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Capítulo III: 180 días en Siria

—¿Usted es el que envió la empresa a recogernos? —preguntó a los gritos Murat mientras con su aliento intentaba calentarse las manos

—Sí, yo soy el pequeño Balik. ¿Usted es el señor Murat Padmuck? —preguntó y respondió con una graciosa voz de payaso que era incompatible con su tamaño y aspecto.

—Eh, sí... somos —corrigió—. Soy el señor Pamuk. Mucho gusto. —Murat extendió su mano para saludarlo cordialmente, saludo que fue recibido con la misma cordialidad—. Y ellos son mi familia: Khan, Farah, Abdel y mi esposa Annesa. —Señalando a cada uno de ellos, los presentó rápidamente.

—¡Mucho gusto a todos! —exclamó el Pequeño. ¿Cómo estuvo el viaje? —preguntó a toda la familia.

—Bastante tranquilo, gracias a Dios. ¿Hace frío del fuerte acá, no? —le responde Annesa.

—Usted es la señora Padmuck. ¿Verdad?

—Eh, sí, o eso dice mi pasaporte...

Balik sin mediar se arroja a abrazar a Annesa como signo de una calurosa bienvenida.

—¡Oh! —exclama Annesa—. Creí que Murat ya nos había presentado. —A la sonrojada mujer, al igual que a toda la familia se les escapa una pequeña risita.

—Sí, hace frío acá. —Balik suelta una fuerte risa totalmente inesperada para todos, sin saber qué hacer, comenzaron a reírse mirándose entre todos.

Ya habiéndose presentado todos, comenzaron a caminar para salir del aeropuerto. Como era relativamente pequeño y no había mucha gente en él, no fue mucho lo que les tomó llegar a la salida. Ya una vez afuera, el viento helado soplaba fuerte y su presencia no se hacía ignorar. El monstruo que había tenido su última mejoría en el 99 era igual que por adentro, descuidado y abandonado, poseía grandes ventanales y un color mostaza bastante desagradable que cubría su extenso frente, obviamente jamás estaría a la altura de Estambul, o eso pensaban todos en su interior. En la vereda habían muchos taxis y personas de todas las etnias que uno podía imaginar gritando distintas cosas en muchas lenguas diferentes, era realmente difícil orientarse si no había nadie que te guíe. Lo único que por desgracia se les hacía ya conocido a la familia era la fuerte presencia militar, ya que habían estado prácticamente rodeados por ellos desde que bajaron del avión, y la calle no sería la excepción a esta regla... ¡Estaban por todos lados! Esquinas, puertas, ventanas, autos, camiones. Una triste realidad la que le tocaba transitar a esa tierra.

—¡Señor Padmuck! —gritó Balik—. Allá está nuestro auto, vengan todos conmigo. —Luego de haber estado esperando en las puertas del Aeropuerto unos 10 o no más de 20 minutos su transporte, por fin había llegado su carruaje... una pequeña combi Mitsubishi blanca, de dudosa procedencia y aún más dudoso era su estado.

—Señor Balik, por cierto. Es Pamuk, no Padmuck —dijo Farah prácticamente a los gritos, dado el gran tumulto de gente y ruido que había ahí no se escuchaba nada.

—¿Cómo dijo, mi niña? ¡Repíteme sin miedo! ¡Habla más alto que no escucho del oído izquierdo! ¿Qué dijiste? —dice Balik caminando en el medio de la calle gritando aún más fuerte que Farah.

—Eh, em. —Farah no sabe qué decir y queda tartamudeando—. ¡Deje! No importa. —Sale a cortar la conversación Murat para salvar a la niña de un incómodo momento.

Ya una vez subido casi todo en la pequeña combi, salió a saludarlos el chofer designado por la compañía, sería el señor Iskander Kaya, era bajito y gordo, con unos enormes ojos marrones, tan oscuros como la misma noche, pero a pesar de todo, tenía una apariencia bastante cuidada. Hombre nacido y criado en Turquía siempre repetía con orgullo que había emigrado a Siria por trabajo hacía más de 10 vueltas al sol, él decía que ese "vertedero de mierda" era su lugar en el mundo y ninguna guerra ni dictador lo sacaría de Alepo. Recibió a la familia y a su futuro jefe con un saludo bastante cordial y con una cálida bienvenida en el nombre de todo el pueblo de Siria "Pueblo más fuerte no existe en la tierra", gritaba. Sin muchas más vueltas los invitó a subir a su camioneta. Cuando ya habían entrado se escuchaba al primer avión aterrizar desde la suya. Los 3 jóvenes se pegaron como pudieron a la ventana que daba hacia el Aeropuerto y su pensamiento más automático fue ojalá no lo hubiéramos hecho... Eran 2 aviones de guerra tipo caza, no tenían ningún distintivo ni parecían cargar armamento.

—Entonces díganos, señor Balik. —En un intento desesperado por sacar conversación para olvidar lo que acababa de ver, Farah le pregunta al Pequeño—. ¿Por qué no escucha bien de un oído?

—Hará unos 5 años, en un atentado en el cual tuve la desgracia de pasar caminando muy cerca, la explosión me sacó la totalidad de la audición del oído izquierdo. Pero, bueno, al menos tuve más suerte que las 76 personas que murieron. ¿No? —ríe morbosamente Balik.

La camioneta dentro de todo funcionaba bien y era cómoda, si bien no era muy grande, pero como ellos eran pocos, estaban todos cómodos. En los asientos de adelante iban Iskander y Balik como copiloto, en la fila del medio Annesa y Murat y por último, en la tercer fila iban Khan, Abdel y Farah y detrás de ellos todo el equipaje. La ciudad terminó siendo sorprendentemente grande para sorpresa de ellos, o por lo menos para la de Farah, ella esperaba encontrar un pueblito devastado, y la verdad es que era una urbe enorme, cosmopolita y de todos los colores, cada tanto se veía algún edificio o casa destruido y, como las manchas en un panda, los militares estaban por todos lados.

—Señor Balik, ¿por qué hay tanta presencia militar? ¿Estamos en una guerra o algo? —pregunta Farah algo desconcertada por lo que veía.

—¡No me digas, señor! ¡Si tengo prácticamente tu edad! ¿Tú cuántos tienes? ¿17, 18? ¡Yo tengo 45! —ríe Balik—. ¡Soy todo un niño! ¿Farah, no?

—Sí, señor... Eh, em. ¿Balik?

—¡Decime Pequeño! Así es más fácil. Bueno, Farah, la cuestión es esta: hace unos meses hubo una marcha muy grande en contra del gobierno, lo que llevó a una fuerte intervención de las fuerzas de seguridad, desde ese momento a veces hay atentados, tropas paramilitares y por supuesto bastante presencia militar del gobierno. Igual por los países de esta región es normal esto, hay muchas religiones y muchas de ellas son practicadas desde el fanatismo, también por el petróleo en los países vecinos se ha peleado bastante. La gente de acá ya está acostumbrada, y si van a vivir acá, les recomiendo que naturalicen estas cosas.

—¿Se podrá? —pregunta Abdel.

—¡Pero sí, hombre! —exclama a los gritos Balik—. Los humanos somos animales que nos manejamos por costumbres y rutinas, háganme caso, cuando se adapten lo van a naturalizar tanto que hasta reconocerán a los paramilitares que están encubiertos, créanme. ¡Por ejemplo! —vuelve a gritar—. ¿Ven ese hombre corpulento parado en esa esquina hablando con esa mujer toda de negro?

—Sí —afirman todos.

—Bueno, ese es un soldado del movimiento Isis, te das cuenta en su mirada, es fría y penetrante.

—¿Fría y penetrante? Ah, bueno... —dice a las carcajadas Iskander.

La verdad era que ese hombre tenía una mirada común y corriente, seguramente Balik estaba mintiendo en cada una de sus palabras, pero la otra verdad es que ellos eran una familia que venía de una acomodada vida y que nada sabía de Siria o guerras; pero Balik ante ellos estaba quedando como un conocedor y eso a él le gustaba y a Iskander le causaba gracia.

—¿Qué es el movimiento Isis? —pregunta Annesa.

—¡Nadaaa! —dice Iskander—. Son unos locos que quieren hacer un país completamente islámico. Si se les ocurre aparecer van a ser aplastados por el poder de nuestras fuerzas armadas. Van a ver.

Iskander estaba a favor del régimen de Bashar al-Ásad, él decía que era un excelente gobernante y militar. El turco de nacimiento era todo un nacionalista, mucho más que la mayoría de los sirios y apoyaba cualquier medida con tal de defender a la que consideraba como su patria.

—¿Y de la guerra civil? —pregunta Balik —. Sabes tan bien como yo que acá se viene en cualquier momento. ¿Van a salir a matar también a su propia gente?... Como ya lo hicieron antes.

—Si fuera necesario... Sí —responde tajantemente Iskander.

Balik estaba fuertemente en contra del actual presidente de Siria, él opinaba que era un cobarde dictador, que solo pretendía quedar bien con las potencias extranjeras y el dinero que le daban las políticas neoliberales para financiar los ejércitos con los que reprime al pueblo.

—¡Nuestro presidente nos dio derechos que nunca tuvimos! —grita Iskander—. Él va a sacar este país adelante, sea por palabras o por las balas, pero así será.

—¡Pues ojalá que ninguna de esas balas te pegue a vos, imbécil! —grita aun con más furia Balik.

—¡SEÑORES, SEÑORES! ¡Cálmense! —sin pensarlo dos veces, Murat decide intervenir, le apoya una mano en el hombro de cada uno—. Caballeros, no peleen por política, todos acá queremos lo mismo, lo mejor para nosotros y para todos los que nos rodean.

Los dos hombres enojados entre ellos estuvieron un rato largo sin siquiera dirigirse la mirada, el ambiente dentro del pequeño monovolumen se volvió bastante desagradable, lo que provocó un silencio generalizado entre todos. El único ruido era el del motor en quinta marcha yendo por la autopista, alejándose unos 20 kilómetros de la ciudad, en dirección al barrio privado donde ellos vivirían. Desde la ventana ya no se veía la ciudad, sino campo. Pero a diferencia de Turquía, esto era desierto y muy desolado.

—Vayan preparándose que ya estamos por llegar...

El viaje había sido relativamente largo, de una hora y media aproximadamente. Lo más destacable para Farah del viaje fue la sorpresa de Alepo, para bien y para mal. Para bien por el tamaño y para mal porque al alejarse del centro había mucha pobreza e indigencia. Quizás Balik no estaba tan equivocado después de todo. A los 10 minutos de su advertencia, después de un roble seco, dobla a la derecha por una calle de tierra y hace unos 5 minutos más hasta llegar al barrio "Esperanza".

—¿Acá es? —pregunta Farah.

—Sí, señorita, acá mismo vivirán ustedes con las demás familias que vienen de Turquía.

—¿Hay más gente turca? —pregunta emocionada Farah.

—Sí —responde Balik—. Son 14 o 15 familias creo, son todos trabajadores de la empresa, y bueno, obvio, entre demás vecinos.

Palabra más, palabra menos, la conversación fue cesando. Se acercaron ante la gran puerta de metal y salió un guardia a pedir las identificaciones. Iskander le explicó que ellos eran los "nuevos", por lo que el guardia les pidió sus nombres y efectivamente figuraban en la lista, sin dudarlo ni un minuto le dio sus respectivas identificaciones a cada miembro de la familia. Acto seguido, se dirigió a su casilla y les abrió el portón eléctrico. Ya dentro del barrio privado, las calles eran de tierra con árboles a los costado y un pequeño río que atravesaba por debajo del puente a unos 30 metros de la puerta, ahí comenzaban las casas, y las callecitas internas. Las casas eran realmente lindas, en su mayoría eran chalés de dos pisos con cochera y frentes muy lujosos. Los autos todos de alta gama y la gente que andaba deambulando estaba vestida muy vistosamente. Definitivamente, si había pobreza en Siria, ahí no lo sabían. Finalmente, luego de un viaje de unas 4 o 5 horas, llegaron a su casa, su nueva casa. De ladrillo a la vista y un ostentoso frente con grandes ventanales y, obvio, la cochera a la derecha. El chalé además de ser muy impresionante, poseía un gran parque delantero con un caminito para la entrada principal y otro para el garaje, y un árbol a cada costado del camino principal. El auto subió al camino para la cochera y toda la familia por fin pudo bajar.

—¿Y cómo entramos? —pregunta riéndose Annesa.

—¡Las llaves las tengo yo! —grita Balik mientras bajaba de la agotada camioneta—. Me las dieron los de la empresa, déjenme bajar.

Cuando Balik baja de la camioneta, debido al sol, una enorme y larga sombra se proyectaba de él. Su considerable altura lo hacía parecer un poste de luz que se movía.

—Déjenme abrir, y les doy las llaves —aclara Balik.

El alto y flaco hombre llegó a la puerta y de su bolsillo derecho del pantalón sacó un manojo de llaves, eran 4 juegos de 3 llaves cada uno y algunas llaves sueltas que debían ser de las puertas internas. En lo que respecta a los juegos, una llave para la puerta principal de la casa, una llave para la puerta del patio y una llave para el garaje. La puerta principal, o sea la del Barrio, no llevaba llave ya que había un guarda de seguridad las 24 horas del día. Balik se quedó analizando unos segundos uno de los manojos para deducir cuál sería la llave de la puerta de la casa. Como no era un hombre muy pensativo decidió probar llave por llave y resultó siendo la segunda que probó. La casa estaba abierta a su nueva familia. La pesada puerta de algarrobo laqueado cuidadosamente al parecer hacía mucho no se abría, ya que rechinó fuertemente, el ruido que por lo general era molesto y nada agradable pero esta vez daba una sensación de ser los primeros en estar ahí en mucho tiempo.

—Tomen las llaves. —Balik le entrega todas las llaves a Annesa—. Creo que ya no tenemos nada más que hacer acá. —Le agarra fuerte las manos a Annesa, lo mira a Iskander y la vuelve a mirar a ella fijamente—. Con todo mi corazón, les deseo la mejor estadía que puedan tener en este pedacito de tierra que, con todos los problemas que tiene, es realmente hermosa.

—Pero, pero... —Annesa se quedó muda sin saber qué decir o hacer.

—Anda, Iska... termina de bajar las cosas de la camioneta así se las ayudamos a entrar todas.

—¿No van a quedarse? —preguntó Murat—. Al menos para mostrarnos la casa.

—No, amigo Murat. No conocemos la casa, nosotros solamente teníamos que traerlos. Ni siquiera vivimos acá —respondió Balik mientras Iskander terminaba de bajar todo el equipaje.

—¿Por dónde viven? —preguntó extrañado Balik pensando que vivían en el mismo barrio que ellos.

—En la otra realidad, Murat —respondió Iskander riendo irónicamente al cerrar la puerta trasera de la camioneta. Lo que provocó un profundo silencio en Murat.

Balik, al ver la incómoda situación que había provocado su amigo, invitó a toda la familia a pasar a la casa. Mirando fijamente a Iskander.

¡La casa adentro era hermosa y gigante! Farah lo primero que hizo fue levantar las persianas y abrir las ventanas. ¡Qué luminosa era! Al abrir la puerta se entraba directamente al living, las paredes estaban pintadas de un suave color crema, con molduras de una muy fina madera, todo sobre el más lujoso piso parqué. Y a su derecha una escalera también en madera muy detalladamente pintada. El living tenía unos 12 metros de largo, 8 de ancho y a su izquierda estaba la puerta que los llevaba al garaje y al fondo la entrada a la cocina comedor, también de soberbias dimensiones. Todo adornado con una cerámica muy reconfortante a la vista y una mesada que era la envidia de cualquier catálogo de casas.

—¿Hermosa, verdad? —preguntó Balik a la familia.

Ni hubo necesidad de una respuesta, el silencio y las caras bastaron. La casa y sus caras hablaban por sí solas. Los integrantes más jóvenes de la familia corrieron hacia la escalera a ver la planta superior de lo que sería su nuevo hogar, por lo que todos los siguieron a los dos apresurados niños. El piso donde se encontraban tenía 4 habitaciones y 2 baños, uno anexado a la habitación matrimonial y el otro para todo el piso. Cada una de las habitaciones era mejor que la anterior, todas con piso parqué, muy amplias ventanas y con aire acondicionado, ya que en verano ahí hacía mucho calor...

—¿TODO ESO TENÍA LA CASA? —preguntó William a Farah muy sorprendido mientras ella le contaba todo.

Farah ríe mientras asiente con la cabeza.

—¡Sí, bobo! —Era impresionante la casa, la verdad no tenía desperdicio—. Si los de la empresa de papá querían sorprendernos, definitivamente lo lograron.

El joven niño rubio mientras estaban sentados en el pasto la miraba detenidamente apreciándola en cada centímetro y en cada palabra de su vida que se animaba a contarle en aquel hermoso día que Farah había logrado.

—Lo cómico, o triste es que todas las dudas que teníamos, con solo mirar la casa se nos habían ido... ¡Ey! Te me quedaste mirando fijo. —Farah comienza a reírse y pregunta—. ¿Pasa algo?

—¡No! Es que me gusta escucharte, me das mucha paz.

—¿De verdad? ¡Ay, gracias! —La tímida joven aplaude dos veces por la alegría—. ¿Todavía no te aburriste, no?

—No, Farah. —Will mira hacia abajo y hace una despectiva mueca—. Me lo preguntaste varias veces ya.

—Pregunto nada más, nene.

—Bueno, no importa. ¡Contame más! —William grita sonriendo de una manera muy confianzuda e inmadura.

Farah se lo queda mirando sin saber bien qué decir o hacer, así que opta por lo que en esa nueva vida le estaba dando muy buenos resultados... La risa. Y entre unas aún tímidas risas intenta explicar lo que el cabeza dura ya varias veces había intentado.

—Pero, Will, todavía me cuesta armar todos los recuerdos, aparte ese día no pasó nada interesante, solo nos despedimos de los dos hombres que nos acompañaron, después desempacamos, ordenamos todo un poco, creo que comimos algo y nada más.

—¿No te acordás de nada más? —Will se la queda mirando con mucha decepción.

—¡Espera, apurado! Es que ese día no pasó mucho más, lo que sí al día siguiente lo pasaron a buscar a papá temprano para su primer día. ¡Estaba tan lindo! Se había puesto un trajecito que le quedaba impecable y a la tarde, creo que tipo 5, volvió con bastantes novedades y manejando en un auto bastante lujoso que se lo había dado la empresa. Todavía recuerdo el ruido de la puerta abriéndose.

—¡Chicos, ya llegué! —gritó Murat cuando Annesa le abrió la puerta en esa hermosa tarde friolenta pero soleada.

Su esposa lo recibió con un beso, e invitó a sus hijos a que bajen a celebrarlo. Rápidos y confusos se escuchaban los pasos con medias en la fina escalera de madera y al llegar abajo lo ahogaron en un fuerte abrazo. ¿Tanto tiempo había pasado? No... En ese lejana tierra el tiempo parecía más lento y la vida se hacía más larga y densa, más triste. Eran demasiadas las preguntas que le hacían al agotado nuevo gerente, muchas más de las que podía contestar con una sola boca, él quería hablar un poco a solas con su fiel esposa, pero la misma situación se lo negaba rotundamente. ¡No podía echar a sus hijos! Y más si él los había llamado... ¿Qué contar primero? Pensaba y pensaba mientras asentía a todas las preguntas sin escuchar ninguna. ¿Debía contar lo bueno o lo malo primero? Definitivamente primero debía ir lo bueno, lo malo lo hablaría a solas con Annesa en mejor momento.

—¿Cómo te fue? —preguntaban todos repetidamente.

Todavía no había cerrado la puerta, esa noche era bien fría y el chiflete que se colaba por la puerta, hacia la familia, se los hacía recordar.

—¡Pa, cierra la puerta! —replica uno de los niños—. ¡Hace frío! —insistió.

—¡Ay, sí! ¡Perdón! —Murat empuja la puerta con el pie, sonando por el eco en toda la casa.

El agotado padre se volvió el centro de atención, todas las miradas se habían posado en él esperando su monólogo de experiencias en su primer día. Murat se sacó el saco y el pesado sobretodo negro para colgarlos en el perchero de madera laqueada. Toda la familia fue caminando a la cocina y, una vez en ella, Annesa puso la pava para hacer un té a toda la familia.

—¿Y pa? —pregunta Farah—. Contá algo...

—Le gusta hacerse desear —ríe Khan—. Dale, papi, contá. —El pequeño niño apoya la cabeza en el brazo de su padre y este le apoya la mano del otro brazo cariñosamente en la cabeza.

—Bueno....—levanta la mirada—. Solo porque me lo pide Khancito —dice entre risas Murat.

Murat mientras se aflojaba la corbata, se desabrochaba los primeros botones de la camisa y se remangaba, empezó a contar con lujo de detalles lo que había sido su primer día de trabajo como gerente. Obvio que lo contaba bien a su manera, yéndose por las ramas, haciendo parecer más importante las anécdotas vividas de lo que en verdad eran, también al cuarentón largo le gustaba hacerse desear, esa era su favorita y más si él era el centro de atención. Se prende un cigarro, aunque no acostumbraba a fumar y molestaba a todos, pero se lo tenía merecido...

—Lo primero que hice —dice— fue bañarme y para las 7 ya estar cambiado, ya que los muchachos iban a pasar por acá a las 7:30 y debía estar ahí a las 8. Al principio pensé que iba a llegar tarde —aclara—. Pero después recordé que estoy acostumbrado al tránsito de Estambul y aquí no hay la cantidad de autos que hay en Turquía, por lo cual llegamos a hora. Me recibió el dueño de la casa matriz en Siria, por la cual se ve que mi presencia acá es importante —dice entre risas—. Más o menos me explicó en qué se basaría mi trabajo, que en toda esta semana, van a estar explicándome las modalidades de todo y ya la semana que viene arrancaría con todo.

—¿Cuándo trabajas? —preguntó Farah.

—Trabajaría de lunes a viernes, de 9 a 17 horas, como los turnos son de 4 horas, voy a tener bajo mi mando a dos turnos completos. Eso serían más o menos 500 personas.

—¡Fua! —exclamaron Abdel y Khan.

—Es mucha gente eso, pa —concluyó Khan—. ¿Y los podés echar si querés?

—¡No, Khan! — suelta su negativa con una fuerte risa—. Para despedir a alguien, primero tiene que haber un motivo, y segundo tengo que concordar con Recursos humanos y la decisión la tomamos en conjunto con recursos y con el jefe de equipo... —guarda un momentáneo silencio—. En teoría.

—No eches gente, pa... —dijo Farah con bastante frialdad.

—No... Quédate tranquila, hija, que no voy a echar a nadie.

—¿Y el auto? —preguntó Annesa.

—¡Ah, sí! Casi olvido eso... —volvió a reír irónicamente, podía notarse claramente que amaba ser el centro de atención, pero como su familia ya lo conocía, no le daba mayor importancia—. Es un Ford Mondeo 2009. Tiene un hermoso, silencioso si se lo trata con cariño y potente motor de 2.0 litros, asientos de cuero, caja automática, GPS. Es realmente una preciosura y mientras dure nuestra estadía acá es todo nuestro.

—¿Y te dijeron cuánto vas a ganar? —preguntó Annesa. Sus preguntas solían ser bastantes puntuales y de temas importantes.

—Eh, sí —asiente con la cabeza Murat—. Me van a pagar 35.000 dólares por mes.

—¿Por qué en dólares? —preguntó Annesa—. Si es una empresa europea en Asia.

—La verdad no lo sé, pensé que me iban a pagar en libras, que es la moneda corriente en Siria, pero dicen que, por mi cargo y no sé qué más, me van pagar en dólares.

—Va a ser bastante molesto manejarnos con dólares en Siria... —condenó Farah.

—Puede ser, pero acá a las monedas extranjeras las valoran mucho. Lo que podemos hacer es cambiar la mitad del sueldo o un poco más en francos sirios y la otra mitad la dejamos en dólares. Según me dijeron, con 7500 u 8000 dólares, vamos a vivir muy holgadamente.

—¿Dónde está la fábrica? —preguntó uno de los niños.

—Se encuentra un poco alejada del centro de la ciudad. Está en una parte residencial del sur de Alepo, es bastante tranquila la zona, está llena de fábricas y obreros por todos lados.

—Pa... —sugiere Farah.

—Decime, hija.

—¿Cuándo empezamos nosotros el colegio?

—¡Esa es la otra buena noticia! Vayan un día de estos a comprar todo lo que necesitan al centro. Porque empiezan el cole la semana que viene.

—¡Ay! —exclamó Farah con mucha alegría—. ¿DE VERDAD?

—¿Por qué le mentiría, señorita? —preguntó Murat mientras reía e inclinaba la cabeza.

—No sé —respondió la niña con la cabeza gacha.

—¿Ustedes, chicos? —preguntó Murat—. ¿También tienen ganas de empezar?

—Más o menos —respondió Abdel con desilusión en sus ojos.

—¿Y vos, Khancito? —insinuó Annesa.

—Muchas no... —respondió el más joven de la familia.

—¡Ey! —respondió sorprendido Murat—. ¿Por qué no? O sea de vos Abdu tanto no me extraña. —Ríe—. Pero de vos, Khan, sí. ¿Qué pasa?

—Es que me da miedo no hacer amigos, pa, o que los demás chicos me traten mal por ser turco y no sirio como ellos —dice con mucha pena Khan.

—¡No, hijo! Tranquilo con todo eso. —Annesa le agarra la mano al niño—. Vas a ver que sale todo bien. ¿O no, Murat?

—¡Pero por supuesto, hombre! Vas a ver que a los pocos días ya haces amigos.

—Y de todos modos, en 6 meses o menos nos volvemos a Turquía. Así que tampoco pierdas la cabeza por eso.

El día se había hecho largo al igual que la semana completa. Hacía solo unos días estaban en Turquía brindando con sus amigos y familiares, respirando el aire que tanto amaban y al cual tan acostumbrados estaban. ¿Y ahora? Ahora estaban en una tierra misteriosa y desconocida, sin nadie a quien abrazar, sin nadie a quien sentir, sin ningún horizonte al cual querer conocer y sentirse seguro en él. ¿Por qué papá nos hizo esto? ¿Tan grande es su ambición? ¿Ama más a una maldita empresa que a su familia? Sí, vamos a volver a Estambul en no más de 180 días y seguro que cuando vuelva a trabajar allá será el nuevo gerente o ¡quizás más!, pero... ¿Tanto odiaba su antiguo puesto? Papi no era tan lame botas o no hasta el punto de mover toda su vida y la de las personas que ama a un país que está al borde de una guerra. ¿Qué te pasó, pa?... Y encima me tratan de estúpida, piensan que no sé que acá se vienen las armas en cualquier momento. ¡Si hay rebeliones y soldados por todos lados! ¡Ya no soy una niña y me doy cuenta de estas cosas! ¡Soy una mujer y trátenme como tal por Dios! Pero no... tengo que ser fuerte y mantenerme inquebrantable, si no lo hago por el cobarde de papá o por mí, al menos lo voy a hacer por Khan y Abdu. Lo único rescatable de todo esto es que en unos días empiezo la escuela y para variar, voy a refugiarme en los libros, como hice antes y volveré a hacer.

Farah no podía sacarse ninguna de estas preguntas de la cabeza, como la metralla de una bomba, retumbaban por toda su mente y eso era motivo suficiente para mantenerse en un vaivén de enojo y tristeza por horas. Pero por suerte la luna le había ganado al sol y la noche volvía a reinar, en un rato sería la cena y a dormir, que mañana sería un día largo para ellos en el centro de Alepo comprando las cosas de la escuela, algunas cosas para la familia y para la casa. Annesa había hecho pastas de comer esa noche, la comida todavía era poco elaborada, y lo seguiría siendo hasta que vayan a comprar víveres y así reabastecer la alacena, que solo tenía telaraña. A las 22 horas, ya habiendo cenado, Murat sacó de la heladera una torta hecha con mousse y chocolate que había comprado sin avisarle a nadie. El elaborado bizcochuelo era tal como les gustaba a los chicos y a su hermosa esposa, todo con tal de agradecer un poco y hacerles la estadía más pasajera. Quizás después o un poco más adelante, iba a proponerle la idea a Annesa de trabajar ella también si así le gustaba. Si no sería prisionera en su propio hogar y seguro que a Ann eso no le gustaría para nada. Luego de las pastas llegó el prometido postre, rico y melancólico. Su buen gusto traía recuerdos que se hacían amargos con cada mordida, la noche terminaba. El pensamiento era imposible de evitar, serían una larga espera esos 6 meses, maldito 2011. A la mañana siguiente, el despertador sonó bien temprano, 6:30 marcaba en sus agujas. El tan característico grito de Annesa por la mañana para despertar a sus hijos casi se había hecho extrañar, por lo menos les hace sentir que esa desolada casa era su hogar.

—¡Chicos, arriba! —los gritos de Annesa recorrían toda la casa y por su eco retumbaban por todos lados. No pasó mucho tiempo en que los gritos se repitan por ausencia de respuesta de sus hijos.

—¡Chicos, despierten que tenemos que ir a comprar! ¡NO ME HAGAN SUBIR!

De a poco y muy tímidamente se empezaron a escuchar bostezos y algunos murmullos que venían de las piezas. Los jóvenes ya se habían despertado. De a uno y con intervalos de 15 o 20 minutos entre uno y el otro iban bajando para desayunar. Sin demasiado arreglo, despeinados y con caras de dormidos, pero a las 7 de la mañana ya estaban todos en la mesa principal desayunando. Murat con su vistoso y perfecto traje, Annesa con un jean regular, para nada llamativo y un suéter rosado. En cuanto a los jóvenes de la familia, ellos llevarían también ropa sencilla con excepción de Farah. Por ser el primer día en Alepo, ella quería ir bien vestida. Quería estrenarse a sí misma en la ciudad, y para hacer eso bien, tenía que estar bien coqueta. Fue la primera en despertarse y ese tiempo de sobra lo usó para maquillarse, arreglarse un poco el pelo y elegir algo que ella definía como "decente". Unos borcegos, también un jean y un suéter que hacía juego con sus hermosos ojos claros. La joven mujer quería llamar la atención y lo iba a conseguir. A las 7:20 salieron en el nuevo auto para el centro, Murat para variar en él, quería demostrar el poder del motor de su flamante auto acelerándolo en falso siempre que podía. En no más de media hora debían estar en el centro pero como el tránsito hacia el centro era mucho, les tomó casi 50 minutos llegar al corazón de Alepo.

—¿Bajan acá? —pregunta Murat a su familia cuando para en un semáforo.

—Em —duda un poco Annesa—. Sí, supongo que sí. —Mira a sus hijos—. ¿Quieren bajar acá, chicos?

—Acá parece que está bien —responde Farah—Pero después cómo nos volvemos... ¿Acá no hay taxis, o sí?

—La verdad, no lo sé —responde Murat—. Hagamos así: compré todo, les doy plata y averiguan si hay servicios de taxis y si no los hay, llámenme que los paso a buscar y así conocen la fábrica. ¿Les parece?

—Bueno. Hagamos así —respondió afirmativamente Annesa.

—Esperen que se vuelve a poner el semáforo, así estaciono el auto y los dejo —concluyó Murat.

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