Kitabı oku: «Vida religiosa y casas de formación»


Coronado Padilla, Fabio H.
Vida religiosa y casas de formación : experiencias y reflexiones en clave Lasallista / Fabio Humberto Coronado Padilla. -- Bogotá : Ediciones Unisalle, 2015.
246 páginas : ilustraciones ; 14 × 21 cm.
Incluye índice de contenido.
ISBN 978-958-8939-41-4
1. Universidad de la Salle - Métodos de enseñanza 2. Lasallismo 3. Educación Lasallista 4. Espiritualidad 5. Vida religiosa I. Tít.
268.43 cd 21 ed.
A1515889
CEP-Banco de la República-Biblioteca Luis Ángel Arango
ISBN: 978-958-8939-41-4
e-ISBN: 978-958-8939-42-1
Primera edición: Bogotá D.C., octubre de 2015
© Derechos reservados, Universidad de La Salle
Edición:
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Dirección editorial
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Coordinación editorial
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Corrección de estilo
Alexander Diazgranados Mendieta
Diagramación
Andrea Julieth Castellanos Leal
Diseño de figuras
Omar Hernando Lombana Colorado
Diseño de portada
Diana Paola Rivera Leguizamón
Fotografía de solapa
José Javier Torres Ortega
Diseño de ePub
Hipertexto
Queda prohibida la reproducción total o parcial de este libro por cualquier procedimiento, conforme a lo dispuesto por la ley.
Al Hermano Antonio Bedoya Cardona, Fsc.
Mi maestro de novicios, 1980
Al Hermano Jaume Pujol I Bardolet, Fsc.
Mi director del CIL, 1992
Contenido
Presentación
Resignificar las casas de formación
Primera Parte
Modelos, movimientos, ondas y preguntas: ¿retrospectiva o realidad?
Capítulo 1. Las casas de formación a examen
Modelos de casas de formación
Inventar algo nuevo
Capítulo 2. El caminar de la vida religiosa
Movimientos de la vida religiosa
El futuro que vendrá
Capítulo 3. El itinerario lasallista en la construcción de su identidad
Ondas creadoras de nueva identidad
Hermanos: ayer, hoy y mañana
Capítulo 4. Diez preguntas para repensar la formación
Primera: ¿dar a luz o iniciar?
Segunda: ¿un formador puede o no formar a un formando?
Tercera: ¿tiene importancia la teoría formativa para la acción formativa?
Cuarta: ¿cómo se debe preparar al formador?
Quinta: ¿el formando es obra de la naturaleza, la sociedad o de sí mismo?
Sexta: ¿podemos controlar el resultado formativo?
Séptima: ¿formación liberadora o condicionante?
Octava: ¿debe darse la misma formación a cada formando?
Novena: ¿formación por el trabajo?
Décima: ¿qué criterio último puede orientar el trabajo diario del formador?
Segunda Parte
Una lectura pedagógica de las casas de formación
Capítulo 5. Retóricas formativas y políticas formativas
Retóricas formativas
Políticas formativas
Hacia un modelo de análisis
Conclusión
Capítulo 6. Cambio de enfoque en la formación. De tradicional a clásica, de activa a interactiva
Muerte de la escuela y desaparición del maestro
Pedagogía tradicional y pedagogía activa
Pedagogía clásica y pedagogía interactiva
Competencias del perfil del maestro
Formación clásica y formación interactiva
Competencias del perfil del Hermano
Conclusión
Capítulo 7. Imaginarios pedagógicos y prácticas formativas
Imaginario transmisionista
Imaginario conductista
Imaginario libertario
Imaginario social-productivista
Imaginario pedagógico
Imaginario constructivista
Volver a pensar los imaginarios pedagógicos
Capítulo 8. Nuevas generaciones, nuevas relaciones
Una mirada desde nuestra realidad
Jóvenes, afectividad y comunidad
Como religiosos adultos ¿qué les podemos ofrecer a los jóvenes?
Tercera Parte
La casa de formación imagina
Capítulo 9. La realidad y la vida reinventan las casas de formación
Vivimos un tiempo nuevo
Discernir los signos de los tiempos y de los lugares
La vida nueva nos llega de los jóvenes
Primer lineamiento
Capítulo 10. El formador, el equipo de formación y la comisión de formación
Perfil del formador
Configuración del equipo de formación
Tareas de la comisión de formación
Segundo lineamiento
Capítulo 11. Relanzando el protagonismo del centro del Instituto
El Instituto como centro de conexiones
El Instituto como generador de pensamiento
El Instituto como garante de la política formativa global
Tercer lineamiento
Capítulo 12. La vida consagrada nueva que nace: cerca de Dios, cerca de los pobres
Las enfermedades de la vida consagrada
Las tendencias que avizoran el futuro
Un antes y un después para la vida consagrada
Cuarto lineamiento
Colofón
Signo y no número
Bibliografía
Presentación

Resignificar las casas de formación
¿No os acordáis de lo pasado,
ni caéis en la cuenta de lo antiguo?
Pues bien, voy a hacer algo nuevo:
ya está en marcha, ¿no lo reconocéis?
(Isaías 43, 18-19)
Durante los últimos cincuenta años ha corrido mucha tinta y todavía no hemos logrado ponernos de acuerdo si la mejor expresión para denominar aquello que aportan en la iglesia para el mundo las familias carismáticas es vida religiosa o vida consagrada. En este libro no exploramos ni terciamos en ese debate, simplemente utilizamos ambos vocablos como intercambiables y sinónimos. Si bien, en sus páginas, hay una mirada retrospectiva a lo que le ha ocurrido a la vida religiosa tanto en su formulación teológica como en su práctica vital, el eje central sobre el cual discurre el pensamiento es el pasado, el presente y el futuro de las casas de formación, manifestación privilegiada del ser y del quehacer de la vida consagrada.
El ángulo de abordaje es muy preciso, una mirada desde la experiencia de los Hermanos Lasallistas, en Colombia, y desde el punto de vista de uno de sus protagonistas, quien esto escribe. Dada esta circunstancia, de entrada hay que precisar que, aunque el propósito ha sido el hacer una aproximación lo más objetiva posible, necesariamente conlleva su carga de subjetividad. Razón más que suficiente para invitar a otros actores para que también nos dejen su testimonio escrito con su particular visión sobre lo que ha ocurrido en la formación, en el discurrir histórico de la vida religiosa latinoamericana y caribeña de las últimas cinco décadas.
Las experiencias base que dan origen al texto comprenden un lapso de quince años, posteriores a las cuales transcurrieron otros diez años entre los primeros borradores y el punto final de la reflexión y la escritura. Por tanto, este es un libro que demoró haciéndose y escribiéndose veinticinco años. El lector avizor podrá descubrir los rastros de ese pasar del tiempo con sus avatares, ires y venires en los distintos capítulos.
Un agradecimiento especial al doctor Fernando Vásquez Rodríguez, mi mentor en las lides académicas y universitarias, quien, ante la duda, por todavía no estar satisfecho con lo escrito, me dio su sabio consejo de editor y escritor de muchos libros: “Fabio, póngale ya punto final, si no nunca va a escribir los otros libros con los que sueña”. Y así fue. Le puse punto final, exorcizando ese diablillo intelectual. He aquí, amable lector, que finalmente llega a sus manos.
Una pregunta inquietante recorre implícita toda la estructura del libro: ¿las casas de formación, como dispositivos formativos de los aspirantes a la vida religiosa, siguen siendo válidas hoy?, ¿la novedad de los tiempos actuales y de las generaciones jóvenes no estará exigiendo la supresión de las casas de formación y el reemplazo por algo totalmente distinto? La respuesta se va encontrando a lo largo de las reflexiones de este libro. Ciertamente, siguen siendo pertinentes, pero a condición de una honda resignificación tanto de sus ambientes (comunidades, procesos, proyectos y etapas) como de sus espacios formativos (arquitectura, ubicación geográfica, recursos).
El sacar adelante dicha transformación es responsabilidad de los formadores, de los equipos de formación, de las comisiones de formación y del centro del Instituto de cada Congregación. Mas no será posible si entre sus integrantes no se cuenta con religiosos visionarios, de avanzada, que saben correr las fronteras. Tampoco se logrará si no hay líderes con el carisma de la innovación y con el talante de refundadores.
Este libro está destinado a los actuales y futuros formadores, los responsables de la animación de la formación a nivel de Distritos, Regiones e Instituto, y a todos aquellos que deben desempeñar un rol de orientación y gobernanza de la vida religiosa. En primera instancia fue pensado para los Hermanos Lasallistas, luego para las distintas Congregaciones religiosas. Compartir la experiencia propia es significativo desde todo punto de vista.
La intencionalidad del presente libro no es mostrar cómo debe ser la casa de formación alternativa a la que actualmente tenemos, tan solo se proponen pistas, criterios de acción, experiencias y caminos que la historia ha enseñado. La ruta nueva está por ser construida a partir de lo vivido, claro, con la condición de que cada equipo de formadores responda: ¿qué dejar?, ¿qué reorientar?, y ¿qué crear?
En asuntos vocacionales no vivimos tiempos de vacas gordas. El descenso numérico es real para todas las congregaciones y, principalmente, para las de religiosos hermanos. Ello es un signo de los tiempos y de los lugares que hay que saber leer e interpretar. No es realista el esperar que vuelvan épocas de estadísticas altas. El buen Dios de la vida está indicando otras sendas, especialmente la de una vida consagrada de pequeñas comunidades de gran coherencia y autenticidad evangélica. Sin duda alguna, seguirán llegándonos jóvenes aspirantes a las distintas familias carismáticas, ciertamente en menor número que antes, pero con la certeza y la esperanza de que con ellos Dios hará su obra.
En este nuevo escenario, como bien lo escribiera el Hermano Jaume Pujol I Bardolet, en su libro Hacia el futuro de la vida consagrada (2008): “La vida consagrada deberá seguir siendo ‘memoria evangélica para el pueblo de Dios’ y tener capacidad vital de ‘servicio de crítica profética para la Iglesia y para el mundo’”. En consecuencia, porque ha nacido una vida religiosa muy diferente a la de los tiempos del Vaticano II, porque Dios sigue llamando a los jóvenes de hoy a este estilo de vida y porque se dan nuevos escenarios y dinámicas en el mundo contemporáneo, es que es imperativo con creatividad e ingenio idear y poner en acto una casa de formación no antes imaginada.
El autor
PRIMERA PARTE

Modelos, movimientos, ondas y preguntas: ¿retrospectiva o realidad?
Capítulo 1
Las casas de formación a examen
En el lenguaje y en la tradición formativa lasallista se entiende por casas de formación los espacios arquitectónicos (edificios, complejos físicos, conjuntos habitacionales) y los ambientes educativos (comunidades formadoras, procesos de acompañamiento, planes de formación, etapas formativas), en los cuales los formandos (jóvenes candidatos) se inician en la vida religiosa de Hermano. La experiencia ha consagrado fundamentalmente tres: postulantado, noviciado y escolasticado. Cabe precisar que, en un periodo de la historia, existió previo al postulantado el aspirantado y que el postulantado contemporáneo tiene un número variable de años, el último de estos suele denominarse prenoviciado.
Desde su nacimiento, la vida consagrada fue consciente de la necesidad e importancia de ofrecer una vivencia propedéutica, de discernimiento y ejercitación, en el espíritu y las costumbres que le eran propias, a todo aquel que tocara a sus puertas sintiéndose llamado a tal género de vida evangélica. En los primeros tiempos, de anacoretas y cenobitas, tal experiencia formativa consistía en vivir al lado de un monje solitario o en ingresar a un cenobio bajo la guía de un acompañante espiritual, quien siempre era el de mayor edad y experiencia, por tanto, el más probado en los caminos de la vida espiritual. Maestro y discípulo recorrían juntos un itinerario cotidiano —hecho de trabajo exigente, oración constante, servicio al otro, sencillez de vida y austeridad— tras la búsqueda de la experiencia profunda de Dios, para vivir el amor sin límites y seguir al Señor más de cerca.
A lo largo de los siglos, a medida que se fue desarrollando y diversificando la vida consagrada y gracias al aumento de candidatos a dicho estilo de vida, fueron apareciendo el rol del formador y los lugares específicos para ejercer su función, las casas de formación con toda su parafernalia. Pero, si por una parte, se perfeccionaron las artes formativas con sus procesos, etapas y programas junto con la arquitectura propia para el postulantado, el noviciado y el escolasticado, por otra, nunca dejó de ser central la vivencia formativa básica esencial por antonomasia, la interacción entre el maestro experto y el discípulo aprendiz, quien pide ser iniciado.
Una comparación nos ayuda a comprender mejor lo dicho. Acudamos al arte teatral, tal y como lo describe Jorge Plata, quien se pregunta ¿qué es el fenómeno teatral? Para dar respuesta a tal interrogante, nos dice que debemos despojar al espectáculo de aquellos elementos que no hacen parte de su esencia; a saber: la escenografía, el vestuario, el maquillaje, la ambientación luminosa y sonora, el espacio físico, entre otros. Solo así se puede llegar al núcleo esencial que le da vida al fenómeno teatral. ¿Cuál es ese núcleo central? Con sus palabras: “No es otro que el encuentro de un ser humano (el actor) que se presenta transformado o en proceso de transformación, y en tiempo presente y sin mediaciones, ante otro ser humano que lo observa (el espectador)” (2013, p. 9).
Dicho encuentro esencial, continúa argumentando el autor, es el resultado de dos impulsos propios de algunas personas: el de transformación y el lúdico. El primero, corresponde al actor, capacidad de imitación (mímesis), el segundo, al espectador, necesidad lúdica, que le lleva a jugar y experimentar el ámbito de la libertad no utilitarista, el campo de las acciones gratuitas en las que encuentra placer, gozo y aprendizaje. Estos impulsos constituyen los elementos esenciales del fenómeno teatral la relación entre el actor y el espectador, que se realiza en tiempo presente y sin mediaciones.
Finaliza sus reflexiones Jorge Plata Saray, uno de los actores, directores, dramaturgos y profesores más representativos del teatro colombiano, haciéndonos caer en la cuenta de que el asunto quedaría incompleto si no se responde la pregunta ¿por qué se hace teatro? He aquí su respuesta: “Este es un arte cuyo único tema de representación es el comportamiento humano. En un espectáculo dramático, de manera realista o simbólica y en un escenario, se representan comportamientos humanos, individuales y sociales para que sean conocidos, analizados, comprendidos y para que se susciten la adhesión o el rechazo de la comunidad, presente y participante, de los espectadores” (2013, p. 10).
Si despojamos a la formación de sus ropajes, entiéndase de las casas de formación con todos sus recursos físicos y materiales (hábitat, mobiliario, computadores, internet, etc.) como también de sus proyectos formativos, aflora la esencia del fenómeno formativo: la relación entre el formador y el formando, que es lo mismo que decir la interacción entre maestro espiritual y discípulo. Y si nos preguntamos, dentro de este contexto, ¿por qué se hace formación? podríamos responder, llana y simplemente, para iniciar al joven candidato en un carisma e itinerario espiritual particular, dentro del cual se autentica o no su llamado vocacional; y el aspirante hace opciones profundas a la vida religiosa, comprometiéndose con un estilo de vida particular: la vida fraterna en comunidad con su correspondiente misión dentro de la Iglesia.
Modelos de casas de formación
Ya hemos visto cómo la esencia del fenómeno formativo fue, desde los inicios de la vida religiosa, una relación educativa personalizada como acompañamiento fraterno, dentro de la inspiración evangélica: “quédate con nosotros” (Lc 24, 29) y “ven y lo verás” (Jn 1, 46). A medida que el testimonio de este estilo de vida fue cautivando y atrayendo a un número cada vez más significativo de aspirantes, fue necesario crear estructuras formativas que respondieran a la demanda creciente, lo cual vino a oficializarse a través de los siglos con la ya clásica expresión: casas de formación.
Así como la sociedad ha cambiado y sigue cambiando vertiginosamente la vida religiosa no se ha quedado atrás en su puesta al día, lo cual ha implicado, a su vez, una transformación radical del rol de formador y de la idea misma de casa de formación con sus correspondientes concreciones. A medida que fue evolucionando la vida consagrada, durante los siglos, de igual modo fueron apareciendo visiones distintas de casas de formación asociadas a cada nuevo estilo de vida religiosa. El arco de tiempo, dentro del cual se enmarcan las disquisiciones del presente libro, corresponde a los últimos cincuenta años, más exactamente al lapso comprendido entre la clausura del Concilio Vaticano II, en diciembre de 1965, y nuestro 2015 —año dedicado a la vida consagrada por iniciativa del papa Francisco—. Podemos señalar que estas décadas han sido muy creativas para responder a la manera de ser de las nuevas generaciones de candidatos a la vida religiosa, como también a las nuevas demandas de la sociedad y de la historia, que han interpelado y modificado la misión lasallista. Al menos en estas cinco décadas es posible rastrear cinco modelos distintos de casas de formación: modelo clásico, modelo familia, modelo inserción, modelo inter y, el más reciente, modelo neoconservador.
Figura 1. Modelos de casas de formación

Fuente: elaboración propia.
Utilizamos la categoría modelos en tanto nos permite construir una abstracción teórica de un fragmento de la realidad, caracterizar sus rasgos más sobresalientes, presentar de manera pedagógica una aproximación a lo que se ha ido creando, lo que ya murió y lo que está naciendo en cuanto a formación para la vida religiosa se refiere. Los modelos son artificiales en cierta manera, subjetivos e incompletos. También son integradores, pues no son puros en sí mismos, ya que recogen lo perenne de la tradición formativa en consonancia con las innovaciones del presente, son permeables a la novedad impredecible de la acción del Espíritu, quien renueva las cosas donde quiere y cuando quiere, a tiempo y destiempo (Jn 3, 8; 16, 13).
El modelo clásico corresponde a unas grandes edificaciones de dos o más pisos, diseñadas, normalmente, siguiendo el típico claustro del convento monacal con sus amplios corredores, arcadas, patios y capilla central, y rodeadas de canchas deportivas al igual que de campos para las labores agropecuarias. Se escogían, para su construcción, lugares alejados de los centros urbanos. Su tamaño y sus múltiples servicios (habitaciones, salones de clase, salas de estudio, comedor, cocina, etc.) imitaban los grandes internados de la época. En estos se alojaban varios cientos de jóvenes que se formaban desde muy niños para la vida religiosa. Llegaban, como aspirantes, a terminar su primaria o bachillerato, seguían de postulantes, luego novicios y finalmente escolásticos. Todas las etapas de formación se hacían, habitualmente, en el mismo lugar, en algunas ocasiones el noviciado contó con su propia casa en una ubicación diferente, y con locales apropiados con capacidad para cincuenta o más novicios. Por estos años, las distintas comunidades religiosas registraban en sus estadísticas números elevados tanto de personal religioso como de formandos.
El modelo familia aparece cuando la realidad numérica de las congregaciones religiosas experimenta un descenso vertiginoso tanto por las salidas de sus efectivos, con votos temporales o perpetuos, como por el reducido número de nuevas vocaciones que ingresaban cada año. Las grandes construcciones se quedan vacías, la fraternidad religiosa que, normalmente, contaba con cuarenta o cincuenta religiosos para dirigir una obra educativa, de repente se ve drásticamente disminuida a diez, siete o menos Hermanos. Se abandonan las grandes casas de formación, el aspirantado (especie de colegio exclusivo para niños y jóvenes destinados a la vida religiosa) es suprimido. Desde este momento se ingresa a la formación inicial teniendo como mínimo el grado de bachiller, y cada etapa de formación cuenta con su casa específica: una para el postulantado, una para el noviciado y otra para el escolasticado. Tanto el postulantado como el escolasticado son trasladados a casas de familia adaptadas a tal propósito, situadas en barrios no muy distantes de los lugares de estudio (universidades) e instituciones educativas donde se hacía la práctica pedagógica (escuelas y colegios). La idea de fondo era no estar alejados de la cotidianidad de la gente, compartir su vida y su experiencia. Para el noviciado se construyó una edificación, que se caracterizó por la funcionalidad y sobriedad, con capacidad para una docena de novicios, y eso sí, siguió siendo en un lugar retirado en medio de la naturaleza.
El modelo inserción surge cuando la vida religiosa opta por comprometerse con los más pobres, siguiendo el carisma primigenio de sus fundadores; para ello inicia un éxodo que la lleva a encarnarse en barrios populares, en municipios alejados de las grandes capitales, a realizar su misión en aquellas poblaciones con mayores necesidades y menores oportunidades. Las casas de formación, especialmente postulantado y escolasticado, son desplazadas a los barrios de estratos más bajos de las ciudades o a lugares de misión en regiones de frontera y carentes de las posibilidades, servicios y bienestar de los grandes centros urbanos. El noviciado, con su tradicional encierro y aislamiento, sufre una gran apertura, permitiendo que los novicios puedan trabajar en la evangelización y promoción de la justicia de los más pobres de las veredas de su zona de influencia. Es una época de múltiples experimentos e innovaciones, toda una revolución.
El modelo inter expresa el nuevo rostro de la vida consagrada que pasa de un formato isla, donde cada congregación religiosa realiza su misión en solitario y totalmente independiente de las demás, a un talante colaborativo y de pastoral de conjunto. Las casas de formación lasallistas se reinventan cuando empiezan a funcionar de forma interdistrital, internacional, intercultural e intercongregacional. De ahora en adelante cada provincia religiosa no tendrá sus propias y exclusivas casas de formación, pues los postulantados, noviciados y escolasticados se tornan en subregionales o regionales, interdistritales, internacionales y multiculturales. Toda una novedad y riqueza, cuyo caminar fue dando sus frutos, mostrando poco a poco las mejores rutas y estrategias formativas. Mención especial merecen las casas de formación intercongregacionales, para nuestro caso lasallista, únicamente un país tuvo casas con formandos procedentes de diferentes congregaciones de Hermanos; camino ya desaparecido, no suficientemente exitoso, pero que expresó en su momento la búsqueda de una nueva manera de ser de la vida religiosa.
El modelo neoconservador toma la delantera cuando la última innovación tras la exploración de una nueva manera de ser de la casa de formación para el siglo XXI se diluye. Consistió en que, ante el impulso de la misión compartida entre religiosos y seglares, se establecieron casas de formación donde futuros Hermanos y Colaboradores laicos vivían y se formaban juntos en los idearios lasallistas; la cuestión no funcionó por la sencilla razón que se trató de mezclar dos vocaciones muy diferentes, que requerían sus particulares procesos de formación. Así es como la casa de formación actual se identifica por ser autorreferencial y endogámica, por mezclar todo tipo de enfoques y vivencias, sobresaliendo por una vuelta al pasado, en la que se recuperan expresiones ya superadas de la antigua vida religiosa. El modelo actual, en su generalidad, es de tendencia neoconservadora, porque se da una especie de involución y estancamiento, perdió su norte de seguir en fidelidad creativa tras un itinerario de búsqueda de las mociones nuevas, a las cuales siempre llama el Espíritu.
Hasta aquí esta tipología de modelos de casas de formación. Es oportuno aclarar que, intencionalmente, nos hemos centrado en una breve descripción de su arquitectura, de su ubicación geográfica, de sus destinatarios y, someramente, de algunos rasgos distintivos de sus correspondientes proyectos formativos. En los próximos capítulos nos referiremos más ampliamente a sus fines, pedagogías y procesos de manera tal que se pueda contar con una radiografía más completa de cada modelo.
También es importante precisar que los cinco modelos anteriores no se suscitaron en la historia de manera lineal, uno tras otro, de forma tal que al desaparecer uno fuera remplazado de inmediato por otro. Tampoco fueron producto de previsiones rigurosas ni de planeaciones milimétricas. El cincuentenario al que hacemos referencia se caracterizó por ser más que una época de cambios, un cambio de época; la cual se tradujo, en la cotidianidad, en un permanente e inusitado florecer de novedades, experimentos y transformaciones en todos los campos. En consecuencia, en cuanto a casas de formación se refiere, el camino se hizo al andar, generándose con el discurrir del tiempo una especie de cohabitación de los distintos modelos, hasta llegar a nuestro hoy, donde predomina una especie de mixtura ecléctica de modelos.
Inventar algo nuevo
Frente al anterior panorama podríamos interrogarnos de la siguiente manera: ¿son necesarias las casas de formación hoy?, ¿todavía siguen siendo válidas de cara a la esencia y al quehacer del hecho formativo?, ¿no habrá que suprimirlas e inventarse otra manera novedosa para la formación de los aspirantes a la vida consagrada? Preguntas duras y candentes a las cuales no debemos rehuir. Tal vez la primera pista, para solucionar el dilema, consistiría en ahondar en la memoria del caminar de la vida consagrada que nos revelara, por una parte, lo fundamental, a lo cual no se puede renunciar, y por otra, las tendencias estimulantes del futuro.
Una segunda pista comprendería un abordaje del itinerario formativo, que se ha recorrido en los lustros posteriores al kairós del Concilio Vaticano II, examinar cómo se cristalizaron sus mejores intuiciones de renovación evangélica, evaluar y valorar lo que ocurrió en las casas de formación, sus procesos, sus políticas formativas, sus éxitos y fracasos, para con objetividad dilucidar ¿qué se debe mantener?, ¿qué se debe renovar?, y ¿qué se debe crear?
Finalmente, una tercera pista conllevaría el ponernos en estado de discernimiento y volvernos a preguntar: ¿qué nos pide Dios en este aquí y ahora? Pero no tanto con una actitud nostálgica por el pasado, sino, ante todo, con una mirada esperanzada de futuro, pensando y construyendo un modelo alternativo para las casas de formación que requiere el siglo XXI. Entonces, hacer de la ocasión una oportunidad de reflexión hermenéutica, de abordaje proyectivo, germinal y generador. Mirar hacia delante, hacia lo que se ha de construir para el mañana. Hacer de nuestra coyuntura histórica un tiempo simbólico de renovación de proyectos, apuestas, metas, deseos y sueños colectivos. Se trata, en últimas, de un llamado a los formadores para poner a volar la imaginación y la creatividad, para que a partir de la sabiduría y la experiencia acumuladas durante los últimos cincuenta años se atrevan a pensar la casa de formación imaginada.
Esperamos que las páginas que siguen contribuyan de alguna manera a estos propósitos y permitan encontrar inspiración para transitar la ruta del porvenir, siendo siempre fieles más a la vida que a las estructuras. Así como nos lo enseñara, en los años noventa del siglo anterior, el Hermano australiano, exconsejero general, Gerard Rummery, cuando recordaba a la Madre Teresa de Calcuta. Él contaba cómo, en Roma, en cierta ocasión, le correspondió compartir un taxi con la Madre Teresa y mientras llegaban a su destino estuvieron conversando. Él tomó la iniciativa y le contó de los múltiples preparativos que estaba realizando el Instituto para su próximo capítulo general, de la metodología de frontera que se iba a emplear, de las encuestas y estadísticas en curso, del informe de gestión del último periodo de gobierno, de las evaluaciones y prospectivas, de la comisión preparatoria, de las elecciones de los capitulares procedentes de todo el mundo, de las preocupaciones, de los ires y venires. Entre tanto, la Madre Teresa lo escuchaba con profunda atención y respeto. Finalmente, terminó su narración, y se le ocurrió preguntarle a la Madre Teresa ¿qué le podría sugerir…? Ella respiró hondo, se acomodó en el asiento y le dijo que también en su Instituto se encontraban preparando el próximo capítulo general, y que lo único que habían decidido era pedirles a todas las Hermanas que se preguntaran, oraran y discernieran si estaban viviendo a plenitud el pasaje del evangelio: “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos” (Mt 5, 3).
Capítulo 2
El caminar de la vida religiosa
Hacer memoria de nuestra historia más cercana no deja de ser problemático por cuanto la proximidad a los acontecimientos no siempre favorece la distancia que requiere la objetividad frente a los hechos y su adecuada interpretación. Quien observa no está aislado del fenómeno, sino que forma parte de este, el fenómeno lo afecta y viceversa. Entonces, haber vivido un fragmento de la historia participando de sus avatares, unas veces como protagonista otras como espectador pasivo, necesariamente conlleva un abordaje subjetivo y particular de todo aquello que se intenta narrar. Sin embargo, siendo conscientes de ello buscaremos aproximarnos a lo ocurrido en la vida religiosa durante los últimos cincuenta años con una mirada lo más transparente posible.
A tal propósito, nos empeñaremos en una retrospectiva que comporte una mirada a la historia que no sea ni leyenda blanca (todo positivo) ni leyenda negra (todo negativo), pues la historia siempre es una conjunción armoniosa del claro oscuro. Una mirada a la historia que no sea pesimista ni optimista, sino realista. Una mirada que no se limite a la tríada clásica usada en las ciencias administrativas: el escenario positivo, el escenario negativo y el escenario conservador. Si pudiéramos graficar la historia la veríamos como subidas y bajadas, avances y retrocesos, tiempos quietos y tiempos de revoluciones. Sobrepasa cualquier cálculo. Así es la historia, dinámica, impredecible, sorprendente.
En consecuencia, priorizaremos una mirada contemplativa de la historia que sabe ver y escuchar en todo la presencia del Espíritu y, de modo preferente, discernir su presencia para vivir el tiempo como tiempo de Dios. Es la mirada evangélica, porque cuando falta la mirada de la fe la propia vida pierde gradualmente el sentido, el rostro de los Hermanos se hace opaco y es imposible descubrir en ellos el rostro de Cristo, los acontecimientos de la historia quedan ambiguos cuando no privados de esperanza.
Para los Hermanos Lasallistas la mirada contemplativa es sinónimo del espíritu de fe, que san Juan Bautista de La Salle describió como aquel que debe movernos “a no mirar nada sino con los ojos de la fe, a no hacer nada sino con la mira en Dios, y a atribuirlo todo a Dios”. No mirar nada sino con los ojos de la fe es propiamente la contemplación, trascender los datos de la experiencia inmediata para encontrar el sentido de la existencia en el Señor de la Historia, develar las maravillas que Dios hace con los hombres; es cambiar la mirada, tener nuevos ojos para ver los acontecimientos y la realidad. No hacer nada sino con la mira en Dios vendría a ser el discernimiento; en los acontecimientos históricos el Señor va usando una pedagogía que nos educa y transforma, allí descubrimos el camino a seguir, los llamados, los nuevos desafíos. Y, finalmente, atribuirlo todo a Dios comprendería la espiritualidad de la confianza y del abandono, el convencimiento de estar guiados por las manos de Dios, quien acompaña y sostiene.
A la luz de la fe, somos conscientes de que, durante los últimos cincuenta años, la acción del Espíritu ha intervenido de manera patente en la vida de la Iglesia, y dentro de esta, particularmente en la vida religiosa. Su actuar nos ha puesto en movimiento permanente. No nos ha dejado quietos. No ha permitido que nos estanquemos, que nos paralicemos. Su actuar se ha expresado en olas sucesivas de cambios que se han ido entrelazando y superponiendo, como en una especie de espiral siempre hacia delante. Esta historia podría asemejarse a una sinfonía, ese tipo de composición musical que consta de varios movimientos ejecutados por múltiples instrumentos combinados entre sí de manera armónica y bella. Pero es una sinfonía prácticamente desconocida por las nuevas generaciones que ingresan a la vida religiosa, no saben que fue fruto de un caminar arduo y azaroso, de búsquedas entre luces y sombras, algunas veces atinadas otras equivocadas, pero siempre sinceras y generosas. Al no comprender su nacimiento y desarrollo, y al encontrar todo ya hecho no asumen responsablemente ese pasado, en el todo y sus partes, para encontrarle sentido y proyección.
Entonces, la narración podría comenzar así: … cuando llegó la plenitud de los tiempos, el Espíritu de Dios intervino y la vida religiosa se puso en movimiento…, llegó el Concilio Vaticano II, amaneció y atardeció el primer movimiento; se suscitó el Aggiornamento, amaneció y atardeció el segundo movimiento; irrumpió trepidante la Opción por los pobres, amaneció y atardeció el tercer movimiento; se generaron Caminos de refundación, amaneció y atardeció el cuarto movimiento; cundió el Desencanto, amaneció y atardeció el quinto movimiento; llegó el papa Francisco y nos puso En salida, amaneció y atardeció el sexto movimiento… “Y así fue. Y vio Dios todo lo que había hecho: y era muy bueno” (Gn 1, 30-31). Esta es la historia de la creación de una nueva vida religiosa.
Figura 2. Movimientos de la vida religiosa

Fuente: elaboración propia.
En nuestro 2015, hablar de una nueva vida religiosa es algo realmente muy fácil, pues la historia detrás de tal expresión ya aconteció. No fue así tan evidente para los protagonistas de los dos primeros movimientos. El camino se iba descubriendo a medida que se recorría. No había ruta trazada. Tocaba inventarla. Sin embargo, para quienes venían de familias católicas y fervorosas los movimientos del Concilio Vaticano II y del Aggiornamento fueron movimientos fundantes; casi movimientos salvadores de su vida religiosa, pues su práctica social-educativa no degeneró en militancia política. Para quienes venían de otros sectores generalmente se los comió el profesionalismo, el secularismo y la excesiva politización de su mirada, arrinconando la fe en el cuarto de san Alejo, terminaron retirándose. Más bien, hoy es difícil determinar en qué momento preciso de esta historia la vida consagrada tomó conciencia de la transformación radical que estaba aconteciendo en su interior, vivida en paralelo con el cambio que se daba en todos los ámbitos de las sociedades en las cuales se encontraba inmersa. El mundo evolucionó y con este la vida religiosa. Ciertamente, el rostro de la vida consagrada, tal y como hoy la conocemos, es totalmente distinto al de 1965.
A la fecha en la cual sale publicado este libro, todo indica que esa nueva vida religiosa se encuentra dibujando sus contornos definitivos de futuro. Vive un tiempo de creatividad único, para terminar de darse a sí misma una identidad renovada y pertinente al nuevo milenio que discurre raudo. Tiene muy claro qué no debe volver a repetir en su estilo y en sus prácticas, en su teología y en su espiritualidad. Sin embargo, todavía no son muy evidentes los nuevos estilos que vendrán a reemplazar los que abandonó por ser anticuados. Es tarea que queda pendiente para el porvenir y cuyos gestores deberán ser, como siempre lo ha validado la historia de siglos de la vida consagrada, el diálogo sincero y evangélico entre generaciones, las conversaciones prospectivas entre los jóvenes y los veteranos. Vale aquí la imagen del éxodo, en el tránsito por el desierto una manera de ser pueblo fue muriendo y otra totalmente distinta apareciendo. De igual forma, la vida consagrada continúa en éxodo por el desierto en pos de la tierra prometida.
Movimientos de la vida religiosa
Empleamos la categoría movimientos porque la consideramos pertinente para referirnos a los sucesos históricos de los cuales nos estamos ocupando. Bien podríamos haber escogido otra, tal como: épocas, periodos, eras, hitos, episodios o capítulos. Sin embargo, la seleccionada denota muy bien el sentido de cambio, desplazamiento, marcha, empuje y dirección que ha caracterizado los últimos cincuenta años de la vida religiosa. Simultáneamente, su plural nos indica que son varios, que se entrelazan entre sí y que van fluyendo sin detenerse como las olas del mar en su imparable vaivén, en el cual una es el origen de la siguiente. Es importante anotar que, aunque somos hijos de un movimiento, la actualización permanente exige no estancarse en ese movimiento, pues significaría parar la dinámica de la vida. No es arrojar por la borda el inmediato pasado, es quedarse con lo positivamente esencial. Es como el movimiento en la sicología evolutiva, estancarse es no seguir creciendo; caminar sin asumir la historia personal es dar un paso hacia formas de regresión personal, que busca seguridad ante lo nuevo que nos es desconocido.
Retrocediendo en el tiempo, examinemos brevemente los seis movimientos. El primero fue el del Concilio Vaticano II. Como tantos otros acontecimientos de los años sesenta, los jóvenes de hoy lo perciben como algo ya muy antiguo, no logran darse cuenta cabal de su importancia. Si por alguna circunstancia deben estudiar su contexto y contenido, muchas cosas les causan risa, son para ellos tan normales y evidentes que no logran captar que no siempre fue así. En cuanto a quien esto escribe, mi recuerdo más antiguo de su influjo en la vida de la Iglesia es el verme muy niño en una misa dominical, donde vivíamos, el sacerdote del pueblo se esforzaba por aclimatar en los feligreses los cambios, para la fecha revolucionarios, suscitados en la liturgia. Motivaba y explicaba por qué ahora al dar la paz había que saludar de mano o de abrazo a los vecinos de banca. Después de tal ambientación didáctica invitaba a realizarlo por primera vez. Uno de niño lo vivía espontáneamente, sin ningún prejuicio, era chévere eso de sonreír y saludar al de delante y detrás. Sin saberlo comenzaba una nueva etapa eclesial.
De esa fecha acá han corrido torrentes de tinta sobre el análisis de este Concilio, sin ninguna duda, trascendental en la historia de los cristianos. Ahora no vamos a agregar nada nuevo a la comprensión de su impronta. Tan solo nos interesa llamar la atención en que con este se desencadena, entre múltiples hechos, una remoción de los cimientos del ser y quehacer de la vida religiosa. Los vientos de renovación que trajo a toda la Iglesia para que esta se despojara de tradiciones e imaginarios ancestrales desfasados del mundo contemporáneo, su inmersión en las realidades terrestres de las cuales se había alejado, su paso de una visión jerárquica y clericalista a una de comunión eclesial, en la que todos los bautizados son iguales por pertenecer al Pueblo de Dios, y la aparición de una Iglesia entendida como comunidad de comunidades que, sin negar la originalidad del ministerio pastoral de obispos y sacerdotes, favoreció el protagonismo de los laicos y, por lógica consecuencia, el surgimiento de una nueva manera de ser de la vida consagrada.
El segundo movimiento fue el del Aggiornamento. Palabra italiana que se hizo universal y pasó al lenguaje cotidiano de todas las familias religiosas. Significaba puesta al día, actualización. Fue un momento de verdadero kairós, de intervención intensa del Espíritu en el interior de la vida religiosa. Esta salió de su inercia y entró en un diálogo abierto y franco con el mundo moderno. El Concilio la había enrumbado hacia una adecuada renovación en tres aspectos fundamentales: vuelta al Evangelio, retorno a las fuentes fundacionales y una adaptación a las cambiantes condiciones de los tiempos. Cuando en nuestro medio comenzaron a tener eco estos lineamientos, recuerdo que cursaba los primeros años del bachillerato, acostumbrábamos a ver a los Hermanos, que dirigían el colegio, vestidos siempre con el hábito propio de su congregación. De pronto, un lunes, iniciando semana, aparecieron todos con traje de civil. No dejaba de ser curioso, raro y hasta exótico tal hecho. Los comentarios no se hicieron esperar, pero rápidamente asimilamos en la cotidianidad el nuevo look. Éramos muy jóvenes para ser conscientes de que se había iniciado una honda mutación en la vida religiosa.
Se trataba entonces de transformar el estado de perfección evangélica hecho a base de uniformidad, regularidad, silencio y aislamiento, por un estilo distinto que no se sabía a ciencia cierta en qué consistía. No obstante, la apertura a la modernidad y el contacto con la realidad, el ingreso a los estudios universitarios, aunado a una vigorosa reflexión teológica desde la praxis pastoral fueron señalando el camino a seguir. La misión se fue renovando al igual que el estilo de vida fraterna. Se modificaron las estructuras de gobierno, de formación y de manejo de los bienes. Se suscitó una disminución numérica que si bien produjo grandes crisis, también ayudó a purificar dando a luz una cualificación en la espiritualidad y en la vida religiosa. De todas maneras es importante acotar que la salida de numerosos religiosos condujo a un desplazamiento de la animación pastoral directa, cara a cara con los destinatarios de la misión, a procesos de gestión administrativos. Entre los Hermanos Lasallistas su ocupación fundamental como lo era la clase se remplazó por la oficina, como imagen del burócrata y administrativo. Al mismo tiempo, más por aceptación dura de la realidad que por conversión hacia el laicado, se inició un proceso continuo y creciente de participación de los seglares en tareas antes asignadas a religiosos.
No hay mejor síntesis que ilustre esta coyuntura histórica que el numeral 3 del decreto Perfectae caritatis en el cual se señalan los criterios prácticos para la renovación; estos eran: “La manera de vivir, de orar y trabajar ha de ajustarse debidamente a las actuales condiciones físicas y psíquicas de los miembros y, en cuanto lo requiere el carácter de cada instituto, a las necesidades del apostolado, a las exigencias de la cultura, a las circunstancias sociales y económicas, en todas partes, pero señaladamente en los lugares de misiones. Según los mismos criterios, ha de revisarse también la forma de gobierno de los institutos. Se revisarán, por tanto, convenientemente las constituciones, ‘directorios’, libros de costumbres, preces y ceremonias y otros códigos por el estilo, y, suprimidas las ordenaciones que resulten anticuadas, adaptándose a los documentos de este sagrado Concilio”. Todo esto lo que finalmente vino a generar fue un cambio radical en los usos y costumbres de los Institutos, promovidos estratégicamente por los capítulos generales tenidos inmediatamente después del Concilio. Como fruto maduro de estos años aparecieron las nuevas Reglas que condensaron la nueva visión de vida consagrada que cada agrupación religiosa se dio a sí misma. Cabe señalar que eran unas Reglas más carismáticas que normativas en comparación con las precedentes.
El tercer movimiento fue el de la Opción por los pobres. No bastaba con adecuarse al mundo moderno, ya inmersos en este había que ser críticos de la realidad a medida que se iba tomando conciencia de la pobreza, la opresión y la injusticia estructural. La vida religiosa no podía únicamente contentarse con pensar la realidad, era necesario transformarla. La miseria de todo un continente exigía la solidaridad activa con los más pobres. Entonces se suscita un desplazamiento, un éxodo de las comunidades religiosas ubicadas normalmente en grandes instituciones al servicio de los más privilegiados de la sociedad, para inculturarse e insertarse en comunidades, barrios y regiones de los estratos poblacionales menos favorecidos por la fortuna. En Latinoamérica y el Caribe los distintos carismas de la vida consagrada se arriesgaron a vivir en fidelidad creativa la consigna visionaria de Juan XXIII: “la iglesia es y quiere ser la iglesia de los pobres”.
Acudiendo otra vez a la propia experiencia, fue muy polémica, incluso en mi familia, las opciones de un grupo de religiosas (entre ellas una tía mía) pertenecientes a una congregación docente de la ciudad en la cual vivíamos, de cambiar los tradicionales hábitos monjiles por la vestimenta corriente de las mujeres, conseguir trabajo en colegios estatales e irse a vivir a uno de los barrios más pobres de la ciudad. En medio del escándalo suscitado en el interior de su Congregación recuerdo haber ido a visitarlas con mis padres, era impactante la sencillez con la cual vivían, la gran acogida y alegría de la gente por su presencia y el generoso trabajo que realizaban. Mientras estuvo al frente de la provincia una Hermana abierta al cambio con liderazgo fraterno y espiritual, esta comunidad en inserción se sostuvo y avanzó. Pero luego vino una provincial conservadora y retrógrada, quien asfixió a las Hermanas con sus críticas y decisiones, la tensión llegó a tal punto que todas decidieron retirarse de la Congregación. Como este ejemplo que narro son muchos los que ocurrieron a lo largo y ancho de los países. Lamentablemente no siempre fueron comprendidos y acogidos los visionarios que abrieron trocha para el alumbramiento de una vida consagrada más auténtica.
La “opción preferencial por los pobres” y la “inserción en la vida de la iglesia particular” como se vino a llamar posteriormente en un tono conciliador y de moderación, contó en su trasfondo con la ayuda de un contenido teórico serio que se conoció como “teología de la liberación” y “educación popular”. De igual manera, como para nadie era evidente y claro si lo que se estaba haciendo era el camino correcto, a la búsqueda sincera por acertar, la acompañó la colaboración y la consulta interpares, entre aquellos que se encontraban comprometidos con la misma línea de trabajo popular. Aparecieron temores que tenían que ver con el miedo de que la acción de los religiosos degenerara en opción política partidista, y hasta marxista y guerrillera. En los documentos la opción era de toda la Congregación, pero en la realidad fue de individuos y de grupos minoritarios. Los estamentos de poder animaron el criticismo exacerbado, el ahogamiento económico, la marginación de personas y grupos, la casi prohibición de comunicación con los jóvenes en formación, al mismo tiempo que la compra de conciencias con dádivas (viajes, estudios, cargos, etc.) para la deserción de los cuadros. Sin embargo, por encima de todo esto, fue como nunca antes una labor de conjunto creativa, de gran sabor evangélico y sin par en la vida religiosa posterior. La opción por los pobres y la inserción fue el punto cumbre de inflexión entre una vida religiosa que murió y otra distinta que nació. Fue refrendada por la persecución y el martirio sufridos del poder político, económico y militar.
El cuarto movimiento fue el de los Caminos de refundación. Como los anteriores no es posible decir cuándo termina uno y cuándo comienza el otro. Se entretejen mutuamente. Lo cierto es que cuando menos se pensaba las familias religiosas estaban hablando, pensando y ejecutando procesos de refundación. Nadie estaba satisfecho con lo logrado hasta ahora en la renovación que el Concilio, ya lejano en el tiempo, había pedido. Una nueva ola de cambios socioculturales, económicos y tecnológicos vinieron a sumarse a los existentes. Una nueva generación vino a tomar el relevo. Había que construir la nueva historia de la vida consagrada en nuevos escenarios. De manera que no era para nada extraño que todo apuntara a un nuevo comienzo a partir de los fundamentos. Curiosamente, este movimiento de refundación fue vivido por las comunidades religiosas a distintas velocidades y con niveles de intensidad diferentes. Mientras unos Distritos lo abrazaban con entusiasmo, otros lo rechazaron totalmente. Mientras unos líderes de la vida religiosa latinoamericana y caribeña lo promovieron y defendieron, otros fueron su freno y obstáculo. Se propagó la idea de que tal vez esa apuesta de querer re-fundar (volver a fundar) los institutos desdibujaba la vida religiosa ¿Qué había ocurrido? Comenzaban a despuntar tímidamente los primeros anuncios de involución, retroceso y parálisis que se van a consolidar con el siguiente movimiento.
Lo más lúcido de la refundación, que aún hoy pervive, fue la misión compartida entre los consagrados y sus colaboradores laicos. Una nueva aproximación teológica con énfasis en lo místico y profético afloró para alcanzar una clara comprensión entre el trabajo colaborativo en la misión dentro de un carisma particular, pero con vocacionalidades y compromisos diferenciados entre seglares y religiosos. Se crearon y perfeccionaron nuevas estructuras de animación de la misión llevadas en conjunto. Se organizaron nuevos procesos de formación para irrigar la espiritualidad propia de cada Congregación. Mas llega algo inesperado, el crecimiento numérico de nuevas vocaciones a la vida consagrada de finales de los años ochenta e inicios de los noventa, se estancó y en la mayoría de las comunidades religiosas disminuyó a cotas verdaderamente alarmantes. Fenómeno extraño todavía no suficientemente explicado culturalmente, aunque desde el punto de vista eclesial se le atribuye al fuerte control romano de la pluralidad, de la visión teológica y de la diversidad pastoral, sumado al aumento del clericalismo y la disminución de la vida carismática en la Iglesia. Se ingresaba ya al nuevo milenio, y si por un lado la vida consagrada había logrado construir un nuevo rostro, totalmente renovado, por otro no lograba atraer a un número suficiente de jóvenes de las nuevas generaciones a ese estilo de vida que seguía siendo de gran necesidad para la Iglesia del presente y del futuro.
El quinto movimiento fue el del Desencanto. Hubo un tiempo en el cual se intercambió espontáneamente un artículo muy interesante que llevaba por título “Los encantos de la vida consagrada”. Pero lo que allí se decía duró poco, dio paso a una creciente apatía y a un progresivo cinismo y desinterés con relación a la autopercepción del talante propio de la vida religiosa. Cundió la desesperanza y una especie de cansancio vino a permear la vida religiosa de América Latina y el Caribe. No son pocos los que han intentado auscultar las causas de tal fenómeno. Ciertas paradojas han contribuido a ello. Si durante varios lustros fue llegando una nueva generación de religiosos surgidos de todos estos años pletóricos de novedades, quienes ingresaron no colmaron las expectativas de ser los continuadores de los procesos de cambio; por el contrario arribó una generación que con su espíritu neoconservador retornó a usos y costumbres ya superados. El entusiasmo que suscitaba el creciente número de vocaciones para la vida religiosa femenina y masculina dio paso a un vertiginoso declive vocacional, que vino a cuestionar como polo a tierra el otrora lema de ser el “continente de la esperanza”. En las distintas familias religiosas muchos de los más comprometidos y proféticos ya no estaban, por múltiples causas se retiraron, ya no envejecerían con nosotros. Esto produjo un gran vacío, desazón y frustración. Partieron. No refrendaron con su perseverancia la palabra empeñada. Lo que antaño contagió y motivó, por ejemplo, el sueño del Reino, el sueño de la liberación de los pobres y excluidos, la experiencia de Dios, las comunidades eclesiales de base, la lectura orante de la Palabra, el trabajar en lugares de misión, populares y con los desheredados de la fortuna, hoy se relativiza, se cuestiona o simplemente se ignora por los religiosos más jóvenes o por quienes ejercen los liderazgos al frente de las comunidades. A todo esto tenemos que agregar el sinnúmero de escándalos afectivos, financieros y de manejo no sano del poder que al hacerse globales a través de los medios de comunicación han minado la credibilidad de la Iglesia, de la vida religiosa y de la confianza de los jóvenes por formar parte de esta.
A lo dicho, para el caso particular de Colombia, hay que añadir que la cultura de la violencia y la cultura del narcotráfico, prolongadas durante décadas, trajeron para la vida religiosa otra paradoja que contribuyó con su cuota al desencanto. Si bien de una parte hubo minorías en todas las congregaciones religiosas que ejercieron una tarea profética, de contracultura misional y de compromiso hasta el heroísmo frente a los actores del conflicto armado, y no se vendieron ni cayeron en las garras de las fieras del narcotráfico, llegando incluso a pagar con su vida, también es cierto que lenta e imperceptiblemente, con grados de connivencia diferenciados, unos más conscientes que otros, se permitió que la violencia y el narcotráfico también tocaran con su ethos la vida religiosa; y sin saber cómo ni cuándo, dañó su tejido colectivo, deterioró sus buenas prácticas, minó la confianza colectiva, afectó a los liderazgos espirituales y produjo una honda crisis espiritual, fragmentando a las generaciones y produciendo una ruptura con lo bueno heredado del pasado, de lo cual todavía no se ha logrado recuperar.
El sexto movimiento es el contemporáneo En salida. Frente al anterior panorama aparecen las preguntas: ¿por qué tenemos que seguir así? ¿No podemos ser religiosos de otra manera? ¿Qué tendríamos que hacer para generar una nueva cultura en el interior de la vida religiosa? ¿Cuál es el estilo de vida que debemos construir? ¿Nos sentimos llamados a ser protagonistas de una nueva etapa de su historia? No es de extrañar la singular acogida que ha tenido, particularmente entre los integrantes de la vida religiosa, tanto la Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium como la convocatoria al Año de la Vida Consagrada del papa Francisco. Un programa audaz para la transformación misionera de la Iglesia y para la evangelización del mundo actual más que para la autopreservación. Al señalar que todos los agentes pastorales y toda la Iglesia se pongan en salida, invita “a todos a ser audaces y creativos en esta tarea de repensar los objetivos, las estructuras, el estilo y los métodos evangelizadores de las propias comunidades”.
En salida es el despegue de la vida consagrada hacia un nuevo paradigma, cuyo primer paso implica que hay que pasar de mirarse a sí mismos, ahogados por los problemas internos, a descentralizarse en una dinámica misionera que insuflará conversión y nueva vida a los actuales protagonistas de la vida consagrada. Tal paradigma debe construirse a partir de ciertas notas distintivas en las cuales ha insistido el papa Francisco: profundidad de vida, talante alegre, animación desde el contacto con la gente, “oler a oveja”, audacia, creatividad y autenticidad. Todo esto dentro de un clima de esperanza que suscite la capacidad de comenzar algo nuevo en el mundo, una especie de segundo nacimiento a través de la Palabra y la acción.
El futuro que vendrá
La mirada retrospectiva que hemos intentado reconstruir de estos últimos cincuenta años de la vida religiosa nos muestra que ante las continuas novedades hubo ciertamente múltiples resistencias y tensiones, pero, en general, se dio apertura y se generó toda una recepción creativa. No olvidemos el contexto, fueron décadas de grandes cambios en todas las instituciones y países, no fue un fenómeno exclusivo de la vida religiosa o de la Iglesia. Era un espíritu común a toda una época que tuvo sus manifestaciones en las artes, la literatura, el teatro, el cine, la cultura, la política (revoluciones sociales), la educación y, por supuesto, también en la vida consagrada.
Lo que en resumidas cuentas vino a suscitar todos estos movimientos fue un nuevo modo de estar en el mundo de la vida religiosa. Una inculturación ya no de grandes equipos en número y recursos, sino de pequeñas fraternidades más dinámicas y coherentes, más evangélicas. Atrás fueron quedando las estadísticas cuyos guarismos hacían sentir a sus miembros cierto orgullo de pertenecer a una gran congregación, poderosa e influyente, presente prácticamente en todos los países del mundo. Valga el ejemplo de los Hermanos Lasallistas quienes en 1965 eran 16.860, en 1980 descendieron a 10.260 y en 2014 la estadística de personal marcaban los 3.750. Las cifras hablan por sí solas. Apareció una vida religiosa que es más signo que número, con todo lo que un signo significa.
La vida consagrada salió purificada y fortalecida de toda esta historia. Ya no será la misma de antes, pero se enrumba vigorosa hacia una nueva etapa de su historia. Cuenta con unos núcleos patrimoniales sólidos, a los cuales no puede renunciar, pues son la herencia preciosa que le legaron los avatares de esta historia cincuentenaria. Entre otros podríamos señalar: una identidad clara de su propia naturaleza y sus fines; un posicionamiento colaborativo frente a la misión; una espiritualidad renovada, más mística y profética; un talante de compromiso con los más pobres y la justicia; un liderazgo de intervención en la realidad sapiencial y sabio; una vida fraterna en comunidad más humana y sencilla; una vivencia de los consejos evangélicos y de los votos más madura y armónica; una apertura y aceptación de la diversidad de sus miembros más caritativa e incluyente. En síntesis, es una vida religiosa más signo significante, grano de mostaza y fermento dentro de la masa, libre y autónoma frente a los poderes temporales, más cercana al ideal evangélico y a los carismas que le dieron vida.
Nos encontramos, pues, transitando por tiempos de balance, de evaluación, de revisión de vida, de memoria sobre la historia transcurrida. Vivimos tiempos serenos, de no radicalidad, por tanto, fecundos y prometedores para la hoja de ruta que estamos llamados a construir para los próximos años. Son tiempos de conversión y de profundización espiritual, para asumir el futuro que viene en espíritu de discernimiento, previa una escucha atenta y disponible ante lo nuevo que Dios va irrumpiendo en el presente de nuestra historia. Como escribió, si la memoria no me falla, Tagore: “Todo nuevo niño que nace en el mundo es la promesa y la esperanza de que Dios sigue confiando en la humanidad a pesar de todo”. Parafraseando su pensamiento podríamos decir: todo joven que ingresa a la vida religiosa es la promesa y la esperanza de que Dios sigue confiando en la vida consagrada a pesar de todo.
Me disponía a cerrar la escritura de este capítulo en este punto, mas tuve que suspender, pues tenía que ir a clase a la Universidad, se me había hecho tarde, allí mis estudiantes son jóvenes formandos de diferentes congregaciones religiosas. Iba raudo por el pasillo próximo al aula, cuando uno de ellos se me acerco y me dijo a quemarropa: “Le tengo una mala noticia”. Tan solo tuve tiempo de decirle: “¿y eso?”, al instante respondió: “¡se retiró Julio César!” (un joven muy apreciado por sus compañeros, iba en su segundo año de formación, era consenso entre los profesores que tenía madera para ser un buen religioso )…, me quedé impresionado por unos segundos. Reaccioné y le respondí: “en la vida religiosa, en últimas, siempre es un misterio por qué alguien ingresa, por qué persevera o por qué se retira”. Entramos al aula…, recordé lo que minutos antes había escrito retomando a Tagore… ya no estaba tan convencido de lo que le acaba de decir a mi alumno…, me quedé en profundo silencio.
Capítulo 3
El itinerario lasallista en la construcción de su identidad
En la tradición espiritual lasallista tiene particular acento la confianza en la providencia de Dios, que guía la historia, “como quien se lanza a la mar en una barca sin velas ni remos”. Durante muchas décadas y siguiendo la teología de su tiempo se entendió de una manera no afortunada, se interpretaba como que había que dejar todo en manos de Dios, diluyéndose así el protagonismo de los demás actores de la historia. La autonomía y la responsabilidad personal eran delegadas en una imagen de Dios providente, quien no iba a descuidar a los que se le consagrasen. Se reforzaba este enfoque con la autoridad del Evangelio: “No anden preocupados por la vida, pensando qué comerán, ni por el cuerpo, discurriendo con qué lo vestirán […] Miren las aves del cielo: no siembran, ni cosechan, ni recogen en graneros, pero el Padre celestial las alimenta. […] Observen los lirios del campo, cómo crecen; no se fatigan, ni hilan. Les aseguro que ni Salomón, en todo su esplendor, se vistió como uno de ellos. Pues si Dios viste así a la hierba del campo, que hoy es y mañana se echa al horno, ¿no los vestirá mejor a ustedes, hombres de poca fe?” (Mt 6, 25-30).
Se trataba, entonces, de una espiritualidad en la que hacer la voluntad de Dios, de cierta manera, era negar la libertad de la persona, a la cual no le quedaba otro camino que ejecutar los designios de Dios preconcebidos y delineados desde el principio, como los planos de un arquitecto o el mosaico de un artista. La nueva teología previa al Concilio Vaticano II, que se constituirá en su fermento, va a desarrollar una mirada nueva de la acción providente de Dios en la historia. De ahí en adelante, Dios es concebido como un pedagogo que demanda nuestra participación en libertad. Hacer la voluntad de Dios conlleva el riesgo de ejercer la libertad responsablemente. Se trata, pues, de tomar la construcción de la historia en las propias manos, y con inteligencia, planificación y administración hacer acontecer lo nuevo decidido en el discernimiento comunitario.
La práctica de este tipo de discernimiento, donde se interceptan dos realidades complementarias: la acción del Espíritu, de un lado, y el comportamiento activo y creativo de la persona y el grupo, del otro, va dejando atrás tres comprensiones inadecuadas de la intervención de Dios en la historia. La primera, la total independencia entre la acción del Espíritu y el actuar humano; la segunda, el actuar humano es producto de la acción del Espíritu y, la tercera, la acción del Espíritu está determinada (supeditada) al actuar humano. De esta manera aflora una perspectiva nueva: la acción del Espíritu y el actuar humano son de naturaleza diversa, pero interdependientes, media la libertad de los hijos de Dios. Así desaparece el providencialismo paralizante, dando paso a un empoderamiento de la propia vida y de la historia, creativo e innovador. Se actualiza el antiguo aforismo atribuido a san Agustín “Ora como si todo dependiera de Dios, trabaja como si todo dependiera de ti”, o la versión atribuida a san Ignacio de Loyola “Actuar como si todo dependiera del hombre, confiar como si todo dependiera de Dios”. Que en palabras de san Juan Bautista de La Salle equivaldría a “No hagáis diferencia entre los deberes propios de vuestro estado y el negocio de vuestra salvación y perfección” (CT 16, 1, 4).
Cuando esta renovada aproximación teológica tocó a las puertas de la congregación lasallista se desencadenaron unas fuerzas creativas que antes estaban como ocultas y en ocasiones reprimidas. Se produjo un efecto liberador. Se desataron muchas amarras, los Hermanos comenzaron a dar su propia palabra y las comunidades a empoderarse de su futuro. Contribuyeron grandemente a este propósito, en el Instituto, unos capítulos generales con metodologías participativas, prospectivas con estilo de asamblea democrática de debate abierto y concertación. Y, en las bases, la creación de los capítulos de distrito, herramienta de gran poder transformador, conformados por elección popular, para que en lo local se evaluara, proyectara y se tomaran decisiones de acuerdo con las realidades y necesidades.
Se pasó de un Instituto rígidamente centralizado con distritos, comunidades y Hermanos pasivos a un Instituto con organismos deliberativos, con estructuras y personas proactivas y protagonistas de su propio devenir. Mirando a la distancia podemos afirmar que durante estos años los Hermanos Lasallistas atravesaron aceleradamente, y valga la comparación, por las cuatro actitudes básicas del crecimiento de los seres humanos: de la dependencia del niño se pasó a la contradependencia del adolescente, de esta a la independencia del joven para llegar, finalmente, a la interdependencia del adulto. Explicando un poco tendríamos que: de una vida religiosa infantil lentamente se fue madurando hacia una vida religiosa adulta, con la travesía previa por las necesarias crisis de rebeldía y total independencia de las etapas intermedias de la vida.
En medio de todo el anterior proceso, el cuerpo de la sociedad se fue haciendo cada vez más consciente de que el mundo moderno le estaba interpelando fuertemente, a la vez que le exigía que hiciera una reflexión rigurosa de sí mismo, para replantearse su ser y su naturaleza profundos. Igual que en otras organizaciones e instituciones, a lo largo y ancho del planeta, se comenzó a experimentar la urgente necesidad de examinar la propia razón de ser, la naturaleza misma del existir en un mundo en total mutación. Había un gran desfase entre el rumbo que tomaba la historia y el anquilosamiento de la vida religiosa lasallista. Así es como el Instituto lasallista se embarca en una trascendental búsqueda de puesta al día en fidelidad creativa de su identidad carismática de Hermanos.
Ondas creadoras de nueva identidad
El Vaticano II al zarandear las aguas tranquilas en que se había sumergido la Iglesia comenzó a suscitar una serie de ondas de vida, que se entrechocaron entre sí produciendo poco a poco transformaciones no previstas desde el comienzo. Los decretos: Presbyterorum ordinis, sobre el ministerio y vida de los presbíteros, que entiende el ministerio sacerdotal como ministerio apostólico; Perfectae caritatis, sobre la adecuada renovación de la vida religiosa, que ve a la persona consagrada como signo de vida futura; Apostolicam actuositatem, sobre el apostolado de los seglares, con su teología del laicado, cuya referencia fundamental es el bautismo, en el que cada cristiano es consagrado para ser y vivir en el mundo como sacerdote, profeta y rey; situados y leídos dentro del conjunto de las cuatro constituciones centrales: Lumen gentium, sobre la Iglesia; Dei verbum, sobre la divina revelación; Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia; y Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, van a posicionar entre los sacerdotes, religiosos y laicos la pregunta por el sentido en la necesaria confrontación con el otro.
¿Qué significa ser sacerdote?, ¿quién es un religioso?, ¿cuál es la naturaleza del laico? eran temas que merecían un análisis detenido y riguroso. Las tres identidades se ven interpeladas fuertemente de tal manera que se desencadena una reflexión y búsqueda de impredecibles consecuencias. Cincuenta años después podemos afirmar que la vida religiosa es la que ha logrado una mejor reconfiguración de su teología como vida consagrada, la cual le ha permitido ir dibujando un nuevo rostro. No ha ocurrido de la misma manera con los laicos y los sacerdotes. Si bien hoy constatamos que ambos se comprenden de una manera muy diferente de como se pensaban antes del Concilio y viven sus roles de una forma nueva les falta un largo camino por recorrer en la autodefinición de su naturaleza. Para el caso de los cristianos laicos todavía no es suficiente el número y calidad de teólogos nacidos en su seno que con autonomía y conscientes de su protagonismo en la Iglesia se digan a sí mismos: ¿quiénes son?, ¿cuál es su identidad?, ¿qué espiritualidad necesitan?, ¿para dónde deben ir en la Iglesia? No se puede esperar a que los sacerdotes o los religiosos los remplacen en estas tareas inaplazables. Ello será garantía de su vitalidad y participación proactiva en el futuro de la Iglesia.
Figura 3. Ondas creadoras de nueva identidad

Fuente: elaboración propia.
En cuanto a los sacerdotes todavía quedan muchos temas pendientes por resolver. Tal vez el más debatido, sin que por ello se haya llegado a una solución satisfactoria, ha sido el de si se pueden casar o no. Al lado de este se encuentra el de si las mujeres pueden acceder al sacerdocio o no. Junto a ellos se podrían agregar otros asuntos, tales como: la democracia en la Iglesia, la elección de obispos, el primado del papa, la vigencia de los nuncios, el problema del poder, etc. Cuestiones que la sociedad actual interpela y a las cuales hay que atender y estudiar. ¿Cuáles serían las mejores soluciones para la misión de la Iglesia y la evangelización del mundo? El fondo de la cuestión es que todavía no se ha profundizado lo suficiente en la comprensión del ministerio y la vida de los presbíteros, según el Concilio Vaticano II. También en este punto queda un largo y arduo trayecto por caminar.
No es el centro de este capítulo el ahondar en el itinerario de la identidad sacerdotal o en la de los cristianos laicos, tampoco en la de la vida religiosa en general. El propósito es dar una mirada a qué le ocurrió a los Hermanos en ese proceso de madurez eclesial que desencadenó el Vaticano II, ¿qué sucedió cuando su identidad carismática fue sacudida por las ondas de vida suscitadas por el replanteamiento en simultáneo de la identidad de los sacerdotes y de los laicos? Observar ese momento en que las aguas se agitaron produciendo fuertes ondas que interactuaron entre sí, con una energía tal que provocaron reacciones de parte y parte, que permitieron que cada uno saliera fortalecido en la comprensión de sí mismo.
Hermanos: ayer, hoy y mañana
Los Hermanos Lasallistas hacen parte de la tradición histórica de la vida religiosa, que desde sus orígenes nació laical. Son religiosos hermanos de una congregación laical que tiene un carisma, una espiritualidad y una misión laical. Las distintas generaciones que se han ido sucediendo desde los inicios se han preocupado para que las intenciones carismáticas del Fundador y sus primeros compañeros fueran encarnadas en tiempos y modos diferentes, y la identidad carismática de Hermanos se inculturara y actualizara en formas nuevas según los tiempos lo fueran exigiendo.
La comprensión progresiva de la teología del carisma en la etapa posconciliar permitió diferenciar entre: carisma de fundador, carisma del fundador y carisma fundacional. El carisma de fundador se refiere a la inspiración de fundar y el camino seguido para fundar; indica los dones que el Espíritu hace a uno o más fundadores en vista a la creación de una nueva institución de vida consagrada en la Iglesia para el mundo. El carisma del fundador es esa nueva manera de comprender y vivir el Evangelio, esa experiencia del Espíritu vivida por el fundador, que contiene como en una especie de código genético las intencionalidades y el proyecto de vida fundantes, fruto de la inspiración primigenia. Y el carisma fundacional es esa experiencia personal-comunitaria vivida por el grupo de los orígenes, ese desarrollo compartido del carisma del fundador que se encarna en la vida de los primeros miembros, en su historia. Esta trilogía ayudará a visualizar el carisma del instituto como esa relectura colectiva permanente del carisma del fundador y del carisma fundacional que entran en contacto con las nuevas situaciones históricas.
En resumidas cuentas, lo que aporta la teología del carisma es un emprendimiento novedoso, la fidelidad creativa a la herencia recibida del Fundador y de los primeros Hermanos, ya que toda identidad carismática posee dos dinamismos internos: el primero, en la medida en que se le vive se le comprende mejor, porque el misterio del seguimiento de Jesús, al estilo de un fundador, es insondable e inagotable y, el segundo, el que su interpretación no es un hecho cumplido de una vez y para siempre, ya que cada generación está llamada a hacer progresar su interpretación a partir de las realidades novedosas de su propio momento histórico. Así es como la identidad carismática dejó de ser vista como estática, cual legado inamovible transmitido por el fundador a los primeros discípulos, para entenderse como una herencia destinada a ser revivida y reactualizada por los seguidores de ayer, de hoy y de mañana.
Esta herencia, dentro del lapso que nos ocupa, ha tenido que ser custodiada, profundizada y desarrollada. Custodiada porque no siempre fue comprendida llegando a debilitarse o distorsionarse ante las críticas que se hacían, que se dirigían más que a la identidad en sí misma a ciertas manifestaciones de su vivencia que, ciertamente, eran cuestionables. Profundizada gracias al renovado interés por los estudios y las investigaciones de la vida, la obra y el pensamiento del Fundador y de la historia de la Congregación. Desarrollada por las especificidades de cada región y país, al poner por obra todas las potencialidades presentes en esta como en germen, desde los inicios de la fundación del Instituto.
La primera y principal onda concéntrica que se origina a partir de la comprensión de una identidad carismática de Hermanos no estática, sino dinámica, fue la renovación de la mirada sobre la propia naturaleza y misión. Esta ha quedado excelentemente plasmada en tres documentos que fueron sucediéndose a través de las décadas. El primero, La Declaración sobre el Hermano en el mundo actual, de 1967; el segundo, El Hermano en los Institutos Religiosos Laicales, de 1991, y, el tercero, Se llamarán Hermanos, de 2013. Nada mejor que remitirse directamente a estos por su riqueza doctrinal e inspiración profética para profundizar en la actualización novedosa alcanzada por los Hermanos en su búsqueda de inculturar los elementos constitutivos de su vocación: misión-consagración-comunidad, en una síntesis viva y con una espiritualidad integradora. Allí quedan consignados, como expresión nueva, la perenne e indisoluble unidad entre todas las dimensiones de su vida de Hermanos.
No fue sereno y tranquilo el alcanzar esta autodefinición contemporánea en fidelidad creativa al legado del Fundador y los primeros Hermanos, fue como navegar por aguas agitadas y encrespadas. La segunda onda concéntrica se va a tornar para los Hermanos como en una especie de remolino peligroso para su identidad. El Concilio Vaticano II había dado un espaldarazo a favor de la vida religiosa laical en el atinadísimo numeral 10 del Decreto Perfectae caritatis que dice: “La vida religiosa laical, tanto de hombres como de mujeres, constituye en sí misma un estado completo de profesión de los consejos evangélicos. Por lo tanto, estimándola altamente el sagrado Concilio, por ser tan útil para el oficio de la pastoral de la Iglesia en la educación de la juventud, en el cuidado de los enfermos y otros ministerios, confirma a sus miembros en su vocación y los exhorta a que ajusten su vida a las exigencias actuales”. Con estas líneas venía a ratificar el camino emprendido por los Hermanos desde los años cincuenta, para la clarificación teológica y eclesiológica de su identidad religiosa laical como Instituto.
Sin embargo, el mismo numeral 10 de Perfectae caritatis a renglón seguido va a introducir un planteamiento que se prestó a una saludable controversia, dice así: “El sagrado Concilio declara que nada obsta a que, en los Institutos de Hermanos, permaneciendo firme su carácter laical, por disposición del capítulo general, algunos de sus miembros reciban las sagradas órdenes, a fin de atender a las necesidades del ministerio sacerdotal en sus propias casas”. Entre los Hermanos Lasallistas de los años sesenta la pregunta ¿introducir o no el sacerdocio? se conoció como “la cuestión del sacerdocio”. Recordemos que en aquel tiempo quienes eran ya religiosos adultos habían ingresado a la congregación prácticamente desde niños, algunos de ellos siguieron, pero sin una verdadera vocación de Hermano, por el contrario, se sentían llamados a la vida sacerdotal, mas no daban el paso de cambiar de estado, llevando una vida dicotómica y fragmentada entre lo que eran y lo que deseaban realmente. Llega la coyuntura del Concilio, entonces se desencadena en ellos una especie de anhelo por seguir perteneciendo a la congregación lasallista, pero dentro de una identidad diferente, como presbíteros. Hubo de todo: debates, encuestas, peticiones, confusiones, dudas, salidas. La congregación tomó el camino correcto, estudió el asunto muy seriamente y en el 39º Capítulo General, de 1966-1967, ratificó la identidad como Hermanos y mantuvo el carácter laical del Instituto.
Como cuerpo de la sociedad, los Hermanos habían respondido con un rotundo no a la introducción del sacerdocio en la congregación. Gracias a la perspectiva que proporciona la distancia de los acontecimientos hoy podemos corroborar que sin duda fue una decisión profética y visionaria. Una toma de decisiones contraria habría sido un gravísimo error de comprensión de la identidad carismática de Hermanos. Mas el discurrir de la vida continúa, el tiempo y la historia no se detienen, aparece la tercera onda concéntrica: los efectos del protagonismo de los seglares en la Iglesia promovido por el Concilio. Al igual que la anterior va a agitar fuertemente las aguas de la identidad lasallista. Si al dilema sobre aceptar o no el sacerdocio en el Instituto, la respuesta había sido negativa; a la novedad de compartir la misión y el abrir la asociación para el servicio educativo de los pobres a los cristianos laicos, la respuesta fue positiva.
Así es como, durante las últimas tres décadas, se fue dando una evolución en la forma como los lasallistas (Hermanos y colaboradores seglares) se veían y se situaban, bien lo expresa la Circular 461, de 2010: “El cambio de vocabulario en el Instituto subraya una evolución: Familia Lasallista (Capítulo General de 1986), Misión Compartida (Capítulo General de 1993) y Asociación (Capítulo General de 2000). Esta evolución conduce, aunque con modalidades y ritmos diferentes según la Región y el Distrito, a estructuras organizativas de diálogo, de discernimiento y de toma de decisiones en las que todos los lasallistas, incluidos los Hermanos, participan al mismo nivel”. Tal dinamismo se concretó en el agenciar la misión educativa lasallista de manera colaborativa, cooperativa, compartida.
Ciertamente, tampoco fue fácil encontrar el camino nuevo de colaboración entre Hermanos y seglares. También hubo de todo: Hermanos, comunidades y distritos que acogieron creativamente, como una gran oportunidad, el nuevo rumbo, así como otros que lo rechazaron totalmente; experiencias de capítulos generales, capítulos distritales, consejos de distrito, y casas de formación donde se integraron cristianos laicos y Hermanos, al igual que otros que no lo vieron viable ni pertinente. El caminar fue mostrando que había que crear estructuras nuevas y procesos de formación diferenciados. Entonces aparecieron las Asambleas Internacionales para la Misión Educativa Lasallista (AIMEL) con participación de delegados seglares y Hermanos, con sus correspondientes Asambleas Regionales para la Misión Educativa Lasallista (MEL Regionales) y las Asambleas Distritales para la Misión Educativa Lasallista (MEL Distritales); también surgieron los Consejos MEL (tanto internacional como regionales y distritales) y una serie de procesos de formación cuyos destinatarios principales eran los seglares lasallistas comprometidos con la misión. De esta manera, los capítulos generales y distritales como los otros organismos de la animación propiamente religiosa de la congregación volvieron a ser conformados exclusivamente por Hermanos.
Todo lo anterior llevó a los Hermanos a reflexionar sobre la pregunta: ¿qué es lo que se comparte? La experiencia ha ido mostrando que se da un itinerario de acción en al menos seis frentes que a medida que se cualifiquen y perfeccionen irán configurando un nuevo modo de ser de la identidad carismática lasallista. En este orden de ideas, se comparte: el ser (el carisma, la espiritualidad), el hacer (la misión educativa), el saber (la pedagogía lasallista), el poder (gestión, cuerpos colegiados, trabajo en equipo, toma de decisiones), el tener (los recursos) y el estilo de vida (fraternidades, comunidades de vida). De esta manera, las obras educativas lasallistas serán más lasallista en tanto vayan perfilando las mejores prácticas para ser llevadas “juntos y por asociación” dentro del espíritu de la misión compartida.
Del anterior entrechocar de las tres ondas de vida, como deliberadamente las hemos llamado, podemos concluir que resultó más vida y vida en abundancia. Los Hermanos precisaron su identidad carismática evitando confusión de roles y valorizando la vocación específica de los otros ámbitos. Los seglares han ido haciendo su camino tras la clarificación de su naturaleza y su misión dentro de la Iglesia, del mismo modo que su participación en la familia carismática, en la cual comparten el trabajo y la vida. Los sacerdotes conocen mejor la vida religiosa y respetan los espacios que han ido ganando los cristianos laicos. Sin duda alguna, después de cincuenta años, para todo el pueblo de Dios, se ha ido construyendo una nueva manera de ser Iglesia.
Dentro de este marco ha de considerarse una paradoja, como nunca antes en la historia de la congregación lasallista la identidad carismática de Hermanos ha sido tan diáfana y necesaria; sin embargo, los religiosos veteranos envejecen y las nuevas vocaciones todavía no repuntan en el número anhelado. El futuro de la vitalidad del Instituto se avizora, como un duelo perpetuo entre la vida y la muerte.
Cerremos, pues, estas reflexiones con una nota plena de esperanza. Se encontraba el Hermano José Pablo Basterrechea, antiguo Superior General, ya fallecido, en una visita pastoral a uno de los distritos lasallistas de Asia. Corrían unos años en los que se experimentaba fuertemente en todos los países las salidas numerosas de religiosos hermanos y el aumento de la edad promedio de quienes perseveraban. Se encontraba explicando tal fenómeno y sus proyecciones durante una rueda de prensa, cuando un periodista levantó la mano y preguntó: “¿Superior General, cuándo se acabarán los Hermanos?”, la respuesta de José Pablo fue fulminante: “¡Nunca!”. Pasaron unas fracciones de milésimas de segundo, en las cuales los oyentes experimentan esa tensión típica que produce la expectación ante una respuesta. El Hermano continuó: “Mientras en la humanidad haya niños y jóvenes a quien educar siempre habrá Hermanos. Mientras en el planeta quede un rincón en donde se encuentren niños y jóvenes pobres, deseosos de que alguien les tienda la mano y los libere a través de la educación, la vocación de los Hermanos tendrá sentido y seguirán existiendo”… transcurrieron otras milésimas de segundo… y el Hermano José Pablo le devolvió la pregunta al periodista: “¿Podría decirme usted, cuándo se acabarán en la humanidad los niños y los jóvenes más pobres?”... Hubo sonoros aplausos.
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