Kitabı oku: «De la venida de los españoles y principio de la ley evangélica»

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De la venida de los españoles y principio de la ley evangélica

COLECCIÓN

PEQUEÑOS GRANDES ENSAYOS

Universidad Nacional Autónoma de México

Coordinación de Difusión Cultural

Dirección General de Publicaciones y Fomento Editorial


Contenido

Nota Del Editor

Horribles crueldades de los conquistadores de México y de los indios que los auxiliaron para subyugarlo a la corona de castilla

Décima tercia relación de la venida de los españoles y principio de la ley evangélica

Conclusión

Epílogo

Cronología De Fernando De Alva Ixtlilxóchitl

Bibliografía Mínima

Aviso Legal

NOTA DEL EDITOR

De la colección de manuscritos titulada Memoria de la Nueva España y formada a final del siglo XVIII por el virrey conde de Revillagigedo, Carlos María de Bustamante extrajo y dio a la imprenta un capítulo íntegro del Compendio histórico del reino de Texcoco. En él se da cuenta de la llegada de Hernán Cortés y los suyos al mundo dominado por el imperio mexica y de las alianzas con los naturales que desembocaron en la caída de la ciudad de Tenochtitlan. Bustamante puso a circular esta relación en 1829 como suplemento de la Historia general de las cosas de la Nueva España de fray Bernardino de Sahagún, publicada en ese momento por el propio Bustamante. Esta edición de De la venida de los españoles y principio de la ley evangélica recupera el gesto editorial de Bustamante, pero emplea el texto establecido por Edmundo O’Gorman en su edición de las Obras históricas de Fernando de Alva Ixtlilxóchitl.

HORRIBLES CRUELDADES DE LOS CONQUISTADORES DE MÉXICO Y DE LOS INDIOS QUE LOS AUXILIARON PARA SUBYUGARLO A LA CORONA DE CASTILLA

Luego que se me ocurrió el deseo de dar a luz este manuscrito inédito, conocí que era indispensable presentar a mis lectores una idea clara de su autor, como también del antiguo príncipe tezcocano que es el héroe de él; de otro modo no quedaría satisfecho el que lo leyera, ni le podría dar el grado de estima que se merece.

Hame prevenido en esta parte el célebre don Francisco Xavier de Clavijero, que en la noticia que presenta de los antiguos escritores mexicanos del siglo XV, con respecto a Ixtlilxúchitl dice lo siguiente:

Fernando de Alva Ixtlilxúchitl, tezcocano, descendiente por línea recta de los reyes de Acolhuacan. Este noble indio versadísimo en las antigüedades de su nación, escribió, a petición del virrey de México, muchas obras eruditas y apreciables, a saber: I. La Historia de la Nueva España. II. La Historia de los Señores Chichimecas. III. La Historia del reino de Tezcuco. IV. Unas Memorias históricas de los toltecas y otras naciones del Anáhuac. Todas estas obras escritas en castellano se conservan en la librería de los jesuitas de México, y de ellas he sacado muchos materiales para mi Historia. El autor fue tan cauto en escribir, que para alejar la menor sospecha de ficción, hizo constar legalmente la conformidad de sus narraciones con las pinturas históricas que había heredado de sus ilustres antepasados.

En la Galería de antiguos príncipes mexicanos que publiqué en Puebla el año de 1821 en la Oficina del Gobierno Imperial, di una idea de Ixtlilxúchitl; remitiéndome a los manuscritos preciosos del Lic. don Mariano Veytia, dije que había escrito sus relaciones de propio puño el año de 1608, y aun copié un largo trozo del mismo autor en que lamenta el deplorable estado de miseria a que habían quedado entonces reducidos los descendientes de los reyes de Tezcuco, pues dice allí: “Andan arando y cavando... para tener qué comer, y para pagar cada uno de nosotros diez reales de plata, y media hanega de maíz a Su Majestad porque después de habernos contado, y hecho la nueva tasación, no solamente están atados los macehuales que paguen el susodicho tributo, sino también nosotros descendientes de la real Cepa estamos tasados contra todo el derecho, y se nos dio una carga incomportable”.

Dije asimismo que Ixtlilxúchitl en aquella época, es decir, cuando gobernaba el virrey don Diego Carrillo Mendoza y Pimentel, marqués de Gelves, ejercía el empleo de intérprete del virreinato; que la gran copia de erudición la consiguió, tanto por los mapas y figuras antiguas que sabía interpretar muy bien, y estar muy instruido en las memorias y cantares de sus antepasados que había aprendido desde niño, como por las tradiciones de sus mayores; tratando además con muchos sujetos ancianos y sabios. Uno de ellos fue don Lucas Cortés Calanca, de edad de 108 años, natural del pueblo de Conzoquitlan, hijo de Estatzin, señora del mismo pueblo, que le declaró varias cosas de la antigüedad que supo de los señores de Tezcuco, y vio en los archivos reales de aquella ciudad. Otro fue don Jacobo de Mendoza Tlatecaltzin, cacique del pueblo de Tepepulco, que era de noventa años, y tenía historias y relaciones varias, vio a Tezcuco en los días de su esplendor, y conoció a los hijos del rey Netzahualpilli. Otro fue don Gabriel de Segovia Acapipiotzin, nieto del infante de este nombre, sobrino del rey de Tezcuco. Otro fue un caballero de Tlaltelolco de edad de como ochenta y cuatro años, cuyos padres fueron moradores de México; este conservaba muy antiguos y particulares lienzos y papeles que después se sacaron en castellano, y dijo a Ixtlilxúchitl muchas relaciones que halló conformes con la historia original, que dice tenía en su poder. Otro fue D. Francisco Ximénez, señor de Huexotla, como de ochenta años, que también suministró relaciones antiguas, estaba acreditado de sabio, y de remotísimas partes venían a hacerlo juez árbitro en sus diferencias los indios, y él les mostraba el origen de muchas cosas. Otro fue don Alfonzo Itzhueztatocatzin, o sea, Ayacatzin, hijo legítimo del rey Cuitlahuatzin que lo fue de México, sucesor inmediato de Moctheuzoma, y señor de Ixtapalapan, el cual tuvo fama de muy instruido y político, y estando gobernando en Tezcuco hizo concurrir allí mismo muchos historiadores para reconocer y arreglar varios documentos de aquel archivo de que estuvo encargado, sin duda de los que se salvaron de la brutal, supersticiosa y voluntaria ignorancia del señor arzobipo Zumárraga que los hizo traer a Tlaltelolco, y a guisa de penitenciados por la Inquisición les prendió fuego pues creía que eran depósitos de Nigromancia. De estas pinturas y papeles quedaron varios en poder de sus hijos, y particularmente los poseyó la célebre doña María Bartola, señora de Ixtapalapan, la cual se dedicó a escribir en los idiomas mexicano y castellano muy singulares cosas acaecidas en esta tierra en los días de los toltecas y chichimecas, cuyos escritos, principalmente el mexicano que era el más extenso, lo poseyó don Fernando Ixtlilxúchitl, quien asegura que estaba en todo conforme con la historia original; motivo por el que a dicha señora deberemos colocarla en el distinguido catálogo de las escritoras, sintiendo no llegaran a la edad presente sus trabajos literarios por la crasa ignorancia de la pasada.

A esta reunión de sabios historiadores es más que probable que asistiese nuestro padre Sahagún, y que concurriesen algunos de los que él también reunió en Tepepulco, y que le ministraron los principales documentos con que formó la preciosa historia general que actualmente tengo el honor de publicar.

A vista de esto, y de unas pruebas tan relevantes de la sabiduría y veracidad que caracterizaron a Ixtlilxúchitl, ¿quién será el que desconozca el mérito de esta relación que ahora damos a luz? ¿Quién el que no admire la fidelidad y entereza, no menos que la sencillez y candor con que refiere hechos de la mayor atrocidad e interés para la historia del pueblo mexicano, como la muerte del emperador Quauhtimotzin y otros reyes que decapitó Cortés, y por lo que llenó de escándalo a dos mundos? ¿Quién no se pasmará al ver que así haya escrito a presencia y de mandato de un gobierno empeñado en exaltar la gloria del conquistador de México, y de canonizar sus más horrendos crímenes, como lo hizo el cardenal de Lorenzana cuando publicó sus cartas a Carlos V? ¿De dónde le pudo venir tanta energía a Ixtlilxúchitl, a un indio pobre, abyecto, miserable, y de una clase especialmente oprimida y despreciada por la autoridad española? Vínole de la verdad misma, de esta virtud divinal que se hace escuchar con energía a presencia de los mismos tiranos, y a despecho de su orgullo; ella es como el rayo que hiende los robustos cedros, y todo cede a su terrible prepotencia. Nuestra sorpresa sube de punto si notamos que aunque sus relaciones no se publicaron por medio de la imprenta, tampoco se suprimieron por aquellas orgullosas autoridades que al fin reconociéndolas por verdaderas e interesantes, mandaron a los historiadores del siglo XIX que las tuvieran a la vista, como lo acredita la real orden del 21 de febrero de 1790. Por ella previno el rey que se reconociesen los manuscritos de Ixtlilxúchitl para encontrar los hechos de más de un siglo que faltan a su historia. ¿Queremos un testimonio más relevante del aprecio que se merece este escritor mexicano? El conde de Revillagigedo dispuso que fray Manuel de la Vega, franciscano de la provincia del Santo Evangelio de esta capital, reuniese todos los materiales posibles para formar una completa historia antigua y moderna de esta América, y franqueó al efecto de cuenta de la real hacienda los gastos de la empresa; de hecho, el padre Vega presentó una exquisita compilación en treinta y dos volúmenes manuscritos en folio; de estos se sacó principal y duplicado que se remitieron a Madrid por la primera Secretaría de Estado, que entonces corría a cargo del duque de la Alcudia (después príncipe de la Paz) quedando una copia de dicha obra en la Secretaría del virreinato (hoy Archivo General). Del tomo cuarto, página 273, se ha sacado esta copia, y su edición se debe a la protección del Supremo Gobierno que la ha protegido, no menos que a la buena diligencia del excelentísimo señor don José María Bocanegra, hoy secretario de Hacienda. Es muy a propósito la advertencia del padre compilador Vega, en el principio de dicho cuarto tomo, que a la letra dice:

Las relaciones de don Fernando Alva Ixtlilxúchitl merecen particular estimación; sacadas felizmente del fondo de la antigüedad, presentan agradables objetos a la diversión y a la enseñanza. Ellas granjearon a su autor las alabanzas de los mexicanos estudiosos de las antigüedades de su patria, y capaces de conocer el mérito por las bellas luces de su naturaleza y aplicación. Don Carlos de Sigüenza y Góngora, don Francisco Clavijero y don Mariano Veytia han celebrado particularmente las obras de Ixtlilxúchitl, y con razón; desenvuelven las antiguas monarquías, sus progresos, decadencias, política y vicisitudes; dan idea de las ciencias, artes, agricultura, manufactura e industria de sus nacionales; ilustrar dudas, desimpresionar los errores y fábulas que insensiblemente se habían introducido con las memorias de los sucesos patrios, y tratar estas materias con profundo conocimiento, libre de impresiones vulgares, con sencillez, y animado del amor a la verdad, debe producir un ventajoso concepto de las obras de Ixtlilxúchitl. No se pretende que sus relaciones carezcan de defectos; el ajuste y concordia de las cronologías ofrece muchos puntos disonantes de seria corrección.

Para sacar la siguiente copia de las obras históricas de Ixtlilxúchitl, hemos tenido presentes dos ejemplares de mss.; el primero pertenece al archivo de este convento grande de México de los padres franciscanos de regular observancia; el segundo es el mismo que sirvió a don Mariano Echeverría y Veytia que nos puso en las manos la poderosa solicitud del excelentísimo señor conde de Revillagigedo.

Deseosos, pues, de la mayor exactitud y buen orden de esta copia, que considerábamos perder en gran parte de la perfección del original, nos aplicamos seriamente a confrontar los dos ejemplares manuscritos para dar la preferencia al que lo mereciese por el mayor arreglo. Después de un prolijo examen preferimos el de don Mariano Veytia. Observamos que en este ejemplar no está corrompida la escritura de las antiguas voces del idioma mexicano de que abunda la obra; antes bien se mantienen sin alteración con el carácter propio de su origen, ventaja que desvanece muchas dificultades que pudieran interrumpir la inteligencia en el curso de la narración.

Fuera de esto nos animamos a la preferencia de aquel ejemplar, por saber que es el propio que sirvió muchos años para la composición de sus obras al célebre escritor Echeverría y Veytia, quien supo emplear su buen discernimiento y juiciosa crítica en la elección de los antiguos manuscritos, que son el fondo de las importantes obras que tanto honor hacen a su infatigable ingenio y constante aplicación.

La obra original del puño de Ixtlilxúchitl estaba en la librería del Colegio Máximo de los padres Jesuitas, como noticia Clavijero; el caballero Boturini sacó una copia de aquel original, y de la copia de Boturini trasladó Veytia el año de 1755 la que nos ha servido de original. Algunos borrones se encontrarán en esta obra; queremos decir que en su contexto hay algunos párrafos y expresiones duras, odiosas, y de mal sabor... Agitado el espíritu del autor de las ocurrencias de aquel tiempo, dejó correr la pluma con inconsiderada libertad.[1]

Dada ya una verdadera idea del mérito literario e histórico de don Fernando de Alva Ixtlilxúchitl, es tiempo de presentar a nuestros lectores la que deben tener de su ascendiente el rey de Tezcuco del mismo nombre, sujeto que tanto contribuyó a arruinar el Imperio mexicano, y afianzar la tiranía española en este suelo.

Cuando murió su padre Netzahualpilli, tuvo la imprudencia de no declarar quién de sus hijos legítimos debería sucederle en el trono de Aculhuacan. Habíase enlazado con la familia real de México, tomando en matrimonio a una sobrina del rey Tízoc llamada Tzotzocatzin; esta amaba con extraordinario cariño a su hermana de no común belleza llamada Xocotzin, y por tanto la llevó en su compañía a Tezcuco. Con la frecuencia del trato se aficionó a ella Netzahualpilli y se casó, por no estar prohibidas las nupcias con cuñados entre los mexicanos. De la primera reina tuvo por hijo a Cacamatzin, y de Xocotzin a Huexotzincatzin, joven a quien mandó ahorcar su mismo padre por haber quebrantado una ley reglamentaria de palacio; también tuvo a Coanacotzin, a Tecocoltzin y a Ixtlilxúchitl. Dudándose quién de estos hijos debería reinar, se reunieron los grandes del reino, y acordaron jurar a Cacamatzin, joven de 22 años. Diose por ofendido Ixtlilxúchitl de la preferencia, y oponiéndose a ella dijo “que si su padre hubiera muerto, real y verdaderamente, desde luego habría nombrado un sucesor; mas puesto que no lo había ejecutado así, era señal de que aún vivía”. Los vocales del congreso pidieron su voto a Coanacotzin, el cual se pronunció por Cacamatzin, fundándose en la mayor edad, y en los inconvenientes que traería un interregno. Persistió Ixtlilxúchitl en su oposición echándole en cara que era un hombre ligero, que fomentaba los designios de Moctheuzoma, el cual procuraba reinar por su medio, y manejarlo a su antojo; Ixtlilxúchitl cerró la sesión diciendo: “Si en esta vez debe preferirse el valor, a mí solo me corresponde el reino”.

Por tan desagradables ocurrencias Cacamatzin se ausentó de Tezcuco, y pasó a informar de ellas a Moctheuzoma, que le ofreció proteger la elección, interponiendo su autoridad para con Ixtlilxúchitl, y si era necesario, sus armas; pero aconsejó antes de todo a su protegido que sacase y pusiese en salvo todo el tesoro de su padre. Previó Ixtlilxúchitl las resultas de este viaje, y luego marchó con todos sus parciales a la sierra de Mextitlan, donde reunió un numeroso ejército con achaque de que el emperador de México pretendía usurpar el trono de Aculhuacan. Desde Tepepulco intimó al cacique de Otompan que lo reconociese por soberano; negose a hacerlo, atacolo con la fuerza de su mando, y pereció en la acción víctima de su lealtad. En estas circunstancias, y conociendo Cacamatzin que era menos malo ceder una parte de su reino, que empeñarse en una guerra civil, entró en transacción con él, permitiéndole que poseyese los dominios de la sierra que ocupaba, y que él se contentaba con la capital y estados de la llanura. Suplicole asimismo que no alterase la paz común del reino, en todo lo cual convino Ixtlilxúchitl, y este le hizo decir con reencargo particular que se guardase mucho de la astucia de Moctheuzoma; prevención oportunamente hecha como lo acreditó después la experiencia, porque por conservarse en la gracia de Hernán Cortés, hizo prender traidoramente a Cacamatzin, y este pereció a puñaladas en el día que precedió a la llamada Noche Triste en que fue destrozado el ejército español.

Según la estipulación dicha, Ixtlilxúchitl (dice Clavijero) mantuvo su ejército en movimiento siempre, y muchas veces se dejó ver con sus fuerzas en las cercanías de México, desafiando a pelear cuerpo a cuerpo a Moctheuzoma, quien habría perdido si hubiera aceptado el reto, pues este monarca se hallaba enervado en las delicias y placeres, cuando Ixtlilxúchitl estaba en una edad robusta, y con sus negociaciones secretas se había sustraído una gran parte de las provincias mexicanas. Hubo algunas escaramuzas, no obstante, entre ambos ejércitos con éxito vario y alternado, y en una de ellas en que un general mexicano salió decidido a tomar vivo a Ixtlilxúchitl para entregarlo amarrado a Moctheuzoma, cayó en las manos de aquél, y corrió peor suerte de la que preparaba a Ixtlilxúchitl, pues este hizo acopiar gran cantidad de cañas secas sobre su cuerpo,y les mandó prender fuego a vista de todo el ejército.

En este estado de agitaciones y diferencias estaban los mexicanos y aculhuas, cuando desembarcó Córtés, que se supo aprovechar de ellas y sacar un gran partido, porque después de haberse confederado con los totonacas y tlaxcaltecas, se arrimó a estos Ixtlilxúchitl ofreciendo auxilios a los españoles. Marchaban ya sobre México cuando recibieron una embajada de Cacamatzin, estando campados en un cerro llamado Cuauhtechac; sorprendiéronse al ver una numerosa división de tezcocanos, pero entendido por Cortés el objeto con que se le presentaron se tranquilizó, y aceptó sus ofrecimientos y obsequios, y marcharon todos juntos hasta Ayotzinco, donde Cacamatzin les salió a felicitar, y mutuamente se obsequiaron ambos generales. No influyó poco esta disposición de los tezcocanos para que Moctheuzoma se resolviese a admitir en su corte a los castellanos, pues temió que auxiliados estos con las fuerzas de Ixtlilxúchitl, se abriesen camino con la espada; reflexión que deberán tener presente los que tachan de debilidad y ligereza en Moctheuzoma, el haberse prestado a recibir a hombres que ya manifestaban sus intenciones dañinas.

A los cuatro o seis días de habitar en México aquellos bandoleros, no obstante de haber sido obsequiados y regalados al pensamiento, osaron arrestar a Moctheuzoma so color de haber tenido parte en la derrota y muerte que sufrió pocos días antes Juan de Escalante en Nautla. Cuando hablemos acerca de la conducta de Hernán Cortés, haremos algunas observaciones acerca de la atrocidad de este hecho, el más bárbaro en su género. Sigamos el hilo de la historia de Ixtlilxúchitl.

Este se había reconciliado con Cacamatzin cuando pasó por Tezcuco, e iba a ofrecer sus respetos a Cortés decidido a auxiliarlo; mas como a los seis días de estar los españoles en México hubiesen arrestado a Moctheuzoma, este hecho indignó justamente a los mexicanos, quienes se negaron de todo punto a ministrar víveres a tan ingratos huéspedes, y se retiraron a sus casas; sin embargo de esto, el rey Cacamatzin mandó a su hermano el infante Nezahualquetzin que tuviese gran cuidado con los españoles, ministrándoles todo cuanto necesitasen en abundancia hasta en oro, que era por lo que más ansiaban. Así lo hizo, y a no haberlo así ejecutado, habrían perecido de hambre. Cortés, que en esto de dádivas no se hacía del rogar, mandó, aprovechándose de tan buena ocasión, a ciertos españoles a Tezcuco para que recogiesen el oro que tuviese allí el rey, quien se prestó a ello creyendo que por tal medio recabaría la libertad de su tío Moctheuzoma. De hecho, en aquella ciudad entregaron de parte de Cacamatzin a los enviados de Cortés una caja o petaca grande de dos brazos de largo, uno de ancho y un estado de alto, llena de piezas y joyas de oro; recibiola Cortés con el desdén de un amo que recibe las tareas de sus esclavos, y respondió fríamente que era poco, que le llevaran más, por lo que le trajeron otra arca llena. En esta conducta detestable hay una circunstancia que la hace más odiosa. Cuando iban a embarcarse los recaudadores de la primera remesa en el punto inmediato a los palacios reales de Tezcuco (que estaban donde hoy está el Convento de San Francisco), llegó un criado de la casa acezando de fatiga a hablar con el príncipe Netzahualquetzin, conductor de los españoles, y a suplicarle que marchasen presto, porque mientras más pronto llegasen a México, también más pronto sería puesto en libertad Moctheuzoma, agradado Cortés de aquel obsequio. Un español que creyó (no entendiendo lo que hablaba aquel indio) que se trataba de matarlos, descargó un nublado de palos sobre el príncipe, lo puso preso, y atado lo entregó a Cortés en México, quien le mandó ahorcar públicamente. Moctheuzoma y otros muchos señores interpusieron sus súplicas a favor de aquel inocente príncipe, y consiguieron que se le perdonase la vida; pero Cortés mandó traer más cantidad de oro. Esta serie de procedimientos tan inciviles como inmorales despecharon sin duda a Cacamatzin, y lo hicieron pensar seriamente no sólo en la libertad de su tío, sino en la de su patria, a quien oprimían cada día más y más aquellos aventureros, no perdiendo ocasión de saquear sus tesoros y reducir a todos los mexicanos a la más oprobiosa servidumbre. Las donaciones que Moctheuzoma había hecho a Cortés eran de lo más precioso que tenía en su corte; algo más, una hija hermosa le iba a dar, y aun llegó a ofrecérsela a la sazón misma que le intimó arresto y lo ejecutó en su mismo palacio, sin que un exceso de bondad de esta naturaleza hubiera bastado para desarmar la saña de Cortés, quien ya no tenía la excusa o pretexto que ponía para obrar de aquella manera, que era tener positivas seguridades de que Moc theuzoma no obraría contra él. ¿Porque qué rehenes más preciosas ni de mayor estima podría apetecer que una de las hijas de tan gran monarca, y que guardaba y respetaba religiosamente los fueros de las naciones y de la guerra? Sabida por Cortés la resolución de Cacamatzin, trató de aprehenderlo en su misma corte, pero Moctheuzoma lo disuadió de ello, y se constituyó agresor de la mayor felonía que pudiera cometer un monarca. Valiose de la misma guardia del rey de Tezcuco entre la que había varios señores mexicanos, y por la seducción de estos una noche fue aprehendido en su palacio traidoramente, y sin ser sentido se le embarcó y trasladó a México. Moctheuzoma lo entregó luego a Cortés, quien lo tuvo en cadenas en su cuartel; en este estado mandó que se le trajesen algunas señoras principales de Tezcuco, hijas de varios grandes señores, recogió otras de Tacuba y México, y obligó a Cacamatzin a que mandase traer cuatro hermanas suyas que se las entregó. Estas jóvenes le servían de rehenes, y también de pasto a la brutal sensualidad de sus españoles. Aquellos ilustres príncipes y las señoras, casi todos murieron poco después que Cacamatzin en la Noche Triste; mas las circunstancias de la muerte de este bien merecen referirse para oprobio y execración de sus autores. Don Fernando de Alvarado Tezozomoc (texto de la historia de los aztecas, y por cuya causa mereció que tradujese del mexicano al castellano sus escritos D. Carlos Sigüenza y Góngora) dice:

Que después de la muerte de Moctheuzoma, los mexicanos hicieron jurar luego al rey Cacamatzin su sobrino aunque estaba preso con intento de libertarlo por su persona, en quien concurrían todas las partes y requisitos para su defensa, honra y reputación; mas no pudieron conseguir su intento, porque queriendo los españoles salir huyendo de México aquella noche, antes le dieron cuarenta y siete puñaladas; porque como era belicoso se quiso defender de ellos, e hizo tantas bravezas que con estar preso les dio en qué entender, y fue necesario todo lo referido para quitarle la vida, y luego por su muerte eligieron y juraron por rey a Cuitlahuatzin (veáse Chimalpain, tomo I, página 291).

Tal suerte cupo a este desgraciado monarca, cuyo trono ya había ocupado desde que yacía entre cadenas su hermano Coanacotzin; mas como este al acercarse Cortés a poner sitio a México advirtiese que venía con ánimo de vengar la muerte de algunos españoles que fueron asaltados por un destacamento de tezcocanos cuando en compañía de trescientos tlaxcaltecas conducían algún oro para Veracruz, y temiese correr la suerte de su hermano Cacamatzin, con tanto mayor motivo cuanto que Cortés no había manifestado inclinación a la paz cuidando solo de tomarse la barrilla de oro que con toda ceremonia de guerra le había mandado en demostración de que estaba pronto a recibirlo en su amistad, se escapó de Tezcuco para México y se unió a Cuauhtimotzin para defender la causa común. Estando vacante por su ausencia el trono de Tezcuco, supo Cortés que le venía de derecho a Tecocoltzin, hermano de Cacamatzin, al que se había llevado a Tlaxcala con otros varios príncipes, de donde lo hizo conducir para Tezcuco por medio de Gonzalo de Sandoval; bautizose tomando el nombre de Fernando, pero luego le vino una enfermedad de que murió a los cinco meses, y entonces le sucedió Ixtlilxúchitl, el que acompañó a Cortés en lo restante de la campaña, proporcionándole cuantos auxilios y recursos necesitó, no solo en los ochenta días del asedio de México, sino también en otros reencuentros peligrosísimos en que expuso su vida por el general español, libertándolo de caer en manos de los mexicanos en las acciones de Xochimilco, Ixtapalapan y Calzada de Tlacopan (o Tacuba). Así consta en la real cédula firmada en Madrid en 1551, refrendada por Juan Rodríguez de Fonseca, presidente del Consejo de Indias, fundada sobre la exposición del mismo Cortés a la corte de Carlos V. Mas por semejantes servicios no dejó de tener la mala correspondencia que siempre dio Cortés a los que le sirvieron mejor. Ya veremos en el cuerpo de la memoria que publicamos que hizo ahorcar a su hermano Coanacotzin juntamente con Cuauhtimotzin, y que habría muerto a no llegar Ixtlilxúchitl cuando estaba pataleando colgado en un árbol, y cortó intrépidamente el cordel de que pendía, único modo con que pudo libertarlo. Resulta de lo expuesto que si Ixtlilxúchitl fue uno de los más valientes generales aculhuas, también fue ambicioso, por cuya causa se dividió la integridad de la monarquía, se puso en armas aquel opulento reino, se enflaqueció y enervó la fuerza que unida habría impedido la entrada de los españoles en México; y para completar la ruina que él mismo había comenzado, despobló y aniquiló el reino de Aculhuacan, mandando numerosas divisiones que sojuzgasen de todo punto este país a la dominación española. ¿Quién pues no verá en Ixtlilxúchitl a uno de los mayores enemigos de su patria? ¿Quién será el que de los muchos que hoy la agitan y destruyen, no tome ejemplo de este hombre fatal para no seguir sus pisadas, ni causarnos igual ruina? Por vosotros, ¡oh amados compatriotas!, por vosotros (digo) he trazado este bosquejo, del que os suplico no aparteis la vista ni por un momento; las lecciones de lo pasado son la escuela de lo presente; ¡ay del que no se aprovecha de ellas! No falta quien pretenda canonizar la conducta de Ixtlilxúchitl diciendo que perdonó la vida de Cortés cuando pudo destruirlo, temeroso de que desapareciese el evangelio que ya había comenzado a anunciarse en estas regiones. ¿Mas acaso Cortés era el único medio por donde la providencia pudiera dispensar a los indios tan inefable ventura? ¿Son acaso los cañones y lanzas los medios de que se valió Jesucristo para extender su ley por todo el inundo? ¿No detestó la violencia? ¿No la proscribió para que por su medio jamás se anunciase su doctrina? ¿No previno a sus apóstoles que a la persecución de los tiranos opusiesen la caridad, la paciencia y el sufrimiento? ¿No les advirtió que cuando se resistiesen a oír sus insinuaciones, y fuesen perseguidos, sacudiesen sus sandalias y se marchasen a otra parte? He aquí por tales principios desaprobada esa conducta bárbara, y por los que en todos tiempos los conquistadores de México pasarán por unos malvados invasores, que con achaque de darnos el cielo, nos quitaron la tierra, y causaron toda clase de males. Vale.

CARLOS MARÍA DE BUSTAMANTE

Nota importante. En la página 386, tomo 4o., del manuscrito del archivo general de adonde se sacó esta historia formada en diez libros, consta: que los aprobantes de ella y que dan testimonio de verdad ante Diego Ortiz, escribano, en 18 de noviembre de 1608, y que aseguran ser verdadera y conforme con la que se halla pintada en las antiguas, son don Martín de Suero, gobernador del pueblo de San Salvador Quatlacinco en la provincia de Otumba, y los demás oficiales de la República, a saber: don Francisco Pimentel, don Silvestre de Soto, don Gaspar Guzmán, José de Santa María, Baltazar Ximénez, Francisco de San Pablo, alcalde, Baltazar de San Francisco, Francisco Xuáres, alcalde, don Luis de Soto.

1 Esta salva era indispensable hacer a presencia de un gobierno que en esta materia no sabía disimular ningún defecto; sin ella no se habría copiado esta Relación Décima Tercia. Dígalo Clavijero que no se permitió publicar en español (N.de CMB)

DÉCIMA TERCIA RELACIÓN DE LA VENIDA DE LOS ESPAÑOLES
Y PRINCIPIO DE LA LEY EVANGÉLICA

Fernando Alva Ixtlilxúchitl

Túvose noticia de la venida de los cristianos por algunos mercaderes que habían ido a las ferias de estas costas de Xicalanco, Ulúa y Champotón, especialmente cuando rescataron con Grijalva; y así tenían por muy ciertas las profecías de sus pasados, que esta tierra había de ser poseída de los hijos del sol, de más de las señales que hallaban en el cielo, de lo cual estaban todos con grandísima pena en considerar que se les acercaban sus trabajos y persecuciones, acordándose de aquellas crueles guerras y pestilencias que tuvieron los tultecas sus pasados cuando se destruyeron, y que lo mismo sería con ellos, aunque de todo esto no le daba mucha pena a Mocthecuzoma por hallarse en el mayor trono que jamás él y sus pasados se habían visto, y tener debajo de su mano todo el imperio, porque lo que era de Tezcuco y sus reinos y provincias lo mandaba todo, porque el rey Cacama era su sobrino y puesto por su mano, y el de Tacuba era su suegro y hombre muy antiguo, y que ya no tenía fuerzas para poder gobernar, y así con este gran poder que tenía, no creía que pudiese ser súbdito de ningún príncipe, aunque fuese el mayor del mundo. En el año de Ce Acatl, caña, número primero, y a la nuestra 1519, que es en el que señaló Netzahualcoyotzin que se había de destruir el imperio chichimeca, envió Teopili, gobernador de Mocthecuzoma que era de Cotozta, sus mensajeros por la posta, que en un día y una noche trajeron una pintura con el aviso de la venida de los españoles, y cómo querían verle, que venían por embajadores del emperador don Carlos nuestro señor; y en la pintura venían pintados los trajes y la traza de los hombres y la cantidad de ellos, armas y caballos y navíos con todo lo demás que traían. Mocthecuzoma, visto lo que enviaba a decir Teopili, envió un presente a Cortés y muchas disculpas y ofrecimientos, y no le cuadró mucho que los hijos del sol querían venir a México a verle, y así les envió a decir que era trabajoso el camino y otros mil inconvenientes, lo cual no fue bastante, sino que antes animó más a los españoles para ver a Mocthecuzoma, especialmente cuando supieron por el señor de Zempoalan cómo había bandos en esta tierra, y asimismo cómo se le ofreció el señor de Zempoalan darle su favor y gente de socorro; y de aquí vinieron a Quiyahuiztan y otras partes hasta ponerse en Tlaxcala, y por todas partes que llegaban, los naturales los recibían con mucha alegría y regocijo sin ninguna guerra ni contraste, y si alguno hubo, fue dándoles ocasión para ello. Y finalmente, después de otras muchas cosas que sucedieron y los nuestros pasaron hasta Ayutzinco, en donde les salió a recibir el rey Cacama ofreciéndoles su ciudad de Tezcuco si querían ir a ella, los cuales, especialmente el capitán Cortés se lo agradeció mucho, y le dijo que por entonces no había lugar, que para otra vez le haría merced, porque iban por la posta a ver a Mocthecuzoma, y así Cacama dio la vuelta para Tezcuco, y desde aquí se embarcó para México, y llegado que fue dio razón de todo lo que había visto, y cómo los españoles estaban ya muy cerca porque ya en esta ocasión estaban en Iztapalapan. Mocthecuzoma entró muchas veces en consejo, si sería bien recibir a los cristianos, Cuitlahua su hermano y otros señores fueron de parecer, que por ninguna vía no convenía, Cacama fue de muy contrario parecer,diciendo que era bajeza de príncipes, no recibir los embajadores de otros, especialmente el de los cristianos, según ellos decían que era el mayor del mundo, como en efecto lo era el emperador nuestro señor, aunque esto antes de ahora estaba ya edificado y así otro día salió Mocthecuzoma con su sobrino Cacama y su hermano Cuitlahua y toda su corte a recibir a Cortés, que ya a esta ocasión estaba en donde es ahora San Antón, que después de haberlo recibido lo llevó a su casa, y lo esperó en las casas de su padre el rey Axáyaca, y le hizo muchas mercedes, y se ofreció de ser amigo del emperador, y recibió la ley evangélica, y para el servicio de los españoles pusieron mucha gente de Tezcuco, México y Tlacopan, y después de cuatro días que los españoles estaban en México muy contentos, servidos y regalados, por no sé qué achaque prendió Cortés a Mocthecuzoma, y en él se cumplió lo que de él se decía, que todo hombre cruel es cobarde, aunque a la verdad era ya llegada la voluntad de Dios, porque de otra manera fuera imposible querer cuatro españoles sujetar un nuevo mundo tan grande y de tantos millares de gente como había en aquel tiempo. La gente ilustre y los capitanes de mexicanos todos se espantaron de tal atrevimiento, y se retiraron a sus casas y el rey Cacama mandó a su hermano el infante Nezahualquentzin con otros principales que tuviesen grandísimo cuidado de los cristianos, y les diesen todo lo necesario para el sustento de sus personas, y si pidiesen oro y las demás cosas se lo diesen, porque los demás mexicanos y tecpanecas visto a su rey preso y de aquella manera, no quisieron acudir más al servicio de los españoles. Y cumplidos cuarenta y seis días que los españoles estaban en México, Cortés rogó a Cacama que diese licencia a ciertos españoles que los quería enviar a su ciudad de Tezcuco para verla con algunos caballeros criados suyos, porque los de la ciudad no les maltrataran. Cacama se holgó mucho de esto, y así mandó a dos hermanos suyos que fuesen con ellos, que era el uno Nezahualquentzin y el otro Tetlahuehuezquatitzin, y que los regalasen mucho y no los enojasen en cosa ninguna, y que les diesen una caja o petaca grande, de dos brazos de largo y uno de ancho y un estado de alto, de piezas y joyas de oro para ellos y para su capitán, los cuales ya que llegaban a la albarrada para embarcarse junto los palacios de Nezahualcoyotzin, alcanzoles un criado de Mocthecuzoma que les enviaba a rogar, que procurasen con brevedad de despachar aquellos españoles y les diesen todo el oro que quisiesen, porque quizás con esto su capitán le soltaría, y se volverían a sus tierras. Uno de aquellos españoles, como vio hablar a Nezahualquentzin con el criado de Mocthecuzoma, entendió que trataban de matarlos; dio de palos a este infante y lo llevó preso a Cortés, el cual sin haber hecho cosa digna de castigo ni ofensa lo mandó ahorcar públicamente; de lo cual se enojó mucho el rey Cacama, y si no fuera por Mocthecuzoma que le rogaba con hartas lágrimas que no hiciesen cosa ninguna, sucedieran algunas desgracias; y así disimuló Cacama cuanto pudo, y envió con estos españoles que eran por todos veinte, a otro hermano suyo llamado Tocpacxuchitzin para dar el recado que los españoles le pedían; y así les dieron la petaca llena, y se volvieron a México. Cortés dijo que era poco, que trajeran más, y así tornó a enviar a Cacamatzin y trajeron otra arca llena. Y visto por Cortés el tesoro que le habían traído, y habiéndole informado del mucho poder y grandeza del rey de Tezcuco, mandó prender por engaños al rey Cacamatzin por orden de su tío Mocthecuzoma, y preso lo puso a buen recaudo con muchas guardias, y le dijo que lo soltaría si mandaba traer algunos señores del linaje hermanos suyos en rehenes y algunas hermanas, el cual así lo hizo. Le dio en rehenes a cuatro infantas hermanas suyas con otros caballeros deudos suyos, y algunos de sus hermanos, y lo mismo hicieron los de México y Tlacopan entendiendo que por aquí los asegurarían.

Pasados algunos meses que los españoles estaban en México, Cortés tuvo nuevas que al puerto habían llegado ciertas naos y comunicólo con los dos reyes Mocthecuzoma y Cacamat zin, diciéndoles que le convenía irlos a ver personalmente, y que le diesen cantidad de gente de guerra para [ver] las causas por qué, y a esto respondieron, que como fuese contra cristianos que no la podían dar en ninguna manera, si no fuese para otras naciones, que entonces le darían cuanto hubiese menester; si no es que los cristianos, los que habían venido, le hacían guerra que en todo lo favorecerían, y avisarían a sus gobernadores para que le diesen socorro si lo hubiese menester, y que para otro efecto no le podían dar sino gente de servicio y carga para todo el camino. Lo cual visto por Cortés, tomó los peones y gente de servicio que se le dio, y mandó llevar alguna parte del tesoro que se le había dado y se fue para el puerto, y dejó en su lugar al capitán Alvarado. Y antes que se fuese le dijo Mocthecuzoma, que a los mexicanos se les ofrecía una fiesta muy solemne de Tóxcatl, que lo tuviese por bien, a lo cual respondió Cortés que hiciesen lo que quisiesen pues estaban en su patria, y se holgasen que también él se holgaba mucho. Dio parte Mocthecuzoma a Cortés de esto porque los días pasados les había derribado sus ídolos, y les había dicho que no sacrificasen más, para que avisara a los demás españoles no se escandalizasen, que todo lo hacía por complacer a sus vasallos y darles gusto, porque todos estaban afrentados en ver que sus reyes estaban en son de presos por cuatro extranjeros. Ido que fue Cortés y llegada la fiesta, que cae a 19 de mayo, y principio de su cuarto mes llamado del propio nombre Tóxcatl, la noche antes pusieron grandes luminarias y tocaron sus instrumentos, como lo tenían de costumbre, y el día de la fiesta hicieron su baile que llaman Mazehualiztli. En todo salieron más de mil caballeros en el patio del templo mayor, y sobre sí [traía] cada uno de ellos las mejores joyas y preseas que tenían, sin armas ni defensa ninguna. Los tlaxcaltecas que había en la ciudad, acordándose de los tiempos atrás, que siempre en estas fiestas les solían sacrificar millaradas de ellos, fueron al capitán Alvarado y levantaron un falso testimonio a los mexicanos diciendo, que aquello hacían para juntarse y matarlos. Alvarado lo creyó, y fue para el templo para ver si era así y si andaban armados, el cual aunque los vio todos desarmados y muy quitados de tal cosa, con la codicia del oro que sobre sí traían, puso en cada puerta diez españoles armados, y él con otros entró por el patio y templo, y mató casi cuantos había dentro, y les quitó lo que traían sobre sí. Los ciudadanos viendo sus señores muertos sin culpa apellidaron y dieron tras ellos hasta meterlos en palacio, en donde se hicieron fuertes; y cierto que de esta vez los mataran sin que escapara ninguno, si Mocthecuzoma no les aplacara su ira. Cortés dio la vuelta para México y entró por la ciudad de Tezcuco, en donde lo recibieron algunos caballeros, porque a los hijos de Nezahualpiltzintli, los legítimos, los tenían escondidos sus vasallos, y los otros en México que los tenía rehenes. El cual entró en México con todo el ejército de españoles y amigos de Tlaxcala y otras partes, día de San Juan Bautista, sin que nadie se lo estorbase.

Los mexicanos y los demás, aunque les daban todo lo necesario, con todo esto, viendo que los españoles ni se querían ir de su ciudad, ni querían soltar a sus reyes, juntaron sus soldados y comenzaron a dar guerra a los españoles otro día después que Cortés había entrado en México, y duró siete días; que al tercero de los cuales Mocthecuzoma, viendo la determinación de sus vasallos, se puso en una parte alta y reprendioles, los cuales lo trataron mal de palabras, llamándole de cobarde y enemigo de su patria y aun amenazándole con las armas, en donde dicen que uno de ellos le tiró una pedrada de la cual murió, aunque dicen sus vasallos que los mismos españoles lo mataron y por las partes bajas le metieron la espada. Al cabo de los siete días después de haber sucedido grandes cosas, los españoles con sus amigos los tlaxcaltecas, huexotzincas, y demás naciones, desampararon la ciudad, y salieron huyendo por la calzada que va a Tlacopan, y antes de salir de la ciudad mataron al rey Cacamatzin y a tres hermanas suyas y dos hermanos que hasta entonces no estaban muertos según don Alonso Axayaca y algunas relaciones de los naturales que se hallaron personalmente en estas dos ocasiones, las cuales al tiempo que se retiraron murieron muchos españoles y amigos, hasta un cerro que está adelante de Tlacopan, y desde aquí dieron la vuelta para Tlaxcala.

Idos los españoles a Tlaxcala juraron por su rey a Cuitlahuatzin, hermano de Mocthecuzoma, que ya habían pasado veinte días después de su muerte, el cual preguntó a los Grandes del reino de Tezcuco, a quién le venía de derecho aquel reino, lo jurasen ellos. Le respondieron que aun no era tiempo, demás de que era muy mancebo Yoyontzin el menor de los hijos legítimos de su rey Nezahualpiltzintli, así mandó que Cohuanacochtzin, uno de los hijos legítimos, gobernase y comenzaron a juntar gente de guerra para si volvían otra vez los españoles. El rey Cuitlahua no gobernó más que cuarenta días, porque luego murió de unas viruelas que pegó un negro, y luego juraron los mexicanos por su rey a Quauhtemoctzin, hijo del rey Ahuitzotzin y de la heredera de Tlatelulco. Después de haber estado Cortés muchos días en tierras de Tlaxcalan, convaleciendo de los trabajos pasados, con ayuda de los señores de Tlaxcalan, Huexotzinco y Cholula, tuvo algunas guerras contra los de Tepeaca, Itzotcan, Quauhquechulan y otras partes sujetas a las ciudades de Tezcuco y México, el cual fácilmente los sujetó y atrajo a su devoción, y viéndose con grandísima suma de amigos y que casi toda la tierra era de su parte, acordó de venir sobre México, el cual salió de Tlaxcalan el día de los Inocentes y trujo consigo cuarenta de a caballo y quinientos y cuarenta de a pie y veinte y cinco mil tlaxcaltecas, huexotzincas, cholultecas, tepeacanenses, quauhquecholantecas, chalcas y de otras partes que fueron los que él escogió, que no quiso traer más porque Tecocoltzin, hijo del rey Nezahualpilt zintli, que era uno de los rehenes que le dio el rey Cacama, le dijo a Cortés que en Tezcuco hallaría toda la gente que hubiese menester, demás de que por ciertos mensajeros de Tezcuco, especialmente por Quiquizcatzin de parte de los infantes Ixtlilxuchitzin, Tetlahuehuezquitzin, Yoyontzin y los demás sus hermanos se le enviaba a ofrecer y dársele por sus amigos, no embargante que Cohuanacochtzin, su hermano, era señor de Tezcuco y amigo de los mexicanos, el cual vuelto Quiquizca a Tezcuco para dar razón de su embajada, le mandó matar Cohuanacochtzin. Y llegado que fue Cortés a Cohuatépec, tres leguas de Tezcuco, le salieron a recibir cuatro caballeros muy principales de parte de Cohuanacochtzin, y le dieron en señal de paz un pendón pequeño de oro con otras muchas joyas, y le dijeron cómo su señor les enviaba a rogarle que fuese muy bien venido, y que se fuese con todo su ejército a aposentarse en su ciudad que allá sería muy bien hospedado y servido. Cortés respondió muy enojado, según don Alonso y Chichinchicuatzin, gran capitán y uno de los embajadores que se halló presente y a quien Cortés le tuvo algún respeto, que no quería tenerlos por amigos si no le daban primero lo que habían quitado, a cuarenta y cinco españoles y trescientos tlaxcaltecas que mataron, los cuales les respondieron que su señor Cohuanacochtzin ni su ciudad y reino no tenían ninguna culpa de esto, porque los que lo hicieron fueron ciertos criados del rey Cacama por vengar a su señor que estaba entonces preso, y para que se satisfaciese se los entregarían presos. Tornó a replicar Cortés que también sabía muy bien que Cohuanacochtzin era de la parte del rey Quauhtémoc y había mandado matar a su hermano Quiquizca, porque había ido de parte de sus hermanos a Tlaxcalan a ofrecer su amistad, con otras muchas razones que oídas por los embajadores dieron la vuelta a Tezcuco, y dieron razón de todo a su señor, el cual vista la determinación de Cortés, se embarcó con toda la gente que pudo y se fue a México para favorecer a Quauhtémoc.

Cortés ya que llegaba cerca de Tezcuco, le salieron a recibir algunos caballeros, y entre ellos el infante Ixtlilxúchitl con los demás sus hermanos que allí estaban, el cual se holgó de verlos, y allí le dieron aviso de todo lo que había y cómo su hermano Cohuanacochtzin se había ido a México; y llegados dentro de la ciudad los aposentaron en los palacios del rey Nezahualcoyotzin, en donde cupo muy a gusto todo el ejército, y se les dio todo lo necesario este y los demás días que en la ciudad estuvieron. Este mismo día que Cortés llegó a Tezcuco fue avisado cómo todavía los ciudadanos se iban saliendo de la ciudad y pasándose a México en muchas canoas, el cual mandó a ciertos caballeros que los llamasen y hiciesen volver, que no cuidasen de Cohuanacochtzin, pues estaban con él los demás infantes sus señores y el haría jurar por su rey y señor natural al que más de derecho le viniese o al que ellos gustasen. Fue esto muy a gusto de todos, y luego casi todos se volvieron a sus casas y ciudad, y a pedimento de todos hicieron por su señor a Tecocoltzin aunque hijo natural del rey Nezahualpiltzintli, porque de los legítimos no osaban decir cuáles fuesen hasta ver en lo que paraban estas cosas. El cual comenzó a gobernar con gran prudencia, y envió sus mensajeros por todos los reinos y provincias sujetas al reino de Tezcuco, especialmente las que él sabía que no eran de la parte de los mexicanos, y estuvo ocho días después al todo referido fortaleciendo la ciudad por si los enemigos los quisiesen cercar, al cabo de los cuales quiso Cortés ver si podía ganar a Ixtapalapan, lugar muy fuerte y que fuera de mucha consideración para lo que él pretendía, y así salió con hasta quince de a caballo y doscientos españoles, y seis mil aculhuas, tlaxcaltecas, y otras naciones de amigos. Llegados que fueron a Ixtapalapan, que ya los mexicanos estaban apercibidos, le salieron al encuentro y tuvieron aquel día una reñida y cruel batalla; mas como los de Ixtapalapan tenían sus casas en isletas y dentro del agua, no les pudieron sujetar y hacerles ningún mal; quisieron quedarse en la noche, mas no los dejaron los mexicanos, porque rompieron la calzada que tenía mucha agua represada, y si no salieran tan presto se ahogaran allí todos, y al retirarse los siguieron y mataron muchos de los amigos por ir ellos guardando las espaldas a los cristianos; solo un español murió que se quiso aventajar más que los otros. Aquí se señaló mucho Ixtlilxúchitl que iba por general de los aculhuas, y mató con su propia persona a muchos capitanes, de lo cual fue avisado el rey Quauhtémoc y le dio mucha pena en saber que uno de los infantes legítimos del reino de Tezcuco se señalese tanto, considerando que sería de mucho efecto a los cristianos y daño para los mexicanos; demás de que en Otumba, Atenco, Cohuatlychan, y otras partes que habían querido los mexicanos destruir y ganar estos lugares, castigándoles porque favorecían a los cristianos, se había opuesto contra ellos defendiendo varonilmente estos lugares, y así por esto y por las demás cosas referidas, mandaron el rey Quauhtémoc y Cohuanacochtzin a sus capitanes los más valerosos que el que lo prendiese o matase le harían grandes mercedes, a lo cual se determinó y dio la palabra a los reyes de llevarlo preso a México un caballero muy valeroso descendiente de la casa de Ixtapalapan. Tecocoltzin mandó hacer muchas colchas, rodelas, flechas, macanas, lanzas arrojadizas, y otros géneros de armas y munición, así para los suyos como para los españoles, y juntar mucho maíz, gallinas y lo demás necesario para el sustento de los ejércitos, y asimismo apercibió a todos sus vasallos para que estuviesen aparejados el día que fuesen llamados, y en el ínterin que mandaba y hacía todas estas cosas Ixtlilxúchitl fue avisado cómo aquel valeroso capitán de Ixtapalapan había dado la palabra a los señores de llevarlo preso a México, de lo cual se sintió mucho, y lo envió a desafiar, y en los campos de Ixtapalapan salieron a pelear los dos, tan que ninguno de los soldados de los ejércitos se entremetiese, y diose tan buena maña Ixtlilxúchitl que venció a su contrario y lo ató de pies y manos, y después mandó traer mucho carrizo seco y se lo echó encima y lo quemó vivo, y dijo a los mexicanos que dijeran a su señor Quauhtémoc y a su hermano Cohuanacochtzin que así los había de hacer primero, antes que lo prendiesen, como había hecho a su capitán.

En el ínter que sucedieron todas estas cosas murió Tecocoltzin, el cual fue bautizado, y se llamó don Fernando, que fue el primero que lo fue [bautizado] en Tezcuco, con harta pena de los españoles porque fue muy nobilísimo y les quiso mucho. Fue don Fernando Tecocoltzin muy gentilhombre, alto de cuerpo y muy blanco, tanto cuanto podía ser cualquier español por muy blanco que fuese, y que mostraba su persona y término descender y ser del linaje que era. Supo la lengua castellana, y así casi las más noches después de haber cenado, trataba él y Cortés de todo lo que se debía hacer acerca de las guerras, y por su buen parecer e industria se concertaban todas las cosas que ellos definían. Luego los aculhuas alzaron por su señor a Ahuaxpiczactzin, que después se llamó don Carlos, uno de los infantes hijos naturales del rey Nezahualpiltzintli, el cual gobernó muy pocos días, porque luego a pedimento de Cortés y los demás hicieron señor a Ixtlilxúchitl por ser tan valeroso y uno de los hijos legítimos, a quien todos los naturales le tenían grande respeto por la calidad de su persona que, como tengo dicho, por ser legítimo sus vasallos no habían querido hasta ahora; el cual acabó de hacer lo que había comenzado su hermano Tecocoltzin, y hizo la zanja para los bergantines con sus vasallos y ayudó para acabar de hacer los bergantines que se trajeron parte de ellos de Tlaxcalan, con hasta veinte mil hombres de guerra. De allí a cuatro días, después de que vino el ejército de los veinte mil hombres de los tlaxcaltecas, huexotzincas y cholultecas, en compañía de la madera que se trajo a Tezcuco para los bergantines, acordaron Cortés y Ixtlilxúchitl y los demás señores, en el ínter que se hacía la zanja, de ir a dar una vista a México, y ver si Quauhtémoc y Cohuanacochtzin y los demás se querían dar de paz, y así Ixtlilxúchitl tomó hasta sesenta mil hombres de sus vasallos, y Cortés hasta trescientos españoles y los veinte mil tlaxcaltecas, y fueron por Xaltocan, lugar sujeto a la ciudad de Tezcuco que estaba rebelado y era de la parte de Cohuanacochtzin, y lo sujetaron de camino, y pasaron por Tultitlan, Tenayuca y Azcapotzalco con muy poca resistencia hasta Tlacopan que ya era el tercer día que salieron de Tezcuco. Los de esta ciudad que ya estaban apercibidos, les salieron al encuentro, y tuvieron una muy cruel batalla, mas los nuestros se dieron tan buena maña que vencieron a los tepanecas y ganaron la ciudad de Tlacopan, matando a cuantos pudieron haber a las manos, y viendo que se acercaba la noche, se recogieron en tiempo en los palacios del rey Totoquihuaztli, primero de este nombre, y en amaneciendo saquearon la ciudad y quemaron las mejores casas y templos que pudieron. Seis días estuvieron aquí, en donde salían todos los días a pelear y escaramuzar con los mexicanos, procurando siempre si podían ver al rey Quauhtémoc para tratar con él si quería darse de paz, y visto que no había lugar, se volvieron para Tezcuco casi por el mismo camino por donde fueron; y dos leguas más allá de Tlacopan, en unos llanos, entendiendo los mexicanos que iban huyendo de ellos, los vinieron a alcanzar y tuvieron otra batalla muy reñida, mas luego los vencieron y les hicieron volverse más que de paso a México; y con esto pasaron adelante hasta Aculma en donde durmieron esta noche, y otro día llegaron a Tezcuco en donde los veinte mil hombres de Tlaxcalan y otras partes pidieron licencia a Cortés y se volvieron a sus tierras muy ricos de despojos que era lo que siempre ellos procuraban más que otra cosa. Los de Chalco entraron a avisar a Ixtlilxúchitl cómo los mexicanos los pretendían destruir, por ser lugar muy importante para el sustento y otras cosas necesarias a la ciudad de Tezcuco y españoles, y que les enviase algunos capitanes y gente y socorro para ampararlos pues eran de su señorío, y pidiese a Cortés les enviase asimismo algunos españoles, el cual avisó luego a Cortés de esto, y envió luego con Gonzalo de Sandoval trescientos españoles y quince de a caballo, con ocho mil aculhuas sus vasallos, y por general de ellos a Chichinquatzin, gran capitán. Y llegados a Chalco, que ya los de esta provincia estaban apercibidos y en su favor, los de Huexotzinco y Quauhquecholan se juntaron con los españoles y aculhuas y fueron a Huaxtépec en donde estaba el ejército de los mexicanos, y antes que llegasen a este lugar les salieron al encuentro y pelearon valerosamente, mas luego los nuestros los sujetaron, y se metieron dentro de este pueblo, adonde los cogieron y mataron grandísima suma de ellos, y se apoderaron de todo el lugar; y estando algo descuidados, tornaron los mexicanos a querer cobrar este pueblo, especialmente los huextepecas, y se metieron hasta la plaza principal queriendo echar fuera a los españoles y aculhuas, los cuales salieron a ellos y pelearon hasta echarlos fuera y seguirlos una gran legua en donde mataron a muchos de ellos. Estuvieron en Huaxtépec dos días, y luego pasaron a Acapachitlan, lugar muy fuerte en donde estaba un grueso ejército, y llegados a este lugar, pelearon con los enemigos después de haberlos requerido con la paz, y con harto trabajo así de los españoles como de los naturales amigos. Ganaron este lugar y mataron de los enemigos, a muchos de ellos, y otros que se despeñaron a un río que por Acapachitlan pasa. Y ganado este lugar, se volvieron todos a sus tierras, y Sandoval con los españolos y algunos aculhuas a Tezcuco, porque los demás se quedaron en Chalco. Quauhtémoc, viendo que no podía sujetar a los de Chalco, acordó de juntar un grueso ejército y antes que los chalcas tuviesen socorro dar sobre ellos y destruirlos; los cuales con los aculhuas que quedaron con ellos y otros sus circunvecinos, aunque ya muy tarde, supieron cómo los mexicanos venían sobre ellos, se juntaron y les salieron al encuentro, y pelearon con ellos hasta vencerlos, y mataron grandísima suma de ellos; prendieron a cuarenta capitanes y el general que prendieron los chalcas. Todas las ciudades, pueblos, y lugares de Xochimilco, Cuitláhuac, Mizquic, Coyohuacan, Culhuacan, Ixtapalapan, Mexicatzinco y los demás que eran de la parte de México, juntaron más de sesenta mil hombres de guerra, y fueron otra vez sobre Chalco para ver si podían acabar le de destruir. Los de esta provincia, como tuvieron aviso de esto, se apercibieron de todo lo necesario; enviaron a avisar a Ixtlilxúchitl y a los españoles para que los favoreciesen, y así fue necesario ir personalmente Cortés con trescientos compañeros y treinta de a caballo, e Ixtlilxúchitl con más de veinte mil hombres de sus vasallos y algunos tlaxcaltecas que allí se hallaron a mano, y fueron a dormir a Tlalmanalco, frontera en donde estaba el ejército de los chalcas, y otro día llegaron otros casi cincuenta mil hombres que Ixtlilxúchitl había enviado a llamar de las provincias más cercanas sujetas al reino de Tezcuco; y el día siguiente después de este, salieron, así como oyeron misa, contra sus enemigos, que estaban en un peñol muy alto y áspero; las mujeres y niños en la coronilla de él, los soldados y gente de guerra en las faldas; y luego acometieron por tres partes, y los delanteros corrieron mucho riesgo, porque los de arriba les echaron muchos peñascos y derrocaban los que querían subir, ganaron dos vueltas del peñol que no pudieron subir más por la mucha dificultad que había de peñas, murieron muchos de los nuestros y dos españoles y quedaron heridos más de veinte, y queriendo proseguir más adelante, viéronse cercados de otros muchos que cubrían el campo para favorecer a los cercados, y así les fue forzoso volverse hacia los de abajo, y tuvieron con ellos otra cruel batalla, mas luego los vencieron y se fueron a dormir a otro peñol que allí cerca estaba, y tenía algunos lugares alrededor que también hallaron en alguna resistencia, mas luego echaron a huir los que allí estaban, y así durmieron aquí esta noche; y el día siguiente fueron otra vez al peñol primero en donde estaba la mayor fuerza de los enemigos, y en pocas horas reconocieron muy bien por dónde les podían ganar. Subieron hasta la cumbre del peñol y los enemigos se rindieron y pidieron perdón y así sin hacerles ningún mal los perdonaron, y ellos mismos enviaron a decir a sus amigos que se diesen a los cristianos y aculhuas, y así lo hicieron. Estuvieron en este lugar dos días; enviaron los heridos a Tezcuco y partiéronse para Huaxtépec en donde estaba un grueso ejército de enemigos, y llegaron ya noche a una huerta y casa de placer muy grande, en donde hicieron noche, y los de este lugar, como estaban descuidados, echaron a huir por la madrugada. Fueron tras ellos los nuestros hasta Xilotépec en donde mataron muchos de los enemigos, que estaban todos muy descuidados; y visto esto, los de Yauhtépec se dieron de paz a los nuestros, y desde Xilotépec fueron sobre Quauhnáhuac, lugar muy fuerte y grande; y Ixtlilxúchitl, como eran sujetos a su señorío y estaban rebelados contra él, y eran de la parte de su hermano Cohuanacochtzin y mexicanos, los envió a requerir que se diesen de paz, los cuales no quisieron sino guerra, y así se les dio, entrando por un lugar áspero y trabajoso, que no había otro mejor, y en poco rato los vencieron, y los que pudieron huir se fueron a una sierra que cerca de allí estaba, y les quemaron los mejores lugares y casas que había. Y visto el señor de esta provincia y los demás sus vasallos que ya estaban vencidos, vinieron a Ixtlilxúchitl a pedirle perdón, y que lo alcanzase de los cristianos que les perdonasen, que ellos serían en su favor contra los mexicanos pues había obligación.

Ixtlilxúchitl se holgó mucho y los perdonó, y llevó ante Cortés para que los tuviese por sus amigos, que ya estaban arrepentidos de lo que habían hecho. Y pasado todo lo referido, dieron la vuelta para Xochimilco, y al segúndo día llegaron cerca de la ciudad que era muy grande y bien fortalecida y cercada de agua. Los vecinos y mexicanos que estaban en su favor alzaron los puentes y abrieron las acequias, y pusiéronse a defender su ciudad, entendiendo que por ser muchos y en buena parte no serían vencidos. Comenzaron los nuestros a darles guerra, y diéronse tan buena maña que ganaron la primera albarrada hasta el puente principal y más fuerte que había en la ciudad. Los xochimilcas se metieron en las canoas y pelearon hasta la noche, en la cual pusieron en cobro sus mujeres, viejos y otras cosas que tenían; y otro día siguiente les quisieron quebrar el puente, mas luego dieron tras ellos hasta sacarlos fuera de la ciudad, y allí en un campo pelearon valerosamente como gente belicosa, y pusieron en grandísimo aprieto a los nuestros, y por poco prendían a Cortés que cayó su caballo de cansado, y llegaron luego los españoles y aculhuas y los demás en su favor, que luego echaron a huir los enemigos, y no les siguieron, sino que tornaron a su ciudad para aderezar las puentes, cerrándolas con adobes y piedras. Cuando llegaron hallaron dos españoles muertos que se habían desmandado a robar. Quauhtémoc, sabiendo esto, envió luego más de quince mil hombres de guerra por agua y tierra. Pelearon con ellos fuertemente y los vencieron, y quemaron las casas y templos de la ciudad; y al cuarto día que estaban en ella, sucedieron las cosas referidas y otras muchas que quedan en silencio. Salieron de esta ciudad y se fueron para Culhuacan que estaba dos leguas hacia la parte de México, y en el camino les salieron los xochimilcas y pelearon con ellos, mas luego los sujetaron, y llegados a Culhuacan, halláronlo despoblado sin gente. Estuvieron dos días aquí descansando, y al cabo de los cuales, después de haber visto muy bien este lugar para cercar por aquí a México, y quemado los templos y algunas casas principales, dieron vista a México. Combatieron con la primera albarrada y la ganaron con harto trabajo, en donde murieron muchos naturales y hirieron hartos españoles, y desde aquí se volvieron a Tezcuco, después de haber reconocido muy bien por dónde podían entrar a ganar la ciudad y la disposición de la laguna para los bergantines. Otras muchas cosas sucedieron en esta jornada en donde murieron otros aculhuas y los demás amigos por ser los delanteros.

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