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Kitabı oku: «Los monfíes de las Alpujarras», sayfa 32
CAPITULO VIII.
Zelos italianos
Habian pasado cuatro meses desde el jueves santo y dos desde que el marquesito era amante público de la princesa. Angiolina habia demostrado al marqués que sus protestas de amor no habian sido vanas: no recataba de nadie el amor que le tenia, demostrándoselo delante de las gentes, con la expresion, con la mirada, por cuantos medios puede demostrarlo una mujer.
Amina lo veia, sufria, callaba, ocultaba bajo la mas profunda reserva sus dolores, pero por mucho que fuese su dominio sobre su corazon, habia momentos en que el despecho la vendia; gentes hubo que, recogiendo estos descuidos, mejor dicho: estos momentos de desesperacion, se encargasen de decir á todo el mundo que la hermosa duquesita estaba enamorada del marqués.
– Hé ahí un mancebo afortunado, decia alguno; las dos mujeres mas hermosas de la córte le aman; la una es su querida y la otra desea serlo.
Y seguia la murmuracion y el odio entre las dos rivales.
Harum habia vuelto de Roma trayendo consigo la historia de Angiolina.
Bempo habia vuelto tambien de Granada trayendo un mamotreto.
Al leer la princesa los papeles que le entregó el italiano se extremeció de placer: pero aquel placer era el de la venganza.
Porque la princesa tenia zelos: hacia mucho tiempo que el marqués no era ya para ella el amante frenético… hacia mucho tiempo que faltaba dias enteros de su lado: Angiolina le habia hecho seguir y sabia que todas las noches, al mediar, iba el marqués á rondar los balcones del palacio de la duquesa.
Angiolina, pues, que habia devorado su rabia, cuando tuvo en sus manos un instrumento vengador, se apresuró á aprovecharle.
Esperó á que don Juan se la presentase á la hora de costumbre, esto es, al oscurecer.
Entró don Juan confiado y alegre. Angiolina le asió de una mano.
– Ven, le dijo, necesito hablarte donde nadie pueda escucharnos.
El marqués siguió á la princesa algo interesado por este exordio.
La princesa le llevó á un retrete apartado.
Cuando estuvieron en él, Angiolina cerró las puertas de las habitaciones contiguas y despues las del retrete.
– ¿A qué tanto misterio, Angiolina? la dijo el marqués: ¿no has cifrado tu orgullo en que todo el mundo sepa que eres mi amante?
– Si, contestó pálida de zelos la princesa; pero no quiero que nadie sepa que he sido vilmente engañada.
– ¡Que yo te he engañado!
– ¡Si! ¡no me amas!
– ¡Que no te amo! exclamó afectando la mayor sorpresa el marqués, ¿pues por quién estoy loco?
– Voy á decírtelo: por esa mujer á quien llaman en la córte, no sé por qué, la hermosa duquesita.
– ¡Bah! y ¿puedes tú tener zelos de doña Esperanza? ¿tu la mujer mas hermosa del mundo?
– Zelos, si, zelos terribles, porque se vengaran. ¡Herirme en el corazon, abandonarme, y todo por una especie de aventurera!
– La pasion te ciega: quieres mal, no sé por qué, á la duquesa de la Jarilla, y la prueba está en que la niegas lo que nadie la ha negado: lo ilustre de su cuna.
– Si, ciertamente: es hija de una esclava y de un bandido.
– ¡Ah! ¡perdona, Angiolina! ¡nada de eso sabia yo!
– Puedo contarte su historia: su madre doña Estrella de Cárdenas era conocida en Granada con el nombre de la hermosa indiana, y gozaba allí de la fama que, por extravagancia, ha obtenido en la córte su hija: doña Estrella era morena, con ese horrible color moreno dorado de las Indias, que las hace semejantes á una naranja con forma humana.
– ¡Ah! ¿crees que la duquesita es hija de una india?
– No es que lo creo, tengo la prueba de ello.
– Pues te escucho, vida mia, porque esa historia debe ser curiosa.
– Te la contaré, y con tanta mas exactitud, como que poseo la relacion escrita y la he aprendido de memoria.
– ¿Y quién ha escrito esa relacion?
– La justicia de Granada, por las dos vias que pueden hacer escribir á la justicia: la civil y la criminal: porque has de saber que el abuelo de doña Esperanza, rey ó cacique de los indios rebeldes de Méjico, ha estado encausado por crímenes, y que si el rey le ha indultado ha sido á beneficio de las muchas perlas y el mucho oro que se han distribuido entre algunas de las gentes del consejo de su magestad: como que dicen que ese indio tiene tesoros inmensos: que la justicia haya tenido que ver civilmente con esa familia, consiste en el pleito que sostuvo por la herencia del duque de la Jarilla, un sobrino de este con la princesa mejicana. Hay en el proceso declaraciones importantes del capitan general del reino de Granada don Luis Hurtado de Mendoza; del duque de la Jarilla bisabuelo materno, segun pretenden, de la doña Esperanza; unos papeles que se encontraron en la casa de un capitan de infanteria española, llamado Alvaro de Sedeño, y por último, una relacion escrita de doña Inés de Cárdenas, abuela de doña Esperanza, y esposa del cacique indio.
– Has excitado vivamente mi curiosidad, adorada mia, dijo don Juan y espero con impaciencia esa historia.
La princesa palideció letalmente, porque comprendia el verdadero interés de don Juan en conocer la historia de Amina; sin embargo, se dominó, se reclinó indolentemente en el estrado, echó la cabeza atrás, dejando enteramente descubierta su hermosa garganta y empezó de esta manera:
– Hace treinta y cinco años, en 1522, dos despues del descubrimiento y conquista de Méjico por el gran Hernan Cortés, fue enviado á aquellas remotas regiones para servir al rey bajo la autoridad del virrey de Méjico, uno de los caballeros mas principales de Castilla.
Era este don Juan de Cárdenas, duque de la Jarilla, recientemente viudo de doña Maria de Avendaño, cuya muerte le habia dejado inconsolable. De este matrimonio solo habia nacido una niña: doña Inés de Cárdenas, que en la ocasion en que su padre fue nombrado para aquel empleo contaba solo catorce años.
Amábala de tal modo el duque, que no tuvo valor para separarse de ella. Ciertamente que era un amor muy extraño el de aquel padre, que llevaba aquella hija única, aquella flor delicada, á aquellas regiones remotas, donde ardia una guerra encarnizada, y para llegar á las cuales era necesario arrostrar los peligros de mares aun no bien conocidos, y tan bravos, que imponian espanto á los mas valientes pilotos.
– ¿Y sin embargo, dijo don Juan, el duque no desistió de su empeño? Los hombres de aquellos tiempos eran atroces.
– El duque, continuó la princesa con acento acerado, hizo aquel viaje por amor á su hija.
– ¡Extraño amor el de ese padre!
– Lo comprenderás cuando sepas, que el duque de la Jarilla, de que nos ocupamos, habia corrido, como tú, una juventud borrascosa; que en todo género de excesos habia gastado su salud y sus rentas, y que cuando murió su esposa, no le quedaba mas que el título. Como las Indias son el tesoro donde iban y donde van á reponerse los españoles arruinados, el duque solicitó el oficio de adelantado sobre las fronteras de los rebeldes, y el rey se lo concedió.
– ¡Ah! empiezo á comprender: el duque quiso volver á ser rico por amor á su hija; y por amor tambien no tuvo valor para separarse de ella.
– Cabalmente; pero habia en esto mucho de fatal. El libro santo dice que los hijos pagaran los pecados de los padres hasta la tercera y cuarta generacion.
– El libro santo es al fin un santo libro, y dice muy santas cosas, aunque harto duras, tales como las de que paguen justos por pecadores. Pero continúa, Angiolina, continúa; te confieso que me va interesando mucho tu cuento.
– Mi historia, don Juan, mi historia.
– Sea en buen hora; pero continúa.
– Despues de una larga navegacion, el duque llegó sin accidente á Méjico, y en seguida se trasladó á su adelantamiento. Hizo bravamente la guerra á los indios, y en solos dos años logró ver reunidas unas riquezas diez veces mayores que las que habia perdido. Enviada parte de aquellas riquezas á España á un mayordomo leal, las rentas del ducado de la Jarilla, fueron desempeñadas, pagadas las lanzas y medias annatas atrasadas, para lo cual bastó, como he dicho, que el duque enviase solamente una pequeña parte de las presas hechas á los indios. Todo parecia indicar al duque que se volviese, pero la codicia le cegó, y determinó seguir ejerciendo aquel su buen oficio de adelantado algunos años mas.
– Me parece, dijo don Juan, que vamos llegando al capítulo de las pérdidas.
– Efectivamente, segun la relacion sacada de los autos á que me refiero, á los dos años, tres meses y diez dias de haberse embarcado el duque para Nueva España, perdió su hija; el amor que le habia impulsado á aquella arriesgada empresa; todo lo que le quedaba en el mundo.
– Lo que demuestra que los hijos pagan los pecados de los padres.
– Doña Inés pagó los del suyo de una manera cruel. Figúrate don Juan, que durante la noche de… no recuerdo exactamente la fecha, pero esto no hace al caso… los indios acometieron el fuerte que ocupaba el adelantado, le entraron, hicieron una matanza horrible y se llevaron consigo á doña Inés.
– Preveo las consecuencias, dijo el marqués: el rey de aquellos bárbaros se casó con la hermosa castellana.
– ¿Quién cuenta la historia, don Juan, dijo con impaciencia la princesa, tú ó yo?
– Perdóname, pero…
– ¡Querias darme una muestra de tu penetracion! renuncia por ahora á ello, y del mismo modo á saber si el cacique se enamoró de doña Inés ó doña Inés del cacique. Hemos concluido la primera parte de mi historia.
– Pues no puede ser mas sencilla.
– De una bellota nace una encina, don Juan, y ya verás como los sucesos se complican. Voy á referirte la segunda parte que es mucho mas sencilla, como que se reduce á muy pocas palabras: el duque de la Jarilla buscó en vano á su hija, y en vano durante diez años envió al desierto indios de paz, ofreciendo un crecidísimo rescate por ella. Por último, habiendo enfermado y casi enloquecido el duque, los médicos le declararon formalmente que si no volvia á su país natal moriria sin remedio antes de seis meses.
– ¿Y se volvió?
– Se volvió pensando recuperar su salud, solamente para volver á buscar de nuevo á su hija: el duque se estableció primero en la córte, y despues se vió obligado, por consejo de los médicos, á ir á buscar, no su salud, porque la habia perdido para no volverla á recobrar, sino su vida, bajo el templado cielo de Andalucía.
El duque se retiró á uno de sus Estados cerca de Guadix.
Hemos concluido la segunda parte de nuestra historia.
– Pues te confieso, adorada Angiolina, y no te ofendas por ello, que tu historia á fuerza de poco interesante, me va causando sueño.
– Espera, espera; este no es un libro de caballerías donde se suceden una sobre otra las aventuras; es una historia real y efectiva. Entremos en la tercera parte.
Era el año de 1546, veinte y cuatro años despues del dia en que el duque salió de España para Méjico y veinte y uno desde el en que le fue robada su hija por los indios.
El duque la habia buscado inútilmente durante diez años en los mismos lugares donde le habia sido robada, y debia encontrarla despues de su venida á España en Granada, pero la encontró muerta.
– ¡Muerta! exclamó con asombro don Juan.
– ¿Ves como mi historia se va haciendo interesante?
– ¿Pero cómo fue ese encuentro? ¿Quién habia llevado allí á la hija perdida?
– Voy á entrar en pormenores: una noche, en el mismo ano de 1546, al pasar una ronda por delante de una casa del Albaicin en Granada, encontró su puerta franca, penetró en la casa y la encontró desamparada, pero en una de sus cámaras encontró el cadáver de una mujer, muerta, al parecer naturalmente, y el de un capitan de infantería española, manco y cojo, atravesado de parte á parte por una espada que aun permanecia en la herida. Preguntóse á los vecinos el nombre del dueño de aquella casa y ninguno le conocia. Entonces la justicia mandó que los cadáveres fuesen expuestos en la puerta de la parroquia.
– ¡Ah, ah! esto es ya distinto, me agradan los misterios.
– Antes de pasar adelante te haré reparar en una circunstancia: al recojer el cadáver de la mujer se notó que le faltaba enteramente un rizo de cabellos de la izquierda de la cabeza. Reparóse tambien que en una de las sábanas faltaba un pequeño pedazo cuadrado de lienzo, cortado al parecer con puñal, navaja ó daga.
– ¿Y sirvió esta observacion para algo?
– Ya verás. Aquel rizo de cabellos envuelto en aquel pedazo de sábana, fue hallado sobre el pecho de un hombre á quien se habia preso la mañana siguiente á la noche en que acontecieron aquellos sucesos, juntamente con un aleman en cuya casa vivia.
El preso á quien se encontraron el rizo y el pedazo de lienzo, era el cacique mejicano.
– ¡Ah! ¿el preso en cuestion era el cacique?
– Un indio feroz; un hombre cubierto de crímenes; el abuelo de tu duquesita.
– ¿Y por qué crímenes le habian preso?
– Por el de traicion al rey.
– ¡Traicion al rey!
– Si; se le acusaba de andar en tratos con los moriscos de Granada, y de darles el dinero que habian menester para un levantamiento: asi lo habia declarado el capitan Sedeño, la misma noche que fue asesinado, á don Luis Hurtado de Mendoza. En una palabra: el tal cacique era un criminal que conspiraba contra el rey, y en una ocasion terrible, cuando estaban convenidos en levantarse los moriscos de la ciudad de Granada en union con los monfíes de las Alpujarras: este tal, este cacique, el abuelo de doña Esperanza, era muy amigo del emir de los monfíes.
– ¿Y me querrás decir Angiolina, qué son monfíes?
– ¿Qué sé yo? una especie de moros sueltos, no reducidos, salteadores, gente feroz, que viven de lo que roban, de lo que saquean, de lo que incendian. ¡Dignos amigos del abuelo de tu amada!
– ¿Sabes que me va interesando demasiado tu historia?
– Pues aun queda mas, mucho mas; dejando por ahora á un lado al cacique, has de saber que el capitan general no teniendo en Granada bastante gente de guerra, no ya para castigar, sino que ni aun para evitar el levantamiento de los moriscos, envió con urgencia partes á las villas y ciudades cercanas para que le acudiesen con gentes, y uno de los caballeros que acudió con sus criados al llamamiento del capitan general, fue el antiguo duque de la Jarilla, don Juan de Cárdenas, que al entrar el dia siguiente en Granada, vió, por acaso, dos cadáveres expuestos en la puerta de una iglesia, y en uno de ellos reconoció á su hija… á su hija doña Inés, que le habia sido robada veinte y dos años antes en Méjico. ¿Crees tú que el duque que era viejo y que estaba loco, no pudo equivocarse? ¿crees que fuese efectivamente aquel cadáver el de doña Inés de Cárdenas?
– Bien podia ser. Y sobre todo cuando la justicia despues de repetidas, y sin duda, minuciosas indagaciones y probanzas, lo dijo, no debió engañarse.
– La justicia es ciega, don Juan, sobre todo cuando se le pone sobre los ojos una venda de oro. ¡La justicia! ¿Sabes el primer testigo que se tuvo de la certeza del dicho del duque…? un viejo escudero tan achacoso y tan loco como su amo que afirmaba que la difunta era su señora doña Inés de Cárdenas.
– No conozco el proceso.
– Pues bien, voy á dártelo, porque ya me cansa esta historia, y en él verás lo que dejo de decirte.
La princesa se levantó, salió dejando profundamente pensativo al marqués, que á duras penas habia sostenido su serenidad, y volvió, trayendo un enorme volúmen de papeles.
– Aquí tienes el proceso que me he procurado, deseando saber si la mujer que amas es digna de tu amor:… en él encontrarás que la duquesa de la Jarilla es una mujer de origen dudoso, y que, dado caso que proceda del duque de la Jarilla, siempre será la nieta de un indio y la hija de un hidalguillo oscuro, de un sopista de Salamanca.
– ¿Quién piensa en que yo ame mas que á la luz de mis ojos? dijo don Juan disimulando su ansiedad y atrayendo hácia sí á la princesa, y dándola un beso en la boca: tu historia me ha entretenido y nada mas: es muy interesante.
– ¡Aparta, aparta traidor! dijo la italiana rechazando las caricias del marqués: ¿por qué esforzarte tanto en disimular el interés que te inspira la historia de la duquesita?
– ¡Ah, no! dijo indolentemente el marqués: cosas hay en el mundo que al principio no nos interesan y que despues deciden de nuestra vida.
– ¿Y será para tí una de esas cosas la historia que se encierra en este proceso? dijo la recelosa veneciana, posando en don Juan una mirada candente.
– Tus zelos, divino amor mio, dijo don Juan asiendo por sorpresa el talle de la princesa y estrechándole amorosamente, acabaran por volverme loco, porque ellos me demuestran cuanto me amas.
– ¡Ah, don Juan! tú eres mi primer amor, el primer amor que se ha cruzado á mi paso en los veinte y seis años de mi vida; por tí he olvidado mi decoro, me he manchado delante del mundo, he aborrecido á una mujer á quien acaso, no mediando, tú habria amado; para darte á conocer en parte á esa mujer he hecho sacar testimonio de ese proceso por el escribano de cámara de la chancillería de Granada Alfon de Villasante: ahí estan los derechos jurados al pié de cada testimonio, que valen una buena suma de maravedises.
– Permíteme Angiolina que te diga que esto no pasa de ser una extravagancia de tu amor.
– ¡Una extravagancia!
– Te pido de nuevo perdon por la palabra, pero no encuentro otra mas exacta: ademas, si yo amara á doña Esperanza, lo que no es posible amándote como te amo, ¿no comprendes que todas estas singularidades, lo misterioso de su orígen, lo real de su alcurnia, porque al fin su abuelo es ó ha sido rey… siquiera de idólatras; las desgracias de su familia, aumentarian mi amor en vez de extinguirle?
Don Juan habia comprendido que la princesa tenia algo mas que revelarle que lo contenido en el proceso respecto á Esperanza; no queria preguntarla, y para saber todo lo que supiese Angiolina respecto á la duquesa de la Jarilla, irritaba sus zelos.
La princesa palideció densamente; miró de una mas manera sombría á don Juan y exclamó trémula de cólera:
– Bien sabia yo que la amabas: los ojos de una mujer, que ama como yo te amo, no se engañan: pues bien: contaré á todo el mundo esa historia que habia comprado para tí solo, y veremos si te atreves á amar á una mujer á quien todo el mundo señale con el dedo: todo el mundo no tiene los mismos motivos que los oidores de la chancillería de Granada, para creer á ciegas cosas tan extraordinarias.
– Por tu bien te aconsejo, dijo don Juan que iba perdiendo la paciencia, que no propales esa historia, mi querida Angiolina: aborreces, aunque sin motivo, á doña Esperanza, y no querrás ser la causa de que se haga adorable, en el momento en que todo el mundo sepa su historia. ¡Bah! no sé qué motivos tienes para desconfiar de mi amor.
– Don Juan, dijo gravemente la princesa, ya que no basta lo que sabes para que te apartes de esa mujer, voy á revelarte un secreto terrible: tu padre murió á hierro.
– ¿Qué quieres decir, Angiolina?
– Tu padre el marqués de la Guardia apareció una mañana muerto á estocadas en una oscura calleja del Albaicin.
– Es verdad.
– ¿Sabes quien le mató?
– No pudo averiguarse quien fue el asesino.
– Pues yo te lo voy á decir: el asesino de tu padre es don Juan de Andrade, padre de la hermosa duquesita de la Jarilla.
– ¡Eso es imposible! gritó, perdiendo los estribos el marqués; mientes; ¡mientes de una manera infame!
– ¡Ah! exclamó Angiolina, poniéndose la mano sobre el corazon, como si hubiese recibido en él una puñalada: tu amor por esa mujer se revela al fin en una frase descortés, lanzada al rostro de una dama; pero me has dicho que miento y es necesario que te presente la prueba de que te he dicho la verdad, por mas terrible que haya sido.
Y la princesa salió de nuevo precipitadamente y volvió con otro papel en la mano, que entregó á don Juan.
– ¡Lee! ¡lee y cree! le dijo; ese es el testimonio de una declaracion dada en el tormento por uno de los bandidos del padre de tu amada.
El marqués leyó aquella declaracion, y no pudo acabar: se nublaron sus ojos, vaciló, dejó caer el papel de las manos y se vió obligado á sentarse en el estrado.
– ¡Oh! dijo la implacable princesa, recogiendo el testimonio y guardándolo; horribles crímenes, y homicidios hechos por ese hombre; la certeza de que es rey de los monfíes, por declaracion de un monfí; los deshonrosos zelos de ese hombre hácia su esposa, todo está aquí, escrito, testimoniado, vivo, acusador, y me basta solo quererlo para que todo el mundo sepa que la mujer que amas es hija de una ramera y de un bandido. ¡Oh! ¡las venecianas, don Juan, cuando amamos sabemos amar! ¡cuando hieren nuestro amor sabemos vengarnos! ¡Oh! ¡estoy plenamente convencida de que me has tomado por tu juguete, porque te he parecido bastante hermosa, ó por vanidad ó… no sé por qué.[..]! ó, tal vez, y si esto fuese cierto seria horroroso, por dar zelos conmigo, con una mujer digna á una mujer que ha estado perdida una noche en Madrid, sin que nadie sepa donde ha estado. Me has tratado indignamente: me has creido, sin duda, una de esas infames mujeres entre las cuales has perdido el corazon y el pudor… pues bien, me vengaré don Juan, me vengaré: pero de una manera horrible: ¡te juro por la salvacion del alma de mi madre que me vengaré!
Y la princesa irritada, altiva, mas hermosa que nunca, pero con una hermosura que causaba miedo, salió dando un portazo y dejando solo á don Juan.
El testimonio que guardaba la historia de la familia materna de Amina, quedó abandonado sobre los almohadones, donde poco antes descansaba la enamorada princesa.
Don Juan permaneció algun tiempo inmóvil, luego tomó silenciosamente el testimonio y salió, primero del retrete y luego de la casa.
