Kitabı oku: «El jugador»
El jugador

El jugador (1866) Fedor Dostoyevski
Editorial Cõ
Leemos Contigo Editorial S.A.S. de C.V.
edicion@editorialco.com
Edición: Septiembre 2021
Imagen de portada: Edvard Munch
Traducción: Anna Lev
Prohibida la reproducción parcial o total sin la autorización escrita del editor.
Índice
1 I
2 II
3 III
4 IV
5 V
6 VI
7 VII
8 VIII
9 IX
10 X
11 XI
12 XII
13 XIII
14 XIV
15 XV
16 XVI
17 XVII
I
Por fin estaba de vuelta, después de un par de semanas ausente. La familia llevaba ya tres días en Ruletemburgo. Yo pensé que me estarían aguardando ansiosamente, pero me equivocaba. El general me recibió con indiferencia y altanería, y me envió con su hermana. Era evidente que, quién sabe cómo, había conseguido un dinero en préstamo. Hasta me pareció que rehuía mis miradas. María Filípovna, que estaba muy atareada, apenas si me dirigió la palabra, pero aceptó el dinero que le traía, lo contó y escuchó mi relato hasta el fin. Hoy estaban invitados a comer Mezonsov, un francés y también un inglés. Porque cuando hay dinero se ofrece un gran banquete a los amigos. Esta es una costumbre moscovita.
Pólina Alexándrovna, al verme, me preguntó por qué había tardado tanto tiempo en volver, y sin esperar contestación, se retiró inmediatamente. Sé que lo hizo adrede. Pero me era muy necesario darle una explicación. Siento el corazón oprimido. Me habían reservado una pequeña habitación situada en el quinto piso del hotel. Aquí todos saben que pertenezco al séquito del general. Todos se dan aires de grandeza, y creen que el general es un noble ruso muy rico. Antes de la comida, mi empleador aún tuvo tiempo para hacerme algunos encargos, entre ellos el de cambiar algunos billetes de mil francos. Lo hice en el mostrador del hotel, a la vista de alguna gente. Así, al menos durante una semana, todos van a creernos millonarios. Quise acompañar a Misha y a Nadia en su paseo diario; pero cuando estábamos ya en la escalera, a punto de salir, el general me mandó llamar. Quería saber adonde llevaba a sus hijos. Es evidente que este hombre no puede mirarme con franqueza a los ojos. Él parece deseoso de hacerlo, pero a cada tentativa suya le respondo con una mirada tan fija, es decir, tan poco respetuosa, que logro desconcertarlo. Con frases ampulosas y retorcidas me dio a entender que nuestro paseo debía tener lugar en el parque, lo más lejos posible del casino. Por último se enojó, y así, enfadado, me dijo:
—¿Es que va usted a llevar a los niños a jugar? Perdóneme —añadió inmediatamente—, me han dicho que usted es muy débil y capaz de dejarse arrastrar por el vicio del juego. En todo caso yo no soy ni deseo ser su padre; pero sí tengo derecho a velar para que no me comprometa... . ,, —Se le olvida —respondí tranquilamente— que no tengo dinero. Hace falta dinero para perderlo en el juego.
—Se lo daré —respondió el general, ruborizándose. Buscó por su mesa, consultó un cuaderno y se dio cuenta de que me debía unos ciento veinte rublos.
—¿Cómo lo arreglaremos? —me dijo—. Hay que cambiarlos en táleros. Pero aquí tiene cien táleros. Lo demás espero que no lo perderá.
Tomé el dinero sin decir nada.
—Yo quisiera creer que no se ofenderá por mis palabras. Usted es muy sensible... Si le hice esta indicación, fue a modo de advertencia, y creo tener derecho... Al regresar antes de la comida, con los niños, me encontré en el camino con toda la partida. Iban de excursión a unas ruinas. Se veían dos carruajes soberbios con sendos caballos, también magníficos. La señorita Blanche ocupaba uno de los coches con María Filípovna y Pólina; el francés, el inglés y el general les escoltaban a caballo. Muchos paseantes se detenían a admirar el cortejo, que producía un efecto estupendo. Yo calculaba que con los cuatro mil francos que les habían traído, y lo que podrían haber pedido y restado, tendrían siete u ocho mil francos. Esto era muy para la señorita Blanche.
Esta dama se hospedaba en el mismo hotel en compañía ¿e su madre, al igual que el francés. Los empleados del hotel le llamaban señor conde y a la madre de la señorita Blanche, señora condesa. Tal, vez fuesen en realidad un conde y una condesa de verdad.
Yo suponía que el señor conde no iba a saludarme a la hora de sentarse a la mesa. Es obvio que el general no pensaba presentarnos, o al menos decir mi nombre. El conde, que había vivido en Rusia, conocía a la perfección qué insignificante es un outchitel, es decir, un preceptor.
Según parece, el general se olvidó de dar órdenes, y de buena gana me habría enviado a comer a la mesa redonda, con el resto de la servidumbre. Opté por presentarme personalmente, lo que me valió una mirada fulminante del general. La buena de María Füípovna me asignó inmediatamente un sitio. La presencia del señor Astley —el inglés— favoreció mis planes, y así terminé formando parte de aquella extraña sociedad.
El inglés es un hombre raro. Lo conocí en Prusia, en el tren, cuando iba a reunirme con los nuestros. Luego lo volví a encontrar en la frontera francesa, y finalmente, lo vi otra vez en Suiza. Y ahora, de súbito, volvía a encontrármelo en Ruletemburgo. Es un hombre muy tímido. Pero no tiene un pelo de tonto. Es agradable, modesto, encantador. Cuando nos encontramos en Prusia, conseguí que hablara. Entonces me contó que el verano pasado había viajado al cabo Norte y que tenía deseos de visitar la feria de Nijni Novgorod. No sé cómo hizo amistad con el general. Creo que está enamorado de Pólina.
Al entrar ésta, se ruborizó intensamente. Manifestó una gran satisfacción de volverme a encontrar y me dijo que me consideraba un íntimo amigo. En la mesa, el francés se puso en evidencia con sus toscos modales. Trataba a todos con altanería. En Moscú, sin embargo, siempre procuró pasar inadvertido. Habló mucho de economía y de la política rusa. El general se permitió algunas veces llevarle la contraria sólo lo necesario para salvar su prestigio.
Yo estaba de muy mal humor. Antes de llegar a la mitad de la comida, me había hecho la eterna pregunta: "¿Por qué estoy ligado al general y por qué no lo he abandonado desde hace tiempo?"
De vez en cuando miraba a hurtadillas a Pólina Alexándrovna, pero ella no me prestaba la más mínima atención. Esta fue la gota que derramó el vaso: la cólera se apoderó de mí y estallé. Entré a la discusión, con deseos de provocar al conde francés. Encarando al general, le dije que aquel verano los rusos no podían sentarse a comer en la mesa redonda. El general me miró asombrado.
—Esto sí que es una gran molestia para nosotros —continué—. En París, en el Rhin, e incluso en Suiza, las mesas de los hoteles están tan llenas de polacos y de sus buenos amigos los franceses, que a un buen ruso no le es posible abrir siquiera la boca.
Lo dije en francés. El general me miraba incrédulo: no sabía si enojarse o mostrarse sorprendido por mi falta de tacto. —Eso quiere decir que alguien le ha dado a usted una buena lección —dijo el francés, despectivamente.
—En París —le contesté— tuve una discusión con un polaco, y luego con un oficial francés que salió en su defensa. Pero varios franceses se pusieron de mi lado al escucharme relatar cómo casi escupí en la taza de un obispo. —¿Escupir? —dijo con altivez el general, y lanzó una mirada hacia la mesa.
El francés me miró, desconfiado.
—En efecto —contesté—. Durante dos días supuse que los encargos me retendrían en Roma. Fui a la nunciatura para pedir mi visa y allí fui recibido por un cura que me pidió que esperara, en tono amable, pero glacial. A pesar de que llevaba mucha prisa, me senté y empecé a leer, en La Opinión Nacional, un artículo en contra de Rusia. Mientras leía, pude ver que otra visita había sido llevada ante la presencia de monseñor. Vi cómo el sacerdote que me atendió se deshacía en reverencias. Le insistí para que me atendieran y él me volvió a decir, mucho más cortante esta vez, que debía esperar. Pasado un momento, otro recién llegado, un ciudadano austríaco al parecer, fue también conducido, sin hacerle esperar, al primer piso. Ya molesto, me dirigí nuevamente al cura y le declaré que ya que monseñor recibía, podía ocuparse de mi asunto, que era muy urgente. El cura retrocedió, asombrado de ver cómo un insignificante ruso osaba ponerse al nivel de los ilustres visitantes de monseñor. Entonces me miró de pies a cabeza y exclamó, indignado: "¿Cree usted, pues, que monseñor va a dejar su café y su conferencia con el señor cardenal?" Entonces yo, sin poder contenerme, exclamé en voz mucho más alta que la suya, también indignado: "¡Me tiene sin cuidado el café de su monseñor, si es por mí, escupiría en su taza! Si usted no resuelve el asunto de mi pasaporte, iré a verlo personalmente." "¡Imposible! ¡En este preciso momento está con un cardenal!", exclamó el cura, retrocediendo asustado hacia la puerta y extendiendo los brazos como para hacerme comprender que estaba dispuesto a dejarse matar antes que cederme el paso. Entonces le contesté que yo era ruso; por tanto, una especie de ser incivilizado y que me tenía sin cuidado toda la jerarquía eclesiástica. Me mostré intratable. El mentado curita, con una mirada llena de odio, me arrancó el pasaporte y se lo llevó. Al poco rato ya tenía mi visa. ¿Quieren ustedes comprobarlo con sus propios ojos?
Saqué el pasaporte y mostré el visado pontificio.
—Permítame... —quiso decir el general..
—Hizo usted muy bien en decir que era un ruso bárbaro —observó con ironía el francés—. Fue un gran acierto.
—¿Debería haber seguido el ejemplo de algunos rusos. que no se atreven jamás a decir nada y están siempre dispuestos a renegar de su nacionalidad? Les aseguro que en mi hotel de París, me trataron mucho mejor desde que se enteraron del episodio con el cura. Los franceses mismos. incluso, me dejaron relatar que hace unos dos años conocí a un individuo contra el cual, en 1812, habían disparado unos soldados franceses para divertirse. Era en aquel entonces un muchacho de diez años, cuya familia no había tenido tiempo de abandonar Moscú. ' . —¡Eso no es cierto!—protestó el francés—. Nuestros soldados no disparan contra los niños. .
—Lo que les conté es verdad —contesté—. Conozco el hecho por un honorable capitán retirado, digno de respeto, y yo mismo pude ver en la mejilla del niño la cicatriz. El francés empezó a mascullar algunas frases. El general intentó escucharlo, pero yo le recomendé que leyese, por ejemplo, las Memorias del general Perovski, un soldado prisionero de los franceses en 1812. Finalmente, para terminar con la discusión, María Filípovna nos pidió cambiar de tema. El general se disgustó conmigo, pues el francés y yo habíamos llegado ya a la disputa violenta. Por el contrario, ésta pareció agradar tanto al inglés, a míster Astley, que al levantarse de la mesa, me invitó a beber un vaso de vino con él. Por la noche, durante el paseo, pude sostener con Pólina Alexándrovna una conversación de un cuarto de hora mientras los demás se habían ido al casino a jugar. Pólina se sentó en un banco, ante la fuente, y le dio permiso a Nadia para que jugara con sus amiguitas. Yo hice lo mismo con Misha y así nos quedamos solos. Enseguida hablamos de negocios. Pólina se molestó mucho al ver que no le entregaba más que setecientos florines. Estaba persuadida de que en París habría podido empeñar sus joyas por dos mu florines o más.
—Necesito dinero, como sea —me dijo—, de lo contrario, estoy perdida.
Entonces le pregunté qué le había ocurrido en mi ausencia. —Nada, salvo que hemos recibido noticias de Petersburgo. Otra vez la abuela está muy enferma, y luego, dos días después, nos dijeron que había muerto. Esperamos ahora la confirmación de esta noticia.
—Entonces, ¿todo el mundo espera lo mismo?
—Así es. Desde hace seis meses ésta es nuestra única esperanza.
—Y usted, ¿también espera? —la interrogué.
—Tenga en cuenta que yo no soy parienta de la abuela, sino tan sólo la hijastra del general. Sin embargo, espero que me recuerde en su testamento.
—Adivino que usted heredará una buena suma —dije con aplomo.
—Sí, la pobre vieja me quiere mucho; pero ¿por qué dice usted eso?
—Dígame ahora —repliqué—, ¿el marqués también está enterado de estos secretos de familia?
—¿Por qué lo pregunta? —me contestó Pólina lanzándome una mirada dura.
—Si estoy en lo correcto, el general ya sabe cómo pedirle dinero prestado.
—Adivinó usted.
—No es difícil, ¿o cree usted que de no saber el estado de la pobre abuela hubiese abierto su bolsa? ¿No se ha dado usted cuenta que, durante la comida, al referirse a la abuela, la ha llamado babulinka, abuelita? ¡Qué conmovedora familiaridad!
—Tiene razón. Cuando sepa que yo también heredaré, seguramente me pedirá en matrimonio. ¿Era esto lo que deseaba saber?
—¡Cómo! ¿Es que aún no lo ha hecho?Yo creí que ya se lo había pedido.
—¡Usted sabe muy bien que no! —exclamó Pólina. enfadada—. ¿Y de dónde sacó usted a ese inglés? —añadió tras un breve silencio.
—Esperaba que me hiciera esta pregunta.
Le conté entonces todo lo referente a mis anteriores encuentros con míster Astley.
—Es muy tímido y enamoradizo —añadí—, seguramente ya estará prendado de usted. .
—Sí, así es —me confesó Pólina.
—Es mucho más rico que el francés. ¿Tiene dinero ese francés? ¿Es un hombre honorable?
—Sí. Posee un castillo. Ayer me lo confirmó el general. ¿Es suficiente o quiere saber más?
—Yo, en su lugar, no dudaría en casarme con el inglés. —¿Por qué? —quiso saber Pólina.
—Porque si bien el francés es más guapo, es peor persona. Además de honrado, el inglés es mucho más rico.
—¡Sí, pero el francés, además de su marquesado, es mucho más inteligente! —objetó ella con tranquilidad.
—¿De veras? —le pregunté en el mismo tono.
—Absolutamente. .
Mis preguntas parecían no ser de su agrado. Comprendí, por el tono y la forma de contestar, que buscaba irritarme; y así se lo dije.
—¡Qué quiere usted! Me gusta hacerlo enfadar. Además, por el hecho de tolerar este interrogatorio, me debe usted una compensación.
—Si me otorga el derecho de hacerle toda clase de preguntas —repliqué tranquilamente—, estoy dispuesto a darle cualquier compensación; con mi vida, si es preciso.
Pólina se rió a carcajadas.
—La última vez que subimos al Schlangenberg, me dijo usted que estaba dispuesto, si yo así se lo pedía, a arrojarse de cabeza al abismo. Ya llegará el día en que le haré esta; señal, únicamente para ver si me cumple. Sepa que lo odio porqué le he consentido demasiadas cosas, y todavía más porque necesito de usted. Y como lo necesito, debo tratarlo bien.
Iba a incorporarse. Su voz sonaba irritada. Desde hacía tiempo estos encuentros terminaban siempre con enfados y animosidad; sí, ésa es la palabra: animosidad.
—¿Le puedo hacer una pregunta? ¿Quién es esa señorita Blanche? —le dije, deseoso de que no se fuera sin haberme dado una explicación satisfactoria.
—Usted sabe muy bien quién es la señorita Blanche. Nada nuevo ha ocurrido desde que usted se fue. La señorita Blanche será seguramente la nueva genérala..., siempre y cuando el rumor de la muerte de la abuela se confirme... pues tanto la señorita Blanche, como su madre y su primo, el marqués... saben de nuestra ruina. —¿Y el general está enamorado de ella?
—No quiero hablar de eso ahora. Escúcheme bien. Aquí hay setecientos florines, lléveselos y gane lo más que pueda á la ruleta. Necesito el dinero ahora, sea como fuere.
Después de decir esto llamó a Nadia y fue a reunirse con la familia, cerca del casino. Yo caminé por el primer sendero de la izquierda, perplejo.
Su pedido de que jugara a la ruleta me había producido el mismo efecto que el de un golpe en la cabeza. Me sucedía algo extraño; si bien tenía muchos motivos de meditación, por ahora me absorbía en el análisis de mis sentimientos hacia Pólina. A decir verdad, durante los quince días que duró mi ausencia, sentía el corazón menos oprimido que cuando mi regreso. Sin embargo, durante el viaje, también había pasado por momentos de mucha angustia, desvariando y hablando en sueños. Una vez —creo que fue en Suiza— me dormí en el tren y hablé en voz alta con la ausente Pólina, lo que motivó las burlas de mis compañeros de viaje.
Hoy vuelvo a preguntarme: "¿la amo?", y una vez más no sé qué contestar. Otras veces me he contestado que la odiaba. Sí, me era odiosa. Hubo momentos —sobre todo al terminar cada uno de nuestros encuentros— en que hubiese dado lo que fuera con tal de poder estrangularla. De haber sido posible apuñalarla, creo que lo hubiera hecho con placer.
Sin embargo, si al estar en el Schlangenberg, en aquella montaña ahora de moda, me hubiera dicho: "Arrójese al abismo", lo habría hecho con satisfacción. Pero de un modo o de otro, esta crisis debía resolverse. Ella la entiende perfectamente, y su idea que tiene de mí, de que no puedo realizar sus caprichos, le proporciona una satisfacción ordinaria; ¿Podría, si no fuese así, tan prudente como es, mostrarse tan familiar y tan fresca conmigo?
Tengo la impresión de que siempre me ha considerado como aquella emperatriz de la antigüedad que se quitaba la ropa frente a su esclavo porque no lo consideraba como un hombre. Sí, muchas veces ella no me ve como un hombre.
Sin embargo, me había confiado un encargo: ganar en el juego, de cualquier manera.
No tenía tiempo para reflexionar el porqué ni en qué tiempo era necesario ganar, ni qué nuevas fantasías estarían pululando en aquella cabecita que siempre calculaba. Además, durante estas dos semanas era evidente que habían ocurrido nuevos acontecimientos, de los que no me había dado todavía cuenta.
Era preciso averiguarlo, aclarar todo lo más rápidamente posible. Pero ahora no podía... Debía ir al casino y ganar en la ruleta.
II
Confieso que jugar para otros me era muy desagradable. Aunque pensaba hacerlo en cualquier momento, nunca tuve la idea de apostar dinero ajeno.
En el colmo del desconcierto y el mal humor, ingresé al casino. No me gustaba el ambiente de aquel lugar. Cada tanto leía en el periódico las crónicas de algunos compatriotas, quienes, al inicio de la primavera, escriben ríos de tinta acerca del boato y lujo de los casinos de los balnearios del Rhin, y luego hablan aún más acerca de imaginarios niontones de oro, que, según dicen otros, cubren sus mesas. No sé si se les paga por hacer estas descripciones que más bien parecen estar inspiradas en una complacencia servil.
En realidad, estas lúgubres salas carecen de tal esplendor y, en lo que se refiere al mencionado río de oro, no solamente no está amontonado sobre las mesas, sino que se le ve muy poco durante la temporada. De vez en cuando llega de pronto algún extravagante inglés, asiático o turco, que gana o pierde grandes sumas. Pero el resto de los jugadores no arriesgan sino pequeñas cantidades, por lo que, regularmente, no hay oro sobre el tapete verde.
Ensimismado en estas evocaciones, por primera vez en mi vida, puse los pies en un casino, dudando antes de jugar. Tanta gente me inhibía, pero aun si hubiera estado solo, habría ocurrido exactamente lo mismo. Debo confesarlo: mi corazón se escuchaba desbocado en mi pecho y no me sentía tranquilo. Algo me decía que no me iría de Ruletemburgo sin una aventura o un acontecimiento algo radical y definitivo que cambiase —tal vez fatalmente— mi destino. Así debe ser.
Tal vez suene ridícula esta confianza en la ruleta, pero me parece todavía mucho más risible la opinión de que es absurdo esperar algún beneficio del juego. ¿Acaso es peor el juego que cualquier otro medio para ganar dinero? Verdad es que de cada cien personas, sólo gana una, pero... ¿es esto realmente importante?
Sea como fuere, entré decidido a observar primero y no hacer nada de importancia aquella noche. No esperaba nada. Tal era mi convicción en aquellos momentos.
También necesitaba familiarizarme con el mecanismo del juego, pues, si bien había leído muchas descripciones acerca del funcionamiento de la ruleta, en realidad no entendía nada. En primer lugar, todo me pareció sucio y repugnante. Y no me refiero con ello a la expresión inquieta de muchos rostros que, en grandes cantidades, posan sus ávidos ojos sobre el tapete verde. No veo nada de sucio en el deseo de ganar rápidamente la mayor cantidad de dinero. La avidez es siempre la misma, no importa cuál sea el objeto. Todo es relativo en este mundo.
Lo que es mezquino para un rico banquero, tal vez sea opulento para mí, y en lo que se refiere al lucro y a la ganancia, no es solamente en la ruleta, sino en todas las cosas donde procuramos enriquecernos a costa de otros. Otra cuestión es saber si el lucro y el provecho son sucios en sí mismos... Pero no quiero hablar ahora de eso.
Necesitaba ganar, me invadía un vivo deseo de hacerlo. Ese pecado me era familiar en el momento de entrar al casino. No hay nada más agradable que el no hacer ceremonias previas, sino conducirse abiertamente y con desenfado. Además, ¿qué sentido tiene el censurarse a uno mismo? ¿No es un pasatiempo vano y desconsiderado? Lo que no me agradaba de esta reunión de jugadores, era su modo respetuoso de actuar, esa seriedad y deferencia con que todos rodeaban las mesas. Ahora me explico por qué existe esa demarcación entre el juego llamado de mal género y el que juega un hombre correcto.
Existen dos clases de juego: uno para uso de caballeros; y el otro, plebeyo y rastrero, propio de las clases bajas. La distinción es sólo de nombre, pues en el fondo, ¡qué vileza bulle en esta pasión!
Un verdadero caballero, por ejemplo, arriesga poco —si es muy rico, tal vez llegue a apostar hasta mu francos— pero lo hace por amor al juego, por el placer. Encuentra deleite en la ganancia y en la pérdida, pero sin apasionarse por el lucro. Jamás obedece al plebeyo deseo de ganar mucho dinero fácilmente.
Un gentleman considera el juego como un agradable pasatiempo, cuyo único objetivo es el de divertirle. Jamás piensa acerca de las trampas y cálculos sobre los que se basa la banca. Y siempre debe suponer que todos los demás jugadores que le rodean son también ricos caballeros que juegan únicamente para divertirse.
Esta ignorancia acerca de la realidad es, sin duda alguna, sumamente aristocrática. He visto a algunas nobles madres instruir a sus inocentes hijas de quince años. Dichas señoras les entregan algunas monedas de oro, a la vez que explican las reglas del juego. La ingenua jovencita; gane o pierda, se retira encantada, con la sonrisa en los labios.
Puedo ver al general que se aproxima al tapete verde con singular aplomo. Un criado le acerca una silla, pero él no parece darse cuenta. Con parsimonia saca de su monedero trescientos francos. Los pone en el color negro y gana. No retira su ganancia. El negro sale otra vez. Insiste en dejar su postura, y cuando a la tercera vez sale el rojo, ha perdido mil doscientos francos. Se retira impasible y sonriente.
Estoy seguro de que, en su interior, estaba furioso. Si la apuesta —y la pérdida— hubiese sido el doble o el triple, no creo que hubiera podido conservar su aplomo.
Un francés gana primero, y luego pierde, sin emoción alguna, treinta mil francos. El verdadero caballero no debe demostrar emoción alguna, así pierda toda su fortuna. Debe hacerle poco caso al dinero, como si fuese algo que no merece la pena el fijarse en él.
Evidentemente es de aristócratas el fingir que no se ve la suciedad de la chusma. Otras veces puede resultar distinguido fingir lo contrario: fijarse, observar los manejos de esa clase de gentuza, examinarla a través del monóculo, afectando que se les contempla como a un pasatiempo, una comedia destinada a divertir. Uno se puede mezclar con esa muchedumbre, pero entonces es preciso esgrimir la actitud de que se está presente como un aficionado, sin pertenecer realmente a eUa.
En lo que se refiere a mis convicciones morales, éstas no pueden encontrar sido aquí. Y si lo digo es como descargo de mi conciencia. Pero apuntaré que, desde hace cierto tiempo, experimento una viva repugnancia en aplicar a mis actos y pensamientos algún criterio moral, sea el que fuere. Experimenté otro impulso distinto...
Pero yo estoy aquí, y estas notas y observaciones no tienen por objeto sólo describir la ruleta. Intento también saber cómo habré de comportarme en lo sucesivo.
También he notado que, a menudo, se ve, entre los jugadores de la primera fila, una mano que se aproxima a la postura ajena. El resultado suele ser una pelea, con protestas y gritos. ¡Cómo poder probar que se trata de vuestra postura! ¡Que os han levantado un muerto, como se dice en la jerga del juego!
Al principio, todo este movimiento me pareció un gran enigma. Adivinaba que se hacían posturas en los números pares e impares, y también en los colores. Decidí entonces no jugar más de cien florines del dinero de Pólina Alexándrovna. La idea de jugar por cuenta ajena me desconcertaba. Era una sensación nada agradable de la que quería liberarme lo más rápido posible. Me parecía que jugar para Pólina aniquilaba mi propia suerte. ¿Es que acaso es posible acercarse al tapete verde sin que la superstición no se apodere de nosotros?
Empecé tomando cincuenta florines, y los puse sobre el par. El disco empezó a girar y salió el número trece. Perdí todo.
Presa de una extraña sensación, puse cinco florines al rojo. El rojo salió. Dejé los diez florines. El rojo volvió a salir. Hice una nueva postura. Salió nuevamente el rojo. Con los cuarenta federicos, coloqué b mitad sobre los doce números del centro, sin saber qué pasaría. Me pagaron el triple.
Los diez Federicos del principio ahora sumaban ochenta.
Pero, entonces, una sensación extraña me causó tal malestar que repetí la postura. Tal vez, de haber sido mi dinero, no habría yo jugado de aquel modo. Sin embargo, puse otra vez los ochenta federicos sobre el par.
Ahora salió el cuatro. Gané ochenta federicos. Recogí los ciento sesenta y salí en busca de Pólina Alexándrovna.
Estaba la familia paseando por el parque y no pude verla hasta después de la cena. Como el francés no estaba, el general se despachó a su gusto. Entre otras cosas, me dijo que no quería verme en la mesa de juego. El argumento era que se vería en un serio compromiso si yo sufría alguna pérdida importante.
—Y sí ganase usted mucho, también me comprometería —añadió gravemente—. Sé que no tengo el derecho de dirigir su conducta, pero dése cuenta que si...
Nunca terminaba sus frases, tal era su costumbre. Le contesté que, teniendo muy poco dinero, no podría arruinar a nadie con mis pérdidas, siempre y cuando se me diera para jugar.
AI subir a mi cuarto le pude entregar su dinero a PóUna y decirle que, de ahora en adelante, no jugaría más para ella.
—¿Pero por qué? —preguntó alarmada.
—Deseo jugar sólo para mí —contesté—, y eso me lo impide.
—¿Así que insiste en creer que la ruleta es su tabla de salvación? —me preguntó con ironía.
Le dije, seriamente, que así lo creía. Deseaba que todos me dejaran tranquilo. Pólina insistió en repartir la ganancia y me entregó ochocientos florines pidiéndome que continuara jugando con esta condición.
Me negué categóricamente y le dije que no jugaría por cuenta ajena, no por mala voluntad, sino porque pensaba que así perdería con seguridad.
—Pero, y aunque le parezca estúpido, no tengo otra esperanza que la ruleta —me dijo ella, pensativa—. Es por esto que debe usted continuar jugando conmigo, a medias... ¿lo hará?
Y diciendo esto, se retiró sin escuchar mis razones.
III
Ayer, Pólina no volvió a mencionar el tema del juego. Me evitó durante todo el día. Su antigua manera de tratarme no había sufrido cambio alguno.
Cada vez que nos vemos sigue tratándome con una mezcla de hiriente indiferencia y desdén hostil. No intenta, de ninguna manera, disimular su rechazo hacia mí. Por otra parte, se percata de que le soy necesario y —creo yo— me tiene como reserva para otras ocasiones que le sean propicias. Entre nosotros existe una relación extraña. Aún no la entiendo, si tengo en cuenta la arrogancia y el orgullo con que trata a todo el mundo.
Sabe muy bien que la amo apasionadamente, y hasta me permite hablarle de ello sin poner trabas. No podía demostrarme mejor su rechazo que con este mensaje: "Ves, me importan tan poco tus sentimientos, que todo lo que quieras decirme o hacer me tiene sin cuidado." Desde hace tiempo me habla mucho de sus asuntos, pero jamás lo hace con entera confianza. En su desprecio ponía elaborados refinamientos, como contarme solamente una parte de sus preocupaciones y conflictos, si así le servia. para sus fines, tratándome como si fuera su esclavo. Y si me veía compartir sus sufrimientos o sus inquietudes, preocupándome por ella, jamás trataba de tranquilizarme con una explicación amable. Me confiaba a menudo misiones delicadas y hasta peligrosas, y no era jamás del todo franca conmigo. ¡Para qué inquietarse por mis sentimientos aún viendo que yo me alarmaba y hasta atormentaba tres veces más que ella por sus preocupaciones y sus fracasos!
Desde hacía tres semanas sabía yo de su intención de jugar la ruleta. Me había pedido, incluso, que jugara yo en su lugar, pues las conveniencias prohibían que ella lo hiciese. Por el tono de sus palabras yo podía comprender que ella experimentaba una gran inquietud y que no se trataba solamente del simple deseo de ganar dinero. Poco le importa el dinero. Sé que en todo esto hay un objetivo, oscuras circunstancias que no puedo adivinar, sólo suponer.
Tal vez la humillación y la esclavitud en que ella me tiene sumido me darían la posibilidad de preguntarle abiertamente y sin vergüenza. Si es que para ella soy una especie de esclavo, no debería impresionarse por mi atrevida curiosidad. Pero aunque consiente que le dirija preguntas, jamás las contesta. Algunas veces ni siquiera me escucha.
Ayer hablamos de un telegrama enviado a Petersburgo hace varios días y que no ha recibido respuesta. El general está preocupado y meditabundo. Se trata, seguramente, de algún asunto relacionado con la abuela.
El francés también está impaciente. Ayer, después de la comida, tuvo una larga conversación con el general. El francés se dirige a nosotros en un tono arrogante y despreocupado. Como bien reza un conocido proverbio: "Dejad que pongan un pie en vuestra casa y pronto habrán puesto los cuatro".
Con Pólina es indiferente y hasta grosero. Sin embargo, nos acompaña a menudo en nuestros paseos familiares por el parque y a las excursiones a caballo por los alrededores.
—Sé cómo se han relacionado el francés y el general. En Rusia planeaban establecer, en sociedad, una fabrica. Ignoro si lo han llevado a cabo o no.
Además, también me he enterado, por casualidad, de cierto secreto de familia. Supe que el francés le prestó al general treinta mil rublos para completar la suma que éste debía al Estado cuando presentó la dimisión de su empleo. Por ello, ahora el general se haUa en sus manos, pero ahora es la señorita Blanche la primera actriz en este drama. Estoy seguro de no equivocarme.
¿Y de dónde ha salido esta señorita Blanche?
Por aquí se rumora que es una francesa distinguida que viaja acompañada de su madre, una dama muy rica. También he escuchado decir que es una prima lejana del marqués. Pero todo indica que antes de mi viaje a París, el francés y la citada dama habían tenido relaciones mucho más ceremoniosas y convencionales. Ahora su amistad y parentesco se manifiestan de forma más atrevida e íntima. Quizá nuestros asuntos familiares y económicos les parecen tan graves e insolubles que ni se molestan en hacer cumplidos o disimular. Pero anteayer pude ver que el señor Astley hablaba con la señorita Blanche y su madre, como si las conociera. Me parece también que el francés ya conocía con anterioridad al inglés. Por otra parte, Astley es tan tímido y discreto, que se puede confiar en él. No contará nada. El francés apenas si lo saluda, lo cual significa que no lo teme.
Esto es comprensible, pero ¿por qué la señorita Blanche tampoco le hace caso? Hay que tener en cuenta que el marqués se traicionó ayer diciendo durante la conversación, que Astley era muy rico y que él lo sabía. Era, pues, la ocasión ideal para que la señorita Blanche lo mirase.
En resumen, el general está muy inquieto. ¡Para él es muy importante, dadas las actuales circunstancias, recibir un telegrama anunciando la muerte de la abuela!
Aunque estaba seguro de que Pólina no quería verme, disimulé un aire frío y distante. Estaba seguro de que iba a hablarme en cualquier momento. Para desquitarme, ayer y hoy, me he dedicado a la señorita Blanche. ¡Pobre general, me da lástima! Enamorarse a los cincuenta y cinco años con una pasión tan ardiente... es una desgracia. Añádasele su viudez, los hijos, la ruina amenazante y, finalmente, la clase de mujer que es la señorita Blanche. Una mujer elegante, con una cara que infunde miedo. No sé si se entiende lo que quiero decir. Yo siempre le he temido a semejantes mujeres. Debe frisar los veinticinco años. Es alta y agraciada, de hombros suaves, busto opulento, tez bronceada y una cabellera abundante. Sus ojos negros suelen brillar con una mirada cínica. Es de dientes muy blancos y labios siempre pintados. Piernas y manos son admirables. Su voz tiene el tono de una contralto ligeramente enronquecida. Se ríe algunas veces a carcajadas, enseñando todos los dientes; pero su mirada es insistente y silenciosa cuando está en presencia de Pólina y de María Filípovna.
La señorita Blanche me parece una mujer de cortos alcances. Creo que ha llevado una vida de aventuras. Quizá el marqués no sea en realidad pariente suyo, y su madre bien pudiera ser una actriz cumpliendo ese papel. Pero está comprobado que en Berlín, donde nos conocimos, ambas tenían muy buenas amistades. En lo que atañe al marqués, seguro pertenece a la buena sociedad, tanto como nosotros. Esto ni quién lo ponga en duda. Me pregunto quién es en Francia. Por aquí se dice que hasta es dueño de un castillo. Creía que ocurrirían muchas cosas en estas dos semanas pero aún no sé si es cierto que la señorita Blanche y el general hayan cambiado las palabras decisivas.
En resumen, creo que todo depende ahora de la mayor o menor cantidad de dinero que el general pueda darle. Si se dice que la abuela no ha muerto, estoy seguro que la señorita Blanche desaparecería de nuestra vista. Yo mismo me asombro al darme cuenta de que me he vuelto un entremetido. ¡Cómo me repugna todo esto! ¡Con qué gusto lo dejaría, a todo y a todos! Pero ¿sería capaz de alejarme de Pólina? ¿Puedo dejar de espiar en torno a ella? El espionaje es algo vil, pero ¿realmente eso me importa?
Ayer y hoy, Astley ha despertado mi curiosidad. Sí. ¡Estoy seguro de que está enamorado de Pólina! ¿Cuántas cosas puede decir la mirada de un hombre púdico, de una castidad enfermiza, precisamente cuando preferiría hundirse bajo tierra que manifestar sus sentimientos con una palabra o con una mirada? Esto es a la vez curioso y cómico. Míster Astley se nos une durante el paseo. Se descubre y pasa de largo, en realidad deseando acercarse a nosotros. Si le invitamos, se apresura a declinar. En los lugares que frecuentamos, el casino, un concierto o delante de la fuente, siempre se para cerca de nosotros. Allí donde estemos, basta mirar en torno nuestro para ver siempre al inevitable Astley. Creo que está buscando la ocasión para hablarme en privado. Esta mañana lo he visto y nos hemos dirigido dos o tres palabras. Habla casi siempre entrecortadamente. Antes de darme los buenos días comenzó por decir:
—¡Ah, la señorita Blanche! ¡He visto muchas mujeres como ésa!
Se quedó luego callado, mirándome con aire significativo. Ignoro lo que intentaba insinuar con eso, pues a mi pregunta: "¿Qué significa eso?", se encogió de hombros con una sonrisa irónica y me contesto:
—Eso mismo...
Y luego me interrogó:
—¿Sabe si le agradan las flores a la señorita Blanche? —No lo sé —contesté. —¡Cómo! ¿Acaso no lo sabe? —exclamó, sorprendido. —No, no lo sé —añadí, con una sonrisa.
—¡Hum...! Tengo una idea...
Hizo un movimiento de cabeza y se alejó. Parecía muy satisfecho. Habíamos conversado en un francés bastante elemental.
IV
Hoy ha sido un día especial: ridículo e incoherente. Ahora deben ser cerca de las once de la noche y me encuentro en mi habitación, cavilando en mis recuerdos. Todo comenzó esta mañana. Fui al casino, a jugar para Pólina Alexándrovna. Acepté ciento sesenta Federicos, con dos requisitos: que no quería nada a cambio, y que Pólina me dijera finalmente para qué necesitaba el dinero, y qué suma necesitaba.
Suponía que ella no quería ganar únicamente por la cuestión del dinero. Con seguridad le era necesario, pero ignoro para qué lo necesitaba tanto. Con la promesa de darme una explicación, nos despedimos. En el casino había mucha gente. Se veían rostros ávidos. Me abrí camino hacia la mesa del centro y me senté cerca de un croupier. Al principio no arriesgaba demasiado. Pero, a medida que fue pasando el tiempo, hice algunas observaciones interesantes. Creo que todo lo que se dice acerca de los cálculos del juego, en realidad no significan mucho, no son tan importantes. Los veo con sus anotaciones plagadas de cifras, cómo apuntan todas las jugadas, deducen las probabilidades y, luego de haber calculado todas las variables posibles, hacen su apuesta y pierden, de h misma manera que yo, y todos aquellos que juegan al azar.
Sin embargo, he visto algo: en esta sucesión de probabilidades fortuitas hay algo parecido al orden... pero uno muy especial e inaccesible para la inteligencia humana.
Por ejemplo, observé que la última docena sale después que los doce del centro, tal vez dos veces. Luego viene la primer docena, a la cual sigue de nuevo los doce del centro, que salen otras tantas veces, alineados. Después de esto viene la última docena, que a menudo repite unas dos veces. Luego son los doce primeros, que no se dan más que una vez. De este modo la suerte designa tres veces los doce del centro, y así seguidamente durante una hora y media o dos horas. ¿No es extraño y digno de atención este fenómeno? Cierto día, tal vez en una tarde, el negro alterna continuamente con el rojo. Cambian a cada instante, de manera que cada color no sale más que dos o tres veces. Al día siguiente, o en la misma jornada, el rojo sale continuamente, jugada tras jugada, algunas veces hasta en veintidós ocasiones, durante algún tiempo, o hasta un día entero.
Muchas de estas observaciones me las ha hecho el señor Astley, que permanece mucho tiempo junto al tapete verde, sólo observando. En cuanto a mí, perdí todo en poco tiempo. Primero aposté al par y gané. Lo puse de nuevo y volví a ganar. Y así dos o tres veces. En muy poco tiempo gané unos cuatrocientos federicos.
Debía salir de allí, pero una sensación muy extraña me invadió. De pronto, tuve el deseo de desafiar a la suerte, de burlarme de eUa. Arriesgué todo lo que tenía, y perdí. Luego, poseído por un extraño frenesí, tomé todo el dinero que me quedaba, hice la misma apuesta y volví a perder.
Salí de la sala aturdido, obnubilado. No entendía lo que me había pasado y no le dije nada a Pólina Alexándrovna hasta antes de la cena. Antes estuve deambulando por el parque, confuso.
Durante la comida me sentí de nuevo exaltado, exactmente igual que dos días antes. El francés y la señorita Blanche eran nuestros invitados. A ella la vi por la mañana en el casino y me di cuenta de que había presenciado mi triunfo y derrota. Esta vez sí que se fijó en mí.
El francés fue más directo y me preguntó "si había quedado en la ruina". Tuve la impresión de que sospechaba algo acerca de mi relación con Pólina. Mentí y le dije que sí.
El general estaba asombrado. ¿De dónde habría sacado yo tanto dinero para jugar? Le dije que había comenzado apostando muy poco, unos diez Federicos y que al doblar mi postura pude ganar cinco o seis mil florines.
Pero que en dos jugadas más, se esfumaron.
Esto era muy convincente. Mientras le explicaba, miraba a Pólina, pero no pude adivinar gesto alguno en su rostro. Me había escuchado sin interrumpir, por lo que deduje que no debía decir que había jugado —y perdido— su dinero. Además, pensaba yo, todavía me debe la explicación que me prometió en la mañana.
Esperaba que el general hablara, pero no lo hizo. En cambio, tenía un aire agitado e inquieto. Tal vez, tomando en cuenta la situación en que se hallaba, le era muy doloroso el saber que una cuantiosa suma de dinero había estado en poder de alguien como yo.
Presumo que anoche discutió acaloradamente con el francés. Estuvieron encerrados largas horas, hablando a gritos. Al terminar, el francés se veía furioso, y esta mañana, muy temprano, ha visto nuevamente al general, sin duda para proseguir con la plática.
Al enterarse de mi mala suerte, el francés me dijo que necesitaba ser más prudente. —Aunque cuando hay muchos jugadores rusos —dijo luego, no sé con qué motivo—, no parecen ser los mejores en el juego.
—Pues yo —le contesté— estimo que la ruleta no ha sido inventada más que para los rusos.
Como el francés sonreía burlonamente, le dije que tenía yo razón. Al referirse a los rusos como jugadores, los criticaba abiertamente, y, por tanto, se me podía creer.
—¿En qué basa usted su opinión? —preguntó el francés. —En que el tener es, a través de la historia, uno de los' principales puntales del catecismo de las virtudes occidentales. Rusia, por el contrario, se muestra incapaz de adquirir capitales, más bien los gasta. Sin embargo, nosotros los rusos tenemos también necesidad de dinero —añadí—, y por consiguiente, recurrimos con placer a la ruleta, donde podemos enriquecernos súbitamente. Esto nos encanta, y como jugamos alocadamente... casi siempre perdemos. —Tiene usted razón... en parte —afirmó el francés con suficiencia.
—No, no es cierto, y debería darle vergüenza hablar así de sus compatriotas —intervino el general, con tono impresionante.
—Permítame —le contesté— discutir qué es peor: si la extravagancia rusa o el procedimiento alemán de amasar fortunas hasta morir por ello.
—¡Qué idea absurda! —exclamó el general.
—¡Qué idea más rusa! —afirmó el francés.
Yo me reía y disfrutaba el hacerlos rabiar.
—Preferiría pasar toda mi vida en Rusia —exclamé— que adorar al ídolo alemán.
—¿Cuál ídolo? —preguntó el general, encolerizado.
—Este: la capacidad alemana de hacerse rico. Tengo poco tiempo aquí, pero, sin embargo, he hecho algunas observaclones que han sublevado mi naturaleza tártara.Ayer caminé cerca de diez kilómetros por los alrededores. Pues bien, el panorama que vi es exactamente el mismo que el de los libros de moral: todas las casas tienen un padre virtuoso y honrado. De una honradez tal que uno no se atreve a dirigirse a ellos.
Por la noche toda la familia se reúne a leer obras edificantes mientras afuera se escucha soplar el viento. El sol poniente brilla sobre el techo donde anida una cigüeña, es un espectáculo sumamente poético y conmovedor. Recuerdo que mi padre nos leía por la noche ese tipo de libros, también bajo los árboles de nuestro jardín... Pues bien, aquí cada familia se halla sometida a este patriarca. Cuando él ha reunido una cierta fortuna, anuncia su intención de ceder al hijo mayor oficio o tierras. Con esta medida escatima la dote a una hija que se condena a la soltería. También el hijo menor se ve obligado a buscar un empleo y sus ganancias van a enriquecer el capital paterno. Sí, así son las cosas aquí, estoy bien informado. Todo ello motivado por una honradez llevada al último extremo, y el hijo menor se imagina que es por honradez por lo que es explotado. ¿No vemos a la víctima regocijarse de ser llevada al sacrificio? ¿Y después? La historia continúa: el hijo mayor no es más feliz. Tiene una novia, pero no puede casarse por hacerle falta una determinada suma de dinero. Ellos también deben esperar por no faltar a la virtud y también se sacrifican. Las mejillas de las muchachas se arrugan y ellas se marchitan. Finalmente, luego de veinte años, la fortuna ha crecido. Entonces el padre bendice la unión de su hijo mayor de cuarenta años con una joven muchacha de la misma edad. Seguramente vierte lágrimas, predica y luego muere. El hijo mayor, a su vez, pasa a ocupar el puesto del padre virtuoso y vuelve todo a comenzar. Dentro de cincuenta o sesenta años el nieto tendrá un gran capital y lo heredará a su hijo; éste al suyo, y después de varias generaciones aparece un barón de Rothschild, o Hope y Compañía, o sabe Dios quién... ¿No es este un espectáculo grandioso? He aquí el resultado de uno o dos siglos de trabajo, de honradez; he aquí adónde lleva la firmeza, la economía y la cigüeña sobre el tejado. Ya más allá de esto no hay nada. Luego estos ejemplos de virtud se atreven a juzgar al mundo entero. Pero yo prefiero divertirme a la rusa o enriquecer jugando a la ruleta. No deseo ser un Hope y Compañía. Tengo necesidad de dinero ahora mismo y no deseo vivir sólo para acumular más. Ya sé que he exagerado en mi relato, pero esas son mis convicciones. —Ignoro si tiene o no razón en lo que ha dicho —me dijo el general, pensativo—, pero usted es un charlatán insoportable.
Como es su costumbre, no acabó la frase. Cuando el general aborda un tema que lo rebasa, por poco que sea, jamás termina sus frases.
El francés escuchaba tranquilamente, abriendo los ojos. No había comprendido casi nada de lo que yo dije. Mientras tanto, Pólina afectaba una indiferencia cruel para conmigo. Parecía no estar enterada de nuestra conversación de sobremesa.
V
Pólina parecía sumida en una profunda tristeza. Pero después de la comida, me pidió que la acompañase a pasear. Fuimos con los niños hacia el parque, para el lado de la fuente.
Como me sentía excitado, le pregunté tontamente, de súbito:
—¿Por qué el marqués ya no sale con usted? ¿Por qué ya no se hablan?
—Porque es malvado conmigo —me contestó ella, con un tono extraño de voz.
No la había oído antes referirse así a Des Grieux y guardé silencio, temiendo comprender el porqué de su irritación.
—¿Se ha fijado que hoy ha discutido con el general? —Usted quiere saber de qué se trata —me contestó de mal humor—. Usted sabe muy bien que el general está a su merced: todas sus propiedades están hipotecadas, y si no hereda a la abuela, el francés será el dueño de la casa. —¡Ah! ¿Entonces es cierto que está al borde de la quiebra? Lo había escuchado por allí, pero no estaba muy seguro.
—¡Pues es bien cierto!
—Entonces, debe decirle adiós a la señorita Blanche —le insinué—. En este caso no será esposa del general. ¿Y sabe usted?, me parece que el general está muy enamorado y que puede llegar al suicidio si eUa lo rechaza. A su edad es muy peligrosa una pasión de este tipo. Sí, muy peligrosa.
—Pienso lo mismo —observó Pólina Alexándrovna, meditabunda.
—¡Perfectamente! —exclamé—. Con esto nos hemos dado cuenta que ella se casa por dinero. Ni siquiera han guardado las apariencias, todo se ha hecho sin nada de pudor. ¡Magnífico! En lo que atañe a la abuela, es de muy mal gusto enviar telegrama tras telegrama, preguntando siempre lo mismo: "¿Se ha muerto? ¿Ha fallecido?" ¿Qué le parece todo, Pólina Alexándrovna?
—¡Chismes! —me interrumpió—. Pero lo raro es verlo a usted de tan buen humor. ¿Por qué se alegra? ¿Es, quizá, por haber perdido mi dinero?
—¿Para qué me lo dio? ¿Para que lo perdiera? Yo le dije que no podía jugar para otro, y menos tratándose de usted. Yo le obedezco, pero el resultado ya no depende de mí. ¿Es que está usted apenada por haber perdido su dinero? ¿Para qué lo necesitaba?
—¿Por qué me hace esta pregunta?
—Me prometió una explicación... Escuche: estoy convencido de que cuando empiece a jugar por mi cuenta... tengo cerca de doce federicos... estoy seguro que ganaré. Y le daré lo que le haga falta.
La muchacha hizo un gesto de desagrado.
—No quiero que se ofenda... no se enoje conmigo —proseguí— por esa proposición. Sé que soy un cero ante sus ojos, por eso no debe tener reparo en aceptar este dinero. Un regalo mío no puede ofenderla, no es importante. Además, yo he perdido su dinero en la ruleta...
Me miró escrutadoramente y, al comprender la irritación y el sarcasmo de mis palabras, se refugió en un silencio hostil.
—Lo que a mí me pase no le interesa. Pero si desea saber la verdad, sepa que tengo muchas deudas. He pedido prestado ese dinero y debo devolverlo. Tenía la absurda esperanza de ganarlo en el juego. ¿Por qué? No lo sé, pero estaba convencido. Quizá porque era la última solución y no podía elegir otra. O bien porque necesitaba ganar. Es igual al que se ahoga y se agarra a una endeble varita, desesperado. Convenga usted en que si no se estuviera ahogando, no se agarraría a algo tan endeble, sino a una sólida tabla.
—Pero —dijo asombrada Pólina— ¿no tenía usted alguna esperanza? Hace dos semanas me dijo que tenía la seguridad absoluta de ganar en la ruleta y me rogaba que no pensara que estaba loco. ¿Era otra broma suya? Nunca lo hubiera pensado así, pues usted me hablaba en un tono muy seno.
—Es cierto —contesté—, y sigo pensando que ganaré... Hasta le confieso que usted acaba de sugerirme una pregunta: ¿por qué no tengo duda alguna después de haber perdido así? Estoy convencido de ganar en cuanto empiece a jugar por mi cuenta.
—¿De dónde saca ese sentimiento de seguridad?
—No sabría cómo explicarlo. Sólo sé que necesito ganar y que esto es mi única tabla de salvación. Esta es la razón por la que estoy seguro de ganar.
—¿De verdad le es tan necesario ganar?
—Me parece que usted me juzga incapaz de sentir una necesidad verdadera.
—Eso, en realidad, me tiene sin cuidado —contestó Pólina—. Si espera usted que le conteste que sí, debo decirle que dudo de que algo importante pueda llegar a preocuparlo seriamente. Usted es un ser desordenado e inconstante. ¿Qué necesidad tiene de dinero?
—A propósito —la interrumpí—, usted debe pagar una deuda. Una famosa deuda, sin duda. ¿Con el francés? —¿Qué le importa? ¿Acaso está ebrio?
—Usted sabe muy bien que hoy puedo decirlo todo y preguntarle todo. Le repito que soy su esclavo. Nadie tiene secretos frente a sus esclavos, y un esclavo no puede ofender al amo, jamás.
—¡Todo esto es infame! No puedo aceptar su teoría de la "esclavitud".
—Tome en cuenta que si le hablo de mi esclavitud no es porque desee ser su esclavo. Me permito hacerle ver que se trata de algo independiente de mi voluntad.
—Hable sin rodeos. ¿Para qué necesita dinero?
—¿Por qué quiere saberlo?
—Haga como quiera... no me lo diga —contestó con un altivo movimiento de cabeza.
—Usted no cree en la esclavitud, pero la practica. ¡Conteste sin discutir!" Sea. ¿Por qué necesito dinero?, ¡qué pregunta! ¡Porque tener dinero significa tenerlo todo!
—Lo entiendo; pero por desearlo no es necesario llegar a un estado de locura. Porque usted ha llegado al frenesí, al fatalismo. Hay aquí otra cosa escondida, tal vez un objetivo especial. Hábleme sin rodeos. ¡Se lo exijo!
La ira la dominaba, y el calor que ponía en sus preguntas me encantaba.
—Se lo diré, sí hay un motivo —le respondí—, pero no puedo explicarle cuál. Se trata, sencillamente, del hecho de que, si tengo mucho dinero, me convertiré en otra clase de hombre, y así ya no seré un esclavo para usted.
—¿De qué se trata? ¿Qué quiere usted de mí?
—¡Buena pregunta! ¿No puede usted pensar en mirarme de otro modo que no sea como a un esclavo? ¡Ya estoy harto de su desprecio, de su incomprensión!
—Usted decía que ser esclavo le era placentero... Yo también me lo figuraba así.
—¡Usted misma se lo figuraba! —exclamé, presa de un sentimiento extraño—. ¡Qué ingenuidad la suya! Le confieso que ser su esclavo me produce placer. Hay un gran deleite en la humillación —continué de un modo delirante—. Quién sabe si esto también se experimenta bajo el látigo, cuando sus correas lastiman la carne... Pero yo deseo otros placeres. Hace un momento, en la mesa, el general me ha regañado porque me paga setecientos rublos al año, cantidad que tal vez nunca cobre, si va a la ruina. El marqués Des Grieux, con las cejas fruncidas, me contemplaba y al mismo tiempo fingía no prestar atención... ardo en deseos de agarrar a ese hombre por la nariz, delante suyo.
—¡Tonterías! En cualquier situación uno debe mantener su dignidad. Si es preciso luchar, hay que hacerlo, pues la lucha ennoblece.
—Lo dice usted muy bien. Cree que yo no sé sostener mi dignidad. Es decir, que aunque soy digno, no sé mantener mi dignidad. ¿Cree usted que esto puede ser?; todos los rusos somos así. Voy a explicárselo: nuestra naturaleza, muy bien dotada, nos impide encontrar rápidamente una forma adecuada. En estas cuestiones lo más importante es la forma. Los rusos estamos tan ricamente dotados que nos es preciso ser muy ingeniosos para llegar a descubrir una forma conveniente. Ahora bien: frecuentemente nos falta ese genio, que es muy raro de encontrar. Entre los franceses y en algunos otros europeos la forma está muy bien fijada. He aquí por qué tiene entre ellos tanta importancia. Un francés puede soportar, sin alterarse, una ofensa moral, pero no tolerará un golpe en la nariz, pues esto es una clara infracción a los prejuicios sociales. Los franceses les gustan tanto a nuestras muchachas porque tienen modales muy señoriales. O más bien, no. A mi juicio, la forma, la corrección no desempeña ningún papel de importancia. Por otra parte, no puedo comprender esas cosas... porque no soy una mujer. Pero, ya estoy divagando y usted no me dice nada. No tema interrumpirme cuando le hablo, pues quiero decir mucho y se me olvidan los buenos modales. Confieso carecer de forma y méritos. Pero no me preocupan esas cosas. Sin embargo, ahora me siento paralizado. Y usted sabe por qué. No tengo ideas en mi cabeza. Desde hace mucho tiempo ignoro lo que me pasa. He atravesado Dresde sin fijarme en la ciudad. Usted ya sabe lo que me preocupaba. Como no tengo esperanza alguna y soy una nulidad ante sus ojos, le hablo francamente. Usted está, sin embargo, siempre presente en mii espíritu. ¿Por qué y cómo yo la amo? Lo ignoro. Tal vez no sea usted beUa. ¡No sé si es usted hermosa, ni siquiera de cara! Tal vez tenga usted mal corazón, y sus sentimientos tampoco son muy nobles.
—¿Usted quiere comprarme con dinero? —dijo—. Usted no cree en la nobleza de mis sentimientos.
—¿Cuándo he pensado yo en comprarla? —exclamé. —Con tanta charla ha perdido el hilo de su discurso.
Intenta comprar mi cariño, pero no a mi persona.
—No, no; no se trata de eso. Ya le dije a usted que me cuesta trabajo explicarme. Usted me confunde. No se enfade por lo que he dicho. Estoy loco. Pero su cólera me importa poco. Me basta solamente imaginar en mi pequeña habitación el roce de su vestido y ya estoy dispuesto a morderme los puños. ¿Por qué se enoja conmigo? ¿Por qué me he llamado esclavo suyo? ¡Aprovéchese de mi esclavitud, aprovéchese! ¿No sabe que cualquier día la puedo matar? No por celos o porque ya no la ame, sino porque tengo deseos de devorarla. Y se ríe.
—No —dijo—. Le pido que se caUe ahora mismo.
Se detuvo, sofocada por la cólera. No sé si es bonita, pero me gusta verla cuando se detiene frente a mí, y por eso deseo verla enfadada. Quizá ella lo había notado y se enfadaba a propósito. Así se lo hice saber.
—¡Pero qué tontería! —exclamó, con repugnancia.
—No me importa —continué—. Sepa, además, que es peligroso que nos vean juntos. He tenido muchas veces el deseo de pegarle, de matarla. ¿Cree usted que no lo haría? Usted me vuelve loco. ¿Imagina que temo un escándalo? ¿El enojo de usted? ¡Qué me importan a mí el escándalo y su enfado! La amo sin esperanza. Si la mato, tendré que matarme luego yo. Pues bien, me mataré lo más tarde posible, a fin de sentir ese dolor intolerable. ¿Quiere saber una cosa increíble? La amo cada día más. ¿Y después de esto quiere que no sea yo un fatalista? Recuerde lo que le dije anteayer, en la montaña Schlangenberg, cuando me retó: "Si dice que lo haga, me arrojo al abismo." Si hubiese dicho esa palabra, me hubiera precipitado en él. ¿Acaso lo duda?
—¡Qué tonta conversación! —exclamó.
—Estúpida o no, no me importa. Ante usted tengo necesidad de hablar, de hablar sin parar... y es lo que hago. En su presencia pierdo la dignidad y todo me da igual.
—¿Por qué iba yo a ordenarle arrojarse al abismo? —me interrumpió en tono hiriente—. ¿Qué ganaría yo con eso? —¡Grandioso! —exclamé—. Usted ha pronunciado intencionadamente la palabra "ganancia" para agobiarme. Lo leo en su alma. ¿Es inútil, dice usted? El placer es siempre útil. El hombre es déspota por naturaleza y le gusta hacer sufrir. A usted eso le gusta.
Recuerdo que me examinaba con atención. Mi rostro debía reflejar todos estos sentimientos. Nuestra conversación se desarrolló casi según acabo de contarla. Tenía los ojos inyectados en sangre, la boca seca y espuma en los labios. Y en lo que se refiere a la montaña, juro que si ella me hubiera ordenado arrojarme de cabeza, lo habría hecho y aunque lo dijera únicamente por broma, con desprecio, me hubiera lanzado también.
—¿Por qué no he de creer? —preguntó con aquel tono de desprecio, el tono del que solamente eUa es capaz. Y este tono era tan sarcástico, tan arrogante, que en aquel momento con gusto la hubiera matado. Corría un gran riesgo y yo no mentía al decírselo.
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