Kitabı oku: «El árbol de diablo»

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EL ÁRBOL DEL DIABLO

JERZY KOSINSKI

EL ÁRBOL DEL DIABLO


BARCELONA MÉXICO BUENOS AIRES NUEVA YORK

© Malpaso Holdings, S. L., 2021

C/ Diputació, 327, principal 1.ª

08009 Barcelona

www.malpasoycia.com

Título original: The Devil Tree, Revised and Expanded Edition, 1981

© Jerzy Kosinski

© de la traducción: Victoria Mir

ISBN: 978-84-18546-28-0

Diseño de interiores: Sergi Gòdia

Maquetación: Joan Edo

Imagen de cubierta: Envato Elements

Bajo las sanciones establecidas por las leyes, quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización por escrito de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento mecánico o electrónico, actual o futuro (incluyendo las fotocopias y la difusión a través de Internet), y la distribución de ejemplares de esta edición mediante alquiler o préstamo, salvo en las excepciones que determine la ley.

Para Katherina

y a la memoria de mi madre

NOTA DEL AUTOR

Cuando escribí esta novela, me sentía cohibido por la proximidad del argumento y los acontecimientos que me tocaron vivir. Eso podría justificar el tono críptico de la primera versión de la novela.

Ahora, muchos años más tarde, en esta versión revisada y ampliada, me he sentido libre de incluir los vínculos adicionales que unían a Jonathan James Whalen con aquellos a quienes amó.

JERZY KOSINSKI

Más allá de la agonía y de la angustia está el ingrediente más importante de la autorreflexión: lo precioso de mi propia existencia. Para mi corazón mi existencia es única, sin precedentes, invaluable, extraordinariamente preciosa, y me resisto a la idea de tirar por la ventana su sentido.

ABRAHAM JOSHUA HESCHEL

¿Qué es el hombre?

Los nativos llaman al baobab «el árbol del diablo» porque afirman que el diablo se enredó una vez entre las ramas y castigó al árbol poniéndolo del revés. Para los nativos, las raíces son ahora las ramas, y las ramas son las raíces. Para asegurarse de que no habría más baobabs, el diablo destruyó todos los baobabs jóvenes. Y por eso, dicen los nativos, solo quedan baobabs ya crecidos.

JERZY KOSINSKI

El árbol del diablo

Jonathan Whalen se apoyó en la barandilla de acero que se encontraba al final de la calle y contempló los reflejos del sol sobre las aguas titilantes del río. Los rascacielos más nuevos no parecían haber alterado la silueta del Nueva York que él recordaba. A lo lejos, al otro lado del río, los jets despegaban de La Guardia dejando atrás finos regueros de humo. En la orilla cercana, un helicóptero se elevó en el cielo, revoloteó sobre el agua y luego dio vuelta para alejarse proyectando su sombra sobre el río. Otro helicóptero descendió, tocó tierra y tremoló unos momentos antes de detenerse.

Whalen se ecaminó hacia el helipuerto, donde había un helicóptero recién pintado sobre una plataforma. Un gran letrero anunciaba: EXECUTIVE HELIWAYS INC. CONTEMPLE MANHATTAN DESDE EL AIRE. EXCURSIONES A PRECIOS MÓDICOS. Whalen se dirigió al despacho de billetes y el empleado lo miró de arriba abajo.

–Quiero ver Manhattan –dijo Whalen.

–¿Por qué no toma el metro? –dijo el empleado fijando su vista en la vieja camisa de Whalen, sus pantalones raídos y sus botas gastadas.

–No se puede ver Manhattan desde el metro.

–¿Qué tal en autobús?

–Demasiado lento. ¿Qué me dice de la visita en helicóptero?

El empleado se inclinó sobre el mostrador:

–Mire, esto es Executive Heliways, no un medio de transporte gratuito. Comprenda.

–Lo comprendo –dijo Whalen. Mostró algunos billetes recién impresos, el importe exacto que la lista de precios fijada en la pared pedía por un vuelo de media hora.

–¿Está bien así?

Revolviéndose incómodo, el empleado fijó la vista en el dinero.

–Preguntaré al piloto –masculló, y desapareció en la habitación de atrás. Al cabo de un momento volvió acompañado de un hombre con uniforme gris.

–Ese es el tipo que quiere dar una vuelta –dijo el empleado.

El piloto echó una ojeada a Whalen:

–Mira, hijo...

–Yo no soy su hijo –dijo Whalen, y acercó el dinero al empleado.

El piloto vaciló:

–Voy a tener que hacerte una especie de cacheo antes de despegar.

–¿Cachea a todos los que vuelan con usted?

–Bueno... eso queda a mi discreción.

–Entonces, utilícela –dijo Whalen.

–Si levantas los brazos es más fácil –dijo el piloto acercándose lentamente a él, y al obedecer Whalen, el hombre le palpó la camisa y los pantalones–. Quítate las botas –indicó. Whalen obedeció otra vez, y después de la inspección volvió a ponérselas. Tranquilizado, el piloto cortó–: abordemos.

Y los dos hombres se dirigieron hacia la plataforma.

Dentro del helicóptero, el piloto se volvió hacia Whalen:

–Volaremos sobre toda la ciudad... sobre el Harlem negro; el Gramercy Park blanco y el Chinatown amarillo; sobre el Bowery pobre y la Park Avenue rica; sobre el East Side, el West Side, el Midtown y el Downtown.

Tiró del acelerador. El aparato tosió, vibró y se arqueó al despegar.

–El helicóptero me hace sentir libre –dijo Whalen mientras echaba una mirada a los turistas que los contemplaban con los prismáticos desde la azotea del Empire State Building–. Igual, cada vez que vuelo en uno me siento como si fuera un muñeco que alguien dirige desde tierra por control remoto.

Pasaron sobre las casitas de Greenwich Village.

–Ahora te mostraré dónde están los millones –dijo el piloto, mientras dirigía el helicóptero hacia el Stock Exchange.

–¿Podría aminorar un momento la marcha sobre aquel edificio? –pidió Whalen. Señaló un arcaico rascacielos de Wall Street–. El despacho de mi padre se encontraba allí, en el último piso. Cuando era niño y lo visitaba, solía quedarme allí mirando los edificios de abajo. Pero ahora me resulta raro estar encima y mirarlo desde las alturas.

El piloto lanzó a Whalen una mirada irónica, pero no dijo nada e hizo dar al helicóptero una vuelta alrededor del edificio. Luego, volando sobre el Battery Park, lo llevó hasta la Estatua de la Libertad. Desde allí, siguiendo la estela de un petrolero, regresó a Manhattan.

–Ok, hijo –anunció–, ahora volvemos a casa.

En el helipuerto había un coche de la policía junto al punto de aterrizaje, y en cuanto Whalen saltó del aparato se le acercó un policía. Junto a él estaba el empleado de Heliways.

–¡Las manos arriba! –ordenó el policía.

El policía lo cacheó, encontró la cartera de Whalen y contó el dinero que contenía.

–Mira eso –rezongó–. Ese tipo lleva encima dos de los grandes. –Se volvió a Whalen–: ¿de dónde ha salido ese dinero?

–De un banco –contestó Whalen–. Uno que acabamos de sobrevolar.

El policía lo miró fijamente:

–¿De qué estás hablando?

–Este dinero lo saqué de mi banco –contestó Whalen. –¿Para qué?

–Para matar...

El policía se puso rígido:

–¿Matar qué?

–El tiempo –dijo Whalen.

Al policía no le hizo gracia:

–¿Dónde vives? –preguntó.

–En ninguna parte, aún. Acabo de llegar.

–¿De dónde?

–Del extranjero.

–¿Tienes algún documento?

–Solo dinero. ¿No es suficiente? No hay ninguna ley que diga que deba llevar encima documentos de identificación.

–Sígueme hablando de la ley y esta noche duermes en la cárcel. ¿Dónde está tu familia?

–Muerta.

El policía movió la cabeza con incredulidad:

–Te doy una oportunidad más –amenazó–. ¿De dónde has sacado el dinero?

Whalen se encogió de hombros:

–De mi banco, el National Middland, sucursal de Wall Street –esperó–. Si no me cree, llame al presidente, el señor George Burleigh. Dígale que estoy de vuelta en la ciudad y él le dirá de dónde viene mi dinero. Me llamo Jonathan James Whalen.

El agente fue a la oficina a hacer la llamada. Cuando regresó, entregó a Whalen la cartera.

–Siento lo ocurrido, señor Whalen –rio incómodo–. Mire, hay muchos... –tartamudeó–. Muchos tipos sospechosos por aquí. –Hizo una pausa–. ¿Lo puedo llevar a alguna parte?

–De momento no tengo a dónde ir –dijo Whalen, y se volvió y caminó hacia la oficina del helipuerto, donde el piloto, apoltronado sobre una silla de metal, se tomaba un café.

–¿Cuántos helicópteros cree usted que estarían volando sobre Nueva York al mismo tiempo que nosotros? –le preguntó Whalen.

–Unos cinco –contestó el piloto.

–¿Y cuánta gente llevarían?

–Quizá unas quince personas.

–Quince personas mirando desde arriba a doce millones –dijo Whalen–. Vaya porcentaje.

El piloto se inclinó hacia adelante.

–Perdona la pregunta, pero ¿cómo te ganas la vida? Tiene que haber algún secreto...

–Lo hay –contestó Whalen–. El secreto es simple: dinero. El banco que sobrevolamos me lo guarda en fideicomiso hasta que llegue a cierta edad.

–No bromees –dijo el piloto–. ¿Y cuándo será eso?

–Mañana –contestó Whalen.

* * *

Estaba anocheciendo. Whalen caminaba por las bulliciosas calles del East Side y adondequiera que mirara veía hombres y mujeres jóvenes sentados o de pie en las terrazas de los cafés y bares; apoyados contra sus motos, scooters o coches; hablando, riendo, abrazándose. Todos parecían sentirse a gusto consigo mismos y con los demás. Al final tendría que abrirse paso entre ellos, conocería a algunos, los juzgaría y sería juzgado por ellos, buscaría su amistad y ellos, a su vez, buscarían la suya.

Debía tomar una decisión. ¿Se mezclaría entre aquella gente como si fuera su igual, y así acabaría sintiéndose ligeramente avergonzado de sí mismo por todo lo que lo separaba de ellos? ¿O iba a entrometerse en sus filas como alguien cuya posición era de diferente latitud y longitud a la de ellos, como alguien que es en sí mismo un acontecimiento?

Una chica caminó hacia él, cimbreando unas faldas que revelaban la forma de sus largas y bronceadas piernas. Excitado, al mirarla desde lejos se dio cuenta de que su deseo había abierto entre ellos una distancia inabarcable para un simple arranque de voluntad. Si ella le hubiera prestado atención, le habría sonreído, él se habría atrevido a seguirla, incluso la habría invitado a salir. Pero ella no le devolvió la mirada. Así y todo, pensó, quizá debería seguirla. Pero no lo hizo.

Entró en un restaurante. Los espejos que reflejaban la luz de la araña de cristal lanzaban prismas centelleantes hasta el más oscuro rincón de aquel salón repleto de gente. Solo, pensó en Karen.

* * *

He comprado la grabadora más pequeña que encontré. Parece una caja de fósforos y puede grabar cualquier cosa, desde una nota de un minuto hasta una conversación de cuatro horas. Funciona con baterías recargables, se pone en marcha con la voz o con la mano, y viene equipada con un micrófono invisible que se adapta automáticamente a la distancia de las voces, incluso en una gran sala de conferencias. La guardo en el bolsillo.

Quizá algún día incluso me asegure de dejarla por accidente en el piso de Karen, para luego recogerla al día siguiente.

Un amigo mío, estadounidense, compartió una vez su piso con una amiguita argentina durante cuatro meses sin decirle que hablaba perfectamente el español. Mediante una grabadora miniatura que llevaba en el bolsillo cuando estaban juntos –o escondía en el piso cuando se marchaba–, grababa las conversaciones de ella, ya fueran por teléfono o cara a cara con sus amigos hispanoparlantes, algunos de los cuales no hablaban una palabra de inglés. En aquellas conversaciones, su amiga hablaba a menudo de cuánto lo amaba y de qué hombre tan extraordinariamente bueno y considerado era. Pero de vez en cuando, hablando por teléfono con una amiga íntima de Buenos Aires, describía abiertamente su modo de hacer el amor y su comportamiento en la cama, y hacía comentarios sobre las preocupaciones, fantasías y fetichismos de él, algunos de los cuales ella encontraba peculiares y no de su gusto. Después de escuchar muchas cintas grabadas en su ausencia, llegó a convencerse de que ella estaba enamorada de él y de que no había otro hombre en su vida. No obstante, incapaz de borrar de la memoria algunas de sus observaciones más mordaces, empezó a sentirse incómodo al hacer el amor y al final no solo se sentía incapaz de ejercer cualquier acto espontáneo, sino que acabó impotente. Una noche, mientras la acariciaba para terminar de una vez con su infelicidad, le murmuró al oído en perfecto español que se sentía muy culpable por haberla engañado, y luego confesó lo de la grabadora. Horrorizada, la chica se echó a llorar y al día siguiente le dijo que se sentía traicionada. Dijo que nunca podría olvidar que la había estado espiando durante meses… él, el único hombre al que había amado, en quien había confiado en su vida. Poco después de aquello, negándose a tener nada más que ver con él, ella se marchó a Buenos Aires.

* * *

–Mira, tío, solo trato de ser amable, eso es todo. Hace solo un momento yo estaba detrás de ti en la cola del banco, ¿no es cierto? Y te he visto escribir «cinco mil dólares» (no en un talón normal o en un formulario del banco, sino en un trocito de papel cuadrado), en papel corriente, sin nada impreso, ¿no es cierto? Luego tú firmaste solo «J. J. Whalen» (¿no era ese el nombre? ¿Whalen?) y se lo diste al cajero, y él te aceptó ese papel de mierda como si fuera oro puro. Y después, vuelve todo sonrisas y, sin más, ¡te entrega cinco mil en billetes nuevecitos! Pues mira, tío, te diré una cosa, soy un asiduo a los bancos, pero nunca vi un numerito como ese: ¡apuesto a que en este banco te has compinchado con algún hijo de puta que te hace de cómplice! ¡Cinco mil verdes por un papel de mierda con «J. J. Whalen» escrito en él! Pero ¿quién carajo eres? ¿Un peso pesado de las apuestas ilegales?

»Pero óyeme bien, eh, Whalen, deja que cuente la verdad sobre esos cajeros hijos de puta, para que así no intenten pegártela algún día de estos. ¿Sabes en qué andan metidos esos malparidos, cierto? Algunos de ellos (como esa perra negra y gorda que acaba de registrarte las medidas) anotan el nombre de todas las ancianitas viudas, maricones solitarios o ricos hijos de puta que aparecen con una cuenta jugosa. Y después venden el nombre de esos desgraciados a ciertos tipos que desean saber dónde viven esos numeritos abultados. ¡Algunos de esos tipos pagan hasta doscientos billetes por un nombre y dirección de los buenos!

»Y créeme, Whalen, esos tipos saben muy bien el modo de rentabilizar la información. Y un día, vestidos de punta en blanco como si fueran agentes de seguros, van a hacer una visita a una viejecita enferma, y le tiran de las orejas hasta que ella les entrega todo el dinero que guarda escondido en la casa, todas sus cruces de oro y anillos de diamantes. Y no hay manera de que ni ella ni nadie se enteren de por qué aquellos tipos la eligieron precisamente a ella.

»Y ¿conoces a esos dandis que se dedican al lucrativo negocio de «salvar almas»? ¿ Sabes que, si te quieres quitar de encima para siempre a esa muñeca tuya que se ha vuelto demasiado viscosa para tus dedos largos y calientes, todo lo que has de hacer es llamar a cierto número y ellos te ahorrarán un gran lío? Llamas a ese número y le dices al dandi que contesta que tienes que salvar un alma, y él te dirá dónde y cuándo debes entregar el paquete. Después le dices a tu chica que tú y ella vais a buscar un sitio nuevo para vivir los dos. En cuanto os asomáis a aquel lugar y cerráis la puerta, aparecen cuatro dandis hijos de perra... y son unos tíos fuertes, fuertes de verdad. Te echan a un lado como si estuvieran realmente locos, y comienzan a jugar con tu fulana, besándola, pellizcándole las tetas, desabrochándose la bragueta, y así hasta que tú empiezas a pelear con ellos, solo para mostrar a tu muñeca que por ella estás dispuesto a todo. Los dandis te levantan en vilo y te sacan de allí, pero antes de separarte de ellos te meten cien billetes de Dios en el bolsillo, por haberles entregado aquella alma.

»Cuando te largas, los dandis van a ser bastante más duros con tu muñeca, especialmente si se hace la estrecha en cuanto a abrirse de piernas para tíos que no han sido debidamente presentados, o si no le entusiasma la idea de chupar pollas gordas con quienes no fue a la escuela parroquial. Créeme, Whalen, la van a amansar como alma en el infierno, por delante y por detrás, por arriba y por abajo, hasta que aprenda lo que vale el verdadero amor en esta virtuosa ciudad. Después de eso, un dandi simpático y fortachón la irá a buscar a bordo de su Cadillac. Si el coñito se porta bien, hace la calle como su nuevo papaíto le indica y le trae toda la tela que se puede obtener en el negocio del amor verdadero, él la cuidará bien. ¿Captas el asunto?

»Escucha, Whalen, lo que trato de decirte, tío, es que… con el hijo de puta que te hace de contacto en este banco y mi contacto con esos dandis… tú y yo podemos llegar lejos.

»Y ahora, un momento. ¿Qué es ese chisme con el que no paras de jugar en el bolsillo? ¿Es una grabadora, tío? ¿Trabajas para los polis, Whalen? No suelto una palabra más… y las palabras no son ninguna prueba, desgraciado. Mira, tío, me largo ahora mismo.

* * *

Una reciente encuesta de alcance nacional afirma que una cuarta parte de los adultos de este país creen que la posición de las estrellas ejerce una influencia importante sobre sus vidas. Esa gente acostumbra leer y consultar diariamente las columnas astrológicas de los periódicos, y encuentran que es útil y tiene sentido la interpretación de su signo astrológico. Esto es lo que el ordenador astrobiorrítmico del Museo Americano de Historia Natural me despachó cuando le introduje un dólar y tecleé el momento preciso de mi nacimiento:

Su signo fijo es Saturno. Saturno indica sentimientos de separación y alienación. Ve usted humor donde otros no lo ven. El tener que abandonar el ambiente que le resulta familiar puede ser parte de su destino. Saturno lo hace además ser duro consigo mismo. Es usted impulsivo y le resulta difícil apegarse a las cosas. Debe adquirir mayor paciencia y estabilidad. Proteja sus recursos mentales, físicos y financieros. Tiene usted grandes dones: no los malgaste.

Dejemos en paz la versión informatizada de mi destino.

Y he aquí lo que yo sé: no acabo de decidir si conocerse a uno mismo es una fuente de energía o de impotencia. Mi verdadero yo es antisocial... un lunático encadenado en el sótano, gruñendo y golpeando el suelo mientras el resto de mi familia, los respetables, están sentados arriba sin hacer caso del tumulto. No sé qué hacer con mi lunático: destruirlo, mantenerlo encerrado en la bodega o ponerlo en libertad.

Desde que me fui de casa, he sido un vagabundo, un marginado, he vivido siempre en el presente. A menudo he lamentado no haber sido educado en la fe católica. He ansiado la confesión, solidificar mi rota autonomía interior al unirme con esa institución de autoridad moral con más dos mil años de antigüedad. Pero también me he dado cuenta de que no hay sacramento ni iglesia, por mística que sea, que pueda protegerme contra la gran amenaza a mi existencia vital: perder el sentido de mi propio ser. Por lo tanto, ahora, de vuelta a casa, debo enfrentarme a mi pasado. Karen me dijo que envidiaba el pasado de los otros: no dijo que envidiara el mío.

Si se lo enfoca de cerca, cualquier momento de mi vida –incluso este que acaba de pasar– magnifica todo lo que necesito saber sobre mí mismo, contiene todas mis posibilidades del presente y mis perspectivas de futuro. Mi pasado es el único firmamento que vale la pena conocer, y yo soy su única estrella. Es tan fascinante y misterioso como el cielo que está sobre nosotros, e igualmente imposible de descartar.

* * *

Durante épocas más juguetonas, solía esperar en los cruces de las afueras de Bangkok a que los habitantes condujeran sus carros del mercado a casa.

Los cocheros, que se pasaban el día entero fumando opio, confiaban en que los asnos sabrían regresar a casa, de modo que cuando llegaban al lugar donde yo los esperaba, iban dormidos. Cuando uno de ellos se acercaba, yo saltaba de mi coche y, pacientemente, daba la vuelta al asno sin despertar al conductor. Luego me quedaba contemplando al asno alejarse, trotando con el carro. Un día di la vuelta a veinte carros. ¿Fui yo, para cada uno de aquellos hombres, el instrumento del destino, o fueron aquellos hombres instrumento del mío?

* * *

Algunos fumadores de opio confían solo en el opio puro, algunos lo mezclan con sedimento; otros, como yo, han disfrutado de ambos. El opio se diferencia de otras drogas o narcóticos en que uno no necesita ir aumentando la dosis –o la potencia de la sustancia– para disfrutarlo. Tanto con sedimento como sin él, el opio provocaba en mí una sensación de sabiduría y de equilibrio, una serenidad espiritual que no había conocido antes de fumarlo y que no he vuelto a experimentar desde que me desintoxicaron.

Aunque fumar opio produzca en uno la sensación de que las cosas suceden tranquilas y de manera predecible, la sustancia en sí es una cosa de locos; no hay quien pueda encenderlo cerca del mar y pierde fuerza en la nieve, gotea cuando hay humedad en el aire y su potencia cambia de un día a otro. También provoca otras situaciones extrañas. En el hombre, reduce el apetito sexual pero acelera los latidos de su corazón. En la mujer, frena la sangre pero incrementa el impulso sexual. El tiempo deja de ser tu carcelero, cada pipa te libera: habitas un lugar donde las cascadas se convierten en hielo, el hielo se convierte en piedra, la piedra se convierte en sonido, el sonido se convierte en color, el color se vuelve blanco, y el blanco se convierte en agua.

Quizá porque el opio es tan impredecible (una pipa de cada diez produce los efectos que uno desea) y porque la sustancia puede negarse otra vez a complacerte, uno nunca se siente un drogadicto cuando lo consume. Y cuando ya no fumas más, como es mi caso, no eres un exadicto; sencillamente has dejadao el opio.

Conocí a Barbara, una desertora de la Universidad de Princeton, en Rangoon. Yo la introduje en el opio y ella, a cambio, me presentó a varios estadounidenses y británicos expatriados, entre ellos una tal señora Llewellyn, que se había quedado sola en Rangoon después de que su marido, un funcionario británico, muriese allí mismo. Un día, la señora Llewellyn nos invitó a Barbara y a mí a almorzar en su casa que, protegida por altos árboles, se alzaba sobre una colina con vistas al golfo de Martaban.

Durante el almuerzo, Barbara se quejó a la señora Llewellyn del hotel en que vivíamos, y cuando la anciana sugirió que nos quedáramos en su casa mientras ella se iba unos días a visitar a un viejo amigo en otra ciudad, aceptamos muy contentos la invitación. Una vez a la semana vendrían el criado birmano y su ayudante a limpiar la casa, el jardín y la piscina. Por lo demás, estaríamos solos.

Ayudé a la señora Llewellyn a poner a punto su coche para el viaje y al día siguiente se fue. Desde su terraza, Barbara y yo contemplábamos los barcos del puerto y los yates que surcaban la bahía.

Aquella noche, en la cama, Barbara dijo:

–Sería estupendo ser los dueños de esta casa. Podríamos vivir aquí y fumar nuestras pipas sin que nadie nos molestara.

–Sería fácil deshacerme de la señora Llewellyn –dije yo.

–¿Qué quieres decir?

Me encogí de hombros:

–Yo qué sé. Es vieja y está sola. Sin familia ni apenas amigos. Y como de vez en cuando viaja, nadie se daría cuenta si no regresa.

Barbara se rio:

–No seas tonto. No estamos en una película de terror de Hollywood. Duérmete ya.

Más tarde intenté hacerle el amor, pero a pesar de que poco antes de acostarse se había fumado una pipa, no respondió.

El día que la señora Llewellyn debía volver, estuvimos esperándola hasta pasada la medianoche, pero como todavía no había llegado nos acostamos a eso de la una. Una hora más tarde nos despertó el ruido de un coche. Le dije a Barbara que se durmiera; que yo ayudaría a la anciana a sacar el equipaje.

Por la mañana, cuando me desperté, Barbara ya estaba en pie y vestida.

–¿Dónde está la señora Llewellyn? –preguntó.

–No lo sé. Aún no ha vuelto.

–Pero anoche la oímos regresar y tú dijiste que ibas a ayudarla. Y ahora no está en su habitación y el coche no está aquí.

–Te he dicho que no ha vuelto –insistí yo–. Oímos el coche de otra persona, eso es todo.

Ella se enfadó:

–Déjate de bromas. ¿Dónde está la señora Llewellyn?

–Supongo que está en alguna parte. Como todo el mundo. Si fuera tú –dije intencionadamente– no me preocuparía más por ella. Nadie se dará cuenta de que no ha vuelto. Ahora este lugar es nuestro.

Barbara salió de la casa hecha una furia, dando un portazo. Por la ventana del dormitorio la vi examinar el camino de entrada e inspeccionar el jardín vecino en busca de rastros de neumático.

Regresó visiblemente enfadada, y preguntó:

–¿Dónde está? ¿Qué le hiciste, Jonathan?

–Deja eso. Vayamos a nadar –dije yo, tranquilo.

Barbara me puso las manos sobre los hombros:

–¿Qué le has hecho? –preguntó.

–Por favor, olvídalo –dije, atrayéndola hacia mí y besándole el interior de la oreja.

Ella me empujó suavemente hacia la cama.

–¿Cómo...? ¿Fue... fue rápido? –susurró–. ¿Y si encuentran el cuerpo?

–Deja de hablar de ella. Esto no es una película de terror de Hollywood.

–Si hubiese sabido que hablabas en serio, nunca...

–Vayamos a nadar –dije yo.

Cuando salimos de la piscina, desnudos, y yo señalé la casita, Barbara me siguió adentro. Impaciente, tiró al suelo algunas toallas de baño y se tumbó sobre ellas con las piernas abiertas y los brazos levantados hacia mí. Yo me arrodillé, con las manos le acaricié los muslos y busqué su sexo. Presa de frenesí, toda ella temblaba; los temblores eran cada vez más rápidos, mientras me invitaba a tomarla, arqueándose sobre el suelo una y otra vez.

–No... no seas delicado –gimió–. Sé duro, por favor, Jonathan.

Por primera vez desde que hacíamos el amor, ella se abandonó, sin reprimir ya el deseo que el opio había avivado, tentando mi cuerpo, ansiosa por sentirme endurecido. Se revolvía debajo de mí, me tiraba de los pelos, me alcanzaba la ingle y me apresaba el sexo, me mordía el hombro. Tuvo un orgasmo tras otro, y no se calmó ni se quedó quieta hasta que yo alcancé el mío.

Como ya no esperábamos ser interrumpidos por el regreso de la señora Llewellyn, nos convertimos en unos cómodos ermitaños para quienes fumar opio no era una rutina esclavizante sino un ritual sincronizado al ritmo de nuestra vida.

Fumábamos dos pipas por la mañana, una al mediodía, dos por la tarde, una al anochecer y dos o tres por la noche, y entre una y otra dormíamos, comíamos y jugábamos el uno con el otro. Nos cuidaban dos hijos de mi proveedor de opio, y aquellos chicos preparaban las pipas, encendían las lámparas y nos cocinaban los alimentos. Nuestra vida era fácil, tranquila y saludable.

Barbara, excitada por el opio, a menudo me provocaba. Solía asirme por los testículos y exprimirlos hasta que yo la tumbaba de un manotazo. Entonces ella me devolvía el golpe y, lanzándome injurias, se adosaba a la pared y con el lápiz de labios se pintarrajeaba palabras obscenas sobre el cuerpo. Sin disimular lo que quería, me alentaba a que la atacara. Yo la agarraba de las piernas y la tiraba al suelo, y al caer sobre mí peleábamos, intentando cada uno vencer al otro. No la dejaba hasta que, gastada y agotada, ya no se podía mover, ni gemir. Por las mañanas solía mostrarme sus moretones e insistir en que –para hacerme perdonar el daño que le había hecho– le contara cómo había matado y ocultado a la señora Llewellyn.

Entre la bruma del opio, siempre recordaba algo que yo le había contado una vez. Había visitado un burdel de las afueras de la ciudad. Allí, sentado entre muchachas adolescentes maquilladas para parecer mujeres y mujeres vestidas para parecer muchachas adolescentes, la madame se dio cuenta de que estaba mirando a una vieja de rostro hinchado y retorcido, el cuerpo arruinado a causa de la adicción al opio.

–¿Le apetece, señor? –preguntó la madame señalando a la mujer.

–Me da pena –dije–. En un tiempo debió ser tan hermosa y fresca como todas esas muchachitas.

–Lo era –asintió la madame–. Ha perdido la belleza, pero créame, en la cama es todavía tan ardiente como ellas. Dígame, joven –musitó llevándome aparte y calentándome la nuca con su perfumado aliento–, ha follado alguna vez con una puta hasta matarla?

Me reí de la metáfora.

–No se ría. ¡Aquí puede hacerlo! –dijo–. Por doscientos dólares estadounidenses adicionales, puede hacer cualquier cosa con ella –volvió a señalar a la mujer–. Cualquier cosa –hizo una pausa–. ¿No dicen ustedes «hasta que la muerte nos separe»? Si le gusta, su herramienta –dijo, pellizcándome la ingle– puede estar en ella hasta que la muerte los separe. Por lo menos no seguirá pudriéndose y morirá como un ser humano... con el dinero suficiente para un entierro decente. Tengo un sótano tranquilo, ideal para una cosa así.

Y ahora, recordando a la vieja, Barbara quería saber si yo había llevado a la señora Llewellyn a aquel sótano.

–¿La mataste allí? –preguntaba–. ¿La follaste hasta matarla? ¿Pagaste a la madame para deshacerte del cuerpo?

Barbara comenzó a sufrir de insomnio y a fumar aún más pipas que yo. La pipa era su vida; extinguía la diferencia entre minutos y horas, entre el día y la noche. Vivía rodeada por una cerca invisible y solo yo tenía cabida en el interior de esa cerca con el único objetivo de hacerle el amor. Y así, aún estaba ansiosa por borrar los confines estrictos de los papeles sexuales; quería ser a la vez cebo y presa. Le gustaba someterse, lograr la expansión de su voluntad mediante el sometimiento a la voluntad de su amante. Y luego cambiaba los papeles. Parapetada detrás de mí, me ataba las manos con una de sus medias y, manteniéndome boca abajo, empezaba a excitarme, con exasperante lentitud, frotándome con los labios y la lengua la base del espinazo, deteniéndose justo momentos antes de mi orgasmo. Entonces, cuando le rogaba que continuara, me obligaba a lamerla a ella. Cuando me detenía un poco o la mordía, se sentaba a horcajadas sobre mi cabeza. Su ingle me humedecía la cara, y sus pezones me aguijoneaban el vientre; y sus manos de dedos duros e implacables recorrían todo mi cuerpo, y sobaba mi sexo a tirones hasta que, contra mi voluntad, ella, jadeante de excitación, me llevaba al orgasmo.

Nuestros amores eran el opio y el sexo, pero el opio era el más posesivo. Requería reglamentación y un ritmo equilibrado entre la actividad y el sueño, horas dedicadas al placer de la comida y a la paz de la pipa. Nuestro modo de hacer el amor desbarataba continuamente el ritmo y la reglamentación requeridos. Estábamos traicionando al opio y el opio iba a castigarnos por nuestra traición. Era hora de abandonarlo.

Una mañana, al oír un coche por el camino de entrada, nos levantamos de la cama y nos arrastramos hasta la ventana. Allí estaba la señora Llewellyn, tratando de arrastrar su gran maleta por la puerta de entrada. Barbara trató de disimular su indignación:

–¿Por qué no me lo dijiste? –gritó.

–¿Decirte qué? –pregunté–. ¿Que le había dado a la vieja dinero para que se fuera de vacaciones a Inglaterra?

* * *

De vuelta al hotel, sudaba y sentía frío. Mi corazón estaba agitado y el pulso disminuía. Me picaba todo el cuerpo. Temblaba. Oscilaba entre la diarrea y el vómito. La cara de Barbara estaba roja, y tenía las pupilas dilatadas; una capa de humedad cubría su cuerpo. Su tacto dejaba mi piel fría y húmeda. Cuando nos besábamos, su lengua parecía hinchada. Como yo, estaba enferma. Yo estaba aturdido, sin coordinar lo suficiente para pedir inmediata ayuda.

Pocos días después llamé al hospital y pedí una ambulancia para que nos llevara allá.

* * *

Después de que me desintoxicaran y dieran de alta del hospital, Barbara seguía allí, continuamente escondida tras una sábana que mantenía bien tirante a la altura de sus hombros, de modo que parecía como si tuviera la cabeza separada del cuerpo.

Tenía la cabeza hinchada y el cuerpo arrugado; su cuello delgado parecía incapaz de aguantar la cabeza. Sus párpados se cerraban despacio, como si estuvieran pegados a los glóbulos del ojo.

Murmuraba que quería morirse, coger un estilete y hundírselo en el corazón o, a falta de eso, saltar desde lo alto de un edificio.

A pesar de que le había conseguido y pagado los médicos más competentes, Barbara murió un mes después por complicaciones causadas por su drogadicción. Ningún miembro de su familia en Nebraska pudo permitirse venir a su funeral y, a petición de ellos, el cuerpo fue incinerado y las cenizas enviadas por correo. Un sacerdote ofició en la breve ceremonia, a la que asistió uno de los médicos de Barbara, dos enfermeras, la señora Llewellyn y sus criados, y un funcionario de segunda categoría del consulado estadounidense, el cual, sabedor de quién era yo, no me quitó la vista de encima, con evidente interés.

El sacerdote, un estadounidense viejo y gris cuyas maneras me recordaban a las de mi padre, habló con elocuencia de aquellos que, haciéndose la cama en el infierno, incapaces de gozar o de buscar la salvación a través de su propia espiritualidad, corren el peligro de perderse para siempre.

La esencia de la vida humana, dijo, es tan invisible como el sentido de un sermón o de un libro, o el concepto del bien y del mal, de la justicia y la injusticia, del amor y el odio. Esa esencia no puede describirse: solo puede ser insinuada y expresada mediante acciones y objetos, cosas que se pueden ver y tocar.

Nuestra conciencia, dijo el sacerdote, es nuestro único compás espiritual; el tiempo y el espacio proveen simplemente de un marco donde desarrollar nuestra vida personal: los sufrimientos, sacrificios, esperanzas, alegrías y desesperaciones que son nuestra única realidad. Solamente aceptando que nuestra espiritualidad es invisible, y que el mundo es su expresión, podemos llegar a conocer la abrumadora presencia de Dios, en Sí Mismo un poder invisible tras el visible universo... un poder para el cual el espacio y el tiempo son, como son para cada uno de nosotros, formas de expresión espiritual.

Mientras escuchaba al sacerdote, me asaltó un único pensamiento: yo me había permitido traicionar y burlar la vida, jugar al escondite con mi propia esencia. Por razones que me resultaban oscuras, no había sabido extraer de mi herencia protestante las únicas verdades proféticas y creativas: que durante toda la vida y en toda situación debo protestar contra el pecado de distorsión y las limitaciones de la existencia humana, incluyendo la distorsión y las limitaciones de mi propia vida y naturaleza; que tal protesta contiene a la vez la esperanza de un renacimiento espiritual y una resurrección moral y el peligro de la incertidumbre y de la confusión personal. Hasta entonces, yo había traicionado la llamada sagrada.

Y me di cuenta de que para responder a esa llamada tendría que comenzar conmigo mismo, con mi propia vida. Tendría que regresar a casa.

* * *

Siempre que estoy con Karen en un lugar público, entre extraños, siento la necesidad de tocarla, de confirmar mi poder sobre ella. Al mismo tiempo, distanciado de la realidad del momento, me imagino a Karen y a mí mismo haciendo el amor del modo más extravagante, desafiando tanto los tabúes de la sociedad como los rituales que nosotros dos seguimos aún. Solo Karen desata en mí un estado en el cual contemplo mi propio ser como desde la distancia.

* * *

La fotografía nunca me ha interesado, y esa es la razón por la que en lugar de coleccionar retratos de mí mismo, colecciono y anoto mis recuerdos e impresiones. Espero de Karen que haga lo mismo: después de todo, ¿qué puedo descubrir de ella en sus fotografías publicitarias?

Todavía conservo una carta que Karen me envió una vez:

Vivir en el secreto, Jonathan, es tener miedo de uno mismo, negar la propia existencia. Has hecho tal laberinto de tu vida que al final ya no sabes qué te satisface: vives en un exilio creado por ti mismo, que excluye casi a todo el mundo, y solo te atreves a salir de él en nombre de la exploración y la expansión. Tu psique es tu propio campo de concentración, y Barbara, la clave del opio, tu prisionera. Una mujer que ama tanto a un hombre como para renunciar a su propia vida... pero al negarle él su amor y darle solo sexo... se muere por dentro.

El que hayas separado tu amor de tu sexualidad es lo que hace a la vez que tu mente sea tan aguda y tu vida tan trágica. Has arriesgado muchas cosas, pero parece que no has arriesgado tu corazón y ese es el mayor riesgo de todos. Yo he arriesgado poco, pero contigo aposté el corazón y se rompió. Cuando te vas, siento como si no hubieras estado nunca aquí. Una vez me dijiste que yo era invulnerable, y sin embargo te empeñaste en demostrar que no lo era. Cuando finalmente sucumbí ante ti, me echaste en cara el que no fuera invulnerable... que me interesara por ti y anhelara que tú te preocuparas por mí. Así que empezaste a jugar a ese juego de «Dios lo dio-Dios lo quitó»: vístete, ya no te quiero más, márchate; lo siento, sí que te necesito, quédate; no, no vas a quedarte, ahora mismo te marchas. Una vez dijiste que con alguien más estúpida que yo habrías sido, según tus propias palabras, «emocionalmente insincero». Dijiste que para mí reservaste tu «verdad espiritual»... lo cual, para mí no es más que un constante y cruel cambio de opinión. Pero en mi corta vida he descubierto que la verdad es infinita e involucra usar el corazón. Te lo ilustraré: te quiero, Jonathan. ¿Se te ha ocurrido alguna vez que has ignorado, negado y arruinado tu propio corazón? Quizá tu corazón no quiera jugar más a esos juegos: quizá solo quiera ser amado.

Tú sabes lo que a mí me gusta: mi trabajo de modelo, ser la número uno y la mejor pagada, viajar, comer galletas de chocolate, follar con alguien a quien ame (tú), y oírte hablar de lo que te gustaría de verdad hacer conmigo si yo consintiera ser tu esclava. Pero yo, como buena estadounidense fui destetada con crema de cacahuete y jalea de frutas... pegajosa y salada, gelatinoso y dulce: soy una vidente. No estoy hecha para ser esclava, para ser follada y nada más. No lo soporto. No lo entiendo. El señor Prolongar, el Don Juan de la virilidad y la potencia de alcoba estadounidense, cuyo único deseo es oír gritar a una mujer «¡más!» o «¡basta!», me deja muda y me asusta. Mi voz sale de la leche materna, del afecto, la calidez y la protección.

* * *

Karen mide el amor por su resistencia e intensidad. La mutua lealtad espiritual de los verdaderos amantes no tiene a sus ojos nada que ver con la fidelidad sexual, que ella denuncia como un estado insincero al que obligan los celos, una servidumbre del espíritu, una aceptación a disgusto de la inercia sexual.

Recuerdo aquel día de primavera en que Karen y yo yacíamos sobre la hierba en New Haven, besándonos, leyendo, arrancando hojitas de hierba. El viento arrancaba los frutos alados de los arces y nos los echaba al rostro, hinchaba nuestras ropas, me lanzaba la cabellera de Karen contra la cara. Y entonces, de pronto, Karen me dijo que habíamos terminado. Que no quería verme más.

–Nueva York es importante para mí –dijo, mientras se sentaba a mi lado–. Es mi oportunidad de divertirme y crecer. Tengo mis planes, Jonathan. Quiero ser modelo, una de las mejores de todos los tiempos, y ser libre para salir a toda prisa hacia París en abril, o hacia Marruecos por Navidad, esquiar en Italia y Suiza, contemplar las pinturas negras de Goya en Madrid. Me gustaría conocer ingleses, alemanes, franceses. Quiero beber cerveza caliente en los pubs de Dublín e invitar a amigos a cenar en la suite de mi hotel de Roma.

»Tú y yo seguimos pensando que necesitamos ser independientes. Tú intentas liberarme y yo intento liberarte a ti. Me he dado cuenta de que no quiero malgastar más tiempo sintiéndome desgraciada a causa de ti y de nuestro idilio de adolescentes. No me eches toda la culpa a mí, Jonathan. En eso soy tan racional como tú.

Antes de anunciarme eso, estuvimos dando vueltas en su coche. Nos quedamos sin gasolina en una colina y yo descendí y trepé de nuevo hasta lo alto, bajo un viento helado, con un bidón de gasolina en una mano y un cucurucho de helado de menta en la otra.

Después de su anuncio, se me ocurrió que algún día mi riqueza haría posible que ella llegara a ser todo lo libre que deseara: libre para crearse una identidad propia, libre para imponer el orden en todas las circunstancias y sucesos de su vida. No obstante, al aceptarlo de mí, ya no sería libre de tratar mi presencia en su vida como resultado de su libertad de elección; más bien tendría que aceptar mi presencia en su vida como el previsto resultado de una elección que, inicialmente, no fue suya sino mía. La cruel paradoja de semejante don era que el hecho mismo de aceptarlo disminuiría automáticamente su libertad: su libertad con respecto a mí.

Poco después, mientras me paseaba descalzo alrededor del lago, vi a Karen de pie, con la cabellera suelta y la blusa a rayas blancas y rosas medio desabrochada. Se dirigió a su coche, la portezuela del coche se cerró de golpe, y ella partió. Yo seguí contemplando el lago y deseando poder disolverme en él.

* * *

Cuando era niño, coleccionaba las boquillas de corcho de los cigarrillos de mi padre con la creencia de que contenían los pensamientos y sentimientos que no podía expresar. Ahora colecciono mis recuerdos con la esperanza de descubrir los nexos que los unen.

* * *

Terminaba el verano. Las hojas de Central Park aún no se habían puesto amarillas, pero el aire exhalaba un aroma de decadencia. Sobre la ciudad pendían capas de nubes grises.

Whalen conducía a lo largo del río Hudson, junto a los muelles donde están anclados los trasatlánticos. Aparcó el coche en uno de los muelles del centro e inspeccionó la ribera del río hasta hallar el lugar que estaba buscando. Se encaminó al embarcadero, se detuvo al filo del agua y dirigió la mirada a los edificios de apartamentos de la otra orilla, en Nueva Jersey.

Hacía años, durante unas vacaciones de invierno, sus padres habían venido a Nueva York para ver los nuevos espectáculos de Broadway y asistir a todas las fiestas de beneficencia. Jonathan viajaba con ellos y sus padres invitaron a Peter, uno de sus amigos de la escuela primaria, para que le hiciera compañía. Una noche, luego de que salieran sus padres, él y Peter decidieron poner a prueba Nunca digas voy a morir, un libro que habían leído acerca de cómo sobrevivir bajo cualquier circunstancia, desde perderse en el Sahara hasta luchar contra los rusos en las estepas. Para probarlo, Jonathan eligió cruzar el Hudson de noche. Vestidos con varias capas de suéteres y ropa interior, los chicos fueron en taxi hasta un muelle abandonado donde, en la inspección hecha el día anterior, Jonathan había descubierto un tosco bote a remos, quizá abandonado por uno de los trabajadores.

Grandes pedazos de hielo encrespaban las aguas del río. Entre los pliegues de la niebla, los chicos veían centellear alguna luz ocasional en la orilla de Nueva Jersey.

Jonathan desató el bote y lo sostuvo mientras Peter saltaba en él y se sentaba a popa. Entonces Jonathan subió a bordo y, cuando la corriente se adueñó del bote y los alejó de la orilla, él aseguró las piernas, hundió los remos en el agua con decisión y empezó a remar frenéticamente, inclinando con fuerza el cuerpo hacia atrás y hacia adelante. En la oscuridad, los trozos de hielo chocaban sus dientes contra el tambaleante bote, que los llevaba rápidamente río abajo. Cuando vieron las luces de la Estatua de la Libertad y oyeron la sirena del ferry de Staten Island, Jonathan se dio cuenta de que iban camino del mar. Nunca digas voy a morir no contenía instrucciones sobre cómo salvar a la tripulación de un pequeño bote que está a punto de ser engullido por el Atlántico en medio de una noche oscura y neblinosa.

Mientras la corriente los arrastraba lejos de la costa de Manhattan, Jonathan era incapaz de controlar el bote. Cansado y asustado, aflojó los remos, y, al percibir su rendición, Peter gritó, y desequilibró el bote. El bote se ladeó y volcó, echando a los chicos al agua, entre el hielo afilado y el azote de las olas. Agarrados al bote volcado, quedaron a la deriva hasta dar contra un montón de rocas. Cuando Jonathan pudo emerger fuera del agua, Peter se encontraba detrás de él, pero su cuerpo estaba inmóvil. Rápidamente, Jonathan lo sacó del río, y ambos cayeron derrumbados sobre las piedras húmedas.

Treparon hasta un embarcadero y, temblando de frío, corrieron hacia la autopista del West Side y la cruzaron. Al otro lado, a unos doscientos metros calle abajo, el letrero de neón de una estación de servicio resplandecía entre la neblina.

Detrás del letrero, muy por encima de los demás edificios, Jonathan vio otros letreros luminosos... entre ellos la marca de la compañía de su padre en lo alto del edificio que albergaba sus oficinas centrales de Wall Street. Dos veces antes había visitado allí a su padre.

Arrastrando consigo a Peter por un brazo, Jonathan se precipitó en la gasolinera y pidió al empleado que llamase a un taxi. Pero el adormecido empleado solo miró a Jonathan el tiempo de pestañear. A los gritos, Jonathan le dijo que era hijo de Horace Sumner Whalen, y señaló el letrero en lo alto del edificio. Entonces el empleado se levantó, llamó a un taxi, y los dos chicos volvieron a casa mucho antes de que los padres de Jonathan regresaran de su salida nocturna. Al día siguiente, aunque ambos tuvieron fiebre, ni Jonathan ni Peter mencionaron a nadie su escapada. El intento de cruzar el Hudson fue la primera aventura heroica de Jonathan. Zafarse del servicio militar fue la segunda.

Whalen regresó a su coche y se encaminó hacia el norte. Al amanecer, conducía por Connecticut entre prados y lagos. Dejó la carretera principal y siguió por un camino pantanoso. El sol dispersaba la neblina que caía sobre los campos y las ruedas del coche giraban lentamente sobre la arena. Junto a la carretera crecían pinos achaparrados y las verdes agujas filtraban el sol y salpicaban la capota del coche. Se sentía invisible y seguro detrás del volante.

* * *

–Tu madre deseaba con ansia que permanecieras en el extranjero, Jonathan. En realidad, estaba desesperada. –El médico evitaba mirarle a la cara–. En sus pesadillas, a menudo aparecías enterrado como el soldado desconocido. Es esa la razón de que se alegrara por tu decisión de salir del país antes de que te llegara la orden de incorporación a filas. En tanto ni ella ni los fideicomisarios de la compañía supieran tu paradero, no se te podía remitir la notificación y técnicamente no eras culpable ante la ley. Pero a tu madre la afectaba no saber dónde podías estar.

–Para permanecer con ese estatus legal tenía que estar a la fuga, sin dirección conocida.

–Bueno, sí, eso era lo que la intranquilizaba. Ella te imaginaba con largas melenas y barba, vistiendo viejas saharianas del ejército, metido en drogas y haciendo autostop a través de Birmania, India o África, con solo una mochila y una guitarra –el médico se rascó el cuello–. Intentamos seguirte la pista... los mejores detectives de Burns tardaron meses en localizarte, aunque a veces sabíamos dónde estabas aproximadamente porque seguías sacando dinero de los bancos filiales firmando simples trozos de papel –el doctor sonrió y miro a Jonathan–. Si no recuerdo mal, el último de esos cheques lo firmaste en Ankara ... ¿o fue en Trípoli?... por algo así como treinta mil dólares. En cualquier caso, excedía tu pensión por aquel período. A pesar de eso, como durante los dos o tres meses previos habías vivido con menos de la mitad del dinero, los fideicomisarios permitieron liquidar el cheque. Después, se encontró abandonado tu jeep de safari. Tu madre estaba frenética. Temiendo que hubieras sido raptado, y aconsejada por mí, otra vez volvió a contratar a los mejores detectives de Burns para que te localizaran.

–¿Cómo me encontraron?

–Te siguieron la pista hasta dar con un grupo de hippies estadounidenses en Nepal. Según parece, habías profanado un templo; parece que entraste desnudo o que te desnudaste en el interior... y contigo iba una chica. Un banco de allí que hace negocios con el National Midland se las arregló para sacarte de la prisión local. Luego descubrimos que te habías establecido en Rangoon y que, poco después, habías caído enfermo; o bien seguías fumando opio o ya te estabas desintoxicando, o quizá fuera ambas cosas.

El doctor aplastó el cigarrillo:

–Durante aquel año tu madre fue hospitalizada varias veces. Para evitar publicidad innecesaria, la enfermera nos llamaba siempre que hubiera peligro de que le diera un ataque, y yo personalmente la traía aquí al hospital. Como tu madre a menudo se negaba a colaborar, aun cuando era evidente que, por su propio bien, debía ponerse en tratamiento, a veces teníamos que –hizo una pausa, buscando las palabras– tranquilizarla. Aunque, en realidad, le gustaba estar aquí. Decía que no quería marcharse nunca. Esa es la razón de que mis colaboradores y yo sepamos tanto sobre ti, Jonathan. El National Midland y los fideicomisarios me llamaban continuamente. Y tu madre hablaba siempre con tanto cariño de ti... Guardaba tu fotografía en la mesita de noche.

–¿Qué fotografía?

–De ti, de niño, al lado de tu padre en Whalenburg.

–¿Cómo murió mi madre?

El doctor entrecerró los ojos, pensativo:

–En verdad, fue un accidente.

–¿Se mató?

–Desde que murió tu padre, tu madre sufrió depresiones a menudo –continuó el médico–. Guardaba todas las medicinas que yo le prescribía en frasquitos bien etiquetados, en una nevera especial que tenía en su dormitorio. Un día, cuando la muchacha descongeló la nevera, los frasquitos se mojaron y algunas etiquetas se desprendieron. Ese día, al confundir las dosis, tu madre sencillamente tomó demasiada medicina. Su muerte fue un trágico accidente.

–¿Hubo autopsia?

–La ley no exige la autopsia cuando el paciente muere estando al cuidado de un médico reputado. En el momento de su muerte tu madre estaba bajo mi cuidado.

–¿Por qué había de necesitar mi madre su cuidado y tantas drogas fuertes?

–Cuando tu padre murió, las exigencias que ella consideraba su motivación vital cesaron bruscamente. Cayó en la depresión porque nadie la necesitaba.

–Yo la necesitaba.

–Bueno, sí. Pero al abandonar los estudios, tenías encima el servicio militar, y luego desapareciste. Para tu madre, eso significó que tú también la habías abandonado. Y así murió... sola.

* * *

Recuerdo el almuerzo que dieron los padres de una compañera de universidad de Karen. Después del almuerzo, los padres se fueron a su club de campo a jugar a las cartas y al golf, los demás estudiantes se fueron a nadar, y yo me quedé a solas con Karen, que se quedó en la puerta mirando cómo se iban los coches. Yo le aparté el pelo de la cara y la besé en el cuello. Ella se quedó quieta y no dijo nada. Me detuve y nos miramos uno a otro. Sus ojos me recorrieron perezosamente el pelo, la frente, los ojos y la boca. Yo deslicé las manos bajo su blusa, sentí su piel, le acaricié los pechos. Ella se apretó contra mí, los labios temblorosos, luego se zafó rápidamente y, llevada de súbita decisión, me tomó de la mano y me condujo a uno de los dormitorios de huéspedes. Lentamente, como poniendo a prueba mi autodominio, cerró la puerta, bajó las persianas de las ventanas, desconectó el teléfono de la pared y retiró el cubrecama, plegándolo cuidadosamente.

Yo la alcancé otra vez, y estaba a punto de besarla en la boca cuando ella se liberó. Con deliberada languidez, Karen empezó a desvestirse, se quitó el vestido, se bajó las medias, y lanzó lejos los zapatos. En unos segundos estaba desnuda y yacía de espaldas, con los pechos palpitantes y las piernas ligeramente dobladas. Yo me desvestí incómodo, consciente de que ella me observaba mientras me quitaba los pantalones y el slip.

Me tendí encima de ella, su tenso cuerpo contra el mío. Nos besamos, y al mordisquearme ella los labios y lamer mi lengua pude percibir su excitación, su deseo de mí. En el preciso momento en que me alzaba para penetrarla, me dijo que me detuviera. No estaba tomando la píldora, dijo, porque los efectos secundarios la ponían enferma, y no llevaba diafragma. Yo le besé los pechos y los pezones, le reseguí con la mano el estómago y la curva de las caderas, y froté mi sexo en el interior de sus muslos. Le dije lo mucho que deseaba sentirme dentro de ella, y que me retiraría antes del orgasmo, pero ella se resistió, musitando que esperar mi retirada destruiría el placer. Al descender sobre su cuerpo, elevó las caderas, invitando a mi lengua. Con los dedos dentro de ella, seguí besándola y lamiéndola pero, lentamente, retorciéndose y temblando, me apartó. Cuando intenté sujetarla, se retiró y, cubriéndose la cara con un almohadón, empezó a llorar. Cuando se calmó, la tomé en brazos y le pregunté por qué no se había corrido.

Al principio no dijo nada, pero al cabo de un momento admitió que no podía conseguir el orgasmo bajo presión. Dijo que conmigo era demasiado calculadora, estaba demasiado ansiosa por agradarme y por demostrarme cuánto me deseaba.

Me habló de un estudiante africano, un muchacho negro amable y de voz dulce que durante meses le había dirigido miradas tímidas, pero que apenas le había hablado. Al final se había ofrecido a llevar algo para drogarse juntos, y una noche fueron los dos a la habitación de él. Aspiraron cocaína, se tragaron una sustancia parecida al azúcar y a los pocos minutos comenzaron a viajar. Mientras Karen se tumbaba, con la sensación de que su mundo se fragmentaba y con la voluntad hecha añicos, el muchacho negro parecía tomar cuerpo y se volvía más ruidoso, más excitado. Se le echó encima, primero vestido y después desnudo, y con los ojos en blanco le liberaba los pechos y las caderas mientras musitaba qué bonita era, y la tanteaba y besaba suavemente. Y durante todo el tiempo, dijo Karen, ella soñaba que yo la violaba delante de él, que entonces tenía que luchar conmigo.

El sudor de aquel hombre era grasiento; olía a agrio, y cuando observó que no estaba circuncidado fue consciente de su desnudez y de que se aproximaba a su cara. Intentó metérsela en la boca, pero ella, como una ardilla testaruda que atesora una castaña, mantuvo los labios apretados. Mientra él le restregaba su carne, prieta y dura como una piedra, contra la cara, el cuello y los pechos, untándola con sus secreciones, ella se centraba en el movimiento de sus ojos debajo de las largas y delicadas pestañas. Metiéndole el puño entre las piernas, trataba ahora de forzar sus muslos, separándolos, pero ella se cruzó de piernas, tiesa como una lona rígida. Excitada por el puño que la barrenaba, soñaba en abandonarse, en llegar al orgasmo mientras simulaba que no podía alcanzarlo. Ahora ya estaba él demasiado lanzado para darse cuenta de la diferencia; se caía de encima de ella, y de nuevo volvía a encaramarse. En un esfuerzo final, la levantó por los hombros y le dio la vuelta, aplastándola contra la cama e intentando separarle las piernas hasta que, bajo sus embestidas, a ella empezaron a arderle los muslos. Los dos cayeron al suelo, pero él volvió al ataque, entrándole como un filo. Cuando lo oyó gemir y temblar encima de ella, se sintió a salvo y aflojó los miembros. El orgasmo la sacudió por entero, desgarrando el lienzo de su cuerpo. No recordaba qué sucedió después... o cuándo su amante se quedó quieto dentro de ella, pero con él fue con quien tuvo por primera vez conciencia de experimentar dos clases diferentes de orgasmo. Uno llegaba cuando el hombre, con todo su peso y corpulencia, la penetraba una y otra vez profundamente, lastimándola casi con sus embestidas, y no obstante, por su misma constancia y ritmo, esa embestida iba a estar al servicio de la creciente oleada de excitación que en el momento culminante embargaría todo su ser. El otro lo provocaban la mano y la lengua de su amante sobre su clítoris, llevándola una y otra vez a una frenética liberación que la dejaba inquieta, como si todavía tuviera que ser colmada.

Por la mañana, aterrorizada por la posibilidad de un embarazo, fue a la sala de urgencias del dispensario público donde, después de contarle al médico que había sido forzada a tener relaciones sexuales con un hombre viejo, le dieron una «píldora para el día después» y le hicieron una exploración.

Mientras la escuchaba, me embargó una sensación de futilidad: por ser yo, y lo seré siempre, parte de su pasado, nunca podría absorberla o influirla como un nuevo amante. De pronto sentí la necesidad abrumadora de escapar de su pasado.

Me tendí de espaldas y la obligué a poner la cabeza entre mis muslos:

–Hazlo –le ordené–. No me importa si quieres o no.

Sentí que sus manos recorrían mi cuerpo. Levantándose sobre las rodillas y doblándose sobre mi vientre, hundió los dedos en mis muslos. Sus labios, y después la punta de la lengua se pasearon por mi cuerpo; vaciló al tocar mi sexo, frotándoselo contra la mejilla, envolviéndolo con la cabellera y, después, metiéndoselo decididamente en la boca. Sus labios me apretaron, subiendo y bajando, y así continuó, con las mejillas hundidas al chupar, las manos marcando el ritmo, los ojos muy abiertos, vigilándome, midiendo mi respuesta. Le dije que era demasiado suave y le empujé la cabeza hacia abajo como si quisiera ahogarla, pero ella no retrocedió. Estaba presa de su propio ritmo, el cuerpo arqueado, agobiado por la excitación. Siguió balanceándose de atrás hacia adelante con los dedos clavados en mi piel, pero cuando sintió que estaba a punto de eyacular, perdió la serenidad y se retiró, escondiendo la cara en el almohadón. No lloró.

* * *

Ahora que ya he dado a Karen todas las notas que emborroné durante mis viajes por el extranjero, siempre me pregunto si algún incidente de mi pasado podría algún día alterar lo que ella ha llegado a pensar de mí. Como no tengo una idea exacta de lo que pudiera ser ese incidente, quizá habría tenido que dejar fuera de mis reminiscencias todo lo que pudiera parecer nauseabundo o sucio... o todo lo aburrido o trivial.

He ido progresando rápidamente, pasando de la sensación de estar vivo a expresar mis pensamientos sobre tales sensaciones, como si la mera expresión fuera ahora la única experiencia original de la que todavía soy capaz. Pero como el lenguaje pertenece a todos, me temo que todo lo que capto en palabras se convierte en un relato ficticio... mío o de cualquier otro. Debe de haber un lugar más allá de las palabras... un lugar de experiencia pura, al que desearía poder volver.

* * *

A pesar de las veces que he estado con Karen y le he hecho el amor, todavía la deseo tanto que antes de cada encuentro me invade el pánico solo de pensar que pudiera no aparecer. Cuando está conmigo y está a punto de desvestirse o de meterse en la cama, apenas puedo controlar el deseo de tocarla, lamerla, paladearla, conocerla, entrar en ella. Entonces se me seca la boca, se me hace un nudo en el estómago y en mi mente solo hay un pensamiento: tenerla y tenerla pronto, más pronto y por más tiempo, si pudiera, de lo que permitirá el tiempo, ese guardián inconmovible. Me entra de nuevo el pánico cuando está a punto de dejarme. Luego, cuando se ha ido, me siento vacío, sin propósito, carente de energía, con ansias de volver a verla y, hasta entonces, de matar el tiempo para que esa misma ansiedad no me mate a mí.

* * *

En el cóctel que Karen ofreció el otro día, la tensión me hizo empezar a transpirar. Dentro de mí tenía lugar un duelo: en determinado momento era yo un adulto que se dominaba, al siguiente, un niño gritando. Una mujer me hablaba de su yate; un hombre me contaba sus inversiones; una pareja me decía que había conocido a mi madre. Pero yo solo oía la voz de Karen: «Voy a olvidarte. El nuestro será el único amor que no recordaré». Acepté un canapé y sorbí mi scotch.

Cuando niño solía tumbarme en el suelo con los ojos cerrados, con la esperanza de que, dado que me negaba a ver, me haría invisible y la gente que pasara a mi lado no podría percibirme. Pero recuerdo cuánto me trastornaba el que Anthony, el ayuda de cámara de mi padre, pasara junto a mí sin mirarme o sin detenerse siquiera para testimoniar mi presencia. ¿Y si Anthony hubiera dejado de quererme?, pensaba. Quería ser, al mismo tiempo, invisible para aquellos a quienes temía y visible para aquellos que yo amaba.

Otra vez, me escondí detrás del archivador de mi padre y di un grito:

–Jonathan ha gritado –dijo mi padre.

Mi madre replicó:

–No ha gritado nadie. Llegaremos tarde, vámonos.

Abrí otra vez la boca para gritar, para que me encontraran, pero no pude emitir ningún sonido: ¿y si mi madre no quisiera oírme, por mucho que gritara?

Sin embargo, nunca he conseguido perderme. Si fallaba un yo, otro estaba siempre dispuesto a tomar su lugar.

Ahora soy algo más que visible: por ser quien soy, centenares de personas trabajan para que goce de una existencia segura. Mis padres fueron los únicos que actuaron como si yo no existiese.

* * *

«¡Asombrosa y maravillosamente he sido creado!», exclamaba uno de los salmos favoritos de mi padre. «¿Qué es el hombre para que Tú te preocupes por él?», preguntaba otro. Pero la enciclopedia favorita de mi padre, la Británica, definía al hombre solo como «un ser que busca el grado máximo de comodidad con el menor gasto posible de energía». Si lo único que debiera contar para mí es la comodidad, ¿en qué me diferencio de una ameba? ¿Y qué ha sido del espíritu, el único misterio y milagro de la existencia del hombre?

Mientras estaba en el hospital recuperándome de la adicción, uno de los médicos me inició en las obras de Abraham Joshua Heschel, el teólogo judío estadounidense. Esto es lo que Heschel tenía que decir sobre el hombre:

A los ojos del mundo... soy un hombre corriente. Pero para mi corazón no soy un hombre corriente. Para mi corazón soy de gran importancia. Me enfrento al desafío de realizar, de concretar la silenciosa eminencia de mi ser.

Más allá de toda agonía y angustia está el ingrediente más importante de la autorreflexión: lo precioso de mi existencia... y me resisto a la idea de tirar por la ventana su sentido.

* * *

Los Estados Unidos constituyen únicamente el seis por ciento de la población mundial y, no obstante, consumimos más de un tercio de los recursos naturales del mundo. En el país, la mitad de la renta nacional va a un quinto de la población.

Por lo tanto, mi situación personal es extensión de una desproporción económica y social más amplia. Un investigador de la compañía, quien reunió para mí recortes de periódico sobre los superricos en Estados Unidos, encontró algunos datos interesantes: más de medio millón de estadounidenses poseen bienes por valor de un millón de dólares o más, y de ellos (me divirtió el descubrimiento) casi sesenta mil residen en Nueva York.

Parece que solo unos pocos de mis conciudadanos son tan ricos como yo. Y de mi edad solo tres, hasta hace poco. Uno de ellos, dedicado a la venta de alimentos y accesorios para animales domésticos, heredó el negocio que fundó su padre, un hombre de origen alemán que al llegar a Nueva York abrió una tienda de mascotas (un lugar lleno de canarios) en Canal Street. Ahí termina la contribución de su familia a la grandeza de los Estados Unidos. El siguiente en la lista, un príncipe de la crema de afeitar, era un hombre perturbado. Solía ofrecer cada tanto su fortuna a los pobres, pero cuando acudían por millares a su puerta en busca de ayuda, se esfumaba para ponerse fino de hachís. El año pasado se voló la cabeza con una escopeta de caza.

El más joven de los tres es el presunto heredero de una vieja fortuna banquera. Friki de la salud y la naturaleza, ocupa cuatro pisos del edificio residencial más alto de Chicago, que ha convertido en un solario lleno de ganado, tierra, abono, heno, semillas, tiestos, plantas y lo último en herramientas de jardinería. En varias ocasiones le ha tirado los tejos a Karen e incluso una vez le ofreció una visita guiada por el invernadero donde tiene su dormitorio. Ella se negó a seguirlo hasta allí:

–Aspirar mierda no es mi idea de confort –dijo ella más tarde.

* * *

Y aquí estamos, ricos entre los ricos, subespecies del Mammón estadounidense, cada uno de nosotros preguntándose, sin duda, de vez en cuando, cómo llegar a ser grandes... puesto que ya somos ricos. Pero ¿cómo puedo yo, el hijo de Horace Sumner Whalen, alcanzar la grandeza sin lograr primero lo que Thackeray llamó «el principal don de todo gran hombre»: el éxito? ¿Qué clase de éxito puedo conseguir aún? ¿No soy acaso, en virtud de lo que soy y de cuanto poseo, un éxito de antemano?

El reciente Diccionario de títulos profesionales enlista más de veinte mil profesiones especializadas en los Estados Unidos. La de millonario no es una de ellas.

Nuestra cultura ofrece arquetipos apasionantes, a menudo deseables: político, explorador, artista, santo, loco, profeta, asesino, amante, guerrero, deportista, mesías, genio. Pero ¿dónde, excepto en el Titanic, encontramos el arquetipo del millonario?

Como señaló Oscar Wilde, «Los modelos de millonario son bastante escasos, pero escasean aún más los millonarios modélicos».

¿Habría conservado nuestra memoria colectiva una imagen tan vívida del hundimiento del Titanic si, en lugar de sus coloridos millonarios, el barco hubiera transportado inmigrantes tan genéricos como miserables?

El arquetipo del millonario viene implícito en nuestra tradición, forma parte de una cultura popular que insiste en hacernos creer que los ricos se lo pasan mejor (si no directamente son mejores) que los pobres. Algunos de nuestros sinónimos para la palabra rico: independiente, capitalista, fanfarrón, productivo, provechoso, estimable, sublime, estético, gustoso, deleitable, nectáreo y armonioso. Mientras que los sinónimos de la palabra pobre son los siguientes: aturdido, reducido, exprimido, avergonzado, inferior, trivial, dolorido, despreciable, defectuoso, inútil, vulgar, básico, insípido, soso, inepto, incapaz, rancio, lúgubre, y lastimoso.

Cuanto más fuerte es el poder de mi dinero, más fuerte soy yo. Por lo tanto, lo que yo soy y lo que yo puedo hacer no está determinado en absoluto por mi individualidad. Yo soy feo, pero puedo comprar la más hermosa mujer. Lo cual quiere decir que no soy feo, porque el efecto de la fealdad, su poder repelente, queda destruido por el dinero... Soy un individuo corrompido, deshonesto, sin escrúpulos y estúpido, pero el dinero se respeta, lo mismo que a su poseedor. El dinero es el bien más elevado y, en consecuencia, también hace bueno a quien lo posee. Más aún: el dinero me ahorra el trabajo de ser deshonesto y por tanto se me supone honesto. Soy un insensato, pero si el dinero es la verdadera razón de todas las cosas, ¿cómo puede ser insensato su poseedor? Mediante el dinero puedo obtener todo lo que el corazón humano pueda desear. ¿No poseo por tanto todas las habilidades humanas? En tal caso, ¿no transforma el dinero todas mis incapacidades en su opuesto?

Eso es de Karl Marx.

¿Soy quizá mi propio arquetipo, un hombre que en cualquier momento puede transformarse en su opuesto?

* * *

Si vivir como el arquetipo de uno mismo es convertirse en una creación artística cuyo medio es el presente, tendría que aceptar ser no más previsible o controlable que cualquier otra obra de arte.

Entonces, ¿por qué no convertirme en un deportista? Durante una refinada cena en Nueva York, hablé con un hombre que había sido entrenador del equipo olímpico de esquí. Le pregunté por mis posibilidades de alcanzar, en una sola temporada, el nivel necesario para llegar a las semifinales nacionales de descenso al año siguiente.

–No soy demasiado bueno en los deportes –expliqué–. Dadas mis inclinaciones (soy un poco perezoso y no me gustan las competencias uno contra uno) necesito un deporte que genere y me transmita su propia energía e impulso.

Practiqué mucho la pesca submarina en África, pero como surfista soy terrible. En Yale fracasé en el tenis, la esgrima y el baloncesto.

–Una pregunta, señor Whalen –el entrenador parecía entusiasmado–. ¿Por qué el esquí? ¿Por qué no el vuelo sin motor, la navegación o las carreras de coches?

–Porque todo el mundo sabría que puedo costear lo mejor... el planeador, el barco o el coche, último modelo, el más rápido.

–¿Y por qué el esquí?

–Es simple. El hombre contra sí mismo y contra la naturaleza.

–¿Le gustaría realmente competir contra los mejores esquiadores del país?

–En contra no. Pero ¿por qué no con ellos? ¿Qué me dice?

El hombre se levantó y empezó a pasearse por la habitación.

–No quiero desanimarlo, señor Whalen –dijo–, pero para semejante programa intensivo necesitaría también la ayuda de un osteópata y un fisio. Habría que fortalecer pies, piernas y abdomen. Empezaríamos con las pruebas de velocidad durante el verano, en Porfirio, Chile; después, a comienzos del otoño iríamos a Europa, primero a los glaciares que solo son accesibles por avión o helicóptero y después, en invierno, a Chamonix, St. Moritz, Crans-Montana, Cortina, Val D’Isere. Para este tipo de entrenamiento necesitaría equipo de protección diseñado especialmente para altas velocidades. Tendríamos que encargar inmediatamente un giroscopio de baterías (un modelo no mayor que una rueda de bicicleta, que llevaría usted al esquiar). Le ayudaría con los giros. Durante el entreno emplearíamos dos ayudantes y dos camarógrafos, todos expertos esquiadores. Haríamos que filmaran cada carrera desde diferentes ángulos, y analizaríamos sus progresos en un monitor portátil. Al final de la jornada examinaríamos las cintas sobre una pantalla más grande para verlo con mayor detalle.

»Descontando un accidente fortuito, en primavera ya podría contratar a algunos de los antiguos finalistas nacionales de descenso e intentar ponerse a su nivel. Después contrataríamos a algunos de los mejores profesionales franceses, austríacos o suizos, estrellas olímpicas del pasado y ganadores de copas del mundo) para que usted corriera contra ellos... o con ellos. –Se detuvo, convencido por sus propios argumentos–. Sí, señor Whalen, creo que podría lograrlo; y yo estoy a su disposición.

* * *

Mi miedo a la violencia empezó de niño cuando, tirado en la cama, escuchaba la furia de mi padre. No podía soportarlo y creo que todos, incluyendo a mi madre, mi gobernanta, e incluso Anthony, sentían lo mismo. Las pocas veces que me atreví a llevar la contraria a mi padre, este me pegaba, incluso en presencia de otros. Una noche, en nuestra casa de veraneo, me despertó el aullar de Mesabi, mi perrito. Me puse la bata y salí. En el jardín encontré a Mesabi con las piernas atadas, y de pie junto a él estaba mi padre, dando repetidas patadas al animal. Al verme me explicó que había que castigar al perro por desobediencia y que el dolor destruiría su voluntad futura de resistirse a su dueño. Yo me quedé mirando en silencio, desgarrado entre la piedad por el perro, la rabia contra mi padre, y el odio a mi propia debilidad. Después de aquello, mi defensa contra esa debilidad fue la huida a un mundo en el que yo era el triunfador. Empecé a coleccionar soldaditos de juguete, y más tarde cuchillos y bayonetas simples o de doble filo, además de muchas reliquias nazis y de la Segunda Guerra Mundial. Me suscribí a Soldados de Fortuna, «La revista de los aventureros profesionales», y leí biografías de los grandes políticos, militares y hombres de negocios, así como historias de famosos pícaros, bandidos y traidores, y entre todos ellos admiraba solamente a los que eran huérfanos y crecieron en soledad, abandonados o sin padre.

* * *

De niños, Karen y yo descubrimos el sexo juntos. Inventamos apodos para los genitales: chink para el suyo, bobolink para el mío. Ella quería saber dónde estaba mi bobolink cuando yo montaba en bicicleta. ¿Se apoyaba encima del sillín o caía por un lado? Yo me preguntaba qué profundidad tendría su chink y si se llenaba de agua cuando nadaba. ¿Se podía cerrar con cinta adhesiva? ¿Podría esconder dinero dentro? Karen todavía recuerda una tarde en que, mientras jugábamos con otros niños en el bosque, le metí una rama en el chink. Una de las chicas le contó a la madre de Karen el episodio, y a Karen le dieron una zurra. La madre de Karen, al coger la moneda de cincuenta centavos que yo le había dado a Karen para que la guardara en su chink, dijo que era dinero sucio de un chico sucio para algo sucio. Otra vez, Karen intentó arrancarme el bobolink mientras yo trataba de penetrar su chink con mi mano. Al principio gritó; después, al mantener mis dedos en su interior, se quedó silenciosa y con la mirada fija en mí. Tocándonos uno al otro descubrimos sensaciones de deseo que nos daban mucho más placer de lo que nada nos había dado. El deseo era insistente y se hizo más insistente cada vez, con cada nueva oportunidad de besarnos y tocarnos. Explorarnos el uno al otro dio paso a sentimientos que pedían ser expresados, que necesitaban de un lenguaje de amor y devoción que todavía no habíamos adquirido o desarrollado. Así que, para dar emoción a lo que sentíamos, representábamos personajes de una fábula imaginaria: Karen era Lady Forsitia, una dama siempre difícil de complacer, y yo Lord Willow de Brook, su orgulloso pero tímido amante y defensor.

Cambiando la voz, Karen solía llamar por teléfono a mi casa. Al final, Mam’selle d’Arcy, mi institutriz, que se sentía responsable de saber quiénes eran mis amigos, me preguntó cómo había conocido a la tal Lady Forsitia.

–Me la presentó su amigo, Lord Willow de Brook –contesté–. Son amantes, ¿sabe?

Entonces, más curiosa aún, Mam’selle d’Arcy siguió inquiriendo:

–¿Y dónde conociste al tal Lord Willow de Brook?

–¿Dónde había de ser sino en casa de Yugo Eslavo? –dije yo.

–¿Y quien es ese tal señor Eslavo?

–¿Yugo Eslavo? Un buen chico yugoslavo. Él también está enamorado de Lady Forsitia.

Mam’selle d’Arcy estaba apenada:

–Con lo joven que eres y ya conoces a la gente más extraña, Jonathan –musitó.

* * *

Aunque Karen hablaba abiertamente de sí misma y describía sus prácticas preferidas, yo en cambio no podía hacerlo; con frecuencia contestaba simplemente sí o no a las preguntas que ella hacía o, en silencio, empezaba sencillamente a besarla, acariciándole los hombros y los pechos, descendiendo lenta y vacilantemente hacia el vientre y los muslos, y apretando, frotando y atormentándole el sexo. O bien empezaba por sentarme a sus pies, friccionarle las pantorrillas, besarle y lamierle la corva de las rodillas, rozarle con las manos y la boca los muslos y trazar círculos alrededor de su sexo hasta que ella se me echaba encima e insistía, imperiosa, en dictarme el ritmo y la dirección de mis caricias.

Karen decía que una cosa es que un tipo lo haga con una chica que no sabe hasta dónde quiere llegar y después empieza a asustarse y fija los límites. Y otra que una chica se proponga que la penetren con los dedos y no dé nada a cambio.

–Imagínate que no quisieras follar con determinado tipo –pregunté yo–. ¿Aun así querrías que el tipo te metiera los dedos?

–¿Por qué no? –contestó Karen–. Si puedo llegar al orgasmo de ese modo, no necesito follar de verdad.

Me dijo que solo una vez se sintió molesta o asustada por mi causa, durante nuestra primera noche cerca de la playa, pero que en cuanto sintió mis dedos dentro de ella ya solo sintió placer. Fue la noche de su primer orgasmo.

* * *

Recuerdo la noche que pasamos en un motel. Karen, que se había zampado un vaso de vodka puro, se mostraba particularmente libre y deshinibida, exigió que le hiciera el amor, y me siguió incluso al cuarto de baño. Insistía en que vocalizáramos en voz alta todo lo que nos hacíamos uno al otro, todo lo que ella quería que yo hiciese, todo lo que ella se temía que yo nunca haría. Su estado de ánimo al principio me produjo excitación, pero luego me dejó desinflado, exhausto demasiado pronto. Fastidiada por mi cohibición y mi desgana en satisfacerla con las manos y la boca, Karen de pronto me apartó:

–Mi señor, me estáis escondiendo algo –dijo.

–¿Qué? –pregunté.

–Un fósil en un capelo de cristal: vos mismo. –Sonriendo desdeñosamente, prosiguió–: ¿Recordáis, señor, cómo os llegó la muerte? ¿Fue acaso en una batalla, en una victoria, o bien os hicieron prisionero y os torturaron hasta la muerte? Mejor aún, ¿no moristeis de una enfermedad hereditaria?

Fue mi primera derrota a sus manos, y nunca me he recobrado de ella. Después de aquello, todo parecía falto de espontaneidad, como si hubiera sido premeditado por un niño emocionalmente muerto. Incapaz de responder, me sentí como si ella me hubiera contagiado su propia abulia.

Empecé a preguntarme: ¿por qué había elegido a una mujer incapaz de entregarse, cuyo amor desata en mí un instinto de competitividad y luego me hace desear la retirada? Veo un cuadro ridículo: pasada la medianoche, Jonathan James Whalen, el prematuramente envejecido y canoso vástago de Salud, Riqueza, Poder y Libertad, Sociedad No Limitada, yace solo en el dormitorio de su palacio. Aquel mismo día por la mañana ha fanfarroneado ante su psiquiatra diciendo que él nunca ha cedido ante una mujer, y no obstante Karen, su esposa y la única mujer que ha deseado en su vida, ha preferido dormir durante años en dormitorios separados.

En una de las fiestas de Karen, hablé con una atractiva mujer de mediana edad, colaboradora fija de Branching Out, una revista para la mujer. Después de decirme que tenía a su cargo el dossier semanal sobre relaciones sexuales, exclamó:

–Me voy a mantener alejada de ti; de lo contrario Karen va a pensar que tuvimos algo.

Una hora más tarde, en el vestíbulo, se restregó contra mí, me besó en la mejilla y me dijo:

–Creo que debes saber que yo solo quiero sexo de ti; dejemos la gran vida para Karen... ¡le sale tan bien!

No me atraía en absoluto, pero la idea de que yo la atraía me excitó. Cuando la estaba besando en la boca, Karen entró, nos echó una mirada a ambos y dio media vuelta.

Los invitados no se acababan de ir, de modo que estuvimos bebiendo cerveza y contando historias hasta las dos de la madrugada. Karen me ignoró todo el tiempo. Cuando al final se fueron todos, se volvió hacia mí y dijo:

–Vamos, adelante, ve a follarte a esa perra.

En la cama, confiaba en poder cambiarle el humor. La abracé. Ella se incorporó en la cama y me dio un bofetón:

–¡No sigas –gritó– o te hago escupir el hígado a golpes! Déjame dormir.

Me sentí humillado. La bofetada de Karen me recordó a una puta que una vez me pegó cuando le dije que no valía el precio que pedía. Con su actitud de «jódanse todos», logró sobre mí un dominio sexual que no hubiera podido lograr una mujer complaciente. Y yo la deseé más aún.

Al día siguiente, Karen me dijo por teléfono que se preguntaba si debía seguir viéndome, puesto que era obvio que entre la periodista y yo había algo serio. Para simular que mi vida pareciera tan agitada como la suya, mentí y le dije que era verdad. Cuando me preguntó si estaba enamorado de aquella mujer, dije:

–No, pero no me es indiferente. Estar con ella y dentro de ella, tenerla encima de mí... a mí me resulta imposible hacer el amor y permanecer indiferente.

Y seguí y seguí.

* * *

Antes de que yo dejara Estados Unidos hubo otros hombres revoloteando alrededor de Karen; entre ellos David, un actor de índole más que humana. Saca el pájaro por la ventana y jode con todas: sobre la mesa, sobre la alfombra, contra la pared, agáchate, salta, pega y lame. Ese era David. Una vez, delante de mí, Karen, que había fumado, le dijo en tono lo bastante alto como para que yo la oyera:

–Me gustaría follar contigo, amor, hasta que, hasta que... –y luego, medio en broma, lo arrastró al cuarto de baño y cerró de golpe la puerta.

Al cabo de unos minutos salieron los dos riendo, y cuando ella le preguntó:

–¿Te volveré a ver?

Él contestó:

–No lo sé. Depende de qué cuánto lo desees.

Yo me quede allí. Observando.

* * *

Cuando era pequeño recibí una vez una nota de mi padre sobre la cuestión de los sentimientos:

Según parece has dicho a tu institutriz, Jonathan, que sentiste heridos tus sentimientos cuando me negué a dejarte viajar en el avión de la compañía para ir a Washington a visitarme. Tú y yo sabemos que eso de «sentirse herido» es una estratagema para imponer la propia voluntad sobre la voluntad de otro. Tus sentimientos no se hieren con más facilidad que los de cualquier otro.

Hubo algo de maldad en el hecho de que Karen hiciera el amor con David prácticamente delante de mí, pero según ciertos teólogos la maldad es la materia prima de la espiritualidad. ¿Fue ese acto de Karen un modo de provocar mi furia y mi humillación para que me autocontrolara, o me estaba echando a un lado, despreciándome todavía más? ¿Se estaba entregando al deseo o a la desesperación?

Desde el asiento trasero de mi limusina divisé a Karen, que caminaba por Madison Avenue. Pedí al chófer que disminuyera la velocidad y la observé un rato. Echando rápidas ojeadas a su reflejo en los escaparates de las tiendas, la vi caminar sin pizca de encorvamiento, con paso firme, los hombros erguidos, el pecho hacia afuera, el peso hacia adelante, los brazos y las manos sueltas, apartándose de vez en cuando el pelo de la frente y del cuello. Durante el tiempo que la he conocido, Karen siempre ha inspeccionado y reinspeccionado el estado de su imagen, como si esta tuviera voluntad propia y pudiera algún día abandonarla. Lo mismo en la calle que en casa, en una discoteca o en el estudio del fotógrafo, Karen se siente siempre fascinada por su propia superficie. Es un símbolo perfecto de nuestra era de la imagen.

En las discotecas los espejos fraccionan, amplían y multiplican su imagen a cada paso que da. Si adora bailar en las discotecas es solo porque ello le permite exhibirse y observarse al mismo tiempo. No importa que el ritmo sin fin apague la conversación porque normalmente su pareja de baile está tan interesada en su imagen como ella. Para mí, el baile es una expresión elemental del cortejo, una burda simulación de reserva sexual, una oportunidad para el exhibicionismo aprobada públicamente. Siempre he odiado bailar, y ahora sencillamente me niego a hacerlo, aunque no me importa observar cómo los demás (particularmente Karen) se lanzan a recorrer el local para mi diversión.

Mi institutriz no me permitía mirar la televisión más de cinco horas a la semana, y pasé casi toda mi adolescencia sin mirarla. Sin embargo, cuando acabé la enseñanza media, la mayoría de mis contemporáneos estadounidenses habían visto veinte mil horas de televisión, el equivalente a nueve años de plena dedicación. Como resultado, son unos pobres conversadores y el diálogo los fatiga enseguida. Necesitados constantemente de distracción y diversión adolescente, para ellos el silencio, la lectura y la reflexión solitaria son sinónimos de aburrimiento. La discoteca, esa tumba ruidosa de la interacción humana, se convierte en la clínica para llevar a cabo una desintoxicación sin fin de esa incurable adicción a la televisión. La discoteca es su palestra ideal: mata el lenguaje, encoge el tiempo y tritura la consciencia.

* * *

Muchos de mis amigos de la India eran místicos que creían que solo mediante experimentos físicos, morales y emocionales puede uno descubrir su naturaleza íntima... y la naturaleza de la intimidad.

De ellos aprendí que, igual que un hombre puede eyacular sin tener un orgasmo y tener un orgasmo sin eyacular, es también capaz de alcanzar un orgasmo tras otro. Para lograr semejante libertad y control, dominé la técnica de tensar y relajar mis músculos pélvicos; aprendí a cortar el flujo de semen en el momento del orgasmo, permitiendo que la liberación placentera del clímax se produjera libremente, aunque sosteniendo la tensión y la rigidez necesarias para mantener la excitación.

Más tarde mis amigos me obsequiaron con otra revelación. El hombre que sabe lo que busca no debe nunca confiar en satisfacer a su hembra solo retozando con su clítoris y follando. Tiene que saber mantener a la mujer tumbada de espaldas mientras él, situado entre sus muslos, introduce la mano dentro de ella, con las palmas hacia arriba, y con los dedos va resiguiendo las delicadas curvas de la vagina y busca el punto del amor secreto en la parte abdominal del canal, entre el hueso púbico y la protuberancia del cérvix. Apretando y digitando con fuerza sobre ese punto erótico, el hombre puede hacer que su hembra secrete un jugo de amor lechoso que, durante un orgasmo potentísimo, eyaculará (como el hombre) a través de la uretra. Según muchos místicos indios, ese jugo es el semen propio de la mujer, no muy diferente en sustancia al semen de un hombre.

En docenas de ocasiones Karen se ha prestado voluntariamente a que yo la llevara a ese tipo de orgasmo: en muchas otras ha alcanzado el clímax espontáneamente sin tener que levantar un solo dedo, por sí misma, como le dije una vez con toda crudeza. Contestó que un hombre que llega al placer pero no puede abandonarse no es precisamente la idea que ella tiene del perfecto amante; que, en verdad, considera mi habilidad para retener los orgasmos, o para conseguir una serie de ellos, un empeño tan morboso como la frialdad que se requiere para ello.

Ahora que ya no dependo del opio para moderarme sexualmente, lamento haber abandonado la India antes de haber aprendido a amortiguar o incluso suprimir (en caso de quererlo) el deseo sexual. Porque aun cuando el sexo es un verdadero pozo interior que se nutre de mí como yo me nutro de él, desde niño he permitido que varias veces al día absorba la mayor parte de mis energías.

Una noche, ella deslizó la mano por la parte interna de mi muslo y cuando yo, inseguro de lo que buscaba, no reaccioné, se apartó y dijo:

–Buenas noches, pedazo de hielo, quizá durante la noche nos topemos el uno con el otro.

Era como si ella hubiera olvidado las veces que me había fallado, como si, a pesar de su aparente abandono, no fuera el ser con mayor dominio de sí mismo, más absorto, que hubiese conocido.

Otra vez, en el momento culminante del acto, justo antes de su orgasmo, cuando yo estaba pendiente de ella con todas las fibras de mi ser y le susurraba que la quería, me rechazó:

–Ya has vuelto a distraerme –me espetó–. Mejor será que me lo haga yo misma.

Y se apoyó contra la pared con las piernas bien abiertas y las manos enterradas entre los muslos, tentándose el sexo. Con la cara arrebolada, los ojos vacuos y los labios separados, parecía posar para un fotógrafo, aislada de su lente solo por los focos. Sus dedos buscaban cada vez con mayor frenesí, sus manos tanteaban cada vez más profundamente, y de pronto apareció una mueca en su cara; gimiendo y emitiendo sonidos entrecortados, enroscada en sí misma, se produjo el orgasmo.

* * *

Te agradará saber, Jonathan, que esta semana dos de los miembros de nuestra junta y antiguos fideicomisarios tuyos han sido llamados a ocupar altos cargos en Washington. James Abbott ha sido nombrado subsecretario de Asuntos Europeos y Charles Sothern ha sido elegido por el presidente de los Estados Unidos para el cargo de ministro de Hacienda. También hay cambios en la vida de otros miembros de la junta. Walter William Howmet, quien fuera presidente de la junta y hasta ahora el más íntimo asociado de tu padre y uno de los artífices del desarrollo de nuestra sociedad, ha asumido también las responsabilidades de gerente general. Stanley Kenneth Clavin, otro amigo íntimo de tu padre y miembro de la junta, ha decidido retirarse de su cargo de presidente de la compañía. El señor Clavin dice que, como en casi todas las divisiones de la compañía están apareciendo mandos más jóvenes, la nueva dirección ha de poder trabajar como un equipo. Su lugar será ocupado por Peter Baudley Macauley.

La carta precedente, enviada por la secretaria de Walter Howmet, ¿tiene por objeto mantenerme al margen o interesarme en lo que ocurre en la compañía? Sea una cosa u otra, aquí estoy yo, un verdadero monarca, el príncipe heredero de los sueños americanos, con poder para decidir cambios en la vida de cientos de miles de hombres y mujeres.

Y toda mi riqueza y poder los he ganado sin arriesgar mi vida en una guerra o una revolución, sin bravura ni cobardía, traición, sufrimiento o sacrificio. Por lo tanto, como héroe dramático, mis raíces no están en Shakespeare, Dostoievski o Stendhal. ¿Soy meramente un ejemplo de la trivialidad del poder y la riqueza en América?

* * *

Un viejo negro desdentado, sin duda adicto, iba sentado frente a mí en el metro. Al subir dos jóvenes policías, hizo un guiño y farfulló:

–Qué bien me siento aquí, hijo, qué bien. Tú me proteges.

Se balanceaba hacia atrás y hacia adelante, y atrajo la atención de los policías. Uno de ellos se acercó y le dijo que se bajara en la parada siguiente.

–¡Pero si voy a casa! –protestó–. ¡Voy a casa!

Cuando en la estación siguiente se abrieron las puertas y el hombre no se movió, los policías lo sacaron del tren a rastras. Era mi parada también, y al bajar los seguí por el andén. Los policías daban empellones al hombre, y cuando este cayó e insistía en que no se podía levantar, lo agarraron por los brazos y lo arrastraron por el andén. Pensé en salir en su defensa, pero no lo hice. No habría servido de ayuda: los policías se habrían vuelto contra nosotros dos con renovada crueldad. Al hombre se le cayó uno de los zapatos, y uno de los polis lo recogió con la punta del bastón y lo lanzó a las vías. Solo entonces el otro poli se dio cuenta de que yo estaba detrás de ellos. Quiso saber qué quería yo.

–¿Qué ha hecho? –les pregunté.

–Me ha amenazado –dijo uno de ellos, sonriendo esquivo.

Y después se alejaron, dejando atrás al viejo, cuya cara estaba cubierta de lágrimas y sangre.

Yo salté a las vías del metro y saqué el zapato de debajo del tercer raíl. Se lo devolví, pero él no se movió:

–No me van a dejar en paz, me estarán esperando –lloriqueaba. Estaba arrodillado en el andén, balanceándose hacia atrás y hacia adelante, mientras se miraba fijamente la sangre de las manos.

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Yaş sınırı:
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Litres'teki yayın tarihi:
13 kasım 2024
Hacim:
241 s. 2 illüstrasyon
ISBN:
9788418546280
Yayıncı:
Tercüman:
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