Kitabı oku: «La búsqueda»

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LA BÚSQUEDA

FEDERICO NOGARA


Colección

HISTORIAS DEL SUR

Créditos

Colección: Historias del Sur

Título original: La búsqueda

© Federico Nogara, 2021

© De esta edición: Pensódromo SL, 2021

Editor: Henry Odell — p21@pensodromo.com

ISBN ebook: 978-84-124848-1-6

ISBN print: 978-84-123372-2-8

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar, escanear o hacer copias digitales de algún fragmento de esta obra.

ÍNDICE

1  Prólogo del autor

2  1

3  2

4  3

5  4

6  5

7  6

8  7

9  8

10  9

11  10

12  11

13  12

14  13

15  14

16  15

17  16

18  17

19  18

20  19

21  20

22  21

23  22

24  23

25  24

A Lea y Paolo Nogara-Vaagland.

Para dejarles el tiempo que me ha tocado vivir, escribo.

Prólogo del autor

Cuando escribí La búsqueda, lejos estaba de sospechar que el título era premonitorio. Mi intención no pasaba de acercarme a una forma de encarar la escritura, de recrear un estilo. Como admirador de la literatura estadounidense en sus distintas corrientes, (Hemingway, Baldwin, Faulkner, Dos Passos, Harper Lee, Kerouac, Capote y muchos otros, no me son ajenos), buscaba contactar con el espíritu de la novela negra, especialmente con Chandler, Hammet y Ross Macdonald, cuyas obras he leído en su totalidad.

¿Qué me acerca a esa forma de escribir? Habiendo sido criado y educado en Montevideo, con continuas temporadas en Buenos Aires, la influencia inglesa e italiana me ha transferido esa característica a la que se refería la madre del Che Guevara en la última carta que escribió a su hijo: «el tono levemente irónico con el que hablamos los rioplatenses».

La ironía, el doble sentido, decir algo pero de una manera diferente, huir del lugar común de dividir a la gente en buenos y malos, encarar las diferencias sociales, buscar la verdad por encima de todo, ese es el verdadero espíritu de un género literario que algunos han desvirtuado tratándolo como un mero entretenimiento, mientras otros lo han llevado a la categoría de manifiesto social de cambio.

Para validar lo dicho, voy a utilizar breves textos de dos novelas de Chandler: The High window (difundida como La ventana siniestra) y The long goodbye (El largo adiós).

El primer relato citado nos cuenta dos historias: una referida a una moneda antigua de gran valor que ha sido robada y la otra a un chantaje relacionado con un acoso sexual. Ambas se entrecruzan, de tal forma que solo Marlowe termina conociendo la verdad. La policía, encargada de buscarla para hacer justicia, se limita a cubrir el expediente. En su búsqueda, Marlowe mantiene un diálogo muy ilustrativo con un ascensorista:

—Se ha ido —dije. Debe haber partido anoche. Debe haber cargado con una cantidad de material. Ha vaciado su escritorio.

Pop Grandy asintió.

—Llevaba dos maletas. Sin embargo no me di cuenta, porque la mayoría lleva solo una. Me figuro que recogía y distribuía su trabajo.

—¿Qué clase de trabajo? —pregunté solo por decir alguna cosa, mientras el ascensor rugía en su descenso.

—Algo como hacer dientes que no encajan—, dijo Pop Grandy—. Para pobres viejos bastardos como yo.

—Usted no se hubiera dado cuenta. —dije cuando el ascensor luchaba para abrirse en el vestíbulo. —Usted no se hubiera dado cuenta del color de los ojos de un colibrí si lo hubiera tenido a cincuenta pies.

Él sonrió.

—¿Qué ha hecho?

—Estoy de camino a su casa para descubrirlo, —dije. —Me da la impresión de que se ha embarcado en un viaje a ninguna parte.

—Me gustaría estar en su lugar —dijo Pop Grandy. —Incluso si solo va a Frisco (San Francisco) y lo arrestan allí, me gustaría estar en su lugar.

¿Cómo iba a darse cuenta el ascensorista de que el hombre llevaba dos maletas si no hubiera distinguido el color de los ojos de un pájaro a quince metros? El diálogo es una obra maestra de la insinuación, del doble lenguaje, del decir sin querer decir.

Al final del relato, Marlowe descubre que el hijo de la mujer que le ha hecho el encargo de buscar la moneda robada es quien ha matado al chantajista, por accidente según dice. La charla entre ambos define muy bien la novela negra:

—Usted quiere decir que me va a dejar salirme con la mía.

—No voy a entregarlo, si es lo que quiere decir. (…) No hay ninguna cuestión moral en mi actitud. No soy un policía, ni un informador, ni un oficial de la Corte de Justicia. Usted dice que fue un accidente. Okey, fue un accidente. No fui testigo ni tengo pruebas. He estado trabajando para su madre y cualquier derecho que ella tenga a que me mantenga en silencio se lo concedo. No me gusta ella, no me gusta usted, ni me gusta esta casa.

Marlowe, como cualquier detective del género, busca la verdad, no ejercer la justicia, para eso hay otros estamentos.

El largo adiós se desarrolla en el mundo del libro, centrado en la amistad y luego el desencuentro de Marlowe con Roger Wade, un escritor popular a la norteamericana: famoso, millonario y cínico, que ya no escribe ni habla de literatura. En cierto momento de la historia, el detective tiene un diálogo esclarecedor con Amos, un chofer negro.

—«Me vuelvo viejo… Me vuelvo viejo… Debería llevar los bajos de mis pantalones enrollados». (I grow old… I grow old… I shall wear the bottoms of my trousers rolled). ¿Qué quiere decir eso, señor Marlowe?

—Nada, pero suena bien.

—Es de El canto de amor de J. Alfred Prufrock. Otro verso: «En la habitación las mujeres van y vienen / hablando de Miguel Ángel» (In the room the women come and go / talking og Michael Angelo). ¿Le sugiere algo, señor?

—Sí. Me hace pensar que el tipo no sabía mucho de mujeres.

—Pienso exactamente lo mismo, señor. Sin embargo siento una gran admiración por T. S. Eliot.

—Dijo «sin embargo».

—Sí, efectivamente. ¿Es incorrecto?

—No, pero no lo diga delante de un millonario. Podría pensar que le está tomando el pelo.

Es importante señalar que Marlowe utiliza la ironía y el doble sentido cuando habla con sus iguales, con las clases sociales acomodadas con las que se ve obligado a tratar por su trabajo su lenguaje es más directo, siempre referido al dinero y a la ley. En esos casos solo utiliza esas formas de expresión como defensa, y entonces es considerado un mal educado que se excede en sus funciones.

En el diálogo de El largo adiós, teniendo en cuenta la personalidad de Roger Wade, escritor de best sellers, Chandler insinúa que los sirvientes (y los detectives privados) se interesan más por la buena literatura y saben más de ella que los escritores.

¿Qué pasaría si un familiar cercano al escritor nombrado descubriera un manuscrito titulado La búsqueda entre su obra, lo enviara a un premio organizado por una institución pública, recibiera un premio y tuviera que dejar clara la autoría? ¿Serían los funcionarios capaces de retirar el premio otorgado por un jurado a un escritor famoso y con muchos contactos como Wade por tener su manuscrito doble seudónimo? ¿Qué pasaría si al comprobar el verdadero nombre detrás de un seudónimo, este es Pablo Neruda, que en realidad se llamaba Ricardo Nestafí? ¿Le otorgarían el premio? Pero por encima de todo, ¿sería justo retirárselo por razones administrativas, vale más la opinión de los funcionarios que el criterio de un jurado? Por último: ¿Es el objetivo de los concursos oficiales elevar el nivel de la escritura y la cultura de la población o un ejercicio, uno más, para cubrir el expediente?

Se podría hacer un buen relato sobre estos supuestos. Marlowe tendría mucho trabajo.

La búsqueda fue premiada con una mención especial en el Premio Onetti (Montevideo 2015). Cuando los funcionarios encargados de la parte burocrática descubrieron que el texto había sido enviado con doble seudónimo, anularon la distinción.

1

Miércoles. Sería uno de mis días malos, lo supe al acostarme sin sueño pasada la medianoche y pude constatarlo poco después, durante el enésimo intento infructuoso por sacarme de encima la sábana arrugada, empapada. No era para menos, mi situación personal iba resbalando barranca abajo hacia el fondo de un abismo lleno de facturas impagadas, y entre ellas, como faro de la desgracia personal, un refrigerador casi vacío. A todo eso se agregaba, o era su consecuencia, la indecisión sobre el futuro. No había entrado en una depresión profunda porque, como siempre pasa, había podido conservar, entre tanto desastre, un aspecto positivo: como músico y escritor en ciernes estaba consiguiendo justificar mi paso por el mundo realizándome en una labor artística. Esa meta, soñada por mucha gente, quizá demasiada, justificaba mi errático paso por este mundo. Pero ese incuestionable éxito personal no me ayudaba a conciliar el sueño. Cada vez que cerraba los ojos me asaltaba la idea de haber empezado la casa por el tejado, porque los ansiosos por hallarle un sentido a la vida a través del arte gozan, por lo general, de una economía saneada. ¿Qué tenía yo? Un trabajo de investigador en una dudosa empresa de seguros que me empleaba por un pequeño fijo más comisión, pagaderos cuando las condiciones del negocio, continuamente en la cuerda floja, lo permitían. La novela, pese a su indudable calidad, no lograba superar el tercer capítulo y la música no pasaba (o debía decir no había pasado) de actuaciones esporádicas en tugurios poco concurridos.

Los ánimos no levantaron vuelo, las sábanas sí: impulsadas por mi furioso pie fueron a hacerle compañía a la manta, inerte desde hacía rato a un costado de la cama. Las agujas del frío aprovecharon la desprotección del cuerpo para clavarse en la piel. Me las quité poniéndome una camiseta guardada debajo de la almohada. Ese simple acto hizo que me sintiera mejor, tibio, protegido y predispuesto para dar batalla o morir en el intento. La distancia hasta el baño la superé en tres saltos. Tal demostración de buen estado físico no pareció impresionar al espejo, que me recibió con una imagen muy distorsionada —grandes ojeras, pelo alborotado, palidez— de quien creía ser. Preferí ignorar su irónica mueca. Una larga ducha, un peinado a conciencia y ropa apropiada le demostraron que seguía haciendo honor al joven bien parecido de esas fotos, ventajosas y ventajistas, elegidas por mi madre y esparcidas por su casa.

Convertido en un posible proyecto de ganador me senté, café en mano, en mi silla giratoria. Los ordenados papeles sobre el escritorio hubieran constituido, en cualquier otro lugar, una buena señal, un canto al trabajo. En mi caso se trataba de deudas, un canto al esfuerzo ajeno por tratar de cobrar. Harto de pensamientos negativos, temeroso de ver resquebrajada mi recién renacida confianza, acabé dándoles la espalda.

Abajo de mi silla, seis pisos para ser exacto, quedaba la ciudad a la que había llegado siendo un niño de meses, la elegida como residencia en la etapa actual. A través de la ventana en cuyo alféizar interior había apoyado los pies podía observar parte de sus azoteas viejas, gastadas, y algunas calles que se habían ido deteriorando con el tiempo y pedían a gritos cambios y reparaciones. Venirme de Oslo o no haberme perdido en el Caribe como mi hermano se habían probado decisiones erróneas. Nunca había querido asumir ese extremo, por lo que vivía en la cuerda floja, planeando sacar los pasajes cada mañana y arrepintiéndome de haberlo siquiera pensado por la noche.

El sonido del timbre del teléfono arrancó a mi derecha desparramándose por el estudio-oficina. Rabia y desgana. Pensar en enzarzarme a discutir con los acreedores a hora tan temprana era tan deprimente que sentía cercana la tentación de mandarlo todo al diablo e irme de una vez por todas. Dos, tres, cuatro timbrazos. Había perdido la cuenta cuando el ruido cesó. Los cobradores, aunque parezcan inaccesibles al desaliento, también se cansan y dimiten. En Oslo hace mucho frío, mejor el Caribe. ¿Y de qué iba a trabajar allí? La pregunta del millón.

De nuevo el teléfono. Hay gente imposible, nunca se da por vencida. Levanté el auricular, lo acerqué a la oreja con cuidado y temor, busqué refugio en la impostación de la voz, en el tono sedoso, mi faceta comercial y canalla. El hombre al otro lado de la línea, un tal Monroe, no pareció impresionado; a través de una firme y estridente voz, de seguro acostumbrada al mando, ordenó esperarlo unos veinte minutos para hablar de negocios. Una orden es una orden y veinte minutos no es demasiado tiempo, es más o menos lo que uno tarda en comerse una pizza en cualquier tugurio o en visitar a un doctor para que convierta las sospechas en malas noticias. En veinte minutos se puede leer una extensa parte de un libro. O saborear un buen café observando el invencible cielo azul de aquella rara ciudad. Eso hice.

Monroe, Felipe Monroe, llegó al poco rato. Al presentarse, hombre precavido, acentuó el nombre de pila latino con el fin de desestimar esas confusiones finalizadas en chanzas. Lucía un traje azul de corte clásico, camisa celeste impecable y una adusta corbata gris. Todo en él hacía juego con su voz. Hubiera puesto en duda mi capacidad de intuición de haberme topado con un hippy en sandalias y pelo largo.

Después de estrechar mi mano con fuerza aceptó la invitación a atravesar la puerta hacia el centro de la sala, donde se detuvo para dar luego un par de giros estudiándolo todo entre esbozos de sonrisas de superioridad. Acabados los aspavientos preguntó, mientras se frotaba las manos:

—Tengo un pequeño lío. No sé cómo llamarlo.

—El nombre es Paolo Santucci. A veces me dicen «Brother» por mi hermano, a quien quiero y admiro. Siempre estoy hablando de él, de ahí el sobrenombre. Es en inglés porque mi madre es noruega y supongo que quien me lo puso no sabía cómo se dice hermano en noruego. Usted puede llamarme como quiera.

—¿Su hermano es un hombre importante o hizo algo destacado para contar con su admiración incondicional?

Otra vez la sensación amarga. El tal Monroe entraba en territorio privado con ínfulas y sin mirar a la cara, repitiendo esa vieja actitud de los poderosos delante de las clases inferiores. Mis antepasados, tanos revoltosos, comenzaron a juntar presión.

—Sí, se jugó por amor, se fugó por amor. Agarró a la mujer que quería y se la llevó a una cabaña a gozar. La mayoría se casa, se pone las chancletas, se dedica a ver televisión, se entrega. Él no. Es diferente, es romántico. Se podría decir que está pasado de moda o adelantado a la moda. Yo diría, por encima de todo, que es un ser atemporal.

Lo miré de arriba a abajo.

—Estoy seguro que una persona como usted no conseguiría entenderlo del todo.

Monroe se sentó en uno de los dos sillones pequeños colocados delante del escritorio, apoyó los codos en ambos posabrazos y cruzó los dedos dejando los pulgares hacia arriba, primero quietos y luego golpeándolos y moviéndolos en círculos.

—No vine a escuchar insolencias ni a compartir disquisiciones filosóficas. Una mujer ha desaparecido y quiero contratar sus servicios.

Retomé la interrumpida contemplación de las azoteas dándole la espalda.

—No me dedico a buscar mujeres, soy demasiado caro y estoy en proceso de emigrar, como hacían hace unos años los jóvenes de esta hermosa y decadente ciudad —dije tratando de sacármelo de encima, esa clase de tipos, envueltos en su aureola de superioridad, son lo más parecido a un problema y yo ya tenía bastantes.

—Es una lástima. Me lo había recomendado su amigo Beto Carranza. Aseguró que usted, a pesar de ser un poco difícil, es un hombre honesto, de palabra.

En mi mente apareció la imagen de un joven melenudo, alto y sonriente, tocando la guitarra en días felices y perimidos donde el futuro aparecía fácil y probable. Enternecido por la nostalgia y los elogios y, sobre todo, acorralado por la realidad, decidí rendirme sin luchar. Dando vuelta la silla metí las piernas debajo del escritorio y me dispuse a escuchar al importante señor del elegante traje azul. Monroe cruzó las suyas, pidió permiso para fumar y encendió un cigarrillo sin esperar mi consentimiento. Las volutas de humo, en su ascenso hacia el techo, jugaron a enroscarse. Yo las seguí como se sigue a las cosas simples, esas que me separaban del hombre con quien estaba tratando de llevar a buen término un diálogo comercial, el único posible. Sabía que, por acción u omisión, él era uno de los eternos responsables de la siempre desgraciada situación local. Razón de más para odiarlo, para echarlo. Lástima que los responsables de las desgracias son siempre los dueños del dinero. Tratando de no irritarme, le pedí detalles de lo ocurrido. Antes de responder pegó una calada larga al cigarrillo tragando el humo con fruición y como una de aquellas viejas locomotoras a leña de las películas dio la impresión de sentirse mejor, pronto para seguir a toda máquina.

—En los últimos tiempos la noté rara, como concentrada, retraída. Ella es de un natural alegre, le gusta salir, ir de compras, frecuentar los locales de moda. El viernes a la mañana fue al centro y no volvió.

Comprendí que se refería a una amante, los hombres casados conservadores tienden, cuando hablan con desconocidos, a situar a sus esposas en un entorno doméstico, quizás porque imaginan que así las convierten en buenas mujeres a los ojos de los demás.

—¿Están casados? —pregunté por las dudas.

La pregunta lo sorprendió. Quizá en su medio natural nadie osaba hacerle preguntas íntimas y directas.

—Compartimos relación. Dejémoslo ahí.

Lo miré con cara de pocos amigos. Las relaciones sentimentales suelen ser determinantes en cualquier investigación y es bueno clarificarlas de antemano.

—Al menos voy a necesitar una foto y un nombre.

—Debo aclararle antes de empezar que mi posición es bastante delicada. Llevo, por así decirlo, negocios importantes con clientes de renombre. La discreción es un requisito fundamental.

Suspiré antes de manosear el abrecartas hasta casi pincharme un dedo con la punta. Estaba tentado de mandarlo al diablo. No lo hacía porque veía en él la solución, el pago de las facturas. Mala cosa cuando deben dejarse de lado los principios, mal día.

—¿Es bella?

—Mucho.

Sus rasgos duros adquirieron una súbita blandura, sus mejillas se llenaron de rubor. Pareció darse cuenta y reaccionó de inmediato.

—Su pregunta es irrelevante. No veo la necesidad de entrar en ese terreno.

—Señor Monroe —comencé a decir despacio, tratando de refrenar mi ira—; vamos a aclararnos. Usted irrumpe en mi despacho recomendado por un buen amigo. Lleva una mujer perdida bajo el brazo y trata de contratarme para encontrarla. Pido detalles con el fin de facilitar la búsqueda. Cosas simples como un nombre, una cara, características físicas de la persona buscada y la relación que tiene con usted. No me importa para nada si esa mujer suya es famosa, rica, fea, ama de casa, amante o un pendón verbenero.

Monroe se puso de pie como impulsado por un resorte.

—Esto es intolerable, exijo una rectificación.

Su actitud me pareció cómica, propia de un actor. Un hombre tan serio, tan bien puesto, debería controlarse.

—Perdone por lo de pendón verbenero. Es que viví en España durante un tiempo y se me pegaron los dichos. Seré cuidadoso de ahora en adelante. Trataré de remitirme a las expresiones locales.

Se lo lancé como una provocación, seguro de verlo desaparecer de mi vista maldiciendo. No se movió. Pasaron unos segundos largos y tensos: uno trataba de pensar rápido, el otro sospechaba la estampida del dinero solución. Al final, una foto y un nombre en una tarjeta fueron depositados sobre la mesa.

—Conste que le doy el encargo basado en la recomendación. No apruebo su actitud y mucho menos sus comentarios. ¿Cuánto debo adelantarle?

El abultado fajo de billetes saliendo de su bolsillo hizo agua mi boca. De entre el líquido escapó una cifra abusiva.

Felipe Monroe retiró del montón una buena parte, la arrojó entre ambos y acomodándose las solapas del traje se dirigió lleno de dignidad camino de la puerta.

—Espero noticias suyas muy pronto —amenazó antes de dar el portazo.

El cigarrillo encendido, olvidado por el nerviosismo del momento, se había ido consumiendo despacio en la ranura del cenicero. Empujé la colilla apagada dentro de la parte cóncava y tiré el contenido a la papelera al costado del escritorio. Después giré en mi silla, apoyé los pies en el alféizar y me incliné hacia delante tratando de sopesar la situación actual de la ciudad allá abajo. Seguía sin cambios. No acababa de decidirme entre servirme otro café, contar el dinero o abrir la ventana para que se fueran el olor a tabaco y perfume caro dejados por mi cliente. Opté por no hacer nada, me quedé tranquilo en mi pequeño territorio mirando pasar al tiempo.

2

La primera intención cuando surge el encargo de buscar a una improbable mujer perdida, es tomar el atajo. Por lo menos fue la mía. Decidí hacer algunas averiguaciones, un par de consultas para cubrir el expediente y si te he visto no me acuerdo. A fin de cuentas, el dinero aportado como adelanto por el señor Monroe me resolvía las deudas perentorias dándome un buen respiro y esa era la parte importante del asunto. «Lo siento jefe, la joven se ha marchado en busca de pasturas más verdes. Un nuevo amante, joven, bien parecido. Usted, un hombre de mundo, sabe cómo son estas cosas». Pero había un problema: mis padres y la escuela no me habían enseñado a estafar al prójimo sino a ganar el dinero con el sudor de la frente, una máxima que, mirando alrededor, no parecía haber triunfado, aunque en mi caso, un clásico, generaba complejo de culpa. Necesitaba, por lo menos, sudar un poco para justificarme.

Primero que nada debía encontrar a Ferrutti, un amigo al que su trabajo de relaciones públicas en una conocida discoteca, combinado con la venta de vinos lo convertía en una enciclopedia humana de la fauna que se movía por la ciudad. Al anochecer era costumbre ubicarlo en un bar situado cerca de su casa.

—Escuché que me andabas buscando —dijo apenas verme aparecer.

—Las noticias corren rápido.

—Y, es una ciudad chica.

De mi bolsillo salió la foto que me había dado Monroe.

—Quiero encontrar a esta mujer.

Los ojos de Ferrutti, ocupado en su vestimenta, pasaron sin interés por encima de la imagen en su camino hacia los bajos del pantalón. El momento de encuentro con el papel satinado fue fugaz, sin embargo algo dejó, porque la mirada, antes desinteresada, volvió rápida y ávida al apenas adivinado rostro de la mujer fotografiada. De la boca abierta al asombro escapó una exclamación: «¡Pero si es Ana Amanso!». Las manos adelantaron a los ojos, ya despreocupados de la ropa, atrapando la foto como si se tratara de un trofeo perseguido y de pronto encontrado. En unos segundos la avidez se convirtió en una dulzura terminada en sospecha:

—¿Le pasó algo? —preguntó asustado.

El local donde estábamos, un rincón mal iluminado de un barrio decadente, daba, sin quererlo, una pátina de patetismo a los sentimientos arrancados a la nostalgia, una tristeza de amores nunca conseguidos, de tiempo dilapidado en una búsqueda tan absurda como la mía. Lo miré sorprendido. Me resultaba curioso haber estado a punto de perder el dinero de Monroe luchando por conseguir ese nombre de mujer pronunciado después por él, y quien sabe por cuantos más, con total naturalidad.

—Que yo sepa, nada. La anda buscando un tipo. Y paga bien para que la encuentren.

—¡Un tipo!

La exclamación arrancó de un Ferrutti súbitamente dolido, cuya atención de ojos húmedos comenzó a deambular por el trozo oscuro de calle pegado a la ventana. La reacción de mi amigo dejaba claro que era otro de los tantos ejemplares con ideas raras sobre las mujeres.

—Uno no quiere darme su nombre, el otro se asombra de que ande con un tipo. A lo mejor se creen que es Juana de Arco.

La cabeza de Ferrutti volvió de su paseo por entre las sombras acarreando un semblante hostil.

—Hace mucho que no sé nada de ella, y aunque estuviera informado no te contaría nada. —La frase escapó entre dientes y fue el preludio del mutismo total.

Su actitud de niño caprichoso nos colocó en mundos diferentes y ahí quedamos: él movía el vaso, le pasaba el pulgar alrededor del borde, tamborileaba con los dedos sobre la madera lustrosa, y yo, sin nada mejor que hacer, me dedicaba a observar a los parroquianos sentados a las mesas jugando a las cartas, mirando por la ventana, apurando las bebidas a sorbos cortos. La mayoría superaba los cincuenta años. Continuaban esperando un milagro personal o la improbable mejoría de la situación del país, ese cambio general tantas veces prometido desde todas las altas instancias y siempre postergado por algún problema. Así se les escapaba la vida, como le había ocurrido a Ferrutti, quien en un lugar donde no se hubiera visto obligado a trabajar de charlatán catorce horas por día hubiera podido seguir estudiando hasta convertirse en una persona brillante.

—Voy al trabajo. Ahí podríamos averiguar algo —lanzó Ferrutti de repente mientras se ponía de pie y enfilaba hacia la salida.

Pese a la sorpresiva invitación, su voz seguía llena de aristas. Lo seguí en silencio hasta su decadente proyecto de coche, cercano a la ruina a pesar de todos los cuidados. Mientras me acomodaba como podía en el asiento desfondado recordé las comodidades de Oslo, los coches primorosos. Diferencias, estábamos sumidos en ellas. La llave giró, el motor tosió y el cachilo arrancó dando sacudidas, ya listo para afrontar, cual heroico soldado de una causa justa, las peores condiciones, que en este caso eran un camino de baches sin fin.

Anduvimos calles mal iluminadas, rincones pobres donde seres humanos dormían entre cartones, y atravesamos la avenida principal, 18 de Julio, una dormida arteria anquilosada. En un tiempo por sus aceras habían transitado poetas, revolucionarios, inmigrantes y aventureros. Esos lejanos tiempos de esplendor estaban guardados en oscuras bibliotecas donde poca gente acudía. ¿Volvería un día a ser lo que fuera? ¿Estaría yo para verlo?

Al poco rato entramos en Pocitos, un barrio fácil de confundir con cualquiera del mundo desarrollado si no fuera por los pozos de la calle y las veredas. También por ahí pasaban, se podían ver de vez en cuando, los carritos de los juntabasuras. Como bien se sabe, muelas cariadas las tiene cualquiera.

Ferrutti aparcó el coche delante de una iglesia vecina a su trabajo.

—Aquí los bebedores y pecadores tienen a mano la redención —comenté sin mucho éxito. El humor de mi amigo aún no estaba preparado para mis frases ingeniosas.

La sala principal de la discoteca abarcaba lo que antes era un patio y varias habitaciones de una casona con jardín arbolado y parte trasera de césped con bancos. Todo estaba en penumbras. En el rincón hacia el que nos dirigíamos, bajo un tenue foco de luz, sobresalía el pelo engominado sobre la sonrisa sardónica de Agustín Mastranza, la oveja negra de una familia de millonarios, habitual de las modestas revistas de chismorreos del lugar y de los caducos canales de televisión y dueño de la llave de los locales nocturnos. Su mano se alzó al vernos, en un gesto que podía ser un llamado, un saludo o un pedido. Nos acercamos. Cuando nos tuvo a su lado me colocó encima su mirada más socarrona, tratando de darme a entender lo molesto de mi presencia.

—¿Te conozco de algo?

La pregunta, el tono usado y su mueca dejaban clara su intención de ningunearme. No le hice caso, no valía la pena. En lugar de contestar saqué la foto y la coloqué delante de sus ojos sin brillo. Él le echó un vistazo de lado, sin el menor interés.

—Quiero saber —le dije sin acritud.

—¿Y yo qué gano?

Miré a Ferrutti mordiéndome el labio inferior. Él me señaló el largo mostrador al fondo y me pidió que bebiera algo a su salud mientras arreglaba la situación.

Me alejé despacio, me senté en un taburete frente al adecuado al negocio rostro pétreo del barman, pedí una cerveza y me dispuse a esperar. A pesar a ser un día laborable, poco propicio para salir de juerga, había una buena cantidad de mesas ocupadas. La mayoría eran veteranos tratando de rescatar la juventud perdida junto a una jovencita. Había también algunos ejecutivos agresivos combatiendo el estrés luego de una jornada agotadora de negocios dudosos y un par de tortolitos en plena sesión de precalentamiento. De a ratos mi atención vagaba hacia la mesa donde Ferrutti movía las manos y hacía gestos ante un Agustín que parecía difícil de convencer. Al final se declaró el armisticio a través de un intercambio de objetos y mi presencia, que había dejado de ser un estorbo para el negocio, fue requerida. Mientras me dirigía hacia ellos pensaba en lo poco que sabemos sobre el prójimo. Pese a tratarlo con asiduidad, yo desconocía ciertas facetas de mi pluriempleado amigo, así como tampoco estaba al tanto de todas las mujeres con las que se relacionara. El leve tirón en el estómago me confundió por extraño e inesperado. ¿Eran celos? ¿No sería un súbito interés por la mujer la razón oscura que me impedía la estafa abierta a Monroe? Estaba considerándolo cuando me crucé con Ferrutti, que iba de camino hacia sus obligaciones.

—Te debo una —le dije cuando pasé a su lado.

—Varias —lanzó con seriedad mi amigo.

Ocupé la silla vacía frente a un Agustín de semblante inexpresivo.

—¿Buena merca? —pregunté en tono de entendido.

La inexpresividad se movió hacia un lado antes de sacudirse y volver a la posición anterior, desde donde la boca —un tajo apenas abierto— dejó escapar palabras formadas con dificultad:

—Conste que si te estoy dirigiendo la palabra es por Ferrutti. Contigo no tengo nada que ver.

La innecesaria frase me llenó de indignación, de un enorme deseo de propinar una buena paliza a todos los necios del mundo. Me tranquilizó pensar que no tendría fuerzas suficientes. En lugar de pegar o insultar estuve de acuerdo, incluso le agradecí el bello gesto de dedicarme parte de su valioso tiempo.

Su cuerpo se movió hacia delante buscando la cercanía suficiente para la confidencia y su mirada se desvió hacia los lados, no porque temiera ser oído, sino más bien por hábito.

—Esa mujer es amante de uno de mis tíos. ¡Un imbécil! Su señora es una profesora inteligente, linda, de buena familia, y va el muy pelotudo y se ensarta con esta buscavidas. Ahora tienen problemas. ¡Que se jodan!

Dicho lo cual se reclinó en el mullido respaldo del asiento y se quedó tan fresco. Estaba claro que para él ese comentario dejaba zanjado el asunto, los supuestos problemas de los amantes eran castigo suficiente. Lo miré fijo. Pareció sospechar, por mi silencio hosco, que las malas perspectivas de la relación del tío con su mujer no me consolaban. Bebido un largo trago se sintió obligado a continuar, a dar algo extra por la mercadería recibida —de seguro a precio de saldo— a cambio de su testimonio.

—Los que conocen bien el tema son esos hermanos abogados que tienen su despacho en el centro. No me acuerdo de los nombres…

Se llevó los dedos a la frente, frotándosela durante algunos segundos como si se tratara de la lámpara mágica de Aladino. El genio azuzó las escasas neuronas en condiciones, pero no consiguió la hazaña imposible de hacer arrancar el cerebro embotado por el escaso uso; el único resultado fue transmitir a las cuerdas vocales el impulso suficiente para lanzar un Lugardi agónico. El enorme esfuerzo hizo mella en ambos, Agustín y el genio, dejándolos desmadejados, inútiles.

—¿Esa es toda tu contribución? ¿Y para eso tanto aspaviento?

Mi mano derecha le arrugó la solapa del traje de diseño. La brusca y repentina acción lo sorprendió abriéndole los párpados hasta entonces entornados; los ojos quedaron como dos ventanas aterrorizadas sobre una cara impasible, alelada. Me pregunté si la piltrafa se asustaba por los probables golpes, por la cuenta de la tintorería o por el temor a verse obligado a devolver la droga, y me contesté que era mejor dejarlo, no valía la pena perder la noche en misiones imposibles habiendo en ella otros objetivos mejores, por ejemplo la morena despampanante que entraba en ese momento y se detenía dudando del rumbo a tomar. Deseé con tanta fuerza que me eligiera que terminé lográndolo. Los milagros, a fin de cuentas, existen. Se acercó saludándome con la mano. Agustín aprovechó mi distracción para saltar del asiento, correr a su encuentro, besarla con pasión, intercambiar un par de frases y desaparecer a través de la puerta más cercana sin mirar atrás. Quedé aturdido, anonadado. Ferrutti, que observaba mi frustración desde la barra, gesticuló con los hombros alzados y las manos abiertas un revanchista ¡qué le vamos a hacer! doloroso, de derrota. Mi único y triste consuelo fue concluir que, por suerte, las películas taquilleras nunca son las mejores.

Estuve largo rato tratando de vencer la sensación de incomodidad. Al fin pude irla diluyendo, poco a poco, en el alcohol. Cuando casi lo había logrado reapareció mi pluriempleado amigo. Había terminado su trabajo y ya podía sentarse a disfrutar la copa que traía en la mano. Nos quedamos sumidos en el silencio hasta que se apagaron la mayoría de las luces del local y entraron los encargados de la limpieza. Entonces salimos al exterior. Acostumbrado a la escasa luz de la discoteca, la noche me pareció muy clara. Hasta podía ver con nitidez a los bailarines rezagados desfilar rumbo a la iglesia con el objetivo de pedir perdón por sus pecados. Siguiéndolos con la mirada comprendí mi error, su verdadero destino eran los densos matorrales que rodeaban el templo y sus intenciones mucho más terrenales.

Las calles estaban mojadas —había caído un breve aguacero— y las ruedas de los coches chirriaban en el asfalto. Pocas ventanas continuaban iluminadas. La tregua nocturna alcanzaba su esplendor, los músculos se relajaban metidos en el descanso, las mentes vagaban por sitios de ensueño, lugares ajenos a cualquier problema, una parte de la vida sin penas ni olvido.

—A esta hora dejo la discoteca todas las noches. Me encanta esta tranquilidad, este silencio, las luces tenues jugando en la fachada de los edificios oscuros. Tengo la impresión de acceder a una dimensión diferente, a otra realidad. Esta ciudad nuestra, tan triste, se vuelve de repente mágica.

Ferrutti caminaba con las manos metidas en los bolsillos del pantalón dejando escapar palabras suaves, medidas. Su enfado era historia. Él también, en ese momento, era diferente, capaz de alcanzar nuevos vuelos. Parecía más alto, su semblante adquiría, a la mortecina luz de los faroles, la tranquilidad de la pasión serena; a sus ojos los hacía brillar un magma interior contenido.

Un carro tirado por un caballo y guiado por un hombre fantasma traqueteó en el pavimento desparejo. La carga de desperdicios perdió su equilibrio amenazando caer. El niño del pescante abandonó su asiento y en dos saltos estuvo al lado de la montaña fétida. Su mano experta volvió las descarriadas porquerías a su equilibrio anterior.

—Pensar que a esta hora, en algún lugar del planeta, alguien tira comida o se compra ropa que nunca usará.

El magma salió al exterior, el rostro perdió serenidad y los dientes se cerraron hinchando las mandíbulas. Mi querido amigo libraba una lucha interior, como la buena gente de nuestro planeta, entre sus necesidades personales y la urgencia de una justicia colectiva.

El carro se perdió a lo lejos. Nosotros pudimos colocar el cochecito a motor proa al centro. El silencio de las calles vacías era como un sedante adormecedor. En un momento abrí los ojos y me pareció ver a mis padres y sus amigos volando sobre Montevideo.

3

A un costado de la calle principal, en un edificio viejo con categoría, una placa dorada al lado de los timbres anunciaba: en el tercer piso, abarcando todas las puertas, está el despacho de los hermanos Lugardi. En el hall de entrada se alzaba, cual muro de contención, la figura de un portero de anchos hombros enfundado en un traje gris cuyo pantalón tenía dos franjas de tela más oscura sobre las costuras exteriores. El muro humano detenía a todos los desconocidos sometiéndolos a un interrogatorio cuya duración dependía de la apariencia de los interrogados: los mal entrazados recibían la expulsión de inmediato; los demás eran sometidos a estudio, porque hay gente capaz de disfrazarse tratando de parecer lo que no es, nunca se sabe. Aprobé el examen con bastante buena nota y recibí el premio de la sonrisa y la mano extendida señalando el ascensor al paraíso de las leyes. Minutos después descansaba en uno de los cómodos y modernos sillones negros de la sala de espera del bufete de abogados. La secretaria, una mujer madura de ceño fruncido que me había recibido de manera fría, asomó su proa anunciándome, de forma impersonal y seca, la disponibilidad del señor Augusto Lugardi para dedicarme una mínima parte de su precioso tiempo.

—Un nombre de pila muy apropiado —susurré al pasar a su lado.

—¿Cómo dice? —masculló la fruncida.

—Déjelo señora, usted debe haber estudiado poca historia —deslicé en su oído antes de atravesar la puerta del despacho.

El abogado de nombre imperial, un hombre gordo de traje marrón, papada abundante y ojos abotargados, recién salidos de la digestión lenta de un desayuno copioso, estaba incrustado en una silla de alto respaldo detrás de un escritorio un poco más pequeño que una cancha de basketball. Los papeles pululaban a lo largo y ancho del rectángulo, conviviendo con un cenicero enorme de madera —labrada por un orfebre esquizofrénico hasta conseguir una escena bucólica—, un pisapapeles de plata con bordes en oro y una pluma antigua de plata. Calidad y categoría, pretendían proclamar los objetos. Dinero, solo dinero, opinarían los mal intencionados. Yo me reservaba la opinión para después.

Augusto acomodó en su rostro una de sus múltiples muecas risueñas adaptables y acto seguido me señaló, desganado, una de las sillas de diseño destinadas a los clientes. Mientras me acomodaba imaginé las lágrimas que se habrían derramado sobre la tela delicada y las canalladas que habrían presenciado desde los cuadros colgados en las paredes los adustos señores de largos bigotes y los guerreros de ojos afiebrados. Experimenté entonces cierta momentánea pena por los abogados, profesionales atormentados, atrapados en la dura dicotomía de servir a los ricos que hacen las leyes o a los ricos que las contravienen. Ellos, los Lugardi, venían de una antigua familia patricia, famosa por su dedicación a las normas escritas y su habilidad para sobrevivir a las tragedias nacionales. Los dos hermanos de esta generación eran conocidos por su implacabilidad, por sus vicios y vida disipada, y por haber sido cómplices de la dictadura, no porque esta les gustara, sino porque hubieran sido cómplices de cualquier detentador de algún poder. Tenían todas las condiciones para ser, y eran, un perfecto par de canallas, pero no por acción sino por omisión; no urdían tramas ni participaban en conjuras, su condición de ambiciosos patológicos, unida a la de enfermos de la voluntad, los llevaba a aceptar lo que fuera.

—Mire, iré directo al grano —amenacé a una cara cuya mueca expectante parecía decir «de qué querrá hablarme este idiota», sintiéndome enseguida un personaje de película policial de tercera categoría—. Busco a la señora Amanso por encargo de un pariente y alguien conocido me ha dicho que le preguntara a usted o a su hermano.

Resuelto el enigma, el rostro se distendió. Ahora ya sabía a qué venía y no iba a tardar en echarme a patadas, porque ningún abogado en su sano juicio, y menos uno tan importante, daba información confidencial.

—¿Quién? —preguntó después de asegurar que consultarlo a él o a su hermano daba lo mismo.

Era una pregunta extraña porque ningún investigador serio revelaba la identidad de sus fuentes.

—¿Quién me hizo el encargo de buscar a su mujer o quién me dijo que viniera aquí?

—Quién le dijo que viniera aquí. Al del encargo lo conozco, me tiene al tanto.

—Agustín Mastranza —me apresuré a decir. Después de todo yo no era investigador, en lo relativo a la seriedad no hay que exagerar, y el ínclito abogado no era muy diferente a mí, hasta el momento no me había echado a patadas como era lógico y esperado.

—¿Lo conoce bien?

—No soy su amigo, si eso es lo que quiere decir.

—Agustín Mastranza es un crápula sin amigos.

Aunque el muchacho no me agradaba, y el incidente con la morena había bajado su ya casi inexistente cotización, la seguridad de la frase y la forma en que fue lanzada —con desprecio, sin ningún respeto a mi posible opinión sobre él— me molestaron, demostraban falta de tacto y cierto rencor. Quizás el tarambana, típico destructor de hogares, le hubiera jugado a Augusto alguna mala pasada personal.

—Pero estoy seguro que usted no vino aquí a charlar sobre las relaciones humanas —continuó el leguleyo sin importarle en lo más mínimo mi desagrado—. Vayamos a lo que en realidad nos interesa. No sé cuánto le habrá contado el señor Monroe.

La enorme popularidad del dúo Monroe-Amanso y el carácter público de sus andanzas me dejó sin palabras. Augusto quedó también en silencio, hasta que, cansado de esperar, prosiguió:

—La señorita Ana Amanso se ha apropiado de ciertos documentos y de una suma considerable de dinero.

—Vamos a ver… —deslicé como corto prólogo de las importantes palabras que vertería a continuación—. El señor Monroe se presenta en mi despacho con la intención de contratarme para que busque a su amiga. Tan luego a mí, que no me dedico a este tipo de trabajo específico. Ahora se agrega el robo. ¿Por qué no acude a la policía? —Una pregunta clave, de manual. Me sentí orgulloso de la variedad de mis facetas.

—No podemos ni queremos. Nuestra única intención es que la señorita Amanso devuelva lo que se llevó. Ir a la policía significaría meterse en problemas legales y escándalos que nuestro cliente no puede asumir. Un detective conocido o una agencia serían fácilmente reconocibles. Buscamos discreción total y creo que con usted podemos tenerla.

Una explicación también de manual. Se veía que los dos habíamos leído mucho, el policial clásico no nos era ajeno.

—Su tarea es sencilla. La busca, la localiza y cobra los honorarios y la comisión. Así de simple —remató como si hubiera encontrado la piedra filosofal.

Alto, me dije. No des la impresión de estar suplicando el dinero de rodillas, resistite a morder el fácil anzuelo de la comisión; tenés que mantenerte a la expectativa, impertérrito. Eso hice. Augusto, por el contrario, parecía morirse de ganas de ponerme al tanto.

—¿Un diez por ciento del dinero rescatado le parece bien? —cortó camino. Sin esperar respuesta habló despacio, calculando el efecto de sus palabras— Ella se ha llevado un millón de dólares.

En caso de haber estado bebiendo me hubiera tirado la bebida encima. De repente, en un santiamén, mis problemas económicos se solucionaban a través de un trabajo sencillo, un juego de niños. «Para, para, muchacho. Es raro que te regalen tanta guita, acá hay gato encerrado», advirtió mi conciencia con razón, pero eso no se piensa frente al caramelo envenenado, se lamenta después, cuando vienen los dolores de estómago. «Vete, no te necesito», le grité a esa voz interior surgida inopinadamente y totalmente fuera de lugar. Sin darle tiempo a reaccionar resolví el tema:

—¿Tiene idea del lugar al que se dirige esta señora?

—Le perdimos la pista la semana pasada. Suponemos que cargando esa suma de dinero no va a quedarse aquí, en este medio tan chico.

—Lo averiguaré —aseguré con una firmeza inconsciente.

Unos golpecitos en la puerta preanunciaron su pronta apertura. La hoja cedió y por la tímida hendija asomó la figura antigua —blusa blanca con volados y anteojos de carey— de la secretaria fruncida.

—Le esperan en la reunión —recordó a su jefe a través de voz y mirada de terciopelo. Para mí, que era una presencia inadecuada en un lugar tan fino, reservó la frialdad.

Augusto sintió la llamada del trabajo de la misma forma que Tarzán siente la de la selva: se puso de pie como impulsado por un resorte, hinchó el pecho y se dispuso a la acción. Faltó el alarido, una lástima.

—Manténganos al tanto —me ordenó a modo de puntapié final.

Me apresuré a batirme en retirada, no fuera a ser que mi tardanza pusiera en peligro el dinero a cobrar. Al pasar junto al escritorio de recepción recibí la leve sonrisa compasiva dedicada a los inconscientes que se retiran de un lugar sin usar la salida correspondiente, en mi caso la puerta trasera y el ascensor de servicio. La secretaria, acostumbrada a la primera división, me recalcaba las diferencias y me hacía saber que me estaba perdonando la vida.

En la calle me asaltaron las preguntas: ¿Por qué me contrataban? ¿Habrían averiguado mi precaria situación económica y querían ayudarme? ¿Sería por mi personalidad avasalladora? ¿Qué les aseguraba yo, qué podía garantizarles, cuál era mi papel?

Sentado a la mesa de un bar en una calle cercana, saboreando una cerveza fresca, calmé mi calenturienta conciencia —reaparecida dando la lata, echándome en cara la rápida decisión— prometiéndole claridad en relación a los movimientos futuros: la buscaría hasta encontrarla y punto final. El dinero iba a ser mi única meta.

Desde una cabina llamé a la agencia de viajes de un amigo. Durante la semana habían salido dos vuelos a Europa y uno a Estados Unidos. Aunque la lista de pasajeros era casi misión imposible él tenía un par de contactos. Anochecía. Sentí deseos de una piel en la yema de los dedos. Pese a nuestra aún cercana declaración de tregua, Amanda seguía siendo la primera de la lista, mi preferida. En un discreto segundo plano se situaban Silvia y Adela. ¿Jugarían ellas, igual que yo, con ases en la manga? Cabía la posibilidad. Las llamé a todas por orden de interés. Amanda no podía explicarse mis actitudes, mi falta de compromiso, quizá más adelante, cuando se calmara. Adela tenía una cena con amigas y otras excusas. Por último Silvia. ¡Bingo! A ella le agradaba la idea de una pizza y una película. Para la pizza tenía todos los ingredientes, la película podía alquilarla en el video de la esquina, algo liviano, nada intelectual, que sirviera de pretexto. Caminé despacio hasta mi casa, dejando que la suave brisa me acariciara la cara.

Como primera medida eché la levadura fresca en una taza y le agregué azúcar y agua caliente. Después la metí en un lugar oscuro y tibio a leudar. Acabada la primera parte del rito culinario puse música, me serví una bebida acompañada de trozos de longaniza y galletas y me tiré en el sofá.

La suave melodía y el sabor fuerte del fiambre me llevaron en andas hasta la casa de mi abuelo en el campo, un pequeño rancho repleto de maravillas, donde la felicidad parecía una meta alcanzable. En invierno las naranjas desbordaban las copas de los árboles. Era un gusto arrancar uno de aquellos maravillosos frutos y pelarlo despacio absorbiendo el perfume de las miles de gotitas que escapaban de los cortes del cuchillo en la cáscara. Durante la primavera las frutillas, en verano las fiestas en familia, el asado en la parrilla, la ensalada de frutas con ananá y los turrones en las fiestas. Mi abuelo se retiró para siempre de escena un martes de abril y la obra El pequeño mundo feliz cayó de la cartelera de forma irrevocable. No sé por qué lo bueno se termina acabando. Debíamos haber seguido disfrutando los que quedábamos, pero quizá fuera aquel hombre viejo el centro y el motor de ese disfrute y todo lo demás surgiera como consecuencia natural de su presencia.

Finalizada la música y el ejercicio de nostalgia, abrí una lata de tomates, piqué bastante ajo y los mezclé; agregué orégano a discreción, un toque de tomillo, sal y aceite. Saqué la levadura fresca que desbordaba la taza, la eché sobre la harina en un bowl y trabajé la pasta hasta conseguir una masa suave que dejé reposar una media hora, aprovechada en juguetear con el olvidado saxo. Formé la pizza y la metí al horno diez minutos antes del sonido del timbre. Silvia apareció sonriente, acarreando su cuerpo rotundo y un recipiente de helado. Una noche perfecta. El mundo empezaba a ser un lugar casi recomendable.

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Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
22 ekim 2025
Hacim:
151 s. 2 illüstrasyon
ISBN:
9788412484816
Yayıncı:
Telif hakkı:
Bookwire
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