Kitabı oku: «Elizabeth»

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F. C. SPEZIALE

Elizabeth


Carnero Speziale, Facundo

Elizabeth. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Autores de Argentina, 2014.

E-Book.

ISBN 978-987-711-230-6

1. Narrativa Argentina. I. Título

CDD A863

EDITORIAL AUTORES DE ARGENTINA

www.autoresdeargentina.com info@autoresdeargentina.com

Queda hecho el depósito que establece la LEY 11.723

Impreso en Argentina – Printed in Argentina

Nota del autor

Este libro corresponde a una obra de ficción, la cual está situada en un contexto ficticio, habitado por personajes imaginarios. Así pues, el contenido y los hechos de la presente novela no están exentos de pertenecer a tal fantasía. Por lo tanto, nada de lo que usted pueda leer a continuación es necesariamente real.

Introducción a Elizabeth

Elizabeth era una preciosa mujer de veinte años cuyo encanto difícilmente se igualaba. Tenía cabellos rubios y ondulados, ojos de color índigo y un rostro tan delicado que bien podría haberle pertenecido a una irresistible doncella extraída de algún cuento de hadas, pues su belleza era tan inmensa que, al contemplarla, los hombres solían tener la extraña sensación de hallarse en un agradable sueño novelesco. Sin embargo, la hermosura de Elizabeth no solo radicaba en su apariencia: era, además, una mujer de corazón limpio y buenos sentimientos. En la mayoría de los casos, demostraba una amabilidad, simpatía y dulzura propias de aquellas personas que no suelen conservar emociones negativas hacia los demás ni hacia sí mismas.

En efecto, a Elizabeth le sobraban el carisma, la alegría y el buen humor. Pero, por sobre todas las cosas, tenía una magnífica pasión, un sagrado talento: el canto, por lo que a ella siempre se la escuchaba cantar. Si bien no ganaba dinero con ello y lo hacía meramente por placer, no se trataba de una cantante improvisada, sino de una intérprete que desde pequeña había educado su voz, instruyéndose con las mejores profesoras de canto lírico. De cualquier manera, Elizabeth poseía una voz angelical innata. Cuando cantaba, transmitía semejante placer que hipnotizaba a quien la oyese.

La pequeña Elizabeth siempre fue una jovencita sobreprotegida y consentida —principalmente, por su hermano y su padre—, no solo por haber sido la única hija de la familia, sino también la menor. No obstante, cuando tenía algún tipo de capricho —todos ellos inofensivos y carentes de malicia—, jamás lo expresaba con altanería, soberbia o enojo, pues sus ocurrencias nunca eran malintencionadas ni de origen perverso.

Su único hermano, quien se llamaba Benjamin y tenía veintitrés años, era su principal compañero a la hora de realizar las interpretaciones musicales cotidianas. Además, Benjamin era para Elizabeth una incondicional ayuda y un oído dispuesto a escuchar cualquier tipo de confesión o problema. Tanto es así que Elizabeth y su hermano se amaban sobremanera y pasaban buena parte del tiempo en mutua compañía. De hecho, cualquiera de los dos se convertía a menudo en el cómplice del otro para realizar u ocultar alguna inocente travesura que los protocolos no solían permitir.

La madre de Elizabeth se llamaba Catherine —más conocida como “la señora Clifford”—, y su padre, Hermann —comúnmente nombrado “señor Clifford”—.

Hermann era el terrateniente más rico y con mayor patrimonio de todo el Reino de Hauer, lo que convertía a la familia Clifford en una de las más importantes del Estado. Así pues, bendecidos por las producciones agrícolas, los Clifford (madre, padre e hijos) vivían en una mansión ubicada en su finca principal, bautizada sencillamente como Finca Clifford, un lugar maravilloso y extremadamente paradisíaco que atesoraba bellísimas fuentes, decorados jardines, magníficos estanques… y lagos donde los cisnes cooperaban para recrear un paisaje verdaderamente sublime.

CAPÍTULO I
Un día cualquiera en la Finca Cliffor

Elizabeth y su hermano Benjamin se hallaban en una sala de su residencia, interpretando un bellísimo fragmento musical titulado Hark! the echoing air. Acomodado sobre el asiento correspondiente, Benjamin se limitaba a tocar el clavecín, mientras que Elizabeth, parada a pocos metros de él, se ocupaba de cantar. Y cuando los hermanos Clifford concluyeron la interpretación…

—Como sigan deleitándome de esa forma, se quedarán sin padre —dijo el señor Clifford chistosamente desde algún lugar de aquel distinguido salón, al cual había accedido dos minutos antes sin que sus hijos lo percibieran.

—Si aquello ocurriese, nosotros volveríamos a deleitarte en cuanto el sopor se adueñase de tu cuerpo, padre mío, en pos de devolverte la vida de la misma forma en la que la habrías perdido —habló Elizabeth, continuando la teatralización de su padre mientras este se acercaba a ellos.

—Cómo me hubiese gustado que la seriedad con la que te inclinas hacia el canto fuese equivalente a la seriedad con la que obedeces las órdenes de tu padre —siguió bromeando Hermann Clifford, quien vestía una casaca de color marrón y una peluca de tonalidad grisácea.

—Prometo mejorar de aquí en adelante —dijo Elizabeth, luciendo un vestido blanco, mientras efectuaba una sutil reverencia.

—¿Dejarás de hacer travesuras? —preguntó Hermann, de pie frente a sus hijos.

—Para serte sincera, no creo que eso sea posible, padre; pero intentaré ser menos traviesa de lo que soy —respondió Elizabeth.

—Deja de llamarlo “padre” y llámalo “Hermann”; así se le irá el buen humor que posee y dejará de hacerse el chistoso —sugirió, en broma, Benjamin a su hermana, aún sentado sobre el asiento del clavecín.

Benjamin lucía una chupa de color dorado y llevaba la cabeza descubierta, por lo que sus cortos cabellos rubios se dejaban apreciar con claridad, sin mencionar sus refinados ojos de una delicada tonalidad celeste.

—Desde que fallecieron mis padres, su madre es la única persona en esta casa que puede llamarme “Hermann” —expresó el señor Clifford, haciéndose el enojado.

—Al fin y al cabo, ella es la que manda aquí. ¿No es cierto? —bromeó Benjamin.

—¡Muchacho insolente! —exclamó Hermann, todavía bromeando.

—Por supuesto que lo soy. Después de todo, eres mi padre. ¿No es así?

—¡Qué barbaridad! He criado a dos libertinos —profirió Hermann Clifford con gracia, mientras se retiraba de la escena.

—Creo que ha venido a decirnos que el almuerzo está listo —comentó Benjamin a Elizabeth, una vez que el señor Clifford abandonó aquella sala.

—Seguramente, querido hermano. Mas, al parecer, se ha olvidado de decírnoslo.

—Vayamos, pues, al comedor —indicó Benjamin, y se levantó del asiento—. Después de ti, querida Elizabeth —concluyó, realizando un educado gesto.

Momentos después, la familia Clifford —madre, padre e hijos— almorzó en su extenso comedor, sentada a una gigantesca mesa y disfrutando de exóticas comidas propias de una clase acaudalada.

—¿Han oído hablar de lo que le ha ocurrido al rey? —preguntó a sus hijos la madre de la familia, Catherine Clifford, durante el almuerzo.

—He escuchado algo al respecto, madre —contestó Elizabeth—. ¿Qué es, precisamente, lo que le ocurre?

—Hasta donde sé, ha caído enfermo; aunque los médicos no han podido hallar explicación alguna —dijo Catherine, quien exhibía su áurea cabellera con total naturalidad—. Aparentemente, sufre de dolores múltiples.

—Imagino lo contento que se pondría el pueblo si empeorase la enfermedad de Macbeth —expresó el señor Clifford, nombrando al popularmente despreciado soberano del Reino de Hauer.

—No estés tan seguro, padre, pues si Macbeth muriese, su hijo tomaría el mando —advirtió Benjamin—. En ese caso, ¿cuál sería la diferencia? Son exactamente iguales. El hijo del rey es un hombre tan despreciable como su padre; incluso, puede que más.

—Hasta el más vil de los hombres posee en su interior cierto grado de integridad, querido Ben —acotó Elizabeth.

—Pues yo diría que Alexander es pura vileza. ¿A quién podría gustarle ese hombre? —dijo Benjamin, refiriéndose al único hijo de Macbeth.

—De todos modos, espero que Alexander tome conciencia y deje de seguir los pasos de su padre —expresó la señora Clifford—. De lo contrario, Hauer tendrá que padecer nuevamente otra calamidad.

—Alexander no es ningún santo, mi querida Catherine; de eso no hay duda alguna —admitió Hermann a su esposa—. Pero… de lo que no estoy seguro es del grado de maldad que el príncipe podría ser capaz de tener si se convirtiese en rey.

—¿Qué grado de perversidad crees que podría llegar a tener con la educación que ha recibido de su padre? Macbeth es tan déspota que cualquier persona con vida debería dar las gracias por seguir respirando —agregó Benjamin.

—En efecto. Y si Macbeth no nos ha declarado la guerra aún, hijo mío, es porque siempre he mostrado un perfil educado y diplomático ante él y su hijo —comentó el señor Clifford—. Y así lo seguiré haciendo. Y ustedes también. ¿O acaso quieren perderlo todo? Macbeth es capaz de matarnos sin mayor excusa que la de sentirse ofendido por una pequeñez.

—La razón por la que lo sigues invitando a tus fiestas de cumpleaños —señaló Benjamin.

—Por supuesto, a él y a su hijo; aunque no los he invitado todos los años, sino algunos. En definitiva, solo los invito cuando se trata de fiestas muy concurridas —se excusó el señor Clifford—. Igualmente, si es que está enfermo como dicen, no creo que el rey pueda asistir a mi fiesta este año.

—Pero sí el joven Alexander —acotó Benjamin—. Y a propósito: ten cuidado, Elizabeth; podría tratar de acercarse a ti —bromeó luego.

—¿Alexander? ¿Por qué lo haría? —inquirió Elizabeth.

—No olvides, querida hermana, que el príncipe es todavía un hombre soltero.

—En fin, ocupémonos de comer y dejemos de hablar sobre cuestiones desagradables —ordenó Hermann, y los Clifford continuaron almorzando.

Luego del almuerzo, Elizabeth y Benjamin decidieron realizar la digestión sobre el lago más extenso de la finca; y así lo hicieron. Fue entonces cuando su bote llegó a cierto lugar donde un gigantesco árbol los cubría del sol, por lo que permanecieron allí, sentados sobre aquel cuerpo flotante.

—Es curioso —comentó Benjamin, ostentando un sombrero de tonalidad oscura.

—¿Qué es lo curioso? —preguntó Elizabeth, quien vestía un amplio sombrero emblanquecido.

—Que rechaces a todo aquel que te proponga matrimonio.

—Aceptaré cuando la propuesta venga de la persona indicada y se realice en el momento indicado.

—Tienes suerte al no necesitar casarte con un hombre rico para llevar una vida acomodada —acotó Benjamin—. No obstante, es extraño que no sientas la necesidad de tener a alguien a tu lado.

—No es que no lo desee.

—Sin embargo, de seguir así, podrías terminar esperando a tu príncipe el resto de tu vida.

—Es que… no estoy esperando a nadie, querido Ben; lo cual no quiere decir que rechazaría a un hombre si verdaderamente me convenciese —explicó Elizabeth—. Lo cierto, hermano mío, es que procuro ser feliz en cada momento; por lo tanto, no soy una doncella que vive añorando melancólicamente a un hombre imaginario.

—Pero… ¿y si nadie terminara convenciéndote? —preguntó a su hermana menor.

—Prefiero estar soltera antes que con una persona con la cual estaría solamente por temor a la soledad o a hacer el ridículo. ¿No lo crees?

—Es válido lo que dices, aunque es un pensamiento muy adelantado para nuestra época —opinó Benjamin—. En cualquier caso, no podrías negar que nuestro padre, en comparación con otros, es demasiado permisivo contigo, pues si hubieses tenido cualquier otro padre, ya te habría obligado a contraer matrimonio.

—Sé que, si me caso, nuestros padres estarían muy felices de verme junto a un hombre. Pero bien sabes lo que pienso: no estoy dispuesta a casarme solo por el hecho de que nuestros padres lo deseen.

—Sin embargo, eres una de las pocas mujeres que se pueden dar el lujo de poseer libertad semejante.

—Lo sé —afirmó Elizabeth—. De cualquier forma, sabes que nunca me quedaría sola, pues los tengo a ustedes.

—Por supuesto que sí, querida Elizabeth. Y no creas que te estoy incitando a ceder ante la propuesta de cualquier sujeto. Igualmente, suceda lo que suceda, siempre cuidaré de ti, como tú bien lo has dicho, por lo que, cuando menos, tendrás a un hermano dispuesto a soportarte el resto de tu vida.

—De eso estoy segura. Me cuidas mejor que a tu propia esposa.

—Es posible.

—Ya que la he mencionado, ¿tienes noticias de Edith? —preguntó Elizabeth, refiriéndose a la esposa de Benjamin, la cual se había retirado provisoriamente de la comarca para visitar a sus padres y abuelos, quienes residían en una ciudad lejana.

Para ser precisos, Edith había decidido visitar a su familia de sangre en pos de asistir al cumpleaños de su padre, cuyo aniversario de nacimiento coincidía con el del señor Clifford, una razón por la que tanto Benjamin como su esposa decidieron separarse temporalmente y pasar aquella fecha conmemorativa cada uno con sus respectivos progenitores.

—Todavía no he recibido ninguna carta de ella —respondió Benjamin.

—¿Y… por cuánto tiempo crees que estará ausente?

—Eso dependerá del momento en el que mi esposa se aburra de la compañía de sus propios padres y del instante en el que comience a extrañarte a ti, a la finca y, remotamente, a mí. De cualquier manera, aprovechando que ella decidió visitar a su familia para asistir al cumpleaños de su padre, seguramente, se quedará algunas semanas junto a su parentela, tal y como nos lo dijo. Aunque, con un poco de suerte, no la veré sino hasta dentro de un mes —bromeó Benjamin.

—¿Te arrepientes de no haberla acompañado?

—Bien sabes que no soporto a mis suegros. Además, es bueno que, cada tanto, Edith y yo nos separemos por algún tiempo. Aquello coopera para que la convivencia se vuelva más llevadera. Por eso me alegro de que la familia de Edith (en especial, mis suegros) no haya decidido venir aquí y festejar ambos cumpleaños al unísono, como ha ocurrido en otros años. En definitiva, el padre de Edith quería que en su fiesta de aniversario no faltasen sus amigos ni familiares cercanos, por lo que le pareció más cómodo realizar el festejo en su propia casa. No a todos los amigos de mi suegro les sería posible venir a esta parte del reino; sea por sus compromisos, por la falta de dinero o de tiempo, por problemas de salud, etcétera.

—¿Sigues preocupado por el hecho de que Edith todavía no haya quedado embarazada? —volvió a preguntar Elizabeth al cabo de unos instantes.

—Así es; y conoces la razón de mi preocupación.

—No te preocupes, Benjamin; ni tú ni tu esposa carecen de fertilidad. Edith te dará unos hermosos hijos en cualquier momento.

—Eso espero.

—Así será —concluyó Elizabeth, y se hizo el silencio durante algunos segundos—. En tres días estaré cantando frente a todos los amigos de nuestro padre —dijo de improviso, refiriéndose a la fiesta de cumpleaños de Hermann, la cual se celebraría dentro de tres días en la mansión de los Clifford; y, por supuesto, Elizabeth no podía dejar de realizar una interpretación musical para los invitados, ya que era condición sine qua non que Elizabeth cantara para cualquier persona que llegase a la residencia (si ella no lo hacía por su propia cuenta, siempre terminaban pidiéndoselo)—. Eso me recuerda que tengo un ensayo a las seis.

—Y allí estarás. Mas ahora… ¿te gustaría jugar una partida de ajedrez?

—De acuerdo —aceptó Elizabeth.

—Bien. En marcha —concluyó Benjamin, y remó hacia el muelle para que ambos se retirasen del lago.

CAPÍTULO II
La insistencia de Macbeth

Alexander, vástago del rey Macbeth, se encontraba completamente solo en su habitación personal del Palacio de Erlingham. Dicho palacio correspondía a la sede oficial de la corona de Hauer y se ubicaba en la capital del reino. El joven príncipe —quien tenía veintiún años, cortos cabellos de color negro y ojos relativamente azulados— se movía por su cuarto de aquí para allá, realizando movimientos con su espada como si estuviese combatiendo contra alguien, cuando, de pronto, uno de los sirvientes llamó a la puerta de su dormitorio.

—¿Alteza…? —dijo el servidor, sin abrir la puerta de la habitación.

—¡¿Qué sucede?! —preguntó Alexander, todavía jugando con su espada dentro del cuarto.

—Su padre desea verlo —comunicó el sirviente.

—Bien. Puedes retomar lo que estabas haciendo —ordenó el príncipe, quien lucía una chupa de color blanco sin llevar la peluca puesta.

—Como usted ordene, alteza —concluyó el sirviente, y se marchó.

Acto seguido, Alexander dejó de simular aquella lucha imaginaria, guardó su espada en una funda que colgaba de su cinturón y salió de su cuarto para dirigirse a la habitación de su padre.

—Alteza —le dijo uno de los soldados mientras el hijo del rey caminaba por un pasillo del palacio, por lo que Alexander cesó la marcha.

—¡¿Y ahora qué?! —preguntó Alexander.

—Hemos detenido a un pequeño grupo de rebeldes —comunicó el soldado—. Estaban arrojándole huevos a su estatua. Ya los hemos interrogado. No parecen pertenecer a una agrupación organizada.

—Cuélguenlos públicamente el viernes. Y comuníquenle al pueblo la razón del ahorcamiento —ordenó Alexander y continuó su marcha.

Macbeth y su hijo Alexander carecían de carisma y talento persuasivo, por lo que solo podían garantizar la obediencia produciendo el temor a través de la fuerza y la amenaza. Sumado a esto, lejos de ser queridos por su pueblo, no eran más que dos hombres a los que se les tenía miedo y un desmesurado desprecio.

—Uno de los sirvientes me comunicó que querías verme —dijo Alexander a su padre en cuanto accedió a la habitación de este.

—Así es, hijo mío —afirmó Macbeth, quien estaba acostado a noventa grados sobre su cama y no tenía la peluca puesta—. Ven, siéntate —invitó luego, por lo que su hijo se acercó a él y se acomodó sobre una silla que yacía junto a la cama de Macbeth.

Si bien el rey de Hauer poseía una relativa calvicie en la parte superior de la cabeza, mantenía tupidos cabellos en los extremos, los cuales combinaban con el tinte canoso de su prolija barba.

—He mandado a colgar a unos rebeldes que, según señaló un soldado, estaban arrojando huevos sobre mi estatua.

—¿Por qué habría de corregir tal decisión, hijo mío? Desde que asumí el trono, no dejo de dar muerte, hostigar, encarcelar o convertir en esclavo a todo aquel que se manifieste en mi contra, sea rico o pobre. Y tú, querido Alexander, no demuestras hacer lo contrario.

—¿Debería corregirlo algún día? —preguntó irónicamente Alexander.

—En absoluto, hijo mío —respondió Macbeth—. Sin embargo, sí deberías corregir otras cosas.

—¿Como cuáles?

—Bien sé que no existe mujer de la que puedas enamorarte. Nunca te has interesado en mujer alguna. De hecho, el amor no es algo que puedan llegar a sentir dos personas como tú y yo; y no te culpo por ello: así te he enseñado a vivir —declaró Macbeth—. No obstante, es preciso que contraigas matrimonio para que puedas tener un hijo legítimo y, por lo tanto, un heredero al trono. ¿O acaso deseas darle fin a la soberanía de tu sangre más directa? No olvides que no poseo hermanos, lo que significa que, si no me das un nieto, te convertirás en un monarca que deberá cederle el trono a la descendencia del hermano de mi padre —continuó el rey—. No digo que dejes de divertirte, querido Alexander; pero hace tiempo que tendrías que haberte casado, y me preocupa sobremanera que ni siquiera te ocupes de pensar en ello —concluyó luego.

—Descuida, padre —habló Alexander—; prometo ocuparme del asunto.

—Siempre dices lo mismo y nunca haces nada al respecto, hijo mío. Por ello, si no te casas dentro de unos meses, seré yo quien te elija una esposa. ¿Entendido?

—Entendido, padre.

—Bien —dijo Macbeth, cuya mujer había muerto décadas atrás al dar a luz al único hijo de ambos, el joven Alexander, quien era la única esperanza para perpetuar la soberanía de la descendencia del rey, puesto que su majestad no había vuelto a engendrar un nuevo descendiente ni había tenido ninguna pareja formal desde la muerte de su esposa. De esta forma, Macbeth debía procurar que Alexander contrajera matrimonio y engendrara al futuro heredero al trono de Hauer, cosas que Alexander todavía no había realizado—. Ya que te pondrás en campaña para elegir a una esposa, podrías empezar por ir al cumpleaños del señor Clifford. Será dentro de dos días. Estoy seguro de que allí asistirán jovencitas de muy pudientes familias.

—Pero, padre, tú estás en cama y…

—Olvídate de mí, hijo mío, y asiste a la fiesta sin tu padre. No obstante, procura estar atento y, de ser posible, entablar relación con alguna muchacha.

—Como digas, padre.

—Bien… Ahora puedes irte —permitió Macbeth—. Te veré en media hora para la cena.

—¿Acaso cenarás en el comedor?

—Así es.

—Eso quiere decir que te sientes mejor —dedujo Alexander.

—En efecto, hijo mío. Pero si pretendes cenar con el rey, deberás dejar que me cambie.

—Bien —pronunció el príncipe Alexander y se retiró de la habitación de su padre.

CAPÍTULO III
La elección del joven Alexander

Hermann decidió festejar su cumpleaños número cincuenta y cinco el mismo día de su aniversario de nacimiento, y citó a los invitados a las siete de la tarde de un sábado que, por fortuna, parecía conservar un tiempo agradable.

Debido a que la Finca Clifford se ubicaba a pocos kilómetros de la ciudad de Erlingham —capital del Reino de Hauer—, Hermann se había podido dar el lujo de invitar a una gran cantidad de personas.

Momentos antes del crepúsculo, la gente comenzó a llegar al evento en sus finos carruajes y caballos, hasta que, finalmente, Alexander arribó a la finca dentro de una nívea carroza escoltada por algunos jinetes. Y en cuanto su coche cesó la marcha frente a la mansión de los Clifford, el joven Alexander —luciendo un rostro empolvado, una casaca azulada y una peluca de color blanco— bajó del carruaje luego de que un subordinado le abriera la puerta. Después de unos instantes, el recién llegado y su escolta caminaron hacia la residencia del cumpleañero y se detuvieron a pocos metros de distancia con respecto a la escalera de la fachada. Los cuatro integrantes de la familia Clifford se encontraban allí, de espaldas a la mansión, justo antes de las escaleras, pues habían decidido que los invitados de la fiesta serían recibidos por ellos mismos.

—Es un placer tenerlo aquí, alteza —dijo Hermann, mientras él, sus hijos y su esposa realizaban una educada reverencia. Mas el joven Alexander, haciendo uso de su injustificada soberbia, simplemente realizó un leve movimiento de cabeza—. Por desgracia, nos han llegado noticias de que su majestad el rey ha caído enfermo; por lo que, si a su alteza Alexander le parece justo, querríamos saber cómo se encuentra su majestad Macbeth —indagó luego el señor Clifford.

—Se encuentra en su cama, pero estará mejor. Me ha dicho que los salude de su parte, a usted y a su familia —pronunció el joven Alexander.

—Con gusto, aunque con cierta pena, recibimos los saludos —dijo el señor Clifford—. Por favor, pase, alteza. Mis asistentes le indicarán el camino —profirió después.

Frente a esto, el joven Alexander y su escolta subieron las escaleras de la fachada y se introdujeron en la mansión.

Elizabeth lucía un vestido nevado, y su madre Catherine, uno de tonalidad gris, mientras que Benjamin vestía una casaca roja, y su padre, una de color crema. Además, ambos hombres, quienes tenían el rostro empolvado, llevaban chupa y calzón del mismo color que su casaca, una indumentaria que se complementaba con una fina peluca, elegantes zapatos y medias blancas. Aunque, en aquella ocasión, la señora Clifford y su hija también exhibían peluca.

Momentos después, el cumpleañero y los invitados ya se encontraban en el salón principal del evento. Dicha sala exhibía una decoración indudablemente generosa, mesas repletas de exóticas comidas, personal contratado especialmente para la ocasión y criados habituales diseminados por la totalidad del ambiente. A su vez, los invitados se veían complacidos frente a la solemnidad de la fiesta mientras comían, platicaban, reían o bebían. No obstante, hubo muchas otras cosas de las que disfrutar en aquella ostentosa celebración, como una extraordinaria sinfonía en re mayor (RV 122), cuyos intérpretes supieron deleitar correctamente a la audiencia.

A las diez de la noche, ya sin música de fondo, Elizabeth platicaba con sus tíos maternos; Hermann —como era hijo único— hablaba con sus primos; Benjamin comía salmón ahumado mientras pensaba en sus cuatro abuelos fallecidos —probablemente, porque le hubiese gustado tenerlos allí—, y Catherine le hacía señas a su hija desde lejos para indicarle que ya era hora de que realizara su interpretación, por lo que, en cuanto Elizabeth se percató de las señas de su madre, se dirigió al sector de los músicos y se preparó para maravillar a los presentes.

—A continuación, la hija del señor Clifford, más conocida como Elizabeth, mi adorable sobrina, nos deleitará unos minutos con su inmaculada voz de ángel —informó uno de sus tíos, parado en algún lugar de la sala, una vez que la muchedumbre cesó de platicar entre sí.

El segmento que la hija del señor Clifford había elegido para interpretar en aquella noche se trataba de un corto fragmento vocal para soprano, titulado Bid the virtues, el cual sería ejecutado, además de por una única voz (en este caso, la de Elizabeth), por tres músicos adicionales, que harían sonar, cada uno, un instrumento diferente.

Estando Elizabeth perfectamente de pie y los tres instrumentistas preparados, los cuatro integrantes del conjunto comenzaron a extasiar los oídos de la sala. Fue entonces cuando la audiencia, bendecida por la gracia de aquella secuencia sonora, se focalizó en percibir lo más minuciosamente posible todo lo que saliera de la boca de Elizabeth.

El problema…, el único problema… fue que el joven Alexander también prestó sobrada atención a la magnificencia de la hija del señor Clifford y quedó cautivado por sus encantos. De esta forma, deseó obtenerla, hacerla suya y convertirla en un objeto de su propiedad… como símbolo no del amor, sino de la codicia. En efecto, Alexander quiso que Elizabeth fuese su trofeo, su sierva y su posesión.

Pero… ¿por qué recién ahora se veía interesado en una mujer? Posiblemente, porque su padre le había ordenado contraer matrimonio pronto. Tal vez, por ese motivo se vio, quizá, obligado no solo a agudizar la atención hacia las mujeres, sino también a observarlas desde otra perspectiva.

Lo cierto era que Elizabeth y Alexander ya se habían visto reiteradas veces en diversas ocasiones —aunque nunca estando solos—. A decir verdad, siempre que ambos estuvieron presentes en un mismo lugar fue por motivos netamente circunstanciales en los que otras personas se hallaban alrededor de ellos. Prácticamente, nunca habían cruzado palabras entre sí —fuera de un saludo cumplidor— y jamás habían tenido algún tipo de simpatía. Lujosas fiestas, eventos formales, acontecimientos públicos, cenas protocolares, etcétera: esas eran casi todas las circunstancias en las que solían, como mucho, saludarse respetuosamente para luego seguir cada uno realizando su propio cometido. De todos modos, no era la primera vez que el joven Alexander la escuchaba cantar. Pero, anteriormente, no había tenido el menor interés en la hija del señor Clifford. De hecho, el vástago de Macbeth ni siquiera se permitía disfrutar de la música, una razón por la que nunca había sentido la menor debilidad cuando, en ocasiones anteriores, había escuchado el canto de Elizabeth. Sin embargo, quizá gracias a las insistencias de su padre, Alexander consideró que la poseedora de aquella voz debería ser el medio por el cual naciese el futuro heredero al trono.

“Sí, tú serás mi infeliz pareja. ¿Cómo puede ser que antes no me haya dado cuenta?”, pensó Alexander mientras Elizabeth cantaba, ya que, en ese momento, sí se despertó en él algún tipo de sentimiento; pero dicho sentir parecía no estar relacionado con otra cosa que no fuera el ciego poder y la perversa ambición, pues lejos de conmoverse inocentemente por el canto de la pequeña muchacha de cabellos dorados, sintió deseos de adueñarse de ella, como si Elizabeth se tratase de una esclava a la que, de no poder comprarse con dinero, se la podría obtener por medio de la espada. “¿Por qué me veo subordinado a este repentino interés?”, volvió a preguntarse para sus adentros. “En efecto, mi padre me lo ha pedido por última vez, y ahora entiendo la importancia de asegurar urgentemente la preservación de la soberanía de mi sangre más directa”, concluyó en su pensamiento.

Pero… ¿por qué había elegido realmente a Elizabeth? Pues porque todo lo que era Elizabeth, todo lo que ella significaba y todas las virtudes que la hija de los Clifford poseía… correspondían a lo que él jamás había podido adquirir. De esa manera, al obtener a Elizabeth como un trofeo, conquistaría aquellas virtudes y cualidades de las que él carecía. Y cuando lo hiciera…, cuando obtuviese a su presa, la convertiría en la persona más infeliz del mundo… para demostrarse a sí mismo que la ambición del poder más perverso siempre triunfa sobre los corazones puros y alegres.

—Así es, me apoderaré de tu bondad, de tu belleza interior, de tu dulzura y de toda la luz que poseas. Aquella será mi primera conquista. Y luego, extirparé de tus entrañas todo lo bueno que tengas… como símbolo de la soberanía del veneno más depravado y malicioso que jamás haya existido —pensó nuevamente Alexander.

Cuando Elizabeth terminó de cantar, el resto de los músicos concluyó su ejecución segundos después. Acto seguido, la ovación de los invitados, contentos y satisfechos, se hizo presente.

—Haré de ti una esclava de mis propios caprichos —continuó el joven Alexander con su plática interna, parado y con las manos congeladas, mientras contemplaba cómo Elizabeth le sonreía a las multitudes, al tiempo que los presentes aplaudían hipnotizados por la magia de la hija de los Clifford—. Sonríe, Elizabeth. Sonríe todo cuanto puedas, pues cuanto más sonrías, más fuerte te arrancaré la inmaculada pureza de tu embriagadora virginidad —concluyó mentalmente.

—Has estado maravillosa, querida hija —le dijo el señor Clifford a la pequeña Elizabeth y la besó con orgullo en la frente.

—Me alegro de que te haya gustado, padre —comunicó Elizabeth.

—En verdad tienes una voz privilegiada, cuyo encanto hace desmayar a las personas por la conmoción que les provocas —elogió el señor Clifford.

—No veo a ningún desmayado en la sala, padre —bromeó Elizabeth.

—Tonterías. La voz que emana de tus cuerdas vocales podría comprar el mundo emitiendo una sola nota a capela —siguió halagando Hermann a su hija.

Cuando los aplausos y felicitaciones personales concluyeron, el joven Alexander se acercó a Elizabeth sin custodia alguna.

—Debo admitir que, si bien no poseo cualidades de músico ni he sido dotado de un oído exigente, ha estado fantástica —alabó Alexander; pero Benjamin, que se hallaba junto a su hermana, pudo escuchar las palabras del futuro heredero al trono.

—Ha sido un placer, alteza —emitió Elizabeth, efectuando una sutil reverencia.

Acto seguido, Alexander realizó un gesto con su cabeza y se retiró hacia otro lugar de la sala.

—Esto es muy extraño —comentó Benjamin a Elizabeth.

—¿Te refieres a la actitud de Alexander? —preguntó ella.

—Así es. Alexander es demasiado hostil como para acercarse por el solo hecho de felicitarte, una razón por la que debo sospechar de su repentino ataque de cordialidad.

—¿Acaso crees que ha sido demasiado amable?

—Teniendo en cuenta que se trata de él, claro que sí.

—Puede que tengas razón, querido Ben.

—Lamentablemente, puede que la tenga. No obstante, mejor sería que me esté equivocando, pues la única lógica que encuentro para explicar este cambio de personalidad por parte de Alexander es… —insinuó Benjamin, sin poder concluir la oración.

—¿Acaso crees que…?

—Así es, Elizabeth —interrumpió Benjamin—. Roguemos que Alexander no esté tratando de conquistarte.

—Entonces, procuraré no volver a cantar delante de él —bromeó Elizabeth, y la celebración continuó su curso.

CAPÍTULO IV
Un misterioso caballero

Minutos más tarde, durante la magnífica fiesta del señor Clifford, Elizabeth se percató de que una extraña presencia —aproximadamente de su misma edad— se hallaba caminando entre los invitados. Dicho individuo, que intentaba con algo de éxito poseer cierta naturalidad, ostentaba una peluca blanca, una casaca de color gris y una cara finamente empolvada. No obstante, lo curioso fue que Elizabeth, tras haberlo observado por algunos segundos, no pudo descubrir la identidad de aquel sujeto. Fue entonces cuando este extraño personaje —de ojos verdes y unas cejas de color azabache— percibió que la hija del señor Clifford se acercaba a él con un rostro que le comunicaba fehacientemente que la soprano de cabellos dorados pretendía averiguar quién era. Mas el incógnito personaje, tratando de evadir la situación, comenzó a alejarse disimuladamente de la muchedumbre, siendo seguido por la pequeña Elizabeth.

En un primer momento, la soprano lo perdió de vista, ya que el sujeto se introdujo en un amplio y deshabitado pasillo.

“Está allí”, pensó Elizabeth al llegar al pasillo y ver que se cerraba una de las puertas aledañas, por lo que abrió aquella puerta y accedió a una sala oscura. Sin embargo, al no cerrar el acceso, la poca luz del pasillo le permitió obtener una relativa visión.

Apenas entró Elizabeth a aquella sala poco iluminada, trató de buscar en silencio al misterioso sujeto; mas no halló pista alguna por su propia cuenta.

—Debo admitir que su voz me ha impresionado, señorita Elizabeth —comunicó el sujeto de improviso, lo que provocó que ella, un poco asustada por la sorpresa, girase su cuerpo en dirección a la voz que había escuchado y quedase enfrentada a aquel extraño individuo.

—¿Quién es usted, noble caballero?

—Un agraciado joven que hoy tuvo el maravilloso privilegio de conocerla.

—Eso quiere decir que no nos habíamos visto antes.

—En efecto.

—Además, no me he percatado de su presencia en la fiesta sino hasta hace un momento —señaló ella.

—Aquello se debe a que no hace mucho tiempo que he llegado a la celebración —comunicó el individuo.

—Si no lo considera muy pretencioso, ¿podría preguntar de dónde conoce usted a mi padre, misterioso caballero?

—A causa del repentino agrado que siento por usted, debo admitir que no he sido invitado a esta fiesta —confesó el joven, y sorprendió a la hija del señor Clifford—. Incluso, hoy es la primera vez que he visto a su padre.

—¿Cómo dice?

—Así es, señorita Elizabeth.

—Pero… entonces, ¿qué es lo que hace aquí? —indagó la soprano.

—Desgraciadamente, y en vistas de que no pretendo mentirle, no creo que sea conveniente revelar tal información. De cualquier manera, no se preocupe, y no tema, pues en verdad no deseo hacerle nada malo a usted ni a su familia. De hecho, la concreta razón que me trajo aquí no se relaciona en absoluto con el apellido Clifford.

—¿Entonces…?

—Entonces, despreocúpese del asunto —aconsejó el extraño

sujeto—. Usted y su familia no corren peligro alguno.

—¿Y qué se supone que debería hacer ahora? —preguntó

Elizabeth—. ¿Acaso no sería lo más razonable comenzar a gritar?

—¿Qué le dicta su corazón?

—¿Acaso debería consultar a mi corazón en un momento como este?

—¿Usted qué opina?

—Opino que no sería prudente hacerlo.

—Tampoco lo fue haberme seguido hasta aquí; y, sin embargo, lo ha hecho. ¿Por qué motivo cree usted que lo hizo?

—¿Por curiosidad…?

—¿Y por qué más?

—¿Acaso insinúa que pretendía conocerlo por algún otro motivo?

—Puede que usted lo haya acabado de insinuar.

—En absoluto. Y déjeme informarle que mi corazón me dice que grite —fingió ella.

—¿De veras?

—Así es —afirmó Elizabeth.

Al instante, los músicos de la fiesta comenzaron a interpretar un minueto, el cual correspondía al tercer movimiento de la Sinfonía n.º 104 en re mayor, cuyo compositor se apellidaba Haydn.

—De acuerdo. Pero antes de que sea delatado por usted, ¿podría concederme el honor de bailar esta pieza en el salón principal? —pidió el desconocido mientras se acercaba a la soprano.

—¿Acaso está loco? —increpó Elizabeth dando un paso hacia atrás, por lo que el hombre cesó la marcha y permaneció frente a la joven de cabellos dorados.

—Lo estoy desde que la he escuchado cantar —confesó el sujeto.

—Pues yo creo que lo está desde mucho antes.

—No de la forma en la que lo estoy ahora —pronunció el hombre, y dejó sin palabras a la pequeña soprano—. ¿Le concederá a este inconsciente caballero el honor de bailar esta magnífica pieza? —solicitó, y le acercó su brazo para que Elizabeth lo tomara.

La hija de los Clifford parecía haberse cautivado por los encantos de aquel enigmático individuo. Por primera vez en la vida, sintió una extraña sensación de nerviosismo y pudor que no recordaba haber sentido con anterioridad.

—De acuerdo —concedió la jovencita, vencida por la repentina simpatía que sentía por aquel hombre, mientras tomaba el brazo del desconocido conquistador—. Pero, luego de bailar el minueto, lo delataré ante la audiencia —amenazó a la brevedad.

—Sospecho que, no obstante, habrá valido la pena bailar con usted, ¿no lo cree? —concluyó el sujeto, y Elizabeth esquivó su mirada para demostrar una indiferencia que, en realidad, no sentía.

Acto seguido, ambos se dirigieron a la sala principal de la fiesta y comenzaron a bailar juntos el minueto.

—Intuyo que no tiene pensado revelarme su identidad ni su propósito, ¿no es así? —le preguntó Elizabeth, mientras ellos y algunas parejas más bailaban en el salón.

—No esta noche.

—¿Y si lo amenazara con gritar en este momento?

—De cualquier manera, iba usted a delatarme en cuanto terminásemos de bailar.

—Sin embargo, podría no hacerlo a cambio de una confesión.

—Tengo la esperanza de que usted se apiade de mí sin que yo me vea obligado a confesarle mis secretos.

—¿Y cómo hará para lograr aquello?

—¿Acaso no lo estoy haciendo?

—Le recuerdo que soy yo quien tiene el poder para manejar la situación —aclaró ella.

—¿De veras? —preguntó el joven—. Pues yo creí que era al revés.

—¿Intenta probarme?

—Quizá esté intentando seducirla.

—¿Para que no lo delate?

—¿Usted qué opina?

—Opino que sí.

—Entonces, dígame, señorita Elizabeth, si he logrado o no seducirla lo suficiente como para que usted, sin recibir una confesión de mi parte esta noche, no comience a gritar cuando terminemos el baile.

—Me temo que sus artilugios no han sido suficientes —comunicó Elizabeth.

Al instante, concluyó el minueto, por lo que ambos cesaron la danza.

—Le concedo, pues, el honor de gritar —otorgó el joven, parado frente a la pequeña soprano.

Sin embargo, ella se quedó mirándolo durante algunos segundos, hasta que los músicos comenzaron a interpretar otro minueto, el cual correspondía al segundo movimiento de un quinteto de cuerdas en mi mayor (G. 275). Mas cuando Elizabeth abrió su boca para comenzar a hablar…

—¡Elizabeth! —llamó Hermann inesperadamente, mientras se acercaba a su hija, por lo que ella caminó en dirección a su padre para que este no se aproximase demasiado al misterioso joven, quien se mantuvo de pie, mirando hacia cualquier parte.

—Padre… —pronunció Elizabeth, una vez que tuvo a su progenitor a pocos centímetros de ella.

—Quería presentarte con mayor profundidad al… —dijo Hermann, y, por la intriga que le generaba el incógnito sujeto, cesó la oración que estaba pronunciando—. ¿Quién es ese hombre? —preguntó luego.

—¿A quién te refieres, padre? —disimuló ella, haciéndose la desentendida.

—A él —indicó Hermann mientras realizaba un movimiento de cabeza, señalando al sujeto al cual se refería—. El caballero con el que bailabas.

—Él es… uno de tus invitados, padre .

—Por supuesto que lo es. Pero… no puedo identificar de quién se trata. De hecho, no recuerdo haberlo recibido.

—En fin, ya nos ocuparemos de él. Por cierto, padre, ¿a quién querías presentarme? —indagó Elizabeth, tratando de distraer a su progenitor.

—Quería que conocieras con mayor detenimiento a… —dijo el señor Clifford, y cesó de emitir palabra—. Primero, me gustaría saludar a ese hombre. Puede que haya venido tarde, y sería de mala educación no darle la bienvenida —expresó luego, refiriéndose al joven desconocido—. ¿Te ha dicho quién era?

—No se lo he preguntado —respondió ella.

—Veamos… —habló Hermann, y, siendo seguido por su hija, caminó unos metros hasta llegar al incógnito caballero—. Buenas noches —lo saludó, mientras Elizabeth terminaba de acercarse a ambos.

—Buenas noches, señor Clifford. Estupenda música ha elegido usted para su fiesta —le dijo el hombre, mirándolo a los ojos.

—Es usted muy amable —agradeció Hermann—. Sin embargo, debe perdonar mi pésima memoria, ya que, francamente, no recuerdo dónde nos hemos conocido.

—Descuide, no me siento ofendido en absoluto. De hecho, teniendo en cuenta que usted es una persona sumamente sociable, no me sorprende que no me recuerde —dijo el extraño sujeto.

—No es para tanto —acotó Hermann, y el incógnito caballero manifestó una sonrisa.

—No quisiera ser maleducado, señor Clifford, pero me sería indispensable dirigirme al cuarto de baño antes de presentarme y continuar platicando con usted —expresó el desconocido joven.

—Por aquí —le indicó Elizabeth, realizando un movimiento con su brazo.

—Enseguida vuelvo, señor Clifford —aseguró el hombre.

—De acuerdo —concedió Hermann, y los jóvenes comenzaron a alejarse del cumpleañero, caminando uno junto al otro.

—¿Acaso no iba usted a delatarme? —le recordó el sujeto mientras caminaban.

—Le daré una última oportunidad.

—Le recuerdo que aún estamos a la vista de su padre, señorita Elizabeth. Ahora no es el momento adecuado para negociar. Si extendiésemos la plática aquí, despertaríamos más sospechas todavía.

—¿Cree usted que no lo sé?

—¿A dónde pretende llevarme entonces?

—¿Tiene memoria suficiente como para recordar una ubicación?

—Haga la prueba.

—Primer piso, segunda puerta a la derecha por la escalera del fondo. ¿Ha entendido? —le dijo Elizabeth.

—Imagino que no me está indicando dónde se encuentra el cuarto de baño —bromeó el caballero.

—Por supuesto que no. Le estoy indicando adónde tendrá que dirigirse usted al salir del cuarto de baño, al cual deberá ingresar primero, tenga ganas o no, para no despertar sospechas.

—Lo sé perfectamente.

—¡Estupendo!

—¿Y bien…?

—¿“Y bien” qué?

—Olvidó usted indicarme dónde se ubica el cuarto de baño.

—El cuarto de baño se encuentra allí, detrás de aquella puerta —informó Elizabeth, y detuvo sus pasos, por lo que el joven también cesó de caminar.

—Se lo agradezco. Ha sido usted muy amable.

—Primer piso, segunda puerta a la derecha, subiendo por la escalera del fondo, ¿de acuerdo?

—Entendido, señorita Elizabeth. Pero… ¿podría indicarme el pasillo que deberé tomar para subir por aquella escalera del fondo de la que usted tanto habla?

—El pasillo es aquel —pronunció ella, señalando con los ojos.

—Por casualidad, ¿me ha usted invitado a su dormitorio?

—No se confunda, señor. Simplemente…

—Bien, lo tomaré como un “sí”. Allí estaré. Aunque… procure dejar un candelabro encendido en el primer piso; de lo contrario, no podré distinguir las puertas.

Habiendo escuchado esto, y sin emitir palabra alguna, Elizabeth se marchó disimuladamente a su habitación, algo enfadada.

En cuanto el misterioso caballero se retiró del cuarto de baño, se introdujo con absoluto disimulo en el pasillo que le indicó Elizabeth para luego subir las escaleras del fondo y dirigirse hasta el primer piso, cuyo corredor se veía alumbrado por un lujoso candelabro. Una vez allí, abrió la segunda puerta a la derecha y accedió al dormitorio sin cerrar su entrada.

Ella se encontraba aguardándolo, sentada sobre su cama, por lo que, en cuanto el joven accedió al cuarto, la pequeña de cabellos dorados se levantó de inmediato a la luz de unas velas.

—Creo que debería darle las gracias, señorita Elizabeth —le dijo el hombre, parado a metro y medio de la puerta, mientras realizaba un educado movimiento inclinando su cuerpo.

—Se le olvida mencionar que también debería usted confesarme sus objetivos y su misteriosa identidad.

—¿Es ese el precio que tengo que pagar por dejarme ayudar por usted?

—¿Le parece demasiado excesivo?

—Mi silencio no tiene precio, señorita Elizabeth.

—Entonces, si no va a darme explicaciones a mí, siendo yo quien lo ha ayudado, deberá darle explicaciones a mi padre, pues el grito que saldrá de mis cuerdas vocales no pasará inadvertido.

—¿Me está usted extorsionando?

—Estoy reclamando lo que es justo.

—¿Y cuán efectivas cree usted que le resultarán sus cuerdas vocales si se tiene en cuenta la música, la distancia a la que estamos de la fiesta y el bullicio de los invitados?

—¿Realmente le gustaría saberlo? Sepa usted que utilizaría un método sumamente práctico para responder a la pregunta que acaba de formular.

—¿Para qué llegar a tales extremos?

—¿Quiere o no escuchar qué tan fuerte puedo llegar a gritar? —amenazó ella—. Le recuerdo que soy una soprano, que la puerta de mi cuarto permanece entreabierta y que no todos los invitados se encuentran en el salón principal, por lo que sería demasiado probable que alguien escuchara mi pedido de auxilio. Y por más que usted tratase de abalanzarse hacia mí, le comunico que poseo buenos reflejos y que le llevará bastante tiempo poder llegar a taparme la boca.

—Señorita Elizabeth, le ruego que aborte la idea de comenzar a gritar.

—¿Me está amenazando sutilmente?

—¿Desde cuándo la amenaza tiene forma de súplica?

—¿Desde cuándo las cosas son lo que aparentan?

—Por favor, señorita Elizabeth, le suplico que resolvamos este asunto de una forma más diplomática.

—¿Y si no aceptase su pedido?

—¿Por qué no lo aceptaría?

—Quizá no tenga ganas de hacerlo.

—¿Ese es su último veredicto?

—¿Por qué lo pregunta? Acaso… ¿estaría usted dispuesto a hacerme daño si yo comenzara a gritar?

—¿Me creería usted capaz de hacerlo?

—Estaría dispuesta a correr ese riesgo. Es por ello por lo que, si usted no me dice quién es y qué hace aquí a la cuenta de tres, gritaré lo más fuerte que pueda.

—Señorita Elizabeth…

—Uno…

—Elizabeth… —murmuró el hombre, y comenzó a acercarse a la joven.

—Dos… —profirió ella mientras extendía su brazo derecho, por lo que el misterioso caballero dejó de acercarse a la soprano. Sin embargo, entre ambos no había más que un metro y medio de distancia.

—Elizabeth… —imploró el sujeto después de unos segundos en los que el silencio se hizo presente.

—Tres —pronunció la joven de cabellos dorados, y el caballero se avecinó a la soprano para tomarla de la cintura.

Acto seguido, Elizabeth, dominada por la situación, se dejó besar encandiladamente por aquel hombre desconocido. El beso fue pausado e intenso. Durante aquel acto furtivo, ella, perpleja y anonadada, dejó que sus brazos permaneciesen en suspensión. Y después de unos pocos instantes, en cuanto el caballero quitó sus labios de los de ella…

—¿Es así como pretende pagarme? —le preguntó Elizabeth, preocupada por el miedo de haberle cedido el corazón a un vil oportunista o a un astuto embustero.

—Al contrario, señorita Elizabeth: así es como pretendo seguir endeudándome con usted —contestó el caballero, todavía tomando a la joven de la cintura—. Mas ahora sería prudente que me retirara; de lo contrario, su ausencia en la fiesta podría llegar a ser sospechosa para su padre.

—Salga entonces por mi ventana —propuso ella; y una vez que el sujeto la soltó, quitó una sábana de su cama.

Inmediatamente después, la joven abrió su ventanal con la mano derecha, sosteniendo la sábana con su mano izquierda.

—Por aquí —guió al muchacho, y ambos accedieron al balcón de la pequeña Elizabeth.

—Es usted muy ingeniosa —halagó el sujeto mientras la soprano ataba la sábana a la barandilla de su balcón.

Al instante, ella arrojó la sábana hacia abajo.

—¿Me dirá, al menos, si ha logrado usted cumplir su cometido? —le preguntó Elizabeth.

—Todavía no, y no sería prudente hacerlo hoy, ya que el señor Clifford se ha percatado de mi presencia. Asimismo, y principalmente, no quisiera arruinar este momento. Sin embargo, por fortuna, ha valido la pena haberme infiltrado en la fiesta de su padre.

—Y dígame, misterioso caballero, ¿volverá usted a infiltrarse indebidamente en mi residencia?

—No para cumplir la tarea que he venido a realizar hoy. Pero, si usted lo desea, lo haría para volver a verla.

—¿No sería más prudente programar una cita sin tener que arriesgar su pellejo?

—Ciertamente.

—Bien… Venga el jueves a las cinco. Mis padres no estarán en casa.

—Como usted ordene.

—Entre por el acceso principal. Informaré a la vigilancia que estaré esperando una visita.

—¿Está segura de que mi visita no le traerá problemas?

—Yo me encargaré de ello, descuide.

—Bien. Hasta el jueves —profirió el caballero, y se acomodó del otro lado de la barandilla para comenzar a bajar.

—¿Cómo se irá? —le preguntó la joven, quien se encontraba de pie, a pocos centímetros de él.

—Con mi caballo, por supuesto —aseguró el hombre, todavía sostenido a la barandilla del balcón.

—Pero… ¿dónde lo ha amarrado?

—¿Amarrado? No. Con Sigurd no hacen falta esa clase de cosas.

—¿Sigurd?

—Mi fiel caballo —explicó el sujeto y emitió un característico silbido, lo que logró que un níveo corcel se acercara hasta situarse por debajo de la sábana que colgaba de la barandilla—. Ha sido un placer, señorita Elizabeth. —Y besó a la damisela una vez más.

Acto seguido, bajó colgado de la sábana. A los pocos segundos, se desprendió de esta y cayó sentado sobre su caballo. Al instante, el jinete comenzó a alejarse unos metros de la mansión, frenó la marcha de Sigurd y saludó a Elizabeth con un gesto de manos y cabeza.

—Adiós —susurró la joven, mientras saludaba al caballero levantando su brazo.

Posteriormente, el misterioso hombre se alejó de la mansión cabalgando sobre su animal para desaparecer entre la oscuridad de la noche.

Apenas regresó Elizabeth al salón principal de la fiesta, trató de buscar a su padre.

—¡Elizabeth! —llamó el señor Clifford desde alguna parte de la sala, por lo que la soprano giró su cuerpo en dirección a él—. ¿Dónde has estado? —preguntó, en cuanto estuvo a pocos centímetros de su hija.

—En la cocina, platicando con Charlotte —se excusó ella, nombrando a una de las criadas de la mansión—. Discúlpame, padre, si me he retrasado mucho.

—Está bien, hija mía. No hay problema. Pero dime: ¿has visto al hombre con el que bailabas hace un momento?

—No lo he visto desde que le indiqué dónde se encuentra el cuarto de baño.

—Pues yo tampoco lo he vuelto a ver, lo cual me resulta bastante curioso —comunicó el señor Clifford.

—De cualquier manera, tiene que estar por aquí —acotó Elizabeth.

—Pues no sé dónde.

—Ya lo veremos.

—Supongo que sí. Pero… ¿no has tenido una charla con él antes de que bailaran juntos?

—En verdad, no, padre. Simplemente, me ha invitado a bailar. Y si bien yo no sabía quién era, jamás le realicé ninguna pregunta. Supuse que se trataba de alguna persona que habías conocido recientemente.

—Si te soy franco, no recuerdo haberlo visto nunca —expresó Hermann—, por lo que, si no lo volvemos a ver durante la celebración, revisaré la lista de invitados para descubrir de quién se trata… o bien para enterarme de que alguien se ha infiltrado en mi fiesta de cumpleaños.

—Ahora no te preocupes por ello, padre.

—En fin, ven conmigo, hija mía. Quiero que conozcas con mayor detenimiento al señor Hopkins.

—De acuerdo —aceptó Elizabeth, tratando de que su padre se olvidara del misterioso caballero.

Seguidamente, la fiesta continuó su curso sin problemas ni contratiempos.

Capítulo V
De padre a hijo

Los sirvientes del Palacio de Erlingham despertaron a Alexander el domingo al mediodía para que almorzara con su padre, ya que el hijo del rey había ordenado que lo dejaran dormir más de la cuenta a causa de la fiesta del señor Clifford. Fue entonces cuando Alexander, habiendo arreglado improvisadamente su aspecto personal, se retiró de su cuarto y se dirigió al comedor del palacio, vistiendo una peluca blanca y una chupa del mismo color.

—Buenos días, padre —le dijo a Macbeth en cuanto accedió a la respectiva sala.

—Buenos días, hijo mío —saludó su padre, sentado a una ostentosa mesa alargada en la que yacían todo tipo de alimentos.

—¿Te sientes mejor? —preguntó Alexander mientras se sentaba a la misma mesa.

—Bastante mejor. Los dolores se están yendo de a poco —comunicó el rey, quien lucía una refinada peluca grisácea y una casaca de color marrón.

—Enhorabuena —acotó Alexander.

—Dime: ¿cómo te ha ido en la fiesta? —indagó Macbeth.

—Ya he elegido a mi futura prometida.

—¡¿De veras?!

—Así es.

—¿Y quién será la pobre muchacha que tenga que padecer el peor infierno de su vida?

—Elizabeth, la hija de Hermann Clifford —informó Alexander, y su padre se atragantó mientras bebía un trago de vino, por lo que comenzó a toser.

—¡Válgame, Dios! —exclamó el rey, una vez recuperado de la pequeña asfixia.

—¿Qué opinas?

—Opino que será la jovencita más desdichada de todo el Reino de Hauer.

—Por supuesto que sí.

—Pero dime, hijo mío: ¿la has elegido por algo en particular?

—Así es.

—Me lo imaginaba. ¿Acaso será por su belleza?

—No por su belleza estética, padre, sino por su belleza interior.

—Una belleza que, dicho sea de paso, ninguno de nosotros podría comprender. Pero sí podemos imaginarla (a nuestra manera); de hecho, la percibimos, debido a que contrasta significativamente con nuestra perversidad, ¿no es así?

—Exacto.

—Bien. Debí suponerlo —dijo Macbeth—. Procura no volverla tan infeliz desde el principio, hijo mío. Bastará con que le quites la belleza de a poco. Aunque… bien sé que estarás algo impaciente, pues no hay nada mejor para un vil hombre que aniquilar la belleza interior que poseen las personas y volverlas miserablemente infelices. Y cuanto más buenas sean, mejor.

—Entonces, debo suponer que te ha parecido una buena elección.

—¡Por supuesto que sí! Elizabeth será una excelente presa; ¿o debería decir “un excelente trofeo”?

—¡Conquista! —exclamó Alexander—. Será una excelente conquista.

—No quiero imaginar la cara de los Clifford cuando se enteren de que tú deseas casarte con ella. Pasarán a ser los más desventurados de todo el reino —profetizó Macbeth, y se echó a reír—. Para colmo, los Clifford corresponden a la familia más feliz de la comarca.

—Feliz y bondadosa.

—Cierto. El señor y la señora Clifford realizan donaciones bastante a menudo. Incluso han fundado un hospital; sin mencionar los comedores, escuelas y albergues que han establecido en algunas partes del reino para alimentar, educar y cobijar a los pobres, lo que convierte a los Clifford en la familia más querida de mi territorio.

—Y eso que no has mencionado todo lo que Elizabeth realiza con tanta pasión —habló el príncipe.

En efecto, Elizabeth organizaba actos musicales —tanto benéficos como gratuitos— en los que, generalmente, se lucía como cantante. Sin embargo, no participaba como intérprete en todos los eventos que organizaba, pues algunos de ellos eran netamente instrumentales o bien no requerían de un registro vocal como el de ella. Además, pese a que Elizabeth sabía tocar algunos instrumentos, no se destacaba profesionalmente con ninguno —solo con su voz—. Por el contrario, Benjamin sí interpretaba el clavecín o el piano, una vez cada tanto, en algunos actos que organizaba su hermana.

—Es verdad. Elizabeth es una de las personas más queridas por el pueblo —reconoció Macbeth.

—Ya lo creo —aseveró Alexander—. Ella organiza aquellos actos gratuitos y benéficos a los que jamás hemos asistido.

—Es una lástima —expresó irónicamente el rey.

—Claro que lo es —acotó Alexander con sarcasmo.

—Lo mejor de todo es que destruirás la felicidad no solo de Elizabeth, sino también de los Clifford en general, que, dicho sea de paso, parecieran ser la familia más feliz del mundo.

—¿Entonces…?

—Entonces, has hecho una buena elección, digna de un genuino Mefistófeles —felicitó Macbeth—. Pero dime: ¿has entablado alguna conversación con Elizabeth durante la fiesta?

—Solo la felicité, después de que ella cantara para los invitados.

—Bien… ¿Y qué harás ahora?

—Le haré llegar al señor Clifford una invitación para almorzar con Elizabeth el día viernes.

—¡Estupendo! Y aunque sea incuestionable que ella se casará contigo por el miedo de ser asesinada, o por el miedo de que su familia lo sea, procura no hacer de tu malicia una característica demasiado evidente en ti; al menos, durante los primeros encuentros.

—De cualquier forma, Elizabeth no podría enamorarse de una persona como yo.

—Por supuesto que no, hijo mío. Pero, de todos modos, sería mejor que, en este caso particular, disimularas aunque sea un poco tu falta de corazón. ¿No lo crees?

—Lo dices como si los Clifford no supieran qué clase de personas somos.

—Lo saben, hijo mío; lo saben. Es solo una sugerencia de padre a hijo. Si demuestras toda tu crueldad a primeras, hay más probabilidades de que los Clifford se opongan a tu proposición. En tal caso, tendríamos que amenazarlos alevosamente para que cedieran —explicó Macbeth—. ¿Por qué no ser un poco más diplomáticos de vez en cuando?

—Descuida, lo he sido durante la fiesta de ayer al felicitar a Elizabeth por su interpretación —comunicó Alexander—. De cualquier manera, no esperes que sea un príncipe azul con ella.

—Claro que no, hijo mío; ni tampoco te lo pediría, pues, de cualquier forma, no podrías serlo. Tú no puedes ser cariñoso, aunque te lo pidan. Eres igual que yo. No obstante, puede que un poco de amabilidad fingida baste para que los Clifford acepten tu proposición de casamiento sin tener que amenazarlos de manera directa.

—Haré lo que pueda —concluyó Alexander y continuó almorzando junto a su padre.

Capítulo VI
La invitación

El miércoles siguiente por la tarde, Benjamin y Elizabeth practicaban tiro con arco sobre uno de los parques de la Finca Clifford, pues solían divertirse mucho al hacerlo y al participar de los torneos que se realizaban de aquel deporte.

—¡Buen tiro! —exclamó Benjamin, luego de que Elizabeth disparase una flecha, la cual se había incrustado en el centro de la diana.

—¿Podrías igualarlo? —bromeó ella, quien exhibía un delicado vestido de tonalidad celeste.

—Ahora verás —dijo Benjamin, y apuntó a su respectiva diana, la cual no correspondía a la que disparaba su hermana.

Acto seguido, soltó la cuerda de su arco y la flecha se clavó en el sector deseado (la equis misma de la diana).

—Nada mal, querido Ben.

—¿Acaso esperabas otra cosa del mejor tirador del reino? —bromeó el hijo de los Clifford, quien llevaba la cabeza descubierta y vestía una chupa de color dorado.

—Parece que ganar el último torneo de tiro de campo te ha hecho perder el juicio —dijo Elizabeth chistosamente, mientras cargaba una flecha.

—Ya verás qué tanto he perdido el juicio cuando también gane el próximo torneo de tiro que se realizará en la ciudad de Erlingham —siguió bromeando Benjamin, mientras Elizabeth levantaba su arco y estiraba la cuerda.

—Observa —dijo ella, quien soltó la cuerda y volvió a clavar la flecha en el centro de la diana.

—¡No es posible! —exclamó Benjamin.

—Ha sido suerte —profirió Elizabeth picarescamente.

De pronto, uno de los criados se acercó a los hermanos.

—El señor y la señora Clifford desean verlos —informó el recién llegado.

—Gracias, Alfred —dijo Elizabeth al criado, y este último se retiró del lugar.

Al poco tiempo, los hermanos Clifford se dirigieron a la mansión.

—He estado pensando sobre aquel hombre que conociste en la

fiesta —comunicó Benjamin mientras caminaban hacia la residencia.

—¿Qué es lo que has estado pensando?

—Que todavía me sigue pareciendo una locura el hecho de que tú lo hayas invitado a la casa. Él mismo te ha dicho que era un infiltrado.

—Sé que es extraño, Benjamin. Pero créeme: no habrá peligro alguno.

—¿Cómo puedes estar tan segura de ello?

—Benjamin, es el primer hombre que ha logrado despertar interés en mí.

—Lo cual no justifica la locura que has hecho, pues, para mí, ha sido una completa locura; y no solo invitarlo, sino también haberlo ayudado a escapar. Bien podría haberte hecho daño.

—Pero no lo hizo, Benjamin; todo lo contrario. Él no pretende

hacerme daño, estoy convencida de ello.

—Pero yo no. Lo más probable es que sus intereses sean del todo oscuros. Y no solo eso, pues, teniendo en cuenta lo que me has contado, lo más factible es que sus siniestros objetivos se relacionen directamente con nosotros, por más que él te haya dicho lo contrario. De no ser así, ¿qué es lo que buscaba en la fiesta ese hombre?

—Él… simplemente buscaba hacer algo que no se relacionaba con el apellido Clifford. Al menos, no de la forma en la que tú crees.

—Entonces, ¿de qué forma se relacionaba?

—Lo desconozco. Pero estoy segura de que su presencia en nuestra casa ha sido ocasional.

—¿Ocasional?

—Exacto.

—De ser así, el hecho de que haya estado en la fiesta quizá se relacione con algún invitado que no pertenezca a nuestra familia. Como, por ejemplo, algún amigo de nuestro padre. En ese hipotético caso, ¿qué crees que haya querido hacer este sujeto con él? ¿Algo bueno? Lo dudo, puesto que, de haber sido así, no se habría infiltrado en nuestra casa, sino que se habría presentado correctamente. Por ende, deduzco que las intenciones de este sujeto son oscuras.

—Solo te centras en las razones que a ti te interesan.

—Las cuales son más abundantes que las que tú tienes para pensar que él es una buena persona.

—Te recuerdo que nuestro incógnito sujeto me ha invitado a bailar en medio del salón.

—Eso no demuestra su inocencia ni nos indica que él sea una persona de bien.

—Ben…

—¡Insisto! Hay más razones para pensar de mi forma que de la tuya.

—Si nos centramos en la lógica, sí; y tienes todo el derecho de hacerlo. Pero mi postura es simple y muy distinta.

—¿Cuál es tu postura?

—Me siento atraída por él y quiero verlo nuevamente. Deseo conocerlo. Ya me dirá él qué hacía en la fiesta y cuáles eran sus intenciones. En lo personal, percibo que no le hará nada malo a nuestra familia ni a ningún amigo de nuestro padre.

—Si bien te ha dicho que sus intenciones no se relacionaban con el apellido Clifford, ¿por qué no consideras la posibilidad de que ese hombre te haya mentido? Si te fue sincero, ¿por qué estaba en la fiesta?

—Ya sabes que no lo sé, Benjamin.

—¡Por supuesto que no lo sabes!, ya que ni siquiera se ha dignado a decírtelo. Para colmo, además de haberlo invitado, le has dicho a ese extraño que, durante la “dulce velada que tendrás con él”, nuestros padres no estarán en la finca. ¿Te das cuenta del inocente acto de demencia que has cometido? “Tu príncipe” podría tratarse de un ladrón o algo peor.

—Benjamin…

—Has actuado como una niña irresponsable, Elizabeth. Lo mejor hubiera sido haberlo delatado. Lejos de ello, lo has invitado a nuestra casa y, al hacerlo, has puesto en peligro nuestra seguridad y la de nuestras pertenencias, si bien no fuiste ni eres consciente de ello. ¿Por qué no has elegido otro sitio para concretar el encuentro?

—Lo primero que se me ocurrió fue invitarlo a la finca. No contaba con mucho tiempo para pensar entonces, pues tenía que bajar a la fiesta cuanto antes para que nuestro padre no sospechara de mí. De haberlo pensado mejor, seguramente habría elegido otro sitio para la cita.

—Me alegra saberlo. No obstante, aun si hubieses elegido otro lugar, tu actitud habría sido una locura de igual forma.

—Por favor, Ben, permíteme recibirlo mañana.

—Desgraciadamente, lo haré. Pero nunca pierdas la atención cuando estés a su lado.

—Te lo agradezco, querido Ben.

—Espero no tener que arrepentirme de ocultarle todo esto a nuestros padres.

—Créeme, no lo harás.

—Ya veremos. De cualquier manera, bien sabes que nuestro padre ha revisado minuciosamente la lista de invitados de su fiesta y ha llegado a la conclusión de que aquel hombre no figuraba en ninguna parte.

—Eso no me causará ningún problema, siempre y cuando nuestro padre no se entere de que he invitado a dicho sujeto a la finca ni de que lo he ayudado a escapar de la mansión.

—En fin, no te fíes de ese hombre hasta no conocerlo mejor, ¿me has oído?

—Perfectamente. No obstante, déjame pedirte un último favor.

—¿Qué favor?

—Aunque tú no me lo has comunicado, puedo leer tus pensamientos, y bien sé que tu idea es esperar a mi invitado en la entrada principal de la finca para hablar con él antes de que ingrese a ella.

—Sabia deducción.

—Benjamin, te pido que no lo interrogues.

—¿Por qué no? Tengo derecho a hacerlo. Debes considerar que le estoy permitiendo el acceso a mi propia casa no solo a un desconocido, sino también a un infiltrado que no se dignó a justificar su delito ni a revelar su identidad.

—En ese caso, deja que sea yo quien hable con él. Pero, como te conozco bien, te suplico que no lo interrogues, pues lo harás de una forma poco diplomática.

—De acuerdo. Pero si no te confiesa todo antes de marcharse, no dejaré que vuelva a entrar aquí.

—Trato hecho —concluyó la soprano, y ambos entraron a la mansión de los Clifford—. ¿Ocurre algo malo? —preguntó Elizabeth en cuanto accedió junto a Benjamin a la sala en la que se encontraban sus padres, cuyos rostros expresaban una fuerte preocupación.

—Me temo que sí —dijo Hermann, sentado sobre un sofá junto a su esposa.

El señor Clifford ostentaba una peluca gris y una casaca de color marrón, mientras que la señora Clifford exhibía un vestido que combinaba perfectamente con su amplia cabellera rubia.

—¿Qué ha sucedido? —indagó Benjamin, mientras él y su hermana se sentaban sobre otro sofá que yacía frente a sus padres.

—He recibido una carta en la que su alteza Alexander requiere un almuerzo privado con Elizabeth en el Palacio de Erlingham el día viernes —informó el señor Clifford, y sus hijos comenzaron a preocuparse.

—¡No es posible! —exclamó Elizabeth.

—Por desgracia, lo es, mi querida hija —se lamentó Hermann.

—¡Lo sabía! —gritó Benjamin.

—¿Qué es lo que sabías? —preguntó la señora Clifford.

—Ya les he comunicado a todos mi sospecha por la actitud de Alexander durante la fiesta del sábado —recordó Benjamin.

—Me temo que estamos envueltos en un gran problema —reconoció Hermann frustradamente.

—¿Y si Elizabeth no llegara a ir? —sugirió Benjamin.

—Ten en cuenta que, sabiendo de quién viene, esto no es una invitación, hijo mío, sino una orden —explicó el señor Clifford.

—¿Qué es lo que haremos entonces? —preguntó Elizabeth preocupada; mas no obtuvo respuesta alguna—. De acuerdo, lo entiendo. Tendré que aceptar la demanda de Alexander.

—¡Pero…! —exclamó Benjamin.

—Creo que no tengo mejor alternativa que aceptar —dijo Elizabeth—. De lo contrario, puede que en el futuro tengamos que lamentar una muerte.

—Pero, si aceptas la solicitud de Alexander, es posible que te proponga matrimonio en algún otro momento posterior al día del almuerzo —dedujo Benjamin.

—¿Por qué pensar en ello de antemano? Además, ¿qué otras alternativas me quedan? —dijo Elizabeth—. ¿Acaso prefieren que no asista al almuerzo?

—¿Tú qué opinas, padre? —preguntó su hijo.

—Francamente, no sé qué decir —contestó Hermann.

—¿Y tú, madre? —volvió a preguntar Benjamin; mas Catherine no supo qué contestar.

—No se hable más: iré al almuerzo —dictaminó Elizabeth de improviso, mientras se levantaba del asiento—. No arriesgaré la vida de ninguno de nosotros.

—Si aceptas asistir al almuerzo, puede que el asunto pase a mayores —opinó Benjamin.

—Lo sé, aunque estoy dispuesta a correr ese riesgo en pos de evitar uno mayor —explicó Elizabeth, de pie junto al sofá en el que se hallaba sentado su hermano—. Lo que haré será tratar de comunicarle, indirectamente y sin ofenderlo, que no estoy interesada en él.

—¿Y cómo lo harás? —preguntó Benjamin.

—No se lo diré utilizando palabras concretas. Simplemente, trataré de que se dé cuenta de que yo no soy para él y de que no estoy interesada en seguir viéndolo. Seré reservada y algo distante, sin llegar a ser grosera ni descortés —respondió Elizabeth—. Con ello, ganaremos dos cosas. Una: no arriesgar nuestro pellejo, pues no rechazaremos el almuerzo. Y la otra: hacer que Alexander deje de interesarse en mí, pues le haré entender educadamente que no pretendo alimentar el vínculo.

—Elizabeth… —pronunció Benjamin.

—Es la única manera de preservar la seguridad de todos nosotros. No se hable más —concluyó la pequeña de cabellos dorados y se retiró de la sala de inmediato.

Capítulo VII
La secreta y no tan secreta reunión en la Finca Clifford

Al día siguiente, desde las cuatro y media de la tarde, Elizabeth permaneció sentada en su balcón, observando a la distancia, a la espera de su misterioso invitado. Fue entonces cuando, a eso de las cinco y media, se percató de que un jinete, que montaba en un fino caballo blanco, se acercaba a la mansión, por lo que, al instante, la joven se levantó, salió de su cuarto, bajó las escaleras y, luciendo un elegante sombrero, se retiró de la residencia para recibir a su esperado caballero. Al cabo de unos segundos, el hombre, que lucía una peluca blanca y una casaca de tonalidad oscura, bajó de su caballo y comenzó a acercarse a ella, quien lo esperaba a unos metros de distancia sobre un césped bien cuidado.

—Señorita Elizabeth… —saludó él, una vez que se acercó lo suficiente, mientras efectuaba una cálida reverencia.

Frente a esto, Elizabeth manifestó una inocente sonrisa.

—Me halaga su visita, respetado señor —comunicó la soprano—. Sin embargo, en verdad me gustaría poder llamarlo por su nombre.

—Mi nombre es Howard, Howard Smith. Veinticuatro años, por cierto.

—Tiene usted un bello nombre, señor Smith —apreció Elizabeth sonriendo.

—Se lo agradezco.

—Más bien debería agradecérselo a sus padres —dijo la soprano, y el rostro de Howard reveló cierta tristeza—. ¿He dicho algo malo?

—No se preocupe, señorita Elizabeth.

—Disculpe si he dicho algo que le ha resultado incómodo.

—No se preocupe —repitió Howard, mejorando la expresión de su rostro.

—Bien… —pronunció la joven—. ¿Desea que su caballo permanezca en el corral… o lo dejará suelto como la última vez?

—Lo dejaré suelto, si a usted no le molesta.

—En absoluto.

—Mejor para Sigurd, pues lo cierto es que a él no le agradan los corrales ni los establos, ni tampoco le gusta estar amarrado. Además, como le he dicho la vez anterior, a Sigurd no hace falta amarrarlo: es un caballo muy obediente; al menos, conmigo.

—Bien… Antes que nada, me gustaría presentarle a mi hermano Benjamin.

—No será necesario, pues su hermano ya se ha ocupado de presentarse a sí mismo.

—¡¿Cómo dice?! —exclamó Elizabeth sorprendida.

—Ha estado esperándome en la entrada principal de la finca.

—¡¿De veras?! —dijo la pequeña, algo preocupada.

—Así es. Hemos estado hablando durante algunos segundos.

—Pero… ¿le ha dicho algo desagradable?

—En absoluto, señorita Elizabeth. Nada que pueda ser interpretado como un insulto. Simplemente, su hermano se preocupa por usted, lo cual me parece correcto.

—¿Está seguro de que Benjamin no ha sido irrespetuoso?

—Para nada.

—¿Acaso lo ha interrogado?

—No me ha formulado ninguna pregunta.

—Pero… ¿qué es precisamente lo que le ha dicho mi hermano? —indagó—. Está bien, luego se lo preguntaré a Benjamin. No se preocupe —acotó a la brevedad, antes de que Howard pudiera responderle.

—Como usted guste.

—Bien… ¿Le gustaría tomar el té en los jardines?

—Siempre y cuando tenga el honor de hacerlo con usted.

—Por supuesto que lo tendrá.

—Entonces, acepto.

—¡Estupendo! —manifestó la soprano.

Minutos más tarde, Howard y Elizabeth disfrutaban de un delicioso té de rosa mosqueta y de exquisitas masas dulces, sentados a una mesa que yacía en un paradisíaco jardín repleto de verde y demás tonalidades secundarias.

—¿Puedo preguntarle algo? —interrogó ella, quien todavía llevaba puesto su galante sombrero.

—Adelante —permitió Howard.

—¿Por qué no me ha dicho su nombre cuando nos conocimos?

—Solo quería generar una pizca de suspenso —contestó él.

—¿Más de la que ya había generado?

—¿Por qué no? —Y se hizo el silencio—. Por cierto, le agradezco haberme permitido acceder a sus dominios, siendo yo un completo desconocido para usted.

—No tiene por qué agradecérmelo —pronunció Elizabeth.

—Por supuesto que sí. No obstante, ¿podría hacerle una pregunta?

—Adelante.

—Si mal no tengo entendido, usted va a ocultarle a sus padres que yo he estado aquí.

—En efecto. Mas no se preocupe por mi hermano, él no irá a delatarme.

—Sin embargo, ¿acaso no teme que los criados lo hagan?

—Ya me he ocupado de solucionar ese detalle, señor Smith. Además, los criados siempre están de mi lado.

—Ya veo.

—Tenemos tiempo hasta después de la cena. Mis padres han ido a una finca cercana para visitar a unos amigos. Partieron unos minutos después de las cuatro. Pero cenarán allí.

—Bien —acotó Howard, e hicieron silencio durante algunos segundos.

—Me gustaría comentarle una preocupación que me aqueja sobremanera —manifestó la soprano de improviso.

—La escucho.

—Alexander, el hijo del rey, le ha hecho llegar a mi padre una carta en la que me cita a un almuerzo en el Palacio de Erlingham mañana —comunicó Elizabeth, lo que despertó en Howard una profunda sorpresa y una gran preocupación.

—¿De veras?

—Por desgracia, así es. Mi familia y yo estamos muy preocupados con respecto a ello. A decir verdad, Macbeth y su hijo nunca le han caído bien a mi familia. Cierto es que mi padre los ha invitado a algunas fiestas, pero fue solo por una cuestión de formalidad, estrategia y diplomacia.

—Y a usted… ¿cómo le cae el príncipe?

—Podría decirse que… nunca me ha caído de ninguna manera.

—¿Qué es lo que hará entonces frente a la reciente invitación de Alexander?

—Si deseo preservar mi seguridad y la de mi familia, debo asistir al almuerzo.

—Comparto su decisión, señorita Elizabeth, pues Alexander podría cometer una locura si usted no llegase a ir.

—No obstante, como no estoy interesada en el príncipe, trataré de comunicarle indirectamente que no pretendo nada con él.

—Si lo hace, tenga mucho cuidado. Si usted llegara a ofender a Alexander, los resultados podrían no ser del todo positivos.

—Lo haré lo mejor que pueda —concluyó Elizabeth aquel tema—. ¿Le gustaría que le mostrase unos cuadros? —preguntó al cabo de unos segundos.

—¿Los ha pintado usted?

—No, pero los amo tanto que pareciera que sí.

—Interesante.

—Así es.

—Y dígame, señorita Elizabeth, ¿dónde se encuentran aquellas pinturas?

—En una de las salas de la mansión.

—Bien, encantado estaría de verlas.

—Estupendo. Se las mostraré luego de terminar el té.

—Como usted desee. Pero, antes de poder verlas, ¿podría preguntarle quién es el autor de aquellos misteriosos cuadros que tanto le gustan?

—Se lo diré en el camino. Mas ahora terminemos el té.

—¿Por qué tanto suspenso?

—¿Acaso a usted no le gustaba el misterio? —Y Howard manifestó una sonrisa—. Su té se enfría, señor Smith —concluyó Elizabeth, y ambos continuaron sentados en el jardín durante algunos minutos más.

Al poco tiempo, Elizabeth y Howard accedieron a la mansión de los Clifford y se dirigieron hacia la habitación en la que se hallaban los cuadros que la soprano deseaba mostrarle al señor Smith.

—Estas son las cuatro pinturas que quería enseñarle —dijo Elizabeth, ya sin sombrero, una vez que ambos entraron a la respectiva sala—. Todas ellas, en conjunto, se titulan El progreso del amor en el corazón de una joven. No obstante, cada una de ellas también posee un nombre individual. Esta se llama La búsqueda; esta otra, La reunión; aquella, El amante coronado, y aquella otra, La carta de amor —informó luego, utilizando la mano para señalar a las respectivas pinturas, las cuales poseían grandes dimensiones.

—Son estupendas —opinó Howard, después de observarlas en silencio.

—¿Lo dice para cortejarme?

—En absoluto, pues le estoy siendo completamente franco. En verdad me parecen bellísimas. De hecho, esta me recuerda a nosotros cuando estuvimos en su balcón durante la fiesta de su padre —evocó el señor Smith mientras señalaba el cuadro correspondiente, cuyo título era La reunión.

Frente a esto, Elizabeth esbozó una profunda sonrisa.

—Lo digo en serio —aclaró el joven, mientras ella continuaba riéndose.

—Me alegra que le hayan gustado las pinturas —expresó Elizabeth cuando terminó de reírse.

—Por casualidad, ¿usted pinta? —preguntó Howard.

—No. Simplemente disfruto de las pinturas que realizan otras personas.

—Bien —concluyó el hombre—. ¿Le gustaría que interpretásemos algo en conjunto? —preguntó segundos después.

—¿Se refiere a una interpretación musical?

—Así es.

—¿Acaso usted… es músico?

—Sí y no.

—¿A qué se refiere con “sí y no”? —interrogó la hija de los Clifford, lo que logró que Howard manifestara en su rostro una clase de pena o aflicción por algún hecho ocurrido en el pasado—. ¿He preguntado algo indebido?

—En absoluto, señorita Elizabeth. Simplemente… hay cosas de las que me cuesta hablar. No obstante, le ruego que no me malinterprete, ya que no se trata de una cuestión de desconfianza hacia usted.

—No se preocupe, señor Smith; y disculpe usted por haberlo incomodado.

—No tengo nada que disculparle; todo lo contrario. Mas le recuerdo que me gustaría interpretar algo con usted. ¿Le agradaría hacerlo?

—Por supuesto que sí —aceptó Elizabeth sonrientemente.

—Estupendo.

—Dígame, ¿qué instrumento toca usted?

—Principalmente, el violín, la viola, el violonchelo y la viola da gamba.

—¡Vaya! —exclamó la soprano—. Por casualidad, ¿se dedica usted a la música?

—No —contestó Howard levemente apenado.

—¡Oh! Disculpe. ¿He vuelto a realizar una pregunta inapropiada?

—Nada de lo que usted me ha dicho ha sido inapropiado, señorita Elizabeth. Es solo que… tengo un pasado… que todavía no he logrado asimilar del todo, una razón por la que me aflijo al acordarme de él y me cuesta hablar sobre ello. Pero no se sienta culpable por nada, ya que la limitación es mía.

—No se haga problema; en verdad lo entiendo… Venga, acompáñeme.

—Con mucho gusto —concluyó el joven.

Al instante, ambos se dirigieron hacia una sala donde yacían algunos instrumentos. En cuanto accedieron al ambiente, él se acercó a un conjunto de partituras que posaban sobre un piano de cola.

—¿Puedo…? —le preguntó a Elizabeth.

—¿Se refiere a tocar el piano?

—No; me refiero a husmear las partituras.

—Por supuesto —permitió la soprano, por lo que el señor Smith tomó algunas de ellas y comenzó a mirar lo que estas contenían—. ¿Sabe usted cantar este fragmento? —le preguntó a Elizabeth al cabo de unos segundos, y la joven se acercó a Howard para poder observar la partitura que él le indicaba.

—Así es. De hecho, me encanta.

—Bien. Usted cantará y yo la acompañaré con el violonchelo, ¿le parece?

—Será un placer.

—Estupendo. ¿Podría tomar aquel violonchelo? —consultó el señor Smith, realizando un movimiento de cabeza para indicar a qué instrumento se refería.

—Lo que usted desee.

—Bien —acotó Howard, y depositó las partituras sobre el piano—. Creo que podré prescindir de ellas —dijo después.

Habiendo dado unos pasos, tomó un violonchelo que se hallaba sobre un pie, a pocos metros del piano, para luego acomodarse sobre un asiento.

—¿Lista? —preguntó después, mientras Elizabeth caminaba hacia él.

—Lista —contestó la soprano, parada frente a Howard.

Acto seguido, el reservado joven de veinticuatro años comenzó a tocar un fragmento titulado Here the deities approve. A los pocos segundos, la soprano empezó a cantar sobre la base que le ofrecía el violonchelo interpretado por el señor Smith.

Mientras Elizabeth cantaba, su rostro parecía reflejar cierta felicidad que evidenciaba el goce que le producía estar interpretando algo con su misterioso caballero. Asimismo, el rostro de Howard no denotaba una expresión demasiado diferente, pues se lo veía muy a gusto haciendo sonar aquel violonchelo.

En cuanto ambos terminaron el fragmento, la soprano aplaudió emocionada.

—Ha estado fantástica, señorita Elizabeth —celebró Howard, todavía sentado y sosteniendo el instrumento, en cuanto la soprano terminó de aplaudir.

—Al igual que usted —acotó ella.

—Lo único que he hecho fue un simple acompañamiento de violonchelo para que usted cantara.

—No se subestime, señor Smith.

—Créame, no lo hago —profirió Howard mientras se levantaba del asiento para depositar el violonchelo sobre el pie.

—En fin, ¿por qué no vamos a un sector en el que podamos hablar con mayor libertad?

—¿Libertad?

—Así es. Aunque usted no se haya percatado, mi hermano Benjamin nos ha vigilado en todo momento: cuando nos saludamos frente a la mansión, cuando bebimos té en el jardín, cuando le mostré los cuadros y cuando llegamos a este sector de la casa.

—¿De veras?

—De veras. Sin embargo, él sabe perfectamente que yo me he dado cuenta de ello. Aunque…, en verdad, no estoy sorprendida por la actitud de Benjamin. De hecho, supuse que nos vigilaría.

—Me temo que, en todo caso, no nos ha estado vigilando a nosotros, sino a mí; lo cual es entendible si se consideran las circunstancias. De cualquier manera, ¿es así como reacciona habitualmente su hermano Benjamin cuando usted invita a un hombre a la finca… o simplemente se debe a la justificada desconfianza que tiene hacia mí?

—Creo que se debe más a la segunda opción.

—Lo cual es complemente lógico, dado que se trata de un hombre que, además de haberse infiltrado en la fiesta de su padre, no se ha dignado a confesar ni su identidad ni el propósito de su intromisión.

—De todas formas, conmigo Benjamin siempre ha sido muy… Bueno, eso.

—¿Se refiere a que siempre ha estado muy pendiente de usted?

—Eso mismo. De hecho, me cuida mejor que a su propia esposa.

—Es decir que su hermano está casado.

—Así es. Su esposa se llama Edith. Sin embargo, antes del cumpleaños de mi padre, ella viajó para visitar a su familia, la cual reside muy lejos de aquí, ya que el cumpleaños del padre de Edith coincide con el del mío —explicó ella—. En fin, retomando lo que veníamos hablando, digamos que… con mi hermano tenemos una relación de extrema confianza y profundo cariño, una razón por la que él se preocupa demasiado por mí. Aunque…, a menudo, se preocupa más de lo que debería. Sin embargo, Benjamin es la única persona con la que no tengo secretos; ni él tampoco los tiene conmigo, claro está.

—Me parece fantástico; y en verdad aprecio que su hermano me haya permitido venir aquí. Además, es completamente justificable la inquietud que él siente por este asunto.

—¿Se refiere a usted?

—Así es.

—Descuide. No se preocupe por ello —aconsejó Elizabeth.

—Trataré de no hacerlo. Mas ahora me gustaría decirle algunas cosas; y aprovechando que usted me ha propuesto dirigirnos a un lugar donde podamos hablar con mayor libertad, cedo, pues, a tal ofrecimiento.

—Por lo que puedo intuir, usted quiere decirme algo importante.

—En efecto.

—Entonces, vayamos a un lugar más privado. No le garantizo que mi hermano no estará escuchando tras la puerta, pero sí que no podrá vernos.

—Cualquier lugar que usted considere oportuno estará bien.

—Acompáñeme —concluyó la joven, y ambos marcharon hacia el cuarto de Elizabeth. Una vez allí, la soprano cerró la puerta de su dormitorio—. Siéntese, si así lo desea —ofreció luego.

—De acuerdo. Pero… ¿dónde? —preguntó él.

—En cualquiera de los sillones. Pero, si lo prefiere, puede sentarse en la cama —sugirió Elizabeth.

—¿En la cama?

—Es más cómoda que mis sillones. Pero, si le da vergüenza, o bien si no está dispuesto a realizar un acto tan poco protocolar, elija cualquier asiento.

—Bien —profirió Howard, y se acomodó sobre la cama.

Al instante, Elizabeth se sentó junto a él, en el mismo lecho.

—Señorita Elizabeth, en verdad me gustaría decirle algunas cosas.

—Lo escucho —manifestó ella, y el caballero comenzó a pensar.

—Bien sé que usted no sabe quién soy, a qué me dedico, quiénes son mis familiares, cuál es mi pasado, en qué consiste mi presente, por qué me he infiltrado en la fiesta de su padre, etcétera —le dijo mientras le tomaba la mano—. También sé que a usted le gustaría saber todas esas cosas. Sin embargo, yo no se las he contado aún por más de un motivo. En primer lugar, porque se trata de asuntos muy delicados que han significado mucho para mí, por lo cual no he hablado de ellos con nadie, jamás. En otras palabras, me sería muy difícil, a nivel emocional, platicar sobre esas cuestiones. Asimismo, no quisiera arruinar nuestros encuentros contándole cosas tan… —He hizo una pausa.

—Descuide. No se sienta obligado a nada.

—No obstante, créame que deseo que usted se entere de todo; pero no sé si este es el momento adecuado, tanto para usted como para mí.

—A decir verdad, imaginaba todo lo que acaba de decirme; por ello decidí no preguntarle nada. No se preocupe, cuénteme lo que usted considere cuando lo crea correcto, señor Smith. Aparentemente, le han ocurrido ciertas cosas desagradables, y comprendo que le sea difícil transmitirlas.

—Gracias por comprender. Aunque… no es solo por eso, sino también por el hecho de que, si le contara algunas cosas ahora, me temo que arruinaría el momento. Además, me daría demasiado pudor hacerlo. Digamos que… son temas tan delicados que… no sabría cómo empezar a contarlos.

—¿Tan oscuro es su pasado?

—Mi pasado y algo más.

—¿Acaso debería preocuparme?

—Bien sabe usted que no pretendo hacerle daño ni a su familia tampoco. De hecho, mi objetivo, o mejor dicho, la razón de mi presencia en la fiesta de su padre no estuvo relacionada directamente con la familia Clifford. Pero, por algún motivo que le revelaré luego, he tenido que infiltrarme en aquella celebración. Fue entonces cuando la conocí a usted. Esa es la verdad del asunto.

—Le creo.

—Se lo agradezco. Por mi parte, trataré de contárselo todo lo antes posible. No obstante, debido al aprecio que le tengo, estoy dispuesto a contestarle cualquier pregunta ahora mismo si me lo pide, pues lo consideraría justo, ya que usted me ha invitado a su casa sin conocerme y me ha otorgado una confianza a la que me gustaría corresponder.

—Entiendo su punto, señor Smith. Pero yo no voy a preguntarle nada. Prefiero que sea usted quien decida contármelo.

—Así será —prometió él—. De cualquier manera, me gustaría saber lo que usted siente al respecto.

—¿A qué se refiere?

—Me refiero a que… ¿Acaso no siente miedo de mí? O tal vez desconfianza.

—Siento mucha intriga, pero no desconfianza, ni mucho menos siento miedo.

—Me alegra saberlo. Aunque…, francamente, estoy algo sorprendido.

—¿Por qué lo dice?

—Me sorprenden su falta de miedo y desconfianza.

—No voy a negarle que mi falta de miedo y desconfianza puedan resultar extrañas desde una perspectiva lógica y racional, pero no desde otra.

—¿Otra como cuál?

—La intuición, por ejemplo.

—Comprendo —acotó Howard—. Sin embargo, debo confesarle que estoy preocupado por lo que pueda llegar a ocurrir con Alexander.

—¿Acaso duda de mí?

—En absoluto, señorita Elizabeth. No me refería a eso, sino a lo que el príncipe podría ser capaz de hacerle a usted.

—Todo saldrá bien, ya verá. Alexander se dará cuenta de que no pretendo absolutamente nada con él.

—Es que… no creo que a una persona como Alexander le interese esa clase de cosas. Si la desea a usted, la obtendrá, aunque tenga que utilizar la espada para conseguirlo.

—¿Lo cree capaz de llegar a tales extremos?

—Lo creo capaz de hacer cosas mucho más horribles que esa. Y le repito: procure que Alexander no se sienta ofendido en ningún momento. No obstante, cuente conmigo para cualquier problema que usted tenga.

—Se lo agradezco, señor Smith.

—No tiene nada que agradecerme, señorita Elizabeth —habló Howard, y ambos permanecieron en silencio por unos instantes.

—¿Podría quitarse la peluca? —le pidió Elizabeth al cabo de un tiempo—. Me gustaría contemplar su cabello.

—Desde luego —concedió Howard, y se quitó lentamente la peluca para depositarla sobre la cama, lo que puso en evidencia su corto cabello de totalidad oscura.

—¿Puedo? —preguntó la joven, una vez que levantó su mano derecha.

—Por supuesto —permitió el señor Smith, por lo que Elizabeth comenzó a acariciarle suavemente el pelo.

—Se ve más apuesto sin la peluca. ¿Lo sabía? —opinó ella.

—Ahora lo sé —acotó Howard.

Sin perder la delicadeza, Elizabeth quitó su mano de la cabellera del señor Smith; y después de mirarse mutuamente a los ojos durante algunos segundos en los que cada uno acercó su cuerpo al del otro, comenzaron a besarse apasionadamente. Acto seguido, se tumbaron sobre aquel lecho y el cuerpo de Howard quedó sobre la sosegada joven de cabellos dorados. Al terminar de besarse, permanecieron abrazados y echados sobre la cama.

Momentos después, alguien llamó a la puerta de la habitación.

—¿En qué puedo ayudarte, Benjamin? —preguntó la soprano, una vez que ella y Howard cambiaron la posición para permanecer sentados.

—La cena estará lista en unos minutos —informó Benjamin desde el pasillo, sin abrir el acceso del dormitorio

—De acuerdo; bajaremos en un momento —dijo Elizabeth mientras Howard se colocaba su peluca

—Bien —concluyó Benjamin, y regresó a la planta baja.

Minutos más tarde, los hermanos Clifford y el señor Smith cenaron juntos en el comedor de la residencia.

—¿Hace mucho que toca el violonchelo, señor…? —le preguntó Benjamin durante la cena.

—Prácticamente, desde que he nacido —contestó Howard, sentado a la mesa al igual que los hermanos Clifford.

—En vistas de que su coeficiente intelectual no le es suficiente para advertir una pregunta implícita, ¿podría preguntarle su nombre? —insistió Benjamin, quien vestía una chupa de color dorado y una fina peluca nevada.

—¡Benjamin! —exclamó Elizabeth.

—¿Acaso ni siquiera puedo preguntarle el nombre a la misteriosa persona que está cenando en mi mesa?

—Sabes perfectamente que…

—Está bien, señorita Elizabeth —intervino Howard—. Su hermano solamente ha preguntado mi nombre.

—Y usted sigue sin responderme, estimado señor.

—Mi nombre es Howard Smith.

—Bien… Ahora, si lo desea, puede decirnos algo más sobre usted.

—Benjamin… —pronunció la soprano.

—No te enfades, querida hermana. Es solo que… a nuestro “querido invitado”… pareciera gustarle sobremanera el misterio —se quejó el hermano de Elizabeth.

—¡Benjamin! —gritó una vez más la señorita Clifford, y se hizo el silencio.

—Sepa usted, misterioso caballero, que por la nula información que le ha revelado a mi hermana durante la primera vez que se han visto, he sido muy considerado al dejarlo entrar a esta finca, como bien se lo he dicho anteriormente —explicó Benjamin a los pocos segundos.

—Benjamin…, más tarde hablaremos de ello, ¿podría ser? —le sugirió Elizabeth.

—De acuerdo —aceptó Benjamin, y los tres continuaron cenando en el comedor de los Clifford—. Bien. Los dejaré solos —dijo luego, mientras se levantaba, una vez que terminaron la cena—. No obstante, por cuestiones de seguridad, procuren despedirse pronto. No vaya a ser que mis padres regresen antes de lo conveniente.

—No te preocupes, Benjamin —tranquilizó Elizabeth, y su hermano comenzó a retirarse del lugar.

Sin embargo, a medio camino, Benjamin frenó la marcha y giró su cuerpo para mirar al señor Smith.

—La próxima vez que acceda a una finca, misterioso caballero, le recomiendo no dejar a su caballo suelto —indicó al visitante.

—¿Mi caballo ha hecho algo malo? —preguntó Howard.

—No. Pero no es de buena educación dejar que ande por ahí, más aún cuando no se tiene confianza con las personas que residen en la finca. Se lo digo para que lo tenga en cuenta la próxima vez que intente seducir sospechosamente a una jovencita.

—¡Benjamin! —reprendió Elizabeth.

Acto seguido, Benjamin volvió a girar su cuerpo y se retiró de la escena.

—Le ruego que sepa disculpar a mi hermano, señor Smith.

—No tengo nada que disculpar. La reacción que tuvo su hermano es completamente entendible.

—¿A usted le parece?

—Así es. Usted debe considerar que él no sabe nada acerca de mí y que yo ni siquiera me he dignado a confesarle los motivos de mi intromisión en la fiesta de su padre.

—Pero… ¿esas son razones suficientes para que él lo haya ofendido de esa forma?

—Es que… yo no me he sentido ofendido. Además, creo que le he dado a su hermano razones más que suficientes para actuar de la forma en la que lo hizo, sin mencionar que él estuvo en todo su derecho de hacerlo. De todos modos, es tiempo de que me retire —dijo el señor Smith mientras se levantaba de la mesa.

—Lo acompaño —acotó Elizabeth.

Al instante, ambos se retiraron de la mansión de los Clifford y bajaron las escaleras de la fachada. Posteriormente, Howard realizó un silbido para llamar a su caballo y Sigurd se acercó a él.

—Sepa que he disfrutado sobremanera el tiempo que he pasado con usted —le dijo el señor Smith, de pie frente a ella.

—¿Pese a los… percances?

—Así es.

—¿Lo dice en serio?

—Por supuesto. Me ha encantado volver a verla —pronunció Howard, lo que hizo sonreír a Elizabeth.

—Pues a mí también me ha encantado volver a verlo, señor Smith. Y sepa usted que no tengo pensado renunciar a nuestros posibles encuentros futuros, a menos que usted prefiera no volver a vernos.

—Me alegra escucharlo, pues yo tampoco deseo dejar de verla. Aunque… la próxima vez deberíamos encontrarnos en otro sitio.

—¿Cuándo y dónde?

—¿Le parece conveniente la semana que viene? —preguntó él.

—¿Qué tal el fin de semana?

—Es que… no estaré en la ciudad de Erlingham durante el fin de semana.

—¿Y cuándo volverá?

—El lunes.

—Bien. ¿El martes le resulta conveniente? —sugirió la soprano.

—Estupendo —aceptó Howard.

—Entonces, el martes será. ¿Le parece bien a las tres y media de la tarde?

—De acuerdo. Pero… ¿dónde?

—En la catedral de Erlingham —propuso ella.

—¿Ha escogido ese lugar por algún motivo en particular?

—Sí.

—¿Podría preguntar cuál es aquel motivo?

—No les puedo decir a mis padres que me veré con usted. Sin embargo, en caso de que nos veamos en la catedral, no debería ocultarles que el martes iré a la ciudad de Erlingham, puesto que alguien podría verme y sería muy sospechoso si “ese alguien” se lo contase a mis progenitores.

—¿Entonces…?

—Entonces, no les ocultaré que iré a Erlingham, pero sí les ocultaré que lo veré a usted.

—Entiendo.

—Asimismo, a mis padres les informaré que mi hermano y yo nos dirigiremos a la capital para visitar al obispo Leighton, que reside en la catedral de Erlingham. Por cierto, el obispo Leighton es un íntimo amigo de nuestra familia.

—¿Y qué ocurriría si su hermano no la dejara volver a verme?

—Eso no ocurrirá, pues mi hermano sabe que no podría impedirlo. No obstante, Benjamin me acompañará a la cita. De eso estoy segura. Además, no tengo otra opción. Por el momento, Benjamin no me permitirá verlo a usted sin que él me esté vigilando. La razón… ya la conoce, señor Smith. Mi hermano no sabe quién es usted, qué es lo que quiere, etcétera. Y créame que Benjamin no me vigilaría si las cosas hubiesen sido diferentes; pero hasta que él no le tome confianza a usted…

—Es lógico que su hermano la acompañe, señorita Elizabeth.

—De cualquier forma, descuide: no estará con nosotros, sino cerca de nosotros.

—Bien… Volviendo a la catedral, ¿por qué ha elegido que nos veamos allí?

—Por dos motivos. En primer lugar, porque el obispo Leighton, clérigo principal del templo, es mi amigo, una razón por la que usted y yo podremos vernos en la catedral con total discreción en algún recóndito sector. Conozco varios sitios del templo a los que, prácticamente, solo el obispo Leighton suele entrar y que siempre, o casi siempre, se hallan desocupados. Sospecho que él no tendrá inconveniente en dejar que nosotros permanezcamos en alguno de aquellos sectores. En segundo lugar, si alguien llegara a verme en el templo y se lo contase a mis padres, no habría problema alguno, pues mis padres sabrán que yo visitaré al obispo; además, es moneda corriente que lo haga. De cualquier forma, Benjamin estará allí, y eso significa que mis padres tendrán menos motivos para sospechar de mí.

—Comprendo.

—Pero, cuando usted me vea, no me salude al instante.

—¿Qué es lo que tendré que hacer entonces?

—Seguirme desde lejos sin que nadie se percate de ello.

—¿Seguirla?

—Así es. Cuando yo acceda a la catedral y lo vea a usted, caminaré hacia un lugar del templo y deberá seguirme discretamente.

—¿Y si, por algún motivo, su padre o su madre decidiesen acompañarla a la catedral?

—Si usted me ve con mis padres, simplemente no se acerque. De todas formas, en caso de haber algún problema (cualquiera que fuere), yo accederé a la catedral y, muy discretamente, me tocaré la cabeza, una señal que le indicará a usted que la cita se ha cancelado. Pero… si aquello ocurriese, o si algún inconveniente me impidiera ir a la catedral, hable con el obispo Leighton; por medio de él nos mantendremos comunicados hasta que podamos vernos nuevamente.

—¿Le comentará al obispo toda nuestra historia?

—Sí.

—Pero…

—No se preocupe: el obispo Leighton y yo tenemos un tipo de relación muy especial. Digamos que… yo soy para él algo así como su mejor amiga y, a la vez, su mejor… sobrina, por así decirlo.

—Bien… Pero… ¿qué pasaría si el obispo Leighton se negara a cooperar?

—No lo hará. Usted déjelo en mis manos.

—De acuerdo. ¿En qué parte de la catedral debo esperarla?

—Junto al confesionario.

—Así será.

—Estupendo —concluyó Elizabeth, y Howard la abrazó por algunos instantes.

Acto seguido, la besó tiernamente en la mejilla, dio media vuelta y subió a su caballo.

—Hasta el martes, señorita Elizabeth.

—Hasta el martes, señor Smith —se despidió ella, y él se alejó de la soprano montando a Sigurd sobre la Finca Clifford.

Elizabeth permaneció de pie, observando cómo se alejaba su misterioso caballero; mas en cuanto lo perdió de vista, regresó a la mansión para platicar con su hermano.

—Quiero hablar contigo —le dijo a Benjamin en cuanto lo vio.

—Pues yo también —expresó Benjamin, sentado en un sillón.

—¿Te parece justo lo que has hecho? —le preguntó a su hermano mientras se acomodaba sobre otro sillón.

—Ya sabes que te contestaré que sí.

—¿Por qué lo hiciste?

—¿A qué te refieres exactamente?

—A todo, por lo que tendremos que ir por partes —respondió la joven—. En primer lugar, cuando le expresé mis deseos de que lo conocieras, me dijo que ya habías hablado con él.

—Por supuesto —admitió Benjamin.

—Te recuerdo que me habías prometido que no lo harías.

—Prometí no interrogarlo, y no lo hice. Simplemente, hablé con él. Le dije algunas cosas, mas nunca le pregunté nada en aquel momento.

—Bien sé que no le has preguntado nada, puesto que él me lo ha informado. Pero…

—Y en cuanto al momento de la cena —interrumpió Benjamin a su hermana—, te recuerdo que preguntarle a una persona cuál es su nombre no corresponde, precisamente, a un interrogatorio.

—No estoy enojada porque le preguntaste su nombre, sino porque te has dirigido a él de una manera poco amigable.

—¿Acaso no se lo merecía? —consideró el hijo de los Clifford, mas su hermana prefirió no emitir comentario al respecto.

—En fin, ¿qué le has dicho cuando hablaste con él en privado? —interrogó Elizabeth a la brevedad.

—¿Acaso no se lo preguntaste a “tu príncipe”?

—Sí y no. De cualquier forma, le dije que no hacía falta que me contase nada, puesto que luego hablaría contigo. Es por ello por lo que vuelvo a preguntarte: ¿qué le has dicho?

—Lo he puesto al tanto de la situación. Le dije que tú me habías contado todo y que, si bien estaba permitiéndole acceder a la finca, lo hacía con mucha desconfianza y hostilidad, pues, de ser por mí, no se lo habría permitido. Este último punto se lo he dejado bien en claro.

—¿Eso fue lo que le dijiste?

—¿Te parece mucho?… ¿Tienes idea de todas las cosas que, por ti, me he privado de decirle?… ¿Sabes todo lo que me abstuve de preguntarle porque tú me pediste que no lo hiciera?… De ser por mí, le habría expresado, sin pelos en la lengua, mi sentimiento de indignación por su actitud delictiva. Y no solo eso, también lo habría obligado a disculparse y a darme una explicación.

—Lo sé, por ello te pedí que no lo interrogaras.

—Y no lo hice.

—¡Benjamin! Me refería a que no lo hostigaras.

—No defiendas lo indefendible, hermana mía. De todos modos, por supuesto que tu invitado ni siquiera se dignó a revelarme los motivos que lo llevaron a infiltrarse en la celebración, cosa que él tendría que haber hecho sin que yo se lo pidiese… ¡Ah!, me olvidaba: al menos tuvo la delicadeza de disculparse por ello. “Sepa, señor, que la razón por la que me infiltré en la fiesta de su padre no involucra al apellido Clifford”, me dijo el desgraciado.

—¿Y tú qué le respondiste?

—Muy seriamente, le dije que entrase a la finca antes de que me arrepintiera de dejarlo pasar. Pero si yo hubiese abierto mi boca como me hubiera gustado abrirla, le habría dicho que sus disculpas no me resultaron suficientes, y que, si no me confesaba todo en aquel momento, no lo dejaría entrar. Pero, como ves, he conservado la calma.

—¿Tú lo crees?

—Por supuesto que sí. Mas ahora dime, ¿te ha dicho quién era y qué es lo que buscaba en la fiesta?

—Le dije que yo no le preguntaría nada al respecto, pues le di la libertad para que me contase todo lo que deseara cuando él lo creyera correcto o se sintiese listo.

—¡¿Por qué has hecho eso?!

—Porque me he dado cuenta de que no le es fácil hablar de su pasado.

—¿Qué tiene que ver eso con su intromisión en la fiesta? —Y ambos callaron por unos segundos.

—No va a gustarte lo que él me ha dicho; pero te lo diré de todas formas, ya que entre nosotros nunca ha habido ningún secreto.

—Te escucho.

—Me dijo que, si me llegase a revelar lo que él estaba buscando en la fiesta, arruinaría el momento que estábamos teniendo.

—Entonces, está todo más que claro, Elizabeth. Si él te fue sincero, deberías dejar de verlo, pues lo que te ha dicho indicaría que tiene un pasado oscuro y que su aparición en el cumpleaños de nuestro padre se relaciona con algo siniestro. Y si te ha mentido, también deberías dejar de verlo, puesto que se trataría de un embustero. Conclusión: no hay mucho para pensar. ¿Qué es lo que estás dudando?

—No estoy dudando de nada, Benjamin. Tampoco pretendo dejar de verlo. Y el hecho de que en su historial haya habido situaciones oscuras me deja sin cuidado. En todo caso, me interesa su presente.

—Su oscuro presente.

—Nadie es perfecto, querido Ben. Por lo tanto, suponiendo que en su presente haya algo de oscuridad, aquello no sería necesariamente un motivo para alejarme de él.

—Eso depende del grado de oscuridad que él posea.

—De momento, no he percibido en él la suficiente oscuridad como para apartarlo de mí, por lo que, por ahora, elijo seguir viéndolo. Y si él tiene un pasado… “difícil”…, es entendible que le cueste hablar sobre ello.

—¿También es entendible que no te haya querido decir qué hacía en la fiesta de nuestro padre? Y te recuerdo que si él fuese una mejor persona, nos habría explicado las razones de tal intromisión.

—Quizá, querido Benjamin, la razón por la que se encontraba en la fiesta se relacione con su pasado.

—El cual es incierto y del todo sospechoso. Es decir, si no te dijo lo que buscaba en la fiesta, fue porque sus intenciones eran malvadas. ¿Y sabes qué es lo peor de todo?

—¿Qué?

—Estoy seguro de que, si ese hombre me hubiese revelado sus objetivos antes de acceder a la finca, no lo hubiera dejado entrar, ya que sus confesiones me habrían resultado imperdonables, pues no hay duda de que sus intereses son netamente siniestros. ¿Lo entiendes?

—Sus objetivos no se relacionan con nuestra familia.

—¿Y eso implica que sus intereses no sean siniestros? ¿Te das cuenta de que este hombre podría ser un embustero, un ladrón, un criminal o un asesino? ¿Por qué no pensar también que podría tratarse de un oportunista que desea los bienes que tú heredarás de nuestros padres y llevar una vida acomodada a través del engaño?

—Si bien desconozco lo que busca, no siento que él corresponda a tales ejemplos. O mejor dicho, percibo que dentro de él existe una maravillosa persona.

—¿Te das cuenta de la justificación que me estás ofreciendo? Es meramente supersticiosa.

—Lo sé, Benjamin; lo sé. Pero… ¿me creerías si te dijera que tengo la certeza absoluta de que él no desea atentar contra la integridad de nuestra familia?

—El hecho de que sus intereses (me refiero a los que lo llevaron a entrometerse en la fiesta) no se relacionen con nosotros… no quita la posibilidad de que él sea una persona malvada y oscura. ¿Deseas tener como pareja a alguien así?

—Aunque estoy segura de que él no busca nada relacionado con nosotros, no descarto la posibilidad de que su objetivo, sea el que sea, corresponda a un ejemplo… “extraño”.

—Querrás decir “inmoral”.

—¿Por qué no decir “insólito”?

—¡Macabro! —exclamó Benjamin.

—No voy a negarte que podría ser “inusual” o “poco ortodoxo”; pero antes de sacar conclusiones erradas, prefiero que me aclare el asunto cuando él lo crea correcto.

—¡Estás loca!

—¿Cómo puedes estar seguro de que el señor Smith es una persona rotundamente malvada?

—¡¿Y tú cómo puedes estar segura de que no lo sea?! Seamos sinceros, Elizabeth: tú te basas en intuiciones, y yo, en hechos. ¿Acaso vas a negarme que, si nos basamos en los hechos, deberíamos pensar que lo más factible sería catalogar al señor Smith como un individuo pecaminoso o algún otro derivado? No podrías negarlo en nombre de la lógica ni de la razón, pero sí en nombre de la superstición, tal y como lo haces.

—Comprendo tu postura, querido Benjamin; pero…

—¡¿Pero qué, Elizabeth?! ¡¿Pero qué?!

—Él me dijo hoy que, si yo le preguntaba lo que sea, me contestaría con la verdad. Sin embargo, he decidido no formularle ninguna pregunta.

—¡¿Por qué no?!

—Ya te lo he dicho: porque he preferido que él se expresara cuando lo desease.

—¡Por favor, Elizabeth!

—Benjamin, en verdad preferiría que, si él me confesase algo difícil de explicar, lo hiciera por convicción propia… y no por disposición mía. En otras palabras: deseo respetar sus tiempos.

—¿Aun a costa de tu seguridad?

—Benjamin, no seas exagerado.

—No lo soy. Pero…, en fin, no permitiré que ese hombre regrese aquí bajo las mismas circunstancias. Por lo tanto, si pretendes que él vuelva a la finca, primero tendré que saber quién es, cuál es su pasado y qué es lo que hacía en la fiesta de mi padre. Recién ahí, si es que apruebo sus conductas e intereses, podría dejar que él volviese a esta propiedad. Mas te invito, querida Elizabeth, a que reflexiones sobre esto. Bien sabes que estoy contigo para lo que sea, pero no me pidas que defienda un atentado contra tu seguridad, felicidad y bienestar. En mi opinión, sería una locura continuar viendo a ese sujeto. No obstante, eso no voy a impedírtelo por la simple razón de que, si lo hiciese, tú seguirías viéndolo de todos modos (en caso de que quisieras hacerlo, claro está).

—Bien… —dijo Elizabeth mientras se levantaba—. Creo que ya hemos hablado todo lo que debíamos. Si no tienes nada más que decir, me iré a mi habitación.

—¿Han quedado en verse de nuevo?

—Así es —contestó Elizabeth, de pie junto al sillón en el que se había sentado.

—¿Dónde?

—En la catedral.

—Debí imaginarlo.

—Es el mejor lugar para encontrarse.

—¿Acaso le contarás todo al obispo Leighton? —preguntó Benjamin, todavía acomodado en su respectivo sillón.

—En efecto.

—¿Y piensas que él dejará que te veas con ese hombre en la catedral?

—Yo creo que sí.

—¡Estás loca!

—En fin, no debes hacer planes para el martes por la tarde.

—¿Tan segura estás de que pretendo acompañarte?

—Por supuesto.

—¿No sería más lógico pensar que, en lugar de acompañarte, le contaré todo a nuestros padres?

—Eso no te convendría después de haber permitido que el señor Smith accediera a la finca. ¿Te imaginas lo enojados que estarán nuestros padres con nosotros luego de que les digas la verdad?… Además, Benjamin, realmente estoy muy interesada en él, y creo que es una buena persona.

—Pues yo no.

—¿Se lo dirás a nuestros padres?

—Debería hacerlo antes de que sea demasiado tarde, por más que me renieguen cuando se enteren de todo. Pero, de momento, no lo haré.

—Te lo agradezco, Benjamin.

—Lo hago a pesar de mí.

—¿Y no es aquello una genuina contradicción? —preguntó Elizabeth, aún parada frente a su hermano.

—Lo es, y espero no arrepentirme de haberte ayudado en esto.

—No lo harás, querido Ben.

—Eso espero —concluyó él, y se hizo el silencio durante unos segundos.

—Que duermas bien —se despidió Elizabeth.

—Igualmente —dijo Benjamin, y la soprano se retiró a su cuarto.

Retrospección
—Primera parte—

Era de noche. Howard Smith vestía una casaca gris mientras bebía una cerveza sentado a la barra de alguna taberna ubicada en la ciudad de Erlingham. Él no llevaba su peluca puesta, por lo que sus cortos cabellos negros permanecían a la vista de cualquiera.

—Si le gusta la bebida, le recomiendo probar el whisky. Es la especialidad de la casa —le propuso un hombre, al tiempo que se acomodaba en el asiento de al lado.

El sujeto, de unos treinta y pico de años, vestía una casaca marrón y, al igual que Howard, no exhibía peluca alguna.

—Ya lo he probado —le comentó el señor Smith.

—¿Y qué opinión le merece? —volvió a preguntar el hombre, quien ostentaba tupidos bigotes y una corta cabellera castaña. A decir verdad, parecía estar completamente embriagado.

—Es bueno —acotó Howard.

—Usted… no es de por aquí, ¿verdad? —interrogó el sujeto al percatarse de que el acento del señor Smith no correspondía al de Erlingham.

—Así es —contestó Howard.

—¿Está usted de vacaciones?

—Algo por el estilo. Digamos que… decidí tomarme unos días en la ciudad de Erlingham —comunicó el señor Smith.

—Por cierto, soy el capitán Kraus —dijo y le extendió la mano.

—Y yo, el señor Kepler —mintió Howard, saludando al sujeto.

—¿A qué se dedica, señor Kepler?

—Soy orfebre —volvió a mentir el señor Smith.

—¡Vaya profesión! —expresó el capitán.

—Herencia familiar. ¿Y usted, capitán, es de por aquí?

—No. Pero, actualmente, trabajo en el Palacio de Erlingham, haciendo guardia durante la noche —confesó el capitán, lo que logró captar la absoluta atención de Howard—. ¡Oh! En realidad, no debería haberle dicho eso. Es que… he tomado algunas copas de más.

—No se preocupe —habló el señor Smith.

—Bien… Será mejor que me vaya a dormir. Por suerte, mañana tendré el día libre. En fin, ha sido un placer.

—Lo mismo digo.

—Adiós —concluyó el capitán y se retiró de la taberna.

Minutos después, mientras el capitán caminaba por la ciudad, el señor Smith se interpuso sorpresivamente en su camino en alguna esquina de Erlingham, lo que provocó que el militar cesara la marcha.

—Capitán Kraus… —le dijo Howard, quien estaba acomodado sobre Sigurd, su fiel caballo.

—¡Oh, es usted! ¡Vaya sorpresa! —expresó el capitán.

—Seré breve —informó el señor Smith y apuntó al capitán con una pistola.

—¡Pero…! —vociferó el militar al ver el arma que sostenía Howard.

—Si vuelve a gritar, lo mataré —amenazó el señor Smith.

—¿Qué es lo que quiere?

—Información. Todo lo que sepa con respecto a lo que hará Alexander.

—¿A qué se refiere exactamente?

—A los lugares a los que asistirá, cuándo asistirá, con quién asistirá, etcétera.

—Eso no lo sabe un capitán, por más que trabaje en el palacio.

—¿Quién lo sabe entonces?

—Eso debería saberlo algún asistente de Alexander.

—¿Cómo puedo encontrar a un asistente que me proporcione aquella información? —preguntó Howard, y se hizo el silencio—. Si no me ayuda, tendré que matarlo ahora mismo. Además, sepa usted que, si la información que me proporciona es incorrecta, su familia correrá peligro.

—Está bien —aceptó el capitán—. El señor Higgins, uno de los asistentes de Alexander, está de vacaciones junto a su familia en la costa de Hauer.

—¿En dónde?

—En la Isla de Lugh.

—¿Cómo se llama el lugar en el que se hospeda el señor Higgins?

—El Trisquel Dorado.

—¿Hasta cuándo se quedará allí?

—No lo sé. Pero, si usted se apura, lo más probable es que pueda encontrarlo.

—¿Cómo se compone la familia del señor Higgins?

—Esposa e hijas.

—¿Cuántas?

—Dos.

—¿De qué edad?

—Creo que tienen entre quince y veinte años.

—¿Y cómo es físicamente el señor Higgins?

—Pelirrojo, de pelo corto. Posee montones de pecas en su cara y tiene unos ojos de color miel.

—¿Cuántos años tiene?

—¿El señor Higgins? Cuarenta, aproximadamente.

—¿Y cómo es que un simple capitán como usted está enterado de todas estas cosas?

—En realidad, no debería saberlo, pero… las murmuraciones en el palacio son moneda corriente —explicó el capitán—. Por cierto, el señor Higgins me ha dado este papel. Quizá le sirva —acotó después y metió la mano derecha por debajo de su casaca.

—¡Oiga! —le dijo el señor Smith.

Acto seguido, el militar trató de tomar rápidamente su pistola; mas antes de que pudiese apuntar a Howard, este último disparó contra el capitán Kraus, quien cayó al piso con una bala incrustada en su garganta.

—Lo siento —dijo el señor Smith, y, cabalgando sobre su corcel, se marchó bajo la luz de la luna.

***

El señor Higgins, aquel asistente del príncipe Alexander, se tomó unos días de vacaciones en los que decidió viajar a la costa junto a su familia, como bien le informó el capitán Kraus al señor Smith; y efectivamente, Higgins y su parentela se hospedaron en una antigua casona de la Isla de Lugh que yacía cerca de un vistoso acantilado, el cual era precedido por un fosforescente suelo dotado de pastos verdes y rasurados. Fue así que el señor Higgins concluyó su desayuno y se retiró de la casona para contemplar el océano al aire libre. En aquella ocasión, vestía una camisa blanca y no llevaba puesta su peluca.

Howard Smith también se estaba alojando allí, en ese mismo hospedaje llamado El Trisquel Dorado; y mientras el señor Higgins observaba el horizonte —de pie y a pocos metros del rocoso precipicio—, Howard se acercó a él después del desayuno.

—Bonita vista, ¿no es cierto? —le dijo el señor Smith mientras terminaba de acercarse.

Acto seguido, Howard —sin ostentar peluca alguna y vistiendo una casaca cuya tonalidad se asemejaba al color arena— se ubicó no muy lejos del señor Higgins.

—Así es. Me apasiona observar la costa de Hauer —contestó Higgins.

—¿De vacaciones? —preguntó Howard.

—Exacto. ¿Usted? —interrogó Higgins.

—También —habló el señor Smith—. Nunca viene mal descansar un poco; y en verdad, he tenido bastante trabajo últimamente.

—¿A qué se dedica? —indagó el asistente del príncipe.

—Orfebre —mintió Howard—. Soy orfebre.

—Vaya.

—¿Y usted?

—Poseo una tienda de antigüedades —mintió Higgins, ya que, por cuestiones de seguridad (tanto para él como para la realeza), cualquier asistente del príncipe tenía prohibido revelar su función fuera del trabajo.

—Interesante —comentó el señor Smith.

—Lo es —acotó Higgins, y se hizo el silencio durante algunos segundos.

—Disculpe, no me he presentado —habló Howard—. Soy el señor Kepler —volvió a mentir extendiendo la mano, y Higgins la tomó sin revelar su nombre—. ¿Y usted es…? —insistió el señor Smith al percatarse de que la persona a la que estaba saludando no había mencionado su gracia.

—Higgins —confesó fríamente, sosteniendo aún la mano de Howard.

—Es un placer conocerlo, señor Higgins. —Y soltó la mano del asistente.

—Lo mismo digo —acotó Higgins, y ambos cesaron de emitir palabras.

—Desde que falleció mi esposa, mis vacaciones me resultan un tanto solitarias —manifestó Howard de improviso, presentando una información apócrifa.

—Lo siento.

—Descuide, ya me estoy acostumbrando —habló el señor Smith—. ¿Usted también ha venido solo?

—No. Supongo que mi esposa e hijas todavía no se han despertado. Digamos que ellas se manejan con otros tiempos que los míos.

—Ya veo.

—En fin, me gustaría visitar la gruta una vez más —expresó Higgins a la brevedad.

—¡La gruta!, todavía no la he visto. Dicen que es preciosa.

—Así es.

—Por causalidad, ¿le molestaría si lo acompaño?

—En absoluto.

—Estupendo —concluyó Howard, y ambos bajaron por el acantilado gracias a una escalera de piedra que se había construido tiempo atrás.

—¡Allí está! —indicó Higgins, una vez que terminaron de bajar.

Acto seguido, aprovechando que el asistente del príncipe llevaba la delantera, Howard tomó una roca del suelo y lo golpeó en la nuca.

Minutos después, cuando el señor Higgins despertó de su inesperado desmayo, se percató de que tenía las piernas y los brazos atados. Yacía sobre el suelo, de espaldas al piso.

—Si grita, lo mataré —le avisó Howard, parado frente a él, mientras lo amenazaba sosteniendo un cuchillo.

Ambos se encontraban escondidos entre unas rocas, no muy lejos de la gruta.

—¿Qué es lo que quiere? —preguntó el señor Higgins sigilosa y temerosamente.

—Información —contestó Howard.

—¿Qué tipo de información?

—Sé que usted es uno de los asistentes de Alexander. Quiero que me informe sobre los futuros eventos a los que el príncipe asistirá —dijo el señor Smith, todavía intimidando a Higgins con el cuchillo—. Si me ayuda, ni a usted ni a sus familiares les quitaré la vida. Pero si no me ayuda, lo mataré a usted y a toda su familia. Y más le vale que la información que reciba sea genuina; de lo contrario, me veré obligado a hacerles daño a su esposa e hijas.

—De acuerdo, de acuerdo.

—Empiece entonces —ordenó Howard mientras ayudaba a Higgins a sentarse a noventa grados de espaldas contra una roca—. ¡Hable! —indicó a la brevedad, sentado en cuclillas junto a Higgins y acercando con sutileza la punta del cuchillo al cuello de su víctima.

—Dentro de una semana, el príncipe Alexander asistirá junto a su padre a la fiesta de cumpleaños del señor Clifford —reveló el asistente.

—¿Quién es el señor Clifford?

—El terrateniente más acaudalado del reino.

—¿Y dónde tendrá lugar aquella fiesta?

—En la Finca Clifford.

—¿A qué hora?

—A las siete de la tarde del día sábado.

—¿Y cómo puedo llegar a la Finca Clifford?

—Se encuentra justo al sur de Erlingham, a pocos kilómetros de la ciudad.

—¿Qué más?

—El sábado siguiente a la fiesta, Alexander y Macbeth partirán a primera hora hacia la ciudad de Wyrd. Llegarán el sábado por la noche y se irán el lunes por la mañana.

—¿Por qué motivo estarán en Wyrd?

—En primer lugar, para asistir a la celebración de los cincuenta años del Banco Hofer.

—¿Cómo dice?

—Dentro de diez días, aproximadamente, se cumplirán cincuenta años de la inauguración del Banco Hofer, por lo que el señor Hofer, Richard Hofer, realizará un evento para festejarlo.

—¿El señor Hofer organizó una fiesta para celebrar los cincuenta años de su banco?

—El banco no le pertenece totalmente a él, dado que ha sido fundado por su padre y sus tíos, los cuales han fallecido, por lo que se trata de una herencia familiar distribuida. No obstante, de todos los dueños y administradores del banco, Richard Hofer es el más importante, mucho más que sus hermanos. Y no ha organizado ninguna fiesta, sino la ejecución de una ópera.

—¿Dónde se ejecutará esa ópera?

—En la ciudad de Wyrd.

—¡Ya lo sé! Pero… ¿dónde específicamente?

—En el Teatro Minerva.

—¿Eso es todo?

—Tengo entendido que Macbeth aprovechará la ocasión para platicar con el señor Hofer sobre intereses principalmente económicos.

—Pero… ¿cuándo tendrá lugar la celebración en concreto… y dónde se hospedará Alexander?

—Durante la estadía en la ciudad de Wyrd, Alexander y Macbeth se hospedarán en la mansión de Richard Hofer, donde vive con su esposa e hijos —contestó Higgins.

—Continúe —ordenó Howard.

—Al día siguiente de su llegada a la ciudad de Wyrd, precisamente, el domingo por la tarde, Macbeth y su hijo asistirán a la ópera que se interpretará en el Teatro Minerva.

—¿En qué parte del teatro se ubicará Alexander?

—En el palco principal, al igual que su padre.

—Bien. Escúcheme. Ahora taparé su boca con un pañuelo. Posteriormente, para que pueda liberarse, arrojaré este cuchillo hacia esa dirección y subiré la escalera del acantilado, por lo que usted tendrá que arrastrarse hasta donde haya caído el cuchillo, cortar las cuerdas atadas a su cuerpo, quitarse el pañuelo y subir. Pero, cuando usted termine de realizar aquello, yo estaré lejos de aquí —informó Howard—. Y hágase el favor de no denunciar este hecho. Si lo hiciera, Alexander se enteraría de esto, y créame, señor Higgins, que aquello sería una verdadera desgracia no solo para mí, sino también para usted y sus seres más queridos. Dicho esto, sepa que no estoy solo y que, hasta que usted se retire de la isla, varios ojos lo estarán observando de cerca —mintió luego para que el señor Higgins no tomase medidas al respecto.

—No le haga daño a mi familia. Se lo ruego —pidió el señor Higgins, con los ojos empapados de tristeza y preocupación.

—Si la información que me ha dado es legítima, no tiene nada que temer. Por ello, todavía está a tiempo de decirme la verdad. ¿Me ha dicho usted la verdad?

—Por supuesto que sí.

—Bien —dijo el señor Smith, y, habiendo apoyado el cuchillo sobre una piedra cercana, tapó la boca del señor Higgins con un largo pañuelo—. Otra cosa: si Alexander no concurre a la fiesta del señor Clifford ni se dirige a la ciudad de Wyrd, yo interpretaré que usted ha hablado sobre esto con el príncipe. En ese caso, me pondré muy furioso y… no tendré más opción que visitar a su familia —informó luego, solo para asustar al temeroso asistente, pues, independientemente de cuán real sería lo que había escuchado por boca del señor Higgins, Howard no tomaría represalias.

De cualquier manera, al escuchar las últimas palabras que le había dicho el señor Smith, el asistente del príncipe se desequilibró emocionalmente aún más, por lo que, con la boca tapada y atado de pies a cabeza, comenzó a desesperarse y a llorar cual niño mientras manifestaba extraños sonidos guturales.

—Lo siento, pero…, a excepción de matarlo ahora mismo, la amenaza es la única forma de lograr que usted no le diga nada a Alexander sobre esto. Y le juro que si el príncipe realiza todo lo que usted me dijo que él haría, ni usted ni su familia tendrán que preocuparse por nada —prosiguió Howard, sentado en cuclillas junto a su presa—. Aunque, suponiendo que la información que me ha dado es legítima, también puedo usar la persuasión para convencerlo de que no le cuente al príncipe lo que ha ocurrido hoy, pues, si usted lo hiciera, lo más probable sería que, de todos modos, Alexander les ordene a sus hombres ejecutarlo a usted, pese a que usted habría intentado solamente prevenir y ayudar al príncipe. Y por más que usted haya recibido amenazas de mi parte, el solo hecho de que me haya transmitido información… encolerizaría al hijo de Macbeth de tal forma que… —Y deslizó el dedo índice por su propia garganta—. En fin, gracias por colaborar, señor Higgins —concluyó Howard.

Habiendo tomado su cuchillo de la roca, lo arrojó hacia la dirección que había señalado. Luego se levantó y comenzó a caminar hacia la escalera de piedra. Pero, en cuanto dio unos pasos, frenó su marcha y dio media vuelta para mirar una vez más al señor Higgins.

—Disculpe las molestias —profirió después, y subió por el acantilado.

A partir de ese día, el señor Higgins se juró a sí mismo que nunca le revelaría al príncipe lo que había ocurrido aquella mañana; y en efecto, jamás se lo reveló a persona alguna, ni siquiera a su propia familia.

Capítulo VIII
El almuerzo con el príncipe en el Palacio de Erlingham

El viernes por la mañana, Elizabeth despertó, desayunó con su familia y se preparó para dirigirse hacia el Palacio de Erlingham.

Minutos antes de partir, sus padres y su hermano la esperaban en una de las salas de la mansión. Fue entonces cuando Elizabeth, lista para irse, accedió al ambiente en el que se encontraba su familia, vistiendo una elegante peluca y una bellísima prenda azulada.

—¿Estás segura de que quieres hacerlo, hija? —preguntó su padre, parado junto a su esposa e hijo.

—Así es, padre —contestó Elizabeth, de pie frente a su parentela.

—De acuerdo —dijo el señor Clifford—. La carroza que te ha enviado Alexander ya está aquí, esperándote frente a la mansión. ¿Deseas que te acompañe hasta el palacio… o prefieres que lo haga tu hermano?

—No hace falta. Iré sola.

—¿Segura? —insistió Hermann.

—Segura, padre —reafirmó Elizabeth.

—Como gustes —dijo el señor Clifford—. Te acompañaremos

hasta el carruaje.

—De acuerdo —aceptó la soprano, y los cuatro se retiraron de la mansión.

Posteriormente, detuvieron sus pasos a pocos metros de una nívea y galante carroza.

—Sé precavida y ten mucho cuidado —aconsejó el señor Clifford a su hija.

—Lo tendré —acató Elizabeth—. Adiós.

Acto seguido, la joven de cabellos dorados saludó con un beso a cada uno de sus parientes, dio media vuelta, se acercó al carruaje y, ayudada por un sirviente de la realeza, accedió al vehículo. Al instante, el sirviente cerró la puerta de la carroza y se acomodó junto al conductor; fue entonces cuando aquel refinado transporte inició su camino al Palacio de Erlingham, escoltado por algunos jinetes.

—Dios la bendiga —pronunció Hermann mientras él, su hijo y su esposa observaban cómo se alejaba el vehículo en el que Elizabeth estaba siendo trasladada.

***

El joven Alexander se hallaba en su dormitorio, blandiendo su espada contra algún oponente imaginario, cuando uno de los criados llamó a su puerta.

—Adelante —permitió Alexander sin dejar de blandir su espada.

—La señorita Clifford ha llegado, alteza —informó el criado en cuanto abrió la puerta de la habitación.

Acto seguido, el hijo del rey guardó su espada en una funda que colgaba de su cintura para luego quitarse la funda y arrojarla sobre la cama.

—¡Mi casaca… y mi peluca! —ordenó, y el criado le colocó una excelentísima casaca blanca y una distinguida peluca del mismo color—. ¡Vete! —comunicó luego al subordinado, y este último se retiró de la escena.

A continuación, el vástago de Macbeth se miró al espejo por unos instantes y se retiró del cuarto para dirigirse hacia uno de los jardines del palacio, pues allí, al aire libre, almorzaría con Elizabeth.

—La señorita Clifford se encuentra en la antesala, alteza —anunció uno de los sirvientes en cuanto Alexander llegó al jardín.

—¡Tráiganla aquí! —mandó Alexander, y el criado abandonó el lugar—. ¡Toquen! —les dijo a unos músicos que yacían en la proximidad (un cuarteto de cuerdas), por lo que estos comenzaron a interpretar un excepcional divertimento en re mayor (K. 136).

Al poco tiempo, escoltada por un sirviente, Elizabeth accedió al jardín y Alexander se acercó a ella.

—Alteza… —saludó Elizabeth mientras efectuaba una reverencia; pero el hijo del rey le respondió con un simple y soberbio movimiento de cabeza.

—Sentémonos a la mesa —propuso Alexander, y tanto él como su invitada se sentaron a una mesa situada en una distinguida y espaciosa pérgola del jardín; y si bien ellos dos eran los únicos que almorzarían en aquel sector del palacio, algunos criados los asistirían durante el almuerzo.

El jardín ostentaba una magnificencia digna de una casa monárquica; y si a esto se le suma el cuarteto de cuerdas que acompañaba a la atmósfera del lugar —tiñéndola con la singular elegancia de aquel curioso divertimento—, no sería extraño suponer que más de un solo mortal hubiese querido formar parte de semejante contexto.

Elizabeth se esforzaba por no ser ella misma —esto es: agradable y carismática—, pues temía que, comportándose con su personalidad natural, Alexander malinterpretase las cosas.

—¿Cómo se encuentra su majestad el rey? —preguntó Elizabeth antes de que sirviesen la comida.

—Mejorando —contestó Alexander.

—Enhorabuena —celebró Elizabeth, y ambos callaron por un momento.

De haber sido por ella, hubiese realizado un comentario con respecto al divertimento que se hallaba sonando, pues en verdad le agradaba sobremanera y, de hecho, lo había escuchado con anterioridad. No obstante, prefirió no emitir palabras para no dar señales de simpatía al hijo del rey. Alexander, por su parte, tampoco profería palabra alguna, pero no por una cuestión estratégica, sino porque su hostilidad no se lo permitía. Así pues, prácticamente ninguno de los dos abriría su boca durante el almuerzo a no ser para comer.

En cuanto concluyó la interpretación del cuarteto, Elizabeth aplaudió moderadamente a los músicos, por lo que estos le contestaron con un educado movimiento para luego retirarse del jardín.

—Buen provecho —dijo Alexander una vez que los criados sirvieron la primera tanda de comida. Sin embargo, el hijo del rey tuvo que realizar uno de los mayores esfuerzos de su vida para decir aquello.

—Buen provecho, alteza —retribuyó Elizabeth, y ambos empezaron a comer en silencio.

—La comida ha estado deliciosa, alteza —comentó la hija de los Clifford, luego de que ambos terminasen de almorzar.

Pero Elizabeth no realizó dicho comentario porque haya querido demostrar simpatía, sino por una cuestión de educación elemental. De cualquier manera, Alexander le respondió como siempre solía responder: con un frío, seco y reprimido movimiento de cabeza.

—Bien —dijo el príncipe a los pocos segundos—. Les he pedido a mis músicos que preparasen algo para usted. ¿Querría escucharlo?

—Sería un placer —aceptó Elizabeth.

—Por aquí —le dijo Alexander, y los dos se levantaron de la mesa para dirigirse hacia una de las salas del palacio.

En cuanto ambos accedieron al ambiente, Alexander le indicó a su invitada que debía sentarse en un sillón, por lo que esta obedeció correctamente. Por su parte, el hijo del rey se acomodó sobre otro sillón de la sala que yacía junto al de Elizabeth. Frente a ellos, cuatro músicos se hallaban preparados para tocar; y en cuanto Alexander les hizo señas de que empezaran, los intérpretes comenzaron a cautivar los oídos de la soprano con un excelentísimo cuarteto de cuerdas en do mayor, apodado Kaiser, el cual también era conocido por la pequeña de cabellos dorados.

Cuando la música concluyó, la hija de los Clifford se levantó para aplaudir con alegría y gratitud. Alexander, en cambio, permaneció sentado e inmóvil.

—Bien —dijo el príncipe mientras se levantaba—. Espero que le haya gustado —pronunció luego, realizando un desmesurado esfuerzo.

—La obra ha sido bellísima y los músicos han estado magníficos —opinó Elizabeth.

—Estupendo —pronunció Alexander—. Ha sido todo por hoy.

La acompañaré hasta el vestíbulo para que abandone el palacio.

—De acuerdo.

—Sígame —dijo el heredero al trono mientras se retiraba de la sala, por lo que Elizabeth saludó a los músicos con un educado gesto y siguió los pasos de Alexander—. Mi criado la escoltará hasta la carroza que la llevará a la Finca Clifford —le avisó al llegar al vestíbulo.

—Alteza… —saludó ella mientras se inclinaba frente a él. Mas el hijo de Macbeth realizó su frío movimiento de cabeza y se retiró de la antesala.

—Por aquí, señorita Clifford —indicó uno de los criados.

Al poco tiempo, Elizabeth abandonó el palacio en el fino carruaje blanco que la había traído hasta allí, el cual no dejó de estar escoltado por un cierto número de jinetes.

En cuanto la carroza concluyó su recorrido frente a la mansión de los Clifford, uno de los sirvientes reales abrió la puerta del vehículo y ayudó a la soprano a pisar tierra firme. Posteriormente, Elizabeth le dio las gracias al lacayo y accedió a su residencia. Minutos después, ya sin la peluca puesta, se reunió con sus padres y hermano en una de las salas para contarles todo lo que había ocurrido.

—¿Crees que seguirá molestándonos? —preguntó Hermann a su hija, sentado junto a su esposa sobre un cómodo sofá, una vez que Elizabeth les detalló la cita que había tenido con el príncipe.

—En este momento, no me siento capaz de predecir los futuros comportamientos de Alexander —contestó Elizabeth, quien se hallaba acomodada junto a su hermano sobre un sofá que yacía frente a sus padres—. Lo cierto es que, durante el encuentro de hoy, jamás le he dado motivos para que pensara que estoy interesada en él.

—¿Y eso podría importarle a una persona como Alexander? —intervino Benjamin.

—Elizabeth ha hecho todo cuanto estaba en sus manos —habló el señor Clifford—. Ahora, esperemos que no vuelva a intentar acercarse a ella.

—¿Y si lo hace? —dijo Benjamin.

—No podemos especular sobre hechos que no han ocurrido —contestó Hermann.

—¡¿Y qué es lo que podemos hacer?! ¡¿Rogar que Alexander no vuelva a intentar acercarse a Elizabeth?! —se quejó el hijo de la familia—. Tengo el presentimiento de que el príncipe todavía no se ha dado por vencido. A un hombre como Alexander no le interesa la voluntad de la persona con la que pretenda casarse.

—De cualquier manera, puede que no tenga sentido seguir hablando sobre esto, al menos por el momento —consideró Elizabeth.

—¿Propones evadir la realidad? —acotó su hermano.

—Siendo franca, solo deseo despejarme un poco y relajar la mente.

—Bien. Por ahora tratemos de olvidarnos de este incómodo percance —propuso Hermann mientras se levantaba del asiento—.

¿Les apetece una taza de té?

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Yaş sınırı:
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Litres'teki yayın tarihi:
15 kasım 2024
Hacim:
321 s. 2 illüstrasyon
ISBN:
9789877112306
Telif hakkı:
Bookwire
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