces: «¿Qué es lo que le ha dejado el análisis que usted hizo con B.?». Tontamente le digo: «Cierto saber sobre mi inconsciente». Siempre ocupado en manipular y en observar los nudos borromeos que se acumulaban sobre su escritorio, pero dando la espalda me pregunta: «¿Y por qué le pidió análisis a B. a la edad de diecinueve años?». Aquí le hablo de las circunstancias que me condujeron al análisis, de lo que podría haber sido un acto irremediable, pero que se quedó en el orden de un acontecimiento —que podía interpretarse como un llamado—. Él se incorpora entonces y tomando su sillón lo coloca cerca del mío, y pone su mano sobre la mía. Me pregunta con una voz muy suave por qué quiero hacer un análisis con él, por qué él y no otro. No sé qué respondí. Volvió a hacer la misma pregunta más veces. ¿Tres, cuatro o cinco veces? No lo sé.
Me preguntó también por qué quería analizarme con él y no con Massota. Esta pregunta me sorprendió mucho. Le respondí que había leído a Massota, pero que nunca se me ocurrió pensar en él como posible analista, que además no sabía si Massota practicaba el psicoanálisis.
Introduciré aquí un paréntesis. Oscar Massota se encontraba en ese momento en París y luego me contactó, pues Lacan le había comunicado mi dirección. En esta ocasión me dijo que Lacan le había comentado que recibió a una señora de Córdoba que no sabía si él era analista. También me contó Oscar, en ese encuentro, que Lacan creía que él era también originario de la ciudad de Córdoba, a causa de un malentendido que respondía a otras coordenadas.
Volviendo a aquella primera entrevista con Lacan y ante la insistencia de su pregunta de por qué analizarme con él y no con otro, sé que terminé diciéndole: «Venía a verlo para resolver un asunto con la muerte y que solamente usted, y no otro, podría ayudarme». Hizo emerger con sus preguntas el significante amo de este asunto, como significante de la transferencia, lo cual constituyó también una de las enseñanzas que extraje de esta primera entrevista.
Entonces me dijo, siempre con una voz muy suave: «Un análisis es un gran asunto. Antes de comenzar el análisis propiamente dicho, practico lo que es la norma en mi Escuela, las entrevistas preliminares». Y así me despidió dándome una cita.
Estaba conmovida. Me había dado una oportunidad y se había iniciado la partida. Aún faltaba que yo diera mis pruebas para convertirme en analizante. Mi demanda iba a ser puesta a prueba, rigurosamente, día a día.
Muy pronto comprendí que no vendría a verlo para practicar el mismo ejercicio de palabra al cual estaba habituada. De forma que estaba fuera de cuestión hablar de mi papá y mi mamá, de mis sueños, de mi pareja, de mis recuerdos de infancia, de las dificultades cotidianas en Francia, en resumen, de mi estúpida existencia. Si tenía la insensata esperanza, a veces, de que tal sueño o tal fantasma fuera a ser el objeto de su atención, me desencantaba muy rápido. Y cada día, saliendo de la sesión, recorría hacia la salida el patio de la finca, perpleja y contrariada.
Un día le lancé, irritada: «¡Señor, no comprendo para nada el sentido de su práctica!». Me respondió: «Querida, es una puesta a prueba».
Era exasperante. ¿No tenía él la prueba de mi consentimiento, de mi buena voluntad, de mi asidua aplicación a querer ser una buena analizante? Analizante modelo, lo había sido. Disciplinada en el respeto de los horarios de sesiones y de la asociación libre, encontraba sin esfuerzo el sentido de «lo que quería decir» mi inconsciente, el cual, por otro lado, estaba tan bien ordenado en el orden que responde a la estructura del discurso del amo y funcionaba tan bien en el dispositivo analítico que aportaba siempre respuestas muy astutas a las cuestiones surgidas en cada sesión.
Pero con Lacan mi parloteo era contrariado. Él oponía a mis elucubraciones un final de no-recibido, de manera que yo ya no sabía lo que quería decir hacer un análisis, o «comenzar un análisis propiamente dicho», como me había anunciado.
Tuvo que pasar tiempo para que «yo llegara allí». En una experiencia de rigor inquebrantable, él me condujo a vivir la experiencia del reverso del discurso del amo. Hizo falta tiempo para mi salida del sueño del discurso del inconsciente, sueño que cierta práctica del análisis hace consistir, dejando fuera el alcance de lo real. Gozar del bla, bla, bla en la asociación libre supone no querer saber nada del reverso de la sumisión al dispositivo analítico, reverso que da cuenta de la voluntad de cautivar al analista en las telarañas de la hipnosis. La operación de Lacan consistió en desmontarme del discurso del amo, replanteando mi demanda con el fin de llevarme a dar prueba de un deseo decidido.
Así, llegó el día del que les he hablado al principio. Le presento uno de mis sueños y digo: «Se trata de una mujer que venía (venait) a París». Mientras atravesaba el patio hacia la salida de su finca, tan desconcertada como siempre, de repente escuché de otro modo lo que había dicho: «Una mujer que quiere (veut) nace (naît) en París». ¡Eureka! Me eché a reír a carcajadas. Una nueva dimensión se abrió en mí. A partir de ese día pude atrapar el síntoma por las orejas, pues ellas ya no estaban taponadas, cerradas por la redondez de las significaciones, solidarias de la buena forma. El tapón del sentido se despegó, de repente, como una cáscara, liberando la lalengua del envoltorio del lenguaje.
La fugacidad de la sesión con Lacan implicaba su reducción al esp d’un laps, al espacio de un lapsus, y su operación de corte tajante, quirúrgico, agujereando los enunciados, me permitía al fin cernir el pasaje de la palabra hacia la escritura. Jugando con el equívoco el analista hacía resonar otra cosa de lo que se había dicho con la intención de decir. Ello implica una manera diferente de escribir lo que se oye y transforma la operación analítica en ejercicio de lectura, dando a los enunciados la consistencia de la estofa, de la materia, del hilo y de la cuerda sobre la cual se trabaja para aislar el Uno, el significante Uno solo, sin ninguna carga de sentido. Precisamente a este precio se tiene una oportunidad de tocar lo real.
Al hacerme sujeto del discurso analítico proseguí durante seis años mi trabajo de análisis con Lacan en la renovada alegría de la sorpresa y del Witz.
Aquí no presento más que una muestra de mi análisis que da valor a ese momento fecundo en el que se da vuelta, se trastoca y se transforma la topología de la superficie subjetiva en la cual estaba, como parlêtre, encerrada. Momento crucial en que se produce el pasaje del vano «yo pienso» al poder cernir un «se goza». Así, liberada de la obligación impuesta por el goce del síntoma, asistí al nacimiento en mí de un deseo que ya no era un anhelo (voeu) imposible y sin consecuencias, sino un deseo que se encarna en acto, un deseo que quiere (veut), un deseo convertido en voluntad. Este deseo en acto, llegado el momento, me abrió la puerta de un cambio de posición subjetiva para poder asumir sin el parásito de la duda la posición de analista donde yo descarito,[2] ofreciéndome a otros en el lugar de la causa de su deseo, con el fin de sostener el ejercicio del Sujeto supuesto saber leer, de otra manera.
2
DEL ACONTECIMIENTO AL ADVENIMIENTO
Múltiples acontecimientos han escandido el recorrido de lo que puedo llamar mi vida, y esto, desde mi venida al mundo. Dejaron huellas y, sobre todo, huellas en el cuerpo, inscribiendo un antes y un después, irreversible. Su carácter de acontecimiento solo se dibujó en el après coup de sus efectos.
Las contingencias nos sorprenden aquí y allá, escriben los episodios constitutivos de una trama de la que forjamos nuestro destino. Sin embargo, no toda contingencia y no todo episodio se vuelve un acontecimiento. Ahora bien, si los encuentros solo derivan de la contingencia, hay algunos que marcan un acontecimiento.
Hoy puedo afirmar que hubo para mí un primer encuentro decisivo. ¿Puedo decir primero? Ciertamente, no. Ya se inscribía en el cauce de consecuencias de uno primigenio, fundamental y olvidado, que dio como resultado el síntoma, consecuencia del impacto de lalengua sobre el cuerpo. El síntoma vino a señalar, muy pronto, en la época de la infancia, un modo de ser que me caracteriza: era una niña «perdida en sus pensamientos», estaba como en otro lado, pero también muy presente, a la escucha de todo lo que circulaba en las reuniones familiares, donde la conversación tenía un lugar importante, los invitados eran numerosos, frecuentes y elocuentes. En mi escucha curiosa, me interpelaban siempre por los fallos e inconsistencias de sus argumentos, fallos que yo atribuía de forma preponderante a las mujeres. De vez en cuando, si las condiciones eran propicias, podía compartir mis reflexiones —pero solamente de una pequeña parte de mis preocupaciones, pues no les decía todo— con mis dos interlocutores preferidos, mi padre y mi abuelo paterno, a los cuales les suponía cierta solvencia del pensamiento. Se sorprendían y me felicitaban, yo me sentía halagada y decepcionada, pues esperaba una respuesta que pusiera un término a mis elucubraciones y pensamientos.
Los pensamientos giraban en torno al enigma del sexo y de la muerte, sobre todo. En esa familia los hombres no eran católicos ni practicantes ni creyentes, mientras que las mujeres eran fervientes. Así fui introducida de entrada por mi madre en la creencia. Me puso en relación con Dios. La Biblia fue el libro que estructuró mi relación con el Otro y se volvió el cuadro de mis delicias de pensamiento. A este viejo buen Dios padre lo tenía entre cejas, aunque con miedo y piedad. Su voluntad me resultaba problemática al ser un deseo que prescribía las finalidades últimas del sentido de la vida. Podía consentir a sus Mandamientos, sin lograr, por lo tanto, deshacerme del pecado, que siempre se infiltraba, a pesar mío, tanto en mis actos como en mis pensamientos. ¿Por qué él reclamaba el sacrificio? ¿Por qué le pidió a Abraham que sacrificara a su único hijo? ¿No era de él de quien provendría una descendencia tan numerosa como las estrellas del cielo y la arena del mar? ¿Y si el ángel no hubiera llegado a tiempo para sustituirlo por un carnero? ¿Por qué sacrificó a Jesús, su propio hijo, para redimirnos de un pecado original que habría podido, vista su divina omnipotencia, impedir? Mientras, yo justificaba a Eva por haber querido, tentada por la serpiente, acceder al discernimiento probando la manzana del árbol prohibido y deseable al precio de ser expulsados del paraíso. Al final de mis cinco años la secuencia de la desobediencia de nuestros primogénitos, tal cual derivaba de esta ficción, me consternaba: la falta, el pecado, la enfermedad y la muerte, y todos los tormentos de la condición humana. Allí me encontraba irremediablemente atrapada.
Mi esfuerzo de pensamiento, o más bien la imposición de pensar, era mi forma sintomática de encarar y querer tratar la falta, la falla, la falta inherente a la relación del deseo con el deseo del Otro, y querer colmarla. Y más allá del deseo lo que se me imponía era algo imposible de atrapar, que escapaba al sentido. Misión imposible entonces querer pensar lo impensable. La falta siempre se agrandaba. Pero, desde luego, había decidido muy pronto plegarme a la voluntad divina al aceptar su cara de misterio, suponiendo que más tarde, de adulta, iba a encontrar las respuestas. Mientras tanto, me abocaba a alimentar la consistencia del Ideal para satisfacer a Dios y de paso a mis seres queridos. La mortificación del cuerpo iba a la par con ese programa de santidad cuya ambición apuntaba, por medio de la anulación de la carne, al cuerpo glorioso. Dicho cuerpo glorioso, como pendiente del sueño de eternidad, conjugaba la muerte y el cuerpo, al reducirlo a su pura consistencia imaginaria, a la buena forma, a la bolsa vacía, vacía del goce de la vida. El Ideal en juego es solo una ficción. Esta es introducida por lo simbólico en el cuerpo y lo deja al servicio de la instancia que controla y juzga, desconociendo que el cuerpo glorioso solo es la envoltura de la mirada, plus de gozar recuperado del vaciamiento de la carne.
¡Patapam! El despertar de la primavera vino a que cayera en pedazos la bella imagen por la irrupción de eso que en el cuerpo «se goza» solo, objetando las ficciones del Ideal, que proviene del Otro. Este momento de ruptura era el resultado de la aparición en primer plano de una violencia volcánica que ya había hecho irrupción, muy temprano, en el curso de mi infancia. Pero esta vez su fuerza se multiplicaba por el hecho del encuentro efectivo del amor y de otro cuerpo diferentemente sexuado.
Así me convertí en Otra para mí misma. Esta Otra, al ser una, se encontró fuera del modelo, habiendo estallado en pedazos el Uno de la identificación al Ideal, habiéndose puesto al desnudo que «el Otro no se adiciona con el Uno. El Otro solamente se diferencia de él».[3]
Esta disyunción del Uno con respecto al lugar del Otro implica en la construcción de Lacan que el lugar del Otro está marcado por el significante que falta, «Pues el Otro es el Uno-en-menos».[4] Es un modo de traducir el matema S(α) El desprendimiento del objeto mirada, cara oculta de la insignia del Ideal, vino a hurtar la apariencia de ser, cuya significancia me había servido de apoyo. Sin saber dónde «meterme-estar» (me m’être), en la experiencia de encontrarme una y en consecuencia exiliada del significante-amo fui aspirada por S(α). Sin la ayuda de ningún saber ni de ninguna elucubración al alcance de mi pensamiento, mi experiencia me confrontó con la dura prueba del Uno del conjunto vacío.
Se impuso entonces una interrogación mayor relativa a lo que experimentaba, que era del orden de un agujero, de una absoluta puesta en cuestión en el nivel de la existencia, que tomaba la forma de la increencia, increencia relativa a la existencia de Dios. Por la intrusión del goce Uno, de lo hétero, hice la experiencia en la soledad más extrema de la inexistencia del Otro. El Otro en mi sistema de pensamiento se sostenía del Uno del padre, confundiéndose con él. Pero ese semblante mayor palideció, mostrando su insuficiencia ante lo real. Me encontré sumida por su caída, y con su caída, en un dolor infinito.
Aquí termina el preámbulo necesario que da razón del encuentro que fue para mí un acontecimiento. Tuve en ese momento la oportunidad de encontrar, y de tomar en serio, el acontecimiento Freud. Sus textos me aportaron un consuelo al hallar un principio de razón, una elucidación. Descubrí la dimensión del síntoma, del inconsciente, de la pulsión y, así, desde lo profundo de mi abismo pude encaminarme y pedir un análisis.
Ese análisis me socorrió. Encontré mi camino. Llegado el momento, al terminar mis estudios, me instalé como analista. Todo fue muy bien, lo usual de lo que se llama un éxito profesional estaba al alcance de mi mano, una consulta que funcionaba, un comienzo de carrera en la enseñanza en la universidad, un encuentro amoroso sorprendente así como importante.
Lo real golpeó a mi puerta bajo la forma de una reacción terapéutica negativa y de una erotomanía de la que dieron prueba dos de mis analizantes. Los controles no me eran de ninguna ayuda. Esas dos mujeres venían a confrontarme con una zona que mi análisis había dejado en la sombra. Sabía que había una sombra espesa, pero no podía identificarla en ese momento. Mi análisis me permitió elucidar los embrollos de las identificaciones, elaborar cierto saber en el marco de la lógica edípica y confirmar la singularidad de mi manera de ser mujer, construida en oposición con el modelo materno. La elaboración de saber recubría y consolidaba la consistencia imaginaria del cuerpo que hacía de pantalla a lo real fuera de sentido del goce. Lo simbólico recubría lo imaginario y lo real, dejando oculta la triplicidad del Uno.
En ese entonces se produce un milagro por azar. Me encuentro con un texto de Althusser que me abre la puerta a Lacan. Al leer luego «Función y campo de la palabra y el lenguaje»[5] se me impuso la evidencia «¡Es esto!»: el psicoanálisis era exactamente eso y nada más. Poco tiempo después cayó en mis manos un texto de Jacques-Alain Miller, «La sutura (elementos de la lógica del significante)»,[6] que me pareció luminoso. Fue el momento de concluir: la decisión estaba tomada, ir a París a formarme.
Aún hoy me parece increíble, así como sorprendente, haber encontrado a Lacan y haber tenido la oportunidad de analizarme con él. Cuando me recibió acababa de regresar de su viaje a Estados Unidos —y comenzaba a dictar el Seminario 23, El sinthome—.[7] Me encontré con Lacan en el momento en que extraía la práctica del psicoanálisis del Otro hacia el Uno, apuntando a lo real del sinthome.
El comienzo de mi análisis fue incontestablemente un agujero traumático (troumatique), pues agujereó en acto lo que yo creía que era la práctica analítica fundada por la asociación libre. Él procedía cortando el lazo de los significantes entre ellos, contrariando el relato de los sueños, de los recuerdos, de las elaboraciones; en suma, de las elucubraciones articuladas. Hacía objeción al orden simbólico, o sea, a lo que en una frase articula un sujeto, un verbo y un predicado que sostienen la intención de significación. Rompía la unidad de la frase de forma despiadada produciendo un efecto de agujero en el sentido. La sesión analítica se reducía a un carozo que aislaba en la prisa lo fugitivo de un equívoco significante. Percutía de ese modo, en acto, en el trauma inicial.
Hizo falta cierto tiempo, un tiempo de dura puesta a prueba de mi demanda para que pudiera escuchar otra cosa en lo que era dicho, con la intención de decir. Pero a partir de ese momento aprendí a leer, a leer no lo que da cuenta de las significaciones y del embrollo del sentido, sino a leer en el equívoco de los sonidos lo que surge y fluye en lalengua, al aislar el Uno del significante desparejado del otro.
Así fui arrancada del lenguaje y su orden y desplazada hacia lalengua, o sea, hacia el lugar donde las huellas fuera de sentido dejaron las marcas en el cuerpo como letras de goce, letras que ex-sisten en el dicho. Así puede tener la experiencia de lo que, en lo que es dicho, cesa de escribirse, de lo que cesa en el nivel de la afectación del cuerpo, de lo que cesa de se doler, a condición de que las palabras no tengan más sentido.
El haber sido destetada del sentido, de entrada, hizo posible extraerme de la búsqueda de una salida del lado del ser, al abrirme una vía de salida del lado de la ex-sistencia. En efecto, el síntoma me forzaba a pensar lo impensable y por ello la articulación significante era convocada sin cesar, así como la suposición de un saber que podría eventualmente hallar, redondo, pleno, para recubrir con sus espejismos no la falta, sino el agujero. En el fondo, el síntoma y su uso de goce consistían en la búsqueda desenfrenada de un «je panse» (panza-pienso-pongo apósitos) para recubrir con los espejismos del ser, lo real fuera de sentido, o sea, lo imposible. El síntoma no cesa de escribirse en el lugar de lo que no cesa de no escribirse, en el lugar de la escritura imposible de la relación sexual que no hay.
Agujereando el sentido Lacan vació el «je panse», poniendo así en evidencia la solidaridad del ser de pensamiento con la armonía pretendida de la imagen unificante del cuerpo, anudado a los ideales, terreno predilecto donde reina lo verdadero y lo bello. Al desnudar la verdad mentirosa, sus nubes se disiparon llevándose consigo los engaños de los atributos y predicados del ser. Estos no eran más que el velo que recubre la inexistencia de La/mujer. Una mujer solo tiene un semblante de ser, allí donde ella es causa de deseo para un hombre en el lugar del objeto a. Si el hombre copula en su fantasma con el objeto a y si ella se presta allí en el par-être (parecer-ser), ello no va sin implicar para ella el efecto de una caída en el lugar del objeto. Salvo si el «pare-ser» se conjuga con l’(a)mur (el amor-muro), entonces el acontecimiento amoroso hace suplencia a la relación sexual. Así pude cernir el dolor que me había acompañado desde la época del olvido: era el afecto que provenía de lo imposible, es decir, de lo real.
No es cuestión aquí de un dolor de existir, como había creído antes por error. Es cuestión más bien del dolor de una inexistencia, la que se inscribe del lado de las fórmulas de la sexuación, lado mujer, como negación de una existencia. Del lado femenino no existe una X que niegue la función Phi de X, y como consecuencia, el goce no está todo sometido a la ley de la negativización impuesta por el lenguaje como castración. Una parte del goce de una mujer se escapa al no estar sometida del todo a la función fálica. El goce de ella no responde todo a la lógica edípica, una parte está por fuera del Uno que, al hacer excepción, traza el perímetro del Todos del universal fálico. Una parte de su goce se inscribe en el lugar del significante que falta en el Otro, como goce real, fuera de sentido en consecuencia algo de su goce, es enigmático, loco, sin límite.
El síntoma se constituyó como una respuesta, como una solución, como un operador de consistencia que apunta a la inclusión de la parte no-todo, o sea, real, en la lógica fálica. Su objetivo imposible se imponía como siendo del orden de un forzamiento (Zwang) imponiendo un querer anular el goce no todo para someterlo, todo, a la castración. En ese sentido, mi neurosis hizo de mí una ferviente de la Aufhebung, de la anulación operada por el significante, perdiéndome en sus laberintos. Pero lo propio de l’(a) pensée, del goce-sentido del pensamiento, es que da vueltas en redondo, gira alrededor de un agujero y este rodeo vano aumenta no el efecto de falta, sino el efecto de agujero. La otra cara de l’(a)pensé, entonces, como efecto de agujero, me aspiraba en la infinitud que transporta el cuerpo fuera de sí, en un lugar de pura ausencia, un más allá de ninguna parte. En ese agujero se estrellaba y fracasaba la ilusión de encontrar, a través del falo, una solución por la vía del universal.
La operación de Lacan consistió en oponer un rechazo categórico a la estrategia neurótica. Ruptura de la fascinación, del blablá, perforación de los semblantes, desarticulación del Uno unificante, detención categórica del arte de hablar y hablar. El análisis opera reduciendo el goce fálico haciendo cesar así los embrollos del sentido. Ello solo fue posible desecando la vía de lo verdadero para abrir la de lo real.
¿Cuál fue el acontecimiento entonces? El del advenimiento de una mujer consecutivo a la aquiescencia de los puntos de imposible que fueron cernidos. El saldo de esta aquiescencia fue el borramiento del dolor y la experiencia de una satisfacción inédita.
Hoy es posible considerar que esa satisfacción advino como una consecuencia de la operación de Lacan, vaciando el campo del lenguaje de las significaciones para manejar la letra fuera de sentido. Vaciando el síntoma de los engaños del ser, su operación apuntaba a cernir lo real del sinthome, cuyo goce irreductible está fuera de sentido y sin ley.
Y allí puede asumir lo que, en la diferencia radical en tanto una, se singulariza como sinthome ella.
Es el acontecimiento que se produjo como consecuencia de mi encuentro con Lacan.
3
EL PRECIO DE LA SESIÓN
¿Cómo decir con precisión, sin caer en la anécdota, lo que fue el uso y el manejo del dinero por Lacan tal como lo experimenté en el curso de mi análisis?
Testimoniar de ello supone una apuesta. El reto consiste en hacer legible la experiencia de que para Lacan, analista, el dinero era un instrumento al servicio del acto analítico. No ignoro que el dejarse llevar a decir a otros algo sobre ello provoca en el interlocutor tanto la risa, por un efecto de Witz, como también el desconcierto, o bien el puro horror, efecto del acto analítico. Y no sin razón, puesto que es el único acto que subvierte los semblantes «por los que subsisten religión, magia, piedad, todo lo que se disimula de la economía del goce».[8] El acto analítico pone al desnudo lo que funda esa economía sobre su vertiente más intolerable, puesto que se trata del goce. No se trata aquí del goce del analista sobre el que se vierte de buen grado el precio del acto analítico, sino de la economía de goce del analizante que el acto viene a desvelar. Esta operación supone extraer el uso del dinero de su valor de cambio, regido por las leyes de la economía del mercado impartidas por el discurso capitalista. La absolutización del mercado introducida en el mundo como efecto de este discurso, el trabajo y el saber se han transmutado en mercancías. Ahora bien, el precio de una sesión de análisis no paga el precio del tiempo de trabajo del analista ni el precio de su saber. Por lo tanto, el discurso analítico se muestra como el reverso del discurso del amo, y de la situación profesional que recubre, en la medida en que es el analizante el que trabaja y paga el precio de su trabajo, del cual resulta como consecuencia una articulación de saber, en el lugar de la verdad, mientras que el lugar del producto de ese trabajo es ocupado por el significante S1, el significante amo que se desprende como letra de goce.
Cuando fui a ver a Lacan para pedirle análisis, en noviembre de 1975, había fundado mi demanda a partir del anhelo de «llegar a ser analista». No era mi primera demanda de análisis, puesto que había tenido una experiencia de análisis en mi país de origen y también había recibido analizantes en institución y en mi consulta durante algunos años. Sin embargo, no me sentía legítima en ese lugar. La lectura del Discurso de Roma[9] como también La instancia de la letra en el inconsciente,[10] que tuvieron el efecto de una revelación, instalaron en mí la suposición de que el verdadero análisis era «otra cosa», esa otra cosa a la cual yo quería acceder.
En el curso de una primera entrevista, bastante larga, Lacan me llevó a hablar de mi síntoma, interesándose en cuál había sido el síntoma que me había conducido a pedir un primer análisis, interrogándome también sobre lo que había podido extraer, poner en claro y sacar como saldo de esa experiencia. De entrada, desplazó la demanda explícita poniendo el acento sobre el síntoma, demostrándome en acto que este es el verdadero eje de una demanda de análisis.
Al final de la entrevista me hizo saber que aceptaba mi demanda y fijó un próximo encuentro. En el umbral de la puerta me dijo: «¿Me va a dar algo por esta entrevista?».
Ese era para mí el momento más temido, en el que se iba a tener que abordar la cuestión del pago, en la medida que me encontraba en París sin mayores recursos y aún sin empleo. Entonces le respondí: «No tengo nada». Y en efecto yo no tenía encima ese día ni un franco y no porque me hubiera olvidado de llevar dinero, sino porque ¡no lo tenía! En el momento en que había imaginado que me diría que en esas condiciones nada sería posible, me dijo: «Deme lo que usted quiera». No me dijo: «Deme lo que pueda», que habría sido una respuesta dirigida a la carente, la necesitada, respuesta que me hubiese confortado en ese estatuto, haciéndolo consistir. Al decirme «lo que usted quiera» puso el acento sobre mi desear y, más aún, en darme la chance de dar prueba de que quería lo que deseaba. Y de esta manera hizo que fuera posible comenzar un análisis con él. Le di, la vez siguiente, lo que era la suma máxima para mí y que en realidad no era mucho.
Un año más tarde, considerando que el periodo de entrevistas preliminares, que él me había anunciado cuando en el primer encuentro aceptó mi demanda de análisis, había durado ya suficiente tiempo, decidí no sentarme más en el sillón y exigí que me hiciera pasar al diván, bajo la pena de permanecer de pie frente a él hasta nueva orden. Él consintió y me indicó con un gesto que pasara al diván. Me tendí, feliz de haber logrado el pasaje al famoso diván, hice mi sesión, que fue muy corta, y al final de la misma me anunció que, a partir de ese momento, iba a darle tanto por cada sesión. Era el doble de la suma que hasta ahora le había pagado. ¿Me hizo pagar el precio de mi insolencia? No, me hizo pagar el precio de lo que yo quería, no estando todavía lista para asumirlo. En efecto, yo había imaginado que el diván era el sitio donde se podía hablar a calzón quitado y que, una vez tumbada en él, el analista me escucharía sin interrumpirme. Si había soñado con el dispositivo del diván como un puro goce de la palabra, sin corte, se deducía que el diván era para mí el lugar donde él y yo haríamos Uno, sin división, sin resto, sin pérdida. Era evidente que si tal creencia habitaba en mí era porque aún no estaba abierta a la lectura de mis enunciados y me agarraba con todas mis fuerzas al registro de significaciones rehusando el de la letra fuera de sentido. Por su acto Lacan marcó un corte tanto como una ruptura, haciendo estallar mi sueño de completud. Desde entonces el ritmo del análisis se aceleró y fui invitada a asistir a diario.
Un día fui a quejarme presentándole mis tribulaciones de extranjera en Francia y añorando mi país, Argentina. Ni bien pronunciada esa palabra se levantó como un resorte, interrumpiendo la sesión y me dijo que a partir de ahora le iba a dar por cada sesión tal importe. Era el doble del doble que ya pagaba. ¿Me hizo pagar mi ingratitud hacia Francia, mi país de acogida, mi segunda patria? No, ese día puso al desnudo allí un goce ignorado de mí misma que emanaba con todo su esplendor a través del significante Argent (dinero en francés) incluido en el nombre de mi país y también en mi condición de ciudadana de ese país: yo era una «argent-ina», como se dice comúnmente. Ese día fue tocado mi ser (mon être) de argentina, que en francés puede escucharse en la homofonía de «m’etre» de argentina, como maître, amo, en tanto significante amo, letra de goce de múltiples resonancias, que anidaba en el significante que nombraba mi ciudadanía de origen. Comprendí entonces que mi desprecio del dinero, mi desprecio del tener, era una coartada para gozar de la falta. Y lo peor era que yo hacía equivaler la falta a mi condición de mujer para enmascarar mejor la costosa estrategia de encontrarme al servicio de la excelencia del ser, en el esplendor del ideal. La neurosis estaba construida sobre el andamiaje del Uno imaginario al servicio del rechazo de la incompletud y la inconsistencia del Otro. El esplendor del ser recubría el agujero del significante que falta en el Otro.
El acto analítico me arrancó del dominio de la insuficiencia. Allí donde yo creía que no era posible, que yo no podía, que tocaba los límites de lo que me era permitido lograr, se reveló ser una pura ilusión. Pude encontrar otros trabajos, pagar más sesiones. Lo imposible, en efecto, no estaba allí. De ese modo, en ese momento, se materializó para mí la experiencia de superar la aplastante impotencia, la cual, vivida como insuficiencia, venía a enmascarar mi no querer saber nada de lo imposible. Superar los espejismos del ser y acceder a la imposibilidad lógica que da cuenta del Uno de la existencia, del Uno solo que se-goza en la imposibilidad de hacer Uno con el Otro, fue el saldo del acto analítico.
Acceder, como consecuencia de la iteración del acto analítico, a la diferencia absoluta que signa la singularidad del sinthome necesitó tiempo, años de trabajo en el curso de los cuales la dimensión de la apuesta me confrontaba a una puesta a prueba renovada de mi querer, en el curso de cada sesión.
En el transcurso de ese tiempo el analista no cedió nunca ante la coartada de la insuficiencia como fortaleza de defensa ante la imposibilidad. Y fue necesario pagar el precio de tal subversión subjetiva, única en instaurar la posibilidad del ejercicio del acto analítico.
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