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Kitabı oku: «Los monfíes de las Alpujarras», sayfa 46
– Decidme, continuó Angélica, inclinándose hácia Pertiñez, sobre uno de los brazos de su sillon, y con el acento ardiente y ansioso: ¿por qué está cubierto con celosías el primer aposento del lado derecho de la escena?
– ¡Ah! eso es lo que no podré deciros: por un capricho: lo que sé es que quien ha tomado ese aposento tiene licencia de la Inquisicion y de la Chancillería para tenerle cerrado.
– Bien: ¿pero me podreis decir quienes son las personas que ocupan ese aposento?
– Las personas son un hombre y una mujer.
– ¡Ah! ya sabia yo que habia por medio una mujer; no me habia engañado.
– Y, permitidme, señora, dijo sonriendo sutilmente el hombrecillo, si me entremeto en lo que no debo: ¿qué razones teneis para pensar que haya una mujer tras de las celosias?
– Tengo tres razones poderosas, tres razones de mucho valor que hablan por mí. Vais á ver.
Angélica se levantó, fué á una especie de secreter de ébano, marfil, concha y plata, le abrió y sacó de él un cofrecillo, con el cual fué á sentarse en el sillon: cuando abrió aquel cofrecillo, se deslumbró el barbero, y sus ojos casi se saltaron de codicia: tal le habian deslumbrado las joyas que en el cofrecillo se encerraban.
– Escuchad, dijo Angélica y como si nada la interesasen aquellas joyas; vos habeis visto la comedia que hacemos.
– ¿Pues no he de haberla visto? contestó maquinalmente el rapista que no quitaba ojo de la pedreria.
– ¿Recordais el momento en que Xarifa, la reina mora, jura vengar la muerte de su padre el rey Mirtilo?
– ¡Oh! ¡vaya! como que se hunde el corral aplaudiendo; como que dais miedo, señora; tan al vivo lo haceis.
– Pues bien, me arrojaron confitura, llenaron la escena de gorras y toquillas, y en medio de todo esto ¿qué diriais que cayo á mis piés?
– ¡Oh! ¿quién sabe, señora?
– Pues bien, cayó este collar. Y la comedianta asió por un extremo su magnífico collar de gruesas perlas con broche de brillantes y le levantó ante los ojos admirados del barbero.
– ¿Y estais segura de que esas perlas y esos diamantes son finos?
– ¡Que si estoy segura! este es un collar de reina; este collar vale un tesoro.
– ¿Y no sabeis quien pueda haber sido…?
– Mientras devolvia al patio, segun costumbre, gorras y toquillas, miré ansiosamente á todas partes: deseaba conocer á la mujer que se habia desprendido por mi de tanta riqueza: yo habia recibido aquel collar como hubiera recibido una bofetada: con cólera: este collar era para mí un insulto… la mujer que me lo enviaba, solo habia tenido por objeto humillarme… vos no conoceis á las mujeres, añadió Angélica comprendiendo la estúpida expresion de asombro que se pintaba en los ojos estraordinariamente abiertos del maese: si; quien me arrojaba este collar, quien me decia sin palabras: «toma y deja de ofrecer tu hermosura y tu ingenio á la soez admiracion del vulgo,» era sin disputa una mujer enemiga mia, que me dispensaba una proteccion humillante; sin embargo no vi ninguna dama, aunque las habia hermosas y bien prendidas, que pudiese hacerme sospechar que era la dueña de esta joya: las mujeres lo conocemos esto con una sola mirada: pero habia un aposento cerrado con celosías… tras aquellas celosias debia estar mi enemiga: si, mi enemiga, y en efecto en aquel aposento habia una mujer.
– Si sabiais que la habia ¿á qué me habeis preguntado?
– Os diré; mientras estuve dentro, antes de que se acabase la funcion, encargué á un comediante que procurase informarse de qué personas habia en el aposento misterioso: cumplió su encargo y me dijo que habia visto salir un caballero de estado y una dama, pero enteramente cubierta con un manto. Despues para asegurarme mas me dijo que no estaba seguro de si la dama encubierta habia salido ó no del aposento cerrado, porque habia mucha gente y se habia confundido: pero me aseguró que de todas las damas que habia visto solo aquella llevaba manto.
– ¡Desesperarse porque sin duda la admiracion de una gran señora os ha ofrecido un hermoso regalo…!
– ¿Qué entendeis vos de esto? dijo con impaciencia Angélica. Dejadme seguir porque os cuento únicamente esto para que me ayudeis en mis sospechas para que las aclareis, si es preciso: me vi obligada á esperar otra funcion: en efecto el domingo siguiente, cuando el público me aplaudia con frenesí, yo, que tenia fijos los ojos en el aposento de las celosías vi abrirse una de estas, asomar una blanquísima mano de dama y arrojar á mis piés este brazalete.
Y Angélica mostró á maese Pertiñez, cuyo estupor crecia, una segunda y riquísima joya.
– Ya no podia tener duda, continuó la comedianta, de que en aquel aposento estaba la dama que se atrevia á insultarme. Tenia preparado como en la funcion anterior quien la siguiese, y aquella tarde fue seguida. Al volver el comediante encargado de seguirla, me dijo que del aposento de las celosías, acompañada de un caballero de mas de cuarenta años habia salido una dama cubierta con un manto de terciopelo. Que habia entrado en una litera y que rodeada de muchos criados, habia ido á una casa grande y principal en el Albaicin, junto á la parroquia de San Miguel. Encarguéle que se informase de quien era aquella dama, y solo pudo decirme que se llamaba doña Inés de Fuensalida, que salia muy poco, y siempre cuidadosamente encubierta, y por último que iba todos los dias al amanecer á la primera misa á San Miguel. Irritada de que mi emisario no supiese darme mas claras noticias, ansiosa de conocer por mi misma á aquella mujer, me levanté al dia siguiente antes de que fuese de dia, y me fuí á la iglesia de San Miguel á esperar á esa dama tan misteriosa: al fin al segundo toque de la misa de alba, entró una dama tapada, y aunque su andar y sus maneras no me eran desconocidas, no pude verla el rostro: he procurado corromper á sus criados y los he encontrado incorruptibles: por último, en la tercera función recibí un nuevo ultrage, viendo á mis piés estas arracadas que valen tanto como cualquiera de las dos joyas.
– ¿Y nada habeis podido averiguar mas claro?
– No. He sabido, si, que vos sois el que cobra los alquileres de la casa en que esas gentes viven; que esa casa es de un morisco…
– Si, si por cierto, del señor Diego Lopez á quien conoceis.
– ¡Qué yo conozco al señor Diego Lopez! dijo palideciendo Angélica.
– Si por cierto, es el hidalgo á quien encontrásteis conmigo en el comedor, y á quien habéis saludado hace un momento.
– ¡Ah! ¡ese jóven moreno, pálido, de ojos negros, es Aben-Aboo! exclamó profundamente pensativa Angélica.
– Si, si señora; asi le llaman los moriscos, del mismo modo que llaman á don Fernando de Válor Aben-Humeya.
– ¡Aben Aboo! ¡Aben-Humeya! repitió Angélica.
– Y si supiérais, dijo envistiendo de frente el rapista, cuán loco, cuán enamorado por vos está don Fernando de Válor.
– ¡Qué está enamorado de mí!
– Cómo que me ha ofrecido no sé cuantas riquezas, si consigo de vos que le permitais hablaros una sola vez.
– ¡Ah! murmuró Angélica; y reponiéndose, añadió: hablemos de la dama: vos cobrais los alquileres de la casa donde vive.
– Es verdad; pero jamás paso de un aposento del piso bajo, donde me recibe y me paga el mayordomo.
– Vos habeis revendido ese aposento cerrado á esa familia.
– Es verdad.
– Debeis, pues, haber visto á esa dama.
– Si, pero cubierta con el manto.
– ¡Oh! ¿y no habéis tenido curiosidad?
– Si por cierto: pero cerraban por dentro con llave la puerta del aposento.
– De modo que no la conoceis.
– Ni mas ni menos que vos.
Golpeó impaciente Angélica el pavimento con su pequeño pié.
– Pues yo necesito ver frente á frente á esa mujer, dijo.
– Lo creo, murmuró el rapista, no encontrando otra cosa mejor que contestar á la comedianta.
– Y es que vos me vais á procurar que la conozca.
– ¿Y cómo?
– Buscando una llave que sirva para abrir la puerta del aposento.
– ¿Estais en vos?
– Sé que os pido un gran servicio, pero os lo pagaré.
– ¡Cómo!
– Dándoos una carta de cita para don Fernando de Válor.
Alegróse en lo íntimo de sus entrañas el barbero, pero se mantuvo firme.
– Me pedís una cosa muy arriesgada para mí, señora. Yo puedo proveeros, á cambio siempre de esa cita con don Fernando, de un medio mejor y menos expuesto; porque al fin, si os doy la llave y entrais, y esa dama no es la que creeis…
– ¿Y qué medio es ese?
– El señor Diego Lopez Aben-Aboo, dijo con acento de misterio el barbero, está convidado á comer con ella, y va á vivir en su propia casa.
– Esa mujer será capaz de comer con antifaz, y de hablar á oscuras con Aben-Aboo. La llave, la llave, maese Pertiñez, y por la llave del aposento de esa mujer, os doy una cita al mio para don Fernando de Válor.
– ¡Dádmela!
– Cuando me hayais entregado la llave.
– Pues dentro de una hora.
– Pues hasta dentro de una hora.
Pertiñez salió contando ya en su imaginacion los brillantes doblones, que esperaba recibir de Aben-Humeya á cambio de la cita de Angélica, y esta se quedó murmurando:
– ¡Aben-Humeya! ¡Aben-Aboo! ¡el uno me solicita loco de amores, y el otro ha palidecido al verme por la primera vez! Creo que al fin encuentro el principio de mi camino.
CAPITULO VI.
En que continúa un asunto suspendido en el anterior
Aben-Aboo se paseaba impaciente en el chirivitil, donde le habia establecido maese Bribiesca: habíanle llevado el agua, el caldo y la maleta; se habia lavado y mudado de ropa blanca, pero ni maese Pertiñez se habia presentado á rasurarle, ni el lacayo del marqués de la Guardia, el aun para nosotros desconocido Peralvillo le habia traido el trage anhelado.
Aben-Aboo impresionable, como todos los hombres de la raza de que era hijo, tenia en la cabeza un hervidero de impresiones tentadoras; un volcan en una palabra; pensaba á un tiempo en Aben-Humeya, que le arrancaba la corona con que habia soñado; en la Dama blanca de la montaña, en la inquilina de la casa de San Miguel, y por último, flotante como una nube blanca y transparente sobre un celaje ennegrecido, la magnífica mujer, la cómica, que habia visto un momento al reflejo de la luz de maese Bribiesca en el oscuro corredor de la hosteria.
Eran estas bastantes impresiones para que el jóven estuviese profundamente preocupado, pasando de la una á la otra en un continuo torbellino, uniéndolas á veces como si fueran partes de un solo cuerpo, como si hubiese entre aquellas mujeres una relación extraña.
Demasiadamente excitado su cerebro, empezó á embrollarse su pensamiento y el oscuro chirivitil en que se encontraba á dar vueltas en torno suyo. Se sentó para dominar aquella especie de vértigo, en una de las sillas que estaban arrimadas á la pared, y permaneció inmóvil procurando dominar sus pensamientos.
De repente oyó ruido en el aposento inmediato como de abrir una puerta; luego la voz de dos personas que hablaban con interés.
De seguro que Aben-Aboo no hubiera reparado en aquello mas que en cualquier otro incidente vulgar y de poca monta, si la conversacion de aquellos dos hombres no le hubiera llamado vivamente la atencion por algunas palabras para él demasiado interesantes.
– Os digo, os repito, decia una voz que acentuaba perfectamente el castellano, que don Fernando acabará por perderse.
– ¡Bah! dijo otra voz que tenia, aunque levísima cierto acento extranjero; y ¿qué os importa á vos Cisneros, que Aben-Humeya se pierda ó se gane?
– ¡Oh! mas de lo que os parece, señor Godinez, os he traido á este aposento apartado porque aquí nadie puede oirnos ¿sabeis lo que ha hecho don Fernando de Válor?
– Alguna cosa como suya, dijo Godinez.
– Una atrocidad: ya sabeis que es regidor perpétuo de la Ciudad.
– ¿Y quién no lo sabe?
– Pero no sabeis que este oficio se le habia quitado á su padre por delitos, y que despues de su muerte en una prision, el rey le ha dado á su hijo por gracia y con arreglo á una sentencia de la sala de Granada. Afortunadamente la venticuatria no habia sido declarada vacante, y don Fernando se vió horro de pleitos, pero no de envidias, porque ya algunos caballeros principales habian contado con que se proveria en ellos el tal oficio. Don Fernando, pues, al empuñar su vara de regidor perpetuo, se encontró con que aquella vara era para el un haz de enemigos. Se le ha mirado mal, porque todo el mundo mira mal al que es objeto de envidias, y además de esto porque don Fernando ha tratado á todo el mundo con tanta altanería, que á todos los tiene ofendidos, y nada hay que extrañar en lo que le sucede.
– ¿Pero qué le sucede?
– Esta mañana habia cabildo: segun costumbre inmemorial en Castilla, todos los regidores al entrar en cabildo dejan todas las armas que llevan á sus escuderos ó criados; pues bien, á pesar de esta costumbre reconocida y acatada por todos, hasta por el mismo capitan general, don Fernando de Válor entró en cabildo con la daga en la cintura.
– ¡Un olvido!
– Ó una intencion imprudente. Lo cierto del caso es que habiendo notado esto que creyó descuido en don Fernando, el regidor don Luis Dávila, advirtióle con mesura que no era bien enterase armado donde nadie tenia armas. Replicó descortesmente don Fernando, alegando privilegio; don Luis Dávila irritado por su descortesia, le echó mano á la daga para quitársela, y á esta accion, tambien imprudente, sucedió un tumulto espantoso; en vano el corregidor quiso calmarlo: don Fernando amenazaba al cielo y á la tierra, y yendo el escándalo en aumento, el corregidor llamó traidor á grandes voces á don Fernando y le mandó llevar preso. Mas este, que sin duda estaba preparado, rompió daga en mano por medio de los que se acercaban á prenderle, dejóse herido un portero, ganó la puerta de la sala, la antecámara y las escaleras, montó á caballo y escapó, sin que hasta ahora se sepa donde para. Se ha armado una gresca infernal. Se tienen sospechas de que los moriscos piensan rebelarse, y se cree que todo lo que ha pasado en las casas consistoriales, no sea otra cosa que un lance provocado por don Fernando para tener un pretexto para ponerse á la cabeza de la rebelion. Los tercios se han encastillado; no se ven por esas calles mas que caballeros armados de lanza y coselete que corren á presentarse al capitan general, y este, el presidente de la Chancillería, el corregidor y el alcalde mayor estan en consejo. ¿Y creeis que esto no me importe nada?
– Nada debe importaros Cisneros, nada absolutamente, puesto que vos no sois ni morisco ni soldado. Si la cosa se enreda, con volvernos á Sevilla de donde hemos venido, punto redondo.
– ¡Volvernos á Sevilla! ¿sabeis señor Godinez que estamos arruinados?
– ¿Y quién os manda ceder hasta tal punto á los caprichos de esa mujer? Hemos ganado un rio de oro, en un año que andamos representando por Andalucía, y esa mujer ha sido el embudo por donde ese oro ha desaparecido.
– Vos no conoceis á esa mujer, maese Godinez.
– Sé que es muy difícil encontrar una dama tal como ella: sé que sin ella no ganariamos ni la décima parte de lo que ganamos; pero en cambio no tendriamos que gastar tanto. Es nuestro tirano: con sus humos de gran señora, no hay medio de que se avenga á lo que otras damas se avienen; los trages han de ser de lo mejor, de lo mas fino: sedas, pieles, brocados, joyas: su habitacion ha de ser una habitacion de princesa, su mesa una mesa de arzobispo. Si hay polvo ó humedad en las calles, litera; si la duele un tanto la cabeza no hay medio de hacerla representar, aunque la entrada esté hecha. Decís bien, no sé quien es, porque esa mujer es un misterio, pero sé que todo lo que por ella se gane se gastará con ella, y que en vez de ahorrar nos empeñaremos.
– Pues ved ahí por lo que me contraria, me desconcierta, el lance de don Fernando de Válor; porque á no dudarlo, esta tarde no habrá funcion, habia muy buena entrada, con la cual esperaba salir de apuros, y será necesario devolverle el dinero; ¡si al menos esto pasase! pero tiene trazas de haber empezado para no concluir tan pronto.
– Os aconsejo que os separeis de esa mujer, Cisneros. A mi, como autor, me importa muy poco porsaco mi parte; pero vos os vais quedando cada dia mas pobre.
– ¡Oh! ¡separarme de ella! ¡imposible! ¡imposible de todo punto; Godinez! la amo con toda mi alma.
– Pues ved ahí, yo no comprendo que un hombre ame sin ser amado, y sobre todo cuando se le dan continuamente zelos. Y os digo esto porque se dice, no sé con qué fundamento, que nada conseguis ni habeis conseguido de ella.
– ¡Es verdad! ¡es verdad! hubo un tiempo en que creí que esa mujer me amaba: pero me engañé. Aun espero el primer favor.
– Dicen ademas que ella tiene un amante á quien adora, y que el tal amante se jacta de que nadie mas que el ha poseido á esa hermosura, tras la cual andan tantos desesperados.
– ¡Ah! ¡el marqués de la Guardia se jacta…! tiene razon… porque ella le adora!
– ¿Y lo sufrís?
– Sufro mas de lo que creeis; por ejemplo: yo que tengo mi aposento cerca del de Angélica, siento todas las noches por delante de mi puerta los pasos de un hombre, que se detiene delante de la puerta de Angélica abre y entra; despues sale por la mañana, muchas veces sin recatarse de nadie.
– No comprendo vuestro amor.
– Es porque yo amo de veras y soy esclavo.
– Pues teneis fama de no haber sido asi en otro tiempo.
– ¿Qué quereis? Aquellos tiempos pasaron. Un príncipe poderoso era mi esclavo. Tenia en mis manos mas de lo que pensaba. Pero un dia una mujer terrible se puso entre el príncipe y yo…
– La hija del emir de los monfíes…
– ¡Cómo! ¡exclamó Cisneros asustado! ¿quién os ha dicho eso?
– ¡Bah! yo sé quién sois, quién es Angélica, quién es la hija del emir. Vos no sabeis quien soy yo… no os lo digo, porque necesito imponeros respeto para salvaros.
– ¡Para salvarme!
– No quiero que seais la víctima de esa mujer.
– ¡Y sabeis quién es esa mujer!
– Vaya si lo sé. Como sé quién os hirió la noche que la conocisteis.
– ¡Que sabeis…!
– Si por cierto: fue vuestro amigo el marqués de la Guardia.
– ¡Que rondaba la casa de la hija del emir…!
– Y vió entrar al príncipe y tuvo zelos.
– ¡Ah! pero cuando tanto sabeis, quién sois…
– ¿Que quién soy yo…? hace mucho tiempo que nadie me conoce mas que yo mismo. Oid; unas veces soy jóven: otras viejo: suelo llamarme príncipe, ó caballero, ó rufian, ó comediante: unas veces tengo un nombre, otras otro: Angélica me conoce demasiado bajo otra forma: ¿pero preguntadle si conoce á Salvador Godinez? ¿si sabe quién es? De seguro que no piensa que yo soy una moneda falsa. Yo sé cambiar de semblante, de cento de edad, aun de estatura: sé adaptarme á todas las condiciones. Ya me habeis visto representar…
– Y lo haceis á las mil maravillas. He tenido zelos de vos.
– No tanto, no tanto. Vos siempre sereis el famosísimo Cisneros, la delicia de las damas de la córte, que lloran vuestra ausencia, y la admiracion de los hombres de ingenio. Yo soy infinitamente mas cómico que vos, pero no en el tablado y entre las cortinas, sino en el mundo, entre las gentes. Tan cómico soy que Angélica, vuestra adorada Angélica, que sabe que existe un hombre que la ama y la aborrece á un tiempo; que sabe que ese hombre cambia de aspecto y de nombre, pero no de corazon ni de propósito; que por lo tanto debia desconfiar de todo desconocido que se la acercase, no desconfia de mí, y me cree simplemente Salvador Godinez, comediante y autor de la compañía del señor Andres Cisneros.
– ¡Qué, amais á Angélica! exclamó Cisneros que solo esto habia oido de las últimas palabras de Godinez.
– ¡Que si la amo! ¡sino la amara viviria!
– ¡La amais! yo creo que esa mujer ha nacido para enamorar á todo el mundo.
– Os engañais. A esa mujer la sucede lo que á otras muchas. Las aman todos, menos el hombre que las posee.
– Es decir que el marqués de la Guardia…
– No la ama, porque ama á otra.
– ¡A otra!
– Si, á una mujer á quien yo amaria tambien, si mi amor hácia ella no fuese insensato; un martirio á que me condenaria inútilmente. El marqués de la Guardia ama á la hija del emir de los monfíes, y porque la ama finge amor á Angélica.
– Nos os comprendo.
– La hija del emir se ha perdido para el marqués. Pero el marqués sabe que si una mujer se pierde para su amante, no se pierde jamás para la mujer que la aborrece, que la sigue, que la persigue ansiando venganza, cuando esta mujer tiene medios para obrar tan poderosos como son los que tiene Angélica.
– Con que la hija del emir y Angélica…
– Son enemigas, enemigas á muerte por la sola razon de que aman á un mismo hombre.
– Lo que no comprendo bien, es por qué me haceis estas revelaciones, dijo con intencion Cisneros.
– Porque ha llegado ya el momento de obrar. Angélica sabe que tiene cerca á su rival, tiene medios para envolverle en una horrible venganza y obrará. Es mas: yo la ayudaré á que obre. Por lo mismo para ayudarla, me veré obligado á estar separado de ella largas temporadas: yo puedo trasformarme: pasar por monfí entre los monfíes, por soldado entre los soldados del rey, como paso por comediante entre los comediantes; pero no puedo duplicarme, no puedo hacer dos mi persona, y quiero saber todo lo que dice, todo lo que hace, si es posible, todo lo que piensa Angélica. Para ello necesito un hombre esperimentado, sagaz, que sepa como yo encubrir bajo su semblante tranquilo sus pasiones, dominar los sucesos y no dejarse dominar de ellos; ese hombre sois vos Cisneros: pero para que lo seais, es necesario que os domineis: es necesario que comprendais que una mujer que nos desprecia, que ama á otro, sin recatarse de ello, que nos toma como instrumento, no debe inspirarnos amor sino venganza. Es necesario que comprendais tambien que habeis sido muy ambicioso y muy imprudente: que habeis cometido graves delitos cuyas pruebas tengo yo…
– ¡Que yo he cometido delitos!
– Si, y ya que me habeis traido á un lugar donde nadie puede escucharnos, voy á hablaros con lisura. Vos, nacido de la pleve, lanzado por casualidad á la vida de comediante, para lo que poseeis grandes talentos, os visteis aplaudido, enriquecido, acariciado por las damas, casi recibido en la córte: entrabais en ella por el postigo es verdad, pero aquel postigo os llevaba á donde no llevaba á otros la puerta principal. Hace algunos años trabásteis conocimiento con el príncipe don Carlos, como lo traban generalmente con los grandes señores los hombres que han logrado hacerse famosos en cualquier oficio: á título de proteccion del gran señor, hácia el gran comediante. El príncipe no tenia la cabeza enteramente sana y habia nacido ademas muy mal inclinado: era ambicioso, incorregible, déspota, amigo de escesos y enemigo de toda sujecion: la dependencia en que vivia como hijo y como vasallo de uno de los hombres mas terriblemente celosos de su autoridad, le irritaba. Vos comprendísteis todo esto, como lo habian comprendido otros, ú otro, y pensasteis como aquel otro, aprovechar las perversas cualidades del príncipe para engrandeceros. Aquel otro, que era tambien un gran señor, casi un rey, el emir, en una palabra, conoció que debia aprovecharse de vos y se aprovechó. El vínculo que unia á un tiempo al príncipe, al emir y á vos era el amor de una mujer: el amor voraz, voluntarioso, impaciente, que el príncipe sentia hácia la hermosa duquesita. ¿Quereis que invierta mas tiempo probándoos de qué manera poseo pruebas de vuestra doble traicion contra el rey, incitando á la rebeldia al príncipe, irritando sus deseos por doña Esperanza, y sirviendo al mismo tiempo al emir de los monfíes? Vos habeis escrito cartas imprudentes, cartas cada una de las cuales vale vuestra cabeza, y esas cartas Cisneros estan en mi poder.
– ¡Es decir que me imponeis condiciones!
– Me constituyo en vuestro señor, representando al diablo á quien os habeis vendido por ambicion.
– ¿Y no temeis que esté desesperado?
– No porque aun sois ambicioso.
– ¿Y qué me podeis vos dar?
– Puedo daros, si os resistis á servirme, una muerte horrible. Porque ¿qué creereis que haria con vos Felipe II cuando supiese, que vos, envenenando al corazon de su hijo, impulsándole á la traicion, le habeis obligado á matar al príncipe?
Cisneros calló.
– Por el contrario si me servís bien, os enriqueceré; es mas: os pondré en ocasion de ser. ¿Quereis ser walí de un rey moro..? pues bien: podrá suceder que lo seais. ¿Quereis conquistar la gracia del rey de España y su privanza? Servidme: si solo quereis ser rico, sedlo desde ahora.
– ¡Cómo! ¿vos podeis enriquecerme, hacer levantar el destierro que me separa de la córte, fuera de la cual no vivo?
– Lo puedo.
– Y sin embargo, ¿teneis paciencia para vivir con un miserable salario..?
– ¡Imbecil! ese es el antifaz, el medio. Decidme Cisneros: ¿habeis creido de buena fe que hemos ganado todo el oro que se ha gastado en pagar la compañía, y en sostener los caprichos de Angélica?
– El público ha pagado muy caro…
– Por muy caro que hubiera pagado el público, las entradas no hubieran bastado para pagar la compañia, que es muy numerosa y muy buena, porque vos no quereis trabajar con malos cómicos. Quien ha pagado he sido yo: como soy quien vendo las entradas; como nadie tiene que enterarse de ello, he hecho al revés de otros que roban: he aumentado… he aumentado diez veces mas: aposento habia por el que solo han pagado un escudo, y yo he dicho que han pagado un doblon, y asi todo. Con que, nada os importe que los moriscos se revelen ó no: mejor para nosotros… nada importa que no podamos representar mas en Granada; mejor; nos desembarazaremos de todos esos comediantes, que al fin son ojos que ven, oidos que escuchan y bocas que mienten, y nos estorban. Por lo demás, y ya que os prestais á servirme, tened muy en cuenta el no ser débil con Angélica, revelándola una sola palabra de lo que hemos hablado; continuad, como siempre; tratadme delante de los demás con la soberbia que siempre me habeis tratado, y basta por ahora. Son ya cerca de las doce, y voy á ponerme á despachar las entradas.
– ¿Pero creeis que despues, de lo que ha sucedido esta mañana pueda haber funcion?
– ¡Bah! todo ello no pasará de ruido: ya vereis como se nos llena al corral, y sobre todo que nosotros no podemos suspender la funcion sin órden del corregidor.
Tras estas palabras, Aben-Aboo que habia unido su oreja derecha á la pared para oir mejor, sintió que los del aposento inmediato se dirigian á la puerta, la abrian, salian y cerraban de nuevo.
Luego los pasos de los dos se perdieron á lo largo del corredor.
– ¿Con que ese señor Godinez, no es Godinez? dijo Aben-Aboo, ¿ni esa comedianta es lo que parece, ni el señor Cisneros por lo visto se contenta con ganar su dinero representando? ¡Aben-Humeya, toma un pretesto para la rebelion! ¡Amina ama al marqués de la Guardia! ¡la comedianta tambien! ¡estas dos mujeres se conocen y son enemigas! ¡El señor Godinez alienta proyectos! ¡Oh! ¡por el Dios Altísimo, que mi buena suerte me ha traido á esta hostería. Creo que al fin de este laberinto está mi suerte buena ó mala! la tumba ó el trono! Pues bien: es necesario que yo me procure un hilo que me guie para llegar al fin de ese laberinto. Cada uno de esos comediantes es un cabo. Pues bien yo reuniré á los tres. Yo procuraré no perderlos. ¡Y el marqués de la Guardia! ¡mi buen amigo! ¡oh! ¡oh! ¡Ahora mas que antes me impacienta la tardanza del criado del marqués! y bien mirado ¿para qué necesito yo sus vestidos? ¿No vengo de viaje? No se por qué tengo impaciencia de conocer á esa doña Inés de Fuensalida; me parece que este es otro cabo que me presenta mi fortuna.
Habíase ya decidido Aben-Aboo por presentarse de cualquier modo en la casa de sus inquilinos, cuando se oyeron pasos en el corredor que se detuvieron junto á su puerta y una mano llamó á ella.
Era el lacayo del marqués que traia un emboltorio bajo el brazo izquierdo y una espada y una daga de córte en la mano derecha.
