Kitabı oku: «Un tesoro viajero»

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SILVIA PATRICIA FARIAS

FELIPE MORENO PERDOMO

Un tesoro viajero


Farias, Silvia Patricia

Un tesoro viajero / Silvia Patricia Farias ; Felipe Moreno Perdomo. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Autores de Argentina, 2021.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: online

ISBN 978-987-87-1750-0

1. Narrativa Argentina. I. Moreno Perdomo, Felipe. II. Título.

CDD A863

EDITORIAL AUTORES DE ARGENTINA

www.autoresdeargentina.com

info@autoresdeargentina.com

Queda hecho el depósito que establece la LEY 11.723

Impreso en Argentina – Printed in Argentina

A Catalina: mi nieta.

Quien con su amor hace sonreír a mi niña interior.

Silvia Patricia Farias

A mi padre Antonio, a mi madre Carmen y mi hermano Ricardo.

Gracias por coincidir en el universo bajo sus virtudes y sus abrazos.

A todos aquellos con los que he compartido mis sonrisas:

aún fervientes e inocentes en medio de los planetas.

Felipe Moreno Perdomo

Sobre los autores
Silvia Patricia Farias

Nació en Quilmes, Buenos Aires, Argentina. Desde pequeña sintió un gran amor por los libros. Su enorme curiosidad la llevó a explorar la espiritualidad, la medicina, la ciencia de los alimentos y la economía. Hoy es profesora en una universidad en su ciudad natal. Adora las flores, el sol y la playa. Le encanta descubrir sabores nuevos. Le gusta el silencio, tanto como compartir momentos maravillosos con su familia y amigos.

Felipe Moreno Perdomo

Un amable docente y ser nocturno nacido en Bogotá, Colombia. Ama las letras, los libros, la música y el fútbol. Habla varias lenguas para poder comprender mejor el mundo. Aprendiz de ajedrez en sus momentos de ocio. Fiel amigo y seguidor de Batman. Devora tortas de mora, pastelitos y pizzas. Bebe vino y jugos naturales. Simpatiza con los vampiros y los clavicordios. No suele levantarse muy temprano. Mira a través de los prismas del espacio. Duerme con las nubes.

Primera parte

I
La soledad de Olivia


Al alba de un nuevo día Olivia despierta con la certeza de la calma prodigada por el sueño. El dulce aroma de los azahares llena la silenciosa e iluminada habitación. Su pecosa nariz percibe el perfume y ella recrea en su mente un planeta de brisas, manantiales, arcoíris y magnolias. Ella abre los ojos almendrados lentamente. Vuelve a cerrarlos mientras inspira de manera profunda y pausada. No desea escapar del ensueño cautivador que brinda el descanso.

La sensación de un estornudo la aleja del apacible instante. El agudo aumento de la sensación la obliga a sentarse en la cama. Apoya su espalda tibia sobre el respaldo. Estornuda fuertemente, suspira y estira sus brazos como queriendo alcanzar la rama de un árbol. Acto seguido coloca sus pies descalzos sobre el piso de madera lustrada. Se levanta y camina con la actitud de quien descubre un continente nuevo.

Traga saliva y llama: “Mamá… ¿estás ahí?”. La respuesta es el zumbido de una mosca que indiscretamente logró atravesar el tejido mosquitero de la ventana por un agujero. Abre la puerta de su cuarto con cierta inquietud. “Mamiii”, repite con un cantito entonado, mientras se dirige a la cocina. Su voz rebota en los azulejos blancos y brillantes de las paredes que están repletos de pequeñas margaritas. Lo único que se escucha allí es una gota de agua que cae del grifo sobre una taza sucia ubicada dentro de la pileta resplandeciente.

“Habrá ido a comprar al almacén”, piensa mientras tuerce su boca, trazando un simpático hoyuelo en su mejilla derecha.

A través de los años, para Olivia, el jardín se ha convertido en su lugar favorito porque allí el sol ilumina cada espacio. Sujeta los picaportes dorados del gran portón y cierra los ojos. Al abrirlo las bisagras crujen un poco. Empieza a observar el lugar y sonríe. Lo contempla varios segundos y su sonrisa es la confirmación sutil del inventario que su memoria posee del lugar. El jardín de Olivia está dispuesto de la siguiente forma: al norte, la blanca mesa de jardín está compuesta de hierro y mármol. Ella está llena de macetas de barro, de cuyos bordes asoman geranios, pensamientos y violetas que visten de colores un rincón de sombras. Hacia el sur, los jazmines embriagan el aire con su perfume. Hacia el este, los rosales cargados de pimpollos le recrean en su memoria el rojo terciopelo de un listón que atesora celosamente en una cajita de plata. A ella le gusta guardar ciertos objetos: símbolos de lugares, situaciones y personas. Esos son los hilos invisibles que la mantienen conectada a cada recuerdo.

Camina lentamente sobre el césped que recibe sus pies delgados. Las gotas del rocío los acarician y humedecen. Ella imagina que está a orillas del mar y que se trata del saludo de la espuma de las olas. Sonríe. Siente la paz que le proporciona el silencio mezclado con el trinar de los pájaros. Arranca una ciruela de un árbol añoso y la lleva a su boca. Siente en su lengua un sabor ácido que le genera escalofríos. Le agrada.

Unos metros más adelante, cuelgan de la soga unas sábanas blancas que flamean como una bandera en su mástil. Las toca para saber si están secas y, al confirmarlo, descuelga una para tenderla en el suelo. Se recuesta y mira el cielo. Esta mañana las nubes se ven blancas en el firmamento, son como corderitos que corren persiguiendo al viento.

Una suave brisa le refresca la cara. “¡Esto es vivir!”, piensa, mientras desliza sus manos por su rostro, delineando su contorno.

Una sombra parece eclipsar totalmente al sol. “Hola, ¿me querés decir qué hacés acá tirada, Olivia?”.

Tras escuchar esta frase, siente que comienza a gestarse una tormenta eléctrica. La voz que escucha la irrita y desconcentra. “Si mamá ve que le ensuciás la sábana, te faja”, sentencia su hermana que está de pie frente a ella. Desde el suelo se ve inmensa.

Olivia se incorpora, se le acerca y le responde: “¿Y a mí qué me importa? ¿Acaso sos adivina?”.

“Vos estás mal de la cabeza, querida. ¡Si te regañan no vengas a buscar consuelo conmigo, eh!”. Estas y otras frases más pronuncia su hermana mientras se aleja corriendo hacia el interior de la casa. Unas frases a las que Olivia no les da importancia alguna. Un portazo concluye esta escena.

Olivia resopla mientras se cuestiona: “¿En qué habrán estado pensando mis padres cuando decidieron tener tres hijos?”. Hace una mueca de esas que la caracterizan cuando está turbada.

La distrae una mariposa que con gracia revolotea alrededor de su despeinado cabello rojo. Ella imagina para sí una corona de flores impuesta por esta. ¡Ahora logra comulgar con la naturaleza nuevamente!

Una voz agradable, clara y pausada la devuelve a la realidad: “¡Buenos días, mi amor! ¿Cómo ha amanecido hoy mi bellísima Olivia?”.

Olivia sonríe y se acerca tímidamente a su madre que la abraza con ternura, le acaricia el cabello y la llena de besos. “Buenos días, mamita”, le responde, con una voz muy suave, casi angelical.

“Mamá, ¿estás enojada porque tendí la sábana en el suelo para mirar las nubes?”, pregunta Olivia con un poco de temor, recordando los presagios de su hermana mayor.

Su mamá se agacha, la mira fijamente con sus ojos verdes como esmeraldas que resaltan en su rostro níveo y le dice: “Hijita mía, todo lo que te haga feliz es lo importante. La sábana se puede lavar mil veces”. La acaricia otra vez, ahora en su rostro, y le besa la frente. “Te amo, mi nena”.

Olivia hubiese querido congelar ese momento para siempre. En ocasiones, se despierta llorando en la noche, cuando sueña que su mamá ya no está a su lado. Cuando esto ocurre, su madre la consuela diciéndole: “Para cuando mi ausencia en los días y las noches se manifieste, vos serás una mujer y no estarás sola. Tendrás tu propia familia”.

“Vení, querida, vamos a desayunar”. Su mamá le extiende la mano y juntas ingresan a la cocina de la casa. La mano tibia la guía hacia su destino, en el comedor diario del hogar.

Sobre el mantel, adornado con violetas bordadas, su mamá le sirve un té con leche con unos pastelitos que horneó algunas horas atrás. Pela una manzana y la corta en cubos. Los espolvorea con azúcar y un poquito de canela.

“Comé mi vida”, le ordena amablemente su madre con una sonrisa única, resplandeciente.

Olivia endulza el té con tres cucharaditas de azúcar y revuelve. En el interior de la taza, el líquido forma un túnel cuyo centro capta ahora toda su atención. Mira fijo, explora, sigue los movimientos circulares y registra el cambio de colores, a veces más intensos y otras, más pálidos.

“Querida, ¡te vas a hipnotizar!”, interviene nuevamente su hermana.

Olivia se desconcentra, eleva la mirada y vuelve a bajarla. Hace sonar la cucharita en el borde de la taza y la deja a un costado. Muerde un bocado de un pastel e inmediatamente lo humedece con un sorbo de líquido.

“Te juro que a veces pienso que estás sorda”, continúa provocadora.

Olivia la mira fijamente sin decir nada. Sigue masticando y frunce la nariz.

“Por favor, Carola, dejá a tu hermanita en paz”, le ruega su madre.

Carola no entiende que su hermana es diferente. Ella es un volcán en erupción y Olivia el agua mansa de un lago azul y profundo.

Ya en la escuela, Olivia se encuentra formada, como requisito previo para ingresar al aula. La fila de niñas es larga y, como ella es más alta que la media, siempre tiene que estar ubicada al final. Su uniforme está compuesto por un jumper gris, camisa blanca, corbata azul francés, medias de color burdeos y zapatos negros con cordones. Su cabello está bien peinado, recogido en una cola de caballo y el óvalo de su cabeza coronado con una vincha azul. Un escudo metálico enganchado de la corbata presenta varios símbolos emblemáticos de la congregación de las Hermanas Rosarinas y una frase inscripta en latín Ora et Labora (Reza y trabaja).

La fila cambia de sentido y Olivia queda ahora primera. “Los últimos serán los primeros”, se dice a sí misma con una alegría pasajera. Las niñas se dirigen al aula en silencio. Ella busca un lugar en los bancos de atrás. Dispone sobre el pupitre su carpeta repleta de hojas blancas, rayadas y cuadriculadas, y una cartuchera llena de elementos de escritura. Apoya los codos a ambos costados. Las palmas de sus manos sostienen su rostro de niña, mientras escucha atentamente una lección infinita que imparte la maestra. “El territorio argentino, antes de la conquista, estaba habitado por las tribus de guaraníes, tobas, mocovíes, abipones, charrúas, matacos y querandíes entre otros”, cuenta con voz potente mientras recorre el salón de lado a lado como un león enjaulado. El sonido de los tacos de sus zapatos retumba en el lugar.

La niña respira profundo. Por la ventana ingresa un aroma a malta tostada que proviene de una fábrica de cerveza ubicada cerca de la escuela. Esta fue fundada por un inmigrante alemán en 1888.

La ciudad está ubicada a orillas del Río de la Plata. Allí vive Olivia junto a su familia, en un barrio donde predominan múltiples casas de alquiler habitadas por inmigrantes italianos, ucranianos y polacos, en su gran mayoría. Ella es una niña amable y ama visitarlos para escuchar esos acentos raros, cargados de historias de guerra y dolor. Regresa siempre a casa con el pleno recuerdo de los testimonios de vida que ellos le narran: las glorias, las artes, los mitos, los campos cultivados y floridos, las fiestas y costumbres bajo los sosegados cielos que prometieron alguna vez un lejano y eterno júbilo.

Un suspiro la lleva a reponerse de su monótona escucha. Compone su postura y respira hondo llevando sus hombros hacia atrás, tratando así de despabilarse. El sonido de la campana invita al recreo a todas las niñas, algunas se precipitan al patio y otras al kiosco; donde pueden comprar variadas golosinas. Ellas forman una apretada fila que se bambolea de atrás hacia adelante y de adelante hacia atrás, a la espera de su turno para adquirir alfajores, chupetines y turrones. Algunas se acercan a una monja anciana que sostiene una bandeja circular plateada, cargada de deliciosos sándwiches que bien vienen a estas horas de la mañana.

Olivia baja las escaleras con pasos suaves y pausados. Cuando llega al patio, alguien pasa corriendo y le pega en el brazo. “¡Chau, hermanita!”, le grita Carola, que sudorosa corre jugando a la “mancha” con sus compañeras. Se ve como una locomotora a toda velocidad. Su cabello rubio brilla bajo el sol del mediodía.

La puerta de la capilla, construida con madera tallada, se abre suavemente con un sonido apagado. Olivia ingresa en silencio. Con delicadeza la cierra evitando que la golpee el viento. Se santigua y busca un banco donde sentarse. Obviamente, a estas horas y en estas circunstancias, todas las niñas de la escuela juegan en el patio. Ella está sola frente a dos imágenes: una de la Virgen del Santísimo Rosario, a la izquierda, y otra del Sagrado Corazón de Jesús, a la derecha. Los tonos pastel de las respectivas vestimentas, emuladas sobre los pliegues de yeso, llaman su atención.

Al pie de uno de los pedestales, unas serpientes asoman por debajo de los pies de la Virgen. No entiende muy bien por qué es necesario este detalle en un lugar santo. “Lo preguntaré durante la clase de catecismo”, apunta mentalmente, dispuesta a salir cuanto antes de esta duda que la inquieta desde hace ya varios días. Desde su banco de madera las observa con cierto rechazo, se concentra en una breve y sentida oración y se queda en silencio como tratando de descifrar un mensaje.

Sobre su mente en blanco comienzan a dibujarse líneas de colores y luego estas se unen para formar un círculo, luego una estrella. Vuelven a separarse y Olivia ve en su mente pinceladas azules, rojas, verdes y naranjas. Una explosión de formas y colores la hace sonreír. Quizá el mensaje por descubrir es que en la vida todo es color y movimiento y que en el presente existen posibilidades infinitas, aún para quienes eligen estar solos. Se siente en casa, protegida y cuidada por su familia celestial. Inmersa en el silencio, disfruta a su manera del recreo en la escuela.

La campana interrumpe este momento único. Hay que volver a formar para dirigirse al salón donde le toca el turno a la clase de matemática y geometría. Se abre un mundo de números enteros, fraccionarios y conjuntos. Una invitación a disfrutar de las formas y los cálculos de superficie. Una danza de lápices, reglas y compases animan la segunda hora de clase.

Por la tarde, Olivia y sus hermanos regresan a casa. Los tres chicos entran corriendo luego de una larga jornada en la escuela. Carola y Demian, hermanos mayores de Olivia, se empujan uno al otro para ver quién llega primero. Ella, con la marcha tranquila que la caracteriza y siempre pensativa, va a unos cuantos pasos por detrás.

Un perrito simpático y lleno de rulos la recibe saltando. “¡Hola, Rubio!”, lo saluda mientras acaricia su pelaje crespo.

La madre de Olivia tiene un gran carisma. ¿Será el verdor de sus ojos que encanta tanto como una pradera al alba? ¿O será su sonrisa amplia y amable que parece curarlo todo? Olivia, mientras está en la escuela, no ve la hora de reencontrarse con ella. Ahora su madre los recibe amorosamente con un beso a cada uno y un abrazo después de la larga jornada.

Carola y Demian ven dibujos animados en la televisión y degustan las delicias que su madre les preparó para la merienda, mientras pelean por adueñarse del control remoto.

Olivia mira de reojo mientras concentra su atención en la rama de un árbol que se ve por la ventana. Allí un hornero ha edificado su nido. Sus ojos recorren la irregular forma semiesférica de barro de este hogar diferente al suyo. Imagina el proceso de recolección de las ramitas que los pájaros realizan con paciencia y el paso a paso hasta lograr su objetivo. Piensa en unos pichoncitos pequeños esperando el alimento y en la sacrificada labor de sus padres para cumplir con esta tarea. Quizá ese diminuto hogar y el suyo no son tan diferentes.

Su papá trabaja muchas horas para que nada les falte. Durante la mañana trabaja en un banco comercial y, por la tarde, atiende su propio negocio de peluquería masculina. A veces lo extraña y siente que tal alejamiento les permite acceder a cierto bienestar, aunque también implica la soledad de su mamá. En ocasiones, sin que ella se dé cuenta, la escucha llorar y, por no interrumpirla en su momento de angustia, reprime ese enorme abrazo que desearía darle para hacerle saber que ella siempre estará a su lado incondicionalmente, entregándole todo el amor que hay en su corazón.

El ruido del televisor la saca de su estado de recogimiento en el cual reina cierta tristeza pasajera. “Che, ¡bajen un poco el volumen!”, les dice con voz cansada a sus hermanos.

“¡Pará, nena!, ¿quién sos? ¿La presidenta de la nación?”, le contesta Carola con voz de trueno.

Olivia levanta su taza, la lleva hasta la pileta, abre el grifo y comienza a lavarla con agua tibia. La espuma del detergente adherida a la esponja le hace pensar en la espuma del mar, en ese azul profundo que la envuelve cada verano. Una mosca pasa volando y ella la ve como a una gaviota que se lanza intrépidamente a pescar su alimento. El canto de una sirena se oye a lo lejos en esa playa fantástica, de arenas muy blancas y cielo inmaculado. La imagina sobre una roca, aseando sus largos cabellos y su cola plateada.

“¡Un incendio!”, grita Demian aterrado. Comienza a correr alrededor de la mesa muy perturbado y con cara de desesperación. Olivia cierra la canilla, seca sus manos con un lienzo blanco y va rápidamente a abrazarlo.

“No pasa nada, hermanito, ten calma. Son los bomberos que hoy festejan su aniversario. Eso nos contó hoy la maestra en la escuela”. Le acaricia el cabello y le da un beso en la cabeza.

Según cuenta su mamá, cuando Demian nació, el cuartel de bomberos se encontraba justo al lado del hospital y cada vez que la sirena sonaba, todos los bebés lloraban a coro. Desde entonces, cada vez que su hermano escucha la sirena se angustia y desespera.

Mientras Carola disfruta a carcajadas del momento de pánico que atraviesa su hermano, Olivia lo consuela amorosamente. “Vení, vamos a jugar”. Le toma la mano y juntos se dirigen al patio. Señala hacia arriba y le dice: “¿Ves allá en el cielo? ¡Hay un montón de ángeles que nos cuidan!”. Demian mira sin encontrar nada a la vista y le regala un “Sí” como de compromiso. La verdad es que le cuesta creer que eso sea cierto, pero la cálida mano de su hermana de alguna manera lo consuela.

“¿Jugamos a las carreras de autos?”, pregunta Demian más animado. Olivia accede para sacar a su hermano de la situación.

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Yaş sınırı:
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Litres'teki yayın tarihi:
15 kasım 2024
Hacim:
71 s. 3 illüstrasyon
ISBN:
9789878717500
Telif hakkı:
Bookwire
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