Kitabı oku: «Las voces de la locura»
Colección La Otra psiquiatría
Dirigida por José María Álvarez y Fernando Colina
LAS VOCES DE LA LOCURA
José María Álvarez
Fernando Colina

Colección La Otra psiquiatría
Créditos
Título original: Las voces de la locura
© José María Álvarez y Fernando Colina, 2016
Del capítulo: «Entre voces» — © Fernando Colina
Del capítulo: «El hombre hablado. A propósito del automatismo mental y la subjetividad moderna» — © José María Álvarez
2ª edición
© De esta edición: Pensódromo 21, 2021
Diseño de cubierta: Pensódromo
Esta obra se publica bajo el sello de Xoroi Edicions
Editor: Henry Odell
ISBN ebook: 978-84-124690-2-8
ISBN print: 978-84-123372-3-5
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Índice
Prólogo
El automatismo mental. Del lenguaje como sustancia del alma
Las voces y su historia: sobre el nacimiento de la esquizofrenia
Origen histórico de la esquizofrenia e historia de la subjetividad
Entre voces
El hombre hablado. A propósito del automatismo mental y la subjetividad moderna
Sustancia y fronteras de la enfermedad mental
El sujeto de la melancolía
Bibliografía citada
Sobre los autores
Prólogo
Este libro habla por sí mismo de un largo trabajo conjunto, de intereses compartidos y de dos estilos diferentes. Después de casi tres décadas de colaboración, llama la atención que sigamos dando vueltas a las mismas cuestiones sobre la condición humana y la psicopatología. Una de ellas, las relaciones del lenguaje y la locura, da pie a esta obra.
Han pasado unos cuantos años desde las primeras publicaciones sobre el automatismo mental, las voces y la xenopatía, es decir, sobre el polo esquizofrénico de la psicosis. El inicial interés por las relaciones del lenguaje y la locura se ha desplazado paulatinamente hacia los vínculos entre la psicopatología y la historia de la subjetividad, y de esa trabazón llegamos por último a la constitución xenopática del sujeto, esto es, al lenguaje como morada en la que habitamos e ingrediente que nos constituye. Un largo camino, como se ve, que parte de la psicología patológica y se dirige a la general, que transita de lo discontinuo a lo continuo y de lo múltiple a lo uno. Y vuelta a empezar, siguiendo un incesante flujo dialéctico. Todas esas perspectivas se anotan en el texto que abre este libro, en el que se circunscribe el perímetro de nuestra averiguación y se trazan las líneas a seguir: «El automatismo mental. Del lenguaje como sustancia del alma».
De los últimos movimientos de ese tránsito dejamos aquí constancia. Lejos de darnos por satisfechos, nos pareció que avanzábamos un paso más en nuestro plan cuando añadíamos al análisis psicopatológico de las alucinaciones verbales o voces la perspectiva de la historia de la subjetividad. El caso es que, a través de distintas vías, concluimos, de forma provisional, que las voces propiamente psicóticas constituyen una manifestación exclusiva de la Modernidad, incluso que resulta difícil concebirlas en otro tipo de subjetividades anteriores. A sabiendas de que no se trataba más que de una hermosa especulación, nos empeñamos en dotarla de argumentos clínicos e históricos, al hilo de los cuales surgió la propuesta del origen histórico de la esquizofrenia, elaborada a lo largo de dos publicaciones: «Las voces y su historia: sobre el nacimiento de la esquizofrenia» y «Origen histórico de la esquizofrenia e historia de la subjetividad». Ambas pueden leerse en esta obra adecuadamente corregidas y revisadas. A ellas se suman otros dos textos («Entre voces» y «El hombre hablado. A propósito del automatismo mental y la subjetividad moderna»), con los que intentamos afianzar, con otros enfoques y estilos, los planteamientos iniciales.
Con la introducción de la perspectiva histórica nos desmarcamos decididamente del modelo biomédico, hegemónico en la actualidad. De hecho, esta obra, con propuestas quizás atrevidas, amplía la visión antinaturalista de las enfermedades mentales con la que estamos comprometidos. Con ello, a los enfoques de otros tiempos sobre la función del delirio, los polos de la psicosis, la condición melancólica del ser, la articulación de lo continuo y lo discontinuo, de lo uno y lo múltiple, por mencionar algunos de ellos, añadimos ahora el encuadre de la historia de la subjetividad. Mediante esta indagación intentamos iluminar ciertos cambios que afectaron al deseo, al sujeto y a la mentalidad. En nuestra opinión, la aparición de las voces propiamente psicóticas constituyó la manifestación más conspicua de esa transmutación subjetiva. De ahí que propusiéramos, con cierta osadía, el origen histórico de la esquizofrenia y viéramos en el hombre hablado la caricatura del sujeto moderno.
Cuando se sigue con tiento el hilo de la historia, de pronto aparece una especie de nudo, una densidad ensortijada, al aproximarse a los albores de la Modernidad. Da la impresión de que el sujeto acometió por entonces ciertas vivencias inauditas, sobrevenidas sobre todo a consecuencia de los límites del lenguaje, y de la angustia y soledad que eso generó. De pronto las representaciones no alcanzaban a revestir el territorio existente y lo real se adueñaba de una parte de la experiencia. Es ahí donde situamos la emergencia de las voces esquizofrénicas, en ese nuevo mundo terrible y mudo, descoyuntado entre la ciencia y el Romanticismo. Un mundo del que han desaparecido aquellos seres intermedios (ángeles, daimones, etc.) que hacían de lo sobrenatural algo cercano y amigable. En definitiva, un mundo sin Dios que empuja a experiencias inéditas.
A partir de esta perspectiva doble, las voces se nos muestran tanto en su dimensión de injuria como en la de saludable compañía. Desde un punto de vista psicopatológico, las voces dicen sin decir lo que nadie acierta a entender. Si las analizamos según un enfoque histórico, las voces se nos antojan como la respuesta inteligente de la locura a la soledad del hombre moderno, ese hombre perplejo que se disuelve en un universo imposible de simbolizar.
A la par que indagábamos en esas cuestiones, seguíamos dándole forma a una idea, a la que cada día consideramos más sólida y bien fundamentada, respecto a la posible articulación de lo continuo y lo discontinuo, de lo uno y lo múltiple, aspecto que constituye uno de los problemas tradicionales de la filosofía occidental y es un pilar principal de la psicopatología. Surgió de ahí «Sustancia y fronteras de la enfermedad mental», un escrito de psicopatología general que recuperamos para esta obra después de revisarlo atentamente. Cierra el libro «El sujeto de la melancolía», estudio dedicado a la raíz melancólica del hombre, cuyo enfoque aúna de nuevo los componentes históricos y psicopatológicos, es decir, la condición universal de la subjetividad y la condensación morbosa de la tristeza.
Con excepción de «Entre voces» y «El hombre hablado», el resto de los estudios han sido escritos mano a mano. Todos ellos invitan a una lectura atenta si se quiere seguir las pesquisas y desenredar los argumentos, a veces imposibles.
Los autores
El automatismo mental.
Del lenguaje como sustancia del alma
La historia y el sujeto / La sustancia del alma
1. La historia y el sujeto
Entre otras cosas, la historia enseña a distinguir lo duradero de lo efímero. Basta con el paso del tiempo para que se aplique su inexorable dictamen, sea cual sea el ámbito del que se trate. Hay conceptos e ideas que dejan una huella indeleble y se convierten en referentes, mientras la inmensa mayoría de ellos se aviejan apenas salen de la cuna. También en el estudio de la condición humana, sobre todo en sus extremos más patéticos, se impone la sentencia de la historia. La psicopatología cuenta con algunas de esas referencias modélicas e intemporales, sobre todo la histeria, la melancolía y la paranoia (delirio). Cualquiera de ellas, en su calidad de tipos clínicos, constituyen magnificaciones de las dificultades habituales que afectan a todo sujeto en lo tocante al deseo, la tristeza y la interpretación, tres ingredientes básicos de nuestra condición.
El automatismo mental contiene asimismo uno de esos elementos esenciales: el lenguaje y sus múltiples aristas. Sobra con esta razón para que se sume a la terna antes enumerada y se erija en el mirador privilegiado desde donde analizar las relaciones entre el sujeto y el lenguaje. Pero a diferencia de la histeria, la melancolía y la paranoia, el automatismo mental casi no tiene historia, por lo que suponemos que informa de algún tipo de cambio en la subjetividad.
Son numerosas las preguntas que esos referentes intemporales siguen formulando. Su valor consiste precisamente en la capacidad de interrogar y suscitar curiosidad. Como rocas indestructibles, esos modelos de referencia han visto formarse a su alrededor numerosas teorías que aspiraban a explicarlos pero acababan finalmente sucumbiendo. Porque las teorías son efímeras si se las compara con las preguntas que las provocan y alientan. La mera mención de los referentes que elegimos como guía es suficiente para saber si estamos del lado de la historia y del sujeto o del lado del cientificismo y de las enfermedades mentales.
2. La sustancia del alma
En la Île de la Cité, corazón de la ciudad de París y lugar de su fundación, Clérambault comenzó, hace ahora un siglo, a elaborar el síndrome del automatismo mental. Lo que esta descripción aportó a la psicopatología clínica contiene una enseñanza que no se ha devaluado con el paso del tiempo. Seis son, cuando menos, los aspectos que conservan hoy día el más vivo interés. Todos ellos renuevan su actualidad y la extienden a territorios situados mucho más allá de la importancia que le confirió en su tiempo el singular médico de la Enfermería especial de la Prefectura de Policía.
El primero, enmarcado en la investigación historiográfica, sitúa el automatismo mental como la culminación de la fenomenología descriptiva, cenit de las observaciones sobre las alucinaciones desarrollado por los clínicos franceses a lo largo del siglo XIX y primeras décadas del XX. En él confluyen las aportaciones semiológicas más brillantes, desde Esquirol hasta Séglas, pasando por Baillarger. A lo largo de ciento treinta años, paulatinamente, las alucinaciones verbales abandonarían el apartado de la patología de la percepción para inscribirse —como propuso Séglas— en el de la patología del lenguaje interior.
De esas contribuciones habría de surgir la figura del xenópata, es decir, el sujeto hablado por el lenguaje, de quien Clérambault ofrece el retrato más esmerado. Y aquí radica el segundo aspecto, de índole estructural, que nos muestra de forma clara y dramática la relación del sujeto y el lenguaje. Desde esta perspectiva adquiere fundamento la pregunta acerca de si los trastornos del lenguaje son una manifestación de la psicosis o la psicosis es un efecto del desorden de la relación del sujeto con el lenguaje. A esta consideración aporta la noción de xenopatía argumentos de reflexión reveladores. A nuestro parecer, el concepto xenopatía incluye una representación privilegiada de la fractura interior, pero aporta un matiz esencial que otros términos (disgregación, escisión, disociación, discordancia, esquizofrenia, etc.) no contienen: un elemento «extraño», «extranjero» (xénos), habita en el interior de lo más íntimo del ser y su presencia lo enferma (phatie). El lenguaje que nos constituye, elemento íntimo y a la vez extraño, se adueña paulatinamente del sujeto y acaba hablando a través de él (xenopatía del lenguaje). De forma descriptiva lo usamos para referir la inefabilidad de experimentar el propio pensamiento, los propios actos, las propias sensaciones corporales o los propios sentimientos como si fueran ajenos, impropios o impuestos, como si estuvieran determinados o provinieran de otro lugar —no importa que sea exterior o interior— del que el sujeto, perplejo y sumido en el enigma, no se reconoce como agente sino como un mero y exclusivo receptor.
Pero el automatismo mental no se limita a una descripción micro-fenomenológica del nacimiento a la psicosis o de su periodo de estado. En su conjunto —este es el tercer aspecto— constituye un modelo nosológico para pensar la locura. En él se muestra el proceso de edificación de las psicosis alucinatorias crónicas desde el surgimiento de los fenómenos elementales, esas miniaturas en las que está inscrita el conjunto de la experiencia psicótica, hasta el gran síndrome con componentes alucinatorios, delirantes, cenestésicos y motrices; esto es, desde el síndrome de pasividad (retrato preciso de la tiranía que ejerce el lenguaje sobre el esquizofrénico) hasta la gran fragmentación simbólica y corporal descrita en el triple automatismo mental. Además, este modelo destaca la discontinuidad de la experiencia que entraña el desencadenamiento, llegando hasta el extremo de la conformación de una «personalidad segunda», tan ajena como extraña a la personalidad premórbida.
El cuarto aspecto que destacamos sitúa al automatismo mental como la expresión más depurada del pathos moderno: la experiencia del hombre hablado, fragmentado, interino de sí mismo. Más que ningún otro trastorno mental, el automatismo mental, la esquizofrenia y las locuras discordantes son el testimonio directo de la presencia amenazadora, autónoma, parásita e intrusa del lenguaje, cuya manifestación por excelencia es la ruptura de unidad interior que asola al hombre moderno. De ella encontramos testimonios de primera mano en el ámbito de la experiencia alucinatoria. En ella se ha basado el psicoanálisis para construir su teoría, en la cual la división subjetiva se da como hecho constitutivo y el lenguaje se propone como quintaesencia del ser, relegando así su vertiente meramente comunicativa. También ese determinismo del lenguaje sobre el hombre y la fragmentación que lo acompaña inexorablemente se pone de relieve en la moderna literatura (Joyce, Woolf, Faulkner), la lingüística y la filosofía, especialmente en Heidegger y sus seguidores.
Estas experiencias de fragmentación, de las cuales las voces o alucinaciones verbales son la expresión más reveladora, parecen estrechamente vinculadas a la singularidad del pathos del hombre de la época de la ciencia y la declinación de la omnipotencia divina. Surge de aquí un quinto aspecto consistente en interrogarse sobre el origen histórico de la esquizofrenia (el polo esquizofrénico o xenopático de la psicosis). Siguiendo esta hipótesis, la esquizofrenia debería concebirse como una enfermedad histórica que expresa la profunda transmutación de la subjetividad sobrevenida con la aparición del discurso científico, con el que el hombre se abrió a nuevos tipos de experiencias respecto a las relaciones con el mundo, los otros y consigo mismo. Esta propuesta, cuyos argumentos extraemos de la historia de la subjetividad y de la psicopatología clínica, se sumaría a las que contradicen con vigor la visión de las enfermedades mentales como hechos de la naturaleza. Además, llevando hasta el extremo dicha propuesta, podríamos concebir la esquizofrenia como un síntoma de la ciencia, en la medida en que ese trastorno señala los límites infranqueables relativos a lo que la propia ciencia ignora de sí misma.
Por último, el automatismo mental es la bisagra que articula la clínica clásica y el psicoanálisis moderno. Las elaboraciones de Lacan sobre el lenguaje, el goce, lo real y la psicosis se inspiran directamente en el automatismo mental; en este sentido, la descripción de la xenopatía clérambaultiana da pie a la construcción de una teoría en la que el lenguaje o discurso del Otro determina y conforma al sujeto. Ahora bien, la clínica clásica y su precisa semiología aportan las herramientas necesarias para, en la mayoría de los casos, distinguir mediante criterios fenomenológicos al loco del cuerdo. Hay en el último tramo de la enseñanza de Lacan, sin embargo, una vuelta de tuerca más que interesa a nuestra reflexión: si se admite que el lenguaje es constitutivo del ser (parlêtre), podría pensarse una dimensión genérica de la xenopatía, una experiencia común a todos los hombres, a partir de la cual surgiría la nueva pregunta de por qué no estamos todos locos o por qué no todos experimentamos el lenguaje como un ente autónomo que nos usa para hablar en nosotros y a través de nosotros. Desde este punto de vista, al pensamiento tradicional de la clínica estructural (neurosis versus psicosis; cordura versus locura) se añade el de una clínica continuista, en la cual la psicosis sería una experiencia originaria común de la que los neuróticos lograrían zafarse con éxito mediante el empleo eficaz de ciertos mecanismos defensivos.
Todos estos aspectos convierten al automatismo mental en el gran referente para pensar la locura moderna, la representada por la fragmentación y las voces, es decir, por el polo más esquizofrénico de la psicosis. Pero también, transitando de la psicología patológica a la psicología general, el automatismo mental constituye la más importante apoyatura de la raigambre lingüística que nos convierte en sujetos y que hace del lenguaje la sustancia del alma.
Las voces y su historia: sobre el nacimiento de la esquizofrenia1
Pregunta / Hipótesis / Espíritus intermedios / Lo imposible y las voces / Un lenguaje extraño / Pathos y lenguaje / De las imágenes a las palabras / Palabras rotas y desamparadas / Ecos de un fracaso
1. Pregunta
La pregunta por la historia de las psicosis es muy difícil de formular. Cualquier imprecisión acota el resultado y cierra el camino a otra posibilidad. Nuestra reflexión gira en torno a las voces de los psicóticos y quiere interrogarse sobre si este síntoma primario —aceptando la terminología fenomenológica—, probablemente el más característico en nuestro tiempo de la esquizofrenia, ha estado siempre presente en las manifestaciones de la locura o, si por el contrario, es de aparición reciente en su sintomatología.
La perspectiva histórica que nos interesa necesita tres exclusiones previas. Primero, descartamos la historia de la propia medicina, del conjunto de los saberes médicos, pues no nos incumbe en este momento conocer cuáles han sido los modelos teóricos que se han utilizado para elucidar la locura. Poco nos dice sobre el tema que nos convoca la evolución conceptual que se extiende desde la primitiva concepción humoral hasta la aparición de la psiquiatría en los albores del siglo XIX, y, dentro de esta última, los sucesivos avatares y disputas entres las corrientes somáticas y psíquicas2. A nosotros, en este momento, nos mueve un hecho concreto: saber si los psicóticos de todos los tiempos han oído voces, o bien si su aparición es más acusada en la Modernidad o, al menos, cualitativamente diferente a como se había presentado antes. En paralelo a esta hipótesis, se aportarán algunas reflexiones destinadas a vincular el surgimiento de la esquizofrenia con la Modernidad, esto es, con la aparición del discurso científico y con una particular relación del hombre con el lenguaje.
En segundo lugar, dejamos aparte todo lo que incumbe al tratamiento de la enfermedad, a las distintas prácticas terapéuticas, pues poco o nada nos dicen salvo lo que concurra, como información indirecta, acerca de la presencia de las voces y su hipotética evolución histórica.
Por último, alejamos de nuestra atención todo cuanto corresponda a una perspectiva biológica de la psicosis, entendiendo que este punto de vista defiende una constancia de la esquizofrenia similar a la que puedan conservar a lo largo de los tiempos la tuberculosis o la litiasis biliar. Enfermedades, en suma, con una causa, una clínica y un desenlace siempre similares, donde las condiciones sociales o psicológicas pueden modificar su frecuencia, su gravedad o el sentimiento de peligro que las acompaña, pero no su entidad o su esencia. La naturaleza física, en este sentido, es muy poco histórica o lo es en unos lapsos tan grandes que escapan a nuestra reflexión.
Lo que ahora reclama nuestra atención es conocer si existe una historia que afecte al deseo, a la subjetividad o a la mentalidad de las personas. Porque, de ser así, cabe que las heridas más notables del hombre, esto es, la tristeza que nos melancoliza, la autorreferencia ególatra que nos vuelve paranoicos y la fragmentación que nos lleva a la esquizofrenia, hayan conocido cambios a lo largo de la historia. Y uno de esos cambios podemos centrarlo alrededor de las voces, por si acaso éstas son un síntoma histórico de las psicosis y su aparición debe atribuirse a un desgarrón distinto de la persona aparecido en una determinada época, en concreto, la Edad Moderna. De ser así, la cuestión que se suscita, lógicamente, será también la recíproca: la presencia de las voces nos orientarán sobre la naturaleza de la enfermedad y, por consiguiente, sobre las heridas humanas más distintivas.
2. Hipótesis
Las diferencias que queremos establecer se desarrollan en torno a dos elementos: la creencia en espíritus invisibles que comparten la realidad con nosotros, y la condición intrínseca de la palabra cuando se confronta con el fondo de las cosas.
Ambas contribuirían a que, llegado un momento en la historia de las mentalidades y la estructura del sujeto, las locuras hayan encontrado su expresión más característica en las voces delirantes y alucinatorias, esos síntomas propios de las psicosis que hoy configuran el núcleo del llamado automatismo mental.
Es cierto que en los testimonios antiguos que se conservan no aparecen descritas las voces como padecimientos propios de los locos, pero esto, por sí mismo, no prueba nada. Sabemos que el interés por lo que decían y formulaban los enajenados es relativamente reciente y coincide prácticamente con la inauguración de la psiquiatría. Se ha dicho —por Foucault— que hasta Pinel no hay un claro interés por conocer qué dice un alienado, por qué lo dice y con qué intención lo cuenta. Nos consta también que, hasta esas mismas fechas, los autores citan casi siempre de segunda mano las declaraciones sintomáticas de los enfermos, las cuales se repiten invariables desde la Antigüedad a lo largo de los escasos textos que dan cuenta de ellas. Por ese motivo, todo cuanto digamos acerca de la aparición de las voces como un síntoma reciente en la fenomenología psicótica o, al menos, como una acentuación específica de la Modernidad, no pasa de ser una mera suposición, sin demostración posible, cuyo alcance tratamos simplemente de evaluar y en ningún caso demostrar. Toda comparación efectiva con el pasado es realmente imposible y sólo tolera, a lo sumo, una hipótesis preparatoria.
3. Espíritus intermedios
Hasta no hace mucho, todos los pueblos occidentales han compartido la idea de que unos entes intermedios entre los dioses y los hombres convivían junto a nosotros en el mismo espacio físico y mental. Espíritus, demones (genios), ángeles o diablos han participado de nuestra experiencia como un hecho inequívoco y común hasta que la mentalidad científica los fue desplazando al campo de la ficción y la fantasía. Es revelador, en este sentido, que Montaigne (1533-1592), elegido para la ocasión como exponente de una nueva mentalidad, exprese su apoyo decidido a las doctrinas socráticas salvo en lo que hace referencia a su trato con los demones, que le parecen el producto de una creencia supersticiosa y superficial: «Nada digiero con tan gran trabajo en la vida de Sócrates como sus éxtasis y diablerías»3.
Opinión aún madrugadora si pensamos que Descartes (1596-1650), con quien realmente identificamos un cambio revolucionario en nuestra racionalidad —como se lee al final de su primera Meditación— todavía está preocupado unos años después por la presencia de genios malignos que con astucia y malas artes se interponen en el curso de su pensamiento4.
Una explicación sustanciosa del papel de los espíritus en aquellos tiempos la encontramos en un artículo de Tasso (1544-1595), El mensajero, que tiene especial significación para nosotros por dos razones. Por un lado, porque está escrito ya en una época tardía, 1580, en los albores por lo tanto de la Modernidad. Y, en segundo lugar, porque lo compone en el período de locura, durante los siete años y medio que permaneció internado en el hospital de Sant’Anna por orden del Duque de Ferrara. En este texto revelador, Tasso sostiene que, en el orden impuesto por Dios y su ministra la naturaleza, nada va de un extremo a otro sin pasar por el medio. Así, al igual que la naturaleza odia el vacío y reclama la ayuda del aire para penetrar en los cuerpos y ocupar todos los intersticios, los ángeles y demonios son necesarios para interponerse entre las especies inferiores y superiores, entre lo mortal y lo inmortal, entre lo humano y lo divino5. De esta suerte, mientras Montaigne empieza a descorrer un espacio racional que no precisa intermediarios inteligibles entre el hombre y la divinidad, o entre la persona y las cosas materiales, un psicótico de genio agudiza un interés renovado por los espíritus, probablemente porque facilitan su delirio y, en cierto modo, templan su ánimo al ceder el protagonismo de las voces a figuras más o menos demoníacas que aún siguen siendo reales para el sentido común de los contemporáneos. Las voces del poeta italiano, por lo tanto, son aún voces de los espíritus y no esas voces inefables que asaltan al esquizofrénico que hoy frecuentamos. «Me susurró al espíritu aquel gentil espíritu que suele hablarme en mis imaginaciones»6, escribe Tasso como muestra de lo que decimos.
4. Lo imposible y las voces
Pero, al tiempo que han desaparecido los espíritus amigables o amenazantes de nuestro entorno, la realidad se ha ido descarnando, volviéndose tanto más cruda cuanto que la lingüisticidad del mundo ha entrado en crisis. Según la ciencia incrementaba su precisión y claridad en la superficie del mundo, el Romanticismo abría un abismo en el corazón del hombre y un territorio sin palabras en el interior de las cosas. En la realidad se ha ido entreabriendo un hueco que las palabras ya no aciertan a delimitar. La cosa en sí kantiana, la voluntad de Schopenhauer, la oscuridad de Schelling, la pulsión de Freud o lo real de Lacan, dan testimonio de esa experiencia radicalmente moderna que conduce al hombre hasta los límites del lenguaje, allí donde la representación no alcanza a revestir el territorio existente. Sin embargo, mientras que para el filósofo de Königsberg la cosa en sí —ese ámbito transfenoménico e inerte que no está sometido al tiempo ni al espacio ni a la causalidad— delineaba los límites entre lo cognoscible y lo incognoscible, para Freud y Lacan ese real, ya activo y amenazante, alcanza a constituir una de las dimensiones propias de la experiencia humana, sellando así el fracaso de lo simbólico y abriendo las puertas a un más allá del placer y del deseo.
De este descubrimiento es hija la psicosis propia de la Modernidad. La esquizofrenia, tal y como la conocemos, no puede ser anterior a este tiempo histórico, cuando la subjetividad descubre una incapacidad nueva y radical en el dominio del lenguaje. Las voces de los esquizofrénicos no son otra cosa que las respuestas del sujeto a lo imposible, respuestas al fin y al cabo ante la presencia de ese real que ha surgido ininteligible, peligroso y amenazador. Surgen del cortocircuito establecido entre una palabra fundida y perdida entre las cosas y la urgencia del lenguaje que acude a sofocar como puede, es decir, con el delirio, la herida que se ha abierto en el mundo y en la división del hombre. Las voces, en este caso, son la lengua muda que empieza a recobrar el habla, son un alfabeto naciente y titubeante. A un psicótico que conocemos, las voces le dicen «vacío», como si le recordaran la tarea original de crear algo, rellenar y simbolizar. A Schreber le decían algo parecido, le obligaban a pensar7. Las voces son el comienzo del racionalismo mórbido del esquizofrénico.
Ahora bien, del mismo modo que el esquizofrénico es precursor e investigador de una nueva realidad, revela también el testimonio de un temor desconocido. Sabemos que la angustia moderna ha sido definida por Kierkegaard como el resultado de una culpabilidad liberada del pecado pero aún sometida a esa posibilidad8. El psicótico, en cambio, es quien ha llevado su inocencia aún más allá, hasta alcanzar un territorio donde a la ausencia radical del pecado, esto es, del deseo, se une también la pérdida de las instrucciones sobre el manejo del verbo.
Muchas veces nos preguntamos sobre las características de la angustia del esquizofrénico, ese pavor que situamos por encima de la angustia neurótica, que, por muy informe y referida a la nada que sea, acertamos a nombrar y delimitar con palabras, aunque éstas se refieran al vacío y a la ausencia precisamente de palabras. Sin embargo, el esquizofrénico habría penetrado en un mundo enigmático, tan oscuro que ha perdido por el camino cualquier posibilidad de nombrarlo, ni siquiera como ausente o incognoscible. Esa presencia sustancial de las tinieblas en las que se extravía, solo y sin el ropaje del lenguaje, constituiría el nivel desolador de su angustia, la cota donde se fractura el lenguaje. Bien distinta resulta esta experiencia de la que puedo forzar si una noche solitaria contemplo con intensidad el firmamento y me cuestiono sobre el misterio de la vida y las dimensiones del cielo. No se trata aquí de este tipo de angustia ante lo que no tiene explicación, sino de la que experimentan quienes han metido el cielo en su cabeza extraviando las palabras que puedan dar cuenta del acontecimiento. No como el poeta nocturno que admira las estrellas y siente el estímulo trémulo de lo inefable, sino como quien ha perdido hasta la posibilidad más remota del lenguaje.
5. Un lenguaje extraño
La desaparición de los espíritus en nuestro imaginario nos confronta más directamente con los abismos que bordean la pulsión, es decir, con la omnipotencia de lo divino y el núcleo mudo de la realidad. Huérfanos de ángeles y diablos, las palabras del hombre moderno tienen que dar cuenta por sí solas de una divinidad sin Dios y de una realidad sin representación cada vez más descarnada, la cual apenas acertamos a formular pese a que se abalanza sobre nosotros con malos modos.
«Nada distingue tanto al hombre antiguo del moderno como su entrega a una experiencia cósmica que este último apenas conoce», escribe Benjamin en Dirección única9.
La temible aberración de los modernos —continúa Benjamin— consiste en considerar irrelevante y conjurable esta experiencia, y dejarla en manos del individuo para que delire y se extasíe al contemplar hermosas noches consteladas. Pero lo cierto es que se impone cada vez de nuevo, y los pueblos y razas apenas logran escapar a ella, tal como lo ha demostrado, y del modo más terrible, la última guerra, que fue un intento por celebrar nuevos e inauditos desposorios con las potencias cósmicas10.
En efecto, el psicótico actual carece de esa experiencia con la que rellenar fácilmente su potencial mundo delirante. Nuestro psicótico no dispone de un mundo sobrenatural compartido con otros seres. Está falto de una experiencia cosmológica que le posibilite tratar la inmensidad del universo, y no acierta a revestir ese mundo mudo y temible que se ha despertado con la escisión del hombre moderno, atrapado y descoyuntado entre la ciencia y el Romanticismo. Un mundo volcánico capaz de reventar las frágiles palabras que entran en contacto con él, esas mismas palabras que comprometen al psicótico hasta desencadenar la locura y ocupar su cabeza con las nuevas voces del automatismo mental, tan inclinadas más tarde a dar testimonio de un supuesto asesinato del alma o a erigirse en el campo de batalla de dos fuerzas cósmicas que comprometen a su oidor.
Los fenómenos de posesión que identifican la locura, a falta de seres espirituales, tienen como inicial poseedor a los residuos de la palabra. Son las nuevas construcciones, entonces, las que vienen a sorprender al esquizofrénico con un lenguaje extraño. Sin embargo, esas palabras reconstruidas en principio no le dicen nada, salvo insinuar el insulto, la alusión, el ruido o el eco del pensamiento. Delirar, en cierto sentido, es el esfuerzo de resucitar los espíritus antiguos para que ocupen el espacio lingüístico que la psicosis ha destruido, es decir, para restablecer la continuidad entre la entidad espiritual y la lingüística, separadas desde el momento del desencadenamiento. De este modo se ratifica que aquella presencia de seres espirituales, ángeles o diablos, asentada por la tradición en el dominio de nuestra naturaleza psíquica, ha sido transformada por la ciencia en un fenómeno de la locura.
6. Pathos y lenguaje
Jubilados los espíritus intermedios de sus funciones saludables y puestas en entredicho la omnisciencia y la omnipotencia de Dios por el racionalismo y por el positivismo de la mentalidad científica, la medicina alienista de principios de XIX continuó sirviéndose de los demones, los espíritus y las vivencias de los místicos para establecer la raigambre patológica de las voces, consideradas en adelante alucinaciones del oído. Se trata, no obstante, de un período de transición en el que los pioneros de la psicopatología elaboran aún sus teorías echando mano de los autores clásicos y de los ideales de la ciencia médica. Nada sorprende, en este sentido, que Pinel, profesor de Medicina y director de manicomio, dejara escrito lo que sigue: «Apenas se puede hablar de las pasiones como enfermedades del alma, sin haber tenido antes presentes en la mente las Tusculanas de Cicerón y las otras obras que este hombre genial consagró a la moral en los años en que maduraba en edad y experiencia»11.
Pero el auge del alienismo no consiguió rebasar la primera mitad del siglo XIX, orillado paulatinamente por el empuje de la ciencia psiquiátrica y la psicología experimental. Desde las primeras descripciones y teorías de Esquirol sobre las alucinaciones, hasta que un siglo después las visiones de la fragmentación subjetiva comenzaran a formularse con los nombres de «esquizofrenia» (Bleuler), «automatismo mental» (Clérambault) o «locuras discordantes» (Chaslin), se suceden algunos hitos psicopatológicos cuya lógica puede precisarse en torno a tres procesos paralelos y dependientes. En primer lugar, se advierte un desplazamiento del interés por el ámbito visual hacia el verbal y el auditivo. En segundo lugar, los fenómenos alucinatorios ruidosos, exteriores y sonoros cederán su protagonismo a ese enjambre de pequeños signos xenopáticos que nombran la atomización radical de la identidad. Por último, y como resultado de los dos anteriores, la fascinación suscitada entre los psicopatólogos por las relaciones entre las alucinaciones y el lenguaje, encontrará los más cabales fundamentos explicativos en la obra de Freud, la cual se afirma desde el principio en la relación consustancial que une el lenguaje y la subjetividad.
Como resultado del proceso epistemológico que acaba de apuntarse, la patología del lenguaje se convertirá en uno de los protagonistas principales de la nueva concepción del sujeto, a resultas de la cual la consideración tradicional de la lengua como instrumento destinado a la comunicación dará paso a una perspectiva más inquietante en la que nosotros somos los instrumentos de los que se vale el lenguaje para manifestarse. La presencia de voces alucinatorias y de pensamientos impuestos, las descripciones de la esquizofrenia, la psicosis alucinatoria crónica, el automatismo mental y las locuras discordantes verbales, también las últimas novelas de James Joyce, reflejan en todos sus relieves el sometimiento del sujeto moderno a las leyes de la palabra. El lenguaje no ha sido fundado, sino que es él quien funda, dirá Heidegger para reflejar este proceso.
7. De las imágenes a las palabras
Las figuras del visionario, el ventrílocuo y el xenópata ilustran con claridad los hitos arriba señalados. Dejando a un lado las grandes tendencias que conformaron el saber psicopatológico, resulta llamativo que Esquirol —el primer teórico de las alucinaciones— calificara de «visionario» al alucinado: «Un hombre que tiene la convicción íntima de una sensación actualmente percibida, aun cuando ningún objeto hiera sus sentidos, se encuentra en un estado de alucinación; es un visionario»12. El énfasis puesto en la dimensión visual se advierte también en las ilustraciones clínicas, en las cuales el componente auditivo aparece relegado.
También esta predominancia de la dimensión espacial con que «se hace visible el reino de las sombras»13, resulta dominante en el análisis que Kant, medio siglo antes, realizara de Emanuel Swedenborg en Los sueños de un visionario (1766), sin duda su libro más curioso y punto de partida de su filosofía crítica. Kant, que compartió parte del siglo con Pinel, se vio obligado a estudiar la locura para examinar los límites de la razón, rectificando así la exclusión de Descartes —analizada por Foucault— que no consideraba la locura ni siquiera como un engaño de la razón. En su estudio del «archivisionario de todos los visionarios», capaz de mantener relación directa con los espíritus y las almas, es significativo que Kant dudara entre encontrar similitudes de la metafísica con la obra del autor sueco —«tan sorprendentemente semejante a mis quimeras filosóficas»14—, o despacharle «rápida y definitivamente a la enfermería»15. En cualquier caso, su concepción del lenguaje relativo a estas experiencias sigue siendo la tradicional: «El lenguaje de los espíritus consiste en una comunicación inmediata de las ideas, pero siempre va unido a la apariencia de aquel lenguaje que habla en las restantes ocasiones y es concebido como exterior a él»16.
Sin embargo, apenas una década después de que Esquirol publicara sus dos volúmenes sobre las enfermedades mentales, su alumno Baillarger acierta a captar los susurros y murmullos de las voces que conviven con el alienado, describiendo al alucinado mediante la metáfora del «ventrílocuo». Son los propios locos —advierte— quienes pronuncian las palabras con la boca cerrada, como hacen los ventrílocuos. De especial relevancia resulta también destacar que Baillarger se guió de las experiencias de los místicos cuando distinguió las alucinaciones sensoriales y las psíquicas. Al leerlos, se percató de las diferencias existentes entre las «locuciones intelectuales», las que suceden en el interior del alma, y las «voces corpóreas», esas que atruenan los oídos. «No tengo necesidad de añadir —escribió— que la división que propongo para las alucinaciones, y a la que he sido conducido por la observación directa de los alienados, es la de los autores místicos; solamente han sido cambiadas las palabras. Llamo alucinaciones psíquicas a las visiones y a las locuciones intelectuales, y alucinaciones psicosensoriales a las visiones y a las locuciones corporales»17.
Los pasajes que acaban de citarse muestran de forma ejemplar, a nuestro parecer, un desplazamiento de la dimensión visual a la auditiva, de la mirada a la voz, de las imágenes a las palabras. Palabras, cuya presencia e intromisión cada vez más evidente, irán configurando el nuevo rostro del alienado moderno. Estas pinceladas históricas ilustran asimismo sobre la tendencia a considerar erróneamente patológicas ciertas experiencias que, en otro tiempo y para muchas personas, no eran otra cosa que los resortes espirituales que les servían para vivir. A este respecto conviene evocar el anacrónico análisis psicológico que Lélut dedicó a Sócrates y su demon en 1836. Al hilvanar su sesudo estudio con referencias clásicas (Cicerón y Plutarco, especialmente) y con otras provenientes de autores más cercanos en el tiempo, se advierte esa predisposición inexorable que culmina convirtiendo a Sócrates en un loco y a la voz divina de su demon en «[…] las alucinaciones auditivas más manifiestas y más inveteradas que jamás haya podido observar un médico»18.
Si se admite que la figura del visionario diera paso a la del ventrílocuo, la progresión nos llevaría finalmente a proponer la del xenópata19. Por tal entendemos la del sujeto hablado por el lenguaje, cuyas ilustraciones más depuradas se hallan en las páginas de Séglas y Clérambault20. Al quedar desposeído del lenguaje como instrumento, el sujeto se convierte en una fuente parásita que recibe sus propias palabras como si le fueran ajenas, pero en su perplejidad tiene la rotunda convicción de que esas palabras le conciernen en lo más íntimo de su ser. De esta forma, a falta de esos parapetos contra lo real que en otro tiempo encarnaron los espíritus, el lenguaje se ha transformado en una presencia amenazadora, en una potencia autónoma que busca a los psicóticos para hacerse oír, convirtiéndolos en xenópatas que «[…] juegan a la alucinación como algunos niños se divierten jugando al teléfono»21.
8. Palabras rotas y desamparadas
Las voces psicóticas, además de inefables, son mudas con toda probabilidad. En realidad, todos experimentemos unas voces calladas que no pasan de ser voces de la conciencia, voces que no acertamos a oír en ausencia de aquellos espíritus intermediarios que mediaban a nuestro favor. Los esquizofrénicos, por contra, son los que sonorizan esas voces silentes, o los que simplemente oyen el silencio. Del «pensamiento que no dice nada» hablaba Schreber, por poner un ejemplo ilustre sobre este acontecimiento. Los alucinados no oyen cosas inexistentes, sino que más bien oyen aquello que para nosotros ha enmudecido. Escuchan lo que no podemos oír. Escuchan a testigos desaparecidos para nosotros. Esto constituye la fuerza y verdad de su testimonio, aunque para formularlo necesiten el reclamo de la locura. Del lenguaje es imposible salir si no es bajo la condición de delirar, y es más allá del lenguaje donde reside el silencio sepulcral que sólo oye el psicótico, que es quien vuelve a oír lo que para nosotros ya permanecía silencioso por mor de la lengua que habitamos. Por ello a menudo sólo oye unas voces que hablan entre sí, de lo suyo. Hablan de sucesos inefables que no llegan del todo al psicótico, quien a lo sumo sabe que hablan pero no lo que dicen.
Al fin y al cabo, en la psicosis moderna el verbo campa a sus anchas sin llegar a hacerse carne en el discurso. Las voces reveladoras de la psicosis poco tienen que ver con aquellas anunciaciones que embriagaban a san Agustín: «Pero cuando del bajío más secreto de mi alma mi enérgica introspección dragó y amontonó toda la hediondez de mi miseria […] he aquí que oigo una voz de la casa vecina, voz de niño o de niña, no lo sé, diciendo y repitiendo muchas veces con cadencia de canto: Toma, lee; tolle, lege»22. Tampoco tienen que ver con la voz que le habla a Sócrates que, además de perfectamente inteligible, nunca es intimidatoria: «[…] me habéis oído decir muchas veces, en muchos lugares, a saber, que hay junto a mí algo divino y demoníaco […]. Está conmigo desde niño, toma forma de voz y, cuando se manifiesta, siempre me disuade de lo que voy a hacer, jamás me incita»23. El psicótico del presente ya no goza de esta fortuna, de ese remedio revelador que calma y repara «el pavoroso silencio de Dios» del que habla san Agustín, o que corrige amablemente nuestra conducta, según el sentir de Sócrates. Al contrario. Pues, aunque con el tiempo acabe encontrando cierta complacencia en compañía de las voces, la primera reacción que experimenta es la queja de oírlas. Las voces del esquizofrénico se han convertido en palabras alusivas, sin nadie que las soporte, sin otro que las formule. Palabras rotas, las más de las veces, que comienzan haciéndose sentir a través del ruido y la materia, que son el componente original que comporta el significante. Palabras atemáticas y anidéicas, como indicaba Clérambault. Palabras, por consiguiente, desamparadas, incapaces de organizarse en un discurso que no sea el de la construcción paulatina de lo delirante.
9. Ecos de un fracaso
Entre los antiguos la voz era todavía un espíritu carnal que animaba el discurso y la vida de los hombres. «En el principio existía el Verbo. Y el Verbo se hizo carne», leemos en san Juan. El Espíritu nos visita y se encarna. Así se muestra en nuestra religión y así lo hace igualmente en nuestra cultura clásica. A este respecto, hay que recordar lo que Plutarco cuenta de Sócrates y su demon: «[…] en muchas ocasiones califica [Sócrates] de impostores a quienes decían haberse comunicado mediante visiones con algún ser divino, mientras que atendía y se informaba con interés de quienes afirmaban haber oído una voz»24. Las voces eran siempre voces de verdad y lo siguen siendo para el psicótico.
Todas las voces de los psicóticos son soplos. Soplos que insuflan conocimiento. El soplo es siempre engendrador. Las voces, desde este punto de vista, son fenómenos creadores, enraizadas en esa condición inventiva que es consustancial a la psicosis. Y son también, por la misma causa, fenómenos divinos en su mayor parte. Se muestran como revelaciones, como descubrimientos reveladores. En el fondo, las voces psicóticas son mensajes del cielo. De hecho, siempre encontramos algo metafísico y trascendente en las psicosis. Schreber localizaba muy bien la aparición de los fenómenos sobrenaturales en su enfermedad, y separaba con relación a ellos un antes y un después. Pero las voces de Schreber ya no son voces antiguas, sino voces recientes, científicas, discontinuas. Signos matemáticos que cuesta interpretar y mucho más enlazar para constituirse en un discurso que nos acerque a los demás.
El significante que anuncian las voces esquizofrénicas en sus formas iniciales, aún carentes de significación, es el rumor de la pulsión y del silencio melancólico de las cosas. Rumor que asciende a murmullo cuando la cosa se vuelve poco a poco letra y reclama al otro para que le provea de significación. El otro incorpora el significado para que el significante intente convertirse ya en palabra y encarnación. En ese momento, el «devanado mudo de los recuerdos», «el paso de un pensamiento invisible», «la famosa palabra que no dice nada», como síntomas más significativos en el diluvio metafórico con que Clérambault y Schreber aciertan a describir el vacío del automatismo inicial, se convierten ya en posibilidad de seudoalucinación, esto es, en posibilidad de voz25. Y el destino de estas primeras voces y, en general, de todas las seudoalucinaciones, es repetirse en eco, ese mismo que para Clérambault era el núcleo del automatismo. El eco es el testimonio de la palabra fracasada que no acierta a incorporarse al surco continuo del lenguaje y salta a cada momento como un disco rayado en el pensamiento. La voz esquizofrénica representa ese fracaso, la presencia ausente del otro que ocupa la escisión como un cuerpo extraño y a la vez impuesto.
Se entiende ahora que podamos interpretar las voces como gritos que reclaman la presencia de alguien, proferidos en soledad. Todas las voces del esquizofrénico son filtros amorosos. Son voces de amor, de un amor incomprendido y enigmático la mayor parte de las veces, que se vuelve también incomprensible para nosotros. Las voces del psicótico proceden del desengaño amoroso. La voz delirante es un reclamo que pretende dar sentido al otro cuando el amor ha fracasado, pero que sólo despierta la intencionalidad, el perjuicio y el odio.
Es cierto que, en general, no se sabe lo que dicen las voces, pues son inefables. Son «un puro absurdo» acompañado de «injurias», dice Schreber. Sin embargo, sabemos lo que significan. Todas significan ven. Digan lo que digan, el psicótico las devuelve como un ven. Llaman al otro para hacer compañía al psicótico. Raptan al prójimo, con su canto, en un rapto de amor vocal y especulativo sucedido en el límite de lo humano.
Origen histórico de la esquizofrenia e historia de la subjetividad26
Planteamiento / Definición del sujeto / Historia de la subjetividad / La esquizofrenia como enfermedad histórica / El lenguaje y las alucinaciones / Las voces son el síntoma revelador de una época
1. Planteamiento
La pregunta acerca del origen histórico de la esquizofrenia, comprometida desde el punto de vista ideológico y compleja de argumentar, se formula en esta ocasión a partir de tres supuestos generales. El primero considera que las enfermedades del alma o mentales están sujetas a variaciones a lo largo de la historia; el segundo atribuye estas variaciones sobre todo a los universos simbólicos; el tercero plantea que el origen de la esquizofrenia —en concreto del automatismo mental y de la xenopatía del lenguaje27— es relativamente reciente.
Estos tres supuestos se mantienen articulados por el nexo del lenguaje, tanto en la dimensión constitutiva de lo que somos, pensamos, queremos y sufrimos-gozamos, como en la vertiente expresiva y descriptiva del pathos.
A fin de enmarcar nuestro planteamiento, conviene señalar al menos dos posibilidades a la hora de analizar las variaciones del pathos a lo largo de la historia: una se centra en los cambios que afectan a un trastorno concreto; otra, más amplia en su enfoque, tiende a diferenciar entre aquellas alteraciones que han estado presentes desde tiempo inmemorial y aquellas otras que parecen haber surgido en determinado momento histórico. De la primera —más superficial por cuanto los cambios influyen en la presentación clínica en determinado período y lugar (patoplastia) y no en la esencia o estructura (patogenia)— nos brinda un ejemplo incomparable la histeria, en la cual un fondo de insatisfacción intemporal e inmutable adquiere expresiones distintas en función de las figuras del saber y del poder a las que se interpele. De la segunda posibilidad, sin duda más controvertida, en el terreno de la locura podemos hallar desde la Antigüedad descripciones precisas de lo que hoy día llamamos melancolía, manía (excitación) y paranoia, pero no puede decirse lo mismo de la esquizofrenia (automatismo mental) que, según argumentaremos después, se originó en determinado momento histórico en el que se produjo una profunda transmutación de la subjetividad, cuya expresión más reveladora son las voces (alucinaciones verbales).
Aunque la opinión general considere que la esquizofrenia existe desde siempre, a finales del pasado siglo algunos autores ya se formularon la pregunta sobre su posible origen histórico28. Con respecto a este debate resulta obligado evocar los trabajos de Hare y Crow. Pese a sus muchas divergencias, ambos tienen en común una concepción biológica de la enfermedad: vírica, según Hare; genética, en opinión de Crow. Desde este punto de vista, se trata de explicar por qué el agente infeccioso causante de la esquizofrenia se activa en determinado contexto histórico (revolución industrial), o qué cambios en la estructura del cerebro han ocasionado la aparición de esa enfermedad. En su libro On the History of Lunacy: the 19th Century and after29, Edward H. Hare argumenta su tesis de que las enfermedades no son estáticas, sino que pueden aparecer de pronto, crecer y decrecer, incluso sin la intervención del hombre. Respecto a la esquizofrenia propone que se produjo «algún cambio de naturaleza biológica, alrededor de 1800, de manera que a partir de entonces aumentó la frecuencia de un determinado subtipo de esquizofrenia»30. Lo hace a sabiendas de la dificultad de hallar descripciones clínicas anteriores al siglo XIX que avalen su planteamiento, obstáculo que por lo demás atañe igualmente a quienes opinan que existe desde tiempo inmemorial.
También Timothy Crow alcanzó ciertas resonancias en nuestro pequeño mundo cuando publicó, en 2000, un artículo de hermoso título y contradictoria argumentación31. Allí proponía una hipótesis según la cual el cambio genético que posibilitó la adquisición del lenguaje («la capacidad más específicamente humana») y permitió el desarrollo independiente de ambos hemisferios está vinculado con los síntomas nucleares de la esquizofrenia. Según Crow, estos «se pueden entender como el fracaso en establecer el normal y asimétrico procesamiento de la secuencia fonológica en el hemisferio dominante. Este fracaso se centra en la dificultad de aplicar la señalización que permite al hablante distinguir la palabra hablada y oída de sus pensamientos»32.
De manera diferente a estos planteamientos, el nuestro se nutre de una historia de la subjetividad y sitúa el origen histórico de la esquizofrenia en la época moderna. Este planteamiento implica una definición del sujeto vinculado consustancialmente con la locura y las heridas humanas; conlleva asimismo precisar el tipo de transformación subjetiva que sobreviene con la Modernidad. En nuestra opinión, esta transformación se caracteriza por un tipo de división y fragmentación de la identidad nunca antes conocido. En ese contexto es donde germina la discordancia esquizofrénica como nueva forma del pathos, en la cual la xenopatía de las voces alucinatorias constituye el signo más evidente de tan inaudita experiencia.
2. Definición del sujeto
Las condiciones para afirmar que la esquizofrenia no es una enfermedad natural sino cultural e histórica, propia de la época moderna, no son comprensibles —como advertíamos antes— sin plantearnos una historia de la subjetividad33.
Sin duda, el concepto que domina en el panorama actual de las ciencias humanas como representante psíquico de la identidad, después de los de alma, espíritu, conciencia o yo, es el de sujeto. Sin embargo, pese a su hegemonía, su perfil es muy complejo y frágil. Además, la idea de sujeto moderno es en sí misma inabarcable y se escurre ante toda posible categorización. En rigor, adquiere su propiedad de sujeto en virtud de esa fuga constante que lo vuelve inasible.
Desde que se consolida a partir de la Ilustración, o al menos adquiere una mínima consistencia conceptual, el sujeto articula una doble función: la que deriva de la reflexividad del yo (Descartes) y la que rige cualquier relación interpersonal establecida. Sujeto es quien trata con los demás y al mismo tiempo se observa y se juzga en un acto de indagación interior. Mediante un gesto hegeliano del que aún somos herederos, el sujeto llega a serlo porque es a la vez para el otro y para sí mismo34. Incluso se podría ir más allá, pues lo que hace sujeto al sujeto es el descubrimiento de que no es dueño enteramente de su casa y de que en su propio interior habita otro que lo gobierna y lo confunde. Sujeto, entonces, es quien escucha, obedece y corrige tanto al otro exterior con el que hablamos, como al otro interior que habla y desea en y por nosotros. Es la omnipresencia dialéctica del otro la que nos hace sujetos. De manera que el sujeto camina siempre desdoblado en estas dos direcciones.
Estos perfiles determinan finalmente sus características más distintivas. De ellas destacamos dos en especial: el inconsciente y la historia.
En primer lugar, hay que dar cuenta del proceso por el cual el sujeto se diferencia del yo y reconoce al inconsciente. La subjetividad moderna se abre paso cuando, traspasada la revolución cartesiana, el yo deja de coincidir consigo mismo y revela sus servidumbres. El yo descubre su condición subjetiva al volverse permeable al inconsciente, es decir, cuando deja de coincidir consigo mismo y se enajena en una doble alteridad: la del otro con quien habla y la del otro que le habita. Ya no está definido por el dominador «yo pienso», sino más bien por el servil «ello piensa». Por esa razón, al sujeto le define, antes que nada, la alienación, la locura. Son sus heridas las que le proporcionan identidad. Es la locura la que consolida al sujeto en medio de la sinrazón, la melancolía, la división y la fragmentación. El hombre definido por lo que le falta, es el sujeto que denominamos neurótico, mientras que el sujeto vacuolado y lacunar, escindido y fragmentado corresponde al sujeto psicótico (esquizofrénico y xenópata).
En segundo lugar, el sujeto se sitúa en referencia al tiempo y a la historia. El sujeto no tiene una solidez intemporal sino que fragua en el seno de las épocas y de los discursos. El sujeto está en evolución constante y sus heridas van cambiando con el discurrir de los siglos. Por eso la locura no puede ser reducida a un hecho natural sino que constituye un acontecimiento histórico, si no el más grave quizá el más genuino de todos los que nos afectan.
3. Historia de la subjetividad
La historia del sujeto es principalmente la historia de sus fracasos, es decir, la historia de su locura, puesto que la locura no es un avatar circunstancial del sujeto sino su condición de posibilidad, su premisa constitutiva. Con razón, el primer historiador de la subjetividad, Foucault, empezó por ella su estudio35.
Ahora bien, este carácter temporal nos obliga a cuestionar con mayor precisión aún los efectos de la historia. La pregunta es crucial pero muy compleja, y nada del pensamiento tradicional nos ayuda a formularla.
Un requisito inicial nos exige distinguir entre lo estrictamente histórico y lo simplemente cultural, que se diferencian aquí sin llegar a contraponerse del todo. Pues lo cultural, si aceptamos su empleo restringido, afecta tan sólo a las mutaciones superficiales derivadas de la variación de las costumbres, de los estilos narrativos y de las estrategias del deseo, que en su conjunto vienen a superponerse con lo que se ha llamado cambios de mentalidad. Desde el ángulo de las modificaciones culturales, podemos estudiar los cambios en la presentación de los síntomas, la evolución de su tratamiento o la influencia que la recepción social ejerce sobre su apariencia. No es lo mismo, desde este punto de vista, estar loco en un siglo que en otro, ni entre los inuit que en Ginebra o en la desembocadura del río Congo. Las psicosis, al fin y al cabo, no son entidades naturales fijas sino procesos plásticos sometidos a una transformación constante.
Sin embargo, estos cambios que llaman la atención del historiador tradicional, del sociólogo o del antropólogo no afectan al sujeto en su sentido más profundo. En cierta medida podemos calificarlos de epidérmicos o aparentes, sin llegar por ello a ser inconsistentes. Están bien representados por la plasticidad de la histeria, que muestra su mejor talento adaptando los síntomas a la época pero sin variar su estrategia. En cambio, lo histórico a lo que nos referimos afecta a una movilidad más honda. No responde ni a los cambios rápidos de la sociología ni a los lentos de la naturaleza ni tampoco a los derivados del encaje cultural de la locura. Alude más bien a un movimiento profundo que afecta a las heridas de la subjetividad, a nuevas formas de soledad, de división y melancolía que resultan de introducir la discontinuidad en nuestro mismo ser, que es la condición más propia del sujeto. En ese contexto puede proponerse que la esquizofrenia es un trastorno moderno, puesto que refleja una división y una fragmentación de la identidad de dimensiones hasta ahora desconocidas. Una identidad atomizada que se corresponde con la creciente individualidad e interiorización del hombre moderno, la misma que ha venido acompañada de su deconstrucción y disolución, esto es, del rechazo del principium individuationis.
Se ha dicho que Rousseau fue el primero, tras el precedente de san Agustín, en incluir la temporalidad en el sujeto, y se ha sostenido, también legítimamente, que Freud reguló estas modificaciones mediante un modelo psicogenético de índole determinista. Pero su temporalidad propiamente histórica es un hallazgo de Foucault. Su historia inicial de la locura y su posterior historia de la subjetividad despejan este nuevo espacio, revelando un movimiento histórico impredecible en la constitución del sujeto y en el fracaso fundador y constitutivo de la locura36.
Así las cosas, la psicosis no sólo debe estudiarse como la peripecia de un sujeto individual que en un momento determinado desencadena un trastorno mental, sino también como el avatar de un sujeto histórico que se ve amenazado por unos peligros nuevos que vienen marcados por el franqueamiento de una época. Esta perspectiva es la que permite la defensa de la locura fuera del ámbito de las enfermedades naturales, entendiéndola no al modo de los hechos de la naturaleza, cuya lenta movilidad aparece casi inmutable a nuestros ojos, sino como acontecimientos móviles marcados por la cultura, que los define o colorea, y promovidos por la historia, que establece los perímetros de la identidad y la dimensión de los desgarramientos del sujeto que van sucediendo en cada época.
4. La esquizofrenia como enfermedad histórica
Aceptados los vínculos entre el sujeto y la locura, podemos ahora plantearnos la historia de la subjetividad interrogándonos sobre los cambios subjetivos que explican el surgimiento e imposición de la esquizofrenia en las sociedades modernas. Nos corresponde, por lo tanto, en este orden de cosas, entender lo que hasta ahora llamamos esquizofrenia —categoría cuyos días parecen contados— como el efecto de un desgarramiento cualitativamente distinto del hombre ilustrado.
Esa rotura empieza a ocupar el primer plano de aquellas descripciones que, como la esquizofrenia, las locuras discordantes y sobre todo el automatismo mental, trataron de superar la demencia precoz kraepeliniana, que faltaba al rigor clínico por extremar el carácter deficitario de la enfermedad sin apenas destacar la disgregación y ruptura de la unidad interior37. De este carácter fundamental, los nuevos autores derivaron las experiencias de atomización del lenguaje y del cuerpo, así como la querencia por el encierro solipsista y el alejamiento de los semejantes. Freud, Bleuler, Ballet, Chaslin, Clérambault, entre otros, describieron y analizaron este polo esquizofrénico de la psicosis enfatizando el desgarro de la identidad. Escisión, repudio, desdoblamiento, xenopatía, disociación y discordancia fueron algunos de los conceptos con los que se trató de nombrar la desunión personal y, al mismo tiempo, la invasión de una «otredad» que hace astillas la coraza de la identidad.
La contribución del naciente psicoanálisis resultó decisiva para impulsar la noción de esquizofrenia y de aquellas visiones de la subjetividad en que la división constituía el elemento esencial. A lo largo de toda su construcción teórica, Freud mantuvo en primer plano la división subjetiva, aspecto crucial que desarrolló en su metapsicología en los apartados tópico (inconsciente, preconsciente y consciente; yo, ello y superyó), dinámico (conflicto psíquico) y económico (empuje pulsional). A diferencia de Bleuler y otros autores, Freud concibió la división del sujeto como un hecho estructural, esto es, como un principio que afecta a todos los sujetos, no sólo a los esquizofrénicos38. En este sentido se puede afirmar que la de Freud fue, hasta ese momento, la concepción teórico-clínica que mejor reflejó y explicó la subjetividad del hombre moderno.
Esta posición resulta más acentuada en las elaboraciones de Lacan, para quien la psicosis fue siempre la referencia que inspiró sus modelos psicopatológicos. De hecho, el modelo borromeo parece una réplica teórica de la fragmentación y la discordancia que aflige al sujeto moderno: las relaciones entre las tres dimensiones de la experiencia subjetiva (real, simbólico e imaginario) no se dan de entrada y su conjunción no es algo «natural», lo que implica que el sujeto pasaría de la discordancia inicial a una cierta articulación equilibrante (de la enfermedad a la salud, si preferimos los términos médicos). En la misma perspectiva se puede entender la posición esquizo-paranoide descrita por Melanie Klein, el estado más temprano de la psique afectado por una angustia fragmentadora.
Como quiera que sea, hoy resaltamos la importancia de la esquizofrenia porque reina actualmente en medio de la locura. Ninguna otra alienación posee su profundidad, su riqueza sintomatológica y, nos atreveríamos a decir, su rigor y altura de miras. Y nos resulta capital porque no conocemos su causa. O mejor dicho: no la conoceremos nunca. Esta afirmación tan escéptica o tan realista, según se mire, descansa a su vez en dos motivos.
El primero, de acuerdo con lo que se acaba de exponer, por el hecho de que la esquizofrenia no es una enfermedad de la naturaleza sino de la cultura y de la historia, y las ciencias humanas no son causales. La esquizofrenia surge en la época moderna con la emergencia del discurso científico y la declinación de la omnipotencia divina. Estos dos hechos interdependientes supusieron nuevos tipos de experiencias respecto a las relaciones con el universo, con los otros y con uno mismo; experiencias inauditas, escribe Pascal, como la de ser «una nada respecto al infinito». Esta posición del hombre ponía en entredicho o simplemente negaba la visión tradicional y tranquilizadora del universo geocéntrico aristotélico-ptolomeico, a la que los escolásticos y Dante habían añadido un significado religioso cristiano. Pero con la nueva cosmología científica, Dios pasaba —en el mejor de los casos— a la reserva, o bien se le consideraba directamente «una hipótesis innecesaria»39. En este contexto entendemos esa nueva angustia y soledad de la que da testimonio Pascal cuando escribe: «El silencio eterno de los espacios infinitos me espanta»40.
No se nos puede ocurrir buscar algo parecido a la esquizofrenia actual entre los contemporáneos de Sócrates o en las selvas de la Amazonia. Sólo se puede encontrar desde el momento en que los modernos entregaron media cabeza a la ciencia para quedar desde entonces divididos, escindidos, al modo que entendió Pascal, en dos mundos mentales incompatibles que prefiguran la abrupta división entre positivismo y Romanticismo: uno de figuras geométricas y otro de trazos finos y sentimentales.
El segundo motivo proviene de un hecho muy próximo y parecido. La esquizofrenia no se limita a ser hija del espíritu científico sino que además, como se deduce de Lacan, es el síntoma de la ciencia. Es decir, no sólo nace de los estratos más profundos de una época determinada, de ese magma genealógico que cincela la mente y moldea a la persona, sino que señala los límites infranqueables acerca de aquello que la ciencia ignora de sí misma. Incluso creemos, yendo temerariamente más allá, que la esquizofrenia es el nombre que damos a la experiencia humana que sobrepasa a la ciencia por dentro. Es a la ciencia lo que la histeria es al cuerpo (un desafío a la causalidad física). Nos inclinamos a dar la razón a quienes piensan que la esquizofrenia no sólo es una perturbación propia de la Modernidad, bastante reciente por lo tanto en nuestra historia, sino un síntoma nuclear —epistemológico y social— de la ciencia moderna, capaz de abordar cualquier cosa menos esa consecuencia ciega y muda de sí misma. Los síntomas —que no deben confundirse con los defectos— señalan el límite del conocimiento de cada uno, y para la ciencia ese límite interno se llama esquizofrenia.
Ello no es obstáculo para que, tras cualquier avance de la neurofisiología, los ideólogos de la ciencia crean haber descubierto la causa última del proceso, y damos fe de que no ha existido un solo año en nuestra profesión sin que se hayan anunciado nuevas propuestas definitivas41. Todas ellas inútiles, naturalmente, y sería estúpido añadir el colofón de «hasta ahora», pues la psicosis se sitúa siempre, por definición, en el otro borde del conocimiento, más allá de la causa y más acá de la ciencia. El sujeto y la locura se identifican por su capacidad para escapar de la reducción científica, como lo demuestra mejor que nadie el esquizofrénico.
Por eso, si alguien realmente piensa que puede definir la esquizofrenia o conocer su origen es que ha perdido la razón. Sólo los esquizofrénicos poseen el suficiente conocimiento de su dolencia, pero se lo guardan hasta hacernos creer que no tienen conciencia de su enfermedad. Custodian con celo su secreto en medio de la angustia y la soledad que los asola, a cuyo malestar también añadiríamos en este momento el abuso del diagnóstico, la ingeniería de los terapeutas de la conducta y los ataques impositivos de la psicoeducación.
Su angustia no es como nuestro temor egoísta con el que nos advertimos a nosotros mismos de que algo va por mal camino o que necesitamos alguna tutela. El esquizofrénico es centinela de la Modernidad antes que de su persona. Su angustia nos alerta sobre el destino que nos acecha y es una señal para la humanidad entera. Una advertencia de lo que el hombre puede llegar a hacer desde que cree infaliblemente en la ciencia. La esquizofrenia es un asalto a la razón que nos anuncia los riesgos que nos esperan. Es un asesinato individual del alma sólo comparable a la trituración de almas que, de modo riguroso y científico, se experimentó en Buchenwald o en cualquier otro campo de exterminio. La esquizofrenia es tan inexplicable como el genocidio nazi. Ambos representan los límites perplejos de la causalidad y nos obligan a pensar concienzudamente las fronteras.
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