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Kitabı oku: «Estudios históricos del reinado de Felipe II», sayfa 3

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D. Luis Zapata le dedicó un capítulo de la Miscelánea, en que algo difiere respecto al rescate, diciendo36:

«D. Álvaro de Sande, claro por mil hechos y mil jornadas, que siendo tesorero de Plasencia, como Aquiles dejó las faldas largas y empuñó la espada y lanza, y saltó en ser soldado, siendo cercado en los Gelves de una poderosísima turquesca armada, defendió el hechizo fuerte tres ó cuatro meses, sin se le poder entrar con muchos y muy terribles asaltos, en los que mató infinitos turcos que quedaron por ahí tendidos en el campo. Mas no siendo socorrido y siendo espantable y rabiosa la sed y la hambre, que comieron las cosas viles que comen otros cercados hasta acabarlas, y bebían el agua salada de la mar, sacada aún en poca cantidad por alquitaras, de lo que ya toda la gente enfermara; de las cuales tres cosas, teniendo la muerte cierta, hambre, sed y enfermedad, rendir la plaza era vileza, defenderla era imposible, tomó un valentísimo medio, que fué salir y morir peleando como un caballero tan señalado. Habla y anima á su gente; confiesan y comulgan todos; dan fuego á sus alhajuelas, que no les quedó otra cosa sino las armas, y salen á los enemigos con ellas en la mano; hieren y matan cuantos pueden, y al fin quedó preso D. Álvaro con mucha sangre de ambas partes, y el fuerte de los enemigos, no fuerte, antes flaco hecho, en los secanos y sirtes de Berbería. No se perdió reputación ninguna; otra cosa se perdió, si no la hechura, por no ser de ningún peso ni importancia, como parece por este soneto hecho por un valiente soldado, del que pongo los cuatro versos primeros por no hacer más á nuestro caso:

 
¿Quién eres tú que espantas sólo en verte?
Soy muchedumbre de árboles cortados,
Que sobre flaca arena fabricados
Contra toda razón me llaman fuerte.
 

»De allí D. Álvaro de Sande y D. Sancho de Leyva fueron llevados tras Constantinopla, á la torre del Mar Negro, en donde el que entra jamás sale; mas ellos salieron por gran milagro: D. Sancho, trocado por otro turco principal que había cautivo acá, y D. Álvaro, averiguando ser criado del Emperador D. Fernando, casado con dama suya, con el cual Emperador el gran Turco tenía treguas por ciertos años.»

Si se compara el desastre de los Gelves con el de la Armada invencible, ocurrido en 1588, parecerá algo menor la pérdida de material en el primero, sin otra consideración que el valor comparativo de construcción de galeras y naos, y el mayor número de piezas de artillería que las últimas llevaban; la diferencia no es, sin embargo, de mucha importancia, y se nivelaría á tomar en cuenta el valor intrínseco de los esclavos y cautivos perdidos que andaban al remo. En la moral fué por de pronto más grave la derrota de los Gelves, por dejar en absoluto dueños y señores de la mar á los turcos, y entregadas á su estrago no sólo las costas de Italia, sino también las de España, mientras que el fracaso de Inglaterra poco afectaba á estas costas ni á su navegación ultramarina, como se vió en las desastrosas expediciones de los ingleses á la Coruña, Lisboa y Azores. La más sensible pérdida de personas excedió con mucho en la jornada de Trípoli á la de Inglaterra. Varían bastante las cifras recogidas por los historiadores; mas tiene fundamentos la de Cirni Corso, que fija en 18.000 los hombres consumidos en la fatal empresa de Berbería, mientras no pasaron de 10.000 en la otra.

Coincidencia singular: los Duques de Medinaceli y de Medinasidonia dieron amparo á Cristóbal Colón; y rivalizando en cierto modo con la Corona, pretendían alistar por su cuenta naves con que se resolviera el problema del camino del Catay, y se asentara el cimiento de la preponderancia marítima de España. Nietos de aquellos Duques, y Duques también de Medinaceli y de Medinasidonia, D. Juan de la Cerda y D. Alonso Pérez de Guzmán el Bueno, presidieron con paralela falta de aptitud é igual desgracia á las dos más grandes desdichas que registra la historia naval, como que con ellas acabó aquella preponderancia.

Antón Francesco Cirni Corso formó lista de las personas principales que sucumbieron en la triste jornada de los Gelves. No es completa esta lista, pues por Ulloa y otros escritores se citan nombres no comprendidos en ella: acaso hay también equivocaciones en la ortografía italiana de que se valía el autor; pero á falta de otra, bien merece que por testimonio de estimación se reproduzca adicionada.

CAUTIVOS EN LA ARMADA Y EL FUERTE

General, D. Sancho de Leyva, con sus hijos

Juan de Leyva.

Diego de Leyva.

General, D. Berenguer de Requesens.

Juan de Cardona.

Fadrique de Cardona.

Gastón de la Cerda, hijo del Duque de Medinaceli37.

General, D. Álvaro de Sande.

El Obispo de Mallorca.

Maestre de campo, Bernardo de Aldana.

Ingeniero, Antonio Conde.

Médico del Duque, el Licenciado Bernardo.

Capellán de D. Álvaro, Carnero.

Baltasar Mediavilla.

Alfonso de Pallar.

Sargento mayor, Maroto.

Coronel, Pedro del Más.

Capitanes, Sciana Smeraldo.

Francisco Enrique.

Orejón.

Simón, florentino.

Montes de Oca.

Tomaso, italiano.

Íñigo Hurtado.

Francisco de Casale.

Nicolo de Casale.

Lope de Figueroa.

Juan Bautista Doria, genovés.

Antonio de Olivera.

Monsalve.

MUERTOS DE ENFERMEDAD

Coroneles, Quirico Spínola.

Diego de Ávalos.

Capitanes, Álvaro de Sande, sobrino del General.

Alonso de Hita.

Jerónimo Imperatore.

Aquilante de Castillo.

Andrea Grifo.

Antón Cicala.

Francisco de Cárdenas.

Giacopo Gallupoli.

MUERTOS EN COMBATE

General, Flaminio dell' Anguillara.

Per Álvarez Golfín.

Juan de Ovando.

Cristóbal Pacheco.

Alférez, Gil de Oli.

Sebastián Hurtado.

Íñigo de Soto.

Nuncibay.

Juan Pérez de Vargas.

Francisco Ortiz.

0Salazar.

QUEDARON EN EL FUERTE Y NO CONSTA LA SUERTE QUE TUVIERON, SI BIEN LOS MÁS MURIERON

Coronel, Stefano Leopart.

Sargento mayor, Martín de Lequeque.

Capitanes, Bernardino Álvarez de Mendoza.

Federico Mazzalotte.

Juan Osorio de Ulloa.

Rodrigo Zapata, que entregó el fuerte.

Juan de Funes, que capituló.

Juan del Águila, idem.

Jerónimo de la Cerda.

Juan de Gama.

Sebastián Poller, inventor de los alambiques.

Maestres de campo, Alonso Padilla.

Miguel de Barahona.

Jerónimo de Piantanigo.

Capitanes, Bartolomé González.

Adrián García.

Pedro Vanegas.

Alonso de Guzmán.

Pedro Bermúdez.

Antonio de Mercado.

Gregorio Ruiz.

Juan de Vargas.

Carlos de Haro.

El Conde Galzano Anguisciolo, florentino.

Diego de la Cerda.

Luis de Aguilar.

Álvaro de Luna.

Jerónimo de Sande.

Juan Ortiz de Leyva.

Frías.

Martín Galarza.

Alonso Escobar.

Alonso Golfín.

Bravo.

Gaspar de Tapia.

Juan Paulo.

Pedro de Aguayo.

Juan Daza.

Francisco Rota.

Francisco Collazos.

Álvaro de Luna.

Clemente, siciliano.

Gabriel Girardo.

Georgio, siciliano.

Stefano Palavicino.

Charles de Vera.

Mos de Indón.

Mos de Lampujada.

Álvaro de Lara.

Julio Malvesín.

Gaspar Peralta.

Juan Antonio Spínola.

Jerónimo de Montesoro.

Constantino Sacano.

Giuseppe Tremarchi.

Juan Andrea Fantone.

Pedro de Vida.

Pedro de Juan.

Lucas Calabres.

Pedro de Almaguer.

Juan de Zayas.

Perucho Morán.

Juan de Zayas.

Juan de Castilla.

Luis de Aguilar.

Diego de Santa Cruz.

Pedro de Vargas.

Bernardino de Velasco.

Sebastián.

Bernardo de Quirós.

Piantanigo.

Borja.

Guillén Barbarán.

Garay.

Fuentes.

Juan Pérez de Vargas.

Diego de Vera.

Antonio Dávila.

Alférez, Sedeño.

Herrera.

Beltrán.

Serrano.

Pedro Ginovés.

Hidalgo.

Francisco Ortiz Zapata.

Diego de Castilla.

Martín de Ulloa.

Andrea Espinguel.

Rodrigo de Cárdenas.

Valdés.

Comisario, Pacheco.

Contador, Juan de Alarcón.

APÉNDICE I

RELACIÓN

de la jornada que hicieron á Trípol de Berbería las armadas católicas, años 1560 y 61. 38

Fray Parisote, Maestre de los Caballeros de San Juan, codicioso de adelantar y ennoblecer su religión, como buen administrador della, teniendo siempre ante los ojos la perdición de Trípol, con deseo de recobrarle, aunque no se había perdido en su tiempo que él gobernaba, sino en el del Maestre pasado, ansí por enmendar el daño que los turcos habían fecho en cosas de la Religión, como por el mal y desasosiego que daban á Malta los cosarios que en Trípol se recelaban, viendo la paz y hermandad que de nuevo había entre los Reyes de España y Francia, parecióle oportunidad para anteponer la impresa, comunicándolo primero con el Duque de Medinaceli, que al presente estaba en el gobierno de Sicilia, porque á él como Visorrey de aquel reino tocaba ser General de la impresa cuando se hobiese de hacer.

Al Duque paresció muy bien lo que el Maestre procuraba, porque allende del beneficio grande que venía al reino quitando un tan mal padrastro, de cabo él por su parte desearía hacer alguna cosa en Berbería, digna de memoria, como lo había hecho el Visorrey pasado Joan de Vega en la tomada de Africa, y ansí acordaron de escrebir los dos al Rey sobrello, encargando la solicitud del negocio al Comendador Guimarán, que se hallaba en la corte.

No pareció mal al Rey lo que el Maestre y Visorrey demandaban, por amparar y favorecer una religión de tanta antigüedad y nobleza, con el amor y afición que lo había hecho la buena memoria del Emperador, su padre, y los Reyes de España, por el beneficio y quietud que resultaría á sus vasallos.

Trató el negocio con los que se hallaban allí en corte, que lo entendían, y no contento con esto dió parte dello al Príncipe Doria, para no hacer cosa sin consejo y parecer de un hombre de tanta reputación y que con tanta afición y lealtad había servido siempre, y de más experiencia en semejantes cosas más que otro alguno.

En este medio, el Maestre y el Duque tornaron á escrebir sobre el mismo negocio á S. M. Estaba de partida para España, y viendo la respuesta del Príncipe, escribió al Duque de Medinaceli que hiciese la jornada con el consejo y parecer del Príncipe Doria y del Maestre y Duque de Florencia, que había de enviar sus galeras. Para ello mandó al Duque de Alcalá, Visorrey de Nápoles, que diese la infantería española de aquel reino, y que D. Alvaro de Sande, coronel della, la llevase, con la que el Duque de Sesa, gobernador del estado de Milán, daría. Escribió ansí mismo á Joan Andrea, General de la mar, que fuese á servir en la jornada con sus galeras, sin apartarse de lo que el Duque de Medinaceli hobiese menester del armada. Á D. Sancho de Leyva, General de las galeras de Nápoles, escribió mandándole que llegados en Berbería saliese en tierra con el Duque, y en el progreso de las cosas de guerra le aconsejase, como prudente, todo lo que hobiese de cumplir, y al Duque escribió que no hiciese cosa sin dar parte á D. Sancho.

El Visorrey, vista la orden de S. M., avisó al Maestre para que toviese en orden las galeras y gente que había de servir en la jornada, y por su parte entendió en buscar dinero para las provisiones que eran menester, y para pagar los soldados españoles de la isla, que se les debían catorce pagas, y para hacer de nuevo gente envió á Caldes, caballero de la Orden de Santiago, á Nápoles, á demandar la gente y artillería que le habían de dar.

Al Duque de Alcalá no le pareció, en tiempo tan sospechoso, quitar los presidios de las tierras de marina, estando como estaba el armada del gran Turco á la Belona y teniendo la nueva que tenían de la muerte del Rey de Francia, que por este mismo respeto el Duque de Sesa había suspendido el licenciar la gente, por no estar bien acabada de confirmar la paz.

Todos los ministros de S. M. estaban á la mira si con el nuevo Rey hobiese nuevo acuerdo en lo de la paz, y ansí acordaron en Consejo que Don Alvaro de Sande viniese á Mesina, como vino; y hallando quel Visorrey daba priesa á las provisiones, con deseo de llevar adelante la empresa, y viendo esta determinación, por no perder tiempo, partió D. Alvaro con las galeras á Génova, para ir de allí á Milán por la gente.

Severino fué por pagador, con los dineros, y dió la paga en Génova, de manera que anduvo después en pleito con los maestros racionales, que no se le daban por bueno, aunque daba por excusa que D. Alvaro se lo había mandado hacer ansí.

Mientras D. Alvaro fué á Milán, el Duque despidió capitanes para que hiciesen gente en Sicilia y Calabria y repartió por todas las tierras de la isla, que cada una diese tantos gastadores. Destos hicieron compañías con sus capitanes y banderas.

Entre tanto que la gente de guerra se recogía á Mesina, se entendía en embarcar la artillería y municiones y vituallas. Todo esto era tan bueno y en tanta abundancia, que sobraba para doblado ejército del que había de ir. Desluciólo todo la poca maña que el Comisario D. Pedro Velázquez tuvo, ansí en el embarcar, como en el repartir; y si flojamente se pasó en esto, muy peor lo hizo en tomar muestra á los soldados españoles de la isla y á los calabreses y sicilianos. Dió lugar, por ser mal plático, á que los capitanes se aprovechasen á su placer. Tomaba la muestra en la iglesia mayor, abiertas todas las puertas, y muchas veces de noche, y ansí, cuando pensamos llevar 15 ó 16.000 hombres, hubo pocos más de 10.000. El mismo engaño de las pagas hubo después en las raciones.

D. Alvaro volvió de Milán de mediado el mes de septiembre y trajo 18 banderas de españoles, tan pobres de gente, que no pasaban de 800 ó 900 soldados, y tres de tudescos, en que había otros 800, sin otra que se hizo después, y 16 banderas de italianos, en que había hasta 3.000, muchos dellos franceses y gascones. Desde á pocos días después de llegado se echó bando, que duró una hora el publicarle, y entre muchas cosas que decía mandaba que ningún soldado fuese á correr en Berbería ni tomase ropa ni esclavo á otro, so pena de la vida. Fuera harto mejor mandar que no talasen los morales y olivos de que muchos pobres ciudadanos mesineses se mantenían, sin que cada día los teníamos en arma con las muertes y revueltas que á cada paso se hacían, por venir muchos foragidos del reino de Nápoles y Sicilia, con salvoconducto para servir lo que durase la jornada.

El Duque y D. Alvaro entendían en hacer escuadrones y escaramuzas en el Brazo de Sarranela, que dieron harto que reir á muchos y perder la esperanza de que saliesen bien con lo comenzado.

En estas escaramuzas y niñerías acaeció que un soldado español que se decía Herrera dió un bofetón á un caballero ginovés, hijo de Antonio Doria. Pesóle á toda nuestra nación en el alma, por tener tanta afición á su padre, estando este caballero á pie mirando cómo escaramuzaban los de á caballo. El soldado, por huir de los caballos que venían torneando el escuadrón, vino á topar con él y ponérsele delante, y sobre hacerle apartar, le dijo palabras quel soldado se descomedió á darle el bofetón. Metieron todos manos á las espadas, y llegaron allí luego el Visorrey y otros muchos. El soldado se desapareció por la mucha gente que había, y se fué á salvar en una casa donde estaba bien secreto si no le vendieran. Diéronse tan buena maña el César Doria y sus hermanos, con espías y sobornos, que vinieron á saber dónde estaba, y con mucha gente armada entraron de noche y lo mataron y lleváronlo arrastrando á la marina, mostrándolo de galera en galera con un esquife. De ahí lo llevaron á la plaza del castillo, donde pasaba el Visorrey, haciéndole guardia hasta el día, para que le vieran los que salían y entraban. Esto indinó muy mucho la gente de guerra, por lo que sucedieron muertes y se vinieron á poner carteles, sin que se hiciese castigo ni demostración dello.

Entrando el mes de otubre con gran lluvia y tempestad de vientos, á todos los que se les entendía algo de cosas de mar, les parecía desvarío partir en tal tiempo una armada tan grande como aquélla, mayormente dándose la poca priesa que se daban á embarcar lo que era menester, que, según la torpeza y flojedad que en esto usaban, no acabarían por todo aquel mes.

Juan Andrea Doria perdió una galera y un esquife de otra, allí en el Faro, y decía públicamente que si las galeras que traía fueran del Rey, como eran suyas, que no fuera á la jornada, aunque el Rey se lo había mandado; pero que iba porque no pudiese nadie decir que dejaba más la ida por temor de perder su hacienda, que por lo que cumplía al servicio de S. M.

D. Berenguer de Requesens, General de las galeras de Sicilia, fué siempre de parecer que no se fuese á Trípol, y ansí lo decía públicamente y lo escribió al Rey, por lo que vino el Duque á desabrirse con él y á no tratar con alguno de los que contradecían la ida. Con D. Alvaro solamente consultaba y comunicaba todo lo que se había de hacer.

De aquí comenzó la discordia entre los que mandaban, y con este buen principio, á los 25 de otubre de 1560, hizo vela del puerto de Mesina la nave Emperial, que iba por capitana de todas las demás, que serían hasta 40. Iba en ella por Comisario general Andrea de Gonzaga, Coronel y Maestre de campo general de toda la gente italiana, y las naves anduvieron ocho días en bonanzas, dando bordos, sin poder pasar de Zaragoza, donde se entraron el 1.º de septiembre por el mal tiempo. Este mismo día llegaron allí las galeras con el Visorrey, y dende á pocos días se acabaron de recoger las galeras de Cigala y otras naves que faltaban, con gente y municiones.

Por todo el mes de noviembre no se pudo partir de Zaragoza por los malos tiempos. Hízose muy gran daño en la campaña, cortándole los olivos y viñas y árboles fructíferos della para quemar, robándoles las maserías, sin dejarles buey ni oveja en ellas, ni cosa de comer.

Primero de diciembre partió de aquí la armada para Malta, y ya otra vez habían salido y vuéltose al puerto de 20 millas de allí. Esta segunda vez llegaron las naves y galeras á Cabo Páxaro, 60 millas de Zaragoza, y de allí se engolfaron en el canal de Malta. Las galeras pasaron adelante y llegaron otro día á Malta, donde fueron recibidos del Maestre y Caballeros con mucha fiesta. Las naves volvieron aquella noche á Cabo Páxaro con viento contrario, y las dos galeras de Mónaco con ellas, que no pudieron proejar para tomar la isla con las demás por estar largas á la mar. Dieron fondo todas á Cabo Páxaro; y temiéndose de unas burrascas que comenzaron de media noche abajo, disparó la Capitana á levar, y algunas dellas, por darse más priesa, se dejaron las áncoras y se fueron todas á Zaragoza. Después perdieron algunas las barcar por enviar por las áncoras. Deste mesmo puerto salieron otras tres veces, y tantas se tornaron sin poder pasar á Cabo Páxaro.

En esto comenzó la gente á enfermar y morir á más furia quel mes pasado, y los de la ciudad, desdeñados del estrago que se les había hecho y hacía en la campaña, no querían acoger los enfermos, y ansí murieron muy muchos por dejados, como los dejaban á la marina al agua y sereno. Primero que se determinase á darles recaudo, fueron tantos los muertos, que hubo banderas desarboladas y nave en que no quedaron 20 hombres.

Viendo esto Andrea de Gonzaga, envió una fragata á dar aviso al Visorrey de lo que pasaba y de la poca gente que había, porque, sin los muertos, se huían cada día muchos soldados y marineros, tanto que había muchas naves que no podían navegar por falta dellos. Pasaron veinticinco días que no tuvimos aviso de las galeras ni se supo dónde estaban. Andrea Gonzaga estaba con determinación de no partir de allí sin tener respuesta del Duque.

Á los 20 del mes se comenzó á publicar una nueva, sin cierto autor, que las galeras habían pasado á los Gelves sin haber reposado en Malta, mas de tomar gente y municiones. Esta nueva debieron de inventar los zaragozanos ó los de aquellos contornos, por hacer ir de allí las naves. Como esto se comenzó á divulgar entre los soldados, todos deseaban ser ya allá, y ansí daban priesa en la partida, y hubo Capitanes que se quisieron ir sin aguardar la Real, por lo que acordó Andrea Gonzaga partir la noche de Navidad, y otro día, en amaneciendo, al salir del puerto, llegó D. Pedro Velázquez, Comisario de la armada, en una galeota y dió nueva que estaban en Malta.

Más adelante se descubrieron 22 galeras que traía el Comendador Guimarán para hacer ir á las naves y pasar á Mesina por dineros. Llegadas estas galeras á Zaragoza, hicieron lo que solían en las posesiones della. Cargaron de leña para Mesina, y lo mesmo hicieron á la vuelta para Malta. Las naves siguieron su camino con poco viento, y ansí tardaron ocho días y más en recogerse todos á Malta, donde habían llegado otras naves con siete compañías de infantería española del reino de Nápoles, sin otras cuatro que habían venido primero á Mesina. Estas 11 banderas trajeron harto más gente que las de Lombardía. Como iban llegando las naves, les salía á dar orden una fragata que se fuesen á Puerto Xaloque, ocho millas de allí. Después las mandaron venir, y trayendo algunas á jorro las galeras, se metió un temporal tan fuerte, que las galeras las desmampararon y se tornaron á Malta. Las naves corrieron la vuelta de Sicilia hasta llegar á Cabo Páxaro, donde surgieron para volverse con el primer buen tiempo. En una de ellas, en que iba un Gregorio, tocó una compañía de calabreses. Antes que llegase al Cabo, tomando la vuelta para entrar en él, se amotinaron los soldados y dejaron ir la nave en popa, la vuelta de Calabria, hasta llegar al Cabo de Espartivento, y teniendo ligado el Capitán y sus Oficiales, maltratándoles, se hicieron echar en tierra y se fueron á sus tierras.

En el galeón de Cigala iba una compañía de sicilianos del Capitán Lope de Figueroa y otra de gastadores. En viéndole surto, hicieron lo mesmo que los calabreses, y aún más, porque mataron al Sargento y llevaron al Alférez ligado en tierra, y trataban de tirarle con las escopetas. El Capitán de la compañía había quedado en Malta. Primero que salieron del galeón enclavaron el artillería porque no les tirasen con ella, y no pudiendo caber todos en las dos barcas, quedaron de los amotinados hasta 24 ó 30. Los marineros y muchos soldados que no habían sido en el motín, se juntaron y prendieron éstos, y dieron aviso á una nave questaba allí junto, donde estaba el Capitán Artacho, que traía á cargo las siete compañías del reino de Nápoles. Envió por ellos y trájolos á Malta, donde ahorcaron tres de los más culpantes y siete desorejaron y echaron á galera.

Llegados ya todos á Malta tornó la gente á morir, mucho más que en Zaragoza: la causa de esto era el mal pasar de tanto tiempo por la mar, y para los grandes fríos que hacía estar la gente desnuda y sin pagas, trayendo, como traían, mucha ropa de Génova y Milán. Dejaron morir muy mucha gente de frío por no darles á tiempo de vestir. Estaban los monasterios é iglesias llenos de enfermos, que era la mayor compasión verlos morir por aquellos suelos, sin darles recaudo, hasta que el Obispo de Mallorca demandó un casal en que estuviesen, y otras casas en el Burgo, donde los recogió y gobernó lo mejor que pudo.

La solicitud deste Obispo fué parte á que no muriesen muy muchos más de los que murieron. D. Sancho de Leyva hizo adereszar otras casas en que recogía los enfermos que cabían, y los hacía curar y gobernar muy bien de sus dineros, visitándolos él cada día, mandando á los que los tenían encargo que no les dejasen faltar nada. Fué obra para en Malta de gran caridad y de harto más provecho para los pobres que nadie podrá creer, sino los que vieron la necesidad que allí pasaron enfermos y sanos.

Con toda esta mortalidad no faltaban cada día en casa del Maestre máscaras, danzas y fiestas de damas, y torneos y sortijas, con tanto placer y regocijo como se pudieran hacer al tornar de la jornada con victoria.

Aquí se tomó muestra á la gente italiana en la campaña, contándolos en el escuadrón por hileras, y diciendo el Duque de Vivona que había pocos más de 3.000, en los que allí había, que aún faltaban naves por desembarcar su gente, el Duque de Medinaceli le dijo que no dijese que eran tan pocos, de manera que lo entendiese nadie, como si los que salían á verlo no miraran lo mesmo que el Duque, y algunos Capitanes, creyéndose que se hacía la muestra para darles dineros, recogían criados de caballeros que trajeron allí. Conociéndolos algunos que iban con el Duque, se los mostraron y no hizo caso dello; y vista la poca gente que había en las naves, hubo grandes contrastes sobre si se iría adelante ó no. Todos eran de parecer que se tornasen; D. Álvaro sólo tuvo fuerte en que se fuese, tratando de pusilánimos á los que contradecían. El Duque deseaba en extremo salir con lo que había comenzado, viendo que un hombre de tanto valor y experiencia como D. Álvaro, en cosas de guerra, mayormente en Berbería, donde había hecho tantas y tan buenas cosas, facilitaba tanto la empresa, tenía esperanza de salir con ella, y ansí acordó de enviar capitanes á Sicilia y Nápoles á hacer gente de nuevo, dándoles orden que nos viniesen á hallar en Trípol.

En este medio tornaron las galeras que habían ido á Mesina. El Visorrey, fastidiado de haberse detenido tanto en Malta, dió priesa á la partida, y á los 9 de hebrero se salió de casa del Maestre sin despedirse dél ni hablarle, se fué á embarcar. El Maestre quisiera tornarle aquella noche á casa y no pudo.

Otro día se partió con toda la gente y armada; las galeras sacaron fuera las naves que habían de ir. Licenciaron algunas ansí por la falta de gente como de vituallas, y pudiera licenciarse más, que hubo nave que fué con 200 quintales de bizcocho, sin gente ni otro cargo. La licencia que dieron á los pobres patrones fué para acabarlos de echar á perder, porque allende de no pagarles lo servido, les tomaron las gumenas y áncoras y marineros, para darlos á los que iban á servir, y sobre todo esto, compuso muchos dellos el alguacil real de Joan Andrea, como hizo á otros en Mesina.

Dióse orden á todas las naves que siguiesen la capitana, sin decirles dónde habían de acudir si acaso se perdiesen unas de otras, como suele acontecer. La general llevaba orden de ir á Cabo de Palos; caminaron todo aquel día y la noche con viento próspero; después se les volvió el tiempo de manera que vinieron á descaecer á los Secos de los Querquenes, donde surgieron, aunque no todas, que algunas habían perdido la Real por un mal temporal que duró poco.

Las galeras partieron de Malta ya tarde, el mismo día que las naves, y llegadas al paraje de una isla que se dice la Lampadosa, donde se había de hacer agua y leña, por la falta que hay della en Berbería, pasáronse sin tomalla, caminando derechas á la isla de los Gelves, donde llegaron sobre tarde.

Antes de llegar descubrieron dos naves: fueron D. Sancho de Leyva y Scipión de Oria, y tomó cada uno la suya; la gente dellas se huyó en tierra. También descubrieron dos galeotas en la Cántara. Según se ha entendido de los esclavos dellas, estaban ya los turcos para huirse en tierra si vieran que iban nuestras galeras á ellas. Debiéronlo dejar por ser ya tarde. Ellas se huyeron aquella noche y hicieron harto daño. Tomaron algunos bajeles pequeños que se habían perdido de las naves, y fué el Truchalí, que las traía, á Constantinopla á solicitar la venida de la armada. Nuestras galeras se recogieron todas á la Roqueta, y otro día por la mañana echaron gente en tierra para hacer agua; y como los de la isla habían descubierto las galeras el día antes, acudió mucha gente de pie y caballo: pusiéronse en unos palmares allí cerca. El Visorrey tenía en tierra hasta 3.000 hombres, y hecho el escuadrón, mandó salir arcabuceros que fuesen á escaramuzar con los enemigos. Trabóse de manera la escaramuza que duró cinco ó seis horas, y tan reñida, que vinieron hartas veces á las espadas. No osaban los nuestros alargarse mucho del escuadrón por la caballería de los enemigos. Muchos soldados pelearon este día muy bien. Hubo muertos y heridos de todas partes, aunque pocos. No se tomó ninguno para lengua, que fué harto mal para nosotros no saber lo que había en la isla antes de partir della.

Después quel Duque entendió que las galeras habían hecho su aguada, por ser ya tarde mandó retirar la gente del escaramuza, y al recoger, que se recogían al escuadrón, comenzaron á cargar los enemigos, con la grita y alarido que suelen, y acercáronse tanto, que hirieron algunos en el mesmo escuadrón.

Á D. Álvaro dieron este día un arcabuzazo, andando á caballo. No le hizo mal. Anduvo muy bueno este día en dar orden, y todo lo demás que se debía á su cargo y reputación. Toda la gente se embarcó, sin que los enemigos hiciesen más mal, aunque al embarcar, por darse algunos más priesa que era menester, hubo alguna desorden.

Aquella misma noche se fueron las galeras y vinieron el día siguiente á hallar las naves surtas en los Secos. Proveyeron de agua á muchas naves que les faltaba, que con la priesa del partir de Malta no habían tomado el agua que habían menester. De allí partieron todos juntos á Cabo de Palos, donde llegaron otro día.

Al salir de Malta quedaron nueve galeras que no partieron con la Capitana: las ocho dellas partieron aquella misma noche: la patrona de Cigala se quedó en el puerto: las ocho siguieron el mismo marinaje que las primeras: llegaron á los Gelves con dos horas de día á la misma Roqueta donde las otras habían estado, y teniendo necesidad de tomar agua, juntáronse los Capitanes de infantería española; fueron á hablar al Duque de Vivona, que venía en la Capitana de Florencia, para ver si la hacían; el Duque les dijo que iba allí como hombre particular, que no tenía cargo para dar orden; que ellos, como hombres de guerra, viesen lo que era menester, que él les favorescería con su persona y criados, y ansí determinaron los Capitanes de salir en tierra con sus Oficiales y hasta 300 hombres, hecho un escuadrón. Dellos apartaron hasta 30 arcabuceros, y pusiéronlos en un alto, cerca del escuadrón, para que tirasen de allí unos moros de á caballo para que no se acercasen á estorbar el hacer del agua, y ansí estuvieron todo el tiempo que duró el hacerla. Hecha el agua, se comenzaron á embarcar algunos soldados, y con ellos el Capitán Joan de Funes, y el Capitán Joan del Aguila había harto que había embarcado diciendo que no se sentía bueno. Los otros cinco Capitanes no se quisieron embarcar hasta los postreros. En esto se levaron unas galeras para mejorarse á otro puerto á donde descubriesen los moros para tirarles. Como los enemigos les vieron vueltas las popas y retirarse los arcabuceros que les tiraban para irse á embarcar, cerraron con ellos y rompiéronlos. Entrando dentro en la mar, secutándolos, mataron y prendieron hasta 150 hombres; los presos fueron muy pocos; murieron todos cinco Capitanes peleando muy valerosamente delante sus soldados. El Capitán Adrián García, Pedro Vanegas, Pedro Belmudes, Antonio Mercado y D. Alonso de Guzmán. Éstos se perdieron de buenos, que bien se pudieran embarcar si quisieran. Tuvieron por mejor morir que no desamparar sus soldados. Los demás se recogieron á las galeras, quién á nado, quién en los esquifes. Partiéronse luego de allí con este buen suceso, y vinieron á Cabo de Palos. A todos dió pena esta desgracia.

36.Memorial histórico español, publicado por la Real Academia de la Historia, tomo XI: Madrid, 1859, fol. 43.
37.Murió en Constantinopla.
38.Academia de la Historia, Colección Salazar, G-64.
Yaş sınırı:
12+
Litres'teki yayın tarihi:
27 eylül 2017
Hacim:
380 s. 1 illüstrasyon
Telif hakkı:
Public Domain