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Kitabı oku: «Estudios históricos del reinado de Felipe II», sayfa 14

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Ahora sí, pensaba el Embajador, que podré buscar retiro en que pasar tranquilo y sin peligros los días de vida que me queden, dejando á estas naciones que gocen de su amor, después de haber hecho oficio de sacerdote en la unión conyugal161.

Encontró en Dover al Conde de Essex, que le consultó ciertos puntos de la expedición de Cádiz, á la sazón muy adelantada en los preparativos; encontró á Bacon constante en los amistosos sentimientos; en Londres halló, en cambio, la más cruel de las mortificaciones.

La nueva del fracaso completo de aquella otra expedición costosa enviada á las Indias, derrotada en Puerto-Rico, en Chagres, en Tierra firme, deshecha al fin sobre la isla de Pinos por la armada española de D. Bernardino de Avellaneda; la jornada que, según Pérez, había de llenar las arcas de Inglaterra con los tesoros de Felipe II, y que en la realidad costó la vida de los dos caudillos de mar más populares, sin mención del desastre, impresionó á la Reina contra el consejero insistente, en quien Lord Cobhan, Sir Robert Cecil y Henri Brook descargaban el peso de la responsabilidad, ya que contra su parecer se hizo. El mismo Conde de Essex, al ver el nublado, seguido de las quejas, reclamaciones y exigencias impertinentes de Pérez, marchó á Plymouth, haciéndolo por otro lado Bacon162.

El tratado entre Inglaterra y Francia se firmó el 10 de mayo sin intervención del oficioso Embajador, desatendido, profundamente humillado en aquella corte de que hablaba sin cesar en París cuando quería dar la medida de su influencia163. Dudando estuvo si volver á Francia, donde sería patente el desengaño, ó buscar asilo nuevo entre los rebeldes de los Países Bajos164; pero como lo segundo fuera aventurado165, desandó el camino de la Embajada, sin obtener la atención siquiera de que le avisaran la salida de aquella armada de 150 velas, conductora del ejército que al mando de Essex había de atacar á Cádiz166, donde esperaban, por lo contrario, al iniciador de la empresa167.

III

En los momentos difíciles se acreditan las condiciones de los hombres. El Peregrino, con su ordinaria sangre fría, se valió de la nueva de la agresión inglesa para explicar en Francia la razón de no figurar su personalidad en el tratado de alianza firmado en Londres, por aquéllas que recomiendan la ocultación del maquinista al mover en el teatro los hilos de mutación de las escenas, sin dejar de utilizar la noticia simultáneamente contra el mal efecto que al otro lado del Canal había causado, como dicho queda, la desdichada expedición de Drake. Al felicitar oportunamente á la Reina Isabel, acompañaba protesta de su constante adhesión, expresando que aún podría serle provechoso en otras jornadas168.

Así lo iba entendiendo el Conde de Essex desque en la victoria descubrió la exactitud de los cálculos por donde se había alcanzado. Pérez era ciertamente instrumento útil. Á fin de conservarlo le escribió, por tanto, en 14 de septiembre de 1596, la carta más afectuosa, excusando lo ocurrido; pidiendo que no le condenara sin oirle169; refiriendo, en fin, los sucesos de la campaña; y como el Sr. Antonio no deseara otra cosa, reanudada la correspondencia, mientras discurría por allá los medios de seguir afligiendo á España, procuraba acá contener las vacilaciones del Rey, sobre todo las que le llevaban á considerar las ventajas de la paz.

De tomar esta resolución Enrique IV, inquieto como estaba con el triunfo conseguido por los turcos contra el Emperador y dado á discurrir si era llegado el caso de la unión de los Príncipes cristianos contra el enemigo común, quedaba segada en flor la idea primordial de la triple alianza contra España; anulada la sucesión de los proyectos belicosos. Á toda costa, á costa de la prudencia, acudió Pérez contra el peligro, avisándolo secretamente al Embajador de Inglaterra, á fin de que su Gobierno lo desvíara170, mientras que sin temor de colocarse en oposición abierta con el Secretario de Estado, decía al Rey, en presencia de aquél, que sólo un insensato sería capaz de hablarle de transacciones humillantes171.

Á todo esto se aproximaba el fin del año 1596, no habiendo pasado de buenas palabras las ofertas de honras y beneficios; Antonio Pérez no era todavía Caballero del Espíritu Santo, ni Obispo, ni más que pensionado con demoras é intermitencias, sin que la táctica de lamentaciones y amenazas de buscar nuevo amo, seguida siempre que las circunstancias la recomendaban, diera el apetecido resultado. Se determinó, pues, á formular por escrito una especie de ultimatum que debían de apoyar Juan de Vivonne, Marqués de Pisani, Embajador que había sido de Francia en España por los años de 1572 á 1582, época en que cultivó la amistad de Pérez, y el Duque de Montmorenci, Condestable de Francia, amigo de ahora y protector decidido. El memorial172 iba acompañado de una especie de estipulación redactada sin miramientos por la pluma del pretendiente. Tal debía de ser que no la admitió el Rey, observando que era aquello proyecto de tratado más bien que súplica humilde173; lo modificó naturalmente, con declaración de «que Antonio Pérez deseaba servir á S. M. como vasallo y criado, presentándose desde luego como tal,» haciendo las siguientes peticiones, por debajo de lo que el Rey tenía ofrecido174:

1.ª Que se le procurara el capelo de Cardenal, dado caso que hubiera fallecido su mujer, aplicándolo á su hijo Gonzalo Pérez en el contrario, con advertencia de no indicar á Su Santidad para quién se pretendía.

2.ª Que se le señalara renta de 12.000 escudos anuales en obispados, abadías y beneficios eclesiásticos como fueren vacando, con autorización de transmitirlos á sus hijos.

3.ª Que mientras no se completase dicha renta, aunque percibiera una parte, siguiera cobrando la pensión de 4.000 escudos que le estaba asignada, situándola en parte donde la cobrara con exactitud.

4.ª Que independientemente, mientras no se le completara la renta dicha, se le darían cada año 2.000 escudos de ayuda de costa en avisos de gracias que él tendría cuidado de buscar.

5.ª Que para habilitarse por de pronto en la situación de Consejero con que le honraba S. M., se le dieran en el acto 2.000 escudos.

6.ª Que considerado el peligro que corría su vida por la persecución del Rey de España, se pondrían á su disposición algunos suizos de la guardia real.

7.ª Que si llegara á tratarse de paces entre Francia y España, se había de procurar la libertad de su mujer é hijos, así como lo acostumbrado respecto á bienes de vasallos retenidos por otro Príncipe.

8.ª Que por excusar pesadumbres tomara el Condestable de Francia á su cargo, y en nombre de S. M., el cumplimiento de las cláusulas.

Todas, sin excepción, fueron acordadas, expresándose en el asiento que el Rey, siempre bondadoso con los afligidos, había acogido en su reino al Sr. Antonio Pérez, atendiendo á las virtudes que le distinguían y á los servicios que de él esperaba, y ahora recibía su fe y le acordaba protección contra los que le perseguían.

Lo firmó en Ruan (Rouen) el 13 de enero de 1597 el Secretario de Estado, de Neufville (Villeroy) por orden del Rey, confirmando la ejecución el Condestable en 18 del mismo mes y año175.

Habiendo jurado el cargo de Consejero, era asunto delicado comunicar al Conde de Essex lo que pasaba en el Consejo: al efecto, convinieron los interesados en que las cartas serían encomendadas á un criado de confianza que personalmente las llevaría á Inglaterra, quemándolas inmediatamente el Conde176. Por este medio propuso Antonio Pérez un proyecto nuevo de gran importancia. Contaba con cuatro plazas y dos puertos en el reino de Nápoles: con el beneplácito de la Reina y la dirección del Conde de Essex, se comprometía á tomar la empresa á su cuenta y riesgo, en la inteligencia de que la corona de Inglaterra no aceptaria responsabilidad de ninguna clase hasta adquirir la certeza de que él (Pérez) estaba en aptitud de hacer por sí solo la guerra al Rey de España por uno ó dos años177. Demostrado esto, ofrecía dar á la Reina Isabel la posesión y soberanía de dicho reino de Nápoles, poniendo en sus manos las plazas y puertos de referencia; de modo que, enviando allá una escuadra, entretenía la guerra lejos de su reino, y, por medio de inteligencias con el turco, se molestaba al más temible enemigo. En compensación no pedía más que la Reina ó el Conde adquirieran en Venecia una casa de valor de 20 ó 30.000 ducados donde Antonio Pérez pudiera dejar en completa seguridad á su mujer é hijos si perdía la vida en la demanda; y como quedarían en rehenes sus dos hijos mayores y el título de propiedad había de extenderse en nombre de la Reina para el caso contrario, nada perdería de ningún modo178.

Á este proyecto presentó objeciones Nanton, haciendo ver las dificultades de enviar una escuadra hasta el fondo del Mediterráneo, así como la resistencia que los napolitanos opondrían á la religión reformada, y molestado con la contradicción respondió el Sr. Antonio que si la Reina no quería hacer el ensayo, ella se lo perdía179.

Á Enrique IV propuso al mismo tiempo negociarle en Génova un empréstito de 2.000.000 con tal que destinara de la suma 40.000 libras mensuales á una invasión por el reino de Aragón180. En carta al Conde de Essex decía que, animado el Rey con el buen resultado de la jornada de Cádiz, era probable que se atreviera á tentar algo por ese lado y por el de Milán. Entre tanto Inglaterra debería enviar un agente á Marruecos, enmendando la falta de no haberlo hecho cuando la expedición de Cádiz, porque desde allí hubieran ayudado181. Perdonaba y miraba por encima del hombro á los émulos que tanto le habían contrariado en Inglaterra, esperando taparles la boca con el cumplimiento de sus vaticinios y con el triunfo que también en Francia había conseguido sobre Villeroy, Saucy y los compañeros que querían á toda costa impedir su entrada en el Consejo real182.

Mal podía sospechar Antonio Pérez que, al escribir las impresiones del orgullo satisfecho, un Capitán español iba á cambiarlas súbito, apoderándose de la plaza de Amiens y del parque de artillería de Francia, con un saco de nueces. Ocurrió el suceso el 11 de marzo de 1597, trastornando por completo los planes de Enrique IV: hubo de reclamar de Inglaterra el auxilio convenido en el tratado de alianza, sin que se lo dieran; cambiáronse las reclamaciones del caso, agriándolas las embajadas especiales, de forma que decidió aceptar los buenos oficios del Legado del Papa y negociar la paz con España tan luego como recuperó la plaza.

Vanos fueron los supremos esfuerzos de Pérez para impedirlo: por más que participara al Embajador de Inglaterra cuanto en la corte se pensaba, y en su ayuda vinieran á París Sir Robert Cecil y Justino de Nassau, como fracasara por entonces el Conde de Essex en la segunda jornada contra los galeones de la plata y no compensara el daño que pudo hacer en las Azores durante el verano de 1597183, los gastos y averías del armamento, el disgusto de la Reina Isabel y de sus consejeros, que daba mayor tirantez á las relaciones, vino á hacer irrevocable la resolución de Enrique IV; y lo que el intrigante consejero consiguió tan sólo, resistiéndola indiscretamente, fué que, descubiertos los manejos, le fuera cerrada la Cámara del Rey184.

Cambiando entonces de sistema, procuró como siempre sacar partido de las circunstancias. Rechazó como novela inventada por sus enemigos la acusación de confidencias á Inglaterra, enviando á Gil de Mesa á casa del Condestable con una memoria en que decía, entre otras cosas propias de su sin igual desenfado185:

«Viniendo al punto presente de la calumnia que escribo á Inglaterra, digo y suplico al señor Condestable que me haga la merced de pedir á S. M. que mande averiguar esto, y siendo falso, como lo es, hacer la demostración que es justa en mi satisfacción, y darme licencia que me retire de sus reinos y de cortes de Príncipes, y de sus peligros y juicios, antes que me acaben la salud y vida, ofresciendo, como ofresco á S. M. que, bien ó mal tratado, mientras viviere y donde quiera que viviere, le mantendré la fe y amor á su nombre y corona, de muy fiel siervo.»

La salud dió por perdida desde el momento, á causa del disgusto; hízose el malo186, ocupando á los amigos en la distribución de lamentaciones y cartas, y porque no se perdiera la ocasión empeñó á los más allegados y á los más influyentes á fin de utilizar lo mismo que con tanto empeño había querido deshacer. Antes de que se abrieran las negociaciones en Vervins, había ya escrito repetidamente al Rey187 se acordara de lo que le tenía ofrecido en el asiento, y pusiera, por tanto, en el tratado de paz un capítulo especial exigiendo la libertad de su mujer é hijos y la devolución de bienes; á la Princesa Catalina rogaba influyera con tesón en este resultado, y á Gabriela d'Estrées, Duquesa de Beaufort, íntima de Enrique IV, encomendaba el asunto expresado, «que en las grandes ocasiones se acude á los grandes santos188

«Suplico á V. M., decía al primero, se acuerde de lo que por su grandeza y benignidad me tiene ofrecido tocante á la redención de mi mujer é hijos y á la restitución de mis bienes… Ya es llegada la hora y coyuntura de mostrar V. M. su natural de piedad en el caso más piadoso destos siglos, en el cumplimiento de su palabra real… Habrá V. M. hecho una obra en gracia del cielo, en gloria suya con las gentes, en mérito para con Dios… Porque el Rey de España pensaría que aquellos artículos y promesas habían sido ceremonia, y lo recibiría como por seguro y permisión de la ejecución de mi perdición.» Avisábale que Felipe II había de poner por condición en el tratado el indulto del Duque de Aumale, refugiado en Bruselas, y que nada más natural que estipular en cambio el suyo.

¿Escuchó el Rey las súplicas? Si pudiera en algo darse crédito al mismo Pérez, Enrique tomó con grandísimo empeño su causa: los plenipotenciarios de Francia presentaron en Vervins la propuesta, respondiendo los de España, Richardot y Tassis, que Antonio Pérez no era emigrado político como el Duque de Aumale, sino fugitivo sentenciado por la Inquisición189.

Posible es que el Rey le dijera esto; mas por entonces no estaba satisfecho del Consejero de modo que fuera á entorpecer por él las negociaciones. M. Mignet, que examinó exprofeso las instrucciones y despachos de los plenipotenciarios franceses Bellièvre y Sillery; no sólo no encontró comprobación del interés que se les hubiera encomendado, sino que, por el contrario, dió con la orden precisa de rechazar en el tratado cuanto pudiera tener relación con el Duque de Aumale. El nombre de éste figura en los protocolos por esta razón; el de Antonio Pérez no se menciona siquiera, y el hecho es que en la paz de Vervins, firmada el 2 de mayo de 1598, no se comprendió á ninguno de los dos190.

Dos incidentes derivados del descubrimiento de las inteligencias de Antonio merecen especial atención. El primero el de la propuesta de un convenio nuevo que envió al Conde de Essex al darle cuenta de los disgustos que había sufrido; consistía: 1.º, en la completa seguridad de la persona que en lo sucesivo se encargara de llevar las cartas; 2.º, que reuniendo el Conde todas las que tenía en su poder y las que poseía Bacon, las quemaría, sin lástima de las bellezas literarias, avisándole de su propia mano estar cumplida la destrucción; 3.º, que había de asegurarle haría lo mismo con todas las cartas sucesivas, sin mostrarlas á nadie más que á la Reina; 4.º, que si por resultado de la correspondencia, contra lo que podía suponerse, llegaba á perder la situación que tenía en Francia, volvería á tomarle el Conde bajo su protección en Inglaterra. En postdata hacía saber hallarse necesitado de alguna ayuda de costa191.

El segundo curioso incidente consiste en el escrúpulo de conciencia que llegó á sentir por la prosecución de estas inteligencias, que consideraba «las de su verdadera vocación.» Un confesor italiano desvaneció aquél, diciéndole que, por los deseos de venganza que abrigaba contra su antiguo señor, pecaba mortalmente; pero que tratando, como Consejero del Rey de Francia y como católico, del bien general de Europa, considerados los fines que se proponía, su inteligencia con Estados heréticos no sólo era excusable, sino altamente meritoria192.

IV

Después del tratado de paz de Vervins, son más escasas las noticias auténticas del Peregrino. Por las que recogió Bermúdez de Castro, aparece domiciliado en París, en trato íntimo con el Soberano, que gustaba mucho de sus pláticas y le llamaba «su maestro de cuentos;» obsequiado de los palaciegos y de los personajes de la alta nobleza, con regalos y favores; siendo objeto de todas las conversaciones; en todas partes buscado y atendido; pasando la vida entre festines; haciendo ostentación de criados extranjeros y manifestaciones múltiples del lujo193.

Hay algo de verdad en la indicación general de la vida; hay no poca exageración en cambio.

Se estableció en París y ocupó tres años una casa enfrente del hotel de Borgoña, donde se representaban las comedias, y al lado del hotel Mendoza, así llamado por un volteador de maroma que hacía notables habilidades194. En la puerta estaban los suizos de la guardia real, que le seguían por las calles, á uno y otro lado de la carroza, preciándose de que ésta fuera la más linda de la corte195, así como de tener metresa196.

No siempre recibía con puntualidad el importe de las pensiones, ni de ordinario ganaba en actividad á los que avisaban primero las vacantes de beneficios y gracias: harto se quejaba de ello197; con todo, lo que percibía en Francia, junto con las liberalidades del Conde de Essex, bastaba al sostenimiento de la situación de Ministro en que se había colocado. Los Embajadores de Inglaterra y de Venecia, el Condestable, el Marqués de Pisani, el Duque de Bouillon, con otros personajes, y más que todos M. Zamet, el gran anfitrión de París, el confidente servicial de Enrique IV, recibían asiduamente á Antonio Pérez, estimando el don, que como pocos poseía, de hacerse escuchar en la mesa y salones, gracioso, ocurrente y oportuno. Las anécdotas de la corte de España, principalmente aquéllas amorosas en que hacía papel el Rey D. Felipe, tenido por austero personaje, y tan sólo visto por el lado de la política, interesaban vivísimamente al auditorio, pendiente de la narración del ex-Secretario, no lerdo para presentar en semejantes pláticas á Nabucodonosor ó á la bestia salvaje, antes siguiendo el plan de las Relaciones de nombrarle en público su amo, que no era óbice á las confidencias de interioridad, ejemplo aquélla de que nunca olió ni conoció diferencia de olores198.

Gozaba, pues, de estimación y aprecio en ciertos círculos de la sociedad, sin ser por ello figura de primera notoriedad, cual admitió Bermúdez de Castro. Las memorias de Sully, como las de Villeroy, tan ricas en pormenores de la corte francesa por aquellos tiempos, no hacen una sola vez mención de Antonio Pérez; y si no hay que olvidar que ambos escritores y políticos le quisieron mal, no estaban en el mismo caso Pierre de Lestoile ni Palma Cayet, cronistas minuciosos de las calles y las ocurrencias, ni de Thou, Jean Choisnin, Claude Groulart, que ilustraron las memorias del reinado sin dedicar dos líneas de escritura al español refugiado.

En cuanto a Enrique IV, mirábale después del descubrimiento de los manejos ingleses con prevención, y tras de la paz de Vervins como inútil y aun perjudicial á sus intereses199. No era el Rey quien le llamara maestro de cuentos: la frase debía proceder de un ofendido ó de un chusco, á juzgar por la respuesta: «Que no es malo saber cuentos, pues que enseñan entreteniendo; que cuando el que le criticaba supiera muchos, sabría más que ignorándolos200.» Sin embargo, los cuentos ó las indiscreciones granjearon á Antonio Pérez enemigos mortales en las familias de Guisa y de Montpensier, sin contar los de menos altura.

En visitas, reclamaciones y banquetes, aparte de los quehaceres del cargo oficial, pasaba efectivamente la mayor parte del día; alguna distraía la audiencia de las muchas personas de cierto género que acudían á su casa: aragoneses, italianos, portugueses, que tenían alguna razón para esquivarse de la justicia; foragidos, en el concepto del Embajador de España, con los que tenía constituído un centro de conspiración permanente. De noche escribía201 las sentenciosas obras.

Empezó publicando nueva edición corregida y aumentada de las Relaciones, con dedicatoria al Rey Enrique IV, fechada en París á 24 de septiembre de 1598, y á poco aparecieron separadamente los Aphorismos de las Relaciones de Antonio Pérez, Monstruum Fortunæ. Quería dar á entender que la publicación se hizo contra su gusto, á devoción de un gran personaje (el Rey), y que un curioso había sacado los aforismos de todo el libro, «á imitación del Bitonto, que destiló á Cornelio Tácito202:» ello es que remitió este libro á varios de sus favorecedores y amigos203, y que lo hizo también de la edición de Lyon titulada «Pedazos de historia ó Relaciones, así llamadas por sus autores los peregrinos. Retrato al vivo del natural de la Fortuna204

El éxito le animó á dar sucesivamente á la estampa primera, segunda y tercera serie de memoriales y cartas, excusando, sin necesidad, el propósito de alimentar la curiosidad. Ya decía «que un amigo le arrebató varias cartas, y por haberle agradado las ha hecho imprimir; temía que lo mismo sucediera con unas ciento cincuenta más españolas y una centuria de latinas que envió á Gil de Mesa á instancias de un gran personaje205.» Anunciaba á poco la aparición de las Cartas españolas y latinas, y aforismos206, diciendo luego: «Saltaron las cartas españolas y latinas á mi desgusto207.» «Un amigo se quiso meter á hacer imprimir las cartas á devoción de un gran personaje: no lo ha podido remediar208

Enviando ejemplar al Duque de Humayne (Du Maine), volvía á decir «que un amigo había impreso las cartas á demanda de una dama aficionada á la lengua española: el daño estaba hecho209.» Á otro personaje confiaba lo ocurrido por diferente modo: «Hacía él que un escribiente, antes de cerrar las cartas, las fuera copiando en un libro. El que copiaba, las iba copiando por sí también: curiosidad natural á criados. Á este tal parecía que se las había sacado una dama. No le acontecería más210

En la colección de las cartas andan revueltas, con las ahora citadas, aquéllas con que remitía á Gil de Mesa la primera, la segunda y la tercera parte, para que se encargara de la impresión211, así como las que le inspiraban el enojo de la corrección de pruebas y las demoras de cajistas. Por lo demás, aun reservando las piezas demostrativas de que «para morder no hay colmillo de jabalí que tal navajada dé como la pluma212,» razón sobrada tenía estando satisfecho de la acogida otorgada por el público á sus obras, si «no había semana que no acudieran á su posada de varias partes á preguntar si estaban ya impresos los memoriales213

«¿Qué culpa tengo yo, ponía, de que llamen por esas calles sentencias, y doradas, aquellos aforismos de mis cartas?214

«Pregúntanme si algunas cartas que andan entre las impresas con nombres de otros, son en realidad de verdad mías ó de aquéllos. Porque el estilo, quien quiera que leyere las unas y las otras con un poco de atención, no le juzgará diferente, como ni una persona vestida de máscara, por mucho que se quiera disfrazar, podrá dejar de ser conoscido, yo diré francamente la verdad. Todas cuantas cartas andan en nombre de otros con las mías, son desa mi pluma grosera, tal cual la que me cupo por suerte. Lo mismo digo de cuanto anda en el libro de las Relaciones, ó sea debajo del nombre de El Curioso ó de cualquiera otro, ó de la pluma arrojada, cual la mía vive, por muy ruín, justamente215

«Las cartas familiares y de amigo á amigo declaran más el natural que el rostro propio á un fisiógnomo, y así las llamó no sé quién retrato del ánimo216

Han sido juzgadas con alguna variedad estas cartas, bien que generalmente se reconozca su mérito. D. Eugenio de Ochoa, que las reimprimió, pensaba que el escritor brilla más en ellas por la novedad de los pensamientos y la valentía de los giros, que por la pureza y corrección del lenguaje217; Bermúdez de Castro, en el supuesto de que todos los personajes de la corte de Francia querían testimonio de su estilo y de tener que poner en prensa el ingenio para discurrir lisonjera y graciosamente sobre fútiles consultas, alaba al escritor fácil y sentencioso, moralista divagador al gusto de la época, entendiendo que por estar entonces menos formada la lengua francesa que la nuestra, se enriqueció con los giros que introducía el español proscripto218.

Reconocen efectivamente la influencia literatos de esta nación219, por más que alguno piense fuera en parte debido al favor que por entonces gozaba en la corte y en la buena sociedad la lengua castellana220, al que se debió la publicación de varias ediciones en la misma en que las cartas habían sido escritas221, sin perjuicio de las traducciones222. Ticknor estimaba las cartas por su variedad de estilo, propias, castizas y muy interesantes223; Morel Fatio cree se deben de poner en la literatura epistolar española al nivel de las del autor del Centón dicho de Cibdadreal224; no falta, sin embargo, quien las encuentre un tanto cansadas (tedious)225.

En más honda consideración se reconoce la exactitud con que el autor definía las cartas familiares: en éstas se halla su retrato moral pareciendo entre los rasgos, que si alguno excedía al de la adulación226, era el de la vanidad. Por ella no es mejor la colección epistolar, limpia de las fútiles misivas á que Bermúdez de Castro se refiere, que repiten unos mismos conceptos rebuscados; por ella no está despojada de personales alabanzas, que por otro lado sirven grandemente á la pintura: la del docto amigo á quien ruega «pase los ojos por los renglones que le han caído de la pluma para esculpir en un reló destinado á Gonzalo, su hijo227;» la que anuncia un anillo de dos rengleras de diamantes á su mujer228; la de los retratos que se manda hacer229.

Se ha atribuído injustamente al Peregrino otra obra literaria, cuya malignidad tratando de supuestas inteligencias entre D. Juan de Austria y el Duque de Guisa ó sobre la muerte del Príncipe D. Carlos, y cuya complacencia en describir la agonía del Rey Felipe II, podían estimarse en consonancia con las que trazaba la pluma aquélla, más temible que colmillo de jabalí. La vanidad sirviera justamente para reconocer cuán ajeno fué de tal escrito, si el estilo no lo dijera á primera vista. Se habla en este libro con extrema parquedad de Antonio Pérez, y él no sabía hacerlo, por mucho que se quisiera disfrazar.

La obra se titula Breve compendio y elogio de la vida de el Rey Phelipe segundo de España, por Antonio Pérez, y de ella existen varias copias manuscritas, habiéndolas en la Biblioteca Nacional de París y en el Museo Británico de Londres. M. Mignet, que poseía una con otro título, Vida reservada del Señor Rey Phelipe 2.º, por Antonio Pérez, no dudó que el autor fuese realmente el ex-Secretario del Rey elogiado, y transcribió la relación de los últimos momentos del Soberano, porque se supiera que «la muerte no le quiso arrebatar antes de haberle hecho sentir que los príncipes y monarcas de la tierra tienen tan miserables y vergonzosas salidas de la vida como los pobres de ella. Ella le embistió al fin con una asquerosa phitiriase con un ejército innumerable de piojos…230

En el Catálogo de manuscritos españoles de la Biblioteca Nacional de París, formado por M. Morel Fatio (pág. 65, núm. 178), se explica cómo el Breve compendio, atribuído á Antonio Pérez, es simplemente traducción de un capítulo del libro primero de la Histoire de France et des choses memorables advenues aux provinces etrangères durant sept années de paix, etc., par Pierre Mathieu: París, 1606, en 4.º, tomo I, páginas 35 á 148, versión española que publicó D. Antonio Valladares de Sotomayor con título de Vida interior del Rey D. Felipe II, atribuída comunmente al Abad de San Real, y por algunos al célebre español Antonio Pérez, su Secretario de Estado: Madrid, 1788, en 8.º

161.Colección Birch, tomo I, pág. 434.
162.Colección Birch, tomo I, páginas 466, 473, 486.
163.Idem id., tomo II, páginas 3, 4.
164.Colección Birch, tomo I, pág. 473.
165.Parece que Pérez tuvo también idea de retirarse á Escocia y tentó el recibimiento en carta dirigida al Rey Jacobo VI, que se halla junta con la contestación de Sir T. Parry en el Museo Británico, Calígula, E-VII, según The English Cyclopædia: London, 1857, art. Pérez.
166.Apéndice, documento V.
167.Documentos relativos á la toma y saco de Cádiz por los ingleses. Colección de documentos inéd. para la Hist. de Esp., tomo XXXVI.
168.Colección Birch, junio 1596, tomo II, pág. 42.
169.Ne desinas, Antoni, me amare, ne festines me inauditum condemnare. Attendi Essexi apologiam. Birch, tomo II, pág. 143.
170.Nanton al Conde de Essex, 28 de noviembre 1596. Colección Birch, tomo II.
171.Nanton al Conde de Essex, 28 de noviembre 1596. Colección Birch, tomo III.
172.Apéndice, documento VI.
173.Nanton al Conde de Essex, 28 de diciembre 1596. Colección Birch, tomo II, pág. 239.
174.Apéndice, documento VII.
175.Apéndice, documento VII. M. Mignet lo ha puesto por nota en las páginas 355 y 356.
176.Colección Birch, tomo II, pág. 244.
177.Able to wage war against de king of Spain himself for a year or two. Colección Birch, tomo II, pág. 239.
178.Able to wage war against de king of Spain himself for a year or two. Colección Birch, tomo II, pág. 239.
179.Idem id.
180.Idem id.
181.Able to wage war against de king of Spain himself for a year or two. Colección Birch, tomo II, pág. 244.
182.Idem id.
183.Relacam do succedido na ilha de San Miguel sendo gobernador nella Gonzalo Vaz Covtinho, com armada real de Inglaterra, general Roberto de Bovers, Conde de Essexia, anno de 1597: Lisboa, 1597.
184.Colección Birch, tomo II, pág. 286.
185.Apéndice, documento XII.
186.Mignet, pág. 362, con cita de An historical view, pág. 19.
187.Colección Ochoa, parte I, cartas LXIV, LXV.
188.Colección Ochoa, parte I, carta LXIX.
189.Colección Ochoa. Cartas á un señor amigo, parte II, carta CXLVIII.
190.Cita en comprobación las Mémoires de Bellièvre et de Sillery: La Haye, 1696.
191.Colección Birch, tomo II, pág. 314.
192.Nanton al Conde de Essex. Colección Birch, tomo II, pág. 314.
193.Bermúdez de Castro, páginas 262, 263.
194.Colección Ochoa, parte I, carta CXXXVIII.
195.Apéndice, documento XLIV.
196.Idem, documento XXVIII.
197.Idem, documentos XI, XIII, XIV, XV, etc.
198.Colección Ochoa, parte II, carta XXXI.
199.Mignet, páginas 360, 381.
200.Colección Ochoa, parte I, carta XLI.
201.Apéndice, documento XXXII.
202.Colección Ochoa, parte II, cartas XVIII y XIX.
203.Apéndice, documentos XVI, XVII.
204.Colección Ochoa, parte II, carta LXXXIX.
205.Idem, parte II, carta CXIII.
206.Idem, parte II, carta XVII.
207.Idem, parte II, carta XVIII.
208.Colección Ochoa, parte II, carta XIX.
209.Idem, parte II, carta LXV.
210.Idem, parte II, carta LXXXI.
211.Idem, parte I, carta XLII y última carta; parte II, carta CXLVII.
212.Idem, parte II, carta LXXXIII.
213.Colección Ochoa, parte II, carta CXIV.
214.Idem, parte II, carta CXIII.
215.Idem, parte II, carta CXXIX.
216.Colección Ochoa, parte I, carta XCVI.
217.Idem, introducción.
218.Bermúdez de Castro.
219.M. Philarète Chasles, Antonio Pérez, Revue de Deux-Mondes, tomo XXII, serie 4.ª: París, 1840, páginas 701 á 716. Dice: «L'éloquent exilé avait donné l'impulsion castellane a cet esprit français que le moindre souffle fait vibrer, et qui se laisse entrainer avec tant de facilité et de force vers des regions inconnues. Alors l'Espagnole Anne d'Autriche, épouse Louis XIII; tout devient espagnol en France. Perez vient d'ouvrir une voie nouvelle au mouvement rapide des esprits français… le refugié Perez fut évidemment l'initiateur de cette inondation espagnole dont Corneille fut le dieu… qui alla se perdre, non sans laisser des traces énergiques de son pasage, sous le trône de Louis XIV.»
220.Pierre Larousse, Grand Dictionnaire universel, art. Antonio Pérez. Nous lui devons d'avoir introduit chez nous le goût de la litterature déja fort avancée de son pays.
221.También se publicó en París, sin fecha, la primera centuria de cartas en latín; otra edición en Nuremberg en 1683.
222.D'Alibrey tradujo al francés Relaciones y Memoriales con el título de Œuvres amoureuses et politiques d'Antonio Perez: París, 1641, y un tomo de epístolas: París, 1638.
223.Hist. de la literatura española, traducción de D. P. de Gayangos y D. E. de Vedia: Madrid, 1854, tomo III, pág. 365.
224.L'Espagne, cit., pág. 264. En otro libro, Études sur l'Espagne, première serie, París, 1888, escribe: «Qui sait si Voiture et nos autres virtuoses dans l'art d'écrire une lettre ne lui doivent pas quelque chose?»
225.The Enciclopædia Britanica: Edimburgh, 1885, art. Antonio Pérez.
226.Colección Ochoa, parte I, carta LXII.
227.Idem, parte II, carta CXXXV.
228.Idem, parte II, cartas CXLIV, CXLVI.
229.Idem, parte I, carta CXVII; parte II, cartas CLVI, CLXI.
230.Mignet, páginas 366, 370.
Yaş sınırı:
12+
Litres'teki yayın tarihi:
27 eylül 2017
Hacim:
380 s. 1 illüstrasyon
Telif hakkı:
Public Domain