Kitabı oku: «Tierra de nadie»
Texto de contra TIERRA DE NADIE
«Yo era cartero en Sevilla. Cuando se levantó Queipo de Llano, fueron a mi casa y me preguntaron:
—¿Quieres a España?
—Sí —contesté.
—Pues venga —me dijeron—, que te está esperando en la cama y en camisón.
Y de esa manera tan sencilla me vi en un camión y con un fusil en la mano.»
El autor ahonda en aspectos poco estudiados como el de la lealtad geográfica y las familias divididas entre los dos bandos, la frecuente comunicación a través de las trincheras, la importancia de las canciones, en ocasiones, cantadas juntos. Es la curiosa crónica de los frecuentes intercambios de todo tipo y de las actividades en común con el otro bando: comidas o favores desafiando a los jefes. Este libro también nos ofrece un decálogo del combatiente, a modo de guía para la supervivencia, teniendo en cuenta que, en muchos casos, el enemigo estaba en el propio bando, como ocurría con distintas facciones e ideologías. Por si fuera poco, ambos bandos tuvieron enemigos comunes y terribles, como las enfermedades, las plagas, el frío, el hambre o todo tipo de incomodidades.
«Ballano se aparta de la fatigada senda de los grandes personajes que hacen la historia para transitar por la más reveladora e interesante de los que padeciendo las decisiones de los grandes hombres, a menudo tan mezquinas, procuran campear el temporal y salir con bien de los cataclismos históricos que aquellos desencadenan».
Del prólogo de JUAN ESLAVA GALÁN

FERNANDO BALLANO GONZALO (Utrilla, Soria,1956) Licenciado en Psicología y máster en Historia Contemporánea. Ha trabajado como profesor en el Bronx (Nueva York) y en Madrid; fue funcionario del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) en Burundi. Se especializó en diversos aspectos de las colonias africanas de España y en nuestra guerra civil. Ha publicado diversos ensayos de divulgación histórica: Exploraciones secretas en África y Exploraciones secretas en Asia (ambos en Nowtilus) sobre la historia de las exploraciones a lugares prohibidos; Españoles en África (Tombooktu), sobre la presencia española en el vecino continente; y Aquel negrito del África tropical (Sial), sobre la peculiar colonización española de Guinea y las condiciones de vida de los nativos. Ha traducido y editado Cinco meses con los nómadas del Sahara occidental (Confluencias), de Camille Douls, sobre la primera exploración completa, y de incógnito, del antiguo Sahara español en 1887.
TIERRA DE NADIE
Tierra de nadie
Otra manera de contar la Guerra Civil
© 2021, Fernando Ballano Gonzalo
© 2021, Arzalia Ediciones, S. L.
Calle Zurbano, 85, 3.º-1. 28003 Madrid
Diseño de cubierta, interior y maquetación: Luis Brea
Autor de la fotografía de cubierta: José Demaría Vázquez «Campúa».
Por autorización del archivo José F. Demaría Campúa®
Todas las fotografías son imágenes procedentes de los fondos de la Biblioteca Nacional de España (Biblioteca Digital Hispánica), excepto la que ocupa la parte superior de la página III, la situada en la parte inferior de la página XVI y las dos de la página XXXII, que provienen del Archivo General de la Administración (Archivo Fotográfico de la Delegación de Propaganda de Madrid).
ISBN: 978-84-19018-03-8
Producción del ePub: booqlab
Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida, ni en todo ni en parte, ni registrada en o transmitida por un sistema de recuperación de información en ninguna forma ni por ningún medio, sea mecánico, fotomecánico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia, o cualquier otro, sin el permiso por escrito de la editorial.
Impreso en España — Printed in Spain
www.arzalia.com
Índice
Prólogo de Juan Eslava Galán
Introducción
1. Lealtad geográfica
2. Guerra de palabras
3. Guerra de canciones
4. Intercambios… hasta de disparos
5. Paellas y partidos de fútbol
6. Encargos y favores al otro bando
7. Vive y deja vivir. Decálogo del combatiente
8. ¿Dónde está mi bando?
9. El enemigo dentro del mismo bando
10. Enemigos comunes
Bibliografía
Notas
No sólo por intereses se matan los hombres entre sí. También por dogmatismo. Nada hay tan peligroso como la certeza de tener la razón. Nada resulta tan destructivo como la obsesión de una verdad tenida por absoluta. Todos los crímenes de la historia son consecuencia de algún fanatismo. Todas las matanzas se han llevado a cabo en nombre de la virtud, de la religión verdadera, del nacionalismo legítimo, de la política idónea, de la ideología justa, en pocas palabras, en nombre del combate contra la verdad del otro.
FRANÇOIS JACOB
El juego de lo posible
Lo que más se parece a un hombre de izquierdas, en este país, es un hombre de derechas.
JOSEP PLA
El cuaderno gris
… y al acercarse el XX aniversario del comienzo de la guerra civil, el Partido Comunista de España declara solemnemente estar dispuesto a contribuir sin reservas a la reconciliación nacional de los españoles,…
DECLARACIÓN DE JUNIO DE 1956 DEL PCE
Prólogo
Hace unos cincuenta años que leo ensayos y novelas relacionados con nuestra Guerra Civil (incluso soy autor de uno de ellos y de dos novelas sobre el tema). Quiero indicar con esto que mi mirada ha dejado de ser inocente para ser crítica e incluso escéptica. Por eso acuso especialmente el deslumbramiento que me ha producido la lectura de este libro. De pronto me encuentro con una obra singular que se aparta del transitado camino de tantas otras para narrarme un aspecto de la guerra que hasta ahora solo conocía por referencias familiares, un aspecto de aquella contienda que, sin embargo, es fundamental: que casi todos los participantes se vieron implicados involuntariamente y durante aquellos tres luctuosos años no tuvieron más aspiración que escapar indemnes del mal paso y a ser posible sin perjudicar a nadie.
La historia es bien conocida. A pesar de esa tercera España más numerosa que las otras, pero tan silenciosa que pasó inadvertida, estalló una cruenta guerra civil en la que las otras dos Españas envenenadas por el odio de clase y por la propaganda buscaron venganza y procuraron exterminar al adversario. Aceptada esta triste realidad, Ballano Gonzalo tiene la virtud de «poner las cosas en razón», como quería Cervantes, otro gran entendedor de las eternas dos Españas, y nos dibuja el tapiz de mil historias de personas sencillas que padecen la locura colectiva sin participar en ella.
Pocos historiadores han reparado en que al menos la mitad de los españoles hicieron la guerra en el bando equivocado, a veces con grave peligro de sus propias vidas. A los tres días del denominado alzamiento, los sectores republicano y nacional estaban determinados. A Manuel Machado, que era el más liberal de los dos hermanos y militante de la Asociación de Amigos de la Unión Soviética, le pilló en Segovia, donde visitaba a una monja, tía de su mujer. Sabiéndose en peligro, adoptó, con la conveniente celeridad, posturas más conservadoras, incluso escribió algún soneto a Franco para demostrar su adscripción al Movimiento. Con otros ocurrió lo contrario: desterraron las sospechosas corbatas —por paradójico que parezca, el comunista Valentín González el Campesino solía usarlas— y aprendieron a levantar el puño y a cantar la Internacional en clases aceleradas.
Tengo un ejemplo en la familia. Mi padre era un sencillo campesino al que le tocó luchar en el bando de la República, pero, aplicando la lógica, pensó que, puesto que la Republica había encarcelado a su padre por el delito de ser pequeño propietario agrícola y le había confiscado las tierras, sería más lógico que combatiera junto a los rebeldes. El primer día que lo llevaron al frente, en el sector de Torrealcázar, entre Torredonjimeno y Porcuna, provincia de Jaén, aprovechó que lo habían designado como escucha (centinela nocturno en posición avanzada) para pasarse al enemigo. Caminaba bajo las estrellas en una noche sin luna cuando, a medio camino de las trincheras nacionales, por la franja de unos tres kilómetros de tierra de nadie, se cruzó con un sastre que hacia el camino contrario: se pasaba a los republicanos y lo hacía en compañía de un asno sobre el que cargaba sus escasas pertenencias, entre ellas una máquina de coser. Se saludaron a lo lejos con cierto reparo, pero poco después, unidos por el desamparo de la noche, se acercaron, al principio con las cautelas de los que se intuyen en bandos distintos. Disipados los iniciales recelos, convinieron en que era mejor aguardar a que amaneciera porque si se presentaban en sus respectivas líneas en plena noche algún centinela podía dispararles. Mientras hacían tiempo tomaron asiento bajo un olivo, trabaron conversación y juntaron meriendas. El sastre sacó una botella de moscatel y medio queso que llevaba en el serón, mi padre un chusco, un puñado de algarrobas, una lata de leche condensada y dos de sardinas. Transcurrieron unas horas de amigable charla en la que cada uno contó al otro su vida y su circunstancia. Los dos eran de parecida formación, o sea, leer y escribir y poco más, pero convinieron en que si los políticos hubieran hablado un poco más a lo mejor no habrían liado el cisco. Se despidieron tan amigos con un apretón de manos después de desearse suerte por lo que pudiera venir.
«Lo que son las cosas —recordaba mi padre—, el que iba con los rojos tenía manos suaves, de señorito, y yo que iba con los señoritos tenía las mías llenas de callos».
En su espléndido libro, Fernando Ballano confiesa que tan solo ha pretendido estudiar la Guerra Civil desde la perspectiva de los actos de confraternización, humanidad y sentido común, de todo tipo, que se dieron durante el enfrentamiento. Al lector le parecerá que el autor peca de modesto, porque el resultado es un libro sobresaliente por su estilo y por su contenido.
Señalaba Unamuno la importancia de la intrahistoria, de los aconteceres cotidianos que no merecen la atención de los periódicos, de todo aquello que está a la sombra de los grandes hitos históricos y sin embargo determina la verdadera Historia, con mayúscula. Ballano Gonzalo se aparta de la fatigada senda de los grandes personajes que hacen la historia para transitar por la más reveladora e interesante de los que, padeciendo las decisiones de los grandes hombres, con frecuencia tan mezquinas, procuran capear el temporal y salir con bien de los cataclismos históricos que aquellos desencadenan. Esta narración, a menudo tan eficaz como la más absorbente novela, nos ofrece la palpitante intrahistoria de la Guerra Civil, basada en recuerdos de los protagonistas, pero lo hace con el necesario sentido crítico, conociendo que a menudo la memoria no es del todo fiable y que hay que contrastarla siempre con los datos objetivos que la historia nos ofrece.
No retendré la atención del lector ni una línea más: pase página y disfrute de este libro asombroso.
JUAN ESLAVA GALÁN
Introducción
Esta obra estudia la Guerra Civil española de 1936-1939 desde la perspectiva de los actos de confraternización, humanidad y sentido común, de todo tipo, que ocurrieron durante el enfrentamiento. Fueron abundantes y muy variados más allá del conocido y continuo intercambio de tabaco por papel de fumar. Muchos de ellos tuvieron lugar entre las dos líneas, en la denominada, tierra de nadie.
El libro comienza analizando la llamada «lealtad geográfica» y los abundantes casos de familiares directos que quedaron en bandos distintos. Continúa presentando las frecuentes interacciones verbales y musicales entre las trincheras enfrentadas y sus diferentes tipos y motivaciones, así como los intercambios de objetos y bienes, para continuar con ejemplos de comidas compartidas y la celebración de partidos de fútbol. Un aspecto a destacar son los casos de favores a combatientes del otro bando.
En el epígrafe titulado «Vive y deja vivir» analizo la filosofía que dirigió la vida de la mayoría de los soldados de ambos bandos y presento un «decálogo del combatiente» con los aspectos más destacados de sus conductas y motivaciones diarias. En el apartado «¿Dónde está mi bando?» muestro la dificultad que entrañaba en muchas ocasiones para los hombres saber a qué unidad o trinchera pertenecían, y las equivocaciones y situaciones que este desconocimiento provocaba. En el capítulo «El enemigo dentro del mismo bando» hablo de las peleas internas dentro de cada uno (en ocasiones muy determinantes y violentas) y, en el último, de la presencia de otros enemigos comunes a ambos contendientes como los jefes, los piojos, el frío o el hambre.
Creo que es un estudio necesario pues pone el acento sobre las similitudes en lugar de hacerlo sobre las diferencias y en lo que hubo de humanidad en medio de la locura y la sinrazón. Quizás haya quien piense que una investigación dedicada a estos aspectos es una falta de respeto a todos los que murieron, a los que perecieron asesinados en cualquiera de las dos zonas, a los que fallecieron en acción, a los que sufrieron castigos en ambos bandos, a los ejecutados tras un juicio más o menos —o nada— justo… ¡En absoluto! Es precisamente un homenaje a ellos, víctimas de un contexto histórico dominado por los totalitarismos de ambos signos. También es preciso recordar algo que se analiza poco o nada: este fue el único país europeo donde ostentó poder el anarquismo. Una ideología que propugnaba la abolición del Estado, hasta que ellos, los anarquistas, se convirtieron en autoridad.
La confraternización con el enemigo fue algo que ambos bandos pretendieron impedir y negar. A pesar de ello siempre se produjo. Temían los mandos que sus soldados se dejaran convencer por el enemigo o que perdieran la moral de combate al percibirlo como persona y no como un monstruo. Se prohibió hablar con los de enfrente, o intercambiar con ellos cualquier cosa, y se amenazó con graves castigos a los infractores. Los corresponsales extranjeros que visitaban la primera línea se sorprendían de estos hechos y caricaturizaban la situación en sus crónicas dando una imagen de poca seriedad y de tragicomedia, lo que tampoco gustaba a ninguno de los bandos.
El 13 de junio del 37, Indalecio Prieto, ministro de Defensa del Gobierno republicano, publicó una orden:
Se prohíbe terminantemente parlamentar con el enemigo, cambiar prensa o impresos de cualquier clase, establecer acuerdos relativos a interrupción de hostilidades cualquiera que sea el motivo que pueda aconsejarlo, siempre que no exista autorización expresa de los Generales del Ejército, o de mi autoridad. Los que contravinieran esta prohibición serán juzgados en juicios sumarísimos por los delitos correspondientes.
A pesar de las amenazas y castigos, los actos de confraternización continuaron, si bien se tenía en cuenta qué mando estaba al cargo de la posición y quiénes se encontraban enfrente. Llegó un momento en que no solo tomaban parte en ellos los soldados de reemplazo, obligados a pelear, sino grupos de voluntarios, pues todos estaban interesados en conseguir lo que los soldados del otro bando les podían ofrecer.
Uriel, un médico soriano, republicano, a quien le tocó trabajar en zona rebelde, que estuvo preso de los franquistas, y a quien estos le fusilaron a un hermano, lo cuenta en sus memorias:
Los relatos de confraternización entre los dos bandos en algunos frentes me parecían siempre fanfarronadas de combatientes. Pero, precisamente el mismo día de mi llegada a la posición de Azuara [Zaragoza, cerca de Belchite], terminó mi escepticismo. Estábamos haciendo nuestra primera comida al aire libre, junto a la cocina, cuando un sargento se acercó a la mesa: Mi Capitán, los hombres están bajando al barranco […] Nos acercamos a los parapetos, y disfruté la enorme satisfacción de ver que la guerra se había retirado en aquel sector. En la posición enemiga, situada frente a la nuestra, se veían hombres sentados sobre el parapeto, mirando hacia nosotros y haciendo señas. Por las laderas bajaban algunos soldados hacia el barranco, al encuentro de algunos de los nuestros. Pronto se les vio reunidos, formando corros. En las posiciones inmediatas del sector estaba sucediendo lo mismo, y todo tenía un inusitado aspecto de romería.1
Como este, hay muchos relatos de participantes en situaciones similares. Ya en febrero del 37, en el activo frente del barrio madrileño de Usera, hubo un acuerdo para no dispararse.
Me ciño a lo que ocurría en los frentes, entre los que combatían abiertamente, cara a cara. No trato de los que, en ambas retaguardias, asesinaron más o menos impunemente, sino de los que, engañados o no, sufrieron en primera línea, y de la vida que llevaron. De modo tangencial, también aludo a los que se escapaban o intentaban escabullirse de ese infierno. Rindo asimismo tributo a quienes, poniendo un poco de humanidad por encima de aquella locura, trataron bien o ayudaron a personas del otro lado. Como dijo alguien: «La guerra es un lugar donde jóvenes que no se conocen, y no se odian, se matan entre sí, por la decisión de viejos que se conocen y se odian, pero no se matan».
La propaganda simplificó los mensajes. Estos se convirtieron en democracia contra fascismo por un lado y patria-religión contra comunismo por otro. Orwell lo explicó: «Lo que había estallado en España no era sólo una guerra civil, sino también una revolución, y éste es el detalle que más se ha empeñado en oscurecer la prensa antifascista no española. El conflicto se ha reducido al enfrentamiento entre fascismo y democracia, y los aspectos revolucionarios se han ocultado al máximo».2
He utilizado y analizado relatos y memorias de combatientes protagonistas de ambos bandos. Uno no puede fiarse de los aspectos hagiográficos de las memorias, sean orales o escritas. No son Historia, suelen ser autojustificación. La psicología tendría que ser tenida más en cuenta. Pero cuando uno confiesa algo en contra de uno mismo, o al menos muestra una actitud de neutralidad, entonces sí que es más fiable. Esta obra se basa, sobre todo, en confesiones en contra de uno mismo o de su grupo u organización. De la exaltación de las bondades propias no me fío. La memoria es un interesante fenómeno psicológico y, como tal, tiene unos mecanismos que la distorsionan y es necesario conocer. Sin entrar en profundidades psíquicas, podemos leer los comentarios de Teresa Ricart al respecto:
—¿Los supervivientes de una época son un material imprescindible para un historiador?
—Lo son, pero hay que aplicarles el mismo sentido crítico que a su memoria. A mí me cuesta trabajo saber lo que hice la semana pasada, y muchas veces preferiría olvidarlo. Si te ocurre algo hoy, dentro de tres meses, cuando estés reunida en una tertulia de amigas, lo contarás de otra forma a como sucedió. Y lo irás moldeando, para que tu papel sea un poco más digno de lo que fue. Lo hacemos todos, y hay que suponer que los protagonistas de la historia, más todavía. No se puede confiar en la memoria de los otros; hay que ir con cuidado.3
Los curiosos mecanismos de la memoria humana se tienen poco en cuenta a la hora de hacer Historia. Rellena huecos como sea. Podemos leer en los recuerdos de un nonagenario tras participar en un pelotón de fusilamiento: «… tras apretar el gatillo, los generales miraban los cerrojos de los soldados para cerciorarse. Y si algunos no lo habían hecho, les disparaban».4 Jamás en la historia un general ha pasado revista de armas a unos soldados. La efectúa un cabo, un sargento o, como máximo, un oficial subalterno. Memoria sí, pero con sentido común y con conocimientos de psicología, de historia y del tema que se trate. Con tanta «memoria», sin saber cómo funciona, hemos desvirtuado la Historia y la hemos reducido a autojustificación —como acabo de apuntar— y propaganda.
Por otra parte, a la gente no le gusta leer u oír lo que rompe sus esquemas previos y simples: estos son los buenos, estos son los malos. En la mayoría de los casos, y sobre todo si considero que así son más ilustrativos, presento los textos originales, tal como fueron escritos por los protagonistas, sin cambiar redacción, puntuación ni ortografía, a pesar de los fallos que puedan presentar. He visto demasiadas manipulaciones y malinterpretaciones. A veces hay por ahí joyas escondidas en forma de libros de memorias que no tendrán ningún valor literario, y serán un horror sintáctico y ortográfico; pero son un tesoro de información de primera mano. Los comentarios entre corchetes —[ ]— dentro de las citas son míos y sirven para aclarar, matizar, rebatir, o para indicar que se ha omitido texto no relevante o demasiado largo —[…]—.
Unos soldados ya nonagenarios del Batallón Alpino de la República, en una entrevista realizada en 2008 por Natalia Junquera para el diario El País, cuentan que a uno de ellos
… estuvieron a punto de fusilarle por organizar un partido de fútbol contra el bando franquista. «Por la noche insultábamos a los otros [a los rebeldes]. Ellos nos gritaban ‘¡Rooojos! ¡Hijos de la Pasionariaaaaa!’, y nosotros, para fastidiar, les llamábamos lo mismo. A veces también les decíamos: ‘Ayer estuve con tu novia. Es muy feaaaa!’, recuerda Adolfo Ruiz, de 92 años. Acudió voluntario a alistarse en el Batallón Alpino cuando estalló la guerra. «Lo hice porque pensé que allí no tendría que pegar tiros y podría seguir esquiando. Era campeón de España». […] No utilizan apenas la palabra enemigo. Eran apenas unos niños. Enrique tenía 16 años cuando le dieron un arma para defender un país en guerra. José, 17. Por eso, Piter pretendía jugar al fútbol «con los otros» para pasar el rato y Alfredo hacía bromas sobre la novia del soldado que no veía al otro lado, como si fuera un amigo del barrio. «Una vez empezaron a dispararnos y uno de nosotros gritó: ‘¡Pero no dispares más, hombre, que le vas a dar a alguien!’. ¡Y pararon!», recuerda José.
Estas últimas frases son más valiosas que algunos libros sobre la Guerra Civil. Por suerte, la mayoría de la gente tenía más sentido común que los dirigentes y exaltados de ambos bandos. Como dice Jordi Canal: «La historia militante y combatiente es un lastre. […] Los libros académicos no pueden convertirse en armas de combate».5
En este libro abordo también aspectos que, a mi juicio, no se han tratado con el rigor necesario: la historia de los ciudadanos corrientes. Sánchez Domingo, un sargento madrileño, republicano y militante socialista en aquella época, comenta al respecto:
He llegado a la conclusión de que leer a los autores de todas las tendencias ideológicas es la única forma de llegar a obtener una ligera aproximación a la verdad histórica […] Tanto unos como otros pretendían tener razón, pero ambos fueron incapaces de reconocer las múltiples barbaridades y errores cometidos antes, durante y después de la tragedia. […] ¿Cuándo se querrán enterar los deformadores de la historia, que solamente se debe escribir historia por razones históricas y no políticas.6
Espero que sirva para que alguna persona relativice esas divisiones tan claras y categóricas, esas verdades absolutas, esas ideologías totalitarias y fanáticas de ambos signos, ese maniqueísmo que emplean algunos para caracterizar un bando y otro. La Guerra Civil fue más complicada de lo que en muchos de sus aspectos se simplifica; y más simple de lo que la complican, en otros. Voy a tratar de exponer el día a día de los combatientes con la mayor objetividad posible. Con hechos, sin ideología, sin absolutos, sin dejes totalitarios de ningún signo salvo el de estar en contra de todos los totalitarismos y dictaduras.
Han pasado más de ochenta años. Vamos a ver la guerra con otra perspectiva y a fijarnos en lo que hubo de humano y sensato en un episodio como ese. Cordón, un general comunista del Ejército Popular de la República (EPR), y después del de la URSS, comenta: «Y al hablar de combatientes de otros países y de su heroísmo acude indefectiblemente a la mente el recuerdo de aquellos aviadores y tanquistas soviéticos que lucharon y murieron combatiendo por la democracia española».7 Decir soviético y demócrata es lo mismo que decir fascista y demócrata. Poco antes de morir, quizás ya más calmado, escribió: «Hace casi treinta años que esto ocurrió. […] Una guerra que los españoles debemos considerar como un hecho histórico, enterrando definitivamente los que en ella participamos, en uno u otro bando, rencores y odios, sin pretender que los hereden las nuevas generaciones».8
1
Lealtad geográfica
Un factor muy importante para determinar en qué facción se luchaba era la zona donde estaba la familia. La gente quería estar junto a sus seres queridos y ello era uno de los aspectos determinantes a la hora de pasarse o no al otro bando. Si sus allegados estaban en el lado donde le había tocado luchar, aunque no coincidiera con sus ideas, si es que estas existían, uno se quedaba allí. En primer lugar porque, enseguida, ambos bandos castigaban a la familia del desertor obligando a que otro miembro masculino (al final también femenino entre los republicanos) del clan, aunque fuera de edad avanzada, pasara a ingresar en las filas del ejército correspondiente y normalmente en trabajos o puestos duros, peligrosos y pesados. No fue la primera vez que ocurrió: en la guerra civil rusa de 1917 a 1922 tal estrategia ya se puso en práctica.
Lo que se ha denominado «lealtad geográfica» consistió en que, aunque no se estuviera de acuerdo con la ideología del bando donde a uno le había tocado, salvo algunas excepciones, se aceptó la situación y se intentó sobrevivir. Los izquierdistas se hacían de Falange para que no les pasara nada y viceversa (lo que se denominaba rojos o azules geográficos). En el lado opuesto, a los de derechas les llamaban rábanos, porque eran rojos por fuera y blancos por dentro.
En otros casos, por ser muy notoria la ideología contraria al bando que dominaba ese lugar, por «haberse significado», uno no tenía más remedio que esconderse o huir al otro lado. Pero salvo excepciones, la gente se alineó con el que triunfó allí donde vivía porque, en primer lugar, ante la dificultad de camuflarse o disimular, lo normal era ser asesinado. Ambos bandos cometieron crímenes, como reconoce Francisco Avellaneda, un almeriense de la quinta del 30 que se presenta voluntario para elegir destino y cobrar la paga:
… después de estar en Jaén 8 o 10 días nos trasladaron a Ciudad Real también en otro Convento de Monjas íbamos de Convento en Convento, aquel Convento de Ciudad Real sí que estaba habitado pero las Monjas ya se habían marchado por que corrían muy malos tiempos para ellas, las perseguían mucho por que en aquellos momentos de los primeros meses de Guerra al que cogían no los sometían a Juicio los cogían y los mataban por que eran muy enemigos del régimen, y por otra parte ellos hacían lo mismo o si cabe peor con Nosotros en la Zona que ellos dominaban, aquello era horroroso tratándose de españoles que éramos todos, pero las guerras civiles son así de crueles.1
En una página web podemos leer sobre la zona de Valsaín:
Nadie duda que los hermanos Isabel Rosendo fueron una familia muy unida antes y después de la Guerra. No obstante, igual que sucedió con otros muchos hermanos, unos se vieron obligados a combatir en «zona roja» y otros en «zona nacional» […] A veces la añoranza de los seres queridos era más fuerte que los riesgos acechantes: Eusebio Martín Herrero, al igual que otros vecinos del pueblo dispersos por la sierra, aguardaba la llegada de la noche para atravesar las líneas del adversario y pasar unas horas junto a su familia.2
Otros no se atrevían a pasarse y a unos terceros les repugnaban ambos bandos por igual. El escritor francés Antoine de Saint Exupéry llegó a Barcelona como periodista del L’Intransigeant en agosto de 1936 y a Madrid en 1937 con Paris-Soir. En su libro Un sentido de la vida cuenta que en Carabanchel estaban a cuarenta metros del enemigo: «La guerra es absurda. No obstante hay que elegir un bando. “Iban engañados, o bien iban engañados los de enfrente”, me dirán ustedes. Pero yo me rio aquí de los políticos, de los logreros y de los teóricos de salón de uno u otro bando».
El investigador Claudio Hernández cita un caso:
El «camisa vieja» [falangista de antes del 18 de julio, cuando mucha gente se afilió para estar seguro] Cecilio Cirre se encontraba en zona «roja» al inicio de la contienda y hubo de combatir a las órdenes de la República. Miquel, a pesar de ser un «hombre de orden» formó parte del ejército republicano al encontrarse en Cataluña el 18 de julio de 1936. José, sargento [nacional] en el frente de Asturias, confiesa no haber tenido problemas con «dos chicos de izquierdas» que tenía en su unidad: «Yo sabía que pensaban de otra forma […] y el resto de compañeros no les decía nada. Al final luchaban como el que más». Lo que en un primer momento pudo ser un accidente de ubicación geográfica, luego pudo crear lealtades duraderas. No podemos descartar, por ejemplo, que muchos individuos inicialmente simpatizantes con la causa republicana cambiaran estas simpatías tras luchar a las órdenes del bando sublevado. Una identificación que se había ido gestando debido a algo a lo que Seidman no presta excesiva atención: la existencia de unos sentimientos colectivos trenzados entre los combatientes durante la guerra.3
La psicología social explica muy bien estos comportamientos. Para sobrevivir donde te había tocado, lo mejor era tener un carnet de alguna organización de las que dominaban esa zona (Falange o Requeté en la rebelde; CNT, UGT, PSOE o PCE en la gubernamental). Con el tiempo los carnets se desvirtuaron y se consideraban de pata negra los que eran anteriores al 18 de julio. Por ejemplo, en la provincia de Soria, los falangistas pasaron de siete miembros —estudiantes afiliados en Madrid, pues allí ni había sede de Falange— a varios miles.
Ignacio Yarza Hinojosa, un joven catalán, requeté, nos relata sus peripecias:
Yo trabajaba en un taller de carpintería […] se me hizo saber que si no tenía carnet sindical, no podía seguir en el taller. En esos momentos, el único documento válido para poder circular, era el carnet de la CNT o de la UGT. Los más poderosos eran los anarquistas. […] Juan Garrigós, Dios se lo pague, se ofreció a responder por mí, a pesar de mis pocas simpatías por ese sindicato y, menos aún, por el partido que representa. Me acompañó y sin más complicaciones, me extendieron el correspondiente carnet de la UGT. […] A primeros de 1937, Pere Ral nos comunica que el taller será incautado de inmediato. Si queremos seguir trabajando, no tenemos otra solución que afiliarnos a la CNT. Juan Garrigós no está de acuerdo con la incautación, ni con el sistema seguido para llevarse a cabo, ni mucho menos que tenga la obligación de afiliarse a la CNT. Pere Ral le recuerda que todo el ramo de la madera está controlado por la CNT y que esta no proporciona trabajo más que a sus afiliados. La única posibilidad de trabajo son los talleres confederales que pertenecen a la CNT. Finalmente Garrigós se da por vencido. ¡Qué remedio! Nos vamos al sindicato que está en la calle Blay, de Pueblo Seco. Subimos al primer piso y nos encontramos con Ventura, antiguo peón de una pequeña carpintería cercana a la nuestra, Sadurní, su dueño ya se quedó sin taller antes que nosotros. Ventura, pistolón en bandolera e ínfulas de mando, ya tiene preparados nuestros carnets y los boletos para los nuevos talleres.4
Pedro Corral, en su libro Desertores, cita el caso de Agustín Castro, cuyo padre, militar, estaba preso en Madrid, él movilizado en la sierra en el ejército republicano, un hermano en África con los franquistas, otro desaparecido y la novia en Córdoba. Muere su padre en la cárcel y deniegan la pensión a su madre. Acaba desertando.5
Algunos se adaptaron enseguida: «Un hermano de mi madre había sido alcalde socialista de la ciudad cordobesa de Lucena durante los años de la República, pero abandonó el cargo y la militancia socialista a finales de 1934. En los años de la guerra volvió a aparecer como falangista e inició una cierta carrera política…».6
Según el historiador Francisco Leira, los afiliados por interés solían ser los más sanguinarios:
Además se tiene que remarcar la existencia de desafectos en estas unidades. Se hace referencia a los conocidos en la memoria colectiva como «chaqueteros». Se trataba de individuos que pertenecían a organizaciones de izquierda, comunistas y especialmente anarquistas, que se alistaron de manera voluntaria en las milicias [de Falange] tanto de segunda fila, como en las dirigidas al frente. La supervivencia ante posibles represalias políticas es la principal explicación ante este cambio de afiliación.
La memoria de las víctimas destaca negativamente esta figura, debido a que en algunos casos participaron como agentes activos en este escenario de violencia. Como afirmaban dos hermanos movilizados por el ejército sublevado en una entrevista realizada en 1988: «eses eran os peores porque para que non os descubriran mataban os outros» [esos eran los peores porque para que no los descubrieran mataban a los otros]. Por eso, se mantiene como hipótesis que algunos individuos que se alistaron a las milicias de falange lo hicieron porque suponía una oportunidad de matar, tanto por cuestiones personales como políticas. El golpe modificó los límites éticos de las relaciones sociales, haciendo que algunos individuos optaran por enrolarse en las milicias para solucionar de una forma violenta un enfrentamiento personal, familiar, local, económico, etc. […] El 10 de diciembre de 1936 el E. M. de las Fuerzas Militares de Asturias expresaba su preocupación por el alto número de desertores al bando enemigo por parte de miembros de las milicias de Falange.7
Leira también comenta que muchos izquierdistas en zona rebelde utilizaban el Ejército como una tabla de salvación pues allí, siguiendo la filosofía legionaria, si cumplías, no les importaba tu pasado:
El ejército, desde los primeros momentos del golpe de estado, desarrolló una política de integración de individuos contrarios ideológicamente con el objetivo de obtener el mayor número de efectivos militares posibles. Por lo tanto, incorporarse en el ejército empezó a considerarse como una forma de sortear una presumible represión política, porque pensaban que existía una mayor posibilidad de conservar la vida dirigiéndose hacia el frente que continuar huidos en la retaguardia. Estos hechos permanecen en la memoria de algunos excombatientes, como recuerda un huido en la zona de Asturias al que le aconsejaron que se presentase para no sufrir represalias. En otra entrevista, un movilizado que estuvo cuatro meses escapado, perseguido y denunciado por las milicias de Falange, afirmaba que le llegó a pedir al sargento que lo enviase al frente porque en retaguardia «non me van deixar en paz».8
Leira presenta una interesante diferencia entre el franquismo, el nazismo y el fascismo: «El golpe de estado de 1936, a diferencia del resto de pronunciamientos militares desarrollados en España, genera una movilización ciudadana en contra y a favor del gobierno republicano».9 En cualquier caso, los voluntarios, en ambos bandos, parece ser que no superaron el 10% del total de efectivos, lo que contradice la visión idílica del pueblo en lucha que se ha tratado de transmitir.
Algunos llegaban al extremo de tener varios carnets, como el caso que cita Seidman de «un chófer que fue expulsado del sindicato de transporte de la CNT por pertenecer a cuatro partidos políticos».10
Otro caso de lealtad geográfica fue el de Vicente Serrano, seminarista en Madrid el 18 de julio. Cuenta cómo el día 20, al ir a misa, tuvo que entrar por la puerta trasera. Tras terminar la celebración la iglesia fue quemada y los dominicos de ese convento asesinados. Su seminario fue asaltado y se escondió en casa de sus padres:
… su familia le recomendó que se alistara al ejército, que de lo contrario, llamaría mucho la atención. Y eso fue lo que hizo. Acudió al Cuartel de la Montaña, ya en poder de la República y fue destinado a la Oficina de Organización: «No me lo podía creer. Solo tenía 18 años en 1936 y me encargaron coordinar todo lo referente a los reclutas». […] Pasados unos meses y tras la estabilización del frente de Madrid, Vicente Serrano tuvo que marcharse al frente a luchar. Por sus estudios, sus superiores le colocaron como ayudante del Comisario Político, por lo que personalmente «no tuve que pegar un solo tiro en el frente. Estaba en la 68.ª División que participó más adelante en la batalla de Teruel» recordaba.11
Familias en los dos bandos
En numerosos casos hubo familias con algunos de sus miembros en un bando y otros en el contrario. Y todos pertenecían a la misma clase social.
Ocurrió en una época muy concreta, con una situación muy especial caracterizada por una gran exacerbación de las ideologías. Estas se convirtieron en las religiones del siglo XX, por tanto irracionales, y, en muchos casos, fanáticas. Fueron una excusa para llevar la intolerancia al extremo, para alcanzar el poder y quitárselo al otro.
Los seres humanos somos irracionales y sociales. La motivación de pertenencia a un grupo, y sentirse arropado por él, es una necesidad fundamental en mucha gente. Puede mucho, algunos lo precisan de forma perentoria, y son capaces de cualquier cosa por sentirse aceptados en el clan. Si además la pertenencia produce beneficios materiales y sirve para resolver frustraciones, se disfraza de cualquier cosa que se pueda vender como positiva. Por otra parte, la psicología social tiene mucho que decir respecto a la aceptación de la autoridad. La psicología de masas lo sabe muy bien: uno hace cosas horribles en grupo, tiene conductas que nunca pondría en práctica cuando está a solas, cuando es él.
El concepto de confraternización con el enemigo no puede ser más indicado pues hubo muchos casos en los que hermanos debieron luchar en bandos diferentes, como se ha apuntado. Buenaventura Durruti Domingo, líder de los anarquistas, tenía un hermano falangista en León, Marciano Pedro Durruti Domingo. Era muy próximo a José Antonio Primo de Rivera y a Manuel Hedilla. En 1937 se opuso a la unificación decretada por Franco y fue juzgado, condenado a muerte y fusilado. Marcelo Durruti, primo de Buenaventura, fue, según el falangista Corniero, «uno de los puntales de nuestra CONS-S [Central Obrera Nacional-Sindicalista. Sindicato de Falange de las JONS], que con tanto acierto y vigor dirige el excomunista Manuel Mateo [También participaron en su organización dos antiguos miembros de la CNT]».12
Recordemos que anarquistas y falangistas tenían muchos puntos en común. A los de la FAI los llamaban failangistas. También coincidían en la bandera: roja y negra, y en la denominación de sus unidades militares (centurias).
Otros reducen la cuestión a una rebelión militar. Pero los aproximadamente trece mil jefes y oficiales en activo del Ejército se dividieron más o menos por mitad en ambos bandos (en torno a 40% leales y 60% rebeldes) y dentro de cada familia:
Los Sáenz de Buruaga tuvieron jefes y oficiales en ambos lados. El jefe de la aviación republicana, Ignacio Hidalgo de Cisneros, tenía un hermano que llegó a mandar una de las célebres Brigadas de Navarra y fue herido en la batalla del Ebro. El general Sebastián Pozas permaneció leal al Gobierno, fue ministro de Gobernación y jefe del Ejército del Centro, mientras su hermano, el teniente coronel de infantería Gabriel Pozas, se unió al golpe en Navarra y fue ayudante del general Emilio Mola. El coronel José Eduardo Villalba Rubio mantuvo asimismo la lealtad al Gobierno, pero cinco hermanos suyos, también militares, lucharon en el otro lado. El coronel Escobar, al mando de la Guardia Civil de Barcelona, se quedó en las filas gubernamentales y logró acabar allí con la rebelión; tenía un hijo fiel al Gobierno y otro falangista que murió en Belchite.
Domingo Rey d’Harcourt, coronel de artillería, jefe de los defensores rebeldes de Teruel, fue fusilado por los republicanos en su retirada, cerca de la frontera francesa. Su primo, Joaquín d’Harcourt Got, era teniente coronel médico, jefe de los servicios quirúrgicos del EPR, y se encontraba en el frente de Teruel cuando la rendición de su primo. Según la hija de Domingo, ambos se dieron un abrazo al encontrarse, prisionero uno, vencedor el otro. Joaquín fue de los afortunados que logró marchar a México eludiendo los campos de concentración de Francia. Allí fue propietario de clínicas y profesor de universidad. Falleció en 1972.
Cuando los rebeldes ocuparon la ciudad de Tarragona, el 13 de enero de 1939, se encontraron los hermanos Machuca; uno vencedor y otro prisionero. Un fotógrafo inmortalizó el momento.
Un hijo del general Asensio Torrado, jefe del Ejército del Centro con Largo Caballero, estaba preso en zona rebelde y en el 38 se alistó en el ejército franquista. El coronel Emilio Alzugaray sirvió en el ejército republicano, y su hijo, en el franquista como alférez provisional. Ignacio Cuartero Larrea, capitán de artillería en la Asturias republicana, fue fusilado al rendirse; mientras que su hermano Miguel llegó a general en el ejército franquista. El general Enrique Ruiz-Fornells, subsecretario en el Ministerio de la Guerra con Azaña, tuvo dos hijos militares, uno en cada bando. El comandante Jaime Solera, de Estado Mayor, demócrata liberal, permaneció fiel al Gobierno. Su hermano, también oficial, estuvo con los rebeldes.
Virgilio Cabanellas era general de división en Madrid, donde desempeñaba la jefatura de la 1.ª División Orgánica que incluía las provincias de Madrid, Toledo, Ciudad Real, Cuenca, Guadalajara y Badajoz. No se sublevó. Su hermano Miguel —a pesar de ser republicano y masón— se alzó en Zaragoza por estar en contra de la política del Frente Popular. Como general de división más antiguo tras la muerte de Sanjurjo, pasó a ser presidente de la Junta de Defensa Nacional. Por ello destituyeron y encarcelaron a Virgilio en Madrid. En el 34-35 Miguel fue diputado del Partido Radical de Lerroux, pero, como anticomunista, decidió unirse a los sublevados. No era partidario de entregar el poder a Franco. Cuando este lo consiguió, el 1 de octubre, puso a Miguel en un puesto meramente representativo, sin ningún mando. En mayo del 38 falleció, a los 66 años de edad. Parece ser que Franco se apresuró a conseguir toda su documentación personal. Guillermo Cabanellas, hijo de Miguel, estaba en Zaragoza el 18 de julio. Era republicano acérrimo, había participado en la sublevación de Jaca y fue candidato por el PSOE en las elecciones de febrero del 36. A pesar de ser hijo de Miguel, fue amenazado y escapó a Francia, luego a Uruguay y Argentina, donde finalmente se instaló.
Hubo casos curiosos como el del comandante (que llegó a general de brigada) Alberto Ruiz Moriones, nieto de Domingo Moriones Murillo, famoso general liberal de la guerra contra los carlistas y marqués de Oroquieta. Como Franco decidió que los oficiales y jefes de las unidades carlistas y falangistas fueran militares profesionales, Alberto mandó el Tercio de Zumalacárregui (en honor del famoso jefe carlista muerto en acción contra los liberales).13 Al otro lado se encontraba su primo, el general Domingo Moriones Larraga, que logró la cuadratura del círculo al ser aristócrata (heredero del marquesado de Oroquieta) y republicano a la vez. Mandó la fallida operación sobre Segovia en mayo del 37 en la que la aviación republicana bombardeó por error a sus propias tropas.14 Se quedó en España y pasó diez años en prisión. Murió en 1964, como marqués, y su hermana Máxima heredó el título.15 Era hermanastro de José Daniel Lacalle Larraga, que comenzó como capitán de requetés en la guerra y terminó como ministro del Aire con Franco entre 1962 y 1969.16
El requeté Javier Nagore también nos aporta datos sobre la división entre hermanos:
Aquello fue, muy en serio, una guerra entre hermanos. No se trata de una metáfora, sino de una verdad cruel que dividió familias, también de militares, y partió en dos el país. Los cinco hermanos Pérez Salas combatieron unos contra otros como oficiales profesionales. Cuatro sirvieron al Frente Popular: Joaquín, coronel de Artillería y luego general, se rindió en 1939 en Cartagena y fue fusilado; Manuel, teniente coronel de Infantería, también fue hecho prisionero por las tropas de Franco, en Valencia; Jesús, coronel de Infantería, cruzó los Pirineos al entrar los nacionales en Cataluña y marchó al exilio; José, comandante de Artillería, fue profesor de la Escuela de su Arma [del EPR]. Y del otro lado de la barricada, Julio, comandante de Caballería, mandó durante la guerra los tercios de requetés de Montejurra, de San Fermín, de Zumalacárregui y de Roncesvalles, fue condecorado con la Medalla Militar Individual y se retiró en la posguerra como teniente general. […] Hermanos contra hermanos, y más como regla que como excepción. Mariano Gómez-Zamalloa, laureado en la defensa del Pingarrón contra los comunistas de Líster, estaba casado con una hermana de los hermanos Leopoldo y Arturo Menéndez, destacadísimos militares frentepopulistas.17
Unamuno se alineó, con reservas y por eliminación, con los rebeldes. Permaneció en Salamanca, mientras sus hijos estaban en Madrid y luchaban en el EPR. Uno de ellos, José Unamuno Lizárraga, fue teniente de artillería. Su hermano Ramón luchó en el batallón Numancia, de las milicias sorianas de Madrid, y fue gravemente herido. Los hermanos Augusto y Camilo Barcia Trelles, abogados asturianos, estuvieron uno en cada bando, Augusto fue ministro republicano y Camilo, falangista.18 El derechista de Acción Católica Ángel Herrera Oria tenía un hermano que era general republicano y otros dos (uno de ellos jesuita) presos en el Bilbao republicano.19 José Laín Entralgo fue dirigente de las Juventudes Socialistas Unificadas (JSU) y director de la escuela de formación de comisarios políticos del EPR. Su hermano, Pedro Laín Entralgo, médico falangista, trabajó en el Servicio Nacional de Propaganda. Cada uno de los hermanos Machado estuvo en un bando. El falangista Ridruejo y Azaña habían estudiado los dos Derecho en el elitista y selecto centro de los Agustinos de El Escorial. Como era verano, época de vacaciones —de «permiso», como se decía entonces—, el golpe pilló a cada uno donde le pilló. Algunos pudieron huir, otros no.
Según Seidman, en Madrid, con un millón y medio de habitantes, solo se presentaron voluntarios diez mil milicianos. Eso sí, salieron en muchas fotografías porque a los corresponsales extranjeros les resultaba muy exótico. En Barcelona acudieron dieciocho mil, pero solo fueron a Aragón unos pocos miles. El resto se quedó en Barcelona. En total, se calculan entre ciento veinte y ciento cincuenta mil voluntarios republicanos y unos cien mil nacionales en una población de veinticuatro millones de personas.20 Y ya sabemos que muchos contrarios se presentaban voluntarios para no llamar la atención o para poder pasarse (cambiar de bando).
Se habla mucho del Ejército de África, pero las matemáticas están ahí. En agosto, septiembre, octubre y noviembre del 36 pasan de África a España las seis banderas legionarias existentes (entre cuatrocientos y seiscientos por bandera) y nueve tabores de regulares marroquíes —tabor significa ‘quinientos’ en árabe—. A unos quinientos tirando por lo alto cada unidad, suponiendo que estuvieran completas, un total de siete mil quinientos soldados. Eso sí, muy combativos y preparados. Al final de la guerra había dieciocho banderas legionarias (no más de doce mil efectivos), por lo que el protagonismo numérico que se les atribuía desde el otro bando es parte del mito. Los efectivos de regulares sí aumentaron mucho, hasta unos sesenta o setenta mil dependiendo de la fuente.
Según Georges Steer, corresponsal del Times, el coronel Alberto Montaud, jefe del Estado Mayor del ejército vasco, le dijo: «Nuestros campesinos, si quiere oír la verdad, están de corazón más con el enemigo que con nosotros». De hecho, muchos de sus componentes nacionalistas se integraron en el ejército franquista tras la ocupación de Vizcaya. No fue el caso de los sindicalistas, socialistas y comunistas, que se retiraron a Santander y Asturias.
Siguiendo a Seidman, llegó un momento en que los republicanos no podían castigar a los que se ausentaban sin permiso y no regresaban, o regresaban tarde, porque hacerlo hubiera reducido notablemente sus efectivos. Muchos desertaban y se pasaban al enemigo cuando sus pueblos de residencia caían en manos de los rebeldes. De nuevo la lealtad geográfica. Como sus familias ya no podían ser castigadas por los republicanos, y ellos podían ser avalados, consideraban llegado el momento de cambiar de bando.
Además de la lealtad geográfica, un aspecto consustancial a muchos seres humanos es el de ponerse de parte del vencedor. Uriel, el mencionado doctor de izquierdas que estuvo detenido un tiempo en Zaragoza, una vez liberado actuó como médico, movilizado, con los franquistas. Explica la lealtad geográfica de forma muy clara: «En la guerra civil española, los combatientes habían quedado asignados a uno u otro bando no por motivos ideológicos, sino por razones puramente geográficas. Las deserciones eran frecuentes, aunque no tanto como podía suponerse».21 Cuenta que una noche los republicanos de la posición de enfrente preguntaron al capitán nacionalista por su café. Resultó que el asistente (sirviente) de este oficial se había pasado y no le llevaría la bebida a la hora acostumbrada. Al revisar el macuto del desertor encontraron una carta para el capitán: «En la nota explicaba que se había visto obligado a desertar después de su último permiso. En su pueblo había sido amenazado por rojo y no quería seguir la suerte de algunos de sus familiares, que habían sido muertos por los falangistas. Añadía algunas frases de afecto para su capitán, al que sentía mucho dar ese disgusto». El oficial comentó: «Esa no es una razón para marcharse. Bastaba con que me hubiese hablado con franqueza; yo le hubiera protegido en cualquier circunstancia. Nadie se habría atrevido a tocarle».22
Es preciso reconocer que los militares del bando rebelde en general fueron respetuosos con las ideologías de sus subordinados siempre que cumplieran con su deber y obedecieran. Se basaban en la filosofía legionaria del «nada importa tu vida anterior». Otra cosa era si caían en manos de falangistas o requetés fanáticos. De hecho, Uriel, mientras estaba detenido, temía que lo pusieran en libertad cuando llegaban los falangistas, quienes habitualmente se los llevaban para darles el paseo, lo mismo que ocurría en las cárceles de la zona gubernamental cuando los que liberaban eran los milicianos. En ambos casos se acababa muerto en una cuneta. Los militares, tanto franquistas como republicanos, fusilaban casi en el acto, tras juicios o consejos de guerra sumarísimos por desobediencia, cobardía o intento de deserción, con arreglo al terrible Código de Justicia Militar (que ambos bandos compartían) en tiempo de guerra y que permitía incluso disparar directamente a quien flaqueaba frente al enemigo.
En relación con la división de familias, Ignacio Yarza Hinojosa, requeté catalán, que primero fue movilizado por el EPR, relata:
Procedente del hospital se incorpora el Capitán de la Compañía D. Tomás Segura Brotons. Es valenciano, de estatura media, cara redonda, colorada y gruesa nariz, con pelos en la punta. Barba cerrada y aspecto de «venir del huerto». Estaba de guarnición en Pamplona al estallar la guerra y tenía el grado de Brigada. Unos días antes de que empezara la guerra, mandó a su mujer a Valencia para que diera a luz, en casa de sus padres y quedaron separados antes de saber si era padre. Ahora no sabe si, a lo peor, es viudo. Aunque con condicionamientos diferentes, se encuentra un poco como yo, sin saber la suerte que ha corrido su familia. Por ser el oficial de mayor graduación, pasa a mandar el Batallón cesando el que lo mandaba accidentalmente, Teniente Ayudante D. Ildefonso López Arteche. Tenemos un muerto y un herido.23
Como se ve, tampoco andaban sobrados de oficiales, y un teniente llegaba a mandar un batallón (quinientos a ochocientos hombres) en lugar de una sección (veinte a cincuenta).
El diario El Socialista del 19 de julio convirtió al capitán piloto Antonio Rexach en héroe del Gobierno. Ese mismo bando mató a José, su hermano, teniente coronel de artillería, a finales de agosto del 36 porque en el 31 se había opuesto a la quema de edificios religiosos, de la misma manera que paseó a dos hijos de Antonio de 20 y 18 años de edad.24 ¿Lucha de clases o estupidez?
César Lozas comenta que era republicano pero vivía en Salamanca, por lo que se tuvo que incorporar a filas cuando lo llamaron para evitar que su padre, médico, también republicano, fuera objeto de nuevas represalias pues había sido detenido y liberado después, pero con una multa. César argumentaba que, como no había comisarios políticos en el ejército franquista, el adoctrinamiento que se les daba era muy limitado:
Se les decía que España estaba en peligro, que había que salvar a la patria […] a su modo de ver, había una cosa que aliviaba esa resignación. Los campesinos se consideraban parte de un ejército victorioso. A resultas de ello, su objetivo personal era participar en la conquista de alguna capital: Madrid, Barcelona, Valencia. Para muchos de ellos, que jamás habían salido de su aldea antes, esto les brindaba una luminosa esperanza para el futuro.25
El nivel de vida de los campesinos nacionalistas, pequeños o minúsculos propietarios de mala tierra, era parecido o inferior al de los obreros o jornaleros, pero era su propiedad y sabían que en Aragón los anarquistas obligaban a ingresar en colectividades, y no estaban dispuestos a consentir que otro decidiese qué hacer con su pequeño terruño.
Juan José Sanz Jarque, un turolense que vivió la guerra de niño, habla de la angustia de los que tenían hijos en el frente y, muchas veces, frente a frente:
… esta preocupación se agravaba en familias como la nuestra, con hijos, cual le ocurría a mi abuela, [con] soldados en uno y otro ejército. […]26 Nuestra familia estaba sin noticias de los hermanos de mi madre; del tío José, que estaba en una bandera de Falange, y del tío Nicolás, en una unidad de los rojos en el frente de Madrid. Con mejor suerte, el tío Jesús, desorganizada su unidad en una de las retiradas de los rojos, se vino a casa sin que nadie, ni rojos ni azules, le dijeran nunca nada.27
Ángel Longarón Salcedo, un oscense de la CNT, recuerda:
Como anécdota diré que en la misma sección del teniente Rafael Otal [enemigo], iba un primo hermano mío llamado Carlos Loriente Salcedo que años después de la guerra me contó que él había estado en nuestro ataque de Lierta, y que había acompañado a Rafael durante toda su huida, que éste iba completamente hundido y desmoralizado, pero la anécdota está, en que la madre de mi primo, tía Saturnina, muy querida por mí, le había mandado un paquete desde Sta. María y la Pefia, que es donde residían, y que dicho paquete fue cogido sin abrir por uno de la Pefia; Por esto supimos que a nuestro primo Carlos lo habían puesto frente a nosotros en el mencionado combate, digo nuestro primo porque aquel día frente a él estábamos tres primos hermanos suyos: Emilio Loriente, Mariano Fafianas Loriente y el que esto escribe Ángel Longarón Salcedo. Así de cruentas e irracionales son las guerras y más las guerras civiles.28
El requeté José Fernández, del Tercio Isabel La Católica, de Granada, nos dice:
En el ataque republicano del día 6 de Octubre de 1938 en las posiciones del «Barranco de la Sangre» entre Bubión y Capileira, una granada de artillería produce cuatro muertos y tres heridos (uno de los cuales era mi Padre: José Fernández Pérez. Él nunca nos contó nada. Mi Padre tuvo a su Hermano mayor (mi Tío Paco) en las posiciones enemigas Republicanas en el mismo sector.29
Antonio del Rosal, jefe falangista, era hijo de un teniente coronel leal:
Para infiltrarse se eligió fundamentalmente la CNT porque Antonio del Rosal era hijo nada menos que del jefe de columna confederal, Teniente Coronel Del Rosal y podía presentar un carnet de la CNT de 1932. Pero la verdad es que Antonio era falangista y se hizo con un carnet falso de Oficial de complemento con el que se movía, ayudado por su apellido también, en centros militares.30
Por su parte, el general comunista Cordón nos comenta:
Días después [de la toma de Belchite], por dos conductos distintos e independientes, lo que me hacía creer en la veracidad de la noticia, recibí una dolorosa información: mi hijo mayor, Antonio, que aún no había cumplido los 18 años y que, movilizado por los facciosos, figuraba entre los soldados que luchaban en contra de nosotros en las trincheras de Aragón, había resultado gravísimamente herido en la cabeza. Durante bastante tiempo los médicos temieron que quedase ciego, pero felizmente no fue así.31
Cordón afirma que su hijo fue movilizado, es decir, obligado. Debe ser duro para un dirigente comunista reconocer que su propio hijo está luchando a favor de los rebeldes. El reemplazo del 40, al que pertenecía dicho joven, no fue movilizado por los nacionales hasta febrero del 38, mucho después de lo de Belchite, y eso para los nacidos en enero, febrero o marzo de 1919. Cordón miente mucho en sus memorias, pero hacerlo sobre su propio hijo… Debe ser que se presentó voluntario y, claro, eso no lo podía admitir su conciencia. No en vano fue ascendido a general en enero de 1939, un regalo para los «mejores». Pasó al ejército soviético y, en 1944, le nombraron también general de la URSS. ¿Le deberían algún favor? Curiosamente, aparte de esa referencia, no vuelve a hablar de su vástago en el resto de sus memorias.
El hijo de Largo Caballero, Francisco Largo Calvo, cayó en manos de los militares rebeldes pues estaba realizando el servicio militar como soldado de cuota (los privilegiados que pagaban para elegir destino, no ir a África, y estar movilizados durante menos tiempo). Le mantuvieron toda la guerra como prisionero y recibió un buen trato, según dijo él mismo, a pesar incluso de que había participado en la Revolución de Octubre de 1934 y habiendo estado en prisión por ello. Tras la guerra fue liberado y marchó a México, donde se dedicó a los negocios.
Un caso espeluznante que ilustra la sinrazón y demuestra la irracionalidad de todas las ideologías totalitarias es el relatado por el canario Prudencio Doreste en Ocho meses de campaña. Cuenta su paso por la Península como falangista voluntario, dedicado a vivir estupendamente, a emborracharse en retaguardia y a quejarse porque durante una semana tuvo servicio de vigilancia en un lugar frío. Fue de los que actuó en pueblos de retaguardia… Lógicamente, transmite una versión edulcorada de su actuación. Así relata su estancia en Domingo Pérez, un pueblo de Toledo:
En Falange de Domingo Pérez militaba un muchacho que, por su conducta ejemplar, era querido por todos sus compañeros. Además, verdadero falangista, sentía el credo de Falange con todo el corazón. Siempre estaba dispuesto a la cooperación voluntaria y allí, donde había que prestar un servicio de peligro, nunca faltaba. […] Uno de aquellos días, por una confidencia, se nos puso sobre la pista de uno de los rojos más peligrosos de la comarca. Y, daba la desgraciada casualidad, que aquel individuo era precisamente el padre del falangista, cien por cien, como hoy se dice. Nosotros, que conocíamos bien al camarada; que sabíamos de sus buenos sentimientos y de su bondad como hijo, sentimos de veras aquella circunstancia. […] El padre cayó en nuestro poder y el hijo no tardó en enterarse de cuanto ocurría. Fue condenado a muerte como no podía menos de suceder dada la historia negra que pesaba sobre él. Con absoluta indiferencia acogió el reo la fatal noticia. Ni siquiera en esos instantes en que generalmente se ablandan los corazones más duros, hizo la más leve alusión a su hijo. Este, sin embargo, aún sin saber la completa realidad, parecía reflejar en su rostro, triste, el presagio del fin de su padre. […] Llegada la hora de la ejecución nadie se encontraba con arrestos necesarios para comunicarle al hijo, verdadera víctima, la noticia. ¡Era muy duro aquello y nosotros estábamos destrozados por el sentimentalismo! ¡No lo podíamos remediar! Pero, por fin, alguien se decidió y el desgraciado camarada, con la gran entereza que debe distinguir al falangista, llorando interiormente, nos solicitó una concesión que puso de relieve sus buenas dotes filiales: la de que, una vez cumplida la sentencia, le fuera entregado el cadáver de su padre para darle cristiana sepultura. Así se hizo.32
El falangista Corniero cuenta un caso más terrible sucedido en Valladolid:
Ese es Josechu, el flecha [miembro de las juventudes falangistas de entre once y quince años de edad] de Valladolid, que dio cuenta a las milicias de dónde estaba un grupo de rojos escondido, entre ellos, su padre. Bien; pues a todos nos ha parecido poco menos que un héroe, este Josechu: Pero yo me estoy ahora preguntando hasta qué punto el ardor patriótico no debe ceder ante los sentimientos naturales.33
Quizás el caso más espectacular fue el de los hermanos Franco. A Ramón, que era piloto, se le concedió la Medalla Militar individual en 1924. Se hizo famoso por atravesar el Atlántico Sur en el Plus Ultra en 1926. Era republicano y revolucionario. Conspiró contra Alfonso XIII y fue sancionado. Con la llegada de la República fue diputado de Izquierda Republicana de Cataluña. Se llevaba mal con su hermano Francisco; con buena parte del Ejército y con muchos de los políticos republicanos, entre ellos Azaña.
Cuando el golpe del 18 de julio estaba fuera de España, como agregado militar en la embajada española en Washington. Preguntó a Azaña si deseaba que regresara y el presidente le respondió negativamente. Pensaba que se quedaría allí. Por otra parte, se enteró de que su amigo Ruiz de Alda había sido asesinado en Madrid. Enfadado, decidió cambiar de bando. Su hermano le nombró jefe de la aviación en Baleares. A Kindelán, jefe de la aviación franquista, y enemigo acérrimo de Ramón, no le gustó nada y escribió una carta a Francisco Franco en la que le decía:
La medida, mi general, ha caído muy mal entre los aviadores, quienes muestran unánime deseo de que su hermano no sirva en Aviación, a lo menos en puestos de mando activos. Los matices son varios: desde los que se conforman con que trabaje en asuntos aéreos fuera de España, hasta los que solicitan sea fusilado; pero unos y otros tienen el denominador común de rechazar, por ahora, la convivencia, alegando que es masón, que ha sido comunista, que preparó hace pocos años una matanza, durante la noche, de todos los Jefes y Oficiales de la Base de Sevilla y sobre todo que, por su semilla, por sus predicaciones de indisciplina, han tenido que ser fusilados Jefes, Oficiales y Clases de Aviación.34
Parece ser que cuando llegó a Mallorca nadie le dio la mano y sufrió graves depresiones. Dos años después de su llegada, en octubre de 1938, murió en un extraño accidente de vuelo todavía sin aclarar.35
El periodista anarquista Toryho relata una comida con Durruti y Ramón años antes de la guerra, en la que se evidencia cómo los anarquistas tenían que sujetar las ansias revolucionarias del aviador:
Comimos langosta con esplendidez. A media comida tomó la palabra Franco. Habló con calor y con ímpetu. Le brillaban los ojos negros como dos moras. Se le enrojecía el semblante. ¿Qué decía con tanta vehemencia? Pues que las cosas no podían continuar así; que de una vez por todas había que ir a la revolución para darle a España otra fisonomía política y económica, llegando a esta conclusión: Ya tengo yo trazado el dispositivo de la revolución que hay que hacer. Solo necesito vuestra ayuda… Bueno, no te apresures —decía Durruti, intentando calmarlo—; no tengas tanta prisa… ¿Cómo que no tenga tanta prisa? ¿Para cuándo lo queréis dejar? ¡El tiempo pasa y tenemos que impedir que pase en balde! […] El comandante Franco —ellos le decían afectuosamente Ramón— hablaba nervioso, vehemente e indignado por la cachaza de los demás. Hasta García Oliver, apasionado e impetuoso como él, le recomendaba sosiego: Ramón, con la revolución no se puede jugar. ¿Y quién habla de jugar? ¡Hablo de hacerla! —replicaba el fogoso aviador y revolucionario con acento cortante—. Mira, Ramón —terció Durruti—, la revolución exige muchas cosas, entre ellas organización, preparación, armas y oportunidad. Y nada de eso se improvisa. Estamos tan convencidos como tú de que los gerifaltes republicanos no quieren revolución alguna; tenemos la firme convicción de que se hallan muy satisfechos con haber cambiado la Marcha Real por el Himno de Riego, y no desean cambiar nada más. Nosotros queremos. Nosotros queremos la revolución, pero conviene andar con tiento. No te apasiones tanto, serénate y nos entenderemos todos.
¿Y tú eres un revolucionario? —rugía Ramón más que airado—. ¡Tú eres un «bombero»! [que pone bombas, terrorista en el lenguaje actual] […] Ramón Franco era un ardoroso revolucionario extrovertido y superlocuaz, que mantenía cálida amistad con Durruti y los compañeros de su grupo. Reunía las excelentes cualidades del hombre de acción, pero no gastaba mucho tiempo en la tarea de discurrir. Cuando se convenció de que los anarcosindicalistas no estaban dispuestos a acompañarlo en el «dispositivo revolucionario» preparado por él, fundó un partido político de acción subversiva que quitaba el sueño a los gobernadores de las provincias andaluzas, zona en la que desenvolvía su actividad. Lo llamó Partido Social Ibérico, y en él le acompañaban algunos militares, retirados del servicio activo, de los que estuvieron en Jaca con Fermín Galán, como él impacientes e impetuosos.36
El teniente artillero republicano López relata la rendición en Villar de la República, como se denominaba a Villar del Arzobispo durante la guerra: «Con las tropas ocupantes venía un teniente de caballería que volvió la cabeza hacia otro lado al reconocer a su hermano, el mayor Sevilla».37 Según López, el mayor Luis Sevilla era teniente de la Guardia Civil en Valencia al comenzar la guerra; en abril del 38 capitán y después mayor. Fue condenado a muerte, se le conmutó la pena y salió enseguida de la cárcel. A mediados de los 40 montó una fábrica de bombillas en León y después dirigió una empresa hasta su muerte en 1977.38 También nos cuenta López que en ese pueblo hubo oficiales republicanos que vivieron en casas donde había gente escondida:
Los tenientes de Intendencia Martínez y Benet habían vivido con sus esposas en Villar de la República, en casa del señor Vicente Llatas, en la que permaneció escondido, desde el principio de la guerra, el hijo mayor sin que se enteraran ni sospecharan nada. Aquel mismo día 30 en que entraron las tropas ocupantes, salió de su escondrijo. Estaba pálido, demacrado, parecía de cera. No hacía más que hablar y hablar sin parar pero en voz muy baja, como con miedo. De pronto se daba cuenta de que ya no había peligro, y entonces levantaba la voz. Era uno de tantos jóvenes que se escondieron durante la guerra para no ir al frente o que temían por sus vidas.39
Al terminar la guerra, en lugar de familias en los dos bandos, hubo familias con miembros entre los presos y entre los guardianes. López estuvo preso en el cuartel de Santa Clara, en Soria: «El jefe de la prisión era el teniente retirado de la Guardia Civil Manuel Almoguera Hornedo, y en la misma prisión se hallaban recluidos dos hijos suyos, Agustín y Luis, que habían sido tenientes de Carabineros y habían luchado con el ejército republicano».40
Aunque hubo algunos a los que la familia les importaba poco, como le ocurría al jefe del batallón anarquista Malatesta en la retirada de Bilbao: «Su última acción antes de retirarse fue prender fuego a la iglesia. El jefe del batallón sabía muy bien que el cura simpatizaba con los nacionales: era su hermano».41
Hubo también muchos franquistas cuyos hijos serían más adelante izquierdistas significados: Guerra, Chaves, Rubalcaba, etcétera. El padre de Alfonso Guerra participó muy activamente en la defensa de la Maestranza de Artillería de Sevilla, lugar decisivo para que triunfara el golpe en esa ciudad. El de Manuel Chaves fue coronel del ejército de Franco, lo que no fue óbice para que, en un mitin, el 24 de febrero del 2008, Manuel dijera: «Tenemos que ganar, porque se lo debemos a nuestros padres y abuelos, que lo pasaron muy mal durante el franquismo». El de Alfredo Pérez Rubalcaba era aviador también del bando sublevado.42 Respecto a Antoni (Toni) Comín Oliveres (de ERC), el exconsejero de Salud de la Generalidad de Cataluña que huyó a Bélgica con Puigdemont, podemos leer:
Nieto de Jesús Comín Sagüés, amigo personal de Franco, jefe supremo de la Comunión Tradicionalista de Aragón [requeté] y principal cabecilla de la sublevación armada contra la República en la ciudad de Zaragoza durante el atardecer del 18 de julio de 1936, su padre, Alfonso Carlos [también nombre del pretendiente carlista a la corona de España] Comín, un ardoroso falangista maño durante la primera juventud que luego evolucionaría hacia posiciones comunistas.43
Su padre, Alfonso Carlos, pasó del falangismo al comunismo… Antoni ha pasado del PSC a ERC.
2
Guerra de palabras
Como las trincheras muchas veces no estaban muy alejadas, se podía charlar de una a otra. De hecho, a las conversaciones que solían tener lugar entre las posiciones enfrentadas se las denominó precisamente así: «charlas de trinchera». Lo primero que se solía preguntar era: «¿De dónde eres?», o un anónimo «¿Hay alguno de X?»…
Durante el día se establecía un sistema de guardias de parapeto: un soldado que vigilaba las posiciones enemigas y la tierra de nadie. Además del que estaba de servicio, los soldados ociosos se asomaban y charlaban con el contrario. Por la noche se aumentaban los servicios de vigilancia y, además, se establecían puestos de «escuchas», fuera de las líneas, adelantados a estas para poder avisar si se acercaba el enemigo. El escucha no hablaba, solo permanecía atento, porque muchas veces se encontraba simplemente tirado en el suelo y escondido, sin ninguna protección, y no interesaba descubrir su emplazamiento. Pero desde la trinchera la noche invitaba a la charla, a la broma y a la canción.
Se hablaba mucho, sobre todo en los frentes dormidos, tranquilos, pero también en los activos cuando no había operaciones. Fue una contienda en la que, sobre todo al principio, no abundaban las municiones, con un frente que cruzaba toda España dando sinuosos rodeos por las colinas, lo que suponía entre mil y dos mil kilómetros de línea casi continua. Orwell dijo que en tres semanas en el frente de Aragón solo disparó tres tiros. Pero aunque no se luchara, había que estar ahí para que el otro no avanzara. En zonas montañosas bastaban patrullas de montañeros o esquiadores que controlaran un poco el terreno y evitaran infiltraciones.
Muchas veces, cuando había que atacar, la operación no la realizaban los que estaban de posición, sino las denominadas tropas de choque, que iban de un lugar a otro para avanzar o para taponar penetraciones del enemigo: legionarios, regulares marroquíes y requetés en el caso de los rebeldes; Brigadas Internacionales y divisiones comunistas de Líster, Modesto, Vega, Tagüeña, etcétera, en el caso del EPR. Ello no era óbice para que también se utilizaran otras unidades forzosas y se comportaran con toda valentía. De hecho, en el ejército franquista, las divisiones solían mezclar batallones de legionarios, falangistas, requetés, regulares marroquíes y soldados de reemplazo, hasta completar los doce batallones de que solía constar cada una, para que se picaran entre ellos y, tratando de emularse unos a otros, compitieran entre sí en arrojo.
James Matthews ha realizado unos interesantes estudios sobre la Guerra Civil en lo relativo a los soldados y su vida cotidiana, nos cuenta lo que hacían, sentían y pensaban, que es lo realmente importante. En Voces de trinchera podemos leer fragmentos de cartas, retenidas por la censura militar republicana, de los que entresacamos algunos. De varias fechadas entre julio y septiembre de 1938, seleccionamos la de Vicente Franco, de la 51.ª Brigada Mixta (BM), a María Pozo:
Andamos por donde queremos sin meternos en las trincheras y ellos pues lo mismo, nos vemos unos a otros como si tal cosa y estamos muy juntos unos de otros y hablamos con ellos y ellos con nosotros, a cada instante nos llaman para echar un cigarro porque ellos tienen mucho tabaco, pero papel no tienen y lo cambian por tabaco. María, cuando me contestes me darás un cigarro que llevamos más de 20 días sin catarlo.1
O la de JRM, que no pone más datos en su remite, quizás para evitar sanciones, y escribe a Dolores Tortosa, de Villacarrillo (Jaén):
Lola, el día 10 estuvimos muy divertidos, pues no te puedes figurar lo que pasó, pues como te decía se daban charlas a los fascistas, pues la noche antes quedaron en cambiar la prensa: bajaron cuatro de cada lado a una carretera en medio sobre un puente que hay, se dieron una de abrazos y se cambiaron la prensa, ellos les dieron tabaco y los nuestros les dieron libretes [librillos de papel de fumar] y quedaron en bajar el día 15 otra vez, no sé si les dejará el Comisario hoy y yo les estuve viendo con el telémetro que tenemos [aparato óptico binocular que se usa para medir distancias y calcular los disparos de artillería] y quedaron en no tirar ni un tiro y desde aquel día no se ha vuelto a sentir y todo el día se están hablando, pero cuando más se puede oír es de noche con el silencio de la noche, por la mañana salen a tomar el sol a las trincheras y los vemos con los prismáticos, a mí me gusta ir a verlos por las mañanas.2
Juan Buixera, de la 106.ª BM, escribe a Carmen Basagaña, de Camprodón (Gerona):
También sabrás que hemos vuelto a las trincheras y estamos muy bien: los fascistas no nos tiran tiros y nosotros a ellos tampoco; el día que nada más llegar a las trincheras algunos tiraron algún tiro y ellos nos dijeron: Rojos, qué, ¿no sabéis del trato que tenemos de no disparar ningún tiro?, y hasta yo he fumado tabaco con ellos, que hoy Luis va a cambiar papel por tabaco, porque ellos tienen tabaco y no tienen papel y nosotros tenemos papel y no tenemos tabaco.3
Epifanio Pérez, 147.ª BM, escribe a Isabel Aguilar, de Pozo de Almoguera (Guadalajara):
… sabrá usted que estoy en primera linea de fuego, muy cerquita de ellos, y con tal que llegamos a relevar a los compañeros nuestros empezamos a tirar tiros y nos decían ellos, rojos no tirar, que nosotros no tenemos la culpa de todo esto y al otro día bajaron a darles tabaco y los nuestros les dieron papel a ellos y se abrazaron a los nuestros y les dijeron, compañeros, mirar que mientras estemos por estos terrenos podemos estar tranquilos, que si nos dan una orden que tenemos que atacar ya os avisaremos y así que todos los días se juntan a echar un cigarro y se dan un abrazo y se dice: hasta mañana que nos veamos otra vez.4
Antoine de Saint d’Exupéry también hace referencia a las conversaciones: «De noche, las voces enemigas se llaman y se responden de una trinchera a la otra. Iban engañados, o bien iban engañados los de enfrente». En Carabanchel, fue en una patrulla nocturna a primera línea para hablar con los de la otra trinchera.5
El requeté Sánchez Forcada recuerda el 13 de abril del 38, cerca de Balaguer (Lérida): «Por la noche nos chillan y nos dicen que van a desayunar a Balaguer, veremos si es verdad. Intentan lo que nos dijeron, pero el desayuno fue amargo al ser rechazados con muchas bajas».6
Había muchas razones para hablar.
Hablar para insultar
Con frecuencia las conversaciones comenzaban o acababan en insultos. Pero mejor es insultar que disparar. Con los insultos se descarga la agresividad y solo se hiere moralmente.
El humorista Gila, en uno de sus chistes, decía que se insultaban porque no tenían balas. No era broma. No sobraban las municiones en ningún bando. Hubo falta de recursos. Fue una guerra de pobres. Al principio solo se disponía de lo que había en los polvorines, poco, salvo en los de África, por si acaso. El 25 de julio del 36, Beorlegui, jefe de las tropas navarras que debían atacar Guipúzcoa, envió un mensaje a Mola:
«Estoy en las inmediaciones de Oyarzun, en un monte denominado Zabaldi. Necesito socorro. Sólo cuento con cuatro cajas de municiones». Y Mola, a su vez, le puso un telegrama a Escámez cuando se disponía a atacar Navafría, que paralizó a las fuerzas de Somosierra: «Ni un tiro más. Sólo dispongo de 26.000 cartuchos para todo el Ejército del Norte».7
Ningún bando andaba sobrado, quizás por eso, en efecto, insultaban más que disparaban; a veces eran simples apelativos como «rojillos» y «fachas». Orwell, el escritor británico, que vino a España sin saber exactamente dónde se metía, explica muy bien el tipo de guerra pobre que se desarrollaba en el país, donde, en lugar de disparar, se insultaba:
Al salir de Monte Pocero había contado mis cartuchos y comprobado que sólo había disparado tres veces al enemigo en casi tres semanas. Dicen que matar a un hombre cuesta mil balas, y a aquel paso yo iba a tardar veinte años en matar a un fascista. […] En realidad, en aquel frente y en aquella etapa de la guerra, las autenticas armas no eran los fusiles, sino los megáfonos: ya que no se podía matar al enemigo, se le gritaba.8
El capellán Caballero llevó un detallado diario. Además de hablar, los nacionales a veces rezaban el rosario en alto:
-17-09-36. Antes del alba, original diana roja de insultos a gritos y acompañamiento de morterazos. […] -16-10-36. Gran alboroto en las trincheras rojas. Vocean, cantan desacordes, gritan, insultan. […] -23-10-36. Rosario abajo. Nos interrumpen los de enfrente con insultos cada vez más fuertes. Blasfeman como demonios. Cansados, porque no les hacemos caso, gran estruendo de granadas de mano sobre nuestros puestos. […] -20-12-36. Universitaria. En los «mítines» que nos sueltan los rojos por la noche, hoy han estado muy elocuentes: que nos entreguemos sin más demora, que los jefes eran unos tales, que nos tenían engañados, que si no nos aplastarán con más de doscientos aviones de bombardeo magníficos que les acaban de llegar. […] -2-3-37. Por la noche los rojos, ahí a tiro de piedra, nos dan la serenata. Es un mitin con soflamas y hasta con el tragacuras himno de Riego. […] -11-4-37. Universitaria. De noche, el mitin rojo con la traca de tiros al final, como de costumbre. Los nuestros les cantan a grito pelado el himno de la Legión. Se cruzan gritos con furia creciente. Luego un silencio imponente y extraño. […] Universitaria -24-1-38-. Misa en la [compañía] 39. Al hablarles en voz baja, nos interrumpen los rojos con sus burlas y blasfemias. Estarían a unos metros, pues nuestra avanzadilla viene a cruzarse por debajo con la suya. ¡Tan cerca y tan lejos!9
Con el tiempo, el propio Caballero se animó y en junio del 37, durante dos noches, les echó mítines a los republicanos. A la tercera son ellos los que empiezan:
Por la noche se me adelantan los rojos con su mitin, hasta las diez. Hay que oírlos para convencerse de lo engañados que están. Se creen ya dueños de toda España. Cuando callan, dialogo con ellos en un tono medio en broma y medio serio sobre sus ideas de Patria, independencia, moral. Se excitan de lo lindo y disparan. […] -15-1-39. Por la noche se lo digo [toma de Tarragona], por altavoz, a los de enfrente, desde la terraza [del Clínico], y se alborotan, pero no se atreven a desmentirnos, por la experiencia de otras veces. Acaban reaccionando con pataleo, que aquí consistió en tirotearnos fuerte.10
El escritor falangista García Serrano comenta: «Los rojos decían a los facciosos: hijos de cura o hijos de fraile. Un páter, harto de oírlo, dijo un día: Hombre, alguno habrá; ¡pero decirlo de todos…!».11 Según cuenta Orwell, los del POUM insultaban a los nacionales llamándoles «fascistas maricones».12 Los marroquíes también insultaban; solían decir a los de enfrente: «Rojillo estar mujera y Rojillo estar gallina», y los denominaban abisinios o bisinios.13
Eslava relata el caso de un centinela republicano en las trincheras que rodeaban Oviedo que no se ocultaba y sobre el que nadie disparaba, pues solo lo hacían para defenderse dada la escasez de munición. De pronto explotó una mina que los nacionales habían cavado bajo la posición republicana. El centinela saltó por los aires:
… al rato los observadores avanzados y la guarnición de la trinchera nacional vieron con asombro que el centinela rojo se ponía en pie, vacilante, lo vieron sacudirse el polvo, que no era poco, dar unos pasos hacia los restos de su defensa y antes de saltar a cubierto volverse con ademán colérico hacia la línea nacional, cerrar el puño y gritar lleno de dolorida pesadumbre: «¡Cabrones! ¿‘Ye’ esa la cultura que vos enseña Franco?» [¿Es esa la cultura que os enseña Franco?].14
También cuenta que, durante la batalla del Ebro, cuando los nacionales controlaban la situación, a finales de agosto, comenzaron a intentar minar la moral del enemigo:
Cada día, al caer la tarde, los técnicos de la oficina de propaganda instalan sus altavoces sobre los parapetos y comienzan a darle barrila al enemigo: ¡Eh, rojillos! ¡Ataos las botas porque vais a correr y a cruzar el Ebro otra vez! El que no sepa nadar que se confiese y encomiende su alma a Stalin. El contraste de pareceres discurre por los cauces acostumbrados: ¡Maricón fascista, confiésate tú con tu puta madre!15
Los republicanos fueron los primeros que contaron con camiones-altavoz capaces de transmitir la voz a varios kilómetros de distancia y los utilizaron al final de la batalla de Guadalajara para reírse de los italianos tras haber rechazado su ofensiva. La copla gustó incluso a los soldados nacionales, que también la cantaban a los transalpinos, a quienes envidiaban por lo bien equipados que iban: «Bergonzoli, Bergonzoli, [uno de los generales italianos] / General de las derrotas, / Si quieres tomar Trijueque / No vengas con pelotones / Has de venir con… pelotas».
Se intentaba picar al otro en las conversaciones. El fantasmeo siempre ha sido muy español. En el diario de Emérito Pena Barrigós, de peculiar ortografía, podemos leer:
Los rrojos se proponian tomar Zaragoza, eso nos lo decian los rrojos por la noche y nosotros le deciamos ha ellos que estuvieran preparados que nosotros les ybamos á tomar Barcelona dentro de muy poco […] y El día 16 [de octubre de 1937] dierón otro ataque cón hartilleria y tanques que buelben ha quedar en nuestro poder 3 de ellos […] tanvien se diviso halgo de caballeria sin hatreberse á cercarse á nosotros á las 6 de la tarde todo quedo tranquilo.16
Incluso se podía insultar por teléfono. Ángel Longarón, cenetista oscense, tuvo la oportunidad de hacerlo tras tomar una posición franquista en el cerco de Huesca:
En el interior de la chabola estaba instalado un teléfono que seguramente comunicaba con el puesto de mando de todo aquel sector enemigo, lo descolgué y una voz inquieta me preguntó, «¿Cómo va todo, cómo va todo, va bien?» «estupendamente» le contesté, «no tardarán vuestros valientes en llegar corriendo hasta Huesca». Su contestación fue un grosero insulto y el reto desafiante «venir aquí si tenéis cojones» yo le contesté con el mismo tono y parecidas palabras… después me fue arrebatado el teléfono de las manos por otros compañeros, impacientes por piropear a nuestros enemigos. Hacía unos momentos que entre ambos nos habíamos cruzado una lluvia de balas y ahora nos entrecruzábamos una lluvia de insultos.17
En ocasiones, en lugar del insulto directo aparecía la ironía. En las ruinas del Hospital Clínico de la Ciudad Universitaria de Madrid, tras ser minado por los republicanos en varias ocasiones, los legionarios pedían más minas para demostrar que no les producían miedo, aunque les daban, y mucho. Decían que no había nada como sentir cómo picaban debajo de ti. O que no picaran, porque quizás estaban ya poniendo el explosivo y en cualquier momento podías saltar por los aires: «Después de la primera voladura de diciembre, cantaban a gritos: ¡Otra mina! ¡Otra mina! Que quedan legionarios».18 Otras veces se decía: «“¡Otro toro, otro toro!”, después de haber rechazado un contraataque rojo. Y “Otro avión, otro avión!”, a poco de sufrir el primer ataque desde el aire».19
Hablar para convencer
Además de la descarga emocional que supone el insulto, ambos bandos trataban de convencer al enemigo de que se pasara o de que no luchara. Era la guerra psicológica antes de que la llamaran así. Los actores principales eran los comisarios políticos y los capellanes, aunque participaba cualquiera. Después ambos bandos crearon unidades de propaganda que trataban de influir sobre el enemigo aprovechando que compartían la misma lengua, la misma cultura y las mismas costumbres y anhelos.
El Estado Mayor del Cuartel General de Franco creó un Batallón de Propaganda donde se encuadraron las compañías de radiodifusión ya existentes. Eran distintas a las compañías de transmisiones por radio, dedicadas a enlazar las diferentes unidades y pertenecientes al arma de Ingenieros, especialidad de Transmisiones. Se intentaba, aprovechando la confraternización, sacar más rendimiento de los discursos espontáneos.
Ambos bandos también intentaron formar locutores. Los franquistas vieron que en el avance sobre Lérida tenían mucho éxito y lograban que se pasaran gran cantidad de soldados del EPR, por lo que aumentaron las radiodifusiones con altavoces (Equipo Móvil de Altavoces del Frente n.º 3). Ya no eran soldados espontáneos los que hablaban, sino especialistas, e incluso, el 9 de agosto de 1938, habló el jefe de la brigada que cubría la zona de Balaguer. Se utilizaban camiones con un altavoz gigantesco que se colocaba lo más cerca posible de las líneas enemigas.
En las contestaciones se aconsejaba evitar el enfrentamiento directo y utilizar un tono irónico. A veces los intercambios verbales acababan mal y se disparaba al altavoz, por lo que el empleo no estaba exento de riesgos. Así, el libro Balas de papel, de José Manuel Grandela, nos ofrece un parte del alférez encargado de las emisiones referidas al primero de agosto de 1938: «Agosto 1.-Emisión en el frente de Menarguens. El enemigo hizo mucho fuego durante la emisión. Hubo un herido al lado del altavoz».20 En ocasiones los de enfrente tenían bien medidas las distancias y, cuando disparaban, lo hacían con eficacia. Según Grandela, la 3.ª Compañía de Propaganda y Radiodifusión tuvo un 20% de bajas entre sus oficiales y un 18% entre su tropa. Como funcionaban, se aumentaron las plantillas y en septiembre de 1938 se convocó un oposición de cuarenta plazas para realizar un curso de «locutores de trinchera» de veinte días de duración al que podían acceder soldados, clases y suboficiales de cualquier cuerpo o arma. Es de notar que no se pudieran presentar oficiales, algo lógico dada la penuria de estos grados.
Los republicanos también lo hicieron y establecieron escuelas de oradores. Se daban instrucciones concretas sobre cómo contestar al enemigo:
Desde casi todas las posiciones se habla por las noches al enemigo. Estos «discursos» tienen que variar de tono. Nunca se debe insultar a los que están luchando contra nosotros a la fuerza, muchos engañados […] Los últimos soldados que se han pasado a nuestro campo declaraban que producían muy mal efecto ciertas frases groseras. […] cuando los fascistas contestan insultando, nosotros debemos poner de relieve este hecho explicando a sus combatientes que los insultos obedecen a su escasez de argumentos.21
Los discursos llegaron a tal nivel que en ocasiones los enemigos aplaudían al orador o seguían sus vivas. Los oradores franquistas no tenían inconveniente en realizar sus charlas en valenciano o catalán si sabían que el de enfrente utilizaba predominantemente esa lengua.
También se intentaba convencer a la tropa propia, ya que se asumía que los obligados, en muchas ocasiones, no tenían nada claro por qué luchaban, salvo para evitar un fuerte castigo. Así, los nacionales pensaban que
La educación moral de la tropa hay que atenderla con el máximo interés. Los conceptos de Patria, Bandera, Ejército, Familia, Religión, etc., han de ser temas de las repetidas conferencias que hay que facilitar a la tropa. En todas las posiciones habrá todos los días un momento que pueda dedicarse a este importantísimo asunto.22
Caballero, el capellán de la Legión, comenta que ya el 12 de agosto del 36 los nacionales bombardean en la sierra a los republicanos con octavillas y el 18 son los aviones republicanos los que lanzan pasquines en los que les echan en cara que: «matan conculcando el quinto mandamiento».23 En aquel momento se encontraba sitiado el Alcázar de Toledo y cuenta el capellán: «Los rojos nos chillan bulos, mentiras como catedrales. Según ellos cada día lo conquistan».24
Según García Serrano, otro capellán de la Legión, el padre Huidobro, solía hablar a los de enfrente en la Universitaria:
¡Atención, atención, soldados del frente de Madrid! Callen un momento los fusiles y hablen las razones. Si es de hombres empuñar las armas cuando las cosas llegan al último extremo, más es de hombres hablar y entenderse con razones. […] Sabían los marxistas que era un sacerdote quien les hablaba y, sin embargo, le escucharon con absoluto silencio.25
El que le escucharan con atención no evitó que muriera en acción de guerra. Cuando le pedían que se ocultara, «—¡Qué me van a matar! —respondía con tranquilidad e incluso ironía— ¿Quiénes me van a matar? ¿Los rojos? No hombre, no; los rojos no matan. La muerte la decide Dios».26 Había estudiado Filosofía en Madrid, con Julián Besteiro como profesor, quien le calificó con matrícula de honor. Se hizo jesuita. Su aspecto aniñado y empollón causó mala impresión entre los legionarios, que la modificaron al ver su valentía para atender a los heridos o darles la extremaunción. Prefería comer con los soldados a hacerlo con los oficiales como le correspondía. Herido el 9 de noviembre del 36 mientras auxiliaba a quienes requerían de sus servicios, no quiso ser evacuado y, como no podía ayudar, se dedicó a confesar a los más graves. Retirado tras la batalla, pidió enseguida el alta voluntaria y regresó a la posición del Clínico. El 11 de abril de 1937 murió por la metralla de un obús cerca del actual hipódromo mientras aliviaba a los heridos.
García Serrano también habla de los bombardeos de papel. Lógicamente trataban de difundir bulos y noticias falsas que minaran la moral del adversario:
A veces arrojaba paquetes de periódicos [un avión Breguet]. A mí me tocó ir a recoger un paquete de estos y de este modo pude enterarme, antes que nadie, de que habíamos sido desalojados de Somosierra, de que andábamos a tiros con nuestros oficiales, de que las vanguardias rojas estaban en Burgos y de que las calles de Burgos aparecían cubiertas de caballos muertos, como en las corridas de toros anteriores al peto.27
Usar un avión para esos menesteres era arriesgado por si el aparato era derribado. Por ello, con frecuencia se utilizaban pequeños cohetes que se lanzaban desde las trincheras opuestas con una pequeña carga propulsora y, en el lugar donde debía ir el explosivo y la metralla, se colocaban las octavillas de propaganda. Los nacionales comenzaron a responder, pero, en lugar de propaganda, introducían comida o muestras del rancho que consumían, para dar envidia al enemigo y minarle la moral. Los pasquines incluso se lanzaban envolviendo piedras o trozos de metralla, a mano o con hondas.
En las cartas también los hombres daban cuenta de esos intentos de convencer. José Gil, de la 147.ª BM, escribe a Josefa Asensio, de Sedaví (Valencia):
… pues no te puedes figurar lo cerca que estamos unos de otros pues casi todos los días uno de nosotros y de ellos se parten el camino y cuando se juntan, los nuestros les dan papel de fumar y cartas de escribir y ellos nos dan tabaco, pues no te puedes figurar las ganas que tengo de que se termine la guerra al ver estas cosas, pues por mucho que les decimos que se vengan con nosotros nos dicen que no porque si se pasan dicen que matan a su padres, mujeres e hijos, por eso ellos no se quieren pasar [No los mataban, pero sí, en ambos bandos los encarcelaban o los mandaban al frente para sustituirlos, como se ha explicado anteriormente].28
José Morcillo, de la 89.ª BM, escribía a Antonia Fruela, de Guadix (Granada): «Estas noches atrás dio una charla un fascista del otro lado y nos llamó hermanos proletarios, pronto nos daremos un abrazo en los pueblos y veremos a nuestros hijos y mujeres, porque no se hará esperar mucho tiempo».29 Como se puede comprobar, los oradores sabían qué palabras utilizar, como, en este caso, proletarios, para llegar al oyente, aunque estuviera en contra de su propia ideología. Y es que, como dicen los teóricos de la comunicación, lo que importa es el receptor.
Francisco Cavero, un zaragozano, alférez provisional en la Legión, aprovechando una enfermedad escribió un libro titulado Con la segunda bandera en el frente de Aragón. Memorias de un alférez provisional. Cuando regresó al frente murió de un tiro. Nos cuenta:
Cuando cesaba el ataque y los rojos, convencidos de su impotencia se retiraban. Campillo lanzaba al viento de la oscurísima noche, sus bravatas. «Venid aquí —gritaba—, esos canallas que os dirigen os están engañando miserablemente. Pasad a nuestras filaaaaas». Y algún Comisario político rojo, dándoselas de erudito, le respondía: «Los engañados sois vosotros. Las reivindicaciones del proletariado…» No terminaba nunca. Campillo odiaba a los «intelectuales», y cortaba rápido: «¡¡Bandidos, canallas, hijos de tal…, fuegooo!!» Desde luego que no sabía lo que eran reivindicaciones; ni quería saberlo.30
Eslava Galán, por su parte, relata:
En el frente de Oviedo se hace famoso, por aquellas fechas, el capitán Juanelo, jefe de la artillería republicana en la confusión de los primeros días de la guerra, hasta que se demostró que no era militar de carrera, como aseguraba, sino guardia municipal de Pola de Laviana. Juanelo, hombre de un valor rayano en la temeridad, suele encaramarse en el carballo de Santa Ana de Abuli, en tierra de nadie, para arengar al enemigo: ¡Fascistas! Dejad las armas y pasaros a nosotros, seréis bien recibidos y perdonados, ¡comeréis buenas fabes y beberéis buena sidra! Haremos entre todos una España obrera mejor. ¡Venid con el pueblo! Los rebeldes lo tirotean, pero Juanelo, aunque presenta un blanco fácil, con sus más de cien kilos, sale siempre indemne. Los tengo casi convencidos —se ufana al regresar a su trinchera—. El 27 de septiembre no tiene tanta suerte. Su cadáver queda colgado como un pelele de las ramas de un árbol hasta que se hace de noche y lo descuelgan. Le cuentan treinta y dos balazos. En su pueblo le rinden honores en el ayuntamiento y lo entierran con un gran funeral.31
No solo había discusiones más o menos espontáneas. En algunos lugares se preparaban concienzudamente. Gema Iglesias, en su tesis doctoral sobre La propaganda política durante la Guerra Civil Española, comenta:
Los servicios de propaganda republicanos realizaban emisiones destinadas al enemigo. La emisión se componía principalmente: de un resumen de la situación militar, de noticias del extranjero en las que se hacía hincapié del ambiente hostil que gozaba el bando franquista, una sección destinada a desmentir las informaciones publicadas por la prensa franquista, noticias del campo rebelde insistiendo en la miseria y el hambre que padecían en comparación con la zona republicana y llamamientos de diferente tipo pidiendo la rendición o la deserción.
Como no se podía evitar la confraternización, en el EPR se intentó utilizar en provecho propio y se dieron instrucciones concretas de cómo hacerlo en un Manual del Comisario:
En ciertos sectores de algunos frentes han ocurrido casos de estrecho contacto entre nuestros soldados y los del enemigo. En el curso de este contacto se han cambiado periódicos y aún cartas para las respectivas familias. En la mayoría de los casos estas relaciones se entablan por iniciativa de las tropas rebeldes. Creo necesario, acerca de este asunto, dar a todos los Comisarios, las siguientes indicaciones terminantes: 1ª.-Los Comisarios deben tomar las medidas necesarias para impedir el establecimiento de relaciones estrechas entre nuestras tropas y las del enemigo cuando estas relaciones hayan sido iniciadas por los rebeldes. Cuando en alguna unidad ocurran hechos de esta clase, los Comisarios están obligados a realizar una cuidadosa investigación con objeto de impedir que estos hechos se realicen en beneficio del espionaje o de la provocación dentro de nuestras filas. Los Comisarios deben explicar a los soldados que esta «fraternización» puede ser utilizada por el enemigo en su propio beneficio y contra el Ejército Popular. 2ª.-Es muy posible que la moral de las tropas rebeldes en algunos sectores sea tal, que pueda permitir el acelerar el proceso de desmoralización y desintegración de dichas tropas estableciendo contacto con ellas. Nuestro fin tiene que ser solamente uno: inclinar al mayor número de soldados enemigos para que se pasen a nuestras filas. […]. Madrid 17 de marzo de 1937. El Comisario general de Guerra, Julio Álvarez del Vayo.32
Una de las mejores formas de convencer es ofrecer. El 26 de diciembre del 36, el Gobierno republicano aprobó una orden que obsequiaba con cincuenta pesetas a los que se pasaran a sus filas, y con cien si lo hacían con su armamento. Además, otorgaba diez días de permiso con viaje pagado a su lugar de residencia. Lógicamente, se encargaron de difundirlo oralmente a las trincheras contrarias, recordando la diferencia de sueldos (cincuenta céntimos los rebeldes frente a diez pesetas en el EPR). El problema era que los soldados rebeldes estaban bien alimentados. Los republicanos, con el paso del tiempo, ni gastándose ese dinero conseguían comer adecuadamente. En la Universitaria, los republicanos intentaron dar envidia a los nacionales, semiaislados tras el Manzanares, contándoles el menú de la Nochebuena del 37:
¡Aló, aló! ¡Tropas de ese galimatías faccioso! Voy a reproducir el menú que esta noche se servirá en nuestras trincheras. República española, Parque de Intendencia de Madrid. Menú: Desayuno: café con leche, pan con mantequilla, galletas. Comida: tortilla de jamón, cordero asado con patatas, arroz con leche. Cena: fabada asturiana, carne con guisantes y jamón. Vinos. Se obsequia a los luchadores con los siguientes postres: turrón, dulces, peladillas, frutas, embutidos, café, cigarros, tabaco y coñac…33
En diciembre del 38 los franquistas prometían tres horas de siesta y una cesta de Navidad:
Venid y festejad con los españoles la fiesta de NAVIDAD Cada soldado recibirá como regalo: Una botella de sidra. Un paquete de galletas Artiach. 150 gramos de turrón. Un bote de leche condensada. Un paquete de peladillas. Un paquete de frutas escarchadas. Una cajetilla de tabaco. ¡Pasaos a nuestras filas! Vuestros dirigentes no os pueden dar de comer porque el oro que robaron lo tienen ya en el extranjero.34
Los republicanos también lanzaban octavillas con otras ofertas de cambio de bando:
¡Soldado de Franco! Te han dicho que nosotros matamos a los prisioneros. ¡Mentira! No somos asesinos. Somos españoles honrados y dignos. Lo primero que hacemos cuando tomamos un prisionero o se presenta un evadido es darle de comer, vestirlo con ropa limpia, acogerle con cariño, porque sabemos que es un engañado. El evadido es desde el momento que se presenta en nuestras filas uno más de nosotros. Si quiere quedarse en filas, se queda, y si no, le enviamos a la ciudad, donde tendrá inmediatamente trabajo y la posibilidad de vivir tranquilo. Así tratamos nosotros a prisioneros y a evadidos. Pero al mismo tiempo somos implacables con los que se resisten, o los que quieren pelear contra nosotros, porque luchando contra nosotros, luchan contra España, traicionada por algunos generales e invadida por alemanes e italianos. Nuestro Ejército, que es potente, sepultará a todos los que se oponen a nuestra marcha. ¡Vente con nosotros! ¡Viva la República! [Pero no les explicaban que serían movilizados y tendrían que seguir en el frente].35
En enero del 38, los franquistas lanzaron esta octavilla con instrucciones para pasarse:
¡¡¡Miliciano!!! No dudes más. Nada tienes que temer en la España Nacional. Pásate a nuestras filas en donde no te faltará el pan y la Justicia. Desconfía de todos cuantos te rodean. Reserva tus intenciones. No necesitas compañía para venir junto a nosotros. Apártate de los que aparentando indiscreción, hablan mal de los rojos: pueden ser «ganchos» para descubrirte. Simula el mayor entusiasmo por el marxismo y sentir odio por los Nacionales. Esto te facilitará la huida. Cuando estés en una posición estudia bien el terreno y el servicio nocturno de los rojos. Elige el mejor camino para escapar. Toma referencias durante el día para no perderte en la noche. Aproxímate a nuestras filas, siguiendo los bajos del terreno. En las noches de luna, camina a lo largo de la sombra y cuando estés cerca de nuestras posiciones grita ¡¡¡ARRIBA ESPAÑA!!! NO TIRÉIS. SOY UN HUIDO. Si es de día saca, además, un pañuelo. LEVANTAR SIEMPRE LOS BRAZOS.36
A partir de abril del 38 los republicanos movilizaron a gente que ya había realizado el servicio militar en 1925, 1926 y 1927 y contaban entre treinta y dos y treinta y cuatro años. Como los franquistas no tenían necesidad de llamar a esos reemplazos, les lanzaban octavillas, encontradas por Pedro Corral en el Archivo General Militar de Ávila, donde les comunicaban: «No os pedimos paséis a nuestras filas para engrosar nuestro Ejército. Pruebas: Las quintas de 1925, 1926 y 1927 y aún más jóvenes están tranquilamente en sus casas. Milicianos: Para que no estés expuesto a morir y matar, para que vuelva a ver [sic] paz entre los españoles, pásate a nuestras filas».37 Como muchos hacían caso a la llamada y se pasaban a los nacionales, a estos reemplazos se les llamó la quinta del arroz porque, «en cuanto te descuidabas, se pasaba». Entre los rebeldes, ya desde mayo del 37, a los casados y a los mayores de 28 años se les enviaba a Sanidad, Intendencia, Artillería o Ingenieros, con lo que, en Infantería de primera línea, la mayoría eran jóvenes y solteros. Después también se les destinó a cuidar prisioneros y a labores de recuperación de material. Se intentó copiar la organización en el EPR, pero la falta de efectivos por no presentarse a las llamadas lo impidió, a pesar de contar el territorio en poder de los gubernamentales con más población.
Los republicanos contraatacaron explicando que los hijos de viuda no eran movilizados. Pedro Corral cuenta el caso de un soldado barcelonés, Domingo Daidella Trigo, que servía en el ejército franquista y se cambió de bando porque su madre, viuda, vivía en Barcelona. Lo que no le dijeron fue que esa norma solo se aplicaba a los hijos de viudas campesinas por la necesidad de brazos en la agricultura. Como su madre no habitaba en el campo, pasó del ejército franquista al republicano sin solución de continuidad. Corral también presenta el caso de un cabo que, en marzo de 1938, en Huesca, se pasó a los republicanos. Estos dijeron a los nacionales que le habían dado dos mil pesetas, le habían ascendido a teniente y le habían concedido cuatro meses de permiso. A los pocos días se pasaron un sargento y cuatro soldados. Aquel esperaría que le hicieran coronel, por lo menos.38
Los republicanos hicieron gran uso de los comisarios políticos. Una de sus funciones era precisamente hacer propaganda para el enemigo. Los rebeldes, en su lugar (y como ocurría hasta la llegada de la República), tenían capellanes que les obligaban a rezar y a confesarse, e incluso algunos eran castigados si blasfemaban, como el alférez Caballero, capellán de la X Bandera de la Legión. Hemos visto que las conversaciones de trinchera a trinchera con los comisarios políticos las solían sostener precisamente los religiosos. Dos irracionalidades frente a frente: la antigua religión (catolicismo) contra la nueva (comunismo). En ocasiones las cosas cambian para no cambiar.
Algunos militares franquistas envidiaban la labor de los comisarios políticos como vemos en este informe del Estado Mayor del V Cuerpo de Ejército, de 21 de mayo del 1937:
El número de desertores de nuestro campo al enemigo, es cada día más elevado. Entre las causas de esta realidad podíamos encontrar: los antecedentes marxistas del desertor o sus familias, el cansancio de muchos meses en primera línea, la propaganda enemiga en el frente, y la efectuada por agentes rojos que todavía pululan en nuestros centros urbanos. Claro es, que si estas causas son las ocasionales lo son porque gran número de soldados llamados a filas no sienten el Movimiento, y no lo sienten porque no lo conocen, y no lo conocen porque no se hace propaganda acerca de ello. […] Esta Sección, por obligación, entra en el campo enemigo con los medios de información de que dispone, y conoce la enorme labor que los Comisarios Políticos Rojos hacen a la inmediación de sus combatientes, con una propaganda incesante de sus ideas, y la hacen porque como deben cuanto son a esa propaganda, conocen el inmenso valor que tiene y justo es decirlo, en propaganda nos superan, por lo mismo que conceden poco valor a la insidia, a la mentira y a la calumnia, medios estos que nosotros no podemos usar. Hace pocos días se ha evadido del campo enemigo al nuestro un capitán de Estado Mayor de nuestro Ejército, el cual, entre otros extremos, ha puesto de manifiesto que cuando se pasan al campo rojo algunos de nuestros soldados, son interrogados a su llegada por los Comisarios Políticos, los cuales no salen de su asombro al comprobar que ninguno de ellos está enterado del significado del Movimiento nuestro.39
Beevor, en su obra La Guerra Civil Española, comenta el adoctrinamiento en el EPR:
Este adoctrinamiento era cosa de los comisarios políticos y el 5.° Regimiento fue el primero que los introdujo a través de Vittorio Vidali [italiano de la Komintern]. Oficialmente estaban allí para calibrar la lealtad del comandante regular, pero, en realidad, eran los agentes del Partido Comunista encargados de asegurar el control del ejército republicano que habría de formarse si se llegaba a una guerra convencional. La tarea de estos «capellanes laicos» se define así en el Libro de la XV Brigada Internacional: Los comisarios son parte integrante del ejército. Su función consiste en dotar a su unidad del más alto espíritu de disciplina y lealtad a la causa republicana […] «El primero en avanzar y el último en retirarse» es la divisa de los comisarios.40
Como hemos visto en las instrucciones de Álvarez del Vayo, en ocasiones era el mando el que organizaba las confraternizaciones. Uriel, el médico republicano que se hallaba en zona nacional, cuenta que los mandos rebeldes también las pergeñaban:
Más adelante se efectuó otra de estas reuniones en el barranco. Las noches se habían hecho nauseabundas y los dos bandos acordaron una tregua para retirar o enterrar los cadáveres que había en tierra de nadie. Pero los hombres tenían más ganas de charlar que de hacer un trabajo tan desagradable, y la reunión terminó sin apenas empezar la faena. Los anarquistas retiraron el cuerpo de un chico de diecisiete años, en el que tenían un interés especial, y todos se limitaron a echar un poco de tierra sobre los cadáveres. Las noches siguieron siendo nauseabundas, y yo obtuve una nueva colección de periódicos anarquistas. Aún tuvo lugar otra de estas ceremonias, pero esta vez, ordenada por nuestro Estado Mayor. Un día, llegó a la posición un abultado paquete conteniendo numerosos ejemplares del diario «Heraldo de Aragón» de ese mismo día. El periódico venía con varias páginas dedicadas a una información muy extensa sobre un campo de prisioneros que se había instalado en la Academia General Militar, la misma en la que yo había estado detenido, y en la que pasaron sus últimos días tantos de mis compañeros de cautiverio. La información venía ilustrada con gran cantidad de fotografías, mostrando la vida que hacían estos prisioneros. Como es natural, no se decía nada de otros presos menos afortunados, y del hecho significativo de que, entre los prisioneros, no había ningún oficial. […] Con el paquete de periódicos, llegaba una orden de hacer llegar esos ejemplares del diario a las tropas enemigas. El Capitán Pellicer habló con los soldados y les autorizó a concertar con el enemigo una entrevista en el barranco. En la zona franquista abundaba mucho el tabaco, que escaseaba en la zona republicana, que, en cambio, tenía abundancia de papel de fumar, ya que casi todas las fábricas de este papel estaban en su zona. ¡Eh, tú, camarada! Los centinelas enemigos respondieron enseguida:
¿Qué pasa? ¿Qué queréis?
Supongo que andaréis mal de tabaco.
¡Hombre, eso es lo único que nos falta!
Aquí nos sobra; tenemos una picadura estupenda, pero nos falta el papel de fumar.
Nosotros tenemos aquí todo el que quieran los señores.
¿A qué hora nos reunimos? ¿Os parece bien a las tres?
En el otro lado debieron cambiar impresiones. Al fin llego la respuesta:
Preferimos a las cinco de la tarde. A esa hora ya han llegado los periódicos de Cataluña.
Está bien, a las cinco, pero no seáis cabrones, avisad a los centinelas de otras posiciones.
Esta advertencia estaba justificada. En una ocasión, cuando se había concertado una de estas reuniones, al saltar algunos de nuestros hombres el parapeto, una ametralladora enemiga, situada en otra posición lateral, hizo unos disparos. Los soldados republicanos se habían olvidado de advertir a sus compañeros de otras posiciones, y el error estuvo a punto de provocar bajas. Aquella tarde, las posiciones enemigas se llenaron de ejemplares del «Heraldo de Aragón». Como sucedía siempre después de estas reuniones, la noche se llenaba de disparos. Todo empezaba, o podía empezar, de este modo:
¡Eh, tú, fascista!
¿Qué quieres, camarada?
Eso que dice tu periódico es mentira.
Es verdad, ¿por qué no vienes a comprobarlo?
No necesito ir para saberlo.
¿Os han gustado las fotografías? Hasta huevos fritos les dan en las comidas.
Seguro que después de sacar las fotos los han matado a todos. Vosotros no sabéis más que fusilar.
El diálogo se iba haciendo más agrio y, al fin, empezaban a hablar los fusiles y las ametralladoras; todo era una pirotecnia inofensiva, cuya única consecuencia era el derroche de unos miles de proyectiles.
El corneta me trajo, también esta vez, un montón de ejemplares de «Acracia». Estaba impresionado. Desde luego, esos tíos son rarísimos. Uno de ellos me ha enseñado un montón de billetes, y me ha asegurado que era su paga del mes. Se la va a gastar en un permiso que le van a dar. Y se ha empeñado en que fuera con él a Barcelona: me aseguraba que no me pasaría nada, y que después volveríamos aquí para que yo me incorporase otra vez a mi unidad. Y todos los gastos pagados por él. ¿Usted cree que decía la verdad?
Hombre, yo creo que él decía su verdad, y es posible que no te pasara nada; pero luego te iba a resultar muy difícil explicarle al Capitán tus juergas de Barcelona.
El miliciano y el soldado franquista eran dos españoles dispuestos a convivir sin renunciar a sus diferencias.41
José Manuel Grandela nos ofrece un parte de la 108.ª División, del Cuerpo de Ejército de Galicia, en Ulldecona, el 26 de noviembre del 38, en el que podemos leer: «Asimismo tengo el honor de comunicarle que el enemigo en la noche de hoy, en la línea de dicho 1.er Regimiento ha entonado a coro el himno de Falange Española, terminándole con gritos de ¡Arriba España! y ¡Viva Franco!».42
Los hechos son tozudos. Ante la propaganda republicana en el frente cubierto por la 16.ª División franquista, estos les contestaban que se habían pasado cuatrocientos diecinueve republicanos contra solo treinta nacionales.43
Para convencer se hace lo que sea y, aunque no había muchos que hablaran vascuence en 1937, los franquistas sabían que los nacionalistas vascos no eran muy del Frente Popular, por lo que antes del asalto a Bilbao lanzaron octavillas bilingües:
Vizcaínos: La suerte de las armas os ha sido adversa. Desde Irún hasta Durango el Ejército Nacional ha vencido en cuantos combates se han librado; ni una sola victoria puede apuntarse vuestro Ejército.
Biskaitarak: Guda galdu duzute. Gure gudariyak irabazi dute Inrundik Durangoaño ibili dituzuzen gudatan. Ez duxute irabazi ez mendieta ez eribai eré.44
Eso sí, la firma del texto en vasco era la misma que en el texto castellano: EL GENERALISIMO FRANCO, en mayúsculas. Lo mismo se hizo en catalán:
La pau es amb nosaltres, catalans. […] Catalans: Farem una Pátria nova. I ens l’hem de guanyar joiosament, amb la suor dels nostres fronts. ¡VISCA FRANCO! ¡ARRIBA ESPAÑA!
La paz está con nosotros, catalanes. […] Catalanes: Haremos una Patria nueva. Y nos la tenemos que ganar gozosamente, con el sudor de nuestras frentes. ¡VIVA FRANCO! ¡ARRIBA ESPAÑA!
Los republicanos tampoco se quedaban atrás en multilingüismo. Lanzaron sobre las líneas franquistas octavillas trilingües en español, francés y alemán. Se supone que por aprovechar los traductores que tenían, o porque sus servicios de información no hacían muy bien su trabajo pues, salvo unos cuantos franceses que se integraron en la Legión Jeanne d’Arc, no había más. Alemanes jamás hubo en primera línea, estaban en los campos de aviación, en la artillería antiaérea o en la escuela de blindados: «¡Soldados alemanes! ¡Quién os manda a España es un canalla! / Deutsche Soldaten! Euch schickt ein Schurke nach Spanien. / Soldats alemands! C’est une canaille qui vous envoie en Espagne!». Por otra parte, se lanzaron a finales del 38 y comienzan diciendo: «¡Obreros, campesinos, soldados alemanes! ¡Las fechorías de Hitler han llegado al colmo, ahora envía a España soldados alemanes!». Como si los alemanes acabaran de llegar, cuando llevaban en España desde 1936, aunque es cierto que se relevaban cada ocho o nueve meses por otros nuevos para ofrecer experiencia bélica al mayor número posible de efectivos.
Fernando Calvo, en su interesante obra, Guerra civil en la Ciudad Universitaria, comenta que a algunos jefes rebeldes no les gustaba que fueran los de propaganda a hablar pues a veces provocaban que les dispararan. A Ridruejo, propagandista de Falange, tampoco le apetecía ir, soltar el discurso y marcharse mientras los pobres soldados seguían allí: «En los ojos febriles o cansados de los combatientes sentía como un reproche. […] cuando volvía de estos viajes, mis cómodas tareas de propagandista me parecían una farsa. […] La guerra seguía devorando hombres y enlutando familias. Decididamente aquello de la propaganda era una frivolidad».45
El requeté Herrera nos ofrece el otro punto de vista sobre las visitas de los propagandistas. Cuenta que una noche llega un camión de propaganda con chicos limpios:
… se lanzan a poner música alegre que interrumpen de vez en cuando para intercalar soflamas larguísimas. Nosotros, aunque estemos en desacuerdo con la mayoría de las cosas que dicen [son requetés y los propagandistas eran falangistas] lo soportamos con cierta paciencia, pero los rojos llegan a hartarse y nos lo manifiestan con unas ráfagas de ametralladora y media docena de morterazos, uno de los cuales cae relativamente a poca distancia de la trinchera donde se encuentran los bravos guerreros de propaganda. A toda prisa recogen sus trebejos y se marchan a pagos más alejados de la metralla, despidiéndose «hasta mañana», pero no los volvemos a ver. Cuando nos dirigimos al enemigo llamando «Rojos!» contestan: «¿Qué queréis?», sin molestarse lo más mínimo por lo de «rojos», aunque es de suponer que no siempre sean comunistas. Ellos, la primera noche de nuestra estancia en estas posiciones llaman: «¡Fascistas!», «¡Aquí no hay fascistas, somos requetés!», contestamos. Desde este momento, cuando quieren hablar con nosotros, llaman: «Requetés».46
En ocasiones, al igual que los republicanos, utilizaban a los que se pasaban para que hablaran, dijeran sus nombres y contaran lo bien que comían con los nacionales. Dicen que el mensaje tiene que estar en función del receptor, del interlocutor. El citado Herrera cuenta cómo lo adaptaban:
En las posiciones se habla con el enemigo y se discute sobre política. Cuando los que ocupan las posiciones enemigas son separatistas, plantean las ventajas de su autonomía, relatando la opresión que el poder central ejerce sobre las regiones periféricas; Ciganda rebate todos sus argumentos independentistas con la exposición de la doctrina foral carlista, tan anti centralista como pueda serlo la que más, pero española cien por cien. […] Otras veces, cuando los «vecinos» son marxistas, es el padre Algarra el que expone la doctrina social de la Iglesia a la luz de las palabras de León XIII. Enfrente, alumbrándose con una vela, leen párrafos de un folleto.47
Orwell, que estaba con los del POUM, trotskistas, tenía a su lado a los del PSUC, estalinistas:
El que daba gritos en el puesto del PSUC que teníamos a la derecha era un maestro en aquel arte. A veces, en vez de gritar consignas revolucionarias, se ponía a contar a los fascistas que comíamos mucho mejor que ellos. Su descripción de las raciones republicanas era un poco fantasiosa. ¡Pan caliente con mantequilla! —decía, y su voz retumbaba por el valle solitario—. ¡Aquí estamos sentados y untando mantequilla en pan calentito! ¡Deliciosas rebanadas de pan con mantequilla! Estoy convencido de que aquel hombre, al igual que los demás, no había visto la mantequilla en los últimos meses, pero oyendo hablar de pan caliente con mantequilla, de noche y con frío, es indudable que a los fascistas tenía que hacérseles la boca agua. Hasta a mí se me hacía, y eso que sabía que estaba mintiendo. […] Un día de febrero vimos acercarse un avión fascista. […] y lo que nos descargó no fueron bombas sino unos objetos blancos que daban muchas vueltas mientras caían. Algunos cayeron dentro de la posición. Eran números de un periódico fascista, El Heraldo de Aragón, que anunciaba la caída de Málaga. […] Cuando los fascistas nos dijeron que Málaga había caído, lo tomamos por un bulo, pero al día siguiente llegaron rumores más convincentes y creo que un par de días más tarde se admitió oficialmente. Poco a poco se fueron filtrando los detalles de la desdichada historia: cómo se había evacuado la ciudad sin disparar un solo tiro. […] Circulaban las típicas historias románticas sobre sabotajes llevados a cabo en las fábricas fascistas merced a los cuales las bombas que no explotaban contenían, en vez de la carga explosiva, un papelito que decía «Frente Rojo», pero yo nunca vi ninguno. La verdad era que aquellos obuses habían envejecido sin remedio; en una tapa de espoleta que encontró uno estaba grabada la fecha, y era 1917. Los cañones fascistas eran de la misma clase y calibre que los nuestros, y los obuses que no explotaban se reparaban y se volvían a disparar. Se decía que había un viejo obús, con nombre y todo, que iba y venía de una línea a otra sin explotar nunca.48
Parece que no había mucho éxito, sobre todo con ciertas unidades. Herrera recuerda:
En las trincheras que están próximas a las enemigas se habla con los rojos; son pesadísimos, siempre dicen lo mismo: que «hemos vendido las Baleares a los italianos», «que los alemanes se quedarán con Marruecos», «que matemos a los oficiales que nos engañan», y, siempre, que «nos pasemos a sus filas», «porque la guerra la tenemos perdida».49
Al final ya no se convencía ni a los propios partidarios. Álvaro Delgado, comunista, recuerda: «Yo ya no creía en los comunistas. Su lenguaje, un lenguaje familiar, cotidiano, era al mismo tiempo estereotipado de cabo a rabo. Me recordaban demasiado a los curas; los mismos eslóganes día tras día».50 Como dijo alguien, el comunismo fue la nueva religión del siglo XX.
Incluso en lugares donde se luchó con denuedo, como en el monte Sebigaín de Vizcaya (10 de mayo de 1937), que se tomó y se perdió varias veces en unos pocos días, también se hablaba:
—Si quiere usted hablar con los de ahí enfrente, mi alférez, ya están como todas las noches.
—Allá voy.
Y he ido. Al llegar a la trinchera se perciben claramente voces dadas desde las Peñas de Mañaria; sin embargo están lo suficientemente lejos para que haya que prestar atención si se quiere uno enterar de lo que gritan. […] uno de mis interlocutores, que ha anulado por autoridad o por cansancio las voces de sus compañeros, se me ha identificado como el capellán del batallón nacionalista Itxarkundía. [Los nacionalistas vascos también llevaban capellanes] […] después de intentar evangelizarnos mediante la afirmación de unos audaces postulados sobre la validez de la jerarquía eclesiástica que apoya al traidor Franco, ha pasado a los más duros denuestos, tratando de impresionarnos con unas conjeturas más o menos humorísticas sobre el cortísimo número de días que nos quedan de vida.51
Hablar para dar envidia
Es otra forma de convencer. Dar envidia al otro es algo muy humano, demasiado humano, y una forma suave y velada de agresión. Comida, permisos… Ya hemos visto algunos ejemplos en relación con otros aspectos. Hubo muchos más. El más práctico, a la vez que cruel, el «bombardeo» de pan al final de la guerra sobre Madrid.
La película La Vaquilla ridiculiza y caricaturiza la situación, pero la realidad supera a la ficción en muchas ocasiones. En el pueblo alcarreño de Abánades se mantuvo el frente durante mucho tiempo. Se han realizado excavaciones en las posiciones, y en una de esas prospecciones encontraron huesos de vaca:
Cuentan los vecinos de Abánades que, durante la guerra, las tropas nacionales consiguieron hacerse con una vaca, todo un botín en circunstancias bélicas y particularmente en una zona donde abundan las ovejas y las cabras pero el ganado vacuno brilla por su ausencia. Cuando se preparaban para el sacrificio, la vaca, que debió olerse aquello, huyó al trote de las posiciones franquistas y en dirección a las líneas republicanas. Los soldados nacionales salieron corriendo detrás de ella, pero al ver que no conseguían darle alcance y al llegar a las afueras del pueblo, donde se exponían al fuego republicano, comenzaron a disparar para acabar con el animal. Mejor para los buitres que para los rojos, debieron pensar. El caso es que la vaca logró zafarse (a esas alturas del conflicto debía de tener ya experiencia militar) y alcanzó sana y salva las filas republicanas. La proeza fue en balde porque los soldados del otro lado dieron cuenta de ella sin contemplaciones. No satisfechos con su triunfo, se dedicaron además a fastidiar a los perdedores, gritando «¡Qué ricos están estos filetes!», «¡Cómo nos estamos poniendo!». Según los testimonios, el destino del animal fue el Alto del Molino. Pues bien, ayer mientras excavábamos la trinchera 1 de Alto del Molino, nos encontramos varios huesos de vaca troceados: un fémur, una vértebra y varias costillas. La impresión que da es que la habían descuartizado por allí ¿Sería la famosa vaca fugitiva?52
Aunque el dar envidia a veces podía ser peligroso: «Un nacional, en una ocasión, les dijo a los rojillos que se había reenganchado [repetido] en la comida y para darles envidia, mostró por encima del parapeto un pan y un plato lleno de potaje… y dijo: ¿Gustáis, rojillos? Le contestaron con un disparo que no le dio al plato [le dio en la cabeza]».53
En lugar de comida también se podía dar envidia con otras necesidades:
Iribarren recuerda a las milicianas de Navafría: «—¡Pasaros! —gritaban los milicianos—. ¿Tenemos coñac, tabaco de una veinte [de 1.20 pesetas, mejor que el de 0.70, que era el más consumido] y mujeres!». «—¡Mientras vosotros rezáis el rosario, estamos de jaleo con éstas!». Estas eran las milicianas. Milicianas de mono blanco —con cremallera presta a descorrerse—, que les hacían a sus camaradas tantas bajas como nuestros fusiles en el paqueo [disparos aislados de fusil cuando se tiene a tiro un objetivo] diario».54
Parece ser que los que se pasaban de las filas republicanas comentaban la envidia que daba lo que comían los franquistas. Y después de comer…, un cigarrito… En noviembre de 1938 los nacionales lanzaron ochocientos paquetes de tabaco sobre las líneas republicanas porque sabían que estaban muy necesitados. Por supuesto, los acompañaron de propaganda: «Fuma estos cigarrillos, muestra de nuestra abundancia, y pásate a los Nacionales».
Un periódico de una gran unidad republicana decía: «Un día sin pan no es nada, el fascismo sería el hambre de toda la vida». Pero la realidad era otra y lo cierto es que muchos sufrieron hambre… En zona republicana se decía que los nacionales estaban hambrientos porque vendían el cereal al extranjero para comprar armas. Ellos, para desmentirlo, decidieron lanzar pan sobre el territorio republicano a partir de septiembre de 1938. Se hornearon panecillos de cien gramos que se dejaron caer, envueltos en sobres con propaganda, sobre Madrid, Barcelona, Valencia, Alicante y Cartagena para celebrar el 1 de octubre, el aniversario de la designación de Franco como jefe de Estado. En Barcelona y Alicante también arrojaron tabaco. Las autoridades dijeron que estaban envenenados, pero no quedó ni uno sin ser comido y lo que tal acción provocó fue la envidia y las ganas de seguir comiendo. Después arreciaron las protestas alegando que aquello era indignante, debido al gran efecto que tuvo sobre la moral. La policía intentaba evitar que la gente los cogiera, pero los niños se las apañaban para arramplar con todos los que pudieron como si de un lanzamiento de caramelos en una cabalgata se tratara. Se tiraban desde sacos abiertos y, en la caída, los panecillos se salían de las sacas dispersándose; una de ellas alcanzó el suelo antes de abrirse e impactó sobre la cabeza de un soldado, acabando con su vida. Murió de un golpe de pan. Tragicomedia pura. El sobre donde iba cada uno de aquellos pequeños trozos decía: «En la España nacional, Una, Grande y Libre, no hay un hogar sin lumbre ni una familia sin pan».
El 15 de octubre se repitieron los bombardeos de pan. Los que cayeron en manos de autoridades, pocos, fueron lanzados a las trincheras enemigas en la Universitaria con insultos. Seguramente quienes los devolvían no pasaban mucha necesidad. Según los nacionales, en la primera tirada fueron arrojados sobre Madrid ciento setenta y ocho mil panecillos y en la segunda, ciento noventa y cinco mil. Como eran muy pequeños, los madrileños decían bromeando que estaban faltos de peso, como a veces ocurría en las panaderías poco serias. O cuando, para no subir el precio, se decidió que las hogazas de kilo solo pesaran ochocientos gramos.
Respecto al tabaco, los republicanos contestaron lanzando octavillas a los soldados nacionales donde se hacían eco de las carestía del producto, pues una cajetilla suponía una peseta, el sueldo en mano de dos días de un soldado. Lo que no sabían es que les resultaba más fácil conseguir tabaco que a los republicanos, que ganaban veinte veces más. Por otra parte, lo que solían consumir eran paquetes grandes de picadura de 0.70 pesetas, que daban mucho de sí.
Después se utilizaron morteros para lanzar los panecillos sobre las trincheras enemigas. También, en cierta ocasión, se envió un perro con un cigarro puro atado al cuello para el comandante del batallón. Al encenderlo explotó como uno de broma. El animal llevaba también dos cigarrillos destinados al soldado que lo encontrase, que no explotaron y se fumaron con deleite.
Las compañías de propaganda franquistas preparaban paquetes de cinco cigarrillos envueltos en una octavilla para ser lanzados en cohetes de trinchera a trinchera. Decían:
¡¡MILICIANOS!! La magnanimidad del Caudillo os envía hoy tabaco. El Generalísimo Franco sabe que estáis en esas filas por engaño o por fuerza, pero no por vuestra voluntad. Que este tabaco, milicianos, sea símbolo de nuestra comprensión […] guardad siempre la bandera que os enviamos con cada paquete, que ella es la enseña gloriosa de una gloriosa España.55
Seidman comenta que los soldados de las trincheras de la 145.ª BM estaban muy enfadados porque los de Intendencia comían más y estaban en mejores condiciones físicas que ellos. Lo que daba lugar a falta de agresividad con el enemigo y a que aumentaran los actos de confraternización. Añade que más de la mitad de los proyectiles de cañón y mortero republicanos no explotaban. A ello se unía que los nacionales disfrutaban de permisos con frecuencia al contar con más efectivos y reservas. Estos les gritaban a los republicanos que se marchaban a casa, lo que desmoralizaba aún más a los de enfrente, que se veían pudriéndose en las trincheras sin relevo. Con el avance de la guerra se prohibió y castigó la escucha de emisoras nacionales.56
En ocasiones, el deseo de dar envidia al enemigo o confianza a los propios suponía también proporcionar información, fallo en el que incurrió el mismo presidente del Gobierno y ministro de la Guerra, Largo Caballero, cuando lanzó un mensaje por la radio en el que dijo a los madrileños:
¡Escuchadme, camaradas! Mañana, veintinueve de octubre, al amanecer, nuestra artillería, nuestros trenes blindados y nuestra aviación abrirán fuego contra el enemigo […] en el momento del ataque aéreo, nuestros tanques van a lanzarse contra el enemigo por el lado más vulnerable sembrando el pánico en sus filas… ¡Ahora tenemos tanques y aviones! ¡Adelante, camaradas del frente, hijos heroicos del pueblo trabajador! ¡La victoria es nuestra!57
La gente pensaba que era simple propaganda ya que a nadie en su sano juicio se le ocurriría dar tantos detalles de un ataque, pero al día siguiente se produjo la ofensiva tal como había dicho Largo. Lógicamente, los estaban esperando. Algo parecido sucedió cuando, en noviembre del 36, los franquistas atacaron Madrid. Un blindado que avanzaba en vanguardia fue neutralizado. En su interior iba un oficial, Vidal-Quadras. Llevaba consigo detallados documentos del plan de ataque que fueron muy útiles al Estado Mayor republicano.
El médico Uriel también relata un caso de aviso de acciones en el frente de Aragón:
Las posiciones enemigas estaban guarnecidas, alternativamente, por agrupaciones anarquistas y por guardias civiles leales a la República. Cada dos o tres semanas, estos últimos relevaban a los anarquistas, y este relevo hacía cambiar radicalmente el aspecto de la guerra en nuestro sector. Los anarquistas hacían una guerra alegre, imprevista, llena de sorpresas, poco eficaz. Los diálogos con nuestros hombres, de trinchera a trinchera, eran incesantes y vivos. Alguna vez, incluso avisaban de la inminencia de algún ataque:
¿Eh, vosotros, fascistas!
¿Qué queréis, camaradas rojos?
Parece que estáis muy tranquilos
¿Y por qué vamos a estar nerviosos?
Ya podéis despediros de la tranquilidad: mañana no quedaréis ni uno.
Y casi siempre se confirmaba este anuncio de ataque. Ataques desordenados, vociferantes, ineficaces. Un sargento me aseguró que, durante uno de ellos, un grupo enemigo estaba detenido y resguardado a media ladera; se oyó a uno de los oficiales ordenar que siguieran subiendo hacia nuestra posición, y le contestó una voz áspera: ¡Que suba tu madre!; yo me vuelvo.
Casi todas sus acometidas terminaban así, después de un empellón brutal y valiente. Cuando los guardias civiles relevaban a los anarquistas, los puestos enemigos se transformaban en una masa oscura y silenciosa, en la que se adivinaba la disciplina castrense; no había diálogos, ni canciones, ni golpes de mano. Aprovechan la puesta de sol para disparar sobre las aspilleras [aberturas en los parapetos] cuando se tapaban… Pues el sol hacía contraluz [Tras morir varios pusieron telas en las aspilleras].58
A veces, la pretensión de producir envidia no funcionaba, como ocurrió el 20 de octubre de 1938, cuando un soldado republicano se pasó a los nacionales. Pocas horas después el comisario político dio una charla a los de enfrente en la que dijo que les sobraba la comida y atendían muy bien las necesidades de los suyos. Los nacionales les respondieron que al soldado que se había pasado «le hemos tenido que dar una lata de sardinas del hambre que traía».
Corral comenta que en el frente de Jaén hubo casos de escorbuto y, según documentación encontrada en el Archivo General Militar de Ávila, «en el republicano Ejército de Andalucía, en noviembre del 38 hubo 13 muertos, 138 heridos y 2.432 enfermos por mala alimentación».59
En la Nochevieja de 1938, con la guerra ya sentenciada, en Jaén, los nacionales deciden llenar las granadas de mortero con tabaco y octavillas. La artillería de la 1.ª de Navarra en Cataluña lanzó doce salvas a los republicanos.
Si se ponía en duda lo que se decía, no había más que demostrarlo; en Castillo de Castro (Castellón), los republicanos no se creían los anuncios de los nacionales acerca de lo que comían:
Como prueba de la veracidad de los menús que diariamente se les lee por el Servicio de Altavoces, se les ofreció comida, que aceptaron. Por soldados del Bón. [batallón] de Guarnición se salió al encuentro de los rojos con tres pruebas de comidas, una botella de jerez seco, tabaco de todas clases, periódicos del día anterior, y varias octavillas de propaganda, todo lo cual recogieron, notándose la presencia de un Comisario, un Teniente y dos sargentos.60
Edgar Neville describe así las noches de la Universitaria:
Al quitarse la luz sucedía al silencio la algarabía y la tierra de nadie se llenaba de gritos, de canciones, de bromas, de insultos y de estallidos de bombas. El misterio de la noche producía ráfagas de ametralladora, y, a veces, comenzaba un combate. A Javier le gustaba hablar con los soldados de las avanzadillas, preguntarles lo que les decían los de enfrente, pues en ello había siempre, junto a lo pintoresco, el drama latente de la terrible guerra civil. El tiempo había establecido una especie de amistad entre aquellos enemigos, y algunos hasta se conocían por sus nombres.
¡Eugenio, Eugenio…!
¿Qué? —contestaba una voz—. ¿Eres Enrique?
Sí —replicaba el otro— ¿qué habéis comido?
Nosotros, carne con patatas y pescadilla.
¡Narices! —chillaba otro.
Y entonces se organizaba un torneo de injurias o bien los del Tercio utilizaban un cohete para enviarle al enemigo una muestra del rancho…61
Las malas noticias provocaban frustración en el receptor y costaba aceptarlas: « El día 4 [de abril del 38] nuestras fuerzas de Cataluña conquistan la ciudad de Lérida. Comunicamos la noticia a los rojos, que contestan a nuestros gritos con unas docenas de morterazos. Cuando el 15 de abril del 38 llegan al Mediterráneo lo comunican y también les contestan con morterazos».62
Por último, en ocasiones, en lugar de envidia, se daban consejos al enemigo:
El 8 [de marzo de 1937], con motivo de la toma de Málaga, se organiza un buen jaleo de tiros contra las posiciones enemigas; se tiran cohetes y se grita a los de enfrente:
Rojos, hemos tomado Málaga.
Podíais tomar Valencia —contestan—, a ver si no nos dan tanto arroz [era la base de la alimentación de la zona republicana].63
O simplemente para conocer al otro
En una guerra, o en cualquier tipo de conflicto, se intenta despersonalizar, caricaturizar o demonizar al otro para que no se le considere persona y así sea más fácil eliminarlo sin miramientos. El periódico Milicia Popular de 10 de enero del 37, ofrecía este retrato:
Nosotros conocemos a nuestro enemigo. Moros engañados con billetes de banca alemanes de 1914 [no eran tontos y les gustaba cobrar en monedas] y con la promesa de encontrar españolas que violar [les trajeron muchas prostitutas de Marruecos]; legionarios que sueñan el botín y el saqueo [unas dieciocho banderas al final de la guerra, no más de doce mil en activo]; camisas negras [italianos] que quieren transformar a España en una Abisinia [unas tres divisiones, cincuenta mil, que después, en 1938, se quedaron en diez mil]; mercenarios teutónicos [seis mil alemanes como máximo entre todos los turnos, pues solo pasaban ocho meses aquí] que piensan darnos una edición de los crímenes espantosos cometidos en su tierra y hacer de España un campo de concentración; falangistas y requetés [cien mil máximo] borrachos de odio, que desean inaugurar una orgía de sangre con los defensores del pueblo, con sus mujeres y sus niños; viejos generales [la mayoría se quedó del lado republicano] y señoritos degenerados [aquí sí hay que darles la razón, pero en pocos casos], cien veces traidores, que han vendido España al extranjero, frailes y curas, gendarmes en sotana, que con el fusil en la mano bendicen a los asesinos de pueblos indefensos.
Como se puede ver, se toma la parte por el todo (en torno a un millón doscientos mil combatientes) ya que más de las tres cuartas partes del ejército rebelde era de reemplazo, hombres movilizados por su quinta, lo mismo que en el republicano (un total de alrededor de un millón ochocientos mil).
El EPR realizó una intensa campaña en este sentido. No olvidemos que fue el partido comunista de la URSS quien inventó la agitprop (agitación y propaganda) y la supo utilizar:
La propaganda republicana busca la satanización del enemigo. De ahí que se impida el conocimiento de noticias, en las que se aluda a los intercambios —tan habituales por otro lado—, entre ambas trincheras. Hasta mediados de 1938 el enemigo no puede ser considerado como un español con las mismas necesidades y deseos que los republicanos. Es necesaria su desfiguración para que luche sin piedad: «También he sabido que igualmente se ha celebrado otra entrevista entre un oficial de los nuestros y un artillero de las filas facciosas, habiendo sacado la impresión que anteriormente dejo apuntada, o sea excelente; de las entrevistas celebradas hay detalles interesantísimos y que sería larguísimo enumerar».64
Pero, a pesar de los intentos de las altas esferas, entre los de primera línea había un genuino deseo de conocer al que pasaba los días enfrente. Eugenio Muñoz, de la 147.ª BM, escribe a Águeda Vergara de Torredonjimeno (Jaén):
Respecto a lo que me dices que no me fie de los fascistas, pues de sobra sé que no son buenos y que su falsedad es muy grande, pero dentro de eso allí hay muy buenos compañeros que si no están con nosotros es porque en aquel lado tienen a sus familias y les atemorizan con matárselas pero no porque no defenderían la Causa con tanto gusto como nosotros, pues el otro día estuvimos dos de cada parte y nos dimos un abrazo que era para habernos visto de cerca…65
Y Bernardo Rico, de la 55.ª BM, a su mujer Carmen Manzano de Castell de Ferro (Granada), en octubre del 38: «Querida esposa: sabrás cómo nos hemos venido de donde estábamos ayer, y hoy que te escribo nos sacan no sé para dónde […] Nosotros no nos revolvemos contra los fascistas porque son buenos y creen en Dios y la 55 que se lleva muy bien con ellos. Ya lo saben ellos».66
Bernabé Torrado, de la 181.ª BM, a José Costa, de la Base de Instrucción del IX C.E. [Cuerpo de Ejército]:
De por aquí te digo que a pesar de una guerra como es esta, hemos llegado a estrecharnos las manos con los fascistas, a los cuales suministramos papel y ellos a nosotros tabaco, anís y vino, en fin, te digo que fueron momentos tan emocionantes que no me es posible explicar en el reducido espacio de una carta, porque no creas que fueron y vinieron uno ni dos, que empezó por una posición y bajaron hasta de 6, con decirte que en grupos de a ocho, de diez y hasta de quince, se veían entre las líneas más de un centenar de hombres, todo esto bajo palabra de no tirarse ni un tiro, lo que se llevó a efecto hasta el final, y desde entonces hasta la fecha tan enemigos como siempre pero el aspecto que presentan son peores que los nuestros, tanto en vestuario como en cansancio de campaña, en fin, esto te lo explicaré verbalmente y no por escrito.67
Ya se sabe que retar al otro hace que ocurran cosas inesperadas. El 20 de julio de 1937 el frente del norte se estaba desmoronando y los nacionales ya estaban en la provincia de Santander. Un informe oficial del Estado Mayor del Ejército de Euskadi, recuperado por Corral del Archivo del Nacionalismo Vasco, ilustra la irracionalidad de la Guerra Civil:
En el día de ayer martes 20 de julio a las 12.30 de la mañana, y como resultado del siguiente dialogo sostenido de parapeto a parapeto ante una provocación por parte de los facciosos [se utiliza faccioso en el sentido de rebelde armado, o revoltoso, aunque algunos lo confunden con fascista] que literalmente fue lo siguiente: «A que no tenéis… de bajar al barranco» «¿Cómo que no?» «Pues mañana os esperamos a las 12.30» Un cabo y cuatro gudaris pertenecientes al batallón Lenago-il acudieron a la hora mencionada al lugar convenido encontrándose allí con varios soldados del campo enemigo. Estos al llegar los nuestros les invitaron a subir a sus posiciones a comer, aceptando los mismos dicha invitación traspasando las posiciones enemigas donde se encontraron con varios oficiales facciosos que les preguntaron si es que venían a entregarse, a lo que respondieron que invitados por sus soldados venían a comer. Dichos oficiales les acogieron con toda clase de consideraciones dándoles una suculenta comida, durante la cual dichos Sres. les insinuaron a quedarse al mismo tiempo que les enseñaban algunos lugares de emplazamientos de ametralladoras diciéndoles que disponían de cuatro batallones en línea y otros cuatro de reserva en Balmaseda. Retirados los oficiales antes mencionados un grupo de soldados vascos que se hallaban en sus alrededores corrieron presurosos ante nuestros gudaris manifestándoles que el mando tenía dispuesto un ataque sobre las cotas 494 y 509 del Pico de Untzilla, ataque que no se ha llegado a ejecutar por una orden del Alto mando, teniendo instaladas ya algunas Baterías para el desarrollo de la operación al primer aviso. Hoy mismo los gudaris han puesto en conocimiento de su Comandante observasen algunos movimientos en la zona enemiga; movimientos encaminados a la instalación de más baterías.
OBSERVACIONES de los cinco gudaris: Que las trincheras en que se halla el enemigo son deficientes lo que hace suponer que no sean estables. Que en las mismas se hallan los Batallones AMÉRICA Y SAN MARCIAL. Que si tuviéramos aviación pasarían a las filas leales. En tanto los gudaris se dirigían a sus posiciones, cuatro soldados del ejército enemigo hacían lo propio trasladándose a nuestras líneas, no introduciéndose en las mismas por no permitírselo el comandante del LENAGO-IL, por lo que permanecieron a unos 30 metros en espera del regreso de nuestros gudaris. A preguntas de la confianza de que les merecen sus gudaris el Comandante antes citado manifiesta ser de la máxima confianza y lealtad hacia la causa antifascista. Limpias 21 de julio de 1937.68
No olvidemos que la conquista de toda la provincia de Santander solo tomó diez días y apenas hubo muertos y heridos porque la resistencia fue poca. De hecho, los vascos se rindieron a los italianos el 24 de agosto (Pacto de Santoña). Fueron ochenta mil republicanos contra noventa mil rebeldes atacantes, aunque la estrategia militar dice que estos deben ser al menos tres a uno. El mito de los gudaris sigue por ahí y se denominó así también a los terroristas de ETA. Debemos precisar que soldado, en vasco, es soldatu. Gudari significa ‘guerrero’. Mucho más épico, pero inexacto.
Si bien en las charlas de trinchera a trinchera se solía alardear de lo bien que vivían para intentar dar envida a los otros, en los encuentros en el barranco ya se hablaba más distendidamente de las condiciones reales, como empleados de dos empresas que comparan sus condiciones laborales y la bondad o maldad de sus jefes. Parece ser que a veces se aprovechaba para avisar de que uno pensaba pasarse.
El poeta republicano Nicolás Guillén escribió un poema que fue lanzado a los nacionales en el Puente de los Franceses:
No sé por qué piensas tú,
soldado, que te odio yo,
si somos la misma cosa
yo,
tú.
Tú eres pobre, lo soy yo;
soy de abajo, lo eres tú:
¿de dónde has sacado tú,
soldado, que te odio yo?
Me duele que a veces tú
te olvides de quién soy yo;
¡caramba, si yo soy tú,
lo mismo que tú eres yo!
Pero no por eso yo
he de malquererte, tú;
si somos la misma cosa
yo,
tú.
No sé por qué piensas tú,
soldado, que te odio yo.
¡Ya nos veremos yo y tú
juntos en la misma calle,
hombro con hombro, tú y yo!
Sin odios ni yo ni tú,
pero sabiendo tú y yo
adónde vamos yo y tú…
No sé por qué piensas tú,
soldado que te odio yo.69
Lo extraño es que le dejaran escribir y enviar eso. Si lo hubieran leído, y comprendido, todos los soldados de ambos bandos podrían haber puesto fin a la guerra.
Al encontrarse con conocidos se intentaban cobrar viejas deudas. Como cuenta un reportaje de la revista republicana Estampa de 30 de enero del 37:
Los soldados, aburridos de la tranquilidad momentánea, se ponen a hablar con los de la trinchera enemiga.
¡Oye! ¿Os dejan hablar con nosotros?
Sí; hablar ahora, que no hay por aquí ningún jefe.
¿Hay alguno de la provincia de Soria entre vosotros?
Sí; yo mismo soy de cerca; pero aquí hay uno de Almadrones… [Almadrones es del norte de Guadalajara]
Llámale, que yo soy del pueblo de al lao…
Empieza a dar voces el de Almadrones.
¿Quién me llama?
¿Eres tú de Almadrones? ¿Cómo te llamas?,
Eugenio…
¿Tú eres Eugenio, el Pincho?
Sí… ¿Quién eres tú?
¿Qué quién soy yo? El que te va a romper la cara en cuanto te encuentre, porque todavía no me has pagao los seis duros que te presté para casarte…
3
Guerra de canciones
Dicen que quien canta su mal espanta, y en las guerras hay muchos que espantar. En aquella época no había radios portátiles, ni casi fijas (trescientos mil aparatos para veinticuatro millones de habitantes). Había gramófonos, reproductores de discos de pizarra, que funcionaban dando cuerda con una manivela, lo que permitía utilizarlos en cualquier lugar. Algunos acabaron en las trincheras. Existían cancioneros, hojas sueltas o libritos con las letras de las canciones para que la gente memorizara las que oía en los cafés, en los teatros, en bares o en la radio. Las personas se las aprendían y las cantaban mientras limpiaban, mientras trabajaban, cuando se aburrían o porque se lo pedían.
La guerra y la música estuvieron íntimamente unidas. El comunista Modesto, jefe del V Regimiento, mandó la banda de dicha unidad, en octubre del 36, para que diera un concierto a los que estaban en primera línea en Griñón.1 En otra ocasión, la banda de un batallón republicano asturiano también visitó la primera línea y ofreció un concierto a los de enfrente:
… una tarde de verano la Banda subió hasta un paraje denominado Loma Roja, a más de 500 metros de altura; una vez allí, cuando había oscurecido y tras los inevitables saludos a los compañeros que luchaban en los parapetos aconteció una escena que merece la pena imaginarse y que yo no soy capaz de contar mejor que su propio autor: «Un oficial con clara y potente voz se dirige a los soldados que ocupaban las trincheras de enfrente y les dice: “Soldados franquistas, si nos dais vuestra palabra de respetar el alto el fuego, la Banda de Música de nuestro Batallón tocará entre las dos líneas para todos; caso contrario sólo lo hará para nosotros”. La petición de tregua fue escrupulosamente respetada y festejada por todos. Allí mismo, entre las dos fronteras, dio comienzo el más emotivo y original concierto jamás visto en tal situación y lugar. El silencio era total…».2
Cuando se disparaban las ametralladoras se accionaban con descargas cortas que imitaban, o lo intentaban, el ritmo de canciones conocidas. Se denominaba «hacerla cantar». La más famosa era Con una copita de Ojén: ta ta ta ta ta… ta ta… Cinco disparos, una pausa, dos disparos, una pausa más larga y repetir. Procedía de un anuncio muy famoso de la radio en el que alguien pedía con ese ritmo: «Una copiiita… ¡De Ojén!». El ojén era un aguardiente de la población malagueña homónima. Había una variante que se hacía tamborileando con los dedos sobre la mesa cinco golpes, una pausa y dos golpes. Por ello fue fácil pasar de los golpecitos a los disparos. A su vez, procedía de una canción americana Shave and a haircut (‘Afeitar y cortar el pelo’). El No pasarán era más corto: ta… ta ta ta. Algunos decían que un ametrallador de la universitaria era capaz de tocar La Traviata con el gatillo. Cuando había visitas de gente importante al frente se pedía a algún músico que hiciera cantar a la ametralladora. El requeté Ignacio Yarza recuerda:
En nuestro sector, las ametralladoras están en plan «choteo». Los pardillos [republicanos] hacen cantar a sus ametralladoras con el clásico «no pasarán, no pasarán». Y las nuestras les contestan con el no menos clásico, «y una copita de ojén». De esta manera se entretienen los unos y los otros, en las aburridas horas de guardia en las trincheras.3
La costumbre de hacer cantar a las ametralladoras podía organizar graves problemas, como le ocurrió a unos requetés que se dejaron llevar por la euforia: En Kalamua, el alférez Giganda fue a visitar una posición avanzada y llevó aguardiente para sus hombres. Los soldados, de Milagro (Navarra), le preguntaron si podían cantar. Les autorizó y cantaron Mi jaca galopa y corta el viento. El problema fue que terminaban cada estrofa con unos disparos de ametralladora para acompañar. Los de enfrente se creyeron atacados y contestaron; y así sucesivamente, lo que dio lugar a que todo el frente se pusiese a disparar. El alférez declaró después: «Desde Ondárroa a Placencia de las Armas [unos veinte kilómetros en línea recta]. […] No sé cómo averiguaron el origen del “Tumulto”, pero al día siguiente me echaron una bronca».4
El médico republicano Tarrés comenta que el 9 de noviembre del 38 quisieron tomar Serós y fracasaron: «Otra brigada deshecha. Mientras, ellos [los nacionales] con las ametralladoras en tono de mofa, lanzan esta tonada: “Otro toro – Otro toro – Otro toro” [dos disparos-pausa-dos disparos]. La tropa de aquí está indignada».5
Los de propaganda también se aprovechaban de la afición a la música y de los sentimientos que provoca e intercalaban canciones para motivar a los oyentes. El Cara al sol o La Internacional se dejaban para el final, como colofón. El Himno de Riego y el Oriamendi fueron desapareciendo porque a los que controlaban el cotarro propagandista en cada lado, comunistas o falangistas, no les interesaba. Los verdaderos republicanos y los carlistas no pintaban mucho. García Serrano comenta al respecto:
La música era un buen parque para los altavoces. Fabricaban nostalgia a toneladas, conmovían a los más gélidos y preparaban el terreno para ulteriores operaciones dialécticas, informativas o gastronómicas. Los altavoces fueron un arma peligrosa, porque a veces una guitarra vence a un cañón y una frase de ingenio a tiempo paraliza a un Cuerpo de Ejército.6
En un informe del Estado Mayor de la Agrupación Iruretagoyena (nacional) podemos leer:
En este frente empieza todas las noches a las veinte horas una emisión de radio y con altavoces muy potentes hablan a nuestras fuerzas, indistintamente a indígenas [se refiere a los marroquíes. Aunque indígena es el natural del lugar de que se habla. Como les denominaban indígenas en Marruecos se lo seguían llamando en España] y nacionales. Empiezan con discos de MARIA DE LA O, Angelillo y otros populares, muchos solicitados por nuestros soldados en fechas anteriores.7
El periodista Miguel Jorquera Garcilópez declara: «La España de entonces estuvo separada hasta por el tipo de canciones que cantaban. Las del bando nacional marciales y castrenses; las del republicano coplillas con aire de verbena».8 Sería interesante saber la fuente, si la hay, de tamaño error que los hechos, tozudos, se encargan de desmontar. El soldado rebelde José Luis Rodríguez Viñals, que sí estuvo allí, se encarga de desmentir esos tópicos que muestran la profesionalidad, o la absoluta falta de ella, de quien los lanza:
Se cantaba lo mismo en un lado que en otro, como el ‘Ay Carmela, ay Carmela’. Unos les daban un sentido distinto a los del otro bando. También el ‘Rúmbala, rúmbala, rúmbala la rumba del cañón’. Y aquella famosa de ‘Si me quieres escribir, ya sabes mi paradero, en el frente de batalla, primera línea de fuego’. Eran las mismas canciones. Estábamos tan cerca unos de otros, que nos dábamos recados incluso para las familias.9
Jorquera confunde la comprensible reacción mitificadora del bando republicano tras la dictadura franquista con la realidad de los hechos. Puede leer al requeté Nagore: «La alegría era una constante entre nosotros a pesar de donde estábamos, y cantábamos mucho: jotas, himnos, mejicanas y cantidad de letrillas absurdas».10 El también rebelde Escolar, por su parte recuerda la canción, totalmente castrense: «Que polvo tiene el camino, / que polvo la carretera, / que polvo tiene el molino, / que polvo la molinera».11
Muchas canciones eran comunes a los dos bandos, simplemente cambiándoles la letra. Guadalajara no es Abisinia… O la célebre Si me quieres escribir, / ya sabes mi paradero / que fue utilizada profusamente por ambos bandos modificando el tercer verso en función del destino de la unidad —Tercera Brigada Mixta / Campos de Carabanchel / Ciudad Universitaria / En el frente de Gandesa / etc. —, pero conservando el verso final inalterado para mostrar peligro: Primera línea de fuego. Lógicamente, la canción: «Tengo un hermano en el Tercio / Y otro hermano en Regulares / Y el hermano más pequeño, preso en Alcalá de Henares» solo se cantaba entre los nacionales.
Tenemos el gráfico caso del mencionado Yarza Hinojosa, catalán, movilizado en Barcelona en el EPR, hecho prisionero a los pocos días y, tras ser avalado, movilizado en el ejército franquista. Se sabía las canciones, pero con otra letra:
Despierta mi ensoñación la llegada de una bota. No sé de dónde ha salido, pero el caso es que hay tres botas rodando de mano en mano, remojando gaznates y caldeando el ambiente, lo que trae consigo el inicio de los cánticos de rigor. El comienzo es tímido y vacilante, debido a que, aunque la música de la mayor parte de las canciones es común a los dos bandos, con las letras no sucede lo mismo y hay que ir con mucho cuidado de no meter la pata hasta el «corvejón». El Sargento, que resulta un «tío majo», arregla el asunto tomando la dirección del coro desde lo alto de un asiento. Empezamos por el interminable «carrascal» [o Carrasclás] y terminamos por «Asturias patria querida», pasando por «Carmela», «el río Nervión», «chaparrita» [muy popular, con múltiples variaciones sobre la original mejicana Chaparrita divina], «desde Santurce a Bilbao» etc.12
Una estrofa del Carrasclás común a ambos bandos fue: «Me he venido voluntario / porque prefiero la guerra / a tenerla to los días / con mi mujer y mi suegra».
Juan Scherof, de la 85.ª BM, escribe a su padre o hermano José, de La Carolina (Jaén): «… no te puedes figurar lo que nos divertimos por aquí por la noche con los fascistas, que les decimos “paisano, cántate una copla” y hay uno que canta muy bien y aquí con nosotros también hay unos que cantan muy bien y toda la noche estamos hablando».13 Por el apellido y la procedencia, seguramente será descendiente de los colonos alemanes establecidos por Carlos III en Sierra Morena.
En la Universitaria también se cantaba:
Cuando los Altavoces del Frente se dedicaban al flamenco se hacía un silencio absoluto en ambos bandos mientras durase la copla. ¡Desgraciado el ametrallador que disparase entonces! Un severo siseo que partía de ambas trincheras le dejaba petrificado. Subía el fandango o la «soleá» por el aire de España hasta que al quebrarse de pena en el último tercio, un «olé» profundo y emocionado brotaba de ambos lados de la tierra de nadie. Pero no es esto solo. Desde la avanzadilla de la caseta del guardia de la Moncloa escuchó Neville este diálogo con un soldado enemigo a quien los nuestros llamaban «el Capullo»:
Un soldado les explicó:
Hoy, como es lunes, les vamos a leer la reseña de toros del domingo, que es lo único que les interesa y nos lo pide por favor.
Se oye la voz del «capullo», que se impacientaba:
Oye, leedme primero la corrida de Sevilla.
Y el soldado, alumbrándose con una lamparilla eléctrica, empezó a leer: Belmonte recibió a su primero con tres verónicas; el toro, que era corniveleto [con cuernos rectos]…
¿Qué dices?
Corniveleto
¡Sigue!
Y seguía la reseña, en medio de un silencio absoluto, pues era un tema que interesaba a todos en ambos bordes de la tierra de nadie.14
En el bando republicano dejaron de celebrarse corridas de toros, no porque estos fueran franquistas o de derechas, como alegan erróneamente algunos, sino porque la mayoría de las dehesas estaban en Salamanca, Extremadura y Andalucía occidental. Y las que había en Andalucía oriental, en manos republicanas, fueron ocupadas y se comieron a los cornúpetas. Pero la afición continuaba y deseaban seguir las actuaciones de sus ídolos. Por otra parte se pueden ver fotografías de corridas en zona republicana con los toreros haciendo el paseíllo saludando con el puño cerrado. De nuevo los tópicos galopando…
De igual modo, también se cantaban villancicos en las trincheras republicanas:
Junto al río Badiel continúa el batallón de Jose Ramón, próximo a la carretera que se encamina a Zaragoza. Allí pasa sus segundas Navidades en guerra. Él, sacerdote, quería celebrar una Misa del Gallo en una gran iglesia, seguro que en su parroquia de la ahora lejana Galicia. Pero el centinela celebra la Nochebuena en el puesto, vigilando… y de vez en cuando a sus oídos llega un villancico… y no siempre procede de su retaguardia. En el otro lado, esta noche también cantan.15
En ocasiones la música lograba acabar con las discusiones de trinchera a trinchera como nos cuenta Fraser que ocurría en el cerco de Oviedo:
En el monte Naranco las posiciones estaban separadas por poco menos de 200 metros. Al caer la noche los de uno y otro bando se llamaban a gritos: «Aquí radio Panchito», decíamos a través de los megáfonos que nos habíamos fabricado. «Llamando a Arturín de La Felguera» «¿Qué queréis?» «Arturín, ¿te gustaría un poco de pastel?» «¿Qué pastel? Si sois un atajo de muertos de hambre…» «Coño, Arturín, tú eres un buen hombre, pásate a nuestro bando» «Me cago en la madre que te parió» «No habléis de esa manera, hijos de puta» «Y vosotros… os decís católicos y habláis peor que nosotros» «Bueno, cantadnos una canción, entonces», les gritábamos. Y empezaban a cantar baladas asturianas.16
En los lugares donde estaban muy cerca, si en un lado no había instrumentos, se acompañaba desde el otro, como cuenta uno de Cubelles (Barcelona): «Allí con nosotros había un muchacho que sabía cantar muy bien y lo que hacíamos era muy curioso: nosotros estábamos en una colina y el enemigo en otra, y justo en el otro bando había un chico que tocaba la guitarra. Por la noche nuestro compañero se ponía a cantar y el otro tocaba la guitarra».17
Las canciones creaban ambiente de tranquilidad y de rutina y, por ello, en algunas ocasiones las utilizaron hasta para cubrir una retirada:
Los nacionales van ganando la guerra, pero les cuesta lo suyo y no siempre avanzan. La Cuarta Bandera de la Legión, que va de frente en frente, apagando fuegos, recibe orden de replegarse el 7 de marzo de 1938. Una unidad que se repliega se pone siempre en peligro porque el enemigo puede atacarla por la espalda antes de que alcance sus nuevas posiciones y cazarla en campo abierto. El comandante Carlos Iniesta Cano aguarda a que se haga de noche y ordena encender algunas fogatas a lo largo del frente para que el enemigo crea que siguen en sus puestos. Cantan flamenco de trecho en trecho, como todas las noches, para que los de enfrente no noten nada anormal. «La retirada voluntaria fue un éxito completo y muy emocionante como también muy divertida», comenta Iniesta Cano.18
Los republicanos quitaban importancia a la pérdida de Galicia diciendo que allí había marisco, pero no hombres, y no había peligro de que tomaran Asturias. Los gallegos se lo tomaron a broma y pusieron un centollo como emblema en su uniforme y en sus cascos. En su avance para tomar Oviedo cantaban: «Os que vimos de Galicia / e que nos chaman mariscos, / ¿cómo se chamarán eles / que fuxen de risco en risco? / [Los que venimos de Galicia / y que nos llaman mariscos / ¿cómo se llaman ellos / que huyen de risco en risco?]».19
Dicen que fue Pasionaria quien dijo: «¿Y qué nos importa Galicia, si de aquella región no salen más que mariscos?». Sin embargo, parece ser que fue una emisora de Bilbao, el 11 de agosto del 36, la que manifestó: «Es cierto que han salido fuerzas gallegas hacia Asturias; pero no debéis preocuparos, en Galicia no hay más que mariscos, pero no hombres».20 Según Calvo, en la Universitaria, los legionarios de la X.ª Bandera, donde había muchos gallegos, tocaban la gaita en el Clínico.21 Al igual que la banda de música del Cuerpo de Ejército de Galicia.
Al principio de la guerra hubo una marcha militar, Los voluntarios, que utilizaron ambos lados porque era la que mejor conocían las bandas militares. Además, era muy pegadiza por provenir de la zarzuela del mismo nombre, de Gerónimo Giménez, en honor a los voluntarios catalanes y vascos que lucharon en la Guerra de África de 1859. Como los rebeldes empezaron a difundirla con profusión al principio de sus comunicados radiados, los republicanos dejaron de utilizarla y la identificaron como «fascista». Se llegó al triste esperpento de detener e inculpar a una mujer en Madrid porque en su casa tenía el disco de dicha zarzuela.22
La jota era muy común en buena parte de España, con diferentes variantes: jota navarra, aragonesa, castellana, manchega… Había, y hay, una modalidad que es la jota de picadillo en la que dos cantantes se lanzaban sucesivamente una estrofa zahiriendo al otro y aquel, a su turno, contestaba improvisando para responder a lo que había dicho el primero. Los raperos creen haber inventado algo, pero no, ya lo estaba: «Cuando me toca el relevo, / cara a cara a la trinchera, / siempre canto una jotica, / para que los rojos vean / que los falanges navarros / no abandonan las trincheras». Las diatribas también llegaron a las coplas: «Te cantaré un fandanguillo / Si eres del puño cerrao; / Me está cansando el morao / Que está bajo el amarillo / Debajo del colorao».23
Los del tercio Montejurra cantaban: «Pensaba Manuel Azaña, / que ya no había carlistas, / y de Navarra salimos / más que de la fragua chispas». Cuando se sublevaron, se marcharon de Pamplona cantando: «Las fiestas están alegres. / Y las chicas guapas son. / Más yo me voy pues me llama, / Alfonso Carlos Borbón [pretendiente carlista al trono]».24
El radiotelegrafista Javier Nagore comenta sobre su estancia en la sierra del Espadán:
Están muy cerca las posiciones. En los constantes contraataques participábamos todos: infantería, zapadores —la 1ª Cia de la División fue citada en el parte oficial—, transmisiones y hasta acemileros. Y también participábamos en la Misa, que se celebraba a diario en la [cota] 850 por los «páter» de los Tercios de requetés, y en el rezo del Rosario. Durante éste los rojos del parapeto de enfrente interrumpían sus disparos y sus cánticos; pues ellos también cantaban. Cantaban canciones como ésta, que pasó al repertorio de la 1ª de Navarra: En el cielo manda Dios, y en la tierra los gitanos; y en la Sierra de Espadán, los cañones de Atilano [artillero republicano que tenía fama de ser muy certero].25
Había rivalidad entre las unidades de cada Ejército, cuanto más próxima, más competencia, y al cruzarse con ellos les lanzaban sus puyas, como ocurría entre los tercios requetés: «Los de Lácar fuman puro, / Montejurra cajetilla. / Y detrás viene el 8º [batallón o regimiento de reemplazo, no voluntarios como ellos], / Recogiendo las colillas». O: «Montejurra siempre canta al avanzar / Pero… Lácar mucho más». Lácar también cantaba: «Y habiendo vino / Siempre hay buen humor».26 Según Herrera, en La Serena los requetés cantaban: «Les “tomemos” un cañón. / Y treinta ametralladoras, / Y les “tomemos” también / El vino en las cantimploras».27
Los soldados vascohablantes del ejército republicano, lo mismo que los requetés navarros y vascos, también cantaban en vasco: «Egui uta ta osoah / España-ri erakarri oi zion / Zorisona ugari». (La verdad pura y completa / solía atraer a España / Abundante felicidad). Y: «¿Nor Jangoikoa (o Jainko) berazla?» (¿Quién como Dios? /¡Nadie como Dios!).28 O: «Gora Jainko maite maitea / zaguen denon jabe. / Gora España ta Euskalerria / ta bidezco erregue». (Viva Dios amado, / Señor de todos. / Viva España y Vasconia / y el Rey de las dos). Y, por supuesto, los requetés su Oriamendi, tanto en vasco como en castellano. Lo que sí les prohibieron fue que en la letra hicieran referencia al regreso de su rey a Madrid, de modo que lo tuvieron que cambiar por: «entrar en Madrid».
Entre los rebeldes también se cantaba en catalán y en vasco. Incluso se utilizó este en las comunicaciones militares franquistas, como relata Nagore. Los operadores de radio de las brigadas navarras, en las que había mucho vascohablante, algunas veces utilizaban el vascuence en las comunicaciones y así se evitaba que se pudieran interceptar.29 Lo de indios navajos del ejército de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial ya estaba inventado también.
La canción Gernikako Arbola (El árbol de Guernica) se cantaba en ambos bandos, nacionalistas vascos por un lado y requetés por el otro. Ha quedado como símbolo del nacionalismo, pero no se difunde que fue creada en el café San Luis, de Madrid, en 1853, por José María Iparraguirre, furibundo carlista que se enroló voluntario para luchar en la Primera Guerra Carlista con catorce años, se exilió por no compartir el Convenio de Vergara de 1839 y regresó en 1853. Se convirtió en el himno no oficial vasco. En él se alude al carácter sagrado del árbol, plantado por Dios, cuyo nombre aparece en cada estrofa. Posteriormente, Sabino Arana creó el himno del PNV, el Gora ta Gora Euzkadi, donde también alude al árbol y a Dios, y se convirtió en himno de la comunidad autónoma.
Por su parte, los requetés del Tercio de Montserrat cantaban en catalán su famoso Virolai:
Rosa d’abril, Morena de la serra, / de Montserrat estel: / il·lumineu la catalana terra, / guieu-nos cap al Cel. / […] Dels catalans sempre sereu Princesa, / dels espanyols Estrella d’Orient, / sigueu pels bons pilar de fortalesa, / pels pecadors el port de salvament. (Rosa de abril, Morena de la sierra, / de Montserrat estrella: / ilumina la tierra catalana, / guíanos al Cielo. / […] De los catalanes siempre serás princesa, / de los españoles estrella de oriente / sé para los buenos pilar de fortaleza, / para los pecadores puerto de salvación).
También hacían castillos humanos, daban las órdenes en catalán y fueron los que llevaron la punta de lanza de la conquista de Cataluña.
Ambos bandos solían dejar las canciones más ideológicas para los ataques, Oriamendi los requetés, La Internacional los milicianos:
Estamos muy cansados —100 kilómetros en tres días—, pero continuamos andando. El 1 de febrero, en unas lomas sobre Vich, un ligero contraataque. Un batallón rojo se acercó hasta el cerro donde el Mizzián [general marroquí] tenía el P.C. [puesto de mando] Oímos perfectamente entre el tableteo de las ametralladoras, el canto de los milicianos: La Internacional. Arriba los pobres del mundo. De pie los esclavos sin pan…30
Los civiles también cantaban y cambiaban algunas letras que oían a los soldados. Así, los lugareños de Chinchón, para quejarse con ironía de los desmanes de los soldados republicanos acantonados en el pueblo, transformaban el: «Si me quieres escribir ya sabes mi paradero: en el Frente del Jarama en primera línea de fuego» y en su lugar cantaban: «Si me quieres escribir ya sabes mi paradero: en la Vega de Chinchón, haciendo el daño que puedo».31
No se consiguió que los requetés dejaran su boina roja a pesar de que ofrecía un buen blanco. Los requetés aragoneses cantaban: «La boina roja es testigo / de que la lleva un valiente, / que le dice al enemigo: / Por este color te obligo / que me apuntes a la frente. Mi frente no vale nada, / mi pecho quiero guardar, / porque en él llevo encerrada / a mi Virgen del Pilar».32 O esta otra: «Dile a Franco si le ves / —me dijo la Pilarica— / Dile a Franco si le ves, / que la guerra está ganada / porque lucho yo con él».
Según Cordón, hasta Dolores Ibárruri componía y cantaba jotas:
Dolores visita Belchite: Cuando se marchó la acompañé un trozo de camino en su automóvil. Recuerdo que de camino compusimos una jota que Dolores acabó cantando a toda voz. Plagiando una conocida jota que cantaban los aragoneses en la lucha contra Napoleón, ésta decía: La Virgen del Pilar dice: / No quiero ser italiana, / que quiero ser española / como Belchite y Mediana.33
Miguel Gila fue un cómico estupendo que sacó muchas de sus anécdotas de la Guerra Civil, en la que combatió como soldado republicano. Después, cuando escribió sus memorias, no podemos saber hasta qué punto lo que cuenta es cierto o es material del que se apropió para llenar sus páginas, pues se sabe positivamente que muchos aspectos de lo que relata son totalmente falsos. Ya sabemos que la mayoría de las memorias, en lugar de biografías, son hagiografía, y que la memoria tiene a veces interesantes mecanismos de autojustificación y autobombo. En cualquier caso las presentamos con reservas. Así, comenta que una noche de guardia en el parapeto, al oír al de enfrente cantar:
Me sentía tan solo que no pude evitar tomar contacto con él, aunque sólo fuese de palabra. Le di un grito:
¡Eh, tú, el cantante!
Me respondió:
¿Qué quieres?
Nada. Es que te he oído cantar y por tu manera de cantar me parece que eres vasco o asturiano.
No. Soy de Pamplona. ¿Conoces Pamplona?
No. No la conozco, pero he oído hablar de los San Fermines. Creo que os lo pasáis bárbaro.
Muy bien. Cuando termine la guerra te invito a mi casa en Pamplona para que los conozcas. Te vas a divertir.
Le pregunté cómo se llamaba y dijo:
¿Y cómo quieres que me llame, coño? Fermín.
Y se echó a reír.
¿Y tú?
Miguel
Cada noche, la hora y media que duraba la guardia era un diálogo permanente entre Fermín y yo. Ya se había hecho una costumbre. Yo, desde mi trinchera le preguntaba a qué hora tenía guardia al día siguiente, luego le pedía a mi sargento que me pusiera la guardia a la misma hora que la de Fermín.
Me contó que tenía novia, le dije que yo también, me dijo que le gustaba mucho el fútbol, a mí también. Me contó que trabajaba de camarero en un hotel, yo le conté que trabajaba de mecánico.
Fueron muchas noches de hablar y contarnos cosas. Fue un enemigo muy amigo, del que sólo llegué a conocer su voz. Ojalá que en el momento en que escribo esto aún viva y que al final de la guerra se haya casado con aquella novia de la que me habló y que junto a ella viva rodeado de sus hijos y sus nietos.34
En el parte de guerra franquista del 22 de enero del 39, podemos leer:
Los muertos del enemigo recogidos son varios centenares, entre los que figura un comisario político y varios oficiales. El número de prisioneros hechos hoy se eleva a 2.283 sin contar los de una de las Columnas por no haber pasado aún por el registro. Entre los prisioneros figuran el capitán de E.M [Estado Mayor] de la Brigada 122 y la banda de música de la División del «Campesino» que, al llegar nuestras tropas a la plaza del pueblo de Noya, tocó el Himno Nacional.35
Los italianos, por su parte, solían cantar la canción Faccetta nera sobre la conquista de Abisinia. Algunos piensan que facetta [‘carita’, pronunciado facheta] tiene que ver algo con fascista:
Faccetta nera / bella abissina, / aspetta e spera, che già l´ora si avvicina / Quan noi saremo / tui fronte a te, (frente a ti) / noi ti daremo una altra legge, un altro rè. / Faccetta nera, / sarai Romana / e pé bandiera tu cia vrai quella italiana. / Noi marceremo insieme a te / e sfileremo avanti al Duce e avanti al Re!
Carita negra / bella abisinia / espera, espera, que la hora se avecina / en que estaremos / frente a ti / te daremos otras leyes y otro rey / Carita negra / serás romana / y por bandera tú ya verás la italiana / marcharemos junto a ti / desfilaremos ante el Duce y ante el Rey.
Tras la derrota de Guadalajara, los soldados españoles de ambos bandos cambiaron la letra y la convirtieron en:
Desde Jadraque / hasta Sigüenza / chaquetearon cuarenta mil sinvergüenzas: / la retirada fue tan atroz / que hubo italiano que llegó hasta Badajoz. / Guadalajara / no es Abisinia / aquí los rojos tiran bombas como piñas. / ¡Menos palabras y más valor, / que viva España y la Falange de las J.O.N.S.! / Los italianos / en la trinchera / no se desprenden de sus camisas de seda, / en el empeine llevan charol / y por la calle van haciendo el maricón. / Españolita, / no te enamores, / espera, espera que vuelvan los españoles, / los italianos se marcharán / y de recuerdo un bambino te dejarán.
También se hicieron variantes de la letra como:
Los españoles, / aunque sean rojos, / tienen cojones. /
Niña bonita, no te enamores, / deja que vengan los valientes españoles, / los italianos se marcharán / y de recuerdo un bebé te dejarán.
Guadalajara no es Abisinia, / allí los rojos tiramos bombas de piña. / Los italianos se marcharán / y de recuerdo un cadáver dejarán.
Bella española, no te enamores, / aguarda, aguarda a los valientes españoles. / Los italianos se marcharán / y de recuerdo, un bebé te dejarán.
No te enamores, niña bonita, / no dejes solos a los pobres españoles.
Guadalajara no es Abisinia, / ¡corre italiano!, que se nos echan encima.
Guadalajara no es Abisinia; / las carreteras están muy mal construidas.
Los italianos son gente fina: / lo mismo beben ron, coñac, que gasolina…
Guadalajara no es Abisinia; / los españoles, aunque rojos, son valientes. / Menos camiones y más cojones.
Los italianos en las trincheras / no se desprenden de las camisas de seda.
Españolita, no te enamores / espera a que vuelvan aquí los españoles.
Los regulares son cosa fina. / Lo mismo beben petróleo que gasolina / Si les ofreces Marie Brizard / te dicen: ¡Basta!; que lo beba tu mamá.
Que te creías / escapachichi / que aquí llegando tú tendrías todo fatto / pero el rojo lección te dio. / y nos dejaste español contra español [el único sector que no retrocedió fue el cubierto por la División de Soria, después 53.ª División].
Mera presenta otra versión con el nombre del general que mandaba las tropas italianas: «Bergonzoli sinvergüenza, / general de las derrotas, / si quieres tomar Trijueque / con los bambinos que portas, / no vengas con pelotones: / ¡Hay que venir con pelotas!».36
Según Zugazagoitia, cuando se rindieron en Guadalajara, los prisioneros italianos también cambiaron de canción: «… los hombres, bajo el fuego, que les llega de todas partes, no piensan más que en salvar la vida. Cuando lo reputan imposible se entregan. Manos en alto se dejan hacer prisioneros. Si es una sección entera, cantan un himno diferente al que utilizaban para desfilar en Málaga; ahora es “Bandiera Rossa” [Bandera roja, himno del Partido Comunista Italiano]».37
Algunos, si no canciones o música, por lo menos querían hacer ruido. A Cordón, artillero, del Partido Comunista encargado de formar columnas en el ministerio, le pidieron quinientos pitos:
¿Aquí dice pitos? —pregunté a mi compañero sin creer lo que veían mis ojos.
Está bien claro, ¿no? —me respondió—. Pitos, pitos de metal como los de los capitanes de batería o los de los árbitros de fútbol.
¿Para qué quieres esos pitos?
¡Ah! Esa es una idea mía. He pensado en un ataque insólito. Mis hombres [quinientos] se alzarán de repente todos a una tocando estridentemente los pitos. El enemigo quedará paralizado sicológicamente, y antes de que tenga tiempo a reaccionar nos lanzaremos al ataque y lo derrotaremos.
Al ver la expresión de duda con sus matices de guasa en mi cara, agregó: Creo que habrás oído hablar alguna vez del efecto de sorpresa ¿no?38
4
Intercambios… hasta de disparos
La mayoría de la gente hizo lo que pudo para sobrevivir a esa sinrazón de unas minorías extremistas de ambos signos. Había que comer, fumar y vivir a pesar de todo. El tabaco es una adicción y su consumo solo sirve para no sentirse mal. Si uno es adicto y no tiene tabaco «no está para nada» y piensa en todo momento en lo que le falta. La mayor parte de la producción quedó en zona nacional. En la zona republicana subió mucho el precio ante la escasez y la abundancia de dinero. La gente fumaba lo que fuera. Eso sí, las fábricas de papel de fumar estaban en Alicante, con lo cual, los de la zona rebelde debían liar los cigarrillos con cualquier tipo de papel.
Evaristo Gil, de la 106.ª BM, escribe a Josefina Mor, de Sabadell:
Voy a decirte lo que me ha ocurrido hoy por estas trincheras. Como estamos cerca, hablábamos y se nos ocurrió acercarnos. Unos y otros hemos partido el camino y nos hemos juntado. Éramos cuatro de cada lado ¡cuatro falangistas y cuatro «rojos» fumando juntos! Es la primera vez que yo he hecho esto. Venían de calzado muy mal y con una medalla de la Virgen en el pecho. ¿Con qué fin hacemos esto? Ninguno. Tan solo el tabaco es el motivo. No es que la falta nos obligue a esto, pero vamos a fumar. Entre dos fuegos, mirándonos unos a otros de los altos montes, estuvimos un rato. Después cada cual a su trinchera y a pegar tiros. Es la guerra. Lo que demuestra que tienen más ganas de nosotros de terminar la guerra, no lo niegan. Les dimos unos periódicos, que enseguida escondieron, y que ahora leerán de escondidas.1
José Herrera Sánchez, salmantino, oficial de requetés, comenta en El Mundo el omnipresente problema del tabaco:
Aunque estaba totalmente prohibido hablar con el enemigo, nos saltábamos la regla a la torera para hacer intercambios con los rojos. Nosotros teníamos tabaco de la zona de Canarias, y ellos tenían papel de fumar porque lo fabricaban en Alcoy. Así que algunas veces hacíamos el intercambio, quedando entre trinchera y trinchera. Desde luego a quien le tocaba hacer el intercambio, lo pasaba fatal. Sabías que te estaban apuntando 100 fusiles. La noticia del fin de la guerra le llegó en las trincheras del Sector Cabeza de Buey, en la provincia de Badajoz, y junto con sus compañeros lo celebraron tirando bombas de mano y pegando tiros como en el Oeste.2
José Luis Rodríguez Viñals, que se incorporó al ejército franquista con dieciocho años, en 1938, estuvo sirviendo en la Casa de Campo en una época en que casi no se luchaba en esa zona. En una entrevista a sus noventa y tres años, recuerda:
Había zonas en las que nos intercambiamos naranjas, paquetes de tabaco o libritos de papel. Al cambiarnos comida, me llamaba mucho la atención el pan blanquísimo que tenían. Yo no sé si era de harina de arroz. Nosotros a cambio les tirábamos latas de sardinas. […] Yo creo que en los dos bandos estábamos deseando que aquello terminara, porque fue terrible lo vivido.3
Pedro Ortiz, de la 89.ª BM, escribe a Antonio Alba, de la 76.ª BM:
Antonio, sabrás que he estado parlamentando con los fascistas yo y otro muchacho de Jaén, con otros dos de ellos, que estuvimos liando tabaco, que ellos pusieron el tabaco y yo puse el papel, porque ellos gastan papel de estraza, y les di tres carteras de papel Bambú, y me dijeron que a ver si podía llevarles un poco de arroz, que hace más de un año que no lo prueban y cuentan que están muy hartos de guerra, pero qué van a hacer, que están obligados.4
En la zona republicana se llegó a pagar hasta diez pesetas por un cigarrillo y mil quinientas por un kilo de tabaco. José Escribano de la 181.ª BM, pregunta a Laureano Pérez, de la 76.ª BM: «… me dirás si a vosotros os dan los fascistas vino y tabaco, que ayer nos juntamos 18 entre las dos líneas y nos dieron tabaco y coñac y nos cambiaron la prensa y quisiera que los hubieras visto, sin tirar ni un tiro y el abrazo que se dieron».5
Una de las más sonadas confraternizaciones tuvo lugar no en un frente remoto y tranquilo, sino en pleno Puente de los Franceses de Madrid, donde pocos días antes ambos bandos se habían batido con inusitada ferocidad. En cuanto terminaba una batalla no se tardaba en reanudar los cambios y trueques. Según Corral, el 1 de junio del 37 unos soldados republicanos que estaban de guardia por la noche se dedicaron a hablar con los franquistas y les propusieron un intercambio. La noticia se difundió y al final se juntaron unos doscientos soldados republicanos y unos cien nacionales, requetés, capitanes, tenientes y alféreces incluidos. El capitán republicano, que sin capacidad para evitarlo acabó participando, se encontró con un oficial conocido del otro bando. Los capitanes intercambiaron coñac, cerveza y puros; el del EPR fue detenido y sometido a juicio, siendo condenado a dos años de cárcel por: «negligencia, falta de carácter y por incumplimiento de órdenes de sus superiores». Un soldado nacional entregó una breve y rápida nota a otro republicano para su novia que vivía en Cataluña (que sigue en el expediente): «Querida Rosa: Hoy en este frente somos todos hermanos, bebiendo una botella de cognac con los camaradas que tan buenos son. Espero vernos pronto. Abrazos. José Gómez. Rosa Llovet. Calle Capitán Galán, 4. Cardona, Barcelona». Corral titula acertadamente el capítulo: «Los franquistas asaltan el Puente de los Franceses armados de tabaco y cognac».6 Lo que no habían logrado las armas se consiguió con cigarros y botellas.
Otros, en lugar de cambiar, cada día se turnaban para invitar a comer, como contaba Mariano Garrido, de la 147.ª BM, a Lola Barrena, de Murcia:
Lola, en este frente donde estamos es una guasa lo que pasa, pues el otro día vinieron de aquel lado a este 20 y de aquí allí 20 y estuvieron todos hablando y después cada uno a su sitio, y hace tres días vino un Sargento y comió aquí y uno nuestro fue aquel sitio a comer allí, y de vez en cuando dicen que no tiremos que ellos no tiran, ya te digo que aquí estamos tranquilos.7
José Villegas, de la 76.ª BM, escribe a José Antonio Villegas, de El Llano (Almería): «… hay fabrica de aceite que está en medio de las dos líneas, algunas noches van y se traen el aceite y con calderilla y plata [el papel moneda de una zona no servía en la otra] se compra tabaco a los fascistas…».8 Lo de aprovechar lo que había entre las líneas ya vimos que se dio con mucha frecuencia. Si no había una gran batalla en curso, los frentes solían ser muy tranquilos:
Tras la batalla de Brunete las prácticas de vive y deja vivir —por ejemplo intercambiando periódicos— también se reanudaron en la región de Madrid. El final de Brunete inició un periodo de un año durante el cual, el centro, como los frentes de Andalucía y Extremadura, se volvieron inactivos… un destino en el Ejército de Extremadura era uno de los mejores destinos que podía conseguir un oficial.9
Lo mismo ocurrió tras la batalla del Jarama:
En el frente del Jarama, mucho después de la famosa batalla, tanto republicanos como nacionales ritualizaron los intercambios de artillería. Cada lado disparó doce mil disparos al otro sin causar ni una sola herida. Para acabar con la costumbre, ahorrar municiones y reducir el deterioro de los cañones el comandante del batallón hizo la pacífica pero económica recomendación de ignorar el fuego enemigo salvo si el objetivo estaba bien visible y a tiro. Disparar para promover la apariencia de guerra era algo generalizado e indicaba la falta de ganas de ambos lados de enzarzase en una verdadera acción ofensiva.10
Se cambiaba de todo. Hubo incluso un caso en que los republicanos devolvieron una bandera que habían perdido los requetés en un ataque por la sierra del Espadán: «… fueron asaltados por Lácar [el tercio requeté de Lácar], sin resultado. Bueno, a costa de muchísimos muertos y heridos (allí, arropado en su bandera, moría el abanderado de la 1ª Compañía del Tercio —Jerónimo Iturgáiz, de Mañeru—, bandera que —¡honor a los valientes!— fue devuelta por los rojos); tantos que el Lácar quedó al mando del teniente Astiz [debía estar al mando de un teniente coronel, tres grados más]».11
Si no se fiaban lo suficiente de los de enfrente se utilizaban perros para los intercambios:
… se pasaba del cuerpo a cuerpo a la confraternización: Mientras hacía fuego por una tronera, un republicano que había entrado en la trinchera se le echó encima por la espalda con la bayoneta, pero él al volverse fue más rápido y lo atravesó con la suya, dejándolo muerto. En otros momentos más distendidos, se confraternizaba con el enemigo. Recuerda especialmente cómo se conseguían los cigarrillos. […] Como nadie se fiaba, unos y otros adiestraron dos perros, uno por cada bando, que provistos de talegas [bolsas alargadas de tela fuerte] y correajes cruzaban de unas trincheras a las de enfrente llevando la mercancía. Todo lo cual se hacía de espaldas a los mandos, que mosqueados le preguntaron un día cómo era que siempre tenía papel, a lo que respondió «¡Ah!, yo siempre tengo reservas!» De su estancia durante el asedio le viene a la memoria los problemas de salud que tuvieron. Cogió las fiebres palúdicas, también llamadas tercianas por aparecer cada tres días. Por todo ello fue evacuado durante una temporada a Galicia.12
Ni siquiera el ancho Ebro era obstáculo para el intercambio. El republicano Mario Vidosa recuerda:
Teníamos unas chabolas a la orilla del río, en la trinchera. La nuestra tenía humedad hasta tal punto que estaba todo empapado. Para dormir nos tumbábamos en un colchón lleno de pulgas pero no había otro remedio que dormir en él. Estábamos viviendo unos momentos de tranquilidad relativa lo que permitía hacer algunas cosas que en tiempo de guerra parecían inverosímiles. En nuestra compañía teníamos un soldado que iba nadando hasta la mitad del río y allí se encontraba con otro soldado de la zona enemiga e intercambiaban cosas como tabaco, cerillas, papel de fumar y alguna que otra noticia.13
Otros afortunados tenían barca. El republicano Josep Piñol Queraltó (1920-2009) contaba:
… una anécdota real es que muchos días por la noche cantaban ellos que debían ser maños, cantaban jotas; y una de las veces hicieron un trato: de ahí pasaríamos papel (de fumar) para allá y ellos nos darían tabaco. De esto soy testigo. Uno pasó con una barquilla y los de aquí con otra barquilla, y se encontraron en medio del río para hacer el cambio […] y cada uno volvió a su lado. Esto pasó y de ello soy testigo.14
El médico republicano Tarrés no olvida el 16 octubre del 38 en Torres de Segre:
Este mediodía, previo un acuerdo con los soldados del ejército de Franco, los nuestros y ellos han cruzado el río, se han abrazado, condenando la guerra, se han intercambiado algunos periódicos, los nuestros les han dado una botella de champaña y ellos una botella de coñac Domecq y cigarros. Han charlado unos diez minutos y cada uno ha regresado a su lugar.
En el mando ha habido mucho jaleo porque esto está prohibido. He tenido ocasión de leer la prensa que han traído. Eran ejemplares de «Heraldo de Aragón», «El Ideal Gallego», una revista para los soldados «La ametralladora» y algún otro que no recuerdo.
Para nuestra tropa esto ha sido un acontecimiento y demuestra de una manera palpable el deseo que tenemos todos de que la guerra se acabe, deseo que, sin duda, tienen también los hermanos de la trinchera de enfrente.
Se ha dado orden severísima de que esto no se repita. En caso de reincidir, el que lo hiciese sería fusilado por la espalda. Nos han dicho que con el enemigo no ha de haber otro contacto que el fusil y la ametralladora.15
El socialista Vidarte refiere una visita al frente de la Universitaria:
La madrugada despejaba las pesadillas y a veces se oían diálogos tan pintorescos como fraternales.
—¿Tenéis vino?
—Nos sobra.
—Os cambiamos una bota de vino por cuatro quesos.
Convenido el pacto, de las trincheras republicanas salía a cuerpo descubierto un emisario con una bota de vino y de las trincheras enemigas otro valiente con los quesos. El trueque se verificaba a mitad de camino y bajo la mirada de cientos de fusiles de uno y otro campo. Jamás hubo traición, me cuentan. Por encima de la Convención de Ginebra, en la Ciudad Universitaria se había establecido un convenio de lealtad en el combate que era un paliativo en el odio implacable de la guerra.16
Como los marroquíes no se relacionaban mucho con los republicanos y, además, estos no disponían de kiffi o kif —hachís menos elaborado— para cambiar, el mando franquista se preocupó de que no les faltara. Así, en un documento podemos leer: «Se remite al Ministerio de Hacienda instancia […] solicitando autorización para traer a España dos mil kilos de papel de fumar y 800 de kif».17 El Gobierno franquista dedicado al tráfico de hachís…
Canjes
También se cambiaban personas, los denominados canjes.
El soldado catalán del ejército franquista de la película La Vaquilla, con mucho sentido común, quiere cambiarse por un aragonés del EPR para así estar cada uno con los suyos. El sargento nacional le da una bofetada pero no es capaz de contestarle cuando le pregunta qué problema hay en cambiarse por un soldado del otro bando. Algo que ahí se presenta como un absurdo veremos que se realizó en muchos casos con prisioneros o presos importantes. Y es que en la guerra también hay clases.
En la batalla de Brunete, el 6 de julio del 37, los republicanos apresaron a dos enfermeras nacionales, Carmen y Luisa Larios, de la alta sociedad malagueña (un hermano era piloto con los rebeldes y varios familiares habían sido asesinados en Málaga). Tras unos meses presas en Valencia, donde fueron obligadas a hacer unas declaraciones para un reportaje del Subcomisariado de Prensa y Propaganda, en diciembre fueron canjeadas por prisioneras que interesaban a los republicanos.18
El piloto americano Harold Dahl vino como mercenario muy bien pagado de los republicanos. Fue derribado, se lanzó en paracaídas y fue detenido. Tinker era otro piloto mercenario amigo suyo y se lo comunicó a Edith, esposa de Dahl, que escribió a Franco:
Mi esposo no es comunista, ni siquiera de izquierdas. Estábamos recién casados. No encontraba trabajo con el que mantenerme dignamente y aceptó volar para la República, por el sueldo. Sólo llevamos casados ocho meses. No tengo a otra persona en el mundo. Sé que usted es un hombre valeroso y de gran corazón. Le doy a usted mi palabra de que Harold no luchará de nuevo contra usted si tiene la compasión de liberarlo y enviármelo. Ahora que la victoria está casi a su alcance, la vida de un piloto norteamericano no puede significar mucho para usted. Yo fui actriz durante varios años, pero ahora he encontrado la felicidad a su lado. No la destruya. Por favor, responda a mi carta a fin de que sepa qué hacer y si puedo albergar esperanzas.19
Según Eslava, adjuntó una foto suya en bañador. Le respondió Millán Astray comunicándole que no lo fusilarían y que intentarían canjearlo. La noticia trascendió a la prensa mundial: «Franco perdona la vida de un piloto mercenario gracias al amor de una mujer. La cotización profesional de Edith sube como la espuma. Los clubes nocturnos de la Riviera en los que actúa la anuncian como “La mujer que derritió el corazón de Franco”». Dahl iba a ser canjeado pero la fama le fastidió pues al ser entrevistado le dijo al periodista «que a él le importan un comino las causas, que sólo lucha por dinero y que está dispuesto a volar ahora a favor de Franco. Naturalmente, los republicanos se olvidan de él y realizan el intercambio con otro prisionero». Su sinceridad le fastidió. Era cierto lo del dinero. Su amigo Tinker en siete meses ahorró más de veinte mil dólares entre sueldos (mil quinientos dólares al mes) e incentivos por derribos, y decidió rescindir el contrato.20 El 13 de junio de 1939, a los veintinueve años, Tinker se suicidó junto con el pasaporte falso que usó en España a nombre de Francisco Gómez Trejo. Dahl no fue liberado hasta 1940. Edith, su mujer, había triunfado en Estados Unidos con un espectáculo que se promocionaba con el eslogan: «La rubia que encasquilló las armas del pelotón de fusilamiento de Franco», y se divorció de él.21
Un canje famoso fue el del doctor Mariano Gómez Ulla, coronel médico, jefe del Equipo Quirúrgico n.º 1 instalado en el Hotel Palace de Madrid. Desde 1899 pertenecía a Sanidad Militar y participó en las guerras de Marruecos creando hospitales móviles a lomos de mulos. Al estallar la Guerra Civil su esposa y su familia se hallaban en zona nacional. Desarrolló su labor sin problemas hasta que un agente franquista, Mantecón, se dirigió a entregarle una carta comunicándole que su esposa estaba enferma. El agente fue descubierto y detenido por el Servicio de Información Militar, SIM (seis mil agentes tan solo en Madrid), y Gómez Ulla fue víctima de una trampa. Un agente republicano, Durán, le entregó la misiva el 26 de enero del 38, a la vez que le proponía pasarle a la otra zona. El doctor aceptó, pero le tendieron una emboscada en Bustarviejo, donde fue detenido por el SIM.22 Se le acusó de alta traición y fue condenado a muerte. Estuvo preso en Madrid y después en Barcelona, donde Fernanda Jacobsen, una escocesa que ayudaba en la sanidad republicana, se interesó por su caso ya que conocía su gran labor médica. Movió todos sus contactos diplomáticos y políticos, entrevistándose hasta con Prieto, pues iba a ser fusilado en breve. Habló con el Gobierno británico y con la prensa internacional.
La salud de Gómez Ulla, tras un año de prisión, era muy delicada. La campaña internacional tuvo éxito. Le fue conmutada la pena y en octubre se iniciaron conversaciones para su canje a través de la Cruz Roja Cubana, cuya representante, Dolores Quintana de Angones, se entrevistó hasta con Franco, quien aceptó el canje por el doctor José Bago, nacionalista vasco condenado a muerte. Se estableció la fecha del 23 de noviembre y el lugar: Toulouse (Francia). De ahí pasó a zona nacional. Dicen que a pesar de contar con cincuenta y nueve años de edad aparentaba ochenta. Fue depurado por el Gobierno franquista y se le exoneró de toda responsabilidad ya que se había limitado a proporcionar asistencia a los heridos. Al terminar la guerra fue ascendido a general. Falleció el 24 de noviembre de 1945.23 En junio de 1946 el Hospital Militar de Madrid recibió su nombre.
Otro caso interesante fue el del británico Rupert Belville, que estaba con los franquistas. Se corrió el bulo de que había caído Santander y decidió llevar un cargamento de bebidas junto con un amigo. Aterrizó y saltó del avión gritando ¡Arriba España! y ¡Viva Franco! Lo que desconocía era que la ciudad aún estaba en manos republicanas. Ambos fueron detenidos pero, a instancias del Parlamento británico, canjeados por dos oficiales republicanos.24
En las memorias del diputado de Izquierda Republicana por Guipúzcoa y ministro de Negrín, Mariano Ansó, leemos que al jefe carlista Lizarda «quien le había proporcionado la salida del país había sido Jesús Monzón, gobernador civil de Alicante, en virtud de un pacto por el que Lizarda se comprometió a obtener su canje oficial por el hermano de Monzón, preso en Pamplona».25
5
Paellas y partidos de fútbol
Lo de «hacer una paella» se utilizaba muchas veces de forma genérica para designar cualquier tipo de reunión de soldados de ambos bandos, pero en otras ocasiones sí que, en efecto, se preparaba dicho plato. Los rancheros, como se denominaba a los cocineros de ambos lados, pues la comida militar recibía el nombre de rancho, solían preparar los guisos en grandes sartenes polivalentes parecidas a las paellas —sartén en valenciano—, o paelleras, pero mucho más profundas, que también servían para cocer cualquier cosa. En Aragón, una unidad anarquista tenía una gigantesca con dieciocho asas para ser transportada por otras tantas personas.
Pedro Corral, en una entrevista con motivo de la publicación de su novela La ciudad de la arena, sobre los últimos días del frente de Madrid, comenta:
«Hacer una paella» era la expresión usada para hablar de los episodios de confraternización entre los dos bandos y está documentado que sucedía con cierta frecuencia. El problema para los mandos era que sus soldados no odiaban al enemigo. La guerra no era el destino elegido por casi ninguno de esos hombres y lo último en lo que pensaban era en disparar.1
El cántabro Valeriano Ruiz Meruelo, por su parte, cuenta un caso relacionado con un partido de fútbol:
A Valeriano le llegó la noticia del final de la contienda en Albolote, un pueblo cercano a Granada, donde ocuparon Las Pedrizas, una sierra muy rocosa. Allí sucedió uno de los hechos más curiosos de su guerra y que recuerda con una sonrisa: un día, desde la trinchera ocupada por los rojos, les ofrecieron jugar un partido de fútbol. «Los comisarios políticos republicanos y mis sargentos primero se reunieron sin armas, en una zona neutral. El primer tiempo lo pitó un alférez nuestro y el segundo lo arbitró un comisario político. Terminó el partido 0-0 o 1-1, no lo recuerdo bien, lo mejor que podía ocurrir. Cuando nos despedimos alguien dijo: “Vamos señores, esto se ha acabado, ahora el que asome la cabeza se la volamos”».2
Hasta el mismo Zugazagoitia, ministro de Gobernación con Negrín, reconoce la existencia de tal encuentro y habla del peculiar colegiado: «Cuentan que en determinado frente, el comisario político de la unidad arbitró un partido de fútbol reñido por fascistas y republicanos en terreno de nadie».3
Líster se quejaba de que en el frente de Aragón «los jefes anarquistas preferían jugar partidos de fútbol con el enemigo más que atacarle».4 Según Seidman,
… los republicanos permitían que los fascistas realizaran ejercicios gimnásticos abiertamente, una clara violación de las reglas de la guerra de trincheras donde se supone que los francotiradores, ametralladores y servidores de morteros y soldados normales con granadas de mano deben abrir fuego a cualquier cosa que se mueva.5
El general republicano Rojo también lo comenta en uno de sus libros:
Una quietud impropia de la guerra dominaba en aquel sector que conducía a nuestros principales nudos de comunicaciones y no podrá sorprenderse el lector, después de lo dicho, que alguna vez el ocio de las armas fuese reemplazado por la actividad futbolística de los adversarios, sin perjuicio de volver a batirse como fieras al día siguiente del encuentro deportivo «amistoso».6
Uriel, cuando se incorpora al frente como médico tras haber estado preso en Zaragoza, viaja en autobús con un grupo de soldados que iban a casa de permiso:
Allá en el fondo del coche, un grupo de soldados se dirigían a sus aldeas para disfrutar de algún permiso. Hablaban muy ruidosamente, y yo me dispuse a escucharles porque su charla podía ser instructiva para un novato como yo. Uno de ellos contaba que había jugado un partido de fútbol que se celebró en el sector de Barbastro entre soldados de ambos bandos: Nos ganaron, pero luego, al volver cada equipo a sus posiciones, se organizó una ensalada de tiros; a eso les ganamos siempre.7
En la zona de Buitrago los republicanos fortificaron bien el área para proteger los manantiales y pantanos de agua que aprovisionaban Madrid. Se denominó al lugar «frente del agua». Los del otro lado también establecieron sus posiciones. Los republicanos estaban bien protegidos y los otros no se iban a lanzar a un ataque sin sentido. Se trataba de vivir y dejar vivir. En un artículo de Rafael Fraguas podemos leer:
Juan Acosta, un nonagenario de la zona de Buitrago que combatió desde estos mismos fortines, dejó escrito que, pese a las crueldades de la guerra civil, un enclave cercano, denominado La Peña del Alemán, fue escenario de un partido de fútbol entre combatientes de ambos bandos, cada uno de los cuales aportó un árbitro para cada tiempo del encuentro.8
Natalia Junquera entrevistó a un grupo de alpinos (soldados de montaña) republicanos:
«Organizábamos encuentros con el enemigo. Ellos tenían tabaco de Canarias, y nosotros, papel de fumar de la fábrica de Alcoy, así que nos lo intercambiábamos. Incluso organizamos un partido de fútbol…», cuenta José Iturzaeta, de 90 años. Le interrumpe Piter. «¡Ese partido lo organicé yo! Bajé a hablar con ellos [los nacionales] a La Granja y, cuando volví, el mando me quería fusilar por confraternizar con el enemigo. Ya habían escrito mi condena de muerte. Al final me libré porque otro mando intercedió…» […] No utilizan apenas la palabra «enemigo». Eran apenas unos niños. Enrique tenía 16 años cuando le dieron un arma para defender un país en guerra. José, 17. Por eso, Piter pretendía jugar al fútbol «con los otros» para pasar el rato y Alfredo hacía bromas sobre la novia del soldado que no veía al otro lado, como si fuera un amigo del barrio.9
José Manuel Grandela, autor del interesante libro Balas de papel, relata otro partido:
Un ex combatiente de toda credibilidad, José Manuel Grandela Novo, padre del autor de estas líneas, nos ha narrado una vez más al cerrar este capítulo, el partido de fútbol que —con una pelota de trapos y cuerdas—, disputaron en un prau asturiano cercano al pueblo de Tuña (Cangas del Narcea), soldados nacionales gallegos contra milicianos asturianos fieles a la República. El hecho tuvo lugar en julio de 1937, y afortunadamente para todos, terminó en empate a dos goles. Unas horas después, los proyectiles de unos y otros volvían a segar la hierba. España y los españoles somos así…10
El mismo autor nos deleita con el contenido de una conversación de un soldado nacional con la trinchera republicana, redactada por un responsable de la 11.ª BM en Guadarrama:
¿Dónde está mi paisano José? ¿Sabes si ha tenido carta de su novia? Yo he tenido de la mía. Nuestra correspondencia, según de dónde viene así tarda; generalmente unos tres días. Mañana nos traerán una botella de coñac; si quieres, ya lo sabes; te puedes venir sin miedo, que aquí te recibiremos como a un hermano y si quieres un bocadillo, también lo tenemos, chorizo extremeño y jamón; así que ya lo sabes, no pierdas la ocasión.11
A veces, el problema de los partidos de fútbol eran los espectadores. Detrás del Clínico estaba el Asilo de Santa Cristina y un descampado donde los legionarios jugaban al balompié. Los corners eran muy peligrosos, no para el portero, sino para el que los lanzaba, porque esa esquina estaba batida por los republicanos, que a veces le disparaban.12
Además de hacer paellas, o jugar partidos, a veces también dormían juntos. Cuando uno está cansado no está para guerras. En la revista republicana Estampa del 30 de enero del 37 leemos:
Un día de operaciones en el sector de la carretera de la Coruña. Fragor y confusión de la lucha que caracteriza la guerra en torno a Madrid. En uno de los pueblos se ha bregado toda la jornada y se han curtido a tiros, sin conquistarlo como posición, los leales y los fascistas. Al terminar el día se ha establecido una tregua tácita. Son muchos los que buscan dónde acomodar los huesos y dormir. En una de las casas encuentran «acomodo» tres milicianos de uno de los batallones. Apenas han logrado la horizontal, y antes de dormirse, ven, con el consiguiente desagrado, que penetran tres moros y se tumban también a tratar de dormir. Perplejidad. Pero hacen su entrada tres o cuatro bravos de la Brigada Internacional. Ahora es cuando se va a dar su merecido a los rifeños. Mas resulta que, al lado de donde van a acomodarse los internacionales, hay en la penumbra un pequeño grupo de soldados, ingenieros facciosos. Todos y cada uno acaban por darse cuenta de la situación. Se hace que se duerme, se vigila; la noche resulta larga, y de mañana nadie se decide a tomar la iniciativa de levantarse. Pero alguien lo tiene que hacer, y son, más decididos, los tres milicianos, que se incorporan y se yerguen. ¿Va a sobrevenir el tumulto sangriento? No; todos imitan a los milicianos y se salen de la casa con premura y por distintas salidas. Ciertamente era una situación enojosa…
Un sacerdote nacionalista vasco, José María Arizmendiarrieta, cuenta:
El 24 de diciembre ambos bandos declararon una breve tregua y todos los combatientes se reunieron en las postrimerías del monte Kalamua, en tierra de nadie, entre las dos líneas de trincheras, para celebrar la Navidad. Comieron, bebieron y rieron, cantando y bailando con gran alegría. Muchos eran vecinos de valles cercanos. Unos eran gudaris y otros requetés, unos milicianos y otros militares. Unos charlaban en euskera y otros en castellano. Las filas rebeldes estaban repletas de campesinos euskaldunes de los valles guipuzcoanos y vizcaínos enrolados en las filas del requeté carlista. El 26 de diciembre decenas de estos jóvenes de un bando y de otro cayeron en una dura batalla de posiciones.13
En un pueblo de Guadalajara se juntaban con frecuencia soldados de ambos bandos para jugar a frontón y para bailar. La noticia se publicó en la prensa inglesa y francesa. Grandela nos muestra un telegrama en el que el jefe del Ejército del Norte (Dávila) escribe al jefe del Cuerpo de Ejército Marroquí (Yagüe) sobre la noticia aparecida en un periódico francés:
Le Journal del día 9, en telegrama de Perpignan, reproduce informaciones de la prensa inglesa respecto a confraternización de los combatientes de los dos campos en diversos frentes. […] Cita la misma noticia que en una aldea de Guadalajara, situada en un valle cuyos lados son ocupados, por una parte, por los Nacionales y por otra, por los rojos [quizás Abánades], los combatientes de los dos lados confraternizan del modo más absoluto, llegando a organizar entre sí partidos de pelota vasca, e incluso, bailando varias veces por semana. Me informará V.E. si en el frente que corresponde a su cuerpo de Ejército ha ocurrido alguno de los actos que se han hecho públicos en la Prensa y en todo caso ordenará V.E. a las Unidades subalternas que adopten las medidas prohibitivas para que ello suceda.14
Francisco de Armas, canario, capitán médico en Asturias, relata, a su vez, una partida de cartas:
Se han dado en ésta guerra casos que parecen fantasía andaluza. Son tan extraños, tan inverosímiles, que no los consignaríamos si no tuviéramos la seguridad de su certeza ya que quienes nos los relatan merecen todo género de garantías en seriedad y justeza. Sabíamos, y algo hemos dicho en otras crónicas, que los soldados de uno y otro bando se hablan desde las trincheras; que se cambian los periódicos saliendo para ello a terreno neutral los dos emisarios encargados de esta comisión; que se lanzan discursos, metralla espiritual, con propósito de convencerse unos a otros de la nobleza de la doctrina que defienden y que estos discursos son escuchados sin la menor interrupción. Pero el caso que vamos a relatar raya en lo realmente absurdo. Era una tarde tibia y clara; de esas en que el cuerpo desganado pide reposo y el espíritu, en consonancia con la materia, también anhela tranquilidad; la noche anterior había sido movida y en la mañana se cumplió con el noble deber de enterrar a los muertos. Desde el parapeto rojo sale una voz potente que dice: Muchachos, vamos a hacer un pacto; la tarde no está para pelear; ¿queréis que nos concedamos una tregua?
Aceptado; contesta uno de los nuestros; hoy no nos tiraremos; podremos pasear con tranquilidad por fuera de las trincheras. Bueno; replica el «rojo»; pues que salga una comisión hasta la mitad del terreno para sellar el acuerdo. Dos individuos salen de nuestra posición y van al encuentro de otros dos que ya han salido de la trinchera enemiga. Se juntan, se estrechan las manos y, después de un momento de silencio, uno pregunta: ¿Tenéis una baraja? La baraja sale del bolsillo de un «rojo» y los cuatro soldados se sientan en el suelo y se ponen a jugar a «la siete y media». A la caída de la tarde, cada pareja se encamina a su respectiva posición; y la tregua del día no será obstáculo para que por la noche se tiren como enemigos irreconciliables. […] Claro es que ya no existen por estos contornos «rojos» de «profesión»; los batallones que combatían por un «ideal», llamémoslo de alguna manera, han desaparecido en los primeros tiempos de la guerra y en el famoso «cinturón de hierro». Ahora, sólo quedan pobres muchachos imberbes llamados a filas adelantando las quintas y hombres maduros de reemplazos anteriores a quienes se obliga, bayoneta a la espalda y ametralladoras a retaguardia, a luchar por una causa que no solo no sienten sino que abominan por profesar tendencia opuesta a aquella que les fuerzan, a defender. Prueba de cuanto decimos es el constante chorreo de milicianos que diariamente se vierte sobre nuestro campo […] Para que se juzgue sobre la poca confianza que tienen los dirigentes marxistas en los hombres que ahora se hallan en sus trincheras, consignemos aquí que, hace unos días, relevaron de una de las posiciones a quinientos milicianos por haberles llegado el soplo de que, de un momento a otro se iban a pasar a nuestras filas.15
Ücretsiz ön izlemeyi tamamladınız.