Kitabı oku: «La guerra de Catón»
LA GUERRA DE CATÓN
F. Xavier Hernàndez Cardona

ISBN: 978-84-15930-18-1
© F. Xavier Hernàndez Cardona, 2013
© Punto de Vista Editores, 2013
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Índice
El autor
Invierno romano
El ojo de Aníbal
El furioso tranquilo
Saludos de Escipión
La travesía
Adiós, adiós, Masalia
Contra el invasor
Rhode
Catón en Emporion
Un toro para los dioses
Planes
El unicornio, de nuevo
El ejército de Icra
Peligro en la retaguardia
La conspiración
El tesoro de Escipión
Pacto de plata y oro
Diplomacia y secuestros
Matar al cónsul
Abordaje
El segundo campamento
Comandantes íberos
Pontok
La vigilia
Los preparativos
El cebo
Una gran batalla
Un día de furia
Después de la batalla
Explotar la victoria
Destrucción de murallas
Buscando la pátera
¿Turdetania?
Mapas
El autor
F. Xavier Hernàndez Cardona es doctor, historiador y catedrático de Didáctica de las Ciencias Sociales en la Universidad de Barcelona. Ha escrito varios volúmenes sobre historia militar y ha participado en numerosos proyectos de museización de temática bélica. Asimismo, ha impulsado y colaborado en la investigación arqueológica de campos de batalla del siglo XVIII y de la Guerra Civil española. En Punto de Vista ha publicado la serie Emporion, a la que pertenecen La guerra de Catón y La pátera del lobo; y Guerras, soldados y máquinas.
Invierno romano
Roma. Lucio Emilio Paterno volvió a su apartamento del Aventino. Januarius, del año 557 a martius del año 558 (enero y febrero del 196 a. C.; marzo del 195 a. C. El año romano comenzaba el mes de marzo).
Lucio Valerio Flaco y Marco Porcio Catón fueron los nuevos cónsules designados para el año 558 ad urbe condita. Catón limitó sus intervenciones públicas a reprobar el lujo de las mujeres. Encerrado en las dependencias de la Curia Hostilia trabajaba continuamente a puerta cerrada. Un ir y venir de enlaces, intendentes y personajes de todo tipo: aspirantes a tribuno, centuriones veteranos, cartógrafos griegos, bibliotecarios... atravesaban a cualquier hora las puertas de su ajetreada oficina. Catón sabía que el Consulado era la oportunidad de su vida. Sólo disponía de un fugaz año para construir un proyecto estratégico para Roma. Tenía una oportunidad y no podía fallar. Sobre las mesas se acumulaban informes variados que releía o examinaba a la luz de carbonizadas lucernas. En pocos días la oficina se convirtió en una cueva ennegrecida de humo y papiro. En las paredes blancas crecieron garabatos: las fases de la batalla de Cinoscéfalos, esquemas con el movimiento de falanges y del sistema manipular, datos de abastecimientos y cálculos de consumo de grano. Un gran mapa del mundo conocido presidía la estancia. Era la copia ampliada del que había enviado Eratóstenes, el director de la Biblioteca de Alejandría. El mapa cambiaba a lo largo del día. Catón tomaba carboncillos y señalaba posiciones y opciones. Sus pensamientos eran recurrentes sobre el futuro de Roma y barajaba distintas posibilidades, pero ya había tomado una decisión: golpearía al destino en Hispania. Hacía meses que un ejército íbero tenía bloqueada la ciudad y base naval de Emporion, aliada de Roma, que era la puerta de acceso a Hispania. Había que ayudar a Emporion y levantar el asedio. Con Emporion en manos romanas la cabeza de puente para recuperar el control de Hispania, con su plata y recursos, quedaría garantizada. Hispania era, pues, el objetivo.
Lucio Emilio Paterno constaba en la lista de expertos en política hispana. Recordaba vagamente al personaje, a quien, en clave, llamaban la Sombra de Roma. La leyenda urbana le atribuía una participación decisiva en la batalla de Zama. El cónsul Furio Purpurio le envió a Hispania para valorar la rebelión y, según el informe, había jugado un buen papel en la preservación del puerto de Emporion. Decidió conocerlo, podría ser un buen asesor.
Lucio había pasado el invierno holgazaneando en Roma. Informó a la comisión permanente del Senado y recibió instrucciones: debía estar localizable por si era necesario retomar la misión. Los meses de januarius y februarius, que dieron paso al año 558, se hicieron largos. Con los idus de martius los nuevos magistrados comenzaron a ejercer con frenesí, pero costaba que la maquinaria del estado se pusiera en marcha. El compás de espera hasta que le asignaran una nueva misión se adivinaba tedioso. ¿Y si los burócratas no le enviaban a Hispania? ¿Y si lo destinaban a Macedonia, Siria o Numidia? La idea de no volver a Emporion se le hacía insoportable, e incluso se planteó seriamente abandonarlo todo y embarcar rumbo a Masalia y Emporion. Friné, su amiga emporitana, le crecía en la memoria y el recuerdo le provocaba una ansiedad difícil de conciliar. Al fin y al cabo había la posibilidad de que ella le perdonara. Las mujeres eran máquinas complejas y a menudo no operaban siguiendo la lógica. Quizás Friné, a pesar del lastre epicúreo, o precisamente a causa de este, podía recibirlo con los brazos abiertos... Pero la racionalidad y el deber, imponían. Los acontecimientos dictarían su destino y él no movería un dedo para construir un futuro alternativo.
Lucio consideraba la nueva coyuntura política con escepticismo, los puritanos habían ganado, no podía concebirlo.
─ Ahora dominan los rurales. Marco Porcio Catón, un destripaterrones de Túsculo, y su amigo Lucio Valerio Flaco, otro beato, son los nuevos cónsules dispuestos a salvar a Roma de la perversión... Qué desastre...
A Catón le había tocado solucionar la rebelión hispana, apaciguar Grecia, vigilar la nueva Cartago de Aníbal, prevenirse contra los macedonios y frenar a los sirios de Antíoco III, pero, al parecer, no tenía prisa. Su principal preocupación era mantener la Ley oppia que reprimía el lujo y vigilaba la bisutería que pudieran exhibir las mujeres. El empeño del cónsul había provocado masivas manifestaciones de chicas y matronas que habían tomado la calle. Lucio lo tenía claro:
─ No solo es un rústico, además es un misógino. Es normal, la mayoría de los paletos son misóginos... Y ahora manda en Roma. Pero, como decía Epicuro, todo tiene su lado bueno.
Los pedantes helenistas de Escipión quedaron boquiabiertos cuando el rústico, con su palabrería integrista, se ganó al electorado. Esto le producía a Lucio, que odiaba a los ricos y a los esnobs, un placer difícil de justificar. Lucio no había tratado personalmente a Catón, aunque había estado a su servicio a finales de la guerra contra Cartago. Catón había sido cuestor en Sicilia y África y el auténtico organizador de las infraestructuras de Escipión. El joven general era experto en colgarse las condecoraciones que habían ganado otros. No le resultó difícil a Lucio imaginarse a Catón cargando con el peso del trabajo que llevó a la victoria de Zama y al Báculo de Roma recogiendo los triunfos que en realidad había sudado el tusculano.
─ Ya se sabe. Unos golpean el árbol y otros recogen la fruta.
Por otra parte, el campesino había luchado, como legionario, en el Metauro, y eso siempre merecía un respeto. Tras la elección de Catón y Flaco, los escipiónicos pasaron al contraataque y la pugna sobre la Ley oppia se convirtió en una prueba de fuerza política. Finalmente la ley fue derogada, Catón resultó derrotado, se envainó el revés y, sólo entonces, se percibió un cierto interés por los asuntos militares pendientes de solucionar. Pero había pasado dos meses perdiendo el tiempo con la tontería del lujo femenino, sesenta días que hubieran sido muy útiles para preparar una expedición a Hispania, Grecia o Cartago. De hecho, el ejército estaba listo. Los Comicios Tributos se habían reunido, en el Campo de Marte, a principios de martius, y se habían movilizado todos los contingentes estipulados por el Senado. Pero preparar una expedición no era fácil, Catón ya no tendría tiempo suficiente para intervenir, ni en Hispania, ni en Tracia, y el partido de Escipión daba por aniquilado a su peor enemigo.
Los últimos días del invierno y los primeros de la primavera transcurrieron tranquilos. Lucio vegetaba en su apartamento del Aventino. Al volver de Hispania se había reincorporado a su nicho romano, su amada y pequeña cámara y su minúscula terraza, en la ínsula que se levantaba en el cruce de la calle de las Grullas y de las Fullonicas. La cama, el baúl, el brasero, el cajón con carbón vegetal, el armario y las estanterías componían su discreto mobiliario que se complementaba con un ánfora de vino griego y anforiscos con aceite y aceitunas. La cocina se reducía a una estantería de la cual colgaban embutidos mohosos, una mesita con un queso seco y el fogón de barro. Situado directamente bajo las tejas, Lucio disponía de un apartamento climatizado, tórrido en verano y gélido en invierno. Pero allí en su cueva aérea estaba a gusto. El armario contenía su tesoro: un desordenado montón de rollos de papiro. Lucio solía devorar literatura de todo tipo y tendía a gastar, de manera desproporcionada, en copias de clásicos y de autores del momento.
En su mercadeo por el Foro había adquirido, en los últimos días, algunas obras, y a precios módicos: una copia de Los Argonautas de Apolonio de Rodas, que regaló a su amiga Valentina, y una traducción latina de la Odisea de Lucio Livio Andrónico, que leyó con fruición. Un sentimiento morboso le empujó a comprar, también, el poema La Guerra Púnica, escrito, en versos saturios, por Cneo Nevio, un campaniano que, según decía, había luchado en las dos guerras contra Cartago. Fue un mal negocio, el texto era indigerible y estaba además repleto de errores. Una falta de respeto a sus compañeros muertos. Compensó el disgusto con la adquisición de valores seguros: las poesías de Safo y Alceo, que tanto le gustaban, y que tanto apreciaba Friné.
La oferta cultural de aquel invierno fue raquítica. Roma era todavía una capital provinciana, y más en aquellos momentos con el pueblerino de Catón. Las representaciones teatrales habían disminuido con el regreso de la tradición al poder. La cartelera había dado poco de sí, apenas una buena representación de Las Troyanas de Eurípides, en griego, interpretada por una compañía de Capua. También vio, con Valentina, un par de obras del ya achacoso Plauto, el ídolo de la chusma romana. Lucio no sabía cómo valorar las populacheras obras de Plauto pero se habían reído, a gusto, con la reposición de un Miles Gloriosus, que le recordó a Nevio. Las discusiones con Valentina sobre Plauto eran, por otra parte, recurrentes.
─ Por todos los dioses, Lucio. ¿Cómo puedes ser tan necio? ─Valentina podía llegar a ser muy dura con Lucio─. Al parecer tu sensibilidad no va más allá de la punta del fascinus. ¿Cómo lo puedes ignorar? Plauto es quien auténticamente anuncia el nuevo período que, para la humanidad, significa el auge de Roma: un tiempo en el que la dimensión humana será la hegemónica. Esto es Plauto: un desafío de humanidad, y tú ni siquiera consideras su trabajo. Eres increíble Lucio... No sé... no sé cómo puedo estar con alguien tan zafio.
Lucio, que desconfiaba del brillante papel de Plauto, tartamudeaba argumentos entre dientes para no exacerbar a Valentina.
─ Me cuesta admitir que este experto en tabernas y burdeles sea el precursor de la tormenta cultural con la que Roma debe revolucionar el mundo. Sin embargo, me gusta su simplista fuerza, es un individuo que no copia a los griegos, conoce a la gente y provoca la ira de puritanos y esnobs. Todos los políticos odian a Plauto y esto es un indicador de su valía. Pero no quiero discutir contigo Valentina. Tú, de esto y de otras cosas, sabes más que yo... y como dices, mi sensibilidad tiene limitaciones...
Valentina y Lucio eran amantes desde hacía años. Una amante peligrosa Valentina, no en vano su marido, Antonino Varrón, era el jefe de la milicia urbana, la policía de Roma. Ella era experta en arte, asesoraba a sus amigos y a los de su marido en la compra de copias griegas y en el diseño y ejecución de mosaicos. Gracias a Valentina numerosos hogares patricios, o de nuevos ricos, lucían las prestigiosas esculturas clásicas. Valentina impulsaba talleres de escultores y musivaras y se había convertido en una pieza clave de la promoción del arte en Roma. Cualquier encargo de mosaico, escultura o pintura pasaba por sus manos. Consideraba positivamente a Lucio. A diferencia de su marido, y de algún otro amigo era atento, culto y buen conversador, estaba al día de las novedades artísticas y literarias, sobre las que mantenía un sano escepticismo. Pero, además, era un buen amante. No había nada igual en su círculo de pedantes y nobles amistades. Para Valentina, el chico era un salvaje singular, de cabeza y cuerpo, con una fuerza primitiva pero, además, con criterio para discutir, opinar... y amar. La suma de sus cualidades no tenía precio. La suya era una relación especial basada en la confianza, con él incluso era posible prescindir de la faja en el pecho. Como en Los Argonautas, Lucio era su Jasón, a menudo envuelto en lejanas misiones, y ella era la Medea que esperaba su regreso. A su vez, Lucio admiraba a Valentina; leal y discreta, siempre podía contar con ella.
El ojo de Aníbal
Residencia de Aníbal Barca, sufete de Qart-Hadast (Cartago), december, año 557 (diciembre del 196 a. C.).
El ejército íbero pasaba el invierno frente a Emporion y esperaba con calma la primavera. Por el momento, no podía atacar la ciudad, pero con el buen tiempo pasarían cosas. Si había oportunidad, los jefes volverían a intentar el asalto. El problema principal era que nadie sabía qué harían los romanos, quizás vendrían a reclamar sus dominios o quizás olvidarían para siempre sus intereses en tierras hispanas. Sin embargo, la espera se hacía larga. Pero allí estaban los guerreros íberos bloqueando Emporion, la única puerta que los romanos tenían para entrar en Hispania.
Tildok, el cosetano, y su compañera Melk llegaron al campamento íbero de Emporion con tres talentos de plata que habían obtenido en la expedición a Tibissi, y que quedaron bajo la custodia de los tesoreros del ejército confederado. Decidieron instalarse en el campamento, estaba claro que en aquella historia que se avecinaba iban a tener protagonismo. Himilcón, confirmado como jefe militar de la heterogénea tropa, dedicó los meses de invierno a optimizar las fortificaciones del campamento. La empalizada de circunvalación se extendió hasta la Paleápolis y el Ticer. Emporion quedaba prácticamente cerrada. El paso del Ticer, junto a la playa y el camino hacia las Escalas de Aníbal eran la única vía que no estaba directamente cortada por la fortificación íbera.
El comercio de la ciudad acusaba los cambios, pues los emporitanos sólo controlaban las dársenas del puerto que daban directamente al núcleo urbano o a los espigones adyacentes. Los barcos que fondeaban en el gran puerto y en sus muelles centrales quedaban bajo control de los íberos, que pasaron a ser los principales beneficiarios en los intercambios. Con los íberos instalados en el cerro de Emporion, el campamento amenazaba con relevar a la Neápolis como emporio comercial. Creonte, el mercader siracusano, detalló a Himilcón cómo había ido la expedición a Tibissi. Luego aparejó su nave, La Gracia de Siracusa, y abandonó Emporion. Según dijo, tenía que ir a Sicilia a pasar el invierno, pero sus intenciones eran otras. Navegó directo a Ebusim, y de allí a Akra Leuque y Cartago Nova. Continuó por las costas de Urci, Abdera, Sexi y Malaca y tomó la derrota norteafricana, hacia Russadir. Allí adquirió un buen cargamento, a bajo precio, de púrpura y sal, y recogió algo de oro llegado de los confines del desierto. Luego rozó la costa númida hasta llegar a Útica y finalmente consiguió arribar a Cartago. Atravesó el puerto comercial y entró, directamente, en el antiguo puerto militar y allí atracó, en una de las dársenas cubiertas que en otro tiempo habían alojado galeras de guerra.
Aníbal era ahora sufete de Cartago, el magistrado supremo de la ciudad, y estaba propiciando una revolución democrática. Por fin empezaba a pasar cuentas con el partido de la oligarquía. Ellos le habían apuñalado en la campaña itálica, pero ahora podía ahogar a los oligarcas, deshacerse de los romanos y restaurar la hegemonía de Cartago en el mar Occidental.
Aníbal trasladó su residencia a la llamada Casa del Almirante, en el centro del antiguo puerto militar de Cartago, ahora en desuso. La paz con Roma obligó a hundir la flota de guerra. Fue un día triste, de humillación. Las magníficas naves cartagineses fueron despreciadas por los romanos que no quisieron apoderarse de ellas. Las concentraron cerca de la costa y allí fueron hundidas. A Cartago se le prohibió disponer de flota de guerra. El puerto militar ya no tenía ninguna función. Aníbal podía contemplar los alvéolos vacíos que habían acogido las orgullosas quinquerremes de guerra, y que ahora servían como discretas dársenas comerciales. La antigua fortaleza portuaria tenía forma circular. En el centro, en una isla comunicada por un puente, estaba la Casa del Almirante que ahora ocupaba el sufete. Era un espacio absolutamente seguro, que Aníbal podía defender con su guardia personal. Una ciudadela en el corazón de la urbe, lejos de la vista de los oligarcas, que a cualquier precio querían impedir las reformas democráticas. Desde la colina de Birsa se podía divisar la fortaleza-puerto, pero no con el suficiente detalle.
Aquella noche había hecho frío. Aníbal despidió a las dos chicas gatúlicas que le habían proporcionado una noche carnosa y confortable. ¡Cómo le gustaban aquellas chicas orondas y llenas de tatuajes! Salió a la terraza, como de costumbre, y barrió el horizonte con su único ojo. Un par de naves mercantes partían del puerto comercial. En otros tiempos, las velas de los mercantes y de las penteras de guerra se hubiesen visto a docenas, ahora Cartago era una sombra, pero las cosas volverían a cambiar. Su banquero, Antígono, entró en la estancia. Aníbal le tenía absoluta confianza y hacía días que no despachaban. Antígono constató que el espacio del líder era una selva de pergaminos y papiros, informes de todo tipo, esquemas de nuevos modelos de naves, listas de productos e incluso las últimas novedades literarias del mundo helenístico. Sobre la pared disponía de un enorme mapa del oikumene, desde Iberia hasta la India.
─ Es la mejor imagen del mundo conocido, según dicen ─sentenció Aníbal.
─ Realmente es extraordinario ─Antígono estaba sorprendido─. No he visto nunca un mapa igual.
─ Mis agentes lo han comprado a un copista de la Biblioteca de Alejandría ─precisó Aníbal─. La representación no está mal aunque tiene errores en la zona del sur de África por ejemplo.
Con la sonrisa en los labios, Aníbal pensó que esto no era extraño, durante siglos los púnicos habían hundido los barcos que se atrevían a cruzar las Columnas de Hércules. Los griegos sabían muy poco de lo que había más allá del Estrecho.
─ ¿Qué saben los griegos de las expediciones de Hannón y Himilcón? ─precisó Aníbal─. ¿O de la circunvalación de África realizada en tiempos del faraón Necao? ¿O de las islas Afortunadas? ¿O del golfo de Guinea y sus gorilas? ¿O de la navegación de altura de Finisterre a Britania? ¿O del lejano continente de poniente? Sólo el bueno de Piteas forzó nuestro monopolio del conocimiento del mar Exterior...
─ Ciertamente, por eso me extraña que esté tan bien ─comentó Antígono, observando con mucho cuidado.
─ Dicen que lo ha diseñado Eratóstenes ─continuó Aníbal─. Es un sabio de la biblioteca alejandrina que dice que el mundo es una esfera de 20.000 estadios de circunferencia, y de la que sólo conocemos una mínima parte.
Aníbal había ordenado la confección de varias copias del mapa, y encima del que tenía en la pared proyectaba sus más íntimas fantasías: flechas procedentes de Hispania, Macedonia, Siria y Cartago convergían en diferenciadas etapas hacia Roma. Poco podía sospechar que en Roma había alguien que especulaba sobre el futuro de la oikumene sobre un mapa similar, pero con las flechas al revés.
Después del desayuno, Aníbal pasó a formalizar la primera reunión con su banquero, los responsables de finanzas y el asesor de seguridad. Juntos esperaron la llegada del Gran Ojo.
Tras ser anunciado por una sirvienta, el Gran Ojo entró en la cámara de Aníbal que, con un abrazo entusiasta y un par de puñetazos al estómago, le dio la bienvenida. Otra cosa era Pericles, el mono que acompañaba al personaje. Aníbal odiaba los monos. Pericles lo intuyó y bajó rápido del hombro de su protector, pero no pudo esquivar la patada que le propinó Aníbal y que lo estampó contra la pared. Aún así se recuperó y, renqueante y atemorizado, se escondió bajo uno de los cojines de la sala.
─ ¡Salud Creonte! Los romanos no pudieron acabar conmigo, sólo pudieron quitarme un ojo, y tú Creonte eres mi otro ojo, el que mira por mí el mar Occidental. Cuéntanos, amigo. ¿Cuáles son las novedades? Y diagnostica que pasará en Hispania. Estoy impaciente por saber cuanto ocurre.
Creonte tomó sus notas y procedió a exponer un largo informe de lo sucedido en el último año. Detalló las actividades de sabotaje de la organización secreta de la Mano Negra de Tanit, explicó los detalles de los combates en Emporion y cómo los íberos casi conquistaron la ciudad. Relató la importancia de la recuperación de la plata ilergete y el inconveniente de no haber podido encontrar la pátera sagrada. La pátera del Templo del Lobo de Ilerda era venerada por todo el pueblo, y desde que había sido sustraída los ilergetes habían perdido el coraje.
Aníbal se mordió el labio e hizo sus propias cábalas.
─ Indíbil y Mandonio, los comedores de caracoles, eran dos tipos singulares, lucharon contra mí y contra los romanos. No entendían que pactar con Escipión era lo mismo que pactar con Roma. Al final fueron humillados por el Báculo. Los ilergetes odian a Escipión y por tanto deberían luchar contra los romanos... pero son impredecibles. Piensa un poco... lo que sea, plata, mujeres, sobornos..., lo que sea con tal de se unan a la rebelión. Una Ilergecia en guerra supondría un duro revés para Roma.
Aníbal continuó dando instrucciones claras y precisas, y las ejemplificaba sobre los mapas. Era evidente que su pensamiento estratégico era relevante más allá de su habilidad como táctico.
─ Amigos esto es una partida de senet... y nos lo jugamos todo, cada movimiento debe ser meditado. Huelga decir que los cartagineses somos estrictamente neutrales. Nosotros somos amigos de Roma, y pagamos con lealtad las indemnizaciones pactadas en el acuerdo de paz. Yo mismo reconozco a Escipión como el gran constructor de la concordia. Nuestra guerra es clandestina, y debe limitarse a avivar los incendios que se declaren en la finca romana. Pagad agentes para que extiendan el pensamiento anti-romano en la costa hispana. Procurad que los púnicos de Hispania no se comprometan en el motín, los necesitamos para reordenar el futuro. Por otra parte, debemos tener claro que Roma acabará aplastando la revuelta íbera. Nuestros amigos de Hispania no podrán organizar ejércitos que derroten a las legiones. Pero a nosotros, lo que nos interesa no es tanto el resultado final como la duración del conflicto. Debemos poner a Roma sobre un lodazal del que no pueda salir. Quiero a las legiones metidas en las abruptas montañas hispanas conquistando, uno a uno, los inaccesibles poblados íberos y celtíberos. Una campaña larga que desgaste a Roma. Y, mientras, hay que acercar a macedonios y griegos a la rebelión, y empujar a Siria a la guerra, y los celtas de la Cisalpina han de amenazar a los colonos latinos del norte. El ejército de ciudadanos romanos debe terminar descompuesto acudiendo de una punta a otra del mar Interior. Estos ciudadanos reclutados por un año se arruinarán con la prolongación del servicio militar durante cuatro o cinco temporadas. Todo lo que perjudique a Roma nos beneficia.
Los concurrentes no replicaron, todos tenían clara la estrategia: entorpecer a Roma era vencer. A continuación, pasaron revista a la política macedónica, pero la cosa era difícil. Tampoco estaba claro que los pusilánimes griegos fueran capaces de levantar cabeza. Los movimientos de Antíoco III en Tracia eran esperanzadores, pero aún no suponían una amenaza contra Roma. Creonte siguió atentamente el discurso del estratega, pidió instrucciones concretas en el conflicto emporitano y Aníbal estableció entonces las directrices.
─ Que nadie se engañe. Esta primavera los romanos enviarán a Emporion un ejército consular, eso es lo que haría yo, y eso es lo que harán ellos. En ningún caso debe presentarse batalla en campo abierto. El ejército íbero sería inmediatamente derrotado. Himilcón ha de hacerse fuerte en el campamento y propiciar que los romanos se dejen los dientes en la conquista. Y si ésta se hace inevitable se debe retirar y retrasar la marcha romana, a partir de la defensa de los poblados del territorio, y disputando casa por casa. Un estancamiento de la guerra en la Tierra Libre debilitará a los romanos de la Beturia y de la costa Malacitana, con los consiguientes problemas de obtención de plata. De nada les servirá controlar las minas de Cástulo.
─ Y mientras… ¿Qué debe hacer tu ojo occidental, estratega? ─inquirió Creonte.
─ Mi buen siracusano debe hacer lo que sabe. Tomas La Gracia de Siracusa y vas a Etruria, no es necesario que llegues a Ostia, sería demasiado arriesgado. Muévete entre Liburna y Masalia. Los ecos de cualquier movimiento romano llegarán a estos puertos. Avisa si los romanos embarcan legiones, utiliza nuestros comerciantes y marinos. Intenta retrasar al máximo la marcha del enemigo, sabotea a los suministradores, destruye los almacenes, mata a los oficiales, envenena a los soldados. Carga plata suficiente para sobornar lo que haga falta. Y si no tienes suficiente pide a los cambistas griegos de la Liguria, todos te aceptaran pagarés a nombre del banco de Antígono. Llévate matones, envenenadoras y aventureros. Intenta frenar a este ejército, y recuerda: cada día de retraso romano es un día de victoria. Confío en ti y en La Mano Negra de Tanit...
La Gracia de Siracusa fue acondicionada discretamente en el arsenal. Cargó exquisitos productos excelentes para el comercio, mucha plata, una singular tripulación complementaria y zarpó, prácticamente de incógnito, una madrugada del noveno mes. Tocó puertos en la Sicilia occidental, Cerdeña y Córcega, pasó a Elvia y siguió la costa de Etruria hasta Liburna, donde recaló esperando a que la primavera suministrara noticias. El Ojo de Aníbal estaba en el lugar oportuno al acecho de los movimientos romanos.
El furioso tranquilo
Roma, oficinas del Consulado en la Curia Hostilia. Nonas de maius. Año 558 (del 2 al 3 de mayo del año 195 a. C.).
La primera noche de las nonas de maius, Lucio salió a contemplar la Luna romana. La primavera se intuía. Desde la terraza del apartamento se podían ver miles de lucecitas en las colinas del Capitolio y el Palatino. La algazara de la calle llegaba amortiguada al balcón de su palomar. Valentina todavía roncaba, expandida plácidamente en el jergón, como era habitual, después de una tarde desenfrenada de pasión y sudor. En el encuentro se habían consumido los lamentables versos de Cneo Nevio. Lucio, escaso de carbón, había utilizado los papiros para encender el fuego, calentar vino y asar unas morcillas. Los pesados versos de la Guerra Púnica chisporrotearon con alegría contribuyendo a la preparación de una comida de campaña. Al llegar la hora nona, Valentina se despidió bostezando.
─ Me voy, Lucio. No sé, cada día me gustas más. Deberíamos casarnos o quizás vivir juntos... ¡mhhh, mi delicioso amante!, y con esta bravura que pones. Seguro que en Hispania hiciste muchas fechorías... Lo único que no soporto es que no tengas una buena bañera... siempre salgo pegajosa y con este hedor a sudor y sexo. Sin embargo, si quisieras vivir conmigo... tendríamos una gran bañera...
─ Recuerda que soy pobre, Valentina. Deberías ir a pie y prescindir de este delicioso perfume... no creo que fuera buena idea. Seguro que te cansarías pronto de mí y entonces... mala cosa...
Valentina se colgó del cuello de Lucio y le mordió el labio con una pasión excesiva. Finalmente, dulzona como siempre, se marchó. Lucio, desde la terraza, vio como en el cruce cuatro esclavos la recogían discretamente, en una silla de manos. Desaparecieron rápidamente entre las increpaciones obscenas de los trabajadores de la fullónica de la viuda Antonia que holgazaneaban en la entrada del establecimiento. Pasada la medianoche intentó dormir, pero el estado de excitación se lo impedía. Valentina le provocaba una sobreexcitación que pagaba con insomnio. Como en otras ocasiones, volvió la pesadilla recurrente: la última visión del padre y del hermano partiendo a la batalla, la masacre de Cannas... Los cartagineses arrancando anillos y cortando los dedos de los muertos, y la risa sardónica de Aníbal bailando sobre los cadáveres. De repente, unos terribles golpes en la puerta resonaron fuertes e impacientes. La pesadilla se desvaneció de inmediato. Lucio se levantó vacilante y pensó lo más lógico.
─ Algún cretino habrá confundido mi puerta con la de la viuda Antonia. Ya se sabe, esta mujer escasa de recursos vende su cuerpo a vecinos ociosos, viciosos o deseosos... ¡Qué pesadez de mujer... a ver...!
Lucio abrió la puerta con la lucerna en la mano, al pronto se iluminó una especie de armario humano con cota de malla y casco, acompañado de un segundo soldado. Eran hombres de Antonino Varrón, miembros de la milicia urbana, la cual, teóricamente, ponía orden en la ciudad y a menudo era una fuente de problemas, dado que ella misma actuaba como delincuencia organizada. Tras unos segundos de perplejidad, empezó a atar cabos.
─ Por todos los dioses, hoy si que han descubierto mi relación con Valentina. Antonino la ha atrapado y ahora vienen a detenerme. Su denso perfume todavía impregna la habitación... demasiado tiempo jugando con fuego...
Olió mecánicamente para constatar, con terror, que toda la cámara olía a sexo, sudor y perfume, el maldito y pegajoso perfume cartaginés. Calculó rápidamente sus posibilidades, la espada estaba bajo el jergón, podía intentar cogerla y abrirse paso. Veía dos soldados pero ignoraba si había más en la escalera. No, no podía presentar resistencia en el apartamento, aquello era una ratonera sin escapatoria. Pero, aun así, decidió que lucharía allí mismo si intentaban atarlo, en caso contrario, lo mejor sería huir cuando bajaran al portal, cargaría contra los guardias e intentaría perderse en las callejuelas del barrio. Pasado el momento de pánico, Lucio se serenó. Cuanta más tranquilidad más posibilidades tendría. El gigante estaba visiblemente enfadado ya que había tenido que subir las escaleras de cinco pisos, pero no parecía especialmente precavido ni agresivo. En una segunda ojeada pudo constatar que ni siquiera llevaba la espada desenvainada, y su acompañante aguantaba la lanza como si de una escoba se tratara. Entonces, el gigante avanzó el hocico y empezó a oler ruidosamente... sniff, sniff, sniff.
─ Chico, si tu eres Lucio Emilio vístete y sígueme, los jefes quieren hablar contigo, y se están impacientando. ¡Puaf! ¡Qué tufo! ¿Guardas animales muertos? ¿No sabes que está prohibido?
─ No, no es el olor de ningún animal, es un olor de mujer... ─precisó Lucio cada vez más intrigado.
─ ¡¿De mujer!? Pues vigila tu méntula, igual se te cae a pedazos, y dile que se limpie... qué repugnancia. Cada vez vemos cosas más extrañas en esta profesión.
─ Mira optio, esto son problemas míos, además ya pasa de la hora duodécima. ¿Quién dices que quiere ver? ¿Antonino Varrón?
─ Peor aún muchacho, tengo que llevarte a la oficina del cónsul Marco Porcio Catón, así que, espabila, que no estoy para bromas.
Lucio respiró profundamente, y aliviado. A lo que parecía aquella noche no terminaría en el fondo del Tíber, y la blanca Valentina podría continuar coqueteando desde su nube de perfume. El panorama imaginado unos segundos antes cambiaba. Ahora cualquier opción parecía buena, incluso si venía del maldito cónsul. Lucio intentó escabullirse dando largas.
─ Dile a ese Catón que éstas no son horas, además estoy medio borracho. Mañana iré a la Curia Hostilia y haré todo lo que haga falta, pero ahora marchaos que me vuelvo a la cama. ¡Hasta la vista chicos...!
El armario humano comenzó a impacientarse. Lanzó un par de sonoros bramidos. Lucio notó cómo el rostro del coloso cambiaba de color.
─ Tú eliges, o vienes directamente a las buenas o te sacudo y te llevamos arrastrando.
─ Bueno, tranquilo, no es para tanto, me pongo el sagum y te sigo.
Los guardias le dejaron en uno de los anexos de la Curia Hostilia, una entrada que no era la que Lucio frecuentaba cuando trataba con las comisiones de la administración. El guardia le indicó que subiera la escalera y preguntara. Las dependencias estaban mal iluminadas. Una luz tenue lo guió hasta un cuarto con un funcionario olvidado que seguía peleando, a pesar de la avanzada hora, contra una montaña de papiros. Lucio se extrañó, tal vez la eficacia de la administración iba mejorando...
─ Disculpa, busco la sala de recepción del cónsul Catón ¿Puedes indicarme?
El supuesto funcionario se incorporó. Entonces Lucio reconoció la figura rolliza y la calva que brillaba a la luz de las lucernas: era Catón y, sin duda, aquel no había sido un buen comienzo.
─ Bienvenido, yo soy el cónsul Catón... y tú debes ser aquel al que llaman... La Sombra de Roma.
La última parte de la frase la dijo en tono burlón y con énfasis. Lucio quedó perplejo pero antes de que pudiera articular disculpas, Catón le desautorizó con un gesto enérgico a la vez que acercaba una de las lucernas para escrutar mejor la cara del convocado. Tras las presentaciones, el cónsul le habló con parsimonia y tranquilidad.
─ Roma vive momentos difíciles. Aníbal es sufete y ha puesto en marcha una revolución democrática que convertirá a Cartago en una gran potencia. Primero comercial y luego, naval y militar. Los Escipiones, que están engrasados con plata cartaginesa ni se inmutan y siguen coqueteando con Aníbal.
Lucio se excitó al oír la palabra Aníbal, y se atrevió a matizar al cónsul.
─ Aníbal sólo tiene una obsesión, Cónsul, destruir Roma. Simpatizo con cualquier democracia pero será difícil una convivencia entre Roma y Cartago. Aníbal nunca será inocuo. Hay que acabar con él.
─ Me gusta esta música, ya sabes, hay que destruir Cartago. Parece que coincidimos, Sombra...
─ Eh... no es por falta de respeto, pero, mejor Lucio Emilio... Cónsul...
Catón sonrió mientras desarrollaba una de las copias del mapa de Eratóstenes en la que había pintado los territorios correspondientes a los diferentes estados, ciudades, bases y rutas comerciales. Su dedo índice fue recorriendo los diferentes escenarios.
─ La destrucción de Cartago es una premisa para que Roma se desarrolle. Pero, hoy por hoy, no nos podemos plantear destruir la ciudad. Tenemos otros problemas más urgentes. En Grecia continua la sedición, como si la batalla de Cinoscéfalos no hubiera servido de nada; Antíoco III de Siria quiere controlar la Tracia, los celtas de la Cisalpina amenazan y, para rematar la situación, Hispania se subleva en masa. Creo que Aníbal no es ajeno a nada de lo que sucede, es él quien empuja la rebelión íbera y la sedición griega.
─ La responsabilidad de Aníbal es más que evidente ─dijo Lucio sin apartar la vista de aquel maravilloso y detallado mapa, nunca antes había apreciado nada igual.
─ Como si nos conociéramos de siempre, Lucio, me gustaría saber tu opinión. ¿Cómo ves las cosas?
─ Con todos los respetos, Cónsul. Yo de ti golpearía, primero, en Hispania. Grecia es preocupante, pero si desplazas tus fuerzas al este la rebelión hispana acabará triunfando y el beneficiario será para Aníbal. En Grecia hay gloria, en Cartago comercio y en Hispania plata, y ahora necesitamos plata. La plata la tenemos que controlar nosotros, si se la dejamos a Aníbal los sacrificios de la guerra habrán sido inútiles. Pero... te queda poco tiempo, Cónsul.
─ Coincidimos, Lucio. Roma sólo tendrá una oportunidad. Nuestras opciones estratégicas son claras: primero golpear occidente, controlar Hispania y sus recursos, luego golpear en Grecia y rematar a Macedonia, a continuación nos comemos a Cartago y, finalmente, nos imponemos en Egipto y Oriente...
Catón enrolló el mapa de Eratóstenes y desplegó un nuevo papiro que reproducía el territorio de las provincias hispanas.
─ Según me han dicho, has sido uno de nuestros agentes en Hispania. Quiero saberlo todo y, cuando digo todo, es todo. Cuéntame tu anterior misión, sin ahorrar detalles.
─ Primero te corregiré esta carta, Cónsul. La Tierra Libre no está bien representada. Mira, aquí, los ilergetes, están sobre el Sícoris, un río aurífero. Indika está mucho más cerca de Emporion. Falta señalar el camino de la cicatriz ceretana...
Lucio corregía el mapa con carboncillo y se dirigía al cónsul con absoluta normalidad. Catón, a corta distancia, no era el tonto que Lucio había imaginado. Era un tipo más bien corpulento, con una cabeza considerable pegada al tronco con un poderoso cuello de toro. A la calvicie natural se le sumaba un afeitado rotundo. Sus francos ojos destacaban escrutadores. Tenía unos cuarenta años. La manera intencionada de llevar la ropa y las cáligas denotaba su origen campesino. Su apariencia inspiraba tranquilidad y confianza. Una permanente media sonrisa contribuía a darle una imagen de simpatía. Lucio se sintió a gusto con aquel individuo inteligente y afable que sabía escuchar y entender. Catón, a su vez, analizó a Lucio. Parecía leal, competente, digno, astuto y decidido y, además, era un singular héroe de guerra dispuesto a arriesgarlo todo por Roma, y sin contrapartidas. En ningún momento se mostró adulador, al contrario, había criticado la inoperancia de la administración. Un individuo libre que decía lo que le parecía... estaba claro que nunca haría carrera política. La intuición le decía que podía confiar en él.
─ Mira, Lucio, me gustaría que me acompañaras a Hispania. Saldremos a media mañana, iremos a Ostia y embarcaremos en dirección a Luna. Desde allí, con mis legiones consulares iremos a Hispania. Después se nos unirán los aliados y las tropas de los nuevos pretores.
─ ¿Hispania? ¿Mañana? ¿Cómo es posible? ─Lucio manifestó perplejidad─. No me ha llegado ninguna noticia de preparativos de guerra... Pensaba que la clase política se dedicaba al problema del lujo femenino. Si lo que dices es cierto, en pocos días nos podríamos plantar en Emporion.
Catón fingió ignorar la sorpresa de Lucio...
─ ¿Emporion o Tarraco? ¿Qué opinas? ¿Dónde debemos desembarcar?
Lucio intentó reponerse de la sorpresa y adaptarse a la vertiginosa situación.
─ Perdona, Cónsul, pero las cosas no son tan lineales. Las comunicaciones militares con Hispania son exclusivamente de cabotaje. Emporion es la puerta de entrada imprescindible. Tarraco o Cartago Nova sólo tienen valor si, además, se controla Emporion. Por otra parte, la experiencia me dice que tardarás todavía un par de semanas en concentrar tus legiones... ¿O no?
─ No, nada de eso Lucio, mis dos legiones consulares se han preparado en secreto y están listas. Mira, Roma es un hervidero de espías. Los masaliotas son nuestros aliados, pero serían felices si nos perdieran de vista. Los íberos tienen informantes en toda la costa y, por supuesto, Aníbal está al día de todo. Al menor indicio de preparativos de embarque de tropas las noticias hubieran volado, de puerto en puerto, hasta llegar a oídos del enemigo. Tú no has detectado preparativos y eso es bueno.
─ Bueno... Se dice que hay tropas correteando por Ostia... ─puntualizó Lucio.
─ Sí, ciertamente ─Catón sonrió con satisfacción─. Son las tropas destinadas a los pretores hispanos Claudio Nerón y Publio Manlio, y las de refuerzo de las legiones V y VI que acampan a la vista de todos, cerca de Ostia. Nadie piensa que este ejército se pueda poner en marcha a corto plazo.
─ ¿Son un cebo? ─preguntó Lucio cada vez más sorprendido.
─ Efectivamente, Lucio, la gente cree que el ejército está inactivo, pero las dos legiones consulares, en pequeñas columnas, ya han marchado hacia el puerto de Luna. Y a los legionarios se les ha dicho que van a someter a los celtas boios. Tengo barcos de gran arqueo preparados en el litoral de Cosa, en Telamón, Tarquinia y Vetulonia, y mañana requisaremos naves en Ostia y Centumcellae. Pasado mañana, mis legionarios embarcarán hacia Hispania. Llegaremos antes que los íberos reciban la noticia de nuestra partida. No tendrán tiempo para movilizarse. Podremos asegurar campamentos en los primeros días de campaña.
─ No puedo creerlo ─Lucio estaba muy sorprendido, nunca había sospechado que la administración pudiera ser tan eficaz.
─ Algunos piensan que solo estoy preocupado por las mujeres, lo cierto es que las joyas no me interesan lo más mínimo. Pero el debate ha permitido encubrir lo que ha sido nuestra actividad principal: movilizar el ejército. El destino ha querido que yo sea cónsul, y te aseguro que nuestra campaña cambiará el destino de Hispania, de Roma y del mundo. A finales de maius estaremos en Emporion, durante el verano derrotaremos a los íberos de la costa y marcharemos a someter el sur. Mi mandato sólo dura un año, dispongo de poco tiempo para cambiar el futuro y quiero que me ayudes en esta aventura.
Lucio, sorprendido, se emocionó... el plan era perfecto. Catón iba a descargar el golpe cuando, entrado el mes de maius, se descartaba cualquier posibilidad de intervención. Naturalmente, los íberos después de dos meses esperando el desembarco también estarían pensando que el peligro se alejaba un año más.
─ Perdona, Cónsul. ¿Me estás diciendo, pues, que el ejército está preparado y me propones que me incorpore, inmediatamente? ¿Y que en pocas horas iniciaremos una travesía marítima hacia Hispania?
─ Bueno, no será una travesía sino una navegación de cabotaje aprovechando las ciudades masaliotas que utilizaremos como refugio si hay tormentas. Una marcha terrestre supondría casi dos meses de caminata, mayor intendencia y erosión de las cáligas. Así que... navegaremos saltando de puerto en puerto y evitando la navegación nocturna: Luna, Genua, Nikala, Antipolis, Olbia, Tauroels, Masalia, Agatha y... Emporion. Seguiremos como el rayo la derrota masaliota hasta la puerta de Hispania.
─ Estoy a tu servicio... y al servicio de Roma. ¿Puedo ir a recoger algunas cosas?
─ Pronto comenzará el amanecer. Tienes dos horas. Luego partiremos hacia Ostia y tomaremos un quinquerreme. Arregla tu documentación con mi secretario Anaxágoras.
Saludos de Escipión
Roma, Lucio marcha con Catón hacia el puerto de Luna. Días V, IV y III antes de las nonas de maius. Año 558 (3, 4 y 5 de mayo. Año 195 a. C.).
Lucio se puso a disposición de Anaxágoras, el liberto griego secretario del cónsul. Era un tipo parecido a Catón, gordo, calvo, y más o menos de su misma edad. Recordó que en el Foro bromeaban, y que los llamaban Pólux y Castor. Anaxágoras acreditó a Lucio como servidor de la República en misión especial. Luego le preguntó dónde debía ingresarle los emolumentos.
─ En la delegación del banco de Anaximandro de Alejandría, y quiero una cláusula que especifique que, en caso de muerte, las cantidades depositadas se hagan llegar a Friné, la dueña del hostal El Unicornio, de Emporion.
─ De acuerdo, dalo por hecho, pero te recuerdo que este no es un buen banco, está vinculado al banco de Antígono de Cartago... A ver si acabarás engordando a Aníbal.
─ Señor ─Lucio, que tenía una enemistad de manera permanente con los bancos, se excitó─, hoy por hoy, y que yo sepa, tenemos un tratado de paz con Cartago. Los bancos romanos me extorsionan, el de Anaximandro siempre me presta cuando necesito, por otra parte, que yo sepa, la plata no tiene patria... ¿No crees?
─ De acuerdo, lo que digas. ¿No quieres saber la remuneración que te corresponde?
─ No es necesario, viniendo del Estado seguro que es miseria. Esperaré a ver si sois capaces de sorprenderme.
Lucio volvió a la carrera, hasta su apartamento. Quería cerrar bien, tirar los restos de comida, tomar su espada y el puñal celtíbero de antenas que tanto apreciaba. Llegó sin aliento a la quinta planta. La puerta del apartamento estaba abierta, pensó que con las prisas del desalojo nocturno había olvidado cerrar. Pero su instinto le advirtió que algo pasaba. Avanzó con prudencia. Apenas entró un fuerte puñetazo se le estrelló contra su cara. Todo quedó oscuro. Notó cómo su cuerpo se desplomaba. Inmediatamente, sus costillas recibieron una lluvia de patadas, quedó sin respiración. A continuación, notó un acero frío acariciándole el cuello y pensó que había llegado el final... En una fracción de segundo hizo balance de su vida, no había ido mal, pero... pero... algo pasaba, el final se retrasaba. El pinchazo o corte no llegaba. Finalmente, enfocó la vista. Tres matones lo tenían inmovilizado, uno amenazaba con un puñal y los otros usaban cáligas claveteadas de tipo militar para pisarle el estómago y un brazo. Un cuarto individuo daba las órdenes y era el que hablaba.
─ Hola chico. Soy Lupus y... soluciono problemas, y tú eres un problema. Te estás portando mal. Escipión está molesto contigo. Vas por ahí diciendo que fuiste el artífice de la victoria de Zama. Esto... no está bien. Ahora dicen que vas con el cerdo tusculano. Esto al Africano tampoco le gusta. Sin embargo, no impediremos que vayas a... ¿Hispania?
Lucio aún no había recuperado plenamente la conciencia pero empezó a entender que pasaba. Escipión quería información de primera mano. En una campaña había transacciones y beneficios, informaciones útiles en política… y también en los negocios. Lupus continuó justo en el sentido que Lucio esperaba.
─ Escipión quiere saber si Catón tiene beneficios en la campaña, y tú nos informarás. Y también trabajarás para que el suministro de pertrechos quede en manos de Servius Sura. Sí, efectivamente... el hermanastro de Valentina, que, por si no lo sabías, es de nuestro partido... y que además, es cuñado del prefecto Antonino Varrón, ya sabes, el jefe de la policía.
Los matones acompañaron las explicaciones con una discreta sesión de golpes que recalcaban los puntos clave del discurso. Lucio, con poca fortuna, intentó asentir
─ Sevicius Puras, de acuerdo, de acuerdo...
La pronunciación no gustó a los matones que le dedicaron una serie adicional de patadas y golpes.
─ Es Servius, Servius, Ser-vi-us… Sura, cuñado de Antonino Varrón a quien, sin duda, debes conocer debido a la tu, digamos... ¿Amistad? con Valentina. Por cierto, mientras esperaba he leído unas cartas, probablemente femeninas, que he encontrado en tu baúl y en las que tú y una mujer, y espero sinceramente que no se trate de ella, jugáis a Medea y Jasón. Son muy cursis y describen una relación que tiene mucha gracia... Seguramente también le resultarán simpáticas a Antonino si las llega a leer. Las he dejado en su sitio, como muestra de buena voluntad... En fin, estás avisado, Sura debe ser el suministrador principal del ejército consular y sin ningún problema. ¿Lo has entendido? Tienes que apoyar a Sura, nadie le debe discutir los precios...
Los facinerosos clavaron en el cuerpo de Lucio una nueva tanda de golpes contundentes, después desaparecieron. Lucio empezó a maldecir las veleidades literarias de Valentina mientras guardaba en un fardo la espada, el puñal, un par de túnicas, unas cáligas de repuesto y una bolsita con monedas de plata. Quemó las cartas comprometedoras, escribió una nota para Valentina, bajó rápido a la fullónica de la viuda Antonia y le pidió permiso para lavarse en una de las tinas. La viuda, dulzona, se deshizo en sonrisas y le ayudó a desnudarse.
─ Lucio, ya no tienes edad para pelearte. ¿Has visto qué cara te han puesto? Cásate conmigo y olvídate de todo. No tendrás que trabajar y te mantendré gordo como un cerdito. ¡A ver! ¿Déjame inspeccionar los daños? ─Antonia empezó a comprobar los desperfectos en el cuerpo de Lucio─. Un ojo totalmente morado. ¡Mmmh...! Nariz sangrante, suerte que no te la han roto. Labio partido... moratones en las costillas... nada serio. Si todavía conservas los genitales me interesas, déjame hacerte la inspección.
─ Gracias Antonia, eres un encanto y tú y yo sabemos que algún día nos casaremos, pero ahora todavía no. Marcho a la guerra... con Catón. Toma esta nota, por favor, ya sabes a quién tienes que darla, a mi amiga, a Valentina. Que le llegue personalmente y con discreción. Los chulos de Escipión quieren mi piel, y mis genitales y, si vuelvo con ellos, podrás continuar la inspección.
─ Vaya, aquella flaca que te visita... Bueno, lo haré, ya sabes que simpatizo con Catón. ¡Umm! ¡Qué pedazo de hombre! ¡Qué olorcillo de cebollino! Cumpliré tus encargos pero tengo que recordarte que esa chica no te conviene. Olvídala, sólo te traerá problemas.
Lucio llegó a la carrera hasta la Curia Hostilia. Catón, su estado mayor, lictores y sirvientes, estaban montando en sus cabalgaduras y a punto de irse.
─ Vamos, Lucio que llegas tarde. ¡Vaya! Veo que has tenido una última conversación con alguno de tus amigos ─precisó Catón sin inmutarse pero escrutando las huellas de la lucha en la cara de Lucio.
─ Amigos míos no, han sido los tuyos. Parece que los sicarios de Escipión han descubierto muy deprisa que trabajo para ti.
─ Vaya, lo siento... espero que no te causen más problemas. Como ves, vamos a caballo, hay prisa...
El grupo salió al trote, con discreción y sin protocolo, hacia la puerta del Campo de Marte para tomar la carretera de Ostia. En cuatro horas llegaron a la zona de embarque e inmediatamente subieron a un quinquerreme. Claudio y Manlio, los nuevos pretores de Hispania, hicieron formar algunas tropas que vitorearon a Catón. Desde los quinquerremes y buques de transporte de la base centenares de marineros saludaron al cónsul. En los próximos días estas fuerzas también debían partir hacia la Ulterior y la Citerior. El cónsul levantó los brazos y correspondió al saludo desde el puente de la nave que, a golpe de remo, remontó el estuario del Tíber.
El quinquerreme pronto ganó mar abierto y viró hacia el norte. A la derecha se intuyeron sucesivamente Castrum Novum y Tarquinia. Al llegar frente a la ciudad de Cosa le esperaban diez grandes naves de los aliados, así como una veintena de naves más pequeñas cargadas de pertrechos. Allí pasaron la noche. El día IV antes de las nonas mayas, de madrugada, formaron un convoy. Las naves siguieron la estela del quinquerreme que, utilizando los remos, pronto las dejó atrás. Ya entrada la noche llegaron a Populonia.
La personalidad de Catón seguía sorprendiendo a Lucio. Hablaba muy poco, departía tranquilamente con el capitán y actuaba con gran sencillez, y compartía su comida con la marinería. Su cabina no tenía ningún lujo y sus tres asistentes mantenían con él una relación respetuosa pero al mismo tiempo muy franca. Frente a Populonia, organizó una pequeña conferencia con los responsables de la flota. Se decidió que las naves pequeñas de abastecimiento irían directamente a Elvia y Corsica para dirigirse a Olbia y Masalia. Las naves con tropas debían hacer navegación de cabotaje, pero las de abastecimiento podían avanzar directamente practicando navegación de altura. La madrugada del día III antes de las nonas mayas, el quinquerreme prosiguió la carrera hacia el norte, seguido por el resto de los barcos. Las costas de Etruria se deslizaban por la amura derecha. El paso del buque insignia fue la señal para que zarparan otras diez grandes naves aliadas del Puerto Pisanu, en la desembocadura del Arnús.
La travesía
Costas ligures y masaliotas. Puerto de Luni (puerto de Luna, cerca del antiguo Portus Veneris, la actual La Spezia, al norte de la Toscana). Nonas mayas, año 558 y días sucesivos (del 5 al 11 de mayo del 195 a. C.).
El día III antes de las nonas mayas, justo cuando el Sol se ponía sobre el mar, el quinquerreme de Catón llegó al puerto de Luna, una entrada natural en la costa que ofrecía una excelente protección a los navegantes. A Lucio el espectáculo le pareció impresionante. Veinte grandes naves estaban ancladas en el centro del puerto. Eran las que había asignado el Senado para la campaña, y las que acompañarían al ejército consular mientras ésta durara. En las riberas acampaban las dos legiones asignadas a Catón, el nervio del ejército romano. Cientos de hogueras, sumadas a los destellos basculantes de los faroles de los barcos, generaban una atmósfera irreal que se complementaba con el rumor que emergía de miles de voces en alegres conversaciones. El sonido de las tubas y los gritos indicaban que todavía iban llegando centurias atrasadas...
Catón se preparó para desembarcar. Aparentemente estaba tranquilo pero en realidad una fuerte emoción se materializaba en su pecho y garganta, sus pensamientos volaban independientes de sus movimientos físicos. Iba observando todo al tiempo que conversaba consigo mismo...
─ Bueno, Marco Porcio, por fin llega tu oportunidad. Ahora debes materializar tu proyecto, no puedes fallar, hay que actuar con generosidad y decisión. ¡Qué bonito espectáculo! Es el momento de empezar a forjar esta masa y convertirla en una máquina imparable.
El cónsul bajó del quinquerreme con los lictores en formación y respetando el protocolo. Acompañado por Lucio, Aulo Varrón, comandante de la flota, y por el secretario Anaxágoras, se dirigió a la gran tienda pretoria que presidía el campamento. En el exterior había formado un grupo de legionarios seleccionados, la guardia consular de honores. En el interior esperaban mandos y oficiales de las dos legiones y de las alas aliadas. Los cuatro tribunos de confianza de Catón: Lelio Tulio, Máximo Constante, Marco Camilo y Mario Emilio, sonrieron al cónsul y lo saludaron llevando el puño cerrado al pecho. Lelio y Constante debían actuar, además, con categoría de legados al frente de cada una de las legiones, mientras que Camilo y Mario, habrían de hacerse cargo, como prefectos, de las dos alas de aliados. Estaban allí también los dos cuestores. Hasta el momento habían realizado, desde martius, un trabajo duro. Después del Tubilustrium, la ceremonia de purificación de las trompetas, habían puesto en marcha las legiones y las tropas aliadas, y a lo largo del mes de aprilis las habían trasladado hasta los puertos de Luna y Portus Veneris. Detrás de los legados se alineaban los ocho tribunos militares de las dos legiones. Lucio frunció el ceño viendo que la mayoría eran hijos de buenas familias, y algunos de ellos tenían rango senatorial. Su especial odio contra los ricos y los poderosos era un instinto inherente a la condición humilde de su familia. De entre aquellos cretinos destacaba el que se anunció como Antonino Quietus, el tribuno militium, elegido por los Comicios Tributos. Lucio lo clasificó de entrada: un escipioncillo, de los de la vexilia roja. El aire pedante y prepotente era una carta de presentación inequívoca. El grupo se complementaba con el tribuno militium rufuli, los coordinadores médicos y los jefes de ingenieros. Catón con voz baja y pausada se dirigió a todos ellos.
─ Amigos, tenemos una tarea difícil. La cumpliremos con firmeza, iremos a Hispania y decidiremos el futuro de Roma... y del mundo ─la solemnidad de la declaración provocó un silencio emotivo, Catón que con la afirmación había provocado una atmósfera de tensión continuó hablando muy despacio─. Haremos el trabajo y volveremos a nuestros hogares. No moriremos. Mañana, pridie nonas de maius, comienza nuestra epopeya. Mañana partiremos con las dos legiones directos a Emporiae, en las veinte naves del Senado y en las veinte aliadas. Pasado mañana, nonas de maius, zarparán los aliados y la impedimenta, en embarcaciones menores. Algunas naves con víveres ya han salido por la derrota de Corsica hacia Masalia. Las tropas destinadas a los pretores de la Ulterior y la Citerior saldrán mañana desde Ostia, seguirán nuestra estela, pero no pararán en Emporion, continuarán hacia Cartago Nova. Es imprescindible que sometamos el norte oriental de Hispania para asegurar estas tropas, en caso contrario quedarán aisladas, como aislada quedará Roma si no controlamos los recursos de Hispania. Nada más, estoy absolutamente convencido de que cada uno cumplirá con su deber.
El silencio se mantuvo en la tienda, los presentes dudaron hasta que finalmente alguien se atrevió a lanzar vítores en honor del cónsul que fueron ruidosamente seguidos en un emocionado clima de entusiasmo. Catón respondió con un: ¡Fuerza y honor! que fue replicado y contestado por todo el mundo: ¡Fuerza y honor!
El cónsul manifestó su deseo de recorrer el campamento y saludar personalmente a los 60 centuriones y, de manera muy especial, a los primus pilus de cada legión. Catón rechazó el paludamentum que le ofrecía el legado Constante, y comenzó el periplo por el campamento seguido por los altos oficiales. Con pocas palabras fue saludando a los legionarios de los corros y hogueras más cercanas. Los hombres, sorprendidos, quedaban cohibidos e impresionados por la presencia del cónsul, que llegó a responder las invitaciones tomando algún trago de posca. Al sucedáneo de plaza de armas llegaron apresurados los centuriones. Catón había pedido la lista y los fue llamando por su nombre a fin de saludarlos personalmente. Era obvio que buscaba complicidad. Catón, que había servido como legionario en el Metauro, sabía perfectamente que los centuriones eran el nervio del ejército. El auténtico motor de la legión, el patrimonio, más preciado. Los primus pilus, sin embargo, no se dejaron impresionar por el gesto de Catón, pero lo agradecieron, entendieron que el cónsul quería mandar de abajo a arriba, justo como ellos. Catón sabía asimismo que los primus pilus eran el cerebro de la legión, los auténticos comandantes de campo. Quería saber quiénes eran y la primera impresión fue buena: gente dura y leal.
El amanecer de las pridie nonas presentó un día gris con lluvia fina, los legionarios, echando maldiciones, desmontaron las tiendas para empezar a embarcar. Los centuriones no paraban de gritar. Los sacerdotes, popes y augures ofrecían sacrificios en improvisadas aras. Cada una de las grandes naves alojó un manípulo. Cada contubernio cargó con su tienda y con un mínimo de alimentos, y cada legionario con su equipo personal. La caballería, los asnos y demás bagajes, así como las cargas de grano y vino, se embarcaron en un segundo convoy formado por naves menores.
Los barcos, cargados hasta las amuras, salieron del puerto remolcados por chalupas y por la acción de los remos. La brisa de levante facilitó la orientación de las velas para navegar hacia el norte. El quinquerreme de Catón encabezaba la marcha. Al atardecer llegaron a Genua. Las naves anclaron, pero no se permitió bajar a tierra. Al día siguiente, nonas de maius, continuó el viaje. Ahora lucía un Sol espléndido. Los legionarios, por estricto orden desplegaron las tiendas sobre las cubiertas para que se secaran. El viento dominante giraba a norte pero los Alpes Marítimos y las montañas costeras protegían el convoy. Al menor indicio de temporal las naves pondrían rumbo a tierra, hacia el puerto o playa más cercanos, en ningún caso se correría el riesgo de perder tropas en un naufragio.
Por la noche fondearon frente a Portus Mauricio y continuaron al día siguiente, hasta alcanzar Nikala, la tarde del día VIII antes de los idus de maius. Se permitió a las tropas bajar a la playa para hacer un poco de ejercicio físico, y se tomaron las provisiones preparadas por los servicios logísticos. Zarparon de madrugada el día VII antes de los idus de maius, pero la falta de viento ralentizó la navegación, tardaron dos jornadas hasta llegar al cabo de Olbia.
Al día siguiente, V antes de los idus de maius, continuaron hasta alcanzar Masalia. Por la noche, las cuarenta naves flanquearon la bocana del puerto y desfilaron delante de la fachada marítima de la ciudad. Cientos de ciudadanos bajaron hasta el puerto para ver el espectáculo. La flota pasó frente al arsenal y ganó el extremo interior, el Cuerno del Puerto.
Se permitió que la tropa desembarcara y acampara extramuros, frente a la puerta que daba al Cuerno. Agrimensores y agentes romanos se habían adelantado y habían estudiado el terreno de acampada. En poco tiempo se marcaron calles, improvisaron letrinas y repartieron víveres. Los legionarios bajaron desarmados, y una potente guardia mixta de masaliotas y romanos impidió que entraran en la ciudad. Catón desembarcó con sus legados, y se encaminó al ágora para rendir honores a los magistrados de la ciudad. Pidió permiso para que sus hombres pudieran permanecer dos noches en tierra firme y renovó los compromisos de alianza entre Masalia y Roma. Acordaron bloquear el puerto hasta dos días después de la partida del convoy, de esta manera nadie podría delatar el tránsito de la flota. Pero Catón sabía que era una medida inútil, había barcos anclados fuera del recinto portuario, en las Bocas del Rodanus, por otra parte seguro que alguien habría detectado su salida de Luna y habría partido a toda prisa para dar la alarma. Con todo, el aviso sería muy ajustado, los íberos tardarían aún semanas en movilizarse.
Adiós, adiós, Masalia
Masalia y costa sordona. La flota de Catón se acerca a Hispania. Del día V antes de los idus de maius al día XVII antes de las kalendas de junius (del 11 al 16 de mayo del 195 a. C.).
Lucio pudo pasear por las calles de Masalia, cenó nuevamente, y por capricho, en el Tridente de Poseidón. Allí había comenzado su última misión, la que le había llevado a los brazos de Friné. La voluminosa matrona propietaria del hostal lo reconoció al instante y se deshizo en abrazos y besos.
─ Mi pequeño romano, veo que ya estás aquí de nuevo. Haces bien, nada como Masalia, la mejor ciudad del mundo... y pienso alimentarte de manera muy especial.
─ Muchas gracias señora. Por cierto, aquel tipo que me recomendó para hacer la travesía hacia Emporion..., un tal Tirval, resultó ser un criminal. Mató a mis criados e intentó acabar conmigo. Debe tener cuidado con sus amigos, pueden ser peligrosos.
─ ¡Cómo lo siento, romano!, mi intención fue buena y hace tiempo que no veo a ese Tirval... Ahora disfruta de la hospitalidad de mi establecimiento.
Lucio tomó vino caliente con especias, jugó varias partidas de dados contra un capitán de Chipre, un comerciante celta reciclado y un tratante de ganado ligur. En las apuestas perdió 52 ases... demasiadas monedas. Aquella ciudad de tahúres y busconas era peligrosa. Demasiado vicio y demasiados placeres...
Al día siguiente se dirigió a la zona portuaria de intramuros. El ambiente de Masalia le encantaba. Era una ciudad viva. Docenas de barcos se apiñaban contra la dársena que daba a las escalinatas que conducían al casco urbano. Cargaban y descargaban de forma febril. Las calles adyacentes al puerto, reconvertidas en mercados, más parecían las de una ciudad púnica que las de una helenística. Los aromas de perfumes y comida se mezclaban con los olores más malolientes de orines y restos fecales. Esclavos y mozos de cuerda transportaban ánforas. Colgaban el recipiente de una percha con un portante en cada extremo y circulaban a toda velocidad haciendo sonar una campanilla que les ayudaba a abrirse paso. Otros trabajadores y esclavos llevaban los más diversos fardos a la espalda. Algunos se protegían de la lluvia con sagum, otros con lonas rematadas con caperuzas. Los callejones, talleres y almacenes eran un hervidero de actividad. Lucio deambulaba sin saber qué buscar. Intuía que había una importante red de ojos al servicio de los íberos y, en definitiva, de Aníbal. Pero tenía que haber algún cerebro que organizara el conjunto y que dominara las redes de transmisión. Recordó que en el barrio del astillero estaba La Luna Creciente, un local frecuentado por marineros púnicos. Decidió dar un vistazo.
La puerta estaba vigilada. Lucio se dispuso a entrar pero el portero lo detuvo y lo interpeló.
─ ¡Que Tanit sea contigo, larga vida a Cartago!
Lucio miró a los ojos del individuo, que parecía esperar una respuesta que él no sabía. Bajando la mirada trató de pensar, fue entonces cuando vio que el portero llevaba una cadena de plata de la que colgaba una mano de Tanit. Seguro que era la señal de la secta de Tanit. El guarda, tranquilo, repitió la pregunta.
─ ¡Que Tanit sea contigo, larga vida a Cartago!
─ ¡Larga vida, larga vida! ─intentó responder Lucio hablando un perfecto fenicio con acento africano─. Soy amigo de Tirval el ebusitano... he quedado con él, tenemos pendiente un negocio de perfumes...
─ ¿Tirval? Hace tiempo que no lo veo... ¿Cuál es tu nombre y a qué tripulación perteneces?
─ Soy Lukhatal de Melito, mi barco está fuera del puerto, los romanos han cerrado los accesos... y he tenido que venir a pie.
─ Está bien, puedes tomar un vino y esperar dentro...
En el local había bastante gente y las chicas eran muy bonitas, con unos ojos repintados al estilo egipcio. El ambiente, mal iluminado, estaba muy cargado por el humo de pebeteros y lucernarios. Los comerciantes murmuraban... la presencia de los romanos era el único tema de conversación... Algunos de los presentes llevaban la cadena de plata y la consiguiente mano de Tanit, y entraban o salían raudos del establecimiento. Lucio se sentó con una jarra de vino, y en máximo estado de alerta, aquel lugar era sin duda el centro del espionaje púnico y sede de la Mano Negra de Tanit, el brazo armado de los comerciantes cartagineses, es decir, de Aníbal. De repente, un objeto en movimiento cayó sobre la mesa sobresaltando a Lucio. Era un mono que, de manera violenta, comenzó a gritar y a tirarle la túnica, era como si lo hubiese reconocido.
─ ¡Por Cástor y Pólux! Es el macaco de Creonte... con el maldito gorro frigio.
No podía dar crédito a lo que veía, era la mascota de uno de sus amigos emporitanos. ¿Y qué hacía su amigo en aquel nido de espías? Lucio apartó el bicho de un empujón y se levantó rápido, tenía que marchar antes de que llegara el dueño. En el pasillo que daba al patio intuyó una figura de grandes dimensiones: era Creonte sin duda... El mono se aferró a la espalda de Lucio pero éste avanzó decidido hasta la entrada. El portero intentó detenerlo pero Lucio, sin parar, le propinó un puñetazo en el estómago y lo derribó. El mono se replegó de un salto y volvió a entrar en el local. Lucio se perdió rápidamente por las callejuelas de los alrededores... había recibido un buen susto. Apenas repuesto intentó reordenar sus ideas.
─ ¿Puede ser Creonte uno de los agentes de Aníbal? ¿Por qué no? Está establecido en Masalia pero siempre ha trabajado en la costa íbera. Y él es siracusano, y Siracusa fue una ciudad aliada de Aníbal durante la guerra. ¿Quién mejor que él para ir arriba y abajo y tener información de primera mano?
Lucio dudó sobre lo que tenía que hacer. Podía hacerlo detener y neutralizarlo. Podía intentar darle información falsa… pero eso, en aquellos momentos, no tenía ningún sentido, la expedición romana era una evidencia. Consideró que lo más inteligente era no hacer nada, ni siquiera dejarse ver. Pero sí que debía prevenir las posibles acciones de Creonte, el Polifemo.
─ ¿Y qué hará ahora Creonte? Probablemente constatará personalmente los efectivos romanos, y su calidad. Transmitirá la información por una vía rápida, es decir por barco, y después tratará de efectuar algún sabotaje para retrasar o dificultar la partida del ejército consular.
Durante todo el día IV antes de los idus de maius Lucio estuvo al acecho. Inspeccionando el campamento, habló con los centuriones y paseó por el puerto. Al día siguiente, el III antes de los idus de maius, justo antes del embarque, Catón reunió a los mandos y dio noticias de las incidencias del día y la noche anteriores. La gente del Polifemo había hecho su trabajo.
─ De acuerdo, de acuerdo, estos eran los días nefastos, los lémures, todo esto alguien lo puede tener en cuenta, pero nosotros estamos por encima de esas tonterías. ¿Quién nos ha golpeado? Seguro que no han sido los lémures. Tres centuriones, tres... han sido asesinados, los tres degollados como lechones. Al parecer, estaban con mujeres. Yo había dado órdenes estrictas al respecto y no se han cumplido. Por otro lado, han intentado incendiar algunas naves. A medianoche una barca ha ido lanzando por encima de las bordas teas resinosas. Nuestros marineros de guardia han impedido que cuatro naves ardieran. Uno de los manípulos de nuestra primera legión tomó vino, o lo que sea, en mal estado, hoy se está retorciendo con el estómago destrozado. Finalmente, parece que los astrólogos se han puesto de acuerdo. Los legionarios que ayer consultaron el zodiaco están aterrados. A todos les vaticinaron el más terrible fin para nuestro ejército, y, finalmente, no parece que nuestros aliados masaliotas nos hayan recibido con mucho entusiasmo. ¿Alguna idea?
Los mandos callaron y bajaron los ojos. Lucio entendió perfectamente lo que pasaba y advirtió a Catón.
─ Los masaliotas, como medio mundo, serían más felices si Roma no existiera. Somos como un pariente incómodo. El resto de lo acontecido es guerra sucia, los agentes de Aníbal nos atacan con todos los medios… Físicos, eliminando a nuestros oficiales; o psíquicos, sembrando la desmoralización. Pero no podemos detenerlos, Masalia es una ciudad libre y estamos en paz con Cartago. Lo mejor es que nos vayamos, lo antes posible...
La flota zarpó a media mañana. Por la noche ancló frente a la bella ciudad de Ágatha, y al día siguiente empezaron a flanquear el territorio sordón. Las columnas de humo que se observaban tierra adentro indicaban que la noticia de la llegada del ejército invasor corría a toda prisa. Puerto Veneris fue la siguiente etapa, cerca ya de la imponente muralla natural de Pirene. Al día siguiente, el XVII antes de las kalendas de junius, la flota encaró la etapa final flanqueando el templo de la Venus Pirenaica. En el extremo de la cumbre una hoguera enviaba algún mensaje.
Desde el puente de la nave capitana, Catón y Lucio contemplaron, con el corazón encogido, los gigantescos peñascos de Pirene hundiéndose en el mar. El miedo y la inquietud ante las fuerzas de la naturaleza impactaban también entre los legionarios. El paisaje era impresionante, roca viva por todas partes con formas caprichosas y siniestras que evocaban, sin duda, el paisaje del Hades. Bajo las claras aguas se podían imaginar los cientos de barcos que se habían estrellado contra las rocas. Los lémures y espíritus de los marineros ahogados desde la noche de los tiempos aún vagaban entre las espumosas aguas. Finalmente, hacia la décima hora, apareció ante ellos la bahía de Rhode, una fina línea de arena enmarcada por un diáfano cielo azul. En el extremo prácticamente se podía intuir Emporion. La flota viró a la derecha buscando, en el fondo de la bahía, la antigua ciudad de Rhode. Los gritos de júbilo de los expedicionarios estallaron en todos los barcos. El infernal paisaje quedaba superado, habían atravesado los límites entre la Galia e Hispania.
Rhode, con sus arenas blancas, se abría acogedora, protegida del viento boreal por la muralla pirenaica. Las casetas del lugar parecían abandonadas. Desde el mar, Rhode era una aldea fantasma.
Una liburna emporitana que patrullaba a la espera de la flota romana les dio la bienvenida. Los griegos se acercaron al quinquerreme de Catón para presentar al cónsul los respetos de la ciudad. Lucio ordenó al centurión de la guardia que desembarcara y efectuara un primer reconocimiento. Un par de botes dejaron dos docenas de legionarios en la playa desierta. El centurión y la tropa avanzaron con mucha prudencia. No se veía nada extraño, con toda probabilidad la gente se había escondido a la espera de acontecimientos.
De pronto, aparecieron docenas de jinetes íberos. Desde los barcos, miles de expedicionarios contemplaron con horror, impotencia e incredulidad lo que estaba pasando. Los íberos llegaron aullando como lobos. Sus armaduras eran de cuero ennegrecido y al frente destacaba un estandarte con negras colas de caballo. Varios perros de combate, que más parecían lobos, acompañaban a los guerreros. Catón, al escuchar el griterío abandonó por un momento a los emporitanos justo a tiempo para ver cómo la cabeza de uno de sus centuriones saltaba por los aires. El cónsul quedó lívido, la bienvenida era, sin duda, durísima. Los legionarios desembarcados fueron descuartizados en un momento. Un extraño silencio se apoderó del cuerpo expedicionario. Los romanos procedieron a efectuar un nuevo desembarco, pero los agresores habían desaparecido. Un par de manípulos de la primera legión procedieron a ocupar la ciudad y su ciudadela, luego desembarcaron las tropas para descansar. Al día siguiente las legiones embarcarían para alcanzar la etapa final. Sin embargo, Catón ordenó a sus legados asesores y a su guardia que embarcaran en el quinquerreme para partir, inmediatamente, hacia Emporion.
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