Kitabı oku: «La literatura como oficio. Colombia 1930-1946»

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EXPLORACIONES


La literatura como oficioColombia 1930-1946

FELIPE VAN DER HUCK


La literatura como oficio. Colombia 1930-1946 © FELIPE VAN DER HUCK

Cali / Universidad Icesi, 2020.

238 pp, 22 x 14 cm.

Incluye referencias bibliográficas.

ISBN 978-958-5590-37-3 / 978-958-5590-38-0 (PDF) / 978-958-5590-39-7 (ePub)

DOI: https://doi.org/10.18046/EUI/expl.13.2020

Palabras claves: Literatura / Oficio de escritor / Escritores (colombianos) / Sociología

Sistema de Clasificación Dewey: 301.45196 ___

© Universidad Icesi Facultad de Derecho y Ciencias Sociales Primera edición / Agosto de 2020 Colección Exploraciones

Rector Francisco Piedrahita Plata

Secretaria General María Cristina Navia Klemperer

Director Académico José Hernando Bahamón Lozano

Decano de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales Jerónimo Botero Marino

Coordinador Editorial Adolfo A. Abadía

Revisión de Estilo Juan Manuel Eslava Gordillo

Diseño original de la Colección Natalia Ayala Pacini

Diagramación Johanna Trochez - Ladelasvioletas

Editorial Universidad Icesi Calle 18 No. 122-135 (Pance), Cali – Colombia Teléfono: +57 (2) 555 2334 E-mail: editorial@icesi.edu.co http://www.icesi.edu.co/editorial

Impreso en Colombia – Printed in Colombia ___

La publicación de este libro se aprobó luego de superar un proceso de evaluación doble ciego por dos pares expertos.

La Editorial Universidad Icesi no se hace responsable de la ideas expuestas bajo su nombre, las ideas publicadas, los modelos teóricos expuestos o los nombres aludidos por el(los) autor(es). El contenido publicado es responsabilidad exclusiva del(los) autor(es), no refleja la opinión de las directivas, el pensamiento institucional de la Universidad Icesi, ni genera responsabilidad frente a terceros en caso de omisiones o errores.

El material de esta publicación puede ser reproducido sin autorización, siempre y cuando se cite el título, el autor y la fuente institucional.

Índice

Agradecimientos

Introducción

Capítulo 1 Perspectivas teóricas y metodológicas

Capítulo 2 Balance de estudios previos

Capítulo 3 La República de las Letras en cifras

Capítulo 4 Los escritores se quejan

Capítulo 5 Edición y consagración: el caso de José A. Osorio Lizarazo

Capítulo 6 Cómo abrirse paso en la República de las Letras

Capítulo 7 El escritor representado

Conclusiones

Bibliografía

Anexos

Sobre el autor

Índice temático

Agradecimientos


Quiero agradecer, en primer lugar, a las instituciones que hicieron posible la realización de esta investigación: la Universidad Icesi, a la cual estoy vinculado desde 2004; el Servicio Alemán de Intercambio Académico (DAAD, por su sigla en alemán); el Ministerio de Educación y el Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación de Colombia, y la Fundación para el Futuro de Colombia (Colfuturo).

Mi agradecimiento también a las personas que me brindaron su asesoría académica en la Universidad de Berna: el Prof. Dr. Christian Büschges, mi tutor, por su invaluable ayuda y paciencia, y el Prof. Dr. Stephan Scheuzger, mi segundo asesor y evaluador, por su lectura atenta del manuscrito. Agradezco también al profesor Renán Silva, a quien conozco desde mis años de estudiante de sociología en la Universidad del Valle, por su valiosa orientación a lo largo de todos estos años.

Me siento agradecido con los colegas de mi universidad y de otras instituciones por su consejo académico, tiempo y motivación. Jerónimo Botero, decano de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de Icesi, aprobó una descarga que me ayudó a concluir el trabajo; Enrique Rodríguez, Juan Carlos Gómez e Inge Valencia me escucharon y animaron en los momentos oportunos; Juan Pablo Milanese colaboró en la elaboración de los mapas del capítulo III; Edgar Benítez leyó y comentó el capítulo VI; Viviam Unás y Aurora Vergara-Figueroa me regalaron tiempo al remplazarme en tareas administrativas; Adolfo A. Abadía, coordinador editorial de la Universidad Icesi, estuvo al frente del proceso editorial; Gilberto Loaiza, de la Universidad del Valle, escuchó y comentó mis dudas cuando recién comenzaba mi trabajo, y Paula Marín, del Instituto Caro y Cuervo, sostuvo conmigo un estimulante diálogo a lo largo de varios años.

Doy también las gracias a mis ayudantes de investigación en diferentes periodos: Miyer Cabanzo, Mariana Montoya, Camila Beltrán, Ana Gabriela Pérez y Nathalia Escobar. Todas hicieron un trabajo indispensable y valioso.

A mi familia: Amparo, Carolina y Julián, por su apoyo y cariño.

Introducción1

En este libro estudio a un grupo de escritores colombianos del periodo 1930-1946 unidos no solo por el oficio de la literatura, sino también por su relación con la política partidista: además de escribir novelas, ensayos y poesías, amén de otros géneros, estos escritores estuvieron por lo general ligados a los dos partidos dominantes de la época, el Liberal y el Conservador. Los más prestigiosos entre ellos participaron, de hecho, en los sucesivos gobiernos liberales de esos años. En las páginas que siguen, sostengo que no es posible comprender su oficio de escritores sin comprender su actividad y sus vínculos políticos.2

Los escritores de la República Liberal (como se conoce el periodo que cubre mi estudio) no ejercían una profesión. Tampoco asistían al proceso de “profesionalización de la literatura”. Una profesión, considerada sociológicamente, es una actividad social específica, compuesta por conocimientos y habilidades adquiridos a lo largo de un proceso de instrucción formal, y refrendados por un título. El ejercicio de una profesión cumple funciones sociales y económicas esenciales y es, por lo común, retribuido en dinero. Los representantes de una profesión encuentran en ella una forma de integración social y están sujetos a diferentes tipos de normas (particulares de la profesión, pero también contratos y leyes). Las profesiones, además, moldean aspectos significativos de la vida personal (Voss, 2006).

Por supuesto, hoy en día se pueden visitar prestigiosas carreras de escritura creativa, se ofrecen talleres sobre cómo escribir novelas y cuentos y se transmiten con mayor o menor éxito las habilidades requeridas para hacerlo. Lectores, escritores y gente de la cultura dirían también que la literatura cumple funciones sociales indispensables: alimenta la fantasía, estimula la capacidad de soñar, da un sentido más profundo de lo humano, por no mencionar que puede ser también un negocio: hay personas que “viven de la literatura”, como editores, impresores, distribuidores, libreros, críticos literarios y, si tienen suerte, algunos autores. También podría aceptarse que el escritor es una figura reconocida socialmente, y, por esta vía, es incluido en el mundo de sus semejantes; que está sujeto a las normas no escritas del campo literario (existen, además, las asociaciones de escritores, así como normas que regulan la propiedad intelectual), y que, como en otros casos, y posiblemente con más intensidad, su vida está influida por su profesión.

Sin embargo, de ser la escritura literaria una profesión, no lo es en el mismo sentido que la medicina, el derecho o la carrera docente. Una diferencia fundamental consiste en que, en la mayoría de los casos, los escritores no derivan la parte más importante de su sustento de la literatura (un hecho tan cierto para los autores colombianos de hoy como para los de los años 30 y 40 del siglo pasado). A este hecho alude Lahire (2011) con su imagen de la “doble vida” de los escritores: por un lado, la vida que tiene lugar en el campo literario, según una posición más o menos afortunada que es posible experimentar como vocación; por otro lado, la que se desarrolla en otros campos de actividad y hace posible la supervivencia.

Por cada escritor que tiene éxito económico y la suerte de estar vivo, contratos estables con editoriales, invitaciones permanentes a conferencias y una agitada vida intelectual, ¿cuántos hay que se emplean en oficios varios, cuya obra permanece inédita o apenas conocida, ajenos al reconocimiento público? Por cada escritor que consigue una entrada en un diccionario biográfico, ¿cuántos hay que no alcanzan el “derecho a la biografía”?

Para referirse a lo que hacían los escritores colombianos de las décadas de 1930 y 1940, la palabra profesión no parece, pues, la más apropiada: no existían entonces programas de escritura creativa; casi ningún escritor podía dedicarse plenamente a la literatura y derivar de ahí su sustento y el de su familia; las instituciones que hubieran permitido el desarrollo más o menos autónomo de la vida literaria eran débiles –mercado editorial, premios, asociaciones y centros literarios, librerías y bibliotecas, no menos que el público lector– y la figura social del escritor, aunque visible, no dejaba de ser ambigua: la escritura era una actividad valorada, pero no una carrera independiente, y ser escritor no equivalía a ocupar una posición segura en la sociedad, si bien podía abrir las puertas del periodismo y la burocracia. ¿Qué noción, entonces, podría caracterizar mejor lo que hacían los escritores colombianos de la primera mitad del siglo XX, así como las condiciones en que lo hacían? Entre la noción de profesión, en el sentido antes señalado, y la de trabajo, con su amplio significado antropológico o aquel más restringido de trabajo asalariado, oficio parece la mejor opción.

En historia y sociología, oficio es un concepto que suele relacionarse con la tradición del artesanado, un mundo del trabajo en el que las relaciones capitalistas de producción e intercambio no han triunfado aún completamente. Un mundo, por ejemplo, donde el trabajador de oficio conoce los secretos de su tarea y, por consiguiente, tiene mayor control sobre ella; donde el trabajo manual no ha sido desplazado del todo por la máquina y el saber-hacer del obrero se transmite mediante la interacción en el taller. Donde es posible, además, encontrar una forma de orgullo vinculada a la capacidad técnica y a la satisfacción por el trabajo bien hecho (Coriat, 2001).

Aunque tampoco sería preciso referirse a los escritores como artesanos, ni mucho menos idealizar su labor –como suele pasar con el trabajo artesanal–, en la noción de oficio pueden reconocerse las contradicciones de una actividad que, como la literatura, basa una parte considerable de su valor en la negación del interés económico y, sin embargo –al menos en las sociedades modernas–, debe contar para su supervivencia con esa poderosa institución llamada mercado. Quizás como nunca antes desde el inicio de la vida republicana, los escritores colombianos de los años 30 y 40 se vieron sorprendidos y atemorizados por la fuerza creciente del mercado como institución social. Su gran contradicción fue tratar de sostener la creencia en un mundo artístico noble y desinteresado, que no contaba, sin embargo, con los soportes necesarios para llevar una existencia menos precaria: un público lector educado y dispuesto a comprar libros, una industria editorial que mediara entre las fuerzas generales del mercado y las reglas ideales del arte, estímulos públicos y privados para la creación y unos medios eficientes de distribución y promoción literaria.

El periodo de estudio

El periodo de estudio de la presente investigación se conoce como la República Liberal. En Colombia, desde mediados del siglo XIX y hasta épocas recientes, dos partidos han dominado la lucha política: el Liberal y el Conservador. Desde finales del siglo XIX y hasta 1930, el Partido Conservador gobernó en estrecho vínculo con la Iglesia católica. A partir de los años 20, llamados por Arias (2011) “los años del cambio”, la sociedad colombiana experimentó notables procesos de transformación económica, política y cultural. La exportación de café permitió rentas considerables al Estado y a empresarios privados, la inversión en infraestructura creció, la economía se hizo más diversa y los conflictos populares en ciudades, puertos, enclaves bananeros y del petróleo anunciaron la aparición de una incipiente clase obrera. Al respecto, la respuesta del Estado fue ante todo represiva. Esta forma de acción, junto con la caridad y la beneficencia, habían sido hasta la fecha formas comunes de abordar los conflictos relacionados con la pobreza urbana y la formación de la clase obrera.3

En el campo de la cultura, los años 20 también fueron de cambio. Aunque de manera tímida, también en Colombia se difundieron las ideas socialistas y comunistas, que encontraron simpatizantes entre líderes obreros, pero también entre jóvenes escritores y periodistas vinculados al Partido Liberal. En el polo antagónico, algunos jóvenes afines al Partido Conservador se declararon defensores de las jerarquías, el orden y la tradición católica. Si para unos la revolución rusa actuó como un poderoso estímulo a la imaginación, para los otros lo fue el lenguaje de la Acción Francesa. Unos y otros se enfrentaron en las páginas de periódicos y revistas, haciendo uso de un lenguaje perentorio y vehemente que a menudo disimuló sus semejanzas, como su idealismo, su temprana socialización en los partidos tradicionales, la visión del intelectual como “conductor espiritual de la Nación” o su fe en el Estado como rector del cambio social.4

Entre estos jóvenes, las polémicas literarias también ocuparon un lugar. La disputa era ya conocida: ¿tradición o modernidad? Al igual que en el caso de los enfrentamientos ideológicos, los enfrentamientos literarios disimularon algunas notables semejanzas: el estilo afectado y retórico de la escritura, el alto valor asignado a la elocuencia –“el buen decir”–, las formas comunes del elogio (hipérbole), la proximidad entre los escritores y el Estado, entre otras.5

Con todo, y a pesar de los modestos alcances de su crítica social, política y cultural, no se puede negar que estos jóvenes y los debates que animaron permiten relativizar ciertas interpretaciones que solo ven inmovilismo en la vida intelectual colombiana de principios del siglo XX. Si bien es posible que sus disputas hayan tenido una alta dosis de fantasmagoría, también es cierto que ellos –escritores, periodistas e intelectuales– deseaban renovar la vida cultural y política colombiana.

En 1930 el Partido Conservador llegó dividido a las elecciones presidenciales. Entre tanto, los liberales habían sacado provecho de la coyuntura económica internacional (Gran Depresión), habían arreciado sus críticas contra el manejo económico del Gobierno y se habían sintonizado mejor con los campesinos y obreros que reclamaban mejores condiciones de vida y trabajo. Sucedió entonces algo inesperado: en 1930 el Partido Liberal retornó al poder y, a partir de entonces, y en especial durante el periodo 1934-1938, emprendió una serie de reformas que buscaban modernizar el país; es decir, ampliar el acceso a la ciudadanía y la participación política; reconocer y regular los conflictos entre empresarios y trabajadores; impulsar el desarrollo industrial; repartir más equitativamente la propiedad de la tierra; aumentar los ingresos fiscales por medio del impuesto a la renta; establecer la separación entre Iglesia y Estado y un sistema laico de educación pública; abrir paso a las corrientes culturales extranjeras; difundir el libro, el cine, la lectura, la radio y ciertos hábitos higiénicos entre la población campesina y los pobres de las ciudades; estimular los espectáculos de difusión cultural, las conferencias, los conciertos y las exposiciones artísticas.6

Con la llegada de los liberales al poder, se produjo no solo un cambio político, sino también un cambio en las condiciones y en la definición de los “oficios intelectuales”, en particular del rol del escritor en la sociedad. Este cambio fue gradual y, por supuesto, no estuvo libre de contradicciones. Como se mostrará en las páginas siguientes, este cambio consistió en la emergencia, en la sociedad colombiana de entonces, de una figura del intelectual relativamente novedosa, de rasgos modernos, aunque en un marco institucional en el que los escritores y el Estado mantenían relaciones muy intensas (en las siguientes páginas se mostrará también en qué consistían esas relaciones).

A partir de 1930, los jóvenes periodistas y escritores, en especial los de tendencias liberales, entraron a ocupar cargos en la dirección de los partidos políticos y del Estado, sobre todo como encargados de los programas educativos y de difusión cultural; participaron en las corporaciones legislativas; fundaron o dirigieron importantes medios de comunicación escritos; algunos, además, alcanzaron prestigiosos cargos diplomáticos e hicieron una brillante carrera como funcionarios, sin que nada de esto le restara brillo –más bien al contrario– a su labor intelectual. Como ha destacado Silva, la República Liberal representó “una de las etapas de más alta integración entre una categoría de intelectuales públicos y un conjunto de políticas de Estado” (2005, p. 22). Este hecho, como se sostiene aquí, influyó de manera decisiva en las formas que adoptó el oficio literario.

El problema

Como ya se dijo, la mayoría de los escritores colombianos de los años 30 y 40 del siglo pasado tuvieron en común su vinculación más o menos directa con la política partidista.Confirmar que los escritores mantenían entonces relaciones muy intensas con la política partidista no es difícil: basta con dar una mirada a las revistas, periódicos y suplementos culturales de la época, en donde los temas literarios alternaban con manifestaciones de apoyo o rechazo al gobierno de turno; poemas modernistas con desmesurados elogios o diatribas políticas y escritores extranjeros con numerosos escritores-funcionarios locales.

Bastaría también con una revisión somera de las biografías de los escritores. Como comprobaría esta revisión, la mayoría de ellos ocuparon a lo largo de su vida diversos cargos públicos (en los partidos, en el Estado, en el Congreso, en la diplomacia) obtenidos gracias a sus actividades y vínculos políticos. Algunos se inclinaron más hacia las letras que hacia la política, algunos renegaron de su “doble vida” más que otros, pero todos, o casi todos, tuvieron que ver de diferentes modos con la política partidista.

A partir de la década de 1930, los escritores colombianos no solo desempeñaron un papel novedoso en la vida pública, sino que adoptaron nuevos ideales sobre su oficio, a pesar de que su situación social, su apego no siempre confesado a ideales del pasado y su relación con la política –de la que obtenían la conciencia de pertenecer a una élite culta con una elevada misión civilizadora– hacían muy difícil su realización. En este desfase se encuentra el origen de muchas de sus contradicciones.

Así, por ejemplo, estos escritores adoptaron el vocabulario de los intelectuales modernos, que se había difundido en el mundo occidental a fines del siglo XIX. Palabras como independencia, autonomía, crítica y responsabilidad se repitieron en sus discursos. Proclamaron la independencia del mundo de la cultura respecto a los poderes sociales, económicos y políticos, aunque la mayoría de las veces su vida estuvo ligada a estos y no en última instancia su supervivencia. Elogiaron la actitud crítica como un deber de la inteligencia, pero en sus opiniones casi siempre predominó su visión partidista. Advirtieron, como sus contemporáneos en otros lugares, la presencia de “las masas”, a veces como promesa y otras como peligro (Carey, 2009; Romero, J., 1999), pero nunca lograron deshacerse del todo de su elitismo cultural ni de la creencia de que la sociedad se dividía entre aquellos aptos para dirigir y aquellos que debían ser dirigidos (Braun, 2008). Quisieron renovar el mundo de las letras, pero a menudo fueron grandilocuentes, orgullosos y estuvieron demasiado satisfechos de sí mismos.7

En medio de tales contradicciones, a los escritores colombianos no debió serles desconocida su posición marginal en la “República mundial de las Letras” (Casanova, 2001; Zapata, 2012). Y, aunque a veces se burlaron de él, parecían en realidad poco dispuestos a abandonar el sueño de la “Atenas suramericana”.8 Por un lado, ellos eran conscientes de su importancia pública –sus cargos, su posición social, sus relaciones, el constante intercambio de elogios la confirmaban–, pero, por otro lado, no podían negar la debilidad de su medio: eran escritores sin lectores (sin el tipo y número de lectores que hubieran deseado), sin mercado editorial (sin el mercado editorial que hubieran deseado), sin estímulos (sin el tipo de estímulos que creían merecer). Esta situación amenazaba con poner en duda su valor, no solo ante sí mismos, sino ante la comunidad imaginada de la República de las Letras.9

Por lo tanto, los escritores comenzaron a reclamar la deuda que, según su parecer, la sociedad tenía con ellos: interpelaron al público y reprocharon su desinterés; criticaron la desconfianza de los editores, y se quejaron del escaso apoyo estatal a su labor creativa. De este modo, fueron dando forma a una representación del trabajo intelectual opuesta a la del escritor como cultor de las Bellas Letras, despreocupado de su situación material, orgulloso de su aislamiento y seguro de su valor. Una figura que, si bien parecía del pasado, continuaba resonando con fuerza en la inapelable metáfora de la Atenas suramericana.10

Durante la República Liberal, el prestigio literario estuvo tan ligado al prestigio político –y este a la posición ocupada en la burocracia o en la prensa partidista– que el “polo simbólico dominante” de los escritores no fue el del “arte por el arte”, si es que algo así existió, sino el del intelectual público o intelectual-dirigente, como en adelante se nombrará a esa categoría de escritores cuya existencia estuvo determinada por su doble condición de hombres de letras y funcionarios.11

Contenido

En el capítulo 1 aclaro las perspectivas teóricas y metodológicas seguidas en este trabajo. Más que un inventario de autores y teorías del presente y del pasado, hago una presentación selectiva que discute y justifica el porqué, según mi objeto de estudio y los problemas abordados, se ha optado por un enfoque y no por otro.

En el capítulo 2 realizo un balance crítico de los estudios previos que se han ocupado de temas y problemas similares a los de la presente investigación. Este balance se centra en estudios que tratan sobre la sociedad colombiana de la primera mitad del siglo XX.

En el capítulo 3, “La República de las Letras en cifras”, hago una aproximación cuantitativa a la población literaria en Colombia en las décadas de 1930 y 1940. A partir de información biográfica proveniente de distintas fuentes, este capítulo describe algunas características (edad, filiación política, ocupación, etc.) de un grupo de 150 escritores.

En el capítulo 4, “Los escritores se quejan”, estudio la situación social de los escritores durante la República Liberal. Por “situación social” se entenderán las condiciones en que los escritores debieron ejercer su oficio –público lector, estímulos para la creación, negocio editorial–, así como su relación con la burocracia y el periodismo.

En el capítulo 5, “Edición y consagración: el caso de José Antonio Osorio Lizarazo”, he incluido un estudio de caso que revela algunas de las condiciones de la publicación literaria en los años 30 y 40; este capítulo permite contrastar y comprender mejor las quejas de los escritores expresadas en el capítulo anterior.

En el capítulo 6, “Cómo abrirse paso en la República de las Letras”, describo cómo los vínculos políticos formales e informales podían ayudar a los escritores a promover sus carreras literarias. A falta de empresarios editoriales, públicos amplios y circuitos especializados de intercambio literario, fueron los intelectuales públicos más exitosos quienes ejercieron las principales funciones de promoción: contactos, publicación, empleo, recomendaciones.

En el capítulo 7, “El escritor representado”, estudio las representaciones del escritor en la prensa colombiana, teniendo en cuenta lo que Dubois (2014, p. 91) llama “la imagen producida (…) de [su] posición, incluyendo los elementos míticos contenidos en esta imagen”. Este capítulo indaga sobre la representación de un oficio, el de escritor, que se debatía entre la “exaltación de su papel en la sociedad y la comprobación del estado real de su actividad (en lo que esta [tenía] de improductiva y de marginal)” (Dubois, 2014, p. 88).

La presente investigación espera contribuir al conocimiento del oficio de escritor en Colombia durante la primera mitad del siglo XX, sin perder de vista sus características y condiciones específicas.

Sobre el método y las fuentes 12

La elaboración de este trabajo se basó en la revisión de distintos documentos. En el capítulo 3, la información proviene sobre todo de diccionarios biográficos y fuentes electrónicas. El capítulo IV fue elaborado a partir de una amplia revisión de revistas culturales de los años 30 y 40; sin embargo, por razones que se expondrán más adelante, se destaca solo una de ellas. El capítulo V se ha elaborado a partir de la revisión de un fondo documental, el Fondo José Antonio Osorio Lizarazo (en adelante: FJAOL), depositado en la Biblioteca Nacional de Colombia. El capítulo VI se basa en la revisión de la extensa correspondencia de otro fondo documental, el Fondo Germán y Gabriela Arciniegas (en adelante: FGGA), depositado también en la Biblioteca Nacional. El capítulo 7 acude de nuevo a la prensa literaria, en especial a un semanario de la época, Sábado, y a las revistas Pan y Revista de las Indias.13 Todos estos documentos, y algunos más del Archivo Eduardo Santos (en adelante: AES), fueron consultados en la Biblioteca Nacional de Colombia (en adelante: BN), en la Biblioteca Luis Ángel Arango (en adelante: BLAA) y en el Archivo General de la Nación (en adelante: AGN).

Respecto al método empleado en este estudio, he tratado, en primer lugar, de interrogar los documentos a partir de mis preguntas de investigación. Esto significa no hacer un “uso literal” de ellos, es decir, un uso que confiaría en su capacidad de revelar de manera clara, directa y espontánea la realidad (Silva, 2007). Con tal propósito, he empleado algunos procedimientos: comparar las fuentes y corroborar sus datos, tener en cuenta las condiciones generales y particulares de su elaboración, prestar atención al lenguaje utilizado: contenido, géneros, forma, intenciones, códigos.14 En todo ello hay, desde luego, un trabajo de interpretación. Al respecto, solo puedo decir que he intentado controlarlo, para lo cual he querido hacer un uso prudente de la teoría y de la información disponible, evaluando constantemente el alcance de mis hipótesis.15

En segundo lugar, he partido del supuesto según el cual ningún documento es una vía de acceso directo a la realidad, pero puede informar acerca de ella. Por lo tanto, en los documentos consultados no he ido solo a la caza de discursos, sobre todo si estos se entienden como formas de comunicación separadas de cualquier “base social específica” (Giddens y Sutton, 2015, p. 19). Por el contrario, los discursos pueden concebirse como formas “de hablar y pensar sobre un tema que está[n] unida[s] por presupuestos comunes, y que sirve[n] para dar forma al modo en que las personas comprenden y actúan respecto a ese tema” (Giddens y Sutton, 2015, p. 17). Una de las teorías más influyentes sobre el discurso es la de Foucault (1992; 2009), que lo consideraba como un marco estructurante de la vida social por medio del cual se ejercía el poder.16 Sin embargo, entre esta última noción de discurso, muy útil para estudiar los mecanismos sutiles y cotidianos de control social, y la de representación (Chartier, 2002a), más centrada en las formas de clasificación y recomposición de las diferencias sociales, he optado por la segunda, porque considero que se aviene mejor a los objetivos de mi estudio.

Según Chartier (2005a), dos ideas esenciales del linguistic turn17 fueron: 1) “que el lenguaje es un sistema de signos cuyas relaciones producen por ellas mismas significaciones múltiples e inestables, fuera de toda intención o de todo control subjetivos”, y 2) “que la ‘realidad’ no es una referencia objetiva, exterior al discurso, sino que siempre está construida en y por el lenguaje”. “Esta perspectiva –continúa el autor– considera que los intereses sociales nunca son una realidad preexistente, sino siempre el resultado de una construcción simbólica y lingüística; también considera que toda práctica, cualquiera que sea, está situada en el orden del discurso” (pp. 32-33).

Y enseguida agrega:

En contra de estos postulados, es necesario recordar que, si bien las prácticas antiguas no son, frecuentemente, accesibles más que a través de los textos que intentan representarlas u organizarlas, prescribirlas o proscribirlas, ello no implica afirmar, como consecuencia, la identidad de dos lógicas: aquella que rige la producción y la recepción de los discursos, y aquella que gobierna las conductas y las acciones (pp. 32-33).

Chartier no descarta la relación entre prácticas y discursos, entre prácticas y representaciones, pero tampoco postula su identidad. De hecho, este último punto de vista, según el historiador francés, llevaría a suponer que el conocimiento de un problema pude limitarse al conocimiento de los discursos que lo enuncian.

En la actualidad, las ciencias sociales han aceptado que sus formas de conocimiento son provisionales y contingentes, históricas, y que la información empírica con la que trabajan (documentos, estadística, entrevistas, notas de campo, etc.) no es una vía de acceso directo a la realidad, sino un resultado de la acción humana y, por lo tanto, en sí misma una “construcción”. Han aceptado, también –según una perspectiva compartida en esta investigación–, que la realidad social no está construida fuera de los discursos, pero tampoco se reduce a ellos.

Al respecto, merece citarse un artículo de Chartier (2002b), titulado “La construcción estética de la realidad. Vagabundos y pícaros en la Edad Moderna”:

¿Es posible distinguir entre la realidad social y sus representaciones estéticas y, por ende, considerar el estudio de las primeras como el dominio propio de los historiadores y reservar el análisis de las segundas a aquellos que interpretan formas y ficciones? Seguramente hace quince o veinte años una semejante división de las tareas habría sido aceptada sin reservas. Pero hoy en día hay diversas razones para poner en duda tal distinción. En efecto, no se puede más pensar las jerarquías o divisiones sociales fuera de los procesos culturales que las construyen (p. 2).

Historiadores y sociólogos trabajamos con documentos que tratamos como fuentes: es decir, como testimonios que informan sobre el pasado. Pero ¿de qué manera informan esos documentos (escritos, visuales, orales, etc.) sobre las sociedades del pasado? He intentado no perder de vista esta pregunta a lo largo de mi investigación.

Lo que sigue es una versión revisada de la tesis doctoral que defendí en el Instituto de Historia de la Universidad de Berna el 22 de febrero de 2017.

Vínculos que, como se verá más adelante, constituyen una forma de capital social. “[El capital social] está constituido por la totalidad de los recursos potenciales o actuales asociados a la posesión de una red duradera de relaciones más o menos institucionalizadas de conocimiento y reconocimiento mutuos” (Bourdieu, 2001, p. 148 [cursivas en el original]).

Sobre la caridad y la beneficencia como formas de tratar la pobreza en Colombia, ver Castro (2007). Sobre las protestas populares y la respuesta estatal, ver Vega (2002).

Esta parte se basa principalmente en Arias (2007; 2011) y Silva (2005).

Las polémicas literarias de la época están bien descritas en Jiménez, D. (1992; 2002a) y Pöppel (2000).

Para información sobre el periodo y las reformas modernizadoras de los liberales, ver Pécaut (2001), Sierra (2009), Silva (2005) y Muñoz (2009). Un buen balance historiográfico de la República Liberal, en Muñoz y Suescún (2011). Para el asunto de la modernidad y la modernización en Latinoamérica, ver Scheuzger y Fleer (2009).

Sobre la figura del intelectual moderno, especialmente en su “versión” francesa –la de mayor influencia en Colombia–, ver Charle (2000) y Ory y Sirinelli (2007).

La expresión “Atenas suramericana” fue empleada a fines del siglo XIX por el escritor español Marcelino Menéndez Pelayo para referirse a Bogotá como ciudad de ilustre tradición letrada. El epíteto no pasó desapercibido entre los literatos capitalinos y comenzó a utilizarse para distinguir a Bogotá como una ciudad notablemente culta. Ver Zambrano (2002).

Sobre la expresión “República de las Letras”, ver Álvarez, J. (1995a). En esta investigación se utiliza no para designar una casta aparte y autónoma, sino el hecho de que los escritores del periodo “hayan tenido consciencia (…) de pertenecer a un grupo más o menos cerrado, en el que a su vez había clases y diferencias entre unos y otros” (Álvarez, J., 1995a, p. 7).

Para la concepción de la literatura como Bellas Letras, compartida por diferentes humanistas latinoamericanos de fines del XIX, ver Jiménez, D. (2002b). En Colombia, un representante ilustre de esta concepción fue Miguel Antonio Caro (1843-1909), para quien el arte solo era verdadero en alianza con las virtudes cristianas. Una visión más amplia de Caro y sus amigos humanistas, en Deas (2006). Ver también Brown (1980).

Para la noción de hombre de letras, ver Chartier (1995) y Álvarez, J. (1995b). Aquí se utiliza como sinónimo de escritor, en un momento en el cual géneros no ficcionales como el ensayo histórico, el discurso político y el artículo periodístico podían considerarse a veces géneros literarios.

Ofrezco en esta parte una descripción somera de las fuentes documentales de mi investigación; la información se ampliará en los capítulos siguientes.

Sobre Sábado y Pan, ver, respectivamente, Duque (1991) y Dora Ramírez (1989). Sobre la Revista de las Indias se ofrecerá información más adelante.

Siempre me ha parecido que Darnton (2002) ofrece un excelente ejemplo sobre el método o análisis documental, sin ser un tratado al respecto.

Para una discusión interesante sobre el lugar de la interpretación en las ciencias humanas, ver Collini (2002). Sobre hermenéutica, la bibliografía es inabarcable. Una buena síntesis se encuentra en Forster (2007).

Como se sabe, bajo la expresión “análisis del discurso” se agrupan diferentes propuestas teóricas y metodológicas.Una buena síntesis se encuentra en Van Dijk (2001a; 2001b).

Sobre el significado del linguistic turn para las “ciencias de la cultura”, ver Bachmann-Medick (2006).

Capítulo 1 Perspectivas teóricas y metodológicas

Los escritores como grupo social

¿Cómo estudiar a un conjunto de escritores como grupo social? ¿Bajo qué condiciones sería posible clasificarlos de esta manera? Según Brubaker (2004), disciplinas académicas como la sociología, la antropología o la ciencia política han tendido a usar el concepto de grupo como si este no necesitara ninguna aclaración, una tendencia que el autor denomina “grupismo” (groupism) y que resume como sigue: “[El grupismo consiste en] asumir que la vida social está compuesta por grupos separados y delimitados, que estos grupos son los principales protagonistas de los conflictos sociales, así como las unidades fundamentales del análisis social” (Brubaker, 2004, p. 8 [traducción propia]). Brubaker elabora una lista de temas a los que suelen dedicarse las ciencias sociales y en cuyo estudio predomina el grupismo: estudios sobre identidad cultural, acción colectiva, etnicidad, religión, entre otros (2004a, p. 8). Al hablar, por ejemplo, de judíos y palestinos en Israel, o de blancos, negros e hispanos en los Estados Unidos, o, como en este caso, de escritores colombianos de la primera mitad del siglo XX, el grupismo asume que se trata de grupos “internamente homogéneos y externamente delimitados, incluso actores colectivos unitarios con propósitos comunes” (Brubaker, 2004, p. 8 [traducción propia]). Contra esta manera de ver las cosas, Brubaker ha señalado que, si bien los científicos sociales deben tener en cuenta las categorías vernáculas de los actores, como en el caso de conflictos étnicos, raciales o nacionales, donde los participantes suelen representar el conflicto en términos “grupistas” o “esencialistas”, esto no significa, sin embargo, que deban adoptar categorías de la práctica política como categorías del análisis social; según Brubaker (apoyándose en este punto en Bourdieu), debemos recordar que, en las luchas sociales, las declaraciones de los participantes tienen a menudo un carácter performativo:

Al invocar grupos, buscan evocarlos, convocarlos, darles existencia. Sus categorías son para hacer –diseñadas para agitar, convocar, justificar, movilizar, encender y energizar–. Al reificar a los grupos, al tratarlos como cosas sustantivas en-el-mundo, los líderes etnopolíticos pueden, como señala Bourdieu, “contribuir a producir lo que aparentemente describen o designan” (Brubaker, 2004, p. 10 [traducción propia; cursivas en el original]).

En lugar, entonces, de tomar el grupo como categoría analítica básica, Brubaker propone un enfoque centrado en los procesos de constitución de los grupos e introduce para tal fin el concepto de groupness, que podría traducirse como “agrupamiento”, es decir, como la capacidad fluctuante y contextualmente determinada de los actores sociales de atravesar por fases de cohesión y solidaridad colectiva.

Brubaker introduce además una diferencia clave entre grupoycategoría:

Mucho de lo que se dice sobre grupos étnicos, raciales o nacionales se ve oscurecido por la incapacidad de distinguir entre grupos y categorías. Si por “grupo” nos referimos a un colectivo mutuamente interactivo y orientado, con fronteras claras, sentido de solidaridad, identidad colectiva y capacidad de acción concertada, o incluso si adoptamos un punto de vista menos exigente sobre los “grupos”, debería quedar claro que una categoría no es un grupo. Es, en el mejor de los casos, una base potencial para la formación-de-grupos o “agrupamiento” (Brubaker, 2004, p. 12).

Si bien estas reflexiones de Brubaker provienen sobre todo de sus trabajos sobre raza, etnicidad y, recientemente, género, son útiles también para los fines de mi investigación. En primer lugar, al hablar de los escritores como grupo social, no he dado por sentado que los escritores que constituyen la base de mi investigación formaron un colectivo “mutuamente interactivo y orientado, con fronteras claras, sentido de solidaridad, identidad colectiva y capacidad de acción concertada”; al contrario, y basado en la evidencia reunida, sostengo que la categoría de escritor, como categoría referida a una actividad u oficio intelectual, sirvió de base para que un conjunto de hombres, que compartían la escritura literaria y el deseo de reconocimiento de ese oficio (y, algunos de ellos, ideales sociales colectivos y vínculos partidistas), invocaran la presencia, en la sociedad colombiana de las décadas de 1930 y 1940, de una figura, la del escritor, que luchaba por establecerse y ser reconocida material y simbólicamente. Cuando, desde las páginas de la prensa literaria, los escritores invocaban la figura del escritor colombiano o hablaban en nombre de “los escritores colombianos” como colectivo social, estaban, pues, evocándolos, convocándolos, dándoles una existencia común. Esta invocación de una existencia común hacía posible, y también plausible, su reclamo de mejores “condiciones de existencia” (ver el capítulo IV: “Los escritores se quejan”).

En segundo lugar, los escritores colombianos a los que me refiero en estas páginas no estaban reunidos en ningún tipo de organización formal; no tenían una existencia discreta, fronteras claras, coherencia o intereses y agencia concertados, características que se atribuyen a los grupos, pero que caracterizan mejor a las organizaciones (Brubaker, 2004, p. 15). No sostengo, pues, que los escritores sobre los que trato en este estudio hayan formado un grupo social sustantivo y homogéneo, pero sí afirmo y trato de demostrar que compartieron unas condiciones materiales y unos principios de visión y división del mundo que están en la base de su particular construcción de la figura del escritor y de los escritores como un colectivo social. Un trabajo de construcción/ representación que llevaron a cabo, de manera muy notable, en la prensa literaria, y cuyo resultado no fue una acción colectiva visible, agrupamiento o agremiación, sino una “conciencia profesional” creciente, expresada, por ejemplo, en el reclamo (y la legitimación) de la retribución económica del trabajo literario/intelectual.

También la sociología de Pierre Bourdieu (1985; 2001b) permite construir un enfoque no esencialista de los grupos sociales. En particular, resulta pertinente la diferencia que el sociólogo francés establece entre la existencia “teórica” y la existencia “práctica” de los grupos. Según Bourdieu, esta propuesta se basa en una serie de rupturas con la teoría marxista, entre las cuales las más importantes serían:

[la] ruptura con la tendencia a privilegiar sustancias –es decir, los grupos reales, cuyo número, límites, miembros, etc., uno pretende definir– a expensas de las relaciones; y con la ilusión intelectual que lleva a considerar la clase teórica, construida por el sociólogo, como clase real, un grupo movilizado efectivamente (Bourdieu, 1985, p. 723 [traducción propia; cursivas en el original]).

Estas rupturas no niegan que, según un conjunto de propiedades comunes –origen social, educación, edad, ocupación, oficio, etc.–, un investigador pueda construir grupos analíticamente. Pero, en lugar de identificar “grupos homogéneos de individuos diferenciados”, se trata, según Bourdieu, de identificar un “espacio social de diferencias”, es decir, un espacio estructurado según distintos principios de diferenciación (Bourdieu, 2001, p. 104). Desde este punto de vista, que el autor llama “realismo de la relación”, lo real de los grupos sociales ya no se concibe como sustancia, sino como relación.

[Los grupos sociales] construidos pueden ser caracterizados en cierto modo como conjuntos de agentes que, por el hecho de ocupar posiciones similares en el espacio social (…), están sujetos a similares condiciones de existencia y factores condicionantes y, como resultado, están dotados de disposiciones similares que les llevan a desarrollar prácticas similares (Bourdieu, 2001, p. 110).

Los grupos sociales pueden alcanzar una existencia “práctica” como grupos “efectivamente movilizados”, el equivalente de lo que Brubaker llama groupness. Sin embargo, si bien hay coincidencias entre ambos autores, Brubaker parece conceder más importancia a la tarea de construcción simbólica de los grupos sociales, pues, aunque no niega que un principio de formación de los grupos sea el hecho de que los agentes compartan “posiciones similares en el espacio social” y “estén sujetos a similares condiciones de existencia y factores condicionantes”, admite que, en algunos casos, pueden actuar como grupo actores no necesariamente próximos en el espacio social, mientras que otros que sí lo están pueden exhibir una variedad de prácticas difícilmente comprensibles por medio de una categoría abarcadora como la de clase social, que, según Brubaker (1985), es la categoría más abarcadora para Bourdieu.

En todo caso, Bourdieu resalta que los grupos “son [también] construcciones simbólicas orientadas por la búsqueda de intereses individuales y colectivos (y, sobre todo, por la búsqueda de los intereses específicos de sus portavoces)” (Bourdieu, 2001, p. 116). De esta manera, si un investigador se dedica al estudio de un grupo social (llámese clase, partido, comunidad, o, como en este caso, escritores),

debe ser tenido en cuenta el trabajo simbólico de fabricación de grupos, de elaboración de grupos. Es a través de ese trabajo de representación sin fin (…) como los agentes sociales tratan de imponer su visión del mundo o la visión de su propia posición en ese mundo, y de definir su propia identidad (Bourdieu, 2001, p. 118).

Desde luego, es posible establecer relaciones entre la posición de los agentes en el espacio social y el trabajo simbólico mediante el cual buscan imponer su visión del mundo; sin embargo, no es posible determinar esas relaciones a priori, como en la conocida lógica del reflejo: a tal grupo, dadas tales propiedades –pensadas no como principios relacionales de diferenciación, sino como atributos esenciales– corresponde necesariamente tal visión del mundo. Como alternativa, está la noción bourdieuana de punto de vista: “el punto de vista es una perspectiva, una visión subjetiva parcial (momento subjetivista); pero es al mismo tiempo un panorama, tomado desde un punto, desde una posición determinada en un espacio social objetivo (momento objetivista)” (Bourdieu, 2001, p. 102).

Según el enfoque derivado de Brubaker y Bourdieu, es falso, pues, suponer que los grupos construidos analíticamente son grupos “efectivamente movilizados”. Asimismo, sería falso suponer que los grupos invocados por quienes se declaran o son elegidos como sus representantes son entidades discretas compuestas por individuos homogéneos (grupos sustantivos, unitarios, portadores de unos intereses objetivos determinados por fuera de todo proceso y contexto social).

A partir de estas consideraciones, en este trabajo me he propuesto estudiar a los escritores colombianos de las décadas de 1930 y 1940 como grupo social. Para hacerlo, en el capítulo III (“La República de las Letras en cifras”) construyo analíticamente, basado en información biográfica, los contornos de la “población literaria” en Colombia durante la República Liberal. Después, en el capítulo IV (“Los escritores se quejan”), describo el “trabajo” de construcción de la figura del escritor y de los escritores como un colectivo social; un trabajo realizado por escritores individuales que, desde la prensa literaria, “hablaron” en nombre de esta figura, invocándola, y en nombre de este colectivo, designándolo, es decir, llamándolo a la identificación (Brubaker, 2004). Un trabajo que fue, entre otras cosas, un intento por difundir y legitimar un punto de vista (una visión de las cosas) acerca de la situación social de los escritores hacia mediados del siglo XX.18

Figuras del escritor

Para la historia literaria tradicional, la biografía ha sido un género común a la hora de estudiar a los escritores. Aunque algunas biografías logran muy bien el objetivo de narrar la vida de sus protagonistas, incluso en un marco amplio de problemas históricos y sociológicos, otras ceden con frecuencia a la “ilusión biográfica”, es decir, a la idea de que la vida de un individuo es una sucesión coherente de acontecimientos, cuyo sentido, además, coincide con el relato que el individuo hace de sí mismo (Bourdieu, 1999).

Como ha señalado el historiador Robert Darnton,

a pesar de la proliferación de biografías de grandes escritores, las condiciones fundamentales de la autoría siguen siendo oscuras en la mayor parte de las etapas de la historia. ¿En qué momento los escritores se liberaron del mecenazgo de la acaudalada nobleza y del Estado para vivir de su pluma? ¿Cuál era la naturaleza de una carrera literaria y cómo se seguía? ¿Cómo lidiaban los escritores con editores, impresores, libreros, críticos y entre sí? Hasta que no se conteste a estas preguntas no comprenderemos cabalmente el proceso de transmisión de los textos (Darnton, 2010, p. 134).19

En el caso colombiano, el diagnóstico anterior es preciso: las condiciones básicas de lo que significa ser un autor o un escritor son desconocidas en la mayor parte de periodos históricos.

Uno de los objetivos que ha dado forma a este libro consiste en hacer una sociología de la figura del escritor durante la República Liberal, y, de esta manera, contribuir al conocimiento de las condiciones básicas y del significado de ser un escritor en un periodo histórico específico. Esta sociología centrada en la figura del escritor puede implicar, sin embargo, algunas críticas. Por ejemplo, la de dejar por fuera las obras literarias. Se escribe la historia de los escritores, de sus relaciones y conflictos, pero no se dice nada acerca de lo que escribieron. Bénichou afirma:

No es falso que el escollo de la crítica sociológica, lo que la hace literariamente peligrosa, sea la dificultad de conservar, en los esquemas a los que debe necesariamente conducir, la vida propia de las obras, tal como la sienten autores y lectores. Esta vida irremplazable corre el peligro de estar ausente de las fórmulas por las cuales pretende el análisis histórico expresar lo esencial (2006, pp. 431-432).

Otra posible crítica a una sociología literaria consiste en que esta convierta las obras en el reflejo de su época, de los intereses de clase del escritor o de alguna forma de espíritu individual o colectivo. A esto, precisamente, se ha referido Gombrich al escribir:

Cuando recomendamos la inclusión de la literatura en el programa de estudios, porque las obras literarias reflejan de forma tan perfecta su época, deberíamos añadir también que, igual que los espejos, reflejarán hechos diferentes sobre la época según el ángulo desde el que los observemos, o el punto de vista que adoptemos, por no citar la fastidiosa tendencia de los espejos a devolvernos nuestra propia imagen (Gombrich, 2004, p. 99 [cursivas añadidas]).20

La idea de que la literatura “refleja de forma perfecta su época” ha sido común en las ciencias sociales. Quienes hacen este tipo de uso documental de la literatura creen que ella mantiene una relación transparente con la realidad (Silva, 2007). Una novela sobre los desposeídos será aceptada como el espejo de su vida; una novela sobre el rock, la salsa y los jóvenes será el retrato de una generación; una novela cuyo escenario es la ciudad será, a priori, la mejor fuente para escribir su historia. En muchos casos, como sugiere Gombrich, el reflejo no devuelve más que nuestros preconceptos.21

La historia y la sociología de la literatura pueden ser la historia y la sociología de un oficio, de sus practicantes, relaciones y creaciones, y tratar al mismo tiempo de mantener una actitud más prudente frente esa difícil cuestión que es la de los vínculos entre literatura y sociedad. Esta perspectiva se acerca de manera muy estimulante a otras formas de hacer historia (por ejemplo, la historia del libro, la lectura y la edición) y a las ciencias sociales (sociología de la literatura, de los oficios intelectuales, etc.).

En Colombia, Rafael Gutiérrez Girardot (1989; 1990) fue tal vez el primero, hace tres décadas, en promover una historia literaria en colaboración con otras disciplinas sociales. En uno de sus libros escribe:

Precisamente estos temas, esto es, público, difusión del libro y la lectura, (bibliotecas, editoriales, revistas), la figura y el contorno sociales del escritor (grupos, tertulias, bohemia, salones) apuntan a la “mediación”, a los caminos por los que las posiciones ideológicas y estructuras sociales se imponen en la literatura (Gutiérrez, R., 1989, p. 8).

Inspirado por un ensayo de Adorno (2008) sobre la relación entre literatura y sociedad, a Gutiérrez le interesaba explorar estos problemas sin caer en las abstracciones de las grandes teorías, ante las cuales sostuvo constantemente una actitud crítica. Postular que existen relaciones entre la literatura y la sociedad no es problemático; describir esa relación, “descubrir la relación mutua de los fenómenos” (Gombrich, 2004, pp. 42-43), requiere superar las fórmulas simples.

Gutiérrez pensaba que el escritor era “el objeto primario de cualquier interpretación social de la literatura” (Gutiérrez, R., 1989, p. 14), una afirmación con la que es difícil estar de acuerdo. La historia y la sociología de la literatura pueden tener diferentes puntos de partida y llegada. Pero lo que hoy parece insostenible es estudiar la literatura a partir de la idea del “creador increado” (Bourdieu, 2003), de la obra literaria como texto puro (trama de sentido sin soportes ni lectores) o, en fin, del texto como reflejo.22

El escritor como intelectual

Si bien el escritor no ha de ser necesariamente el objeto primario de la historia literaria, no está de más llamar la atención sobre un hecho: dada la asociación común entre el escritor y el intelectual, sorprende lo poco que los estudios históricos y sociológicos dedicados a los intelectuales se interesan por las condiciones básicas de lo que significa ser escritor.

Como se sabe, la noción de intelectual no se limita a una categoría socioprofesional. Los intelectuales, además de su rol de intelectuales, ejercen a menudo diferentes profesiones y oficios: pueden ser abogados, periodistas, escritores, médicos, etc. Al respecto, puede ser útil plantear algunas preguntas: por ejemplo, ¿cuáles son las categorías socioprofesionales o los oficios dominantes de donde provienen, en un tiempo y lugar determinados, los intelectuales? ¿Cuáles son los conocimientos, habilidades y atributos sociales vinculados con mayor frecuencia a esta figura? ¿Cuáles son, en fin, sus fuentes principales de autoridad?

Dice Bobbio que “una de las funciones de los intelectuales, si no la principal, es escribir” (Bobbio, 1998, p. 57). Tanto si se considera que el intelectual es una figura moderna, como si se acepta la existencia en otras épocas de categorías sociales que habrían cumplido funciones similares, es cierto que el control de la escritura y una relación privilegiada con ella –con su producción, difusión e interpretación–son características notables de aquellos sujetos que podemos designar con diferentes nombres: intelectuales, sabios, clérigos, hombres de letras o literatos (Bobbio, 1998, p. 104). En todo caso, es evidente que la figura del intelectual no siempre ha coincidido con la del escritor moderno de ficción.23

Si la figura dominante del intelectual en una sociedad es la del escritor literario, como sucedió en Colombia en las décadas de 1930 y 1940, vale la pena preguntarse no solo por el tipo o los tipos de escritores que la personificaron, sino también qué significaba escribir en esa sociedad; cuáles eran las condiciones que hacían posible la existencia –precaria o no– de un grupo de personas dedicadas a la escritura; de qué manera esa escritura se relacionaba con el prestigio intelectual; cómo se hacía una carrera literaria y cuáles eran las funciones sociales del escritor y la literatura.

Se trata, pues, de estudiar a los escritores en cuanto intelectuales, pero no de manera abstracta, sino considerando su especificidad como escritores y, por lo tanto, su especificidad como intelectuales. De esta manera, debería ser posible evitar el uso en abstracto de nociones como campo literario, campo intelectual o campo político, y reconocer, por ejemplo, cuál es la especificidad del espacio de relaciones que hizo posible, durante el periodo de la República Liberal, la presencia dominante de la figura del intelectual-escritor: intelectual-dirigente, orientador espiritual de la Nación, reformador social, síntesis del hombre de letras y del hombre público.24

Usos y abusos del campo

Los diccionarios y enciclopedias de literatura se ocupan poco de la “doble vida” de los escritores (Lahire, 2011); una vida dividida entre la escritura literaria y la necesidad económica, entre el deseo de escribir y la obligación de pagar las cuentas. Lahire afirma que es posible hacer una sociología de la vida de escritor, siempre que no se pierda de vista el siguiente hecho: en la mayoría de los casos, los escritores son a la vez empleados que ocupan una parte importante de su tiempo en otras actividades de las que depende su existencia material. Esta sociología de los escritores, que es también una sociología de la creación literaria, se opone en algunos puntos a la sociología de los campos de producción cultural (Bourdieu, 1997).

Un campopuede definirse como un espacio relativamente autónomo de relaciones específicas “dentro del macrocosmos que constituye el espacio social” (Lahire, 2005, p. 31). En este espacio, actores e instituciones ocupan diferentes posiciones de afinidad y conflicto, y luchan por apropiarse de las formas específicas de capital que están en juego en él. La lucha consiste también en apropiarse del poder de definición de los límites del campo y sus formas legítimas de capital. Cada campo posee, entonces, sus “intereses sociales específicos”, no asimilables a intereses económicos (Lahire, 2005, p. 32).

Al hablar del campo literario, se hace referencia entonces al espacio social de relaciones donde se produce aquello que una sociedad define como literatura. En ese espacio participan, desde luego, los escritores, pero también las casas editoriales, las revistas de crítica, las instituciones públicas o privadas de apoyo a la creación, los grupos literarios y los lectores. Desde la perspectiva de Bourdieu, la forma de capital específico que está en juego en este campo es el prestigio literario. Los actores y las instituciones luchan no solo por apropiarse de ese prestigio (capital simbólico), sino también por definir su naturaleza (Bourdieu, 1997).25

Aunque reconoce los aportes de la teoría de los campos a la comprensión de sociedades caracterizadas por la diferenciación funcional, Lahire ha señalado igualmente algunos de sus problemas. En primer lugar, afirma, no es posible clasificar todas las formas de actividad social como campos. Muchos de los intercambios y prácticas de la vida cotidiana (sexualidad, vida familiar, pasatiempos) no pueden considerarse espacios de relación y conflicto relativamente autónomos de la misma manera en que es posible hablar del campo académico, el campo político o el campo artístico.

Al respecto, escribe Lahire

En realidad, los campos corresponden bastante bien 1) a los ámbitos de las actividades profesionales (o públicas) que ponen fuera de juego a las poblaciones sin actividad profesional (...); y, más precisamente aún,2)alas actividades profesionales o públicas que implican un mínimo (o incluso un máximo) de prestigio (capital simbólico) y que pueden organizarse, por eso mismo, en espacios de competencias y de luchas por la conquista de dicho prestigio específico (en contraposición a las profesiones o actividades que no están particularmente comprometidas en las luchas dentro de esos campos:“pequeños”empleados administrativos, personal de servicio, obreros...) (Lahire, 2005, p. 43).

Otra de las críticas de Lahire es que, al situar a los actores sociales en campos de actividades profesionales prestigiosas, la teoría de los campos suele ocuparse solo de su vida profesional, “mientras que ellos se inscriben en muchos otros cuadros sociales, privados o públicos, duraderos o efímeros” (Lahire, 2005, p. 43). En el caso de la sociedad colombiana de 1930 y 1940, la literatura, como se mencionó en la introducción, estaba lejos de ser una actividad profesional. Los escritores se jugaban su supervivencia, pero también su prestigio, en otros “cuadros sociales” privados (los vínculos más o menos informales de la política) y públicos (los cargos burocráticos y el periodismo).

Al mismo tiempo, es problemático el uso de la noción de campo para referirse a las relaciones que hacían posible la existencia de la literatura en Colombia a mediados del siglo XX. Es claro que los campos sociales se forman, y, en mayor o menor medida, conquistan su autonomía. Sin embargo, vale la pena preguntarse, como lo ha hecho Lahire (2005), si la idea de diferenciación y autonomía de los campos no puede llevar a veces a considerar como separadas actividades con relaciones muy estrechas, como sucede con la creación literaria y la política durante la República Liberal.26

Estas observaciones acerca de la noción de campo, y en particular de campo literario, no niegan en ningún momento su contribución al análisis sociológico de la literatura. El problema no es la noción en sí misma, sino su uso y, sobre todo, su abuso: como sucede con otras teorías abarcadoras, el riesgo consiste en convertirlas en muletillas que lo explican todo. En estos casos, es común, entonces, que los problemas sociológicos e históricos específicos que podrían plantearse a propósito de sociedades particulares sean reemplazados por el uso abstracto y la búsqueda afanosa del campo literario; un riesgo que he tratado de evitar.

Darnton (2002; 2003a; 2006), Büschges (2007) y Silva (2002) son ejemplos de cómo estudiar grupos sociales desde una perspectiva no esencialista.

Ejemplos de enfoques sociológicos e históricos sobre los escritores, en Chartier (1995; 2000; 2005b), Darnton (2002; 2003a; 2003b), Sapiro (2016) y Zapata (2014).

En la cita he cambiado las palabras originales “historia del arte” y “obras de arte” por “literatura” y “obras literarias”. Creo no distorsionar el punto de vista del autor acerca de la literatura. Al respecto, ver Gombrich (1998), donde este realiza una crítica del libro Historia social de la literatura y el arte de Hauser.

Neira (2004), Romero, S. (2007) y González, J. (2004) son ejemplos de este uso documental de la literatura. Desde luego, la lista podría ampliarse.

En esta investigación he optado por un análisis centrado en la figura del escritor. Al tomar esta decisión, he dejado por fuera el análisis de las obras literarias, una tarea que espero completar en futuros estudios.

Ejemplos de diferentes tipos de intelectuales, entre una bibliografía muy numerosa, en Charle (2000), Le Goff (2008), Mannheim (1997), Monsiváis (2007), Kolotouchkina (2003), Palacios (2001) y Rama (1998).

Diferentes autores han mostrado la necesidad de reconsiderar la teoría de los campos de producción cultural en el caso latinoamericano. Son autores que, sin desconocer el poder heurístico de esta teoría, recuerdan que su uso debería ser sensible a los contextos particulares donde se aplica. Ver, por ejemplo, Ramos (2003) –un libro pionero– y Moraña (2014).

Un ejemplo de todo esto es la oposición entre los representantes de la “literatura comprometida” y los de la “literatura pura”. Para los primeros, la verdadera literatura es aquella que persigue fines sociales: la educación del pueblo, la emancipación de los obreros, la denuncia de las desigualdades. Solo quienes practican y representan esta forma de literatura pueden aspirar a la condición de escritores y merecen el reconocimiento y la consagración. Para los segundos, la única justificación de la obra literaria es la obra en sí misma. El compromiso del escritor debe ser con el lenguaje y la forma. Su creación no debe estar subordinada a objetivos políticos ni a la búsqueda del éxito comercial. Unos y otros luchan por definir cuál es la verdadera literatura, y, de este modo, por modificar las relaciones de fuerza dentro del campo.

El sociólogo Howard Becker (2006) –conocido, entre otras cosas, por su sociología de los mundos del arte– ha planteado también sugerentes críticas a la teoría de los campos de producción cultural.

Capítulo 2 Balance de estudios previos

En este capítulo presento un balance de los estudios históricos sobre escritores colombianos de la primera mitad del siglo XX. Por medio de este balance quiero situar la perspectiva de mi trabajo. He puesto el énfasis en la revisión crítica de aquellos estudios que reconocen en la figura del escritor las funciones del intelectual. Por lo tanto, he dejado por fuera numerosos trabajos de historia literaria, algunos de ellos cercanos al género biográfico tradicional.

Aunque no son abundantes, los estudios sobre escritores-intelectuales colombianos de la primera mitad del siglo XX han ido elaborando unas interpretaciones que vale la pena revisar. Una de estas sostiene que, durante los años 30 y 40 del siglo pasado, el tipo dominante del intelectual fue el intelectual-maestro. Esta interpretación se basa en hechos como la creación de la Escuela Normal Superior en 1936 (Herrera, 2012; Herrera y Low, 1994), donde se formaron destacados académicos colombianos de la segunda mitad del siglo XX, así como en la idea, que parecía ganar fuerza en aquel entonces, de que para gobernar era necesario conocer los problemas del país, para lo cual las ciencias sociales y la estadística ofrecían un servicio indispensable. Sin embargo, si se revisan documentos y estudios más o menos recientes sobre la época, parece muy difícil sostener esta interpretación. Las coordenadas de la definición del escritor-intelectual y su función social estaban principalmente en el mundo de la política y el periodismo.

La otra interpretación común considera a los intelectuales del periodo como “intelectuales orgánicos del bipartidismo”, con lo cual se da a entender que su única función habría consistido en legitimar y promover los intereses de la clase dominante. Por lo tanto, sus acciones, discursos y proyectos solo habrían buscado, en última instancia, conservar los privilegios de esta clase, a la cual ellos pertenecían.

Las síntesis

La interpretación más difundida sobre la evolución histórica de los intelectuales en Colombia durante la primera mitad del siglo XX se encuentra en un ensayo publicado por Gonzalo Sánchez (1998): “Intelectuales… poder… y cultura nacional”. Este ensayo busca identificar el tipo dominante de intelectual según los diferentes periodos convencionales de la historia de Colombia: la Hegemonía Conservadora, la República Liberal, la Violencia, etc. A cada periodo, según el autor, correspondería un tipo dominante de intelectual, que habría mantenido un tipo particular de relación con la política.

Durante el periodo conocido como la Hegemonía Conservadora –un largo periodo que va del último cuarto del siglo XIX, con el inicio de la Regeneración, hasta 1930– el tipo dominante del intelectual habría sido el del “político gramático”; una figura apegada al cultivo de las formas clásicas en literatura, a la moral católica y al pasado hispánico. Sus representantes más conspicuos habrían sido cuatro presidentes de la República: Miguel Antonio Caro, presidente entre 1892 y 1898; José Manuel Marroquín, entre 1900 y 1904; Marco Fidel Suárez, entre 1918 y 1921, y Miguel Abadía Méndez, entre 1926 y 1930. Para estos “letrados”, según Sánchez,

la realidad del país no aparece por parte alguna (…). Daba la impresión que estos personajes –continúa el autor–, mientras más distantes, evasivos e incomunicados se presentaran frente a la sociedad real, tanto más exitosos resultaban en sus pretensiones políticas. (Sánchez, 1998, pp. 102-103).27

Esta situación habría comenzado a cambiar con el triunfo de los liberales en 1930 y el inicio de la República Liberal. En el origen de estos cambios estarían dos “corrientes innovadoras”. La primera se habría expresado en el último tercio del siglo XIX con la creación de la Universidad Nacional de Colombia (1867) y la Escuela de Minas de Medellín (1886).28 Consistiría en un interés creciente –compartido entre las élites políticas– por formar cuadros técnicos y empresariales dispuestos a impulsar el progreso material de la sociedad. La segunda corriente, heredera de la Reforma Universitaria de Córdoba, se habría manifestado en los años 30 con la creación, entre otras, de la Escuela Normal Superior, institución que promovía una educación laica y profesional y que reunió, en calidad de maestros y estudiantes, a académicos muy destacados del siglo XX colombiano. Estos hechos llevan a Sánchez a afirmar que se trata del momento en que el “gramático” es desplazado por el “pedagogo”, “profesor” o “intelectual maestro”. Al respecto, escribe el autor:

El intelectual de esta generación (…) era cada vez más autónomo de los partidos y del poder estatal, y tenía obviamente mayores vínculos orgánicos con la sociedad que los letrados, pero centraba su mirada en la perspectiva de la transformación, no de la sociedad en su conjunto, sino de uno de sus mecanismos de reproducción, el aparato educativo, como punto estratégico para la transformación de la sociedad (Sánchez, 1998, pp. 108-109).

Para Sánchez, la labor de los intelectuales a partir de los años 30 y hasta finales de la década siguiente puede comprenderse como “la lucha por la autonomía cultural”.

Una versión similar de la evolución de los intelectuales en Colombia desde principios del siglo XX hasta el fin de la República Liberal es la que ofrece Miguel Ángel Urrego (2002) en Intelectuales, Estado y Nación en Colombia. De la Guerra de los Mil Días a la Constitución de 1991. Este autor, de hecho, dice coincidir con la clasificación realizada por Sánchez, pese a no compartir su noción de intelectual, su diagnóstico de los “intelectuales maestros” ni su análisis a partir de la segunda mitad del siglo XX (2002, p. 10).29

El propósito del trabajo de Urrego es, según sus palabras, “analizar las dinámicas y contradicciones de la relación de los intelectuales con el Estado, y la evolución de los tipos de intelectuales a lo largo del siglo XX” (2002, p. 9). Para el autor, el periodo comprendido entre el final del siglo XIX y el final de la década de 1950 puede definirse como el de “subordinación de los intelectuales a los partidos tradicionales” (2002, pp. 25-29). Durante este periodo, que Urrego llama el de “los intelectuales orgánicos del bipartidismo” –título de la primera parte de su libro–, podrían diferenciarse tres momentos: el de “los intelectuales bajo la Hegemonía Conservadora”, el de “los intelectuales bajo la República Liberal” y el de “los intelectuales bajo la Violencia”.

Al igual que Sánchez, Urrego afirma que el tipo de intelectual dominante durante el periodo de gobiernos conservadores que se extiende desde 1886 hasta 1930 –o Hegemonía Conservadora– es el del “gramático”, al que añade el abogado y el poeta; figuras que con frecuencia se reunían en una misma persona, como en el caso de los “presidentes gramáticos”.

En términos culturales –escribe el autor–, el proyecto [de la Hegemonía Conservadora] definió que los aspectos que había que resaltar y proteger eran la herencia española (el idioma, la religión, la raza), la moral como guía de la creación artística, la concepción de que la Iglesia era una institución tutelar de la cultura y la necesidad de luchar contra las corrientes materialistas, la inmoralidad y el error (Urrego, 2002, p. 47).

Así pues, la figura dominante habría sido la del intelectual católico, unido “orgánicamente” al Partido Conservador, “guardián de la tradición” y especialista en “preservar intactos los fundamentos de la nacionalidad” (Urrego, 2002, p. 76).

Con la llegada al poder de los liberales en 1930, y en especial durante la primera administración de Alfonso López Pumarejo (1934-1938), el cambio en la relación de fuerzas entre los partidos habría permitido la consolidación de un nuevo tipo dominante de intelectual, “el maestro”, incorporado en muchos casos a las tareas reformadoras de los gobiernos liberales. Si, durante el periodo anterior, el género literario dominante había sido la poesía –personificada en la figura de Guillermo Valencia, “quien con sus cantos a especies raras o inexistentes en nuestro suelo como las garzas y los camellos, reafirmaba su ideal parnasiano de ruptura con la realidad” (Sánchez, 1998, p. 103)–, ahora sobresalía la “novela social” (Urrego, 2002, p. 93, 105; Sánchez, 1998, p. 108).30

Como parte de los intentos de síntesis de la evolución histórica de los intelectuales colombianos durante el siglo XX, deben mencionarse también dos ensayos de Loaiza (2004a; 2014). El primero de ellos, con el título “Los intelectuales y la historia política en Colombia”, busca interpretar, según el autor, “el proceso de la historia de la vida intelectual colombiana y de su diálogo con lo político” (Loaiza, 2004a, p. 78).

Loaiza postula la formación, durante el primer tercio del siglo XX, del “intelectual crítico”, visible especialmente a partir de los años 20, cuando un núcleo de jóvenes escritores y periodistas se agruparon bajo el nombre de Los Nuevos. Según Loaiza (2004a), estos jóvenes intelectuales “contravinieron los preceptos éticos y estéticos de las academias regidas por los antiguos letrados (…), en continuo antagonismo con la generación de sus padres y maestros” (p. 84). Sin embargo, el alcance crítico de estos intelectuales habría sido escaso, si bien al respecto el autor no ofrece ninguna explicación, limitándose a señalar que muchos de ellos asumieron después (a partir de 1930) “una condición subordinada”; es decir, adhirieron a los proyectos de los “partidos tradicionales” (Liberal y Conservador).

Esta adhesión es llamada por Loaiza, en tono polémico, “la parábola del retorno servil”, sin considerar los motivos por los cuales, en el tránsito de los años 20 a los 30 del siglo pasado, la adhesión de los “intelectuales críticos” a los partidos políticos no solo no era contradictoria con su posición anterior, sino un hecho razonable, es decir, conforme a esa posición. La ruptura de los “intelectuales críticos” con los partidos tradicionales en la década de 1920 había sido apenas relativa (a pesar de sus declaraciones); de hecho, su socialización política, su labor periodística y sus formas de sociabilidad habían estado vinculadas a estos.31

Entre 1930 y el final de los años 40 se habría impuesto la figura del “intelectual ideólogo”. “Se trata –afirma Loaiza– de intelectuales formados en profesiones diversas; ya no es el recurrente abogado decimonónico, sino aquel que surge de profesiones más modernas y, en apariencia, más lejanas del circuito político” (Loaiza, 2004a, p. 87), como el ingeniero o el maestro de escuela. Por la descripción que ofrece el autor y los nombres que menciona, se deduce que a esta categoría pertenecen intelectuales afines a los proyectos políticos de la República Liberal. Eran intelectuales, continúa Loaiza,

con un grado de influencia en las organizaciones partidarias, en la postulación de derroteros programáticos, en el deseo de construir nuevas estructuras partidarias, de poner en discusión las relaciones entre élites y pueblo, entre dirigencia política y nación, o los problemas concernientes al papel del Estado ante nuevas realidades políticas y económicas (2004a, p. 87).

Pese a que utiliza una denominación diferente, este tipo de intelectual coincide con el “intelectual maestro”, al que se refieren tanto Urrego (2002) como Gonzalo Sánchez (1998). A partir de la interpretación de Loaiza, y sin forzar su argumento, puede inferirse que, para él, el intelectual de los años 30 y 40 aún no es “plenamente consciente de su papel moral crítico” (2004a, p. 85). Su cercanía a los políticos le habría impedido reconocerse “sin vaguedades como tal [como intelectual]” y elaborar “su crítica al Estado o a los partidos (…) y sus dirigentes o al conjunto de la sociedad” (Loaiza, 2004a, p. 85). La figura del intelectual “consciente”, o “intelectual verdadero” –el único con “conciencia moral” y el único que “se reconoce sin vaguedades como tal”–, sería una rareza en la vida cultural y política colombiana.32

En relación con el tema de las definiciones, los trabajos comentados comparten varios elementos: la idea de que el intelectual tiene un papel destacado en el espacio público, sobre todo como creador de opinión; la idea de que ese papel se define, ante todo, en una relación específica con la política (con el Estado); y, por último, en conexión con lo anterior, la idea de que el intelectual tiene la capacidad de legitimar o impugnar una determinada situación de dominación política, cultural, etc.33

El valor de una definición debería evaluarse según los aspectos que permite iluminar de un problema. En tal sentido, la definición empleada por Sánchez es la que mejor se ajusta al propósito de síntesis, así como al deseo –declarado por todos los autores– de reconocer la diversidad histórica de las figuras del intelectual y de sus relaciones con la política. Por el contrario, la insistencia de Urrego en el carácter “orgánico” de los intelectuales, y la de Loaiza en su papel de guardianes de la verdad y la justicia, los lleva a pasar por alto la complejidad de sus relaciones con el poder, sobre todo cuando, a sus ojos, esos intelectuales no se oponen de manera radical al Estado.

En cuanto a las tipologías que proponen los estudios comentados, su mayor defecto consiste en haber sido construidas sin ninguna referencia a los debates históricos sobre el significado y la función del intelectual (“la definición intrínseca a la propia comunidad de intelectuales” de Sánchez). Así se explica, quizá, que los autores vean en el “profesor” el tipo dominante del intelectual de la República Liberal y resalten así su relación con los centros de enseñanza de la época, cuando hay indicios suficientes que muestran que eran la política y el periodismo, y no el incipiente mundo académico, los lugares por excelencia de reproducción y acción de los intelectuales, donde se decidían sus rasgos más notorios y su prestigio.

Otro punto débil de estos trabajos (más en el caso de Urrego y de Loaiza que en el de Sánchez) tiene que ver con la confusión, a medida que los autores se acercan más a su propio tiempo, entre análisis histórico y juicio personal: es entonces cuando toman la palabra para decidir quiénes son los “verdaderos intelectuales” y cuál es su “edad de oro”. De ahí que aquellos intelectuales cuya figura no se amolda a su propio ideal resulten tan solo capaces de servilismo o carezcan de conciencia moral.34

También es posible identificar en estos trabajos un uso más bien formal de la noción de campo. Como suele ocurrir, el uso de una noción de manera indiscriminada termina por mermar su eficacia descriptiva y analítica. Aunque el ensayo de Gonzalo Sánchez (1998) se presenta como “esquema histórico provisional”, y, por lo tanto, cualquier comentario al respecto debería atenerse a ese carácter, no se entiende muy bien por qué al periodo de “los intelectuales maestros” (1930-1950) lo llama “la lucha por la autonomía cultural”, sin añadir ninguna referencia ni dato al respecto. Falta, siquiera, una presentación de las cuestiones básicas: ¿lucha entre quiénes? ¿En torno a qué elementos materiales y simbólicos? ¿Por medio de qué estrategias? ¿Desde qué posiciones?

Estas observaciones pueden formularse con mayor razón al libro de Urrego (2002). En la introducción, por ejemplo, el autor afirma:

El lugar del intelectual en el espacio social está determinado por su ubicación en la distribución de los diferentes tipos de capital, ya sean éstos económicos o culturales. Ello lo define. Por lo tanto, las formas históricas que adquieran las relaciones con el poder son a la vez su principio de posibilidad. (p. 13).

El uso de tal perspectiva en un estudio que no da respuestas, al menos parciales, a las preguntas anteriores, y que tampoco informa sobre el mercado editorial colombiano ni sobre los mecanismos de consagración intelectual, es cuestionable. Establecer tipos dominantes del intelectual sin tener en cuenta sus relaciones con otras categorías de intelectuales; postular la existencia de un campo cultural sin hablar de sus procesos de formación; basar la “conquista de la autonomía” únicamente en las declaraciones de quienes participan en las luchas políticas y culturales; usar la noción de intelectual sin ocuparse de estas luchas, uno de cuyos motivos centrales es precisamente la definición de quién es un “verdadero” intelectual; todo esto parece, pues, no justificar el uso de la noción de campo.35

Los estudios biográficos

Otra forma de aproximarse al tema de los intelectuales-escritores en Colombia durante la primera mitad del siglo XX ha sido el estudio biográfico. El recurso más empleado ha sido el de la “biografía intelectual”: se elige un personaje más o menos significativo, se resalta su importancia, se alude a sus años de formación, se mencionan las influencias recibidas y su tradición cultural y se hace una presentación de su pensamiento a lo largo del tiempo. Una característica común de estos trabajos es su intención de iluminar, por medio del “recurso biográfico”, diferentes aspectos del mundo social del personaje (Loaiza, 2004b).

En este grupo puede incluirse un estudio sobre el escritor José Eustasio Rivera (1888-1928), dedicado a comprender su figura en el marco de los “enfrentamientos generacionales” entre Nuevos y centenaristas; otro centrado en el periodista Luis Tejada (1898-1924), que busca reconstruir el “campo cultural” colombiano de principios de siglo y conocer las “formas de sociabilidad” y las luchas ideológicas de los intelectuales del periodo; uno más dedicado al ingeniero liberal Alejandro López (1876-1940), cuyo objetivo es rescatar su herencia intelectual, así como interpretar “una de las personalidades más intensas de la escena política e intelectual colombiana de la primera mitad del siglo XX, sobre la base de la vinculación estrecha de la vida y obra con las circunstancias” (Mayor, 2001, p. 15).36

También deben incluirse en esta parte la extensa biografía que Ayala (2007; 2010) dedicó al político conservador Gilberto Alzate Avendaño (1910-1960), así como los tres tomos de la obra Pensamiento colombiano del siglo XX (Castro-Gómez, Flórez-Malagón, Hoyos y Millán de Benavides, 2007; Hoyos, Millán de Benavides y Castro-Gómez, 2008; 2013).

El de Ayala es un estudio pormenorizado de la trayectoria política e intelectual de Alzate Avendaño, figura central, aunque poco conocida, de la política colombiana de la primera mitad del siglo XX. Si bien la figura de Alzate se aproxima más a la del intelectual-político que a la del intelectual-escritor, la trayectoria descrita por Ayala ofrece un panorama completo de cómo la lucha ideológica (principalmente, entre liberales y conservadores) fue un elemento central en la formación de la cultura política de la primera mitad del siglo XX en Colombia.37 En el caso de Pensamiento colombiano del siglo XX, se trata de una extensa y útil compilación de artículos biográficos sobre destacados personajes de la vida intelectual del país en los últimos 100 años.

Por último, vale la pena referirse a la investigación de Vergara (2014), centrada en la labor como cronistas de José Joaquín Jiménez (Ximénez) y José Antonio Osorio Lizarazo. Vergara, quien estudia las “representaciones” de los bajos fondosbogotanos a partir de sus crónicas, se propone averiguar cómo se revelan en esas representaciones las concepciones de los dos escritores sobre “la ciudad y la sociedad a la cual pertenecen”, así como “las dinámicas de las relaciones entre los distintos grupos sociales” (Vergara, 2014, XIV).38

Tanto por su objeto –las representaciones sociales– como por sus fuentes –crónicas periodísticas– y su problema –el modo como las representaciones estéticas pueden dar forma a determinadas experiencias sociales–, el estudio de Vergara se adscribe al campo de la historia cultural. Su hipótesis puede resumirse así: lejos de ser un simple reflejo de las divisiones sociales, las representaciones estéticas de la realidad (el arte, la literatura, el periodismo narrativo, etc.) contribuyen a crear y recrear esas divisiones, moldeando experiencias sociales significativas.

En su libro, Vergara argumenta que, al narrar los bajos fondos bogotanos (los llamados “arrabales”, o barrios de la periferia donde conviven la miseria, el crimen, la enfermedad, etc.), los cronistas Ximénez y Osorio Lizarazo representaron el tránsito de la ciudad “tradicional” a la ciudad “industrial y masificada” (Vergara, 2014, XVII); y que, de esa manera, ofrecieron un marco de interpretación acerca de hechos perturbadores, como el aumento de la pobreza urbana, el crimen, la inseguridad, etc., propios de una ciudad en crecimiento.

Es cierto que los estudios mencionados superan los límites de las biografías tradicionales y aportan al conocimiento de la vida intelectual y política colombiana de la primera mitad del siglo XX. Sin embargo, una característica común a ellos es la construcción de un relato heroico. Derivado de la simpatía de cada autor por su personaje, este relato heroico tiene consecuencias evidentes para el análisis: la más notable, sin duda, es la elevación del personaje a la categoría de “precursor”. Así, por ejemplo, José Eustasio Rivera, Luis Tejada y Alejandro López terminan convertidos en precursores de una fracasada “modernidad política” o “cultural”, héroes solitarios que lucharon en vano contra las fuerzas que se resistían al cambio, guías malogrados de su generación.39

De este modo, el recurso biográfico se desliza con frecuencia hacia la ilusión biográfica (Bourdieu, 1999): la vida parece un camino trazado desde el principio, una sucesión coherente de hechos unidos por un sentido claro. La vida del personaje no sería más que el cumplimento obstinado de ese destino.

Otro problema en este tipo de estudios (al igual que en otros comentados en este capítulo) es el uso espontáneo de la noción de generación. Se trata de un uso puramente convencional y basado un criterio biológico; un uso que se transmite sin ser cuestionado. Es cierto que expresiones como “generación de Los Nuevos” o “generación del Centenario” estuvieron en boca (y en la pluma) de escritores, intelectuales y políticos de la primera mitad del siglo XX.40 Es cierto, asimismo, que se utilizaron como forma de autodenominación. Este hecho, por sí solo, justificaría el interés de historiadores y sociólogos por el “problema de las generaciones”. Sin embargo, una forma de autodenominación de ciertos grupos del pasado no puede tomarse sin más como forma de explicación de procesos sociales.41

Los intelectuales-escritores como grupo social

Algunos trabajos históricos y sociológicos han intentado estudiar a los intelectuales-escritores en cuanto grupo social. Al criticar, por ejemplo, la noción de generación o el relato heroico del género biográfico; al aproximarse al estudio de las ideas considerándolas (también) expresión de conflictos entre diferentes posiciones sociales; al tener en cuenta los procesos de difusión y recepción de los textos; al introducir nociones compartidas por la sociología y la historia de la cultura, como las de práctica y representación, puede decirse que estos trabajos han renovado el estudio de los oficios intelectuales en Colombia y han mostrado rutas prometedoras de investigación.

Para empezar, puede mencionarse el libro Los Leopardos: una historia intelectual de los años 1920 (Arias, 2007), cuyo objetivo es analizar los debates intelectuales de la década de 1920 y, por esta vía, conocer el mundo intelectual de la época. Además de tomar distancia frente a una manera de hacer historia intelectual que se ocupa solo de las ideas, sin considerar los procesos específicos y activos de su formación, difusión y apropiación, el trabajo de Arias presenta, de manera bien documentada, un panorama de la vida intelectual de los años 20 que cuestiona las interpretaciones más comunes sobre el periodo. Por ejemplo, frente a la idea del dominio, durante las tres primeras décadas del siglo pasado, del intelectual conservador y católico, alejado de la realidad, defensor del hispanismo y de las formas clásicas en literatura, Arias presenta una visión más compleja.

En primer lugar, el libro de Arias constata la existencia, en la vida intelectual de la época, de agudos debates sobre los temas más variados – literarios, políticos, religiosos, sociales–, entre los cuales aparece el tema fundamental de qué es un intelectual y cuál es su función. Frente a una cierta idea de inmovilismo con la que suele asociarse el periodo, Arias muestra una disputa creciente entre diferentes formas de concebir la política, las relaciones entre la Iglesia y el Estado, los conflictos sociales, etc. Estos desacuerdos se expresaron, por ejemplo, en la confrontación entre diferentes grupos y generaciones. Arias se concentra en las relaciones y conflictos entre la generación de Los Nuevos, en particular el grupo Los Leopardos, y la del Centenario.42

Con matices que están bien descritos en el libro, Arias muestra cómo los miembros de las “nuevas generaciones”, como se autonombraron, contribuyeron a producir una representación que hacía de la moderación y la tolerancia en política un signo de debilidad –esta era, de hecho, una de las principales acusaciones de Los Nuevos contra los centenaristas–. Pero lo más interesante es, quizás, constatar una vida intelectual que mostraba afanes de renovación, donde había, por ejemplo, intensos debates acerca del intelectual y sus funciones.

Como también señala Arias, el periodismo era el principal medio de expresión de las diferencias entre Nuevos y centenaristas, e incluso entre los miembros del primer grupo, entre quienes había diferentes tendencias políticas. El periodismo, por lo demás, era en los años 20 de carácter doctrinario –como lo había sido en periodos anteriores– y estaba ligado de manera muy fuerte a la lucha partidista entre liberales y conservadores, aunque, como bien señala Arias (2007, pp. 93-100), mostrara algunos signos de modernización.

Como medio de gran importancia en la vida política y cultural del país, la prensa constituía también un medio privilegiado para obtener reconocimiento y prestigio, además de acceso a cargos públicos, dada su estrecha relación con los partidos políticos. Sin embargo, para los jóvenes aspirantes, el trabajo en un periódico no representaba en general “ninguna seguridad económica” (Arias 2007, p. 101). Aun así, el periodismo era una de las pocas instancias de consagración para los noveles escritores e intelectuales. Como afirma Arias (2007), “la posibilidad de triunfar en el periodismo no era fácil. Poco atractivo en términos económicos, resultaba, sin embargo, una fuente de prestigio social muy útil para escalar posiciones” (p. 107).

Un denominador común de estos intelectuales-escritores, a pesar de los posibles matices, era su rechazo a una forma de hacer política que les parecía pusilánime y mediocre, la cual identificaron con los “hombres del Centenario”. Desde la revistaLos Nuevos(1925), estos intelectuales-escritores promovieron un retorno al enfrentamiento doctrinario que, según ellos, merecían asuntos como la “cuestión religiosa” y la “cuestión social”.43 Asimismo, defendieron una forma de ejercer la actividad intelectual que, decían, debía orientarse por el desinterés y no por ellucro, como reprochaban a sus opositores (Arias, 2007, pp. 210-211).44

Al comentar las declaraciones que se hacían desde la revista acerca del sentido de la actividad intelectual, Arias escribe:

Hay tres rasgos del intelectual que se complementan y que apuntan, en el fondo, a una misma dirección: los intereses materiales no deben interferir en el trabajo intelectual, las exigencias del público no determinan las orientaciones del escritor y su trabajo no puede rebajarse al nivel de lo “vulgar”. Todos estos elementos buscan asegurar la independencia del escritor, la “autonomía”, en el sentido literal, del intelectual. (Arias, 2007, p. 211).

Sin examinar ahora hasta qué punto esa autonomía fue una realidad conquistada (lo cual parece improbable, dado el poder que la Iglesia, el Estado y los partidos políticos ejercían aún en la orientación cultural de la sociedad, en la adscripción política de los intelectuales y como vías de ascenso social y reconocimiento), todos estos debates indican una situación más compleja que la del simple predominio del intelectual-gramático y sus valores.

Al respecto, Arias plantea la siguiente pregunta al final de su libro: “¿Podemos hablar (…) de un ‘nuevo’ intelectual [en los años 20], en la medida en que su compromiso y su activismo con los retos de su tiempo lo alejaban del ‘hombre de letras’ de las décadas anteriores?” (2007, p. 351). Para contestar esta pregunta, Arias se refiere a “la imagen predominante del intelectual de la ‘Regeneración’ y de las primeras décadas del siglo XX”; imagen a la que ya se ha hecho referencia. Esa imagen –vale la pena recordarlo con las palabras del autor– muestra “un personaje desinteresado de su entorno, aislado del ‘mundo real’, entregado a reflexiones abstractas, que poco o nada tenían que ver con los problemas concretos de la sociedad” (Arias, 2007, p. 351).

Como bien señala el autor, esta interpretación proviene del ensayo de Gonzalo Sánchez (1998) ya comentado, así como de un difundido artículo del historiador Malcolm Deas (2006). De acuerdo con estos dos últimos autores, los intereses de los intelectuales del periodo, a pesar de haber ejercido a menudo la política, se concentraron en la gramática, la filología y, en general, las “ciencias del lenguaje”. Arias no solo muestra que es muy difícil extender esta imagen a la década de 1920, sino también que, aun en años anteriores, esta puede ser matizada (2007, pp. 351-353). El autor reconoce diferencias entre los letrados de la Regeneración y los Nuevos, “pero estas no radican en su actitud con relación a los debates de sus respectivas épocas, pues, a su manera, ambos los abordaron” (2007, p. 355).

¿Cuáles eran, entonces, los rasgos novedosos de los intelectuales de los años 20 respecto a los de décadas anteriores? En primer lugar, lo que el autor llama, sin mucha fortuna, la “meritocracia”, esto es, el papel creciente –que, sin embargo, no debe exagerarse– de los títulos profesionales como mecanismo de movilidad social. En segundo lugar, los esfuerzos de la prensa –que podrían considerarse como indicio de su modernización– y de los jóvenes intelectuales por llegar a públicos nuevos y más numerosos, a pesar de que el dominio de la cultura escrita era todavía muy restringido.45 En tercer lugar, un mayor y renovado interés por la “cuestión social”, además de “la búsqueda de una identidad común”, expresada en “proyectos culturales y editoriales colectivos”, congresos, manifiestos o en la frecuentación de tertulias, cafés y “sociedades literarias”. Por último, afirma el autor,

quizá sea posible señalar una mayor militancia en las nuevas generaciones. Si las anteriores (…) no estuvieron desconectadas del contexto que las rodeaba, es posible que los “Centenaristas”, deseosos de preservar el espíritu republicano, adoptaran un tono muy mesurado, que creían necesario para no despertar pasiones insanas (…). Otro era el parecer de “Los Nuevos” (Arias, 2007, p. 356).

En resumen, es posible afirmar que, durante los años 20, se estaba abriendo paso en Colombia una representación del intelectual como hombre público (se hablaba entonces de su “responsabilidad social”), en especial como orientador de la sociedad: él era el encargado de señalar el camino en asuntos como la acción del Estado frente al conflicto social, el nacionalismo, las relaciones entre religión y educación, el lugar de la mujer en la sociedad, la educación del pueblo, etc.46 Como se verá más adelante, esta representación parece ganar terreno a partir de la década de 1930, con la llegada de los liberales al poder.

Entre los estudios sobre escritores e intelectuales como grupo social, debe mencionarse también el libro República Liberal, intelectuales y cultura popular (Silva, 2005), que abrió un campo novedoso de problemas relacionados con la historia cultural de los años 30 y 40. Al decir novedoso, debe destacarse no solo el planteamiento de problemas hasta ahora casi inexplorados por los investigadores, sino también la manera como se encuentran formulados. Silva no se aproxima al estudio de la cultura como si esta fuera un mundo ideal y autónomo: un “discurso” separado de los procesos (económicos, políticos, etc.) que dan forma a una sociedad. Sus investigaciones ofrecen una visión muy variada de la actividad intelectual y cultural en Colombia durante las décadas de 1930 y 1940, y permiten asimismo revisar algunas de las interpretaciones más comunes al respecto; por ejemplo, la que hace del “profesor” el tipo dominante del intelectual del periodo o la que reduce su actividad (la de los intelectuales) a la legitimación de los proyectos políticos de liberales y conservadores, como quien solo parece ver en esa actividad la intención de unos grupos sociales por mantener la dominación sobre otros, y así reduce cualquier acción a un cálculo orientado por intereses económicos ocultos.47

¿Qué visión de conjunto ofrece el libro de Silva de la categoría del intelectual-escritor y de la vida cultural del periodo? En primer lugar, el autor ha mostrado cómo la política cultural de la República Liberal (y, de manera especial, la que puede ser considerada su “política cultural de masas”, de la que hacían parte proyectos como el de Cultura y Bibliotecas Aldeanas, la creación de la Radiodifusora Nacional, las Escuelas Ambulantes o las Ferias del Libro) estuvo a cargo de intelectuales que ocuparon altos cargos públicos, en particular en el Ministerio de Educación, institución central de “formación y extensión cultural” durante el periodo. Además, como recuerda el autor, estos mismos intelectuales “dominaban en el escenario cultural, lo que les garantizaba una posición directiva en cuanto a la orientación espiritual del país, o más exactamente de la ‘nación’, para acudir a su propio vocabulario” (, 2005, p. 22). La República Liberal, acierta Silva, “no sólo significó una profunda originalidad en el campo de los proyectos de extensión cultural, sino que representa una de las etapas de más alta integración entre una categoría de intelectuales públicos y un conjunto de políticas de Estado” (2005, p. 22 [cursivas en el original]).

En segundo lugar, todo indica que estos intelectuales públicos tenían una idea muy noble de su misión, no solo porque en sus manos estaba la transformación de la sociedad –por ejemplo, en campos como el de la educación y la cultura–, sino también porque, de acuerdo con lo anterior, se asignaban a sí mismos un papel orientador de las clases populares (en temas como salud, alfabetización, difusión de la noción de derechos sociales, etc.). El liberalismo de esos años habría, pues, intentado una nueva definición de las relaciones entre las clases dirigentes y el pueblo, que habría acentuado el carácter activo de este último en las transformaciones sociales, así como su aporte a la construcción de la nacionalidad, aunque sin abandonar del todo la idea de que el pueblo era como un niño que debía ser educado (Silva, 2005, pp. 23-30).

Es cierto que durante la República Liberal se crearon instituciones educativas y científicas que aspiraron a la formación de una nueva intelectualidad, dedicada especialmente al conocimiento científico de la realidad. Esta intelectualidad, escribe Silva, sería nueva “en una doble acepción”:

Primero por la relación de distancia que establecería respecto a los partidos políticos tradicionales –incluido el propio partido inspirador de los proyectos, con su reconocida y secular tendencia sectaria–. Segundo por el dominio de un instrumental de método y de teoría que fuera no sólo garantía de una relativa objetividad en el conocimiento, sino también de distancia frente al mundo tradicional de la política y los políticos. (Silva, 2005, p. 39).

Sin embargo, los mismos trabajos del autor dan suficientes indicios para afirmar que, si hubo en este periodo un tipo dominante de intelectual, no fue el maestro, portador de ese ideal relativamente novedoso en los años 30 del conocimiento objetivo de la realidad, sino el intelectual público o “dirigente”, es decir, el intelectual vinculado a cargos de importancia en la burocracia, los partidos políticos y la prensa, que se dedicaba al mismo tiempo a la escritura literaria y ocasionalmente a la enseñanza.

A partir de esto, es posible identificar un rasgo central de la vida intelectual del periodo. Se trata de las relaciones todavía muy estrechas entre los escritores y el Estado, por lo cual no es posible abordar el estudio de la creación literaria sin tener en cuenta al mismo tiempo los vínculos políticos (y burocráticos) de los escritores. Esta relación específica entre los escritores y la política, que la presente investigación quiere contribuir a aclarar, no es exclusiva de los años 30 y 40. Su emergencia habría que buscarla por lo menos en la década de 1920, momento en el cual se empieza a abrir campo la representación del intelectual como hombre público, comprometido con la renovación política y literaria. A esta categoría pertenecían, como antes se indicó, los jóvenes intelectuales de los años 20 reunidos en torno a la revista Los Nuevos, que cuestionaron lo que les parecía la herencia mediocre de los centenaristas.48

Sin embargo, no se trata en este caso de literatos que participan en la vida pública desde su condición específica, es decir, con base en el prestigio obtenido en el campo particular de su actividad –en este caso, el “campo literario”–. Por esta razón, es difícil postular la existencia de escritores puros, de donde resulta, en contraste con lo que ocurría en Europa o en otros países latinoamericanos, la poca importancia concedida en nuestro medio a las polémicas en torno al “arte por el arte”. Como bien anota Arias, la participación de los jóvenes intelectuales “en los medios periodísticos estuvo estrechamente relacionada con la política [debería agregarse: con la política partidista]. Las dos actividades no se concebían la una sin la otra” (Arias, 2007, p. 111).

Así pues, al considerar las relaciones entre el periodismo, la política partidista y los escritores en las décadas de 1920 y 1930, es posible comprobar que la vida intelectual del periodo exhibía rasgos particulares a los que se ha prestado poca atención, en especial por un uso muy poco meditado de los trabajos de Bourdieu sobre los campos de producción cultural. Es un uso que se cuela en los escritos de académicos como Sánchez y Urrego; o en los trabajos citados de Loaiza, Pachón o Arias, aunque en este último caso debe advertirse que, al lado del lenguaje muchas veces excesivo de la autonomía, el capital simbólico y social, el campo político, etc., el autor plantea una serie de observaciones que podrían haberle alertado sobre la inconveniencia de recurrir, sin un trabajo crítico suficiente, a tales nociones (Arias, 2007, pp. 362-267).49

Mesa (2014) ofrece una interpretación diferente de los “políticos gramáticos”, en particular de Miguel Antonio Caro. Sobre historia general de Colombia, ver Bushnell (2000), Palacios (2003) y Palacios y Safford (2001).

Para la historia de la Universidad Nacional de Colombia, el centro de educación más importante del país, ver Soto (2005). Sobre la Escuela Nacional de Minas,ver Mayor (1984).

El asunto de las nociones del intelectual se tratará más adelante.

Sobre el primer gobierno de López Pumarejo, ver Botero (2006), Gutiérrez, F. (2017, pp. 99-122) y Tirado (2018).

Arias (2007) muestra bien los vínculos entre la llamada generación de Los Nuevos –“los intelectuales críticos” de Loaiza– y los partidos políticos Liberal y Conservador. El tema también ha sido tratado por Silva (2015), quien, refiriéndose a estos intelectuales, afirma: “[Ellos] alentaban la idea de que había una estrecha relación entre la solución de los nuevos ‘problemas sociales’ y el carácter democrático de una sociedad. Tal idea facilitó su tránsito hacia la actividad política, una tentación enorme en una sociedad que no garantizaba las condiciones materiales en que puede sostenerse (…) un grupo de hombres de letras que no dispone de rentas propias” (p. 273).

Para hacer justicia al autor, debe decirse, en todo caso, que en el epílogo de su libro Poder letrado (2014) ofrece una visión más compleja de los intelectuales colombianos entre 1930 y 1950.

Ver Sánchez (1998, pp. 99-102), Urrego (2002, pp. 9-22) y Loaiza (2004a, pp. 66-69). Sánchez (1998) plantea que, al hablar de intelectuales, se referirá a los “intelectuales públicos”: “aquellos cuyo hacer opera como referente en el debate y en la formación de opinión ciudadana”. “Se puede afirmar –agrega– que la categoría intelectual integra los siguientes componentes: una definición intrínseca a la propia comunidad de intelectuales (la autopercepción de tales); una organización para la acción colectiva; y una relación específica con el poder-Estado. Es la conjunción de los tres la que permite diferenciar al intelectual del simple académico, científico o artista” (p. 101). Por su parte, Urrego (2002) dice trabajar con la hipótesis de Gramsci “según la cual cada sector social y político crea intelectuales orgánicos que le dan contenido a sus permanentes necesidades de reproducción.” Luego, apoyándose en Bourdieu, afirma que la “función esencial” del intelectual es la de “legítimo legitimador”: “El conocimiento de los intelectuales tiene una crucial relevancia en el mantenimiento y perfeccionamiento del orden social. En eso consiste su estrecha relación con el poder, con la política” (p. 12). En cuanto a Loaiza (2004a), la definición que ofrece del intelectual resalta su “papel protagónico en el campo de la cultura”. “El intelectual –dice el autor– produce, distribuye y consume permanentemente símbolos, valores e ideas (…). Todo esto significa que no se acepta como intelectual a un enunciador esporádico de ideas, sino a alguien que cumple su labor persuasora con una frecuencia que lo distingue y lo diferencia de otros actores de la vida pública.” De esa manera, el intelectual sería “un enunciador y modelador permanente de opiniones”, lo cual se explica debido a “su propensión a erigirse ‘conciencia de la humanidad’” y a su “histórica inclinación por ser el guardián de los valores de la verdad y de la justicia” (p. 68). En sus trabajos, Loaiza y Urrego parecen negar que la relación de los intelectuales con los partidos políticos Liberal y Conservador pueda ir más allá de legitimar los intereses de las clases dominantes e incluir elementos transformadores. Este prejuicio es el que lleva a Urrego a ver en los años 60 y 70, gracias a la acción de los intelectuales de izquierda –“intelectuales contra el Estado”, según sus palabras–“la constitución de un campo cultural plenamente autónomo. A partir de este momento, y durante dos décadas –agrega el autor–, los intelectuales viven su edad de oro” (Urrego, 2002, p. 29).

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Türler ve etiketler

Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
23 ekim 2025
Hacim:
304 s. 7 illüstrasyon
ISBN:
9789585590397
Telif hakkı:
Bookwire
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