Kitabı oku: «100 personas que han hecho único al Atleti»

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Fernando Castán durante el primer partido del Wanda Metropolitano, el 16 de septiembre del 2017

Fernando Castán Roncero, licenciado en Ciencias Políticas y en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid, es periodista y escritor. Eso sí, solo escribe libros de su equipo de fútbol, como los títulos 100 motivos para ser del Atleti o 100 goles que han hecho grande al Atleti (Lectio Ediciones).

Desde 1987 trabaja en la Agencia Efe, catorce años en el departamento de deportes y, actualmente, como responsable de la redacción del fin de semana. A pesar de ese horario, casi siempre se las apaña para ir al fútbol.

De familia rojiblanca, tiene la insignia de plata del club. Su abuelo materno, Luis, fue un asiduo al viejo Metropolitano y tuvo amistad con la familia Otamendi, constructores del antiguo recinto del barrio de Cuatro Caminos. Fernando, por su parte, lleva 28 años seguidos siendo socio y abonado atlético.

Cada uno piensa que su equipo de fútbol es el mejor, pero hay razones objetivas para afirmar que el Atlético de Madrid es un club único. Sus títulos y la forma de conseguirlos, sus finales (y, a veces, la manera de perderlas) y, sobre todo, su afición es lo que hace del Atleti un club excepcional.

Aquellos miles de locos que en 1974 se desplazaron a Bruselas para ver su primera final de la Copa de Europa, los que doblaron el número de socios cuando en el año 2000 bajó a Segunda y los jugadores, técnicos, entrenadores, presidentes y empleados, hicieron y hacen del Atleti la entidad futbolística más especial del mundo. Este libro está dedicado a todos ellos, aunque en sus páginas solo aparezcan cien.

• Colección Cien × 100 – 34 •

100 personas
que han hecho único
al Atleti

Fernando Castán


Primera edición: febrero de 2021

© del texto: Fernando Castán

© de esta edición:

9 Grupo Editorial

Lectio Ediciones

C/ Mallorca, 314, 1º 2ª B – 08037 Barcelona

Tel. 977 60 25 91 – 93 363 08 23

lectio@lectio.es

www.lectio.es

Diseño y composición: 3 x Tres

Producción del ePub: booqlab

ISBN: 978-84-16918-93-5

Ser del Atleti es el orgullo de perder una final con el Madrid

y después salir a la calle con la camiseta del Atleti.

PABLO BEDOYA, seguidor rojiblanco

Dedicado a los 3.000 valientes y un poco irresponsables que viajamos en marzo de 2020 a Liverpool a ver el partido de vuelta de los octavos en Anfield Road.

Sería imposible mencionar a todos los que me han ayudado porque saldría más de una persona por capítulo, pero sí quiero hacer una mención especial a Carmen García, Michael McCleary y Rubén Díez por su colaboración.

También está dedicado a todos los colchoneros que se nos fueron al «tercer anfiteatro» en 2020.

INTRODUCCIÓN

La primera vez que pensé en este libro fue en el andén de la estación de Cercanías de Pirámides. Hace ya años y, claro, camino de algún partido en el Calderón. Aquello estaba lleno de gente, caminando hacia el río con sus camisetas y sus bufandas rojas y blancas. Observándoles me pregunté cuántas ilusiones habría allí y, sobre todo, cuántas historias anónimas en la mayor parte de los casos relacionadas con el Atleti. Me dije que alguien las debería contar, que sería una pena que todas esas anécdotas, relatos, vidas, en definitiva, tan bonitas en relación con un sentimiento, se perdieran. Así que, después de escribir 100 motivos para ser del Atleti y 100 goles que han hecho grande al Atleti, me he dedicado durante unos cuantos meses de 2019 y 2020 a contarlas.

Evidentemente no creo que haya historias de aquellos que caminaban por esos andenes, pero sí las de un montón de atléticos muy peculiares y fieles que he conocido en más de cuatro décadas de militancia rojiblanca. Algunos de ellos, es curioso, no tenían ninguna relación con España antes de convertirse en fieles colchoneros, son extranjeros y su única vinculación con nuestro país eran unos meses estudiando en Madrid. Incluso los hay a los que no les gustaba el fútbol. El Atleti te engancha y no te suelta.

Muchos se han hecho del Atleti por casualidad, por una carambola, o han ampliado sus amigos de una forma rocambolesca; por ejemplo, dos estadounidenses se encuentran en la línea 5 del Metro yendo al estadio en una de sus últimas temporadas de vida (de vida del Calderón), vistiendo la camiseta rojiblanca, y comienza una amistad de años.

Cuando, ajeno a esta pasión, me pregunta alguien qué me ha dado el Atleti, siempre respondo que muchas cosas y, entre ellas, grandes amigos.

Y, junto a los seguidores, los jugadores, entrenadores, presidentes y, también, los empleados ejemplares y gentes relacionadas de una manera u otra con el club y que no pueden quedar en el olvido. Sobre estos últimos está claro que muchos de ellos han sido y son más atléticos que la mayoría de los que cada partido se enfunda la camiseta rojiblanca.

Contar historias de gentes peculiares es algo que me gusta. Siempre me ha gustado, desde niño cuando los lunes le relataba en el cole a mi primo Aníbal la peli que había visto el domingo por la tarde debidamente sazonada por mi propia imaginación; narraciones que yo exageraba. En este libro creo que no exagero.

Mi vida está llena de personas especiales y mi familia también. Así que yo, rojiblanco por la parte de mi madre, tenía el destino futbolístico escrito desde la cuna. Afortunadamente. Desde entonces me he cruzado con tantos «chalados» del Atleti que tampoco me quedaba más remedio que reflejarlos en estas páginas desde el punto de vista de otro «chalado».

Otra pretensión, humilde, es que algún jugador conozca al leer estas páginas la cantidad de gente y lo que esta puede llegar a hacer para seguir al Atleti, para apoyarle a él. Espero que les sirva para valorar el esfuerzo de todos aquellos que se sientan en las gradas o les acompañan por el mundo, y todo lo que el equipo ha generado a lo largo de más de un siglo de historia. Recordemos el increíble viaje de 3.000 colchoneros a Liverpool en marzo de 2020 al comienzo de la pandemia del coronavirus. A ellos están dedicadas estas páginas.

No he querido hacer un libro histórico de jugadores o de títulos o partidos. He primado más la identificación de los elegidos con los colores. Algunos de los seleccionados, cuando formaban parte de la plantilla, no sabían que las rayas rojiblancas les marcarían tanto y para siempre, y se dieron cuenta al retirarse o al irse a otro club. Afuera hace bastante frío.

También tengo que pedir disculpas porque hay muchísima gente que se merece con creces un capítulo, pero todos no caben. Es más, en este libro he alineado a bastantes más de 100 porque varios capítulos son compartidos y asimismo hay dos bises.

No se le escapará al lector que los capítulos 1 y 100 y sus respectivos protagonistas no han sido elegidos por azar. El libro comienza con Luis Aragonés y finaliza con Diego Pablo Simeone, las dos personas que creo que han sido las más importantes en la historia del club. Otros tienen un número relacionado con su vida deportiva, en la mayor parte de los casos su capítulo coincide con el número que portaron en su camiseta. Así, Fernando Torres es el 9; Enrique Collar, el 11, o José Eulogio Gárate, el 99 (llevaba el 9, pero no puede haber dos nueves; por lo tanto, dos veces este número para la leyenda vasca).

Es fácil entender que la numeración no se corresponde con la importancia de su «inquilino». Adelardo Rodríguez, por ejemplo, no tiene menos importancia que los cincuenta personajes que tiene delante. Está situado ahí porque su capítulo va hilado con los dos anteriores que no diré de quiénes son porque así empiezas a leer ya.

Pitido inicial. Pasen y lean; con todos ustedes, el Atleti y los atléticos, que son lo mismo.

01 / 100
LUIS ARAGONÉS, LA LEYENDA

«Forman ustedes un grupo, que yo se lo he dicho, si yo no estoy en la final con este equipo soy una mierda, he organizado una mierda, y ahora lo único que les pido es que jueguen, que se diviertan jugando. Un jugador que se precie, se lo dice uno que ha jugado muchos años, tiene que ir al campo y decir “voy a hacer el partido del siglo”.»

Estas frases son solo una parte de los consejos que Luis dio a los jugadores de la selección nacional a lo largo de la Eurocopa de 2008. Solo una parte, de unas imágenes que deberían ser obligatorias en colegios, universidades y empresas.

Cuando yo era niño, cuando veía su imagen en los cromos o en la tele, Luis Aragonés (Madrid, 28-7-1938) me infundía un gran respeto. Otros jugadores me provocaban otros sentimientos, pero él no. Tenía un halo diferente. Era como un maestro fuera del colegio, su presencia, aunque fuera en una foto y yo fuera un crío, imponía, y mucho.

Y uno de mis primeros recuerdos del Atleti cuando era un crío quizás sea su famoso gol en el estadio Heysel de Bruselas en la final de la Copa de Europa de 1974. No estoy seguro. Durante décadas no lo volví a ver, ni quise ni pude, y tuve una vaga idea del mismo hasta que ya en el siglo XXI reviví aquel partido en alguna tele. En cualquier caso, mis primeras imágenes son de aquella temporada y de un Aragonés ya sabio dentro y fuera del campo.

La historia moderna del Atlético de Madrid no se entiende sin Luis. La del fútbol español, tampoco.

Jugador rojiblanco desde 1964, tras pasar entre otros equipos por el Plus Ultra, conjunto vinculado al Real Madrid (sí, quién lo diría, el Madrid) y el Betis. Debutó en el viejo Metropolitano el 13 de septiembre de esa temporada pero su nombre pronto se vincularía para siempre al entonces nuevo estadio del Manzanares o Vicente Calderón, en cuyo césped lograría el primer gol de su historia en un partido contra el Valencia. Era la cuarta jornada de aquella temporada, un 2 de octubre de 1966. Y el 8 estrenaba el marcador del coliseo con un gol de cabeza; él, un especialista en marcar de falta. Paradojas de la vida y del club colchonero.

El Atleti inauguraba estadio y lo hacía como campeón de Liga, la primera de nuestro protagonista. A este título le sucederían en su palmarés las Ligas de 1969-70 y 1972-73, así como las Copas de 1964-65 y 1971-72 y el subcampeonato de la Copa de Europa de 1974, perdido en el último suspiro tras su tanto en la prórroga de falta directa. El alemán Hans-Georg Schwarzenbeck enjugó la ventaja obtenida por «el Sabio de Hortaleza» cuando los jugadores entrenados por Juan Carlos Lorenzo se preparaban para levantar el máximo título continental.

En aquellos años no había penaltis al término de la prórroga; otra fatalidad, pues alguna oportunidad habría tenido el Atleti de imponerse en la misma a pesar de que la potencia del Bayern de Múnich no invitara al optimismo. En cualquier caso, el gol alemán condujo a un partido de desempate en el que el Atleti fue vapuleado por un conjunto que sería la base de la selección alemana que ese mismo año se proclamó campeona del mundo.

Tiempo tendría Luis de resarcirse de aquella derrota, pues la temporada siguiente, la 1974-75, fue elegido entrenador por el presidente, Vicente Calderón. Otra paradoja en la historia del Atleti: su primer título internacional como técnico, la Copa Intercontinental (hoy Mundialito de Clubes y que en la década de los setenta jugaban los campeones de Europa y de la Libertadores) la ganaría sin haber sido campeón continental.

Comenzó Aragonés su carrera como entrenador, de forma igual o más brillante que la de jugador. Llevó su sabiduría, su espíritu competitivo y su ansia por la victoria a los banquillos para hacerse, tras la citada Intercontinental, con la Liga de 1976-77 y con las Copas de 1976, 1985 y 1992, además de la Supercopa de España de 1985.

Después de entrenar en diversas etapas al Atleti, Aragonés se sentó, entre otros, en los banquillos de Valencia, Barcelona, con el que se hizo con la Copa de 1988, Sevilla, Betis o Mallorca. Regresó en 2001 al Calderón para lograr el ascenso tras dos temporadas en Segunda.

La cima de su carrera como técnico llegó el 29 de junio de 2008 en el estadio Ernst Happel, de Viena, cuando España se proclamó por segunda vez en su historia campeona de Europa con un gol de Fernando Torres, uno de los jugadores que en el club había contribuido a moldear de forma decisiva. Luis, a pesar de la Eurocopa, no continuó en la federación. Un hecho inexplicable e inexplicado.

El 1 de febrero de 2014, Luis se llevó su sabiduría al «tercer anfiteatro».

02 / 100
MANUEL OPPENHEIMER, UN EJEMPLO DE LUCHA

Si Luis Aragonés es una leyenda y simboliza una parte de la historia rojiblanca, un niño argentino, Manuel Oppenheimer, representa el futuro. He querido que en este libro a un mito del club le suceda en el segundo capítulo un chaval nacido en la otra orilla del Atlántico en el año 2009, por lo que en 2018 tenía 9 años. El futuro y la gran proyección internacional que ha tenido la entidad en los últimos años han hecho que este chaval sea un fanático del Atleti.

Manuel Oppenheimer es un niño argentino al que una extraña enfermedad le dejó sin piernas y sin una mano al poco tiempo de nacer. En la otra, tiene dos dedos. «Oppe» —como figura en una de sus camisetas del Atleti, de las muchas que debe de tener— entró en contacto con Antoine Griezmann a través de un vídeo que le envió y al que el francés respondió mostrándole su admiración, ya que «solo» juega al fútbol, nada y practica el atletismo.

En noviembre de 2018, el chico viajó a Madrid para cumplir uno de los sueños de su vida: ver un partido del Atlético de Madrid y saludar a su ídolo, quien ya la noche anterior al partido disputado contra el Athletic de Bilbao se había desplazado al hotel de la «delegación» argentina para abrazar a Manu.

Si hay una historia que me ha emocionado en las últimas temporadas, esa es la que refleja el vídeo El sueño de Manu, cuando Oppenheimer presenció el 10 de noviembre el choque con el club vasco, un partido en el que se impusieron los locales por 3-2 con un increíble tanto de un Diego Godín cojo, bajo la lluvia y al final del encuentro.

Me gusta cómo habla y su acento: «es muy, pero que muy lindo», dice al acercarse en coche al estadio y verlo al fondo con la gran bandera, y añade: «encima con esa banderita del Atlético de Madrid», y la cara de asombro del chaval. Y me hace gracia la pasión que muestra al celebrar los tantos locales y, sobre todo, su naturalidad a la hora de mirar a la cámara y a la hora de ser saludado uno a uno por los jugadores y el cuerpo técnico del Atleti. ¡Qué desparpajo! No me imagino a mí mismo con esa tranquilidad en la puerta del vestuario rojiblanco cuando tenía la edad de «Oppe».

No creo que haya un buen atlético que no haya visto el documental. Pero por si acaso aquí dejo las palabras de despedida del niño argentino: «Les recomiendo mucho venir a este estadio y ser de este equipo, porque es muy lindo y te apasiona este equipo porque vos sentís los partidos en un estadio tan lindo como este y encima con tanto respeto por los jugadores [supongo que por los locales]. Es muy lindo ser de este equipo. ¡Aúpa Atleti!»

03 / 100
MICHAEL MCCLEARY, EL MÁS ATLÉTICO DEL MUNDO ES AMERICANO

El atlético más atlético del mundo no vive en Pirámides, ni en Carabanchel, ni en la avenida de Luis Aragonés, ni siquiera reside en España, aunque sí nació en ella.

Michael McCleary, mi amigo Miguel, es una de las personas más auténticas que conozco y entre otros motivos es tan auténtico porque es el atlético más atlético del mundo. De broma solemos poner en duda su condición de líder en una imaginaria clasificación de aficionados rojiblancos y más en los últimos años durante los cuales en nuestras vidas han aparecido nuevas personas capaces de competir con él. Pero este «americano loco», nacido en Madrid, en Fuencarral, el 8 de abril de 1957, es imbatible, no tiene rival.

En los años cincuenta, la familia McCleary vivía en la capital de España ya que el padre, John, era el coronel de las Fuerzas Aéreas de los EE. UU. en España y sus hijos iban al colegio de la base de Torrejón de Ardoz, en la que entonces los norteamericanos tenían uno de sus principales centros en Europa.

Miguel, a diferencia de otros niños de la base, además se decantó por un deporte tan poco americano como el fútbol y su equipo de Torrejón incluso disputaba una Liga con los combinados de otras bases de los Estados Unidos como la de Rota (Cádiz) o Zaragoza. Siempre ganaban, dice él, que jugaba de lateral izquierdo con el 3 en la espalda, número que aposta lleva este capítulo y que tenía la camiseta de algunos mitos de la historia rojiblanca, Isacio Calleja y José Luis Capón, entre otros.

El primer contacto de McCleary con el Atleti fue ya muy curioso, pues un compañero suyo celebró su cumpleaños nada más y nada menos que en el antiguo estadio Metropolitano. Pudiera ser que algún chaval del centro militar se enganchase al club colchonero debido a que creía que había una vinculación entre la entidad y su país por los colores. Piensen en el rojo y el blanco, las barras del escudo, las estrellas e, incluso, el tono del azul del pantalón.

Tras aquel encuentro y aquel cumple, Michael ya lo tuvo claro: sería del Atleti. Y lo sería para siempre y tanto que ya no encontró rival a la hora de hacer locuras por su equipo. Años después, mi amigo buscó en una hemeroteca la crónica del partido de su debut. Y la encontró: Atlético de Madrid, 4 – Pontevedra, 0. Fue un 6 de marzo de 1966. Tenía 9 años, los mismos que Manuel Oppenheimer (ver capítulo 2) cuando visitó Madrid.

Años más tarde, sería su hermano mayor, Brian, quien le llevaría al estadio Vicente Calderón. Y uno de sus mejores recuerdos, me ha explicado, es precisamente el momento en el que dejó atrás la glorieta de Pirámides y vio el coliseo del Manzanares de repente y en todo su esplendor, pues entonces no estaban los edificios que había entre el fondo sur y la plaza, y que quitaron la bonita vista cuando hasta no hace tanto se encaraba el paseo de Los Melancólicos.

Sus primeros años de «militancia» colchonera le dieron la pauta de lo que iba a ser su vida en rojo y blanco: alegrías y decepciones. La vida misma reflejada en un trozo de césped. Entre las primeras, la Copa de 1972 ganada al Valencia o la semifinal de 1974 frente al Celtic de Glasgow; entre las segundas, su primer derbi en el Bernabéu, perdido el día de Reyes de 1972. Ya empezaban «los Reyes» a hacernos «regalos».

Los estudios le llevaron a Boston en 1976. Sin embargo, su progresión en esa imaginaria clasificación de atléticos hasta la muerte era ya imparable hasta conseguir la primera posición, y en su país siguió como pudo la actualidad rojiblanca. En mayo de 1977 solicitó a sus profesores que le adelantaran los exámenes por «un acontecimiento familiar». No mintió porque se trataba de su familia rojiblanca que se disponía a celebrar su octava Liga, y el partido decisivo era en el Santiago Bernabéu. Mereció la pena.

Desde Estados Unidos, siempre al tanto de lo que le ocurría al club. A veces de manera increíble: dejaba un casete grabando los partidos a través de Radio Exterior de España cuando se iba a trabajar y era sábado o domingo y jugaba su Atleti. El problema era que no tenía a nadie en casa que le diera la vuelta a la cinta, de tal forma que a su regreso solo podía escuchar una parte de la narración del encuentro y esperar a que el lunes llegara la prensa española. Ahora parece increíble, pero era así. Ni Internet, ni plataformas de televisión ni nada que se le parezca. Un día o dos de incertidumbre.

Miguel se ha superado en los últimos años. No solo viaja un par de veces al año a España a ver al Atleti, sino que gasta sus vacaciones en hacerlo. Con motivo de la final de la Liga Europa de 2018 viajó desde Washington a Lyon, y ni que decir tiene que estuvo en la despedida del Calderón y en la inauguración del nuevo Metropolitano. Ese día portaba una cartulina en la que relataba que había hecho un «triplete» de estadios: los dos Metropolitano y el Manzanares.

Alguna compañera de trabajo me ha comentado alguna vez después de hablarle del «americano loco» que debería escribir un libro solo dedicado a él. Me lo pensaré. Se lo merece, desde luego. Miguel tiene una historia asombrosa y coincido con amigos que tenemos en común que lo más increíble es que una vez que dejó España siguiera contra viento y marea fiel al equipo, incluso más que si se encontrara en Madrid.

Aparte de una colección única de objetos relacionados con el Atleti —butacas, trozos del Calderón, una almohadilla de los 70—, el culmen de su pasión llegó en forma de matrícula, pues su Jeep Cherokee porta por las calles de Washington una placa en la que se puede leer «ATLETI». Así que si usted camina cerca de la Casa Blanca y ve esta placa con esa palabra, no piense que lo está soñando, no. Se trata del coche de McCleary.

No acaba ahí, Miguel ya tiene un sitio reservado para cuando parta hacia el «tercer anfiteatro». En su tumba, en el corazón de la capital de los Estados Unidos, hay un epitafio que exclama: «¡Aúpa Atleti!»

PD: Miguel es una de las mejores personas que conozco.

04 / 100
GABI, UNO DE LOS NUESTROS

Este libro es un libro escrito desde el punto de vista de un aficionado loco del Atleti. De uno que la mayoría de las veces reconoce a sus semejantes a primera vista. Mentalmente clasifico en diferentes categorías a los seguidores rojiblancos, y podría hacerlo con los de los otros equipos en función de su implicación con el club.

En el hasta hace poco nuestro capitán, Gabriel Fernández (Madrid, 10-7-1983), reconozco, como diría un italiano, a «uno di noi» (uno de los nuestros). Y lo hago por muchos motivos, pero uno de ellos es el reconocimiento que hizo de que el momento más emotivo de su carrera como jugador del Atlético de Madrid había sido la vuelta de la semifinal de la Liga de Campeones de 2017 frente al Real Madrid al que ganamos (2-1), pero ante el que caímos eliminados. El capitán ha señalado que, aquella triste noche, la afición le dio una lección aguantando hasta el final del encuentro en una noche infernal. El último partido internacional en el Vicente Calderón, en el que para despedir al Atleti se abrieron los cielos y nos cayó encima una de las mayores trombas de agua que el viejo coliseo de la ribera del río Manzanares recordara. Adiós, Calderón adiós. ¡Y qué adiós! Varios amigos atléticos piensan asimismo que aquel fue el momento más memorable de su vida futbolística. Igual que Gabi.

Evidentemente, los méritos de Fernández para estar en el cuadro de honor de los jugadores rojiblancos no empezaron aquella noche del 10 de mayo de 2017. Canterano, un año mayor que Fernando Torres, llegaría al primer equipo más tarde que el número 9 y dejó el club en el mismo momento, en el verano de 2018, tras ganar la Liga Europa en Lyon (3-0) al Olympique de Marsella con un tanto del capitán, el tercero ya al filo del final del encuentro. También llovió aquella gran noche de Lyon.

Gabriel debutó en el Atleti en la temporada 2003-04, el 7 de febrero en Mestalla, y fue cedido la siguiente al Getafe, donde tuvo de técnico a Quique Sánchez Flores. De regreso al Vicente Calderón, estuvo dos temporadas más y en la 2007-08 firmó un contrato con el Real Zaragoza, club en el que permaneció y del que fue líder a lo largo de cuatro temporadas.

Regresó en 2011 con el entrenador de su debut, Gregorio Manzano, de nuevo en el banquillo colchonero para firmar uno de los periodos más destacados de la historia con siete títulos en siete años si le incluimos en la Supercopa de 2018. La Liga de 2014, la Copa del Rey de 2013, de la que será imposible olvidar su imagen con la bandera del Atleti en el centro del Santiago Bernabéu; dos Ligas de Europa, en 2012 y 2018; una Supercopa de Europa, en 2012, y una Supercopa de España, en 2014. Todos ellos con Diego Pablo Simeone al frente de la plantilla.

Desde luego que la Supercopa continental ganada al Madrid en Tallin también es bastante suya, aunque acababa de dejar la disciplina rojiblanca. Y como se la merece y el libro lo escribo yo, pues hago esa trampilla.

Resulta incomprensible que Gabi no fuera convocado para disputar el Mundial de 2014 en Brasil tras el temporadón que hizo aquel curso y la extraordinaria final de Lisboa, donde parecía que hubiera cinco jugadores del Atleti con el 14 sobre el césped del estadio Da Luz. Y más increíble que no debutara a lo largo de su carrera con la selección nacional.

El protagonista de este capítulo se despidió del club de su vida el verano de 2018 para jugar en el Al-Sadd de la Liga de Qatar y recibió un homenaje de la afición y de la entidad el 22 de diciembre de 2018 después del encuentro con el Espanyol bajo una pancarta que decía «Capitán y referencia».

A pesar de sus títulos, de su palmarés, de las banderas en el Bernabéu, de los abrazos y homenajes, cuando se le pregunta por «su momento atlético», contesta que fue aquella noche de tormenta en el Calderón. Aquella en la que aprendió qué es de verdad ser «uno de los nuestros». Una noche en la que no pudo ser una casualidad que el cielo se abriera sobre nuestras cabezas.

05 / 100
MILINKO PANTIC, SANTO Y SEÑA DEL DOBLETE

Milinko Pantic, uno de los símbolos del doblete de la temporada 1995-96. Para los que piensan que el doblete es un bar que había en el fondo sur del Vicente Calderón o que debido a su edad no lo saben, con esta palabra se denomina la consecución de la Liga y la Copa del Rey por primera vez en los entonces 93 años de vida que tenía el club.

«Sole» Pantic, que metía goles a balón parado y nos salvó la cabeza de cabeza en una tarde de abril de 1996 en el estadio de La Romareda, en Zaragoza, en una prórroga agónica, ante el Dream Team de Johan Cruyff y de Pep Guardiola. Con la testa y a pase de Geli. El hombre de la derecha precisa metió el gol de su vida de cabeza. Paradojas colchoneras. Otra más.

El centrocampista, nacido el 5 de septiembre de 1966 en la ciudad serbia de Loznica, llegó en la pretemporada del verano de 1995 de la mano de otro serbio, Radomic Antic (ver capítulo 30), también vinculado como jugador y técnico a uno de los grandes clubes del fútbol balcánico, el Partizán de Belgrado.

Procedente del Panionios griego, el nombre del nuevo 10 rojiblanco no decía nada a la afición española e, incluso, él mismo ha reconocido que hubo gente que pensó que se trataba de un familiar que su paisano y entrenador había «colocado» en la plantilla. No vivía el club sus mejores momentos deportivos y la afición no salió precisamente a la calle a vitorear a aquel centrocampista del que apenas tenía referencia.

Los años anteriores, el Atleti había estado más cerca del descenso que de lograr una plaza en las competiciones continentales: en la temporada 1993-94 se había clasificado duodécimo y en la 1994-95, decimocuarto. En aquellos años en los que los jugadores y los técnicos entraban y salían sin pena ni gloria y con tres temporadas ya desde el último título, la Copa del Rey de 1992, nadie podía imaginar lo que estaba a punto de suceder.

Y en ello tuvo un papel determinante Pantic.

El centrocampista de Loznica, acompañado por la gran calidad de los Caminero, Simeone, Kiko y Vizcaíno, entre otros, fue uno de los ejes del centro del campo en la medular rojiblanca, uno de los que tomaban las decisiones y que con su extraordinaria pierna derecha servía saques de esquina y faltas a diestro y siniestro. De esos que ven las cosas antes que los demás y que es la mejor ayuda de un entrenador, en este caso de Antic, gran aficionado al ajedrez. Algo tendrían que ver su táctica y estrategia a la hora de sacar un gran partido a cada peón, caballo o alfil de una plantilla corta. El equipo logró aquel curso del doblete casi la mitad de sus goles en jugadas a balón parado.

La temporada siguiente, la escuadra regresó a la máxima competición europea con toda la ilusión del mundo después de haber conseguido un hito en su historia. La base del conjunto de la campaña 1995-96 permaneció en el club bajo la dirección del serbio e hizo soñar a los aficionados con la consecución de la Copa de Europa. Sin embargo, tras una gran fase de grupos, el club de la ribera del Manzanares caería en una noche aciaga frente al Ajax en la prórroga y tras fallar Juan Eduardo Esnáider un penalti en la vuelta en el Calderón que nos dejó fuera en cuartos de final. Yo creo que aquel día empezó un declive que nos condujo a Segunda en 2000.

Uno de los mejores recuerdos que quedan de aquella competición continental tiene también como protagonista a Pantic, quien en Dortmund marcó otro tanto histórico. En este caso no por ser decisivo como el de La Romareda, sino por la belleza del mismo. Fue en la cuarta jornada de la fase de grupo cuando el Atleti visitó Alemania. En una falta que le habían hecho a Toni Muñoz en la banda izquierda, y a dos metros del área del Borussia, Milinko colocó la bola al segundo palo de forma magistral para culminar la remontada iniciada minutos antes por Roberto Fresnedoso y finalizar con una victoria ante el campeón alemán y a la postre campeón europeo en 1996. Siempre quedará el consuelo de habernos impuesto en su campo al vencedor de la competición.

Pantic, una persona orgullosa y que habla seis idiomas, dejó el club en 1998 y se hizo cargo del filial en 2011. Su calidad y, sobre todo, su humildad y compromiso son recordados en cada partido, antes en el Calderón y ahora en el Metropolitano, con un ramo de claveles que deja Margarita Luengo (ver capítulo 42) junto a un córner del fondo sur. Y pobre del que lo toque.

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VICENTE CALDERÓN NO FUE SOLO UN ESTADIO

Vicente Calderón es uno de los presidentes que han marcado la historia del club. Un hombre que modernizó la entidad, la llevó a sus máximas cotas deportivas y terminó las obras del estadio que durante 51 años fue la casa del equipo y llevó su nombre, si bien en sus primeros años el recinto se denominó del Manzanares.

Don Vicente estuvo al frente del club en dos ocasiones y en las dos se hizo cargo del Atleti en una situación precaria. Cual «señor Lobo» —que resuelve todo tipo de problemas—, Calderón tuvo que dirigir la entidad en dos momentos muy complicados.

Su primera etapa le llevó a vivir parte de sus mejores años, la que empezó en 1964 y finalizó en 1980, y en la que se enfrentó a numerosos problemas para terminar la construcción del Manzanares que sustituiría al antiguo Stadium del Metropolitano, un recinto que se encontraba entre el final de la avenida de la Reina Victoria y la zona de los colegios mayores de la Universidad Complutense.

Calderón solventó problemas administrativos y económicos para que el Atleti se mudara de estadio; entre otros, tuvo que pelear para que una parte de las tribunas ya levantada no tuviera que ser derribada debido a un contencioso por unos problemas de canalización y cimentación.

En esos 26 años, el Atleti dio un salto de calidad que explica parte de lo que es ahora. No solo por los títulos, sino porque Calderón fue un presidente que, sin duda, se adelantó a su tiempo y vio como nadie la profesionalización en todos los aspectos que estaba a punto de llegar a este deporte. Finalizó y respaldó un estadio con todas las localidades de asiento, instauró una gestión empresarial, se fijó en el mercado de jugadores de América, fomentó los viajes masivos de socios a partidos importantes fuera de Madrid y, en fin, hizo más grandes a los colchoneros.

En esa etapa se pasó de 14.000 a más de 50.000 socios y, sobre todo, se clasificó por primera vez en su historia para una final de la Copa de Europa y ganó la Copa Intercontinental de 1975, su mayor logro internacional; las Ligas de 1965-66, 1969-70, 1972-73 y 1976-77; cuatro Copas, la de 1965, 1972 y 1976, y en su vuelta a la presidencia tras la etapa de Alfonso Cabeza sumó la de 1985, y la Supercopa de España de 1985. Por lo tanto, es el presidente del Atleti con más títulos.

Dirigentes como don Vicente apenas quedan en el fútbol español, señores que marcaron una época y que supieron como nadie, nada más y nada menos que hace medio siglo, anticiparse a las nuevas formas de ocio y de deporte que hoy conocemos.

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«EL MONO» BURGOS, «UN PERSEGUIDOR DE SUEÑOS»

Germán «el Mono» Burgos (Mar del Plata, Argentina, 16-4-1969) sí que es un tipo único, tan único como el equipo cuya portería guardó durante años y en cuyo banquillo se ha sentado durante casi ocho temporadas. ¿Alguien conoce a una persona tan peculiar ligada a un club de fútbol?

Casi con toda seguridad, Germán no podía imaginar que con el paso de los años se convertiría en uno de los símbolos del club al que llegó en verano de 2001 de la mano de Luis Aragonés, quien le había tenido bajo sus órdenes en el Mallorca. Burgos aterrizó en el Vicente Calderón con el equipo dispuesto a encarar su segunda temporada en Segunda División, en la que finalmente logró el ascenso después de dos años penando en el «infierno» y en cuya plantilla fue entonces clave.

Si bien dejó su sello en la portería rojiblanca durante tres temporadas, en las que alternó partidos sobresalientes con otros menos buenos, su lugar en el universo rojiblanco y el corazón de los aficionados lo encontró en su etapa de segundo entrenador del Cholo Simeone.

«El Mono» ha hecho de todo. Bueno, supongo que de casi todo. Detener a Luís Figo un penalti con la nariz, cantar en el grupo de rock GARB —que responde a su nombre completo, Germán Adrián Ramón Burgos—, protagonizar el anuncio más divertido de la historia del club saliendo de una alcantarilla, enfrentarse a José Mourinho en el Bernabéu o encararse con el técnico del Bayer Leverkusen Roger Schmidt, sobrevivir a un cáncer, parar un balón con la cabeza, con un pie, con un codo… Un crack.

Sin embargo, si me tengo que quedar con una imagen suya, elijo una de la final de la Copa del Rey de 2013, el 17 de mayo, en el Santiago Bernabéu. Sí, aquella del gol de João Miranda en la prórroga. Germán se situó en el centro del campo, incluso ajeno al corrillo de su propio equipo, mirando desafiante al equipo contrario, con una carpeta verde en sus manos y mascando un chicle. ¡Qué pasaría por su cabeza en esos momentos! Quizás pensó que el central brasileño debía cabecear como lo hizo y donde lo hizo para marcar el segundo tanto. A lo mejor fue idea suya. Nunca lo sabremos, pero ganamos. Y es que su referente y su portero favorito es otro «loco», el legendario arquero argentino «el Loco» Gatti.

El 3 de junio de 2020, Germán anunció emocionado que dejaba el Atleti, que emprendía su camino solo. Algo lógico. Entonces recordó y destacó algunos de los momentos vividos desde diciembre de 2011 junto a su amigo Simeone y dos de los abrazos que se había dado con Diego Pablo a lo largo de esas temporadas: el primero, el de la Liga de 2014 en Barcelona y, el segundo, el del 11 de marzo de 2020 en Liverpool. El tercero, el que está por llegar, será cuando ganemos la Liga de Campeones. «Nos debemos el tercero.»

«Esto es un hasta luego, no es un adiós. El futuro y el fútbol dirán si nos volveremos a ver. No claudiquen, sigan luchando, persigan sus sueños, peleen en la vida.»

¿Se imaginan a Germán con la camiseta de portero del equipo blanco o del blaugrana?

Imposible.

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MIGUEL MARTÍNEZ FEBRER EN EL RECUERDO

A una buena parte de los atléticos este nombre no les dirá mucho, incluso nada.

La historia del Atleti está llena de alegrías y de tragedias.

No quería avanzar mucho más en este libro sin traer a sus páginas a una de las personas cuyo drama marcó una buena parte de la década de los sesenta y el comienzo de la siguiente: Miguel Martínez Febrer, «el Panocha».

Nacido el 17 de abril de 1938, en Barcelona, Martínez acababa de llegar al Atleti procedente del Betis fichado junto a Colo, Matito y Luis Aragonés. Un defensa o medio al que sus compañeros de entonces definen como «un valiente, alto y muy fuerte», un jugador de calidad que, según Aragonés, habría sido con seguridad internacional.

«El Panocha», como era conocido por ser pelirrojo, había llegado a la capital de España en abril de 1964 y pronto se embarcaría con el resto de la plantilla en una larga gira por Suramérica. A los colchoneros les esperaban partidos por Argentina, Uruguay, Paraguay, Bolivia, Perú, Ecuador y Venezuela. Imagínense qué viajes, qué aventuras… Visitas en las que los jugadores eran recibidos a lo grande pero no en el sentido que lo hacen ahora. Eran casi viajes de Estado. En el que la plantilla tenía una agenda más humana y próxima al país que visitaba. Comía con la colonia española del lugar, tenía un contacto con los aficionados que ahora sería imposible y rendía homenaje a los héroes locales. Lo dicho, como si fueran los Reyes.

Pero volvamos a Martínez. Fue en el Hotel Columbia Palace de Montevideo, la noche del 13 de julio, cuando Miguel, que compartía habitación con Colo, se sintió indispuesto y sufrió un ataque de mesoencefalitis que le llevó a perder la conciencia y caer en un coma cerebral del que ya no despertaría. En España se hallaban su mujer, María José Márquez, y su hijo recién nacido.

Tras ser hospitalizado en la capital de Uruguay, el Atlético organizó su repatriación a Madrid, donde el 2 de agosto quedó ingresado en la Clínica de la Concepción, muy cerca del lugar en el que se encontraba el antiguo Metropolitano. En la habitación 466 pasó Miguel, «dormido», el resto de sus días, junto a su esposa y a su hijo.

El 14 de julio de 1967, el jugador recibió la Medalla al Mérito Deportivo impuesta por el delegado nacional de Deportes, Juan Antonio Samaranch, acompañado del entonces presidente del club, Vicente Calderón, y de la mujer de Martínez. Asimismo se organizó un partido benéfico entre una selección de jugadores que vistió los colores del primer equipo del «Panocha», el Granollers, y el Atleti. El encuentro se retransmitió en directo por TVE —o era a través de esta o no era— y se organizó una fila cero, una de las primeras veces que se puso en marcha esta entrada solidaria teniendo un éxito increíble porque, entre otras cosas, el caso de Miguel Martínez era muy popular. «Panochita», que era el nombre por el que los jugadores colchoneros conocían al niño del jugador, recibió el carné de socio número 50.000.

Creo que perdimos, pero entre la venta de localidades y la fila cero se superaron los cuatro millones de pesetas. Todo un dinero. Ganamos.

Miguel se marchó definitivamente al «tercer anfiteatro» en la madrugada del 28 de septiembre de 1972.

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«EL NIÑO» TORRES

«El Niño» Torres (Madrid, 20-3-1984), un chaval que a finales de la temporada 2000-01 nos hizo soñar con el ascenso que todavía tardaría un año en producirse, la imagen del club en aquellos tristes años, la referencia que tenían entonces miles de chicos colchoneros en el patio del colegio o en el parque, el orgullo de una grada huérfana de ídolos durante varios cursos. Más tarde, más orgullo: «el Niño» y Luis nos hicieron campeones de Europa, de la mano, junto a una gran generación de jugadores españoles cambiaron la historia del fútbol español. ¡Qué golazo aquel de la final de Viena en 2008!

Las dos personas imprescindibles en aquel título, dos leyendas rojiblancas.

Cómo no acordarse de los consejos previos a la final de Luis a Fernando y al resto de la selección que quedan recogidos al comienzo de este libro…

Aunque en 2007 se marchara a Inglaterra, Fernando siempre ha sido un atlético más. Todavía no me explico que no le llamaran la atención o le sancionaran en el Liverpool cuando se paseó por las calles de Madrid con la bandera del Atleti tras ganar el Mundial de 2010 en Suráfrica. O igual sí lo hicieron. Pocas veces se habrá visto eso.

Colchonero por su familia, en concreto por su abuelo materno, Eulalio, del que aprendió a sentir el orgullo de las rayas rojas y blancas en el pecho, a ser distinto entre los demás y a no animar a un equipo solo por sus victorias. «Me dio el mejor regalo que se le puede dar a un nieto, que es hacerle del Atleti», señaló el día de su despedida.

Torres cubrió todas las etapas del buen canterano: desde infantil al primer equipo, en el que debutó al final de la primera temporada en el «infierno»; sí, aquel en el que solo íbamos a estar un añito y estuvimos dos. Cosas de la vida y, por lo tanto, del fútbol. Fernando, que ya había ganado una Eurocopa sub-16 con la selección nacional, saltó al césped del coliseo del río Manzanares en un encuentro contra el Leganés el 27 de mayo de 2001, en un momento en que el equipo entrenado por Carlos Cantarero trataba de coger el último tren para volver a Primera. Y marcó su primer tanto en Albacete en la jornada siguiente para hacer creer a la afición que el ascenso era posible. No lo fue. Cosas del Atleti.

Aquel verano se cruzó en su camino una persona que, a la postre, sería crucial en su carrera: Luis Aragonés, al que unió su nombre para siempre, que le dosificó, con el que ascendería en 2002 y que le haría debutar en Primera ya en la Liga 2002-03. Sin embargo, la vuelta a la máxima categoría del fútbol español no fue un camino de rosas para el club y durante varias temporadas el juego y la clasificación del equipo no pasaron de discretos, por decir algo.

Hacía frío aquellos años a la orilla del Manzanares. Una temporada tras otra sin un mísero título, con las ilusiones muy justas. Fue en 2007, tras una derrota contra el Barça en casa por 0-6 y de que se escapara una plaza europea al final de la Liga, cuando al parecer decidió hacer las maletas. Liverpool era el lugar y allí se hizo un nombre entre los grandes del fútbol internacional. En 2008, campeón de Europa con España; en 2010, campeón del mundo y en la 2011-12, tras ser traspasado al Chelsea en el mercado de invierno de la 2010-11 en la operación más cara entre dos clubes de la Premier, la conquista de la Copa de Europa con el club londinense en Múnich frente al Bayern. La temporada la redondearía con la Eurocopa de Ucrania y Polonia en 2012.

Fernando vivía entonces los mejores años de su carrera.

Es gracioso o irritante, según se mire, cómo se ha puesto en duda la calidad de Torres. Críticas que se agudizaron cuando tras unos meses en el Milan regresó al Atleti en las Navidades de 2014 y llenó el Calderón en su presentación. Algo increíble: más de 45.000 personas en enero llenaron un estadio para dar la bienvenida a alguien. Algo único. Que si esto que si lo otro. Que si le falta un gran título con el Atleti. Fernando es uno de los jugadores españoles que tiene mejor palmarés en la historia del fútbol.

Y todavía le quedaba disputar otra final de la Liga de Campeones, la de Milán en mayo de 2016. Y todavía le quedaba estrenar y completar su palmarés vestido de rojo y blanco. Lo hizo el 16 de mayo de 2018 en su último encuentro internacional con el Atleti, en el que el club sumó su segunda Liga Europa, en Lyon, frente al Olympique de Marsella (3-0).

En Neptuno, dos días después, Torres recordó emocionado y ante miles de colchoneros cuando de niño fue a esa plaza a celebrar el doblete de 1996 y las «muchas cosas» que había ganado, y dijo: «Sin duda esta es la mejor, sin duda. Para todos los niños que tengan sueños, nada es imposible y, si eres del Atleti, menos. ¡Forza Atleti!»

PD: Rubén Díez (ver capítulo 81), un gran amigo y gran atlético, me ha hecho una apreciación sobre los años en los que Torres estuvo fuera del Atleti, de la que quiero dejar constancia: «En realidad todos nos fuimos con él para acompañarle. Pasamos a hacernos seguidores de los equipos para los que él jugó, en especial del Liverpool. Sus éxitos también lo fueron nuestros y sus fracasos, que fueron escasos, también. Porque si hay algo que diferencia al aficionado atlético es el estar con los suyos, más aún si cabe en las derrotas. Cada vez que Fernando cosechaba algún éxito con su club o con la Nacional, al día siguiente sacábamos pecho allá por donde fuésemos como lo hacen esos padres orgullosos de los éxitos que obtienen sus hijos. Verle celebrar un título ajeno portando la bandera del Atleti siempre nos provocó un sentimiento indescriptible, profundamente desgarrador y que a la vez nos enmudeció el corazón. Seguramente, Fernando disputó sus mejores minutos como futbolista lejos de la ribera del Manzanares, pero eso nunca importó. Fernando forma ya parte de ese Olimpo de leyendas rojiblancas, en un lugar privilegiado a la derecha de Don Luis, uno de sus “padres” futbolísticos y un mito para todos nosotros.»

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PABLO BEDOYA: «CADA LUNES YO IBA AL COLEGIO CON LA CAMISETA DEL ATLETI»

«El viaje a Londres (para la ida de la semifinal de la Liga Europa de 2018 frente al Arsenal) fue muy importante para mí porque me lo hice yo solo, me hice una hora y media en tren desde donde yo vivía en Alemania (Münster) hasta Dortmund, allí estuve esperando cinco horas para cogerme un bus que tardaba doce horas a la ida (tardó casi 24 horas en total) y luego estaba dispuesto a hacer lo mismo a la vuelta, pero me encontré con Carmen y Henrick (dos aficionados atléticos de Colonia, Alemania, que también fueron a Londres y que aparecen en el capítulo 26 de este libro) a la salida del estadio, y me llevaron ellos en su furgoneta. Fue un viaje de locura que hice solo, había veces que no tenía ni batería en el móvil ni un sitio para dormir. No sabía ni volver a la estación de autobuses y tenía que dormir allí. Supuso algo muy importante para mí tal y como se dio el partido. Estuve animando sin parar, con todas mis fuerzas, a más no poder, hasta que la voz no me salía por mucho que intentase seguir gritando. Venían los de seguridad de vez en cuando a pedirme tranquilidad. En el minuto 9, nos expulsaron a Vrsaljko y todo el partido que nos salvamos; que podíamos haber quedado 4-0 y cuando metió el gol Griezmann, me puse hasta a llorar.»

Este relato, que podría parecer más o menos normal para cualquier buen aficionado, cobra su verdadera dimensión si tenemos en cuenta que Pablo va en una silla de ruedas.

«Para mí es difícil explicar qué es ser del Atleti. Tú lo sientes o no lo sientes. Yo lo relaciono mucho con mi situación personal, con el tema de la silla de ruedas. Yo nací con una parálisis cerebral y desde pequeño he utilizado muchos aparatos en las piernas para poder andar lo poquito que podía, la silla de ruedas, operaciones, hospital. Para mí el Atleti es derrochar coraje y corazón, es que las cosas no son fáciles como sería ser del Madrid o del Barça. Que al final estás acostumbrado siempre a ganar, siempre a estar arriba y siempre a ser mejor que los demás. Pero el Atleti no es eso, es que las cosas no son fáciles, que nadie te va a dar nada hecho, que con fuerza de voluntad puedes llegar a donde te propongas y que hay veces que hay cosas que llegan más lejos que los millones. Hay más cosas: el orgullo de perder una final con el Madrid y salir a la calle con la camiseta. Yo hasta la final de la Copa del Rey (de 2013) no vi al Atleti ganar al Madrid y tenía 14 años. Esos 14 años, cada lunes yo iba al colegio con la camiseta del Atleti más orgulloso que nadie, cuando era el único de toda la clase y de los tres del colegio que eran del Atleti. Es sentirte orgulloso de lo que eres. Yo siempre lo comparo con un padre y sus hijos, yo quiero que el Atleti triunfe y gane siempre. Mis padres siempre quieren que saque sobresalientes, pero no me van a querer menos si no los saco. Me van a querer incluso más en la adversidad. Lo único que molesta es si los jugadores no se esfuerzan, si veo que no llevan la camiseta con orgullo, con coraje y con corazón, y eso también molestaría a los padres si no te esfuerzas.»

Así me explica Pablo qué es ser colchonero para él y también me cuenta que tras una de las operaciones a las que se ha sometido se despertó de la anestesia cantando nuestras canciones del Atleti. «Yo te quiero Atleti, lo lololo…»

PD: Bedoya es el aficionado que esperaba a Godín tras un entrenamiento después de que este anunciara el 7 de mayo de 2019 que dejaba el club. Diego cuando le vio detuvo su coche para abrazarle y darle las gracias.

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ENRIQUE COLLAR, EL PRIMER «NIÑO»

Antes que Fernando Torres jugó en el Atleti otro «niño», «el Niño Enriquito», es decir don Enrique Collar Monterrubio (San Juan de Aznalfarache, Sevilla, 2-11-1934), uno de los mejores zurdos que ha vestido la camiseta rojiblanca en la historia de este club centenario.

«El joven extremo izquierdo Collar explica sin ninguna vacilación ni un fallo cómo hay que darle a la pelota para que le hagan a uno internacional. Veamos: se recibe la pelota del extremo derecha, se regatea al defensa por un lado, ahora por otro, chuta y ya está. ¡Gol!» Así narraba Matías Prats (padre, claro) un tanto del protagonista de este capítulo en la temporada 1955-56 en el Santiago Bernabéu, en el que el delantero colchonero volvía loca a la defensa blanca. Así de simple debía ser el fútbol en aquellos tiempos. Así de bonito.

Collar fue un delantero de gran personalidad dentro y fuera del terreno de juego, y tuvo una de las carreras más longevas en el Atlético de Madrid, cuya plantilla integró desde la temporada 1953-54 hasta la 1968-69. Dieciséis cursos en los que, nada más y nada menos, disputó 339 encuentros de Liga, 80 de Copa y 51 partidos internacionales, además de ser 16 veces internacional (las cifras de encuentros y goles cambian según las fuentes en cuanto al número total debido, supongo, a los partidos amistosos). Marcó 71 goles en la Liga, 22 en la Copa, 12 en encuentros internacionales con la camiseta del Atleti y 5 con la de la selección nacional.

De regate fácil y veloz, Enrique fue una de las estrellas de los últimos años en los que el equipo disputó sus encuentros en el Stadium del Metropolitano y de los primeros tras la mudanza al Vicente Calderón, denominado en aquellos años estadio del Manzanares.

Collar formó junto con Joaquín Peiró, «el Galgo del Metropolitano», una pareja mítica en la banda izquierda del ataque rojiblanco que fue llamada el Ala Infernal —nombre en el que tuvieron que ver las alas del antiguo escudo de la entidad cuando el Atlético se fusionó en 1939 con el Aviación Nacional dando paso al Atlético Aviación— y que fue decisiva en la conquista de las dos primeras Copas, la de 1960 y la de 1961, ambas ante el Real Madrid, y de la Recopa de 1962 ante la Fiorentina, el primer título continental del club. Precisamente, el rival italiano de esa final hizo que el fútbol transalpino se fijara en los jugadores rojiblancos y el Torino fichó a Peiró poniendo fin a la pareja del «Niño» y «el Galgo». Su éxito supuso de alguna forma su fin.

Cabe destacar que la forma de conseguir ese primer trofeo europeo no deja de ser un tanto rocambolesca, algo que ha marcado el devenir del club desde su fundación en 1903, ya que hubo que jugar dos partidos tras empatar el primero y que, debido a la celebración del Mundial de Chile 62, el segundo de los choques debió aplazarse hasta después del verano. Una final que «duró» cuatro meses. La Fiorentina y el Atleti empataron a uno en Glasgow, un resultado que le llevó tras el verano a Stuttgart, donde entonces sí batió a la escuadra viola.

Un año más tarde, al comienzo de la temporada de 1963-64, Enrique, entre otros jugadores, se enfrentó a la directiva debido a que una cláusula de su contrato exigía que se le pagase la misma cantidad que al mejor remunerado del equipo, Ramiro. Finalmente, según cuenta Bernardo de Salazar en su obra Cien años del Atlético de Madrid, editada por As, el club y el delantero llegaron a un acuerdo en noviembre después de un inicio de Liga lamentable en el que el cuadro colchonero llegó a ser colista.

Enrique ha sido uno de los capitanes más longevos de la entidad y llevó el brazalete en dos encuentros históricos: la final continental ante la Fiorentina y el partido inaugural del Manzanares. Y es, tras Adelardo, Aguilera y Koke, el cuarto jugador que más ha vestido la camiseta del Atleti. Y eso teniendo en cuenta que en su época se disputaban muchos menos partidos que ahora.

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AMANDA SAMPEDRO, HASTA EL INFINITO Y MÁS ALLÁ

La capitana del Atlético de Madrid, Amanda Sampedro, representa mejor que nadie el increíble cambio que ha dado el club en todos los sentidos y en todas sus estructuras. Y, en particular, la progresión de la escuadra femenina y este deporte en general, además de la relación entre la mujer y el deporte en España.

Amanda, desde pequeña en el Atleti hasta ganar una Copa de la Reina y tres Ligas consecutivas. El Atlético féminas ha sido el conjunto hegemónico en el fútbol español entre 2015 y 2019.

Ella y sus compañeras han logrado hitos que trascienden lo deportivo y se han convertido en todo un símbolo para la afición y la ciudad. Llenar el Metropolitano y batir el récord mundial de asistencia a un partido femenino de clubes o conseguir que al día siguiente de la Copa de la Reina de 2018 se hablara de esa final en las oficinas o los bares: «¡Qué pena aquel gol!», «¡qué grande aquel pase!» o «¿vas a ver al femenino?». Estadios llenos, partidos en directo en televisión, camisetas propias, exposiciones de fotos, autógrafos, grandes patrocinadores, torneos internacionales, mundiales y, en definitiva, popularidad.

Sampedro, el corazón del equipo, una de las nuestras, tanto o más que Gabi o Torres.

Una amiga atlética, Mónica, cuando le pregunté qué pensaba de la protagonista de este capítulo, qué le inspiraba, me respondió que ya quisieran alguna de las estrellas del equipo masculino poder limpiarle las botas a Amanda.

La centrocampista (Madrid, 26-6-1993) puede presumir de haber llegado al club siendo una niña —no hay muchos ni muchas que puedan decir lo mismo— y disputar un partido con el primer conjunto con 15 años, algo que ella misma ha reconocido que pudo ser una desventaja por su juventud y un hándicap para su progresión. Amanda ha sido comparada con Fernando Torres, al que ha calificado como su referente, por su precocidad y por haber sido elegida muy pronto capitana. Así, su carrera transcurrió paralela al desarrollo y los éxitos del equipo.

La historia deportiva de la centrocampista es la consecución de un sueño, que obtuvo su primer título de peso en 2016 cuando el Atleti se impuso por 3-2 en la final de la Copa de la Reina al Barcelona en la Ciudad del Fútbol de Las Rozas. A este trofeo seguirían tres Ligas consecutivas, desde 2017 hasta 2019, temporadas en las que a punto estuvieron de conseguir el doblete.

El paralelismo con Torres también encuentra réplica en la selección nacional con su participación en las categorías inferiores, donde la número 10 llegó ya a formar parte de la sub-17 en la Eurocopa de 2009 y 2011. En la primera fueron subcampeonas y dos años más tarde, campeonas continentales y, en el Mundial de Trinidad y Tobago de 2010, las españolas fueron medalla de bronce. La centrocampista rojiblanca debutó con la absoluta en 2015 después de haber sido convocada en diferentes ocasiones y disputó el Mundial de Canadá de ese año y la Eurocopa de los Países Bajos en 2017.

El 2019 marcó otro hito en su carrera. Su segunda participación en un Mundial y la primera vez que la selección nacional se metió en los octavos de la máxima competición de este deporte.

Porque, como dice otra amiga mía también, claro, atlética, Carmen, «con Amanda hasta el infinito y más allá». La «Buzz Lightyear del Atleti».

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DON JUANFRAN TORRES O LA HUMILDAD

Si alguien ha representado la humildad en los años recientes del Atleti, ese ha sido Juanfran Torres.

Si alguien ha dado todo por el equipo, sin pedir nada a cambio, muchas veces desde un segundo plano, ese ha sido don Juan Francisco Torres Belén (Crevillente, Alicante, 9-1-1985).

Ha sido tan humilde que, incluso, el día de la despedida de Diego Godín, el 12 de mayo de 2019 ante el Sevilla, evitó todo protagonismo a sabiendas de que este sería su último encuentro ante su afición al igual que el del central uruguayo. Prefirió dejar a su compañero todo el reconocimiento del Metropolitano y no anunció su adiós hasta una semana y media después.

El defensa alicantino llegó al club mediada la temporada 2010-11 para sustituir al portugués Simão Sabrosa. Canterano del club blanco, había jugado en el Espanyol y en el Osasuna, entidad en la que había estado desde 2006. La afición no se tiró precisamente a la calle para recibirle debido a su pasado madridista y a que venía a sustituir al luso, una de las estrellas de aquella época y con el que el Atleti se acababa de proclamar, en mayo de 2010, campeón de la Liga Europa con Quique Sánchez Flores en el banquillo.

Ese sería el último curso de Quique en el club. Gregorio Manzano aterrizó en la dirección del equipo en verano de 2011 y se dio cuenta de que la velocidad de Torres podría llevarle a ser un buen lateral derecho, un lugar de la defensa en el que ya probó al alicantino. La destitución de Manzano y la contratación de Diego Pablo Simeone sirvió, entre otras cosas, para que Juanfran encontrara la titularidad en un once que estaba destinado a entrar en la historia de la entidad y del fútbol español.

Así, el 20 ha sido desde la llegada del Cholo uno de los jugadores que más encuentros ha disputado en los casi nueve años que ha estado en la entidad. Clave en la defensa rojiblanca, algo habrá tenido que ver en todos estos años en los que el equipo ha sido el menos goleado de la Liga y en los que Jan Oblak ha sumado un Zamora tras otro, y se hizo con su primer título internacional en 2012 en la Liga Europa cuya final disputamos al Athletic de Bilbao en Bucarest.

Le siguieron otros seis títulos: la Supercopa continental del mismo año ante el Chelsea en Mónaco; la Copa del Rey de 2013 en el Bernabéu ante el Real Madrid; la Liga 2014, conseguida en el Camp Nou frente al FC Barcelona; la Supercopa de España ante el cuadro blanco, en 2014; la Liga Europa de 2018 de Lyon, en la que batimos al Olympique de Marsella, y la posterior Supercopa de Europa en Tallin, en la que derrotamos al vecino blanco.

Juanfran también ganó la Copa de 2006 con el Espanyol y fue internacional español en la Eurocopa de Polonia y Ucrania de 2012, en la que España se proclamó por tercera vez campeona de Europa, y en el Mundial de Brasil en 2014.

Siempre quedará en mi memoria una jugada de un partido de marzo de 2012, al mediodía, en la que propició un tanto de Radamel Falcao, en un choque contra el Granada en el Vicente Calderón. Ese Juanfran que siempre parece a punto de no salir de un regate o de no llegar a un balón imposible. Y siempre sale y siempre llega. Y te hace empujarle desde la grada, como si tú vistieras ese número 20. Entonces fue una formidable carrera cargada de fuerza e ímpetu por la banda derecha para que el colombiano marcara el 2-0. ¿Pero cuántas se dio durante esos años?

Nunca he hablado con él, no le conozco, pero probablemente uno de los mejores «trofeos» en todos estos años haya sido que se agotaran las camisetas con su nombre después de fallar el cuarto penalti en la final de la Liga de Campeones de 2016, en Milán.

La mayoría de las aficiones contrarias —se me ocurre alguna muy cercana y vecina para más señas— no entenderá nunca, nunca, que la gente se compre masivamente la camiseta con el número y el nombre de un jugador que falló un penalti decisivo en una final de la Liga de Campeones. Estoy seguro de que no lo comprenderán jamás porque «no lo puedes entender, muchacho».

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LA INCREÍBLE HISTORIA DE PETER KAMPS

Peter Kamps, un alemán de Fürth, en Franconia (Baviera), sin vinculaciones familiares ni laborales con España, es del Atleti.

No habla español ni inglés, pero si tienes la fortuna de conocerle entiendes que tiene una pasión y unos colores en su corazón: el rojo y el blanco, a rayas, y con un poco de azul.

Pero yo no sabría explicar mejor que Peter por qué es uno de los nuestros. Así que, gracias a la traducción de Carmen García (ver capítulo 26), nos lo explica el propio Peter:

[P. K.:] En tiempos de la República Democrática Alemana era, como ya se supone, muy complicado obtener información sobre el equipo, pero cada uno conocía los trucos para ello. El estadio me gustaba mucho (entonces solo lo conocía por fotos) pero, sobre todo, la forma de ser del Atleti, ese «ratón gris» que decimos en Alemania, condenado a estar siempre por detrás del Real Madrid. Ser del club de los currantes me atraía, igual que lo era el club de mi ciudad, el BSG Chemie Leipzig.

Por aquellos tiempos, en la RDA se intentaba, por supuesto únicamente en el mercado negro, obtener algo del Atlético. Lo primero que conseguí fue un banderín, por el que pagué 50 marcos y del que me sentía especialmente orgulloso.

Cuando cayó el muro, en 1989, intenté poco después, en 1990, viajar a Madrid. Del primer partido que vi en el Calderón, la verdad es que no me acuerdo muy bien; solo sé que estuve con la boca abierta allí, delante de nuestro templo y que no podía salir de mi asombro. Con mi básico inglés de escuela intenté comunicarme como pude. Recuerdo que el ambiente era espectacular, canté incluso sin saber ni media palabra de español. Pero en ese momento todo me daba igual, lo único que me importaba era estar allí presente.

Pasaron algunos años sin que me fuera posible viajar; me limité a comprar revistas deportivas y publicaciones similares. Y, entonces, el 26 de julio de 2006, vino el Atlético a Dessau a jugar un amistoso contra el Energie Cottbus. El partido terminó con un resultado final de 1-1 (gol de Agüero). Ese fue el momento en el que me atacó de verdad la fiebre atlética y decidí acudir a todos los partidos internacionales siempre que me fuera posible.

Entre ellos, por ejemplo, la clasificación para Champions contra el Schalke en 2008, de la Champions League; 2010 en Hannover, Leverkusen y en Madrid contra el Leverkusen. También solía acudir regularmente una o dos veces al año a algún partido de Liga en el Calderón. En 2014 viví la amarga derrota en Lisboa en la Final de Champions. Pude hacerme con una entrada por casualidad, y encima por canales oficiales de la UEFA. La derrota me dolió muchísimo, pero los rojiblancos estamos acostumbrados a mucho, y cada derrota nos hace más fuertes.

Allá por 2012 me crucé casualmente con alguien que llevaba una bufanda de la Peña Atlética Centuria Germana, así que me puse a investigar en Internet, contacté con el presidente y me hice socio de inmediato. Fue en un partido de preparación contra el Wolfsburgo en la temporada 2014 cuando conocí a algunos miembros de la peña, y me pareció que nos conocíamos de toda la vida. Me sorprendió mucho ver desde dónde habían venido algunos hinchas del Atleti, aunque solo se tratara de un partido de preparación: Inglaterra, Polonia, Noruega… y no pasó más de un año desde esa fecha hasta que me hice socio del Atleti. Era la primera vez que me hacía socio de un club, no lo soy ni siquiera del BSG Chemie Leipzig. Pero eso me hizo entender que ser del Atleti se había convertido para mí en algo que me salía del corazón, algo que yo llevaba muy adentro. A partir de entonces me dije: «Quiero más Atleti», y por eso acudo a casi todos los partidos de Champions que juegan fuera. A veces es una lucha que me den libre en el trabajo, como me sucedió contra el Leicester, Moscú y Arsenal, o en la segunda Final de Champions que jugamos en Milán, partidos a los que lamentablemente no pude acudir. Pero sí he estado en partidos contra el Copenhague, Sporting de Lisboa —donde, si no llega a intervenir la policía, le abro la cabeza a un hincha del club portugués que me quería quitar la bufanda—, Chelsea, Mónaco, Brujas…

La final de Europa League en Lyon fue increíble. Ya en la zona habilitada para los fans el ambiente era insuperable, pero el ambiente en el estadio superó todo lo esperado. A pesar de que tres cuartas partes de los hinchas que estaban en el estadio iban con el Marsella, nosotros los superamos en decibelios. Literalmente me pasé el partido con el vello de punta y cuando el árbitro dio el pitido final por primera vez las lágrimas rodaron por mis mejillas por el Atleti.

Estos son los momentos que no olvidaré jamás, por y para eso vivo el sueño atlético.

Otro momento en el que también lloré fue cuando ganamos la final de la Supercopa en Tallin. Solamente fuimos tres de la Peña Atlética Centuria Germana, pero pasamos unos días maravillosos y la victoria sobre el Madrid fue grandiosa, como solo el Atleti sabe hacerlo.

Espero que pueda seguir viendo muchos partidos del Atleti y que pueda acompañarle muchas veces en la victoria. Para ello un enorme «¡vamos, Atleti!» y saludos desde Alemania.

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FUTRE, EL ÚLTIMO HÉROE DEL SIGLO XX Y UN MOMENTO

Paulo Futre (Montijo, Portugal, 28-2-1966), símbolo del Atleti de finales de los ochenta e inicios de los noventa, factótum de la victoria de Jesús Gil y Gil (ver capítulo 83) en las elecciones a la presidencia del club en 1987, el delantero que nos hizo soñar de nuevo con grandes títulos y, entre otras cosas, el autor de uno de los goles más recordados por los atléticos en más de un siglo de historia.

Llegó al club en plena campaña electoral para elegir presidente —la última que se ha celebrado antes de que se convirtiera en sociedad anónima deportiva— tras haber sido una de las estrellas del Oporto que ese mismo año había ganado al Bayern contra todo pronóstico la Copa de Europa.

Seleccionar a los mejores de algún deporte o de alguna faceta en la historia, en la vida, siempre es muy relativo, y, entre otras cosas, depende de la época que le haya tocado vivir a cada cual. Sin embargo, hay que mojarse, y creo que Futre estaría entre los diez más queridos por la afición. También, y a pesar de su irregularidad, entre los mejores.

Claro que a la mayoría de jugadores no la vimos jugar o conocemos de ella solo por la referencia de nuestros abuelos o nuestros padres. Pero qué le vamos a hacer… De momento hablemos del legendario Paulo, desde luego el último gran ídolo colchonero de proyección internacional del siglo XX.

El luso cuando estaba fino y metido en el partido era imparable. Era un jugador que parecía estar enganchado a una torre de alta tensión. Un coche de Scalextric enloquecido sobre su carril, en este caso sobre su banda. Melena al viento con aquella camiseta de Puma y publicidad de Marbella. Máxima verticalidad.

Sucedió en el estadio Santiago Bernabéu una calurosa noche de verano, la del 27 de junio de 1992, en la final de la Copa del Rey de aquella temporada cuando el alemán Bernd Schuster ya había puesto a los de Luis Aragonés por delante en uno de los mejores lanzamientos de falta que hayan visto esas gradas. El portugués recibió un balón de Manolo, un extraordinario pase al hueco a la media hora del partido, y se lanzó derechito hacia la meta defendida por un «viejo amigo» suyo, Paco Buyo, portero de los blancos y con quien había tenido ciertos «problemillas» a lo largo de su carrera deportiva. Tras superar a Chendo, Paulo pegó al balón con toda su alma, con su pierna izquierda y al palo corto para saldar «sus cuentas» con el guardameta gallego del Madrid.

Con Buyo había protagonizado un incidente en la temporada 1988-89 en ese mismo estadio en un derbi en el que el madridista fingió haber sido agredido por el atlético y por un compañero de este, Antonio Orejuela. La jugada, en la que el portero demostró ser mejor actor que guardameta, dio con la expulsión de Orejuela. Más que ser un actorazo contó con un público incondicional, entre los que se hallaba un espectador siempre dado al «aplauso fácil» hacia el equipo local: el colegiado Martín Navarrete. Ni que decir tiene que el encuentro finalizó con la victoria del Madrid.

Recomiendo a todos los atléticos que busquen las imágenes tanto del gol de la final de la Copa de 1992 como del incidente en el derbi de la temporada 1988-89.

Si bien Futre fue el estandarte del primer Atleti de Gil y Gil, su nombre ha quedado también unido para siempre al de Luis Aragonés. El técnico, un motivador nato, de una inteligencia natural increíble, caló desde el primer momento a su pupilo y le pulió, le enseñó y mejoró su juego, sobre todo su remate. Una prueba de ello es el golazo relatado arriba.

Con motivo del fallecimiento de Luis en febrero de 2014, el de Montijo recordaba en el especial del diario Marca una de las mejores anécdotas que definen al genio de Hortaleza. Cuenta que, la mañana de esa final de la Copa, el míster entró en su habitación para exigirle que vengara a su compañero Pizo Gómez, del que al parecer unos días antes varios jugadores blancos se habían reído en un semáforo de una calle de Madrid. Luis le pidió que hiciera que esa noche fuera inolvidable para los Míchel, Hierro y compañía. Y Futre cumplió.

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EL PADRE DANIEL, EL «PATER»

Hubo un tiempo en el que en los clubes de fútbol había un capellán. En algunos todavía existe. Sí, un cura que decía una misa al empezar la temporada, bendecía el estadio, casaba a los jugadores o bautizaba a sus hijos. Incluso, si el entrenador era muy creyente, la mañana del partido decía misa. Así era, aunque hoy parezca increíble.

En nuestro equipo, en su día el «pater» fue Pablo Serrano Villafañe, don Pablo, quien había sido capellán en un tercio de requetés, ¡casi nada!, durante la Guerra Civil y párroco del barrio de Peñagrande Lacoma, según recuerdan Miguel San Román y «Petón» en su obra Blanco ni el orujo (ed. Córner), y que, entre otras ceremonias, oficiaba en las bodas de los jugadores de los años sesenta. El día 7 de diciembre de 1958 se puso la primera piedra del entonces nuevo campo colchonero y allí estaba don Pablo, un leonés de Sahagún, para bendecir el que ocho años después sería el coliseo rojiblanco hasta 2017: el estadio del Manzanares, nombre oficial del Calderón en sus primeros años.

Más tarde, y durante mucho tiempo en el Atlético, el capellán se llamó Daniel, el padre Daniel, tan del Atleti que hasta se parecía a Luis Aragonés, de quien celebró su funeral en febrero de 2014.

Vinculado al club desde su juventud, Daniel Antolín Hernáiz se hizo socio en 1974 y tenía el número de abonado 1.215 hasta que un accidente de tráfico en su pueblo natal, Pineda de la Sierra (Burgos), se lo llevó el 21 de septiembre de 2018. Uno de sus últimos actos públicos, la bendición del Metropolitano en 2017.

Un hombre bondadoso, que reconocía que no rezaba para que los otros equipos perdieran o bajasen de categoría, pero sí para que ganase su Atleti. A veces, Dios escuchaba sus plegarias, otras no, aunque no hay duda de que es atlético.

Me quedo con unas palabras suyas con motivo de los dos añitos en Segunda, entre el año 2000 y el 2002: «el descenso fue un gran sufrimiento para todo el que tenga un sentimiento atlético. Pero, como siempre hemos tenido el lema de que el dolor purifica, nosotros ya estamos purificados». Por cierto, al padre Daniel no le hacía ninguna gracia lo de «un añito en el infierno» (lema publicitario con el que el Atlético afrontó su primer curso en Segunda) porque, según la teología, del infierno no se sale.

«El que va al infierno», recordó, «no sale de ahí». Afortunadamente, salimos.

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JAN OBLAK, EL ESLOVENO INMUTABLE

Y del infierno y el cielo del padre Daniel al Ángel de la guarda de la portería rojiblanca desde 2014, Jan Oblak.

El esloveno (Skofja Loka, 7-1-1993) ha sido, si tenemos en cuenta de manera global todas las temporadas en la que ha estado en el club, el mejor jugador del Atleti. ¿Cuántos puntos nos ha dado? ¿Cuántas eliminatorias hemos pasado gracias a sus paradas? No hay respuesta. Pero sin duda más que alguna estrella caprichosa que ha compartido vestuario con él y que ha estado mucho mejor pagada.

Tras el paso de dos porteros como David de Gea y Thibaut Courtois, en el verano de 2014 parecía muy difícil mantener el nivel en esa posición tras la final de Lisboa y la gran temporada del belga. Sin embargo, con el fichaje de Jan, procedente del Benfica, paradojas del fútbol, el club en cuyo estadio habíamos disputado el último partido de la temporada anterior, se consiguió.

No le fue fácil al esloveno hacerse con la titularidad por la que tuvo que pelear duramente en su primer año con Miguel Ángel Moyá. Había sido el portero más caro de la historia de la Liga, 16 millones, y el octavo más caro en la historia del fútbol. Pero en su primera oportunidad, en el inicio de la Liga de Campeones y tras haber padecido una lesión que retrasó su competencia con su compañero durante aquella pretemporada, no tuvo su mejor noche y encajó tres goles en El Pireo ante el Olympiakos. Relegado al banquillo, no fue hasta los octavos de final de la máxima competición continental de aquel curso cuando tuvo otra oportunidad de demostrar su calidad.

La tanda de penaltis ante el Bayer Leverkusen, un 17 de marzo de 2015, no auguraba nada bueno dado el precedente que traía en su maleta. La derrota en la tanda definitiva en la final de la Liga Europa entre el Benfica y el Sevilla, y su suplencia durante aquellos meses, llevaron el clásico murmullo a las gradas del Calderón cuando en el minuto 20 Moyá se lesionó. Fue la primera gran noche de Oblak en el Atleti con una parada al primer disparo de Çalhanoglu y forzando que otros lanzamientos del Bayer salieran fuera. Él no se dio ninguna importancia.

Aquella noche comenzó a volar. En todos los sentidos. También hacia la titularidad. Para un lado, para el otro. Para la izquierda, para la derecha. A este se la rebaño por aquí, al otro por allá. Y no se inmuta. Juanito no se inmuta.

Sería contra el mismo equipo alemán, pero dos años más tarde y en la misma fase de la Liga de Campeones, cuando, en mi opinión, tuvo la mejor intervención en su etapa en el Atleti y, probablemente, de su vida. Jan replicó a la delantera del Bayer con tres paradones seguidos a disparos a bocajarro en cuatro segundos. Seguía sin inmutarse. Brandt y Volland todavía se deben de estar preguntado cómo fue posible que no abrieran el marcador en aquella jugada. No fue un gran partido, acabó a cero y pasó el Atleti por el 2-4 de la ida, pero por vivir aquel momento mereció la pena pagar una entrada.

Como lo mereció el penalti de la semifinal de Múnich en 2016, el partidazo de Londres contra el Arsenal en la ida de la semi de la Liga Europa de 2018 en el que desesperó al equipo rival, el encuentro de la Liga 2018-19 en Barcelona o una doble en el Metropolitano contra el Celta esa misma temporada. ¿Y qué decir de sus manos salvadoras en Anfield, ante el Liverpool, en la vuelta de los octavos de la Liga de Campeones de 2020 en una noche que jamás olvidaré?

Y Oblak sigue sin inmutarse.

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¡¡¡APLASTA ARTECHE!!!

Se podía ganar o perder, pero cuando Juan Carlos Arteche estaba sobre el terreno de juego sabíamos que, fuera lo que fuera, dejaríamos el campo con orgullo y honor, con coraje y corazón. No había duda. La lucha y el esfuerzo no se negociaban. Aquellos jugadores de los años ochenta, a lo mejor no eran los mejores de la historia, pero lo daban todo. Exagerando un poco: volvían a los vestuarios sin cabeza o con la cabeza del rival en sus manos.

Arteche fue miembro de las plantillas del Atleti en una de las épocas más convulsas de la entidad, la que va desde finales de los setenta, en concreto desde 1978, hasta 1988, ya con Jesús Gil y Gil en la presidencia del club. Vivió el final de la grandeza del último Atlético de Vicente Calderón, la locura de las dos temporadas del doctor Alfonso Cabeza al frente del club y los también caóticos años iniciales del mandato de Gil, con quien acabó muy mal.

Apodado con cariño «el Algarrobo», en alusión a uno de los personajes más duros de la popular serie de televisión Curro Jiménez, o «Artechenbauer», por el mítico central alemán Franz Beckenbauer, el nombre del defensa también está en la historia rojiblanca por aparecer en la letra de la canción «Soy un socio del Atleti» que versionaba el «Soy un novio de la muerte» legionario. En ella, un grupo de los años ochenta, Glutamato Ye-ye, liderado por Iñaki Fernández y Patacho, gritaba en pleno éxtasis: «¡Aplasta Arteche!» o «¡Rompe Arteche!». Este himno es uno de los habituales del Frente Atlético y durante décadas se escuchó en el fondo sur de nuestro añorado Calderón.

Sin duda, el protagonista de este capítulo está entre los jugadores más carismáticos del Atleti. Tan carismático dentro como fuera del campo, de tal forma que sus críticas a Gil y Gil y el hecho de liderar un «levantamiento» contra el dirigente le costaron la salida del equipo en 1988 tras once temporadas.

Nacido en Maliaño (Cantabria), el 11 de abril de 1957, Juan Carlos se formó en las categorías inferiores del Racing de Santander para ser fichado por el club de la ribera del Manzanares en el verano de 1978. El 4 llegó a tiempo para compartir dos temporadas en el eje de la defensa con Luiz Pereira, quizás el mejor central que haya vestido la camiseta rojiblanca del que aprendió todo lo que un futbolista puede enseñar a otro. No ganó la Liga, pero estuvo muy cerca de hacerlo en 1981, cuando el equipo dirigido por José Luis García Traid y presidido por Alfonso Cabeza (ver capítulo 36) sufrió uno de los mayores atracos que el fútbol español recuerda. Bueno, el fútbol español no creo, pero la afición atlética sí.

Aquella Liga perdida al final de la misma fue un mazazo. Sin embargo, Arteche y un equipo plagado de canteranos y jóvenes, entre otros, Roberto Simón Marina, Quique Ramos o Miguel Ángel Ruiz, se impondría en la Copa del Rey de 1985, la Supercopa de España posterior y llegaría hasta la final de la Recopa un año más tarde.

Qué más da… En cualquier caso, Juan Carlos Arteche es mucho más que un jugador en el universo atlético en el que las personas, su pundonor, su actitud y su generosidad no se miden por el número de goles o de títulos que uno gana o pierde. No.

Una buena muestra de cómo era Juan Carlos la hallamos en un partido en el Calderón contra el Betis en noviembre de 1983, en uno de sus mejores encuentros. El jugador cántabro lideró una increíble remontada en una tarde lluviosa con dos tantos de cabeza en los últimos minutos del encuentro para imponerse por 4-3 después de ir perdiendo 1-3. Pero como en nuestro equipo nada puede ser perfecto y sí épico, el bueno de Arteche se rompió el menisco en el remate del cuarto tanto, ya en el tiempo añadido, y tuvo que ser retirado en camilla. Genio y figura. Pura leyenda.

¡¡¡Aplasta Arteche!!!

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ANDRÉS TUDURI, EL CABALLERO ATLETA

Nos remontamos en este capítulo al pleistoceno futbolístico español. Entre otras cosas para rendir de alguna forma homenaje a los primeros jugadores que se pusieron la camiseta rojiblanca, blanquiazul al comienzo de la historia del club. Para ello he escogido a Andrés Tuduri (Tolosa, Guipúzcoa, 28-8-1898), al que descubrí cuando escribí 100 goles que han hecho grande al Atleti (Lectio Ediciones).

Tuduri fue un futbolista, jugador de hockey hierba y un atleta que, incluso, llegó a poseer récords de España en pruebas de relevos. Andrés permaneció entre 1916 y 1928 en el club, en unos tiempos en los que se jugaba a este deporte por afición, pero en el que la gente ya se dejaba todo sobre un terreno de juego en el que ahora no se celebraría ni un partido de preferente. Un centrocampista que en 1924 consiguió un tanto que la prensa de la época calificó de «el mejor de la historia». Y fue contra el Real Madrid en el homenaje a su paisano Mariano Arrate, de la Real Sociedad. Parece increíble pero el homenajeado no era de ninguno de los dos conjuntos que le homenajearon. Cosas de aquellos años, cosas del Atleti, que ya despuntaba en aquella década como una entidad singular.

El caso es que el veloz Andrés dribló a medio conjunto blanco para rematar por alto al guardameta rival, Martínez, e inaugurar el marcador en el antiguo Campo de Salamanca, de Madrid. El peculiar homenaje terminó con un empate a tres.

En los años veinte, al conjunto que, entre otros, formaron Tuduri, Pololo, Barroso, Fuertes de Villavicencio, Alfonso y Luis Olaso, Burdiel, De Miguel y Marín, se le conoció como el Equipo de los Caballeros, debido a que firmaron una carta en la que defendían el amateurismo del fútbol frente a la incipiente profesionalización de algún club vecino, recuerda Bernardo de Salazar en sus Cien años del Atlético de Madrid, editado por As. Nuestros jugadores defendieron su forma de vida por el puro placer de practicar «el sport» al tiempo que estudiaban o trabajaban. Recordemos que el club Athletic de Madrid fue fundado a modo de sucursal del Athletic de Bilbao por estudiantes vascos, vizcaínos en concreto, que vivían en Madrid. Y lo único que querían era jugar al fútbol.

Hasta 1928 no se disputó la primera Liga y en su fundación estuvo el cuadro colchonero, así que los «caballeros» se tuvieron que conformar con conquistar los primeros títulos regionales para el club.

Tras su retirada, Andrés Tuduri fue miembro del Comité Olímpico Español (COE) y presidente de la Federación Española de Atletismo. Como buen amateur finalizó su carrera de ingeniería y trabajó en el Metro. Los años traerían a la entidad a otro vasco estudiante de ingeniería y caballero también llamado a hacer historia, José Eulogio Gárate (ver capítulo 90), «el ingeniero del área».

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MI TíO PEPE Y SUS DIEZ HIJOS

Una de las personas que fue decisiva en mi afición colchonera fue mi tío Pepe, José Roncero.

Suelo decir que para un niño es fundamental, en su ser futbolístico, cuando se decide por un equipo u otro, la primera vez que pisa un estadio. Esa primera visión del césped, de los colores, del ruido, de los olores, incluso, en aquella época de los puros y del coñac que se vendía en las gradas, no se vuelve a tener en la vida y te marca para siempre. Puedes volver mil veces al mismo lugar, pero ya nada será igual. Parecido, sí. Sin embargo, ya nunca será lo mismo. Como en tantas facetas de la vida. El primer beso, el primer partido: ¡aquella primera vez!

Del párrafo anterior se deduce que a mi primer encuentro en el Calderón fui con mi tío Pepe, una de las personas de las más peculiares que he conocido, y mira que las he conocido con carácter, raras, especiales y bizarras. A cientos. No recuerdo la fecha, pero sí el encuentro. Fue contra el Málaga, hacía frío, sería a mediados de los setenta y ganamos 1-0. Me asombró el juego en sí mismo, pero, por encima de este, la gente y el ambiente. Tengo grabado el momento en el que, poco a poco, fui divisando el césped saliendo hacia la grada y a medida que subía las escaleras hacia nuestras localidades. Durante años, en el Calderón, procuré que mi asiento estuviera lo más cerca posible de aquella primera localidad que había ocupado de niño.

José Roncero era tan peculiar que solía ir a los partidos de casa acompañado de un sacerdote y un abogado, ambos amigos suyos. No sé si la profesión de sus vecinos de localidad tendría algo que ver con el trago que habitualmente se pasaba en aquella tribuna entonces de bancos corridos de madera en una de las zonas «nobles» del coliseo del Manzanares. El caso es que mi tío se «hacía escoltar» por un cura navarro y un letrado melillense. El padre Guaras o Eguaras, nunca me enteré bien del apellido, y don Ramón, respectivamente.

Iba pues al fútbol bien preparado para todo, lo terrenal y lo celestial, que pudiera acontecer allí, por si acaso debía echar mano de uno o de otro. Más que a un estadio parecía que fuera al patíbulo. Además solían acompañarle dos de sus diez hijos, ya que disponía de otros dos abonos. Aquella tarde yo ocupé el asiento destinado habitualmente a uno de sus vástagos junto al sexto de la lista en orden de nacimiento, mi primo Aníbal. Nunca le agradecí lo suficiente a Pepe que aquel domingo me llevara al Calderón, pues, si ya era rojiblanco por mi familia materna, que es la suya, hubo un antes y un después de aquel domingo sin fecha.

Pepe y mi madre, Conchi, se habían criado en el barrio de Cuatro Caminos, muy cerca de donde estaba el antiguo estadio Metropolitano, en plena Ciudad Universitaria de Madrid, donde ahora se hallan varios colegios mayores. Su vocación atlética había sido, por lo tanto, ineludible. De hecho, mi abuelo Luis era amigo de los Otamendi, la familia que construyó aquel moderno recinto deportivo antes de la Guerra Civil y que se denominó como tantas otras cosas Metropolitano, pues en el barrio estaban las cocheras del Metropolitano o del Metro.

Mi tío Pepe fue un apasionado seguidor rojiblanco. Casi todo en su vida, como buen colchonero, era apasionado y exagerado; ya he dicho que tuvo diez hijos (todos atléticos). Tanto que es la única persona que conozco que viajó a Bruselas a presenciar la final de la Copa de Europa de 1974. Sí, la que perdimos en aquellos dos partidos contra el Bayern de Múnich, la del gol de falta de Luis Aragonés. Evidentemente, entonces no había las facilidades que hay ahora para viajar y menos para ver un partido de fútbol fuera de nuestras fronteras, la mentalidad era otra. Supongo que a Bélgica se desplazó sin el cura y el abogado, y así pasó lo que pasó: que nos volvimos sin la Copa. Pero ¿a quién le importa? Miles de atléticos se dejaron sus ahorros y su tiempo para ir al estadio Heysel y dieron un ejemplo de lo que es la lealtad a unos colores. Encima muchos se quedaron a ver el segundo encuentro, pues la final en caso de empate no se dilucidaba en una tanda de penaltis, sino que había otro partido.

Aquellos, muchos de ellos emigrantes en Bélgica y Alemania, sí que hicieron único al Atleti.

Con el tiempo, me enteré por medio de otro de mis primos, Jose, que el encofrado de la planta de arriba de su casa lo habían hecho en su día utilizando parte de las vallas de publicidad, supongo que serían de metal, del viejo Metropolitano. Muy poca gente, por no decir nadie, puede decir que ha vivido debajo de los restos del estadio del Atleti. Genio y figura. Sobran ya más palabras.

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«EL RATÓN» AYALA Y «EL CACHO» HEREDIA

«El Ratón» también era único. Su melena, su bigote y su apodo llamaron la atención de muchos niños en la década de los setenta. Su calidad, su zurda, sus regates y sus gambeteos un tanto desgarbados enamoraron a los aficionados, de tal forma que aquel delantero que parecía uno de los tres mosqueteros de la novela de Alejandro Dumas acabó convirtiéndose en un símbolo y en una estrella de un histórico once.

Y «el Cacho» no le iba a la zaga.

Rubén Hugo Ayala (Las Colonias, Argentina, 8-1-1950) y Ramón «Cacho» Heredia (Córdoba, Argentina, 26-2-1951) aterrizaron en Madrid en verano de 1973 tras la apertura de las fronteras españolas a jugadores extranjeros. El Atleti, siguiendo una tradición curiosa de fichar americanos, se decantó por dos argentinos.

A su llegada sorprendió la imagen de los dos. El bigote de Ayala, desde luego, no era entonces un signo de rebeldía, pero aquellas cabelleras sí que lo eran. Y eso que desde 1971 la melena de Heraldo Becerra ya había acostumbrado de alguna forma a los espectadores a «aquellos pelos» y aquella imagen un tanto revolucionaria.

Ambos procedían del San Lorenzo de Almagro, entrenado por Juan Carlos Lorenzo, que también se sentaría en el banquillo del Manzanares y llevaría al equipo a la final de la Copa de Europa de 1974. En Argentina, dos años antes, los tres habían liderado al Ciclón, como se conoce al club del barrio de Boedo, a un doblete histórico con uno de los títulos, el Nacional de 1972, logrado sin perder.

La calidad de los fichajes dio resultado inmediatamente prolongando una de las épocas más brillantes de la entidad que se había iniciado ya al comienzo de la década con el título de Liga de 1970 y había continuado con la Copa de 1972 y la Liga de 1973. Así, pues, Ayala y Heredia llegaron a un equipo campeón y contribuyeron a aumentar el palmarés de aquellos años dorados.

El delantero internacional con la albiceleste fue una pieza clave en ir superando eliminatorias en la Copa de Europa; sin embargo, se quedó fuera de la final contra el Bayern porque le expulsaron en la ida del épico encuentro que disputó el Atleti en Glasgow ante el Celtic —quizás el choque más memorable que haya disputado el cuadro rojiblanco en su historia. Rubén no jugó el partido decisivo y quién sabe si la historia habría cambiado con su participación en aquellos dos encuentros de Bruselas…

En menos de un año, Ayala, que debe su mote a la forma de moverse sobre el campo, y el Atleti tendrían una gran oportunidad de resarcirse de la derrota en la capital belga ante los bávaros. Lo harían ante otro club argentino, Independiente de Avellaneda, para dilucidar el campeón de la Copa Intercontinental (hoy Mundial de Clubes). El Bayern debía viajar a Buenos Aires en representación del Viejo Continente, pero renunció por los incidentes y la dureza que habían provocado el Racing y el Estudiantes de La Plata en sus enfrentamientos con clubes europeos en ediciones anteriores del trofeo que jugaban el campeón de la Libertadores y el de Europa.

Rubén y sus compañeros no marcaron en la ida en Buenos Aires y regresaron con un 1-0. Y fue en el Calderón donde, a cuatro minutos del final, un disparo de Ayala, a la salida de una falta botada por Heredia, dio al Atlético su primer y hasta ahora único título mundial.

La larga melena del «Ratón» siguió corriendo por la banda izquierda de la orilla del Manzanares y dando tardes de gloria al club de tal forma que sumó la Copa de 1976 y la Liga de 1977 convirtiéndose en uno de los grandes delanteros de la historia atlética.

Ayala dejó la entidad al finalizar la temporada 1979-80 y viajó a México para, cada vez con menos melena, seguir jugando al fútbol y ser con el tiempo entrenador en el Pachuca, del que sería técnico rojiblanco Javier Aguirre.

Heredia y Ayala unieron sus nombres para siempre en aquel San Lorenzo legendario, jugaron con Argentina el Mundial de Alemania 74 y continuaron juntos en el Atleti. Si el delantero causaba pavor en las defensas contrarias, Heredia lo hacía en la propia o en el centro del campo rojiblanco por su planta y su calidad.

«Cacho» estuvo cuatro temporadas en el club y cerró su paso por el mismo con el título de Liga de 1977. Su vinculación con la entidad se prolongó más que la de Ayala y ocupó el cargo de entrenador en dos ocasiones. La primera en 1993, procedente del Ávila, y la segunda al comienzo de la siguiente temporada como sustituto de Jair Pereira, un curso en el que el equipo sumó seis técnicos.

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GONZALO CABALLERO, A LA FINAL DE MILÁN CON UNA CORNADA

En mayo de 2014, Gonzalo Caballero era novillero. Y el día 26 de aquel mes, tan solo dos días después de que su equipo cayera en la final de la Liga de Campeones en Lisboa, toreaba en Las Ventas en la feria de San Isidro.

El resultado de la capital lusa no arredró a Caballero, lo espoleó a tomar la decisión de hacer el paseíllo con un capote bordado con el escudo del Atleti.

Dos años más tarde, no se envolvió en un capote, sino que a la final de Milán viajó para ver el partido con una cornada en su cuerpo que un toro le había dado veinte días antes del partido. No podía ni andar, iba con un bastón —me cuenta—, pero cuando Carrasco marcó el empate subió los escalones de tres en tres para abrazarse a su padre.

Tenía pensado titular este capítulo «Gonzalo Caballero, orgullo y valentía», pero, después de hablar con él, preferí cambiarlo para relatar la historia de Milán.

Gonzalo nos relata su historia rojiblanca: «Recuerdo que unos días antes [de la final de 2014] me habían invitado a ir a Lisboa, pero no pude ir porque toreaba en Madrid y vi el partido con mi padre en casa. Los del Atleti tenemos esa extraña enfermedad y se me ocurrió hacer ese homenaje [el paseíllo con el capote que está en el museo del club]. No lo hubiera hecho, si hubiera ganado. Lo hice porque me sentía muy orgulloso a pesar de haber perdido, por lo que nos habían enseñado esos jugadores de entrega y de pasión. Estaba muy orgulloso y fue mi manera de homenajearlos y por lo que significa ese escudo para los que nos sentimos atléticos.»

«Lo importante son las formas, no ganar o perder, y nos hicieron sentirnos muy orgullosos», nos dice Caballero, que añade que «mi padre era muy muy atlético y desde pequeño me lo inculcó y un día me llevó al Calderón, el año del doblete con 4 o 5 añitos, no sé si era el Compostela, jugaba Fortune».

«En clase», explica, «casi todo el mundo era del Madrid, pero si naciera mil veces, mil veces sería del Atleti. Era el único del Atleti en esos años tan complicados».

Y nos relata emocionado: «Me acuerdo perfectamente del día del ascenso [en 2002] que estaba en los toros, o el día del Betis del papel higiénico [un partido de Segunda por la mañana en el que el estadio se llenó de rollos de papel lanzados por los aficionados al más puro estilo argentino]. Para mí lo importante no es ganar o perder, me siento orgulloso cuando los jugadores sienten el escudo.»

Le pregunto por quién siente más admiración de entre los jugadores que ha visto y responde: «Como todos los de mi generación, por Torres, luego he tenido la suerte de conocer a Godín y después de un partido bajamos a saludarle y le regaló una camiseta a mi padre, que tenía cáncer y estaba ya malito. Godín era el preferido de mi padre.»

Sobre el Cholo Simeone, Gonzalo argumenta: «Cogió un equipo que estaba destruido y mira dónde lo ha llevado. Tener un entrenador que es un hincha más es un privilegio. Antes, con otros entrenadores, la gente criticaba la alineación; ahora la gente no se fija, porque el Cholo va a sacar lo mejor para el equipo. No creo que haya atlético que no sea del Cholo.»

«Hay muchos toreros del Atleti porque se comparten los valores, el salir a morir en cada partido, el coraje y el corazón, el darlo todo. En casa no nos perdemos ningún partido. Salir cada tarde a darlo todo.»

Qué razón tienes…

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BEN BAREK, «LA PERLA NEGRA»

El 17 de abril de 1948, la mayoría de la afición colchonera supo por primera vez de él. Un jugador marroquí que se alineaba con el Stade Français parisino y que aquel día marcó el tanto del triunfo (2-1) del primer encuentro, amistoso, que los rojiblancos disputaron en la capital francesa. La calidad de Larby Ben Barek (Casablanca, Marruecos, 15-12-1914) llamó la atención de los dirigentes del Atleti. Tras la devolución de la visita en mayo (2-4), la directiva presidida por Cesáreo Galíndez fichó al delantero y al portero Marcel Domingo. Los dos marcarían la historia del club.

Larby, huérfano de niño y de familia muy humilde, había dado descalzo sus primeras patadas a un balón en Casablanca. Más tarde, cumplió su primera etapa entre equipos de su tierra y de Francia, cuya nacionalidad tenía y con cuya selección se alineó.

Su firma por el Atlético trascendió lo meramente deportivo y en el Madrid de entonces no se hablaba de otra cosa que de la firma de aquel elegante futbolista. Sin embargo, Ben Barek no fue muy puntual a la hora de presentarse la temporada de su fichaje, la 1948-49, y su ausencia en la fecha prevista llevó la preocupación a la entidad y a los seguidores. Parece ser que aquel verano había fallecido su mujer. Sin embargo, el marroquí pronto cumpliría con las expectativas que había generado entre la afición del Stadium del Metropolitano, a la que su elegancia, rapidez y remate de cabeza volvieron loca. Ya en octubre en uno de sus primeros partidos fue decisivo para que los rojiblancos se impusieran a los blancos en el Bernabéu.

El final de los cuarenta y la década de los cincuenta marcarían una de las épocas más grandes del club. Su primer título de Liga llegaría en su segundo curso en la plantilla atlética ya con el argentino Helenio Herrera de entrenador y con el sueco Henry Carlsson, medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Londres, de compañero en la delantera. Con el nórdico haría una gran pareja en la punta. Con el sueco y José Luis Pérez Payá, José Juncosa y Adrián Escudero formó la conocida como la «Delantera de Cristal». Los campeonatos no se harían esperar.

La prensa de la época había ideado primero la «Delantera de Seda» y la «Media de Cristal», aludiendo a las medias de las mujeres cuya calificación entonces de seda y de cristal hacía referencia a la calidad de las mismas. Estas estuvieron compuestas por Escudero, Juncosa, Alfonso Silva, Antonio Vida y Francisco Campos, la primera, y por Manuel Santana Farías, Juan José Mencía y Julián Cuenca, la segunda.

Pues bien, la «Delantera de Cristal» (en realidad se denominó así a la de la temporada 1950-51, aunque solo varió un nombre respecto a la del curso anterior, Pérez Payá por Silva) se hizo con dos Ligas seguidas y en una de ellas, la de 1951, fue capaz de marcar 87 tantos en un campeonato que solo tenía 30 partidos, 14 de ellos del protagonista de este capítulo y 19 de Escudero, en un once capitaneado por Alfonso Aparicio.

En la consecución de ambas, Ben Barek fue decisivo. Suyos fueron dos goles en la jornada final en un 4-4 frente al Valencia con el campeonato de 1950 en juego. Os podéis imaginar qué choque de infarto tuvo que ser aquel con todo tipo de alternativas en el marcador de un Metropolitano lleno hasta la bandera. Los dos de Larby remontaron el tanto inicial del Valencia.

En aquella época el Atlético de Madrid ya era un club diferente a todos.

La temporada siguiente, el Atleti renovó el título con la misma base que el curso anterior y otro final loco, esta vez en Sevilla cara a cara con el conjunto que lleva el nombre de la ciudad. En ella, «la Perla Negra» fue autora del tanto visitante.

Es curioso que el Atleti ganase de dos en dos sus primeros cuatro campeonatos ligueros: 1940 y 1941, como Atlético Aviación, y 1950 y 1951. No ha vuelto desde entonces a repetirlo.

Aunque los comentarios de la época nos dejan una imagen del jugador de Casablanca no muy dado a entrar en batalla cuando los partidos se endurecían, Larby fue uno de los pilares de los éxitos de aquel cuadro que en noviembre de 1950 endosó al Madrid un 3-6 a domicilio. De los seis, dos fueron del delantero de Casablanca.

Hay quien considera que aquel Atleti ha sido el que mejor fútbol ha hecho en la historia del club.

El verano de 1953 supuso el final de la «Delantera de Cristal» con la salida de Pérez Payá y Carlsson. Ben Barek permaneció en la plantilla atlética hasta 1954.

Regresó a su país natal, donde se retiró y fue el primer seleccionador nacional tras la independencia. Falleció en 1992, desgraciadamente, sin el debido reconocimiento ni deportivo ni social.

Pelé lo definió: «Si yo soy el rey del fútbol, él es el dios del fútbol.»

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ROBERTO SIMÓN MARINA NO PARABA NUNCA

Roberto Simón Marina no paraba. Para un lado, para otro, la toca, la pasa, la recupera, la pierde, pero se vuelve a hacer con el balón. Un coloso. Un jugador de 1,64, ligero, que tiene el don de la ubicuidad. Un jugador de 60 kilos, que da la sensación de que nunca se cansa, de que siempre le queda algo, de lo liviano que es. Me recordaba —con perdón— a esos muñecos a los que nunca se les acaba la cuerda. Ha pasado tiempo. Igual no era para tanto. No lo sé, pero ese es mi recuerdo de aquel gran centrocampista.

Marina es una imagen de un Atleti, el de los años ochenta, plagado de canteranos y que, en una situación en la que no había mucho dinero y el club no tenía la estabilidad necesaria, ganó una Copa del Rey, la de la temporada 1984-85, y fue capaz de llegar a la final de la Recopa en 1986, en la que cayó frente al Dinamo de Kiev, en Lyon. Con Luis Aragonés en el banquillo, también ganó la Supercopa de España en 1985.

De la mano de Marcel Domingo, Marina debutó joven en Primera, en mayo de 1980, con solo 18 años. Cedido al Zaragoza, y tras la vuelta de Vicente Calderón y Luis Aragonés al club, el técnico le subió al primer equipo dos años después para acompañar, entre otros, a canteranos como Juan José Rubio, Quique Ramos, Miguel Ángel Ruiz, Juan Carlos Pedraza o Pedro Pablo. Sirvan estas líneas para homenajear a todos ellos, los que cito y los que se quedan en el tintero. Y también a los que no se habían criado deportivamente con la camiseta roja y blanca, que vinieron de otros clubes o de otros países y defendieron al Atleti en aquellos difíciles tiempos: Chus Landáburu, Quique Setién, «el Negro» Cabrera, «el Pato» Fillol, Juan Carlos Arteche o «Polilla» da Silva.

Unos años en los que casi cada miembro de la plantilla sentía los colores porque muchos de ellos se habían criado en los equipos filiales y, los que no lo hicieran, para eso estaba Luis Aragonés en el banquillo y en cada entrenamiento, para sacar el máximo de todos. Por eso un equipo se llama así, porque, si uno falla, lo harán todos. Un conjunto del que nos sentíamos muy orgullosos los aficionados, tal y como se puso de manifiesto en el desplazamiento masivo a Lyon en la final de la Recopa de 1986. 20.000 aficionados se desplazaron a la ciudad francesa donde caímos ante el Dinamo de Kiev. Treinta y dos años después, en 2018, regresamos a Lyon y entonces sí ganamos. «El Atleti siempre vuelve», se podía leer en las camisetas de algunos seguidores rojiblancos.

Roberto Simón fue fundamental en la consecución de la Copa de 1985. No solo disputó la final ante el Athletic de Bilbao (1-2), sino que en las semifinales había marcado por partida doble en el Santiago Bernabéu en la ida y en la vuelta en el Manzanares para dejar fuera al eterno rival. Marina también es el autor del gol 3000 en la Liga logrado en un encuentro ante el Sporting de Gijón en el curso 1989-90. Suyo fue el segundo de un 3-1 que le hizo entrar en la historia de los números rojiblancos, pero, tantos al margen, su figura trasciende las cifras.

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ENRIQUE ALLENDE Y EDUARDO DE ACHA ¡NO SABÍAN LO QUE HACÍAN!

Como la mayoría de los atléticos sabéis, el club fue fundado en 1903 por estudiantes vascos, vizcaínos en concreto, que residían en Madrid, como sucursal del Athletic Club de Bilbao.

Así no puede extrañar que los primeros presidentes, directivos y jugadores sean vascos o tengan apellidos con esas raíces. Fueron «los padres de la patria atlética».

Según cuenta Bernardo de Salazar (ver capítulo 93) en su enciclopedia rojiblanca, la idea surgió tras un partido disputado el 8 de abril de 1903 entre el Athletic Club y el Madrid CF —vaya por Dios— en el que se impusieron los rojiblancos que entonces eran blanquiazules. Al parecer, la remontada atlética molestó bastante a la afición rival —vaya por Dios—, que insultó a los vascos aludiendo precisamente a su origen. Los vizcaínos se sintieron menospreciados por aquellos que se sentían más madrileños que nadie y decidieron crear una sociedad dependiente del equipo de Bilbao, pero ya formado por esos estudiantes que residían en Madrid y que practicaban el fútbol por «sport». Horas después del encuentro en el que se disputó una copa donada por el rey Alfonso XIII, los jóvenes deportistas, reunidos en el número 25 de la calle de la Cruz, pusieron la primera piedra de lo que sería el Atlético de Madrid.

¡No sabían lo que hacían!

Si bien el bilbaíno Enrique Allende Allende, dueño de minas, fue formalmente el primer presidente de esa sociedad, según nos cuenta Salazar, sería Eduardo de Acha y Otañes, madrileño de ascendencia vasca y su sucesor, quien verdaderamente impulsó la creación de la «sucursal» del Athletic Club. De hecho, el primero no llegó al año de mandato porque tampoco era un gran aficionado a este nuevo deporte que había entrado en España, entre otros lugares, por su tierra y, si el club se había fundado en abril de 1903, tras el verano De Acha tomó el mando. Para entonces, ya se había organizado un curioso partido entre dos equipos de aficionados y socios que aspiraban a formar parte del equipo. Fue un 2 de mayo junto a la tapia del Retiro.

Don Eduardo y el mecenas Manuel Rodríguez Arzuaga propiciaron un cambio en la presidencia y se hicieron con el poder. Tres años más tarde, ellos y su junta directiva redactaron los estatutos y los presentaron en 1906 ante el Gobierno Civil para formalizar la existencia del nuevo club.

¡No supieron lo que hicieron!

Una pena que no fueran conscientes y nunca conocieran la ilusión y las alegrías que con los años generó su obra.

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CARMEN GARCÍA: «HIJA, NO SIEMPRE GANA EL QUE MÁS GOLES METE»

Carmen García es una española que vive en Colonia (Alemania). Es una de las almas y sin duda el estandarte de la peña Centuria Germana, una de las más activas del orbe rojiblanco.

La forma en la que nos conocimos fue increíble y pone de manifiesto, una vez más, que el equipo que nos une es extraordinario. Nos encontrábamos casi juntos, ella una fila delante, en el descanso de la vuelta de la Liga de Campeones de 2017 con el Real Madrid —sí, aquel histórico encuentro del último partido internacional del Calderón en el que el cielo se desplomó sobre nuestras cabezas. Empezamos a hablar de nuestra afición y de que ella había viajado desde Alemania cuando me contó que en su peña estaban escribiendo 111 motivos para amar al Atlético de Madrid en alemán. Me quedé de piedra porque cuatro años antes yo había publicado 100 motivos para ser del Atleti. En español, claro. El destino nos había situado casi en el mismo lugar de la grada de preferencia en un partido en el que había más de 60.000 personas.

Prefiero que Carmen os cuente su historia rojiblanca.

[C. G.:] A mi padre le hizo socio del Atleti la señora que le cuidaba de pequeño. Creo que él tenía entonces 5 años, y nació en 1932, así que imagínate. Mis padres estuvieron en Alemania siete años. Desde aquí, por la radio, seguía mi padre las obras del Calderón, ya que ni en la lejanía olvidó los colores rojiblancos. Volvieron al nacer yo y en la maleta llevaban un magnetofón, en el que yo oía de pequeña el himno del Atlético de Madrid y más tarde, sentada en las rodillas de mi padre, lo cantábamos juntos.

Él me hizo el mejor regalo por mi Comunión: me llevó a ver la final de la Copa del Generalísimo entre el Madrid y el Atleti en el Calderón. Los blancos ganaron por penaltis [tan injustos como siempre] y al salir me dio mi padre una lección para la vida: «Hija mía, no siempre gana el que más goles mete.» Y así lo sigo creyendo.

Carabanchelera con orgullo, de Los Cármenes [barrio de Madrid] yo iba a un colegio de monjas, irlandesas para más inri, donde el fútbol [y menos para las señoritas] no estaba ni visto. Y si se tenía que ser de algún equipo, que fuera de ese de chicos tan monos y «peras», que se decía entonces, es decir, del Madrid. Con mi obcecación por el Atleti me gané cierta fama de rebelde que nunca me molesté en corregir. Algunos miércoles, días de misa obligatoria, me escapaba con otras tres compañeras por la ventana del servicio a ver los entrenamientos del Atleti en el Calderón.

No siempre podíamos, pero nos fuimos acostumbrando y aquello se convirtió en rutina. Éramos prácticamente las únicas niñas que íbamos; nos encontrábamos allí siempre con algunos chavales que, como nosotras, se fumaban las clases. El agravante era que a nosotras el uniforme nos delataba y algunos de los jugadores, que ya nos conocían a fuerza de vernos un miércoles sí y otro también, nos reprendían entre risas mientras nos firmaban algún autógrafo. Entre ellos estaban Arteche, Hugo Sánchez (de él escuché por primera vez en mi vida el dulce acento mexicano), Balbino… Entonces no había ni camisetas ni merchandising, nos firmaban un autógrafo en los cromos y nosotras tan felices.

Siempre pasaban algunos minutos charlando con nosotras antes de irse.

Fíjate que yo pensaba que mis profes no tenían ni idea de aquellos novillos. Nada más lejos de la realidad: el año pasado tuve reunión de antiguas alumnas y me hice una foto saliendo por la ventana por la que me escapaba, y mi profesora de matemáticas me confesó que lo sabía pero que nunca me delató ¡¡¡porque ella también es del Atleti!!! No me digas que no mola.

No sé si recordarás aquella vez que en una foto al «Buitre» [Butragueño] se le veían todos sus atributos, seguro que sí. Pues ese día vi a mis compañeras de colegio en el quiosco que había a la puerta gritando como locas mientras se pasaban el periódico de mano en mano. Yo no tenía ni idea de qué se trataba hasta que lo vi y salté: «Bah, si quiero ver cojones mejor miro a cualquier jugador del Atleti.» Aquello fue la caña, el quiosquero se lo contó más tarde a mi padre partiéndose de risa y llegué a ser la heroína del barrio durante un día. ¡Pero es que yo lo decía en serio! ¡Con el asco que siempre le he tenido a Butrageño!

Y así crecí. Los domingos, con mi papá de la mano al Calderón. Íbamos andando, bajábamos por el paseo de la Ermita del Santo hasta el estadio, y a mí al cruzar el puente ya se me ponían los nervios en el estómago. Otras veces, cuando llevábamos prisa, cogíamos el 25 hasta el puente Segovia para seguir la marea de banderas hasta el Calderón.

Cuando me vine a vivir a Alemania, el Atleti se vino conmigo en la maleta, y muy pronto conocí al Colonia, que, como ya sabes, tiene mucho de Atleti también. La primera vez que fui a verlos jugar fue en el Müngesdorfer Stadion (el antiguo) y fue casi como ir al Calderón.

Y la historia se ha ido desarrollando… Cuando nació Sergio, mi hijo (en 1996, vino con el doblete bajo el brazo), y fuimos con él la primera vez a España, lo primero que le regaló mi padre fue la equipación completa del Atleti: estaba allí preparada en la cuna que tenían para él. Para mí fue una emoción enorme y hoy la conserva como oro en paño. Y no pasó mucho tiempo hasta que en esta casa se infectaran todos de inmediato con el «virus Atleti» y, bueno, ya los conoces, donde va el Atleti vamos todos. Aquí han entendido muy bien lo que significa ser del Atleti y lo asumen como algo que ya estaba escrito desde el principio.

En la Centuria Germana estoy desde hace muchos años y colaboro bastante con ellos: hemos ido aquí a programas de TV de gran audiencia representando al Atleti, hemos viajado por toda Europa, escribimos la mayoría de crónicas de viajes, hemos escrito el único libro que existe en alemán sobre el Atleti… y esto es solo el comienzo. Pero lo que de verdad me enorgullece es ir paseando los valores del Atleti allá por donde voy; a fin de cuentas, soy una colchonera que va conociendo a colchoneros por todo el mundo. Ese sentimiento de familia, de hermandad por encima de todo, me ha llevado a hacer amigos por todo el mundo, a ser «madre adoptiva» de chavales de Madrid, de Australia, de México, de Argentina, de Portugal, de Dinamarca… Pocas cosas me gustan más que cuando dicen que soy «su madre del Atleti». Personas a las que he ido conociendo durante mis viajes y con las que, con el tiempo, he ido forjando una buena amistad que perdura. Si yo veo que alguien necesita ayuda con una entrada, un transporte, lo que sea, muevo cielo y tierra para ayudarle. ¡Somos una familia rojiblanca!

A la entrada de mi casa se lee: «Aquí somos del Atlético de Madrid» y «En esta casa somos del Colonia».

Cuando juega el Atleti, la bandera ondea en la fachada. Y si juega el Colonia, también. Hay dos soportes y muchas veces ondean ambas, se llevan bien. ¡Hasta los vecinos son ya del Atleti! Rojiblancos 100.000%, eso se lleva en el ADN. ¡Ay, ver un partido Colonia-Atleti sería un sueño hecho realidad! Eso sí, te aseguro que en el estadio del Colonia yo me sentaría en el bloque de invitados.

Todos hablamos de lo difícil que era ser del Atleti en nuestros tiempos de colegio. Pues no te puedes imaginar lo difícil que era ser del Atleti en Alemania; cuando todos te repetían la cancioncita de «¿cómo se puede ser del Atleti habiendo en España equipos tan grandes?», mi respuesta era la misma siempre: «Yo ya soy del equipo más grande» (con mirada asesina). Jamás olvidaré la Nochevieja de 1991, en la que acabé bastante «perjudicada» intentando enseñar el himno del Atleti a los asistentes cantándolo a voz en grito.

Hasta hace nada, el Atleti era aquí un perfecto desconocido, a la sombra de gigantes que ni nombro, y más cuando eres de Madrid todos asocian el nombre al eterno rival, y me suben hasta los triglicéridos. Hasta mi hijo, cuando se ponía su camiseta del Atleti para ir al cole, ha tenido que oír los mismos comentarios, y su respuesta era: «Espera y verás, alguna vez no me preguntarás por qué soy del Atleti, me pedirás que te cuente más de él.» Y así es. Cuando hemos llegado a las finales de Champions League, cuando ven sus fotos recorriendo Europa, ya no le preguntan. Lo que oye ahora es: «¡Cómo mola el Atlético de Madrid!»

Hasta mi médico de cabecera (a la vez vecino y amigo), sin tener nada que ver con el fútbol, me felicita cada vez que ganamos. Forofos de equipos como el Colonia, el Schalke o el Dortmund muestran su preferencia por el Atleti (siempre que no juguemos contra ellos, claro). Ninguno del Bayern de Múnich, ¿por qué será? El dueño del bar de deportes donde vemos de vez en cuando algún partido nos invitó a una ronda cuando eliminamos al Bayern de la Champions League hace pocos años. Esa misma vez, jugaba el Colonia en casa y me puse la camiseta del Atleti para ir al partido. Los hinchas me aplaudieron al entrar, fue muy gracioso.

El equipo ha crecido dentro y fuera del país, y su nombre va asociado a lucha, coraje y perseverancia.

Somos el David entre muchos Goliats. El Atlético despierta muchas simpatías entre los verdaderos amantes del fútbol. Desde Ushuaia hasta Helsinki he lucido la camiseta del Atleti y más de una vez, después de revelar mi pasión, la respuesta ha sido: «Te gusta el fútbol, entonces.» Y eso me ha llenado siempre de orgullo.

En ese sentido, en Alemania sí le hemos allanado el camino al Atleti. Cierto es que sin su presencia en competiciones europeas nadie le conocería, pero nosotros siempre estamos ahí con nuestra camiseta rojiblanca mostrando que el Atleti es grande y que su afición es la mejor del mundo.

Por si alguien tiene duda del carácter de Carmen, cerraré este capítulo con una de sus mejores anécdotas.

En los cuartos de final de la Liga Europa de 2018 en el encuentro de vuelta ante el Sporting de Lisboa en la capital portuguesa, esta seguidora acudió acompañada por su marido, Henrik, y otros amigos desde Alemania. Había comprado una docena de pasteles de Belém y en el registro a la entrada del estadio José Alvalade, además de requisarle la bandera de la peña, le quitaron los dulces, calentitos todavía. Junto a la bandera, en la bolsa supuestamente se fue una camiseta del Atleti del cincuenta aniversario del Calderón. Carmen, que le tenía mucho cariño, empezó a buscarla en el montón de cosas donde iba a parar todo aquello que requisaban los de seguridad.

[C. G.:] La camiseta no aparecía y hasta los de seguridad del Atleti me decían que me calmara porque no me iban a dejar entrar y yo les preguntaba cómo que no me van a dejar entrar por robarme algo que era mío. Los pastelitos los apartamos un poco del montón para recogerlos a la salida si podíamos. Subimos a la grada de visitantes y el tema de la camiseta no me dejaba en paz. Me encontré con una policía y le dije que esto no podía quedar así y que quería poner una denuncia. Me acompañó a la comisaría que hay en los bajos del estadio y tuve que pasar por delante de los aficionados del Sporting con mi camiseta del Atleti. Hasta me tiraron cosas. En el camino me dijo que teníamos que ir antes a identificar al de seguridad de la puerta porque la denuncia había que ponerla contra alguien y mientras le preguntaba a la policía cómo se dice ladrón en portugués para llamárselo, le pedía al chico de la puerta que me devolviera los pastelitos, que los quería mucho.

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