Kitabı oku: «Retorno a la historia literaria norteamericana»

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RETORNO

A LA HISTORIA LITERARIA NORTEAMERICANA

ITINERARIOS CRÍTICOS Y PEDAGÓGICOS

Biblioteca Javier Coy d’estudis nord-americans

http: //www.uv.es/bibjcoy

Directora

Carme Manuel

RETORNO

A LA HISTORIA LITERARIA NORTEAMERICANA

ITINERARIOS CRÍTICOS Y PEDAGÓGICOS

Félix Martín Gutiérrez

Biblioteca Javier Coy d’estudis nord-americans

Universitat de València

Retorno a la historia literaria norteamericana: itinerarios críticos y pedagógicos

©Félix Martín Gutiérrez

1ª edición de 2014

Reservados todos los derechos

Prohibida su reproducción total o parcial

ISBN: 978-84-9134-150-5

Imagen de la portada: Sophia de Vera Höltz

sobre fotografía propiedad F. M. G.

Diseño de la cubierta: Celso Hernández de la Figuera

Publicacions de la Universitat de València

http: //puv.uv.es publicacions@uv.es

Good reader, this narrative is averse to retrospect…

Henry James, The Story of a Year (1865)

The professors of English have taken their gowns To the laundry, have taken themselves to the fields. Dreams of motion circle the Persian rug in a room you were in On the beach the sadness of gramophones Deepens the ocean’s folding and falling. It is yesterday. It is still yesterday.

Mark Strand, Nostalgia

A Françoise y Eduardo

Índice

INTRODUCCIÓN

I. RECUPERACIÓN DE LA HISTORIA LITERARIA NORTEAMERICANA

La historia literaria de Estados Unidos como proyecto

Una historia invertebrada: intertextualidad, historicismo, ideología

Escenarios transnacionales: primeros planos

II. ESTRATEGIAS DE PERIODIZACIÓN

Sentido y sinsentido de la periodización literaria

Incursión por las márgenes de la historia literaria inglesa

El romanticismo norteamericano y su legado

Modernismo y postmodernismo: de reconstrucción en deconstrucción

III. EL CANON LITERARIO: RENOVACIÓN Y EXPANSIÓN

¿Cuestión de política institucional?

Una genealogía bajo sospecha

Vías de expansión: variaciones culturales y pedagógicas

IV. COMPETENCIAS DE LOS GÉNEROS LITERARIOS

Ductilidad de las formas genéricas

Más allá de los procesos formales. Permeabilidad de los contextos

Los géneros y la actividad interpretativa

Los géneros en la historia literaria americana: el romance histórico hasta el siglo XX

El western: una constelación de formas populares

Lectura de la ficción romántica popular: fórmulas, fantasías y género

V. PEDAGOGÍA LITERARIA: TEORÍA Y PRÁCTICA CRÍTICA

La teoría literaria en escenarios académicos

Configuración de la lectura crítica: del formalismo a la deconstrucción

Pretextos ideológicos en las aulas: función pedagógica de las antologías

Itinerarios de los estudios culturales

Objetivos de la pedagogía radical

Retorno a las historia por rutas periféricas

BIBLIOGRAFÍA

Introducción

Desde las aulas

A Javier Coy, con quien toda una generación (o dos) de americanistas hemos aprendido mucho más que literatura norteamericana. Y a Carme Manuel, que no cesa de explorar ese “mucho más”, contagiarnos su personalidad y destellos de la de nuestro maestro...

Tres escenarios pedagógicos acogen hoy en día las ideas e innovaciones más relevantes del panorama crítico y literario. Tres escenarios que se superponen en nuestra vida profesional y profesoral, estimulados por intereses científicos, preferencias personales, métodos críticos, medidas institucionales o necesidades de los alumnos. Desde esos escenarios hemos contemplado una retirada de la historia literaria de las aulas que difícilmente puede explicarse en un país como el nuestro, anclado hace escasamente tres décadas en el aprendizaje enciclopédico y ahora en plena fiebre transdisciplinar. En ellos efectivamente hemos visto desaparecer de los planes de estudio y de la organización curricular esos conceptos o principios de la historia literaria que se consideraban inamovibles, esas pautas de historicidad incuestionable, esas tradiciones genéricas fundamentales o claves explicativas de los sistemas literarios heredados, en suma, la arquitectura imprescindible para seguir transmitiendo cierta autoridad magisterial en las clases y garantizar una continuidad temática creativa e interpretativa. En ellos hemos constatado cómo los problemas de la historia literaria han ido diluyéndose hasta quedar reducidos a signos de un pasado literario obsoleto.

La contemplación de estos escenarios no ofrece una visión tan iluminadora como sería de desear para el futuro de la enseñanza de la literatura, pues la discontinuidad histórica, estética y funcional de la historia literaria constituye una ruptura significativa. Resulta esta brecha hasta cierto punto quijotesca si la ceñimos al terreno puramente instrumental y material de la experiencia docente y recordamos cómo se diseñan muchos cursos actualmente o emanan de una reserva intelectual cuestionable. El ingenio, el oportunismo, la política departamental, la seducción del nombre, la competencia o juego de intereses, o hasta la simple novedad u ocurrencia forman parte de las motivaciones que afloran en las propuestas de cursos académicos como si pudieran extraerse de una chistera pletórica de ocurrencias.

La relegación o marginación de la historia literaria del mapa pedagógico no es una cuestión tan banal como algunos diseños curriculares han dado a entender, ni debe reducirse solamente a su aplicación en las aulas, ya sea como propuesta de cursos nuevos, reelaboración crítica y metodológica de la programación, innovaciones docentes o cambios institucionales, estructurales o de política científica. Un esbozo de la secuencia crítica que manifiestan estos tres escenarios puede abrir los ojos a quienes ven en el panorama actual una dispersión ilimitada de conocimientos o una recomposición ingeniosa de aspectos literarios o culturales surgidos de la capacidad combinatoria del profesor.

En el primero, por ejemplo, ocupamos el centro de un espacio que tiene como telón de fondo toda una cultura en lengua inglesa, toda una reserva de textos selectos, magistrales y populares, canonizados o por canonizar, clásicos o modernos, historias literarias fragmentarias, parciales o generales, lecturas e interpretaciones probablemente admirables. Y ¡cómo no¡ de autores también consagrados o recién llegados a los circuitos de popularidad. Ocupamos el centro de la escena docente y somos, pues, mediadores entre varias culturas, transmisores de conocimientos de una cultura literaria a otra, a veces intérpretes si así lo precisa nuestra promoción académica o sustenta nuestra docencia. Nuestra fidelidad al texto —modélico, institucional, coherente— parece haber llenado todo de escenario en el que los movimientos de la historia literaria giraban en torno a él. Nos enseñaron a respetar lo que muchos estudiosos llamaban cuerpo textual, consistencia estructural, arquitectura verbal. Incluso fuimos capaces de admirar lo que no entendíamos del todo y hasta caminamos a tientas por la indeterminación textual para arribar aliviados a las aguas plácidas de la consonancia cultural, de la lógica interpretativa o de la aprobación institucional. De proponer algún término que definiera este escenario podríamos sugerir “escenario texto-céntrico”, concediendo relevancia crítica a la interpretación de textos y su materialización pedagógica.

En el segundo escenario la práctica textual, o mejor dicho, las redes del discurso han tejido un espacio intertextual y multidimensional en el que el sujeto docente, autor y lector, no pretende adquirir identidad alguna mediante el lenguaje de la representación, ni el de la concienciación, ni el de la expresión. Como protagonistas y actores de la práctica textual, efectivamente, hemos participado en este espectáculo pedagógico siguiendo las pautas que han trazado, entre otras áreas, la semiótica, la deconstrucción, el feminismo, el psicoanálisis o el marxismo. La lectura crítica ha ido configurando así un espacio “estenográfico” fiel a la lógica lingüística múltiple soñada por Roland Barthes y por otros estructuralistas, una práctica docente atractiva, una erótica del texto que contagió la enseñanza literaria.

El asalto a este espacio textual encontró en la deconstrucción estrategias interpretativas que alteraron radicalmente la práctica docente. La lectura deconstructiva permitió entrever cómo algunas fisuras intertextuales que se nos presentaban irresolubles en la enseñanza de la literatura —fisuras entre el fuera y el adentro del texto, entre un centro de significación y sus márgenes, entre pensamiento y lenguaje, entre niveles metafórico y literal, entre escritura y habla— adquirían una relevancia notable dentro de este escenario. Más aún, el libre juego de diferencias que supuestamente debía neutralizar los estratos textuales vino a incidir frontalmente en este escenario pedagógico, cuestionando las bases lingüísticas de su formación, los fundamentos más infraestructurales y originarios del discurso y de la práctica docente. No sólo eso. La desestabilización del texto desde sus elementos marginales, desde la demarcación entre centro y periferia textuales, ha producido un despliegue de estrategias críticas y pedagógicas genuinamente subversivas y transgresoras, tácticas que alteran sustancialmente las relaciones docentes, los centros de autoridad magisterial, las diferencias de género, raza o de clase, en definitiva, de todo el sujeto pedagógico.

La mera yuxtaposición de estos dos escenarios deja entrever la suerte que corrió el sujeto cartesiano de la tradición humanista como razón única y última de nuestra actividad crítica y pedagógica. Su negación o su supervivencia marcaría decididamente el signo de una pedagogía humanista o posthumanista, de una actividad crítica y docente ineludiblemente dialógica o tradicional. Tal vez la incertidumbre que ha acompasado nuestro quehacer profesional ha impedido ver el alcance de la profunda transformación que han producido estas alternativas en conflicto, pues, de hecho la práctica docente ha experimentado cambios espectaculares en todos los ámbitos de su radio de acción, no sólo en el de las posiciones docentes y discentes. Incluso en éstas últimas la inversión de posiciones se antoja pedagógicamente relevante, ya que el alumno al ocupar la posición del profesor puede llegar a percibir la naturaleza y el sentido del aprendizaje conjugando los dos lados de un encuentro pedagógico compartido.

Un tercer escenario ha venido a configurar un espacio abiertamente dialógico, activado por mecanismos de oposición, de resistencia o de negociación, de liberación de estructuras institucionales jerarquizadas, de interrogaciones sobre las diferencias culturales, identidades o prácticas docentes. La impronta del multiculturalismo crítico y radical, del feminismo, incluso de concepciones culturales utópicas marcó inicialmente el espacio ideológico en este escenario. Como es sabido, la pedagogía feminista contribuyó decididamente a cuestionar la posición privilegiada del sujeto, a examinar los nexos entre lenguaje y sociedad, y remover los obstáculos que han jalonado la composición del género como categoría primaria y afirmativa de la identidad. No es preciso mencionar las alternativas pedagógicas que actualmente se asientan en credos ideológicos, o los sitúan en fronteras interculturales, espacios híbridos o mapas transnacionales. Pero no podemos olvidar que el multiculturalismo ha arraigado en nuestras aulas como iniciativa colonizadora y que las batallas culturales libradas en Estados Unidos durante varias décadas dejaron tras de sí numerosos causas pendientes en torno a la politización de la educación, el sentido de la pedagogía crítica, la función de los intelectuales, las metodologías interculturales, las condiciones materiales de la transmisión literaria y de todo el edificio educativo.

Es inevitable que estas cuestiones hayan generado tensa controversia y continúen reavivando la confrontación intelectual o ideológica, tanto en Estados Unidos como en España. Mientras que los aspectos prácticos y materiales de la pedagogía son objeto de análisis meticuloso —la planificación docente y el programa académico siguen confundiéndose con pedagogía— el alcance político, social y cultural de la enseñanza reclama planteamientos nuevos, liberados de la ideología dominante de los sesenta, o de las ataduras de la pedagogía radical. Persisten los tiempos, obviamente, de la tregua que Gerald Graff propusiera hace ya años entre dos modelos de enseñanza de la literatura, uno radical y otro tradicional, entre los cuales advertía una salida que, por defecto, venía a configurar un plan de estudios resultante de la suma de negociaciones políticas por las cuales pudieran coexistir cursos convencionales sobre períodos, temas o géneros con otros derivados del feminismo, la deconstrucción o el marxismo.1 ¿Solución? Aceptar y desarrollar esta hipótesis explotando los conflictos en cuanto principio de organización, sin duda una concesión al pluralismo democrático. Este conflicto revelaría al alumno si la cuestión de los planes de estudio es un asunto de poder o de principios, y si se rompe el consenso los educadores no tendrían otra elección que convertir el debate en parte del proceso educativo.

Huelga decir que, situados en este escenario, la inserción del conflicto ideológico en el centro del estudio literario es un problema propio de los efectos institucionales de la teoría y que la conclusión que ofrece Gerarld Graff invita a reconsiderar cómo poder abordar y controlar los problemas educativos y culturales desde el estudio de sus causas y consecuencias como parte del contexto. Es éste un proceso que no ha de quedar en mera contextualización de la teoría literaria, sino impregnar la organización docente, el compromiso intelectual del profesorado, la actitud hacia los alumnos o la filosofía educativa en general. Como comentamos en el capítulo quinto de este estudio la incidencia de la crítica en las aulas suele estar sujeta a presiones ideológicas, pues no sólo afecta a otras materias o disciplinas reacias a la reflexión crítica, sino que estimula una pedagogía competitiva y responsable.

Nos detenemos en este escenario conscientes de que la recuperación de la historia literaria en el momento actual requiere una atención especial a la relación entre teoría crítica y pedagogía. Es en las aulas en donde la revisión de la historia literaria debe reexaminar muchas cuestiones que afectan simultáneamente a todos los componentes del escenario pedagógico. Y es en las aulas en donde percibimos los efectos y el sentido de una reconstrucción institucional de las prácticas pedagógicas. Esta realidad es tanto más importante cuanto que los conceptos que proponemos examinar —períodos, historia, géneros, canon—, a veces resultan obsoletos para muchos lectores, por más que la historia literaria no sólo desborda las fronteras de varios campos conceptuales y literarios, sino que permeabiliza muchos otros. Nos referimos específicamente a la norteamericana.

Este desbordamiento merece tenerse en consideración, tanto si la restauración de la historia literaria se circunscribe a aspectos conocidos de su ámbito nacional, como si se enmarca en otros transnacionales o emergentes. Fundamentalmente la dialéctica entre nacionalismo y universalismo, o entre unificación y diferenciación, viene señalando las pautas de una interdependencia apegada a la globalización, o propia de la literatura comparada. Hasta hace poco la revisión de la historia literaria norteamericana no se despegaba del núcleo histórico y temático articulado en la primera mitad del siglo XX en torno a motivos o tensiones fundantes de la identidad cultural, nacional, o sociopolítica, una trayectoria aparentemente paradójica si se calibran justamente las mitologías, posiciones ideológicas o narrativas frecuentemente recreadas. Pero el territorio avistado recientemente sobrepasa los paradigmas nacionales y contempla una perspectiva global que puede desviar el objetivo fundamental de esta revisión.

Esta doble vertiente dificulta examinar los aspectos concretos de los géneros, de la periodización literaria, de la formación del canon o de la función de la teoría, sin combinar paradigmas de naturaleza comparativa con otros menores que permitan relacionar procesos textuales locales y concretos con panoramas intertextuales transnacionales. La reconceptualización de la historia literaria norteamericana que entraña esta perspectiva constituye hoy por hoy una hipótesis ideológicamente problemática, como dejamos entrever en el capítulo primero de este estudio. Pero no cabe duda que o partimos de paradigmas narrativos totalmente nuevos, como provocadoramente sugiere Fredric Jameson desde unas premisas postmodernas, o la recuperación de la historia literaria deberá recomponer perspectivas históricas múltiples y específicas o representaciones culturales y literarias interconectadas

El fenómeno de la periodización, por ejemplo, se presta a ensayar demarcaciones de unidades temporales o períodos de duración que no remiten a perspectivas históricas fijas o territorios acotados por hechos densos o significativos, sino mediación o participación del intérprete, profesor o alumno, en la selección y percepción de indicios textuales de historicidad. Cualquier modalidad de período representa un mapa imaginario de lo que supuestamente pretende contener, adjetivar, describir o proyectar. Y todo período precisa relatar esa posibilidad como recurso heurístico y pauta metodológica. No debe sorprendernos que las propuestas en este sentido parezcan rocambolescas y que algunos especialistas sugieran períodos centrados en un día, un mes, un año, o contengan mecanismos de adaptación importantes, institucionalmente validados con la práctica de los alumnos y otras medidas instrumentales rubricadas por las políticas docentes. Como relata Susan Stanford Freeman, las acepciones del término modernismo y su caótica reformulación escenifica todo un drama de disonancias que obligan a pasar del debate sobre sus significados al análisis de lo que ha producido esas disonancias.2 No debe sorprendernos que su aplicación como modo fundamental de enseñanza, sin embargo, no garantice que se formalice como categoría conceptual ni que ésta perdure como tal. Los tiempos de la periodización pueden transmitir su duración incluso a partir de los del sistema universitario, de los ciclos y ritmos temporales que guían la enseñanza y el aprendizaje.

De entre los aspectos de la historia literaria que revisamos en este estudio seleccionamos la periodización, los géneros, el canon y la pedagogía crítica y literaria. Estos aspectos son presentados como itinerarios fundamentales. Obviamente son controvertibles, polémicos y cambiantes. Subtitulamos precisamente el estudio destacando las dos orientaciones que guían su desarrollo: una crítica y otra pedagógica. Ambas son inseparables y complementarias, como lo reflejan las diferentes partes de cada capítulo. Con frecuencia se concede prioridad a una de ellas en detrimento de la otra, como la historia de la formación del canon puso de manifiesto y como cada una de los itinerarios escogidos deja entrever claramente. La creciente expansión del canon en el contexto postcolonial, por ejemplo, ha protagonizado repetidas escenas de desajuste entre la práctica pedagógica y su conceptualización teórica, justamente, como sugiere Gayatri Chakravorty Spivak, porque los cánones son la condición de procesos institucionales y al mismo tiempo su efecto. O como afirma Richard Perez con respecto a la literatura chicana, la tensión entre institucionalización inminente y oposición continuada es la energía creativa que amenaza con reformar las tradiciones literarias.3 No obstante, una postura ingenua en este aspecto ha llevado a bastantes profesores a convertir a los alumnos en protagonistas de una opereta ideológica concienciándoles sobre decisiones colectivas, elección de material docente, de textos literarios, uso de antologías, análisis de actividades o sistemas de evaluación que concluyen instaurando una discriminación evidente de obras y métodos, una guía literaria carente de criterios estéticos o culturales relevantes. Naturalmente estas experiencias han contribuido a avivar aún más los frentes de las guerras culturales, hace tiempo canceladas o recluidas en los campos de la globalización.

Cada capítulo intenta realizar una revisión crítica de cada uno de estos itinerarios —periodización, géneros, canon, actividad crítica y pedagógica— exponiendo en la primera parte el estado de la cuestión teórica y proyectando en la segunda, en forma de narración historiada, las bases en las que puede delinearse una recuperación del itinerario elegido. Es en la tercera parte de cada ensayo, sin embargo, en donde la actualización crítica aventura cuestiones pedagógicas y su validez para el futuro de la historia literaria. De ese modo puede leerse cada capítulo como tríptico compuesto por tres caras bien diferenciadas: una crítica, otra descriptiva y la última prospectiva.

Como he mencionado al principio estos itinerarios muestran una historia crítica y pedagógica muchas veces desatendida o desplazada de los intereses intelectuales más apremiantes. Tal vez ese hecho agrava la osadía que supone entretenerse en ella y requiere un reconocimiento de las limitaciones que manifiesta y la adopción de cautelas metodológicas. Cada estudio de los problemas teóricos que plantea y su repercusión pedagógica necesariamente esbozan una guía crítica e histórica, tal vez desmedida con respecto a los acercamientos que en nuestros días definen sus intereses en torno a problemas más concretos y específicos. Indudablemente un recorrido por las páginas de A Companion to American Literary Studies (Blackwell 2011) de Caroline F. Levander y Robert S. Levine abre perspectivas innovadoras que sintonizan con la pluralidad de intereses actuales, tanto del área como de los más de treinta especialistas que participan en ese proyecto. Su carácter enciclopédico engloba la diversidad de temas y acercamientos críticos abriendo un mapa atractivo para cualquier lector.

El objetivo de nuestro recorrido por los itinerarios más fundamentales de la historia literaria norteamericana es otro. No proporcionamos una guía de la evolución de los estudios norteamericanos, sino una revisión crítica de la transformación y validez pedagógica de los aspectos más esenciales de la historia literaria. Es decir, pretendemos arrojar una mirada retrospectiva a la historia crítica de estos itinerarios para plantear su funcionalidad actual y sus posibilidades de futuro. Ello no es óbice para intentar seguir el curso de los estudios norteamericanos y constatar cómo nos han afectado las oscilaciones ideológicas, metodológicas y pragmáticas de estos estudios. Queda patente esta sintonía al analizar, por ejemplo, los avatares de la historia literaria, confrontar su marco transnacional, examinar la genealogía del canon, constatar la ductilidad de los géneros, desentrañar su complejidad o delinear los pretextos ideológicos de las políticas docentes. Es esta una incursión en la que los estudios de numerosos americanistas —Paul Giles, Jonathan Arac, Donald Pease, Robyn Wiegman, Meredith MacGill, Gerald Graff, Emory Elliott, John Carlos Rowe, William Spengemann, Gregory S. Jay, Sacvan Bercovitch, Shelley Fisher Fishkin, Paul Lauter, Carolyn Porter y muchos otros— han resultado imprescindibles.

Ha sido y es muy importante la investigación de numerosos especialistas norteamericanos que han abordado estos problemas desde puntos de vista muy diversos y a veces opuestos. Desde que Ralph Cohen lanzara New Literary History en 1959 su repercusión ha sido profunda, una influencia recogida y reexaminada en varios números más recientes de esta revista (2003, 2007, 2009) y su abanico de intereses abierto a nuevos aspectos culturales y críticos, pues como señala Jonathan Arac parte del poder generador de New Literary History reside en haberse preocupado por problemas institucionales, pedagógicos y sociales. Por otro lado la estela crítica de la revista ha prendido en muchas otras, de manera que las inquietudes culturales e ideológicas que expresan reiteradamente los especialistas norteamericanos componen un eje central de la investigación en humanidades.

Como puede comprobar el lector los itinerarios escogidos son específicos de la historia literaria norteamericana y sobre ella gira todo el estudio, aunque las reflexiones teóricas plantean problemas de carácter general y algunas inquietudes pedagógicas parten de nuestra situación académica y en ella se refractan. Salta a la vista esta posición especialmente en los dos últimos capítulos, en los que la teoría de los géneros es objeto de revisión crítica amplia y se complementa con un muestrario de formas populares concretas de la literatura norteamericana. El contraste resalta así la provisionalidad y versatilidad de los géneros, su justificación social y cultural, así como su función pedagógica. No podemos ignorar que los géneros componen una constelación de múltiples funciones centrales para entender la historia literaria y que su constante renovación y aplicación didáctica constituye de hecho un género propio. La floración espectacular de géneros que muestra la historia literaria y la ductilidad de su transformación formal son pruebas inequívocas de que no estamos ante categorías rígidas de la canalización de la experiencia literaria, sino ante la elaboración misma de procesos o prácticas discursivas sumamente fluidas. Si, como Ralph Cohen sugirió en “Introduction: Notes Toward a Generic Reconstitution of Literary History” (New Literary History 34.3, 2003), el proceso de absorción y conflicto de géneros es constante su capacidad combinatoria podría dar paso a una aceptación de su ductilidad efectiva. Una expansión de sus efectos desde el terreno textual al social y público es imprescindible. O como afirmaría Stephen Greenblatt en Shakespearean Negotiations (1987), las distinciones genéricas son simplemente indicios de diferentes tipos de negociación o de circulación entre áreas diversas.

Planteamiento similar adoptamos en el último capítulo, guiado por la experiencia académica norteamericana, sus inquietudes y reservas sobre la influencia de la teoría literaria en la enseñanza, el impacto de los estudios culturales desde hace ya varias décadas y de la pedagogía radical. Es en este capítulo en donde las consideraciones pedagógicas proyectan ciertas inquietudes sobre la situación de nuestros estudios. La incidencia de la teoría literaria en las aulas, la función de las antologías y textos seleccionados o el giro cultural propiciado por los estudios culturales han producido durante varias décadas cambios y reformas pedagógicas que no escapan a una polarización ideológica sostenida. Así lo evidencian algunas llamadas a la unidad nacional a partir de fórmulas pedagógicas experimentales ensayadas con textos multiétnicos o las reticencias y críticas a la pedagogía crítica radical. La visión e ideal educativo perseguido por Peter McLaren mantiene unas propuestas revolucionarias que no sólo evocan las políticas del multiculturalismo radical, sino que acentúa la diversidad y la disensión social y política que compromete el sueño democrático de su credo pedagógico. Estos tres frentes —teoría, multiculturalismo y pedagogía crítica— dejan aflorar la necesidad de propiciar una renovación institucional de la enseñanza de la literatura americana. Sería un gesto de miopía crítica no entrever en este esta pedagogía una orientación decididamente utópica y esperanzadora que Peter McLaren, Henry A. Giroux y Stanley Aronowitz replantean constantemente.

Tal vez deba confesar que también el motivo de este trabajo es intencionadamente pedagógico y utópico; que las escenas primigenias de esta recorrido por la historia literaria norteamericana parten del magisterio intelectual de Javier Coy, de unas lecciones modélicas sobre Henry James que me abrieron las puertas de la literatura norteamericana a partir de lo que puede considerarse realmente fundamental. Durante muchos años su saber hacer profesional y su sensibilidad crítica han guiado mi acercamiento a la literatura norteamericana, a la vida académica española y a colaborar en la fundación y consolidación de la Sociedad española para el estudio de los Estados Unidos. Lo que insinúan los itinerarios de este trabajo sobre compromisos pedagógicos tienen a Javier como centro de referencia.

1Cf. Gerald Graff, “The Future of Theory in the Teaching of Literature”, Future of Literary Theory, ed. Ralph Cohen, New York: Routledge, 1989, 263-5.

2. Ver su “Definitional Excursions: The Meanings of Modern/Modernity/Modernism”, Modernism/Modernity 8.3 (September 2001): 504.

3. Véase Richard Perez, “Emerging Canons, Unfolding Etnicities: The Future of U.S.Latino/a Literary Theory”, Centro Journal XXII.1 (Spring 2010).

I

RECUPERACIÓN DE LA HISTORIA LITERARIA NORTEAMERICANA

La historia literaria de Estados Unidos como proyecto

¿Es recuperable la historia literaria? ¿Es recuperable la historia literaria de los Estados Unidos? ¿Y qué sentido tiene esta recuperación? ¿Y para qué? Por impertinentes o irreflexivas que resultan estas preguntas y tengamos que dudar de la credibilidad de lo que parece un espejismo no tenemos más remedio que compartir el empeño de muchos amantes de la literaria norteamericana y desafiar los maleficios que rondan su historia literaria. Abusando de la opinión autorizada del filósofo Stephen Houlgate (1993: 114) me permito esquivar estas preguntas recordando sus puntualizaciones sobre el reflejo filosófico y la intuición visual. El primero, dice este autor, es un modo del pensamiento que no pretende conocer los objetos en sí mismos, sino simplemente saber que están “ahí”, que los refleja sobre su identidad independiente y que por lo tanto los ve como algo negativo, ya sea como diferentes a sí mismo o sin valor alguno en sí mismo. La intuición visual, por el contrario, los encuentra en sí misma, fundidos con ella en perfecta armonía y por lo tanto no se definirá en oposición a través de la negación de lo que está fuera de ella, sino afirmando la presencia de lo que está fuera de nosotros. ¿Es recuperable la historia literaria norteamericana? ¿Y la historia literaria en general? Optemos por esta segunda opción si queremos dar algo de crédito al sentido de las preguntas o descartémoslas libremente, pues tal vez jamás serán respondidas. Porque ¿no ha sido durante muchos años la historia literaria una garantía pedagógica incuestionable para entender la literatura? ¿No hemos partido del uso y del sentido de claves explicativas procedentes de la historia para su impartición e interpretación?

En verdad pocos conceptos o instrumentos críticos, por cuestionados o denostados que hayan sido, han resultado tan fundamentales como el de historia literaria; y muy pocos pueden sostenerse en nuestra profesión sin referirlos a esquemas de historicidad que les confieran cierta justificación pedagógica. Y no me refiero a aspectos que asociamos a veces ingenuamente con la relación entre literatura e historia, como que la experiencia docente deba supeditar la interpretación literaria a criterios históricos, que la programación responda a esquemas cronológicos, que debamos enmarcar históricamente las obras literarias que explicamos, que expongamos grandiosas concepciones históricas como telón de fondo para nuestros comentarios del texto, o que refractemos en un hecho histórico todas las caras de un proceso textual. Tengo en mente, más bien, esos esquemas de historicidad que auguran una teleología clara de la historia literaria, una percepción de toda esa red de propósitos, causas, intenciones, circunstancias e influencias que determinan históricamente cualquier texto dentro de un universo literario. Y también me refiero a todas esas pautas de interpretación, de lectura de lecturas, de sentido de sentidos y cúmulo de expectativas que como si compusieran un sistema de regresión infinita remiten a lo que entendemos por significado.

Es lógico que alguna de estas impresiones presupongan que la relación historialiteratura no es tan clara como suele pensarse ni su simbiosis tan completa como deseamos. O que las fronteras entre una y otra no son operativas en la actualidad y debiéramos buscar otras rutas de interrelación o reciprocidad. O que simplemente tal relación ha sido suplantada por otras claves que no precisan ya reconstruir las líneas de las historias utilizadas. Ya sabemos, por otro lado, que siempre podemos empezar por las historias originales de esta historia —una cuestión de orígenes exigente para con las intuiciones visuales—, que muchas de estas historias de la literatura han generado desconfianza absoluta en su capacidad reflexiva y crítica como para garantizar una metodología aceptable o cierto entusiasmo por seguir sus zozobras institucionales. Los manuales de literatura norteamericana que hemos seguido (Spiller en concreto) han proporcionado abundante material y criterios metodológicos para no desviarse didácticamente. No obstante, dada la tradición filológica en la enseñanza de la literatura en nuestro país, hasta hace pocas décadas ceñida a los manuales de su historia, la utilización de los manuales clásicos ha producido unos resultados bien conocidos. Incluso es probable que muchos estudiosos todavía cifren la idea de historia literaria en la información y contenidos de esos manuales y que la problemática de la historia literaria pase inadvertida.

Cierto, en esos libros hemos tenido un poco de todo, en especial la rúbrica personal de un historiador literario, una concepción de la historia generalmente aceptable o revalidada pedagógicamente, una estructura narrativa, descriptiva o crítica fiel a esa concepción, unos autores ya seleccionados y consagrados por la tradición crítica, unos textos también canonizados o en puertas de serlo y una recapitulación panorámica y coherente de períodos o tradiciones literarias. Nuestra postura ante esta oferta, como sugiere Robert Scholes, no entraña responsabilidad personal. Bastaría conseguir las pautas de estos manuales y acercar la literatura a nuestro tiempo, filtrar la experiencia pedagógica por las redes del presente, haciendo, como insinúa Scholes, de Shakespeare nuestro contemporáneo.

Pero no se trata de eso. La historia literaria suele conjugarse en presente y en pasado mostrando una reciprocidad entre estos tiempos sutilmente caprichosa. Confiesa Scholes:

As you might expect, I am critical of this position. It is much more important, I should think, to try to make ourselves Shakespeare’s contemporaries, for a while, if only because it is better exercise for the critical imagination or, more importantly, because without such attempts we lose history and become the pawns of tradition. The curriculum must be subject to critical scrutiny like everything else in our academic institution. Its very “naturalness”, its apparent inevitability, makes it especially suspect. (Scholes 1985: 58)

Tanto esta aparente inevitabilidad de la implantación curricular que advierte Scholes, confirmada normativamente por la autoridad o el uso de las historias literarias existentes, como el intento de sacudirse de ella mediante la recuperación imaginativa de su historicidad subrayan precisamente algunas paradojas inherentes al problema que estamos apuntando. Pero dejamos estas alternativas para más tarde, pues suelen ser motivo de confrontación entre clasicistas y postmodernistas de la pedagogía literaria. Empecemos, no obstante, reafirmando que la idea de historia literaria, y sobre todo su plasmación metodológica en las aulas, es objeto de seria preocupación por parte de los profesionales de las letras, críticos y estudiosos de la literatura. Esta preocupación recorre actualmente el mundillo académico y su política crítica con una perspicacia ideológica que no se había palpado desde la irrupción de la crítica cultural europea en los cincuenta y sesenta. Como sugiere Robert Johnstone (1992: 27), el naufragio de la historia literaria consta ya en el listín del “érase una vez”, tan expresivo de nuestras frustraciones y revancha cotidiana. ¿Cuántas historias de la literatura han pedido disculpa por no poder captar o renovar el prestigio o la confianza en la historia literaria? Hubo un tiempo, reitera Johnstone citando a Hans Robert Jauss, en el que la composición de la historia de una literatura nacional representaba el momento culminante de la vida del filólogo, aspiración que hemos visto hacerse realidad en nuestros maestros precursores. Hubo un tiempo, añadiríamos, en el que la historia literaria reunía una colección selectiva y discriminada de pequeñas biografías que encarnaban los ideales pedagógicos y morales de la universidad de Cambridge de F.R. Leavis y su influyente The Scrutiny.

De hecho debiéramos resaltar aún más la suspicacia que advierte Scholes si recogemos las inquietudes pedagógicas actuales que vienen produciendo los nuevos planteamientos de la historia literaria. En nuestro país la transición de una pedagogía historicista, recogida panorámicamente en manuales e introducciones enciclopédicas, a la descomposición actual en estudios parciales, cursos temáticos o culturales, apenas ha sido sentida y examinada a conciencia, unas veces en razón de cambios acelerados de planes de estudio y en general por el mimetismo en aceptar todo lo que nos viene de fuera, sin reflexionar sobre su incidencia en nuestra situación. Es preocupante, obviamente, que la reflexión pedagógica apenas haya sondeado el fondo de este problema en España. En las cinco décadas de enseñanza de literatura norteamericana en España y en las recientes especializaciones que convergen en los “American Studies” jamás han recibido atención preferente los problemas de pedagogía literaria.

Las opiniones que nos llegan desde los Estados Unidos, por el contrario, ven en la caída de la historia literaria un síntoma más de la crisis de la literatura en general y de cambios de paradigmas desconcertantes en su evolución. De hacer caso a algunos agoreros la situación de la literatura norteamericana actual no sólo está en ruinas (Hillis Miller 2001: 64-65), o en declive evidente (David R. Shumway 2008: 657-659), o va a la deriva (Martin Greenberg 2008: 630-35), sino que no tiene salvación posible si se la expande por regiones transnacionales. Hillis Miller ve en el cambio radical de paradigma una disolución del estudio literario en la configuración global de discursos culturales y textuales que comprometen la función del artista, lector, crítico o profesor. Para el estudioso de literatura comparada este compromiso no ofrece otras alternativas que optar por un paradigma crítico determinado por la literatura universal o por el recinto limitado y local de la especialización. Cualquier diseño de historia literaria deberá tener pues estas opciones en mente y, tal vez, deducimos, el presentimiento de que estamos ante un ejemplo más de imperialismo intelectual norteamericano (Hillis Miller 2001: 64-65).

Que el declive de la historia literaria es síntoma y consecuencia de estas opciones parece evidente. El sentido de los desplazamientos de los estudios literarios norteamericanos hacia los territorios transnacionales, transatlánticos o hemisféricos ha ido distanciando cada vez más las bases historicistas de la historia literaria y cuestionando su supuesta reconstrucción crítica. Tal vez, como sugiere David R. Shumway (2008: 659), estos desplazamientos no son tan nuevos, repiten algunas ensoñaciones que crearon los antiguos “American Studies” y concluyen desarticulando la literatura norteamericana. La revisión que Shumway hace del componente ideológico de los estudios norteamericanos no sólo despeja el riesgo nacionalista y el del carácter hibrido de su concepción literaria, sino que advierte de la implícita manipulación cultural de la literatura por parte de los estudios norteamericanos, relación frecuentemente sospechada. Ante esta observación de Shumway cabe recordar cómo la búsqueda de un núcleo de historia intelectual coherente e interdisciplinar no sólo encendió el entusiasmo de Gene Wise (1979: 408-9) para formular allá por los setenta lo que deberían ser los “American Studies”, sino que el proyecto de un todo integrador (ideas dominantes, mentalidad americana, disciplinas, tesis evolutivas) resultaría inviable. La reacción de Henry Nash Smith al imperativo integrador pondría de relieve la misma reserva que Shumway: que el abismo entre literatura y ciencias sociales corría el riesgo de acentuarse en el marco de los estudios americanos. Y para ambos casos valdría la advertencia de este profesor: la eliminación de barreras tradicionales entre disciplinas refleja claramente el carácter del estudio literario, pero también estimula la fragmentación del campo más que su recreación (Shumway 2008: 661).

Han ocurrido muchas cosas, comenta Sacvan Bercovitch en Reconstructing American Literary History (1980), desde que Robert Spiller publicara su Literary History of the United States (1948). Y han ocurrido con tal celeridad y avidez crítica, que el consejo que diera Spiller de que cada generación debiera componer su propia historia literaria requeriría una lectura radical: no sólo una generación y una historia literaria, sino, como sugeriría Fredric Jameson, algo absolutamente nuevo, un invento cuyos ejemplos no sean piezas o segmentos de la investigación en curso, sino ideas que dramaticen lo que podría ser su realización, aun conocedores de que no puede realizarse. En cierto sentido la formación de la historia literaria norteamericana ha sido propulsada por su hipotética realización y, como afirma Eric J. Sundquist (1995: 794), cada una de las revisiones de las que ha sido objeto ha dejado una estela de su potencialidad. Presumiblemente el romance entre América y su historia literaria es tan fascinante y obsesivo como lo relata Winfried Fluck, una relación capaz de aglutinar tendencias opuestas, experiencias muy diversas, configuraciones culturales y raciales muy diferenciadas e ideologías contrastadas (Fluck 2008: 8-14).

Hasta el extremo postulado por Jameson dentro del escenario de una globalización como horizonte absoluto, no han llegado todavía las historias literarias, pero sí comparten una suspicacia profundamente sedimentada tras varias décadas de inercia pedagógica y crítica en torno a la historia de los Estados Unidos. Bercovitch y la mayoría de sus colaboradores parten de ella. Ni existe acuerdo, añade Bercovitch, sobre el significado del término “literario”, surgido de la legitimación de un canon determinado, añade, ni sobre el término “historia”, ni sobre “América”, un problema ideológicamente inabordable, controvertido e incómodo críticamente cuando la idea de nación, mitología fundante, cuerpo social o pluralidad multirracial son expuestos a una erosión constante.

Obviamente lo que ha ocurrido desde los años cincuenta hasta nuestros días ha sido examinado desde muchos ángulos sin considerar plenamente las exigencias o los efectos pedagógicos como algo consustancial al revisionismo crítico que han llevado a cabo los proyectos más significativos de las últimas décadas: The Cambridge History of American Literature (1994-2005), editada por el propio Sacvan Bercovitch, y The Columbia Literary History of the United States (1988), editada por Emory Elliott. Ni que decir tiene que estos dos proyectos han abierto perspectivas novedosas en el territorio de la historia literaria de los Estados Unidos, una historia levantada sobre premisas críticas muy contrastadas y arbitradas por intervenciones individuales brillantes y abiertas a la divergencia de criterios hasta el punto ocurrente pero inevitable, de convertir el problema de la historia literaria en piedra angular del proyecto y, como Bercovitch reconoce, hacer de la divergencia y de la disensión una virtud. Tal es el sello y el compromiso crítico de The Cambridge History of American Literature, diseñada en los ochenta, lanzada en esa década y cuyos ocho volúmenes aparecieron entre 1994-2005, todo un alarde intelectual que parece responder a los requerimientos culturales del proyecto ideado y editado por Paul Lauter en The Heath Anthology of American Literature.

Antes de resaltar cómo The Cambridge History of American Literature consigue en ocho volúmenes entreabrir las puertas de los problemas más relevantes de la historia literaria norteamericana, sin necesidad de rayar en la cuadratura del círculo, nos parece importante subrayar cómo las historias de la literatura que hemos apuntado no han pretendido convertirse en guías pedagógicas, ni por razones fáciles de entender aceptarían supeditar su nivel crítico a objetivos tan exclusivos o irrelevantes como los pedagógicos. Sus pretensiones son más elevadas que las de un simple manual y no hay que olvidar que las instituciones universitarias cuentan con antologías, ediciones comentadas, anotadas o críticas de textos. Por otro lado, su función pedagógica ha venido marcada por la autoridad crítica de un autor y por una elaboración sintetizada acorde con la concepción histórica subyacente.

A tenor de las respuestas suscitadas por una convocatoria de la revista New Literary History, sobre el lema “Literary History in the Gobal Age”, respuestas recogidas en varios números de esta revista en el 2008, parece presumirse que la reinvención de la nueva historia literaria norteamericana requiere un escenario transnacional, una historia postcolonial, o una aceptación de la producción literaria global. Lejos, muy lejos, quedaron las propuestas que René Wellek lanzó en su celebérrimo “The Fall of Literary History” (1973) ante la profunda crisis que él advertía en la historia literaria y que no han sido respondidas. La desilusión que embargaba a Wellek se dejaba entrever en la documentación puntual y expresiva en torno al pensamiento de sus colegas y precursores; pero se hacía patente al urgir una revisión a fondo de la historia literaria. Su diagnóstico lamentaba la carencia de un método histórico adecuado, la absorción de la historia literaria en la historia general, las tesis cuestionables sobre el concepto de tiempo histórico y el alcance de las explicaciones causales, leyes evolucionistas o procesos dialécticos. Una propuesta flexiblemente formalista que quedaría anegada en las aguas del océano estructuralista.

La relegación de la crítica formalista y el auge de la nueva crítica en los setenta y ochenta no conseguirían paliar esa decepción ni estimular conceptos decisivos para la historia literaria. Claudio Guillén plantearía la necesidad de explorar la historia literaria como reto fundamental para el estudio de la literatura, mientras otros críticos desistirían de tal empeño. Recomponerla en cuanto historia literaria teórica y general suscitaba reservas a aquellos americanistas que deseaban ceñirla a la historia de Estados Unidos invocando una genealogía textual propia.1 Añádase a ello la ingenua contraposición entre el perfil político y geográfico del país “América” con el carácter ahistórico del concepto literatura, o la cuestión de la lengua inglesa, unas reservas que no dejarían de sonrojar a cualquier estudiante que haya consultado el diccionario de Webster o leído Leaves of Grass. Con la diplomacia de un mediador sin recelos nacionalistas William Spengemann (1989: 146) describiría con más detalle estas reservas sobre la aparente incompatibilidad entre América y la “literatura”, prosa norteamericana y ciudadanía, extremos que permitirían a los historiadores buscar un término medio confeccionado con material histórico, social o político. Muchos han sido, afirma Spengemann (1993: 515-518), los intentos de deshacer el nudo nacionalista que ha dado coherencia y sentido histórico a la idea de la historia literaria americana, pero ya sea desde el punto de vista de la política lingüística como de las múltiples expresiones literarias la historia europea de las literaturas nacionales y su versión norteamericana constituyen la base de la historia literaria. Como hipótesis de proyecto parece lo más viable:

If the subject demands an idea of history but cannot prosper under the nationalist program and cannot survive under any of the alternative schemes that have so far been proposed for it, then it wants a different idea of American literary history: one that will construe early to mean something besides less, American to denote something more literary than the citizenship conferred retroactively upon colonial authors, and literature to designate something at once more historical than “timeless beauty”, less prejudicial to colonial documents than “poetry” or “fiction”, and more alert to discriminations than just plain “writing”. What this new idea might look like, we can perhaps begin to see by looking more closely at the nationalist model itself, to determine just where it goes wrong. (Spengemann 1993: 517)

Precisamente en los primeros días de la historia literaria de los Estados Unidos el diseño nacionalista justificó el arbitraje entre la autonomía de lo literario y sus componentes externos (históricos, políticos, económicos o sociales), como los estudios de V.L. Parrington, Norman Foerster o Fred Lewis Pattee dan a entender. Con posterioridad el énfasis en los valores históricos, el peso de la producción cultural no especialmente literaria, la politización de numerosos medios de transmisión escrita y oral, producirían una apertura conceptual y descriptiva que dejaría de lado la presentación cronológica de la producción literaria y prestaría más atención a relaciones entre textos literarios y hechos o factores extraliterarios, precisamente cuando la crítica europea de la ficción cortaba el hilo umbilical entre verosimilitud narrativa y referente intratextual o inverosímil.

Esta apertura cobra hoy un relieve especial al observar el giro copernicano realizado por la teoría literaria y la revisión crítica. Recordemos cómo han pesado sobre nuestra formación literaria las huellas de un historicismo acuñado en la Historia de la literatura inglesa de Hippolyte-Adolphe Taine y cómo las de George Ticknor, Moses Coit Tyler, H. Mumford Jones o Robert E. Spiller, siguieron una premisas muy parecidas a los dictámenes del padre del método histórico, es decir, recrear las condiciones en las que trabajó el autor, detectar su pensamiento como factor determinante de la obra, indagar las fuentes e influencias de ésta, preservar su texto, fecharlo, recomponer la biografía del escritor y trazar sus convicciones intelectuales. Este sello historicista impregna las primeras historias de la literatura norteamericana y sus reediciones. Hasta la implantación de la pedagogía formalista en las aulas puede decirse que marcó el rumbo metodológico de la popular A History of American Literature 1607-1765, de Moses Tyler Coit, de A Literary History of America (1901) de Barrett Wendell, America in Literature (1921) de George Woodberry y de The Cambridge History of American Literature (1921). El autor de Transitions in American Literary History (1953), Harry Hayden Clark (1940: 289), expresaría en los años cuarenta la necesidad de ampliar el marco historicista abogando por una concepción de la historia literaria en la que hubiera lugar para la historia cultural europea y su recepción en Estados Unidos, la historia sociopolítica norteamericana, la personalidad de los autores, el desarrollo de las formas literarias, la historia de las ideas y la evaluación crítica.2

La necesidad de ampliar los márgenes de la historia literaria para dar cuenta de toda la complejidad literaria y cultural fue un revulsivo importante de esta historia, aun modelada con esquemas historicistas en torno a un ideal político nacionalista. Valga la reiteración de Norman Foerster en The Reinterpretation of American Literature (1929: xii) de que ya era hora de que la historia literaria se alimentara de conocimientos sociales, económicos y políticos. No obstante uno de los proyectos de “historia literaria” más significativo de esas décadas, desarrollado por Van Wyck Brooks en varias obras de los cuarenta —The Flowering of New England, 1815-1865 (1936), New England: Indian Summer, 1865-1915 (1940) y The World of Washington Irving (1944)—, compondría un cuadro biográfico y legendario de los autores más representativos del siglo XIX. Y por otra parte no podemos ignorar que los New Critics habían instaurado una pedagogía formalista que consiguió fundamentar la historia literaria sobre cimientos ontológicos, verbales e ideológicos incuestionables.

La evolución de las historias de la literatura norteamericana refleja una acomodación ocasional a las exigencias de la actualización crítica y a la práctica pedagógica. Hay, obviamente, excepciones relevantes. El cuarto volumen de The Cambridge History of American Literature de 1921 inició la incorporación de las literaturas aborígenes (nativas) y extranjeras (europeas) a la historia literaria, sin duda sintonizando con la conciencia plural asociada al “melting pot”. La voluminosa antología editada por Oscar Cargill, American Literature: A Period Anthology (1933) recoge igualmente el período precolonial, seleccionando textos de Cabeza de Vaca, Gaspar de Villagrá y de autores indios. También la antología The American Mind (1937) amplió considerablemente el horizonte literario con textos de autores afroamericanos, indios y europeos, una apertura del canon a veces olvidada por los paladines de la “América multirracial”. Las reivindicaciones más recientes de Paul Lauter, Cary Nelson o Donald Weber habían dejado relegados en nuestra memoria la razón antropológica y cultural de estas recuperaciones. Su inclusión no fue sólo oportuna, pues depara las mismas sorpresas que las que Annette Kolodny manifestó hace ya dos décadas: “In elaborating a literary history of the frontiers”, dice, “the challenge is not to decide beforehand what constitutes literariness but rather to expose ourselves to different kinds of texts and contexts so as to recover the ways they variously inscribe the stories of first contact. Inevitably, the interdisciplinary and multilingual skills required for such an undertaking will tend, in Cary Nelson’s words, to destabilize distinctions between quality and historical relevance by making them self-conscious” (Kolodny 1992: 14).

La incorporación de literaturas o autores marginados o relegados históricamente ha sido uno de los indicios más expresivos y recientes de la valoración de estas historias. Pero su evolución ha planteado cuestiones pedagógicas y críticas sumamente decisivas para entender la formación de la historia literaria. De hecho el problema de la inclusión de tradiciones literarias nuevas, que últimamente ha adquirido connotaciones políticas, es exponente de la magnitud y de la repercusión de la historia literaria como empresa ideológica. No sólo el historiador pretende ofrecer de manera comprehensiva y totalizadora la producción literaria del país, sino que la organización, selección e interpretación de esos textos arroja perspectivas sobre el futuro de la historia literaria, sobre la consonancia o revisión de criterios ideológicos, la captación de los efectos de la recepción de los textos y los cambios de gusto en los lectores. No es otra, al fin y al cabo la medida palpable de la eficacia de la historia literaria: leer los textos por placer, enseñarlos en cursos literarios, incluirlos en las antologías y escribir sobre ellos en revistas. Es decir, por cuestionable y cambiante que resulte el diseño o la percepción de la historia literaria como problema formal, estas historias o manuales conforman pedagógica e ideológicamente su continuidad y supervivencia. A tal efecto contribuyen también las guías interpretativas que las introducen, invitando a examinar su diseño formal al trasluz de su justificación teórica, trátese de un edificio o monumento arquitectónico admirable o laberíntico (Spiller, Elliott).

El diseño y la función pedagógica de las historias no son pues meros emblemas de una transacción ideológica o cultural. A primera vista, por ejemplo, las nuevas incorporaciones de corrientes literarias aparecen en algunos estudios como si se tratara de equilibrar parcelas de poder literario y cultural, en particular cuando se examinan al trasluz de la llegada del estructuralismo a los Estados Unidos. Es ésta una impresión rubricada por las diversas antologías que de manera continuada han registrado las oscilaciones marcadas por la aceptación de tal o cual texto, la exclusión de otros, el reparto de secciones por proporciones raciales, genéricas o de clase, es decir, por los dictámenes de la aceptación canónica. La secuencia de compensación y discriminación críticas que compusieron varias antologías de los noventa —The Norton Anthology of American Literature (4th. ed., 1993), The Norton Anthology of Literature by Women (1979), The Heath Anthology of American Literature (1994), Heritage of American Literature (1991)— dejó trazada la estela polémica dibujada por la apertura cultural más significativa del siglo XX en la historia literaria.3 La conveniencia de delinear un denominador común, un territorio compartido por géneros, temas, campos científicos, períodos históricos o competencias lingüísticas dejó de ser una fórmula válida frente a las exigencias radicales de los grupos minoritarios y sus espacios culturales. La política de los estudios culturales trajo consigo una reorganización de los espacios, lugares, prácticas y medios de identificación étnica, de género y de clase que crearon una complejidad identitaria en proceso de redefinición. Por ello, y aunque sus pretensiones más exigentes recibieron el espaldarazo del postestructuralismo, primaron los derechos de estos grupos y la reivindicación crítica de sus autores consagrados, quedando la elaboración teórica al servicio de la conciencia multirracial y la pluralidad cultural. Estructuralismo y multiculturalismo colocarían a la historia literaria en una encrucijada conflictiva. Numerosos especialistas y lectores verían incompatible la creciente contextualización de la literatura y de la cultura norteamericana con las exigencias y cometidos textuales del estructuralismo y la deconstrucción. Como la revista New Literary History puso en evidencia, esta encrucijada supondría una reevaluación de la historia literaria no sólo crítica y cultural, sino especialmente ideológica.

Dejamos para la siguiente sección las repercusiones de esta encrucijada. Pero en aras de las trayectorias seguidas por algunas historias de la literatura parece lógico apuntar las alternativas pedagógicas que generaron. Me refiero concretamente a la función mediadora de la ideología que despertó en las décadas de los sesenta y setenta, a la recontextualización cultural de la historia literaria en ese mismo período y a las orientaciones estructuralistas y postestructuralistas que apuntaron itinerarios textuales bastante diferentes. La incidencia de la ideología en la revisión de la historia literaria proporcionó revisiones estratégicas de autores clásicos y de la cultura popular que inicialmente no cambiaron la estructura consensuada de la historia literaria, tal vez en razón de una aplicación cautelosa y multicultural de la crítica marxista, pero que gradualmente fueron interpelando de forma radical algunos pilares conceptuales de la historia literaria norteamericana: la mitología fundante, la sacralización de “a usable past”, el liberalismo, la conciencia de clase, la retórica utópica, la historia del expansionismo y su idealización literaria o las contradicciones entre lo público y lo privado. Las matizaciones que Bercovitch ofrece en The Rites of Assent: Transformations in the Symbolic Construction of America (1993) sobre esta trayectoria ideológica presentan al lector una confrontación que no puede dejarle en situación de equilibrio calculado: entre alinearse con Matthiessen y Spiller y así transcender toda ideología, o problematizarla asumiendo sus compromisos y la implicación personal en un momento histórico preciso (Bercovitch 1993: 356-7).

Este compromiso crítico y metodológico ha subrayado las revisiones sucesivas de la historia literaria, acentuando expresamente que en esas décadas la idea de consenso se rompió totalmente, que cualquier reconstrucción pasa por la aceptación de los problemas de raza, clase y género como constitutivas de esa historia y que las normas políticas son inherentes a la construcción de la historia literaria. Para el editor de Reconstructing American Literary History (1986), el propio Bercovitch, estos enunciados permiten divisar unos paisajes ideológicos ciertamente atractivos en torno a la literatura popular (Morris Dickstein), la esclavitud (Eric J. Sundquist), el pluralismo étnico (Werner Sollors), los espacios de la producción cultural (Philip Fisher) o el historicismo (Wendy Steiner). Será, no obstante, en Ideology and Classic American Literature (1986) en donde el análisis ideológico ofrece panoramas más detallados sobre la mitología prevaleciente en la historia literaria norteamericana, el sustrato institucional, las inclinaciones políticas de la crítica, la religión o el sentimentalismo en la novela, panoramas tamizados por el presentimiento de que “jamás seremos capaces de sentirnos tan puros en nuestros actos de canonización, o tan inocentes en asegurar que nuestros modelos de evolución literaria encarnan el espíritu de América” (Bercovitch 1986: 423).

La encrucijada que estamos describiendo debe circunscribirse, como hemos apuntado, en el contexto de las corrientes teóricas estructuralistas y postestructuralistas. David Perkins, por ejemplo, introduciría en Theoretical Essays in Literary History (1991) la controvertida investigación que la historia literaria venía suscitando desde los postulados del contextualismo historicista hasta la deconstrucción. Desde el vértice del postmodernismo la visión retrospectiva que glosa Perkins aclara históricamente los avatares de la historia literaria que es preciso no olvidar: que refleja inevitablemente sobre sí misma la eficacia de los métodos, trátese del neohistoricismo, del formalismo, Croce, los New Critics, Foucault o la deconstrucción. En este sentido se impone la sospecha de si es posible una historia literaria postmodernista que, “por impresionante que sea en sus detalles y profunda en su visión, pueda responder a los propósitos para los que se escriben esas historias si precisamente esos objetivos deben todavía organizar el pasado y hacerlo comprensible” (Perkins 1991: 7).

Merece la pena recordar cómo estas consideraciones llamaron ya la atención de los autores de In Search of Literary History (1972) en un intento por conciliar posturas contrastadas de cara a la alternativa postestructuralista. Por un lado M.H. Abrams planteó la necesidad en “What‘s the Use of Theorizing About Arts” de buscar criterios lingüísticos firmes para trazar las bases filosóficas de una historia literaria lógica y sistemática. Por otro Paul de Man, sembraba la historia literaria de la modernidad no con conceptos en esencia temporales, sino con acontecimientos de naturaleza lingüística. Y por otro Geoffrey Hartman entreveía en la formalización del arte el requisito central para articular la historia literaria, precisamente por su resistencia aristocrática a toda ultranza (Hartman 1972: 199).

Estas tres alternativas forman parte de un largo itinerario recorrido por numerosos estudiosos y abordado en trabajos especializados, aunque ha sido eclipsado por otros menos dependientes del giro lingüístico. El antihistoricismo proverbial de Paul de Man exhibido en “Literary History and Literary Modernity” fue concluyente en su formulación sobre la relación entre literatura e historia, o entre historia literaria y modernidad. La modernidad y la historia, concluye, están condenadas a relacionarse a través de una unión que amenaza la sobrevivencia de ambas (de Man 1972: 249-250). Tal premonición ha quedado sin rúbrica o comprobante fehaciente, sin duda porque, como él insiste, la modernidad es uno de los conceptos en los que la naturaleza de la literatura puede ser revelada en toda su complejidad. Cómo se produce esa revelación es algo que los lectores asiduos a la obra crítica de de Man desearían poder descubrir desde los propios contextos de la modernidad. Y precisamente “des-historizando” lo moderno nos resultaría difícil caracterizar la literatura del siglo XX o ver cómo algunos autores transcienden su propio tiempo y lugar.

Ante estos imponderables es lógico que muchos lectores e investigadores vuelvan sus miradas hacia el historicismo, unas veces apegados al sistema lingüístico inglés como columna vertebral de la evolución histórica de la literaria y otras reanimando una noción de historia revivida mentalmente por ellos, diseñada a la medida del neohistoricismo invocado por Wesley Morris en Towards a New Historicism (1972). O probablemente siguiendo la inercia academicista de “teorizar”, “politizar” o “historizar” desde las entrañas de la conciencia social, el interés cultural o las fronteras del canon literario. Como sugiere Joel Pfister, “Can American literature’s socially grounded ‘subjective’ concerns help teach readers to advance history and advance cultural theory—the history and cultural theory that readers bring to their readings of literature—more completely?” (Pfister 2011: 42-43).

Al replantear estas cuestiones volvemos a situarnos ante algunos problemas de la historia literaria que los autores de The Cambridge History of American Literature han tenido muy en cuenta. No debemos pasar por alto, sin embargo, que no sólo han canalizado el curso de la historia literaria las historias monumentales o enciclopédicas. Los estudios monográficos especializados han jugado un papel importante en configurar y desentrañar los itinerarios de la historia literaria norteamericana4 De hecho durante las tres últimas décadas sobresalen como piezas que jalonan una historia literaria más rica y compleja que la trazada en las voluminosas historias de la literatura o expandida por las antologías. Fue este el convencimiento que llevó a Bercovitch y a los colaboradores de The Cambridge History of American Literature a emprender ese proyecto. La relación entre las diversas formas de transmisión y dispersión de conocimientos literarios en Estados Unidos —historias de la literatura, estudios especializados antologías, manuales y teoría crítica— ha canalizado la evolución de la historia literaria en las aulas y fuera de ellas, unas reforzando pedagógicamente lo que otras proyectaban especulativamente.

A este respecto las contribuciones de la Cambridge History of American Literature plantearon una gigantesca interrogación sobre aspectos concretos y relevantes de la historia y la cultura literaria de los Estados Unidos, reconstruyendo para profesores y lectores alternativas críticas que suscitarán interesantes problemas pedagógicos. Emory Elliott sobre los juicios de las brujas de Salem, David Shields sobre el papel social y cultural de los salones y clubes literarios, Michael Gilmore sobre el mercado literario de la Ilustración, la literatura del expansionismo y racial abordada por Eric J. Sundquist, la producción intelectual y filosófica del XVIII recorrida por Barbara L. Packer, la fermentación de las formas de la ficción examinada por Jonathan Arac, por mencionar algunos problemas expuestos en los dos primeros volúmenes, exhiben un espectro de cuestiones literarias y culturales que no buscan la homogeneidad crítica, ni la afinidad metodológica, ni mucho menos remitificar los patrones más duraderos de la historia literaria heredada. Incluso aquellos problemas más centrales para la pervivencia de esta historia —diversidad social y fragmentación, ideología y multiculturalismo, la radicalización del modernismo como proyecto nacional e internacional, politización del postmodernismo—, son esclarecidos como hipótesis válidas para las previsibles transformaciones sociales y culturales de la historia literaria futura.

Al trasluz de este proyecto monumental y de las reservas que ha suscitado cabe preguntarse si la historia literaria tiene algún sentido en nuestro tiempo y si lo tiene qué implicaciones pedagógicas conlleva una hipotética recuperación, pues no cabe duda que la historia literaria reaparece una y otra vez como fantasía teórica desligada de su dimensión material, olvidando la enorme actividad interpretativa que acumula y regenera críticamente, al fin y al cabo, fundamento de las diferentes concepciones de la historia literaria. A tenor de las parcelas temáticas, científicas o explicativas que recomponen Caroline F. Levander y Robert S. Levine en A Companion to American Literary Studies (2011) parece haberse disuelto en categorías o claves nuevas. ¿Seguiremos componiendo historias de la literatura?, se pregunta Hans Ulrich Gumbrecht (2008: 518-20). La pregunta requeriría una respuesta más pedagógica que filosófica, a pesar de que la sed epistemológica del presente le lleva a Gumbrecht a entrever una versión de historia de la literatura que registre la materialización de sentimientos puntuales de los lectores sin amparo colectivo de una idea de nación, o de una identidad históricamente contextualizada. Imaginar esta versión supondría tomar los textos canonizados como si fueran puntos de concentración, o como agujeros negros de la física, que han absorbido y transportan históricamente numerosos niveles de procesos interpretativos y de recepción. El tipo de historicidad decimonónica que ha sustentado la historia literaria, sentencia este crítico, ha desaparecido; y su historia literaria resultante también, tanto si se le concibe como objeto intencional como si es una forma discursiva (Gumbrecht 2008: 527).

1 Ver Geoffrey Hartmann, “Toward Literary History”, Daedalus 99 (1970): 380, n. 3; Earl Miner, “Problems and Possibilities of Literary History Today”, Clio 2 (1973): 219-38; René Wellek, “The Fall of Literary History”, The Attack on Literature and Other Essays, Chapel Hill: U of North Carolina P, 1982, 64-77.

2 La idea de una literatura americana nacional había propiciado un tratamiento de los textos como si fueran expresión cabal de la historia intelectual, política y cultural del país, sobre todo a partir de la obra de V.L. Parrington. Un hipotético divorcio entre historia cultural y literaria era inimaginable, como evidencian los estudios y manuales de Fred Lewis Pattee, Norman Foerster, Harry Hayden Clark o Louis B. Wright, para quienes sólo dentro del complejo tramado de la cultura americana tendría sentido la literatura. De la lectura de, por ejemplo, de “A Call for a Literary Historian” (The Reinterpretation of American Literature de Norman Foerster, 1928), de su introducción, así como de “Toward a New History of American Literature” (American Literature 1.2, 1940) y de “The Literary Historians” (Bookman 71, 1930), esta premisa permanece invariable. Louis Wright, decididamente entregado a la interpretación histórica de la literatura llegaría a proponer una recopilación de todas las obras editadas como base de estudio. Más aún la exigencia que formulara Schlesinger en esta misma colección de no restringir la selección literaria a escritores de primera fila, venía a postular un método historicista en el que cabrían las formas literarias populares.

3 Puede contrastarse, por ejemplo, el alcance de algunas exclusiones u omisiones de tradiciones literarias minoritarias durante varias décadas en los manuales o antologías de la literatura con la urgencia y legitimación crítica con las que han reclamado entrar en el canon oficial o exigir su utilización en las aulas. Numerosos casos de exclusión, concretamente de grupos étnicos, aparecen ya en los estudios clásicos de Robert E. Spiller (“The Cycle and the Roots: National Identity in American Literature”, Towards a New American Literary History, ed. Louis J. Budd, Edwin H. Cady, y Carl L. Anderson, Durham: Duke UP, 1980, 3-18). Omisiones similares dejaron en evidencia una miopía cultural que no es fácil de entender si reparamos en las literaturas de los judíos, asiáticos y latinos (incluidos sefarditas). Compone este cruce de intereses y correctivos un capítulo de la historia literaria necesario para su reparación y reconstrucción. Tiene, pues, ante sí el lector casos históricamente injustificados e inimaginables, para los que conviene destejer algunos hilos de esa historia y —dejando aparte los concursos de popularidad sobre escritores o sus obras, o el éxito y la repercusión de las más notables— trasladar alguna responsabilidad a las aulas. Para ello conviene empezar por las historias literarias sobre la época colonial editadas por Myra Jehlen and Michael Warner (The English Literatures of America, 1500-1800, 1997); por Susan Castillo y Ivy Schweitzer, (The Literatures of Colonial America: An Anthology, 2001) o su A Companion to the Literatures of Colonial America, 2005) y proseguir con Marc Shell & Werner Sollors y su The Multilingual Anthology of American Literature, 2000, para el período postrevolucionario.

4Jonathn Arac sugiere The New England Mind de Perry Miller (1939, 1953), Revolution and the Word: The Rise of the Novel in America (1986) de Cathy Davidson, American Renaissance: Art and Expression in the Age of Emerson and Whitman (1941) de F.O Matthiessen, Woman’s Fiction: A Guide to Novels by and About Women in America, 1820-1870 (1978), The Lay of the Land: Metaphor as Experience and History in American Life and Letters (1975) de Annette Kolodny, The Machine in the Garden: Technology and the Pastoral Ideal in America (1964) de Leo Marx, The Signifying Monkey: A Theory of Afro-American Literary Criticism (1988) de Henry Louis Gates, Jr., y The American Jeremiad (1978) de Sacvan Bercovitch, a las que puede nañadirse muchas otras que tenemos en mente de Eric Sundquist, David Minter, Carolyn Porter, John T. Irving, John Carlos Rowe, Dana Nelson, Michael Davitt Bell, Caroline F. Levander, Robert S. Levine, Richard Slotkin, Valerie Smith o Werner Sollors.

Una historia invertebrada:

intertextualidad, historicismo, ideología

Fue la publicación de la revista New Literary History en 1969, como hemos adelantado, el hecho que galvanizó las preocupaciones críticas e interpretativas más centradas en este problema y atentas a la influencia de las teorías europeas en Estados Unidos. En respuesta a la pregunta sobre qué clase de historia literaria tendría sentido en esos momentos (New Directions in Literary History, 1974) Ralph Cohen contestaba:

It is, to begin with, a history of the relation of readers to works. These relations, governed as they are by the method of question and answer, permit a systematized succession. And this system of relation is literary, because it deals with the changing functions of literary features, with changes of conventions, with changes in the meaning of language codes. But the concept of change is itself a historical category, so that theoretical premises, no less than relations, require historical explanations for their genesis and revision. Thus literary history, even if critics consider it peripheral to interpretation, becomes a presupposition of all critical activity. The tripartite distinction of literary theory, literary criticism, literary history breaks down into different functions of the critic-text relationship. (Cohen 1974: 9)

Tímido puede parecernos el salto cualitativo que advertimos en estas líneas, frente a concepciones más recientes, pero sí sustancial y radical frente a las premisas en que se asientan las historias literarias referidas por René Wellek. Y, por otra parte, ¿quién no rubricaría con su experiencia personal estas observaciones de Ralph Cohen? La transformación paulatina de la historia literaria en hermenéutica, el papel crucial del lector como artífice de una historicidad textual y la sistematización de convenciones y códigos lingüísticos y literarios en cuanto realidad intertextual no sólo han conducido a muchos expertos a eliminar las barreras entre teoría literaria, crítica práctica e historia literaria —hecho que no sólo comporta serias dificultades en la enseñanza de la literatura—, sino a concebir la historia literaria como premisa de toda actividad crítica y docente.

Hace ya más de cuarenta años que el lema “amputer la littérature de 1’individu” (“Histoire ou Littérature?”, Sur Racine, Paris, 1953) invitó a disipar las sombras psicológicas de nuestros programas académicos, y algunos menos —si consideramos Beyond Formalism (Yale, 1970) de Geoffrey Hartman en la encrucijada que nos ocupa— que ha descartado proponer una historia literaria claramente formalista, e irremediablemente reduccionista. La necesidad de ir más allá del formalismo ha redirigido tantas promesas de cambios que este término crítico merecería una regeneración metodológica como la que propondría Edward Cahill: no sólo desmitificarlo, sino reutilizarlo, desentrañando como sugiere Richard Strier, los aspectos formales del texto como índices de problemas históricos, culturales, intelectuales o sociales, es decir, como “texturas” de experiencias vividas. Desde el punto de vista pedagógico tal regeneración puede devolver el aliento a las prácticas interpretativas de los clásicos Modern Poetry o Modern Rhetoric de Cleanth Brooks.

Una iniciativa de esta naturaleza arrojaría también luz nueva sobre esos diseños intertextuales de la historia literaria norteamericana que tantos recelos suscitaron desde hace cuatro décadas. Al observar cómo el estructuralismo descarta el problema de la intencionalidad, del sujeto creador, de la inmanencia del significado y de otros soportes psicológicos y metafísicos de la historicidad, la historia literaria abrió su horizonte a las teorías de la textualidad y a sus prácticas interpretativas, conjugando simultáneamente otras corrientes derivadas del pensamiento hermenéutico de Gadamer o Heidegger. Tal consideración de los procesos de lectura textuales se desplegaría dentro de un espectro amplio de opciones analíticas, enmarcadas entre la fenomenología de la lectura, la historia de la recepción y de la deconstrucción. Un empeño significativo por abordar estos procesos desde estrategias de lectura intertextuales despertaría en el Simposio organizado por la revista boundary2, recogido en los ensayos de The Question of Textuality (1982) desde 1972, en donde los riesgos de una desarticulación de la historia (vía Foucault) y de los conceptos centrales del humanismo aparecen matizados por las cautelas políticas y sociales adelantadas en la colaboración de Edward Said. Suyas fueron las recomendaciones más explícitas sobre la necesidad de no aislar el texto de su materialización social, de no reducir las relaciones intertextuales a algo desconectado de los procesos de producción y recreación (“Every text”, diría, “is an act of will to some extent, but what has not been very much studied is the degree to which—and the specific cultural space by which—texts are made permisible... Here is the place for intentionals, and for the effort to place a text in homological, dialogical or, antithetical relationships with other texts, classes, institutions, etc.” (Said 1972: 27).

Varios ensayos, por otra parte, alumbrarían expectativas analíticas que resultarían decisivas y controvertidas para el futuro de la historia literaria. Concretamente las colaboraciones de William Spanos, Paul Bové, Joseph Riddel, Mark Poster y David Antin adelantaron una versión “deconstructiva” de la poética norteamericana que ha supuesto una revisión atrevida de los poetas centrales del canon modernista. Joseph Riddel, por ejemplo, esboza el proyecto de la poética norteamericana interrogándose por su originalidad (orígenes), su historia proyectiva y regenerativa (Williams, Olson, Melville, Pound, Fenollosa, Eliot) en claves decididamente intertextuales: negando la autoridad original de un texto modélico, recreando la arquitectura de la repetición, concibiendo la tradición como librería de textos simultáneos, o estableciendo las conexión intertextual con un archivo en base a relaciones espaciales. Si exceptuamos las lecturas contenidas en Post-Structuralist Readings of English Poetry (1987), editada por Richard Machin y Christopher Norris, pocas muestras deconstructivas resultarán tan precisas y a la vez tan desarrolladas como las que han prodigado estos autores sobre la poesía americana. Partiendo de la obra de Pound comenta Joseph Riddel:

The “loose-leaf” system makes possible a new interpretation of “use”, of usage, and therefore reinscribes within the possibility of poetry an anti-usury. A privileged pre-text does not rule the system; nor are “archives” relegated to a place of sacred significance, of archeological fragments from which one can remount the stream of history or memory. What is meaningful is the play of signs, not their reference to a lost or concealed meaning. The present facts repeat the “archives”, but with a difference. This kind of system resists the wearing out (effacement) of facts that allows Pound to associate linguistic imprecision with economic inscribes and produces endlessly, makes it a writing device that repeats original creation, that is, original coinage. (Riddel 1982: 177-8)

Recorrido similar había trazado Paul Bové en una de las historias literarias (Destructive Poetics: Heidegger and Modern American Poetry, 1980) más brillantes de la poética norteamericana, situándose conscientemente ante toda la tradición crítica metafísica todavía presente en los estudios de Walter Jackson Bate (The Burden of the Past), Harold Bloom (A Map of Misreading) y Paul de Man (Blindness and Insight). La revisión “reconstructiva” de los poetas Whitman, Stevens y Olson traza un recorrido hermenéutico apoyado en Heidegger, decididamente reafirmando la naturaleza intertextual y lingüística de la historia literaria, pues si ésta desea ser auténtica, recuerda Bové, debe reconocer que existe una interacción hermenéutica constante dentro de los textos literarios para mantener lo que ha sido revelado. “Lo que ha sido revelado”, sin embargo, alimenta el presentimiento del lector de que probablemente compone nuevas mistificaciones de interpretaciones previas. En “Towards a Theory of Destruction”, como subtitula el primer capítulo, realiza Bové un sondeo de la historia literaria de la poética norteamericana abierto a itinerarios que liberen el potencial lingüístico de sus cadenas intertextuales.

Este mismo deseo despertó la propuesta de William Spanos sobre la indagación hermenéutica de la historia literaria, a partir de una lectura fenomenológica del texto, explorándolo hasta recrear o rehacer persistentemente la historia primordial del proceso hermenéutico. La fidelidad a la fenomenología de Heidegger (Being and Time) guía el proceso de lectura sin cuestionar el sistema interpretativo que van imponiendo los elementos formales. De hecho, el proceso de lectura para Spanos se apoya firmemente en la intencionalidad del lector, en su capacidad para intimar con él, redescubrirlo, activar su temporalidad y dejarlo permanentemente abierto. O mejor dicho, abierto a una sistematización temporal que permite a la lectura intertextual alterar la tradición metafísica dominante al descubrir aspectos ocultos u olvidados. ¿Cómo si no, podría la historia literaria permanecer constantemente abierta, nueva y capaz de representar y revelar su propia textualidad de forma inagotable?

Recordará el lector que la noción de intertextualidad, introducida en la Semiótica (1969) por Julia Kristeva y reformulada constantemente durante varias décadas, se convirtió en talismán interpretativo y concepto clave para deslindar los contornos de la historia literaria de cualquier centro de referencia histórico, liberarla de cualquier contexto limitador y arbitrario, ya fuera político, social o religioso, y asentarla en un discurso universal que debería dar razón de cualquier formación conceptual. Lógicamente las ideas de tradición, período, géneros, inmanencia textual y continuidad histórica dejaron de tener la vigencia habitual como soportes de la historia literaria. Frente a ellas, las posibilidades de la intertextualidad se habían incrementado con la investigación en semiología, narratología (Barthes, Genette, Riffaterre) y en la aplicación de lecturas fenomenológicas. Derrida precisaría ante la generalización de la textualidad la importancia (Positions) de los marcos para la percepción de los límites y márgenes de esa textualidad. Más acomodable aún a una reconstrucción intertextual de la historia literaria serían, no obstante, las rearticulaciones metafóricas que Althusser propondría como redes de estructuras no totalizadoras.

Mas el vértigo de una activación incesante del texto, de un juego imparable del significado, o su apoyo en un fondo sin fondo generaría una reacción destructiva con respecto a la tradición histórica. De cara a esta premonición Eugenio Donato reconstruye una hipotética historia literaria a partir de Flaubert, Hegel y Kojève, proyecto que reconsidera el final de la historia hegeliana sin remitir a un acontecimiento específico, sino como problema de representación que reconstituye el presente históricamente, un problema despejado por Hayden White en Metahistory: The Historical Imagination in Nineteenth-Century Europe (1973). Efectivamente este historiador, que había alertado sobre las limitaciones de la intertextualidad y de la deconstrucción, estructura el mapa tropológico de Tropics of Discourse (1978) en congruencia con implicaciones éticas y estéticas. Los tropos describen las relaciones entre el mundo de la experiencia y en cuanto plano latente de la estructura profunda del texto histórico informan todos los elementos materiales y perceptivos de su campo. La insistencia en la naturaleza tropológica de la historia literaria, generada a través de actos lingüísticos, implica (léase Metahistory) al mismo tiempo descubrir los efectos hermenéuticos de ese sustrato tropológico. No hay, pues, salida del cerco intertextual, una situación que contrasta llamativamente con la propuesta de Dominick LaCapra, quien en Rethinking Intellectual History: Texts, Contests, Language (1983) y en el cruce de impresiones que mantuvo con él, delataría su aproximación a la deconstrucción.

Por controvertido que haya resultado el proyecto de historia literaria que elaboró Harold Bloom, éste echó sus raíces en territorio intertextual. Su punto de partida, sin embargo, no se olvide su inmersión en la poesía romántica inglesa, sirve tan sólo como índice de su formidable capacidad para absorber y expandir una historia literaria trazada por líneas críticas e intertextuales antitéticas, articuladas con mecanismos defensivos y reacciones psíquicas. El giro espectacular que dio en los años setenta —The Anxiety of Influence (1973), A Map of Misreading (1975), Kabbalah and Criticism (1975), Poetry and Repression (1976)— hacia una teoría del revisionismo dialéctico marcó diferencias sustanciales con respecto a la deconstrucción y a la práctica de la lectura fenomenológica. La aplicación del revisionismo dialéctico a la poesía norteamericana ha exhibido lecturas memorables precisamente en lo que él mismo denomina “The American Sublime”. Una práctica empeñada en advertir las transformaciones de las figuras retóricas y de los mecanismos defensivos correspondientes constataría, de hecho, como sugiere Peter de Bolla, que la noción restringida de tropo debe desviarse del contraste literal/figurativo y convertirse en una unidad superior a la palabra, en principio histórico de generación del discurso: “These larger units will be the generative forces of history, understood as the narrative which we tell about the past. In other words trope, in this last transformation, will become history. To adapt de Man’s phrase, the opening in history which gives it the appearance of a duration will be seen to be the duration merely of its rhetoric, the duration of a trope” (de Bolla 1988: 143). Es ésta una observación que debemos trasladar a la lectura de American Poetics of History (1984) de Joseph G. Kronick, pues las sucesivas transformaciones de tropos continúan prendidas de la lectura y la escritura intertextuales, liberadas de cualquier base epistemológica o antropológica. “History”, propone Kronick, “is rhetoric, for it consists of these tropological transformations” (1984: 6).

A través de las iniciativas que venimos esbozando la textualización de la historia sirvió de base para una reconstrucción de la historia literaria que se cerraba sobre sí misma. Como Edward Said anunció en su conferencia (1982: 23), haciéndose eco de Gramsci, el proceso de elaboración es la suma de esquemas que hacen posible que la sociedad se pueda mantener a sí misma, es decir, que la razón ideológica justifica la metodología y la indagación teórica. Numerosas versiones de esta razón discurrieron por las aulas norteamericanas en la década de los ochenta, principalmente alertadas por la marcha de la deconstrucción y el empuje de los estudios culturales. Ya había advertido Jacques Derrida sobre el riesgo de depender de los discursos deconstructivos, pues era preciso habitar las estructuras que van demoliendo hasta compartir el deseo indestructible de una presencia plena. La vena utópica que pudiera entrañar tal percepción se topaba con las limitaciones de las prácticas interpretativas. Y éstas se polarizaron entre el itinerario de la fenomenología y la teoría de la recepción, por un lado, y el de los contextos sociales y culturales, por otro.

Sobreentendemos con esta reorientación de la investigación en la historia literaria norteamericana que la llamada a considerar aspectos ideológicos, a conectar discurso y poder, o a adentrarse en lo que Fredric Jameson denominó crítica cultural se nutrió en gran parte de la influyente aportación de Foucault, Althusser y en general del pensamiento marxista europeo. Muchos estudios recientes sobre historia literaria, suspicaces de cualquier fundamentación política, son especialmente escrupulosos a la hora de detectar modalidades de prácticas discursivas, acentuar el alcance de discontinuidades históricas, aceptar el concepto de archivo en sustitución del de origen o de calibrar la importancia de los contextos. La arqueología foucaultiana o las estructuras epistémicas han resultado más atractivas que las versiones marxistas de la historia o la validez del concepto de mediación como instrumento crítico.

Cierto, tanto la arqueología como la concepción marxista de la historia han propiciado una ruta paralela hasta llegar a reforzar sus planteamientos dialécticos, concibiéndola en términos de lucha o confrontación. Queda por imaginar cómo sería una arqueología de la historia literaria a partir de formaciones discursivas ideológicamente transgresoras, como queda por averiguar si el concepto de mediación puede ser recuperado como categoría interpretativa. Fredric Jameson optaría en The Political Unconscious (1981) por transformarlo en una serie de códigos narrativos, o síntesis intermediaria entre estructura manifiesta y latente que permite concentrarnos en la producción del significado, a la par que acercarnos al texto como copartícipes en su formalización. De hecho la idea del inconsciente político nos proporciona unas formas de mediación entre distintos niveles interpretativos que mantienen suspendidos los conceptos prefijados de sujeto o de forma textual. El texto literario para Jameson refleja y a la vez se rebela contra una ruptura o brecha histórica, construyendo un episodio y un argumento narrativo cohesionado y continuado de la lucha entre el dominio de la libertad y el de la necesidad. Tal historia constituye el germen de la revolución cultural, al perpetuarse esa historia narrativa como lucha entre modos coexistentes de producción.

El desarrollo de estas estrategias de mediación conduciría a perfilar una historia literaria que Jameson da por supuesta, hipotéticamente recomponiendo los problemas de “la ideología, del inconsciente, del deseo, de la representación, de la historia y de la producción cultural” que esto conlleva. Su caminar por la identificación de ideologemas tras abandonar la idea de un sistema sincrónico central y descartar la validez de los géneros le llevó a dejar de lado la construcción de una historia literaria apoyada en métodos genealógicos. Ese giro supuso un reconocimiento de las limitaciones estructuralistas para articular una versión de la historia accesible sólo de forma textual, como Althusser venía insistiendo. Obstáculos similares encontraría John Frow en Marxism and Literary History, (1986) aunque las pautas formalistas adoptadas no comprometen en ese caso la concepción marxista de la historia ni la elección de una determinación social de la norma literaria. De entre los conceptos que Frow incluye en la formalización de las fuerzas de desarrollo de la historia literaria merecen subrayarse los de “recurrencia eterna” del mismo elemento, procedente de Walter Benjamin y el de “identidad de réplicas”, recogido de Kubler, como agentes de los procesos de reproducción, copia, reducción o derivación, unas modalidades materiales y tecnológicas que algunos especialistas consideran esenciales para recuperar la especificidad material y documental de la historia, tal y como lo sugirió Foucault (Frow 1990: 108-12).

La elección de una metodología marxista específica no ha constituido un problema reseñable en Estados Unidos. De hecho todo un espectro de posiciones e influencias ha favorecido la transición de modelos interpretativos ya clásicos hasta los más postmodernos, avalados por la firma de una escuela o movimientos, o un nombre (Said, Fanon, Butler, Bordo, Haraway, Althusser, Spivak, Gates, Jameson). Esta impresión transmitieron los estudios de Frank Lentricchia, After the New Criicism (1980), de Gerald Graff, Literature Against Itself (1979), de Jonathan Culler, In Pursuit of Signs (1981), intentando clarificar conceptualmente la situación y relacionar las opciones recientes con la historia crítica norteamericana, tanto las evocadas por los intelectuales radicales de los treinta como la recorrida por Trilling, los New Critics, Burke, Frye, Hirsch, o los críticos de Yale, transitoriamente colocados en el frente opuesto a las posturas ideológicas.

Se puede obtener esta misma impresión en la colección de ensayos agrupados por Sacvan Bercovitch y Myra Jehlen en Ideology and Classic American Literature (1986), decididamente la obra más puntual de los “americanistas” en responder a los reclamos de la crítica ideológica. Es significativa y oportuna la justificación teórica que Bercovitch añade a modo de conclusión y más expresivas y conciliadoras las tres extensísimas notas al pie de página que simultáneamente convocan a multitud de especialistas en “estudios norteamericanos” a aceptar la realidad crítica, revisar y limar posturas enfrentadas, replantear la versatilidad de la crítica marxista, reconocer el papel de la crítica británica y recoger bibliográficamente la cosecha más selecta de las publicaciones norteamericanas. Al trasluz de su The Rites of Assent: Transformations in the Symbolic Construction America (1993) la voz radical aparece matizada por una retórica pluralista que sortea las reacciones más viscerales y enfrentadas. El lector que saboree el excelente ensayo de Carolyn Porter, “Reification and American Literature”, o los de Donald Pease sobre Melville y de Jane Tompkins sobre el sentimentalismo en Uncle Tom’s Cabin podrá deducir que había perspectivas halagüeñas para conceptualizar con rigor algunos problemas ideológicos.

Advierte Myra Jehlen (1986: 3) en la introducción que los prejuicios sobre la ideología todavía subsisten y que la historia literaria, a la hora de examinar el contexto o fondo histórico como parte integral del lenguaje literario, solía desarrollarse en dos vertientes contrapuestas: o como colección de hechos dispares o como corriente general que comprendía y confirmaba las lecturas establecidas. Mas el advenimiento de la crítica ideológica a suelo norteamericano afectará profundamente a la idea misma de América, a sus pilares conceptuales básicos. No extraña, pues, que Jehlen recuerde que bastantes colaboradores han sentido la necesidad de trascenderla y permanecer en las márgenes de la “preocupación sociológica”, una matización sin duda eufemística para amparar las diferentes perspectivas recogidas en la colección. Tal vez la mención de William Charvat (The Origins of the American Critical Thought, 1961) y de Matthew Bruccoli (The Profession of Authorship in America, 1800-1870) resulten imprescindibles para documentar la transición del pensamiento americano socialmente comprometido con el procedente de las corrientes europeas.

El empeño por canalizar el pensamiento marxista dentro de los cauces ideológicos más congruentes con la historia norteamericana constituyó, no obstante, un reto intelectual significativo en estas circunstancias. Hemos aludido de pasada a la obra pionera de Fredric Jameson —profundamente transformada en su orientación utópica, en su proliferación de dialécticas o convertibilidad de la victoria en derrota y viceversa— y a la de Edward Said, abiertamente comprometida con los estudios culturales transnacionales. Mas debemos recordar que la construcción de una narrativa literaria nacional de índole deconstructiva y marxista fue objeto de estudio por parte de varios especialistas. Si la resistencia a la historia, o mejor dicho, a “historizar”, fue signo común de muchos estudios postestructuralistas, Gregory S. Jay propondría en America, The Scrivener: Deconstruction and the Subject of Literary History (1990) una consideración de la dialéctica hegeliana como instrumento de recomposición de la historia literaria norteamericana. La penetrante revisión de la herencia de Hegel que realiza Jay no sólo reclama una rigurosa consideración de su teleología original para devolver a los padres intelectuales de la historia literaria americana (Parrington, Brooks, Trilling) su razón dialéctica, sino también para desarticular esas falacias culturales que tan persistentemente reavivaron mitos e ideas dominantes en el transcurso de la historia de los Estados Unidos. El examen sistemático de las contradicciones que han articulado cada una de las fases de la historia literaria del país recrea meridianamente la impronta de la Fenomenología del espíritu de Hegel. No es el objetivo de Jay, sin embargo, detectar esta influencia, sino desentrañar la “realidad de América”, su mentalidad y articulación conceptual, la secuencia de opciones políticas, su incapacidad para confrontar el mensaje de Hegel. El planteamiento subversivo y dialéctico guía cada uno de los capítulos, explícitamente “deconstructivo” al recoger en las nociones de “sueño americano, tierra virgen, o Adán americano” rasgos del Sujeto totalizador de la Historia. La propuesta dialéctica final esboza con claridad una alternativa nada desdeñable:

American literary histories since the 1970 have taken a quite unHegelian turn. The speculative terms and narratives dominating works from Brooks and Parrington through Trilling are now subject to critique, either by poststructuralists who elaborate deconstructions of Hegelian thematics or by feminists, Afro-Americanists, and New Historicists who reject the totalizing cultural and political psychology of the previous models. It would take another essay entirely to analyze these developments in light of current rereadings of Hegel. Suffice it to say here, by way of prospect, that the current antinomy between the literary and the historical in much critical writing has its correspondence to the opposition of writing and being in Hegel. Poststructuralist readings of Hegel call us back to remember the work of representation in this text, and so to defer the transcendence or Aufhebung his dialectics recurrently posit... Much of the current return to history in American criticism has failed to attend to the relevance of this lesson, offering versions of the historical that are quite conventional in their assumptions of what the historical is or how and where it might take place. Trilling’s agon with Hegel should mark the death of the subject of literary history, in each sense of the phrase. (Jay 1990: 311-312)

La invitación a proseguir esta ruta dialéctica fue recogida por bastantes americanistas y estudiosos, como da a entender la publicación de Theorizing American Literature: Hegel, the Sign and History (1991), editado por Bainard Cowan y Joseph G. Kronick, en donde aparece de nuevo su ensayo, “Hegel and the Dialectics of American Literary Historiography”, y prende la mecha que encenderá debates críticos importantes. No podrá pasarse por alto el que dio lugar a Revisionary Interventions into the Americanist Canon (1994), editado por Donald C. Pease. La causa revisionista de esta colección extiende la vía dialéctica de Gregory S. Jay hasta zanjar en clave historicista las obsesiones más arraigadas de la historia literaria norteamericana. Presentada esta causa como correctivo explícito de la postura de Frederic Crews, la reacción de Donald Pease no pudo ser más categórica: no es posible negar, dice, que la imaginación literaria americana es de hecho un constructo ideológico resultante de la política de consenso del liberalismo anticomunista de la postguerra (Pease 1994: 4). La ocasión —propiciada por la recensión que Frederick Crews hiciera en las páginas del New York Review of Books (27 de octubre, 1988) de varios estudios relevantes para comprender la situación de la historia literaria— marcaría un hito en este itinerario históricoliterario. Más justamente debiéramos matizar que estas contribuciones, así como las consignadas en Theorizing American Literature (1994), Reconstructing American Literary History (1986), America, The Scrivener (1990), Theoretical Issues in Literary History (1991) y Ideology and Classic American Literature (1986) recondujeron la investigación en torno a la historia literaria por los horizontes más despejados del postestructuralismo, crítica ideológica y estudios culturales. Los estudios que recoge Donald E. Pease en New Americanist Revisionist Interventions Into the Canon (1997) componen un elenco imprescindible y selectivo de estos horizontes. Y debieran componerlo también de todo lector o profesor.

El efecto más palpable de la influencia de estas corrientes sobre la historia literaria norteamericana ha sido el intenso y profundo revisionismo del que ha sido objeto desde la década de los ochenta. Deben calificarse de espectaculares la exploración y estudio de su articulación histórica, de su mitología sustentante, de su dimensión política, su evolución genérica, su recomposición racial y de clase, o de su recontextualización cultural. Resulta inseparable la percepción actual de la historia literaria de estos procesos de análisis y revisión exhaustiva que han llevado a cabo numerosos especialistas, algunos colaboradores en los proyectos de las historias literarias monumentales ya mencionadas. Probablemente la idea de historia literaria nacional no es ya imaginable, no sólo porque se esté replanteando en términos planetarios, sino porque la especialización crítica ha fragmentado y multiplicado hasta límites insospechados sus dimensiones y fronteras de referencia. A primera vista, y conscientes de ese proceso, llama la atención la ausencia de estudios panorámicos y generales. Como constata Jonathan Arac (2009: 704-5), la cuestión de la historia literaria de Norteamérica es inseparable de esos estudios parciales y especializados que vertebran fragmento a fragmento el tejido plural y multiforme de la literatura norteamericana. Podríamos y deberíamos añadir la interminable producción de antologías críticas y literarias, documentos manuales y colecciones de ensayos.

Escenarios transnacionales:

primeros planos

El grado de especialización en la literatura norteamericana, la incontenible ramificación de sus planteamientos teóricos, y sobre todo la desbordante floración de literaturas nacionales, regionales, étnicas, nativas o postcoloniales, obligan a realizar un cambio de rumbo narrativo y crítico, a recorrer los múltiples circuitos de expansión —nacional, transatlántico, transcontinental, hemisférico, global, mundial— por los que se transmite, se lee, se reproduce o se comercializa, pues el factor económico es inseparable de la globalización literaria mundial. Y no puede olvidarse que el curso de esta historia literaria —o historias literarias propiamente hablando— lo marca la producción mundial, sus mecanismos de transmisión, traducción y lectura. En la confluencia de rutas de producción literaria, transmisión y lecturas críticas puede observarse cómo el espectáculo que ha protagonizado la historia literaria norteamericana durante las últimas décadas ha sido delirante. Si emprendemos la ruta del colonialismo, del neocolonialismo o del postcolonialismo nos encontraremos en regiones culturales trazadas por fronteras geopolíticas, procesos continuos de reivindicación, movimientos pendulares entre las políticas de resistencia y acomodación crítica. Presenta esa ruta un trazado hasta hace poco apenas recorrido, delineado por los estudios pioneros de Bill Ashcroft, Paul Gilroy, Stephen Greenblatt, Robert Young, Edward Said, y otros intelectuales reconocidos. Si nos dirigimos hacia zonas más cercanas y definidas por relaciones transatlánticas entre Inglaterra y los Estados Unidos comprobaremos cómo la historia literaria común y diferenciada ha protagonizado importantes “insurrecciones transatlánticas”, no sólo como tensos emparejamientos entre escritores (Pope/Mather; Hawthorne/Trollope; Dickens/Poe; Coleridge/Whitman), influencias o cánones políticos, sino como efecto inherente a una tensión histórica e intercultural, como dialéctica provisional para una hibridación reconocible. Los orígenes coloniales y puritanos podrán “americanizarse” con la rúbrica de unas intervenciones británicas más acusadas o verse desplazados por la presencia e influencia original de la literatura en castellano.

Obviamente si elegimos la ruta sureña amplia y contestataria que ha configurado la lengua y cultura hispanas —central para situarse en el planeta de la literatura mundial y captar las tensiones históricas y políticas que han rondado las Américas, América del Norte, América Central y el Caribe, y América del Sur— deberemos medir bien sus dimensiones hemisféricas, justificar por qué lleva tiempo hermanándose y rechazándose, comparando la acción política de Simón Bolivar con las iniciativas de Daniel Webster, acercando Sor Juana Inés de la Cruz a Anne Bradstreet, Whitman a Pablo Neruda o a José Martí, o por qué Cabeza de Vaca ha conseguido llegar a ser exponente originario de chicanismo y latinidad. En suma, la configuración actual de la historia literaria traspasa las barreras continentales, transatlánticas y hemisféricas de la geografía mundial componiendo un mapa global.

El efecto sísmico que Caroline Lavender advierte en el análisis de estos casos, efecto acentuado por la publicación de Reinventing the Americas: Comparative Studies of Literature of the United States and Spanish America (1986) de Bel Gale Chevigny y Gari Laguardia, se produce con cierta regularidad en casi todos los frentes de esta geografía globalizada. Pero la búsqueda de un sentido de identidad, los objetivos de la ruptura o insurrección de voces colonizadas frente al poder, las afinidades culturales e historias paralelas obligan a calibrar desde otra perspectiva ese seísmo y de hecho reclaman atención preferente con respecto a la expansión de la historia literaria norteamericana. La urgencia y el tono a veces provocador que despliegan las literaturas y corrientes críticas emergentes o subalternas no responden a fórmulas retóricas pasadas, sino a percepciones vivas de las fricciones que genera la globalización.1 Apreciación similar debiera emitirse sobre la expansión o redefinición de los “estudios americanos”, constantemente sometidos a reajustes críticos, políticos o culturales en virtud de la lógica elitista atribuida a sus orígenes y articulación nacional. Una percepción unilateral de las relaciones literarias y culturales que entraña esta globalización ahondaría precisamente ese abismo. Al fin y al cabo, se pregunta Caroline Lavender (2008: 451), de todo esto ¿qué es lo que realmente cuenta como específico de la historia literaria y por qué? La reinvención de América —un término flexible para investigadores que les encanta complicar o desestabilizar ideológicamente, añadiría Lavender— requiere una verdadera reconceptualización de lo literario.

Es comprensible que la complejidad de los cambios producidos por la globalización estimule la elaboración de novedosas cartografías diseñadas para representarla. La reinvención de América que reclaman muchas voces y su perfil literario universalista aparece en el mapa planetario con rasgos poco definidos. Desde hace años vienen proyectándose como posibles y legítimos espacios de la historia literaria unos horizontes críticos permeables, regiones literarias híbridas, fronteras multiculturales, territorios en conflicto, es decir, los contornos que la globalización va recomponiendo entre las literaturas nacionales, los medios institucionales locales y generales, la comunicación transcultural, los poderes hegemónicos, y de manera eficaz la tecnología o internet. No cabe duda de que este proyecto, como advertiría David Damrosch, puede fracasar si intenta ir tan lejos que sobrepase el propósito fundamental de la historia literaria. Pero tampoco puede ignorarse que la globalización entraña riesgos de fragmentación y al mismo tiempo de integración, que por un lado puede limitar los procesos de mestizaje e hibridación literaria, lingüística y cultural, y al mismo tiempo reafirmar y preservar tradiciones que están en procesos de extinción. Desde la óptica del mundo occidental, capitalizado por la influencia de la cultura literaria angloamericana como dominante, esta paradoja viene simplemente a significar que un sistema global y automatizado de producción literaria puede terminar por consolidar esa literatura como centro ideológico mundial, a la par que diversificar otras culturas. Es decir, que su efecto puede ser centrípeto y centrífugo a la vez, reintegrador y fragmentador, difícilmente asimilable a cartografías orgánicas o conciliadoras.

La aproximación de la historia literaria norteamericana a estos dominios planetarios constituye hoy por hoy una exploración crítica y metodológica bastante problemática. Si partimos, como parece lógico, de la literatura norteamericana colonial se abren múltiples interrogantes sobre todas aquellas historias que desde bases causales, genealógicas o genéticas reconstruyeron una historia literaria guiada por la idea de nación, uniformidad lingüística, cohesión política, absorción cultural o continuidad política, historias ajenas o carentes de una visión histórica más completa y justa con la realidad étnica y cultural precolonial y predocumentada. La proliferación de debates en torno a esta “omisión inexplicable”, o a su increíble laguna historiográfica, ha producido una reconstrucción espectacular en numerosos ámbitos de esta compleja articulación originaria de lo que entendemos hoy por historia literaria norteamericana. Desde el punto de vista metodológico ha propiciado la expansión de acercamientos interdisciplinares y comparativistas, hace tiempo ensayados en departamentos de español, de estudios latinos, afroamericanos y postcoloniales. Pero la urgencia y alcance radical de muchos estudios historiográficos y críticos por reparar esta herida histórica ha mantenido encendido el diálogo en un plano multicultural.

Recordemos, por ejemplo, cómo hace una década, Jorge Cañizares-Esguerra introducía su How to Write the History of the New World: History, Epistemologies, and Identities in the Eighteenh-Century Atlantic World (2001), aseverando tajantemente que la historia que tenía que contar —básicamente la historia americana de Hispanoamérica— lo que jamás había sido relatado, por lo que precisaba un correctivo historiográfico, una medida que pasaba necesariamente por contrastar el predominio de la perspectiva imperialista británica con la relegación y olvido de la latinoamericana. La rehabilitación del legado cultural e historiográfico español, latino y mexicano, no siempre tan agresiva como la que corea Esguerra, ha contribuido a cimentar la formación de la literatura norteamericana sobre coordenadas multiétnicas simultáneamente reclamadas por neohistoricistas, entusiastas y promotores de los estudios transnacionales o investigadores de la matriz interatlántica angloamericana. De hecho, como Sophia A. McClennen advirtió en 2005, los investigadores latinoamericanos hace mucho tiempo que reivindicaron esta rehabilitación dentro del mundo académico y, como revela Claire F. Fox (2006: 639-401), fue en los años treinta cuando el intercambio entre los profesores Herbert E. Bolton y Edmundo O’Gorman puso de manifiesto la necesidad de mirar más allá de las trece colonias y expandir el radio de la historia literaria colonial incluyendo las de habla hispana.

El alcance de esta expansión desde entonces ha sido enorme, como recogen las muestras bibliográficas. A raíz, por ejemplo, de los estudios de David Shields, Thomas Scanlan, Eric Wertheimer, Ralph Bauer, David Kazanjian, E. Shaskan Bumas, los frentes de interés transnacional han ido trazando mapas cada vez más amplios de estos períodos precoloniales y coloniales, haciendo realidad el proyecto que William Spengemann lanzara en 1978, en su ensayo “What is American Literature”: es decir redefinirla incluyendo todas esas literaturas y sus interacciones multilingüísticas y multiculturales. Aunque este autor retornara a los lares de la génesis dominante de la literatura colonial años más tarde (léase A Mirror for Americanists: Reflections on the Idea of American Literature, 1989), la expansión de horizontes hemisféricos (dígase latinoamericano, caribeño, postcolonial) mantiene un reto estimulante con los espacios demarcados por los circuitos anglonorteamericanos y eurocéntricos, reavivados por los estudios ya clásicos de Peter Hulme (Colonial Encounters, 1986), Jeffrey Knapp (An Empire Nowhere, 1992), Nancy Armstrong y Leonard Tennenhouse (The Imaginary Puritan, 1992) y su repercusión en las antologías de la literatura norteamericana.

No podría afirmarse lo mismo del antagonismo manifiesto que ha conducido la revisión de la literatura colonial frente a la tradición nativa americana, objeto de constante indagación historiográfica (Richard Drinnon, William Axtell, Gary Nash, Alden T. Vaughan, Francis Jennings) y de interpretaciones en ocasiones desconcertantes. Como declara Daniel K. Richter en Facing East from Indian Country: A Native History of Early America (2002), la reconstrucción de este período precolonial es esencialmente narrativo y especulativo. Como es sabido, resulta problemático hallar un territorio común entre estas dos culturas. Por otro lado escasean los objetos arqueológicos y la aproximación al otro debe hacerse en escenarios imaginarios, pues los archivos de la memoria resultan tan evanescentes como los contactos esporádicos o las primeras impresiones de un encuentro oral. La dependencia de los archivos británicos ha sido decisiva a ese respecto y desde ellos la lectura de los textos puritanos resulta parcial o sesgada. Es a través de experiencias interraciales e interculturales —predominantemente de orden espiritual, como reflejan las narrativas de conversión— como Richter accede a entrever cambios en la mentalidad de los nativos, percibir su valoración del intercambio cultural, de su identidad colectiva, de la lucha por defender principios de limpieza étnica o negociar su propia supervivencia. Mas la realidad política que les rodea, la mediación cultural británica y sobre todo la hegemonía americana acrisolada precisamente con su eliminación, trasladan los intereses de la historia literaria hacia mundos posibles, hacia el dominio de lo que podía haber sucedido, o si queremos, hacia una clase de descubrimientos inexpresables y tal vez irrecuperables.

La recomposición de la historia literaria norteamericana primigenia se presenta pues como un proyecto ciertamente complicado, expuesto a pruebas inevitables de reparación cultural, de recuperación y proyección de esquemas críticos e hipótesis libres de deudas historicistas. Si como pretende Paul Giles en The Global Remapping of American Literature (2010) la cartografía planetaria de esta literatura podría dibujar un diseño que reprodujera las contradicciones de su tradición decimonónica plasmadas en los centros tropológicos del modernismo americano, la reconstrucción de la literatura colonial y precolonial no ofrece tal posibilidad. La hibridación de lenguas y culturas que tejieron hispanos y nativos en el sur y suroeste, la fusión de tradiciones vernáculas entre los afroamericanos, los efectos de la literatura de inmigración, o la constante adaptación y domesticación de la frontera figuran ya como factores esenciales en la configuración de la historia literaria del período y, por ende, como imprescindibles para replantear la supuesta autoridad y exclusividad de la tradición británica y puritana. Es de esperar que esta tarea no quede tan sólo en lo que Cary Nelson describió como táctica para desestabilizar las diferencias entre cualidad y relevancia histórica, mero efecto de la pericia interpretativa interdisciplinar.

Muy conscientes de las limitaciones del vocabulario crítico existente para abordar esta tarea bastantes especialistas de este período literario han sugerido someter a un proceso de interrogación conceptual y metodológica ese vocabulario, mostrando a la vez la relevancia crítica del presente y la inabordable transformación histórica del pasado de la historia literaria. Cierto, tan inquietantes parecen ser los fantasmas del excepcionalismo y la supervivencia de la idea de nación para muchos estudiosos como su empeño crítico. Hay conceptos y claves explicativas —por ejemplo, colonialismo, archivo, catástrofe, nación, formalismo, relevancia— que, como sugieren los participantes en la mesa redonda “Crises, Chains, and Change: American Studies for the Twentieth Century”, celebrada en el Congreso de ASA en el 2010, ensanchan su círculo denotativo con horizontes connotativos sumamente adecuados para advertir las ramificaciones de la historia literaria colonial y precolonial. Concretamente la controvertida acepción del término “nación” como entidad monolítica y totalizadora, sugiere Bryce Traiser, resulta muy cuestionable si se tienen en consideración las culturas prenacionales o las posiciones religiosas de las diferentes opciones puritanas, especialmente las de los disidentes, o el contraste con la visión política de la colonización hispana, ligada al catolicismo del imperio español. La compleja relación entre nacionalismo y religión, precisa Traiser, vino a protagonizar una tensión entre posturas diferentes y a veces antagónicas que no encajan en lo que social y políticamente se entiende por nación. Y de hecho, añade, si la teología puritana y las actuaciones políticas del protestantismo del siglo XVII ponen algo de manifiesto es precisamente el carácter cambiante y emergente de una idea de nación que hoy podemos reclamar como “transnacional”.

De forma similar el término “colonialismo”, advierte Joanna Brooks, ha sedimentado una historia cultural y crítica muy dispar y plural. Su incardinación en los estudios americanos ha conocido numerosos cambios desde los años cincuenta, unas veces identificado con la ideología dominante de la lógica racial, otras impelido por el pensamiento marxista, el multiculturalismo o la crítica anticolonialista, o influido por la teoría postcolonial academicista, por lo que su conexión con la lucha de los países del tercer mundo, incluidos los indígenas, ha quedado diluida y exhibe hoy por hoy unos rasgos marcadamente teóricos. Su aplicación a la historia literaria colonial, comenta Brooks, suele desprenderse del artefacto histórico para enfatizar su poder formativo, su imbricación en los dominios de los conceptos de clase, nación, género o raza. Obviamente el uso de este término puede compatibilizar la simpatía con proyectos anticolonialistas con la defensa y afiliación ideológica para con los líderes (Du Bois, Fanon) del pensamiento postcolonial. Y no debe extrañarnos desvelar estas filiaciones si el término colonialismo comprende al mismo tiempo la experiencia e historia de los asentamientos en Nueva Inglaterra y la de los esclavos.

El rumbo que vienen marcando estas nuevas claves explicativas no se agota metodológicamente, ni han comprometido la rearticulación de la historicidad de este período, ni parece atenuar las contradicciones que plantean las fronteras transnacionales. A primera vista —léanse Unrequitted Conquests: Love and Empire in the Colonial Americas (1999) de Roland Green, Cultures of United States Imperialism (1993), editado por Amy Kaplan y Donald Pease, o Messy Beginnings: Postcoloniality and Early American Studies (2003) de Malini Johar Schueller y Edward Watts—, la búsqueda de nuevos vocabularios críticos agudiza la problemática relación que puede crear la historia literaria en el contexto planetario. Este contexto presenta unos escenarios complejos tanto en la vertiente de los estudios americanos como en las de los hemisferios africano, pacífico y latinoamericano, pues la vinculación de la literatura nacional y las emergentes compone ya un problema de globalización central para la redefinición de los estudios americanos.2 ¿Cómo no suponer que el antiamericanismo que ha propulsado bastantes estudios ideológicos subyace en los planteamientos transnacionales? O, ¿cómo no sospechar que al fin y al cabo, como dice Bryce Traister, el giro transnacional es el último caso del excepcionalismo crítico que protagonizan los americanistas, es decir el signo de la América misma? Bajo las máscaras de lo nuevo, de la promesa de ruptura y transformación, ¿no se esconde una repetición del imaginario político americano?

Los intensos debates en torno al presente y futuro de los estudios norteamericanos continúan alimentando expectativas y desencantos, ilusiones y frustraciones que crecen y se desarrollan entre pretensiones críticas cada vez más arriesgadas, y realidades culturales cambiantes y controvertidas, entre una teorización sobreabundante y unas prácticas pedagógicas comprometidas con ideologías concretas. Es incuestionable, pues, que tanto la historia de estos estudios como su recurrente autojustificación cultural y política prefiguran el mapa recognoscible e imaginable de la historia literaria norteamericana. Las hipótesis críticas que han emanado de su historia suscitan reacciones muy dispares entre muchos americanistas al confrontar un presente teñido ideológicamente de muchos colores. No parece que el horizonte transnacional aclare las posiciones ni las actitudes críticas de aquellos especialistas que afirmaron o cuestionaron las concepciones más asentadas de la literatura norteamericana ni de quienes en pro de una recontextualización nueva entienden la ideología como pasaporte internacional. Y, obviamente, por más que cueste advertir qué es lo que compone realmente la historia literaria y cómo se recompone no es aconsejable establecer ecuaciones transatlánticas ingeniosas entre las múltiples áreas y grupos culturales —estudios afroamericanos, teoría postcolonial, estudios de la mujer, estudios subalternos, queer studies, estudios de género—, pues ni la afinidad crítica ni su aureola ideológica discurren nítidamente por la vías de la analogía o del comparativismo.

Al examinar el alcance de este giro transnacional en la historia literaria norteamericana es lógico que los especialistas aborden los problemas cruciales de esta historia, su credo ideológico, sus metodologías dominantes y emergentes, su regeneración y transformación con un apasionamiento creciente, aparentemente desorbitado si se mira desde cierta distancia. Tal vez las medidas tácticas como las que sugiere Robyn Wiegman en “The Ends of New Americanism” sean imprescindibles si no se desea permanecer atrapado entre las exigencias de la reflexión crítica y la transformación política, o entre las diversas formas de la apropiación ideológica y la constante proyección cultural de América, o, si queremos, parafraseando a Wiegman, entre la negativa a identificarse ciegamente con América y rechazar críticamente ciertas mitologías fundantes o recrear afectivamente su genealogía histórica. Resulta extraño e incomprensiblemente contradictorio, sugiere John Michael (2011: 412), comprobar que la hermenéutica de la suspicacia haya calado tan profundamente en la mente de muchos americanistas, pues en un asunto tan delicado como éste el grado de afecto mostrado al objeto de estudio se ve violentado por la política crítica y cultural. Tal vez, confiesa Michael, en cuanto americanistas hemos mostrado cierta deficiencia afectiva hacia ese objeto de estudio, exponente de una estructura maniquea de nuestra profesión. Como partícipes y observadores de este problema frecuentemente nos crea cierto desconcierto la invocación espontánea de esa letanía de valores culturales norteamericanos en torno al patriotismo, capitalismo, libertad religiosa, valores de familia o filosofía política republicana que atemperan o nublan otros factores y hechos históricos más decisivos o significativos sobre la historia americana inculcada en las aulas. Además, comenta este crítico, los procesos de identificación cultural ofrecen vías de representación que no siempre constituyen una garantía de adhesión o comunicación propiamente dicha. Es lícito pensar que efectivamente la avidez por encontrar significado e identidad en el otro le reduzca a mero reflejo de nuestras alternativas y deseos. El apego a la identidad como base del conocimiento cultural o político, concluye este estudioso, puede conducir a falsificaciones (Michael 2011: 414).

Raras veces las cuestiones del corazón han llamado a las puertas de alternativas críticas que parecían construir una imaginario cultural americano paralelo al mundo de la experiencia cultural, social y política. Desde las páginas de lo que podríamos describir como intrahistoria de los estudios norteamericanos las cuestiones ideológicas han creado serias dificultades para ensamblar y entender estas posturas. Las premisas culturales y éticas que trazara Frederick Crews en 1988, postulando una rectificación política de las nuevas concepciones de los estudios americanos, han reverberado insistentemente en el horizonte contestatario y transgresor de los estudios más radicales, agrietando la división entre dos campos ideológicamente contrapuestos.

De proseguir esta historia con la mirada puesta en el giro transnacional y captar las implicaciones culturales y políticas que ha venido generando, el lector puede vislumbrar si la justificación social que Donald Pease reclamara en Revisionary Interventions into the Americanist Canon (1994) ha adquirido carta de identidad cultural y la geopolítica transnacional desarrolla una perspectiva externa viable al centro hegemónico y monolítico que representa la cultura americana. Debe además sospechar si esa exigencia transnacional no reproduce viejas y repetidísimas maniobras sobre la reedición del denostado “excepcionalismo” americano, o sobre si supone una ruptura o un punto original realmente radical y no mera reproducción de iniciativas críticas ya ensayadas, o como sugiere Winfried Fluck, si pretende ir más allá de las barreras que crea la relación “nación-estado” para quedar en un proyecto de rejuvenecimiento estético que preserva y de hecho refrenda desde varios contextos las pautas de identificación cultural ya existentes. Tal vez un espejismo, añadiríamos, carente de una fuerza dialéctica eficaz, de una dimensión utópica que, como precisa Bryce Traiser, prometa simplemente la emancipación como emblema inequívoco de la propia América, de su signo excepcional.

Cabe conjeturar, obviamente, muchas otras alternativas filosóficas, culturales o políticas que abran las compuertas de la historia literaria. Podrían radicalizarse políticamente los estudios americanos, todavía enraizados en los estudios culturales, alumbrar su entorno especular con la situación postcolonial, potenciar su discurso crítico con el activismo internacional, ensanchar su territorio geopolítico, aprovechar las reservas críticas de la contextualización histórica presente y remover las aguas de situaciones contingentes, epistemológicamente efectivas en momentos de crisis, como sugiere Robyn Wiegman (2011: 401). Pero no estamos aventurando nada que no hay sido ensayado. Los ríos de tinta que continúan esbozando una encrucijada crítica, metodológica y experimental de cara a la reconstrucción de la historia literaria en el marco transnacional tal vez desborden las fronteras imaginarias de su propia justificación, como lo refleja su abundante bibliografía. Y es muy probable que en los oídos de muchos estudiosos resuene con intensidad perturbadora aquella premonición de Paul de Man en Blindness and Insight (1983) que animó a extirpar las células más tangibles del cuerpo histórico de la literatura para juguetear con su ahistoricidad:

“We are now concerned at this point”, decía entonces, “with the question of whether the history of an entity as self-contradictory as literature is conceivable. In the present state of literary studies this possibility is far from being clearly established. It is generally admitted that a positivistic history of literature, treating as it were a collection of empirical data, can only be a history of what literature is not. At best it would be a preliminary classification opening the way for actual literary study, and at worst, an obstacle in the way of literary understanding. On the other hand, the intrinsic interpretation of literature claims to be anti- or ahistorical, but often presupposes a notion of history which the critic is not himself aware”. (De Man 1983: 162-63)

No es, sin embargo, un delirio cultural y político lo que la historia literaria transnacional parece alumbrar. En cuanto desafío metodológico el horizonte transnacional cuestiona numerosas estructuras de mediación literaria y cultural que sólo adquieren sentido reconstructivo en sus fronteras e intersecciones compartidas. La fiebre metodológica que contagió, por ejemplo, la búsqueda de un método para los estudios americanos en los setenta y ochenta (¿Cómo no recordar los intentos de Jay Mechling en “If they Can Build a Square Tomato”, el impecable calendario de Gene Wise o la densa contextualización filosófica de Günter H. Lenz recogida en Prospects: The Annual of American Studies, 1982) fue un precedente que acabaría reintegrando perspectivas dispares en moldes plurales, acumulando paradigmas explicativos y lógicos hasta desembocar en un multiculturalismo incontenible, auscultando la sociología, la antropología y el estructuralismo en clave interdisciplinar. Atinadamente presiente Günter H. Lenz que los paradigmas acuñados en Thomas Khun pueden conducir a un eclecticismo salvaje, que la utilización de sistemas procedentes de los estudios sociales e históricos aniquilarían los estudios americanos si llevan la relación entre teoría y práctica hasta sus últimas consecuencias. Del mismo modo la trayectoria historiográfica tan refundida en los paradigmas conocidos de los estudios americanos —progresista (Beard, Parrington, Turner), antiprogresista (Perry Miller, Hofstadter), clave míticosimbólica (Feidelson, Lewis, Chase), nueva izquierda (Leo Marx)— sobrevoló ingenuamente sobre los cambios históricos sin dar cuenta de los movimientos dialécticos y su eficacia reconstructiva. Ni que decir tiene que este precedente y sobre todo las tensiones ideológicas que se han derivado de él asoman tímidamente en los proyectos transculturales realizados a partir de la traducción y de la literatura comparada.

No necesita esta insinuación justificación alguna. Las fronteras transnacionales se han abierto a metodologías específicamente acomodadas a las de la literatura comparada y potenciado el papel de la traducción. Mas no es la validación de estas dos metodologías lo que ha de ofrecerse como itinerario trazado, sino la posibilidad de transformar la comparación cultural en objeto de análisis en cuanto tal. Como sugiere Micol Seigel, la comparación funde retóricamente los cuerpos comparados, arranca a los individuos de sus lugares originales y los sitúa en campos foráneos, obliga a los investigadores a absorber lenguas e historias extranjeras y ellos mismos solicitan unirse en un cruce de miradas transnacionales (Seigel 2005: 67). La transformación de la comparación en proceso analítico y epistemológico confiere a la historia literaria una dimensión transhistórica que no complacerá a aquellas parcelas de la cultura literaria internacional rastreadas por rutas postcoloniales o ideológicamente marcadas. No cabe en este sentido repetir más escenas de neocolonización dentro de este ámbito transnacional cuando sus efectos han empezado a sentirse en escenarios políticos y culturales emergentes. Más aún, tanto las metodologías críticas como los objetivos del transnacionalismo apenas han despegado del ámbito postcolonial y de sus discursos y prácticas culturales.

Pero es de reconsiderar el impulso revisionista que desde la literatura comparada intenta esbozar una historia literaria transnacional, tal vez inconsciente de lo que esto pueda suponer y de los riesgos ideológicos. Todavía no se parte de premisas claras sobre lo que deba ser una literatura universal, o sobre si la traducción debe perseguir esa misma aspiración en paralelo a su sueño de crear un lenguaje universal. Muchos estudios actuales parten de pautas comparativistas que dan por sentado que esa literatura universal se compone de una suma de literaturas nacionales, que los problemas de influencia literaria refrendan relaciones de dependencia o reciprocidad cultural y que la denominada intertextualidad puede expandirse ad infinitum. Nada más improcedente. La literatura mundial, como apunta David Damrosch, debe entenderse como todas aquellas obras que circulan más allá de sus orígenes culturales, ya sea en proceso de traducción o en su lengua original, es decir, no como una lista canónica e indefinida de obras sino como modo de lectura y de transmisión. Perfilada así la literatura universal, tanto la traducción como la literatura comparada comparten una actividad transactiva sumamente importante para canalizar las experiencias culturales a diferentes escalas. De hecho, si ampliáramos la reflexión de David Damrosch, llegaríamos a aceptar un mismo vocabulario transnacional para la literatura y la traducción, especialmente relativo a las modalidades de traducción interlingüística y cultural, procesos de metaforización, hibridación y regeneración de formas retóricas. El desarrollo creciente de una concepción cultural de la traducción ha insinuado esta dirección.3

Sin embargo, la aproximación a la historia literaria a partir de este presupuesto no puede evitar que la fascinación por los procesos de transformación y transacción transnacionales produzca cierto espejismo crítico. ¿No están apareciendo matrimonios de conveniencia entre nacionalismo y transnacionalismo, multilingüismo y monolingüismo, localismo y universalismo, centro y periferia? La libertad que confiere una metodología de esta índole ha proseguido derroteros imprevistos inicialmente. David Roberts y Brian Nelson afirman en “Literature and Globalisation: Some Thoughts on Translation and Transnational” que la condición fundante de lo nacional es lo transnacional, no un cuerpo de textos originales concebidos y relacionados orgánicamente, y que por ello la perspectiva de una literatura universal cambia radicalmente todo y nada, no sólo porque no pretende identificarse con un canon de textos, sino por postular una nueva forma de leer. En este supuesto, concluyen estos dos críticos, toda lectura y escritura son procesos comparativos, como lo son todas las culturas y civilizaciones (2011: 59).

Que la incursión por los itinerarios de una historia literaria trasnacional deba recalar en las márgenes de una fenomenología de la lectura (David Damrosch acude a los conceptos de horizontes en Gadamer y Schleiermacher) no supone riesgo alguno para las expectativas de los americanistas más apegados a las bases ideológicas de la literatura norteamericana. Como he matizado con anterioridad, las metodologías pueden asomarse a esas zonas de hibridación cultural que devuelvan al lector las imágenes de una alteridad desfigurada por el artificio especular. La revisión de la historia literaria actual ofrece un espectáculo transnacional muy atractivo, vistas panorámicas hemisféricas, transatlánticas o simplemente regionales y locales, pero volviendo a las precauciones que Stephen Houlgate adopta en “Vision, Reflection and Openness: The Hegemony of Vision from a Hegelian Point of View” (1984) insinuamos tan sólo que las consecuencias de modelar una teoría del conocimiento a partir de lo que ocurre en el acto de la percepción visual, de perseguir la fijación visual directa, frontal del objeto observado en vez de deleitarse en los matices de perspectivas cambiantes, sombras, incertidumbres o ambigüedades pueden resultar fatales. La acepción hegeliana de intuición visual tal vez permita ver los objetos planetarios o locales de forma que compongan unas relaciones entre ellos como presencia espacial continua, objetiva o subjetiva, pero abierta a la pupila de nuestra conciencia visual.

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1 Han transcurrido ya varias décadas de exploración y actualización de estas corrientes y áreas literarias. Su vitalidad actual se debe en parte a los estudios de Peter Hulme (Colonial Encounters: Europe and the Native Caribbean, 1492-1797, 1986), de Jeffrey Knapp (An Empire Nowhere: England, America, and Líterature from “Utopia” to “The Tempest”, 1992), o de Stephen Greenblatt (Marvelous Possessions: The Wonder of the New World, 1991), o a la investigación de Nancy Armstrong y Leonard Tennenhouse sobre las narrativas de esclavitud. Tanto desde el lado británico como desde el americano la recuperación de estas vertientes siguió un método decididamente neohistoricista y su impacto fue registrado de forma entusiasta en círculos académicos, como podríamos observar en las antologías Unchained Voices: An Anthology of Black Authors in the English-Speaking World of the Eighteenth Century, 1996, editada por Vincent Carretta, y en The English Literatures of America, 1500-1900 de Myra Jelhen y Michael Warner. Merecería señalarse que las historias literarias de las épocas precolonial y colonial fueron objeto de elección preferente dentro del nuevo marco transnacional, hasta el punto de recibir apoyo entusiasta de asociaciones, revistas, centros de investigación y sociedades académicas, entre las que figuraron The Society of Early Americanists, Early American Literature, The William and Mary Quarterly, The American Antiquarian Society, The McNeil Center for Early American Studies, The Omohundro Institute of Early American History and Culture, y la MLA Division on American Literature to 1800. En cuestión de pocos años, el mapa literario y cultural fue adquiriendo un contorno realmente novedoso, surcado por rutas históricas y culturales renacidas. El proceso de recomposición fue espectacular y mercería la pena no olvidar aquellos trabajos de especialistas y académicos que como Philip J. Deloria (Playing Indian, New Haven: Yale UP, 1998) o Sandra M. Gustafson y Gordon M. Sayre (The Indian Chief as Tragic Hero: Native Resistance and the Literatures of America, from Moctezuma to Tecumseh, Chapel Hill: U of North Carolina P, 2005) recuperaron una historia preliminar pero imprescindible de la tradición literaria nativa, precisamente cuando en Latinoamérica la cultura inca recibía también una atención crítica destacable. La parcela hispanoamericana cosechó ediciones importantes de cuño postcolonial en las obras de Bel Gale Chevigny y Gary Laguardia (Reinventing the Americas: Comparative Studies of Literature of the United States and Spanish America, 1986), de Earl E. Fitz, (Rediscovering the New World: Inter-American Literature in a Comparative Context, 2001), de José David Saldívar (The Dialectics of Our America: Genealogy, Cultural Critique, and Literary History, 1991), de Hortense J. Spillers, (Comparative American Identities: Race, Sex, and Nationality in the Modern Text, 1991), y en la de M.J. Valdés, (Inter-American Literary Relations, recogida en Proceedings of the Xth Congress of the International Comparative Literature Association, en 1985). La bibliografía más reciente ha incrementado sus listas exponencialmente de la pluma de numerosos especialistas.

2 Aun a riesgo de acumular información bibliográfica recomendamos una selección muy breve sobre esta expansión y globalización de los estudios americanos en el contexto planetario. Puede, sin embargo, acudir el lector a las referencias bibliográficas de este trabajo y en especial a los ensayos de Robyn Wiegman, Paul Giles y R.J. Ellis, Donald Pease, Caroline Levander o Sacvan Bercovitch. Destacamos, sin embargo, Paul Giles (The Global Remapping of American Literature, 2010), Gretchen Murphy (Hemispheric Imaginings: The Monroe Doctrine and Narratives of U.S.Empire, 2005), Gustavo Pérez-Firmat (Do the Americas Have a Common Literature?, 1990), John Carlos Rowe (PostNationalist American Studies, 2000), Anna Brickhouse (Transamerican Literary Relations and the Nineteenth-Century Public Sphere, 2004), C. Richard King (Postcolonial America, 2000), Jack P. Green (The Intellectuall Constructions of America: Exceptionalism and Identity from 1493 to 1800, 1993), Amy Kaplan y Donald Pease (Cultures of United States Imperialism, 1993) y Vina Dharwadker (Cosmopolitcan Geographies: New Locations in Literature and Culture, 2001).

3 Véase a este respecto el ensayo de David Roberts y Brian Nelson que ofrecemos en las referencias. Asimismo recomendamos consultar Constructing Cultures: Essays on Literary Translation (1998) de Susan Bassnett y André Lefevere, y Translation Zone: A New Comparative Literature (2006) de Emily Apter.

II

ESTRATEGIAS DE PERIODIZACIÓN LITERARIA

Sentido y sinsentido de la periodización literaria

Varias décadas de concentración en los problemas del texto han hecho olvidar a algunos lectores el sentido preciso de esta actividad dentro del campo de la historia literaria. La práctica obsesiva de la lectura crítica, se nos advirtió, dejó en nuestras aulas y en nuestras investigaciones algo más que signos pronominales de una identidad disuelta o desaparecida, por lo que será necesario acudir a la historia literaria con cierta urgencia y recuperarla con el empeño de rehacer las relaciones vivas que la caracterizaron. Y no es que la hayamos perdido de vista totalmente, pues a la primacía del texto siguió la relevancia del contexto y luego la multiplicación de éstos. Incluso si hemos caminado de la mano de Foucault y aceptado que el hombre podría ser simplemente una estructura semiótica y que de esta forma nos liberaríamos de la tiranía de la ideología humanista nuestro deseo de desprender la historia literaria del “giro lingüístico” y “postestructuralista” se ha venido imponiendo de forma cada vez más imperativa. Tal vez haya sido una maniobra propia de las primeras andanadas del neohistoricismo, tan propenso a envolver el texto en el contexto o a equiparar lo político con las circunstancias reales del momento histórico del autor.

Los efectos del giro lingüístico han presidido durante bastante tiempo la investigación y la práctica docente, relegando a segundo plano a la historia. A decir de Jeremy Hawthorn en Unlocking the Text (1987), se suponía que la función de la lectura crítica consistía en desentrañar el objeto textual, desmontar una construcción verbal estructuralmente articulada. La seducción de tantas estrategias textuales (léase Textual Strategies, 1979, compiladas por Josue V. Harari, o Untying the Text, 1980, de Robert Young) ha producido durante bastantes años un hartazgo de lecturas y prácticas interpretativas desvinculadas de lazos o nexos históricos. Descifrar, o descomponer y recomponer el texto, consistía en primer lugar en ver cómo el contexto literario absorbía el “contexto socio-histórico”, cómo el objeto textual se cerraba sobre sí mismo protegiendo su mundo interno del referente externo o verosímil y cómo llegada la intromisión del lector (la entrada del lector no por bienvenida constituiría una invasión) mantenía su estructura estable y lingüísticamente significativa. La pertinente declaración de Mikhail Bakhtin, citada por Jeremy Hawthorn, merece ser reproducida con la mirada puesta en los itinerarios seguidos por la historia literaria norteamericana de las últimas décadas:

However forcefully the real and the represented world resist fusion, however immutable the presence of that categorical boundary line between them, they are nevertheless indissolubly tied up with each other and find themselves in continual mutual interaction; uninterrupted exchange goes on between them, similar to the uninterrupted exchange of matter between living organisms and the environment that surrounds them. As long as the organism lives, it resists a fusion with the environment, but if it is torra out of its environment, it dies. (Hawthorn 1987: 9-10)

Efectivamente la concepción dialéctica de la literatura que Bakhtin formuló supuso un alivio para muchos lectores, entrenados en el formalismo o adictos al estructuralismo. Recordemos cómo R.S. Crane ya en los años treinta, en “History versus Criticism in the Study of Literature”, había confinado la función de la crítica literaria al análisis y evaluación de las obras literarias en cuanto obras de arte, relegando la historia a mera comparsa contextual y filológica. Resaltar específicamente esta relación simbiótica entre texto literario y mundo, verdadero enclave de la conciencia histórica, equivalía a reconocerlas fuentes de una relación fecunda entre historia y experiencia literaria. Las cautelas metodológicas que adoptaron tanto el formalismo como el estructuralismo para aislar la estructura textual de la contaminación de factores externos resultaron insuficientes para detener la marcha de las versiones de la historia que preconizaron la deconstrucción, el marxismo y el neohistoricismo. Marcó esta reacción el preámbulo de la política historicista actual, meticulosa con los procesos de configuración o desfiguración (deconstrucción) que el texto produce con respecto al orden referencial y las posturas ideológicas que genera. Una propuesta marxista como la que adelantaría John Frow en Marxism and Literary History (1986) dejaba entrever la ruta historicista que el paradigma modernista despejaba para la historia literaria, desplazando el significado textual hacia las condiciones históricas de producción.

Cuando apareció la revista New Literary History, en 1969, muchos lectores atravesaban esta encrucijada metodológica y probablemente sintonizarían con la política aperturista que Ralph Cohen expresó en su presentación, sin pretensiones ideológicas o modas críticas expresas (Cohen 1969: 4-5). La insinuación de no agrietar la dicotomía entre literatura e historia, así como poner la investigación sobre la historia literaria al alcance de la enseñanza universitaria y validarla experimentalmente resultaría premonitoria. Los primeros números de New Literary History introdujeron las pautas clásicas sobre la recuperación del pasado aplicadas a la metodología de los estudios literarios (D.W. Robertson), a los estudios americanos (Leo Marx), a los problemas de categorización de períodos literarios (Rachel Tricket, Henry A. May, F.J. Warnke) o a la relación entre historia y ficción (Louis O. Mink, George Garret, Cushing Strout), pautas críticas que delataban una revisión equilibrada entre literatura e historia. Esta orientación quedó meridianamente plasmada en algunas contribuciones que han sido hitos importantes dentro la historia crítica actual, así como los apéndices informativos sobre la situación de la historia literaria en varias universidades.

Uno de los elementos que articulan la historia literaria y que contribuye a despejar, o tal vez a confundir, la relación literatura-historia es el de la periodización, problema al que la revista dedicó su segundo número. Desde 1969 hasta hoy lo que entendemos por “período” no ha cesado de suscitar todo tipo de suspicacias y dudas sobre su utilidad, su función crítica y pedagógica, o su razón de ser. Desconcierta que resulte tan polémico, tan inabordable descriptivamente o tan escurridizo conceptualmente. Si se pudiera simplemente etiquetar la experiencia literaria sin incurrir en irresponsabilidad alguna valdría con aceptar su papel de imprescindible. Pero resulta difícil imaginar una categoría de la historia literaria tan manida, reutilizada y requerida como ésta, por más que nos sintamos incómodos con ella, reconozcamos su arbitrariedad crítica y su transitoriedad. No podemos, afirma Marshall Brown (2001: 312), permanecer estáticamente en ella ni descansar sin ella. O como insiste Eric Hayot, el “período” ejerce un dominio casi absoluto a todos los niveles de la profesión literaria, no sólo de la organización o distribución de los tiempos o modos de la literatura, sino como base incuestionable e irreconocible de la posibilidad de la investigación literaria. Todo el sistema de educación literaria, añade, reifica de hecho el período como concepto histórico fundamental (Hayot 2011: 741).

El reto que plantea esta perspectiva institucional de la periodización implica, por un lado, tener en cuenta el escenario educativo, y, por otro, reexaminar la interrelación de elementos psicológicos, filosóficos, históricos y políticos que entran en juego en la elaboración, transformación, aplicación o extinción de estos conceptos o esquemas descriptivos. Desde la experiencia de la lectura hasta la formalización metodológica y crítica de un sistema, nombre, o denominación — época, edad, década, fase—, el período ha sido objeto de múltiples configuraciones, concebibles a partir de horizontes y nexos muy diversos. La constelación de causas, efectos, inferencias, relaciones e implicaciones que establecerían las secuencias temporales, el impacto de hechos históricos, o los procesos mentales y perceptivos del lector en la configuración de un período constituiría todo un reto epistemológico y crítico, un proyecto utópico, demarcado por los límites de la historia, la fertilidad del lenguaje, la sobreabundancia de claves explicativas y narrativas, o la omnipotencia de la imaginación. Detrás de cada etiqueta subyace una genealogía secreta invisible, perceptible de forma retrospectiva y prospectiva.

Ante estos dilemas no caben definiciones que coloquen el concepto de período ni dentro del idealismo formalista ni del nominalismo. Como sugiere Frances Ferguson (2008: 661), para el caso de la propia historia literaria es necesario partir del testimonio de la experiencia, dadas las dificultades de ir desde la experiencia sensorial a la descripción del objeto que la provoca. O si nos hacemos eco de la opinión de Ortega y Gasset sobre cómo definirnos: lo lógico, sugirió él, es contar nuestra biografía, narrar las secuencias de la vida captando los giros temporales, los cambios psicológicos, sociales o existenciales. Ocurre precisamente que la idea de período como totalidad temporalmente unificada o compacta no es concebible sin otras modalidades implicadas en esa totalidad que salen a la luz inesperadamente, por lo que puede reconocerse cómo la periodización contiene la semilla de su propia negación. Bastantes estudiosos y profesores de literatura estarían dispuestos a compartir esta impresión, aceptando el carácter ficticio y narrativo de estos esquemas.

Subrayo deliberadamente las palabras ficticio y narrativo, por cuanto cualquier modalidad de período representa un mapa imaginario de lo que supuestamente pretende contener, adjetivar, describir o proyectar. Y cualquier período necesita relatar ese intento como recurso heurístico y pauta metodológica, especialmente si, como sugiere Susan Stanford Friedman, cualquier excursión por los dominios de lo moderno, la modernidad o el modernismo encuentra escollos insalvables dentro de esa narrativa sublime y monumental que ha construido la postmodernidad, una inconfundible torre de Babel (Friedman 2001: 493-495). A la luz de las desviaciones a las que puede conducirnos una excursión de esta naturaleza habrá quienes prefieran como alternativa la función que Fredric Jameson atribuye al período, o lo que pueda representar, no un estilo omnipresente y uniforme que compartimos como forma de actuar o pensar sino más bien una situación objetiva compartida ante la que reaccionamos de formas muy diversas y creativas, proporcionando esas respuestas una narración.

En uno de los ensayos dedicados en el número uno de New Literary History a la cuestión de la periodización D.W. Robertson Jr. recomendaba en “Some Observations on Method in Literary Studies” la vuelta a cursos sobre períodos literarios como táctica pedagógica para recuperar el sentido de la historia literaria. Aconsejaba Robertson:

Diachronic studies of relatively brief periods in detail can be extremely helpful, since they reveal the gradual changes in attitude that culminate in more profound changes in style. However, such studies should not assume any kind of progress except that in time. As social institutions change there are concomitant changes in thought, language, and ideals, as well as changes in style. But these changes are better regarded as adaptations within a system than as illustration of linear progress. Ideas and forms of expression appropiate to a later generation are not necessarily appropriate to an earlier generation, so that there are little grounds for thinking of them as improvements.

(Robertson 1969: 24)

Subrayamos aquellas expresiones que reajustan el uso didáctico del término período a una concepción “gradualista” de la historia, en la que la temporalidad anuda lenguaje y proceso social formando un sistema abierto a posibles adaptaciones. El sello estructural que imprime el lenguaje permite a Robertson establecer ciertos matices entre diversas clases de períodos. Los períodos cortos, léase década o generación, por ejemplo, encierran en su marco temporal síntomas de cambios literarios profundos, cambios que no suponen ruptura alguna, sino adaptación dentro de un sistema cultural que puede ser presentado linealmente. Obviamente esos períodos no permiten advertir leyes evolutivas más amplias o decisivas dentro de sus confines temporales. Otros más extensos, como por ejemplo un siglo, sí pueden ilustrar, a decir de Robertson, contrastes dramáticos entre dos estilos literarios distintos, o mostrar adecuadamente, sobre todo si se hace uso de material histórico o sociopolítico relevante, las claves que definen o integran ese período histórica y estéticamente hablando.

Ni que decir tiene que cualquier justificación de la periodización literaria presupone una concepción de la historia y una percepción de los problemas historiográficos que caracterizan la evolución de la historia literaria. La dimensión de esquemas temporales, estructuras literarias y leyes históricas que esboza Robertson expresa una concepción formalista de la literatura que también justifica un objetivo pedagógico evidente: ver si los períodos cortos son más eficaces que los largos a la hora de entender o reinterpretar los cambios o enfoques de la historia literaria. En este caso la producción artística es concomitante, paralela o dependiente de la evolución de la sociedad y de la historia, trazando así unas vías de representación que aspiran a sintonizar evolutiva y moralmente. Encontraría esta propuesta una contrapartida ciertamente pragmática en las observaciones que el prestigioso crítico Jacques Barzun haría en Clio and the Doctors: Psycho-History and History (1964): “Any comparative treatment of periods, events, or ideas must be warranted by the preponderance of concrete similarities and must not merely play with abstractions or imagery” (150).

Probablemente existan numerosas razones para desestimar una periodización metódica de la historia literaria, especialmente si se parte de la fluidez y continuidad de los procesos histórico-literarios, tradiciones genéricas, influencias aparentemente imperceptibles o relectura crítica de alguna obra. Pero es innegable que no es concebible la periodización sin una razón nítidamente pedagógica, sin el crisol institucional que configuran la lectura de los textos, su recepción, circulación y reproducción. En este sentido y contexto la periodización, sugiere Russell Berman, marca fronteras definidas dentro de los procesos de canonización, poniendo a salvo a través de los períodos los procesos de recepción. “Canonicity”, dice Berman, “corrects the present by constantly recollecting the past in order to envision a future; periodization asserts the hegemony of any given present and therefore ends to value conformity” (2001: 327).

Es fundamental conocer o advertir el papel de la temporalidad en la articulación de la historia literaria si se pretende recuperarla desde el aula. Frecuentemente nos situamos en el escenario académico dispuestos a recomponer cronológicamente algún período literario para suscitar asociaciones históricas, evocaciones en torno a la obra o su autor, precisiones críticas puntuales, afinidades temáticas o contrastes de estilo que contribuyan a crear un núcleo mínimo de historiografía literaria. Y lamentablemente nos encontramos con el desconocimiento más absoluto de la historia por parte de alumnos que utilizan el término intertextualidad con toda naturalidad o mimetismo verbal. No es posible en esas circunstancias proceder al asalto del texto desvirtuando cualquier marco explicativo de periodización ni establecer comparación alguna entre textos, salvo reetiquetar uno en función del otro como gesto de displicencia pedagógica. Dentro de una situación tan anómala como común debe el profesor interrogarse, como lo hace Russell Berman (2001: 320), por la relación entre la obra literaria y su período, por la significación que confiere la atribución de rasgos de un período al entendimiento de la obra.

Ésta es indudablemente la tarea pedagógica por excelencia: reexaminar la relación entre obra y período como proceso de reciprocidad crítica, nexo heurístico y clave cultural. Como hemos sugerido, los nombres, denominaciones y categorías descriptivas del período pueden resultar obsoletos o servir de pretexto ficticio que de lugar a nuevos pretextos, pero por convencional o acomodaticio que resulte no deja de ser un signo de valoración crítica, tal vez relevante en algún momento de su historia lexicografía o índice de transformaciones insospechadas en la historia literaria. Por banal que parezca la investigación lexicológica de estos términos — ¿cabría desentrañar la historia de “The Spirit of the Age” sin rozar las fronteras “epistémicas de Foucault? o descentrar “The Era of Pound” del contexto que crea Hugh Kenner?— desvelaría historias de la interpretación que hoy reducimos a funciones metanarrativas al hablar de períodos.

Incursión por las márgenes de la historia literaria inglesa

La percepción más frecuente de la periodización aparece ligada a esquemas y perspectivas temporales, trátese de perspectivas amplias, medias o cortas, que articulan ese espacio. Las perspectivas temporales amplias han trazado de forma cronológica o consecutiva los modelos de periodización de las literaturas clásicas y medievales, modelos muy influyentes en la historia literaria inglesa del Renacimiento y de la Restauración. De hecho la clasificación por edades —Media, Renacimiento, Neoclasicismo, Romanticismo—, se mantuvo hasta el siglo XX en la mayoría de las historias literarias (E.K. Chambers, 1945; Walter J. Bate, 1946; H.J.C. Grieson, 1969; B. Dobrée, 1959), hasta que el modernismo vino a replantear esos esquemas. Pero una temporalidad expandida y articulada históricamente permitiría entablar un debate dialéctico en torno a la valoración contrastada de cada una de esas edades, como lo haría P.B. Shelley frente a Robert Southey en The Defense of Poetry. Con posterioridad y en consonancia con la política cultural de los cincuenta y la ortodoxia avalada por el grupo de Cambridge (F.R. Leavis) — búsqueda de la gran tradición literaria, de una herencia cultural selecta— aparecerán Chaucer, Shakespeare, Milton, Dryden, Johnson o Pope incrustados en esos períodos como encarnación viva de esos ideales. “The Age of” vino a entronizar una constelación de figuras y de interpretaciones.

Una revisión como la que ha experimentado la historia literaria inglesa pone a prueba la validez y perduración de las formas genéricas como elementos que dan coherencia a un período en razón de su homogeneidad estilística o eficacia retórica. Ha sido tan frecuente la equiparación de unidades temporales cortas a rupturas históricas que instintivamente nos olvidamos de otras modalidades genéricas comprendidas en ese proceso. La lista que presenta Harry Levin, por ejemplo, para los años 1922-1925 es impresionante y se presta a recomposiciones interpretativas originales de talante cultural y temático, completándola con otras como las que aporta Frederick J. Hoffman en The Twenties (1949). Una lectura de las tablas cronológicas de la literatura inglesa depara asimismo experiencias de carácter asociativo imprevisible, experiencias que pueden dar sentido a los períodos más significativos: dos últimas décadas del siglo XIV (Chaucer, Gower, Piers Plowman), dos últimas décadas del XVI (Shakespeare, Kyd, Marlowe; Greene, Nashe, Spenser, Jonson), los años setenta y ochenta del XVII (Bunyan, Milton, Dryden, Shadwell, Wycherley), últimas décadas del XVIII y comienzos del XIX (poetas románticos). Aunque los períodos cubren un tramado de producción literaria más amplio no cabe duda de que estas décadas concentran una parte importante de la producción literaria de los autores mencionados

Algunas formas literarias dan unidad y cohesión formal a toda una época, ya sea ramificando sus modalidades, reforzando su aplicación, o fertilizando nuevas formas que permiten ver su evolución temporal. Aunque la vida y muerte de los géneros literarios no exhibe una evolución regular y su genealogía resulte difícil de detectar históricamente, no cabe duda de que contribuyen decisivamente a formalizar un período literario. Sabemos que algunos géneros no se han desarrollado en vano durante ciertos siglos y que a éstos podemos y debemos acercarnos a través de la experimentación genérica, de su transformación y de su carácter poligenérico. Tal es el caso del Renacimiento inglés y de la Edad Media, períodos en los que la búsqueda y articulación de diferentes códigos lingüísticos y convenciones literarias fueron extraordinarias. Como William J. Kennedy afirmó en Rhetorical Norms in Renaissance Literature,

Here it is decisive to recognize the intercomplementarity of historical and rhetorical norms. No norm has meaning in vacuo. It acquires meaning only by relating to other norms and participating with them in still larger structures. In a particular text the rhetorical norms of voice and address interact and help to define the text’s style. That style, in turn, may or may not complement the styles of other texts informed by similar rhetorical norms. If it does, then these norms may interact on a higher level where they come to define a particular modality referring to the theme, content, and author’s attitude. Certain modal norms can in turn complement formal laws in whole groups of works where they come to define a particular genre. Each of these larger systems, then, achieves its own integration during a given historical period through a complementarity of norms governing voice and address in such a way that similar rhetorical devices characterize all the texts belonging to a particular system. (Kennedy 1978: 466)

La esclarecedora descripción de la formalización retórica que expone Kennedy encontraría en la lírica isabelina, el drama jacobino o la sátira de la Restauración ejemplos inconfundibles. No es, sin embargo, esta formalización un proceso de periodización fácil de enmarcar temporalmente, por más que conozcamos los tratados sobre preceptiva literaria de George Puttenham, Philip Sidney o Joseph Justus Scaliger, la aplicación de las tradiciones clásicas (alejandrina, horaciana, ciceroniana), o nos atengamos a operaciones taxonómicas de los géneros literarios. Precisamente ni las formas literarias denominadas “históricas” e identificadas en la teoría clásica y renacentista por sus elementos formales, topoi, convenciones y temas escapan a un proceso de contaminación e hibridación genéricas ligado a factores sociopolíticos y culturales concretos. Tal vez sea necesario replantear la forma en que los géneros dan sentido a la experiencia humana y reflejan sistemas epistemológicos, antes que recurrir a una codificación de reglas compositivas, como apuntamos en el apartado sobre los géneros literarios y como lo han sugerido Earl Miner, Alastair Fowler, Northrop Frye y Rosalie Colie.

¿Por qué defiende Sidney a la poesía frente a la historia o la filosofía? ¿Qué tradiciones incorpora Spenser en las églogas morales de Shepheardes Calendar? ¿Qué repercusiones sociales e históricas se recogen en los poemas pastoriles del Renacimiento? ¿Cómo fueron recibidas las obras históricas de Shakespeare? ¿Qué arbitraje moral realiza Jonson en sus Epigrammes? Y el sentido político de Milton en su magno poema épico Paradise Lost? ¿Y las tácticas genéricas del poeta laureado John Dryden? La multitud de interrogantes que podemos plantear nos conduce a los intersticios de una historia literaria perceptible como texto sociopolítico, como sugiere Steven N. Zwicker al observar si las formas literarias producen o contienen una decepción política:

… what I have suggested about deception in political discourse characterizes far more than Restoration politics... There is, I think, something like a deep structure to this deceit, and its effects are visible at every turn. Vocabulary alone bears out my argument, social behaviour illustrates the thesis, but more to the point, the preoccupation and anxieties of this culture are revealed in the forms and substance of its literature: in comedy that seems to prize deception in new and exalted ways; in epic whose most characteristic expression is in travesty and translation; in the dominance of satire whose social role is revelation; in the refinement and complication of historical parallel so that it might become an instrument of political commentary in dangerous times; in the emergence of new genres that take deception as their subject and whose function is to act as screen and mask; and finally in the transformation of old genres to accomodate the need for indirection and masquerade. (Zwicker 1987: 29)

No vamos, sin embargo, a seguir la estela ideológica que nos depara la historia literaria inglesa y en especial la marca política de aquellas historias literarias que nos ofrecían gloriosas épocas en torno a Chaucer, Spenser, Shakespeare, Donne, Milton, Johnson, Dryden, Wordsworth o Tennyson. Pero debemos recordar que la idea misma de literatura en cuanto “corpus” de obras escritas comenzó muy pronto (siglo XVIII) a referirse a los nombres de Shakespeare y Milton, y que una de las primeras historias de la literatura inglesa que se conocen, la de John Berkenhout, publicada en 1777, se subtitula Biographia Literaria, A Biographical History of Literature. El opus magnum de Robert Chambers, A History of English Language and Literature (1836), recibe un caudaloso material neoclásico sobre los caracteres de los grandes escritores y consagra a algunos a la luz del genio romántico de su época. Advirtamos además en esta obra un movimiento historiográfico contrapuesto y complementario: restauración filológica de unas figuras y obras, e invención de una identidad literaria para el lector romántico. Como afirma Lionel Gossman, “In many respects the tension between veneration of the other—the very energy of life which no concept can encompass—and eagerness to translate it, represent it, define its meaning, and thus, in a sense, domesticate and appropriate it, can be seen as the very condition of the Romantic historian’s enterprise” (Gossman 1986: 40).

La parcelación de la historia literaria en unidades temporales menores, como afirmaba D.W. Robertson, combina al mismo tiempo pretextos metodológicos e ideológicos, pues no siempre la referencia cronológica puede tomarse como causa, indicio, expresión o síntoma de determinada producción o recepción literaria. La investigación histórica ofrece a veces correcciones imprevistas, ya sea en razón de hallazgos nuevos y documentados, o por estudios pormenorizados de la relación entre hechos históricos y fenómenos literarios o formas genéricas. Insistamos, por ejemplo, en que la conexión entre acontecimiento histórico y la demarcación de un período literario puede resultar arbitraria y como tal debe espolear una revisión constante, aun a costa de que cada nuevo jalón histórico se convierta en puro símbolo. La historia real europea no aparece nítidamente ajustada a los grandes períodos literarios, ni éstos tendrían que depender de esa circunstancia, si recordamos, por ejemplo, que Lutero puso en marcha la Reforma hacia 1517, que la guerra de los Treinta Años comenzó en 1618, que los reyes Estuardo terminaron su reinado en 1718, que las guerras napoleónicas concluyeron en 1815 y que la primera guerra mundial puede considerarse más decisiva para el curso de la historia que el año de 1900 como punto de referencia para un período.

Y lo mismo podríamos corroborar con la época augustana de la literatura inglesa. A decir de James William Johns este nombre conoció avatares contrapuestos hasta ser incorporado en la historia literaria de Oliver Elton (1889) y de George Saintsbury. Si la denominación se aplicó originaria y paralelamente a campos políticos y literarios de la época, y generó usos irónicamente contrarios a los pretendidos en cada una de esas esferas, fue Oliver Goldsmith quien la conduciría a buen puerto literario mediante la exaltación de la edad de Addison, Swift y Pope. Sin eliminar las connotaciones sociales y políticas sobre el período 1700-1740, la analogía entre Inglaterra y Roma vería ampliar su marco cronológico desde 1660 hasta 1750 y, al mismo tiempo, reducir sus lazos referenciales a aspectos literarios (especialmente poéticos) del clasicismo del siglo XVIII. Aspectos que, por otra parte, vendrían a fundirse y confundirse con los de este segundo término, como podemos advertir en los estudios de John Butt, Geoffrey Tillotson, Ian Jack, Pat Rogers, A.R. Humphreys y otros. Permanecen todavía estas opciones tal y como las apunta James William Johns:

The term which has come to vie with “Augustinism” as the inclusive critical epithet, “Neo-Classicism”, is a latter-day coinage, but it may well prove the more useful, once it loses its ersatz connotations. Nowadays, “classicism” can be conveniently defined as the intellectual disposition to find in ancient culture, particularly Greek and Roman, the values which recurrently appear in human experience. “Neo-Classicism” may be concomitantly designated that variation of classicism characteristic of English thought and literature between 1660 and 1800. It is temporally and ideologically differentiated from the earlier “Humanism” and the later “Romantic classicism” (often identified with Romantic Hellenism). (Johns 1967: 30)

Parece lógico, pues, que los criterios de discriminación más palpables se apoyen, como señala Johns en esta cita, en puntos de referencia temporales e ideológicos más que en la adecuación de una tipología concreta determinada de la temporalidad como sugirió Claudio Guillén (1971: 433-439). Los criterios ideológicos han abierto frentes más prometedores en ese sentido y han propiciado investigaciones importantes sobre la historia literaria inglesa. Lógicamente ambos puntos de referencia deben conjugarse con otros principios de organización para evitar una objetivación de la historicidad de las obras y las formas literarias.

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