Kitabı oku: «Pocos son los elegidos perros del mal»
Pocos son los elegidos perros del mal

Pocos son los elegidos perros del mal (2012) Eusebio Ruvalcaba, 2012
D. R. © Editorial Lectorum, S. A. de C.V., 2012
D. R. © Portada: José Antonio Valverde
D. R. © Fotografía de portada: Pablo Navajas
D. R. © Fotografía del autor: Ignacio Valdez
D.R. © Editorial Cõ
Leemos Contigo Editorial S.A.S. de C.V.
edicion@editorialco.com
Cõeditor digital
Edición: Febrero 2021
Diseño de portada: Gabriela León
Prohibida la reproducción parcial o total sin la autorización escrita del editor.
Índice
1 .
2 .
3 La Pietro Beretta tenía un mensaje que darle
4 Isis
5 Ajuste de cuentas
6 Luz roja
7 Odiaba estorbar
8 Crónica de un día sin retorno
9 La tanga
10 Me tiemblan las manos pero no estoy crudo
11 La representante de Dios
12 Adrenalina en el aire
13 Día de San Valentín
14 Venganza materna
15 De que soy fiel, soy fiel
16 Rata
17 El gambusino de la colonia Condesa
18 Un minuto
19 Historia de amor
20 Esa mujer sigue siendo mía
21 Un viaje en el metro
22 Confeso
23 Ley de vida
24 Preceptos divinos
25 La obra maestra
26 Tragos y sangre
27 Violación
28 El cumpleaños del abuelo
29 Una madre como cualquier otra
30 Instrucciones
31 Mil pesos por un insecto
32 El arete
33 La noche es una llaga purulenta
34 Apéndice
35 Los amigos
36 El incidente
37 La boda del ángel
.
Arrodillada en el suelo del vestíbulo, Cora le hundía una navaja en el pecho a un hombre que tenía que ser su padre. James Ellroy
Hay cuatro cosas que pueden destruir el mundo, dijo: las mujeres, el whisky, el dinero y los negros. Cormac McCarthy
Dios perdona, los perros del mal no. Graffitti en Tlalpan, de donde también fue sugerido el título del presente libro
.
Para Los Bastardos de la Uva
Para Juan Manuel y José Luis Landeros, hermanos de casta
Y para Nacho Valdez
El autor agradece el apoyo
del Sistema Nacional de Creadores del
Consejo Nacional para la Cultura y las Artes de México.
La Pietro Beretta tenía un mensaje que darle
Para Eréndira López
Precisamente cuando el niño iba a servirse agua, su mamá le arrebató la jarra y se llenó el vaso. Se lo bebió casi de un sorbo y cayó fulminada. Echando espumarajos por la boca. El niño salió corriendo de ahí. Alguien en la vecindad podría ayudarlo. No era común que un niño de seis años viera desplomarse a su madre cayendo al suelo como una tabla. Todavía la quiso reanimar con un grito imperioso, pero su progenitora no abrió más los ojos.
Fue de puerta en puerta tocando para que alguien le abriera. Tocaba y gritaba. Gritaba y tocaba. Su padre no estaba. Solía llegar del trabajo hacia las diez de la noche. Obrero escasamente capacitado, tenía que ajustarse a los horarios que le imponían en la fábrica.
Por fin le había abierto doña Teofilita, la señora del 5. El niño se precipitó en sus brazos sin parar de llorar. Balbucía las palabras mamá, suelo, vaso de agua... Doña Teofilita salió de la mano de él y llegó hasta la cocina. Allí estaba la madre, una señora veinteañera, más o menos linda, más o menos bien aceptada en la vecindad. Cuando vio el vaso, de inmediato comprendió que había tomado veneno. No se necesitaba mucha ciencia para inferirlo. Aunque también podría haber muerto de un infarto, pero ¿tan joven? No, envenenamiento seguro. Por los espumarajos.
Cuando el marido llegó, ya habían hablado a la policía. Doña Teofilita lo estaba esperando en la entrada principal. “Cálmese”, le dijo a tirabuzones, “su esposa fue envenenada. Está muerta. Ya falleció. Pablito está conmigo. El pobrecito la vio morir.Ya usted le dirá qué fue lo que pasó. La palabra envenenamiento es muy dura.Y me dijo algo terrible: que si él se hubiera tomado el agua, su mamá no estaría muerta. Pobrecito. Hágame favor. Dios mío. Es mucho para un corazón infantil”.
El hombre se dirigió a la casa y contempló a su esposa, aún tirada en el piso.“¿Es usted el esposo?”, le preguntó un oficial.“Necesito hablar con usted”.
Lo siguió y respondió todas las preguntas. Pero en su cabeza lo único que le preocupaba era el destino de su hijo. ¿Qué haría sin su madre? ¿Cómo enfrentaría la vida? La muerte de su mujer no le afectaba de igual modo. Creía intuir quién lo había hecho, eso ahora era lo de menos. ¿Pero su hijito? Las lágrimas sobrevinieron. El oficial le alcanzó un clínex.“Mañana necesito hablar con usted, lo acompañaré a su trabajo y de ahí iremos al Ministerio Público”.
Vio cómo los paramédicos envolvían el cuerpo de su mujer y lo sacaban de ahí.
Se quedó solo en la casa, que apenas contaba con dos piezas y el baño. Sacó un Bacardí para servirse un trago, pero en el último momento prefirió beber a pico de botella.Y no fue un trago sino un torrente. El ron hizo trizas su garganta.Y cuando aquella cantidad de líquido cayó en su estómago sintió que le había caído un incendio. Pero a la vez percibió un alivio inusitado.
Esto no era más que el resultado de la vida que había llevado. Mujer tras mujer, amor tras amor, alguna se había excedido y lo había querido nada más para sí, de su propiedad privada. Había una que lo amenazaba constantemente con matarlo si no era nada más para ella. No con matar a su mujer, sino a él. Tal vez había sido ella, y tal vez no, pero como si lo fuera.
Se puso de pie y sacó la olla tamalera.
Nunca había querido colgarla porque a él le servía como escondite ideal para su Beretta 9 mm. Reflexionó sobre lo que estaba a punto de hacer. De nada le servía matar a la mujer que con toda seguridad había envenenado a su esposa (¿cómo había entrado a la vecindad?, ¿nadie la había visto? Todo eso a él no le interesaba un carajo, la policía se encargaría de averiguarlo; el punto era que si mataba a aquella mujer eso no le devolvería la vida a su esposa). Se puso la pistola al cinto y se dirigió a la casa de doña Teofilita. Cargó a su hijo y se lo llevó de regreso con él pasando por alto los ofrecimientos de la señora de que se lo dejara esa noche, de que ella se encargaría.
El camino a su casa se le hizo infinito. Diez metros era un tramo sembrado de minas que podían hacer explosión en cualquier momento. Esos diez metros los había recorrido centenares de veces con su esposa primero y con su hijo después. Ahora sentía que iba levitando con su niño en los brazos. De que estaba a punto de ascender al cielo. De que las estrellas parecían decirle “ven”. De pronto descubrió que todos los vecinos atisbaban por las ventanas o de plano desde el marco de las puertas. Levitaba pero aun así sentía que llevaba el peso de una tonelada en sus brazos.
Cruzó el umbral de su casa, se dirigió a la única recámara y acostó a su hijo. Qué frágil era. ¿Cuánto pesaría, veinte kilos, veintiuno?; él nunca había sido bueno para calcular, siempre se equivocaba. Se dirigió a la cocina. Se sentó en una de las sillas de aquel antecomedor. Bebió otro tanto de la botella y detuvo su mirada en la pistola. No tenía puesto el seguro. Revisó acuciosamente que sólo tuviera una bala. Se la puso en la sien. La Beretta tenía un mensaje que darle. Miró a su hijo. Sufriría mucho cuando despertara y lo mirara. Pero sobreviviría. Él no tenía valor para enfrentar la vida con el peso de su hijo encima. Cualquiera diría que ahora tendría un motivo fuerte para vivir. Pero era al revés. No resistiría la mirada de su hijo. No con el veredicto en los ojos. La culpa había sido suya, no de su hijo. Algo que su hijo habría de entender tarde o temprano. Que no abrigara ningún sentimiento de culpa. Era el resultado de la vida que él, su padre, había llevado. Sólo de eso.
Disparó.
Isis
Mientras recorría las calles de aquel barrio bravo de Guadalajara, salpimentado de cantinas, cabaretuchos, burdeles, vecindades, hoteles de paso y mariachis que ofrecían sus servicios, gente que iba y venía como si fueran las once de la mañana y no las once de la noche: prostitutas con niños aferrados a sus faldas, bebedores con su anforita en la mano, padrotes que no podían ocultar su peligrosidad, parejas de homosexuales en ropa de mujer que corrían dando pasitos como niñas en el recreo, parejas besándose en la zona más oscura de la calle, mientras recorría estas calles, no podía evitar que un estremecimiento de nostalgia recorriera su columna vertebral. Ya era un cincuentón que se ganaba la vida como proveedor de laboratorios en la ciudad de México, pero en su época la noche lo había llamado como gata en celo. Casi cuarenta años habían pasado desde entonces, en que la vida lo había obligado a llevar una existencia de prohibiciones. Pero ahí, esa noche, todo parecía aventarlo al pasado. Incluso leyó un letrero escrito a mano en una cartulina:“pacen a ver a la bellícima Isis, la reina de Ejipto, con su corte de prinsesas”. El nombre de Isis le dijo algo. ¿No sería la misma vedette de su juventud? ¿Y si sí? Los recuerdos casi lo hicieron trastabillar. Sin pensarlo más, se metió al tugurio.
De joven, de adolescente más bien, la había visto bailar en el burlesque. Más bien, él iba a aquel teatro de farándula para verla a ella. A ella y a ninguna otra, que las había a montones. Esperaba a la expectativa, con un sudor recorriéndole la nuca, el instante en que Isis, que con ese sobrenombre era conocida, saliera al escenario. Todo era entonces un momento de nerviosismo punzante. Tenía grabada en su mente cada forma de ella, cada rincón, cada centímetro cuadrado de aquella piel en la que soñaba untar la lengua. Porque al compás de la música, y para complacer a sus fanáticos, que se desgañitaban pidiéndole que enseñara más y más, que se desnudara por completo, cosa que ella nunca hacía, que se contoneara hasta provocar tumultos, prácticamente le daba gusto a las exigencias de todos. Tales exigencias se reducían a que les enseñara la vagina. Y no rasurada sino colmada de pelos. A que se acostara enfrente de ellos y les mostrara sus labios vaginales. Cosa que no tenían más remedio que hacer en su imaginación, porque exactamente cuando se quitaba el calzón, se ponía la mano, se daba media vuelta y se perdía tras el telón.
Al compás de aquella música, él eyaculaba como un torrente.
Entró, guiado más por la curiosidad que por el morbo. Porque lo más probable era que no fuera ella. Finalmente, Isis era un nombre que se le podía ocurrir a cualquiera.
No tenía nada de relevante aquel lugar ni tenía por qué tenerlo, se dijo. Unas cuantas mesas alrededor de la pista. Una rockola que iba de Los Tigres del Norte a José José, pasando por Luis Miguel y Rocío Dúrcal, y un sistema de luces azules y naranjas que de pronto se encendían y apagaban en forma intermitente para anunciar a la próxima estrella.Vio desfilar dos, vio desfilar cuatro, cada vez más adiposas y torpes. Mi abuelita, que en paz descanse, ha de bailar mejor en los infiernos, sonrió. Pero entonces escuchó al maestro de ceremonias, que se equivocaba cuando menos un par de ocasiones cada vez que hablaba, anunciar a la próxima chica “una mujer que volvía locos a los hombres y que había despreciado a una larga fila de pretendientes entre los que se contaba un político prominente, un actor de cine de Hollywood y un millonario de Francia, con tal de seguir con su espectáculo y hacer felices a los hombres. ¡Isis, la reina de Egipto!”.
Sin dejar de beber su acre tequila, que a estas alturas empezaba a saberle menos hostil, detuvo sus ojos en las cortinas violetas que servían de puerta hacia los camerinos. De un momento a otro saldría Isis por ahí. ¿Sería ella? ¿Después de cuarenta años? El mismo nerviosismo que había sentido de joven le sobrevino ahora. No puede ser. No era posible. De qué privilegios gozaba para poder remontarse así en el tiempo. Era un hijo favorito de Dios. Una más de las causas por las que debía dar gracias, ir al día siguiente a la catedral de Zapopan y agradecerle a laVirgen tanta clemencia.
El reflector se dirigió a la cortina violeta, alguien puso un compacto en un reproductor enorme, de ésos con agarradera, y la estrella hizo su aparición. Envuelta en gasas, velos y un tocado de plumas muy al estilo de Moctezuma Xocoyotzin, ahí estaba delante de él la mujer que le había llevado a hacer de la masturbación el ejercicio del deber. ¡Era ella! Ahí estaba delante de él, la mujer de la cual apenas lograba entrever su cuerpo pero en la que veía, aun a estas alturas, cierta gracia y donaire. Cierta. En cuanto a la cara, con gran esfuerzo trató de adivinar los rasgos que se sabía de memoria, pero que ahora le resultaba muy difícil reconocer por tanta cirugía plástica. Pero lo confirmó, era ella. La música parecía hecha especialmente para ayudarla a salir del paso: su ritmo era lento, al grado de que más parecía música de una película de terror que de una noche de cabaret. Los hombres la dejaron de ver a los pocos minutos y se dedicaron a lo suyo: a beber con sus amigos o con la mujer que los acompañaba. Pero él no. La aplaudía rabiosamente, al grado de que llamó la atención de la mujer. Le gritaba hurras y le lanzaba besos, se ponía de pie y casi se trepaba en la mesa. Más bien la concurrencia lo volteaba a ver a él.
Por fin la mujer terminó su número, agradeció los aplausos nada más de él y se perdió tras la cortina. Pero el hombre quería más, así que llamó al mesero y le pidió mediante una propina generosa que le dijera a aquella dama que él la invitaba a su mesa.Voy a ver si quiere, respondió el fulano, es muy solicitada y seguro ya la apartaron. Déme un poco más para que le insista. Ahorita vengo.
En esa época aún vivían sus padres. Más recuerdos le vinieron hasta casi cubrir la mesa de cochambre. Como no tenía dinero para pagar el boleto del espectáculo, les robaba mitad y mitad. Lo indispensable. Hasta eso, ni un centavo más. Mitad a su madre y mitad a su padre. No eran ricos, ni siquiera de clase media. Su padre trabajaba dos turnos y su madre lavaba ropa ajena. También se acordó de que acostumbraba guardar los talones de los boletos en la biblia casera. Como nadie la leía, tenía la caja fuerte asegurada para guardar su tesoro. Por cierto, hacía mucho que no iba a visitarlos al panteón. Llegando a México sería lo primero que haría. Aunque ni su esposa ni sus hijos quisieran acompañarlo. No importaba.
—¿Quieres que beba contigo?
—Por supuesto —dijo él, se levantó y la ayudó a sentarse. —Eres de otra época. Caballeros como tú ya no se consiguen
ni yendo a bailar a Chalma. Pídeme un coñac.
Pidió el coñac para la dama, a sabiendas de las consecuencias.
Sabía de lo que se trataba. La cuenta bárbara que habría de pagar por el más corriente de los brandys, pero no le importaba. Estaba bebiendo con la mujer más hermosa del planeta, no iba a escatimar en tragos.
Pero como si ese dios en la mente de él interactuara en la de ella, pronto, al tercer coñac, y antes de que él pudiera contarle su experiencia de aquellos años, Isis pidió esquina. “Llévame a mi cuchitril”, dijo, “quiero hacerte mi show especial para ti, porque eres un caballero”. Él no esperaba que tan pronto la vida le sonriera a ese grado, pidió la cuenta, el quíntuple de lo que habría pagado, ella se fue a cambiar en cosa de minutos, y salieron del brazo. Tomaron un taxi de los que había en la puerta. Con la voz más cantarina que pudo le dijo al sacaborrachos: “apunta la placa, no quiero que me violen”, y pronto estuvieron en el departamento de Isis. Por el barrio de Mexicaltzingo.
El edificio estaba semidestruido. Al fondo de aquella planta baja, entre un montón de zapatos y de periódicos, alguien lloraba. En el cubo de la entrada, bajo un foco de cuarenta watts, había un espejo de botiquín.“Yo lo mandé poner para preguntarle cada mañana quién es la más bonita”, dijo Isis. “Es mi espejito-espejito”. Subieron tres pisos y por fin la mujer abrió la puerta de su departamento. Todo parecía estar en su lugar, bien acomodado y limpio. Excepto por las paredes, que se encontraban tapizadas de recortes de periódicos ya amarillentos. Era una especie de biografía fotográfica de Isis,“la reina de Egipto”. Casi no había espacio que no estuviese cubierto de aquellos reportajes, entrevistas, crónicas y fotografías, sobre todo fotografías en ropa interior, en combinados de lentejuela, en minifaldas. Excepto desnuda.
—Voy a ponerme algo más cómodo, como dicen en las películas —dijo, y se metió a lo que seguramente sería su recámara—. Ahí te dejo una botella —alcanzó a escuchar.
Él siguió viendo los recortes. Eran de aquella época, precisamente de cuando él se había convertido en el fan de aquella mujer que ahora estaba cambiándose y que no tardaría en llevárselo a la cama.
—Mi amor, ya estoy aquí.
Pero no solamente fue la presencia física ya desnuda de la mujer, sino la música a todo volumen y una esfera que estaba en el techo y que empezó a dar vueltas hasta inundar aquella estancia de reflejos luminosos. El cuerpo de Isis estaba colmado de celulitis, várices, callosidades, quistes enormes bajo la piel que simulaban tumores a punto de reventar. Sobre todo en los senos y en los muslos. No era posible mirar aquel cuerpo sin horrorizarse. “Tómate otro trago, quita esa cara de niño asustado y vamos a coger. Pero antes déjame bailar para ti”.
“Oquéi”, dijo él. Se puso de pie rumbo a la cocina, donde estaba la botella, pero en el camino cambió de dirección y se dirigió a la salida. Todavía alcanzó a escuchar la voz de ella que le gritaba: “¡Puto! ¡Regresa! ¡Eres un puto, como todos los hombres! ¡Malandrín! ¡Payaso! ¡Fantoche!”.
Cuando llegó hasta el zaguán, se miró en aquel espejito-espejito. ¿Aquella calavera era él? Torturado por la abulia y el fracaso, tumefacto, en estado de putrefacción, miró sus ojos inexpresivos, su sonrisa estúpida, sus facciones que lo definían como un ser decadente, a punto de arrojarse al vacío.
Alcanzó la salida. Iba a dar las gracias al cielo de que por fin estaba fuera. Pero se contuvo. Un pensamiento lo asaltó. Los segundos se sucedieron, uno a otro. ¿Veinte?, ¿treinta?, ¿cuarenta? Dio media vuelta y caminó los mismos pasos que había dado. Aquel llanto que había escuchado al final del pasillo, ahora era un gemido. Se miró al espejo una vez más. Subió hasta el tercer piso y se plantó ante la puerta del departamento de Isis; aún podía arrepentirse. Levantó la mano y tocó. Escuchó los pasos de la mujer acercarse. Lastimeros.
Ajuste de cuentas
Se enfurecía por haber perdido el ímpetu creador o el furor, como él lo llamaba. Las ideas no venían más a su cabeza, a no ser en jirones que la mayoría de las veces de plano era imposible hilvanar y construir una sola que sonara congruente. Pedía su copa, bebía dos, bebía cuatro, y aquella pluma permanecía infértil, como si tuviera congelada la tinta.
“¿Puedo sentarme aquí?”, la sola pregunta interrumpió su concentración o, mejor dicho, el esfuerzo que empezaba a perlar su frente. Era una mujer de aspecto irrelevante, asexual por completo. No había nada en ella que la hiciera especial, nada proveniente de su fachada ni de su interior, algún brillo en los ojos, cierto matiz en su tono de voz. Una mirada como las de cientos con que se topaba todos los días en la calle, un cuerpo equis, tan convencional como el de las secretarias de una oficina burocrática; y menos por fuera: jeans, playera con un letrero que no decía más que una frase fácilmente olvidable “ésta soy yo”, un cinturón de metal que intentaba un malogrado baño de plata. Le dio exactamente lo mismo que aquella mujer se sentara. Pero movido por una caballerosidad de la que alguna vez se había sentido orgulloso, asintió.
De inmediato la chica dijo:“me llamo Natalia, ¿y tú?”. Ordenó un vodka con jugo de naranja. “Desarmador, así se llama”, estuvo a punto de acotar él, pero la sola idea lo ruborizó. Seguramente resultaría ridículo; era obvio que la chica sabría el nombre de su bebida.
—Francisco José —respondió—, y mi apellido es...
—No me lo digas, qué hueva los apellidos. No son otra cosa que una maldición. Los nombres son lindos, pero los apellidos son una porquería. No son más que grilletes. ¿Te imaginas que nadie tuviera apellidos? Ser como mucho más libres, ¿no crees?
Él nunca había reflexionado sobre eso. Por supuesto que no estaba de acuerdo. Qué imbecilidad. Su padre, economista de carrera y político sobre la marcha, ya muerto, siempre había insistido en que había que mantener muy en alto el apellido. Y tan pensaba como su padre que en ese momento juró que defendería su apellido contra viento y marea. Un enrojecimiento imperceptible lo hizo pensar en lo cursi que se estaba volviendo.“Ya tengo cincuenta y cinco años”, se dijo, y sorbió un trago de su ron blanco pintado. Era lo que más le gustaba: beber a solas sin tener que brindar con nadie, por eso cuando se le presentaba la oportunidad de echarse un alcohol con su amiga la soledad no lo desperdiciaba. Y por eso sintió avanzar por su columna vertebral una oleada de desesperación. Ya se había arrepentido de haberle permitido a aquella mujer sentarse a su mesa.
Algo había en ella que le parecía melcocha. Cómo decirlo, como una pose estudiada horas ante el espejo. Ese algo no tenía nombre, o cuando menos él ignoraba cómo nombrarlo.
—¿A qué te dedicas?
¿Por qué siempre tenía que surgir esa estúpida pregunta? A masturbarme, estuvo a punto de responder, pero quién sabe cómo se lo tomaría. Todas las mujeres que había conocido que sumaban, casi medio centenar pecaban de solemnidad, y ésta no sería una excepción.
—Manejo un taxi...
—Nunca lo hubiera pensado, ¿y qué haces escribiendo? Más bien pareces escritor.
—Si fuera escritor no habría aceptado que me interrumpieras. Y no estoy escribiendo, estoy haciendo cuentas.
—Cuéntame algo interesante que te haya sucedido últimamente...
¿Qué diablos podía contarle? Yo era un pseudoescritor, no llevaba la cuenta de los premios que había ganado, mis libros me habían dado hasta una agregaduría cultural en Europa, condominio en la Roma, dos automóviles, y no se me ocurría nada. De algún lado tenía que sacar la jodida inspiración. Con tal de que se fuera y me dejara en paz. ¿Y por qué no me atrevía a correrla? Por mi pusilanimidad, ¿por qué otra cosa?
—No sé si te resulte interesante, pero te lo cuento. El otro día decidí invertir los términos de la ecuación y convertirme en asaltante. Me quedé callado, mientras la mujer (la estúpida mujer) digería
la enormidad de lo que le estaba diciendo. —¿Qué pasó? Cuéntame... —No te lo puedo contar, porque si te lo cuento, te conviertes
en mi cómplice, salvo que me denuncies. ¿Quieres ser mi cómplice? —No lo pensaría dos veces. Por supuesto que sí. Me aviento el tiro macho. Tú cuéntame. Pero antes déjame pedir otra, para que no nos interrumpan. Seguro los millonarios desayunan jugo de naranja
con vodka para llevarse la fiesta en paz. —A mí eso me importa un carajo. ¿Quieres que te cuente o no? —Pues claro. No quise interrumpir. —Entonces déjate de decir tanta pendejada y quédate callada
un minuto. Le trajeron su desarmador y la mujer lo paladeó como si fuera
un dulce y refrescante jugo de naranja. Lo batió con el agitador, se echó a la boca un puño de cacahuates y esperó a la expectativa lo que yo estaba dispuesto a contarle. Pero había decidido hacerme del rogar. En primer lugar porque no tenía nada qué contar, y en segundo porque el hecho de tenerla ahí, esperando mis palabras, me hacía sentir bien. Era como darle a oler un pedazo de carne a un perrito. Me sentía apremiado por sus ojos inquisidores, pero de ahí no pasaría. La sensación de tenerla esperando me llenaba de dicha, aunque por fuera simulaba cierta zozobra.
—De veras que no sé si contarte o no. No es algo que me guste andar desparramando, como si fuera algo de lo que te puedes sentir orgulloso. Siempre he sido un hombre de principios, respetuoso de la vida humana. Si huelo la violencia me hago a un lado. Sería incapaz de agarrarme a golpes por cuestiones tan estúpidas como defender a un tercero, poner a salvo mi honor, mi pinche y jodido honor, o por lo que gustes y mandes.
—¿Si alguien me faltara al respeto aquí y ahorita mismo, me defenderías a golpes?
Solté una carcajada tan fuerte que yo mismo me sorprendí.
—Ni aunque fueras mi madre metería las manos por ti. No hay que madrearse por nadie, menos por una mujer, porque esa misma noche se lo cuenta a tu mejor amigo, cuando esté cogiendo con él. Y ya ves, ya me volviste a interrumpir. Quitas la inspiración a cualquiera.
—No, no, perdóname, se me salió. Te juro que ya me voy a estar calladita.
—Eso espero. La próxima te levantas de la mesa y te vas a beber a la barra. Allí no interrumpes a nadie. Magdaleno, el cantinero, está acostumbrado y no pela ni a las monjas. Es lo que yo debí haber hecho contigo. Pero me vi blandito dejándote sentar. En fin...
—Qué enojón y maleducado eres, ¿eh? Ya síguele.
—Pues fue a un anciano. De esos ancianos jorobados y de bastón, pero que se les ve que llevan cartera abundante, nomás porque no sacan la mano del bolsillo. De buen traje. Billete a la vista, pues. Se subió con muchos trabajos al taxi. Hasta lo ayudaron, una pareja que pasaba por ahí. “¿Adónde va?”, le pregunté. Y respondió muy meloso, como haciéndose el querendón: “A la Obrera. ¿Me cobra con taxímetro, verdad?” “Sí claro, más o menos han de ser sesenta o setenta pesos, de Polanco a la Obrera a esta hora”. Porque eran como las doce del día. Igual y hasta menos le salía.
Sorbí un trago y me la quedé mirando. Por primera vez descubrí que sus labios eran hermosos, grandes y jugosísimos. No los había visto antes, lo juro. Al contrario, y ya lo dije, su fealdad me había hartado. Pero ahora los vi, ahora que la tenía en las manos. Ella había decidido estar ahí. No yo.
—Prefiero ya no contarte nada. —No, no, cuéntame, por favor. —No te veo mucho interés. —No, sí, me muero de ganas de oírte. —Bueno. Agarra la onda que cuando el megarruco se subió,
yo no llevaba esa intención. Se me ocurrió en el camino. No sé exactamente por qué, si por su modo de hablar, con un modito como mandón, o porque salpicaba cada vez que abría la boca, o simplemente porque me decía hijo, y a mí no me gusta que nadie me ande diciendo hijo. No sé cuál fue de esos motivos, pero algo disparó en mí ese modo de ser que a toda costa trato de mantener con el seguro puesto.
—¿Pues no que no eres violento?
—No se trata de violencia. Se trata de algo menos obvio. Ignoro cómo llamarlo. Más bien como una necesidad de probarme. De un ajuste de cuentas que sólo ocurre en mi cabeza. Porque míralo bien, ¿quién tendría algo contra un anciano que está en los límites de la vida? Salvo que sea una cuestión personal, no creo que nadie.
—¿Lo mataste? —preguntó, con un hilito de su bebida escurriéndole por las comisuras y los ojos un tanto cuanto fuera de sí.
Vi en esos ojos el asombro y la reprobación. Se llevó la mano a la frente como pidiendo paz. Como si se quisiera quitar de encima una sensación que no podría superar el resto de su vida. Se había acercado más de la cuenta al precipicio y ahora estaba arrepentida. Cómo gocé ese instante. No hay para mí mayor placer que hacer sentir mal a una mujer. Tal vez porque las ponía a prueba y nunca salían bien libradas. Me imaginé matando a un anciano y casi le revelo la mentira. No es que yo amara precisamente a los viejos decrépitos, pero en la vida le haría daño a ninguno. Mi padre no había muerto anciano pero mi abuelo sí. Y a través de él aprendí a guardarles tolerancia. Y ahora debía mantener la mentira de principio a fin. Que encima ya empezaba a cansarme. En cualquier momento me quitaba la máscara y le decía a esta mujer cuyo nombre a estas alturas ya había olvidado que todo era un juego y que no había hecho más que divertirme a su costa. De todas maneras se lo iba a decir, tarde o temprano, nomás por ver su cara de bruja con otra expresión.
—Sí, las cosas se pusieron violentas.
Sentí que una suerte de voluptuosidad crecía dentro de mí. Una sensación que bien conocía pues la había vivido desde niño. Cuando estaba a punto de cometer una maldad que habría de perjudicar a un tercero la sentía crecer dentro de mí, como un volcán a punto de estallar. Y este placer ¿mórbido?, ¿enfermizo?, no sé cómo llamarlo, se incrementó hasta alturas insospechadas durante mi adolescencia. Pondré un ejemplo a modo de explicación. Mis padres, siempre adinerados, no tenían empacho en contratar sirvientas de buen ver “para no pasar vergüenzas con las visitas”, situación de la que saqué provecho como un buen delantero de un penal puesto en charola de plata. Sirvienta que entraba, sirvienta que me la cogía. Yo andaría por los dieciséis o diecisiete años, pero la gracia (el chiste, dirían algunos despiadados) estaba en que siempre buscaba el modo de que mis padres descubrieran aquel palo, y la corrieran a las de ya. Desde entonces, descubrí que no podía vivir sin un acicate semejante, que me permitiera reírme de mis prójimos cristianos.
—¿En qué piensas? Te quedaste callado...
—Perdóname, estaba reflexionando en que los taxistas nos las vemos bien duras para ganarnos la vida. No nos queda de otra. Imagínate con cuántos problemas tiene que lidiar un trabajador del volante. Primero que nada, con los otros conductores, lo mismo particulares que del transporte público, después con el pasaje, porque así como hay gente decente, hay gandallas y cabrones, y por último con uno mismo, porque hay un momento en que ni a ti mismo te soportas. Comes donde te da hambre, siempre puras porquerías, descansas donde puedes, orinas en un envase de coca cola, y nadie te toma en serio, me refiero a una conversación, es como si hablaras con el excusado que se traga la mierda. Así es un día de trabajo normal para nosotros. Aunque a veces me distraigo leyendo cómics.
—No me senté aquí para hablar de esas estupideces.
—¿Estupideces? Pásate dieciocho horas al volante de un taxi y vas a ver a lo que me refiero. Tú escucha y ya, tarada.
Deslicé la mano por debajo de la mesa y le toqué la pierna. Pinche vieja, con un poquito de calor nos sentiríamos mejor. Los dos.
—Quita de ahí tu manota. Me reí. —Lo siento, si estás en mi mesa yo decido. Vieja que se sienta en mi mesa, vieja que le meto la mano. —Pues te vas a chingar a tu madre, porque a mí no. Y no sólo eso, te voy a denunciar, ¡asesino! —Chale, para que me denuncies con lujo de detalles, déjame acabarte de contar. Estoy seguro que tú hubieras hecho lo mismo.
Se quedó callada un minuto. Y yo sabía exactamente lo que significaba que una mujer te escuchara sin pestañear un minuto, cosa que se producía una vez en siglos. Tan lo sabía que en un pasado no muy lejano aproveché ese minuto para declarármele a mi esposa (ojalá nunca se hubiera quedado callada).
—Te dije que se me ocurrió en el camino y es cierto. Pero no fui yo el que lo mató, fue el tráfico, el calor, el esmog, los agentes de tránsito que te muerden por cualquier cosa. Íbamos tranquilos, disfrutando del viaje. Aunque cauteloso, el viejo no paraba de contarme lo bien que le iba con su familia, que sus nietos lo adoraban, que sus hijos, salvo uno que se había muerto de leucemia muy joven, lo veneraban. Que tenía dinero suficiente para vivir el resto de sus días sin preocupación alguna y sin pedirle cinco centavos a nadie. Y que encima aprovechaba todas las ofertas para los ancianos que les daba el gobierno.“¿Es usted un triunfador?”, le pregunté, aunque un poco avergonzado, ¡preguntarle eso a un esqueleto de ochenta años! Me dijo que sí. Y no resistí más. Doblé a mi derecha en el primer callejón que vi, me detuve bruscamente, chequé que no pasara un alma por ahí, y comencé a ahorcarlo. Apreté más y más. El viejo me miraba desconcertado o, mejor que eso, aterrorizado, y yo seguía. La vida se le iba en mis manos. Pensé en todos los viejos que conozco, pensé en esa línea delgadísima que separa la vida de la muerte (te lo digo porque mi madre murió de un infarto). Y seguí apretando. Pero sobre todo, ya te lo dije, y tómalo como quieras, que me da igual, estaba yo ahorcando a la mierda social. Así lo veo ahora. Me deshice del viejo en el Canal Nacional, las aguas negras que están atrás de la UAM Xochimilco. Ya saldrá mi crimen en la prensa. Ni siquiera lo robé. Simplemente arrojé su cadáver. No sabes el gusto que me dio cuando se fue hundiendo, poco a poquito como un costal de piedras. Me fui de ahí y seguí mi ruta como si nada.
No dijo ni pío. Se me quedó viendo como si estuviera viendo un león comerse una mascota.
—¿Te vas a la cama conmigo o me denuncias?
—Me voy a coger contigo, ni me lo preguntes —dijo, mientras sorbía el último trago de su desarmador.
Pedí la cuenta, la pagué y nos fuimos al hotel más cercano. Es el palo más aburrido que me he echado en la vida, aunque a ella le pareció el más sensacional.
No la he vuelto a ver. Y la inspiración nunca vino. Ojalá algún día pueda escribir el cuento del crimen del taxista.
Luz roja
Se puso el alto a unos metros; aún hubiera tenido tiempo de pasar pero prefirió detenerse. No le gustaba correr riesgos con su nuevo auto. En primer lugar porque era muy raro que estrenara, había tenido que esperarse cinco años para estrenar éste, y en segundo porque no quería someter aquel motor a ningún movimiento brusco como acelerar o frenar más estrepitosamente de lo normal.
Así que cuando el coche se hubo detenido por completo con esa suavidad que tanto le gustaba, que le daba la impresión de andar sobre avenidas de algodón, cambió el track del compacto que venía escuchando: Enya, que de alguna manera lo hacía sentirse cómodo y relajado. Era de lo que más apreciaba en su vehículo, esa suerte de confort que bien contribuía a hacerlo sentirse superior. Que pasaran incomodidades los que no podían pagar un carro como el suyo. Que tampoco era de los más caros, no había que exagerar; pero de que era un automóvil de lujo, lo era. No había más que mirar su elegante línea, el color señorial, los interiores de piel.
Pues apenas se hubo detenido descubrió dos cosas. La primera, que no habían limpiado perfectamente bien el asiento del copiloto. Se alcanzaba a distinguir una casi imperceptible mancha de grasa. Que sería de lo más fácil eliminar, era obvio, pero por qué diablos tenía que hacerlo él, ¿acaso no había llevado su carro a lavar con el propósito de que lo dejaran inmaculado?, ¿acaso no se levantaba más temprano para ser el primero? En fin, ¿acaso no gozaba cuando veía su automóvil perderse bajo aquella maquinaria lavadora de autos formidable, que bien le evocaba un gusano de la modernidad? Ah, la próxima vez, el otro domingo regresaría con la espada desenvainada. Les diría que tuvieran más cuidado o que dejaría de llevar su carro.
Y la segunda cosa que descubrió fue un anciano que se había detenido a un lado suyo. Un limosnero como tantos otros. Pero insolente, porque no le había bastado con detenerse a un lado y permanecer ahí, inmóvil, con la mano tendida, sino que además le tocaba repetidamente en el cristal. ¿Qué hacer? Su primera reacción, que la llevó a cabo, fue decirle con el dedo que no, que no tenía dinero. Pero si él llevaba cambio precisamente para darle a los limosneros, indigentes y demás personas que por una u otra razón se acercaban humildemente con la mano extendida. No tenía más que bajar el cristal, tomar unas cuantas monedas y dárselas. Pero precisamente ahí radicaba esta vez el problema. Porque en virtud de que el auto estaba recién lavado, si bajaba el cristal, que estaba perfectamente seco, cuando lo subiera saldría humedecido y en consecuencia se ensuciaría más rápido. Por eso era su costumbre no bajar los cristales hasta que calculaba que los empaques se habían secado por completo.
Pero algo tenían los ojos de aquel viejo. Un brillo lastimero, desesperanzado, agonizante.
Exactamente como el brillo que había descubierto en los ojos de su padre aquella mañana en el hospital. Dos meses antes le había sobrevenido un ataque de apoplejía, de los más severos. A él, que era lo que bien podría considerarse un hombre entero. Setenta y un años de salud envidiable. El señor andaba de aquí para allá, aún trabajaba y aún se reunía con sus amigos a beberse un par de copas los fines de semana. Cargaba a sus nietos hasta ponérselos en los hombros y mantenía su carácter recio y alegre al mismo tiempo. Originario de Sonora, le gustaba hablar de su terruño cuando por fin le prestaban oídos.
Pero de pronto aquel monolito se había derrumbado.
Para todos fue terrible. Había vida en sus ojos, pero la apoplejía lo tenía en el umbral de la muerte. La vida se le iba paso a paso y no sólo porque no comía, lo que los médicos resolvían vía intravenosa, sino porque habían desaparecido los síntomas de quien quiere vivir: volvía la cabeza cuando se le aproximaba un plato de fruta, cerraba los ojos cuando alguien entraba a la habitación. Precisamente aquella mañana, su hijo se le había acercado hasta un par de centímetros de su oído y le había dicho: “Papá, en nombre de tus hijos te quiero decir que no tienes ninguna deuda con nosotros ni con nadie. No te resistas más. Si quieres irte, vete. En el nombre de Dios. Sabemos que estás sufriendo, y ya no queremos que sufras. Apriétame la mano si me has escuchado”. Pero no sólo le apretó la mano. También abrió los ojos, y fue cuando vio aquel brillo sin esperanza, de ultratumba. Aquella mirada colmada de incertidumbre y desconsuelo. Cerró los ojos y murió.
Cuando se volvió a mirar una vez más los ojos de aquel hombre, se había marchado. Lo vio por el espejo retrovisor. Se había puesto el alto para los automóviles que venían por la transversal y en cosa de segundos se pondría la luz verde para él. Pero ya iba demasiado lejos como para gritarle que regresara. Era domingo y había muy pocos automóviles, pero el de atrás le tocó el claxon. Empezaba a estorbar. Puso el drive y salió como flecha. ¿Cómo había sido capaz de ser tan miserable? ¿Qué importaba que el cristal se mojara? Chirrió los dientes como cuando era niño, cuando por algún motivo lo regañaban. Se amarró hasta chillar los neumáticos. Casi le pegan, pero el camión que venía atrás lo alcanzó a librar. Comenzó a pegarle de puñetazos al volante. Luego se bajó del auto y con todas sus fuerzas pateó la portezuela. Se volvió a subir y el llanto lo cegó. Se dio cuenta de que no le había llorado a su padre. De que el viejo se había muerto, como obedeciéndolo a él, como aceptando su oferta, y ni siquiera le había llorado. Hasta ese momento pareció que esa verdad se le revelaba en forma atroz. Él había orillado a su padre, lo había invitado a morir. No importaba que su intención hubiera sido otra. Cuando menos le había dado un empujón, como cuando alguien se asoma al filo de una azotea. Miró por el retrovisor hacia lo lejos, hacia la esquina que acababa de pasar en busca del anciano limosnero. Quizás lo vería y podría resarcirse. Hablarle de su dolor. El viejo lo escucharía. Tendría ochenta años, y a esa edad los ancianos escuchan todo. Pero no vio nada. Y más que eso. No le había dado ni una moneda y ahora quería que lo absolviera, como si fuera un sacerdote. Quizás por eso le urgía hablar con él, porque lo había lastimado y quería pedirle perdón.
No sabía a ciencia cierta por qué. No podía ser solamente por eso, se repitió. Puso las manos al volante y reinició la marcha.Vendría el próximo domingo, quizá se lo topara. Quizá se atrevería a decirle que él, Humberto Castillón Ríos, era un hijo de puta.
Odiaba estorbar
Para Carlos López
El hombre empinó el último sorbo de la anforita. Ahí no había más trago. Se sentó en la banqueta a descansar un rato antes de reemprender la caminata. ¿Hacia dónde? Qué importaba. Era lo de menos. Nadie lo esperaba en ninguna parte. Hacía mucho había tenido un hogar, una esposa y una hija que habrían dado la vida por él. Pero eso había volado como las volutas de cigarro que le gustaba admirar hasta la saciedad. Su vida misma se había disipado exactamente de la misma manera. Intentó refrescar en su memoria aquellos años mozos. Era bien parecido, o cuando menos todos se lo habían hecho ver así. Tenía éxito entre los hombres y entre las mujeres. No aspiraba a nada en el mundo más que a ver fortalecida su vanidad, y eso se le daba a raudales en la adulación que recibía constantemente. Pero algo se empezó a quebrar. Se había casado enamorado de Elena, una de sus conquistas, y pronto había sobrevenido una hija que lo hizo armar castillos en el aire. Pero algo funcionaba mal. ¿Su trabajo? No, o tal vez no. Era un empleado equis del sector salud. Sentía sobre sí el peso de la maquinaria estatal, que lo aplastaba paulatinamente y que apenas le daba tiempo de incorporarse y respirar. No era médico, pero su trabajo administrativo le permitía sentir en carne propia la acre marcha del tanque de guerra oficial.
Quiso ir más allá en ese esfuerzo mnemotécnico pero el sueño empezó a vencerlo. La noche era inclemente. Si sólo tuviera un trago más, cobraría ánimos, se pondría de pie y seguiría su destino.
“¡Quítate animal!”, le gritaron de pronto. Hasta ese momento se dio cuenta de que estaba sentado en la entrada de coche de una casa más grande de lo que nadie se hubiera podido imaginar. Se miró sus ropas, andrajos podridos y tumefactos, y consideró que en la vida podría entrar a una casa así como invitado de honor. Ni siquiera como criado, concluyó.
“¡Quítate animal, pendejo!”, volvió a escuchar. Pero ahora el auto se había trepado a la banqueta y le había echado las luces encima. Se encontraba a escaso medio metro de esa máquina que lo amedrentaba con acelerones continuos. Supo que la voz provenía de quien se hallaba sentado en el lugar del copiloto. Se percató una vez más de que, en efecto, estaba estorbando la entrada de un automóvil, y a él lo último que le gustaba era estorbar. Ésa había sido su filosofía a lo largo de sus cincuenta años. Cualquier cosa antes que estorbar. Cuando en la noche llegaba su hija adolescente a casa, él se hacía a un lado y corría a encerrarse a la recámara. Cuando su esposa trazaba el gasto del mes, él prefería salir a la calle y caminar antes que meter las manos en algo que ni le importaba. Porque estaba seguro de que su sola intervención habría sido consideraba una intrusión, un estorbo.
Recibió la patada en un costado. Uno de aquellos dos individuos —¿serían únicamente dos, no vendrían más en la parte de atrás?— se había bajado y le había dado una patada con todas sus fuerzas. Y a la patada sobrevino una carcajada. “¡Muévete, pendejo, hijo de tu puta madre, antes que te mate!”, lo sacudió la amenaza.
Pero una patada no era gran cosa. Tenía años en estado de ebriedad y lo habían atropellado tantas veces que ya ni se acordaba. Claro que los atropellamientos no pasaban de ser golpes reblandecidos. Apenas lo rozaban los autos. Tan levemente, que enseguida se incorporaba y proseguía su camino, no sin antes brindar por su buena suerte. Así que, bien visto, esa patada no era otra cosa que un automóvil rozándole la espalda. Bien podría aguantar otras embestidas. Oyó abrirse la otra puerta y la voz del conductor que exigía darle la siguiente patada. “No me quites ese gusto, cabrón”, alcanzó a escuchar. Y le llegó el tufo a alcohol. No había diferencia entre el aliento de un teporocho y el de un hombrecito refinado y cursi, se dijo. La pestilencia era la misma. Aunque con un poco de esfuerzo podría distinguir si predominaba el ron, el whisky o el brandy en el aliento que salía de aquellas bocas. Tantos años le habían prodigado cierta sabiduría olfativa. Agradeció a Dios, que lo había dotado de un sentido tan fino.
Sintió la otra patada en el costado derecho. Este hombre tenía más fuerza que el otro. Entonces empezó la llovizna de golpes. Él se cubrió la cara con las manos y se dejó caer. Hecho un ovillo las patadas lo dañarían menos. Pensó en su esposa y en su hija. Estas patadas eran dulces caricias comparadas con aquéllas, se dijo. “Eres un inútil y pobre diablo”, “Contigo estamos sometidas a un infierno en vida”, “No sirves para nada ni como hombre ni como empleado ni como nada”, “Tú no me quieres, papá”. Se relamió los labios. Quizás lograría captar el simple aroma del whisky. Y con eso darse un levantón. Con eso se conformaba. Había dejado de sentir las patadas. El dolor se había dormido. Si le ofrecieran un trago se iría de ahí cuanto antes. Porque él odiaba estorbar. Nadie tenía derecho a estorbar. Le dio la razón a sus golpeadores.
Crónica de un día sin retorno
7:00 hrs.
Es la hora álgida en una noche de trago, cuando se ha estado bebiendo por horas incontables. Entonces se mira el reloj y son las 7 de la mañana. Aquella carátula en la muñeca indica más que una hora, fácilmente legible en manecillas y difícilmente en lectura digital.
Hasta hace un par de horas, las cosas marchaban a velocidad regulable. Bastaba con meter el freno de mano para que aquel cuerpo devastado encontrara la paz. Porque la euforia o la melancolía —ambas perfectamente identificables— no son condición del hundimiento de un barco. Más bien contribuyen a darle solidez a la estructura. Se está eufórico, se está melancólico, y significa que la nave sobrevive, que hay ciertos vientos favorables que la impulsan.
Qué paradójico: conforme la luz se avista en el horizonte, la sombra interior apabulla. De 6 a 7 se tiene la idea de que amanecerá, pero de 7 a 8 es un acontecimiento ineludible o, mejor, trágico. Por más que se ruegue a los dioses, aquel sol devendrá haciendo trizas las más optimistas ilusiones, si es que un hombre que bebe de 7 a 8 de la mañana tiene ilusiones.
7:10 hrs
Por regla general, un buen tomador no contempla seguir bebiendo entre las 7 y las 8 de la mañana. Columbra la jornada como un camino que habrá de recorrer sin mayores sorpresas. Esto es, a las 7 y 10 de la mañana se mira durmiendo al lado de su linda esposa. Pero sucede que de pronto las cosas no salen como estaban planeadas. Porque absolutamente todo puede salirse de control. Máxime si se piensa en un bebedor convencional, previsible. Justo ese hombre enemigo de las sorpresas. Y es precisamente cuando se trata de un hombre así, que el alcohol es capaz de hacerlo suyo tal como un maestro titiritero manipula sus personajes. Porque lo único que está haciendo el alcohol es darle a ese hombre el poder que necesita y que tiene dentro, pero que está impuesto a someter.
7:19 hrs
De lo que se está hablando es de un hombre que defiende su derecho a beber en los límites establecidos por él mismo, que conoce los alcances de su palabra y que es enemigo de alardear como punta de lanza para que se le abran las puertas. Son los bebedores que no están acostumbrados a causar problemas, es más, que odian tener problemas. Los mesurados. Y al revés, cualquiera se preguntaría: ¿qué chiste tiene para un bebedor desastroso que la luz lo sorprenda con un vaso en la mano, en un bar de mala muerte o en una casa desconocida, a las 7 horas y 19 minutos de la mañana? Ahí no habría el menor mérito. Conoce la rutina. Sabe los guiños, domina los trucos para hacer de esa briaga una jornada más. No sólo él administra a su antojo los trucos; también su esposa; tan así que no lo extrañará a la hora de conciliar el sueño, y menos se asombrará cuando lo vea entrar por la puerta con las pupilas encendidas, el aliento a ron añejo, desfajado y sin corbata. Para un beodo de calibre .45 aquella noche no le dice nada en especial, salvo que está en el camino correcto. En la bolsa interior del saco trae el anuncio de una chamba “que seguramente me darán”, y con un par de huevos a la mexicana y una cerveza helada todo regresa(rá) a la normalidad. Se dice.
7:28 hrs
El otro bebedor es el que de veras interesa. Ese hombre cauto, a quien le atrae el placer de beber, no los excesos; ese individuo rígido, que suele cumplir las promesas hechas a su mujer de llegar a buena hora, para no sembrar un mal ejemplo, apunta, en los hijos, para no ser amargo caldo de cultivo de sus vecinos; ese tipo que no está dispuesto a tener un altercado por un par de copas más. Pero he aquí que no se trata de un simple altercado. La falta de destreza nocturna será la peor consejera. ¿Cómo impedir que le tomen el pelo, que se haga escarnio de su persona, de él, que es tan recto?
7:40 hrs
La luz de las siete cuarenta de la mañana que se filtra por las ventanas superiores, le agrieta el pensamiento. A su lado un hombre le ruega que le invite la caminera. Él quiere decir que no, pero de su boca sólo escurre un “encantado”. Cada tenue rayo de sol que acaricia su cara lo hunde más en la depresión. Jamás había visto el sol desde esta perspectiva. No es un sol cómplice sino un sol enemigo. Distingue las facciones de una mujer que no está más ahí. Pero estuvo a su lado, está seguro. Esa mujer tenía nombre. Y una voz peculiar, no cualquier voz —cree acordarse que arrastraba las eses—, que acaso podría distinguir aunque no sabe exactamente cómo. Él la invitó. El sol de las 7 cuarenta, que a estas alturas se ha convertido en su peor enemigo, le trae una angustia más que le provoca un estremecimiento cercano al pánico: ¿la mujer le habrá dejado impregnado su perfume?, ¿olerá a mujer?, y la camisa, ¿la habrá dejado embarrada?, ¿por qué le haría eso si se enamoró de ella, si le declaró abiertamente su amor?
7:51 hrs
Aún con dinero en la cartera, sale a la calle. Qué suerte que traía un billete doblado en uno de los compartimentos, de lo contrario el mundo se le habría venido encima como el techo de una casa. O como este sol que ahora ya ilumina cada rincón, cada recodo de la calle. La gente se agolpa para entrar a los andenes del metrobús. Los autos respetan el paso de peatones, aunque algunos cofres semejan fauces dispuestas a engullir a los transeúntes. Las madres arrastran a sus hijos con la mochila a la espalda. Los voceadores gritan a todo pulmón el nombre del periódico. Alguien por ahí se tropieza. Otro insiste en ganarle el taxi a un anciano. Él permanece atónito. En su boca sobrevive un sabor agridulce. El ron sube como por oleadas de su estómago a la lengua. La nuca le suda a chorros. También las axilas. La camisa está empapada. Se imagina la frente: perlada como un pétalo de rocío matinal. Claro, en su pasmo se considera un hombre matinal.
7:59 hrs
Toma un taxi. Saluda con palabras exageradamente corteses al conductor y le ordena que lo lleve a su casa. ¿Dónde?, pregunta aquél. “A la Escandón. A la esquina de Martí y Astrónomos. Si pasa delante de una vinatería me espera tantito”, dice. Quiere conversar, pero ningún tema sobreviene. ¿El tráfico?, ¿el calor?, ¿los asaltos? Menos con esa dicción suya. Las palabras brotan entrecortadas, pastosas, como dichas por un tartamudo. Mejor cerrar la boca. Mejor quedarse dormido.
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