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Kitabı oku: «Los monfíes de las Alpujarras», sayfa 28
Doña Esperanza, que asi sabia don Juan que se llamaba la duquesa de la Jarilla, perdió su expresion severa bajo el influjo de las palabras del marqués, y juntando sus hermosas manos y fijando en el jóven una mirada suplicante exclamó:
– ¡Por piedad, caballero! ¡ved que cada momento que pasa es un siglo para mi honra! aun es tiempo: el tumulto ha sido horroroso y nadie tendrá nada que decir si me llevais ahora mismo á la córte, que no debe estar lejos.
– Si, si, doña Esperanza; pero meditad al mismo tiempo que yo, por socorreros, he perdido mi toquilla en ese tumulto; que vos estais en trage de córte; que habeis perdido tambien vuestro velo y que, de seguro, con esta clarísima luna, llamaremos la atencion de las gentes al atravesar á Madrid en busca de la córte que, sin duda está ya en el alcázar.
– ¡Oh, Dios mio! exclamó la duquesita, conociendo el peso de las razones de don Juan.
– Pero hay un medio, dijo este.
– ¿Cuál?
– Entrar en cualquiera de esas casas vecinas.
– ¡Oh! ¡eso jamás!
– Entrar para esperar únicamente que venga una litera.
La duquesa levantó sus magníficos ojos, y los fijó radiantes, límpidos, en el semblante del jóven, que nunca se habia visto mirado de aquel modo por ninguna otra mujer: comprendió por aquella mirada que la duquesita era su destino, mas que su destino: su señora, la pasion de toda su vida; su alma se anegó en el abismo de aquella mirada, y de sus ojos partió otra mirada por la que se exhaló toda su alma.
Aquellos dos seres se habian confundido en uno.
Dios los habia criado el uno para el otro, y la casualidad los habia reunido.
– ¿Quereis que entremos en una casa que no conozco, don Juan? dijo la jóven.
– ¡Cómo! ¿Sabeis mi nombre?
– ¿No sabeis vos el mio?
– ¡Me amais!
– Confio en vuestro honor. Entremos en esta casa don Juan, mientras buscan una litera.
El marqués no la contestó.
La asió de la mano, se fué á un casuco situado en un rincon lóbrego de la plazuela, y llamó.
Abrieron poco despues aquella puerta.
Mediaron algunas palabras en voz baja, entre el marqués y la persona que habia abierto; sonaron algunas monedas, y al fin doña Esperanza y el marqués desaparecieron por el oscuro fondo.
La puerta volvió á cerrarse en silencio.
CAPITULO II.
¡La hermosa duquesita se ha perdido!
El incendio del monumento del Buen Suceso, en 1567, causó una sensacion profunda en lo que podemos llamar mundo elegante de la córte.
Y no era por cierto porque á sus magestades les hubiese acontecido ninguna desgracia, ni porque se hubiera destruido el templo, que, gracias á Dios, y al celo y actividad de los vecinos, solo habia quedado ligeramente ahumado en la bóveda, y algo mas profundamente chamuscado en el tabernáculo; ni porque hubiese habido muertes ni fracturas: todo se habia reducido á un buen susto, á algunas contusiones, y á otras tantas caidas: lo que habia hecho célebre al tal incendio, habia sido que á causa de él, la magnífica duquesa de la Jarilla, la poseedora de diez dehesas, veinte montes, y cien lugares, se habia perdido.
Al salir la córte de la iglesia, hallaron las dueñas que de su hermoso rebaño se habian descarriado cinco magníficas ovejas: cuatro de ellas, que se habian revuelto entre la multitud, se presentaron de nuevo en sus puestos, servidas por otros tantos caballeros, apenas el tumulto se hubo desvanecido; pero la mas hermosa, la duquesita, la mujer del marquesito de la Guardia, no parecia.
El rey mandó que la mitad de los gentiles-hombres que le acompañaban, algunas dueñas, y todos los alguaciles que hubiese á mano, se pusieran en busca de la perdida duquesa, y la córte se volvió como si nada hubiera acontecido á palacio: solamente la reina hablaba cuidadosa con el rey; pero el rey contestaba que nada está perdido, que todo se encuentra cuando se sabe buscar bien, y sobre todo que aquello era acaso una permision de Dios, para que doña Esperanza de Cárdenas, que era un tanto presumida y voluntariosa, doblegase su soberbia, y encontrase su salvacion entrando á servir á Dios en el cláustro.
Y cuando el rey decia esto, miraba de una manera singular; pero disimulada y profunda, á su hijo el príncipe don Carlos de Austria, mozo de veinte y dos años, que marchaba á su lado, cabizbajo y profundamente pensativo y al parecer contrariado.
– Porque, añadia el rey sin dejar de observar á su hijo, el que se pierde es porque quiere, y dama que de tal modo se ha perdido, bien pudiera perder á alguien, y no es bien tener en nuestro alcázar dama que entre tan poca confusion se pierde, que en tan poca agua se ahoga.
Asi es que el rey, en cuanto llegó al alcázar, tuvo muy buen cuidado de hacer decir por un gentil-hombre al duque viudo de la Jarilla, que su hija se habia perdido, y que se dispensase, si parecia, de enviarla á palacio.
El duque recibió por el rey aquella noticia; pero los gentiles-hombres, la servidumbre de palacio, y los alguaciles, se encargaron de que la supiese todo el mundo.
Las dueñas, convenientemente acompañadas, anduvieron dando vueltas, y preguntando durante dos horas, transcurridas las cuales se retiraron á palacio: los alguaciles rondaron hasta la media noche, y dieron parte de no haberse descubierto el menor indicio de su excelencia la señora duquesa de la Jarilla, y en cuanto al padre de esta, el duque viudo, estuvo dando vueltas por Madrid con todos sus criados, que venteaban como sabuesos, y que, sin embargo, nada lograron sacar en limpio en toda la noche.
Cuando irritado Yaye, como un leon hambriento, se volvía á su palacio, encontró delante de su puerta una mujer de mediana edad, de buena apariencia, y á todas luces de la clase artesana, que llamaba á grandes golpes, sin que nadie la contestase: esto consistia en que todos los criados, desde el mayordomo hasta el último marmiton, habian salido en busca de la duquesita, y la casa habia quedado abandonada solamente á las mujeres de la servidumbre.
Yaye, que no habia desfogado bastante su cólera con los criados, á pesar de que habia llegado al lamentable extremo de aporrear á cuatro lacayos, embistió muy de mal talante con aquella mujer.
– ¡Con mil legiones! ¿qué quereis vos á las puertas de mi casa? exclamó mirando á la mujer con ojos centelleantes.
– ¿Es vuecelencia el señor duque viudo de la Jarilla? preguntó toda trémula aquella mujer.
– Sí, y bien… ¿qué quereis?
– La señora hija de vuecelencia…
– ¡Mi hija! ¿qué sabeis vos de mi hija?
– La señora duquesa, está en mi casa.
– ¡Que mi hija está en vuestra casa!
– Y me ha dado esta carta para vuecelencia.
Yaye tomó con una mano que temblaba de cólera, una carta que le dió aquella mujer con otra mano que temblaba de miedo, rompió la nema y devoró, que no leyó, el contenido del escrito.
– ¡Harum! exclamó roncamente Yaye, acercándose á uno de sus servidores despues de haber leido la carta, y guardádola en su escarcela: pronto una litera, y conmigo.
La litera estuvo dispuesta al momento.
– Y vos mujer, añadió Yaye, guiad á vuestra casa.
La mujer echó á andar.
– ¿Cuándo fué mi hija á vuestra casa? la preguntó el emir.
– La señora no fué, dijo la mujer.
– ¿Cómo que no fué?
– La llevó mi marido que la encontró desmayada en la plazuela.
– ¡Ah! ¡la encontró desmayada! ¿y cuándo?
– Despues de oscurecer.
– ¿Y por qué no me avisásteis al momento?
– ¡Ah, señor! nosotros no sabiamos que la señora fuese hija de vuecelencia.
– ¿Cómo que no lo sabiais? ¿pues no os lo ha dicho mi hija?
– La señora duquesa ha estado desmayada hasta el amanecer.
– ¡Desmayada! ¡Desmayada! ¿habeis llamado á algun médico?
– No, no señor: temimos, como vimos que era una dama principal… que la conocieran… y se enteráran de que habia estado perdida… y luego… en fin, como nada sabiamos, no nos atrevimos á nada.
– ¿Y se atrevió vuestro marido á llevarla á su casa?
– ¿Y cómo habia de dejar en la calle, sola, abandonada, á una señora tan jóven, tan hermosa, y con tan ricas alhajas, expuesta á los libertinos y á los ladrones? no, no señor: mi marido hizo muy bien: sábenlo Dios y la justicia; y si le castigasen por ello, harian muy mal.
– Pero… ¿por qué no avisásteis á palacio? ¿No sabeis que en estos días solo visten de ceremonia las damas de la reina?
– Nosotros no entendemos de eso, señor, y como nada sabíamos dijimos: cuando vuelva en sí, nos dirá quién es, y lo que debemos hacer. Hay que confesar que el marquesito de la Guardia, autor de esta tragi-comedia, habia previsto todos los golpes y preparado todas las paradas: lo que demuestra, que cuando aquella mujer habia aprendido tan bien este juego, era una bribona consumada.
Al fin llegaron á la casa.
Al ver su pobre aspecto, se le heló la sangre al duque; pero dominó su cólera, á fin de que esta no le impidiese hacer con fruto la mas ligera observacion, y dejando á sus criados, con la litera, en la calle, entro en la casa cuya puerta habia abierto la mujer.
CAPITULO III.
De cómo un niño puede ser el dedo de Dios
Cuando entró en una húmeda y oscura sala baja el emir, una forma blanca y gentil adelantó, y se arrojó sollozando en sus brazos.
Era la duquesita.
Yaye la estrechó dulcemente contra su pecho, afectando solamente el cuidado natural de un padre en aquellas circunstancias, y la dijo besándola en la frente.
– ¡Oh, qué noche! ¡qué noche tan horrible, hija mia!
Despues la separó un tanto de sí, y la miró fijamente: la duquesita estaba muy pálida; pero en sus ojos brillaba aun la expresion de su tranquila pureza.
– Yo no sé dónde he estado, padre mio; dijo la jóven… apenas recuerdo… estas buenas gentes me han dicho que anoche…
– Te encontraron desmayada.
– Asi es, señor, dijo el marido.
– Despues he recordado no sé que cosa horrorosa, dijo doña Esperanza: un incendio… gentes que gritaban y se atropellaban… ¡Oh, Dios mio! luego… yo corria… de repente sentí un vértigo… unas angustias horribles… despues nada… no recuerdo mas, sino que al abrir los ojos, me he encontrado aquí, tendida en un lecho, con las mismas ropas que me habia puesto para acompañar á sus magestades.
Mientras doña Esperanza hablaba, Yaye ponia el mayor cuidado en observar cuanto tenia alrededor: los dos esposos, como dominados por la presencia de tan nobles personas en su casa, estaban en la mas humilde actitud y guardando el mas respetuoso silencio á la puerta del aposento, de la que no habian pasado: un chiquillo como de cinco años, estaba junto á una mesa mirando alternatívamente á un cajon entreabierto y á sus padres: en un momento en que estos estaban abstraidos, mirando á Yaye y á su hija, el muchacho abrió silenciosamente el cajon, y sacó de él una moneda: Yaye se levantó rápidamente, asió la mano del niño, y sacando de ella un dorado doblon de á ocho, le mostró al marido.
– Vuestro hijo os roba, amigo mio, le dijo, y debeis castigarle: hoy os roba á vos; mañana robará á otro. Y abrió mas el cajon para echar en él la moneda. Dentro habia como hasta una docena de doblones.
– Buenos ahorros teneis, dijo el duque señalando con un dedo inflexible aquel oro.
El marido se puso sumamente pálido y balbuceó algunas palabras; la mujer, aunque un tanto alterada, contestó sobre la palabra de Yaye:
– ¡Ah, señor! los pobres no podemos ahorrar tanto dinero; lo debemos á la caridad de la señora.
– Has hecho bien, hija mía, dijo Yaye: debemos premiar cumplidamente á los que de tal modo nos sirven, y yo me encargo de acabar de recompensar á estas buenas gentes: tomad, añadió dándoles una bolsa de seda llena de oro; que os quede un buen recuerdo de que ha pasado una noche en vuestra casa la duquesa de la Jarilla.
Y asiendo de la mano á su hija salió con ella.
La pobre jóven leyó en los ojos de su padre cuanto aquel guardaba en su alma; pero ni se inmutó ni tembló, aunque habia visto algo horrible.
Esto consistía en que por uno de esos impulsos incomprensibles de la mujer, habia aceptado su destino al entrar con don Juan en aquella casa.
Entre tanto la mujer que habia permanecido en la puerta de la calle hasta que doña Esperanza entró en la litera y Yaye se alejó con ella y su servidumbre, dijo volviéndose á su marido.
– ¡Pedro, tenemos oro; pero es necesario que nos vayamos á gozarle muy lejos! Ese duque me parece un hombre terrible y… todo lo ha adivinado… estoy segura de ello.
– Tú tienes la culpa, Francisca, contestó el marido con acento profundo… yo no quería… pero tú te empeñaste… tú tienes la culpa… ese oro maldito caerá sobre nuestra cabeza y sobre la de nuestro hijo.
…
Apenas habia entrado Yaye en su casa y dejado á Doña Esperanza en su aposento, cuando su ayuda de cámara le entregó una carta cuidadosamente cerrada.
Aquella carta contenia estas solas palabras:
«Señor: el príncipe ha pasado la noche fuera del alcázar; como siempre le ha acompañado el comediante Cisneros. Merced á los buenos servicios del mayordomo del príncipe Garci-Alvarez Osorio, el rey no sabe nada. Pero yo vigilo y lo sé todo. Señor: vuestro humilde esclavo, Aliathar.
– ¡El príncipe de Asturias ha pasado la noche fuera del alcázar! exclamó con un acento incomprensible Yaye, y se quedó profundamente pensativo, con los ojos fijos en aquella carta, apoyados los codos en la mesa y el rostro en sus puños crispados.
Gran rato despues de haber permanecido en esta posicion agitó una campanilla de plata, y dijo á un camarero que se presentó á la puerta.
– Que vayan al momento casa del comediante Cisneros, y que le digan que sin pérdida de tiempo deseo verle.
CAPITULO IV.
La fuerza de la mujer
Yaye no permaneció mucho tiempo solo.
Abrióse silenciosamente una puerta de servicio y sin ruido, apagado el de sus pasos por lo muelle de la alfombra, adelantó, completamente vestida de negro, doña Esperanza, que no se detuvo hasta sentarse en un sillon junto á su padre.
Este no la habia visto, abstraido en lo profundo de sus pensamientos, ni reparó en ella hasta que la duquesita, despues de haberle mirado intensamente durante algunos segundos, le dijo:
– Padre: la fatalidad nos persigue.
Volvió el duque la cabeza, miró fijamente á su hija con una mirada extremadamente lúcida y la dijo con acento opaco:
– ¡Te has vestido de luto, Amina! ¡has hecho bien!
– Vengo preparada á todo, padre, contestó Amina, á quien seguiremos dando este nombre.
– ¿Con que es verdad?
– Yo no sé mentir.
– Y quién ha sido… exclamó con voz temblorosa Yaye, y se detuvo.
– Escúchame padre, y mata despues á tu hija: pero sabe antes; que si ha olvidado un momento lo que te debia, lo que á sí misma se debia, la ha arrastrado la fatalidad.
– ¡Estaba escrito! exclamó con doloroso sarcasmo Yaye.
– Lo que Dios quiera que se cumpla se cumplirá padre. ¿Qué somos sobre la tierra? una hoja seca que arrastra delante de sí el viento del destino.
Yaye se estremeció.
– Permiteme, padre, que te relate una leyenda que hace muchos años nos contó, en una hermosa noche de verano, la esclava que el dey de Argel habia destinado para que nos entretuviese á sus hijas y á mí, con hermosos cuentos.
Yaye miró con asombro á su hija.
La jóven continuó sosteniendo con su diáfana mirada, la mirada sombría de su padre.
– Hé aquí la leyenda que nos refirió la esclava, dijo al fin:
«Hay en el centro de la Arabia un jardin maravilloso, en que todo es eterno, jóven é inmarchito. Este jardin, creado por Dios para recreo de sus escogidos, es el jardin de Hiram. Muchos le han visto en diferentes épocas; pero nadie sabe en qué lugar del desierto está situado. Algunas mañanas, antes de que aparezca el sol en el horizonte, las caravanas que atraviesan los ardientes arenales, suelen ver á lo lejos, tras una diáfana niebla de color de rosa, una ciudad, cuyos minaretes de oro brillan de una manera deslumbrante; aquella ciudad está rodeada de bosques verdes como la esmeralda, cuyo suave murmurio al agitarlos el viento, se escucha á lo lejos tenue y perdido; pero melodioso como la música mas regalada. Los primeros de nuestros abuelos que vieron aquel prodigio, creyeron que el jardin fuese alguna ciudad desconocida, habitada por gentes ricas y poderosas, y dirigieron á ella sus pasos; pero siempre que esto hacian, la ciudad caminaba delante de ellos como una nube, y siempre desaparecia, cuando los primeros rayos del ardiente sol reberberaban en los arenales. Despues se supo que el jardin solo se dejaba ver, para patentizar á los hombres las delicias del paraiso, donde despues de su muerte deben vivir los justos en un dia sin fin, y desde que esto se supo, cuando el jardin de Hiram aparecia alguna vez á los errantes árabes, no pretendian llegar á él, sino que se prosternaban y adoraban la grandeza de Dios, despues de lo cual, seguian su ruta sin dejar de mirar la hermosura de aquella obra del Altísimo, hasta que con los primeros rayos del sol desaparecia. – Cuando Dios queria que un justo, antes de acabar su peregrinacion sobre la tierra, gozase las delicias del paraiso, le inspiraba el deseo ó la necesidad de ir á una ciudad distante, cuyo camino fuese por el desierto. Cuando el varon á quien Dios habia escogido para que viese el jardin de Hiram, cansado, abrasados los pies y sediento, se apresuraba por llegar á un cercano oasis, apenas entraba en él, Dios le inspiraba un sueño profundo, del cual despertaba instantáneamente al eco de una música superior en armonía á cuantas pueden oir los hombres. El justo se encontraba en un jardin deleitoso: su suelo, cubierto de un finísimo césped, salpicado de florecillas de vivísimos colores, era superior en belleza á la mas preciada alfombra de la India: aquellas florecillas, de suavísima fragancia, formaban con sus matices peregrinas labores, y aquí, y allá, y en todas partes, se veian escritos con flores el nombre de Dios y sus alabanzas, y los eternos versos del libro de la santa ley: el cielo era diáfano y transparente y en medio de él, inundándole de resplandores que no ofendian á la vista, brillaba un sol, cien veces mas grande, puro y resplandeciente, que el sol del desierto: las hojas de los árboles, y de los arbustos, y de las flores, eran de esmeraldas, de topacios, de rubíes, de carbunclos y de cuantas preciosidades Dios en su grandeza crió: los arroyos y los lagos parecian de líquidos diamantes, y entre la sombra y la fragante frescura de los bosquecillos, habia magníficos alcázares, de los cuales había sido el único artífice la palabra de Dios. ¿Cómo se podría contar la belleza de lo que solo podía ver con los ojos de su alma un justo? ¿ni cómo compararla con el lodo y la escoria de la tierra? El que entraba allí solo salia para contar á los hombres tanta maravilla y morir, para ser trasladado, en premio de sus virtudes al paraiso, imponderablemente mas bello que el jardin de Hiram. – Pero la maravilla de las maravillas del jardin, no lo eran ni sus prados aromáticos y blandos á la planta, como un mullido lecho; ni sus espesuras fragantes; ni su cielo, ni su sol, que brillaba inmóvil en un eterno dia; ni sus alcázares ni sus flores, sino la hada de juventud inmarchita y siempre pura, puesta por Dios en aquel edem como su flor mas preciada. Muy pocos habían logrado ver su hermosura, y estos habian desfallecido ante ella. Era mas blanca que los primeros albores de la mañana; sus cabellos, negros como el manto de la noche, la cubrian casi enteramente de suavísimos y perfumados rizos; sus ojos resplandecian á través de sus negrísimas pupilas; su semblante daba á quien le veia la paz de los cielos, y su resplandeciente túnica dejaba ver bajo su tela sutilísima, la belleza mas perfecta que habia creado la voluntad de Dios. El alma de quien la miraba se anegaba de delicias sin fin; el perfume de su aliento dilataba la vida y la hacia mas fácil. El hombre mas impuro se hubiera tornado casto como un arcángel del sétimo cielo por sola una mirada de sus ojos y santo por un solo beso de su boca. – La hada vivia feliz y venturosa con su eternidad sin deseos, en aquel edem de delicias: para ella no existia el tiempo; flotaba alegre en los aires sobre nubecillas de color de rosa, y sus cantos de alabanza á Dios, solían ir á confortar al cansado peregrino del desierto, próximo á sucumbir á la fatiga. Otras veces flotaba sobre las aguas de los lagos tan diáfana y tan fresca como ellos, y se anegaba en su fondo, y fuego se elevaba como un vapor y discurria por los bosques y por las praderas, corriendo tras las mariposas. – Pero un dia, el eterno enemigo del cielo y de los hombres, Satanás, el envidioso y el soberbio, sintió envidia por la felicidad de la hada, y se propuso hacerla tan infeliz como las mujeres de la tierra. – Dios quiso en sus misteriosos juicios, que el espíritu maldito pudiese llegar hasta la hada, encubierto bajo una hermosa apariencia. Satanás habia sabido ocultar su sonrisa impura, apagar el fuego terrible de su mirada, y embellecerse con una hermosura tal como la que habia perdido, ó mas bien lo consintió Dios. – La inocente salió á su encuentro y le sonrió: entonces Satanás la estrechó en sus brazos, la besó en la frente, y desapareció. – La hada arrojó un grito agudísimo de dolor, y desde entonces ni flotó en los aires, ni en la superficie de los lagos, ni corrió tras las mariposas: en su frente habian quedado impresos, como una marca negra los hermosísimos labios de Satanás, y su corazon ardía en deseos impuros: continuamente recordaba aquel hermosísimo mancebo, y un amor impuro la devoraba, y le buscaba anhelante por todas partes, le llamaba, gemia por él, y en su delirio se habia olvidado de invocar el nombre de Dios, que la hubiera vuelto por esto solo á su pureza y á su eternidad. – El jardin de Hiram habia desaparecido para ella; la hada estaba desterrada y sujeta á las miserias de la vida mortal. – Su planta se fatigaba y se veía reducida á calmar la sed en las bramadoras aguas de los torrentes, su hambre con los silvestres frutos que con gran pena y trabajo obtenia de los copudos y ásperos árboles, y el aguacero, y el trueno y los relámpagos de la tormenta, la obligaban á buscar asilo en las horrorosas grietas de las rocas. Ya las mariposas y las aves no venian, como antes, con delicia, á revolar en torno de su cabeza y á ponerse en sus manos; huian de ella, y durante la noche, la aterraban los rugidos del leon y del tigre, y los bramidos de las bestias hambrientas. – Un dia, en fin, Dios permitió que un rayo de su divina luz inundase el espíritu de la hada, y este le reconoció y le invocó. – El Altísimo tuvo compasion de ella; pero quiso que antes de que volviese á ser lo que desde el principio habia sido, quedasen su hermosura y su impureza sobre la tierra; pero variando de forma, para perpetuar con un ejemplo lo que la hada hubiera sido, si Dios no la hubiese perdonado. – La bondad de Dios habia vuelto la paz y la inocencia á la hada; pero aun no habia vuelto á su perdido jardin de Hiram. Sufria aun las penalidades de la vida, y estaba triste y pensativa sentada sobre las breñas al borde de un precipicio, por cuyo fondo se despeñaba un espumoso torrente. – De improviso una mariposa de alas diáfanas y matizadas, vino á revolar á su alrededor; vióla la hada, y como en otros dias, quiso acariciar al hermoso insecto, tenerle entro sus manos, sin lastimarle, como otras veces; pero la mariposa huyó y fué á posarse en un espino; la hada se levantó, se acercó recatadamente, tendió la mano, y cuando esperaba tener asida á la mariposa, se sintió punzada decorosamente por las agudas puas. La mariposa habia desaparecido, y una sola gota de sangre de la hada habia caido sobre el espino. Luego, el cuerpo de la hada se fue haciendo diáfano, mas diáfano, hasta que se deshizo en el aire, como una niebla que se desvanece. – El jardin de Hiram se habia abierto de nuevo para ella, y en el espino, en el mismo lugar donde habia caido la gota de sangre de la hada, habia aparecido una rosa purpúrea, cuya fragancia embalsamaba el ambiente. ¡Cuán hermosa era aquella flor! ¡cuán pura! pero llegó un viandante, la vió, la codició, arrancó despiadadamente del tronco el gentil tallo en que se balanceaba, y aspiró ansioso su fragancia y la besó. La pobre flor perdió su fragancia, su color y su frescura, y el viajero, no encontrándola ya hermosa, la arrojó marchita al torrente, que primero la enlodó y la despedazó despues. ¡Pobre flor! cada primavera brota del tronco un pudico capullo, y siempre llega un viajero y le corta de su tallo, antes de que haya abierto enteramente su corola, goza un momento su naciente perfume, y como el viajero anterior, cuando le ve marchito, le arroja al torrente. ¡Ay y cuan pocas rosas se salvan del abandono y del olvido! ¡ay cuan pocas dejan de enlodarse en la corriente bramadora!»
Détuvose un momento Amina, cuyos ojos estaban arrasados de lágrimas, y luego añadió con acento meláncolico y triste:
– Cuando la esclava llegaba á este punto de su leyenda, añadia siempre: «la rosa es la mujer, hijas mías; el espino la representacion de sus dolores; el despiadado viandante, los deseos impuros del hombre; el torrente de cieno, el mundo. Pero la mujer, como la hada, tiene un Dios que la proteje, y la virtud y la pureza son para ella el eterno jardin de Hiram.»
Détuvose la jóven, posó en su padre tras un velo de lágrimas una mirada desesperada y guardó silencio.
Yaye habia comprendido perfectamente la amargura que contenia, especialmente en aquellas circunstancias, la fábula oriental que habia oido su hija de boca de la esclava destinada á entretener con hermosos cuentos á las hijas del dey de Argel. Pero le interesaba sobre manera conocer la aplicacion que hacia Amina de aquel cuento, y dijo fria y severamente:
– ¿Y á qué propósito me has relatado esa leyenda?
– Para que juzgues, padre, de la influencia que ese cuento y otros semejantes, han podido tener en el porvenir de tu hija.
Yaye inclinó la cabeza y quedó en la actitud del que escucha, y no quiere perder ni una sílaba.
– Desde el momento en que la esclava nos relató el cuento que acabas de oir, padre, mis compañeras de infancia, casi mis hermanas, las hijas del dey, no me llamaron como antes Amina, como me llamas tú, cuando nadie nos escucha. Me llamaron Saruhl-Hiram: ¡Flor de Hiram! esto ya era fatal: era como decirme: tú eres esa rosa puesta por la fatalidad al lado de la via pública, al borde del torrente. Tú eres esa naciente flor expuesta á las codiciosas miradas del viandante. Un dia, tú, pobre flor, marchita y deshojada, serás arrojada al torrente.
Yaye se estremeció: veia en aquellas palabras una acusacion de su hija: se anonadó, inclinó aun mas la cabeza, y oprimiéndose el pecho con la mano, como, si hubiera querido impedir que su corazon saltase, murmuró de una manera opaca é ininteligible:
– ¡Oh, padre! ¡padre! ¡y cuán terrible herencia me has dejado!
Amina continuó, con la vista siempre dilatada y fija en Yaye:
– Prescindiendo de la fatalidad que parecia determinar, el que sin motivo justificado me llamasen las hijas del dey, Flor de Hiram, ¿no crees, padre, que es un modo singular de apartar á las mujeres de la impureza, el presentarlas los ejemplos de la virtud envueltos con las incitantes descripciones del placer? Los cuentos de la esclava eran muy morales en el fondo, pero en su lenguaje… ¡Oh! siempre el vicio hermoso, halagando á la mujer, enloqueciéndola, extraviándola: siempre el deleite ardiente, las formas desnudas, el corazon que late anamorado, los ojos que desfallecen de placer. ¿Qué vale presentar despues las horrorosas consecuencias del vicio y de la impureza, si se ha dado el veneno en copa de oro; si se ha hecho aspirar á la vírgen llena de vida y de esperanzas, cuanto bello y tentador rodea y acecha la vida en la mujer? ¿Qué vale que se os diga: apartaos de ese camino, si se os ha presentado ese camino lleno de encantos, y solo al fin, se os presenta un precipicio del que apartais con repugnancia los ojos, que solo quieren mirar lo bello, lo ardiente, lo deslumbrador? ¿Cómo querer formar á la esposa honesta, si se mancha la castidad de la vírgen, desgarrando sin piedad, á ciegas, giron á giron, su velo de pureza?
– ¡Amina! exclamó Yaye, no pudiendo sufrir ya mas el peso de las justas, aunque indirectas reconvenciones de su hija.
– Los musulmanes, educan sus mujeres para el placer, continuó la inflexible jóven; tienen un harem donde las encierran: horribles esclavos que las guardan: una vírgen, que no hubiese perdido la virginidad del alma, que no conociese profundamente la ciencia del bien y del mal, seria para ellos ni mas ni menos que una hermosa estátua inanimada: es necesario que la esposa ó la esclava, compongan ó canten, hermosos y ardientes romances de deleite; que dancen como una bayadera; que hayan perdido enteramente el pudor. Se las educa para el placer… y ¡horrible sarcasmo! se las pide luego virtud, y si desprovístas de su pureza, invencible arma de la mujer; enloquecidas por el deseo, marchando por una senda tapizada de flores, caen en un precipicio que no han visto, hasta que han tocado su fondo, ¡oh! entonces no hay castigo bastante para la esposa adúltera ó la virgen perdida: el hoyo de arena, ó el saco de cuero y las ondas del mar.
La voz de Amina era solemne y parecia doblegar como un horrible peso material la cabeza de su padre.
Amina, continuó.
– Criada bajo el ardiente sol del Africa, á los doce años, tú lo sabes, padre, era ya una mujer formada: cuando por el Rhamadan (la cuaresma), ibas á visitarme durante algunos dias á la Casbá del dey, me sentabas sobre tus rodillas y me llamabas tu pequeña mujercita.
Yaye lanzó un rugido sordo, porque el recuerdo que evocaba su hija le desgarraba el alma; irguió la cabeza y mirando frente á frente á Amina, la dijo:
– Muchas veces, y en mas de un recio combate, una lanza enemiga ha desgarrado mi pecho; jamás esa lanza me ha causado tanto dolor como cada una de tus palabras: pero continúa, continúa, porque quiero que llegues al fin; quiero saber cuanto se encierra en el corazon y en la cabeza de mi hija.
– Padre, compréndeme y no creas un reproche ni una acusacion mis palabras; pero tu hija necesita justificarse, porque… perdóname si te desgarro el corazon, padre: tu hija está deshonrada.
Yaye no hizo un solo movimiento, no pronunció una sola palabra; pero un estremecimiento poderoso, un temblor semejante al de una montaña agitada por un volcan, estremeció su cuerpo de los piés á la cabeza.
